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Pidemelo Con Flores

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Primera edición.

Pídemelo con flores.


©Ariadna Baker
©Abril, 2021.
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida,
ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por, un sistema de
recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea
mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por
fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito del autor.
ÍNDICE
DEDICATORIA
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Epílogo
DEDICATORIA

A mis hermosuras, mis queridísimas “Chicas de la Tribu”…

Sabéis que el cariño que siento por vosotras no es casual, que os lo habéis
ganado a pulso, que sois especiales por méritos propios.

¿Qué decir de aquellas que me demuestran su apoyo incondicional a


diario, en los mejores y en los peores momentos? Que sois únicas, no hay
más…

Ni en sueños imaginé nunca contar con unas seguidoras como vosotras,


que os habéis convertido no solo en amigas, sino también en el faro que me
guía por la senda de la escritura.

Por último, una humilde petición; no me faltéis nunca, que mi pluma se


oscurecería…
Capítulo 1

Rosas, claveles, orquídeas, margaritas… no sabría cuáles elegir, y es que


todas las flores me vuelven loca desde niña. Y mi madre, como si ya
hubiese intuido desde antes de yo nacer mi gusto por ellas, tuvo a bien
ponerme el nombre de Azucena. Para más inri, me apellido Ramos.

Recuerdo que, siendo aún muy pequeña, mi abuela me llevaba por todos
esos campos de Castilla plagados de girasoles y amapolas solo por ver mi
cara de satisfacción. Mi sensación era la de adentrarme en otro mundo; un
mundo mágico inventado solo para mí. Allí no me hacían falta muñecas, ni
amigas ni nada por el estilo para entretenerme. Con sus vivos colores,
gozaba como la enana que todavía era.

Creo que esa pasión la heredé de ella precisamente. A mi abuela Maruja


también le encantaban, aunque tampoco teníamos que ir muy lejos para
deleitarnos con tan fascinantes obsequios de la naturaleza. Ese ser tan
entrañable siempre tenía el suelo del patio de su casa lleno de tiestos con
hortensias y geranios. Daba gloria ver también las buganvillas rosas y
violetas en los macetones, trepando en verano por los enrejados buscando el
sol; un hechizante espectáculo multicolor y un embriagador abanico de
aromas procedentes de la lavanda y la dama de noche, esta última, una de
sus flores preferidas.

Cuánto daría por volver a verla con la regadera en mano y hurgando con sus
dedos entre la tierra de las macetas para trasplantarlas. O podando con las
tijeras los rosales del jardín trasero de aquella coqueta casita. Por desgracia,
todo eso queda ya tan solo en mi memoria y en un sinfín de fotos que
conservo como oro en paño. Contemplándolas, me parece estar oyéndola
aún.

—Mira, Azu —así solía llamarme cariñosamente—, ya van a empezar a


abrirse los capullitos de esos claveles. —Me los señalaba con el dedo.

—Qué bonitos. Van a ser blancos, yaya.

—Ummm —negaba con la cabeza—. No, creo que estos van a ser rojos.

Yo la miraba incrédula, examinando el blanco de las puntas de esos pétalos


que comenzaban a asomarse.

—Que no, yaya, que estos son blancos, mira.

Los tomaba entre mis dedos para hacerle ver que era yo quien tenía la
razón. Cualquiera me la quita cuando la tengo…

—Bueno, ya verás que te estás equivocando —me contestaba con gesto


burlón aprovechando mi inocencia. Me contradecía tan solo para picarme.
—Te digo yo que serán rojos. O rosas…

Así estábamos siempre. La echo muchísimo de menos. Mi abuela, con ese


carisma que tenía, era un personaje al que no solo quería una; la adoraba
todo el mundo en el pueblo. Falleció el día antes de yo cumplir los quince
años y, además, de repente. Sin estar enferma ni nada que se le parezca, el
de ahí arriba hizo la “gracia” de pararle su corazoncito una soleada mañana
de sábado de aquel mes de abril, cuando la pobre mujer se encontraba
enfrascada en sus labores de jardinería, para no variar.

El mío también se detuvo por unos instantes al enterarme de tan fatídica


noticia y todavía no me he recuperado por completo de aquel mazazo. Algo
se quebró dentro de mí para siempre con su partida, pero ese día, en mi
dolor, me juré que mantendría vivo su legado; que esas maravillosas flores
que adornaban su casa no se marchitarían mientras yo pudiese evitarlo. Lo
hice durante un tiempo, pero claro… nada dura eternamente.

Mi madre y mi tía Carmen decidieron vender aquella casa en que fui tan
feliz durante mi infancia aprendiendo el oficio. En nuestro pequeño pueblo
segoviano no sería tarea fácil encontrar un comprador, pero la casualidad
quiso que, al cabo de seis meses, un matrimonio que se encontraba de paso
por allí posase sus ojos en el letrero de “Se vende”. Y estoy segura de que
las flores, todavía en todo su esplendor gracias a mis mimos, jugaron un
buen papel en ello.

El día de la entrega de llaves lloré lo indecible, a sabiendas de que nunca


más podría poner mis pies allí. No podía imaginarme todo aquello en manos
extrañas. Me apenaba sobremanera pensar que esos increíbles colores se
apagaran por dejadez o cualquier otro motivo.

—Hija, no tenía sentido mantenerla. Una casa vacía lo único que hace es
deteriorarse. —Mi madre trataba de consolarme.

—Lo sé, mamá, pero no te haces una idea de la pena que me da. Esas
personas solo la quieren para vacaciones, así que las plantas se van a morir
en un suspiro. No voy a poder pasar nunca más por delante de la cancela
porque me va a dar algo si miro para dentro.

La casa de mi abuela quedaba bastante retirada de la nuestra, casi saliendo


del pueblo ya, por lo que podría evitarme semejante sofocón si quería. Sin
embargo, me estaba equivocando de medio a medio.

La familia en cuestión vivía en Segovia capital y, tras la compra, comenzó a


ir por allí todos los fines de semana. Rosalía, la nueva propietaria, parecía
compartir el mismo gusto de mi abuela y mío por las flores, y es que no
solo las cuidaba con esmero, sino que se dedicó a plantar un sinfín de ellas
más, cosa que podía verse a través de los barrotes. Yo la espiaba a
escondidas y en cierto modo me sentía aliviada viendo que nada de aquello
se había perdido. Al revés. El patio lucía como nunca, como si el espíritu de
mi abuela estuviese también constantemente en guardia velando por él.

Justo por aquellos días comencé a salir con Javier, un chico del pueblo al
que conocía desde la niñez. El mismo colegio y el mismo instituto nos
vieron crecer día a día. Javier era hijo del farmacéutico, lo digo así sin más
señas porque en nuestro pueblo todo se contaba por unidades; una farmacia,
un supermercado, una panadería, una carpintería…

Lo único que faltaba por aquellos lares era una floristería, y aunque la idea
de poner mi propio negocio de flores era un sueño que siempre me rondó la
mente, fue él quien más me animó a materializarlo.

—Cariño, no hay nada que te haga más feliz en este mundo. Estaría genial
que te dedicases a eso porque lo de trabajar en lo que a uno verdaderamente
le gusta no tiene precio —me dijo.

—Todo se andará.

De momento, tendría que esperar al menos unos añitos para cumplir la


mayoría de edad. Además, todo negocio, por modesto que sea, requiere una
inversión, y yo no tenía ni idea de dónde iba a sacar el dinero para abrir el
mío.

Finalmente fue mi madre la que, como una bendición caída del cielo, me
ayudó en todos los sentidos a alcanzar mi meta, una meta de la que mi
abuela se sentiría bien orgullosa. Sus palabras aquella mañana me dejaron
muda:

—Hija mía, no he querido tocar ni un céntimo del dinero de la venta de la


casa de mi madre por lo que te pudiera hacer falta.

—¿Falta? —Al principio no la entendí bien, y es que, aunque mis padres no


nadaban en la abundancia, tampoco me había faltado de nada hasta
entonces. Ni a mí ni a Rodrigo, mi hermano pequeño.

—Pues sí, porque no sabría si querrías estudiar una carrera fuera o qué, y
esas cosas llevan muchos gastos por lo general.

No, no quería estudiar ninguna carrera. Ya les hubiera gustado a mis padres,
me consta, pero los libros no estaban hechos para mí. No obstante, tanto el
uno como la otra se mostraron de lo más comprensivos cuando, después de
terminar el bachiller a trancas y barrancas, me planté. Por fortuna, los míos
no eran los típicos padres que se empeñan en que sus hijos tomen el camino
que a ellos les parece más conveniente, sin tener en cuenta sus deseos.

Así pues, enseguida comenzamos a barajar posibilidades entre los pocos


locales que había disponibles en esos momentos en nuestro pequeño pueblo
de Segovia, mientras que Javier continuaba con sus estudios. Él, que tenía
mi misma edad, se matriculó en la carrera de Derecho.

Al final nos decantamos por uno con pocos metros cuadrados, pero bien
situado en el centro. No me hacía falta más. Ese local había sido en tiempos
una tienda de electricidad, pero llevaba unos añitos ya cerrado desde que el
dueño falleciera. Aunque necesitaba una buena reforma tanto por fuera
como por dentro, daba por bien empleado todo esfuerzo y tiempo con tal de
verlo convertido en mi edén particular.

Podía imaginarme ya los nuevos suelos de barro llenos de cubos con flores
de todos los estilos y esos hermosos escaparates de cristal cobrando vida
con pequeñas bicicletas-maceteros, repletos de plantitas y con lustrosos
ramos de flores secas. Allí no iba a faltar de nada, tal era mi ilusión.
El día que inauguré con orgullo “El rinconcito de Maruja”, miré hacia arriba
desde la puerta y lancé un beso al cielo en homenaje a ella. “Deséame
suerte, yaya”, le pedí en voz bajita. Sabía que ese ángel de la guarda me
escucharía. Desde que volase hasta allá a lo alto, cada vez que me he visto
en un apuro he recurrido a ella y creo que seguiré haciéndolo siempre.
Tengo la sensación de que puede verme y oírme, de que mi abuela, de algún
modo, me protege desde el más allá. Quizás haya quien me tome por loca,
pero yo lo siento así.

Mi colorido negocio no pudo arrancar mejor. Esas flores, expuestas también


sobre el empedrado de la calle, atraían las miradas de todo aquel que pasaba
por allí y pronto empezaron a coger fama incluso fuera del pueblo. Desde
localidades colindantes comenzaron a hacerme encargos de todo tipo.

Cuatro años más tarde, mi floristería seguía viento en popa. Mi madre se


dejaba caer de vez en cuando por allí para echarme una mano.

—Bonito ramo de novia estás haciendo, hija —me decía una mañana.

—Si te digo que es para una chica de Segovia que se casa mañana, no te lo
vas a creer.

—¡Anda! ¿Y por qué no? Por cierto, ¿y tú para cuándo? —me guiñó un ojo.

—Cualquier día de estos te damos la sorpresa —le respondí sonriendo.


Esa era mi intención, puesto que la boda entraba en los planes de Javier y
míos, pero todo a su debido tiempo. Mi novio estaba a punto de terminar su
carrera y quería ponerse enseguida a estudiar unas oposiciones. Decía que,
aunque tuviese que hacer un enorme sacrificio final, le merecía la pena, que
lo de ponerse a buscar trabajo en un despacho de abogados o similar tras
licenciarse no lo veía, que había mucha competencia en ese mundillo.

—¿Y si te dan una plaza en la otra punta de España? —le pregunté con
inquietud el día que me contó su idea.

—En ese caso, ya se vería, cariño. No te antepongas tanto al futuro —me


respondió.

Javier tenía la cabeza muy bien amueblada, las cosas como son. Mis padres
le tenían mucho cariño por su amabilidad y saber estar. Respecto a los
suyos, me miraban igualmente con muy buenos ojos. Ernesto era otro
personaje entrañable, del mismo modo que Agustina, mi suegra. Ella
también estaba como loca por vernos casar y que le diésemos un nieto
pronto.

Los niños… otra cosa que me encantaba. Mi hermano Rodrigo tenía diez
años menos que yo, por lo que había sido prácticamente un muñeco más
para mí. Siendo aún una cría, ya me encantaba darle sus papillas y ayudarle
a dar sus primeros pasitos. Sí, la verdad es que tenía un instinto maternal
muy desarrollado desde bien jovencita.

En cuanto a nosotros, ¿qué puedo decir? La nuestra era una relación de lo


más tradicional; una historia de amor a la antigua usanza que se había ido
cociendo a fuego lento, cosa muy típica en los pueblos pequeños como el
nuestro, donde las cosas se hacen siempre “como Dios manda”. Para mí,
Javier suponía mi primer novio, al igual que yo representaba su primer
amor.
Capítulo 2

Con esfuerzo y constancia, mi novio también se salió con la suya aprobando


aquellas oposiciones de justicia. Además, atrás quedaron mis temores de
que le enviaran donde Cristo dio las tres voces y nadie le escuchó porque
consiguió plaza en Segovia capital.

Para entonces, los dos contábamos con veinticuatro años y ya no había


ningún impedimento para retrasar nuestros planes de boda, por lo que
empezamos a ponernos en marcha.

—Qué alegría me das, hija mía. —Mi madre no cabía en sí de gozo cuando
le di la noticia de nuestro enlace.

—Lo que no sabemos es qué hacer con lo de la casa, si comprarla aquí o


buscar un pisito en Segovia.

—¿En Segovia, Azucena? ¿Y vas a estar yendo y viniendo a diario en el


autobús para trabajar?

—Estoy pensando en sacarme el carnet de conducir, mamá.


—Ah, mira, eso está muy bien.

Dicho y hecho. En mis ratos libres acudía a la autoescuela y me saqué el


teórico a la primera. En cambio, el práctico lo aprobé a la segunda, después
de dar no sé cuántos bandazos con el coche por aquí y por allá. En cuanto
tuve el permiso de conducir en mis manos me compré un coche nuevo de
fábrica, pequeñito pero lo mar de apañado para lo que yo lo quería.

Al final optamos por alquilar un piso en Segovia. Pudimos haberlo


comprado porque gracias a Dios teníamos dinero para ello, pero no
quisimos precipitarnos. Por un lado, quería ver qué tal me adaptaba a ese
ritmo de vida, y es que desde mi pueblo hasta Segovia capital había una
buena tirada: cerca de media hora al volante. En ningún momento se me
pasó ni siquiera por la cabeza tratar de trasladar mi negocio. Por otro lado,
pensamos que, si buscábamos con calma, más adelante tal vez
encontrásemos un buen chollo. “Las prisas no son buenas para nada, Azu”,
solía decirme mi abuela, que en paz descanse. Además, ambos estábamos
acostumbrados a vivir en casas grandes y aspirábamos a continuar
haciéndolo en un futuro en alguna vivienda semejante.

Teníamos fecha para casarnos en unos meses, y todo aquel que haya pasado
por el mismo aro sabe bien la de vueltas que hay que dar con los
preparativos de la ceremonia: que si los trajes, que si la elección del lugar
donde celebrar el banquete, que si las invitaciones… en fin, un auténtico
periplo. Y como yo digo: qué pronto se desvanece todo. Me refiero a que te
tiras meses con esos menesteres y tantísimas horas invertidas en ellos se
resuelven casi que en un suspiro.
Bien lo sabía por la propia experiencia de mi amiga Alba, con la que
siempre me había llevado a partir un piñón. De hecho, tres años antes fui
una de las damas de honor en su enlace con Jenaro, junto a sus dos
hermanas.

Alba era la mejor modista del pueblo y a ella le había encomendado mi traje
de novia. Cierto que no había ninguna necesidad de meterme en esos
berenjenales con la de maravillas que hay en los catálogos de trajes de
novia, pero yo siempre había tenido un diseño concreto en la cabeza y no
había encontrado nada que encajase perfectamente en él. Cuando no era por
las mangas, era por el escote o por el largo de la cola, así que, después de
darle mil vueltas al asunto, decidí que mi intimísima amiga me lo
confeccionara.

Una tarde dejé la floristería a cargo de mi madre para irme con Alba a
Segovia a comprar la tela y un par de semanas después, el día que me hizo
la primera prueba en su taller de costura, tuvimos una corta conversación
entre alfileres picoteándome la piel, pero sus palabras me dieron que pensar.

—Azucena, ¿tú estás segura de lo que vas a hacer? —me soltó de repente.

—¿Cómo? —le pregunté extrañada.

—Me refiero a que si estás segura de querer casarte con Javier.

—Claro, si no, de qué íbamos a estar tú y yo aquí ahora mismo, no sé por


qué me preguntas eso.
—No me hagas caso.

—¿Cómo que no? Por algo lo habrás dicho, niña.

—Nada, te digo que no me hagas caso porque tal vez sea solo una
percepción mía, pero no sé, Azucena, no te veo yo muy entusiasmada que
digamos. He visto novias, así como tú ahora mismo mirándose al espejo que
daban botes de alegría.

—Bueno, chica, cada persona es como es.

Con esa respuesta quise dar por zanjado el asunto y cambié radicalmente el
tercio preguntándole qué tal llevaba la recta final de su embarazo. Sin
embargo, luego en mi cama me quedé pensando si esa falta de ilusión que
ella creía percibir en mi actitud correspondía verdaderamente a la
justificación que le había dado.

En realidad, yo no tenía quejas de mi novio. Javier era un buen chico,


apuesto y con la cabeza bien amueblada, como ya dije. Eso sí, llevábamos
ya un cerro de años juntos y, lógicamente, la novedad del principio había
dado paso a otros sentimientos más calmados. Si he de ser franca, nuestra
boda supondría un punto y aparte en la rutina de un largo noviazgo sin
contratiempos, pero sin grandes emociones tampoco.

Así estaban las cosas cuando, estando ya a punto de cerrar aquel mediodía
de sábado, apareció por las puertas de mi floristería un chaval que en mi
vida había visto por el pueblo y que, dicho sea de paso, me dejó muerta
según entró por su despampanante físico. Le calculé por encima unos
veintiocho o treinta años más o menos. Alto, de pelo negro y ojos oscuros
rasgados, venía a por un ramo de nardos.

—Acabo de vender los últimos. Lo siento mucho, no tendré hasta el lunes


por la mañana —le dije.

—Vaya. —Parecía contrariado de verdad.

—Podrías llevarte unos lirios de estos, si te gustan también. Son flores del
mismo estilo.

En ese momento me sonrió, dejando a la luz su preciosa dentadura, blanca


como la cal.

—Está bien.

Me acuerdo de que me esmeré especialmente preparándole aquel ramo de


lirios blancos mezclados con pequeñas florecillas silvestres y de que, al
entregárselo, el ligero contacto de mis dedos con sus manos me aceleró el
corazón por unos segundos.

Después de pagármelo, el guapísimo y misterioso chico se montó en su


coche y salió pitando, rumbo hacia la salida del pueblo. Me quedé pensando
de dónde habría salido. Para mi sorpresa, sobre la misma hora del sábado
siguiente volvió a aparecer por mi tienda.
—¿Nardos? —le ofrecí según traspasó el umbral de la puerta, muy listilla
yo. Pero me había columpiado.

—No. —Aquel monumento andante traía nuevamente las ideas bien claras
—. Hoy me llevaré un par de orquídeas de estas. —Las señaló con el dedo
sin apartarme la mirada y dedicándome una tímida sonrisa.

—Tienes buen gusto. Seguro que le van a encantar. —Tiré la caña por ver si
descubría así a lo tonto quién era la destinataria de aquellas flores.
Reconozco que me estaba intrigando el asunto, aunque el chaval no me sacó
de dudas con su respuesta.

—Seguro que sí. Le chiflan las flores.

Afortunada la mujer que las recibiera de sus manos, pensé al verle


marcharse de nuevo con ellas en su coche. Tan romántico detalle por su
parte me hizo reflexionar otra vez sobre mi relación con Javier. En los años
que llevábamos juntos, mi novio nunca tuvo ningún gesto así conmigo,
aunque eso tampoco significaba nada.

Tres días más tarde, en la segunda prueba de mi vestido de novia, la


curiosidad me llevó a preguntarle a Alba directamente por él.

—La verdad es que no tengo ni idea de quién me hablas —me contestó.

—Ya son dos sábados seguidos viniendo a por flores a mi tienda, así que
debe tener a alguien aquí en el pueblo.
—O no, chica. Lo mismo viene solo por verte a ti. —Mi amiga me lo dejó
caer con no poca picardía en la expresión de su boca.

—Qué cosas dices, guapa. Pero si tú le vieras, tiene unos ojos…

Alba me interrumpió.

—Y si tú vieras el brillo de los tuyos desde que has empezado a hablarme


de él… En fin, yo no digo nada, que luego todo se sabe, como suele decirse.
—Alba soltó una risilla picarona.

El sábado siguiente se repitió la misma escena en mi establecimiento, pero


en esa ocasión aquel chaval de tez morena y brazos musculosos prefirió
llevarse un enorme ramo de rosas rojas digno de concurso. En esos
momentos ya no me cupo ninguna duda de que debía estar enamoradísimo
de quien quisiera que fuera la mujer que recibía todas aquellas flores que yo
le preparaba con tanto primor.

Y justo siete días después volví a coincidir con él, aunque no fue en la
floristería. Tenía que llevar al pueblo de al lado un ramo de novia para
Miriam, una chavala que se casaba a las seis de la tarde.

Me había preguntado si podía llevárselas yo personalmente y, aunque eso


era algo que no solía hacer, accedí a acercárselas en mi coche por tratarse de
la prima de Paloma, otra buena amiga mía. A fin de cuentas, su pueblo
estaba a tan solo unos minutos en coche de distancia del mío y, además,
eran unas florecillas muy delicadas que había que manipular con cuidado
para no chafarlas.
Había quedado a las dos de la tarde con Javier y Olivia, su hermana, para
comer en casa de sus padres, por lo que cerré un poco antes de tiempo con
idea de hacer la entrega antes del almuerzo. Iba a coger la carretera cuando
se me cerró el último semáforo. A mí y a los que venían de frente por el
otro carril, el primero, el enigmático chaval con su flamante cochazo negro.
Es más, si no llega a ser por el coche, lo mismo ni le habría visto, pero un
Audi tan lujoso como aquel no pasaba desapercibido por una población tan
humilde como era la mía.

Él, que también me vio, se quedó mirándome e hizo un gesto con ambas
manos como preguntándome si ya había cerrado. Asentí con la cabeza y con
cierta pesadumbre, tengo que admitirlo. ¿Qué me estaba pasando?

De toda la vida de Dios eso tiene solo un nombre: encoñamiento. Lo que


pasa es que yo no quería ni siquiera reconocérmelo a mí misma, pero la
verdad es que ya había empezado a fantasear con aquel forastero que estaba
de “toma pan y moja”. ¿Cómo se llamaría? ¿Raúl? ¿Marcos? ¿Amador? A
saber…

Estaba yo como en la vieja canción de José Luis Perales “Y cómo es él”,


preguntándome también a qué se dedicaría y que se le había perdido por
allí. Con tantas preguntas revoloteando sobre mi cabeza, a punto estuve de
liarla parda a poco de llegar ya a casa de Miriam. Palabrita que no vi
avanzar por el paso de cebra a aquella otra muchacha empujando el carrito
de su bebé y por poco no me llevé por delante a los dos. Tuve que dar un
frenazo de órdago.
—¿¡Dónde vas, descerebrada!? ¡¡¡¿Es que no tienes ojos en la cara o
qué?!!! —me gritó la asustada mujer con todita la razón del mundo. Por un
momento temí que fuera a abalanzárseme por la ventanilla para atizarme.

—¡Lo siento! ¡Lo siento mucho! —Junté las palmas de mis manos por
delante del pecho, reforzando mi petición de disculpa.

—¡Tira ya, hombre! —El gesto de desprecio que hizo a la par con el brazo
me dejó totalmente avergonzada.

Más me valía centrarme y quitarme todas aquellas pamplinas de la cabeza.


También cabía la posibilidad de que aquel adonis, tal cual había aparecido
por el pueblo, se quitase de en medio y no volviera a dejarse ver por allí
nunca más, aunque eso me parecía menos probable…
Capítulo 3

Fue la propia Miriam quien me abrió la puerta cuando llamé al timbre del
chalecito de sus padres. La chica, que me recibió con una sonrisa súper
amable, estaba peinada ya y prácticamente maquillada, a falta de los labios.

—Ayyyyy, ¡qué preciosidad! —exclamó al ver su ramo. No pude sentirme


más orgullosa.

—¿Te gusta?

—¿Que si me gusta? ¿Cómo no me va a gustar? —me preguntaba con él


entre sus manos —. Es una virguería. Oye, que muchísimas gracias por
acercármelo hasta aquí, ¿eh? Ha sido todo un detallazo por tu parte.

—De nada, mujer —en ese momento apareció una señora por detrás de ella
—. Mira qué lindo, mamá—le dijo dándose la vuelta para mostrárselo.

—Sí, la verdad es que ha quedado divino.


—Bueno, chicas, me tengo que ir ya, que me están esperando —les anuncié
—. Pues nada, que salga todo muy bonito esta tarde. Y tú, Miriam, que seas
muy feliz en tu vida de casada.

—Gracias—me respondió la madre—. Una tila voy a tener que darle a esta
chiquilla para que se tranquilice, que está hecha un manojo de nervios desde
que ha amanecido el día—añadió.

—Ay, síííí. ¡Que me caso! ¡Que me caso esta tarde! —lo decía dando
palmitas y botecitos sobre sus talones.

Aquella muchacha destilaba emoción por todos los poros de su piel. Yo


también estaba ya en la casilla de salida hacia la vicaría, como aquel que
dice, pero de momento me lo iba tomando con calma. Tal vez me entraran
sus mismos nervios en las horas previas…

Cuando llegué a casa de mis suegros, Javier ya andaba por allí por el jardín
tomándose una copa de Rioja con su padre, mientras Agustina y su hija
terminaban de preparar la caldereta en la cocina.

Mi cuñada Olivia tenía treinta años y seguía libre como el viento. Las malas
lenguas del pueblo decían que era una lesbiana reprimida; algo totalmente
incierto, por lo que pude comprobar justamente ese mismo día, aunque
nunca me habló de hombre alguno. En realidad, mi cuñada hablaba poco
conmigo, menos aún de temas sentimentales, con lo que tampoco me atreví
jamás a preguntarle. Entre otras cosas, porque ese no era asunto mío. Ella
sabría por qué no había tenido aún ningún novio a su edad. Para mí que
estaba soltera y entera…
Olivia tenía fama además de ser un poco arisca. Hombre, no era
precisamente la alegría de la huerta, pero sí bastante reservada. Era una de
esas personas a las que hay que sacar las palabras con sacacorchos.

—¿Qué tal, cariño? —me preguntó Javier.

—Bien, ya vengo de entregar el ramo de novia.

Mi suegro se levantó y me dio un beso.

—Hola, hija, ¿te apetece un vinito?

—Muchas gracias, Ernesto. Sí, pero voy a entrar primero un momentito al


baño.

—Vale, hija.

Saludé a mi cuñada y a mi suegra, que apagaba el fuego justo en ese


momento.

—Entro un segundo al servicio, Agustina, y ahora salgo.

—Tranquila, Azucena. Acabo de apartar el almuerzo y está que hierve


todavía.
Me metí en el pequeño aseo de la cocina y cerré la puerta, pese a lo cual
pude escuchar la conversación que se traían entre ellas. Nunca he sido una
entrometida, pero me intrigó el tema porque me pareció que hablaban de un
hombre, así que pegué bien la oreja para no poderme detalle.

—Pues ya podía haber venido antes—decía mi cuñada.

—Ya, hija, pero en este pueblo hay muy pocas posibilidades de nada.
Todavía en Segovia… Y, aun así.

—Carmela dice que es porque el chaval ha estado estudiando en Londres


todos estos años.

Carmela era la panadera, una mujer a la que había que temerle por lo que
charlaba. Lo malo es que esa sí que era una cotilla que se metía en la vida
de todo el mundo. Le gustaba más un chisme que a un tonto un lápiz. Cosa
que llegaba a sus oídos, cosa que corría por todo el pueblo como la pólvora.

—Uy, qué fino, entonces tendrá que hablar inglés que dará gusto —anotó la
madre.

—Digo yo. No va a hablar japonés, vamos.

—Ay, hija mía, no caerá la breva, mira que ya tengo ganas de verte a ti
también con pareja.

—Mis ganas, con lo guapo que es, debe tener pretendientas a pares.
—Mira, pues yo solo me lo he cruzado un par de veces al pasar por delante
de casa de Rosalía, pero las dos veces lo he visto solo.

Rosalía… la mujer que, años después del fallecimiento de mi abuela, tenía


todas sus plantas intactas. El corazón me dio un vuelco. ¿Me lo parecía a mí
o aquellas dos estaban hablando de mi misterioso cliente? En ese caso,
¿sería hijo o algún pariente del matrimonio? Madre mía de mi vida y de mi
corazón… Tenía que salir del baño, pero no quería ni tirar de la cadena para
empaparme bien de todo.

—Ya, pero eso no quiere decir nada, mamá. Vete a saber, lo mismo hasta
está casado —prosiguió mi cuñada.

—Al tiempo, Oli, que ya nos enteraremos tarde o temprano. Por Rosalía,
no, desde luego. Desde que se rompió la pierna y la operaron no ha vuelto a
pisar la calle. A esa sí que no hay quien le vea el pelo, pero ya verás que
pronto lo casca todo Carmela. Esa es como para guardarle un secreto a
nadie… Bueno, anda, coge la cacerola y vámonos para fuera, que estos
deben andar ya muertos de hambre.

Viendo que la conversación se terminaba ahí, salí del baño y me uní al


grupo. Yo también había entrado hambrienta por las puertas, pero escuchar
aquella charla entre madre e hija me cerró el estómago de golpe y porrazo.

Hacía un día espectacular, con una temperatura de lo más agradable y el


astro rey brillando con todas sus fuerzas, por lo que mi novio abrió el
enorme parasol para que pudiésemos almorzar más a gusto a la sombrita. Ni
por esas recuperé el apetito. No pude comerme ni la mitad del plato,
inmersa en mis pensamientos.

—Azu, ¿estás bien, hija? —me preguntó mi suegra antes de levantarse para
ir a por el postre.

—Ehhh… sí, ¿por?

—No sé, es que te veo hoy muy calladita, con lo alegre que eres tú.

—No te preocupes, Agustina, que estoy bien. Lo que pasa es que me duele
un poco la cabeza hoy—mentí.

—¿Quieres un Ibuprofeno o algo?

—Te lo agradezco, pero ya me he tomado un paracetamol antes de salir de


la tienda.

—Bueno, bueno…

Ni con unos fórceps me lo hubieran sacado ya del pensamiento aquel


sábado, y más, después de todo lo oído. Sin embargo, no sabía yo que los
últimos coletazos de la conversación sobre él estaban aún por llegar.
Estábamos tomándonos un café en tertulia, cuando Javier abrió la veda.

—Estoy pensando en cambiarme de coche.


—¿Y eso? —le pregunté asombrada—. No me habías dicho ni media
palabra.

—Ya, es que llevo un par de días pensándolo. El Ford ese está muy viejo y
cualquier día me deja tirado por la carretera. Demasiado, para los años que
tiene.

—¿Y qué piensas comprarte ahora?, ¿uno nuevo? —intervino mi suegro.

—No, he visto anoche uno de segunda mano muy guapo. Cuesta un buen
dinero, pero mira…

Javier abrió su móvil y se puso a rebuscar.

—Aquí está —se lo enseñó al padre y, a continuación, a esta que está aquí.

¿Era posible lo que estaban viendo mis ojos? O mucho me equivocaba o se


trataba de un cochazo idéntico al del otro.

—Pues sí que está bien, la verdad—a mi suegro le había gustado—. Parece


que no tiene ni un arañazo, pero habría que verlo. Sobre todo, que esté bien
de mecánica.

—Creo que voy a llamar para preguntar cuándo podríamos ir a verlo. ¿Tú
qué dices, Azu? No debe andar muy lejos, porque aquí en el anuncio viene
un móvil de contacto y un fijo con el prefijo de Segovia.
—Javier, no sé… ¿estás seguro de querer cambiar de coche? Ahora mismo
tenemos muchos gastos por delante con lo de la boda. Además, para lo que
lo necesitas, me parece a mí que el Ford Fiesta todavía te puede hacer el
apaño por un tiempo.

Pues sí. Si dijéramos que estábamos cada dos por tres viajando por ahí,
vale, pero nada de eso. De hecho, nosotros dos solo habíamos hecho un
viaje hasta entonces, cuando aprobó las oposiciones. Y a Marbella.
Recuerdo que, paseando entre la gente de alta alcurnia por Puerto Banús,
me sentí en cierto modo fuera de lugar. Lejos quedaba ya aquel episodio.

Mi novio siguió erre que erre con lo del coche.

—Ya, mujer, pero por verlo no perdemos nada.

Le conocía bien después de tantos años. Javier sería muy bueno y muy
santo, pero tenía también la cabeza como un marmolillo de dura (en eso
salía a mi suegra). Bastaba que se le hubiera metido la idea entre ceja y ceja
para que ya no parase hasta hacerse con un coche nuevo, fuera ese o
cualquier otro, de manera que tuve que claudicar.

—Bueno, haz lo que te parezca, chico.

Sin más, llamó primero al teléfono fijo, pero no se lo cogió nadie. Con el
móvil sí tuvo suerte.

—Hola, buenas tardes. ¿Eloy? Mira, te llamo por el Audi que tienes en
venta.
Silencio por un segundo antes de continuar.

—Sí, la verdad es que me gustaría verlo, no sé cuándo te viene bien a ti.


¿Vives en Segovia?

De nuevo el silencio.

—¿En serio? Qué casualidad, yo también. Estoy comiendo con mi novia y


con mi familia. Estamos a dos pasos como aquel que dice, así que, si no te
parece mal, podríamos vernos en un rato.

Dos o tres segundos más y cita concertada, señores.

—¿Que sí? Genial, pues en media hora estoy por ahí con Azucena. Ya sabes
cómo son las mujeres, ellas tienen que darle siempre el visto bueno a todo.

Ese último comentario estuvo de más y no me hizo ni chispa de gracia. Más


que nada porque Javier no era precisamente un hombre que se dejara influir
mucho que digamos por la opinión de una. Ya he dicho que tenía la cabeza
durita de narices.

—¿Dónde tenemos que ir? —le pregunté un tanto seria.

—No te lo vas a creer. Hemos quedado justo a la entrada de la calle en que


vivía tu abuela. Dice que no vive aquí, pero que ha venido a pasar el fin de
semana con sus padres y que estaban terminando de comer también.
Si me pinchan en ese momento, no me sacan ni gota de sangre. Ni a mí ni a
las otras dos, que también debieron quedarse de piedra, a juzgar por sus
caras y las miradas que se intercambiaron.

—¿Puedo ir yo también con vosotros? —saltó enseguida mi cuñada.

—Claro. —Javier, que se llevaba con su hermana a partir un piñón, no lo


dudó ni un segundo.

Virgen del Carmen y del Carmelo. Aquello ya sí que no tenía ni mijita de


coincidencia. No es que el coche de las fotos se pareciera al de Eloy (ya nos
habíamos enterado todos de su nombre), es que era el mismísimo súper
coche del hijo de Rosalía y Juan (otro dato confirmado el del parentesco). Y
en media hora, servidora iba a tenerlo de nuevo frente a frente, a tiro de
piedra de esa casa por la que llevaba tantísimo tiempo sin pasar por delante.

Me puse nerviosa, pero Olivia me superó con creces. Dio un salto de la silla
excusándose con que tenía que ir al baño. Cuando volvió, aquí la mosquita
muerta de mi cuñada venía la mar de bien peinadita y con los labios
pintados. Se veía a todas luces que esa mujer a la que hasta una hora antes
empezaba a considerar una monja estaba dispuesta a hacer todo lo posible
por acaparar su atención.

Mi imaginación se disparó a la velocidad del rayo. Aunque no fuese muy


probable, por un momento vi a Eloy como el marido de mi cuñada, sentado
allí con nosotros a la mesa, y tengo que admitir que sentí una punzadita en
el corazón. Ya me valía…
Capítulo 4

Conmigo era parca en palabras, pero con su hermano le daba bien a la


alpargata. Yo eso lo había notado ya en otras ocasiones, pero aquella parecía
especial, porque mi cuñada era la viva imagen de una cotorra.

Fuimos a pata, como suele decirse, porque en nuestro pueblo no había


distancias. Si a mi suegra le había puesto la excusa de que me dolía la
cabeza, al final iba a ser cierto.

Se notaba a la legua que Olivia estaba entusiasmada. Tanto que hasta su


hermano se percató y eso que Javier era el más despistado del globo para
esas cosas.

—Oli, ¿has comido hoy lengua? Porque no veas si charlas.

—No seas malaje, hermanito, a ver si va a tener una que estar callada como
en misa.

Lo de la misa no era un decir, que ella era de las que no solía faltar los
domingos. Sí, sí, cuando dije lo de que me parecía una monja tenía su
fundamento, que es menester ver lo recatada que me había parecido
siempre, hasta ese día.

No, tampoco soy la dueña de una de esas malas lenguas que tachaban a mi
cuñada de lo que no era y, por tanto, no voy a decir que se tirara encima de
Eloy, pero que quiso llamar su atención, sí.

—Hombre así que la Azucena de la que me hablabas es la florista del


pueblo, yo soy Eloy. —Le tendió la mano a Javier.

—¿Os conocéis? —Tampoco es que fuera extraño, que pasaba mucha gente
por mi negocio.

—Sí, Eloy suele venir los sábados a comprar flores. —Naturalidad absoluta
en mi respuesta, aunque pensé que la situación tenía su miga.

—Perfecto, las flores de mi chica tienen fama en los alrededores, yo soy


Javier. —Tampoco a él le extrañó lo más mínimo, como es lógico. Suerte
que no estaba dentro de mi cabeza, que igual entonces la cosa cambiaría.

—Y yo soy Olivia, la hermana de Javier, pero puedes llamarme Oli si


quieres. —No, definitivamente no era una mosquita muerta, pues dio un
paso al frente y le soltó dos besazos en la cara que le dejaron perplejo.

Digamos que no fue el gesto, que tampoco hizo nada del otro mundo, sino
la actitud tan echada para delante que adoptó, como si se le fuera la vida en
ello. Para colmo, Olivia le dejó los labios marcados en ambas mejillas, que
era algo que me daba un poco de TOC y me dieron unas irresistibles ganas
de retirar el carmín de ellas con mis propias manos. Y sí, digamos que la
coletilla de que podía llamarla Oli, con esa sí se coló un poco. ¿Qué clase
de confianzas eran esas con un total desconocido?

—Encantado, Olivia. —No, para mi regocijo Eloy no le siguió el rollo,


porque pasó olímpicamente de llamarla por su diminutivo. Ese gesto
tampoco le pasó a ella desapercibido, por lo que adoptó un mohín que olía a
decepción, lo cual no quiere decir que fuera a cejar en su empeño, ni
muchísimo menos.

—Pues nada, si os parece, vamos a echarle un vistazo al coche. —Eloy lo


tenía aparcado allí mismo, por lo que no tuvimos más que volvernos.

—¡Menudo carro! —soltó Olivia. Si mi abuela Maruja pudiera verla, diría


que era más tonta que una caída de espaldas. ¿La razón? Ella, que era más
lista que el hambre, siempre decía que no se puede alabar aquello que uno
va a comprar, pues el propietario detecta interés y no afloja en lo relativo a
la pasta.

Mi cuñada, en este caso, tiraba con pólvora ajena, y entre eso y que tenía
fama de ser un poco caprichosa, pues ya estaba el lío.

—Sí, la verdad es que lo vendo porque tengo interés en sacar algo de


dinero, porque en otro caso no me desharía de él. Os puedo garantizar que
no me ha dejado tirado nunca, me ha salido genial. Lo que veis es lo que
hay, está tan bien por fuera como por dentro, pero no tengo ningún
inconveniente en que le eche un vistazo un mecánico de vuestra confianza,
así nos quedamos tranquilos todos.
Y así se hacen las cosas. Se veía un tío legal y eso era algo de agradecer, no
un pirata de esos que te dan gato por liebre y que, una vez tiene la pasta en
el bolsillo, si te he visto no me acuerdo.

—Sí, si no tienes inconveniente, en el caso de que lleguemos a un acuerdo,


se lo llevaría a Edu, que es el mecánico del pueblo. —Javier estaba
asomado tomando nota de todos los detalles del coche.

—Qué va, me parece perfecto. Otra cosa, de potencia va también sobrado,


yo es que soy un apasionado de los coches y poco menos que lo elegí a la
carta, ¿sabes? Le doy mucha importancia a eso, así como a que viniera con
mil y un detalles.

Al decir aquello, mientras Javier seguía ensimismado con el interior, Eloy


me miró. Un detalle del destino, o más bien un puntazo, fue el de que nos
viéramos ese día, aunque fuera en circunstancias distintas a las habituales.
¿Que no habíamos coincidido en los horarios? Sin problema, ya tendríamos
ocasión.

—¿Entonces te gusta la velocidad? Porque yo también soy una apasionada


de ella—intervino Olivia, dejándome patidifusa, porque era la primera
noticia que tenía al respecto, ¡pero si ella ni conducía!

—¿Sí? ¿Qué coche tienes? —le preguntó él, aunque más por cortesía que
por otra cosa, ya que no mostraba el más mínimo interés en su persona.
—Jeje, pues no tengo todavía, pero estoy pensando en sacarme el carnet. —
Tenía yo amapolas en el local más pálidas que la tontuela aquella, que se
había quedado cortada.

—Sí, yo creo que en ese caso sería interesante que comenzaras por ahí. —
Zasca que acababa de llevarse en todos los dientes.

—Claro, lo que pasa es que lo de la velocidad lo he experimentado en algún


karting al que he ido con mis amigas y eso.

Sí, sí, que era ella una Fernando Alonso de la vida, con las narices. Para una
vez que mató un gato, iba a querer que la llamáramos matagatos. En una
despedida de soltera de una amiga suya del pueblo, acabaron dándose unas
vueltecitas en un karting. Y eso la convertía en la reina de la conducción.

—Ya, ya…

Ni pajolero caso le estaba haciendo Eloy, y ella cada vez más negra.

—Oye, Javier, que puedes subirte si quieres, hombre—le invitó.

—¿No te importa? —Mi novio estaba a punto de precisar un babero en ese


instante. El coche le tenía enamorado, hasta más que yo diría, por la forma
en la que lo miraba.

—Claro que no, hombre, la compra de un coche no es como echar a freír un


huevo, eso lo entiende cualquiera…
—Yo también voy a montarme. —Allí iba mariquita la primera, que se
sentó en el asiento del copiloto.

Javier estaba como niño con zapatos nuevos, y ella fisgoneando todos los
detalles y haciéndoselos ver a su hermano. Olivia era un tanto elitista y ya
se debía ver paseando en semejante carro. Le hacía mucha más ilusión a ella
que a mí, yo con mi Fiat 500 chiquinino, iba que chutaba.

—Claro, mujer, no te prives—la invitó y ambos nos quedamos fuera.

—Vaya casualidad, chico. —No sabía muy bien lo que decir, pero mi
corazón lo hacía por sí solo. Totalmente acelerado, temí que él notase los
bombazos que estaba dando por debajo de mi camisa, una paranoia como
otra cualquiera.

—Si, se ve que el destino tenía previsto que nos viéramos hoy, si no era en
un sitio, en otro…

El estremecimiento hizo mella en mí al escuchar esas palabras, que salieron


de su boca a la par que esbozó una de sus bonitas sonrisas.

—Se ve que sí, y además en un sitio muy especial para mí.

—¿En un sitio muy especial? Ahí sí que me has dejado fuera de juego,
explícate.
—Esa casa—señalé a la de sus padres—, es… ¿Cómo te diría? El punto
neurálgico de mi niñez y adolescencia, un lugar al que me duele y, al mismo
tiempo, me emociona mirar.

—Me tienes en ascuas, ¿tú vivías ahí? —Ladeó la cabeza, como deseando
escuchar mi contestación.

—Casi, casi, ahí vivía la persona que más me ha marcado en la vida; mi


querida abuela Maruja.

—Acabáramos, de ahí lo de “El Rinconcito de Maruja”, ahora lo entiendo


todo.

—¡Bingo! Tú eres el hijo de Rosalía y Juan, ¿verdad?

—Así es. Y por lo que me dices los conoces.

—Sí, claro. No solo los conozco, sino que no te puedes ni imaginar lo que
le agradecí a tu madre que cuidara las plantas de mi abuela cuando se hizo
con la casa. Hubiera pagado lo que fuera porque no se echaron a perder…

—¿Sí? Pues te lo encontraste gratis, que para mi madre es todo un placer.


Le va a hacer una gracia tremenda cuando le diga que te conozco, ¿quieres
pasar a saludarlos?

—Otro día, muchas gracias. —Se me hacía fuerte cruzar el umbral de su


puerta sin que me recibiera la sempiterna sonrisa de mi abuela, esa era la
razón por la que no acepté su oferta.

—Azucena, ¿no te interesa ver el coche? —Olivia se percató de nuestra


charla y no pareció hacerle ni chispa de gracia.

—Tranquila, míralo tú, que ya sabes que no es que sean santo de mi


devoción, Olivia. —No tenía demasiado interés y fingir no era lo mío.

La espontaneidad con la que se lo dije no pasó desapercibida para un Eloy


que me miró como ensalzándola.

—Se puede decir más alto, pero no más claro—apuntilló.

—Sí, es que reconozco que soy más de casas, que esas sí que me
entusiasman, pero lo de los coches no es que lo vea para tirar cohetes.

—Ya me he fijado, ya… ¿Y en qué tipo de casa te gustaría a ti vivir?

—Si yo te dijera en cuál me volvería loca…—suspiré.

No era ya solo un tipo de casa, sino la antigua casa de mi abuela la que


haría que me sintiera rematadamente feliz en su jardín.

—No hace falta que digas nada, lo capto. Y lo dicho, invitada estás cuando
quieras. —Había emoción en sus palabras.

—Te tomaré la palabra, gracias. —También se dejaba ver en las mías.


—Móntate, mujer, que no muerde. —La paciencia de mi cuñadita estaba
tocando a su fin, quería dar por zanjada mi conversación con el morenazo a
toda costa.

—Sí, Azu, móntate, que quiero que me des tu impresión. — Eloy se unió a
su petición.

—¿Mi impresión o el visto bueno? —le pregunté con retintín, porque


todavía me escocía el comentario que había hecho antes.

—Hay que ver cómo son, ¿eh? —se dirigió a Javier, sacando para ello la
cabeza por la ventanilla.

—No sé a qué te refieres. —Tampoco sabía nada el otro, viéndome


escocida, salió por la tangente.

—Pues eso que ganas, chaval. —No, si mi novio estaba graciosito…

Yo no era de enzarzarme con Javier, en rara ocasión habíamos discutido,


pero entre que ese día estaba especialmente inspirado y yo un poquillo
irascible, igual hacía una excepción.

—Si tanto te molesta lo que opine, con hacer lo que te salga del alma, como
es habitual, listo.

Patadita que le lancé también, y esa no la esperaba.


—¿Estás molesta, Azu? —Comprendió que lo mismo se había pasado y
quiso echarle el freno. Un poco tarde…

—Hombre, es que una se harta de escuchar tonterías. El coche es una


maravilla y se nota que ha estado en las mejores manos. Si lo quieres, le das
la mano a Eloy, como se ha hecho toda la vida de Dios en este pueblo, y te
lo llevas.

—Alguna gestión más hay que hacer, pero básicamente…—Eloy no tuvo


mucho que objetar.

No quise quedar como una palurda, que de sobra sabía que debía mediar
contrato, pago, transferencia y demás, pero era un decir.

—Ella lo está diciendo todo, ¿quedamos mañana para llevárselo a Edu?

Mi novio no vaciló. Y menos su hermana que soltó un “quedamos” que me


hizo negar con la cabeza. Lo que había que oír, hasta en la sopa la iban a
tener.
Capítulo 5

—¿Y dices que lo han llevado esta tarde juntos al taller? —me preguntó
Alba el lunes al final de la tarde.

—Sí, y por lo visto Edu le ha dicho que el coche está sensacional de motor,
que puede comprarlo con toda la tranquilidad del mundo.

—Anda, pues te veo carrazo va y carrazo viene de aquí a nada, Azu.

—¿A mí? Ya sabes que eso me trae sin cuidado, cariño. A ver, te ha dado
una patada, ¿no?

El pequeñajo, que iba a llamarse Quique, parecía traer de serie las dotes de
futbolista de su padre, que había jugado en un equipo local años antes.

—Una patada no, un patadón de los suyos, ¡qué ganitas tengo de que salga
ya!

—Te falta un suspiro y lo sabes, no te preocupes. A ver, que estoy deseando


ver el baby shower que te han montado las niñas.
Por “las niñas” me refería a otras de nuestras amigas; Marta, Celia y Julia,
que se habían dedicado a organizar el evento con esmero. Aunque en
principio debía tratarse de una merienda, les agradecí que pospusieran la
hora un pelín para que yo pudiera acudir, para lo que cerré la floristería una
chispita antes de lo habitual.

Las chicas ya habían llegado, así como otro puñado de invitadas, muchas de
las cuales eran clientas de Alba, además de amigas. Las mesas dispuestas
con un colorido surtido de bandejas con exquisiteces dulces y saladas
invitaban a ser degustadas más pronto que tarde, pues yo salía de trabajar
con un hambre como si llevara tres días sin probar bocado.

El mogollón de cócteles sin alcohol que habían preparado para que Alba
pudiera brindar con nosotras, también era digno de hacerle una foto que
subir a las redes sociales.

Por cierto, que yo, aunque me manejaba en Facebook e Instagram, no era


de publicar mi vida, que me enervaban esas personas con absoluta
necesidad de hacer partícipe a su entorno hasta del último detalle que
vivieran. Más bien me gustaba compartir noticias, poner algunas imágenes
de paisajes que me alucinaban de lugares icónicos del mundo y poco más.

A lo que sí le dedicaba especial atención era a tener al día mi página de “El


rinconcito de Maruja” que era una cucada, contando con más visitas cada
día. En ella, aparte de fotos de mi propio negocio, exhibía las de flores
exóticas de las que riegan todos los rincones del planeta, aparte de contar
también con contenido escrito tipo “10 tips para que sus plantas luzcan
mejor que nunca” e infinitos aspectos más, que yo misma preparaba.

No es que fuera en mi día demasiado buena estudiante, pero escribir sí se


me daba bien, y eso me entretenía. Por ese mismo motivo, contaba con un
apartado de preguntas y respuestas en el que los clientes y todo aquel que
tuviera a bien echarle un ojillo a la página podían consultarme cuestiones
relacionadas con el cuidado de plantas y flores, o la conveniencia o no de
poner tal o cuál de ellas en un jardín…

Mil y una cuestiones que ocupaban mi tiempo y mi cabeza, ya que solía


echar un ratito por las noches en el asunto. A veces, cuando estimaba que
también tendría tiempo, me llevaba el ordenador al trabajo y desde allí iba
poco a poco completando otro rinconcito de Maruja, en este caso virtual.

Me estoy yendo por las ramas, así que vuelvo al baby shower al que llegué
con las manos vacías, no porque sea más tacaña que el tío Gilito, sino
porque mi sorpresa estaba en camino.

Diez minutos llevaba allí cuando apareció Serafín, mi amigo y dueño de la


tienda de puericultura, con la inmensa cesta perfectamente decorada. Ni
tiempo me había dado a ir a darle el visto bueno (eso le extrañaría a Javier),
pero es que yo no era así, para nada. Ninguna falta me hacía y más
conociendo la profesionalidad de Serafín, que había rematado el inmenso
lazo verde de la cesta con una cigüeña que portaba un letrero de
“Bienvenido, Quique”.
—Pero ¿esto qué es…? — Alba no salía de su asombro, y es que la cesta
era llamativa de veras, no solo por el tamaño sino por la inmensa variedad
de productos para el cuidado del bebé que portaba.

—Esto es lo que tú te mereces, y me haces el favor de callarte la boquita,


¿estamos?

Poco se acordaba ella de que, de haberla dejado, me habría regalado el


vestido de novia. Y como le dije que nanai de la China, que yo iba a
pagárselo como toda hija de vecina (nunca mejor dicho), se empeñó en
hacerme una sustancial rebaja que no pude rechazar, ya que se puso de
morros cuando lo intenté.

Siendo así, lo menos que podía hacer era tener un generoso detalle con ese
bebé que venía en camino y, de paso, disfrutar de lo lindo viendo lo abiertos
que tenía su mami sus chispeantes ojos mientras inspeccionaba los
productos.

—Estamos, estamos, pero no tenías por qué…

—Ni tú tampoco con lo del vestido, y buena eres para llevarte la contraria.

Las chicas se acercaron y todas me alabaron el gusto por el regalo, sin dejar
tampoco de lado el hecho de que yo les hubiera enviado unas bonitas calas
con las que adornar el salón, a bien que eran las flores preferidas de la
futura mami.
Pasamos un rato maravilloso, tras el cual me quedé a cenar con ella, ya a
solas. Su marido trabajaba de turno de noche y no le apetecía que me fuera
tan pronto.

—Es que te digo que llevo toda la tarde pensando en lo que me dijiste del
coche al entrar, es la monda la cantidad de coincidencias que se están
dando, niña.

—Sí, sí que lo es, y todavía no te he contado lo mejor, que escuché a mi


suegra y a Olivia hablar de Eloy cuando llegué a su casa, y nos la tuvimos
que llevar de carabina, que lo tiene fichado.

—¿Qué dices? —Apenas había podido ponerla en antecedentes por wasap


de lo ocurrido, pero esa era la guinda del pastel.

—Azu, por Dios, qué cosas… Te veo de uñas con ella a cuenta del tal Eloy.

—Anda ya, mujer, que una cosa es que me haga gracia el tema, y otra que
me vaya a ofuscar. Al fin y al cabo, la soltera y la que puede hacer lo que le
venga en gana es ella.

—¿Sí? Como que tú has firmado ya algo, no te digo… De eso nada,


monada, hasta que no tengas un anillo en la mano, tú no tienes un contrato
de exclusividad con nadie, niña.

—No me seas loca, Alba, que estoy prometida y más que prometida con
Javier, y eso ya es bastante.
—Y yo no digo que no, pero que mientras que no pases por caja, tú puedes
seguir mirando el resto de los productos. Y hasta probarte alguno si te sale
del alma, para comparar, ya me entiendes. —Su guiño del ojo fue el remate.

—Asombrada me tienes, no sabía que pensaras así, chiqui.

—Y no suelo pensar, pero cuando te veo delante de mí, con el sambenito de


prometida-aburrida, me salen las ganas de decirte que te lo pienses un poco,
que todavía tiene remedio la cosa—argumentó.

A mi amiga se le estaba acabando la diplomacia, y cada vez utilizaba menos


paños calientes para hablar de mi relación con Javier.

—Alba, que más que de un compromiso parece que me estés hablando de


un grano en el culo, con eso del remedio. Y la cosa no es para tanto, que
Javier no es que viva chorreando alegría a diestro y siniestro, pero tampoco
es el amo del calabozo o un ser horrible.

—Eso ya lo sé yo, y seguro que muchas mujeres podrían ser felices a su


lado, que el tío tiene muchas virtudes. Pero lo que yo me pregunto es si tú
serás una de esas mujeres o más bien necesitas algo de acción en tu vida.

—¿Algo de acción? Si te parece me busco a un 007 o algo parecido, al más


puro estilo hollywoodiense, amiga.

—No es eso y no te me pongas cazurra, pero entre el blanco y el negro hay


una amplia gama de colores, y algunos de ellos de lo más favorecedores,
¿ok?
—¿Y el de Javier no me favorece? —Me interesaba saber su opinión, que
sabía que Alba era muy objetiva.

—Javier es que, a ver… No te ofendas, ¿vale? Que tú sabes que yo no tengo


nada en contra del chaval y que lo aprecio, pero para mí su tonalidad es un
poco, cómo la definiría… Un poco grisácea y tú eres muy alegre, eso salta a
la vista.

—Pero reconoce que nunca me ha ido mal con él y que tiene sus muchas
cosas buenas, aunque detalles menos que un Fiat Panda en el salpicadero,
ahí sí que te doy la razón.

—Ahí y en otro montón de cosas me la vas a dar, ¿a ti te gustó que Olivia


os acompañara a ver el coche?

—Un mojón me gustó, nada de nada—no vacilé en contestar.

—¿Y eso no te hace pensar? Lo que no querías era tener competencia y eso
se traduce en que deseabas acaparar la atención de Eloy, punto redondo.

—Ya, si te reconozco que pensé que dónde iba esa cuando apareció con los
morros pintados y le dio dos besazos que lo pintarraqueó entero.

—Joder, cómo se las gasta, y eso que decían que si era de la acera de
enfrente y tal. Al que inventó el bulo, que Dios le conserve el oído, porque
lo de la vista lo lleva mal.
—Sí, sí, es que tú sabes que siempre ha sido más rara que un perro verde,
pero que tiene unas ganas de llevárselo puesto que no veas.

—¿Sí? —La lleva clara, entonces. —Mira, Azu, donde te pongas tú que se
quite Olivia y diez más como ella, ¿Te has enterado? —Me apuntó con el
dedo con tanta convicción que, si me acierta en un ojo, acabo en urgencias.

—Totalmente, hasta miedo me ha dado. Oye, pero tú no me tientes, que esto


de Eloy no es más que una tontería que se me pasa por la cabeza a ciertas
horas del día, pero no por eso voy a mover un dedo, ni que estuviera loca.
Es más bien rollo fantasía, ¿no has tenido nunca ninguna?

—He tenido un millón y las sigo teniendo, que eso es gratis. Y a ti te digo
que no descartes nada, no seas boba, mujer…

Lo que me faltaba a mí, que estaba de lo más ocurrente en aquellos días. No


es que a nivel sexual me considerase una pava, pero digamos que Javier
tampoco era precisamente el prota de “50 sombras de Grey”.

Hay hombres y hombres, eso me lo decía siempre Alba, y también que su


marido era de los que siempre andaba con ganas de darle al matarile. Y ella,
que estaba enamoradita, tres cuartos de lo mismo. Sin embargo, Javier era
más tranquilo para eso. Para eso y para todo, que mi novio era de naturaleza
“pasito a pasito, suave, suavecito…” como canta Luis Fonsi.

Poniendo las cosas en su sitio, y dado que todavía era muy joven, no es que
no le importara el sexo, no es a eso a lo que me estoy refiriendo, sino a que
tampoco era un portento en la cama. Digamos que un poquillo iba a lo suyo;
en eso como en otras cosas, lo que pasaba es que yo no tenía con qué
comparar y su actitud no me llamaba la atención.

—¿Que no descarte? Ni yo debo ser una boba ni tú una lianta, que te veo
venir. No me asustes, amiga.

—Lianta, lianta, déjate… Azu, solo se vive una vez, eso te lo digo desde
ya…

Y allá que me dio a mí la vena y, acompañada de un taconeillo improvisado,


le canté el “solo se vive una vez…”, ese tema que popularizaran las “Azúcar
Moreno”, un dúo que le encantaba a mi abuela Maruja. No en vano, era ella
una apasionada de todo lo que tuviera que ver con Andalucía, una región en
la que veraneó muchos años y a la que tuve el placer de acompañarla en
todas aquellas ocasiones.
Capítulo 6

El miércoles al mediodía recibí una visita inesperada de esas que te levantan


el ánimo.

—¿A por qué flores vienes hoy? —le pregunté con la sonrisa en los labios a
un Eloy que también exhibía la suya según entró por la puerta de mi local.

—Hoy vengo a traerte estos papeles de la gestoría, para el tema de la


transferencia y tal, que me dijo Javier que te los dejara a ti, pero ya de
paso…

Ambos habían cerrado el trato en la tarde del lunes. Por cierto, que Javier se
desplazó al pueblo expresamente para ello, porque entre semana vivía en
Segovia capital, en el piso que ambos habíamos alquilado por aquello de
que fuera nuestro “nidito de amor” tras la boda.

A mi novio, lo de quedarse solo allí de lunes a viernes no era que le


importase demasiado, pues él se las apañaba muy bien solo. Era muy
probable que otro me hubiera tirado la caña para que me instalara allí antes
de darnos el “sí, quiero”. Él no, Javier entendió perfectamente que en el
pueblo todavía éramos un tanto tradicionales para esas cosas, y que mis
padres preferían que el día que saliera andando con él ya tuviera un anillo
colocado en el dedo.

Por mi parte, no era solo por complacer a mis padres… La comodidad de


levantarme y estar en el pueblo para ir a trabajar sin necesidad de chuparme
un buen rato de carretera también pesaba. Y, por otro lado, tampoco es que
ardiera en deseos de trasladarme de manera inmediata a vivir con Javier.

Esa idea me había rondado la mente en los últimos días, que no era tonta y
comprendía que, si se tratara de alguien como Eloy, lo mismo les había
dado el disgustillo a mis padres y salido a la carrera a vivir con él.

—Ah, pues muy bien, déjalos ahí, por favor—le indiqué un ladito del
mostrador, que me había pillado con las manos metidas en tierra y me daba
un corte tremendo que se me vieran las uñas sucias.

Yo era muy pulcra con la manicura y siempre la llevaba perfecta. El gusto


por lucir unas manos preciosas lo heredé también de mi abuela Maruja, que
tenía las uñas largas y fuertes, llevándolas de llamativos rojos y rosas fucsia
hasta el último día de su vida.

—Qué curioso lo del otro día, ¿no te parece? Eras la última persona a la que
esperaba ver aparecer por allí para la venta del coche.

—¿Y eso? ¿Te disgustó mi presencia? —Tiré con bala, estábamos solos y
me atreví a lanzar la pregunta.
—¿Disgustarme? Más bien me encantó. Lo de verte, digo… Lo de que
fueras la novia de Javier, ya un poco menos.

Si yo había tirado con bala, él cogió directamente un cañón y lo llenó con


pólvora hasta los topes antes de apuntar.

—Ya, bueno… Somos novios de toda la vida, lo típico de los pueblos, ya


sabes, yo no he vivido demasiado—murmuré.

—¿Y viajado? ¿Has viajado? —me preguntó enmarcando su cara con sus
brazos al apoyarse en el mostrador para ver la operación que yo estaba
realizando. Por su interés, cualquiera diría que el que estaba observando era
el trasplante de un órgano, más que el de una planta.

—Me temo que no mucho. Con mi abuela a Andalucía de chiquinaja, con


mis padres a los Picos de Europa, a Santiago de Compostela y a Tenerife…
Y con Javier también estuve por tierras andaluzas, en Marbella. Pare usted
de contar.

—Te encantaría Londres—me soltó a bocajarro.

—¿A mí, Londres? No te voy a decir que no, lo tengo en mi lista de


destinos predilectos, a ver si no tardo mucho en visitarlo, lo cierto es que
me encantaría.

—Y a mí me gustaría enseñártelo. —Toma ya, ese había pillado la artillería


pesada y no se iba a quedar tranquilo hasta que no acabara con toda la
munición.
—¿Sí? Bueno, gracias, aunque un poquillo difícil lo veo, seguro que me
entiendes.

—Lo entiendo, lo entiendo…—Lo dejó ahí, más hubiera sido pasarse para
la primera vez que nos veíamos después de nuestra presentación formal. Y a
él le sobraba elegancia para no pasarse de la raya.

—Esto, los papeles se los daré a Eloy el viernes, que tengo que ir a Segovia.
Pero si te corre mucha prisa se los hago llegar hoy mismo por mensajería.

—Qué va, que las prisas no son buenas…—Otro que opinaba igual que mi
abuela.

—¿En serio? Pues entonces lo hacemos así, vale. El hijo de Rosalía, quién
me lo hubiera dicho. ¿Se ha partido una pierna? No suelo estar muy
enterada de los sucesos del pueblo, pero ha llegado a mis oídos.

—Sí, una caída un tanto aparatosa. Y no veas si lo está pasando mal por eso
de no poderse menear en una temporadita, pero que la tenemos que sacar en
silla de ruedas al jardín para que les eche un ojito a sus plantas, no te
preocupes por ellas.

Por Dios que iba a tener que poner el aire acondicionado para rebajar un
poquillo la temperatura del ambiente, después de que me dedicara un
picaruelo guiño de ojos.

—Pobre, ¿y todas esas flores que te has llevado esas semanas…?


No era a él solo a quien le llevaban los demonios pensando en que yo
estuviera comprometida, tampoco me hacía a mí ni una chispita de gracia
imaginármelo por esos mundos de Dios acompañado.

—Eran para mi madre, ver el brillo de sus ojos cuando aparezco con su
ramo semanal es para mí el mejor premio. —De nuevo esa sonrisa que yo
deseaba que no se borrara de su rostro en ningún momento.

—Un buen hijo, mi abuela siempre decía que quien es buen hijo…

—Es también buen padre y buen marido, la mía decía lo mismo.

Estábamos en sintonía y eso se notaba, por lo que ambos nos echamos unas
risas… Un buen marido, qué cosas…

—¿Te puedo hacer una pregunta? —El buen rollo que reinaba entre
nosotros me dio alas para hacerlo, algo que no hubiera ocurrido con
cualquier otro cliente.

—Claro, las que quieras…

Lo mismo pensó que le iba a someter a un tercer grado sobre algún aspecto
de su vida privada, pero no iba por ahí. Por su actitud no me quedaban
dudas al respecto; por algún extraño capricho del destino aquel bombón
andaba libre como el viento.
—Me dijiste que querías sacar un dinero y por eso vendías el coche, ¿puedo
preguntarte para qué?

—Ah, es eso… Me hubiera gustado más que te interesaras por otras


cuestiones—lo dijo en broma, pero algo de verdad habría tras aquella
broma.

—Venga, en serio, ¿para qué?

—Porque me voy a meter a empresario como tú, para eso.

—¿Yo una empresaria? ¿Qué dices, hombre? Si esto es un simple negocio


de pueblo. —Jamás lo habría visto desde ese punto de vista.

—Un simple negocio cuya página sigo en las redes, no veas si tienes visitas,
no te quejarás.

—¿Me sigues? —No me había fijado yo en tal cosa y me hizo una ilusión
tremenda.

—Sí, tienes la página más colorida de todo Internet. Y los posts que pones
están genial, ¿de dónde los sacas? Mi madre se ha enganchado también
desde que se lo he dicho.

—¿De veras? Los escribo yo, son simples consejillos para que todos
podamos disfrutar de plantas y flores más sanas y fuertes por más tiempo.
Es que son mi pasión.
—¿Una chica apasionada? Esa es una virtud de la que no todos pueden
presumir en la vida.

—Ya, ya… Yo sí me considero muy apasionada. —Me estaba metiendo en


un terreno un tanto inestable del que no sabía muy bien cómo iba a salir,
pero la conversación me atrapaba más y más por momentos.

—Ok, yo también soy muy apasionado, ya sabes, de los que cree que
cuando algo o alguien merece la pena hay que dejarse la piel hasta
conseguirlo.

Toma ya pedazo de confesión. Sí que debía ser apasionado, aparte de


valiente para hablarme en esos términos. No veía yo a Javier haciendo una
confesión de ese estilo en la vida.

—Eso está bien, uno tiene que perseguir sus sueños. —Había entrado en
bucle, ignoraba cómo seguir con una conversación que me estaba haciendo
sentir cosas que nunca había sentido; ni siquiera cuando conocí al que ahora
era mi futuro marido.

—Correcto, y hoy mi sueño es el de llevarme azucenas—me comentó


haciendo un innegable guiño a mi nombre.

—Azucenas, ¿sí? —Sacó mi sonrisa, como no podía ser de otra forma.

—Sí, azucenas, no me digas que no tienes porque estoy antojado. —Bien se


había dejado caer de nuevo.
—Pues nada, que los antojos hay que satisfacerlos. Has tenido suerte, me
han llegado esta mañana unas preciosas, mira—le señalé el tiesto en el que
las había colocado—, ¿te gustan?

—Más que ninguna otra flor que pudiera contemplar con estos ojos…

Benditos ojos oscuros, que le otorgaban una intensidad muy profunda a su


mirada. Y bendito comentario, que me dejó con los pies tan pegados al
suelo que ignoraba si iba a poder dar los pasos que me separaban del tiesto
de las aludidas flores.

Menos mal que solo había venido a traer unos papeles, que si no…

Seleccioné de entre las que había las más vistosas de las azucenas y le
preparé un decorativo ramo que haría las delicias de Rosalía.

—Estas son regalo de la casa, con mis mejores deseos para que tu madre se
ponga bien prontito, ¿ok?

—No, mujer, los negocios son los negocios y no tienen nada que ver con la
amistad.

Ea, ya éramos amigos, un nuevo paso…

—Chitón, ¿eh? A ver si una no va a poder hacerle un pequeño obsequio a


una mujer a la que aprecia, ni se te ocurra decir una palabra más. Y
hablando de negocios, todavía no me has dicho a lo que quieres dedicarte.

Íbamos saltando de un tema a otro como si fuéramos la mona Chita en las


lianas, no nos aclarábamos, queríamos decirnos mucho en muy poco
tiempo.

—Ah, pues mi idea es poner una academia de inglés para niños y adultos.
—También le brillaron los ojillos al decirlo, como a mí con la floristería.

—¿Qué me dices? No hace mucho hablábamos mi amiga Alba y yo de que


su retoño tendría que irse a otro pueblo para aprender inglés, porque no
tenemos ninguna.

—Pues dile que pronto me lo podrá traer, que el negocio ya está en marcha.

—Por partes, que su niño todavía no ha nacido, no creo que haya clases
para fetos también, eso sí que sería un método revolucionario.

—No, no, tendrá que esperar unos añitos entonces. En serio, estoy a tope
con el proyecto, ya estoy buscando el local y tal…

—Chico, pues me has dejado loca, no lo esperaba.

Loca y contenta, que yo a Eloy le hacía de paso en el pueblo.

—¿Y eso? —se interesó.


—No sé, se imagina una que después de vivir en un sitio tan fascinante
como Londres, no te harías a volver a un sitio como este.

—Vivir sí que voy a vivir en Segovia capital, pero me hace ilusión abrir la
puerta de aprender inglés en condiciones a la gente de este pueblo. Total, no
solo en Londres hay monumentos…

Nuevo guiño a mi persona que me derritió. Que se fuera ya por Dios, que
por un lado no quería; pero por otro, de no irse me iban a tener que coger
con una cucharilla del suelo, al derretirme por completo…

Por la puerta entró César, el lotero del pueblo, a quien yo solía comprarle un
par de numeritos que jugaba a medias con mis padres. Si un día nos tocaba
un pellizquito, nada mal que nos vendría.

Eloy se marchó y su “estamos en contacto” no me sonó para nada al típico


que se dice por puro protocolo, en el suyo había una importante parte de
verdad y yo tenía ganas de que así fuera.
Capítulo 7

La conversación con Eloy seguía sacando mi sonrisa el viernes, cuando me


subí en el coche para acudir a aquel curso prematrimonial en Segovia.

Bastantes veces le pregunté al padre Francisco, el párroco del pueblo, si era


absolutamente necesario que lo hiciera.

—Pero Azucena, claro que es necesario. No puedes saltarte lo del curso por
toda la cara, es una condición sine qua non para poder casarte por la iglesia.
—Aunque no nos íbamos a casar en el pueblo, me servía de guía para estas
cuestiones.

Él y sus latinajos. De qué mal humor me ponía tener que dejar una tarde la
floristería en manos de Celia, y no porque mi amiga lo hiciera mal, pero es
que me a mí me gustaba defender mi negocio día a día en primera persona.

Para mí, Celia, que estaba desempleada, era esa persona que actuaba como
comodín en situaciones así, y que también me echaba una mano en aquellas
ocasiones en las que necesitaba un refuerzo, como el día de San Valentín, en
el que todos los hombres quieren obsequiar a sus mujeres con flores. Todos
o la mayoría, que Javier no era mucho de esos detalles, como ya he
comentado.

—No te preocupes, Azu, que lo tengo todo controlado—me tranquilizaba


mientras yo le decía adiós con la ventanilla del coche abierta.

Tampoco es que la floristería fuera tan difícil de llevar, pero representaba


mi vida. Y que los clientes quedaran a gusto con el trato recibido suponía el
gran reto de mi día a día. En eso me había esforzado desde su apertura y así
seguiría siendo. Por cierto, que todo esfuerzo tiene su recompensa y bien
que se reflejaba el mío en los comentarios de mi página por parte de los
clientes y lectores asiduos.

Las altas temperaturas me acompañarían durante uno de esos mediodías


castellanos en los que el sol de justicia obligaba a regular el botón de la
temperatura del coche. El verano estaba llamando a nuestra puerta y el astro
rey cargado a tope venía acompañándolo.

Ya se sabe que la sequedad del sol de Castilla es legendaria. Al contrario de


lo que sucede en las zonas de costa, donde el mar hace de termómetro, en
mi tierra no hay regulador posible; cuando el sol calienta lo hace con ganas
y no hay agujero en el que puedas guarecerte para librarte de su azote.

—Ya lo sé, y cualquier cosita, me echas un teléfono y punto, ¿eh?

—Pues claro, mujer, pero que aquí no va a haber ningún problema. Ni que
este fuera el Capitolio para sufrir un asalto—se encogió de hombros y para
dentro que se fue.
Qué cosas tenía Celia, el Capitolio decía. En la vida habíamos tenido un
altercado de ningún tipo en el negocio, la gente solía quedar muy contenta,
repito.

El ocre del paisaje castellano me dejaba perpleja siempre que recorría un


camino de cuya contemplación disfruté muchas veces con mi abuela de
niña. Y es que Maruja era mucha Maruja y con su pintón Seat 800 en color
amarillo clarito, que tenía impoluto, más de una mañana de sábado nos
íbamos a la granja en la que trabajaba su hermana a coger algunos de
aquellos cartones de huevos de campo tan frescos, muchos de los cuales
contaban con dos y con hasta tres yemas.

Lo que yo daría por volver a estar con ella en su cocina, mientras me


preparaba una de aquellas tortillas de patatas individuales en la sartén
pequeñita que reservaba para aquellos menesteres, mientras me contaba una
y mil anécdotas de su vida con el abuelo Román, al que yo también adoraba
y que partió para el otro mundo unos añitos antes que ella.

Llegué a Segovia a las cuatro y media de la tarde, a lo justo para recoger a


Javier debajo de nuestro piso y salir pitando para la ermita de la Fuencisla,
lugar en el que nos íbamos a casar y en el que se impartían las clases.

—¿Qué tal, Azu? —Me dio un beso mientras se colocaba el cinturón.

—Bien, espero que Celia no tenga ningún problema, me contraría esto de


tener que dejar el negocio para venir a las clases, ni que una no supiera lo
que es el matrimonio y las obligaciones que comporta.
—Dicho así, parece más bien una condena a galeras que otra cosa, hay que
ver…

Ni cuenta me había dado, pero por la observación de Javier concluí que sí


que me había pasado un poco. Una cosa era que yo no fuera una de esas
novias que dan botes de alegría y otra que hablara del matrimonio como de
una pena de prisión.

—No, hombre, no me hagas ni caso, será que ya estoy un poco nerviosa con
lo de la boda, que cada vez queda menos.

—Ya te digo, lo raro sería que cada vez quedara más. Y me alegra saber que
estás un poquillo nerviosa. Mi madre me ha preguntado varias veces si lo
estabas y yo le he dicho que me daba la impresión de que no mucho, ¿o
qué?

Era la primera vez que Javier se metía en camisa de once varas respecto a lo
que yo sintiera o dejara de sentir ante nuestra boda.

—Pues no sé, chico, tampoco es que tú estés histérico. Supongo que


nosotros es que somos más tranquilines, pero que algo de nervios sí que
tengo.

—Yo es que creo que esos nervios son más de las novias que de los novios,
cuando se casó Joaquín yo lo vi de lo más calmado.
Joaquín era uno de sus compañeros de carrera, pero vaya ejemplito que fue
a sacar.

—No me fastidies, Javier, es que si Joaquín hubiera estado nervioso


tendríamos que haber dicho eso de “que le corten la cabeza”, ¿o no?

—Ya, lo dices por lo de los cuernos que tiene Nayara, ¿no? —Javier no
tenía ni un pelo de tonto y sabía muy bien por qué lo decía yo.

—No, si te parece… que a mí me da un montón de lástima, que la pobre


chavala no se lo merece. Y encima me jode porque el tío es más feo que
Picio, y ella, sin llegar a ser una top model, tiene una cara de lo más
agraciada. Por no hablar de su tipín, que parece una muñequita.

—Si tienes toda la razón, yo le he dicho muchas veces que es un cenutrio al


arriesgarse a perder a su mujer por estar echando canitas al aire a diestro y
siniestro, pero el tío parece que está obsesionado.

Esa parte sí que me gustaba de Javier, todo el mundo tiene sus cosas buenas
y sus cosas malas, de eso no me cabe duda. Y él era un tío que veía fatal lo
de la infidelidad, y que siempre me tenía al tanto de las andanzas de
Joaquín, porque no podía entenderlas.

—Sí, sí, igual que le ocurrió a su padre, por lo que sabemos. Pero como
nadie escarmienta en cabeza ajena, tendrá que darse contra un muro y luego
vendrán las lamentaciones.
—Sí, sí, para eso que vaya directamente a darse en el muro de las
lamentaciones, y acorta camino. —Hizo él su propio jueguecito de palabras
con el archifamoso muro de Jerusalén.

No podía evitar que se me notara. Por muy amigo que fuera de Javier,
Joaquín me caía como un tiro de mierda.

—Por cierto, en lo de acortar camino no te lo vas a creer, pero el tío tiene un


enchufe y lo mismo viene a parar a mi juzgado.

—No, si potra tiene un montón, eso siempre lo he dicho. Y mira que


tampoco es que haya quedado tan bien en las listas.

Joaquín acababa de aprobar las mismas oposiciones que Javier, y ahora se


iba a convertir también en su compañero de trabajo, qué se le iba a hacer.
Mi novio, eso sí tenía yo que reconocerlo, siempre se mantuvo al margen de
sus movidas, por lo que en ese sentido no tenía nada que temer.

Llegamos al santuario en un santiamén, porque la conversación sobre


Joaquín nos tuvo la mar de entretenidos, y de paso me libró de seguir dando
explicaciones sobre si tenía o no tenía nervios por mi futuro enlace.

La primera en la frente, con lo dificilito que se me hacía a mí contener la


risa cuando me daba, y el padre que se nos acerca y no suelta otra cosa que
un…

—Bienvenidos a todos, soy el padre Marciano…


Por el amor de Cristo, ¿se podía tener un nombre más cachondo? No era la
primera vez que lo escuchaba, que aquel era un nombre muy castellano y
que incluso existía en la familia de Alba, pero no lo esperaba.

Javier, que me conocía bien, no tardó en reaccionar.

—Azu, por Dios, que no te vaya a dar la risa al dirigirte a él, que no es tonto
y se va a dar cuenta de que te estás mofando de su nombre.

—Que no, hombre, que no, estate tranquilo—le contesté sin tenerlas todas
conmigo, que yo sí que me conocía.

—Bueno, yo te lo aviso—insistió, un poquillo pelmazo sí que me estaba


pareciendo.

Y el que avisa no es traidor, pero es que él poco podía hacer por apartar de
mí aquella visión de un ser con más cabeza que Falete, pero además verde y
con cuernos.

Cuando tuve que dirigirme a él, fue la hecatombe, ¿por qué diantres no
habría fingido ser muda? El buen hombre andaba haciendo unas preguntas
individuales y allá que tuve que contestarle.

—Pues no sabría yo muy bien qué decirle, padre Marciano…

Y hasta ahí pude llegar porque la risa se apoderó de mí y claro, al hacerlo


justo después de decir su nombre, todos los demás se rieron también.
Yo, incapaz de parar de reír, me fui poniendo de un rojo pasión que las
mejillas me ardían, y más me daban por reír.

—Es que no puedo, no puedo…—La chiquita que tenía al lado comenzó a


aporrear la mesa y a continuación tuvo que salir volando para el baño, no
podía ni aguantar.

Yo tampoco podía y recé porque aquello terminara pronto, aunque mi risa


contagiosa indicaba que la cosa iba para largo.

—Tú tranquila, hija, si este es el pan nuestro de cada día por culpa de mi
nombre—me tranquilizó el sacerdote, que era una bellísima persona y que
terminó riendo a mandíbula batiente con nosotros.

Suerte que fue así porque si nos llega a tocar un malaje, nos pone de patitas
en la calle y allí no se casa ni Dios, nunca mejor dicho. Pero no, el hombre
era un encanto y nos pasamos media clase riéndonos.

Pensé en que haría la vuelta sola, pues lo lógico era que Javier se llevara su
coche para el pueblo, con la idea de volverse el lunes, pero no fue así.

—Ya lo he dado de baja esta mañana, los de la gestoría me han hecho el


trámite. Ahora pasamos un momento a dejarles los papeles que me has
traído y ellos me hacen la transferencia online; el lunes me vuelvo para acá
en el Audi.
Eso sí que le ponía nervioso y le emocionaba. Qué rarito se me iba a hacer a
mí que el coche de Eloy pasara a ser el de Javier, pero cosas más raras se
habían visto.

—Anda, pues si tampoco me habías dicho nada de la baja.

—Ni falta que hacía, Azu, es un mero trámite. Además, pensé que así
mataba dos pájaros de un tiro; me quitaba esa gestión de en medio y te
acompañaba de vuelta al pueblo.

En otro momento lo hubiera visto fenomenal, pero en aquel ya… ni chicha


ni limoná, como suele decirse.

—Vale, pues lo haremos así—disimulé, que tampoco era plan.

—Perfecto, y con eso nos pasamos por el piso un ratito, que tengo ganitas…
Incluso nos podemos quedar a pasar la noche y nos vamos temprano por la
mañana

Ostras, era una petición de lo más normal. En el pueblo siempre nos las
habíamos visto y deseado para tener algo de intimidad, pero lo de pasar la
noche con Javier en el piso no me apetecía ni lo más mínimo.

—¿Y darnos mañana el madrugón padre? No, hombre, no, que nos va a
costar más. Pasamos un ratito y nos vamos.
De eso no pude zafarme porque habría sido demasiado, pero lo de pasar
toda la noche juntos sí que se iba a quedar para mejor ocasión.

—Como quieras, pero que no hubiera sido mala idea…


Capítulo 8

—Mamá hoy como en casa de Javier, me tienes que reservar algunas


croquetas de esas que estás preparando.

—Claro hija, aquí hay para dar y regalar. Sabes que, aunque solo somos
cuatro siempre hago comida para un regimiento.

Esa era otra de las costumbres de aquellos pueblos de mi Castilla, en los


que se seguía teniendo siempre preparada una olla de exquisita carne por si
las moscas. Otra de las cosas de siempre que me fascinaba era que las casas
permanecieran durante el día con las puertas abiertas, allí no existía la
delincuencia.

—Lo sé, mamá, lo sé—suspiré.

Andaba yo un tanto melancólica y la que me había traído al mundo no tardó


en percatarse de ello. No obstante, no me preguntó nada durante el
desayuno porque en la mesa estaba también Rodrigo.

—Laura sí viene a comer, mamá—le soltó él como si tal cosa.


—¿Y eso? Mucho me parece que está viniendo Laura por esta casa, ¿tienes
algo que explicarme, zagal?

—Nada que tú no sepas, las madres lo sabéis todo de antemano, tenéis


como una especie de bola de cristal; Laura es mi novia.

Ea, novia y todo que tenía el mico; de no verse, no creerse.

—¿Tu novia? Pero bueno, ¿no crees que eres tú muy jovencillo para esas
cosas, enano? —Me encantaba chincharlo.

—No, no, que nosotros somos más avanzados que los de tu generación,
hermana.

—O sea, me estás diciendo, poco más o menos, que nosotros éramos unos
retrasados.

—Eso es, poco más o menos, sí…

Había que joderse con el adolescente aquel, al que yo adoraba, y que había
nacido sin un solo pelo en la lengua. Cuando me casara con Javier iba a
echar mucho de menos vivir con él, así como con mis padres, ya que el
ambiente de mi casa siempre fue ideal.

Por mucho que me esforzara por recordar, jamás había visto ninguna escena
chunga entre mis padres, algo que no era raro porque se adoraban; como
digo la adoración era mutua, pero en particular la que le profesaba mi padre
a mi madre ya alcanzaba tintes de idolatría.

Terminé de mordisquear mi tostada de delicioso pan de campo y tenía


pensado salir ya cuando Rodrigo se levantó y mi madre me preguntó…

—Oye, Azu, ese chico… el hijo de Rosalía y Juan, el del coche, ¿sigue
yendo a por flores?

—Sí, mamá, vino hace poco a traerme unos papeles del coche y, ya de paso,
se llevó un ramo de azucenas.

—Ah, de azucenas, ¿y te dijo por qué?

Mi madre, que era más larga que un día sin pan, sabía lo que se decía.

—No, no tengo ni idea, supongo que le gustarán.

—Sí, sí, yo creo que le gustan las azucenas, sí—murmuró.

—¿Me estás queriendo decir algo, mami? Mira que no estoy acostumbrada
a que tú te andes con rodeos. Cualquier otra persona sí, pero tú no…

—¿Azu, tú estás segura de que te quieres casar con Javier?

Su pregunta fue la última que esperaba en el mundo, porque se daba tan por
hecho que contraer matrimonio con Javier era algo que yo debía hacer en la
vida que jamás imaginé que a mi madre le cupiese otra idea en la cabeza.

—Mamá, ¿por qué me preguntas eso?

—Azu, te voy a ser muy franca, no voy a darle más vueltas; por la sencilla
razón de que los ojos te brillan infinitamente más cuando hablas de ese
chico que cuando lo haces de tu novio.

Otra que debía captar al vuelo el dichoso brillito delatador de mis ojos…

—Mamá, Alba me dice lo mismo, pero yo no creo que…

—¿Alba también lo ha notado? —Ella no necesitaba más apoyos para su


teoría, pero encontrarlos no le vino mal.

—Desde el primer día que le hablé de él, pero yo no creo… Mamá, el


vestido está casi listo, faltan solo un par de meses para la boda, acabamos
de enviar las invitaciones como aquel que dice, y…

—¿Y? —Mi madre arqueó una ceja, señal inequívoca de que no estaba en
absoluto de acuerdo con lo que le estaba diciendo.

—Y a papá lo mataría de un disgusto, ya sabes lo mucho que aprecia a mi


suegro. Cuando están juntos, Ernesto y él parecen hermanos.

—¿Y? —Mi madre seguía en sus trece.


—Mamá, que me estás dejando de piedra, no sé adónde quieres llegar…

—Tienes razón en todo lo que has dicho, incluido en que tu padre y Ernesto
son uña y carne, cosa que si el otro es su amigo de verdad no tiene por qué
cambiar pasara lo que pasara…

—¿Quieres decir que me debería replantear mi boda con Javier?

—Quiero decir que te conozco mejor que nadie en el mundo y que sé que
tienes dudas en tu interior… Dudas que obedecen a que estás sintiendo
cosas que no habías sentido antes. Yo lo sé muy bien porque son las mismas
que he sentido siempre con tu padre, y que me aspen si quiero para ti otra
cosa.

—Mamá, nunca creí, es decir, yo siempre pensé…

—Ya, que me llevaría un disgusto tremendo si no hacías lo que se supone


que todos esperamos de ti, ¿no es así?

—Correcto. —Había dado en el clavo, como siempre.

—Solo dime una cosa, Azu, ¿qué crees que te diría la abuela Maruja si
supiera lo que pasa por tu cabecita? Piensa un poco, hay una frase suya
que…

—Ya, que siguiera la senda de mi felicidad, mamá, eso es lo que me diría…


—Veo que no olvidas sus palabras, hija, las has repetido una a una.

—Nunca, olvidarlas, nunca; eso lo tengo cien por cien claro.

—Pues de la misma forma deberías saber que las palabras no están solo
para retenerlas en la memoria. Tú debes seguir los dictados de tu corazón; si
este te dice de tirar para adelante y casarte con Javier, perfecto. Pero si te
dice de tirar en otra dirección, en ese caso no dejes de hacerlo por miedo o
por el qué dirán. Ni siquiera por tu padre, que de ese ya me encargaría yo…

Mi padre era más bueno que el pan, pero si ya he comentado que Javier era
cabezón, el que puso su semillita para que yo llegara a este mundo lo era el
doble.

Además, él era de esos hombres de ley a los que ya me he referido para


quienes un apretón de manos valía más que un contrato. Y el hecho de que
yo me hubiera prometido con el hijo de Ernesto, a quien tantísimo
apreciaba, era algo que iba a misa.

—Mamá, pero ¿tú sabes lo que estás diciendo? Mira que yo creo que a papá
le podría dar un infarto. Y yo no me lo perdonaría jamás de los jamases, ya
me conoces.

Yo perdía el norte también con mi padre, quien era uno de esos para los que
las hijas representábamos un tesoro. Y desde mi nacimiento así me lo había
hecho saber, siendo de lo más cariñoso conmigo.
—Ya te he dicho, Azu, que de tu padre me encargaría yo. Tú de lo único de
lo que tienes que preocuparte es de buscar tu felicidad, ese es tu principal
cometido.

Me fui para la floristería con una extraña sensación. Sí, me sentía liberada,
como si de pronto mi madre me hubiera librado de una pesada carga que,
sin saberlo, portaba sobre los hombros. Pero también sentí miedo, no sé
cómo explicarlo… Casarme con Javier era algo que se daba por hecho y,
pese a todo, me aportaba seguridad.

La ausencia de riesgo que hasta entonces había caracterizado todas las


facetas de mi vida me había marcado en cierto sentido. Digamos que me
había acomodado, porque era mucho más sencillo amoldarte a una vida sin
grandes emociones, pero también sin quebraderos de cabeza.

Abrí la floristería y comprobé con alegría que Celia era una de esas
personas en las que se podía confiar. No solo había hecho una buena caja la
tarde anterior, sino que se había esmerado antes de cerrar en dejarlo todo
limpio como los chorros del oro, y las flores perfectamente dispuestas para
que se metieran por los ojos del personal a la mañana siguiente.

El día acompañaba nuevamente, porque el sol amenazaba con volver a


hacer de las suyas. Mientras sacaba algunos maceteros fuera para dar color
a la entrada de mi particular rinconcito, reconocí para mis adentros que
estaba más feliz de lo normal. Y el hecho de que fuera sábado tenía mucho
que ver con ello.

Sin embargo, no se pareció mucho a lo anteriores.


—No tienes muy buena cara, Azu—me comentó Alba cuando se pasó por
allí al mediodía, cuando estaba a punto de cerrar.

Me guardé para mí cómo estaba la de ella, pues lucía hinchada como una
pelota de Nivea y no creo que le hubiera hecho demasiada gracia saberlo.

—Digamos que las he tenido mejores, ¿y Quique?

—Inusualmente tranquilo desde ayer, parece que se ha dado cuenta de que


no es formal tratar a su padre a patadas—suspiró aliviada—, y a ti, ¿qué te
pasa, no ha venido hoy el monumento?

—No, se ve que igual ya su madre está mejor y no tiene tanta prisa por
venir a…

—¿A verte? ¿Es eso lo que piensas? No me seas bobita, por lo que me has
contado de su anterior visita no diría yo que eso sea así…

A Alba la tenía al tanto de todos los pasos de Eloy, me emocionaba poder


contarle lo que estaba sintiendo.

—A las pruebas me remito, chica, ¿tú lo has visto? Pues yo tampoco, por
aquí no ha venido.

—Alaaa, pues sí, ni cuenta me había dado… Es cierto, es el fin del mundo,
seguro que te ha mentido y que tiene mujer y un cerro de niños. No me seas
boba, Azu, que ese no va a tardar ni una chispita en dar señales de vida.

No lo veía yo así, o sería que Eloy me tenía muy bien acostumbrada. Ya iba
a echar la baraja cuando llegó una novia de un pueblo cercano acompañada
de su madre.

—Yo es que estuve el otro día en la boda de Miriam y me quedé


enamoradita de su ramo. Le pregunté que dónde se lo habían hecho y hasta
he cancelado el pedido en la otra floristería, que no me convencían mucho
las opciones que me daban.

—Te lo agradezco, ¿y qué has pensado?

—Creo que en uno idéntico al suyo. Si es que era ideal, por Dios…

—Ideal, pero ese era el suyo, el tuyo lo tenemos que personalizar, ¿no? —
Le guiñé el ojo.

—¿Personalizarlo? Me dejas a cuadros, no sé a qué te refieres.

—Verás, el truco está en que hay un ramo para cada novia.

—Te refieres a lo mismo que pasa con el vestido, ¿no?

—Igualito. Para mí el ramo de novia tiene que ir en consonancia total con tu


personalidad y aunque es verdad que puedes tomar como base el de Miriam
si te ha gustado tanto, ahora tenemos que hacer que el tuyo hable de ti.
—Te lo dije, que esta chica nos iba a atender como a reinas—le comentó su
madre, sacando mi sonrisa.

Estuvimos una media hora liadas estudiando las posibilidades, hasta que
dimos en la tecla. Para entonces, pasaba ya un rato de mi hora de cierre
habitual. No me dolió para nada, porque ni ganas tenía de ir a casa de mis
suegros, y porque así apuré el tiempo por la posibilidad de que llegara Eloy
en el último minuto.

Mi gozo a un pozo pensaba camino del almuerzo. Igual él era uno de esos
hombres que tiraba la caña en todas las direcciones, gracias a su piquito de
oro. Y lo mismo otro pez había mordido ya el anzuelo….
Capítulo 9

Olivia me recibió más sonriente de lo normal…

—Hola, entra, anda, que le estaba contando una cosa a mi madre…—Me


dejó con la palabra en la boca.

Javier y su padre debían andar ya en el jardín, con su típica copa de Rioja


del sábado al mediodía.

—Hija, ya creía que te ibas a comer hoy el arroz apelmazado, como para
pegar carteles—me comentó Ernesto, siempre tan considerado.

—Qué va, suegro, lo que pasa es que ha entrado una novia justo cuando iba
a salir y eso me entretiene tela, lo que más.

—Las novias, claro, y además es que te sentirás tan identificada con ellas,
¿no?

—Claro, claro—murmuré resoplando para mi interior, que no tenía ganas


de ahondar en la cuestión.
—¿Sí? Mamá, que Azu ya está nerviosa con lo de la boda, ¿eh?

Su madre venía cargando con la paellera y con su hija pegada a sus talones,
que solo le faltaba dar saltitos.

—Normal, si es que ya estáis a un pie del altar, va a ser tan emocionante…

—Ni que lo digas, cariño. —Ernesto alzó su copa por nuestro enlace y yo
sentí que me iban a tener que poner una botella de oxígeno, porque me
estaba faltando el aire.

Nos sentamos todos a la mesa y Olivia que siguió hablando con su madre.
Había un cierto retintín en su tono de voz y yo no tardé en descubrir por
qué.

—Pues sí, mamá, y no solo es guapo, sino súper galante, tendrías que ver
cómo me ha aconsejado sobre la posible compra del coche.

—¿Qué coche, Oli? —Javier se quedó tan perplejo como yo.

—Un mini que me voy a comprar y que Eloy me ha acompañado a ver hace
un rato.

Ostras, ostras, que me dio un vuelco el corazón que para qué. ¿El motivo de
que no hubiera venido a verme era que estaba con mi cuñada?
Tenía el primer tenedor de arroz en la boca y a punto estuvo de salir de
golpe, porque me dio un arranque de tos que no pasó desapercibido para
Olivia.

—¿Un mini? Pero si no tienes ni carnet, hermanita.

—Pero lo voy a tener pronto, ¿qué te has creído? A ver si te piensas que soy
tonta. —Su mohín de contrariedad no pudo ser más desagradable. Sí que era
caprichosa, qué poco le gustaba que le llevasen la contraria.

El pino puente haría esa con tal de atraer la atención de Eloy, qué cosa más
increíble. ¿Y él? Pero si no le hizo ni pajolero caso el primer día, qué
puñetas podría haber ocurrido. ¿Acaso no imaginó que yo me quedaría
esperándolo? Hombres… Igual me había creado unas expectativas que nada
tenían que ver con la realidad y el destino se encargó de darme un zasca
pronto, por ingenua.

—Hermanita, si yo lo veo muy bien, y más ahora que parece que te van a
dejar fija en el ayuntamiento, pero que me parece que estás vendiendo la
piel del oso antes de cazarlo. —Quiso desagraviarla.

—¿Y qué si es así? Yo puedo hacer con mi vida lo que me dé la gana. Y a


Eloy parece haberle gustado el coche, ¿sabes?

—¿Y desde cuándo te importa a ti lo que piense Eloy? ¿Es que me he


perdido algo? —Javier hurgó en su papel de hermano.
—Igual sí, que hemos quedado para tomar algo en estos días, ¿o es que tu
hermana no lo vale?

No sabía si Javier se había perdido algo, pero desde luego la que se lo había
perdido era yo. ¿De qué iba aquello? ¿Pasaba olímpicamente de ella delante
de mis narices y pasteleaban a mis espaldas? A juzgar por la felicidad en la
cara de Oli, así era. Y a juzgar por el mal cuerpo que a mí me estaba
dejando el asunto, hasta ahí habíamos llegado.

—Mi hermanita vale un potosí, y lo mejor es que lo sabes. Si estás a gusto,


yo que me alegro por ello, brindemos.

Y se dio la paradoja de que allí, en medio de la familia a la que ya no quería


pertenecer, tuve que brindar por la pareja que no quería que se formara. El
estómago se me empezó a revolver hasta el punto de que a media comida
tuve que levantarme para ir al baño y eché hasta la primera papilla.

—¿Estás bien? —Javier me había seguido y se preocupó al escucharme.

—Bien, tranquilo, solo que con el estómago un poco revuelto.

—¿Y eso de qué, Azu? —me preguntó desde la puerta—. ¿Puedo entrar?

—Sí, entra ya. —Me levanté y comencé a refrescarme la cara.

—Tienes muy mala cara, ¿te pasa algo? Oye, ¿tú no estarás embarazada?
—¿Embarazada? —Me quedé como la que se tragó el cazo, aunque
enseguida deseché tal posibilidad, bien sabía yo por lo que había vomitado.

—Sí, ya sabes… Algunas veces, con eso de la boda y tal, me despisto un


poco, es como si ya diera lo mismo.

¿Lo mismo? Tres soponcios juntos me podían dar a mí si en medio de aquel


caos descubría que encima estaba encinta.

—No, no es eso, tranquilo. Tuve la regla hace poco, olvídate, deben ser los
nervios, solo es eso.

—Ay, pobre, pues no sé si entonces interesan. Cálmate un poquito, ¿vale?


Que todo va a salir muy bien.

Javier nunca había sido un hombre especialmente entregado, pero mentiría


si dijera que no me había cuidado. Me sentía fatal y eso hizo que me
abrazara a él.

—Sí, más cuenta me va a traer. —Y tanto, no iba por muy buen camino que
dijéramos.

—¿Te echas un ratito en mi cama? —Me llevó a su dormitorio y me tapó


con las sábanas, pues los vómitos me produjeron un ligero temblor al sentir
frío.
Me reconfortó y creo que en ese instante lo que se me vino a pasar por la
cabeza era eso de que “más vale pájaro en mano que ciento volando”. Sobre
todo, si aquel con el que yo fantaseaba apuntaba a ser eso precisamente eso;
un pájaro.

—Gracias. —Me volví a abrazar a él, me sentía culpable, aunque como


decían en misa debía ser de pensamiento, porque yo no había dado ni un
paso todavía que ofendiera a mi novio.

—Se me está ocurriendo una cosa, ¿y si este viernes cuando vengas a


Segovia te quedas y nos vamos el sábado a la tienda esa de muebles que
tanto te gusta?

El viernes tocaba nueva visita al padre Marciano, ya veríamos si esa vez era
capaz de contener la risa.

—Pero es que eso supondría tener que dejar también a Celia el sábado por
la mañana, y me parece mucho tiempo.

—Ya, ya, y tú no vas a poder dejar nunca el negocio un día completo.


Entonces, ¿qué va a pasar cuando nos vayamos de luna de miel?

El viaje era un regalo de mis suegros, que solo pusieron como condición
que fuera un destino sorpresa para ambos. Conociendo como conocía a
Ernesto y lo mucho que me quería, ya habría puesto él especial diligencia
en que se tratara de algo de nuestro gusto. Y lo de la sorpresa también tenía
su punto…
—Ya, si tienes razón. Y Celia me lo cuida genial, vale, me parece.

—¿Sí? —Javier pareció contento y, en cierto modo, yo también. Era como


si después de haberme sentido tan distante de él por el tema de Eloy, tuviera
ahora la necesidad de reforzar vínculos.

—Sí, me parece una buena idea…

El piso lo habíamos pillado sin muebles, pese a ser de alquiler. Eso sí, tenía
la cocina amueblada con los electrodomésticos. En un primer momento,
habíamos amueblado el salón y nuestro dormitorio, pero quedaban todavía
un par de dormitorios vacíos y múltiples detalles por poner.

No nos pesaba hacer ese gasto porque todo lo que compráramos ya sería
nuestro, y el día que nos hiciéramos con una casa en propiedad no
tendríamos más que acoplar esos muebles, añadir algunos otros y santas
pascuas. Si alguno no encajaba, al Wallapop que iría.

El caso era que, con tanto trajín, eso se nos había ido quedando un tanto en
el olvido y al final nos iba a coger el toro.

—Pues entonces no se diga más. Aparte, te voy a llevar a tapear a un sitio


en el que te vas a chupar los dedos. Lo lleva una chica, Rebeca que…

—¿Rebeca? Cuenta, cuenta. —Puse los brazos en jarra. No, si hasta iba a
sentir celos, lo que había que ver.
—Poco hay que contar, Joaquín se ha liado un par de veces con ella, ya
sabes.

—Pues entonces no pongo allí un pie, paso, que me da palo por Nayara—
sentencié.

—Tienes razón, además que te tienen que anunciar algo…

—¿Algo? Por tu forma de decirlo no es que se separen, que sería lo que él


se mereciera.

—Correcto, pero no, no es eso, ya te puedes imaginar; Azu; vienen con


niño. Tendremos que quedar un día con ellos para celebrarlo.

—Ay, le leche, celebrarlo por la criatura, pero que ella cada vez se está
echando más la soga al cuello, qué penita me da.

—Yo qué sé, chica, algunas veces pienso que Nayara tampoco es tonta y lo
mismo es que hace la vista gorda. Me resulta difícil creer que no se cosque
de nada, lo mismo es que es de esas personas que prefieren tener a su pareja
al lado, sin darle más importancia a si puntualmente la van liando por ahí.

—No, yo no le veo ese perfil de pasota a Nayara. Más bien se lo veo de


enamorada total con una venda en los ojos que hace que vea menos que
Pepe Leches.

—Puede ser, pero si así es feliz, mira…


—Pues qué triste, chico, que tu felicidad se base en un engaño. Yo no
querría vivir así en la inopia.

—Ni yo tampoco, pero si no te enteras, tampoco has sufrido y eso que te


ahorras.

Eso que se ahorraba él también sin saberlo, pues ni en broma sospechaba mi


chico que hasta mi madre me había hablado esa misma mañana de la
posibilidad de cancelar la boda.

—¿Estás bien, hija? —Ernesto llegó al quicio de la puerta y me enternecí,


porque para mí era como un segundo padre.

—Bien, suegro, los nervios de la boda serán, que me deben estar jugando
una mala pasada.

—Esa es buena señal, de enamoramiento. Agustina también andaba hecha


un auténtico manojo de ellos antes de casarnos. Si hasta discutimos un par
de veces y para mí que me quedaba compuesto y sin novia.

—Menos mal que pensaste eso, cualquiera lo diría viéndoos.

Ellos también eran una pareja bien avenida y con la solidez que da el llevar
toda la vida juntos.
—También da gusto veros a vosotros, hija. Qué bien lo vamos a pasar en
esa boda. Y tu padre y yo, que lo sepas, nos vamos a fumar un puro a
vuestra salud.

—Papá, nada de puros, ¿eh? Que ya sabes que el médico…

—El médico no va a estar invitado a la boda, hijo, y aunque lo estuviera no


sabe él lo poco que me importan sus recomendaciones en un día así.

Ernesto nos había dado un pequeño susto por una dolencia cardíaca el año
antes y Javier estaba particularmente pendiente de su salud.

—No, si a cabezón no hay quien te gane, si lo sabré yo.

—De casta le viene al galgo—añadí, porque a alguien tenía que salir


también el cabezón de mi novio.
Capítulo 10

—¿Era cierto lo que veían mis ojos? —Eloy ya esperaba el lunes a la hora
de la apertura en la floristería.

Ese debía tener un morro que se lo pisaba, o igual se trataba de uno de esos
tíos a los que les da morbo tener varias historias a la vez. Y si encima las
chicas se conocen, mucho más.

—Hola, Azu, esperaba que vinieras ayer tarde a recoger el coche con Javier
—me dijo con la mejor de sus sonrisas y a mí me olió a cuerno quemado.

Yo no podía reprocharle nada, en teoría, aunque en la práctica se me veía en


la cara que no tenía puñetera gana de verle por allí. “Y yo esperaba que no
estuvieras pasteleando con mi cuñada, pero así son las cosas”, esa habría
sido una buena respuesta, que me callé.

—Hola, Eloy, ¿vienes a por flores? No me digas que hoy quieres de nuevo
azucenas porque no me quedan. —Cortante, pero no tanto, esa fue la que de
verdad le di.
—Supongo que me lo merezco, debí llegar a por ellas el sábado, ¿no es así?
—Tampoco se andaba con chiquitas y, ante mis atónitos oídos, abordó el
tema con rapidez.

—No tenías por qué, supongo que tendrías otros planes, no me debes
ninguna explicación—le espeté con tono serio.

De sobra debía él saber que era muy probable que yo ya conociera sus
planes, que Olivia me lo habría contado.

—No tendré por qué, pero deseo hacerlo. No soy el tipo de hombre que
debes estar pensando. Mis planes se redujeron a ayudar a mi madre, que se
empeñó a toda costa en que le limpiara los cristales de la casa, y me dieron
las tantas, bayeta en mano. Y luego salí al galope y, ya cerca de aquí, me
encontré a tu cuñada. Te juro que no sé ni cómo me convenció, pero es que
parecía que se le iba la vida en que la acompañara a ver un coche y hasta
pena me dio. No calculé bien y cuando quise darme cuenta, di por sentado
que ya habrías cerrado.

—¿Sí? Pues no des por sentadas tantas cosas, que me quedé hasta tarde con
una novia y su madre, ideando su ramo.

—¡No jodas! Y yo que pensé que ya era imposible que estuvieras, joder,
joder…

Me sentí aliviada, aunque había ciertos detalles que todavía me escamaban.


—No pasa nada, no tienes ningún compromiso conmigo. Puedes pasar los
sábados o no, a tu conveniencia. Y te recuerdo que ya te habías llevado
flores el miércoles.

—No se me olvida que estuve aquí ese día ni que lo hablamos—su gesto
indicaba paz, como si venir a verme le supusiera calma—, lo único es que sí
me apetece y mucho pasarme los sábados. Aunque también lo haría el resto
de los días, lo que pasa es que no quiero parecer un pelmazo. Por no decir
que vivo en Segovia, aunque ahora ando mucho por aquí.

—A mí me gusta que te pases—murmuré y enseguida caí en que me había


precipitado. Vale que se encontrara a mi cuñada, pero ¿y eso de ir a tomar
algo juntos?

El destino me lo puso a huevo, estaba a punto de saber al respecto.

—¿Sí? Pues entonces será cuestión de pasarme más a menudo, incluso


podríamos ir a tomar algo un día de estos, ¿o no?

Obvio que lo dejaba en mis manos, que para eso era yo la que tenía el
compromiso.

—¿Tomar algo? ¿Igual que con mi cuñada? No sé, no sé. —Lo mismo me
había colado, pero es que no deseaba que jugara conmigo y me dejara
después hecha un ovillo.

—¿Eso te ha dicho? ¿Que vamos a tomar algo? Dime una cosa, tu cuñada
no ha tenido mucha experiencia con hombres, ¿me equivoco?
—Poca, ninguna, si hasta ahora ha sido una especie de monja—le conté y
para mí me decía que no había tenido otro momento en el que volverse
como un calcetín. Ya tenía miga la cosa.

—Mira, Azu, te voy a hablar muy claro, porque creo que es la única forma
de que ambos podamos valorar la situación; a mí Olivia me importa lo que
viene siendo un pimiento y no tengo ni la más mínima intención de quedar
con ella, sobre todo porque la que me gustas eres tú.

—¿Yo? Eloy, lo que pasa es que yo…

—Que te vas a casar con Javier, ya lo sé, pero todavía no te has casado—
apuntilló.

—No, pero nos falta el canto de un duro y Javier es el único hombre que he
conocido. Dios, qué pardilla, la estoy liando más. Jo, es que no sé…esto me
ha cogido totalmente de sopetón. No sé qué decirte…

No quería alentarle en el momento en el que me sentía de nuevo más


cercana a mi novio, pero tampoco descartar la posibilidad de una cita en la
que pudiera descubrir que había más vida aparte de él…

—Acompáñame a ver un local el jueves al final de la tarde y luego nos


tomamos algo, ¿qué me dices? —Se quedó a la expectativa, ladeando la
cabeza.
—¿Un local aquí en el pueblo? Tú sueñas, no todos son como nosotros,
aquí hay gente como Carmela a la que le falta el tiempo para poner un
rumor en la calle. Y si nos vieran juntos iban a tardar un suspiro en difundir
que tenemos un lío, te recuerdo que esto no es Londres. Y aquí no reina
Isabel II, aquí reina el chisme.

—A veces se me olvida. No vengas a lo del local entonces, pero ¿qué me


dices de tomar algo cuando ambos terminemos? No aquí en el pueblo,
lógicamente, nos vamos a Segovia.

—¿A Segovia? ¿De noche? No sé, tampoco creo que sea…

—¿Una buena idea? Pues yo opino que no solo es buena, sino que
fácilmente se podría calificar de excelente.

Yo también opinaba igual en mi fuero interno, pero el miedo me tenía


paralizada. Por un lado, me moría de ganas, y por otro me daba pavor, pues
eso sí que suponía un paso adelante.

“De todos modos no le vas a poner los cuernos a Javier por salir de copas
con Eloy” me dije a mí misma antes de que el “solo se vive una vez” de las
“Azúcar Moreno” volviera a resonar en mi cabeza. Y si era así, ya era hora
de que yo empezara a vivir, que me estaba amuermando.

—Recógeme el jueves a las ocho y media—le dije sin vacilar—. No, espera
que no tienes coche ahora, te recojo yo…
—Tranquila, que sí que tengo. Para el jueves ya vendré con un Seat Ibiza
que he visto en el finde y he dejado apalabrado.

Nada que ver con el imponente Audi ni falta que le hacía. Eloy era un tío
que brillaba con luz propia, no le hacía falta ningún coche para que
cualquier mujer se sintiera atraída por él…

Amanecí el jueves con un sentimiento contradictorio bastante particular…


radiante por salir con Eloy y confusa por hacerle aquella faena a Javier.

—Mamá, no te lo había dicho, pero me vas a tener que cubrir esta noche
con papá, es que voy a salir por Segovia y llegaré un poco tarde.

—¿Y eso? Cuéntame, Azu. Siéntate un momento, no te vayas todavía, que


no hay cola en la floristería a estas horas, mi niña.

—Es que me da un poco de vergüenza, pero voy a salir con Eloy. No me


malinterpretes mamá, que no pienso hacer nada malo, lo único que quiero
es echar un rato con él y ver el pie del que cojea, solo eso.

—¿Y tú has visto que a mí me parezca mal, cariño? Vete tranquila que a tu
padre me lo camelo yo, ya le diré que vas con tus amigas.

Mi madre me estaba sorprendiendo. Al fin y al cabo, ella era una mujer


tradicional de pueblo y yo pensaba que ciertas cosas no debían caberle
demasiado bien en la cabeza. Sin embargo, estaba posicionándose de mi
lado con tal de ofrecerme la posibilidad de ser feliz.
—Mamá, ¿y si nos pillan? Yo no quiero causarte ningún problema, que
bastante rara me siento ya.

—Tú de lo único de lo que tienes que encargarte es de disfrutar, Azu. Deja


que el destino sea el que hable, ya veremos. ¿Has pensado en lo que te vas a
poner? —Cambió el tercio con el ánimo de que me animara, esa era una
táctica común en ella.

—Algo sencillo, los vaqueros esos nuevos que me compré y una blusa
blanca con el colgante verde esmeralda que me regaló Alba. Tampoco es
que me vaya a vestir de lagartelana, es una simple quedada.

Por el bien de mi salud mental prefería llamarlo así, porque lo de cita se me


hacía un trago difícil de digerir.

—Tú estás guapa hasta vestida de astronauta, Azu, te pongas lo que te


pongas. Y ahora venga, vete que ya te veo mirando el reloj, qué hija más
responsable tengo.

—¿Tú crees que lo sigo siendo? —le pregunté porque las dudas se
amontonaban en mi cabeza cada vez más.

—Claro que lo sigues siendo, no te comas el coco, venga…

Si mi madre lo decía, no tenía yo por qué contradecirla. O sería que no me


convenía hacerlo…
Iban a dar justo las ocho de una tarde de lo más ajetreada, pues hasta tuve
cola en la puerta, cuando me sonó el teléfono y era Alba.

—No te lo vas a creer, pero estoy de parto. —Su voz me llegaba de lo más
nerviosa.

—¿No te faltaban aún unos días? Ay, qué nervios.

—Sí, y a Jenaro le ha cogido con su cuadrilla en Badajoz, acabo de avisarlo,


pero le quedan unas horitas, me va a dar un telele…

—Qué telele ni qué ocho cuartos, ¿tienes preparadas las bolsas del niño y la
tuya?

—Ya me conoces, desde hace un mes. Dios, tenía que ser justo cuando él
está fuera, ¿por qué?

—Cálmate, Albita, que yo entiendo que es una faena, pero la que va a dar a
luz eres tú, así que arreando. Ya mismo estoy allí.

Casi dejo hasta la puerta abierta, porque yo la estaba calmando a ella, pero
de boquita para fuera. De boquita para dentro tenía un tembleque en las
piernas descomunal.

Llegamos preinfartadas a la clínica privada de Segovia en la que ella iba a


dar a luz.
—¡Toma ya, qué pijada! —exclamé al ver la recepción.

—Como si eso me importara ahora. Azu, esto empieza a doler de narices,


diles que me atiendan rápido o la lio aquí. —Nunca había visto a Alba así,
que ella era muy correcta. Debía dolerle tela, y entre eso y que Jenaro no
estaba, se le unió todo.

—Tranquila, que ya vienen.

Alba no tenía hermanos. Y su madre estaba convaleciente de una operación,


por lo que no quiso avisar a sus padres hasta que la criatura llegara al
mundo. Eso se traducía en que yo me iba a comer el marrón completo ni
más ni menos.

Quizás no estuviera guapa hasta vestida de astronauta como me decía mi


madre, pero sí que parecía que me iba a ir al espacio cuando me puse todo
el material que me dieron para acompañarla en el quirófano.

—No te preocupes que de esta salimos, amiga—la animé.

—Por fuerza, sin más remedio, vamos… Anda que no varía nada la
papeletea, una aquí y él…

—No vayas a decir que tan tranquilo, que debe estar como un flan.
Conociéndolo, ese llega antes de que pongas al niño en el mundo.

—¿Dónde está tu marido? —le preguntó la matrona.


—En Badajoz, viene para acá, ¿le va a dar tiempo?

—No sé yo qué decirte, chica, porque para ser primeriza te va a tocar el


gordo, que el parto viene bastante adelantado.

—A mí ya me da igual que llegue, que no llegue o que deje de llegar, yo lo


que quiero que se me pase es este dolor, por favor, qué cosita más mala. Te
lo advierto, Azu, tengo ganas de potar.

Sería lo que me faltase, que me bañara allí mismo…

—Por lo que más quieras, Alba, contente…

No voy a decir que fuera fácil ver a mi amiga pasarlo así de mal, pero sí que
le tocó el gordo, como había dicho la matrona. Y no solo porque el parto se
agilizó bastante, sino porque Quique pesó casi cuatro kilos.

—Ya lo tienes medio criado. —Me abracé llorando a Jenaro cuando lo vi


venir corriendo por el pasillo. Para entonces ya mi amiga y su niño estaban
juntos en la lujosa habitación.

Eran las tres de la mañana cuando aparecí por mi casa. Escuché un ruido y
era mi madre, que se había levantado con la excusa de beber agua.

—Azu, hija, qué cara más rara que me traes, parece que vienes de que te
den una paliza, ¿cómo te ha ido? —Se sentó en el taburete de la cocina.
—Pues no veas, Alba se ha portado como una campeona y el niño es un
muñeco, te vas a enamorar cuando lo veas, mami.

Me había sentado con ella y los ojos se me cerraban.

—¿Ha nacido el niño de Alba? Hija, no tenía ni idea, no me has avisado…

—Mamá, ni cuenta me he dado, ¿y a que no sabes a quien tampoco he


podido avisar? Ni su teléfono tenía, no nos lo habíamos dado…

—Cielos, le has dado plantón a Eloy. —Se echó a reír…


Capítulo 11

En aquellos ajetreados días, mientras proyectaba sobre su negocio, Eloy se


quedaba de vez en cuando en el pueblo en casa de sus padres. Y así lo hizo
la noche en la que se rompió la cabeza pensando en el porqué de mis
calabazas. Me lo contó en cuanto pude explicarme, pues ya me esperaba en
la puerta de la floristería cuando llegué.

—Buenos días, Azu, ¿estás bien? ¿Te presioné mucho con lo de ir a tomar
algo? Si es así lo tendré en cuenta, pero es que tenía que saber si te había
pasado algo.

—Buenos días, Eloy, qué apuro, parece que estemos jugando al ratón y al
gato. Estoy bien, solo es que mi amiga Alba, la modista, se puso de parto y
su marido no estaba. Ha sido una noche intensa y no tenía tu teléfono,
imposible avisarte. Lo siento una barbaridad—resoplé.

—Pues no lo sientas que a mí me acabas de dar una alegría, pero antes que
nada, ¡están bien tu amiga y su niño? —El tío tenía estilo, agradecí que se
interesara por aquellos dos seres a los que yo tenía en un pedestal.
—Están genial, gracias. ¿Entras? —le invité pensando que el hecho de que
más de una mañana estuviera allí esperándome podía ser suficiente para que
alguna vecina activara el modo “vieja del visillo”.

—Sí, claro. —No vaciló ni un instante.

—¿Entonces me perdonas? —Le puse un puchero.

—Cómo no, mujer, no se me ocurre ningún otro motivo mejor para que me
dieras calabazas. Eso sí, ahora me debes una, ¿cuándo podremos volver a
quedar? —Su impaciencia me resultaba aduladora.

—Pues a ver, porque hoy me voy a Segovia, que me quedo allí hasta
mañana y el resto del finde se viene conmigo Javier. —Me costaba mirarle a
los ojos al decirle aquello, no me hacía sentir bien.

—No tienes por qué sentirte mal, aquí el tercero en discordia soy yo. —
Captó al vuelo mis sentimientos.

—Ya, ya, es solo que no estoy acostumbrada a estas cosas, ya sabes.

—Lo sé, me lo dejaste bien claro el otro día, motivo por el cual me siento
todavía mucho más afortunado porque hagas una excepción conmigo. ¿El
lunes que viene te parece bien?

—¿El lunes? Un poco pronto, ¿no? Ay, Dios, ya estoy otra vez como una
pardilla.
—Mientras no te eches para atrás, para mí puedes ser todo lo pardilla que te
apetezca, avisada quedas. El lunes estará bien, ¿no? No hace falta que sea
juernes para que salgamos y charlemos un rato.

—Tú ganas, que te debo una. Eso sí, llévate hoy las flores, si las quieres,
que mañana ya te he dicho que no voy a estar.

—¿Azucenas de nuevo? ¿Puede ser?

—Oye qué perra te ha dado con lo de las azucenas, ¿no?

—No lo sabes tú bien, no pienso parar hasta conseguir las que deseo…
todas.

No sé con qué cara me miraría al decirlo, porque me mostré incapaz de


sostenerle la mirada. Como si no lo hubiera escuchado, y como si no me
hubiera dado el corazón el vuelco que me dio, seguí preparándole su ramo.

—Oye, ¿y qué hay del local que viste ayer?

—Perfecto, me lo quedo, cada vez tengo más ganas de echar raíces en este
pueblo, no me diferencio mucho de una planta, ¿no? —Me dio un toquecito
en la nariz antes de salir por la puerta.

No, no se diferenciaba mucho, porque las plantas me habían enamorado


desde niña y él estaba comenzando a causar un revuelo de mariposas en mi
estómago que apuntaba en la misma dirección.

Por la tarde, ya en Segovia con Javier, sentí que mi corazón estaba más
dividido que nunca. Era como si el universo no quisiera ponernos las cosas
fáciles a ninguno de los tres, porque en aquellos días ya se habían producido
diversos vaivenes. Y eso sin contar con que Javier ignoraba por completo
que lo nuestro comenzaba más a parecerse a un trío que a una pareja.

—Anoche cené con Joaquín y con Nayara, ella me dio recuerdos para ti—
me contó mientras íbamos a Marte, digo al santuario, por mucho que el
párroco tuviese aquel nombre que ya comenzaba a hacerme reír de nuevo
solo con pensarlo.

—No me digas, ¿y te dijo algo de su embarazo?

—Sí, estaba radiante y que ya te llamará y eso, que tenéis que quedar…

—Ya te digo que sí, le diré a Serafín que me prepare alguna cosa bonita que
ir regalándole a la criatura en cuanto pase el primer trimestre, que hay que
ser cautos…

—Mira que has sido siempre precavida, Azu—apuntilló.

—¿Y me lo dices tú que no respiraste tranquilo hasta que no te hiciste


funcionario? Vamos, que tienes unas cosas…
Andaba más suavecita con él, porque tampoco era justo que le tratara según
me diera el viento.

—Ya, y reconoce que nos viene genial. Tener un puesto de trabajo fijo es un
tesoro hoy en día. Un tesoro que me ha permitido comprarme este coche,
por ejemplo.

Íbamos en el Audi, que ese día me fui a Segovia en bus, con la idea de
volverme con él al día siguiente. Lo hice así porque Javier me insistió en
que lo estrenáramos juntos. No podía quejarme cuando iba a su bola y
hacerlo también cuando me incluía en sus planes, tampoco habría tenido ni
pies ni cabeza.

—Sí, lo de comer de la olla grande tiene sus ventajas, lo que pasa es que a
mí lo del Derecho me parece horripilante, ya lo sabes.

—Lo sé, que tu mundo son las plantas y las flores, pero tampoco en ningún
juzgado se han comido a nadie, Azu.

—Eso que tú sepas, que para mí que allí se meriendan a más de uno…

La que nos impartió el padre Marciano ese día fue la segunda y última clase
del curso, algo que celebrar en palabras de Javier.

—Te invito a cenar esta noche, que hay que brindar por el fin del curso más
rollo del mundo. No me había aburrido tanto desde las clases de Derecho
Administrativo, esto ha sido infumable.
—¿Ves? ¿Ves que el derecho es aburrido?

—Que no, Azu, que no, solo una partecita de él…

Estábamos de bastante buen rollo. Probablemente, él porque perdía el norte


con su coche nuevo, del que deseaba presumir; y yo porque me sentía en
deuda con él, como uno de esos maridos traidores que obsequian a sus
esposas con joyas después de ponerles los tarros, pues más o menos igual.

Entre pitos y flautas, ya era casi la hora de cenar y lo que no esperaba era
que mi novio se dejara caer, llevándome a un sitio tan elegante.

—¿A qué debo este honor? —le pregunté con retintín cuando el metre me
acercó la silla—. De haber sabido que vendríamos a un sitio tan granado me
hubiera arreglado más.

—¿De verdad no lo sabes o es que te estás quedando conmigo? —Las


palabras de Javier me dieron que pensar, más que nada porque detecté por
su tono que me estaba hablando en serio y yo no tenía ni pajolera idea de a
qué se refería.

—No, me temo que no me estoy quedando contigo. ¿Me he perdido algo?

La cabeza, la cabeza era lo que estaba perdiendo, porque me tuve que llevar
las manos a la boca cuando él abrió la suya.
—Es nuestro aniversario, Azu, tal día como hoy empezamos a salir, ¿lo
recuerdas? Ningún año hemos dejado de celebrarlo, aunque reconozco que
siempre has sido tú quien me lo anunciaba con voz cantarina desde la noche
antes.

—Ostras…—No pude articular más palabra. Cierto que siempre tuve una
memoria de elefante para todas las fechas y apenas podía explicarme cómo
ese año se me había olvidado por completo. No, no podía ser cínica, claro
que podía explicármelo, pero esa explicación no me hacía sentir bien.

—No te preocupes, ¿eh? No tienes que ser tú siempre la que te encargues de


este tipo de cosas, que yo soy un poco dejado. Es solo que me sorprende,
pero sé que tienes mil y una cosas en la cabeza este año.

—Gracias por entenderlo. Y mira que se lo dije a mi madre hace unos días,
pero creo que ha sido el nacimiento de Quique esta noche el que ha logrado
que se me termine de ir el santo al cielo. —Mentira cochina, ni por un
segundo se me vino a la mente en aquella semana que el viernes se trataba
de un día especial.

—Tranqui, tranqui, por eso me apetecía especialmente que nos quedásemos


y que disfrutásemos de nuestra noche, lo de las compras de mañana me
sirvió de coartada. Por cierto, que mi padre me ha ingresado un dinero en la
cuenta para que escojamos lo que nos apetezca.

Me atraganté, no podía ser de otra forma. A medida que avanzaba la


conversación me sentía como un reptil miserable, y me imaginaba
arrastrándome por la inmundicia. No solo sentía que le estaba fallando a
Javier, sino que imaginar la cara de Ernesto diciéndole a su hijo que nos
gastásemos ese dinerito en lo que nos apeteciera era para mí ya el colmo.

Disimulé como pude, que la cena no había hecho más que comenzar, y
Javier pidió un buen vino blanco de la casa.

—¡Por nosotros! —Alzó su copa y yo imaginé mi cara en uno de esos


memes en los que una niña indignada repite lo que le han dicho en el más
irónico de los tonos.

—¡Por nosotros! —Traté de repetir con más dignidad que eso, intentando
que no se me notara el señor soponcio que tenía encima.

Tiré un poco por la calle de en medio y traté de que el tema del nacimiento
de Quique, que ya había salido en diversos momentos del día, acaparara la
charla.

Cualquier cosa menos volver a temas de pareja que me hicieran pupa.


Cuanto más tratara de excusarme más la iba a cagar, de modo que lo mejor
que podía hacer era desviar la atención hacia ese precioso y rollizo bebé del
que su orgullosa mamá me había enviado varias fotos ya.

—¿Sabes una cosa? —le pregunté con orgullo.

—Cuenta, anda, que se ve que es algo que te hace ilusión.


—Que Alba me ha pedido que sea la madrina del enano. Dice que nadie
mejor que la mujer que estuvo con ella en el paritorio, que eso nos ha unido
todavía más.

—O sea que os vais a convertir en comadres, me parece una idea muy


bonita. ¿Y eso quiere decir que…?

Me quedé un poco apurada, porque Javier iba dando un paso más sin
encomendarse a Roma y a Santiago, porque de él no habían dicho nada ni
Alba ni su marido.

—Es que creo que el padrino va a ser el hermano de Jenaro, no se lo tomes


a mal.

—No, no, claro, cómo lo iba a tomar a mal.

Había sido un poco imprudente, esperaba que la cosa diera un giro porque
la noche parecía ir de mal en peor. Alba no se plantearía que ambos
fuéramos los padrinos de su hijo, quizás porque a él lo viera con un pie
fuera del circuito a no mucho tardar.
Capítulo 12

—¿Y entonces no comprasteis nada de nada el sábado? —me preguntó mi


madre mientras desayunábamos a solas el lunes. Apenas habíamos tenido
ocasión de charlar sin mi padre ni hermano antes.

—Nada de nada, mamá. Y, es más, estábamos allí en la tienda y se me puso


un nudo en el estómago que no veas. —Me llevé la mano hacia esa zona de
mi cuerpo.

—Azu, vas a tener que tomarte las cosas con más calma, que ya sabes que
tu padre tuvo un principio de úlcera de estómago y te veo a ti con otra.

—Ya, es que no sabes qué palo, ¿cómo le voy a hacer gasto a Ernesto
pensando que esta noche me veo con Eloy? Por cierto, ¿crees que vamos a
poder darle esquinazo otra vez a papá?

—Azu, que no sufras tanto por las cosas, deja lo de tu padre de mi cuenta,
hija de mi vida.

Pues si ella lo decía, que llevaba toda la vida con él, así debía ser.
Al mediodía me preparé a conciencia, pues una vez que saliera de trabajar
ya él me estaría esperando.

Seleccioné de entre mi ropa aquella monísima faldita de pata de gallo


blanca y negra, que me sentaba fenomenal con mis sandalias negras altas y
con una camisa blanca de generoso escote que quitaba el hipo.

No es que fuera para nada descarada, pero su sutil abertura dejaba volar la
imaginación del más pintado. Y mi delantera era prominente. No en vano,
esa parte de mi cuerpo era la que más solía alabarme mi novio, y la que
decía que más le atrajo de mí cuando empezamos a salir. No, en eso no se
anduvo por las ramas, fue sincero.

Antes de salir me di de bruces en el pasillo con Laura, que cada vez nos
visitaba con mayor asiduidad. A ella también la conocíamos desde niña,
¿quién no se conocía en el pueblo? Se trataba de una cría muy alegre y
simpática, que parecía estar enamoradita perdida de Rodrigo.

—¡Qué guapa, Azucena! —Salía del baño y se sentó en el sofá con mi


hermano. No perdí detalle de que él andaba dormido y de que la chiquita
comenzó a acariciarle la frente, un detalle de lo más tierno que provocó que
le hiciera un gesto a mi madre, que también pasaba por allí.

—Se quieren, hija, qué bonito…

¿Y yo? Yo no me imaginaba acariciando la frente de Javier de esa forma, ni


casi de ninguna… No obstante, si pensaba en Eloy, la cosa cambiaba de
medio a medio.
A él sí podría pasarme largos ratos acariciándolo, o eso era lo que me pedía
el cuerpo cuando lo tenía delante. Y no solo acariciándolo, sino que, si
cerraba los ojos y me imaginaba en otros escenarios, la subida de
temperatura era realmente colosal.

El fin de semana había transcurrido de una manera un tanto extraña; alegué


dolor de cabeza para no tener relaciones con mi novio el viernes por la
noche, por más que pudiera sonara a topicazo; me zafé como pude de unas
compras que nada me apetecían el sábado, y apenas di un paseo con él el
domingo dejando plantados a mis suegros al echar mano del argumento de
que seguía sin encontrarme bien. Lo que sí hice fue visitar a Alba, que
deseaba ver cómo se encontraban el niño y ella.

Un mal de fin de semana un tanto caprichoso, porque solo de pensar en


cenar con Eloy esa noche la piel se me erizaba hasta el punto de que sentía
que mi cuerpo al completo era recorrido por un fuerte escalofrío.

Monísima de la muerte, recé para que la tarde no se me hiciera demasiado


lenta y el universo me escuchó. La razón fue que de nuevo mi rinconcito
estuvo a tope y apenas tuve un segundo para mirar el reloj. Cuando por fin
cerré la baraja, miré a ambos lados de la calle para comprobar que nadie me
veía subirme con él en su coche.

—Buenas noches, Azu, esto no se hace—me soltó en cuanto posé mi trasero


en el asiento del copiloto.

—¿A qué te refieres? Esta vez no te he dejado tirado, ¿no?


—No, y además ya tienes mi teléfono, pero me refiero a que debiste
avisarme de que vendrías tan preciosa, ahora igual a mi corazón le da un
chungo.

De lo más teatrero, hizo un gesto que indicaba desvanecimiento…

—Míralo él, qué graciosillo, pero sí tú vienes monísimo también.

Sí, sí que venía para comérselo con aquellos vaqueros y su polo en rosa
jaspeado…

—Nada que ver contigo, ni comparación hay. ¿Preparada para la noche más
divertida de tu vida? —Me miró y algo en su mirada me dijo que no era un
decir, él se había propuesto que así fuera.

—Claro… Y hablando de comparaciones, aunque estas sean odiosas,


tampoco está nada mal el coche.

—Un utilitario sin más, pero hará su función hasta que me haga rico,
porque yo voy a ser rico, ¿sabes?

—¿No me digas? Pues a mí tampoco me vendría mal un poco de esa


seguridad, así que si tienes a bien decirme cómo te lo vas a montar…

—Ya me lo estoy montando. Ahora en serio, no es una cuestión de dinero,


en este momento me considero inmensamente rico, ¿sabes? Tengo más de
lo que podría soñar; unos padres que están bien, fuerza para afrontar las
cosas, un proyecto que me tiene el seso sorbido, y la mejor de las
compañías. Sería un egoísta total si le pidiera algo más a la vida.

—Buena filosofía. Y gracias por la parte que me toca…

Llegamos a Segovia capital muertos de la risa, sin más. Y es que en el


trayecto que nos separaba descubrí a un Eloy de lo más ocurrente que no
paró de decir disparates. Para qué le habría contado lo de mi encuentro con
el padre Marciano.

—Yo estoy allí y me parto, valor tuviste de terminar el curso. Jo, que dicen
que lo del matrimonio tiene su miga, pero que digo yo que algún cura
terrestre se atreverá a explicar el asunto, ¿de veras hace falta tirar del
espacio para que alguien tenga narices de abordar el tema? Pues sí que está
mala la cosa.

—Oye, oye, que el matrimonio no es una jaula, ¿tú eres de los que no se va
a casar nunca? —Ya eso me gustaba a mí una pizca menos.

—Anda ya, estoy tirando de tópico, yo creo que es el mejor estado cuando
se encuentra a la persona idónea, te lo digo de corazón. Y eso, aunque haya
que pasar por el aro de que a uno lo case un marciano, que todo sea por
hacer las cosas como Dios manda.

—Y dale, no te va a dar a ti nada de sí lo del Marciano. —Ya volvía a


partirme.
No sé cuánta punta le había sacado al asunto, pero a mí dolía lo que viene
siendo toda la caja.

—Venga, venga, vamos a poner ya los pies en la tierra. ¿Tienes preferencia


para tapear?

—¿Yo? Ninguna, para nada… lo dejo en tu mano.

Como si me quería llevar a tirarme por un puente, yo estaba de lo más a


gustito con Eloy danzando por esa ciudad que tanto me gustaba. A Javier le
había comentado que cenaría con Celia, para que no me llamara, y punto en
boca.

Llegamos a una tapería que estaba de bote en bote, pese a ser lunes.

—Es lo que tiene el buen tiempo, pero si quieres nos vamos a otra.

—Que no, que si dices que merece la pena nos quedamos. No hay ninguna
prisa.

—Yo, desde que he vuelto, es lo mejorcito que me he encontrado para


tapear. ¿Voy pidiendo un par de cañas para abrir boca?

—Genial—asentí.

No tardó demasiado en llegar, pues la camarera parecía conocerlo y lo coló.


—Esta es la tuya—me indicó mientras él se quedaba con la otra.

—¿Y eso? A ver si es que has echado en la mía un suero de la verdad o algo
de eso, explícate.

—Es más fácil, la mía es 00 que, lamentablemente, después te tengo que


llevar a casa.

Su “lamentablemente” me llegó al alma y es que, entre risas, mis ganas de


besar sus labios no hacían más que acrecentarse. Debió ser que él pensó lo
mismo, porque antes de que nos diera tiempo a calibrar la situación, ambos
nos estábamos besando.

Y yo que tanto había tratado de autoconvencerme de que solo saldríamos a


tomar algo y punto. Sí, punto en boca más bien, ya no volvería a opinar así
más…

—Sabía que la noche iba a ser divertida, pero no que me harías este regalo.
Ahora la cosa ha cambiado; de golpe y porrazo la has convertido en
especial, nena.

Ainss, ese “nena” que me derretía… Sentí tanto calor que de un sorbo cayó
media cerveza.

—No creas que bebo como un camionero, ¿eh? Que es solo que…
—¿Qué? Explícate…—Se mordió el labio y para mí fue el gesto más
sugerente que jamás vi fuera de la pantalla.

—Que me estás desconcentrando a propósito, que ya no sé ni lo que iba a


decir. —Mi risa imparable, las gana de seguir besándolo crecientes, la
sensación de que sería una noche mágica también…

—Ya, Eloy, venid por aquí, porfita. —La camarera le hizo una seña y dos
chicos se quejaron.

—Nosotros estábamos antes, ¿esto que es?

—Nada de antes, estaban ellos, lo que pasa es que os habéis puesto ciegos a
cervezas y no os aclaráis.

Me quedé perpleja, no había visto más tablas en toda mi vida. De modo que
nos colaba por toda la cara y la culpa era de ellos, que los acababa de llamar
borrachuzos.

—Pues nos vamos y por aquí no nos veis más el pelo, también te lo digo.
Díselo a Virgi, que ella nos conoce—continuaron con la queja.

La chica le hizo un gesto a otra camarera que andaba tras la barra y ella le
confirmo que los conocía, por lo que los llamó.

—¡Venid por aquí! —Les hizo una seña y se los llevó a su terreno. También
se notaba que había toreado en muchas plazas y logró quitarles el cabreo
invitándolos a una ronda.

—Buff, menos mal que Virgi me los ha convencido, que me iban montando
la marimorena.

—Si es que tienes unas cosas, Rebeca, menudo cabreo que se han pillado.

¿Rebeca? ¿La había llamado Rebeca? Segovia capital no es que fuera un


pañuelo como mi pueblo, pero las casualidades existen y el hecho de que
aquella otra chica con la que se había liado Joaquín se llamara Rebeca y
también trabajara en una tapería era cuando menos para sospechar.

Totalmente intrigada estaba cuando salí de dudas por la puerta grande.

—¡Hola, Rebe! —La voz de Joaquín, a unos metros de nosotros, resonó en


mis oídos, como si estos la hubieran filtrado.

Perdida, me sentí perdida y calibré a qué distancia estaba del baño, con la
idea de meterme en él y echar el pestillo hasta nueva orden. Fue entonces
cuando las cosas empeoraron; quien estaba a su lado no era otro que mi
novio, y en ese momento, un súbito giro de su cuello hizo que su mirada y
la mía se cruzasen.

—¿Azu? —No sabía si se trataba de Javier o de un velociraptor, porque


para mí que llegó a la mesa de un salto.
—Hola, Javier. —No podía decir otra cosa, lo del consabido “esto no es lo
que parece” nunca da resultado.

—Esto es increíble, pues sí que ha cambiado Celia de un tiempo a esta


parte. O tengo que felicitar a su cirujano estético o cagarme en todo lo
cagable, y creo que voy a optar por lo segundo.

Nunca había visto a Javier tan cabreado, pero tampoco le di motivos antes
para ello.

—Javier, yo creo que será mejor que nos calmemos—le sugirió Eloy.

—Y yo creo que será mejor que te calles si no quieres que te parta la boca
—le espetó mi novio y yo le pedí por favor juntando las manos que me
dejara hablar a mí.

—Javier, esto no ha pasado hasta hoy, pero no voy a negar que te he


mentido. Lo siento de corazón, como ves no es con Celia con quien he
salido.

—¡Chúpate esa! —le espetó Joaquín desde atrás, que al imbécil ese solo le
faltó comer palomitas…
Capítulo 13

No hace falta que jure que fue el momento más comprometido de mi vida.
Y no solo porque no podía sentirme más avergonzada (que también), sino
porque el ambiente se caldeó de lo lindo.

La actitud del idiota de Joaquín provocó que Javier se viniera más arriba.
Otro lo hubiera calmado, pero no ese tío, que tenía menos luces que un
carrillo de mano.

—De manera que está uno tan tranquilo pensando que su chica anda con
una amiga y se tiene que encontrar con que está pasteleando con otro,
manda huevos; no te tenía por una buscona, pero va a ser que me he
equivocado.

—Oye tío, hasta ahí. Comprendo que para ti no es en absoluto agradable,


pero de ahí a que te vaya a consentir que insultes a Azu va un trecho, ¿eh?

—¿Que tú no me vas a consentir a mí qué? Al final te vas con la cara


partida, por chulo y por robanovias. Que yo sepa el coche te lo he pagado,
no hemos hecho un trueque para que te quedes con mi chica.
—Te he dicho que no la ofendas, no hemos hecho un trueque porque ella no
es de tu propiedad, ni de la de ningún otro. Azucena merece un respeto.

—Y tú mereces que te dé dos buenos puñetazos y te vas a salir con la tuya,


hombre…

Lo vi poco menos que “en guardia” y con el gilipuertas de Joaquín dándole


ánimos. Ni ellos ni yo esperaban la soltura con la que Eloy esquivó sus
golpes, que dejó boquiabierto a todo el local, que se había quedado
paralizado con la bronca.

—¡Mierda! ¿Qué eres, un puto Señor Miyagi como el de Karate Kid? Si


cabreado como un mico estaba Javier antes del intento de leña, no digamos
cuando entendió que allí el único que podía recibir era él.

No obstante, la intención de Eloy no era la de liarse a golpes con él, sino la


de neutralizar los suyos.

—Cálmate y que cada uno siga su camino, Javier.

—Pues tú lo vas a seguir solo, que Azu se queda conmigo. ¡Vete a la


mierda, cabrón!

No lo esperaba, sino más bien que me mandara al infierno después de ver


que le había mentido, que me había convertido en una especie de Pinocho
en versión femenina. Y eso que por los pelos no había visto con sus propios
ojos lo que se había cocido entre nosotros unos minutos antes.
—Con quién me quedo es cuestión mía—intervine y lo deje sin saber qué
decir.

—O sea, que después de mentirosa, chula. No, si me va a venir de perlas


que te hayas quitado la máscara antes de casarnos. ¿Te vas a venir a casa o
no? —Impaciente, las manos le temblaban por la rabia.

—Yo de ti dejaba que se fuera y seguíamos nosotros de juerga, amigo, no


merece la pena—le propuso Joaquín.

—Y yo de ti me callaba la boca y me iba a tu casa con tu mujer, que la


pobre tiene el cielo ganado. No se te caerá la cara de vergüenza…—le
sugerí.

Me tuve que morder la lengua y lo dejé ahí, porque estaba deseando soltarle
por la boca que si le parecía bonito lo de estar liado con Rebeca mientras
Nayara lo esperaba en el sofá.

—¿A mí? ¿Y por qué se supone que tengo que sentir vergüenza? —El tío
era un caradura total, todavía iba a querer quedar como el bueno de la
película y dejarme a mí como la mala.

—Tú sabrás, que creo que tienes mucho por lo que callar, pero no voy yo a
meter más cizaña. Vámonos Eloy, por favor.

—¿Te vas con este soplagaitas? ¿De verdad vas a hacerme eso después de
llevar toda la vida conmigo, Azu? Esto es lo último que podía esperar, lo
último. Yo de ti me lo pensaría bien porque si sales por esa puerta con este,
nunca podrás volver conmigo.

Estaba como la que va en un barco con un mareo descomunal. Imposible


pensar con claridad, pero lo único que veía era una absoluta imposibilidad
por mi parte de marcharme con Javier en aquellas circunstancias.

—Me voy con Eloy, sí, y espero que tengas la dignidad de cerrar el pico y
no añadir nada más, que ya está bien de insultos.

Me estaba calentando los cascos con su lengua. Yo también estaría gustosa


de dedicarle unos cuantos a su juerguista amiguito y me estaba conteniendo.
En el fondo, no esperaba que Javier saliera con Joaquín esa noche y, aunque
no tenía comparación con lo mío, también me enfadó un poco.

El asunto era que tampoco estaba haciendo mi novio las cosas demasiado
bien, que mucho criticar a Joaquín, pero parecía que le faltaba el tiempo
para salir con él. Y eso que sabía de sobra que no era buena compañía ni
una persona que me agradase lo más mínimo.

—Tú misma, pero lo dicho, hasta aquí hemos llegado. Después no me


vengas con llantos ni con tonterías, que eres tú quien está eligiendo.

—¿Con llantos? Tú sueñas, chaval. Quítate de en medio, por favor. —Por


mucho que yo le decía que me iba, él seguía delante de mí, como si así
fuera a hacer que cambiara de opinión.
Salí andando y Eloy detrás. Javier y Joaquín se quedaron allí dedicándole
unos cuantos “piropos”, pero él no entró al trapo. Bastante caldeada estaba
la situación como para añadir más leña al fuego.

Llegamos al coche y me eché a llorar. Toda la tensión acumulada durante


aquellos interminables minutos salió de golpe de mis ojos en forma de
lágrimas.

—¡Qué cagada! Lo último que esperaba en el mundo era coincidir esta


noche con Javier. Por los clavos de Cristo, ¿qué posibilidades había de que
así ocurriera?

—No lo sé, supongo que pocas, pero que si ha pasado así será porque el
destino lo tuviera proyectado para nosotros, te garantizo que esto es por
algo. —Trató de calmarme cogiéndome las manos.

—No lo sé, Eloy, pero que ahora he quedado fatal. Yo no soy tonta, si he
salido contigo esta noche es porque del todo bien con Javier no estoy, pero
nunca esperé un final así para lo nuestro.

—Ya, entiendo que ahora estés sufriendo por su reacción, pero piensa que él
terminará comprendiendo que si lo vuestro no ha podido ser es mejor que
acabe ahora que no después de casaros—argumentó.

—¿Sabes lo que pasa? Que todo ha sido tan rápido que no me ha dado
tiempo a pensar en nada, yo aún no había tomado una decisión y ahora todo
ha estallado por los aires.
—¿Vas a hacerme creer que no habías tomado una decisión cuando me
besaste antes? Di mejor que no eras consciente de que la habías tomado,
pero tu corazón ya había hablado en tu nombre.

—Cielos, te ha quedado muy poético, y supongo que hasta tienes razón,


pero es que ahora no sé ni cómo volver a casa, Eloy.

—Ya, ¿quieres que te acompañe? A mí me gustaría explicarles a tus padres


que soy el responsable de tu ruptura con Javier, pero que tú para mí no eres
un juguete ni un capricho ni nada parecido. Yo me estoy enamorando de ti,
Azu.

—¿Enamorando? —Abrí los ojos de par en par, seguramente porque


necesitaba creerlo.

—Sí, enamorando. Y no creas que soy un hombre especialmente


enamoradizo, me cuesta dar con una persona a la que entregarle mi corazón.
Eso sí, cuando ocurre no dudo en abrirme en canal y darle lo mejor de mí.

Me gustaba lo que decía. En un momento tan delicado, en el que acababa de


perder al que creía el amor de mi vida, una renovada ilusión se abría ante
mí.

—Yo tampoco estoy acostumbrada a… Ya sabes… De hecho, es que creo


que es en estos días cuando me estoy enamorando por primera vez—le
confesé.
—¿No has estado enamorada de Javier? —Frunció el ceño como si le
costase digerir una noticia así.

—Yo estaba en la certeza de que sí, pero cuando he podido comparar… Me


parece que no, que besos como los de esta noche no los he dado ni recibido
en la vida.

—¿Qué dices? Pues esos solo son los primeros de los millones que voy a
darte, vas a flipar, cielo.

Ya estaba flipando, no hacía falta que llegara mucho más allá. Eloy me
acariciaba el alma solo con mirarme y eso era nuevo para mí.

—¿No me mientes? —le supliqué con la mirada que fuera sincero, no


podría encajar un revés en tales circunstancias.

—¿Y por qué habría de mentirte? Dime, anda, piénsalo, ¿qué necesidad
tendría de hacerlo? Si lo que quisiera fuera montármelo con alguien no
tendría la mala sangre de hacerlo con una chica que tiene un pie en el altar,
poniendo su vida patas arriba.

—Eso es lo que pienso yo, porque se me va mucho en esto. Debes saberlo.

—Lo sé y no te imaginas lo que te agradezco que estés aquí conmigo y no


te hayas ido con él. Pese a lo sucedido, te dio la oportunidad y no lo has
hecho.
—Es que esta noche he descubierto una cara de Javier que no me ha
gustado un pelo, que soy humana y entiendo su enfado, pero que ha dado a
entender unas cosas que me han dolido mucho. Y no solo eso, también he
descubierto una cara tuya que…

—Pero no una caradura como la de su amigo, ¿no? El tío te cae fatal, se


nota a kilómetros, Y te diría que me suena de algo, lo he visto antes.

—Sí, es que está liado con Rebeca. Javier me lo comentó, pero yo no podía
imaginarme que la tapería a la que íbamos era la que también frecuentan
ellos, vaya mala pata.

—¿Liado con Rebeca? Pues de eso será. Con Javier no he coincidido allí
antes, pero con el otro sí.

—Es muy propio el tío, y tiene a su mujer embarazada, ¿no es para matarlo?
He tenido que contenerme tela para no soltarle todo lo que pienso de él.

—Normal, bueno no te mortifiques más, llevarte a casa es mi única opción,


¿o me equivoco? —me preguntó como rogando al universo que hubiera
más.

—No te equivocas, no… Y no me pongas esa carita de cordero degollado,


que seguro que mi madre se levanta a ver qué tal y le voy a dar la noche,
después de lo que me ha apoyado.

—¿Tu madre sabe que cenabas conmigo? —La confusión en su rostro.


—Sí, ¿no es sorprendente? Siempre he tenido la certeza de que para ella
Javier era el yerno perfecto, pero se ve que ha visto más allá.

—¿Más allá? ¿Aprueba otro menos convencional como yo? —me preguntó
con la más bonita de las sonrisas en su cara.

—Parece ser que sí, que está abierta a todas las posibilidades, aunque no así
mi padre, también te lo advierto, que ese tiene una escopeta de caza que no
le costaría nada cargar.

—Entiendo, entiendo, me lo tendré que ganar…

—Sí, pero cuando se apacigüe, que de nada te iba a valer el karate contra
los cartuchos.

—Es judo, judo, pero estoy de acuerdo. No te preocupes, que a tu padre me


lo meto en el bolsillo en un santiamén.

Tenía fe el chaval y eso estaba bien, porque venían curvas. Las mismas
curvas que cogimos de Segovia en dirección al pueblo en una noche en la
que solo podía pensar que marcaría un antes y un después en mi vida.
Capítulo 14

Dicho y hecho. Mi madre que se levantó en cuanto abrí la puerta de casa. Y


eso que me quité los zapatos y entré de puntillas, pero ella tenía un sexto
sentido infalible para olisquearme que nunca le fallaba. Y esa noche no fue
una excepción.

—Azu, hija, tiene que haberte ido muy bien porque son las tantas y mañana
trabajas. Menos mal que tu padre duerme como un tronco, porque si llega a
desvelarse y mirar el reloj, la tenemos. —Aún no me había visto la cara,
pues yo avanzaba a oscuras por el pasillo hacia mi dormitorio.

—Lo siento, mamá, pero no ha ido muy bien, no. —Me abracé a ella que se
quedó sin respiración.

—¿No ha ido bien? ¿Te ha hecho algo ese chico? Mira que no me lo
perdonaría en la vida, que yo te he animado a ir con él. —Apenas le salía la
voz del cuerpo.

—No, mamá, no ha sido él, ha sido… Yo qué sé, creo que ha sido el
destino, mira que hay personas que se pasan la vida jugando a dos bandas o
más y no las pillan nunca. Y, sin embargo, a mí, me da por hacerlo una vez
y me meto en todita la boca del lobo—suspiré.

—¿Javier te ha pillado? Hija de mi vida, pues sí que ha estado completa la


noche.

—No lo sabes bien, hemos ido a parar a la misma tapería en la que entraba
él con el patán de su amigo Joaquín, y la ha emprendido a mamporros con
Eloy después de dedicarme unas cuantas lindezas a mí también.

—¿Qué dices? Ay, madrecita del amor hermoso, que voy a preparar un cubo
de tila para las dos. Mi niña, a ti no te ha hecho nada, ¿no? —Me
inspeccionaba el cuerpo como si tuviera rayos X.

—No hubiera tenido valor, ni Eloy se lo habría permitido. No sabes cómo


me ha defendido y a él tampoco le ha podido tocar ni un pelo, que sabe judo
y lo ha neutralizado la mar de bien.

—Huy, huy, huy, pues sí que se ha liado la cosa. Vamos a tener que hablar
con tu padre en cuanto se despierte, porque Ernesto lo va a llamar enseguida
y será mejor que lo sepa por nosotras.

—Ains, mami, al final te he metido en un lío, ¿lo ves?

—Nada de eso, mi niña, vamos a tomarnos esa tila mientras me lo cuentas


todo y luego a dormir, que mañana será otro día. En el lío me he metido yo
solita, y a mucha honra.
Mi madre era una mujer de carácter y me lo estaba demostrando más que
nunca en unos días en los que yo lo necesitaba.

Un rato después me metí en la cama, tratando de repetir las románticas y


tranquilizadoras palabras que sobre lo nuestro había vertido Eloy antes de
llevarme a casa, pues estuvimos hablando largo y tendido.

Los primeros rayos de sol de la mañana me sorprendieron sin que hubiera


podido pegar un ojo, de forma que me levanté cuando escuché que mi padre
trasteaba en el cuarto de baño.

Para entonces ya mi madre le había preparado el café. Y al lado, como


quien no quiere la cosa, una tila doble…

—Cariño, tenemos que hablar, ha ocurrido algo que la niña y yo preferimos


contarte antes de que lo hagan otros y lo tergiversen todo.

—Hija, ¿no estarás embarazada? —A mi padre se le salieron los ojos de la


cara. Pese a que estamos en el siglo XXI él es un hombre muy chapado a la
antigua de los que piensan que la cigüeña solo debe llegar cuando la mami
tiene un anillo en el dedo.

—Qué va, papá, no es eso. —Negué con la cabeza, pues no me faltaba a mí


más que un sustito así para terminar de darme un síncope.

—No sé, como os veo a tu madre y a ti un tanto cariacontecidas, casi que


me he asustado. Y no está uno para sustos, cuando lo que tiene en mente es
celebrar la boda de su hija en unas cuantas semanas.
Y dale Perico al torno, el de mi boda era el tema central de la vida
familiar…

—Pues precisamente es de eso de lo que vamos a hablarte, Rodrigo, que la


niña no se casa, por lo menos no por el momento ni con Javier.

Mi madre fue al grano, no preparó demasiado el terreno.

—¿¿Cómo?? ¿Es que Javier te ha ofendido en algo, hija? Mira que me cago
en…

No voy a reproducir las perlas que soltó por la boca en ese momento, pues
mi padre era un hombre temperamental y no hubo forma de hacerle callar.
Cuando por fin pude meter baza, lo hice.

—No, papá, no van por ahí los tiros (frase desafortunada la mía, que tiros
igual sí que terminaba habiendo), más bien puede que sea yo quien le haya
ofendido a él.

—¿Tú? Azu, ¿cómo vas a haber ofendido tú a Javier? Vamos, hombre, no


digas tonterías. Si te conoceré yo, que para algo eres mi hija.

Mi madre enarcó una ceja y él se quedó paralizado… Había llegado el


momento de las confesiones, por mucho que no estuviéramos en “Gran
Hermano”, y el resultado no fue otro que tuvimos que pararle para que
efectivamente no fuera a buscar la escopeta.
Dos horas tarde abriría aquel día la floristería. Para entonces Eloy ya me
había escrito un par de wasaps, preocupado como estaba por lo que pudiera
estar ocurriendo en casa.

Llegué a toda pastilla con la llave en la mano y él me esperaba dentro del


coche.

—¿Qué tal todo? —me preguntó mientras me daba un abrazo.

—Uff, casi tenemos que ponerle a mi padre una pastillita debajo de la


lengua, yo de ti me quitaba de en medio unos días, no sea que se le escape
un tiro y te lo encuentres tú.

—No te preocupes por mí, y tú, ¿cómo estás? Anoche me quedé en casa de
mis padres y he hablado con ellos hace un rato.

—¿Y qué te han dicho? Deben estar flipando en colores, como el resto.

—Digamos que en mi casa ha sentado mejor, que yo no he anulado ninguna


boda. Ellos nos han deseado suerte, tienen ganas de verte.

—Qué raro se me hace todo, todavía ni he visto a Ernesto y a Agustina y ya


estoy estrenando suegros nuevos, esto es la leche.

—Sí, tu cabecita tiene que estar un tanto confundida. No sabes lo que me


gustaría que pudiéramos escaparnos hoy, los dos solos… Pero no quiero
tentarte, que sé que tienes que abrir.

Miré a la puerta y lo miré a él. Ni un solo día, desde su apertura, había


cerrado mi rinconcito floral. Y tampoco es que pensara en hacerlo aquel día,
pero sí que le di un telefonazo a Celia, quien vio el cielo abierto de hacerse
cargo y ganarse un dinerillo.

—Asunto concluido, ¿dónde decías que nos íbamos?

Eloy se quedó de una pieza, no esperaba esa reacción por mi parte.

—Pero bueno, ¿de veras voy a tenerte para mí solito todo el día?

—Y tan de veras, venga, arranca ya de una vez antes de que me arrepienta.

No lo hizo en ese mismo instante, sino después de depositar un buen


puñado de besos en mis labios. Fue entonces y solo entonces cuando puso el
motor en marcha y nos perdimos por las calles del pueblo, en dirección a su
salida.

Moría de ganas de estar con él, de compartir unas horas en las que lo
conocería mejor, de reír con él y hasta de llorar con él, en el caso de que
necesitara desahogarme. Aunque algo me decía que serían muchas más las
risas que las lágrimas ese día y no me equivoqué.

En honor a la verdad, también temía la reacción de mis suegros, que era


posible que aparecieran por la floristería a por una serie de explicaciones
que no sabía cómo darles. Ellos siempre me habían tratado como a una hija,
en particular Ernesto, que me adoraba.

En plena sierra, se nos ocurrió perdernos monte adentro, para lo que


paramos en un colmado pequeñito que divisamos al margen de la carretera.

—¿Nos prepararía unos bocadillos de queso? —le pregunté a la amable


tender sin caer en la cuenta de que todavía no conocía sus gustos.

Mi gesto al volverme fue suficiente para que él entendiera.

—Tranquila, me gusta mucho el queso, y si es en tu compañía mucho


mejor.

—Queso con besos—murmuró la señora mientras le pedíamos también


bebidas, regañás, patatas fritas y un surtido de exquisiteces que incluyeron
un pan de higos para chuparse los dedos.

Con la bolsa llena hasta los topes, como si nos fuéramos a la guerra,
buscamos la sombra de un árbol en la que guarecernos.

—Túmbate aquí—me señaló sus piernas antes de que el estómago nos


indicara que había llegado la hora de echarle combustible.

No dudé en hacerle caso, y su sonrisa con el reflejo de los rayos del sol
enmarcándola, constituyó para mí una imagen que no olvidaré jamás. No
podía imaginar un momento mejor ni tampoco más improvisado. Yo no me
consideraba para nada una chica sofisticada, a mí me iba lo natural y nada
podía serlo más que aquel paraje que quise retener en mi memoria para los
restos.

—¿Tú quién eres? —le pregunté a modo de broma.

—Yo soy el príncipe que ha venido a rescatarte, lo único que me temo que
no tengo corcel blanco ni corona, ¿me querrás igualmente? —No sería un
príncipe, pero me dio un beso más intenso que el que diera aquel a
Blancanieves.

—No sé, no sé, entonces me lo tendré que pensar, ¿y se puede saber qué
quieres de mí? —Me incorporé un poco, la luz solar me estaba cegando y
no quería perderme un detalle de su atractivo rostro.

—Te quiero a ti, eso es lo que quiero. Quiero que compartamos la vida, Azu
—se sinceró.

—¿Eso es una propuesta de relación formal? Contesta, venga.

—¿Tú qué crees? Formal, que no quiere decir seria, pues yo lo que deseo es
quererte, protegerte y ya, de paso, hacerte reír todos los días de tu vida.

—Todos los días de mi vida, ha sonado muy solemne, guapo.

—Es que ya te lo advertí, yo no quiero un rollo contigo, yo lo quiero todo…


—¿Sí? Pues si es así, pídemelo con flores.

—¿Cómo? —Se quedó un tanto extrañado.

—Que me lo pidas con flores, con ellas todo cobra más sentido para mí.

—Volando—asintió y se puso de pie, no tardando en llegar con un colorido


ramo de flores silvestres que depositó en mis manos.

—¿Contenta ahora?

—No mucho, todavía no me lo has pedido con ellas. —Estaba caprichosilla


y él se echó a reír, hincando rodilla en ese momento.

—Azu, ¿quieres ser mi chica? —El blanco nuclear de sus dientes mientras
lo decía es el color que asocio con unas palabras que me hicieron
inmensamente feliz.

Allí, en medio de la nada, solos los dos, me olvidé del mundanal ruido y de
todos los problemas asociados a los cambios que se estaban produciendo en
mi vida. Eloy había llegado a ella como un soplo de aire fresco… Un soplo
de aire fresco al que por nada en el mundo iba a renunciar, acababa de
decidirlo.

Su petición, en aquel entorno natural, supuso para mí todo un regalo.


Dichosa no, lo siguiente…así me sentí durante el que consideré el primer
día de mi nueva vida, esa que acababa de inaugurar y en la que pretendía
vivir momentos inolvidables.
Capítulo 15

Un par de días pasaron antes de que la bomba estallase. Más liado que la
pata de un romano por todo lo sucedido, Javier no había hablado todavía
con sus padres.

—Esto no es serio, no sé a qué diantres está esperando este chico. —A mi


padre se lo llevaban los demonios, imposible que se olvidara del tema ni por
un momento.

—Lo vamos a tener que amarrar, hija, yo no sé lo que hacer ya, a este
hombre le va a dar algo. —A mi madre la tenía la mar de entretenida.

—Ni yo, mami, que Javier no ha vuelto a entrar en contacto conmigo. Y


escribirle para que hable con sus padres no me parece. Se supone que esa es
una decisión que tiene que tomar él. —Salí para la floristería con un nudo
en el estómago, qué ganas tenía de que pasaran unas cuantas semanas y las
aguas volvieran a su cauce.

Eloy se había marchado la tarde anterior a su piso de Segovia, ya que tenía


que hacer un montón de gestiones en relación con su negocio.
El hecho de que no verlo en un par de días me pesaba como una losa. Según
enfilaba mis pasos hacia la floristería, me venía una y otra vez aquella frase
de la canción de Merche que decía eso de “Y ahora sé lo que es amar, tan
distinto a lo anterior…”

Ensimismada en ese pensamiento, sonreí al ver el wasap de Eloy, sin duda


para darme los buenos días, solo que con sorpresa.

“Buenos días, cariño, pillo un vuelo para Londres en un par de horas. Me ha


surgido un imprevisto y tengo que solucionarlo. Prometo llamarte en cuanto
pueda”.

¿A Londres? Qué desinfladilla me quedé, y eso que reconocía que era una
tontería, pero que Eloy estuviera a un tiro de piedra en Segovia me
reconfortaba más que saberlo en el quinto pino.

Quise llamarlo por teléfono, lo del wasap no me iba demasiado.

—Hola, bonita. Sé que te habrás quedado un poco extrañada, pero es que se


trata de un problema sobrevenido que espero tener resuelto enseguida. Ya te
iré llamando, no creas ni por un momento que me voy a olvidar de ti.

Lo que quiera que fuera que lo llevara hasta allí no debía ser plato de gusto
para él, porque su voz así lo reflejaba.

—¿Me lo prometes? —No tenía por qué, pero me sentía tremendamente


insegura en aquel instante.
—Claro que te lo prometo, ¿sabes que tú eres la flor que siempre quise en
mi jardín?

—Eso no es tuyo, es de Antonio Flores…

Colgué y como si tuviera poder para captar que la necesitaba, Alba me


envió un mensaje.

“¿Viene su madrina a almorzar hoy con nosotros y con su ahijado?”

No vacilé en decirle que sí, porque lo que en cuanto cerré me encajé en su


casa. Ya estaban instalados allí y a ella y a Jenaro se les caía la baba con el
pequeño Quique.

—Por Dios qué cosita más bonita, si es que es para comérselo a bocaditos
chiquititos. No veas si está gordito el tío. —Me lo comía a besos, era un
bebé de esos de anuncio.

—Sí que es bonito, se parece a su madre. —Jenaro la miró con amor y ella
hizo una señal de la “V”. Era la mejor mi amiga.

Me senté con Quique en mi regazo en el sofá y me sonó el teléfono. Para mi


sorpresa era Javier.

—¿Qué hago? —le pregunté porque no tenía previsto que me llamara.


—Tendrás que cogerlo, igual todavía hay algún cabo suelto, está lo del
alquiler del piso, chica.

—Es que no sé, qué palo, mejor ya le devuelvo la llamada en otro


momento. —Tanto dudé que dejó de sonar.

No me dio tiempo a decir ni mu cuando de nuevo volvía a sonar.

—Paso, todavía tiene que estar muy calentito y seguro que vamos a discutir,
no tengo ganas.

—Azu, es que él se ha llevado mucho tiempo contigo y en cierto modo es


normal que esté dolido. —Jenaro me dio su opinión como hombre.

—Ya, si yo no digo que no, pero que igual es mejor que no hablemos tan
pronto. Ya cuando las aguas estén más calmadas, ¿no?

Busqué apoyo en sus caras y la de Alba me lo dio. Estaba ya más tranquila


cuando un wasap de Javier volvió a sobresaltarme.

“Azu, te estoy llamando porque a mi padre le ha dado un infarto, tú


misma”.

Los ojos se me llenaron de lágrimas en cuestión de un segundo.

—Dame el móvil, ¿qué mierda te ha dicho para que te pongas así? —Alba
me lo quitó de las manos.
—Soy una mala persona, lo soy, esto ha sido por mi culpa—murmuré.

—Ni se te ocurra, ¿eh? Ahora mismo me visto y te acompaño al hospital, si


es que vas a ir—añadió en cuanto lo leyó.

—Claro que voy a ir, pero tú no estás para estos trotes, ni se te ocurra. Ya te
iré contando. —Me levanté y llegué hasta mi coche corriendo.

El trayecto hacia el hospital ni lo recuerdo, pues la culpabilidad debió


ocupar mi cerebro al completo. Y encima estaba lo de que no sabía con la
cara que me iban a recibir, que probablemente levantaran el dedo acusador
contra mí.

—Buenas, ¿cómo está tu padre? —Me acerqué a Javier, que temblaba como
una hoja.

—Hay que esperar un poco, están haciendo todo lo posible, Azu. —Sin
más, se echó a llorar en mi hombro.

Levanté los ojos, sin saber qué hacer y me encontré con la fría mirada de
una Olivia que parecía estar esperando su momento de gloria.

—Estarás contenta con todo lo que has montado. Tuviste que ir a por él, si
te lo noté desde el mismo día que fuimos a ver el coche. No había más que
veros, parecíais dos tortolitos. Y a mi hermano, que le den dos duros, con lo
bueno que ha sido siempre contigo.
Me lo estaba pintando como si fuera una hermanita de la caridad, cuando
Javier siempre había sido un novio estándar.

—No te voy a permitir que me hables en ese tono, Olivia, te lo digo desde
ya.

El momento era de tensión máxima, pero no estaba dispuesta a aguantar que


la niñata aquella se me subiera a la chepa. Lo que ella tenía era un ataque de
celos espantoso, ya que en ningún momento había logrado acaparar la
atención de Eloy ni un ápice.

—Ya está bien, niñas, este no es sitio para discusiones, ni que fuera el patio
de un colegio. Y vamos a respetar que Ernesto está muy delicado, hacedme
el favor.

Agustina no me miró de la misma forma que lo hizo Olivia, y razón no le


faltaba en lo que dijo, por lo que me dirigí a ella.

—Lo siento mucho, de veras que lo siento.

—Ya lo sé, Azu, sabes que él te quiere como a una hija y la noticia de
que… En fin, yo no quiero ponerte mal cuerpo, pero es que Javier ha venido
hoy a hablar con nosotros y su padre comenzó a sentirse mal en cuanto se
enteró de lo vuestro.

—Lo siento, yo no quería haceros daño, siempre habéis sido mi familia.


—Pues poquito se ha notado, guapa, poquito…—Olivia tenía que hablar o
reventaba, se notaba que no podía soportar que yo estuviera con Eloy.

—Cállate hija, a tu padre no le gustaría veros enfrentadas, él os quiere a


ambas…

—Sí, por desgracia también quiere a esta Judas, pero que ya me encargaré
yo de que se le caiga la venda de los ojos. Hay que tener cara para encima
colarse aquí después de la que ha liado—resopló y se fue para una ventana.

No quise contestarle, no merecía la pena entrar al trapo de sus acusaciones.


Y bastante mal lo estaban pasando Javier y Agustina como para enrarecer
más el ambiente.

Me senté en un banco y mi exnovio lo hizo conmigo.

—Sabía que se lo tomaría fatal, pero no tanto. De haberlo sabido, habría


sido más cuidadoso al contárselo—se lamentó.

—No te culpes, ¿eh? Lo has hecho lo mejor que has podido.

Verlo así me rompía el corazón. De una manera o de otra yo a Javier lo


había querido siempre y el amor no es un sentimiento que se esfume de un
momento para otro.
—¿Tú crees? No sé, Azu, si a mi padre le llega a pasar algo no creo que
llegue a perdonármelo.

—A tu padre no le va a pasar nada, que es más fuerte que un roble, eso te lo


garantizo yo.

—Dios te oiga, hija, porque yo sin mi Ernesto es que no sabría cómo vivir.
—Agustina estaba también muy afectada e intervino en la conversación.

Incluso Olivia también debía sentir una barbaridad lo sucedido, lo que


pasaba es que su orgullo parecía dejar otros sentimientos en la reserva, por
lo que no perdía ocasión de atacarme, incluso con gestos.

Los minutos se hacían interminables, y tuvieron que transcurrir un par de


horas antes de tener noticias, suerte que eran esperanzadoras.

Ernesto se había estabilizado y pronto sus familiares podrían pasar un


momento a verlo. No estaba yo incluida en ese grupo, aunque tanto Javier
como su madre me invitaron a hacerlo.

—No podría, gracias, pero debéis pasar vosotros.

Me quedé con ellos hasta que entraron. Solo podían hacerlo de dos en dos,
por lo que Olivia se quedó fuera a la espera de su turno.

El brillo malicioso de sus ojos cuando recibió aquella llamada era lo más
parecido a la venganza que yo habría podido imaginar.
—¿Qué dices, Regli? ¿Que le ha hecho un bombo a una y por eso se vino
de Londres? Pues sí que es valiente el tío… como todos sean iguales,
apañadas vamos.

¿Londres? ¿Estaba hablando de Eloy? Las piernas me temblaron y su gesto


al señalarme que se trataba de mi chico me remató. Poco más y tienen que
ingresarme a mí al lado de Ernesto.

—Bueno, te dejo, que hay ropa tendida. Ya me darás los detalles, me parto
contigo, qué gracia tienes dando buenas noticias…

No era solo la panadera la chismosa del pueblo, allí había más cotillas que
orejas y la tal Regli, otra beata amiga de mi cuñada, era también de armas
más tomar. Tener toda la cara de una alpargata vieja no la había ayudado a
sacarse novio y le encantaba joder la vida a las demás.

—¿Estabas hablando de Eloy? —le pregunté según colgó, porque por Dios
que me faltaba el aire.

—Del mismito, ¿o es que no te ha explicado el motivo por el que ha vuelto


a Londres? Ya veremos si vuelve, que por lo visto tiene allí muchos asuntos
que atender, y un tanto embarazosos.

Se echó a reír y yo tuve que hacer un soberano esfuerzo por no sacar mi


puño de paseo. De buena gana le hubiera dado una somanta de palos, que
igual el destino tardaba más en darle lo suyo.
Me marché a la carrera de allí, me sentía hasta mareada, tanto que ni
siquiera reparé en que Javier, que acababa de salir de ver a su padre, me
pisaba los talones.

—¿Qué te pasa, Azu?

—Nada, déjame, ¿está bien tu padre? —El dorso de mi mano me servía


para borrar las lágrimas.

—Está bien, y me ha dicho que quiere verte…

—¿A mí? Hoy no puedo, lo siento Javier, pero no puedo…

Seguí corriendo y me metí en mi coche. Llegué a casa y, sin ni siquiera


saludar a los míos, me refugié en mi dormitorio a llorar.

—¿Qué te pasa ahora, Azu? Hija mía que no ganamos para sustos.

—Mamá, que la he cagado y no sabes cuánto, a Ernesto le ha dado un


infarto y Eloy va a tener un hijo en Londres, ¿se puedes ser más
desgraciada?

Y tanto que se podía, que para ese momento mi padre ya estaba en el quicio
de la puerta y acababa de enterarse de todo.
Capítulo 16

Juró que lo mataba en cuanto lo viera por el pueblo, así de sencillo. La


noticia había hecho que mi padre perdiera la cabeza y, habida cuenta de que
para él Eloy era el culpable de mi ruptura con Javier, no las tenía todas
conmigo de que así fuera.

—Mueve un dedo para volver a estar con ese chico y olvídate de que tienes
padre—me espetó en el desayuno al día siguiente.

Lo del desayuno era un decir, pues ni el agua me entraba en el cuerpo. Una


tila doble fue lo único que mi madre logró que ingiriese antes de marcharme
a trabajar.

En cuanto abrí las puertas y preparé algunas flores que acababan de llegar,
agarré el teléfono y enteré a Alba de todas las novedades.

—Ya era hora, guapita de cara, no me encajé en el hospital ayer de milagro,


creía que tu exsuegro estaba fiambre. Ni cogerme el teléfono, ya te vale. Me
tuve que enterar por Ambrosio, el enfermero, de que todavía estaba en el
mundo de los vivos.
—La que no está soy yo, que me quiero morir, cariño. Eloy ha dejado
embarazada a una en Londres, debió venirse por eso, me enteré por Olivia,
que a su vez se enteró por la cotilla de Regli.

—¿Dejó embarazada a una chica y la dejó plantada? Pues habla con él, a
ver qué pasó, lo mismo fue ella quien lo plantó a él.

—Yo paso, no quiero saber nada de esa historia, que tiene que ser verdad
porque sabes que justo ayer me dejó fría diciéndome que tenía algo que
solucionar allí y que se iba.

—Pues chica, hay algo que no me cuadra. Si salió huyendo del bombo, no
creo que nadie le haya puesto una pistola en la sien para que ahora vuelva,
¿no? Habrá ido por su propia voluntad, supongo que tan tirada no la dejó
entonces.

—Si estuvieras en lo cierto, probablemente no sería tan cobarde, pero sí un


mentiroso que a mí me ha engatusado sin decirme ni media palabra de que
iba a ser padre.

—Técnicamente tú tampoco le has preguntado, y por tanto no te ha


mentido, pero entiendo lo que dices… Una cosa así te la tendría que haber
explicado, y con calma, que no es moco de pavo.

—Ains, Albi, qué desgraciada me siento. Fíjate la doble cara de la moneda;


un niño puede ser una bendición, como en vuestro caso, o algo que separe
definitivamente a dos personas, como en el mío.
—Te estás poniendo muy dramática cuando la realidad es que no sabes si
hay algo de cierto en todo lo que estás diciendo.

—Mira si hay algo de cierto que no he vuelto a tener noticias suyas desde
que se fue ayer, ese está escondido bajo tierra. Y eso que no sabe que mi
padre está deseando jugar con él al tiro al plato.

—Uff, no me quiero ni imaginar cómo estará ese hombre…

Todavía estaba hablando con él cuando recibí una visita que no esperaba.

—Buenos días, Javier, ¿sigue bien tu padre?

—Buenos días, Azu. Sí, está estable dentro de la gravedad, no te preocupes.


Eso sí, no se le quita de la cabeza la idea de que vayas a verlo, ¿lo harás?

—Claro, sí, sí, tengo que hacerlo, solo que estoy reuniendo las fuerzas—
resoplé.

Si había algo que me imponía en este mundo era enfrentarme a la carilla de


pena que pondría Ernesto cuando me viera. El hombre, además, es que era
un cachito de pan porque otro me hubiera considerado la culpable de su
infarto y no querría verme ni en pintura.

—Azu, yo sé que ahora estás muy confundida, pero ellos siguen


considerándote tu familia.
—Por ellos supongo que te refieres a tus padres, porque Olivia me ha
puesto la cruz, no tengo que decirte nada al respecto—maticé.

—Ya, se ve que ella estaba ilusionada con… En fin, me cuesta hasta


pronunciar su nombre, creo que voy a poner en venta el coche, no lo
soporto.

Detecté más dolor que rabia en sus palabras y me puse en sus zapatos.
Tampoco yo habría sido elegancia en estado puro si él me hubiera engañado
como lo hice yo aquella noche.

—Supongo que ella no habrá mantenido la boca cerrada y ya te habrá


contado—suspiré.

—Sí, me dijo ayer, y yo entiendo que te habrás quedado muy chafada. Sé


que no es el momento más adecuado para decirte esto, pero tampoco puedo
remediarlo… Azu, yo te quiero, te he querido siempre y lo sabes. Quizás no
sea el típico galán de película que está en todo, pero no te voy a fallar.

—Javier, yo… de veras no te molestes por lo que voy a decirte, pero ahora
mismo no creo que nos haga bien este tipo de conversación.

—Ni mal, Azu. Cuanto más tiempo pase, más riesgo corremos de que las
cosas se enfríen entre nosotros. Sé que eres humana, que llevamos mucho
tiempo juntos y que igual las cosas ya no están igual que al principio,
pero…

—No es solo eso, Javier, no vayas por ahí, que vamos a hacernos daño.
—Ya, sé que me vas a decir que lo tienes a él en la cabeza, pero podemos
reavivar lo nuestro, Azu. Estoy seguro, haremos las cosas que no hemos
hecho nunca, sé que te ilusionaba mucho ir a Londres y a otros sitios…
Después de la luna de miel seguiremos haciendo viajes y otras cosas, te doy
mi palabra.

A Londres, decía, a Londres tenía yo ganas de meterle fuego, sin más…


Maldita ciudad y malditos todos los que la habitaban, aunque no tuviesen
culpa.

—Javier, ya, no puedo más, me duele la cabeza y tengo ganas de llorar—le


indiqué mientras vi que entraba por la puerta Fuencis a llevarse su ramo
semanal para el nicho de su difunto marido.

—Te espero al mediodía en el hospital, ¿vale? —me preguntó con tal carilla
de pena que no pude negarle nada.

En el fondo su visita hizo que recapacitara. Javier debía quererme mucho


para actuar de esa forma, Era yo quien le había fallado y él quien se
arrastraba, pese a estar dolido, con tal de que volviéramos a estar juntos.

Unas horas después llegué al hospital. Agustina, ya más relajada que el día
anterior, me recibió con un beso.

—Gracias al cielo que has venido, hija, porque este hombre ha preguntado
varias veces por ti. —Su aspecto era de abatimiento total, todos los
estábamos pasando muy mal.
—Paso contigo—me dijo Javier y lo hizo cogiéndome la mano al entrar por
el umbral de la puerta.

No supe reaccionar y, para cuando llegamos a su altura, ya no podía


soltarme.

—Qué alegría, hija, has venido. —El aspecto de Ernesto era lastimoso,
como si le hubiesen caído diez años encima de una vez.

—Sí, claro, ¿cómo no iba a venir? —Le di un beso en la frente.

—¿Estáis juntos? —nos preguntó, viendo la estampa.

—Lo estamos tratando de arreglar, papá. —Javier se apresuró a contestar y


dio su propia versión, que yo ya ignoraba si se ajustaba o no a la realidad,
tal era mi confusión.

—Me haríais el hombre más feliz del mundo si así fuera. No existe nada
que me haga tanta ilusión como saber que esa boda se va a celebrar por fin.

—Ernesto, tú ahora lo que tienes es que mirar por ti, que nos has dado un
susto tremendo a todos, menuda faena si te hubieras ido para el otro barrio.
Ni se te ocurra volver a querer llamar la atención, así, ¿eh?

—¿Nos puedes dejar un momento a solas, hijo? Me gustaría hablar con esta
muchachita.
Sentí un tembleque en las piernas de aúpa, me iba a poner entre la espada y
la pared.

—Claro, papá, pero no te canses mucho, ¿eh?

Ya sabía Javier que su padre se iba a emocionar al hablarme, y que quizá no


fuera eso lo que más le conviniese.

—Azu, estoy al tanto de que ha habido un contratiempo entre vosotros,


seguramente porque tú has estado muy nerviosa y el otro chico aprovechó la
coyuntura—qué difícil no poder explicarle que no fue así, pero no quería
que se soliviantara—, y eso te habrá confundido.

—Ernesto, yo creo que es mejor que lo hablemos otro día, de verdad—le


sugerí.

—Otro día puede ser tarde, que la ocasión la pintan calva, hija. Yo solo te
digo que los trenes solo pasan una vez en la vida y que mi hijo es un buen
chaval y te quiere. Además, en nosotros tienes una familia, yo te quiero
como a una hija y Agustina también te ha mirado siempre con los mejores
ojos. ¿Por qué no vuelves con Javier y hacemos todos borrón y cuenta
nueva?

Sí, me estaba poniendo entre la espada y no ya la pared, sino un precipicio.


Y estaba a punto de caerme…

—Ernesto, es que yo ahora no sé, no quiero decir nada que…


—Lo entiendo, no tienes por qué decidirlo en este momento, pero
prométeme al menos que lo pensarás.

—Lo pensaré, te lo prometo, y ahora tienes que descansar. —Le di otro


beso en la frente y giré sobre mis talones.

—Te acompaño a la puerta—me propuso al salir un Javier bastante más


atento de lo que solía ser antes. Bien se notaba que le había visto las orejas
al lobo.

—No hace falta, de veras.

—Insisto, ¿puedo preguntarte lo que habéis hablado?

—¿Necesitas que te lo cuente yo? Con lo inteligente que eres estoy segura
de que podrías reproducir una por una las palabras que me ha dicho tu
padre.

—Entiendo, te ha pedido que vuelvas conmigo, ¿no?

—Exacto—resoplé, sentía que el aire me faltaba.

—¿Y tú qué le has dicho? —Se notaba su impaciencia, necesitaba saber.

—Que me lo pensaré, Javier, que me lo pensaré. —Me despedí de él, quien


me dio un beso en la mejilla, y me marché.
Por fortuna, mi padre no almorzaba en casa, por lo que pude sincerarme con
mi madre.

—Habla con Eloy, escríbele tú, es la única manera de que salgas de dudas,
hija. Y otra cosa te voy a decir, si no te convence lo que te dice, tampoco
tienes que volver con Javier; tú te vales de sobra sola, Azu, aunque nunca lo
hayas estado.

Mi madre no estaba hecha de la misma pasta que mi padre, que era más
cuadriculado. Ella mostraba una mente mucho más abierta y más parecía
una amiga que una madre en aquellos días.

Con las manos temblorosas, le escribí.

“Hola, Eloy. No quiero polémicas ni entrar en cuestiones más profundas.


Por lo que ha llegado a mis oídos tu repentina marcha a Londres tendría que
ver con el embarazo de una chica, solo quiero que me digas si es cierto”.

Vi cómo escribía y borraba varias veces, mala señal. Blanco y en vasija…


entre eso y que apenas se había comunicado conmigo desde su marcha…

“No puedo negártelo, Azu, pero te lo puedo explicar”.

Se lo iba a explicar a mi prima Nani, porque justo lo bloqueé en ese


instante, mientras veía su “escribiendo…”
Wasaps, llamadas, redes… No dejé títere con cabeza. Me agarré a la
almohada y comencé a llorar. Jugué con fuego y me quemé. Y lo raro era
que la vida me daba la oportunidad de seguir adelante como si nada hubiese
ocurrido, ¿tendrían razón los demás y debería volverme a subir al tren de
Javier? En parte, seguir con los preparativos de la boda me quitaría muchas
cosas de la cabeza, aunque tampoco sabía si era la mejor idea.
Capítulo 17

Ni a sol ni a sombra me dejaba Javier en los siguientes días. Yo iba a diario


a ver a Ernesto, que ya estaba en casa, y la única que me recibía con unas
malas pulgas totales era Olivia.

—¿Te quedas a comer? —me preguntó ese día una Agustina que también
hacía todo lo posible porque yo volviera a ser su nuera.

Miré a Javier y su mirada de súplica hizo que aceptara. Aún no había


tomado una determinación, pero lo cierto era que me sentía de nuevo más
unida a él.

No quiero decir con esto que se me hubiera quitado Eloy de la cabeza, ¡si
hasta soñaba con él! Y, voy a ser franca, los míos no eran solo sueños en los
que las risas, los paseos o las confidencias fueran los protagonistas.
Después de haber besado sus labios aquella noche, yo me había quedado
con ganas de más, de mucho más… y lo que no había vivido en directo, lo
hice entre las sábanas.

—Me quedo, Agustina. —Después imperaba la realidad y esa era que Eloy
me había mentido.
—Muy bien, hija, pues ayúdame entonces a poner la mesa, venga, que
estamos en familia. —Un nuevo guiño a nuestra relación que yo no tardé en
pillar.

Javier se había instalado temporalmente en casa de sus padres para seguir


más de cerca la evolución de Ernesto, aunque yo sospechaba que en esa
decisión también influía el hecho de estar más cerca de mí.

La cara de satisfacción del hombre al vernos a todos en la mesa tampoco


tuvo precio. La de Olivia ya era otra cosa, pero ella y yo habíamos decidido
ignorarnos y punto.

Después del almuerzo, Javier me tomó de la mano y me llevó a uno de esos


cómodos columpios que tenían instalado en el jardín. Se sentó y me indicó
que yo también lo hiciera. Si llego a dejarlo, me sienta en sus piernas.

—Azu, yo no quiero presionarte, pero estoy que no vivo, ¿volvemos a estar


juntos? ¿Seguimos adelante con los planes de la boda?

Pues para no querer presionarme bien que lo estaba haciendo. Yo lo


entendía, por otra parte. Javier estaba que no vivía y también tenía derecho
a saber hacia dónde nos iba a llevar el viento.

—Estamos, estamos, nos casaremos—claudiqué.

—¿De veras? ¿En serio? Mira que voy a ir ahora mismo a decírselo a mis
padres y ya no tendrá vuelta atrás.
Mis suegros también habían pasado por alto por completo mi desliz y era
justo que los hiciéramos partícipes de nuestra alegría. O al menos de la de
su hijo, que mis sentimientos en esos instantes eran de lo más
contradictorios.

—¡Esto hay que celebrarlo! Ernesto quiso abrir una botella de champán con
la que todos brindamos, aunque él solo se mojó los labios por el tema de la
medicación.

Los preparativos de la boda volvieron a ponerse en marcha, sin más. Y la


vida volvió a abrirse camino, como decían en la archifamosa peli de
dinosaurios que tantas veces viera de niña, sentadita junto a mi abuela.

Pasaron varios días en los que me sentí como anestesiada. Mentiría si dijera
que, de golpe y porrazo, dejé de sentir por Eloy, lo único era que no me lo
permitía. Cada vez que mi disco duro trataba de rememorar uno de los
instantes felices vividos con él, mi mente lo bloqueaba por completo,
haciendo valer su mentira.

—Pero ¿tú estás bien? —me preguntó Alba en aquella, una de las últimas
pruebas del vestido de novia antes de la definitiva.

—Yo sí, amiga, no empieces, que me calientas el coco…

—Nada, nada, pues esta humilde modista se pone la cremallerita en la boca


y listo, lo que pasa es que le voy a tener que meter a la cintura porque te
estás quedando tan delgada que tendremos que pasar dos veces para verte
vestida de novia. Y eso que el blanco ensancha…

—Esos son los nervios, Albita, no te preocupes…

—Yo me callo porque si no es peor, tú misma, Azu. Eso sí, tengo algo que
decirte y no sé cómo te va a sentar, Eloy llegó ayer tarde al pueblo.

—¿Eloy ha llegado? —Me tuve que sentar, me sentía morir.

—Correcto, no sabía ni cómo decírtelo, que te compre quien no te conozca,


yo sabía cómo te ibas a poner. Pero no, es que son los nervios por tu boda
con Javier, que me he equivocado.

—Alba, ¿qué puede haber pasado para que ya esté aquí?

—¿Y si vas y se lo preguntas? Para mí que tenéis una charla pendiente, ¿no
crees? Eso de bloquear está muy moderno y todo lo que tú quieras, pero de
toda la vida se ha dicho que hablando se entiende la gente.

—Yo con él no tengo nada que hablar, sabes que no fue franco conmigo.

—Y dale, pues nada chica, al altar y a quedarte pensando en lo que pudo ser
y no fue, que yo no digo nada más…

Me quedé cien por cien descorazonada. Era sábado y yo aún no había


abierto. Alba me citó a primera hora porque aprovecharía que Jenaro estaba
en casa durante el finde para dejar mi vestido listo.

Con las piernas que apenas me sostenían salí de su casa y todavía me


faltaba un trecho para llegar a la floristería cuando lo vi avanzar hacia mí.
Era una maldición como otra cualquiera, verlo y temblar…

—Azu…—Me abrazó antes de que yo pudiera reaccionar.

—¿Cómo te atreves? ¿Tú te has creído que soy un monito de feria para
jugar conmigo a tu antojo? Vuelve a acercarte y no habrá llave de judo que
te libre de que te arañe como si fuera un gato. —Saqué las uñas,
metafóricamente hablando, porque no podía permitir que notara cómo
estaba en realidad.

—Me atrevo porque te quiero y porque ahora estoy en condiciones de


contarte la verdad de lo sucedido, de ese supuesto bombo…

—Espera, espera, que ahora el bombo es “supuesto”, lo que se traduce en


que has venido a hacerme ver lo blanco negro…

—No es que se traduzca, es que ese bombo nunca existió… salvo en la


cabeza de Olivia y Javier.

—¿En la cabeza de quién…? La cabeza es lo que se te ha ido a ti, hombre…


¿de veras has venido a hacerme comulgar con ruedas de molino? A ver si
me vas a decir que los conocías cuando te viniste de Londres, huyendo de
ese embarazo—argumenté, creyéndome con toda la razón.
—¿¿Cómo?? ¿¿Y a ti quién te ha dicho que yo me volví de Londres
huyendo de ningún embarazo?? Nos han tendido una trampa cojonuda,
nena.

—¿Una trampa? No, si esto tiene narices, a ver qué milonga me vas a
contar, que no tengo tiempo de esto, he de ir a abrir.

—Azu, yo la primera noticia que tuve del embarazo de Lourdes fue la


noche antes de irme para Londres, eso lo primero. Deja que te cuente, por
favor.

Si eso era así, la cosa cambiaba un poco, pero ¿por qué no me lo dijo antes
de marcharse?

—Cuenta, cuenta, pero no me vas a convencer. Me ocultaste algo muy


gordo, y nunca mejor dicho.

—Verás, Lourdes era compañera de trabajo en Londres y tuvimos un rollo


unas semanas antes de venirme yo. Palabra que nada serio, salimos unas
cuantas noches y la última nos acostamos. Luego yo me instalé aquí y ni
volví a acordarme de ella para nada, solo era una amiga.

—Una amiga con derecho a roce, que hay una diferencia, ojito.

—Vale, eso no lo puedo negar. Aquella noche ella me llama y me dice que
se ha quedado embarazada y te prometo que se me cayó el mundo encima.
Ni siquiera podía estar seguro de que fuese mío, porque ella era libre, no
habíamos sido pareja ni nada, pero mi sentido de la responsabilidad me
llevó hasta allí para saber sobre un tema que no me dejaría vivir.

—Ya, dejándome aquí a mí tirada, muy bonito. ¿Y vas a ser papá? Abrevia,
que muero de la emoción. —El coraje que sentía no me permitía dejar la
ironía a un lado.

—No, no voy a ser padre porque todo fue una invención de ella, una
invención previo pago de su importe por parte de los hermanitos Olivia y
Javier, aunque parece ser que ella fue la cabeza pensante.

—Tú estás loco, chaval, ¿cómo va a ser eso?

—Pues muy simple, te cuento… Yo siempre he sido un tanto confiado en


las redes sociales, y lo tengo todo en público, amistades y demás. Olivia,
totalmente cabreada porque saliéramos juntos, fisgoneó en las mías y allí
vio a Lourdes, que también es de Segovia. Por los apellidos se dio cuenta de
que era hermana de Laly, una chica que había estudiado con ella la carrera y
ahí empezó a carburar… Habló con ella para saber si sabía de mi vida
privada, ¡y bingo! Por azar del destino encontró a la candidata ideal para
hacernos el lío.

—¿Olivia maquinó todo esto?

—Sí, pero la pasta la puso Javier, que conste.

¿Javier poner mucha pasta? ¿De dónde? Acabáramos… aquellos días había
vendido el coche con el pretexto de que no soportaba tenerlo al haber sido
de Eloy.

—Me parece todo muy enrevesado, ¿tú tienes pruebas de lo que estás
diciendo?

—¿La confesión de Lourdes te parece suficiente? Aunque si lo prefieres el


pantallazo de la transferencia en su cuenta corriente puede que sea todavía
más efectivo.

Javier abrió la galería de su móvil y me lo mostró. Quise que la tierra me


tragase en ese momento.

—¿Y tú? ¿Cómo has sabido que te estaban dando gato por liebre? ¿Igual la
barriga de la chica estaba más lisa que una tabla de planchar?

—No, no fue por eso. El destino nos hizo un favor y hace un par de tardes
quedé con ella para seguir aclarando el tema. Entonces le sonó el móvil y
sus nervios me parecieron esconder algo. Voló hacia el servicio de señoras y
yo, sin demasiados miramientos, me metí en el contiguo, cuando ella ya
hubo entrado. Desde allí la escuché hablar con Olivia y decirle que yo me
estaba tragando el anzuelo, pero que Javier y ella tenían que actuar rápido, y
casaros antes de que se descubriera el pastel, que después haría como que lo
había perdido y tal…

—¿Una táctica para perder tiempo y que yo me casara mientras?

—Y de paso que me olvidaras o que me odiaras, o las dos cosas… Un


pastizal que se ha gastado Javier en separarnos, lo que me hizo pensar que
estaba verdaderamente enamorado de ti.

—Ya, cuando más que enamorado debe estar obsesionado con retenerme a
su lado, porque eso no se hace con alguien a quien quieres de verdad.

—Pero quizá sí con alguien que te sirve de tapadera perfecta, que esa es
otra…

—¿Cómo de tapadera? ¿Es que me he perdido algo más? Habla ahora que
tengo una boda que anular…

Y la anulé con más gusto cuando supe lo que tenía que contarme Eloy.

—Verás, cuando me di cuenta de hasta dónde había llegado Javier porque


volvieras con él, llamé a Rebeca y le pedí referencias suyas, ¿recuerdas que
yo la conozco?

—Claro, Rebeca, el rollito de Joaquín…

—Sí, pues no es el único que tiene un rollito en la tapería, que me confesó


que alucinaron con la que liamos allí, porque su compañera Virgi estaba
también liada con Javier.

—¿La otra chica? ¿Liada con Javier? ¿Qué dices?

—Lo que oyes, debe ser que Javier es tan pájaro como Joaquín, pero
siempre te contaba las andanzas del otro para quedar él como un santo.
Cuando quieras, vamos a hablar con las chicas, que te garantizo que yo no
les he pagado a ninguna para que inventen nada, a diferencia de otros…

—Dios, ahora sí que la voy a anular con gusto… Es un pieza y yo la tonta


ideal para tragarme todo lo que me contara.

—No, no la tonta, tú eres buena persona y no tenías por qué desconfiar de él


a priori.

—¿Y tú podrás perdonarme por no haberte dado ni la oportunidad de


explicarte?

—Si te casas conmigo en vez de con él, quizás me lo piense. —Me guiñó el
ojo, obvio que aquella no era una petición formal de matrimonio, pero sí se
le veían las intenciones…
Capítulo 18

La petición formal llegó seis meses después, en un concierto al que me


invitó mi chico, nada más y nada menos que en Londres, esa ciudad con la
que tantas veces fantaseé.

Fue precioso porque llegué hasta el recinto en la convicción de que iba a


conocer a los amigos que hizo durante los años que vivió en ese maravilloso
lugar. Lo que yo no sabía era que algunos de ellos tocaban en una banda y
que, por tanto, serían los artistas.

Cuando me lo confesó ya comenzaban a sonar los acordes del “Marry you”


de Bruno Mars y fue entonces cuando los chicos hicieron un alto en el
camino para decirnos que subiéramos al escenario. Yo no entendía ni papa
de lo que allí estaba ocurriendo porque, aunque me sentía inmensamente
feliz al lado de Eloy, no podía imaginar que él me fuera a hacer tal petición
en ese instante.

En inglés, idioma en el que yo más o menos me manejaba, y en el que él me


estaba ayudando a mejorar mucho, y delante de miles de personas, me pidió
matrimonio y yo salté como él como si fuera un gato, mientras sus amigos
dejaron la canción en acústico para poder escucharnos.
En todo el estadio resonó mi “Yes” sin más, porque las lágrimas no me
permitían más que llenarlo de besos y la gente aplaudía a rabiar. Para no
haber subido a un escenario en mi vida, me convertí en la protagonista de
una noche inolvidable.

Un broche de oro indiscutible a un viaje que también grabé en mi disco


duro, pues de su mano conocí todos los lugares más emblemáticos de
Londres, pero también todos esos rinconcitos con encanto que solo pueden
mostrarte quienes allí han vivido y sentido.

Una vez prometidos, hablamos con mis padres, ya relataré luego cómo les
contamos lo de la pedida. Mi padre, que ya hacía tiempo que veía a Eloy
con buenos ojos, desde que le mostró quién era de verdad Javier, accedió a
que viviéramos juntos; no sin antes volver a amenazarle por si se le ocurría
echarse para atrás el día de la boda.

No es que él quisiera que su hija se fuera de casa antes de que el cura


bendijera nuestra unión, pero es que en esa ocasión sabía que no podía
pararlo. La razón no era otra que, a diferencia de con Javier, a mí la
emoción por estar con Eloy me salía por cada poro de la piel.

—Ahora que sé que tu padre no me va a dar un tiro, al menos de momento,


deberíamos buscar una casita aquí en el pueblo, ¿no? No quiero que tengas
que estar todo el día en carretera porque nos instalemos en mi piso de
Segovia.
—No estaré sola, tú también tienes que venir a diario al pueblo, haremos el
trayecto juntos y más adelante ya pensaremos. Verás, no quiero andar con
más alquileres y tal…

—Tú lo que quieres es venirte el día de mañana al pueblo, pero comprando,


¿no? Me parece bien, hagámoslo así entonces.

Nos instalamos en su piso y, aunque supuso para nosotros una paliza el ir y


venir cada día, también lo hicimos muy contentos, pues en esa media hora
de trayecto íbamos charlando, riendo, cantando y proyectando… Siempre
haciendo proyectos y uno, sobre todo, el de nuestra boda, ocupaba gran
parte de nuestro tiempo.

La estábamos preparando con todo el esmero, y asistiría buena parte del


pueblo. Quien no asomaría por allí el hocico serían Javier ni tampoco su
hermana, a quienes les liamos la monumental una vez descubierto el
engaño.

No hubo agujero en el que aquellas dos prendas pudieran esconderse y hasta


Ernesto, su padre, terminó dándome toda la razón y diciendo que yo
merecía alguien que jugara más limpio que su hijo. De milagro no le dio al
hombre otro infarto, pero es que yo aquel segundo disgusto no pude
evitárselo. Como era de esperar, ellos no acudirían tampoco al enlace, lo
que no quitó para que me deseasen lo mejor cada vez que nos cruzábamos
por el pueblo. Hasta a Eloy lo trataban con afecto, eran dos grandes
personas.
Siempre les agradeceré lo bien que me trataron, igual que sucedió con
Rosalía y Juan, quienes me acogieron con los brazos abiertos. La relación
con mis suegros contaba además con el plus de que las reuniones se
producían en su casa; la casa que yo más amaba en el mundo. Y a Eloy le
faltaba el tiempo para decirles que nos invitaran y sacarme allí una y mil
fotos, en el jardín que tanto me apasionaba.

Cuando volvimos de Londres, me planteó darles la noticia a todos juntos. Y


aquel fue el escenario. Era la primera vez que sus padres y sus míos se
veían como consuegros y los primeros vistieron la mesa del jardín con sus
mejores galas, para recibir como merecían a su familia, según nos
calificaron.

—¡Menudo convite, si esto parece una boda! —vaticinó Rodrigo.

—Pues no andas muy desencaminado, chaval, que eso es lo próximo que


vamos a celebrar—le contestó Eloy, que me había hecho señas de que iba a
soltar la bomba ya, y yo moví en alto el dedo, enseñándoles el anillo que él
había puesto en él en el momento de la pedida.

—¡Hija! —Mi madre se acercó a mí y me dio un fortísimo abrazo, mientras


que mi padre estrechó la mano de Eloy y le dio otro.

—Así se hacen las cosas, chaval, cuando uno quiere a una mujer se casa con
ella por derecho…—le aseguró mientras Juan asentía y Rosalía esperaba su
turno para abrazarnos, lo mismo que hizo también mi madre con Eloy.
También fue aquel un día muy emotivo, como lo había sido meses antes la
inauguración de la academia de inglés, que tuvo una aceptación excelente
en el pueblo.

—De aquí a nada veo al pueblo entero parloteando en inglés, como te lo


cuento, guapísimo—le comenté viendo cuántos acudieron a la apertura de
sus puertas.

—Eso espero, que los voy a poner a todos a hablar como cotorras. Se ve
que a la gente le ha gustado la idea, esperemos que haya suerte. Ilusión le
he puesto toda la del mundo, y ayuda he tenido la mejor. —Me guiñó el ojo.

—La habrá, si yo veo que vas a tener que ampliar antes de lo que canta un
gallo. Ten presente que hasta Fuencis, que tiene setenta años, me ha dicho
que se va a matricular.

—¿Qué dices? Pues bienvenida sea, que el saber no ocupa lugar y que no
hay tope de edad, solo se necesitan ganas para salir hablándolo.

—Ains, si es que mi chico tiene una lengua…— Deseando estábamos que


acabara la copita de inauguración para irnos corriendo a celebrarlo en
privado. Y el doble sentido de aquella frase así se lo hizo saber.

En el sexo, con Eloy descubrí una nueva dimensión. No sabía si era


cuestión de su experiencia, de la química que sentíamos o de qué, pero estar
en la cama con él equivalía a rozar el cielo. Y quien decía en la cama, decía
en el coche o hasta en un ascensor, donde terció una vez…
Puro morbo, eso era lo que vivíamos cada vez que estábamos piel con piel,
un morbo regado también por la pasión que solo pueden sentir quienes se
aman con la misma intensidad que lo hacíamos nosotros.

En otro orden de cosas, la floristería iba viento en popa y ocupaba gran


parte de mi tiempo, por lo que mi gran pasión, las flores, plagaba de
alegrías la otra parte de mi existencia.

Aunque nuestros padres se empeñaban en que entre semana almorzáramos


en sus casas eran muchos los días que repetíamos aquella aventura inicial,
llegando al colmado en el que comprar las viandas y buscando un árbol en
el que refugiarnos de las inclemencias del tiempo. No en vano, hasta la
lluvia nos encontró allí en más de una ocasión, pues todas las estaciones nos
parecían buenas para perdernos al aire libre.

En plena naturaleza, aprovechando también la intimidad que esta nos


proporcionaba, dimos en múltiples sobremesas alas a nuestra pasión. Y si
aquellos árboles hubieran podido hablar, de ellos saldrían preciosas palabras
de amor con las que calificar un amor tan grande, como cantaría El
Arrebato.

De vez en cuando, íbamos a visitar a Alba y a Jenaro, y el bautizo del


pequeño Quique fue también un emocionante día en el que no solo yo ejercí
de madrina. Mi amiga y su marido nos dieron la gran sorpresa semanas
antes y Eloy fue el padrino.

Si amadrinar a ese chiquitín me hacía una ilusión tremenda, hacerlo al lado


de mi chico todavía más.
—Es que a este sí lo veo como tu compañero de vida—me confesó ella
entre copas en el convite.

—Y yo que me alegro, porque tú donde pones el ojo pone la bala, amiga—


le reconocí, porque siempre acertó en todo lo que me dijo.

—¿A que este te pone los ojos vueltos en la cama? —Alba estaba
revolucionada, siempre que bebía le pasaba lo mismo.

—Pues ya sabes tú sí que sí, si no tengo secretos para ti, tontona.

—Ni se te ocurra, que yo soy tu consejera.

—¿Y qué le aconsejas, si es que puede saberse? —Eloy acababa de llegar


hasta nosotras y no nos habíamos dado ni cuenta.

—Que te exprima al máximo, que es lo mismo que yo hago con mi Jenaro.


—Se abrazó a él, que también acababa de acercarse.

—Huy, huy, huy, que encargáis el segundo esta misma noche, amiga.

—Y vosotros también podéis ir encargando ya al retoño, que el orden de los


factores no altera el producto.

—Sí, en eso estaba yo pensando, ya sabes que mi padre coge la escopeta y


lo arregla en un momento.
Nos echamos todos a reír, no era tan fiero el león como lo pintaban, por
supuesto que no.

—Todo a su debido tiempo, pero te sienta de vicio—murmuró Eloy en mi


oído mientras sostenía al pequeño Quique.

—¿Qué me dices? A ver… —Me miré en un espejo que había y comprobé


que así era.

—¿Lo ves? Si es que yo no hablo por hablar, preciosa.

—Acércate, acércate tú que mejoramos el cuadro, te lo digo yo…

Viendo el reflejo de los tres en el espejo comprendí que era una familia lo
que deseaba formar con el hombre que me hacía vibrar solo con mirarme.
Capítulo 19

Otra de las cosas que tuve muy clara desde siempre es que, si algún día me
casaba, lo haría en el Santuario de Nuestra Señora de la Fuencisla, ubicado
en el actual Barrio de Zamarramala. Digo lo de actual porque, antaño,
Zamarramala era un pueblo independiente. Hoy día, con la expansión de la
capital, ha quedado integrado en ella.

Ya os he hablado antes de él, que también fue el lugar en el que proyecté


casarme con Javier en su día, y en el que conocimos al famoso padre
Marciano, que por lo visto se había retirado a un convento en el que pasar
sus últimos años en la Tierra, que pese a su nombre nada tenía el hombre
que ver con Marte.

Zamarramala representa uno de los focos de interés turístico por sus


tradicionales fiestas de Santa Águeda, que se vienen realizando cada cinco
de febrero desde el siglo XI, en las que las mujeres son las protagonistas.

La imagen de la virgen de la Fuencisla, patrona de la ciudad, es una


escultura pequeñita, de rasgos delicados y entrañables como los del niño
que sostiene con su mano derecha. El templo en sí es sencillo pero muy
bonito, con una artística reja barroca cerrando el presbiterio y un púlpito de
estilo gótico.

En ese mismo escenario se habían casado también la mayoría de las mujeres


de mi familia. Incluso mi amiga Alba lo eligió en su día para darle el “Sí,
quiero” a su novio. Como no podía ser de otra manera, ella fue la encargada
de la confección de mi segundo vestido de novia, completamente distinto al
primero.

Se me vienen a la memoria sus palabras el día de la última prueba, cuando


apenas quedaban dos semanas para darle yo el mío a Eloy. Ni que decir
tiene que no estaba bebida, como en el bautizo de Quique, y que me habló
ya con mayor lógica.

—¿Te das cuenta, Azu?

—¿De qué? —Su pregunta me había pillado totalmente fuera de juego.

—Ahora sí que te sale la emoción hasta por los ojos. Mírate en el espejo.

Cierto. Estaba que no cabía en mí de gozo y, aunque me esté mal decirlo,


me veía más guapa que nunca con ese brillo en la mirada y esas facciones
tan relajadas; nada que ver con esa otra novia, tiempo atrás,
contemplándose ante el espejo. El recuerdo de mi abuela también me
acompañó durante ese rato con más fuerza que nunca. Si pudiese verme,
hubiera sido la abuela más feliz y orgullosa del mundo.
De niña, ella solía llevarme todos los domingos a escuchar misa en aquel
mismo santuario. Entre la arboleda del entorno, yo también disfrutaba como
una enana. Me parece estar escuchándola…

—Esos son sauces llorones, Azu —solía decirme señalándomelos.

—¿Llorones? ¿Eso cómo va a ser, yaya? Si los árboles no lloran…

Qué ingenua era una, mamma mía. Y sí, el calificativo de llorón a estos
árboles les viene por el aspecto lánguido de sus ramas, que a veces hasta
pueden llegar a tocar el suelo, aunque su origen es distinto al que se cree
comúnmente, pero eso es otra historia. Y yo estaba viviendo la mía
particular; mi propio cuento de hadas…

El día señalado amaneció precioso, como si el cielo también hubiese


querido vestirse de gala para ser testigo de mi boda con Eloy; ni rastro de
nubes manchaban ese precioso manto celeste con un sol radiante pero que
no calentaba más de la cuenta.

Nos casábamos a las seis de la tarde y no veía la hora. Para colmo de los
colmos, me había despertado tempranísimo, a eso de las seis de la mañana,
y ya no había podido volver a enganchar el sueño. Mónica, la peluquera, no
vendría hasta las doce y media a peinarme. Estaba esperándola cuando
comencé a sentirme mal, como si me faltasen las fuerzas, y si no llega a ser
por la aparición providencial de mi madre por el baño en aquel momento,
fijo que me abro la cabeza contra el suelo.
—Hija, ¿te encuentras bien? —me preguntó al verme agarrada al borde del
lavabo —. Estás muy pálida, Azucena. ¿Qué te pasa, por el amor de Dios?

No recuerdo más. Solo sé que, cuando por fin tomé plena conciencia de la
realidad, era más de la una del mediodía. Estaba tumbada en el sofá y
Mónica y ese ser que me dio la vida hablaban en voz baja, sentadas cada
una en un butacón a los lados.

—¿Qué pasa? ¿Qué hora es?

—Tranquila, hija mía, te desmayaste y luego, cuando recuperaste el


conocimiento, te quedaste dormida del tirón. Solo ha sido una bajada de
tensión por los nervios.

—¿¡Pero qué hora es!? —Me puse histérica de repente.

—No te agobies, Azu —mi peluquera también trataba de tranquilizarme—.


Vamos bien de hora todavía.

Me incorporé de golpe en el sofá.

—Espera, hija —me pidió mi madre—, voy a traerte un vaso de Coca Cola
y unas patatitas fritas para picar, ya verás cómo te pones a tono en seguida.

Así fue. Me lo fui bebiendo poco a poco mientras Mónica comenzaba a


retorcer los mechones de mi pelo y ponerme horquillas por todas partes para
hacerme el semirrecogido. Cuando al fin terminó con el peinado, me sentía
más fresca ya que una lechuga.

Entre las dos me ayudaron a colocarme aquel vestido, que no tenía nada que
envidiarle a los de los grandes diseñadores; de tirantes, con todo el escote
lleno de pedrería y la espalda entera al descubierto, lo remataba una larga
cola de tres metros. Para mi boda con Eloy había escogido una tela de color
marfil, en lugar del blanco inmaculado del primer vestido que me hiciese
Alba.

Alba… como es lógico, la había elegido como una de las damas de honor
para mi boda. Estaba casi tan emocionada como yo. Eso de que estaba tan
emocionada como yo es un decir, naturalmente, porque no podría describir
lo que sentía en mi interior en el preciso instante en que por fin me subí a
aquel coche de época que me conduciría hasta el santuario donde me
esperaban mi prometido y todos los invitados a la boda. Por un momento,
temí que la tensión pudiera volver a jugarme una mala pasada, con el ramo
entre las manos y mi orgulloso padre sentado al lado. Me miraba
embelesado.

—Relájate, cariño mío, estás preciosa —me dijo en un momento dado,


llegando ya al templo. Atrás quedaron los tiempos en los que quería
descerrajarle un tiro a Eloy, o más de uno.

En él se agolpaban nuestros familiares y más íntimos amigos, que me


recibieron con un emocionante aplauso. Le planté el ramo de flores a mi
padre en la mano y mi madre se acercó rápidamente al coche para ayudarme
a bajar y extenderme bien la cola para hacer el paseíllo hasta las puertas de
la ermita, cogida del brazo de él. El pobre tuvo que recordarme que lo del
ramo era cosa mía, y es que allá que eché a andar sin más.

Eloy me esperaba ante el altar, junto a una Rosalía elegante a más no poder
con su traje azul añil de encaje y un tocado que ya quisieran en las bodas
reales que se ven en las fotos del “Hola”.

Avanzando hacia mi prometido y oyendo a mi paso tanto piropo por lo


bajini, lo mío me costó contener las lágrimas. Hubiera sido una pena que
me deslucieran aquel maquillaje que con tanto esmero me había hecho mi
amiga Julia, una verdadera maestra con los pinceles y la paleta de sombra
de ojos.

Mi chico, que también estaba guapísimo con su esmoquin, me dedicó la


sonrisa más dulce que se pueda imaginar y corroboró las palabras de mi
padre:

—Estás preciosa, cariño mío—me soltó más ancho que largo.

Temblándome ya hasta las pestañas a esas alturas, no pude ni contestarle,


pero dicen que una imagen vale más que mil palabras, y la mía rezumaba
amor y admiración absoluta por ese ser que en breve se convertiría en mi
marido.

Tan emocionada estaba que, cuando llegó la hora de colocarle el anillo de


oro blanco en el dedo, los nervios me traicionaron y, en vez de decirle eso
de “en señal de mi amor y fidelidad a ti”, de mi boca salió: “Eloy, recibe
esta alianza en señal de mi amor y felicidad por ti”, provocando la risilla de
nuestros padrinos y el resto de los presentes.

Hasta al cura le hizo gracia, él, que debía estar acostumbrado a toda clase de
situaciones cómicas como aquella. Por mi parte, no tuvo nada de extraño
que me traicionara el subconsciente de tales maneras, y es que, con la mía
colocada ya en la mano, mi felicidad acababa de alcanzar límites
insospechados.

Fue una ceremonia preciosa, en la que tanto mi hermano Rodrigo como


Alba nos dedicaron unas palabras muy emotivas ante el atril, deseándonos
que esa misma dicha que se reflejaba en nuestros rostros nos acompañase de
por vida.

Convertidos ya en marido y mujer, en la salida nos cayó por todo lo alto una
increíble lluvia de pétalos de rosa que se me representó como la bendición
de mi adorada abuela desde el cielo. No me lo pensé dos veces; como
homenaje a aquel ser que hubiera deseado tener cerca de mí en esos
momentos, cuando el grupo de joteros contratados comenzó a cantar una de
las célebres jotas en honor a la propia virgen de la Fuencisla, miré a Eloy y
me arranqué a bailarla. Mi flamante marido se quedó perplejo porque no se
esperaba esa salida mía, pero rápidamente levantó los brazos para
acompañarme. La fiesta acababa de empezar…

Fue todo muy bonito, y no porque lo diga yo. Después de hacernos yo no sé


cuantísimas fotos con la familia y los amigos en aquel marco (incluido
nuestro querido ahijado Quique), nos retiramos para hacernos un book
completo a solas en otros puntos estratégicos de Segovia capital. De ellas,
mi preferida es una en la que se nos ve con el Alcázar de fondo. Con mis
manos sobre sus hombros y las suyas en mi cintura, nuestras miradas lo
dicen todo.

Desde allí tiramos para “El rancho de la Aldegüela”, en la pequeña


población de Torrecaballeros. Para los que no lo conozcan, diré que se trata
de uno de los asadores más populares de la provincia de Segovia; una
pequeña pero maravillosa finca donde no falta de nada. Además de unos
acogedores salones decorados con exquisito gusto, tiene unos jardines
divinos, tiendas de artesanía y de alimentación con lo mejor de la zona y un
hotelito rústico guapísimo en el que Eloy y yo habíamos decidido pasar
nuestra noche de bodas. ¿Qué mejor lugar para consumar el amor que nos
profesábamos? Sería nuestra primera vez como matrimonio ya.

El festín se extendió hasta altas horas de la madrugada, y si no llega a ser


porque habíamos concertado la barra libre hasta las cuatro, nos da el
amanecer del día siguiente con la celebración.

No debiera contarla por tratarse de una anécdota muy íntima, pero aun así lo
haré: tras dar el pistoletazo de salida a la fiesta con nuestro baile, me dirigí a
los baños. Eloy me siguió hasta ellos y, para mi asombro, se metió dentro
conmigo. Echó el pestillo de la puerta.

—¿Estás loco? —le pregunté medio pasmada y me eché a reír.

—Ya te digo. Pero por ti.


Mi marido me abrazó y comenzó a besarme como si el mundo se fuera a
acabar, llevándose consigo los restos de maquillaje de mis labios. Le veía
venir y… en fin, no voy a entrar en detalles, pero esta que está aquí también
se dejó arrastrar por la pasión, rezando para sus adentros para que nadie
entrase justo en esos momentos y nos viera salir juntos de aquel habitáculo,
o sea, que no hubiera ni Cristo por la zona de los lavabos.

Salí de allí azorada y temerosa también de que, al volver al salón, cualquier


invitado pudiera notar lo que acabábamos de hacer, como si llevase en la
frente un cartel delatador. Creo que a la única persona a la que no se le fue
por alto el asunto fue a Alba…

—Qué bruja estás hecha —me dijo minutos después al oído mientras nos
pedíamos un cubata.

—¿Yo? ¿Por qué? —Aunque sabía bien a qué se refería, me hice la sueca.

—No, por nada, por nada. —Mi amiga hizo un gesto picarón con los labios
—. Oye que, si tanta prisa tenéis por desmelenaros, nos vamos ya todos a
dormir y punto pelota, ¿eh?

—De eso nada, monada. Cállate la boca y vamos a disfrutar, que todavía
nos queda mucha noche por delante.

Vaya si lo hicimos…

Dos días después, Eloy y yo emprendimos nuestro viaje de luna de miel por
tierras de Grecia. Servidora llevaba muchísimo tiempo loca por conocer de
primera mano, sobre todo, la mundialmente famosa isla de Santorini; ese
mágico escenario de casas blancas y cúpulas de color azul añil que había
visto tantas veces en fotos.

Mi marido no tuvo ningún reparo en que volásemos hasta aquel idílico


rinconcito a orillas del mar Egeo, de excepcionales y románticas puestas de
sol que tiñen sus cielos con matices de mil colores que van desde el
amarillo ámbar al rojo vivo.

Pude haber cerrado por vacaciones mi negocio para aquel viaje, pero mi
madre, con ese espíritu inquieto que la caracteriza, se ofreció a ponerse al
frente de él.

—No hace falta, mamá —le repliqué—. Por suerte, puedo permitirme echar
el cerrojazo hasta que volvamos.

—Lo sé, cariño, pero a mí me servirá de distracción —me contestó.

—Bueno, como quieras. —En esas semanas Celia estaba trabajando gracias
a un contrato temporal que le salió.

Nos cundieron a base de bien esos diez días por el archipiélago griego,
apuntándonos a todos los tours y viajecillos en catamarán junto al resto de
turistas para no perdernos ni media. En las playas de Mikonos, la música de
los bares y clubes de baile retumban hasta después del amanecer, de la
misma forma en que lo hacían en mis oídos a todas horas los “te quiero” de
mi recién estrenado marido. En los suyos tampoco faltaron los míos en
ningún momento. ¡Dios!, ¡qué alegría para mi cuerpo!...
Epílogo

Tres años han pasado ya de todo aquello, y esas mismas palabras siguen
saliendo de nuestras respectivas bocas cada amanecida en cuanto abrimos
los ojos. Sabía que no me equivocaría casándome con aquel apuesto hombre
que cayó un día misteriosamente por el pueblo, como la flor más bonita
para adornar mi existencia que me tenía reservada el destino. Hoy por hoy,
a las pruebas me remito.

Tal vez todo lo que digo pueda sonar un poco empalagoso, pero es lo que
hay. Mi dicha se va acrecentado por día que pasa, y de ella también es ahora
responsable mi pequeña María, a quien bautizamos así en memoria de mi
yaya (ese era su nombre de pila).

Nuestra preciosa hijita vino al mundo justo dos años después de casarnos. Y
digo bien con eso de “justo”, porque esta pitufilla que ya está aprendiendo a
dar sus primeros pasitos nació un cinco de septiembre, misma fecha sobre el
calendario en que Eloy y yo contrajéramos matrimonio.

El día en que le di la noticia de mi embarazo, solo con su expresión, supe


asimismo que sería el mejor padre del mundo, y la verdad es que tampoco
me he equivocado en eso. Eloy está con la niña como Mateo con la guitarra
y no desaprovecha ocasión para acunarla entre sus brazos para dormirla o
para tirarse al suelo como un niño más para jugar con ella. Nuestra bebé ha
heredado sus facciones y creo que también su inteligencia. Es pronto para
saberlo, pero flipo viéndola colocar perfectamente los cubitos apilables por
tamaños y con cosas similares.

—Esta niña va a ser una lumbreras—suele decirme Alba cada dos por tres.

—Pues anda que tu Quique…

Otro que tal baila. Ese otro personajillo apunta maneras de pintor, y es que
son alucinantes los dibujos que hace para tan corta edad como tiene. A
propósito de criaturas; mi amiga tiene ya otro crío de seis meses, Noel. Dice
que con sus dos “machotes” ya está servida.

Eloy y yo queremos también volver a ser padres, pero vamos a esperar un


poco para disfrutar al máximo de nuestra María. Nosotros y toda la familia,
porque las dos abuelas, especialmente, están con ella que no cagan
(hablando mal y pronto). Mi madre y Rosalía se la disputan para pasearla
por el pueblo en su sillita.

Rosalía… tampoco podía haber aspirado una a mejor suegra. En realidad,


encajamos bien desde el principio, pero poco podía una imaginar el
detallazo con que se encontraría con el tiempo por su parte. Para ser justos,
un detalle en conjunto de la mujer y su marido.

No tuvimos conocimiento del asunto hasta pasada la boda, quiero decir de


lo que tramaban a nuestras espaldas, pero el día que el matrimonio depositó
aquellos papeles en mis manos sí que lloré a lágrima viva de pura emoción.
Se trataba de las escrituras de la casa de mi abuela. Mis suegros la habían
puesto a nombre de Eloy y mío argumentando que, tarde o temprano, al
fallecer ellos, sería nuestra íntegramente por ser mi marido hijo único.

—Rosalía, no sé mucho de estas cosas, pero tengo entendido que, en ese


caso, sería nada más que de Eloy.

—Legalmente, sí. Pero ahora ya es de los dos con todas las de la ley.
Considéralo como tu regalo de bodas, hija. De sobra sé lo que esta casa
supone para ti.

—No te haces una idea, Rosalía —le contesté secándome las lágrimas.

—Mira, a mí ya me viene grande. Desde que me rompí la pierna no he


vuelto a ser la misma, bien lo sabes, así que Juan y yo hemos decidido
buscarnos algo más pequeñito por aquí.

—En serio, muchísimas gracias, me hacéis la mujer más feliz del mundo.

—Y yo veo que tú también haces a mi hijo el hombre más feliz del mundo.
Como madre, solo le pido a Dios que siga siendo así.

—Te prometo que haré todo lo que esté en mi mano para que nada cambie
entre nosotros.
—Así sea, hija. —Como si se tratase de una segunda madre, mi suegra
también se refería a mí casi siempre de esa forma.

Pocos meses después, mis suegros dieron con una casita a su medida; igual
de coqueta con un alegre patio lleno de tiestos, pero con menos metros
cuadrados. Allí fuera podría seguir entreteniéndose con las macetas, sin
necesidad de limpiar tanto por dentro.

Mi marido y yo lo tuvimos claro desde el principio; le haríamos unos


arreglitos a la casa de mi abuela y nos trasladaríamos enseguida a ella para
vivir. Esto se tradujo en un buen pintado, incluyendo las rejas, las vigas de
los techos y el mobiliario exterior. Poco más hizo falta para darle a todo un
nuevo aire sin que perdiera su esencia.

Qué cosas tiene la vida, ¿verdad? En esa misma vivienda en pleno campo
donde fui tan feliz en la niñez, hoy, rodeada del mismo espectáculo
multicolor, crece María, esa otra flor que siempre quise en mi jardín, como
diría el desaparecido Antonio Flores (más flores, ¡qué casualidad!). Y ya ha
salido antes esta canción, pero es que es digna de repetir.

Siguiendo con el tema de las flores; en mi “rinconcito de Maruja” virtual


también me siento muy a gusto, viendo que cada día tengo más seguidoras;
mujeres entusiasmadas con mis posts, que me los celebran y me piden toda
clase de consejos con estas o aquellas plantas para que no se les marchiten.
Siempre es grato poder ayudar a la gente sin ningún ánimo de lucro, al
menos para mí.

María…
Nueve lunas iluminaron mi vientre;
nueve lunas observaron cómo crecías,
y tu madre, que aun sin tenerte ya te quería,
nueve lunas esperando para conocerte;
nueve lunas deseando verte la cara,
a ti, cálida luz que alumbras mis días
entre pañales, llantos, risas y chupetes.

Y aunque tú nunca recuerdes esa etapa,


es porque madre solamente hay una
que la tuya habrá de amarte siempre;
que habrá de quererte toda su vida
y que te seguirá amando tras su muerte
quien te adorara cuando aún no existías
y suspirara porque germinara tu simiente,
tanto en sus negras noches sin luna
como en esas sus otras noches claras.

Esa fue una de mis entradas más aplaudidas, acompañada por su foto de
recién nacida dormidita en mis brazos. Las enhorabuenas y los buenos
deseos para criarla con salud me llovieron por todas partes y me
emocionaron muchísimo también. Con lo de las “negras noches sin luna”,
me refería a esas madrugadas en que me despertaba, mientras Eloy dormía
plácidamente, y me entraban esos típicos miedos al parto que a muchas
mujeres nos asaltan.
Mi embarazo iba fenomenal, de hecho, nunca tuve ni náuseas ni mareos ni
nada por el estilo, pero soy una mujer bastante miedosa por naturaleza con
las cosas físicas, no sé si me explico. Ya sé que en la actualidad el dar a luz
no tiene nada que ver con la forma en que lo hacían las mujeres de la
generación de nuestras madres ni abuelas. ¿Quién no ha oído hablar de esos
partos en las casas sin anestesia alguna y atendidos por simples parteras?
Las compadezco. Sin embargo, no podía evitar sentir miedo pensando en la
posibilidad de que cualquier cosa saliese mal a última hora y el tema se nos
complicara, que todo podría ser.

Afortunadamente, mi bebé llegó al mundo sin ningún problema. Es más, si


me descuido, no me da ni tiempo de alcanzar el hospital. Digo esto porque
María parecía tener prisa en asomar su cabecita a la vida y lo hizo en un
abrir y cerrar de ojos. Me faltaban todavía diez días para salir de cuentas
cuando aquella mañana, al levantarme, me puse de parto.

Eloy se puso atacado de los nervios y por poco nos estrellamos por la
carretera. Es una manera de hablar, se entiende, pues mi marido siempre ha
sido un conductor de lo más responsable. No es que por querer llegar cuanto
antes corriese como un loco por la carretera, sino que no sabía dónde
atender. Me miraba asustado, oyendo mis lamentos por las contracciones.

Ataviado con ropa sanitaria, le permitieron entrar conmigo en el paritorio y


fue él el primero en estrechar contra su pecho a nuestra lloricosa hijita. Ese
día pude ver por primera vez las lágrimas asomando a sus ojos.

Mi particular profesor de inglés puede llegar a ser más tierno que las
ovejitas de Heidi y es un hombre íntegro de los pies a la cabeza. Tampoco
es que Javier fuera mal tipo, Dios me libre de decir lo contrario, pero ahora
me doy cuenta de que haberme casado con él habría sido un error y que no
habríamos llegado lejos en nuestro matrimonio. Anda que no encerraba
nada…

Por cierto, él también se casó al año de hacerlo yo con Eloy. Mi exnovio


conoció en Segovia a Paulina, una profesora de su edad, y enseguida
comenzaron a hacer planes de boda, aunque la suya se celebró en Segovia
capital.

No coincidimos mucho, puesto que la pareja se deja caer por aquí solo de
tarde en tarde, por suerte. A ella la compadezco, que se ha llevado una
buena pieza. Y otra de regalo, que es su cuñada.

La jugarreta de aquellos dos en su día no tuvo nombre, y si lo tuvo no sería


demasiado decoroso de reproducir. De todas formas, yo no les guardaba
ningún rencor, que la vida fuera la encargada de repartir suerte, que el
rencor no lleva a nada bueno.

En mi caso, espero que el paso de los años no debilite en lo más mínimo mi


historia de amor con Eloy, un amor con todo el aroma y color de las
flores…
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