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DETENER PARA INVESTIGAR
Luis de la Barreda Solórzano*
Porque parece que en el presente sistema
criminal, según la opinión de los hombres,
prevalece la idea de la fuerza y de la prepo-
tencia a la de la justicia; porque se arrojan
confundidos en una misma caverna los acu-
sados y los convictos.
Cesare Bonesana,
Marqués de Beccaria
Sumario: I. Prisión sin condena. II. Cuándo detener. III. Una excepción.
IV. La Suprema Corte burlada. V. Reprobación. VI. Aplicación desmedida.
VII. Restricciones constitucionales. VIII. Un nuevo arraigo ad infinitum.
I. Prisión sin condena
La prisión preventiva es la manifestación más clara y más brutal de aquello
que deploró Francesco Carnelutti en Las miserias del proceso penal: “Des-
graciadamente, la justicia humana está hecha de tal manera que no solamen-
te se hace sufrir a los hombres porque son culpables sino también para saber
si son culpables o inocentes... la tortura, en las formas más crueles, ha sido
abolida, al menos en el papel; pero el proceso mismo es una tortura”.
De todos los males que se hacen sufrir al inculpado durante el proce-
dimiento, ninguno tan grave y tan injusto como la pérdida de la libertad.
Grave porque, por decirlo con palabras de Don Quijote en la inmortal obra
de Miguel de Cervantes, “el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los
*
Doctor en Derecho por la UNAM. Coordinador del Programa Universitario de Dere-
chos Humanos de la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de Ciencias Penales.
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40 Luis de la Barreda Solórzano
hombres”; injusto porque se impone a una persona de la que aún no se sabe
si es culpable o inocente del delito de que se le acusa, ya que el juzgador to-
davía no dicta su sentencia, esto es, porque es una pena ––nada menos que
la privación de la libertad–– sin condena, claramente contraria al principio
de presunción de inocencia.
La prisión preventiva se ha justificado en la necesidad tanto de asegu-
rar la comparecencia del inculpado durante todo el proceso y garantizar el
cumplimiento de la eventual pena privativa de libertad que pueda imponér-
sele en la sentencia, como en el peligro que ciertos inculpados representan
para la comunidad.
En el siglo XVIII, Cesare Bonesana, Marqués de Beccaria, advirtió en
su Tratado de los delitos y de las penas: “... siendo la privación de la liber-
tad una pena, no puede preceder a la sentencia sino cuando la necesidad lo
pide. La cárcel, por tanto, es la simple custodia de un ciudadano mientras
al reo se le juzga; y esta custodia, siendo como es, esencialmente penosa,
debe durar el menor tiempo posible y además debe ser lo menos dura que
se pueda”.
El artículo 9o. de la Declaración francesa de los Derechos del Hombre
y del Ciudadano de 1789 estableció: “Se presume que todo hombre es ino-
cente hasta que haya sido declarado culpable. Si se juzga que es indispen-
sable arrestarlo, todo rigor que no sea necesario para asegurar su persona
debe ser severamente reprimido por la ley”.
Por su parte, el artículo 9.3 del Pacto Internacional de Derechos Civiles
y Políticos de 1966 dispone: “La prisión preventiva de las personas que ha-
yan de ser juzgadas no debe ser la regla general, pero su libertad podrá estar
subordinada a garantías que aseguren la comparecencia del acusado en el
acto del juicio, o en cualquier otro momento de las diligencias procesales y,
en su caso, para la ejecución del fallo”.
Ahora bien, la imposición de la prisión preventiva requiere al menos
que el inculpado haya sido sometido a proceso por resolución judicial, para
lo cual es indispensable que existan pruebas que hagan probable su res-
ponsabilidad penal en el delito por el cual se le juzga. Sin esas pruebas no
puede ser sometido a proceso y, por tanto, no puede imponérsele la prisión
preventiva.
Por injusta que jurídicamente pueda considerarse, la prisión preventiva
ha existido y existe en todas las legislaciones del mundo: no hay país que
la haya abolido. Y nadie niega seriamente su necesidad. Lo que ha sucedi-
do en los países con legislación penal respetuosa de los derechos humanos,
garantista, es que la prisión preventiva se aplica, como ordena el Pacto de
Derechos Civiles y Políticos, como excepción y no como regla general.
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DETENER PARA INVESTIGAR 41
Entre las conquistas democráticas de los gobernados frente al poder del
Estado, específicamente frente a las autoridades policiacas y las persecuto-
ras de los delitos, están el derecho a no ser detenido arbitrariamente y el
derecho a que la duración de la retención del detenido previa a su puesta a
disposición ante un juez sea razonablemente breve.
Es clara la importancia de estos derechos: sin ellos, cualquiera podría
ser detenido una y otra vez sin que hubiera elementos probatorios que lo
ameritaran, las retenciones sin juicio podrían alargarse ad infinitum, y si
esas detenciones fueran reiteradas al afectado se le convertiría en un perso-
naje más desdichado que los más desdichados de Kafka.
La significación de estos derechos ha sido expresada en una sentencia
breve y elocuente: en los regímenes autoritarios se detiene para investigar;
en las democracias se investiga para detener.
II. Cuándo detener
Hasta antes de la reforma de 2008, la Constitución mexicana enumeraba los
siguientes supuestos en que una persona podía ser detenida:
a) Por orden del juez competente, que sólo puede dictarse si obran da-
tos que comprueben que se ha cometido un delito y establezcan la
probabilidad de que el indiciado sea autor o partícipe. En este caso
la detención la hace la policía de investigación y el indiciado debe ser
puesto de inmediato a disposición del juez que dictó la orden;
b) En flagrancia, esto es en el momento en que el sujeto está cometien-
do el delito o inmediatamente después. En esta hipótesis cualquier
persona puede realizar la detención, y debe entregar al detenido sin
demora a la autoridad más cercana, y ésta, igualmente sin tardanza,
debe ponerlo a disposición del Ministerio Público;
c) En casos urgentes, cuando se trate de delito grave y ante el riesgo
fundado de que el indiciado se sustraiga a la acción de la justicia, el
Ministerio Público está facultado, bajo su responsabilidad, a orde-
nar la detención, fundando y expresando los indicios que motiven
su proceder, siempre y cuando no pueda ocurrir ante la autoridad
judicial por razón de la hora, lugar o circunstancia, y
d) Tratándose de infracciones a los reglamentos gubernativos y de poli-
cía, procede la detención si el infractor es sorprendido en flagrancia,
y la sanción máxima es de arresto hasta por 36 horas.
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En los supuestos b) y c), el Ministerio Público cuenta invariablemente
con un plazo de 48 horas para consignar al detenido ante un juez, plazo que
puede duplicarse (96 horas) en los casos que la ley prevea como delincuencia
organizada. Si en ese lapso el Ministerio Público no consigue pruebas de
que se ha cometido un delito y de la probable responsabilidad del detenido
como autor o partícipe, debe dejarlo en libertad.
En ningún caso la detención prejudicial podía prolongarse más de 48
horas, o de 96 si se trataba de delincuencia organizada. Así quedaba debi-
damente protegido el derecho de toda persona a no ser detenida injustifica-
damente ni retenida por un lapso excesivo. Hasta que…
III. Una excepción
Del latín ad, y radicare, arraigar significa, en la acepción que aquí interesa —
dice el Diccionario de la Real Academia Española—, notificar judicialmente
a alguien que no salga de la población, bajo cierta pena.
En los procesos civiles, el arraigo —medida cautelar cuyo propósito es
asegurar el objeto y la buena marcha del proceso— procede, a petición de
parte, cuando existe el temor de que se ausente u oculte la persona que vaya
a ser o haya sido demandada, a fin de que no abandone el lugar del juicio
sin dejar representante o abogado que pueda intervenir en aquél y afrontar
sus consecuencias.
En el procedimiento penal lo que interesa asimismo es el que el incul-
pado comparezca ante la autoridad investigadora o ante la autoridad judi-
cial y no escape a la acción de la justicia. Tradicionalmente se ha entendi-
do que arraigar a una persona es ordenarle que permanezca dentro de la
circunscripción territorial correspondiente al ámbito de competencia de la
autoridad que persigue el delito o aquélla ante la que se realiza el proceso.
Se entiende que dentro de ese territorio el arraigado es libre de desplazarse
a discreción.
En concordancia con esa conceptualización, los códigos de procedi-
mientos penales, federal y del fuero común, contemplaban el arraigo como
la prohibición de abandonar el lugar del procedimiento o del proceso. En
cambio, el artículo 12 de la Ley Federal contra la Delincuencia Organizada
de 1996 dispuso que el juez podrá dictar el arraigo, a solicitud del Ministe-
rio Público, en el lugar, forma y medios de realización señalados en la solici-
tud. En el mismo sentido, en 1999 se reformó el artículo 133 bis del Código
Federal de Procedimientos Penales a efecto de que el juez, a petición del
Ministerio Público, pueda “decretar el arraigo domiciliario”.
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DETENER PARA INVESTIGAR 43
El arraigo se convirtió entonces, contrariando su contenido semántico,
en una privación de libertad, y no era precisamente domiciliario: el arrai-
gado es recluido en el lugar solicitado por el Ministerio Público y no en su
domicilio. Esa privación de la libertad procede sin que se esté en presencia
de flagrancia ni haya datos que establezcan que existe la probabilidad de
que el indiciado sea autor o partícipe de un delito, es decir los datos que
justificarían una orden judicial de aprehensión.
Reformas similares se llevaron a cabo en los diversos códigos procesales
de las entidades federativas. Nacía en nuestra legislación penal, con la Ley
Federal contra la Delincuencia Organizada, lo que Sergio García Ramírez
llamó el bebé de Rosemary, evocando la cinta de Roman Polanski en la que
el demonio engendra un hijo.
Esa medida cautelar, aplicable sin que necesariamente existan pruebas
que permitirían al juez dictar una orden de aprehensión, tenía diversos pe-
ríodos de duración en los distintos códigos, llegando hasta noventa días,
lapso más que suficiente para arruinarle la vida al afectado. ¡90 días de pri-
vación de la libertad sin que haya pruebas para iniciar un proceso!
IV. La suprema corte burlada
En su resolución de 19 de septiembre de 2005, la Suprema Corte de Justicia
de la Nación consideró anticonstitucional la figura del arraigo con el siguien-
te razonamiento:
…en toda actuación de la autoridad que tenga como consecuencia la priva-
ción de la libertad personal, se prevén plazos breves, señalados inclusive en
horas, para que el gobernado sea puesto a disposición inmediata del juez de
la causa y éste determine su situación jurídica. Ahora bien, el artículo 122 bis
del Código de Procedimientos Penales del Estado de Chihuahua, al estable-
cer la figura jurídica del arraigo penal, la cual tiene la doble finalidad de faci-
litar la integración de la averiguación previa y de evitar que se imposibilite el
cumplimiento de la eventual orden de aprehensión que llegue a dictarse, viola
la garantía de libertad personal que consagran los artículos 16, 18, 19, 20 y
21 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, pues no obs-
tante que la averiguación todavía no arroja datos que conduzcan a establecer
que en el ilícito tenga probable responsabilidad penal una persona, se ordena
la privación de su libertad personal hasta por un plazo de 30 días, sin que al
efecto se justifique tal detención con un auto de formal prisión en el que se le
den a conocer los pormenores del delito que se le imputa, ni la oportunidad
de ofrecer pruebas para deslindar su responsabilidad.
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Esa importantísima resolución de nuestro máximo tribunal fue burlada.
Para evadir la inconstitucionalidad de la figura del arraigo, el Poder Cons-
tituyente Permanente (el Congreso de la Unión y las legislaturas de los es-
tados) la introdujo en la Constitución. Al ser incluida en la Constitución, ya
no podía ser inconstitucional.
La reforma de 2008 adicionó el siguiente párrafo al artículo 16 de la
ley suprema:
La autoridad judicial, a petición del Ministerio Público y tratándose de de-
litos de delincuencia organizada, podrá decretar el arraigo de una persona,
con las modalidades de lugar y tiempo que la ley señale, sin que pueda ex-
ceder de cuarenta días, siempre que sea necesario para el éxito de la investi-
gación, la protección de personas o bienes jurídicos, o cuando exista riesgo
fundado de que el inculpado se sustraiga a la acción de la justicia. Este pla-
zo podrá prorrogarse, siempre y cuando el Ministerio Público acredite que
subsisten las causas que le dieron origen. En todo caso, la duración total del
arraigo no podrá exceder los ochenta días.
Además, el artículo decimoprimero transitorio del decreto por el que
se publicó la reforma dispone que la medida será también aplicable, desde
que entró en vigor la reforma hasta 2016, a los delitos considerados graves
en la legislación penal.
Así, el atraco se constitucionalizó. Una persona contra la que no hay las
pruebas que justificarían una orden judicial de aprehensión y el inicio de
un proceso, es decir, un mero sospechoso, puede estar preso —pues no otra
cosa es permanecer coactivamente en un sitio designado unilateralmente
por la autoridad— hasta por ochenta días, lapso en muchos casos más que
suficiente para arruinar la vida profesional, la vida familiar, la vida amorosa
y aun la fortaleza espiritual y el buen ánimo de una persona.
V. Reprobación
El arraigo ha sido reprobado por organismos nacionales e internacionales de
derechos humanos.
El Comité contra la Tortura de la ONU expresó el 7 de febrero de 2007
preocupación por
...la figura del “arraigo penal” que, según la información recibida, se habría
convertido en una forma de detención preventiva con el uso de casas de segu-
ridad (casas de arraigo) custodiadas por policías judiciales y agentes del Mi-
nisterio Público, donde se puede detener indiciados durante 30 días —hasta
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90 días en algunos Estados— mientras se lleva a cabo la investigación para
recabar evidencia, incluyendo interrogatorios.
y propuso al Estado mexicano “garantizar que la figura del arraigo
desaparezca tanto en la legislación como en la práctica, a nivel federal así
como a nivel estatal”.
El Subcomité para la Prevención de la Tortura y Otros Tratos Crueles,
Inhumanos o Degradantes de la ONU consideró en el informe sobre su vi-
sita a México que “la figura jurídica del arraigo puede llegar a propiciar la
práctica de la tortura al generar espacios de poca vigilancia y vulnerabilidad
de los arraigados, quienes no tienen ninguna condición jurídica claramente
definida para poder ejercer su derecho de defensa”.
El Comité de Derechos Humanos de la ONU lamentó el 22 de marzo
de 2010 la falta de aclaraciones sobre el nivel de pruebas necesarias para
una orden de arraigo y recomendó al Estado mexicano la eliminación de
esa figura jurídica.
La Relatora Especial de la ONU sobre la Independencia de Jueces y
Abogados señaló, al concluir su visita a México en octubre de 2010, que
la figura del arraigo es resultado del mal funcionamiento del sistema de
investigación y procuración de justicia, pues coloca los incentivos en una
dirección contraria al fortalecimiento de la capacidad investigativa de la
autoridad y viola el principio de presunción de inocencia.
La Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF), en
su Recomendación 2/2011, consideró que “con la solicitud y otorgamiento
de las órdenes de arraigo se prolongan privaciones de la libertad de las per-
sonas, sin controlarse la legalidad de la detención, lo cual viola el derecho
a la libertad personal consagrado en la Constitución y los instrumentos in-
ternacionales de derechos humanos reconocidos por el Estado mexicano”,
y que “el modelo de la reforma de 2008, al establecer en la Constitución el
arraigo, se alejó de la concepción del derecho penal ciudadano y lo aproxi-
mó a modelos represivos de restricciones a los derechos humanos y liberta-
des fundamentales reconocidos en diversos instrumentos internacionales. A
través del arraigo se establece un régimen de excepción…”.
VI. Aplicación desmedida
En su origen, el arraigo se pretendió justificar como una medida cautelar que
impediría que un sospechoso evadiera la acción de la justicia, dañara al de-
nunciante o a los testigos, o destruyera pruebas. En la legislación se permite
su aplicación sólo en esos casos. En los hechos se ha aplicado abusivamente
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sin que se presente ninguno de esos supuestos. El Ministerio Público frecuen-
temente lo ha solicitado sin mesura y ciertos lamentables jueces sumisos han
aceptado esas solicitudes sin justificación jurídica.
El arraigo frecuentemente se ha concedido con base solamente en la
declaración de un testigo protegido. Esta expresión se emplea para deno-
minar a testigos que no sólo reciben protección de las autoridades sino que
son pagados por el órgano de la acusación: declarantes que cobran por su
declaración. Algunos pájaros de cuenta, incluso delincuentes condenados
judicialmente, han hecho de la venta de sus imputaciones un modus vivendi
declarando en numerosas indagatorias exactamente lo que sus pagadores
querían escuchar.
Las cifras son elocuentes. En el período de diciembre de 2006 a noviem-
bre de 2012 ––el gobierno del presidente Felipe Calderón––, exclusivamen-
te en el fuero federal, la Procuraduría General de la República solicitó 2,337
órdenes de arraigo contra 8,109 personas.
Los jueces que resolvieron acerca de esas peticiones fueron, en general,
sumamente obsequiosos: otorgaron 2,227 mandatos contra 7,739 indicia-
dos, es decir el 95% de los solicitados.
¿El uso desmesurado de la figura mejoró la procuración de justicia, al
concederse al órgano de la acusación un plazo extremadamente largo para
integrar una buena averiguación previa con detenido? No. De las personas
arraigadas solamente se consignó al 5%. Contra el 95% restante nunca se
consiguieron las pruebas que acreditaran su presunta responsabilidad en
el delito o los delitos que se les imputaban. Esas cifras sugieren que la gran
mayoría de los jueces no cumplieron con su función de proteger los derechos
de los indiciados.
En un país con una cultura sólida de respeto a los derechos humanos,
este abuso reiterado habría generado un escándalo. No en el nuestro. Ni la
prensa, ni los legisladores, ni los partidos de oposición ni la Comisión Na-
cional de los Derechos Humanos parecen incómodos. Por el contrario, la
aplicación desmedida del arraigo encuentra condiciones propicias en una
opinión pública sobreexcitada por el tema de la inseguridad ciudadana.
En efecto, la opinión pública mayoritariamente prejuzga que la persona
detenida por la policía es responsable de un delito, y, por tanto, el arraigo
no sería más que un adelanto de la pena que ha de merecer. Los medios de
comunicación dan a entender que dejar en libertad a un indiciado en lo que
se concluye la investigación es dejarlo impune del delito por el cual mediá-
ticamente ya se le ha juzgado. Se trata de un proceso paralelo en el cual al
inculpado no se le concede la presunción de inocencia ni ninguno otro de
los derechos que le corresponderían en el procedimiento penal. Contra lo
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que quizá supondría una postura izquierdista, el arraigo no sólo se aplica
excesivamente en contra de los pobres sino también en contra de personajes
encumbrados, ricos o famosos, con apoyo en el discurso de que nadie está
por encima de la ley.
Si al final no se puede condenar al procesado, al menos el arraigo cum-
ple en el imaginario social la función de hacer creer que algo se hizo contra
la impunidad. La presunción de inocencia no es un principio que esté fir-
memente arraigado en la conciencia de la gran mayoría de los ciudadanos.
VII. Restricciones constitucionales
Ocho años después de su propia resolución que declaró inconstitucional el
arraigo, y cinco después de la reforma que lo constitucionalizó, la Suprema
Corte tuvo la ocasión de expulsar esa figura cautelar de nuestro universo
jurídico.
Otra reforma a la Constitución, la de 2011, modificó el artículo 1o.,
cuyo párrafo 2, quedó en los siguientes términos: “Las normas relativas a los
derechos humanos se interpretarán de conformidad con esta Constitución y
con los tratados internacionales en la materia favoreciendo en todo tiempo
a las personas la protección más amplia”.
La disposición no establece, en materia de derechos humanos, jerarquía
alguna entre la Constitución y los tratados internacionales: es aplicable la
norma que, independientemente de que forme parte de aquélla o de éstos,
tutele más ampliamente tales derechos.
Lo que el texto citado ha introducido en la Constitución es el principio
que la doctrina denomina pro homine o pro persona, en virtud del cual
queda superada la antigua polémica sobre jerarquía normativa. Prevalece
la norma que brinde mayor protección a los individuos.
Con base en dicho principio, los tratados internacionales en materia de
derechos humanos tienen jerarquía supraconstitucional cuando sus normas
son más benéficas para la persona, pero la Constitución tiene una jerarquía
superior a la de los tratados cuando la disposición constitucional le otorga
mayor protección al individuo.
Al decidir sobre el alcance del reformado artículo 1º constitucional, el
pleno de la Suprema Corte de Justicia de la Nación resolvió, por diez votos
contra uno, que los derechos humanos consagrados en los tratados interna-
cionales o en la jurisprudencia de la Corte interamericana de Derechos Hu-
manos pueden restringirse si así lo establece una disposición constitucional.
El único voto en contra fue el del ministro José Ramón Cossío.
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La resolución contraría el texto del artículo 1o., que inequívocamente
dispone que las normas deben ser interpretadas de la manera en que mejor
protejan los derechos humanos.
La resolución de la Suprema Corte supone la inaplicación del principio
pro homine o pro persona siempre que un texto constitucional restrinja los
derechos consagrados en los tratados internacionales, no obstante la redac-
ción inequívoca del párrafo segundo del artículo 1o. de la Constitución y
el mandato del artículo 27 de la Convención de Viena sobre el Derecho de
los Tratados, según el cual “los Estados Partes no pueden invocar las dis-
posiciones de su derecho interno como justificación del incumplimiento de
un tratado”. Desde luego, los tratados en la materia expresan el estándar
mínimo para el reconocimiento y la protección de los derechos humanos.
Las legislaciones internas pueden extender ese reconocimiento y ampliar
esa protección.
Como lo expresó el ministro Cossío al argumentar su voto en contra,
con la resolución de la Suprema Corte ––garante de los derechos huma-
nos–– van a prevalecer las restricciones que la Constitución imponga a los
derechos convencionales ––los contenidos en convenciones o tratados––,
con lo cual el principio pro persona ya no jugará como un equilibrador o
como un universalizador.
Burlada su resolución que declaró inconstitucional el arraigo, la propia
Suprema Corte decidió dejar intocada esa medida cautelar y hacerla into-
cable por los tratados internacionales de derechos humanos. Una decisión
lamentable.
¿Qué motivó la resolución? ¿Fue acaso la consideración de que es
preciso restringir los derechos humanos en aras de mejorar la eficacia de la
procuración de justicia? Más allá de que sería impropio de la Corte hacer
tal tipo de consideraciones, no parece esa la vía para lograrlo. Ya quedó
dicho que el arraigo no ha contribuido a la consecución de tan anhelado
objetivo, y, en cambio, ha generado gravísimos abusos de poder.
VIII. Un nuevo arraigo ad infinitum
La expedición de un código nacional de procedimientos penales —funda-
mento para el establecimiento en todo el país del sistema penal acusatorio
ordenado en la reforma constitucional de 2008— generó grandes esperan-
zas. Se cuenta ahora, por primera vez, con un ordenamiento que pondrá fin
a la dispersión legislativa en la materia estableciendo el enjuiciamiento penal
acusatorio en todo el país, tanto en el fuero federal como en el fuero común,
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DETENER PARA INVESTIGAR 49
dentro del plazo concedido en la reforma constitucional, que vence en junio
de 2016.
El nuevo Código Nacional de Procedimientos Penales, publicado en el
Diario Oficial el 5 de marzo de 2014 —que entrará en vigor gradualmente––,
contiene disposiciones plausibles pero también normas contrarias a los prin-
cipios democráticos y de derechos humanos de un enjuiciamiento penal.
Una de esas normas es la más inadmisible.
El arraigo ––la medida cautelar más abusiva porque, contrariando los
más elementales principios de la justicia y los derechos humanos, como aquí
ha quedado apuntado, permite que se detenga por largo tiempo a una per-
sona sin pruebas de que probablemente haya cometido un delito–– no se
menciona en el articulado del código, pero, al disponerse que no quedan
derogadas las normas de la Ley Federal contra la Delincuencia Organiza-
da, esa figura seguiría vigente en apariencia sólo para los delitos previstos
en dicha ley.
Sin embargo, una disposición del código instaura, sin atreverse a decir
su nombre, un arraigo mucho más abusivo.
Artículo 155. Tipos de medidas cautelares
A solicitud del Ministerio Público o de la víctima u ofendido, el juez podrá
imponer al imputado una o varias de las siguientes medidas cautelares:
[...].
VI. El sometimiento al cuidado o vigilancia de una persona o institución
determinada o internamiento a (sic) institución determinada;
[...].
Esta medida cautelar no se limita a cierta clase de delitos —graves, fe-
derales, de delincuencia organizada—, por lo que podrá ser aplicada a todo
imputado independientemente del delito de que se trate. Por otra parte, su
duración no ha quedado señalada, por lo que dependerá exclusivamente del
arbitrio del juez.
En consecuencia, esta medida resulta peor que el anterior arraigo por-
que puede aplicarse sin que importe la clase del delito imputado y no tiene
plazo de duración por lo que puede prolongarse indefinidamente durante
todo el procedimiento. En cambio, el arraigo previsto en la Ley Federal
contra la Delincuencia Organizada, que es el que permite el artículo 16
constitucional, se aplica solamente a los delitos llamados de delincuencia
organizada enlistados en las siete fracciones del artículo 2o. de dicha ley, y
tiene un plazo máximo de duración de ochenta días (artículo 12).
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50 Luis de la Barreda Solórzano
La Comisión Nacional de los Derechos Humanos ha interpuesto recur-
so de inconstitucionalidad contra otras disposiciones del nuevo código, pero
extrañamente no contra esta nueva medida cautelar.
Es inadmisible que dicha medida anticonstitucional y desmesurada
permanezca en el código y pueda aplicarse en los nuevos procedimientos
acusatorios a los que contaminaría gravemente por ser una flagrante con-
tradicción al enjuiciamiento penal auténticamente acusatorio propio de un
sistema democrático y respetuoso de los derechos humanos.
El arraigo debe eliminarse de la legislación penal mexicana, pero par-
ticularmente urgente es que el Congreso de la Unión derogue este nuevo
arraigo ad infinitum y sin restricciones del Código Nacional de Procedi-
mientos Penales. Así lo solicitó el Programa Universitario de Derechos
Humanos de la Universidad Nacional Autónoma de México (PUDH-
UNAM) al Congreso de la Unión en mayo de 2014. No ha recibido res-
puesta alguna.
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