127 HORAS 7 PUNTOS
(127 Hours, EE.UU./Gran Bret., 2010)
Dirección: Danny Boyle.
Guión: D. Boyle y Simon Beaufoy, sobre libro de Aron Ralston.
Fotografía: Enrique Chediak y Anthony Dod Mantle.
Música: A. R. Rahman.
Intérpretes: James Franco, Kate Mara, Amber Tamblyn, Sean Bott y Treat
Williams.
Por Horacio Bernades
¿Existen las tragedias pop? La vida de Brian Wilson, las frustradas
predaciones de Wile E. Coyote y la serie Flash – November 22, 1963, entre
otras obras de Andy Warhol, demuestran que sí. También 127 horas, con la
que el británico Danny Boyle vuelve a hacerse presente a la hora del Oscar,
tras haberse llevado (casi) todos un par de años atrás, gracias a la nefasta
Slumdog Millionaire, ¿Quién quiere ser millonario? Esta vez las
nominaciones son seis, incluyendo película, actor protagónico, guión
adaptado y edición. Aunque curiosamente ni dirección ni fotografía, junto
con la edición los rubros más destacados de la película. ¿Pero como puede
ser nefasta aquélla y ésta buena, si en ambas el realizador de Trainspotting
aplica la misma parafernalia visual de luxe, sobre temas a primera vista
poco aptos? Básicamente, porque en un caso Boyle usó la miseria del país
más miserable del mundo como marco para una colorida fabulita de amor y
éxito. En esta ocasión se trata, en cambio, del accidente, aparentemente
terminal, de un solitario escalador amateur, que queda atrapado contra una
roca. Y a diferencia de ser un chico de la calle en la India --testigo y víctima
de la esclavitud sexual, el abuso infantil y la tortura-- escalar es algo que se
elige.
Esa asunción del riesgo y sus consecuencias permite al protagonista
de 127 horas encarar su circunstancia con un optimismo, un espíritu, un
sentido del humor que en términos lógicos pueden sonar a delirio. En el
campo estético, a esa disposición de espíritu suele llamársele pop,
onomatopeya que Boyle viene pronunciando reiteradamente a lo largo de su
carrera. Tal como contó el explorador amateur Aron Ralston en su libro
Between a Rock and a Hard Place, en abril de 2003, durante uno de sus
fines de semana a pleno sol en el desierto de Utah, su mano derecha quedó
atrapada bajo una roca. Ralston se hallaba en medio de un cañadón
desolado y prácticamente inaccesible, sin provisiones ni posibilidad de
escape. Pero que la película se llame 127 horas hace pensar que la
encerrona podría no ser para siempre. El título plantea al espectador,
además, un desafío casi deportivo, que lo pone en pie de igualdad con el
héroe. El desafío de asistir a una hora y media que consistirá --a partir del
cuarto de hora, al menos-- en un tipo forcejeando contra una roca imposible
de doblegar.
Ese desafío, esa voluntad de encarar un tour de force narrativo,
emparientan a la película de Boyle (que adaptó el libro de Ralston junto a
Simon Beauffoy, guionista de Slumdog Millionaire) con La escafandra y la
mariposa, en la que el héroe queda reducido al movimiento de un ojo, o
Enterrado, que se limitaba al encierro de un tipo bajo tierra. Las armas de
Enterrado para mantener el interés del espectador eran la intensidad y la
fijeza. Más en línea con las de La escafandra…, las de 127 horas consisten
en un exuberante frenesí imaginativo y visual. Asistido por dos notorios
cultores del lujo fotográfico --su brazo derecho Anthony Dod Mantle y
Enrique Chediak, proveniente del cine indie-- y con el indio A. R. Rahman
bombardeando la banda de sonido con lo que tal vez puedan llamarse
tecno-ragas, desde un primer momento Boyle narra lo ínfimo --los
preparativos de Ralston antes de la excursión, el viaje en 4 x 4 hasta Utah,
el trecho en bici, su caminata bajo el sol-- mediante un paroxismo pop de
pantallas divididas, reencuadres, ralentis, cámaras en mano, imagen de
video, texturas variables, un paisaje artificializado a fuerza de tonos
saturados y encuadres que incluyen hasta la subjetiva de un termo.
¿Exceso, artificio, manierismo a todo trapo? Desde ya. Pero debe
tenerse en cuenta que --tal como lo interpreta, al menos, el eléctrico James
Franco-- el protagonista es un tipo tan excesivo, quimérico y desbordante
como la estética con la que Boyle lo aborda. Sin renunciar al artificio
(durante esos cinco días Ralston es asaltado por un tsunami de flashbacks,
sueños y fantasías), Boyle narra esa sobrevivencia imposible (no hay forma
de que la roca ceda, la provisión de agua se agota, la comida consiste en
unas barritas de cereal), poniendo atención sobre el detalle mínimo (el
intento de armar sistemas de palancas y poleas, el movimiento infinitesimal
de un dedo, el pis guardado como sustituto del agua).
Esa convivencia con el héroe, su voluntad de no bajar los brazos pese
a todo, hacen crecer la intensidad y el compromiso con su suerte. El último
recurso redobla el desafío para el espectador, al obligarlo a plantearse hasta
dónde está dispuesto a ver. Haciendo uso de su navajita de bolsillo, Ralston
tiene la idea --tan loca y lógica como las del Coyote, que predaba por esa
misma zona-- de deshacerse del brazo aprisionado, liberándose para
siempre de sus cadenas de roca. Sobreponerse a la tragedia, en suma:
difícilmente en un film de Hollywood no suceda esto.