Jurisprudencia Filiacion Matrimonial
Jurisprudencia Filiacion Matrimonial
En dicha oportunidad, con sustento en el art. 259 del CC., decidió la falta de
legitimación activa de la madre, sin que la designación de una tutora “ad-litem” pueda reputarla
satisfecha, quien, además varió su posición inicial pronunciándose finalmente por la filiación
matrimonial.
También desestimó el planteo de inconstitucionalidad del art. 259 del CC. for-
mulado por el Sr. Fiscal General (ver fs. 264/281).
En fundamento del remedio intentado sostiene que el fallo en crisis viola la ley en
tanto olvida aplicar normas consagradas en la Convención de los Derechos del Niño, en especial
los arts. 3, inc. 1°; 7 y 8, que revisten rango constitucional de acuerdo al art. 75 inc. 22 de la Carta
Magna Nacional y el orden jurídico que ella consagra en su art. 31; agrega que la prelación
establecida por ésta última norma constitucional, resulta violada al suponer al Código Civil como
techo último de nuestro orden jurídico.
Por último, sostiene la inconstitucionalidad del art 259 del CC., en tanto, dice que
taxativamente limita el elenco de legitimados, obstaculizando el verdadero emplazamiento del
menor; tal norma interna –a su juicio- está en pugna con normas constitucionales que consagran
en forma absoluta el derecho del niño a acceder a su identidad, derecho personalísimo y
merecedor por sí de tutela jurídica.
En efecto. Huelga decir que el derecho que se debe proteger es el del menor
causante, y sabido es, que el interés superior del niño, resulta un límite y una orientación respecto
de la intervención jurisdiccional ya que en los asuntos concernientes a ellos, orienta y condiciona
toda decisión que los Tribunales adopten.
Agrego que en temas tan re- levantes como la filiación no existen soluciones únicas,
sino y como sostiene Cecilia Grosman “...la solución correcta dependerá de la situación familiar de
cada caso concreto...Si el niño es tratado como hijo por el marido de la madre,...sería más
beneficioso para el menor que el derecho proteja esa realidad humana, ya que el carácter
matrimonial del hijo no se encontraría amparado por una ficción legal de paternidad sino por una
situación de hecho que tiene mayor peso y beneficio para él.”(Rev. de Dcho. de Flia nº 11, pag.
75).
Así entonces, se desprenden del expediente circunstancias determinantes que tengo
presente al momento de dictaminar: el nacimiento del niño acaecido con fecha 8 de mayo de
1998; el inicio de las actuaciones en fecha 3 de febrero de 2003; la proximidad entre esta última
fecha y la circunstancia de que el Sr. R. comenzara a detentar la tenencia de hecho de C. -tal como
lo reconoce la propia madre del menor al iniciar la demanda-; la sostenida y continua defensa por
parte del Sr. R. de su paternidad, la acotada actuación del Sr. B. , y fundamentalmente el hecho
que el menor se encontrara conviviendo con el marido de su madre y su hermano -nacido también
de la unión de B. con R. - tal como surge de la audiencia que se llevara a cabo ante la Excelentísima
Cámara departamental.
Partiendo de tales hechos, el menor, sin dudas, es un ser con necesidades propias
que deben respetarse en su individualidad, resultando el principio rector en materia de niñez a la
hora de decidir el conflicto, obligando a seleccionar la opción que más se identifique con el goce
de sus derechos.
De los perfiles genéticos llevados a cabo surge la exclusión de paternidad bio- lógica
del Sr. R. respecto de C.N. , con lo que quedaría -desde esa óptica- fuera la filiación paterna que
consta en el acta de nacimiento respectiva, sin embargo la posesión de estado que detenta este
niño, sus relaciones y vínculos neutralizan la demostración científica del nexo paterno filial.
Pues, si bien el dato es trascendente, resulta insuficiente -en el caso- para captar la
dimensión dinámica de la identidad que al decir del Dr. Zannoni “...presupone el arraigo de
vínculos paterno filiales, asumidos y recíprocamente aceptados por padres e hijos en el contexto
de las relaciones familiares ...”.
Postulo, la confirmación de la sentencia recurrida con sustento en los hechos que
rodean al caso.
Es que al margen de la cuestión biológica hay otra realidad, que es la generada por
los afectos porque también es genuino que desde los sentimientos el niño fue hijo de uno de los
codemandados, ha tenido un padre y se ha sentido un hijo durante las etapas más importantes de
la formación de su estructura psíquica, de su personalidad, ha formado su identidad personal
desde una presunción que la propia ley ha establecido, detentando todos los atributos del estado
de familia, que presupone el arraigo de vínculos paterno filiales asumidos y recíprocamente
aceptados; verdad biográfica que merece resguardo al encontrarse amparada por la propia ley y
consolidada por la posesión de estado.
Así, desde una posición de cautela, la vida familiar del menor aunada a su voluntad –
art. 12 CIDN- y al derecho que tiene -en definitiva y en cualquier momento- de acceder a su
identidad biológica -art. 259 del CC- me lleva al convencimiento –como sostiene la Alzada- que es
beneficioso para aquél que la situación se mantenga y que el derecho proteja esa realidad
humana, ya que el carácter matrimonial del hijo se encuentra amparado no solo por una ficción
legal de paternidad sino por una situación de hecho que tiene gran peso e incidencia para él.
Pues, como señala Mendez Costa “el derecho a la ubicación biológica predominaría
por sobre el derecho protector de la familia, si la exclusión de las legitimaciones comportara la
perdida definitiva de la posibilidad de establecerlo pero no si esa posibilidad subsiste por otras
vías...”.
Por eso, con el debido respeto que merecen los argumentos expuestos por el Sr.
Asesor de Incapaces recurrente, entiendo que el camino propuesto es incorrecto, en tanto el eje
sobre el que gira la solución del presente -a mi ver- es el interés superior del niño desde una
mirada existencial del caso(art. 3 de la CIDN), lo que me lleva a propiciar el rechazo de la queja
traída y consecuentemente la confirmación de la sentencia recurrida.
Por último no quiero dejar de señalar “...que en campos como el de los tratados
sobre derechos humanos todos nos empeñemos en difundir y arraigar la convicción de que tiene
que cumplirse de buena fe, y con la tendencia a optimizar su funcionamiento aplicativo. No se
trata de ratificar tales tratados para satisfacer un exhibicionismo supuestamente democrático,
sino para alcanzar el cumplimiento efectivo de sus disposiciones. Aquí está el tema y el problema
de su vigencia sociológica. Tenerlos congelados en su pura escritura es solo vigencia normológica.
Y los tratados no se ratifican para acumular textos normativos que lucen bien, sino para que las
personas tengan acceso expedito a sus derechos, cosa que no queda abastecida con la letra
escrita sino con la aplicación y el cumplimiento”.(La Convención sobre los Derechos del Niño en el
Derecho Argentino”, Bidart Campos).
Tal es mi dictamen.
ACUERDO
ANTECEDENTES
La Cámara de Apelación en lo Civil y Comercial del Departamento Judicial de Junín revocó la
sentencia única de primera instancia que había hecho lugar a las acciones de impugnación de
paternidad y filiación, desplazando el estado filiatorio de C. N. R. y declarando el vínculo
reclamado, en tal virtud, rechazó ambas pretensiones (fs. 264/281).
CUESTIÓN
VOTACIÓN
I. En primera instancia, el juez interviniente dictó sentencia en los obrados acumulados "B. , C.
c/R. , E. V. s/ Impugnación de paternidad" y "B. , C. E. c/B. , C. s/ Filiación", estimando procedentes
las demandas incoadas en ambas causas por C. E. B. en nombre y representación de su hijo (al
momento de incoar las acciones menor de 4 años de edad) y como consecuencia de ello, declaró
ineficaz la inscripción registral de C. N. B. como hijo de V. E.R. , cónyuge de la accionante,
emplazándolo en el estado de hijo de C. B. (fs. 170/173vta.).
b) El encuadre legal del supuesto en juzgamiento debe realizarse teniendo en cuenta que el
menor C. N. (nacido el día 8 de mayo de 1998), tiene emplazamiento familiar como hijo
matrimonial de los cónyuges V. E. R. y C. E.B. . A partir de dicha circunstancia, los legitimados para
impugnar la paternidad son -exclusivamente- el marido y el hijo, de conformidad con lo normado
en el art. 259 del Código Civil y lo resuelto por la Suprema Corte de Justicia en la causa Ac. 46.431,
sent. del 5 de octubre de 1993 (fs. 267 vta. cit.).
d) En cuanto a la inconstitucionalidad del art. 259 del Código Civil planteada por el Ministerio
Público, debe desestimarse siguiendo la doctrina acuñada por el mismo tribunal sentenciante (fs.
268 cit.).
g) Si bien la regla general es la de que la filiación legal y filiación biológica deben coincidir, ello
reconoce ciertos límites, los que han sido impuestos por la propia legislación (fs. 269 vta.).
h) El art. 259 del Código Civil no afecta la igualdad de las personas ante la ley al establecer una
restricción o limitación en la acción de impugnación de la paternidad matrimonial, ya que no
responde a un propósito discriminatorio sino a la protección de un valor distinto, como es la paz
familiar (fs. 271 vta.).
j) La salvaguarda del superior interés del niño en el presente caso se satisface con el
mantenimiento de su actual emplazamiento filiatorio, dejando al menor la posibilidad de que
cuando cuente con madurez suficiente -si lo cree conveniente y necesario- ejercite esa acción
impugnatoria de naturaleza personalísima (fs. 277).
II. Contra esta resolución se alza el señor Asesor de Incapaces, denunciando -por vía del recurso
extraordinario de inaplicabilidad de ley- la violación de los arts. 75 inc. 22 y 31 de la Constitución
nacional; 12 de la Constitución provincial; 3 inc. 1, 7 y 8 de la Convención sobre los Derechos del
Niño (aprobada por ley 23.849). Hace reserva del caso federal (fs. 291/303 vta.).
b) La interpretación restrictiva del art. 259 del Código Civil tiende a ocultar la realidad biológica
y lleva a que la conducta de los padres, en cuanto a sus consecuencias, sea trasladada al hijo (fs.
297 vta. cit., 298).
f) El derecho a la identidad y el interés del menor no son tutelados por la hipotética acción que
intente el menor, pues puede resultar tardía con daños irreparables para el joven (fs. 299 vta.,
cit.).
III. Entiendo -coincidiendo con lo dictaminado por la señora Procuradora General a fs. 318/324
vta.- que el recurso no debe prosperar.
C. N. nació el día 8 de mayo de 1998 y -según consta registralmente- es hijo de los cónyuges C.
B. y V. E. R. (documental de fs. 2 incorporada en los autos acumulados).
La Cámara a quo, modificando así la decisión del juez de origen, se pronunció en forma adversa
a la pretensión de la parte actora.
2. El precepto contenido en el art. 259 del Código Civil, en tanto limita el elenco de los
interesados en el reclamo filiatorio, no afecta los derechos constitucionales amparados en la Carta
Magna y en los Tratados Internacionales incorporados al ordenamiento jurídico a partir de la
reforma del año 1994.
El embate del recurrente cuestiona tales aseveraciones del sentenciante, focalizando su
reproche en que al negar a la madre la acción para impugnar la paternidad matrimonial, se
conculca el derecho a la identidad del menor manteniendo un emplazamiento familiar que no se
compadece con su realidad biológica, apartándose de la verdad material que surge del informe
pericial realizado en autos, resultando, por ello, inconstitucional.
Debo decir -adelantando mi parecer al respecto- que los fundamentos esgrimidos por el a quo
no logran ser enervados por el planteo del impugnante, el que no puede prosperar.
Liminarmente entiendo imprescindible acentuar las particularidades del sub examine como
punto de partida para arribar a la propuesta que paso a exponer.
b) Se le designa curador ad litem al menor, en primera instancia, recién cuando los autos ya
estaban concluidos para definitiva, efectuando éste entonces un dictamen que contrasta con la
posición asumida luego en segunda instancia al tomar -recién entonces- contacto con el menor y
con las circunstancias comprobadas de la causa, manifestando clara y concretamente que en el
presente para su tutelado es más importante preservar su estado de hijo matrimonial, su crianza y
su expreso deseo de proseguir conviviendo con quien considera su padre, circunstancia ésta que
no vulnera su derecho a solicitar -eventualmente- la impugnación de estado, en el momento que
posea la aptitud respectiva, si así lo considera pertinente (fs. 263).
c) Que C.N. , hoy de 16 años de edad, convive con quien considera su papá, el señor R. -quien
actuó de buena fe, desconociendo con anterioridad a la presente las circunstancias que en la
misma se ventilan-, haciéndolo en compañía de su hermano J. .
d) La permanencia del grupo familiar así constituido se remonta al año 2005. Desde ese tiempo,
el joven tiene contacto con la mamá los días en que no concurre a clases. Para ello, es el papá o su
hermano quien lo traslada para que se concreten los encuentros (fs. 242).
e) El deseo de C. es quedarse con su papá, se muestra feliz con su actual modo de vivir (fs. 242,
cit.).
g) C. señala que para él "su papá es con quien convive [el señor R. ] y es con quien quiere
continuar" (fs. 243).
h) No se observó del alegado padre biológico -señor B. -, una actitud favorable a la toma de
contacto con C. N. (fs. 208, 254/255).
Ahora bien, no escapa al criterio del suscripto que en el estudio comparativo de ADN se
concluye que "... en todas las comprobaciones realizadas se observó la existencia de
compatibilidad genética entre el menor R. C. N. y B. J.C. . Por lo tanto, NO PUEDE EXCLUIRSE al
antes nombrado como padre posible del menor en cuestión. Los cálculos realizados sobre la base
de los resultados obtenidos indican una PROBABILIDAD DE PATERNIDAD (W) estimada de
99,9999999998 % y un INDICE DE PATERNIDAD (IP) estimado en 5.35x10. Esto significa que resulta
5.35x10 veces más probable que el padre alegado sea el padre biológico respecto de que lo fuera
cualquier individuo de la población general" (fs. 130 vta., el destacado se corresponde con el texto
original).
Mas la dilucidación del conflicto no puede afincarse sólo en el dato científico, sino que debe
conjugar los distintos factores que permiten arribar a una solución que no desatienda los matices
de una realidad sensible a los intereses cuya tutela es menester salvaguardar.
Es por demás elocuente la Cámara en este aspecto al decir que "... por un lado está en juego la
auténtica filiación de una persona, a la cual, en principio es legítimo acceder, porque cada uno
tiene derecho a conocer su origen, que incide en la propia identidad. La verdad histórica es, desde
este punto de vista, el valor que se debe preservar. Por otro lado, si se admitiera que la
determinación de tal verdad pudiera ser procurada sin limitaciones, se correría el riesgo de
convertir a la familia en un campo de Agramante, donde ningún estado civil estaría a cubierto de
un eventual cuestionamiento. La prudencia, indispensable consejera en la interpretación de la ley,
indica la conveniencia de no tomar ni la verdad de la filiación ni la paz familiar como valores
absolutos" (fs. 271).
La situación descripta y los valores en eventual contradicción y tensión me conducen a
descartar cualquier solución que no priorice el interés superior del menor que, por mandato
constitucional, es el que debe prevalecer frente a cualquier otro interés individual (arts. 75 inc. 25,
Const. nac. y 3 apart. 1 de la Convención sobre los Derechos del Niño y cc.).
En tal sentido, esta Corte tiene dicho que "interés del menor" es el conjunto de bienes
necesarios para el desarrollo integral y la protección de la persona y los bienes de un menor dado,
y entre ellos el que más conviene en una circunstancia histórica determinada, analizado en
concreto, ya que no es concebible un interés del menor puramente abstracto. Máxime cuando en
materia de menores todo está signado por la provisoriedad, lo que hoy resulta conveniente
mañana puede ya no serlo, y a la inversa, lo que hoy aparece como inoportuno puede en el futuro
transformarse en algo pertinente (Ac. 78.726, sent. del 19-II-2002).
De modo pues que sólo la debida ponderación de la plataforma fáctica descripta puede permitir
el resguardo de la situación vivencial del menor y alejarse de consideraciones teñidas de
dogmatismo que desatiendan su real interés, y permitan hablar de una mera abstracción.
Nos encontramos con un joven que cuenta con 16 años en la actualidad, quien conteste de su
realidad biológica y habiéndose realizado los estudios comparativos de ADN tendientes a su
averiguación, expresa reiteradamente su deseo de continuar con su vida familiar actual.
Como vemos, luego de expedirse sobre la conveniencia del mantenimiento del estado familiar
del menor, el tribunal sentenciante aborda la cuestión que abre su votación en cuanto a la
legitimación para accionar en autos.
Allí sostiene la imposibilidad de la progenitora de actuar por su hijo menor de edad, por tratarse
de una acción personalísima, esto es, de aquellas que tienden a vehiculizar un derecho de igual
carácter. Tal impedimento para actuar no produce efectos definitivos sobre la filiación que se
impugna, ya que dicha pretensión se encuentra expedita para el principal interesado: el hijo.
Resulta atinada la consideración del sentenciante al afirmar, con cita de Mazzinghi ("Derecho de
Familia", Tomo I, p. 90) que "... desde las perspectivas de los derechos de este niño, el
pronunciamiento de la Cámara, en cuanto rechaza la pretensión, no confiere título nuevo, sino
que mantiene el statu quo anterior sin que ello excluya la posibilidad de que se procure intentarla
nuevamente..." (fs. 322 vta.).
El art. 259 del Código Civil no vulnera la manda de la Carta Magna y de los Tratados
incorporados a ella, como afirma el recurrente.
Estas notas distintivas realzadas por el tribunal de apelación en el tema abordado, como ya
quedara detallado supra, no concurren en el sub examine.
Por el contrario, creo necesario manifestar que el fallo en crisis se apontoca en la directriz de
nuestra Corte federal que al pronunciarse al respecto entiende que la acción de impugnación
conferida por el art. 259 del Código Civil no se fundamenta en privilegio alguno y tiene su
fundamento en el valor institucional de la familia legítima y en la conveniencia de dar
emplazamiento inmediato al niño nacido durante el matrimonio.
En esa misma línea de razonamiento, como ya vimos, la posibilidad del hijo de iniciar la acción
en el futuro impide agravio alguno para la madre. En suma, "el art. 259 del Código Civil satisface el
juicio de compatibilidad constitucional, al plasmar una reglamentación posible de los valores en
tensión, en concordancia con los derechos y garantías de derecho constitucional" (C.S.J.N., sent.
del 1-XI-1999, en "Enciclopedia Jurídica La Ley" Tomo 1999-F-670).
Estimo lo dicho suficiente para sellar la suerte adversa del recurso impetrado, toda vez que no
concurren en autos las transgresiones previstas por el art. 279 del Código Procesal Civil y
Comercial.
Por ello, corresponde el rechazo de la queja, con costas al recurrente vencido (art. 289 del
C.P.C.C.).
IV. Ahora bien, sin perjuicio de lo aquí resuelto, es también el superior interés del niño (arts. 1,
3, 7, 8 y concs. Convención sobre los Derechos del Niño) el que exige que se preserve de algún
modo la fuente de conocimiento que le permita, llegado a una mínima madurez, eventualmente,
ejercer por sí mismo el derecho que en su nombre ha pretendido ejercer aquí su madre, lo que se
halla amparado en las garantías implícitas o innominadas previstas en el art. 33 de la Carta Magna
(C.S.J.N., in re "H.G.S. y otro s/Apelación de medidas probatorias", de fecha 4-XII-1995, en ED 168-
453, consid. 13), así como en numerosos instrumentos internacionales con jerarquía constitucional
(arts. 75 inc. 22 y 23 Constitución nacional; 7 y 8 de la Convención sobre los Derechos del Niño;
XVII de la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre; 6 de la Declaración
Universal de los Derechos Humanos; 3 y 19 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos
-Pacto de San José de Costa Rica-; 16 y 24 del Pacto Internacional por los Derechos Civiles y
Políticos; 10.3 del Pacto Internacional por los Derechos Económicos, Sociales y Culturales);
también en nuestra Constitución provincial (art. 12.2 Constitución provincial), y en las leyes que
reglamentan su ejercicio (arts. 253, 255 y concs. Código Civil; 1, 2, 3, 5, 11 y concs., ley 26.061; 1,4
y concs., ley 23.511; 1, 2, 3,4, 8 y concs., ley provincial 13.298; etc.).
De esta forma, sin perjuicio de la falta de legitimación de la madre del menor para ejercer su
representación en esta acción impugnatoria, frente al caso de que el menor cambiase en el futuro
la opinión vertida en ocasión de ser oído en la audiencia celebrada en esta Corte el pasado 29 de
mayo de 2013, o se modificasen las circunstancias que motivan su actual desinterés, habiéndose
obtenido en forma pública y respetado el contradictorio respecto del demandado, debe
preservarse el derecho del menor a contar con el resultado de la prueba de ADN producida en
estos autos, lo que debe quedar reservado a su exclusiva voluntad futura (conf. arg. análog.
C.S.J.N., 11-VIII-2009, in re "Recurso de hecho deducido por Matías Prieto en la causa G. R. d. P. E.
E. y otros s/ sustracción de menores de 10 años -causa Nro. 46/85-A", Consid. 24).
I. Adhiero a la solución desestimatoria del recurso propuesta por el doctor Pettigiani, mas lo
hago por mis propios fundamentos.
II. La situación fáctica del caso en juzgamiento ha sido referenciada con claridad en el primer
voto, al que por razones de brevedad remito, en especial al punto 2, apartados a) a h).
1. a. El encuadre legal del supuesto en análisis ha sido objeto de distintos criterios -doctrinarios
y jurisprudenciales-, en lo que respecta a la aplicación del art. 259 del Código Civil, en vista a
compatibilizar el contenido de esta norma de segundo grado con los postulados de la Carta Magna
y los Tratados de Derechos Humanos que, tras la reforma de la misma, tienen jerarquía
constitucional (conf. mi voto en Ac. 84.417).
Interesa precisar, antes de explicitar estas distintas posturas, que pese a que nuestra legislación
ha adoptado el sistema "abierto" de impugnación, que va de la mano de la defensa del principio
de la verdad biológica, al tratarse de una filiación matrimonial, -tipo de familia que cuenta con un
reconocimiento y protección expresa en los tratados (ver mi voto en Ac. 97.295)-, esta amplitud
del sistema está modulada a partir de restricciones a determinados legitimados para su
impugnación (también se constata con otras previsiones, tales como la presunción de paternidad
matrimonial y su destrucción, la exigencia de verosimilitud del derecho para habilitar la apertura
de la acción y los plazos de caducidad, entre otros). En este sentido, Silvia Fernández clarifica los
valores en juego que presiden esta limitación legitimatoria, al sostener que "en la cuestión de la
legitimación para impugnar la paternidad legal subyacen dos principios constantemente presentes
en la regulación de la filiación matrimonial: la preservación de la 'paz familiar' y la pretensión de
'estabilidad' de las relaciones jurídicas familiares, los que se dice se verían comprometidos ante la
intromisión en el cuestionamiento filial" (el subrayado me pertenece, "El ejercicio de la acción de
impugnación de la paternidad matrimonial por el hijo menor de edad a la luz de la Convención de
los Derechos del Niño y leyes de protección integral de derechos de niños, niñas y adolescentes",
JA 2009-III, fascículo 2, p. 4).
b. Ahora bien: para los partidarios de limitar la acción impugnatoria, el matrimonio es una
institución básica para el desarrollo estable de las relaciones familiares y sociales en donde hay un
interés social en conservar. Dentro de este ámbito, otorgar legitimación a la madre en
representación del hijo, implicaría que acceda a la acción por vía indirecta e invocar su propio
adulterio (conf. Mazzhingi, "Derecho de la mujer a impugnar la paternidad del marido: un fallo
elogiable de la Corte", ED 185-451 en especial p. 462; Méndez Costa, Josefa, "La filiación después
de la reforma constitucional", LL Suplemento del 15 de noviembre de 1995, en especial p. 76-77 y
"De nuevo sobre la legitimación para impugnar la paternidad matrimonial", ED 177-p. 71). En
cambio, quienes participan de la opinión contraria, posibilitando la acción de impugnación de la
paternidad en supuestos como el que nos ocupa, se valen de la inconveniencia de preservar una
familia que no puede asentarse en la verdadera realidad biológica (Bidart Campos, Germán, "La
legitimación de la madre para impugnar la paternidad del marido: ¿y los derechos del niño?", LL
2000-B, p. 22; Gil Domínguez, Andrés, "¿Existe una familia basada en la hipocresía?; la
discriminación prevista en el art. 259 del Código Civil y fallo de la Corte Suprema que llama a la
reflexión" LL 2000-B, p. 26; Famá, María Victoria, "La filiación: Régimen constitucional, civil y
procesal" Abeledo Perrot, 2009, capítulo IX, p. 429 y sigtes.).
Las cosas no son tan simples. La interpretación de la ley no se reduce a investigar el significado
de las palabras de la norma, en el entendimiento que su concepto estaría inexorablemente
predeterminado en ella. La premisa de que todos los supuestos de la vida están contemplados
anticipadamente por el orden jurídico es ilusoria. Numerosas normas del ordenamiento exhiben
contradicciones o antinomias; se presentan situaciones con múltiple regulación o que trasuntan
notoria ambigüedad y también existen lagunas. La incompletitud es rasgo inevitable del sistema.
Entonces, en determinados supuestos, es lícita la actividad interpretativa judicial, que más que
encontrar el sentido de los textos procede a atribuirles por sí un sentido, mas no cualquiera
arbitrariamente sino precisamente el que corresponde a la situación jurídica involucrada de
consuno con los criterios plasmados constitucionalmente, los principios generales y la ponderación
de los valores en juego. En ese quehacer se encuadra la inevitable necesidad de realizar distingos,
establecer categorías, formular limitaciones o reparos, sobre la base de un meticuloso examen que
permita formar exacto juicio.
Resultan esclarecedoras, en este sentido, las agudas reflexiones de Ciuro Caldani ("El juez en el
cambio histórico", LL del 31-VII-2001, ps. 1 y ss.), quien al describir la tarea judicial de la nueva era
destaca las grandes transformaciones a las que asistimos, en donde el sistema exige una
intervención útil de los jueces que supere las limitadas posibilidades de los legisladores para
hacerse cargo de las complejidades actuales. En su función interpretativa del plexo normativo
corresponde al juez lograr que la voluntad del legislador, que éste concretó pensando en ciertos
medios, pueda a veces expresarse en la plenitud de sus fines. Al juez le incumbe la tarea de
resolver la relación a veces tensa entre normas y principios porque es el encargado de desarrollar
el espíritu de la ley en el nuevo tiempo, determinando las normatividades poco claras o
incompletas, integrando las lagunas que inevitablemente se presentan e incorporando en plenitud
la dimensión dikelógica.
El largo discurso precedente se endereza a anticipar que ninguna conclusión seria podrá
obtenerse de la mera y aislada compulsa del art. 259 del Código Civil a la luz de los textos
superiores si no se produce previamente un examen pormenorizado que permita detenerse en las
específicas particularidades que trasunta la litis. Lo que en verdad interesa es si en el caso
concreto -esto es, en el universo del factum traído a decisión-, una vez alojado en la categoría,
supuesto o casillero que legalmente lo contempla, para lo cual hay que ponderar todas y cada una
de sus facetas-, la denegación de acción impugnatoria al sujeto interviniente en autos produce o
no aquella colisión con las normas superiores.
Con otras palabras, existen en mi opinión plataformas fácticas alojadas en la órbita del art. 259
del Código Civil que resisten adecuadamente el examen de constitucionalidad y, paralelamente, no
podrán descartarse otras situaciones con igual emplazamiento normativo, que por sus
particularidades de hecho -ficción legal de paternidad- puedan conducir a un resultado opuesto,
máxime cuando en algunos supuestos la participación de la madre es indispensable para posibilitar
el acceso a la identidad legal, pues es ella quien tiene en su poder las pruebas necesarias para
encarar la acción hasta tanto se designe un tutor ad litem (ver Silvia Fernández, art. cit. punto a).
e. Frente a la diversidad de intereses en juego -el del marido, de la madre, hijo y presunto
progenitor-, es dable destacar que las circunstancias que derivan de las relaciones familiares
presentan caracteres especiales por los vínculos que se crean a través de la convivencia y el
tiempo transcurrido.
Las dos primeras posiciones expuestas en los apartados precedentes no agotan el tema, ni dan
respuesta a situaciones que en la vida real suceden y que es necesario valorar: cuando la unión
entre los cónyuges ha cesado y el estado de hijo matrimonial no concuerda con dicha posesión de
estado la acción no constituirá una intromisión a la vida familiar, pues esta última en los hechos no
existe. En cambio, cuando el emplazamiento del hijo matrimonial refleja la continuidad de una
relación familiar -en donde el marido cumple el rol paterno- otorgar a la madre la legitimación,
bajo la sola razón de asentarse en la verdadera realidad biológica, podría contrariar el interés de
los restantes integrantes del grupo familiar que, individualmente, tienen derecho al respeto de la
vida privada y familiar (conf. arts. 11.2, 17 y 19 de la Convención Americana sobre los Derechos
Humanos; 14 bis y 33, C.N.), posicionado a través de la estabilidad de las relaciones jurídicas
familiares.
Como señala el autor antes citado -doctor Mizrahi- padre no es el progenitor biológico, sino
aquel que cumple una función como representante de una ley ordenadora de las relaciones
familiares; y es precisamente asumiendo esa ley sociológica que el padre es el promotor de los
vínculos donde rige el afecto, permitiendo el equilibrado crecimiento del hijo; el promotor que
habilita el acceso de éste a la cultura y da cauce a su normalidad psíquica. Por eso bien se ha dicho
que la paternidad anuda un vínculo predominantemente social y cultural, y se asienta en razones
de profunda comunicación intelectual y oral, de continuidad personal y de responsabilidad
asistencial. Producida, por ende, una clara disociación entre una y otra figura, hace a la salud
psíquica y emocional del hijo que la ley privilegie la función parental, en tanto ésta se encuentre
suficientemente consolidada.
Es a tenor de los referidos lineamientos como debe interpretarse la Convención sobre los
Derechos del Niño. Cuando este instrumento internacional hace referencia a los "padres", a las
"relaciones familiares" y a la "identidad" (arts. 7, 8, 9), no necesariamente apunta en forma
exclusiva al progenitor del niño, o a los vínculos emergentes de la sangre, o a la pura identidad
estática. Incluye también a la función paterna que pudo haber desplegado otro sujeto aunque no
haya sido el responsable de la concepción; a relaciones no nacidas de la naturaleza; y en fin, a la
identidad dinámica conformada por los lazos sociales. Con el mismo sentido cabe realizar la
exégesis de la ley del niño 26.061, que conforme a sus normas exige respetar el "centro de vida"
del hijo (arts. 3, inc. f) y su "identidad" (art. 11). (ob cit. p. 126).
Es por ello que comparto la posición originaria de Cecilia Grosman, quien distingue lo siguiente:
"si el menor goza de la posesión de estado con respecto a su verdadero padre, creemos que
correspondería otorgarle la legitimación, para el esclarecimiento de la verdadera paternidad. Si
por el contrario, el niño es tratado como hijo por el marido de la madre, elemento éste que
además de construir la presunción legal del nexo biológico, en la generalidad de los casos revela
que la familia continúa la convivencia, creemos que sería más beneficioso para el menor que el
derecho proteja esa realidad humana, ya que el carácter matrimonial del hijo no se encontraría
amparado por una ficción legal de paternidad sino por una situación de hecho que tiene mayor
peso y beneficio para él" (ver "Acción de impugnación de la paternidad del marido", editorial
Abaco de Rodolfo Depalma, p. 208).
Es que como bien señala Aída Kemelmajer de Carlucci es necesario diferenciar el derecho a
establecer lazos filiatorios al de conocer el origen biológico, pues como aclara Melaurie -citado por
esta autora- en materia de filiación no existe una sola verdad. Tal como lo muestran las
expresiones del lenguaje vulgar, hay muchas verdades: la afectiva (verdadero padre es el que
ama), la biológica (los lazos sagrados de la sangre); la sociológica (que genera la posesión de
estado); la verdad de la voluntad individual (para ser padre o madre es necesario quererlo); la
verdad del tiempo (cada nuevo día la paternidad o la maternidad vivida vivifica y refuerza el
vínculo) ("El derecho humano a conocer el origen biológico y el derecho a establecer vínculos de
filiación". A propósito de la decisión del Tribunal Europeo de Derechos Humanos del 13-II-2003, en
el caso "Odievre c/France").
Huelga agregar que la distinción propuesta resulta más acomodada a los principios y filosofía de
la institución de la filiación. Incluso, frente a los repartos de una interpretación flexible. Comparto
las reflexiones de la jurista mendocina antes citada, quien en un tema de adopción señalara: "a
diferencia de otras figuras jurídicas cuyo norte es la seguridad (hablo por ejemplo de los plazos de
prescripción extintiva, de la caducidad sustancial y procesal, de la cosa juzgada y de tantas otras),
la adopción tiene justificación y fundamentos en los valores de Justicia, Solidaridad, Paz Social.
Siendo así, entiendo que el interés abstracto del legislador debe ceder excepcionalmente, ante el
interés concreto que se presenta ante los ojos del juzgador. Si bien en abstracto se trata de un
tema de elección de medios, en concreto, el conflicto es de valores: el rechazo de la adopción
puede, en el caso, dejar un niño marginado o, como mínimo, con graves o intolerables
perturbaciones. El juez no puede cerrar los ojos a esa realidad cuando la Convención Internacional
del Niño, que él, como funcionario público está obligado a respetar, le manda lo contrario.
Recuérdese: 'bene judicat quid bene distinguit'; por eso, si el fin tenido en miras por el legislador
no se da en el supuesto bajo juzgamiento, el juez debe distinguir y considerar que la prohibición
no rige el caso, y si la norma no permite distinguir, entonces debe declararla inconstitucional si
viola un valor implícito en el ordenamiento superior del Estado" ("De los llamados requisitos
‘rígidos’ de la ley de adopción y el interés superior del niño. Breve paralelo de la jurisprudencia
italiana y argentina", JA 1988-III, p. 982).
Esta reflexión tiene plena vigencia en el tema en análisis, pues en definitiva toma como punto
de contacto la mirada sobre la realidad, la que no puede ser ignorada frente a la existencia de
lazos familiares, a los efectos de la concesión de ciertos derechos, que perduran, aunque el
matrimonio esté roto, por integrar estructuras paterno filiales mantenidas tras la ruptura
matrimonial (ver mi voto en Ac. 97.295; sent. del 21-III-2012 y Ac. 87.970, sents. del 5-XII-2007).
g. Siguiendo esta línea argumental en el caso, considero que el recurso debe ser rechazado
porque conforme a las constancias de autos no hay posesión de estado, ni ningún elemento que
demuestre el acercamiento entre el progenitor presunto y el menor, lo que surge: a) de la
demanda y contestación, (ni siquiera se invoca vínculo de hecho alguno, ver fs. 8 a 11 vta. y 24); b)
el alegado padre biológico -señor B. - no tiene una actitud favorable a la toma de contacto con C.
N. (fs. 208). A su vez, existe prueba acabada sobre la función paterna ejercida por el señor R.
demostrativa de una afianzada y fructífera relación paterno filial (fs. 243, fs. 254/255), incluso
reconocida por C.N. , quien señala que para él "su papá es él señor R. - es con quien convive y es
con quien quiere continuar" (fs. 243).
A ello aduno que en la audiencia tomada en esta Corte con el propósito de oír al menor, el
adolescente ha manifestado en función de sus circunstancias individuales y familiares su definición
por mantener el estatus en su relación parental que ejerce el señor R. (arts. 1, 3.1, 5 y 12 de la
Convención sobre los Derechos del Niño), ya que es su deseo no cambiar en modo alguno la
situación existente, fundamentalmente en cuanto a la filiación y al apellido que porta (v. fs. 365).
Asimismo, comparto las consideraciones expuestas por el doctor Hitters en este acuerdo en el
sentido de que cobra decisiva importancia para resolver el caso la opinión manifestada por C. N.
en la audiencia con el contenido recién anunciado.
Por las razones expuestas estimo que, en el caso, la aplicación que se ha efectuado en la
instancia de origen del art. 259 del Código Civil no colisiona con norma constitucional o supralegal
alguna.
III. En lo que respecta a la preservación de la prueba de ADN producida en estos autos, y la
posibilidad de que el menor pueda acceder a la misma, concuerdo con la solución propiciada por
el doctor Pettigiani en el punto IV de su voto.
a. Los hechos del caso y los planteos articulados por el Asesor de Menores ante esta Corte se
encuentran claramente expuestos por el ponente en los puntos I y II de su voto, a cuyo desarrollo
me remito.
b. Una correcta lectura de tales antecedentes permite advertir que la cuestión a dirimir no
estriba en la legitimación de la madre para impugnar por sí la paternidad matrimonial, sino en si
cabe habilitarla a los fines de promover este peculiar tipo de acción en representación del hijo
menor de edad, todo ello a la luz del art. 259 del Código Civil.
c. Sentado ello, cabe adelantar que los agravios dirigidos en el recurso contra el
pronunciamiento en crisis se examinan desde esa perspectiva y en modo alguno desvirtúan las
razones que -más allá de su acierto o error- expuso la Cámara de Apelación para desconocerle a la
progenitora la facultad de ejercer la acción entablada (art. 279 su doct. del C.P.C.C.).
ii] Los restantes embates centrados en el interés del menor representado promiscuamente por
el Asesor, reposan únicamente en la preeminencia que cabe asignar a la realidad biológica a los
fines filiatorios. Señala el recurrente que el art. 259 del Código Civil oculta dicha realidad y lleva a
que la conducta de los padres, en cuanto a sus consecuencias, sea trasladada al hijo. Agrega que
aunque éste goza del derecho a impugnar la paternidad matrimonial, si lo hiciere probablemente
ya habrá adquirido una identidad familiar basada en su vínculo paterno existente (v. fs. 297
vta./298).
Esa línea de razonamiento soslaya por completo que la Cámara de Apelación fundó su
determinación en un juicio de valor -a su criterio y a la luz de las particulares circunstancias de la
causa- acerca del interés del menor.
En la sentencia se pondera que la tutora ad litem adhirió a los agravios del demandado y que,
cumplida la audiencia ante la Cámara y producidas las pruebas, puso de resalto la conveniencia de
que el niño mantuviera su estado de hijo matrimonial.
Con ello ha coincidido el a quo, al apoyarse en los informes producidos por la asistente social y
por la perito psicóloga así como en la entrevista llevada a cabo con el menor y sus padres,
oportunidad en que éste expresó estar contento de su situación familiar, que deseaba mantener
(arts. 2 y 12 de la Convención sobre los Derechos del Niño; 384, 474 y cc. del C.P.C.C.; v. fs. 268).
Además, respaldó su parecer en una interpretación que expuso sobre el alcance de la identidad
familiar, según la cual, a la par de la realidad biológica, deben asumirse otros aspectos sociales y
culturales (v. fs. 275 y vta. y 278/vta.).
d. Del cotejo de la causa surge que, al día de la fecha, C. N. R. cuenta con más de catorce años
de edad, de modo que si así lo desea puede solicitar autorización para impugnar la paternidad
matrimonial que lo vincula (arg. art. 264 quater inc. 5, 274, 285 del C.C.; conf. causas I. 88.415,
sent. de 13-VIII-2008; C. 108.514, sent. de 10-III-2010; y C.S.J.N., Fallos: 319:1558; 322:1709;
323:1101). Con todo, vale tener presente que en la audiencia celebrada ante este Tribunal
manifestó no querer sostener la pretensión ejercida en su nombre por su madre (v. fs. 365).
Luego, de conformidad a lo dispuesto por el art. 397 inc. 1 del Código Civil designó un tutor ad
litem y acumuló la acción a la de reclamación de filiación extramatrimonial también iniciada (v. fs.
135, expte. 45060; v. fs. 30 del expte. 45989).
Decisorio que fue recurrido por el accionado, señor E. V. R. (v. fs. 177; 184).
4. La Cámara desestimó el pedido de nulidad de la sentencia de primera instancia y al analizar la
apelación deducida en torno a la legitimación activa de la acción, revocó lo decidido en primera
instancia y rechazó las demandas promovidas en los autos acumulados (v. fs. 280). Destacó que
conforme lo dispuesto en el art. 259 del Código Civil el ejercicio de la misma correspondía
exclusivamente al marido y al hijo (fs. 267 vta.).
5. El recurso prospera.
b. Agrego que, en mi criterio, no existe razón valedera para entender que la enumeración que el
cuestionado art. 259 del Código Civil contiene sea limitativa (conf. mis votos en C. 46.431, sent. del
5-X-1993 y C. 84.417, sent. del 28-V-2014).
Si la ley hubiese querido restringir las posibilidades de accionar hubiera recurrido a alguna
construcción gramatical que así lo significara. De ese modo lo hacía, por ejemplo, el antiguo art.
256 del Código Civil.
Pero del solo hecho de haber enumerado a dos legitimados no puede inferirse la exclusión de
un tercero.
Lo único que puede inferirse es que la cuestión tiene que ser abordada a la luz del criterio que
dimana del sistema general del derecho y los derechos personales en juego.
(El tema me trae a la memoria una aguda acotación de F. Laurent cuando en su clásica obra
"Principios de Derecho Civil" argüía casi aforísticamente: "el silencio del legislador nada prueba ...
porque el silencio no habla ... calla" -T I, 2° edición, Ed. Puebla, 1912, pág. 397-).
Para identificar el alcance de esa ausencia de definición en orden a otros posibles legitimados
debe tenerse en cuenta especialmente que cualquier regla que limite las posibilidades de accionar
daña un derecho fundamental como es el de ocurrir ante un tribunal de justicia. Por lo que la
lectura de la norma debe ser particularmente cuidadosa en orden a su alcance.
Además, entiendo que la interpretación que corresponde no sólo es la literal sino también la
sistemática. La ley debe ser valorada en orden al conjunto que integra, y a su íntima coherencia.
Y en ese sentido, todas las disposiciones de derecho constitucional y civil que se consagran
relativas a la filiación están destinadas a reconocer el valor radical de su significado en la historia y
en la identidad de la persona humana (conf. arts. 7 y 8 de la Convención sobre los Derechos del
Niño; 17 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos; 75 inc. 22 de la Constitución
nacional; 240, 247 del Código Civil).
Por lo que la posibilidad de ejercicio de una acción que en el caso se presenta como
necesariamente previa a su determinación (arts. 250 in fine y 252, C.C.) no puede ser negada sobre
la única base de un mero silencio legislativo, sin incurrir en una grave reducción lingüística: aislar a
un texto de su contexto.
6. Por otra parte pienso que, implícitamente, en la solución de la cuestión en debate, gravita el
temor de que una apertura amplia de la acción de impugnación de la paternidad pueda ser motivo
de agobio para la institución de la familia.
De ese modo razonaba por ejemplo Machado, cuando al comentar el antiguo art. 258 del
Código Civil, gráficamente expresaba: "la ley ha amurallado el honor de la familia..." (Exposición y
Comentario del Código Civil, Bs. As., 1912, t. I, p. 480).
Sin embargo, considero que un ámbito de diálogo tan decisivo como el de la comunidad familiar
solo puede defenderse con la verdad, o con el debate de la verdad, si esta última resulta, como en
el caso, controvertida.
7. Por todo lo expuesto, estimo que la acción promovida lo ha sido dentro de las posibilidades
implícitas del art. 259 del Código Civil, y en consecuencia, el recurso debe prosperar.
Las actuaciones serán devueltas a la instancia de grado a fin de que se resuelvan, con toda
amplitud y en la secuencia del respectivo procedimiento, las diversas cuestiones debatidas.
Adhiero al voto del doctor de Lázzari pues coincide con los fundamentos que brindara al fundar
mi voto en la causa C. 101.549, "B. , A. contra G. ,A. ;A. ,C. . Impugnación de paternidad", sent. del
12-XI-2014.
El señor Juez doctor Genoud, por los mismos fundamentos del señor Juez doctor de Lázzari,
votó también por la negativa.
I. El recurso no prospera.
1. Liminarmente, he de precisar ciertos extremos que encuentro relevantes para dar adecuado
abordaje al recurso extraordinario en tratamiento.
A fs. 1/11 vta. del expediente 45.989, C. B. promueve acción de filiación, mientras que a fs. 1/9
del expediente 45.060, esgrime la de impugnación de paternidad. En ambos casos, no lo hace
ejerciendo un derecho propio, sino que actúa "en nombre y representación de su hijo menor C. N.
B. " (ver fs. 9 y 5, respectivamente).
V. E.R. , accionado en los autos mencionados en último término, esgrime contra dicha acción la
defensa de falta de legitimación de la madre del menor (fs. 15/18). Dice al respecto que "la actora
carece, en efecto, de legitimación para actuar en este proceso, en nombre y representación de su
hijo, cuya paternidad pretende impugnar" (fs. 15). Aduce que "conforme doctrina y jurisprudencia
imperante en la materia la madre, atento a lo preceptuado por el art. 259 del C.C., no se halla
legitimada para demandar la impugnación de la paternidad del marido, porque la acción
evidentemente, plantea un conflicto de intereses entre el menor y la madre, quien además
debería actuar en este proceso como demandada, integrando el litisconsorcio pasivo necesario
entre la madre y el padre, dado que el desconocimiento de la paternidad involucra el carácter
extramatrimonial de la maternidad" (fs. 15 vta.). Con cita de doctrina, explica que "de este modo
la madre -que no está legitimada para impugnar la paternidad de su marido, alegando, es obvio, su
propio adulterio- obtendría oblicuamente, un medio, para deducir la acción, durante la menor
edad del hijo ... Pero de cualquier manera nos parece que en ningún caso, sería la madre quien
podría accionar; su actuación debería limitarse a solicitar que, con intervención conformidad del
Ministerio Público, se designe al menor un tutor especial, si a juicio del representante promiscuo
-el asesor de menores- el desconocimiento de la paternidad conviene a los intereses del hijo" (fs.
15 vta./16).
Dichos argumentos fueron respondidos por la actora a fs. 22/24, donde expuso, entre otros
argumentos, que "si de la propia contestación de la demanda el Sr. R. sostiene a rajatabla que es el
padre de C. N.R. , no existe otra posibilidad de que sea la madre quien represente al niño para
impugnar dicha paternidad" (fs. 22 vta./23).
A fs. 135, se dicta el proveído mediante el cual, "a efectos de evitar nulidades con suspensión
del llamamiento de autos para sentencia y como medida para mejor proveer ... advirtiendo que los
intereses del menor están en oposición con los de su padre, no habiéndose integrado la litis con el
mismo, se fija audiencia ... a fin de proceder por Secretaría al sorteo de un abogado de la matrícula
para que se desempeñe como tutor ad litem". Este último a fs. 146 solicita se dicte sentencia
acogiendo la demanda.
Al expresar sus agravios, la demandada insistió en el argumento según el cual, "la demanda
impetrada no puede prosperar, dado que el art. 259 del C.C. establece taxativamente quienes son
los legitimados para impetrar la acción de impugnación de la paternidad matrimonial, y la madre
se encuentra excluida, para accionar por derecho propio y/o en representación de su hijo, como
en el presente caso" (fs. 186).
Reiteró la necesidad de que la acción sea en el caso interpuesta por el tutor especial con
anuencia del Asesor de Menores y no por la madre, y siempre que "a juicio del representante
promiscuo -el asesor de menores- el desconocimiento de la paternidad conviene a los intereses
del hijo. En caso contrario entendemos, que debe desestimarse la designación de un
representante y obviamente, la promoción de la demanda hasta que el menor tenga aptitud, para
deducirla por sí" (fs. 187 vta.). A renglón seguido, dio las razones por las que entendió que, a su
juicio, "no ha quedado probado que el desconocimiento de la paternidad convenga a los intereses
del hijo".
Llegado el turno de contestar los agravios, el tutor ad litem estimó que "resulta fundado en
derecho el agravio tendiente a obtener el rechazo de la demanda de impugnación de paternidad
por falta de legitimación activa de la actora" (fs. 202 vta.).
Al evacuar la vista conferida al Fiscal de Cámaras, éste estimó que la sentencia de primera
instancia había de ser confirmada, peticionando -además- la declaración de inconstitucionalidad
del art. 259 del Código Civil. Sostiene que "el demandado funda sus agravios en la falta de
legitimación activa de la progenitora del menor, sin embargo -afirma- en el caso de autos, la acción
promovida por la madre, se encuentra suplida por la designación de un tutor ad litem, y a que la
misma no podrá representar al hijo en razón de que la demanda de este último debe ser
promovida contra ambos cónyuges" (fs. 221 vta.).
Producida la prueba cuyo proveimiento abordó el auto de fs. 224 y vta., el a quo dictó la
sentencia que es motivo del recurso extraordinario de inaplicabilidad de ley en tratamiento.
Ahora bien, en perfecta congruencia con el alcance de las pretensiones iniciales y recursivas
antes descriptas, el a quo abordó los agravios llevados ante su sede por el recurrente. Comenzó
por delinear lo evidente (en tarea en la que, además, goza de prerrogativas propias, irrevisables en
esta instancia salvo absurdo, que no ha sido al respecto esgrimido ni mucho menos acreditado),
cual es el propio alcance de las piezas procesales obrantes en autos.
En esa faena precisó que el juez de primera instancia "hizo lugar a la Acción de Impugnación de
Paternidad intentada por el menor C. N. B. o C. N. R. contra V. E. R. y a la acción de Filiación o
Reconocimiento de Paternidad intentada por el mismo contra C. B. " (fs. 264 vta.).
2. A la luz de los planteos traídos a conocimiento de esta Corte, en una competencia que queda
circunscripta por el alcance de las propias pretensiones de las partes, y a la luz del correlativo
interés que ha podido esgrimir el quejoso (Asesor de Menores) de conformidad a su ámbito
funcional de actuación (el interés del menor), advierto que el análisis de la validez constitucional y
alcance que ha de establecer este Tribunal en torno al art. 259 del Código Civil, ha de estar
circunscripto a precisar si dicha norma habilita el ejercicio de la acción "por parte del menor",
aunque mediante la representación ejercida por su madre. Quedan fuera así las cuestiones que no
aludan a ese preciso ámbito, tales como el carácter discriminatorio que endilga al dispositivo la
pieza recursiva en análisis, en tanto dicho argumento sólo alude al interés de la madre, mas no (ni
aún mediatamente) al del menor representado promiscuamente por el recurrente.
II. Pues bien, como acertadamente señalan los colegas preopinantes en la audiencia celebrada
ante este Tribunal, el menor es el único interesado en autos a tenor de la limitada apertura de la
competencia de esta Corte, esto es, considerando que el recurso ha sido impetrado por el Asesor
de Menores. Encuentro dirimente lo expresado por el joven en dicha oportunidad. Señalo esto
pues encuentro importante destacar, a esta altura, que en todo el trámite quedó en claro que el
que accionó fue el menor representado por la madre, y no la madre iure propio. A su vez, que
quien interpone el recurso -como dije- es el Asesor de Menores.
De un lado, ello es importante porque circunscribe la discusión. Sólo se puede discutir los
argumentos en pro y en contra de la limitación del art. 259 en la medida en que esta norma
importe lesión al interés del menor. Solo en esa medida pudo recurrir el Asesor, por lo que quedan
fuera, por ejemplo, los planteos que atañen a la eventual violación de los derechos de la madre
consagrados en la Convención sobre Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la
Mujer.
En estricta congruencia entre el alcance de la pretensión recursiva, la opinión actual del menor
respecto del mantenimiento de la acción impetrada -dadas las especiales circunstancias del caso-
desplazan toda especulación respecto de la hermenéutica del art. 259 del Código Civil.
Ello así en tanto en la aludida audiencia, recientemente celebrada ante esta Suprema Corte, el
menor ha manifestado su voluntad de mantener el status familiar; concretamente, su relación
parental respecto del demandado R. , siendo su deseo no alterar en modo alguno la situación
existente, en cuanto lazos filiatorios y apellido que porta (fs. 365).
De mantenerse la decisión recurrida, y más allá de las intrincadas alternativas procesales que
precedieron al dictado de este fallo, no se haría más que atender al directo legitimado para el
ejercicio de las acciones impetradas, esto es el rechazo de tales pretensiones, en relación a una
situación fáctica cuyo interés (verdadero sustrato del derecho ejercido) reposa sobre la persona
del menor, excluyendo cualquier actuación que -a manera de soporte ortopédico- pudieran
haberse blandido en las instancias de grado.
Con otro giro, el verdadero titular de las acciones se ha manifestado, en una expresión madura,
conforme su edad y grado de desarrollo, por el mantenimiento de la situación que se pretende
alterar, por lo que ese "superior interés" del menor se encuentra en el caso suficientemente
resguardado con la voluntad cierta en sentido contrario a la tesis recursiva.
En tales condiciones, estimo que el recurso ha de ser desestimado (art. 289 del C.P.C.C.).
Por lo expuesto en el acuerdo que antecede, de conformidad con lo dictaminado por la señora
Procuradora General, por mayoría, se rechaza el recurso extraordinario de inaplicabilidad de ley;
con costas (arts. 68 y 289, C.P.C.C.).
Devueltas las actuaciones al juzgado de origen, dicho órgano deberá arbitrar los medios
necesarios para preservar el derecho del menor a acceder a la prueba de ADN producida en estos
autos.
CARLOS E. CAMPS
Secretario