MINIFICCIONES
Amante profesional
Ramón Díaz Eterovic
Romero, asesino de profesión, se vanagloriaba de ser un hombre de palabra. Al conocer a
Raquel sintió una súbita comezón en su orgullo. La invitó a cenar, la enamoró y por la
mañana, cuando el sol caía plácido sobre los cabellos de la mujer, le disparó entre los
pechos por el simple y estúpido placer de cumplir un contrato.
Caja china
Diego Muñoz V.
En la pantalla del televisor, un ojo café, enorme, ocupando todo el espacio disponible. En la
pupila se refleja un salón amplio, iluminado, repleto de gente. Entre las personas estás tú,
sonriendo, vestida de blanco. En tu pensamiento estoy yo, escribiendo esta historia. Así son
las cosas, simples o complejas, según quieras verlas.
Basura del desierto
Virginia Vidal
Dejo Antofagasta y penetro en el desierto más árido del planeta. El vehículo traga distancia.
Casitas de ánimas y plásticos, latas, botellas decoran la vera de la ruta. Desierto convertido
en basural donde pena el ánima del oro. En la Cascada de Calama, una pastora vestida a la
antigua usanza guía sus llamas sorteando desperdicios en busca de pasto. La Cascada dejó
huella de llanto seco en los riscos. El ojo de agua, repugnante sopa de pañales, botellas,
bolsas plásticas, apenas permite un claro para admirar al pez que nada bajo la nata de
inmundicia.
Balcones que no miran a La Moneda
Max Valdés
Un niño habitaba el segundo piso de un edificio de viviendas sociales del barrio Estación
Central. Todas las tardes se ponía a mirar a los transeúntes que iban de un lado a otro. Era
el invierno de 1983 y no tenía nada más que hacer. El chico no lograba comprender por qué
la gente caminaba cabizbaja y con desgano. Al ir a sus trabajos y al volver a sus casas. ¿Por
qué ellos que sí podían caminar, correr, agarrarse a puteadas con el chofer del microbús
estaban deshechos, cansinos, derrotados? Entonces para despertarlos decidió lanzar trozos
de pan desde su balcón como si se tratase de palomas circunspectas y vestidas a la usanza
bancaria. Algunos, posados en su indiferencia no lo advertían, pero hubo otros que subían
la mirada para ver desde dónde eran lanzadas esas migajas. La sorpresa venía enseguida al
verificar que un adolescente colorín, montado sobre una silla de ruedas, portaba la máscara
de Augusto José Ramón Pinochet Ugarte para violentar a los transeúntes ¡Vaya manera de
superar la discapacidad!
Los ensacados
Gabriela Aguilera V.
Así los encontraron, diecisiete años después, en un pueblo costero del norte. Los habían
metido en sacos, luego de vendarles los ojos y dispararles de frente y de espaldas. Los
ejecutores ni siquiera les dieron la oportunidad de quedar mirando el mar y los arrojaron en
la fosa de dos metros de profundidad. Permanecieron sumergidos en la oscuridad y la sal.
Pero los muertos que no son olvidados insisten en aparecer, y cuando salieron a la luz, el
grito que permaneciera coagulado en sus bocas después de la última ráfaga se escuchó en
todo el país acribillado.
Parábola de los ateos y los creyentes
Pedro G. Jara
Perjurio es un pueblo ubicado en el sur profundo. La mayoría de sus habitantes son ateos,
pero una minoría es creyente. El fin de semana los creyentes se diseminan por el pueblo de
Perjurio propagando la voz de Dios, distribuyendo revistas, vestidos con sus ternitos grises,
muy bien peinados y la Biblia entre sus manos. Tocan puertas pero los ateos, de mal
talante, les dan con la puerta en las narices, los increpan y les echan los perros.
Cierto atardecer de abril, los perjurienses descubrieron con asombro una frase de nubes
escrita en el cielo: “¡Ateos!... ¿Por qué no creen en mi modelo?”
Los ateos, arrepentidos, corrieron tras los pastores para salvarse, pero éstos, de mal talante,
les daban con las puertas en las narices, los increpaban y les echaban los perros.
Hospital
Sebastián Amar M.
Yace en su cama, pensando, agonizando, contando sus últimos minutos, pero todavía no
llega su trasplante.
Inmortalidad
Cecilia Quijada P.
Solía vivir en mundos paralelos, cambiando de un lugar a otro sin avisar, como lo hace un
rayo al caer. Esto la hizo inmortal. La muerte nunca la pudo hallar.
La mujer ilustrada
Carla Svigilsky
Muy a su pesar, se fue desdibujando de a poco.
Por necesidad de la empresa
Lorena Díaz Meza
Pasó la lengua una vez más por encima de la línea roja que se formaba desde el pecho hasta
el vientre cada vez que la herida quedaba expuesta, y comprobó que hasta en eso le habían
mentido: su jefe no tenía la sangre tan fría.
Buenas noticias
Fernanda Cavada
Cuando me decían que no me iba a enamorar nunca, es que no sabían que había otro como
yo, ahí afuera, al que le habían dicho lo mismo.
Trabalenguas
Linda Báez L.
Érase una pasión que no tenía remedio. Érase un remedio que no encontraba enfermedad.
Érase una enfermedad que no tenía cura. Érase un cura que no encontraba su religión. Érase
una religión que no tenía Dios. Érase un Dios que no hacía milagros. Érase un milagro que
la pasión tuviera remedio.
Juan Manuel Valero antología Minificcionistas del Cuento/ La rata de La Merced y otras
pequeñas atrocidades.
Fuera del agua
Se soñó pez y murió ahogado.
Bajo los influjos del café exprés sí
La vida es una sucesión de puntos suspensivos, donde tarde o temprano te alcanza el punto
final.
Desenlace súbito
Este cuento se acabó.
Confesión
Sí, lo lamento de todo corazón, ¿pero qué se gana el muerto con tanto arrepentimiento y
compasión?
En el insomnio sí
Antes soñaba con ella, ahora sueña con poder dormir.
Desamores rancheros
No quiero hacer de esta ruptura una canción de José Alfredo Jiménez, pero por Dios que
me partiste el alma.
El viudo
Uno quisiera ponerse triste y agarrarse a este sentimiento como una suerte de expiación.
Pero todo es inútil: soy presa de la felicidad y temo echarme a reír con cada nuevo abrazo
de pésame por la muerte de mi esposa.
La casa embrujada
Crucé la puerta de la entrada y me invadió el terror: mi suegra, mis cuñadas y mi esposa
platicaban animadamente en el comedor.
Parece mentira
De un solo grito mi mujer destruyó mis sueños de escritor:
–¡Vete con tus cuentos a otra parte!
Fiesta sorpresa *
Ayer mi casa era una fiesta. Mis papás invitaron a todo mundo: llegaron parientes, amigos
y vecinos, todos muy bien disfrazados. Hubo abrazos, café y coca colas. Mi tía Lola recitó
algunos versos de Horacio Quiroga, una prima lejana fingió un desmayo, yo estrené
pantalón largo y nadie me mandó a la cama temprano. Todo, gracias a la muerte repentina
de mi hermanita.
La fatídica realidad
Nuestro amor parecía de novela y se convirtió en un cuento corto.
Pedal y fibra *
Quiso darle un giro a su vida y cambió el cigarrillo por la bicicleta. Un microbús echó a
perder sus planes.
La mujer infiel
Azucena perdió la compostura, empezó a engañar al amante con el marido.
Llegó la paz
Terminó la guerra porque ya no había ni buenos ni malos, todos estaban muertos.
Monomanía
Desde tu partida, la hoja en blanco se convirtió en una sábana donde te sigo haciendo el
amor.
Ahogo
Lloró toda la noche, hasta convertir a la habitación en una alberca. El amante se cayó de la
cama y no sabía nadar.
Sin duda…
No hay mayor placer que encontrar a una mujer perdida.
Un grito desesperado
Su último recurso fue sumirse en el silencio, pero nadie escuchó nada.
El componedor de cuentos
Mariano Silva y Aceves
Los que echaban a perder un cuento bueno o escribían uno malo lo enviaban al
componedor de cuentos. éste era un viejecito calvo, de ojos vivos, que usaba unos anteojos
pasados de moda, montados casi en la punta de la nariz, y estaba detrás de un mostrador
bajito, lleno de polvosos libros de cuentos de todas las edades y de todos los países.
Su tienda tenía una sola puerta hacia la calle y él estaba siempre muy ocupado. De sus
grandes libros sacaba inagotablemente palabras bellas y aun frases enteras, o bien cabos de
aventuras o hechos prodigiosos que anotaban en un papel blanco y luego, con paciencia y
cuidado, iba engarzando esos materiales en el cuento roto. Cuando terminaba la compostura
se leía el cuento tan bien que parecía otro.
De esto vivía el viejecito y tenía para mantener a su mujer, a diez hijos ociosos, a un perro
irlandés y a dos gatos negros.
Epitafio
Carlos Díaz Dufoo II
Extranjero, yo no tuve un nombre glorioso. Mis abuelos no combatieron en Troya. Quizá en
los demos rústicos del Ática, durante los festivales dionisiacos, vendieron a los viñadores
lámparas de pico corto, negras y brillantes, y pintados con las heces del vino siguieron
alegres la procesión de Eleuterio, hijo de Semele. Mi voz no resonó en la asamblea para
señalar los destinos de la república, ni en los symposia para crear mundos nuevos y sutiles.
Mis acciones fueron oscuras y mis palabras insignificantes. Imítame, huye de Mnemosina,
enemiga de los hombres, y mientras la hoja cae vivirás la vida de los dioses.
La humildad premiada
Julio Torri
En una universidad poco renombrada había un profesor pequeño de cuerpo, rubicundo,
tartamudo, que como carecía por completo de ideas propias era muy estimado en sociedad
y tenía ante sí brillante porvenir en la crítica literaria.
Lo que leía en los libros lo ofrecía trasnochado a sus discípulos la mañana siguiente. Tan
inaudita facultad de repetir con exactitud constituía la desesperación de los más
consumados constructores de máquinas parlantes.
Y así transcurrieron largos años hasta que un día, en fuerza de repetir ideas ajenas, nuestro
profesor tuvo una propia, una pequeña idea propia luciente y bella como un pececito rojo
tras el irisado cristal de una pecera.
Libertad
Juan José Arreola
Hoy proclamé la independencia de mis actos. A la ceremonia sólo concurrieron algunos
deseos insatisfechos, dos o tres actitudes desmedradas. Un propósito grandioso que había
ofrecido venir envió a última hora su excusa humilde. Todo transcurrió en un silencio
pavoroso.
Creo que el error consistió en la ruidosa proclama: trompetas y campanas, cohetes y
tambores. Y para terminar, unos ingeniosos juegos de moral pirotécnica que se quedaron a
medio arder.
Al final me hallé a solas conmigo mismo. Despojado de todos los atributos de caudillo, la
medianoche me encontró cumpliendo un oficio de mera escribanía. Con los últimos restos
del heroísmo emprendí la penosa tarea de redactar los artículos de una dilatada constitución
que presentaré mañana a la asamblea general. El trabajo me ha divertido un poco, alejando
de mi espíritu la triste impresión del fracaso.
Leves e insidiosos pensamientos de rebeldía vuelan como mariposas nocturnas en torno de
la lámpara, mientras sobre los escombros de mi prosa jurídica pasa de vez en cuando un
tenue soplo de marsellesa.
La mosca que soñaba que era una Águila
Augusto Monterroso
Había una vez una Mosca que todas las noches soñaba que era un Águila y que se
encontraba volando por los Alpes y por los Andes.
En los primeros momentos esto la volvía loca de felicidad; pero pasado un tiempo le
causaba una sensación de angustia, pues hallaba las alas demasiado grandes , el cuerpo
demasiado pesado, el pico demasiado duro y las garras demasiado fuertes; bueno, que todo
ese gran aparato le impedía posarse a gusto sobre los ricos pasteles o sobre las inmundicias
humanas, así como sufrir a conciencia dándose topes contra los vidrios de su cuarto.
En realidad no quería andar en las grandes alturas, o en los espacios libres, ni mucho
menos.
Pero cuando volvía en sí lamentaba con toda el alma no ser un Águila para remontar
montañas, y se sentía tristísima de ser una Mosca, y por eso volaba tanto, y estaba tan
inquieta, y daba tantas vueltas, hasta que lentamente, por la noche, volvía a poner las sienes
en la almohada.
Garza blanca
Roberto López Moreno
No hay más nubes que las que forman las garzas blancas cuando surcan los cielos salinos
de las costas. En el municipio de Acapetahua se pueden encontrar por millares. Descienden
de sus alturas para alimentarse de peces y camarones cumpliendo en esa forma con el
binomio cielo-mar.
La Esfinge de Tebas
René Avilés Fabila
La otrora cruel Esfinge de Tebas, monstruo con cabeza de mujer, cabeza de león, cuerpo de
perro y grandes alas de ave, se aburre y permanece casi silenciosa. Reposa así desde que
Edipo la derrotó resolviendo el enigma que proponía a los viajeros, y que ea el único
inteligente de su repertorio. Ahora, escasa de ingenio, y un tanto acomplejada, la Esfinge
formula adivinanzas y acertijos que los niños resuelven fácilmente, entre risas y burlas,
cuando el fin de semana van a visitarla.
Orugananda
Lazlo Moussong
El gusano salió de su meditación iluminado por la conciencia de que su Yo era
indestructible, que era sustancia integrada a la existencia total y, por lo tanto, en el supuesto
imposible de que él desapareciera, el universo se conmocionaría e iniciaría un proceso
encadenado de aniquilación. Sereno, pues, trepó al pavimento para cruzar la carretera.
Circe
Raúl Renán
Gracias a mi mente que se mantuvo humana, a salvo de los hechizos de la diosa, logré
escabullirme, y al llegar a las afueras cayó sobre mí un puerquero que me sometió
venciendo mi chillidos.
Teseo
José de la Colina
Días y noches y años dando vueltas con la espada oxidándosele en la mano buscó al
monstruo en el laberinto y murió de hambre y fatiga sin saber que allí no había más
monstruo que el mismo Laberinto.
Nocturno
Felipe Garrido
--Hace tanto tiempo --me dijo al oído, jadeante todavía, y se acodó a mi lado, desnuda
como el viento.
Sombras sobre sombras; una línea de luz en las caderas. Sus ojos brillaban en secreto.
comencé a besarle las axilas; bajé a mordiscos por el perfil de la luna; me detuve en las
corvas; la escuché suspirar.
--Sígueme soñando --le supliqué---. No vayas a despertar.
Deformación editorial
Mónica Lavín
Al cumplir sesenta y cinco años comprendió la revelación. Nunca tendría la oportunidad de
una segunda edición de su vida, revisada, corregida y aumentada, por lo que en lugar de
testamento redactó una fe de erratas.
El traductor de la música
Un famoso musicólogo chino, tan familiarizado con la estética musical de Oriente como
con la de Occidente, y dolido de que sus paisanos no comprendieran ni se emocionaran en
absoluto con la música europea más reputada, decidió traducir las fugas de Bach a la
música china: intentó trasladar el lenguaje musical de Juan Sebastián al lenguaje musical de
sus compatriotas.
Trabajó con empeño, poniendo al servicio de su tesón todos sus conocimientos de ambas
culturas, que no eran pocos, pero su obra no obtuvo el menor éxito. Según exegetas, había
sido en ella demasiado "notarial", y lo que se necesitaba era una conversión, una traducción
"musical". Pero ellos también se equivocaban: las fugas de Bach debieron permanecer
inmutables; quienes debían haber sido traducidos eran los chinos.
Diálogo amoroso
Sergio Golwarz
--Me adoro, mi vida, me adoro... a tu lado me quiero más que nunca; no te imaginas la
ternura infinita que me inspiro.
--Yo me adoro muchísimo más..: ¡con locura!; no sabes la pasión que junto a ti siento por
mí.
--No puedo, no puedo vivir sin mí...
--Ni yo sin mí...
---¡Cómo nos queremos!
--Sin que yo ame la vida no vale nada...
--Yo también me amo con toda mi alma, sobre todo a tu lado...
--¡Dame una prueba de que te quieres!
--¡Sería capaz de dar la vida por mí!
--Eres el hombre más apasionado de la tierra...
--Y tú la mujercita más amorosa del mundo...
--¡Cómo me quiero!
--¡Cómo me amo!
¿Qué tiene ella?
Ethel Krauze
Es amada por hombres en total madurez y en total eminencia. ¿Qué tiene ella? Ellos gozan
amándola, sin desesperación y sin codicia. Lo confiesan sonrientes, sin urgencia, con
alegría. ¿Qué tiene ella? Sabe cada uno que no es el único, pero saben que son felices por
ese amor que les despierta. ¿Qué tiene, pues?
Maestro inútil
Alejandro Jodorowski
Caminó por esa ciudad en la que todos los habitantes se apresuraban a entrar temprano en
sus casa para que no los sorprendiera el toque de queda. Tenía infinitas respuestas, pero no
encontró a nadie que quisiera hacerle una pregunta.
El fuego eterno
José Emilio Pacheco
A las seis de la mañana se escucharon disparos en la aldea ocupada por los cristeros. Contra
el muro de la iglesia yacían los cadáveres de un profesor rural y tres agraristas capturados la
noche anterior.
Varias mujeres embozadas se acercaron al pelotón de fusilamiento. Una anciana preguntó
al capitán si los muertos tuvieron tiempo de confesarse. El capitán respondió que en efecto,
el padre Acevedo los había asistido en sus últimos momentos.
La anciana arrojó contra el empedrado la jarra de leche que llevaba en las manos y dijo
furiosa: --Qué lástima, qué lástima: ahora no van a arder en el fuego eterno.
El grafógrafo
Salvador Elizondo
Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo
verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me
veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y
escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que me
veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo
que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me
imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir
que escribo.
[Tomado de Minificción mexicana, UNAM, México, 2003]