Estoy
en duelo
———_ as °° &4fF
José Carlos BermejoPrimera edicién: marzo de 2005
Segunda edicion: octubre de 2005
Tercera edicién: octubre de 2006
Cuarta edicidn: febrero de 2007
Quinta edicién: noviembre de 2007
En colaboracién con: Centro de Humanizacion de la Salud (CEHS)
Sector Escultores, 39
28760 Tres Cantos (Madrid)
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Disefio de cubierta: Estudio SM
© 2005, José Carlos Bermejo Higuera
© 2005, PPC, Editorial y Distribuidora, SA
Impresores, 2
Urbanizacién Prado del Espino
28660 Boadilla del Monte (Madrid)
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ISBN 978-84-288-1948-0
Depdsito legal: M- 49.025-2007
Impreso en Espaiia / Printed in Spain
Imprime: Gohegraf Industrias Graficas, SL - 28977 Casarrubuelos (Madrid)
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delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Cédigo Penal). El Centro
Espaitol de Derechos Reprogréficos vela por el respeto de los citados derechos.A ti, que lloras
porque amabas.INTRODUCCION
Desde hace afios me encuentro con personas que me ha-
cen esta pregunta: «{Qué le puedo regalar a mi amigo o
amiga, a mi madre, a mi padre... para que lea y le ayude,
porque se le ha muerto...?». ;Qué deseo tan noble el de
salir al paso del dolor ajeno por la pérdida de un ser
querido! Parece como si en él nos viéramos, en cierta
medida, reflejados. Parece qug el dolor del doliente nos
hiere y deseamos salir a su paso.
Este libro ha sido escrito no como un tratado sobre el
duelo, sino pensando en la persona que vive la pérdida
de alguien a quien amaba y que ha fallecido reciente-
mente. Esta en duelo, elabora el dolor; y el dolor vivido
en soledad, sin ninguna luz, es mas dolor que el dolor
compartido, confrontado con la experiencia de otros se-
mejantes y desahogado con quien esta dispuesto a escu-
char y caminar juntos en la solidaridad emocional.
El duelo, en todo caso, apunta en el cuaderno de la
vida una nota de verdad. No permite, como otras situa-
ciones de la vida, una negacion total ni su ocultamiento.
Reclama verdad. Quiza reclame nuestra verdad mas
grande y hermosa: el valor del amor, y nuestra verdad
mas tragica: la soledad radical que nos caracteriza.
En el libro Una pena en observacién, de Lewis, se nos
muestra como el dolor de la pérdida, ademas de ser el
precio del amor, esta asociado con Ja conciencia de la pér-
dida y su significado. Lewis relata mientras elabora la
pérdida de su amada: «Permanezco despierto toda la no-
che con dolor de muelas, dandole vueltas al dolor de mue-
las y al hecho de estar despierto. Esto también se puede
aplicar a la vida. Gran parte de una desgracia cualquiera
consiste, por asi decirlo, en la sombra de la desgracia, enla reflexion sobre ella. Es decir, en el hecho de que no
se limite uno a sufrir, sino que se vea obligado a seguir
considerando el hecho de que sufre. Yo cada uno de
mis dias interminables no solamente lo vivo en pena,
sino pensando en lo que es vivir en pena un dia detras
de otro» '.
En el fondo, la reflexion sobre la realidad, a la vez
que nos duele, nos humaniza, nos hace mas conscientes
de su significado, al mismo tiempo que nos hiere mas
hondo.
No pretendo en estas paginas dar recetas para quien
vive en duelo. No las conozco. Mas bien se trata de
compartir algunas reflexiones sobre el significado del
duelo, sobre los tipos de duelo y el modo de vivirlos sa-
ludablemente, sobre las cosas que nos suelen ayudar y
las que no, sobre cémo vivimos las implicaciones prac-
ticas de la pérdida, como qué hacer con las cosas del di-
funto, los lugares que frecuentaba, la oportunidad de ir
al cementerio...
Quiero pensar en el dolor sin negarlo, sin dulcificarlo,
pero también sin reducirlo a una experiencia oscura y
sin salida. Por eso, estas paginas quieren estar coloreadas
de esperanza, esperanza de afrontamiento saludable del
dolor, esperanza de aprender con ocasion del dolor, espe-
ranza que invita a trascender lo que vemos y sentimos.
No es el olvido la clave que sugiero como camino
para vivir sanamente el duelo, no. Mas bien creo que el
duelo se elabora sanamente segun se va aprendiendo a
recordar, seguin se va pudiendo invertir energia en nue-
vos afectos, segtin se van dando pasos para situar al ser
querido en el corazén, donde puede vivir para siempre,
donde la tristeza no es la unica nota de la melodia que
toca entonar, sino que puede sonar también al ritmo de
la esperanza.
' C. S. Lewis, Una pena en observacion. Barcelona, Anagrama, 1994,
pp. 17-18.Quiero imaginar este libro no solo en manos de
quienes se interesan por el tema, sino especialmente en
manos de los tristes y dolidos por su pérdida reciente.
Deseo que encuentren en estas paginas algunas migajas
de consuelo al sentirse comprendidos y al comprender, a
la vez, con mas hondura la naturaleza tan personal de
este dolor. Imagino este libro como un Jugar donde el
doliente pueda reconocer la sedienta sensacion que
queda tras la pérdida, sanarla y, al final, vislumbrar la
esperanza.
Los testimonios que he recogido y que cito son reales,
son experiencias de personas que me han brindado el
regalo de narrar lo que les habita, lo que piensan, lo que
sienten, con la esperanza de que su dolor tenga el color
también de la fecundidad: que ayude a otras personas a
sentirse misteriosamente en sintonia. Agradezco since-
yamente este esfuerzo a mi sobrina Paula, a Rosa, a Pe-
dro, a Marisa y a otras personas que me han ayudado en
esta tarea. Y a mi compafiero Jestis Arteaga le agra-
dezco la revision del texto antes de ser publicado.HE PERDIDO A UN SER QUERIDO
Y ME DUELE
Ya sé que todos nos tenemos que morir; ya sé que la
muerte es algo que se impone, que es algo natural, que
antes o después nos llega a todos. Ya lo sé. Y sin em-
bargo, ahora a quien me duele es a mi. Y me duele
como he visto que dolia a otras personas cuando per-
dieron a seres queridos y les he intentado acompafiar
con mi comprension y mi cercania.
Pero ahora me duele a mi. Y hasta dudo, a veces, de
que alguien pueda hacerse una idea de cuanto me duele.
La muerte de un ser querido nos pone irremediable-
mente ante el misterio de la vida. Nos impone silencio;
y el silencio, vacio; y el vacio, reflexion inevitable.
Se puede decir, de alguna manera, que Ja muerte nos
hace a todos filosofos, pensadores sobre el sentido ul-
timo de la vida, de las relaciones, del amor.
Pero no es un pensar cualquiera el que desencadena la
muerte, sino un pensar sintiendo intensamente, un vivir
ante el enigma que nos embaraza a todos de posibilidad
de engendrar y parir sentido. La muerte, asi, puede en-
sefiar a vivir y a humanizarnos.
El duelo reclama zurcir los «rotos» del corazén que la
pérdida ocasiona, y aquellos otros descosidos que apa-
recen del pasado, sanando con paciencia, al hilo de la
soledad y, en el mejor de los casos, de una buena com-
pafiia, la nueva vida.
Pero todo tiene su tiempo. De hecho, también en el
duelo se puede hablar de fases, de proceso. No es lomismo el mismo dia del fallecimiento de un ser querido
que un afio después. No es que el tiempo todo lo cure,
no. Pero nuestro corazon vive de manera distinta los di-
ferentes momentos.
Perder a un ser querido puede ser la causa de Ja mayor
de las infelicidades, el trauma mayor de la vida, con su
poder destructor. Y puede ser también una oportunidad.
Una oportunidad porque el morir y la muerte reclaman
verdad y verdades que aprender; y pueden contribuir a
humanizarnos.
1. El duelo: el precio del amor
No podemos amar sin dolernos. El duelo es un indicador
de amor, como el modo de vivirlo lo es también de Ja
solidaridad y del reconocimiento de nuestra limitacién y
disposicion al didlogo. De igual manera que hay duelos
mal elaborados en la raiz de situaciones de enfermedad
y de exclusion y marginacion, hay también duelos que
constituyen una oportunidad para reconstruir lazos
que estaban rotos o debilitados, para aprender de nue-
vas relaciones, para dejarse cuidar y querer, para cultivar
el sano recuerdo y darle el valor que tiene a la memoria,
para reconocer e] poder humanizador de las lagrimas...
y del pajiuelo.
En efecto, el duelo es esa experiencia de dolor, las-
tima, afliccién o resentimiento que se manifiesta de di-
ferentes maneras, con ocasion de la pérdida de algo o
alguien con valor significativo.
En todo caso, el duelo por la pérdida de un ser que-
rido es un indicador de amor hacia la persona fallecida.
No hay amor sin duelo. No se puede amar y pretender
que no nos duela perder a quien queremos. O nos pier-
den o perdemos, o les duele o nos duele. Morirse juntos
es también posible, pero siempre quedarian personas
queridas. No podemos morirnos con todas las personas alas que queremos y nos quieren. De este dolor no nos
escapamos. Alguien tiene que perder al otro, antes o
después; y esto se produce con dolor. «E] dolor del duelo
forma parte de la vida exactamente igual que la alegria
del amor; es, quiza, el precio que pagamos por el amor,
el coste de la implicacion reciproca» '.
Se diria que, por doloroso que resulte, forma parte de
la condicién humana. Incluso, por extrafio que pueda
parecer decirlo, si la muerte no nos arrancara a los seres
queridos, si viviéramos indefinidamente, la vida perde-
ria su color, moriria la solidaridad ante la vulnerabilidad
ajena, la eternidad del vivir como ahora quitaria sabor a
las experiencias humanas, que lo tienen también por ser
finitas, limitadas, mortales.
Lo que mas me duele es pensar que estoy sola, por-
que en realidad es como me siento, muy sola. Tengo
gente que me acompajia, mi familia, mis amigas, com-
pafieras, pero me falta lo mas importante: mi amor. No
tengo a la persona a la que contaba mis secretos, la
unica persona que podia saber las cosas que yo pensaba
y la que me ayudaba a subir las escaleras tan resbaladi-
zas de esta bella vida, como él acostumbraba a decirme.
Me duele en el alma cuando llegan las siete de la
tarde y no viene a buscarme. Mi teléfono ya no suena
como antes, ya no sale su nombre en la pantalla y sé
que jamas volvera a salir.
Me duele irme a la cama y pensar que jamas voy a
volver a verlo, ni a estar con él, que jamas me dara un
abrazo ni me acariciara como lo hacia; que jamas me
volvera a dar un beso ni a decirme que me quiere.
No es la razon precisamente la instancia que mas nos
ayuda en los momentos de dolor por la pérdida de un
ser querido, aunque a veces parezca que lo deseamos y
' CM. Parkes, II lutto: studi sul cordoglio negh adulti. Mildn, Feltrine-
li, 1980, p. 18.que pretendemos hacernos estoicos e intentar consolar-
nos con argumentos en lugar de con afectos. Nunca, en
el dolor por la pérdida de un ser querido, alcanzaran
ningun razonamiento ni ninguna frase, por bien inten-
cionada que sea dicha, el valor y la densidad de un
signo que exprese cercania y afecto, comunion y acom-
pafiamiento en el sentimiento -cualquiera que sea- que
se vive.
M. Klein dice que el proceso de elaboracién del duelo
significa reinstalar dentro de uno mismo a los seres que-
ridos; darles una presencia interna en la que el ser per-
dido no sea un perseguidor interior que genere culpa,
sino buen recuerdo, con la dosis correspondiente de me-
lancolia que Freud nos ayud6é a comprender que va aso-
ciada al duelo.
Resuena también la respuesta que Buda dio a diferen-
tes personas que se le acercaron cuando él estaba reu-
nido con sus discipulos:
~dExiste Dios? —le pregunté uno que se le acercé por
la mafiana.
-Si -respondié Buda.
Después de comer, se acercé otro hombre.
-ZExiste Dios? ~quiso saber.
-No, no existe -dijo Buda.
Al final de la tarde, un tercer hombre hizo la misma
pregunta.
-éExiste Dios?
~Tendras que decidirlo tu mismo -respondid Buda.
-Maestro, jqué absurdo! -dijo uno de sus discipu-
los-. €Cémo puedes dar respuestas diferentes a la
misma pregunta?
~Porque son personas diferentes -respondi6 el Ilumi-
nado-. Y cada una de ellas se acercara a Dios a su ma-
nera: a través de la certeza, de la negacion y de la duda.
Asi también, cada persona hace una experiencia
, muy particular del dolor interpelandose por el sentidoUltimo de la vida, con ocasion de la pérdida. Todos nos
hacemos un poco fildsofos al dolernos por un ser que-
rido; todos nos preguntamos -acaso secretamente-
por las cosas mas fundamentales de nuestra vida y su
sentido.
Quiza una sociedad pueda juzgar su grado de huma-
nidad también por el modo como afronta el duelo. En él
se percibira si lo esconde, lo privatiza, lo niega; o si, por
el contrario, lo socializa, lo comparte, lo expresa y lo
aprovecha para la busqueda del sentido del vivir.
2. Las reacciones mas normales
Cuando experimentamos la pérdida de un ser querido en
primera persona, una de las cosas que mas frecuente-
mente nos ocurren es preguntarnos interiormente si lo
que nos pasa es normal. Todos hemos visto manifesta-
ciones externas de dolor, pero cuando la experiencia es
personal, cuando saboreamos los sentimientos personal-
mente y vivimos en carne propia las sensaciones, nos
surge Ja duda de si son normales. Son, eso si, inevitable-
mente personales,
Las reacciones de cada uno a la pérdida de un ser
querido dependen también de numerosos factores. No
reaccionamos de igual manera en Jas diferentes cultu-
ras. Tampoco reaccionamos igual si fallece el abuelo,
enfermo, en circunstancias ya anunciadas, que si fallece
un ser querido en un accidente. No es lo mismo que la
causa sea natural o que el fallecimiento se produzca por
accidente, acto violento o por suicidio. Evidentemente,
no es lo mismo perder a un hijo que perder a un padre.
Aunque en todos los casos «el dolor duele».
Si la muerte se ha producido inesperadamente las
reacciones iniciales tienen mas que ver con el shock, la
rabia, el aturdimiento, la negacion, la incredulidad («no
es posible»).En todo caso y en el dmbito fisico, es normal que se
produzcan alteraciones, sobre todo en la fase inicial, ta~
les como sollozo, dificultad para respirar, rigidez fisica,
sequedad en la boca, falta de apetito, temblores, desva-
necimiento, dolor de cabeza, insomnio, punzadas en el
pecho, debilidad generalizada, falta de deseo sexual, in-
quietud, problemas gastricos, mareo, etc. Este «duelo del
cuerpo» debe ser escuchado y acompafiado?’, porque, si
no se presta la debida atencion, puede derivar en pato-
logias fisicas 0 psiquicas.
En el dmbito emocional la variedad de sentimientos que
se experimentan podria ser descrita como un rico abanico
o un arco iris. En efecto, la experiencia va desde la nega~
cién a la rabia, de la tristeza a Ja ansiedad, del desinterés
a la irritacion, del vacio a la culpa... Shock, aturdimiento,
incredulidad, rechazo, manifestaciones agresivas, etc., to-
das son reacciones normales, mientras se mantengan
dentro de unos margenes que no tengan repercusiones
irreversibles sobre uno mismo o sobre los demas.
Normalmente Ja rabia aumenta a medida que el re-
chazo disminuye. No es facil aceptar inmediatamente
una pérdida que duele. Por eso nos rebelamos y, de al-
guna manera, nos «disparamos» con expresiones de di-
ferente naturaleza: «No es justo», «precisamente ahora
que...», «por qué a él precisamente, con el mal que hay
en el mundo», «no le han hecho todo lo que se podia»,
etc. Sila rabia no dafia a los demas (el que la recibe ha
de estar atento a no absorberla en su totalidad como si
fuera una flecha bien direccionada y justificada) ni a
uno mismo (por posibles manifestaciones violentas),
constituye un momento transitorio que contribuye a ca-
nalizar y drenar el dolor interno. Por eso es bueno per-
mitirse y permitir algunas de estas manifestaciones,
aunque parezca que faltan al decoro social.
° Cf. A. PanGRAzzi, La pérdida de un ser querido. Madrid, San Pablo,
“2004, p. 45.
16 . ‘Cuando me dieron la noticia de que mi mujer habia
muerto, senti que el mundo se me caia encima; aunque
a medida que pasa el tiempo veo las cosas de otra ma-
nera. Pero hay ratos y dias en los que pienso que es
mejor no levantarme de la cama; pero asi es la vida y
hay que enfrentar las cosas como son. A ratos pienso
que la vida no es justa y me cabreo con ella y conmigo
mismo. Veo la cara oscura de la realidad, de la vida, y
tengo ratos en que me pregunto: por qué a mi?, épor
qué ahora?, épor qué no puedo vivir con ella? Y pre-
guntas asi, que me dan la impresién de que me hacen
dafio.
A veces la rabia busca dénde depositarse para salir de
dentro de uno mismo, y se culpabiliza a alguien.
-Me parece realmente injusto que mi hija, con solo
13 afios, haya muerto. Podria haber seguido conmigo
al menos unos afiitos mas. Al fin y al cabo Hlevaba mu-
cho tiempo malita, Es todo un asco; los médicos, a ve-
ces, parece que no tienen coraz6n. Podrian haber alar-
gado un poco mas la vida de mi hija.
La psicdloga que acompafiaba a esta mujer inter-
vino asi:
-Te parece muy injusto que tu hija no siga viviendo
contigo, éverdad?
-jPues claro que si! Era una nifa todavia.
-Eso es algo horrible.
-Si que lo es. Nacié ya mal. El corazon le fallaba
mucho a la pobrecita.
-éComo era su calidad de vida? gNecesitaba muchos
cuidados?
-Si, bueno, pero a mi no me importaba. j Ojala la hu-
biera podido cuidar toda la vida!
-dElla sufria?
-Al principio no, porque no sentia dolor. Lo que
pasa es que estaba muy limitada; no podia correr, ni
hacer esfuerzos, y se fatigaba mucho. Los médicos me
dijeron que se iria complicando cada vez mas. El ul-
timo afio estaba realmente muy malita.-Estaba muy mal al final... Si hubiera seguido vi-
viendo, como crees que estaria?
-Bueno, ya necesitaba oxigeno y todo. Si hubiera
seguido, estaria fatal, sin levantarse de la cama, y su-
friendo mucho, porque era una nifia muy vital.
~Parece que se fue antes de pasar por un horror peor...
~-Si, lo que le esperaba era peor. Se ha ahorrado mu-
cho dolor. Yo la hubiera querido tener mas tiempo con-
migo, pero en realidad era por mi. Me doy cuenta de
que ahora ella esta mas libre.
-Casi no hay alternativa: o tu dolor, o el suyo...
-Si yo se lo hubiera podido ahorrar... En realidad se
lo ahorro la muerte, porque yo no podia.
Es muy frecuente también el sentimiento de culpa. No
solo por como fue vivida la relacion y por aquellas areas
oscuras que pudo haber en la misma, sino también por
como se vivid la ultima etapa, experiencia que puede ser
especialmente significativa y quedarse grabada intensa-
mente en el recuerdo del superviviente.
El sentimiento de culpa puede permanecer incluso
mas tiempo, hasta experimentarse culpa incluso por es-
tar superando el duelo.
«Amor mio, recuerdo con nitidez tu cuerpo frio, mudo,
doloroso, yacente en la gélida camara frigorifica del hos-
pital donde te abracé. Cuando te contemplé por tiltima
vez, Supe que me quedaba para siempre sin tu presencia
y hubiera deseado conservarte en aquella frialdad para
poder llorarte mi amor a diario y escapar del tormento
que produce tu ausencia...» Y quien le acompafié afiade:
«Aparecen sentimientos contradictorios. Mikel comienza
a sentirse culpable al no tener constantemente en el pen-
samiento a su amada y desea: “Que aparezcas entre las
sombras de la habitacion, en la nebulosa de las aluci-
naciones y tenerte en mis brazos, besarte y amarte...”» >.
’ E, Cave, Ante el dolor. Reflexiones para afrontar la enfermedad y la
muerte. Madrid, Temas de Hoy, 2000, p. 289.
1k ‘Estoy empezando a salir a tomar un café con mis
amigas, pero me siento culpable. Me siento culpable
hasta de mis propios pensamientos. Estoy mal cuando
salgo a tomar café; mal, cuando pienso que, en un fu-
turo, tendré que rehacer mi vida...; y todo porque
pienso que le estoy traicionando, y que jcémo puedo
hacer estas cosas en un momento asi, estando aun re-
ciente su muerte! A veces le echo sangre fria porque
necesito defenderme de mi misma para no macha-
carme con la culpa.
A veces la experiencia de la culpa es vivida cruel-
mente porque la muerte ha arrebatado la posibilidad de
pedir perdon o de perdonar. Y no queda mas posibilidad
que perdonarse y perdonar, hacer la paz dentro de si,
con frecuencia verbalizando lo que se experimenta ante
alguien. Hay quien se siente aliviado si escribe lo que
vive o si «se lo cuenta» a la persona fallecida secreta-
mente, interiormente, 0 incluso en el cementerio.
Sin duda, el sentimiento mas facilmente comprensible
tras la pérdida de un ser querido es la tristeza. Su mani-
festacién en el llanto es la expresion social mas acep-
tada y comprendida. La tristeza esta asociada directa-
mente a una experiencia de vacio y de soledad, aunque
se produzca en medio de un fuerte apoyo social. Es una
soledad muy intima, muy personal, experimentada muy
internamente.
Me duele pensar que ahora tengo que tomar decisio-
nes solo, que ya no esta ella para apoyarme y aconse-
jarme; me siento perdido, solo. Tengo miedo a esta so-
ledad. Y al final todo se traduce en tristeza. Si, estoy
muy triste porque ella no esta. No esta por la mafiana,
no esta por la tarde, no esta por la noche. No esta los
fines de semana. No esta, ni estard nunca. Ese es el do-
lor mas grande. No la volveré a ver y eso es muy triste.
A ella se le ha acabado la vida, pero yo siento que a mi
se me ha ido una parte de mi vida con ella. Se han idomis ilusiones compartidas, se ha ido ella misma. Ahora
me siento vacio, sin fuerzas. Parece que toda la tristeza
del mundo estuviera en mi, y no sé si alguien puede
hacerse cargo de lo que esto duele. Es muy duro.
Lo que realmente me causa una profunda tristeza es
el fin de semana. Noto una inmensa soledad que, a ve-
ces, siento que me ahoga. Lo tinico que pide mi cuerpo
entonces es llorar y no parar. Hasta ahora me ayuda
mucho llorar cuando siento esa necesidad.
En el dmbito mental la experiencia del duelo también
tiene manifestaciones concretas, como la dificultad para
concentrarse, la busqueda de la persona perdida, el re-
cuerdo de tantos momentos compartidos, la afioranza.
Entre otras dificultades, con frecuencia cuesta concen-
trarse y organizar los propios pensamientos. Es facil que
un estudiante tenga fracasos escolares a continuacion
de una pérdida significativa, o que el rendimiento en el
trabajo sea mds bajo del habitual. A veces se experi-
menta también el miedo a encontrarse con la persona
fallecida en los lugares que frecuentaba habitualmente,
o en la soledad, o en la oscuridad, como si pudiera apa-
recerse. No es raro tampoco sofiar que esa persona esta
viva, o tener la experiencia de «escuchar al difunto
como si estuviera vivo y presente» (alucinaciones nor-
males al inicio) como manifestacién de la dificultad de
aceptar la muerte. Hay quien sufre también el miedo a
entrar en los lugares donde ese ser querido estuvo en-
fermo, encamado o su cadaver, como si estuviesen habi-
tados por él] 0 como si todavia se fuera a visualizar lo
que en realidad no esta por ningun lado mas que en el
cementerio y en el corazon del superviviente.
Me da vergiienza decirlo, pero tengo miedo a entrar
en la habitacién donde él dormia. Parece que me lo voy
a encontrar alli, tumbado en la cama como cuando es-
taba vivo. Sé que no es posible; pero, aunque sea irra-
: tcional, siento este miedo. A veces también pienso que
todavia lo voy a ver en la caja, en la sala donde estuvo
cuando murid. Es absurdo, pero me cuesta quitarme la
imagen de la cabeza. Me dicen que esto le pasa a mucha
gente, pero yo ya deseo que deje de ocurrirme. Quiero
recordarlo como era cuando estaba bien y vivo. Por eso
me han aconsejado que mire fotos para situarlo mental-
mente en los sitios normales donde estaba en vida.
Es normal que se produzca una idealizacion de la per-
sona fallecida. Si no se cronifica (llevaria al duelo pato-
légico), constituye una expresién de amor y de perdon.
Son las clasicas y comprensibles expresiones: «Era muy
bueno, muy inteligente», «tenia muy buen corazon para
todos», etc. Permitirse y permitir exaltar las cualidades
positivas de la persona perdida ayuda a hacer también
un proceso de pacificacion interior y a subrayar la parte
positiva que, en el recuerdo, podra ser mas saludable
que la evocacion de las limitaciones. Una vision realista,
en todo caso, es lo mas adecuado, puesto que las limita-
ciones de la persona no impiden el amor que se le pro-
feso y el lugar que ocupa en el corazon.
También el duelo afecta en el dmbito espiritual, como
no podria ser de otra manera. En el fondo, las preguntas
sobre el porqué, sobre el sentido de la vida, sobre el sen-
tido del amor (ahora dolido), sobre el mas alla, sobre un
posible re-encuentro, etc., son todas elementos relacio-
nados con la dimension trascendente y espiritual. Reac-
cionamos con preguntas y experimentamos vacio. Ha-
cemos busquedas e intentos de darnos respuestas, como
acariciando alguna luz en medio de la oscuridad, algun
mas alla en el mas aca.
Me siento bien cuando voy al cementerio. Me doy
cuenta de la triste realidad: que es verdad lo que ha
ocurrido, Pero siento como si lo tuviera mas cerca. A me-
nudo intento darme dnimos y pienso que a David le gus-
taria que yo no estuviera triste y llorando todo el dia.Es como un reto que tengo con él. No puedo pensar
que no exista algo después de Ja muerte. No puedo. Me
ayuda mucho pensar que ahora tengo un angel que me
cuida y me protege, que desde donde él esté, me va a
ayudar, me ayuda.
Con frecuencia, muchas personas confiesan que la
muerte de un ser querido les ha hecho tomar conciencia
de lo que es realmente importante en la vida. Es como si
la muerte se convirtiera en maestra, una dura maestra
que ensefia y recuerda los valores mas genuinamente
humanos.
La verdad es que a veces pienso que es una pena que
tengan que pasarnos estas cosas, que tenga que morir
alguien muy cercano para darnos cuenta de las cosas
importantes de la vida. Ahora veo las cosas de otra
manera y, por supuesto, valoro mas lo que realmente
importa. Por eso no quiero hundirme y soy consciente
de que tengo que vivir y aprovechar lo que tengo y lo
que soy, porque todo pasara un dia.
Nunca he podido superar todo el dolor que me caus6
la muerte de mi padre, porque si lo hubiera podido evi-
tar, si algun donante de sangre se hubiera presentado a
tiempo... Durante mucho tiempo he odiado a la socie-
dad. A todos. Sentia que todos eran culpables de su
muerte. Pero un dia oi pedir auxilio por radio. Eran ur-
gentes las demandas de sangre para un enfermo. No sé
quién me empujé a ir. Posiblemente mi propio padre,
que siempre nos ensefié a dar. (...) Mi padre no se habia
equivocado en cuanto nos ensefié sobre el sufrimiento,
y esa verdad me hizo descubrir que, a pesar de su
muerte, él continua vivo en cada donacion de sangre,
en cada anonimo gesto de solidaridad *.
* Cf. L. A. pe J, Lerre pos Santos, «El duelo como experiencia de espe-
tanzay, en J. C. BERMEJO (ed.), La muerte enseia a vivir. Vivir sanamente el
duelo. Madrid, San Pablo, 2003, pp. 164-165.
1Elaborar el duelo supone no solo integrar la pérdida,
asumir Ia desaparicion del ser querido, aceptar que mu-
rid, sino también integrar la propia mortalidad, cuya
conciencia se hace mas patente con ocasidén de la muerte
de la persona querida. También hay muerte, pues, en los
supervivientes. Como dice san Angustin: «De aqui nace
aquel llanto y lamento cuando muere algun amigo; de
aqui aquellos lutos que aumentan nuestro dolor; de aqui
el tener afligido el corazon convirtiéndose en amargura
la dulzura que antes gozaba; y de aqui la muerte de los
que viven, por la vida que han perdido los que mueren»®.
Elaborar el dolor consiste en aprender a pensar sin culpa
patologica sobre la pérdida, ser capaz de expresar los sen-
timientos que esta provoca, compartirlos en un clima de
respeto y sin obsesiones, analizar e ir aceptando las conse-
cuencias que dicha pérdida supone y poner en practica
conductas que tiendan a afrontar la vida en toda su ri-
queza. No es facil ni se hace en un instante. Es todo un ca-
mino de trabajo, sobre todo en el mundo de los apegos
afectivos, como han mostrado los estudiosos del duelo °.
Este trabajo no solo lo tienen que hacer las personas
cercanas. Téngase en cuenta que, durante un cierto
tiempo después del fallecimiento, el muerto no esta
muerto socialmente’ del todo en nuestra compleja e in-
formatizada sociedad; se seguira todavia recibiendo co-
rrespondencia a su nombre, llamaran por teléfono pre-
guntando por él y su teléfono movil sonara...
3. Diferentes tipos de duelo
Hay diferentes tipos de duelo. Vivimos un duelo antici-
patorio antes de que la pérdida se produzca, que, en la
° San Acustin, Confesiones, IV, 9.
© Cf. J. BowLBy, «Attaccamento e perdita», en Opere, I. Turin, Boringhieri,
1976.
7 Cf. C. Coso, El valor de vivir. Madrid, Ed. Libertarias, 1999, p. 350.
23mayoria de los casos, contribuye a prepararse para la
misma. Lo vivimos si la muerte no se produce de ma-
nera inesperada. Vivimos un impacto normal en el
momento de la pérdida, que dura un tiempo diferente
segun cada persona y el valor de lo perdido (duelo nor-
mal). Otras personas tardan en reaccionar en su viven-
cia y manifestacion del dolor, y hablamos entonces de
duelo retardado. No falta quien no consigue colocar
dentro de si la propia historia y puede caer en un duelo
cronico 0, incluso, patologico.
Algunas notas de estos diferentes tipos de duelo son
tas siguientes:
Duelo anticipatorio
Es la elaboracién del dolor por la pérdida préxima,
cuando esta no se produce de manera violenta 0 inespe-
tada. En efecto, acompafiando a los seres queridos en su
proceso de morir, ya antes de que el fallecimiento se
produzca, experimentamos dolor.
Puede que pensemos incluso en cosas concretas,
como detalles del entierro, del cementerio, etc. Y es fa-
cil experimentar culpa al ver que estos pensamientos
nos habitan. Como si nos dijéramos: «Si pienso en es-
tas cosas antes de que haya muerto, es como si lo estu-
viera matando 0 como si no lo quisiera vivo». Pero hay
que entender que el duelo anticipatorio es normal y
que ayuda a prepararse para la pérdida, ayuda a tomar
conciencia de lo que esta pasando y a empezar a orga-
nizar el significado mas proximo de la pérdida. Quiza
se piense también en como vivir a partir del falleci-
miento, con quién, cémo organizarse la vida, la coti-
dianidad, las compras, la casa, la compaiiia, la posibi-
lidad de ir a casa de un hijo... Es lo que se llama «el
trabajo de la preocupacién». Todo esto es normal aun-
que a veces hace sufrir por pensar que no deberia su-
74 .ceder. Por el contrario, que estos pensamientos nos ha-
biten nos prepara para la pérdida proxima. Algunas
personas participan en grupos de autoayuda a fin de
prepararse para el fallecimiento de un ser querido: por
ejemplo, familiares de enfermos terminales de algunas
unidades de cuidados paliativos. Es una experiencia
positiva que favorece un compartir saludable y una
ayuda reciproca.
Pero también el enfermo (cuando el fallecimiento se
produce tras un proceso de enfermedad en el que esta
consciente) piensa en la pérdida proxima y elabora su
duelo por lo que esta perdiendo: duelo por su cuerpo,
por la péerdida o disminucion de sus funciones biolégi-
cas, de sus posibilidades fisicas y cognitivas; duelo por
la separacién que prevé de sus seres queridos y por de-
jarles. Puede llegar a experimentar también la sensacion
de estar abandonando en un momento inadecuado o
inoportuno a los seres queridos. Nada mejor que un dia-
logo abierto y ofrecer la posibilidad de que cada uno
exprese lo que siente.
Cuando vi a mi marido tan mal, pensé que tenia que
preguntar a alguien sobre como habia que hacer para
la cremacion y si eso tenia alguna connotaci6n moral.
Me parecia que no, pero necesitaba hablarlo con al-
guien. Y me daba vergiienza, porque me parecia que si
Je decia a alguien que estaba pensando en la cremacién
de mi marido, pensaria que yo no lo queria o que es-
taba loca, o que estaba deseando que se muriera. Y nada
de eso. Me decidi a preguntarselo a un joven de los ser-
vicios religiosos de la unidad de cuidados paliativos, y
Ja verdad es que me fue muy bien porque me entendid
perfectamente. Creo que estaba acostumbrado a que le
preguntaran esas cosas. Me senti bien porque no me
juzgo y porque me respondio diciéndome que era nor-
mal que pensara eso, y resolvid mis dudas. Aquello me
tranquilizd, dentro del dolor porque se me moria lo que
mas queria.Duelo retardado
Hay personas a las que les cuesta reaccionar a la pérdida
y no manifiestan el dolor de la manera que la mayoria
de la gente entiende que es normal. A veces es porque
no lo sienten en ese momento, como si estuvieran
«anestesiados»; y en otras ocasiones son las personas
que han estado ocupadas en todas las tareas y gestiones
propias del fallecimiento (avisos a los familiares, entie-
tro, etc.). Puede que, incluso, sea una huida hacia las
cosas para negar temporalmente lo que se impondra
mas evidentemente en el corazon, mas adelante.
Cuando toda la actividad desaparece o termina,
cuando la persona se encuentra con la soledad, hay mas
tiempo para tomar conciencia del vacio y de la pérdida,
especialmente si también desaparecen los apoyos que
duran poco, como las compafiias que solo se hacen pre-
sentes en el dia o dias que dura el enterramiento. Enton-
ces, la soledad puede producir una reaccion retardada
que algunos puede que no entiendan, porque «es ex-
trafio que llore ahora y no Ilorara entonces».
Nada como el respeto sagrado a las reacciones que se
presentan bajo apariencia de «retraso». Suelen ser fruto
de la toma de conciencia mas realista de que la muerte
es muerte y la separacién es para siempre. Y eso duele.
Aquel hombre no se permitié ni una lagrima cuando
se estaba muriendo su mujer y durante el dia que estuvo
en el tanatorio. Sin embargo, al mes siguiente volvid a
nuestro Centro de Escucha donde atendemos a personas
que han perdido a un ser querido, y parecia un bafio de
lagrimas. Hablaba sin parar de lo que habia significado
para él su esposa y de lo solo que lo habia dejado. Se
sentia raro porque se encontraba a si mismo Ilorando
con facilidad y se avergonzaba de que le vieran, puesto
que no le habian visto llorar en el funeral. Le preocu-
paba lo que pudieran decir de él. Hablando con él como
voluntario del Centro de Escucha San Camilo, pude ayu-
. ’ .darle a reconocer que tenia derecho a llorar y a com-
prender también por qué no le habian salido las lagri-
mas anteriormente, segun su propia lectura.
Duelo crénico
Mas complicado es el duelo crénico, ese que queda muy
plasmado en la clasica figura de la mujer vestida de ne-
gro por afios sin término, como si el fallecimiento de su
marido o de su hijo se hubiera producido la semana pa-
sada. No es que se dé mas entre las mujeres, sino que esa
imagen quiza lo refleja de manera muy plastica. Se trata
de la incapacidad de reintegrarse con normalidad en el
tejido social, debido a que el doliente esta absorbido por
constantes recuerdos, fantaseando constantemente sobre
el pasado, invirtiendo en él toda la energia, sin ocuparse
del presente y sin construir ninguna relacion nueva.
A veces se da en personas cuyo vinculo con el falle-
cido era un apego muy dependiente, 0 en personas que
no tuvieron una relacion que fue muy deseada. Con fre-
cuencia es vivido con un sentimiento de gran inseguri-
dad al faltar la persona que murio.
Parece que invertir energia en salir o restablecer una
cierta normalidad en la cotidianidad supusiera una falta
de respeto al difunto, un tomarse poco en serio a la per-
sona perdida. En el fondo, parece que estando en duelo
y mostrandolo se paga un precio debido: el precio del
amor que no puede morir. Es, sin duda, una insana lec-
tura de las relaciones interpersonales. Restablecer el
equilibrio afectivo invirtiendo energia en personas nue-
vas, en nuevos proyectos, es razonable para la sabiduria
del corazon, no solo para la cabeza.
Recuerdo aquella mujer que vendia chucherias en la
tienda de la esquina cuando yo era pequefio. Siempre es-
taba vestida de negro. Decian que no habia encajado la
27muerte de su hijo. Se habia ahogado en el rio hacia 20
afios, pero parecia que hubiera sido ayer. Todos los saba-
dos iba al cementerio como el primero, no veia la televi-
sion porque le parecia que eso era como irreverente,
como si faltase el respeto a su hijo, que se lo merecia todo
y al cual nunca olvidaria. Es cierto que no tenia que olvi-
darlo, pero esta mujer lo recordaba con la misma inten-
sidad. Nos daba mucha pena cuando ibamos a su tienda.
Duelo patolégico
Algunos autores prefieren hablar de «duelo complicado»
e incluyen en este el duelo crénico, el retrasado, el exa-
gerado, el enmascarado, como formas distintas de vi-
vencia del dolor de manera compleja ®.
Quien experimenta el duelo patologico en alguna de
sus formas puede vivir alguna patologia psiquiatrica
tras la pérdida, como la depresién mayor. Sentirse de-
primido y sin esperanza después de la pérdida de un ser
querido significativo es una reacci6n normal y saluda-
ble, siempre que sea un fendmeno transitorio y adapta-
tivo; pero cuando se transforma en algo irracional y
acompafiado con otros elementos de la depresion cli-
nica, es necesario intervenir profesionalmente.
Asi también, Ja ansiedad es un sintoma normal tras la
pérdida, pero si se experimenta en forma de ataques de
panico o de conductas fobicas, podria incluirse dentro
del duelo patolégico.
Algunas personas enmascaran el duelo inconsciente-
mente tras un sintoma fisico 0 alguna conducta des-
adaptativa. Una persona puede, por ejemplo, experi-
mentar los mismos sintomas que la persona fallecida
{identificacién), 0 adoptar las mismas conductas que él
® Cf. J. W. Worben, El tratamiento del duelo: asesoramiento psicolégico
y terapia. Barcelona, Paidés, 1997.
28 ‘ ’y querer suplantarle en todo ocupando su rol, utilizando
su ropa, queriendo imitarle, ete.
En algunas ocasiones el duelo patoldgico lleva a ex-
tremos como el consumo de sustancias toxicas 0 de al-
cohol. De hecho, los que tratan el alcoholismo han de
estar atentos a que no haya un duelo no resuelto en la
persona dependiente.
El duelo patoldgico a veces lo diagnostica el mismo pa-
ciente, porque pide ayuda al percibir en si mismo senti-
mientos o conductas desadaptativas y que le hacen sufrir
de manera intensa. Cuando no es asi, hay que estar
atento a algunos posibles indicadores, como, por ejemplo,
no poder hablar del fallecido, intensas reacciones emo-
cionales, incapacidad para desprenderse de cosas mate-
riales, sintomas fisicos semejantes a los que experimen-
taba el fallecido, alejamiento de todos los conocidos del
difunto, compulsion a imitar al fallecido, impulsos des-
tructivos, exceso de tristeza, consumo de sustancias, etc.
Mi experiencia me dice también que detras de perso-
nas en situacion de exclusién y marginacion se encuen-
tran, con frecuencia, experiencias de duelo no vivido
sanamente. En la historia de transeuntes, personas sin
techo, drogodependientes y otros muchos colectivos
particularmente vulnerables, facilmente hay pérdidas no
elaboradas.
Juan tiene 25 aiios, y a los pocos dias de fallecer su
hermano de 30 con el que convivia, ademas de sus pa-
dres, se traslad6 a su habitacién. Ahora duerme en ella,
se viste con su ropa, se pone su calzado, incluso siendo
de un numero menos, con la consiguiente incomodidad
que él minimiza. No habla de su hermano ni dice estar
mal. Sin embargo, todos los que lo rodean se dan
cuenta de que «eso no es normal». Se preguntan si algo
le podra ayudar; pero tampoco caen en la cuenta del
riesgo de que la identificacién que esta experimentando
pueda ir a mas y quiera no solo presentarse como se
presentaba su hermano, negando asi su muerte, sino es-
29tar a su altura, diluyendo asi su personalidad en la del
fallecido. Sin duda, necesita ayuda psicoldgica.
Recuerdo a una joven en un Centro de Atencion Inte-
gral que estaba intentando dejar la droga. Hablando con
ella me referia que el inicio de su adiccidn habia sido
tras la experiencia de la muerte de su bebé. Murié de
muerte stibita. No encontré apoyo social, dada la fragi-
lidad de su entorno y de su familia. Conocié en un bar a
un joven que le presté atencién, pero que consumia
droga. No tardo nada en consumirla también ella. La
droga se convirtid en su «consuelo», en el modo de ne-
gar la crudeza de su experiencia. Reconocia, al hablar,
que no habia hecho el duelo por su hijo al que, por otro
lado, habia esperado con esfuerzo de adaptacién, porque
habia nacido fuera de una unidad familiar estable.
Hay quien vive también un duelo ambiguo (0 ambiva-
lente, como prefieren otros)°, como pueden ser las perso-
nas cuyo ser querido ha desaparecido y todo apunta a que
haya muerto, pero no hay certeza (jde ahi la importancia
de la «relacién con el cadaver»!, es decir, de verlo o contar
con «su presencia»); o las personas que sufren por la «pér-
dida del hijo que nunca se lleg6 a tener», por ejemplo, por
aborto (voluntario 0 no); 0 las personas que acompafian a
familiares que han perdido algunas de las capacidades
mas especificamente humanas (por Alzheimer, por un ac-
cidente, etc.), y que provocan la pregunta: «{Tengo padre
o ya no queda de él mas que su cuerpo?», por ejemplo.
En estos casos, las personas no saben si comportarse
como casadas o viudas, si esperar o desistir, si desear la
vida o el fallecimiento definitivo, si volver a intentar te-
ner un hijo o elaborar secretamente un duelo socialmente
poco reconocido. Hay quienes piensan que es mejor ha-
cer cierres simbolicos que no hacer nada, en este tipo de
° Cf. L Capopevitta, «Las reacciones de duelo», en M. Die TRILL (ed.), Psi-
coloncologia. Madrid, Ades, 2003, p. 655.
30 . "asituaciones, a excepcidn de los casos de Alzheimer 0 pér-
dida de la conciencia por otra causa que, dentro de su
ambigiiedad, tiene también algo de «duelo anticipado».
Fue aquella semana de noviembre cuando mis oidos
registraban por primera vez la palabra «Alzheimer, y
el mundo se me venia encima. No quise decirtelo para
no preocuparte, pero me hundi. El médico no me dio
ninguna solucion, ningun tratamiento, solo me dijo
una palabra: «Paciencia, hijo». Era como si los médicos
me dieran el pésame.
Es importante conocer estas dinamicas que se pueden
producir en la elaboracién del dolor de la pérdida para fa-
vorecer al maximo en nosotros mismos y en los demas
una elaboracion sana y progresiva del dolor, para que
nuestras reacciones sean adaptativas y oportunas para se-
guir viviendo la nueva etapa que se nos abre en la vida
tras la pérdida.
Si no me hablas...
Sino me hablas,
llenaré mi corazon con tu silencio
y ast podré soportarlo.
Me mantendré tranquilo
y esperaré como la noche,
con su vigilia de estrellas
y su cabeza inclinada
en sefial de paciencia.
Es seguro que vendrd la manana,
que se desvanecerda la oscuridad,
y que tu voz se derramara por los cielos
en torrentes de oro.
RABINDRANATH TAGORE
a1ME DICEN COSAS.
UNAS ME AYUDAN, OTRAS NO
El deseo de ayudar a quien vive el dolor por la pérdida
de un ser querido se expresa de diferentes maneras.
Hay quien hace lo posible por compartir un poco de
tiempo; hay quien escribe unas lineas o hace una Ila-
mada telefonica; hay quien simboliza en unas flores el
afecto hacia el ser fallecido y hacia los supervivientes
mas proximos. En el fondo, es el deseo de consolar y la
necesidad de recibir algun tipo de consuelo. La soledad
radical y el vacio absoluto son insoportables.
Pero no todo consuelo es aceptado ni deseado. A ve-
ces, incluso, uno preferiria que le dejaran en paz, que
no le dijeran nada, que no se compadecieran de él por-
que parece que asi es tomada escasamente en conside-
racion la profundidad del dolor y se busca en seguida
un alivio; algo que, a primera vista, consistiera en rela-
tivizar o en desviar la atencion de lo que, de manera
mas intensa, se esta experimentando: el dolor por la
pérdida.
1. Frases que no me consuelan
Una de las experiencias mas desagradables cuando una
persona esta dolida, particularmente por la pérdida de
un ser querido, es tener que oir frases bienintenciona-
das, pero que se experimentan como huecas, que no co-
nectan emocionalmente o que ofenden, incluso.
RAlgunas de ellas reflejan visiones fatalistas del mundo,
de la vida; otras caen como sentencias que liberan al que
Jas pronuncia de la angustia de no saber qué decir y
como comportarse; otras son reflejo de que no se ha
pensado antes de abrir la boca, sencillamente.
éEs mejor asi?
Queriendo consolar, hay personas que buscan el modo de
hacer ver que podia haber sido peor. Se agarran a cual-
quier cosa: la causa o el modo de morir podia haber sido
mas cruel, haber comportado mas sufrimiento, haber sido
mas largo, haber hecho mas larga la espera 0 la depen-
dencia, etc. Asi, no es dificil escuchar frases que intentan
subrayar lo cruel que podria haber sido si las circunstan-
cias o el tiempo hubieran sido peores o mas largo. No pa-
rece que sea este un modo saludable de consolar.
Recuerdo lo que escuché decir a varias personas a la
madre de Pedro, un joven con discapacidad profunda al
que toda la poblacién de 30.000 habitantes conocia y
que, cuando fallecié, fue acompafiado en el funeral por
més personas que ningun otro fallecido. Algunas perso-
nas, no se sabe con qué intencién -seguro que por ali-
viar a la madre-, le decian: «Es mejor asi; ahora podras
vivir sin tener que dedicarte a él todo el dia». Sin duda,
aquella madre no toleraba esas frases y, con respeto, las
rechazaba. No sé como no se enfadaba con quienes se
las decian; parece que perdonaba a quienes pretendian
consolarla de esa estupida manera. Su hijo, con su gran
discapacidad, era lo que mas queria en el mundo.
cEs el destino?
Hay quien utiliza expresiones relativas al destino, o bien
a la generalizacion: «Es el destino», «tenia que sucederm,
q 4«antes 0 después nos toca a todos». Son frases que reve-
lan una concepcion determinista y extrafia de la natura-
leza, o de una fuerza superior que todo lo controla y lo
tiene determinado y previsto.
No creo, ciertamente, en el determinismo que nos ha-
ria prisioneros sin remedio del hado, que nos haria decir
simplemente «lo que sera, sera», «lo que ha sido tenia
que suceder». Me parece mas bien un perezoso argu-
mento que no da paso tampoco a aquel otro segun el
cual sucede lo que nos hemos preparado en el pasado; y
no hay mas destino ni otro futuro que el que nos prepa-
ramos en el presente.
No me cabe otra lectura positiva del destino que
aquella que lo entiende como una figura literaria 0 me-
tafora para aludir al aspecto inescrutable e inabordable,
en toda su profundidad, del acontecer humano. No creo,
pues, que haya que aceptar el uso popular de la palabra
«destino» para dar razon de acontecimientos temidos e
indeseados, y que no resulta ser mas que un determi-
nismo que no deja espacio a la libertad.
En ocasiones, el destino se asocia a conceptos religio-
sos y se habla también del «destino que Dios nos tiene
preparado». Parece que el reconocimiento de la existen-
cia de Dios, como fundamento ultimo de todo lo que
existe y sucede, verdad a la que me adhiero, cae con fre-
cuencia en la visién griega que anularia la libertad y se
traduciria en una intervencion directa de Dios sobre to-
das las cosas. Si aceptaramos esto, lo que nos sucede se-
ria debido a que Dios, directamente, habria preparado
con detalle el sucederse de los hechos y los tuviera pre-
vistos para ese momento y de esa manera.
éBasta entonces sumar las causas naturales para dar
una explicacion de lo sucedido? No. No basta. A veces
concurre también la responsabilidad humana que podria
evitar muchas de las desgracias que nos suceden o el
modo como suceden. Pero no nos conformamos los se-
res humanos con lecturas sencillas y solo inmanentes, ynecesitamos apelar a otro tipo de verdades que nos per-
tenecen, como es propio de seres que estamos abiertos a
la trascendencia. El reconocimiento de la presencia de
Dios, del que todo mantiene una dependencia esencial y
que todo lo conserva en su ser, no nos puede llevar a
anular las causalidades de las cosas naturales.
Raramente esta vision sirve de consuelo ni parece
demasiado saludable. Si hay un destino, al menos desde
el punto de vista de la fe, no es otro que el de estar Ila-
mados a ser queridos por Dios y vivir en él por el amor.
Y si algun deseo tiene Dios sobre el hombre, nos lo re-
vela la Sagrada Escritura alli donde dice: «Yo he venido
para que tengan vida y vida en abundancia» (Jn 10,10).
Cuando murié mi mujer algunos me decian que era el
destino, que todos tenemos un sino y que hay que acep-
tarlo; que a cada uno le llega su hora. A mi aquello me
sonaba a musica celestial y sentia rabia, porque me pare-
cia injusto que el destino de mi mujer tuviera que ser
aquel precisamente: el de morir cuando aun parecia que
le quedaba media vida, cuando tenia tantas ganas de vi-
vir, cuando tenia tanto por hacer. ¢Podia un Dios bueno
haber sefialado en algun sitio semejante destino para mi
mujer? No. Sin duda, no. Si Dios queria solo una pizquita
a mi mujer, por misteriosa que fuera la vida, no se la ha-
bria programado de este modo. Yo creo que Dios, en su
omnipotencia, se hace omnidébil para respetar las leyes
de la naturaleza que él cred y que nosotros cuidamos y
respetamos, unas veces mas y otras menos. No creo que
decir a alguien que «ha sido el destino» sea muy acertado.
cEs la voluntad de Dios?
En la misma linea, a veces escuchamos consuelos for-
mulados con esta frase: «Es la voluntad de Dios». Pare-
ceria, si asi fuera, que Dios se convierte en cacique que
se divierte manipulando a placer suyo el sucederse de
ae . ’ ’las cosas y controlando el acontecer humano y natural.
éSera que Dios tiene una voluntad mas interesada por
los paises del Norte que por los del Sur, por ejemplo?
éComo se explica semejante cantidad de sufrimiento en
tantos lugares del mundo? ¢Es esa la voluntad de Dios?
En el fondo, es posible que quien utiliza este tipo de
expresiones, aun sin pensar demasiado en su contenido,
sino prestadas probablemente de la cultura o del modo
habitual y aprendido de formular algunas frases en si-
tuaciones de duelo, no las crea siquiera. Es posible tam-
bién que lo que pretenda es provocar una actitud de
aceptacion 0, en el peor de los casos, de resignacion pa-
siva, como si esta fuera una saludable actitud.
Integrar el sufrimiento, elaborar el dolor, que es el ob-
jetivo del duelo, no es lo mismo que aceptar pasivamente
lo que sucede o resignarse. Entendida como pasividad, la
resignacion ante la muerte de un ser querido no es cris-
tiana. Indicaria abandono de si o fatalismo. Integrar el
sufrimiento, en cambio, hace referencia al sujeto activo
ante el propio mal; ser duefio, capaz de aceptar lo inevi-
table viviendo, aun en medio de ello, con libertad y res-
ponsabilidad, reconociendo el bien que hubo, el bien que
queda, aprendiendo del dolor, compartiéndolo sin dejar
que se convierta en fuente de mayor mal.
No tengo vergiienza en proclamar donde sea que yo
soy creyente, pero no creo que por eso tenga que resig-
narme. Resignarme me parece tirar la toalla, limitarme
a «padecer», a vivir sin pensar, sin dejarme interpelar,
sin expresar la rabia que siento, también como cre-
yente. Comprendo que algunas personas encuentren
alivio al decir que hay que resignarse; lo comprendo
porque esta muy metido en el modo de expresarse,
porque lo hemos escuchado muchas veces a nuestros
abuelos, padres... pero mi mayoria de edad me dice que
tengo que hacer algo mas que resignarme. Mi padre
ha muerto, si, pero no sé por qué no tengo derecho a
sentir rabia, a pensar, a interrogarme. Conformarme,
a”sencillamente, me parece cosificarme, despersonali-
zarme. Tengo que reaccionar, {no? Soy yo el que ha
perdido a su padre, no «el mundo» en general.
éDios se lo ha llevado 0 nos pone a prueba?
En el afanoso intento de acompafiar, de intentar aliviar
la pena y Ja afliccion de alguien, a veces escuchamos
también expresiones relativas a Dios que se Jo ha lle-
vado o que nos pone a prueba con el sufrimiento. Extra-
fios intentos, también estos, de ayudarnos unos a otros.
Son frases hechas que deshacen; que nos dejan a veces
indiferentes; otras, enfadados con quien nos las dice o
con ese Dios que nos hace semejante dafio.
Pensar de este modo sobre Dios seria equipararle a un
ladrén que nos quita lo que mas queremos, 0 a un sadico
que desea ver hasta donde somos capaces de resistir si nos
prueba con dificultades, hasta donde somos capaces de
mantenemos sin renegar de él (en cuyo caso mereceriamos
algun tipo de castigo). {Qué extrafias imagenes estas! In-
cluso, a veces, las expresiones afinan mas y se llega a de-
cir: «Dios nos manda solo lo que podemos soportar, como
si usara un dolorimetro y calculara friamente cuanto sufri-
miento podemos aguantar. En realidad son imagenes an-
tropomorficas de Dios sobre las que proyectamos modos
de ser nuestros 0 razones que poco tienen que ver con la
razon de la fe. El respeto de Dios hacia la creacién y la li-
bertad, propia del mensaje revelado, nos impide pensar asi.
Imaginemos, por otro lado, si este fuera el modo de
intentar explicar o consolar a los nifios. El razona-
miento seria aplastante contra este modo de razonar: «Si
Dios se lo ha llevado, es que no me quiere; si me pone a
prueba, no le quiero yo, porque me quita a quien yo
amo». Ya santa Teresa protestaba contra este plantea-
miento diciendo que si Dios pone a prueba a quienes
mas ama «no me extrafia que tenga tan pocos amigos».
40 . :Recuerdo a aquel hombre que respondio asi a un
bienintencionado pariente que se aproximé a él y le
dijo algo asi como que «no cae una hoja sin que Dios lo
quiera; Dios se lo ha Ilevado»: «Al diablo con ese la-
dr6n, si se lo ha llevado Dios, que me lo devuelva, que
no era suyo, ni falta que le hace a él». En el fondo, de-
sahogo asi la rabia y mostré que no puede plantearse
un Dios que se lleva a los que amamos, como si fuera un
sadico que se alegrara con el sufrimiento infringido
precisamente a los que creen en él.
éHay que ser fuerte?
«Eres fuerte, te repondras pronto, ahora lo que tienes
que hacer es pensar en ti, porque la vida sigue.» Esta y
otras tantas frases parecidas se dan cita también alrede-
dor de quien sufre por la pérdida de una persona que-
rida. Pareceria que ser fuerte es un deber, que todo se-
guira como si nada, que «el muerto al hoyo y el vivo al
bollo» porque la vida sigue y tuviera que seguir como si
nada. Pareceria que estas expresiones revelaran que
tampoco es tan importante lo que ha sucedido porque
todo continta, que tampoco era tan relevante su vida
porque todo pasa y se ha de normalizar.
No alcanzan estas frases al corazon del que sufre la
pérdida, ni lo que ocultan detras. Hay una especie de idea
de que la debilidad humana es vergonzosa y que la fuerza
se ha de manifestar en la prontitud de los pasos que se
den con la razon hacia Ja normalizacion de la vida. Creo,
en cambio, que es saludable también reconocerse y per-
mitirse sentir la debilidad propia. En la debilidad experi-
mentada en el duelo se muestra la fortaleza del amor que
unia a las personas separadas ahora por la muerte.
Recuerdo a aquel hombre que lloraba como un nifio
-como solemos decir- ante su madre moribunda, y
luego, durante dias y dias, no dejaba de decir que
2aqué débil se sentia, que creia que era mas fuerte, que
no esperaba encontrarse a si mismo tan fragil cuando
su madre muriera. A mi, que lo acompaiié en ese periodo,
me parecia que con sus lagrimas —faciles, ciertamente-
reflejaba con claridad cudnta pena tenia por la muerte
de su anciana madre. Era normal que se muriera por-
que era muy mayor; pero también era normal que le
doliera, que se entristeciera, que se desahogara con
soltura. Decirselo también le alivid, porque se vio a si
mismo mas normal, mas natural, mas humano.
éEl tiempo todo lo cura?
Es cierto que se requiere tiempo también para sanar las he-
ridas del corazon. No sanan en un instante. Ni tampoco
han de permanecer siempre igual de virulentas, igual de
sangrientas o de doloridas. Es cierto. La sabiduria popular
también dice que «segun se asienta la tierra, se asientan los
corazones»: es decir, que segun pasa el tiempo, también se
va serenando el animo. Pero no sirve esto de consuelo
cuando lo que se vive es el ahora doloroso y reciente.
En realidad, habria que ser muy prudente para afirmar
que «el tiempo todo lo cura», porque hay heridas que no se
curan con el tiempo; se cronifican, se infectan, empeoran,
matan. También las heridas del coraz6n pueden cursar
de la misma manera. No es el tiempo el factor terapéu-
tico, sino el requisito para que los elementos favorables
hagan su efecto: la companiia, la reflexion, el cultivo del
sano recuerdo, el desahogo, la inversion de energia en
nuevos afectos, etc.
No me ayuda que me digan: «jPobrecita; vaya desgra-
cia que ha tenido muriéndosele el novio, con lo joven
que es; pero con el tiempo se le pasara y encontrara a
otro!». No me ayuda que me digan: «jQué joven es, po-
bre chical», y a Ja vez digan: «Ya se le ira pasando con el
tiempo!», porque parece que no se hacen cargo de lo que
an . ‘ ’significa para mi la muerte de Diego. Cuando escucho
decir que soy muy joven y que con el tiempo tendré que
rehacer mi vida, me hacen sentir mal, porque, en el
fondo, me parece que no se ponen en mi lugar. Son co-
mentarios que no tienen sentido. Me parece que muchas
personas deberian callarse en lugar de decir las cosas sin
pensar. Es como cuando dicen que «mientras hay vida
hay esperanza»; me parece absurdo y hasta peligroso.
Estas y otras muchas frases son dichas con buena inten-
cin. Pero no basta la buena intencion. Es cierto que mu-
cho depende de como son escuchadas y de quién y c6mo
las dice; pero la experiencia de la mayor parte de las per-
sonas es que al escucharlas en medio del dolor del duelo,
no ayudan, no consuelan. En algunas ocasiones, generan
una soledad emocional, inducida justamente por estas fra-
ses. Pareceria que «estoy mas solo 0 sola de lo que yo creia,
porque no me dan muestras de que me comprenden». Y no
es pena lo que pretendemos dar en estas circunstancias,
sino que buscamos respeto, compafiia saludable, alguien
con quien compartir recuerdos o alguien simplemente
dispuesto a preguntar si necesitamos algo; asi de sencillo.
Hay mas, hay mas frases hechas que deshacen. Podria-
mos citar algunas como estas: «Dios aprieta, pero no
ahoga», «no hay mal que cien afios dure», «después de la
tempestad, siempre viene la calma», «al perro flaco todo
son pulgas», «otros estan peor, «no sera para tanto»,
«pues tienes buena cara», «podria haber sido peor, «es
peor lo de fulano», «con paciencia se gana el cielo», «los
hombres no lloran», «con lo fuerte que tu eres», «con todo
lo que tu has pasado, podras con esto», «no te preocupes,
que esta en el cielo y es mejor asi»... Borrarlas de nuestro
modo de aproximarnos a quien sufre nos haria mas dis-
puestos a la escucha. Los testimonios de quienes se en-
cuentran en esa situacion, y nosotros mismos cuando lo
vivimos, nos permiten constatar que no es este el modo
mas saludable de acompafiar.2. Lo que me puede ayudar
Para humanizar la experiencia del duelo, proponemos
algunas claves a continuacion, sin pretensién de ser
exhaustivos, que complementarian cuantas pistas han
ido surgiendo ya mas arriba, al ir describiendo los cami-
nos inutiles de las frases hechas.
Las lagrimas que sanan la herida
El llanto es una de las expresiones mas frecuentes en el
duelo. Es una reaccién natural a la pérdida, que algunas
personas viven con mas naturalidad y facilidad, y otras in~
tentan esconder, 0 se lo permiten tinicamente en soledad.
Llorar tiene un efecto benéfico de liberacién: relaja,
desahoga, produce descanso y tranquilidad de espiritu,
reconcilia consigo mismo y con los demas, repara, resta~
blece orden y equilibrio en el pasado para permitir vivir
el presente serenamente, ablanda, deja visible la debili-
dad 0, si se prefiere, la fortaleza de los sentimientos y del
aprecio por el ser querido. Y ablandarse es humanizarse.
San Agustin expresa este efecto benéfico de las lagri-
mas en sus Confesiones, a la pérdida de un amigo:
Pues gen qué consiste que el gemir, el Iorar, el sus-
pirar, el quejarse se tiene como un fruto suave y dulce
que se coge de la amargura de esta vida? gAcaso lo que
hay dulce y gustoso en el llanto es la esperanza que te-
nemos de que Vos oigdis nuestros suspiros y lagrimas?
Pero esto era bueno para que lo dijéramos de los rue-
gos y suplicas que os hacemos, porque siempre van
acompafiadas del deseo de llegar a conseguir algo. Mas
en el dolor y sentimiento de una cosa ya perdida, y en
el triste llanto de que entonces estaba yo cubierto ¢po-
dremos por ventura decir lo mismo? Porque yo no es-
peraba que mi amigo resucitase, ni con mis lagrimas
pretendia tal cosa; sino solamente era mi fin sentir su
'muerte y llorarla, porque me hallaba infeliz y mise-
rable y habia perdido lo que causaba toda mi alegria.
£0 es acaso que siendo amargo el Ilorar, nos causa deleite
cuando llegamos a tener disgusto y aborrecimiento de
las cosas que gozdbamos antes con placer y alegria? '!
Pero aun siendo conscientes del poder terapéutico de
las lagrimas, sentimos a veces vergiienza por llorar, 0
culpa {y pedimos perdon), o llegamos, incluso, a exhor-
tar a no llorar. Ciertamente, consolar al que llora por la
pérdida de un ser querido no se hace invitando a no llo-
rar. ;{Qué empefio tan estupido ese de invitar a no llorar!
En tono poético, y por tanto sin aires masoquistas, José
Benjamin escribe: «{A quién suena la musica bien, pu-
diendo escuchar el Ilanto?». Y elogiando la bondad y el
poder humanizador de las lagrimas, si nos hubi¢ramos
olvidado de llorar, podriamos aprender de nuevo escu-
chando a Gandhi que decia: «Toma una lagrima y depo-
sitala en el rostro del que no ha llorado»?.
Cuando san Pablo invita a «llorar con los que lloran»
{Rom 12,15), lo hace también exhortando a no compla-
cerse en la altivez ni en la sabiduria propia, e invitando
a ser humildes, como si estuviera definiendo, con pala-
bras de entonces, el significado de la empatia, del abaja-
miento personal y del arte de entrar en el mundo del otro
para comprender y comunicar comprensién. Algunas
personas, en cambio, creen que llorar con el que llora
puede hacerle sentirse peor atin, desanimarle mas; y se
reprimen de esa solidaridad emocional que, si es autén-
tica, hace experimentar proximidad y comprension.
Las lagrimas son palabras, aunque no se pronuncien
(ilas hay de muchos tipos!), sentimientos drenados.
Acompajfiar a quien llora significa intentar recoger los
* San Acustin, Confesiones, IV, 5.
? Cf. J. C. Bermeso, Humanizar el encuentro con el sufrimiento. Bilbao,
Desclée de Brouwer, 1999, pp. 90-91.
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