El principito
Antoine
de
Saint-Exupéry
( 1900- 1944)
0á
EL PRINCIPITO
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VII
Al quinto día y también en
relación con el cordero, me
fue posible revelar otro
secreto de la vida del
principito. Me preguntó,
como fruto de un problema
larga y silenciosamente
meditado:
–Si un cordero come arbustos, se comerá también las flores
¿no?
–Un cordero se come todo lo que encuentra.
–¿Aún las flores que tienen espinas?
–Sí; también las que tienen espinas.
–Entonces, ¿para qué le sirven las espinas?
Confieso que yo no lo sabía. Estaba muy ocupadotratando
de arreglar el motor ya que el desperfecto parecía muy
grave. Además, el agua se agotaba y todo esto me hacía
temer lo peor.
–¿Para qué sirven las espinas?
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El principito no permitía nunca que se dejara sin respuesta
alguna de sus preguntas. Irritado por la gravedad del
arreglo de mi avión, le respondí lo primero que se me
ocurrió para salir del paso:
–Las espinas no sirven para nada; son pura maldad de las
flores.
–¡Oh!
Y después de un silencio, me dijo resentido:
–¡No te creo! Las flores son débiles. Son ingenuas. Se
defienden como pueden y las espinas son su defensa.
No le respondí nada; en ese instante me decía: "Si esto
continúa resistiendo, no sé qué más hacer". El principito
interrumpió de nuevo mis reflexiones:
–¿Tú… tú crees que las flores…?
–¡No, no creo nada! Te he respondido cualquier cosa para
que te calles y pueda yo ocuparme de cosas serias.
Se quedó absorto.
–¡De cosas serias!
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Me miraba con el martillo en la mano, los dedos negrospor
la grasa y con medio cuerpo dentro de algo que le parecía
muy feo.
–¡Hablas como las personas mayores!
Me avergonzó mucho e implacable, añadió:
–¡Todo lo confundes…! ¡Todo lo mezclas…!
Él estaba verdaderamente irritado; sacudía la cabeza,
agitando al viento sus cabellos dorados.
–Conozco un planeta donde vive un señor muy colorado,
que nunca ha aspirado una flor, nunca ha observado una
estrella, nunca ha querido a nadie. Nunca ha hecho otra
cosa que sumar y restar. Y todo el día repite como tú:"¡Soy
un hombre serio! ¡Soy un hombre serio!"… Y esto lo llena
de orgullo. Pero eso no es un hombre, ¡es un hongo!
–¿Un qué?
–Un hongo.
El principito estaba pálido por el disgusto.
–Hace millones de años que las flores fabrican espinas.
Hace millones de años que los corderos se comen las flores.
¿Y no es serio intentar comprender por qué las flores hacen
tanto esfuerzo en fabricar sus espinas si éstas
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no van a servirles para defenderse? ¿Es que no es
importante la guerra entre los corderos y las flores? ¿No es
esto mucho más serio y mucho más importante que las
sumas de un señor gordo y colorado?... Y… si yo conozco
una flor única que sólo existe en mi planeta y sé que un
corderillo puede destruirla sin ni siquiera darse cuenta ¿es
qué esto no es importante?
Enrojeció aún más y prosiguió:
–Si alguien ama a una flor de la que sólo existe un ejemplar
entre millones y millones de estrellas, es suficiente mirar al
cielo para ser feliz pues puede decir satisfecho: "Mi flor está
allí, en alguna parte…" ¡Pero si el cordero se la come, será
tan doloroso como si de pronto todas las estrellas se
apagaran! ¿Y… esto tampoco es importante?
No pudo decir más. Estalló en sollozos.
---
La noche había caído. Yo había dejado el martillo; ya no
importaban la avería, la sed y la muerte ¡Había en una
estrella, en un planeta, el mío, la Tierra, un principito a
quien consolar! Le pedí perdón, lo arrullé entre mis brazos
diciéndole: "la flor que tú amas no corre peligro… te
dibujaré un bozal para tu cordero y una armadura para tu
flor… te… ". Yo ya no sabía qué decirle, cómo consolarle y
qué hacer para recuperar su confianza; me
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sentía muy torpe. ¡Es tan misterioso el país de las
lágrimas!
Resumen:
Por un mal rato entre el principito y el aviador discutiendo por qué los
corderos se comen las flores, aun teniendo estas espinas, descubrimos
que el principito tiene en algún lugar una flor muy especial que extraña
y teme perder, y es por eso que esta estresado por aquella duda. He
aquí cuando el aviador trata de consolarlo y ayudarlo.
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VIII
Aprendí a conocer esa flor. En el planeta del principito
había habido flores comunes, de una sola fila de pétalos que
apenas ocupaban sitio y a nadie llamaban la atención.
Asomaban entre la hierba una mañana y morían por la
tarde... Pero aquella flor era distinta, había surgido de una
semilla llegada quién sabe de dónde, y el principito había
vigilado cuidadosamente aquella ramita tan diferente de
las que él conocía. Podía ser una nueva especie de Baobab,
pero el arbusto cesó pronto de crecer y comenzó a brotarla
flor. El principito observó cómo crecía un enorme capullo y
presentía que de allí habría de salir una aparición
milagrosa; la flor tardaba en definir su forma y en
completar su belleza al abrigo de su verde envoltura. Poco
a poco escogía sus colores y ajustaba sus pétalos. No quería
salir deslucida; quería aparecer en pleno esplendor de su
belleza ¡Era coqueta desde pequeña y su misteriosa
preparación le tomó varios días! ¡Una mañana, al salir el sol,
por fin se mostró espléndida!
La flor, que había trabajado con tanta precisión, dijo
bostezando:
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–¡Oh, acabo de despertar…
perdón por estar tan
despeinada…!
El principito no pudo contener
su embeleso:
–¡Qué hermosa eres!
–¿Verdad? –Respondió
dulcemente la flor–. Además, he
nacido al mismo tiempo que el sol. El principito advirtió
que ella no era muy modesta, pero ¡era tan conmovedora!
–Creo que es hora de desayunar –agregó la flor–; si
tuvieras la bondad…
Y el principito, algo confuso, buscó una regadera y la roció
con agua fresca.
Y así fue como ella lo había
atormentado con su vanidad un
poco sombría. Un día hablandode
sus cuatro espinas, le dijo al
principito:
—¡Ya pueden venir los tigres, con
sus garras!
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–No hay tigres en mi planeta –objetó el principito–.
Además, los tigres no comen hierba.
–Yo no soy una hierba –respondió dulcemente la flor.
–Perdón...
–En verdad los tigres no me
atemorizan, pero tengo horror alas
corrientes de aire. ¿No tienes un
biombo?
“¿Horror a las corrientes de aire?
Si son buenas para las plantas –
pensó el principito–. Esta flor es
muy complicada…"
–Y por la noche ¿podrás protegerme con un capelo?...
¡Hace mucho frío en tu tierra! Es más cómodo allá dedonde
vengo… Pero recordó que había llegado como semilla y que
era del todo evidente que no podía conocer otros mundos,
entonces se interrumpió y disimuladamente tosió dos o
tres veces para atraer la simpatía del principito.
–¿Y el biombo?
–Iba a traerlo, pero no dejas de hablarme…
Tosió con insistencia para crearle remordimiento.
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Así, a pesar de la buena voluntad de su
amor, el principito llegó a dudar de ella.
Había puesto demasiada atención a
palabras sin importancia y se sentía
desdichado.
"No debí haber hecho caso a sus palabras
–me confesó un día–. No hay
que hacer caso a lo que dicen, basta con mirarlas y aspirar
su aroma. Mi flor perfumaba mi planeta y, en ese entonces,
no bastó para complacerme… Aquella historiade garras y
tigres que tanto me molestó al principio, terminó por
enternecerme".
Y me confío aún más:
"¡No supe comprender nada entonces! Debí juzgarla por
sus actos y no por sus palabras. ¡Ella perfumaba e
iluminaba mi vida! ¡No debí
haber huido! ¡No supe reconocer
la ternura detrás sus pobres
astucias! ¡Son tan contradictorias
las flores! Y… yo era demasiado
joven para saber amarla".
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Resumen:
El aviador conoce por anécdotas del principito a la flor. De un lugar
desconocido llego una bella flor que enamoro al principito, a pesar de
su vanidad y contradicciones. Esto último lo confundió y se marchó
para luego arrepentirse ya que, en el fondo, se debe juzgar por lo actos
y no por las palabras, y la flor en verdad lo hacía feliz.
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IX
Creo que el principito aprovechó la migración de unos
pájaros silvestres para evadirse y comenzar su viaje. La
mañana de la partida arregló muy bien su planeta.
Deshollinó cuidadosamente sus dos volcanes en actividad,
sobre los cuales calentaba su desayuno por las mañanas.
Tenía, además, un volcán extinguido. Deshollinó también
éste, pues, como él decía: “nunca se sabe…”
Si los volcanes se deshollinan bien, arden sin erupciones,
suavemente, como el fuego de nuestras chimeneas. Pero los
hombres somos demasiado pequeños para deshollinar
nuestros volcanes y por eso nos causan tantos disgustos.
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El principito arrancó con tristeza los últimos brotes de
baobabs. Creía no volver jamás. Sus trabajos habituales le
parecieron muy agradables. Y cuando regó por última vez
la flor y se dispuso a ponerla al abrigo de la campana, sintió
ganas de llorar.
–Adiós –le dijo a la flor. Pero ella no respondió.
–Adiós –repitió el principito.
La flor tosió, aunque no estaba resfriada y al fin dijo:
–He sido una tonta, perdóname y procura ser feliz.
Le desconcertó la ausencia de reproches y quedó con el
biombo en la mano sin comprender esa tranquila
mansedumbre.
–Sí, yo te quiero –le dijo la flor–. Si no te has dado cuenta
la culpa ha sido mía, pero eso ahora no tiene importancia.
Y tú has sido tan tonto como yo. Procura ser feliz… Y deja
el biombo. No lo necesito.
–Pero… el viento...
–Ya no estoy tan resfriada y el aire fresco de la noche me
hará bien. Soy una flor.
–Y los animales...
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–Será necesario soportar la molestia de dos o tres orugas,
si quiero conocer las mariposas; creo que son muy
hermosas. Ellas me visitaran… tú estarás muy lejos. Y en
cuanto a las fieras, ya no les temo, tengo mis garras.
Y mostraba ingenuamente sus cuatro espinas. Luego
añadió:
–Y no prolongues más tu despedida. Has decidido irte,
hazlo de una vez.
La flor, que era orgullosa, no quería que él la viese llorar.
Resumen:
Arregló por última vez su planeta listo para marcharse, pero justo en la
despedida la flor, con rara mansedumbre, acepto que quería al
principito y que todo fue su error, le desea felicidad y le explica que ya
no hará falta de sus cuidados y que sobrevivirá sola. Estaba triste,
arrepentida y lo extrañaría de verdad.
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X
Se encontraba en la región de los asteroides 325, 326, 327,
328, 329 y 330. Comenzó a visitarlos para instruirse y
ocuparse en algo al mismo tiempo.
El primero estaba habitado por un rey que vestía ropas
púrpuras adornadas con piel de armiño, estaba sentado
sobre un trono sencillo y, sin embargo, majestuoso.
–¡Ah!, –exclamó el rey al ver al principito– ¡Aquí tenemos
un súbdito!
Y el principito se preguntó:
—¿Cómo es que puede reconocerme si nunca me ha visto?
No sabía que para los reyes todos los hombres son súbditos.
–Acércate para que te vea mejor –le dijo el rey, orgulloso de
ser por fin, el rey de alguien. El principito buscó donde
sentarse, pero el planeta estaba casi cubierto por el
magnífico manto. Se quedó, entonces, de pie, y como estaba
muy fatigado, bostezó.
–La etiqueta no permite bostezar en mi presencia –dijo el
rey– te lo prohíbo.
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–No he podido evitarlo –respondió el principito muy
confuso–, he realizado un viaje muy largo y no he
dormido...
–Entonces –dijo el rey– te ordeno que bosteces. Hace años
que no veo bostezar a nadie. Los bostezos pueden
despertarme mucha curiosidad. ¡Vamos, bosteza otra vez,
te lo ordeno!
–Ya no puedo, me ha cohibido –dijo el principito
ruborizado.
–¡Hm! –respondió el rey–. ¡Bueno! Te ordeno que tan
pronto bosteces como que no bosteces...
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Tartamudeaba un poco y parecía inquieto, pues el reyexigía
que su autoridad fuese respetada y no toleraba la
desobediencia. Era un monarca absoluto. Pero a pesar de
eso, era muy bueno y siempre daba órdenes razonables.
Si ordeno… –decía– si ordeno a un general transformarse
en ave marina y el general no me obedeciese, la culpa no
sería del general, sino mía.
–¿Puedo sentarme? –preguntó tímidamente el principito.
–Te ordeno sentarte –respondió el rey recogiendo
majestuosamente su manto de armiño.
El principito estaba sorprendido. Aquel planeta era tan
pequeño que no se explicaba sobre quién podría reinar.
–Señor, –le dijo– perdóneme si le pregunto...
–Te ordeno interrogarme –se apresuró a decir el rey.
–Señor… ¿sobre qué ejerce su poder?
–Sobre todo –contestó el rey con gran naturalidad.
–¿Sobre todo?
El rey, señaló su planeta, los otros planetas y las estrellas.
–¿Sobre todo eso? –volvió a preguntar el principito.
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–¡Sobre todo eso! –respondió el rey.
No era solamente un monarca absoluto ¡Era un monarca
universal!
–¿Y las estrellas le obedecen?
–¡Al instante! –Dijo el rey– pues no tolero la indisciplina.
Tanto poder maravilló al principito. Si él poseyera un poder
de tal naturaleza, hubiese podido observar no cuarenta y
tres, sino setenta y dos, cien, o incluso doscientas puestas
de sol en el mismo día y sin tener que arrastrar la silla. Y
como se sentía un poco triste al recordar su pequeño
planeta abandonado, se atrevió a solicitar un deseo al rey:
–Desearía ver una puesta de sol... Concédame ese gusto...
Ordénele al sol que se ponga...
–Si ordenara a un general volar de flor en flor como una
mariposa, o escribir una tragedia, o transformarse en ave
marina y el general no obedeciese ¿de quién sería la culpa,
mía o del general?
–De usted –dijo con firmeza el principito.
–Exactamente. Sólo hay que exigir a cada quien, lo que cada
uno puede hacer –continuó el rey. La autoridad siempre
debe apoyarse en la razón. Si por ejemplo,
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ordenas al pueblo que se tire al mar, el pueblo hará una
revolución. Por eso es que tengo derecho a exigir
obediencia, porque mis órdenes son razonables.
–¿Y entonces… mi puesta de sol? –recordó el principito,
que nunca olvidaba una de sus preguntas.
–Tendrás tu puesta de sol. La exigiré. Cuando las
condiciones sean favorables, según me dicta mi ciencia
gobernante.
–¿Y cuándo será eso?
–¡Ejem! –le respondió el rey, consultando previamente un
grueso calendario– ¡ejem! será hacia... hacia eso de las siete
cuarenta. Y ya verás cómo seré obedecido.
El principito bostezó. Lamentaba su puesta de sol frustrada
y como ya se estaba aburriendo un poco, le dijo al rey:
–Ya no tengo nada más que hacer aquí. Me marcho.
–No te marches –respondió el rey quien estaba muy
orgulloso de tener un súbdito–. No te vayas. ¡Te nombro
ministro!
–¿Ministro de qué?
–¡De... de justicia!
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–¡Pero aquí no hay a quien juzgar!
–Uno nunca sabe –dijo el rey–. Aún no he visitado todo mi
reino, ya soy viejo, el caminar me fatiga y no hay lugar para
una carroza.
–¡Yo ya he visto! –Dijo el principito que se inclinó para
echar una ojeada al otro lado del planeta–. Allá tampoco
hay nadie...
–Entonces te juzgarás a ti mismo –le respondió el rey–. Es
lo más difícil. Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo, que
juzgar a los otros. Si eres capaz de juzgarte rectamente eres
un verdadero sabio.
–Eso, uno podría hacerlo en cualquier lugar. No es
necesario permanecer aquí.
–¡Ejem! Creo –dijo el rey– que hay una rata vieja en alguna
parte del planeta; yo la he oído por las noches. Tú podrás
juzgarla. La condenarás a muerte de cuando en cuando, su
vida dependerá de ti, pero como es la única que existe aquí,
debes otorgarle el indulto para poder conservarla.
–A mí no me gusta eso de condenar a muerte –dijo el
principito–. Es mejor que me retire.
–No –dijo el rey.
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Pero el principito, que ya había terminado los preparativos
del viaje, no quiso disgustar al viejo monarca y dijo:
–Si Vuestra Majestad deseara ser obedecido puntualmente,
podría dar una orden razonable. Podría ordenarme, por
ejemplo, partir antes de un minuto. Me parece que las
condiciones son bastante favorables...
Como el rey no respondiera nada, el principito, prosiguió
su viaje.
–¡Entonces te nombro mi embajador! –se apresuró a gritar
el rey.
Tenía un aire de gran autoridad.
"Las personas mayores son muy extrañas", se decía a sí
mismo el principito durante el viaje.
Resumen:
En el asteroide 325 conoció un viejo rey que gobernaba sobre “todo”,
ansioso de gobernar a alguien por primera vez daba muchas órdenes y
no soportaba la desobediencia. Este le enseño que la autoridad se basa
en la razón, que el juzgarse a sí mismo es lo más difícil y que a cada uno
se le exige lo que puede, y en caso de errores es culpa propia.
Brindándole diferentes títulos intento evitar que el principito se fuera,
pero este se marchó pensando para si lo raro que son los adultos
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XI
El segundo planeta estaba habitado por
un vanidoso:
–¡Ah! ¡Ah! ¡He aquí la visita de un
admirador! –exclamó el vanidoso en
cuanto distinguió al principito. Para
los vanidosos todos los otros
hombres son admiradores.
–¡Buenos días! –Dijo el principito–.
¡Qué sombrero tan raro tiene!
–¡Es para corresponder a la
aclamación de los demás!, –respondió el vanidoso. Por
desgracia nadie pasa por aquí.
–¿Cómo? –dijo el principito sin comprender.
–Golpea tus manos una contra otra –le aconsejó el
vanidoso.
El principito aplaudió y el vanidoso saludó levantando su
sombrero.
"Esto parece más divertido que la visita al rey", dijo para sí
el principito, quien continuó aplaudiendo mientras el
vanidoso volvía a saludar quitándose el sombrero, pero
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después de cinco minutos se cansó de la monotonía del
juego.
–¿Y qué hay que hacer para que el sombrero caiga?
–preguntó el principito, pero el vanidoso no le oyó. Los
vanidosos sólo oyen las alabanzas.
–Me admiras mucho ¿verdad? –preguntó al principito.
–¿Qué significa admirar?
–Admirar significa reconocer que yo soy el hombre más
bello, mejor vestido, más rico y el más inteligente del
planeta.
–¡Pero si tú eres la única persona que habita en tu planeta!
–¡Dame ese gusto, admírame de todos modos!
–¡Bueno! te admiro –dijo el principito encogiéndose de
hombros–, pero ¿qué importancia tiene? No sirve para
nada.
Y el principito partió.
"Decididamente, las personas mayores son muy extrañas",
pensaba el principito durante su viaje.
En el mundo 326 conoció al vanidoso, que solo escucha alabanzas y
alimenta su ego e irónicamente se cree el mejor del planeta, donde solo
habita él. Hizo que el principito le aplaudiera y lo vitoreara, pero a
pesar de ello, ¿acaso eso sirve en algo? El principito se fue con la misma
intriga y pensando lo mismo que en el anterior.
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XII
El siguiente planeta estaba habitado por un bebedor. Esta
visita, aunque muy corta, sumió al principito en una gran
melancolía.
–¿Qué haces ahí? –preguntó al bebedor que estaba sentado
en silencio frente a un gran número de botellas vacías y
otras tantas llenas.
–¡Bebo! –respondió el bebedor con aire sombrío.
–¿Por qué bebes? –volvió a preguntar el principito.
–Para olvidar.
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–¿Para olvidar qué? –investigó el principito sintiendo
compasión.
–Para olvidar que siento vergüenza –confesó el bebedor
agachando la cabeza.
–¿Vergüenza de qué? –volvió a preguntar el principito
deseoso de ayudarle.
–¡Vergüenza de beber! –concluyó el bebedor, que se encerró
definitivamente en el silencio.
Y el principito, turbado, se alejó diciendo: "No hay la menor
duda: las personas mayores son muy, muy, extrañas".
En el 327 conoció al bebedor, ahogado en un círculo vicioso, tan ilógico
y terrible que da risa. Concluyó que los mayores son muy, muy raro
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