0% encontró este documento útil (0 votos)
141 vistas135 páginas

Estoy en Duelo. JCBermejo

Cargado por

felipe janderson
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
141 vistas135 páginas

Estoy en Duelo. JCBermejo

Cargado por

felipe janderson
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF o lee en línea desde Scribd
Estoy en duelo ———_ as °° &4fF José Carlos Bermejo Primera edicién: marzo de 2005 Segunda edicion: octubre de 2005 Tercera edicién: octubre de 2006 Cuarta edicidn: febrero de 2007 Quinta edicién: noviembre de 2007 En colaboracién con: Centro de Humanizacion de la Salud (CEHS) Sector Escultores, 39 28760 Tres Cantos (Madrid) www.humanizar.es Disefio de cubierta: Estudio SM © 2005, José Carlos Bermejo Higuera © 2005, PPC, Editorial y Distribuidora, SA Impresores, 2 Urbanizacién Prado del Espino 28660 Boadilla del Monte (Madrid) [email protected] www.ppe-editorial.com ISBN 978-84-288-1948-0 Depdsito legal: M- 49.025-2007 Impreso en Espaiia / Printed in Spain Imprime: Gohegraf Industrias Graficas, SL - 28977 Casarrubuelos (Madrid) Queda prohibida, salvo excepcién prevista en la Ley, cualquier forma de repro- duccién, distribucién, comunicacién publica y transformacién de esta obra sin contar con la autorizacién de los titulares de su propiedad intelectual. La infraccién de los derechos de difusién de la obra puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Cédigo Penal). El Centro Espaitol de Derechos Reprogréficos vela por el respeto de los citados derechos. A ti, que lloras porque amabas. INTRODUCCION Desde hace afios me encuentro con personas que me ha- cen esta pregunta: «{Qué le puedo regalar a mi amigo o amiga, a mi madre, a mi padre... para que lea y le ayude, porque se le ha muerto...?». ;Qué deseo tan noble el de salir al paso del dolor ajeno por la pérdida de un ser querido! Parece como si en él nos viéramos, en cierta medida, reflejados. Parece qug el dolor del doliente nos hiere y deseamos salir a su paso. Este libro ha sido escrito no como un tratado sobre el duelo, sino pensando en la persona que vive la pérdida de alguien a quien amaba y que ha fallecido reciente- mente. Esta en duelo, elabora el dolor; y el dolor vivido en soledad, sin ninguna luz, es mas dolor que el dolor compartido, confrontado con la experiencia de otros se- mejantes y desahogado con quien esta dispuesto a escu- char y caminar juntos en la solidaridad emocional. El duelo, en todo caso, apunta en el cuaderno de la vida una nota de verdad. No permite, como otras situa- ciones de la vida, una negacion total ni su ocultamiento. Reclama verdad. Quiza reclame nuestra verdad mas grande y hermosa: el valor del amor, y nuestra verdad mas tragica: la soledad radical que nos caracteriza. En el libro Una pena en observacién, de Lewis, se nos muestra como el dolor de la pérdida, ademas de ser el precio del amor, esta asociado con Ja conciencia de la pér- dida y su significado. Lewis relata mientras elabora la pérdida de su amada: «Permanezco despierto toda la no- che con dolor de muelas, dandole vueltas al dolor de mue- las y al hecho de estar despierto. Esto también se puede aplicar a la vida. Gran parte de una desgracia cualquiera consiste, por asi decirlo, en la sombra de la desgracia, en la reflexion sobre ella. Es decir, en el hecho de que no se limite uno a sufrir, sino que se vea obligado a seguir considerando el hecho de que sufre. Yo cada uno de mis dias interminables no solamente lo vivo en pena, sino pensando en lo que es vivir en pena un dia detras de otro» '. En el fondo, la reflexion sobre la realidad, a la vez que nos duele, nos humaniza, nos hace mas conscientes de su significado, al mismo tiempo que nos hiere mas hondo. No pretendo en estas paginas dar recetas para quien vive en duelo. No las conozco. Mas bien se trata de compartir algunas reflexiones sobre el significado del duelo, sobre los tipos de duelo y el modo de vivirlos sa- ludablemente, sobre las cosas que nos suelen ayudar y las que no, sobre cémo vivimos las implicaciones prac- ticas de la pérdida, como qué hacer con las cosas del di- funto, los lugares que frecuentaba, la oportunidad de ir al cementerio... Quiero pensar en el dolor sin negarlo, sin dulcificarlo, pero también sin reducirlo a una experiencia oscura y sin salida. Por eso, estas paginas quieren estar coloreadas de esperanza, esperanza de afrontamiento saludable del dolor, esperanza de aprender con ocasion del dolor, espe- ranza que invita a trascender lo que vemos y sentimos. No es el olvido la clave que sugiero como camino para vivir sanamente el duelo, no. Mas bien creo que el duelo se elabora sanamente segun se va aprendiendo a recordar, seguin se va pudiendo invertir energia en nue- vos afectos, segtin se van dando pasos para situar al ser querido en el corazén, donde puede vivir para siempre, donde la tristeza no es la unica nota de la melodia que toca entonar, sino que puede sonar también al ritmo de la esperanza. ' C. S. Lewis, Una pena en observacion. Barcelona, Anagrama, 1994, pp. 17-18. Quiero imaginar este libro no solo en manos de quienes se interesan por el tema, sino especialmente en manos de los tristes y dolidos por su pérdida reciente. Deseo que encuentren en estas paginas algunas migajas de consuelo al sentirse comprendidos y al comprender, a la vez, con mas hondura la naturaleza tan personal de este dolor. Imagino este libro como un Jugar donde el doliente pueda reconocer la sedienta sensacion que queda tras la pérdida, sanarla y, al final, vislumbrar la esperanza. Los testimonios que he recogido y que cito son reales, son experiencias de personas que me han brindado el regalo de narrar lo que les habita, lo que piensan, lo que sienten, con la esperanza de que su dolor tenga el color también de la fecundidad: que ayude a otras personas a sentirse misteriosamente en sintonia. Agradezco since- yamente este esfuerzo a mi sobrina Paula, a Rosa, a Pe- dro, a Marisa y a otras personas que me han ayudado en esta tarea. Y a mi compafiero Jestis Arteaga le agra- dezco la revision del texto antes de ser publicado. HE PERDIDO A UN SER QUERIDO Y ME DUELE Ya sé que todos nos tenemos que morir; ya sé que la muerte es algo que se impone, que es algo natural, que antes o después nos llega a todos. Ya lo sé. Y sin em- bargo, ahora a quien me duele es a mi. Y me duele como he visto que dolia a otras personas cuando per- dieron a seres queridos y les he intentado acompafiar con mi comprension y mi cercania. Pero ahora me duele a mi. Y hasta dudo, a veces, de que alguien pueda hacerse una idea de cuanto me duele. La muerte de un ser querido nos pone irremediable- mente ante el misterio de la vida. Nos impone silencio; y el silencio, vacio; y el vacio, reflexion inevitable. Se puede decir, de alguna manera, que Ja muerte nos hace a todos filosofos, pensadores sobre el sentido ul- timo de la vida, de las relaciones, del amor. Pero no es un pensar cualquiera el que desencadena la muerte, sino un pensar sintiendo intensamente, un vivir ante el enigma que nos embaraza a todos de posibilidad de engendrar y parir sentido. La muerte, asi, puede en- sefiar a vivir y a humanizarnos. El duelo reclama zurcir los «rotos» del corazén que la pérdida ocasiona, y aquellos otros descosidos que apa- recen del pasado, sanando con paciencia, al hilo de la soledad y, en el mejor de los casos, de una buena com- pafiia, la nueva vida. Pero todo tiene su tiempo. De hecho, también en el duelo se puede hablar de fases, de proceso. No es lo mismo el mismo dia del fallecimiento de un ser querido que un afio después. No es que el tiempo todo lo cure, no. Pero nuestro corazon vive de manera distinta los di- ferentes momentos. Perder a un ser querido puede ser la causa de Ja mayor de las infelicidades, el trauma mayor de la vida, con su poder destructor. Y puede ser también una oportunidad. Una oportunidad porque el morir y la muerte reclaman verdad y verdades que aprender; y pueden contribuir a humanizarnos. 1. El duelo: el precio del amor No podemos amar sin dolernos. El duelo es un indicador de amor, como el modo de vivirlo lo es también de Ja solidaridad y del reconocimiento de nuestra limitacién y disposicion al didlogo. De igual manera que hay duelos mal elaborados en la raiz de situaciones de enfermedad y de exclusion y marginacion, hay también duelos que constituyen una oportunidad para reconstruir lazos que estaban rotos o debilitados, para aprender de nue- vas relaciones, para dejarse cuidar y querer, para cultivar el sano recuerdo y darle el valor que tiene a la memoria, para reconocer e] poder humanizador de las lagrimas... y del pajiuelo. En efecto, el duelo es esa experiencia de dolor, las- tima, afliccién o resentimiento que se manifiesta de di- ferentes maneras, con ocasion de la pérdida de algo o alguien con valor significativo. En todo caso, el duelo por la pérdida de un ser que- rido es un indicador de amor hacia la persona fallecida. No hay amor sin duelo. No se puede amar y pretender que no nos duela perder a quien queremos. O nos pier- den o perdemos, o les duele o nos duele. Morirse juntos es también posible, pero siempre quedarian personas queridas. No podemos morirnos con todas las personas a las que queremos y nos quieren. De este dolor no nos escapamos. Alguien tiene que perder al otro, antes o después; y esto se produce con dolor. «E] dolor del duelo forma parte de la vida exactamente igual que la alegria del amor; es, quiza, el precio que pagamos por el amor, el coste de la implicacion reciproca» '. Se diria que, por doloroso que resulte, forma parte de la condicién humana. Incluso, por extrafio que pueda parecer decirlo, si la muerte no nos arrancara a los seres queridos, si viviéramos indefinidamente, la vida perde- ria su color, moriria la solidaridad ante la vulnerabilidad ajena, la eternidad del vivir como ahora quitaria sabor a las experiencias humanas, que lo tienen también por ser finitas, limitadas, mortales. Lo que mas me duele es pensar que estoy sola, por- que en realidad es como me siento, muy sola. Tengo gente que me acompajia, mi familia, mis amigas, com- pafieras, pero me falta lo mas importante: mi amor. No tengo a la persona a la que contaba mis secretos, la unica persona que podia saber las cosas que yo pensaba y la que me ayudaba a subir las escaleras tan resbaladi- zas de esta bella vida, como él acostumbraba a decirme. Me duele en el alma cuando llegan las siete de la tarde y no viene a buscarme. Mi teléfono ya no suena como antes, ya no sale su nombre en la pantalla y sé que jamas volvera a salir. Me duele irme a la cama y pensar que jamas voy a volver a verlo, ni a estar con él, que jamas me dara un abrazo ni me acariciara como lo hacia; que jamas me volvera a dar un beso ni a decirme que me quiere. No es la razon precisamente la instancia que mas nos ayuda en los momentos de dolor por la pérdida de un ser querido, aunque a veces parezca que lo deseamos y ' CM. Parkes, II lutto: studi sul cordoglio negh adulti. Mildn, Feltrine- li, 1980, p. 18. que pretendemos hacernos estoicos e intentar consolar- nos con argumentos en lugar de con afectos. Nunca, en el dolor por la pérdida de un ser querido, alcanzaran ningun razonamiento ni ninguna frase, por bien inten- cionada que sea dicha, el valor y la densidad de un signo que exprese cercania y afecto, comunion y acom- pafiamiento en el sentimiento -cualquiera que sea- que se vive. M. Klein dice que el proceso de elaboracién del duelo significa reinstalar dentro de uno mismo a los seres que- ridos; darles una presencia interna en la que el ser per- dido no sea un perseguidor interior que genere culpa, sino buen recuerdo, con la dosis correspondiente de me- lancolia que Freud nos ayud6é a comprender que va aso- ciada al duelo. Resuena también la respuesta que Buda dio a diferen- tes personas que se le acercaron cuando él estaba reu- nido con sus discipulos: ~dExiste Dios? —le pregunté uno que se le acercé por la mafiana. -Si -respondié Buda. Después de comer, se acercé otro hombre. -ZExiste Dios? ~quiso saber. -No, no existe -dijo Buda. Al final de la tarde, un tercer hombre hizo la misma pregunta. -éExiste Dios? ~Tendras que decidirlo tu mismo -respondid Buda. -Maestro, jqué absurdo! -dijo uno de sus discipu- los-. €Cémo puedes dar respuestas diferentes a la misma pregunta? ~Porque son personas diferentes -respondi6 el Ilumi- nado-. Y cada una de ellas se acercara a Dios a su ma- nera: a través de la certeza, de la negacion y de la duda. Asi también, cada persona hace una experiencia , muy particular del dolor interpelandose por el sentido Ultimo de la vida, con ocasion de la pérdida. Todos nos hacemos un poco fildsofos al dolernos por un ser que- rido; todos nos preguntamos -acaso secretamente- por las cosas mas fundamentales de nuestra vida y su sentido. Quiza una sociedad pueda juzgar su grado de huma- nidad también por el modo como afronta el duelo. En él se percibira si lo esconde, lo privatiza, lo niega; o si, por el contrario, lo socializa, lo comparte, lo expresa y lo aprovecha para la busqueda del sentido del vivir. 2. Las reacciones mas normales Cuando experimentamos la pérdida de un ser querido en primera persona, una de las cosas que mas frecuente- mente nos ocurren es preguntarnos interiormente si lo que nos pasa es normal. Todos hemos visto manifesta- ciones externas de dolor, pero cuando la experiencia es personal, cuando saboreamos los sentimientos personal- mente y vivimos en carne propia las sensaciones, nos surge Ja duda de si son normales. Son, eso si, inevitable- mente personales, Las reacciones de cada uno a la pérdida de un ser querido dependen también de numerosos factores. No reaccionamos de igual manera en Jas diferentes cultu- ras. Tampoco reaccionamos igual si fallece el abuelo, enfermo, en circunstancias ya anunciadas, que si fallece un ser querido en un accidente. No es lo mismo que la causa sea natural o que el fallecimiento se produzca por accidente, acto violento o por suicidio. Evidentemente, no es lo mismo perder a un hijo que perder a un padre. Aunque en todos los casos «el dolor duele». Si la muerte se ha producido inesperadamente las reacciones iniciales tienen mas que ver con el shock, la rabia, el aturdimiento, la negacion, la incredulidad («no es posible»). En todo caso y en el dmbito fisico, es normal que se produzcan alteraciones, sobre todo en la fase inicial, ta~ les como sollozo, dificultad para respirar, rigidez fisica, sequedad en la boca, falta de apetito, temblores, desva- necimiento, dolor de cabeza, insomnio, punzadas en el pecho, debilidad generalizada, falta de deseo sexual, in- quietud, problemas gastricos, mareo, etc. Este «duelo del cuerpo» debe ser escuchado y acompafiado?’, porque, si no se presta la debida atencion, puede derivar en pato- logias fisicas 0 psiquicas. En el dmbito emocional la variedad de sentimientos que se experimentan podria ser descrita como un rico abanico o un arco iris. En efecto, la experiencia va desde la nega~ cién a la rabia, de la tristeza a Ja ansiedad, del desinterés a la irritacion, del vacio a la culpa... Shock, aturdimiento, incredulidad, rechazo, manifestaciones agresivas, etc., to- das son reacciones normales, mientras se mantengan dentro de unos margenes que no tengan repercusiones irreversibles sobre uno mismo o sobre los demas. Normalmente Ja rabia aumenta a medida que el re- chazo disminuye. No es facil aceptar inmediatamente una pérdida que duele. Por eso nos rebelamos y, de al- guna manera, nos «disparamos» con expresiones de di- ferente naturaleza: «No es justo», «precisamente ahora que...», «por qué a él precisamente, con el mal que hay en el mundo», «no le han hecho todo lo que se podia», etc. Sila rabia no dafia a los demas (el que la recibe ha de estar atento a no absorberla en su totalidad como si fuera una flecha bien direccionada y justificada) ni a uno mismo (por posibles manifestaciones violentas), constituye un momento transitorio que contribuye a ca- nalizar y drenar el dolor interno. Por eso es bueno per- mitirse y permitir algunas de estas manifestaciones, aunque parezca que faltan al decoro social. ° Cf. A. PanGRAzzi, La pérdida de un ser querido. Madrid, San Pablo, “2004, p. 45. 16 . ‘ Cuando me dieron la noticia de que mi mujer habia muerto, senti que el mundo se me caia encima; aunque a medida que pasa el tiempo veo las cosas de otra ma- nera. Pero hay ratos y dias en los que pienso que es mejor no levantarme de la cama; pero asi es la vida y hay que enfrentar las cosas como son. A ratos pienso que la vida no es justa y me cabreo con ella y conmigo mismo. Veo la cara oscura de la realidad, de la vida, y tengo ratos en que me pregunto: por qué a mi?, épor qué ahora?, épor qué no puedo vivir con ella? Y pre- guntas asi, que me dan la impresién de que me hacen dafio. A veces la rabia busca dénde depositarse para salir de dentro de uno mismo, y se culpabiliza a alguien. -Me parece realmente injusto que mi hija, con solo 13 afios, haya muerto. Podria haber seguido conmigo al menos unos afiitos mas. Al fin y al cabo Hlevaba mu- cho tiempo malita, Es todo un asco; los médicos, a ve- ces, parece que no tienen coraz6n. Podrian haber alar- gado un poco mas la vida de mi hija. La psicdloga que acompafiaba a esta mujer inter- vino asi: -Te parece muy injusto que tu hija no siga viviendo contigo, éverdad? -jPues claro que si! Era una nifa todavia. -Eso es algo horrible. -Si que lo es. Nacié ya mal. El corazon le fallaba mucho a la pobrecita. -éComo era su calidad de vida? gNecesitaba muchos cuidados? -Si, bueno, pero a mi no me importaba. j Ojala la hu- biera podido cuidar toda la vida! -dElla sufria? -Al principio no, porque no sentia dolor. Lo que pasa es que estaba muy limitada; no podia correr, ni hacer esfuerzos, y se fatigaba mucho. Los médicos me dijeron que se iria complicando cada vez mas. El ul- timo afio estaba realmente muy malita. -Estaba muy mal al final... Si hubiera seguido vi- viendo, como crees que estaria? -Bueno, ya necesitaba oxigeno y todo. Si hubiera seguido, estaria fatal, sin levantarse de la cama, y su- friendo mucho, porque era una nifia muy vital. ~Parece que se fue antes de pasar por un horror peor... ~-Si, lo que le esperaba era peor. Se ha ahorrado mu- cho dolor. Yo la hubiera querido tener mas tiempo con- migo, pero en realidad era por mi. Me doy cuenta de que ahora ella esta mas libre. -Casi no hay alternativa: o tu dolor, o el suyo... -Si yo se lo hubiera podido ahorrar... En realidad se lo ahorro la muerte, porque yo no podia. Es muy frecuente también el sentimiento de culpa. No solo por como fue vivida la relacion y por aquellas areas oscuras que pudo haber en la misma, sino también por como se vivid la ultima etapa, experiencia que puede ser especialmente significativa y quedarse grabada intensa- mente en el recuerdo del superviviente. El sentimiento de culpa puede permanecer incluso mas tiempo, hasta experimentarse culpa incluso por es- tar superando el duelo. «Amor mio, recuerdo con nitidez tu cuerpo frio, mudo, doloroso, yacente en la gélida camara frigorifica del hos- pital donde te abracé. Cuando te contemplé por tiltima vez, Supe que me quedaba para siempre sin tu presencia y hubiera deseado conservarte en aquella frialdad para poder llorarte mi amor a diario y escapar del tormento que produce tu ausencia...» Y quien le acompafié afiade: «Aparecen sentimientos contradictorios. Mikel comienza a sentirse culpable al no tener constantemente en el pen- samiento a su amada y desea: “Que aparezcas entre las sombras de la habitacion, en la nebulosa de las aluci- naciones y tenerte en mis brazos, besarte y amarte...”» >. ’ E, Cave, Ante el dolor. Reflexiones para afrontar la enfermedad y la muerte. Madrid, Temas de Hoy, 2000, p. 289. 1k ‘ Estoy empezando a salir a tomar un café con mis amigas, pero me siento culpable. Me siento culpable hasta de mis propios pensamientos. Estoy mal cuando salgo a tomar café; mal, cuando pienso que, en un fu- turo, tendré que rehacer mi vida...; y todo porque pienso que le estoy traicionando, y que jcémo puedo hacer estas cosas en un momento asi, estando aun re- ciente su muerte! A veces le echo sangre fria porque necesito defenderme de mi misma para no macha- carme con la culpa. A veces la experiencia de la culpa es vivida cruel- mente porque la muerte ha arrebatado la posibilidad de pedir perdon o de perdonar. Y no queda mas posibilidad que perdonarse y perdonar, hacer la paz dentro de si, con frecuencia verbalizando lo que se experimenta ante alguien. Hay quien se siente aliviado si escribe lo que vive o si «se lo cuenta» a la persona fallecida secreta- mente, interiormente, 0 incluso en el cementerio. Sin duda, el sentimiento mas facilmente comprensible tras la pérdida de un ser querido es la tristeza. Su mani- festacién en el llanto es la expresion social mas acep- tada y comprendida. La tristeza esta asociada directa- mente a una experiencia de vacio y de soledad, aunque se produzca en medio de un fuerte apoyo social. Es una soledad muy intima, muy personal, experimentada muy internamente. Me duele pensar que ahora tengo que tomar decisio- nes solo, que ya no esta ella para apoyarme y aconse- jarme; me siento perdido, solo. Tengo miedo a esta so- ledad. Y al final todo se traduce en tristeza. Si, estoy muy triste porque ella no esta. No esta por la mafiana, no esta por la tarde, no esta por la noche. No esta los fines de semana. No esta, ni estard nunca. Ese es el do- lor mas grande. No la volveré a ver y eso es muy triste. A ella se le ha acabado la vida, pero yo siento que a mi se me ha ido una parte de mi vida con ella. Se han ido mis ilusiones compartidas, se ha ido ella misma. Ahora me siento vacio, sin fuerzas. Parece que toda la tristeza del mundo estuviera en mi, y no sé si alguien puede hacerse cargo de lo que esto duele. Es muy duro. Lo que realmente me causa una profunda tristeza es el fin de semana. Noto una inmensa soledad que, a ve- ces, siento que me ahoga. Lo tinico que pide mi cuerpo entonces es llorar y no parar. Hasta ahora me ayuda mucho llorar cuando siento esa necesidad. En el dmbito mental la experiencia del duelo también tiene manifestaciones concretas, como la dificultad para concentrarse, la busqueda de la persona perdida, el re- cuerdo de tantos momentos compartidos, la afioranza. Entre otras dificultades, con frecuencia cuesta concen- trarse y organizar los propios pensamientos. Es facil que un estudiante tenga fracasos escolares a continuacion de una pérdida significativa, o que el rendimiento en el trabajo sea mds bajo del habitual. A veces se experi- menta también el miedo a encontrarse con la persona fallecida en los lugares que frecuentaba habitualmente, o en la soledad, o en la oscuridad, como si pudiera apa- recerse. No es raro tampoco sofiar que esa persona esta viva, o tener la experiencia de «escuchar al difunto como si estuviera vivo y presente» (alucinaciones nor- males al inicio) como manifestacién de la dificultad de aceptar la muerte. Hay quien sufre también el miedo a entrar en los lugares donde ese ser querido estuvo en- fermo, encamado o su cadaver, como si estuviesen habi- tados por él] 0 como si todavia se fuera a visualizar lo que en realidad no esta por ningun lado mas que en el cementerio y en el corazon del superviviente. Me da vergiienza decirlo, pero tengo miedo a entrar en la habitacién donde él dormia. Parece que me lo voy a encontrar alli, tumbado en la cama como cuando es- taba vivo. Sé que no es posible; pero, aunque sea irra- : t cional, siento este miedo. A veces también pienso que todavia lo voy a ver en la caja, en la sala donde estuvo cuando murid. Es absurdo, pero me cuesta quitarme la imagen de la cabeza. Me dicen que esto le pasa a mucha gente, pero yo ya deseo que deje de ocurrirme. Quiero recordarlo como era cuando estaba bien y vivo. Por eso me han aconsejado que mire fotos para situarlo mental- mente en los sitios normales donde estaba en vida. Es normal que se produzca una idealizacion de la per- sona fallecida. Si no se cronifica (llevaria al duelo pato- légico), constituye una expresién de amor y de perdon. Son las clasicas y comprensibles expresiones: «Era muy bueno, muy inteligente», «tenia muy buen corazon para todos», etc. Permitirse y permitir exaltar las cualidades positivas de la persona perdida ayuda a hacer también un proceso de pacificacion interior y a subrayar la parte positiva que, en el recuerdo, podra ser mas saludable que la evocacion de las limitaciones. Una vision realista, en todo caso, es lo mas adecuado, puesto que las limita- ciones de la persona no impiden el amor que se le pro- feso y el lugar que ocupa en el corazon. También el duelo afecta en el dmbito espiritual, como no podria ser de otra manera. En el fondo, las preguntas sobre el porqué, sobre el sentido de la vida, sobre el sen- tido del amor (ahora dolido), sobre el mas alla, sobre un posible re-encuentro, etc., son todas elementos relacio- nados con la dimension trascendente y espiritual. Reac- cionamos con preguntas y experimentamos vacio. Ha- cemos busquedas e intentos de darnos respuestas, como acariciando alguna luz en medio de la oscuridad, algun mas alla en el mas aca. Me siento bien cuando voy al cementerio. Me doy cuenta de la triste realidad: que es verdad lo que ha ocurrido, Pero siento como si lo tuviera mas cerca. A me- nudo intento darme dnimos y pienso que a David le gus- taria que yo no estuviera triste y llorando todo el dia. Es como un reto que tengo con él. No puedo pensar que no exista algo después de Ja muerte. No puedo. Me ayuda mucho pensar que ahora tengo un angel que me cuida y me protege, que desde donde él esté, me va a ayudar, me ayuda. Con frecuencia, muchas personas confiesan que la muerte de un ser querido les ha hecho tomar conciencia de lo que es realmente importante en la vida. Es como si la muerte se convirtiera en maestra, una dura maestra que ensefia y recuerda los valores mas genuinamente humanos. La verdad es que a veces pienso que es una pena que tengan que pasarnos estas cosas, que tenga que morir alguien muy cercano para darnos cuenta de las cosas importantes de la vida. Ahora veo las cosas de otra manera y, por supuesto, valoro mas lo que realmente importa. Por eso no quiero hundirme y soy consciente de que tengo que vivir y aprovechar lo que tengo y lo que soy, porque todo pasara un dia. Nunca he podido superar todo el dolor que me caus6 la muerte de mi padre, porque si lo hubiera podido evi- tar, si algun donante de sangre se hubiera presentado a tiempo... Durante mucho tiempo he odiado a la socie- dad. A todos. Sentia que todos eran culpables de su muerte. Pero un dia oi pedir auxilio por radio. Eran ur- gentes las demandas de sangre para un enfermo. No sé quién me empujé a ir. Posiblemente mi propio padre, que siempre nos ensefié a dar. (...) Mi padre no se habia equivocado en cuanto nos ensefié sobre el sufrimiento, y esa verdad me hizo descubrir que, a pesar de su muerte, él continua vivo en cada donacion de sangre, en cada anonimo gesto de solidaridad *. * Cf. L. A. pe J, Lerre pos Santos, «El duelo como experiencia de espe- tanzay, en J. C. BERMEJO (ed.), La muerte enseia a vivir. Vivir sanamente el duelo. Madrid, San Pablo, 2003, pp. 164-165. 1 Elaborar el duelo supone no solo integrar la pérdida, asumir Ia desaparicion del ser querido, aceptar que mu- rid, sino también integrar la propia mortalidad, cuya conciencia se hace mas patente con ocasidén de la muerte de la persona querida. También hay muerte, pues, en los supervivientes. Como dice san Angustin: «De aqui nace aquel llanto y lamento cuando muere algun amigo; de aqui aquellos lutos que aumentan nuestro dolor; de aqui el tener afligido el corazon convirtiéndose en amargura la dulzura que antes gozaba; y de aqui la muerte de los que viven, por la vida que han perdido los que mueren»®. Elaborar el dolor consiste en aprender a pensar sin culpa patologica sobre la pérdida, ser capaz de expresar los sen- timientos que esta provoca, compartirlos en un clima de respeto y sin obsesiones, analizar e ir aceptando las conse- cuencias que dicha pérdida supone y poner en practica conductas que tiendan a afrontar la vida en toda su ri- queza. No es facil ni se hace en un instante. Es todo un ca- mino de trabajo, sobre todo en el mundo de los apegos afectivos, como han mostrado los estudiosos del duelo °. Este trabajo no solo lo tienen que hacer las personas cercanas. Téngase en cuenta que, durante un cierto tiempo después del fallecimiento, el muerto no esta muerto socialmente’ del todo en nuestra compleja e in- formatizada sociedad; se seguira todavia recibiendo co- rrespondencia a su nombre, llamaran por teléfono pre- guntando por él y su teléfono movil sonara... 3. Diferentes tipos de duelo Hay diferentes tipos de duelo. Vivimos un duelo antici- patorio antes de que la pérdida se produzca, que, en la ° San Acustin, Confesiones, IV, 9. © Cf. J. BowLBy, «Attaccamento e perdita», en Opere, I. Turin, Boringhieri, 1976. 7 Cf. C. Coso, El valor de vivir. Madrid, Ed. Libertarias, 1999, p. 350. 23 mayoria de los casos, contribuye a prepararse para la misma. Lo vivimos si la muerte no se produce de ma- nera inesperada. Vivimos un impacto normal en el momento de la pérdida, que dura un tiempo diferente segun cada persona y el valor de lo perdido (duelo nor- mal). Otras personas tardan en reaccionar en su viven- cia y manifestacion del dolor, y hablamos entonces de duelo retardado. No falta quien no consigue colocar dentro de si la propia historia y puede caer en un duelo cronico 0, incluso, patologico. Algunas notas de estos diferentes tipos de duelo son tas siguientes: Duelo anticipatorio Es la elaboracién del dolor por la pérdida préxima, cuando esta no se produce de manera violenta 0 inespe- tada. En efecto, acompafiando a los seres queridos en su proceso de morir, ya antes de que el fallecimiento se produzca, experimentamos dolor. Puede que pensemos incluso en cosas concretas, como detalles del entierro, del cementerio, etc. Y es fa- cil experimentar culpa al ver que estos pensamientos nos habitan. Como si nos dijéramos: «Si pienso en es- tas cosas antes de que haya muerto, es como si lo estu- viera matando 0 como si no lo quisiera vivo». Pero hay que entender que el duelo anticipatorio es normal y que ayuda a prepararse para la pérdida, ayuda a tomar conciencia de lo que esta pasando y a empezar a orga- nizar el significado mas proximo de la pérdida. Quiza se piense también en como vivir a partir del falleci- miento, con quién, cémo organizarse la vida, la coti- dianidad, las compras, la casa, la compaiiia, la posibi- lidad de ir a casa de un hijo... Es lo que se llama «el trabajo de la preocupacién». Todo esto es normal aun- que a veces hace sufrir por pensar que no deberia su- 74 . ceder. Por el contrario, que estos pensamientos nos ha- biten nos prepara para la pérdida proxima. Algunas personas participan en grupos de autoayuda a fin de prepararse para el fallecimiento de un ser querido: por ejemplo, familiares de enfermos terminales de algunas unidades de cuidados paliativos. Es una experiencia positiva que favorece un compartir saludable y una ayuda reciproca. Pero también el enfermo (cuando el fallecimiento se produce tras un proceso de enfermedad en el que esta consciente) piensa en la pérdida proxima y elabora su duelo por lo que esta perdiendo: duelo por su cuerpo, por la péerdida o disminucion de sus funciones biolégi- cas, de sus posibilidades fisicas y cognitivas; duelo por la separacién que prevé de sus seres queridos y por de- jarles. Puede llegar a experimentar también la sensacion de estar abandonando en un momento inadecuado o inoportuno a los seres queridos. Nada mejor que un dia- logo abierto y ofrecer la posibilidad de que cada uno exprese lo que siente. Cuando vi a mi marido tan mal, pensé que tenia que preguntar a alguien sobre como habia que hacer para la cremacion y si eso tenia alguna connotaci6n moral. Me parecia que no, pero necesitaba hablarlo con al- guien. Y me daba vergiienza, porque me parecia que si Je decia a alguien que estaba pensando en la cremacién de mi marido, pensaria que yo no lo queria o que es- taba loca, o que estaba deseando que se muriera. Y nada de eso. Me decidi a preguntarselo a un joven de los ser- vicios religiosos de la unidad de cuidados paliativos, y Ja verdad es que me fue muy bien porque me entendid perfectamente. Creo que estaba acostumbrado a que le preguntaran esas cosas. Me senti bien porque no me juzgo y porque me respondio diciéndome que era nor- mal que pensara eso, y resolvid mis dudas. Aquello me tranquilizd, dentro del dolor porque se me moria lo que mas queria. Duelo retardado Hay personas a las que les cuesta reaccionar a la pérdida y no manifiestan el dolor de la manera que la mayoria de la gente entiende que es normal. A veces es porque no lo sienten en ese momento, como si estuvieran «anestesiados»; y en otras ocasiones son las personas que han estado ocupadas en todas las tareas y gestiones propias del fallecimiento (avisos a los familiares, entie- tro, etc.). Puede que, incluso, sea una huida hacia las cosas para negar temporalmente lo que se impondra mas evidentemente en el corazon, mas adelante. Cuando toda la actividad desaparece o termina, cuando la persona se encuentra con la soledad, hay mas tiempo para tomar conciencia del vacio y de la pérdida, especialmente si también desaparecen los apoyos que duran poco, como las compafiias que solo se hacen pre- sentes en el dia o dias que dura el enterramiento. Enton- ces, la soledad puede producir una reaccion retardada que algunos puede que no entiendan, porque «es ex- trafio que llore ahora y no Ilorara entonces». Nada como el respeto sagrado a las reacciones que se presentan bajo apariencia de «retraso». Suelen ser fruto de la toma de conciencia mas realista de que la muerte es muerte y la separacién es para siempre. Y eso duele. Aquel hombre no se permitié ni una lagrima cuando se estaba muriendo su mujer y durante el dia que estuvo en el tanatorio. Sin embargo, al mes siguiente volvid a nuestro Centro de Escucha donde atendemos a personas que han perdido a un ser querido, y parecia un bafio de lagrimas. Hablaba sin parar de lo que habia significado para él su esposa y de lo solo que lo habia dejado. Se sentia raro porque se encontraba a si mismo Ilorando con facilidad y se avergonzaba de que le vieran, puesto que no le habian visto llorar en el funeral. Le preocu- paba lo que pudieran decir de él. Hablando con él como voluntario del Centro de Escucha San Camilo, pude ayu- . ’ . darle a reconocer que tenia derecho a llorar y a com- prender también por qué no le habian salido las lagri- mas anteriormente, segun su propia lectura. Duelo crénico Mas complicado es el duelo crénico, ese que queda muy plasmado en la clasica figura de la mujer vestida de ne- gro por afios sin término, como si el fallecimiento de su marido o de su hijo se hubiera producido la semana pa- sada. No es que se dé mas entre las mujeres, sino que esa imagen quiza lo refleja de manera muy plastica. Se trata de la incapacidad de reintegrarse con normalidad en el tejido social, debido a que el doliente esta absorbido por constantes recuerdos, fantaseando constantemente sobre el pasado, invirtiendo en él toda la energia, sin ocuparse del presente y sin construir ninguna relacion nueva. A veces se da en personas cuyo vinculo con el falle- cido era un apego muy dependiente, 0 en personas que no tuvieron una relacion que fue muy deseada. Con fre- cuencia es vivido con un sentimiento de gran inseguri- dad al faltar la persona que murio. Parece que invertir energia en salir o restablecer una cierta normalidad en la cotidianidad supusiera una falta de respeto al difunto, un tomarse poco en serio a la per- sona perdida. En el fondo, parece que estando en duelo y mostrandolo se paga un precio debido: el precio del amor que no puede morir. Es, sin duda, una insana lec- tura de las relaciones interpersonales. Restablecer el equilibrio afectivo invirtiendo energia en personas nue- vas, en nuevos proyectos, es razonable para la sabiduria del corazon, no solo para la cabeza. Recuerdo aquella mujer que vendia chucherias en la tienda de la esquina cuando yo era pequefio. Siempre es- taba vestida de negro. Decian que no habia encajado la 27 muerte de su hijo. Se habia ahogado en el rio hacia 20 afios, pero parecia que hubiera sido ayer. Todos los saba- dos iba al cementerio como el primero, no veia la televi- sion porque le parecia que eso era como irreverente, como si faltase el respeto a su hijo, que se lo merecia todo y al cual nunca olvidaria. Es cierto que no tenia que olvi- darlo, pero esta mujer lo recordaba con la misma inten- sidad. Nos daba mucha pena cuando ibamos a su tienda. Duelo patolégico Algunos autores prefieren hablar de «duelo complicado» e incluyen en este el duelo crénico, el retrasado, el exa- gerado, el enmascarado, como formas distintas de vi- vencia del dolor de manera compleja ®. Quien experimenta el duelo patologico en alguna de sus formas puede vivir alguna patologia psiquiatrica tras la pérdida, como la depresién mayor. Sentirse de- primido y sin esperanza después de la pérdida de un ser querido significativo es una reacci6n normal y saluda- ble, siempre que sea un fendmeno transitorio y adapta- tivo; pero cuando se transforma en algo irracional y acompafiado con otros elementos de la depresion cli- nica, es necesario intervenir profesionalmente. Asi también, Ja ansiedad es un sintoma normal tras la pérdida, pero si se experimenta en forma de ataques de panico o de conductas fobicas, podria incluirse dentro del duelo patolégico. Algunas personas enmascaran el duelo inconsciente- mente tras un sintoma fisico 0 alguna conducta des- adaptativa. Una persona puede, por ejemplo, experi- mentar los mismos sintomas que la persona fallecida {identificacién), 0 adoptar las mismas conductas que él ® Cf. J. W. Worben, El tratamiento del duelo: asesoramiento psicolégico y terapia. Barcelona, Paidés, 1997. 28 ‘ ’ y querer suplantarle en todo ocupando su rol, utilizando su ropa, queriendo imitarle, ete. En algunas ocasiones el duelo patoldgico lleva a ex- tremos como el consumo de sustancias toxicas 0 de al- cohol. De hecho, los que tratan el alcoholismo han de estar atentos a que no haya un duelo no resuelto en la persona dependiente. El duelo patoldgico a veces lo diagnostica el mismo pa- ciente, porque pide ayuda al percibir en si mismo senti- mientos o conductas desadaptativas y que le hacen sufrir de manera intensa. Cuando no es asi, hay que estar atento a algunos posibles indicadores, como, por ejemplo, no poder hablar del fallecido, intensas reacciones emo- cionales, incapacidad para desprenderse de cosas mate- riales, sintomas fisicos semejantes a los que experimen- taba el fallecido, alejamiento de todos los conocidos del difunto, compulsion a imitar al fallecido, impulsos des- tructivos, exceso de tristeza, consumo de sustancias, etc. Mi experiencia me dice también que detras de perso- nas en situacion de exclusién y marginacion se encuen- tran, con frecuencia, experiencias de duelo no vivido sanamente. En la historia de transeuntes, personas sin techo, drogodependientes y otros muchos colectivos particularmente vulnerables, facilmente hay pérdidas no elaboradas. Juan tiene 25 aiios, y a los pocos dias de fallecer su hermano de 30 con el que convivia, ademas de sus pa- dres, se traslad6 a su habitacién. Ahora duerme en ella, se viste con su ropa, se pone su calzado, incluso siendo de un numero menos, con la consiguiente incomodidad que él minimiza. No habla de su hermano ni dice estar mal. Sin embargo, todos los que lo rodean se dan cuenta de que «eso no es normal». Se preguntan si algo le podra ayudar; pero tampoco caen en la cuenta del riesgo de que la identificacién que esta experimentando pueda ir a mas y quiera no solo presentarse como se presentaba su hermano, negando asi su muerte, sino es- 29 tar a su altura, diluyendo asi su personalidad en la del fallecido. Sin duda, necesita ayuda psicoldgica. Recuerdo a una joven en un Centro de Atencion Inte- gral que estaba intentando dejar la droga. Hablando con ella me referia que el inicio de su adiccidn habia sido tras la experiencia de la muerte de su bebé. Murié de muerte stibita. No encontré apoyo social, dada la fragi- lidad de su entorno y de su familia. Conocié en un bar a un joven que le presté atencién, pero que consumia droga. No tardo nada en consumirla también ella. La droga se convirtid en su «consuelo», en el modo de ne- gar la crudeza de su experiencia. Reconocia, al hablar, que no habia hecho el duelo por su hijo al que, por otro lado, habia esperado con esfuerzo de adaptacién, porque habia nacido fuera de una unidad familiar estable. Hay quien vive también un duelo ambiguo (0 ambiva- lente, como prefieren otros)°, como pueden ser las perso- nas cuyo ser querido ha desaparecido y todo apunta a que haya muerto, pero no hay certeza (jde ahi la importancia de la «relacién con el cadaver»!, es decir, de verlo o contar con «su presencia»); o las personas que sufren por la «pér- dida del hijo que nunca se lleg6 a tener», por ejemplo, por aborto (voluntario 0 no); 0 las personas que acompafian a familiares que han perdido algunas de las capacidades mas especificamente humanas (por Alzheimer, por un ac- cidente, etc.), y que provocan la pregunta: «{Tengo padre o ya no queda de él mas que su cuerpo?», por ejemplo. En estos casos, las personas no saben si comportarse como casadas o viudas, si esperar o desistir, si desear la vida o el fallecimiento definitivo, si volver a intentar te- ner un hijo o elaborar secretamente un duelo socialmente poco reconocido. Hay quienes piensan que es mejor ha- cer cierres simbolicos que no hacer nada, en este tipo de ° Cf. L Capopevitta, «Las reacciones de duelo», en M. Die TRILL (ed.), Psi- coloncologia. Madrid, Ades, 2003, p. 655. 30 . "a situaciones, a excepcidn de los casos de Alzheimer 0 pér- dida de la conciencia por otra causa que, dentro de su ambigiiedad, tiene también algo de «duelo anticipado». Fue aquella semana de noviembre cuando mis oidos registraban por primera vez la palabra «Alzheimer, y el mundo se me venia encima. No quise decirtelo para no preocuparte, pero me hundi. El médico no me dio ninguna solucion, ningun tratamiento, solo me dijo una palabra: «Paciencia, hijo». Era como si los médicos me dieran el pésame. Es importante conocer estas dinamicas que se pueden producir en la elaboracién del dolor de la pérdida para fa- vorecer al maximo en nosotros mismos y en los demas una elaboracion sana y progresiva del dolor, para que nuestras reacciones sean adaptativas y oportunas para se- guir viviendo la nueva etapa que se nos abre en la vida tras la pérdida. Si no me hablas... Sino me hablas, llenaré mi corazon con tu silencio y ast podré soportarlo. Me mantendré tranquilo y esperaré como la noche, con su vigilia de estrellas y su cabeza inclinada en sefial de paciencia. Es seguro que vendrd la manana, que se desvanecerda la oscuridad, y que tu voz se derramara por los cielos en torrentes de oro. RABINDRANATH TAGORE a1 ME DICEN COSAS. UNAS ME AYUDAN, OTRAS NO El deseo de ayudar a quien vive el dolor por la pérdida de un ser querido se expresa de diferentes maneras. Hay quien hace lo posible por compartir un poco de tiempo; hay quien escribe unas lineas o hace una Ila- mada telefonica; hay quien simboliza en unas flores el afecto hacia el ser fallecido y hacia los supervivientes mas proximos. En el fondo, es el deseo de consolar y la necesidad de recibir algun tipo de consuelo. La soledad radical y el vacio absoluto son insoportables. Pero no todo consuelo es aceptado ni deseado. A ve- ces, incluso, uno preferiria que le dejaran en paz, que no le dijeran nada, que no se compadecieran de él por- que parece que asi es tomada escasamente en conside- racion la profundidad del dolor y se busca en seguida un alivio; algo que, a primera vista, consistiera en rela- tivizar o en desviar la atencion de lo que, de manera mas intensa, se esta experimentando: el dolor por la pérdida. 1. Frases que no me consuelan Una de las experiencias mas desagradables cuando una persona esta dolida, particularmente por la pérdida de un ser querido, es tener que oir frases bienintenciona- das, pero que se experimentan como huecas, que no co- nectan emocionalmente o que ofenden, incluso. R Algunas de ellas reflejan visiones fatalistas del mundo, de la vida; otras caen como sentencias que liberan al que Jas pronuncia de la angustia de no saber qué decir y como comportarse; otras son reflejo de que no se ha pensado antes de abrir la boca, sencillamente. éEs mejor asi? Queriendo consolar, hay personas que buscan el modo de hacer ver que podia haber sido peor. Se agarran a cual- quier cosa: la causa o el modo de morir podia haber sido mas cruel, haber comportado mas sufrimiento, haber sido mas largo, haber hecho mas larga la espera 0 la depen- dencia, etc. Asi, no es dificil escuchar frases que intentan subrayar lo cruel que podria haber sido si las circunstan- cias o el tiempo hubieran sido peores o mas largo. No pa- rece que sea este un modo saludable de consolar. Recuerdo lo que escuché decir a varias personas a la madre de Pedro, un joven con discapacidad profunda al que toda la poblacién de 30.000 habitantes conocia y que, cuando fallecié, fue acompafiado en el funeral por més personas que ningun otro fallecido. Algunas perso- nas, no se sabe con qué intencién -seguro que por ali- viar a la madre-, le decian: «Es mejor asi; ahora podras vivir sin tener que dedicarte a él todo el dia». Sin duda, aquella madre no toleraba esas frases y, con respeto, las rechazaba. No sé como no se enfadaba con quienes se las decian; parece que perdonaba a quienes pretendian consolarla de esa estupida manera. Su hijo, con su gran discapacidad, era lo que mas queria en el mundo. cEs el destino? Hay quien utiliza expresiones relativas al destino, o bien a la generalizacion: «Es el destino», «tenia que sucederm, q 4 «antes 0 después nos toca a todos». Son frases que reve- lan una concepcion determinista y extrafia de la natura- leza, o de una fuerza superior que todo lo controla y lo tiene determinado y previsto. No creo, ciertamente, en el determinismo que nos ha- ria prisioneros sin remedio del hado, que nos haria decir simplemente «lo que sera, sera», «lo que ha sido tenia que suceder». Me parece mas bien un perezoso argu- mento que no da paso tampoco a aquel otro segun el cual sucede lo que nos hemos preparado en el pasado; y no hay mas destino ni otro futuro que el que nos prepa- ramos en el presente. No me cabe otra lectura positiva del destino que aquella que lo entiende como una figura literaria 0 me- tafora para aludir al aspecto inescrutable e inabordable, en toda su profundidad, del acontecer humano. No creo, pues, que haya que aceptar el uso popular de la palabra «destino» para dar razon de acontecimientos temidos e indeseados, y que no resulta ser mas que un determi- nismo que no deja espacio a la libertad. En ocasiones, el destino se asocia a conceptos religio- sos y se habla también del «destino que Dios nos tiene preparado». Parece que el reconocimiento de la existen- cia de Dios, como fundamento ultimo de todo lo que existe y sucede, verdad a la que me adhiero, cae con fre- cuencia en la visién griega que anularia la libertad y se traduciria en una intervencion directa de Dios sobre to- das las cosas. Si aceptaramos esto, lo que nos sucede se- ria debido a que Dios, directamente, habria preparado con detalle el sucederse de los hechos y los tuviera pre- vistos para ese momento y de esa manera. éBasta entonces sumar las causas naturales para dar una explicacion de lo sucedido? No. No basta. A veces concurre también la responsabilidad humana que podria evitar muchas de las desgracias que nos suceden o el modo como suceden. Pero no nos conformamos los se- res humanos con lecturas sencillas y solo inmanentes, y necesitamos apelar a otro tipo de verdades que nos per- tenecen, como es propio de seres que estamos abiertos a la trascendencia. El reconocimiento de la presencia de Dios, del que todo mantiene una dependencia esencial y que todo lo conserva en su ser, no nos puede llevar a anular las causalidades de las cosas naturales. Raramente esta vision sirve de consuelo ni parece demasiado saludable. Si hay un destino, al menos desde el punto de vista de la fe, no es otro que el de estar Ila- mados a ser queridos por Dios y vivir en él por el amor. Y si algun deseo tiene Dios sobre el hombre, nos lo re- vela la Sagrada Escritura alli donde dice: «Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia» (Jn 10,10). Cuando murié mi mujer algunos me decian que era el destino, que todos tenemos un sino y que hay que acep- tarlo; que a cada uno le llega su hora. A mi aquello me sonaba a musica celestial y sentia rabia, porque me pare- cia injusto que el destino de mi mujer tuviera que ser aquel precisamente: el de morir cuando aun parecia que le quedaba media vida, cuando tenia tantas ganas de vi- vir, cuando tenia tanto por hacer. ¢Podia un Dios bueno haber sefialado en algun sitio semejante destino para mi mujer? No. Sin duda, no. Si Dios queria solo una pizquita a mi mujer, por misteriosa que fuera la vida, no se la ha- bria programado de este modo. Yo creo que Dios, en su omnipotencia, se hace omnidébil para respetar las leyes de la naturaleza que él cred y que nosotros cuidamos y respetamos, unas veces mas y otras menos. No creo que decir a alguien que «ha sido el destino» sea muy acertado. cEs la voluntad de Dios? En la misma linea, a veces escuchamos consuelos for- mulados con esta frase: «Es la voluntad de Dios». Pare- ceria, si asi fuera, que Dios se convierte en cacique que se divierte manipulando a placer suyo el sucederse de ae . ’ ’ las cosas y controlando el acontecer humano y natural. éSera que Dios tiene una voluntad mas interesada por los paises del Norte que por los del Sur, por ejemplo? éComo se explica semejante cantidad de sufrimiento en tantos lugares del mundo? ¢Es esa la voluntad de Dios? En el fondo, es posible que quien utiliza este tipo de expresiones, aun sin pensar demasiado en su contenido, sino prestadas probablemente de la cultura o del modo habitual y aprendido de formular algunas frases en si- tuaciones de duelo, no las crea siquiera. Es posible tam- bién que lo que pretenda es provocar una actitud de aceptacion 0, en el peor de los casos, de resignacion pa- siva, como si esta fuera una saludable actitud. Integrar el sufrimiento, elaborar el dolor, que es el ob- jetivo del duelo, no es lo mismo que aceptar pasivamente lo que sucede o resignarse. Entendida como pasividad, la resignacion ante la muerte de un ser querido no es cris- tiana. Indicaria abandono de si o fatalismo. Integrar el sufrimiento, en cambio, hace referencia al sujeto activo ante el propio mal; ser duefio, capaz de aceptar lo inevi- table viviendo, aun en medio de ello, con libertad y res- ponsabilidad, reconociendo el bien que hubo, el bien que queda, aprendiendo del dolor, compartiéndolo sin dejar que se convierta en fuente de mayor mal. No tengo vergiienza en proclamar donde sea que yo soy creyente, pero no creo que por eso tenga que resig- narme. Resignarme me parece tirar la toalla, limitarme a «padecer», a vivir sin pensar, sin dejarme interpelar, sin expresar la rabia que siento, también como cre- yente. Comprendo que algunas personas encuentren alivio al decir que hay que resignarse; lo comprendo porque esta muy metido en el modo de expresarse, porque lo hemos escuchado muchas veces a nuestros abuelos, padres... pero mi mayoria de edad me dice que tengo que hacer algo mas que resignarme. Mi padre ha muerto, si, pero no sé por qué no tengo derecho a sentir rabia, a pensar, a interrogarme. Conformarme, a” sencillamente, me parece cosificarme, despersonali- zarme. Tengo que reaccionar, {no? Soy yo el que ha perdido a su padre, no «el mundo» en general. éDios se lo ha llevado 0 nos pone a prueba? En el afanoso intento de acompafiar, de intentar aliviar la pena y Ja afliccion de alguien, a veces escuchamos también expresiones relativas a Dios que se Jo ha lle- vado o que nos pone a prueba con el sufrimiento. Extra- fios intentos, también estos, de ayudarnos unos a otros. Son frases hechas que deshacen; que nos dejan a veces indiferentes; otras, enfadados con quien nos las dice o con ese Dios que nos hace semejante dafio. Pensar de este modo sobre Dios seria equipararle a un ladrén que nos quita lo que mas queremos, 0 a un sadico que desea ver hasta donde somos capaces de resistir si nos prueba con dificultades, hasta donde somos capaces de mantenemos sin renegar de él (en cuyo caso mereceriamos algun tipo de castigo). {Qué extrafias imagenes estas! In- cluso, a veces, las expresiones afinan mas y se llega a de- cir: «Dios nos manda solo lo que podemos soportar, como si usara un dolorimetro y calculara friamente cuanto sufri- miento podemos aguantar. En realidad son imagenes an- tropomorficas de Dios sobre las que proyectamos modos de ser nuestros 0 razones que poco tienen que ver con la razon de la fe. El respeto de Dios hacia la creacién y la li- bertad, propia del mensaje revelado, nos impide pensar asi. Imaginemos, por otro lado, si este fuera el modo de intentar explicar o consolar a los nifios. El razona- miento seria aplastante contra este modo de razonar: «Si Dios se lo ha llevado, es que no me quiere; si me pone a prueba, no le quiero yo, porque me quita a quien yo amo». Ya santa Teresa protestaba contra este plantea- miento diciendo que si Dios pone a prueba a quienes mas ama «no me extrafia que tenga tan pocos amigos». 40 . : Recuerdo a aquel hombre que respondio asi a un bienintencionado pariente que se aproximé a él y le dijo algo asi como que «no cae una hoja sin que Dios lo quiera; Dios se lo ha Ilevado»: «Al diablo con ese la- dr6n, si se lo ha llevado Dios, que me lo devuelva, que no era suyo, ni falta que le hace a él». En el fondo, de- sahogo asi la rabia y mostré que no puede plantearse un Dios que se lleva a los que amamos, como si fuera un sadico que se alegrara con el sufrimiento infringido precisamente a los que creen en él. éHay que ser fuerte? «Eres fuerte, te repondras pronto, ahora lo que tienes que hacer es pensar en ti, porque la vida sigue.» Esta y otras tantas frases parecidas se dan cita también alrede- dor de quien sufre por la pérdida de una persona que- rida. Pareceria que ser fuerte es un deber, que todo se- guira como si nada, que «el muerto al hoyo y el vivo al bollo» porque la vida sigue y tuviera que seguir como si nada. Pareceria que estas expresiones revelaran que tampoco es tan importante lo que ha sucedido porque todo continta, que tampoco era tan relevante su vida porque todo pasa y se ha de normalizar. No alcanzan estas frases al corazon del que sufre la pérdida, ni lo que ocultan detras. Hay una especie de idea de que la debilidad humana es vergonzosa y que la fuerza se ha de manifestar en la prontitud de los pasos que se den con la razon hacia Ja normalizacion de la vida. Creo, en cambio, que es saludable también reconocerse y per- mitirse sentir la debilidad propia. En la debilidad experi- mentada en el duelo se muestra la fortaleza del amor que unia a las personas separadas ahora por la muerte. Recuerdo a aquel hombre que lloraba como un nifio -como solemos decir- ante su madre moribunda, y luego, durante dias y dias, no dejaba de decir que 2a qué débil se sentia, que creia que era mas fuerte, que no esperaba encontrarse a si mismo tan fragil cuando su madre muriera. A mi, que lo acompaiié en ese periodo, me parecia que con sus lagrimas —faciles, ciertamente- reflejaba con claridad cudnta pena tenia por la muerte de su anciana madre. Era normal que se muriera por- que era muy mayor; pero también era normal que le doliera, que se entristeciera, que se desahogara con soltura. Decirselo también le alivid, porque se vio a si mismo mas normal, mas natural, mas humano. éEl tiempo todo lo cura? Es cierto que se requiere tiempo también para sanar las he- ridas del corazon. No sanan en un instante. Ni tampoco han de permanecer siempre igual de virulentas, igual de sangrientas o de doloridas. Es cierto. La sabiduria popular también dice que «segun se asienta la tierra, se asientan los corazones»: es decir, que segun pasa el tiempo, también se va serenando el animo. Pero no sirve esto de consuelo cuando lo que se vive es el ahora doloroso y reciente. En realidad, habria que ser muy prudente para afirmar que «el tiempo todo lo cura», porque hay heridas que no se curan con el tiempo; se cronifican, se infectan, empeoran, matan. También las heridas del coraz6n pueden cursar de la misma manera. No es el tiempo el factor terapéu- tico, sino el requisito para que los elementos favorables hagan su efecto: la companiia, la reflexion, el cultivo del sano recuerdo, el desahogo, la inversion de energia en nuevos afectos, etc. No me ayuda que me digan: «jPobrecita; vaya desgra- cia que ha tenido muriéndosele el novio, con lo joven que es; pero con el tiempo se le pasara y encontrara a otro!». No me ayuda que me digan: «jQué joven es, po- bre chical», y a Ja vez digan: «Ya se le ira pasando con el tiempo!», porque parece que no se hacen cargo de lo que an . ‘ ’ significa para mi la muerte de Diego. Cuando escucho decir que soy muy joven y que con el tiempo tendré que rehacer mi vida, me hacen sentir mal, porque, en el fondo, me parece que no se ponen en mi lugar. Son co- mentarios que no tienen sentido. Me parece que muchas personas deberian callarse en lugar de decir las cosas sin pensar. Es como cuando dicen que «mientras hay vida hay esperanza»; me parece absurdo y hasta peligroso. Estas y otras muchas frases son dichas con buena inten- cin. Pero no basta la buena intencion. Es cierto que mu- cho depende de como son escuchadas y de quién y c6mo las dice; pero la experiencia de la mayor parte de las per- sonas es que al escucharlas en medio del dolor del duelo, no ayudan, no consuelan. En algunas ocasiones, generan una soledad emocional, inducida justamente por estas fra- ses. Pareceria que «estoy mas solo 0 sola de lo que yo creia, porque no me dan muestras de que me comprenden». Y no es pena lo que pretendemos dar en estas circunstancias, sino que buscamos respeto, compafiia saludable, alguien con quien compartir recuerdos o alguien simplemente dispuesto a preguntar si necesitamos algo; asi de sencillo. Hay mas, hay mas frases hechas que deshacen. Podria- mos citar algunas como estas: «Dios aprieta, pero no ahoga», «no hay mal que cien afios dure», «después de la tempestad, siempre viene la calma», «al perro flaco todo son pulgas», «otros estan peor, «no sera para tanto», «pues tienes buena cara», «podria haber sido peor, «es peor lo de fulano», «con paciencia se gana el cielo», «los hombres no lloran», «con lo fuerte que tu eres», «con todo lo que tu has pasado, podras con esto», «no te preocupes, que esta en el cielo y es mejor asi»... Borrarlas de nuestro modo de aproximarnos a quien sufre nos haria mas dis- puestos a la escucha. Los testimonios de quienes se en- cuentran en esa situacion, y nosotros mismos cuando lo vivimos, nos permiten constatar que no es este el modo mas saludable de acompafiar. 2. Lo que me puede ayudar Para humanizar la experiencia del duelo, proponemos algunas claves a continuacion, sin pretensién de ser exhaustivos, que complementarian cuantas pistas han ido surgiendo ya mas arriba, al ir describiendo los cami- nos inutiles de las frases hechas. Las lagrimas que sanan la herida El llanto es una de las expresiones mas frecuentes en el duelo. Es una reaccién natural a la pérdida, que algunas personas viven con mas naturalidad y facilidad, y otras in~ tentan esconder, 0 se lo permiten tinicamente en soledad. Llorar tiene un efecto benéfico de liberacién: relaja, desahoga, produce descanso y tranquilidad de espiritu, reconcilia consigo mismo y con los demas, repara, resta~ blece orden y equilibrio en el pasado para permitir vivir el presente serenamente, ablanda, deja visible la debili- dad 0, si se prefiere, la fortaleza de los sentimientos y del aprecio por el ser querido. Y ablandarse es humanizarse. San Agustin expresa este efecto benéfico de las lagri- mas en sus Confesiones, a la pérdida de un amigo: Pues gen qué consiste que el gemir, el Iorar, el sus- pirar, el quejarse se tiene como un fruto suave y dulce que se coge de la amargura de esta vida? gAcaso lo que hay dulce y gustoso en el llanto es la esperanza que te- nemos de que Vos oigdis nuestros suspiros y lagrimas? Pero esto era bueno para que lo dijéramos de los rue- gos y suplicas que os hacemos, porque siempre van acompafiadas del deseo de llegar a conseguir algo. Mas en el dolor y sentimiento de una cosa ya perdida, y en el triste llanto de que entonces estaba yo cubierto ¢po- dremos por ventura decir lo mismo? Porque yo no es- peraba que mi amigo resucitase, ni con mis lagrimas pretendia tal cosa; sino solamente era mi fin sentir su ' muerte y llorarla, porque me hallaba infeliz y mise- rable y habia perdido lo que causaba toda mi alegria. £0 es acaso que siendo amargo el Ilorar, nos causa deleite cuando llegamos a tener disgusto y aborrecimiento de las cosas que gozdbamos antes con placer y alegria? '! Pero aun siendo conscientes del poder terapéutico de las lagrimas, sentimos a veces vergiienza por llorar, 0 culpa {y pedimos perdon), o llegamos, incluso, a exhor- tar a no llorar. Ciertamente, consolar al que llora por la pérdida de un ser querido no se hace invitando a no llo- rar. ;{Qué empefio tan estupido ese de invitar a no llorar! En tono poético, y por tanto sin aires masoquistas, José Benjamin escribe: «{A quién suena la musica bien, pu- diendo escuchar el Ilanto?». Y elogiando la bondad y el poder humanizador de las lagrimas, si nos hubi¢ramos olvidado de llorar, podriamos aprender de nuevo escu- chando a Gandhi que decia: «Toma una lagrima y depo- sitala en el rostro del que no ha llorado»?. Cuando san Pablo invita a «llorar con los que lloran» {Rom 12,15), lo hace también exhortando a no compla- cerse en la altivez ni en la sabiduria propia, e invitando a ser humildes, como si estuviera definiendo, con pala- bras de entonces, el significado de la empatia, del abaja- miento personal y del arte de entrar en el mundo del otro para comprender y comunicar comprensién. Algunas personas, en cambio, creen que llorar con el que llora puede hacerle sentirse peor atin, desanimarle mas; y se reprimen de esa solidaridad emocional que, si es autén- tica, hace experimentar proximidad y comprension. Las lagrimas son palabras, aunque no se pronuncien (ilas hay de muchos tipos!), sentimientos drenados. Acompajfiar a quien llora significa intentar recoger los * San Acustin, Confesiones, IV, 5. ? Cf. J. C. Bermeso, Humanizar el encuentro con el sufrimiento. Bilbao, Desclée de Brouwer, 1999, pp. 90-91. ao

También podría gustarte