Dibujo del Colonialismo en América
Dibujo del Colonialismo en América
Integrantes:
N° C. I. N°
APELLIDOS Y NOMBRES
1 12.842.184 PÉREZ AZUAJE ELY VICK
2 12.918.340 MONTILLA GRATEROL JESÚS ALEJANDRO
3 14.051.500 IBARRA MARRÓN´TATIANA DEL VALLE
4 15.711.924 ALVIA RAMÍREZ LUÍS ENRIQUE
5 20.877.343 RIVERO PALMA ALEJANDRA CRISTINA
iii
ÍNDICE
Contenido
INTRODUCCIÓN .........................................................................................................................ii
ÍNDICE ......................................................................................................................................... iv
DESARROLLO ............................................................................................................................ 1
TEMA COLONIZACIÓN Y DESCOLONIZACIÓN ................................................................ 1
Factores que condujeron a España a la búsqueda de nuevos territorios. ..................... 1
Descubrimiento, conquista y colonización de América. ................................................... 2
Procesos que tuvieron lugar tras la conquista y colonización. ........................................ 2
Consecuencias derivadas del proceso de conquista y colonización. ............................. 3
Colonialidad, Descolonización e Interculturalidad ............................................................ 4
Del colonialismo a la colonialidad ...................................................................................... 5
De la colonialidad a la descolonización ............................................................................. 7
Causas de la descolonización/emancipación del Tercer Mundo .................................... 8
CONCLUSIÓN........................................................................................................................... 17
BIBLIOGRAFÍA.......................................................................................................................... 19
iv
DESARROLLO
TEMA COLONIZACIÓN Y DESCOLONIZACIÓN
Factores que condujeron a España a la búsqueda de nuevos territorios.
Entre los hechos más significativos de inicios de la Edad Moderna,
sobresalen las exploraciones geográficas realizadas durante el siglo XV que
resultaron en el descubrimiento de América. La expansión y conquista de pueblos
y culturas de otros continentes por parte de los europeos, sentó las bases de la
preponderancia europea en el mundo y el nacimiento de grandes imperios
coloniales. Esta expansión europea fue posible gracias a la combinación de una
serie de factores.
Más allá de los pequeños espacios costeros, el océano se hacía
impenetrable y desconocido para el hombre medieval. Leyendas y supersticiones
lo habían poblado de animales fantásticos, agresivos y tenaces que defendían
aquel mar tenebroso. A finales del siglo XV, los reinos ibéricos de Portugal y
Castilla, que se habían consolidado como dos grandes potencias marítimas que
contaban con una gran capacidad económica y militar, serían los encargados de
desvelar los misterios del Atlántico.
Portugal, además de su vocación marinera y conocimientos marítimos,
disponía de una gran flota naval y poseía gran experiencia en navegar la costa
atlántica. Por su parte, los reyes castellanos pronto hicieron suya la inquietud por
el mar. Lo cual se evidenció a través de la protección brindada a la construcción
naval, la creación de astilleros y los privilegios concedidos a las ciudades del
litoral. De esta manera fue creciendo el potencial naval castellano y su utilidad
tanto en la guerra como en la paz.
A mediados de este siglo, el aumento de la población y de las riquezas en
Europa provocó el aumento de la necesidad de metales preciosos como el oro y la
plata, y de codiciadas especias (pimienta, canela, nuez moscada, etc.)
indispensables para el desarrollo gastronómico europeo. Esto provocó que las
relaciones comerciales con el interior de África y las Indias (Ver Anexo Nro. 2) se
intensificaran.
Hasta finales del siglo XV todos los productos provenientes del oriente
llegaban a Europa por el Mediterráneo a través de intermediarios árabes y
venecianos. Sin embargo, tras la conquista de Constantinopla esta ruta fue
interrumpida, razón por la cual surgió la necesidad de buscar una nueva
alternativa para desarrollar dicho comercio. Fue entonces que las monarquías
portuguesa y castellana apoyaron los proyectos de descubrir un ruta directa por el
Atlántico.
En este propio siglo se produjo un notable desarrollo de los conocimientos
científicos y de las técnicas de navegación que mejoraron las condiciones para las
exploraciones oceánicas (Ver Anexo Nro. 3). Para la orientación en alta mar, se
dispuso además del astrolabio que permitía calcular desde la nave la latitud y
deducir la posición del barco, de la brújula, aguja imantada que marca
permanentemente el norte.
Por último, el espíritu aventurero junto a la fama, estimulada por los viajes
de Marco Polo a China en el siglo XIII y el afán de enriquecimiento, impulsaron el
deseo de alcanzar las Indias directamente por mar. Además, el deseo de llevar el
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cristianismo a las nuevas tierras para la evangelización también ejerció su
influencia.
Descubrimiento, conquista y colonización de América.
El descubrimiento de América fue una empresa que permitió ampliar las
fronteras oceánicas de Europa. Es considerada además la aventura más
importante en la historia de la humanidad, cuya figura más distinguida fue
Cristóbal Colón, quien hizo posible lo que actualmente se ha dado en llamar el
encuentro de dos mundos. Este hecho estuvo motivado por una serie de factores
sociales, económicos, religiosos y técnicos; y fundamentalmente se apoyó en
impulsos políticos y científicos. Tras un largo aprendizaje mediterráneo, esta
empresa marítima adquirió protagonismo indiscutible en la zona del golfo de Cádiz
gracias al impulso de los marinos portugueses y andaluces, los más capaces y
mejor conocedores del Atlántico durante los siglos XV y XVI.
Cristóbal Colón expuso al rey de Portugal en 1482 su proyecto de llegar a
las Indias por el Oeste, ruta que según él era más corto que la del Este. Calculó
que la distancia de Canarias a CIPANGO (Japón) era de 2.400 millas que
tardarían un mes en recorrerse, y no de 10.600. El error estaba motivado en una
mala traducción de un libro árabe, ya que las millas árabes son más cortas.
Quizás este error propició la conquista, pues la distancia real hubiera podido
provocar el rechazo del proyecto.
El 12 de octubre de 1492, la expedición de Colón llegó a las Antillas, y con
posterioridad, el 5 de diciembre del mismo año arribó a La Española (Ver Anexo
Nro. 4), actualmente dividida en dos países (Haití y República Dominicana) y
donde estableció la primera colonia europea en el Nuevo Mundo. Luego en
diversos viajes los españoles fueron explorando y estableciendo pequeñas
colonias, primero en el archipiélago de las Antillas y después en el continente
americano.
Para el año 1511 el descubrimiento y la conquista de las grandes islas y el
conjunto de las Antillas ya había concluido. Sin embargo, los resultados
económicos generados por los viajes de Colón no respondieron a las expectativas,
pero la conquista y colonización del continente avanzó hacia el oeste y abarcó
prácticamente la totalidad del continente.
Los dos momentos más importantes en el proceso de conquista fueron la
invasión del imperio azteca por Hernán Cortes entre 1519 y 1521, y la del imperio
incaico del Perú por Francisco Pizarro de 1532 a 1533.
Procesos que tuvieron lugar tras la conquista y colonización.
El objetivo de los colonizadores españoles, fue desde un principio, la
explotación económica del territorio conquistado y la cristianización de los indios.
Con tal de cumplir este último objetivo, en América se llevó a cabo un proceso de
evangelización que consistía en la acción misionera realizada bajo la dirección de
los monarcas españoles por concesión papal.
Con la llegada de las primeras noticias que informaban del descubrimiento
del Nuevo Continente, los Reyes Católicos y sus sucesores comenzaron a recibir
numerosas concesiones por parte del Papa, quien les concedió el derecho de
ocupar las nuevas tierras y dominar a sus habitantes.
A fin de cumplir con la labor evangelizadora, a la Corona se le otorgó el
derecho de poder intervenir en numerosas cuestiones como el cobro del diezmo,
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la capacidad de construir y organizar la Iglesia de América, etc. El instrumento
más activo de la evangelización fue la entrega total de las órdenes mendicantes,
cuya actividad se iniciaba con la misma conquista militar y continuaba
posteriormente dirigiéndose a toda la población indígena para su cristianización.
El sistema de colonización utilizado en los primeros momentos del Imperio
Español fue la encomienda, la cual fue establecida como un derecho otorgado por
el Rey en favor de los españoles colonizadores. El español cobraba los tributos
que los indígenas, como súbditos del Rey, debían pagar a la corona y, a cambio,
debía cuidar del bienestar de los indígenas en lo espiritual y en lo terrenal,
asegurando su mantenimiento y su protección, así como su adoctrinamiento
cristiano. Que no era más que el compromiso hecho por el conquistador para
evangelizar a todos los indígenas que le habían correspondido en su
repartimiento; los niños debían recibir las enseñanzas religiosas todos los días y
los adultos tres días a la semana.
Sin embargo, se produjeron múltiples abusos y el sistema derivó en formas
de trabajo forzoso o no libre. Los conquistadores, que habían comenzado a
explotar las minas de oro con los indios, reemplazaron por especias el pago del
tributo por trabajo en favor del encomendero. Así, los conquistadores se
enriquecían mientras que los indios sufrían cada día más porque eran rudamente
apretados en el trabajo. Los que morían eran tantos, que su número disminuía en
mayor proporción que lo que aumentaba el de las personas blancas.
Estos abusos dieron lugar a múltiples protestas, y a pesar de que se
aprobaron las Leyes Nuevas que recordaron solemnemente la prohibición de
esclavizar a los indios y abolieron las encomiendas, la colonización española se
caracterizó desde un principio por el mestizaje. La población europea se mezcló
con los indígenas americanos (mestizos) y la población esclava traída de África
(mulatos).
Consecuencias derivadas del proceso de conquista y colonización.
Con la llegada de los colonizadores españoles surgieron en América
enfermedades desconocidas en el Nuevo Mundo. Ejemplo de estas son la viruela,
la gripe, el sarampión y el tifus, contra las que la población nativa no tenía
resistencia y se produjo un descenso poblacional. Debido a las duras condiciones
de trabajo a que fueron sometidos los indios, los españoles provocaron un
descenso demográfico que llegó al aniquilamiento en las Antillas y el Caribe.
Bajo la idea de la evangelización, los cristianos europeos recién llegados a
América, originaron un intenso debate teológico y legal sobre la naturaleza de sus
habitantes. Esta polémica concluyó con la oposición de la Corona a su esclavitud y
la incorporación de los nativos como súbditos de la misma con todos sus
derechos. A partir de este momento las leyes de la Corona Española establecieron
que los indígenas americanos no serían sometidos a la esclavitud, sino a un
régimen de servidumbre denominado encomienda, mediante el cual eran dados a
encomenderos españoles.
Poco a poco, con la aparición de los blancos como nuevo grupo social y
racial dominador que se sitúa en la cúspide de la pirámide social, se va a sustituir
a la oligarquía indígena por sociedades precolombinas estructuradas. Con el paso
del tiempo este grupo español va a dar lugar a los criollos. Descendientes de
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españoles pero ya naturales de América y que van a constituir la élite social,
económica y política de los territorios.
El descenso de la población de nativos americanos provocó una falta de
mano de obra indígena que España trató de reemplazar con esclavos
provenientes del África subsahariana, con lo cual se inició a un proceso de
mestizaje que se dio en todas las variantes: mestizos (blancos + indios), mulatos
(blancos + negros) y zambos (indios+ negros).
La evangelización cristiana que tuvo un extraordinario éxito en todo el
Nuevo Mundo modificó el sistema de creencias y el mundo espiritual de los indios,
con diferente grado de resistencia, siendo uno de los factores de colonización más
determinantes. La llegada de población esclava negra introdujo en América su
particular mundo espiritual, aunque también entró en un proceso de
evangelización cristiana.
Para América una de las consecuencias de la colonización fue que entró
en un sistema de intercambio de productos. Igual que una serie de productos
fueron exportados a Europa, los europeos introdujeron en América una serie de
productos que fueron la base de su alimentación.
La pérdida de materiales preciosos como el oro y la plata, no tuvo tanto
una consecuencia directa en las sociedades precolombinas en cuanto el oro y la
plata no tenían valor de cambio en su economía, sino puramente ornamental.
Colonialidad, Descolonización e Interculturalidad
Desde hace unas dos décadas, se ha vuelto casi inflacionario el discurso
que incluye los conceptos de ‘colonialidad’, ‘descolonización’ e ‘interculturalidad’,
no sólo en el contexto de la emergencia de nuevas propuestas políticas en
diferentes países de América Latina, sino también en las ciencias sociales críticas
y en voces que pretenden “rescatar” la posmodernidad para una teoría crítica y
pos-colonial de las sociedades multi- o pluriculturales. Muestra de ello son las
nuevas constituciones políticas de Estado de Ecuador y Bolivia, donde abundan
las referencias a estos neologismos que han sido sacados de la esfera netamente
académica. Lo que a primera vista parece una victoria de la apropiación popular
del discurso “intercultural” y “descolonizador” puede resultar, desde un enfoque
emancipador y crítico, un “secuestro” etnocéntrico, postmoderno y un tanto
romántico de una herramienta de interpretación socio-política y cultural.
Al igual que respecto a la ‘filosofía posmoderna’, también referente a la
‘filosofía intercultural (...) La articulación entre ‘descolonización’ e ‘interculturalidad’
no es nada fácil y pasa por una serie de mediaciones que incluyen aspectos
históricos, de poder, de hegemonías, de asimetrías y de definiciones críticas de lo
que es ‘cultura’ y ‘colonialidad’. Como tesis central de este ensayo planteo que el
discurso de la ‘interculturalidad’ –al menos en el contexto latinoamericano– sin una
reflexión crítica sobre el proceso de ‘descolonización’ queda en lo meramente
intencional e interpersonal, pero también al revés: un discurso político y educativo
de la ‘descolonización’ no llega al fondo de la problemática, si no toma en
consideración un debate sobre los alcances y limitaciones de un diálogo
intercultural. Para aclarar esta compleja dialéctica, la filosofía intercultural crítica y
liberacionista ha desarrollado ciertas herramientas que me parecen útil y necesario
al momento de meterse a la ‘caja negra’ de esta problemática.
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Del colonialismo a la colonialidad
Cuando se habla de ‘interculturalidad’ a secas, tal como lo hace por ejemplo
la nueva Constitución Política de Estado de Bolivia, suena más a WISHFUL
THINKING (pensamiento deseoso) que a un proyecto bien pensado y transversal
que toca cuestiones de fondo como la (re-) distribución de los recursos, la
participación equitativa en el poder o la injusticia del llamado ‘orden global’. El
concepto de la ‘colonialidad’ (igual que el de ‘imperialismo’ económico, mediático,
cultural y militar) introduce una reflexión crítica necesaria sobre las mismas
condiciones de la posibilidad de la ‘interculturalidad’ como un modelo (paradigma)
viable para una convivencia pacífica, pero también justa y equitativa de la
humanidad.
El discurso clásico de la ‘descolonización’ tiene su SITZ IM LEBEN en el
debate sobre la ‘independencia’ política de los nuevos estados soberanos del
África y –en menor medida- de Asia. En este sentido, se habla de una primera
fase de ‘descolonización’ que abarca los años 1945-1955 y que se concentra en
las luchas por la ‘independencia’ política de la India y del Próximo Oriente (entre
otros Corea, India, Pakistán, Filipinas, Sri Lanka, Myanmar, Laos, Indonesia,
Camboya, Libia y Vietnam). Una segunda fase se produce entre los años 1955 y
1975, iniciada por la Conferencia de Bandung (Indonesia) en 1955 que da origen
al Movimiento de Estados no Alineados y que establece el mal llamado ‘Tercer
Mundo’ como unión fuera de los dos bloques ideológicos, militares y políticos
existentes a lo largo de la época de la Guerra Fría (entro otros Sudán, Túnez,
Marruecos, Ghana, Malasia, Nigeria, Costa de Marfil, Congo, Tanzania, Argelia,
Jamaica, Trinidad y Tobago, Kenia, Zambia, Zimbabue, Granada y Bahamas). En
la tercera fase de 1975-2002 se produce la independencia política de los estados
de África Austral, África Central y Oceanía (entro otros las Seychelles, Papúa
Nueva Guinea, Angola, Mozambique, Belice, Namibia, Lituania, Estonia Letonia,
Ucrania, Bielorrusia y Timor Oriental). Si se toma ‘descolonización’ en este sentido
como el proceso de independización política de una ‘colonia’ del poder colonial, la
constitución de Estados Unidos (1776) ha sido el primer acto de ‘descolonización’
en la época moderna.
Hay autores que derivan ingenuamente los términos “colonia” y
“colonialismo” de Cristóbal Colón, navegante genovés y supuesto “descubridor” de
ABYA YALA. Para nuestro propósito, es interesante notar que las nociones de
“cultura” y “colonia” provienen de una misma raíz lingüística. Probablemente
vienen del indoeuropeo KUEL (“dar vueltas”) que entró a su vez a la raíz griega
(col-) que significa originariamente ‘podar’ y que rápidamente fue usada también
en sentido metafórico de ‘adular’ (“culto” a los dioses). De ahí que esta raíz pasa al
verbo latín COLERE que significa ‘cultivar’ o ‘labrar’ y que es la base común tanto
del conjunto lingüístico de “cultura” (“cultivo”, “cultivar”, “culto”, “interculturalidad”,
etc.) como de “colonia” (“colono”, “colonizar”, “colonia”, “colonialismo”,
“descolonización”, etc.). Un “colono” (COLONUS en latín) es etimológicamente
una persona que cultiva la tierra para su propio sustento, lo que queda lejos de la
acepción que adquieren los términos derivados tal como “colonia” (aunque ésta
mantiene la ambigüedad semántica), “colonización” y “colonialismo”. El concepto
de ‘cultura’ se inserta también en este campo semántico, porque es justamente el
“cultivo de la tierra” (la “AGRI-cultura”) que es el significado genético de toda labor
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cultural. En la Antigüedad occidental, las civilizaciones fenicia, griega y romana
establecieron “colonias”, es decir ocupaciones forzosas de territorios ajenos por
personas (los llamados “colonos”) que tenían la tarea de “cultivar” estas tierras. La
ciudad alemana de Colonia, por ejemplo, es el resultado de la colonización
romana.
Mientras que el campo semántico de “cultura” se relaciona con el ámbito
rural (“cultivar la tierra (...) El proceso de “colonización” conlleva siempre un
aspecto de asimetría y hegemonía, tanto en lo físico y económico, como en lo
cultural y civilizatorio. La potencia “colonizadora” no sólo ocupa territorio ajeno y lo
“cultiva”, sino que lleva e impone su propia “cultura” y “civilización”, incluyendo la
lengua, religión y las leyes. Si bien es cierto que hubo ya muchas olas de
“colonización” antes de la Conquista del continente americano (ABYA YALA) –
incluso en contextos no-europeos–, esta “colonización moderna”, a partir del siglo
XVI, ha formado el paradigma de lo que viene a ser el occidentocentrismo y la
asimetría persistente entre el mundo “colonizador” (llamado también “Primer
Mundo”) y el mundo “colonizado” (“Tercer Mundo”), entre Norte y Sur.
Mientras que “colonización” es el proceso (imperialista) de ocupación y
determinación externa de territorios, pueblos, economías y culturas por parte de
un poder conquistador que usa medidas militares, políticas, económicas,
culturales, religiosas y étnicas, “colonialismo” se refiere a la ideología
concomitante que justifica y hasta legitima el orden asimétrico y hegemónico
establecido por el poder colonial. La “colonización” –en el sentido de un sistema
político- y “descolonización” –en el sentido de la independencia política formal-
clásicas prácticamente se han vuelto fenómenos del pasado, pero lo que nos
interesa no es la “independencia” o la “descolonización” formales, sino el
fenómeno de la “colonialidad” persistente en gran parte de las regiones que fueron
objeto del proceso de “colonización” (e incluso en otras como formas de
dominación interna).
La “colonialidad” representa una gran variedad de fenómenos que abarcan
toda una serie de fenómenos desde lo psicológico y existencial hasta lo
económico y militar, y que tienen una característica común: la determinación y
dominación de uno por otro, de una cultura, cosmovisión, filosofía, religiosidad y
un modo de vivir por otros del mismo tipo. En sentido económico y político, la
“colonialidad” es el reflejo de la dominación del sector extractivo, productivo,
comercial y financiero de los estados y sectores “neo-colonizados” (“Sur”) por
parte de los países industrializados (“Norte”), lo que lleva a la dependencia y del
“desarrollo del sub-desarrollo”, la sub-alternidad y marginalidad de las “neo-
colonias” frente al dominio de los imperios dominadores.
Los conceptos de la ‘neo-colonización’ y de ‘colonización interna’ (en el
sentido de hegemonía económica del centro sobre las periferias y de relaciones
sociales y culturales asimétricas) sostienen que con la “independencia formal” de
las colonias no termina su condición de ser “colonizadas” y su “colonialidad”
fundamental, sino que se ahonda aún más, sólo que los medios de dominación
hayan cambiado de una ocupación militar y política a un imperialismo económico,
una ocupación simbólica y mediática, un anatropismo filosófico y una alienación
cultural cada vez más sutiles. Es en este contexto que el discurso de la
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“interculturalidad” puede contribuir a una “descolonización” verdadera y profunda,
o más bien puede convertirse en aliado del modelo dominante de la globalización.
De la colonialidad a la descolonización
Si el proceso de la “descolonización” consistiera en erradicar en la propia
cultura todos los rasgos (culturales, filosóficos, religiosos, gastronómicos, etc.) del
poder colonial de antes, gran parte de Europa tendría que abolir o erradicar su
calendario, el derecho romano, la herencia de la filosofía helénica y la religión
judeo-cristiana (semita), [Link]. los valores de la Ilustración europea, el espíritu
del protestantismo y la misma lengua (inglés), y América Latina (ABYA YALA) el
arroz, el caballo, las universidades, la biomedicina y las lenguas hispano-lusitanas.
La filosofía intercultural crítica rechaza cualquier esencialismo o purismo cultural y
sostiene que todas las culturas de este planeta son el resultado de un proceso
complejo y largo de “inter-transculturación”. Por lo tanto, el objetivo del proceso de
“descolonización” no puede significar la vuelta al status quo ante, ni a un ideal
bucólico y romántico de culturas “no contaminadas.
“Colonialidad” no es el hecho (“neutral”) de que todas y todos somos
producto de este proceso humano de la inter-transculturación –que es un hecho
histórico-, sino que contiene un aspecto analítico y crítico que tiene que ver con
involuntariedad, dominación, alienación y asimetría de estructuras políticas,
injusticia social, exclusión cultural y marginación geopolítica. En los últimos años,
un gran número de publicaciones de las ciencias sociales –especialmente en
América Latina- dan testimonio de este nuevo enfoque de analizar la “colonialidad”
existente y del proceso de “descolonización” en la era de la globalización
neoliberal. En estos trabajos, se intenta hacer una lectura crítica de la
“colonialidad” latinoamericana en torno a las tres categorías de raza (lo “étnico”),
trabajo (lo “económico”) y género (lo “social”), siempre bajo la hermenéutica de
sospecha del eurocentrismo, capitalismo y androcentrismo vigentes en el proyecto
actual de la globalización neoliberal. Según Aníbal Quijano, la idea de raza se
encargó de otorgar legitimidad al tipo colonial de relaciones de dominación en la
medida en que “naturalizaba las experiencias, las identidades y las relaciones
históricas de la colonialidad” (Quijano 2000b: 243). Gran parte de las repúblicas
del continente lograron la “independencia” formal de la Colonia gracias a una
constitución racista por parte de una minoría criolla, reemplazando el colonialismo
“clásico” por un colonialismo republicano interno.
La filosofía latinoamericana ha intentado analizar la condición de
“colonialidad” bajo las categorías de ‘autenticidad’, ‘alienación’, ‘anatropismo’ y
‘descentramiento’ –sobre todo en la tradición del existencialismo- y de ‘centro’ y
‘periferia’ en la tradición liberacionista. La ‘colonialidad’ puede resumirse, en este
sentido, como el veredicto de Hegel sobre América Latina: “Lo que aquí sucede
hasta el momento, es sólo el eco del Viejo Mundo y la expresión de una vitalidad
foránea...”Sólo que el “Viejo Mundo” ya no esté presente en forma del poder
colonial español o portugués, sino como introyecto mental de las élites criollas y
“centro” económico-político en las mismas periferias. Y esto es a la vez la
expresión más nítida de la postura eurocéntrica de la originalidad de la filosofía
occidental-europea y de la condición mimética de cualquier otra filosofía. Sin
embargo, la ‘colonialidad’ va mucho más allá de lo que quiere decir
“inautenticidad” o “dependencia”.
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Al igual que el androcentrismo y patriarcalismo, el colonialismo y
occidentalismo establecen una suerte de interdependencia asimétrica o
complementariedad vertical, tal como Hegel lo había expuesto en su famosa
dialéctica de amo y esclavo. El pensamiento colonizado existe gracias al
pensamiento colonizador y legitima éste como su sustento. La ‘colonialidad’ refleja
una epistemología de sujeto (activo) y objeto (pasivo) que puede reproducirse en
los niveles de subalternidad: en el ‘colonialismo interno’, el poder colonial de antes
(“Europa”) ya no necesita imponer sus ideas, las relaciones de poder que se
orientan en características de raza y género, sino que el ‘poder satelital’, la nueva
burguesía políticamente independizada, se encarga de mantener y perpetuar el
mismo orden colonial.
El análisis filosófico de la ‘colonialidad’ del pensamiento, de la
‘academicidad’ del saber, del ‘androcentrismo’ de sus categorías y conceptos
directivos, y de la falsa ‘universalidad’ de sus pretensiones no es suficiente, si no
plantea al mismo tiempo la cuestión de poder. Este tiene muchos rostros y se
realiza a través de caminos que a menudo son considerados reivindicaciones de
movimientos sociales, una izquierda política y un discurso revolucionario, y no
simplemente de una derecha recalcitrante e imperialista. Por lo tanto, es de suma
importancia que las ciencias sociales y la filosofía crítica no se conviertan en
“tontos útiles” de una globalización con etiqueta ‘intercultural’, “plural” y
“postmoderna”, un vehículo inconsciente y tal vez inocente de la estrategia de un
nuevo “global centrismo” capitalista bajo el manto de la diversidad, inclusión y el
respeto de la etnicidad. Incluso la filosofía intercultural que desde sus orígenes
tenía el afán de desvelar y cuestionar los múltiples centrismos culturales y de
plantear una universalidad basada en el polílogo multifacético de actores y
actoras, puede convertirse en víctima de la ingenuidad de la “celebración
posmoderna” de la diversidad y de los diferentes tipos de “indianismo”,
“indigenismo” y “romanticismo”.
Causas de la descolonización/emancipación del Tercer Mundo
Los autores que a continuación se exponen y analizan, con referencia a sus
ideas y planteamientos sobre el proceso de la “Descolonización”, coinciden en
gran medida sobre las causas y la situación europea que facilitó y condujo a la
emancipación de las colonias. Los discursos nacionalistas de los años de las
guerras mundiales, las ideologías socialistas, las propias declaraciones europeas
sobre la autodeterminación de los pueblos, y la decadencia de Europa como
conjunto de potencias mundiales, en la época de posguerra, fueron elementos que
abrieron el camino para el surgimiento de movimientos más o menos unificados en
las diferentes áreas colonizadas y la idea, desde los organismos internacionales
liderados por Estados Unidos o bien la propia Unión Soviética, de generar la
liberación de las colonias y la formación de estados nacionales autónomos.
El problema subyacente a los planteamientos de cada autor es el énfasis
dado a los procesos como, por un lado, la voluntad europea de desocupar las
zonas de influencia colonial, por razones estratégicas o económicas, así como
plantear estos sucesos como una lucha nacional para la propia liberación. Cada
autor, sin embargo, enfatizará uno u otro aspecto en el análisis de la relevancia de
este proceso especialmente trascendente de la historia de Europa y del mundo en
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el siglo XX, y que ha llegado a organizar el planeta en varios y diferenciados
“mundos”.
Jean-Louis MIÈGE, partiendo con la idea de la decadencia de Europa como
desencadenante principal de un movimiento descolonizador, refiere que la
Segunda Guerra Mundial fue un factor determinante para “arruinar el prestigio de
los antiguos dominadores” de los pueblos coloniales. Paralelo a esta
circunstancia, las ideas de que cada pueblo debe elegir la forma de gobierno bajo
la cual quiere vivir, emanadas de la Carta del Atlántico en 1941, destinada a los
europeos, “fue recogida, asimismo, por los líderes nacionalistas en el sentido de
condena a la colonización”. Sumado a esto, tanto EEUU como la URSS, las
grandes potencias que dominarían el mundo luego de 1945, se caracterizaban por
ser anticolonialistas –en el sentido tradicional de la palabra-. Por lo tanto, según
MIÈGE, “frente a los peligros y a la propaganda, las potencias coloniales tuvieron
que prever, por la fuerza de los acontecimientos o haciendo cálculos, nuevas
formas de relaciones con sus colonias.” Las reformas realizadas por los países
imperialistas, con el fin de dar un giro a la colonización, y de este modo de no
romper los lazos, fueron poco importantes, y no calmaron las iniciativas
nacionalistas de liberación. Los intentos por controlar la situación, según el caso,
trajeron “una mezcla de represión más o menos severa y medidas liberales
moderadas, generalmente limitadas al terreno social (reglamentación del trabajo,
etcétera)”.
Según este autor, la “gran conmoción de la descolonización dominó todos
los aspectos de la vida mundial entre 1947 y 1962”. La Asamblea de la ONU se
vio constantemente integrada por nuevas naciones africanas y asiáticas, así como
la política interior de las antiguas colonias se vio también afectada. Francia fue
más reticente a permitir la independencia de sus colonias, a diferencia de Gran
Bretaña. MIÈGE asegura que “indudablemente el LABOUR PARTY tuvo también,
más que el Partido Socialista francés, una doctrina y una voluntad
descolonizadora”. Junto con esto, “en Francia, una parte importante de la opinión
pública, mal informada, seguía defendiendo la ficción del ideal asimilador, sin
darse cuenta de las transformaciones de la coyuntura mundial”.
La descolonización, refiere MIÈGE, llevó a disputas políticas dentro de las
metrópolis, que repercutieron más que las implicancias económicas europeas,
dado que “en todos los países, la descolonización provocó divisiones en los
grupos políticos. La brecha abierta entre partidarios y adversarios –con todos los
matices de una a otra posición según los argumentos de doctrina, de oportunidad,
de método- no se produjo entre ‘izquierda anticolonialista’ y ‘derecha colonialista’.
La descolonización se convirtió muchas veces en la máscara del neocolonialismo
económico”.
Aparte de las disputas políticas y sobre qué tipo de medidas tomar para no
perjudicar a los estados ni a los privados en términos económicos, el problema
más grave en Europa lo constituyó, según MIÈGE, el regreso de los colonos
instalados en territorios de ultramar a la metrópoli. Esta repatriación, se realizó de
diferentes maneras, según el país, y en todas partes contó con el apoyo
gubernamental, lo que implicó gastos fiscales. Además de las implicancias
económicas, el elemento cultural y psicológico, generarían repercusiones, tanto
en colonos como colonizados, a través de los años siguientes.
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En este sentido, el autor afirma que “la expansión colonial había sido la
afirmación de los valores europeos. No es muy seguro que la descolonización, en
su primera fase, sirviera, en la opinión de la antigua metrópoli, para descubrir los
valores del ‘otro’”. Ciertamente, el abandono de los imperios coloniales por parte
de las potencias europeas, debilitadas por las guerras, fue un proceso que abarcó
tanto la experiencia de las colonias como la de las metrópolis. Sin embargo, fue
una carrera necesaria dado el contexto internacional que se fraguaba, y no pudo
ser contenido, pese a las resistencias de ciertos países que veían perjudicial el
abandono de sus colonias.
Dado su sentido de proceso global, para José U. Martínez Carreras, la
descolonización “constituye uno de los fenómenos más importantes y
trascendentes de la historia de nuestro tiempo”. No obstante, su prioridad en el
análisis radica en las consecuencias para los territorios fuera de los límites de
Europa, ya que la descolonización trajo consigo, incluso hasta la actualidad,
consecuencias a largo plazo para el Tercer Mundo, integrado por todas las
regiones que alguna vez fueron colonias. Este largo proceso, según el autor, se
gatilló por el “declive” de Europa, sumado a una serie de procesos históricos más
complejos y de carácter tanto local como global. Lo principal, sin embargo para él,
no son tanto las consecuencias directas, como los resultados de largo alcance,
que devinieron del proceso de independencias –más o menos violentos-. Los
estudios necesarios de plantear al respecto –según Martínez Carreras-, y que son
imprescindibles de desarrollar, deben realizarse bajo una perspectiva que
abarque el Tercer Mundo junto a su proceso de emancipación cultural, el cual no
se logró, ciertamente, con la emancipación política. Según este autor “las
ideologías están, en los países del Tercer Mundo, aún en proceso de elaboración
y formulación, y la emancipación cultural depende ante todo de la voluntad política
en desmarcarse del modelo”. Por lo tanto, podríamos decir que sus ideas se
fundamentan en la noción de la descolonización como proceso principalmente
político que generó estados soberanos, los cuales, no obstante, continúan hasta
hoy sus procesos de autodeterminación. Y en este movimiento de independencia,
el declive de Europa fue fundamental.
Norman LOWE, así como MIÉGE, plantea que el avance de las
aspiraciones nacionales habría sido acelerado por la Segunda Guerra Mundial,
esto a razón de la depresión en el “prestigio” que otrora gozaba Europa. En
palabras de LOWE, “el prestigio de Europa se encontraba gravemente afectado
por su fracaso en la defensa de sus posesiones asiáticas contra los japoneses y el
mito de la invencibilidad de Europa había sido destruido; los asiáticos de regiones
tales como las Indias Neerlandesas Orientales, la Indochina francesa y los
territorios británicos de Birmania y Malaya no abrigaban ningún deseo de regresar
al status quo de la preguerra, tras haber resistido tenazmente la ocupación
japonesa”. No obstante, este prestigio perdido actuaba como estimulante para el
alzamiento ideológico o físico de las colonias, y no tan sólo como un elemento que
influenciaba a las propias metrópolis a repensar sus imperios coloniales. Junto a
esta decadencia de la imagen y poderío potencial de Europa, se unía la
participación que los colonizados tuvieron en la guerra, situación que generó una
idea de lo que significaba estar fuera de la colonia. “Numerosos africanos que
habían dejado su tierra por primera vez, para pelear en la guerra, se sentían
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impresionados por el contraste entre las primitivas condiciones de la vida en África
y la existencia relativamente cómoda que habían conocido en las fuerzas
armadas. Los nacionalistas eran azuzados también por los rusos, quienes
constantemente denunciaban al ‘imperialismo’.”
En relación a las consecuencias para los países europeos generadas
durante el transcurso de la emancipación de las colonias, LOWE reconoce que los
problemas que involucraba el proceso descolonizador eran de suma complejidad.
Los factores religiosos, de diferencia racial –propiciados en muchos casos por las
propias metrópolis- y, sin lugar a dudas, los intereses económicos de Europa,
conllevaron a la aplicación de diferentes políticas, tendientes a no romper los lazos
de manera definitiva o total. Para el caso de Gran Bretaña, hacia 1964, la mayor
parte de su imperio se había tornado independiente, no obstante la mayoría de los
nuevos estados mantuvieron vínculos con la metrópoli permaneciendo en la
Commonwealth. En relación al caso francés, el autor reconoce que “estaban
decididos a conservar su imperio, pero la fuerte resistencia nacionalista en
Indochina y Argelia los obligó a cambiar de actitud”. Se terminarían retirando de
Indochina en 1954, de Marruecos y Túnez en 1956. Abandonado ya para 1962,
todas sus otras posesiones africanas, incluidas el África Ecuatorial y la Occidental.
Con respecto a la descolonización del Sahara Occidental, Jesús María
Martínez Milán nos dice que fue un proceso de varios años, desde la entrada de
España a la Organización de las Naciones Unidas en 1956, y hasta 1976, cuando
finalmente evacúa el territorio. La ONU, en su prédica hacia una política de
descolonización, sugirió a España liberar sus colonias saharianas, a lo que el
Estado español respondió que sus tierras en el África no eran colonias, sino
“Provincias Africanas”. Durante los últimos años de Franco, la política exterior
española carecía, sin embargo, de una conducción coherente, según el autor, lo
que llevó a España a una paradoja respecto de sus colonias. Puesto que desde el
ministerio de relaciones exteriores se aseguraba que el Sahara Occidental era
colonia de España, la Presidencia seguía argumentando la existencia de
Provincias. “A partir de ese momento [1960] comenzaron las grandes
contradicciones de la política española en lo que al tema de la descolonización se
refiere, ya que por un lado, Presidencia del Gobierno se aferraba a la
provincialización y, por el otro, el Ministerio de Asuntos Exteriores se comprometía
con los organismos ONUSINOS en un proceso de descolonización.”
Pese a la resistencia, Marruecos logró finalmente probar internacionalmente
su posesión tradicional de aquellos territorios, y pese a que Mauritania también
tenía parte en el litigio, no logró establecer una ocupación en el Sahara occidental.
Lo importante para el autor es, sin duda, las estrategias que la presidencia
mantenía para de alguna u otra manera seguir defendiendo su presencia en
África, donde los intereses económicos eran esenciales: eran un punto estratégico
hacia Las Canarias, además del valor de sus ricas aguas, y la potencialidad del
suelo (por la posible presencia de petróleo y fosfatos). Nos obstante, Martínez
Milán reconoce que la presión exterior finalmente gestionó la resolución de la
entrega de tierras y los tratados tripartitos entre España, Marruecos y Mauritania.
Por lo tanto, podemos ver que el autor privilegia la posición de los países
europeos como propicios o no a una descolonización, una visión que limita a la
colonia a una función principalmente circunstancial. En otras palabras, el
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abandono de las colonias era una decisión del gobierno imperialista, o de las
presiones internacionales, y no tanto de las facciones rebeldes que surgían en una
zona determinada.
Según HEFFER y LAUNAY, en cierta coincidencia con los anteriores
autores –excepto en relación a Martínez Milán-, aunque con una visión tendiente
más a lo político y social en términos de la participación de las colonias, al final de
la Segunda Guerra Mundial las grandes potencias colonizadoras de Europa se
encontraban debilitadas o veían con mayor recurrencia socavados sus dominios
coloniales. Junto con esto, en el transcurso mismo del conflicto mundial, se habían
realizado promesas de emancipación a algunos pueblos como la India, y los
mandatos franceses en Siria y el Líbano. Así mismo, los japoneses habrían
favorecido los movimientos de independencia de Asia del Sudeste. Los mismos
autores, además, refieren que las fuerzas anticolonialistas –en marcha desde los
años veinte- se habrían reforzado por la lucha contra los totalitarismos, lo que
habría, a su vez, acelerado aún más el advenimiento de la descolonización y la
formación de una importante parte del denominado “Tercer Mundo”.
HEFFER y LAUNAY, por otra parte, ya sistematizando lo expuesto por otros
autores, establecen para el desarrollo de la descolonización causas internas y
externas. Siguiendo su examen, el debilitamiento de las metrópolis sería uno de
los factores internos que favorecería la rapidez del proceso de descolonización.
Las consecuencias devastadoras económicamente de la Segunda Guerra Mundial
sobre las potencias, marcarían dicho debilitamiento, viéndose cómo “la victoria
deja extenuadas las economías nacionales, absorbidas prioritariamente por las
tareas de reconstrucción; las expediciones emprendidas para restablecer la
autoridad metropolitana parecen siempre un pesado fardo”.
Los autores nos plantean cómo los nacionalistas se benefician de las
tensiones y problemas internos de las colonias, así como la debilidad de las
propias metrópolis, para exaltar movimientos en pro de afirmar su propia identidad,
definida bajo los criterios nacionalistas europeos del siglo XIX –el pasado, la
historia o la cultura, con preeminencia en las colonias francesas-. Siendo así es
como “la oposición a la fuerza colonial les permite obtener una cohesión nacional
que moviliza grandes masas en favor de la emancipación”.
Las enseñanzas e ideales europeos llegarán a las colonias, también, por
medio de la enseñanza recibida por las elites locales en los colegios y
universidades, inglesas y francesas, principalmente. “Esta pequeña minoría toma
conciencia del pasado nacional cuanto que el país presenta un nivel de civilización
avanzado (India, Birmania, Indochina)”. Se sumaría a lo anterior, la necesidad de
un jefe carismático que encarnaría la voluntad de emancipación; las masas
populares serían “arrastradas por fuertes personalidades penetradas de cultura
occidental y profundamente integradas en sus naciones respectivas”, lo que
chocaba con algunos procesos descolonizadores, como el de Vietnam y Ho Chi
Minh.
Dentro de las causas externas HEFFER y LAUNAY reconocen,
principalmente, la presencia de los grandes bloques de la Guerra fría, así como la
presencia e influencia de la ONU. Es así como la irrupción de la Guerra fría y la
bipolaridad, capitalismo versus comunismo, también advierten su presencia en los
procesos descolonizadores. Según los autores, EEUU en tanto recuerda su
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pasado colonial apoya los procesos descolonizadores, no obstante se debe
advertir que, en suma, los intereses de apertura a nuevos mercados que
abastecer, resulta ser un importante motivo del porqué de su respaldo. Sin
embargo, el propio EEUU muestra, respecto de Indochina, una posición contraria,
apoyando la presencia colonial francesa, puesto que la guerra originada adquiere
ribetes de lucha contra el comunismo. La URSS, por su parte, resuelve tomar
posición anticolonialista, apoyando movimientos nacionalistas, como los de
Vietnam y otros –no necesariamente de inspiración marxista-. Su respaldo se
concretiza en armas, principalmente. Lo anterior formaría parte, sin embargo, de la
estrategia anti-occidental que la URSS llevaría a cabo durante la Guerra fría .
Según los autores, la posición que adoptaría la ONU sería de vital
importancia, como planteaba Martínez Milán para el caso del Sahara español,
puesto que “su carta condenaría el sometimiento de los pueblos. Los antiguos
mandatos de la Sociedad de Naciones o las colonias perdidas por Italia (Somalia,
Libia) pasan al control del Consejo de tutela”. Es así como el ingreso del llamado
Tercer Mundo en la ONU, torna “a la Asamblea General en una fuerza militante de
la lucha anticolonialista. La dominación de las metrópolis se somete en cada
sesión al fuego de la crítica más viva. Así, la descolonización se acelera desde
1955 (año de la conferencia de Bandung), y 1960 es llamado el ‘Año de la
descolonización’, alcanzando entonces su máximo, ya fuera aceptada por las
metrópolis o conseguida de forma violenta”
Ana Pastor, por su parte, recalca la idea de la importancia cultural y
económica que implicó la presencia de las naciones europeas en África y Asia, y
las transformaciones que sus poblaciones indígenas sufrieron, tanto en pos de su
subdesarrollo como en el surgimiento de una mentalidad nacionalista que
posibilitaría el nacimiento de una resistencia al colonialismo y las eventuales
revoluciones e independencias. Sin embargo, según Pastor y concordando con
LOWE y Martínez Carreras, estas independencias –proceso que será llamado “la”
descolonización pese a no ser un proceso original-, no se alcanzarían en “muchos
países de una forma completa, pues aunque la mayoría consigue su soberanía
política, los lazos que les unen al pasado colonial quedan profundamente
estrechados, manteniendo desde entonces una dependencia social, económica y
cultural que condicionan su desarrollo posterior y les hace caer en una nueva
modalidad de colonialismo” .
El desequilibrio demográfico que produjo la invasión europea, asimismo
económico, que promovió la producción a gran escala de productos exportables
en desmedro de las actividades locales y tradicionales de las diferentes áreas
colonizadas, obligaría a crear masas de gentes dependientes y bajo un régimen,
en reiteradas ocasiones, de trabajos forzados, a saber, una esclavitud oculta en
muchos lugares. Con todo, se vería el surgimiento de una élite burguesa local,
afianzada y educada al modo europeo, que aprendería las ideologías y las
costumbres de los invasores, y que ya para la época de la Primera Guerra,
iniciaría –de manera diferenciada y con intensidades diferentes en cada colonia-
un proceso de emancipación.
Pese a este intento europeo, que se vería manifestado desde inicios del
siglo XX, de educar y civilizar a una parte, aunque pequeña, de las poblaciones
subyugadas, subsistía un convencimiento fehaciente sobre la superioridad del
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“blanco”. Las ideas racistas, que estaban avaladas “científicamente”, generarían
un desprecio por las colonias al tiempo que en algunas de ellas las metrópolis
utilizarán medidas paternalistas, sobre todo tras la Primera Guerra, de manera de
afianzar el dominio.
La autora reconoce el influjo determinante de la influencia europea en el
modo de conducción de las independencias. Las herramientas aportadas por la
colonización generarían el ambiente ideológico propicio para la emancipación.
Junto con esto, Pastor reconoce la incidencia de las Guerras Mundiales en el
proceso. Según la autora, “el desencadenamiento de las dos guerras que
asolaron, tan sólo en treinta años, una gran parte del mundo, tuvo enormes
consecuencias para las colonias, la imagen que hubieran deseado transmitir los
colonizadores de una Europa próspera en la que se desarrollaba felizmente el
acceso a las libertades, se vería empañada por la destrucción, el miedo y la crisis
en todo orden de valores.” Esta noción de la decadencia de Europa la vemos ya
en los autores anteriores, sin embargo, para la autora, el movimiento constante y
creciente de los nacionalismos y los procesos propios e internos de las colonias en
términos culturales y económicos, fueron los que permitieron a la coyuntura de la
guerra generar el contexto de las independencias coloniales.
Junto a ello, la emergencia de las dos potencias que se enfrentarían en la
llamada Guerra Fría, sería el contexto político y económico internacional que
generaría el desarrollo paulatino y en poco más de veinte años, del abandono
político de las colonias. Pastor no se refiere, sin embargo, al proceso como
descolonización, sino más bien nos habla de independencias o revoluciones. Por
tanto, ella le confiere un papel central al debilitamiento de Europa como potencia
colonizadora y a la emergencia de un pensamiento y una acción propia del Asia y
del África, heredada del pensamiento europeo, pero conjugada con las propias
experiencias y necesidades locales. La pérdida de primacía de Europa y el
anticolonialismo del que “hacían gala los EEUU se unía, por otro lado, el de la
Unión Soviética” , generaba un ambiente favorable, por lo demás, a la generación
de espacios de relativas libertades para las colonias, alentándose a la
emancipación.
Así como otros autores, Pastor reconoce que el proceso de
“independencias” de las colonias Afro-asiáticas, fue un proceso que abarcó, en la
práctica, un conjunto de situaciones que se fueron dando desde los años ’20, y
principalmente tras la Segunda Guerra, y hasta la década de los setenta. Fue un
proceso en ocasiones y ciertos lugares, violento, sin embargo en otros se dio con
formas revolucionarias pacíficas de transición.
Con un énfasis diferente a la autora anterior, según la interpretación de Eric
HOBSBAWM, el proceso de descolonización así como de conformación de los
nuevos estados independientes, habría sido conducido por la elite preparada en
Occidente, dando lugar a su vez, a la adopción de las formas, modelos e
ideologías del mismo Occidente, y no la generación de procesos políticos e
ideológicos característicos de los propios pueblos que accedían a su
independencia o autonomía. El historiador refiere que “las ideologías, los
programas e incluso los métodos y las formas de organización política en que se
inspiraron los países dependientes para superar la situación de dependencia y los
países atrasados para superar el atraso: eran occidentales: liberales, socialistas,
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comunistas y/o nacionalistas; laicos y recelosos del clericalismo; utilizando los
medios desarrollados para los fines de la vida pública en las sociedades
burguesas (...) Esto supone que la historia de quienes han transformado el tercer
mundo en este siglo es la historia de minorías de elite, muy reducidas en algunas
ocasiones, porque –aparte de que casi en ningún sitio existían instituciones
políticas democráticas- sólo un pequeño estrato poseía los conocimientos, la
educación e incluso la instrucción elemental requeridos”.
Lo anterior, según HOBSBAWM, no nos debe hacer creer que las élites
occidentalizadas aceptaran todos los valores de los estados y culturas que
tomaban como modelo, más bien “sus opiniones personales podían oscilar entre la
actitud asimilacioncita al ciento por ciento y una profunda desconfianza hacia
Occidente, combinadas con la convicción de que sólo adoptando las innovaciones
sería posible preservar o restablecer los valores de la civilización autóctona”.
La adopción, por el denominado “Tercer Mundo”, de las ideologías y
programas occidentales, respondían –según HOBSBAWM- a lo que subyacía en
ellos, no tanto como ideología en sí, sino como mecanismo de lograr un equilibrio
propio en sus países mediante la adopción de programas emancipadores. La
adopción del socialismo soviético, no respondía a la posición antiimperialista que
había esgrimido desde siempre la URSS, sino que “también porque veían en la
URSS el modelo para superar el atraso mediante la industrialización planificada”.
Un elemento central en las ideologías operatividades por las colonias en
proceso de emancipación, para el autor, es la noción de oposición a la
modernización occidental, tanto como forma de organización estatal así como de
principios morales y costumbres. Sin embargo, no todos se oponían a esta idea de
desarrollo occidental. Puesto que “la principal tarea que debían afrontar los
movimientos nacionalistas vinculados a las clases medias era la de conseguir el
apoyo de las masas, amantes de la tradición y opuestas a lo moderno, sin poner el
peligro sus propios proyectos de modernización.”
HOBSBAWM, ve que la acción principal en esta emancipación viene por
parte de Occidente. Su influencia es decisiva, como poder expansivo de
tendencias económicas y culturales. Las ideologías europeas, como se dijo antes,
y su cultura en general, junto con los intereses económicos de los países
industrializados, dieron paso o permitieron este proceso de liberación de las
colonias, que devino en una situación de mantenimiento del control occidental
dentro, sin embargo, de otros contextos. Según este autor, el proceso de
descolonización de las décadas posteriores a la Segunda Guerra, no fue
antecedido por movimientos sistemáticos de independencias décadas anteriores,
pues aunque estas ideas se presentaron en algunas zonas del imperio británico,
especialmente la India, no lo fue en la generalidad de los territorios de ultramar.
Por tanto, HOBSBAWM asegura que fueron las circunstancias europeas la que
abrieron paso a un replanteamiento por parte de las mismas metrópolis de su
posición colonialista. Estas circunstancias se dejaron ver esencialmente desde la
depresión de los años 30.
El autor plantea que antes de esa fecha la idea de un abandono del
imperialismo era impensable, no obstante luego de la Gran Depresión, “chocaron
por primera vez de manera patente los intereses de la economía de la metrópoli y
los de las economías dependientes, sobre todo porque los precios de los
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productos primarios, de los que dependía en tercer mundo, se hundieron mucho
más que los de los productos manufacturados que se compraban a Occidente. Por
primera vez, el colonialismo y la dependencia comenzaron a ser rechazados como
inaceptables incluso por quienes hasta entonces se habían beneficiado de ellos.”
A diferencia de los autores anteriores, y desde una perspectiva más teórica
y esencialista, el texto de FRANTZ FANON, expone que la descolonización es un
proceso histórico que descansaría capitalmente, en la dialéctica o confrontación
violenta de los colonizados frente a los elementos extranjeros. En su propia
definición: “La descolonización, como se sabe, es un proceso histórico: es decir,
que no puede ser comprendida, que no resulta inteligible, traslúcida a sí misma,
sino en la medida exacta en que se discierne el movimiento HISTORIZANTE que
le da forma y contenido. La descolonización es el encuentro de dos fuerzas
congénitamente antagónicas que extraen precisamente su originalidad de esa
especie de sustanciación que segrega y alimenta la situación colonial”.
FANON resalta el factor de la violencia, expresada en la explotación hacia
el colonizado por el colono. Además su examen al respecto nos advierte de qué
modo la descolonización se convierte en un haz que redime a los colonizados,
resulta ser la creación de hombres nuevos, volviéndolos realmente sujetos
históricos, en hombre libres, pues “la descolonización no pasa jamás inadvertida
puesto que afecta al ser, modifica fundamentalmente al ser, transforma a los
espectadores aplastados por la falta de esencia en actores privilegiados,
recogidos de manera casi grandiosa por la hoz de la historia. Introduce en el ser
un ritmo propio, aportado por los nuevos hombres, un nuevo lenguaje, una nueva
humanidad. La descolonización realmente es creación de hombres nuevos. Pero
esta creación no recibe su legitimidad de ninguna potencia sobrenatural: la "cosa"
colonizada se convierte en hombre en el proceso mismo por el cual se libera.”
La descolonización para el autor radicará en el enfrentamiento con el otro,
el blanco, el extraño, el que ha ocupado lo ajeno, y ha sometido violentamente a
los colonizados. Que los ha deshumanizado, desarrollando estructuras
MANIQUEÍSTAS (sabio persa MANI (o Manes) (c. 215-276)) que encasillan al
elemento autóctono en los criterios negativos por excelencia contemplados en el
Occidente.
FANON concibe a la Europa en crisis, próxima a un abismo del que las
colonias debían alejarse. Debían abandonar a una Europa que poseía un discurso
contradictorio, que por un lado “no deja hablar del hombre al mismo tiempo que lo
asesina por dondequiera que lo encuentra (...) Hace siglos (...) que en nombre de
una pretendida aventura espiritual ahoga a casi toda la humanidad”.
Este autor, claramente desarrolla un análisis de los procesos a través de la
significación contenida, más allá de los acontecimientos históricos, planteando que
el advenimiento de la emancipación de las colonias es casi una transformación.
Esta aseveración contradice lo argumentado por autores como HOBSBAWM,
quien plantea que la descolonización, pese a tener un sustrato nacionalista, se
articuló principalmente desde y hacia occidente, o lo planteado por LOWE, Pastor
o Martínez Carreras, quienes argumentan que pese a esta independencia política,
las antiguas colonias siguieron, de una u otra manera, vinculadas al sistema
capitalista mundial, tanto en términos económicos como culturales.
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CONCLUSIÓN
El presente trabajo es el resultado de una investigación histórica donde, a
partir del análisis de documentos producidos por organismos oficiales,
protagonistas y estudiosos del período seleccionado, se pretendió como objetivo
central Conocer las raíces culturales de la sociedad venezolana visualización y
estudio conceptual de: cultura, arte, tecnología artesanía, lo folklórico, lo típico, lo
tradicional, lo popular.
Hacia finales del siglo XV, la Europa renacentista en plena expansión inició
la conquista y explotación del continente americano. Las sociedades americanas
sufrieron en carne propia el impacto de la invasión.
El contacto con los europeos les trajo en lo inmediato graves consecuencias
a las poblaciones nativas. Muchos murieron a causa del contagio de
enfermedades que portaban los europeos y para las que ellos no tenían defensas.
Pero la mayoría de la población de las Antillas se extinguió en apenas 20 años de
contacto con los europeos, a causa de los malos tratos, los trabajos forzados y el
cambio de vida, de cultura y de religión que les impusieron los conquistadores.
El proceso de descolonización o de emancipación de las colonias
africanas, asiáticas y del Pacífico, de las metrópolis europeas, descrito y analizado
por los autores precedentes, dan cuenta de un fenómeno que puede periodizarse
en unos 30 años –poco más o menos- desde el fin de la Segunda Guerra. No
obstante, algunos argumentan la generación de ciertas tendencias nacionalistas
previas, desde principios del siglo XX, que serían el antecedente dentro de las
colonias para su desenlace final en independencia, iniciado durante la coyuntura
del período entre guerras –la Gran Depresión- y sobre todo la Segunda Guerra
Mundial. Esta coyuntura habría sido el trasfondo y el empuje esencial para un
avance descolonizador, a raíz de la decadencia de Europa y la emergencia de las
potencias anticolonialistas, EEUU y la URSS, y organismos internacionales que
avalaban la descolonización, como lo fue la ONU.
Los historiadores coinciden en el factor de convergencia de circunstancias
económicas y políticas en el concierto de las potencias europeas, como lo fueron
los procesos dados desde 1930, y especialmente entre 1939-1945, que hicieron
tambalear las firmes estructuras en las que se sustentaba el imperialismo colonial.
En general, se desconoce la trascendencia de los movimientos nacionalistas como
factor determinante de las independencias, nos obstante ser un elemento que dio
un cariz diferenciador a ciertas emancipaciones o carreras descolonizadoras,
como el caso emblemático de la India, corazón, a su vez, del Imperio Británico. Lo
principal, que vemos en los trabajos precedentes, respecto de las ideas
nacionalistas propias de las colonias, es que éstas no fueron una creación original,
sino más bien una utilización adaptada a las realidades particulares, de las
ideologías y formas políticas de Occidente. Por lo tanto, estas fuerzas internas no
habrían poseído el ímpetu de un movimiento autónomo en propiedad, al tiempo
que seguían dependiendo de Europa como modelo modernizador. Ciertos autores,
pese a reconocer esta situación no desconocen, sin embargo, la fuerza interna de
algunos movimientos que tuvieron un carácter más tradicionalista, y que,
especialmente desde la independencia política oficial, actuaron como
organizadores de los nuevos estados, rivalizando, tal vez, con el pensamiento más
occidentalizado. Sea como sea, las dinámicas entre ideologías más o menos
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penetradas por lo occidental, son particularidades que no se han tocado en el
presente análisis. Por tanto, queda por decir, que la norma general es visualizar la
descolonización como un movimiento internacionalista, motivado por coyunturas
dentro del capitalismo imperialista que se estaba transformando, tal vez no tanto
en su fondo, como en su forma. El dominio del mundo estaría, tras la Segunda
Guerra Mundial, liderado por dos potencias que lucharon por la hegemonía
ideológica, económica y política, sin embargo, sobre un millar de naciones
denominadas soberanas.
El único autor –de los analizados– que expresará la descolonización como
un cambio trascendental para la dinámica en torno a la opresión colonial, será
FRANTZ FANON, el cual claramente antepone una visión teórica por sobre los
acontecimientos y dinámicas propias del proceso emancipador. Haciendo hincapié
en la voluntad de liberación de los colonizados, FANON nos abre el tema que
vemos tratado por Pastor y por Martínez Carreras, en tanto que el proceso de
descolonización, el cual se podría limitar a la declaración de independencia de las
diferentes naciones no es, sin embargo, un proceso acabado. Las consecuencias
del retiro del dominio imperial serían más trascendentes sobre el denominado
“Tercer Mundo”, que lo que se produciría en Europa. En última instancia, las
consecuencias acarreadas a la mayor parte del mundo otrora colonias de Europa,
tras la emancipación, convergerían como un reflejo de los problemas del Tercer
Mundo hacia las potencias occidentales y se traducirían, finalmente, en políticas
internacionales.
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BIBLIOGRAFÍA
FANON, FRANTZ, Los Condenados de la Tierra, México, FCE, 1983.
HEFFER, Jean y Michel LAUNAY, La Guerra Fría, Madrid, Ediciones AKAL,
1992.
HOBSBAWM, Eric, Historia del siglo XX, Buenos Aires, Editorial Crítica, 1998.
LOWE, Norman, Guía Ilustrada de la Historia Moderna, México, FCE, 1989.
MARTÍNEZ CARRERAS, José U., “La descolonización según la reciente
bibliografía”, Cuadernos de Historia Moderna y Contemporánea, nº 8, Madrid,
Ediciones Universidad Complutense, 1987, pp. 259-267.
MARTÍNEZ MILÁN, Jesús María, “La descolonización del Sahara occidental”,
Espacio, Tiempo y Forma, S. V., Historia Contemporánea, t. IV, 1991, pp. 191-
200.
MIÈGE, Jean-Louis, Expansión europea y descolonización de 1870 a nuestros
días, Barcelona, Editorial Labor, 1975.
PASTOR, Ana, La Descolonización: el Tercer Mundo, Madrid, Ediciones Akal,
1995.
Referencias de Fuentes Electrónicas
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