Introducción a la Bioética Moderna
Introducción a la Bioética Moderna
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poder del Estado se magnifica y sobredimensiona y la
tecno-ciencia se convierte, interesadamente, en aliada del
poder. En un segundo tiempo abordaré el objetivo y el
significadode este libro de bioética, de pretensiones di-
vulgadoras,pero abierto a un discurso culto y reflexivo en
diálogo con la sociedad.
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En realidad, una diferencia esencial distingue
a la vieja
ética médica de la bioética, pues la primera es una
ética en
conciencia,individual del médico, que responde a
la clá-
sica y aristotélica pregunta: ¿qué debo hacer yo para
sen-
tirme contento conmigo mismo, en la forma de abordar
y
resolvermi intervención en el cuidado de la salud
de un
enfermo o de una población determinada? Es, pues,
una
ética enprimera persona, una ética que me exigehábitos
de
conducta virtuosos si quiero estar a la altura de mi con-
ciencia, si quiero dotar de excelencia al servicio que voy a
prestar a mi paciente. Nadie me vigila, me lo exijoyo
mismo. En el caso de la bioética o de las bioéticas, la pre-
gunta no responde a una cuestión interior de la conciencia
del profesional, sino a la kantiana ¿qué debe ser?la relación
del médico con el paciente o de cómo debe ser el diseño de
un ensayo clínico, con arreglo a qué criterios compartidos
debe ser llevada a cabo una experimentación con personas.
Es, pues, una ética en tercerapersona, de la cual surge una
imposición de fuera a dentro, de la sociedad hacia la Medi-
cina; y en casos más concluyentes, desde el acuerdo mayo-
ritario a una ley civil impuesta.
Ética médica, individual o corporativamenteadop-
tada, y bioética tienen en común la búsqueda del mejor
bien del enfermo, que ya es mucho, pero poco más. La
primera, con todos sus defectos e insuficiencias, es una
norma individual orientada por la razón práctica y la ley
natural; la segunda representa la pluralidad moral de la
sociedad,la búsqueda de un acuerdo social y la sanción
de la ley civil. Por eso, democracia y bioética tienen pun-
tos de conexión y similitud. En tanto la ética médica ge-
nuina pierde apoyos y puede verse hoy presionada desde
ambos frentes. Como veremos a continuación se trata de
dos perspectivas éticas diferentes, ambas imprescindibles,
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habrían de chocar entre
pero que necesariamente sí;
hace varias décadas, viene
esto es lo que, desde suce-
diendo. El terreno de juego de la ética médica y la bioética
ámbito apacible abierto
no es por el momento un a los
acuerdos.¿Puedenuna y otra visión de la ética de la
Me-
dicina y de la ciencia discurrir por separado? ¿Son dos ca-
ras de una misma moneda?
El nacimiento de la bioética
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un poder desalmado. Una terrible experiencia que, pocos
años después, diera lugar al denominado Código de Nü-
remberg, donde cristalizaría un concepto nuevo, de ám-
bito legal, para un modo nuevo de entender la participa-
ción de seres humanos en la investigación científica: la
exicenciade obtener el consentimiento de los participan-
tes en cualquier experimento médico-cientffico, tras ser
convenientemente informados. Un concepto hoy am-
pliado a cualquier aplicación terapéutica, en el contexto
de la relación médico-paciente ante una enfermedad. Un
«principio»,en fin, que la bioética ha difundido y que las
leyessanitarias han configurado como «consentimiento
informado», oral o escrito, sobre todo en casos de poten-
cial riesgo para la vida del enfermo, y también como re-
conocimiento por la ley del principio de autonomía mo-
ral de la persona en la gestión de su cuerpo.
Después, en los años sesenta, la alarma social susci-
tada en Norteamérica, tras aflorar a la opinión pública el
diseño de algunos experimentos que se llevaban a cabo en
el país y que violaban principios morales similares. Sobre
todo tras la publicación de un artículo de Beecher —un
anestesistade Harvard— en la prestigiosa New England
Journal ofMedicine, donde el autor censuraba una serie
de conductas reprobables de médicos norteamericanos,
que avivó la indignación popular, recordó el espectro de
las injusticias de Nüremberg y haría intervenir más tarde
al gobierno. En efecto, en los años setenta éste creó la co-
loquialmente denominada National Commissionl, un or-
ganismoplural de expertos al que encargó la redacción de
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de la investigación médica y de la
un proyecto ordenador el cual,
experimentacióncon personas, felizmente, se
Belmont en 1973. Visto hoy, di-
alumbró en la ciudad de
espectacular documento,
ríamos que un breve y nada
la aparición de la bioética.
pero que realmente promovió
Informe Belmont, nos parece
El mérito del denominado
hoy vinculado al acierto de dotar a la sociedad, a los mé-
dicos —y sobre todo a la justicia— de un procedimiento
simple, pero articulador de los juicios éticos más elemen-
tales respecto de la cuestión, lo suficientemente formal y
civil para universalizar el acceso a «lo correcto» o «inco-
rrecto»en el diseño y la realización de un determinado
experimento.
El hallazgo de los denominados principios de la bioéti-
ca por los miembros de la National Commission iniciaría
este modelo ético moderno de entender el acto médico.
Un lector que pretenda comprender la bioética no puede
desconocer los tres principios más famosos de su historia,
los principios que más adelante se denominarán de «be-
neficencia»—la obligación del médico de buscar la mejor
opción curativa o sanadora para el paciente—; de respeto
o «autonomía» del enfermo en la gestión de su cuerpo; y
finalmente de «justicia», en clave americana entendido
como un cierto derecho de igualdad de los hombres en la
distribución de los bienes sanitarios, en el acceso a los
medios para la conservación de la salud. Y ello porque,
desde entonces, todo juicio ético sobre una determinada
actuación médica o sobre una nueva tecnología pasa, ne-
cesariamente, por el cribado de los principios.
El Informe Belmont no surgió de un verdadero
acuerdo moral, como se pretendiera inicialmente, sino
como una forma práctica de resolver la carencia de mé-
todo, de procedimiento, por parte de la justicia, para di-
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lucidarlas presuntas demandas médicas que habían aflo-
rado en el ámbito de los jueces. En 1997, un cuarto de si-
Olodespuésde su nacimiento, con ocasión de un encuen-
tro internacional en Madrid, tuve ocasión de departir
unos minutos con Albert Jonsen, miembro de la National
Commission y redactor físico del acuerdo de Belmont.
Hablábamos del significado del modelo de los principios,
al que inocentemente aludí como «modelo moral». Jon-
sen, hombre abierto y expansivo, sonriente, me cortó di-
ciendo:—No doctor, nosotros no pretendimos crear un
modelo moral, nosotros quisimos articular un procedi-
miento para resolver problemas ante la justicia. Simple-
mente eso. Han sido ustedes —dijo, mirando a los pre-
sentes—,quienes lo han convertido en un modelo ético.
EvidentementeJonsen hacia referencia al principialismo
jerarquizadoque, años antes, había puesto a punto Diego
Gracia,y que indudablemente había dotado de consis-
tencia ética a la «versión médica» de los principios.
Porque en efecto, al Informe Belmont sucedería un
año después la «versión médica» o clínica de los princi-
pios,desarrolladaampliamente en el famoso libro Princi-
ples ofBiomedical Ethics (1974) escrito por Tom Beau-
champ y James F. Childress, un texto que trasportaba a la
clínicamédica la aplicación de los principios concebidos
en Belmont con destino a la investigación con humanos.
Peroahora con una elaboración y la pretensión de consti-
tuir una nueva ética médica. Sus autores añadieron un
cuartoprincipio a los tres de Belmont, el de «no malefi-
cencia»,que distinguieron del de «beneficencia» y que,
ciertamente, respondía a una antigua convicción de los
médicos,la importancia de procurar el mejor bien mé-
dicoal enfermo, ciertamente, pero sobre todo de no aña-
dir un daño severo al paciente en el objetivo y búsqueda
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de ese mejor bien para el enfermo; una virtud médica de
base prudencial, elevada ahora a categoría de «principio»,
que el mundo médico conocía como primum, non nocere,
primero no hacer daño, un latinajo muy descriptivoque,
sin embargo,no parece haber sido gestado en la antigüe-
dad.
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técnica moralmente objetable, aunque legal, el conflicto
quedará desactivado. Pero si la objeción de conciencia
sanitaria para estos ejemplos —y para actos de mayor
gravedad— es obstaculizada e incluso negada por la au-
toridad, la actividad profesional de ese o de esosmédi-
cos se podría convertir en insoportable. Es evidente,
por otra parte, que a menores conviccionesmoralesma-
yor disponibilidad para asumir las accionesmédicas
trasgresoras de la ética médica; y de paso menor conflic-
tividad administrativa para las autoridadessanitarias.
Es obvio también cuál de los dos profesionalesresulta
más cómodo a los gestores sanitarios; y los riesgosque,
por esta razón, asume el objetor, cuando en el fondo
debiera ser al revés, pues la objeción es signo de la liber-
tad que se experimenta en una sociedad moderna,que
valora y pondera el recurso a la excelencia moral en la
vida pública.
En suma, aunque el recurso a las soluciones de Ross
a sus
es un fracaso y debiera haber llevado a los médicos y
corporaciones a una reflexión colectiva, a una delibera-
ción sobre los límites morales para acceder a la voluntad
con-
del paciente y sobre cómo defender la libertad de las
En
ciencias de los médicos, tal hecho no se ha producido.
su defecto, para individualmente defenderse, los especia-
listas médicos conocen a priori, antes de reflexionar sobre
lo solicitado, lo que, según sus convicciones, deben argüir
al enfermo o a la enferma que les demanda lo objetable,
sobre lo que están dispuestos a hacer o no hacer. Y el sis-
tema facilita al paciente la forma de resolver su petición si
es legal. Es evidente pues que, mientras los gobiernos
apoyen el derecho a la libertad de conciencia de los ciu-
dadanos y, por tanto, a la objeción de conciencia bien
justificada de los médicos, la crispación en el colectivo de
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la salud al que se exige lo que no puede dar,
habrá sido
neutralizada.
Pero es indudable que la autonomía de
decisión del
enfermo juega, desde entonces, un papel estelar
en la re-
lación médico-paciente; y que de suyo, como
consecuen-
cia, viene debilitando las reservas morales de los
médicos,
a la vez que magnifica la crisis de la ética deontológica,
de
la ética de los «deberes» en conciencia de los profesionales
para con sus pacientes. Lo que en realidad parte de un
principio indiscutible para cualquier moral —la libertad
de las conciencias de las personas— ha devenido en pre-
Siónsobre los médicos y otros sanitarios, especialmente
sobre aquellos con más profundas convicciones éticas o
religiosas,y más observantes de sus preceptos. Así ocurre
hoy en algunos países respecto de la aplicación de las le-
yes de aborto o con algunas formas de anticoncepción o
de esterilización, de diagnóstico prenatal orientado al
aborto de los niños malformados y en otros muchos ám-
bitos de la clínica médica; frente a los que solo cabe el re-
curso,cuando es legal, de la objeción de conciencia.
En el momento actual, tras su inicio fulgurante, los
principios de la bioética, aunque conservan la virtud de
estructurar el análisis moral de las acciones médicas, han
perdido prestigio en el mundo médico y experimentan
un futuro incierto; sobre todo en la medida en que la ley
civilva encorsetando la legitimidad de muchas acciones
médicas, en otro tiempo trasgresoras para la mayoría de
los profesionales; y en la medida también en que la cul-
tura deriva aceleradamente hacia el utilitarismo moral
—por aquello de que elfin justifica los medios—y las ob-
jecionesde los médicos van siendo cada vez menos com-
prendidas por la sociedad.
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La alianza del poder y la tecnociencia
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cienciabiomédica, por sus finalidades «curativas»,debe
ser liberada de frenos morales que puedan obstaculizar
sus desarrollos, nada que pueda ir más allá de su propia
autorregulación ética. Aunque aún lejano en sus aplica-
ciones a la Medicina clínica, el dinamismo de la tecno-
cienciavolcada al mercado y el inusitado relieve que los
medios dispensan a sus descubrimientos, ha suscitado en
la ciudadanía una mezcla de admirativa sorpresa no
exenta de preocupación, en torno a dónde puede llegar el
poder de los científicos. El libro de Jean-Frédéric Poisson
es un actualizado examen de estas inquietudes.
En contraposición, un amplio sector del mundo mé-
dico permanece ajeno al desarrollo moral de estas tecno-
logías,al coste/beneficio como principal motor, conven-
cido de que todo lo que proviene de la biotecnología y
desembarcaen el ámbito de las aplicaciones clínicas, si ha
superadolos controles del método científico, es bueno
para el enfermo y posee un refrendo moral añadido. Esto
vieneocurriendo desde hace décadas con la reproducción
asistida,con la congelación de los embriones y ahora con
su destrucción en aras de una investigación con fines bue-
nos, acciones o técnicas que el imaginario colectivo mé-
dico ha desvinculado de toda sospecha, de daño al ser hu-
mano incipiente y a su dignidad como miembro de la
especiehumana.
Pero esta ignorancia no es inocente ni excluyeuna
cuota de responsabilidad. Uno recuerda aquí las palabras
del teólogo Ratzinger2 en su discurso de ingreso como
miembro extranjero en la Académie des SciencesMorales et
morales
«La libertad, la justicia y el bien. Principios
J. RATZINGER,
de las sociedades democráticas», en Verdad, valores,poder. Piedras de toque
de la sociedadpluralista, pág. 29, Rialp, 1995.
21
Politíquesdel /wtítut dcFranceen J992' «Ja
cícncía
servír al hombre ----díjo—-pero tambíén tc
puede corr&-
tír cn instrumento del mal y prestarle
todo el
horror de
que cs capaz, SOJO cuando sc cjcrcc con
reoponubíJídad
moral puede Ja cíencía satisfacer su verdadera
naturaJea»
La cíencía no dispone pues de un salvoconducto
ínoccncía moral, EJ ímpcratívo rccnológícoestá de'
pretentc
hoy cn todos Jos Jugares dc la tierra donde se practíca
uu
medicína de calidad, EJJodíce mucho de Ja díficuJud
en
que sc mueven algunas bíoétícas, preocupada por lo
entienden como una deríva pelígrosa dc la Mcdícínay Ja
socícdad, Y díce mucho también dc la presión %ocíaJy
lítica que Ja tecnocíencía ímpríme en los gobiernos,báí-
camentc sobre Jos más decididos a mantenerse a Jacabea
de la investigación bíomédíca y de sus mercados,
En septiembre de 2002 tuve ocasión de comprobarh
ímportancía dc este ínterés político y de csrn presión, asís-
tiendo como representante del Ministerio de Ciencia y
Tecnología, al grupo de trabajo de la «Convención Inter-
nacional contra Ja clonación de seres humanos con fines
de reproducción»,en Naciones Unidas, en New York.Se
debatía una propuesta franco-alemana para prohíbírla
clonación humana reproductiva, corno primer paso para
una ulterior prohíbícíón total de toda forma de clona-
cíón, Ambas naciones ofrecieron discursos cargadosde
preocupación moral por la posibilidad de que alguien
acabara produciendo un níño-clon fuera de Ja ley, dispa-
rando así una selva de irregularidades. La argumentación
parecía razonable, pero era conocido el interés del cancí-
JJcr alemán por promover en su país la investigación ge-
nética y sus mercados internacionales, que no excluía el
recurso a la clonación no reproductíva, es decir, a la ín-
dustría de Ja denominada clonación terapéutica. La dele-
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gación española tenia órdenes de votar contra cualquier
proyectoque permitiera la clonación de embriones
hu-
manos. El embajador español hizo énfasis en la gravedad
de permitir cualquier desarrollo humano de la técnica,
por la agresión a la dignidad del hombre que represen-
taba, y por el impredecible daño que podría suscitaren
las generaciones futuras. A lo largo de los días, las sucesi-
vas tomas de posición de numerosos países fueron res-
tando apoyos a la propuesta franco-alemana. En este
interregno, tuve ocasión de hacer un aparte con el repre-
sentante alemán y reiterarle la posición española, que él
calificóde incomprensible, pues en su opinión dejabaal
albur que algún irresponsable se propusierahacer un
niño-clon humano. En las últimas horas, una vez autori-
zados, redacté una propuesta que, una vez asumida por
la Delegación española, fue remitida a la secretaríade la
Convención, la cual obtenía en pocas horas el voto posi-
tivo de Estados Unidos y de Filipinas y de otras diversas
naciones—de hasta 37 naciones— que hicieronsuya la
propuesta,a la que se puede acceder por Internet*.Fue
la propuesta alternativa que remachó el rechazo ya previ-
sible de la propuesta debatida. Un año después, Francia y
Alemania cambiaron el signo de sus gobiernos y se con-
virtierona la oposición de toda forma de clonaciónhu-
mana, especialmente Alemania; y Naciones Unidas, tras
una moratoria de dos años, aprobó finalmente en 2005 a
propuestade Honduras —y por holgada mayorfi , una
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declaración no vinculante de condena a todo
tipo de clo-
nación de seres humanos. En la misma, la
ONU
a todos los Estados miembros a adoptar una exhorta
legislación
que prohiba este procedimiento, por ser «incompatible
con la dignidad humana y la protección de la
vida de la
persona humana».
La experiencia muestra la importancia de los
esfuerzos
diplomáticos y políticos para frenar o imponer la
difusión
de biotecnologías que no ofrecen garantías éticasni técni-
cas para el futuro de la humanidad. Desgraciadamente,el
gobierno español, que tanto énfasis pone en la necesidad
de seguir los acuerdos de Naciones Unidas para otrascues-
tiones y, pese a que España no defiende interesesde desa-
rrollo industrial de la clonación, ha obviado el mandato de
la ONU y legitimado la clonación terapéutica en la más re-
ciente reforma de la ley de investigación de 2007. El fra-
caso de la tecnología de la clonación humana y la posterga-
ción que experimenta en estos momentos, no resta fuerza
al importante papel que la tecnociencia volcada al mercado
ejerce hoy día en los parlamentos y en las mayorías: esto es,
el poder político, la ley con toda su fuerza, presionandoen
un sentido u otro a través de la tecnociencia e interfiriendo
en el libre proceso de deliberación moral de la sociedad.
Poder político y tecnociencia aliadas, que se convierten en
un formidable adversario frente a las reservas morales de
los grupos, las corporaciones o los individuos, con convic-
ciones morales antagónicas.
Tiempos de incertidumbre
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científicas,que hasta hace un cuarto de siglo
constituía
un ámbito de relación casi secreto entre médico y
ciente —entre dos conciencias——cuando las pa-
cabo conculcaban, acciones a
llevara en uno u otro, sus respectivas
convicciones.Como ha destacado el bioeticista
Drane,
discípulode Laín Entralgo, solo una bioética bien
y ampliamente desa-
rrollada difundida puede evitar que
ocu-
rran los desaguisados y las tragedias éticas vinculadas
la investigación al
campo de humana. La necesidad de ex-
pertosy de profesionales de la Sanidad con alta prepara-
ción en filosofía moral es hoy más clara que nunca, pero
no por ello menos problemática. En efecto, es necesario
un esfuerzoinstitucional para la formación de expertos
en Bioética, bien desde la Medicina académica,bien
desdeel Estado o desde ambos. Pero estos desarrollos
vienen precedidos del riesgo de la indispensable neutrali-
dad axiológica que debería presidir toda forma de debate
moral.
En mi experiencia esta neutralidad es difícil de conse-
guir, dada la pluralidad de los modelos éticos en contra-
posición; pero, sobre todo, por la presencia de ideologías
omni-comprehensivas, determinantes de las leyes, en el
mundo de la política y en la sociedad, a las que estorba la
libertadde pensamiento y la oposición de unos u otros
modelos morales sobre la implantación de sus ideas. Esto
esvisible en los rebrotes del laicismo que aflora en algu-
nas democracias occidentales, una especie de fundamen-
talismoateo que se empeña en ahogar las convicciones
religiosasde los pueblos, haciendo real esa intolerancia
que acecha al Estado moderno, a la que ha hecho alusión
elTribunalEuropeo de Derechos Humanos, el funda-
cober-
mentalismoreligioso por un lado —que tiene su
con-
tura en un teocratismo de Estado— y la ideocracia,
25
ducida por ideologías onni-comprehensivas
desde
der político, antagónicas al anterior. Reflejode el Po.
potismo blando es la obsesión por excluir de estedes.
los debates
civiles a cuantos se consideran creyentes o llevan
al debate
social sus convicciones. El mismo criterio excluyente
tiene su expresión en la conformación de los diversosque
mités Nacionales de Bioética, del que nuestro país Co.
consti-
tuye un ejemplo paradigmático, pues es patenteque,
tanto el irrelevante Comité Nacional como la mismaCo-
misión Nacional de Reproducción Humana Asistida,ca-
recen de representatividad; no solo de las cosmovisiones
más representativas en la sociedad, sino porque la alianza
ciencia-poder y sus intereses —a la que hemos aludido-—
copa las designaciones y cristaliza la sumisión a lo políti-
camente correcto del momento. Pues, aunque la presen-
cia de personalidades bien intencionadas en el seno dees-
tas Comisiones no puede negarse, tal hecho no resta
realidad al descarado desequilibrio representativo delcon-
junto de los designados.
Por otra parte, la pérdida de influencia de las confe-
siones religiosas sobre amplios estratos de la sociedadoc-
cidentaly la poderosa maquinaria de comunicacióndel
Estado moderno, arrumba a la disidencia axiológicacon
una asfixiante retórica del progresopara la humanidad
—del que se considera conductor imprescindible—y el
recurso fácil a las promesas de curación de enfermedades
como la diabetes, la enfermedad de Alzheimer o las enfer-
medades cardio-vasculares, a las que la sociedad es tan
sensible. El esfuerzo de clarificación necesario y la difu-
Sión de los riesgos morales que determinadas técnicas
pueden inducir —como la eutanasia o la clonación-—se
convierten así en una pelea desigual entre David y Goliat.
Entre los grupos intelectuales que discrepan del poder
26
fácticoy la maquinaria insensible de los intereses ideoló-
gicosque puede dominar el poder. Esta perspectiva o es-
tadodel arte —como dicen los anglosajones— revierte a
los poderes públicos el papel de «conciencia» de los pue-
blos,a la que puede suplantar, y los inviste de un halo
humanistaque determina un importante seguimiento de
masasa algunos equívocos planteamientos, ya de la Me-
dicinaya de los ciencia, especialmente sobre los momen-
tos críticos del principio y final de la vida. Los dramáticos
casosde eutanasia entre nosotros, de Galicia, Granada y
otras partes de España o el caso de Eluana en Italia, son
buenos ejemplos de estas presiones ideológicas, como en
su día lo fuera la machacona afirmación de la inmediata
curación de la diabetes por medio de las células madre
embrionarias, que tantas falsas ilusiones hizo aflorar en
las comunidades afectadas.
Además, el órgano target—el beneficiario de este mo-
delo de apropiación de la ciencia para el discurso polí-
tico— la tecnociencia volcada al mercado, reviste a su vez
al Estado protector de sus intereses del indudable presti-
gio de la ciencia —como ocurre en USA— al verse asis-
tido por líneas de financiación generosas, becas, grants o
ayudas a las investigaciones con mayor feed-back de votos
sobreel donante de los recursos públicos. El tandem tec-
nociencia-Estadoadquiere así un peso y un poder excep-
cionales.
Ante este panorama, desabastecida la sociedad de re-
cursos morales en las cuestiones bioéticas más sensibles,
y suplantada como institución intermedia entre medi-
cina y democracia o entre ciencia y democracia, solo las
instituciones de bioética independientes, los residuos de
la ética deontológica y los recursos intelectuales aislados
que puedan surgir de entre las profesiones involucradas
27
—y, obviamente, los independientes, como el autor de
este libro— pueden establecer un cierto diálogo con la
sociedad y, en alguna medida, servir de contrapeso a la
alianza. Desgraciadamente, este marco opositor, que
nace en el seno de las convicciones, está insuficiente-
mente desarrollado por el momento, aunque en algunas
naciones su debilidad es más patente. Y la misma Unión
Europea, en su necesidad de equilibrar los interesesde
las diversas naciones y culturas, no es ajena a las presio-
nes de la gran alianza y fácilmente deriva a las legislacio-
nes nacionales las cuestiones de bioética más problemáti-
cas, consolidando así el tratamiento falsificado de
conceptos científicos superados —como el de «pre-em-
brión»— para satisfacer los intereses del mercado, permi-
tiendo nuevas formas de eugenesia, ahora llamada «libe-
ral» o cerrando los ojos al viejo espectro de la eutanasia,
siempre renovado, que se infiltra con el mismo desarro-
anda-
110propagandístico y de buenismo, que iniciara su
en la
dura primero en la República de Weimar y luego
Alemania nazi.
Aunque Estados Unidos, país que en verdad con-
duce los fundamentos de la bioética, ha pretendido con
Na-
el prestigio de sus sucesivas Comisiones de Bioética
cionales racionalizar los desarrollos científicos de equí-
voca moralidad, el propio devenir de la política ha ido
cambiando el signo de sus planteamientos, de lo que es
paradigmática la actitud de sus gobiernos ante el aborto:
freno y contención de las leyes con Reagan, supresión
de las restricciones en la etapa de Clinton, recuperación
de los frenos a los desafueros del aborto y a la manipula-
ción embrionaria con Bush, y... vuelta a empezar con
Obama, que ya firmó la supresión de las leyes que eli-
minaban las ayudas federales a las instituciones que pro-
28
mueven el aborto como derechode la mujer en todo el
mundo.
Así pues, el amplio abanico de cuestiones que consti-
tuye la bioética será, desde ahora, uno de los espacios de
debate social más encarnizados que se prevé para los años
venideros.Y es por esto por lo que solo el acuerdo y el
compromiso de una ciudadanía adecuadamente infor-
mada, y el esfuerzo y sacrificio de muchos, podrá frenar
las derivas de una cultura crecientemente cerrada a la ra-
zón moral, y proclive a dar cancha de «normalidad» a to-
das las licencias a que puede conducir la democracia,
cuando una anemia de valores campea en la sociedad y en
las instituciones. Que las previstas leyes para legitimar el
aborto libre y la eutanasia en España surjan en un escena-
rio de práctica imposición política, sin el refrendo obje-
4
tivo de la sociedad, solo puede producir estupor . Como
es patente y se deduce de las declaraciones de los diversos
entesrepresentativos ante la subcomisión creada ad hoc
en el Congreso de los Diputados.
4 J. RATZINGER, op. cit., p. 35, «es difícil ver cómo puede la democra-
de
cia, que descansa sobre el principio mayoritario, mantener la vigencia
valoresmorales no apoyados por la convicción de la mayoría sin introdu-
cir un dogmatismo que le es extraño».
29
que la pérdida de valores puede acarrear. La necesidad
recuperar ese «principio de responsabilidad» al de
dió proféticamente el filósofo Hans Jonas5 a finales de
los
70 —cuando alertaba de los peligros de la civilización
tecnológica—es, ahora, urgente. Algo que el mismo
dudoso Ha-
bermas, desde un no compromiso con la Moder
nidad, reclama abiertamente, alarmado por el consumoy
la eliminación de valores que está secandoa las democra-
cias liberales.
La separación normativa de la moral pública y la mo-
ral privada, que caracteriza a nuestro tiempo, no reduce
la importancia capital de cuidar el espacio público,en
cuestionestan importantes para el destino de la humani-
dad, como la manipulación de la biología del hombre
para cambiar su naturaleza, o aquellas otras que hacen
depender la voluntad de morir o de nacer de tal o cualca-
lidad. Y como estas, de otras muchas utopías que se deba-
ten en el horizonte de la bioética.
El futuro de la bioética, es decir el futuro de los prin-
cipios éticos inviolables, que las sociedades avanzadasde-
ben conservarcomo esqueleto de los derechos y los debe-
res de los ciudadanos, en el ámbito de la Medicina y la
ciencia,debe ser construido por todos; pero desde un es-
fuerzo por alentar los valores y las convicciones más pro-
fundas de los pueblos. Ningún falso liberalismo, de dere-
chas o de izquierdas, debería impedirlo. El progreso de la
cienciay de la técnica en nuestro tiempo incorpora una
ambivalenciamoral peligrosa, que no puede quedar solo
en manos de los científicos. Pero tampoco de los poderes
30
fácticos.La sociedad debe incorporarse al esfuerzo colec-
tivo de moralización,de prevención y racionalizaciónde
las utopías y desviaciones que ya hicieron del siglo xx el
siglo más violento de la historia. Y especialmente los
hombres de ciencia, de los más capaces de ver más allá de
la ciencia misma. Porque, como afirmara aquel lúcido
científico que fuera Andrei Sajarov6, «ningún hombre
puede rechazar su parte de responsabilidad en aquellos
asuntos de los que depende la existencia de la humani-
dad».
Es en este marco donde profesionales de las esferas
más diversas pueden y deben incorporarse al debate de la
bioética, siempre a través de una poderosa argumenta-
ción racional, reflejo de un conocimiento lúcido de las
cuestiones.Desde un radical reconocimiento de la digni-
dad humana por encima de todas las promesasy utopías.
Conscientes de que el bien no se alcanza manejando solo
el coste/beneficio, el rendimiento o las consecuenciasde
nuestrasacciones, como muchos pretenden, ni sólo pon-
derandola intención de los agentes y sus consecuencias.
Antesbien, hay que anteponer el significadonormativo,
moral, de cada una de las acciones que se propugnan o se
nos imponen. Por encima del espejismode los impactos
mediáticos,pues hay acciones que siempre serán reproba-
bles, absolutos morales, pese a la opinión de quienes —ya
vencidos— mantienen lo contrario. Nada debe engañar-
nos por mucha elocuencia o erudición que revistael dis-
curso de sus defensores.
De ahí la importancia de comunicar las realidades de
la ética médica o de la ética científica —de la bioética en
31
general— a la sociedad, de asesorar a la opinión
pública
de liberarla de la manipulación y/o desinformación y
frecuentemente experimenta. El futuro de la bioéticaque
de-
penderá del respeto que asista a la riqueza de las
cosmovi-
siones presentes en una sociedad, de la proporcionalidad
de que se dote a las instituciones de bioética, de la bús-
queda de acuerdos morales fácticos cuando no son posi-
bles los acuerdos básicos; del juego limpio, en fin, en la
elección de las personas.
Cuando una posición ideológica minoritaria está so-
bredimensionada o una opción moral es sistemática-
mente excluida, como suele hacer el laicismo, cuandoel
a priori de unas supuestas mayorías prejuzga la recomen-
dación final de un debate o unas audiencias, ha de serpú-
blico que el recurso a las meras formas, para dar aparien-
cia democrática a una imposición, es un simple juego del
ratón y el gato, que en cuestiones éticas se abre a cual-
quier arbitrariedad, a un descamiLzmientoen la búsqueda
de acuerdos sociales compartidos, una realidad que pone
en riesgo la legitimación civil del propio modelo demo-
crático.
Así se viene a expresar Jurgen Habermas, un filósofo
nada dudoso en su defensa del espacio civil. Cuando esta
voluntad de acuerdo, en materias tan sensibles, es suplan-
tada por la imposición de una ideología, el escepticismo
cuando no el despecho hacen su aparición y convierten al
positivismo de la ley impuesta en un proceso autodestruc-
tivo, que radicaliza y segrega a los ciudadanos ofendidos.
Tiene razón el prestigioso pensador alemán, cuando recela
del futuro de las democracias occidentales, y cuando de-
manda de las religiones, desde una laicidad positiva, el es-
fuerzo de contribuir, sin imposiciones, a la recuperación
de los grandes valores perdidos por la sociedad en el juego
32
democrátic07.Con su peculiar forma de expresarse, el filó-
sofode la social-democracia viene a concluir que «una mo-
dernizacióndescarrilada de la sociedad en su conjunto po-
dría aflojar el lazo democrático y consumir aquella
solidaridadde la que depende el Estado democrático, sin
que él pueda imponerla jurídicamente». Y con ello, la
transformación de los ciudadanos de las sociedades libera-
lesen verdaderas «mónadas», aislados, atentos solo a sus
propiosintereses, en gentes que se arrojan sus derechos
subjetivoslos unos contra los otros. O como ha destacado
CharlesTaylor en individuos cerrados, marginados en sus
propioscorazones, que se auto-excluyen de los intereses
colectivosen detrimento del Estado, insertados —quién
sabeya si para siempre— en la enfermedad del absentismo,
replegadosen sí mismos, como decía Tocqueville.
Algo así ocurre hoy en la bioética, entre la alianza del
podery la ciencia por una parte y el pensamiento deonto-
lógicode los médicos por otra; y en nuestro país, ante la
imposicióndel aborto libre y la eutanasia, como amena-
zasinmediatas. La percepción de que, lo que a los médi-
cosparezcabien o mal, carece de impórtancia para mu-
chospolíticosy sus nichos de votos, la idea de que «nada
se puede hacer» contra el rodillo, difunde en la profesión
y tiene su coste en el desarrollo del acto médico. Cons-
cienteo no consciente, con reflexión o sin ella —sin re-
beldía—la decepción, el escepticismo y la fractura de la
clasemédica está consumada.
33
Aunque amplios sectores de la
sociedad
cientes, más que nunca es necesaria una tomano son
de concien.
cia de los pueblos ante las realidades de la
complejos desarrollos. Un verdadero acuerdo cienciay sus
chos y valores parece imprescindible.
entrehe
Un
ético responsable sobre la humanidad en la era
gica. El mismo que, ante el avance científico a tecnoló-
cualquier
coste, demandara hace unos años Johannes Rau8
tonces Presidente federal de Alemania—--en su inespe-
rado discurso en la Biblioteca Nacional de Berlín,ter-
ciando en los debates internos de su gobierno: «Abrigoel
firme convencimiento —dijo— de que podemoshacer
muchísimo bien sin necesidad de que la investigacióny la
cienciase adentren en terrenos éticamente comprometi-
dos. Hay mucho sitio a este lado del Rubicón». «Envista
de la dimensión moral que tienen estas cuestiones,nadie
se sorprenderá de que las iglesias patenticen en este orden
de cosas un compromiso especialmente intenso. Perose-
ría un error creer que se trata de una mera moral eclesiás-
tica distintiva. Es obvio que no hace falta ser cristiano
para saber y percibir que determinadas posibilidades y
proyectos de la biotecnología y la ingeniería genética con-
travienenlos valoresfundamentales de la vida humana».
Más adelante Rau afirmó: «Eugenesia, eutanasia y se-
lecciónson términos que despiertan en Alemania espan-
tosos recuerdos».«Si consideramos que algo es contrario
a la ética e inmoral es
precisamente porque es contrario a
la éticae inmoral
siempre y en todo lugar. En las cuestio-
8 Cfr. Johannes
mana.Discurso RAU,¿Irá todo bien? Por un progreso a la medida
Mayo de 2001, berlinésdel Presidente Federal de Alemania, el 18 de
en el Salón de
Actos Otto Braun de la Biblioteca Nacional
34
nes éticas fundamentales no existe una geografía de lo lí-
cito o de lo ilícito» [...], «empezar a instrumentalizar la
vida humana, empezar a distinguir entre lo que tiene va-
Ior y lo que no lo tiene es abocarse al desastre».
En suma, el relativismo moral no es condición indis-
pensablede las democracias, como manifiesta el compro-
miso de estos dos pensadores; como tampoco de la bioéti-
ca, podríamos añadir, por extensión, muchos otros. Y el
respeto a la libertad individual tampoco consiste en hacer
posiblestodos los deseos. Pero el intento de imponer a
todos una supuesta verdad para algunos, el intento de im-
poner una ley injusta con sus previsibles efectos devasta-
dores,no puede ser otra cosa que un avasallamientode
las conductas. La democracia, y también el debate de la
bioética, no pueden encastillarse en el relativismo como
garantía de la libertad o de la autonomía personal de los
ciudadanos.Un núcleo de «verdad»por todos asumido
debe estar presente en el ámbito de la democracia y tam-
bién en el debate moral de la bioética.
En bioética, disponer la libertad de los individuos, de
una libertad sin contenido, como núcleo fontal para eri-
gir normas que, de alguna forma, repercuten en toda la
sociedad,no parece admisible. En bioética, como en de-
mocracia,la búsqueda de la «verdad»de lo que acontece,
delsignificadomoral de lo que se persiguecon un deter-
minado acto o ley —o con la aplicación de una determi-
nada técnica biomédica— es la base de su legitimidad
moral. No el puro deseo o la mera imposición. Pues la
verdadsobre el bien perseguido advierte a la razón prác-
tica sobre la moralidad de la acción que se va a realizar. Se
adelanta,por decir así, al juicio no ideológico ni instru-
mental de la razón humana: mantener, por ejemplo, el es-
perpento del concepto de pre-embrión en una ley, para le-
35
gitimar la manipulación de embriones humanos o su
ple destrucción, permite reconocer la falsificacióndela
verdad para legitimar una tecnología o una ideología
bre ella alimentada. Además, aunque cueste admitirlo,la
«certeza» científica que niega toda verdad a lo que nosea
empíricamente demostrable o verificable,suponeuna
guera moral, una repulsa de la realidad, un procederfre-
cuentemente interesado, injustificable a estas alturasdela
historia. Y de aquí la difícil o casi imposible tarea de lade-
liberación racional en el marco de la bioética o de lospos-
tulados más radicales de la ética científica.
36
chazoa las fórmulas de pacto moral, a una sincera aplica-
ción de los ilusionantes modelos discursivos, abiertos a
un acuerdoprudencial verdadero de los distintos conflic-
tos de la sociedad.
En este marco complejo, la bioética del «sí»a lo polí-
ticamentecorrecto, es la que se impone como punta de
lanzadel progreso,del concepto de «progreso»que su-
plantahoy al concepto de «verdad».Con las inevitables
matizaciones—y siempre dependiente de la oportuna
verdad instrumental— la bioética moderna no ofrece
hoy una garantía de respuestas morales responsables.
Abandonadala inquietud por redescubrir el bien y la
verdadde las acciones médicas y tecnológicas controver-
tidas,la renuncia a reflexionar sobre el significado moral
de las acciones, ha llevado a situar las «intenciones»de
todos los agentes en un falso buenismo, es decir, en igual
plano de verdad. Para volcar luego sobre el aplauso de las
respuestassociales aprobatorias de un sector de la socie-
dad, el fundamento ético de la acción médica o de la ac-
ción científica. Un utilitarismo cada vez más radical se va
imponiendoen la bioética de lo «políticamenteco-
rrecto»,y la reflexión médica parece incapaz de defender
su identidad social frente a los flujos culturales del mo-
mento histórico.
Los ámbitos profesionales determinados por convic-
cionesseculares, que se remontan a la historia de la hu-
manidad—como es el caso de la Medicina— que, desde
el sigloXIX,fueron normatizadas mediante Códigos de-
ontológicosy sometidas a control disciplinario por los
Colegios,se mueven hoy en un kafkiano círculo de con-
tradicciones,sujetos los médicos y las enfermeras a Códi-
goscrecientemente vaciados de contenido y desarmados
por la ley civil, que va deslegitimando los más importan-
37
tes «deberes»morales de la Medicina, auténticos
de su identidad como profesión. Los legítimos
tantes de la corporación médica, cada vez más represen _
dos, parecen ignorarlo y se muestran sin arrincona-
alternativas
discurso complejo de la bioética, en realidad al
al
barco de la filosofía política post-ilustrada en el desem-
santuario
de la moral médica de todos los tiempos.
En efecto, en ésta que Edmund Pellegrinodeno-
mina la cuarta etapa de la historia de la Medicina,la
confusión y el silencio de sus líderes en el debate
abierto es un hecho más que significativo,pues con-
dena a los profesionales a una medicina defensivay les
sitúa en una indefensión ante el poder político cadavez
más conflictiva, especialmente para los médicoscon
más poderosas convicciones. El proceso de reformade
la ley de interrupción voluntaria del embarazo, vigente
en España, además de manifiestamente inconstitucio-
nal, cargará sobre los hombros de un amplio número
Y
un daño moral especialmentegrave.
de especialistas
el espectro de la eutanasia que se anuncia, igualmente
imprudente e innecesaria, sobre otro grupo de profe-
sionalesaún más numeroso, decisiones de un calado
igualmente intolerable. En ambos proyectos, para ma-
yor paso de rosca, con la práctica exclusión de todo diá-
logo con la mano de obra ejecutora —los médicos—y
con una perspectiva de «pendiente deslizante» y violen-
cia para sus convicciones 9.
38
Ambos proyectos de ley representan las amenazas más
poderosasjamás pensadas en el mundo de la Medicina en
España:la ruptura, en suma, de las dos fronteras más im-
portantes de la deontología: los dos «deberes» nucleares
de la conciencia médica universal —la no colaboración
voluntariaen la muerte de los pacientes en la etapa pre-
nataly final de la vida— están amenazados de desapari-
ción, de remisión a la arqueología de la Medicina. La pér-
didade credibilidad de la ética médica y el desamparo
corporativo de las especialidades involucradas, ginecólo-
gos, paliativistas, anestesistas, intensivistas, oncólogos e
internistas, es un fiel retrato de la incapacidad de la Orga-
nizaciónMédica Colegial en la defensa de sus profesiona-
lesy de su parálisis ante el poder.
El aplastante peso de la ideocracia y la nueva alianza,
y la debilidad de las instituciones médicas, arrambla, ya
seve, con todo. Solo el recurso a la objeción de concien-
cia individual, como tabla de salvación de las conviccio-
nesmás profundas, se percibe hoy como defensa posible
frentea tales imposiciones; una figura del Derecho que
extiendecada vez más sus raíces a diferentes escenarios de
la sociedad,pero que entre nosotros debe consolidarse y
alcanzaruna verdadera carta de naturaleza.
¿Qué se puede hacer para salvar las conciencias indi-
viduales,pero también las convicciones de los grupos so-
cialesy profesionales más involucrados, ante los cambios
de la sociedad, de la práctica médica en el caso de los mé-
dicosy otros sanitarios? A esto siempre se oye argumentar
que,quien no quiere asumir un cambio, no tiene por qué
hacerlo,que a nadie se le impone que se adhiera a un pro-
yecto.Pero esto es artero y falaz, porque el cambio social
impuestoacaba siendo asumido por las masas acríticas,
porlos más claudicantes y por los catequizados del sis-
39
tema, y los partidarios de una conciencia fuerte,
cadora y crítica, son progresivamente aislados, identifi.
arrincona.
dos o excluidos.
En todo caso, la respuesta a la pregunta es demasiado
amplia y escapa a este prólogo de iniciación al lector,
en
torno a la bioética y a las circunstancias que la rodeanen
este principio de siglo. Pero en todo caso, parece necesa-
rio alentar a la participación en el debate social de cuan-
tos se sientan aludidos en el conflicto, especialmentede
los médicos y los sanitarios, pero también de los profesio-
nales de otras corporaciones intermedias como la jurídica
o la docente, tanto a nivel individual como corporativo,
asociativoo colectivo. Siempre, obviamente, desdeuna
oferta de diálogoa la sociedad, proponiendo y no impo-
niendo nuestras opciones éticas, pero movilizando las
concienciasy dando cumplida información de los valores
en juego. Las instituciones corporativas reflexionando so-
bre su ética y sus orígenes, recuperando sus señas de iden-
tidad y haciéndolas visibles en el debate con la sociedad.
Y,obviamente, abriendo un diálogo constructivo con los
gobiernos y los poderes fácticos. Los grupos amenazados,
mediante la puesta a punto de mecanismos asociativos,
presenciaen la opinión pública y utilización de los recur-
sos jurídicos a que haya lugar. Los médicos, buscando la
protección de sus representantes y exigiendo la cobertura
de una objeciónde conciencia legal, sin trampas, si no
hubiere otra alternativa. Los intelectuales, por fin, con la
palabray la pluma, dotando de argumentación racional a
sus postuladosy convicciones. La sociedad no se trans-
muta porquelo impongan unas leyes
o lo proclamen
unos altavoces,sino porque
se infectan o porque están ya
debilitadasy vencidas, porque
se contaminan con la retó-
rica y las utopías de cada
tiempo, y por no desentonar en
40
los flujos y las modas de la polis, en cada momento de la
historia.
La reconducción de la bioética a razonables orienta-
cionesde respeto a la dignidad del hombre es un objetivo
de la mayor importancia, una exigencia que escapa del
ámbito de los médicos y de los científicos convencidos,
y
que supera sus esferas de influencia. Para pasar a ser un
deberde todos los que creen o creemos en la dignidad
humana. Ahí encuentra su lugar y su ámbito de influjo la
divulgaciónde las grandes cuestiones de la bioética, y la
prevenciÓnde las utopías deshumanizadoras, que la crisis
de los valores hace retornar.
41
ha apuntado antes——, el autor va refutando
sin radicalis-
mos y desde una argumentación racional, entre
mente filosófica y jurídica, las teorías o los suave.
criteriosque
sustentan los desarrollos polémicos de la Medicina
y dela
ciencia, ya sea la clonación, ya la eutanasia, la
oposición
los trasplantes, el niño «medicamento» o la selección a
des-
tructivade embriones. También la nueva eugenesia, ahora
de cuño liberal, entre autónoma y quimérica,quedaya
sus primeros pasos. Siguen luego los problemas del diag-
nóstico pre-implantatorio y la congelación de los embrio-
nes sobrantes; y la reconsideración de estatusquelos
hombres damos a los animales, cuestión nueva,quein-
cluye la referencia obligada a la naturaleza del hombre
como fundamento de la diferencia ontológica,esaquese
pretende anular, una diferencia esencial que generala dig-
nidad del hombre y es fuente de sus derechos y del pro-
pio Derecho.
Bioethique: L'homme contre l'Homme.P posee un título
desafiantepero no es una divulgación de datos o un do-
cumento para catequizar, cuanto para reflexionar, aunque
el autor incorpora ocasionalmente criterios de autoridad
del Magisterio. Es el desahogo de una vocación potente
por la bioética, de quien domina los criterios morales
desde el escenario de la política y la filosofía; y que se per-
cibe urgido a esa exigencia de participación en la cosa pú-
blica,de compromisocon la verdad, a que he aludido con
anterioridad.
Jean-FrédéricPoisson ha escrito un libro para sus
compatriotas,ciertamente,como los americanos escriben
para americanosy así sus argumen-
tos y reflexionesnos sucesivamente, pero
valen a todos por igual. No decep-
cionará en ningún caso castellana, al
que se sienta atraído al lector de lengua
por este nuevo marco de reflexión
42
quees la bioética; que se verá introducido en una
mentaciÓnsólida, dialogante, racionalizada e argu-
injertada en
el humanismo cristiano. Una divulgación de
importancia
extraordinaria,que pretende incorporar al lector
a
tionescandentes de la bioética, de la vida misma, cues-
sin pre-
tensionessistemáticas ciertamente ni de abarcar
todas las
cuestionesabiertas. En todo caso, el discurso de
desacreditalos argumentos Poisson
no opositores ni a sus agentes,
querespeta,pero rebate con sereno distanciamiento
y lu-
cidezlas cuestiones más crispadoras de la bioética.
Dentro de la diversidad de la respuesta moral
que es
posibleen cuestiones opinables, Poisson se identifica
bá-
sicamentecon la posición del Magisterio; pero no busque
ellectoruna argumentación teologizante en su libro,
por-
quefracasará.En otro lugar y refiriéndome al debate de la
bioéticahe subrayado la libertad de los laicos católicos, y
engeneralde los creyentes, a utilizar, en cada caso y cada
medio,el lenguaje civil adecuado —científico, filosófico,
médico,político o jurídico— que correspondaa la cul-
turadel autor, para defender en su medio sus conviccio-
nesmoralessobre el mundo y la sociedad. Que, obvia-
menteno renuncia a otros legítimos modos de desarrollo
y expresión.Pienso que, en el fondo, esto es sustancial-
mentelo que el autor hace en esta muy interesante apor-
tacióndivulgadora.
43
¿Porqué es necesario criticar
la bioética?
45
La ciencia plantea problemas
P. NOZIÊRES,
R. CORRIy C. WEISBUCH,
«Nanosciences - Nano-
technologies»
(Académie des sciences/Académie des technologies, Rap-
port
RST n.0 18, abril 2004).
47
ciencia, encuentra en la violencia política funestas aplica-
ciones a los avances tecno-científicos.
Por tanto, si nadie puede inquietarse por los avances
que se anuncian en cirugía, los medicamentos o la inves-
tigación básica, queda sin embargo pendiente la cuestión
de que, en algunos casos, la dignidad humana aparece di-
rectamente amenazada. A veces esto es evidente, como en
el caso de la clonación. En otros casos la amenaza es más
bien solapada: volviendo a las famosas «nanociencias»,
capaces de introducir sistemas físico-químicos en el cere-
bro humano y de modificar así los mecanismos de la per-
cepciónsensorial¿cómo tener en cuenta la totalidad de
sus efectosy proponer una evaluación ética de sus avan-
ces?La perspectivade poder telefonear un día a cualquier
rincón del mundo sin necesidad de un teléfono, sirvién-
donos de una minúscula pulga implantada en nuestro or-
ganismo ¿es algo realmente útil o solo más bien un glo-
rioso triunfo científico?¿Hay que considerar que este
avance es un progreso en cuanto a la habilidad tecnoló-
gica que opera en esos sistemas?¿O hay que verlo por el
contrario como un atentado directo (al menos potencial)
a la dignidad humana, habida cuenta de las posibles infe-
rencias de estos dispositivos sobre el hombre —su ciencia
y su libertad—, derivadas de las manipulaciones que po-
drían llevar a cabo algunos malhechores?
En suma, el desarrollo objetivo de las posibilidades de
la ciencia y la medicina provoca una doble inquietud. La
primera se refiere al futuro de la humanidad. Desde hace
algunas décadas se está abriendo paso una conciencia agu-
dizada sobre la fragilidad de la especie humana, de su per-
vivencia sobre la tierra. Surge en los espíritus tanto la ne-
cesidad de controlar drásticamente la producción de los
medios de destrucción masiva como una conciencia más
48
clarade la responsabilidad de las generaciones actuales
respecto a las generaciones futuras2. La segunda se refiere
al destino de la propia naturaleza humana, a las conse-
cuenciasde todas las posibles manipulaciones del hombre
sobre el hombre y de ahí el intento de su evaluación
ética3.
La bioética ha pretendido habilitar respuestas a esta
doble inquietud. Se comprenden bien las dificultades con
que tropieza el análisis de tales cuestiones: ¿con arreglo a
qué criterio valorar la calidad de un descubrimiento cien-
tífico que afecta a los vivientes? ¿La sola posibilidad de
una utilización perversa por un hombre bastaría para
prohibirel buen uso abierto por ese descubrimiento?
Si eso es así, se podría decir que habría que prohibir
también los cuchillos de cocina, mucho más letales que
tantos otros inventos humanos. ¿Imposible? ¿Poco serio?
Quizá.En todo caso el debate queda abierto. Del mismo
modo, también se debe hacer todo lo posible para com-
batir la infertilidad y sus consecuencias. ¿Pero es necesa-
rio llegar a legalizar todas las prácticas de procreación mé-
dicamenteasistida, pese a todas sus consecuencias sobre
el estatutodel embrión humano y sobre la psicología hu-
mana?¿Se puede igualmente hablar de las enfermedades
genéticasdonde entran en conflicto el dolor y la justicia?
Esevidente que deben tratarse y erradicarse. ¿Pero se debe
impedir a los embriones que presenten esas enfermedades
2 Una cuestión de gran importancia social, que fue abordada por pri-
meravez por Hans Jonas (El principio de responsabilidad, ensayode una
éticade la civilizacióntecnológica,Círculo de Lectores, 1994). (N. del T.)
3 Una cuestión abordada por distintos pensadores y desde funda-
mentosfilosóficosdistintos, como es el caso de Francis Fukuyama (Elfin
delhombre,Ediciones B, 2002) o Jurgen Habermas (Elfuturo de la natu-
ralezahumana ¿Hacia una eugenesia liberal?, Paidós, 2001. (N. del T.)
49
alcanzar la existencia, o conseguir mediante clonación re-
de órganos, con el fin
servas de células embrionarias, o dc
reparar a los que lo precisen llegado el momento? Esto es,
en suma, a lo que se dedica especialmente la bioética: no
se limita a recordar la importancia para el hombre del de-
ber de curar y cuidar -como lo haría, quizá, una «puesta
al día» de la ética médica- sino que debe aportar respues-
tas nuevas a situaciones nuevas que reclaman, es cierto,
una buena dosis de reflexión ética. Su intención será tam-
bién la de proporcionar a las leyes los principios básicos
destinados a enmarcar las prácticas científicas y médicas
inéditas, hasta llegar a suprimir las que se juzguen indig-
nas. La bioética desearía, como en su seguimiento los go-
biernosy parlamentos que han votado leyes sobre estas
cuestiones, conciliar los progresos de la ciencia con la pro-
teccióndel hombre, frente a todas las formas de instru-
mentación y explotación que se han hecho posibles por la
investigación y sus aplicaciones, un ámbito que se agranda
cada día.
Pero la respuesta es ambigua, porque descansa sobre
una filosofíade la persona también ambigua4, descrita
con un vocabulario ambiguo y persiguiendo objetivos a
50
vecescamuflados, con frecuencia mediante una
tranquilizadora. retórica
A propósito de la práctica de la reproducción
asistida,
la psicoanalista Monette Vacquin declara: «Es en
todo
casomuy difícil seguir pretendiendo que no pasa nada,
o
que lo que pasa sería estrictamente del orden de un pro-
gresocientífico al que no hay más que acostumbrarse
[...].
Si una mujer que padece una esterilidad tubárica puede
tenerun hijo gracias a una fecundación in vitro, tanto
Y,
mejor para ella. al mismo tiempo, se sabe bien
que pasa
algomás que eso. Pero si se quiere pensar así sobre estas
cuestiones ies necesario por lo menos pensarlas sin can-
dor!Hay que salir del angelismo del discurso sobre "el
progresode la medicina" y sobre "el derecho al hijo".
Todoeso me desagrada profundamente, sencillamente
porquees mentir y porque no tiene en cuenta la elimina-
ciónde vidas que implica, que cada uno puede advertir y
que nunca se menciona. No veo cómo se puede reflexio-
nar de un modo ético sin mencionar lo que va a pasar, sin
tratar de decirlo con las palabras más claras posibles, sin
describirloen toda su complejidad» 5.
Esaes también la razón por la cual, al menos por
ahora,parece haber fracasado la bioética. El conjunto de
losavancesque nos asaltan cada día, y que nos exhiben
unacienciaa un tiempo triunfante y aparentemente libe-
radade algunas exigencias, permite por sí solo afirmarlo:
la tentativade regulación y de conciliación deseada entre
elprogresode la ciencia y el respeto de la dignidad hu-
manase ha inclinado del lado de la ciencia, y deja malpa-
radaa la ética y en situación de timidez (se podría incluso
51
silencio, o de semi-ética) y así lo
hablar de reducción al
ejemplos.
muestran numerosos
si una tal situación es en sí
Nos podríamos preguntar
problemática. Cuando, como es el caso, se prefiere
misma
sistemáticamente(o casi) a la ciencia frente a la dignidad
la respuesta es afirmativa
humana ¿tiene eso un «coste»? Si
cómo valorarlo? Nos
¿cuál es ese coste, cómo definirlo y
parece que esa elección es sin duda onerosa. Lo es en pri-
mer lugaren un plano simbólico y además en el plano ope-
rativo. En el plano simbólico, porque proporciona una re-
presentación del hombre, de la persona, de la dignidad,
que los hace más frágiles.En el mismo momento en que se
le pretende curar de todo, se hace del hombre un ser debi-
litado, como si hubiera que acabar con su naturaleza actual
para entrar todavía mejor en una nueva era para la huma-
nidad. Algunospiensan, como por ejemplo Michel Serres,
que teniendo el hombre capacidad para definir, elegir y ha-
cer surgir el futuro de la humanidad, debe hacer frente a
esta responsabilidad,debe inventar y elegir una nueva na-
turalezahumana6. Otros pronostican a la naturaleza hu-
mana un «porvenir» que sería distinto de su pasado y de su
presente:Jürgen Habermas abre la marcha justificando un
cierto número de prácticas que intentan objetivamente
«mejorarla especiehumana», por cierto con respeto de la
libertad individual!7. Él llama a esta actitud «eugenismo li-
beral»por oposición a otros eugenismos llamados totalita-
rios. Dominique Lecourt, por su parte, expresa sus deseos
de una menor resistencia a la ciencia, para que actúen so-
bre el hombre el conjunto de técnicas actualmente operati-
52
. «Elcuerpo humano debería suponer una mayor liber-
El frenesí con que estos distintos autores
tadpara todos»8.
aboganpor dejar a la ciencia que haga nacer el nuevo ser
humanono es, desde un cierto punto de vista, criticable.
Hayque cuidar y curar, por supuesto, y tener siempre pre-
senteel deber de erradicar el sufrimiento y la enfermedad o
al menos de mantener esa tendencia. Siendo esto así, es
precisotambién constatar que, en muchos casos, las opcio-
nesque oferta la ciencia son un tanto precipitadas, llenas
desentidoy de símbolos, pero no necesariamente justifica-
daspor los resultados experimentales.
En un plano operativo, en efecto, la deriva de privile-
giara la ciencia frente a la dignidad pone a la investiga-
ciónsobrepistas difíciles, algunas sin grandes esperanzas;
mientrasque otras vías son posibles, sobre todo las que
sonrespetuosascon la dignidad humana en todas sus di-
mensiones.Por ejemplo, se ha preferido dominar la pro-
creaciónasistida en vez de luchar activamente contra las
causasde infertilidad, o explorar las pistas de la clonación
embrionariamejor que la investigación sobre las células
madreadultas. Algunos, incluso, quieren legalizar la euta-
nasiaactiva, en vez de promover activamente los cuida-
dospaliativosy desarrollar sin tregua los medios para lu-
charcontra el dolor físico y moral.
8 DominiqueLECOURT,
Humain, post-humain, PUF, 2003.
53
hijos a los padres aquejados de infertilidad? ¿Qué hay en
la moral o en la ética que impida responder a esta de-
manda por todos los medios? ¿Por qué habría que prohi-
bir o limitar la utilización de la píldora llamada «DHEA»
destinada a retardar o limitar el envejecimiento del hom-
bre?9.La penuria de órganos trasplantables ¿no debería
conducir ineludiblemente a producir, por vía de repro-
ducción o de clonación, los órganos que faltan para salvar
a los enfermos? Ya que el hombre domina la técnica del
duende genético o al menos parece dominarla, ¿qué po-
dría impedir que echara mano de esta técnica para curar
embriones aquejados de malformaciones dolorosas y peli-
grosas?
Se afirma que las religiones se oponen a «todo eso». Pues
bien lejos de constituir trasgresionesa las normas morales, y
en particular a las normas religiosas, estas diferentes inten-
ciones, estos diferentes proyectos ¿no son otras tantas res-
puestas al mandato del Creador en el Génesis: «Dominad la
tierra y Esta perspectiva invita a los hombres a
mantener una doble relación con la tierra: conocerla y, en la
medida de lo posible, dominar su comportamiento y sus
efectos. La ciencia y la tecnología —se dice— respetando
este doble mandato no harían más que responder a la invita-
ción transmitida por Dios a los hombres.
El islam, si exceptuamos a sus representantes integris-
tas, afirma que, en lo tocante a la materia, lo importante
54
la voluntad de Alá y no perturbar el orden na-
esrespetar Alá comprende a los creyentes, es mise-
Con
cural. todo,
ricordiosoy no condenará necesariamente el recurso al
progresocientífico,en particular, por ejemplo, la dona-
de órganos. Las grandes religiones y
cióno el trasplante
agnóstico no se oponen por prin-
tambiénel humanismo
ciencia y celebran los progresos
cipioa los avances de la
realizadospara el bien de la humanidad: muy particular-
menteen cuanto esos progresos responden, para unos, a
lamisiónoriginal confiada por el Creador al hombre, se-
otrosa la naturaleza del hombre y a su condición.
Destaquemospues que la inquietud y las reservas for-
muladasfrente a la ciencia no proceden, contrariamente
a Ioquese cree, de los creyentes ni de los moralistas de
viejocuño.Un buen número de observadores, intelectua-
les,juristas,médicos y psicoanalistas, que hacen profe-
Siónde agnosticismoo ateismo militante también han
relativizado, cuando no condenado, algunos de los su-
puestosprogresosde la ciencia o de la medicina. No en
nombrede alguna religión, por cierto, sino en nombre
delhumanismoll. De modo que la línea de fractura que
cruzala bioética y sus cuestiones no pasa por la divisoria
entrecreyentesy no creyentes, sino entre partidarios de
unalimitaciónde los poderes de la ciencia y los otros:
globalmente,entre el humanismo y el cientism0 12. Esta
líneade fracturaes una primera buena razón para criticar
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o examinar la bioética, sus propuestas y su valoración
ética.
Finalmente, una reflexión sobre la bioética y sobre las
aplicaciones de la técnica médica y científica, debe refe_
rirse tanto a los límites como a los objetivos y al conte-
nido de esas aplicaciones. Su cuestión central podría for-
mularse así: «¿Hasta dónde se puede dejar llegar a la
ciencia y a la investigación?». Siendo esto así, hay que es-
tablecer una distinción esencial en el seno mismo de las
prácticas médicas o científicas. Por una parte están las
que se proponen la «reparación»del ser humano y quç se
interesan «únicamente» por el funcionamiento de su or-
ganismo. Pero hay también otras prácticas que deben ser
interrogadasno solo sobre sus límites sino también en sus
objetivos. Por ejemplo, es preciso diferenciar radical-
mente la lucha contra la infertilidad (que intenta que el
organismo humano pueda cumplir correctamente su fun-
ción procreadora) de una parte, y de otra la eutanasia ac-
tiva o la clonación, que siendo objetos de estudio de la
bioética, adoptan como sujetos a la propia naturaleza hu-
mana y no solo al funcionamiento del cuerpo.
El problema aquí es doble. En primer lugar, esta dis-
tinción entre técnicas que afectan al cuerpo y las que se
refieren a nuestra concepción del ser humano no se hace,
o se hace muy poco. Y además, con mucha frecuencia, la
ciencia y la medicina no han cesado de «jugar» en el te-
rreno de lo que nuestra civilización considera como los lí-
mites morales del acto humano. En segundo lugar, la re-
flexión bioética ha participado también en este «juego».
De modo que la mayor parte de la producción bioética,
desde hace treinta y cinco años, ha consistido en legiti-
mar las diferentes transgresiones inducidas
por la ciencia
y la medicina, e intentar, apriori
o a posteriori, justificar
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lainscripciónde sus transgresiones en las leyes; y esco vale
tambiéna veces para el Comité consultivo Nacional de
Éticacorrespondiente.
Estatoma de posición a la vez ideológica y práctica
mereceque nos detengamos aquí. De modo que una re-
flexiónsobre las aplicaciones de la ciencia y de la medi-
cina,asícomo sobre los desarrollos de la bioética, puede
rápidamenteconvertirse en una visión integrada sobre las
orientaciones de la ciencia y la investigación médica en la
corrientede este siglo. Tanto más cuanto que esas orien-
taciones,si no es que se ocultan en su realización, al me-
nosse camuflanbajo una retórica destinada a tranquilizar
a lospueblos,que les oferta el progreso científico como
un bien indefectible y a su alcance. Esto no siempre es
verdadero,y es lo que es preciso examinar mirando más
decercaeste fenómeno moderno que constituye la bioé-
ticay su acomodación a las nuevas prácticas médicas.
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