En la actualidad vivimos en un mundo y una sociedad que ha logrado muchos
avances en los ámbitos de la tolerancia y la convivencia, lo que implica que
podamos permitirnos más libertades en nuestros pensamientos y
comportamientos, ya que las normas que se nos imponen se hacen de carácter más
general con el único fin de mantener la paz a lo largo y ancho del planeta tierra.
Esto, sin embargo, hay que verlo con reserva de sumario, ya que aquellas normas
impuestas a nuestro comportamiento, no pueden de pronto desaparecer, después
de todo somos seres humanos que desde el principio de los tiempos hemos
necesitado pautas de conducta y de convivencia.
Es allí, donde aparece el concepto de ética, como aquella rama que se dedica al
estudio de los comportamientos que se desean lleven a cabo las personas que
conforman una sociedad, entonces esta nos orienta en cosas sencillas como qué
debemos hacer y qué no, cómo, dónde y cuándo hacerlo.
De este modo, la ética es aquella que nos impone esas pequeñas limitaciones
nuestras libertades totales de comportamiento, ya que como pertenecientes a una
sociedad debemos acoplarnos a ciertas exigencias, y de igual forma, esta ética se
expande a regir en otros ámbitos más específicos.
Cómo lo sabemos, el fin de la ética es analizar qué valores deben estar presentes en
nuestra conducta, para poder mantenernos bajo el encuadrado de la sociedad, y
esto permite que un campo donde también se nos imponen ciertos deberes para
respetar y añadir a nuestra formación, es en el ámbito profesional.
Entonces, encontramos dos tipos de ética, la general, que nos rige el
comportamiento en sociedad, y la profesional, que nos determina ciertos valores y
deberes que como profesionales debemos cumplir, y más exactamente en el ámbito
jurídico, la de tener siempre presente que somos servidores de la defensa legítima
de los derechos de nuestros clientes, y por tanto la confianza y la responsabilidad
deben primar en nuestro código profesional, sin dejar de lado el respeto y la
dignidad personal.
Y por supuesto que como en todo, se nos permite dudar del sistema que se nos
impone, o como en este caso del código de comportamiento, y mucho ms en casos
peculiares, donde por ejemplo se chocan nuestra formación personal con la
formación profesional que debemos respetar, y al respecto encuentro el análisis de
dos pequeños ejemplos presentes en la profesión de la abogacía, que he podido
determinar desde el estudio del derecho penal.
En primer lugar, como profesionales del derecho se nos exige ceñirnos a lo que está
dispuesto por la ley, es decir, que la constitución política, los códigos, las leyes, y las
fuentes en general del derecho, son como nuestra biblia, entonces tenemos la
obligación de hacerlos cumplir, más allá de lo que probablemente podamos tener
como convicción, y este es el caso en específico de los administradores de justicia,
como los jueces.
En muchos escenarios del litigio, se pueden llegar a encontrar casos en los que
estamos completamente convencidos de la inocencia de nuestros defendidos, y
podemos ir tranquilamente y con total convicción ante un juzgado a pedir que se
declare en favor de nuestro cliente su inocencia, y entonces contamos con todas las
herramientas, como los medios probatorios, a nuestro favor, y lo tenemos todo a
favor y el juez puede emitir el sentido de su fallo con total acuerdo al ajuste a la ley,
y es en estos casos donde se puede sentir que en serio se administra justicia.
Pero, por otro lado, encontramos el lado malo de la historia, nos encontramos con
el culpable del caso, y puede que en un primer escenario el gran dilema de decidir
si queremos defender a este tipo de clientes, y saber si va de acuerdo a nuestras
convicciones y principios la defensa de un culpable, o si definitivamente no puedo
ir en contra de esto, sería la gran incógnita que causaría grandes conflictos al
interior del abogado, que no serán resueltos en el presente escrito.
El dilema que quiero exponer, es de la posición del juez, aquella autoridad que en el
sistema jurídico se muestra como aquel que va a tener la ultima palabra, y en el
caso del derecho penal, el que tiene la decisión, sobre la libertad de una persona.
Entonces encontramos el caso del culpable sentado ante el atrio del juez, y el juez
tiene la total convicción de la culpabilidad de dicho sujeto, y las personas que están
a su alrededor también lo sabe, pero como lo mencioné con anterioridad, el juez
debe regirse por lo que le dice su biblia, y en el desarrollo del proceso, aquellos que
acusaban al culpable, por negligencia no encontraron la forma de poder probar
dicha culpabilidad.
Como lo dicta la norma, si no existe prueba que demuestre con total claridad que el acusado
cometió el delito, no se puede juzgar, y entonces el juez encuentra un choque entre su
convicción y el saber que tiene frente a sus ojos a un sujeto culpable de un delito, pero que,
por imperio de la ley, solo puede declarar inocente. Finalmente, la victoria la logra la ley y
la ética profesional, que le dictan a ese juez actuar de acuerdo con lo que está correcto en la
ley, y con respeto del derecho de defensa del acusado.
Esto, expuesto de una forma resumida, y muy superficialmente, ya que esto conllevaría a
un trasfondo de mucho análisis, y aquí solo buscamos enunciar los dilemas del profesional
abogado, que como estudiantes de derecho podemos ir divisando desde ahora.
Ahora, expongo el segundo dilema que a mí parecer cobró relevancia al incursionar en el
estudio del derecho penal, entonces tenemos el mismo escenario de juzgamiento con un
culpable, un inocente, una defensa, un ente acusador y el juez; de acuerdo a lo desarrollado
en el contexto de las normas penales, contábamos con la ley 600 del año 2000, dentro de la
cual primaba el principio de privación de la libertad, es decir, todo aquel que llegar
inculpado al sistema era entendido como culpable y por ende, requería de un castigo o
pena.
Luego de este momento de la historia, llegó a nuestra legislación la ley 906 del año 2004,
denominada sistema penal acusatorio, entonces ahora prima la presunción de inocencia, y el
respeto por la dignidad humana de la persona, y se evita a toda costa y en toda medida que
el inculpado deba ser enviado a prisión con medida de aseguramiento, así las cosas, este es
un dilema pasado, ya que se presentó una crisis en todo el país con el cambio de
legislación, y los perjudicados fueron aquellos jueces que se regían y estaban
acostumbrados a juzgar y enviar a prisión a todo aquel que fuera presentado ante sus
juzgados.
En este segundo escenario, el vencedor fueron el pensamiento y las creencias de los jueces,
ya que al tener incorporado aquel chip de juzgamiento, no lograron adaptarse a un nuevo
sistema que exigía el cambio por parte de ellos, y la imposición de nuevos principios, que
no fueron acogidos, claramente no de forma generalizada, sino con aquellos jueces de una
data antigua.
Entonces, con estos dos pequeños ejemplos, la idea que quiero exponer es que, en el
ejercicio de la profesión como abogados, encontramos grandes problemas entre las
convicciones que tenemos, los deberes que se nos exigen frente a nuestros defendidos, y
por último, frente a las leyes que estudiamos y profesamos.
Y a pesar de que esta clase de conflictos se presenten a diario, pienso que siempre debe
prevalecer el respeto por el cliente y por las expectativas que tienen puestas en nosotros, no
podemos pretender siempre ser los buenos de las historias y los que no cometen errores,
pero si podemos intentar ser los mejores día a día, con el firme propósito de aportar a la
sociedad en la que vivimos, y aportar crecimiento a nuestra profesión.
Como conclusión, pienso que es importante permitir que nuestras vidas se empapen de
valores que nos hagan crecer como profesionales, por eso siempre es importante resaltar
que el buen profesional y en este caso, el buen abogado, debe siempre velar por ser
coherente en lo que piensa, dice y hace, debe aprender a diferenciar entre lo correcto y lo
incorrecto, debe saber que su reputación y su honor no pueden tener un precio, debe
entender que su palabra demuestra su valor y no escusarse nunca en la ignorancia de las
cosas.