V. I.
LENIN UN PASO ADELANTE, DOS
PASOS ATRAS
(UNA CRISIS EN NUESTRO PARTIDO)
EDICIONES EN LENGUAS EXTRANJERAS
PEKIN Primera edición 1977
INDICE
PROLOGO
a) PREPARACION DEL CONGRESO
SIGNIFICACION DE LOS
b)
AGRUPAMIENTOS EN EL CON-
GRESO
COMIENZA EL CONGRESO. INCIDENTE
c)
CON EL COMITE
DE ORGANlZACIÓN
DISOLUCION DEL GRUPO "IUZHNI
d)
RABOCHI"
EL INCIDENTE DE LA IGUALDAD DE
e)
DERECHOS DE LAS
LENGUAS
f) EL PROGRAMA AGRARIO
LOS ESTATUTOS DEL PARTIDO.
g)
PROYECTO DEL CAMA-
RADA MARTOV
DISCUSION SOBRE EL CENTRALISMO
h)
ANTES DE LA
ESCISION ENTRE LOS ISKRISTAS
ARTICULO PRIMERO DE LOS
i)
ESTATUTOS
VICTIMAS INOCENTES DE UNA FALSA
j)
ACUSACION DE
OPORTUNISMO
CONTINÚA LA DISCUSION SOBRE LOS
k)
ESTATUTOS.
COMPOSICION DEL CONSEJO
TERMINA LA DISCUSION SOBRE LOS
ESTATUTOS LA
l)
COOPTACION PARA LOS ORGANISMOS
CENTRALES.
SE RETIRAN LOS DELEGADOS DE
"RABOCHEIE DIELO"
LAS ELECCIONES. FINAL DEL
ll)
CONGRESO
CUADRO GENERAL DE LA LUCHA EN
m) EL CONGRESO EL
ALA REVOLUCIONARIA Y EL ALA
OPORTUNISTA DEL
PARTIDO
DESPUES DEL CONGRESO. DOS
n)
METODOS DE LUCHA
PEQUEñOS DISGUSTOS NO DEBEN
ñ)
EMPAZAR UN GRAN
PLACER
LA NUEVA ISKRA. EL OPORTUNISMO
o)
EN LAS CUES-
TIONES DE ORGANIZACION
ALGO SOBRE LA DIALECTICA. DOS
p)
REVOLUCIONES
PROLOGO
La primera de estas cuestiones es la de la significación política
de la división de nuestro Partido en "mayoría" y "minoría", división
que ha tomado forma en el II Congreso del Partido y que ha dejado
muy atrás todas las anteriores divisiones de los socialdemócratas
rusos.
La segunda cuestión es la del valor de principio de la posición de
la nueva Iskra en las cuestiones de organización, en tanto en
cuanto esta posición es efectivamente de principios.
La primera cuestión es la del punto inicial de nuestra lucha en el
Partido, la cuestión acerca de su origen, de sus causas, de su
carácter político fundamental. La segunda cuestión es la de los
resultados finales de esa lucha, la cuestión acerca de su término,
del total que, en el terreno de los principios, resulta si se suma todo
lo que se refiere a la esfera de los principios y se resta todo lo que
se refiere a la esfera de las querellas. La primera cuestión se
resuelve analizando la lucha que ha tenido lugar en el Congreso del
Partido; la segunda, analizando el nuevo contenido de principio de
la nueva Iskra. Uno y otro análisis, contenido de las nueve décimas
partes de mi folleto, llevan a la conclusión de que la "mayoría" es el
ala revolucionaria de nuestro Partido, y la "minoría" es su ala
oportunista. Las discrepancias que separan a un ala de la otra en el
presente, se reducen, principalmente, no a cuestiones de programa
y de táctica, sino sólo a cuestiones de organización; el nuevo
sistema de concepciones que se dibuja en la nueva Iskra con tanta
mayor claridad cuanto más procura ahondar su posición y cuanto
más limpia va quedando dicha posición de querellas por la
cooptación, es el oportunismo en las cuestiones de organización.
El principal defecto de la literatura con que ahora contamos sobre
la crisis de nuestro Partido, en el terreno del estudio e ilustración de
los hechos, es la falta casi total de un análisis de las actas del
Congreso del Partido, y, en el terreno del esclarecimiento de los
principios fundamentales del problema de organización, la falta de
un análisis del nexo que indudablemente existe entre el error
fundamental cometido por el camarada Mártov y el camarada
Axelrod al formular el artículo primero de los estatutos y al defender
esta fórmula, por una parte, y todo el "sistema" (si es que puede
hablarse en este caso de sistema) de las concepciones de principio
que ahora tiene Iskra sobre el problema de organización. La actual
redacción de Iskra ni siquiera advierte, por lo visto, este nexo, aun
cuando en las publicaciones de la "mayoría" se ha señalado ya
muchísimas veces la importancia de las discusiones sobre el
artículo primero. En el fondo, el camarada Axelrod y el camarada
Mártov no hacen ahora sino ahondar, desarrollar y extender el error
inicial respecto al artículo primero. En el fondo, ya en las
discusiones habidas con respecto al artículo primero comenzó a
despuntar toda la posición de los oportunistas en el problema de
organización: su defensa de una organización del Partido difusa y
no fuertemente cimentada, su hostilidad a la idea (a la idea
"burocrática") de estructurar el Partido de arriba abajo, a base del
Congreso del Partido y de los organismos por él creados; su
tendencia a ir de abajo arriba, permitiendo considerarse como
miembros del Partido a cualquier profesor, a cualquier estudiante de
bachillerato y a "todo huelguista"; su hostilidad al "formalismo" que
exija a un miembro del Partido la pertenencia a una de las
organizaciones reconocidas por éste; su propensión a la psicología
de intelectual burgués, dispuesto tan sólo a "reconocer
platónicamente las relaciones de organización"; la facilidad con que
se entregan a elucubraciones oportunistas y a frases anárquicas; su
tendencia al autonomismo en contra del centralismo; en una
palabra, todo lo que florece ahora exuberantemente en la nueva
Iskra, contribuyendo cada vez más a una palmaria y completa
aclaración del error cometido en un principio.
N. Lenin
Mayo de 1904
e) EL INCIDENTE DE LA IGUALDAD DE DERECHOS DE LAS
LENGUAS
En cuanto a los asuntos generales del Partido, tales organizaciones
actuarán como parte de la organización del comité.] -- 17) [Las
organizaciones locales a que hace referencia el artículo 14, podrán
formar una unión autónoma para la consecución eficaz de sus
objetivos especiales. Semejante unión puede tener sus órganos
especiales, administrativos y publicaciones, quedando unos y otros
sometidos al control inmediato del C.C. del Partido. Tal unión
establecerá ella misma sus estatutos, pero los someterá a la
aprobación del C.C. del Partido.] -- 18) [De la unión autónoma a que
hace referencia el artículo 17 pueden también entrar a formar parte
los comités locales del Partido, si debido a las condiciones locales
se dedican principalmente a la agitación en una lengua
determinada. Nota. Siendo parte integrante de una unión autónoma,
semejante comité no deja, sin embargo, de ser un comité del
Partido.]. . ." (Todo el artículo es de una utilidad extrema y de una
profundísima inteligencia, y la nota aún más)... “... 19) [Las
organizaciones locales que formen parte de una unión autónoma
quedarán sometidas al control de los comités locales en sus
relaciones con los órganos centrales de la unión.] -- 20) [Los
órganos literarios y administrativos centrales de las uniones
autónomas tendrán con el C.C. del Partido las mismas relaciones
que los comités locales del Partido.] -- IV. El Comité Central y los
órganos literarios del Partido. -- 21) [Representantes del Partido en
su totalidad serán el Comité Central y los órganos literarios: el
órgano político y el órgano científico.] -- 22) Incumbe al C.C. la
dirección general de toda la labor práctica del Partido; cuidar de que
se utilicen y distribuyan debidamente todas sus fuerzas; controlar la
actuación de todos los sectores del Partido; suministrar
publicaciones a las organizaciones locales; organizar el aparato
técnico del Partido; convocar los congresos del Partido. -- 23)
Corresponderá a los órganos literarios del Partido la dirección
ideológica de la vida del mismo; la propaganda del programa del
Partido y la explosión científica y publicista de la concepción del
mundo de la socialdemocracia. -- 24) Todos los comités locales del
Partido, así como las uniones autónomas, mantendrán una relación
directa tanto con el C.C. del Partido, como con la redacción de sus
órganos, poniendo periódicamente en su conocimiento la marcha
del movimiento y del trabajo de organización en el área local. -- 25)
El Congreso del Partido designará la redacción de los órganos
literarios del mismo, que seguirá en funciones hasta el Congreso
siguiente. -- 26) [La redacción tendrá autonomía en sus asuntos
internos] y, en el intervalo entre dos Congresos, podrá completar y
modificar su composición, comunicándolo en cada caso al C.C. --
27) Todos los comunicados que emanen del C.C., o hayan sido
sancionados por él se publicarán, a petición del C.C., en el órgano
del Partido. -- 28) El C.C., de acuerdo con la redacción de los
órganos del Partido, formará grupos literarios especiales para
determinados trabajos literarios. -- 29) El Congreso del Partido
designará al Comité Central, que seguirá en funciones hasta el
Congreso siguiente. El C.C. podrá completar su composición por
cooptación en número ilimitado, poniéndolo cada vez en
conocimiento de la redacción de los órganos centrales del Partido.
-- V. Organización del Partido en el extranjero. -- 30) La
organización del Partido en el extranjero cuidara de la propaganda
entre los rusos residentes en el extranjero y de organizar entre ellos
a los elementos socialistas. A su frente figurará una administración
designada por elección. -- 31) Las uniones autónomas que formen
parte integrante del Partido podrán tener secciones en el extranjero
para cooperar a la consecución de los objetivos especiales de tales
uniones. Estas secciones, en calidad de grupos autónomos,
quedarán incluidas en la organización general en el extranjero. -- VI.
Congresos del Partido. -- 32) La instancia superior del Partido es su
Congreso. -- 33) [El Congreso del Partido establecerá su programa,
sus estatutos y los principios por los que se regirá su actuación;
controlará la labor de todos los órganos del Partido y entenderá en
los conflictos que entre ellos puedan surgir.] -- 34) Tendrán
representación en el Congreso: a) todos los comités locales del
Partido; b) los órganos administrativos centrales de todas las
uniones autónomas que estén comprendidas en el Partido; c) el
C.C. del Partido y la redacción de sus órganos centrales; d) la
organización del Partido en el extranjero. -- 35) Se consentirá la
transmisión de mandatos, pero a condición de que un delegado no
represente más de tres mandatos efectivos. Podrá dividirse un
mandato entre dos representantes. No se consentirán mandatos
imperativos -- 36) El C.C. quedará facultado para invitar al
Congreso, con voz, pero sin voto, a los camaradas cuya presencia
pueda ser útil. -- 37) Para introducir modificaciones en el programa
o en los estatutos, hará falta una mayoría de dos tercios de los
votos presentes; las demás cuestiones se resolverán por simple
mayoría. -- 38) El Congreso se considerará válido siempre que
estén representados en él más de la mitad de los comités del
Partido existentes en el momento de su celebración. -- 39) El
Congreso se reunirá, siempre que las circunstancias lo permitan,
una vez cada dos años. [En caso de que, para su convocatoria en
este plazo, surjan dificultades ajenas a la voluntad del C.C., éste
podrá aplazarlo bajo su responsabilidad."]
De seguro que el lector que haya tenido paciencia, como caso
excepcional, suficiente para leerse hasta el final estos así llamados
estatutos no nos exigirá un examen especial de las conclusiones
que a continuación formulamos. Primera conclusión: los estatutos
padecen una hidropesía difícilmente curable. Segunda conclusión:
no hay manera de descubrir en estos estatutos ningún matiz
especial, en punto a organización, por lo que se refiere a una actitud
negativa frente a la hipertrofia centralista. Tercera conclusión: el
camarada Mártov ha procedido muy razonablemente, ocultando a
los ojos del mundo (y al examen del Congreso) más de los 38/39 de
sus estatutos. Lo único que resulta algo original es que con motivo
de esta ocultación se hable de visera levantada.
h) DISCUSION SOBRE EL CENTRALISMO ANTES DE LA
ESCISION ENTRE LOS ISKRISTAS
Antes de pasar a una cuestión efectivamente interesante que, de
un modo indudable, pone al descubierto los diversos matices de
opinión respecto a la formulación del artículo primero de los
estatutos, hemos de detenernos aun someramente en la breve
discusión general de los estatutos que ocupó la sesión 14 y parte de
la 15 del Congreso. Esta discusión tiene cierta importancia, porque
precedió al completo desacuerdo de la organización de Iskra en lo
tocante a la composición de los organismos centrales. Por el
contrario, las discusiones posteriores, sobre los estatutos en
general y sobre la cooptación en particular, tuvieron lugar después
de nuestro des acuerdo en la organización de Iskra. Naturalmente,
antes del desacuerdo podíamos expresar nuestras opiniones más
imparcialmente, en el sentido de que nuestras consideraciones eran
más independientes del problema de la composición personal del
C.C., que a todos preocupaba. El camarada Mártov, como he
señalado ya, se adhirió (pág. 157) a mi punto de vista en materia de
organización, haciendo tan sólo dos reservas por estar disconforme
conmigo en particularidades. Por el contrario, tanto los antiiskristas
como el "centro" se alzaron en seguida contra las dos ideas
fundamentales de todo el plan de organización de Iskra (y, por
consiguiente, de todos los estatutos): tanto contra el centralismo,
como contra los "dos organismos centrales". El camarada Líber
calificó mis estatutos de "desconfianza organizada", y vio
descentralización en los dos organismos centrales (lo mismo que
los camaradas Popov y Iegórov). El camarada Akímov expresó el
deseo de ampliar la esfera de competencia de los comités locales,
en particular el otorgarles a ellos mismos "el derecho de modificar
su composición". "Es preciso darles mayor libertad de acción... Los
comités locales deben ser elegidos por los militantes activos de la
localidad, lo mismo que el C.C. es elegido por los representantes de
todas las organizaciones activas de Rusia. Y si tampoco esto puede
permitirse, que se limite entonces el número de miembros que el
C.C. puede designar para trabajar en los comités locales..." (158).
Como veis, el camarada Akímov apunta un argumento contra la
"hipertrofia del centralismo", pero el camarada Mártov sigue sordo a
estas autorizadas indicaciones, mientras la derrota en el problema
de la composición de los organismos centrales no le lleva a seguir a
Akímov. ¡Sigue sordo incluso cuando el camarada Akímov le apunta
la "idea " de sus propios estatutos (artículo 7: limitación de los
derechos del C.C. a introducir miembros en los comités)! El
camarada Mártov no quería todavía entonces ninguna "disonancia"
con nosotros y consentía por ello la disonancia tanto con el
camarada Akímov, como consigo mismo... Entonces sólo abogaban
contra el "monstruoso centralismo" aquellos a quienes no convenía,
evidentemente, el centralismo de Iskra : abogaban contra él Akímov,
Líber, Goldblat, y les seguían con cautela y precaución (de modo
que siempre pudiera uno volverse atrás) Iegórov (v. págs. 156 y
276), etc.: Entonces, la inmensa mayoría del Partido veía aún con
toda claridad que eran precisamente los intereses de capilla, de
círculo, del "Bund", y del grupo "Iuzhni Rabochi", etc. los que
provocaban la protesta contra el centralismo. Por lo demás, también
ahora ve claramente la mayoría del Partido que son precisamente
los intereses de círculo de la vieja redacción de Iskra los que
provocan su protesta contra el centralismo...
Ved, por ejemplo, el discurso del camarada Goldblat (160-161).
Se pronuncia contra mi "monstruoso" centralismo, que según él,
conduce al "aniquilamiento" de las organizaciones de base y "está
imbuido de la tendencia de otorgar al centro un poder ilimitado, el
derecho de intervención ilimitada en todo", que reserva a las
organizaciones "el único derecho de someterse sin un murmullo de
protesta a lo que se les ordene desde arriba", etc. "El organismo
central que prevé el proyecto se encontrará en un espacio vacío: a
su alrededor no habrá periferia alguna, sino una especie de masa
amorfa en la que se moverán sus agentes ejecutores". Esto es,
palabra por palabra, la misma fraseología falsa con que, después
de su derrota en el Congreso, han comenzado a obsequiarnos los
Mártov y los Axelrod. Ha merecido risas el Bund, que, en guerra
contra nuestro centralismo, concede él mismo, a su organismo
central derechos ilimitados, definidos de un modo todavía más
preciso (aunque sea, por no citar otros, la facultad de admitir y
excluir miembros e incluso la de rechazar delegados a los
congresos). Risas merecerán también, cuando se aclaren las cosas,
las lamentaciones de la minoría, que chilla contra el centralismo y
contra los estatutos mientras está en la minoría, y se apoya en
estos últimos en cuanto ha logrado pasar a la mayoría.
También se puso claramente de manifiesto la división en grupos
en cuando a los dos organismos centrales: Líber, Akímov (el
primero con la cancioncita de moda, a lo Axelrod-Mártov, sobre el
predominio del O.C. sobre el C.C. en el Consejo), Popov y Iegórov
se opusieron a todos los iskristas. El plan de los dos organismos
centrales se desprendía lógicamente de las ideas que, en materia
de organización, había desarrollado siempre la vieja Iskra (¡y que
de palabra habían aprobado los camaradas Popov y Iegórov!). La
política de la vieja Iskra era diametralmente opuesta a los planes de
"Iuzhni Rabochi", a los planes de crear paralelamente un órgano
popular y de convertirlo en órgano en realidad predominante. He
aquí el origen de la contradicción que, a primera vista, podría
parecer extraña: por un solo organismo central, es decir, por lo que
podría parecer un mayor centralismo, están todos los antiiskristas y
toda la charca. Claro que también hubo delegados (sobre todo en la
charca) que apenas si tenían clara comprensión de a dónde
conducirían y tenían que conducir, en virtud de la marcha de las
cosas, los planes de organización del grupo "Iuzhni Rabochi", pero
los impelía al bando de los antiiskristas su propia naturaleza
vacilante y poco segura de sí misma.
Entre los discursos pronunciados por iskristas durante estos
debates (que precedieron a la escisión de los iskristas) sobre los
estatutos, son particularmente notables los de los camaradas
Mártov (la "adhesión" a mis ideas en materia de organización) y
Trotski. Este último contestó a los camaradas Akímov y Líber en tal
forma, que cada palabra de su contestación descubre toda la
falsedad de la conducta que después del Congreso siguió la
"minoría" y de las teorías que después del Congreso adoptó la
"minoría". "Los estatutos, dice (el camarada Akímov), determinan la
esfera de competencia del C.C. de un modo que no es bastante
preciso. No puedo estar de acuerdo con él. Por el contrario, la
determinación es precisa y significa: por cuanto el Partido es un
todo, es imprescindible asegurarle el control de la actividad de los
comités locales. El camarada Líber ha dicho que los estatutos, para
emplear una expresión mía, son la 'desconfianza organizada'. Es
verdad. Pero yo empleé esta expresión refiriéndome a los estatutos
propuestos por los representantes del Bund, estatutos que eran la
desconfianza organizada de un sector del Partido frente a todo el
Partido En cambio, nuestros estatutos [¡entonces esos estatutos
eran "nuestros", hasta que se produjo la derrota en lo tocante a la
composición de los organismos centrales!] representan la
desconfianza organizada del Partido frente a todos sus sectores, es
decir, el control de todas las organizaciones locales, regionales,
nacionales, etc." (158). Sí, nuestros estatutos quedan exactamente
caracterizados aquí, y nosotros aconsejaríamos recordar con más
frecuencia esta característica a las personas que ahora, con la
conciencia tranquila, afirman que es la intrigante mayoría quien ha
discurrido la idea y establecido el sistema de la "desconfianza
organizada", o, lo que es lo mismo, "del estado de sitio". Bastará
comparar el discurso citado con los discursos pronunciados en el
Congreso de la Liga en el extranjero para obtener un modelo de
falta de carácter en política, un ejemplo de cómo cambian las
opiniones de Mártov y compañía, según se trata de organismo
inferior propio o ajeno.
i) ARTICULO PRIMERO DE LOS ESTATUTOS
Ya hemos citado las diversas formulaciones que suscitaron en el
Congreso interesantes debates. Estos debates se llevaron casi dos
sesiones y terminaron por dos votaciones nominales (en todo el
Congreso no hubo, si no me equivoco, más que ocho votaciones
nominales, tan sólo en casos de especial importancia, por la
enorme pérdida de tiempo que su ponen tales votaciones) Se habla
planteado una cuestión que, indudablemente, tiene un carácter de
principio. El interés del Congreso por los debates era inmenso. En
la votación tomaron parte todos los delegados, fenómeno raro en
nuestro Congreso (como en todo gran congreso) y prueba, al mismo
tiempo, del interés de los que discutían.
¿En qué consistía, pues, la esencia de la cuestión en litigio? Ya
dije en el Congreso, y lo he repetido después más de una vez, que
"no considero en absoluto nuestra discrepancia (respecto al artículo
primero) tan esencial, que de ella dependa la vida o la muerte del
Partido. ¡No pereceremos, ni mucho menos, por un mal artículo en
los estatutos!" (250)*. Esta discrepancia, por si misma, aunque pone
de manifiesto matices de carácter de principio, no pudo producir en
modo alguno la divergencia (y en realidad, para hablar sin
convencionalismos, la escisión) que se ha producido después del
Congreso. Pero toda pequeña discrepancia puede hacerse grande
si se insiste en ella, si se la saca a primer plano, si nos ponemos a
buscar todas las raíces y todas las ramificaciones de la misma.
Toda pequeña discrepancia puede adquirir enorme importancia, si
sine de punto de partida para un viraje hacia ciertos conceptos
equivocados, y si a estos conceptos equivocados vienen a unirse, a
consecuencia de nuevas divergencias complementarias, actos
anárquicos que llevan al Partido a la escisión.
Esta era precisamente la situación en el caso que examinamos.
Una discrepancia relativamente pequeña sobre el artículo primero
ha adquirido ahora enorme importancia, porque es precisamente lo
que ha servido de punto de viraje hacia las elucubraciones
oportunistas y hacia la fraseología anarquista de la minoría
(especialmente en el Congreso de la Liga, y después también en las
columnas de la nueva Iskra ). Esta discrepancia ha sido
precisamente el comienzo de la coalición de la minoría iskrista con
los antiiskristas y con la charca, que adquirió formas definitivamente
precisas en el momento de las elecciones. Sin comprender esta
coalición no es posible comprender tampoco la divergencia
principal, básica, en el problema de la composición de los
organismos centrales. El pequeño error de Mártov y Axelrod acerca
del artículo primero era una pequeña quebradura en nuestro vaso
(según dije en el Congreso de la Liga). Podíamos haberlo atado
bien fuerte, con un nudo doble (y no con un nudo corredizo, como
creyó oír Mártov, que durante el Congreso de la Liga se encontraba
en un estado próximo a la histeria). Podían hacerse todos los
esfuerzos para agrandar la quebradura, para romper el vaso. Y esto
fue precisamente lo que sucedió por el boicot y demás medidas
anárquicas de tipo parecido, de los entusiastas partidarios de
Mártov. La discrepancia acerca del artículo primero desempeñó un
papel considerable en el problema de la elección de los organismos
centrales, y la derrota de Mártov en este punto lo llevó a la "lucha en
el terreno de principios" por medios toscamente mecánicos y hasta
escandalosos (discursos en el Congreso de la Liga de la
socialdemocracia revolucionaria rusa en el extranjero).
Ahora, después de todas esas peripecias, el problema del artículo
primero ha adquirido, de este modo, enorme importancia, y
debemos darnos cuenta exacta tanto del carácter de los
agrupamientos que se establecieron en el Congreso al votarse este
artículo, como -- lo que es incomparablemente más importante -- del
carácter efectivo de los matices de opinión que se señalaron, o
comenzaron a señalarse, en relación con el artículo primero. Ahora,
después de los acontecimientos mencionados, la cuestión está ya
planteada en la forma siguiente: ¿Se ha reflejado en la formulación
de Mártov defendida por Axelrod, su (de él o de ellos) inestabilidad,
su falta de firmeza y su vaguedad política, como dije en el Congreso
del Partido (333), su (de él o de ellos) desviación hacia el
jauresismo y el anarquismo, según suponía Plejánov en el
Congreso de la Liga (102 y otras de las actas de la Liga)? ¿O es
que mi formulación, defendida por Plejánov, reflejaba una
concepción del centralismo equivocada, burocrática, formalista
autoritaria, no socialdemócrata? ¿Oportunismo y anarquismo o
burocracia y formalismo? : En estos términos está planteada la
cuestión ahora, cuando se ha agrandado una pequeña divergencia.
Y nosotros debemos tener en cuenta precisamente esta forma de
plantear el problema, que los acontecimientos nos han impuesto a
todos, diría históricamente determinada, si no temiese expresiones
demasiado rimbombantes, al examinar el fondo de los argumentos
en pro y en contra de mi formulación.
Comencemos el examen de estos argumentos por un análisis de las
discusiones que se desarrollaron en el Congreso. El primer
discurso, el del camarada Iegórov, sólo interesa porque su actitud
(non liquet, no está aún claro para mí, no sé aún dónde está la
verdad), fue muy característica de la actitud de muchos delegados a
quienes no les fue fácil orientarse en un problema efectivamente
nuevo, bastante complejo y minucioso. El discurso siguiente, el del
camarada Axelrod, plantea ya en seguida la cuestión en el terreno
de los principios. Es el primer discurso de esta índole, mejor dicho,
es, en general, el primer discurso del camarada Axelrod en el
Congreso, y cuesta trabajo considerar como muy feliz su debut con
el célebre "profesor". "Yo creo -- dijo el camarada Axelrod -- que
debemos delimitar los conceptos: Partido y organización. En
cambio, aquí estos dos conceptos están confundidos. Esta
confusión es peligrosa", Tal es el primer argumento contra mi
formulación. Pero examinadlo más de cerca. Cuando digo que el
Partido debe ser una suma (y no una simple suma aritmética, sino
un complejo) de organizaciones *, ¿quiere esto decir que yo
"confunda" los conceptos
* La palabra "organización" suele utilizarse en dos sentidos:
amplio y estricto. En sentido estricto, designa una célula de una
colectividad humana, en cuanto ha adquirido aunque sea la más
mínima forma. En sentido amplio, significa una suma de dichas
células, reunidas en un todo. Por ejemplo: la marina, el ejército, el
Estado, constituyen simultáneamente una suma de organizaciones
(en el sentido estricto de la palabra) y una variedad de organización
social (en el sentido amplio de la palabra). El departamento de
Instrucción Pública es una organización (en el sentido amplio de la
palabra), y consta de una serie de organizaciones (en el sentido
estricto de la palabra). Del mismo modo, un partido es asimismo
una organización, debe ser una organización (en el sentido amplio
de la palabra); pero, al mismo tiempo, un partido debe constar de
una serie de organizaciones diversas (en el sentido estricto de la
palabra). De aquí que el camarada Axelrod, al hablar de la
delimitación entre los [cont. en pág. 68. -- DJR] conceptos de
partido y organización, no ha tenido en cuenta, en primer lugar, esta
diferencia entre el sentido amplio y estricto de la palabra
"organización" y, en segundo lugar, no se ha fijado en que ha
mezclado, él mismo, en un solo montón a elementos organizados y
no organizados de partido y organización? Claro que no. Al hacerlo,
expreso de un modo perfectamente claro y preciso mi deseo, mi
exigencia de que el Partido, como destacamento de vanguardia de
la clase, sea lo más organizado posible y sólo acoja en su seno a
aquellos elementos que admitan, por to menos, un grado mínimo de
organización. Por el contrario, mi contrincante confunde en el
Partido elementos organizados y no organizados, a los que se dejan
dirigir con los que no se dejan, a los avanzados con los
incorregiblemente atrasados, pues los que son corregiblemente
atrasados pueden entrar en la organización. Esta confusión es la
efectivamente peligrosa. El camarada Axelrod alude luego "a las
organizaciones del pasado rigurosamente conspirativas y
centralistas" ("Tierra y Libertad" y "La Voluntad del Pueblo");
alrededor de estas organizaciones, según dice, "se agruparon toda
una serie de personas que no formaban parte de la organización,
pero que la ayudaban en una u otra forma y se consideraban
miembros del Partido... Este principio debe aplicarse en forma aún
más rigurosa en la organización socialdemócrata". Y aquí hemos
llegado precisamente a uno de los quids de la cuestión: "este
principio", que autoriza llamarse miembros del Partido a personas
que no figuran en ninguna de sus organizaciones, sino que se
limitan a "ayudarle de uno u otro modo", ¿es, efectivamente, un
principio socialdemócrata? Plejánov ha dado a esta pregunta la
única respuesta posible: "Axelrod no tenía razón cuando aludía a la
década del 70. Entonces existía un centro bien organizado, con una
disciplina perfecta; alrededor de él existían organizaciones de
diverso grado que él había creado, y lo que estaba fuera de esas
organizaciones era caos y anarquía. Los elementos integrantes de
este caos se daban el título de miembros del Partido, pero la causa
no salía ganando con ello, sino perdiendo. No debemos imitar la
anarquía de la década del 70, sino evitarla". Por tanto, "este
principio", que el camarada Axelrod quería hacer pasar por
socialdemócrata, es en realidad un principio anárquico. Para refutar
esto, es preciso demostrar la posibilidad del control, de la dirección
y de la disciplina al margen de la organización, hay que demostrar
la necesidad de que a los "elementos del caos" se les adjudique el
título de miembros del Partido. Los defensores de la formulación del
camarada Mártov no han demostrado y no podían demostrar ni una
ni otra cosa. Para poner un ejemplo, el camarada Axelrod ha
hablado del "profesor que se considera socialdemócrata y lo
declara". Para llevar a su término la idea que contiene este ejemplo,
el camarada Axelrod debiera haber dicho luego si los mismos
socialdemócratas organizados reconocen como socialdemócrata a
este profesor. No habiendo formulado ulteriormente esta pregunta,
el camarada Axelrod ha dejado su argumentación a medias. En
efecto, una de dos: o bien los socialdemócratas organizados
consideran al profesor de que tratamos como socialdemócrata, y
entonces, ¿por qué no incluirlo en esta o la otra organización
socialdemócrata? Sólo después de semejante incorporación estarán
"las declaraciones" del profesor en armonía con sus actos y no
serán frases huecas (que es en lo que quedan con demasiada
frecuencia las declaraciones de profesores). O bien los
socialdemócratas organizados no consideran socialdemócrata al
profesor, y en este caso carece de sentido y es absurdo y
perjudicial concederle el derecho a ostentar el título de miembro del
Partido, que entraña consideración y responsabilidad. Por tanto, la
cosa queda reducida precisamente a aplicar de un modo
consecuente el principio de organización o a consagrar la dispersión
y la anarquía. ¿Estamos constituyendo el Partido, tomando por
base el núcleo de socialdemócratas que ya ha sido creado y ha
adquirido cohesión, el núcleo que ha organizado, supongamos, el
Congreso del Partido y que debe extender y multiplicar toda clase
de organizaciones del Partido, o nos contentamos con la frase
tranquilizadora de que todos los que ayudan son miembros del
Partido? "Si aceptamos la fórmula de Lenin -- continuó el camarada
Axelrod --, echaremos por la borda una parte de los que, aun
cuando no puedan ser admitidos directamente en la organización,
son, sin embargo, miembros del Partido". La confusión de
conceptos de que Axelrod quiso acusarme a mí se destaca aquí en
sus propias palabras con toda claridad: considera ya como un
hecho que todos los que ayudan son miembros del Partido, cuando
esto es precisamente lo que se discute y los oponentes tienen que
demostrar aún la necesidad y ventaja de semejante interpretación.
¿Cuál es el contenido de esta frase, a primera vista terrible, de
echar por la borda? Si únicamente se consideran como miembros
del Partido los miembros de organizaciones reconocidas como
organizaciones del mismo, entonces personas que no pueden
ingresar "directamente" en ninguna organización del Partido,
podrán, sin embargo, trabajar en una organización que no sea del
Partido, pero que esté en contacto con él. Por consiguiente, no se
puede ni hablar de arrojar por la borda en el sentido de apartar del
trabajo, de la participación en el movimiento. Por el contrario,
cuanto más fuertes sean nuestras organizaciones del Partido,
integradas por socialdemócratas efectivos, cuanta menos vacilación
e inestabilidad haya dentro del Partido, tanto más amplia y
polifacética, tanto más rica y fructuosa será la influencia del Partido
sobre los elementos de las masas obreras que le rodean y que él
dirige. Porque no se puede, en verdad, confundir al Partido como
destacamento de vanguardia de la clase obrera con toda la clase. Y
ésta es precisamente la confusión (propia de nuestro economismo
oportunista, en general) en que cae el camarada Axelrod cuando
dice: "Claro es que antes que nada constituimos una organización
de los elementos más activos del Partido, una organización de
revolucionarios, pero, puesto que somos un partido de clase,
debemos pensar en hacer las cosas de modo que no queden fuera
de él personas que, de un modo consciente, aunque quizá no con
plena actividad, están en contacto con dicho partido". En primer
lugar, entre los elementos activos del Partido Obrero
Socialdemócrata en modo alguno figurarán tan sólo las
organizaciones de revolucionarios, sino toda una serie de
organizaciones obreras reconocidas como organizaciones del
Partido. En segundo lugar: ¿por qué motivo y en virtud de qué
lógica podía deducirse, del hecho de que somos un partido de
clase, la consecuencia de que no es preciso establecer una
distinción entre los que integran el Partido y los que están en
contacto con él? Muy al contrario: precisamente porque existen
diferencias en el grado de conciencia y en el grado de actividad, es
necesario establecer una diferencia en el grado de proximidad al
Partido. Nosotros somos el Partido de la clase, y, por ello, casi toda
la clase (y en tiempo de guerra, en época de guerra civil, la clase
entera) debe actuar bajo la dirección de nuestro Partido, debe tener
con nuestro Partido la ligazón más estrecha posible; pero sería
manilovismo y "seguidismo" creer que casi toda la clase o la clase
entera pueda algún día, bajo el capitalismo, elevarse hasta el punto
de alcanzar el grado de conciencia y de actividad de su
destacamento de vanguardia, de su Partido socialdemócrata.
Ningún socialdemócrata juicioso ha puesto nunca en duda que, bajo
el capitalismo, ni aun la organización sindical (más rudimentaria,
más asequible al grado de conciencia de las capas menos
desarrolladas) esté en condiciones de englobar a toda o casi toda la
clase obrera. Olvidar la diferencia que existe entre el destacamento
de vanguardia y toda la masa que gravita hacia él, olvidar el deber
constante que tiene el destacamento de vanguardia de elevar a
capas cada vez más amplias a su avanzado nivel, sería únicamente
engañarse a sí mismo, cerrar los ojos ante la inmensidad de
nuestras tareas, restringir nuestras tareas. Y precisamente así se
cierran los ojos y tal es el olvido que se comete cuando se borra la
diferencia que existe entre los que están en contacto y los que
ingresan, entre los conscientes y los activos, por una parte, y los
que ayudan, por otra.
Remitirse a que somos un partido de clase para justificar la
difusión orgánica, para justificar la confusión entre organización y
desorganización, significa repetir el error de Nadiezhdin, que
confundía "la cuestión filosófica e histórico-social de las 'profundas
raíces' del movimiento con una cuestión técnica de organización"
(¿Qué hacer?, pág. 91)*. Y precisamente esta confusión, que con
tanta suerte inició el camarada Axelrod, la repitieron después
decenas de veces los oradores que defendieron la formulación del
camarada Mártov. "Cuanto más se extienda el título de miembro del
Partido, tanto mejor", dice Mártov, sin explicar, no obstante qué
ventaja resulta de la amplia difusión de un título que no corresponde
a su contenido. ¿Puede negarse que es una ficción el control de los
miembros del Partido que no forman parte de su organización? La
amplia difusión de una ficción es nociva, y no útil. "Sólo podemos
alegrarnos de que todo huelguista, todo manifestante, respondiendo
de sus actos, pueda declararse miembro del Partido" (pág. 239).
¿De verdad? ¿Cualquier huelguista debe tener derecho a
declararse miembro del Partido? Con esta tesis lleva el camarada
Mártov su error al absurdo, rebajando el socialdemocratismo al
huelguismo, repitiendo las malandanzas de los Akímov. Sólo
podemos alegrarnos de que la socialdemocracia consiga dirigir
cada huelga, porque la obligación directa y absoluta de la
socialdemocracia estriba en dirigir todas las manifestaciones de la
lucha de clase del proletariado, y la huelga es una de las
manifestaciones más profundas y potentes de esta lucha. Pero
seremos seguidistas si consentimos que esta forma elemental de
lucha, ipso facto nada más que forma trade unionista, se identifique
con la lucha socialdemocrática, multilateral y consciente. De un
modo oportunista, consagraremos una cosa manifiestamente falsa,
si concedemos a todo huelguista el derecho a "declararse miembro
del Partido", pues semejante "declaración", en una inmensidad de
casos, será una declaración falsa. Nos adormeceremos con
ensueños manilovianos si se nos ocurre asegurarnos a nosotros
mismos y a los demás que todo huelguista puede ser
socialdemócrata y miembro del Partido Socialdemócrata, dada la
infinita fragmentación, opresión y embrutecimiento que, bajo el
capitalismo, pesará inevitablemente sobre sectores muy amplios de
obreros "no instruidos", no calificados. Precisamente el ejemplo del
"huelguista " muestra con singular claridad la diferencia entre la
aspiración revolucionaria a dirigir de un modo socialdemócrata cada
huelga y la frase oportunista que declara miembro del Partido a
todo huelguista. Nosotros somos un partido de clase por cuanto
dirigimos, en efecto, de un modo socialdemócrata, a casi toda e
incluso a toda la clase del proletariado; pero sólo los Akímov
pueden deducir de esto que tengamos que identificar de palabra el
Partido y la clase.
"No me da miedo una organización de conjuradores" -- decía el
camarada Mártov en el mismo discurso --, pero -- añadía -- "para mí
una organización de conjuradores sólo tiene sentido en la medida
que la rodea un amplio Partido obrero socialdemócrata" (pág. 239)
Para ser exacto debiera decir: en la medida que la rodea un amplio
movimiento obrero socialdemócrata. Y en esta forma, la tesis del
camarada Mártov no sólo es indiscutible, sino que es una evidente
perogrullada. Me detengo en este punto únicamente porque de la
perogrullada del camarada Mártov, los oradores siguientes
dedujeron el argumento muy corriente y muy vulgar de que Lenin
quería "reducir todo el conjunto de miembros del Partido a un
conjunto de conspiradores". Tanto el camarada Posadovski como el
camarada Popov esgrimieron este argumento, que sólo puede
provocar una sonrisa, y cuando Martínov y Akímov lo hicieron suyo,
su verdadero carácter, es decir, el carácter de frase oportunista
quedó ya esbozado con toda claridad. En el presente, el camarada
Axelrod desarrolla este mismo argumento en la nueva Iskra, para
poner en conocimiento de los lectores los nuevos puntos de vista de
la nueva redacción en materia de organización. Ya en el Congreso,
en la primera sesión en que se trató del artículo primero, observé
que los oponentes querían aprovecharse de arma tan barata y por
esto hice en mi discurso la advertencia siguiente (pág. 240): "No
debe pensarse que las organizaciones del Partido habrán de
constar sólo de revolucionarios profesionales. Necesitamos las
organizaciones más variadas, de todos los tipos, categorías y
matices, comenzando por organizaciones extraordinariamente
reducidas y conspirativas y concluyendo por organizaciones muy
amplias, libres, lose Organisationen”. Se trata de una verdad hasta
tal punto evidente y lógica, que consideré superfluo pararme en ella.
Pero, en los momentos actuales, como nos han arrastrado hacia
atrás en muy mucho, también en este punto hay que "repetir lo ya
mascado". Y para hacerlo, citaré unos pasajes de ¿Qué hacer? y de
la "Carta a un camarada":
. . . "A un círculo de corifeos como Alexéiev y Mishkin, Jalturin y
Zheliábov le son accesibles las tareas políticas en el sentido más
real, más práctico de la palabra, y le son accesibles precisamente
por cuanto sus ardientes prédicas encuentran eco en la masa, que
se despierta espontáneamente; por cuanto su hirviente energía es
comprendida y apoyada por la energía de la clase revolucionaria"[*].
Para ser un partido socialdemócrata hay que conquistar el apoyo de
la clase propiamente No es el Partido el que debe rodear a la
organización conspirativa, como pensaba el camarada Mártov, sino
que la clase revolucionaria, el proletariado, debe rodear al Partido,
el cual ha de abarcar tanto las organizaciones conspirativas, como
las no conspirativas.
. . . "Las organizaciones obreras para la lucha económica deben
ser organizaciones sindicales. Todo obrero socialdemócrata debe,
dentro de lo posible, apoyar a estas organizaciones y trabajar
activamente en ellas... Pero no estamos en manera algunos
interesados en exigir que únicamente los socialdemócratas puedan
ser miembros de los sindicatos: esto reduciría el alcance de nuestra
influencia en la masa. Dejemos participar en el sindicato a todo
obrero que comprenda que es necesario unirse para luchar contra
los patronos y contra el gobierno. El fin mismo de los sindicatos
sería inasequible si no agrupasen a todos los obreros capaces de
comprender aunque no fuese más que esta noción elemental, si
estos sindicatos no fuesen organizaciones muy amplias. Y cuanto
más amplias sean estas organizaciones, tanto más podrá
extenderse nuestra influencia en ellas, influencia ejercida no
solamente por el desenvolvimiento 'espontáneo' de la lucha
económica, sino también por la acción consciente y directa de los
miembros socialistas de los sindicatos sobre sus camaradas" (pág.
86)[*] Diremos de paso que el ejemplo de los sindicatos es
particularmente característico para dilucidar el problema en
discusión respecto al artículo primero. No puede haber entre
socialdemócratas dos opiniones acerca de que estos sindicatos
deban trabajar "bajo el control y la dirección" de organizaciones
socialdemócratas. Pero el partir de esta base para dar a todos los
miembros de dichos sindicatos el derecho a "declararse" miembros
del Partido Socialdemocrata, sería un absurdo evidente y
representaría la amenaza de un doble daño: reducir las
proporciones del movimiento sindical y debilitar la solidaridad obrera
en este terreno, por una parte. Por otra, esto abriría las puertas del
Partido Socialdemócrata a lo confuso y vacilante. La
socialdemocracia alemana se vio en el caso de resolver un
problema semejante, planteado en forma concreta, cuando surgió el
célebre incidente de los albañiles de Hamburgo, que trabajaban a
destajo [9]. Ni un momento vaciló la socialdemocracia en reconocer
que la conducta de los esquiroles era indigna desde el punto de
vista de un socialdemócrata, es decir, en reconocer la dirección de
las huelgas; en apoyarlas como cosa suya propia, pero, al mismo
tiempo, y con la misma decisión rechazó la exigencia de identificar
los intereses del Partido con los intereses de los sindicatos, de
hacer al Partido responsable de los diversos pasos de los distintos
sindicatos. El Partido debe y procurará imbuir de su espíritu,
someter a su influencia a los sindicatos, pero, precisamente en aras
de esa influencia, debe distinguir en estos sindicatos a los
elementos plenamente socialdemócratas (integrantes del Partido
Socialdemócrata) de los elementos que no tienen plena conciencia
ni plena actividad política, y no confundir a unos y a otros, como
quiere el camarada Axelrod.
. . . "La centralización de las funciones más clandestinas por la
organización de los revolucionarios no debilitará, sino que reforzará
la amplitud y el contenido de la actividad de una gran cantidad de
otras organizaciones destinadas al gran público y, por consiguiente,
lo menos reglamentadas y lo me nos clandestinas posibles:
sindicatos obreros, círculos obreros de autodidactas y de lectura de
publicaciones ilegales, círculos socialistas, círculos democráticos
para todos los demás sectores de la población, etc., etc. Tales
círculos, sindicatos y organizaciones son necesarios por todas
partes; es preciso que sean lo más numerosos, y sus funciones, lo
más variadas posible, pero es absurdo y perjudicial confundir estas
organizaciones con la de los revolucionarios, borrar entre ellas las
fronteras..." (pág. 96)*. Este pasaje muestra cuán inoportunamente
me recordó el camarada Mártov que la organización de
revolucionarios debía quedar rodeada de amplias organizaciones
obreras. Ya lo indiqué en ¿Qué hacer?, y en la "Carta a un
camarada" desarrollé esta idea de un modo más concreto. Los
círculos de las fábricas -- escribía yo en dicha carta -- "tienen
especial importancia para nosotros: en efecto, toda la fuerza
principal del movimiento reside en el grado en que estén
organizados los obreros de las grandes fábricas, pues las grandes
fábricas contienen la parte de la clase obrera predominante no sólo
por su número, sino, aún más por su influencia, su desarrollo y su
capacidad de lucha. Cada fábrica debe ser una fortaleza nuestra. .
El subcomité de fábrica debe procurar abarcar toda la empresa, el
mayor número posible de obreros en una red de toda clase de
círculos (o agentes)... Todos los grupos, círculos, subcomités, etc.,
deben considerarse organismos dependientes del comité o
secciones filiales del mismo. Algunos de ellos declararán
francamente su deseo de ingresar en el Partido Obrero
Socialdemócrata de Rusia y, a condición de que sean aprobados
por el Comité, entrarán a formar parte del Partido, asumirán
determinadas funciones (por encargo del Comité o de acuerdo con
él), se comprometerán a someterse a las disposiciones de los
organismos del Partido, obtendrán los derechos de todos los
miembros del Partido, se considerarán los candidatos más próximos
a miembros del Comité, etc. Otros no entrarán a formar parte del
P.O.S.D.R., permaneciendo en la situación de círculos, organizados
por miembros del Partido o en con tacto con éste o el otro grupo del
Partido, etc." (págs. 17-18)*. Las palabras que he subrayado indican
con particular claridad que la idea de la formulación que yo di al
artículo primero estaba totalmente expresada ya en la "Carta a un
camarada" Allí están claramente indicadas las condiciones de
admisión en el Partido, a saber: 1) cierto grado de organización y 2)
confirmación por un comité del Partido. Una página más abajo
indico también aproximadamente qué grupos y organizaciones y por
qué consideraciones deben (o no deben) ser admitidos en el
Partido: "Los grupos de distribuidores deben pertenecer al
P.O.S.D.R. y conocer a determinado número de sus miembros y de
sus funcionarios. Un grupo que estudie las condiciones
profesionales del trabajo y elabore proyectos de reivindicaciones
sindicales no tiene que pertenecer obligatoriamente al P.O.S.D.R.
Un grupo de estudiantes, de oficiales del ejército o de empleados
que trabajen en su autoeducación con la ayuda de uno o dos
miembros del Partido, hasta no tiene a veces por qué saber que
éstos pertenecen al Partido, etc." (págs. 18-19)[*].
¡Ahí tenéis nuevos materiales para la cuestión de la "visera
levantada"! Mientras que la fórmula del proyecto del camarada
Mártov no toca ni siquiera las relaciones entre el Partido y la
organización, yo, casi un año antes del Congreso, indicaba ya que
ciertas organizaciones debían entrar en el Partido y otras no. En la
"Carta a un camarada" se destaca ya claramente la idea que he
defendido en el Congreso. La cosa podría representarse en forma
gráfica del modo siguiente. Por el grado de organización en general,
y por el grado de clandestinidad de la organización en particular,
pueden distinguirse, aproximadamente, las categorías siguientes: 1)
organizaciones de revolucionarios; 2) organizaciones obreras, lo
más amplias y diversas que sea posible (me limito a la clase obrera,
suponiendo, como cosa que se entiende por sí misma, que ciertos
elementos de las demás clases entrarán también en estas
organizaciones, en determinadas condiciones). Estas dos
categorías constituyen el Partido Luego: 3) organizaciones obreras
en contacto con el Partido; 4) organizaciones obreras que no están
en contacto con el Partido, pero subordinadas de hecho a su control
y dirección; 5) elementos inorganizados de la clase obrera, que en
parte también se subordinan, al menos en los casos de grandes
manifestaciones de la lucha de clases, a la dirección de la
socialdemocracia. Así es, aproximadamente, cómo se presentan las
cosas, desde mi punto de vista. Desde el punto de vista del
camarada Mártov, por el contrario, las fronteras del Partido quedan
absolutamente indeterminadas, porque "cualquier huelguista" puede
"declararse miembro del Partido". ¿Cuál es el provecho de
semejante vaguedad? La gran difusión del "título". Lo que tiene de
nocivo consiste en que origina la idea desorganizadora sobre la
confusión de la clase con el Partido.
Segundo argumento del camarada Mártov: "Para Lenin, no hay
en el Partido otras organizaciones que las del Partido..."
¡Absolutamente exacto! . . . "Para mí, por el contrario, deben existir
semejantes organizaciones. La vida crea y multiplica organizaciones
con mayor rapidez de la que alcanzamos a incluirlas en la jerarquía
de nuestra organización combativa de revolucionarios
profesionales..." Esto es incierto en dos sentidos: 1) la "vida" crea
muchas menos verdaderas organizaciones eficientes de
revolucionarios que las que necesitamos, que las que precisa el
movimiento obrero; 2) nuestro Partido debe ser jerarquía no sólo de
las organizaciones de revolucionarios, sino de la masa de las
organizaciones obreras. . . "Lenin cree que el C.C. sólo concederá
el título de organizaciones del Partido a las que sean
completamente seguras en el sentido de los principios. Pero el
camarada Brúker comprende perfectamente que la vida (¡sic! ) se
impondrá y que el C.C., para no dejar fuera del Partido a numerosas
organizaciones, tendrá que legalizarlas, aun cuando sean
completamente inseguras: por eso es por lo que se adhiere el
camarada Brúker a Lenin. . ." ¡Esto sí que es una concepción
seguidista de la "vida"! Desde luego, si el C.C. se compusiera
obligatoriamente de personas que se orientaran, no por su propio
juicio, sino por lo que digan los demás (v. el incidente con el C.O.),
en ese caso la "vida" se "impondría" en el sentido de que
prevalecerían los elementos más atrasados del Partido (como ha
sucedido ahora, al formarse de los elementos atrasados "una
minoría" en el Partido). Pero no podrá citarse ni un motivo
razonable que obligue a un C.C. inteligente a admitir en el Partido a
elementos "que no sean seguros". ¡Precisamente con esta alusión a
la "vida" que "crea" elementos "no seguros" demuestra el camarada
Mártov palpablemente el carácter oportunista de su plan de
organización... "Yo, por el contrario, creo -- continúa -- que si una
organización de este tipo [que no es completamente segura] está
conforme en aceptar el programa del Partido y el control del Partido,
podemos admitirla en él sin convertirla por ello en organización del
mismo. Yo consideraría un gran triunfo de nuestro Partido el que,
por ejemplo, cualquier unión de "independientes" determinara
aceptar el punto de vista de la socialdemocracia y su programa e
ingresar en el Partido, cosa que, sin embargo, no significaría que
incluyéramos dicha unión en la organización del Partido..." He ahí a
qué confusión lleva la fórmula de Mártov: ¡organizaciones sin
partido que pertenecen al Partido Imaginaos su esquema: el Partido
= 1) organizaciones de revolucionarios, +2) organizaciones obreras
a las que se reconoce como organizaciones del Partido, +3)
organizaciones obreras no reconocidas como organizaciones del
Partido (sobre todo, formadas por "independientes"), +4) individuos
encargados de diversas funciones, profesores, estudiantes de
bachillerato, etc., +5) "cualquier huelguista". Con tan excelente plan
sólo pueden parangonarse las palabras del camarada Líber:
"Nuestra tarea no consiste sólo en organizar una organización [¡],
sino que podemos y debemos organizar un partido" (pág. 241). Sí,
desde luego, podemos y debemos hacerlo, pero para ello hace
falta, no las palabras sin sentido de "organizar una organización",
sino exigir directamente a los miembros del Partido que lleven a
cabo efectivamente una labor de organización. Hablar de
"organización de un partido" y propugnar que se encubra con la
palabra partido toda especie de desorganización y dispersión, es
hablar por hablar.
"Nuestra formulación -- dice el camarada Mártov -- expresa la
aspiración a que existan una serie de organizaciones entre la
organización de revolucionarios y la masa". No es eso,
precisamente. Esta aspiración, en efecto obligatoria, justamente no
la expresa la fórmula de Mártov, porque no estimula a organizarse,
no contiene la exigencia de organizarse, no separa lo organizado de
lo inorganizado. No da más que un título *, y a este respecto no
puede uno menos de re-
* En el Congreso de la Liga, el camarada Mártov expuso aún otro
argumento en favor de su formulación, que mueve a risa.
"Podríamos indicar -- dice -- que la fórmula de Lenin, entendida al
pie de la letra excluye del Partido a los agentes del C.C., ya que
estos últimos no constituyen una organización" (pág. 59). Ya en el
Congreso de la Liga este argumento fue acogido con risas, según
consta en las actas. El camarada Mártov supone que la "dificultad"
por él indicada sólo puede solucionarse si los agentes del C.C.
entran a formar parte de una "organización del C.C.". Pero la cosa
no consiste en esto. Consiste en que, con su ejemplo, el camarada
Mártov ha demostrado palmariamente una incomprensión total de la
idea del artículo primero, ha dado ejemplo de una crítica
pedantesca que, en efecto, merece la burla. Formalmente, bastaría
crear una "organización de agentes del C.C.", redactar una
resolución que la incluyera en el Partido y habría desaparecido al
momento la "dificultad" que tantos quebraderos de cabeza ha
causado al camarada Mártov. Pero la idea del artículo primero, en
mi formulación, consiste en el estímulo: "¡Organizaos!"; en asegurar
un control y una dirección reales. Desde el punto de vista del fondo
del asunto, es ya ridículo preguntar si so incluirán en el Partido los
agentes del C.C., porque el control real de su [cont. en pág. 87. --
DJR] actividad está plena e indudablemente asegurado por el
mismo hecho de su designación como agentes, por el mismo hecho
de que siguen en este cargo. Por consiguiente, no puede aquí ni
hablarse de confusión entre lo organizado y lo inorganizado (base
del error de la formulación del camarada Mártov). La fórmula del
camarada Mártov no sirve, porque todos y cada uno pueden
declararse miembros del Partido, todo oportunista, todo charlatán,
todo "profesor" y todo "estudiante de bachillerato". El camarada
Mártov trata empeñadamente de velar este talón de Aquiles de su
formulación con ejemplos en los que no puede ni hablarse de que
alguien se incluya a sí mismo en la categoría de miembro, de que
se declare miembro, recordar las palabras del camarada Axélrod:
"No hay decreto que pueda prohibirles a ellos (a los círculos de la
juventud revolucionaria, etc.) y a personas aisladas que se llamen
socialdemócratas (¡santa verdad!) E incluso que se consideren
parte integrante del Partido..." ¡Esto ya es absolutamente inexacto!
¡No se puede y carece de objeto prohibir que se tome el nombre de
socialdemócrata, porque esta palabra sólo expresa directamente un
sistema de convicciones, y no determinadas relaciones de
organización. Se puede, se debe prohibir a círculos y personas
aisladas "que se consideren parte integrante del Partido", cuando
estos círculos y personas perjudican a la causa del Partido, lo
corrompen o desorganizan. ¡Sería ridículo hablar de un partido
como de un todo, como de una entidad política, si no pudiera
"prohibir por decreto" a un círculo "que se considere parte
integrante" del todo ¿Qué objeto tendría entonces el establecer un
procedimiento y condiciones para la expulsión del Partido? El
camarada Axelrod ha llevado en forma palpable al absurdo el error
fundamental del camarada Mártov; ha erigido incluso este error en
una teoría oportunista, al añadir: "en la formulación de Lenin, el
artículo primero está manifiestamente en pugna de principios con la
misma esencia (¡) y con las tareas del Partido socialdemócrata del
proletariado" (pág. 243). Esto significa, ni más ni menos, lo
siguiente: exigir más del Partido que de la clase, está en pugna de
principios con la esencia misma de las tareas del proletariado. No
es de extrañar que Akímov se levantara con todas sus fuerzas en
favor de semejante teoría.
. Claro que, hablando en rigor, el lugar de semejante deseo no
está en los estatutos, que deben limitarse a definiciones jurídicas,
sino en comentarios aclaratorios, en folletos (y ya he dicho que, en
mis folletos, tiempo antes de los estatutos, figuraban tales
aclaraciones), pero esa nota no contendría, por lo menos, ni sombra
de ideas falsas, que pudieran llevar a la desorganización, ni sombra
de elucubraciones oportunistas * ni de "concepciones anárquicas ",
que indudablemente entran en la formulación del camarada Mártov.
Con igual razón ha señalado el camarada Pavlóvich la
contradicción existente entre la fórmula del camarada Mártov y el
principio indiscutible del socialismo científico que con tan poca
fortuna citó el mismo camarada Mártov: "Nuestro Partido es el
intérprete consciente de un proceso inconsciente". Exacto. Y
precisamente por eso es un error el pretender que "todo huelguista"
pueda adjudicarse el título de miembro del Partido, porque si "toda
huelga" no fuera sólo la expresión espontánea de un poderoso
instinto de clase y de lucha de clases, que conduce inevitablemente
a la revolución social, sino una expresión consciente de ese
proceso, entonces. . . , entonces la huelga general no sería una
frase anarquista, entonces nuestro Partido englobaría
inmediatamente y de golpe a toda la clase obrera y, por
consiguiente, también acabaría de golpe con toda la sociedad
burguesa. . . Para ser en efecto intérprete consciente, el Partido
debe saber establecer unas relaciones de organización que
aseguren determinado nivel de conciencia y eleven
sistemáticamente este nivel. "De ir por el camino de Mártov -- dijo el
camarada Pavlóvich --, ante todo hay que suprimir el punto acerca
del reconocimiento del programa, porque para aceptar un programa
es menester asimilarlo y comprenderlo... El reconocimiento del
programa está condicionado por un nivel bastante elevado de
conciencia política". Nunca consentiremos nosotros que el apoyo a
la socialdemocracia, la participación en la lucha que ella dirige, se
limiten artificialmente por ninguna exigencia, cualquiera que sea
(asimilación, comprensión, etc.), porque esa misma participación,
por el mero hecho de manifestarse, eleva tanto la conciencia como
los instintos de organización, pero ya que nos hemos agrupado en
un partido para un trabajo metódico, debemos preocuparnos de
asegurar que sea metódico.
Inmediatamente, en el transcurso de aquella misma sesión, se vio
que no estaba de más la advertencia del camarada Pavlóvich
acerca del programa. Los camaradas Akímov y Líber, que habían
hecho triunfar la formulación del camarada da Mártov [*],
descubrieron inmediatamente su verdadera naturaleza, al exigir
(págs. 254-255) que (para "ser miembro" del Partido) también el
programa había que reconocerlo tan sólo de un modo platónico, tan
sólo en sus "principios fundamentales". "La proposición del
camarada Akímov es absolutamente lógica desde el punto de vista
del camarada Mártov", observó el camarada Pavlóvich. Es de
lamentar que las actas no digan cuántos votos reunió esa
proposición de Akímov, pero según todas las probabilidades, obtuvo
no menos de siete (cinco del Bund, Akímov y Brúker). ¡Y
precisamente al retirarse siete delegados del Congreso se convirtió
la "compacta mayoría" (de los antiiskristas, "centro" y martovistas),
que se había comenzado a formar alrededor del artículo primero de
los estatutos, en compacta minoría! ¡Precisamente por haberse
retirado siete delegados se vino abajo la proposición de confirmar la
vieja redacción, al parecer terrible transgresión de la "continuidad"
en la dirección de Iskra! El original grupo de siete era la única
salvación y garantía de la "continuidad" de Iskra: los siete eran los
bundistas, Akímov
* Obtuvo 28 votos a favor y 22 en contra. De los ocho
antiiskristas, siete votaron por Mártov y uno por mí. Sin el auxilio de
los oportunistas, el camarada Mártov no hubiera podido hacer
triunfar su fórmula oportunista. (En el Congreso de la Liga, el
camarada Mártov, con muy poca fortuna, trató de negar este hecho
indudable, limitándose por no sé qué razón a los votos de los
bundistas y olvidando al camarada Akímov y a sus amigos, o, mejor
dicho, recordándolos tan sólo cuando este recuerdo podía constituir
un testimonio contra mí, es decir, recordando la conformidad del
camarada Brúker conmigo.) Y Brúker, es decir, precisamente los
delegados que votaron contra las razones de reconocer a Iskra
como Órgano Central; precisamente los delegados cuyo
oportunismo reconoció decenas de veces el Congreso y
reconocieron, particularmente, Mártov y Plejánov en lo tocante a
suavizar el artículo primero acerca del programa ¡La "continuidad"
de Iskra salvaguardada por los antiiskristas! Nos acercamos al nudo
de la tragicomedia que se desarrolló después del Congreso
* * *
El agrupamiento de votos que se produjo con motivo del artículo
primero de los estatutos puso de manifiesto un fenómeno
absolutamente del mismo tipo que el que se observó en el incidente
con motivo de la igualdad de derechos de las lenguas: el hecho de
que de la mayoría iskrista se separase (aproximadamente) su
cuarta parte, permitió el triunfo de los antiiskristas, respaldados por
el "centro". Claro que también en este caso hay votos aislados que
alteran la armonía total del cuadro: en reunión tan numerosa como
fue nuestro Congreso no puede evitarse que haya una parte de
"salvajes", que se inclinan por casualidad hacia uno u otro lado,
sobre todo en un problema como fue el artículo primero, donde el
verdadero carácter de la divergencia tan sólo apuntaba y muchos,
en realidad, no llegaban aún a orientarse (por no haberse tratado
previamente del problema en las publicaciones). De los iskristas de
la mayoría se apartaron cinco votos (Rúsov y Karski, con dos votos
cada uno, y Lensky, con un voto); en cambio, se les unió un voto
antiiskrista (Brúker) y tres del centro (Medviédiev, Iegórov y Tsariov);
resultó así una suma de 23 votos (24 - 5 + 4), un voto menos que el
agrupamiento definitivo en las elecciones. La mayoría se la dieron a
Mártov los antiiskristas, siete de los cuales votaron por él y uno por
mí (del "centro" hubo siete votos a favor de Mártov y tres a mi
favor). La coalición de la minoría iskrista con los antiiskristas y el
"centro", que constituía una minoría compacta a la terminación del
Congreso y después de él, empezaba a formarse. El error político
de Mártov y Axelrod, que indudablemente habían dado un paso
hacia el oportunismo y hacia el individualismo anarquista en la
formulación del artículo primero, y sobre todo en la defensa de esta
formulación, se manifestó en seguida y con peculiar relieve merced
a la lucha, libre y franca, que se desarrolló en el Congreso; se
manifestó en que los elementos menos estables y menos firmes en
cuanto a los principios lanzaron inmediatamente todas sus fuerzas
para ensanchar los resquicios, la brecha que se había abierto en las
opiniones de la socialdemocracia revolucionaria. La labor conjunta
en el Congreso, por parte de gentes que en el terreno de la
organización perseguían abiertamente objetivos distintos (v. el
discurso de Akímov), llevó inmediatamente a los adversarios de
principio de nuestro plan de organización y de nuestros estatutos a
apoyar el error de los camaradas Mártov y Axelrod. Los iskristas,
que también en este punto se mantuvieron fieles a las concepciones
de la socialdemocracia revolucionaria, quedaron en minoría. Esta es
una circunstancia de enorme importancia, pues sin aclararse la es
absolutamente imposible comprender ni la lucha por
particularidades de los estatutos, ni la lucha por la composición
personal del Órgano Central y del Comité Central.
ll) LAS ELECCIONES. FINAL DEL CONGRESO
¿En qué consiste la diferencia existente entre las tendencias
liberales y las tendencias democrático-liberales? La resolución no
contiene dato alguno que permita contestar a esta pregunta ¿No
consistirá la diferencia en que las tendencias liberales expresan la
posición de las capas de la burguesía políticamente menos
progresivas, mientras que las tendencias democrático-liberales
expresan la posición de las capas más progresivas de la burguesía
y de la pequeña burguesía? Si es así ¿acaso el camarada Starovier
considera posible que las capas menos progresivas (pero, no
obstante, progresivas, porque de otro modo no cabría hablar de
liberalismo) de la burguesía "se pondrán resueltamente al lado de la
socialdemocracia"? Esto es un absurdo, y aun cuando los
representantes de semejante tendencia "lo dijeran de un modo claro
e inequívoco " (hipótesis absolutamente imposible), nosotros,
Partido del proletariado, estaríamos obligados a no dar crédito a sus
declaraciones. Ser liberal y ponerse resueltamente al lado de la
socialdemocracia son cosas que se excluyen mutuamente.
Y aún más. Supongamos el caso de que las "tendencias liberales
o democrático-liberales" declaren de un modo claro e inequívoco
que, en su lucha contra la autocracia, se ponen resueltamente al
lado de los socialrevolucionarios. Esta hipótesis es mucho menos
inverosímil que la del camarada Starovier (en virtud del fondo
democrático-burgués de la tendencia de los socialrevolucionarios).
Por el sentido de su resolución, en virtud de su vaguedad y carácter
casuístico, resulta que en tal caso no son admisibles acuerdos
temporales con semejantes liberales. Y, sin embargo, esta
consecuencia inevitable de la resolución del camarada Starovier
lleva a una tesis francamente falsa. Los acuerdos temporales son
también admisibles con los socialrevolucionarios (v. la resolución
del Congreso sobre ellos), y, por consiguiente, con los Iliberales que
se pusieran al lado de los socialrevolucionarios.
Segunda condición: si dichas tendencias "no incluyen en sus
programas reivindicaciones que estén en pugna con los intereses
de la clase obrera y de la democracia en general, o reivindicaciones
que oscurezcan su conciencia". Se repite el mismo error: no ha
habido ni puede haber tendencias democrático-liberales que no
incluyan en sus programas reivindicaciones que no estén en pugna
con los intereses de la clase obrera y no oscurezcan su conciencia
(la conciencia del proletariado) Incluso una de las fracciones más
democráticas de nuestra tendencia democrático-liberal, la fracción
de los socialrevolucionarios, tiene en su programa, embrollado,
como todos los programas liberales, reivindicaciones que están en
pugna con los intereses de la clase obrera y que oscurecen su
conciencia. De este hecho hay que deducir que es imprescindible
"desenmascarar la estrechez e insuficiencia del movimiento de
liberación de la burguesía", pero en modo alguno que sean
inadmisibles los acuerdos temporales.
Por último, también la tercera "condición" del camarada Starovier
(que los demócratas-liberales hagan consigna de su lucha el
derecho al sufragio universal, igual, secreto y directo) es falsa en la
forma general que se le ha dado: no sería razonable, en caso
alguno, declarar inadmisibles acuerdos temporales y particulares
con las tendencias democrático-liberales que propugnaran la
consigna de una constitución limitada por los censos, una
constitución "menguada" en general. En el fondo, precisamente a
este caso correspondería la "tendencia" de los señores del grupo
"Osvobozhdenie", pero sería miopía política, incompatible con los
principios del marxismo, atarse las manos, prohibiendo de
antemano los “acuerdos temporales" aunque fuera con los liberales
más tímidos.
En resumen: la resolución del camarada Starovier, firmada
también por los camaradas Mártov y Axelrod, es equivocada, y el III
Congreso procederá de un modo razonable en caso de abolirla.
Adolece de vaguedad política en su posición teórica y táctica, de
casuística en las "condiciones" prácticas que exige. Confunde dos
cuestiones distintas: 1) el desenmascaramiento de los rasgos
"antirrevolucionarios y antiproletarios" de toda tendencia
democrático-liberal y la necesidad de luchar contra estos rasgos, y
2) las condiciones para los acuerdos temporales y particulares con
cualquiera de dichas tendencias. No da lo que es preciso dar (un
análisis del contenido de clase del liberalismo) y da lo que no es
necesario (prescripción de "condiciones"). En un congreso de
partido es, en general, absurdo establecer "condiciones" concretas
para acuerdos temporales, cuando no se ha presentado todavía
ningún contratante determinado -- sujeto del posible acuerdo. Y
aunque existiera tal "contratante" sería cien veces más racional
dejar que fueran los organismos centrales del Partido quienes
establecieran las "condiciones" del acuerdo temporal, como lo ha
hecho el Congreso en lo que se refiere a la "tendencia" de los
señores socialrevolucionarios (v. la modificación introducida por
Plejánov al final de la resolución del camarada Axelrod, págs. 362 y
15 de las actas).
Sólo por "Osvobozhdenie" puede conocer en la práctica el obrero
ruso, en el momento actual, las tendencias políticas un poco
precisas de nuestro liberalismo. Las publicaciones liberales de
carácter legal no sirven en este caso, precisamente por su
nebulosidad Y nosotros, con el mayor celo (y ante masas obreras lo
más amplias posible), debemos dirigir el arma de nuestra crítica
contra los elementos de "Osvobozhdenie", para que, en el momento
de la revolución que se avecina, el proletariado ruso sepa parar con
la verdadera crítica de las armas las inevitables tentativas de los
señores de "Osvobozhdenie" por cercenar el carácter democrático
de la revolución.
m) CUADRO GENERAL DE LA LUCHA EN EL CONGRESO. EL
ALA REVOLUCIONARIA Y EL ALA OPORTUNISTA DEL PARTIDO
. Al hacerlo, obtendremos los siguientes nombres para los cuatro
grupos: 1) socialdemócratas revolucionarios consecuentes; 2)
pequeños oportunistas; 3) medianos oportunistas y 4) grandes
oportunistas (grandes medidas por la escala rusa). Esperemos que
estos nombres causarán menos extrañeza a los que desde hace
cierto tiempo han empezado a decir, para sí y para los demás, que
"iskrista" es un nombre que sólo comprende un "círculo" y no una
tendencia.
n) DESPUES DEL CONGRESO. DOS METODOS DE LUCHA
Esta condición nos pareció, a Plejánov y a mí, razonable, ya que
aceptarla significaba reconocer tácitamente el error cometido en el
Congreso, significaba un deseo de paz y no de guerra, un deseo de
estar más cerca de mí y de Plejánov que de Akímov y Martínov,
Iegórov y Májov. La concesión en lo tocante a la "cooptación"
adquiría de ese modo un carácter personal, y no valía la pena de
negarse a una concesión personal que había de calmar la irritación
y restablecer la paz indicado será inevitable... agravio u ofensa para
la minoría. Los casos, es hasta el nec plus ultra de lo irrazonable.
Las resoluciones de los comités, que he enumerado en mi carta a
la redacción de la nueva Iskra y que el camarada Mártov ha
insertado en su "Estado de sitio" demuestran de hecho que la
conducta de la minoría fue una constante insubordinación a las
decisiones del Congreso, una desorganización del trabajo práctico
positivo. Compuesta de oportunistas y gentes que odiaban a Iskra,
la minoría destrozaba el Partido, estropeaba, desorganizaba el
trabajo, buscando venganza por la derrota sufrida en el Congreso y
comprendiendo que, por medios honrados y leales (explicando las
cosas en la prensa o en el Congreso?, no lograría nunca refutar la
acusación de oportunismo en consecuencia propia de intelectuales
de que había sido objeto en el II Congreso. Comprendiendo su
impotencia para convencer al Partido, actuaban desorganizando al
Partido y entorpeciendo todo el trabajo. Se les echaba en cara que
(por la confusión que habían sembrado en el Congreso) habían
quebrado nuestro vaso y ellos contestaban al reproche procurando
por todos los medios que se acabara de romper el vaso ya
quebrado.
Yo creo que, por lo que se refiere a los medios de lucha honrados
en el Partido Obrero Socialdemócrata, podemos pasar por alto la
cuestión sin establecer si es "discrepancia de principio" o querella.
. Las acusaciones van dirigidas contra "el sistema burócrata-
autocrático de dirigir el Partido", contra el "centralismo burocrático",
que, a diferencia del "centralismo verdaderamente
socialdemócrata", se define del modo siguiente: "No coloca en
primer plano la unidad interna, sino la externa, la unidad formal,
realizada y defendida por medios puramente mecánicos, aplastando
sistemáticamente la iniciativa individual y la actuación social"; de
aquí que resulte "por su misma esencia incapaz de unificar
orgánicamente los elementos que componen la sociedad".
¿Qué puede querer decir lo de la "autocracia" en el Partido, sobre la
que chillan los "redactores" descontentos? La autocracia es el poder
supremo, incontrolado, irresponsable y no electivo de una persona.
Por las publicaciones de la "minoría", se sabe perfectamente que
como semejante autócrata se me considera a mí, y a nadie más.
Cuando se redactó y se aprobó la resolución que ahora
examinamos, yo estaba en el Órgano Central juntamente con
Plejánov. Por consiguiente, el camarada Axelrod y compañía
quieren decir que están convencidos de que tanto Plejánov, como
todos los miembros del Comité Central, "no dirigían el Partido" de
acuerdo con su concepto del bien de la causa, sino siguiendo la
voluntad del autócrata Lenin. El acusar de dirección autócrata
conduce, necesaria e inevitablemente, a reconocer que todos los
demás miembros de la dirección, menos el autócrata, son meros
instrumentos en manos ajenas, peones, ejecutores de una voluntad
ajena. Y nosotros preguntamos una y otra vez: ¿es en verdad
posible que sea ésta la "discrepancia de principio" del
respetabilísimo camarada Axelrod?
¿Cómo puede "aplastarse" a alguien en un organismo o grupo en
que se han negado a tomar parte los sojuzgados? ¿Cómo pueden
quejarse los redactores no elegidos del "sistema de dirección",
cuando se han negado a "ser dirigidos"? No pudimos nosotros
cometer falta alguna al dirigir a nuestros camaradas, por la sencilla
razón de que estos camaradas no trabajaban en absoluto bajo
nuestra dirección.
Está claro, me parece, que los clamores contra el famoso
burocratismo no son más que un medio de encubrir el descontento
por la composición de los organismos centrales, no son más que
una hoja de parra que oculta una palabra solemnemente empeñada
en el Congreso y a la que se ha faltado. ¡Eres un burócrata, porque
has sido designado por el Congreso sin mi voluntad y contra ella!
¡Eres un formalista, porque te apoyas en las decisiones formales del
Congreso, y no en mi consentimiento! ¡Obras de un modo
brutalmente mecánico, porque te remites a la mayoría "mecánica"
del Congreso del Partido y no prestas atención a mi deseo de ser
cooptado! ¡Eres un autócrata, porque no quieres poner el poder en
manos de la vieja tertulia de buenos compadres que defienden su
"continuidad" de círculo con tanta mayor energía cuanto que le es
más desagradable la desaprobación directa de ese mismo espíritu
de círculo por parte del Congreso.
. No someterse a la dirección de los organismos centrales equivale
a una negativa a seguir en el Partido, equivale a deshacer el
Partido, no es una medida de persuasión, sino una medida de
destrucción. Y precisamente el trocar de este modo la persuasión
por la destrucción demuestra una falta de firmeza de principios, una
falta de fe en las ideas propias.
Se habla de burocratismo. Burocratismo puede traducirse al ruso
por una palabra: puestismo. Burocratismo es subordinar los
intereses de la causa a los intereses de la carrera, es conceder la
más profunda atención a los puestos y desentenderse del trabajo,
pelearse por la cooptación, en lugar de luchar por las ideas.
Semejante burocratismo, en efecto, es, sin duda alguna, indeseable
y perjudicial para el Partido, y yo dejo con toda tranquilidad al lector
que juzgue cuál de los dos bandos actualmente en lucha dentro de
nuestro Partido adolece de tal burocratismo... Se habla de
procedimientos toscamente mecánicos en la unificación. Desde
luego, los procedimientos toscamente mecánicos son perjudiciales,
pero yo vuelvo a dejar al lector que juzgue si puede imaginarse un
procedimiento de lucha más tosco y más mecánico entre la nueva y
la vieja tendencia, que el introducir a determinadas personas en los
organismos del Partido antes de haber convencido a éste de la
justeza de las nuevas concepciones, antes de haber expuesto al
Partido estas concepciones.
Antes de hacerlo, deberemos decir ante todo que el primero en
intentar semejante examen fue el camarada Plejánov en la Liga, al
indicar que la minoría había virado hacia el anarquismo y el
oportunismo,
En el Congreso de la Liga se planteó la cuestión general de si
serían o no efectivos los estatutos que la Liga o un comité
redactaran para sí mismos, sin la aprobación de tales estatutos por
el C.C., o a pesar de su aprobación. La cuestión parece estar más
clara que el agua: los estatutos son la expresión formal del estado
de organización, y el derecho a organizar comités está reservado de
un modo terminante, por el artículo 6 de nuestros estatutos,
precisamente al C.C.; los estatutos determinan los límites de
autonomía del comité, y
* Nada hay más cómico que esta ofensa de la nueva Iskra,
porque, según ella, Lenin no quería ver las discrepancias de
principio o las negaba. Cuanto más se atuviera a los principios
vuestra actitud ante la causa, tanto antes hubierais comprendido
mis repetidas indicaciones sobre el viraje hacia el oportunismo.
Cuanto más se atuviera a los principios vuestra posición, tanto
menos hubierais podido rebajar la lucha de ideas a una lucha por
los puestos. Culpaos a vosotros mismos de haber hecho todo lo
posible para impedir que se os considere hombres de principios. El
camarada Mártov, por ejemplo, al hablar en su "Estado de sitio" del
Congreso de la Liga, pasa en silencio la discusión con Plejánov
sobre el anarquismo, pero, en cambio, cuenta que Lenin es un supe
centro, que basta que Lenin parpadee para que el centro adopte
una medida, que el Comité Central ha entrado en la Liga montado
en caballo blanco, etc. Estoy lejos de dudar que precisamente
eligiendo estos temas haya demostrado el camarada Mártov su
profundo apego a las ideas y a los principios.
El voto decisivo en la definición de tales límites corresponde al
organismo central del Partido y no al organismo local. Esto es
elemental, y era sencillamente cosa de niños la grave disquisición
de que "organizar" no supone siempre "aprobar unos estatutos"
(como si la misma Liga no hubiera expresado espontáneamente su
deseo de ser organizada precisamente a base de unos estatutos
formales). Pero el camarada Mártov ha llegado a olvidar (es de
esperar que temporalmente) hasta el abecé de la socialdemocracia.
Según él, exigir que se aprueben los estatutos significa sólo
"sustituir el anterior centralismo revolucionario iskrista por el
centralismo burocrático" (pág. 95 de las actas de la Liga),
declarando en ese mismo discurso el camarada Mártov que
precisamente en ello ve el "aspecto de principios" del asunto (pág.
96), ¡aspecto de principios que prefirió pasar por alto en su "Estado
de sitio"!
El camarada Plejánov contesta inmediatamente a Mártov,
rogándole que se abstenga de expresiones como las de
burocratismo, despotismo, etc., que "atentan a la dignidad del
Congreso" (pág. 96). Sigue un intercambio de observaciones con el
camarada Mártov, que ve en tales expresiones "una definición de
principios de determinada tendencia". El camarada Plejánov, como
todos los partidarios de la mayoría, veía entonces en dichas
expresiones su significación concreta, comprendiendo claramente
su sentido, no de principio, sino exclusivamente "cooptacionista", si
se me permite emplear esta expresión. Sin embargo, cede a la
insistencia de los Mártov y los Deich (págs. 96-97) y pasa a
examinar, desde el punto de vista de los principios, opiniones que
pretenden ser de principio. "Si así fuera -- dice -- [es decir, si los
comités tuvieran autonomía para crear sus organizaciones y
redactar sus estatutos], serían autónomos respecto al todo, al
Partido. Esto no es ya un punto de vista bundista, sino francamente
anarquista. En efecto, los anarquistas razonan del modo siguiente:
los derechos del individuo son ilimitados; pueden llegar a un
choque; cada individuo determina por sí mismo los límites de sus
derechos. Los límites de la autonomía no los debe definir el grupo
mismo, sino el todo del que forma parte el grupo. De ejemplo
evidente de falta a este principio puede servir el Bund. De modo que
los límites de la autonomía los determina el Congreso o el
organismo superior que éste haya constituido. La autoridad del
organismo central debe basarse en su prestigio moral e intelectual.
Desde luego, estoy de acuerdo con esto. Todo representante de
una organización debe preocuparse de que ésta tenga prestigio
moral. Pero de ello no se sigue que, si hace falta prestigio, no es, en
cambio, necesaria la autoridad... Oponer el prestigio de la autoridad
al prestigio de la idea es hacer una frase anarquista que no debe
pronunciarse aquí" (98). Estas tesis son absolutamente
elementales, verdaderos axiomas que es incluso extraño someter a
votación (pág. 102), y que sólo han sido objetó de duda porque "en
el momento actual se han confundido los conceptos" (ibídem). Pero
el individualismo propio de intelectuales condujo fatalmente a la
minoría al deseo de hacer fracasar el Congreso, de no someterse a
la mayoría; semejante deseo no podía justificarse más que con la
fraseología anarquista. Y es sumamente curioso que la minoría no
pudiera contestar a Plejánov sino con lamentaciones por el uso de
palabras demasiado fuertes, como oportunismo, anarquismo, etc.
Plejánov, con razón, puso en ridículo estas lamentaciones,
preguntando por qué "no estaban bien empleadas las palabras
jauresismo y anarquismo y en cambio podían emplearse las de
lèse-majesté (lesa majestad) y despotismo". No se contestó a estas
preguntas.
Nosotros somos hombres de principios; pero si por principio negáis
la subordinación de la parte al todo, sois anarquistas, se les dice.
¡Nueva ofensa por una palabra fuerte! Dicho de otro modo: ¡quieren
luchar contra Plejánov, pero a condición de que no les ataque en
serio!
Muchas veces se han entretenido el camarada Mártov y toda
clase de "mencheviques" en dirigir contra mí la no me nos infantil
acusación de la "contradicción" siguiente. Se coge un pasaje de
¡Qué hacer? o de la "Carta a un camarada", en que se habla de la
influencia ideológica, de la lucha por la influencia, etc. y se enfrenta
con la influencia "burocrática" por medio de los estatutos, con la
tendencia "autócrata" a apoyarse en la autoridad, etc. ¡Gentes
cándidas! Han olvidado ya que antes nuestro Partido no era un todo
formalmente organizado, sino, simplemente una suma de diversos
grupos, razón por la cual no podía de ningún modo existir entre
ellos otra relación que la de la influencia ideológica. Ahora, somos
ya un Partido organizado, y esto entraña la creación de una
autoridad, la transformación del prestigio de las ideas en el prestigio
de la autoridad, la sumisión de las instancias inferiores a las
instancias superiores del Partido. ¡En verdad que parece algo
incómodo tener que rumiar, para viejos camaradas, semejante
abecé, sobre todo cuando uno comprende que todo se reduce
sencillamente a que la minoría no quiere someterse a la mayoría en
lo que se refiere a las elecciones! Pero, en principio, este sinfín de
acusaciones de contradicción dirigidas contra mí quedan totalmente
reducidas a frases anarquistas. La nueva Iskra no tiene
inconveniente en utilizar el título y derechos de organismo de
partido, pero no quiere subordinarse a la mayoría del Partido.
Y si hay en las frases sobre burocratismo algún principio, si no
son una negación anarquista de la obligación de la parte a
someterse al todo, estamos ante el principio del oportunismo, que
quiere disminuir la responsabilidad de ciertos intelectuales ante el
Partido del proletariado, debilitar la influencia de los organismos
centrales, reforzar la autonomía de los elementos menos firmes del
Partido, y reducir las relaciones de organización a su
reconocimiento meramente platónico, de palabra. Ya lo hemos visto
en el Congreso del Partido, donde los Akímov y los Líber
pronunciaron sobre el "monstruoso" centralismo, palabra por
palabra, los mismos discursos que en el Congreso de la Liga
fluyeron de labios de Mártov y compañía. Y más abajo, cuando
examinemos el artículo del camarada Axelrod en la nueva Iskra,
veremos que, no por obra del azar, sino por su propia naturaleza, y
no sólo en Rusia, sino en todo el mundo, el oportunismo conduce al
"punto de vista" de Mártov y Axelrod sobre la organización.
ñ) PEQUEñOS DISGUSTOS NO DEBEN EMPANAR UN GRAN
PLACER
El rechazo de la Liga a la resolución acerca de la necesidad de
someter a la aprobación del Comité Central sus estatutos (pág. 105
de las actas de la Liga) era, como lo hizo notar en seguida toda la
mayoría del Congreso del Partido, "una flagrante violación de los
estatutos del Partido”. Esta violación, considerada como acto de
hombres de principios, era del más puro anarquismo; pero en el
ambiente de la lucha que siguió al Congreso producía fatalmente el
efecto de que la minoría del Partido "ajustaba las cuentas" con su
mayoría (pág. 112 de las actas de la Liga), significaba que no quería
someterse al Partido ni seguir en él. El negarse la Liga a aceptar la
resolución en cuanto a la declaración del Comité Central de que era
necesario modificar los estatutos (págs. 124-125) tuvo como
consecuencia inevitable el que se declarara ilegítima una reunión
que quería ser considerada como reunión de una organización del
Partido y, al mismo tiempo, no someterse al organismo central de
éste. Y los partidarios de la mayoría del Partido abandonaron
inmediatamente esta pretendida reunión de partido para no
participar en una indigna comedia.
El individualismo propio de intelectuales, con su reconocimiento
platónico de las relaciones de organización, que ya se había dejado
ver en las vacilaciones del pensamiento sobre el artículo primero de
los estatutos, llegaba de este modo, en la práctica, al fin lógico que
ya en septiembre, es decir, mes y medio antes, había yo predicho:
la destrucción de la organización del Partido. Y en aquel momento,
en la tarde del mismo día en que terminó el Congreso de la Liga, el
camarada Plejánov declaró a sus colegas de ambos organismos
centrales del Partido que no se sentía con fuerzas de "disparar
contra los suyos", que "mejor era pegarse un tiro que ir a la
escisión" y que, para evitar mayores males, había que hacer las
máximas concesiones en el terreno personal, concesiones que, en
el fondo, eran la causa de esa lucha enconada (mucho más que los
principios que habían mostrado en la injusta posición respecto al
artículo primero). Para definir de un modo más exacto este viraje del
camarada Plejánov, que ha cobrado gran importancia para todo el
Partido, considero que lo más conveniente es partir no de
conversaciones o cartas particulares (dejando este recurso para
casos extremos), sino de la propia exposición que del asunto hace
el mismo Plejánov ante todo el Partido, de su artículo "¿Qué es lo
que no hay que hacer?", en el número 52 de Iskra, artículo escrito
precisamente después del Congreso de la Liga, después de mi
retirada de la redacción del Órgano Central (1 de noviembre de
1903) y antes de la cooptación de los martovistas (26 de noviembre
de 1903).
La idea fundamental del artículo "¿Qué es lo que no hay que
hacer?" es que, en política, no se debe ser rectilíneo,
inoportunamente áspero e inoportunamente intransigente, que
algunas veces, para evitar la escisión, es preciso hacer concesiones
tanto a los revisionistas (de los que se aproximan a nosotros o de
los inconsecuentes), como a los individualistas anarquistas. Es muy
natural que tales tesis generales y abstractas hayan dejado
totalmente perplejos a los lectores de Iskra. No puede uno menos
de reírse a leer las magníficas y orgullosas declaraciones del
camarada Plejánov (en artículos siguientes) de que no se le había
comprendido por la novedad de sus pensamientos, por no conocer
la dialéctica. La verdad es que el artículo "¿Qué es lo que no hay
que hacer?", cuando fue escrito, sólo podían haberlo comprendido
unas diez personas en dos pueblecitos situados en los alrededores
de Ginebra cuyos nombres empiezan por las mismas iniciales. La
desgracia del camarada Plejánov fue poner en circulación ante
decenas de miles de lectores un sinfín de alusiones, reproches,
charadas y signos algebraicos que sólo estaban destinados a esa
decena de personas que habían tomado parte en todas las
peripecias de la lucha con la minoría después del Congreso. El
camarada Plejánov incurrió en esta desgracia por violar el principio
fundamental de la dialéctica que con tan poca fortuna había
invocado: no hay verdades abstractas la verdad es siempre
concreta. Precisamente por ello estaba fuera de lugar el revestir de
una forma abstracta el concretísimo pensamiento de hacer una
concesión a los martovistas después del Congreso de la Liga.
Las concesiones, idea que el camarada Plejánov propugna como
nueva palabra de combate, son legítimas e imprescindibles en dos
casos: o cuando el que cede se ha convencido de que tiene razón
quien le exige que ceda (los dirigentes políticos honrados
reconocen en este caso franca y terminantemente su error), o
cuando se cede a una exigencia que no es razonable ni beneficiosa
para la causa en evitación de mayores males. Del artículo que
examinamos resulta bien claro que el autor se refiere al segundo
caso: habla francamente de hacer una concesión a revisionistas y a
individualistas anarquistas (es decir, a los martovistas, según saben
ahora, por las actas de la Liga, todos los miembros del Partido),
concesión que es imprescindible para evitar la escisión. Como veis,
la pretendida idea nueva del camarada Plejánov se reduce
plenamente a la no muy nueva sabiduría popular: los pequeños
disgustos no deben empañar un gran placer, una pequeña necedad
oportunista y una pequeña frase anarquista son preferibles a una
gran escisión del Partido. El camarada Plejánov veía claramente,
cuando escribía este artículo, que la minoría representa el ala
oportunista de nuestro Partido y que lucha empleando
procedimientos anarquistas. El camarada Plejánov proponía
combatir a esta minoría por medio de concesiones personales, algo
así como (de nuevo si licet parva componere magnis) la
socialdemocracia alemana luchó contra Bernstein. Bebel declaraba
públicamente en los congresos de su Partido que no conocía
hombre más sensible a la influencia del ambiente que el camarada
Bernstein (no el señor Bernstein, según gustaba de decir antes el
camarada Plejánov, sino el camarada Bernstein): lo acogeremos
entre nosotros, le haremos delegado en el Reichstag, lucharemos
contra el revisionismo, pero no lo combatiremos con inoportuna
aspereza (a lo Sobakévich-Parvus), sino que le daremos "dulce
muerte" (kill with kindness ), según la definición que, si no recuerdo
mal, hizo el camarada M. Beer en una reunión socialdemócrata
inglesa, defendiendo el espíritu de concesión de los alemanes, su
espíritu pacífico, dulce, flexible y prudente ante los ataques del
Sobakévich Hyndman inglés. Del mismo modo deseaba el
camarada Plejánov "dar dulce muerte" al pequeño anarquismo y al
pequeño oportunismo de los camaradas Axelrod y Mártov. Verdad
es que, junto a alusiones bien claras a los "anarquistas
individualistas", el camarada Plejánov habla intencionadamente con
poca claridad de los revisionistas, como si se refiriera a los
miembros de "Rabócheie Dielo" que pasaban del oportunismo a la
ortodoxia, y no a Axelrod y Mártov, que empezaban a pasar de la
ortodoxia al revisionismo. Pero esto fue un inocente ardid* militar,
una mala obra de fortificación que no podía resistir al fuego de
artillería de la publicidad hecha en el seno del Partido.
En efecto, quien se entere de las circunstancias concretas del
momento político que describimos, quien penetre en la psicología
del camarada Plejánov comprenderá que yo no pude entonces
proceder de otro modo que como procedí. Lo digo para los
partidarios de la mayoría que me acusaron de haber hecho entrega
de la redacción Cuando el camarada Plejánov viró, después del
Congreso de la Liga, y de partidario de la mayoría se hizo partidario
de la reconciliación a toda costa, yo estaba obligado a interpretar
este viraje en el mejor sentido. ¿Habría querido dar el camarada
Plejánov en su artículo un programa de buena y honrada paz? Todo
programa de este tipo se reduce a que ambas partes reconozcan
sinceramente las faltas cometidas. ¿Cuál era el error que el
camarada Plejánov señalaba en la mayoría? Una aspereza fuera de
lugar, digna de Sobakévich, para los revisionistas. No sabemos a
qué se refería el camarada Plejánov al decir esto: a su chiste de los
asnos o a aquella alusión de imprudencia suma en presencia de
Axelrod, al anarquismo y al oportunismo; el camarada Plejánov
había preferido expresarse en forma "abstracta", señalando,
además, a Pedro. Cuestión de gustos, claro. Pero yo había
reconocido mi aspereza personal francamente tanto en mi carta a
un iskrista, como en el Congreso de la Liga: ¿cómo podía dejar de
reconocer tal "error" en la mayoría? Por lo que hace a la minoría, el
camarada Plejánov indicaba claramente su falta: revisionismo (cfr.
su observación sobre el oportunismo en el Congreso del Partido y
sobre el jauresismo en el Congreso de la Liga) y anarquismo, que
había conducido hasta la escisión. ¿Podía yo oponerme a que, por
medio de concesiones personales y en general de toda clase de
"kindness " (amabilidad, dulzura, etc.), se consiguiera el
reconocimiento de esas faltas y se paralizara el mal por ellas
originado? ¿Podía yo oponerme a semejante tentativa, cuando el
camarada Plejánov trataba directamente de convencer en el artículo
"¿Qué es lo que no hay que hacer?" que se "perdonara a los
adversarios " revisionistas, que sólo eran revisionistas "por cierta
inconsecuencia"? Y si yo no creía en semejante tentativa, ¿podía
proceder de otro modo que no fuera haciendo una concesión
personal en lo tocante al Órgano Central y pasando al C.C. para
defender la posición de la mayoría?* Negar en absoluto la
posibilidad de semejantes tentativas y cargar yo solo con la
responsabilidad de la inminente escisión era cosa que yo no podía
hacer, por el solo hecho de que yo mismo, en mi carta del 6 de
octubre, me inclinaba a explicar la pelea por "irritación personal".
Por otra parte consideraba y considero que es para mí un deber
político defender la posición de la mayoría. Era difícil y arriesgado
confiar en este sentido en el camarada Plejánov, porque todo
indicaba que su frase: "un dirigente del proletariado no tiene
derecho a ceder a sus inclinaciones combativas cuando son
contrarias a los cálculos políticos", el camarada Plejánov estaba
dispuesto a interpretarla dialécticamente en el sentido de que, ya
que había que tirar, lo más ventajoso (dado el clima de Ginebra en
noviembre) era tirar contra la mayoría... Era imprescindible defender
la posición de la mayoría, porque el camarada Plejánov --
mofándose de la dialéctica, que pide un examen concreto y
omnilateral --,
* El camarada Mártov dijo con mucha precisión sobre este punto
que yo me había pasado avec armes et bagages [con armas y
bagajes. N. de la Red.]. Gusta el camarada Mártov de hacer
comparaciones militares: expedición contra la Liga, combate,
heridas incurables, etc., etc. He de reconocer que yo también tengo
debilidad por las comparaciones militares, sobre todo ahora, cuando
uno sigue con tanto interés las noticias del Pacífico. Pero si
hablamos en términos militares, camarada Mártov, las cosas
sucedieron del modo siguiente. Nosotros conquistamos dos fortines
en el Congreso del Partido. Vosotros los atacasteis en el Congreso
de la Liga. Ya después del primer ligero tiroteo, un colega mío, jefe
de una de las fortalezas, abre las puertas al enemigo. Yo,
naturalmente, reúno mi pequeña artillería y me retiro al otro fuerte,
muy mal fortificado, para "atrincherarme" contra un enemigo
superior en número. Incluso propongo la paz: ¿cómo luchar contra
dos potencias? Pero los nuevos aliados contestan a la proposición
de paz bombardeando mi "último" reducto. Contesto al fuego. Y
entonces mi antiguo colega -- el jefe de la fortaleza -- exclama con
magnifica indignación: ¡mirad, hombres buenos, cuán poco amor a
la paz tiene este Chamberlain! al tratar el problema de la buena (?)
voluntad del revolucionario, dejó modestamente a un lado la
cuestión de la confianza en el revolucionario, de la fe en el
"dirigente del proletariado" que dirigía un ala determinada del
Partido. Ha blando del individualismo anarquista y recomendando
cerrar "de cuando en cuando" los ojos a los casos de infracción de
la disciplina, y ceder "a veces" al relajamiento propio de
intelectuales, que "radica en un sentimiento que nada tiene de
común con la fidelidad a una idea revolucionaria", olvidaba el
camarada Plejánov, por lo visto, que también hay que tener en
cuenta la buena voluntad de la mayoría del Partido, y que son
precisamente los militantes prácticos quienes deben determinar la
medida en que ha de cederse a los individualistas anarquistas. El
trabajo práctico con un individualista anarquista en una misma
organización es tan difícil como fácil resulta la lucha literaria contra
los infantiles absurdos anarquistas. El escritor que se
comprometiera a determinar la medida en que es posible ceder al
anarquismo en la práctica, sólo demostraría al hacerlo
desmesurada fatuidad literaria, una fatuidad realmente de
doctrinario. El camarada Plejánov observaba majestuosamente
(para darse aires de importancia como decía Basárov [19]) que en
caso de una nueva escisión los obreros dejarían de comprendernos,
y a la vez iniciaba él mismo en la nueva Iskra una infinita serie de
artículos que en su verdadero sentido, en sentido concreto, tenían
necesariamente que ser incomprensibles, no sólo para los obreros,
sino en general para todo el mundo. No es de extrañar, pues, que
un miembro del C.C., que leyó en las pruebas el artículo "¿Qué es
lo que no hay que hacer?", advirtió al camarada Plejánov que su
plan de reducir hasta cierto punto determinada publicación (las
actas del Congreso del Partido y del Congreso de la Liga) lo
desbarataba precisamente ese artículo, que encendía la curiosidad,
sacaba al juicio de la calle[*] algo picante y falto, al mismo tiempo,
de toda claridad, provocando inevitablemente preguntas de
personas extrañadas: "¿Qué es lo que ha pasado?" No es de
extrañar que precisamente este artículo del camarada Plejánov, por
el carácter abstracto de sus razonamientos y la falta de claridad de
sus alusiones, fuera motivo de júbilo en las filas de los enemigos de
la socialdemocracia: un cancán en las páginas de "Revolutsiónnaia
Rossía" y entusiastas elogios de los consecuentes revisionistas de
"Osvobozhdenie". El origen de todas estas divertidas y amargas
confusiones, de las que en forma tan divertida y amarga se
desenredó después el camarada Plejánov, estaba precisamente en
una violación del principio fundamental de la dialéctica: los
problemas concretos hay que tratarlos plenamente de un modo
concreto. Sobre todo, el júbilo del señor Struve no podía ser más
natural: a él no le importaban los "buenos" fines (kill with kindness )
que perseguía (pero podía no alcanzar) el camarada Plejánov; el
señor Struve aplaudía, y no podía por menos de aplaudir el viraje
hacia el ala oportunista de nuestro Partido que se había iniciado en
la nueva Iskra, como ve ahora todo el mundo. Los demócratas
burgueses rusos no son los únicos en aplaudir cualquier viraje hacia
el oportunismo, por pequeño y provisional que sea, en todos los
partidos socialdemócratas. Lo más raro en el juicio que viene de un
enemigo inteligente es la total confusión: dime quién te alaba y te
diré en qué te has equivocado. Y en vano cuenta el camarada
Plejánov con un lector poco atento, tratando de presentar las cosas
como si la mayoría estuviera terminantemente en contra de la
concesión personal en lo tocante a la cooptación, y no contra el
paso del ala izquierda del Partido a la derecha. La cuestión no
consiste de ningún modo en que el camarada Plejánov, para evitar
la escisión, haya hecho una concesión personal (lo cual es muy de
elogiar), sino en que, después de reconocer plenamente la
necesidad de discutir con los revisionistas inconsecuentes y con los
individualistas anarquistas, prefirió discutir con la mayoría, de la que
se había separado por la medida de las concesiones prácticas que
era posible hacer al anarquismo. La cuestión no consiste de ningún
modo en que el camarada Plejánov haya cambiado la composición
personal de la redacción, sino en que ha cambiado su posición en el
debate contra el revisionismo y el anarquismo, ha cesado de
defender esta posición en el Órgano Central del Partido.
Por lo que se refiere al C.C., que era entonces el único
representante organizado de la mayoría, la divergencia entre él (el
C.C.) y el camarada Plejánov consistía en aquel momento
exclusivamente en la medida de las concesiones prácticas que era
posible hacer al anarquismo. Había pasado casi un mes desde el
primero de noviembre, fecha en que, al retirarme, dejé las manos
libres a la política del kill with kindness. Por medio de toda clase de
relaciones, el camarada Plejánov pudo comprobar perfectamente lo
que vale esta política. En este período, el camarada Plejánov
publicó su artículo "¿Qué es lo que no hay que hacer?", artículo que
fue -- y sigue siendo -- el único pase, por decirlo así, con que los
martovistas entraron en la redacción. Las consignas de revisionismo
(con el que hay que discutir, pero perdonando al adversario) e
individualismo anarquista (al que hay que mimar, dándole dulce
muerte) están escritas en este pase en llamativa negrilla. Venid,
señores, venid, yo os daré dulce muerte, eso es lo que dice el
camarada Plejánov con esa tarjeta de invitación a sus nuevos
colegas de redacción. Claro que al C.C. no le quedaba sino decir su
última palabra (que es lo que quiere decir ultimátum: última palabra
sobre las posibilidades de paz) acerca de la medida en que podrían
consentirse, desde su punto de vista, concesiones prácticas al
individualismo anarquista. O queréis la paz, en cuyo caso ahí tenéis
determinado número de puestos, que demuestran nuestra bondad,
nuestro deseo de paz, nuestra condescendencia, etc. (y más no
podemos dar, si queremos garantizar la paz en el Partido, y no la
paz en el sentido de no haber discusiones, sino en el sentido de no
destruir el Partido por el individualismo anarquista); tomad estos
puestos e iniciad nuevamente, poco a poco, el viraje des de las
posiciones de Akímov hasta las de Plejánov. O bien queréis
manteneros en vuestro punto de vista y desarrollarlo, virar
definitivamente (aunque sólo sea en el terreno de los problemas de
organización) hacia Akímov, y convencer al Partido de que tenéis
razón contra Plejánov, y en ese caso haceos cargo del grupo
literario, obtened una representación en el Congreso y poneos a
conquistar la mayoría en lucha honrada, en franca polémica. Esta
alternativa, que con toda claridad ponía ante los martovistas el
ultimátum del Comité Central, el 25 de noviembre de 1903 (v
"Estado de sitio" y
pág. 227
"Comentarios a las actas de la Liga")* concuerda plenamente con la
carta que el 6 de octubre de 1903 dirigíamos Plejánov y yo a los
antiguos redactores: irritación personal (y entonces, en el peor de
los casos, se podía "cooptar") o divergencia de principio (y entonces
había que empezar por convencer al Partido, y luego hablar de
cambios en la composición personal de los organismos centrales).
El C.C. podía dejar la solución de tan delicado dilema a los mismos
martovistas, tanto más cuanto que precisamente por entonces el
camarada Mártov escribía en su profesión de fe ("De nuevo en
minoría") los renglones siguientes:
"La minoría aspira a un solo honor: dar en la historia de nuestro
Partido el primer ejemplo de que es posible ser "vencido" sin formar
un nuevo Partido. Esta posición de la minoría resulta de todas sus
opiniones sobre el desarrollo del Partido en el terreno de la
organización, resulta de la conciencia de los fuertes lazos que la
unen al anterior trabajo del Partido. La minoría no cree en la fuerza
mística de las 'revoluciones en el papel' y ve en la profunda razón
de ser de sus aspiraciones la garantía de que, por medio de una
propaganda puramente ideológica en el seno del Partido,
conseguirá el triunfo de sus principios de organización " (subrayado
por mí).
¡Bellas y altivas palabras! Y qué amargo fue convencerse en la
práctica de que eran sólo palabras... Perdóneme usted, camarada
Mártov, pero ahora yo en nombre de la mayoría, declaro aspirar a
ese "honor", que usted no ha merecido. El honor será, en efecto,
considerable y vale la pena luchar por él, porque la tradición del
espíritu de círculo nos ha dejado una herencia de escisiones
extraordinariamente fáciles, un aplicar con inusitado celo la regla
de: tan pronto me besas la mano como me das de puñetazos.
Un gran placer (tener un partido único) debía pesar más, y pesó
más, que pequeños disgustos (las querellas por la cooptación). Yo
me retiré del Órgano Central, y el camarada Igrek (delegado por mí
y por Plejanov al Consejo del Partido, por la redacción del Órgano
Central) se retiró del Consejo. Los martovistas contestaron a la
última palabra del C.C. sobre la paz con una carta (v. obras citadas)
que equivalía a una declaración de guerra. Entonces, y sólo
entonces, escribo yo a la redacción (N.ƒ 53 de Iskra) la carta en que
exigía la publicidad [*]. Si hablamos de revisionismo, si discutimos
sobre inconsecuencia y sobre individualismo anarquista, sobre el
fracaso de diversos dirigentes, vamos a contarlo todo, señores, sin
ocultar nada de lo sucedido: ése era el contenido de mi carta sobre
la publicidad. La redacción contesta a ella con furiosas injurias e
instructivos consejos: no te atrevas a venir con "minucias y
querellas propias de la vida de círculos " (N.ƒ 53 de Iskra). Ah, con
que "minucias y querellas propias de la vida de círculos", pienso
para mis adentros... es ist mir recht, señores, en eso estoy de
acuerdo. Porque eso quiere decir que toda la historia de la
cooptación vosotros la colocáis directamente entre las querellas de
círculos. Y es verdad. Pero ¡qué extraña disonancia resulta cuando,
en el artículo de fondo del mismo número 53, la misma (parece ser
que la misma) redacción empieza a hablar de burocratismo,
formalismo, etc.!** No te atrevas a plantear la cuestión de la lucha
por la cooptación para el Órgano Central, porque eso son querellas.
Pero nosotros plantearemos la cuestión de la cooptación para el
Comité Central y no la llamaremos querella, sino divergencia de
principio sobre "formalismo". -- Bueno, me parece, queridos
camaradas, que nos permitiréis no consentiros esto. Queréis tirar
contra mi fortaleza y me exigís que os entregue mi artillería. ¡Qué
bromistas! Y yo escribo y publico fuera de Iskra mi "Carta a la
redacción"
("Por qué me he retirado de la redacción de Iskra)[*], refiriendo en
ella brevemente lo sucedido, tratando de saber, al mismo tiempo, si
es posible la paz a base de la distribución siguiente: el Órgano
Central para vosotros y el Comité Central para nosotros. Nadie se
sentirá "extraño" en su Partido, y discutiremos sobre el viraje hacia
el oportunismo, discutiremos primero en las publicaciones, y
después, quizá, también en el III Congreso del Partido.
A esta mención de la paz contestaron abriendo fuego todas las
baterías enemigas, incluso el Consejo. Llovían los proyectiles.
Autócrata, Schweitzer, burócrata, formalista, supercentro, unilateral,
rígido, terco, estrecho, sospechoso, intratable... ¡Muy bien, amigos!
¿Habéis terminado? ¿No tenéis nada más en reserva? Malas son
vuestras municiones.
Ahora tengo yo la palabra. Vamos a ver qué contenido tienen los
nuevos puntos de vista de la nueva Iskra en el terreno de la
organización y la relación que estos puntos de vista guardan con la
división de nuestro Partido en "mayoría" y "minoría", división cuyo
verdadero carácter hemos demostrado al analizar los debates y
votaciones del II Congreso
o) LA NUEVA ISKRA EL OPORTUNISMO EN LAS CUESTIONES
DE ORGANIZACION
Para analizar la posición de principios de la nueva Iskra, hay que
tomar por base, sin duda, dos folletones del camarada Axelrod [*].
Ya hemos indicado detalladamente más arriba la significación
concreta de toda una serie de sus locuciones favoritas; ahora
debemos procurar hacer abstracción de esa significación concreta y
penetrar en el curso del pensamiento que ha llevado a la "minoría"
(por uno u otro motivo fútil y mezquino) a adoptar precisamente
estas y no otras consignas, debemos examinar la significación de
estas consignas en el terreno de los principios, independientemente
de su origen, independientemente de la "cooptación". Vivimos ahora
bajo el signo de las concesiones: hagamos, pues, una concesión al
camarada Axelrod y "tomemos en serio" su "teoría".
La tesis fundamental del camarada Axelrod (N.ƒ 57 de Iskra) es
la siguiente: "Nuestro movimiento ha encerrado en sí desde el
primer momento dos tendencias opuestas, cuyo mutuo antagonismo
no podía por menos de desarrollarse y reflejarse en él
paralelamente a su propio desarrollo" A saber: "En principio, el
objetivo proletario del movimiento (en Rusia) es el mismo que el de
la socialdemocracia de Occidente".
Pero en nuestro país la influencia sobre las masas obreras emana
"de un elemento social que les es extraño": los intelectuales
radicales. De modo que el camarada Axelrod constata que en
nuestro Partido existe un antagonismo entre las tendencias
proletarias y las tendencias intelectuales radicales.
En esto tiene el camarada Axelrod absoluta razón. No hay duda
de que existe semejante antagonismo (y no sólo en el Partido
Socialdemócrata Ruso). Y aún más: todo el mundo sabe que
precisamente este antagonismo explica en gran medida la división
de la socialdemocracia contemporánea en socialdemocracia
revolucionaria (ortodoxa también) y socialdemocracia oportunista
(revisionista, ministerialista, reformista), división que también se ha
puesto con plena claridad de manifiesto en Rusia en el transcurso
de los últimos diez años de nuestro movimiento. Todo el mundo
sabe también que es precisamente la socialdemocracia ortodoxa la
que expresa las tendencias proletarias del movimiento, mientras
que la socialdemocracia oportunista expresa las tendencias
intelectuales democráticas.
Pero, al abordar de lleno este hecho notorio, el camarada
Axelrod, temeroso, empieza a retroceder. No hace ni el mínimo
intento de analizar cómo se ha manifestado esta división en la
historia de la socialdemocracia rusa, en general, y en el Congreso
de nuestro Partido, en particular, aunque el camarada Axelrod
escribe precisamente con motivo del Congreso! Lo mismo que toda
la redacción de la nueva Iskra, el camarada Axelrod da muestras de
un miedo mortal ante las actas de este Congreso. Esto no debe
extrañarnos después de todo lo que hemos dicho más arriba, pero,
tratándose de un "teórico" que pretende estudiar las diversas
tendencias de nuestro movimiento, es un caso original de fobia a la
verdad. Después de haber relegado al olvido, por esta particularidad
que le caracteriza, los datos más recientes y más exactos sobre las
tendencias de nuestro movimiento, el camarada Axelrod busca la
salvación en la esfera de los dulces sueños: "Puesto que el
marxismo legal o semimarxismo, dice, ha dado un jefe literario a
nuestros liberales, ¿por qué no ha de procurar la traviesa historia a
la democracia burguesa revolucionaria un jefe procedente de la
escuela del marxismo ortodoxo, revolucionario?" A propósito de este
sueño, grato al camarada Axelrod, sólo podemos decir que, si la
historia hace a veces travesuras, ello no justifica las travesuras del
pensamiento de una persona que se pone a analizar esa misma
historia. Cuando bajo el jefe del semimarxismo aparecía el liberal,
las personas que querían (y sabían) averiguar el fondo de sus
"tendencias", no se remitían a posibles travesuras de la historia,
sino a decenas y centenares de rasgos psicológicos y lógicos de
ese jefe, a las particularidades de toda su fisonomía literaria, que
delataban el reflejo del marxismo en la literatura burguesa [22]. Pero
si el camarada Axelrod, que emprendió la tarea de analizar "las
tendencias revolucionarias en general y las tendencias proletarias
en nuestro movimiento", no ha sabido poner de manifiesto ni
demostrar, en nada, absolutamente en nada, determinadas
tendencias en ciertos representantes de esa, por él odiada, ala
ortodoxa del Partido, con ello lo único que ha hecho es firmarse a sí
mismo un solemne certificado de pobreza. ¡Muy mal deben andar
ya los asuntos del camarada Axelrod cuando no le queda más
salida que invocar las posibles travesuras de la historia!
La otra referencia del camarada Axelrod -- a los "jacobinos" -- es
aún más instructiva. El camarada Axelrod no ignora, probablemente,
que la división de la socialdemocracia contemporánea en
revolucionaria y oportunista ha dado lugar hace ya tiempo, y no
solamente en Rusia, "a analogías históricas con la época de la Gran
Revolución Francesa". El camarada Axelrod no ignora,
probablemente, que los girondinos de la socialdemocracia
contemporánea recurren siempre y en todas partes a los términos
de "jacobinismo", "blanquismo", etc. para caracterizar a sus
adversarios. No imitemos, pues, al camarada Axelrod en su fobia a
la verdad y veamos las actas de nuestro Congreso, por si contienen
datos para el análisis y comprobación de las tendencias que
estudiamos y de las analogías que estamos examinando.
Primer ejemplo. La discusión del programa en el Congreso del
Partido. El camarada Akímov ("enteramente de acuerdo" con el
camarada Martínov) declara: "El párrafo sobre la conquista del
Poder político (sobre la dictadura del proletariado), si se compara
con todos los demás programas socialdemócratas, ha sido
redactado de un modo que puede interpretarse, y en efecto ya ha
sido interpretado por Plejánov, en el sentido de que el papel de la
organización dirigente deberá dejar en un segundo plano a la clase
por ella dirigida, y aislar a la primera de la segunda. Y la formulación
de nuestras tareas políticas es exactamente igual que la hecha por
'La Voluntad del Pueblo'" (pág. 124 de las actas). El camarada
Plejánov y otros iskristas replican al camarada Akímov, acusándole
de oportunismo. ¿No cree el camarada Axelrod que esta discusión
nos demuestra (en realidad, y no en imaginarias travesuras de la
historia) el antagonismo existente entre los modernos jacobinos y
los modernos girondinos de la socialdemocracia? ¿Y no será que el
camarada Axelrod ha hablado de jacobinos porque (a consecuencia
de los errores que ha cometido) se encuentra entre los girondinos
de la socialdemocracia?
Segundo ejemplo. El camarada Posadovski plantea la cuestión
de una "seria discrepancia" sobre la "cuestión fundamental" del
"valor absoluto de los principios democráticos" (pág. 169).
Juntamente con Plejánov, niega que tengan un valor absoluto. Los
líderes del "centro" o de la charca (Iegórov) y de los antiiskristas
(Goldblat) se alzan resueltamente contra esto, considerando que
Plejánov "imita la táctica burguesa" (pág. 170). Esto es
precisamente la idea del camarada Axelrod sobre la relación entre
la ortodoxia y la tendencia burguesa, con la única diferencia de que
Axelrod deja esta idea en el aire, mientras que Goldblat la relaciona
con determinados debates. Una vez más preguntamos si el
camarada Axelrod no cree que también esta discusión nos muestra
palpablemente, en nuestro Congreso del Partido, el antagonismo
entre los jacobinos y girondinos de la socialdemocracia
contemporánea ¿No gritará el camarada Axelrod contra los
jacobinos porque ha resultado que se encuentra entre los
girondinos?
Tercer ejemplo. La discusión sobre el artículo primero de los
estatutos. ¿Quién defiende "las tendencias proletarias en nuestro
movimiento ", quién subraya que el obrero no teme a la
organización, que el proletario no simpatiza con la anarquía, que
aprecia el estímulo de la consigna "¡Organizaos!"? ¿Quién pone en
guardia contra la intelectualidad burguesa, penetrada hasta la
médula de oportunismo? Los jacobinos de la socialdemocracia. ¿Y
quién pasa de contrabando en el Partido a los intelectuales
radicales, quién se preocupa de los profesores, de los estudiantes
de bachillerato, de los individuos sueltos, de la juventud radical? El
girondino Axelrod juntamente con el girondino Líber.
¡Con qué falta de habilidad se defiende el camarada Axelrod de la
"falsa acusación de oportunismo" que se extendió abiertamente en
el Congreso de nuestro Partido contra la mayoría del grupo
"Emancipación del Trabajo"! ¡Se defiende de manera que confirma
la acusación, con su cantinela de la machacada melodía
bernsteiniana sobre el jacobinismo, el blanquismo, etc.! Ahora grita
sobre el peligro que representan los intelectuales radicales, para
amortiguar sus propios discursos en el Congreso del Partido, que
respiran solicitud por esos mismos intelectuales.
Las "terribles palabras" de jacobinismo, etc. no significan
absolutamente nada más que oportunismo. El jacobino,
indisolublemente ligado a la organización del proletariado
consciente de sus intereses de clase, es precisamente el
socialdemócrata revolucionario. El girondino, que suspira por los
profesores y los estudiantes de bachillerato, que teme la dictadura
del proletariado, que sueña en un valor absoluto de las
reivindicaciones democráticas, es precisamente el oportunista. Los
oportunistas son los únicos que pueden todavía, en la época actual,
ver un peligro en las organizaciones de conjuradores, cuando la
idea de reducir la lucha política a un complot ha sido refutada mil
veces en las publicaciones y desechada hace mucho tiempo por la
vida, cuando se ha explicado y rumiado hasta la saciedad la
cardinal importancia de la agitación política de masas. El
fundamento real del miedo a la conjuración, al blanquismo, no está
en uno u otro rasgo manifiesto del movimiento práctico (como desde
hace tiempo y en vano intentan demostrar Bernstein y compañía),
sino en la timidez girondina del intelectual burgués, cuya psicología
se manifiesta tantas veces entre los socialdemócratas
contemporáneos. Nada más cómico que estos desesperados
esfuerzos de la nueva Iskra por decir algo nuevo (dicho a su tiempo
centenares de veces), poniendo en guardia contra la táctica de los
revolucionarios conspiradores de Francia en las décadas del 40 y
tel 60 (N.ƒ 62, artículo de fondo) [23]. En el próximo número de
Iskra, los girondinos de la socialdemocracia contemporánea nos
indicarán, probablemente, un grupo de conspiradores franceses de
la década del 40 para quienes la importancia de la agitación política
en las masas obreras, la importancia de los periódicos obreros,
como bases de la influencia del Partido sobre la clase, era una
noción elemental, aprendida y asimilada.
La tendencia de la nueva Iskra a repetir como palabras nuevas
cosas archisabidas y a rumiar lo más elemental, no es, sin
embargo, nada casual, sino consecuencia inevitable de la situación
en que se encuentran Axelrod y Mártov, que han caído en el ala
oportunista de nuestro Partido. La situación obliga. Hay que repetir
frases oportunistas, hay que retroceder, para tratar de encontrar en
un pasado remoto alguna justificación de su posición, que es
imposible defender desde el punto de vista de la lucha en el
Congreso y de los matices y divisiones del Partido que se han
señalado en aquél. A las elucubraciones de Akímov sobre el
jacobinismo y el blanquismo une el camarada Axelrod
lamentaciones del mismo Akímov, que se queja de que no sólo los
"economistas", sino también los "políticos" hayan sido "unilaterales",
se hayan "apasionado" demasiado, etc., etc. Cuando se leen los
rimbombantes razonamientos sobre este tema en la nueva Iskra,
que pretende presuntuosamente estar por encima de todas esas
parcialidades y apasionamientos, se pregunta uno con perplejidad:
¿A quién retratan? ¿Dónde oyen esas razones? ¿Quién no sabe
que la división de los socialdemócratas rusos en economistas y
políticos ha pasado hace ya tiempo a la historia? Revísese la Iskra
del año último, o de los dos últimos años que han precedido al
Congreso del Partido, y veréis que la lucha contra el "economismo"
pierde intensidad y cesa por completo ya en 1902; veréis que, por
ejemplo, en julio de 1903 (N.ƒ 43), se habla de los "¿tiempos del
economismo" como de una cosa "definitivamente pasada", el
economismo se considera "definitivamente enterrado", y los
apasionamientos de los políticos, como evidente atavismo.
En la época del Congreso no existía ya la antigua división en
economistas y políticos, pero continuaban existiendo aún diversas
tendencias oportunistas, que se manifestaron en los debates y
votaciones sobre una serie de cuestiones, y que, al fin y al cabo,
llevaron a una nueva división del Partido en "mayoría" y "minoría".
La esencia de la cuestión estriba en que la nueva redacción de
Iskra, por razones fáciles de comprender, trata de velar la relación
de esta nueva división con el oportunismo actual en nuestro Partido,
y por ello mismo se ve obligada a retroceder, de la nueva división a
la antigua. La incapacidad de explicar el origen político de la nueva
división (o el deseo, por espíritu de concesión, de ocultar [*] este
origen) obliga a rumiar lo ya rumiado a propósito de la vieja división,
que ha pasado hace ya tiempo a la historia. Todo el mundo sabe
que la nueva división tiene por base la divergencia en las
cuestiones de organización, que empezó por una controversia sobre
principios de organización (artículo primero de los estatutos) y
terminó por una "práctica" digna de los anarquistas. La antigua
división en economistas y políticos tenía por base un desacuerdo
sobre problemas, principalmente, de táctica.
Todos los renglones de la nueva Iskra, por obra y gracia del
camarada Axelrod, están impregnados de la profunda "idea" de que
el contenido es más importante que la forma, de que el programa y
la táctica son más importantes que la organización, de que "la
vitalidad de la organización es directamente proporcional al volumen
y a la importancia del contenido que aporta al movimiento", de que
el centralismo no es "algo que se baste a sí mismo", no es un
"talismán universal", etc., etc. ¡Grandes, profundas verdades! El
programa,- en efecto, es más importante que la táctica, y la táctica
es más importante que la organización. El alfabeto es más
importante que la etimología y la etimología más que la sintaxis;
pero ¿qué puede decirse de gentes que han sido reprobadas en el
examen de sintaxis y que ahora se dan importancia, presumiendo
de tener que repetir el curso anterior? El camarada Axelrod ha
razonado como un oportunista sobre cuestiones de principio en
materia de organización (artículo primero), en la organización ha
actuado como un anarquista (Congreso de la Liga), y ahora ahonda
la socialdemocracia: ¡las uvas están verdes! Propiamente, ¿qué es
la organización? No es más que una forma. ¿Qué es el
centralismo? No es un talismán. ¿Qué es la sintaxis? Tiene menos
importancia que la etimología, no es más que la forma de unir los
elementos de la etimología. . "¿No estará de acuerdo con nosotros
el camarada Alexándrov -- pregunta triunfalmente la nueva
redacción de Iskra --, si decimos que, elaborando el programa del
Partido, el Congreso ha contribuido mucho más a la centralización
de la labor del Partido que adoptando los estatutos, por muy
perfectos que parezcan estos últimos?" (núm. 56, suplemento).
Exactamente lo mismo sucede con la nueva Iskra, que, con la
vulgaridad de declarar que el programa es más importante que los
estatutos y que las cuestiones programáticas son más importantes
que las cuestiones de organización, justifica el error de cierta parte
de los socialdemócratas en problemas de organización, la falta de
firmeza, propia de intelectuales, de ciertos camaradas, que los ha
llevado hasta la fraseología anarquista. Pues bien, ¿no es esto
seguidismo? ¿Acaso no es esto fanfarronear por haberse quedado
a repetir el curso anterior?
La adopción del programa contribuye más a centralizar el trabajo
que la adopción de los estatutos. ¡Esta vulgaridad, que se quiere
hacer pasar por filosofía, cómo huele a intelectual radical, mucho
más afín al decadentismo burgués que al socialdemocratismo!
Porque la palabra centralización, en esta célebre frase, está tomada
ya en un sentido completamente simbólico. Si los autores de esta
frase no saben o no quieren pensar, que recuerden, por lo menos,
el simple hecho de que la adopción del programa juntamente con
los bundistas, no sólo no ha producido una centralización de
nuestro trabajo común, sino que ni siquiera nos ha preservado de la
escisión. La unidad en cuestiones de programa y en cuestiones de
táctica es una condición indispensable, pero aún insuficiente para la
unificación del Partido, para la centralización del trabajo del Partido.
(¡Dios santo, qué cosas elementales hay que masticar en estos
tiempos en que todas las nociones se han confundido!) Para esto
último es necesaria, además, la unidad de organización, es
inconcebible en un partido que se salga, por poco que sea, de los
límites familiares de círculo, sin estatutos aprobados, sin
subordinación de la minoría a la mayoría, sin subordinación de la
parte al todo. Mientras no hemos tenido unidad en las cuestiones
fundamentales de programa y de táctica, decíamos sin rodeos que
vivíamos en una época de dispersión y de círculos, declarábamos
francamente que antes de unificarnos teníamos que deslindar los
campos; ni hablábamos siquiera de formas de organización
conjunta, sino que tratábamos exclusivamente de las nuevas
cuestiones (entonces realmente nuevas) de la lucha contra el
oportunismo en materia de programa y de táctica. Ahora, esta lucha,
según todos reconocemos, ha asegurado ya suficiente unidad,
formulada en el programa del Partido y en las resoluciones del
Partido sobre la táctica; ahora tenemos que dar el paso siguiente y,
de común acuerdo, lo hemos dado: hemos elaborado las formas de
una organización única en la que se funden todos los círculos. ¡Se
nos ha arrastrado ahora hacia atrás, destruyendo a medias estas
formas, se nos ha arrastrado hacia una conducta anarquista, hacia
una fraseología anarquista, hacia el restablecimiento del círculo en
lugar de la redacción del Partido, y ahora se justifica este paso atrás
diciendo que el alfabeto es más útil al discurso correcto que el
conocimiento de la sintaxis!
La filosofía del seguidismo, que florecía hace tres años en
cuestiones de táctica, renace ahora aplicada a problemas de
organización. Ved este razonamiento de la nueva redacción: "La
orientación socialdemócrata combativa -- dice el camarada
Alexándrov -- no debe realizarse en el Partido tan sólo por la lucha
ideológica, sino también por determinadas formas de organización".
La redacción nos alecciona: "No está mal esta confrontación de la
lucha ideológica y de las formas de organización. La lucha
ideológica es un proceso, mientras que las formas de organización
son sólo... formas [¡lo juro, así está impreso en el núm. 56,
suplemento, pág. 4, columna 1, abajo!] que deben revestir un
contenido fluido, en desarrollo: el trabajo práctico en desarrollo del
Partido". Esto es ya lo de la anécdota de que el proyectil es proyectil
y la bomba es bomba. ¡La lucha ideológica es un proceso y las
formas de organización son sólo formas que revisten un contenido!
De lo que se trata es de saber si nuestra lucha ideológica revestirá
formas más elevadas, las formas de una organización del Partido
obligatoria para todos, o las formas de la antigua dispersión y de la
antigua desarticulación en círculos. Se nos ha arrastrado hacia
atrás, apartándonos de formas más elevadas, hacia formas más
primitivas, y se justifica esto afirmando que la lucha ideológica es un
proceso y las formas son sólo formas. Exactamente del mismo
modo nos arrastraba el camarada Krichevski, en sus tiempos, hacia
atrás, de la táctica-plan a la táctica-proceso.
El proletariado no teme la organización ni la disciplina, ¡sépanlo los
señores que se preocupan tanto del hermano menor! El proletariado
no va a preocuparse de que los señores profesores y estudiantes,
que no quieran entrar en ninguna organización, sean considerados
como miembros del Partido porque trabajen bajo el control de sus
organizaciones. La vida entera del proletariado educa a éste para la
organización de un modo mucho más radical que muchos
intelectuales pedantes. El proletariado, a poco que comprenda
nuestro programa y nuestra táctica, no se pondrá a justificar el
retraso en la organización invocando que la forma es menos
importante que el contenido. No es el proletariado, sino que son
algunos intelectuales en nuestro Partido, los que adolecen de falta
de autoeducación en el espíritu de organización y disciplina, en el
espíritu de hostilidad y desprecio hacia la fraseología anarquista.
Los Akímov número dos calumnian de igual manera al proletariado,
al decir que no está preparado para la organización, lo mismo que
lo calumniaron los Akímov número uno, diciendo que no estaba
preparado para la lucha política. El proletario que se haya hecho
socialdemócrata consciente y se sienta miembro del Partido,
rechazará el seguidismo en materia de organización con el mismo
desprecio con que ha rechazado el seguidismo en los problemas de
táctica.
. El seguidismo en cuestiones de organización es un producto
natural e inevitable de la psicología del individualista anarquista,
cuando este último empieza a erigir en sistema de concepciones, en
peculiares divergencias de principio sus desviaciones anarquistas
(quizá accidentales en un comienzo). En el Congreso de la Liga
hemos visto los comienzos de este anarquismo; en la nueva Iskra
vemos tentativas de erigirlo en sistema de concepciones. Estas
tentativas confirman admirablemente lo que ya se dijo en el
Congreso del Partido, sobre la diferencia de puntos de vista que hay
entre el intelectual burgués, adherido a la socialdemocracia, y el
proletario que ha adquirido conciencia de sus intereses de clase.
El "Práctico" no sospecha siquiera que la terrible palabra por él
lanzada nos descubre en seguida la psicología de un intelectual
burgués, que no conoce ni la práctica ni la teoría de la organización
proletaria. Precisamente la fábrica, que a algunos les parece sólo
un espantajo, representa la forma superior de cooperación
capitalista que ha unificado y disciplinado al proletariado, que le ha
enseñado a organizarse, lo ha colocado a la cabeza de todos los
demás sectores de la población trabajadora y explotada.
Precisamente el marxismo, como ideología del proletariado instruido
por el capitalismo, ha enseñado y enseña a los intelectuales
vacilantes la diferencia que existe entre el factor de explotación de
la fábrica (disciplina fundada en el miedo a la muerte por hambre) y
su factor organizador (disciplina fundada en el trabajo en común,
unificado por las condiciones en que se realiza la producción,
altamente desarrollada desde el punto de vista técnico). La
disciplina y la organización, que tan difícilmente adquiere el
intelectual burgués, son asimiladas con singular facilidad por el
proletariado, gracias precisamente a esta "escuela" de la fábrica. El
miedo mortal a esta escuela, la completa incomprensión de su valor
organizador, caracterizan precisamente los métodos del
pensamiento que reflejan las condiciones de vida
pequeñoburguesas, a las que debe su origen el tipo de anarquismo
que los socialdemócratas alemanes llaman Edelanarchismus, es
decir, anarquismo del señor "distinguido", anarquismo señorial, diría
yo. Este anarquismo señorial es algo muy peculiar del nihilista ruso.
La organización del Partido se le antoja una "fábrica" monstruosa; la
sumisión de la parte al todo y de la minoría a la mayoría le parece
un "avasallamiento" (véanse los folletos de Axelrod); la división del
trabajo bajo la dirección de un organismo central hace proferir
alaridos tragicómicos contra la transformación de los hombres en
"ruedas y tornillos" de un mecanismo (y entre estas
transformaciones, la que juzga más espantosa es la de los
redactores en simples periodistas), la mención de los estatutos de
organización del Partido suscita en él un gesto de desprecio y la
desdeñosa obcecación (dirigida a los "formalistas") de que se
podría vivir sin estatutos.
Es increíble, pero es un hecho: precisamente ésta es la edificante
observación que me hace el camarada Mártov en el núm. 58 de
Iskra, citando, para ser más convincente, mis propias palabras de la
"Carta a un camarada". ¿Acaso no es esto "anarquismo señorial",
acaso no es seguidismo el justificar con ejemplos sacados de la
época de dispersión, de la época de desarticulación en círculos, el
mantenimiento y la glorificación del sistema de círculos y de la
anarquía, en una época en que ya está constituido el espíritu del
Partido?
¿Por qué no necesitábamos antes los estatutos? Porque el
Partido se componía de círculos aislados, no enlazados entre sí por
ningún nexo orgánico El pasar de un círculo a otro era simplemente
cuestión de la "buena voluntad" de este o el otro individuo, que no
tenía ante sí ninguna expresión netamente definida de la voluntad
del todo. Las cuestiones en litigio, en el seno de los círculos, no se
resolvían según unos estatutos, "sino luchando y amenazando con
marcharse ": esto es lo que decía yo en la "Carta a un camarada"*
fundándome en la experiencia de una serie de círculos en general, y
en particular en la de nuestro grupo de seis que constituíamos la
redacción. En la época de los círculos, tal fenómeno era natural e
inevitable, pero a nadie se le ocurría elogiarlo ni hacer de ello un
ideal: todos se quejaban de semejante dispersión, todo el mundo
sufría a causa de ella y ansiaba la fusión de los círculos dispersos
en una organización de partido con una forma definida. Y ahora,
cuando esta fusión ha tenido lugar, se nos arrastra hacia atrás, se
nos sirve, como si fueran principios superiores de organización, la
fraseología anarquista .A los que están acostumbrados a la holgada
bata y a las zapatillas de la vida de familia de los círculos, al
oblomovismo, unos estatutos formales les parecen algo estrecho,
apretado, pesado, bajo, burocrático, avasallador, un estorbo para el
libre "proceso" de la lucha ideológica. El anarquismo señorial no
comprende que hacen falta unos estatutos formales precisamente
para sustituir el estrecho nexo de los círculos con un amplio nexo
del Partido. No se precisaba ni era posible revestir de una forma
definida el nexo existente en el interior de un círculo, o entre los
círculos, porque dicho nexo estaba basado en un compadrazgo o
en una "confianza" incontrolada y no motivada. El nexo del Partido
no puede ni debe descansar ni en el uno ni en la otra; es
indispensable basarlo precisamente en unos estatutos formales,
redactados "burocráticamente" (desde el punto de vista del
intelectual relajado), y cuya estricta observancia es lo único que nos
garantiza de la arbitrariedad y de los caprichos de los círculos, del
régimen de querellas instituido en los círculos y calificado de libre
"proceso" de la lucha ideológica.
La redacción no comprende que precisamente el colocar en primer
plano la confianza, la mera confianza, delata una vez más su
anarquismo señorial y su seguidismo en materia de organización.
Cuando yo era sólo miembro de un círculo, del grupo de los seis
redactores, o de la organización de Iskra, tenía derecho a justificar,
por ejemplo, mi negativa a trabajar con X., alegando sólo la falta de
confianza, sin tener que dar explicaciones ni motivos. Una vez
miembro del Partido, no tengo derecho a invocar sólo una vaga falta
de confianza, porque ello equivaldría a abrir de par en par las
puertas a todas las extravagancias y a todas las arbitrariedades de
los antiguos círculos; estoy obligado a motivar mi "confianza" o mi
"desconfianza" con un argumento formal, es decir, a referirme a
esta o a la otra disposición formalmente fijada de nuestro programa,
de nuestra táctica, de nuestros estatutos; estoy obligado a no
limitarme a un "tengo confianza" o "no tengo confianza" sin más
control, antes bien reconocer que debo responder de mis
decisiones. Como en general toda parte integrante del Partido debe
responder de las suyas ante el conjunto del mismo; estoy obligado a
seguir la vía formalmente prescrita para expresar mi "desconfianza",
para imponer las ideas y los deseos que emanan de esta
desconfianza Nos hemos elevado ya de la "confianza" incontrolada,
propia de los círculos, al punto de vista de un partido, que exige la
observación de procedimientos controlados y formalmente
determinados para expresar y comprobar la confianza. ¡Y la
redacción nos arrastra hacia atrás y llama a su seguidismo
concepto nuevo de la organización!
Ved cómo razona nuestra redacción, que pretende ser una
redacción de partido, sobre los grupos literarios que podrían exigir
una representación en ella: "No nos indignaremos, no invocaremos
a gritos la disciplina", nos sermonean estos anarquistas señoriales,
que han mirado siempre y en todas partes con arrogancia la
disciplina. Nosotros, dicen, nos "entenderemos" [¡sic!] con el grupo
si es serio, o nos reiremos de sus exigencias.
¡Ya veis qué elevada nobleza se afirma aquí contra el vulgar
formalismo "de fábrica" I En realidad, tenemos ante nosotros la
misma fraseología de los círculos, un poco remozada, ofrecida al
Partido por una redacción que siente que no es un organismo del
Partido, sino un resto de un antiguo círculo, la falsedad interna de
esta posición conduce de modo inevitable a la elucubración
anarquista, que erige en principio de organización socialdemócrata
la dispersión, a la que de palabra se la declara farisaicamente como
cosa ya pasada No-hace falta ninguna jerarquía de instituciones e
instancias superiores e inferiores del Partido: para el anarquismo
señorial una tal jerarquía es invención burocrática de ministerios,
departamentos, etc. (v. el folletón de Axelrod); no hace falta
subordinación alguna de la parte al todo, no hace falta ninguna
definición "burocrática y formal" de los procedimientos propios del
Partido para "entenderse" o deslindarse: que sean consagradas las
antiguas querellas de los círculos por la fraseología sobre los
métodos de organización "auténticamente socialdemócratas".
Y aquí es donde el proletario que ha pasado por la escuela "de la
fábrica" puede y debe dar una lección al individualismo anarquista.
Hace ya tiempo que el obrero consciente ha salido de los pañales:
ya no rehúye al intelectual como tal. El obrero consciente sabe
apreciar el acervo de conocimientos, más rico, el horizonte político
más amplio, que encuentra en los intelectuales socialdemócratas.
Pero a medida que se estructura en nuestro país un verdadero
Partido, el obrero consciente debe aprender a distinguir la
psicología del combatiente del ejército proletario de la psicología del
intelectual burgués que se pavonea con frases anarquistas; debe
aprender a exigir que cumplan sus deberes de miembros del Partido
no sólo los militantes de filas, sino también "los de arriba"; debe
aprender a tratar el seguidismo en problemas de organización con
el mismo desprecio con que en otros tiempos trataba el seguidismo
en problemas de táctica.
En conexión inseparable con el girondismo y el anarquismo
señorial se halla una última particularidad característica de la
posición de la nueva Iskra en cuestiones de organización: la
defensa del autonomismo contra el centralismo. Este es
precisamente el sentido de principios que tienen (si es que tienen
alguno [*]) los clamores contra el burocratismo y la autocracia, las
lamentaciones a propósito del "desdén inmerecido de que se hace
objeto a los no iskristas" (que defendieron el autonomismo en el
Congreso), los cómicos gritos de que se exige "una sumisión
absoluta", las amargas quejas sobre "absolutismo", etc., etc. El ala
oportunista de cualquier partido defiende y justifica siempre todo lo
atrasado, en materia de programa, de táctica y de organización. La
defensa de las ideas atrasadas de la nueva Iskra en materia de
organización (seguidismo) está estrechamente ligada a la defensa
del autonomismo. Verdad es que el autonomismo, en general, está
tan desacreditado por los tres años de propaganda de la vieja Iskra,
que a la nueva Iskra le da vergüenza todavía pronunciarse
abiertamente en su favor; nos asegura aún que siente simpatía por
el centralismo, pero lo demuestra únicamente imprimiendo en
cursiva la palabra centralismo. En realidad, aplicando la más ligera
crítica a los "principios" del casi-centralismo "auténticamente
socialdemócrata" (¿y no anarquista?) de la nueva Iskra, se
descubre a cada paso el punto de vista del autonomismo. ¿Acaso
no queda ahora claro para todo el mundo que Axelrod y Mártov, en
problemas de organización, han virado hacia Akímov? ¿Acaso no lo
han reconocido solemnemente ellos mismos en sus significativas
palabras sobre el "desdén inmerecido de que se hace objeto a los
no iskristas"? ¿Y acaso no es el autonomismo lo que han defendido
en el Congreso de nuestro Partido Akímov y sus amigos?
Precisamente el autonomismo (si no el anarquismo) es lo que
defendieron Mártov y Axelrod en el Congreso de la Liga, cuando
con divertido empeño trataban de demostrar que la parte no debe
subordinarse al todo, que la parte es autónoma en la determinación
de sus relaciones con el todo, que los estatutos de la Liga del
extranjero, que formulan estas relaciones, son válidos contra la
voluntad de la mayoría del Partido, contra la voluntad del organismo
central del Partido. Precisamente el autonomismo es lo que
defiende ahora el camarada Mártov de una manera abierta también
en las columnas de la nueva Iskra (núm. 60) a propósito de la
introducción por el Comité Central de miembros en los comités
locales. No hablaré de los sofismas infantiles con que defendió el
camarada Mártov el autonomismo en el Congreso de la Liga y lo
defiende ahora en la nueva Iskra *. Me importa señalar aquí la
tendencia indiscutible a defender el autonomismo en contra del
centralismo, como un principio característico del oportunismo en las
cuestiones de organización.
Tentativa casi única de analizar la noción del burocratismo es la
que hace la nueva Iskra (núm. 53), que opone el "principio
formalmente democrático " (subrayado por el autor) al "principio
formalmente burocrático”. Esta contraposición (desgraciadamente,
tan poco desarrollada y explicada como la alusión a los no iskristas)
contiene un grano de verdad. El burocratismo versus (contra) el
democratismo, es precisamente el centralismo versus el
autonomismo; es el principio de organización de la
socialdemocracia revolucionaria frente al principio de organización
de los oportunistas de la socialdemocracia. Este último trata de ir de
abajo arriba, y por ello defiende, siempre que puede y cuando
puede, el autonomismo, el "democratismo" que va (en los casos en
que hay exceso de celo) hasta el anarquismo. El primero trata de
empezar por arriba, preconizando la extensión de los derechos y
poderes del organismo central respecto a las partes. En la época de
la dispersión y de la desarticulación en círculos, la cima de donde
quería partir la socialdemocracia revolucionaria en su organización
era inevitablemente uno de los círculos, el más influyente por su
actividad y su consecuencia revolucionaria (en nuestro caso, la
organización de Iskra). En una época de restablecimiento de la
unidad efectiva del Partido y de dilución de los círculos anticuados
en esa unidad, esa cima es inevitablemente el Congreso del
Partido, como órgano supremo del mismo. El Congreso agrupa, en
la medida de lo posible, a todos los representantes de las
organizaciones activas y, designando organismos centrales
(muchas veces con una composición que satisface más a los
elementos de vanguardia que a los retardatarios, que gusta más al
ala revolucionaria que a su ala oportunista), hace de ellas la cima
hasta el Congreso siguiente. Así proceden, por lo menos, los
europeos de la socialdemocracia, aunque poco a poco, y no sin
dificultades, no sin lucha ni sin querellas, esta costumbre, que los
anarquistas odian en principio, comienza a extenderse también a
los asiáticos de la socialdemocracia.
Es interesante en sumo grado observar que los principios
característicos que he indicado en el oportunismo en materia de
organización (autonomismo, anarquismo señorial o propio de
intelectuales, seguidismo y girondismo) también se observan
mutatis mutandis (con las modificaciones correspondientes) en
todos los partidos socialdemócratas de todo el mundo donde existe
una división en ala revolucionaria y ala oportunista (¿y dónde no la
hay?). Esto se ha puesto de manifiesto muy recientemente con
singular relieve en el Partido Socialdemócrata alemán, cuando la
derrota sufrida en la 20 circunscripción electoral de Sajonia (el
llamado Incidente Göhre)*, ha puesto al orden del día los principios
de organización de partido El celo de los oportunistas alemanes
contribuyó especialmente a suscitar la cuestión de principio con
motivo de este incidente. Göhre mismo (antes pastor protestante,
autor de un libro bastante conocido: Drei Monate Fabrikarbeiter ** y
uno de los "héroes" del Congreso de Dresde) es un oportunista
empedernido, y el órgano de los oportunistas alemanes
consecuentes Sozialistische Monatshefte [Revista Mensual
Socialista] ha "intercedido" inmediatamente por él.
El oportunismo en el programa está, naturalmente, ligado al
oportunismo en la táctica y al oportunismo en las cuestiones de
organización.
El camarada W. Heine se alza contra "los atentados a la autonomía
de la circunscripción electoral", defiende "el principio democrático",
protesta contra la intervención de una "autoridad nombrada" (es
decir, de la dirección central del Partido) en la libre elección de los
delegados por el pueblo. No se trata aquí de un incidente fortuito,
nos alecciona el camarada W. Heine, sino de toda una "tendencia al
burocratismo y al centralismo en el Partido ", tendencia que, según
él dice, se había observado ya antes, pero que ahora se hace
especialmente peligrosa. Es preciso "reconocer en principio que los
organismos locales del Partido son los portadores de su vida"
(plagio del folleto del camarada Mártov: "De nuevo en minoría"). No
hay que "acostumbrarse a que todas las decisiones políticas
importantes partan de un solo centro", es preciso prevenir al Partido
contra "una política doctrinaria que pierde el contacto con la vida"
(tomado del discurso del camarada Mártov en el Congreso del
Partido sobre que "la vida se impondrá"). ". . . Mirando a la raíz de
las cosas -- dice profundizando su argumentación el camarada W.
Heine --, haciendo abstracción de los conflictos personales que
aquí, como siempre, han desempeñado un papel no pequeño,
veremos en este ensañamiento contra los revisionistas [subrayado
por el autor, que, es de suponer, alude a la distinción de conceptos
entre la lucha contra el revisionismo y lucha contra los revisionistas]
principalmente una desconfianza de los representantes oficiales del
Partido respecto-al 'elemento extraño ' [por lo visto, W. Heine no ha
leído todavía el folleto sobre la lucha contra el estado de sitio, y por
eso recurre al anglicismo: Outsidertum ], la desconfianza de la
tradición frente a lo que no es habitual, de la institución impersonal
frente a lo que es individual [v. la resolución de Axelrod en el
Congreso de la Liga acerca de la coacción ejercida sobre la
iniciativa individual], en una palabra, la misma tendencia que ya
hemos caracterizado más arriba como tendencia al burocratismo y
al centralismo en el Partido".
La noción de "disciplina" inspira al camarada W. Heine no menos
noble indignación que al camarada Axelrod. ". . . Se ha reprochado
a los revisionistas -- escribe -- falta de disciplina, por haber escrito
en Sozialistische Monatshefte, órgano al que no querían reconocer
ni siquiera como socialdemócrata, porque no está bajo el control del
Partido.
Ya este solo intento de reducir el concepto 'socialdemócrata', está
sola exigencia de disciplina en el campo de producción ideológica,
donde debe reinar una libertad absoluta [recordad la frase: la lucha
ideológica es un proceso, y las formas de organización no son más
que formas], testimonian una tendencia al burocratismo y al
sojuzgamiento de la individualidad". Y W. Heine sigue durante largo
tiempo fulminando en todos los tonos esa odiosa tendencia a crear
"una vasta organización omnímoda, lo más centralizada posible,
una táctica, una teoría", fulmina el que se exija "obediencia
incondicional", "sumisión ciega", fulmina "el centralismo
simplificado", etc., etc., literalmente "a lo Axelrod".
C. Kautsky ha intervenido como uno de los representantes de la
tendencia revolucionaria (acusada, claro está, como entre nosotros,
de espíritu "dictatorial", "inquisitorial" y demás cosas terribles)
(Neue Zeit, 1904, núm. 28: artículo "Wahlkreis und Partei" ["La
circunscripción electoral y el Partido"]). "El artículo de W. Heine --
declara Kautsky -- muestra el curso del pensamiento de toda la
tendencia revisionista". No sólo en Alemania, sino también en
Francia y en Italia, los oportunistas defienden a capa y espada el
autonomismo, el debilitamiento de la disciplina del Partido, su
reducción a cero; en todas partes conducen sus tendencias a la
desorganización, a la degeneración del "principio democrático" en
anarquismo, "La democracia no es la ausencia del poder -- enseña
C. Kautsky a los oportunistas en el problema de organización --, la
democracia no es la anarquía, es la supremacía de las masas sobre
sus mandatarios, a diferencia de otras formas de poder en que los
seudoservidores del pueblo son en realidad sus amos". C. Kautsky
examina detalladamente el papel desorganizador del autonomismo
oportunista en los distintos países; demuestra que precisamente la
adhesión a la socialdemocracia "de una masa de elementos
burgueses "[*] refuerza el oportunismo, el autonomismo y las
tendencias a la infracción de la disciplina; recuerda una y otra vez
que precisamente "la organización es el arma con la cual se
emancipará el proletariado", que precisamente "la organización es
el arma característica del proletariado en la lucha de clases".
En Alemania, donde el oportunismo es más débil que en Francia
e Italia, "las tendencias autonomistas no han conducido hasta ahora
sino a declamaciones más o menos patéticas contra los dictadores
y los grandes inquisidores, contra las excomuniones [**] y la
persecución de herejías, a enredos y querellas sin fin, cuyo análisis
no conduciría más que a incesantes disputas".
No es de extrañar que en Rusia, donde el oportunismo es en el
Partido aún más débil que en Alemania, las tendencias
autonomistas hayan dado lugar a menos ideas y a más
"declamaciones patéticas" y querellas.
No es de extrañar que Kautsky llegue a la conclusión siguiente:
"Quizá no haya cuestión en que el revisionismo de todos los países,
a pesar de todas sus diversidades y de la variedad de sus matices,
se distinga por tanta uniformidad como en el problema de
organización precisamente". C. Kautsky también formula las
tendencias fundamentales de la ortodoxia y del revisionismo en este
terreno, recurriendo a la "palabra terrible": burocratismo versus
(contra) democratismo. Se nos dice -- escribe C. Kautsky -- que
conceder a la dirección del Partido el derecho de influir en la
elección de candidatos (a diputado) por las circunscripciones
electorales locales, es "atentar vergonzosamente al principio
democrático, que exige que toda la actividad política se ejerza de
abajo a arriba, por iniciativa de las masas, y no de arriba abajo, por
vía burocrática... Pero si existe algún principio verdaderamente
democrático es el de que la mayoría debe tener supremacía sobre
la minoría, y no al contrario..." La elección de diputados al
Parlamento, por cualquier circunscripción, es un asunto importante
para todo el Partido en su conjunto, que por ello mismo debe influir
sobre la designación de los candidatos, al menos por medio de
personas de confianza del Partido (Vertrauensmänner ). "Quien
crea que este procedimiento es demasiado burocrático o demasiado
centralista, que pruebe proponer que los candidatos sean
designados por votación directa de todos los miembros del Partido
en general (sämtliche Parteigenossen). Y como esto es irrealizable,
no hay razón para quejarse de falta de democratismo cuando la
función de que se trata, como muchas otras que se refieren al
Partido en conjunto, es desempeñada por una o varias instancias
del Partido". Según el "derecho usual" del Partido alemán, las
distintas circunscripciones electorales "se entendían ya antes
amigablemente" con la dirección del Partido para presentar uno u
otro candidato. "Pero el Partido es ya demasiado grande para que
baste este tácito derecho usual. El derecho usual deja de ser
derecho cuando deja de ser reconocido como algo que se entiende
por sí mismo, cuando se ponen en duda sus definiciones e incluso
su propia existencia. En este caso resulta absolutamente
imprescindible formular de un modo exacto este derecho,
codificarlo"... "fijar de un modo más exacto en los estatutos [*]
(statutarische Festlegung) y reforzar simultáneamente el carácter
riguroso (grössere Straffheit) de la organización".
Veis, pues, en circunstancias distintas, la misma lucha entre el
ala oportunista y el ala revolucionaria del Partido sobre la cuestión
de organización, el mismo conflicto entre autonomismo y
centralismo, democratismo y "burocratismo", entre la tendencia a
debilitar y la tendencia a reforzar el carácter riguroso de la
organización y de la disciplina, entre la psicología del intelectual
vacilante y la del proletario consecuente, entre el individualismo
propio de intelectuales y la cohesión proletaria. Cabe preguntar:
¿Qué actitud ha adoptado ante este conflicto la democracia
burguesa, no la democracia que la traviesa historia prometió sólo
enseñar en secreto algún día al camarada Axelrod, sino la
verdadera, la democracia burguesa real, que tiene también en
Alemania representantes no menos sabios ni menos observadores
que nuestros señores de "Osvobozhdenie"?
La democracia burguesa alemana ha respondido inmediatamente a
la nueva discusión y -- como la rusa, como siempre, como en todas
partes -- se ha colocado de lleno al lado del ala oportunista del
Partido socialdemócrata. El destacado órgano del capital bursátil de
Alemania, la Gazeta de Francfurt, ha publicado un artículo de fondo
fulminante (Frankf. Ztg., 7 de abril de 1904,
núm. 97, Abendblatt), que demuestra que la manía poco
escrupulosa de plagiar a Axelrod se ha convertido simplemente en
una especie de enfermedad de la prensa alemana. Los terribles
demócratas de la Bolsa de Francfurt fustigan la "autocracia" en el
Partido Socialdemócrata, la "dictadura del Partido", "el dominio
autocrático de las autoridades del Partido", esas "excomuniones"
por las que se quiere (recuérdese la "falsa acusación de
oportunismo") "algo así como castigar a todo el revisionismo", esa
exigencia de "obediencia ciega", esa "disciplina que mata", esa
exigencia de "subordinación lacayuna", de hacer de los miembros
del Partido "cadáveres políticos" (¡esto es mucho más fuerte que lo
de los tornillos y ruedecitas!). "Toda originalidad personal -- dicen
indignados los caballeros de la Bolsa al observar el estado de cosas
antidemocrático que rige en la socialdemocracia --, toda
individualidad, ya lo veis, ha de verse sujeta a persecuciones,
porque amenazan con llevar al estado de cosas que rige en
Francia, al jauresismo y al millerandismo, como ha declarado
francamente Zindermann, que informó sobre este problema" en el
Congreso del partido de los socialdemócratas sajones.
Así, pues, por cuanto los nuevos terminajos de la nueva Iskra
sobre el problema de organización tienen un sentido de principio, no
cabe duda de que este sentido es oportunista. Se confirma esta
deducción tanto por todo el análisis del Congreso de nuestro
Partido, que se escindió en ala revolucionaria y ala oportunista,
como por el ejemplo de todos los partidos socialdemócratas
europeos, en cuyo seno se manifiesta el oportunismo en materia de
organización en las mismas tendencias, en las mismas acusaciones
y muy a menudo en los mismos terminajos.
Naturalmente, imprimen su sello las particularidades nacionales de
los diversos partidos y las distintas condiciones políticas de los
diversos países, haciendo que el oportunismo alemán no se
parezca en nada al oportunismo francés, ni el francés al italiano, ni
el italiano al ruso. Pero, a pesar de toda esta diferencia de
condiciones*, se observa claramente la homogeneidad de la división
fundamental de todos estos partidos en ala revolucionaria y ala
oportunista, la homogeneidad del curso del pensamiento y de las
tendencias del oportunismo en el problema de organización. El gran
número de representantes de la intelectualidad radical que figura
entre nuestros marxistas y nuestros socialdemócratas ha traído y
trae como consecuencia inevitable el oportunismo, que su
psicología engendra en los terrenos y en las formas más diversas.
Hemos luchado contra el oportunismo en las cuestiones
fundamentales de nuestra concepción del mundo, en cuestiones
programáticas, y la divergencia absoluta en lo que se refiere a los
fines ha conducido inevitablemente a un deslindamiento definitivo
entre los liberales, que han estropeado nuestro marxismo legal, y
los socialdemócratas
* Nadie dudará ahora de que la antigua división de los
socialdemócratas rusos, en cuanto a los problemas de la táctica, en
economistas y políticos, se identificaba con la división de toda la
socialdemocracia inter nacional en oportunistas y revolucionarios,
aunque fuese muy grande la diferencia entre los camaradas
Martínov y Akímov, por una parte, y los camaradas von-Vollmar y
von-Elm o Jaurés y Millerand, por otra. Del mismo modo es
indudable la homogeneidad de las divisiones fundamentales en el
problema de organización, a pesar de la enorme diferencia de
condiciones que existe entre los países privados de derechos
políticos y los países políticamente libres. Es extremadamente
característico que la redacción de la nueva Iskra, tan afecta a los
principios, después de haber tratado de pasada la discusión entre
Kautsky y Heine (núm. 64), haya pasado por alto temerosa la
cuestión de las tendencias de principio de todo oportunismo y de
toda ortodoxia en el problema de organización.
Hemos luchado contra el oportunismo en problemas de táctica y
nuestra divergencia con los camaradas Krichevski y Akímov, en lo
que se refiere a estos problemas menos importantes, tuvo tan sólo,
naturalmente, un carácter temporal, no siguiéndole la formación de
partidos distintos. Ahora, hemos de vencer el oportunismo de
Mártov y Axelrod en problemas de organización, aun menos
cardinales, claro está, que las cuestiones de programa y de táctica,
pero problemas que en el momento actual aparecen en el primer
plano de la vida de nuestro Partido.
Cuando se habla de lucha contra el oportunismo, no hay que
olvidar nunca un rasgo característico de todo el oportunismo
contemporáneo en todos los terrenos: su carácter in definido,
difuso, inaprehensible. El oportunista, por su misma naturaleza,
esquiva siempre plantear los problemas de un modo preciso y
definido, busca la resultante, se arrastra como una culebra entre
puntos de vista que se excluyen mutuamente, esforzándose por
"estar de acuerdo" con uno y otro, reduciendo sus discrepancias a
pequeñas enmiendas, a dudas, a buenos deseos inocentes, etc.,
etc. El camarada E. Bernstein, oportunista en cuestiones
programáticas, "está de acuerdo" con el programa revolucionario
del Partido, y aunque, probablemente, desearía una "reforma
cardinal" del mismo, considera que esta reforma no es oportuna ni
conveniente, ni tan importante como la aclaración de los "principios
generales" de "crítica" (que consisten, principalmente, en aceptar
sin crítica alguna los principios y los terminajos de la democracia
burguesa). El camarada von-Vollmar, oportunista en problemas de
táctica, está también de acuerdo con la vieja táctica de la
socialdemocracia revolucionaria y más bien se limita igualmente a
declamaciones, a ligeras enmiendas e ironías, no proponiendo
nunca ninguna táctica "ministerialista" determinada.
Los camaradas Mártov y Axelrod, oportunistas en problemas de
organización, tampoco han dado hasta ahora tesis determinadas de
principio que puedan ser "fijadas en unos estatutos", a pesar de que
se les ha llamado directamente a hacerlo; también ellos desearían,
indudablemente que la desearían, una "reforma cardinal" de los
estatutos de nuestra organización (Iskra, núm. 58, pág. 2, columna
3); pero con preferencia hubieran empezado por ocuparse de
"problemas generales de organización" (porque una reforma
efectivamente cardinal de nuestros estatutos que, a pesar del
artículo primero, tienen un carácter centralista, si se hiciera en el
espíritu de la nueva Iskra, conduciría inevitablemente al
autonomismo, y el camarada Mártov, claro está, no quiere
reconocer ni aun ante sí mismo su tendencia en principio al
autonomismo). De aquí que su posición "en principio", en cuanto al
problema de organización, tenga todos los colores del arco iris:
predominan inocentes y patéticas declamaciones sobre la
autocracia y el burocratismo, sobre la obediencia ciega, sobre
tornillos y ruedecitas, declamaciones tan inocentes, que en ellas es
aun sumamente difícil distinguir lo que son efectivamente principios
de lo que es en realidad cooptación. Pero cuanto más se adentra
uno en el bosque, tanta más leña se encuentra: los intentos de
analizar y definir exactamente el odioso "burocratismo" conducen
inevitablemente al autonomismo; los intentos de "profundizar" y
fundamentar, llevan indefectiblemente a justificar el atraso, llevan al
seguidismo, a la fraseología girondina. Por último, como único
principio efectivamente definido, y que por ello mismo se manifiesta
con peculiar claridad en la práctica (la práctica precede siempre a la
teoría), aparece el principio del anarquismo. Ridiculización de la
disciplina -- autonomismo -- anarquismo: he ahí la escalera por la
que ora baja ora sube nuestro oportunismo en materia de
organización, saltando de peldaño en peldaño y evitando
hábilmente toda formulación precisa de sus principios*.
Exactamente la misma gradación presenta el oportunismo en
cuanto al programa y a la táctica: burla de la "ortodoxia", de la
estrechez y de la inflexibilidad -- "crítica" revisionista y
ministerialismo -- democracia burguesa.
En estrecha relación psicológica con el odio a la disciplina, está la
constante y monótona nota de ofensa, que suena en todos los
escritos de todos los oportunistas contemporáneos en general y de
nuestra minoría en particular.
* Quien recuerde la discusión sobre el artículo primero verá ahora
claramente que el error del camarada Mártov y del camarada
Axelrod acerca de este artículo, desarrollado y profundizado,
conduce inevitablemente al oportunismo en lo que se refiere a la
organización. La idea básica del camarada Mártov -- lo de incluirse
uno mismo en el Partido -- es precisamente el falso "democratismo",
la idea de estructurar el Partido de abajo arriba. Mi idea, por el
contrario, es "burocrática" en el sentido de que el Partido se
estructura de arriba abajo, empezando por el Congreso y siguiendo
por las diversas organizaciones del Partido. Tanto la psicología de
intelectual burgués como las frases anarquistas y las
elucubraciones oportunistas y seguidistas, todo ello apuntaba ya en
la discusion sobre el artículo primero. En "Estado de sitio" (pág. 20),
el camarada Mártov habla del "trabajo del pensamiento que ha
comenzado" en la nueva Iskra. Lo cual es verdad en el sentido de
que él y Axelrod dirigen efectivamente el pensamiento por un rumbo
nuevo, empezando por el artículo primero. Lo malo es que ese
rumbo es oportunista. Cuanto más "trabajen en ese rumbo, cuanto
más limpio esté su trabajo de bajas querellas de cooptación, tanto
más se hundirán en la charca. El camarada Plejánov lo ha
comprendido ya claramente en el Congreso, y en su artículo "¿Qué
es lo que no hay que hacer?" les ha advertido por segunda vez:
estoy dispuesto, -- dice --, incluso a cooptaros a vosotros, pero no
sigáis ese camino, que sólo conduce al oportunismo y al
anarquismo. No han aceptado este buen consejo Mártov y Axelrod:
¿Cómo, no ir? ¿Dar la razón a Lenin en el sentido de que la
cooptación no es más que una baja querella? ¡Nunca! ¡Le
demostraremos que somos gente de principios! Y lo han
demostrado. Han demostrado a todos con plena evidencia que, si
tienen principios nuevos, estos principios son los principios del
oportunismo.
Se ven perseguidos, oprimidos, expulsados, asediados,
atropellados. En esas palabrejas hay mucha más verdad
psicológica y política de la que, probablemente, suponía el mismo
autor de la encantadora y aguda broma sobre atropellados y
atropelladores. Recorred, en efecto, las actas del Congreso de
nuestro Partido y veréis que constituyen la minoría todos los
ofendidos, todos aquellos a los que alguna vez o en algo ha
ofendido la socialdemocracia revolucionaria. Allí están los bundistas
y los de "Rabócheie Dielo", a los que "ofendimos" hasta el punto de
que se retiraron del Congreso; allí están los de "Iuzhni Rabochi",
mortalmente ofendidos porque se ha dado muerte a las
organizaciones en general y a la suya en particular; allí está el
camarada Májov, al que se ofendió cada vez que hizo uso de la
palabra (porque cada vez se ponía exactamente en una situación
ridícula); allí están, por último, el camarada Mártov y el camarada
Axelrod, ofendidos por la "falsa acusación de oportunismo" con
motivo del artículo primero de los estatutos y por su derrota en las
elecciones.
. La cantidad se convirtió en calidad. Se produjo una negación de la
negación. Todos los ofendidos olvidaron sus cuentas recíprocas:
sollozando, se arrojaron los unos en brazos de los otros y
levantaron la bandera de la "insurrección contra el leninismo"[*].
La insurrección es una cosa magnífica cuando se alzan los
elementos avanzados contra los reaccionarios. Está muy bien que
el ala revolucionaria se alce contra el ala oportunista. Pero es malo
que el ala oportunista se alce contra la revolucionaria.
El camarada Plejánov se ve obligado a tomar parte en este feo
asunto en calidad, por decirlo así, de prisionero de guerra. Trata de
"desahogarse" pescando una que otra frase poco hábil del autor de
tal o cual resolución favorable a la "mayoría", y al hacerlo exclama:
"¡Pobre camarada Lenin! ¡Buenos son sus ortodoxos partidarios!"
(Iskra, núm. 63, suplemento).
Bueno, ¿sabe usted, camarada Plejánov?, si yo soy pobre, la
redacción de la nueva Iskra está completamente en la miseria. Por
pobre que yo sea, no he llegado todavía a un grado de miseria tan
absoluto, que tenga que cerrar los ojos ante el Congreso del Partido
y buscar en resoluciones de miembros de los comités material para
ejercitar la agudeza de mi espíritu. Por muy pobre que yo sea, soy
mil veces más rico que los hombres cuyos partidarios, no sólo dicen
por casualidad alguna que otra frase poco hábil, sino que en todos
los problemas, tanto de organización como de táctica y de
programa, se aferran, firme y empeñadamente, a principios que
están en pugna con los de la socialdemocracia revolucionaria.
¿Sabes, lector, lo que es el Comité de Vorónezh del Partido
Obrero Socialdemócrata de Rusia? Si no lo sabes, lee las actas del
Congreso del Partido. Allí verás que la tendencia de ese Comité es
la que expresan plenamente los camaradas Akímov y Brúker, que
lucharon en toda la línea contra el ala revolucionaria del Partido en
el Congreso y que, decenas de veces, fueron colocados entre los
oportunistas por todo el mundo, empezando por el camarada
Plejánov y acabando por el camarada Popov. Pues este Comité de
Vorónezh, en su hoja de enero (núm. 12, enero de 1904), declara:
"En nuestro Partido, siempre en crecimiento, se ha producido el
año pasado un acontecimiento de trascendental importancia para el
Partido: se ha celebrado el II Congreso del P.O.S.D.R., en el que se
han reunido representantes de sus organizaciones. La convocatoria
de un congreso del Partido es algo muy complejo y muy arriesgado
bajo la monarquía, algo muy difícil, y por ello no es de extrañar que
la convocatoria del Congreso del Partido no se haya hecho ni con
mucho de un modo perfecto, y que el mismo Congreso, aunque ha
transcurrido con toda normalidad, no haya dado satisfacción a todo
lo que de él exigía el Partido. Los camaradas a quienes la
Conferencia de 1902 encomendó la convocatoria del Congreso
habían sido detenidos, y el Congreso lo prepararon personas
designadas por una sola tendencia de la socialdemocracia rusa: la
tendencia iskrista. Muchas organizaciones socialdemócratas, pero
no iskristas, no fueron incorporadas al trabajo del Congreso: a ello
se debe, en parte, el hecho de que el Congreso haya cumplido de
un modo extremadamente imperfecto su cometido en lo que se
refiere a redactar el programa y los estatutos del Partido, que haya
en los estatutos grandes lagunas que pueden dar lugar a peligrosas
confusiones, según reconocen las mismas personas que han
tomado parte en el Congreso. Los mismos iskristas se han
escindido en el Congreso, y muchos militantes destacados de
nuestro P.O.S.D.R. que antes, al parecer, aceptaban totalmente el
programa de acción de Iskra, han reconocido que eran irreales
muchos de sus puntos de vista, propugnados principalmente por
Lenin y Plejánov. Aunque estos últimos triunfaron en el Congreso, la
fuerza de la vida práctica, las exigencias del trabajo real, en cuyas
filas están también todos los no-iskristas, corrigen rápidamente los
errores de los teóricos y han introducido ya serias rectificaciones
después del Congreso. Iskra ha cambiado mucho y promete prestar
oído atento a las exigencias de los militantes de la socialdemocracia
en general. Por tanto, aunque los trabajos del Congreso deben ser
revisados por el Congreso siguiente y -- cosa evidente incluso para
los que han tomado parte en él -- no son satisfactorios, y por lo
mismo no pueden entrar en el Partido como decisiones inmutables,
el Congreso, sin embargo, ha puesto en claro el estado de cosas
que existe en el Partido ha proporcionado bastante material para la
ulterior actividad teórica y de organización del Partido y constituye
una experiencia de enorme interés para el trabajo del Partido en
conjunto. Todas las organizaciones tendrán en cuenta las
resoluciones del Congreso y los estatutos que ha elaborado, pero
muchas se abstendrán de guiarse únicamente por ellos, a causa de
sus evidentes imperfecciones.
Aunque no nos satisfaga todavía el estado de cosas que se
observa en el Partido y en el C.C., confiamos, sin embargo, que los
esfuerzos comunes conseguirán perfeccionar la difícil labor de la
organización del Partido. Frente a los rumores falsos que circulan,
el Comité de Vorónezh declara a los camaradas que no puede ni
hablarse de que el Comité de Vorónezh salga del Partido. El Comité
de Vorónezh comprende perfectamente cuán peligroso precedente
(ejemplo) sería la salida, del seno del P.O.S.D.R., de una
organización obrera como es el Comité de Vorónezh, y qué
reproche recaería sobre el Partido y qué perjudicial sería para las
organizaciones obreras que pueden seguir ese ejemplo. No
debemos provocar nuevas escisiones, sino aspirar tenazmente a la
unificación de todos los obreros conscientes y socialistas en un
Partido único. Además, el II Congreso ha sido un congreso ordinario
y no constituyente. Sólo el tribunal del Partido puede acordar una
expulsión del Partido, pero ninguna organización, ni aun el mismo
Comité Central tienen derecho a excluir del Partido a ninguna
organización socialdemócrata. Aún más: en el II Congreso se ha
aprobado el artículo octavo de los estatutos, según el cual cada
organización es autónoma en sus asuntos locales, por lo cual el
Comité de Vorónezh tiene pleno derecho a aplicar en el Partido sus
puntos de vista en materia de organización”.
La redacción de la nueva Iskra, al referirse a esta hoja en su
número 61, ha publicado la segunda parte del pasaje que hemos
reproducido, la parte impresa en caracteres corrientes; la primera,
reproducida en tipo menor, ha preferido omitirla.
Les ha dado vergüenza.
p) ALGO SOBRE LA DIALECTICA. DOS REVOLUCIONES
Al abarcar de una mirada general el desarrollo de la crisis de
nuestro Partido, veremos sin dificultad que, salvo raras
excepciones, la composición fundamental de los dos bandos en
pugna ha sido siempre la misma. Era la lucha entre el ala
revolucionaria de nuestro Partido y el ala oportunista. Pero esta
lucha pasó por las fases más diversas, y todo el que quiera ver
claro en el enorme fárrago de publicaciones ya acumulado, en una
inmensidad de indicaciones aisladas, citas truncadas, diversas
acusaciones, etc., etc., ha de tener un conocimiento exacto de las
particularidades de cada una de estas fases.
Enumeremos las principales fases, que difieren manifiestamente
entre sí: 1) Discusión sobre el artículo primero de los estatutos.
Lucha puramente ideológica sobre los fundamentales principios de
organización. Plejánov y yo estamos en minoría. Mártov y Axelrod
proponen una formulación oportunista y caen en brazos de los
oportunistas. 2) Escisión de la organización de Iskra con motivo de
las listas de candidatos al C.C.: Fomín o Vasiliev en una lista de
cinco, Trotski o Travinski en un grupo de tres. Plejánov y yo
conquistamos la mayoría (nueve contra siete), en parte justamente
porque habíamos sido minoría en el artículo primero. La coalición
de Mártov con los oportunistas confirma en la práctica todos mis
temores, debidos al incidente con el Comité de Organización. 3)
Continúan las discusiones sobre detalles de los estatutos. Vuelven a
salvar a Mártov los oportunistas. Nosotros estamos nuevamente en
minoría y defendemos los derechos de la minoría en los organismos
centrales. 4) Los siete oportunistas extremos se retiran del
Congreso. Nosotros quedamos en mayoría y vencemos en las
elecciones a la coalición (minoría iskrista, "charca" y antiiskristas).
Mártov y Popov renuncian a sus puestos en nuestros trios. 5)
Después del Congreso, querellas por la cooptación. Orgia de actos
anarquistas y fraseología anarquista. En la "minoría" se imponen los
elementos menos firmes e inestables. 6) Para evitar la escisión,
Plejánov pasa a la política de kill with kindness. La "minoría" ocupa
la redacción del Órgano Central y el Consejo y ataca con todas sus
fuerzas al Comité Central. La querella continúa llenándolo todo. 7)
El primer ataque contra el C.C. es rechazado. La querella parece
empezar a calmarse. Resulta posible examinar con relativa
tranquilidad dos problemas que, en el terreno puramente ideológico,
preocupan hondamente al Partido: a) qué significa políticamente y
cómo se explica la división de nuestro Partido en "mayoría" y
"minoría" que se ha plasmado en el II Congreso, viniendo a sustituir
todas las divisiones anteriores; b) qué valor de principios tiene la
nueva posición de la nueva Iskra en el problema de organización.
Cada una de estas fases se caracteriza por una coyuntura de
lucha esencialmente distinta y un objetivo inmediato de ataque;
cada fase representa, por decirlo así, un combate aislado en una
campaña general. Nada podrá entenderse en nuestra lucha sin
estudiar las condiciones concretas de cada batalla. Y, al estudiarlas,
veremos bien claro que, en efecto, su desarrollo sigue la vía
dialéctica, la vía de las contradicciones: la minoría se convierte en
mayoría, la mayoría en minoría; cada beligerante pasa de la
defensiva a la ofensiva, y a la inversa; "se niega" el punto de partida
de la lucha ideológica (artículo primero), cediendo su puesto a las
querellas, que lo llenan todo[*], pero luego empieza "la negación de
la negación", y "congeniando" mal que bien, en los diversos
organismos centrales, con la mujer que Dios le ha dado a uno,
volvemos al punto de partida de la lucha puramente ideológica.
Pero la "tesis" está ya enriquecida por todos los resultados de la
"antítesis" y se ha elevado a síntesis superior, cuando el error
aislado y casual del artículo primero se ha convertido en un quasi-
sistema de concepciones oportunistas sobre el problema de
organización, cuando para todo el mundo es cada vez más evidente
la relación que guarda este fenómeno con la división fundamental
de nuestro Partido en ala revolucionaria y ala oportunista. En una
palabra, no sólo crece la cebada a lo Hegel, sino que, también a lo
Hegel, luchan los socialdemócratas rusos entre sí.
Pero la gran dialéctica hegeliana, que el marxismo ha adoptado
después de haberla puesto de pie, no debe confundirse nunca con
el vulgar método de justificar los zigzags de los dirigentes políticos
que se pasan del ala revolucionaria del partido al ala oportunista,
con la vulgar manera de echar a un solo montón declaraciones
diversas, momentos distintos del desarrollo de diversas fases de un
proceso único. La verdadera dialéctica no justifica los errores
personales, sino que estudia los virajes inevitables, demostrando su
inevitabilidad a base del estudio más detallado del desarrollo en
todos los aspectos concretos.
El principio fundamental de la dialéctica es: no hay verdad
abstracta, la verdad es siempre concreta... Y tampoco debe
confundirse esta gran dialéctica hegeliana con la acomodaticia y
vulgar sabiduría que expresa el proverbio italiano: mettere la coda
dove non va il capo (meter la cola donde no cabe la cabeza).
El resultado del desarrollo dialéctico de la lucha que tiene lugar
en nuestro Partido, se reduce a dos revoluciones. El Congreso del
Partido fue una verdadera revolución, según observó con razón el
camarada Mártov en su "De nuevo en minoría". Razón tienen
también los graciosos de la minoría que dicen: ¡el mundo avanza
por revoluciones, por eso hemos hecho nosotros una revolución! En
efecto, han hecho una revolución después del Congreso; y también
es verdad que, hablando en términos generales, el mundo avanza
por revoluciones. Pero este aforismo general no determina todavía
la significación concreta de cada una de las revoluciones concretas:
hay revoluciones que son como reacciones, parafraseando la
inolvidable expresión del inolvidable camarada Májov. Para
determinar si está o la otra revolución concreta ha hecho avanzar o
retroceder al "mundo" (a nuestro Partido), hay que saber si era el
ala revolucionaria del Partido o el ala oportunista la fuerza real que
producía la revolución; hay que saber si eran los principios
revolucionarios o los principios oportunistas los que inspiraban a los
combatientes.
El Congreso de nuestro Partido fue un fenómeno único en su
género, sin precedentes en toda la historia del movimiento
revolucionario ruso. Por primera vez, ha conseguido un partido
revolucionario clandestino salir de las tinieblas de la ilegalidad a la
luz del día, mostrar a todos y a cada uno la trayectoria y el
desenlace de la lucha interna de nuestro Partido, toda la fisonomía
del Partido y cada una de sus partes de cierta importancia, en las
cuestiones de programa, de táctica y de organización.
Por vez primera, conseguimos librarnos de las tradiciones de
indisciplina de círculo y del filisteismo revolucionario, reunir decenas
de los grupos más diversos, muchas veces terriblemente hostiles,
unidos exclusivamente por la fuerza de la idea y dispuestos (en
principio) a sacrificar todo particularismo e independencia de grupo
en aras del gran todo que por primera vez creábamos de hecho: el
Partido. Pero, en política, estos sacrificios no se obtienen sin
esfuerzo, sino que se conquistan combatiendo. Por fuerza hubo de
ser terriblemente encarnizado el combate por la muerte de las
organizaciones. El viento fresco de la lucha franca y libre se
convirtió en torbellino. Y este torbellino barrió -- ¡bien barridos están!
-- todos los restos sin excepción de todos los intereses,
sentimientos y tradiciones de círculos, creando por primera vez
organismos efectivamente de partido.
Pero una cosa es decir que se es algo y otra serlo en realidad.
Una cosa es sacrificar en principio el espíritu de círculos en aras del
Partido y otra renunciar a su propio círculo. El viento fresco lo era
demasiado para quienes estaban habituados a la atmósfera viciada
del filisteismo. "El Partido no ha soportado su primer Congreso",
según dijo, con razón (con razón, pero sin darse cuenta), el
camarada Mártov en su "De nuevo en minoría". Era demasiado
fuerte el sentimiento de ofensa por la muerte dada a las
organizaciones. El torbellino levantó todo el limo que estaba en el
fondo de la corriente de nuestro Partido y el limo ha tomado su
revancha. El viejo y anquilosado espíritu de círculo ha podido más
que el joven espíritu de partido. El ala oportunista del Partido,
totalmente derrotada, se ha impuesto claro que temporalmente -- al
ala revolucionaria, reforzada con la conquista casual de Akímov.
En fin de cuentas, ha resultado una nueva Iskra, que se ve
precisada a desarrollar y profundizar el error cometido por sus
redactores en el Congreso del Partido. La vieja Iskra enseñaba las
verdades de la lucha revolucionaria. La nueva Iskra predica la
sabiduría filistea: la transigencia y el pancismo. La vieja Iskra era el
órgano de la ortodoxia militante. La nueva Iskra nos obsequia con
un recrudecimiento del oportunismo, sobre todo en cuestiones de
organización. La vieja Iskra se había granjeado la honrosa
enemistad de los oportunistas de Rusia y del occidente de Europa.
La nueva Iskra se "ha hecho más prudente" y pronto dejará de
avergonzarse de los elogios que le prodigan los extremistas del
oportunismo. La vieja Iskra iba firmemente hacia su objetivo, y sus
palabras no se apartaban de sus hechos. En la nueva Iskra, la
falsedad interior de su posición engendra de modo inevitable --
incluso independientemente de la voluntad y conciencia de tal o
cual persona -- la hipocresía política. Grita contra la desarticulación
en círculos para encubrir la victoria de esta última sobre el espíritu
de partido. Censura farisaicamente la escisión, como si en un
partido algo organizado pudiera imaginarse contra ésta un medio
que no sea la subordinación de la minoría a la mayoría. Declara que
es imprescindible tener en cuenta la opinión pública revolucionaria
y, ocultando los elogios de los Akímov, se dedica a un mezquino
chismorreo contra los comités del ala revolucionaria del Partido*.
¡Qué vergüenza! ¡Cómo han cubierto de oprobio a nuestra vieja
Iskra!
Un paso adelante, dos pasos atrás... Es algo que sucede en la vida
de los individuos, en la historia de las naciones y en el desarrollo de
los partidos. Y sería la más criminal de las cobardías dudar, aunque
sólo fuera por un momento, del inevitable y completo triunfo de los
principios de la socialdemocracia revolucionaria, de la organización
proletaria y de la disciplina del Partido. Hemos conseguido ya
mucho y debemos continuar luchando, sin que nuestro ánimo
decaiga ante los reveses, luchando consecuentemente,
despreciando los procedimientos filisteos de querellas propias de
círculos, salvaguardando en la máxima medida posible el nexo que
enlaza en un Partido único a todos los socialdemócratas de Rusia,
nexo establecido a costa de tantos esfuerzos, y consiguiendo, con
una labor tenaz y sistemática que todos los miembros del Partido, y
especialmente los obreros, conozcan plena y conscientemente los
deberes de partido, la lucha que ha tenido lugar en el II Congreso
del Partido, todos los motivos y peripecias de nuestra divergencia,
todo lo funesto del oportunismo, que en el terreno de organización --
al igual que en el terreno de nuestro programa y de nuestra táctica
-- capitula impotente ante la psicología burguesa, adopta sin crítica
alguna el punto de vista de la democracia burguesa y embota el
arma de lucha de clase del proletariado.
El proletariado no dispone, en su lucha por el Poder, de más arma
que la organización. El proletariado, desunido por el imperio de la
anárquica concurrencia dentro del mundo burgués, aplastado por
los trabajos forzados al servicio del capital, lanzado constantemente
"al abismo" de la miseria más completa, del embrutecimiento y de la
degeneración, sólo puede hacerse y se hará inevitablemente
invencible, siempre y cuando que su unión ideológica por medio de
los principios del marxismo se afiance mediante la unidad material
de la organización, que cohesiona a los millones de trabajadores en
el ejército de la clase obrera. Ante este ejército no prevalecerán ni el
Poder senil de la autocracia rusa ni el Poder caduco del capitalismo
internacional. Cada vez se estrecharán más las filas de este
ejército, a pesar de todos los zigzags y pasos atrás, a pesar de las
frases oportunistas de los girondinos de la socialdemocracia
contemporánea, a pesar de los fatuos elogios del atrasado espíritu
de círculos, a pesar de los oropeles y el alboroto del anarquismo
propio de intelectuales.
Escrito en febrero-mayo de 1904. Publicado como libro en mayo de
1904 en Ginebra.