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La Casa de Las Capitanas - Cristina Arroyo Gonzalez

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La casa de las capitanas

CRISTINA ARROYO GONZÁLEZ


Primera edición: junio de 2021
ISBN: 978-84-1104-900-9
© Del texto: Cristina Arroyo González
© Maquetación y diseño: Equipo de Editorial Círculo Rojo
© Fotografía de cubierta: [Link]
Editorial Círculo Rojo
[Link]
info@[Link]
Editorial Círculo Rojo apoya la creación artística y la protección del copyright. Queda totalmente prohibida la reproducción,
escaneo o distribución de esta obra por cualquier medio o canal sin permiso expreso tanto de autor como de editor, bajo la sanción
establecida por la legislación.
Círculo Rojo no se hace responsable del contenido de la obra y/o de las opiniones que el autor manifieste en ella.
Para mi madre, allí donde esté.
Para Javi e Íñigo por su incondicional apoyo.
«La fortaleza de una mujer radica en la capacidad para creer en ella
misma y en su valía»
PRÓLOGO

Sabía que no era muy buen día para llevar zapatos de tacón, pero tuvo que
escapar de casa con lo puesto. Corría nerviosa y sin aliento por la calle San
Nicolás en dirección a la Plaza del Castillo, mientras miraba hacia atrás con
la sensación de que alguien la seguía.
Los zapatos la estaban matando, prefería unas deportivas cómodas y
confortables, a pesar de ello, esa molestia que le ocasionaba hacía que
hubiera dejado de sentir el dolor psicológico de las magulladuras en la cara.
Durante mucho tiempo pensó en lo que estaba a punto de hacer, aunque
nunca encontraba la oportunidad de llevarlo a cabo. Respiró hondo y meneó
la cabeza, como si quisiera ahuyentar aquel pensamiento. En el fondo sabía
la verdad y la verdad era que nunca se atrevió a dar el paso, aunque no era
la primera ni la segunda vez que ocurría. Hoy había decidido poner orden
en su vida y escapar de los insultos, las humillaciones, las prohibiciones que
inicialmente eran sutiles pero que en algún momento dejaron de serlo y se
convirtieron en rutina. Pensó que por primera vez las cosas eran como
deberían haber sido hace tiempo, pero tardó poco en darse cuenta de que la
felicidad es una emoción tan intensa como efímera que busca cualquier
recoveco por donde escapar.
La suya escapó en la calle, unas horas después, en el mismo momento que
fue consciente de que ya era demasiado tarde para huir.
Una terrible sensación de impotencia la obligó a cerrar los ojos. Apenas
tenía fuerzas para mantenerse erguida. La falta de oxígeno le impedía
pensar con claridad. Había cometido errores muchas veces, pero nunca
pensó que rememorar su infancia fuera uno de ellos. Sin embargo, hay un
momento al final de la vida en el que todos los actos pierden importancia:
los buenos, los malos y el resto. Ya no importaba nada porque había llegado
ese momento.
Una voz impasible, a su lado, susurraba las mismas palabras una y otra
vez. Se llevó las manos a la garganta a la vez que su cuerpo intentaba
desesperadamente agarrarse a la vida aspirando una bocanada más de aire.
Cayó desfallecida sobre sus propios brazos y no pudo hacer más que dejarse
llevar. Ahora solo sentía frío y poco a poco todo se tornó oscuro y
silencioso.
CAPÍTULO 1

El día amaneció despejado. Se preguntaba cómo estaría la casa mientras


conducía de camino al pueblo. Repasó mentalmente los años que habían
transcurrido desde la última vez que la visitó.
—Los últimos que trabajé en el banco, los casi seis años que llevo por mi
cuenta, pues sí, me salen diez —dijo en voz alta como si estuviera dando
explicaciones a alguien.
Estaba contenta con que Angélica hubiera tenido la gran idea de volverlas
a reunir. Recibió su llamada dos semanas atrás y estuvo a punto de no
atenderla. El número desde el que la telefoneó no aparecía registrado en su
agenda y no acostumbra a contestar llamadas de números desconocidos en
su móvil particular. Normal, había pasado mucho tiempo. Gesticulaba con
la cabeza dándose la razón a ella misma. Era tiempo suficiente como para
haber cambiado de número de móvil, de trabajo, de piso y, por qué no, de
pareja.
Le hizo mucha ilusión volver a oír su voz. Lástima porque tenía un trabajo
importante que debía atender durante esos días. Por eso no pudo quedar de
inmediato, pero no importaba. Sonrió mientras miraba por el espejo
retrovisor por si venía algún coche detrás. Cualquier fin de semana es
idóneo para un reencuentro entre amigas.
Puso el intermitente y giró a la derecha. Debía hacer un cambio de sentido
para entrar al pueblo de Lezana de Mena. El camino lo había recorrido
tantas veces años atrás que lo conocía como la palma de la mano.
—No me canso de ver el paisaje y parece que el tiempo nos acompaña —
pensó en voz alta mientras seguía conduciendo.
No era habitual en esas fechas el buen tiempo. Generalmente en
noviembre llueve y sobre todo hace mucho viento. Por lo visto llevaba
calentando el sol toda la semana. Había comprobado varias veces la
información meteorológica en el móvil los días previos.
Giró ligeramente la cabeza para observar la frondosidad y el verdor de los
árboles en la peña. Desde niña le gustaba mirar cómo las ramas de los
robles y encinas se entrelazaban en sus copas formando una bóveda natural
en el trayecto de entrada al pueblo. Y al final, ya en la plaza, la torre. Una
construcción del siglo XIV. Siempre pensó que añadía un estilo vintage al
pueblo. Estaba segura de que Héctor se enfadaría con ella si oyese su
pensamiento y eso le dibujó una sonrisa en la cara. Es un profundo
conocedor del arte y la historia de España y le molestaba que no hablase
con propiedad. A ella le traía sin cuidado, no entendía del tema, para eso
estaba él.
Aparcó al lado de la verja. Llevaba muchos años sin entrar en la vieja
casa. Se bajó del coche y permaneció estática mirando la fachada como si
estuviera viendo un fantasma. Le pareció oír ruidos en el interior, pero sabía
que era imposible. La casa no estaba habitada. Se conservaba igual, como si
los años no hubieran pasado, como si el tiempo se hubiera detenido
solamente en esa parte del pueblo, en una casa vacía. Seguía observándola y
por un momento le pareció ver a las cuatro niñas correteando por el atrio,
atravesando sus pasadizos y contando historias de miedo escondidas bajo
las camas de alguna habitación.
Sacó las bolsas del coche y las posó en el rellano. Emocionada como una
adolescente, se acercó con curiosidad a retirar una de las piedras del zócalo
de la entrada. Siempre dejaban que sobresaliera de las demás para saber
cuál era. Debido al tiempo transcurrido ya no se distinguía del resto. Ahora
era más difícil reconocerla. Titubeó un poco pero enseguida supo cuál.
Habían pasado diez años. Era un buen escondite para la llave, de hecho,
seguía allí. No obstante, llevaba la suya.
Después de varios intentos, no sin dificultad porque tenía una de las
manos ocupada con varias bolsas, logró abrir la puerta. Su interior se veía
como un escenario de una película de terror. Oscura, lúgubre, llena de
bultos tapados con sábanas blancas a modo de espíritus guardando cada uno
de sus rincones. Volvió a oír un ruido. Esta vez en el piso de arriba.
Dejó sigilosamente las bolsas en el suelo.
—¿Hay alguien ahí? —Se veía ridícula preguntándolo, pero estaba claro
que en el mejor de los casos podía ser un animal que se hubiera colado por
algún agujero, y en el peor una persona. Aunque años atrás hubiera pensado
que había espíritus.
Miró por el rabillo del ojo a su derecha antes de subir por las escaleras
buscando algo con lo que defenderse en caso de necesidad. Recordaba que
en la entrada había un paragüero antiguo donde, además de los paraguas,
dejaban los palos que el padre de Sofía recogía por el camino cuando iba al
monte. Efectivamente había uno largo, de avellano, de los que, si recibes de
él, aunque sea flojo, te deja un recuerdo de por vida.
Sin dudarlo, agarró el palo con fuerza entre las manos como si se tratase
de un bate de béisbol y se dispuso a subir peldaño a peldaño. Despacio para
no hacer mucho ruido, aunque en esa casa centenaria era una misión
imposible. Todo hacía ruido. Pasaba de un peldaño a otro resguardándose la
espalda en la basta pared de piedra con la que se había construido. Más de
un metro de grosor separaba el interior de la calle.
Antes de poner el pie en el último peldaño, oyó unas risitas a su espalda.
Julia se giró bruscamente y observó a Sofía y Sara inmortalizando el
momento con una foto. La situación realmente era graciosa y un poco
ridícula, aunque viniendo de ella no les extrañó.
—No has cambiado nada —dijo Sofía. Las tres se echaron a reír. Dejó el
palo apoyado para poder abrazarlas. Después de tanto tiempo los ruidos
podían esperar.
—¿Qué tal estáis, chicas? Os veo muy bien, parece que el tiempo no ha
pasado por vosotras. —Y era cierto. Estaba convencida de que los años les
habían sentado bien a las tres—. Contadme. Estoy impaciente por saber qué
ha sido de vosotras todo este tiempo. No es por excusarme, me pareció oír
un ruido que venía de arriba.
—Te conocemos de sobra. —Sara rio mientras se dirigía al piso de abajo
—. Los miedos los llevas dentro desde pequeña. ¿Qué os parece si vamos
sacando todo lo que traemos y nos preparamos algo de beber? Podemos
charlar en el porche mientras lo tomamos. Estoy sedienta.
En la planta baja había un gran salón con chimenea y una mesa maciza de
roble de estilo colonial donde posaron las mochilas y las bolsas. Quitaron
las sábanas que tapaban los muebles y abrieron las ventanas de la casa para
airearla mientras se instalaban. Iban a ser solo un par noches.
—Perfecto. Vamos haciendo tiempo hasta que llegue Angélica —dijo
Sofía mientras sacaba unos paquetes de patatas fritas, algo de fruta y unas
latas de refresco. Cogió una manzana y se dispuso a darle un mordisco.
Dirigió la mirada a Julia—. Sigues igual de divina. Traerte tacones al
pueblo no es lo más cómodo. —Mientras hablaba le guiñó un ojo a Sara. Le
hacía gracia su reacción cuando la pinchaba.
—Y tú igual de descarada. Las cosas no cambian con el tiempo.
Sara subió las mochilas y las distribuyó en las habitaciones de la planta
superior.
—Vamos, Sara, salgamos al porche. Bájate una manta. Si no recuerdo mal
estaban en el armario de la habitación grande. —Tuvo que subir el volumen
de voz para que la oyera.
La casa llevaba tiempo sin estar habitada, pero seguía teniendo todo lo
necesario para vivir. Se sentaron las tres en unas hamacas que encontraron
en el cobertizo y se taparon con unas mantas. Una taza de té caliente les
vendría bien mientras esperaban a Angélica.
—Contadme. No, mejor espera que lo adivino. Tú, Sofía, sigues soltera y
sin compromiso. ¿Continúas en la agencia de viajes? —preguntó con mucha
curiosidad.
—Cómo me conoces, ladrona. Solterita o solterona, como prefieras. —
Soltó una carcajada—. Ya sabéis, mejor sola que mal acompañada. La
agencia de viajes cerró y me tuve que buscar la vida por otro lado. Ahora
trabajo en un supermercado. Por cierto, ¿sabes algo de Héctor? Me he
acordado mucho de él todos estos años. Te pregunto a ti, Julia, porque
vuestra familia tenía mucha relación con la suya.
—Olvídate, nena. Si estás pensando en él, que sepas que está felizmente
casado.
—Ya me conocéis, no soy celosa —dijo Sofía bromeando. Sara aprovechó
para lanzarle un cacahuete en señal de reproche para que se callase.
—¿Y tú, Sara? —le preguntó.
—Encontré trabajo en la Escuela de Arte Dramático en Pamplona. Soy
profesora de interpretación, chicas. —Hizo una reverencia como si
estuviera poniendo fin al primer acto de una obra de teatro.
—¡Pero qué me estás diciendo! ¡Tenemos una actriz en el grupo! ¡Esto es
un lujo! —Sofía se inclinó sobre la mesa para abrir otra bolsa de frutos
secos—. Pues solo faltas tú, Julia, sorpréndenos.
—Dejé el banco hace seis años. —El comentario desvió la atención hacia
ella. Efectivamente las había sorprendido.
—¿Y eso por qué? —preguntaron al unísono. El comentario les interesó
mucho. Sabían que llevaba mucho tiempo trabajando en la misma entidad
financiera.
—Precisamente fue Héctor quien me dio una oportunidad. Los últimos
años fueron duros. Decidí estudiar psicología, no con el apoyo de mis
padres, desde luego, pero logré terminar. Ahora tengo mi propio despacho.
Ayudé a Héctor en un par de casos y eso favoreció mi carrera. Bueno, mi
segunda carrera.
—Genial, tenemos una artista y una loquera —dijo Sofía—. Nos falta
Angélica para completar el cuarteto. Has tenido el valor de estudiar otra
carrera al mismo tiempo que trabajabas. Eres mi heroína. —Volcó los
últimos frutos secos de la bolsa directamente a su boca.
—Tienes razón, no me resultó nada fácil pero ahora estoy muy satisfecha.
—Sacó el móvil y revisó el registro de llamadas—. Chicas, está
anocheciendo y sigo sin tener noticias de Angélica. La he llamado varias
veces, pero su teléfono no está operativo. ¿Tenéis algún otro número al que
podamos llamar?
Sara sacó su móvil.
—Yo tengo uno, podemos probar, aunque no sé si lo mantendrá. —Lo
marcó y esperó unos segundos. Movió la cabeza en sentido negativo al
colgar—. Nada, tampoco. Quizá no ha podido venir o no le ha apetecido en
el último momento.
—No, no. Fue ella quien tuvo la idea de que nos reuniéramos. Yo me
limité a avisaros. No hablamos mucho por teléfono, pero me dio la
sensación de que quería contarnos algo —dijo mientras volvía a mirar el
móvil.
Pensó que no podían hacer otra cosa que esperar. Se hizo tarde charlando,
recordando las travesuras de niñas y bebiendo algunas copas. Al día
siguiente se le pegaron las sábanas, aunque no solo a ella. Se levantó en
cuanto se despertó y alguien estaba ya abajo, en la cocina. Mientras se
vestía percibió un aroma agradable a café y a una mezcla de vainilla y
canela de bollos recién horneados que le abrió el apetito.
Sara estaba preparando el desayuno y parecía que Sofía aún no se había
levantado.
—¿Seguimos sin saber nada de Angélica?
Sara negó con la cabeza.
—No te preocupes, Julia, seguro que le ha surgido algo y no ha podido
venir. Ya nos enteraremos.
—Me resulta raro, la verdad. No tiene sentido que quisiera organizar este
fin de semana para luego dejarnos tiradas. —Sujetó la taza de café ardiendo
entre las manos—. En fin, tienes razón, ya nos enteraremos supongo.
El fin de semana se le hizo un suspiro entre paseos, recuerdos y tés
calientes en el porche. Las risas y la terapia de grupo surtieron efecto. Por
un momento volvieron a ser niñas y a disfrutar sin las preocupaciones que
atan a los adultos. Durante aquellos dos días aparcaron los trabajos, la
familia y la rutina diaria. Disfrutaron del silencio del pueblo, de los paseos,
de las vistas y de la charla que entablaron con algún que otro vecino que les
recordó tiempos pasados. La casa tenía su vida propia. Estaba llena de
recuerdos, de buenos momentos.
El domingo, Sara aprovechó para irse a la vez que ella. Querían salir antes
de comer. Sofía prefería quedarse un rato más y cerrar la casa.
No había llevado mucha ropa, así que no tardó en recoger. Repasó
mentalmente si lo llevaba todo, era muy dada a olvidarse cosas. Le faltaba
el neceser. Se dirigió al cuarto de baño y abrió la puerta sin llamar. No se
había dado cuenta de que Sara estaba dentro también recogiendo. De reojo
vio una caja de Reagila que Sara guardó rápidamente en su neceser.
—¿Estás bien? ¿Estás tomando medicación? —preguntó preocupada. No
era psiquiatra, pero había escrito unos cuantos artículos para revistas
especializadas sobre alteraciones del comportamiento y trastornos de
conducta. Leía bastante al respecto y sabía que Reagila era uno de los
tratamientos que los psiquiatras recetaban para esas dolencias—. ¿Desde
cuándo lo tomas?
—Desde que murió mi madre —titubeó—. Lo pasé muy mal y al final
tuve que pedir ayuda a un especialista. Ya sabes lo que ocurrió y no quiero
pasar por lo mismo.
—No te preocupes. Eso no va a ocurrir. —La tranquilizó.
Se dirigió con las bolsas al coche. Mientras bajaba las escaleras recordó el
episodio de la madre de Sara. Fue muy traumático. Nunca se quiso tratar y
su esquizofrenia acabó por llevarla al suicidio. Ellas entonces eran unas
niñas, pero lo recordaba con toda claridad. Se alegró de que Sara hubiera
tomado una decisión diferente y se tranquiló.
Cargó los macutos en el maletero y se dispuso a arrancarlo antes de
despedirse. Lo intentó tres veces seguidas sin éxito. Estaba segura de que se
trataba de la batería. No era la primera vez que el coche la dejaba tirada y
en ese momento se lamentaba de no haberlo cambiado ya. Tenía más de 15
años y demasiados kilómetros.
—Vaya, pues a lo mejor no me voy —les dijo con ironía.
—¿Quieres que le eche un vistazo? —dijo Sara remangándose el jersey.
—No me digas que sigues con tu pasión por los coches y los rallies.
—De eso le echas la culpa a mi padre. No puedo calcular todas las
competiciones a las que me llevó y las horas que pasé con él en el taller. Le
gustaba su profesión. Efectivamente es la batería, Julia.
Aparcó el coche al lado del otro, sacó unos cables con pinzas que conectó
a las baterías de ambos a la vez que le explicaba cómo hacerlo por si le
volvía a ocurrir.
—Da el contacto y trata de arrancarlo ahora.
Esta vez arrancó a la primera.
—¡Estupendo! Muchas gracias, Sara, yo soy completamente inútil en este
tema. Me has explicado lo que hay que hacer y ya no lo recuerdo. La
mecánica y yo somos incompatibles.
Sara sonrió mientras guardaba los cables con las pinzas en el maletero.

Se despidieron con cierta tristeza. Deseaba no volver a perder el contacto


y sabía que Sara y Sofía tampoco. Lo habían pasado muy bien, aunque les
dejó cierto sabor amargo el hecho de que Angélica no hubiera aparecido.
Quizá para Sara y Sofía la explicación resultara algo tan sencillo como un
cambio de planes, pero ella estaba convencida de que no era así. De otra
forma no tendría sentido su llamada y su insistencia por organizar el fin de
semana.
Mientras conducía de vuelta a casa, pensativa y preocupada, le venían a la
cabeza una y otra vez las palabras de Angélica: «Encárgate de llamar a las
chicas. Tenemos que volver a juntarnos. Tengo algo que deciros, pero ya
hablaremos. Ahora no quiero entretenerte más».
El timbre del móvil le devolvió de nuevo a la realidad. Llevaba el
bluetooth activado. No le gustaba estar pendiente de llamadas mientras
conducía.
—¿Sí? —preguntó sin apartar la vista de la carretera. Cada vez le gustaba
menos conducir, se sentía insegura al volante.
—Niña, un día te vas a dejar la cabeza en algún lado —dijo Sofía entre
risas—. Te has olvidado un zapato, así que a no ser que quieras ir coja te
aconsejo que no te pongas el otro.
—Qué chispa tienes. Seguro que me lo has quitado tú para hacerme la
gracia. No te preocupes, guárdamelo ahí. Lo recogeré la próxima vez que
nos veamos.
Le hacía reír y eso lo valoraba mucho en la gente. Si de algo podía
presumir Sofía era de sinceridad. Le costaba filtrar lo que tenía que decir,
sin duda era la más descarada de las cuatro y la chispa del grupo.
Sin darse cuenta estaba entrando por la puerta del garaje. Subió
rápidamente para hablar con Héctor y contarle cómo había ido el fin de
semana. Al entrar en casa llamó a Lucas, su gato. Le entusiasma ver las
carreras que daba por el pasillo para recibirla y de paso a pedirle unos
mimos. Después de todo el fin de semana solo se merecía alguno más de lo
habitual. Siempre le dedica un rato al volver de la calle y Lucas se lo
agradecía cada día como si fuera la primera vez.
Se descalzó, se puso cómoda y llamó a Héctor.
—¿Qué tal ha ido? —Debía tener el teléfono en la mano porque descolgó
inmediatamente.
—Eso sí que es rapidez. Seguro que en el trabajo no eres tan eficiente —
bromeó.
—Ja, ja, muy graciosa. Bueno, cuéntame. ¿Cómo están las chicas?
—Bien, muy bien. El tiempo no pasa por ninguna. Me preguntaron por ti,
sobre todo Sofía… Ahí lo dejo.
—Bueno, sabes que lo mío con Sofía fue un amor de juventud sin
trascendencia.
—Héctor, me preocupa una cosa. Angélica no apareció. No es que le
quiera dar importancia, pero me gustaría asegurarme de que fue porque
tenía otros planes. El problema es que no contesta al móvil, no la puedo
localizar.
—Yo tampoco sé nada de su vida, Julia. No sé si viven sus padres, que ya
deben de ser muy mayores. Quizá a través del hermano. ¿Cómo se llama?
—Se quedó callado, intentando recordar.
—Arturo, Arturo Román. ¿Crees que podrías localizarle?
—Desde luego puedo intentarlo. Déjalo de mi mano.
Se despidió cariñosamente. El sentimiento era mutuo. Se conocían desde
niños. Héctor había pasado muchos veranos en su casa con su familia y
seguían manteniendo relación. Si alguien podía ayudarla era él. Había
hecho mucho por ella. Era inspector de la policía y fue su pilar más
importante cuando decidió apostar por lo que realmente quería: la
psicología.
Estaba agotada, decidió darse una ducha, tomar algo ligero y acostarse
pronto. El lunes le esperaba un día duro.
Al día siguiente aún no había salido de casa cuando ya tenía varios
mensajes en el móvil. Intentó echarles un vistazo mientras se terminaba el
café de pie en la cocina. Observó que uno de ellos era de Héctor y el
corazón se le aceleró. No era muy dado a dejar mensajes, salvo que fuera
algo realmente importante.
Derramó unas gotas de café en la mesa al posar la taza y decidió sentarse,
el mensaje decía que tenían que verse esa misma mañana. Angélica había
desaparecido.
CAPÍTULO 2

Permaneció sentada en una de las sillas de la cocina unos minutos


intentando asimilar el mensaje que acababa de leer. Agarraba la taza
fuertemente con las dos manos mientras sorbía un café ya frío e insípido.
Lucas ronroneaba a su alrededor, enredándose entre sus piernas esperando
la comida matutina. Dio un maullido para que se levantara y llenase el
cuenco.
Miró el reloj y ya era tarde. Siempre acababa entreteniéndose por algún
motivo, aunque esta vez creía tener una razón justificada. Había quedado en
una hora con Héctor en el Café del Mercado así que se dio una ducha
rápida, se vistió y dedicó unos minutos más a maquillarse. Lo hacía con
mucha destreza, se maquillaba a diario desde muy joven.
El Café del Mercado estaba a mitad de camino entre su oficina y la
comisaría de Héctor. Era una cafetería antigua, con una cuidada
decoración. Consideraba que no servían el mejor café de la ciudad, pero era
un sitio agradable y tranquilo para desayunar y charlar un rato.
Decidió ir caminando. Le agradaba sentir el frío en la cara mientras
paseaba y a la vez aprovechaba para hacer algo de ejercicio. Realmente lo
necesitaba ya que había cogido unos kilos en los últimos años que le
resultaba imposible bajar. Aceleró el paso en el último momento. La
puntualidad no era lo suyo, siempre se le echaba el tiempo encima y pensó
que esta vez no iba a ser diferente. Al entrar, observó que Héctor aún no
había llegado y pidió un café con un trozo de tarta de manzana, su favorita.
Mientras, ojeó de nuevo los mensajes del móvil.
—¿Me pides un café? —le susurró alguien por la espalda.
—Te he dicho mil veces que no hagas eso —Se enfadó—. Además, hoy
no tengo el cuerpo para bromas. ¿Qué es lo que sabes? Me has dejado sin
palabras esta mañana.
—Tranquila. Esta mañana cuando he llegado a la comisaría me he puesto
a buscar información para localizar a Arturo. Iba a consultar si había alguna
sanción o multa, cualquier cosa de donde sacar información y me he
encontrado con una denuncia por desaparición cursada hace unas semanas.
He encontrado también su dirección en Pamplona. No puedo decirte más
por ahora, Julia. Estate tranquila. No sabes nada de ella hace muchos años.
Es posible que se haya ido sin más.
—Tal vez, pero me enfada esta situación y lo peor es que me asusta. —Se
quedó pensativa un momento antes de continuar—. Tengo que decírselo a
las chicas, ellas también se preocuparon y deberían saberlo.
—Vas a tranquilizarte y a esperar. No vale la pena preocuparlas sin tener
claro lo que ha pasado —dijo Héctor mientras removía enérgicamente el
café.
—Tenemos que hablar con Arturo. No sé si se acordará de nosotros. Era
mayor y tenía otra cuadrilla de amigos. La verdad es que no solíamos
coincidir mucho. ¿Recuerdas su mote?
—¿Pero había alguien sin mote en el pueblo? Creo recordar que todos
teníamos un apodo. Déjame recordar… Arturo era el Trampas.
—Creo recordar el tuyo también: Míster Kalimotxo —dijo con ironía.
Metió la mano en el bolso y encontró el monedero. Sacó unas monedas
sueltas para pagar.
Héctor apuró el café y, mientras dejaba la taza en el mostrador, soltó una
carcajada—. ¿Y qué me dices de Frenchy y el Bisagras?
—Por favor, Héctor, no me lo recuerdes. Pobre Sofía, ese mote se le
pusiste tú —Lo miró de reojo y se echó a reír—. No recuerdo por qué la
llamábamos así.
—¡Venga ya! Lo sabes de sobra. Todos los besos iban con lengua. La
verdad es que a mí me gustaba, pero ahora reconozco que no era lo
apropiado con esa edad. Ya sabes, my darling, yo siempre he sido un
adelantado a mi época.
—Descarado diría yo, aunque erais tal para cual. En fin, menos mal que
con el tiempo has sentado la cabeza. No puedo decir lo mismo de Sofía.
Sigue igual de loca que siempre. ¿El Bisagras era su padre?
Héctor continuaba riéndose.
—Sí, estaba todo el día o en la puerta o mirando por ventana… Tengo que
decir que ese mote no fue idea mía. Sabes que esto es lo que tiene el pueblo,
que saber no sabremos los nombres de los paisanos, pero por los motes
conocemos a todo el mundo.
—Siento cortar esta conversación tan amena, pero llego tarde a la oficina.
¿Intentas localizarlo y me llamas si podemos ir a visitarlo?
—Déjalo de mi cuenta. ¡Ah, se me olvidaba! Esta noche tendrás que venir
a cenar a casa sin excusas. Nerea está aprendiendo la nouvelle cuisine y
necesita otra cobaya aparte de mí para catar sus experimentos culinarios.
Le sacó una sonrisa mientras se ponía el abrigo.
—Por mucho experimento que sea estará delicioso. Nerea cocina muy
bien —dijo mientras se dirigía a la calle.

El día estaba empeorando por momentos. Se avecinaba una tormenta de


las grandes, de las que tiñen el cielo de negro y anochece en pleno día. De
las que no dan tregua y una vez que empiezan las primeras gotas el
aguacero es inminente. Miró hacia arriba y sintió un escalofrío.
Improvisó un paraguas con el bolso y continuó hacia la oficina acelerando
el paso intentando no mojarse y concentrándose en esquivar los charcos del
suelo. El despacho estaba ubicado en un viejo y céntrico edificio de oficinas
donde compartía piso con una notaría y una clínica dental.
Abrió la puerta del despacho y tuvo cuidado de recoger las cartas antes de
entrar. El cartero las dejaba de cualquier forma en el buzón, algunas incluso
se habían caído al suelo. Colocó el bolso encima del radiador y sacó todo el
contenido con la esperanza de que no se hubiera mojado demasiado.
Ainhoa, su compañera, aún no había llegado. La había contratado hacía un
año aproximadamente y tuvo suerte de que fuera una persona responsable y
trabajadora a quien podía delegar la gestión del despacho con total
confianza sabiendo que se esforzaría en sacar el trabajo como si el negocio
fuera suyo. Pensaba que eso era muy difícil de encontrar.
Revisó la agenda y esa mañana Ainhoa tenía una visita a domicilio, así
que llegaría a mediodía. Ella únicamente tenía visitas por la tarde. Mientras
preparaba los informes de los pacientes de ese día, el teléfono sonó.
—¿Sí, dígame? —Abrió el primer cajón de su derecha y cogió unas gafas
mientras sujetaba el teléfono con la otra mano. Usaba gafas para ver de
cerca y siempre se las dejaba en casa, así que guardaba otras en el despacho
porque sin ellas estaba perdida.
—Hola, preciosa. Me temo que tenemos que adelantar la excursión a
Pamplona. ¿Tienes algún inconveniente? —Era Héctor. Había localizado al
hermano de Angélica. Parece ser que no estaba dispuesto a recibirlos otro
día que no fuera ese.
—En principio ningún problema. Tengo tres citas esta tarde, una de ellas
la aplazaré. Es un paciente complicado que prefiero recibir yo, pero las
otras dos puede atenderlas Ainhoa. Me gusta, eres muy eficiente. Lo has
localizado enseguida —dijo con una sonrisa intentando provocarle.
—Yo siempre soy eficiente… y lo sabes —contestó Héctor con voz
engolada—. Te recojo a las cuatro en tu casa.
—De acuerdo.
Llamó al paciente de las tres para aplazar la visita y le dejó una nota a
Ainhoa con el trabajo pendiente para la tarde. Esa mañana aún tenía una
visita que hacer a la que no había faltado ningún lunes en los últimos cinco
años.
La Residencia de La Luz estaba a tres paradas de metro. Seguía lloviendo,
así que esta vez cogió uno de los paraguas que guardaba en el despacho.
Quince minutos después había llegado. Abrió y cerró varias veces el
paraguas en la entrada para sacudir el exceso de agua. Buscó una máquina
para enfundarlo y no ir calando los pasillos hasta la habitación.
—Buenos días, Julia —le dijo una enfermera al pasar por su lado.
Conocía a casi todas las enfermeras y cuidadores de la planta.
—Buenos días, María, ¿qué tal hemos amanecido hoy? —preguntó
esperando que la respuesta fuera positiva.
—Muy bien. Hoy ha dormido muy bien. Ya le hemos levantado.
—Gracias. —Agarró el pomo de la puerta para entrar en la habitación
número 333. Por un segundo dudó, no quería pasar. Sentía como si un aura
triste y gris envolviera ese habitáculo, llenándolo con una ansiedad y
angustia que percibía como suya. El nerviosismo siempre se apoderaba de
ella, en ese instante le llevaba a dudar, pero su conciencia era más poderosa,
y le recordaba que debía estar a su lado. Si ella fuera cualquier paciente
sabría cómo ayudarle a vencer el miedo, pero es muy distinto cuando es uno
mismo quien lo sufre y lo debe afrontar.
Respiró profundamente y entró.
—Ya estoy aquí, Nico. Hace un día de perros. —Cambió el semblante,
como cada día que lo visitaba—. No sé qué pasa los días de lluvia que todos
parecemos más torpes. Nos empujamos, nos tropezamos con los paraguas,
hay retenciones de coches y los autobuses van llenos.
—¿Cómo estás hoy, cariño? —Dejó la chaqueta y el bolso encima de la
cama y se acercó a él. Le acarició la mejilla con delicadeza—. Me temo que
hoy no podremos pasear por la calle. Nos conformaremos con salir a la
terraza si te parece.
Ella lo observó con mirada compasiva mientras la de Nico permanecía
inexpresiva, perdida y sin rumbo. Sabía que algún día recuperaría esa
mirada intensa y profunda que una vez la sedujo. Una mirada que le
transmitía confianza, seguridad y ternura, y que ahora estaba vacía. Estaba
convencida de que los ojos cuentan todo aquello que no somos capaces de
mencionar, son el espejo del alma y siempre nos delatan.
—Sí, creo que estaremos bien en la terraza. María me dejará una manta
para que no tengas frío. Dice que hoy has descansado bien. Es importante
para tu recuperación. He traído algo para que ejercites un poco las manos —
dijo cogiéndoselas con suavidad y colocándole unas piezas de goma. Vio
cómo poco a poco las apretaba y las soltaba. Era un avance, pequeño pero
un avance—. Eso es. Lo estás haciendo muy bien. Saldremos de esta, Nico,
solo necesitamos tiempo y paciencia. —Se inclinó hacia delante para
arroparlo. Hacía frío—. Tengo un problema que me preocupa. Hay una
amiga de la que no he sabido nada durante casi diez años y ahora que
vuelvo a saber de ella desaparece. La verdad no sé qué pensar.
Sabía que la escuchaba y también que no iba a obtener una respuesta, pero
contarle sus penas y alegrías le ayudaba a reflexionar. Llevaba haciéndolo
mucho tiempo. Nico era algo más que un paciente. Era su amigo y su
confidente.
—No me gustaría perderla. No quiero que vuelva a pasar.
Nico le apretó la mano y ella entendió que eso era bueno, muy bueno. Se
levantó para llevarle de nuevo a su habitación, pero María quiso encargarse
esta vez.
—No te preocupes, Julia, hoy le voy a dar otro paseo y luego le acerco yo
a la habitación —dijo. Era una de sus cuidadoras. Muy cariñosa y atenta.
Nico estaba en buenas manos.
—Hoy te lo agradezco. Tengo mucha prisa. Gracias.
Casi eran las cuatro de la tarde y Héctor estaba a punto de llamar al
timbre. Solía ser muy puntual, algo a lo que ella no estaba acostumbrada.
Dejó, como siempre, perfectamente recogida y ordenada la cocina después
de comer. Lucas la observaba moverse de un lado a otro de la casa estirado
en la alfombra del pasillo como si se tratara de un mueble más.
Cogió el bolso y bajó al portal. Si Héctor aún no había llegado pensó en
fumarse un cigarrillo mientras lo esperaba. Fumar no era habitual, pero
ocasionalmente lo hacía para calmar los nervios. Apuraba las últimas
caladas cuando llegó.
El viaje se hizo ameno entre conversaciones triviales y música ochentera.
Buscaron un parking cercano a la dirección que Arturo les había dado. Por
fortuna apenas anduvieron doscientos metros, teniendo en cuenta que el día
seguía oscuro y lluvioso.
Tocaron dos veces el timbre antes de que Arturo, un hombre de unos
cincuenta y pocos años, les abriera la puerta. Quedaba muy poco del joven
que recordaba. Con gafas y unos cuantos kilos de más, solo conservaba una
gran mata de pelo de los años jóvenes.
—¡Julia, Héctor! Cómo me alegro de veros. Pasad, por favor, estáis en
vuestra casa.
Miró a Héctor mientras seguían a su anfitrión y este le guiñó un ojo en
señal de complicidad. Sabía que pensaba lo mismo que ella, no pudo
quitarse de la cabeza el mote durante toda la visita, Trampas.
Se sentaron en una sala comedor donde les había preparado algo de beber.
La casa era vieja, pero estaba muy bien conservada y decorada con mucho
gusto. Se apreciaba la fortuna que habían invertido en el mobiliario.
—Gracias, Arturo. Nosotros también nos alegramos de verte. Hace más de
diez años que no sabemos nada de ti ni de tu familia. No sabíamos que
vivías aquí en Pamplona —dijo aceptando un refresco. Héctor no quiso
tomar nada.
—Necesitamos saber qué ha pasado con Angélica. Pusiste una denuncia
por desaparición hace una semana y estamos preocupados. Hace tres
semanas Angélica se puso en contacto con Julia, ¿no es así? —preguntó
Héctor dirigiéndose a ella.
—Precisamente organicé un fin de semana para reunirnos de nuevo en la
casa del pueblo Angélica, Sofía, Sara y yo. Solamente quería averiguar si
estaba bien cuando Héctor encontró la denuncia.
Arturo se preparó un gin tonic con mucha tranquilidad mientras los
escuchaba y se tomó su tiempo antes de contestar.
—He aceptado hablar con vosotros porque necesito encontrar a mi
hermana. Ahora mismo es lo único que me queda. Mi madre murió hace
unos años. No pude acompañar a mi padre y a Angélica en esos momentos.
—Dio el segundo sorbo al gin tonic con el que lo terminó antes de continuar
—. Para ser sincero, creo que la policía no está haciendo demasiado.
Se levantó de nuevo a preparase otra copa, pero esta vez no les ofreció.
—¿Por qué crees que la policía no está haciendo mucho? —preguntó
Héctor.
—Angélica y yo estábamos muy unidos —dijo mirando fijamente a Julia
—. Yo me fui pronto de casa a buscarme la vida. Mi padre nunca quiso
comprenderme. No nos llevábamos muy bien, sin embargo, estuve a su lado
en cuanto Angélica me llamó. Todo este año he estado viviendo en
Pamplona, de alquiler. Este es el piso de mis padres, ahora estoy aquí
aprovechando que está vacío. ¿Quieres una copa, Julia? A veces el alcohol
es bueno para olvidar.
—Gracias, Arturo. No bebo alcohol —le respondió observando
atentamente el extraño comportamiento que mostraba—. Y dime, ¿qué ha
sido de Angélica todo este tiempo?
Intentaba encauzar la conversación para sacar alguna información
interesante.
—Espera, Julia, primero tengo que responder a Héctor. La policía piensa
que la desaparición podría ser voluntaria. Ella y su marido no se llevaban
muy bien. Me dijo que cualquier día se iba de casa. De hecho, los he visto
discutir más de una vez en el poco tiempo que llevo aquí. Angélica vive
también en Pamplona. —Apuró el último sorbo de la segunda copa.
—No sabía que estaba casada —ella le interrumpió de nuevo. Se puso de
pie esta vez para echar un vistazo a las fotos de una de las vitrinas—. ¿Es
este el marido? —Señaló una de ellas en la que posaba junto a Angélica.
—Sí, se llama Gonzalo. A mi padre le gustaban mucho las fotos. La
cuestión es que quedé con ella para arreglar la testamentaría de mi padre el
día diez y no se presentó. Me pareció raro porque se había encargado de
reservar cita y quería solucionarlo cuanto antes. La llamé, pero no obtuve
respuesta y entonces fui a su casa. Gonzalo no me recibió muy bien.
Tampoco es de extrañar, simplemente no nos llevamos, pero me dijo que
tuvieron una discusión muy fuerte y se marchó, y que luego lo llamó
diciendo que no la esperase porque iba a estar fuera un tiempo. Supongo
que también se lo habrá dicho a la policía.
—¿Te refieres al diez del mes de noviembre? —preguntó Héctor.
—Sí, sí. —Cambió de nuevo la posición de las piernas e intentó beber de
la copa vacía. Se dirigió a Julia—. A mí no me da buena espina ese
Gonzalo.
—Quizá vayamos a verlo también. ¿Por qué, si no os llevabais bien,
accedió a hablarte del día que se marchó de casa? —le preguntó mientras se
acomodaba de nuevo en el sillón.
—No lo sé. Me debió ver desesperado. Me asusté cuando no pude
localizarla, de hecho, fui yo quien puso la denuncia. Te repito que es mi
única familia, la quiero mucho y necesito encontrarla —dijo con los ojos
humedecidos.
Héctor, muy hábil, cambió el rumbo de la conversación y se interesó por
el círculo de amistades y compañeros de trabajo.
Se encontraba cómoda en el sillón viendo cómo Arturo cambiaba la
expresión de la cara. En un segundo dejó de tener los ojos húmedos.
Hablaba y hablaba y repetía continuamente la buena relación que mantenía
con su hermana, como si realmente quisiera autoconvencerse. Se fijó en
cómo se tocaba la garganta una y otra vez durante la conversación y miraba
fijamente a Héctor cuando este hablaba asintiendo continuamente a todo lo
que decía.
Veía que la conversación se alargaba, daba muchos datos que no venían al
caso, pero ninguna información relevante, así que decidió interrumpirlo.
—Arturo, te agradecemos mucho que nos hayas recibido, pero debemos
irnos ya. Se nos ha hecho un poco tarde —dijo haciéndole un gesto a Héctor
para que se levantase—. Intentaremos averiguar algo más y si es así te
llamaremos.
—Muchas gracias. Lo mismo haré si me llega alguna otra información. —
Los acompañó a la puerta y los despidió de nuevo con los ojos llorosos.
Fueron directos al parking donde habían dejado el coche. Ya no llovía,
aunque el cielo seguía negro y los truenos indicaban que pronto llegaría otro
chaparrón.
—¿Y bien? —Héctor esperaba una opinión de Julia.
—Pues no sabría muy bien por dónde empezar. —Se inclinó intentando
encajar el cinturón de seguridad en el anclaje—. No me ha parecido muy
sincero. No parece que sepa mucho de la vida de Angélica salvo lo relativo
al matrimonio y la mala relación que mantiene con su marido. Observé su
expresión corporal, no es que sea una ciencia exacta, pero me sirve para
hacerme una idea de la persona. Hay varios datos importantes, bebía el gin
tonic como si fuera agua, como si tuviera sed y la boca seca. Al hablar
continuamente se llevaba la mano a la boca y la garganta. Hablaba mucho,
nos ha aportado mucha información sobre lo que no hemos preguntado.
Como si quisiera colaborar sabiendo que no somos la policía.
—Sí, sobre la relación con su padre, por ejemplo —la interrumpió Héctor.
—Por ejemplo —repitió ella—. Pero además insistía y repetía una y otra
vez cuánto quería a su hermana, lo que la necesitaba y lo bien que se
llevaba con ella. ¿Tú sabes ese refrán que dice dime de lo que presumes y te
diré de lo que careces? Además, procuraba mirarnos fijamente durante la
conversación y en tu caso, Héctor, asentía continuamente a todo lo que
decías. Esto me indica que por algún motivo miente.
—Lo que está claro es que quiere encontrarla a toda costa —dijo Héctor.
—Eso es cierto. Además, tenemos algo más de información, al menos
sabemos dónde vive, dónde trabaja y quién es su marido. ¿Podremos seguir
indagando un poco más? Antes de hablar con Gonzalo deberíamos
averiguar algo más sobre Arturo.
—Ya sabes que no sé decirte que no. Pero todo tiene un precio. Nerea nos
estará esperando con la cena preparada. Lo has prometido.
Sonrió, sabía que no le quedaba más remedio que ir. Tampoco le
importaba, así no tendría que cocinar y recoger la cocina. Siempre pasaba
un rato agradable con ellos.
CAPÍTULO 3

Eran las ocho de la mañana. Llegó temprano al trabajo. Ainhoa ya estaba


allí y había acomodado en una de las sillas del despacho al señor Sánchez,
un analista de laboratorio entrado en años con un trastorno de ansiedad
generalizada que llevaba tratándose varios meses con ella.
Abrió la puerta mientras repasaba el expediente que llevaba en la mano.
—Buenos días, Luis. Me comenta Ainhoa que ha tenido una urgencia. Ya
siento haberle hecho madrugar… —interrumpió la frase por un momento
viendo la escena que tenía delante y continuó—: Esta hora era el único
hueco que podía hacerle en mi agenda.
El señor Sánchez solía sorprenderla. Hoy iba a ser uno de esos días. Lo
encontró de pie, hojeando un libro de una de las estanterías: Psicopatología
de la vida cotidiana. La situación le resultó cuando menos curiosa. Daba la
sensación de que el profesional era él y ella la paciente, y eso le pareció
divertido.
—Buenos días, doctora. ¿Alguna vez ha utilizado corsé? —le preguntó
mirándola por encima de unas gafas de pasta marrón con tanta holgura que
reposaban en la punta de su nariz y que recolocaba inútilmente con un gesto
compulsivo de la mano derecha tras agarrarse el lóbulo de la oreja.
—¿Debería haberlo hecho, Luis? —Cogió un bolígrafo para hacer algunos
apuntes. La pregunta no le sorprendía viniendo de él.
—Por supuesto. Se supone que usted debe empatizar con sus pacientes.
¿Cómo si no va a saber lo que siento durante un ataque de pánico? Anoche
tuve uno. La opresión en el pecho no me dejaba respirar. Me mareé, casi
pierdo el conocimiento. A duras penas llegué a la habitación y me caí antes
de tumbarme en la cama. Claro que mi mujer había dejado estratégicamente
colocadas varias alfombras que me sirvieron para tropezar. Creo que no es
forma elegante de morir en pijama, a los pies de la cama y enredado en las
alfombras. ¿Usted qué cree?
No sabía si lo hacía de forma intencionada o no, pero este hombre siempre
conseguía arrancarle una sonrisa.
—Luis, lo importante es que has tenido otro ataque de pánico que
deberíamos haber evitado. Ya sabes que tu vida no corre peligro, aunque tú
lo percibas así. ¿Sigues tomando la medicación que te recetó el psiquiatra?
—Levantó la vista del papel y lo miró fijamente.
Luis la evitó como siempre y se fijó en el cuadro colgado en la pared de
su derecha: Adán y Eva en el paraíso terrenal. Quizá por las dimensiones
considerables del lienzo o quizá porque era una gran imitación del Tiziano
original siempre atraía su mirada.
—Esta semana no está mi mujer en casa —dijo justificándose.
—Ya veo. Me quieres decir que se te ha olvidado tomarla. Sabes que la
psicoterapia que hacemos aquí no surtirá todo el efecto deseado si
interrumpes el tratamiento.
Dejó el expediente encima de la mesa, le acompañó al diván y le dedicó
los siguientes quince minutos a realizar varias técnicas de relajación y
respiración para controlar los ataques de pánico que tanto le agobiaban.
Una vez que terminó la consulta con él, revisó de nuevo la agenda y el
trabajo planificado del día. No lograba centrarse. Su pensamiento estaba en
otro lado. Necesitaba sacar unos minutos para repasar la información que
había logrado reunir sobre Angélica hasta la fecha. Habían pasado casi dos
meses y seguía sin noticias de ella. La policía no hizo mucho. Estaban casi
seguros de que la desaparición fue voluntaria. Únicamente había podido
hablar con Arturo y este los recibió a ella y a Héctor porque los conocía y
también porque parecía desesperado por encontrarla. Esto era una
apreciación suya.
Gonzalo, el marido, no había querido entrevistarse con ellos, aunque logró
hablar por teléfono con él, si bien la única información que le proporcionó
fue que ya había hablado con la policía.
No sabía mucho de encontrar a personas desaparecidas. Lo que sí sabía es
que los primeros días en una desaparición son cruciales y ya habían
transcurrido casi sesenta.
Sofía y Sara también estaban preocupadas. Hablaban con Julia a menudo,
pero las tres se encontraban igual de perdidas. En ese instante, Ainhoa
llamó a la puerta y la devolvió a la realidad. El siguiente paciente esperaba
ya en la sala contigua.
La mañana transcurrió tranquila, aunque ocupada hasta la hora de comer.
Después recogió sus cosas porque pensaba disponer de toda la tarde libre.
Tenía que hacer algunas compras y no había contado con un minuto libre en
las últimas semanas. Acababan de pasar las vacaciones de Navidad y eso se
notaba en sus pacientes. No eran unas fiestas muy queridas. Había
comprobado que se agudizaban las depresiones, el estrés y la ansiedad. Las
comidas, los excesos, la familia… todo suponía un esfuerzo en Navidad,
incluso para ella.
Necesitaba su espacio al margen de la familia y amigos. Consideraba
saludable estar solo con uno mismo de vez en cuando y uno de esos «de vez
en cuando» era pasadas vacaciones navideñas.
Después de comer se acurrucó con su manta de angora en el sillón. Le
parecía un lujo poder echarse la siesta, aunque solo fueran veinte minutos.
Lucas esperaba impaciente ese momento para enroscarse encima de sus
pies. Aún no se había quedado dormida cuando sonó el móvil. Pensó en
levantarse, pero la pereza pudo con ella y continuó tumbada.
El móvil volvió a sonar una segunda y una tercera vez, de modo que no le
quedó más remedio que levantarse. Pensó que debía ser algo importante.
Contestó a la llamada de mala gana y, sin darle tiempo a preguntar, una voz
al otro lado del teléfono le gritó:
—¡Pon la televisión! —Era Héctor.
—¿Qué? ¿Qué quieres que vea? Estaba echando la siesta —refunfuñó.
—Son casi las tres, está terminando la noticia en el informativo regional.
Cogió el mando y cambió de canal. Aparecía una panorámica del Pantano
de Ordunte.
—Ah, lo he leído en el periódico. ¿Te refieres al cuerpo que ha aparecido
en el pantano?
—Sí, pensé que no lo habías visto. ¿Has hablado con tus padres? ¿Sabes
quién es?
—No es que sea muy habitual, pero es un lugar donde han ocurrido
algunos suicidios. ¿Recuerdas a Luis, el hijo de Domi? Se suicidó en la
presa hace cinco años. Esta es una época muy mala. La mayoría de los
suicidios se cometen en enero, justo después de Navidad. —Se acurrucó de
nuevo en el sillón haciendo equilibrios para no molestar a Lucas, que estaba
completamente estirado—. Y con respecto a tu pregunta, mi padre me llamó
ayer. Ya sabes que estas noticias corren como la pólvora y más en un
pueblo, aunque supongo que no se te escapa que los paisanos acaban
distorsionándolas.
—Vaya. Si «radio macuto» te informa de algo más, me lo dices, por
curiosidad más que nada.
—Tranquilo, serás el primero —dijo soltando una carcajada.
—Cambiando de tema. ¿Vas a llamar a Arturo? Lo último que he
averiguado de Angélica es que antes de su desaparición se pasó por una
comisaría de la policía, en Pamplona. Hay una anotación de visita el día
siete de noviembre. Parece ser que se informó sobre qué hacer ante una
situación de malos tratos, pero no tengo más datos. No sabemos si era por
ella o por alguien conocido, el caso es que no cursó denuncia.
—¿Tanto han tardado en contestar? Me dijiste que habías solicitado la
información a la Policía Foral hace un mes. —Todavía seguía intentando
acomodarse en el sillón sin éxito por culpa del gato.
—Ya sabes que trabajamos en dos cuerpos de seguridad diferentes con
competencias en distintos lugares. Me he movido un poco para conseguirlo.
Si la denuncia la hubiera puesto en una comisaría de la Policía Nacional,
habría obtenido la información al momento. En cualquier caso, habrá que
convencer a Gonzalo para que nos permita hablar con él.
—De acuerdo, Héctor. Ahora, si no te importa, voy a continuar con mi
siesta un ratito más. —Mentía. Estaba demasiado espabilada ya para
dormirse. No le gustó lo que Héctor le había contado. ¿Era posible que
Angélica sufriera malos tratos? Y si no se trataba de ella ¿por quién se
estaba preocupando?
Recordó el día que la llamó. No la notó preocupada, ni el tono de su voz
indicaba que algo raro sucediera. Había tenido oportunidad de comentárselo
y no lo hizo. Solo insistió en que se juntaran. Pensó que quizá estaba
protegiendo a alguien con problemas y ese era el motivo de su desaparición.
Todo eran conjeturas.
El teléfono interrumpió de nuevo su pensamiento. Héctor otra vez.
—Espero que se te haya olvidado algo importante. —Bromeó. Él ya la
conocía.
—Por supuesto. ¿Por qué iba a volver a llamarte si no? Nuestro amigo
Arturo tiene deudas con Hacienda y con la Seguridad Social. Hablamos de
cantidades importantes. Al parecer algún negocio que no le ha ido bien y
por lo visto no es la primera vez que se arruina. No he podido averiguar
más, pero es probable que tenga más deudas.
—Entonces tiene cierta lógica que le corra prisa encontrar a su hermana.
Necesita cobrar la herencia. El problema es si no aparece.
—Quizá el problema es si aparece. —Utilizó un tono sarcástico—.
Angélica no tenía hijos. Ya sabes, a más toca. Bueno, preciosa, te dejo con
tu tarde de siesta.
Dio un suspiro. Se puso en pie dejando todo el sillón para Lucas y se hizo
un té antes de llamar por teléfono a Arturo. Pensó que de momento no le iba
a comentar nada sobre las deudas. Prefería en todo caso aclarar si sabía algo
sobre la visita de Angélica a la comisaría.
Marcó el número. Dio varias llamadas antes de que descolgase.
—Hola, Arturo. Disculpa que te moleste, pero necesito hacerte una
pregunta un tanto difícil: ¿sabes si tu hermana ha sufrido malos tratos en
alguna ocasión? Ella o quizá alguien de su entorno.
—¿Por qué me haces esa pregunta? —Permaneció un segundo en silencio
—. Tenía muchas discusiones con su marido, pero nunca llegaron a las
manos que yo sepa. Aunque nunca me ha contado demasiado acerca de su
vida. Ya os comenté también que mi relación con Gonzalo es nula.
—Angélica pasó por una comisaría de policía en noviembre. Se informó
sobre el protocolo ante una situación de malos tratos, pero no hubo
denuncia. Concretamente el día siete de noviembre, tres días antes del día
de vuestra cita en la notaría.
—No sé nada. De haberlo sabido, os lo habría comentado. —Parecía
sorprendido de verdad. Por una vez parecía sincero.
El día había comenzado con mucho movimiento en la comisaría. Confiaba
en que los últimos meses de trabajo antes de jubilarse fueran un remanso de
paz, pero nada más lejos de la realidad. Tenía un caso que resolver y
esperaba que fuera el último. Un oficial le aguardaba fuera de comisaría con
el coche en marcha para llevarlo al lugar de los hechos.
Conocía el pueblo al que se dirigían, lo había visitado con amigos varias
veces. Tenía un buen recuerdo del Valle de Mena por las rutas de
senderismo, precisamente las que más le gustaban eran la del pantano de
Ordunte y la del nacimiento del río Cadagua. Se consideraba gran amante
de la naturaleza y esta le parecía una de las zonas más bonitas de la
provincia.
La Policía científica estaba ya haciendo su trabajo cuando llegaron. La
zona estaba acordonada y como siempre había algún que otro curioso
intentando enterarse de lo sucedido. No era habitual para los vecinos ver tal
despliegue de personas y vehículos en las inmediaciones del embalse.
—¡Inspector Morales! ¡Qué grata sorpresa! Le hacía jubilado. —Se
dirigió a él uno de los agentes de la científica enfundado en un mono blanco
como el resto de los que estaban participando en ese momento en la
investigación.
—Pues ya ves que no, pero no será por ganas. ¿Qué ha ocurrido,
González? —preguntó mientras ambos traspasaban la zona acordonada
hasta el lugar donde permanecía el cuerpo.
—Mujer, de mediana edad. Muerte violenta por ahogamiento, aunque esto
no es seguro hasta realizar la autopsia. Quien quiera que lo hizo intentó
hundir el cuerpo. Estaba atado a un cordel y en el otro extremo había un
ancla.
—¿Un ancla? —preguntó extrañado.
—Sí, como las que se usan en las pequeñas embarcaciones. Por lo visto no
le funcionó. Parece que el mal tiempo de estas semanas ha revuelto las
aguas y esto ayudó a soltar alguno de los nudos que no estaban muy
apretados, de modo que el cuerpo subió a la superficie. Un padre y su hijo
que estaban paseando esta mañana por la zona vieron algo en el agua y
avisaron a urgencias. Pensaron que se trataba de algún animal. El cuerpo no
estaba totalmente fuera.
—¿Sabemos de quién se trata? —preguntó mientras observaba de cerca el
cadáver.
—Aún no. Quizá a la tarde pueda decirte algo más. Lo que sí sabemos es
que la víctima llevaba tiempo sumergida. Esto no ocurrió ayer ni hace dos
días. Cuando un sujeto fallece ahogado, se sumerge. Una vez que el cuerpo
empieza a pudrirse se forman gases, disminuye su densidad y tiende a flotar.
En este caso es lo que trataban de evitar con el ancla.
—Querían que quedase hundida en el lodo del fondo.
—Sí. Además, si el agua es muy fría los gases tardan más tiempo en
producirse y, por tanto, en hacer flotar el cuerpo. Pensaron que el peso del
ancla lo dejaría enterrado en el lodo, unido a que la baja temperatura
ayudaría a que no saliera a la superficie tan fácilmente.
—¿Cuánto calculas que llevaba ahí abajo?
—Esperaremos a los resultados de la autopsia para conocer el momento
exacto, pero en principio yo diría que algo más de un mes.
—Gracias, González. Llámame esta tarde cuando tengas algo. —Le dio
una palmadita en la espalda como despedida. Le gustaba mantener las
distancias con la gente, pero en el caso de González era diferente. Le caía
bien.
Antes de irse quiso dar una vuelta de reconocimiento por la zona.
Recordaba el camino de entrada hasta la presa donde hay un pequeño
parking. A partir de ahí comienza la ruta de unos diez kilómetros alrededor
del embalse. No suelen pasar coches. Es una ruta a pie. El camino parecía
estar lleno de piedras, charcos y barro, no muy apto para circular.
Retornó al parking.
—¿Está por aquí el guarda? —preguntó a uno de los agentes que
acordonaba la zona.
Le señaló a un hombre de mediana edad a quien estaban tomando
declaración.
Se dirigió hacia él y esperó a que terminara mientras miraba el entorno.
—Disculpe. —Se identificó—. Soy el inspector Gregorio Morales. ¿Me
podría decir si pueden pasar coches por la ruta del embalse?
—No, no. La carretera termina aquí. Es una ruta a pie —contestó.
—Creo que no me he explicado. —Esta vez fue más cortante, lo que
intimidó aún más al guarda—. Le pregunto si pueden circular por toda la
ruta, no si habitualmente pasan.
Le explicó que determinados coches preparados para este tipo de terrenos
sí podrían hacerlo. Pero solo los autorizados. Cualquier visitante de la zona
debería dejar el coche en el parking.
—Salvo que alguien se colase sin autorización —le interrumpió
finalizando la conversación—. Muchas gracias.
Miró el reloj y dio un respingo al ver la hora. Se dio cuenta de que era
muy tarde. Pensó que, para cuando llegara a la comisaría, ya tendrían más
datos de la víctima.
Después de varias horas haciendo recados regresaba a casa agotada. Solo
pensaba en una ducha caliente y en una cena rica. Le gustaba cocinar,
aunque no se consideraba tan buena como Nerea. Su cocina era de
supervivencia: práctica, sencilla pero suficiente. Si alguna vez quería
deleitarse con algún plato especial no tenía más que llamar a sus amigos
para probarlo. Inmersa en estos pensamientos no se dio cuenta de que el
móvil sonaba de nuevo.
Una vez terminó de cenar, como todos los días, revisó los mensajes del
teléfono y arqueó las cejas cuando vio varias llamadas perdidas de Arturo.
Miró el reloj. Eran aproximadamente las once de la noche. Pensó que no
eran horas de llamar a nadie, pero le intrigaba lo que podría decirle, de
modo que decidió llamarlo.
—¿Arturo? Creo que tengo alguna llamada perdida tuya.
—Hola, Julia. Me temo que sí. —Su tono de voz hacía pensar que algo
había sucedido—. Angélica ha aparecido. La policía ha estado en casa… Ha
aparecido un cuerpo en el pantano de Ordunte. Creen que puede ser ella.
Mañana tendré que ir a identificarla. No sé si puedo, Julia. —Le temblaba la
voz.
—¡Dios mío! ¡No es posible, no es posible, no es posible! —Era incapaz
de articular otras palabras. De pronto le vino a la cabeza la imagen que vio
por la televisión esa misma tarde después de que Héctor la avisara. Una
punzada en el estómago le impedía moverse, a duras penas le dejaba
respirar, pero Arturo seguía al otro lado del teléfono muy afectado. Debía
decirle algo y no sabía qué. —¿Estás seguro? Tranquilízate. Voy a hablar
con Héctor. Mañana iremos contigo. Todo esto es un poco confuso ahora.
Puede que no sea ella.
Colgó la llamada después de hablar un rato más para tranquilizarlo. Un
millón de preguntas sin respuesta se le agolpaban en la cabeza. Estaba
aturdida y permaneció así un buen rato. Aún tenía la esperanza de que no
fuera ella.
CAPÍTULO 4

La noche se le hizo interminable. Las horas transcurrían una tras otra sin
que pudiera conciliar el sueño. La noticia recibida la noche anterior se
mezcló con el silencio y la oscuridad de la habitación formando un cóctel
explosivo que le propició un sinfín de pensamientos negativos. Ideas que
aparecían en la mente de forma espontánea y que le suponían una fuente de
emociones perturbadoras.
Recordaba las veces que había hecho terapia con algunos pacientes para
ayudarles a eliminar pensamientos negativos que lo único que provocan es
confusión y perjuicio a quien los padece. Se sabía la teoría. Mensajes
específicos en forma de recuerdos o reproches, compuestos por frases cortas
del estilo… «si hubiera quedado con Angélica el día que me llamó, quizá
esto no hubiera pasado». Y cuanto más lo repetía su voz interior, más lo
creía. Sabía que era un pensamiento irreflexivo y automático, pero esa había
sido su máxima toda la vida; pensamientos negativos que minaron su
autoestima desde pequeña. Quizá por eso le atraía el mundo de la
psicología. Tenía gran capacidad para ayudar a los demás, aunque era
incapaz de ayudarse a sí misma.
Su paciente, el señor Sánchez, se sentiría orgulloso. Esa noche había
empatizado, como a él le gustaba decir, con todos aquellos que sufren este
tipo de trastorno.
Se levantó antes de que sonara la alarma del despertador. Le dio tiempo a
preparar café y el aroma se dispersó por toda la casa. Le parecía uno de los
mejores olores del mundo, el café de cafetera recién preparado desencadena
sentimientos positivos sobre todo a los bebedores habituales como ella. Hoy
lo necesitaba más que nunca.
Cogió el bolso y se disponía a cerrar la puerta cuando oyó el timbre del
portero. Supuso que Héctor la esperaba en el portal. Bajó por las escaleras
en vez de llamar al ascensor para no hacerlo esperar demasiado. Hacía
varios días que el ascensor no funcionaba bien.
—¡Buenos días, Héctor! —dijo mientras se abrochaba el cinturón de
seguridad.
—Parece que no has descansado. Tienes voz de dormida, por no hablar de
tu cara.
—Acertaste. No he dormido nada. No puedo creer lo que está pasando. —
Se quedó pensativa por un momento y continuó—. ¿Cómo quedaste con
Arturo?
—Nos encontraremos a la entrada del Instituto Anatómico Forense a las
ocho en punto. Me dijo que prefería ir en su coche.
—Cuando hablé con él estaba muy alterado. ¿Es posible que sea ella,
Héctor? Y si fuera ella, ¿qué hacía en el pantano? ¿Cómo llegó hasta allí...?
—¡Calma! —Tuvo que interrumpirla de forma brusca—. Deja de
anticiparte a todo. Eso no te ayudará a solucionar los problemas. Lo único
que vas a conseguir es alterarte cada vez más y no pensar con claridad. A
partir de ahora necesitaremos tener la mente despejada si es cierto que la
persona que ha aparecido es Angélica. Y, si no lo es, para qué preocuparse.
Sabía que Héctor tenía razón, como siempre. La conocía lo suficiente
como para darse cuenta de que le faltaba lucidez en ese momento. Decidió
callarse, cerrar los ojos y reposar la cabeza sobre el cabecero del asiento.
Acababan de salir de Bilbao y aún faltaba una hora para llegar. Pensó que
disponía de tiempo suficiente para descansar mientras escuchaba música
relajante.
—¿Puedo poner algo de música? A ver qué tienes por ahí… —Encendió
la radio y, de repente, un sonido atronador abarrotó el coche. Ambos se
sobresaltaron, pero Héctor mostraba una ligera sonrisa y ella lo miró con
cara de reproche mientras sonaba una canción de Camela a todo volumen.
—Lo siento, Julia, ya sabes que muero por Camela —dijo en tono
sarcástico sin borrar la sonrisa de la cara. Ella prefirió no escucharlo y se
giró de forma repentina hacia la derecha, intentando acomodarse sin
responder una palabra al comentario de su compañero. Héctor no quiso
continuar con las bromas, parecía enfadada de verdad.
A las ocho en punto llegaron al lugar donde habían quedado con Arturo.
Ya estaba allí esperándolos. Ella se fijó en el aspecto desaliñado que
mostraba y le encontró una explicación cuando se arrimó a saludarlo. El
intenso y desagradable olor rancio a ginebra le provocó un gesto de repulsa
que disimuló señalando la entrada.
—Vamos a pasar, Arturo, puede que estén esperándote ya —le dijo
abriendo la puerta sin dar crédito a las circunstancias en las que se había
presentado. Héctor los siguió.
Un auxiliar de bata blanca los acompañó por un pasillo que parecía no
tener fin hasta una sala donde les hizo una señal para que esperasen. Unos
minutos después volvió y se llevó a Arturo. Debía entrar solo. De repente el
tiempo se paró y el silencio en la sala se hizo ensordecedor. Cruzaba la
mirada con la de Héctor en busca de una señal de calma, pero por primera
vez en mucho tiempo los ojos de Héctor solo mostraban preocupación.
Ella salió de la sala desobedeciendo la petición del auxiliar de no
abandonarla. Observó que todas las habitaciones tenían el mismo tipo de
puertas metálicas con un ojo de buey por el que se iba asomando, hasta que
encontró, por fin, a Arturo. Lo vio con semblante serio, hablando con dos
personas más. No parecía demasiado afectado. Eso podían ser buenas
noticias, podía no tratarse de Angélica.
Al cabo de un rato, Arturo regresó cabizbajo y abatido. A ella le dio la
sensación de que esperó a entrar en la sala para romper a llorar.
—Es... es... es ella. —Parecía que la angustia apenas le dejaba hablar. Se
dejó caer en uno de los sillones como si de un peso muerto se tratara. Ella
hizo lo mismo. Héctor observaba la escena de pie. El silencio del momento
fue interrumpido por un hombre alto, de cara redonda y pequeños ojos
negros. Con abundante pelo para la edad que aparentaba e impecablemente
vestido, tocó dos veces la puerta entreabierta con el nudillo de una mano
antes de abrirla del todo y después se presentó. Ella lo reconoció. Era uno
de los hombres con los que Arturo charlaba en la otra habitación.
—Buenos días, me llamo Gregorio Morales. Soy inspector de policía. —
Se dirigió a Arturo—. Me gustaría mantener una conversación con usted
antes de que se vaya. Si le viene bien podemos vernos dentro de una hora en
mi despacho. —Le entregó una tarjeta.
Arturo asintió confuso.
El inspector Morales hojeó varios informes que tenía encima de la mesa
ordenando la información que contenían. Se trataba de Angélica Román,
casada y con domicilio en Pamplona. Su cuerpo había aparecido ahogado en
un pantano de la provincia de Burgos. La identificación había sido
relativamente rápida. Se consideraba exigente en el trabajo, aunque tenía
que reconocer que el equipo de la unidad científica era muy eficiente.
Había varios datos que le llamaban la atención. La imposibilidad de
localizar a Gonzalo, el marido, y la denuncia por desaparición cursada por
parte del hermano, Arturo. Le resultaba curioso que de esto último no se
hubiera encargado el marido.
Entre todos los papeles apareció otro con una fecha: siete de noviembre de
2019. Leyó atentamente lo que ponía. Era un reporte de la Policía Foral
donde informaba que Angélica se personó en una comisaría en Pamplona
para informarse sobre el procedimiento ante un caso de malos tratos. No
cursó denuncia alguna.
Se quitó las gafas sosteniéndolas con la mano derecha pensativo mientras
relajaba la espalda apoyándola en el respaldo de la silla. El teléfono sonó.
—Dime, Amelia.
—Inspector, Arturo Román está aquí —contestó la secretaria con una voz
grave y áspera, posiblemente consecuencia de haber fumado durante
muchos años.
—Que pase —dijo con voz firme.
En cuanto le vio la cara, se percató del miedo y la inseguridad que le
invadía y que parecía sobrepasar la pena de haber tenido que identificar a
Angélica. Arturo parecía verse minúsculo en ese despacho, desconcertado,
sin saber muy bien lo que había sucedido o lo que le esperaba. Su aspecto y
el olor que desprendía dejaban constancia del problema que mantenía con la
bebida.
—¿Está bien, Arturo? —preguntó con amabilidad. Debía darle un mínimo
de confianza—. Siéntese, por favor.
—Sí. ¿Qué le ha pasado a mi hermana? —Aún le temblaba la voz.
—Su hermana ha aparecido ahogada. Tenemos indicios para pensar que
ha sido asesinada. Necesitamos que nos aporte toda la información que
pueda sobre ella. Empezaremos por la denuncia por desaparición, si le
parece.
—Sí, bueno… —titubeó—. Mi padre murió en julio del año pasado. Ella
se encargó de arreglar la testamentaría, pero alguna documentación se
demoró un tiempo. Cuando tuvo todo preparado, lo llevó a la notaría en el
mes de noviembre y quedamos en reunirnos con el notario el día diez. Ya
teníamos cita. Me llamó varias veces para que no se me olvidara porque soy
un poco despistado —continuó hablando con mirada esquiva—. El día
nueve por la tarde la llamé. No sabía si debía llevar alguna documentación
aparte del documento nacional de identidad y ya no pude localizarla. Al día
siguiente tampoco supe nada de ella. Ni al otro.
—¿Qué me puede decir de… Gonzalo? —Se puso las gafas y revisó uno
de los documentos para asegurarse de que era el nombre correcto.
—Es su marido. No tengo mucho contacto con él. Fui a la casa de ambos
pensando que por algún motivo no me atendía las llamadas de teléfono,
pero no estaba allí. En otras circunstancias no me habría dado
explicaciones, pero me debió ver angustiado. Gonzalo me explicó que
tuvieron una discusión muy fuerte y se marchó, y que luego ella lo llamó
diciendo que no la esperase porque iba a estar fuera un tiempo. Por eso él
parecía tranquilo. Por lo visto, no era la primera vez que se iba de casa.
—¿Me podría hablar de fechas? —Lo observó por encima de las gafas de
forma intimidatoria. Se había dado cuenta de que Arturo era incapaz de
aguantarle la mirada más allá de unos segundos.
—Fue el trece o catorce de noviembre cuando hablé con él. —Parecía
sentirse incómodo y no recordar los hechos con claridad.
—Según me comenta, Gonzalo no estaba preocupado. No era la primera
vez que ocurría y tenemos constancia de que sacó una cantidad considerable
de dinero de la cuenta corriente ¿Qué lo llevó a usted a poner la denuncia?
¿Por qué no pensar que se fue por voluntad propia?
En ese momento Arturo lo miró. Se quedó un momento callado. Parecía
pensar en una respuesta convincente que no encontraba.
—Es lo único que me queda. Mis padres han fallecido y no tengo más
familia que ella.
Llevaba demasiados años en el puesto como para darse cuenta de que ese
no era el motivo que había llevado a Arturo a poner la denuncia. En
cualquier caso, lo averiguaría. Cerró el expediente y le agradeció su
colaboración, aunque le pidió que estuviera localizable los próximos días.
Lo llamaría a declarar de forma oficial.
Minutos después, Amelia lo avisó por el teléfono. Las dos personas que
acompañaban a Arturo solicitaban verlo. No solía recibir a nadie sin cita
previa y menos en ese momento. Había terminado la jornada e iba a comer
a casa con su mujer, pero lo pensó mejor. Cualquier información podría ser
útil. Descolgó el teléfono.
—Amelia, llame por favor a mi mujer y dígale que llegaré tarde a comer.
Después hágales pasar.
Unos minutos después Amelia les abrió la puerta, los invitó a pasar y a
tomar asiento.
—Buenas tardes, inspector. Gracias por recibirnos. Me llamo Héctor,
Héctor Mendoza, y ella es Julia Márquez. Somos amigos de Arturo y
Angélica. Nos criamos juntos en un pueblo del Valle de Mena. —Gregorio
los saludó con un fuerte y firme apretón de manos que fue correspondido de
la misma forma por él.
—Héctor Mendoza… Conocí a un Héctor Mendoza hace muchos años. —
Iba a mostrar el carácter brusco que le caracterizaba para pedirles que
fueran al grano, pero ese nombre que acababa de mencionar le trajo un
recuerdo—. Compañero de profesión. No tuve mucho contacto, pero
coincidí en alguna ocasión con él.
—Puede ser. Era mi padre. Falleció hace tres años. Estuvo destinado en
varias ciudades, una de ellas Burgos. Es posible que lo conociera.
—La verdad es que mucho menos de lo que me hubiera gustado. Era
buena gente. Tengo un buen recuerdo de él. —Cambió rápido de tema—.
¿Qué querían comentarme?
Héctor tomó la iniciativa. Julia parecía continuar asimilando la noticia.
Ocupaba físicamente una silla en el despacho, sin embargo, su mente
parecía ausente. Héctor le habló sobre los veranos que vivieron juntos de
niños. Eran un grupo muy unido y, después de varios años sin verse, las
chicas, Julia, Sara, Sofía y Angélica decidieron volver a juntarse a finales
del mes de noviembre.
Iba anotando en una hoja de forma ordenada la información que Héctor le
trasladaba hasta que un movimiento brusco de Julia le hizo perder la
concentración.
—¡No apareció, no acudió a la cita! La estuvimos esperando todo el fin de
semana y no apareció. ¿Quién iba a pensar en este desenlace? La buscamos,
¿verdad, Héctor? La busqué, pero no he podido ayudarla. He llegado tarde
otra vez. —Rompió a llorar.
—No hable como si fuera culpa suya. A veces la gente desaparece motu
proprio. Me atrevería a decir que en un porcentaje más alto de lo que
podemos imaginar, aunque este, por desgracia, no ha sido el caso.
Tendremos que averiguar quién ha tenido la culpa, esa labor nos
corresponde a nosotros. —Trató de calmarla sin éxito.
Héctor continuó comentándole sobre lo que habían averiguado hasta la
fecha. No era mucho más de la información que él ya disponía, pero siguió
escuchando y escribiendo algún apunte sobre los nombres de las chicas y la
fecha en que se vieron.
—¿Saben algo de Gonzalo? —Levantó la mirada por encima de las gafas.
—No quiso decirnos nada. Hablamos con él una vez. Por lo visto, después
de que se cursara la denuncia por desaparición, la policía lo interrogó y les
dijo todo lo que sabía. Hemos intentado ponernos en contacto de nuevo,
pero no responde a nuestras llamadas —dijo Julia algo más calmada.
Miró los documentos que ya había ordenado durante la conversación
varias veces. Entre ellos tenía esa declaración. No veía que le aportasen
demasiado para el tiempo que estaba perdiendo con ellos.
—Inspector, necesito ser útil y que me deje colaborar en la investigación.
Aunque no nos hayamos visto estos últimos años, conocía muy bien a
Angélica. Además, he trabajado con la policía en un par de casos. Héctor le
puede dar informes. —Parecía desesperada por convencerlo y eso le llamó
la atención. No era frecuente en este tipo de casos encontrar un colaborador
desinteresado.
—Señorita Márquez, como ya le he indicado, esta labor nos corresponde a
nosotros. No obstante, me gustaría que estuviera localizable, es posible que
necesite volver a hablar con usted. Mi secretaria le tomará nota de los datos.
Ahora, si me permiten, tengo prisa.
Se despidieron y volvieron a la sala de espera.
Arturo ya no estaba. Decidió marcharse sin decir nada. Ella sentía una
mezcla de rabia e impotencia que solo le permitía gritar. Se imaginaba
descargando toda su furia contra el inspector. Fue correcto con ellos, pero
esperaba otra respuesta.
—¿Qué esperabas? —le preguntó Héctor—. A lo mejor creías que te iba a
incorporar a su equipo de trabajo. No te conoce de nada. En este momento
empieza una investigación y hay un protocolo a seguir. Quizá debas hacerle
ver que te necesita.
Ella giró la cabeza. Tal vez no fuera una idea tan descabellada.
—¡Ah no! No me pongas esa cara que te conozco.
—Sí, buena idea y tú te vas a encargar de ello. Parece que le has caído
bien y seguro que te hace más caso que a mí. Es un hombre chapado a la
antigua. A mí me ha ignorado, pero estoy segura de que sí te escuchará a ti.
Pasaron el viaje de vuelta recordando uno de los dos casos en los que
colaboró con el inspector Mendoza. Fue complicado, aunque a ella le
pareció interesante más que difícil.
Era tarde y estaba cansada cuando llegó a casa. El día acabó siendo una
montaña rusa de emociones. Consiguió guardar la tristeza por la pérdida de
Angélica dejando paso a una tímida euforia ante la posibilidad de que el
inspector le permitiera colaborar con él. Se quitó los zapatos en la entrada y
acarició a Lucas, que ronroneaba agradecido por la compañía después de
todo el día solo. Se cambió de ropa lo más rápido que pudo y se dirigió a
una de las habitaciones donde tenía improvisado un pequeño despacho.
Mientras arrancaba el ordenador, regresó a la cocina a prepararse alguna
bebida caliente. Aún se encontraba destemplada, la temperatura en Burgos
no había subido de siete grados en todo el día.
Atravesó de nuevo el pasillo hacia la habitación dando pequeños sorbos a
una taza de té humeante. Se sentó delante del ordenador y se dispuso a
buscar los informes y el artículo que escribió sobre el caso Fernando
Guzmán. Pensó en redactar un informe sobre el trabajo que realizó en
colaboración con la policía, pero antes se dispuso a refrescar la memoria.
A la vez que leía, representaba en la mente todos los acontecimientos
vividos en aquel momento como si de una película se tratase.
Héctor se puso en contacto con ella en enero del año 2018 para pedirle
ayuda por un caso de desaparición de una mujer casada, de mediana edad.
La policía tenía suficientes pruebas como para saber que Fernando, el
marido, era el responsable. El problema no radicaba en encontrar al
culpable, sino en que no había cuerpo del delito y cabía la posibilidad de
que estuviera viva, oculta en algún lugar. El tiempo apremiaba y el presunto
culpable no confesaba. Parecía ajeno a la historia y a todo el circo mediático
que se organizó alrededor. Quería colaborar para encontrarla, pero siempre
mantuvo que era inocente.
Después de la primera sesión, ella observó que trataba con un hombre
calmado, introvertido, prudente… Estaba segura de que no daba el perfil de
un agresor o asesino. Sin embargo, presentaba un cuadro de ansiedad grave
que bien podría achacarse a las circunstancias del momento. El informe
psiquiátrico no mostraba tampoco hallazgos patológicos.
Fernando insistía en que no recordaba nada del día de la desaparición de
Ana, la esposa. Ella le creyó. En las siguientes tres sesiones averiguó que
decía la verdad a través de la hipnosis. Así descubrió por qué Fernando no
podía recordar. Para asegurarse debería haber seguido con más sesiones,
pero no había tiempo.
Solicitó permiso para que se le practicara una prueba psiquiátrica más, un
test MMPI-2. Con los resultados corroboraría lo que ya esperaba sin
necesidad de más sesiones. Fernando no era él cuando agredió a Ana, por
eso no lo recordaba. Era otra persona.
El test puntuó alto en la escala de paranoia, desviación psicopática y
esquizofrenia. Se emitió un juicio de trastorno de identidad disociativo.
Fernando desarrolló esta enfermedad como mecanismo de defensa después
de un suceso traumático en su niñez. Esto provocó que convivieran dos o
más identidades en la misma persona. La que ejecutó el crimen se escondió
después de cometerlo y hubo que obligarla a salir para encontrar a Ana
porque Fernando lo desconocía.
Ensimismada en la lectura fue a dar otro sorbo de té y se dio cuenta de
que la taza estaba vacía. Recopiló toda la información en un archivo junto
con el artículo que escribió tiempo después sobre el trastorno de identidad
disociativo en relación a este caso para la revista Psicología Científica y se
lo envió por correo electrónico a Héctor.
«El siguiente paso será hacérselo llegar al inspector Morales cuanto
antes», pensó.
CAPÍTULO 5

El inspector caminaba hacia comisaría con paso firme y decidido, que la


lluvia le obligaba a acelerar. Prefería andar más rápido a tener que abrir el
paraguas que llevaba colgado de uno de los brazos. Mantener las manos
calientes dentro de los bolsillos del abrigo era primordial en una mañana de
invierno como esa en la que los termómetros no superaban los dos grados
de temperatura. Pensó que para un burgalés de nacimiento como él no era
ninguna novedad, más bien rutina.
Era un hombre de costumbres. Como cada mañana, realizaba andando el
mismo trayecto y a la misma hora desde el domicilio hasta la comisaría. La
mayoría de los días se cruzaba con la misma gente y las prisas parecían el
denominador común a esas horas. Trataba de no pensar en los días que le
quedaban para jubilarse. Después de casi cuarenta y cinco años de oficio se
encontraba cansado. Tres meses que se le antojaban más largos que todos
los años trabajados. Prefirió pensar en otra cosa porque se conocía y solo
iba a conseguir enfurecerse. Se centró en el caso que ahora le ocupaba y que
esperaba que fuera el último.
Llegó a la comisaría y, mientras se quitaba el abrigo, no sin dificultad por
la cantidad de ropa que llevaba encima, se percató de que la luz del
despacho estaba encendida. Cuando abrió la puerta se encontró a Amelia
ensimismada entre montañas de documentos desordenados encima de la
mesa. No era una situación frecuente en ella.
—Amelia, no esperaba verla hoy tan temprano. ¿Hay algún problema? —
Era una mujer pulcra y ordenada, muy eficiente y puntual en el trabajo. Le
resultó extraño ver la mesa así.
—Buenos días, inspector. Tengo algunos informes pendientes de
transcribir y quería terminarlos antes de empezar la jornada —dijo sin
levantar la vista de la pantalla del ordenador—. Ayer salí antes del trabajo
por una cita médica ¿no lo recuerda? Y ahora tengo que terminar todo lo
acumulado.
—Sí, tiene usted razón —mintió. La verdad es que ni se dio cuenta. Pensó
que debía prestarle más atención—. Necesito que revise mi agenda y anule
las reuniones previstas para esta mañana. He quedado con González, de la
científica, para revisar las pruebas del caso y nos llevará un buen rato.
—De acuerdo, inspector. —Continuó concentrada en el trabajo.
Antes de acudir a la cita con González quiso atender, como todos los días,
los correos electrónicos y los documentos que Amelia solía dejarle encima
de la mesa. No parecía haber nada novedoso salvo por un email que le
llamó la atención. Procedía de Héctor Mendoza. Un informe sobre Julia
Márquez y el trabajo que realizó para la policía varios años atrás. Miró el
reloj. Era tarde y decidió no perder el tiempo en ello. Descolgó su abrigo
del perchero, se embutió de nuevo en él y salió de la comisaría con el
mismo paso decidido con el que había entrado.
Cuando llegó al laboratorio de criminalística, González había dispuesto un
despliegue de pruebas organizadas de forma estratégica encima de la mitad
de la mesa. Cada una de ellas estaba empaquetada y etiquetada de forma
separada en sobres de papel, otras estaban en cajas marcadas con rótulos
identificadores que las distinguían. La otra mitad estaba ocupada con
fotografías del lugar de los hechos colocadas a modo de collage.
—¡Buenos días, inspector Morales! —González se mostraba siempre muy
efusivo en sus saludos.
—¿Qué tal, González? Mucho trabajo por lo que veo —dijo echando un
vistazo a todo lo que había dispuesto encima de la mesa—. ¿Sabemos ya
fecha aproximada de la muerte?
—Estamos a la espera de las últimas pruebas forenses. De momento le
puedo decir que el cuerpo llevaba unos dos meses y medio bajo el agua,
aunque podremos concretarlo más.
—O sea que la fecha de la muerte se sitúa en torno a los días seis a doce
de noviembre, por poner una fecha aproximada.
—Sí, esa semana, aunque será el forense quien lo determine de forma
definitiva —dijo González continuando con su exposición—. Debido al
tiempo que estuvo sumergida no tenemos huellas, pero sí contamos con
algún dato más. La cuerda que utilizaron para atarla al ancla es de escalada,
de un material especial muy resistente al agua. No hay muchas tiendas
donde se comercialice.
—Menos es nada. ¿Qué más?
—Un ancla. Parece de una embarcación pequeña, fácil de transportar por
su tamaño, pero suficiente como para hundir un cuerpo como el de la
víctima y evitar que salga a flote. Respecto a la ropa —González le señaló
varias bolsas transparentes que contenían diferentes prendas con las que fue
encontrada—: camiseta, jersey, chaqueta, unos tejanos y playeros, uno de
los cuales no lo llevaba puesto. Lo encontramos cerca del cuerpo. Por lo
visto le quedaban un poco grandes.
—Nada raro.
—No. Salvo que la camiseta estaba rota por la parte de la espalda a la
altura del cuello. Si se fija en la fotografía, es visible que le falta un trozo.
—¿Ha podido ser algún pez o animal de la zona?
—Inspector —González lo miró incrédulo—, ¿qué animal va a bucear
para arrancar un trozo de camiseta de un mordisco sin dañar el cuerpo? —
Emitió una breve y sonora carcajada que cesó de inmediato ante la mirada
seria y dominante del inspector—. Disculpe. La respuesta es no. Alguien lo
ha recortado utilizando algo cortante como una tijera o un cuchillo, por
ejemplo.
Una llamada al móvil del inspector los interrumpió. Dejó que sonara
varias veces hasta que terminó la conversación con González y se despidió.
Una vez fuera del laboratorio la atendió.
—¡Inspector! —Se oyó la voz de Amelia al otro lado del teléfono—.
Hemos localizado a Gonzalo. Parece que ha estado pasando unos días fuera
ajeno a todo. Lo hemos citado para entrevistarlo esta tarde sin falta.
—Buena noticia, Amelia, gracias. —Se dispuso a regresar al despacho y
revisar toda la información recopilada. Había ordenado investigar a los dos
familiares directos de la víctima: Arturo, el hermano; y Gonzalo, el marido.
Por experiencia en este tipo de casos sabía que la culpabilidad solía recaer
en una persona del entorno más cercano.
Cuando llegó, advirtió que la luz estaba apagada. Pensó que Amelia
habría salido a comer. Era ya tarde para tomar un menú en la cafetería, así
que decidió tomar un bocadillo de la máquina expendedora. No eran
deliciosos, pero servían para salir de un apuro. Mientras lo comía con cierta
ansia por el hambre, revisó la agenda para ver a qué hora estaba citado
Gonzalo. Las cinco de la tarde. Tenía tiempo de sobra. Después se cogería
el resto de la tarde libre.
Una vez que terminó el bocata y un café cortado, también de máquina,
encendió el ordenador por segunda vez en el día y de nuevo lo primero que
apareció en la pantalla fue el correo electrónico. Se fijó, otra vez, en el de
Héctor Mendoza y le picó la curiosidad. Apoyó la espalda en el sillón para
estar más cómodo y comenzó a leerlo con detenimiento. Era un informe
pormenorizado y con una muy buena valoración por parte de los
compañeros de profesión que intervinieron en el caso. Levantó la vista del
ordenador, entrelazó las manos apoyando los codos en ambos brazos de la
silla y pensó en Julia Márquez. Era una joven con mucho arrojo.
El reloj del despacho marcaba las cinco en punto de la tarde. El inspector
salió con una carpeta bajo el brazo en dirección a las estancias donde
permanecía Gonzalo para ser entrevistado. La habitación en la que esperaba
era un despacho pequeño, sencillo y bien iluminado, sin elementos que
pudieran causar distracción. Nada que le hiciera pensar a Gonzalo que
estaba siendo interrogado. De momento solo querían conseguir información
útil sobre los hechos, si bien ya disponían de algunos datos relevantes sobre
él.
Ya en el despacho se encontró a un hombre de mediana edad, bien
vestido, en apariencia tranquilo, aunque la cara mostraba tristeza.
Desprendía un intenso aroma a madera propio de fragancias que combinan
incienso, ámbar, almizcle… Le recordó al último perfume que le regalaron
por Navidad.
—Buenos días, señor Bustamente. —Dejó la carpeta encima de la mesa y
le tendió la mano para saludarlo—. Quería trasladarle nuestro más sentido
pésame. No hemos podido localizarle hasta ahora y necesitábamos hablar
con usted.
—Estoy consternado, inspector. —Cambió el semblante. Ahora sí parecía
preocupado—. No sé qué ha podido pasar. Tuvimos una discusión y
Angélica se marchó de casa. No era la primera vez. Después me llamó para
decir que tardaría en volver y que, cuando lo hiciera, ya no quería verme.
Pensé que era otro enfado, que un poco de tiempo nos vendría bien a los
dos. No podía imaginar esto. Me marché unos días de vacaciones, por eso
no me han podido localizar, y he permanecido ajeno a todo.
Decidió dejarle hablar. Parecía dispuesto a informar sobre lo que, en
apariencia, sabía. En la medida que continuaba hablando su actitud
cambiaba y eso aportaría datos importantes a la investigación. Estudiaba
con detalle los gestos, aunque no era experto en la materia. Apreciaba cierta
inseguridad por la forma en la que se mojaba de continuo la comisura de los
labios y carraspeaba.
—¿Cuándo conoció a Angélica? Hábleme de ella. —Sabía que esa
pregunta no se la esperaba, pero le relajaría un poco. Gonzalo se calló y
tardó unos minutos en reaccionar.
—Que cuándo la conocí… —repitió la pregunta. Parecía que recordara
tiempos mejores—. Hace cinco años, en una cafetería donde solíamos
desayunar los dos. Al principio fue una relación muy intensa y tardamos
poco tiempo en decidir irnos a vivir juntos. Poco después nos casamos.
Supongo que ya habrán averiguado algo de ella. —Miró al inspector
buscando un gesto de afirmación que no encontró—. Trabaja, perdón,
trabajaba en el Hospital de Gros, en Donosti, en el área de cirugía
ortopédica y traumatología desde hacía casi diez años. Siempre fue una
persona muy competitiva, a veces me veía obligado a frenarla. Precisamente
esperaba un ascenso en breve.
—Perdone —le interrumpió—. Hábleme del ascenso. —Había realizado
varios apuntes en una agenda, entre ellos una expresión que le llamó la
atención «a veces me veía obligado a frenarla». No era el momento de
comentarlo. Quería dejarle hablar.
—Angélica y un compañero suyo, creo que su nombre es Mikel Aguirre,
se disputaban un puesto de dirección del equipo. Solo le puedo decir que la
relación no era muy buena entre ellos. Lo he visto alguna vez, pero no tengo
ninguna relación con él. Pensándolo bien, con ninguno de los…
—¿Por qué Angélica se informó sobre el procedimiento de actuación ante
una situación de malos tratos el día siete de noviembre del año pasado en
una comisaría de la Policía Foral? ¿Fue ese día el que abandonó la casa? —
Otra vez lo interrumpió a propósito y lo volvió a dejar sin palabras. Se quitó
las gafas y esperó paciente la respuesta.
Gonzalo bajó la cabeza y se sacudió por cuarta vez varias pelusas
imaginarias de la americana.
—Yo lo sabía porque la policía se puso en contacto conmigo después de la
denuncia por desaparición que cursó Arturo. Ya le he dicho que fue el día
que discutimos. Fue una discusión muy fuerte y ella se marchó. Siempre ha
sido muy exagerada y le gustaba hacerse la víctima.
—Por el testimonio de algunos vecinos, sabemos que las discusiones eran
frecuentes y a veces violentas. —Procuraba hablar siempre desde la calma y
con el mismo tono de voz. Poco a poco iba llevándolo hacia donde quería
sin que Gonzalo fuera consciente de ello.
—¡Los vecinos deberían preocuparse más por sus propias vidas y dejarnos
en paz a los demás! —Parecía irritado.
—Continuemos. Ha comentado que no era la primera vez que
desaparecía. ¿Cuánto tiempo permaneció fuera de casa las otras veces?
—Varios días, quizá una semana, no lo recuerdo. —Se calmó de nuevo,
pero seguía mostrándose dubitativo.
—Esta vez transcurrió más tiempo que las otras. Quizá hubo algo
diferente en la discusión entre los dos. ¿No temía que le hubiera pasado
algo por la forma en que se fue? Hábleme de ese día. —Pretendía continuar
siendo amable.
—Creía que esta vez me dejaba de verdad por la llamada que me hizo
después de irse. Ya le he comentado al principio que me llamó para decirme
que tardaría en volver y que no quería verme más. Pensé que ambos
necesitábamos tiempo. Ese día no ocurrió nada especial. Discutimos y se
marchó poco después de llegar del trabajo. Trabajó en el turno de noche. —
Carraspeó de nuevo—. Inspector, tengo prisa, le he contestado a todo lo que
me ha preguntado. Si no desea nada más, debo irme ya. —Se levantó de la
silla de forma apresurada.
—De momento nada más. Le agradezco que haya venido. —Él no podía
retenerlo contra su voluntad—. ¡Disculpe! Tengo una última pregunta.
¿Dónde ha estado de vacaciones estos días?
Gonzalo había agarrado el pomo de la puerta para salir del despacho y con
desgana se volvió. Pareció simular una sonrisa para contestar que había
realizado una travesía por el Mediterráneo en barco con un amigo. Le
gustaba navegar y era propietario de una pequeña embarcación de recreo
con la que hacía travesías cortas de día haciendo noche en cada puerto en el
que atracaban. Explicó que no era una época muy buena, pero el tiempo se
lo había permitido.
—A mí también me gustan los barcos —contestó mientras Gonzalo
permanecía de pie, agarrando con fuerza el pomo, con patentes ganas de
salir corriendo por la puerta—. Le dejo, que tiene prisa. Repito, muchas
gracias. ¡Ah! Por favor, manténgase localizable a partir de ahora.
Necesitaremos volver a hablar con usted —hizo una pausa antes de dejarle
marchar— para informarle de la evolución de la investigación.
Después observó cómo se fue dando un portazo.
Cerró la carpeta y pensó en disfrutar de la tarde libre. Quería darle una
sorpresa al nieto recogiéndole a la salida del colegio, pero miró el reloj y
era ya tarde, así que lo llevaría a merendar un rato después. Se dirigió de
vuelta al despacho. Le quedaba una llamada por hacer.
Cuando abrió la puerta vio que Amelia había recogido la mesa. Tenía el
abrigo puesto y se disponía a coger el bolso.
—Antes de que se vaya, Amelia, necesito que avise al agente Torres.
Dígale que he terminado la entrevista y que se pase por aquí. Necesito
hablar con él.
Amelia, eficiente como siempre, tardó pocos minutos en localizarle.
Esperó hasta que Torres se presentó en el despacho y después se marchó.
—¿Cómo ha ido, inspector? —le preguntó interesado. Torres era un
agente con poca experiencia, pero con muchas ganas de trabajar y de
aprender. Estas cualidades las valoraba cuando seleccionaba personal con el
que iba a trabajar en los casos que le asignaban.
—Como era de esperar. Parecía decir la verdad, pero hubo un momento en
el que empezó a ponerse nervioso: cuando le planteé la posibilidad de los
malos tratos. Creo que hubo algo entre ellos que provocó una crisis mayor
que de costumbre.
—Ya sabe, inspector, que hablamos con varios vecinos. Las broncas eran
frecuentes y todos coincidían en que se le oía a él, sobre todo. Palabras
malsonantes, insultos y gritos.
—Ya. —Tamborileó los dedos sobre la mesa mientras pensaba—. Le
gusta navegar y tiene una embarcación de recreo. —Seguía pensando en
voz alta—. ¿Tenemos algo más de la cuerda que ataba el cuerpo?
—Nada nuevo respecto a lo que ya sabíamos. El tipo de cuerda que se
utiliza en el deporte de escalada. A la que también se le pueden dar otras
utilidades, como es el caso —dijo Torres dándose cuenta de que el chiste
estaba fuera de lugar cuando el inspector lo traspasó con la mirada.
—Pediremos una orden para registrar el domicilio de Angélica. Mientras,
averigüe si Gonzalo Bustamante o Arturo Román practicaban escalada.
—Sí, señor.
Antes de abandonar el despacho descolgó el teléfono para hacer una
llamada.
Como todos los lunes por la tarde, Julia acompañaba a Nico en la sesión
semanal de terapia. Estaba convencida de que él la escuchaba y entendía lo
que decía, pero había algo que le impedía comunicarse con los demás. Cada
vez que lo visitaba, le contaba lo que le había ocurrido durante la semana
anterior. A ella le venía bien desahogarse y Nico parecía entretenerse con la
charla. Los últimos días habían sido estresantes y tristes, muy tristes. Había
perdido a una gran amiga.
Conoció a Nico por primera vez en la facultad. Estudiaba Ciencias
Económicas y Empresariales como ella y entablaron una gran amistad que
acabó transformándose en un amor de juventud. Las horas se les iban
charlando y les parecía que cualquier tema era bueno para pasar un rato
juntos.
Las circunstancias personales de cada uno hicieron que se separasen una
vez terminada la carrera, pero nunca perdieron el contacto.
Sabía que Nico tenía un futuro prometedor fuera de España y lo animó
con todas sus fuerzas a que luchara por él. A ella le llevó bastante más
tiempo darse cuenta de que el éxito personal depende de uno mismo.
Tiempo después del episodio universitario se abrió paso en el mundo de la
psicología y pensó que ese giro en su vida fue clave para volverlos a juntar,
aunque no de la misma forma que años atrás.
—Nico, necesito ayudarte a ti y a Angélica, pero estoy perdida, no sé
cómo empezar —le dijo agarrándole ambas manos. Él le respondió con un
apretón en la mano derecha.
—Tienes razón. Este es un buen comienzo —dijo sonriendo—. Vamos a
continuar ejercitando las manos y los brazos. Voy a llamar a la enfermera y
comenzamos.
A mitad de sesión, el teléfono sonó. Solía ponerlo en silencio para que
nadie la interrumpiera, pero esa tarde se había olvidado. Dejó que se agotara
la llamada. Cuando lo sacó del bolso para ponerlo en silencio, volvió a
sonar. Esta vez lo atendió.
—¿Sí?
—Señorita Márquez, buenas tardes, soy el inspector Gregorio Morales.
¿Podría atenderme unos minutos?
—No, bueno, sí. Quiero decir puedo atenderle. Ahora. Si usted quiere. —
Pensó en la sarta de tonterías que acababa de decir en una misma frase.
Nico y María, la enfermera, la miraban.
—He recibido un correo electrónico con unos informes acerca de un caso.
No sé si ha sido el único trabajo que realizó para la policía o no, pero lo he
leído y me pareció interesante. Creo que insistía en que quería colaborar en
el caso de Angélica, ¿no es así?
Tardó en responder. No esperaba la llamada.
—Sí —dijo en voz baja, de forma tímida.
—Acabo de entrevistar a uno de los testigos y necesito que me haga una
valoración del comportamiento que ha mostrado durante la entrevista.
Tenemos una grabación y quiero que la vea y me dé su opinión. Si le parece
bien, la veo mañana a las cinco de la tarde en mi despacho.
—Sí —repitió con la misma voz tímida—. Gracias.
María continuaba mirándola con cara de sorpresa.
—¿Malas noticias, Julia? —preguntó mientras movía arriba y abajo el
brazo de Nico sin darle tregua.
—¡No! ¡Qué va! ¡Son las mejores del mundo! —respondió sonriendo a
Nico que la miraba sin expresión alguna.
CAPÍTULO 6

El martes amaneció con los mismos nubarrones que los días previos. El frío
y la lluvia de camino al trabajo le evocaban recuerdos de una vieja película
protagonizada por Bill Murray y Andie Mc Dowell titulada Atrapado en el
tiempo. El inspector Morales se veía en el papel protagonista repitiendo el
mismo día una y otra vez.
Amelia, como siempre, lo esperaba a primera hora para despachar los
asuntos importantes, entre ellos el viaje de Torres a San Sebastián para
hablar con el doctor Mikel Aguirre, uno de los nombres que salió a relucir
en la entrevista que mantuvo con Gonzalo. Consideraba que el tiempo era
un factor importante en cualquier investigación, por eso el lunes a última
hora dejó orden para que Torres saliera temprano esa misma mañana y
pudiera verse cuanto antes con el doctor.
—Me parece bien. Como le dejé ayer por escrito es urgente hablar con él.
Dígale a Torres que pase a informarme en cuanto regrese. ¿Es todo? —Se
dispuso a revisar los papeles amontonados encima de la mesa.
—No es todo, inspector. Ha llamado el forense sobre el caso de Angélica.
Quiere verle. Le espera esta mañana, sin falta, en el Instituto Anatómico. —
Amelia se dio media vuelta y volvió al puesto de trabajo.
—¿Le ha dicho por qué? —preguntó levantándose y poniéndose de nuevo
el abrigo.
—No. Solo me ha dicho que quería verle y que era importante.
Dejó lo que tenía previsto para esa mañana y salió pitando de la
comisaría. Apenas le separaban cuatro kilómetros de distancia hasta el
Anatómico Forense. Prefirió andar a coger el transporte público. Con el día
que hacía era probable que los autobuses fueran abarrotados de gente.
Además, no le vendría mal un poco de ejercicio.
—¡Buenos días, Goyo! Nos volvemos a ver —lo saludó el doctor Ubierna,
médico forense. Burgos es una ciudad muy pequeña. Pensó que con todos
los años que llevaba en activo habría muy poca gente de la profesión o
relacionada con ella que no conociese en la ciudad. El doctor Ubierna era
una excepción. Lo conocía desde hacía años, pero no por el trabajo sino
porque era una vieja amistad de Rosa, su mujer.
—Buenos días. Es cierto. Ha pasado mucho tiempo. Creo que la última
vez nos vimos fuera del trabajo. ¿Cómo está la familia? —Trató de ser
amable, aunque creía que se le notaba forzado. Ubierna no era santo de su
devoción.
—Bien todos. La verdad es que sería más agradable quedar en cualquier
bar para tomar una cerveza que vernos aquí. C’est la vie! Para eso nos
pagan. ¿No crees? —El doctor le ofreció asiento y después se sentó en un
sillón al otro lado de la mesa.
—Tienes toda la razón. —Se acomodó en el sillón, que le pareció de lo
más confortable, y pensó que debía solicitar un cambio inmediato de
mobiliario en la comisaría.
—No tengo terminado el informe de la autopsia aún, pero te he llamado
porque creo que lo que hemos encontrado es importante para la
investigación —dijo el doctor mientras abría una carpeta para sacar varios
documentos.
—Tú dirás. Soy todo oídos.
—Las circunstancias en las que encontramos el cadáver y el medio en el
que apareció podían hacer pensar que el motivo de la muerte fue
ahogamiento. Pues no, amigo mío. —Lo conocía demasiado bien como para
saber que iba a mantenerlo intrigado un buen rato más antes de decirle el
motivo real por el que le había llamado. Continuó atento a la explicación—.
Después de practicarle la autopsia realicé un análisis de diatomeas de los
tejidos. Es una prueba biológica que se realiza en las muertes por
sumersión.
—Vete al grano, Ubierna. —Intentó apremiarle sin mucho éxito.
—Déjame que te explique. Son algas de cubierta silícea que viven en el
agua y pasan al interior del organismo distribuyéndose a través de la
circulación sanguínea y depositándose en los órganos parenquimatosos. —
Parecía disfrutar con la oratoria—. Para que me entiendas: tras la ingesta de
agua, estos microorganismos se encuentran en cantidades pequeñas en
nuestro organismo, pero, en los casos de sumersión y debido a los
movimientos espasmódicos para respirar, el paso de agua es masivo a través
de los alvéolos pulmonares al torrente sanguíneo y aumenta la cantidad que
se encuentra en los tejidos del riñón, pulmón, hígado y cerebro.
—¿Y?
—¿Y? —repitió. Parecían no gustarle las prisas—. Pues que no era el caso
de Angélica. Encontramos algunas pequeñas cantidades en los pulmones
que pueden explicarse por el tiempo que llevaba el cuerpo sumergido, pero
no debido al motivo de la muerte. Podríamos concluir que estaba muerta
cuando la hundieron.
—¿Cómo? Pero no creo recordar que mostrara signos de violencia
externa.
—Et voilà! —dijo el doctor como si fuera un mago a punto de sacar un
conejo de la chistera—. No había ningún signo de violencia en el cuerpo ni
nada relevante en el informe toxicológico. No la estrangularon, no la
envenenaron y el cuerpo no presentaba heridas causantes de muerte.
Pensó que, de ser una función de teatro, habría conseguido mantener al
público en vilo un buen rato, incluido a él.
—¿Me sigue, inspector? —Le gustaba tratarlo de usted cuando quería dar
más emoción al momento.
—Sí, sí, por supuesto que te sigo. Te agradecería que me aclarases,
entonces, cuál pudo ser la causa de la muerte.
—Hay un indicio. Una inflamación de laringe. Por el tiempo que ha
permanecido el cuerpo sumergido, no es tan evidente, pero en su momento
estoy seguro de que fue causa de asfixia. Angélica era alérgica.
—¿Me quiere decir que el motivo de la muerte fue una alergia?
—Oui, mon ami! Shock anafiláctico. Las personas alérgicas en este grado
siempre llevan encima epinefrina o adrenalina, como lo quiera llamar. Pero
suponiendo que alguien se lo haya provocado y no llevara a mano el
inyectable, la muerte es irremediable y sobreviene en cuestión de minutos.
—No encontramos ningún efecto personal con ella… —dijo pensando en
voz alta—. Te agradezco la información. ¿Para cuándo tendrás el informe
completo?
—Mañana sin falta.
—Por cierto, ¿podrías decirme si tenía alguna marca o corte en la espalda
a la altura del cuello? —La calidez y comodidad del sillón lo invitaban a
seguir sentado.
—Déjame que lo revise. Sí, hay un pequeño corte post morten realizado
con un objeto cortante y preciso. Podría ser un cúter. Lo he reflejado en el
informe. —Ahora fue el doctor quien le apremió a irse—. Bueno, querido
amigo, si no deseas otra cosa… Por cierto, dale recuerdos a Rosa. A ver si
nos vemos pronto.
Después de un gran esfuerzo por liberarse del sillón, logró ponerse en pie.
—Se los daré sin falta.
Regresó caminando mientras pensaba en las palabras de Ubierna. Llamó a
Amelia para decirle que iba directo a casa. Hoy no pensaba comer fuera.
Eran las cinco de la tarde. Julia llegó puntual a la cita con el inspector.
Escogió un vestido negro de cachemira sencillo, pero elegante. No muy
ceñido. No le gustaba la ropa ajustada porque pensaba que le resaltaba los
kilos de más. Y se había puesto unas botas altas de tacón y un abrigo largo
de paño marrón claro estilo Chanel que le estilizaban la figura. Necesitaba
causar buena impresión. No vestía así de forma habitual, al menos desde
que dejó el trabajo en el banco. La situación le recordaba a las primeras
entrevistas de trabajo en los años posteriores a la universidad.
Le indicaron que esperase en una sala previa al despacho. El inspector aún
no había llegado. Observó que varios despachos se comunicaban con esa
sala de espera. Aunque más bien se diría que era una sala de descanso
donde disponían de varias máquinas expendedoras de café, bocadillos y
refrescos que por el aspecto parecían nuevas. Varias mesas con las
respectivas sillas completaban el mobiliario.
El trasiego de agentes por la sala de espera era continuo. Llevaba sentada
poco tiempo, pero los nervios la empujaron a dirigirse hacia la máquina de
café. Se entretuvo un rato observando la gran variedad que ofrecía. Cuando
al fin se decidió por uno, una voz la interrumpió.
—Déjelo. El café aquí no es muy bueno. Lo tomaremos fuera, si le parece.
—Buenas tardes, inspector. No lo vi llegar. —Le agradó la invitación. No
parecía que la reunión fuera a ser muy formal y eso la tranquilizó.
—Me he dado cuenta —dijo el inspector, que esbozó una ligera sonrisa.
Morales le mostró la salida y ambos cruzaron un par de calles en dirección
a la cafetería más cercana. El inspector la invitó a un café y durante un rato
charlaron de forma distendida sobre los dos casos en los que ella había
trabajado con la policía. Ella le explicó que todo se lo debía a Héctor
Mendoza. Fue él quien le dio la oportunidad de demostrar lo que sabía y
confió en ella.
Terminaron el café y se dirigieron de nuevo a la comisaría. Fue allí donde
se mostró el verdadero inspector.
—Julia, no quiero confundirla. Como ya comentamos hace unos días,
somos nosotros quienes nos vamos a encargar de investigar el caso. No me
gusta que nadie ajeno a la policía se inmiscuya. Entiendo que era su amiga
y que quiere que se solucione cuanto antes, pero lo tendrá que dejar en
nuestras manos —dijo firme y con semblante serio—. Ahora bien, creo que
hizo un buen trabajo en el caso de Fernando Guzmán y ahora necesito una
opinión.
Ella no podía disimular su malestar. Estaba a tiempo de mandarlo al
infierno e irse, pero eso no cambiaría las cosas. Tampoco era una actitud
propia de ella, así que decidió que lo más sensato era seguir escuchando lo
que tenía que decir.
—Ayer entrevisté a Gonzalo, el marido de Angélica. Necesito que
visualice el video y que me haga una valoración de lo que ve. Creo que
puede haber similitudes entre este caso y el de Fernando Guzmán. No me
refiero a que esté enfermo. Tenemos un escenario de malos tratos y esa
conducta agresiva pudo llevarle a cometer el delito. Además, en este tipo de
casos la culpabilidad suele recaer sobre el entorno cercano.
Ella escuchó con mucha atención. Pensó que el inspector quizá no
volviera a darle más información y debía grabar todo en la memoria para
tener un punto de partida en su propia investigación. No pensaba, después
de esto, quedarse al margen de brazos cruzados.
—¿Cree que haya podido ser Gonzalo el causante? —preguntó incrédula.
—De momento tenemos que estudiar cualquier posibilidad. Aún no he
mencionado la palabra sospechoso o culpable.
—De acuerdo, inspector. Déjeme ver ese video.
Ambos se sentaron delante de un televisor. Ella se puso las gafas y se
acercó aún más para ver de forma clara los gestos y la expresión en la cara
de Gonzalo.
—Cuando usted entra en la sala, encuentra a Gonzalo con una postura
recta en la silla, vertical y alineada, está relajado. Aunque con el rostro
pretenda mostrar preocupación, su cuerpo dice lo contrario. No expresa
angustia o la desesperación propia de una situación como la que acontece.
Su esposa ha aparecido muerta y en una circunstancia, digamos, atípica. En
el momento que empieza a hablar de ella sigue queriendo mostrar disgusto,
incluso pena, pero sus movimientos son suaves, sigue relajado a mi parecer.
—¿Quiere decir que finge las emociones?
—Es posible. Le sorprendería saber de lo que somos capaces en
determinadas circunstancias. Fíjese un poco después, cuando le pregunta
por qué Angélica fue a informarse por el procedimiento sobre los malos
tratos, cómo descruza de forma brusca las piernas e intenta limpiarse la
chaqueta inclinándose hacia delante. La pregunta le ha puesto nervioso.
—Continúe. Me parece interesante. —El comentario pareció devolverle a
ella la confianza que le había quitado al comienzo de la conversación.
—A partir de ese momento aparecen una serie de gestos, como tocarse la
nariz, humedecerse los labios, incluido el carraspeo que denotan
incomodidad. No le gustaba por dónde le llevaba la entrevista. Por
resumirlo de alguna forma, el tema de los malos tratos le preocupa. Hace
ciertos comentarios interesantes sobre Angélica como «siempre ha sido
muy exagerada y le gustaba hacerse la víctima». Inspector, la gente que
maltrata tiende a minimizar la conducta agresiva, como si fueran hechos sin
importancia. O por ejemplo «siempre fue una persona muy competitiva, a
veces me veía obligado a frenarla». —Se dio cuenta de cómo el comisario
asentía con la cabeza mientras la escuchaba—. Habla como si controlase los
actos de ella. Hay otra cosa, inspector. Como le he dicho al principio, no es
habitual, ante una situación así, encontrarse más o menos relajado. Al
contrario, provoca una sensación de angustia y tristeza prolongada en el
tiempo. Una cosa es lo que queremos mostrar o que los demás crean y otra
cosa es la realidad. Cuando los gestos o expresiones no se corresponden con
el contexto, puede ser interpretados como un signo de estrés o mentira.
—Cree que oculta algo —concluyó el inspector.
—Creo que tiene miedo. Sea lo que sea, hay algo que le preocupa más que
la propia muerte de Angélica.
—Quiero que me hable de ella. —El inspector detuvo el video de la
entrevista y cambió de forma radical el hilo de la conversación. Julia lo
miró—. Dice que la conocía bien.
—Nos conocíamos desde niñas. Pasamos muchos veranos juntas en el
pueblo. Era una gran amiga. Brillante en los estudios y en el ámbito
profesional. Era un cerebrito capaz de alcanzar cualquier meta. —Se le
escapó una sonrisa al recordarla—. En algo estoy de acuerdo con Gonzalo,
siempre fue competitiva, desde niña.
—¿Usted sabía que era alérgica?
—¿Por qué me hace esa pregunta? —Ella lo miró confundida, pero fue
clara y rotunda en la respuesta—. Sí, lo era. Siempre llevaba encima una
inyección de adrenalina y tenía cuidado con lo que comía. Recuerdo la
primera vez que lo supimos. Tendríamos seis o siete años. Nos reuníamos
todos los días del verano después de comer en la plaza a tomar chuches a
escondidas sentadas en un banco. A esas horas los padres echaban la siesta,
menos los de Angélica que estaban fuera del pueblo ese día. Ella se quedó
en casa de Sara. Sofía llevó frutos secos entre otras cosas. Todas comíamos
de todas las bolsas. De repente Angélica empezó a sentirse mal, a marearse,
no podía tragar y respiraba con dificultad. Llamamos a los padres de Sara y
la llevaron de urgencia al Centro de Salud. Allí le pusieron la inyección. Era
alérgica a los cacahuetes.
—Murió antes de que la hundieran en el pantano. Es posible que le
provocaran un shock anafiláctico debido a su alergia.
—Ella nunca saldría sin la adrenalina. Siempre la llevaba a mano. No
tiene por qué haber cambiado en el tiempo que nos hemos dejado de ver. —
Se quedó pensativa. Sabía que el inspector la observaba a la espera de algún
comentario por su parte y se lo iba a dar—. Quizá sería el asesinato
perfecto, ¿no le parece? No hay huellas de armas, ni señales de ningún tipo.
El autor de los hechos conocía que era alérgica a los cacahuetes. Muy
curioso. Va a tener razón, inspector. El peligro está en el entorno más
cercano. Quienes conocían de su alergia.
Continuaron hablando. Después de un rato el inspector le agradeció la
colaboración y la despidió con un firme y vigoroso apretón de manos. Ella
pensó que ya no la necesitaría más.
El inspector permanecía pensativo en el despacho reproduciendo las
palabras de Julia una y otra vez en su cabeza como un disco rayado: «El
autor de los hechos conocía que era alérgica a los cacahuetes. Muy curioso.
Va a tener razón, inspector. El peligro está en el entorno más cercano».
—¿Interrumpo algo importante? —preguntó Torres después de abrir la
puerta sin llamar.
—No, pasa. Te esperaba. ¿Qué tal te ha ido con ese tal Mikel?
—Creo que bien. Desde luego, una de las virtudes de la víctima no era
hacer amigos. Este hombre se presentaba a una vacante de jefe de equipo
con ella. Eran rivales y no se llevaban muy bien, aunque trabajaron codo
con codo durante muchos años. Mikel cree que Angélica jugaba sucio para
conseguir el puesto. —Le dejó encima de la mesa un sobre con fotos.
—¿Esto qué es?
—Alguien espiaba a la víctima. Son fotos. Las recibió el doctor Aguirre
de forma anónima hace meses. En ellas aparece Angélica en situación…
digamos un tanto comprometida con un individuo.
Sacó las fotografías del sobre. Contenía más de veinte. Las revisó con
detenimiento una por una.
—Está claro que Angélica engañaba al marido. ¿Qué hacían en manos de
Mikel? —preguntó intentando ordenar las ideas.
—La cuestión no es esa. La pregunta es ¿quién es el hombre que la
acompaña? —Torres extrajo del bolsillo un recorte de periódico y respondió
a su propia pregunta—. El doctor Gamboa, uno de los traumatólogos más
prestigiosos del país y un referente en traumatología deportiva. Por lo visto
supervisaba el trabajo del equipo de Angélica y el doctor Aguirre en el
hospital, aunque también dirige una clínica privada. Mikel Aguirre concertó
una cita con ella para aclarar el tema de las fotos, pero Angélica no se
presentó. Así que decidió guardarlas y no decir nada sobre ellas.
—¿En qué fecha se citaron? —Se giró a la derecha. Abrió uno de los
cajones y sacó varios folios en blanco para tomar algunas notas.
—Siete de noviembre —dijo Torres—. Parece que todo acontece en las
mismas fechas.
El inspector levantó la vista del papel de forma tan brusca que a punto
estuvo de conseguir una contractura en el cuello.
—¿Sabe quién ocupa ahora mismo el puesto de jefe de equipo?
—El doctor Aguirre, aunque parece que de forma provisional. El puesto
se le había asignado a Angélica. Me ha comentado que es posible que
saquen de nuevo la plaza a concurso.
—Sí, pero de momento es Mikel quien la ocupa. Y puede que se quede
con él… —Comenzó a ordenar los pensamientos en voz alta—. Quizá eso
sea lo que Gonzalo nos oculta. Los celos en una persona maltratadora
pueden llevarla a cometer un delito como este. Por otro lado, tenemos a un
colega de trabajo que se ha beneficiado de la desaparición de Angélica.
Tenemos por dónde empezar, ¿no cree, Torres? Buen trabajo.
Torres se levantó del asiento y despidiéndose se dirigió a la puerta.
—¡No trabaje mucho, inspector! —le dijo tratando de animarlo.
Morales sonrió. Lo consideraba buen chaval y muy divertido. De esas
personas con un aura especial que se percibe a primera vista.
—¡Inspector, se me olvidaba! —Volvió a asomarse. Esta vez sin entrar y
apoyado en el quicio de la puerta continuó—. Arturo. He investigado un
poco más sobre él como me dijo y tenía usted razón. Tiene un secretillo que
se le olvidó mencionar. Está metido hasta el cuello en un mar de deudas.
Debe dinero a la Seguridad Social y a Hacienda. No es la primera vez que
se arruina, el problema es que en esta ocasión debe también a gente no muy
deseable. A lo mejor esto le apremiaba a encontrar a Angélica.
Soltó el bolígrafo sobre la mesa. Se acomodó en la silla haciendo ligeros
movimientos con la espalda en el respaldo y cruzó los brazos escuchándolo
con atención. Parecía que Torres no había terminado aún.
—Lo último, inspector, se lo juro y ya le dejo en paz. A Gonzalo le
gustaba la escalada. Está apuntado en una asociación de montañeros en
Pamplona. ¡Adiós!
Sin darle tiempo a responder nada, vio cómo cerraba la puerta tras él y se
marchaba. Pensó que la espontaneidad del muchacho era lo mejor de él o al
menos lo más divertido.
Abrió la agenda y realizó varios apuntes. Comenzaría los interrogatorios
sin demora. Entraba en la fase más dura de la investigación, pero lo que más
le preocupaba era su próximo paso, Gamboa.
CAPÍTULO 7

Morales permanecía de pie supervisando el trabajo del agente Torres desde


una sala contigua a la de interrogatorios. Observaba la escena a través de un
espejo semiplateado de grandes dimensiones que permitía ver lo que ocurría
al otro lado, como si de una película se tratase. A lo largo de su dilatada
carrera había presenciado situaciones que superaban la ficción de los
mejores filmes policíacos, aunque no recordaba ninguna similar a la de
Sharon Stone en Instinto Básico. Sonrió y decidió centrarse en la
circunstancia real que tenía delante. Era un apasionado del cine. Los símiles
le suponían un buen mecanismo de defensa desarrollado con el tiempo para
desdramatizar la intensidad del momento.
Apenas diez días después, Gonzalo volvía a ser interrogado. La policía
encontró varias pruebas en el lugar de los hechos que le señalaban como
presunto culpable. Aunque casi todas eran circunstanciales, necesitaban
ponerle nervioso. En una sala más pequeña y con más iluminación que la
que utilizaron para la entrevista, Gonzalo permanecía sentado con los
brazos cruzados y las piernas encogidas debajo de la silla. El agente Torres
pululaba a su alrededor como un perro de presa. Parecía disfrutar siempre
de ese momento en el que el sospechoso se veía intimidado por la
confrontación directa del interrogador. Pensó que quizá no era el método
adecuado en este caso, Gonzalo no parecía verse coaccionado, pero lo
habían preparado así. Era preciso hacerle creer que existían evidencias
suficientes como para incriminarlo. Escondía algo y, si era culpable, le
harían confesar.
—Necesito que observe con detenimiento estas fotografías. —Torres las
dispuso en abanico encima de la mesa. Contenían imágenes de objetos—.
¿Reconoce alguno?
Gonzalo las observó un momento. Negó con la cabeza sin mediar palabra.
—Debe hablar en voz alta. Le repito la pregunta. ¿Reconoce algo de lo
que ve aquí?
—¡Y yo le repito que no! —contestó de mala gana.
—Quizá si le refresco la memoria, lo recuerde —dijo Torres de pie y
apoyando ambas manos sobre la mesa—. Hace tres días que registramos su
vivienda. Encontramos un equipo completo de escalada con arneses,
mosquetones, aseguradores, poleas y cuerdas.
—¿Y qué tiene de particular? Hago escalada. Pertenezco a un club de
montañeros. —Seguía desafiante con los brazos cruzados. Aparentaba no
saber de qué le hablaba.
—Déjeme que continúe. Encontramos también una colección muy
original de anclas de pequeña embarcación.
—Ya le dije al inspector que me gusta navegar y que tengo una
embarcación de recreo que utilizo cada vez que puedo irme de vacaciones.
Esa colección puede parecerle muy original, pero no tiene nada de
particular. Dígame dónde quiere llegar.
—Ahora mire estas fotografías. —El agente le señaló un par de imágenes
que mostraban una cuerda y un ancla—. Esta cuerda es como las que
encontramos en el registro de su casa.
—¡Eso no quiere decir nada! Mucha gente que se dedique a la escalada
tendrá este tipo de cuerdas. —No se mostraba nervioso, parecía enfadado.
—¿Y qué me dice del ancla? Me atrevería a decir que es suya. —En este
momento se percibía la superioridad del interrogador. Gonzalo mostraba
cierto despiste—. ¿Sabe por qué lo deduzco? —Sacó otras cinco fotografías
del resto de anclas que formaban la colección y que tomaron en el registro
de la casa—. Todas ellas tienen un grabado en la parte inferior de la caña. El
mismo. Una escuadra y un compás. La escuadra símbolo de virtud, el
compás…
—¿Es delito ser masón? —Se anticipó antes de que el agente concluyera
que, en efecto, era un símbolo masónico.
—No, no lo es. Lo que sí es delito es que estos dos objetos —dijo
señalando ambas fotografías— hayan servido para hundir el cuerpo de
Angélica en el pantano. Son pruebas encontradas en la escena del crimen.
El inspector suspiraba detrás del espejo. Pensó que Torres había hecho un
buen trabajo, él no lo habría hecho mejor. Estaba en lo cierto cuando
pensaba que la realidad superaba la ficción. «¿Masón?», se preguntó en voz
alta mientras fruncía el ceño en un gesto de incredulidad.
—No puede ser. ¡Esto es increíble! ¿Pero cómo es posible? Yo no lo hice
—Gonzalo se llevó las manos a la cabeza—. No sé cómo ha podido llegar
ahí.
—Cálmese. Cabe la posibilidad de que alguien lo quiera incriminar —lo
argumentó como excusa para distanciarlo de la culpabilidad y logró
tranquilizarlo por un momento, pero en seguida volvió a la carga. Sacó
nuevas fotografías y se las mostró—. ¿Sabe quién es? Y no me refiero a su
mujer —dijo con tono irónico.
—Creo que es un doctor que trabaja en el hospital. —Revisó con
detenimiento cada foto ya que en algunas no se identificaba bien al
acompañante que aparecía en actitud cariñosa con Angélica—. Lo he visto
alguna vez. No, no, no sabía nada de esto.
—Pues yo creo que sí. Creo que se enteró de la aventura de Angélica con
el doctor y se vengó. ¿Dónde estuvo entre los días siete y ocho de
noviembre de 2019? —La pregunta pareció acabar de descolocarle. El
informe forense definitivo situaba la fecha de la muerte entre esos dos días.
—No…, ahora mismo no lo recuerdo con claridad. Soy inocente, le digo
que yo no lo hice. ¿Cómo pueden pensar que le haya hecho algo así a mi
mujer?
—Quizá por celos, quizá porque ella lo intentó denunciar por malos
tratos… No sé, dígamelo usted. —En ese momento Torres recibió una
llamada y abandonó la habitación.
—¿Qué opina, inspector? —El agente pasó a la sala contigua.
—Está enfadado y confundido, no trata de justificarse. Puede que diga la
verdad y sea inocente, pero no debemos perderlo de vista. Que haga
memoria para recordar dónde estuvo el día de autos y con quién. Habrá que
comprobar la coartada. —Dejó que Torres terminara con el interrogatorio y
regresó al despacho.
Le quedaba un documento más por revisar con información sobre los
hallazgos en el registro de la vivienda de la víctima. En el inventario
aparecían un móvil prepago y un pen drive que contenía un archivo
encriptado y decidió dejar una nota en la agenda para Amelia. Necesitaba
cuanto antes la información de ese archivo. Angélica ocultaba algún secreto
en él que no quería que Gonzalo encontrase.
Julia decidió avisar con tiempo a Héctor y Nerea para pasar a visitarlos
esa noche. Tenía la lección muy aprendida y sabía que a ella no le agradaba
que se presentara la gente de improviso porque le gustaba deleitar a los
invitados con una buena comida o cena. Necesitaba tiempo suficiente para
comprar los ingredientes y por supuesto para elaborar unos platos de
restaurante de cinco tenedores como los que preparaba.
Nada más llegar, Héctor la invitó a probar un txakoli de bodegas Izagirre
que guardaba en casa como oro en paño para alguna ocasión especial. Sacó
un par de copas y sirvió un poco en cada una.
—El mejor del mundo —dijo levantando una de las copas y acercándosela
a la nariz para identificar los aromas—. Flores y hierbas secas. —Dio un
sorbo y lo saboreó—. Espectacular.
—Sabes de sobra que no bebo alcohol. Además, hoy no es ninguna
ocasión especial… —dudó un segundo—. Creo.
—¡Pero qué txotxola eres! Mira que siempre te digo que no te va a pasar
nada por probarlo —gritó Nerea desde la cocina—. ¡La otra copa es para
mí!
Dejó a Héctor en el salón y se dirigió a la cocina para llevársela a Nerea y
de paso servirse un vaso de agua.
—Nos sales barata, ¿eh? —le dijo por el vaso de agua.
Le divertían las expresiones tan peculiares de Nerea. Nació en Getaria y
se crio en un caserío hasta que la familia se estableció en Bilbao de forma
definitiva, cuando ella empezó la universidad. Nerea era euskaldun, como
los padres. Hablaba un euskera perfecto. Siempre le pareció un idioma
complicado, pero oído de su boca parecía el más fácil del mundo.
—¿Con qué me vas a deleitar hoy? —Comenzó a levantar las tapas de las
cazuelas olisqueando los guisos.
—¡Quita, quita! En mi cocina no entra nadie. Vete a sentarte que cenamos
dentro de dos minutos. Por cierto, ¿qué tal te fue con el estirado del
inspector?
—Mal. —Fue rotunda en la respuesta—. Creo que quiso ponerme a
prueba. Aunque no sé por qué, después me dejó claro que no quería que
metiera las narices.
—¡A la mesa, mesedez! —gritó Nerea de nuevo. Parecía que su forma
natural de hablar era a gritos. Llevaba una gran fuente de ensalada de
perretxikos y almejas. Hizo otro viaje a la cocina para acercar una gran
cazuela de bacalao al pilpil. Por la cantidad parecía que fuesen a cenar
quince comensales.
—Pues, chica, qué quieres que te diga, hazlo tú. Cuántas veces te he dicho
que no esperes que nadie te regale nada. Lo que quieras conseguir, trabájalo
tú, monina. ¿Ves? —dijo señalando a Héctor que parecía perdido buscando
unas servilletas en su propia casa—. Si hubiera dependido de él para
cocinar esta noche, hoy hubiéramos cenado pan y chocolate. —Se echaron a
reír las dos a la vez y brindaron por ellas.
—Bueno, ya está todo —dijo Héctor sentándose a la mesa. Ella y Nerea
seguían con una amplia sonrisa en la cara.
—Cuéntanos, Julia. Ahora en serio. —Lanzó una mirada de advertencia a
Nerea para que se mantuviera callada por un momento y ella obedeció sin
rechistar, llevándose la mano a los labios y haciendo un gesto como si los
cerrase con una cremallera imaginaria.
—Casi estuve a punto de irme cuando me dijo que no me inmiscuyera en
la investigación, pero luego pensé que no me habría hecho conducir hasta
Burgos para decirme solo eso. Me quería para valorar la entrevista que
mantuvo con Gonzalo. Decidí sacar toda la información que pudiera de lo
que vi. No creo que me vuelva a llamar… ¡Mmmm! ¡Esto está delicioso! —
dijo con la boca llena mirando a Nerea. Ella volvió a hacer el gesto de
cerrar la boca ante la inquisidora mirada del marido—. La actitud de
Gonzalo no concordaba con la noticia que había recibido. Parecía tranquilo.
Después de algo así no es lo habitual. Se puso nervioso cuando
mencionaron lo de los malos tratos. Creo que sí la maltrataba. El inspector
tiene dudas sobre él. Necesitaba aclarar si mentía y averiguarlo a través de
una entrevista grabada es muy difícil. —Bebió un trago de agua—. Me
preguntó por la alergia de Angélica. Si tenía conocimiento de ello.
Nerea sirvió un poco más de bacalao a cada uno.
—Lo sabíamos todos —dijo Héctor recordando el grupo de amigos.
—Creo que os vais a sorprender. Angélica estaba muerta cuando la tiraron
al pantano. —Continuó partiendo el bacalao sin darse cuenta de que ambos
la miraban estupefactos.
—¡Ahora voy a hablar! —Nerea se anticipó a Héctor que vio cómo se
dirigía a Julia para preguntar algo—. Pero vamos a ver, maitia. Teníamos
entendido que murió ahogada en el pantano.
—¡Y yo! Por lo visto el motivo fue otro.
—A ver, ¿qué tiene esto que ver con que te preguntase por la alergia de
Angélica? —dijo Héctor.
—Todo. —Los miró con tristeza—. Es todo muy retorcido. El que lo hizo
conocía que era alérgica. Le provocó de forma premeditada un shock
anafiláctico y le quitó la adrenalina dejándola agonizar hasta que murió. —
Los ojos se le humedecieron, aunque la rabia le impedía llorar.
—Vamos a hacer todo lo que podamos por encontrar al desgraciado que lo
hizo. Lo sabes, ¿verdad? —dijo Héctor agarrándole la mano.
Ella asintió mientras observaba como le servían el postre. Cambió el
semblante. Por experiencia sabía que mirar hacia atrás solo servía para
entorpecer el camino que se abre delante de uno mismo.
—¡Por Dios! Ahora goxua —se quejó. En el fondo le encantaba ese
postre. Nerea le explicó varias veces cómo lo preparaba. Un bizcocho
esponjoso sobre una base de nata, encima crema pastelera y para acabar una
fina capa de caramelo líquido tostado. Delicioso, como su propio nombre
indica. La teoría se la sabía, el problema es que la práctica no se le daba
nada bien—. Parezco ahora mismo un Boa constrictor, después de haber
devorado a la presa.
—¡Oye! Quitamos el postre, ¿eh? —dijo Nerea.
—De eso nada. Siempre dejo un hueco para él. —Hizo un gesto agarrando
el cuenco para que no se lo arrebatara.
Pensó, como siempre que los visitaba, que la velada fue magnífica y
amena. Les agradeció la cena y se despidió. Héctor se ofreció a llevarla en
coche, pero, aunque era muy tarde, ella decidió volver a casa dando un
paseo. El estómago se lo agradecería. En el camino de vuelta sacó el móvil
para revisar los mensajes. Había varias llamadas de un número
desconocido.
Al día siguiente se levantó temprano e hizo café. Necesitaba una buena
taza para despejarse y empezar el día. Sentada en la cocina mientras lo
tomaba, pensó en llamar a Gonzalo y convencerlo de concertar una cita para
obtener más información porque no había vuelto a tener noticias del
inspector desde hacía una semana. De pronto, recordó haber recibido la
noche anterior varias llamadas de un número desconocido. Se levantó de
forma repentina a coger el móvil con la esperanza de que hubiera sido él y
se dispuso a devolver la llamada.
—Buenos días. Disculpe que le moleste. Tengo una llamada perdida de
este número.
—Buenos días, Julia. Soy Gonzalo. —Ella contuvo la respiración unos
segundos—. Ayer la llamé varias veces. Intenté localizarla sin éxito. Quiero
que me disculpe por las malas contestaciones que le di las veces que intentó
hablar conmigo. Ahora soy yo quien necesita hablar con usted. Me comentó
Arturo que investigó sobre la desaparición de Angélica desde el primer
momento.
—Sí, es cierto y continúo en ello.
—¿Podríamos vernos esta misma mañana? No hace falta que venga a
Pamplona. Me acercaré yo a Bilbao.
—De acuerdo. Le haré un hueco sobre las doce. ¿Le parece si nos vemos
en mi consulta? Le mandaré un wasap con la dirección.
Después de colgar continuó un rato sentada. El suficiente para terminarse
el café y después se puso en marcha.
Llegó al despacho y ya la esperaban varios pacientes. Sin perder un
minuto, invitó a pasar al primero. Disponía del tiempo justo para atender un
par de consultas. Después le pasaría el trabajo a Ainhoa.
La mañana del martes iba transcurriendo en calma. Aún permanecía
ocupada cuando Ainhoa la avisó. Gonzalo acababa de llegar, pero hubo de
hacerle esperar un rato más. El paciente que atendía en ese momento
necesitaba que le dedicase algo más de su tiempo. Por regla general tenía
establecido media hora por consulta, pero eso no le impedía alargarse con
quien creía que lo necesitaba. Una vez que terminó, abrió la puerta. El
paciente se despidió y Gonzalo se levantó para saludarla.
—Buenos días. ¿Eres Julia?
—Encantada. Tú debes ser Gonzalo. —Le estrechó la mano —. Vi una
foto tuya en la casa de los padres de Arturo. ¿En qué puedo ayudarte? —
Pensó en echarle en cara las veces que intentó hablar con él sin éxito meses
atrás, pero ahora lo tenía donde quería y sin esfuerzo por su parte. No iba a
desaprovecharlo.
—Tengo un problema, Julia. Es verdad que nuestra relación de pareja no
funcionaba bien. Discutíamos por todo. Ella chillaba y yo más. No puedo
soportar que una mujer me levante la voz y menos que se salga con la suya.
Es cierto que llegué a las manos y le pegué. Le pequé y por eso se marchó.
Las otras veces fueron discusiones más o menos graves, esta fue distinto.
Ella lo dejó hablar, pero no le gustaba lo que estaba escuchando.
—¿Sabes que eres un delincuente y que deberías estar encerrado para que
no hagas daño a otras mujeres? Tendría que hablar ahora mismo con el
inspector.
—No. Espera. Deja que te explique. Estoy de acuerdo contigo. Creo que
estoy enfermo y que debería estar encerrado porque no puedo evitar las
discusiones. Mis inseguridades se traducen en celos. Me arrepiento al
minuto, pero vuelve a pasar. —Cambió la postura y cruzó las piernas—. Me
han interrogado como presunto culpable.
—Espera. Yo sé que te entrevistaron, supongo que para obtener datos para
la investigación. Eras el marido. Debían localizarte y hablar contigo.
—Eso pensaba yo y así fue, pero ayer me requirieron para un
interrogatorio.
—Si te creen culpable es porque alguna pista los habrá llevado hasta ti.
¿Lo eres? ¿Fuiste tú?
—Quizá merezca la cárcel por haber pegado a Angélica, pero yo no la
maté. —Ella percibía sinceridad en todo lo que hablaba. Es difícil que un
maltratador reconozca lo que hace de puertas para adentro.
—Entonces, si no fuiste tú, no tendrás nada que temer —dijo esperando
una reacción.
—Creo que alguien quiere que cargue con la culpa. Encontraron un par de
objetos que me acusan. Tengo una pequeña colección de anclas.
—¿Anclas? —preguntó perpleja.
—Sí, no sé por qué a todo el mundo le extraña. Angélica apareció con una
atada al cuerpo que sirvió de lastre para hundirla en el pantano. Era mía sin
duda alguna. La reconocí. Todas las marco con el mismo símbolo. Al
principio no sabía el motivo por el que me enseñaban la fotografía.
—¿En ningún momento la echaste en falta?
—No. A veces cambio alguna de lugar. De casa al barco. Depende de
cuándo las vaya a usar. No siempre las tengo todas en casa.
—¿Dónde tienes atracado el barco?
—Tengo un amarre alquilado en un pantalán de Getxo. No salgo mucho
por el Cantábrico, me gusta más el Mediterráneo. Cuando navego por el
Mediterráneo alquilo un transporte para llevarlo. Es un barco pequeño de
siete metros.
—Sigue contándome —dijo ella anotando minuciosamente cada palabra.
Una persona de ese perfil no suele explicar el comportamiento agresivo que
manifiesta con las mujeres en la intimidad. Eso denota sinceridad.
—Alguien la tuvo que coger y utilizar en la escena del crimen… Igual que
la cuerda. Por supuesto no era mía, pero muy similar a las que encontraron
en mi casa. Ambas pistas me incriminan. No soy tonto. Si hubiera sido yo,
no habría ido dejando miguitas como en Pulgarcito. Por eso necesito tu
ayuda. La policía me cree culpable basándose en el argumento de los malos
tratos. Angélica estuvo a punto de denunciarme. Si lo hubiera hecho, me
habrían detenido. Algo hizo que se arrepintiera en el último momento.
—Entonces el inspector está equivocado —concluyó ella.
—No del todo. Esas pistas lo llevan a mí. Yo no la maté. Pero está en lo
cierto en que los celos fueron el motivo de la pelea, aunque no quise
reconocerlo en el interrogatorio. Hubo algo que me hizo perder los nervios,
me descontroló y le pegué. —Sacó un sobre del bolsillo de la americana.
Contenía fotografías—. Ese día Angélica llegó del turno de noche. Cuando
trabajaba de noche solía llegar a casa a las ocho de la mañana, pero eran las
nueve y media y seguía sin llegar. Yo bajé al buzón a recoger las cartas,
como cada día, y me encontré este sobre. —Lo empujó hacia ella—.
Contiene la prueba de que Angélica me era infiel con otro. Me puse
histérico. Al poco tiempo llegó y descargué toda mi furia contra ella sin
darle tiempo a reaccionar. Vi cómo guardaba varios enseres en el bolso y se
marchó. No sé cómo, pero la policía también tenía las fotos. Me las
mostraron. Me entró miedo. Les dije que no sabía nada, que no las había
visto nunca. Mi relación con Angélica estaba rota. Eso no quiere decir que
me sorprendiera lo que ocurrió. No esperaba que la encontrasen muerta,
pero ¿te imaginas si les digo que la agredí por el contenido de estas fotos y
que sabía de su infidelidad? En estos momentos tendrían el móvil que
necesitan para detenerme. Por eso tuve miedo y les escondí lo que ahora te
estoy contando.
—¿Quién es?
—Una persona importante del hospital y muy influyente. El doctor
Gamboa. Solo lo conozco de vista.
Ella permaneció inmóvil. Pensativa. Miraba los apuntes que había escrito
en la agenda. Un silencio incómodo se adueñó del despacho.
—No voy a ayudarte, Gonzalo. —Levantó la vista y lo miró de forma
inquisitiva—. Me voy a ayudar a mí misma y a que Angélica descanse en
paz. Alguien que agrede a las mujeres no merece mi ayuda, pero sí
considero necesario averiguar la verdad de lo que pasó. A lo mejor logras
beneficiarte de ello.
CAPÍTULO 8

Julia dispuso una de las habitaciones de la casa como cuartel general. Hasta
el momento la utilizaba de despacho, pero necesitaba un lugar donde
colocar toda la información ordenada sin pensar en recogerla cada vez que
lo abandonase. La habitación era espaciosa, así que primero probó en el
suelo, aunque lejos de lo que pensaba solo sirvió para distracción de Lucas.
Cada vez que se le olvidaba cerrar la puerta, el minino escarbaba entre los
recortes, fotografías e informes como si se tratase de un arenero. Precisaba
de un panel en la pared donde colocarlo. Así podría acceder a la
información de un solo vistazo.
Héctor la observaba desde un gran sillón de oficina que presidía la
elegante mesa escritorio de color nogal. Ella lo había puesto al día respecto
a la visita que recibió de Gonzalo y acordaron verse la tarde del jueves para
preparar los siguientes pasos a dar.
—Bien, ¿por dónde empezamos?
—Por la noticia del periódico —dijo ella colocando en el centro del
corcho el recorte que relataba la noticia de la aparición del cuerpo de
Angélica.
Dibujó dos flechas tomándolo como punto de partida. La primera señalaba
a Arturo, la segunda a Gonzalo. Le fue explicando a Héctor a medida que
escribía notas en trozos de papel del mismo tamaño, recortados de forma
milimétrica. Después las fue colocando al lado de cada nombre.
—Por un lado, tenemos al hermano, en apariencia entristecido por la
desaparición, pero en realidad, un interesado. Las deudas le ahogan desde
hace un tiempo y necesita a Angélica para cobrar la parte de la herencia que
le corresponde. Por otro, el marido. Sospechoso. Aparecen varias pruebas
en la escena del crimen que lo relacionan con el asesinato. Se declara
inocente, aunque culpable de la agresión que motivó la huida de casa de la
víctima.
—¡O quizá no! Quiero decir, él la agredió, pero quizá la agresión no
motivó la huida. Puede que ella tuviera pensado irse de casa y aprovechó el
momento.
—Espera. Creo recordar algo que dijo durante la entrevista en el video
que me mostró Morales. Algo sobre que Angélica le llamó después de irse
de casa para decirle que tardaría en volver y que, cuando lo hiciera, ya no
querría verlo más. Quizá tengas razón. Si iba a tardar en volver es posible
que tuviera algún plan.
—Y también es posible que fuera el motivo por el que no lo denunció.
Según el reporte de la policía, se informó del procedimiento en ese tipo de
situaciones. No tiene sentido informarse sin razón aparente. Creo que quiso
denunciarlo, pero ante una denuncia de este tipo y habiendo agresión, como
es el caso, el protocolo es certificar un parte de lesiones, detener al agresor
y separar a la víctima de él —dijo Héctor a la vez que estiraba el brazo para
coger un caramelo de un cuenco que había sobre la mesa—. Es decir, un
asistente social se encargaría de ofrecerle un lugar de residencia temporal si
no tuviera dónde ir. Se trata de alejar a la víctima del agresor. ¿Para qué iba
a denunciarlo si ya tenía un plan alternativo para apartarse de él?
—Quizá tenga sentido. —Ella sacó una hoja nueva y, de nuevo, la recortó
en varios trozos iguales—. Centrémonos ahora en Gonzalo. Suponiendo que
no fuera culpable, tal y como me manifestó, ¿quién querría incriminarlo y
por qué? ¿Podría ser una venganza?
Héctor se encogió de hombros.
—Habrá que averiguarlo. ¿Qué me dices de la fotografía de Angélica con
ese tipo? —Continuó comiendo caramelos del cuenco hasta terminarlos.
—Bien. Sacaremos otra flecha y colocaré una interrogación. Alguien
espiaba a Angélica y quiso que Gonzalo se enterase. ¿Por qué? ¿Para
conseguir la ruptura entre ellos? ¿Cómo llegaron las imágenes a la policía?
—Creo que te falta alguna flecha más. El tipo que está con Angélica en la
fotografía. Por cierto, es difícil adivinar en esta foto quién es. ¿Estaba
seguro Gonzalo de que es quien dice?
—Sí, porque me enseñó otras donde se le apreciaba mejor. Me fijé más en
la actitud de Angélica con él que en la fisonomía del propio Gamboa. Es
verdad, resultaría complicado reconocerlo a simple vista solo con esta
imagen. Espera, me falta alguien… —Corrió a buscar una agenda donde
había apuntado detalles de la entrevista que mantuvo Morales con Gonzalo
—. Aquí está, Mikel Aguirre. Compañero de trabajo en el hospital. Parece
ser que no guardaban buena relación y que se disputaba con ella un ascenso.
¡Esto es todo! —dijo ella alejándose para tener una mejor perspectiva de
todo el panel.
—El siguiente paso será investigar el entorno laboral de Angélica. Tú
podrías encargarte de Mikel Aguirre y yo investigaré al doctor Gamboa.
—De acuerdo. Necesito que esta misma tarde me busques alguna
información sobre el ascenso de Angélica, las características del puesto y
cuándo lo dejó el antecesor. Por mi parte intentaré conseguir una cita con el
doctor lo antes posible.
—Voy a hacer alguna llamada desde la oficina, a ver qué encuentro. —
Antes de irse echó un último vistazo al panel—. Tienes madera de
detective. —Esbozó su clásica sonrisa socarrona.
Después de que Héctor se marchara, pensó que todavía disponía de
tiempo para conseguir una cita con Aguirre. La necesitaba urgente. Llamó
por teléfono al hospital aquejándose de una dolencia cervical que apenas le
permitía moverse. No es que fuera del todo mentira. Hacía algunos años
sufrió un accidente de coche que le ocasionó un esguince cervical con
algunas secuelas como vértigos que ya había conseguido controlar con
medicación. Fueron meses duros de rehabilitación. Pensó que conseguir una
cita como paciente le resultaría más fácil que el hecho de recibirla como
amiga de Angélica.
Decidió exagerar las secuelas, pero ni aun así lo consiguió. El doctor
estaba muy solicitado según le informaron y ella no era paciente habitual.
Como se trataba de una dolencia antigua y no era urgente, le dieron cita
según el orden de agenda. Eso suponía esperar un mes más.
Colgó el teléfono y se dispuso a preparar un sándwich acompañado de un
té verde para la cena. Sabía que no podía esperar tanto tiempo, así que
mientras degustaba el mixto se le ocurrió una idea que podría funcionar.
Necesitaba desempolvar sus dotes de actriz. Desde el colegio no había
vuelto a interpretar ningún papel en un escenario.
Al día siguiente madrugó a pesar de que los nervios no la dejaron pegar
ojo. Se encargó de avisar a Ainhoa para decirle que no contara con ella ese
viernes. El caso de Angélica le ocupaba más tiempo de lo que le hubiera
gustado y sabía que debía recompensarla de alguna forma.
Activó el bluetooth del coche y de camino al hospital realizó una llamada.
—¿Has llegado ya?
—Hola, Julia. No, aún no —dijo Sara—. Voy de camino. Cuando leí tu
mensaje ayer me alegré porque no sabía nada sobre ti, ni sobre el caso de
Angélica. Ya sabes que puedes contar conmigo para lo que sea.
—Lo sé, preciosa. Por eso te escribí. Pensé que sería buena idea juntarnos
este sábado las tres en la casa del pueblo a comer y de paso poneros al día
de todo.
—Me parece buena idea. Ahora explícame qué tienes pensado. Ya sabes
que doy clases de arte dramático y el teatro se me da bien —dijo soltando
una carcajada.
Julia fue detallando el plan que le había comentado grosso modo la noche
anterior. No tenía nada que perder.
—¡Rápido, rápido! ¡Es urgente! ¡Esta chica acaba de caerse y parece que
se ha golpeado en la cabeza! Maniobraba para aparcar y la he visto caer —
dijo Sara sin salirse del guion. La calle donde había aparcado era estrecha y
apenas transitada con lo que se aseguraron de que nadie viera lo ocurrido.
Los gritos y aspavientos de Sara llamaron la atención de la gente que se
arremolinaba alrededor para ayudar y curiosear a partes iguales.
—¡Parece que reacciona! ¡Dejen espacio! —exclamó uno de los
transeúntes que permanecía agachado al lado de las dos.
En ese momento, Julia comenzó a abrir los ojos llevándose las manos a la
cabeza con un gesto de dolor tan creíble que Sara parecía asustada de
verdad.
—Hay un hospital aquí al lado —indicó otro hombre que se acercó—. Yo
mismo la acompañaré, trabajo allí. Apóyese en mí. ¿Podrá andar un par de
calles?
Ella asintió.
—Me encuentro bien, gracias, aunque noto alguna molestia en el cuello al
girar la cabeza —dijo mientras se dejaba ayudar por el desconocido. Vio
alejarse a Sara. Habían acordado separarse en caso de que alguien se
ofreciera a acompañarla al hospital.
Notó cómo unos robustos brazos la sujetaban por la cintura para que no
perdiera el equilibrio y una agradable sensación le recorrió todo el cuerpo.
Hacía mucho tiempo que no lo sentía. Lo observó por el rabillo del ojo.
Alto, fuerte, de piel morena y ojos negros. Serio, pero amable. Desprendía
un sutil aroma a lavanda y jazmín que le hacían aún más irresistible.
Mientras hablaba, ella se dejaba seducir por su voz varonil. Pensó que era
una lástima haberlo conocido en aquellas circunstancias.
La acompañó hasta el mostrador de urgencias. Se dirigió a las enfermeras,
a quienes parecía conocer, para explicarles lo sucedido.
—Siéntese aquí. La llamarán enseguida.
—No sé cómo agradecerle lo que ha hecho por mí. —Lo miró
olvidándose por un momento el fin que la había llevado hasta allí.
—Seguro que estará bien. Le apunto mi número de teléfono por si tiene
algún problema. Mi nombre es Javier. Lo siento, pero ahora debo irme. —
Ella sonrió.
Por un momento se ausentó de la realidad. Llevaba tanto tiempo
dedicándose al trabajo y a la rutina diaria que se le había olvidado vivir. De
pronto una voz metálica y estridente le ayudó a espabilar cuando anunció su
nombre por megafonía. La derivaron al servicio de traumatología para
realizarle algunas pruebas y facilitarle un diagnóstico. Todo iba saliendo
como esperaba, aunque contaba con un Plan B en caso de que no hubiera
sido así. Sabía que una contusión unida a una lesión cervical previa acabaría
con mucha probabilidad en ese departamento. Se había asegurado el día
anterior, cuando llamó para solicitar una cita, de que el doctor Aguirre
trabajaba esa semana.
A la espera de los resultados en la sala de trauma, se dedicó a revisar los
pequeños carteles rectangulares colocados en la pared, al lado de cada
puerta, que informaban del nombre del doctor que atendía la consulta. En
pocos minutos localizó la del doctor Aguirre. En la lista del equipo
figuraban cinco nombres más.
No vio entrar ni salir pacientes en un buen rato, así que llamó un par de
veces y abrió de seguido. El doctor levantó la vista del teclado.
—Lo siento, no puede pasar. Tiene que esperar a que la llamemos.
—Buenos días, doctor. —Entró y cerró la puerta tras ella desobedeciendo
la orden—. Mi nombre es Julia, no nos conocemos, pero usted y yo
teníamos algo en común hasta hace unos meses, Angélica Román. —
Necesitaba captar su atención antes de que buscara la forma de echarla y lo
consiguió, porque descubrió en su mirada tanta sorpresa como desconcierto.
—Ya hablé con la policía. ¿Quién es usted?
Era una de las posibles preguntas que esperaba. Se preparó algunas
respuestas, aunque no todas verdaderas. Necesitaba obtener información a
cualquier precio.
—Estoy investigando lo que le ocurrió y quiero ayudarle.
—No necesito ninguna ayuda. —Sonrió.
—Tengo entendido que usted y Angélica no se llevaban del todo bien. Ese
puesto de trabajo por el que ambos trabajaron duro durante tantos meses les
convirtió en rivales. Entiendo que supondría una diferencia de sueldo
considerable y un cambio de estatus dentro del hospital. Solo usted y
Angélica optaban a él. —Héctor la había llamado a última hora del jueves
con la poca información que pudo obtener, ahora, ante el doctor Aguirre,
pensó que adornarla un poco sería suficiente para intimidarlo.
—Angélica jugaba sucio —la interrumpió el doctor enfadado.
—Y a usted le vino muy bien la desaparición, ¿no es así? ¿Quién ocupa
ahora ese puesto? —Ella sabía que, de momento, el adjudicatario era el
doctor Aguirre según lo que averiguó Héctor—. El anterior jefe de sección
se jubiló poco después de la desaparición de Angélica, precisamente en las
fechas en las que se decidía la adjudicación del puesto.
—¿Está insinuando…?
—No, doctor, no pretendo insinuar nada. Solo le ofrezco mi ayuda.
Colaboro con el inspector Morales y le puedo asegurar que usted es una de
las líneas de investigación. —No era jugadora de mus, pero eso fue un
órdago a la grande en toda regla. Al momento se arrepintió. Pensó en la
reacción de Morales si se enterase. Los gestos del doctor delataban una
creciente preocupación.
—¿Qué quiere saber? —preguntó con resignación.
—Quiero que me diga por qué cree que Angélica jugaba sucio y cuándo
fue la última vez que la vio. —Sentía la euforia interna propia del momento
en el que uno se sale con la suya.
—La conocía desde hace años, en el ámbito laboral se entiende, no
éramos amigos. Era una persona muy constante y trabajadora pero muy
competitiva, del tipo el fin justifica los medios. Yo nunca he comulgado con
esas ideas. Los dos somos muy buenos en nuestro campo y surgió la
oportunidad de ascender. Iba a quedar vacante el puesto de jefe de sección
de traumatología. Optábamos al puesto solo nosotros dos. A un mes vista de
asignarlo recibí un sobre, sin remitente, que contenía unas fotografías.
Alguien quería avisarme y lo dejó en mi buzón de forma anónima. Eran
unas fotos comprometedoras de Angélica con el doctor Gamboa.
—¿Alguna como esta? —Ella le enseñó la que Gonzalo le prestó.
—Sí, exacto. La misma. Había unas cuantas más. ¿Cómo ha llegado hasta
usted?
—Le he dicho que colaboro con la policía. —Pensó rápido. Mikel había
hablado ya con la policía. Si Morales las tenía en su poder y Gonzalo, que
ya había sido interrogado, no dijo nada al respecto era porque fue el doctor
Aguirre quien se las dio. Después, en cuestión de segundos, dudó de nuevo.
«Salvo que haya otra persona más que las haya recibido y haya hablado con
el inspector». En ese momento creyó que él se había percatado de la
mentira.
—Sí —el doctor la miró y ella sintió miedo—, se las entregué al agente
Torres cuando vino a hablar conmigo. Ya le he dicho que no tengo nada que
ocultar. —«¡Bingo!», pensó ella, y se relajó en cuestión de segundos. Su
comentario fue de lo más acertado—. El doctor Gamboa es una eminencia
en el campo de la traumatología y medicina deportiva. Tiene su propia
clínica y es una persona muy influyente en este hospital. No es un secreto
que siempre tuvo debilidad por Angélica. Ella nunca le dio pie a nada hasta
ese momento.
—Usted cree que Angélica quería asegurarse el ascenso.
—Por supuesto. Como le he dicho es muy influyente dentro y fuera del
hospital. Cualquiera de los dos podríamos haberlo conseguido, pero ella
digamos que llevaba una ligera ventaja. Nada más recibirlas me puse en
contacto con ella. Le dije que era importante y quedamos en vernos. No
quería mencionar nada por teléfono.
—¿Recuerda la fecha en la que hablaron?
—No, pero sí la fecha de la cita. El día siete de noviembre por la tarde. La
recuerdo porque me dio plantón. Después intenté localizarla por teléfono
varias veces más y fue imposible.
Ella tomó nota de todos los detalles de la conversación con el doctor y le
agradeció la colaboración.
—Le digo lo mismo que le dije al agente Torres. Espero que esta
información no salga de aquí —dijo Mikel con gesto serio.
—Si usted no dice nada, yo tampoco. —Le sonrió—. Buenos días, doctor.
Se dirigió al aparcamiento. Sara la esperaba fumando un cigarro en la
puerta de entrada.
—Cómo ha ido todo. Has tardado. Es el quinto cigarro que fumo —dijo
mientras tiraba la cajetilla vacía a una papelera.
—Pensaba que no fumabas.
—Yo también. Hasta hoy. ¡Cuenta de una vez que me tienes en ascuas! —
La apremió.
Sara abrió una nueva cajetilla y le dio un cigarro. Se lo agradeció porque
necesitaba tranquilizarse. La conversación con el doctor Aguirre le había
supuesto un momento de tensión absoluta. La labor detectivesca se le hacía
extenuante para alguien como ella, que no se dedicaba de forma profesional
a la investigación.
Mientras apuraba las últimas caladas antes de apagarlo, le contó por
encima el contenido de la conversación, que Sara escuchó con atención.
Después se despidieron hasta el día siguiente.
De camino a Bilbao llamó a Héctor. Necesitaba contarle con lujo de
detalles lo acontecido esa mañana.
—¡Hola, Julia! ¿Qué has averiguado? —Por la forma de hablar, parecía
ocupado.
—¡Hola, guapo! El doctor ha hablado con la policía. Fue él quien le
entregó las fotografías a Morales, de ahí dedujeron que Gonzalo podría
conocer esa relación extramatrimonial y los celos ser el motivo del
asesinato. Tenían ya un par de pruebas que lo incriminaban y el inspector
sabía que Gonzalo ocultaba algo importante que motivó que Angélica se
fuera. Sabían lo de los malos tratos, les faltaba un móvil. Lo cierto es que
las mismas fotografías las recibieron de forma anónima tanto Gonzalo como
Mikel, pero Gonzalo se guardó la información por miedo a que, en efecto,
le acusaran. Mikel logró contactar por teléfono con Angélica. Quería pedirle
explicaciones. La persona con la que aparecía en las fotos, o sea Gamboa,
podría influir de alguna forma en el resultado del ascenso que se disputaban
ambos. Mikel creía que ella jugaba sucio camelándose a Gamboa, así que
quedó con Angélica para verse y aclararlo, pero no apareció a la cita. A
partir de ese momento no volvió a saber de ella.
—Perdona, Julia, pero estoy ocupado. Esta tarde me paso por tu casa y lo
comentamos con más detenimiento. Ahora tengo que dejarte —dijo Héctor
poniendo fin a la conversación.
Al día siguiente, de camino a Lezana recordó que debía parar en un
supermercado. Sara le pidió la víspera que llevase algo de picoteo y se le
había olvidado por completo. Sofía se encargaría de preparar la comida. La
disculpa para informarles de todo lo acontecido hasta el momento sobre
Angélica les permitiría disfrutar de un sábado de relax juntas.
—¿Hay alguien en casa? —La puerta de entrada estaba abierta. Pensó que
lo extraño en el pueblo es que estuviera la llave echada. Se asomó y entró
sin esperar respuesta.
Sofía, ataviada con un delantal de lo más friki, salió con una espumadera
en mano a saludarla.
—¡Qué bien! Ya estás aquí. Sara no ha llegado aún. ¿Nos tomamos una
cerveza mientras?
—¡Sin alcohol! —matizó ella por si había alguna duda.
—Por supuesto. No esperaba menos de ti. —Sofía se echó a reír—. Le
señaló el frigorífico para que se sirviera y le sacara otra a ella.
—Huele que alimenta. Yo he traído algo de picoteo que nos vendrá bien
para acompañar la cerveza. Te ayudo y salimos fuera.
Dejaron la comida preparada y la mesa puesta. Salieron al porche con los
aperitivos y un par de mantas para echarse por encima y esperaron a Sara,
que no tardó en llegar.
Después de comer, la cocina parecía una cacharrería. Platos y cubiertos
sucios amontonados en la pila, cazuelas con restos de comida se repartían
por la encimera dejando espacio en la mesa para el postre. Una suculenta
tarta, pastas de té y trufas junto a un buen café las entretuvo gran parte de la
tarde. Hablaron de muchos temas, pero no habían sacado aún el de
Angélica. Parecía darles miedo. Ella pensó que ese era un buen momento.
—Chicas, uno de los motivos de juntarnos hoy era comentaros lo poco
que he podido averiguar hasta la fecha. —Un nudo en la garganta le
dificultaba hablar del tema con ellas. Sara y Sofía cambiaron el semblante
de inmediato. No era fácil para ninguna.
—La policía sigue su investigación y no quiere a nadie que se inmiscuya.
Gracias a Héctor y al caso en el que trabajé con él hace años, me llamaron
para hacer una valoración psicológica de Gonzalo, el marido. Creo que lo
que realmente querían era decirme en persona que no necesitaban mi
colaboración.
—Ellos se lo pierden. Tú podrías aportar mucho. Nosotras la conocíamos
bien —dijo Sofía.
—¿Y dices que Gonzalo está detenido? —preguntó Sara mientras
rebañaba del plato el tercer trozo de tarta.
—No, todavía no. Gonzalo se puso en contacto conmigo al día siguiente
de ser interrogado porque la policía tiene indicios de que haya podido ser él.
Aparte de algunas pruebas en la escena del crimen, existen unas fotos
comprometedoras de Angélica con otro hombre que están en manos de la
policía. Piensan que él era conocedor de la situación y que los celos hayan
sido el móvil.
—¿Con otro hombre? ¡Le ponía los cuernos! —exclamó Sofía.
—Parece ser. Ya sabéis cómo era cuando se le metía algo en la cabeza…
—Sí, no tenía límite —la interrumpió Sara—. ¿Qué pretendía?
—Según la teoría de Mikel Aguirre, compañero de trabajo, ella se
aprovechaba del hombre de la foto, es doctor, un tal Gamboa, y de la
influencia que tiene en el hospital para conseguir un ascenso
—¿Y eso qué le importa a ese tal Mikel? —preguntó Sofía mientras se
levantaba para empezar a recoger la cocina.
—Que optaba al mismo puesto —le contestó ella cogiendo una pasta.
Decidió que debía ser la última puesto que notaba cómo el pantalón le iba a
reventar.
—¡Uffff! —resopló Sara—. ¿Algún sospechoso más?
—No lo sé. Lo siguiente será acercarnos a Gamboa.
Se levantó para ayudar a Sofía a recoger. Sara tenía prisa y se marchó
antes. Sofía le recordó que también estaba dispuesta a ayudar en lo que se
necesitase y ella se lo agradeció.
CAPÍTULO 9

Una hora más tarde, Julia paraba el coche en la puerta del garaje. Muerta de
cansancio no veía el momento de darse una ducha caliente y meterse en la
cama, aunque en ese instante se percató de que el día aún no había acabado.
Héctor la esperaba en el portal y no tuvo más remedio que bajar la
ventanilla para hablar con él.
—¿Se puede saber qué haces ahí? —voceó, aunque les separaban escasos
cien metros.
—El viernes no me dio tiempo a hablar contigo. Subo un momento. —
Héctor también levantó la voz y ella pensó que todo el vecindario se había
enterado de que el viernes no pudieron hablar.
—Te lo advierto. Cinco minutos, luego te echo —lo amenazó.
—Suficiente —dijo Héctor conformándose.
Mientras se cambiaba de ropa, él ocupó el sillón del despacho para, desde
ahí, revisar el panel con la información de que disponían hasta la fecha.
—Tenemos que añadir datos nuevos —dijo ella mientras entraba en la
habitación en pijama y se recogía el pelo en un moño—. Tanto Gonzalo
como Mikel recibieron las mismas fotografías de forma anónima. Alguien
seguía a Angélica y quería ponerles a ambos en su contra. —Recortó varios
trozos de papel para añadirlos al panel debajo de cada nombre.
—Mikel pensaría que se le escapaba el ascenso y Gonzalo quedó como un
cornudo —continuo Héctor la explicación—. Cualquiera de los dos pudo
hacerlo. Gonzalo, por celos; Mikel, por ambición. Pero ¿y si no lo hizo
ninguno de los dos?
—Entonces hay alguien más que quería quitar de en medio a Angélica
y…
—…Y prefería que otros lo hicieran por él. Digamos que les dio motivos
—finalizó Héctor la frase rebuscando caramelos por los cajones de la mesa.
El cuenco permanecía tal y como lo había dejado la última vez, vacío.
—No te molestes, no he comprado más —dijo ella que lo conocía muy
bien y se dio cuenta de lo que buscaba. Héctor levantó las manos en señal
de conformidad y se puso de pie.
—Estoy intrigado. ¿Cómo lograste la entrevista con Aguirre? No me lo
has contado.
—Ni lo voy a hacer. —Lo empujó hacia la puerta de la calle—. Se
acabaron los cinco minutos.
—¡Ya me voy! ¡Qué mujer! —exclamó—. Por cierto, yo también he
encontrado algo interesante. Investigando un poco sobre el hospital en el
que trabaja nuestro doctor he encontrado varias denuncias por mala praxis.
En concreto tres en los últimos ocho años. Te dejo los datos encima de la
mesa.
—Lo miraré. ¡Hasta mañana! —Por fin consiguió que se fuera.
El caos reinaba en el despacho de Héctor el lunes por la mañana. Julia se
preguntaba cómo era capaz de trabajar con cientos de papeles
desperdigados por encima de la mesa, por las estanterías o incluso encima
de las sillas. Tardó un rato en decidir dónde se iba a sentar y recogió los
archivadores que ocupaban el asiento y los colocó en un armario, encima de
otro montón de papeles. Pensó que era posible que Héctor tuviera su propio
orden dentro de ese desbarajuste, a fin de cuentas, cada uno se organizaba
como quería.
—Disculpa este pequeño desorden. —Entró en el despacho con un par de
cafés de máquina.
—¿Pequeño desorden? ¿A esto lo llamas pequeño desorden? La verdad es
que hacía mucho tiempo que no te visitaba en el trabajo. Siempre has sido
un poco desorganizado, pero esto se lleva la palma —dijo ella mirando a su
alrededor.
—El motivo es que me cambio de despacho, por eso hoy lo encuentras
todo un poco más desordenado. —Le ofreció uno de los cafés y sonrió—.
Pero no mucho más de lo habitual, ¿eh?
Ella sabía que era el momento de cambiar de tema y hablar de lo que en
realidad la había llevado hasta allí.
—He revisado la información que me dejaste el fin de semana sobre las
denuncias.
—Es lo que ocurre con pacientes cabreados, que con razón o sin ella las
cursan con la esperanza de resarcir su inconformidad con el resultado de un
tratamiento u operación. No es lo habitual, pero sucede y muchas veces
acaban en agua de borrajas —dijo Héctor mientras añadía un sobre de
azúcar al cortado.
—Sí, es cierto, pero los tres casos están relacionados con el servicio de
trauma y el periodo corresponde al tiempo en el que Angélica trabajó en el
hospital. Quizá tenga algo que ver. No sabemos si Angélica se arrimó a
Gamboa por el ascenso o por algún otro motivo que desconocemos y eso es
lo que debemos averiguar. Tengo que volver al hospital y buscar los
expedientes médicos de estos tres pacientes.
—Eso es bastante arriesgado, Julia. Cuando investigué sobre el hospital
también lo hice sobre Gamboa. Trabaja en él un par de días, el resto del
tiempo lo dedica a la clínica y a un proyecto que está desarrollando sobre
medicina deportiva. Es probable que el doctor sea una de las líneas de
investigación del inspector Morales y, si lo entrevistamos como policías,
puede que llegue a oídos de él. Eso nos entorpecería. Debemos acercarnos
sin levantar sospechas, así que he hablado con Sara para que me eche un
cable y vayamos a entrevistarlo como periodistas que van a escribir un
artículo sobre medicina deportiva.
—¿Sara y tú? Pero si no tenéis ni idea del tema —dijo escéptica mientras
arrugaba el vaso del café para tirarlo a la basura.
—Ahí te equivocas. Un amigo periodista de Sara nos ayudará a
prepararlo.
—Creo que mi idea es mejor y más rápida. Aunque, pensándolo bien, Sara
tiene buenas dotes de interpretación. —Sonrió recordando el día de la
entrevista con Mikel Aguirre y de pronto recordó algo—. ¡Espera, eso es!
Tengo que irme. Luego hablamos. —Se levantó deprisa y desapareció por la
puerta antes de que Héctor pudiera despedirse.
Debía pasar por la consulta. Ainhoa le había dejado varios mensajes en el
buzón de voz, pero fue directa a casa lo más rápido que pudo. Mientras
caminaba se esforzaba por recordar en qué lugar guardó el trozo de papel
donde el interesante y misterioso desconocido le escribió el número de
teléfono el día que fingió el accidente delante del hospital. Un pensamiento
le llevó a otro y recordó una voz varonil ofreciéndole ayuda, unos brazos
robustos agarrándola por la cintura y el perfume inconfundible. Sin darse
cuenta entraba por la puerta de casa.
Lanzó el bolso sobre la mesa de la cocina y se dirigió a la habitación.
Rebuscó en los bolsillos del abrigo sin éxito y entonces recordó haber
lavado el pantalón que se puso ese día. Corrió al colgador, lo recogió y
rebuscó con nerviosismo en los bolsillos. Dio un suspiro de alivio cuando lo
encontró doblado dentro en uno de ellos, aunque tuvo que utilizar el secador
de pelo un buen rato para quitarle la humedad. Desdobló el papel con sumo
cuidado, el nombre apenas era legible, pero aún podía leerse el número de
teléfono.
Grabó el número en el móvil y planeó la siguiente actuación. Necesitaba
acceder a un ordenador con una clave de usuario y contraseña en el hospital
y pensaba conseguirlo a través de Javier. Una agradable sensación le
recorría todo el cuerpo cada vez que lo recordaba.
—¿Sí?
—Buenos días, Javier. Seguro que no me recuerda. Nos conocimos por
casualidad en la calle hace unos días. Usted me ofreció su ayuda para
acompañarme a urgencias del hospital después de un accidente que sufrí en
la calle.
—La recuerdo. Lo que no recuerdo es que me dijera el nombre.
Volver a oír su voz le provocaba un agradable nerviosismo. En ese
momento se dio cuenta de que sentía atracción por un completo
desconocido. Al segundo apartó ese pensamiento y volvió a centrarse en el
plan.
—Me llamo Julia. Mañana tengo una consulta en el hospital y, como
muestra de mi agradecimiento, quería acercarle un detalle. No todo el
mundo se comporta como usted ante una situación así.
—Se lo agradezco, pero no es necesario que se moleste. No obstante, si
me vuelve a necesitar, me llamo Javier Montero.
Colgó la llamada y se dejó caer en el sillón. Sin apenas darse cuenta, una
gran sonrisa le iluminaba la cara. El teléfono volvió a sonar.
—¿Sííí?
—¿Sííí? —repitió una voz al otro lado del teléfono—. ¡Espabila, Julia!
Acabo de hablar con Héctor y me ha comentado que esta mañana te has
marchado del despacho con mucha prisa, si no, diría que te acabas de
levantar. —Era Sara—. Te llamo para que te olvides de ir al hospital. Héctor
y yo nos encargamos de Gamboa. Además, su secretaria nos ha dado ya una
cita para hablar con él.
—Me parece bien, pero yo necesito contrastar una información. De
momento encargaos vosotros del doctor.
—¡Ah!, de acuerdo. Es que Héctor solo me ha comentado el empeño que
tienes en visitar de nuevo el hospital, pero no me ha dicho más. Pensé que
era también por el médico.
Ella no quería comentar nada sobre las denuncias de los pacientes.
Necesitaba obtener más información antes de hablarlo con Sara y Sofía. El
tema, de momento, quedaba entre Héctor y ella hasta ver si era o no
relevante.
—No, no. Aunque quizá tenga que volver una tercera vez si no sale bien
lo que tenéis pensado. ¿Cómo se os ha ocurrido lo de la entrevista? Le he
dicho a Héctor que no es buena idea. No sois periodistas y puede que se dé
cuenta.
—Ni tú estás enferma. Al final, el fin justifica los medios, ¿no te parece?
¿Queremos encontrar al que le hizo esto a Angélica o no?
—En eso tienes razón. —Por un momento se quedó pensativa—. Ya
podéis trabajaros la actuación. —Sin quererlo sonó a orden de un superior.
Esperaba que Sara no se hubiera molestado.
—Déjalo de mi cuenta. Un beso.
El inspector Morales revisaba con detalle la transcripción del
interrogatorio a Arturo. Repasó algunos de los datos, como la actitud
nerviosa que mostró en todo momento, las contradicciones en las
declaraciones respecto a lo que hizo y dónde estuvo el día que se produjo el
asesinato o el hecho de que no presentara una coartada sólida. Quitar de en
medio a la única hermana sin hijos lo convertiría en heredero universal y
solucionaría el problema de deudas acuciante que parecía atormentarle.
Repasó los documentos del expediente en busca del dato sobre el caudal
hereditario que, según leyó, ascendía a algo más de un millón de euros. Al
menos un tercio en efectivo del que podría disponer en cuanto presentase en
el banco la documentación pertinente. Solo había un detalle que no le
encajaba: ¿por qué denunciar una desaparición de la que se es culpable?
Cerró la carpeta y abrió otra colocada justo debajo de la que sacó las
fotografías que habían obtenido en el encuentro con Mikel Aguirre.
Apoyado sobre el respaldo de la silla, sujetaba las fotos con una mano
mientras se quitaba las gafas con la otra. Se preguntó qué papel jugaba el
doctor Gamboa en todo esto. Ensimismado en sus pensamientos, no se dio
cuenta de que Torres le solicitaba permiso para entrar.
—Disculpe, jefe, ¿puedo pasar?
—No, discúlpame tú, Torres, no te oí llamar —comenzó a hablarle de
forma cortante y antipática—. Espero que tengamos algo nuevo porque
estamos perdiendo un tiempo muy valioso y no contamos con más
información de la que disponíamos hace quince días.
—Sí, jefe. Los cinco expedientes sobre pacientes del hospital que
encontramos en el documento encriptado.
—Dime algo que no sepa, Torres. —Notaba el enfado creciendo por
momentos.
—Todos ingresaron por urgencias con dolencias muy similares: pérdida
de fuerza y sensibilidad en las manos, incapacidad de caminar rápido,
espasmos musculares en las piernas… Todos ellos fueron atendidos en un
primer momento por diversos especialistas del equipo al que pertenecía
Angélica, incluso ella misma es quien firma alguno de los informes. Y
todos ellos fueron supervisados por Gamboa en persona. Diagnóstico:
estenosis cervical, es un estrechamiento del canal vertebral provocado por
un desgaste de los discos intervertebrales. Por regla general, el motivo suele
ser el envejecimiento, pero en estos casos estamos hablando de pacientes
jóvenes, todos ellos deportistas.
—Angélica hubo de ver algo raro en todo esto —dijo el inspector
frotándose la barbilla—. Quiero que vuelvan a revisar los cinco informes.
Tiene que haber algo más que le llame la atención a un médico que se pasa
el día revisando datos de pacientes.
—Hay algo más extraño y es que los expedientes están borrados en la
base de datos del hospital.
—Entonces ¿de dónde los sacó ella?
—Desde luego del hospital, no —concluyó el agente Torres que ahora
parecía más relajado—. Mi teoría es que descubrió algo sobre el doctor que
le salió caro.
—No saquemos conclusiones antes de tiempo. ¿Qué sabemos del agente
Salazar? ¿Está ya operativo en el hospital?
—Es él quien nos ha informado de que los expedientes habían
desaparecido. Y de otro dato, inspector, todos ellos habían sido tratados
previamente en la clínica privada de Gamboa varios meses atrás.
—De acuerdo. Vamos a dejarle hacer su trabajo. Tendremos que ir con
cuidado, Gamboa no es accesible y esta era la única forma de averiguar lo
que se trae entre manos.
Al día siguiente a primera hora, Julia conducía en dirección a San
Sebastián. Por el camino pensaba la manera de obtener la información que
necesitaba y creía tener claro el plan a seguir. Se entretuvo gran parte del
trayecto escuchando un repertorio de canciones ochenteras que le
recordaban momentos de la juventud. Cuando llegó, aparcó en el mismo
parking de la última vez porque conocía el camino y evitaría perder tiempo
buscando otro lugar. Quería terminar cuanto antes, no le agradaba
demasiado verse inmersa en una historia de detectives, pero había decidido
llegar hasta el final.
—Perdone, estoy buscando a Javier Montero. Creo que trabaja en
traumatología —preguntó en administración a una joven que parecía un
poco perdida por el tiempo que se tomó en localizarlo.
—Sí, pase a esa sala y yo le aviso.
—¡No! —Logró sobresaltar a la muchacha—. Quiero decir que no hace
falta que le avise. No me gustaría molestarlo, prefiero acercarme yo.
—Bueno…, ahora mismo está en fisioterapia. Cuando termine la atenderá
en la consulta 4BIS en la cuarta planta. Espere allí.
—Gracias, muy amable. —Se dirigió a las escaleras. Necesitaba
encontrarse con él en un despacho para que el plan funcionase.
Encontró la consulta 4BIS en la cuarta planta y se fijó en que el despacho
donde Javier atendía a los pacientes era compartido con otros
fisioterapeutas. En un pequeño letrero colocado en la pared a la derecha de
la puerta se podían leer los nombres y en mayúscula el del doctor que
pasaba consulta en ese horario. Aunque no era el despacho exclusivo de
Javier, le serviría de igual forma. Se aseguró de que nadie a su alrededor la
observaba y abrió la puerta con disimulo. La sala se encontraba vacía y él
tardaría aún quince minutos en terminar la sesión según le había explicado
la joven de administración.
No lo pensó dos veces y entró con mucho disimulo cerrando la puerta tras
de sí con cuidado de no hacer ruido. Abrió la impresora, sacó el tóner y lo
metió en una bolsa de plástico dentro del bolso. Tardó un par de minutos,
después regresó a la puerta, giró el pomo con cuidado y la abrió lo
suficiente para asegurarse de que no había nadie, pero vio cómo dos
enfermeras se aproximaban. Comenzaron a flaquearle las piernas y el
corazón le latía tan rápido y con tanta fuerza que parecía que iba a salirse
del pecho. Los latidos le retumbaban en la cabeza como si de un martillo se
tratase y le impedían pensar con claridad. Necesitaba esconderse.
La puerta se abrió y entró una de ellas, la otra permaneció en la puerta.
Desde donde estaba escondida solo podía ver los zuecos sanitarios que
ambas calzaban en el mismo color azul marino. Encontró un hueco debajo
de la mesa que creyó más seguro que el armario y acertó porque entraron a
guardar algún material que no llegó a ver. Julia miró el reloj, tenía los
nervios a flor de piel, habían pasado diez minutos y Javier podía aparecer en
cualquier momento. Qué pensaría si la encontraba allí, escondida debajo de
una mesa, esperando a que la parejita de enfermeras dejara de cotillear de
los problemas de algún compañero al que debía estarle pitando uno de los
oídos, pensó que el izquierdo en concreto por lo que criticaban.
En el momento en que oyó cerrar la puerta, salió del escondite. No
disponía de mucho tiempo, así que no se lo pensó. Suerte que no había
nadie. Buscó un baño para refrescarse y retocarse el maquillaje, respiró
hondo un par de veces y volvió de nuevo a la consulta 4BIS. Esta vez llamó
a la puerta.
—Pase —ordenó una voz que provenía del interior de la habitación.
—Buenos días, doctor. —Trató de mostrar su mejor sonrisa y no le costó
al verlo. Percibía el inconfundible aroma a lavanda y jazmín que le
fascinaba.
—Buenos días, Julia. Prefiero que me llame Javier. Lo de doctor me
parece demasiado encorsetado. Siéntese, por favor —le dijo con la misma
amabilidad con que la trató la primera vez.
—Entonces, si no te importa, Javier, tutéame. Tratar de usted envejece. —
Sonrió mirándole a los ojos y él le correspondió con otra sonrisa—. Solo
quería tener un detalle contigo. —Sacó del bolso un paquete envuelto con
papel de regalo—. Son unos bombones. Te hubiera traído una botella de
vino, pero no bebo y no entiendo de vinos, así que pensé que con el dulce
acertaría.
—Te dije que no hacía falta, pero te lo agradezco porque me encanta el
chocolate. Julia, me dijiste que tenías una consulta hoy. ¿Qué tal vas de lo
tuyo?
Ella se preguntaba si se tomaría todas esas molestias con otras pacientes.
—Mal —mintió—. Sigo con molestias, aunque todo pareció salir bien.
Eso te quería comentar, necesito otro favor, Javier. No sé si podrás sacar
una copia del informe médico con las pruebas que me hicieron. No sé dónde
tengo la cabeza y perdí el que me dieron en urgencias el día del accidente.
—Claro, no me cuesta nada. Te lo doy y, si sigues así, quizá sea mejor que
te pases por la clínica del doctor Gamboa. Él trabaja también en este
hospital, pero te realizarán un estudio más exhaustivo allí. Están
especializados en este tipo de dolencias.
Ella se dio cuenta de que el plan funcionaba.
—Parece que no imprime. —Javier se inclinaba sobre la impresora para
ver cuál era el problema. Observó que faltaba el tóner—. ¿Quién ha podido
quitar el tóner sin reponerlo de nuevo? —preguntó extrañado—. Te dejo un
momento. Voy a ver si encuentro un recambio o te lo imprimo desde otra
impresora.
Ella se levantó una vez que él salió de la sala. Se asomó para comprobar
que se había ido y entonces se sentó delante del ordenador. Javier había
dejado la clave y contraseña puestas, solo debía meter los datos relativos a
los tres pacientes sobre los que quería informarse. El programa que
utilizaban era sencillo e intuitivo. No podía creer lo que estaba viendo, o
más bien lo que no estaba viendo. Los nombres sí que aparecían en la base
de datos, pero los datos no. Por algún motivo habían borrado los
expedientes. En los tres casos igual. Volvió a dejar la pantalla tal cual la
encontró con el informe de urgencias que el doctor había tratado de
imprimir sin éxito.
Volvió a sentarse al otro lado de la mesa y esperó a que llegara.
—A ver si ya no hay más problemas. —Colocó un tóner nuevo y le
imprimió una copia—. Piénsate lo de ir a la clínica si sigues mal y llévales
este informe.
—Gracias, Javier. —Al recogerlo le rozó la mano y una agradable
sensación le recorrió todo el cuerpo—. Me tengo que ir. —Se despidió con
la esperanza de verlo una próxima vez.
CAPÍTULO 10

La puerta del despacho permanecía entreabierta. Julia había recibido la


visita de Sara con quien llevaba un buen rato conversando cuando Ainhoa
las interrumpió. Trató de susurrar para que el señor Sánchez, que era un
tiquismiquis, no la oyera desde la sala de espera, ya que poseía una agudeza
auditiva fuera de lo común.
—Luis Sánchez acaba de llegar. Hoy no viene de urgencia, pero parece
que tiene prisa —dijo con un volumen tan bajo que apenas se la escuchaba.
Tuvo que volver a repetirlo para que ambas la entendiesen y fue en ese
momento cuando se le oyó desde la habitación contigua.
—¡Ya estoy aquí, doctora! ¡Ainhoa le está tratando de decir que ya he
llegado! —dijo el señor Sánchez a grito pelado.
Julia sonrió. Sabía que era de los pocos pacientes que bajo ningún
pretexto permitía que le atendiese nadie que no fuera ella.
—De acuerdo, Ainhoa, dame cinco minutos. —Retomó la charla con Sara
sobre los pormenores de la entrevista que mantuvieron Sara y Héctor con
Gamboa. Parecía que no habían tenido mucho éxito.
—¡Es egocéntrico y narcisista! Primero es él, luego él y después él con
sus logros personales. No pudimos recabar información sobre el equipo de
profesionales con los que trabaja en el hospital, entre los que se encontraba
Angélica, y a pesar de haber preparado un guion nos llevó por donde quiso
respondiendo solo a lo que le interesaba y concediéndonos un tiempo muy
limitado. La verdad, no pudimos obtener mucha información —reconoció
Sara con gesto de enfado—. Le he dicho a Héctor que yo me encargaba de
venir a contártelo. Parece que hoy y mañana va a estar bastante ocupado.
Por cierto, respecto a lo que me has dicho hace un rato sobre que te
presentaste en el hospital sin decirnos nada, ¿eres consciente del riesgo que
corriste?
—Sí, lo sé. No hace falta que me lo repitas, pero al menos averigüé algo
más.
—Debe ser importante para arriesgarte así —dijo Sara con voz dubitativa
—. ¿Se puede saber qué buscabas?
—Lo siento, todavía no. Necesito algún dato más antes de comentarlo con
Sofía y contigo.
—No te preocupes. Ya sabes que puedes contar conmigo para lo que
quieras. Vamos a llegar al fondo de esto como sea. —Le transmitió
confianza agarrándole la mano y en ese momento dudó si contárselo o no,
aunque las denuncias al hospital no conducían a ningún lado y necesitaba
darles algo más concluyente que el simple hecho de que hubieran sido
borrados los expedientes médicos de tres pacientes. Decidió que lo más
acertado era esperar y no precipitarse.
Consideraba a Sara y Sofía buenas amigas. Siempre lo fueron y sabía que
hubieran dado lo que fuera, al igual que ella, para que Angélica estuviera
viva.
—Siento molestaros, pero… —Esta vez Ainhoa entró en la habitación y
se dirigió a ellas con tono de voz apremiante. Sara se levantó.
—Sí, sí, tienes razón, Ainhoa. Me siento a hablar y pierdo la noción del
tiempo —dijo Sara mientras se embutía en un abrigo color camel con un
enorme cinturón de lo más favorecedor—. ¡Hasta la vista, chicas! —se
despidió.
Aún no había salido por la puerta cuando el señor Sánchez la arrolló
intentando entrar. Julia decidió no comentar nada al respecto y lo invitó a
sentarse mientras abría una carpeta. Él prefirió permanecer de pie llevando
la contraria, como venía siendo habitual.
—Doctora, mi tiempo es oro. Si me da una cita es para que me atienda
puntual, ¿no cree? —continuó hablando sin darle posibilidad de responder
—. Y dígame, ¿ha dormido bien esta noche? ¿Ha descansado?
—¿Influiría mi descanso en su estado de ánimo? —le respondió
mirándolo perpleja por encima de las gafas.
—¡Por supuesto, doctora! No cabe duda de que no dormir de forma
adecuada y durante el tiempo necesario puede desencadenar estrés,
cansancio, depresión, comportamientos agresivos y alteraciones en el
humor.
—En efecto, ha acertado. Ha descrito perfectamente cómo me encuentro
hoy. —Intentaba ponerlo a prueba y ver a dónde quería llegar.
—Lo sabía. Si es que no hay más que verle la cara paliducha y esas ojeras.
—¿Cómo se encuentra hoy, Luis? —Cambió de opinión y prefirió desviar
la conversación al tema que les ocupaba en la consulta.
—Pues eso, doctora, dadas las circunstancias, no creo que sea un buen
momento para decirle que sigo con ataques de ansiedad —dijo Luis con una
timidez inusual en él.
—Para eso estamos aquí. —Ella lo animó sin saber la causa por la que la
ansiedad no remitía. Pensó que debería haber desaparecido con la
medicación. Entonces, de pronto, intuyó el motivo de la pregunta inicial del
señor Sánchez—. ¿Está tomando la medicación?
—Es usted muy lista doctora y muy observadora. Espero que la falta de
sueño no le provoque también un comportamiento agresivo porque el mal
humor lo empieza a notar, ¿no es así?
—Por supuesto que lo noto, pero no por no dormir, sino porque está
empeñado en no curarse. ¿No le dije en la última cita que sin tomar la
medicación no surtirían todo el efecto deseado las sesiones conmigo? —
Pensó que era una persona de lo más peculiar y en el fondo le gustaba que
fuera así. Sabía quitar hierro al asunto y eso era algo de lo que carecían el
resto de pacientes.
Luis la miraba con ojos de cordero degollado.
—Doctora, soy analista de un laboratorio farmacéutico y eso influye en
una persona tan maniática como yo a la hora de tomar medicación. ¿A usted
le gusta tomar pinchos en los bares?
—Sí, y si es con buena compañía. mejor —contestó, y esta vez cambió el
semblante regalándole una sonrisa.
—No se equivoque. ¡Dios me libre de invitarla y que se entere mi mujer!
Si usted trabajara en las cocinas del bar cocinando todo el día de la mañana
a la noche seguro que acababa asqueada y sin ganas de probarlos.
—Hay una diferencia, Luis. Necesita la medicación para recuperarse. En
la situación que me plantea puede que, en efecto, acabe asqueada, pero al
llegar a casa me prepararía algo que me apeteciera. No dejaría de comer.
Aquí usted debe tomar las pastillas, las que tiene en casa —dijo ella
intentando darle una explicación lo más sencilla posible a la vez que
realizaba varias anotaciones en el expediente.
Lo invitó a tumbarse en el diván para realizar varias de las técnicas de
relajación que habían practicado en otras sesiones y él le prometió que esta
vez tomaría la medicación antes de volver a solicitar una cita. De lo
contrario, Julia le recomendó que en la próxima visita acudiera a la consulta
acompañado de la mujer y eso pareció no ser de su agrado.
Una vez que el señor Sánchez abandonó el despacho, ella y Ainhoa
pasaron un rato agradable comentando las peculiaridades de este paciente,
que siempre lograba arrancarles una sonrisa hasta que la conversación se
vio interrumpida por el sonido de su móvil.
—Hola, Héctor, ¿qué tal va todo? Ha estado Sara por aquí para charlar un
rato.
—Sí, lo sé. Me dijo que pasaría hoy. Como te habrá dicho, no hemos
averiguado mucho.
—Pues yo sí que descubrí algo nuevo en mi visita al hospital. Los
expedientes han sido borrados. Hay alguna información sobre estos
pacientes que no quieren que se sepa. De momento no lo he comentado con
Sara ni con Sofía.
—Me parece bien. También hay algo que considero importante de nuestra
visita al doctor Gamboa y por eso te llamo. Nos invitaron a esperarlo en el
despacho y, mientras permanecíamos sentados, observamos cómo una
enfermera entraba un par de veces con documentos en la mano y salía sin
ellos. La segunda vez me giré para observarla y vi que los depositaba en un
cajón cerrado con llave y cómo la llave la cogía de otro de los cajones.
—¿Crees que pueda ser importante? Sara no me ha comentado nada.
—Creo que no le dio importancia, sin embargo, a mí me resulta extraño.
Hoy en día todo está informatizado, incluso puedes bloquear con claves la
información que no quieres que sea accesible, pero ¿qué clase de
documentos guardas bajo llave en tu despacho?
—Tienes razón y esto me lleva al siguiente paso que ya tenía pensado.
Voy a ingresar en la clínica privada de Gamboa. —Cerró los ojos esperando
un gruñido al otro lado del teléfono. Al cabo de unos segundos, y viendo
que no pasaba nada, los volvió a abrir—. ¿Estás ahí?
—Claro que estoy aquí. Sé que me repito mucho, pero ¿estás loca? Si lo
del otro día fue arriesgado, esto que pretendes lo es mucho más.
—No esperaba otra respuesta —refunfuñó cansada de ese tipo de
comentarios—. Lo tengo ya pensado. Las referencias y el informe que
necesito los he conseguido de un médico del hospital que conocí el día que
fui a visitar a Mikel Aguirre. Será suficiente para que me atiendan en la
clínica. Puedes apoyarme o no, pero no vuelvas a preguntarme si estoy loca.
—¿Que conocí? —repitió Héctor con retintín. Parecía querer poner una
nota de humor en la conversación—. Eso sí que me ha sonado raro viniendo
de ti. ¿Has conocido a alguien y no nos has dicho nada ni a Nerea ni a mí?
—¡No me cambies de tema! —Intentó de forma inútil mantener el hilo de
la conversación—. Te iré llamando para informarte. Quiero que hables con
Sara para que esté al tanto de que voy a pasar un par de días en la clínica y
dile que a la vuelta la informaré de todo a ella y a Sofía. Me gustaría que
estuvierais pendientes de lo que pueda pasar.
—De acuerdo. Lo haré. Ahora cuéntame quién es el desconocido.
—Lo siento, pero te voy a dejar con las ganas. Tengo que hablar con
Ainhoa para que atienda algunos trabajos pendientes estos próximos días.
¡Agur! —Cortó la llamada antes de tener que responderle alguna otra
pregunta incómoda sobre Javier. De nuevo, se le dibujó una sonrisa en la
cara.
Ainhoa había pasado toda la mañana del miércoles intentando conseguir
una cita en la clínica para Julia. Cuando la atendieron, le explicaron que,
para hacer un estudio completo, el paciente necesitaba permanecer
ingresado al menos una noche. Antes de confirmar la cita prefirió
consensuarlo con Julia, a quien le pareció buena idea porque le permitiría
más tiempo para investigar. Lo que no quiso pensar fue en las pruebas a las
que se sometería solo por el afán de encontrar al asesino de Angélica.
Julia miraba a través de la ventana de la habitación 132. Las nubes
impedían ver el sol y el frío se hacía notar en la forma de vestir de la gente
abrigada hasta los topes con gruesos abrigos, guantes, gorros y bufandas. El
día amaneció oscuro y gris como su estado de ánimo. Se preguntaba cómo
una persona con fobia a los médicos y hospitales llegó hasta allí, a la clínica
del doctor Gamboa. Le parecía una situación de lo más surrealista verse
metida en ese embrollo, pero el amor propio la obligaba a seguir hacia
delante y le impedía abandonar a Angélica, a pesar de todo. Absorta en una
maraña de pensamientos melancólicos, se sobresaltó al oír un portazo en la
habitación.
—Disculpe, señorita Márquez. La he asustado. —Una enfermera que
aparentaba no más de veintitantos había entrado y cerrado la puerta de
golpe—. Mañana le realizaremos algunas pruebas y debo comprobar los
datos personales.
—Sí, por supuesto. ¿De qué pruebas se trata?
—Creo que tiene programadas solo tres: una analítica, radiografía y
ecografía cervical —dijo la enfermera mientras consultaba la información
en el iPad, moviéndose con absoluta destreza por la pantalla.
Después de realizar las comprobaciones oportunas y de informarle de que
al cabo de un rato le traerían la merienda, se marchó. Julia trató de espabilar
y centrarse en lo que le había llevado hasta allí. Respiró hondo mientras
echaba un vistazo a la habitación que le parecía de lo más amplia e
iluminada. Los tonos cálidos de las paredes y un pequeño jarrón con flores
artificiales sobre un armario bajo no daban la sensación de permanecer en
una clínica, sino más bien en un hotel balneario de no ser por la cama
articulada.
Decidió meterse de una vez en el papel y se atavió con un camisón con
bata a juego de los que se guardan durante años para usarlo en el momento
en que se han pasado de moda. Lo siguiente era marcar un plan a seguir.
Empezaría por buscar información sobre los pacientes que cursaron las
denuncias. No encontró ningún dato sobre ellos en el hospital, pero Mikel
Aguirre mencionó que en algunas ocasiones atendían a pacientes derivados
de la clínica privada de Gamboa. Necesitaba encontrar un hilo del que tirar.
Después debía encontrar la forma de entrar en el despacho para averiguar
qué tipo de expedientes eran los que guardaba bajo llave.
Disponía de tiempo hasta que le trajeran la merienda, momento en el que
estaría de vuelta en la habitación. No quería dejar que los miedos e
inseguridades, de los que iba sobrada, volvieran a apoderarse de sus
pensamientos porque, si lo permitía de nuevo, esta vez saldría corriendo.
Inspiró profundamente y salió a observar.
La planta en la que ella permanecía parecía tranquila. Los pasillos amplios
y despejados apenas eran transitados por pacientes y la mayoría
permanecían en las habitaciones o en las salas de visita con acompañantes.
Apreciaba un ligero aroma a flores y vainilla, lejos del olor a desinfectante
característico de los hospitales, y observó que en el control de enfermería
solo había una persona que se ausentaba de forma periódica unos diez
minutos cada hora, dejando el ordenador operativo. También examinó desde
fuera una de las habitaciones contiguas a través de dos grandes cristaleras
con persianas que por la posición de las lamas permitían ver una gran mesa
en el centro, una zona pequeña de relax con butacas y varios percheros con
batas blancas. Parecía una sala de descanso.
Decidió darse una vuelta por el piso superior. La distribución era la
misma. Tomó varios apuntes en la agenda del móvil sobre lo que había visto
y decidió regresar. Llevaba casi dos horas pululando por los pasillos.
Entró de nuevo en la habitación y se detuvo de manera inesperada a los
pies de la cama. Algo parecía llamarle la atención. No recordaba haber
dejado abierto el armario y la maleta fuera de él. Por un momento pensó
que alguien pudiera haber entrado, pero al segundo desestimó la idea. El
estrés acumulado y la angustia de verse en un hospital le estaban jugando
una mala pasada. Seguro que no era más que eso. Guardó la maleta en el
armario y lo cerró.
De nuevo, se sobresaltó al oír entrar a la joven enfermera que le traía una
bandeja con un café con leche y unas galletas.
—¿Va todo bien? —le preguntó con mucha amabilidad.
—Sí, sí, eso creo —contestó dubitativa y un poco confundida.
—Aquí le dejo algo de comer. Pasaremos dentro de un rato a recogerlo. —
Dejó la bandeja encima de la mesa y salió de la habitación.
—Disculpe, ¿a qué hora se hace el cambio de turno? —La enfermera
pareció extrañarse con la pregunta, así que, de inmediato, buscó una
justificación—. Una conocida trabaja en esta clínica y entra en el turno de
noche, me dijo que se pasaría a visitarme. —Pareció convencerla.
—¡Ah! Pues a las diez de la noche, aunque solemos entrar un poco antes
para cambiarnos.
—Gracias. La esperaré despierta —le dijo con una sonrisa forzada.
La enfermera la informó de que no les llevaría más de un par de días
realizar un estudio y diagnóstico completo, así que debía darse prisa en
encontrar aún no sabía qué. Paseaba nerviosa de un lado a otro de la
habitación, mordiéndose las uñas. Era una costumbre que adquirió de
pequeña a la que recurría cuando necesitaba concentrarse y, mientras iba y
venía, se convenció de que la única forma de pasar desapercibida era
confundirse entre los sanitarios.
Se asomó al pasillo. Observó que desde la habitación alcanzaba a ver sin
impedimento alguno el control de enfermería y la zona de descanso. Debía
esperar al cambio de turno para confundirse entre el personal que terminaba
la jornada y los que la empezaban. Habría más movimiento de gente y le
permitiría pasar desapercibida. Después esperaría a la noche para continuar
con el plan.
Se tumbó en la cama, le escribió un mensaje a Héctor informándolo de
que todo marchaba según lo previsto y que bajo ningún pretexto se pusieran
en contacto con ella. Le explicó que había visto muchas películas policíacas
donde el sonido del móvil acababa delatando al protagonista en el momento
menos oportuno y que, bromas aparte, sería ella quien se pondría en
contacto con él. Después decidió relajarse escuchando algo de música. Al
cabo de unos minutos, él contestó al mensaje diciendo que había hablado
con Sara y estaban pendientes para lo que necesitase.
Apagó el móvil y decidió tomar algo de la cena que la enfermera le había
dejado hacía un rato en una bandeja encima de la mesa. Levantó la tapa y se
encontró una ensalada de lechuga y tomate, tortilla de patata y yogur. «Un
menú de lo más correcto para ser de hospital», pensó y, aunque llevaba todo
el día con un nudo en el estómago, sabía que necesitaba alimentarse si no
quería desfallecer en cualquier momento.
Se aproximaba la hora, pero decidió esperar a que se llevaran la bandeja
de la cena para evitar que volvieran a entrar a la habitación y no la
encontrasen allí. Mientras, abrió el armario, sacó de nuevo la maleta y se
vistió con un pijama sanitario que había comprado esa misma mañana por si
decidía vestirse de enfermera. Lo observó un rato y se dio cuenta de que no
era la misma tonalidad que los uniformes que allí utilizaban, así que
necesitaba una bata blanca para ponerse por encima. Esperó metida en la
cama, vestida de pies a cabeza y tapada hasta el cuello, a que la enfermera
se llevara la bandeja. Después se levantó, se agarró un moño, se puso unas
gafas y salió de la habitación con paso firme y decidido.
Era la hora de cambio de turno. Grupitos de enfermeros y enfermeras
charlaban con un café en mano en la sala de descanso, mientras el trasiego
de personal por la zona era suficiente como para que nadie se fijara en ella.
Aprovechó el momento y entró con la cabeza gacha mirando de reojo para
asegurarse no llamar la atención. Descolgó con cuidado una de las batas del
perchero. Se la puso y salió de allí lo más rápido que pudo.
El corazón le latía a velocidad de vértigo y las manos le sudaban de
continuo. Dio varias vueltas por los pasillos durante un rato y esperó a que
se quedase sola la persona que esa noche atendía en el control de
enfermería. Las luces de los pasillos comenzaron a apagarse y todo
permanecía en silencio. El barullo del cambio de turno había desaparecido.
Al cabo de un rato, el enfermero se ausentó de su puesto y ella aceleró el
paso para no perder un segundo. Se sentó delante del ordenador y sacó el
móvil con los nombres de los pacientes de los que necesitaba la
información. Miraba en todas direcciones con la angustia de terminar antes
de que volviese.
—Venga, venga, venga —susurraba nerviosa a la vez que movía las
piernas de forma compulsiva bajo la mesa. Por un momento se concentró en
la información de la pantalla, en un dato nuevo que llamó su atención. Los
tres pacientes pasaron por la clínica varios meses antes de ingresar por
urgencias en el Hospital de Gros, sin embargo, también había sido borrado
cualquier dato de tratamiento o diagnóstico. Mientras terminaba de
fotografiar con el móvil la información de las distintas pantallas, oyó que
unos pasos se aproximaban. Casi lo tenía, solo debía dejar la pantalla como
la encontró, pero no disponía de tiempo suficiente. El sonido de las pisadas
se notaba cada vez más y más cerca. Las manos le sudaban tanto que llegó a
humedecer las teclas del ordenador.
Un segundo antes de que el enfermero entrara en el control de enfermería,
ella salía con paso calmado. Mientras se dirigía hacia el fondo del pasillo,
giró con disimulo la cabeza para observar que nadie la seguía.
CAPÍTULO 11

Sintió cierto alivio, aunque aún rebosaba adrenalina por los cuatro costados.
Sabía que no podía volver a la habitación, que necesitaba aprovechar la
oportunidad del momento y entrar en el despacho de Gamboa. Puede que no
tuviera ocasión al día siguiente, así que continúo andando por el pasillo
hasta el final, donde una pesada puerta de metal con un cartel de acceso
restringido limitaba el paso a los pacientes. La empujó con fuerza y salió a
las escaleras de emergencia haciendo caso omiso a la prohibición.
Se detuvo en un pequeño descansillo antes de comenzar a subir al
segundo piso. Sacó el móvil del bolsillo de la bata y revisó el plano que
Héctor le había enviado de víspera con las indicaciones necesarias para
moverse dentro el hospital y poder llegar hasta el despacho. Subía peldaño a
peldaño, despacio y en silencio, cuando un ruido la detuvo de inmediato.
Oyó cerrarse de nuevo la puerta que había cruzado unos minutos antes y
aguzó el oído, pero no escuchó pasos. Miró a su alrededor y no vio nada
extraño, aunque la penumbra tampoco le permitiría observar algo fuera de
lo normal.
Decidió no dar rienda suelta a la imaginación, seguir centrada y continuar
subiendo las escaleras, pero sin darse cuenta aceleró el paso dejándose
llevar de forma inexorable por el miedo que le impedía actuar de forma
coherente.
Empujó con ímpetu la puerta de acceso al segundo piso y entró corriendo
como si escapara de algo cuando se dio cuenta de que dos enfermeras se
aproximaban por el pasillo hacia ella charlando en voz baja. Trató de
disimular echando un vistazo al móvil que llevaba en la mano mientras
pasaban de largo. Continuó andando a la vez que revisaba de nuevo el
plano. Debía atravesar toda la planta hasta la zona reservada para
despachos. Se encontraba en el lado opuesto del edificio.
Cada cierto tiempo, miraba hacia atrás para asegurarse de que continuaba
sola. Mantuvo la desagradable sensación de que alguien la había estado
siguiendo durante toda la noche y sobre todo en los diez interminables
minutos que le llevó llegar hasta allí. El despacho del doctor Gamboa era el
primero, fácilmente identificable, tal y como Héctor le había descrito, pero
la puerta estaba cerrada. «Gran error de novata», pensó. No contaba con que
los despachos estarían cerrados a esas horas y necesitaba resolverlo lo antes
posible. Recordó cómo Héctor le abrió la puerta de casa un día que olvidó
las llaves dentro y se puso manos a la obra.
Deshizo el camino hacia el pasillo de habitaciones. Sabía que su
indumentaria no levantaría sospechas y lo aprovechó para entrar en la sala
de curas con el fin de tomar prestadas unas tijeras. Rescató un botellín de
agua de una papelera y se dirigió a un cuarto de baño para recortar un trozo
sin que nadie la viera. Lo guardó en el bolsillo y retomó la vuelta al
despacho.
De nuevo delante de la puerta, se agachó a la altura de la cerradura,
insertó el plástico unos centímetros por encima y lo forzó varias veces hacia
abajo hasta que el pestillo cedió. «¡Bingo!», pensó, «si esto me lo cuentan
hace un año, no me lo creo». Entró con todo el sigilo de que era capaz y
cerró la puerta muy despacio. Héctor le había dado indicaciones sobre el
cajón del que vio a la enfermera sacar la llave y el sobre que contenía los
expedientes.
Sentía una mezcla de emoción y angustia, y las piernas le temblaban como
nunca mientras sacaba del cajón las innumerables carpetas que contenía. De
entre todas rebuscó las de los pacientes que le interesaban; encontró dos de
los tres expedientes y decidió fotografiar algunos más. Trató de dejar todo
en su sitio y salió con prisa cerrando la puerta tras de sí. El pasillo
permanecía en penumbra, ya solo debía volver a la habitación. De nuevo
miró hacia atrás, asegurándose de que continuaba sola, y al volverse sintió
un terrible golpe en la cabeza que le hizo perder el control del cuerpo. Se
desplomó de inmediato como si se tratara de una marioneta a la que le
cortan las cuerdas. El dolor apenas le permitía abrir los ojos que aún en ese
momento fueron capaces de registrar la imagen de unos zapatos negros de
cocodrilo con hebilla. Después se desmayó.
—Buenos Días, señorita Márquez, ¿qué tal se encuentra hoy? —le
preguntó una enfermera mientras le dejaba la bandeja del desayuno sobre
una mesa al lado de la cama.
Abrió los ojos hasta donde pudo. La luz del sol que se colaba entre las
lamas de la ventana le agudizaba aún más el dolor de cabeza. Le parecía
estar atravesando una resaca monumental como no recordaba desde hacía
años. Se llevó la mano derecha al vendaje, algo le impedía mover el brazo
izquierdo. Lo miró de reojo y se percató de que tenía una vía por donde le
estaban administrando un líquido. Quiso pensar que era suero.
—¿Qué es todo esto? ¿Dónde estoy? —Confusa, intentaba pensar en lo
que había ocurrido, pero no recordaba nada—. Hoy debían hacerme unas
pruebas…
—¿Pruebas? Sí, bueno, le hemos hecho algunas de urgencia. Ha
ingresado, según este informe, con un traumatismo en la cabeza. —La
enfermera leía la información en el iPad—. Todo está bien, no se preocupe,
pero deberá permanecer en observación unos días.
—No entiendo nada. No recuerdo ningún accidente. Creo que vine a
hacerme unas pruebas… Y esta no es mi habitación. ¡No sé por qué me
duele tanto la cabeza! ¡Necesito mi móvil! —Comenzó a inquietarse cuando
se dio cuenta de que no se encontraba en la misma habitación. Todo le
parecía muy extraño, algo no iba bien y pensó que debía de estar
relacionado con la noche anterior.
—No se altere, debe permanecer tranquila. Con esta medicación se
relajará en cuestión de segundos —le dijo la enfermera, que inyectó un
líquido en el botellín de suero—. Sus efectos personales los tiene en el
armario.
Apenas pudo escuchar las últimas palabras, aunque sí percibió un ligero
aroma a lavanda y jazmín que le resultó familiar antes de dormirse
profundamente.
Morales se había tomado libre la tarde del viernes. Se dirigía en coche al
pueblo donde invertía el poco tiempo libre que le quedaba en acondicionar
una vieja casa heredada de los padres para disfrutarla junto a su mujer
cuando por fin llegara el momento de la jubilación. Se consideraba
afortunado por poder disfrutar de un lugar tranquilo donde desconectar de
las prisas como estilo de vida. Un huerto donde cultivar verduras, unos
frutales, las partidas de mus en el bar con los amigos y los veranos con los
nietos colmarían sus necesidades al cabo de un par de meses. De momento,
debía continuar en el presente y atender una llamada del móvil antes de que
se cortase.
—Dime, Amelia.
—Inspector, disculpe que le moleste. Creo que es importante. El señor
Héctor Mendoza le ha dejado varios recados y necesita hablar con usted. De
no ser porque ha insistido, no le hubiera avisado.
—De acuerdo, no te preocupes. Envíame el número de teléfono y yo me
encargo. —Esperaba la llamada, aunque no tan pronto.
—Héctor, buenas tardes, soy Morales. Creo que ha estado intentando
localizarme.
—Hola, inspector. Necesito hablar con usted. Me temo que a Julia le ha
pasado algo y creo que debe saberlo.
—¿Qué es lo que ha ocurrido? —Disimuló, aunque lo sabía a ciencia
cierta.
—Digamos que hizo caso omiso a la recomendación que le dio y decidió
investigar por su cuenta. Ayer ingresó en la clínica privada de Gamboa y no
sé nada de ella. No puedo localizarla.
—No se preocupe, Julia está bien, aunque creo que usted y yo deberíamos
hablar. Le mandaré una dirección donde nos encontraremos dentro de una
hora. —Colgó para no tener que dar más explicaciones por teléfono.
Lo había citado en un bar a mitad de camino entre Bilbao y su pueblo.
Una taberna irlandesa con ambiente agradable, sin aglomeraciones de gente
y con un volumen de música ambiental que permitía escuchar las
conversaciones. Cuando llegó, Héctor tomaba una cerveza sentado en la
barra. La cara de preocupación de Mendoza lo decía todo.
—Me pones otra a mí, por favor —le pidió a la camarera, mientras
acercaba un taburete para sentarse a su lado—. Han metido las narices en
mi investigación y les dejé claro que no lo hicieran.
—Morales, no estoy aquí para acertijos. Julia es muy perseverante y podía
haber colaborado con la policía, pero gracias a usted ha decidido hacer la
guerra por su cuenta. Y yo la apoyo. Necesito saber qué está pasando.
Morales se acomodó en el taburete y tomó un sorbo de cerveza. Después
de dejar el vaso en la barra lo miró fijamente.
—En el registro de la casa de Angélica encontramos un documento
encriptado con información relativa a pacientes que ingresaron por
urgencias en el Hospital de Gros con el mismo diagnóstico en distintas
fechas. Los expedientes se borraron de la base de datos informatizada.
Angélica, de alguna forma, los encontró y debió darse cuenta de algo
extraño porque los fotografió. De momento solo tenemos constancia de que
a todos se les trató con el mismo medicamento.
—¿Y eso qué tiene de extraño? —Héctor parecía no salir de su asombro.
—Que ese medicamento no se comercializa —dijo él antes de dar otro
sorbo.
—Por eso los expedientes fueron borrados y seguro que son los que
Gamboa guarda bajo llave en el despacho —concluyó Héctor que aún
mantenía en la retina la imagen de la enfermera cerrando el cajón.
—No tenemos constancia de dónde los guarda, ni podemos probar lo que
se trae entre manos con todo esto, pero sí puedo decir que sabemos que trata
a deportistas de élite y que ha cobrado comisiones por falsear resultados de
pruebas antidopaje. Estoy seguro de que este medicamento que está
utilizando guarda alguna relación. Y aquí es donde entra Julia. —Miró el
vaso que ya estaba vacío y pidió otra, esta vez sin alcohol—. Ha estado
investigando y ha descubierto que los informes han sido borrados en el
hospital, solo ha necesitado un pequeño empujón para entrar a investigar en
la clínica privada y es justo lo que necesitábamos.
—¿Me está diciendo que va a poner en peligro a Julia para cazar a
Gamboa? —Héctor levantó el vaso unos centímetros para golpearlo contra
la barra y derramó parte del contenido. En un segundo transformó la
angustia en ira.
—No debería estar en peligro. Tenemos un agente infiltrado que ha velado
por ella desde el principio.
—¿Y ahora qué es lo que debo hacer?
—Dejarlo estar. Julia saldrá dentro de unos días y, si no fuera así, Salazar
se encargará de sacarla. Necesito saber lo que ha averiguado y esperaré a
que salga para reunirme con ella.
—Lo que no entiendo es por qué no se ha encargado de ello ese tal
Salazar y ponéis en peligro a alguien inexperto como Julia.
—Salazar es médico y ya estaba infiltrado en el hospital desde hace un
mes. Julia tenía una dolencia que le permitía ingresar como paciente y eso
es justo lo que buscábamos —le dijo poniéndole la mano en el hombro—.
No te preocupes, de verdad. Julia saldrá dentro de un par de días sana y
salva.
Héctor dudaba. Por un lado, deseaba interrumpir el operativo del que ella
era partícipe sin saberlo y sacar a Julia de allí. Por otro, seguro que ella
acabaría echándoselo en cara. Condujo todo el camino de vuelta a casa
nadando en un mar de dudas que se fueron disipando a medida que
transcurría el tiempo. Al final decidió esperar, quizá no era lo más sensato,
pero sí lo que ella querría.
Julia se despertó algo menos aturdida que el día anterior. Aún tenía
lagunas respecto a lo sucedido. Los recuerdos iban y venían sin orden
aparente envueltos en imágenes y sensaciones inconexas. Una habitación
cálida, unos zapatos negros, un terrible dolor de cabeza, un aroma
especial… El dolor de cabeza casi había remitido, lo que le permitía pensar
con mayor claridad centrándose en el último recuerdo fotografiado: la
información que había encontrado en el despacho de Gamboa. Después de
eso, la nada más absoluta.
Debía levantarse, pero el gotero y la vía en el brazo izquierdo se lo
dificultaba. Con un gran esfuerzo logró incorporarse, el segundo paso fue
bajar las piernas manteniéndose de pie apoyada en la cama. Se probó a sí
misma y, viéndose con la fuerza necesaria, se levantó.
Anduvo hasta el cuarto de baño a pasos cortos, mirando desconfiada a su
alrededor con la duda de si alguien la observaba. Entró, cerró la puerta tras
de sí y se despojó hasta donde pudo del pijama de hospital, dando un
suspiro de alivio al ver que mantenía la ropa interior. Continuó
desabrochándose el sujetador con la mano derecha para poderlo bajar lo
suficiente y comprobar que aún seguía ahí la tarjeta micro SD del móvil
donde había guardado las fotografías. Fue precavida y no solo las guardó en
la memoria del móvil, sino también en la microtarjeta que camufló en un
pequeño descosido del sujetador con relleno suficiente como para pasar
inadvertida. Volvió a ponérselo con cierta dificultad y salió del baño,
dirigiéndose esta vez al armario para realizar otra comprobación.
Lo abrió y se cercioró de que no le faltaba ninguna de las pertenencias,
incluido el móvil. Aún quedaba algo de batería, lo suficiente para
encenderlo y comprobar que las fotos habían desaparecido, tal y como
imaginaba. Regresó a la cama sabiendo que corría peligro, alguien lo había
manipulado y eso significaba que la habían descubierto. Pensó que quizá
era el motivo del dolor de cabeza y de verse en una habitación que no era la
suya, en realidad no sabía dónde estaba porque no recordaba nada desde
que salió del despacho. Pensó en llamar a Héctor cuanto antes y volvió a
coger el móvil que esta vez había guardado en la mesilla de noche.
—¡Dios mío! —dijo angustiada en voz alta al fijarse en la pantalla.
Marcaba domingo, día veintitrés de febrero. Había perdido la noción del
tiempo. Pensaba que todo había ocurrido la noche anterior, pero habían
transcurrido casi tres días durante los que no se había puesto en contacto
con Héctor, ni con Sara. Pensó que estarían muy preocupados.
Cerró los ojos y realizó varias respiraciones para calmarse. Llevaba
dormida más de cuarenta y ocho horas. Desconocía la medicación que le
estaban administrando y el motivo del vendaje en la cabeza.
—Buenas tardes, Julia. Le traigo algo para merendar. Veo que se
encuentra despierta —dijo el enfermero que la atendía.
—No necesito merienda. —Sabía que no debía alterarse porque corría el
riesgo de que la sedaran de nuevo y se tranquilizó—. Solo necesito saber
qué ha ocurrido y cuándo me voy a ir de aquí.
El enfermero salió un momento y volvió con una carpeta. Esta vez no
usaron la tecnología para informarla de que el ingreso se debió a un
traumatismo en la cabeza. Ella pensó que todos se habían puesto de acuerdo
para dar la misma versión.
—¿Sería tan amable de dejarme ver lo que pone? —Necesitaba
constatarlo con sus propios ojos. Aún tenía lagunas, pero sabía que no había
ingresado por un accidente.
—Lo siento, le daremos el informe en cuanto reciba el alta y entonces lo
podrá ver. Es normal que se encuentre desorientada. El golpe fue
contundente, pero no tiene nada que temer, todo está bien. Además, tiene
suerte, por lo que estoy leyendo —dijo el enfermero pasando las dos
primeras hojas—, el doctor Gamboa en persona se va a encargar de atender
su recuperación. De momento no le ha firmado el alta, necesitará unos
cuantos días más de tratamiento y recuperación.
Julia lo miraba perpleja con una mezcla de angustia y terror. En ese
momento no le quedaba la menor duda de que se repetiría lo de Angélica
con ella. Alguien se tomó las molestias de manipularle el móvil y borrar
todo rastro de la información que había descubierto. Una información a la
que nadie tiene acceso salvo Gamboa. Debía avisar cuanto antes a Héctor
para que la sacara de allí, pero comenzó a sentir una extraña sensación de
aturdimiento. Cada vez le costaba más pensar, la vista se le nublaba por
momentos y apenas podía articular palabra. Trató de mostrárselo al
enfermero con una mirada de intranquilidad.
Él se acercó y le puso la mano en la frente.
—No se preocupe, Julia, es el efecto de la medicación —le dijo mientras
regulaba el gotero.
…Y volvió a quedarse dormida.
Héctor y Nerea, como todos los domingos, comieron casi a la hora de
merendar. Terminaron de recoger la cocina y se disponían a dar un paseo
por la urbanización para bajar la comida antes de sentarse a ver un clásico
del cine negro, La dama de Shanghái, de Orson Welles. No era una de sus
preferidas, curiosamente no le gustaba ese tipo de género, pero consideraba
que los gustos de Nerea predominaban sobre los suyos en cuestión de
cine… Y no cine.
—Creo que suena tu móvil —dijo Nerea mientras se abrochaba la
chaqueta.
Él se apresuró por el pasillo para atender la llamada antes de que se
cortase. Era un número oculto.
—¿Sí?
—Buenas tardes, Héctor.
—¿Inspector? —Reconoció la voz enseguida. Un domingo a la tarde y
llamando desde un número oculto, pensó que no podía ser nada bueno.
—Necesito que vaya ahora mismo a esta dirección que le voy a enviar.
Allí se encontrará con el inspector Salazar dentro de un par de horas. No se
preocupe, él le reconocerá. Vamos a sacar a Julia de la clínica. Está en
peligro.
CAPÍTULO 12

Algo tan sencillo como abrir los ojos le suponía un esfuerzo sobrehumano.
Julia intentaba volver a la realidad siguiendo una voz varonil que le
susurraba al oído su nombre una y otra vez. Le acariciaba la cara con tanta
delicadeza que le entraron ganas de llorar, pero tampoco podía. Se
encontraba encerrada en una cárcel de carne y hueso donde lo único que se
le permitía era sentir. Estaba convencida de que era la sensación más
aterradora del mundo.
—¡Julia! ¡Julia, despierta! Necesito que estés consciente. Soy el agente
Salazar.
«Estoy consciente, te oigo», voceaba su voz interior. ¿Cómo podía
explicarle que el cuerpo no le respondía? Ni siquiera podía ver a ese ángel
de la guarda. Sintió una punzada de dolor en el brazo izquierdo cuando le
arrancó la vía y lo notaba tan cerca que pudo identificar el aroma a jazmín
del perfume.
—Bien. Vamos a salir de aquí. Todavía estás drogada, pero pronto se
pasará el efecto.
«Perfecto», pensó. Notaba un ligero hormigueo en las piernas, parecía que
el cuerpo comenzaba a responder. El amable desconocido la sentó en lo que
parecía una silla de ruedas después de haberla vestido y ella se sintió capaz
de sujetarse erguida contra el respaldo.
—Te voy a colocar unas gafas y un gorro y te echaré una manta por
encima. Vamos a salir por urgencias. Héctor está al tanto y te recogerá.
Trató de asentir en vano con la cabeza. Poco a poco notaba cómo su
cuerpo salía de una pesadilla macabra. Comenzó a abrir los ojos observando
con atención los pasillos y las habitaciones que iban dejando atrás. Se dio
cuenta de que nunca había estado en esa zona de la clínica. Un dolor agudo
en la cabeza la obligó a cerrar los ojos y se llevó la mano a la cabeza de
forma automática. Al fin podía moverse.
Destellos de imágenes se le ordenaban en la cabeza. Una habitación
amplia y acogedora, una joven enfermera con una bandeja, un café con
leche y galletas… Recordó ese día como el primero en la clínica. El
desconocido seguía empujando la silla por el laberinto de pasillos que ella
miraba de reojo tratando de memorizar. No recordaba esa zona en el plano
que Héctor la envió. Se preguntaba qué se traería entre manos Gamboa.
Llegaron a los ascensores y Julia vio cómo el desconocido pulsaba con
prisa varias veces el botón de llamada al ascensor. Alguien gritó al fondo
del pasillo.
—¡Un momento, por favor! ¡Espere! —voceó un hombre que, por la
vestimenta, parecía un celador y corría veloz hacia ellos.
—En ese momento el ascensor se abrió y entraron tan rápido como
pudieron, cerrando la puerta justo antes de que el celador lo impidiera.
—Julia, debemos darnos prisa. Creo que se han dado cuenta —le dijo
poniéndole una mano sobre el hombro.
Nada más abrirse el ascensor salieron apresurados hacia la zona de
urgencias donde el barullo de médicos y pacientes les permitió pasar
inadvertidos. Ella se dio cuenta de que el agente conocía la clínica lo
suficiente como para salir sin equivocarse, pero se detuvo un momento en el
mostrador de urgencias.
—Espera un momento aquí. Tengo algo que hacer antes de irnos. —Ella
apenas podía levantar la cabeza para verlo, así que miraba hacia el suelo
cuando, de pronto, algo atrajo su mirada.
Intentó que Salazar se diera cuenta y comenzó a emitir algo parecido a un
gruñido. El agente se giró al oírla y ella le señaló con el dedo índice a un
grupo de tres hombres que hablaban a su lado. Salazar terminó de imprimir
un documento y regresó con ella antes de que llamara la atención de todo el
personal.
—¿Qué has visto? —le preguntó separándola de la gente y dirigiéndose
hacia la puerta.
Ella señaló de nuevo al grupo de hombres con lágrimas en los ojos por la
impotencia que le generaba la dificultad para comunicarse. En ese momento
se acordó de Nico y de lo trágico de la situación.
—Sí, es Gamboa. Lo has conocido, supongo.
Ella asintió mientras miraba fijamente los zapatos de piel de cocodrilo
negros con una hebilla que llevaba puestos. Por fin recordó.
Salazar aceleró el paso hasta salir a la calle. Vio al celador a lo lejos
corriendo por la zona de urgencias.
—Vamos a probar si puedes ponerte en pie —le dijo agarrándola con
fuerza por la cintura. Ella se esforzó y así llegaron hasta el coche que tenía
aparcado en la siguiente manzana. La sentó en el asiento de atrás y recostó
el respaldo para que fuera más cómoda.
Héctor esperaba inquieto fuera del coche en la dirección que había
recibido del inspector. Un antiguo polígono industrial a las afueras de
Bilbao. No cabía duda de que era allí, sin embargo, los nervios le hicieron
vacilar y comprobarla varias veces. Dio unos cuantos paseos alrededor del
coche mientras miraba intranquilo la hora una y otra vez.
Media hora después vislumbró lo que parecían las luces de un coche a lo
lejos. Esperaba que fueran ellos porque pensaba que los nervios le iban a
matar. Por su profesión había vivido situaciones parecidas, pero es distinto
cuando una persona querida se ve envuelta en algo así.
El coche aparcó detrás del suyo. Héctor se dirigió hacia él y fue Salazar
quien le saludó primero, presentándose.
—Hola, Héctor. Soy el agente Salazar —le dijo estrechándole la mano—.
Siento todo lo que ha ocurrido. Gamboa es peligroso. Tiene algo gordo
entre manos. He observado a Julia desde que entró sin que ella lo advirtiera,
pero se nos ha ido de las manos. Se dieron cuenta de que estaba husmeando
donde no debía.
—¿Dónde está? —preguntó mostrando un carácter áspero y desagradable
que no era habitual en él.
El agente le señaló el asiento trasero. Le dijo que había permanecido
dormida todo el trayecto y trató de no despertarla sacándola del coche para
meterla en el suyo.
—No sé si darte un puñetazo o agradecerte lo que has hecho —dijo
Héctor mientras cerraba la puerta—. Hablaré con el inspector.
—Cuídala mucho —dijo el agente mientras arrancaba el coche para
marcharse.
«Cuídala mucho», «cuídala mucho», repetía con sarcasmo las palabras del
agente mientras la miraba por el retrovisor. No le caía bien ese tal Salazar,
aunque la culpa también era del inspector. «Ahora, cuídala mucho». «Una
hostia cada uno es lo que os merecéis», pensó mientras arrancaba el coche.
Estaba realmente enfadado.
Condujo despacio a casa para que Julia, aún dormida, no se incomodase
con el traqueteo del coche y siguió así hasta que las maniobras de
aparcamiento en el garaje la despertaron. Observó por el retrovisor que ella
abría los ojos como despertándose de un profundo sueño a la vez que
intentaba incorporarse agarrándose al asiento de delante. Se movía con
cierta dificultad.
—Parece que he salido de esta —dijo con un hilo de voz mientras le
dirigía la mirada a través del retrovisor.
—Parece —repitió él asintiendo con la cabeza.
—Sí, sí. Sé lo que viene ahora y me lo merezco. Pero te aseguro que este
no es momento de regaños. Tengo el cuerpo como si un tren de mercancías
me hubiera pasado por encima. Ayúdame a salir, por favor. —Abrió la
puerta del coche y se giró para sacar las piernas.
Él decidió tragarse las palabras de reprimenda que tenía preparadas para
ese momento y la ayudó a llegar a casa. Nerea los esperaba con la cena
preparada. El olor a comida recién hecha llegaba a todos los rincones.
—¡Dios mío, Julia! ¡Cómo vienes! —dijo, y la miró de arriba abajo—.
Pasa, hija, pasa y siéntate aquí. Te he preparado una manta o quizá prefieras
darte una ducha.
—Gracias, Nerea. Ya me encuentro mejor. —Parecía querer
tranquilizarlos—. Al menos puedo hablar y moverme, aunque ambas cosas
me resulten todavía agotadoras. Perdí la noción del tiempo. La medicación
que me administraron me mantuvo dormida más de lo que pensaba. —Se
llevó las manos al vendaje de la cabeza y lloró de rabia, como si nunca lo
hubiera hecho antes. Como si todo el dolor, el enojo y la impotencia
hubieran encontrado un canal de salida a través de las lágrimas.
Héctor se dio cuenta de que ella necesitaba desahogarse y dejó que se
tranquilizara poco a poco. Nerea la ayudó a quitarse el vendaje para que
pudiera darse una ducha caliente. Mientras, aprovechó para rebuscar en su
armario una camiseta y un pantalón vaquero que pudieran valerle. Había
cogido unos kilos de más en los últimos años, pero siempre guardaba ropa
de alguna talla menos por si volvía a perder peso.
Después de la ducha, con ropa limpia y sin el vendaje en la cabeza, Julia
parecía otra persona. Traía en la mano una microtarjeta.
—Esto es todo lo que conseguí —le dijo a Héctor entregándosela.
—Muy bien, pichín, pero ahora debes comer algo y reponer fuerzas. —
Nerea comenzó a servirle una suculenta sopa de pollo y un trozo de tarta de
queso—. Eso que traes puede esperar un rato más.
La obedeció y, a pesar de parecer no tener hambre, acabó comiéndoselo
todo sin rechistar. Después Julia y él se sentaron en el salón y Nerea preparó
suficiente té verde para los tres como para pasar la noche en vela.
—Los pacientes que denunciaron al hospital también lo fueron de la
clínica de Gamboa. —Julia agarraba la taza de té caliente con ambas manos
y soplaba de vez en cuando para enfriarlo—. Borraron los expedientes, pero
quedó constancia de las fechas en las que pasaron por allí. Después me
dirigí al despacho de Gamboa, según las indicaciones que me enviaste.
Había muchos expedientes en ese cajón, no pude detenerme a comprobarlos
todos, pero encontré dos de los tres nombres que buscábamos, aunque estoy
segura de que el tercero también estaba allí. Fotografié toda la
documentación y la guardé en la memoria del móvil y en la microtarjeta que
me guardé en el sujetador por si acaso. Y menos mal. —Interrumpió el
relato para dar un buen sorbo de té y continuó—. Alguien me siguió y
esperó a que saliera del despacho para golpearme y quitarme las fotografías.
Por cierto, ¿dónde están el móvil y mi maleta con mis cosas?
—A mí no me mires —dijo él—. El agente Salazar solo me entregó un
paquete y eras tú.
—El agente Salazar… Ni siquiera pude verlo. Tengo que hablar con
Morales y pedirle el teléfono para agradecerle lo que ha hecho por mí.
—Supongo que se habrá encargado él de tus efectos personales o se
habrán quedado en el hospital. De momento vete pensando en comprarte un
móvil nuevo.
—Cuando desperté no recordaba nada y se empeñaban en crearme una
falsa realidad. De repente me encontré desorientada, en un lugar diferente,
no sabía dónde ni por qué. Lo achacaban al golpe, se supone que ingresé
por un traumatismo y, en cuanto tenía un mínimo de lucidez, me volvían a
dormir. —Le hizo un gesto a Nerea para que le llenara de nuevo la taza—.
En uno de esos momentos de lucidez me levanté para ver si aún conservaba
la tarjeta en mi sujetador y, después de comprobar que sí, me acerqué al
armario a ver si estaban todas mis cosas. Y allí estaban, incluido el móvil.
¡Podría haberte llamado! Era como si hubieran intentado crearme una falsa
realidad en la que el motivo que me llevó hasta allí nunca hubiera existido.
Tal vez lo hubieran conseguido de no ser por Salazar.
—Hablé con Morales. Por lo visto estabas vigilada en todo momento.
Ellos sabían que habías entrado en la clínica —dijo él interrumpiendo el
relato.
Julia frunció el ceño con gesto de incredulidad.
—¿Cómo iban a saberlo? —le preguntó.
—Creo que te han manipulado. Todavía no sé cómo, pero lo
averiguaremos. Morales se pondrá en contacto contigo para hablar. Ellos
sabían lo de los expedientes. Por lo visto, en el registro que hizo la policía
en casa de Angélica encontraron un pen drive escondido con información
sobre unos cuantos pacientes que ingresaron por urgencias en el hospital
donde ella trabajaba en distintas fechas y con el mismo diagnóstico. Todos
tenían un denominador común y es que fueron tratados con la misma
medicación. Un compuesto que aún no se comercializa.
—¿Bromeas? ¿Me estás diciendo que Gamboa experimenta con
pacientes?
—Dicho así parece una novela de terror —se levantó a llevar la taza a la
cocina—, pero sí, algo así. La policía tiene constancia de que la
información ha desaparecido de la base de datos del hospital, pero Angélica
de alguna manera la encontró, quizá en el despacho de Gamboa o quizá en
su casa.
—Esto es más grave de lo que yo pensaba. —Julia se estremeció al pensar
en que lo que pudiera haber pasado o en lo que podría pasar.
—Creo que Morales te tomó la palabra cuando dijiste que querías
colaborar y te ha utilizado como conejillo de indias sin tu consentimiento.
Saben que falsea pruebas antidopaje, que cobra importantes comisiones por
ello y creen que el medicamento que está probando de forma ilegal está
relacionado con ello. Pero no tienen pruebas.
—Y han intentado ver hasta dónde llega conmigo…
—Eso es lo que me temo. Sea lo que sea lo que haya intentado contigo, lo
guardará también bajo llave en su despacho.
Julia se quedó pensativa mientras terminaba la segunda taza de té.
—Lo que no saben es que tres de ellos denunciaron al hospital por mala
praxis y que todos fueron pacientes en la clínica privada de Gamboa
bastantes meses atrás. Mañana debemos revisar la información de la
microtarjeta.
—Estoy de acuerdo, pero ahora hay que descansar. Han sido muchas
emociones en poco tiempo. Voy a mandar un mensaje a Sara.
—¡Ehhh! No necesito niñera. —Parecía haber recuperado el tono de voz.
—Lo sé, es para que la controles un rato, que últimamente está un poco
descocada —bromeó guiñándole un ojo—. La llamé esta tarde en cuanto
Morales me avisó para recogerte y le dije que te llevaría a tu casa, pero
cuando te vi, pensé que no estabas en condiciones de quedarte sola. Aunque
es muy tarde, voy a escribirle ahora para que venga mañana, si puede, y te
acompañe. Espero que lea el mensaje.
Julia se despertó pronto. Ya se encontraba mucho mejor y se levantó a
preparar café para todos, quería tener un pequeño detalle con ellos. El olor
del café recién hecho le levantó el ánimo y se sentó a tomar una taza sin
querer pensar en otra cosa que en disfrutar del momento. Poco tiempo
después se levantó Héctor.
—Has madrugado.
—No tanto como Nerea. Se ha ido sin desayunar —dijo extrañada. Allí se
encontraba como en su casa.
—Ya ves. Todo el día pensando en los demás, pero ella no se cuida nada.
—Héctor ya estaba resignado—. Me ducho y vemos lo de tu tarjeta.
Buscaré el adaptador para verlo en el ordenador.
Ella aprovechó para apurar el café y vestirse.
—Si te das cuenta —dijo Héctor—, los dos pacientes que pusieron la
denuncia pasaron por la clínica por diferentes dolencias y en diferentes
fechas en los últimos ocho años. Fueron dados de alta y meses después
volvieron con síntomas muy parecidos, pero esa vez les derivaron a
urgencias del hospital. Todos fueron tratados con el mismo compuesto en la
clínica privada.
—Sí, pero fíjate —dijo ella señalando un apartado del informe—. La dosis
varía de uno a otro. Hay un registro con las cantidades suministradas y las
fechas.
Revisaron los datos del resto de informes que había fotografiado y se
repetía el mismo patrón. La dolencia inicial variaba y, aunque cada uno
llevaba su propio tratamiento, esta medicación se aplicaba a todos. Después,
pasado un periodo de cinco o seis meses, algunos regresaban, pero esta vez
los síntomas eran parecidos. Sin embargo, solo hubo tres denuncias.
—Necesitamos saber algo más sobre este compuesto —dijo Héctor
cuando el timbre de la puerta les interrumpió—. Si no te importa, abre tú.
Voy a por una chaqueta.
Ella corrió a abrir la puerta y saludó a Sara que entró mientras Héctor
aprovechó para marcharse.
—¿Qué ha pasado, Julia? Me tenéis en ascuas entre Héctor y tú. ¿Estás
bien?
—Estoy bien, no te preocupes. Es solo que encontré un hilo del que tirar y
me he topado con algo que me viene un poco grande.
—Sigo sin entender nada —dijo Sara desconcertada mientras se servía
una taza de café.
—Parece que Angélica descubrió un asunto turbio que Gamboa se traía
entre manos. Ella atendió varios pacientes derivados de su clínica con un
diagnóstico similar, pero con patologías previas distintas. En algún caso el
resultado no fue bueno y hubo varias denuncias al hospital, achacando la
negligencia al equipo de Angélica y no al tratamiento que recibieron meses
atrás en la clínica.
—¿Hubo muchas denuncias? Me parece mentira lo que estás contando.
—Nosotros solo hemos encontrado tres en los últimos ocho años. No son
muchas y están muy diluidas en el tiempo como para relacionarlas.
Además, alguien se encargó de borrar todos los informes relativos a estos
pacientes y algunos más que fueron tratados con la misma medicación.
—¿Qué medicación? —Sara parecía confusa.
—Eso te lo cuento por el camino. —Tomó prestado un bolso de Nerea y
se dispuso a marchar—. Necesito que me lleves a casa.
—¡Ah, no! Que luego Héctor me regaña.
—¡Ah, sí! Porque si no la que se va a enfadar soy yo —le dijo ella con
una sonrisa.
No le quedó más remedio que llevarla y, durante el trayecto, que duró algo
menos de quince minutos, escuchó con atención el relato sobre su
experiencia de los últimos cuatro días. Julia tenía ganas de volver a casa y
achuchar a Lucas, cuyos cuidados dejó a cargo de Ainhoa durante el tiempo
que estuvo fuera.
Al salir del ascensor, sacó la llave que guardaba en casa de Héctor por si
se daba la circunstancia de que alguna vez las perdiera y entonces se dio
cuenta de que la puerta estaba abierta.
—¿Qué ocurre? —preguntó Sara.
—Que la puerta no está cerrada y yo dejé la llave echada cuando me fui.
—Abrió con recelo—. ¡No puede ser! —gritó.
Sara se llevó las manos a la cara. La imagen era desoladora. Apenas se
podía pasar entre las montañas de ropa y papeles que estaban tirados por el
suelo. Parecía que hubiera pasado un tornado sacando el contenido de todos
los cajones y armarios de la casa y esparciéndolos por el suelo.
Corrió a buscar a Lucas, llamándolo de forma desesperada. En ese
momento era lo único que le preocupaba y no lograba encontrarlo. Al cabo
de unos minutos salía desperezándose de uno de los armarios del pasillo
como si hubiera permanecido ajeno a todo. Lo agarró, se sentó con él en el
suelo y lo abrazó con fuerza. El minino correspondió con un agradable
ronroneo. Abatida, le pidió el móvil a Sara, que parecía no reaccionar ante
tal desbarajuste.
—¡Debemos llamar a la ertzaintza! ¡Dame el móvil! —Se lo arrancó de
las manos y llamó al 112 mientras trataba de calmarse para no parecer una
histérica—. Por favor, necesito ayuda. Alguien ha entrado en mi casa.
CAPÍTULO 13

Quince minutos después, cuatro agentes se habían personado en la vivienda


para realizar una primera comprobación. Dos de ellos, vestidos de
uniforme, esperaron en el portal mientras que los otros dos, de paisano, se
quedaron inspeccionando más a fondo el apartamento. Varios vecinos, con
aparente semblante preocupado y muchas ganas de chismorrear,
aprovecharon el alboroto para asomarse a la puerta e interesarse por lo
sucedido. Mientras, Julia no daba crédito al desbarajuste de papeles y
objetos tirados por el suelo que formaban una gigante y grotesca alfombra
multicolor.
Una vez que la Ertzaintza terminó su trabajo, uno de los agentes le pidió
que realizara el inventario de bienes para tomar nota de los objetos
sustraídos y le indicó que debía pasar, sin falta, por una comisaría para
formalizar la correspondiente denuncia.
Sara pareció reaccionar después, cuando todo el mundo se había
marchado.
—Creo que tendrás que cambiar la cerradura —le dijo con timidez. No
había abierto la boca en todo el rato salvo para responder algunas preguntas
de los agentes.
Julia se la quedó mirando.
—Tienes razón. Acompáñame.
Bajó a la calle con la disculpa de buscar una cerrajería, pero con la
imperiosa necesidad de encontrar algo de aire fresco que la ayudara a
respirar y controlar la sensación de ahogo que le oprimía el pecho. Sara
respetó el momento en silencio mientras deambulaban sin rumbo fijo en ese
día frío y gris. Al cabo de un rato observó a lo lejos una cerrajería y se
dirigió hacia ella andando de forma automática sin mediar palabra con Sara,
que permanecía pegada a ella como su propia sombra.
El técnico de la cerrajería les explicó que tardaría al menos dos horas en
pasar por la casa, de manera que pensó en invitar a Sara a tomar un café
antes de volver y empezar a reorganizar el desorden.
—¿Tienes miedo? —Sara parecía confundida con lo que había pasado.
Mientras hablaba, fijó la atención en el pequeño remolino que formaba el
café al removerlo con la cucharilla
—No, miedo no. Tengo pánico. No sé qué es lo que quieren de mí. Me
encuentro sin fuerzas, agotada mental y físicamente. Me pregunto en qué se
metió Angélica y creo que la respuesta es que ni siquiera ella lo supo.
Pienso en el fatal día en que debería haberse quedado en casa en vez de salir
al lugar equivocado en el momento menos oportuno. No era tan retorcida
para meterse en algo turbio como lo que se trae entre manos Gamboa, más
bien creo que encontró la muerte de casualidad.
—¿Por qué de casualidad? Hacía años que no nos veíamos. Yo no pondría
la mano en el fuego. Todas tenemos secretos y Angélica parecía ser muy
amiga de Gamboa, por lo que nos comentaste a Sofía y a mí.
—¡Angélica no! —Fue contundente y enérgica—. Yo sí pondría la mano
en el fuego por ella y no me quemaría. De otra forma no tendría sentido
llegar hasta donde he llegado y te juro que averiguaré quién lo ha hecho. —
Sacó el monedero para pagar y salieron de vuelta a casa.
Sara parecía disponer de tiempo y decidió quedarse toda la tarde para
ayudarla con la ropa, los zapatos, los bolsos, los objetos de decoración…
Nada estaba en su lugar, ni siquiera colchones, cojines o almohadas. Parecía
haber arrasado el interior un huracán de categoría cinco.
—¿Qué estás pensando? —le preguntó Sara.
Julia permanecía de pie, pensativa, mientras miraba con perspectiva el
salón, como tomando distancia del problema para tratar de verlo con mayor
claridad. —Conozco mi casa como la palma de la mano y no falta nada.
—Pues mejor, ¿no?
—No lo entiendes, esto no ha sido un robo. Alguien buscaba algo que no
ha encontrado y eso es aún más peligroso para mí —dijo ella.
—¿Estás segura? ¿Y quién podría buscar algo en tu casa?
—Creo que el único es Gamboa. Me descubrió y me drogó para quitarme
las fotografías del móvil. Lo que no sé es cómo ha descubierto que al final
me las llevé. Si fue capaz de drogarme, de qué no sería capaz para
encontrarlo —lo dijo convencida.
—¡Entonces sigues en peligro! No puedes quedarte aquí. Deberías pasar
la noche en mi casa.
—No. Te lo agradezco, pero necesito volver a la normalidad cuanto antes.
Dentro de un rato vendrán a cambiarme la cerradura y estaré bien. No te
preocupes. Además, Lucas no puede seguir solo.
Apenas le faltaba terminar de recoger la última habitación cuando el
timbre del teléfono la interrumpió. Corrió por el pasillo hacia el salón para
atender la llamada. No se acostumbraba a utilizar el fijo ahora que se había
quedado sin teléfono móvil.
—¿Sí?
—Hola, preciosa —saludó Héctor, como siempre, muy efusivo—. ¿Cómo
llevas la tarde?
—Lo siento, pero con todo el jaleo no he tenido un minuto para llamarte.
Si no hubiera vivido la experiencia de la clínica, en este momento estaría
saliendo de casa con la maleta hecha, pero todo en esta vida es relativo,
querido Héctor. Después de estos cuatro días pasados, lo de hoy no me
asusta tanto —le dijo lanzando a la vez una mirada cómplice a Sara, que
permanecía apoyada en el quicio de la puerta escuchándola.
—No eres muy buena con los acertijos, así que prefiero que vayas al
grano.
—Han entrado en casa.
—¿Cómo que han entrado en casa? ¿Qué quieres decir?
—Alguien ha forzado la puerta y ha entrado, pero no se han llevado nada.
Con toda seguridad buscaban la información que dejé en tu casa. No tengo
nada más de valor.
Hubo un momento de silencio. Héctor permanecía callado y ella quería
darle tiempo para digerir la noticia.
—¿Estás bien? ¿Sara está contigo? —Por fin, Héctor rompió el silencio.
—Sí, no te preocupes. Ahora necesito que hagas algo por mí. Ya sabemos
que los tres pacientes que denunciaron pasaron primero por las manos de
Gamboa y meses después desarrollaron unos síntomas muy similares que
los llevaron al hospital donde fueron tratados por diferentes médicos del
equipo de Angélica. En estos tres casos algo salió mal y lo achacaron a una
negligencia del propio hospital. Me temo que estas familias no tenían ni
idea del tratamiento experimental que se les aplicó meses atrás y, por tanto,
tampoco podían relacionar la patología desarrollada un tiempo después con
ello, quizá tenga algo que ver. Yo me encargo de investigarlo y necesito que
tú vayas a visitar a las familias.
—De acuerdo, déjalo de mi mano.
—Espera, tengo los datos apuntados por algún lado. —Corrió a la mesa de
escritorio donde guardaba una agenda con varios apuntes—. Aquí está. Si
puedes, ve a visitar a las tres familias, pero no dejes de pasar por la casa de
Marc González Torre.
—¡Me tengo que ir ya! —los interrumpió Sara levantando la voz para que
la oyeran—. Se me ha hecho tarde sin darme cuenta. Mañana te llamo. —
Salió casi sin darle tiempo a despedirse.
Ella le hizo un gesto con la mano y le pidió que cerrase la puerta al salir.
Después continuó la conversación con Héctor.
—Recuerdo lo que hemos leído de él —le dijo Héctor—. Según los datos
del informe, acudió a la clínica privada por una lesión muscular. Era
deportista, aunque no profesional. Al cabo de seis meses desarrolló unos
extraños síntomas por los que acudió al hospital.
—Exacto —continuó ella—. Pérdida de fuerza y sensibilidad en las
manos, incapacidad para caminar rápido, espasmos musculares en las
piernas… No sé cuántas cosas más. Precisamente este fue el único de los
tres que trató Angélica, los síntomas se agudizaron y tuvieron que
intervenirle. Al final quedó parapléjico. Según he leído, de los otros
pacientes se encargaron distintos miembros del mismo equipo.
—Seguro que fue el motivo por el que formalizaron la denuncia —
concluyó Héctor—. De acuerdo, mañana mismo me pasaré y te llamo con lo
que haya averiguado.
Después de despedirse, echó un vistazo general a la casa para darse cuenta
de que, aunque todo había recuperado su lugar, ya nada iba a ser igual.
El técnico de la cerrajería le cambió la cerradura en cuestión de minutos
por otra de mayor seguridad mientras le explicaba que cualquiera con un
poco de destreza pudo abrir la antigua debido a la simplicidad del
mecanismo. Le insistió para que instalara también un pestillo en la parte
alta de la puerta a lo que ella accedió sin rechistar. En ese momento se
sentía tan vulnerable que hubiera aceptado cambiar la puerta por una
acorazada si se lo hubiera ofrecido.
Media hora después la casa volvía a estar vacía y en silencio. Necesitaba
recuperar su espacio con la única compañía de Lucas, que no dejaba de
cruzársele entre las piernas buscando jugar con ella. Mientras se preparaba
una taza de té verde que la reconfortara, reflexionaba sobre lo ocurrido con
la desagradable sensación de acabar de despertar de un mal sueño. Cogió la
taza humeante y se dirigió a la habitación donde guardaba los datos sobre la
investigación de Angélica. Después de posarla sobre la mesa, esperando a
que se templara, volvió a colocar el panel en la pared y reconstruyó la
historia desde el principio gracias a una prodigiosa memoria fotográfica que
estaba convencida de haber heredado de su padre. Rescató los recortes y los
pósits que pudo y recortó nuevos trozos de papel en los que volvió a realizar
apuntes, colocándolos con chinchetas bajo cada fotografía. Solo le faltaba
añadir la información robada en la clínica de Gamboa.
Echó un paso atrás para tener una panorámica general y dio varios sorbos
al té que casi vaciaron la taza. Después, llamó de nuevo a Héctor para que
le enviara por mail los datos que guardaba en la microtarjeta que dejó en su
casa. Encendió el ordenador y cruzó los dedos pensando en la posibilidad
de que no funcionara por haber sido manipulado, pero, para su grata
sorpresa, no observó nada extraño.
Se dirigió a la cocina para llenar de nuevo la taza y prepararse algo de
cena mientras esperaba el mail de Héctor. Observó con tristeza el interior de
una nevera repleta de huecos vacíos y en ese momento fue consciente de lo
importante que era hacer la compra a menudo si no quería morir de
inanición. Sonrió pensando que podía añadirlo a la lista de causas de muerte
de los últimos días. Mientras, improvisó una versión peculiar de lo que ella
entendía como cocina de aprovechamiento con huevos, patatas fritas de
bolsa y un par de bollos de mantequilla que encontró en el fondo de uno de
los armarios. Después se dedicó un tiempo para cenar sosegada, tranquila,
en silencio antes de regresar de nuevo al ordenador.
En la pantalla pestañeaba el pequeño icono que le avisaba de un correo
electrónico sin abrir. Se puso las gafas y lo leyó con detenimiento. Le llevó
un buen rato porque Héctor le había enviado todas las fotografías. Su
atención se centró en el compuesto químico suministrado por Gamboa a los
pacientes que era el denominador común en todos, con independencia de la
dolencia que presentaran. Se quitó las gafas y levantó la vista de la pantalla
como si el gesto la ayudara a concentrarse mejor. Sabía que las dosis
variaban de unos a otros y que el compuesto era el mismo por los datos que
acababa de leer, pero había algo que no le encajaba. ¿Era posible que
ninguno se diera cuenta de ello? ¿Acaso esa medicación no dejaba ningún
rastro a corto plazo?
De pronto la asaltó una terrible duda: ¿y si le habían inoculado esa droga
también a ella? Revisó de nuevo la información, movía el cursor de la
pantalla de arriba abajo y viceversa a la velocidad del rayo buscando un
dato; el tiempo de tratamiento en cada paciente. Observó que oscilaba entre
cinco y ocho días. Ella solo había permanecido tres hasta que Salazar la
rescató. De cualquier forma, necesitaba salir de dudas.
Miró el reloj y pensó que no eran horas de hacer llamadas telefónicas,
pero eso no le impidió rebuscar entre las fichas del escritorio hasta
encontrar los datos personales de un paciente. Se alegraba de ser previsora y
guardar en casa una copia a papel del archivo. Descolgó el teléfono de casa
y marcó el número del señor Sánchez.
—¿Quién es?
—Buenas noches, Luis. Soy Julia Márquez.
—¡Doctoooora! —gritó. Parecía sorprendido por la llamada y ella pensó
que no era para menos por la hora—. ¡Un momento, no hable, permanezca
en silencio!
Julia nunca sabía cómo reaccionar con él. La verdad es que seguía
desconcertándola siempre, aun cuando pensaba ser ella la que lo iba a
sorprender, pero decidió que lo mejor era obedecer y esperar en silencio.
—Disculpe, doctora. Me he cambiado de habitación. A mi esposa le gusta
escuchar mis conversaciones privadas que, como su nombre indica, son pri-
va-das. Se hace mayor, tiene más tiempo libre, le interesa todo lo ajeno…
¿Para qué dice que me llamaba?
—Aún no se lo he dicho. —Parecía que llevaran un buen rato de
conversación, aunque todavía no habían empezado—. Necesito su ayuda,
Luis. —Se quedó callada esperando una reacción al otro lado del teléfono,
pero al ver que permanecía expectante, continuó—. Más adelante le
explicaré, pero ahora necesitaría que valorase unos datos que le voy a
enviar sobre la composición de un medicamento en fase experimental. Son
informes de unos pacientes a los que se les suministró distintas dosis.
Necesitaría que me analizara la sangre a mí también para buscar algún
posible rastro.
—Por supuesto, no puedo preguntarle en qué se ha metido, ¿verdad?
—Me temo que no y créame que siento no poder darle más explicaciones
—dijo ella con gran sentimiento de culpa.
—De acuerdo. La ayudaré y lo mantendré en secreto siempre que no le
diga a mi mujer que he dejado la medicación por un tiempo. Quid pro quo,
doctora.
—Quid pro quo —repitió ella con alivio.
Agotada, se dirigió a la habitación dejándose caer a plomo sobre la cama.
Con un sobreesfuerzo agarró el edredón para echárselo por encima y se
quedó dormida casi sin darse cuenta. De pronto, un ruido la sobresaltó en
mitad de la noche. Abrió los ojos de forma repentina y permaneció inmóvil
agarrando la sábana como si se tratase del último salvavidas sobre la faz de
la tierra. Los ruidos persistían y temía que alguien intentara entrar de nuevo.
Permitió que el terror se entretuviera tejiendo una maraña de confusión y
dudas a su alrededor que la impedían moverse de la posición en la que había
despertado. Un frío inusual la mantenía aterida e inmóvil.
De forma inesperada los ruidos cesaron y sintió una extraña presencia a su
lado. Esta vez, el miedo la obligó a levantarse de la cama de un salto, como
un gato asustado. Buscó a tientas un interruptor en medio de la oscuridad de
una habitación que ahora le parecía tenebrosa. Cuando al fin lo encontró y
encendió la luz, vio un cuerpo postrado sobre una cama de hospital con los
ojos abiertos como platos mirando a ninguna parte. Su propio grito la
despertó mientras notaba cómo las gotas de sudor que resbalaban por el
cuerpo, una tras otra, habían mojado el pijama y hasta las sábanas.
Advirtió que los primeros rayos de luz entraban por la ventana y aunque
era temprano decidió levantarse. La pesadilla le había dejado tan mal
cuerpo que no podía permanecer un minuto más tumbada. Después de
ducharse y recoger la casa, como todos los días, se dirigió al laboratorio del
señor Sánchez. No hacía demasiado frío y tampoco llovía, así que prefirió
andar un rato para despejarse y de paso buscar alguna tienda de telefonía
donde comprar un móvil nuevo.
Cuando llegó, ya la estaban esperando. El laboratorio se encontraba en
una zona céntrica de Bilbao, en la primera planta de uno de los edificios
más antiguos de la ciudad. Pensó que era curiosa la forma en la que se
prejuzga a la gente solo por la apariencia física o la forma de ser que nos
llevan a encasillarla, a veces, sin dar la más mínima oportunidad de ver
cómo son en realidad. Ese era el caso del señor Sánchez; excéntrico y
maniático, pero un gran profesional dedicado en cuerpo y alma a un trabajo
que siempre pareció entusiasmarlo. Había dirigido el laboratorio con un
equipo de diez personas durante más de veinte años y se deprimía pensando
en el momento de la jubilación.
—Bueno, doctora, pues usted dirá —la saludó ataviado con una bata
blanca y unas gafas que no parecían las de siempre.
—Le agradezco mucho que me ayude.
—Quid pro quo —le recordó—. Continúe.
Ella le sonrió.
—Aquí le traigo unos datos sobre la composición de un medicamento que
sé que aún no se comercializa, pero quizá usted, que trabaja en esto, me
pueda dar alguna explicación. Necesito saber para qué se utiliza, cuál sería
su finalidad y necesito saber si hay algún resto de ello en mi sangre.
—No es tan sencillo, doctora. Para hacer un estudio necesitaría muestras
de las personas a las que se les ha administrado y llevaría tiempo. Lo que si
podríamos investigar son los componentes y los principios activos de cada
uno. Vayamos por partes, lo primero necesitamos extraerle una muestra de
sangre. Lo demás, déjelo de mi mano y en cuanto tenga algo se lo hago
saber.
Julia confiaba en él y esperaba obtener algo, por poco que fuera, que la
ayudara en la investigación. Después de salir se entretuvo un rato
desayunando de camino al despacho donde había quedado con Ainhoa para
ponerse al día del trabajo. Mientras comía un bollo de mantequilla
acompañado de un café, aprovechó para encender el nuevo móvil. Había
dado de baja la tarjeta del anterior y en la tienda se habían encargado de
ayudarla a recuperar los datos de la agenda y contactos que era lo más
importante para ella y de los que había hecho copia de seguridad meses
atrás siguiendo su instinto previsor.
Después de toda la semana se le hizo raro entrar por la puerta de la
consulta y ver a Ainhoa que la recibió con una gran sonrisa.
—Qué preocupada me tenías —le dijo dándole un abrazo.
—Estoy bien. Ya sabes que mala hierba nunca muere.
—¡Tú y tus refranes! A ver si voy a verme obligada a hacer terapia
contigo para liberarte de ese síndrome de Sherlock Holmes que te posee
últimamente. —Se echó a reír.
—Cuánta razón llevas. La verdad es que no sé si estoy consiguiendo algo
o nada.
—Lo siento, no pretendía hacerte sentir mal.
—No, no te preocupes. A veces pienso en voz alta. En fin ¿qué tal ha ido
todo por aquí?
Ainhoa comenzó a ponerla al día sobre los distintos pacientes que habían
pasado por la consulta la semana anterior. Los casos más complicados,
algunos nuevos… Pero ella tenía la cabeza en otro lado, pensando en lo
mismo una y otra vez. El caso de Angélica le había absorbido por completo
el tiempo y el pensamiento.
A la hora de comer decidió volver a casa para descansar un rato. Solo
pensaba en acostarse y dormir. Un nudo en el estómago le impedía comer y,
si tuviera que elegir entre ambas cosas, prefería descansar; aunque comer
algo, por poco nutritivo que fuera, también era importante, así que se pasó
por un supermercado de camino a casa para comprar alimentos con los que
llenar la nevera.
Cuando llegó, tenía las fuerzas justas para organizar la compra y
prepararse una ensalada rápida. Después se recostó en el sillón del salón
que, aunque no era tan cómodo como la cama, le serviría para echar una
cabezada.
Aún no había cerrado los ojos cuando el teléfono fijo sonó. No podía creer
que no la dejaran tranquila un momento y eso la enfureció. Le supuso otro
gran esfuerzo levantarse a contestar la llamada.
—¿Sí?
—¡Hola, Julia! —Era Héctor. Parecía alterado y nervioso por la forma de
hablar. No se dirigió a ella como «preciosa» y eso le resultó muy extraño—.
He visitado a las tres familias tal y como comentamos ayer. Creo que he
encontrado algo en una de las casas. Algo muy importante que no puedo
contar por teléfono. Tenemos que vernos porque me temo que no vas a creer
lo que te voy a enseñar.
—De acuerdo, ¿dónde nos vemos? —preguntó ella espabilando de
inmediato.
—Tú no te muevas de casa. Yo voy para allá.
CAPÍTULO 14

El inspector Morales había decidido aplazar la reunión con Julia hasta la


semana siguiente. Creía que debía dejarle tiempo suficiente para que se
recuperase del susto antes de hablar con ella, pero a la vista de los nuevos
acontecimientos se vio obligado a localizarla de forma inmediata. Ese
mismo martes por la tarde, sin haber transcurrido apenas cuarenta y ocho
horas desde que el inspector Salazar la rescatara del particular infierno
médico que la retuvo varios días contra su voluntad, se vio obligado a
mantener una conversación por teléfono con ella. Sabía que no era lo más
ortodoxo, ya que su obligación era citarla a declarar en comisaría, pero se
resistía a pensar que pudiera haber tenido algo que ver y optó por una
conversación informal, al menos de momento.
Torres llevaba un rato sentado en el despacho con él. Le había presentado
la información obtenida de la última prueba del caso, un móvil prepago
encontrado en el registro de la vivienda de Angélica. El inspector mantenía
abierta la carpeta del expediente con los datos referentes a las llamadas
realizadas desde él. Leía en silencio, ligeramente inclinado hacia delante
con los codos apoyados sobre la mesa y las manos entrecruzadas sobre las
que descansaba la barbilla.
—Se nos complica un poco más ¿no le parece? —dijo el agente Torres.
—Eso parece —contestó él, cambiando de postura y acercándose uno de
los folios como si al verlo desde más de cerca pudiera asimilar mejor los
datos que revelaba la prueba.
Levantó el teléfono y llamó a Amelia.
—Necesito, por favor, que localice a Julia y me comunique con ella
cuanto antes.
—De acuerdo, inspector —dijo ella diligente como siempre.
Mientras el agente Torres abandonaba el despacho, él se dedicó a tomar
varios apuntes en una agenda.
—Creo que la podremos localizar en su casa —Amelia entró sin llamar,
aprovechando que el agente había dejado la puerta entreabierta al salir.
Llevaba una nota donde había garabateado un número de teléfono—. He
hablado con Ainhoa, la compañera de trabajo. Por lo visto, tiene un móvil
nuevo, pero me ha indicado que quizá la podamos localizar en este número,
el de casa.
—Gracias. —Cogió el trozo de papel y se dispuso a llamarla.
Se agotó una primera llamada y lo intentó una segunda vez.
—¿Sí?
—Buenas tardes, Julia. Soy Gregorio Morales.
—¡Inspector! —dijo Julia sorprendida. Parecía haberla encontrado en mal
momento—. Disculpe, pero estoy esperando a alguien y no dispongo de
tiempo para charlar con usted ahora. Creo que lo adecuado es que nos
veamos más adelante. Además, me debe una explicación.
—Eso no lo dude. Nos veremos muy pronto, pero ahora la llamo porque
creo que la explicación me la debe usted a mí.
Se produjo un silencio que Julia se vio obligada a interrumpir.
—No sé a qué se refiere.
—Esta mañana he recibido nuevos datos sobre el caso. Encontramos en el
registro de la casa de Angélica un móvil desde el cual se hicieron dos
llamadas aproximadamente una semana antes del asesinato y una de ellas
fue a usted.
—Eh, sí… Es verdad. Me llamó para organizar el fin de semana de chicas
—se justificó Julia.
—¿A qué está jugando? No sé si de verdad quiere colaborar o todo esto es
un teatro que se ha montado por algún motivo. ¿Por qué lo ocultó? Me temo
que tendré que llamarla a declarar de forma oficial —dijo él con un tono
más autoritario.
—Lo siento, no lo consideré importante. Llevaba casi dos meses
buscándola cuando apareció el cuerpo… Espere un momento. —
Permaneció unos segundos en silencio—. ¿A qué vienen estas preguntas?
¿Acaso sospecha de mí? —La voz había cambiado, parecía enfadada y
dolida.
—Lo siento, pero en este momento no descarto nada, ni a nadie. Tengo
por costumbre fiarme de las pruebas. Ellas hablan por sí solas, solo hay que
saber escucharlas y las de este caso apuntan a varias personas, entre ellas a
usted. —No estaba convencido de lo que decía, pero necesitaba conocer su
reacción.
—¡No puedo creer lo que me está pasando! —protestó—. Casi pierdo la
vida por averiguar lo que pasó con mi amiga sin sacar nada en claro y ahora
paso a ser sospechosa por un detalle sin importancia que no comenté.
—Digamos que es muy revelador que la víctima tuviera escondido un
móvil prepago en su propia casa y que lo utilizara para hacer solo un par de
llamadas una semana antes de morir, siendo titular de otro móvil de
contrato. Me temo, querida Julia, que intentaba no dejar rastro de esas
llamadas.
—¿Y entonces por qué no se deshizo de él en vez de guardarlo en casa?
—Parecía tratar de buscar de forma desesperada una explicación.
—Según los datos que tengo, el día que se marchó de casa salió con lo
puesto. Quizá no tuvo tiempo de preparar todo lo que quería llevarse. Lo
siento, pero tendrá que venir a declarar y vaya recordando dónde estuvo
entre los días siete y ocho de noviembre —dijo él un momento antes de
escuchar la señal que indicaba el fin de la llamada. Ella le había colgado el
teléfono.
Julia se sentía agobiada, defraudada, indignada, desmoralizada… No
había suficientes adjetivos desfavorables terminados en -ada para describir
un estado de ánimo ante esas circunstancias. Permanecía encogida en el
sillón, hecha un ovillo junto a Lucas, tapada con una manta de forro polar
blanca y gris. El cansancio acumulado y la desazón del momento acabaron
por dejarla traspuesta.
Una hora después, el timbre de la puerta la arrancó de un sueño reparador
y se levantó por inercia, mareada, sin saber muy bien dónde estaba, ni lo
que debía hacer. Necesitaba unos minutos para volver a la realidad y,
cuando el timbre volvió a sonar, se dio cuenta de que debía abrir la puerta.
Pensó que, por fin, sería Héctor, aunque miró la hora y le extrañó que
llegara tan tarde.
—¿Qué haces aquí? ¿Ha pasado algo en la consulta? —preguntó ella
sorprendida. Era Ainhoa.
—En la consulta no. Coge el bolso y te lo explico por el camino —le dijo.
Su cara parecía desencajada.
Ni siquiera se atrevió a preguntar. Se cambió de ropa, se puso un abrigo
por encima y salió lo más rápido que pudo. Esta vez, Ainhoa conducía.
—¿Dónde vamos? ¿Qué ha pasado? Creo que no podré soportar más
problemas por hoy.
—Pues tendrás que hacerlo. No sé qué otros problemas has tenido, pero
me temo que este es el más grave. Héctor ha sufrido un accidente. Por lo
visto ha sido cerca de San Sebastián y lo han llevado al Hospital de Gros.
—¡Eso es imposible! Me ha llamado hace tres o cuatro horas para decirme
que venía directo a mi casa porque quería enseñarme algo y era importante.
—Me ha avisado, Nerea. Está grave e inconsciente y como tú no estás
para conducir, he pensado en llevarte yo. —Julia notó que Ainhoa la miraba
de reojo y sintió que le agarraba con fuerza de la mano al ver que las
lágrimas le caían sin pudor por las mejillas.
Nerea y ella se fundieron en un abrazo de consuelo mutuo delante de un
cristal a través del cual podían observarlo. Héctor permanecía aislado en la
habitación con suero y oxígeno y multitud de aparatos conectados al cuerpo
que parecían indicar un mal pronóstico. Nadie sabía explicar lo sucedido.
—¿Qué ha pasado?
—No lo sé —dijo Nerea mientras empapaba las lágrimas con un pañuelo
de papel tan húmedo que, lejos de secar, le mojaba aún más la mejilla—. Un
ertzaina me ha comentado que alguien encontró el coche fuera de la
carretera y dio parte del accidente. Después le trajeron aquí y me
localizaron enseguida.
Era viernes por la mañana y el inspector necesitaba terminar cuanto antes
el interrogatorio por lo que Torres había comenzado sin él. Se dirigió hacia
la sala y el ruido al abrir la puerta sobresaltó a la mujer, que miró hacia atrás
desconfiada.
—Disculpe, continúen —dijo Morales. Esta vez no quiso observar a
través del espejo de la habitación contigua. Prefirió controlar la situación
desde dentro.
—Le repito la pregunta: ¿por qué hay una llamada a su móvil desde un
teléfono de Angélica la semana antes de producirse el asesinato?
—Ya le he dicho que es cierto que me llamó para decirme que había
hablado con Julia y que quería reunirnos de nuevo a todas. Me dijo que
Julia se encargaría de organizarlo y avisarnos. Me alegré mucho de volver a
hablar con ella y, por supuesto, me alegré de que alguien se tomara la
molestia de volver a juntarnos después de tantos años, pero no le di más
importancia a la llamada. Por eso no comenté nada, aunque también es
cierto que tampoco me preguntaron.
—Utilizó un móvil prepago expresamente para hacer dos llamadas. Una
fue a usted ¿sabe por qué?
—No tengo ni idea. Recuerdo que no era el número que yo tenía
registrado en mi agenda, pero han pasado diez años. Todas hemos tenido
tiempo de cambiarlo, ¿no cree?
—Entonces Angélica le confirmó que había hablado con Julia antes de
llamarla a usted.
Morales supervisaba la conversación. Ella le parecía tranquila.
—En efecto, aunque lo único que me comentó es que se iba a encargar de
organizar un fin de semana para vernos las cuatro de nuevo en la casa del
pueblo.
—¿De qué casa habla?
—De la casa de las Capitanas. O al menos así es como la conocemos
desde niñas. Esa casa fue nuestro cuartel general durante muchos años.
Pasamos nuestra niñez y adolescencia correteando entre el laberinto de
pasillos y habitaciones de su interior. Tenía muchos recovecos donde nos
gustaba escondernos a jugar o simplemente a hablar mientras comíamos
chuches. La casa pertenece a los padres de Sofía, sus abuelos la compraron
a una familia adinerada madrileña que pasaba los veranos en Lezana. Nos
gustaba imaginar que estaba llena de espíritus que pululaban por la casa
tratando de comunicarse con nosotras —dijo haciendo una breve pausa
antes de continuar—. Ya sabe, cosas de críos. —Sonrió.
Morales observaba de pie, con los brazos cruzados y apoyado en una de
las esquinas de la sala, cómo Sara parecía disfrutar contando la historia y
cómo el agente Torres permanecía embobado escuchándola. Pensó que no
estaba todo lo centrado que debía y decidió intervenir en el interrogatorio.
—¿Qué me puede decir de Julia, señorita Rivas?
Sara se giró hacia él para contestarle y en ese momento entendió el
comportamiento del agente. Sus facciones eran casi perfectas, simétricas,
con unos enormes ojos grises de penetrante mirada y una melena pelirroja
ondulada que la embellecía aún más.
—Es mi amiga, pero se está tomando esto como algo personal y eso no lo
puedo entender. Para eso están ustedes, ¿no? Creo que le está afectando de
tal forma que hay momentos que parece ausente. El lunes mismo, con lo del
robo…
—Discúlpeme, ¿de qué robo está hablando? —la interrumpió mientras
acercaba una silla para sentarse al lado de Torres.
—El lunes la acompañé a su piso. Había pasado la noche en casa de
Héctor. —Apoyó los brazos sobre la mesa y se inclinó hacia delante, lo que
desvió de nuevo la atención del agente hacia el sugerente escote de la
camisa—. La recogí por la mañana en mi coche para llevarla al piso.
Cuando llegamos encontramos que la puerta no estaba cerrada con llave y
ella supo que alguien había entrado incluso antes de poner un pie dentro. La
casa estaba completamente arrasada, todo desordenado y tirado por el suelo.
En efecto parecía un robo, pero no lo fue.
—¿A qué se refiere?
—A que no faltaba nada. No se llevaron nada. Ella habla de unas
fotografías que sacó de la clínica de Gamboa, pero yo no las he visto.
—¿Sabe si Julia y Angélica habían tenido algún problema con
anterioridad?
—Le puedo decir que siempre nos hemos llevado bien, pero es cierto que
hemos perdido el contacto durante un periodo suficientemente largo como
para que hayan pasado cosas que no sepamos unas de otras.
—De acuerdo, Sara, le haré una última pregunta: ¿dónde estuvo la noche
del siete de noviembre de 2019?
—Tendría que pensarlo, pero en noviembre estuve preparando una obra de
teatro y ensayando en casa casi todas las tardes. Mi vecina de piso está
aburrida de oírme cada vez que ensayo. Le podrán preguntar a ella.
—De acuerdo. Le agradecería que no comentara nada con Julia sobre esta
conversación hasta que podamos hablar con ella. —Hizo un gesto a Torres
para que tomara nota de la dirección y después abandonó la sala tan rápido
como pudo.
Habían transcurrido seis días desde el accidente. Héctor permanecía
estable y fuera de peligro, aunque aún inconsciente, y Julia no paraba de
preguntarse qué podía ser tan importante. Qué era lo que quería enseñarle.
Haber metido a Héctor en un problema tan grave le suponía una pesada losa
sobre su conciencia.
Caminaba bajo la lluvia, en busca de un taxi que la llevara hasta la clínica
de La Luz. Era lunes por la tarde y hacía al menos dos semanas que no
visitaba a Nico, pero hoy no le apetecía andar. Se encontraba muy cansada,
sin ganas. No tardó mucho en encontrar uno libre y durante el corto trayecto
se entretuvo observando cómo la lluvia modelaba un mosaico con pequeñas
gotas. Resbalaban una tras otra hasta formar hilos de agua que repasaba una
y otra vez con el dedo índice a través del cristal.
—Señora, es aquí —le dijo el taxista mirándola a través del retrovisor.
Ella le devolvió una mirada vacía y ausente.
—¿Se encuentra bien? —preguntó con gesto extrañado a la vez que se
giraba hacia ella.
—Sí, gracias... Disculpe, ¿qué le debo? —Le costó unos segundos
regresar a la realidad. Sacó con torpeza un monedero del bolso y después de
pagar se bajó del taxi. Parada frente a la puerta de la residencia miraba el
trasiego de personas entrando y saliendo como si se tratara de una película a
cámara rápida mientras ella permanecía anclada en el tiempo, siempre en el
mismo minuto de donde no era capaz de escapar hasta el momento en que
una mano se posó sobre su hombro.
—Julia, ¿qué tal estás? Nico va mejor. Te ha echado en falta estos días
que no has venido.
Por la voz reconoció a María, la enfermera que se encargaba de la
recuperación de Nico en el centro.
—Hola, María —la saludó con voz apagada—. La verdad es que hoy
vengo para que sea él quien haga terapia conmigo.
Ambas sonrieron mientras entraban.
Sacudió la cabeza, respiró hondo y cambió el chip antes de abrir la puerta.
Se le acercó son sigilo por detrás para darle una sorpresa y acabó
llevándosela ella cuando le vio una ligera sonrisa dibujada en la cara
mientras levantaba la mano buscando su mejilla para tocarla.
—¿Ves como está mejor? —dijo María que se había cambiado de ropa
para comenzar la jornada.
Ella lo miró con ojos vidriosos.
—¡Pero esto es magnífico! —Hizo un gran esfuerzo por no llorar, aunque
siempre pensó que las lágrimas de alegría sabían diferentes. Le agarró la
mano y la sujetó contra su mejilla.
A Nico se le veía disfrutar del momento y ella se dio cuenta de que
volvería a recuperarse.
Después de la sesión de trabajo, salió con él a un pequeño jardín que
adornaba la parte trasera del centro por donde enfermos y familiares
disfrutaban de largos paseos los días de sol.
—Ya me conoces, Nico, siempre he sido una testaruda, pero ahora me he
equivocado. Debo apartarme cuanto antes. Al final creo que esto no va a
salir bien y me va a perjudicar. He cometido un error del que se ha
percatado el inspector y no tengo ninguna coartada para la fecha en la que
Angélica murió —le hablaba mientras percibía de él una mirada
comprensiva—. Voy a llamar a las chicas. Quedaremos de nuevo para
comer en la casa y aprovecharé para explicarles que dejo toda la
investigación a la policía.
Nico le apretó la mano y parecía haber cambiado el semblante.
—¿Te das cuenta de que has cambiado el gesto? —le dijo ella agarrándole
la cara emocionada con ambas manos—. Te vas a recuperar enseguida, lo
sé.
Un rato después, caminaba de regreso a casa cabizbaja, con las manos en
los bolsillos y un terrible dolor de cabeza propiciado, con toda seguridad,
por la ansiedad vivida. Parada en un paso de cebra rebuscó en el bolso el
móvil para hacer un par de llamadas antes de llegar a casa. Necesitaba
contarle a Sara y Sofía lo del accidente de Héctor. Quería utilizarlo como
disculpa para quedar con ellas el sábado. Sabía que accederían para conocer
los detalles de lo sucedido, pero en realidad buscaba el momento de
manifestarles su deseo de abandonar una investigación que nunca debió
comenzar.
CAPÍTULO 15

La semana transcurrió tranquila, lo que le permitió a Julia un pequeño


respiro después de los últimos acontecimientos que la habían dejado
exhausta. Decidió centrarse en los pacientes, darle un merecido descanso a
Ainhoa y seguir de cerca la evolución de Héctor, que continuaba estable
hasta la fecha.
Dejar a un lado el caso de Angélica la liberó de una forma inesperada.
Además, el inspector no había vuelto a acordarse de ella en los últimos días,
lo que le propició un alivio momentáneo que no sabía si calificar de malo o
de peor, según su particular escala medidora de problemas. Un continuo
runrún en la cabeza le manifestaba la urgente necesidad de informarle sobre
el accidente de Héctor, pero necesitaba dejarlo para más adelante. De
momento, no quería verlo ni oír hablar de él.
Acababa de recoger los platos de la comida y se dispuso a preparar café
mientras se cambiaba de ropa. Era viernes y había quedado en recoger a
Nerea en su casa esa tarde para ir juntas al hospital. Llevaba varios días
acompañando a Héctor sin salir de la habitación y había logrado
convencerla de que se tomase un respiro. Al menos, el tiempo necesario
para ducharse, ponerse ropa limpia, descansar un rato y lo más importante,
alejarse por un momento del penetrante olor a desinfectante que invadía
cada rincón de ese hospital. Nerea accedió sin rechistar, pero con la
condición de que volviera a llevarla cuanto antes.
Mientras se maquillaba, percibió cómo el aroma del café recién hecho
alcanzaba el cuarto de baño y en ese momento salió corriendo por el pasillo
a retirar la cafetera de la vitrocerámica antes de que el café se desparramara
por encima y lo pusiera todo perdido. Se sirvió una taza hasta arriba y esta
vez lo tomó solo, a pequeños sorbos para no quemarse, de pie mientras
miraba la hora en el reloj de la cocina de estilo vintage, regalo de su madre.
Nerea la esperaba en la calle y le hizo un gesto al verla en el coche.
—¿Qué tal estás? ¿Has descansado algo? —preguntó mientras se estiraba
para abrirle la puerta desde el asiento del conductor.
—De momento la preocupación no me deja descansar como quisiera, pero
ya tendré tiempo de hacerlo más adelante. —Se sentó, se abrochó el
cinturón de seguridad y permaneció callada un buen rato. Parecía estar
pensando lo que iba a decir hasta que al final se decidió. Se giró y
mirándola a la cara le hizo una pregunta.
—¿Sabes de dónde venía? Por lo visto había terminado el turno de
trabajo.
—Sí. —No quería que se enfadara con ella, pero tampoco podía mentirle
—. Lo siento mucho, Nerea. Habíamos quedado que ese día visitaría a tres
pacientes de Gamboa en sus domicilios después del trabajo. —No era capaz
de devolverle la mirada, ni siquiera de reojo. Estar al volante le facilitaba la
disculpa.
—No te sientas mal, pichín. —Se giró de nuevo y miró el paisaje que iban
dejando a la derecha—. Sabes que lo hubiera hecho aunque no se lo
hubieras pedido. Las dos lo conocemos ¿verdad? Seguro que saldrá de esta.
Ella conducía sin levantar la vista del asfalto para disimular el nudo en la
garganta que le impedía hablar. Nerea siempre le había parecido una mujer
de hierro y en este momento aún más. Podría definirla como una mujer
práctica para quien el llanto y los lamentos entorpecían la resolución de
cualquier problema, aunque eso no le impedía hacerlo, pero, como ella
decía, «todo a su debido momento».
—Había descubierto algo importante. Quizá los nervios de venir a
contármelo le hicieron correr más o despistarse en la carretera.
—No lo sabremos hasta que despierte.
—¡Quizá podamos saberlo antes! El móvil nos puede dar alguna pista —
dijo ella mientras buscaba la mano de Nerea para apretarla con fuerza.
—Es verdad, ahora que lo pienso, no lo he recuperado. No estaba entre los
objetos personales. ¿Es posible que se quedara en el interior del coche?
—Puede que sí. Debería ir a verlo, pero ya no me atrevo a aventurarme
sola. He pensado en hablar con Morales para ponerlo al corriente. El
problema es que prefiero esperar unos días hasta tener las ideas más claras.
—Te voy a apuntar la dirección del taller donde lo han llevado. Prefiero
que te encargues tú de acercarte a revisar si se quedó por algún rincón del
coche. Yo tengo bastante con no moverme del hospital hasta que Héctor
despierte.
Acompañó a Nerea un rato más. Sabía por experiencia que la estancia
como acompañante en los hospitales casi siempre era tediosa. La espera se
hace eterna ya sea sentado, de pie, paseando o mirando el móvil, de modo
que procuró hacérsela algo más agradable y le regaló un par de libros de
novela policiaca y varias revistas de cotilleo. Al menos la lectura la
mantendría entretenida un buen rato cada día.
Cuando se montó en el coche de regreso a casa ya había anochecido.
Al día siguiente, Julia fue la última en llegar al pueblo. Las ventanas de la
casa se encontraban abiertas de par en par y se oía charlar a Sara y Sofía
desde la calle. El día amaneció sin una nube y con un sol radiante, de
manera que pensó en proponerles a las chicas dar un paseo hasta la hora de
comer.
—¿Te ayudamos? —dijo Sara desde la puerta de entrada con una cerveza
en la mano.
—Creo que puedo sola. —Se giró hacia ella guiñándole un ojo mientras
cerraba el maletero del coche—. Chicas, hoy, si os parece, podemos dar una
vuelta para recordar viejos tiempos. Hace un día estupendo y creo que la
última vez que subimos hacia el nacimiento del río éramos unas crías.
—Me parece genial. Cierro las ventanas y salimos —dijo Sofía.
Después de haber recorrido el primer tramo de camino asfaltado,
comenzaron a ascender por otro de piedras y tierra rodeados de numerosas
encinas entre las que se observaban los extensos montes y el verdor de los
campos del Valle. Atravesaron la pradera junto al río recordando entre risas
la agilidad que las caracterizaba de niñas para llegar hasta allí y que alguna
ya había perdido. Según se acercaban al cauce, Julia las mandó callar para
oír el sonido del río característico de épocas en las que baja con fuerza.
—Imposible. No podemos subir a la Cencerrona. —Sabía que las lluvias
intensas de días atrás habrían aumentado el caudal imposibilitándoles el
acceso a la cueva—. Pero podemos sentarnos por aquí y acompañar las
cervezas que vamos a tomar con algo de picoteo.
—Estás en todo —afirmó Sara—. ¿A ver lo que has traído? —Abrió la
mochila para comprobarlo y se prepararon una improvisada comida
campestre en la orilla mientras disfrutaban de una espectacular y curiosa
imagen del río que rodeaba todo tipo de rocas y árboles asomados al cauce.
—¿Cómo está Héctor? —preguntó Sofía.
—Sigue estable, pero no sé cuándo va a despertar. Creo que lo mantienen
sedado. El accidente le provocó una lesión en la cabeza importante —dijo
ella.
—¿Cómo pudo despistarse así? Cuando me llamaste para contármelo no
me lo podía creer —dijo Sara. Probó un trozo de sándwich y se abrió una
botella de cerveza.
—Yo tampoco. Creo que es culpa mía. Todo esto empieza a parecer una
pesadilla de la que no acabo de salir. Quería pediros disculpas —dijo Julia.
Ella no bebía alcohol por norma general, pero en ese momento hizo una
excepción y dio un gran sorbo a la cerveza de Sara.
—No veo por qué debes pedirnos disculpas. Estás intentando averiguar
qué pasó con Angélica. Ni Sara ni yo nos hemos planteado algo parecido,
¿no es así? —preguntó mientras dirigía la mirada a Sara—. ¡Sara! —gritó.
—Sí, perdón. Estaba distraída con la comida.
—Decía que Julia no debe pedirnos disculpas. En todo caso, somos
nosotras las que debemos ayudar a que esto se esclarezca cuanto antes —
dijo Sofía que miraba de nuevo a Sara cabeceando. Parecía recriminarle que
no estuviera atenta a la conversación.
—El problema es que cada vez lo veo más oscuro. Lo único que he
conseguido es poner en peligro a la gente que quiero y a mí misma. Para
colmo de males, el inspector sospecha de mí. —Decidió abrirse una cerveza
para ella y dejar de dar sorbos a la de Sara.
—¿Quéééé? —gritó Sofía a la vez que Sara comenzaba a toser como si un
trozo del sándwich que estaba comiendo se le hubiera atascado en la
garganta.
—No le hablé al inspector de la llamada que me hizo para organizar el
encuentro. Parece ser que fue la semana anterior al asesinato y la hizo desde
un móvil que encontraron escondido en el registro de su casa. —Se tumbó
en la hierba y colocó la mochila bajo la cabeza a modo de almohada.
—¡Esto es el colmo! —protestó Sofía.
—Sí —afirmó ella—. Por eso he decidido abandonar. Lo siento por
Angélica, no se merecía que lo dejase de esta forma y lo siento por mí
también.
—¿Por qué por ti? Has corrido riesgos innecesarios. Sigo pensando que la
mejor opción es la policía —dijo Sara.
—No me gusta dejar asuntos a medias. Además, la policía continuará un
tiempo con la investigación, pero si no encuentran nada concluyente lo
abandonarán como en otros muchos casos. Creo que Morales se ha centrado
en Gamboa y en los asuntos turbios que le rodean al margen de que haya
sido o no el verdadero culpable de la muerte de Angélica.
Ambas parecían escucharla con mucha atención.
—¿Qué fuiste a buscar al hospital? —preguntó Sofía. Parecía intrigada.
—Quería comprobar algunos datos sobre unos pacientes. Pero una cosa
me llevó a la otra y acabé en la clínica privada de Gamboa gracias a Javier.
—¿Javier? —preguntó Sofía con cierto sarcasmo entre sonrisitas—.
Perdona, pero me he perdido. ¿Quién es Javier?
—¿Recuerdas el día que fuimos a visitar al doctor Mikel Aguirre? —se
dirigió a Sara.
—¡Cómo olvidarlo! El gran día de nuestra actuación estelar —dijo Sara
enfatizando la frase con un tono de voz más grave del habitual.
—¿Recuerdas el hombre que me acompañó hasta el hospital?
—Sí —contestó por inercia porque en ese momento toda su atención se
centraba en cómo pelar un par de castañas—. Recuerdo que era alto y
fuerte, pero he olvidado su cara.
—Resultó que trabajaba como fisioterapeuta en el hospital. He tenido
alguna cita más con él. —Ambas la miraron con ojos inquisidores y sonrisa
picarona—. Médica, cita médica. —Se vio obligada a puntualizar.
—Bueno, continúa. Ya vemos que sigues siendo la misma sosa de siempre
—dijo Sofía mientras comenzaba a recoger las botellas vacías y los
envoltorios en una bolsa de basura.
—En la clínica de Gamboa averigüé que algunos informes de pacientes se
guardaban bajo llave en su despacho. Precisamente los que, por algún
motivo, no aparecen en la base de datos de la clínica, de modo que me
aventuré a fotografiarlos por la noche.
—Retiro lo de sosa —la interrumpió Sofía—. ¿Fuiste capaz de entrar en el
despacho de ese hombre? Esto parece una película de suspense. Sigue,
sigue.
—De terror —la corrigió—. Me descubrieron y borraron las fotos del
móvil, pero guardé una copia en la microtarjeta que pude esconder sin que
se dieran cuenta. Puede que esté utilizando a pacientes como cobayas
humanas sin conocimiento de estos, aunque de momento solo son
conjeturas. Creo que por eso le interesa a Morales. Supongo que destapar un
escándalo así con uno de los traumatólogos más reconocidos del país sería
un broche de oro a su carrera.
Continuaron hablando de camino a la casa. Sin darse cuenta se les había
echado la tarde encima y, puesto que acababan de improvisar un brunch
campestre, ya no tenían apetito como para ingerir el resto de comida que
Sofía había preparado. Decidieron repartirla en varios táperes, uno para
cada una, y aprovechar el postre comiéndolo en el porche para dejar pasar
tiempo suficiente y eliminar el efecto de las cervezas antes de conducir de
nuevo.
Julia comenzaba a servirse el segundo trozo de tarta de queso cuando le
sonó el móvil. Sara y Sofía continuaban hablando mientras ella atendía la
llamada con la boca llena.
—¿Sí?
—Buenas tardes, doctora. Creo que la he llamado en mal momento.
¿Suele comer a las cinco de la tarde? No sé si sabrá, pero comer a deshora
guarda mucha relación con enfermedades como la obesidad…
—¡Señor Sánchez! —Trató de tragar el trozo de tarta tan rápido como
pudo—. No es mal momento, ni mucho menos. Le escucho.
—Quería comunicarle que he revisado y ordenado el desbarajuste de
datos e informes que me pasó y además tengo los resultados de su analítica.
No hemos encontrado nada relevante.
—Me deja más tranquila.
—Sí —carraspeó—. En realidad, no hemos encontrado nada ahora, lo que
no quiere decir que puede que hubiéramos encontrado algo hace días. Quien
sea que esté realizando este estudio parece que no quiere dejar rastro en los
pacientes.
Al oír el comentario, se levantó para continuar la conversación alejada de
Sara y Sofía, que continuaban enfrascadas en una charla sobre las
vacaciones.
—Luis, tenemos que vernos. Necesito que me dé su interpretación de lo
que ha leído.
—Por supuesto. Le acabo de mandar a su correo electrónico una breve
información, pero el lunes la visitaré sin falta para hablarlo con más detalle.
Podría limitarme a comentarle cuál es la función de los compuestos que han
utilizado, pero le voy a regalar mi opinión al respecto. De momento no sé
quién es la persona o personas que están llevando a cabo este ensayo, lo
llamaré doctor Jekyll. ¿Le parece bien? Puedo ponerle otro nombre…
—No, no, no… Está bien —le interrumpió. Sabía que, si lo dejaba
desvariar, no terminaría nunca la conversación y quería escuchar lo que
tenía que decir.
—Nuestro particular doctor Jekyll parece que busca el atleta perfecto.
Todos los informes pertenecen a gente deportista que acudió a él con alguna
lesión, pero aparentemente sanos. He indagado un poco sobre la clínica y si
se la conoce por algo es por tratar a deportistas de élite, sin embargo, los de
los informes no lo son. Creo que trata de perfeccionar una droga para luego
venderla a los que sí pagarían dinero por ella, los deportistas de élite. Y
créame doctora, si esto llegara a funcionar, pagarían mucho dinero.
Ella permanecía apoyada en la fachada de la casa con la mirada perdida en
el intenso verde del jardín mientras escuchaba atónita el comentario del que
hasta ahora había sido paciente suyo.
—¿Cómo ha averiguado de qué clínica se trata?
—¡Por favor! La duda ofende. Se le olvidó borrar el nombre en uno de los
informes, aunque reconozco que en el resto estaban perfectos. Me refiero a
los tachones.
Ella sonrió y confirmó la cita para el lunes antes de colgar. El sol comenzó
a caer tiñendo el cielo de pinceladas naranjas y amarillas. Le pareció un
momento mágico, de una belleza tal que le era imposible dejar de mirar y
que la ayudaba a olvidar por un momento todos los problemas. Dudó sobre
la decisión que había tomado y decidió marcharse cuanto antes para leer la
información que el señor Sánchez le había mandado por mail.
Cuando regresó donde las chicas, aún seguían charlando sobre las
vacaciones, los hoteles, las playas…
—Chicas, ha sido un día estupendo, pero creo que me voy ya.
—¿Algún problema? —preguntó Sara.
—No. Debo preparar una reunión para el lunes y mañana no tendré
tiempo, de modo que, sintiéndolo mucho, os abandono —dijo. Recogió los
platos y los llevó a la cocina.
—Que no se te olvide tu táper de comida —voceó Sofía desde la calle—.
¡Espera! —Volvió a gritar mientras echaba a correr al piso de arriba
subiendo las escaleras de dos en dos como solía hacer de pequeña.
Al cabo de cinco minutos bajaba de nuevo con un zapato de tacón en la
mano.
—Casi se me olvida. Seguro que llevas sin ponerte estos zapatos desde el
primer fin de semana que nos vimos aquí. Lo encontré mientras limpiaba el
domingo después de que te marcharas.
Julia lo sujetó y lo miró como si fuera la primera vez que lo veía.
—¿No recuerdas que te llamé para comentarte que te habías olvidado un
zapato mientras conducías de vuelta a Bilbao?
—Ahora que lo dices, recuerdo que me llamaste, pero luego se me olvidó
comprobarlo. No suelo utilizar los zapatos de tacón para andar por la
ciudad.
—¡Es mío! —gritó Sara desde la puerta de la calle—. ¿Dónde lo habéis
encontrado? Llevo buscándolo desde hace meses. —Se apresuró a
quitárselo de las manos—. Me costaron un potosí.
—Vaya confusión. Pensaba que era de Julia y por eso no te dije nada a ti
—dijo Sofía.
—Perdóname. Tenía que haberlo comprobado, pero se me pasó por
completo. Sí que es bonito. ¿Me dejas verlo? Yo tengo unos parecidos con
algo menos de tacón. La verdad es que me los pongo en contadas ocasiones
porque no soporto las rozaduras que me hacen en los talones. Es precioso
—dijo ella observándolo de cerca.
—Lo voy a guardar como oro en paño. —Sara lo recogió y guardó en la
mochila junto con el táper de comida.
—Pues no sé si le tienes mucho cariño metiéndolo al lado de una tartera
con comida que puede abrirse en cualquier momento —dijo Sofía
bromeando.
Todas se echaron a reír mientras se despedían y quedaron en mantenerse
informadas ante cualquier novedad que surgiera.
Julia conducía preocupada de vuelta a casa. En ese momento no tenía tan
clara la decisión que había tomado de abandonar el caso. La llamada del
señor Sánchez era uno de los motivos. La información que obtuviera de él
le serviría como disculpa para hablar de nuevo con Morales y aprovecharía
también para ponerlo al día sobre el accidente de Héctor. Necesitaba pedirle
que la acompañara para registrar el coche y encontrar el teléfono móvil.
Quizá de esa forma podría averiguar qué era lo que con tanta insistencia
quería enseñarle.
CAPÍTULO 16

A pesar de no tener hambre, sentía la necesidad de tomar algo dulce por


simple gula. Mientras aparcaba el coche en el garaje se esforzó en recordar
si guardaba chocolate por algún rincón de la cocina. El chocolate negro
junto con el té o un buen café eran sus grandes debilidades, el problema es
que siempre se le olvidaba añadirlo a la lista de la compra. Nada más cruzar
el umbral de la puerta, decidió conformarse con cualquier dulce que
encontrara por la casa, de manera que se dirigió a la cocina como un
autómata para inspeccionar uno a uno cada armario. Se dio cuenta de que
no había mucho donde elegir, aunque tuvo suerte de encontrar una caja de
bombones medio vacía.
Después de cambiarse de ropa, se dejó caer en el sillón del salón a
degustar con calma los pocos que quedaban. Se deleitó con los distintos
sabores a chocolate con coco, almendra o mermelada. En realidad, no
recordaba haberlos comprado. Estaba convencida de que era un regalo de
Héctor y Nerea por su cumpleaños. Por el tiempo transcurrido pensó que
quizá estuvieran caducados, pero se encontraba demasiado a gusto como
para molestarse en revisar los envoltorios.
Lucas aprovechó el momento para acurrucarse en su regazo y regalarle
mimos que Julia no dudó en corresponder con algunas caricias y decidió
entretenerse con alguna película antes de acostarse. Mientras elegía cuál
ver, una imagen de las chicas de Sexo en Nueva York le recordó el zapato
perdido de Sara. Ella guardaba unos muy parecidos, aunque algo menos
glamurosos. Retiró a Lucas con delicadeza y se dirigió a la habitación. Allí
comenzó a rebuscar entre numerosas cajas apiladas donde se mezclaban los
zapatos nuevos, los viejos, incluso los que ya no le valían.
Tardó un buen rato en encontrarlos. Se hallaban en el fondo del armario,
perfectamente colocados dentro de una de las cajas de cartón. Eran unos
zapatos muy viajeros que siempre echaba a la maleta cuando salía de viaje,
por si acaso. Por eso, cuando Sofía la llamó dio por hecho que era el suyo.
Sencillos y elegantes a la vez, pensó en utilizarlos más. Al fin y al cabo, el
zapato de tacón estiliza la figura y eso siempre viene bien.
Se sentó en la cama para probárselos con más comodidad y se alegró de
que aún le valieran. Era su número, el treinta y nueve.
El lunes abrió temprano el despacho. Sabía que el señor Sánchez se
presentaría a primera hora y Ainhoa no estaba porque se había tomado un
merecido descanso. Luis era un hombre muy puntual, aunque ese día llegó
bastante antes de lo esperado. Aún no se había desabrochado el abrigo
cuando sonó el timbre de la puerta.
—¡Muy buenos días, querida doctora!
—Le veo de buen humor y con mucha energía para ser… —dijo ella
mirando la hora en el reloj de pulsera—. ¡Las ocho de la mañana! —Utilizó
un tono sarcástico.
—Es mejor madrugar. A quien madruga Dios le ayuda, o al menos eso
dicen. ¿Leyó lo que le envié por correo electrónico?
—Sí, desde luego que lo leí. Me pareció escalofriante. —Lo invitó a pasar
y le ofreció asiento.
—Continuando con la pequeña explicación telefónica del sábado, parece
ser que están ensayando con un producto químico combinación de varios
tipos de hormonas. Para que me entienda, utilizar una hormona como por
ejemplo la eritropoyetina para fines adecuados está bien. Lo normal es
usarla en enfermos de diálisis, ya que esta hormona aumenta el número de
glóbulos rojos. Pero cuando se utiliza de forma inadecuada y continuada
para aumentar el rendimiento de un deportista es una bomba de relojería,
puesto que si se une a un ejercicio intenso puede ocasionar
tromboembolismos. La droga que está probando nuestro particular doctor
Jekyll combina varias hormonas, de manera que no es una bomba de
relojería, es la bomba atómica —engoló la voz para dar más énfasis al
comentario—. Además de la eritropoyetina también utiliza la somatropina
en una cantidad importante.
—¿Somatropina? —le interrumpió.
—Sí. Aumenta la masa muscular y el rendimiento. Suele ser utilizada para
deportistas que participan en pruebas de fuerza, pero hay efectos
secundarios importantes. A corto plazo, problemas de articulaciones y
musculares. Ahora viene lo interesante. De todos los informes que me dejó
había varios pacientes cuya reacción fue distinta al resto. Las conclusiones
indican que los efectos de este compuesto unido a unas dosis iniciales
bastante elevadas les provocó un proceso degenerativo acelerado en
cuestión de meses.
—Los tres pacientes que denunciaron… —pensó ella en voz alta.
El señor Sánchez le acercó unas hojas con un nombre en cada encabezado.
—Son ellos —dijo a la vez que afirmaba con la cabeza.
—Nuestro doctor se cuidó mucho de hacerlo en un periodo
suficientemente largo como para que pasara inadvertido, pero en estos
documentos están muy claros los resultados. Todo parece indicar que la
droga aceleró el proceso degenerativo de forma exponencial, aunque, por lo
que he leído, intuían que la enfermedad permanecía latente en ellos. —Hizo
una pausa para sacar más documentos de la carpeta—. ¿Y qué me dice del
resto?
—No sé a qué se refiere.
—Claro que no, si no lo ha revisado con detenimiento, no puede saberlo.
—Parecía emocionarse cada vez más—. Entre todos los papeles hay más
informes donde se explica la historia clínica de otros pacientes. En estos
casos pareció cambiar el método y administrarles una dosis inicial más baja,
pero continuaron tomando medicación un tiempo. El suficiente como para
llegar a desarrollar enfermedades cardíacas en algunos casos.
—Pero… No tengo constancia de más denuncias.
—Desde luego no lo relacionaban con la estancia en la clínica porque
todos los efectos adversos sucedieron al cabo de meses de suspender el
tratamiento.
—No puedo creer que toda esa información la haya sacado de aquí —
afirmó escéptica mientras recogía los documentos esparcidos sobre la mesa.
—En efecto. Aunque, como ya se imaginará, también hay que saber
interpretar los datos.
Julia era consciente de que Luis no necesitaba elogios por su trabajo. Él se
bastaba para valorarse. Como profesional, ella sabía que la baja autoestima
no era un problema a tratar en el señor Sánchez. No conocía a nadie con un
ego tan alto.
—Con razón Gamboa guardaba todo bajo llave. —Volvió a pensar en voz
alta—. ¿Todo esto es por dinero?
—¡Poderoso caballero es don dinero! Todo esto es ilegal. Poder, dinero.
¿Qué más da? La ingeniería genética es el futuro, aunque los riesgos son
muy altos, por eso, en algunos casos, se actúa de forma ilegal —concluyó el
señor Sánchez. Se puso el abrigo mientras abandonaba la sala—. Espero
haberla ayudado.
Julia se levantó y observó por la ventana cómo el señor Sánchez se alejaba
mientras digería el bombardeo de información que acababa de recibir. Sabía
que ya no tenía disculpa. Debía visitar al inspector cuanto antes.
Sentada, con un café expreso de máquina en una mano y el móvil en otra,
esperaba en la sala a que el inspector la recibiera. Había hablado por
teléfono con Amelia para solicitar una cita y de inmediato le respondió
convocándola para el día siguiente, por lo que dedujo que al inspector
también le apremiaba hablar con ella.
Un ligero murmullo que provenía del interior del despacho le hizo pensar
que estaba reunido con alguien, de manera que se dirigió de nuevo a la
máquina de café y eligió un capuchino. Pensaba que la espera iba para largo
y no se equivocaba. El inspector tardó otros veinte minutos en atenderla.
—Buenos días, Julia. —Morales se asomó a la puerta para invitarla a
pasar.
—Buenos días —saludó con semblante serio y firme. Tiró el vaso de
cartón a la papelera. Cogió la carpeta que había dejado sobre una de las
mesas y entró en el despacho.
Se paró antes de que el inspector cerrara la puerta tras ella. Había un
hombre sentado de espaldas y mirando hacia el sillón del inspector. No
podía verle la cara, pero reconoció el aroma a jazmín del perfume.
—No sabía que iba a haber alguien más en esta reunión —afirmó ella con
recelo.
—Le presento al agente Salazar —dijo el inspector ofreciéndole asiento.
Salazar se giró. Julia quedó tan impresionada al verlo que los músculos
dejaron de obedecerla y sus manos soltaron la carpeta de forma involuntaria
desparramando el contenido por el suelo.
—¡Tú! —exclamó estupefacta.
Morales se agachó para recoger los papeles desperdigados mientras ella
permanecía de pie. Esperaba una disculpa, pero, sobre todo, una
explicación.
—Creo que ya le conoce —afirmó el inspector.
—No conocía al agente Salazar. Estaba deseando verlo para darle las
gracias en persona —dijo enfadada—. Pero, como bien dice, inspector, sí
que conozco al doctor Javier Montero.
Morales relajó la tensión del momento y tomó las riendas de la
conversación.
—Siéntese, por favor. Él se encargó de cuidar de usted durante el tiempo
que estuvo ingresada en la clínica y lleva investigando el caso Gamboa
desde hace meses. Salazar es policía, pero antes que policía fue
fisioterapeuta, lo que nos ha servido para trabajar desde dentro sin levantar
sospechas. Como teníamos dificultades para introducirnos en la clínica
privada, aprovechamos su insistencia en el caso. Si usted lograba entrar,
tendríamos un testimonio como paciente. Era imprescindible que usted no
supiera nada para no ser descubiertos, pero todo se complicó cuando
decidió robar esos documentos del despacho.
—Quizá si hubieran hablado conmigo. O sea, que lo tenían estudiado al
milímetro. Quiero decir, el día que me acompañó al hospital la primera vez,
el día que me recibió y me recomendó visitar la clínica… —se dirigió a
Salazar. Lo miró a los ojos sin poder evitar sentir algo más que no fuera
atracción.
—Me temo que sí —dijo el agente. Fueron sus únicas palabras en la
improvisada reunión.
—Necesito pedirle disculpas por la forma tan ruda en la que me dirigí a
usted por teléfono el otro día. Como ya le dije, una de las pruebas del caso
nos lleva hasta usted —dijo el inspector mientras abría el expediente.
—Ya le aclaré que no lo consideraba relevante como para comentarlo. Su
investigación comenzó un tiempo después que la mía. Yo buscaba a
Angélica viva y usted la encontró muerta. —Se sentía segura y centrada de
nuevo, y ellos lo percibían.
Morales levantó la vista por encima de las gafas y la miró con atención.
—Aunque no estoy convencido de ello, haré un breve paréntesis en este
tema por recomendación del agente Salazar. Siempre he confiado en su
criterio y no haré una excepción ahora. —Continuaba mirando por encima
de las gafas, pero esta vez al agente.
—Se lo tendré que agradecer también, ¿no? —dijo ella en tono sarcástico.
En su interior se había generado un conflicto emocional de dimensiones
estratosféricas. Se sentía engañada y a la vez emocionada de verlo de
nuevo.
Salazar permaneció callado y el inspector continuó hablando.
—Julia, necesito saber qué tipo de información obtuvo. Debemos
contrastar los datos que tenemos con lo que usted ha averiguado.
—Toda está aquí. —Dejó un pen drive sobre la mesa—. Tengo un amigo
que ha hecho una pequeña interpretación sobre los datos que aparecen en
estos documentos. Se lo dejo también en un informe, aunque supongo que
habrán realizado su propia investigación al respecto. En realidad, no sé si le
servirá o no lo que le he traído, pero tengo un motivo más urgente por el
que estoy aquí.
—La escucho —dijo el inspector mientras cerraba la carpeta.
—Necesito su ayuda. Héctor ha tenido un accidente con el coche. Se
encuentra fuera de peligro, pero lleva inconsciente varios días. El día que
me telefoneó para hablar sobre la llamada telefónica de Angélica, no pude
atenderlo porque esperaba que Héctor llegara de un momento a otro. Llamó
horas antes diciendo que había encontrado algo importante y no me
encontraba con ánimo de continuar la conversación con usted, por eso le
colgué. —Sentía la boca seca y pidió un botellín de agua que Salazar se
ofreció a traer con la amabilidad que le caracterizaba—. En el viaje de
vuelta, el coche se salió de la carretera. Necesito revisar el coche para
encontrar su móvil. Es posible que averigüemos algo.
—Es usted incansable, pero la ayudaré. Es posible que el descubrimiento
de Héctor nos sirva de ayuda. ¿Tiene la dirección del taller?
Ella sonrió y asintió con la cabeza sin pronunciar palabra.
—Bien, entonces Salazar la acompañará y necesito que me mantengan
informado.
El trayecto duró un par de horas. Ella sabía que desaprovechaba el
momento y, aun así, prefirió continuar interpretando en el papel de
ofendida. Seria, lo escuchó disculparse varias veces antes de intentar
entablar distintos temas banales de conversación sobre el tiempo o el
trabajo. La situación le resultaba graciosa e inesperada, pero a la vez
agradable. Le gustaba escuchar su voz, su facilidad de palabra y sobre todo
la amabilidad que mostraba con ella en todo momento.
Aparcaron delante del taller, pero llegaron a la hora de comer. La persiana
estaba echada y no parecía haber nadie.
—Sube al coche —le ordenó Salazar.
Ella obedeció sin rechistar y el agente condujo de vuelta.
—¿Me puedes decir dónde vamos? —preguntó sorprendida.
—El taller abrirá dentro de hora y media. Tenemos tiempo suficiente, de
manera que te invito a comer y no acepto un no por respuesta.
Giró la cabeza hacia la ventanilla para evitar mostrar la alegría reflejada
en su rostro. En ese momento decidió enterrar el hacha de guerra.
El día no acompañaba, llovía a cántaros y las calles estaban vacías. Sin
embargo, parecía que todo el mundo se había puesto de acuerdo para salir a
comer porque todos los restaurantes colgaban el cartel de completo. Dieron
un par de vueltas más con el coche sin éxito alguno.
—¿Te gustan las pizzas? —le preguntó ella.
—¿Y a quién no? Aunque invitarte a una pizza no me parece lo más
correcto.
—¿Correcto para una comida de trabajo… o para una cita? —Se lanzó a
la piscina sin saber si había agua, pero, por si acaso, no esperó la respuesta.
Se sentía avergonzada. No sabía en qué momento le había parecido buena
idea preguntar semejante estupidez a alguien a quien no conocía de nada.
Trató de salir al paso señalando un restaurante al final de la calle—. ¡Allí
hay un italiano!
Advirtió que él la miraba y actuó como si no se percatara de ello.
—Los mejores planes siempre se improvisan —se justificó.
Esta vez era Salazar quien sonreía.
Charlaron de forma distendida mientras saboreaban una carbonara con
refresco de cola cada uno. Él parecía no quitarle los ojos de encima
mientras Julia recordaba con angustia la estancia en la clínica y fue en ese
momento cuando cambió el tono de la conversación. A pesar de haberse
sentido engañada, sabía que le debía mucho por haberla ayudado a salir de
allí y creyó que era el momento oportuno para agradecérselo.
—Que sepas que no pienso disculparme por la conversación de esta
mañana. El inspector y tú me utilizasteis. Pero, para ser justa, debo
agradecerte que me sacaras de aquel infierno. —Jugaba con un trozo de
corteza de la pizza mientras hablaba. No quería mirarlo a los ojos. Le
gustaba demasiado como para permitirle que se diera cuenta.
Él le agarró la mano y ella se dejó querer por un instante.
—Creo que debemos irnos ya. —Se vio obligada a interrumpir el
momento—. Se hace tarde.
Unos minutos después llegaban de nuevo al taller. Mientras esperaban a
ser atendidos se dirigieron al lugar donde les indicaron que permanecía el
coche. A Julia le pareció increíble que Héctor pudiera haber salido con vida
de entre semejante amasijo de hierros.
—Buenas tardes, ¿en qué les podemos ayudar? —Les atendió el dueño del
taller. Un hombre de mediana edad con aspecto rudo y las manos llenas de
grasa que trataba de limpiarse con un trapo aún más sucio.
—Buenas tardes —saludó Salazar mientras se identificaba—.
Necesitamos saber si han encontrado un teléfono móvil dentro de este
coche.
—No. Siento decirle que todo lo que había se lo han llevado ya. Sin
embargo, no recuerdo que entre los objetos hubiera ningún teléfono móvil.
De todas formas, pueden revisar lo que quieran.
Salazar aprovechó para echar un vistazo al interior hasta donde pudo
llegar y mientras el mecánico continuaba esparciéndose la grasa por las
manos.
—Lo que sí les puedo decir es que no parece un accidente fortuito.
—¿Qué quiere decir? —preguntó ella. Salazar salió del coche para
escuchar al hombre.
—Nos hemos puesto a trabajar en él hace solo un par de días. La verdad
es que últimamente no damos abasto. —Levantó el capó y les señaló el
depósito del líquido de frenos—. ¿Ven esa pequeña muesca? El depósito
apenas contenía líquido de frenos. Se ha escapado casi todo por ahí.
Ambos se asomaron para verlo mejor.
—¿Está seguro de eso? —preguntó ella.
—Llevo treinta años trabajando como mecánico, señorita. Sé distinguir
una avería de lo que no lo es y le puedo asegurar que esa muesca no es
fortuita. Lo he descubierto esta misma mañana, ni siquiera el perito lo
observó. Aunque tal y como está el coche, no tuvo que mirarlo muy a fondo
para declarar siniestro total.
Julia se quedó pálida en cuestión de segundos. Vio cómo Salazar salía un
momento del taller para hacer una llamada, supuso que a Morales, y cómo
unos minutos después volvió a entrar.
—De momento no comente con nadie nada de esto —le sugirió Salazar—.
Mis compañeros se pondrán en contacto con usted a lo largo de la tarde.
El mecánico asintió.
Todo había dado un giro drástico. Le preocupaba que Héctor pudiera estar
en peligro, pero sabía que ella también lo estaba.
Salazar condujo durante el viaje de vuelta y Julia aprovechó para llamar a
Nerea. Debía ponerla sobre aviso. No le gustaba la idea de alarmarla, pero
consideraba necesario que estuviera al tanto de algo tan grave. Después
cerró los ojos y permaneció callada el resto del viaje mientras un cúmulo de
pensamientos le bombardeaban la cabeza sin piedad alguna.
CAPÍTULO 17

Julia observaba el atardecer desde la ventanilla del coche. Contempló los


últimos rayos de sol en el horizonte que, sin prisa pero sin pausa, iban
perfilando la silueta de una ciudad en penumbra. «¿Qué más podría
ocurrir?», se preguntó mientras apretaba los puños con fuerza. Una extraña
mezcla de rabia e impotencia se había apoderado de ella y por primera vez
en mucho tiempo necesitaba sentirse acompañada.
Respiró profundo un par de veces para relajar el cuerpo y dejar la mente
en blanco solo unos segundos mientras Salazar aparcaba el coche junto al
portal. Después, quitó la llave del contacto y se giró hacia ella.
—Eres una mujer increíble. —Parecía haber elegido las palabras
apropiadas para ese momento—. Tienes más arrojo que muchos de los
policías que conozco y te puedo asegurar que he conocido a muchos a lo
largo de toda mi carrera. Cualquiera estaría orgulloso de tener alguien así a
su lado. Angélica también.
—Supongo que aparento esa imagen, sin embargo, todos los días me
levanto con la intención de vencer los miedos que me acosan desde niña. —
Le mostró una ligera sonrisa y quiso aprovechar el momento para sincerarse
—. Creo que he conseguido lo que me he propuesto hasta la fecha, pero
siempre he tenido la sensación de llegar tarde a todos los sitios. Con la
familia, en el trabajo…. —Dejó de mirarlo a los ojos—. Mis amigos han
sido una parte muy importante en las distintas etapas de mi vida. Me han
apoyado más que mi propia familia y ahora soy incapaz de ayudarles. No
pude hacerlo con Nico, tampoco con Angélica y mira en qué situación se
encuentra Héctor por mi culpa… Creo que, al final, no va a resultar buena
idea que entable amistad contigo. Últimamente el que se arrima a mí sale
mal parado. Debo ser gafe, ¿no crees?
Bromeó en un intento de desdramatizar a la vez que abría la puerta del
coche con intención de marcharse, pero Salazar se lo impidió. La agarró con
suavidad del brazo y se aproximó tanto a ella que podía sentir su respiración
sobre el cuello. Cerró la puerta con un golpe seco mientras ella permanecía
inmóvil y expectante.
Le retiró un mechón de pelo que le cubría la cara para mirarla a los ojos.
El solo roce de la mano en su mejilla le aceleró el pulso y le provocó un
escalofrío de placer que le recorrió todo el cuerpo. Continuó deslizando la
mano por su nuca, mientras le acariciaba el cabello y ella simplemente se
dejó llevar. Los labios del agente rozaron un par de veces los suyos como
preámbulo de un beso tan ardiente y apasionado como nunca había sentido.
Julia lo miró y percibió de él el mismo deseo que ella sentía. Fue en ese
momento cuando se acercó para buscar otro beso cálido e intenso como el
primero.
—Debo irme ya —dijo ella mientras interrumpía uno de los mejores
momentos que recordaba de los últimos meses, o quizá años—. A Morales
no le va a hacer gracia enterarse de esto. Además, no sé nada de ti. Ni
siquiera me has dicho tu nombre.
Salazar sonrió. Ya la iba conociendo.
—¿Y todo eso te supone un impedimento?
—Sí, por supuesto. —En el fondo no estaba segura de esa respuesta.
Prefirió no darle tiempo a reaccionar, aunque se arrepintió de inmediato.
Nerviosa, rebuscó las llaves dentro del bolso mientras subía en el ascensor
para no perder tiempo y entrar en casa cuanto antes. Cerró la puerta tras de
sí y se dirigió a la habitación con idea de cambiarse de ropa. Pensaba en las
veces que había deseado ese momento y en cómo lo había echado a perder
de la forma más tonta. Se culpaba a ella misma y a los prejuicios que
arrastraba desde niña propios de la vida en el pueblo al que adoraba, pero
donde todo el mundo se sentía con derecho a opinar y juzgar sobre los
demás. Recordaba el dicho, «pueblo chico, infierno grande», y es que el
miedo al qué dirán en su familia era una filosofía de vida por aquel
entonces.
Escuchó el timbre de la puerta y estuvo a punto de no abrir. No tenía
ganas a esas horas de atender a vecinos cotillas, pero su sorpresa fue
mayúscula cuando vio a Salazar al otro lado.
—Eres perseverante, ¿no crees? —le preguntó mientras disimulaba una
potente sensación de euforia que le recorría el cuerpo.
—Javier.
Ella arqueó las cejas. No lo entendía.
—Me llamo Javier. Ya sabes algo más de mí, ¿qué más te gustaría saber?
—le preguntó mientras la agarraba por la cintura—. No tengo inconveniente
en responder todas las dudas que tengas.
Cambió de opinión de inmediato. Pensó que la probabilidad de dos
oportunidades en el mismo día era la misma que ganar el gordo de la lotería
en Navidad, de manera que prefirió dejar las dudas para mejor ocasión y
disfrutar de él y de su compañía toda la noche.
El inspector Morales tomó varias decisiones desde que Salazar le
comunicó el presunto sabotaje al coche de Héctor. Dio orden de vigilar a
Gamboa las veinticuatro horas del día. Le consideraba el más peligroso de
todos los sospechosos, con capacidad para conseguir lo que se propusiera.
Y aún peor, con contactos y poder. Pensó que Angélica se acercó demasiado
a él poniendo en riesgo su investigación clandestina y eso lo debió cabrear.
Torres le esperaba para despachar algunos asuntos antes de comenzar la
jornada y cruzó los dedos para que hubiera novedades sobre el caso.
Disponía de pocas semanas antes de jubilarse y necesitaba dejarlo cerrado
cuanto antes.
Entró sin hacer ruido mientras Torres permanecía sentado ojeando el
periódico. No se había percatado de su llegada.
—¡Buenos días! —le saludó.
El agente se sobresaltó. De inmediato dobló el periódico y lo colocó
encima de la mesa del inspector, tal y como lo había encontrado mientras
Morales guardaba el abrigo en el armario.
—Buenos días, jefe.
—¿Tenemos ya las imágenes de las cámaras de vigilancia? —preguntó el
inspector.
Gamboa vivía en una exclusiva urbanización con circuito cerrado de
cámaras de seguridad. La autorización del juez para revisar las grabaciones
se había demorado demasiado, pero en cuanto la recibió puso a trabajar a un
equipo de agentes para examinarlas cuanto antes.
—De momento, lo único que hemos observado fuera de lo normal son las
fiestas —dijo Torres que parecía no saber cómo definirlo—. Hemos
observado que de forma periódica acuden grupos de gente a su casa.
El inspector frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir de forma periódica?
—Una vez al mes. Hemos revisado grabaciones de los últimos tres meses
y se repiten el mismo día de cada mes.
—De acuerdo. Ponte con eso, necesitamos saber quiénes acuden y qué
tipo de reuniones son.
—Eso creo que también se lo puedo aclarar. Por lo que hemos podido
averiguar se trata de reuniones masónicas. El señor Gamboa pertenece a una
logia. Lo que aún no hemos averiguado es quiénes son los que acuden.
La cara del inspector mostraba total desconcierto. Rebuscó entre los
papeles del expediente.
—¡Aquí está! —exclamó—. Gonzalo es masón también. Quizá él y
Gamboa se conozcan algo más que de vista, como afirmó en el
interrogatorio. Es imposible que Gonzalo haya dejado a propósito pistas que
le incriminen en el asesinato, pero sí lo puede hacer alguien que le conozca
y quiera quitarse de en medio a Angélica. Hay que revisar de nuevo las
grabaciones. Necesitamos ver si Gonzalo acude a alguna de esas reuniones
y debemos mantener vigilado a Gamboa. No podemos permitir que se
acerque a Héctor, ni a su familia —dijo mientras miraba a Torres por
encima de las gafas—. Estamos a la espera de otra autorización judicial, que
espero que no se retrase tanto como la anterior, para revisar las cámaras de
la DGT de los túneles. En cuanto llegue, necesito que investigue estas
matrículas. —Le pasó una lista con varios números escritos.
Torres le echó un vistazo. El inspector decidió adelantarse a cualquier
pregunta del agente.
—Solo quiero que comprueben si alguno de estos coches pasó los días
siete u ocho de noviembre por allí. Pertenecen a varios de los sospechosos.
Si es así, podríamos situarles en el Valle de Mena o alrededores en la fecha
del crimen.
—Le mantendré informado —dijo Torres antes de abandonar el despacho
sin pedir más explicaciones.
Después de acabar la jornada, Julia decidió pasar la tarde del viernes
revisando toda la documentación del caso. Debía ordenarla y comenzar de
nuevo desde el principio por si había pasado algo por alto.
Extrañaba a Héctor y su manía de rebuscar caramelos por cualquier rincón
de la casa mientras ella trataba de entablar una conversación. Sentía que
nunca atendía sus explicaciones y eso la molestaba casi tanto como ahora lo
echaba en falta. Pensó en prepararse un té, pero decidió que una copa de
vino le vendría mejor. Debía hacer caso de sus propios consejos y adaptarse
a las circunstancias ahora que Héctor no estaba para ayudarla.
Posó la copa de vino sobre la mesa, se agarró el pelo en una coleta y
comenzó por el principio. Revisó los informes que realizó después de las
entrevistas con Arturo y Gonzalo y se centró en Gonzalo de nuevo y en
algunos de los fragmentos anotados en la agenda.
«Quizá merezca la cárcel por haber pegado a Angélica, pero yo no la
maté»; «creo que alguien quiere que cargue con la culpa»; «encontraron un
par de objetos que me acusan»; «ambas pistas me incriminan. No soy tonto.
Si hubiera sido yo, no habría ido dejando miguitas como en Pulgarcito…».
Decidió darle el beneficio de la duda. Escribió la palabra sinceridad varias
veces a lo largo de todo el informe y pensó que, si Gonzalo decía la verdad,
en algún momento tuvo que conocer a alguien que quiso incriminarlo
después de acabar con Angélica. Esa persona llegó a conocerlo bien.
Incluso a entrar en su casa para llevarse el ancla que apareció en la escena
del crimen.
Después revisó lo relacionado con las fotografías de Gamboa, a quien
conocía de vista, según declaró Gonzalo. Y volvió a centrarse en otro dato.
Ese día, Angélica llegó un poco más tarde de lo habitual después de trabajar
en el turno de noche. Ante la situación que se encontró en casa, guardó
varios enseres en el bolso y se marchó con lo puesto.
Levantó la vista hacia el panel y se colocó las gafas en el pelo a modo de
diadema. Necesitaba hablar con Gonzalo para saber qué personas habían
entrado en su círculo de amistades en el último año y necesitaba averiguar
en qué condiciones apareció el cuerpo de Angélica. Era una información a
la que no había tenido acceso desde un principio y estaba segura de que
Morales no lo iba a compartir con ella.
Pensó en Sofía para que le echase un cable. Sabía que llevaron el cuerpo
de Angélica al Instituto Anatómico Forense de Burgos. Sofía había vivido
allí toda la vida, conocía la ciudad a la perfección y tenía muchos contactos.
Decidió llamarla en ese momento.
—¿Sí?
—¿Te encuentro ocupada?
—¡Julia! No, que va. Todo lo ocupada que se puede estar un viernes por la
noche —bromeó—. ¿Hay alguna novedad?
—Creo que voy a necesitar tu ayuda. Necesito acceder a un informe
pericial en el Instituto Anatómico Forense. Sé que conoces a mucha gente y,
si no recuerdo mal, me comentaste que uno de tu larga lista de exnovios
trabajaba por allí.
—¡Bufff! Eso fue hace mucho tiempo. Puedo intentarlo. Ya sabes que mis
relaciones no suelen llegar a buen fin, pero es cierto que me llevo mejor con
ellos cuanto más lejos los tengo. —Soltó una carcajada.
—Pues inténtalo con todas tus fuerzas porque debemos entrar como sea.
—De acuerdo. Déjalo de mi cuenta. A ver qué puedo hacer.
Se había hecho tarde, pero aún le quedaba una tarea por hacer. Había
olvidado por completo pasar por casa de Héctor. Nerea le había encargado
recoger unos enseres para llevárselos al hospital al día siguiente y, aunque
le daba pereza y se encontraba muy cansada, decidió ir para no tener que
madrugar demasiado al día siguiente.
No vivían muy lejos de su casa. El trayecto en coche apenas duraba diez
minutos, de manera que llegó casi sin darse cuenta. Siguió las indicaciones
de Nerea y recogió la ropa en tiempo récord. El silencio sepulcral que
invadía la casa le ponía los pelos de punta. Antes de salir, se fijó en una
bolsa de plástico posada sobre la mesa del recibidor. La curiosidad hizo que
se entretuviera fisgoneando el contenido que parecía ser los objetos
personales de Héctor, entre lo que encontró la agenda de trabajo. La
reconoció por las veces que se habían reunido por el caso de Angélica.
Siempre terminaba haciendo anotaciones en una pequeña agenda y sabía
que la llevaba consigo siempre.
Dejó la bolsa de ropa que llevaba en la mano y la abrió con cuidado.
Comenzó a pasar hojas hasta llegar a la última y entre varias anotaciones
aparecía la fecha del día del accidente junto a un nombre, Marc González
Torre. Al momento se percató de que era uno de los pacientes que denunció
al hospital, una de las familias que visitó ese día. Se preguntó por qué solo
aparecía ese nombre si se suponía que había visitado a los tres pacientes.

Los acontecimientos transcurrieron más rápido de lo previsto. Sofía se las


había apañado para convencer a su ex para que las dejara entrar. Debían
hacerlo de forma inmediata porque el joven estaba pendiente de un traslado
en los próximos días. Trabajaba en el archivo y podía acreditarlas para
entrar, pero por un periodo corto de tiempo y antes de que se incorporasen
el resto de trabajadores del turno de la mañana.
Julia no lo dudó. Ese mismo lunes, quedó con Sofía en la puerta del
Anatómico Forense una hora antes de la apertura.
—Todavía no sé cómo lo has conseguido. —Se frotaba las manos. El frío
era helador.
—¿Acaso dudabas de mis dotes persuasivas? Lo he conseguido por poco.
Dentro de diez días ya no estará aquí. Lo trasladan. Nos concede veinte
minutos. ¿Crees que nos dará tiempo?
—Por supuesto. —Sonrió Julia que no paraba de moverse por el frío—.
No sé cómo podéis vivir con estas temperaturas —se quejó.
Minutos después, un joven alto, moreno y bastante atractivo, ataviado con
una bata blanca, les abrió la puerta. Saludó de forma muy efusiva a Sofía y
después las invitó a pasar.
—Seguidme.
Las guio hasta una sala acristalada.
—Podéis permanecer aquí veinte minutos. Os he dejado encima de la
mesa los informes. Después dispongo de diez minutos para devolverlo a su
sitio, de manera que no os demoréis. —Al salir, le guiñó un ojo a Sofía.
—No sé qué les das —dijo ella mientras miraba cómo se marchaba el
joven.
—Yo tampoco. —Sonrió Sofía.
—Me siento como si estuviera robando un banco. —Julia comenzó a
revisar los documentos—. Quizá es mejor que eches un vistazo fuera cada
poco tiempo por si viene alguien.
—De acuerdo.
No sabía muy bien por dónde empezar. Había tanta información que ahora
veinte minutos se le hacían escasos. El amigo de Sofía les había requisado
el móvil porque no parecía fiarse demasiado de ellas y pensó que llevaba
razón. Hubiera sido más sencillo hacer fotografías de todo.
Decidió centrarse en lo que la había llevado hasta allí para conocer en qué
circunstancias apareció el cadáver y comenzó a tomar apuntes lo más rápido
que pudo sobre el tiempo que permaneció sumergida, la fecha aproximada
del asesinato, las pruebas encontradas en la escena del crimen… Pero todo
esto lo conocía, así que realizó pequeñas anotaciones sin profundizar
demasiado. Sabía que el día que se marchó no se llevó ropa de recambio,
por lo que se detuvo en las diferentes prendas con las que fue encontrada y
tomó nota con más detalle: «camiseta, jersey, chaqueta, unos tejanos y
playeros, uno de los cuales no lo llevaba puesto. Se encontró a escasos
metros del cuerpo». Aparecía algún apunte más al respecto: «No parecían
de su talla, le quedaban grandes».
Continuó leyendo y se centró en una camiseta. La encontraron vestida con
un jersey y chaqueta, pero a la camiseta le faltaba un trozo justo en la
espalda a la altura del cuello. Leyó el número de prueba y se dirigió a otra
carpeta con fotografías. Se apresuró a pasar las hojas hasta encontrar lo que
buscaba.
—Date prisa, ¿te falta mucho? —preguntó Sofía. Vigilaba desde la puerta
de entrada y parecía nerviosa.
—Faltan cinco minutos. Tranquilízate y acércate un momento.
Sofía se aproximó con paso rápido.
—¡Mira esto! —Le señaló la fotografía de una camiseta—. ¿Te suena de
algo?
—Se parece a la que nos compramos en Mallorca el último año que nos
fuimos juntas de vacaciones —dijo Sofía, que seguía mirando desconfiada
hacia la puerta.
—Eso me ha parecido a mí. ¿Recuerdas por qué nos la compramos?
—¿Por llevarnos un recuerdo de Mallorca? —preguntó Sofía con dudas
de haber acertado la respuesta—. ¡Date prisa! —la apremió.
—Sí, pero un detalle más. Por qué esa camiseta en concreto.
—Ya sé dónde quieres llegar. Queríamos vestir las cuatro iguales. Era la
misma camiseta, pero cada una llevábamos nuestra inicial en el cuello. Creo
que me deshice de la mía —dijo Sofía.
—¡Exacto! El asesino se molestó en recortar la inicial de Angélica de la
camiseta y por lo que dice en este informe, fue post morten y cito
textualmente: «pequeño corte post morten realizado con un objeto cortante
y preciso. Podría ser un cúter». O sea que volvió expresamente a recortar el
trozo y, al hacerlo, le provocó una herida en el cuello.
—Eso ya lo habrá tenido en cuenta Morales, ¿no crees? —preguntó Sofía.
—Seguro que sí, aunque ahora el detalle importante sobre la inicial lo
conocemos nosotras.
—¿Por qué el asesino querría recortar la inicial de su nombre? —preguntó
Sofía que se sobresaltó cuando el joven abrió la puerta.
Llevaba los móviles en la mano. Se los entregó y las apremió a irse.
Sofía se entretuvo un rato despidiéndose de él mientras ella esperaba
fuera.
CAPÍTULO 18

Los colores de la ciudad en la noche llamaron su atención y la ayudaron a


evadirse del frío intenso que la mantenía aterida en una esquina de la calle
mientras esperaba a Sofía. Los minutos se le hacían horas y por un
momento dudó si dejarla sola y aventurarse en busca de una cafetería donde
resguardarse del frío glacial que envolvía la ciudad a esas horas de la
mañana.
La baja temperatura le había provocado un terrible dolor de oídos que le
incomodaba desde que había puesto el pie en la calle. Buscaba aliviarlo con
algún caramelo o chicle de mascar, pero no encontró nada en el bolso.
—Te invito a un café —le dijo Sofía que, en ese momento, salía del
edificio mientras se abrigaba el cuello con una bufanda de lana.
—Pensaba marcharme ya. El frío me está matando… ¡Esto es peor que
Siberia! —se quejó.
Sofía pareció ignorar el comentario y la acompañó hasta la cafetería más
cercana donde el calor de las estufas y un buen café caliente le permitió
entrar en calor.
—¿Hay algo interesante aparte de la camiseta? —preguntó Sofía que
soplaba el café con insistencia.
—La verdad es que no, pero he anotado alguna información de la que no
disponía hasta ahora porque Morales se ha encargado de que sepa lo justo
—se quejó con resentimiento. Terminó el café y pidió otro—. He
comenzado a revisar otra vez la documentación. Hay algo que he pasado
por alto desde un principio y no sé el qué…
—Elemental, mi querida Julia. El principio fue el fin de semana del
reencuentro en el pueblo —bromeó Sofía emulando a Holmes con su
célebre frase mientras apuraba el café.
Lejos de agradarle, las palabras le provocaron una extraña inquietud que,
al instante, manifestó en el rostro.
—Perdóname, quizá he sido un poco frívola, pero ya me conoces —se
disculpó Sofía al darse cuenta.
—No, no, no… Tienes toda la razón. Ese fin de semana fue el principio de
todo. Debo hablar con Gonzalo. —Decidió retirarse antes de continuar
cavilando en voz alta— Gracias, Sofía. Te llamaré.
Se despidió con un beso y salió tan rápido como pudo.
El viaje de vuelta se le hizo corto mientras trataba de reconstruir en la
mente ese primer fin de semana juntas. Hizo un esfuerzo por recordar los
enseres que metió en la maleta y, sí, cayó en la cuenta de haber guardado
los zapatos de tacón que al final no usó porque Sara le dejó los suyos que
combinaban mejor con el color de la ropa.
Por eso, cuando Sofía la llamó diciendo que se había dejado olvidado uno,
dio por hecho que, en efecto, podía ser el suyo. Quizá se le había caído y no
le dio importancia. Después de esa fecha no recordaba haber tenido ningún
evento especial para ponérselos, de manera que se le olvidó por completo
de comprobar si le faltaba o no alguno de ellos.
Inmersa en ese pensamiento no se dio cuenta de que el velocímetro
marcaba ciento treinta kilómetros por hora en un tramo de carretera de
noventa, pero una patrulla de la Ertzaintza pareció que sí. Por el retrovisor
advirtió unos destellos azules intermitentes que se aproximaban a gran
velocidad y dio por hecho una multa segura, de forma que redujo la
velocidad hasta parar en una zona del arcén suficientemente ancha como
para no entorpecer el tráfico.
Para su sorpresa y alivio, el coche patrulla pasó de largo, aunque ella
continuó pensativa dentro del coche mientras su cabeza le mostraba una y
otra vez la imagen de Sofía, días atrás, entregándole el zapato que creyó que
era suyo. Sabía que algo de esa escena le había llamado poderosamente la
atención, pero pensó que no era el lugar más apropiado, ni el momento
oportuno, para reflexionar sobre ello, de manera que arrancó el coche y
condujo de vuelta a casa.
Entró directa a la habitación. Se apresuró a sacar la agenda con los
apuntes que había tomado por la mañana y comenzó a repasarlos. Separó el
resto de documentos por encima de la mesa y sacó el móvil para realizar
algunas llamadas. La primera a Gonzalo.
—Buenos días, soy Julia Márquez.
—Hola, Julia. No esperaba ya ninguna llamada tuya. Pensé que habías
tirado la toalla. —Por la forma de expresarse, parecía resignado.
No le agradaba demasiado volver a hablar con él, pero sabía que su
discurso era sincero y necesitaba algún dato más antes de volver a hablar
con el inspector.
—No llamo para charlar. —Pretendió ser antipática—. Necesito hacerte
unas preguntas.
—Tú dirás.
Sabía que, a pesar del tosco comportamiento hacia él, por algún extraño
motivo ella no le caía mal.
—Necesito que me hables del día que Angélica se fue de casa.
—Creo que ya lo he dicho muchas veces, incluso a ti.
—Sí, pero lo que necesito ahora es que me detalles lo que quisiste decir
cuando declaraste que se marchó con lo puesto.
—Pues exactamente lo que dije. No se llevó ropa, ni siquiera una maleta
con lo imprescindible. Se marchó con lo puesto.
—¿Qué era lo puesto? ¿Qué ropa llevaba?
—Pues… —Parecía dubitativo, pero ella se dio cuenta de que no dudaba
de la respuesta, sino de la pregunta—. Recuerdo su imagen al marcharse
dando un portazo tras de sí. Ese día, a pesar de llegar del turno de noche,
estaba guapa y arreglada, y eso me cabreó más de lo que ya estaba por las
dichosas fotografías.
Prefirió hacer oídos sordos al comentario machista y centrarse en lo
importante.
—Gonzalo, necesito saber si recuerdas la ropa que llevaba ese día.
—Una camisa, un jersey, tejanos, zapatos y chaqueta. ¿Necesitas algún
dato más?
—¿Qué tipo de zapatos? ¿Deportivas?
—No. —Fue rotundo—. Zapato de vestir.
—Ahora me gustaría conocer otro dato que no tiene nada que ver con el
anterior —le dijo a la espera de que siguiera lo suficientemente receptivo
como para contestar—. ¿Qué personas has conocido en los últimos dos
años?
—¿Eso es relevante? Mantengo el mismo círculo de amistades.
—Piensa un poco, por favor. Es importante.
—Sé que no te agrada mi forma de ser y, si te digo que he conocido a
varias señoritas durante mi relación con Angélica, quizá acabes cortando la
llamada.
Julia forzó una carcajada al otro lado del teléfono.
—No te equivoques, Gonzalo. No me interesa para nada juzgarte. De eso
ya se encargarán otros. Te repito lo que te dije hace algún tiempo: no
pretendo ayudarte, sino averiguar quién le hizo esto a mi amiga y que pague
por ello.
—De acuerdo, de acuerdo… —la interrumpió con tono de enfado. Parecía
querer finalizar la conversación—. Solo he conocido a un par de personas
con las que entablé una relación más estrecha.
—Y eso qué quiere decir. —Necesitaba oírlo con claridad de su boca.
—Pues que he tenido algún lío más sin importancia, pero esas dos
personas han entrado en mi casa cuando Angélica estaba fuera, ¿contenta?
Ignoró el comentario y le solicitó los datos de esas mujeres que él acabó
dándole a regañadientes.
Después de colgar se centró en el desorden de papeles que cubría la mesa.
—La ropa —pensó en voz alta. Gonzalo acababa de decirle que salió de
casa con un vaquero, camisa, jersey, chaqueta y zapatos de vestir. Revisó
los garabatos de su agenda en relación a lo que había leído en el informe
forense esa mañana: «camiseta, jersey, chaqueta, unos tejanos y playeros,
uno de los cuales no lo llevaba puesto. Se encontró a escasos metros del
cuerpo». «No parecían corresponder a su talla».
Julia respiró profundamente, se colocó las gafas en el pelo y recortó un
trozo de papel donde escribió: «Angélica se cambió de ropa». El cuerpo
apareció con dos prendas diferentes a las que llevaba cuando desapareció.
Sin embargo, no pudo comprarlas. Pensó que no tenía sentido comprar unas
playeras una o varias tallas mayor y la camiseta… Sofía y ella la
reconocieron. Si era verdad que salió con lo puesto, tuvo que volver a por
ella, pero no lo hizo.
—Alguien le prestó la ropa… —habló de nuevo en voz alta.
Se dirigió a la habitación y rebuscó en uno de los cajones donde guardaba
las camisetas de verano. Sofía comentó que la había tirado, pero ella
recordaba haber guardado la suya. No le llevó mucho tiempo encontrarla.
La sacó y la colgó con un par de chinchetas en el panel para tenerla a la
vista.
Lo siguiente era hablar con Morales y pasarle los datos de las dos mujeres
con quien Gonzalo había mantenido una relación los últimos dos años. Era
evidente que él disponía de los medios necesarios para averiguar algo más
sobre ellas.
El inspector acababa de constatar con sus propios ojos que Gonzalo había
acudido a una de las reuniones en casa de Gamboa. Después de una
minuciosa revisión de las grabaciones, pudieron identificarle en una de
ellas.
—Nos lo ha estado ocultando, jefe. Creo que estos dos se conocían mucho
mejor de lo que Gonzalo nos dijo. Quizá se pusieron de acuerdo para acabar
con ella. Vaya usted a saber qué tipo de ritos llevan a cabo en esas reuniones
—dijo Torres sin saber muy bien de lo que hablaba.
Morales permanecía pensativo. Sabía que cada uno tenía sus motivos por
separado, pero cuál era el que les unía contra ella.
—Disculpe, inspector —Amelia les interrumpió—. Le paso una llamada
de Julia. Parece que es importante.
Morales se acomodó en el respaldo de la silla.
—Hola, Julia.
—Buenas tardes, inspector. Le llamo porque he hecho alguna
averiguación más por mi cuenta que quizá le pueda servir. El cuerpo de
Angélica se encontró con una ropa diferente a la del día que desapareció.
—Tenemos constancia de ello. La pregunta es cómo lo ha averiguado
usted. —Se dirigió a ella en el mismo tono seco y cortante de siempre,
aunque sabía que era una mujer admirable por su constancia y empeño.
—Eso no importa. Lo importante es que la camiseta tenía un recorte en la
parte alta de la espalda y yo sé por qué. Debía ser importante puesto que el
asesino volvió a la escena del crimen a por ello, ¿no cree?
—Continúe. —Logró llamar su atención.
—Una inicial —dijo ella. Parecía querer mantenerlo en vilo y que le
prestara la atención que merecía.
—¿Qué inicial?
—Buena pregunta. Reconocí la camiseta en cuanto la vi. Las cuatro
tenemos la misma, pero cada una con la inicial de nuestro nombre. Le voy a
mandar una foto de la mía para que la compare con la prueba que ustedes
guardan, pero antes necesito que investigue un par de nombres. Son amigas
de Gonzalo. Parece que mantuvo una relación con ellas durante los últimos
años de matrimonio con Angélica.
—¿Me está diciendo que guarda una camiseta igual a la de la víctima? —
preguntó mientras anotaba los datos de las dos personas que Julia quería
investigar.
—La compré junto a Angélica, solo que la mía llevaba mi inicial, una J.
Hablamos después.
Colgó sin darle tiempo a pedir más explicaciones. Torres lo miraba a la
espera de algún comentario.
—Necesito que se encargue de comprobar un par de nombres. Es urgente.
Páselo al equipo para que obtengan los resultados cuanto antes —le ordenó
mientras abría la fotografía que Julia acababa de enviarle al correo
electrónico.
—¿Quiénes son? —preguntó Torres—. Mejor no pregunto —se contestó
él mismo al ver la expresión del inspector.
Comenzaba a prepararse un té cuando escuchó el timbre de la puerta.
—¡Agente Salazar! ¡Qué sorpresa! —dijo con sorna mientras permanecía
de brazos cruzados, apoyada en el quicio de la puerta—. Hace varios días
que no sé nada de ti. Pensé que fue algo pasajero.
—¿Lo crees de verdad? —le preguntó con una sonrisa casi tan irresistible
como el aroma que desprendía su perfume.
Prefirió no responder a la pregunta y lo invitó a pasar.
—Iba a prepararme un té, ¿te apetece algo de beber?
—Otro para mí —le pidió Salazar sin dejar de mirarla.
—No sabía que te gustase el té —le dijo sorprendida—. Te puedo ofrecer
una copa de vino. Siempre guardo alguna botella para ocasiones especiales.
—¿Y esta lo es?
Ella se giró hacia Salazar sujetando las dos tazas.
—Estás aquí, conmigo, por supuesto que es una ocasión especial, aunque
creo que sería más romántico con un par de copas de vino… ¡En fin! Yo soy
más de tés —le dijo sonriente muy segura de querer ser ella misma.
Salazar le recogió las dos tazas para dejarlas sobre la mesa y después la
besó con el mismo deseo que ella sentía hacia él. Se fundieron en un
instante apasionado de caricias y besos que Lucas no dudó en interrumpir
con un agudo maullido de hambre.
Ambos observaron al gato mientras este les devolvía una mirada
desafiante que les arrancó una sonrisa.
—Supongo que no habrás venido solo para besarme —le dijo con mirada
seductora.
—Solo quería verte y saber que estás bien.
—Estoy bien. —Le acarició la mejilla—. Creo que he descubierto algo
nuevo. Ayer estuve con Sofía en Burgos, en el Anatómico Forense.
Necesitaba conocer algunos datos que hasta la fecha desconocía gracias a
Morales.
—El inspector solo se fía de él mismo. Le conozco hace años y le cuesta
confiar su trabajo hasta en los propios compañeros, pero también sabe ser
justo.
—No necesitas justificarlo —le replicó ella mostrando su orgullo—. Me
estoy demostrando que puedo conseguirlo con o sin él. Mira. —Le indicó
que la siguiera hasta la habitación—. Creo que la clave de todo está aquí.
Según los informes, Angélica fue asesinada el mismo día de su
desaparición. Después de salir de casa se cambió de ropa por algún motivo
que aún desconozco.
—¿Y esa camiseta? —Salazar señaló la que había colgada con varias
chinchetas en el panel.
—El último verano que coincidimos las cuatro, decidimos ir de
vacaciones a Mallorca. Encontramos unas camisetas en un puesto de ropa
de un mercadillo. Las cuatro eran iguales, pero con iniciales diferentes
bordadas en el cuello. Ya sabes cómo somos a veces las chicas, y cada una
nos la compramos con nuestra inicial. Creo que Angélica debía llevarla en
el bolso el día de su desaparición y se cambió después, aunque las
deportivas se las debió prestar alguien puesto que le quedaban grandes.
—No tiene sentido —dijo el agente que en ese momento revisaba los
apuntes de la agenda de Julia—. ¿Por qué el asesino iba a volver a la escena
del crimen para recortar la dichosa inicial? ¿Para que no se pudiera
identificar la camiseta? ¿Quién iba a reconocerla si no fuerais cualquiera de
vosotras cuatro?
—Tienes razón. —Por un momento se quedó pensativa.
—¿Estás bien?
—Creo que sí. —Su mente comenzó a trabajar tan rápido que le resultaba
complicado explicarlo con palabras—. ¿Y si no es esa la pregunta? Y si la
pregunta correcta fuera por qué recortó la inicial. Quizá previó que alguien
reconociera la camiseta, pero lo que en realidad no quería es que se
identificara la letra… Tal vez porque no era la de Angélica.
—¿Y eso que tiene que ver con Gamboa? —preguntó Salazar totalmente
perdido.
—Ese ha sido el otro inconveniente. Los actos ilegales de Gamboa nos
han hecho verlo culpable desde el comienzo en el caso de Angélica. Pero ¿y
si no lo fuera en este caso?
Salió con prisa de la habitación y le gritó desde la otra punta de la casa.
—¡Ponte la chaqueta que nos vamos! Debo visitar a… —cogió la agenda
de Héctor y pasó las hojas tan rápido como pudo hasta el final— Marc
González Torre. Fue lo último que apuntó Héctor en su agenda.
—¡Espera! Suena el teléfono de casa —dijo Salazar que salía detrás de
ella.
—Espérame en el coche. Atiendo la llamada y bajo enseguida. —Se
dirigió apresurada al salón.
—¿Sí?
—Julia, soy Nerea.
—¿Va todo bien? —Notaba, por momentos, un nudo en el estómago.
—Creo que sí. Héctor ha despertado, aunque todavía no he podido hablar
con él. Los médicos han tomado la determinación de que no reciba visitas.
De momento debe descansar.
Nerea no solía mostrar emociones, pero en ese instante no podía ocultar la
alegría que contenían esas palabras.
—¡Es una magnífica noticia! —Se alegraba, aunque la preocupación no le
permitía mostrarlo como le hubiera gustado—. ¿Has hablado con alguien
más?
—No, aún no. —Hizo una pausa y pensó la respuesta—. Sí, perdóname,
también he hablado con Sara hace un rato. Ella se ha preocupado por venir
a verlo estos últimos días y he considerado oportuno llamarla. Precisamente
me ha comentado que quizá se pase esta tarde.
—De acuerdo. Tengo que hacer algo importante antes de ir al hospital,
pero dentro de un par de horas estaré contigo.
CAPÍTULO 19

—¿Cuántas veces piensan interrogarme? —Gonzalo acababa de llegar a


comisaría y parecía traer cara de pocos amigos.
Torres se encargó del interrogatorio una vez más. Les apremiaba aclarar el
motivo de las visitas a la casa de Gamboa, pero Morales decidió observar la
escena desde fuera, en la sala contigua. Salazar acababa de informarle de las
últimas noticias y, ahora que Héctor había despertado, ordenó doblar la
vigilancia al doctor Gamboa. No estaba dispuesto a correr más riesgos.
—Las necesarias hasta que nos cuente la verdad —dijo Torres armado de
paciencia—. ¿Por qué nos hizo pensar que apenas conocía al doctor si
acudía a reuniones privadas en su casa?
El agente le enseñó la imagen de las cámaras de seguridad y Gonzalo
agachó la cabeza con una sonrisa socarrona.
—Solamente acudí una vez y por mediación de una amistad. No sabía
dónde me llevaban ni a quién iba a encontrar. Si por algo se caracterizan
estas reuniones es por su discreción y lo último que esperaba era verlo allí.
Quise marcharme, pero me convencieron para que me quedara hasta el
final.
El inspector se giró al oír llamar a la puerta.
—¡Pase!
—Acaba de llegar —dijo Amelia mientras le entregaba unos documentos
—. Faltan los datos de las cámaras de los túneles que le enviarán al móvil
dentro de unos minutos.
Morales cerró la puerta y tomó asiento. Olvidó por un momento el
interrogatorio para centrarse en la información que acababa de recibir. Echó
un vistazo a las averiguaciones sobre las dos mujeres que Gonzalo había
conocido antes de comunicárselo a Julia. No vio nada relevante en el primer
informe más allá de un par de multas de tráfico impagadas, pero fijó su
atención en el segundo. Una mujer llamada Amaia Iriondo Zelaya. Le
resultaba interesante el hecho de que no apareciera dato alguno. Pasó las
hojas esperando encontrar la información traspapelada entre el resto de
documentos… Sin domicilio, ni número de la seguridad social, nada. No
había nada tras ese nombre.
Se levantó de la silla y vio que Torres seguía hablando con el sospechoso,
de manera que aprovechó para continuar con el interrogatorio y aclararlo.
Apenas le separaban cuatro pasos de la sala contigua, pero salió con tanta
prisa que pareció llegar en dos.
—Buenas tardes.
Gonzalo lo miró desafiante y prefirió no responder al saludo.
—¿Quién es Amaia Iriondo? —Morales le hizo un gesto a Torres para que
se levantara y le dejara sentarse frente al sospechoso.
—¿Ha hablado con Julia? Porque si no recuerdo mal yo no he comentado
nada sobre esta persona con usted. —Continuaba con un comportamiento
provocador—. Confiaba en ella, me parecía una mujer muy capaz, pero
ahora tengo mis dudas.
—No estamos hablando de Julia —dijo él después de haber agotado toda
su paciencia en este caso—. ¡Hablamos de Amaia Iriondo!
Gonzalo pareció darse cuenta de que al inspector le apremiaba la
información y no estaba para bromas.
—Mantuvo una relación conmigo.
—Hábleme de ella.
—La conocí en una asociación de escaladores. Ella entró a formar parte
del grupo hace aproximadamente dos años y enseguida congeniamos. —
Gonzalo pareció relajarse con la conversación—. Los dos teníamos los
mismos gustos e incluso llegó a conocerme mejor que Angélica.
—Entiendo que usted seguía casado.
—Sí, bueno… Mi matrimonio sufrió muchos altibajos desde el principio.
—Trató de justificarse.
—¿Sabe dónde podemos localizarla?
—No tenía domicilio fijo. Vivía de alquiler y cambió varias veces de
apartamento durante el tiempo que duró la relación. Un día desapareció y
no pude localizarla más, ni siquiera en la última dirección de la que yo tuve
constancia.
Morales interrumpió la conversación para echar un vistazo al móvil.
Acababa de recibir el mensaje que esperaba y parecía importante. Comenzó
a rascarse la barbilla mientras leía los resultados que esperaba de las
visualizaciones de las cámaras de la DGT instaladas en los túneles de
Encartaciones. Su idea funcionó. Por fin ubicaba a uno de los sospechosos
en los alrededores del lugar del crimen y en la fecha exacta, aunque el
resultado lo desconcertó.
De inmediato le pidió a Torres que trajera el dosier del caso. En ese
momento supo que Gonzalo le iba a dar la clave sin ser consciente de ello.
Unos minutos después, Torres entró en la sala con una gruesa carpeta bajo
el brazo que dejó sobre la mesa con cuidado de no desparramar los
documentos que contenía. Morales se apresuró a abrirla y pasó los
documentos hasta encontrar el que buscaba. Mientras tanto, Gonzalo
permanecía expectante y en silencio.
—¿Es esta mujer, Amaia? —Le señaló una de las fotografías del informe.
Gonzalo palideció. Sorprendido y perplejo, parecía no comprender en
absoluto lo que sus ojos le mostraban.
—No, no lo entiendo —titubeó—. Hace meses que no sé nada de ella,
¿qué tiene que ver en todo esto?
Morales le pidió a Torres que saliera con él de la sala de interrogatorios.
—Retiramos la vigilancia a Gamboa —ordenó el inspector—. Necesito
que manden todos los efectivos al hospital de forma inmediata. ¿Me ha
entendido, Torres? Héctor corre peligro.
Después sacó el móvil del bolsillo de la chaqueta y marcó el número de
Julia. Las llamadas se agotaban una tras otra. Por primera vez en mucho
tiempo se puso nervioso. Sabía que ella también estaba en peligro y no
podía advertirla.
Julia no quiso modificar el plan a pesar de que Héctor había despertado.
Pensó que quizá no recordase nada del día del accidente o que aún se
encontrara débil para hablar, de manera que continuó con la idea de visitar a
Marc González. Después tendría tiempo de acompañar a Nerea en el
hospital.
Salazar aparcó el coche delante de un pequeño chalet adosado. Ella leyó la
dirección que había garabateado en un papel y la contrastó con el destino
que marcaba el GPS del navegador del coche.
—Es aquí. No hay duda —dijo Salazar—. Te espero en el coche. Vete
tranquila.
Miró la casa de reojo y sintió un escalofrío. Observó la puerta de la verja
abierta y una tenue luz de las farolas que apenas permitía adivinar el camino
de entrada camuflado entre la maleza de un jardín descuidado en exceso.
Tras un par de respiraciones profundas, se bajó del coche y caminó decidida
hasta la puerta de entrada esquivando todo tipo de matorrales y hierbajos.
Pensó que había tenido suerte. Las luces y los ruidos en el interior indicaban
que había gente en casa.
Cuando llamó al timbre, una señora de avanzada edad y rostro amable
acudió a la puerta. Sus ojos delataban casi tanta tristeza y desánimo como
su forma de andar.
—Disculpe que me presente a estas horas. Me llamo Julia, trabajo para la
policía y necesitaba hacerle unas preguntas sobre su hijo, Marc. —Cruzó
los dedos. No disponía de tiempo suficiente para inventar una excusa mejor
—. No se preocupe, seré breve.
—Creo recordar que hablamos con un joven hace unas semanas —dijo
con gesto pensativo—. Y anteriormente hablamos con otros señores
también de la policía, ¿ocurre algo?
La mujer apenas se mantenía en pie.
—Sí, es cierto que hablaron con mi compañero Héctor. El problema es
que tuvo un accidente…
—¡Un accidente! Pobre chico. —Pareció impactarle la noticia y no la dejó
continuar—. El joven fue muy agradable con nosotros. Pase, pase. Ahora no
está mi marido, pero puede preguntarme a mí.
Julia siguió a la mujer hasta el salón donde un par de gatos habían
ocupado la totalidad del sofá. Ella sonrió al verlos.
—Siéntese aquí. —Le ofreció una silla de la mesa de comedor para no
molestar a los mininos y ella pensó que hubiera hecho lo mismo en su lugar.
—Señora Torre, estamos investigando el hospital donde fue tratado su hijo
Marc. Necesitaría hablar con él.
—¿Y dice usted que trabaja para la policía?
—Sí. —Trató de ser convincente, aunque lo de mentir nunca se le dio
bien.
—Pues no sé muy bien cómo funcionan porque es la tercera vez que hablo
con ustedes y siempre tengo que repetir lo mismo. —No parecía enfadada,
pero sí confundida.
Julia se acordó de Morales y de toda su familia en el mismo instante en
que la señora hizo el comentario. Seguro que él disponía de la información
y, como siempre, no había querido facilitársela. Solo esperaba que la señora
no la echase a la calle de inmediato.
—Mi hijo se suicidó poco después de quedar postrado en la silla de ruedas
—dijo la señora con gran pesar.
—¿Qué ocurrió? —preguntó sorprendida.
—Marc siempre fue un chico sano, sin problemas de salud. Le gustaba
salir a correr todos los días después del trabajo, pero también esquiaba.
Ahora que lo pienso, no sé cuál de los dos deportes le entusiasmaba más.
Un día se lesionó una pierna. Yo siempre le decía que tuviera cuidado, pero
él era muy temerario. —Se levantó de la silla—. No le he ofrecido nada de
beber, ¿quiere tomar algo?
—No, gracias. Es usted muy amable.
—En ese caso, me vuelvo a sentar —dijo acomodándose en el sillón entre
los dos gatos—. ¿Por dónde iba? ¡Ah! La lesión de la pierna. Le hablaron
de un tal Gamboa que obraba milagros entre gente deportista y no lo dudó.
Le costó mucho dinero, ¿sabe usted?, pero el deporte era una parte muy
importante en su vida. La verdad es que mejoró mucho y se curó. Le dieron
el alta y volvió a hacer deporte y a su vida normal, pero al cabo de unos
cuantos meses comenzó a sufrir unos síntomas extraños. Por lo visto no
tenían nada que ver con la lesión en la pierna. —Se inclinó hacia ella para
hacerle una aclaración—. O al menos eso nos dijo el doctor Gamboa.
—¿Qué tipo de síntomas? —preguntó sin perder detalle de lo que la mujer
decía.
—Le dolían mucho las articulaciones, se le caían los objetos de la mano,
se tropezaba… Llegamos a pensar que tenía algo malo en la cabeza —dijo
la señora mientras volvía a inclinarse hacia ella hablando con un volumen
más bajo, como si no quisiera que nadie más escuchara la conversación—.
El hijo de una vecina empezó así y acabó operado de un tumor.
—Es normal que nos dé miedo enfrentarnos a las enfermedades. —Julia
trató de mantener el hilo de la conversación.
—Tiene razón… Los dolores llegaron a anularlo y le llevamos al hospital
donde acabaron operándolo.
—¿No volvió a la clínica de Gamboa?
—No, señora, allí no tratan estas cosas. —Parecía convencida de ello—.
Además, ya le digo que se había curado de la lesión de su pierna. Fue en el
hospital donde todo salió mal. Por culpa de los doctores de ese maldito
hospital, mi hijo acabó parapléjico y no lo pudo superar. —Sacó un pañuelo
para secarse las lágrimas.
—Lo siento mucho —dijo ella, y aprovechó que uno de los mininos se
bajó del sillón para sentarse al lado de la señora.
—Todos hemos sufrido, pero nuestro gran apoyo después fue su pareja.
Ella nos sigue visitando como si Marc aún estuviera aquí. Lo quería
muchísimo y no vea usted lo mal que lo pasó. Necesitó visitar a un
psiquiatra.
—¿Todo esto fue lo que le contó a mi compañero? —Tenía serias dudas
de sacar algo en claro de aquella conversación.
—Creo que sí, aunque mi memoria a veces falla. Lo que sí recuerdo es
que me pidió permiso para sacar una foto de un marco con una fotografía
familiar que tenía sobre la mesa y que ahora… No sé dónde lo he guardado.
Déjeme que lo busque.
Julia se levantó y se entretuvo acariciando a uno de los gatos mientras la
señora buscaba la foto.
—¡Aquí está! Mire qué guapo, Marc. La familia al completo celebrando la
Navidad de hace cuatro años.
—¡Dios mío! —exclamó aterrada. Las piernas le temblaban y un
escalofrío le recorrió todo el cuerpo— ¿Es esta la novia de Marc? —
preguntó señalando la mujer joven de la fotografía.
—Si usted lo quiere llamar así. Es que no eran partidarios de casarse.
Cosas de jóvenes —dijo la señora mientras volvía a mirar con cariño la
fotografía. La queremos como si fuera nuestra hija—. Comenzó a besar la
fotografía de forma enfermiza.
—Gracias por su ayuda, señora Torres. Necesito hacerle una última
pregunta —dijo mientras trataba de no perder la calma—. ¿Sabría decirme
si estuvo ella aquí el día que mi compañero Héctor vino a visitarles?
En ese momento decidió actuar como Nerea y aparcar las emociones para
cuando tuviera tiempo. De otra forma, el miedo y la decepción la hubieran
obligado a salir corriendo sin mirar atrás.
—¡Sí, por supuesto! Nos visita a diario. La pobre tampoco tiene padres.
Fue ella quien nos avisó de que vendría alguien a hablar con nosotros sobre
Marc, pero prefirió no estar presente en la conversación. Todavía le cuesta
hablar de él.
Regresó angustiada al coche contando los minutos para llegar al hospital.
Julia entró decidida en la habitación para quedarse a solas con Héctor que
dormía plácidamente gracias a los calmantes, mientras Salazar acompañaba
a Nerea fuera.
Se sentó en una esquina de la habitación apenas visible desde donde podía
observar sin ser vista. Sentía una mezcla de nervios y angustia que se
incrementaba con el transcurso del tiempo desde el momento en que salió
de la casa de Marc. Julia sabía que ella aparecería de un momento a otro.
Héctor acababa de despertar y era el único cabo suelto.
Se llegó a relajar con el paso del tiempo y cuando ya pensaba que quizá se
equivocaba, el ruido del picaporte de la puerta la alertó de nuevo. Parecía
una enfermera. No se percató de que ella se encontraba observando desde
una esquina de la habitación. Vio cómo lo zarandeaba con intención de
despertarlo y en ese momento, en silencio, advirtió cómo las apariencias
escondían una macabra realidad.
—Esquizofrenia, ¿verdad? —preguntó Julia desde la esquina de la
habitación—. Debí darme cuenta cuando vi la caja de Reagila en el baño.
Es un antipsicótico que salió al mercado hace solo cuatro años. Creo que lo
tomas desde la muerte de Marc, ¿me equivoco? Has sido tú todo este
tiempo. Te he tenido a mi lado sin darme cuenta de nada.
—Te equivocas en algo. —Sara se giró. Había adoptado una expresión
diferente a la habitual que atemorizaba. Parecía una persona distinta, con
los ojos perdidos y una rabia contenida que la obligaba a apretar los puños
con fuerza dentro de los bolsillos de la bata—. Dejé de tomarlo. No me
permitía pensar con la claridad suficiente para acabar con los asesinos de mi
Marc.
—Angélica quedó contigo el día que desapareció —dijo ella con lágrimas
de impotencia en los ojos—. Confió en ti para alejarse de Gonzalo. Eso es
lo que nos quería contar, sufría malos tratos y tomó la decisión de dejarlo,
pero no cursó la denuncia porque tenía un plan alternativo para alejarse de
Gonzalo. Ahora todo cobra sentido. —Se levantó cuando vio que Sara
comenzaba a aproximarse a ella.
—Eres muy rápida sacando conclusiones. —Sin duda era alguien
diferente a la persona que una vez conoció—. Pero nadie ha pensado en mí.
Estoy sola, querida Julia, no me queda nada, ni nadie… Voy a acabar con
todos los culpables, uno por uno. Lo juré cuando Marc se suicidó. —Esbozó
una sonrisa macabra—. Tienes razón. quedé con ella y subimos a la casa del
pueblo. ¡Pobre ingenua! Quería quedarse allí un tiempo y os lo iba a
comentar el fin de semana aprovechando que nos juntábamos todas.
—¡Necesitaba ayuda! —gritó ella desesperada—. Igual que tú, igual que
tú, Sara. —Poco a poco retomó un tono de voz más relajado y continuó
hablando—. Por eso recortaste la camiseta. No encontré sentido a recortar
la inicial de Angélica, pero ahora entiendo por qué. Era la tuya, ¿verdad?
Olvidaste que la hundiste con tu camiseta y volviste para recortar tu inicial,
pero se te olvidaron los playeros. Le quedaban grandes. También se los
prestaste, ¿me equivoco? —dijo mientras se levantaba del taburete con
movimientos calmados—. Sabía que había algo raro con el zapato que
encontró Sofía en la casa del pueblo. Era pequeño y ahora me doy cuenta de
que eso es lo que me llamó la atención… Porque tú y yo usamos el mismo
número.
—Sí. Lo siento Julia, fue un fallo prestarte mis zapatos ese fin de semana.
Pensé que no te ibas a dar cuenta —dijo Sara con una inquietante
tranquilidad mientras sacaba una jeringa del bolsillo y la llenaba con un
líquido blanco.
Julia retrocedía a la vez que seguía sacando conclusiones en voz alta.
—Es paradójico que tus padres y tú ayudasteis a Angélica de niñas con su
primer shock anafiláctico y ahora tú lo has utilizado para acabar con ella.
—Las patatas fritas en aceite de cacahuete son deliciosas pero mortales
para una persona alérgica como ella. Y ese día parecía tener hambre… —
Cambió la sonrisa maquiavélica por un gesto serio mientras continuaba
acercándose a ella.
Julia hizo una pausa. Miró hacia los lados para improvisar, pero se
encontraba acorralada en una esquina de la habitación. No entendía ese
comportamiento tan agresivo. Tampoco lo consideraba propio de la
esquizofrenia. Sara había dado rienda suelta a toda la rabia contenida y
debía frenarla cuanto antes.
—¿De verdad era necesario todo esto? Yo te hubiera ayudado. Te puedo
ayudar todavía. Necesitas medicarte cuanto antes.
—Esa porquería no me hace sentir mejor. Me sentiré mejor el día que
acabe con todos los que mataron a mi Marc. Si tomo la medicación, dejaré
de oír las voces que ahora me guían, ¿no lo entiendes?
Sin darse cuenta se abalanzó sobre ella. Julia forcejeó intentando
quitársela de encima, pero Sara parecía haber desarrollado una gran fuerza.
A duras penas pudo liberar una de las manos y tanteó en la esquina en busca
del taburete en el que se había sentado horas antes. Lo agarró y concentró
toda la fuerza en golpearla de forma contundente.
En ese momento entró Salazar en la habitación junto al inspector y un par
de agentes más. Ella permanecía en el suelo y Sara a su lado, inconsciente.
—¿Se encuentra bien? —preguntó el inspector. Parecía preocupado de
verdad—. Intenté avisarla, pero no pude contactar con usted.
—Estoy bien, estoy bien… —Se apoyó en Salazar para ponerse en pie. Le
dolía todo el cuerpo, aunque procuró que no se le notara demasiado—. ¿Me
va a explicar, por una vez, cómo lo averiguó, inspector?
—Angélica se puso en contacto con ella días antes del asesinato. Fue la
segunda y última llamada que realizó desde un móvil que encontramos en el
registro de su vivienda. No era su móvil habitual.
—¿Habló con ella después de llamarme a mí? —preguntó sorprendida.
—Me temo que sí. Sin embargo, Sara contaba con una coartada, por eso
lo desestimamos en un primer momento. Su vecina aseguró que la vio a
través de la ventana del salón cada tarde de esa semana del mes de
noviembre, pero cambió el discurso la segunda vez que hablamos con ella.
Aseguraba que era Sara, pero lo que en realidad vio era únicamente la
silueta a través de una cortina. Fue en ese momento cuando la coartada dejó
de ser firme y pasó a ser sospechosa, pero el dato definitivo llegó a través
de las grabaciones de las cámaras de la DGT que revelaron que su coche
pasó por los túneles en la fecha del crimen, con lo que pudimos situarla en
el lugar de los hechos. —Hizo una breve pausa y continuó—. Además, una
de las amigas de Gonzalo que usted me solicitó que investigara…
—¿Qué ocurre, inspector?
—Era ella. Tomó una identidad falsa para acercarse a él y ganarse su
confianza. Tendremos que interrogarla, pero estoy seguro de que le permitió
hacerse con las pruebas que le incriminaban en la escena del crimen. Sara lo
tenía todo a favor. Los malos tratos de Gonzalo y varias pruebas que le
acusaban. Todo apuntaba hacia un marido maltratador y celoso, y, por si
fuera poco, apareció en escena Gamboa que desvió aún más la atención.
Se produjo un silencio.
—¿Qué va a pasar con Sara? —preguntó mientras la miraba.
Varios médicos la atendían en el suelo, aún inconsciente.
—Es mi amiga y está muy enferma. Seguro que el brote psicótico le
apareció con la muerte de Marc. Se produjo en las mismas circunstancias
que la de su madre que también era esquizofrénica. Tenía muchas
probabilidades de desarrollar la enfermedad ante un shock tan grande como
la pérdida de una pareja.
—Descuide —dijo Morales—, nosotros nos ocuparemos de ella. Ahora
vaya a descansar. —La sujetó por el brazo antes de que se fuera—. También
sé reconocer un trabajo bien hecho, aunque no sea de la policía… Gracias,
señorita Márquez.
A Julia le bastaron esas palabras y de quién provenían para darse por
satisfecha.
El cansancio la obligó a dormir toda la noche de un tirón. Se despertó
relajada por primera vez en meses y con la sensación de haber hecho lo
posible por Angélica, pero un escalofrío le recorrió el cuerpo mientras
pensaba que la asesina había permanecido a su lado desde el principio. Una
asesina que significaba demasiado para ella. Era su amiga, lo que le dolía
aún más. Ahora necesitaba asegurarse de que estuviera atendida y, sobre
todo, medicada.
Notó la mano de Salazar acariciándole el brazo. Había decidido no dejarla
sola esa noche y ella lo agradeció. Comenzaba a gustarle la experiencia de
dormir acompañada del agente.
—¿Crees que ella pudo boicotear el coche de Héctor? —preguntó Salazar.
—No me cabe la menor duda. —Se giró y le miró a los ojos—. La madre
de Marc me dijo que estuvo con ellos el día que Héctor se acercó a su casa
y sé de sobra que Sara es una apasionada de los coches gracias a su padre.
Era propietario de un taller mecánico y Sara pasó horas y horas de niña con
él en ese taller. Sara tiene muchas cualidades, también es una experta
nadadora desde niña… Y una excelente actriz. —Permaneció un momento
en silencio pensando en ella, pero decidió cambiar de tema—. ¿Qué pasará
con Gamboa?
—Continuaremos la investigación. No podemos abandonar ahora, pero
necesitamos más pruebas que aún no tenemos. Nos llevará un tiempo
demostrar todo lo que hay detrás de esa fachada de hombre impecable.
Salazar le acarició con cariño la mejilla.
—¿Estás bien?
—Sí, aunque estaría mejor con una taza de café. —Le sonrió y se levantó
a preparar una cafetera.
Se dirigió a la cocina. Al pasar por la habitación vio el panel con las
anotaciones, los pósits y la fotografía de Angélica en el centro. Soltó las
chinchetas que la sujetaban y la miró con una extraña mezcla de tristeza y
alivio por haber impedido que Sara hiciera daño a alguien más. Pensó que el
caso le había robado demasiado tiempo y debía volver cuanto antes a su
trabajo, aunque no desechaba la posibilidad de escribir su próximo artículo
sobre el caso de Sara.
Transcurrieron varios días antes de volver a visitar a Héctor. Llamó dos
veces a la puerta antes de entrar. Se asomó y le observó sentado leyendo el
periódico. Se le notaba la mejoría.
—¡Julia! Pasa, pasa. —Pareció alegrarse al verla, aunque no tanto como
ella.
—Vaya susto que nos has dado. —Le abrazó tan fuerte como le
permitieron sus brazos—. ¿Cómo estás? —Se emocionó al verlo bien de
nuevo.
—Mejor. Al menos eso dicen los médicos, pero aún tengo demasiadas
lagunas. Dicen que iré recuperando la memoria poco a poco, aunque Nerea
ya se ha encargado de ponerme al día. Ya la conoces. Morales también me
ha llamado para darme algún dato más. Parece increíble que Sara haya sido
capaz de todo esto y, más increíble aún, que haya estado a nuestro lado todo
este tiempo sin que fuéramos conscientes de nada.
—¿Qué dato? —preguntó ella interesándose por lo que Morales le había
comentado.
—En realidad me ha llamado interesándose por mi estado de salud y de
paso me ha comentado alguna cosilla más… —Parecía querer restar
importancia y acababa poniéndola más nerviosa.
—Qué cosilla. Héctor, que te conozco.
—Está bien. Respecto al robo de tu casa. Por lo visto, Sara quería saber lo
que habías averiguado. No lo consiguió en el robo, pero no tuvo que esperar
demasiado. Se enteró el día que me llamaste para pedirme que fuera a
visitar a la familia de Marc González. Según ha declarado, ese día estaba
contigo.
—¡Es cierto! Ahora que lo dices salió corriendo porque tenía algo urgente
que hacer —dijo pensativa mientras recordaba la escena—. Sara comentó
varias veces que no pondría la mano en el fuego por ninguna de nosotras.
Diez años es mucho tiempo como para conocer los pormenores de la vida
de cada una. Creo que no quise escucharla. En el fondo, parecía querer
delatarse. —Dio un suspiro y se disculpó—. Siento todo lo que ha ocurrido.
—No deberías. Has desempeñado un papel fundamental en la
investigación. Ni en nuestras peores pesadillas hubiéramos imaginado este
final —dijo mientras se levantaba con cierta dificultad—. Entre tú y yo,
vete reservando alguna noche para venir a cenar a casa en cuanto me dejen
salir de aquí. Nerea ya está preparando el menú.
—No sé qué decirte. Ahora tengo más compromisos que hace unos
meses… O quizá debáis invitar a una persona más —dijo mientras salía de
la habitación dejándolo con la palabra en la boca.
Se paró en mitad del pasillo y le escuchó vocear.
—¡Espera! ¿Eso qué quiere decir? ¡Julia! ¿Qué me he perdido?
Ella sonrió y continuó su camino.
FIN
NOTA DE LA AUTORA

Me gustaría recordar una tarde de octubre de 2019 cuando Ainhoa, Isa,


Blanca y yo nos reunimos en una terraza de Bilbao después de varias
semanas sin vernos, para charlar y pasar una tarde agradable mientras
tomábamos un café.
¿Qué hubiera ocurrido si estas cuatro amigas hubieran compartido todos
los veranos de su juventud en el mismo pueblo? ¿Y si en vez de unas
semanas hubieran transcurrido casi diez años sin verse?
Estas dos preguntas fueron mi motor de arranque para este thriller en el
que tanto los personajes, como los hechos narrados y algunos de los
escenarios que describo son fruto de la ficción.

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