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Comentario Hageo

Este documento presenta una introducción al libro bíblico de Hageo. Explica que el libro fue impartido como estudios bíblicos a un grupo de jóvenes para animarlos a dedicar sus vidas totalmente a Dios. También describe la situación del pueblo de Israel a quien se dirigió Hageo, notando que la casa de Dios se encontraba en ruinas y el pueblo indiferente. El objetivo principal del libro era despertar al pueblo para que reconstruyeran la casa de Dios.
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Comentario Hageo

Este documento presenta una introducción al libro bíblico de Hageo. Explica que el libro fue impartido como estudios bíblicos a un grupo de jóvenes para animarlos a dedicar sus vidas totalmente a Dios. También describe la situación del pueblo de Israel a quien se dirigió Hageo, notando que la casa de Dios se encontraba en ruinas y el pueblo indiferente. El objetivo principal del libro era despertar al pueblo para que reconstruyeran la casa de Dios.
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COM
Tabla de contenidos
Tabla de contenidos 2
El libro de Hageo - Introducción 5
Presentación y objetivo de estos estudios 5

La situación del pueblo de Israel al que se dirigió Hageo 5

La casa de Dios 6

Preguntas previas 8
1. ¿Por qué es necesario estudiar el Antiguo Testamento? 8
2. ¿Cómo hemos de estudiar el Antiguo Testamento? 9
3. ¿Tiene el Antiguo Testamento un mensaje actual para nosotros hoy? 11
4. ¿Cómo debo yo reaccionar ante este libro de Hageo? 12

Hageo - Testigos de Dios en el mundo 14


El propósito de la elección de Israel 14

Lecciones para el pueblo de Dios en el día de hoy 15

Hageo - La cautividad en Babilonia 18


Implicaciones de la conquista de Israel por Babilonia 18

Dios cumple sus promesas 20

Testigos del Dios vivo 21

Esforzaos, cobrad ánimo y trabajad (Hageo 1:1-15) 24


Introducción histórica 24

Esquema del libro y tema principal de Hageo 25

El primer mensaje de Hageo (Hag 1:1-15) 25


1. La Casa de Dios en ruinas 26
2. El problema del materialismo 27
3. Las excusas del pueblo para no atender la Casa de Dios 28

Nuestra responsabilidad en la edificación de la Casa de


Dios (Hageo 1:14-15) 31

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La respuesta del pueblo 31

Edificando la Casa de Dios 31


1. Fracasos en la edificación de la Casa de Dios 31
2. Causas del fracaso para dar testimonio de Dios: No le conocemos
suficientemente 32
3. Causas del fracaso para dar testimonio de Dios: No aceptamos su señorío en
nuestras vidas 33

Algunas referencias a la Casa de Dios en el Nuevo Testamento 35

Reflexión final 35

El problema del desánimo (Hageo 2:1-9) 37


La causa del desánimo 37
1. Recordaban la gloria de los tiempos pasados 37
2. Recordaban con tristeza sus propios pecados 38
3. Los enemigos de la Obra de Dios 39

La solución al desánimo 39
1. “Yo estoy con vosotros, dice Jehová de los ejércitos” (Hag 2:4) 39
2. “Según el pacto que hice con vosotros” (Hag 2:5) 41
3. “Llenaré de gloria esta casa” (Hag 2:7-9) 43

Dios requiere la santidad de su pueblo (Hageo 2:10-19)


46
Dios requiere la santidad de su pueblo para servir en su Casa 46

¿Qué es la santidad? 46

Tres ideas centrales 47


1. Dios requiere de su pueblo vidas de auténtica santidad 47
2. La santidad no se consigue por el contacto con las cosas sagradas y santas 49
3. La inmundicia sí que se contagia por el contacto con las cosas impuras y
sucias 49

Una promesa de bendición (Hag 2:15-19) 50

Donde no hay visión de futuro el pueblo perece (Hageo


2:20-23) 51
1. Una advertencia solemne 51
2. Una promesa gloriosa 52

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3. Una visión animadora 52

Notas adicionales sobre los enemigos del pueblo de Dios 53


1. ¿Quiénes eran los enemigos en tiempos de Hageo? 53
2. La historia se repite 54

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El libro de Hageo - Introducción
Presentación y objetivo de estos estudios
Presentamos aquí las notas de los estudios sobre el libro del profeta Hageo que fueron
impartidos por el querido hermano don Eric Bermejo en el centro de estudios bíblicos del
Centenillo, en España, a un grupo de jóvenes de diferentes procedencias. Ahora las
compartimos por este medio con la confianza de que, con la ayuda del Señor, también
pueden ser de utilidad para otros hermanos.
La necesidad más urgente de la hora que vivimos, es la de una generación de jóvenes
dispuestos a ser gigantes espirituales. Jóvenes totalmente dedicados a Dios, y dispuestos
a decir “NO” a la impiedad y a los deseos mundanos, para vivir vidas disciplinadas e
íntegras, vidas que honren a Dios en medio de este mundo en el cual vivimos (Tit 2:12).
Cualquier cosa que tienda a enfriar en lo más mínimo tal clase de determinación y
devoción, indicaría un punto de tragedia espiritual en la vida de tal persona. Esta es
nuestra visión, y por esto oramos, trabajamos y celebramos estos cursillos intensivos
cada año.
Si alguien nos preguntase: ¿Cuál es el camino que he de seguir para llegar a ser un joven
totalmente dedicado a Dios de verdad, con una vida que honre a Dios de verdad, y que
sea un canal de auténtica bendición –y hasta de salvación– para la gente en mi
alrededor? Nuestra respuesta sería la siguiente:
El camino comienza con una vuelta sincera, verdadera y de corazón a la Biblia, con la
intención expresa de encontrarse allí con Dios, escuchar atentamente su voz, inclinar el
corazón y la voluntad ante Él, conocerle, amarle y adorarle, para así ser transformados de
gloria en gloria hacia la misma imagen de su Hijo por el Espíritu del Señor, cuya
maravillosa influencia fluye con poder por cada renglón de este Sagrado Libro que Él
mismo inspiró, (2 Co 3:18) (2 P 1:21). No existe otro camino.
Y Dios sigue buscando hoy lo mismo que en los tiempos descritos en los primeros
capítulos de 1 Samuel: Personas dispuestas a decirle al Señor, con todo el corazón y con
todas las consecuencias, lo que dijo el joven Samuel: “Habla Señor, porque tu siervo
oye” (1 S 3:10). Personas deseosas de llegar a conocer a su Dios de una forma real,
personal y entrañable, para que tal como pasó en el caso de Samuel, Jehová se
manifieste a él por su Palabra (1 S 3:21). Entendiendo primero que nada de valor
podremos hacer para el Señor sin este conocimiento íntimo y creciente de Él. Y personas
dispuestas a servir a Dios en sus casas, negocios, en medio de una sociedad indiferente y
superficial, e incluso en medio de la decadencia espiritual que abunda en el mundo
llamado cristiano en el día de hoy, como también ocurrió entre el pueblo de Israel en los
tiempos de Samuel.

La situación del pueblo de Israel al que se dirigió Hageo


Como fácilmente observamos de una lectura rápida de este profeta, uno de los temas
predominantes tiene que ver con “la casa de Dios”. Si nos fijamos, la expresión aparece
un total de 10 veces en 38 versículos.
En los primeros versículos se nos dice que la casa de Dios estaba en ruinas y desierta
(Hag 1:4). También vemos que el pueblo estaba sumido en una increíble indiferencia ante
esta situación (Hag 1:4,9). Como consecuencia de todo ello, vemos cómo Dios, por medio

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de su profeta Hageo, reta al pueblo para que reflexione sobre la incongruencia de su
indiferencia y sobre las tristes consecuencias que estaba teniendo en sus vidas: “Meditad
sobre vuestros caminos” (Hag 1:5,7).
Hoy seguimos escuchando estas mismas palabras dirigidas como fuertes toques de
bocina al pueblo de Dios para despertarles de su apatía fatal. “Esforzaos”, “cobrad ánimo”
y “trabajad” les dirá en (Hag 2:4). Y les animará con una hermosa promesa: “Porque yo
estoy con vosotros, dice Jehová de los Ejércitos”.
Este título de Dios, “Jehová de los Ejércitos” se encuentra nada menos que catorce veces
en este corto profeta, y enfatiza el señorío y la autoridad absoluta de nuestro Dios sobre
todos los poderes de este mundo, del universo entero y del mundo sobrenatural más allá
de nuestra vista. Sus ejércitos se componen de incontables millones de ángeles que
administran en su nombre los asuntos diarios de sus vastos dominios (Gn 28) (Sal
103:21) (Sal 104:4) (He 1:7). Y con esos mismos ejércitos un día irrumpirá en nuestro
desdichado mundo para imponer por la fuerza, aquí en la tierra, la gloriosa “casa de Dios”,
o lo que es lo mismo, su Reino y la Administración del cielo (Hag 2:6-7) (Hag 2:20-23) (2
Ts 1:7) (Ap 19).
Mientras esto ocurre, estos mismos “ejércitos” son “espíritus ministradores enviados para
servicio a favor de los que serán herederos de la salvación” (He 1:14).
Todas estas palabras transmitieron un tremendo ánimo a la gente de aquel entonces,
sirviendo para despertarles de su fatal apatía e indiferencia, y llevarles a trabajar en la
casa de Dios, reparar sus ruinas, restaurar su culto y sus actividades, y de ese modo
glorificar al Dios de Israel.
Pero estas palabras son de tremenda importancia también para nosotros, ya que al igual
que ellos, nosotros somos llamados a trabajar hoy a favor de la casa y los intereses de
Dios, luchando contra toda clase de apatía, indiferencia, obstáculo y oposición humana o
diabólica. Y oposición siempre la habrá, tal como veremos a lo largo de estos estudios.
Pero debemos animarnos, porque si este Dios que cuenta con todos los recursos del
universo está por nosotros, ¿quién podrá contra nosotros? (Ro 8:31,37-39). Y por
supuesto, Dios “no será injusto para olvidar vuestra obra, y el trabajo de amor que habéis
mostrado hacia su nombre” (He 6:10). “Así que, recibiendo nosotros un Reino
inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor
y reverencia” (He 12:28).

La casa de Dios
Puesto que Dios nos llama a trabajar en su Casa, es necesario que antes de nada
sepamos a qué se refiere este concepto y qué implicaciones tiene para nosotros hoy.
Leyendo algunos pasajes bíblicos rápidamente nos damos cuenta de que la expresión “la
Casa de Dios” implica mucho más que un mero edificio de madera, piedra u otros
materiales.
Empecemos por considerar la primera vez que aparece esta expresión en la Biblia. La
encontramos en (Gn 28:17). Es evidente que allí Jacob no vio ningún edificio. Lo que sí
que vio fue el gobierno de Dios y su vasta administración en pleno funcionamiento, allí
mismo, a su lado. Para entender esto un poco mejor podemos ver la referencia que un
poco más adelante se hace a la “casa de Potifar” (Gn 39:1-6). Por el contexto queda claro
que se refería a los negocios y múltiples intereses de Potifar, tanto dentro de su residencia
como fuera; en el campo y en el mercado. Otro ejemplo lo encontramos en (2 S 3:1),

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cuando al hablar de “la casa de Saúl” y “la casa de David”, claramente nos da a entender
que se trataba de aquel que estaba sentado en el trono de Israel y lo gobernaba. Por lo
tanto, el concepto se relaciona con la “Casa Real” y la administración de todos sus
recursos.
Y no debemos olvidar que el legítimo heredero de la casa de David sería un descendiente
suyo, el Mesías, nuestro Señor Jesucristo, ante quien un día toda rodilla se tendrá que
doblar, y toda lengua confesará que él es el Señor, para gloria de Dios (Fil 2:11).
Pero ya en los evangelios encontramos que, desde el momento en que el Señor fue al
templo con doce años, dejó clara esta cuestión cuando les dijo a sus padres: “¿No sabíais
que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” (Lc 2:49).
Más adelante, el escritor de Hebreos, hablando acerca de los largos años de abnegado
servicio de Moisés a favor del pueblo de Dios, sacándolos de Egipto, guiándolos a la
Tierra Prometida, instruyéndoles en la Palabra, desviviéndose por ellos día tras día
durante cuarenta años, Hebreos nos dice que todo ese trabajo fue realizado con fidelidad
a favor de la Casa de Dios (He 3:2).
Y la situación sigue siendo la misma hasta el día de hoy. Por eso, cuando Pablo escribió a
Timoteo le recordó que todo su trabajo de enseñanza, exhortación y pastoreo en la iglesia
de Éfeso en la que se encontraba, era trabajo en y a favor de la Casa de Dios:
(1 Ti 3:15) “Para que sepas cómo debes conducirte en la CASA DE DIOS, que es la
iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad.”
Y de la misma manera que aun una pequeña isla perdida en el gran océano en la que
sólo viven dos familias en unas sencillas cabañas es el territorio de alguna nación, y por lo
tanto es intocable, así es con cualquier iglesia local en cualquier parte del mundo. Es una
parte de la Casa de Dios en este mundo, y de igual manera es intocable. Por eso, la
solemne advertencia que Pablo hizo a los creyentes en Corinto:
(1 Co 3:17) “Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el
templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es.”
Y por esa misma razón cada uno debe tener cuidado de cómo edifica esta casa:
(1 Co 3:10-15) “Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito
arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo
sobreedifica. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el
cual es Jesucristo. Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras
preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque
el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea,
el fuego la probará. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá
recompensa. Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo
será salvo, aunque así como por fuego.”
Resumiendo podemos decir que al hablar de la “Casa de Dios” hemos de pensar en
términos de su Soberano, sus ministros, su gobierno y administración, y sus múltiples
asuntos e interesen en este mundo. Podríamos decir que su uso se parece en ciertos
sentidos al que hacemos cuando nos referimos a “la Casa Blanca” o “la Casa Rosada”
para hablar de los gobiernos de Estados Unidos o de Argentina.
No obstante, aunque este mundo es de Dios, hay un impostor que se ha rebelado y que
ha levantado su bandera aquí, ganando para sí la ciega lealtad de innumerables
seguidores.
(1 Jn 5:19) “Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno.”

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Hoy se repite la misma situación que encontramos en (2 S 3:1), donde la casa de Saúl
luchaba contra los intereses de la casa de David. Y el diablo, el gran usurpador, ha
establecido su casa en este mundo y lucha contra los intereses del Reino de Dios.
Pero el Señor Jesucristo, el Hijo de David, y también el Hijo de Dios, ya vino a este mundo
para velar por los “negocios de su Padre” (Lc 2:49).
Ahora, al estudiar el libro de Hageo, nos vamos a encontrar con la misma lucha espiritual,
y también descubriremos cómo aquellos primeros israelitas a los que el profeta se dirigió,
podían y debían ocuparse de “la Casa de Dios”. Al hacerlo, descubriremos principios que
también nos ayudarán a nosotros en esa misma lucha espiritual.

Preguntas previas
Antes de empezar el estudio de Hageo, y con el fin de preparar bien el terreno que hemos
de trabajar, nos conviene considerar y contestar algunas preguntas:
1. ¿Por qué es necesario estudiar el Antiguo Testamento?
Esta es una pregunta importante, ya que mucha gente cree que para el pueblo de Dios en
esta dispensación de la gracia, ya tenemos suficiente con el Nuevo Testamento, y el
Antiguo nos sobra. Para esas personas, el Antiguo Testamento está allí simplemente
como una especie de curiosidad histórica, útil únicamente para aquellos a los que les
interesan esas cosas. Otros piensan que sólo sirven para entretener a los niños de la
Escuela Dominical con interesantes historias como las de David y Goliat, o Jonás y el
gran pez. Pero la verdad es muy diferente.
En el Antiguo Testamento Dios nos está hablando en el día de hoy (He 1:1-4). Y cuando
Dios habla, es una actitud muy peligrosa no escucharle.
Pero además, en el Antiguo Testamento es donde Dios comienza a revelarse a sí mismo
en toda su incomparable gloria, su divina majestad, su soberano poder, su perfecta
justicia y sus increíbles propósitos de bien para con los habitantes de este diminuto
planeta, ¡nosotros!
Por eso, nunca tendremos una visión adecuada de Dios, ni un aprecio adecuado de sus
maravillosos propósitos para con nosotros, a no ser que nos empapemos bien en el
contenido del Antiguo Testamento.
Recordemos siempre que es en el Antiguo Testamento donde comenzamos a detectar los
grandes trazos del programa de Dios para la resolución del gran dilema humano que el
pecado ha creado con todas sus desastrosas consecuencias. Es allí donde se nos
empieza a mostrar cómo Dios va a restaurar todo lo que ha quedado desfigurado y roto
en este desdichado mundo como resultado de esa gran calamidad. Y es allí también
donde empezamos a ver el restablecimiento del Gobierno y la Administración de Dios (la
Casa de Dios), sobre todas las naciones de este mundo.
Por lo tanto, el que descuida la lectura y el estudio serio del Antiguo Testamento se coloca
en una posición de gran desventaja en cuanto a la comprensión de estos grandes temas,
tan esenciales para nuestra formación espiritual. De ese modo nunca podremos llegar a
ser verdaderamente útiles en la Casa de Dios y en los negocios de nuestro Padre en este
mundo terrenal ahora, y en el mundo sobrenatural de Dios en el futuro.
No nos olvidemos del mensaje básico de la segunda epístola de Pedro: esta vida
temporal es una preparación para la vida venidera en ese otro mundo infinitamente
superior y eterno.

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2. ¿Cómo hemos de estudiar el Antiguo Testamento?
Esta es otra pregunta de mucha importancia, ya que esta cuestión se presta
frecuentemente a confusión y error. Algunos tienen la tendencia a alegorizar el texto, o
sea, a no tomar el texto de forma literal, sino de forma simbólica, mientras que otros lo
espiritualizan todo, sin prestar atención a las lecciones primarias, históricas y literales.
En términos generales existen tres niveles de interpretación:

El nivel histórico
Una parte muy importante del Antiguo Testamento es historia, y así hay que tratarlo. Por lo
tanto, hemos de esforzarnos por entender en primer lugar el momento y las circunstancias
históricas del libro o pasaje que estamos estudiando, y las lecciones literales que Dios
estaba enseñando a la gente que se encontraba allí en ese momento y circunstancias
concretas. Este siempre deberá ser nuestro primer objetivo.
Cuando vayamos estudiando el libro de Hageo nos enfrentaremos con una lección de
primordial importancia: la historia humana no es simplemente una serie de eventos
totalmente causales e irracionales, sin ningún plan o propósito, y sin ningún fin u objetivo
específico, tal como afirman los historiadores seculares. Por el contrario, veremos que la
historia del pueblo de Israel demuestra que existe un Dios detrás de la historia,
conduciéndolo todo hacia el glorioso clímax del cual Hageo nos habla, cuando vendrá por
fin el “Deseado de las naciones”, y este mundo tan dañado por la maldad humana, será
transformado bajo el reinado maravilloso de ese “Deseado”.

El nivel espiritual
No debemos perder nunca de vista el hecho de que existe un mundo de grandes y
gloriosas realidades espirituales a nuestro alrededor; un mundo espiritual y eterno, no
como este mundo material y pasajero en el que pisamos. Se trata de un mundo
sobrenatural, pero intensamente real e infinitamente superior a este.
Además, es un mundo con el cual podemos contactar ahora mientras vivimos aquí; si en
verdad hemos “nacido de arriba” (Jn 3:3), y si el Espíritu de Dios mora en nosotros.
Notemos cómo lo expresa el autor de Hebreos:
(He 12:22-24) “sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios
vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la
congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de
todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo
pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel.”
Notemos bien la primera frase: “os habéis acercado”, ¡Ya! Además, es un mundo donde
nuestros nombres están escritos en los cielos. Es el mundo donde Dios, el Juez de todos,
mora. Y también Jesús, el Mediador del Nuevo Pacto, cuya sangre autoriza nuestra
entrada allí. El mundo donde se mueven incontables millares de ángeles, y donde se
congregan multitudes sin número de los redimidos que ya terminaron su peregrinaje aquí
en este mundo. Es el Reino inconmovible de Dios, al cual pertenecemos, y por cuya
causa se nos reta a servirle con temor y reverencia (He 12:28).
Es un mundo espiritual, cuyo carácter, vida, valores, leyes, preceptos y objetivos son muy
diferentes a los de este mundo material. Pertenecen a un nivel y una categoría muy
superiores.
Por lo tanto, si vamos a servir a Dios en su Casa y en sus negocios (que son
esencialmente conceptos y realidades espirituales) de forma aceptable y eficaz,

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tendremos que ir aprendiendo y asumiendo las grandes lecciones espirituales que la
Palabra de Dios nos quiere enseñar, y que yacen detrás de muchos de los incidentes
históricos que la Biblia nos narra, como por ejemplo en Hageo.
Pero, ¿cómo detectaremos esas lecciones espirituales sin caer en interpretaciones
fantásticas y falsas? Teniendo en cuenta dos cosas.
La primera es dándonos cuenta de que Dios ha ordenado muchas de las características
de este mundo material de tal manera que reflejen e ilustren realidades superiores y
espirituales que pertenecen a ese mundo espiritual, el mundo de Dios. Así que hemos de
estar siempre alertas para detectar, detrás de las circunstancias históricas, un posible
nivel espiritual. Y “subir de clave”, por así decirlo, de las circunstancias históricas a las
lecciones espirituales.
Y en segundo lugar, notando que el nivel espiritual y sus lecciones, siempre serán
confirmadas por las grandes verdades claramente expuestas para nosotros en el Nuevo
Testamento.
Por ejemplo, vamos a ver en Hageo cómo el lamentable descuido de la Casa de Dios por
parte de la gente de aquel entonces trajo como consecuencia una serie de malas
cosechas que resultaron en una escasez de alimentos y hambre. Sufrieron una gran
insatisfacción física real (Hag 1:6). ¿Hay alguna lección espiritual para nosotros aquí? ¿O
es simplemente un dato histórico sin mayor importancia para nosotros, ya que tal vez en
nuestro caso no estamos pasando hambre? ¿Qué nos puede enseñar esto si nuestros
supermercados están llenos y repletos de productos y nosotros estamos más que
satisfechos físicamente? ¿Qué lección puede haber aquí para nosotros?
Sospechamos que sí debe haber alguna lección espiritual detrás de esa circunstancia
física, pero ¿cómo detectarla sin pisar en falso y sacar conclusiones que simplemente
salen de nuestra imaginación y que por lo tanto no tienen ningún valor?
Como decíamos, el Nuevo Testamento nos puede ayudar. Por ejemplo, en la historia que
encontramos en el capítulo 4 del evangelio de Juan, vemos que el Señor usó el elemento
físico del agua, junto con nuestra necesidad fisiológica de ella, como una ilustración de
una gran verdad espiritual. El Señor le hizo notar a la mujer samaritana que el agua que
ella sacaba del pozo nunca podría darle una satisfacción física, lo que le sirvió como
ilustración de una sed mucho más profunda que cada ser humano tiene en su alma y
espíritu, y que sólo Cristo puede satisfacer.
Esta sigue siendo una lección válida hasta nuestros días. Somos seres con una
dimensión espiritual, y por eso nunca hallaremos plena satisfacción en lo meramente
físico y material. Sólo la hallaremos por medio de un encuentro personal con el Señor,
bebiendo hondamente de las aguas de la salvación que él nos ofrece.
Por otro lado, notamos que en su conversación posterior con sus discípulos (Jn 4:31-34),
el Señor usó la comida que ellos traían para satisfacer el hambre física como una
oportunidad para hablarles de otro tipo de hambre mucho más profunda. Un hambre del
alma y del espíritu que sólo podrá hallar plena satisfacción haciendo de la obra de Dios y
sus interesen en este mundo, la principal prioridad de nuestras vidas.
Con esto último coincide otra de las importantes lecciones que aprendemos en el capítulo
1 de Hageo: el descuido de la Casa y los intereses de Dios traerá como consecuencia una
profunda insatisfacción espiritual a nuestras almas.
Esto es así porque hemos sido creados para un mundo superior, para el mundo de Dios y
los intereses de su Casa, por esa razón, mientras el Señor nos tenga aquí, ninguna otra
cosa que no sea ocuparnos de esto nos traerá auténtica y duradera satisfacción.

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Así que, en nuestro estudio de Hageo estaremos siempre atentos para saber cuándo
hemos de subir a la “clave mayor” para sintonizar con las lecciones espirituales que Dios
nos quiere enseñar en este Libro inspirado.

El nivel profético
Hay un refrán inglés que dice: los eventos del porvenir echan sus sombra por delante. O
sea, que primero vemos la sombra de lo que se va acercando, y después de un tiempo
aparece en el escenario la realidad detrás de la sombra. Y eso, en el contexto bíblico,
tiene una resonancia muy certera.
Los eventos históricos narrados en la Biblia muchas veces resultan ser una especia de
sombra o anticipo, a pequeña escala, de lo que va a ocurrir en los tiempos finales de la
historia de este mundo a una escala mucho mayor y final. Y esto también lo vamos a
encontrar en el libro del profeta Hageo.
Por ejemplo, la caída repentina e inesperada del gran Imperio Babilónico ante el ejército
de Ciro el Persa en el año 536 a.C., conmovió y trastornó todo el escenario político,
militar, comercial y social de todas las naciones limítrofes de aquel entonces.
Hageo nos muestra que aparte de ser un evento histórico real, es un presagio de un
trastorno venidero de mucha mayor envergadura, relacionado con la Segunda Venida del
Señor en poder y gloria para imponer su Reino y asumir el gobierno del mundo entero.
Véase (Hag 2:6-9) (Hag 2:20-23) (He 12:26-29).
3. ¿Tiene el Antiguo Testamento un mensaje actual para nosotros hoy?
La respuesta es un sí enfático. Es por eso que los 39 libros del Antiguo Testamento han
sido conservados en el canon de las Sagradas Escrituras y tienen una voz y validez
perpetua (Mt 5:18). Vemos también que cuando Pablo escribió a Timoteo hizo referencia
a las Escrituras del Antiguo Testamento (2 Ti 3:14-17), y dijo de ellas que habían sido
inspiradas por Dios y eran útiles, no sólo para llevar a la persona a la salvación, sino
también para crear en él un carácter maduro. Por supuesto, a las Escrituras del Antiguo
Testamento hay que añadir las del Nuevo. Todas las Escrituras son imprescindibles para
nosotros.
Como vemos son muchas las cosas que podemos aprender del Antiguo Testamento.
Pablo explica otra razón más:
(1 Co 10:11) “Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para
amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos.”
Si miramos con atención los versículos anteriores a esta cita, veremos una importante
lista de lecciones vitales que hemos de aprender de la historia del pueblo de Dios en el
pasado.
Con esto mismo coincide el escritor de Hebreos en los capítulos 3 y 4, donde nos explica
gráficamente otra lección fundamental para los hombres de todos los tiempos:
(He 3:15) “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones”
Notemos esta seria advertencia a “oír su voz” que hablaba desde el Antiguo Testamento
por medio de la historia y las experiencias que el pueblo de Dios había tenido en el
pasado. No hacerlo sería grave.
Aun en el mundo secular se enfatiza la importancia de aprender bien las lecciones de la
historia. Esto se expresa en el refrán popular: Los que ignoran las lecciones de la historia,
están condenados a repetir sus mismos errores.

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Esta es una verdad que sigue estando vigente para el hombre del siglo XXI. Porque a
pesar de todos los enormes progresos de nuestro mundo moderno, en el fondo, el ser
humano sigue siendo igual. Y Dios tampoco cambia, ni su Palabra, ni el carácter y los
principios de su Casa, ni sus planes y proyectos para hoy y para mañana.
4. ¿Cómo debo yo reaccionar ante este libro de Hageo?
En primer lugar, creyendo de verdad que a través de estos 38 versículos, Dios mismo me
está hablando. El Dios que edificó el inmenso Universo, que lo sostiene por la palabra de
su increíble poder, y quien administra sus vastos dominios por medio de incontables
millones de ángeles, este mismo Dios me está hablando. ¡Jehová de los Ejércitos!
En cuanto a esto, notemos la repetición enfática de ciertas frases a lo largo de este corto
libro:
• “Vino palabra de Jehová”

• “Así ha dicho Jehová”

• “Dice Jehová”

• “Ha dicho Jehová”

Por eso, cuando leemos este libro debemos creer de corazón que el Dios de la historia
me está hablando hoy a mí, personalmente, por medio de estas palabras escritas por su
profeta Hageo.
En segundo lugar, pidiéndole a Dios que al leer estos versículos, Dios despierte mi
espíritu, como despertó el espíritu de la gente de aquel entonces hace 2500 años (Hag
1:14), para que pueda detectar y aprender las tremendas lecciones espirituales que yacen
bajo la superficie de este pequeño libro.
Porque a no ser que las palabras de este libro vayan filtrándose más allá de la materia
gris de nuestros cerebros para llegar a nuestro espíritu, con el que sintonizamos con Dios
y su mundo espiritual, todo lo demás no valdrá para nada de cara a la eternidad que nos
espera.
Necesitamos que el mismo Espíritu de Dios obre en nuestro espíritu para producir en
nosotros el ferviente deseo de responder plenamente a la voz de Dios, tal como explica el
apóstol Pablo en (1 Co 2:6-16).
(1 Co 2:12) “Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que
proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido”
Y en tercer lugar, tomando nota de que estamos ante un Dios que apunta en sus registros
celestiales la fecha en la que nos habló por medio de este profeta. Dios está esperando el
momento en que nosotros respondamos a su llamado a trabajar para él en la reedificación
de su casa (Hag 1:8) (Hag 2:4).
Quedó apuntado en los registros celestiales que aquella generación que recibió por
primera vez las palabras del profeta Hageo tardaron tres semanas en reaccionar.
Comparar (Hag 1:1) con (Hag 1:14-15). ¿Cuánto tardaremos nosotros?
Tengamos en cuenta que Dios tiene intenciones serias para nuestra vida. Lo que está en
juego son los mismos intereses de la Casa de Dios, y también de nosotros mismos en
aquel gran día futuro.
Quiera Dios que haya en nosotros el mismo deseo que hubo en el rey David cuando dijo:

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(Sal 27:4) “Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; que esté yo en la casa
de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová, y
para inquirir en su templo.”
(Sal 69:9) “Porque me consumió el celo de tu casa; y los denuestos de los que te
vituperaban cayeron sobre mí.”

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Hageo - Testigos de Dios en el mundo
Como ya hemos señalado en el capítulo anterior, la primera cosa que debemos hacer
para entender bien lo que Dios nos quiere decir por medio del profeta Hageo, es situarnos
en el contexto histórico en que escribió. ¿En qué momento de la historia del pueblo de
Israel nos encontramos? ¿Qué les estaba pasando? ¿Por qué estaban así?
Para comprender correctamente cuál era la situación en la que Israel se encontraba en
esos momentos es preciso que nos remontemos a su historia pasada. Por lo tanto, a lo
largo de este estudio haremos un rápido recorrido por la historia de Israel tal como ha sido
revelada en la Biblia.

El propósito de la elección de Israel


Una vez que Israel salió de Egipto y cruzó el Mar Muerto, comenzó para ellos un largo
peregrinaje. Durante ese camino se detuvieron en algunos sitios que marcaron
profundamente su vida nacional. Sin lugar a dudas, el más importante fue el tiempo que
pasaron en el monte Sinaí.
Cuando llegaron allí, en medio de un aterrador espectáculo (el monte ardiendo, enormes
estruendos, espantosos relámpagos, negras nubes y oscuridad, y fuertes sonidos de
bocina), Dios les habló. Encontramos el relato de estos hechos en (Ex 20:18-21) (Dt
4:10-14).
Allí Dios se reveló a sí mismo para que ellos le pudieran conocer (Ex 20:1-17). Se
presentó como un Dios real, Único, Soberano, Creador y Dueño del inmenso Universo
con todo lo que en él hay (Ex 20:11). Tanto arriba en los cielos, donde giran sobre
nuestras cabezas millones de galaxias con incontables estrellas, como en el mundo
microscópico que pisamos con nuestros pies, en todo ello se pone en evidencia el poder,
la sabiduría y la belleza de ese increíble Creador que se estaba revelando a ellos de
manera personal.
Ahora bien, el propósito con el que Dios se dio a conocer al pueblo de Israel, fue con el de
forjar con ellos una relación especial, de tal manera que fueran testigos vivos de él en
medio de un mundo que le había dado la espalda, vivía pisoteando su Ley, seguía a
dioses y diosas de su imaginación, y se había entregado a toda la degradación moral y
espiritual de la que eran capaces (Ex 19:3-6).
Por lo tanto, uno de los propósitos principales por los que Dios les dio sus leyes, fue para
que llegaran a conocer bien a su Dios y pudieran de ese modo ser fieles testigos suyos en
el mundo (Dt 4:5-8) (Is 43:1,10,12) (Is 44:8).
En este mismo sentido, el tabernáculo portátil que Dios les mandó construir, y que les
acompañó desde ese momento en toda su historia nacional (transformándose por fin en
un edificio permanente, el Templo, o la Casa de Dios de la cual nos va a hablar Hageo),
tenía como objetivo principal el recordarles constantemente que el propósito de su
existencia como pueblo de Dios era ser testigos del único Dios verdadero.
En el tabernáculo se encontraba el lugar santísimo en el que estaba el arca del testimonio
(Ex 25:10-22). Y dentro del arca estaban las dos tablas de la Ley que Dios les había dado
en el monte Sinaí cuando se dio a conocer al pueblo de Israel. Así que el tabernáculo,
juntamente con el arca del testimonio, les recordaba cada día de su peregrinaje que Dios

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les había sacado de Egipto, destruyendo el poderío de Faraón para que fueran sus
testigos en el mundo.
A partir de ese momento, su culto, su forma de ser y de vivir, su conducta y carácter, su
temor de Dios, tanto en su vida personal, familiar y social, deberían dar un testimonio fiel y
firme a todas las naciones a su alrededor del único Dios verdadero.
Aquí tenemos un hecho importante en el que debemos reflexionar. La Casa de Dios tiene
que ver con el testimonio público, fiel y claro del único Dios, de la vigencia de su Ley y de
sus derechos soberanos sobre este mundo que él creó en el cual todos nosotros vivimos
como criaturas suyas.
Trágicamente el pueblo de Israel falló en cuanto a este glorioso cometido. En (Is 43:22)
Dios protestó por medio del profeta y les dijo: “Y no me invocaste a mí, oh Jacob, sino que
de mí te cansaste, oh Israel”. Y como consecuencia de su actitud, se dejaron seducir por
el mundo a su alrededor, lo que finalmente les arruinó en todos los sentidos posibles.
Cayeron en la misma mundanalidad, idolatría y degeneración moral que las naciones
paganas en medio de las que vivían. En lugar de ser un testimonio vivo a favor del
Soberano Dios que se había revelado a ellos en el monte Sinaí, el glorioso nombre de
Dios fue blasfemado por los gentiles por culpa suya (Ro 2:24).
Por lo tanto, cuando dejaron de dar testimonio de Dios, perdieron su razón de ser, y una
vez que eso ocurrió, Dios los quitó de en medio. En primer lugar fueron las diez tribus del
norte las que fueron llevadas a Asiria en cautiverio (año 721 a.C.), y años más tarde, las
dos tribus del sur también fueron llevadas cautivas a Babilonia (año 606 a.C.).
Fue un momento dramático en su historia, porque hasta la misma Casa de Dios quedó en
ruinas y fue abandonada. Aquello sirvió para simbolizar de una manera vívida el ruinoso
estado en el que había quedado el testimonio del pueblo de Dios. Y aparentemente, aquí
terminaba la historia del pueblo de Israel.

Lecciones para el pueblo de Dios en el día de hoy


¿Qué lección puede haber para nosotros en todo esto? Muchas, por supuesto. No
olvidemos las palabras del apóstol Pablo:
(1 Co 10:11) “Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para
amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos.”

Primera reflexión
Nosotros también estamos viviendo en medio de una sociedad que deliberadamente está
dando la espalda a Dios. Una sociedad que pisotea descaradamente la Ley de Dios, que
se ríe de los que todavía creemos en él, y que se empeña en vivir una vida impía sin dar
cuentas a nadie, aunque con esa actitud estén derribando todos los pilares que pueden
sostener la vida personal, familiar o social.
Por esa razón, nuestros países se están convirtiendo en estercoleros de inmoralidad,
corrupción, engaño, mentira, desorden y violencia. Hasta tal punto que nuestros
gobernantes ya no saben cómo resolver el caos que se extiende por todos lados. También
nuestras economías se resquebrajan. ¿Podemos quedarnos impasibles ante esta
situación?

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Segunda reflexión
Nosotros en este tiempo, como Israel en el pasado, también hemos sido llamados a ser
testigos de Dios en medio de esta sociedad que ha dado la espalda a Dios, que es atea o
agnóstica, que se ha tragado con entusiasmo la gran mentira de la teoría de la evolución,
y que ha tirado por tierra todas las normas de fe y conducta que nos sostenían.
En esta complicada situación es importante que no olvidemos que hemos sido adquiridos
por Dios como pueblo suyo “para que anunciemos las virtudes de aquel que nos llamó de
las tinieblas a su luz admirable” (1 P 2:9). Esta es la razón por la que hemos sido
“rescatados”, “escogidos” y “adquiridos por Dios”.
Hoy, como nunca, es necesario que como pueblo de Dios demos un testimonio claro y fiel
de la realidad de Dios, el Dios de la Biblia, el Soberano Creador y Dueño de todo lo que
existe. Es necesario decir que él existe, que este mundo es suyo, no nuestro, que su Ley
sigue teniendo vigencia en el día de hoy, y que un día todos tendrán que rendir cuentas
ante él. ¿Estamos dando testimonio de nuestro Dios al mundo?

Tercera reflexión
Para poder anunciar eficazmente las virtudes de nuestro Dios y de nuestro Señor
Jesucristo, será preciso que esas mismas virtudes se puedan ver en nosotros, en nuestra
conducta y manera de ser (2 P 1:3-8). Si nuestro testimonio ha de ser efectivo tendremos
que ser diferentes a los del mundo.
Recordemos que el testimonio del pueblo de Israel quedó en ruinas por cuanto ellos
cayeron en la mundanalidad, imitando las prácticas idolátricas y la misma degeneración
moral que había en las naciones a su alrededor. Y como consecuencia, el nombre de Dios
fue blasfemado entre los gentiles por causa de ellos (Ro 2:40).
¡Y cuántas veces ocurre lo mismo entre el pueblo de Dios en el día de hoy! Entre muchos
que se llaman cristianos evangélicos y que han arruinado su testimonio por su mala
conducta.
No lo olvidemos; Dios requiere de nosotros un nivel de vida superior al que exigió al
pueblo de Israel en el pasado. Podemos mirar lo que el Señor nos dijo en el Sermón del
Monte para comprobarlo (Mateo capítulos 5 al 7). Es necesario que vean nuestras buenas
obras (o buena conducta) y de ese modo lleguen a conocer y glorificar a nuestro Padre
que está en los cielos (Mt 5:16). ¿Es nuestro testimonio coherente con el carácter de
Dios?

Cuarta reflexión
Existe para nosotros hoy, como lo existió para Israel en el pasado, el enorme peligro de
caer en la idolatría, con todas sus desastrosas consecuencias. Recordemos la
exhortación del apóstol Juan (1 Jn 5:21): “Hijitos, guardaos de los ídolos”.
Recordemos que la idolatría no es simplemente una cuestión relacionada con imágenes
de oro y plata. La idolatría es fundamentalmente una actitud del corazón. Ocurre cuando
cualquier cosa, objeto, ilusión o pasión desplaza a Dios del principal puesto en nuestras
vidas (Ex 32:23). Cada uno de nosotros debemos examinarnos seriamente en este
sentido. ¿Hay otras cosas o personas que ocupan el lugar que debería tener Dios en
nuestras vidas?

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Quinta reflexión
Existe también para nosotros la posibilidad de ser desaprobados por Dios y desplazados
si nuestras vidas no se corresponden con la sagrada misión para la cual Dios nos
escogió. ¿En qué sentido podemos ser desaprobados y desplazados?
Recordemos las palabras de (Ap 2:5): “Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y
arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu
candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido”. Y las palabras del Señor en (Jn
13:8): “Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no
tendrás parte conmigo”. O las solemnes palabras que encontramos en (Ro 11:17-21):
“Pues si algunas de las ramas fueron desgajadas, y tú, siendo olivo silvestre, has sido
injertado en lugar de ellas, y has sido hecho participante de la raíz y de la rica savia del
olivo, no te jactes contra las ramas; y si te jactas, sabe que no sustentas tú a la raíz, sino
la raíz a ti. Pues las ramas, dirás, fueron desgajadas para que yo fuese injertado. Bien;
por su incredulidad fueron desgajadas, pero tú por la fe estás en pie. No te
ensoberbezcas, sino teme. Porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, a ti tampoco
te perdonará”.
¿Hemos entendido bien estas lecciones? ¿Cómo está la “Casa de Dios” en nuestras vidas
y experiencias? ¿Hay ruinas, abandono, descuido, desinterés o desánimo?
El libro de Hageo nos presenta un solemne reto a reedificar las ruinas y volver a ser
testigos fieles de nuestro gran Dios en este mundo incrédulo, idólatra y contradictor en
medio del cual vivimos. ¡Qué Dios nos ayude a todos a oír su voz por medio de este
profeta y a responder de todo corazón.


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Hageo - La cautividad en Babilonia
Implicaciones de la conquista de Israel por Babilonia
Cuando Judá fue vencido y conquistado por Babilonia, esto fue una experiencia muy
humillante. Muchos de ellos murieron, y la mayoría de los que lograron sobrevivir, fueron
transportados en cautiverio a Babilonia, donde se convirtieron en esclavos de un
poderoso enemigo despiadado y cruel. Su identidad nacional fue borrada, su país fue
repoblado por otros pueblos traídos de lejanas tierras, y el mismo templo, la Casa de
Dios, fue destruida. Toda esperanza parecía haber terminado para ellos. Lo único que
tenían por delante era servir como esclavos a su nuevo amo mientras esperaban la
muerte en un país donde nadie les quería.
Pero esta situación tenían implicaciones que iban mucho más allá de la terrible tragedia
personal que ellos estaban sufriendo. Lo más grave del asunto era que la pérdida de su
identidad nacional afectaba también la misma credibilidad de Dios y su existencia.
Recordemos por un momento que uno de los asuntos recurrentes que los profetas habían
anunciado de parte de Dios, era que un día entraría en la historia de este desdichado
mundo Uno que pondría fin a las terribles calamidades que han afligido al ser humano
durante siglos y edades. Uno que eliminaría de una vez para siempre las imparables
guerras que constantemente desgarran nuestro pobre mundo, sembrando a su paso
escenas de terror, ruina, muerte y gritos desconsolados de incontables viudas y huérfanos
(Is 2:1-4). Uno que eliminará por fin toda la pobreza, el hambre y la miseria que aflige a
millones de desdichados habitantes de este mundo. Uno que eliminará toda enfermedad y
hasta la misma muerte, enjugando toda lágrima de los rostros de todos cuantos lloran (Is
25:6-9). Uno que restaurará todo lo que ha quedado desfigurado y arruinado por la
entrada del pecado en esta creación, hasta volverla a su belleza y gloria original (Is
11:6-9) (Is 35:1-2). Uno que borrará para siempre toda maldad de este mundo, haciendo
que “la tierra sea llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren el
mar” (Mal 4:1) (Hab 2:14). Uno de quien se dirá en aquel día: “Este es nuestro Dios, le
hemos esperado y nos salvará” (Is 25:9). Uno que sería conocido como “el Mesías” (Dn
9:25-26).
Y para que no hubiera ninguna duda en cuento a la identidad de esta maravillosa persona
(tan deseada por todos los que lloran y añoran un mundo mejor), y pudiera ser reconocida
cuando por fin apareciese en nuestro mundo, Dios fue dando por medio de sus profetas
una serie de datos precisos que permitirían su identificación más allá de toda duda.
La primera de estas señales era que el Mesías procedería de la nación de Israel.
(Nm 24:17) “Lo veré, mas no ahora; lo miraré, mas no de cerca; saldrá ESTRELLA
de Jacob, y se levantará cetro de Israel.”
Es cierto que estas palabras fueron dichas por el falso profeta Balaam, quien había sido
contratado por Balac, rey de Moab, con el fin de destruir al pueblo de Israel durante su
peregrinaje, para que así no pudieran llegar a tomar posesión de la Tierra Prometida. Pero
Dios no les permitió llevar a cabo sus malvados planes, sino que le obligó a profetizar que
de la nación de Israel vendría el Mesías que dominaría hasta los confines de la tierra (Sal
72:8).

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La segunda señal que serviría para identificar al Mesías cuando viniera aún concretaba
más el asunto. Anunciaba que de las doce tribus que conformaban la nación de Israel, el
Mesías nacería de la tribu de Judá.
(Gn 49:10) “No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies,
hasta que venga Siloh; y a él se congregarán los pueblos.”
En tercer lugar se especificaba que de todas las familias que componían la tribu de Judá,
el Mesías nacería de la familia de David. Notemos lo que Dios le dijo al mismo David.
(2 S 7:12-14) “Y cuando tus días sean cumplidos, y duermas con tus padres, yo
levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y
afirmaré su reino. El edificará casa a mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono
de su reino. Yo le seré a él padre, y él me será a mí hijo. Y si él hiciere mal, yo le
castigaré con vara de hombres, y con azotes de hijos de hombres”
En cuarto lugar, se nos informa también que de entre los numerosos pueblos que existían
en el territorio de Judá, el Mesías nacería en Belén:
(Mi 5:2) “Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti
me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los
días de la eternidad.”
En quinto lugar, el profeta Isaías especificó que el Mesías nacería de una virgen.
(Is 7:14) “Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá,
y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.”
Como vemos, todo estaba muy claramente definido, de tal manera que cuando el Mesías
viniera a este mundo no hubiera ningún problema para identificarlo.
Pero en el momento histórico en el que nos encontramos en los tiempos previos a Hageo,
sí que había un problema, y era mayúsculo. Estábamos comentando un poco más arriba
que Israel había dejado de existir. Las diez tribus del norte habían sido llevadas hacía
años en cautiverio a Asiria, y el reino del sur había sido llevado cautivo a Babilonia. Es
más, su país había sido poblado por personas traídas de otras partes que no sólo habían
ocupado lo que antes había sido el reino de Israel, sino que también habían levantado
altares a sus dioses.
No hay duda de que la situación era realmente crítica. Lo que Balaam y Balac no lograron
conseguir cuando Israel estaban a punto de entrar en la Tierra Prometida, lo habían
logrado finalmente estas dos superpotencias: Asiria y Babilonia.
¿Qué podemos decir a todo esto? Aparentemente, toda la cantidad de predicciones en
cuanto a la venida de un Mesías que transformaría este mundo en un paraíso, se habían
venido abajo. Todo esto parece poner en duda la existencia de Dios y la fiabilidad de su
Palabra.
Y no faltan quienes aprovechan la situación para decirnos que debemos olvidarnos de
Dios y de la Biblia, porque lo único que cuenta en este mundo, dicen ellos, es la política,
la economía, el potencial militar... Que debemos dejarnos de sueños absurdos y pensar
en las cosas reales, visibles y palpables. Y la verdad, es que viendo lo que había ocurrido
con el pueblo de Israel, es lógico que muchos dudaran de su Dios. Si al fin y al cabo no
había podido salvarles, ni tampoco traer a su Mesías, ¿cómo podían estar seguros de su
existencia? ¿O acaso no tenía poder para cumplir lo que dijo?
Es por este tipo de argumentos por lo que antes decíamos que el cautiverio de Israel
ponía en entredicho la misma credibilidad de Dios.

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¿Cómo contestamos a todo esto?

Dios cumple sus promesas


En primer lugar, es importante señalar que la historia de Israel no terminó con su
cautiverio en Babilonia. Examinemos un poco más a fondo la situación.
El profeta Jeremías estuvo profetizando por casi cuarenta años que Judá iba a ser llevada
en cautiverio a Babilonia. Esto había sido decidido por Dios por cuanto ellos habían caído
en el mismo tipo de mundanalidad, idolatría y degeneración moral que todas las naciones
a su alrededor, por lo tanto, habían perdido su razón de ser como pueblo de Dios.
Jeremías, un auténtico profeta de Dios, había sido muy específico en cuanto a los detalles
de su deportación. Había especificado que sería el imperio babilónico quien los llevaría en
cautiverio, y les anunció también que no estarían allí para siempre, sino únicamente
setenta años (Jer 25:11-12) (Jer 29:10-14).
Tan clara era la profecía de Jeremías, que Daniel, uno de los deportados a Babilonia,
leyendo estas profecías, se dio cuenta de que los setenta años de cautiverio estaban a
punto de cumplirse. Fue entonces cuán él oró fervientemente a Dios, confesando los
pecados que habían ocasionado la cautividad, y pidiéndole a Dios que les perdonara y
cumpliera su promesa de restauración nacional; que restaurara la ciudad de Jerusalén, se
reedificara el templo y así pudieran volver a servir allí a su Dios (Dn 9:1-19).
¿Y qué es lo que sucedió? Pues de repente ocurrió un evento que sacudió al mundo de
entonces, y que todavía impresiona a los amantes de la historia. Babilonia la grande,
aquella ciudad inexpugnable, aquella superpotencia sin rival que había dominado el
escenario mundial durante años, cayó estrepitosamente en una noche, como si de un
castillo de naipes se tratara.
Y una de las cosas extraordinarias de este hecho es que Babilonia cayó ante el ejército de
Ciro el persa. ¿Por qué es extraordinario este hecho? Bueno, porque cien años antes de
Jeremías, el profeta Isaías había anunciado, citándolo dos veces por su nombre, que
sería un tal Ciro quien restauraría a Israel a su país con el fin de que pudieran reedificar
sus ruinas y reconstruir su vida nacional (Is 44:28) (Is 45:1). Y exactamente así ocurrió.
(2 Cr 36:22-23) “Mas al primer año de Ciro rey de los persas, para que se cumpliese
la palabra de Jehová por boca de Jeremías, Jehová despertó el espíritu de Ciro rey
de los persas, el cual hizo pregonar de palabra y también por escrito, por todo su
reino, diciendo: Así dice Ciro, rey de los persas: Jehová, el Dios de los cielos, me ha
dado todos los reinos de la tierra; y él me ha encargado que le edifique casa en
Jerusalén, que está en Judá. Quien haya entre vosotros de todo su pueblo, sea
Jehová su Dios sea con él, y suba.”
(Esd 1:1-4) “En el primer año de Ciro rey de Persia, para que se cumpliese la
palabra de Jehová por boca de Jeremías, despertó Jehová el espíritu de Ciro rey de
Persia, el cual hizo pregonar de palabra y también por escrito por todo su reino,
diciendo: Así ha dicho Ciro rey de Persia: Jehová el Dios de los cielos me ha dado
todos los reinos de la tierra, y me ha mandado que le edifique casa en Jerusalén,
que está en Judá. Quien haya entre vosotros de su pueblo, sea Dios con él, y suba a
Jerusalén que está en Judá, y edifique la casa a Jehová Dios de Israel (él es el
Dios), la cual está en Jerusalén. Y a todo el que haya quedado, en cualquier lugar
donde more, ayúdenle los hombres de su lugar con plata, oro, bienes y ganados,
además de ofrendas voluntarias para la casa de Dios, la cual está en Jerusalén.”

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Extraordinario, además, porque esto ocurrió en el “primer año de Ciro”, es decir, en medio
de todos los urgentes asuntos de Estado que estarían reclamando su atención de día y de
noche. Podemos imaginarnos lo complejo que sería para él unificar todos los vastos
territorios que había anexionado al conquistar Babilonia. Sin embargo, en medio de toda
esa avalancha de preocupaciones, él se tomó especial interés en unos cuantos
despreciados cautivos y promulgó un edicto extraordinario a su favor.
¿Cómo se explica esto? ¿Y cómo se explica que Jeremías supiera que el cautiverio iba a
durar setenta años exactamente? ¿Y cómo sabía Isaías más de cien años antes de que
naciera Ciro que sería él quien se encargaría de llevar a cabo la restauración de Israel?
Sólo hay una contestación válida: El Dios que se había revelado en el monte Sinaí, existe
de verdad. Es el único Dios verdadero, el Soberano de todos los reyes de la tierra.
Curiosamente, hasta el mismo Ciro lo reconoció cuando dictó su edicto real: “Jehová el
Dios de los cielos me ha dado todos los reinos de la tierra, y me ha mandado que le
edifique casa en Jerusalén, que está en Judá” (Esd 1:2).
Por lo tanto, la historia del pueblo de Israel es una evidencia clave de la realidad de la
existencia de Dios. No lo olvidemos nunca.

Testigos del Dios vivo


Llegados a este punto es importante que recordemos dos cosas que dijo el profeta Isaías:
Dios, el Dios de Israel, sí que existe, y es, además, el único Dios verdadero:
(Is 43:11) “Yo, yo Jehová, y fuera de mí no hay quien salve.”
(Is 44:6) “Así dice Jehová Rey de Israel, y su Redentor, Jehová de los ejércitos: Yo
soy el primero, y yo soy el postrero, y fuera de mí no hay Dios.”
(Is 45:5) “Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. Yo te ceñiré,
aunque tú no me conociste”
(Is 46:9) “Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy
Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí”
El pueblo de Israel había sido formado para que fueran testigos de esta tremenda verdad:
(Is 43:10-12) “Vosotros sois mis testigos, dice Jehová, y mi siervo que yo escogí,
para que me conozcáis y creáis, y entendáis que yo mismo soy; antes de mí no fue
formado dios, ni lo será después de mí. Yo, yo Jehová, y fuera de mí no hay quien
salve. Yo anuncié, y salvé, e hice oír, y no hubo entre vosotros dios ajeno. Vosotros,
pues, sois mis testigos, dice Jehová, que yo soy Dios.”
(Is 44:8) “No temáis, ni os amedrentéis; ¿no te lo hice oír desde la antigüedad, y te
lo dije? Luego vosotros sois mis testigos. No hay Dios sino yo. No hay Fuerte; no
conozco ninguno.”
Ahora bien, ¿cómo debían ser testigos de la existencia del Único y Soberano Dios? Pues
tendrían que serlo por medio de su testimonio verbal, es decir, comunicando a otros por
medio de sus palabras la revelación de Dios que ellos habían recibido. Pero por encima
de sus palabras, deberían ser testigos de Dios por medio de una vida y conducta, tanto a
nivel personal como nacional, que se ajustara a la altura moral que la Ley de Dios
revelaba. Sólo de ese modo podrían impactar poderosamente a la gente de otras
naciones que les observaban:

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(Dt 4:1-8) “Ahora, pues, oh Israel, oye los estatutos y decretos que yo os enseño,
para que los ejecutéis, y viváis, y entréis y poseáis la tierra que Jehová el Dios de
vuestros padres os da. No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de
ella, para que guardéis los mandamientos de Jehová vuestro Dios que yo os ordene.
Vuestros ojos vieron lo que hizo Jehová con motivo de Baal-peor; que a todo hombre
que fue en pos de Baal-peor destruyó Jehová tu Dios de en medio de ti. Mas
vosotros que seguisteis a Jehová vuestro Dios, todos estáis vivos hoy. Mirad, yo os
he enseñado estatutos y decretos, como Jehová mi Dios me mandó, para que
hagáis así en medio de la tierra en la cual entráis para tomar posesión de ella.
Guardadlos, pues, y ponedlos por obra; porque esta es vuestra sabiduría y vuestra
inteligencia ante los ojos de los pueblos, los cuales oirán todos estos estatutos, y
dirán: Ciertamente pueblo sabio y entendido, nación grande es esta. Porque ¿qué
nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ellos como lo está Jehová
nuestro Dios en todo cuanto le pedimos? Y ¿qué nación grande hay que tenga
estatutos y juicios justos como es toda esta ley que yo pongo hoy delante de
vosotros?”
Ahora bien, debemos notar también otro hecho. Aun cuando Israel fracasó en su misión
de ser testigo del Dios único, Dios mismo usó ese fracaso para darse a conocer. Así pues,
usó la historia y movió los reinos de este mundo a fin de que su Palabra se cumpliera y
quedara constancia de que él está vivo y es el Todopoderoso.
Pero hizo mucho más que eso. Con el tiempo, de la nación de Israel, de la tribu de Judá,
de la familia de David, en la aldea de Belén, nació de una virgen el Mesías que sería el
Salvador del mundo, tal como la Palabra de Dios dada por los profetas había anunciado.
Esta precisión profética que encontramos en la Biblia no la vemos en ninguna otra parte.
Y eso es por que el Dios de la Biblia es real y sigue hablando a los hombres. No obstante,
siempre los hay que dirán que fue casualidad. Pero tal exactitud es imposible que se dé
por causalidad. El hecho indiscutible es que hay un Dios detrás de la historia de este
mundo.
Pero habiendo llegado a este punto, debemos recapacitar sobre nuestra propia misión
como Iglesia de Dios en este mundo. Ahora hemos sido nosotros los llamados a ser
testigos suyos y anunciar sus virtudes en medio de una sociedad científica, incrédula,
atea y contraria a los valores de la Palabra de Dios. Somos nosotros los que debemos
seguir dando testimonio de ese Dios que ha dejado suficientes evidencias de sí mismo a
través de la Creación (Ex 31:16-17) (Ro 1:20), de su Ley moral (Dt 4:1-8) y de la historia.
Y el libro de Hageo nos va a decir que, el mismo Dios que intervino en la historia de aquel
entonces sacudiendo y derribando el gran imperio de Babilonia a fin de cumplir sus
eternos propósitos, sacudirá también un día nuestro mundo, derribando todos los
imperios, reinos y gobiernos para establecer aquí en la tierra la Casa de Dios, el glorioso
Reino del Mesías, del cual nos habla Hageo (Hag 2:20-23) y Hebreos (He 12:26-29).
Por lo tanto, mientras damos testimonio de ese Dios en el mundo, no dejamos de orar
diciendo:
(Mt 6:10) “Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la
tierra.”
Y no olvidemos que nuestro Dios es el Soberano Dios, que está sentando en su trono
rodeado de incontables ángeles que le sirven:
(Sal 103:19) “Jehová estableció en los cielos su trono, Y su reino domina sobre
todos.”

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(2 Cr 18:18) “Entonces él dijo: Oid pues palabra de Jehová: Yo he visto a Jehová
sentado en su trono, y todo el ejército de los cielos estaba a su mano derecha y a su
izquierda.”
(Dn 4:25) “... el Altísimo tiene dominio en el reino de los hombres, y que lo da a
quien él quiere.”
Así que, no es cuestión únicamente de reconocer que Dios existe, es imprescindible
rendirle nuestra adoración y dar testimonio constantemente de él. Es cuestión de
someternos incondicionalmente a su gobierno y autoridad en nuestras vidas.
En este momento, al terminar este estudio, cada uno de nosotros debemos reflexionar si
Dios está en el centro de nuestras vidas. Porque no lo olvidemos, Dios exige que cada
uno de nosotros nos bajemos del trono, nos quitemos la corona de nuestras cabezas y
nos rindamos genuinamente y con todo el corazón a él.
Hay un himno que refleja muy bien este sentir:
Mi espíritu alma y cuerpo,
Mi ser, mi vida entera,
Cual viva santa ofrenda,
Entrego a ti mi Dios.

Mi todo a Dios consagro


En Cristo el vivo altar.
Descienda el fuego santo,
Su sello celestial.

Soy tuyo, Jesucristo,


Comprado por tu sangre,
Haz que contigo ande,
En plena comunión.

Espíritu Divino,
Del Padre la promesa,
Sedienta mi alma anhela,
Oh Dios, su santa unción.

Lamentablemente solemos cantar solemnes palabras como éstas sin pensar en lo que
cantamos, y sin tener la intención de rendirnos a Dios. Es triste ver cómo hay jóvenes que
cantan himnos parecidos a este y luego se hacen novios de personas que no son
creyentes, desobedeciendo lo que Dios claramente ha mandado en su Palabra (2 Co
6:14-18). O creyentes que no perdonan a sus hermanos pero que se sientan
tranquilamente a celebrar la Cena del Señor (Mt 5:21-26) (Mt 18:21-22). O cristianos que
hablan cosas que son dañinas... Y muchas otras cosas similares. Por eso el Señor dijo en
una ocasión: “¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” (Lc 6:46).
Existe mucha ruina en este área de la Casa de Dios, por eso, debemos seguir las
indicaciones del apóstol Pablo: “Examínese cada uno a sí mismo” (1 Co 11:28).


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Esforzaos, cobrad ánimo y trabajad (Hageo 1:1-15)
Introducción histórica
El libro comienza situándonos “en el año segundo del rey Darío” (Hag 1:1). Para entender
bien la situación será necesario que completemos esta información con la que nos facilita
el libro histórico de Esdras.
En los dos primeros capítulos de Esdras se nos informa del edicto de Ciro autorizando la
vuelta de los judíos cautivos a Jerusalén para edificar la Casa de Dios, y nos relata cómo
varios miles de ellos emprendieron el largo viaje de retorno bajo el liderazgo de
Zorobabel.
El tercer capítulo nos sitúa en Jerusalén donde los judíos habían comenzado ya la
reedificación del templo. Lo primero que edificaron fue el altar, lo que les permitió
comenzar a celebrar sus cultos. Una vez terminado esto echaron los cimientos de la Casa
de Dios, e hicieron una especie de inauguración con gran júbilo. Había música, cánticos y
gritos de alegría, mientras que otros lloraban de emoción recordando el primer templo. El
sonido de todo esto llegaba hasta muy lejos.
Pero en el capítulo cuatro hay un cambio importante. Los enemigos de Judá, viendo que
el templo estaba siendo reedificado, hicieron lo posible para parar la obra, usando para
ello toda clase de tácticas y artimañas.
El primer argumento que usaron sonaba claramente a ecumenismo: “Edificaremos con
vosotros, porque como vosotros buscamos a vuestro Dios” (Esd 4:2). Pero Zorobabel
salió al paso y dijo que eso no era cierto, y que ellos solos edificarían la Casa de Dios. A
partir de ese momento, aquellos “amigos ecuménicos” se volvieron fieros enemigos que
usaron toda clase de tácticas para intimidar al pueblo de Dios. Finalmente lograron
presionar a la autoridad civil para que hicieran parar la obra de la Casa de Dios por la
fuerza. El triste resultado de todo esto queda recogido en (Esd 4:24) “Entonces cesó la
obra de la casa de Dios que estaba en Jerusalén, y quedó suspendida hasta el año
segundo del reinado de Darío rey de Persia”. Por lo tanto, la obra quedó parada durante
dieciséis años.
Ahora bien, todas estas cosas acontecieron para enseñarnos lecciones muy importantes a
nosotros en el día de hoy (1 Co 10:11).
El gran enemigo de Dios está siempre en contra de la edificación de la Casa de Dios y
sigue empleando ahora las mismas tácticas que empleó entonces. Esto lo sabemos bien
aquí en España. No hace mucho tiempo, durante la dictadura militar del general Franco, el
“nacional catolicismo” usó de denuncias contra la “pequeña manada” de evangélicos a fin
de forzar a la autoridad civil para que cerraran las capillas evangélicas e hicieran la vida
imposible a los creyentes, con el único propósito de detener la predicación del evangelio.
Pero cuando por fin cambió el régimen, entonces la religión oficial cambió de táctica y
adquirieron un talante más ecuménico, dando a entender que en el fondo todos somos
iguales y deberíamos unirnos (claro está, bajo la suprema autoridad de la Iglesia
Católica), ya que nuestra desunión, decían ellos, es un escándalo para el mundo.
¡Que Dios nos dé la misma claridad de visión, el mismo espíritu y el mismo coraje que
tuvo Zorobabel para no caer en esa trampa!
Siguiendo con la lectura de Esdras llegamos al capítulo cinco, donde ante la situación
descrita, Dios mandó a dos profetas, Hageo y Zacarías, a fin de despertar al pueblo para

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que volvieran a edificar la Casa de Dios arruinada y abandonada. Y es justo en este
momento donde comienza el libro del profeta Hageo.

Esquema del libro y tema principal de Hageo


El libro de Hageo se compone por cuatro mensajes breves:
• Primer mensaje (Hag 1:1-15).

• Segundo mensaje (Hag 2:1-9).

• Tercer mensaje (Hag 2:10-19).

• Cuarto mensaje (Hag 2:20-23).

El tema del libro tiene que ver con la Casa de Dios o el Templo. Se menciona diez veces
en sus treinta y ocho versículos (Hag 1:2,4,8,9,14) (Hag 2:3,7,9,15,18).
Recordemos que dentro de la Casa de Dios estaba el arca del testimonio, que
representaba el mismo Trono de Dios aquí en la tierra, y que servía como testimonio ante
el mundo incrédulo de la presencia del Soberano Creador y Dueño de este mundo. Y con
ese mismo propósito, Dios había forjado una relación especial con su pueblo Israel en el
desierto de Sinaí a fin de que por medio de su culto y conducta fueran testigos vivientes
ante el mundo entero de esta gloriosa verdad.
Por supuesto, como ya hemos considerado, todo esto tiene implicaciones también para
nosotros en el día de hoy, porque si somos creyentes de verdad, entonces somos la Casa
de Dios (He 3:2,6), y también hemos sido llamados a dar testimonio de él, trabajando a
favor de su causa e intereses en este mundo. Nosotros también deberíamos reaccionar
con la misma diligencia que el pueblo al que se dirigió Hageo en su tiempo. Notemos que
cuando Hageo pronunció su primer mensaje, sus conciencias fueron despertadas y
comenzaron a trabajar con seriedad en la Casa de Dios.
En relación con todo esto, podríamos resumir este mensaje de ánimo del profeta Hago
con algunas de las palabras que él usa en su libro: (Hag 2:4) “Esforzaos... cobrad ánimo...
trabajad”. Estas palabras han seguido haciendo eco a través de los siglos hasta nuestros
días, y nos han llegado con el mismo énfasis y el mismo sentido de urgencia.
Por lo tanto, a lo largo de estos mensajes, Hageo va a poner el dedo en la llaga al señalar
los problemas específicos que estaban entorpeciendo la obra de Dios. También expondrá
el camino para rectificar estos problemas, y exhortará al pueblo para que retomen la obra
de la Casa de Dios con toda seriedad y urgencia.
Pero vamos a considerar con un poco más de detalle este primer mensaje.

El primer mensaje de Hageo (Hag 1:1-15)


(Hag 1:1-5) “En el año segundo del rey Darío, en el mes sexto, en el primer día del
mes, vino palabra de Jehová por medio del profeta Hageo a Zorobabel hijo de
Salatiel, gobernador de Judá, y a Josué hijo de Josadac, sumo sacerdote, diciendo:
Así ha hablado Jehová de los ejércitos, diciendo: Este pueblo dice: No ha llegado
aún el tiempo, el tiempo de que la casa de Jehová sea reedificada. Entonces vino
palabra de Jehová por medio del profeta Hageo, diciendo: ¿Es para vosotros tiempo,
para vosotros, de habitar en vuestras casas artesonadas, y esta casa está desierta?
Pues así ha dicho Jehová de los ejércitos: Meditad bien sobre vuestros caminos.
Sembráis mucho, y recogéis poco; coméis, y no os saciáis; bebéis, y no quedáis

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satisfechos; os vestís, y no os calentáis; y el que trabaja a jornal recibe su jornal en
saco roto. Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Meditad sobre vuestros caminos.
Subid al monte, y traed madera, y reedificad la casa; y pondré en ella mi voluntad, y
seré glorificado, ha dicho Jehová. Buscáis mucho, y halláis poco; y encerráis en
casa, y yo lo disiparé en un soplo. ¿Por qué? dice Jehová de los ejércitos. Por
cuanto mi casa está desierta, y cada uno de vosotros corre a su propia casa. Por
eso se detuvo de los cielos sobre vosotros la lluvia, y la tierra detuvo sus frutos. Y
llamé la sequía sobre esta tierra, y sobre los montes, sobre el trigo, sobre el vino,
sobre el aceite, sobre todo lo que la tierra produce, sobre los hombres y sobre las
bestias, y sobre todo trabajo de manos. Y oyó Zorobabel hijo de Salatiel, y Josué hijo
de Josadac, sumo sacerdote, y todo el resto del pueblo, la voz de Jehová su Dios, y
las palabras del profeta Hageo, como le había enviado Jehová su Dios; y temió el
pueblo delante de Jehová. Entonces Hageo, enviado de Jehová, habló por mandato
de Jehová al pueblo, diciendo: Yo estoy con vosotros, dice Jehová. Y despertó
Jehová el espíritu de Zorobabel hijo de Salatiel, gobernador de Judá, y el espíritu de
Josué hijo de Josadac, sumo sacerdote, y el espíritu de todo el resto del pueblo; y
vinieron y trabajaron en la casa de Jehová de los ejércitos, su Dios, en el día
veinticuatro del mes sexto, en el segundo año del rey Darío.”
1. La Casa de Dios en ruinas
En primer lugar notamos que la Casa de Dios estaba en ruinas desde que fue destruida
por los ejércitos babilónicos. Recordamos que esto había ocurrido por cuanto Israel tenía
un testimonio igualmente ruinoso en este mundo. No olvidemos que la Casa de Dios y el
testimonio de su pueblo van íntimamente relacionados.
Pero por la misericordia de Dios, ellos habían sido restaurados a su país. No obstante, la
Casa de Dios seguía todavía sin ser reedificada. ¿Por qué? ¿Qué es lo que pasaba?
De una manera gráfica, Hageo presenta al pueblo de Israel corriendo cada uno a su
propia casa. Para ese momento ellos ya habían edificado sus casas artesonadas y
cómodas, mientras que la Casa de Dios estaba literalmente por los suelos. A nadie
parecía importarle esta situación. Tal vez ni se habían detenido a pensar en esta
tremenda incongruencia. Por lo tanto, lo primero que Hageo va a hacer es instar al pueblo
para que reflexione sobre esta situación.
Pensemos por un momento en lo que estaba pasando. El Soberano Dios de la gloria,
quien un día creó los incontables millones de galaxias que giran sobre nuestras cabezas y
quien además las sostiene con la palabra de su poder, ese Dios que está sentado en el
Trono del Universo en excelsa gloria, rodeado de millones de seres resplandecientes que
atienden a su voluntad, tiene una Casa aquí, en nuestro pequeño planeta Tierra, y estaba
en la más absoluta ruina. Y todo esto, porque sus pequeñas criaturas, que vivimos unos
pocos años en este mundo, sin apenas tiempo para demostrar nuestra lealtad a ese gran
Dios haciendo una buena y sensata inversión en su Casa para la eternidad, muchas
veces estamos más interesados en gastar en nuestras propias casas, que desaparecerán
de este mundo en muy poco tiempo, en lugar de invertir en la Casa de Dios que es eterna.
Sin duda la situación era anormal. Recordemos que ese mismo Dios acababa de sacudir
el mapa político del mundo de aquel entonces, derribando al gran imperio babilónico en
una noche, para que su pueblo pudiera volver a su país y retomara su vida nacional. Y
ahora, ese Dios estaba sin Casa mientras que ellos ya vivían en sus casas artesonadas.
Ante una situación así el profeta interviene, y lo hace sin rodeos, sin buscar que su
mensaje sea políticamente correcto:

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(Hag 1:4) “¿Es para vosotros tiempo, para vosotros, de habitar en vuestras casas
artesonadas, y esta casa está desierta?”
Pero notemos que no es tanto Hageo quien está hablando, sino que Dios mismo está
protestando por la situación. Y tenía toda la razón. Así que el profeta les va a urgir para
que se pongan manos a la obra y reedifiquen la Casa de Dios.
2. El problema del materialismo
El pecado que Hageo denuncia es el del materialismo. Ahora bien, ¿qué es el
materialismo? Pues el materialismo consiste en dejar que las cosas materiales de la vida
(que pueden ser legítimas en su justo lugar), lleguen a ocupar un lugar tan prominente en
nuestras vidas, que las cosas de Dios y de su Casa van quedando en el olvido. Los
síntomas son claros: nuestra comunión con el Señor es cada vez más escasa y nuestra
vida espiritual se vuelve débil e ineficaz, mientras que dedicamos todas nuestras energías
e ilusiones a nuestras cosas.
Este era el problema del pueblo de Dios en los tiempos de Hageo, aunque ya habían
pasado por situaciones similares mucho antes. De hecho, Dios conocía bien lo que había
en sus corazones, y antes de entrar a la Tierra Prometida les había hecho solemnes
advertencias sobre este particular:
(Dt 6:10-13) “Cuando Jehová tu Dios te haya introducido en la tierra que juró a tus
padres Abraham, Isaac y Jacob que te daría, en ciudades grandes y buenas que tú
no edificaste, y casas llenas de todo bien, que tú no llenaste, y cisternas cavadas
que tú no cavaste, viñas y olivares que no plantaste, y luego que comas y te sacies,
cuídate de no olvidarte de Jehová, que te sacó de la tierra de Egipto, de casa de
servidumbre. A Jehová tu Dios temerás, y a él solo servirás, y por su nombre
jurarás.”
Pero a pesar de todas las advertencias divinas, eso fue precisamente lo que ocurrió. Ellos
decidieron ir por el camino que Dios les había prohibido, y poco a poco se fueron
distanciando de él y hundiéndose en la mundanalidad mientras arruinaban su testimonio y
su misma razón de ser.
Pero esto es algo que no sólo les ocurrió a ellos. En la carta que el Señor envió a la
iglesia en Laodicea, vemos que los miembros de aquella congregación eran ricos y tenían
todas sus necesidades materiales cubiertas en abundancia, sin embargo, su pobreza
espiritual era lamentable. La comunión íntima con el Señor era inexistente, hasta el punto
de que el Señor estaba fuera de la iglesia llamando para poder entrar (Ap 3:14-22). Un
cuadro desolador.
Y esto mismo está pasando hoy. Al escribir estas notas, tengo delante de mí una revista
misionera con fecha de agosto del 2009, que contiene entre otras noticias un artículo
escrito por un misionero canadiense que estaba trabajando en Chile. Al final de su
reportaje escribe lo siguiente: “Durante los últimos 25 años el país ha prosperado
económicamente, pero esto ha resultado en mucha pobreza espiritual, y mucha apatía.
Los creyentes se dejan atrapar en el remolino del materialismo, y pierden de vista las
prioridades eternas”.
Y una situación similar se ha vivido también en España. Los que hemos visto la
trayectoria de este país en los últimos cincuenta años, tendríamos que subscribir lo que
ese misionero canadiense dijo sobre Chile.
Por lo tanto, el libro de Hageo tiene un mensaje de tremenda actualidad para nosotros en
el día de hoy. Así que, no debemos dejar que sus palabras caigan en saco roto, sino que
debemos pedir al Señor de todo corazón que él toque y despierte nuestros espíritus de la

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misma forma que toco y despertó el espíritu de aquella gente (Hag 1:14). Y que la
meditación y el estudio de sus palabras sirva para que surja una nueva generación de
jóvenes dispuestos a ser gigantes espirituales, totalmente dedicados a Dios y a los
intereses y negocios de su Casa.
3. Las excusas del pueblo para no atender la Casa de Dios

La situación política
Como ya hemos comentado más arriba, la obra de la Casa de Dios había sido detenida
por orden del gobierno (Esd 4:21). Frente a esta situación el pueblo decía que el tiempo
no era propicio y que no se podría hacer nada hasta que hubiera un cambio de ley o de
régimen. A simple vista parecía una buena excusa.
Ahora bien, según vemos en los capítulos 5 y 6 de Esdras, la reedificación de la Casa de
Dios no tuvo lugar como consecuencia de un cambio de ley o de régimen, sino como
consecuencia de la Palabra de Dios anunciada por Hageo.
Por supuesto, Hageo no aceptó las excusas del pueblo, sino que por el contrario les
mandó por Palabra del Señor que pusieran manos a la obra, sin esperar el permiso del
gobierno persa.
En este detalle encontramos una lección de tremenda importancia para los creyentes de
todos los tiempos: La Obra de Dios nunca puede estar supeditada a la autoridad de
ningún gobierno humano. Su Obra se debe realizar con o sin permiso gubernamental, por
cuanto el que lo manda es el Soberano Dios que está sentado sobre el Trono del
Universo, y que tiene dominio sobre todo cuando existe. Por lo tanto, su autoridad y sus
órdenes tienen precedencia sobre todo lo demás.
Esto lo tuvieron muy claro Pedro y Juan cuando en Hechos 4 los vemos frente a la
autoridad religiosa judía de aquellos días, quienes les querían prohibir que no hablasen
más en el nombre de Jesús, a lo que los apóstoles contestaron: “Juzgad si es justo
delante de Dios, obedecer a vosotros ante que a Dios” (Hch 4:19).
Claro está, tomar esta actitud implicará tener problemas, algunos de ellos muy serios,
pero no debemos olvidar que servimos al Soberano Dios del Cielo, y él tiene siempre la
última palabra.
La historia de la iglesia del Señor a través de los siglos está llena de ejemplos de hombres
y mujeres fieles que tuvieron esa misma visión de las cosas, que vivieron y trabajaron
para el Señor según esta regla. Algunos de ellos en circunstancias políticas muy
adversas. Por ejemplo, aquí en España (entre los años 1936 al 1975) durante la dictadura
militar, casi no se podía hacer nada legalmente para la predicación del evangelio, pero se
hizo, y la iglesia del Señor creció y tuvo vigor y calidad.
Y cuando vengan de nuevo tiempos malos, y vendrán, debemos recordar este principio
esencial: La Obra de Dios en este mundo depende de la autoridad de Dios, no de ningún
gobierno humano.

“No tenemos tiempo”


Por lo que se deduce del contexto, el pueblo justificaba su desinterés por la Casa de Dios
con la excusa de la falta de tiempo. ¡Esto se escucha también con tanta frecuencia en
nuestros días! Y mientras tanto, las cosas de Dios son desatendidas tanto en la vida
personal como en la iglesia.

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Podemos imaginar que en aquellos días, recién llegados de la deportación en Babilonia,
ellos tenían mucho trabajo, pero Hageo, hablando de parte del Señor, no admite esa
excusa. Lo que les va a hacer notar es que la Casa de Dios estaba en ruinas porque ellos
decían que no tenían tiempo, sin embargo, al mismo tiempo, ellos habían edificado casas
artesonadas y lujosas.
Ante esta situación Hageo vuelve a contestar de la misma manera que lo hizo antes: La
obra de la Casa de Dios en este mundo tiene precedencia sobre todos nuestros negocios,
asuntos, intereses y actividades. No hacerlo así sería tratar a Dios como los paganos
trataban a sus ídolos: los adoraban en su templo el día santo de su religión pero después
lo dejaban quieto y olvidado sobre su pedestal mientras ellos seguían sus vidas.
Y es que para un creyente auténtico no existe tal cosa como “mis asuntos e intereses” en
contraposición a los “asuntos e intereses de Dios”. Desde que nos convertimos y le
entregamos nuestra vida a Dios, todo lo que somos y tenemos es de él. Estas fueron las
condiciones del Señor que nosotros aceptamos: “Así pues, cualquiera de vosotros que no
renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lc 14:33).
Por eso, el Señor nos encarga que al atender todos nuestros asuntos diarios, demos
siempre la prioridad a las cosas de su Casa, no olvidando nunca que un día tendremos la
responsabilidad de rendir cuentas ante él por cómo hemos administrado sus bienes (Lc
16:1-15). Recordemos también las palabras del Señor en el Sermón del Monte: “Mas
buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán
añadidas” (Mt 6:33). Notemos que el contexto de esta última cita tiene que ver con
nuestra vida cotidiana, negocios, trabajos, quehaceres y preocupaciones.
A no ser que tengamos siempre una visión muy clara de estos principios, caeremos, como
cayeron ellos, en el materialismo, con todas las calamitosas consecuencias que esa
actitud tuvo para la obra y los intereses de Dios en este mundo, así como para sus
propias vidas tanto aquí como en el futuro.
Sí, también en el futuro, porque tal como leemos en el profeta Hageo, pronto va a llegar
un día en el que Dios va a hacer temblar los cielos y la tierra, y en ese día, Dios
trastornará todos los reinos de este mundo, y establecerá aquí, en esta tierra, su Casa
Real y su glorioso Reino universal. Y en ese día, los que hayan trabajado fielmente para
el Señor como la principal prioridad de sus vidas (tal como hizo en su tiempo Zorobabel),
tendrán puestos de autoridad en esa Casa y en ese Reino (Hag 2:20-23).
Por lo tanto, a fin de subrayar bien esta lección y de que ellos se pusieran en marcha de
una vez, “el primer día del mes sexto” (Hag 1:1), les mandó subir al monte para cortar y
preparar árboles que deberían ser transportados a Jerusalén a fin de comenzar en serio la
obra de la Casa de Dios (Hag 1:8). Debían comenzar a hacer un trabajo duro y
comprometido a favor de los intereses del reino de Dios.
Seguramente alguno de ellos se quejaría por lo que decía Hageo: “¿Cómo se te ocurre tal
cosa? ¿No te das cuenta de que el mes sexto estamos en plena faena en el campo con
muchísimo trabajo? ¿Has olvidado que es el tiempo de la siega y el trabajo nos
desborda? No, no tenemos tiempo ahora”.
Pero la cuestión es que llevaban dieciséis años diciendo que no era tiempo, y mientras
tanto la Casa de Dios seguía en ruinas. En vista de todo esto era necesario que recibieran
una lección clara y decisiva, que ha quedado conservada en estas páginas también para
nosotros.
La lección es que la obra y los intereses de Dios tienen que tener la precedencia sobre
todos nuestros asuntos e intereses personales. ¡Así de claro! Y la forma en la que Dios

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les enseñó esta lección iba a quedar grabada en sus mentes. Dios les mostró que a pesar
de todo el tiempo y esfuerzo que estaban dedicando a sus casas y negocios, las cosas no
les estaban saliendo bien. El rendimiento de su trabajo no guardaba ninguna relación con
el esfuerzo invertido, y por lo tanto, habían quedado profundamente insatisfechos (Hag
1:6). Y aquí es donde el profeta les explica la razón de su fracaso: no habían dado
prioridad a los espiritual. Y la mano de Dios estaba detrás de toda esta situación para
enseñarles (a ellos y a nosotros también) que las cosas materiales, en sí mismas, nunca
pueden satisfacer las hondas aspiraciones del ser humano. Y esto es porque Dios nos ha
creado como seres espirituales, con una profunda necesidad de comunicarnos con el
Soberano Dios de este mundo; de conocerle, adorarle y servirle en sus planes y proyectos
de una forma inteligente. Y si esto no llega a ser una realidad en nuestras vidas, siempre
habrá en el fondo de nuestro ser una profunda insatisfacción que nada de este mundo
podrá llenar. Como diría el poeta Antonio Machado: “Tengo en monedas de cobre el oro
de ayer cambiado”. Eso mismo nos pasará a nosotros; nuestra vida se verá devaluada.


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Nuestra responsabilidad en la edificación de la
Casa de Dios (Hageo 1:14-15)
La respuesta del pueblo
Los últimos versículos del capítulo 1 relatan cómo finalmente la Palabra del Señor tuvo
efecto entre el pueblo. Sus espíritus, por mucho tiempo indiferentes y apagados, fueron
tocados y despertaron. Comenzaron a ver la incongruencia de su actitud y la magnitud de
todo lo que estaba en juego:
(Hag 1:14-15) “Y despertó Jehová el espíritu de Zorobabel hijo de Salatiel,
gobernador de Judá, y el espíritu de Josué Hijo de Josadac, sumo sacerdote, y el
espíritu de todo el resto del pueblo; y vinieron y trabajaron en la casa de Jehová de
los ejércitos, su Dios, en el día veinticuatro del mes sexto, en el segundo año del rey
Darío.”
Es interesante notar que Dios apuntó en su agenda el día exacto en el que comenzaron a
trabajar en su Casa: “en el día veinticuatro del mes sexto”. ¿Habrá apuntado nuestro
nombre y fecha también? ¿O todavía no hemos tomado la decisión de servirle con
seriedad?
Ahora bien, tal como Dios ha prometido que ocurrirá cuando buscamos primeramente el
Reino de Dios y su justicia (Mt 6:33), ellos vieron cómo todas las demás cosas les eran
añadidas. Y lejos de que sus campos, cosechas o negocios sufrieran por dedicarse a la
Casa y los negocios de Dios, ocurrió todo lo contrario. Es verdad que la lógica del mundo
nos llevaría a pensar que no sería eso lo que pasaría, pero la lógica de Dios (que es la
que finalmente cuenta) es totalmente diferente y transciende nuestra compresión y
cálculos. El caso es que funciona y muchos de nosotros podemos dar fe de ello.
Desde el momento en que el pueblo puso manos a la obra en la Casa de Dios, él les dijo:
“Desde este día os bendeciré” (Hag 2:19). Y así ocurre siempre. Por eso, lo inteligente es
trabajar por los intereses de su Casa y él trabajará por los nuestros.

Edificando la Casa de Dios


La forma en la que ellos tenían que dar testimonio de Dios en aquellos días consistía en
edificar la Casa de Dios con piedras cortadas en la cantera, con madera del bosque y
algunos otros materiales y herramientas, pero ¿qué significa esto para nosotros hoy?
¿Cómo hemos de dar testimonio en nuestros días?
1. Fracasos en la edificación de la Casa de Dios
Antes de contestar a estas pregunta, hagamos un pequeño repaso de algunas de las
cosas que ya sabemos.
Tanto el Tabernáculo que Moisés levantó en el desierto, como el magnífico Templo que
Salomón edificó años después en Jerusalén, eran un testimonio vivo para las naciones
paganas que les rodeaban, de la presencia del Único y Soberano Dios.
La verdad central detrás del Tabernáculo o del Templo era que Dios se había dado a
conocer a los hombres y quería tener una relación personal con ellos. Y para que esto

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pudiera llevarse a la práctica, les había dado sus leyes y había decidido morar en medio
de ellos.
Por todo esto, el Tabernáculo fue conocido como “el Tabernáculo de reunión”, puesto que
desde él Dios estaba dando testimonio a todo el mundo a su alrededor. Salomón entendió
la importancia de este hecho y decidió construir un magnífico Templo que de alguna
manera pudiera mostrar la gloria de ese Dios. Notemos lo que él mismo dijo al respecto:
(2 Cr 2:5) “Y la casa que tengo que edificar, ha de ser grande; porque el Dios
nuestro es grande sobre todos los dioses.”
Finalmente Salomón construyó un templo cuya gloria deslumbraba a todos, pero
tristemente, siglos después, en el momento en que el profeta Hageo estaba escribiendo,
aquella Casa estaba en ruinas. Sus piedras habían sido derribadas, sus materiales
precisos robados, y mucho de su contenido llevado a Babilonia donde había sido
colocado en los templos de sus dioses paganos, dando a entender con ello que sus falsos
dioses eran superiores al Dios de Israel.
Hageo sufre por esta situación y exhorta vehementemente al pueblo para que vuelvan a
edificar la Casa de Dios, porque su testimonio estaba por los suelos: “Esforzaos... cobrad
ánimo... trabajad” (Hag 2:4).
Sin lugar a dudas, todo esto encierra un tremendo mensaje también para nosotros en el
día de hoy. No es necesario forzar el texto bíblico ni inventar raras interpretaciones para
ver lo que quiere decirnos. Y debemos prestar la debida atención, porque la pregunta que
este pasaje nos presenta es seria y urgente: ¿Cómo es nuestro testimonio en el día de
hoy? ¿Qué tal tu testimonio, hermano, hermana, ante una sociedad cada vez más
incrédula y atea, que niega, pisotea y hasta se ríe de Dios? ¿Y el mío?
El apóstol Pablo llegó a decir de los judíos que el Nombre de este glorioso Dios era
blasfemado por los incrédulos a causa de su conducta poco piadosa (Ro 2:24). ¿Y
cuántas veces sigue pasando lo mismo ahora por causa de los que hoy se dicen “pueblo
de Dios”? Y lo más triste de todo este asunto es que con frecuencia los incrédulos tienen
razón. ¿En cuantos sitios el testimonio está en ruinas por culpa de la conducta poco
cristiana de los que se llaman creyentes? No olvidemos que la gente nos observa, mira
nuestras vidas, cómo nos comportamos en nuestras familias, negocios e iglesias. Y con
demasiada frecuencia, su conclusión es la siguiente: “Si eso es el cristianismo, que se
queden con ello y que a mí me dejen en paz... que no me hablen más de su Dios”.
Muchas veces el testimonio está en ruinas por culpa de la negligencia, la indiferencia y la
mundanalidad de los creyentes. Su actitud se podría resumir con la frase del apóstol
Pablo: “Todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo Jesús” (Fil 2:21). ¡Qué pocos
creyentes buscan la gloria del Señor, su honra y sus intereses en este mundo! ¡Hay tanto
trabajo para hacer, pero son tan pocos los que tienen tiempo o ganas de hacerlo!
2. Causas del fracaso para dar testimonio de Dios: No le conocemos suficientemente
En otras muchas ocasiones, cuando sí que queremos dar testimonio de Dios, es de una
calidad tan pobre, y con frecuencia muy inadecuado, porque no nos hemos preparado
para presentar defensa ante los que nos demandan razón de la esperanza que hay en
nosotros (1 P 1:15). Y en una sociedad cada vez más sofisticada y científica, nos ven
como pobres prediluvianos que no sabemos dónde tenemos la mano derecha ni la mano
izquierda. Y esto lleva a las personas a perder el poco interés que pudieran tener.
¡Oh hermanos y hermanas, en tantos sitios y por tantas razones, el testimonio está en
ruinas, y es urgente hacer algo para que la gloria de nuestro Soberano Dios se vea en
medio de las tinieblas de nuestra actual sociedad!

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Pero lo cierto es que nunca tendremos un testimonio eficaz frente al mundo si no
conocemos al Dios de quien queremos dar testimonio. Y para eso es primordial cultivar
una comunión íntima con él.
Recordemos una vez más las lecciones que aprendemos por medio del Tabernáculo y el
Templo. En primer lugar, que Dios no es un Dios distante y sin interés en nosotros,
viviendo a años luz en alguna parte pedida del espacio. Todo lo contrario. El es un Dios
cercano que mora en medio de su pueblo y quiere tener comunión con él. Es más, nos
invita a acercarnos, nos busca, llama a la puerta de nuestras vidas. Recordemos las
palabras del Señor a la iglesia en Laodicea:
(Ap 3:20) “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la
puerta, entraré con él, y cenaré con él, y el conmigo.”
Porque, aunque es cierto que en el pasado los sacerdotes no podían entrar hasta el Lugar
Santísimo dentro del Tabernáculo, ahora eso ha cambiado radicalmente para nosotros en
este tiempo, de tal manera que el autor de Hebreos nos dice que en cualquier momento
podemos entrar hasta la misma presencia de Dios y tener comunión íntima con el
Soberano Dios del Cielo (He 4:16).
Esta preciosa y vital comunión con Dios la podemos tener por medio de la oración. En
este sentido es oportuno recordar lo que el Señor dijo: “Escrito está; mi Casa, Casa de
oración será llamada” (Mt 21:13). Por lo tanto, ¡qué importante es la oración en la vida del
creyente! ¡Y cuánta ruina hay en la vida de oración de muchos creyentes! Con frecuencia
me he hecho eco de las palabras de una estrofa de un hermoso himno compuesto por
Carlos Wesley: “Repara oh Dios las ruinas / de mi pobre corazón, / y hazlo surgir de
nuevo / en Casa de oración”.
No lo olvidemos; si queremos que nuestro testimonio de Dios ante el mundo sea eficaz,
es imprescindible conocerle íntimamente, y una de las maneras más efectivas para
hacerlo es pasando tiempo en oración con él.
3. Causas del fracaso para dar testimonio de Dios: No aceptamos su señorío en
nuestras vidas
Otro de los problemas que enfrentamos en nuestro testimonio es que no hemos entendido
ni aceptado correctamente la autoridad de Dios en nuestras vidas y en este mundo.
A fin de entender lo que queremos decir, sería interesante considerar la primera aparición
de la expresión “la Casa de Dios” en la Biblia. Esto ocurrió en (Gn 28:16-17). En cuanto a
las circunstancias, Jacob tuvo un sueño en el que veía una escalera que apoyada en la
tierra, su extremo tocaba el cielo, y vio también ángeles de Dios que subían y descendían
por ella. Esta visión le hizo exclamar: “Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo
sabía... ¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo”.
¿Qué es lo que entendió Jacob en aquellos momentos y que tanto le impresionó? Cuando
Jacob se refiere a ese lugar donde él había estado durmiendo como “puerta del cielo”,
necesariamente tenemos que pensar en la importancia que la puerta de una ciudad tenía
en el mundo antiguo. Allí era el lugar donde los ancianos y jueces se sentaban para
gobernar y administrar los múltiples asuntos legales, sociales y personales que surgían a
diario en esa comunidad. Y cuando Jacob vio a los ángeles (que son como los ministros
ejecutivos de la actividad celestial) subiendo y descendiendo para cumplir las órdenes y
misiones encomendadas por Dios en los asuntos relacionados con su reino aquí en la
tierra, él pensó inmediatamente que aquel lugar era “la Casa de Dios”. Seguramente se
sorprendió de ver cuán cercano estaba Dios y su vasta Administración. Él sabía que todo
eso existía allá lejos en el cielo, pero esa noche aprendió que Dios y toda su

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Administración con sus infinitos recursos estaban allí mismo donde él se encontraba. Y
por supuesto, quedaban a la disposición de aquel que está dispuesto a servirle.
Por lo tanto, como ya consideramos en un estudio anterior, el concepto de “la Casa de
Dios” se relaciona con el gobierno, la autoridad y los derechos de Dios sobre toda su
creación. Y precisamente estos son los conceptos que están en crisis en el día de hoy,
tanto en nuestra proclamación del evangelio, como en las vidas de muchos que se llaman
cristianos.
Volvamos a recordar las palabras del Señor Jesucristo antes de ascender al cielo para ser
glorificado y sentarse a la Diestra de la Majestad en las alturas:
(Mt 28:18-20) “Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en
el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones,
bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles
que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros
todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.”
Hoy en día se predica un evangelio “light” que enseña conceptos muy diferentes a los que
encontramos en estos pasajes. En la misión de llevar el evangelio hasta el fin del mundo,
el Señor puso todo el énfasis en su suprema autoridad y señorío. Pero es precisamente
este concepto del señorío de Jesús lo que tantas veces se ignora en la predicación.
Algunos dicen que lo importante es decirle a la gente que acepten a Jesús como su
Salvador, y así asegurar su puesto en el cielo, y después de eso, si lo desean, pueden
“matricularse” para la asignatura más exigente del señorío de Jesús. Ya tendrán tiempo
para pensar en ello, nos dicen. No es un tema del gusto de la mayoría, así que no
debemos enfatizarlo demasiado, especialmente entre nuestra juventud, porque si no se
van a ir de la iglesia.
Y tristemente, la verdad acerca del señorío del Señor está por los suelos en las vidas de
muchos creyentes y también en muchas iglesias.
Ahora bien, cada iglesia local, según la Palabra, es “Casa de Dios” (1 Ti 3:15) (Mt 18:20).
Esto quiere decir que Dios se digna a morar de una forma real y muy especial en medio
de su pueblo, de la misma manera que en el pasado lo hizo en el Tabernáculo o en el
Templo. Por lo tanto, cada iglesia local debería ser un faro de luz irradiando las grandes
verdades de nuestro Soberano Dios hacia un mundo sumido en las tinieblas de su propia
ignorancia.
Esta idea queda claramente confirmada en los tres primeros capítulos de Apocalipsis. Allí
las siete iglesias de Asia Menor son presentadas como siete candeleros de oro que brillan
en un mundo oscuro. Este es el propósito de su existencia. Y todo esto se relaciona
estrechamente con el capítulo cuatro del mismo libro, en donde se nos lleva a contemplar
una impresionante visión del Trono de Dios.
Esto nos obliga a pensar en dos cuestiones íntimamente relacionadas entre sí. La iglesia
existe para proyectar la luz de la gloria de Dios a este mundo, pero eso no será posible en
tanto que no se reconozca la suprema autoridad del señorío de Cristo.
Tristemente en el día de hoy, muchas iglesias han abandonado hasta los símbolos visibles
de esta autoridad suprema de Dios en el orden que él mismo estableció en las iglesias (1
Co 11:10). Y ha sido descartada por la simple razón de que no encaja con el espíritu
igualitario (y marcadamente feminista) que se promueve por todas partes en el mundo de
hoy. Se sustituyen de este modo los mandamientos del Señor por las modas del mundo.
Ahora nos toca pensar en qué haremos nosotros. ¿Ayudaremos a mantener, o incluso
aumentar las ruinas? ¿O seremos como aquellos que en el tiempo de Hageo decidieron

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involucrarse en la obra de la Casa de Dios, para que con nuestra pequeña colaboración
personal podamos ayudar a colocar de nuevo en su sitio las piedras caídas para la gloria
de nuestro Gran Dios?

Algunas referencias a la Casa de Dios en el Nuevo


Testamento
Leamos con atención estos pasajes: (1 P 2:4-6) (Ef 2:20-22) (1 Co 3:9-19), y fijémonos
en varias cosas importantes:
• Cada uno de nosotros, individualmente, somos piedras vivas en la Casa de Dios, su
Templo santo (1 P 2:5).
• Estamos siendo edificados día tras día (es un proceso), y de alguna manera
nosotros tenemos una responsabilidad activa y concreta en ese proceso. Esto
queda especialmente claro en (1 Co 3:10), donde Pablo dice: “Cada uno mire cómo
sobreedifica”.
• Tristemente es posible que vayamos añadiendo a la Casa de Dios materiales de
baja calidad, que no concuerdan con el carácter de Dios, y que por lo tanto, serán
desechados y quemados en el gran día cuando los creyentes comparezcamos ante
el Tribunal de Cristo. En (1 Co 3:15) nos dice que quien haga esto “sufrirá pérdida”.
Es importante, por lo tanto, que examinemos con cuidado qué es lo que cada uno
de nosotros estamos añadiendo a esa construcción.
• La piedra principal de todo el diseño de la Casa de Dios es el mismo Señor. Si
modelamos nuestras vidas sobre la persona de Cristo, seremos “edificados para
morada de Dios en el Espíritu” (Ef 2:22). Recordemos la exhortación de Pedro:
“Acercándoos a él” (1 P 2:4). Esto es imprescindible, porque sólo en íntima
comunión con él podremos modelar nuestras vidas sobre la roca angular que es
Cristo.
• Cada creyente, como una piedra viva de la Casa de Dios, debe ser cortada y
trabajada laboriosamente para que pueda ser colocada con precisión en su sitio. Y
cada uno de nosotros debemos estar ocupados en esa tarea. El apóstol Pablo
exhortaba a los creyentes de este modo: “Ocupaos en vuestra salvación con temor
y temblor” (Fil 2:12). Esto implica que la vida cristiana no termina el día que nos
convertimos y somos perdonados de todos nuestros pecados, de hecho, ese día es
el comienzo de una vida cristiana en la que queda una larga tarea por delante. Es
verdad que la tarea puede parecer muy difícil, o imposible en la mayoría de las
ocasiones, pero si nos ocupamos de nuestra salvación con temor y temblor,
entonces veremos que “es Dios el que en vosotros produce así el querer como el
hacer, por su buena voluntad” (Fil 2:13).

Reflexión final
Al terminar nuestras consideraciones sobre el primer sermón del profeta Hageo, debemos
recapitular algunas ideas.
Hemos visto que en aquel tiempo Dios intervino en la historia para sacudir todo el orden
mundial, quitando a Babilonia, aquella gran superpotencia, y colocando en su lugar al
imperio Persa. Levantando también como su gobernante a Ciro, quien obedeciendo los
mandamientos de Dios promulgó un decreto para que su pueblo regresara a su país.

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¿Y cuál fue la finalidad de todos esos movimientos internacionales? ¿Fue para que los
israelitas pudieran edificar buenas casas artesonadas y cuidaran de sus propios
negocios? Por supuesto que no. ¡No y mil veces no! La finalidad era para que el
testimonio del Dios vivo volviera a brillar con claridad desde allí a todas las naciones
paganas e idólatras a su alrededor. Y también, para que de esta manera se cumplieran
las promesas relativas al nacimiento del Mesías.
Unos quinientos años después de que Hageo profetizara, Dios volvió a intervenir en la
historia de nuestro mundo, haciendo que Augusto César, el gran emperador romano,
promulgara otro decreto que sirvió para que empezaran a cumplirse las profecías
relacionadas con el nacimiento del Mesías. Fue por ese decreto que José y María viajaron
hasta el pueblo de Belén para que tal como había sido anunciado, naciera allí el Mesías.
Ese mismo Mesías que unos años después sacudiría al mismo Imperio de las Tinieblas
por medio de su muerte en la cruz, a fin de que todos los que lo deseen puedan
emprender el camino de retorno y reconciliación con Dios por medio de la fe en él.
¿Y para qué ha movido Dios la historia de este mundo una y otra vez? ¿Para que ahora,
dos mil años después, nosotros podamos vivir tranquilamente ocupados en los asuntos de
nuestras casas, negocios y carreras mientras la Casa de Dios va languideciendo?
Por supuesto que no. Y si al llegar a este punto seguimos pensando así, entonces es que
no estamos aprendiendo absolutamente nada del libro de Hageo.

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El problema del desánimo (Hageo 2:1-9)
La causa del desánimo
Como consecuencia del primer mensaje de Hageo, el pueblo entero retomó con empeño
la obra de la Casa de Dios, y estuvo trabajando en ella durante un mes. No obstante,
había empezado a cundir entre ellos el desánimo, y esto amenazaba el éxito de la obra.
¿Cuál era la razón? Encontramos la explicación en:
(Hag 2:3) “¿Quién ha quedado entre vosotros que haya visto esta casa en su gloria
primera, y cómo la veis ahora? ¿No es ella como nada delante de vuestros ojos?”
Para entender bien la situación que este versículo describe es necesario volver al libro
histórico de Esdras y ver allí el trasfondo de lo que estaba ocurriendo. En el capítulo 3 se
nos relata cómo los que habían vuelto de la cautividad con Zorobabel habían comenzado
la obra de reedificación de la Casa de Dios. Lo primero que edificaron fue el altar, de tal
manera que, aunque de forma todavía muy precaria, pudieron comenzar a celebrar sus
cultos. También reunieron dinero y materiales para la obra y echaron los cimientos de la
Casa. Fue entonces cuando decidieron celebrar una especie de inauguración con
cánticos, alabanzas, acciones de gracias y música. Tal era la alegría que “se oía el ruido
hasta de lejos” (Esd 3:13). Pero mezclado entre esos gritos de alegría, se dejaba oír
también una nota triste: “Muchos de los sacerdotes, de los levitas y de los jefes de casas
paternas, ancianos que habían visto la casa primera, viendo echar los cimientos de esta
casa, lloraban en alta voz” (Esd 3:12). En un principio, el lloro de todas estas personas
quedó oculto en medio de los gritos de alegría popular: “Y no podía distinguir el pueblo el
clamor de los gritos de alegría, de la voz de lloro; porque clamaba el pueblo con gran
júbilo” (Esd 3:13).
¿Por qué lloraban? Notamos que estas personas eran las de más edad, aquellos que
habían visto y todavía recordaban el hermoso templo de Salomón. Aquel era un templo de
una belleza tan extraordinaria que dejaba atónito a todo el que lo contemplaba. Una
verdadera joya arquitectónica de un valor incalculable y de una fama universal. Y estas
personas, al ver los cimientos que en ese momento se estaban echando, y los escasos
recursos con los que contaban después de su regreso del cautiverio, se daban cuenta de
que el templo que ahora iban a edificar no tendría ni punto de comparación con el
esplendor del templo original y la gloria de esos días pasados. Todo esto hacía que el
desánimo se estuviera apoderando de sus almas.
Y esta es la situación de fondo que encontramos en el capítulo 2 de Hageo. El asunto era
grave, y Dios lo sabía, porque con un espíritu desanimado no se puede hacer la obra de
la Casa de Dios. Es verdad que podían celebrar de forma rutinaria y mecánica los cultos,
pero con el alma llena de amargura y tristeza, y en ese estado, es imposible hacer
prosperar los intereses de la Obra de Dios y los asuntos de su Reino. Como muy bien
expresó el poeta: “Muertos no son los que yacen solitarios en la tumba fría; / Muertos son
los que tienen el alma muerta, y viven todavía”.
Analicemos un poco más en detalle las razones de su desánimo:
1. Recordaban la gloria de los tiempos pasados
Los más ancianos entre ellos recordaban el atractivo y esplendor incomparables del
templo de Salomón. La gente venía desde lejos para contemplarlo y admirar el júbilo con
el que el pueblo de Dios celebraba sus cultos y ceremonias en un ambiente festivo lleno

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de alegría, música y cánticos. En medio de aquel hermoso templo los israelitas
desbordaban entusiasmo y eso se podía ver en sus caras radiantes. ¡Esos sí que eran
buenos tiempos! dirían aquellos ancianos que habían llegado a participar en alguna de
aquellas celebraciones en el antiguo templo de Salomón. Pero en comparación con todo
aquello, lo que les quedaba en el momento en que se encontraban, no era nada. Ya nadie
vendría de lejos para ver el pequeño y ordinario templo que ahora estaban edificando. ¡Y
qué decir de sus ceremonias y fiestas! Después de setenta años de cautiverio, los que
habían regresado eran muy pocos en comparación con aquellos momentos de su pasado
glorioso cuando las doce tribus de Israel se congregaban en Jerusalén. Así que, el
desánimo empezó a propagarse como una plaga que rápidamente contagia a todos.
Ahora bien, como escribió el apóstol Pablo, “estas cosas les acontecieron como ejemplo,
y están escritas para amonestarnos a nosotros” (1 Co 10:11). Y de hecho, la historia del
pasado se repite una y otra vez en formas y circunstancias diferentes.
También hoy los viejos nos hablan de los tiempos pasados cuando en nuestro país las
iglesias se llenaban y se respiraba un ambiente de verdadero ánimo y poder espiritual.
Tiempos cuando la gente de afuera acudía con un genuino interés por escuchar la
Palabra de Dios, impresionados por el tipo de vida que veían en los creyentes. Tiempos
cuando con frecuencia había conversiones de las de verdad, cuando las iglesias se
llenaban y la gente permanecía de pie porque tenían hambre de la Palabra. Pero ahora
las cosas han cambiado. Somos pocos en la iglesia, los locales están medio vacíos los
domingos (y no hablemos de los cultos entre semana), los cultos resultan rutinarios y
siempre vemos las mismas caras. La gente de afuera ya no tiene interés, las
conversiones son escasas y el bautisterio está lleno de telarañas.
Quizá nosotros podemos entender esta situación cuando asistimos a unas conferencias
especiales en alguna parte. Allí, en medio de una multitud de creyentes procedentes de
distintas partes, disfrutamos en un ambiente maravilloso de tiempos de alabanza y
predicaciones que llegan hasta lo más profundo de nuestra alma. También es ocasión
para hacer nuevas amistades y tener impactantes experiencias que hacen vibrar con
alegría las cuerdas de nuestros corazones. Pero una vez terminadas esas conferencias
especiales, regresamos nuevamente a nuestra pequeña iglesia local donde en
comparación, todo parece apagado. Entonces nos inunda una sensación de desánimo y
pensamos que lo único que nos queda es aguantar la situación. Pero, ¿es esa la
solución?
2. Recordaban con tristeza sus propios pecados
Dios les había dicho con claridad que la razón por la que habían sido llevados en
cautiverio, y por la que todavía seguían bajo la dominación de una gran potencia
extranjera, era como consecuencia de sus pecados. Esto fácilmente puede producir una
triste sensación de desánimo que nos llegue a paralizar.
La experiencia tampoco nos es extraña a nosotros. Tal vez el recuerdo amargo de
tropiezos y pecados en nuestra vida personal, en nuestras relaciones con otros o en
nuestro testimonio ante un mundo que nos observa sin perder detalle de todo lo que
hacemos y decimos, ha logrado abatir nuestra alma y desanimar nuestro espíritu,
debilitando nuestras fuerzas y poniéndonos prácticamente fuera de juego.
Cuando eso ocurre escuchamos insistentemente una voz dentro de nosotros mismos que
nos atormenta diciendo: ¿Cómo te va a usar Dios en su Obra después de tantas veces
como le has fallado? Lo mejor sería tirar la toalla y dejar que sean otros “más dignos”
quienes hagan la Obra de Dios. ¿Es esta la solución?

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3. Los enemigos de la Obra de Dios
Los judíos que habían regresado de su duro cautiverio pronto se dieron cuenta de que
además de ser pocos y débiles, también estaban rodeados de numerosos enemigos a los
que no les gustaba su presencia en aquel lugar. Y como ya hemos visto, hicieron todo
cuanto pudieron para obstaculizar lo que ellos hacían para Dios.
Y nosotros también estamos rodeados de enemigos por todas partes. Son personas que
con una pretendida sofisticación científica y mentalidad moderna nos miran con aires de
superioridad riéndose de nosotros porque todavía creemos en el Dios Todopoderoso
como el Creador y Dueño de este inmenso universo. Ellos tienen el control de los
colegios, institutos y universidades, y ridiculizarán a cualquiera que se atreva a expresar
su fe en el Dios de la Biblia. Y por ley han conseguido prohibir cualquier enseñanza
acerca del origen del universo y de la vida humana que no sean las teorías del Big Bang y
la evolución de las especies de Darwin. Y cualquiera que no acepte sus dogmas será
tildado de antediluviano e ignorante. De hecho, serán considerados como mentes
retrógradas que ponen en peligro el avance del saber humano. Uno de los más populares
defensores de esta tendencia es Richard Dawkins, quien expresó con toda claridad lo que
piensa de la fe cristiana: “El vicio principal de la religión es la fe. Fe es una creencia que
no se basa sobre ninguna evidencia, y es por lo tanto uno de los peores males del mundo,
comparable al virus de la viruela, pero mucho más difícil de erradicar”. En otra ocasión
dijo: “Se puede decir con total seguridad que si te encuentras con una persona que dice
que no cree en la evolución, esa persona o es ignorante, o estúpida, o loca, o es una mala
persona”.
Las tácticas de estos enemigos del cristianismo son las mismas con las que se
encontraron Esdras, Nehemías o Hageo en sus tiempos. Y esto es así, porque tanto
entonces como ahora, quien está detrás de todas ellas es el diablo.
Veamos algunos ejemplos de lo que ocurrió en aquellos tiempos.
En (Neh 4:1-4) vemos que los enemigos de Dios no perdían ninguna oportunidad para
burlarse de su pueblo a fin de desanimarles en la obra de reconstrucción. Y en (Esd
4:6-24) llegaron a conseguir que la obra se detuviera por medio de una serie de mentiras.
Sin lugar a dudas, todo esto desanimaría a cualquiera. ¿Cuál es la solución?

La solución al desánimo
En primer lugar es importante señalar que la Palabra de Dios que vino a aquellas
personas por medio del profeta Hageo siglos atrás, sigue siendo la misma que Dios dirige
a nosotros en este día.
Notemos también que en medio de su desánimo, les reta (y nos reta a nosotros también)
a esforzarnos, cobrar ánimo y trabajar (Hag 2:4).
Ahora bien, es probable que alguno piense que predicar sobre esto es muy fácil, pero
como dice el refrán: “una cosa es predicar, y otra dar trigo”.
Pero vamos a ver inmediatamente que lo que Dios dijo por medio de Hageo eran mucho
más que palabras. Veamos algunas de las maravillosas declaraciones que Dios hizo.
1. “Yo estoy con vosotros, dice Jehová de los ejércitos” (Hag 2:4)
Estaban desanimados porque la Casa era pequeña, ellos eran pocos y despreciados, y
todo lo que hacían les parecía ordinario y de poco valor, pero debían escuchar algo muy
importante: “Yo estoy con vosotros” les dijo el Señor.

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El mismo Señor de la Casa estaba con ellos, y como muy bien dice el autor de Hebreos,
“mayor gloria y mayor honra que la Casa, tiene el que la hizo” (He 3:3). Por lo tanto, ellos
debían escuchar, reflexionar y creer esto. Tendrían que dejar que esa gloriosa verdad los
envolviera y los elevara a las mismas alturas celestiales.
El Creador del inmenso universo con sus incontables billones de gigantescas galaxias
estaba con ellos. El Señor de los vastos e invencibles ejércitos celestiales estaba con
ellos. El Señor que controla el curso de la historia y el destino de las naciones estaba con
ellos. En cada culto que celebrasen, por pocos que fueran, el Señor estaba con ellos. En
sus pequeños intentos de dar testimonio de él, el Señor estaba con ellos. En toda
pequeña obra de sus manos a favor de su Casa y de sus intereses en este mundo, el
Señor estaba con ellos.
¿Acaso un templo muy grande, con mucha gente y mucha actividad podría animarles más
que la misma presencia del Señor? Si eso fuera así, algo andaba muy mal, y tal vez, el
problema de fondo fuera precisamente ese.
Y este mensaje sigue teniendo la misma vigencia también para nosotros en estos días. Es
imprescindible recalcar la enorme necesidad que tenemos de recobrar la realidad de la
presencia del Señor en nuestras propias vidas. De tener una nueva visión del Señor en
toda su gloriosa majestad, un nuevo convencimiento de su cercanía, y una más auténtica
e íntima comunión con él.
Alguien escribió una vez un libro que tituló: “La práctica de la presencia de Dios”. Y cada
uno de nosotros debemos preguntarnos: ¿Qué tal es nuestra experiencia práctica de la
presencia del Señor en nuestras vidas?
Porque teniendo esta experiencia de la cercanía del Señor, entonces todo se transforma.
Cada culto nos resultará precioso (haya mucha o poca gente), porque el Señor de la Casa
está allí. Así lo prometió cuando dijo: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre,
allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18:20).
El Señor está “con nosotros” y “por nosotros” (Ro 8:31). Algunos pueden pensar que está
en algún punto distante del cielo, pero también está con nosotros, cerca, a nuestro lado,
en medio nuestro.
¿Lo creemos? ¿Nos entusiasma la idea? ¿O lo repetimos simplemente como una especie
de catecismo religioso que nos deja fríos? Si lo creemos y lo vivimos de verdad, entonces
cada pequeño acto de servicio que pudiéramos hacer a favor de los intereses de Dios en
este mundo, por muy ordinario y rutinario que pudiera parecer, cobrará una gloria
especial, porque el Señor estará con nosotros en ese acto.
Pero sin esa experiencia vívida de la presencia de Dios con nosotros, nunca podremos
edificar su Casa. De hecho, todo lo que pudiéramos llegar a hacer carecería de valor.
Edificar la Casa de Dios sin el Dios de la Casa se convierte por fin en una mera rutina
religiosa que termina desanimando y aburriendo a todo el mundo, hasta a Dios mismo.
Cuando el Señor Jesucristo vino a este mundo, observó que el pueblo estaba muy
entusiasmado con el hermoso templo que el rey Herodes había edificado. La construcción
había durado 46 años y el resultado final llamaba mucho la atención (Jn 2:20) (Mt 24:1).
Ellos estaban muy animados con sus cultos, sus grandes fiestas, sus llamativas
ceremonias, pero cuando llegó el Señor a su templo y dijo: “Os digo que uno mayor que el
templo está aquí” (Mt 12:6), quedaron completamente indiferentes. Incomprensiblemente
prefirieron las piedras y el oro del templo con sus espectaculares ceremonias, que al
mismo Señor de la Casa. Una verdadera tragedia.

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Y como consecuencia de esta actitud, el Señor llegó a repudiar ese templo: “He aquí
vuestra casa os es dejada desierta” (Mt 23:38). Y no tardaría muchos años para “que no
quedara piedra sobre piedra que no fuera derribada” (Mt 24:2). Exactamente ocurrió en el
año 70 d.C.
En contraste con esto, los discípulos que creyeron en él, vieron al Señor después de su
resurrección y oyeron y confiaron en su promesa cuando les dijo antes de ascender al
cielo: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28:20). Y
desde ese momento vivieron intensamente la realidad de la presencia del Señor cada día
de sus vidas.
Ellos fueron hasta lo último de la tierra sacando de las rudas canteras de este mundo
piedras vivas que formarían parte de la auténtica Casa de Dios, su Iglesia. Y un día será
manifestada en toda su magnífica gloria, establecida en esta tierra por encima de todas
las casas reales de este mundo, y su Reino estará sobre todos los gobiernos y poderes.
Es verdad que la tarea de predicar el evangelio a fin de edificar su Iglesia fue costosa y
recibió mucha oposición. Sólo hay que leer el libro de los Hechos de los Apóstoles para
ver la intensidad de la persecución que sufrieron por todas partes. Pero en medio de todo
eso, ellos tuvieron una experiencia muy real de la presencia del Señor con ellos, dándoles
un ánimo extraordinario y un coraje sobrenatural. Recordemos, por ejemplo, al apóstol
Pablo cuando tuvo que comparecer en juicio ante el terrible emperador Nerón. Sus
palabras nos llegan al alma: “En mi primera defensa, ninguno estuvo a mi lado, sino que
todos me desampararon; no les sea tomado en cuenta. Pero el Señor estuvo a mi lado, y
me dio fuerzas” (2 Ti 4:16-17).
Y eso mismo es lo que han experimentado multitud de hombres y mujeres a lo largo de
toda la historia. Y no se trataba de personas con un coraje y fuerzas sobrenaturales. Todo
lo contrario; eran hombres y mujeres con sus temores naturales; abuelitos y abuelitas con
pocas fuerzas físicas e intelectuales; jóvenes sin experiencia; jovencitas delicadas y
tímidas, y hasta niños y niñas con una sencillez e inocencia que daba pena. ¡Cuántas
historias heroicas nos quedan por conocer en el gran día cuando al final de la historia de
este pequeño planeta Tierra, esas cosas se harán públicas desde las azoteas.
Pero no lo olvidemos; todo eso fue como consecuencia de la presencia del Señor de la
gloria en sus vidas de una manera real y práctica. Subrayemos esto en nuestras mentes y
corazones, porque es de suma importancia.
Veamos un ejemplo más que confirma lo que venimos diciendo. Cuando en (Hch 4:13) los
apóstoles fueron interrogados y amenazados seriamente por el mismo tribunal que pocas
semanas antes había condenado al Señor Jesucristo a la muerte, todos ellos se quedaron
perplejos ante el evidente coraje de los apóstoles, de los que sabían que eran hombres
sin letras y del vulgo. ¿Cuál era su secreto? Sus propios enemigos lograron verlo:
“Reconocían que habían estado con Jesús”.
Pero todas estas historias no tendrán ningún efecto en nosotros a no ser que aprendamos
a estar con Él.
2. “Según el pacto que hice con vosotros” (Hag 2:5)
Pero, ¿que diremos del desánimo que produce una conciencia abatida por los fallos y
tropiezos del pasado? Para saber cómo debemos contestar a esto es imprescindible
fijarnos en la gran declaración que encontramos aquí:
(Hag 2:5) “Según el pacto que hice con vosotros cuando salisteis de Egipto, así mi
Espíritu estará en medio de vosotros, no temáis.”

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El pacto al que se refiere aquí lo encontramos en el libro de Exodo comenzando en el
capítulo 19. Más tarde, ese pacto fue ratificado solemnemente con sangre ante todo el
pueblo en Exodo capítulo 24.
Por medio de este pacto se forjó una relación especial, única y gloriosa entre el Soberano
Dios del universo y esa pobre gente esclava, peregrina y despreciada por todo el mundo
(Dt 7:6-7). Por medio de ese pacto, ellos llegarían a ser el especial tesoro de Dios (Ex
19:5). Esto les garantizaba la presencia de Dios con ellos, su bendición, provisión, guía y
protección para siempre.
Ahora Hageo les recuerda este hecho: “Yo estoy con vosotros, dice el Señor, según ese
pacto”.
Pero en este punto alguien podría objetar que aunque el pacto fue ratificado, esto ocurrió
antes de que el pueblo cometiera el terrible pecado de hacerse un becerro de oro del que
dijeron que era su dios que los había sacado de Egipto (Ex 32:1-6). Todo esto fue un
espectáculo realmente vergonzoso. Y quedaba claro que esta infidelidad implicaba el
incumplimiento de las condiciones del pacto y la pérdida de todo derecho a las
bendiciones arriba mencionadas. ¿Cómo podría Dios continuar estando con ellos si el
pacto había sido roto?
Indudablemente ellos habían fracasado de una manera miserable, pero es maravilloso
leer la historia que sigue. Porque en el capítulo 33 de Exodo, Dios renueva la promesa de
que su presencia estaría con el pueblo a pesar de lo que habían hecho. Y en el capítulo
34 encontramos que el pacto es renovado.
Porque así es Dios. Nuestro Dios es un Dios de restauración. ¡Gloria a su Nombre! Y el
libro de Hageo que ahora estamos estudiando forma parte de lo que los teólogos llaman
“los profetas de la restauración”. De hecho, Dios acababa de restaurarles nuevamente a
su país de forma milagrosa a pesar de sus muchos fallos y fracasos. ¿No era eso prueba
suficiente de que Dios todavía estaba con ellos? Y no sólo de una forma nacional, sino
también de forma personal e individual.
Con esto mismo coincide lo que dijo el rey David en el (Sal 23:3) “Él restaura mi
alma” (Biblia de las Américas). Y David entendía bien este tema. Él mismo había cometido
un terrible pecado de consecuencias desastrosas. Por supuesto, sufrió la disciplina de
Dios, y llegó a confesar su pecado con lágrimas y un verdadero arrepentimiento de
corazón. Después de eso, Dios restauró su alma y su relación con él, de tal manera que a
través de la historia, incontables millones de personas de todo el mundo han sido
confortadas, estimuladas y grandemente bendecidas por sus hermosos Salmos, que de
forma muy gráfica logran captar y reflejar toda la gama de experiencias que él tenía en su
diario vivir con Dios. Y fueron escritas para que nosotros también, “por la paciencia y la
consolación de las Escrituras tengamos esperanza” (Ro 15:4).
Nuestro Dios es un Dios de restauración. Esta es una verdad que atraviesa como un hilo
de oro toda la Biblia. Es parte del mismo carácter de Dios. Como dice por el profeta: “Yo
Jehová no cambio; por eso, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos” (Mal 3:6). Esta es
una característica constante e inamovible de nuestro gran Dios.
Ya hemos visto lo que David decía al respecto, pero podemos ver también la experiencia
del apóstol Pedro en el Nuevo Testamento. Este apóstol del Señor llegó a negarle
públicamente con maldiciones y juramentos (Mt 26:69-74). Esto era realmente muy grave.
Recordemos las palabras del Señor: “Porque el que se avergonzare de mí y de mis
palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se avergonzará
también de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles” (Mr 8:38).

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Después de esto, la relación de Pedro con el Señor había quedado hecha añicos. ¿Podría
haber restauración para él después de una caída tan grande? ¿Podría el Señor volver a
usarle en la obra de su Casa? Como ya sabemos, la respuesta es que sí que hubo
restauración. Por supuesto, esto no pudo tener lugar hasta que Pedro se arrepintió y con
profunda tristeza lloró por su pecado. Pero después de esto, no sólo hubo restauración de
la comunión, sino que el Señor le encomendó que cuidará de su obra (Jn 21:15-17). Y
efectivamente él llegó a cumplir con ese mandato. El libro de los Hechos de los Apóstoles,
junto con las dos epístolas que escribió, dan testimonio de ello. ¡Y cuántas personas a lo
largo de los siglos han recibido bendición e inspiración por su testimonio!
Cada uno de nosotros debemos tener presentes estos hechos cuando escuchamos la voz
del enemigo de la Casa de Dios susurrándonos al oído que nosotros no somos dignos de
trabajar en su Obra porque hemos fallado a Dios en muchas ocasiones. Estas grandes
verdades que venimos considerando deben alentarnos cuando estamos desanimados y
con ganas de tirar la toalla.
3. “Llenaré de gloria esta casa” (Hag 2:7-9)
Estos versículos nos hablan de un tiempo futuro cuando el Deseado de las naciones, el
Mesías, irrumpirá por fin en la historia de nuestro desgraciado mundo. Será el momento
cuando todos los que padecen injusticias, miserias, hambre, penas, privaciones, y
cuantos sufren y gimen por un mundo mejor, verán sus deseos realizados. Verán un
mundo totalmente transformado en cumplimiento de las hermosas profecías de Isaías, y
dirán: “Este es nuestro Dios, le hemos esperado, y nos salvará” (Is 25:9).
Todo esto ocurrirá el día de la Segunda Venida en poder y gloria de nuestro bendito Señor
y Salvador Jesucristo. En ese día, la Casa de Dios (la gran Casa real celestial) será
manifestada aquí en la tierra en toda su magnífica gloria y poder. El Reino de Dios será
establecido aquí sobre todos los reinos y gobiernos del planeta. En ese día nadie podrá
detenerle ni oponerse. Y por fin habrá paz, dice Jehová de los ejércitos. Hermosa
esperanza ¡Amén!
Ahora bien, es necesario notar una cosa importante en el pasaje que estamos estudiando.
El versículo 8 dice que en ese día “Dios llenará de gloria esta casa”. Y nosotros nos
preguntamos: ¿Cómo puede ser eso posible, ya que el edificio que esa gente estaba
edificando en esos momentos desapareció hace siglos y ya no existe?
Bueno, hay que decir que Dios sólo tiene una Casa. No necesita más. Y las diferentes
Casas o templos que se edificaron en Jerusalén en distintos momentos de la historia, eran
en realidad representaciones de la gran Casa real desde la que se dirigen todos los
asuntos de este mundo allí en el cielo. Por esta razón, cuando Hageo hablaba en el
versículo 3 del templo de Salomón, no se refirió a él como si fuera la primera de una serie
de Casas que Dios tuviera en este mundo, sino de “esta Casa en su gloria primera”. Y del
mismo modo, cuando vuelve a hablar del futuro de esa Casa, no habla de ella como si
fuera la última de una serie, sino que dice: “la gloria postrera de esta Casa”.
¿A dónde nos lleva todo esto? Pues a la siguiente conclusión: Que el templo que ellos
estaban reedificando con tanto esfuerzo, y que algunos veían como pequeño y ordinario,
tenía una proyección futura y eterna que ellos no lograban percibir en esos momentos.
Por lo tanto, lo que ellos estaban construyendo era, ni más ni menos, la gran Casa de
Dios en su manifestación aquí en este mundo. O usando otras palabras que encontramos
en el Nuevo Testamento: “Su trabajo en el Señor no era en vano” (1 Co 15:58). Y eso era
así porque su trabajo tenía una trascendencia muy por encima del momento en el que se
encontraban, porque apuntaba hacia un futuro eterno y glorioso en el que ellos tendrían
plena participación (Dn 12:13) (Hag 2:23).

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Y la lección para nosotros en el día de hoy es la misma. Puede que la iglesia local a la
que asistimos nos parezca pequeña, ordinaria y poco atractiva. Que sus cultos no nos
resulten inspiradores. Y creemos que no vale la pena esforzarnos por algo así, algo que
de todas formas nadie parece valorar. ¿Estamos desanimados en medio de una situación
parecida?
Pues entonces debemos reflexionar y tomar en serio las lecciones de este segundo
mensaje de Dios por boca de su siervo Hageo. Al fin y al cabo, estas palabras fueron
escritas y conservadas en la Biblia para nuestra instrucción y ánimo.
Debemos recordar que una iglesia local, independientemente de su tamaño, no es
cualquier cosa. Es nada más y nada menos que “Casa de Dios” en toda su verdadera
esencia y naturaleza.
Y en nuestra iglesia local Dios nos está ofreciendo el increíble privilegio de contribuir
personalmente a la gloria de la gran Casa de Dios y tener parte en su maravilloso futuro
en aquel día cuando su Reino sea establecido de manera visible en este mundo. Aquel
día cuando el pecado desaparezca y todo sea restaurado a su gloria original.
Por lo tanto, nadie debe despreciar su iglesia local, sino como dice un antiguo himno:
“Brilla en el sitio donde estés”. No olvidando que nuestros actos en el mundo aquí tendrán
una hermosa proyección allí en permanente gloria.
Ahora bien, cuidado porque Dios no admite chapuzas. Dios quiere lo mejor para su Casa.
Miremos lo que nos dice el apóstol Pablo, el “perito arquitecto”, en (1 Co 3:9-17). La obra
mal hecha y con materiales pobres, será rechazada por el Señor. No tendrá una
dimensión eterna. Será un trabajo en vano que desaparecerá para siempre.
Dios quiere los mejores materiales y el mejor trabajo. Un trabajo cuidadoso, costoso,
esmerado y hecho con devoción e ilusión. Como bien dice otro antiguo himno: “Dad lo
mejor al Maestro”. Cualquier cosa menos que lo mejor sería insultarle a Dios.
¿Cómo edificaremos entonces?
En primer lugar, debemos edificar sobre el fundamento puesto por el apóstol Pablo y los
demás apóstoles del Señor (1 Co 3:10). Es decir, sobre la Palabra de Dios, sus verdades,
mandamientos, principios y prácticas que encontramos en ella. No sobre nuestras propias
ideas, o las de la mayoría. Si queremos que nuestro trabajo tenga transcendencia y
permanencia eterna, debemos prestar cuidadosa atención a los planos de construcción y
seguirlos cuidadosamente.
Y en segundo lugar, debemos edificar con los mejores materiales: “oro, plata y piedras
preciosas” (1 Co 3:12). ¿Dónde conseguimos esos materiales? Leamos lo que dice (Hag
2:8): “Mía es la plata y mío es el oro, dice Jehová de los ejércitos”. Y (Ap 3:18) “Te
aconsejo que de mí compres oro refinado”. La iglesia de Laodicea a la que se le dijo esto
último, era rica en lo material, pero pobre para con Dios (Ap 3:17). Tenían “en monedas
de cobre, el oro de ayer cambiado”, y a la gente de los tiempos de Hageo les ocurría lo
mismo. Y otro tanto les ocurre a muchas personas en el día de hoy también.
Por lo tanto, ¿cómo conseguir ese oro refinado? Notemos que el único oro que vale para
la Casa de Dios es el oro que tiene el Señor, por lo tanto hemos de “comprárselo” a él (Ap
3:18). Y, por supuesto, tiene su precio.
Ahora bien, no hemos de pensar en un precio económico. Por el contrario tiene que ver
con un auténtico reconocimiento de todo el trabajo que hemos hecho mal, que hemos
dejado a medias, o que simplemente hemos hecho sin ánimo ni verdadero celo. Es decir,

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debemos comenzar por un genuino arrepentimiento por todas aquellas ocasiones en las
que no hemos servido a Dios con alegría y por agradecimiento (Ap 3:19).
Por otro lado, implicará tener una relación con el Señor que se note (Ap 3:20). Que lo
notemos nosotros, que lo note el Señor y que lo noten también los demás.
Entonces nuestro trabajo para el Señor tendrá una dimensión de gloria eterna. “El que
tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias” (Ap 3:22).

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Dios requiere la santidad de su pueblo (Hageo
2:10-19)
Al finalizar el mensaje anterior vimos que a Dios le desagrada que la obra de su Casa sea
hecha sin técnica ni cuidado y usando materiales pobres. Ahora, en este tercer mensaje
del profeta Hageo, veremos que el tema continúa, pero su enfoque se centra en las
personas que hacían su obra. En resumen se podría decir que además de la técnica y los
materiales empleados en la edificación de la Casa de Dios, también es igualmente
importante que las personas que la realizan vivan de manera santa, porque Dios no
admite cualquier tipo de servicio dentro de su Casa, por muy bueno que éste pudiera
parecer.
Aquí el profeta se dirige especialmente a los sacerdotes que servían en su Casa, porque
no eran personas limpias, sino inmundas. Ellos no vivían vidas santas y consagradas a
Dios, vidas que reflejaran la pureza y belleza del carácter del Dios al que decían servir.
El hecho de que sus vidas fueran descuidadas en este sentido, originaba que todo lo que
tocaban quedara ensuciado. Y por supuesto, esto desagradaba a Dios.
Es verdad que su trabajo podía parecer muy impresionante a los ojos de otros hombres,
pero nunca sería reconocido por Dios ni tendría una transcendencia eterna en la gran
Casa de Dios en ese glorioso futuro hacia el cual todos estamos viajando.

Dios requiere la santidad de su pueblo para servir en su


Casa
Este es un mensaje central a lo largo de toda la revelación bíblica. Veamos cómo lo
expresa el apóstol Pedro:
(1 P 1:15-16) “Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en
toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.”
En realidad, Pedro estaba citando algo que estaba escrito en (Lv 11:44) y (Lv 19:2). Eran
solemnes palabras que Dios había dicho a su pueblo después de que hubieran sido
liberados de Egipto y estableciera con ellos una relación especial en el monte Sinaí (Ex
19:5-6).
El argumento es muy sencillo e intensamente lógico: si vamos a tener una relación con
Dios, y vamos a trabajar con él en el progreso de sus intereses en este mundo, tendremos
que ser como él es, es decir, tendremos que ser santos porque él es santo. Porque como
bien dijo el profeta Amós:
(Am 3:3) “¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?”

¿Qué es la santidad?
Ahora bien, la palabra “santidad” no goza de muy buena prensa en nuestros días, y esto
por varias razones. Para muchos es una palabra que huele a templos fríos y oscuros, a
olor de cera e incienso, monjes con hábito negro y caras largas, cánticos gregorianos
interminables, claustros húmedos e inhóspitos, procesiones medievales, celdas,
flagelaciones, penitencias y tristeza. Y cuando la santidad se relaciona con este tipo de
cosas, no es de extrañar que la gente huya de ella.

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Pero inmediatamente debemos aclarar que cuando la Biblia habla de la santidad, no tiene
nada que ver con todo esto. En realidad, lo que acabamos de decir es otra triste
demostración de cómo la religión ha desfigurado las gloriosas verdades de la Biblia.
La santidad en la Biblia tiene que ver con la idea de “belleza de vida”. Se trata de una
belleza interior que está íntimamente relacionada con la belleza del mismo carácter de
Dios. Y sigue siendo una verdad irrefutable que si todo el mundo viviese conforme a la
letra y el espíritu de los Diez Mandamientos que Dios dictó en el Sinaí (que revelan su
carácter y valores), entonces el mundo se convertiría en un paraíso que no tendría nada
que ver con la pocilga en que lo hemos convertido por no tenerlos en cuenta.
Y a la luz del Nuevo Testamento, podemos decir que la santidad es la belleza del carácter
y las virtudes de Cristo mismo. Una vida tan genuina, noble, transparente y ejemplar que
ganó el corazón de los primeros discípulos, y de muchos millones más desde entonces. El
apóstol Juan dijo: “vimos su gloria” (Jn 1:14) y Pedro afirmó: “Nos llamó por su gloria y
excelencia” (2 P 1:3).
Pero no sólo los creyentes reconocemos este hecho, también hay multitud de incrédulos
que no han tenido más remedio que admitir esto mismo, como por ejemplo el historiador
W.E.H. Lecky, quien a pesar de ser ateo, escribió lo siguiente en su libro “History of
European Morals”:
Jesús ha sido a través de la historia, “no sólo el ejemplo más elevado de virtud que
ha existido, sino también el incentivo más poderoso hacia su práctica. Jesús ha
tenido una influencia tan profunda, que se puede decir con toda certeza que el
simple relato de sus tres breves años de vida pública ha hecho mucho más para
regenerar y ablandar al género humano, que todas las disquisiciones de los
filósofos, y todas las exhortaciones de los moralistas”.
Esta es la santidad y belleza de vida que Dios quiere reproducir en nosotros, y no la
terrible caricatura que la religión ha creado. Es la belleza de vida que describía el autor de
un antiguo himno:
Las virtudes de Cristo se vean en mí,
Su dulzura y amor – Su ternura y fervor,
Las virtudes de Cristo se vean en mí.

Tres ideas centrales


En los versículos 10 al 14 de este tercer mensaje de Hageo para el pueblo de Dios (en
cualquier época), encontramos tres ideas centrales en relación con la santidad que Dios
espera de su pueblo, y que como ya hemos visto, tiene que ver fundamentalmente con la
idea de separación para Dios, de modo que se manifieste en nosotros el tipo de vida de
Cristo, y que a su vez nos alejemos del estilo de vida del mundo. Y hay que aclarar que
esto no es una opción para algunos creyentes “especiales” que quieren avanzar un poco
más en su vida cristiana, sino que es el requisito para todos aquellos que han nacido de
nuevo por medio del arrepentimiento y la fe en Cristo.
1. Dios requiere de su pueblo vidas de auténtica santidad
Esta exhortación a la santidad no es exclusiva de Hageo, sino que constituye el eje
central de la relación de Dios con el hombre y que encontramos a lo largo de toda la
Biblia. Pero Hageo tiene que insistir en ello porque los israelitas que habían regresado de
la cautividad estaban ignorando esta verdad fundamental.

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Este es el duro mensaje que estos versículos recogen: “este pueblo y esta gente delante
de mí son inmundos, dice Jehová; y asimismo toda obra de sus manos; y todo lo que aquí
ofrecen es inmundo” (Hag 2:13-14).
La situación era grave, porque en esas condiciones, Dios no podía aceptar el servicio que
ofrecían en su Casa, y aún más, “toda obra de sus manos” sería igualmente inmunda.
Esta verdad básica se apreciaba en la forma en la que el mismo templo había sido
diseñado por Dios. Recordemos que antes de que los sacerdotes pudieran entrar al Lugar
Santo en el tabernáculo, previamente tenían que pasar por dos muebles que estaban
colocados en el atrio. Estos muebles eran el altar del holocausto, donde los animales eran
sacrificados y su sangre ofrecida a Dios, y la fuente de bronce o lavacro, en donde los
sacerdotes debían lavarse antes de presentar sus ofrendas.
Como sabemos, cada uno de los detalles acerca de la colocación de estos muebles tenía
un profundo sentido espiritual y describían la forma correcta de acercarse a Dios. En
realidad podríamos decir que desde la entrada del tabernáculo, hasta llegar al Lugar
Santísimo donde se encontraba el arca, símbolo de la presencia de Dios, había un camino
concreto que recorrer, y cada uno de los muebles allí presentes indicaban verdades
espirituales que deberían ser respetadas.
Ahora bien, ¿cuál era el propósito del lavacro que había en la misma entrada del
tabernáculo?
El Señor Jesucristo explicó el verdadero sentido de su simbolismo cuando en la última
noche con sus discípulos en el aposento alto lavó sus pies. Lo podemos encontrar en (Jn
13:1-20).
No obstante, para entender correctamente el sentido de lo que allí estaba haciendo, es
imprescindible que antes recordemos algunos detalles acerca de lo que ocurría en la
antigüedad cuando los sacerdotes eran consagrados por primera vez. En aquel día ellos
debían ser lavados con el agua del lavacro antes de ser vestidos con sus vestiduras
sacerdotales. Un detalle importante a señalar es que en aquella ocasión debían lavar todo
su cuerpo (Ex 29:4) (Ex 40:11-15,30). Este lavamiento completo sólo tenía lugar una vez
en la vida del sacerdote. Era un rito que no se volvería a repetir. No obstante, a partir de
ahí, los sacerdotes tendrían que lavarse la manos y los pies continuamente con el agua
del lavacro cuando sirvieran a Dios en el tabernáculo (Ex 30:17-21).
A estos dos lavamientos hace referencia el Señor en el capítulo 13 de Juan. Notemos las
palabras del Señor a Pedro cuando éste no se quería dejar lavar los pies por el Señor:
(Jn 13:10) “Jesús le dijo: El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues
está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos.”
Aquí claramente estaba dando a entender que los apóstoles (a excepción de Judas) ya
estaban limpios porque habían sido lavados inicialmente: “vosotros limpios estáis”. Esto
hacía referencia al lavamiento inicial y único. No obstante, era necesario que dejaran que
el Señor lavara sus pies, lo que hacía referencia a los lavamientos continuos que los
sacerdotes realizaban en el tabernáculo antes de poder llevar a cabo su servicio allí.
Ahora bien, todos sabemos que el agua no tiene valor en sí misma para realizar la
limpieza de los pecados, y de hecho, una vez más en este evangelio, era usada por el
Señor de una manera simbólica. Pero ¿qué simbolizaba exactamente en este caso?
La respuesta nos la da el apóstol Pablo en (Tit 3:5-6). Allí dice que fuimos salvados “por
el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó

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en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador”. Por lo tanto, este
lavamiento en agua hacía referencia a la obra del Espíritu Santo.
La lección principal detrás de este simbolismo es clara: Todos aquellos que quieran servir
a Dios en su Casa tienen que haber sido regenerados por el Espíritu Santo en el
momento de su conversión (lavamiento inicial y único), pero también tendrán que irse
limpiando constantemente de la suciedad que tan fácilmente se nos va pegando a lo largo
de nuestro peregrinaje por este mundo.
¿Cómo se efectúa en la práctica esta limpieza continua? Sólo es posible por medio de
una estrecha comunión con el Señor por medio de su Palabra (Jn 17:17) (Ef 5:25-26). No
hay otro camino.
Esta limpieza diaria es imprescindible. Notemos las solemnes palabras del Señor: “Si no
te lavare los pies, no tendrás parte conmigo” (Jn 13:8).
Esto quiere decir que aunque estuviéramos involucrados de lleno en la Obra del Señor,
corriendo cada día de acá para allá envueltos en toda clase de actividades y admirados
por todos los que nos observan, si no estamos colaborando seriamente con el Señor en
esta cuestión de nuestra limpieza y santificación, si no estamos dejando que él forme su
carácter en nosotros, entonces no aceptará nuestro trabajo. Quedará sin valor y no
recibirá ningún tipo de reconocimiento por su parte en la gloria venidera que la gran Casa
de Dios manifestará en este mundo en un día muy cercano. Este asunto es muy serio.
2. La santidad no se consigue por el contacto con las cosas sagradas y santas
Esto es lo que Hageo explica en los versículos 11 y 12. Por el contrario, la santidad sólo
se consigue por medio de un contacto cercano y una comunión real e íntima con Dios.
Este había sido el propósito original de Dios cuando los sacó de Egipto. Recordemos sus
palabras: “Os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a mí” (Ex 19:4).
Es verdad que el Señor quería llevarles a una tierra que fluía leche y miel, donde había
casas bien edificadas, árboles frutales, campos fértiles y toda clase de bienes, pero ese
nunca fue el objetivo prioritario. Por encima de todo eso, Dios quería traerlos a él mismo,
para tener una comunión única y especial con ellos.
Sólo de ese modo podrían cumplir la misión que como pueblo de Dios tenían: “para que
anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable“ (1 P 2:9).
Pero eso sólo es posible hacerlo cuando se conoce bien a Dios, y para ello, es necesario
andar muy cerca de él. De otro modo, todo será en vano.
Por ejemplo, la asistencia a los cultos, colaborar en algún trabajo de la iglesia, fomentar
amistades cristianas, leer religiosamente la porción bíblica diaria o asistir a reuniones
especiales, todo eso, por sí solo, nunca puede producir la santidad.
La santidad no es algo que se aprende como una asignatura, ni es cuestión de gestos y
formas. La auténtica santidad es el resultado de un contacto íntimo y diario con Dios. Eso
es lo que Pablo les dijo a los Corintios:
(2 Co 3:18) “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un
espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma
imagen, como por el Espíritu del Señor.”
3. La inmundicia sí que se contagia por el contacto con las cosas impuras y sucias
A diferencia de la santidad, que no se “contagia” por el contacto con las cosas santas, con
la inmundicia ocurre todo lo contrario. Eso es lo que vienen a decir en los versículos 13 y
14.

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Y nunca como hoy ha sido tan necesario un fuerte toque de atención en cuanto a esta
terrible plaga, porque nuestra sociedad actual está siendo inundada de toda clase de
impurezas, suciedades e inmoralidades con todas sus desastrosas consecuencias.
Aunque puede ser cierto que también en otras épocas haya habido el mismo grado de
inmundicia, lo preocupante es que en nuestra generación todo esto está al alcance de
cualquier persona de una manera fácil y privada a través de la tecnología. Con sólo un
click de ratón nuestros niños o jóvenes pueden acceder en internet a contenidos que
antes quedaban reservados para personas adultas en sitios muy concretos. Por eso ahora
nuestros hogares están siendo invadidos por la inmoralidad. Y todo esto tiene un increíble
poder de captación y de corrupción. Muchos son los que están cayendo en sus sucias
redes.
El llamado de Dios es hoy el mismo que el de los tiempos de Hageo. Recordemos las
palabras del apóstol Pablo en (2 Co 6:17-18) haciéndose eco de lo que dijo Isaías siglos
antes (Is 52:11): “Salid de en medio de ellos y apartaos, dice el Señor. Y no toquéis lo
inmundo, y yo os recibiré. Y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos, dice
el Señor Todopoderoso”.
¡Qué Dios nos ayude a tomar en serio este solemne aviso!

Una promesa de bendición (Hag 2:15-19)


Dios nos exhorta a “meditar” en estas cuestiones (Hag 2:15,18), y a tomar nota de que él
no había podido bendecir a su pueblo hasta ese momento por todas las razones
expuestas anteriormente. En último término, el problema era el que con tristeza dijo Dios:
“no os convertisteis a mí” (Hag 2:17).
Pero a raíz de los mensajes de Hageo el pueblo había cambiado, y es entonces cuando
Dios promete bendecirles: “Desde este día os bendeciré” (Hag 2:19).
¡Cuán hermoso final! Así es nuestro Dios. Él desea bendecir a su pueblo. Por eso,
promete hacerlo aun antes de que ellos pusieran piedra sobre piedra (Hag 2:15). Lo
importante era que hubieran aceptado de corazón las exhortaciones de su Dios.
Y ese mismo Dios desea bendecirnos también a cada uno de nosotros, y lo hará si
nosotros también tomamos en serio las exhortaciones de estos breves mensajes de
Hageo, y si le buscamos de todo corazón. Dios nos bendecirá desde ese mismo día,
aunque todavía no hayamos alcanzado el grado de santidad que Dios desea formar en
nosotros. Y también nos usará en la obra de su Casa para bien y bendición de muchos
otros.

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Donde no hay visión de futuro el pueblo perece
(Hageo 2:20-23)
Aquí tenemos el cuarto y último mensaje del profeta Hageo. En él se repite un tema que
ya apareció en el segundo mensaje: “Porque así dice Jehová de los ejércitos: De aquí a
poco yo haré temblar los cielos y la tierra, el mar y la tierra seca” (Hag 2:6). Y vemos que
ahora vuelve a insistir nuevamente en ello: “Habla a Zorobabel gobernador de Judá,
diciendo: Yo haré temblar los cielos y la tierra” (Hag 2:21).
Por supuesto, si Dios repite algo, es porque se trata de un asunto importante. Y en este
caso concreto, vemos que no sólo Hageo dice dos veces la misma cosa, sino que también
en el Nuevo Testamento el autor de Hebreos repite por tercera vez la misma idea: “La voz
del cual conmovió entonces la tierra, pero ahora ha prometido, diciendo: Aún una vez, y
conmoveré no solamente la tierra, sino también el cielo” (He 12:26). Así que, como dijo el
sabio Salomón: “Cordón de tres dobleces no se rompe pronto” (Ec 4:12).
Con esta solemne declaración Dios nos está comunicando la decisión tomada en sus
altos consejos divinos. El asunto es muy serio, porque tiene que ver nada más y nada
menos que con el día cuando Dios nuevamente interrumpirá en la historia de este mundo
de forma catastrófica para conmover los cielos y la tierra.
Ya lo hizo en el pasado cuando sacó al pueblo de Israel de Egipto. ¡Vaya que si trastornó
los carros de Faraón, destruyó su ejército y rompió todo su poderío! Pero todo aquello fue
en una escala local y muy reducida.
Pero lo que tanto Hageo como Hebreos anuncian, es un día muy cercano en el que Dios
trastornará toda la tierra con todas sus naciones, reinos, tronos, gobiernos, ejércitos,
imperios comerciales y financieros... Todo vendrá abajo.
(Hag 2:22) “Y trastornaré el trono de los reinos, y destruiré la fuerza de los reinos de
las naciones; trastornaré los carros y los que en ellos suben, y vendrán abajo los
caballos y sus jinetes, cada cual por la espada de su hermano.”
El autor de Hebreos añade que en ese día Dios quitará todo lo que es movible, temporal y
transitorio a fin de introducir lo que realmente es inconmovible y permanente (He 12:27).
Y como luego añade, eso no puede ser otra cosa que el “Reino inconmovible” de Dios (He
12:28).
Todo esto tendrá lugar en la Segunda Venida en poder y gloria del Mesías, nuestro
bendito Señor y Salvador Jesucristo. Y en ese día también su gran Casa real será
manifestada y establecida en esta tierra con toda su gloria y autoridad. Será el día cuando
por fin, “toda la tierra será llena del conocimiento del Señor, como las aguas cubren el
mar” (Is 11:9).
Ahora notemos tres cosas importantes en cuanto a este anuncio.
1. Una advertencia solemne
El contexto inmediato de la cita mencionada en el capítulo 12 de Hebreos tiene que ver
con el momento cuando Dios se reveló a Israel en el monte Sinaí una vez que los había
sacado de Egipto. Aquel fue un acontecimiento aterrador, lleno de fuego, oscuridad,
tinieblas, tempestad, sonido de trompeta... de tal modo que Moisés mismo dijo: “Estoy
espantado y temblando” (He 12:18-21).

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Y un poco más adelante, ese mismo Dios se dirige nuevamente a nosotros con toda
solemnidad:
(He 12:25) “Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon aquellos
que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si
desecháremos al que amonesta desde los cielos.”
Ahora nosotros estamos llegando al final de estos estudios en el libro de Hageo, pero a lo
largo de sus breves mensajes, Dios nos ha estado hablando también a nosotros. ¿Cómo
escuchamos lo que él nos está diciendo? ¿Tomaremos en serio lo que nos ha dicho y le
obedeceremos? Meditemos en nuestros corazones sobre lo que hemos aprendido y no lo
desechemos.
2. Una promesa gloriosa
En (Hag 2:23) vemos que Zorobabel fue el hombre clave que lideró al pueblo de Dios en
su salida de Babilonia y en su retorno a Israel con el fin de reedificar la Casa de Dios. Los
libros de Esdras y Nehemías nos hablan ampliamente de él. Por todo lo que leemos allí,
vemos que fue un hombre íntegro, trabajador y celoso de los intereses de su Dios. Sin
lugar a dudas, un auténtico ejemplo y estímulo para todo el pueblo. Bien se podría decir
de él lo que se dijo de Moisés: “fue fiel en toda la Casa de Dios” (He 3:2).
Dios mismo se refiere a Zorobabel como “siervo mío” (Hag 2:23). Y como consecuencia,
Dios le promete que le colocará en una posición de autoridad (“como anillo de sellar”),
cuando la gran Casa real de Dios se manifieste en ese glorioso día venidero del cual
estamos hablando.
Algo similar a lo que ocurrió con José en la casa de Faraón, pero a una escala mucho
más elevada, puesto que ahora se trata de la misma Casa de Dios.
Ahora bien, todas estas cosas fueron escritas para nuestra instrucción y ánimo. De hecho,
en el Nuevo Testamento encontramos pasajes como la parábola de las diez minas (Lc
19:11-27), donde se nos enseña que si trabajamos fielmente para el Señor y sus intereses
en este mundo mientras el Señor está en el cielo, finalmente, nosotros también seremos
puestos como “anillos de sellar” en el Reino eterno de nuestro Señor y Salvador
Jesucristo. Seremos puestos sobre diez ciudades, o sobre cinco, según nuestra fidelidad
y la calidad de nuestro trabajo para el Señor. Aunque también cabe la posibilidad de que
no seamos puestos sobre ninguna ciudad si desechamos al que nos amonesta desde los
cielos.
3. Una visión animadora
Es interesante notar que en el espacio de cuatro pequeños mensajes, Dios les presenta
por dos veces la visión de la venida del Mesías en poder y gloria, derribando todos los
gobiernos y sistemas mundiales para establecer aquí en la tierra la gran Casa de Dios, su
Reino inconmovible.
Y esta es una visión que también nosotros necesitamos tener constantemente delante de
nuestros ojos. Como dice la Escritura: “Donde no hay visión (de futuro) el pueblo se
desenfrena” (Pr 29:18). Por el contrario, el que sí que tiene esta visión de futuro
permanentemente delante de él, “se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Jn 3:3). Y
no sólo eso, sino que también se entregará de todo corazón al servicio del Dios vivo y
verdadero, “esperando de los cielos a su Hijo” (1 Ts 1:9-10).
Por lo tanto, esforcémonos, cobremos ánimo y trabajemos. La Casa de nuestro Dios
requiere esfuerzo, sacrificio, y a veces hasta sudor y lágrimas. Hay que “subir al monte”
en busca de los materiales y llevarlos hasta la ciudad para la construcción (Hag 1:8). Esto

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implica que la Obra de Dios no es una especie de pasatiempos para cuando no tenemos
otra cosa mejor que hacer. Este es un asunto muy serio que requiere sacrificio.
Pero recordemos también que la recompensa en ese día futuro será verdaderamente
extraordinaria en el más amplio sentido de la palabra.
Al terminar estos estudios debemos hacernos una pregunta: ¿Qué estamos haciendo
cada uno de nosotros para la Obra de la Casa de Dios?

Notas adicionales sobre los enemigos del pueblo de Dios


A lo largo del estudio de Hageo hemos visto que el principal problema para la edificación
de la Casa de Dios era la actitud del propio pueblo de Dios. Muchas veces ellos estaban
más preocupados en sus propias casas y vidas que en hacer la Obra de Dios, y por eso el
profeta tuvo que amonestarles y exhortarles de parte de Dios. Pero habiendo dicho esto,
también era cierto que había otros enemigos a su alrededor que constantemente estaban
intentando que la edificación de la Casa de Dios fuera suspendida. De hecho,
consiguieron que quedara paralizada durante dieciséis años.
De todo esto podemos aprender algunas lecciones importantes para nuestros días. La
primera de ellas es que la obra de la Casa de Dios siempre suscitará oposición.
1. ¿Quiénes eran los enemigos en tiempos de Hageo?
El libro de Esdras nos proporciona información adicional sobre lo que estaba ocurriendo
en los días en que Hageo profetizaba. En el capítulo 4 encontramos diferentes formas de
oposición que el pueblo de Dios experimentó cuando comenzó a edificar el templo. Ahora
bien, es interesante observar quiénes eran concretamente sus enemigos. Y notamos que
eran personas de Samaria, pero, ¿quiénes eran exactamente?
La realidad es que aquellas personas no pertenecían a esa tierra, no eran parte del
pueblo de Dios, sino que habían sido transportados allí por el rey de Asiria (Esd 4:2,9-10).
Esto había ocurrido cuando Israel, la parte norte del país, fue conquistada por Salmanasar
rey de Asiria. Él aplicó una política de desplazamientos con todas las naciones que
conquistaba, de tal manera que a los israelitas los transportó a Halah, Habor y a las
ciudades de los medos (2 R 17:5-6), mientras que en su lugar colocó allí a gentes de
otras naciones que también habían sido conquistadas por el rey asirio (2 R 17:24-41).
Todo esto fue el punto final a un proceso de pérdida de identidad espiritual que había
comenzado varios siglos antes. Recordemos que a la muerte de Salomón su reino fue
dividido en dos partes: su hijo Roboam se hizo cargo de Judá en el sur, mientras que
Jeroboam recibió el resto de las tribus en el norte, lo que desde entonces se conoció
como Israel. Después de esto, para que los israelitas bajo el gobierno de Jeroboam no
fueran al templo en Jerusalén que estaba en Judá, el rey estableció dos nuevos centros
religiosos en el norte del país, encontrándose el principal de ellos en Betel. Además creó
un sacerdocio diferente con nuevas ceremonias y prácticas. Hizo una mezcla del culto a
Jehová, tal como se llevaba a cabo en Jerusalén, con un montón de cosas que él “había
inventado de su propio corazón”. Encontramos la historia de todos estos hechos en (1 R
12:1-33).
Nos damos cuenta, por lo tanto, que los pobladores que ocupaban Samaria en los días
del profeta Hageo no formaban parte del pueblo de Dios, sino que eran extranjeros que
habían sido llevados allí por la fuerza. Además, habían añadido al pervertido culto de
Jehová que había inaugurado Jeroboam, otro sinfín de prácticas traídas de sus religiones

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paganas. El resultado fue una religión en la que se mezclaba cierto temor nominal de Dios
con prácticas totalmente paganas.
Por lo tanto, nos encontramos aquí con miles de personas que ocupaban el lugar del
pueblo de Dios, pero que no tenían ninguna experiencia personal de Dios ni de sus obras.
Y fueron precisamente estas personas las que pidieron a los judíos venidos del cautiverio
que les dejasen trabajar con ellos en la edificación de la Casa de Dios, algo a lo que
Zorobabel y el resto del pueblo se negó (Esd 4:1-3).
2. La historia se repite
No cabe duda de que intentar llevar a cabo la Obra de Dios con personas que no
comparten la misma fe en Dios tal como ha sido revelada a través de su Palabra, es una
táctica del enemigo para hacer fracasar esta misión. El diablo lo sabe muy bien, y a lo
largo de los siglos la ha usado con frecuencia. Notemos cómo todavía sigue haciéndolo
en nuestros días.
Para ello es importante que reflexionemos sobre cómo “evolucionó” la cristiandad
después de la era apostólica. Por la historia hemos tenido la ocasión de conocer que muy
pronto el panorama comenzó a cambiar. Al principio se trató de pequeños cambios. Por
ejemplo, en lugar de un liderazgo plural, que era llevado a cabo por los ancianos de las
iglesias, se sustituyó por el liderazgo individual de un solo obispo, que poco a poco se fue
convirtiendo en un obispo diocesano que controlaba varias iglesias. Con el tiempo, las
propias iglesias dejaron de ser independientes y se convirtieron en una gran iglesia
institucional, encabezada por un Obispo principal, cuya palabra llegó a ser infalible. Más
adelante, según esa gran iglesia se iba extendiendo por los territorios del Imperio
Romano, fue incorporando ritos y prácticas de las religiones paganas que asimilaba,
aunque dándoles siempre un cierto barniz para que parecieran cristianas. Y junto a todo
esto, incorporaron dogmas, que como en el pasado hiciera Jeroboam, fueron inventos de
sus propios corazones, no de la Palabra de Dios. A todo esto se le llamó “la tradición”.
Por ejemplo, cambiaron el acto y el significado del bautismo de adultos que encontramos
en la Biblia, sustituyéndolo por el “bautismo de regeneración”, que empezaron a aplicar a
los niños recién nacidos. De este modo, decían ellos, quedaban constituidos en hijos de
Dios y herederos del cielo. Como consecuencia, millones de personas fueron
“convertidas” en cristianas sin haber llegado a tener un encuentro personal y salvador con
Dios por medio de la fe en Jesucristo y en su obra en la cruz.
Y como no podía ser de otra manera, esa gran iglesia institucional ha sido siempre a lo
largo de la historia uno de los peores enemigos que el pueblo de Dios ha tenido para la
edificación de la Casa de Dios. Lo han hecho como lo hicieron los samaritanos en la
época de Hageo:
• Ridiculizando, burlándose y despreciando el trabajo que sencillos creyentes hacen
en la Obra de Dios.
• Apoyándose y usando el poder civil para obstaculizar cualquier iniciativa espiritual.

• Promoviendo el ecumenismo para confundir a las personas haciéndoles creer que


todo es igual.
Es imprescindible que hoy, igual que en los días de Hageo, escuchemos las
exhortaciones de su Palabra y estemos alerta.

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