Derecho a la Revolución; Resumen. Autor original: ANTONIO SALAMANCA.
Conceptualización de Revolución.
1º Entendiéndolo como una transformación radical de las relaciones sociales en orden a la
producción y reproducción de la vida de los pueblos. 2º Un mismo proceso histórico con tres fases
temporales: (1ª) Es revolución en la preparación de la hegemonía revolucionaria bajo la
contrarrevolucionaria (Esto implica la hegemonía económica de los pobres, sean asalariados o no,
para tener una amplitud en el espectro más allá del proletariado, empoderando a las mujeres
como sujeto a emanciparse); (2ª) Es revolución en el momento de la pugna por la hegemonía en la
correlación de fuerzas revolucionarias frente a las contrarrevolucionarias (Ciertamente la
dictadura burguesa se impone mediante la coacción directa e indirecta de la máquina burocrático-
militar del Estado, directamente mediante la coacción física e indirectamente mediante las leyes
con amenaza de la coacción física para su cumplimiento) . (3ª). Es revolución en la duración de la
hegemonía revolucionaria (La preservación en el tiempo que pueda tener la revolución es un acto
revolucionario en sí mismo, existir como revolución y resistir al imperialismo). El concepto
‘revolución política’, que creemos más ajustado a los hechos, es un concepto de contenido
positivo, como afirmación de la producción y reproducción de la vida de los pueblos, que incluye el
‘estado de rebelión’, como uno de sus momentos. Pero la acción revolucionaria es más que el
momento de un acto, es la unidad temporal en ejecución de la praxis reproductora de la vida del
pueblo que se dilata en la historia haciéndose perdurable con la fuerza de su habitualidad
hegemónica. Refiriendo a la revolución política de los pueblos lo que J. Martí refería a la justicia:
de la Revolución política no tienen nada que temer los pueblos, sino los que se les resisten.
Derecho a la Rebelión o tiranicidio.
La Declaración de Independencia de los Estados Unidos recoge el derecho a la resistencia de forma
implícita (como cambio del gobierno destructor de los derechos inalienables de la vida, libertad,
búsqueda de la felicidad, etc.).
El derecho a la resistencia a la opresión es reconocido de forma implícita por la Carta de las
Naciones Unidas. Como ‘supremo recurso’ a la resistencia a la tiranía y a la opresión, aunque no
positivado como derecho, es reconocido por el mismo Preámbulo de la Declaración Universal de
los Derechos Humanos. Allí se dice textualmente: “Considerando esencial que los derechos
humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido
al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión”.
Derecho Revolucionario (DR) y Praxis Material necesitante de Realidad (PMR).
El hecho de la vida de los pueblos como praxis material necesitante de realidad (PMR) es el hecho
de partida para el Derecho revolucionario (DR). Las necesidades de vida de los pueblos urgidas de
satisfacción es el ‘lugar jurídico donde se origina el sistema del Derecho. Asentados en ese hecho
radical, los pueblos latinoamericanos, y los del conjunto de la Tierra, tienen un derecho inalienable
que posibilita todos los demás: el derecho humano a la vida y a reproducir sus condiciones de vida.
La experiencia jurídica internacional ha llevado al Comité de Derechos Humanos a afirmar ‘la vida
como el derecho fundante de todos los demás’. Pero, al tiempo, este hecho y derecho fundante
exigen que se entienda la vida más allá de la mera subsistencia orgánica animal, porque la vida
humana es ‘praxis material-necesitante de realización.
Esto es, el derecho universal a la vida humana se materializa siempre históricamente como el
derecho que tienen los pueblos a afirmar la satisfacción de sus necesidades materiales de vida y a
revertir la insatisfacción de las mismas. Es decir, el derecho humano universal a la vida es
históricamente el derecho humano concreto a la revolución. De este modo, la Revolución se
constituye en fuente de derechos ya que se asienta radicalmente en la unidad de un derecho
originario que tienen todos los pueblos; si se quiere: el derecho a la vida-revolucionaria.
La experiencia histórica afirma, y no puede negarse este hecho, que la Revolución ha sido y es
fuente de Derecho. “[n]egar que la Revolución es fuente de derecho, sería negar que en 1787 los
Padres Fundadores de los Estados Unidos de América aprobaron su Constitución Republicana y
proclamaron presidente de esa nación al general George Washington, quien los había conducido a
la victoria sobre el colonialismo inglés; o negar los principios de libertad, igualdad, y fraternidad de
la Revolución Francesa, que dio inicio a una nueva era de la Humanidad”.
Concepto del Derecho a la Revolución.
El Derecho a la revolución lo conceptualizamos como la positivación por los pueblos de sus
necesidades materiales de vida, su satisfacción y la reversión de la insatisfacción de las mismas,
bajo la sanción coactiva de la fuerza física de la comunidad. Este concepto ‘iusmaterialista’ de
Derecho puede converger con lo más emancipador de la tradición iusnaturalista, marxista y
positivista. Sin embargo, es una formulación que mantiene su distancia respecto de algunas
corrientes de la Filosofía del Derecho, la Sociología, y el Derecho positivo que coinciden en
entender que “el derecho es un cuerpo de procedimientos regularizados y patrones normativos,
considerados justificables en un grupo social dado, que contribuyen a la creación, prevención y
resolución de litigios, a través de un discurso argumentativo articulado bajo la amenaza de la
fuerza”. Con nuestro concepto de Derecho revolucionario respondemos a la urgencia de articular
dos ámbitos tradicionalmente separados y casi incompatibles para la tradición marxista: el
Derecho y la Revolución.
En ese caso, y sin la necesaria diferenciación, con el concepto de Derecho se quiere indicar el
‘legalismo’, heterónomo y opresor, de un ‘pseudoderecho’ contrarrevolucionario. El concepto de
Derecho que ofrecemos tiene una estructura analítico-dialéctica trimembre, en correspondencia a
la estructura de la praxis material-necesitante de realidad de los pueblos. Se puede realizar un
análisis dialéctico de la estructura de la praxis jurídica en sus dos posibilidades históricas: como
praxis jurídica revolucionaria, o como praxis legal contrarrevolucionaria. Esta última no es
propiamente Derecho, porque, a pesar de su legalidad, le falta el momento de legitimidad material
originaria que otorga la satisfacción de las necesidades materiales de la vida humana. Por tanto,
sólo en sentido impropio se puede hablar de un ‘derecho’ contrarrevolucionario. En todo caso son
normas contrarrevolucionarias, legalismo sin legitimación.
1º. La praxis de producción jurídica (del Derecho), en su respectiva autonomía, consiste en que las
necesidades materiales de vida de los pueblos y los medios de positivación entren en combustión
(interacción) con la fruición de la fuerza de positivación jurídica de los pueblos para crear un
satisfactor jurídico: las normas jurídicas. (1ª) En primer lugar, la materia objeto del Derecho es la
constante de las necesidades materiales de vida de los pueblos y los medios de positivación. La
estructura material de las primeras es abordada en la obra Filosofía, Política y Derecho a la
Revolución 20 , y allí nos remitimos. En cuanto a los medios de positivación nos referimos a los
medios personales y técnicos para la creación de las normas (costumbre, instituciones
comunitarias, etc.). Mala praxis jurídica y mal Derecho podrá hacerse si no se parte de la
materialidad de las necesidades de vida de los pueblos (v.gr. el ‘derecho’ burgués que parte de
deseos, principios, reivindicaciones, valores, etc.), y no se dispone de medios personales (v.gr.
ausencia del pueblo legislador) y técnicos (v.gr. buena parte de los países africanos a los que se les
ha robado las instituciones del Estado). (2ª) La positivación jurídica 21 es el modo cómo se expresa
la fuerza fruitiva del poder en la praxis jurídica. Lo que llamamos fuerza fruitiva de positivación
jurídica no es otra cosa que el poder de autonormación del contenido material de la justicia, bajo
la sanción coactiva de la fuerza física de la comunidad.
En cuanto autonormación, la positivación jurídica es la fuerza de los pueblos que se autodetermina
normativamente como sujeto autónomo. A esto le llamamos legitimidad autonormativa. Esta
legitimidad puede reforzarse con la legitimidad electiva por mayoría de votos. Ahora bien, esta
legitimidad no es condición suficiente. Esto es, puede ocurrir que la mayoría de votos de los
pueblos elija, por ejemplo, la heteronomía normativa religiosa, colonial, imperial, etc. En estos
casos la autonormación sólo queda circunscrita a la minoría que cuenta con la ‘fuerza’ (con el
poder de la legitimidad política originaria) para la autonormación.
Con relación a la justicia, como el contenido material de la autonormación, como la justicia es la
praxis material de los pueblos que afirma la satisfacción de sus necesidades materiales de vida, y
que revierte su insatisfacción, lo que se norma es eso precisamente. El contenido de la
autonormación de la justicia no es arbitrariamente de cualquier ‘reivindicación’, sino de las
necesidades materiales que tienen los pueblos para reproducir sus vidas. Ésta es la fuente de lo
que hemos denominado legitimidad política originaria (legitimidad de vida). La relación entre la
legitimidad autonormativa y la legitimidad política originaria es la relación entre la parte
(legitimidad auto-normativa) y el todo (la legitimidad originaria). La legitimidad autonormativa
(reforzada con la legitimidad electiva) no basta para hacer a la norma legítima, ya que se requiere
la legitimación completa de la legitimidad de vida. Si la mediación de la legitimidad autonormativa
(la parte) resultara contraria a la legitimidad de vida (el todo), ésta habrá de crear otra legitimidad
autonormativa, y electiva, en su caso.
En lo que concierne a la sanción coactiva de la fuerza física de la comunidad, la fuerza fruitiva de
positivación jurídica tiene una particularidad con respecto a otros tipos de positivaciones (v.gr.
moral, costumbres, etc.). La positivación jurídica recurre a la ejecución de la coacción de la fuerza
física de la comunidad para ‘imponer’ el reconocimiento de las necesidades de vida de los pueblos;
la producción, circulación y apropiación de los satisfactores; y la satisfacción de las necesidades. La
mediación de esta coacción es la sanción jurídica. La sanción coactiva de la fuerza física es la fuerza
de la vida (poder de la praxis de vida) que tienen los pueblos para garantizar la satisfacción de las
necesidades materiales que han merecido ser positivadas por su relevancia para la vida de la
comunidad.
El contenido de la sanción jurídica es afirmativo, de la praxis jurídica revolucionaria de los pueblos;
y ‘reversivo’, de la praxis jurídica contrarrevolucionaria. Desde lego, la sanción de la fuerza física
no es la única de las formas que tiene el Derecho para conseguir el cumplimiento de las normas.
Las sanciones morales, por ejemplo, son también un recurso muy efectivo. Ello es así porque el
Derecho es una parte de la Moral material. Las normas jurídicas son parte acotada de las normas
morales. Lo que especifica al Derecho de la Moral es que aquél recurre a la coacción de la fuerza
física institucionalizada del Estado, de la comunidad, como garante último del cumplimiento de la
norma. No basta únicamente la sanción coactiva, puesto que la Moral también recurre a la
coactividad de la sanción para garantizarse el cumplimiento de las normas morales. La sanción
coactiva ha de garantizarse en último término mediante el uso de la fuerza física institucionalizada
de la comunidad, que se impone sobre el ejercicio de la libertad del trasgresor de la norma.
(3ª) El fruto de la producción de la praxis jurídica es un satisfactor: las normas jurídicas. La norma
es creación teleológica. No termina en sí misma (fetichizándose), sino que es una mediación
comunitaria para asegurar la producción y reproducción de la vida humana de los pueblos. Los tres
momentos de la estructura de la praxis de producción jurídica son interdependientes. El elemento
coactivo de la sanción de la fuerza no puede ser desgajado del resto, y presentado como lo que
caracteriza al Derecho. La voluntad de la fuerza, por sí sola, no crea Derecho, sino más bien
termina en la violencia arbitraria del poder. Del mismo modo, la mera autonormación, por sí sola,
tampoco crea Derecho, a lo más que puede llegar es a un uso lógico, finalista, de la violencia del
poder. Tanto la auto-normación como la sanción de la fuerza física encuentran su brújula en la
legitimación originaria (de vida), esto es, en la praxis de justicia como la satisfacción de las
necesidades materiales de vida de los pueblos. Por eso el Derecho, como norma jurídica, es el
satisfactor jurídico de la Justicia material.
2º La praxis de circulación jurídica. En primer lugar, la norma jurídica, como satisfactor jurídico,
además de su ‘valor de uso personal’, tiene ‘valor de uso para otros’. Esto es, vale para satisfacer
las necesidades de vida de los otros miembros de los pueblos, gracias a ello, la norma jurídica
entra en la circulación normativa (sistema jurídico), en un primer momento, como ‘ley’. Utilizamos
aquí el término ‘ley’ en sentido lato, no técnico-jurídico, sino en cuanto norma jurídica del sistema
de Derecho que debe ser realizada bajo la correspondiente sanción de la fuerza de la comunidad
(v.gr. leyes, decretos, directivas, órdenes, circulares, etc.). Así como para K. Marx, la ‘mercancía’ es
la primera manifestación de la praxis económica en su momento de circulación, así ocurre con la
ley vista desde la circulación del Derecho. El mercado ahora es el ‘sistema jurídico’ y la mercancía
es la ‘ley’. En un segundo momento, del mismo modo que el dinero es el medio de intercambio
económico en el mercado, el Derecho ‘nacional’ e ‘internacional’ (el ordenamiento jurídico
nacional e internacional) es el medio de intercambio, de comunicación, normativa ad intra y ad
extra. En un tercer momento, así como ocurre con el beneficio económico neto mundial de los
pueblos, el fruto de la circulación mundial de la praxis jurídica es la articulación e
interdependencia de los ordenamientos jurídicos nacionales e internacionales como ‘Derecho
mundial’. Por desgracia, como afirma H. Dieterich, en los comienzos del tercer milenio, la
hegemonía contrarrevolucionaria ha hecho que en buena parte las fuerzas de la OTAN hayan
substituido al Derecho internacional de las Naciones Unidas.
3º La praxis de apropiación jurídica. La praxis de apropiación jurídica es el fortalecimiento
(empoderamiento) de los pueblos con el DR. El Sistema del Derecho Revolucionario es apropiación
del sistema de Derecho por los pueblos. Este presupuesto histórico es ineludible para que pueda
hablarse de un ‘Derecho de los pueblos’. La praxis de fortalecimiento de los pueblos tiene sus tres
momentos estructurales. En primer lugar, es apropiación de los medios de positivación. Ello
implica la apropiación de las necesidades de vida de los pueblos, y los medios personales,
institucionales y técnicos para la positivación. En segundo lugar, la apropiación de la fuerza de
positivación significa la apropiación de la fuerza de autonormación, legitimación y sanción jurídica
de los actores, de los operadores o funcionarios de las instituciones, que realizan la positivación (la
apropiación del trabajo jurídico). Para que haya apropiación de la positivación jurídica no basta
con ser conscientes de las necesidades y disponer de los medios de normación, hace falta también
que el ‘trabajo’ del legislador plasme las necesidades de vida de los pueblos y su satisfacción, y no
las traicione. Hace falta la fuerza de un trabajo autonormativo legítimo para crear normas jurídicas
legítimas. En tercer lugar, para que el fortalecimiento de los pueblos con el Derecho sea completo
hace falta que éstos se apropien de la satisfacción jurídica de todas sus necesidades de vida, y de
las de todos los pueblos de la Tierra. Esto es, que los pueblos se apropien de los satisfactores
jurídicos materiales del Derecho nacional, internacional y mundial.
Fundamento del Derecho a la Revolución.
En sentido general, el fundamento del Derecho revolucionario se encuentra en la vida humana de
los pueblos como praxis material-necesitante de realidad 28 . Dentro de ella, de modo más
específico, el fundamento del DR se ubica en la necesidad material estructural de fortalecimiento
que tienen los pueblos: en el poder del movimiento de la PMR como fuerza 29 . En la tradición
filosófica y jurídica, a esta necesidad material de la praxis se le ha denominado, en cierto
deslizamiento idealista, como la facultad de la voluntad. Con frecuencia, el contenido de la
voluntad ha quedaba reducido al poder de la ejecución de la autodeterminación por ella misma
(arbitrariamente). La libertad sería así el modo propio en los humanos de ejecutar la voluntad
autodeterminativa independientemente del contenido de la misma. Junto a esta reducción,
también ha sido frecuente la confusión en la voluntad del querer autodeterminativo y el querer
fruitivo (disfrute de la realidad). Desde el análisis-dialéctico de la PMR que venimos realizando
hemos de afirmar que, ambas, la reducción autodeterminativa-ejecutiva y la confusión con el
querer fruitivo, son dos errores.
En primer lugar, lo que la tradición ha llamado voluntad es la necesidad material de
fortalecimiento del poder del movimiento de la PMR que se articula, a su vez, en tres necesidades:
necesidad de liberación de la determinación material (necesidad de indeterminación); necesidad
de autodeterminación; y necesidad de ejecución de la propia autodeterminación. La necesidad de
liberación material de la determinación, con frecuencia es omitida del contenido propio de lo que
se entiende por voluntad y por libertad. Se parte idealistamente de un supuesto estado de
liberación adonde los seres humanos hemos llegado por condición de tales. Pero es una creencia
idealista ingenua creer que los seres humanos hemos adquirido ese estado necesariamente por
ser seres humanos. Los hechos muestran que la indeterminación (liberación) que requiere la
necesidad del fortalecimiento de la PMR, como primer momento estructural de su dinamismo, ni
es una necesidad sincrónica en la vida de todos los seres humanos, ni diacrónica en la vida de cada
ser humano en particular. No se puede obviar u olvidar que la satisfacción de la necesidad material
de liberación de los pueblos posibilita la voluntad y la libertad. La voluntad, como la libertad,
además de ser voluntad y libertad para y en la autodeterminación material, son voluntad y
libertad de la determinación material. Lo que se entiende por voluntad y libertad han de quedar
siempre articuladas en función de la estructura de la necesidad material de fortalecimiento de la
PMR, frente a toda tentación idealista.
En segundo lugar, es un error alojar el ‘querer fruitivo’ en el contenido dinámico de la voluntad.
Ésta es ciertamente autodeterminación, y a ello se le denomina habitualmente con el término
‘querer’. Pero éste es un ‘querer autodeterminativo’. Ahora bien, el verbo querer también significa
el ‘querer fruitivo’ del disfrute de la realidad. Éste es el contenido propio de lo que
tradicionalmente se ha llamado sentimiento, y que ha quedado marginado en la historia de la
articulación de las facultades de la razón y de la voluntad. Pues bien, desde nuestro análisis
dialéctico del PMR, entendemos el sentimiento como la necesidad material de comunicación, y lo
reivindicamos con la misma relevancia estructural que la necesidad material de intelección (la
razón, en el idealismo) y la necesidad material de fortalecimiento (la voluntad, en el idealismo).
Aclarados el reduccionismo y la confusión anterior, afirmamos que el fundamento del Derecho se
encuentra en el poder, en la ‘poderosidad’ del movimiento de la materia que en la PMR se expresa
como necesidad de la fuerza, de su fortalecimiento como tal praxis material de realidad. Esto es,
como necesidad de fuerza ejecutiva liberada en la autodeterminación para la producción y
reproducción de la vida de los pueblos. Como la producción y reproducción de la vida de los
pueblos es la satisfacción de todas sus necesidades materiales, y éstas son respectivas, resulta que
la fundamentación del Derecho no es autorreferente sino que siempre es respectiva. El Derecho,
asentado en la necesidad de fortalecimiento de la PMR, es revertido a la satisfacción de todas las
necesidades de la PMR. Ahora bien, conviene no olvidar que el poder del movimiento de la PMR
tiene posibilidad de valencia binaria: la vida y la muerte de los pueblos. Como posibilidad siempre,
y un hecho habitual por desgracia, el poder del movimiento de la PMR puede manifestarse
históricamente como violencia, esto es, como la insatisfacción de las necesidades de vida de los
pueblos. Este será el fundamento del pseudoderecho, que el pueblo suele llamar legalismo, y que
nosotros denominaremos como legalismo contrarrevolucionario. En consecuencia, el Derecho
revolucionario es una de las dos opciones que tiene el movimiento moral de la PMR. No es una
imposición, sino una opción a la que se obligan los pueblos por la producción y reproducción de
sus vidas. Una obligación que se materializa, se ejecuta temporalmente, como obligación moral
histórica. Por ello, podemos decir que el fundamento del Derecho revolucionario es la fuerza de la
obligación moral e histórica de producir y reproducir la vida de los pueblos, frente a la violencia de
la reproducción de su muerte.
En primer lugar, es directamente una obligación pero no una imposición. Sólo indirectamente se
puede decir que es una imposición. La obligación es tal porque ‘obliga’ a lo que está ligada. Y eso a
lo que se está ligada, eso sí, se le ha impuesto a los pueblos: su praxis de realidad en cuanto
‘hacerse cargo de’ la necesidad de tener que ‘obligarse’ a reproducir su vida o reproducir su
muerte. El hecho de la imposición de la praxis de realidad de los pueblos, en su movimiento
binario oscilatorio entre la muerte (contrarrevolución) o la vida (revolución), es el fundamento de
la ‘obligación’ del Derecho a la Revolución. Ambas posibilidades son igualmente originarias. La
obligación del Derecho a la Revolución es la necesidad binaria impuesta por la praxis de los
pueblos que optan por materializar la posibilidad de producción y reproducción de la vida.
En segundo lugar, es una obligación moral. Esta afirmación pudiera resultar difícil de aceptar para
quienes se resisten a analizar la ‘moral’ como un dinamismo material de la praxis. Parte de la
tradición marxista encuentra difícil la armonización entre la ‘cientificidad’ de la Revolución y la
subjetividad de la Moral. Dificultad de articulación que, como hemos indicado, se extiende al
Derecho. Moral y Derecho se identifican con la ideología de la clase burguesa dominante;
producto histórico de la ‘supraestructura’, reflejo de la infraestructura de las relaciones de
producción. No lejos de este planteamiento se encuentra buena parte de la burguesía progresista
socialdemócrata, que hace de la moral un asunto propio de la voluntad privada de los ciudadanos.
La ideología jurídica contrarrevolucionaria, desde la noche de los tiempos, se ha encargado de
robarle al Derecho la Moral. Por Moral entendemos aquí un dinamismo material físico de la praxis
de realidad de los pueblos que se encuentran antes de toda responsabilidad, e incluso antes de
toda consciencia, con la imposición ‘física’ de tener que ‘optar’ por producir y reproducir sus vidas
o muerte. Este ‘poder’ de la realidad, que en la especie humana ‘revolucionariamente’ se le
apodera como ‘hacerse cargo de la realidad’ para la vida o para la muerte, es el fundamento de
toda moral. Conviene llamar la atención sobre la posibilidad de bivalencia radical de la praxis
moral de los pueblos. Con frecuencia se produce una reducción o deslizamiento cuando nos
referimos al contenido de la moral. Y con ello la moral queda reducida a su dimensión afirmativa,
personal y privada. Sin embargo, en el sentido último de imposición física que tiene la moral, tan
moral es la opción por la vida como la opción por la muerte. En el primer caso la moral es de vida,
en el segundo es necrófila.
A nuestro juicio, todo el conflicto, toda la lucha dialéctica que K. Marx encuentra en la sociedad
responde, en última instancia, a la tensión física del código binario vida/muerte que impone la
materia de la praxis de realidad. Es esta materialidad del dinamismo binario moral de la praxis de
los pueblos lo que da a la revolución, y a todas las instituciones de la comunidad, su carácter
reversible, como también, por ende, a la ‘contrarrevolución’. En el primer caso, cerrando el
horizonte; y abriéndolo a la esperanza en el segundo.
No hay determinismo ni seguridad en que los pueblos tomarán el camino de la vida. La Revolución
ciertamente puede ser vendida 33 . Como diría J. Martí, “se cede en lo justo y lo injusto cae solo”
34 . Pero esta ‘indeterminación’ de la materia histórica que es la praxis de los pueblos nos permite
eludir dos actitudes parciales, que por tales no se ajustan a los hechos. Ni el ‘pesimismo
antropológico’ ni el ‘optimismo voluntarista’ se corresponden con el contenido de la praxis. Los
pueblos, por el contrario, tienen en sus manos tanto el ‘poder’ de vivir como el ‘poder de morir’.
Es el yugo ligero de la responsabilidad histórica revolucionaria de los pueblos acrecentar las
posibilidades materiales de vida para ellos y las generaciones futuras. Para los pueblos
latinoamericanos, y para todos los del planeta, la moral, la ética revolucionaria, o es ‘materialista’
o es cínica (contrarrevolucionaria) 35 . “Se pelea mientras hay por qué, ya que puso la Naturaleza
la necesidad de justicia en unas almas, y en otras la de desconocerla y ofenderla. Mientras la
justicia no esté conseguida, se pelea” 36 . En tercer lugar, el derecho a la revolución es
permanencia histórica. Desde el mismo origen de la Humanidad, la materialidad de la Revolución
de la PMR es intrínsecamente permanencia histórica. Su historicidad lo es de la lucha por la
hegemonía frente al pseuderecho contrarrevolucionario. El ‘legalismo’ burgués
contrarrevolucionario, hoy hegemónico, frente a un Derecho revolucionario en resistencia
histórica 37 , ha hecho caso omiso de la base material (de las necesidades de vida de todos los
pueblos). Cabría decir del legalismo contrarrevolucionario (pseudoderecho) lo que Marx dice de la
Historia, que toda la concepción jurídica, hasta ahora, ha hecho caso omiso de la base real del
Derecho, o la ha considerado simplemente como algo accesorio, que nada tiene que ver con el
desarrollo histórico. Esto hace que el Derecho deba escribirse siempre con arreglo a una pauta
situada fuera del mismo; la producción real de la vida se revela como algo protohistórico; la
positivación jurídica de normas se manifiesta como algo separado de la vida cotidiana, como algo
extra y supraterrenal. Esta concepción sólo acierta a ver en el Derecho las normas, principios,
valores, e intereses de la burguesía 38 .
Contenido del Derecho a la Revolución.
El derecho a la revolución es derecho para la revolución. El Derecho de revolución ‘carga con’ el
proyecto político jurídico de materializar la producción y reproducción de la vida de los pueblos.
Este Derecho es un instrumento de la política revolucionaria, un medio de reforzar los “momentos
arquitectónicos de todo orden político posible” 40 . Como hemos indicado, la revolución no es sólo
ruptura momentánea, destructiva del viejo sistema, sino que, por el contrario, es sobre todo
afirmación de un nuevo sistema de materialización permanente de la producción y reproducción
de la vida de los pueblos. Si el dinamismo revolucionario no tiene esta vocación ‘creadora’ de vida,
y de permanencia de la misma, no hay ‘tal revolución’, sino mera patología destructiva. Dentro de
la política revolucionaria, el Derecho juega un papel central al institucionalizar jurídicamente el
‘biopoder’ de la praxis de realidad de los pueblos. La tradición del marxismo unidimensional ha
relegado esta visión positiva del Derecho, en buena parte por identificarlo con un instrumento de
la clase burguesa. Sin embargo, sin negar lo acertado de la crítica marxista al ‘derecho
contrarrevolucionario, el error está en no distinguir la realidad del contenido estructural material
revolucionario del Derecho, de su uso fratricida, genocida o suicida. El error de esta confusión ha
llevado, por un lado, a ceder el arma jurídica de lucha a la contrarrevolución, y, por otro, a no
saber utilizarla una vez la revolución comienza a hacerse hegemónica.
El Derecho revolucionario es un ‘satisfactor jurídico material’, necesario para el proyecto político
de la democracia material de la producción y reproducción de la vida de los pueblos 41 . El
Derecho, por tanto, es para la revolución política y ésta es para la democracia material 42 . La
satisfacción de las necesidades de los pueblos es la razón última para la democracia material. La
satisfacción de las necesidades humanas es el criterio validante de los ‘nuevos derechos’ 43 . El
Derecho revolucionario ‘carga con’ las necesidades de los pueblos para realizarlas 44 . La
estructura material del Derecho revolucionario es para realizar el contenido de una política
revolucionaria orientada a producir y reproducir la vida de los pueblos. Y la vida de los pueblos
como PMR, es el dinamismo estructural respectivo de la necesidad material de comunicación
fortalecimiento-intelección (justicia-libertad-verdad) de los pueblos 45 . A lo largo de la Historia, la
comunidad internacional ha ido experimentando, con avances y retrocesos, su praxis. Fruto de esa
experiencia histórica son la positivación de la satisfacción de sus necesidades como derechos.
Los Derechos Humanos (DH), entendidos como los derechos humanos revolucionarios de los
pueblos, son el fruto jurídico más preciado de la experiencia histórica revolucionaria de los
pueblos 46 . Los DH son un fruto, sin duda, perfectible, completable y corregible. Una corrección
reciente de la estrategia contrarrevolucionaria de la desintegración de DH en derechos civiles,
políticos, económicos, sociales y culturales, fue la Declaración y Programa de Acción de Viena
(1993). Allí se confirmó el hecho, por otra parte evidente, de que la vida humana es indivisible, y
que de ella emanan integradamente todas las necesidades humanas que legitiman la positivación
de los DH y los sistemas de Derecho de cada comunidad nacional. En este sentido, se afirma:
“Todos los derechos humanos son universales, indivisibles e interdependientes y están
relacionados entre sí. La comunidad internacional debe tratar los derechos humanos en forma
global y de manera justa y equitativa, en pie de igualdad y dándoles a todos el mismo peso. Debe
tenerse en cuenta la importancia de las particularidades nacionales y regionales, así como de los
diversos patrimonios históricos, culturales y religiosos, pero los Estados tienen el deber, sean
cuales fueran sus sistemas políticos, económicos y culturales, de promover y proteger todos los
derechos humanos y las libertades fundamentales” 48 . ONU., Declaración y Programa de Acción
de Viena (1993), nº 5.
Fruto de una coartada ideológica, el ‘derecho contrarrevolucionario’ les otorga ‘cínicamente’
diferente grado de protección. La protección de los derechos económicos se hace depender de los
recursos sociales (arbitrariamente contabilizados por el poder y siempre escasos para atender a las
necesidades materiales de los pueblos).
En primer lugar, reconocemos el valor de las mismas en cuanto denuncian la necesidad de
concreción histórica de los DH, y la necesidad de reconocimiento de la pluralidad de la realidad de
los pueblos, frente a toda abstracción. Reconocemos también la advertencia de reformular los DH
más allá del paradigma burgués, como derechos humanos revolucionarios de los pueblos. Sin
embargo, en segundo lugar, hemos de decir que los planteamientos referidos caen en errores al
confundir el universalismo con la abstracción; y al negarle a la realidad histórica de la naturaleza
humana, histórica pero naturaleza humana, su propia estructura material. Se olvidan que sin
estructura material de la substantividad no hay movimiento histórico posible. Y que por ser la
praxis humana, praxis material-necesitante de realidad, ésta impone las ‘leyes de las necesidades
materiales de vida’. Desafiamos a esos críticos a que demuestren que no son universales y
concretas al tiempo, las necesidades materiales (con sus subdivisiones) de intelección,
comunicación y fortalecimiento, que tienen los pueblos para producir y reproducir sus vidas;
necesidades a las que ellos, por cierto, en su ortopraxis buscan prácticamente dejar bien
satisfechas cada día.
La tradición marxista ha de superar el tremendo error estratégico de identificar los DH con los
derechos humanos burgueses, entregando con ello la mejor de las armas a la burguesía capitalista
imperialista, a las tiranías y a los fanatismos. El uso perverso que hoy hace la hegemonía burguesa
imperialista de los Derechos Humanos no impide una reversión y realización revolucionaria de los
mismos (DH revolucionarios de los pueblos) 59 . Por eso nosotros, desde la tradición socialista y
marxista afirmamos la tradición revolucionaria de los DH de los pueblos, afirmamos la positivación
internacional vigente de los DH, al tiempo que reivindicamos que tiene que ser completada y
revertida, al menos, con la positivación de los siguientes derechos: (1º) El reconocimiento como
derecho humano del derecho a la revolución de los pueblos; (2º) El derecho humano a la
apropiación en modo cooperativo, y de prestación personal directa de servicios, de los medios de
producción, de la circulación y la distribución del trabajo y la riqueza de los pueblos.
El enfoque material estructural que damos a los DH, como contenido político del Derecho para la
Revolución, no es incompatible con la historicidad de los mismos, sino que es un contenido
material-estructural, dinámico, histórico 62 . Sin embargo, frente a toda tentación de idealismo
historicista, conviene no olvidar que la historicidad de las formulaciones de los Derechos Humanos
no crea la materialidad de las necesidades que éstos buscan satisfacer. La realidad de los DH no es
únicamente producto de la interacción histórica de la voluntad de los pueblos, sino, además, del
encuentro de toda la materialidad de la praxis de éstos con la materialidad del mundo. La
materialidad de todas las necesidades es una imposición de la naturaleza, a cuya satisfacción
estamos obligados si queremos vivir como pueblos 63 .
La Ejecución Histórica del Derecho a la Revolución.
Hasta ahora hemos hecho dos afirmaciones principales respecto al Derecho a la Revolución. La
primera reivindica que el Derecho es radicalmente Derecho de revolución, como una obligación
moral e histórica que tienen los pueblos de nuestra América, y de todo el mundo. La segunda lo
reclama como Derecho para la Política emancipadora, conformando jurídicamente el proyecto
político revolucionario. La tercera afirmación, que completa nuestro trabajo, reivindica al Derecho
como Derecho en la ejecución de la fuerza realizadora histórica de la revolución política. Esta
tercera reivindicación del Derecho es de especial relevancia porque supone entenderlo como un
Derecho que nace de las necesidades materiales de vida de los pueblos; como un dinamismo de
realización práctica que nace desde abajo y que acompaña a los pueblos en cada uno de sus
momentos históricos materializando la revolución del poder como fuerza de vida frente a la
contrarrevolución de la violencia asesina. Es la fuerza de la Revolución frente a la violencia de la
Guerra.
En esa tarea de ‘ligazón’ hegemónica, la política revolucionaria tiene tres tiempos-espacios
históricos que condicionan las aportaciones del Derecho revolucionario. Tiempos y espacios que se
distinguen por la correlación de fuerzas revolucionarias y violencias contrarrevolucionarias. El
marcador político que determina el estado en que se encuentra dicha correlación se obtiene
analizando dialécticamente y conociendo la explicación de la materialidad de los hechos que
responden a las siguientes preguntas: (1ª) ¿Quién se ha apoderado de las instituciones de
información, opinión y conocimiento de los pueblos?; (2ª) ¿Quién se ha apoderado de las
instituciones ecoestéticas, eroeconómicas y político-institucionales de los pueblos?; (3ª) ¿Está
comprometida la praxis de la dirección política, de modo verificable en el tiempo, en fortalecer
integradamente al pueblo apropiándolo con los medios de información, opinión, y conocimiento;
medios de comunicación ecológica, estéticas, económica, político-institucional; con los medios del
liberación, de autodeterminación y fuerza ejecutiva revolucionaria?