EISENMAN, Peter. Post-Functionalism.
En “Oppositions
Reader: Selected Essays 1973-1984” (ed HAYS, Michael).
Princeton Architectural Press, Princeton, 1998 (Trad.
CRISPIANI, Alejandro)
PETER EISENMAN
Post-funcionalismo, 1976
POST FUNCIONALISMO
Peter Eisenman
El llamado establishment de la crítica de arquitectura nos ha dicho que hemos entrado en la era del
“posmodernismo”. El tono con que esta noticia es despachada es invariablemente de alivio, similar
al que acompaña la advertencia de que uno ya no es un adolescente. Dos indicadores de este
supuesto cambio, que constituyen manifestaciones bien distintas, son la exhibición “Archittetura
Razionale” de la Trienal de Milán de 1973 y la muestra “Ecole des Beaux Arts”, llevada a cabo en el
Museo de Arte Moderno en 1975. Partiendo de la asunción que la arquitectura moderna se fundaba
en un funcionalismo ya superado, la primera de estas exposiciones declaraba que la arquitectura
sólo puede ser generada a partir de un retorno a sí misma como disciplina pura y autónoma. La
segunda, que veía a la arquitectura moderna como una suerte de formalismo obsesionante, se
sostenía en la afirmación implícita de que el futuro está paradójicamente en el pasado, contenido
en la peculiar respuesta al tema de la función que caracterizó al imperativo ecléctico, referido a los
estilos históricos, del siglo XIX:
Lo que resulta interesante no es el carácter mutuamente excluyente de estos dos diagnósticos y por
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lo tanto de las soluciones que proponen, sino el hecho de que ambos puntos de vista encierran al
proyecto de arquitectura propiamente tal dentro de una misma definición, en la que los términos
continúan siendo la función (o el programa) y la forma (o el tipo). De esta manera, se mantiene una
actitud hacia la arquitectura que no difiere significativamente de la tradición de quinientos años del
humanismo.
Las varias teorías de la arquitectura que pueden ser llamadas con propiedad humanistas, se
caracterizan por una oposición dialéctica: una oscilación entre el compromiso con la habitabilidad
interna y la distribución de los edificios (el programa y la manera en que este se materializa) y el
compromiso también con una determinada articulación de temas ideales en la forma de los mismos,
como se manifiesta, por ejemplo, en la significación que adquiere la configuración de las plantas.
Ambos problemas fueron entendidos como dos polos de una misma y continua experiencia. Dentro
de la práctica humanista y pre‐industrial, podía mantenerse un equilibrio entre ellos porque tanto el
tipo como la función estaban investidos de una concepción idealista de las relaciones entre el
hombre y su mundo de objetos. En la comparación, sugerida por primera vez por Colin Rowe, entre
dos construcciones de principios del siglo XIX, un hotel parisino y una casa de campo inglesa, puede
verse como esta oposición se manifiesta en el juego recíproco entre un compromiso con la
expresión de un tipo ideal y un compromiso con las condiciones programáticas, siendo ambos
balanceados de manera distinta en cada uno de los casos. En el hotel francés las habitaciones se
despliegan en una elaborada secuencia y una variedad espacial nacidas de una necesidad interna de
ellas, siendo enmascaradas por una rigurosa y bien proporcionada fachada. La casa de campo
inglesa posee una distribución interna de cuartos que da pié a un manejo pintoresco de los
elementos internos. El primer ejemplo se inclina hacia el programa en el interior y hacia el tipo en lo
que hace a la fachada, en el segundo se invierte esta relación.
Con el surgimiento de la industrialización este equilibrio parece haberse roto fundamentalmente.
En ello interviene la necesidad que se plantea de llegar a un acuerdo con los complejos problemas
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de naturaleza funcional, particularmente con respecto al alojamiento de un público masivo, con lo
que la arquitectura se convierte de manera creciente en un arte social o programático. En la medida
en que la función se volvía cada vez más compleja, se fue perdiendo la habilidad para poner de
manifiesto la forma o el tipo. Sólo hay que comparar el proyecto de William Kent para el concurso
del Parlamento inglés, donde el esquema de villa paladiana no alcanza para sostener y resolver el
intrincado programa, con la solución de Charles Berry donde la forma‐tipo se separa del programa y
donde puede verse un temprano ejemplo de lo que más tarde se va a llamar promenade
architecturale. Así, en el siglo XIX, y continuando en el siglo XX, a medida que el programa crecía en
complejidad, el tipo‐forma se veía cada vez más disminuido como problema a resolver, y el
equilibrio que se suponía fundamental para toda la teoría de la arquitectura se debilitó. (En la
historia reciente quizás sólo Le Corbusier ha tenido éxito en combinar una retícula ideal con un
recorrido arquitectónico como corporización de la interacción original)
Este cambio en el equilibrio ha producido una situación donde, durante los últimos cincuenta años,
los arquitectos han entendido al diseño como el producto de alguna sobresimplificada fórmula del
tipo “la forma sigue a la función”. Esta situación incluso persistió durante inmediatamente
posteriores a la segunda guerra mundial, cuando se hubiera esperado una alteración radical de ella.
Aún en un momento tan tardío como el final de los sesenta todavía se pensaba que las polémicas y
teorías del temprano Movimiento Moderno todavía podían sostener a la arquitectura. La tesis mas
importante que ejemplificó esta actitud fue articulada en lo que podríamos llamar el Funcionalismo
Revisionista inglés de Reyner Banham, Cedric Price y Archigram. Esta actitud neofuncionalista, con
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su idealización de la tecnología, se invistió con el mismo positivismo ético y la misma neutralidad
estética de las polémicas de la preguerra. De todas formas, la continua sustitución de criterios
morales por aquellos de naturaleza formal, produjo una situación que ahora puede ser vista como
generadora de una prédica funcionalista, precisamente porque la significación teorética primaria
dada a los recursos formales era un imperativo moral que ya no está operativo en la experiencia
contemporánea. Este sentido de positivismo desplazado es característico de ciertas actuales del
fracaso del humanismo dentro de un contexto más amplio.
Hay también otro aspecto más complejo relativo a esta prédica. El funcionalismo no sólo puede ser
peter eisenman
reconocido como una suerte de positivismo, sino que, como el positivismo mismo, puede ahora ser
visto surgiendo desde el interior de los términos de una visión idealista de la realidad. Esto debido a
que el funcionalismo, no importa sus pretensiones, continuó la ambición idealista de que la creación
arquitectónica fuera una operación de dar forma éticamente fundamentada y constituida. Pero,
debido a que supo vestir a esta ambición idealista con formas radicales tomadas de la producción
industrial, pudo parecer que representaba una ruptura con el pasado pre‐industrial. Pero, de hecho,
el funcionalismo no es más que una fase tardía del humanismo, más que una alternativa a él. En
este sentido, no puede seguir siendo considerado como una manifestación directa de la llamada
“sensibilidad modernista”.
Tanto la Trienal como la exposición de la Beaux Arts, sugerían que el problema estaba en otra parte,
no tanto en relación con el funcionalismo en sí, sino en la naturaleza de la así llamada “sensibilidad
modernista”. De allí, el implícito revival del neoclasicismo y del academicismo Beaux Arts como
reemplazos para la continuidad de un modernismo pobremente entendido. Es verdad que en algún
momento del siglo XIX hubo un giro crucial dentro de la conciencia occidental, que puede
caracterizarse como el giro del humanismo al modernismo. Pero, la arquitectura, en su mayor parte,
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en su cerrada adhesión a los principios de la función, no participó ni entendió los principios
fundamentales de ese cambio. La potencial diferencia en la naturaleza de la teoría humanista y la
modernista es lo que parece haber pasado inadvertido para los que hoy hablan de eclecticismo,
postmodernismo y neofuncionalismo. Ellos han fracasado en ver esta diferencia precisamente
porque conciben al modernismo como una mera manifestación estilística del funcionalismo, y al
funcionalismo en sí mismo como la proposición teorética básica de la arquitectura. De hecho, la
idea de modernismo ha introducido una cuña en estas actitudes. Ha revelado que la dialéctica
forma/función está socialmente determinada.
En resumen, la sensibilidad modernista tiene que ver con un cambio de actitud mental en relación
con los artefactos del mundo físico. Este cambio no sólo se ha manifestado estéticamente, sino
también social, tecnológica y filosóficamente –en suma, se ha manifestado en una nueva actitud
cultural. Este alejamiento de las actitudes dominantes del humanismo, que estuvieron ampliamente
extendidas en las sociedades occidentales por alrededor de cuatrocientos años, tuvo lugar en
distintos momentos del siglo XIX en disciplinas tan dispares como las matemáticas, la música, la
pintura, la literatura, el cine y la fotografía. Se despliega en la pintura abstracta y no objetiva de
Malevitch y Mondrian; en la escritura no narrativa y atemporal de Joyce y Apollinaire; las
composiciones atonales y politonales de Schonberg y Webern; en los filmes no narrativos de Richter
y Eggeling.
reader|debates de la arquitectura contemporánea
Abstracción, atemporalidad y atonalidad son, de todas maneras, meras manifestaciones estilísticas
del modernismo, no su naturaleza esencial. A pesar de que este no es el lugar para elaborar una
teoría del modernismo, o inclusive para presentar aquellos aspectos de tal teoría que ya ha
conquistado un lugar en la literatura y otras disciplinas humanistas, puede decirse simplemente que
los síntomas que hemos señalado sugieren un desplazamiento del hombre que lo sacaría del centro
de su mundo. Ya no es visto como un agente originador. Los objetos son vistos como ideas
independientes del hombre. En este contexto, el hombre sería una función discursiva entre
sistemas complejos y ya existentes de lenguaje, de los cuales él es testigo pero no los constituye.
Como ha dicho Levi‐Strauss: “Lenguaje, una totalidad sin reflejos, es la razón humana que tiene su
propia razón y de la cual el hombre no sabe nada”. Es esta condición de desplazamiento que
permite el surgimiento de un tipo de diseño en el cual la autoría, por una parte, ya no está para
asegurar un desarrollo lineal que tiene un principio y un fin –aparece, por lo tanto, lo intemporal‐,
por otra, tampoco está para asegurar la invención de la forma –de allí lo abstracto como mediación
de sistemas de signos pre‐existentes.
El modernismo, como sensibilidad basada en este fundamental desplazamiento del hombre,
representó lo que Michel Foucault definiría como una nueva espisteme. Derivado de una actitud
no‐humanista de las relaciones del individuo con su entorno físico, rompe con el pasado histórico,
tanto con la manera de ver al hombre como sujeto como con el positivismo ético contenido en las
ideas de forma y función. Por lo tanto, no puede relacionárselo con el funcionalismo. Es
probablemente por esta razón que el modernismo propiamente dicho no haya sido elaborado en
relación con la arquitectura.
Pero, claramente, existe hoy la necesidad de una investigación teorética de las implicaciones básicas
del modernismo en arquitectura, modernismo opuesto al estilo moderno. En su editorial sobre
Neo‐funcionalismo en Oppositions 5, Mario Gandelsonas reconoce tal necesidad. Sin embargo,
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sostiene simplemente que las complejas contradicciones inherentes al funcionalismo, como el
neo‐realismo y el neo‐racionalismo, han llevado a una forma de neofuncionalismo necesaria para
cualquier dialéctica teorética. Esta proposición, mantiene el rechazo al reconocimiento de que la
oposición forma/función ya no es necesaria para la teoría de la arquitectura y por lo tanto falla en
reconocer la crucial diferencia entre modernismo y humanismo. Por el contrario, lo que se da en
llamar post‐funcionalismo comienza como una actitud que reconoce al modernismo como una
nueva y claramente distinta sensibilidad. Esto podría ser entendido mejor en términos de un
planteo teorético basado en lo que podríamos llamar una dialéctica modernista, como opuesta a la
vieja oposición humanista (es decir funcionalista) entre forma y función.
Esta nueva base teorética cambia el equilibrio humanista entre forma y función por una relación
dialéctica dentro de la evolución de la forma misma. Esta dialéctica puede ser descripta como la
co‐existencia potencial dentro de cualquier forma de dos tendencias no corroborables y no
secuenciales. Una de estas tendencias es la que presupone que la forma arquitectónica derivaría de
una transformación reconocible de sólidos geométricos pre‐existentes o platónicos. En este caso, la
forma es entendida usualmente a través de una serie registros diseñados para hacer presente una
condición geométrica más simple. Esta tendencia es ciertamente una reliquia de la teoría humanista.
De todas formas, a ella se agrega una segunda tendencia que ve a la forma arquitectónica de un
modo atemporal y de‐compositivo, como la simplificación de algunos conjuntos pre‐existentes de
entidades espaciales no específicas. Aquí, la forma se entiende como una serie de fragmentos,
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signos sin significado y sin referentes dependientes de una condición básica. La primera tendencia,
cuando se la considera en sí misma, supone una actitud ciertamente reductiva y presupone una
cierta unidad primaria como base tanto estética como ética para todo tipo de creación. La segunda
supone, supone una situación básica de fragmentación y multiplicidad de la que la forma resultante
es una simplificación. Ambas tendencias, cuando se las considera juntas, constituyen la esencia de
esta nueva y moderna dialéctica. Ellas comienzan a definir la naturaleza inherente del objeto en sí
mismo y su capacidad de ser representado. Ellas comienzan a sugerir que los supuestos teóricos son
de hecho más culturales que universales.
peter eisenman
Post‐funcionalismo es, entonces, un término que señala más bien una ausencia. En su negación del
funcionalismo sugiere ciertas alternativas teoréticas positivas‐ existiendo fragmentos de
pensamientos que, al ser examinados, pueden servir como el marco para el desarrollo de una
estructura teórica mayor; pero él no alcanza por sí mismo para suministrar un rótulo para esta
nueva conciencia en arquitectura que creo está potencialmente en nuestras manos.
(Nota editorial del número 6 de la revista Oppositions)
Traducción: Alejandro Cispiani E.
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