Este artículo ha sido publicado en el "Diccionario de estudios de Género y
Feminismos". Editorial Biblos 2008
El concepto se refiere a los movimientos de liberación de la mujer, que
históricamente han ido adquiriendo diversas proyecciones. Igual que otros
movimientos, ha generado pensamiento y acción, teoría y práctica.
El feminismo propugna un cambio en las relaciones sociales que conduzca a la
liberación de la mujer –y también del varón– a través de eliminar las jerarquías y
desigualdades ente los sexos. También puede decirse que el feminismo es un
sistema de ideas que, a partir del estudio y análisis de la condición de la mujer en
todos los órdenes –familia, educación, política, trabajo, etc. (ver Estudios de
género/perspectiva de género)–, pretende transformar las relaciones basadas en
la asimetría y opresión sexual, mediante una acción movilizadora. La teoría
feminista se refiere al estudio sistemático de la condición de las mujeres, su papel
en la sociedad y las vías para lograr su emancipación. Se diferencia de los
Estudios de la Mujer por su perspectiva estratégica. Además de analizar y/o
diagnósticar sobre la población femenina, busca explícitamente los caminos para
transformar esa situación.
Aunque el feminismo no es homogéneo, ni constituye un cuerpo de ideas cerrado
–ya que las mismas posturas políticas e ideológicas que abarcan toda la sociedad,
se entrecruzan en sus distintas corrientes internas– podemos decir que éste es un
movimiento político integral contra el sexismo (ver Sexo y género) en todos los
terrenos (jurídico, ideológico y socioeconómico), que expresa la lucha de las
mujeres contra cualquier forma de discriminación.
Antecedentes históricos
Algunas autoras ubican los inicios del feminismo a fines del s. XIII, cuando
Guillermine de Bohemia planteó crear una iglesia de mujeres. Otras rescatan
como parte de la lucha feminista a las predicadoras y brujas (ver Brujas), pero es
recién a mediados del s. XIX cuando comienza una lucha organizada y colectiva.
Las mujeres participaron en los grandes acontecimientos históricos de los últimos
siglos como el Renacimiento, la Revolución Francesa y las revoluciones
socialistas, pero en forma subordinada. Es a partir del sufragismo cuando
reivindican su autonomía.
Las precursoras
La lucha de la mujer comienza a tener finalidades precisas a partir de la
Revolución Francesa, ligada a la ideología igualitaria y racionalista del Iluminismo,
y a las nuevas condiciones de trabajo surgidas a partir de la Revolución Industrial.
Olimpia de Gouges, en su “Declaración de los Derechos de la Mujer y la
Ciudadana” (1791), afirma que los “derechos naturales de la mujer están limitados
por la tiranía del hombre, situación que debe ser reformada según las leyes de la
naturaleza y la razón” (por lo que fue guillotinada por el propio gobierno de
Robespierre, al que adhería). En 1792 Mary Wollstonecraft escribe la “Vindicación
de los derechos de la mujer”, planteando demandas inusitadas para la época:
igualdad de derechos civiles, políticos, laborales y educativos, y derecho al
divorcio como libre decisión de las partes. En el s. XIX, Flora Tristán vincula las
reivindicaciones de la mujer con las luchas obreras. Publica en 1842 La Unión
Obrera, donde presenta el primer proyecto de una Internacional de trabajadores, y
expresa “la mujer es la proletaria del proletariado [...] hasta el más oprimido de los
hombres quiere oprimir a otro ser: su mujer”. Sobrina de un militar peruano, residió
un tiempo en Perú, y su figura es reivindicada especialmente por el feminismo
latinoamericano.
Las sufragistas
Si bien los principios del Iluminismo proclamaban la igualdad, la práctica demostró
que ésta no era extensible a las mujeres. La Revolución Francesa no cumplió con
sus demandas, y ellas aprendieron que debían luchar en forma autónoma para
conquistar sus reivindicaciones. La demanda principal fue el derecho al sufragio, a
partir del cual esperaban lograr las demás conquistas.
Aunque en general sus líderes fueron mujeres de la burguesía, también
participaron muchas de la clase obrera. EE.UU. e Inglaterra fueron los países
donde este movimiento tuvo mayor fuerza y repercusión. En el primero, las
sufragistas participaron en las sociedades antiesclavistas de los estados norteños.
En 1848, convocada por Elizabeth Cady Stanton, se realizó en una iglesia de
Séneca Falls el primer congreso para reclamar los derechos civiles de las mujeres.
Acabada la guerra civil, se concedió el voto a los negros pero no a las mujeres, lo
que provocó una etapa de duras luchas. En 1920, la enmienda 19 de la
Constitución reconoció el derecho al voto sin discriminación de sexo.
En Gran Bretaña las peticiones de las sufragistas provocan desde el s. XIX
algunos debates parlamentarios. El problema de la explotación de mujeres y niños
en las fábricas vinculó al movimiento con el fabianismo, planteando
reivindicaciones por mejoras en las condiciones de trabajo. En 1903 se crea la
Woman’s Social and Political Union, que, dirigida por Emmiline Pankhurst,
organizó actos de sabotaje y manifestaciones violentas, propugnando la unión de
las mujeres más allá de sus diferencias de clase. Declarada ilegal en 1913, sus
integrantes fueron perseguidas y encarceladas. La primera guerra mundial produjo
un vuelco de la situación: el gobierno británico declaró la amnistía para las
sufragistas y les encomendó la organización del reclutamiento de mujeres para
sustituir la mano de obra masculina en la producción durante la guerra; finalizada
ésta, se concedió el voto a las mujeres.
En América Latina el sufragismo no tuvo la misma relevancia que en los EE.UU. y
Europa, reduciéndose en general la participación a sectores de las elites.
Tampoco las agrupaciones de mujeres socialistas lograron un eco suficiente. En la
Argentina, desde sus comienzos, las luchas de las mujeres por sus derechos se
dividieron en una corriente burguesa y otra de tendencia clasista y sufragista. En
ésta última militó Carolina Muzzilli, joven obrera, escritora y militante socialista.
Desde 1900 surgieron diversos centros y ligas feministas. En 1918 se funda la
Unión Feminista Nacional, con el concurso de Alicia Moreau de Justo. En 1920 se
crea el Partido Feminista dirigido por Julieta Lanteri, que se presentó varias veces
a elecciones nacionales. Pero las mujeres adquirieron un rol relevante en la
escena política argentina recién con la figura de María Eva Duarte de Perón, quien
promovió en 1947 la ley de derechos políticos de la mujer.
El Feminismo como Movimiento Social o Nuevo Feminismo. Al finalizar la
Segunda Guerra Mundial, las mujeres consiguieron el derecho al voto en casi
todos los países europeos, pero paralelamente se produjo un reflujo de las luchas
feministas. En una etapa de transición se rescata como precursora a Emma
Goldmann, quien ya en 1910 había publicado Anarquismo y otros ensayos, donde
relacionaba la lucha feminista con la de la clase obrera e incluso hacía aportes
sobre la sexualidad femenina. En esta etapa –ubicándolas como “iniciantes” del
nuevo feminismo– se destacan los aportes de Simone de Beauvoir, en El Segundo
sexo (1949) y de Betty Friedan, con el también consagrado Mística de la
femineidad (1963).
El denominado “nuevo feminismo”, comienza a fines de los sesenta del último
siglo en los EE.UU. y Europa, y se inscribe dentro de los movimientos sociales
surgidos durante esa década en los países más desarrollados. Los ejes temáticos
que plantea son, la redefinición del concepto de patriarcado (ver Patriarcado), el
análisis de los orígenes de la opresión de la mujer, el rol de la familia (ver Familia),
la división sexual del trabajo (ver División sexual del trabajo) y el trabajo
doméstico, la. sexualidad, la reformulación de la separación de espacios público y
privado –a partir del eslogan “lo personal es político”– y el estudio de la vida
cotidiana. Manifiesta que no puede darse un cambio social en las estructuras
económicas, si no se produce a la vez una transformación de las relaciones entre
los sexos (v. Estudios de genero/perspectiva de genero).
Plantea también la necesidad de búsqueda de una nueva identidad de las mujeres
que redefina lo personal como imprescindible para el cambio político. El feminismo
contemporáneo considera que la igualdad jurídica y política reclamada por las
mujeres del s. XIX –en general conquistadas en el s. XX– si bien constituyó un
paso adelante, no fue suficiente para modificar en forma sustantiva el rol de las
mujeres. Las limitaciones del sufragismo eran las propias del liberalismo burgués,
y se concebía la emancipación de la mujer como igualdad ante la ley. Pero las
causas de la opresión demostraron ser mucho más complejas y más profundas.
Aún con el aporte de las ideas socialistas, la denuncia de la familia como fuente de
opresión, y la concepción de igualdad proletaria, no se llega al meollo de la
cuestión. Aunque hubo aportes esenciales como los de Alexandra Kolontai,
también el socialismo estaba teñido de una ideología patriarcal. Las revoluciones
socialistas no significaron un cambio sustancial para la mayoría de las mujeres.
El nuevo feminismo asume como desafío demostrar que la Naturaleza no
encadena a los seres humanos y les fija su destino: “no se nace mujer, se llega a
serlo” (S. de Beauvoir). Se reivindica el derecho al placer sexual por parte de las
mujeres y se denuncia que la sexualidad femenina ha sido negada por la
supremacía de los varones, rescatándose el orgasmo clitoridiano y el derecho a la
libre elección sexual. Por primera vez se pone en entredicho que - por su
capacidad de reproducir la especie- la mujer deba asumir como mandato biológico
la crianza de los hijos y el cuidado de la familia. Se analiza el trabajo doméstico,
denunciando su carácter de adjudicado a ésta por nacimiento y de por vida, así
como la función social del mismo y su no remuneración. Todo ello implica una
crítica radical a las bases de la actual organización social. “Ya no se acepta al
hombre como prototipo del ser humano, como universal. Luchamos, sí, porque no
se nos niegue ningún derecho, pero luchamos, sobre todo, para acabar con la
división de papeles en función del sexo” (P. Uría, E. Pineda, M Oliván, 1985).
Dentro del feminismo contemporáneo existen numerosos grupos con diversas
tendencias y orientaciones por lo cual es más correcto hablar de movimientos
feministas. Según Stoltz Chinchilla, el feminismo es una ideología parcial que tiene
que estar ligada consciente o inconscientemente con otra ideología de clase. En
un primer momento, que abarca la denominada Primera Ola (desde los sesenta,
hasta comienzos los ochenta aproximadamente) podemos sintetizar estas
corrientes en tres líneas principales: una radical, otra socialista y otra liberal,
entrecruzadas por las tendencias de la igualdad y la diferencia.
El feminismo radical sostiene que la mayor contradicción social se produce en
función del sexo y propugna una confrontación. Las mujeres estarían oprimidas
por las instituciones patriarcales que tienen el control sobre ellas y,
fundamentalmente, sobre su reproducción. Shulamith Firostene en su ya clásico
La dialéctica de los sexos (1971) sostiene que las mujeres constituyen una clase
social, pero “al contrario que en las clases económicas, las clases sexuales
resultan directamente de una realidad biológica; el hombre y la mujer fueron
creados diferentes y recibieron privilegios desiguales”. Propone como alternativa la
necesidad de una nueva organización social, basada en comunidades donde se
fomente la vida en común de parejas y amigos sin formalidades legales. El
feminismo radical tiene como objetivos centrales: retomar el control sexual y
reproductivo de las mujeres y aumentar su poder económico, social y cultural;
destruir las jerarquías y la supremacía de la ciencia; crear organizaciones no
jerárquicas, solidarias y horizontales. Otro rasgo principal es la independencia total
de los partidos.políticos y los sindicatos. La mayoría de las feministas radicales se
pronuncian también por el feminismo de la diferencia, que surge a comienzos de
los setenta en los EE.UU. y Francia con el eslogan ser mujer es hermoso. Propone
una revalorización de lo femenino, planteando una oposición radical a la cultura
patriarcal y a todas las formas de poder, por considerarlo propio del varón;
rechazan la organización, la racionalidad y el discurso masculino. Este feminismo
reúne tendencias muy diversas reivindicando por ejemplo que lo irracional y
sensible es lo característico de la mujer, revalorizando la maternidad, exaltando
las tareas domésticas como algo creativo que se hace con las propias manos,
rescatando el lenguaje del cuerpo, la inmensa capacidad de placer de la mujer y
su supremacía sobre la mente, la existencia de valores y culturas distintas para
cada sexo, que se corresponden con un espacio para la mujer, y un espacio para
el varón, etc. El mundo femenino se define en términos de antipoder o no-poder.
Esta tendencia fue mayoría en Francia e Italia y tuvo bastante fuerza en España.
Sus principales ideólogas fueron Annie Leclerc y Luce Yrigaray en Francia, Carla
Lonzi en Italia y Victoria Sendón de León en España.
Al anterior se contrapone el feminismo de la igualdad, que reconoce sus fuentes
en las raíces ilustradas y el sufragismo, pero se plantea conseguir la
profundización de esa igualdad hasta abolir totalmente las diferencias artificiales
en razón del sexo. En España, E. Pineda y C. Amorós abrieron el debate
realizando un análisis clarificador acerca de las implicancias conservadoras de la
tendencia extrema de la diferencia. En el seno del feminismo radical hay corrientes
–como la radical materialista- que cuestionan severamente la diferencia. Christine
Delphy la designa como neofemineidad, ya que tiene connotaciones biologistas y
esencialistas, y en definitiva no hace sino afianzar los estereotipos sexuales,
propio de una ideología reaccionaria. Las defensoras de la igualdad niegan la
existencia de valores femeninos y señalan que la única diferencia válida es la que
tiene su origen en la opresión. “Lo que se encuentra en la sociedad jerárquica
actual no son machos o hembras, sino construcciones sociales que son los
hombres y las mujeres” (Delphy, 1980).
Cabe destacar también que, después de duras polémicas, lograron eliminarse las
aristas más ríspidas de ambas tendencias, e incluso se reconocen aportes
mutuos, produciéndose lo que Amorós llama “la diferenciación de la igualdad y la
igualación de la diferencia”. Las corrientes del feminismo que se proponen una
alternativa de poder, como las socialistas y liberales, se pronuncian por la
igualdad, aunque esta noción adquiere significados muy distintos para ambas. El
feminismo liberal, con peso en especial en EE.UU., considera al capitalismo como
el sistema que ofrece mayores posibilidades de lograr la igualdad entre los sexos.
Cree que la causa principal de la opresión está dada por la cultura tradicional, que
implica atraso y no favorece la emancipación de la mujer. El enemigo principal
sería la falta de educación y el propio temor de las mujeres al éxito.
El feminismo socialista coincide con algunos análisis y aportes del feminismo
radical, reconociendo la especificidad de la lucha femenina, pero considera que
ésta debe insertarse en la problemática del enfrentamiento global al sistema
capitalista. Expresa también que los cambios en la estructura económica no son
suficientes para eliminar la opresión de las mujeres. Relaciona la explotación de
clase con la opresión de la mujer, planteando que ésta es explotada por el
capitalismo y oprimida por el patriarcado, sistema que es anterior al capitalismo y
que fue variando históricamente. En general están a favor de la doble militancia
contra ambos. Esta corriente se destacó principalmente en Inglaterra y en España,
y en algunos países latinoamericanos tuvo bastante importancia. En América
Latina el feminismo fue adquiriendo relevancia en los últimos años. Durante la
Primera Ola la preocupación era articular las luchas de las mujeres contra el
imperialismo. Un rasgo distintivo es la coincidencia con importantes movimientos
de mujeres que se organizan en torno a objetivos y demandas diversas, algunas
más puntuales o sectoriales –lucha contra la carestía y la desocupación, por el
agua, guarderías, etc.– y otras más generales, como las de militantes de partidos
y movimientos revolucionarios, que relacionan sus reivindicaciones con los
cambios necesarios en la sociedad global. Los movimientos de mujeres,
sumamente heterogéneos, están constituidos básicamente por grupos de amas de
casa, villeras, pobladoras, sindicalistas, trabajadoras de salud, etc., en general
pertenecientes a los sectores populares. Aunque mayoritariamente no se
reconocen como feministas, muchas veces comparten reclamos comunes –
divorcio, anticoncepción, aborto, patria potestad, eliminación de leyes
discriminatorias, etc.–, constituyendo frentes con las feministas y otros sectores.
Los feminismos del siglo XXI
A mediados de la década de 1980 con el reconocimiento de las multiplicidades y
de la heterogeneidad del movimiento se produce una crisis y grandes discusiones
en su seno. Algunas hablan de una tercera ola. La falta de paradigmas alternativos
en la sociedad global después de la caída del muro de Berlín, también afectó al
feminismo, observándose una significativa desmovilización de las mujeres, en
especial en el hemisferio norte.
Según algunas autoras/es la producción teórica más importante ha tenido lugar en
las dos últimas décadas, sin estar acompañada por un movimiento social pujante
como había sucedido durante el principio de la Segunda Ola. El feminismo
consiguió colocar la cuestión de la emancipación de las mujeres en la agenda
pública desde mediados de los setenta, para comenzar a desarticularse y perder
fuerza como movimiento social años después. Se produce una importante
institucionalización del movimiento con la proliferación de ONGs, la participación
de feministas en los gobiernos y organismos internacionales, y la creación de
ámbitos específicos en el Estado. Desde su espacio en las universidades el
feminismo aumentó la investigación y la construcción de tesis, profundizando y
complejizando sus reflexiones con mayor rigor académico. Se abrió notablemente
el abanico de escuelas y propuestas, incluidas las referentes a la discusión
estratégica sobre los procesos de emancipación.
Las razones de la diversificación teórica en cuanto al diagnóstico y la explicación
son complejas. También ha sucedido con otras teorías del conflicto que,
precisamente en los períodos de ausencia de movilización social, la reflexión se
extiende por aspectos teóricos no resueltos y antes simplificados. Es indudable
que la teoría feminista ha absorbido elementos de nuevas propuestas dentro de la
teoría social general –postestructuralistas, postmodernas, etc. (ver
Estructuralismo/posestructuralismo)–, precisamente en un momento en que ésta
se fragmentaba por una crisis notable de paradigmas (Gomáriz, 1991).
Los debates que se fueron suscitando a lo largo de las décadas dan cuenta de las
preocupaciones y núcleos temáticos que se fueron desarrollando, así como los
mitos que el/los feminismos fueron produciendo. En los ochenta uno de los mitos
más cuestionados –que constituye también una crítica a cierto feminismo de la
diferencia (ver Feminismo de la diferencia sexual)– es el de la naturaleza única y
ontológicamente buena” de la mujer, prevaleciente en las décadas de los sesenta
y setenta. La producción de los ochenta, contrariando esta visión de observar lo
común, subrayó la diversidad entre las mujeres, expresada según la clase, raza,
etnia, cultura, preferencia sexual, etc. Esto sin dudas está fuertemente
influenciado por el auge del pensamiento postmodernista y postestructuralista,
pero también se basó en la propia evolución y experiencia del movimiento.
Respecto al poder (ver Poder y Poder y autoridad), se critica la visión unilineal que
lo considera como prerrogativa masculina. Señala el carácter relacional entre los
géneros y denuncia las estructuras de poder que se dan entre las mujeres. Los
aportes del psicoanálisis permitieron visualizar la manipulación emocional que
suelen ejercer las madres. Se rompe con la idea prevaleciente de la mujer víctima.
La polémica con el feminismo de la diferencia permitió que emergieran estos
mitos, así como también -en el plano de la ciudadanía-, el de una supuesta
identidad política “mejor”, menos contaminada de las mujeres. Respecto al medio
ambiente, se polemiza con el ecofeminismo, que defiende la relación
mujer/naturaleza y sostiene que las mujeres –por el hecho de serlo - tendrían una
buena relación con el entorno, por lo que se desprendería una mayor
responsabilidad para cuidar y salvar al planeta.
Este balance crítico, unido a la crisis de los movimientos sociales y populares,
atraviesan de modo peculiar a los feminismos latinoamericanos. Según Gina
Vargas (1998), el movimiento de la década del noventa, en el marco de los
procesos de transición democrática que se vivió en las mayoría de los países, se
enfrenta a nuevos escenarios y atraviesa una serie de tensiones y nudos críticos
caracterizados por su ambivalencia. Las nuevas lógicas que intenta tener frente a
las transformaciones paradigmáticas no se terminan de adecuar a estas nuevas
dinámicas ni pueden reconocer siempre los signos que da la realidad. Dilema que
no es exclusivo del feminismo sino de casi todos los movimientos sociales. Es
importante destacar que en general éstos surgieron y se desarrollaron en el marco
de la lucha contra gobiernos autoritarios, o en los inicios de procesos
democráticos postdictatoriales, con el énfasis y las certezas de los setenta. La
incertidumbre posterior repercutió en un movimiento menos movilizado pero más
reflexivo, y a la búsqueda de lógicas dialogantes. En este contexto, uno de los
cambios significativos lo constituye el pasar (en general) de una actitud
antiestatista a una postura crítica pero negociadora cpm el Estado y los espacios
internacionales. (Vargas, 1998).
En América Latina, más allá de las múltiples diferencias y matices entre las
corrientes internas (en las cuáles están presentes los debates expuestos) puede
esquematizarse un feminismo más institucionalizado –en donde las mujeres se
agrupan dentro de ONGs y en los partidos políticos–, y un feminismo más
autónomo y radicalizado. El primero es heredero del feminismo de la igualdad de
la década anterior y cree necesario la negociación política. El segundo sostiene
las banderas del feminismo radical aggiornado y cuestionan severamente la
institucionalización del movimiento. Por otro lado, existen también amplios grupos
y/o movimientos de feministas denominadas populares, que tienen como prioridad
la militancia, recogiendo demandas e intentando nuevos liderazgos.
Entre los principales riesgos por los que atraviesan los feminismos hoy, podemos
destacar los siguientes:
a.. desdibujamiento de propuestas colectivas articuladas desde las sociedades
civiles y ausencia de canales de diálogo que ubiquen al feminismo como sujeto de
interlocución válido;
b.. “cooptación” de técnicas y expertas por parte de los gobiernos y organismos
internacionales;
c.. fragmentación de miradas, luchas internas y desarticulación de propuestas;
d. posturas demasiado radicalizadas e inviables que se alejan de los movimientos
populares.
En síntesis, podemos decir que en Latinoamérica la principal tensión reside en
cómo mantener la radicalidad del pensamiento y la acción, al mismo tiempo que
se incursiona en espacios públicos y políticos más amplios, que permitan negociar
y consensuar las propuestas y agendas que la mayoría de las mujeres necesitan.
Los países donde el fenómeno adquirió mayor envergadura son Brasil, México,
Perú y Chile. Resulta peculiar la evolución alcanzada en países como Cuba y
Nicaragua, donde la lucha de las mujeres organizadas es significativa, a pesar de
que éstas no siempre se definan como feministas.
Pese a las crisis señaladas, la importancia que adquiere el feminismo del
continente se puede visualizar a partir del constante incremento en la participación
de mujeres en encuentros feministas internacionales que se realizan desde 1981
en distintos países de la Región, así como de las numerosas redes temáticas que
se articulan internacionalmente (Violencia, Salud, Medio Ambiente, etc.).
El desafío principal de los feminismos latinoamericanos hoy es encontrar
estrategias adecuadas para articular sus luchas con los de otros movimientos más
amplios, de mujeres, derechos humanos, etc., para impulsar las transformaciones
que requiere la sociedad actual.
La idea general que subyace en nuestra sociedad es que cada 8 de marzo se
festeja el importante papel de la mujer en la humanidad e incluso se felicita a
todas las allegadas por ser mujeres. No obstante, ¿podemos considerar este día
como una celebración?, o ¿tal vez se definiría mejor como una «jornada de
lucha»? La respuesta la podemos encontrar en el origen de esta conmemoración.
Así, son numerosos los antecedentes y las circunstancias que propiciaron la
aparición e institucionalización de este acto. Uno de los más notorios data
de febrero de 1909, cuando alrededor de 15.000 mujeres marcharon por
Nueva York exigiendo el sufragio femenino y condiciones de trabajo menos
precarias. Nueve meses después, en noviembre de 1909, tendría lugar
la denominada «huelga de las camiseras», una huelga en la industria de las
camisas de Nueva York que movilizó a 20.000 trabajadores, en su gran mayoría
mujeres. La huelga duró once semanas y logró que los empresarios mejoraran las
condiciones laborales de las huelguistas.
En Europa, la primera celebración del Día de la Mujer tuvo lugar el 19 de
marzo de 1911 en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza, tras la «II
Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas» celebrada en Copenhague
en 1910, en la que se demandaba igualdad de derechos para la mujer en lo
referente al sufragio universal, el acceso a la educación, la no discriminación
laboral y otros derechos fundamentales.
Días después, el 25 de marzo de 1911, tuvo lugar el trágico incendio de la
fábrica de confección de camisas de Nueva York «Triangle Waist Co» en el
que fallecieron más de 140 trabajadores, en su mayoría mujeres, poniendo de
manifiesto las condiciones de precariedad en las que trabajaban.
Estos acontecimientos, junto a todos los que tuvieron lugar en otros países, dieron
lugar al Día Internacional de la Mujer, y es por ello que más que una
celebración, este día constituye una jornada para reflexionar y luchar por la
participación igualitaria de la mujer en la sociedad respecto al hombre, por
su desarrollo íntegro como persona y por la igualdad de derechos entre
géneros a todos los niveles.
En 1914, en vísperas de la I Guerra Mundial, las mujeres celebraron mítines
en torno al 8 de marzo en numerosos países de Europa, reivindicando sus
derechos. La celebración se fue ampliando progresivamente a más países,
protestando, además, por los desastres de la guerra. Siguiendo esta estela, Rusia
adoptó el Día de la Mujer tras la Revolución Comunista de 1917. Siguieron
sumándose numerosos países a través de los años, en China se celebró por
primera vez en 1922, y en España se conmemora desde 1936.
Llegados a este punto y tomando conciencia de los más de 100 años de existencia
de este acto, podría ser natural preguntarse, ¿es este día necesario
actualmente?, ¿qué aspectos se necesitan cambiar todavía en pos de la
igualdad entre hombres y mujeres?
¿Qué es el Feminismo y por qué es necesario hoy en día?
Actualmente, el feminismo está muy presente en nuestra sociedad, desde los
debates informales entre amigos hasta su presencia en los grandes medios de
comunicación. Esto a priori parece un dato positivo y reconfortante, sin
embargo, al feminismo no siempre se le considera como el movimiento social
y herramienta útil de cambio que constituye, ya que es muy común que su
definición esté malentendida o tergiversada. Es el caso de la palabra feminazi,
un término peyorativo que se utiliza para aludir al feminismo, creando un discurso
en el que las personas feministas quedan asociadas al nazismo.
Es por ello pertinente destacar su definición oficial. Así, para la Real Academia de
la Lengua Española (RAE) el feminismo se define como: «Principio de
igualdad de derechos de la mujer y el hombre». Por tanto, el feminismo no
constituye ni la pretensión de lograr la superioridad de la mujer en cualquier
ámbito de la sociedad ni ningún otro propósito que no responda
simplemente a la equidad de derechos entre géneros en todas las áreas de la
vida.
Dicho esto, cabe preguntarse: ¿por qué se utiliza un término que sólo hace
referencia a la mujer para un movimiento que promueve la igualdad?, ¿por
qué no llamarlo “igualitarismo” o cualquier otra nomenclatura más neutra? Pues
bien, en primer lugar, tiene sentido que en la denominación de esta corriente esté
el matiz del género ya que, de otro modo, con un término como «igualitarismo»se
podría estar haciendo referencia a la igualdad de razas, por ejemplo. Por otro lado,
hasta la fecha hemos estado inmersos en una sociedad patriarcal en la que la
mujer ha estado supeditada a la posición privilegiada del hombre, por ello es
lógico que este movimiento trate de impulsar a la mujer y posicionarla al mismo
nivel que el hombre en todos los aspectos usando un término más
definitorio, tratando de obtener una equidad, más que una igualdad. En cualquier
caso, no es una denominación excluyente, sino que los hombres tienen también
un papel esencial en esta labor en la que, contrariamente a excluir a uno de
los géneros, de lo que se trata es de unir fuerzas hacia una sociedad más
equiparada y justa.
La Desigualdad entre Hombres y Mujeres en cifrasPongamos cifras, ¿en qué
se traduce esta inferioridad de derechos de la mujer hoy en día? Esta desigualdad
se observa claramente en la discriminación laboral de la mujer, pero no es en el
único ámbito en el que se dan estas asimetrías. Estos son algunos datos,
referentes a la sociedad española (Fuente: INE), que ponen de manifiesto
la importancia de actos feministas en la actualidad:
Estudios Superiores
En España en el año 2017, el porcentaje de mujeres graduadas en educación
superior era un 53,3% y el de hombres 46,7%.
Del total de alumnos matriculados en el sistema universitario (estudios
universitarios de primer y segundo ciclo y de grado) en el curso 2017-2018, el
55,1% fueron mujeres, el 44,9% hombres.
El 54,8% de los alumnos matriculados en estudios universitarios de máster oficial
fueron mujeres en el curso 2017-2018. Y en el total de alumnos que terminan los
estudios de másteres oficiales universitarios, el porcentaje de mujeres fue del
57,8%.
Empleo
En España en el año 2018, la tasa de empleo en mujeres fue del 44% mientras
que la de los hombres fue del 55,7%. (NOTA: tasa de empleo: cociente entre el
número total de ocupados y la población en edad de trabajar). La brecha de
género (hombres-mujeres) en las tasas de empleo de la población de 16 y más
años alcanzó por tanto un valor de 11,7 puntos.
Salario
En 2017, el salario medio anual de una mujer era un 22,8% más bajo que el de un
hombre, un buen ejemplo de la desigualdad de género.
Pensiones
En el caso de las pensiones, según datos de 2018, la diferencia también es
significativa. Una pensionista recibe una media de 740,2 euros mensuales,
mientras que su equivalente masculino cobra alrededor de 1.162,3 euros.
Conciliación
En 2015, un 77,5% de mujeres trabajadoras frente a un 32,9% de hombres
trabajadores, realizaban todos los días actividades de cocinar y realizar tareas
domésticas.
En 2015, un 47,4% de mujeres trabajadoras y un 31,5% de hombres trabajadores
realizan todos los días actividades de cuidado y educación de sus hijos o nietos.
Poder Político
En el ámbito político, sí se aprecia una evolución hacia la igualdad: en el Congreso
de los Diputados, un 44% son mujeres. En el Consejo de Ministros, que
representa el poder ejecutivo, las mujeres representaban el 47,8% de todos los
ministros.
Poder Económico
En cambio, en el ámbito empresarial aún queda mucho camino por recorrer: el
Instituto de la Mujer recoge datos sobre la presencia de las mujeres en los
consejos de administración de las empresas del Ibex 35, en el segundo semestre
de 2018 representaban el 23,3% sobre el total de todos los consejeros.
Tal y como se observa, esta desigualdad de géneros aparece en muchos ámbitos
de la vida cotidiana, lo que nos lleva a sentenciar, sin duda, que el feminismo,
bien interpretado, sigue siendo muy necesario hoy en día.
El Feminismo desde la Psicología: ¿Cómo afectan los estereotipos de
género a estas desigualdades?
En primer lugar, es llamativo que, aún habiendo cada vez más conciencia en la
sociedad de las desigualdades entre géneros, este proceso de cambio hacia la
equidad sea tan lento y costoso. Este fenómeno puede explicarse en gran parte
desde la psicología, por mecanismos de la mente que están muy arraigados y que,
inconscientemente, propician conductas que perpetúan esta asimetría entre
mujeres y hombres.
Dichos mecanismos son los llamados estereotipos de género, que constituyen
el conjunto de creencias compartidas socialmente sobre hombres y mujeres
que se suelen aplicar de forma indiscriminada a todos los miembros de cada
uno de estos grupos. Estos hacen referencia tanto a cómo creemos que son
hombres y mujeres, como a las características que se esperan y son deseables
para cada género. Así, dichos estereotipos cumplen una función de mecanismos
de control que determinan lo que es aceptable y lo que se desvía de la norma.
En general, estos estereotipos de género se refieren principalmente a rasgos,
roles, ocupaciones e incluso características físicas:
– Estereotipos en cuanto a rasgos: la mujer está asociada a ser más emocional
y sensible, mientras que el hombre está considerado como más agresivo,
independiente y competitivo.
– Estereotipos de rol: mediante éstos se consideran más apropiadas para las
mujeres las tareas domésticas y para los hombres las actividades fuera de la casa.
– Estereotipos ocupacionales: distintas profesiones se asocian más a hombres
y otras a mujeres (por ejemplo: hombre mecánico y mujer enfermera).
– Estereotipos referidos a rasgos físicos: ciertos rasgos se asocian más a
mujeres (por ejemplo, un tono de voz más suave) y otros más a hombres (por
ejemplo, voz más fuerte, más grave).
En conclusión, desde los primeros actos feministas de la historia hasta hoy se han
producido muchos avances a nivel social, laboral y familiar en cuanto a la figura
que representa la mujer en nuestros días. No obstante, se hace evidente el gran
recorrido que todavía queda por delante de visibilización y concienciación en
cuanto a estos estereotipos de género, las diferencias que existen a todos los
niveles y la necesidad de seguir trabajando para conseguir una equidad real.
Las dos caras del feminismo
Por: María Camila Vahos Moreno
“La lucha por los derechos de la mujer a menudo se convierte en sinónimo de odio
a los hombres. Si hay algo que puedo decir con certeza es que esto tiene que
parar”. Estas fueron las palabras de la feminista Emma Watson, en su discurso en
la campaña HEforSHE de la ONU, y son quizá la muestra de que actualmente el
feminismo, como movimiento social, ha cambiado su propósito. Después de la
Revolución Francesa, en la cual se declararon los derechos del hombre y del
ciudadano, surge la primera lucha de las mujeres que reclaman ser reconocidas
como iguales a ellos, como sujetos de derecho. Esta lucha del feminismo primitivo
ha adoptado, bajo la insignia de la igualdad, nuevos horizontes radicales que
llegan a promover la superioridad de la mujer y el odio hacia el otro género.
La mujer, participante activa de la sociedad
El feminismo luchó para que la sociedad reconociera a las mujeres como iguales
en capacidad, deberes y derechos a los hombres, lo que ha permitido reducir esa
brecha de desigualdad entre géneros aunque no la resolvió. Este movimiento,
luego de los aportes de pensadores ilustres, logró que la mujer participara de una
forma diferente a la tradicional –el hogar–, y que tuviera la posibilidad de realizar
los mismos trabajos que el hombre. También obtuvo la eliminación de leyes
discriminatorias en diversos lugares del mundo.
Valiosos personajes, tras sus ideas revolucionarias, cambiaron la perspectiva del
papel de la mujer. Olimpia de Gouges publicó la Declaración de los derechos de la
mujer y de la ciudadana, lo que la convirtió en símbolo representativo del
feminismo al ser pionera en establecer que la mujer es igual en derechosy
deberes al hombre. De otro lado, Condorcet fue el primer hombre en publicar
sobre la inclusión de las mujeres en los derechos del ciudadano. Más tarde Mary
Wollstonecraft, representante del sufragismo en Inglaterra, planteó que la
subordinación de la mujer sería erradicada por medio de la inclusión de ella en la
educación afirmando: “no deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres,
sino sobre ellas mismas”.
La mujer ha obtenido mayor participación en asuntos políticos y los ejemplos
abundan: Rigoberta Menchú, defendió los derechos humanos de los grupos
indígenas marginados en Guatemala y llegó a ser premio Nobel de paz. De la
misma manera, Malala Yousafzai, activista pakistaní, quien a través de los medios
de comunicación luchó en contra la imposibilidad de educación para las mujeres,
además de denunciar ante el mundo el atentado de una organización terrorista de
su país que destruyó 170 escuelas y decapitó 13 niñas.
Con su lucha por la igualdad de la mujer frente a la posición social, cultural y
política dominante del hombre, el feminismo ha logrado establecer una mayor
igualdad entre géneros, ilustrada por la mayor participación y concientización de
las mujeres de la importancia de su nuevo rol en la sociedad.
El feminismo radical
Por otro lado, existen feministas de pensamiento extremista. Esta nueva y
revolucionaria forma de pensar reconfiguró el ideal del movimiento cambiándolo
por una idea radical, la cual pretende no olvidar la opresión e injusticia que
vivieron las mujeres.
Este movimiento radical pretende reformas estructurales que demeritan el papel
del hombre y transformar el objetivo del movimiento feminista, estableciendo ahora
que la mujer debe tomar el papel que el hombre tenía: la superioridad. El
exdiputado Diego de los Santos afirma que: “el feminismo radical es igual que el
machismo y este no busca la igualdad, sino todo lo contrario, busca lasegregación
legal por cuestión de sexo”. En esta corriente ideológica aparece la misandria,
explicada por el psicólogo Sebastián Girona: “así como la misoginia es el odio a la
mujer, la misandria es odiar a los hombres y pensar que el género femenino
podría prescindir de ellos”. Esta forma de pensar está presente en la frase de
Gloria Steinem que orienta el feminismo radical: “una mujer necesita a un hombre,
igual que un pez necesita una bicicleta”.
Como consecuencia de la existencia del movimiento radical se genera mayor
desigualdad entre géneros, por lo que Alicia Rubio afirma: “Queremos coger la
antorcha de las mujeres valientes y seguras de su igualdad con los hombres, que
no exigían más derechos sino los mismos, y no exigían un mundo a su medida
sino a la medida de las dos mitades de la humanidad: hombres y mujeres”. Alicia,
junto a muchas mujeres más, es actualmente defensora del feminismo de Olimpia
de Gouges, que luchaba por la igualdad de género en la sociedad, y se opone al
feminismo radical, sus extremistas ideas y la exclusión a los hombres.
Para finalizar, aunque el feminismo ha logrado establecer un equilibrio entre
géneros, el cambio de pensamiento que algunas mujeres introdujeron al
movimiento deja atrás la igualdad por la que luchó y busca invertir los papeles
promoviendo una mayor desigualdad en la sociedad.