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Documentos Papales contra la Francmasonería

Este documento resume varias encíclicas y documentos pontificios que condenan a la francmasonería, incluyendo: 1) La encíclica "In Eminent" del Papa Clemente XII de 1738, que condena las sociedades masónicas por su naturaleza secreta y peligrosa, y excomulga a todos los católicos que se unan a ellas. 2) La encíclica "Providas" del Papa Benedicto XIV de 1751, que confirma la condena de Clemente XII y reitera la ex
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Documentos Papales contra la Francmasonería

Este documento resume varias encíclicas y documentos pontificios que condenan a la francmasonería, incluyendo: 1) La encíclica "In Eminent" del Papa Clemente XII de 1738, que condena las sociedades masónicas por su naturaleza secreta y peligrosa, y excomulga a todos los católicos que se unan a ellas. 2) La encíclica "Providas" del Papa Benedicto XIV de 1751, que confirma la condena de Clemente XII y reitera la ex
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Documentos Pontificios Que Condenan a la Francmasonería.

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condenan-a-la-francmasoneria/#1, RECUPERADO [Feb. 23, 2016].

Papa Clemente XII (1730-1740)

ENCÍCLICA “IN EMINENTE” (Papa Clemente XII – 28/4/1738)


“Habiéndonos colocado la Divina Providencia, a pesar de nuestra indignidad, en la cátedra más
elevada del Apostolado, para vigilar sin cesar por la seguridad del rebaño que Nos ha sido confiado,
hemos dedicado todos nuestros cuidados, en lo que la ayuda de lo alto nos ha permitido, y toda
nuestra aplicación ha sido para oponer al vicio y al error una barrera que detenga su progreso, para
conservar especialmente la integridad de la religión ortodoxa, y para alejar del Universo católico en
estos tiempos tan difíciles, todo lo que pudiera ser para ellos motivo de perturbación.

Nos hemos enterado, y el rumor público no nos ha permitido ponerlo en duda, que se han formado, y
que se afirmaban de día en día, centros, reuniones, agrupaciones, agregaciones o conventículos, que
bajo el nombre de Liberi Muratori o Franc-masones o bajo otra denominación equivalente, según la
diversidad de lengua, en las cuales eran admitidas indiferentemente personas de todas las religiones,
y de todas las sectas, que con la apariencia exterior de una natural probidad, que allí se exige y se
cumple, han establecido ciertas leyes, ciertos estatutos que las ligan entre sí, y que, en particular, les
obligan bajo las penas más graves, en virtud del juramento prestado sobre las santas Escrituras, a
guardar un secreto inviolable sobre todo cuanto sucede en sus asambleas.

Pero como tal es la naturaleza humana del crimen que se traiciona a sí mismo, y que las mismas
precauciones que toma para ocultarse lo descubren por el escándalo que no puede contener, esta
sociedad y sus asambleas han llegado a hacerse tan sospechosas a los fieles, que todo hombre de
bien las considera hoy como un signo poco equívoco de perversión para cualquiera que las adopte. Si
no hiciesen nada malo no sentirían ese odio por la luz.

Por ese motivo, desde hace largo tiempo, estas sociedades han sido sabiamente proscritas por
numerosos príncipes en sus Estados, ya que han considerado a esta clase de gentes como enemigos
de la seguridad pública .

Después de una madura reflexión, sobre los grandes males que se originan habitualmente de esas
asociaciones, siempre perjudiciales para la tranquilidad del Estado y la salud de las almas, y que, por
esta causa, no pueden estar de acuerdo con las leyes civiles y canónicas, instruidos por otra parte, por
la propia palabra de Dios, que en calidad de servidor prudente y fiel, elegido para gobernar el rebaño
del Señor, debemos estar continuamente en guardia contra las gentes de esta especie, por miedo a
que, a ejemplo de los ladrones, asalten nuestras casas, y al igual que los zorros se lancen sobre la
viña y siembren por doquier la desolación, es decir, el temor a que seduzcan a las gentes sencillas y
hieran secretamente con sus flechas los corazones de los simples y de los inocentes.

Finalmente, queriendo detener los avances de esta perversión, y prohibir una vía que daría lugar a
dejarse ir impunemente a muchas iniquidades, y por otras varias razones de Nos conocidas, y que son
igualmente justas y razonables; después de haber deliberado con nuestros venerables hermanos los
Cardenales de la santa Iglesia romana, y por consejo suyo, así como por nuestra propia iniciativa y
conocimiento cierto, y en toda la plenitud de nuestra potencia apostólica, hemos resuelto condenar y
prohibir, como de hecho condenamos y prohibimos, los susodichos centros, reuniones, agrupaciones,
agregaciones o conventículos de Liberi Muratori o Franc-Massons o cualquiera que fuese el nombre
con que se designen, por esta nuestra presente Constitución, valedera a perpetuidad

Por todo ello, prohibimos muy expresamente y en virtud de la santa obediencia, a todos los fieles,
sean laicos o clérigos, seculares o regulares, comprendidos aquellos que deben ser muy especialmente
nombrados, de cualquier estado grado, condición. dignidad o preeminencia que disfruten, cualesquiera
que fuesen, que entren por cualquier causa y bajo ningún pretexto en tales centros, reuniones,
agrupaciones, agregaciones o conventículos antes mencionados, ni favorecer su progreso, recibirlos u
ocultarlos en sus casas, ni tampoco asociarse a los mismos, ni asistir, ni facilitar sus asambleas, ni
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proporcionarles nada, ni ayudarles con consejos, ni prestarles ayuda o favores en público o en


secreto, ni obrar directa o indirectamente por. sí mismo o por otra persona, ni exhortar, solicitar,
inducir ni comprometerse con nadie para hacerse adoptar en estas sociedades, asistir a ellas ni
prestarles ninguna clase de ayuda o fomentarlas; les ordenamos por el contrario, abstenerse
completamente de estas asociaciones o asambleas, bajo la pena de excomunión, en la que incurrirán
por el solo hecho y sin otra declaración los contraventores que hemos mencionado; de cuya
excomunión no podrán ser absueltos más que por Nos o por el Soberano Pontífice entonces reinante,
como no sea en “artículo mortis”. Queremos además y ordenamos que los obispos, prelados,
superiores, y e1 clero ordinario, así como los inquisidores, procedan contra los contraventores de
cualquier grado, condición, orden, dignidad o preeminencia; trabajen para redimirlos y castigarlos con
las penas que merezcan a titulo de personas vehementemente sospechosas de herejía.

A este efecto, damos a todos y a cada uno de ellos el poder para perseguirlos y castigarlos según los
caminos del derecho, recurriendo, si así fuese necesario, al Brazo secular.
Queremos también que las copias de la presente Constitución tengan la misma fuerza que el original,
desde el momento que sean legalizadas ante notario público, y con el sello de una persona constituida
en dignidad eclesiástica.
Por lo demás, nadie debe ser lo bastante temerario para atreverse a atacar o contradecir la presente
declaración, condenación, defensa y prohibición. Si alguien llevase su osadía hasta este punto, ya
sabe que incurrirá en la cólera de Dios todopoderoso y de los bienaventurados apóstoles Pedro y
Pablo.

Dado en Roma, en la iglesia de Santa María la mayor, en el año de 1738 después de la Encarnación de
Jesucristo, en las 4 calendas de mayo de nuestro octavo1o de pontificado”.

Clemente XII Papa

.
.
Papa Benedicto XIV (1740-1758)

ENCÍCLICA “PROVIDAS” (Papa Benedicto XIV -18 de Mayo de 1751)


Benedicto, Obispo, Siervo de Dios Para perpetua memoria.

Razones justas y graves nos obligan a pertrechar. con una nueva fuerza de nuestra autoridad y a
confirmar las sabias leyes y sanciones de los Romanos Pontífices, nuestros predecesores, no
solamente las que tememos haberse debilitado o aniquilado en el transcurso del tiempo o la
negligencia de los hombres, sino aún aquellas que están en todo su vigor y en plena fuerza.

Nuestro predecesor, Clemente XII, de gloriosa memoria, por su Carta Apostólica de fecha IV de las
Calendas de mayo del año de la Encarnación de Nuestro Señor 1738, el VIII de su Pontificado, y
dirigida a todos los fieles de Jesucristo, que comienza con las palabras: “In Eminenti”, a condenado y
prohibido a perpetuidad ciertas sociedades llamadas comúnmente de los Francmasones, o de otra
manera, esparcidas entonces en ciertos países y estableciéndose de día en día con mas extensión,
prohibiendo a todos los fieles de Jesucristo, y a cada uno en particular, bajo pena de excomunión, que
se incurre en el mismo acto y sin otra declaración, de la cual nadie puede ser absuelto a no ser por el
Pontífice entonces existente, excepto en articulo de muerte, el atreverse o presumir ingresar en dichas
sociedades o propagarlas, mantenerlas, recibirlas en su casa, ocultarlas, inscribirse, agregarse o
asistir, o de otra manera, como se expresa con extensión en la mencionada carta, cuyo tenor es e1
siguiente: (a continuación, el Papa transcribe la Bula).

Pero como se ha visto, y Nos hemos enterado, que no existe temor de asegurar y publicar que la
mencionada pena de excomunión dada por nuestro predecesor, no tiene ya vigencia en razón de que
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la referida Constitución no ha sido confirmada por nosotros, como si la confirmación expresa del Papa
sucesor estuviera requerida para que las Constituciones Apostólicas dadas por los Papas precedentes
subsistiesen.

Y como también algunos hombres piadosos y temerosos de Dios, Nos han insinuado que, para quitarle
toda clase de subterfugios a los calumniadores, y para poner de manifiesto la uniformidad de Nuestra
intención con la voluntad de Nuestro Predecesor, es necesario acompañar el sufragio de Nuestra
confirmación a la Constitución de Nuestro mencionado predecesor…

Nosotros, aunque hasta el presente, cuando sobre todo el año de Jubileo y antes con frecuencia,
hemos concedido benignamente la absolución de la excomunión incurrida a muchos fieles
verdaderamente arrepentidos y contritos de haber violado las leyes de la susodicha Constitución, y
prometiendo con todo su corazón retirarse enteramente de esas sociedades o conventículos
condenados, y de jamás volver en lo sucesivo a ellos; o cuando hemos comunicado a los
penitenciarios, diputados por Nos, la facultad de poder dar en nuestro nombre y autoridad, la misma
absolución a esa clase de penitentes que recurrían a ellos; cuando también no hemos dejado de
estrechar con solicitud y vigilancia a los jueces y tribuna1es competentes a proceder contra los
violadores de la dicha Constitución según la medida del delito, lo que ello en efecto han hecho con
frecuencia, hemos dado en eso mismo, pruebas, no solamente razonables, sino enteramente
evidentes e indubitables, de donde debía inferirse con bastante claridad nuestros sentimientos y
nuestra firme y deliberada voluntad, respecto de la fuerza y vigor de la censura fulminada por nuestro
dicho predecesor Clemente, como ya queda dicho. Por lo que si se publicase una opinión contraria
atribuyéndola a Nos, podríamos despreciarla con seriedad y abandonar nuestra causa al justo juicio de
Dios Todopoderoso, sirviéndonos de las palabras de que se sirvieron en otro tiempo en los santos
misterios: Haced, Señor, os lo suplicamos, que no nos cuidemos de las contradicciones de los espíritus
malignos, sino que despreciando esa malignidad, os suplicamos que no permitáis que nos asusten las
críticas injustas o que nos sorprendan insidiosas adulaciones, sino antes bien amemos lo que vos
mandáis. Tal se encuentra en un antiguo Misal atribuido a San Gelasio, nuestro predecesor, y
publicado por el Venerable Siervo de Dios, José María Tomasio, Cardenal, en la Misa intitulada “Contra
obloquentes”.

Sin embargo, para que no pueda decirse que hemos omitido imprudentemente cosa alguna que pueda
fácilmente quitar todo recurso y cerrar la boca contra la mentira y la calumnia, Nos, siguiendo e1
consejo de muchos de Nuestros Venerables Hermanos los Cardenales de la Santa Iglesia Romana,
hemos decidido confirmar por la presente, la Constitución ya mencionada de Nuestro predecesor en su
totalidad, de manera tal como si fuera publicada en Nuestro propio nombre, por la primera vez;
Nosotros queremos y disponemos que ella tenga fuerza y eficacia para siempre…

Entre las causas más graves de la mencionada prohibición y condenación…, la primera es que en esta
clase de sociedades, se reúnen hombres de todas las re1igiones y de toda clase de sectas, de lo que
puede resultar evidentemente cualquier clase de males para la pureza de la religión católica. La
segunda es el estrecho e impenetrable pacto secreto, en virtud del cual se oculta todo lo que se hace
en estos conventículos, por lo cual podemos aplicar con razón la sentencia de Cecilio Natal, referida
por Minucio Félix: “las cosas buenas aman siempre la publicidad; los crímenes se cubren con el
secreto”. La tercera, es el juramento que ellos hacen de guardar inviolablemente este secreto como si
pudiese serle permitido a cualquiera apoyarse sobre el pretexto de una promesa o de un juramento,
para rehusarse a declarar si es interrogado por una autoridad legítima, sobre si lo que se hace en
cualesquiera de esos conventículos, no es algo contra el Estado, y las leyes de la Religión o de los
gobernantes. La cuarta, es que esas sociedades no son menos contrarias a las leyes civiles que a las
normas canónicas, en razón de que todo colegio, toda sociedad reunidas sin permiso de la autoridad
pública, están prohibidas por el derecho civil como se ve en el libro XLVII de las Pandectas, título 22,
“De los Colegios y Corporaciones ilícitas”, y en la famosa carta de C. Plinius Cæcilius Secundus, que es
la XCVII, Libro X, en donde él dice que, por su edicto, según las Ordenanzas de1 Emperador, está
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prohibido que puedan formarse y existir sociedades y reuniones sin la autoridad del príncipe. La
quinta, que ya en muchos países las dichas sociedades y agregaciones han sido proscritas y
desterradas por las leyes de los príncipes Seculares. Finalmente, que estas sociedades gozan de mal
concepto entre las personas prudentes y honradas, y que el alistarse en ellas es ensuciarse con las
manchas de la perversión y la malignidad. Por último, nuestro predecesor obliga, en la Constitución
antes mencionada, a los Obispos, prelados superiores y a otros Ordinarios de los lugares a que no
omitan invocar e1 auxilio de1 brazo secular si es preciso, para ponerla en ejecución.

Todas y cada una de estas cosas Nosotros no solamente la aprobamos, confirmamos, recomendamos
y enseñamos a los mismos Superiores eclesiásticos, sino que también Nosotros, personalmente, en
virtud del deber de nuestra solicitud apostólica, invocamos por nuestras presentes letras, y
requerimos con todo nuestro celo, a los efectos de su ejecución, la asistencia y el auxilio de todos los
príncipes y de todos los poderes seculares católicos; habiendo sido los soberanos y las potestades
elegidos por Dios para ser los defensores de la fe y protectores de la Iglesia, y por consiguiente siendo
de su deber emplear todos los medios para hacer entrar en la obediencia y observancia debidas a las
Constituciones Apostólicas; es lo que les recordaron los Padres del Concilio de Trento en la sesión 25,
capítulo 20; y lo que con mucha energía, anteriormente bien había declarado el emperador
Carlomagno en sus Capitulares, título I, capítulo 2, en donde, después de haber prescripto a todos sus
súbditos la observancia de las ordenanzas eclesiásticas, añade lo que sigue: “Porque no podemos
concebir cómo puedan sernos fieles los que se han demostrado desleales a Dios y a sus sacerdotes
Por esto encargando a los presidentes y a los ministros de todos los dominios a que obliguen a todos y
a cada uno en particular a prestar a las leyes de la Iglesia la obediencia que les es debida, ordenó
severísimas penas contra los que faltasen. He aquí sus palabras entre otras: Los que en esto – lo que
Dios no permita -, resulten negligentes y desobedientes, tengan entendido que ya no hay más
honores para ellos en nuestro Imperio, aunque fuesen nuestros hijos; ni empleados en nuestro
Palacio; ni sociedad ni comunicación con nosotros ni con los nuestros, sino que serán severamente
castigados”.

Queremos que se de crédito a las copias de las presentes, aún impresas, firmadas de puño de un
Notario público, y sellados con el sello de una persona constituida en dignidad eclesiástica, el mismo
que se daría a las presentes si estuviesen representadas y mostradas en original. Que no sea pues,
permitido a hombre alguno infringir o contrariar por una empresa temeraria esta Bula de nuestra
confirmación, renovación, aprobación, comisión, invocación, requisición, decreto y voluntad, si alguno
presume hacerlo sepa que incurre en la indignación de Dios Todopoderoso y de los Bienaventurados
Apóstoles San Pedro y San Pablo. Dado en Roma, en Santa María la Mayor, el año de la Encarnación
de N. S. 1751 , el 15 de las Calendas de Abril, el IX año de nuestro Pontificado.

Benedicto XIV, Papa

ENCÍCLICA “ECCLESIAM” (Papa Pío VII – 13 de Septiembre de 1821)


La Iglesia que Nuestro Señor Jesucristo fundó sobre una sólida piedra, y contra la que el mismo Cristo
dijo que no habían jamás de prevalecer las puertas del infierno, ha sido asaltada por tan gran número
de enemigos que, si no lo hubiese prometido la palabra divina, que no puede faltar, se habría creído
que, subyugada por su fuerza, por su astucia o malicia, iba ya a desaparecer.

Lo que sucedió en los tiempos antiguos ha sucedido también en nuestra deplorable edad y con
síntomas parecidos a los que antes se observaron y que anunciaron los Apóstoles diciendo: “Han de
venir unos impostores que seguirán los caminos de impiedad” .

Nadie ignora el prodigioso número de hombres culpables que se ha unido, en estos [últimos] tiempos
tan difíciles, contra el Señor y contra su Cristo, y han puesto todo lo necesario para engañar a los
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fieles por la sutilidad de una falsa y vana filosofía, y arrancarlos del seno de la Iglesia, con la loca
esperanza de arruinar y dar vuelta a esta misma Iglesia. Para alcanzar más fácilmente este fin, la
mayor parte de ellos, han formado las sociedades ocultas, las sectas clandestinas, jactándose por este
medio de asociar más libremente a un mayor número para su complot…

Hace ya mucho tiempo que la Iglesia, habiendo descubierto estas sectas, se levantó contra ellas con
fuerza y coraje poniendo de manifiesto los tenebrosos designios que ellas formaban contra la religión
y contra la sociedad civil. Hace ya tiempo que Ella llama la atención general sobre este punto… a fin
de que las sectas no puedan intentar la ejecución de sus culpables proyectos. Pero es necesario
lamentarse de que el celo de la Santa Sede no ha obtenido los efectos que Ella esperaba, y de que
estos hombres perversos no han desistido de su empresa, de la que ha resultado todos los males que
hemos visto. Aún más, estos hombres se han atrevido a formar nuevas sociedades secretas.

En este aspecto, es necesario señalar acá una nueva sociedad formada recientemente y que se
propaga a lo largo de toda Italia y de otros países, la cual, aunque dividida en diversas ramas y
llevando diversos nombres, según las circunstancias, es sin embargo, una, tanto por la comunidad de
opiniones y de puntos de vista, como por su constitución.

Ella, la mayoría de las veces, aparece designada bajo el nombre de Carbonari. Ella aparenta un
respeto singular y un celo maravilloso por la doctrina y la persona del Salvador Jesucristo que algunas
veces tiene la audacia culpable de llamarlo el Gran Maestre y el jefe de la sociedad. Pero este
discurso, que parece más suave que el aceite, no es más que una trampa de la que se sirven estos
pérfidos hombres para herir con mayor seguridad a aquellos que no están advertidos, a quienes se
acercan con el exterior de las ovejas “mientras por dentro son lobos carniceros”.

Sin duda, ese juramento tan severo por el cual, a ejemplo de los Pricilianistas, ellos juran que en
ningún tiempo y en ninguna circunstancia revelarán cualquier cosa que sea de lo que concierne a la
sociedad a hombres que no sean allí admitidos, o que no tratarán jamás con aquellos de los últimos
grados las cosas relativas a los grados superiores; y sin duda también esas reuniones clandestinas
que ellos tienen a ejemplo de muchos otros heresiárcas, y la agregación de hombres de todas las
sectas y religiones, muestran suficientemente, aunque no se agreguen otros elementos, que es
necesario no prestar ninguna confianza en sus discursos.

Pero no es necesario ni conjeturas ni pruebas para dictar sobre sus dichos, el juicio que Nos hemos de
realizar. Sus libros impresos, en los que se encuentran lo que se observa en sus reuniones, y
sobretodo en aquellas de los grados superiores, sus catecismos, sus estatutos, todo prueba que los
Carbonari tienen por fin principalmente propagar el indiferentismo en materia religiosa, el más
peligroso de todos los sistemas, y de destruir la Sede Apostólica contra la cual, animados de un odio
muy particular, a causa de esta Cátedra, ellos traman los complots más negros y más detestables.

Los preceptos de moral dados por la sociedad de los Carbonarios no son menos culpables, como lo
prueban esos mismos documentos, aunque ella altivamente se jacte de exigir de sus sectarios que
amen y practiquen la caridad y las otras virtudes y se abstengan de todo vicio. Así, ella favorece
abiertamente el placer de los sentidos; así, ella enseña que está permitido el matar a aquellos que
revelen el secreto del que Nos hemos hablado más arriba, y aunque Pedro, el príncipe de los Apóstoles
recomienda a los cristianos “el someterse, por Dios, a toda criatura humana que Él establezca por
encima de ellos, sea el Rey, como el primero del Estado, sea a los magistrados, como a los enviados
del Rey, etc.”; y aunque el Apóstol San Pablo ordene “que todo hombre esté sometido a los poderes
elevados”, sin embargo esta sociedad enseña que está permitido provocar revueltas para despojar de
su poder a los reyes y a todos los que gobiernan, a los cuales les da le injurioso nombre de tiranos.
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Esos son los dogmas y los preceptos de esta sociedad, y tantos otros de igual tenor. De allí los
atentados ocurridos últimamente en Italia por los Carbonarios, atentados que han afligido a los
hombres honestos y piadosos.

Y aunque Nos Hayamos ya expresamente prohibido esta sociedad por dos edictos salidos de Nuestra
Secretaría de Estado, Nos pensamos, a ejemplo de nuestros predecesores, que deben decretarse
solemnemente severas penas contra esta sociedad, sobre todo porque los Carbonarios pretenden que
no pueden ser comprendidos en las dos Constituciones de Clemente XII y Benedicto XIV, ni estar
sometidos a las penas que allí se dan.

En consecuencia, Nosotros que estamos constituidos centinelas de la casa de Israel, que es la Santa
Iglesia; Nos, que en virtud de nuestro ministerio pastoral, tenemos obligación de impedir que padezca
perdida alguna la grey del Señor que por divina disposición nos ha sido confiada, juzgamos que en
una causa tan grave nos está prescrito reprimir los impuros esfuerzos de esos perversos. A ello nos
excita el ejemplo de nuestros predecesores Clemente XII y Benedicto XIV de feliz recordación. El
primero de ellos con su Constitución In Eminenti del 28 de abril de 1738, y el segundo con la suya
Providas del 18 de mayo de 1751, condenaron y prohibieron las asociaciones de francmasones, con
cualquier nombre que se reunieran, según la diversidad de países y de idiomas. Es de creer que la
asociación de los carbonarios es un mugron o cuando menos una imitación de los francmasones. Y
aunque hemos prohibido rigurosamente esas asociaciones por dos edictos de nuestra Secretaría de
Estado, publicados ya, con todo, imitando a nuestros predecesores, creemos deber decretar severas
penas contra ella de modo más solemne, especialmente porque los carbonarios sostiene sin razón que
no se hallan comprendidos en las dos antedichas constituciones de Clemente XII y Benedicto XIV, ni
sujetos a las sentencias y penas que en ellas se imponen.

Por consiguiente, después de oír a una congregación compuesta de nuestros venerables hermanos los
Cardenales de la Santa Iglesia Romana, por su consejo, y también de nuestro propio movimiento, de
nuestra ciencia y madura deliberación, por las presentes y con la plenitud de la autoridad apostólica,
establecemos y decretamos que la susodicha sociedad de los Carbonarios, aunque en otras partes se
llama con otros nombres, sus asambleas, reuniones, agregaciones, juntas o conciliábulos, quedan
prohibidos y condenados, como los condenamos y prohibimos con la presente Constitución que ha de
tener fuerza y vigor perpetuamente. Y por lo mismo, a todos y cada uno de los fieles cristianos de
cualquier estado, grado, condición, orden, dignidad o preeminencia, sean seglares, sean eclesiásticos
seculares o regulares, dignos de especial individual mención, les prohibimos estrechamente y en
virtud de santa obediencia, que ninguno de ellos, so pretexto ni color cualquiera, tenga la osadía o
temeridad de entrar en la mencionada sociedad de los carbonarios u otra llamada con otro nombre, ni
propagarla, etc…

Papa Pío VII

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