MONOLOGOS CORTOS
1. UNA MUJER APUÑALADA
“Ojalá hoy muera una mujer apuñalada”. Desde hace tres meses, todas las mañanas, cuando me
levanto, mi primer pensamiento es éste -hasta lo visualizo, tendida en el suelo en medio de un
gran charco de sangre, una mujer apuñalada-. Luego, dedico un segundo pensamiento a
recordarme a mí mismo que soy una buena persona. Una buena persona que solo quiere Justicia.
Lo dije en la fase de instrucción, lo mantuve en la vista oral y lo repetí cuando me condenaron sin
pruebas. “Justicia” consiste en meter al culpable en la cárcel y dejar al inocente fuera. Hoy, hay un
inocente en la cárcel y un culpable fuera. Y sé que no admitirán este error hasta que todo el
mundo lo vea. Por eso, todas las mañanas, desde hace tres meses, cuando me levanto, -con todo
el dolor de mi corazón- pienso, deseo: “Ojalá hoy muera una mujer apuñalada”…
2. SÓLO SE ME OCURREN DOS COSAS
He escuchado tu mensaje. ¿Sabes? Sólo se me ocurren dos cosas: O te has convertido en la mejor
violinista de todos los tiempos o has abandonado. Llevo rato pensando, Elena, pensando bien lo
que voy a decirte, no quiero equivocarme. Vamos a ver: La última vez que me llamaste fue hace
tres años, un catorce de febrero exactamente -no es que me apunte las fechas, es que era… un
catorce de febrero-. Quedamos y me dijiste aquello. Lo que más recuerdo es el tono en que me lo
dijiste. Un tono, no sabría decir, un tono… neutro. Dijiste: “Tengo que decirte algo”. Y pam. Me lo
soltaste: Querías llegar a ser la mejor violinista de todos los tiempos y resulta que yo era un
problema porque te quitaba tiempo. Así de crudo. Pero sin ningún dramatismo, como si tal cosa.
¡Sí! ¡Ése es el tono! El tono “como si tal cosa”. “Sin más”. Como quien dice: “Se me ha roto el
paraguas, no me sirve, lo tiro” Sin más. Tardé unos segundos en darme cuenta de que el paraguas
era yo. Pensé que me llamarías esa misma noche, arrepentida: “¡Pedro, qué tontería te he dicho,
perdona!” Pero, no. No llamaste aquella noche. Ni al día siguiente. Ni a la semana siguiente. Por
qué ibas a llamarme. Te habías librado de la molestia que te quitaba tiempo para el violín, que es
lo único que te llenaba en la vida. Y hoy vas y me llamas para quedar. Solo se me ocurren dos
cosas: o eres la mejor violinista de la historia o has abandonado. Me encantaría pensar que
triunfaste con el violín, que al menos sirvió para algo pero… después de tres años sin noticias de ti,
la verdad…
3. SOY MUY NORMAL
¿Qué quieres que te diga, la verdad o lo que todo el mundo quiere oír? La verdad es que… Soy un
tío muy normal, no me gusta destacar, aunque pueda parecer extraño. Ésa es la verdad. Ése es el
motivo. Vengo de un planeta en el que dan conciertos de oboe por la tele. Los mejores, los dan en
canales de pago. Y la gente va a los bares a verlos. Tendrías que ver cómo se ponen los bares en mi
planeta cuando hay un concierto del circuito Premium oboísta. Es una locura. Los días antes y los
días después no se habla de otra cosa. Todo el mundo se atreve opinar, todo el mundo sabe de
oboe. Y no parece que vaya a cambiar la tendencia. Qué va. Va a ir a más. Hay niños que parece
que no tengan otra cosa en la cabeza: oboe, oboe, oboe. No es asignatura obligatoria en los
colegios, pero da igual: vas al recreo y vez niños de aquí para allá con los oboe dale que te pego.
Los padres, para castigar a sus hijos, les quitan el oboe. “Castigado sin oboe todo el fin de
semana”. Anda que no jode eso. Bien que ellos se aseguran tener sus conciertos, sus periódicos
oboístas -eso que no se lo toquen-. Por no hablar de los trajes y vestidos. A veces parece que todo
el mundo vaya vestido con los mismos colores, en mi planeta. Se ha puesto de moda comprar el
uniforme de concierto que llevan los oboístas famosos. Y eso que cuestan un dineral. Y más ahora
que las marcas se dedican a cambiarlos de año en año. En fin… Oboe, oboe, oboe.
¿Me preguntas por qué elegí el oboe? Porque no sabía lo que quería en la vida, la verdad. Porque
no me gusta destacar. Si es que no tengo personalidad…
4. NADA CAMBIA
…No, no tiene mérito, se lo habría dicho la semana pasada si me lo hubiera preguntado, señor, o
hace una hora. ¿Le ha gustado oírlo? Se lo repito: No imagino un director mejor para esta empresa
que usted. Para mí, nada cambia. Qué pasa, los otros… no han sido tan amables… Qué cambio.
Natalia… pensaba que no se hablaba con nadie y, mírela, no calla; Romero, que no sonríe nunca…
vaya carcajadas; y García, subido encima de la mesa, el tío… Y sólo hace una hora estaban todos
con la vista pegada al teclado, como siempre…
¿Por qué este cambio? No es el alcohol. Están brindando con sidra -sí, con sidra, compré sidra, es
lo único que había en la tienda-. Y me da a mí que tampoco es el premio, se lo digo yo, no es el
premio. ¿Por qué este cambio, entonces? ¿O será que no han cambiado y solo están
exteriorizando lo que llevan dentro, lo que siempre han llevado dentro? Es eso, sí… ¿Puedo
hacerle una pregunta, señor -ya que parece que hoy todo el mundo se sincera-? ¿Qué le duele
más, las cosas que les está oyendo decir de usted o que no le ofrecieran comprar ningún décimo
de la lotería? No me conteste.
Son las doce y aún no hemos hecho los pedidos de extranjero, ni las entradas de almacén, y falta
pasar los albaranes… No, no, no, no tranquilo, ya me ocupo yo, no se levante. Nadie se va a ir de la
empresa.
Verá como los convenzo. Parece que soy el único que sabe que no están bebiendo champán. Y
supongo que tendré que ser yo quien les diga que… no les ha tocado la lotería. Qué despiste,
verdad. ¿No lo sabía? No le miento, soy el encargado de la lotería este mes. Y… se me olvidó ir a
comprarla. En fin… que nada cambia. Siempre he pensado que usted era un buen jefe, el mejor
jefe posible. ¿Quiere un poco de sidra, señor?
5. NO PUEDO HACER NADA
Te fuiste de esta empresa por tu propia voluntad. Te marchaste por dinero, ni más ni menos que a
la competencia, a la todopoderosa competencia. Fue un golpe duro para nosotros. Quién iba a
pensar que un año después tu nueva empresa quebraría. ¿Sabes?, tuvimos que ocupar tu puesto.
¿Ves aquel hombre de allí, el de la camisa blanca? Se llama Javier. Es un buen tipo, trabaja bien.
No es tan bueno como tú, pero trabaja bien. Hay que tener cojones para venir aquí, joder, Andrés.
A ver si lo entiendo: ¿Te falta autoestima o tienes demasiada? Eres la última persona a la que
esperaba ver. Nos ha ido bien sin ti, ¿sabes? ¿Qué se supone que tengo que hacer ahora? No hay
plazas vacantes. Estamos completos. ¿Qué significa esto, que tengo que echar a alguien? ¿Tengo
que despedir a Javier, así, por las buenas, porque el señorito ha vuelto? Sabes que nunca haría
eso. Yo nunca haría esa clase de cosas, pero tú… sí. Tú eres de otra manera. Es ese carácter tuyo el
que puso sobre mi mesa las mejores cifras de ventas en la historia de esta empresa durante 35
meses seguidos. Lo sé perfectamente. Y yo, que no soy como tú, te dejé hacer. Sin preguntar.
Callando. Mirando. Y fíjate dónde nos ha llevado tu inercia: a ser el número uno. Somos líderes del
sector, pudiste verlo estando en el otro barco. Pero, con tu perspicacia, estoy seguro de que
pudiste ver también que nuestras cifras no son las de antes. Han bajado desde que te fuiste. Y eso
al consejo de administración le gusta poco. Pero yo no puedo hacer nada, Andrés. Esta es mi
respuesta: No puedo hacer nada. Ahí está Javier –el de la camisa blanca-. Puedes ir y hablar con él,
si quieres. Cuéntale todo lo que me has dicho a mí, háblale de coraje, de ambición, dile lo que
quieras. Yo no haré nada. Me sentaré aquí, callaré… miraré.
6. ANTES DE CONTESTAR
Antes de que contestes, te voy a contar una cosa: estaba el otro día en una cafetería sin hacer
nada, perdiendo miserablemente el tiempo -era un viernes por la noche, sí, era un viernes por la
noche-, sin ni siquiera fumar –porque ahora no se puede fumar en los bares-, cuando de repente
veo que entra por la puerta una chica guapísima, con un vestido negro ajustado, tacón alto, rubia,
unos pechos impresionantes… la bomba, vamos, el tipo de chica con la que siempre has soñado y
nunca ves andando por el mundo real, sólo en las revistas, ¿sabes? Pues bueno, la chica, desde la
puerta mismo, busca con la mirada por entre todas las mesas y, al final, parece que se decide,
acaba de entrar, se me acerca y me pregunta: “¿Eres Carlos?” No soy un aventurero ni un
mentiroso, pero en aquel momento pensé que si dejaba pasar una oportunidad como esa, me
arrepentiría toda la vida, así que le dije: “Sí”. Y me arreó un bofetón que me dejó el tímpano
silbando. Qué hostión me dio. Y estaba la tía insultándome de mala manera cuando aún pude ver
que, en el otro extremo del bar, un tipo se levanta sigiloso, paga y se marcha discretamente,
mirando de reojo nuestra mesa. Quiero la verdad. La pregunta es muy clara –como ves, no soy un
aventurero ni un mentiroso-, dime: “¿Eres Galadriel3540?”
7. TU PADRE ERA UN TIPO ESTUPENDO
¿Sabes? Tu padre era un tipo estupendo. Salía mucho con tu padre, yo. Salíamos todo el
grupo: a cenar, de bares, al cine, a ver fútbol, a jugar a fútbol… Era buenísimo jugando a
fútbol, tu padre, ¿lo sabías? Jugaba por la banda, se escapaba de todos, qué bueno era.
Joder… Pero lo que más me gustaba de tu padre era que podías hablar con él, en cualquier
momento, de cualquier cosa. Anda que no pasé horas hablando con tu padre de todo: de
política, de fútbol, de ciencia, de todo.
Y ahora… Ahora… Joder.
Siempre que le llamo me dice que no puede porque… No te lo tomes mal pero… no puede
por ti. Se pasaría las veinticuatro horas del día mirándote. Y se gastaría, ¡se gasta!, todo el
dinero en ti: “Necesita una cuna”, la mejor cuna; “Necesita un humidificador para la
habitación”, humidificador; “y luz natural”; Toma luz natural. Ahí no había ventana, ¿lo
sabías? Era todo pared y la hizo agujerear. Por ti. “Necesita ropita”, y joder qué armario. “Y
zapatitos”, ¿de verdad necesitas zapatitos, criatura? Si casi no sales de la cuna, que sólo
gateas. Y un walkie talkie, ¡un walkie talkie!, ¡pero si no hablas! ¡Para qué coño quieres un
walkie talkie!
Él no era así. Lo han cambiado. Tu madre lo ha cambiado. Tu madre –te lo digo en
confianza- no me gusta un pelo. Nunca me ha gustado. Ya se lo dije el primer día: “Lleva
cuidado con Carmen”. Y vaya si me hizo caso. Tu padre era un tío despreocupado y, míralo
ahora, está neurótico, está obsesionado: cunita para la nena, humidificador para la nena,
ventana para la nena, ropitas para la nena, ochocientos zapatitos para la nena, un walkie
talkie para la nena ¡un walkie talkie! ¡Para qué coño quieres un walkie talkie si no hablas!
¿Qué has dicho Carmen… ¿Carmen?… ¿Jose?…
8. SE ACABÓ EL SUEÑO
Mira que me gusta esta piscina… y qué pocas veces me he bañado en ella. ¿Me puedes
prestar atención, cariño? Sé que no te gusta que te hable de mi trabajo, pero hay algo que
tengo que contarte. Ahora. ¿Recuerdas cuando nos conocimos? Qué noche. Qué fiestas,
aquellas. Qué guapa estabas. Llevábamos rato hablando y, de repente, te dije que no era
productor musical y te cambió la cara: “¿Tú no eres Tony Baldaci?” Casi se te cae la copa al
suelo. Te dije: “Sí. Pero no soy productor musical”. ¿Recuerdas qué te dije?: “Mi trabajo
consiste en convertir los sueños en realidad”. Y tú me contestaste: “Me gustaría
comprobarlo…”.
No soy mago, cariño. Tampoco es suerte. Mi trabajo es sencillo pero laborioso -ha sido el
mismo durante treinta años-: ver tocar muchos grupos en directo, escuchar muchas
maquetas, tener mucha paciencia y, en cuanto detecto un diamante en bruto, poner
dinero sobre la mesa y lanzar la apuesta. La mayoría de las veces he ganado. Y cuando no
he ganado sólo he perdido el dinero de la apuesta. No más. Porque siempre he mantenido
mi dinero al margen. Hasta Jimmie Max. No sé qué talento artístico le has visto a este
chico, cariño, ni en qué estaba pensando yo para romper la regla y apostarlo todo. Quizá
fue tu amenaza –hoy lo siento como una amenaza, sí-: “O lanzas a este chico al estrellato o
me entristeceré mucho”. Y para lanzarlo al estrellato hacía falta dinero, mucho dinero.
Más del que he gastado jamás. Y ni con esas. Ahora ya tenemos las cifras. Ha sido un
desastre. Hemos cancelado las giras, lo hemos cancelado todo. He dilapidado el dinero de
la compañía… y el mío, el nuestro. Espero que, al menos, no estés triste: Lo he intentado,
cariño. Disfruta ese gintonic, es tuyo; el siguiente… no. No es una amenaza. Es la realidad.
9. LA PASTILLA
¡Apaga la luz, corre la cortina! Escúchame bien: No he tomado la pastilla. Calla, calla,
escúchame: Esta mañana no he ido a la toma. Es todo mentira. He estado investigando, no
hubo ninguna explosión, ningún meteorito. Es mentira, todo mentira. Jamás hubo una
brecha en la atmósfera. Se lo inventaron. El aire está perfectamente bien. La pastilla no
sirve para nada. Es todo un montaje. Quieren controlarnos. La gente tiene miedo, y el
miedo paraliza. Eso es lo que han conseguido. Quieren que creamos que nuestra vida
depende de esa pastilla. Y no es verdad. La pastilla sólo sirve para mantenernos sumisos,
paralizados. Mientras creamos que la pastilla nos salva la vida cada mañana, les
pertenecemos, ¿no te das cuenta? Piénsalo: ¿Por qué tenemos que tragarnos la pastilla
delante de un funcionario? ¿Por qué no podemos tomarla en casa? ¿Por nuestro bien?
¿Por si alguno decide acabar con su vida no tomando la pastilla? Muy bien. ¿Sabes que le
pasará al que haga eso? ¿Sabes qué le pasará? Nada. Seguirá igual, porque este aire no
mata. Esta mañana no he ido a la toma, llevo casi dos días sin pastilla… y… mírame, estoy
bien. No soy un superhombre. Soy la prueba clara de que todos podemos vivir sin pastilla…
Porque esto no ha sido más que una invención del Gobierno.
Hay que acabar con este engaño. Mañana iré a la ceremonia del Quinto Aniversario. Sí, sé
cómo entrar, lo tengo todo calculado. Iré hasta la escalinata y, en el momento de la
ofrenda, con todas las televisiones allí, lo proclamaré, haré que todo el mundo lo sepa. Y
pondré fin a esta mentira.
Sé lo que me pasará después. Llevan todo el día buscándome… para matarme. Estoy
teniendo suerte. Nadie consigue escapar durante tanto tiempo -por eso nadie sobrevive si
no toma la pastilla-. Tranquila, aquí no se les ocurrirá buscar, aquí no. Estoy a salvo, estás a
salvo. Déjame pasar la noche. Sólo esta noche, mañana me iré. Déjame, por favor.
Podemos elegir. El aire está limpio, no les necesitamos, somos libres. Cuelga el teléfono.
Por favor, cuélgalo. Puedes hacerlo.
10. EL COLOR DE LOS OJOS
Sé dónde está enterrada tu hermana. He contestado a tu pregunta: Sí, sé dónde está
enterrada tu hermana. (Haciendo un esfuerzo, la mira a la cara) ¿No es suficiente? ¿Tengo
que decirte dónde?
Te voy a ser sincero -como siempre-: Me molesta tu pregunta. Me recuerda a las
comprobaciones que se hacen cuando olvidas la contraseña del correo electrónico: “¿A
qué colegio fuiste de pequeño?”, “¿Cuál es el nombre de tu mascota?”… “¿Dónde está
enterrada la hermana de tu mujer?”
¿A qué viene esto, Sandra? ¿Me estás poniendo a prueba? ¿Tan mal estamos? Creo que
antes se preguntaba “Cariño, ¿de qué color son mis ojos?” Y si fallabas, la habías cagado.
Me parece rarísimo que haya personas que no recuerden el color de los ojos de su pareja.
Pero… si existe esa pregunta será porque eso pasa. Tus ojos son ojos azules -te lo digo
aunque no me lo hayas preguntado-. Un azul intenso, vivo. Demasiado llamativos para
pillarme con eso, ¿no?
¿Sabes? Me gusta tener esos ojos cerca, son los ojos más bonitos del mundo, pero no
porque sean bonitos sino porque son los tuyos. Me gusta tenerte cerca. Recuerdo cuando
me hablaste por primera vez de tu hermana. Recuerdo el día en que me contaste lo del
accidente. Valoro mucho que lo hicieras porque luego he visto que es algo de lo que te
cuesta hablar. También me contaste en qué cementerio está enterrada. ¿Te acuerdas? Fue
el día que estrenamos esta casa. Estábamos sentados ahí. La echabas de menos y me lo
contaste todo. No has olvidado ese día, y yo tampoco.
Contesto a la pregunta que sí me has hecho, Sandra: Tu hermana está enterrada en el
cementerio de San Carlos. En la sección C, exactamente, fila 12, número 3. Lo recuerdo
bien porque fui a llevarle flores el 1 de noviembre, por todos los santos, hace tres años,
cuando tú no pudiste ir porque estabas de viaje en Chicago, ¿te acuerdas? Haz memoria.
Me llamaste por la noche –en Chicago era mediodía, creo- y me pediste que le llevara
flores. Me lo suplicaste. Para ti era muy importante que tu hermana tuviera flores nuevas
ese día. No hacía falta que suplicaras, cariño. Salté de la cama y fui corriendo al
cementerio. Doscientos kilómetros. Llegué de madrugada. Salté la verja. Recorrí el
cementerio a oscuras con una linterna. Y le dejé las flores. ¿Te suena? Te llamé luego para
contártelo. Tú casi habías olvidado que me habías pedido eso. Estabas tan ocupada con la
feria, las reuniones, los clientes… que no pensaste más en tu hermana, ni en mí. ¿Te
acuerdas..? Te supo mal, te sentiste fatal, y a mí me encantó… porque significaba que te
habías quedado tranquila, porque confiabas en mí. ¿Te acuerdas ahora? ¿Te vas
acordando?
Pues, sí. Resulta que sí sé dónde está enterrada tu hermana. Mírame. Mírame, por favor,
no gires la cara. Se empieza haciendo eso y se acaba olvidando el color de los ojos de
quien tienes a tu lado…
11. CUMPLEAÑOS FELIZ
En los últimos meses, poco a poco, casi sin darse cuenta, Lucas se ha ido distanciado de su
pareja. Al final del día, Lucas se acerca a ella y le empieza a cantar, despacio, con
intimidad, el “Cumpleaños feliz”.
LUCAS: Cumpleaños feliz, cumpleaños fe… Es… ¿mañana? Fue… ¿ayer? ) Es jodido. Mis
padres me enseñaron de pequeño que si no sabía una cosa, tenía que preguntar, sin
avergonzarme. ¿Cuándo ha sido? Llevo días dándole vueltas, como dos semanas, créeme.
Si te lo preguntaba mal. Si no te lo preguntaba… mal, ya ves. No quise llamar a Laura, ni a
Estela, para que no pensaran que… para que no creyeran que había olvi… ¿Sabes qué he
llegado a hacer, Delia? Me abrí una cuenta en facebook –sí, en facebook, yo-… porque
sabía que en facebook te avisan de los aniversarios y todo eso, pero no… no pude entrar
en tu cuenta porque para entrar en una cuenta tienen que… agregarte, ¿se dice
‘agregarte’?, tienen que… aceptarte como amigo, bueno, tú lo sabrás mejor que yo… Y mi
cuenta era anónima… Creo que le di a la tecla de preguntar si querías ser mi amiga y creo
que me ignoraste o me dijiste que no, yo qué sé -bien hecho-… y yo no insistí, no te dije
que era yo porque no quería que supieras que estaba intentando adivinar, recordar el día
de tu cum… porque me pareció ridículo eso de preguntarte si querías ser mi amiga. Sería
como volver a empezar. Qué tontería, verdad. ¿Verdad…?
12. ¡ME LLAMO TOKIO!
Me llamo Tokio. Y cuando comenzó esta historia YA me llamaba así. Mis padres me
llamaron Tokio para… recordar el lugar en el que me concibieron: el hostal pensión Tokio,
aquí en el centro -creo que todavía existe-. Querían ir a la Pensión Albergue de las
Religiosas Ursulinas Católicas pero no quedaban habitaciones aquel día. Menos mal. ¿Se lo
imagina? Aunque… viéndolo ahora, no habría sido peor. A ningún creativo de la tele se
habría ocurrido llamar a alguien Religiosa Ursulina Católica. Cada vez que digo mi nombre
-Tokio-… se lo puede imaginar –“Recuerdos a Nairobi”, “Saludos al Profesor”, jiji, jaja…-
hay hasta quien cree que soy peligrosa como la Tokio esa de papel. ¡Y no! ¡Yo no soy como
esa Tokio! ¡Yo me llamo Tokio! ¡Me llamo Tokio! ¡Y la farsante ésa, no! ¡Ya estoy harta!
Apunte eso: ¡Harta! Quiero cambiar de nombre porque estoy harta. Es un motivo
suficiente, verdad, señor ¿Verdad?
13. LA DAMA DE NEGRO
14.
Elena: ¿Cómo? ¿Qué yo soy la “Dama de Negro”? ¿Que la mujer que lleva más de diez
asesinatos a sus espaldas en esta ciudad… soy yo? ¿Cómo se te ha podido ocurrir? No, no,
no, espera, déjame hablar. Lo sé. Supongo que habrás reunido pruebas -eso son pruebas
¿no?- o indicios, o sospechas que te dicen que la Dama de Negro soy yo, vale, sí. Mi
pregunta es: ¿Cómo se te ocurre decírmelo aquí -¡aquí!- si sabes que la Dama de Negro
mata a sus víctimas cuando está a solas con ellas? Te parece buena idea venir hasta aquí a
decírmelo? ¿Hasta aquí? (grita, abriendo los brazos) ¡Hola! ¡Mi compañero dice que yo soy
la Dama de Negro! Negro, Negro, Egro… Ni cobertura de móvil hay. No me lo puedo creer.
Has sido tan vanidoso que has corrido a decírmelo nada descubrirlo. Te morías por
demostrarme que tienes mejor instinto investigador que yo. Nunca has soportado que una
mujer brille más que tú en el Departamento. Pues, ¿sabes? -voy a pensar en voz alta-
… Yo… Creo que seguimos persiguiendo pistas falsas, creo que esa asesina es
asquerosamente lista, que disfruta matando y riéndose de tipos como tú; y creo… que no
soy yo. Eso creo. Y creo que te conviene que yo siga teniendo mejor instinto investigador
que tú… ¿Verdad?¡Verdad! ¡Verdad! ¡Verdad!…