Colección de
^ 3
Liliane Frey-Rohn
De Freud a J u n g
[Link] i o n DK P s i c o l o g í a , P s i q u i a t r í a v P s ic o a n á l is is
dirigida por Ramón de la Fuente
DE FREUD A JUNG
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1*. V K I O S \ 1 \ K M \
LILIANE FREY-ROHN
DE FREUD A JUNG
F O N D O DE C U L T U R A EC O N Ó M IC A
MEXICO
I
PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN ALEMANA
La primera edición del presente libro apareció en el año 1969. Aunque desde
entonces han transcurrido casi 10 años, la exposición comparativa de las
concepciones básicas de Freud y Jung mantiene igualmente vivo su interés.
Puesto que tomo como referencia, esencialmente, las obras completas de
ambos psicólogos, no he tenido en consideración los libros aparecidos entre
tanto, ya que los conceptos fundamentales son los mismos de siempre.
Por ello he decidido dejar el texto de esta edición en su forma original, a
excepción de algunas correcciones necesarias. El índice analítico ha experi
mentado en cambio una mejora fundamental, y está destinado a posibilitar
al lector una rápida visión de conjunto de los problemas relacionados con
cada uno de los conceptos.
L iliane F rey-R ohn
Zurich, 1980
7
10 PRÓLOGO
implicó algunas dificultades. Habría sido realmente tentador haber partido
en cada caso de determinados periodos y comparar lo que en cada periodo
dijeron los dos autores. Sin embargo, este plan no era viable, por cuanto la
mayoría de las referencias de Jung a las teorías freudianas fueron hechas
mucho después de su aparición, con frecuencia años más tarde. Así ocurrió,
por citar algunos ejemplos, que su primera alusión a las teorías de Freud
sobre la histeria, que data de los años 1895-1900, es de 1906/1907 (Diagnos
tische Assoziationsstudien c Über die Dementia praecox), y a la teoría de la sexuali
dad publicada en 1905, sobre todo a la teoría del trauma sexual de la infancia,
no le dedicó su atención hasta 1912/1913 ( Wandlungen und Symbole der libido
y “Versuch einer Darstellung der psychoanalytischen Theorie”), momento
de su apartamiento de Freud . A esto venía a añadirse el hecho de que Jung,
tras su separación del amigo, sólo esporádicamente hizo referencia a él, en
relación con cada una de sus nuevas ideas y, cuando lo hacía, se refería casi
exclusivamente al saber freudiano procedente de los años 1895-1910.
También mi proyecto de una exposición comparativa preponderantemen-
te sistemática de ambas concepciones se reveló infructuoso. El abandono del
punto de vista cronológico hubiera dificultado la comprensión de las ideas de
Jung, en constante gestación.
Con base en estas consideraciones decidí aunar ambos criterios, el crono
lógico y el sistemático; intenté comparar las ideas de Jung, partiendo de sus
descubrimientos, con las correspondientes de Freud, y perseguir a continua
ción cada uno de los cambios estructurales que tuvieron lugar en el transcurso
dei tiempo. También este método tenía sus desventajas, propiciadas por las
inevitables fases discontinuas en los intereses intelectuales de ambos investi
gadores.
En mi exposición me he limitado fundamentalmente a lo publicado hasta
el año de la muerte de Freud (1939). Para hacer justicia a los descubrimientos
que Jung expone en sus escritos de senectud, de extraordinaria significación,
y capitales para conseguir una concepción completa de su obra, he tenido que
dedicarles un apéndice final. Este apéndice trata sobre todo del “arquetipo
en sí” y del arquetipo del sí mismo.
El presente estudio es resultado de una reflexión de años sobre el pensa
miento de ambos psicólogos. Como lo inicié en los últimos años de vida de
Jung, no pude dárselo a conocer, aunque sí mantuve con él varias conversa
ciones preliminares. Quiero agradecerle aquí su constante apoyo intelectual.
La doctora Jolande Jacobi me prestó gran ayuda al revisar la redacción final
del manuscrito. Le quedo cordialmente agradecida por sus valiosas sugeren
cias. Doy también las gracias a mi querido esposo que, con su constante
estímulo y su ayuda esclarecedora, ha apoyado y animado mi trabajo.
INTRODUCCIÓN
1. LO S COMIENZOS
Los inicios de su actividad psicológica dan a conocer ya la extraordinaria y
compleja personalidad de C. G. Jung. Su campo de interés incluía tanto la
filosofía como la psicopatología; Schopenhauer y Kant le atraían de igual
modo que los problemas del mesmerismo y del espiritismo. Tanto si se trataba
de cuestiones del conocimiento como de los estados psíquicos anormales del
hombre, siempre fue el misterio de la personalidad humana lo que le fascinó
y lo que mantuvo la inquietud de su mente. Ya durante los estudios de
medicina mostró un rasgo característico que le acompañaría hasta la tumba:
su pasión por el esclarecimiento de fenómenos poco comunes. El incremento
del saber sobre hechos significa asimismo la ampliación de la experiencia
psicológica. Como indica C. A. Meicr con razón. Jung poseía un instinto1
infalible para detectar los hechos que podían proporcionar nuevas aportacio
nes en el terreno de la psique humana. Y lo que cabe decir de su tesis doctoral,
que trata de los fenómenos del ocultismo, es válido también para sus últimos
escritos, por ejemplo, para su obra sobre “el mito moderno”, en la que se
ocupa del fenómeno de los platillos voladores.
La personalidad humana despertó pronto su interés, como queda bien
claro en sus recuerdos.2 Pronto llegó a la convicción de que la personalidad
comprendía todo cuanto fuera viva expresión del alma: tanto la exteriorización
vital como el conocimiento; tanto los sentimientos como los actos. La limita
ción del cuadro psicológico de la personalidad, vigente en su tiempo, a los
procesos volitivos y cognoscitivos parecía proporcionar una imagen suma
mente incompleta del hombre. Faltaba el fundamento emocional, sólo por
medio del cual son comprensibles las conductas contradictorias, la inclinación
a la mentira inconsciente y al autoengaño. El entorno exterior en el que vivió
le proporcionó numerosas ocasiones de observar tales conductas equívocas
en las personas: el medio pequeñoburgués de una casa de párroco, el espíritu
impregnado de humanismo de su ciudad natal y, en no menor grado, la
amenazante vecindad de las dos grandes superpotcncias, todo ello le llevó al
convencimiento de que no existe en el ser humano la luz sin la sombra, lo que
podría ser considerado lema de su quehacer futuro. Este contexto vital
explicaría su temprana admiración por Nietzsche, cuya sensibilidad ante la
tragedia de los estados límit e del ser humano y cuya mordaz crítica de la moral
y la verdad dejaron en él huellas imborrables. De todas aquellas influencias
cristalizó cada vez más nítida su preocupación central. Ya a finales de siglo su
1 C. A. Meier,Jung and Analytical Psychology, 1959, p. 8.
2 C. G. Jung, Erinnerungen, Träume, Gedanken von C. [Link], 19G2, editado por Amela JafTé.
11
12 INTRODUCCIÓN
planteamiento fundamental era lo que expresaría más tarde, en 1914: “en.
tender lo que realmente les pasa por dentro a las personas”.3
La elección del tema de su tesis doctoral4 mostró ya el carácter peculiar de
Jung. Tenía como objeto el estudio de los fenómenos del ocultismo, conside
rados por la ciencia como abstrusos y no dignos de atención académica. La
razón de tal estudio provenía de experiencias hechas en sesiones espiritistas
con una muchacha de quince años, histérica, que al caer en trance experi
mentaba extraños sueños y visiones. El propósito que le guiaba en su tesis era
la profundización y extensión de los conocimientos sobre los estados letárgicos
de la histeria y el sonambulismo, para su aplicación a los problemas psicoló
gicos de la psique normal.5Sus investigaciones, tanto sobre los automatismos
del sonámbulo como sobre los fenómenos de la disociación y de la “double
conscience” le pusieron en contacto con la bibliografía espiritista de su tiempo
(Myers, Mitchell, Kerner, entre otros), así como con los representantes de la
psicopatología francesa (Binet, Azam, Ribot, Richer, etc.), pero sobre todo
con Charcot y Janet. Valoraba especialmente a Janet porque partía de la
unidad de la personalidad, aunque no podía compartir su definición racio
nalista de ésta como una estratificación progresiva y gradual de la conciencia.
Incluso en sus trabajos sobre la neurosis, Janet había manifestado esta misma
posición analítica, ignorando los componentes emocionales y descuidando el
estudio de los estratos vitales del individuo. El enfoque parecía imposibilitar,
según Jung, la adecuada comprensión de los estados emocionales del enfer
mo, así como la de los fenómenos de alienación, posesión e incluso desinte
gración de la personalidad.
Aunque Jung no reveló explícitamente en su tesis su disensión, pues en
ella seguía en parte la línea de Janet, ésta fue, de forma indirecta, mucho más
clara. Llegó a indicar un posible carácter “teleológico” en el sonambulismo y
las alucinaciones,6 y señaló que muchos procesos automáticos producían un
“plusrendimiento inconsciente”7 característico. Incluso llegó a establecer ya
la hipótesis de las “transformaciones caracterológicas o intentos de ruptura
en la evolución de la personalidad”8 para determinados casos de doble
conciencia. Podemos considerar esta indicación como la primera alusión a
procesos psíquicos evolutivos. Además declaraba, en frontal oposición ajanet,
que había “indicios de una actividad intelectual, altamente desarrollada, del
inconsciente”.9
Cuando en 1900 llegó a la Clínica de Burghölzli para ejercer su profesión,
Jung encontró allí amplio campo para la investigación de los componentes
emocionales y vitales. En sus memorias cuenta que, al comienzo, se limitó
3 R. Luy, Psychotherapeutische Zeitfragen, 1914, p. 7.
4 C. G. jung, Zur Psychologie und Pathologie sogenannter okkulter Phänomene, 1902 (Ges. Werke,
I, pp. 1 ss.).
5 lbid., p. 18.
6 I b id ., p. 88.
7 Ibid., p. 89.
8 Ibid., p. 88.
9 Ibid., p. 97.
INTRODUCCIÓN 13
simplemente a examinar a los pacientes desde fuera, a establecer sus cuadros
clínicos a base de “diagnósticos, descripción de síntomas y estadísticas”.10 De
forma paralela realizaba experimentos fisiológicos y sesiones de hipnotismo.
Pero ninguna de estas actividades le satisfacía, ya que su interés principal
radicaba en el estudio de la personalidad humana, de la personalidad psíqui
camente enferma. Pero no encontró mayores apoyos en este sentido por parte
de la psiquiatría coetánea.
Durante este periodo de tanteos y de búsqueda de un acceso objetivo a los
fenómenos irracionales de la psique, la lectura de dos escritos de Freud
irrumpió como una luz cegadora en su vida: los Studien über Hysterie (Estudios
sobre la histeria) y Die Traumdeutung (Im interpretación de los sueños)11le mostraron
“un camino de investigación que posibilitaba también la comprensión de los
casos individuales”.12 Lo que más le impresionó fue que Freud había logrado
introducir la “cuestión psicológica”13 en psiquiatría. Pero Ijli interpretación de
los sueños fue más decisiva. Que alguien osara abrir a la ciencia un campo tan
oscuro como el sueño, y llegara a considerarlo “la fuente más importante de
información sobre los fenómenos del inconsciente”,14 era un logro científico
de primera magnitud. Asimismo admiró a Freud por haber tenido la valentía,
no sólo de tener en cuenta emociones y afectos, sino de considerarlos como
guías a través del marasmo de las profundidades del inconsciente, en un
tiempo en que el ideal dominante para la ciencia implicaba la ausencia de
valores y emociones.
Jung, según me confesó, no había dudado nunca de la existencia del
inconsciente. Pero lo que echaba en falta en aquel tiempo era un instrumento
eficaz para tratar de forma objetiva a las manifestaciones inconscientes de la
personalidad humana, los sentimientos y emociones, así como los conflictos
y fracasos del hombre. Pero, sobre todo, el sufrimiento que le ocasionaban
sus propias contradicciones.
Desde siempre di por sobreentendida la existencia del inconsciente. Para mí estaba
claro que, en mí y en todas las personas, tenían lugar acontecimientos anímicos
que uno no conoce, sino que únicamente sospecha. Me impresionaba en grado
sumo que los hombres fueran capaces de decir y hacer cosas cuyos motivos se les
escapan, sin poder defenderlas o asumir su responsabilidad, cuando no llegan a
olvidarlas por completo, pudiendo negarlas de buena fe. Lo que me faltaba era un
método objetivo, adecuado a la comprensión de la naturaleza de la personalidad
hum ana.15
10 C. G .J u n g , E rin n eru n g en , Träum e, G edanken von C. G. J u n g , p. 121.
11 T a l c o m o p o d rá com p rob arse p or sus con versacion es con Richard Evans, p o c o d e sp u é s
d e ap a recer Im interpretación de los sueños, J u n g hiz.o u na recen sión d e este trabajo p or incitación
d e su j e fe E. B leu ler. A u n q u e lo e n c o n tr ó todavía bastante con fu so, le p areció q u e era sin em b a rg o
im p o r ta n te y q u e a p u n tab a hacia el futuro. R ichard Evans, Gespräche mit C. G .J u n g .
12 C. G .J u n g . E rin n eru n gen , Träum e, G edanken vo n C. G .J u n g , p. 121.
13 Ibid.
14 C. G .J u n g , “N ach ru f über Sigm und Freud”, en Basler Nachrichten, año 33, 1 9 3 9 ,1-X, nüin. 40.
15 C o m u n ica c io n e s p erson ales h ech as en 1958.
14 IN TR O D U C C IÓ N
Ahora bien, encontraba algunas dificultades sobre todo por el hecho de
que los fundamentos teóricos del psicoanálisis provenían principalmente dé
la “práctica empírica” y no eran susceptibles de comprobación experimental
Aunque nunca puso en duda la existencia de “una maravillosa regularidad
en todas las ideas súbitas del hom bre”,16 echaba en falta unas “sólidas bases”
que perm itieran poner de manifiesto la existencia de hechos inconscientes.
El “experim ento de la asociación” le ayudó a superar, según él mismo declaró,
“las dificultades iniciales más im portantes”.17
Alphonse Maeder describió en 1956, de forma insuperable, el espíritu
reinante en Burghölzli durante los primeros años del siglo xx:
Volví a Zurich en 1906 y encontré en Eugen Bleuler un magnífico maestro de
clínica, al tiempo que un sabio prolífico, C. G. Jung, que por aquel entonces era
médico jefe, se había convertido en entusiasta introductor del psicoanálisis. Allí oí
por primera vez el nombre de Freud... Tuve la inmensa suerte de poder colaborar
muy pronto y durante varios años con aquellos dos grandes hombres... aJung debo
agradecerle, además de sus enseñanzas y sugerencias, el ejemplo de su vida
dedicada por entero a la investigación. Y otra cosa más: fue el primer hombre
relevante al que conocí y traté personalmente... y que me tomó en serio. Su
profundo y extenso saber, el acierto instintivo con que perseguía los problemas
psicológicos más profundos, me impresionaron... Tras Bleuler y Jung se alzaba
ante mí, en la lejanía, la fascinante figura del maestro S. Freud, al que conocí
primero a través del intercambio epistolar y de las publicaciones, y al que más tarde
había de conocer en persona en el Congreso Internacional de Psicoanálisis cele
brado en Nuremberg. Allí se reunieron todos los que formaban la primera fila del
movimiento: Adler, Stckel y Ferenczi; Sadger, Federn, Jones, Abraham, Eitington,
etc. De Suiza llegaron, junto con Jung, L. Binswanger y O. Pfister. Eran los tiempos
de la más viva oposición al psicoanálisis, de una hostilidad apasionada contra esta
teoría, que hoy resulta inimaginable. Aquel par de docenas de hombres, proceden
tes de los cuatro puntos cardinales, se congregaban entonces casi fraternalmente
en torno al admirado promotor del movimiento, de claros rasgos patriarcales.18
2. Las aportaciones de F reud hasta finales de siglo
Para poder exponer adecuadamente la obra de Jung y para, de forma
objetiva, delimitar sus logros de las aportaciones de Freud es indispensable
empezar por exponer de manera explícita el acervo de conocimiento que
aquél recibió.
Ya en los comienzos de su actividad científica se vio Jung, no sólo ante un
enorme cúmulo de observaciones novedosas sobre el origen de las neurosis,
sino también ante el revolucionario planteamiento de Freud, que pretendía
16 C. G. Jung, “Psychoanalyse und Assoziationsexperiment”, 1905, en Diagnostische Assozia-
lionsstudien, I, 1906, 3a. ed., 1915, p. 259.
17 Ibid.
18 A. Maeder, “Mein Weg von der Psychoanalyse zur Synthese”, 1956, en Der Psychotherapeut
als Partner, p. 94.
INTRODUCCIÓN 15
explicar la conducta humana fundamentalmente a partir de las motivaciones
inconscientes. El logro capital de Freud era, por aquel tiempo, haber concedido
un significado primordial, en la terapia de las neurosis, a la emoción y la
afectividad, así como haber llamado la atención sobre los peligros que entra
ñaba la sobrevaloración del intelecto y la consecuente desestimación del
elemento vital en la psique humana. Incluso durante el tiempo en que
colaboró con Breuer, Freud había hecho hincapié en la importancia de la
etiología del trauma psíquico en relación con el origen de las neurosis, apoyán
dose en parte en Charcot. Las relaciones que existían entre trauma y síntoma
constituían el punto de arranque de su investigación, entendiendo por
trauma la conmoción psíquica que, a causa de las posiciones conscientes que
adoptaba el individuo, éste no podía elaborar. Desde los comienzos, la
orientación venía dada por su visión del problema como un campo de fuerzas
cargado de tensión, con dos impulsos antagónicos, uno de los cuales, por su
enorme intensidad, llega a operar el rechazo de la vivencia teñida de afecto, es
decir, su retracción al inconsciente. Esta notable elaboración del concepto de
represión de Herbart culminaba, considerado el fenómeno dinámicamente,
en la hipótesis de un mecanismo de disociación, de una separación del
conjunto de excitaciones de la representación a la que estaban vinculadas,
pero también, desde el punto de vista del contenido, en la formación de un
foco patológico inconsciente. El que esos “afectos descarriados” permanecie
ran, con toda su carga de tensión, en el inconsciente anímico, era -como ya
había señalado certeramente Bleuler- uno de esos descubrimientos de los que
ya no era imaginable prescindir en psicología.19 Y otro tanto ocurría con el
descubrimiento de la existencia de un antagonismo inconsciente generador
de síntomas, en lugar de un conflicto, más o menos consciente, entre “yo” y
“trauma”. Así pues, síntoma es, según Freud, la expresión de una tensión
antagónica inconsciente, una formación sustitutiva que, dependiendo de la
naturaleza del conflicto, adoptaría forma de conversión, de transposición o
de proyección. Su teoría sobre la neurosis como resultado de un intento fallido
de defensa por parte del yo fue trascendental para la psicoterapia.20Igualmente
decisiva fue su hipótesis del carácter de los síntomas neuróticos como algo
que obedece a una determinación. Es decir que éstos no sólo obedecen a una
determinación significativa, sino que surgen, como en general todos lo fenóme
nos psíquicos, en un nexo causal continuo.
Tuvo también una importancia incalculable para el progreso de la psico
logía el descubrimiento hecho por Freud del método de la “asociación
libre”, consistente en la utilización de las asociaciones que surgen de manera
espontánea. Aunque ya Locke y Hume habían estudiado las leyes de la
asociación, en la obra de Freud adquieren una valoración y aplicación
totalmente nuevas. Interesando al propio enfermo, al sujeto, en el proceso terapéutico,
19 E. Bleuler, “Die Psychoanalyse Freuds”, en Jahrbuch für psychoanalytische und psychopatholo-
gische Forschungen, II, 1910.
20 S. Freud, “Weitere Bemerkungen über die Abwehr-Neuropsychosen”, 1896 (G«. Werke,
I, p. 387). Todas las indicaciones se refieren a la edición de 1952 de las Obras Completas
(Gesammelte Werke), Imago Publishing, Londres.
16 INTRODUCCIÓN
encontró Freud un acceso hasta entonces insospechado a la biografía perso
nal, cuyo hallazgo parecía revelar el arcano de la enfermedad. Pero descubrió
también, al mismo tiempo, una realidad extraordinariamente significativa: el
enfermo ofrecía resistencia al proceso curativo. Este hecho le aclaraba, entreoirás
cosas, los fracasos que con tanta frecuencia se observaban en la terapia, sobre
todo cuando se recurría a la sugestión hipnótica.
La resistencia a la asociación era también la causa de todas aquellas
interferencias del recuerdo que aparecían en la terapia como “obstrucción de la
asociación libre” o como “desgajamiento del contexto”, cuando no lo hacían
en forma de bloqueo y cerramiento total. Incluso en el aspecto teórico fueron
de lo más fecundas sus experiencias con el método de la asociación libre. A
ellas debió Freud su observación de un enchaînement, de una concatenación
sin solución de continuidad de los fenómenos psíquicos, así como de una
ordenación concéntrica del material mnémico rechazado, en torno a los
llamados “puntos núcleo” y “puntos de cristalización”.21
Con base en todas estas observaciones, proporcionó a la psicología médica
la prueba empírica de la existencia del inconsciente, es decir, la comprobación de
la unidad conexa y estructurada del material mnémico inconsciente.
Todas las teorías citadas componen el bagaje científico que Jung adquirió
con la lectura de los Estudios sobre la histeria. Sin embargo, los demás artículos
escritos por Freud antes de fin de siglo, publicados en diversas revistas, no
los conoció J ung probablemente hasta 1906, fecha de su publicación en el
Compendio de aportaciones menores al estudio de la neurosis. En todo caso, las
huellas de su influencia sólo son détectables a partir de los escritos sobre la
asociación, redactados en 1904.
Freud desarrolló principalmente en aquellos artículos sus teorías sobre el
“trauma sexual de la infancia” y sobre el síntoma como formación de com
promiso entre dos tendencias antagónicas. Había partido de un nexo causal
simple entre síntoma neurótico, trauma presente y reacción de defensa. Pero
pronto se persuadió de la insuficiencia de este planteamiento. Al parecer toda
historia clínica remitía, en último término, a impresiones sexuales recibidas en la
más tierna infancia.
Pero tampoco esta hipótesis se correspondía exactamente con la realidad.
Debía incluir otra condición ineludible para la formación del síntoma, a saber:
la nueva irrupción, en años posteriores, de las huellas mnémicas inconscientes.22 Más
tarde pudo llegar a confirmar que los síntomas neuróticos son en realidad
derivaciones de recuerdos inconscientes.23 Sin embargo, y para su pesar,
Freud descubrió que la veracidad de los recuerdos rememorados era muy
dudosa. Los imaginados traumas sexuales de la infancia ya no podían ser
calificados de “absolutamente reales”,24 pues, en la mayoría de los casos, los
relatos del enfermo histérico se basaban en ficciones, falsificaciones tenden-
21 S. Freud, Studien über Hysterie, 1895 (Ges. Werke, I, p. 182).
22 S. Freud, “Weitere Bemerkungen über die Abwehr-Neuropsychosen” (Ges. Werke, I, p.
383).
23 S. Freud, “Zur Ätiologie der Hysterie”, 1896 (Ges. Werke, I, p. 448).
24 S. Freud, Aus den Anfängen der Psychoanalyse, 1950, p. 230.
INTRODUCCIÓN 17
ciosas del recuerdo,25e incluso en “subterfugios evasivos”. Esta comprobación
significó para él el derrumbamiento de las categorías que había establecido
hasta aquel momento, lo cual le causó gran confusión. Pero, gracias a aquel
fracaso, Freud logró establecer algo de excepcional importancia para él: el
significado etiológico comprensivo de la sexualidad para entender el origen de
las neurosis. Con base en este significado fundamentó su “teoría de la
sexualidad”,26 con lo que no tenía que renunciar a ninguna de sus conclusio
nes más definitivas, sino que pudo potenciarlas, si bien modificadas, e incar-
dinarlas en las nuevas hipótesis. Como él mismo expuso, del supuesto anterior
del “trauma sexual infantil” surgió la teoría del infantilismo de la sexualidad.27
El descubrimiento de que los factores de censura tenían efecto en la psique,
de que los recuerdos que afloran no sólo se rechazan, sino que también se alteran
y sefalsifican, tuvo que conducir a una comprensión fundamental del sistema
freudiano. Su principal importancia no estriba únicamente en la regresión
de la neurosis basada en un intento de estar consciente de la represión, sino
también en el intento de explicar los síntomas de la neurosis como satisfac
ciones sustitutivas, es decir, como formación de compromisos28 entre las “repre
siones recurrentes”, por un lado, y una nueva tendencia de represión de parte
de la censura, por el otro. Ambas maneras de pensar deben ser pilares
fundamentales del psicoanálisis.
Freud abrió dos grandes campos para la psicología y la psicopatología con
sus trabajos sobre los actos fallidos y los sueños. En ellos acreditó, no sólo la
existencia de “un pensar y un querer inconscientes”, sino la posesión por parte
de la psique de un sentido e intención propios.29 La observación de que deter
minados “actos aparentemente involuntarios”, tales como las equivocaciones
al hablar o al leer, los olvidos, el perder las cosas o no saber dónde se han
puesto, parecían estar “perfectamente motivados y determinados por causas
ignoradas por la conciencia”, completó su concepción de las perturbaciones
psíquicas en un sentido que se aproximaba a la normalidad. Otro tanto podía
decirse, aún en mayor medida, de los sueños. Si bien es cierto que en un
primer momento Freud llegó a suponer algún tipo de patología en este fe
nómeno, progresivamente llegó a considerarlo el modelo normal de todas las
formaciones psicopatológicas.30 Con ello profundizó de forma esencial el conoci
miento de las neurosis. Freud fue el primero en ver en los sueños una actividad
genuina de la psique, no sólo significativa de por sí, sino de gran importancia
psicológica. Un sueño constituía una unidad estructural de partes significati
vas interconexas, que cumple una función concreta en la psique y en sus
tendencias a la satisfacción de los deseos, y está, por ende, engastada en el
conjunto del enchaînement de lo psíquico. Freud llegó a estas conclusiones
incontrovertibles en su interpretación de los sueños. Pero, aparte de esto,
25 S. Freud, “Zur Ätiologie der Hysterie” (Ges. Werke, I, p. 553).
26 S. Freud, Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie, 1905 (Ges. Werke, V).
27 S. Freud, “Meine Ansichten über die Rolle der Sexualität”, 1905 (Ges. Werke, V, p. 154).
28 S. Freud, “Über Deckerinnerungen”, 1899 (Ges. Werke, I, p. 537).
29 S. Freud, Vorlesungen zur Einführung in die Psychoanalyse, 1917 (Ges. Werke, XI, p. 61).
30 S. Freud, “Das Interesse an der Psychoanalyse”, 1913 (Ges. Werke, VIII, p. 398).
INTRODUCCIÓN
18
.... , „ eilB octiíílios sobre los sueños, un camino hacia el
inició también, gracia m m orensión de los símbolos en general. Tal
simbolismo onírico y jaaa ^ v e n c im ie n to , la interpretación de los sue-
como reconocía Jung c p . , e ha hecho de dominar el misterio de
fa^uIlS
Volveré sobre esto en capítulo posterior.
3. C. G. Jung. “Nachruf über Sigmund Freud”, edición dominical del BasUr N a ch rícU en .
32 véase lap. 221.
P rimera Parte
DEL TRAUMA AL COMPLEJO CON TINTE
EMOCIONAL
I. EL EXPERIMENTO ASOCIATIVO Y EL COMPLEJO
CON TINTE EMOCIONAL
El alcance y la importancia de las realidades descubiertas por Freud explican
de por s( la enorme influencia ejercida sobre Jung. Impulsado por las mismas
preocupaciones de su trato con los enfermos mentales, la obra de Freud le
proporcionó un cúmulo de sugerencias. La fascinación fue tal que en un
principio abandonó los importantes comienzos de una ciencia psicológica propia para
formarse primero un juicio sobre la obra de Freud. Su actitud científica la formuló
de este modo:
M e dije... que sólo podría refutar a Freud quien hubiera utilizado el psicoanálisis
en m últiples aplicaciones c investigaciones com o Freud investiga. Es decir: ob ser
van d o larga y p acien tem en te la vida cotidiana, la histeria y los su eñ os, d esd e su
p u n to d e vista.*
Pero veía en Freud algo más que una mera obra individual. Era para él la
personificación de la tensión espiritual característica de los últimos años del
siglo xix. Lo consideraba en parte vástago del materialismo científico, por su
empeño en extrapolar el determinismo causal y las bases mecanicistas propias
de la ciencia del siglo xix a la vida de la psique y, en parte, exponente del
nuevo siglo, que, a semejanza de Nietzsche, anticipaba la trascendencia y el
significado de la afectividad para la comprensión del alma humana.
Pero se vio de todos modos impulsado a elaborar un método más exacto,
viendo la inseguridad reinante en cuanto al diagnóstico y terapia de las
psicosis, así como también el alto grado de subjetivismo en la tipificación
científica de los casos concretos, trabajo que dirigía su jefe Eugen Bleuler y
en el que colaboraba con su colega Franz Riklin. La investigación consistía en
experimentar por medio de la asociación, de la cual se prometía grandes
avances en la diagnosis psiquiátrica. También esperaba comprobar así el
grado de exactitud de las hipótesis freudianas. La observación de los procesos
asociativos en personas no era nueva en la clínica de Burghölzli. Desde hacía
tiempo, Bleuler y sus colaboradores practicaban dicho experimento, introdu
cido en psiquiatría por Kraepelin y Aschaffenburg.2También Jung lo utilizó,
desde los comienzos de su carrera profesional, en la exploración de las
disfunciones de los enfermos mentales. Esto hizo, en más de una ocasión, que
* C. G. Jung, Über die Psychologie der Dementia praecox, 1907, Prólogo, p. iv (Ges. Werke, III, p. 4).
2 C. G. Jung, “Experimentelle Untersuchungen über Assoziationen Gesunder”, 1905, en
Diagnostische Assozialionsstudien, I, p. 7. Estos estudios comprenden varios artículos que se publi
caron ya en 1904 y 1905.
21
22 EL EXPERIMENTO ASOCIATIVO
pudiera formarse una idea del estado interior del paciente. Bleuler concedía
gran valor a este método de investigación:
En la actividad asociativa se refleja todo el ser psíquico, pasado y presente, con
todas sus experiencias y deseos. Con base en ella se puede confeccionar un índice
de todos los fenómenos psíquicos que sólo necesitamos descifrar para conocer al
hombre completo.3
Bleuler consideraba que uno de los mejores frutos de la investigación de
Jung era que éste hubiera conseguido acceder, de forma insospechada, a los
“mecanismos inconscientes” de la psique y al “operar inconsciente de la
mente”.4 La asociación, como Freud lo había indicado, no era algo fortuito,
sino que se encontraba implicada en todo el enchaînement de la vida psíquica.
Para estructurar el procedimiento a seguir en el experimento asociativo,
Jung y sus colaboradores recurrieron en primer lugar a la metodología de
Wundt y Aschaffenburg,5 de quienes también tomaron la clasificación de las
asociaciones. Sin embargo, difirieron respecto a los métodos de trabajo en sí,
orientados sobre todo hacia la conexión entre asociación y alteración de la atención,
pues Jung estableció el suyo propio, basado en la observación de las alteraciones
afectivas. En efecto, en el análisis de las asociaciones descubrió Jung un aspecto
sumamente significativo: ciertas respuestas (que como tal reacción no respon
dían al sentido de la palabra estímulo), a las que la escuela de Wundt
consideraba “fallos aparentemente irrelevantes”, poseían un valor específico
para la comprensión de la situación anímica del enfermo. Es decir, precisa
mente las alteraciones del proceso asociador de las que hasta entonces no se
había hecho caso, como, por ejemplo, la “perseveración”, la “prolongación
del tiempo de respuesta”, la “ausencia de reacción” y, sobre todo, la “repro
ducción defectuosa de la palabra inducida”, eran indicadores importantísimos
de interferencias emocionales a menudo muy fuertes. La comprobación de
este hecho indujo a Jung a reconocer la importancia de la observación del
aspecto afectivo de las asociaciones para la “investigación experimental de los
cambios emocionales patológicos y sus consecuencias”.6 Así pues, los “fallos de
reacción”, entendidos hasta entonces, en pura observación externa, como
mera falta de atención, pudieron ser valorados desde dentro, a partir de la
afectividad. En efecto, dichos fallos parecían responder a la operatividad de
un factor psíquico aún desconocido, ausente de la conciencia. Dicho de otro
modo: podían interpretarse, con toda seguridad, como consecuencia de
conflictos emocionales subyacentes. De todo ello extrajo Jung una importan
tísima teoría para sus investigaciones psicológicas: en el inconsciente de la
3 E. Bleuler, “Über die Bedeutung von Assoziationsversuchen”, en Diagnostische Assoziations-
Studien, I, p. 4 (resaltado en el texto).
4 Ibid., p. 6.
5 Cf. C. A. Meier, Die Empirie des Unbewußten, sobre todo el capítulo IV acerca del experimento
asociativo.
6 C. G. Jung, “Experimentelle Untersuchungen über Assoziationen Gesunder”, 1905, en
Diagnostische Assoziationsstudien, I, p. 142.
EL EXPERIMENTO ASOCIATIVO 23
psique existen complejos teñidos emocionalmente. Y las perturbaciones en la
asociación eran nada menos que indicadores de dichos complejos, señales del
complejo:7 En 1902 y con base en sus investigaciones sobre los fenómenos del
sonambulismo, Jung había probado ya que el origen de los sueños radicaba
sobre todo en representaciones emocionales.8 Sin embargo, con ocasión del
experimento asociativo reconoció el valor de estas representaciones como
factores provocadores de las alteraciones de dicho proceso. Esto era a su vez
enormemente importante en otro sentido: relativizaba la importancia de la
conciencia del yo, la cual aparecía más como subproducto del proceso que
como su agente operador.
N u e str o yo co n scien te cree q u e la asociación es obra suya, som etid a a su d iscreción ,
libre v o lu n ta d y a ten ción , cu a n d o en realidad, com o m uestra d e form a ex celen te
n u estro ex p erim en to , el yo con scien te es sólo la m arion eta q u e rep resen ta en
escen a u n o cu lto au to m atism o.9
¿Qué entendía Jung por complejo? Su primera definición lo consideraba
el “conjunto de representaciones relativas a un determinado acontecimiento
cargado de emotividad”.10 Definición ampliada sustancialmente en 1920 con
la inclusión del “núcleo”11 y completada por último en 1934 con la diferen
ciación entre un aspecto en el que predominaba lo emocional y otro en el que
predominaba el significado.
Jung había dado desde siempre, como rasgo característico del complejo
emocional, el tono emocional (tono = tensión),12 dinamismo que podía com
prender, desde los estados de mínima emotividad hasta aquellos de mayor
excitación traumática, incluida la posesión. No sólo por la frecuencia de su
aparición, ni sólo por el grado de su intensidad, sino también por su calidad
emotiva, el complejo emocional podía llegar a ser una escala excepcional para
medir la afectividad y el “punto nodal” de todos los procesos emocionales del alma
humana.
Los primeros logros científicos aportados por Jung fueron la elaboración
y valoración del experimento asociativo, sobre todo el establecimiento de las
características del complejo. Jung creía que el valor esencial del experimento
7 De entre las notas características del complejo sintetizó Jung los siguientes factores:
“Tiem po de reacción prolongado, reacción extraña, falla, p e r s e - íción, repetición estereotipada
de una palabra de reacción... traducción en otro idioma, expresiones vulgares, cita, promesa,
asimilación de la palabra estímulo...” “Über das Verhalten der Reaktionszeit”, etc., en D i a g n o s t is c h e
A s s o z i a t i o n s s l u d i e n , I, p. 222. Posteriormente tuvo en cuenta también el intento de reproducción,
que indicaba sobre todo lagunas de memoria y falsedades. Cf. “Psychoanalyse und Assoziations
experim ent”, 1906, i b i d ., p. 262 s.
8 C. G. jung, Zur Psychologie und Pathologie sogenannter okkulter Phänomene (Ges. Werke, I, p. 76).
9 C. G. Jung, “Über das Verhalten der Reaktionszeit beim Assoziationsexperiment”, 1905,
en Diagnostische Assoziationsstudien, I, p. 211.
10 C. G. Jung, “Experimentelle Untersuchungen über die Assoziationen Gesunder”, en
D i a g n o s t is c h e A s s o z ia t io n s s t u d i e n , I, p. 57, nota.
11 C. G. Jung, Über die Energetik der Seele, 1928, p. 21 (Ges. Werke, VIII, p. 11).
12 C. G. Jung, “Experimentelle Untersuchungen über die Assoziationen Gesunder”, en
D i a g n o s t is c h e A s s o z ia t io n s s t u d i e n , I, p. 57.
24 EL EXPERIMENTO ASOCIATIVO
residía en que posibilitaba un juicio objetivo válido sobre las manifestaciones
del psiquismo inconsciente. Como medio de comprensión de los factores
emocionales de los trastornos mentales, que residen en el inconsciente, llegó
a ser para él un instrumento indispensable en la investigación de fenómenos
psicopatológicos. Un logro adicional en modo alguno despreciable, consistió
en que confirmó de forma fehaciente la eficacia del método de asociación
freudiano para determinar la etiología de las neurosis. Su satisfacción fue
enorme cuando pudo comprobar con éxito la efectividad de su “método de
verificación del complejo” en un delincuente.15 Desde entonces, utilizó el
experimento de la asociación como un instrumento indispensable para el
diagnóstico objetivo.
El método asociativo de Jung abrió un camino nuevo, tanto para la
comprensión de los síntomas de las psicosis y neurosis, como también para la
explicación de las perturbaciones afectivas en la “psique normal”. En sus
investigaciones con personas sanas por medio de la asociación, pudo probar
que la existencia de complejos es un fenómeno general, característico de toda
vida anímica. Los complejos son asimismo la clave que permite comprender
los actos fallidos -las equivocaciones orales, los olvidos, las equivocaciones al
escribir, etc.—estudiados por Freud en su Die Psychopathologie des Alltagslebens
(Psicopatología de la vida cotidiana).14Sin embargo, no compartía la opinión de
Freud al respecto, según la cual estos fenómenos se debían a la interferencia
de “motivos” conscientes e inconscientes, por parecerle una explicación
demasiado racional.
Las experiencias de Jung con la asociación se limitaron a este tema. Pudo
aplicar sus conclusiones y confirmarlas, además de experimentalmente, en
cualquier campo en el que tuviera lugar un diálogo entre personas. En 1934
expresaba así algo que, para él, fue fundamental desde siempre:
Lo q u e ocu rre en la asociación se da tam bién en tod o d iálogo en tre personas. En
u n o y en otro caso tien e lugar una situación exp erim en tal qu e llega a crear una
con stela ció n d e com plejos, a la que acaban asim ilándose el co n ten id o de la
con versación , la situación com o tal e incluso los m ism os in terlocu tores.15
No es pues de extrañar que las observaciones que hicieran en sus expe
riencias con la asociación coincidieran con las efectuadas por Freud con sus
nacientes. Todos los fenómenos observados por él en los sujetos experimen
tales con trastornos -disminución de la capacidad asociativa, perturbaciones
de memoria, dificultades en la capacidad mnémica, olvido y falseamiento de
los recuerdos- habían sido detectados por Freud en sus sesiones psicotera-
péuticas.16También la verificación de “amnesias sistemáticas”,17 ausencia de
15 C. G. Jung, “Zur psychologischen Tatbestandsdiagnostik”, Zbl. Nervenhk. XXVIII (G«.
Werke, I, p. 236).
14 S. Freud, Die Psychopathologie des Alltagslebens, 1904 (Ges. Werke, IV).
15 C. G. Jung, “Allgemeines zur Komplextheorie”, 1934, p. 9 (Ges. Werke, I, p. 110).
16 Véase la p. 27.
17 C. G. Jung, Psychologie und Erziehung, 1946, p. 82.
EL EXPERIMENTO ASOCIATIVO 25
atención limitada a una serie concreta y conexa de recuerdos, coincidía con
el fenómeno denominado por Freud “amnesia histérica”.
Por lo pronto, los resultados del experimento asociativo hicieron patentes
los puntos de coincidencia esenciales entre Freud y Jung: ambos investigado
res establecían una relación interior entre procesos asociativos alterados y
fenómenos psicopatológicos. Para ambos, la causa residía en un factor incons
ciente, teñido de afectividad, que ejercía una influencia mayor o menor sobre
la vida anímica, el obrar y el pensar conscientes del individuo. Descubrieron
que ciertos hechos, retenidos en el inconsciente, seguían activos, desencade
nando perturbaciones neuróticas. Para Freud eran acontecimientos traumá
ticos que no habían sido objeto de elaboración consciente; para Jung eran
complejos con tinte emocional y afectivo. Con base en este sorprendente
paralelismo, Jung llegó en 1906 a la impresionante conclusión de que el
psicoanálisis no era otra cosa que un experimento asociativo o, dicho de otro modo, que
este experimento constituía la verificación objetiva del psicoanálisis,18 Esta observa
ción sólo perdió su validez años más tarde.
Resumiendo: con la investigación del experimento asociativo, Jung creó
un instrumento de acceso objetivo a los fenómenos irracionales y a la psique
inconsciente en general. Jung prosiguió lo que Freud había comenzado. Éste
había proporcionado la prueba empírica de la existencia en el inconsciente
de factores perturbadores con tinte emocional; Jung tuvo oportunidad de
corroborarlo experimentalmente. Ambos contribuyeron a abrir al conocimiento
empírico el inconsciente, que hasta entonces sólo era objeto de concepción
filosófica. Leibniz había visto ya la necesidad de completar las representacio
nes conscientes mediante percepciones inconscientes, y Schelling amplió la
conciencia humana con la visión de lo inconsciente eterno. Carus y Schopen
hauer derivaban la conciencia del inconsciente y E. von Hartmann funda
mentaba su construcción teórica en el supuesto de un espíritu inconsciente
que serviría de base al Absoluto. Frente a estas formulaciones más o menos
especulativas sobre el inconsciente, la prueba empírica representaba un logro
científico de extraordinaria importancia. Con el experimento asociativo, Jung
creó finalmente la base experimental gracias a la cual llegó a ser posible la emisión
dejuicios objetivos, independientes del criterio personal, sobre la existencia de complejos
con tinte emocional en el fondo del alma humana.
18 C. G. Jung, “Die Hysterielehre Freuds”, 1906.
II. COMPLEJO Y TRAUMA
1. C omplejos crónicos y agudos
J ung y Freud coincidían en acceder a la esfera inconsciente de la psique a
través de los factores perturbadores de la conducta normal. Mientras que
Freud hacía residir la causa desencadenante de los fenómenos inconscientes
en las emociones traumáticas, Jung hablaba de complejos potenciados emo
cionalmente, como núcleos de ese trasfondo del alma. Es pues inevitable tratar
la relación entre traum a y complejo. ¿Designan ambos una misma realidad?
¿Están traum a y complejo determinados por intensas cargas afectivas? ¿Cómo
entendían ambos psicólogos la función del trauma y del complejo en el
conjunto de la personalidad?
En sus estudios sobre la asociación, que ratificaron en parte la exactitud de
las teorías de Freud, Jung había establecido un estrecho parentesco entre
complejo y traum a. Como Freud, quien veía en el trauma la causa original
de la neurosis, reconoció en el complejo la causa morbi real, de acuerdo con
lo cual “en toda neurosis psicógena”... subyacía “un complejo”.1Como ejem
plo de la importancia etiológica del complejo daba Freud un caso de histeria
en el cual, tanto la asociación como los síntomas y sueños permitían reconocer
la existencia de un mismo complejo.2También comprobó en sus investigacio
nes sobre la dementia praecox que, en muchos casos, al comienzo de la enfermedad
había habido una intensa emoción .3
¿Había, así pues, que equiparar trauma y complejo emocional? Según las
especificaciones de Jung existía tai identidad sólo para los complejos “de
extraordinaria intensidad emocionar': además de una gran fuerza constela-
dora de la vida psíquica, poseían una enorme importancia etiológica en la
formación de las patologías psíquicas. Únicamente los complejos de un alto
grado de intensidad, a los que Jung calificó más tarde de “agresiones a la
personalidad”,4 podían equipararse a los traumas. Sobre la vida pasionalmen
te caótica del afecto escribió:
Carece de todo rasgo realmente humano... [el afecto es] desproporcionado, irra
cional... un fenómeno de la naturaleza... que rompe el orden humano.5
1 C. G. Jung, “Psychoanalyse und Assoziationsexperiment”, en Diagnostische Assoziationsstu
dien, I, p. 260.
2 C. G. Jung, “Assoziation, Traum und hysterisches Symptom”, 1906, en Diagnostische
Assoziationsstudien, II, 1909.
3 C. G. Jung, Über die Psychologie der Dementia praecox, p. 114 (que en adelante citaremos, de
forma abreviada, com o Dementia praecox). (Ges. Werke, III, p. 109.)
4 C. G. Jung, “Der therapeutische Wert des Abreagierens”, 1921 (Ges. Werke, XVI, p. 140).
5 C. G. Jung, Psychologische Typen, 1921, p. 222 (Ges. Werke, VI, pp. 164 ss.).
26
COMPLEJO Y TRAUMA 27
Allí donde se descubre un complejo intenso aparecen efectos inesperados
y sorprendentes. Sobre todo en los estados de posesión, puesto que todo el
pensar y el sentir del individuo quedan afectados. Las transformaciones
profundas de la personalidad se manifiestan en una disminución de las
capacidades psíquicas y en una pérdida de interés. El complejo puede llegar
a ser tan poderoso como para atraer un número cada vez mayor de asocia
ciones, cuando no acaba por atraer el propio yo.
Todo aquello que no encaja en el complejo, desaparece: los restantes temas de
interés se esfuman, por lo que tiene lugar una paralización, una desertización
temporal de la personalidad... Únicamente lo que conecta con el complejo suscita
sentimientos y provoca la actividad anímica.6
Estos estados emocionales se distinguen por su carácter de agudos, como
puede comprobarse en las personas aterrorizadas, en las señales amenzantes
y en casos de muerte repentina, por citar algunos ejemplos. Estos ejemplos
ponen de manifiesto a la perfección la concordancia entre los resultados de
la terapia freudiana y las experiencias de Jung con neuróticos con base en la
asociación: ambos coincidían en citar en estos casos síntomas tales como zonas
de memoria en blanco, fallos de memoria y errores en el relato de aconteci
mientos.
El complejo emocional nunca abarcaba, sin embargo, sólo estados agudos.
Inspirado en la fantasía y en experiencias religiosas, Jung descubrió también
el significado de los complejos crónicos, que destacaban no sólo por la duración
de su efecto sino también por una persistencia del sentimiento, que a menudo
se prolongaba durante años; en otras palabras, por un “sentimiento vivo
duradero”.7 Esta observación fue esencial para Jung por la sencilla razón de
que le sugirió una ampliación de la interpretación que hasta ese momento le daban
a la afectividad tanto Freud como sus contemporáneos. Si bien Freud había
considerado la “suma de excitación”8 (llamada más tarde grado de excitación)
de la pulsión sexual como lo esencial de la afectividad, Jung defendió la índole
tanto del estado de ánimo como del contenido de las vivencias,9 así como la calidad
del valor de los complejos. Sería imposible exagerar la importancia de esto, ya
que significa, a la vez, una transformación del punto de vista en el dominio
de los fenómenos no comprobados: el contenido interno de la experiencia se
considera a partir de esto en una proporción igual a la de la dinámica de la
exteriorización:
6 C. G. Jung, Dementia praecox, p. 54 (Ges. Werke, III, p. 54).
7 Ibid., p. 48.
8 S. Freud, “Die Abwchr-Neuropsychosen”, 1894 (Ges. Werke, I, p. 74), donde se dice: “Es
ésta la idea de que hay algo que diferenciar en las funciones psíquicas (cantidad de emoción, suma
de excitaciones) que tiene todas las propiedades de una cantidad -aun cuando carezcamos de los
medios para medirla-, algo que es capaz de aumento, disminución, de desplazamiento y de
acarreo, y que se expande por las huellas mnémicas de las ideas o representaciones.”
9 C. G. Jung, D e m e n ti a praecox, p. 47 (Ges. Werke, III, pp. 47 s.).
28 COMPLEJO Y TRAUMA
El sentimiento es, en primer lugar, un proceso... que confiere al contenido un
determinado i¡olor en forma de aceptación o rechazo. Pero es, al mismo tiempo
un proceso que... puede aparecer aisladamente, como “estado de ánimo”.1»
Ju n g dio un paso más en su confrontación teórica con el trauma, en especial
con el trauma sexual de la infancia, expuesto por Freud en 1896. No sólo se
oponía al reduccionismo freudiano del trauma a experiencias sexuales de U
primera infancia, como más tarde veremos en capítulo aparte, sino que,
paulatinamente, llegó a considerar demasiado unilateral la importancia dada
por aquél al significado inicial del trauma. Aun cuando por la época de su
ruptura con Freud no había negado nunca todavía el valor etiológico del
traum a en la aparición de las neurosis, creía que el estado emocional global del
indiiñduo, su constitución interna e idiosincrasia psíquica, eran, en medida incom
parable, los responsables del efecto patológico. A diferencia de la concepción
mecanicista de Freud, basada en el nexo causal de trauma, fracaso y reapari
ción regresiva de los recuerdos de la infancia, Jung puso el acento en la
disposición del individuo. Sólo ésta propiciaba que el trauma se hiciera
efectivo:
El individuo debe ofrecer frente al trauma una predisposición interior específica...
para que éste pueda llegar a ser efectivo. [Esta preparación anímica la entendía
como] un proceso psíquico que alcanza su punto culminante y su expresión en el
momento traumático.1011
Puede resultar un tanto extraño que Jung dedicara su atención al “trauma
sexual de la infancia” en época tan tardía, es decir, en el año 1913, cuando
Freud ya hacía tiempo que había reconocido la debilidad de aquella teoría.
Que lo hiciera aun estando al corriente de este hecho, se debía a su interés
por minimizar no sólo la importancia del trauma sexual de la infancia y las
fijaciones infantiles en general (por ejemplo, el complejo de Edipo),12*sino
también en abrir un camino a la comprensión del conflicto actual. Segura
mente también lo impulsó a hacerlo el hecho de que Freud, aun después de
sustituir la teoría del trauma por la de la sexualidad, subrepticiamente seguía
defendiendo la importancia etiológica del trauma infantil, lo que Jung pudo
confirmar personalmente en sus conversaciones con él, y queda además
patente en su trabajo “Historia de una neurosis infantil”,^ publicado en 1918.
10 C. G. Jung. P s y c h o lo g is c h * T y p e n , p. 625 ( G e s . W e r k e , VI, p. 467).
11 C. G. ju n g . V e r s u c h e i n e r D a r s t e l l u n g d e r p s y c h o a n a ly t is c h e n T h e o r i e , 1913, 2a ed 1955, p. 16
(G«. W e r k e , IV). v
12 C. G. Jung. “Über Psychoanalyse", 1913 ( G e s . HVhb-, IV, pp. 278 ss.).
S. Freud, “Aus der Geschichte einer infantilen Neurose”, 1918 ( G e s . W e r k e , XII, pp. 27 ss.).
COMPLEJO Y TRAUMA 29
2. E l complejo como u n id a d inter io r
í Una notable diferenciación entre las ideas de traum a y de complejo habría
de producirse en relación con el problema de su estabilidad y su coherencia
\ interna. Siempre fue característica de la psicología junguiana su visión de la
estructura psíquica como una totalidad. Ya en su tesis doctoral había indicado
J u n g (en oposición a la psicopatología francesa) que en los sonambulismos
existían indicios de estructuras de la personalidad, y le parecía que lo decisivo para
>ü la comprensión de la vida psíquica era el tinte emocional que la caracterizaba,
II es decir, la conexión existente entre contenido y emoción. La consideración
de este aspecto fue guía perm anente en sus investigaciones sobre el complejo.
Para él se daba aquí una unidad psíquica superior,14 cuyas propiedades de
coherencia y estructuración se debían, en gran medida, a la conexión permanente
* entre tono emocional y representación.
Para poder compararlo con el concepto freudiano de traum a es necesario
remitirnos a los inicios de la teoría del trauma en Freud. Partiendo de los
fenómenos de la psicopatología -histeria y neurosis obsesiva-, lo que más
llamó la atención de Freud fueron los efectos del shock, del trauma psíquico.
n Aunque por principio reconocía la presencia de una determinada carga emo
Hi cional en toda experiencia psíquica,15 que en personas sanas lograba descar
garse cobrando expresión motora, para él esto no era más que una conexión
muy frágil. Siempre le había impresionado sobremanera la disociación de las
asociaciones psíquicas en situaciones de gran intensidad emocional, ante la irrup
ción de afectos. En el fenómeno psíquico del trauma vio en principio una
ni experiencia disociadora que, bajo los efectos de la represión moral, llegaba a
4 producir la escisión del afecto y su representación correspondiente.16 Esta
ítí hipótesis, sobre la que volveré más adelante, al exponer su teoría de la repre
sión, marcó toda su obra posterior. Desde esta consideración del trauma como
in elemento disociador, no distaba mucho el paso a la hipótesis de la existencia
m de mecanismos de desplazamiento de formaciones sustitutivas en la psique.
La vida psíquica inconsciente poseía una naturaleza extremadamente flexible.
:
10
Fueron sobre todo sus investigaciones sobre los procesos de la libido las que
lo convencieron de la movilidad17de las asociaciones inconscientes. En consecuen
cia, ni siquiera en la psique normal existían uniones duraderas entre el fin
ni pulsional y la representación de dicho fin. Éstas podían, con facilidad, susti
II tuirse, cambiarse por otras, es decir, podían disociarse. Con base en esta labilidad
de la cohesión psíquica elaboró Freud explicaciones muy interesantes, por
ejemplo, sobre la homosexualidad y las posibilidades de sublimación de las
mociones pulsionales. La movilidad de la libido se le antojaba -tal como lo
14 C. G. Jung, “Psychoanalyse und Assoziationsexperiment”, en D i a g n o s t is c h e A s s o z ia t io n s s t u -
d ie n , I, p. 260.
15 S. Freud, “Étude comparative des paralysies motrices organiques et hystériques”, 1893
( G e s . W e r k e , I, p. 54).
16 S. Freud, “Die Abwehr-Neuropsychosen” ( G e s . W e r k e , I, pp. 61 ss.).
17 S. Freud, V o r l e s u n g e n z u r E i n f ü h r u n g i n d i e P s y c h o a n a l y s e ( G e s . W e r k e , XI, pp. 358 s.).
30 COMPLEJO Y TRAUMA
había formulado en 1925- causa principal de los logros culturales del indivi
duo y de la comunidad. No sólo el trauma, sino toda experiencia psíquica, pre.
sentaba una cohesión de elementos psíquicos muy poco consistente.
Al contrario que Freud, Jung tuvo siempre presente la sólida conexión
entre tono emocional y representación. Para él, el complejo, en principio, era
en sí completo y total, tal como había comprobado en sus experimentos con la
asociación. Aun cuando la disociabilidad del complejo se le hizo patente en
casos cuyos elementos emocionales poseían gran intensidad, reservó este
concepto, como veremos, para ciertos casos de esquizofrenia,18disintiendo en
esto de la opinión de Freud.
A su primera exposición del complejo como “unidad superior” siguieron
los argumentos que expuso en Dementia praecox (1907), según los cuales no
sólo reproducía cada partícula -con independencia del correspondiente
contenido- el tono emocional de la totalidad del complejo, sino que el afecto
correspondiente irradiaba el conjunto de la masa de la representación.
Este proceso podría compararse con la música de Wagner. El leitmotiv (en cierto
modo el tono emocional) indica un complejo representativo importante para la
construcción dramática (Walhalla, el Trato, etc.). Cada vez que, con la acción o la
palabra, se hace referencia a uno u otro tema, suena una variación del leitmotiv
correspondiente. Ocurre lo mismo en la vida anímica común: los leitmotive son los
tonos emocionales de nuestros complejos. Actos y estados de ánimo son variantes
del leitmotiv,19
Esta concepción del conjunto como unidad psíquica se mostraría enorme
mente fecunda en su trabajo. Jung vio en ella el fundamento de las unidades
estructurales de la psique bajo una doble perspectiva: tanto la existencia misma
de una coherencia interna en estas “unidades superiores”, como su relación
con la totalidad del psiquismo. Su hipótesis inicial fue ratificada por una serie
de fenómenos. En Transformaciones y símbolos de la libido la corroboró con base
en las “ideas primitivas” o “protopensamientos” y en las “imágenes primiti
vas”,20 que igualmente podían concebirse como un todo, como una unidad
de sentimiento e idea, así como la imagen arquetípica indicaba, a su entender,
una unión de imagen e instinto (1920).21 Por último buscó, con el “pattem of
behaviour”, dar expresión adecuada a la conexión interna entre “imagen de
la situación e instinto”, llegando a definir la imagen como “sentido de la pulsión"
(1946).22 Estos conceptos le parecían decisivos para resolver la cuestión
psicoterapéutica de la desaparición de las excitaciones pulsionales que pudie
ran encontrarse detenidas:
18 Véanselas pp. 217-219.
19 C. G. Jung, Dementia praecox, p. 44, nota (Ges. Werke, III, p. 44, nota 96).
2° Véanse las pp. 94 s.
21 Véanse las pp. 174 ss.
22 C. G. Jung, “Theoretische Überlegungen zum Wesen des Psychischen”, 1946, en “Der
Geist der Psychologie”, p. 443 (Ges. Werke, VIII, p. 231).
COMPLEJO Y TRAUMA 31
...com o muestra la biología, los instintos no [son] en absoluto im pulsos ciegos y
aislados, sino que, en realidad, están fuertem ente conectados con im ágenes situa-
cionales típicas, y no pu ed en desencadenarse si las condiciones existentes no se
correspon den con la im agen situacional apriorística.232425
Siendo ya muy anciano, Jung afirmó que imagen y excitación instintiva
constituían una forma de “protounión” (1955), lo que para él parecía aportar
alguna luz sobre lo numinoso y sobre la subyugación ejercida por las ideas
religiosas.
3. El núcleo como centro del complejo
Jung profundizó también su teoría del complejo en otra dirección. Descubrió,
como punto de referencia central del complejo, un elemento nuclear,24 por
decirlo así, que venía a constituirse en portador efectivo tanto de las propie
dades energéticas -el tono emocional- como del contenido cualitativo: el valor
y el significado. Si en un principio definió el complejo por sus características
de acontecimiento real externo, en el núcleo encontró un contenido que
parecía remitir a la realidad del interior anímico. El núcleo del complejo surgía
de una colisión entre realidad externa e interna del individuo, y su origen
estaba tanto en acontecimientos pasados y en la disposición anímica del sujeto
como en fuertes influencias ambientales.
El núcleo consta de dos componentes: primero, de una condición fáctica, dada por
la experiencia, es decir, una vivencia vinculada causalmente con el entorno; segun
do, de una condición inmanente del carácter del individuo, una predisposición.25
La idea expresada quedaba más explícita al analizar, por ejemplo, el
complejo maternal, condicionado externamente, por una parte, por el influjo
sutilísimo de la madre y de otras personas encargadas del cuidado del niño,
por el entorno protector de la familia en general y, por otra parte y en igual
medida, por las experiencias y representaciones interiores, inmanentes, del
individuo. Así pues, en el complejo, mundo interior y exterior estaban estrechamente
unidos.
Esta idea fue potenciada de un modo aún imprevisible por el descubri
miento de las protoimágenes (1912) y de los motivos arquetípicos (1917) en
el fondo de la vida anímica.26 Estudiando el instinto, Jung logró discernir
imágenes arcaicas y contenidos arquetípicos (1920)27 en algunos productos y
procesos psíquicos inconscientes, que estaban profundamente enraizados en
23 C. G. Jung, “Medizin und Psychotherapie”, en Bulletin der Schweizerischen Akademie der
Wissenschaßen, 1 9 4 5 ,1. H. 5, pp. 315-525 {Ges. Werke, XVI, p. 98).
24 C. G. Jung, Über die Energetik der Seele, p. 21 {Ges. Werke, VIII, p. 11).
25 Ibid., p. 21 {Ges. Werke, VIII, p. 11).
26 C. G. Jung, Die Psychologie der unbewußten Prozesse, 1917.
27 C. G. Jung, “Instinkt und Unbewußtes”, 1919 {Ges. Werke, VIII, pp. 147 ss.).
32 COMPLEJO Y TRAUM A
la vida instintiva. Esto era principalm ente así en relación con el complejo, e,,
cuyo núcleo situó el “arquetipo” mismo. Con ello, la hipótesis junguiana de
una predisposición constitucional cobraba entidad y se reforzaba la teoría dcj
núcleo como portador de significaciones arcaicas y disposiciones pulsionales. T odo e*t0
llevó a J u n g a distanciarse un poco más de Freud: le perm itió completar la
valoración parcial de impresiones externas (traum as) y la consideración
m eram ente dinámica de afecto y libido, teniendo en cuenta asimismo fe
disposición constitucional del individuo y la estructura anímica interior de la psique
inconsciente.
En la elaboración de métodos de estimación cuantitativa de los efectos del
complejo, Ju n g persiguió los mismos objetivos que Freud: ambos buscaban
u n concepto de m agnitud confiable que posibilitaba la comprensión de las
leyes psíquicas. Si Freud halló el concepto de libido,28 J u n g consagró el de
“intensidad de valor”:29 el valor energético del elem ento nuclear. De este
últim o dependía la fuerza consteladora del complejo, es decir, su capacidad
de asimilar contenidos que m uestran una afinidad con el elemento nuclear.
Su valor respondía a la intensidad de valor del complejo.
La capacidad del elemento nuclear de formar constelaciones es proporcional a su
intensidad de valor, es decir, a su energía.30
Gracias a estas consideraciones, la estimación objetiva de la energía del com
plejo no sólo parece posible, sino que puede atribuírsele un cierto grado de
probabilidad, aunque la evaluación de los fenómenos psíquicos nunca alcan
zará la exactitud de los métodos de determ inación de valores de las ciencias
naturales. Los medios de evaluación aplicados por J u n g eran el número de
contenidos constelados y la frecuencia de los signos de perturbación.
Pero también la intensidad de las manifestaciones emotivas secundarias31
que, como efectos del complejo, se observan en el cuerpo, la respiración, el
pulso y la piel del sujeto, era p a ra j ung índice valioso de la situación emocional
del individuo. Si bien Ju n g encontró ya en la psicología experim ental que se
practicaba por entonces métodos objetivos para la medición de tiempos, para
la representación de curvas del pulso y de la respiración, etc., le estuvo
reservado a él crear las bases de investigación de las circunstancias psicosomáticasj2
con base en sus estudios sobre el complejo.
En resumen, puede decirse que fue en el complejo con tinte emocional -y
no en el traum a- donde se centró el interés científico de Ju n g . Supeditó el
28 S. Freud, Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie, 1905 (Ges. Werke, V , p. 118).
29 C. G. Ju n g , Über die Energetik der Seele, pp. 23 ss. (Ges. Werke, V III, p. 12).
30 Ibid., p. 23 (Ges. Werke, V III, p. 12). EI térm ino “constelación” sufrió una modificación en
J u n g con el curso del tiem po. Mientras que al principio J u n g pensaba en el efecto del complejo
sobre la asociación, posteriorm ente puso el acento en la “actitud d e apercibim iento..., a partir de
la cual se reaccionará d e una manera muy determ inada”. Cf. “A llgem eines zur Komplextheorie",
1934, p. 8 (Ges. Werke, V III, p. 109).
31 C. G. J u n g, Über die Energetik der Seele, p. 25 (Ges. Werke, V III, p. 14).
32 Cf. C. A. Meier, Die Empirie des Unbewußten, que describe d e m odo excelen te las relaciones
de los procesos em ocionales con la esfera corporal.
COMPLEJO Y TRAUMA 33
concepto de traum a al de complejo, ya que concedía a éste mayor im portan
cia. En cl complejo (más exactamente, en su núcleo) descubrió la principal
fuente de información sobre la personalidad interior, sobre sus motivaciones, esperanzas
y temores inconscientes, así como sobre las tendencias evolutivas ocultas del individuo.
Era el complejo el “camino real" que conducía al terreno del inconsciente, y no los
sueños, como postulaba Freud.
El camino real que lleva al inconsciente no son los sueños, como él [Freud]
pretende, sino los complejos, que generan sueños y producen síntomas.33
4. C omplejos conscientes e inconscientes
Para Jung, la existencia de complejos conscientes era menos problemática que
el hecho de que pudieran ser también inconscientes, pues su intensidad
afectiva, que conseguía manifestarse en la forma específica de producirse el
curso asociativo, la corriente de conciencia en general, habría sido razón
suficiente para atraer la atención del yo. Aparte de estas consideraciones, J ung
pudo siempre comprobar, como en el experimento asociativo, que la mayoría
de las veces el complejo subyacente permanece oculto. No se puede obviar el
hecho de que, en muchos casos, el verdadero significado psicológico se mantiene
inconsciente,34
Freud fue el primero en señalar este hecho, que lo impulsó a establecer la
teoría de la represión,35 según la cual las vivencias traumáticas, apenas se
aproximaban al nivel inconsciente, caían de nuevo en la inconsciencia, debido
a su incompatibilidad con el yo. En otras palabras: la carga afectiva del trauma
se supeditaba al mecanismo de desplazamiento, mientras que su correspon
diente representación se tornaba incapaz de acceder a la conciencia. De ahí
que los traumas psíquicos fueran siempre inconscientes para Freud. Jamás varió en
lo más mínimo esta teoría, ni aun en años posteriores, cuando investigaba las
fijaciones de la libido y, sobre todo, el complejo de Edipo.36 Ante esto, cabía
preguntarse, con razón, si la terapia psicoanalítica, al hacer desaparecer la
represión, no transforma quizá el trauma inconsciente en complejo conscien
te. Pero esta reflexión no cuadraba en todo caso en los presupuestos freudia-
nos. Su teoría llevaba a Freud a afirmar que, tanto el acceso a la conciencia,
con la ordenación de los factores traumáticos en el contexto consciente, como
su reelaboración emocional, operaban al unísono una disolución y supresión
del complejo. Freud consideraba, así pues, que traumas y complejos, o bien tenían
33 C. G. Jung, “Allgemeines zur Komplextheorie”, p. 18 (Ges. Werke, VIII, p. 117).
34 C. G. Jung, Über die Energetik der Seele, pp. 21 s. (Ges. Werke, VIII, p. 12).
35 Véanse las pp. 55 s.
36 Freud adoptó ya en 1906 el término “complejo” de la Escuela de Zurich, utilizándolo a
partir de entonces. S. Freud, “Tatbestandsdiagnostik und Psychoanalyse”, 1906 (Ges. Werke, VII,
pp. 4 ss.). También la expresión “complejo núcleo de la neurosis” se remonta al año 1908. S.
Freud, “Über infantile Sexualtheorien”, 1908 (Ges. Werke, VII, p. 176).
34 COMPLEJO Y TRAUMA
un carácter inconsciente o, en caso de llegar a ser reelaborados y sublimados, quedaban
“eliminados”.
Para Jung, el tema era más complicado. Coincidía con Freud en que los
complejos con tinte emocional eran, en su mayoría, inconscientes. Pero esta
cualidad no era necesariamente consecuencia de una represión de contenidos conscientes
realizada tiempo atrás. Como veremos, podía estar basada en el desconocimien
to y la extrañeza producidos por nuevos procesos que se abren paso en el
inconsciente.37 Respecto al grado de inconsciencia, es posible establecer toda
una escala de estados de los complejos inconscientes. Éstos varían desde la
inconsciencia relativa -como en el caso de los actos fallidos-, pasando por
casos de mayor independencia o autonomía,38 hasta aquellos propios de la
alienación declarada, donde la inconsciencia es total. A mayor grado de
inconsciencia, tanto más incorregible e incontrolable es el complejo. Jung
coincidía en esto con Freud.
Sin embargo, Jung seguía afirmando la existencia de complejos conscientes,
por lo que era posible corregir y controlar su comportamiento en la concien
cia. ¿Qué es un complejo consciente? Jung no creía que fuera un “mero”
conocimiento por parte del individuo de la existencia de afectos portadores
de un complejo. El conocimiento de una mancha de Mariotte en el alma no
impedía la aparición de efectos inconscientes, al igual que, a la inversa, su
desconocimiento no ofrecía ninguna garantía de que el complejo pudiera
controlarse. Para Jung, más importante que la cualidad de consciente del
complejo era su mayor o menor concienciabilidad, el mantener conscientes tanto
las contradicciones afectivas como el significado psicológico del núcleo,3940a
base de la interpenetración de lo “consciente” y lo “inconsciente”. Aunque
esta concienciación fuera unida a un incremento de fuerza psíquica y una
mejor adaptación al entorno, esto no quiere decir, en modo alguno, que el
complejo desaparezca necesariamente, como afirmaba Freud. Jung siempre
defendió que, en complejos de importancia capital, siempre había una parte impor
tante, aunque indeterminada, del núcleo afectivo que permanecía inconsciente, del
mismo modo que no había ningún contenido consciente en el que no tuviera su parte la
oscuridad del inconsciente.40 Esto no debe representar desventaja alguna para la
persona, puesto que también puede serle beneficioso vivir consciente de su
complejo.
37 C. G. Jung, Über die Energetik der Seele, p. 21, nota (Ges. Werke, VIII, p. 11, nota).
38 Véanse las pp. 35 ss.
39 Véase la p. 244.
40 Véase la p. 287.
III. LA AUTONOMÍA DEL COMPLEJO INCONSCIENTE
1. C omplejo del yo y complejo a utó no m o
E l concepto d e psique como un todo cuyas partes están interrelacionadas, concepto
que no excluye la independencia relativa de éstas, e s d e im p o r ta n c ia c a p ita l p a r a la
c o m p r e n s ió n d e la p s ic o lo g ía j u n g u ia n a .
Aunque las partes están interrelacionadas, poseen una relativa independencia,
hasta el punto de que algunas de ellas nunca o rara vez entran en asociación con
el yo.1
A estas partes independientes, caracterizadas por unas leyes propias, las
llamó Jung complejos autónomos. Aunque el descubrimiento de estos contenidos
inconscientes tenía relación con hechos investigados ya por Janet (“existences
secondes”) y por Freud (fenómenos de posesión y obsesiones), el problema de
la autonomía en la psicología de Jung logró una insospechada profundización
con la inclusión del nivel del sustrato colectivo profundo (el inconsciente
colectivo). En principio puede establecerse que los complejos impersonales2
de la vida anímica poseen tal grado de autonomía y espontaneidad que el
individuo los experimenta como algo sumamente extraño, de un insólito
poder mágico. Todos ellos provienen de la oscura esfera del inconsciente, y
muestran una. preponderancia incuestionable sobre la realidad consciente.
En los comienzos, Jung pisaba tierra más o menos conocida: entre todos
los complejos tipificó el complejo del yo como “el conjunto más sólidamente
asociado de la psique”, aquel que estaba unido indisolublemente al “tono
emocional vital del propio cuerpo”. Aunque veía en él el “centro específico
de la individualidad”3 (más tarde, de la psique), de cuya posición en la
totalidad dependía fundamentalmente la salud de la persona, era sin embar
go un complejo más entre otros muchos. En la medida en que mantuviera su
armonía con el trasfondo inconsciente, afirmaba su carácter de centro. Pero,
si se independizaba de su sustrato, lo que según Jung ocurría en los casos de
incremento y absolutización del tono emocional del yo y de las repre
sentaciones unidas al mismo, surgían un segundo o varios complejos disocia
dos (en Freud: traumas, como consecuencia de la defensa por parte del yo).
1 C. G. Jung, “Die psychologischen Grundlagen des Geisterglaubens”, 1919 (Ges. Werke,
VIII, p. 347).
2 Véanse las pp. 40 s.
3 C. G. Jung, “Die psychologischen Grundlagen des Geisterglaubens” (Ges. Werke, VIII,
p. 347).
35
36 LA A U T O N O M ÍA DEL CO M PLEJO IN C O N S C IE N T E
El complejo del yo ya no es, en cierto modo, la persona entera, sino que existejunto
a él un segundo ser que pervive a su modo e impide y perturba la evolución y
progreso del complejo del yo...4
En tales casos de disociación del yo de los complejos parecía como si se diera
u n a form a d e “g o bierno paralelo al com plejo del yo”, con intenciones propias
q u e se atravesaban y entorpecían la consecución d e los fines y ol jetivos del
yo y q u e “m antienen u n a constante y lograda com petencia con las interaccio
nes del com plejo del yo”.5 Lo más relevante d e este g obierno paralelo era que
el com plejo inconsciente, indep en d ien tem en te de su intensidad, que de suyo
h u b iera exigido traspasar el um bral de la conciencia, seguía activo con toda su
tensión en el inconsciente, algo que Fre u d ya había señalado. I nconscientc, oculto
al yo, p ro teg id o p o r u n a oscura totalidad, incluso sus efectos, se sustraía
totalm ente a la acción del yo. M ientras que J a n e t puso el acento en los efectos
persistentes, y F reud lo hizo en la repetición obsesiva de los contenidos
derivados, Ju n g , ap a rte de todo lo anterior, resaltó com o característica de
todo com plejo dinám icam ente cargado su “afán d e au to n o m ía”.6 Esta pro
p ied ad la situó en la tendencia a la prcvalencia del com plejo frente a la psiejue
consciente, p ro p ied ad que F reud atribuía fun d am en talm en te a la represión.
Ya hem os indicado que estas unidades operativas autónom as no eran sólo
p ro d u c to de la división del yo, sino tam bién m anifestación d e u na retirada
espontánea de energía p o r p arte de la propia psique inconsciente, es decir, de
u n a fuga esp ontánea de u n pensam iento del com plejo.7 Con los años amplió
J u n g notablem ente la observación hecha en 1907: descubrió q ue el poder de
fascinación de los com plejos autónom os d ep e n d ía d e la presencia, ignorada
p o r el yo, de u n a p ropiedad, d e u n “algo inconsciente” q u e funcionaba con
in d ep en d en cia de nuestra conciencia® y era “inaccesible a n u estra crítica”.
Este “algo” excepcional producía los efectos m ás dispares: podía ser la base
de procesos creativos -com o en el caso de los com plejos im personales, sobre
to d o -, p e ro tam bién podía provocar perturbaciones negativas, hasta peligro
sas. Le era p ro p io un carácter im perativo a m en u d o asom broso: no en pocas
ocasiones se com portaba com o un “mal espíritu” q u e ideara toda clase de
tretas y com etiera desafueros. En 1936, J u n g form uló estas apreciaciones del
siguiente m odo:
Como demuestra el experimento asociativo, los complejos interfieren los procesos
volitivos y reducen el rendimiento de la conciencia; provocan trastornos en la me
moria y atascos en el curso de la asociación; aparecen y desaparecen, obedeciendo
sólo a leyes propias; perturban la conciencia temporalmente, o influyen de manera
inconsciente en la expresión verbal y en los actos. Se comportan como si fueran
4 C. G. J u n g , Denientia praecox, p. 53 (Ges. Werke, III, p. 53).
5 C. G. J u n g , “Ü b er das V erh alten d er R eaktionszeit b eim A ssoziation sexp erim en t”, en
Diagnostische Assoziationsstudien, I, p. 211.
6 C. G. J u n g , “P sychoanalyse u n d A ssoziation sexp erim en t”, en Diagnostische Assoziationsstu
dien, I, p. 2 7 5 .
7 C. G. J u n g , Dementia praecox, p. 50 (G «. Werke, III, p. 51).
8 V éa n se las p p . 2 7 5 ss.
37
LA AUTONOMÍA DEL COMPLEJO INCONSCIENTE
anorm ' y°2*S*?utónom°s, lo que se pone de manifiesto sobre todo enilos
mental3 CS ^ eSan incluso a cobrar personalidad propia en las voces del en e
V otra*’»? SemeJanza <?e los espíritus que se manifiestan en la escritura automática
a estadr»«CniCa1i >^rec*^as' reforzamiento del fenómeno del complejo conduce
múltiples Pat, gicos que no son más que disociaciones más o menos amplias o
’ en as clue cada fragmento posee una vida propia inexpugnable.9*
alucinaciones8 *^uPc*<Jfles del complejo inconsciente se cuentan no sólo las
permite exnres * ^ adenadas»s‘no también el fenómeno de las “voces”, que
significativa« «ar Pensamientos propios.»» Los pueblos primitivos han hecho
carácter Drover»^61*!?*1? 38 COn ^os “espfritus”, en las que se confirma el
er Proyectivo de los contenidos inconscientes.
complejos inconscientestîu^ desde el Punto de vista de la psicopatología, son
asociación S o J Í y * ” ™proyección exteriorizada [pues de suyo no poseen
el lugar de u n a a d ^ t ^ ? ^ 813'jan aS*conten*dos que, o bien venían “a ocupar
o t r a u n a perdl da” del individuo, o trataban de sustituir por
otra una actitud de todo un pueblo que se hubiera vuelto inadecuada.»
nueva ” ^ UÍente’ los esPíritus son pensamientos mórbidos o ideas completamente
C?.n SU l,c° ría de la autonomía de los complejos inconscientes, inde
pendientes del yo, Jung daba el contragolpe más sensible a la psicología de la
conciencia todavía imperante. Al mismo tiempo reforzaba de manera signifi
cativa los fenómenos de la posesión y la compulsión observados por Freud.
2. E l complejo inconsciente como personalidad parcial
Jung identificó en los complejos autónomos una propiedad que ya había
indicado, en su tesis doctoral, como característica de la psique sonámbula.
Todos los conocimientos que adquirió siguiendo en la línea de la tipificación
de fenómenos de double conscience y de las existences secondes de los psicopató-
logos franceses (Azam, Richer, Binet, Janet, entre otros) pudo confirmarlos
rotundamente en sus investigaciones sobre los complejos. Llegó a la conclu
sión de que el complejo inconsciente representaba una personalidad parcial
inconsciente de la psique, cuyo carácter de personalidad estaba fuertemente
9 C G hing “Psychologische Determinanten des Verhaltens”, 1936 (Ges. Werke, VIII, p. 140).
»oC. G Jung, “Die psychologischen Grundlagen des Geisterglaubens” (Ges. Werke, VIII, p.
347, nota).
38 LA AUTONOMÍA DEL COMPLEJO INCONSCIENTE
acusado. Dicha teoría, en oportuna coincidencia con su concepción de la
unidad interna del complejo, era diametralmente opuesta a la de Freud,
según la cual existe una predisposición esencial de las vivencias traumáticas
a dividirse en sus componentes elementales: sentimiento y representación.
En lo relacionado con la tendencia a la independencia y personificación de los
complejos inconscientes pudojung remitirse ampliamente a las investigacio
nes de Janet, quien ya en 1889 indicó el carácter de personalidad de ciertas
estructuras inconscientes parciales, en especial las existences secondes, en enfer
mos histéricos. Como pudo comprobar también Jung, en ambas propiedades
se manifestaba una tendencia a la sistematización de las representaciones en
torno al núcleo estable, hasta formar un centro de la personalidad -hecho que
ya le había llamado la atención en el elemento nuclear (1928)- y observó la
existencia de representaciones y sentimientos propios, asi como de una
memoria autónoma. Aunque Jung consideraba cuestión aún no resuelta la
existencia, propugnada por Janet, de un “yo” propio, le parecía que los
complejos inconscientes tenían en común con las personalidades parciales
oljservadas por Janet “todos los rasgos esenciales... hasta la delicada cuestión
de la conciencia parcial”.14 Se le hizo evidente que el complejo inconsciente
disociado representaba una “pequeña personalidad aislada”,15 incluso una
“personalidad independiente ”.16
Pero la tendencia a la personificación y a la independización del complejo
inconsciente no era, ni mucho menos, un simple fenómeno patológico, aun
cuando siempre pudiera detectarse en los fenómenos de la alucinación, de la
formación alienada y de la posesión. A este respecto habían resultado valiosas
para Jung, sobre todo, las investigaciones de Morton Prince y Janet, puesto
que habían demostrado que al amplificarse el grado de inconsciencia podían
producirse fragmentaciones de la psique inconsciente que se divide en cuatro
y hasta en cinco personalidades parciales, cada una de las cuales tiene su
memoria específica. Fenómenos parecidos pudo comprobar Jung en la
psique de los primitivos. Así, por ejemplo, su creencia en los demonios o en
el retorno de las almas de los difuntos, apuntaba sin duda a esta idea de una
multiplicidad de almas. Pero la prueba más sólida de la existencia de tendencias
personificad oras ^n la psique “normal” la halló Jung en las figuras psíquicas
de los cuentos infantiles, de los sueños y de los mitos. Era interesante que
p u d ie ra n com probarse siempre, en estos productos de la imaginación, aspec
tos esenciales de la personalidad humana, tales como propiedades típicas o
m odos de comportamiento característicos, formas de reaccionar recurrentes,
en forma de personificaciones y de motivos independizados.
De tales comprobaciones dedujo Jung que la psique individual no consti
tuye un todo indivisible, sino que puede escindirse en personalidades parcia
les. Así, en 1936 destacó la propiedad de lapsique de disociarse, aun cuando no
pensaba ni mucho menos en una destrucción de las unidades vivenciales.
14 C. G. Jung, “Allgemeines zur Komplextheorie” (G e s . W e r k e , VIII, p. 112).
15 C. G. Jung, “Die Probleme der modernen Psychotherapie”, 1929(G «. W e r k e , XVI, p. 60).
16 C. G. Jung, W a n d l u n g e n u n d S y m b o le d e r L ib id o , 1912, 2a. ed., 1924, p. 32.
LA AUTONOMÍA DEL COMPLEJO INCONSCIENTE 39
Divisibilidad significaba que había partes de la psique que podían separarse hasta
tal punto de la conciencia que no sólo aparecían como extrañas, sino que llevaban
también una vida autónoma. No era necesario que se tratase de fenómenos
¡!*st^ricPs de doble personalidad, ni de alteraciones esquizofrénicas de la persona
lidad, sino podía tratarse de meros complejos dentro del ámbito de lo normal.17
Hay que decir claramente, por el contrario, que las partes separadas se
presentaban, por regla general, en unidades de complejo completas, o en forma
de personalidades parciales. A diferencia del mecanismo de disociación de
afecto y representación que Freud asumía en el caso de los mecanismos de
represión, Jung sólo suponía la existencia de una destrucción del complejo
vivencial18 cuando se daban determinados fenómenos psicóticos. Tampoco
en su experiencia iba unida la neurosis con una destrucción de complejos,
sino que, como ya había recalcado Jung en sus estudios sobre la asociación,
dicha enfermedad se basaba en una disociación de dos unidades complexivas,
o personalidades separadas, que se excluían recíprocamente, pero conserva
ban su plena integridad.
Anticipándome a lo que expondré más adelante quisiera indicar que, en
1946, Jung llegó por fin a la concepción de la divisibilidad de la psique como
una propiedad general de la misma, que se da tanto en las personas enfermas
como en las sanas. Y esta convicción trató de expresarla en la idea de la
disociabilidad de la psique.19 La importancia de esta teoría residía en el hecho
de que ponía en tela de juicio, por una parte, el prejuicio de la unidad y
superioridad del complejo del yo, y, por otra, la creencia en una unidad del
individuo dada a priori. Aun cuando en el alma humana dormitara una
imagen de unidad (arquetipo del sí mismo), esta unidad no existía ni mucho
menos de antemano, sino que era, antes bien, la idea de un fin hacia el que
se orientaba el desarrollo del individuo. Pero, de todos modos, precisamente
esta constatación resultaba fructífera en relación con la posibilidad de proce
sos de integración de contenidos todavía inconscientes. Ponía en evidencia el
hecho de que no sólo derivaba el surgimiento de la conciencia de una unión
de islas de conciencia todavía inconexas, sino que también el ensanchamiento
de la conciencia mediante neoformaciones creativas20 se debía a una integra
ción paulatina de contenidos inicialmente oscuros pero capaces de llegar a
hacerse conscientes.
17 C. G. Jung, “Psychologische Determinanten des Verhaltens” (G es. W e rk e , VIII, p. 140).
18 C. G. jung, “Die Schizophrenie”, en S c h w e iz e r A r c h i v f ü r N e u r o lo g ie u n d P s y c h ia tr ie , LXXXI,
1958, cuaderno I/II, p. 176 (G es. W e rk e , II, p. 331).
19 C. G. Jung, “Theoretische Überlegungen zum Wesen des Psychischen”, 1946, aparecido
por primera vez en D e r G e is t d e r P s y c h o lo g ie , p. 405 (G es. W e rk e , VIII, p. 202).
20 C. G. Jung, Ü b e r d ie E n e r g e tik d e r S e e le , p. 21, nota (Gm. W e rk e , VIII, pp. 11 s., nota 17).
40 LA AUTONOMÍA DEL COMPLEJO INCONSCIENTE
3. C omplejos personales e impersonai.es21
N o p u edo dejar de m encionar aquí, por m or de la interrelación existente
entre los distintos problemas del complejo, aun cuando me anticipe a lo que
expondré más adelante, el descubrimiento del complejo impersonal.22Y lo cierto
es que este reconocimiento, no sólo de un contenido de sentido humano-universal,
sino también de un fondo atemporal de las configuraciones psíquico-incons
cientes, file el que impulsó la psicología del complejo de m odo aún insospe
chado. Puso a j ung en situación de conocer la fundam ental biestratificación del
complejo inconsciente. El complejo indicaba la existencia, por una parte, de
contenidos que se habían separado de la conciencia y, por otra, de otro tipo
de contenidos que, por su extrañeza y su inalterabilidad, por la fascinación
que ejercían y el efecto de posesionainiento que tenían, participaban de un
sustrato profundo que superaba lo personal.
A diferencia de lo que ocurría con las reminiscencias a las que cabía atribuir
un carácter personal, esas ideas conmocionadoras procedían
de una atemporalidad, de algo que siempre había estado ahí, de un fondo
primigenio maternal, anímico, del que brota el efímero espíritu de la persona
individual como una planta que florece, da su fruto y su semilla, se marchita y
perece. Las ideas provienen de un algo más grande que el hombre personal. No
somos nosotros quienes las hacemos, sino que a través de ellas se nos hace.23
El supuesto establecido por Ju n g de una doble estratificación de los
complejos inconscientes no encuentra nada análogo en el psicoanálisis. La
psicología de Freud no sólo se basaba, hasta finalizar la segunda década, en
la suposición de que los contenidos deberían entenderse fundamentalmente
como personales, sino que, también en su obra posterior, en la que comple
m entaría los motivos ontogenéticos con motivos filogenéticos, sobre todo por
medio de la herencia arcaica, el fundador del psicoanálisis rechazó radical
m ente la hipótesis de un inconsciente colectivo, atem poral .24 Aparte de ciertas
concesiones a la existencia de recuerdos históricos procedentes de la prehis
toria, la psicología de Freud, y en especial su psicoterapia, tenía un funda
m ento esencialmente personalista.
Con la introducción de ios complejos inconscientes en el universal fondo
primigenio de la vida anímica del hom bre surgían im portantes consecuencias
para la psicología de J ung, sobre todo para su psicoterapia, pues en la medida
21 En el capítulo V III, sección 2, se amplía lo dicho aquí acerca d e la psique im personal.
22 Mientras que J u n g entendía por contenidos “personales” representaciones tales que, o
bien pertenecían al com plejo del yo o se habían disociado del yo y estaban apartadas, y que por
tanto se com ponían siem pre de reminiscencias producidas en el curso d e la propia vida, los
contenidos “im personales” procedían fundam entalm ente del fondo atem poral y colectivo de la
psique, lo que hacía que se presentaran com o algo totalm ente in d ep en d ien te del yo de los
recuerdos personales.
23 C. G. J u n g , “Der G egensatz von Freud und J u n g ”, 1929, en Seelenprobleme der Gegenwart,
p. 74.
24 V éase la p. 133.
LA AUTONOMÍA DEL COMPLEJO INCONSCIENTE 41
e n q u e lo s c o m p le jo s p articip ab an d e la n atu raleza su p r a p e r so n a l d e la
p siq u e , a p u n ta b a n a p ro b lem a s q u e n o afectaban ú n ic a m e n te a la h u m a n id a d
e n c u a n to tal, sin o ta m b ién al su e lo n u tric io d e los p ro ceso s crea d o res.
C o n te m p la d o s ter a p é u tic a m e n te , estos p ro b lem a s en cerr a b a n tam b ién la
cla v e q u e p erm itía a b ord ar los p a d ecim ie n to s p síq u ico s d el h o m b r e d e sd e sus
p r o p ia s p r o fu n d id a d e s. F ren te a la red u cció n d e los p ro b lem a s q u e gravitan
so b r e lo s se res h u m a n o s a con flictos se x u a le s y p erso n a le s d e la in fan cia, tal
c o m o F r e u d h ab ía p r o p u e sto , la visión d e las b ases im p e rso n a les d e la p siq u e
ab ría nuevas perspectivas que, al tiempo de sobrepasar el ámbito de lopersonal, también
rebasaban el de lopatológico, p u e s e n fu n ció n d e su o r ig en e n la p siq u e colectiva,
a p u n ta b a n a c o n te n id o s q u e se hallaban m ás allá d e la “salu d o la e n fe r m e
d a d ” , in c lu so m ás allá “d el b ien y d el m al”. P o d e m o s afirm ar, co n J o la n d e
J a co b i, q u e
Lo que procede del inconsciente colectivo no es nunca material patológico. Sólo
pu ed e ser patológico lo que procede del inconsciente personal y ha experim entado
allí esa modificación específica procedente de su inmersión en una esfera de
conflicto individual.25
25 J•Jacohi. K o m p le x , A rc h e typ u s, S ym b o l, 1957, p. 30.
IV. LOS CONFLICTOS PSÍQUICOS Y EL COMPLEJO
E st a r íaincompleta una exposición de la psicología del complejo sin mencio
nar el conflicto psíquico. De hecho, ambos investigadores, Freud y Jung, vieron
en el conflicto, en especial en el conflicto moral, una im portante causa de la
formación de complejos (traumas). Y también com prendieron que, a la
inversa, al aum entar la intensidad, también el complejo traumático podía
convertirse en punto de partida de tensiones y conflictos.
Acorde con su interés por el origen de las neurosis, Freud empezó por
enfocar el conflicto neurótico. Uno de sus primeros e importantes logros
científicos estuvo relacionado con la comprobación de la existencia de un juego
de fuerzas, rico en tensiones, que se desarrollaba entre afectos contrarios. Y este
descubrimiento iba asimismo unido a su apartam iento de la teoría hipnoide
de Breuer, que había visto la disposición histérica en determinados estados
oniroides . 1 A saber: se le antojaba que el conflicto psíquico tenía menos que
ver con la degradación de las funciones psíquicas que, por el contrario, con
un plusrendim icnto de la psique. Tanto si Freud atribuía este tipo de
situación conflictiva a la contraposición entre tendencia volitiva consciente y
“contravoluntad” inconsciente; tanto si veía en ella la oposición de yo y
traum a, o también, más tarde, de pulsión de autoconservación y pulsión
sexual, de miedo al incesto y deseo incestuoso; o si, finalmente, resaltaba la
tensión existente entre el yo y el ello, el conflicto psíquico culminaba básica
mente en el hecho de la existencia de tensiones afectivas. En todo caso, la
intelección de los conflictos patógenos requería una nota más. Para que
adquiriese carácter patógeno, no bastaba con que subsistiera un conflicto
infantil latente, sino que se requería asimismo la tendencia a huir ante una
dificultad y reavivar, mediante la regresión, los puntos defijación de una edad más
temprana. Mientras que, en los casos normales, el conflicto podía ser objeto de
elaboración, frenándose así la tendencia a la repetición, en la persona neuró
tica la tensión entre afectos contrarios se mantenía inconsciente, y por tanto
sin elaborar, de modo que los síntomas permitían reconocer el cuadro de una
lucha en la que no se había llegado a ningún desenlace. De m anera explícita
destacaba Freud en su teoría de la neurosis que “no había que confundir... el
conflicto patógeno con una lucha normal entre incitaciones psíquicas... Trá
tase de una disputa entre fuerzas de las cuales una ha llegado hasta el escalón
de lo preconsciente y lo consciente, mientras que la otra se encuentra detenida
en la grada de lo inconsciente” .2
El resultado visible de esta disputa eran los síntomas neuróticos, que eran
1 S. Freud, “Die Abwehr-Neuropsychosen” ( G e s . W e r k e , I, p. 60). Cf. asim ism o Breuer y
Freud, S t u d i e n ü b e r H y s t e r i e , 1895, 2a. ed., 1909, p. 192.
2 S. Freud, V o r l e s u n g e n z u r E i n f ü h r u n g i n d i e P s y c h o a n a l y s e ( G e s . W e r k e , XI, pp. 449 s.).
42
LOS CONFLICTOS PSÍQUICOS Y EL COMPLEJO 43
en cada caso expresión de una oposición teñida de afecto y que había quedado sin
elaborar.
También para Jung residía el conflicto psíquico en una tensión contradic
toria, en una “contradicción afectiva”, ya fuera entre el ethos y la sexualidad,
entre pretensión individual y norma colectiva, o entre naturaleza y espíritu.
Aun cuando también veía en el conflicto la condición de toda neurosis,3 veía
en él un hecho que, a diferencia de como lo veía Freud, debía describirse y
entenderse partiendo fundamentalmente de \a psique normal. Jung se orien
taba siempre asumiendo el punto de vista de la personalidad en su totalidad. Es
decir: el conflicto era para él un inevitable hecho de la vida y de su proceso evolutivo,
que no había que juzgar sin más como algo negativo. El conflicto delataba,
por el contrario, en última instancia -tal como ya lo había expuesto Jung en
1912-, una tensión de vital importancia para la construcción del individuo,
una tensión fundamental entre “querer y no querer ”,4 entre crecimiento y
voluntad de muerte. En él aparecían los polos de la vida anímica, no sólo en
forma de oposición entre interior y exterior, entre exigencia externa y ley
interna, sino también en forma de una dinámica de fases del propio proceso
vital que discurrían en sentido contrario .5 Como acontecimiento enraizado
en lo hondo de la existencia humana, característico tanto de la psique normal
como de la psique enferma, expresaba, indistintamente de si lo hacía con
signo positivo o negativo, “la aparente imposibilidad... de que pudiera [jamás]
afirmarse la totalidad del ser humano”.*
Por ello, visto desde la totalidad, el grado de disociación era decisivo para
el surgimiento de un conflicto neurótico. Mientras los opuestos se mantenían
unidos, podía considerarse normal el conflicto. Pero cuanto más se separasen,
favoreciendo un estado de “desacuerdo consigo mismo”, tanto más probable
era la aparición de una neurosis. Surgía así una disociación de la psique,7 una
circunstancia en la que los polos opuestos se mantenían separados por una
fuerte tensión emocional.8 A diferencia de Freud, para el que la neurosis
siempre indicaba la presencia de un componente inconsciente reprimido. Jung
reconocía asimismo en el conflicto neurótico una tensión de contradicción,
en la que las contradicciones no se limitaban a estar representadas por dos
personalidades parciales que mantenían su integridad por separado, sino que, en todo
caso, se conservaba también la unidad de la personalidad total. Carácter total
mente distinto mostraba la disociación psíquica en los fenómenos psicóticos:
en éstos no era raro que adoptara la forma de meros fragmentos de formas
de la personalidad, es decir, de restos de contenidos dotados de sentido .9
3 C. G. ju n g , W a n d l u n g e n m i d S y m b o le d e r L i b id o , p. 167.
4 I b i d ., p. 168.
5 Véase la p. 209.
6 C. G. Jung, “Allgemeines zur Komplextheorie”, p. 12 (Gm. W e r k e , VIII, p. 113). (La cursiva
es mía.)
7 C. G. Jung, Ü b e r d i e E n e r g e t ik d e r S e e le , pp. 55 s. (G e s . W e r k e , VIII, p. 36).
8 C. G. Jung, “Psychoanalyse und Assoziationsexperiment” en Diagnostische Assoziationsstu
dien, I, p. 279.
9 C. G. Jung, “Psychologische Determinanten des menschlichen Verhaltens” (G e s . W e r k e ,
VIII, p. 141).
44 LOS CONFLICTOS PSÍQUICOS Y EL COMPLEJO
Había también otras características en las que se diferenciaba Jung de
Freud: mientras Freud derivaba todo conflicto neurótico del adulto de una
contradicción que tenía sus raíces en la infancia, Jung colocaba el punto de
gravedad del origen de las neurosis en el presente y en la actitud actual del
individuo. Era también por tanto la elaboración del conflicto actual lo que
resultaba decisivo para el éxito de la psicoterapia.
Y asimismo era muy distinta la valoración del conflicto moral en un
psicólogo y en otro. Mientras que Freud siempre comprobaba en este caso la
colisión que se producía entre norma cultural y deseo pulsional, colocando
siempre el polo inconsciente en el lado de la inmoralidad, Jung rechazaba
esta catalogación. En su opinión, el polo inconsciente podía tener tanto carácter
moral como inmoral Mientras que Freud, hasta los años treinta, siguió consi
derando siempre al yo como portador de valores morales, y para él tenía
validez la ecuación: inconsciente = teñido pulsionalmente = inmoral,10 Jung
estableció la relación inversa. No era raro que fueran precisamente las
tendencias morales las que eran inconscientes y permanecían desconocidas
para el individuo, ya porque éste las pasara deliberadamente por alto y
prefiriese “olvidarlas”, o bien porque tuviera primero que librarlas de las
ataduras de vivencias inconscientes. Pero, sobre todo, el reconocimiento por
parte de Jung de las neoformaciones creativas11 ponía de manifiesto una
diversa interpretación del conflicto psíquico. En tales conflictos, uno de cuyos
polos estaba determinado por un contenido que empezaba por formarse en
las profundidades del inconsciente y que seguía siendo en gran medida
desconocido, la contradicción trazaba un amplio arco que llegaba hasta lo
arcaico del inconsciente y que, en consecuencia, contraponía grandes dificul
tades a su devenir consciente. Puesto que en el sistema freudiano no había
lugar para estas neoformaciones espontáneas, Jung tampoco podía remitirse
a él en este punto.
Situación que, en esencia, no cambió después de la introducción y diferenciación del
superyó.
11 C. G. Jung, Ü b e r d ie E n e r g e tik d e r S e e le , p. 21, nota (G es. W e rk e , VIII, pp. 11 s„ nota).
V. SOBRE EL SENTIDO DEL COMPLEJO
A un c u a n d o el complejo inconsciente delataba una insuficiencia personal,
sensiblerías y sentim ientos de inferioridad, Ju n g reconoció en todo caso
la posibilidad de concebir que lo bajo, lo inferior, pudiera, dirigiendo la vista
a la grandeza”, a lo superior, a lo suprapersonal de la vida anímica, dar lugar a
elevarse por encima de concepciones demasiado estrechas. En marcada
diferencia con Freud, que valoraba de modo preponderantemente negativo
la existencia de un conflicto neurótico, Jung dedujo la posibilidad de dar
sentido positivo incluso al complejo incompatible, no sólo de la tensión
contradictoria de la dinámica inmanente, sino también de la experiencia de
que lo patógeno también lleva en sí, por regla general, el germen de lo curativo. Como
tendremos ocasión de ver, cuando la actitud del individuo es adecuada, puede
contenerse la fuerza de atracción del complejo, que induce a la regresión,
para dejar lugar a un enfoque simbólico.l
La importancia del punto de vista finalista había sido ya reconocida por
Alfred Adler, aun cuando fuera una relación con una psicología basada en
pulsiones de poder. El mérito de este psicólogo consistió en entender la “línea
directriz”, la “ficción guía”, construida de manera inconsciente a partir de
sentimientos de minusvalía y de inseguridad ,2 por una parte, como medios
para “elevar el sentimiento de la personalidad ”3 y, por otra parte, como “acto
preparatorio” para una “inversión de los valores”.
Ju n g fue más allá en la medida en que defendió con toda claridad el punto
de vista de que no existía ninguna experiencia vital teñida emocionalmente,
ninguna lesión anímica, ninguna actitud vital con fuerte acentuación comple-
xiva, que no pudiera servir, con gran provecho, como motivo para profundi
zar la propia visión, para tomar mayor conciencia de la personalidad y
ensancharla. El complejo inconsciente perdía su pleno sentido si sólo se veía
en él un mero cúmulo de situaciones contrarias y penosas. Era propio de la
dignidad humana ver también en él un punto de partida para el propio progreso
espiritual, para una confrontación consciente con las ocultas contradicciones
de la persona, es decir con los “síes” y los “noes” que escapaban a su conciencia.
Sobre la base de tales experiencias llegó Jung a la convicción de que los
complejos representaban ante todo “puntos focales y nodales de la vida psíquica".
Es obvio que los complejos son una especie de inferioridades en el sentido más
amplio, a lo que tengo que añadir en seguida que tener complejo o complejos no
significa inferioridad sin más. Lo único que quiere decir es que subsiste una cierta
1 Véase la p. 177.
2 A. Adler, Über den nervösen Charakter, 1912, 4a. ed., 1927, pp. 25 s.
3 Ibid., p. 24.
45
46 SOBRE EL SENTIDO DEL COMPLEJO
falta de unidad, algo de inasimilado, de conflictivo, que constituye quizá un
obstáculo, pero también un estímulo para llevar a cabo esfuerzos mayores, con lo
que quizá se abre también una nueva posibilidad de éxito. Los complejos son, en
este sentido, puntos focales y nodales de la vida psíquica de los que no debería
prescindirse, que no deberían faltar, pues de lo contrario la vida psíquica llegaría
a un estancamiento fatal.4
De todo lo cual se deducía que el complejo inconsciente no era una mera
minusvalía, sino que representaba también un plusvalor. No era sólo el talón de Aquiles
de la vida psíquica; no era sólo el lugar de la derrota. ¡Podía ser también el lugar de
la victoria!
Si tratamos por último de resumir los diversos aspectos del complejo
resultantes de las investigaciones junguianas: emocionalidad y fundamento
arquetípico por un lado, tendencia a la autonomía y personalidad parcial por
otro, la unidad e integridad de la psique, así como la autonomía y la
incompatibilidad con el yo, podemos decir con Jung:
Es el cuadro de una determinada situación psíquica, teñida de vivos tonos emocio
nales y que, además, se muestra incompatible con el estado o actitud habitual de
la conciencia. Este cuadro, esta imagen, presenta una fuerte cerrazón interior;
posee su totalidad propia y dispone, asimismo, de un grado de autonomía relativa
mente alto, es decir, que sólo en escasa medida se somete a las'disposiciones de la
conciencia, por lo que se comporta en el espacio de la conciencia como un corpus
alienum dotado de vida propia...5
4 C. G. Jung, “Psychologische Typologie”, 1928, conferencia (Ges. Werke, VI, p. 573).
5 C. G. Jung, “Allgemeines zur Komplexthcorie”, p. 10 (Ges. Werke, VIII, p. 111).
S egunda Parte
DE LOS “MECANISMOS” PSÍQUICOS
A LA PERSONALIDAD EN SU CONJUNTO
VI. DE LOS MECANISMOS PSÍQUICOS EN GENERAL
T anto si Jung se aplicaba al estudio del experimento asociativo, del complejo o
de un síntoma neurótico, tanto si enfocaba la autonomía de la psique a sus fenó
menos disociativos, la imagen directriz que guiaba sus exposiciones, de manera
más o menos explícita, era la idea de lopsíquico en su totalidad, imagen que cada vez
se presentaba con mayor claridad a partir de su separación de Freud.
La idea de un todo más comprensivo había ocupado desde el comienzo el
punto focal de su interés. Ya en sus años de estudiante, cuando se ocupaba
de la Filosofía, se había visto prendido por la idea del “homo maximus, del que
cada individuo no es más que una copia”. Aun cuando sólo más tarde
introdujera en la psicología la expresión de “sí mismo” o de “centro de la
personalidad”, esta idea, como imagen directriz oscura e inconsciente, siem
pre obró en él.
Nada tiene de casual que fuera la definción que hace Krafft-Ebing de la psicosis
como “enfermedad de la persona” lo que, incidiendo en él como la luz de un
rayo, despertó la idea de una personalidad que lo abarcara todo. E igualmente le
impresionó la observación hecha por Janet sobre la neurosis como “maladie de la
personality”, o de la histeria como división de la personalidad.1
Es cierto que su contacto con los trabajos de Freud, a comienzos de siglo,
trajo consigo inicialmente una cierta interrupción del desarrollo natural de
los comienzos de su propia psicología. Lo que le fascinó no fue sólo la metodo
logía propia de las ciencias naturales, sino también la novedad de los plantea
mientos freudianos, que situaban en el centro de la psicoterapia al sujeto y su
biografía. Bajo la fuerte impresión de la teoría de la neurosis de Freud, Jung
retrajo la idea de su propio objetivo, orientado a una visión de conjunto de
personalidad humana vista en primer plano, con la inclusión de “la grandeza
que la habita”, para dedicarse primeramente a comprobar los resultados
psicológicos de Freud por medio del método psicoanalítico.
De ahí que en sus primeros artículos utilizara también con frecuencia la
idea del mecanismo psíquico, que tan importante papel desempeñaba en la
psicología freudiana. ¿Qué entendía Freud por tal? Para él, los mecanismos
psíquicos eran leyes, regularidades psicológicas, referidas al juego de fuerzas,
a la dinámica de fuerzas que se daban en el ser humano. Freud diferenciaba
el juego de fuerzas de ideas que culminaban en el automatismo de la
condensación, el desplazamiento y la formación de un compromiso, de las
leyes de la represión, es decir del rechazo al inconsciente de determinados
contenidos. En primer plano se situaba siempre la concepción de un conjunto
de fuerzas interrelacionadas, causalmente determinado y que funcionaba con una
especie de automatismo. ¿Cuál fue la actitud de Jung al respecto?
1 Comunicación verbal.
49
VIL SUSTITUCIÓN Y SIMBOLIZACIÓN
en 1929 indicaba Jung suficientemente que, en el experimento
T o d a v ía
asociativo, no sólo había confirmado la existencia de los mecanismos freudia-
nos de la represión de representaciones, sino también la de otros mecanismos
el de la sustitución y el de la simbolización.1 Incluso en 1936 señalaba con
reconocimiento que Freud había sido capaz de “unificar la visión de la
personalidad humana con la idea de mecanismos [pulsionales] y repre
sentaciones individuales”,2 pero consideraba que el estrechamiento de la
imagen del mundo a la “persona colectiva burguesa” constituía una lamen
table unilateralidad.
No carecería de interés histórico seguir el proceso mediante el cual Jung
fue cambiando poco a poco desde la inicial admisión de la idea freudiana de
los mecanismos psíquicos, a fin de hacer sitio para la idea tanto de lo creativo
de lo teñido de sentido y de valor, como también de lo teleológico en la vida anímica.
Lo que Jung había entendido por sustitución en sus primeros trabajos, en
su Dementia praecox y en sus Diagnostische Assoziationsstiulien, se refería a una
serie de mecanismos cuya existencia había comprobado Freud, no sólo en los
“recuerdos encubridores”,3 sino también en los actos fallidos y sintomáticos.*
Freud atribuyó estos fenómenos a “insuficiencias” del rendimiento psíquico,
debidas a la deformación y a la formación sustitutiva, resaltando como algo
característico el hecho de que los actos fallidos eran el resultado de la
interferencia5 de dos o más intenciones, interferencia en la que el propósito
inconsciente representaba, sustituía o, también, encubría al propósito expreso.
También a Jung le había llamado la atención el hecho de que no era
infrecuente que los modos de reacción del experimento asociativo estuvieran
“velados”, o que hubieran “salido empujados”, es decir, que ocultaran la
asociación más próxima con otra intención. Al igual que Freud, Jung se
negaba por aquella época (1907) a ver en tales casos una reacción psíquica
causal, preguntándose por su determinación. Así, intentó explicar la depre
sión psicótica mediante un mecanismo de encubrimiento,6 que derivaba del
proceso de represión, escribiendo entonces:
1C. G. Jung, “Einige Aspekte der modernen Psychotherapie”, 1919 (G e s . W e r k e , XVI, p. 31)
2 C. G. Jung, “Psychologische Typologie”, 1936 (G e s. W e r k e , VI, p. 592).
3 S. Freud, “Über Deckerinnerungen”, 1899 (G e s. W e r k e , I, p. 546). Cf. Jung, “Über das
Verhalten der Reaktionszeit beim Assoziationsexperiment”, en Diagnostische Assoziationsstudien I
p. 214. ’ ’
4 S. Freud, Zur P s y c h o p a th o lo g ie d e s A llta g s le b e n s , 1904 (G e s . W e r k e IV)
5 Ibid., p. 308.
6 C. G. Jung, D e m e n tia p r a e c o x , p. 84 (G es. W e rk e , III, p. 81).
50
SUSTITUCIÓN Y SIMBOLIZACIÓN 51
Así p u es, antes d e d ecir que el d em en te precoz está d ep rim id o por algu n a razón
in ad ecu ad a, d eb em o s tener p resente que hay en toda persona m ecanism os que
co n sta n tem en te trabajan para reprim ir al m áxim o lo d esagradab le y ocultarlo en lo
m ás h o n d o .7
Unos cuarenta años más tarde, en notable contraste con lo aquí expuesto,
entendía Jung el proceso depresivo en relación con cambios de conjunto de la
personalidad: “Lo que más claramente se observa... en ciertas psicosis es una
baja de la energía”, que puede estar determinada por un “falso funcionamiento
de la conciencia”, por “cambios en la personalidad”, así como también por la
activación de “formas creativas”.8
También puede comprobarse en la psicología de Jung un cambio respecto
a la concepción de las formaciones fantásticas y simbólicas. Si en 1912 todavía
interpretaba el “pensamiento fantástico” como un “producto de condensa
ción de la historia evolutiva psíquica [del ser humano ]”,9 en la edición de este
trabajo, Symbole der Wandlung, aparecida en 1952, expresaba la opinión de
que las fantasías creativas revelaban la existencia de un “espíritu primitivo“ en
el hombre.10 También la reducción que había asumido en 1918 de la exalta
ción religiosa a meros mecanismos de desplazamiento, a “formaciones sustitutivas
de lo erótico”,11 halló una modificación nada desdeñable en Symbole der
Wandlung, pues en 1952 decía:
La im presión [erótica] sigue desarrollando su labor en el interior d el inconsciente
y produce fantasías sim bólicas.12
Pero también abandonó pronto la hipótesis que inicialmente había esta
blecido de la existencia de procesos de deformación en el curso de la fantasía
(pensamiento subjetivo), para resaltaren su lugar la presencia activa de motiva
ciones objetivas, es decir, independientes de las apreciaciones personales. Así, decía
en 1952:
Pero no hay ninguna razón real para dar por supuesto que lo prim ero [el
pen sam ien to subjetivo] no es sino una deform ación d e la im agen del m un d o
objetiva. Pues resulta cuestionable que el m otivo interior, fun d am en talm en te
inconsciente, que dirige los procesos imaginativos, no represente una circunstancia
objetiva. El propio Freud ha señalado ya abundantem ente hasta qué p u n to los
m otivos inconscientes se basan en el instinto, que sin duda es un h ech o ob jetivo.13
En términos generales fue abandonando con el tiempo la idea de un
mecanismo de desplazamiento, de un desplazamiento de afectos reprimidos hacia
7 Ibid, (la cursiva es mía).
8 C. G. Jung, Die Psychologie der Übertragung, 1946, p. 27 (Ges. Werke, XVI, pp. 192 s.).
9 C. G. Jung, Wandlungen und Symbole der Libido, p. 31.
10 Ibid. Prólogo a la 2a. ed., 1924.
11 Ibid., p. 61.
12 C. G. Jung, Symbole der Wandlung, 1952, p. 87 (la cursiva es mía).
13 Ibid., p. 44 (la cursiva es mía).
52 SUSTITUCIÓN Y SIMBOLIZACIÓN
otras representaciones ,14 para explicar este hecho como proceso de transforma-
dón 15 natural y que se desarrollaba de manera automática.
También debemos referirnos a los actos sintomáticos, 1617que Freud había
estudiado en 1904, concibiéndolos de modo semejante a los actos fallidos.
También en estos actos, que él entendía como expresiones de determinados
gestos y movimientos expresivos, así como de hábitos motores, creyó ver un
mero compromiso entre intenciones contrapuestas. Como Freud destacó,
cobraba en ellos “expresión algo que el ejecutante no sospechaba y que, por
regla general, no tenía la intención de comunicar, sino de guardar para sf’.n
Se trataba de formaciones de compromiso que “obedecían a dos incitaciones”:
la represión de un deseo, por una parte, y el cumplimiento de un deseo
inconsciente, por otra .1819
Apoyándose en Freud, también Jung había interpretado el automatismo
de los actos como un mecanismo para "disfrazar pensamientos reprimidos 19 (1907).
Pero, ya en 1913, sustituyó la expresión “acto sintomático”, que a su entender
ponía excesivamente el acento en la existencia de intenciones inconscientes,
por el término de acto simbólico,20 con el que quería recalcar el hecho de las
constelaciones inconscientes. Se le antojaban cada vez más inadecuados lo
involuntario, lo “puramente casual” de aquellos actos simbólicos que, a su
parecer, indicaban menos una intención que un sentido inconsciente. Pero era
largo el camino que había de recorrer para ir desde las formaciones sustitu-
tivas a las relaciones simbólicas. Bajo la impresión que producía en él la
personalidad de Freud, osciló bastante tiempo entre valorar negativa o
positivamente las relaciones simbólicas. Tan pronto las concebía como expre
sión de un pensamiento caracterizado meramente por una disminución de
la claridad y de la precisión ,21 como las tomaba por prototipo de todo
pensamiento mitológico.
Pero hasta 1921 no concluyó Jung provisionalmente la discusión sobre los
actos sintomáticos. La culminación consistió en que contrapuso a estos actos,
que Freud había equiparado al síntoma, el acto simbólico que, debido a su sentido
aún oculto, parecía dotado de significación.
El h e c h o d e q u e ex ista n d os d istin tas c o n cep cio n es, e n recíp ro ca con trad icción , y
a las q u e se ataca aq u í y allá, sob re el se n tid o o la falta d e se n tid o d e las cosas, nos
e n s e ñ a q u e ex iste n e v id e n te m e n te p ro ceso s q u e n o e x p r e s a n n in g ú n sentido
esp e cia l, q u e so n m eras co n se cu en cia s, q u e n o son sin o síntomas, a la vez q u e hay
o tro s p ro ceso s q u e llevan en sí u n sentido oculto, q u e n o se lim itan a p ro ced er de
a lg o , sin o q u e, a n tes b ien , q u ieren llegar a ser algo; d e a h í q u e sea n sím b o lo s.22
14 C. G. Jung, Wandlungen und Symbole der Libido, p. 62.
15 C. G. Jung, Symbole der Wandlung, p. 100.
16 S. Freud, Zur Psychopathologie des Alltagslebens, 1904 (Ges. Werke, IV, pp. 212 ss.).
17 Ibid. (Ges. Werke, IV, p. 212).
™Ibid. (Ges. Werke, IV, p. 219).
19 C. G. Jung, Dementia praecox, p. 63 (Ges. Werke, III, p. 62).
20 C. G. Jung, Versuch einer Darstellung der psychoanalytischen Theorie, p. 89.
21 C. G. Jung, Dementia praecox, p. 72 (Ges. Werke, III, p. 70).
22 C. G. Jung, Psychologische Typen, p. 680 (Ges. Werke, VI, p. 519). (La cursiva es mía.)
SUSTITUCIÓN Y SIMBOLIZACIÓN 53
De estos diversos indicios cabía deducir inequívocamente que Jung trató
paulatinamente (1921) de entender en su valor simbólico intrínseco los actos y
expresiones simbolizantes que anteriormente había concebido como casos
especiales de sustitución y a los que había juzgado de acuerdo con su valor
de síntomas.
Ya habían constituido también un puente hacia la concepción simbólica las
investigaciones en torno al síntoma neurótico, que a Jung se le antojaban
importantes debido a su carácter simbólico. En esta teoría había de profun
dizar más tarde en el sentido de su significado finalista.23 Aun cuando Freud
hubiera tomado en consideración ocasionalmente relaciones simbólicas (o me
jor dicho: relaciones simbolizantes entre síntoma y trauma),24 para él seguía
teniendo importancia primordial la problemática causal: el síntoma tenía una
relevancia fundamental en cuanto símbolo mnémico de los traumas.25
Frente a lo cual Jung, ya en sus Diagnostische Assoziationsstudien, trató de
entender el síntoma como “reproducción simbólica”26 de complejos inconscientes.
Aun cuando seguía interpretando en gran parte el símbolo como expresión
de pensamientos inferiores, al señalar el carácter simbólico del síntoma
entraba ya, no obstante, en psicológica terra nova. Lo cierto es que a partir de
entonces ya no abandonó el “pensar en simbolismos”. Si se piensa que todavía
en 1906 faltaba una adecuada comprensión del símbolo en cuanto tal, no
podemos por menos de contemplar con asombro y admiración el camino que
había de llevarlo, desde sus comienzos vacilantes, hasta la concepción plena
mente madura del símbolo como la “mejor designación o fórmula posible
para un... hecho relativamente desconocido”27 (1921).
23 C. G. Jung, Die Psychologie der unbewußten Prozesse, 1917, p. 63 (Ges. Werke, VII, p. 50).
24 Véase la p. 253.
25 S. Freud, Studien über Hysterie (Ges. Werke, I, p. 302). También “Die Abwehr-Neuropsycho-
sen” (Ges. Werke, I, p. 63).
26 C. G. Jung, “Psychoanalyse und Assoziationsexperiment”, en Diagnostische Assoziationsstu
dien, I, p. 281.
27 C. G. Jung, Psychologische Typen, p. 675 (Ges. Werke, VI, p. 516). Véase la p. 257.
VIII. REPRESIÓN Y DISOCIACIÓN
1. La teoría de la represión en la psicología de F reud
E special interés tenía la actitud que adoptó Jung respecto a la teoría de la
represión, núcleo de la teoría frcudiana de la neurosis. De ahí que me parezca
conveniente entrar más a fondo en el tema.
¿Cómo llegó Freud a esta teoría? ¿Cómo concibió el mecanismo de la
represión? La noción de defensa no fue, ni mucho menos, un auténtico
descubrimiento de Freud. Surgió gracias a diversas incitaciones. Pero Freud
tuvo, no obstante, el gran acierto de introducirla en su teoría de los afectos,
imprimiéndole con ello un sello específico. Entre los primeros en sostenerla
idea de la represión se hallaba Herbart. Ya en sus años de bachillerato, un
libro de Lindner 1 había llamado la atención de Freud sobre la psicología de
Fechner y la idea de la represión de Herbart. En este último encontró ya, en
ciernes, la concepción de un juego dinámico de representaciones contrapues
tas que se inhibían y reprimían recíprocamente. También para Herbart las
representaciones inconscientes eran indestructibles e indelebles, de modo
que, cuando momentáneamente desaparecía el obstáculo que les impedía
atravesar el umbral de la conciencia, conseguían llegar a ésta. Pero por
sorprendentes que fueran ciertas coincidencias con la posterior concepción
de Freud, las diferencias eran tan notorias que no podía hablarse de un
desarrollo que prosiguiese las conjeturas teóricas de Herbart. También había
sido esclarecedor del libro de Lindner, que representaba una de las mejores
introducciones en la psicología del siglo xix que adoptaba la metodología de
las ciencias naturales.
Freud recibió también valiosas incitaciones de sus contemporáneos. Hay
que destacar en primer lugar a J. M. Charcot, cuyo nexo causal entre trauma
psíquico, “obnubilation du moi", por una parte, y fijación de ideas autosugestivas
y síntomas, por otra, dejó en él una impresión perm anente .2 Importantes
también eran las investigaciones de Janet, tanto de los automatismos psíquicos
-que él atribuía a una disociación de representaciones insuficientemente
percibidas-, como de las existences secondes. Es interesante que la teoría de
Janet, de los casos de debilidad perceptiva del yo y de las limitaciones de la
atención a las que daban lugar, surgiera sólo unos años más tarde de la teoría
de lo hipnoide, de Breuer, según la cual había estados parecidos al sueño
-estados hipnoides- que facilitaban el surgimiento de vivencias traumáticas.
1 E. Jones, Das Leben und Werk von Sigmund Freud, 1 9 6 0 ,1, p. 432. El título del libro es: G. A.
Lindner, Lehrbuch der empiiischen Psychologie nach genetischer Methode, 1858.
2 Cf. L. Frey-Rohn, ‘Die Anfänge der Tiefenpsychologie”, en Studien zur Analytischen
Psychologie C. G. Jungs, 1955, p. 41.
54
r e p r e s ió n y d is o c ia c ió n 55
1 ras breve entusiasmo se distanció Freud de las ideas de B reuer para
rom per una lanza por la denom inada teoría de la defensa: no era el estado
hipnoide al que había que atribuirle la causa de la histeria, sino al trauma
psíquico y al proceso de defensa que de él se derivaba.34El descubrimiento esencial
de Freud consistió en considerar que era a la incompatibilidad de trauma y yo a
la que se debía el proceso de la defensa ante las excitaciones incompatibles. Este
proceso se daba siempre en el caso de una agudización de las contradicciones
que imposibilitara la elaboración del afecto inaceptable. Si en los casos
norm ales daba lugar a una adaptación más o menos adecuada al m undo
circundante, la neurosis delataba el fracaso de tal intento. El conflicto psíquico
se relegaba al inconsciente, donde permanecía con toda su carga de tensión,
perseverando (Janet), o empeñándose en una constante disposición a irrum
pir de nuevo en la conciencia, asediando a esta una y otra vez, por así decirlo,
cual “espíritu ir red en to”. Sobre esta base se construyeron dos nociones: el
supuesto de que la neurosis se fundamentaba en el fracaso de un mecanismo de
defensa4 y la comprobación de la existencia de un mecanismo elemental de disociación
de afecto y representación vinculado a la defensa.
Este mecanismo lo entendía Freud de modo tal que -con el fin de debilitar
la representación traum ática- se separaba, por una parte, la carga o quantum
de afecto que iba unido a dicha representación, con el simultáneo desplaza
miento hacia una representación afectivamente más neutra, mientras que por
otra se convertía a la propia representación en no apta para la conciencia (expresión
de Breuer), es decir, se la empujaba hacia el inconsciente .5
La idea de un mecanismo de desplazamiento, a la que acabamos de hacer
mención, de un mecanismo capaz de convertir en irreconocibles, ineficaces e
inofensivas las representaciones insoportables, no sólo tenía una capital
importancia, sino que era sobremanera novedosa .6 En el desplazamiento
había de ver Freud, ante todo, la estructura formal de toda una serie de
fenómenos de lo más importantes que le permitían esclarecer el mecanismo
de la defensa, de los recuerdos encubridores ,7 pero también de la deformación
y la falsificación,8 así como la formación de compromisos .910Pues Freud observó
que, siem pre que fracasaba la solución consciente de un conflicto psíquico, se
producía, como equivalente, un intento de solución inconsciente introducido a
través de la defensa, enforma deformación de compromiso: surgía un síntoma, al que
correspondía el valor de signo de un antagonismo entre fuerzas teñidas de afecto y
que se mantenían inconscientes, del traum a y la defensa. O abreviadamente
expresado: se trataba de un símbolo mnémico10 de acontecimientos traumáticos.
Según Freud podían suceder tres cosas como consecuencia del menciona-
3 S. Freud, “Die Abwehr-Neuropsychosen” (Ges. Werke, I, p. 61).
4 S. Freud, “Weitere Bemerkungen über die Abwehr-Neuropsychosen” (Ges. Werke, I, p. 387).
5 S. Freud, “Die Abwehr-Neuropsychosen” (Ges. Werke, I, p. 63).
6 Ibid.
7 S. Freud, “Über D eckerinnerungen” (Ges. Werke, I, p. 546).
8 Ibid. (Ges. Werke, I, p. 553).
9 S. Freud, “W eitere Bemerkungen über die Abwehr-Neuropsychosen” (Ges. Werke, I, p. 537).
10 S. Freud, “Die Abwehr-Neuropsychosen” (Ges. Werke, I, p. 63).
56 REPRESIÓN Y DISOCIACIÓN
do proceso de separación de afecto y representación: se producía, bien un
fenómeno de conversión de la “suma de excitaciones” en inadecuadas inerva-
ciones somáticas (histeria de conversión),11 o una transposición de los efectos a
otras representaciones, dando origen a falsas conexiones entre representa
ción y afecto (neurosis obsesiva).12 O también se manifestaban las repre
sentaciones rechazadas en forma de proyecciones sobre el mundo exterior
(paranoia).13
Esta concepción, relativamente sencilla todavía, de la defensa y de la
formación de los síntomas en la neurosis había de experimentar un notorio
proceso de profundización. Con la hipótesis de Freud del “trauma sexual de
la infancia”,14 del año 1896, se produjo una primera ampliación. La novedad
la representaba en este caso el supuesto de la significación traumática, no sólo
de las decisivas vivencias sexuales, sino también de las vivencias de la primera
infancia, que le indujeron a pensar primordialmente en casos de seducción
y violación. En ambos casos se producía un proceso de defensa primario.
También corrigió Freud su concepción del origen de los síntomas neuróticos.
No parecía bastar ya con lo rechazado de modo primario, sino que se
necesitaba además un reavivamiento de loya rechazado mediante el fracaso actual
de deseos pulsionales.
Al establecer la distinción entre procesos primarios y secundarios (1895)15se
dotó Freud de una base importante para la explicación del proceso de
represión, pues descubrió un dualismo fundamental en las leyes que regían i
el curso de los desplazamientos de los procesos psíquicos, dualismo que
apareció de modo paralelo a la distinción entre “inconsciente” y “precons
ciente”. Mientras que los procesos primarios (= procesos inconscientes)
revelaban la tendencia hacia un flujo desenfrenado de energías, los procesos
secundarios (= procesos preconscicntes) se caracterizaban por un mecanismo
de freno, de inhibición y control,16 Esta contraposición permitió a Freud por
primera vez proponer una fundamentación del mecanismo de represión que le
resultaba científicamente satisfactoria. Lo que hasta ese momento había entendi
do como consecuencia de una contrafuerza residente en el yo, podía atribuir
se también a un proceso de inhibición procedente de la censura. También a esta
teoría hubo de hacerle, quince años después, una nueva precisión, pues Freud
comprobó el hecho, de extraordinaria importancia para su teoría de la
neurosis, de que el proceso inhibidor (= defensa) traía consigo adicionalmen
te una “transformación de la catexis”17 (catexis: dedicación de energía) de las
representaciones a rechazar. Lo que caracterizaba a las representaciones
preconscientes, la forma vinculada, ligada, de energía, era sometido en el acto
de la represión a una transformación en un modo de catexis caracterizada por el libre
11 ibid.
12 Ibid. (Ges. Werke, I, pp. 65 s.).
13 S. Freud, “Weitere Bemerkungen über die Abwehr-Neuropsychosen” (Ges. Werke, I, p. 401).
14 Ibid. (Ges. Werke, I, pp. 380 s.).
15 S. Freud, Aus den Anfängen der Psychoanalyse, p. 409.
16 S. Freud, Die Traumdeutung, 1900 (Ges. Werke, II/III, p. 605).
17 S. Freud, “Das Unbewußte", 1915 (Ges. Werke, X, p. 279).
r e p r e s ió n y d is o c ia c ió n
57
ßujo energético. Dicho de otro modo, todo lo reprimido seguía las leyes del incons
ciente, de los procesos prinuirios.
P ero aú n más decisivas fueron las modificaciones que introdujo F reud en
su teoría sexual. La abreacción, o reacción catártica, que todavía en sus Estudios
sobre la histeria había entendido como reacción puram ente psicógena del yo
ante el traum a, la cim entó en 1905 con la hipótesis biológica de la libido, es decir,
con factores que obedecían a una determ inación pulsional. Pues dio por
supuesto que, tanto las vivencias traum áticas como las tendencias de defensa
del yo, tenían esencialm ente un fundam ento constitucional, lo que ya se ponía
de m anifiesto de forma expresa en el cambio del térm ino “defensa” p o r la
expresión rep resió n ” , 18 entendida en sentido biológico. La relación del yo
con la base constitucional del individuo la expresaba por m edio del “tiem po
de latencia ” , 19 que asimismo tenía un anclaje en la constitución. Tam bién a
este respecto se p ro d ujo una precisión del térm ino, en la m edida en la que el
yo, en ten d id o hasta ese m om ento como instancia censora vagam ente definida,
alcanzaba ahora el reconocim iento de centro del preconsciente. En relación con
el tiem po de latencia recibía tam bién el yo el “no p atern o ” a los deseos
pulsionales, es decir, tanto el tabú del incesto como las norm as culturales que
se basaban en el m ism o .20 Decisiva para este periodo de la obra freudiana fue
sobre todo la fundamenloción biológica de la teoría de la neurosis. Lo que hasta aquel
m om ento había denom inado defensa y traum a, energía y reavivam iento de
recuerdos, lo sometió a un cambio de terminología. A partir de ese m om ento,
prefirió utilizar las expresiones: represión, fijación sexual, libido y regresión.21 De
todos m odos, esta fundam entación biológica de la teoría de la represión no
tuvo influencia, ni en las características de la represión descritas hasta enton
ces (exclusión del traum a del ámbito del yo, inadecuación de la representación
a la conciencia, y mecanismo de desplazamiento del quantum de afecto), ni en
fundam ental significación en relación con el origen de la neurosis.
La hipótesis de la represión obtuvo su gran im portancia gracias a otra
hipótesis de F reud, según la cual existía una correlación entre reprimido e incons
ciente22 (1915) y que sólo perdió su validez con el descubrim iento del superyó.
En el capítulo dedicado al inconsciente tratarem os más a fondo este tema.
U na de las modificaciones más decisivas la llevó a cabo F reud años más
tarde, fu n d an d o un a psicología del yo en la que hizo pasar el peso de su
actividad investigadora de los estudios de las mociones pulsionales reprim idas
al de la instancia represora: el yo. No sólo reconoció en el ideal del yo y en el
superyó la fuente de la que, en últim a instancia, surgía la represión ,23 sino
18 S. Freud, Meine Ansichten über die Rolle der Sexualität (Ges. Werke, V , p. 157). EI con cep to d e
“d efen sa ”, q n e era p u ram ente psicológico, se sustituyó por la noción orgánica d e “represión
sexual”.
19 S. Freud, Vorlesungen zur Einführung in die Psychoanalyse, 1917 (O s. Werke, X I, p. 338).
20 V éan se las pp. 143-144.
21 V éase la p. 148.
22 S. Freud, “D ie V erd rän gu n g”, 1915 (Ges. Werke, X , p. 250).
23 S. Freud, “Zur E inführung d es N arzißm us”, 1914 (Gm. Werke, X, p. 161). “La form ación
del ideal sería, por parte del yo, la condición para la rep resión .”
58 REPRESIÓN Y DISOCIACIÓN
que, a partir de 1914, dedicó primordialmente su atención a las alteraciones
y perturbaciones que se producían en la propia instancia del yo. El hecho de
las “alteraciones del yo” en los años de desarrollo se le antojaba tan impor
tante, cuando menos, como los cambios de la función sexual. Aun cuando el
mecanismo de la represión seguía siendo para él de máxima importancia para
la explicación de la neurosis, cedía algo del papel central que desempeñaba
al agregársele otros mecanismos. Pues Freud asumió nuevamente como
concepto supremo de esas formas de relación automáticas el concepto de
mecanismo de defensa, que anteriormente había abandonado ,24 ampliando
simultáneamente la función del superyó hasta el punto de que representara
la instancia suprema de la que partían todos los impulsos defensivos.
El descubrimiento del superyó había de traer consigo una modificación
fundamental de las ideas de Freud en otro sentido más. Si hasta ese momento
había equiparado lo inconsciente con lo reprimido y concebido que todo lo
que era inconsciente era, eo ipso, reprimido, se vio motivado a abandonar tal
supuesto, pues ahora comprobaba que el superyó constituía una excepción a
esta regla en la medida en que, por un lado, tenía carácter inconsciente, al
encarnar una parte inconsciente del yo, mientras, por otro lado, no sólo no
era algo reprimido, sino que, precisamente al contrario, era el origen del acto
represivo. ¿Qué conclusiones extrajo Freud de estos hechos? No podía seguirse
sosteniendo la equiparación de “inconsciente”y “reprimido”. De ahí que, en 1923,
admitía:
Tenemos que reconocer que lo inconsciente no coincide con lo reprimido. Sigue
siendo cierto que lo reprimido es inconsciente, pero no todo lo inconsciente es
también reprimido.25
Como mencionaremos en el capítulo dedicado al inconsciente, esta conje
tura fue también la razón por la que Freud sustituyó el concepto de incons
ciente por el de “ello”,26 que no tenía necesariamente por qué comprender
representaciones reprimidas.
Una de las consecuencias más discutibles que extrajo Freud de los hechos
de la represión y del superyó fue su teoría del origen de la producción
cultural. ¡La totalidad de la cultura le pareció “no ser otra cosa ”que una consecuencia
de las [Link]! No había sido sólo el miedo o la falta de seguridad,
sino también las sensaciones de impotencia y desamparo las que, en su
opinión, habían inducido a los individuos a unirse y formar comunidades.
Había sido necesaria la renuncia, tanto a los deseos más imperiosos como a
las agresiones perentorias. Dicho de otra manera: ¡los individuos se habían
visto obligados a reprimir sus deseos pulsionales! Pero no bastaba con eso:
24 S. Freud, I lemming, Sympton und Angst, 1926 (Ges. Werke, XIV, p. 144). Freud concibió
como mecanismos de defensa los siguientes: represión, regresión, aislamiento, formación reacti
va, desacontecer, negación, introyección, proyección y también, por último, el mecanismo de la
sublimación, el único que conduce a una forma positiva de elaboración.
25 S. Freud, Das Ich und das Es, 1923 (G«. Werke, XIII, p. 244).
26 Véase la p. 109.
r e p r e s ió n y d is o c ia c ió n 59
puesto que la humanidad no era capaz de negar a la larga todo aquello que
hace la vida digna de vivirse, creó equivalentes de lo perdido, interiorizando
la renuncia que se había impuesto a sus deseos. Surgió así un superyó colectivo
que llevó a la creación de ideales y de obras de arte. El que Freud acabara por
entender también las representaciones religiosas, no sólo como formas de eva
dirse de la dureza de la renuncia pulsional, sino también como “ilusiones,
como satisfacciones de los deseos más antiguos, más fuertes y más imperiosos
de la humanidad ,27 había de ser una de las consecuencias de más dudoso
valor de su teoría de la represión. Y Freud fue tan lejos a este respecto que
llegó a equiparar el desarrollo religioso del conjunto de la humanidad con el
del niño. Lo mismo que el niño aprendía a “refrenar” sus derechos pulsionales
mediante actos de represión y se fabricaba un ideal del padre, así también la
humanidad, que en sus dioses intentaba hacer la vida nuevamente vivible. No
dudó siquiera Freud en considerar que “la religión... fera] una neurosis obsesiva
universal de la humanidad [que], como la del niño... [procedía] del complejo de Edipo,
de la relación con el padre”.28 No cabía formular de modo más tajante la
derivación de los bienes culturales, en especial de las ideas religiosas, de las
represiones y nada más que de las represiones.
2. La represión vista por la psicología junguiana
¿Qué posición adoptó Jung respecto a la teoría de la represión? Desde la época
de sus estudios sobre la asociación se ocupó una y otra vez de esta teoría. Aún
en sus obras tardías resaltaba el gran mérito de Freud al haber establecido la
base para una psicología de las neurosis, cuya pieza central era la teoría de la
represión .29 Pero no hay que sobrevalorar esta expresión de reconocimiento,
ya que las manifestaciones de Jung se referían preponderantemente a las
concepciones anteriores de la represión, las que iban hasta el año 1912. No
tomaban en consideración la teoría de los procesos primarios y secundarios
y sus consecuencias, ni se referían a los mecanismos de defensa relacionados
con la psicología del yo.
La importancia científica de la represión la comprendió por primera vez
en el curso de sus experimentos con la asociación, al comprobar una serie de
fenómenos que se correspondían con lo que Freud denominaba “reprimido”.
Confirmaban, como todavía destacaba Jung, retrospectivamente, en 1929,
“los hechos señalados por Freud de la represión, la sustitución y la simboli
zación...”30 Y se trató principalmente de experimentos de asociación con
personas neuróticas, en las que pudo comprobar determinadas reacciones
desproporcionadas.
No únicamente palmarias fallas de memoria, sino también falsificaciones
27 S. Freud, Die Zukunft einer Illusion, 1927 (Ges. Werke, XIV, p. 352).
28 lbid. (Ges. Werke, XIV, p. 367). (La cursiva es mía.)
29 C. G. Jung, Über die Psychologie des Unbeurußten, 1943 (Ges. Werke, VII, p. 10).
30 C. G. Jung, “Einige Aspekte der modernen Psychotherapie” (G«. Werke, XVI, p. 31).
60 REPRESIÓN Y DISOCIACIÓN
del recuerdo, permitieron a Jung d e d u c ir n^reconô* l ï q u e ^ a u ^ d l u
agudos. A semejanza de Sigmund FreJ*d’ mpatibles con el yo y que por
separación de contenidos que resultaban m P¡enda_ Ya en 1905 pPdo
lo ta n to n o e r a n a p to s p a ra a c c e d e r a c p m p lc jo t e ñ id o d e a fecto ... estaba
c o m p r o b a r q u e la p a r te p r in c ip a l d e u n c o m p j ^
d iso c ia d a y h a b ía sid o e x p u ls a d a d e la nQ s i g n i fica b a en m odo
Pero esta amplia “ nf,rm/ ad n ,deJ f / c0Pnccpto tomándolo de Freud en
alguno que jung hubiera adoptado este P de su maypr fascinación
to d a s su s d im e n s io n e s , m slV " er a n l P d e s d e e l p r im e r m om ento
p o r e l f u n d a d o r d e l p sic o a n á lisis. P o ^ el cC’n ’ s e r e fe r ía n so b re todo a
e lim in ó a lg u n o s a sp e c to s d e l co n cep to ,^ a sp q ^ ^ r e p r e s ió n . T am poco
la t e n d e n c ia al m e c a n ic ism o y a la u m v e r sa , ^ antrPo p o ,6 g ic a d e una
P u d o a c e p ta r , m á s q u e d e fo rm a P.a r o a l ’ P ¡c n t c s y ia s v iv e n c ia s em ocio-
situ a c ió n d e lu c h a e n tr e las c o n v ic c io n e s c ^ ()e ^ ( c s ¡s d o c to r a l, dirigía
n a le s. P u e s n o d e b e o lv id a r se q u e , J . . . , h u m a n a y a la in te r r e la c ió n d e las
su m ir a d a al conjunto d e la P ^ n a l‘d “d ch to c o in c id ía c o n J a n e t, cuya
d istin ta s p a r te s d e e s e c o n ji « V e(j a(j d e ia p e r s o n a lid a d ” respondía
c o n c e p c ió n d e la n e u r o s is c o m o e n ic r m e a a a u u j , f j p1 fn n _m
e n g r a n m e d id a a su s p r o p ia s e x p e r ie n c ia s c o n la s in t o m a t o lo g ia d e l sonam-
bulfsmo. También fuCPilecisiva en su orientación, como’ a-'dd
profundización en la sabiduría oriental, la imagen de la gran za de
hombre, que rompía de un modo significativo la inescrutable oscuridad del
acontecer'psíquico. Desde este fondo vivencial se hace comprensible el leve
desasosiego que más o menos había sentido desde el principio ante el
conceptode represión, pero que sólo poco a poco pudo expresar satisfacto-
Hasta el punto en que se tratara del aspecto mecanicista del proceso defen
sivo lo que resultaba extraño a su pensamiento era ante todo la deducción
que Freud hacía del fenómeno de la represión de hechos de carácter elemental.
¿ciando aparte los años de su mayor entusiasmo por Freud, en los que había
asumido parcialmente la teoría de éste de la división del trauma psíquico en afecto
y representación,Jung se mantuvo firme en su convicción de que un enfoque de
coiijunlo de los procesos psíquicos era más adecuado a la esencia de la psique
que la desmembración de una totalidad vivencial en sus elementos. De ahí
que fuera abandonando cada vez más el reconocimiento que micialmente
asumiera de un mecanismo de disociación en los síndromes de la histeria3132 y de
la neurosis obsesiva,33 terminando por reconocerlo únicamente en la demen
cia precoz.3435En esta última enfermedad comprobó, a semejanza de Freud,
tanto una “incongruencia entre afecto y representación ”33 como un grado de
falta de adecuación de la afectividad, que podía conducir a una “devastación
31 C. G. Jung, “Experimentelle Untersuchungen über die Assoziationen Gesunder”, en
Diagnostische Assoziationsstndien, I, p. 89.
32 C. G. Jung, Dementiapmecox, p. 82 (G m . Werke, III, p. 79).
33 Ibid., pp. 83 s. (Ges. Werke, III, p. 80).
34 Ibid., p. 85 (Ges. Werke, III, p. 82).
35 Ibid., p. 81 (Ges. Werke, III, p. 78).
REPRESIÓN Y DISOCIACIÓN 61
del complejo 36 y aun a la total desintegración de la personalidad, opinión
que siguió manteniendo incluso en sus últimos trabajos psiquiátricos.
Si para Freud lo reprimido era siempre equiparable a un quantum de
representación que se había vuelto inconsciente, tal concepción no era válida
para Jung. A mi entender tiene importancia decisiva, respecto a la delimita
ción de ambos modos de concebirlo, el que Jung considerase siempre (si
dejamos aparte los años 1907/1908) que lo reprimido poseía un contenido
teñido por el complejo y que comprendía tanto el tono emocional como la
representación. Las divergencias señaladas estaban en parte relacionadas con
el hecho de que Freud se apoyaba esencialmente en las experiencias de la
psicopatología, y basaba fundamentalmente su teoría de la representación en
las observaciones hechas en personas enfermas, aun cuando tratara también
de trasladarlas a la vida psíquica de las personas normales. En cambio, el
concepto de lo reprimido que tenía Jung surgía de una actitud que revestía
al menos tanto interés por las personas normales como por las enfermas, como
se puso ya de manifiesto en sus primeros trabajos sobre las asociaciones de
los sanos.
Otro punto de arranque de la actitud crítica de Jung estaba relacionado
con su observación, sobremanera importante, de que los complejos disociados
del yo no eran ni mucho menos únicamente contenidos reprimidos que anterior
mente habían sido conscientes. En muchos casos parecía existir algo muy diferen
te, a saber: una “retirada”, una “fuga de pensamientos del complejo” que
resultaba enigmática. Lo que Freud designaba con el término “reprimido” lo
entendía Jung, tanto o más, como efecto de una actividad autónoma del fondo
psíquico. Ya en 1905 encontramos expresada la sospecha de que los conteni
dos no aptos para la conciencia (reprimidos) podrían ser también muchas
veces efecto de complejos impersonales, es decir, de la actividad y autonomía del
inconsciente. Sus investigaciones acerca de las fantasías de los enfermos men
tales habrían de convencerle también, algunos años más tarde, de que un
gran número de fenómenos se debían a contenidos extraños, que de antema
no resultaban inaccesibles a la percepción, y que emergían de manera
espontánea del sustrato profundo de la psique.37 De estas observaciones
extrajo asimismo, en consecuencia, la notable conclusión de que existían
fenómenos inconscientes que eran menos resultado de una represión que efecto espon
táneo del fondo anímico. De lo antedicho cabía deducir claramente que para él
no era en modo alguno vinculante la equiparación freudiana de “reprimido”
e “inconsciente”.
P e r o , c o n in d e p e n d e n c ia d e las c o n s id e r a b le s d ife r e n c ia s q u e se d a b a n e n
e l c o n c e p t o d e la r e p r e s ió n , J u n g n o fu e n u n c a ta n le jo s c o m o p a r a a b a n d o n a r
e s te t é r m in o . L o q u e h iz o , m á s b ie n , fu e lim ita r lo al s ig n if ic a d o d e lo “r e la ti
v a m e n te in e p t o p a r a la c o n c ie n c ia ” o “d is o c ia d o d e l y o ”, n o a s u m ie n d o al
h a c e r lo n i la c o n c e p c ió n fr e u d ia n a d e l m e c a n is m o d e d e s p la z a m ie n t o n i la d e
la “t r a n s f o r m a c ió n d e la c a t e x is ”. Y s o b r e to d o , r e s p e c t o a la cuestión de los
36 Véanse las pp. 216-217.
37 Véase la p. 122.
62 REPRESIÓN Y DISOCIACIÓN
motivos que trataban de imponer la represión, siguió sendas muy distintas de
las seguidas por Freud.
Fueron en primer lugar los motivos de la “defensa”, de la condena y de la
lucha,38 frente a la afectividad, lo que repugnaba a su pensamiento. Le parecía
más acertada la conjetura de Janet de la debilidad de la atención (état de
distraction) y de la limitación del sentido de realidad (fonction du réel), estados
que hallaba en acción en la histeria o en la neurosis obsesiva. De todos modos,
se limitó a esta percatación, pues para él la psique no era relevante como arena
de luchas y enemistades ni teatro para el yo y el automatismo, sino esencial-
mente lugar de trabajo común y de cooperación entre el consciente” y el
“inconsciente”.
Luego, le pareció que se seguían en importancia los motivos de olvido” y
“depreciación”, en el proceso de desplazamiento. Así encontramos ya en los
estudios de asociación el motivo de un “olvido voluntario’ de los hechos
dolorosos, un “no querer saber”, tras el que se ocultaba una “especie de juego
de las escondidillas” consigo mismo, como puede verse claramente en la
histeria. En lo que Jung pensaba, en relación con esto, era menos en un olvido,
en el sentido habitual, que en una “pérdida artificial de memoria”,39 a lo que
parecía apuntar claramente el hecho de que tales fenómenos fueran acom
pañados de un aumento de tensión energética.40 Consideraba en primer lugar
la característica de la “inconsciencia habitual”,41 es decir, del olvido convertido |
en costumbre. También la deducción de la “represión” del motivo de la
“devaluación” del aspecto de realidad, tal como intentara por vez primera en
1913,42 respondía a la necesidad de una clarificación de los motivos. Pues
pudo comprobar que, en algunos casos de neurosis obsesiva, el complejo
inconsciente coincidía con una desvalorización del mundo exterior, con la
retirada del enfermo a sus complejos. Es interesante que Jung adquiriese esta
hipótesis en relación con el descubrimiento deformas de actitud antagónicas en los
individuos, de la extraversión y la introversión, de tanta significación para su
psicología, conocimiento que se le reveló considerando las diferencias exis
tentes entre la base respectiva de las psicologías de Freud y Adler. Se le hizo
patente que mientras Freud se centraba en el objeto, Adler lo hacía en el
sujeto. Tanto los modos de comportamiento típico como los motivos de ambas
formas de neurosis, de la histeria y la neurosis obsesiva, parecían basarse en
una tal contraposición de actitudes. Jung encontró que, mientras en la
extraversión histérica se acentuaba el “olvido habitual”, en la neurosis obse
siva pasaba a primer plano la desvalorización de la realidad.
En el m ecanism o d e la extraversión histérica, la p erso n a lid a d , co m o nos ha
e n se ñ a d o F reud, busca librarse del co n ten id o p en o so , d el co m p lejo , lo qu e provoca
38 S. Freud, “Erinnern, Wiederholen und Durcharbeiten”, 1914 (Ges. Werke, X, p. 133).
39 C. G. Jung, Psychologie und Erziehung, 2a. ed., 1936, p 63
40 Ibid., 3a. ed., 1945, p. 83.
41 C. G. Jung, Experimentelle Untersuchungen über die Assoziationen Gesunder”, en
Diagnostische Assoziationsstudien, I, p. 104.
42 C. G. Jung, “Zur Frage der psychologischen Typen”, aparecido inicialmente en lengua
francesa en 1913 (Ges. Werke, VI, pp. 541 ss.).
r e p r e s ió n y d is o c ia c ió n
63
la aparición de fenómenos que Freud ha resumido con el término de represión .
El individuo se aferra a los objetos para olvidar el contenido penoso. El mecanismo
de la introversión intenta, a la inversa, concentrar la libido totalmente en el
complejo, para separar a la personalidad de la realidad y aislarla. Este proceso
psicológico va unido a fenómenos que quizá puedan caracterizarse mejor con el
término desvalorización'’ que con el término “represión”.43445
a) Desarrollo de la conciencia y represión
El descubrimiento de los tipos contrapuestos de actitud, y más tarde de los
tipos de función, iba a ser una piedra miliar en la psicología de Ju n g y lo iba
a conducir a nociones decisivas relacionadas con el origen de la conciencia y
también con las motivaciones a las que obedecía la represión. Es curioso que
también en relación con esto estuviera Ju n g en situación de reconocer en
parte la validez del motivo freudiano de la defensa, aun cuando con una
fundamentación esencialmente distinta. Siempre que en la psicología d e ju n g
se hablaba de “defensa” o de “supresión”, no entendía él estos términos en el
marco de una m era tensión pulsional, sino esencialmente en el marco del
desarrollo de la conciencia. Visto desde esta perspectiva, el motivo de la represión
de determ inados contenidos incompatibles con el yo nunca aparecía como
algo m eram ente “casual”, sino que estaba profundam ente amalgamado con
el proceso de diferenciación de la conciencia. Ju n g era incluso de la opinión de que
sin la “represión” o, dicho más exactamente, sin la “opresión” ejercida contra
los contenidos primitivos, que constituían un obstáculo para la adaptación,
no podía producirse una diferenciación de la conciencia. Visto de esta m anera
resulta también comprensible hasta qué punto Ju n g fue capaz de considerar
que el acto represivo era un fenómeno típico de los procesos que tenían lugar
en la psique “norm al”. En este esfuerzo se diferenciaba de Freud, que partió
fundam entalm ente de la patología de las neurosis. Ya en 1912 había puesto
una prim era piedra, al indicar que la estructura antitética del querer y el no
querer era un fenómeno inherente al proceso vital.44 Era también este
principio el que ahora ampliaba a la psicología del desarrollo de la concien
cia.45 Y podía hacerlo tanto más cuanto que la diferenciación de la conciencia
se basaba en un despliegue de sucesivas contradicciones. Lo mismo que la
conciencia encerraba fundamentalmente el hecho del sometimiento ajuicio,
y culminaba en la discriminación entre el yo y el no yo, lo bueno y lo malo, lo
bello y lo feo, lo verdadero y lo falso, así el proceso de desarrollo de la
conciencia iba acompañado de la generación de tensiones de contradicción
entre los contenidos conscientes y los inconscientes. Frente a los contenidos
que había integrado el yo consciente se alzaban otros que, por abandono o
minusvaloración, habían quedado relegados en el inconsciente. El someti-
43 Ibid. (la cursiva es mía).
44 C. G. Jung, Wandlungen und Symbole der Libido, p. 168.
45 C. G. J u n g , Psychologische Typen.
64 REPRESIÓN Y DISOCIACIÓN
m iento aju icio y el discernim iento no eran sólo un regalo de la gracia, sino
tam bién un regalo envenenado. Aun cuando Ju n g reconocía en el “someti
m iento ajuicio... una necesidad insoslayable del proceso consciente, determi-
naba [al mismo tiem po una]... inevitable unilateralidad j46 pues todo cuanto
fuera contrario al proceso de sometimiento ajuicio, y por tanto incompatible
con el mismo, o se rechazaba de nuevo al inconsciente o perm anecía desde el
principio en la psique inconsciente. El resultado era la constitución de una
parte inferior de la personalidad, que incluía tanto lo inadaptado, lo primitivo y
lo arcaico como lo penoso y lo inaceptable, así como, finalmente, lo “reprimi
d o ”, idea que en 1921 expresaba Ju n g del siguiente modo:
Cuanto mayor sea la disociación, es decir, el alejamiento de la actitud consciente
de los contenidos individuales y colectivos del inconsciente, tanto más dañino es el
modo en el que éste inhibe los contenidos conscientes o les da intensidad.47
Y todavía es más clara la formulación que de este pensam iento hizo veinte
años después con las siguientes palabras:
Se prefieren comprensiblemente las funciones diferenciadas y diferenciables y se
deja en un rincón la llamada función inferior, o incluso se la “reprime”, porque
resulta demasiado penosa e inadaptada. Tiene en efecto la más fuerte inclinadón
a ser infantil, ordinaria, primitiva y arcaica.48
Aun cuando Ju n g considerase que el “invento de la conciencia [era] el fruto
más soberbio del árbol de la vida ” ,49 también reconocía sin lugar a dudas en
el proceso de la conciencia el germ en de una división del todo de la persona
lidad, de una disociación entre la personalidad superior y la inferior. Para evitar
m alentendidos quisiera señalar de m anera expresa que esas partes inferiores
de la personalidad m ostraban todas las propiedades que ya Ju n g había
adscrito a los complejos: muy a diferencia de lo “reprim ido” en Freud ,50
m ostraban, no sólo un cierto centramiento, sino tam bién una cierta organización.
La problem ática de la personalidad parcial inferior, separada del yo, se
manifestaba en la psicología de Ju n g en la llamada sombra.51 Era también el
46 C. G. Ju n g , “Die transzendente Funktion”, 1916 (Ges. Werke, V III, p. 91).
47 C. G. Ju n g , Psychologische Typen, p. 176 (Ges. Werke, VI, p. 133).
48 C. G. Ju n g, “V ersuch ein er psychologischen D eu tu ng des T rin itätsd ogm as”, 1940/1941
(Ges. Werke, XI, p. 180). (La cursiva es mía.)
49 C. G. J u n g, “Die B edeutu n g der Psychologie für die G egenw art”, 1933, en Wirklichkeit der
Seele, 1934, p. 41.
50 T am p oco coincidía la contraposición establecida por J u n g d e personalidades inferiores y
superiores con la distinción de Freud entre proceso prim ario y secundario. La personalidad
inconsciente, en la psicología jun gu ian a, ni “fluía lib rem en te”, ni seguía el principio del placer,
sino que se subordinaba, al igual que los procesos conscientes, a las estructuras d e orden.
51 C. G. Ju n g, Über die Psychologie des Unbeurußten, p. 120, nota (Ges. Werke, V II, p. 71, nota).
“E ntiendo p or som bra la parte ‘negativa’ de la personalidad, es decir, la sum a d e las características
desfavorables ocultas, d e las funciones insuficientem ente desarrolladas y d e los contenidos del
inconsciente personal...” Cf. L. Frey-R ohn, “Das Böse in psych ologisch er Sicht”, en Studien aus
dem C. [Link]-Institut, 1961, p. 176.
REPRESIÓN Y DISOCIACIÓN 65
complejo inconsciente de sombra el que más se acercaba a lo “reprimido”
freudiano. Por sombra personal entendía Jung primordialmente una parte
inferior de la personalidad, es decir, una parte que encerraba lo indiferen
ciado, lo minusvalorado, a menudo también lo negativo y defectuoso. Ya en
1912, aunque todavía apoyándose en Freud, había denominado a los “deseos
no reconocidos del fondo inconsciente “lado de sombra del alma”,52 así como
partes reprimidas de la personalidad”. De forma sumamente plástica descri
bió nuevamente, cinco años más tarde, este aspecto de la personalidad
humana con las siguientes palabras:
...se descubre que el “otro” en nosotros es “otro”, un ser humano de verdad que
hace, siente y aspira a todas las cosas que son abyectas y despreciables... Un hombre
entero... sabe que su más acerbo enemigo, ni siquiera toda una serie de enemigos,
no contrapesa con mucho a su peor antagonista, a saber: el “otro propio” que se
“aloja en su pecho”. Nietzsche llevaba a Wagner en sí mismo, y por eso le envidiaba
el Parsifal. Pero lo que aún era peor, él, Saulo, llevaba en sí a Pablo. Por eso se
convirtió Nietzsche en estigmatizado del espíritu. Tuvo que vivir la cristificación
como Saulo, al inspirarle el “otro” el ecce homo. ¿Quién se desplomó ante la cruz?
¿Wagner o Nietzsche?53
En la sombra reconoció Jung primeramente a aquella personalidad del
mismo género, a aquel otro “despreciable”, inferior, al que el individuo, en
el curso del desarrollo de su conciencia, había olvidado, ignorado, sometido,
y al que, debido a su insociabilidad, había relegado al inconsciente.
Pero la “sombra” sólo era “negativa” considerada desde la conciencia. Para
la psicología de Jung era esencial que el complejo inferior no sólo compren
diera contenidos inmorales, incompatibles con los valores culturales -como
Freud ya había asumido hacía tiempo-, sino que, en potencia, contuviera
también valores sumamente morales, aun cuando fueran valores que al yo le
resultaban desconocidos de antemano, o que no reconocía. Así pues, Jung no
valoraba a la sombra como algo negativo eo ipso, sino que veía también en ella
gérmenes prospectivos y constructivos para la evolución futura. Así ocurría sobre
todo cuando el lado que el colectivo valoraba como positivo, y el individuo en
cambio como negativo, se escondía en la personalidad sombra.
Cuando expongamos la “finalidad” de la vida anímica veremos hasta qué
punto pudo reconocer también en el contenido inferior, minusvalorado, de
la psique inconsciente, cuando la actitud de la conciencia es adecuada, un
germen para la transformación, el suelo nutricio para algo positivo en el futuro.
Desde un punto de vista formal, esto era posible porque lo primitivo arcaico
de la personalidad sombra conservaba todavía en la psique la cohesión con
las “viejas vías”, y esta relación podía reavivarse de nuevo como consecuencia
de la contaminación de la sombra con el resto del inconsciente. En ambos
52 C. G. Jung, “Neue Bahnen der Psychologie”, en R o s c h e r s J a h r b u c h , 1912 (G e s . W e r k e , VII,
p. 289).
53 C. G. Jung, D i e P s y c h o lo g ie d e r u n b e w u ß te n P r o z e s s e , p. 48 (G e s . W e r k e , VII, p. 37). (La cursiva
es mía.)
66 REPRESIÓN Y DISOCIACIÓN
casos, la personalidad sombra remitía a aquellos gérmenes de la personalidad
que unían al individuo con el todo y que por ello eran todavía capaces de
completarlo de nuevo en un todo. Tal como he señalado en relación con el
complejo inconsciente, también cabía considerar al complejo de sombra como
motivo para experimentar algo pleno de sentido, algo “bueno”. Pero para
ello era preciso que el individuo concediera a lo indigno, a lo incompatible
con el yo, el crédito de algo “potencialmente positivo”, aunque aún descono*
cido, y que “preguntara” a la parte de la personalidad despreciada por las
posibilidades de curación que escondía. En tal caso, el “complejo de sombra”
era, para el individuo, el problema moral por excelencia.
Sin embargo el surgimiento de una personalidad sombra podía también
producir el resultado opuesto. Si, por la intensidad de la tensión de contra
dicción, el individuo no era capaz de soportar el conflicto psíquico entre los
opuestos, o reconocer como propio el componente rechazado, corría el
peligro de una división de la personalidad en sus opuestos “claro-oscuro”,
“bueno-malo” o “positivo-negativo”. En semejantes casos, la relación entre los
dos sistemas, “consciente” e “inconsciente”, aparecía interrumpida o incluso
paralizada. Surgían entonces fenómenos de estancamiento y, a consecuencia de
ello, actos sintomáticos o, también, síntomas neuróticos.
De estas escasas indicaciones podía deducirse que la sombra contorneaba
aquellas ideas que mejor correspondían con el concepto freudiano de lo
reprimido. No sólo estaba excluida de la conciencia, al ser incompatible con
sus valores y no apta para la misma. Estaba también afectada por una
obstrucción procedente de la conciencia (resistencia), y su grado de diferen
ciación era también menor por lo general, cuando no era de naturaleza
inferior. Al igual que los complejos comprendía un conjunto de tono emocio
nal y representación. Como parte integrante del desarrollo de la personali
dad, la personalidad sombra, a diferencia de la concepción de Freud, no
estaba sometida al mecanismo de separación y desplazamiento, ni a la “trans
formación de la catexis”. Con independencia de su carácter inconsciente, la
personalidad inferior presentaba los mismos contenidos que la superior, es
decir: representaciones, pensamientos, imágenes y valores.54 Esto ponía nue
vamente en claro que no se limitaba ni mucho menos a lo patológico, sino que
sólo adoptaba formas patológicas ante la agudización de determinados modos
de comportamiento, tales como los fenómenos de estancamiento condiciona
dos por la regresión. Aun cuando también Freud, en su teoría sexual,
concebía al complejo reprimido como un hecho “normal”, basado en el
fenómeno biológico de la época de latencia, le interesaban sobre todo los
daños neuróticos resultantes del fracaso de los intentos de represión.
Hasta ahora nos hemos ocupado preponderantemente de la psique incons
ciente desde su aspecto personal. Pero ¿qué ocurría con los contenidos
impersonales de la conciencia, con lo “grande” de la vida anímica? ¿Mostra
ban también algo parecido a lo “reprimido”?
54 Véanse las pp. 123-124.
REPRESIÓN Y DISOCIACIÓN 67
b) Plusrendimientos inconscientes y represión
Los comienzos del examen de contenidos que estaban por encima de la
conciencia se remontaban muy atrás. Ya en 1902, con base en sus investiga
ciones de un médium sonámbulo había reconocido Ju n g el valor superior del
inconsciente, la capacidad del mismo de llevar a cabo “hazañas inconscientes “ :55
aumento de la sensibilidad,56 anticipación del desarrollo .57 También desper
taron asombro en él por aquel tiempo, no sólo el incremento de capacidad
de las funciones, tanto si se producía en la hipermnesia ,58 en la actividad
alucinatoria y las visiones, como si se trataba de aumentos del rendimiento
intelectual, como los que aparecían en las fabulaciones imaginarias y en las
ensoñaciones .59
Hay por último casos de plusrendimiento sonámbulo que no pueden explicarse
por una mera hiperestesia de la actividad sensorial inconsciente y la concordancia
asociativa, sino que implican tener que asumir una actividad intelectual de inconsciente
sumamente desarrollada.60
También se había percatado de que el inconsciente disponía de una mayor
riqueza mnémica de la que mostraba, por ejemplo, lo reprimido, tal como lo
describía Freud, así como de una mayor autonomía en la combinación de
recuerdos. Premeditaba, por así decirlo, las nuevas ideas y combinaciones .61
El inconsciente es capaz de percibir y de asociar con independencia, aun cuando
sólo resulten familiares aquellas asociaciones que han pasado una vez por la
conciencia, y de éstas hay tantas que han caído tan totalmente en el olvido que han
perdido esa calidad familiar. Así pues, nuestro inconsciente debe albergar toda una
serie de complejos psíquicos que nos asombrarían por su extrañeza.62
También la experiencia, tantas veces renovada, de que determinados
“contenidos [podían] desaparecer de la conciencia sin que medie el más
mínimo atisbo de represión ”63 -lo que parecía indicar una fuerza de atracción
por parte del inconsciente- apuntaba en la misma dirección de un plusvalor
del inconsciente. No menos impresionante era el fenómeno de la criptomne-
sia, es decir, la aparición de ocurrencias que sólo podían reconocerse como
imágenes mnémicas de manera mediata.
El conocimiento de los rendimientos psíquicos superiores en la psique
55 C. G. Jung, Ü b e r d i e P s y c h o lo g ie u n d P a t h o lo g i e s o g e n a n n t e r o k k u l te r P h ä n o m e n e {G es. W e rk e , I,
p. 89).
56 I b id .
v I b i d . , p. 88.
58 I b i d . , p. 96.
59 I b i d . , p. 77.
60 I b i d . , p. 97.
61 I b i d . , p. 107.
62 I b id .
63 C. G. Jung, A n a ly ti s c h e P s y c h o lo g ie u n d E r z i e h u n g , 1936, p. 64.
68 REPRESIÓN Y DISOCIACIÓN
inconsciente permitió una inesperada profundización en el fondo anímico
mediante la investigación de las imágenes arcaicas.M Fueron sobre todo las
fantasías y los sistemas alienados de los enfermos mentales los que permitieron
a J ung arrojar una profunda mirada en lo recóndito del inconsciente. Le
causaron gran impresión lo espontáneo, lo intencionado y también lo primitivo de
determinadas formas inconscientes. Y pudo igualmente comprobar con qué
estaba relacionado lo extraño y lo incorregible, que le habían llamado poderosamente
la atención con el complejo “reprimido Se trataba en tales casos, por regla general,
de la aparición de contenidos de la imaginación todavía desconocidos, que
aportaban al individuo algo totalmente nuevo. Especialmente llamativo era
el hecho de que estas fantasías, a pesar de su alto valor emocional, mostraban
escasos puentes con la conciencia, de modo que el acceso a la psique consciente
tenía primero que crearse, fenómeno que Jung encontró principalmente en
el caso de las “neoformaciones creadoras",6 465 denominación por la que entendía
contenidos de apariencia extraña que, de manera espontánea y a menudo sin
relación apreciable con la conciencia, emergían de las oscuridades del alma.
Con estas experiencias adquirió solidez en él el conocimiento de que
determinadas fantasías, que a menudo se antojaban absurdas, no podían
explicarse nunca mediante motivos meramente reprimidos, personales, sino
que resultaba siempre útil buscar también factores impersonales que yacían
más en lo profundo. Pero sobre todo, cada vez se le hacía más claro que, tanto
el carácter extraño y el efecto fascinante sobre la conciencia, que eran caracte
rísticos de esas imágenes, como la ausencia en ellas, muchas veces total, de
contenido vivencial personal, sólo podían explicarse suponiendo la existencia
de un algo mayor e impersonal, capaz de producir efectos extraordinarios.
Con una clara mirada de soslayo hacia Freud, constató que había contenidos
inconscientes que no podían en modo alguno incluirse entre lo que Freud
denominaba contenidos reprimidos: no podían estar reprimidos en absoluto, puesto
que todavía no habían sido nunca conscientes.
La teoría de la represión sólo tiene realmente en cuenta aquellos casos en los que
un contenido de por sí no apto para la conciencia se rechaza totalmente de ésta y
se convierte en inconsciente, o se mantiene liminarmente al margen de la concien
cia. Pero no toma en consideración aquellos otros casos en los que, a partir de
materiales del inconsciente que en sí no son aptos para la conciencia, se forma un
contenido de elevada intensidad energética, pero que inicialmente no puede
hacerse consciente o sólo puede serlo con las mayores dificultades. En estos casos,
la actitud consciente no sólo no es hostil, sino que tendría la mejor disposición para
con dicho contenido. Se trata de neoformaciones creativas que, como se sabe, con
harta frecuencia tienen su principio original en el inconsciente.66
También desde este punto de vista, la concepción freudiana del incons
ciente le pareció a Jung demasiado estrecha para hacer justicia a los conteni-
64 Véase la p. 86.
65 C. G. Jung, Ü b e r d i e E n e r g e t i k d e r S e e le , p. 21, nota (G es. W e rk e , p. 11, nota).
66 I b id .
REPRESIÓN Y DISOCIACIÓN 69
dos personales, sobre todo a los contenidos creativos de la psique. Aun cuando
Freud se fue distanciando cada vez más de la equiparación del inconsciente
con lo reprimido, el ámbito de lo reprimido originariamente, que él consideraba
trascendente, no podía considerarse creativo ni equipararse a la profundidad
arcaica del inconsciente. Frente a ciertas concepciones que intentan equiparar
la represión originaria con el inconsciente colectivo (K. Bash), creo que las
desmiente el hecho de que se trata, en tales casos, de impulsos teñidos de
afecto y “ciegos”, inaccesibles a toda catexis o psiquificación. Tampoco puede
verse en la posterior suposición de una herencia arcaica,67 concepto por el que
Freud entendía la existencia de motivos jilogenéticos, que se manifestaban en
restos de la evolución temprana de la humanidad ,68 una concesión a la
hipótesis de Jung de los contenidos impersonales del inconsciente. Freud
nunca estuvo dispuesto a reconocer que en la psique inconsciente se producía
una actividad creadora. Cuando parecía imponerse la presencia de una
actividad tal, siempre la cincunscribía el ámbito de las reminiscencias históricas69
de las experiencias de los antepasados.
El reconocimiento de los contenidos impersonales en el fondo de la psique
condujo a una consecuencia de peso: Jung volvió a aceptar plenamente el
concepto, ya utilizado al principio, de disociación, para aplicarlo como concepto
global a todos los complejos relativamente no aptos para la conciencia. Por una parte
designaba todas las vivencias que habían sido conscientes una vez y que ahora
se habían vuelto incompatibles con el yo (lo reprimido) y, por otra, compren
día los procesos que todavía no habían tenido acceso a la conciencia, que
todavía no habían sido capaces de ser percibidos. En 1946, formulaba de la
siguiente manera esta distinción a la que había llegado muchos años antes:
Una... disociación tiene diversos aspectos: en un caso se trata de un contenido
originariamente consciente, pero que, debido a su índole incompatible, ha sido
reprimido hasta quedar por debajo del umbral de la conciencia; en otro caso, el
sujeto secundario consiste en un proceso que todavía no ha conseguido penetrar
en la conciencia, porque allí no existen posibilidades para su percepción, es decir,
la conciencia del yo no puede aceptarlo debido a la falta de comprensión y por
tanto se mantiene subliminal en lo esencial, aun cuando, desde un punto de vista
energético, podría muy bien ser apto para la conciencia. No debe su existencia a
la represión, sino que representa el resultado de procesos subliminales, y nunca
ha sido consciente con anterioridad.70
De las consecuencias que extrajo Jung de esta concepción de la disociación
para las neurosis y las psicosis me ocuparé en capítulo posterior.
A pesar de todas las consideraciones, inconvenientes y limitaciones, Jung
siempre trató de tener en cuenta el sentido oculto que encerraba la idea de
“represión”. Siempre hizo hincapié en que la teoría freudiana de la represión
67 S. Freud, “Die endliche und die unendliche Analyse”, 1937 (G e s . W e r k e , XVI, p. 86).
68 I b id .
69 Véase la p. 130.
70 C. G. Jung, “Theoretische Überlegungen zum Wesen des Psychischen”, 1946, publicado
por primera vez como “Der Geist der Psychologie”, p. 407 (G e s . W e r k e , VIII, p. 204).
70 REPRESIÓN Y DISOCIACIÓN
era un intento importante de hacer ver claramente al individuo la realidad de
sus motivos inconscientes, poniéndole así ante los ojos lo engañoso de muchos
ideales. Si se tiene en cuenta la actitud de fondo junguiana, que concedía
también valor a lo numinoso y autónomo de la psique, aun cuando no se
tratara del valor supremo, tiene que resultar comprensible que de todos
modos se le antojara paradójico el rasgo reductivo-negativo, que consideraba
mediante un “nada más” de emociones reprimidas todo lo importante, lo
conmovedor, lo creador. Pero aparte de estas consideraciones limitativas, veía
también en la teoría de la represión la magnífica consecución de una libera
ción moral de las limitaciones de la era victoriana, con independencia de que
esta liberación quedara básicamente atascada en la búsqueda de motivaciones
inmorales y en las causas sexuales infantiles de los ideales colectivos. Jung veía
su “mérito histórico universal” sobre todo en el hecho de que Freud, “cual
profeta del Antiguo Testamento, derribara los falsos ídolos y expusiera a la
luz del día la corrupción del alma contemporánea”.71 Pero precisamente por
el hecho de ser “un gran destructor, que hizo saltar las ataduras del pasado”,72
preparó el camino, no sólo para un futuro con menos ilusiones, sino también
para un redescubrimiento de genuinos valores anímicos. Pero la consecución
de este objetivo requería previamente pasar de la mera interpretación sexual
del inconsciente a la grandeza de la psique; del mero enfoque subjetivo de la
psique a una concepción que incluyera también lo objetivo psíquico del
alma.73
7 1 C. G. Jung, “Sigmund Freud als kulturhistorische Erscheinung”, 1932, en W irklichkeit der
Seele, p. 125.
7 2 Ibid., p. 123.
7 3 Era psíquico-objetivo lo independiente de lo personal. Véase también la p. 8 6 .
IX. UNIDAD Y TOTALIDAD DE LA PERSONALIDAD
M ientras que las investigaciones de Freud sobre dinamismos de la psique
estaban determinadas por su interés primordial en la neurosis, la problemá
tica planteada por Jung se centraba cada vez más en estudiar la individualidad
y su idiosincrasia. En contraposición con la actitud mecanicista-materialista, que
revelaba toda la obra freudiana, Jung adoptó pronto una actitud que consi
deraba los fenómenos psíquicos esencialmente como partes de un todo superior.
Si Freud se aferraba a su imagen del mundo, basada en una completa
determinabilidad y mensurabilidad del acontecer, y si tenía la esperanza de
hacer transparente el complejo entramado de la psique mediante mecanismos
elementales de represión, desplazamiento y condensación, el interés de Jung
se concentró en la concepción de las relaciones entre la personalidad parcial y
la total. Si Freud tenía por posible descomponer lo psíquico en sus partes
elementales, a fin de explicar al hombre total a partir de los mecanismos
(pulsionales) y los procesos aislados, Jung fijaba su atención en la totalidad de
lapersonalidad humana, para juzgar y entender los distintos fenómenos a partir
de esta totalidad. Este proceso de la comprensión de la individualidad
psíquica encontró seguramente un primer punto culminante en 1921.1
Como ya hemos dicho, la idea de la totalidad de la personalidad sirvió de
norte para Jung desde el comienzo. Si en su tesis doctoral se hablaba de
personalidades parciales sonámbulas, de dobles personalidades y efe Escisio
nes de la personalidad, siempre se mantuvo en él viva en el fondo la idea de
una personalidad unida. Así nos lo da a entender su temprana observación de
que la “afectividad” es la base de la personalidad.2
De todos modos, seguía estando poco claro lo que realmente entendía por
personalidad. Esta expresión le sirvió inicialmente para designar un centro
personal de dimensiones menores o mayores. Ya ahí surgieron dificultades,
en la medida en que no quedaba siempre claro si se refería a la personalidad
consciente o inconsciente, a la personalidad del yo o a una personalidad
parcial. También podía dar lugar a confusión su contraposición de una
personalidad “inferior” y otra “superior”. Y tampoco su referencia a fenóme
nos de escisión, a dobles personalidades, facilitaban la diafanidad de su
opinión. Frente a ello, apoyándose en el uso lingüístico habitual, utilizó
también la expresión “personalidad” en el sentido de individuo maduro, bien
adaptado al mundo interior y exterior. Y podía hablarse también de una
“expansión de la personalidad” cuando pensaba en la inclusión de contenidos
inconscientes en la personalidad del yo. Con el tiempo se afianzó el significado
1 C. G. Jung, Psychologische Typen, p. 639 (Ges. Werke, VI, p. 479).
2 C. G. Jung, Dementia praecox, p. 42 (Ges. Werke, III, p. 43).
71
72 UNIDAD Y TOTALIDAD DE LA PERSONALIDAD
de la expresión “personalidad”, al menos en sentido formal, en la medida en
que Jung le daba el significado de un complejo coherente de propiedades con un
núcleo central. Ya desde los más tempranos tiempos había acuñado la idea de
“personalidad futura”3 (1902), entendiendo por la misma una personalidad
superior al yo. Pasaron de todos modos varios años hasta que las conjeturas
que entonces hizo acerca de la totalidad de la personalidad adquiriesen el
grado de fuerza probatoria que él estimaba necesario. Y esto no ocurrió hasta
después de apartarse de Freud (1913), cuando -arrojando por la borda todo
lo formal y “estrechado por su automatización”- tuvo el atrevimiento de
exponerse a lo vital de su alma. En el encuentro con su propia oscuridad, en
la pelea con las propias imágenes, tendencias y ocurrencias en su interior,
adquirió la convicción, de tanta importancia para la psicología, de que en el
almafunciona un centro organizador, inconsciente por lo general para el yo. Esta
teoría había de desarrollarse cada vez más hasta formar la idea de un núcleo
central, inherente al individuo, orientado hacia la totalidad de la psique.
Ya en 1916 hallamos en la obra de Jung las ideas de “individualidad” e
“individuación”. Aun cuando tuvieran un significado distinto del que adqui
rieron posteriormente. Jung designaba por ejemplo “lo individual” como “la
unicidad en la combinación de elementos psicológicos [colectivos]”,4 y la
individuación como un “proceso de desarrollo de apariencia irracional”, cuyo
“producto es la individualidad”. Veía en ella a la vez algo “único” y algo
“universal”.5
No sólo la unidad, la unicidad, sino también la existencia apriorística de la
individualidad fue constituyendo para él, cada vez más, objeto de certeza
empírica. Por eso decía en 1921:
El individuo [psicológico] o la individualidad psicológica existe inconscientemente
mientras que sólo existe conscientemente en la medida en que existe una
a p r io r i-,
conciencia de la particularidad...6
Inicialmente podía parecer como si las referencias que hasta entonces
había hecho Jung a una multiplicidad de fragmentos anímicos independien
tes, complejos e imágenes, indicaran más la idea de un caos original que la
de un principio de unidad. Pero no debía ser así. Lo mismo que el concepto
de multiplicidad, desde un punto de vista lógico, tenía su opuesto en la
unidad, también en el ámbito empírico, la multiplicidad de tendencias
inconscientes tenía su contrapartida en la tendencia a la integración de lo
múltiple en una unidad omnicomprensiva. Por ello sabía Jung que la tensión
entre la tendencia a la disociación y la tendencia a la unidad era un fenómeno
intrínsecamente característico del proceso vital. En esa tensión se basaba la dinámica
C. G. Jung, Z u r P s y c h o lo g ie u n d P a th o lo g ie d e r s o g e m n r ü e n o k k u lte n P h ä n o m e n e , p 108 (Ges
3
I, p. 8 8 ).
W erk e,
4 C. G. Jung, “Die Struktur des Unbewußten”, 1916 (G e s . W e r k e , VII, p. 335, nota IV de la
primera redacción). (La cursiva es mía.)
5 I b id . (G e s . W e r k e , VII, p. 330).
6 C. G. Jung, P s y c h o lo g is c h e T y p e n , p. 639 (G e s . W e r k e , VI, p. 479).
UNIDAD Y TOTALIDAD DE LA PERSONALIDAD 73
de lo psíquico, siguiendo la cual, los opuestos, no sólo se separaban siempre
uno de otro, sino que mostraban también, en igual medida, la tendencia a la
unificación. En 1928 encontramos la siguiente frase esclarecedora:
Frente al polimorfismo de la naturaleza pulsional primitiva se alza siempre, como
fuerza reguladora, el principio de la individuación. A la multiplicidad y a la contra
dictoria tendencia a la escisión se opone una unidad contractiva cuya fuerza es tan
grande como la de las pulsiones.7
Fueron sobre todo sus investigaciones sobre las fantasías del inconsciente
lo que permitió a Jung aportar la prueba empírica de que la sucesión de las
imágenes estaba dominada, no sólo por un abigarramiento de fragmentos
disociados sin orden ni concierto, sino también por una tendencia al paulatino
centramiento: “seguían determinadas directrices inconscientes que conver
gían hacia un determinado fin”.8
Individuación significa: convertirse en individuo, convertirse en un sí mismo propio,
entendiendo por individualidad nuestra unicidad más íntima, última y sin par.
También se podría entender la individuación como “autoidentificación” o “auto-
rrealización”.9
Este proceso evolutivo no discurría sin objeto, sino que conducía siempre
a la “revelación de la persona esencial”,101a la realización de la personalidad,
colocada originariamente en el germen embrionario, con todos sus aspectos.11 La
demostración de que se desarrollaba en la psique un proceso de centramiento
paulatino, y de que tenía su fundamento en el sí mismo, significaba al mismo
tiempo suponer que la personalidad tenía su medio, que existía un “punto
medio de la personalidad”.12 Fue también con esta hipótesis con la que Jung
sobrepasó fundamentalmente las fronteras del campo de investigación deli
mitado por Freud. El enfoque de Freud, basado en las ciencias naturales,
nunca hubiera permitido establecer esta hipótesis de un centro organizador
de la personalidad. Para este último siempre había sido fundamental el juego
de fuerzas entre las emociones conscientes e inconscientes, tanto si centraba
su atención en el dualismo del proceso primario y el secundario, de la censura
y el deseo sexual, o del yo y el ello. No carece de interés que también en su
intento antropológico de 1933, que partía de la contraposición de las estruc
turas del yo y del ello, se echara de menos la idea de un centro en el conjunto
7 C. G. Jung, Ü b e r d i e E n e r g e t i k d e r S e e le , p. 8 6 ( G e s . W e r k e , VIII, p. 56).
8 C. G. Jung, D i e B e z i e h u n g e n z w i s c h e n d e m I c h u n d d e m U n b e u m ß t e n , 1928, pp. 189 s. (Gm.
W e r k e , VII, pp. 252 s.).
9 I b i d . , p. 91 ( G e s . W e r k e , VII, p. 191).
1 0 C. G. Jung, Ü b e r d i e P s y c h o lo g i e d e s U n b e w u ß t e n , p. 197 ( G e s . W e r k e , VII, p. 120).
11 I b i d .
1 2 C. G. Jung, D ie B e z ie h u n g e n z w is c h e n d e m Ich u n d d e m U n b e w u ß te n , p. 175 (G es. W e rk e , VII,
p. 243).
74 UNIDAD Y TOTALIDAD DE LA PERSONALIDAD
integral del individuo. En vez de ello, concedía al yo una parcial importancia
como elemento organizador.13
Aun cuando Jung, como aún tendremos ocasión de ver, andaba detrás de
las leyes de la psique, este enfoque no excluía ni mucho menos que asumiera
la existencia de un principio de autorregulación,14 sino que, por el contrario,
reconocía en este último la base, tanto de la interrelación de consciente e inconsciente
como del proceso de transformación de la personalidad.
Que estos procesos se desarrollaban en estrecha relación con la diferencia
ción de la conciencia y la individuación es algo que ya había recalcado Jung
en 1921.15 También en relación con la forma de concebir el dinamismo
psíquico, y a diferencia de Freud, que lo reducía fundamentalmente a
mecanismos psíquicos, a hechos elementales, anteponía Jung, en todo mo
mento, la unidad y la integridad indisolubles de la personalidad humana,
viendo en ella un “centro virtual” entre consciente e inconsciente que era
fundamentalmente distinto del yo.
Éste sería quizá el punto en el que se estableciese el nuevo equilibrio, un nuevo
centramiento de toda la personalidad, quizá un centro virtual, que concede a la
personalidad una nueva y segura base, gracias al lugar central que ocupa entre
conciencia e inconsciente.16
Este núcleo era tanto principio como fin; no sólo se desarrollaba en el curso
de la vida, sino que tenía desde el principio la condición de ser propio. Desde
esta perspectiva se esclarece hasta qué punto podía Jung definir la persona
lidad humana como la “realización máxima de la innata idiosincrasia del ser
vivo individual...”17 o, también, como el “mejor desarrollo posible de la
totalidad de un ser individual”,18concepción esta que, de todas formas, tenía
primordialmente el valor de una imagen ideal que servía de orientación. Aun
cuando sólo expusiera sus ideas sobre la totalidad psíquica de manera
paulatina y siempre con extraordinaria prudencia, en cuanto experiencias
límite de la existencia humana se hallaban en la base de toda su labor
psicológica.
De ese “centro”, al que también denominó “sí mismo” (o “mismidad”), nos
ocuparemos ampliamente más adelante.
Quisiera decir por último que Jung se daba perfecta cuenta de que, con su
psicología de la totalidad de la personalidad y sus inevitables premisas
1 3 S. Freud, N e u e F o lg e d e r V o r le s u n g e n z u r E i n f ü h r u n g in d i e P s y c h o a n a ly s e , 1933 (G e s . W erke,
XV, p. 99).
14 C. G. Jung, Ü b e r d i e P s y c h o lo g ie d e s U n b e w u ß te n , p. 111 (G e s . W e r k e , VII, p. 67). (Se
mencionaba ya en la edición anterior, 1926, p. 90.)
1 5 Agradezco al profesor C. A. Meier la indicación de que, en la edición inglesa de los “Tipos
psicológicos”, que se publicó en 1923, se ponía de relieve expresamente: P s y c h o lo g i c a l T y p e s, or
T h e P s y c h o lo g y o f I n d i v i d u a t i o n .
1 6 C. G. Jung, D i e B e z i e h u n g e n z w is c h e n d e m Ich u r u l d e m U n b e u m ß te n , p. 176 (G e s W e rk e VII
p. 243).
1 7 C. G. Jung, “Vom Werden der Persönlichkeit”, 1932, en W ir k lic h k e it d e r S e e le p 186
1 8 Ibid.
UNIDAD Y TOTALIDAD DE LA PERSONALIDAD 75
metafísicas,19 había puesto el enfoque de sus indagaciones en un terreno que,
hasta ese m omento, se había preferido dejar a lo religioso y a lo filosófico
metafísico. Lo que él vislumbraba era un centro cuya experiencia trascendía
en parte lo empírico; una unidad superior, por encima de la multiplicidad de
los hechos anímicos, que representaba no sólo el principio incognoscible, sino
también el punto de referencia y orientación, asimismo incognoscible, del desarrollo
humano. En sentido semejante apuntaba el siguiente enunciado de 1936.
Pero ha habido un campo de la experiencia totalmente esencial, el de la propia
alma humana, que ha sido durante tiempo inmemorial una reserva de la metafísica,
aun cuando, a partir de la Ilustración, se multiplicaron los intentos serios de abrir
la esencia anímica a la exploración científica. Se empezó tanteando el terreno con
las impresiones sensoriales y poco a poco se tuvo el atrevimiento de penetrar en el
terreno de las asociaciones, orientación que acabó llevando a cabo la psicología
experimental y que culminó en realidad en la psicología fisiológica de Wundt. Una
psicología más descriptiva, con la que los médicos pronto entraron en contacto, se
desarrolló en Francia. Citaré nombres como los de Taine, Ribot y Janet. Fue ca
racterística de todos estos intentos científicos la disolución de lo anímico en meca
nismos y procesos a los que se consideraba separadamente. Frente a tales intentos,
hubo otros que defendieron algo que hoy denominaríamos perspectiva de conjun
to. Parece como si esta dirección procediera de un enfoque biográfico, sobre todo
de biografía que una época anterior, que también tenía su lado bueno, solía deno
minar “curiosidad”... (Justinus Kerner y Blumhardt el Viejo, así como eXActa Sanc
torum de la Edad Media)... “Pero también siguen esta línea los esfuerzos científicos
contemporáneos que van unidos a los nombres de William James, Freud y Flour
noy. James y su amigo, el suizo Théodore Flournoy, hicieron el intento de describir
la fenomenología anímica en su totalidad y de juzgarla desde la totalidad”.20
19 V éase la p. 281.
20 C. G. Jung, “Psychologische Typologie”, 1936 (Ges. Werke, VI, pp. 591 s.).
T ercera Parte
DE LOS CONTENIDOS PSÍQUICOS
PERSONALES A LOS COLECTIVOS
X. LA PSICOLOGÍA DE LA FANTASÍA
T ras habernos referid o d e pasada, en u n o d e los cap ítu los p r e c e d e n te s, a la
r ela ció n e n tr e fantasía y p lu sre n d im ic n to in co n scien te, así c o m o e n tr e fan ta
sía y p siq u e im p e rso n a l, vam os a o cu p a rn o s ahora d e la c o n c e p c ió n d e la
fantasía q u e tie n e cada u n o d e los d os in vestigad ores q u e n o s in teresan .
1. L a fantasía como deformación y como satisfacción de deseos (F reud )
Ya en la última década del siglo pasado había iniciado Freud la investigación
de las fantasías, empezando por “los recuerdos fabulados de la histeria”. Su
primer intento de explicación, según el cual las fantasías de los histéricos se
debían a escenas penosas de la infancia, a seducciones y abusos sexuales, tuvo
que abandonarlo con gran desilusión por su parte.1 La teoría del trauma
sexual de la infancia resultó insostenible, ya que eran pocos los casos en los
que podía descubrirse alguna escena de seducción. Pero a pesar de este
“derrumbamiento de todos los valores”,2 siguió aferrándose a la etiología de
las huellas mnémicas para explicar el origen de las fantasías. Y, tanto si podían
referirse a escenas vividas como si no, se le antojaban significativas en cuanto
elaboraciones fantásticas de recuerdos en los que nunca faltaban el rasgo de
lo infantil o de lo erótico. Mientras que inicialmente había puesto el acento
en el carácter deformador, según el cual las fantasías culminaban en falsifica
ciones tendenciosas de los recuerdos,3 en relación con sus investigaciones de
los sueños cobraron cada vez más importancia como expresión de tendencias
hacia la satisfacción de deseos. Parecía manifestarse en ellas un proceso que
encubría la realidad y que sustituía, en cada caso concreto, la experiencia de
satisfacción que no había existido. También obtuvo, a partir del acontecer
onírico, una cierta comprensión de las fantasías de la pubertad, como por
ejemplo de las relacionadas con “espiar las relaciones sexuales de los padres”,
con la “seducción precoz por personas queridas”, pero sobre todo las “fanta
sías del cuerpo de la madre”.4A semejanza de lo que ocurría con los sueños
nocturnos y con los ensueños diurnos, se revelaba en estas fantasías la
necesidad de sustituir por una experiencia imaginaria la satisfacción de una
1 S. Freud, A u s d e n A n f ä n g e n d e r P s y c h o a n a ly s e , p. 230. Tal como observa E. Jones, precisa
mente esta desilusión había de introducir un punto de flexión en la obra de Freud, ya que no
podía por menos de “comprender la importancia de la imaginación”. Cf. Ernest Jones, D a s L e b e n
u n d W e r k v o n S i g m u n d F r e u d , I, p. 313.
2Ibid., p. 232.
3 S. Freud, “Über Deckerinnerungen” (G e s. W e r k e , I, p. 553).
4 S. Freud, Drei A b h a n d lu n g e n z u r S e x u a lth e o r ie (G es. W e r k e , V, p. 127, nota).
79
80 LA PSICOLOGÍA DE LA FANTASÍA
necesidad. La existencia de tales fantasías incestuosas5 -com o denominó a
aquellas que remitían a los deseos sexuales de la infancia (1905)- la había
reconocido ya en el autoanálisis al que previamente se había sometido (1897),6
en forma de sentimientos de odio hacia el padre y deseos sexuales hacia la
madre.7 Tipificaban esta fantasía la regresión del individuo a la infancia y la
acentuación del complejo nuclear, del complejo de Edipo.
Y de modo parecido entendió también las fantasías del poeta como
productos que habían salido de la nostalgia y la carencia y que, en cierto modo,
eran un sustitutivo o una prosecución del juego infantil.8 Visto a la luz del
día, también el poeta se revelaba como un soñador diurno que poseía el
talento, no sólo de imprimir a sus recuerdos de la infancia una “marca
temporal”, sino que conseguía también, mediante la fuerza de su deformación
artística de los hechos reales, proporcionar un placer al lector.9 El apartarse
del mundo exterior era siempre un rasgo característico que permitía recono
cer en la fantasía una creación de compromiso entre el deseo y la realidad.
Indicaremos de paso que, posteriormente y por inßuencia de Jung, Freud
consideró también que las fantasías eran producto de la introversión,10y que
no había que considerar que tuvieran necesariamente un carácter patógeno.
De un modo general siguió manteniendo que, tanto en el enfermo como
en la persona sana, los deseos insatisfechos eran el motivo de la creación de
fantasías.
Los deseos insatisfechos son las fuerzas impulsoras de las fantasías, y toda fantasía
es la satisfacción de un deseo, una corrección de la realidad insatisfactoria... Trátase
de deseos ambiciosos, que sirven para realzar el valor de la personalidad, o de
deseos eróticos.11
La proliferación de las fantasías iba inevitablemente acompañada de sín
tomas neuróticos o incluso psicóticos. Este poder excesivo que adquirían las
invenciones imaginarias podía proceder, tanto de la fuerza de atracción
libidinosa de los puntos de fijación, sobre todo de las escenas originarias, como
de los fracasos en el mundo exterior, haciéndose visible en todo caso el
movimiento regresivo de la libido hacia esos puntos en cuestión.
2. L a fantasía como forma creativa (J u n g )
Ésta era a grandes rasgos la situación de la psicología ante la que se encontraba
Jung en el momento de descubrir el fondo creativo de la actividad fantástica.
5 I b id ., ( G e s . W e r k e , V, p. 127).
6 S. Freud, A u s d e n A n f ä n g e n d e r P s y c h o a n a ly s e , p. 235. Carta a Fliess de 15 de octubre de 1897
7 I b i d . , p. 238. Cf. D r e i A b h a n d l u n g e n z u r S e x u a l th e o r i e ( G e s . W e r k e , V, p. 128)
8 S. Freud, “Der Dichter und das Phantasieren”, 1908 ( G e s . W e r k e VII n ¿22)
9 I b i d . , p. 223. ’ ,p ‘ ''
1 0 S. Freud, V o r le s u n g e n z u r E i n f ü h r u n g in d i e P s y c h o a n a l y s e ( G e s . W e r k e , XI p 389)
11 S. Freud, “Der Dichter und das Phantasieren”, 1908 ( G e s . W e r k e , VII, pp 216 ss )
LA PSICOLOGÍA DE LA FANTASÍA 81
Hasta ese momento (1908), más o menos bajo el hechizo de La interpretación
de los sueños freudiana o, más exactamente, de la teoría de la satisfacción de
deseos, había concebido las imágenes de la fantasía como compensación por
lo no satisfecho en la vida. Un ejemplo de ello era la atribución de las fantasías
de un médium sonámbulo, así como de las fabulaciones de personas histéri
cas, ya intentada en su tesis doctoral, a la “satisfacción de sueños desiderativos
sexuales \ 12Especial importancia entrañaba la idea de la satisfacción de deseos
en su Dementia praecox, donde comprobó, en los síntomas fantásticos de
los dementes, imágenes oniroides que manifestaban sus deseos y esperanzas
incumplidos.13 Pero, de todas formas, estas imágenes se diferenciaban de las
de las personas normales porque se extendían a la totalidad del estado de
vigilia, pudiendo llegar incluso a sustituirlo del todo, provocando en parte
grandes daños a la fonction du réel.14Jung comprendió sobre todo que, en el
enfermo mental, la vida consciente se agotaba en la producción de imágenes
desiderativas, mientras que las vivencias inconscientes pasaban a estar domi
nadas por la influencia de complejos de contraste, es decir, de procesos de
compensación, por utilizar una expresión de época posterior (1914).
La actividad psíquica d e los pacientes se limita a crear sistem áticas satisfacciones de
d eseo s, com o equivalente hasta cierto p u n to d e una vida llena d e trabajos y
carencias y para las im presiones deprim entes de un m ed io familiar en estado de
ab an d ono. En cam bio, la actividad psíquica inconsciente se halla bajo la influencia
d e los com plejos contrastantes reprim idos, por una parte del com plejo d e m en os
cabo y por otra parte d e los restos d e una corrección n orm al . 15
Estas observaciones debían aspirar a tener un cierto valor histórico, si
representaban la referencia primera, no sólo a la función compensatoria, sino
también al sentido que se daba a los actos de compensación. Y también tiene
interés el hecho de que Jung, al mismo tiempo que Adler, al que gustaba
llamar autor de la compensación, llamara la atención hacia los complejos
compensatorios (contrastantes).
Uno de los logros más importantes de Jung consistió en ser el primero que
planteara en la psicología médica la cuestión del sentido de lasformas psicóticas,
así como en ver en la comprensión del sentido el objetivo terapéutico. En los años
siguientes habían de multiplicarse rápidamente sus descubrimientos sobre el
carácter de las formas creadas por la psicosis, haciéndolo ir más allá de dar
por supuesto que se trataba de imágenes desiderativas personales, o tan
siquiera de motivaciones personales. Forman parte de sus experiencias más
sagaces las observaciones de que las fantasías de los enfermos mentales ocultan
al inquirente, no sólo un sentido, sino, sobre todo, un sentido impersonal. Pues
descubrió que, pese a la forma a menudo desacostumbrada en que el enfermo
12 C. G. Jung, Z u r P s y c h o lo g ie u n d P a t h o lo g i e s o g e n a n n t e r o k k u lte r P h ä n o m e n e (G e s . W e r k e , I,
8) .
13 C. G. Jung, D em en tia p r a e c o x , p. 171 (G e s. W e rk e , III, p. 163).
' 4 I b i d . , p . 172.
15 I b id , (parte del texto destacado en cursiva).
82 LA PSICOLOGÍA DE LA FANTASÍA
reacciona ante los problemas emocionales, no es infrecuente que se trate de
una forma “en la que nada nos resulta extraño”.16El que la locura [encerrara]
un sentido”17 más profundo, un sentido que tenía su fundamento en pro
fundidades del alma [aún] desconocidas”, lo condujo por último a compren
der que las formas que crea la psicosis, así como las que crean las personas
normales, procedían de una común causa primigenia humana. Con palabras
sumamente conmovidas reflejó Jung la profunda impresión que le había
causado la dimensión profunda de las fantasías:
1 am bién las cosas más absurdas no son sino sím bolos de pensam ientos que no sólo
son com prensibles en un sentido hum ano general, sino que se alojan en el pecho
d e toda persona. Así, no encontram os en los enferm os m entales algo nuevo y
desconocido, sino el subsuelo de nuestro propio ser, la matriz de los problemas
vitales que a todos nos hacen afanarnos.18
Con esta afirmación, no sólo tendía un primer puente desde la vida mental
del enfermo a la de la persona sana y normal, sino que adquiría también una
nueva perspectiva terapéutica. En vez de descartar como algo extraño los
sistemas de fantasías del demente, le pareció más idóneo despertar la sensi
bilidad del enfermo para el sentido humano universal de las fabulaciones de su
imaginación.
T am b ién lo condujo la indagación del co ntenid o espiritual de las creacio
nes del enferm o m ental al descubrim iento de su sentido teleológico.19 Aun
cu a n d o ya en 1908 había señalado los intentos de solución inconscientes en
las producciones psicóticas, y en 1912 se había percatado del contenido
an ticipatorio de los contenidos oníricos,20 bajo la poderosa impresión de la
p erso n alid ad de F reud había dejado a un lado tales ideas, para no volverá
tom arlas p len am en te hasta 1913/1914. En u n o de los últimos apartados del
p rese n te libro volverem os sobre este p u n to .21
Su libro Wandlungen und Symbole der Libido había de constituir un hito en
el desarrollo de las ideas junguianas. Demostraba en él que, en el sustrato
inconsciente de los sueños y en las fantasías arcaicas, existían fuentes objetivas
de la fuerza creadora, independientes en gran parte de las motivaciones
personales.
Haciendo uso del material cedido por Th. Flournoy,22 relativo a una mujer
en el estadio prodromal de la esquizofrenia, trató Jung de esclarecer tanto la
problemática individual como el fondo universal humano, y para ello se
refirió de igual modo a las impresiones conscientes de la enferma como a sus
16 C. G. Jung, D e r I n h a lt d e P sych o se, p. 10 (G e s . W e r k e , III, p. 184).
17 I b i d , (la cursiva es mía).
18 I b i d . , p. 26 ( G e s . W e r k e , III, p. 198).
19 ibid., p. 16 ( G e s . W e r k e , III, p. 190).
20 C. G. Jung, W a n d l u n g e n u n d S y m b o le d e r L i b i d o , p. 55.
2 1 Véanse las pp. 89 ss.
2 2 Jung recibió, a través de Th. Flournoy, el material sobre la imaginación de la norteameri
cana Frank Miller, publicado por primera vez en “Archives de Psychologie” en 1906.
LA PSICOLOGÍA DE LA FANTASÍA 83
sueños y fantasias. Por primera vez recurrió a un nuevo procedimiento, a
saber: la utilización de paralelismos históricos y motivos míticos, a fin de
ampliar y profundizar el significado de las figuras autónomas.23 Pese a los
notables comienzos, pese al riguroso planteamiento de cuál era el contenido
espiritual de las fantasías, sólo poco a poco fue Jung —muy metido aun al
principio en la esfera del pensamiento freudiano- dando expresión a sus
propias intuiciones.
Es a la vez fascinante y conmovedor seguir la lucha interna que tuvo que
soportar Jung en sus esfuerzos por apreciar en lo justo, por una parte, las
teorías de Freud y por mantenerse fiel, por otra, a su propio genio. No sólo
mostraba la primera parte de Wandlungen und Symbole der Libido claros indicios
de su interna discordia, sino que, sobre todo la segunda parte, que apareció
poco más tarde, permite comprobar un creciente distanciamiento de Freud.
Si Jung había acogido muy positivamente las primeras obras de su amigo,
ahora se mostraba reservado respecto a la teoría sexual, que entre tanto se
había publicado,24 y a los artículos que la tomaban como base. Sobre todo la
afirmación de Freud de que la fantasía no sólo era deformadora y poco
auténtica, sino tenía también un carácter incestuoso,25es decir, que culminaba
en el compromiso entre el deseo incestuosos infantil y las barreras culturales
que impedían el incesto,26 hubo de chocar con las ideas más propias de Jung.
De las fantasías incestuosas nos ocuparemos en un capítulo posterior.
En sus esfuerzos por salvar lo que los separaba diseñó Jung inicialmente
(1911) una forma de entender la fantasía que -a semejanza de la de Freud-
se caracterizaba en gran parte por los rasgos de lo personal, de lo infantil y
de lo deformado. Aun cuando no describiera la fantasía como autoengaño,
ni dijera de ella expresamente que era producto de una formación sustitutiva,
sí definió en cambio la imagen del mundo generaba por el “pensamiento
fantástico” (pensamiento asociativo) como una imagen “predominantemente
deformada por la subjetividad” (1911).27 También se hallan observaciones
que siguen atribuyendo inicialmente las formas producidas por la fantasía a
“tendencias desiderativas del alma que no gozan de reconocimiento”, sobre
todo de carácter sexual, concepciones todas ellas que, ya en la segunda parte
de Wandlungen und Symbole der Libido, pero de manera decisiva en la reelabo
ración de esta obra que hizo en 1952, no se limitó a completar, sino que
rectificó.
2 3 En el Prólogo a la segunda edición hada Jung la siguiente observación respecto al
procedimiento seguido por él: “Si en este trabajo se arroja una luz sobre toda clase de mitologemas
que permite apreciar su sentido psicológico, he hecho mención de la comprensión conseguida
como deseable producto secundario de dicho trabajo, sin querer por ello aspirar a que constituya
una teoría general de los mitos. La verdadera intención de este libro se limita a elaborar lo más
a fondo posible todos aquellos factores de la historia del espíritu que coinciden en un producto
involuntario de la imaginación individual." W a n d l u n g e n u n d S y m b o le d e r L i b i d o , 1924.
2 4 S. Freud, D r e i A b h a n d lu n g e n z u r S e x u a lth e o r ie (G e s . W e r k e , V, pp. 128 s.).
25 I b i d ., p. 127.
2 6 S. Freud, “Der Wahn und die Träume”, 1907 (G e s . W e r k e , VII, pp. 78 y 85).
2 7 C. G. Jung, W a n d l u n g e n u n d S y m b o le d e r L i b id o , p. 31 (las fechas se refieren a la primera
edición en el J a h r b u c h ).
84 LA PSICOLOGÍA DE LA FANTASÍA
Especial interés revistieron -si nos anticipamos en el orden cronológico-
las reelaboraciones que Jung introdujo en la cuarta y corregida edición de
esta obra, editada con el título de Symbole der Wandlung (1952). En ella
sustituyó la expresión “pensamiento subjetivo” por la de “pensamiento mo
vido por motivos interiores”.28También utilizó, junto a la idea de una “imagen
del mundo deformada”, la de una “circunstancia objetiva”.29 Y no hay que
olvidar tampoco que ya no le interesaban primordialmente las “reminiscen
cias infantiles”, sino las “formas arcaicas de pensamiento”.
Las bases inconscientes de los sueños y las fantasías sólo en apariencia son
reminiscencias infantiles. En realidad se trata de formas basadas en los instintos,
primitivas o arcaicas, que, como es natural, aparecen más claramente en la infancia
que posteriormente.3031
Pero esta delimitación no debe en modo alguno dar a entender que Jung
desvalorizase fundamentalmente, como tendremos ocasión de ver, el aspecto
de lo personal o de lo arcaico primitivo en la fantasía. Como en el caso de los
complejos, siempre reconoció la importancia de configuraciones basadas en
reminiscencias, impresiones y experiencias personales y relacionadas con los aconte
cimientos de la propia biogiafia. A este respecto, siempre se remitió a las notables
teorías de Freud. Pero lo que no le era posible era la limitación exclusiva a lo
personal, puesto que en sus estudios sobre la historia de las religiones y de
las mitologías había descubierto abundantemente la importancia de los mo
tivos impersonales.
Dentro de este contexto pueden interpretarse también los inicios de
ruptura con la imagen del mundo de orientación freudiana que aparecen ya
en la primera parte de Wandlungen und Symbole der Libido. Pues, no sólo en los
mitos, sino también en los cuentos infantiles y en el folclore, halló motivos
intemporales, correlaciones de motivos que siempre volvían a aparecer, que
indicaban ia existencia de las llamadas imágenes originarias o primitivas31 y
símbolos humanos universales. Estas observaciones lo llevaron a suponer
procesos nucleares impersonales en la psique inconsciente, supuesto que
pudo confirmar más tarde sirviéndose de dibujos primigenios y arquetipos.32
Pero también tuvo ahí su origen la hipótesis de xmapulsión creadora de mitología
en la psique,33 rechazada por Freud.
Una de sus más destacadas consecuciones durante aquel periodo de
transición fue el descubrimiento del significado simbólico de la fantasía. Éste se
expresaba no sólo en la distinción entre un significado “superior” y otro
“inferior”,34 ni en la teoría del doble significado de todo lo psíquico (natural y
28 C. G. Jung, Symbole der Wandlung, p. 43.
29 I b i d . , p. 44.
™ I b id .
31 Esta expresión aparece por vez primera en la segunda parte. Véanse las pp. 94 ss.
32 Véase la p. 99.
3 3 C. G. Jung, Wandlungen und Symbole der Libido, p. 27.
34 I b i d ., p. 53.
LA PSICOLOGÍA DE LA FANTASÍA 85
espiri ua ), sino también en el descubrimiento de una polarización constante de
1 *?ar1a,s' ^ este respecto le resultó impresionante, y a la vez
, , . ?J* e , carfcter de una notable tensión de contradicción en el interior
e os sigm ica os simbólicos, que halló tanto en las “protoideas religiosas”35
C°Tt^erT 3- 1 Cj S representaban la divinidad (Dios y Diablo).36 Desde un
pu e vista inámico se daba también con ello el gradiente que llevaba al
^ ? f amieT dC ? contradicciones; desde el punto de vista del contenido,
xis encía e analogías hacía posible la formación de los símbolos.37 Con
aS sf rvac^ones y en otras semejantes, acabó por parecerle
macep a e a ipotesis de Freud según la cual la fantasía era un fenómeno
deformado y falsificado.
35 I b id ., p. 93.
36 I b id . , p. 105.
37 Véanse las pp. 175 ss.
XI. LAS FANTASÍAS ARCAICAS
P ero la verdadera irrupción de la nueva imagen del mundo, e o que Jung
quería fundamentalmente liberar de la “estrechez del concretismo ma ena-
lista” del siglo xix, se produjo -como afirmaría retrospectivamente- en a
segunda parte de Wandlungen und Symbole der Libido.
T o d o se m e vino encim a com o u na avalancha q u e n o es p o sib le co n ten er. De la
urgencia que había tras ello tuve conciencia m ás tarde: fu e la e x p lo sió n d e todos
los co n ten id o s aním icos que n o cabían en la estrech ez d e la p sico lo g ía y la imagen
d el m u n d o freudianas. Lejos d e m í toda in ten ción d e d ism in u ir e n lo m ás mínimo
los extraordinarios m éritos de Freud en la in vestigación d e la p siq u e individual.
Pero el m arco conceptual en el que Freud quiso in clu ir el fe n ó m e n o an ím ico se me
antojaba insoportablem ente estrech o . 1
Esta ruptura no hay que entenderla como si Jung hubiera negado alguna
vez lo arcaico y lo primitivo de la vida imaginativa, en lo que tanto hincapié
hizo Freud, como tampoco el hecho de la regresión a las capas arcaicas de la
psique. Muy al contrario. Fue precisamente lo arcaico de las formaciones de
la fantasía lo que había de convertirse en punto de partida de nuevos
descubrimientos, pues lo que descubrió en las imágenes arcaicas -como
también afirmaría retrospectivamente- fue un “hecho objetivo que se encontraba
allí y que no dependía... ni de la experiencia individual del arbitrio personal subjetivo" 2
En la regresión de la actividad imaginativa a imágenes arcaicas halló un
fenómeno que, con independencia del carácter inicialmente personal y
subjetivo, permitía abrir, con el planteamiento de la problemática adecuada,
una perspectiva hacia lo humano universal. A su entender era fundamental
que, en el fondo de la fantasía creadora, se revelara un espíritu originario del
hombre, con sus contenidos peculiares, y que lo hiciera del mismo modo que
lo había hecho desde la antigüedad en las creaciones míticas de los pueblos.
J u n to a las fuentes in d u d ab lem en te personales, la fantasía crea d o ra dispone
tam bién del espíritu prim itivo, olvidado y hace tiem p o en terra d o , co n sus im ágenes
peculiares que cobran exp resión en las m itologías d e to d o s los tiem p o s y pueblos . 3
En las formaciones arcaicas de la fantasía descubrió Jung también el aspecto
histórico del inconsciente. Se le hizo patente que la psique inconsciente se basa
1 C. G. Jung, S y m b o le d e r W a n d l u n g , Prólogo a la 4a. edición.
2 I b id ., p. 44 (la cursiva es en parte mía).
3 C. G. Jung, W a n d l u n g e n u n d S y m b o le d e r L i b id o , Prólogo a la 2a. ed. de 1924
86
LAS FANTASÍAS ARCAICAS 87
en una condensación de lo históricamente frecuente y medio”,4 afirmación
que pudo ver confirmada asimismo en lo inconsciente-onírico. Pues en la vida
onírica se manifestaban los “estados históricos”,5 en la amalgama, no sólo de
contenidos personales y colectivos, sino también de motivos que tan pronto
procedían de los tiempos más recientes como de los más antiguos. Todos estos
hechos hacían que cada vez se viera con más claridad que el fondo anímico
no tenía solamente carácter personal, sino que era también de naturaleza
humana universal, impersonal y objetiva.
Mas para comprobar en el material del inconsciente esos hechos objetivos,
siempre existentes, que no se habían asimilado al yo, hacía falta, de todas
formas, un cambio en la forma de plantear las preguntas. En vez de deducir el
sentido de la fantasía de lo ya conocido -como era típico de la psicología
freudiana-,6Jung hizo hincapié en una actitud que “interrogaba” a lo imagi
nado para averiguar cuál era su núcleo de significado todavía desconocido.
Este planteamiento no sólo requería que se tomase el contenido por real y
objetivo, sino también que se siguiese un método basado en la búsqueda de
analogías y permitiera comprender los motivos y las formas de pensamiento
en contextos más amplios. Sólo un método semejante -al que Jung denominó
hermenéutica-'1 le proporcionaba una adecuada comprensión del contenido
semántico de las formas producidas por la fantasía. Como siempre había
resaltado Jung, no se alcanzaba esta comprensión si se reducía la fantasía,
como hacía Freud, a un mero intento de cumplimiento de deseos y de
satisfacción sustitutiva de una realidad insatisfactoria. Se llegaba incluso a
prescindir de la posibilidad de ver en las producciones de la psique incons
ciente lo auténtico, lo genuino, que elevaba al ser humano por encima de su
horizonte personal y su mera pulsionalidad, para comunicarle un vislumbre
de su profundidad anímica de fondo.
Jung nunca reclamó derecho de prioridad en relación con el descubri
miento de motivos filogenéticos en la fantasía. Muy al contrario, ya en 1911,
se remitía a la afirmación de Nietzsche de que en el sueño sigue viviendo un
“primigenio trozo de lo humano”.8También mencionó la idea de Freud, aun
cuando esta idea resultara más discutible, de que en el mito se hallaba una
correspondencia de “los restos deformados de fantasías desiderativas de
naciones enteras”.9 Y también aludió a los trabajos de Abraham sobre la
relación entre psicología de los sueños y psicología de los mitos, aun cuando
resultara inaceptable para su mente la reducción del mito a un “trozo de vida
anímica infantil del pueblo ya superada”.10También lo impresionó la indica
ción que varios años más tarde publicara Freud de la aparición de fantasías
originarias,11en los sueños y en la actividad fantaseadora de sus pacientes. Pero
4 Ibid., p. 53.
5 Ibid., p. 32.
6 Véanse las pp. 79-80.
7 Véase la p. 275.
8 C. G. Jung, Wandlungen und Symbole der Libido, p. 25.
9 Ibid., p. 26.
1 0 Ibid.
11 S. Freud, “Die Verdrängung”, 1915 (Ges. Werke, X, p. 242).
88 IAS FANTASÍAS ARCAICAS
estas coincidencias no deben inducirnos a engaño respecto a la subsistencia
de considerables diferencias en las premisas teóricas de ambos investigadores.
Aun cuando Freud llamara la atención acerca del carácter repetitivo de tales
conjuntos filogenóticos de motivos, y aun cuando hiciera hincapié en queen
ellas el individuo iba más allá “de su vivencia individual [para alcanzar] la
vivencia del tiempo pretérito... a fin de [llenar] las lagunas de su verdad
individual con la verdad prehistórica”,12 esas afirmaciones, de acuerdo con
su pensamiento causal-reductor, tenían un significado totalmente distinto
que para Jung, pues, como expondremos en capítulo posterior, Freud hallaba
que la causa última de los motivos filogenéticos residía en las vivencias de
linajes pretéritos. No podía por menos de aceptar la existencia de huellas
mnémicas colectivas, aun cuando las atribuyera a acontecimientos concretos
que fueron realidad una vez en el mundo de los antepasados.
Al contrario que Freud, Jung veía en las fantasías arcaicas tanto manifesta
ciones espontáneas de la actividad imaginativa como formas de carácter imper-
sonal e intemporal. El verdadero sentido que se escondía tras esas formas de la
“humanidad primigenia” le parecía residir en un hecho objetivo, procedente
de un fondo colectivo, y al que en nada afectaban las interpretaciones indivi
duales ni los acontecimientos históricos. Volveremos a ocuparnos de las
diferencias entre ambos investigadores cuando discutamos las fantasías inces
tuosas13 y, sobre todo, la “herencia arcaica” (Freud).14
12 S. Freud, “Aus der Geschichte einer infantilen Neurose" (Ges. Werke, XII, p. 131).
13 Véanse las pp. 177 s.
14 Véase la p. 130.
XII. EL AFÁN FINALISTA DE LA PSIQUE
E strechamente vinculada a la cuestión del contenido de sentido se hallaba
también la de un posible contenido prospectivo de la fantasía. Fueron nueva
mente las investigaciones sobre las fantasías alienadas de los enfermos men
tales las que permitieron comprobar a Jung, no sólo el sentido, sino la
existencia de tendencias organizadoras y anticipatorias en la psique del demente.
Una primera indicación de esto la encontramos en 1908, al reconocer en las
fantasías regresivas, no sólo una fuga del enfermo mental para refugiarse en
los recuerdos de la infancia, sino también inicios plenos de sentido de nuevas
soluciones de sus problemas, aun cuando la mayoría de las veces éstos fueran
insolubles. Debido al alto grado de pérdida del sentido de la realidad, los
intentos de solución difícilmente podían ponerse en práctica de un modo
fructífero.
...la realidad es el problem a sin resolver... Las soluciones [del en ferm o m ental] son
ilu sion es insatisfactorias; su curación, un abandono tem poral d el problem a, que,
al n o estar resuelto, sigu e afanándose en las profun d id ad es del in con scien te y, a
su d eb id o tiem p o, vuelve a em erger hasta la superficie para crear, con nueva
escen ificación , nuevas ilusiones. C om o p u ed en ver, una abreviada representación
d e la historia d e la h u m an id ad . 1
¿Qué entendía Jung por “anticipación”? Adelantándome a lo que expon
dré más adelante, quisiera indicar aquí que, coincidiendo con Maeder,2 que
desde el primer momento había detectado las tendencias prospectivas, veía
en la actividad prospectiva y anticipatoria de la psique una tendencia a un
ejercicio preparatorio, a un prebosquejo, en resumen: el “proyecto para la
solución de un conflicto”.3
Sus primeras conjeturas se convirtieron poco a poco en conocimientos que
podían probarse. Ya al año siguiente (1909), sus observaciones sobre las
funestas consecuencias de los vínculos de opresión y dependencia que se
establecen entre padres e hijos, le permitieron comprender la importancia
extraordinaria que tenía la figura del padre en relación con la configuración
del destino de sus hijos. Frente al planteamiento causal del problema que hacía
Freud, al buscar la causa de los síntomas neuróticos de la joven persona en la
“novela familiar”,4Jung planteaba el problema de la importancia prospectiva
del padre, es decir del significado, oculto en el síntoma, que éste tenía para
1 C. G. Jung, Der Inhalt der Psychose, p. 16 (Ges. Werke, III, p. 190).
2 A. Maeder, “Über die Funktion des Traumes”, 1912, y “Uber das Traumproblem”, 1913.
3 C. G. Jung, “Allgemeine Gesichtspunkte zur Psychologie des Traumes”, 1928 (Ges. Werke,
VIII, p. 291).
4 S. Freud, Aus den Anfängen der Psychoanalyse, p. 273. Carta a Fliess de 20 de jumo de 1898.
89
90 EL AFÁN FINALISTA DE LA PSIQUE
la vida futura del hijo. Le resultaba evidente que, no sólo los fenómenos del
inconsciente, sino también las cosas que decían los niños neuróticos, apunta
ban a un afán, inmanente a la vida, de búsqueda de un fin.
L o q u e está m a d u r a n d o e n el in c o n sc ie n te ... g u ía co n in v isib le s h ilo s las c r e a c io n e s
a p a r e n te m e n te in d iv id u a le s d e la m e n te m a d u ra . C o m o t o d o c u a n to s e h a fra g u a
d a e n el in c o n sc ie n te , tam b ién la co n stela ció n in fa n til e n v ía a la c o n c ie n c ia se n ti
m ie n to s a ú n o sc u r o s, ca rg a d o s d e p r e m o n ic ió n , lo s s e n t im ie n to s d e u n se creto
g o b ie r n o y d e in flu en cia tra scen d en ta l. Ésas so n las raíces d e las p r im e r a s su b lim a
c io n e s r elig io sa s.5
Pero, en todo caso, esto no quería decir que las tendencias organizadoras
tuvieran siempre efectos positivos. Con harta facilidad se producían situacio
nes conflictivas de carácter neurótico entre la “constelación infantil” (el efecto
persistente de la imagen del padre), por un lado, y la “individualidad”6 (la
tendencia a la autorrealización), por otra. Pero, de todas formas, parecía Jung
considerar más saludable la aparición de una neurosis que una sorda persist
encia en las lucubraciones fantasiosas de la infancia.
Jung fue un paso más allá en su trabajo, aparecido en 1910, “Sobre los
conflictos del alma infantil”, pensado como contrapartida al que había publi
cado Freud en torno a las fobias de Juanito.7 Lo interesante es que, cinco años
más tarde (1915), hizo constar retrospectivamente que este ensayo, que
originariamente quería aportar una confirmación de la teoría causal y de la
teoría sexual freudianas, real y verdaderamente había aportado una prueba
del enfoque prospectivo y de su importancia para la psicoterapia. Y fueron
sobre todo las lucubraciones de la fantasía procedentes de la pulsión de saber
y de la curiosidad sexual las que permitieron com prender el desarrollo mental
del niño. Aun cuando en modo alguno discutía la concepción de Freud de
que tanto las fantasías en torno al nacimiento como las que trataban de la
muerte estaban relacionadas con la función sexual, el material de que dispuso
le sirvió primordialmente para confirmar su hipótesis de la función sexual
como semillero defunciones mentales y espirituales superiores:
...v eo e n la “sex u a lid a d d e la p rim era in fan cia” (in terés se x u a l, fa n ta sía s se x u a le s
activ id a d es sex u ales) los in icios d e la futu ra fu n ció n se x u a l, p e r o ta m b ién el
se m illero d e fu n cio n es m en tales y esp iritu ales su p e r io r e s.8
En este trabajo se le reveló también la importancia prospectiva de las
resistencias del niño frente a los padres, de las que Freud hacía tan sólo una
valoración negativa. No sólo la obstinación y la desconfianza del niño, sino
también su terco preguntar, eran para él expresión de una búsqueda angus-
5 C. G. Jung, “Die Bedeutung des Vaters für das Schicksal des Enzelnen”, 1909 p 1 9
6 Ibid. ' ’
7 S. Freud, “Analyse der Phobie eines fünfjährigen Knaben”, 1909 (Ges. Werke VII DD 9 4 1 ^
8 C. G. lung, “Über Konflikte der kindlichen Seele”, 1910, Prólogo a la 2a. ed i q i * I'i'
Psychologie und Erziehung, 1946, p. 130. ’’
EL AFÁN FINALISTA DE LA PSIQUE 91
dada, de un intento de orientación en el mundo o, dicho en una palabra:
revelaban el punto de partida de un progreso intelectual.
Plenamente esclarecedoras fueron las investigaciones que llevó a cabo con
los productos de la fantasía de Miller, ya mencionados. Adquirió con ellas la
certeza de que dichos productos, que Freud consideraba, en la mayoría de
los casos, como mero “retroceso de la libido a lo infantil”, no se agotaban en
la regresión ni en el atascamiento en etapas anteriores, sino que encerraban
también la posibilidad de una renovación. No podía ya seguir ignorando el
hecho de que no podía juzgarse la fantasía, en modo alguno, como simple
reliquia de una cadena causal. Aun cuando no diera a conocer un nuevo plan
de vida,9 tendía a menudo puentes de lo más significativo desde el presente al
futuro. Aun cuando solían revelarse en ella rasgos fantásticos que sustituían
la realidad, áspera e irreal, por representaciones paradisiacas, también pre
sentaba inequívocos comienzos de espiritualización y de nuevas posibilidades creativas.
El punto de vista prospectivo también resultó de lo más fructífero en
relación con los síntomas neuróticos, pues Jung podía comprobar en ellos que
su sentido no se limitaba nunca a la detección de causas, sino que se podían
concebir además como intentos de iniciar una nueva forma de vida.
L os sín to m a s d e la n eu ro sis n o son so la m en te c o n se cu en cia s d e cau sas q u e fu e ro n
ya u n a v ez... sin o ... tam b ién in te n to s d e co n se g u ir u n a n u ev a sín tesis d e la vid a. A
lo q u e in m e d ia ta m e n te hay q u e añadir: in te n to s fru strad os. P ero q u e, n o p o r e so ,
d eja n d e ser in te n to s, co n su n ú cleo d e valor y d e s e n tid o .10
Y también observó Jung en los sueños, sobre todo en los de las personas
neuróticas, que revelaban al investigador tendencias anticipatorias. Pues
pudo comprobar
q u e, e n cierto s casos d e n eu ro sis q u e se p ro lo n g a b a n d u r a n te a ñ o s, e n el m o m e n to
d e in icia rse la e n fe r m e d a d , b astan te tiem p o a n tes, se p ro d u cía u n su e ñ o , a m e n u d o
d e cla rid a d v ision aria, q u e se grababa in d e le b le m e n te e n la c o n c ie n c ia y q u e , e n el
a n álisis, rev ela b a u n se n tid o q u e se le había o cu lta d o al p a cien te, s e n tid o q u e
an ticip a b a lo s su b sig u ien tes a co n tecim ien to s d e su vid a, e s d ecir, e l sig n ifica d o
p sic o ló g ic o d e los m ism o s.11
También con ayuda de los sueños descubrió, como expondré más adelante,
la función de la autorregulación,12 hallazgo que se confirmaría del modo más
elegante con el afán finalista inherente a lo psíquico.
Estas observaciones no deben inducirnos a pensar que fue Jung el primero
en reconocer en lo psíquico esta característica del afán finalista. Ya Th. Lipps
había puesto como base de su psicología, aun cuando se tratara de una
psicología de orientación filosófica, “afanes”, y había encontrado en los
9 C. G. Jung, Versuch einer Darstellung der psychoanalytischen Theorie, p. 131.
10 C. G. Jung, Die Psychologie der unbewußten Prozesse, p. 63 (Ges. Werke, VII, pp. 49 s.).
11 C. G. Jung, Wandlungen und Symbole der Libido, p. 55.
12 C. G. Jung, Das Unbewußte im normalen und kranken Seelenleben, p. 90. Y en forma más extensa
en Über die Psychologie der Unbewußten (Ges. Werke, VII, p. 67).
92 EL AFÁN FINALISTA DE LA PSIQUE
procesos psíquicos una tendencia tanto a la unificación como también a la
disociación.
Pero, sobre todo, ya Freud había descubierto en los fenómenos del deseo,
la urgencia y la pulsión, un dinamismo dirigido hacia un fin. Aun cuando el
planteamiento causal era siempre típico de sus investigaciones, siem pre pensó
en causas finalistas o, dicho de otra manera: había que entender sus causas al
mismo tiempo como mociones orientadas hacia un fin. Pero, a diferencia de
la concepción de Jung de una motivación puramente psíquica, basada en el
sentimiento, el valor y el sentido, para él el placer y el displacer constituían los
únicos reguladores de lo psíquico. Y nada cambiaba a este respecto la
introducción del principio de realidad, que Freud consideraba basado en la
evitación del displacer. Puesto que ponía los motivos del cum plimiento de los
deseos, o de la evitación del displacer, en la más estrecha relación con la
función sexual, y por tanto con el cuerpo, el establecimiento de los fines
derivaba en última instancia de los impulsos somáticos y de las necesidades
pulsionales. También su psicología de los sueños tenía como base una finali
dad biológica, en la medida en que Freud veía la función de los sueños sobre
todo en la conservación del sueño fisiológico.
Frente a esta determinación hedonista de la finalidad de los procesos
psíquicos hacía Ju ng hincapié en la importancia de una motivación puramente
psíquica, es decir, de la regulación mediante tendencias de valor y de sentido. Lo
que entendía por tal trató de describirlo, conectando con Maeterlinck, del
modo siguiente:
...n o ca b e d u d a d e q u e el in c o n sc ie n te c o n tie n e las c o m b in a c io n e s p sic o ló g ic a s que
n o a lca n za n e l valor d e l u m b ral d e la c o n cien cia . El a n á lisis d e s c o m p o n e estas
c o m b in a c io n e s e n su s d e te r m in a n te s h istó rico s... El p sico a n á lisis trab aja, co m o la
cien cia d e la h isto ria, e n se n tid o in v erso al cu rso d e l tie m p o ... P ero h a y d o s cosas
q u e la h isto ria desconoce : lo q u e se e s c o n d e e n el p a sa d o y lo q u e se e s c o n d e e n el
fu tu r o ... En la m e d id a e n q u e e n el h o y está in c lu id o ya e l m a ñ a n a y está n ya
c o lo c a d o s to d o s los h ilo s d e l fu tu ro , u n c o n o c im ie n to m ás p r o f u n d o d e l p resen te
p o d r ía p o sib ilita r u n p r o n ó stic o d e lo fu tu ro d e m ás o m e n o s a lc a n c e y c o n m ayor
o m e n o r g r a d o d e certeza ..., d e l m ism o m o d o q u e p u e d e d e m o str a r se q u e al
in c o n sc ie n te le so n a ú n accesib les h u ella s m n é m ica s q u e h a ce t ie m p o q u e q u ed a ro n
p o r d eb a jo d e l u m b ral d e la co n cien cia , ta m b ién d e b e r á n se r lo cierta s co m b in a c io
n e s su b lim in a le s m u y su tiles q u e a p u n ta n hacia a d e la n te y q u e ... e n c ie r r a n la m ayor
im p o r ta n c ia d e cara al a c o n te c e r fu tu ro . P ero, al ig u a l q u e la c ie n c ia d e la historia
se h a o c u p a d o m u y p o c o d e las c o m b in a c io n e s d e fu tu r o , q u e so n , a n te s b ie n , ob jeto
d e la p o lítica , ta m p o c o las c o m b in a c io n es d e fu tu ro p sico ló g ica s h a n sid o o b je to d e
a n á lisis, sin o q u e h an sid o , p r e fe r e n te m e n te , o b je to d e u n a sin tética p sicológica
in fin ita m e n te refin a d a q u e sabría se g u ir los cu rso s n a tu ra le s d e la lib id o . Eso n o
p o d e m o s h a cerlo n o so tro s, p e r o sí p u e d e h a cerlo e l in c o n sc ie n te , p u e s e s e n él
d o n d e se p r o d u c e n , y p areciera q u e, d e c u a n d o e n c u a n d o , sa lier a n a la lu z del
d ía , e n c ierto s ca sos, fr a g m e n to s im p o r ta n tes d e esa a ctiv id a d , al m e n o s e n su e ñ o s
d e d o n d e p r o c e d e r ía el sig n ifica d o p r o f ético d e los s u e ñ o s q u e la su p e r s tic ió n p ostu la
d e s d e h a ce m u c h o .13
13 C. G. Jung, Wandlungen und Symbole der Libido, p. 54.
EL AFÁN FINALISTA DE LA PSIQUE 93
Con el propósito de evitar el equívoco de que se considerase que las
tendencias anticipatorias y prospectivas de la psique eran sinónimo de “pro-
féticas , Jung acabó por preferir el término de “finalistas”, con lo que quería
aludir a una tendencia psíquica relacionada exclusivamente con el objetivo y
finalidad del acontecer.
También sería un craso error querer atribuir la hipótesis de Jung de una
finalidad de la psique y un afán de perseguir un objetivo a una “fijación de
objetivos preexistente” o a una “teleología filosófica”. A una equiparación
semejante se opuso con rigor, como puede deducirse de la siguiente obser
vación:
C o n lo cual n o q u iere d ecirse qu e el sign ificad o finalista d e u n fe n ó m e n o hubiera
e x is tid o a p rio ri co m o fin ya d a d o en la etapa previa al fe n ó m e n o . C o m o ya se sabe,
n o es factible, d e sd e el p u n to d e vista d e la teoría d el c o n o c im ie n to , d ed u cir d el
sig n ifica d o finalista in n eg a b le d e los m ecan ism os b io ló g ico s u n a fin alid ad p reesta
b lecid a . P ero sería estú p id o q u e quisiera sacrificarse tam b ién , al d esech a r ju stifica
d a m e n te la co n clu sió n teleológica, el en fo q u e finalista. Lo m ás q u e cabe d ecir es:
es c o m o si h u b iera u n a finalid ad p reexisten te. En p sicología hay q u e gu ard arse
ta n to d e la fe p u ra m e n te causalista com o d e la te le o lo g ía .14
Con la demostración de la existencia de un afán finalista inmanente en la
psique inconsciente accedió Jung a un nuevo modo de entender el alma
humana, acceso que encerraba posibilidades de trabajo sobremanera fructí
feras para la psicoterapia. Estas posibilidades fomentaban sobre todo la
adaptación al interior del ser humano, consiguiéndose tanto una mejor comprensión
de sí mismo, como una realización de las disposiciones existentes acorde con la totalidad.
14 C. G. Jung, “Die Struktur des Unbewußten” (Ges. Werke, VII, p. 328, nota).
XIII. LA IMAGEN ORIGINARIA
En sus trabajos con la fantasía creadora y con los complejos impersonales
había alcanzado Jung -como ya hemos dicho- una nueva perspectiva, la
perspectiva que se abría a un espíritu originario del hombre y que le revelaba
imágenes peculiares. Fue principalmente el hecho de que hubiera contenidos
inconscientes, que tercamente se resistían a la integración en la conciencia, lo
que llamó su atención, entre los años 1908 y 1910, acerca de la existencia de
núcleos de significado más profundos. Se le hizo evidente que, detrás de todos
los núcleos psíquicos antiquísimos que tenían importancia psíquica, había
imágenes originarias1 que ejercían sobre la conciencia un efecto, no sólo
fascinante, sino también constelador.
Vale la pena mencionar a este respecto que, en Wandlungen und Symbole der
Libido, Jung sustituyó la expresión de “complejo inconsciente” por el término
“imago”. Lo que lo indujo a ello fue el deseo de destacar la característica de
“una viva autonomía en la jerarquía psíquica...,2 es decir, la autonomía que...
[se ponía de manifiesto], como propiedad esencial del complejo emocional
mente teñido, con base en múltiples experiencias”.3 Pero en la nueva edición
(Symbole, der Wandlung) señalaba también las insuficiencias del término “ima
go”, ya que tenía demasiado poco en cuenta el fundamento colectivo de lo
psíquico. A este respecto apuntó asimismo (1952) que resultaba más fructífero
el concepto de “arquetipo”, ya que contribuía a destacar sobre todo lo
impersonal, colectivo, de ciertos contenidos, no referidos a la experiencia
individual.4
En la imagen originaria lo impresionó en primer lugar el elevado grado de
emocionalidad, que hacía que ésta escapara a toda aprehensión personal y que
estuviera rodeada del misterio de lo numinoso. Las imágenes interiores
tenían significación para él, no sólo en cuanto centro de gran intensidad de
energía, sino en cuanto centros que revelaban una “vida propia autónoma”,
un sentido autónomo propio .5 Veía en ellas nada menos que la expresión de una
forma dada específicamente por la vida, uno de los “espíritus creadores de
imágenes”,6 por emplear un término de época posterior (1939). De manera
parecida al complejo teñido de emocionalidad, también la imagen originaria
1 La expresión “imagen originaria” está tomada de una carta de Jacob Burckhardt a Albert
Brenner, Basler Jahrbuch 1901, en la que el autor definía entre otros a Fausto como imagen
originaria o primitiva. Véase C. G. Jung, Wandlungen und Symbole der Libido, p. 35.
2 Ibid., p. 47, nota.
3 Ibid.
4 C. G. Jung, Symbole der Wandlung, p. 67, n. 5.
s C. G. Jung, Psychologische Typen, p. 597 (Ges. Werke, VI, p. 452). (La cursiva es mía )
6 C. G. Jung, “Kommentar zu: Das Tibetische Buch der großen Befreiung”, escrito en 1939
y publicado en 1954 (Ges. Werke, XI, p. 527).
94
LA IMAGEN ORIGINARIA 95
mostraba una estructura individual que tenía tanto de sentimiento como de
pensamiento,7hallazgo que condujo a Jung a nuevos conocimientos fundamen
tales sobre la naturaleza de las formas psíquicas. No sólo confirmaba su
concepción previa del significado superior e inferior8 de todo lo psíquico, sino
que dio también solidez a su idea de que todoprocesopsíquico mostraba una tensión
de contradicción entre lo natural y lo espiritual. Tal como tendremos aún ocasión
de ver, esta idea no sólo había de servir para esclarecer el problema del origen
de la formación de símbolos, sino que habría de convertirse en fundamento
esencial de su energética.
Tal como hemos indicado, las imágenes originarias poseían también unas
leyespropias que impedían su sujeción al arbitrio del individuo, o a todo cuanto
tuviera carácter personal. Así, por ejemplo, se hacía patente el hecho de que
existía una relación indudable de la imagen con la “situación psíquica global”.9
Lo cual se manifestaba por ejemplo en el hecho de que las imágenes repre
sentaban una expresión concentrada de la situación en la que el individuo se
encontraba en cada caso, tanto la de la conciencia como la de los contenidos
constelados por el inconsciente. Lo que se constelaba en cada caso, “era
producto, por una parte, de la propia actividad del inconsciente, mientras
que por otra lo era de la situación consciente momentánea, que estimulaba
la actividad de los materiales subliminales pertinentes al tiempo que inhibía
la de los no pertinentes”.10
Con una de las más profundas intuiciones sobre el carácter de las imágenes
originarias se llegaba hasta el punto de considerar que éstas eran exponentes
de la realidad interior, valores psíquicos “que representaban una realidad ‘interior’
y que llegaban incluso a superar en importancia a la realidad ‘exterior ”.11 Lo que
prendió sobre todo a Jung fue el hecho de que en la imagen originaria se
revelaba una especie de “disposición subjetiva” a la adquisición de experien
cias interiores, pues la imagen, a diferencia de la percepción, que dependía
en gran medida de la sustancia de la experiencia, remitía a la parte subjetiva
de la vivencia. Representaba el modo en que el mundo se reflejaba desde
siempre en el interior anímico.
Aparte del efecto profundo de las imágenes originarias, de su afinidad con
las formas que revelaban la arqueología y la historia de las religiones, lo que
más impresionaba a Jung era, sobre todo, la existencia de formas básicas típicas
dentro de los motivos repetitivos. Resultaba esclarecedora para él la experien
cia en la psicoterapia de que los pacientes, en sus sueños, síntomas y fantasías,
mostraban imágenes arcaicas que presentaban una asombrosa constancia en
la elección de sus motivos. La observación tanto de la constancia como de la
siempre renovada transferencia de dichos motivos arcaicos, tales como la
figura del brujo o el hechicero, al médico -por citar sólo algunos- le parecía
7 C. G. Jung, Die Psychologie der unbeumßten Prozesse, p. 8 6 (Ges. Werke, VII, p. 72). (La cursiva
es mía.)
8 C. G. Jung, Wandlungen und Symbole der Libido, p. 53.
9 C. G. Jung, Psychologische Typen, p. 597 (Ges. Werke, VI, p. 452).
1 0 Ibid.
11 Ibid.
96 LA IMAGEN ORIGINARIA
ser indicio, no sólo de la existencia de hechos impersonales en el interior de
la psique, sino también de protorrepresentaciones que se repetían de modo siempre
parecido.
Todas las propiedades que Jung había establecido para la imagen origi
naria” -repeticiones, constancia, efecto fascinante y regularidades- lo indu
jeron a ver en ellas dominantes de la psique suprapersonal.
Estas dominantes son los soberanos, los dioses, es decir, las imágenes de las leyes
y principios dominantes, de regularidades medias en el desarrollo de las imágenes
que el cerebro ha recibido en el curso de procesos seculares.12
Aproximadamente hasta 1921 denominó a la imagen arcaica “imagen
originaria”, y a partir de dicho año comenzó a utilizar también el término
“arquetipo”13 o imagen arquetípica, expresión que fue adquiriendo cada vez
más carta de naturaleza.
Aun cuando Jung empleara todavía durante mucho tiempo ambas expre
siones como sinónimos, con el tiempo fueron apareciendo sensibles diferen
cias semánticas, que reflejaban un constante ensanchamiento del contenido
de sentido de la imagen psíquica. Mientras que la idea de la imagen originaria
había brotado originalmente de la necesidad de com prender tanto lo supra-
personal y numinoso de determinadas imágenes de la fantasía, así como su
coincidencia con conocidos motivos mitológicos, la expresión “arquetipo”
introdujo en la investigación un aspecto nuevo de lo psíquico, a saber: lo
kármico y lo fatal.
Observará el lector que se mezcla aquí, en el concepto del arquetipo, un elemento
nuevo que no fue mencionado anteriormente. Esa mezcla no supone ninguna
vaguedad inadvertida, sino un ensanchamiento deliberado del arquetipo con
ayuda del factor kármico, tan importante en la filosofía hindú. El aspecto del karma
es insoslayable para una comprensión más profunda del carácter del arquetipo...14
Esta visión de una nueva dimensión se refería también a otra cosa más: en
el término “arquetipo” no se ponía el acento en arché: principio, causa
primitiva; sino en typos: huella. Por lo que cabía entender el “tipo” como
“efecto del sello”, o bien como símbolo de un sentido aún desconocido.
El punto de vista religioso entiende el “tipo” como efecto del sello; el científico lo
entiende en cambio como símbolo de un contenido que le resulta desconocido e
incomprensible.15
12 C. G. Jung, Die Psychologie der unbeumßten Prozesse, p. 117 (Ges. Werke, VII, p. 103).
13 Este término fue utilizado por vez primera en “Instinkt und Unbewußtes”, 1919 (Ges.
Werke, VIII, p. 153). En años posteriores, Jung estableció la distinción entre la imagen arquetípica
y el “arquetipo”, entendiendo este último término en el sentido de m odelos generales de la
com prensión, mientras que limitaba el primero a las manifestaciones simbólicas y expresiones
icónicas del “arquetipo”.
1 4 C. G. Jung, Über die psychologie des Unbewußten, p. 140, nota (Ges. Werke, VII, p. 83, nota).
1 5 C. G. Jung, Psychologie und Alchemie, 1943, p. 33.
LA IMAGEN ORIGINARIA 97
Aparte, se admitieron la regularidad y la legalidad, así como también el
carácter repetitivo de la imagen arcaica del fin de la existencia de los elemen
tos estructurales preformativos y de las perspectivas de la función, incluso de
las categorías previamente conocidas, que “dominan” el pensamiento y la acción
en formas determinadas. Y no por último, la elección del nuevo término tal
vez se derivó ya de la idea de un algo no psíquico del fondo anímico, una de las
experiencias inaccesibles.16
Véanse las pp. 284 y 291.
XIV. EL ARQUETIPO COMO ELEMENTO
ESTRUCTURAL Y COMO PRINCIPIO FORMADOR
Si el fenómeno de la imagen originaria permitía conocer la ocurrencia
universal de la tendencia a la repetición de diversos motivos, con la perspec
tiva del fondo arquetípico hacía su aparición una tendencia “inconsciente
esencial”1 de la psique. Y este carácter inconsciente se manifestaba, no sólo
en forma de algo preformado o innato, sino también como disposición
funcional de representaciones que sólo maduraban de manera paulatina.
Inicialmente vio Jung en la imagen arquetípica, a semejanza de la imagen
originaria, una forma fundamental típica de una cierta experiencia anímica
que siempre se repetía.2
Para la elaboración de la estructura formal general del arquetipo se inspiró
al principio en Platón, concibiendo la imagen arquetípica como una especie
de posibilidad prefigurada de la facultad de representación que empujaba las
vivencias en una determinada dirección.
S o n id ea s ante rem, c o n d icio n es d e form a, lín eas fu n d a m e n ta le s trazad as a priori,
q u e se ñ a la n u n a d eterm in a d a co n fig u ra ció n a la su stan cia d e la ex p erien cia , por
lo q u e, corno lo e n te n d ie r a tam b ién Platón, p u e d e n p en sa rse c o m o im ágenes , como
e sq u em a s o p o sib ilid a d es fu n cio n a les h ered a d a s, p e r o q u e e x c lu y e n otras posibi
lid a d es, o p o r lo m e n o s las lim itan en gran m e d id a .3
El supuesto de las disposiciones prefiguradas conducía de manera natural
a la cuestión del posible carácter hereditario. Jung no podía por menos de
ver en las imágenes arquetípicas estructuras psíquicas heredadas que remitían a
determinadas disposiciones fisiológico-anatómicas.4 No sólo aparecían en el
contexto de condiciones del medio exterior perdurablemente eficaces, sino que se
desarrollaban de acuerdo con determinadas leyes inherentes a la materia viviente.
Lo que ya había pensado en 1921 lo formuló veinte años más tarde (1941) de
la siguiente y plástica manera:
N o es q u e e l m u n d o , tal co m o lo c o n o cem o s, h ab le p o r b o ca ... [del] inconsciente.
S in o q u e lo q u e h abla d e sd e él es el m u n d o d e sc o n o c id o d e la p siq u e, del que
sa b em o s q u e só lo e n p arte refleja n u estro m u n d o em p írico , m ien tra s q u e por otra
p a rte le d a fo rm a d e a cu erd o co n la p rem isa psíq u ica. El a r q u e tip o n o procede,
1 C. G. Jung y K. Kerényi, Einführung in das Wesen der Mythologie, 1941, p. H l .
2 C. G. Jung, Psychologische Typen, p. 598 (Ges. Werke, VI, p. 453).
3 Ibid., pp. 431 s. (Ges. Werke, VI, p. 327).
4 Ibid., p. 598 (Ges. Werke, VI, p. 453).
98
EL ARQUETIPO COMO ELEMENTO ESTRUCTURAL 99
p o r así d e c ir lo , d e lo s h ech o s físicos, sin o q u e, a n te s b ie n , refleja la fo rm a e n q u e
e l a lm a e x p e r im e n ta eso s h e c h o s...5
En razón de sus investigaciones sobre los mitos y de la causística psicológica
y psicopatológica que fue reuniendo, se le hizo cada vez más evidente que los
arquetipos eran “hechos existentes a priori, heredados y difundidos univer
salmente”.6 Su carácter numinoso parecía deberse a que representaba “situa
ciones vitales tipificadas”.7Aproximadamente por la misma época (1935) llegó
incluso a denominarlos “órganos de la psique prerracional”.
L os a r q u e tip o s so n a lg o así c o m o ó r g a n o s d e la p siq u e p rerra c io n a l. S o n estru ctu ra s
b ásicas ca racterísticas, q u e se h ered a n e te r n a m e n te y q u e e n su in icio ca r e c e n d e
c o n te n id o esp e cífico . El c o n te n id o esp ecífico se d a p rim ero e n la v id a in d iv id u a l,
e n la q u e la e x p e r ie n c ia p erson al se d a p recisa m en te e n esas fo r m a s .8
Como consecuencia de su efecto universal permitían suponer también la
existencia de una relación con una “semejanza universal de los cerebros”. O
dicho de otra manera: en ellas parecían repetirse los “modos de funciona
miento de los cerebros de una serie de antepasados”.9 Con base en la
correspondencia de esta “función universal del espíritu” con las formas de
funcionamiento cerebrales. Jung llegó pronto a considerar que los arquetipos
eran factores organizadores del acontecer psíquico (1921), idea que posterior
mente volvió a tomar y a completar en relación con sus investigaciones
sincronísticas. En su obra de senectud volvió a poner en tela de juicio la idea
que había defendido hasta entonces de una vinculación del arquetipo con la
estructura cerebral. Mientras por una parte ampliaba la hipótesis de la
función cerebral tomando en cuenta el sistema nervioso simpático,10 por otra
ponía en tela de juicio que pudiera existir una vinculación entre la experiencia
psíquica y “los procesos del sustrato biológico”.11 Pero, con independencia de
esto, siguió afirmando que el arquetipo era un “elemento estructural psíquico,
y por tanto una parte vitalmente necesaria de la economía anímica”.12
1. La imagen arquetípica como centro creador
El descubrimiento de que el arquetipo no era únicamente un punto de
concentración de vías del pasado, sino también un centro del que partían nuevos
5 C. G. Jung y K. Kerényi, Einführung in das Wesen der Mythologie, 1941, p. 109.
6 C. G. Jung, “Psychologische Determinanten des Verhaltens”, 1936 (Ges. Werke, VIII, p. 141).
7 Ibid.
8 C. G. Jung, “Psychologischer Kommentar zum Bardo Thödol”, 1935 (Ges. Werke, XI, p. 559).
9 C. G. Jung, Psychologische Typen, p. 431 (Ges. Werke, VI, p. 327).
1 0 C. G. Jung, “Synchronizität als ein Prinzip akausaler Naturvorgänge”, 1950, en Naturer
klärung und Psyche, p. 97 (Ges. Werke, VIII, p. 568).
11 Ibid., p. 96 (Ges. Werke, VIII, p. 567).
1 2 C. G. Jung y K. Kerényi, Einführung in das Wesen der Mythologie, p. 117.
100 EL ARQ UETIPO COM O ELEM ENTO E ST R U C TU R A L
efectos creadores, fue revolucionario y había de allanar el cam ino para plenitud
de nuevos conocimientos. Por m or de la im portancia de estos conocimientos,
vamos a reproducir in extenso cómo se dio el paso aludido.
E l a r q u e t ip o e s u n a e s p e c ie d e d is p o s ic ió n a r e p r o d u c ir s ie m p r e las m ism as o
p a r e c id a s r e p r e s e n t a c io n e s m íticas. P a rece a p r im e r a v ista , a s í p u e s , c o m o si lo que
s e g r a b a e n e l in c o n s c ie n t e fu e s e e x c lu s iv a m e n t e la r e p r e s e n t a c ió n su b jetiv a d e la
fa n ta s ía e x c ita d a p o r e l p r o c e s o físico. Y p o d r ía p o r t a n t o s u p o n e r s e q u e los
a r q u e t ip o s s o n la s im p r e s io n e s m ú lt ip le m e n t e r e p e tid a s d e la s r e a c c io n e s subjeti
v a s. P e r o tal s u p o s ic ió n n o h a c e s in o lib ra rse d e l p r o b le m a sin r e s o lv e r lo . N a d a nos
im p id e s u p o n e r q u e c ie r to s a r q u e tip o s a p a r e c e n ya e n lo s a n im a le s , y q u e p o r tanto
se b a sa n e n la id io sin c r a s ia d e l siste m a v iv ie n te , s ie n d o e n c o n s e c u e n c ia expresión
de vida y no pudiéndose, hallar más explicación del hecho de que sean así.ls
Así pues, los arquetipos serían inherentes a la vida. Supondrían, como
añadía Ju n g , fuerzas y tendencias que no sólo repetían experiencias, sino que,
además, constituían centros creadores de numinoso efecto. La naturaleza forma-
dora y transform adora del arquetipo, tal como se m anifestaba sobre todo en
la tendencia creadora a la transformación de las im presiones tempranas,
aparecía cada vez más en la obra de J ung. T al como verem os en el apéndice,14
desde este pu n to de vista ya no estaba lejos el paso para concebir el arquetipo
como u n protodiseño del fondo psíquico que tuviera sus raíces en lo trascen
dental y no psíquico. Pero, de momento, Ju n g se limitó al carácter de imagen
del arquetipo, haciendo hincapié en lo impersonal y fuera del alcance del
arbitrio del yo.
2. I magen arquetípica y conciencia
J u n g veía una de las propiedades más im portantes de la im agen arquetípica
en la capacidad que poseía de tomar el yo en sus manos y transformarlo. Sin
em bargo, para que esto pudiera producirse se requería tam bién la colabora
ción del yo.
Por una parte, esas imágenes arquetípicas, procedentes del inconsciente
colectivo, representaban la “matriz de la experiencia”15 sin más, la automani-
festación del inconsciente, m ientras que por otra parte eran una reacción espon
tánea de la psique a una situación de menesterosidad personal del individuo o
de am enaza colectiva por el espíritu dom inante de la época. La imagen
arquetípica no sólo tenía un efecto constelador, sino que ella misma se hallaba en
gran medida constelada. Era en todo caso una contrapresencia del yo que poseía
de la forma mas intensa el carácter de exhortación a hacerse consigo mismo.
Mas para que se produjera exhortación tenía que haber un exhortado, que
15 C. G. J u n g , Das Unbewußte im normalen und kranken Seelenleben, pp. 101 s., nota (Ges. Werke,
V II, p. 75). (La cursiva es mía.)
1 4 V éan se las pp. 283ss.
1 5 C. G .Ju n g, “Analytische Psychologie und W eltanschauung”, 1927 (Ges. Werke, VIII, p. 432).
EL ARQUETIPO COMO ELEMENTO ESTRUCTURAL 101
no era otro que la personalidad consciente del yo. La imagen era materia
prima, necesitada de traducción al lenguaje de la época correspondiente.
P e r o h u b ie r a s id o u n e q u ív o c o s u p o n e r q u e las im á g e n e s fa n tásticas d e l in c o n s
c ie n te p o d r ía n u tiliz a r se d e m a n e r a in m e d ia ta , cu al si se tratara d e u n a r e v e la c ió n .
N o so n s in o la m a te r ia p rim a q u e , p ara cob rar se n tid o , n e c e sita a ú n d e la
tr a d u c c ió n a la le n g u a d e la é p o c a c o r r e s p o n d ie n te .16
Sin respuesta del yo, sin su activa participación, no era posible ninguna
experiencia de la contrapresencia, y tampoco, por tanto, transformación
alguna de la personalidad. En efecto, Ju n g encontró en las posibilidades de
comprensión que se daban en cada individuo una condición igualmente
esencial para la experiencia viva de la realidad interior. Se trataba en este
proceso de una dependencia alternante, en la que emergían por un lado
efectos espontáneos del inconsciente y por otro se producía un proceso
conformador por parte de la psique consciente. Para que se convirtiera en
experiencia de la imagen se requería consonancia entre el sujeto que experimentaba
y el objeto experimentado.17
Del mismo modo que las formas de vivencias arquetípicas aspiraban a que
el yo les diera forma, para aproximarlas a lo humano, también la conciencia
exigía la asociación creativa por parte de las profundidades del alma. Al igual
que el ensanchamiento de la conciencia iba unido a la contrapresencia
creadora, también la realización del “sí mismo” dependía de la integración
moral y acorde con el entendimiento de las posibilidades icónicas concretas.
Sólo en una acción conjunta de hechos conscientes y extraconscientes expe
rimentaba el individuo tanto la exaltación de su sentimiento vital como la
profundización de su autocomprensión.
La comprensión psicológica de la imagen arquetípica como centro creador,
del que partían efectos conformadores, abrió a Jung nuevas vías para la
psicoterapia. La perspectiva abierta, no sólo a lo grande e impersonal de la
psique, sino también a las fuerzas creadoras y compensatorias del propio
interior, era adecuada para ampliar el punto de vista personalístico, que
deducía el síntoma de la biografía personal, mediante los elementos estruc
turales impersonales de la psique. Con ello adquirió Ju n g un instrum ento
capaz de liberar al neurótico de sus intrincamientos personales, de sacarlo de
su aislamiento y dirigir su mirada a las fuerzas impersonales de la vida. Ahora
bien, este instrum ento sólo resultaba fructífero y servía de ayuda en manos
de quienes poseyeran una sutil capacidad de discernimiento para los conte
nidos pertenecientes a la psique personal, así como para aquellos otros que
cabía atribuir a la psique impersonal.18
16 Ibid.
17 Ibid.
1 8 C. G. J ung, Das Unbeumßte im normalen und kranken Seelenleben, p. 136 (Ges. Werke, V II, p. 102).
C uarta Parte
DEL INCONSCIENTE PULSIONAL
AL INCONSCIENTE COLECTIVO
DEL INCONSCIENTE PULSIONAL
AL INCONSCIENTE COLECTIVO
La demostración empírica de una dimensión suprapersonal y espiritual en la
psique inconsciente fue uno de aquellos descubrimientos de Jung que pusie
ron de manifiesto el abismo que separaba sus concepciones psicológicas de
las de Freud. Con independencia de las múltiples observaciones semejantes
-ambos investigadores eran destacados empíricos-, buscaron objetivos y ca
minos muy distintos en cuanto a la explicación, comprensión e interpretación
de los materiales procedentes del inconsciente. Se han hecho ya muchos in
tentos de deducir las ideas básicas que Jung tenía del inconsciente con las
correspondientes en Freud, equiparando por ejemplo lo reprimido con el
inconsciente personal, lo “reprimido originario”, o la “herencia arcaica” con
el inconsciente colectivo. Pero en mi opinión todos estos intentos cojean. Vistas
más de cerca unas y otras ideas se muestran tan diferentes, y están sobre todo
incardinadas en un contexto de sentido tan distinto, que apenas cabe estable
cer equiparación entre ellas. Las diferencias en la estructura conceptual no
se referían exclusivamente a los distintos planteamientos y objetivos -mientras
que el interés primordial de Freud se centraba en la neurosis, el de Jung se
dirigía a la comprensión de la vida anímica en cuanto tal-, sino también a la
actitud intelectual fundamentalmente diversa de ambos psicólogos.
Ambos investigadores se esforzaron en atacar la equiparación todavía
frecuente en la psicología médica de conciencia y psique. Ambos rompieron
una lanza en favor del reconocimiento de los fenómenos inconscientes, y
ambos procuraron extraer de los efectos de los factores inconscientes deter
minadas conclusiones acerca de la naturaleza de la psique. El punto focal de
su interés lo ocupaba, en especial, el juego de fuerzas, la interrelación de
fenómenos conscientes e inconscientes. Si el logro extraordinario de Freud
consistía en la demostración empírica de hechos inconscientes como conjunto
de huellas mnémicas dotadas de sentido y eslabonadas sin solución de
continuidad, incluso cuando su sentido tenía aún que ser descubierto por el
método psicoanalítico, las investigaciones de Jung culminaron cada vez más
en el descubrimiento de dominantes del fondo anímico que no podían
explicarse. Sus investigaciones trazaban un arco que iba del complejo incons
ciente a las formas básicas incognoscibles del inconsciente-psicoide. Trazaba
así una imagen de la psique inconsciente que ya había vislumbrado desde
fecha muy temprana, a saber: la de algo desconocido y más vasto, que
trascendía a la conciencia en todos los sentidos.
105
XV. LA IDEA DE CONCIENCIA Y DE IN C O N SC IE N T E
EN FREUD
La fo r m u l a c ió n conceptual de las ideas fundamentales de Freud, tal como
acertadamente señala Rapaport, la dificulta el hecho de que Freud cambió
repetidas veces el plano del análisis”.1
Sus conocimientos sobre el inconsciente2 se desarrollaron en relación con
su interés fundamental, que siempre se centró en la psique del enfermo. El
prim er intento de Freud de explicar una neurosis se basó en el descubrimien
to de una dinámica psicológica entre las experiencias traumáticas, por un
lado, y el yo censor por otro, lo que le permitió com probar, como consecuen
cia de la incompatibilidad de los dos polos, la existencia de un proceso de defensa.
Lo característico de este proceso era -como ya hemos señalado- la disociación
del complejo vivencial, que acompañaba al desplazamiento del afecto y al
hecho de que la representación se tornaba inconsciente, conduciendo por
último a la formación del síntoma. Surgía un grupo de representaciones
separadas del yo y caracterizadas por un punto nuclear y de cristalización.3 Para
la representación no apta para la conciencia le pareció esencial que, a pesar
de la mayor tensión e intensidad de la excitación, no era capaz de atravesar
el umbral de la conciencia, con lo que dejaba una huella que era, a la vez,
efectiva e inconsciente: Como huella mnémica de un trauma, la representación
reprimida era la base de procesos inconscientes (1896).
Ya en Im interpretación de los sueños introdujo Freud un estrato mencionado
por sus predecesores: el de los contenidos cercanos a la conciencia del
inconsciente latente. Entendía por tales, pensamientos que podían desapare
cer temporalmente de la conciencia, pero que básicamente seguían siendo
aptos para la misma. Esta hipótesis se basaba en experiencias conocidas, tales
como la observación de la aparición inesperada de soluciones a problemas
matemáticos durante el sueño, o la aparición de sugestiones poshipnóticas
(Bernheim), etcétera.
A la diferenciación entre contenidos aptos para la conciencia pero latentes
y contenidos rechazados, no aptos para la conciencia, se unía la hipótesis
paralela de una estratificación de la psique en “inconsciente-reprimida”
“inconsciente-latente” (prcconsciente) y conciencia. Esta estratificación que
daba subrayada por la presencia de una instancia censora que separaba en
cada caso un ámbito del otro. Ya en 1900 escribía Freud:
1 D. Rapaport, Die Struktur der psychoanalytischen Theorie, 1959.
2 Puesto que el concepto de inconsciente en la psicología de Freud
se desarrolló, poco a
poco, a partir de las ideas de trauma y de defensa que he expuesto en los
repeticiones son desgraciadamente inevitables. capítulos iniciales, las
3 S. Freud, Studien über Hysterie (Ges. Werke, I, p. 182).
106
LA IDEA DE CONCIENCIA Y DE INCONSCIENTE EN FREUD 107
H a y dos closes d e inconsciente q u e los p sicó lo g o s tod avía n o h an d ife r e n c ia d o . A m b o s
fo rm a n p a rte d e l in co n scien te e n el se n tid o q u e le d a la p sico lo g ía . En n u estra
c o n c e p c ió n , u n a d e estas clases, la q u e llam am os inconsciente , es, al m ism o tie m p o ,
no a p to p a r a la conciencia, m ien tras q u e la otra la d e n o m in a m o s precon scien te p o r q u e
su s e x c ita c io n e s, a u n g u a r d a n d o d eterm in a d a s reglas, quizá d e sp u é s d e p asar u n a
n u e v a cen su r a , p e r o sin ten er e n cu en ta el sistem a d el inconsciente, p u e d e n llegar
a la c o n c ie n c ia .4
Frente a la propiedad de una representación de ser consciente o incons
ciente entendía Freud por inconsciente el término que designaba todo un
sistema cuyos “distintos procesos eran inconscientes”,5 definición conceptual
por la que, a pesar de que la había formulado en 1913, siguió guiándose
permanentemente.
Otro intento de comprensión del inconsciente iba unido a La interpretación
de los sueños. En esta obra Freud cambia el enfoque desde el exterior de la
psique a su interior. En vez de partir de excitaciones traumáticas, en su teoría
de los sueños partió de arranques de deseo en el fondo psíquico. Para ello le
sirvió de ayuda su autoanálisis, que lo condujo, no sólo a lo infantil, a lo sexual,
sino también a lo arcaico, en la vida onírica. Se hizo famosa la formulación de
que
...e n el s u e ñ o [se en cu en tra ] al n iñ o q u e sig u e v iv ien d o co n su s im p u ls o s...67
En el sueño descubrió el hecho sumamente importante para su compren
sión del inconsciente de que las leyes que aparecían en el inconsciente eran
fundamentalmente distintas de las que presentaba el preconsciente. Fue clarificadora
para él la comprobación de dos formas de curso de los procesos psíquicos, a
saber: las del proceso primario y secundario.1 Estos procesos le revelaron que
existía una diferencia, esencial para su teoría, en las leyes del movimiento
entre inconsciente y preconsciente. Apoyándose en Breuer contrapuso las
“cantidades de excitación que fluían libremente” a las que “se veían frenadas
por la inhibición” (en Breuer: estados de excitación tensos, intercerebrales y
relativamente inmóviles).8 Mientras que Freud sólo veía actuar en el incons
ciente procesos primarios que siempre seguían el principio del placer, el
sistema consciente -más exactamente el preconsciente- estaba “sujeto a
estructuras”,9 como acertadamente comentó Rapaport. Pensaba en tanto en
los hechos del pensamiento ordenado, del control de los afectos, de los modos
de comportamiento orientados hacia un fin y de las formas del pensamiento
4 S. Freud, Die Traumdeutung (Ges. Werke, II/III, p. 619). Mencionado ya en la la. ed. (La
cursiva es mía.)
5 S. Freud, “Einige Bemerkungen über den Begriff des Unbewußten”, 1913 (Ges. Werke,
VIII, pp. 438 s.).
6 S. Freud, Die Traumdeutung (Ges. Werke, II/III, p. 197).
7 S. Freud, “Entwurf einer Psychologie”, 1895, en Aus den Anfängen der Psychoanalyse, pp.
409 s. También en Die Traumdeutung (Ges. Werke, II/III, p. 607).
8 Breuer-Freud, Studien über Hysterie, pp. 168 s.
9 D. Rapaport, Die Struktur der psychoanalytischen Theorie, p. 97.
108 LA IDEA DE CONCIENCIA Y DE INCONSCIENTE EN FREUD
lógico, así como en el principio de la realidad. Básicamente, frente a la falta
de freno de los deseos inconscientes, se erigía un sistema bien construido e
influencias inhibidoras, dualismo este que fue también de capital importancia
para Freud a fin de comprender lo reprimido. En la medida en que desde e
comienzo había equiparado los procesos inconscientes en la huellas mnémicas
reprimidas, todo cuanto dijera sobre lo inconsciente se aplicaba asimismo a
lo reprimido. En consecuencia, no sólo el inconsciente, sino también la representación
reprimida, se hallaba en estado de energía libre.
En el dualismo del curso del movimiento reconoció también otra ley, que
designó como transformación de la catexis,10 entendiendo por “catexis la
cantidad de energía que fluía hacia las huellas mnémicas. Era de la opinión
de que, al pasar la representación del preconsciente al inconsciente, y a la
inversa, es decir, al producirse la represión y al invertirse el proceso, se
producía siempre una alteración de las energías catécticas. Mientras que en
el primer caso comprobaba una retirada de la catexis preconsciente; en el
segundo, es decir al levantarse la censura a lo reprimido y hacerse (pre)cons-
ciente, se producía una estructuración y un ligamiento de la energía catéctica.
Pero con esto no se agotaba la diferencia en las leyes, pues Freud supuso
también una diferencia en el modo y manera en que se producía la ocupación
catéctica de los objetos. Mientras que en el inconsciente sólo había repre
sentaciones de cosas, en el preconsciente se unían también a ellas las llamadas
representaciones verbales.11 Por carentes de significado que fueran estas
desviaciones a primera vista, Freud reconoció siempre en ellas una caracte
rística que separaba la histeria de la esquizofrenia. Mientras que era típico de
la histeria el predominio de las representaciones de cosas, de la esquizofrenia
lo era el predominio de representaciones verbales.12 Por medio de tales
reflexiones adquirió Freud la posibilidad de diferenciar lo inconsciente, lo
reprimido, como un ámbito de la psique genuino, sometido a leyes específicas (libre
desplazamiento) y a cualidades asimismo específicas (representaciones de cosas), de lo
preconsciente (energía ligada, representaciones verbales y objetivas).
Al cimentar su teoría de la sexualidad,13 Freud halló un filón de conoci
mientos sumamente importantes sobre la naturaleza del inconsciente. Una
vez que hizo quiebra su hipótesis de la etiología del trauma infantil para el
surgimiento de la histeria, supuso para él una especie de inesperada ilumi
nación reconocer, sobre la base de sus investigaciones fisiológicas, por un lado,
y de su autoanálisis por otro, la, importancia de lafunción sexual para la existencia
psíquica, pues descubrió que la pulsión sexual era una especie de fuerza de
extraordinaria eficacia que operaba en el individuo, no sólo antes de cualquier
influencia traumática, antes de toda escena de seducción, sino desde la más
tierna infancia, desde una fuente de estímulos somática interna. La difícil
pregunta acerca de los límites que separaban lo físico de lo corporal la resolvió
10 S. Freud, “Das Unbewußte” (Ges. Werke, X, p. 279).
11 Ibid., p. 300.
12 Ibid., p. 302.
13 S. Freud, Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie (Ges. Werke, V, pp. 27 ss.).
LA IDEA DE CONCIENCIA Y DE INCONSCIENTE EN FREUD 109
inicialmcntc concibiendo la fuerza pulsional como “representante psíquico
de una fuente de estímulos somáticos interiores que fluía continuamente .H
El acento lo ponía en lo biológico: las pulsiones eran fuerzas que ponían de
manifiesto las exigencias que lafisiología imponía a la vida psíquica.'5Con la teoría
sexual situaba Freud la psicología del inconsciente fundamentalmente en el
terreno de los factores pulsionales, sobre todo en el de los factores sexuales:
impulso instintivo, urgencia, tensión producida por la necesidad y satisfacción consti
tuían los auténticos motores del acontecer psíquico, constituyendo las ideas que repre
sentaban a estas pulsiones -representantes pulsionales- el núcleo del inconsciente.
También la distinción que había hecho Freud entre dos grupos de pulsio
nes, las pulsiones del yo, que servían para la conservación del individuo, y las
pulsiones sexuales, relacionadas con la continuidad de la especie, correspon
día a este dualismo del curso del movimiento, concepción que sufrió una
interrupción durante un breve periodo (1914) a cargo de un monismo de la
libido (pulsión sexual), que no sólo contenía una libido del objeto, sino
también una libido del yo.14156 De nuevo seis años más tarde (1920) contrapuso
a la pulsión de vida (Eros) la pulsión de muerte o pulsión agresiva,1718revis
tiendo de una manera sumamente discutible la interesante afirmación de la
existencia de impulsos destructores en el inconsciente.
Hasta 1923, Freud mantuvo firmemente que existía correlación entre lo
inconsciente y lo reprimido J 8 Lo cual no excluía que, con el tiempo, ensanchara
el ámbito de las representaciones inconscientes por encima de los límites de
lo reprimido en sentido estricto, pues con base en sus investigaciones de la
neurosis y los sueños, se vio obligado a tener también en cuenta las múltiples
derivaciones de lo reprimido, que no sólo tenían su continuación en fantasías
y sueños, sino que se manifestaban asimismo en las formaciones sustitutivas
y de compromiso de los síntomas neuróticos. Pero, sobre todo, cambió su
concepción básica del inconsciente en el sentido de que ya no lo contemplaba
como un órgano puramente rudimentario, como algo desechado, sino, antes
bien, como algo vivo y capaz de desarrollarse.,9
El giro más decisivo respecto a la forma de concebir la psique se produjo
en 1923, año en que emprendió Freud su primer intento de una antropología
psicológica. Se vio “obligado” no sólo a abandonar la equiparación de reprimido e
inconsciente, que había mantenido largos años, sino a arrinconar incluso el
concepto de inconsciente. En lugar de la idea del inconsciente cobró cada vez
mayor importancia la de “ello”.
Con su antropología psicológica, sobre todo con su psicología del yo, realizó
Freud un decisivo avance en el campo de la psicología general. Aun cuando
ya anteriormente había mostrado lo fructífero del psicoanálisis para la etno
logía, la literatura, la mitología, etc., sus argumentos procedían siempre de
14 Ibid., p. 67.
15 S. Freud, “Abriß der Psychoanalyse”, escritos póstumos (Ges. Werke, XVII, p. 70).
16 S. Freud, “Zur Einführung des Narzißmus”, 1914 (Ges. Werke, X, p. 141).
17 S. Freud, “Jenseits des Lustprinzips”, 1920 (Ges. Werke, XIII, pp. 46 s.).
18 S. Freud, “Die Verdrängung” (Ges. Werke, X, p. 250).
'9 Ibid., p. 289 s.
110 LA IDEA DE CONCIENCIA Y DE INCONSCIENTE EN FREUD
sus experiencias con la psicopatolgia. En Das Ich und das Es (El yo y el ellopo
partió por vez primera de la totalidad del individuo, rompiendo el enfoque
personalista que hasta entonces había mantenido para contemplar al hombre
desde una mayor y más alta atalaya. No sólo pasó a prim er plano de su interés
la interrclación de las tres instancias: yo, superyó y ello, sino que también lo
hizo el punto de vista que contemplaba un estrato profundo del ser humano que
trascendía lo personal. En el ello reconoció un ámbito que era más amplio que
el inconsciente y que también mostraba mociones pulsionales que no tenían
por qué estar reprimidas. Todo cuanto hasta ese momento había atribuido al
inconsciente seguía siendo válido para el ello. Pero por encima de esto, el ello
abría una perspectiva sobre el fondo impersonal de la vida anímica y el
filogenético. Representaba básicamente una “parte de la personalidad oscura,
impenetrable“,21 inmanente a la vida. En virtud de esta incognoscibilidad
inherente, pudo Freud ver en el ello, que por una parte se abría a lo somático,
o “se abastecía allí de energía”,22 mientras por otra encarnaba al portador de
un misterio que se perdía en los oscuros fondos y abismos de la herencia
fdogcnética o arcaica de los antepasados. Apoyándose en la biología vinculó
con las pulsiones tendencias que se daban con la vida misma y que eran de
naturaleza tanto constructiva como demoledora, destructivo-agresiva.
Con la perspectiva del fondo filogenético se hicieron más profundas las
ideas fundamentales de la psicología freudiana. No sólo adquirió el ello
significado como origen del destino de todas las pulsiones, sino que pasó a
representar también el comienzo de todas las formaciones del yo y el superyó.
Freud lo denominó gran depósito de libido,23 en el que se guardaban también
las decantaciones de todas las formas previas del yo, de las formaciones
religiosas, morales o sociales. El impulso que le indujo a sustituir el término
utilizado hasta entonces de “inconsciente” por el de “ello” lo recibió Freud
del descubrimiento de que el superyó incluía una participación inconsciente
en el yo pero que no era por naturaleza reprimida. El superyó no sólo no
estaba reprimido sino que era él mismo la causa de todos los actos de
represión. Ya no era posible, sencillamente, seguir equiparando inconsciente
y reprimido.
Sabemos que el inconsciente no coincide con lo reprimido. Sigue siendo cierto que I
todo lo reprimido es inconsciente. Pero no todo lo inconsciente está reprimido. Una
parte del yo, una parte sabe Dios qué tan importante que pueda ser asimismo
inconsciente, es sin duda inconsciente.24
¿Qué entendía Freud por superyó, la parte inconsciente del yo? En primer
lugar le pareció importante que funciones esenciales del individuo, tales como
arranques de la conciencia moral, el afán de perfeccionamiento o la aparición
20 S. Freud, Das Ich und das Es (Ges. Werke, XIII, pp. 235 ss.).
21 S. Freud, Neue Folge der Vorlesungen zur Einführung in die Psychoanalyse (Ges. Werke, XV, p. 80).
22 Ibid.
23 S. Freud, Das Ich und das Es (Ges. Werke, XIII, p. 258, noia).
24 Ibid. (Ges. Werke, XIII, p. 244).
LA IDEA DE CONCIENCIA Y DE INCONSCIENTE EN FREUD 111
de sentimientos de culpa, surgieran de modo inconsciente, es decir, que
actuaran desde el inconsciente. En sus investigaciones en torno al narcisismo
se encontró con la “imagen ideal”,25 que encarnaba la nostalgia inconsciente
de la realización de la imagen dominante (orientadora) del padre. Y en el
superyó encontró a su vez una resistencia moral frente a los deseos sexuales
infantiles que se manifestaba en la introyección del no paterno.
Con la elaboración de la idea del superyó dio Freud el importante paso
desde una apreciación casi exclusiva del objeto libidinoso hacia la apreciación
del sujeto. Freud relacionó esta instancia interior en primer lugar con las
propiedades del imperativo categórico, de las exigencias de la moralidad y
del afán de perfección.26 ¡Pero no fue más allá! Paralelamente a la cuestión
del carácter del estrato filogenético profundo discurría también la cuestión
de la moral cultural y de la autoridad vinculante para la misma, con lo que
sobrepasó básicamente el ámbito de una visión preponderantemente personalística.
Es interesante que la psicología del superyó fuera acompañada de un
creciente oscurecimiento de la imagen freudiana del mundo, actitud que estaba
relacionada con interconexión de esta instancia con la pulsión agresiva. Pues,
del mismo modo que en la psicología de las pulsiones siguió Freud a éstas
hasta llegar a lo destructivo de la obsesión repetidora, en su psicología del yo
desarrolló a éste hasta el punto en el que, en forma de superyó, erigía la
imagen de una autoridad demónico-implacable y enemiga de la vida. En
cuanto tal, esta imagen culminaba finalmente, considerada desde el punto de
vista cultural, en el principio, por excelencia, de la renuncia a la pulsión. Aun
cuando Freud viera en el superyó una fuerza esencialmente agresiva y
autodestructiva, que incluía, en forma de introyección de la autoridad pater
na, todas las agresiones acumuladas desde los tiempos del “padre primige
nio”, hay que concederle el mérito insólito de haber cubierto en su psicología la
laguna de la comprensión de los valores morales.
Aun cuando en el presente estudio quisiera limitarme esencialmente a las
bases del inconsciente, iría en interés de una exposición más coherente tocar
de pasada la psicología del sistema consciente.
El descubrimiento de la parte inconsciente del yo se unió estrechamente
al esclarecimiento simultáneo de la parte (pre)consciente del llamado yo real. Si
Freud ya había atribuido anteriormente al yo las tareas del principio de
realidad, del control y de la inhibición, el hecho de que el yo hincara sus raíces
en el estrato profundo del ello daba nueva fundamentación a su hipótesis,
pues pudo comprobar que el yo (pre)consciente encarnaba una parte del
ello,27 precisamente aquella que se había modificado bajo la influencia del mundo
exterior, convirtiéndose en centro organizador. Veía en él cada vez más una
instancia que cerraba el paso al impulso de los deseos pulsionales de alcanzar
satisfacción, protegiendo al individuo de los peligros que lo amenazaban
25 S. Freud, “Zur Einführung des Narzißmus” (Ges. Werke, X, p. 161).
26 S. Freud, Neue Folge der Vorlesungen zur Einführung in die Psychoanalyse (Ges. Werke, XV, pp.
67 ss. y 73).
27 S. Freud, Das Ich und das Es (Ges. Werke, XIII, p. 252).
11 2 LA IDEA DE CONCIENCIA Y DE INCONSCIENTE EN FREUD
desde el ello. Una vez que se hubiera asignado al superyó la función moral,
y que se le hubiera separado de la totalidad del yo, quedarían reservadas al
yo en sentido estricto las vitales funciones del examen y comprobación de la
realidad, por una parte, y de poner a salvo al individuo de los peligros que lo
amenazaran desde el interior y desde el exterior, por otra. Aun cuando Freud no
atribuyera a la instancia del yo solamente el pensamiento, sino también la
razón y el discernimiento,2» su triple cometido,29 de proteger al individuo
frente al mundo exterior, el mundo interior (superyó) y el ello, seguía siendo
tan restrictivo y oprimente, que se convertía también, a su vez, en verdadera
morada de la angustia.30 Le adscribió tres formas de estados de angustia que
respondían a las tres servidumbres a las que está sujeto: la angustia real ante
los peligros del mundo exterior, la angustia neurótica ante las exigencias
exageradas de la libido (angustia de castración y angustia ante la pérdida del
amor)31 y, finalmente, la angustia de conciencia, ante los mandatos del superyó,
que envolvían al individuo en reproches y sentimientos de culpa. Como
medio de defenderse de la angustia halló Freud la señal de la angustia,32 que
advertía de la aproximación del peligro.
En 1923, Freud resumía de la siguiente manera sus puntos de vista sobre
el yo:
S e le co n fía n im p ortan tes fu n cion es. En virtud d e su relación co n el sistem a de la
p ercep ció n esta b lece la o rd en a ció n tem p oral d e los p ro ceso s p síq u icos som etiendo
a lo s m ism o s a la p ru eb a d e la realid ad . C o n ecta n d o los p ro ceso s d e pensam iento
c o n sig u e un ap lazam ien to d e las d escargas m otoras y co n tro la los accesos a la
m o tilid a d ... El yo se en riq u ece en todas las e x p erien cia s d e l ex terio r. P ero el ello
co n stitu y e o tro m u n d o ex te r n o q u e se afana p or so m eter. E xtrae lib id o d el ello y
transform a sus catexias objétales. C on ayuda del superyó, n ú trese, d e un m odo que
a ú n n os resulta oscuro, d e las experiencias prehistóricas acu m ulad as en el ello.33
La importancia central que Freud concedió de manera creciente, incluso
en el aspecto psicoterapéutico, al yo, y que reconocía principalmente en la
adaptación a la realidad y en el dominio sobre las pulsiones, resultaba también en
la frase lapidaria: “Donde ello era, yo debe advenir.”34
En contraste con el importante papel que Freud atribuyó al yo, parecía
tornarse cada vez más vigoroso el que correspondía a la conciencia. Del
comienzo al fin de su labor científica siguió manteniendo la reducción de la
conciencia a un mero proceso de percepción, tanto referente al interior como
al exterior. Pero además concebía a esta “porción la más superficial” del
“aparato psíquico” tal como lo definiera ya en Aus den Anfänger der Psychoa
nalyse (Los orígenes del psicoanálisis), como un “estado fugaz” en extremo, que
28 Ibid., p. 253.
29 Ibid., p. 286.
30 Ibid., p. 287 (la cursiva es mía).
31 S. Freud, Neue Folge der Vorlesungen zur Einführung in die Psychoanalyse (Ges. Werke XV p 94)
32 Ibid., p. 92.
33 S. Freud, Das Ich U7id das Es (Ges. Werke, XIII, p. 285).
34 S. Freud, Neue Folge der Vorlesungen zur Einführung in die Psychoanalyse (Ges. Werke, XV, p. 86).
LA IDEA DE CONCIENCIA Y DE INCONSCIENTE EN FREUD 113
‘“se perdía’ en el fenómeno del devenir consciente” (1920).35 Llegó incluso a
afirmar que conciencia y memoria se “excluían” mutuamente. Dicho de otro
modo: que existía una relación de complementariedad (expresión mía) entre
conciencia y huella de excitación,36 En el proceso de la percepción, tal como
exponía freud, la huella mnémica debía acceder al preconsciente para, desde
allí, poder hacerse accesible al yo y a la conciencia. Afirmación que significaba
ni más ni menos que la función de hacer algo consciente partía real y
verdaderamente del preconsciente y estaba reservada al yo preconsciente. De
donde resultó la conjetura sobremanera importante para el psicoanálisis de
que hacer consciente era en realidad hacer preconsciente.
Así p u es, es m ejor plantear la pregunta ¿cóm o llega algo a ser consciente? d e otra
m anera: ¿cóm o llega algo a ser preconsciente? Y la respuesta sería: m ed ian te la
u n ió n con las corresp on d ien tes representaciones verbales.37
Pero sería precipitado sacar la conclusión de una minusvaloración de la
función de la conciencia por parte de Freud a partir del hecho de que
dedujera el hacer consciente de las representaciones verbales en e\ precons
ciente. Todo dependía de su forma de entender las representaciones verbales,
pues, para gran sorpresa de los indagadores, Freud parecía deducirlas, en
última instancia y como consecuencia de su “vinculación con los restos
lingüísticos”,38 nuevamente de los residuos de la percepción, y por tanto de
la conciencia. Eran nada menos que “resto(s) mnémico(s) de la palabra
oída”.39 iVerdadero círculo vicioso! Y de todos modos se seguía de aquí que
el yo no podía hacer consciente lo que anteriormente no hubiera sido ya una vez
consciente(l):
...sólo p u ed e ser con scien te lo que ya una vez fuera percepción consciente, y lo que,
aparte d e sen tim ien to s del interior, quiera hacerse con scien te, ten drá qu e intentar
convertirse en p ercep ción exterior. Lo cual será posible gracias a las huellas d e la
m em o ria .4041
Esta afirmación, que es una de las más problemáticas que Freud haya hecho
acerca de la relación entre ambos sistemas, equivale a declarar inequívoca
mente que todo contenido de saber procede del mundo de la percepción y
de sus huellas mnémicas.
Es c o m o si hubiera d e dem ostrarse la frase: todo saber procede de la percepción exterior.*1
35 S. Freud, “Jenseits des Lustprinzips” (Ges. Werke, XIII, p. 25).
36 Ibid. Cf. Die Traumdeutung, 3a. ed. inalterada, 1911, p. 361 (Ges. Werke, II/III, pp. 543/545).
37 S. Freud, Das Ich und das Es (Ges. Werke, XIII, p. 247).
38 S. Freud, “Abriß der Psychoanalyse” (Ges. Werke, XVII, p. 84).
39 S. Freud, Das Ich und das Es (Ges. Werke, XIII, p. 248).
40 Ibid., p. 247.
41 Ibid., p. 250 (la cursiva es mía).
114 LA IDEA DE CONCIENCIA Y DE IN CO NSCIENTE EN FREUD
Esta inequívoca declaración de fe por parte de Freud respecto a la psico
logía de la conciencia se profundizó en los años siguientes, en la medida en
que, en 1927, entonó una loa inequívoca al intelecto, al logos.
Podemos afirmar con frecuencia que el intelecto humano es impotente en compa
ración con la vida pulsional del hombre, y tener razón en ello. Pero esta debilidad
tiene algo peculiar: la voz del intelecto es queda, pero no ceja hasta que se ha hecho
oír. Al final, tras negativas que a menudo se repiten innumerables veces, lo
consigue.42
Aun cuando siguiera afirmando que lo psíquico es más amplio que la
conciencia, seguía siempre viendo en ésta la única luz que iluminaba la oscuridad
del alma.
Pero con todo esto no quiere decirse que la cualidad de la conciencia haya perdido
para nosotros su importancia. Sigue siendo la única luz que alumbra y orienta en
medio de la oscuridad de la vida anímica. Debido a la especial índole de nuestros
conocimientos, nuestra labor científica en la psicología consistirá en traducir los
procesos inconscientes en conscientes, de modo que cubramos las lagunas que se
dan en la percepción consciente.43
Es lícito plantearse la siguiente pregunta: dCuál era el gran am or de Freud:
las pasiones que hervían en el ello o la conciencia?
42 S. Freud, Die Zukunft einer Illusion, 1927 (Ges. Werke XIV p 377)
v “ S- F ™ '1' "Som e elem entary Lessons in Psycho-Analysis". ¡938, obra póstum a W tiit,
XVII, p. 147). r
XVI. CONCIENCIA E INCONSCIENTE
EN LA PSICOLOGÍA DE JUNG
1. S obre el c o n ju n to de c o nciencia e in c o n sc ie n t e
A d if e r e n c ia de Freud, que no centró su atención en la estructura de la
personalidad hasta su intento de una antropología psicológica (1923), Ju n g
partió desde tem prano del conjunto de fenómenos conscientes e inconscientes. Los
términos “unity ” y “totality ”, o uwholeness ” los encontramos por primera vez en
1913. 1Este “acontecer total”2 lo entendía Ju n g como un proceso evolutivo en
el que estaban implicados todos los aspectos de la personalidad hum ana. Y
esta idea de una “personalidad total” ya no lo abandonó. La imagen de la
“totalidad de la personalidad”*le parecía insustituible. Y puesto que este conjun
to incluía de suyo contenidos conscientes e inconscientes, todo consistía en
establecer una relación fructífera entre el yo y el inconsciente. No entendía
por “ello” únicamente el impulso de las fuerzas informadoras de la psique, ni
sólo la comprensión de lasformaciones resultantes, sino que entendía, también
y sobre todo, la disputa entre el yo y el inconsciente, que culminaba en el
“acercamiento de los contrarios y [en el]... surgimiento y creación de un
tercero: la función trascendentaT .4 La unión de los contrarios, de consciente e
inconsciente, era la premisa de la “individuación”, de ese “proceso de dife
renciación, que tenía por finalidad el desarrollo de la personalidad indivi
dual”.5 Incluía siempre la complementación de la personalidad del yo por la
contrafunción: la “gran personalidad”, proceso al cual, posteriormente, había
de dar la dignidad suma en la idea de la autorrealización (1928).6
Consciente e inconsciente no se encontraban necesariamente, así pues, en
una situación de lucha recíproca, como en cambio ocurría en gran parte en
Freud, es decir, hasta la tercera década. Aun alan d o la actitud de “defensa”
también tenía un papel en la psicología deju n g , por ejemplo, en la supresión,
por parte del yo, de mociones y complejos inconscientes, Ju n g destacaba en
medida mucho mayor una actitud que fomentaba la interrelación de concien
cia e inconsciente.
1 C. G. Jung, “Psychoanalysis”, 1913, en Collected Papers of Analytical Psychology, 1916, p. 224
(Ges. Werke, IV).
2 C. G. I unir. “Die transzendente Funktion”, escrito en 1916 y publicado en 1958(Gm. Werke,
VIII, p. 100).
* Ibid., p. 83.
4 Ibid., p. 100.
5 C. G. Jung, Psychologische Typen, p. 637 (Ges. Werke, VI, p. 477).
6 C. G. Jung, Die Beziehungen zwischen dem Ich und dem Ubeumßten, 1928, p. 91 (Ges. Werke,
VII, p. 191).
115
116 CONCIENCIA E INCONSCIENTE EN LA PSICOLOGÍA DE JUNG
Conciencia e inconsciente no forman ninguna totalidad cuando una de estas
instancias se ve sometida y dañada por la otra... Ambas son aspectos de la vi a.
conciencia debiera defender su razón y sus posibilidades de autoprotección, y la
vida caótica del inconsciente debería tener también la posibilidad de seguir sus
impulsos, en la medida en que podamos soportarlo. Esto significa lucha abierta y
abierta colaboración al mismo tiempo?
El supuesto fundamental antropológico de un todo de la personalidad fue,
con independencia de su condición de idea límite, extraordinariamente
importante para la comprensión de la psicología. Encerraba una perspectiva
capaz de preservar al individuo de una sobrevaloración tanto del yo como del
inconsciente. Si Jung resaltaba, frente a la psicología de la conciencia, que
florecía en sus añosjuveniles, la necesidad de una psicología del inconsciente,
también y en igual medida se opuso a la sobrcvaloración romántica de lo
creativo, de lo profético, incluso de lo eterno del fondo anímico, para afirmar
la posición del yo.
De todo lo cual se deduce que, para Jung, la totalidad psíquica no podía ser
igual al yo ni al inconsciente, sino que comprendía siempre a ambos. Cuando fijemos
nuestra atención, en lo que sigue, tanto en el yo como en el inconsciente, hay
siempre que dar por supuesto que sólo representan partes de un todo, garan
tizado por el principio de la autorregulación.
2. YO Y CONCIENCIA
Esto tenía validez, en especial, para el yo, que, a pesar de su frecuente
sobrevaloración, no es sino un complejo más, aunque sea un complejo muy
importante, de la personalidad humana.
La conciencia del yo es un complejo que no comprende la totalidad del ser
humano... Por tanto, el yo puede ser únicamente complejo parcial. Quizá se trate
de ese peculiar complejo cuya interna cohesión signifique conciencia.8
En cuanto complejo psíquico, el yo -como ya había señalado Jung en 1907-9
mostraba tono emocional y un núcleo estable. Si el tono emocional se mantenía
gracias a la presencia del sustrato corporal y también del subsuelo constante
del material mnémico y del mundo sensorial, el núcleo del complejo repre
sentaba, por así decirlo, un “punto virtual” que se caracterizaba por la
identidad consigo mismo y por un alto grado de continuidad. Al igual que
Freud, también Jung concedía al yo una fuerza protectora, que preservaba
al individuo frente a las embestidas del exterior y del interior, aun cuando no
le adscribía ni el significado de morada de la angustia ni la función de dar la
señal de alarma.
7 C. G. Jung, “Bewußtsein, Unbewußtes und Individuation”, 1939, p. 269.
8 C. G. Jung, “Geist und Leben”, 1926 (Ges. Werke, VIII, p. 368).
9 C. G. Jung, Dementia praecox, p. 45.
CONCIENCIA E INCONSCIENTE EN LA PSICOLOGÍA DE JU N G 117
Pero lo que diferenciaba por completo la idea junguiana del yo de la
concepción de Freud era su peculiar relación con la conciencia. Ju n g recono
cía en él el punto de referencia de los actos conscientes. En este hecho veía una
nueva confirmación de su estructura de complejo, en la medida en que el yo
ejercía un efecto de atracción y de asimilación sobre las representaciones, siendo, por
tanto, no sólo el centro del campo de la conciencia, sino también el “sujeto de todos los
actos conscientes”.
Entiendo por “yo” un complejo de representaciones que constituye el centro del
campo de mi conciencia y que me parece ofrecer un alto grado de continuidad e
identidad consigo mismo.101
Ju n g siempre mantuvo -m uy al contrario de Freud, que reconocía en el
superyó una parte inconsciente del yo- que “la conciencia... [constituía] la
condición previa indispensable del yo”,u aun cuando la inversión de esta frase, a
saber: que “sin yo... no era concebible conciencia alguna”,12 no tenía el mismo
grado de validez. Sólo el hecho de su cualidad de consciente prestaba al yo
aquella facultad que siempre indujo a la comparación con el cuerpo solar
dispensador de luz. En esta función, se convertía el yo en auténtica contrapartida
del inconsciente, en la instancia que estaba en situación Ac soportar conflictos, tomar
decisiones y llevar responsabilidades.
Aun cuando la personalidad alcanzara en el yo su grado máximo de
claridad, la cualidad de consciente no era equivalente en absoluto a carácter
de personalidad. Había también ciertas estructuras en el inconsciente, comple
jos escindidos o fragmentos inconscientes, personificaciones en el sueño, etc.,
que podían adoptar carácter de personalidad, aun cuando Jung, al contrario
de la psicopatología francesa, no les concedía la propiedad de yo.13 Pues, a
diferencia del yo, eran “masivos, espectrales, aproblemáticos, carentes de
autoconocimiento, de conflictos, de dudas, de aflicciones...”14 Tal como ad
mitiera en años posteriores, podría tratarse a lo sumo de centrosyoideos, ya que,
con independencia de un cierto grado de luminosidad, faltaban las propie
dades tanto de la continuidad como de la reproductibilidad arbitraria.
Y tampoco concedía al yo onírico el carácter propio de un yo en vigilia.
Así, en la mayoría de los sueños, se tiene una conciencia relativa del propio yo, que
es en todo caso un yo muy limitado y peculiarmente alterado, al que se denomina
yo onírico. Es sólo un fragmento, o un indicio del yo en estado de vigilia... Así pues,
parece importante la diferencia de la actividad psíquica en estado de vigilia y en
estado de reposo.15
10 C. G. Jung, Psychologische Typen, p. 629 (Ges. Werke, VI, p. 471).
11 C. G. Jung, “Geist und Leben” (Ges. Werke, VIII, p. 367). (La cursiva es mía.)
12 Ibid., pp. 367 s.
13 C. G. Jung, “Allgemeines zur Komplextheorie”, p. 11 (Gm. Werke, VIII, p. 112).
14 C. G. Jung, “Bewußtsein, Unbewußtes und Individuation”, 1939.
15 C. G. Jung, “Die psychologischen Grundlagen des Geisterglaubens” (Ges. Werke, VIII,
pp. 346 y 347).
118 CONCIENCIA E INCONSCIENTE EN LA PSICOLOGÍA DE JUNG
En consecuencia siempre concibió el yo del sueño como premisa arquetípica del yo
consciente, pero nunca como equivalente al mismo.
De todo lo cual se desprende claramente que la idea que se hacía Jung del
yo como “centro al que algo resulta consciente” no se correspondía ni con el
yo (pre)consciente ni con el superyó de cuño freudiano. Si en el caso del
primero, del yo preconsciente, no tenía claro cómo podía el yo desempeñar
las funciones de la adaptación a la realidad y de tener conocimiento, sin estar
dotado de conciencia, también en el caso del segundo, del superyó, resultaba
sobremanera cuestionable cómo era capaz de desempeñar las funciones que
se le adscribían, siendo su condición la de instancia esencialmente inconscien
te. Lo que Freud le reconocía al superyó, le parecía a Jung, antes bien, ser la
imagen de un representante de la conciencia colectiva, de la “moral convencio
nal... [es decir] producto de un atrabiliario preconceptorum mundi”.16 En con
traste con la hipótesis freudiana de una adquisición en principio inconsciente
(proceso de introyección de normas y autoridad paterna), Jung veía en el ,
superyó una adquisición consciente, que coincidía en gran parte con el código moral
establecido y que, en su mayor parte, se inculcaba mediante la educación, aun
cuando en algunos casos conseguía volver a hundirse en el inconsciente. Sí,
podía incluso ocurrir, a este respecto, que en casos en los que el individuo era
totalmente inconsciente de sus supuestos espirituales y morales, la imagen
divina del alma quedara reducida a superyó. El superyó se convertía en tal
caso en una instancia de obligatoriedad absoluta y que tapaba con su sombra
la relación con el propio interior.
Una de sus manifestaciones más tardías sobre el superyó la hallamos en
1958:
El superyó es un legado patriarcal, que en cuanto tal significa una adquisición
consciente y una posesión asimismo consciente... En esa medida es también idéntico a
lo que se denomina con la expresión “código de costumbres”. Lo peculiar es tan
sólo el hecho de que, en el caso individual, uno u otro aspecto de la tradición moral
demuestre ser inconsciente.17
Lo que Ju n g echaba de menos en el superyó era la existencia de una autoridad
espiritual-suprapersonal, que hiciera llegar su llamada al individuo, pues la concien
cia moral era para Freud un hecho indiscutible, establecido por la ley moral,
y de acuerdo con el cual, al hombre en cuanto ser ético sólo se le tenía en
cuenta en su condicionamiento por la moral de su cultura. Lo que Jung
echaba de menos en este modo de concebirla era el reconocimiento de las
premisas de su sentimiento moral, garantizado por las estructuras del incons
ciente (como, por ejemplo, las representaciones arquetípicas e imágenes
numinosas, y en especial la imagen de Dios).
El punto de vista totalizante de Jung resaltaba también en su forma de
16 C. G. Jung, “Sigmund Freud als kulturhistorische Erscheinung”, 1932, en Wirklichkeit der
Seele, p. 123.
17 C. G. Jung, “Das Gewissen”, en Studien aus dem C. [Link]-Institut, 1958, p. 188. (La cursiva
es mía.)
J
CONCIENCIA E INCONSCIENTE EN LA PSICOLOGÍA DE JUNG 119
concebir el origen del yo. Veía en éste el resultado de un proceso de
desarrollo, en el que el individuo iba creciendo, desde un estado de total
dependencia del fondo anímico, hasta una paulatina ßrmeza, constancia y
continuidad. Y este proceso era expresión de un algo más grande en el
individuo, que actuaba sobre la concentración de lo psíquico todavía no
centrado en una especie de punto virtual. El yo era para él un insondable
misterio que -aunque parecía ser “lo más conocido”- encerraba en sí la mayor
oscuridad. Por una parte se experimentaba como lugar de una (relativa)
libertad del inconsciente, como lugar de la decisión en las situaciones de conflicto, y
por otra como un hecho cuya “base... [era] la oscuridad de la psique”.18Jung
llegó incluso a ver en el yo “una personificación relativamente constante del
propio inconsciente.19 Una expresión de este hecho fue también que Jung le
atribuyera la dignidad de ser el antagonista del sí mismo, al que no solamente
se subordinaba, con el que mantenía la relación de “patiems a agens”, no
limitándose a cooperar con él, sino elevándose también sobre este algo más
grande y pudiendo dar lugar al peligro de una hybris. Esta paradoja la expresó
Jung del siguiente y acertado modo:
En realidad siem pre se dan las dos cosas: la preponderancia d el sí m ism o y la hybris
d e la con cien cia.20
De la relación existente en cada caso entre el yo y el sí mismo se derivaba así pues,
en gran medida, el destino mental del individuo. Tan posible era quedar detenido
y sucumbir, como un cambio y metamorfosis de la personalidad individual.
Todo ello cabía deducirlo adoptando el punto de vista del conjunto de la
personalidad.
Aun cuando Jung considerase a la conciencia la característica esencial del
yo, cabía contemplar los rasgos típicos de la conciencia de manera aislada y
con independencia del yo. Por el término “consciente” entendía en general
la existencia de un cierto grado de claridad de los procesos psíquicos, al que
aludían por ejemplo expresiones tales como “motivaciones conscientes” o
“intenciones conscientes”. Aparte de las ocasionales observaciones margina
les, en las que entendía la conciencia en sentido espacial y se hablaba de “por
debajo” y “por encima” de la conciencia, ésta se caracterizaba para él, sobre
todo, por las características de la claridad e iluminación, que consideraba
basadas en la capacidad de discriminación.
Pues la con cien cia es, en todo su ser, discrim inación, distinción en tre yo y n o yo,
en tre sujeto y objeto, en tre sí y no, etc. A la diferenciación con scien te se d eb e la
separación d e los pares d e contrarios, p ues sólo la conciencia es capaz d e r econ ocer
lo p ertin en te y distinguirlo d e lo no pertinente o d e lo n o válido... Pero d o n d e no
hay con cien cia, d o n d e todavía sigue im perando, in con scien tem en te, lo instintivo,
18 C. G. Jung, Mysterium coniunctionis, I, 1955, p. 118.
19 Ibid., p. 117.
20 C. G. Jung, “Das W an dlu ngssym bol in d er Messe”, 1940/1941, en Von den Wurzeln des
Beumßtseins, 1954, p. 298.
120
CONCIENCIA E INCONSCIENTE EN LA PSICOLOGÍA DE JUNG
no hay reflexión, no hay pro y contra, no hay desacuerdo, sino simple acontecer
mera secuencia de resortes pulsionales, proporción de la vida.21
El desarrollo de la conciencia, la distinción entre yo y no yo, la separación
de los contrarios en general, fueron -como podemos com prender- los valores
que sacaron al hombre de su primitivismo y fueron capaces de dotarlo de la
verdadera dignidad del ser humano. La psicoterapia y la educación no
pueden prescindir de ella. No sólo el distanciamiento del enfermo frente a
sus síntomas se basaba en su capacidad de discriminación, sino que también
el desarrollo de nuevas posibilidades de valor iba unido a la diferenciación
de las mociones inconscientes. También reconoció Jung que el sentido
profundo del devenir consciente se revelaba únicamente en el esclarecimiento
de los fines inmanentes a la vida. Im conversión en consciente del fondo vital de
tendencias inmanentes aparecía en lugar de una conversión en preconsciente de lo que
ya anteriormente había sido consciente, como ocurría en Freud. El devenir
consciente era un proceso creador que abría nuevas posibilidades y que nunca
se limitaba a la reproducción del mundo sensible exterior y de las huellas
mnémicas.
La importancia creadora del proceso de devenir consciente ha sido desde
siempre objeto del mito del héroe. Siempre se describe de nuevas maneras la
lucha del héroe con los poderes de las tinieblas que amenazan con aniquilarlo.
Como ser dotado de fuerzas sobrenaturales, “que posee algo más que la mera
condición hum ana”, su nostalgia de renacimiento espiritual lo impulsa a la
hazaña de superar la nociva resaca del inconsciente, que se opone a él en
forma de la fuerza paralizadora y emponzoñadora de la madre. Mediante la
liberación de la peligrosa vinculación con los padres adquiere el tesoro difícil
de alcanzar, a saber: el secreto de una nueva vida y de una nueva luz. Lo que
ya había descrito Ju ng en Wandlungen und Symbole der Libido como adquisición
de una nueva vida y del “alimento inmortal”,22 lo expresó de la siguiente
manera en la cuarta edición:
El ascenso [del héroe] significa una renovación de la luz, y por tanto un renacimiento de
la conciencia que sale de las tinieblas, es decir, de la regresión al inconsciente.23
3. El inconsciente
Volvamos al concepto de inconsciente en la psicología de Jung. Al igual que
hemos podido distinguir en Freud diversas etapas, también en la obra de
Jung podemos comprobar que hay tres épocas. Mientras que una primera
fase estaría relacionada con la contraposición de huellas mnémicas personales e
impersonales, una segunda fase se basaría en el reconocimiento de dominantes
arquetípicas como elementos estructurales del fondo anímico. A ellas debía
21 C. G. Jung, Psychologische Typen, p. 158 (Ges. Werke, VI, p. 118).
22 C. G. Jung, Wandlungen und Symbole der Libido, p. 352.
23 C. G. Jung, Symbole der Wandlung, p. 625. (La cursiva es mía.)
CONCIENCIA E INCONSCIENTE EN LA PSICOLOGÍA DE JUNG 121
Jung la articulación tan importante para la comprensión de su psicología en
inconsciente personal y colectivo. Y una tercera etapa conduciría finalmente
al descubrimiento del arquetipo en sí, concepto por el que entendía una forma
estructural de lo psíquico que debía culminar en la idea de una forma básica
5 inaccesible a la intuición sensible, es decir, psicoide, en la psique inconsciente.
Puesto que esta última etapa es posterior a la muerte de Freud, daremos
S cuenta de ella en el apéndice.
a) El inconsciente personal
En su ocupación inicial con el fondo inconsciente de la psique, Jung se dejó
orientar al principio, en gran medida, por las concepciones de su época. Vino
en prim er lugar su discusión de la psicopatología francesa. Al igual que les
había ocurrido a Janet y a Freud, fue en los fenómenos de la histeria y del
sonambulismo donde inició su andadura. De su tesis doctoral se desprende
que no descubría la psique inconsciente únicamente en forma de una diver
sidad de automatismo -hiperestesia, hipermnesia, alucinaciones y fantasías-
sino también en forma de escisiones de la personalidad, de dobles personali
dades o incluso de personalidades separadas. Estas observaciones le propor
cionaron el importante conocimiento de que la psique inconsciente era capaz
de actividades mentales productivas en estados de sueño o de sonambulismo.
Dicho con otras palabras: se vio obligado a asumir la hipótesis de los "plusren-
dimientos inconscientes”.
Hay por último casos de plusrendimiento sonámbulo que no pueden explicarse
solamente por la hiperestesia de la actividad sensorial inconsciente y por la
concordancia de asociaciones, sino que suponen asum ir una actividad intelectual del
inconsciente altamente desarrollada,24
Con la concepción de que en el inconsciente actuaba una especie de
“inteligencia superior”, de principio formal espiritual, se apartó por vez
primera de Freud, quien ya en 1895 había negado la inteligencia de la psique
inconsciente.25 Y también era nueva su sospecha de que los procesos incons
cientes tenían como base un factor unitario inconsciente superior, que garanti
zaba la cohesión. Creo no errar si afirmo* que esas manifestaciones eran el
comienzo imperceptible de su posterior teoría del sí mismo y su actividad
reguladora. Si bien es cierto que Jung, bajo la poderosa impresión de la
personalidad de Freud, no prosiguió al principio sus tempranas intuiciones,
siguieron siendo determinantes para el futuro desarrollo de su labor cientí
fica. Pero volvamos a los comienzos.
24 C. G. Jung, Zur Psychologie und Pathologie sogenannter okkulter Phänomene {Ges. Werke, I, p.
97). Véase también la p. 67.
25 S. Freud, Shidien über Hysterie {Ges. Werke, I, p. 272).
122 CONCIENCIA E INCONSCIENTE EN LA PSICOLOGÍA DE JUNG
En sus estudios sobre la asociación, que proporcionaron una confirmación
parcial de las teorías freudianas, fue primordialmente el complejo teñido
emocionalmente el que le reveló cosas importantes sobre el inconsciente. Pudo
comprobar que no sólo existían en él factores objetivos, independientes de la
conciencia, sino que, además, éstos constituían centros de gran importancia
emocional. La observación de los complejos llamó también su atención acerca
del importante hecho de que existieran unidades superiores en la psique
inconsciente, caracterizadas siempre por un lado dinámico y otro relacionado
con el contenido, suposición que había de redondearse veinte años más tarde
en la teoría de una vinculación de origen entre instinto y arquetipo. En las
investigaciones sobre el complejo se confirmó también -al menos en los
complejos agudos basados en afectos de miedo insuperable- la hipótesis
freudiana de la represión, de la disociación de la conciencia de los afectos
intensos.26
Es indudable que hasta 1910 ocupó el primer plano de su interés la
investigación de las reminiscencias personales, teñidas de complejo, de la
biografía personal, tal como se habían grabado desde la infancia en la psique
inconsciente. Con el estudio de las fantasías de enfermos mentales se intro
dujo un cambio: en las producciones arcaicas de la fantasía y de los sueños
descubrió Jung, no sólo de lo autónomo y la capacidad de producir neoforma-
ciones creadoras en la psique inconsciente, sino también la existencia de un
sentido más profundo, que la mayoría de las veces escapaba a la conciencia. Cierta
mente, esto no afectó su observación de que tanto los contenidos olvidados,
los que habían permanecido inadvertidos, cuanto los no percibidos e incom
patibles con la conciencia, constituían la sustancia dura del inconsciente. Pero,
además de estos contenidos, comprobó también la presencia de impresiones
en el fondo anímico que todavía no eran aptas para la percepción porque poseían
una energía demasiado escasa como para alcanzar el nivel de la conciencia.
Se trataba en tales casos de contenidos que comenzaban a formarse y perfi
larse en la psique inconsciente, y con los que la personalidad consciente no
podía establecer aún ningún puente asociativo. La consecuencia era que, con
independencia de su potencial importancia, seguían siendo relativamente no
aptos para la conciencia. Sobre la base de este descubrimiento, que comple
mentaba adecuadamente la hipótesis de Freud sobre la represión, estableció
Jung la teoría, tan importante para su psicología, de que había dos grupos de
contenidos en el inconsciente personal: por una parte, los contenidos que una
vez habían sido conscientes y que luego se habían vuelto subliminales o habían sido
reprimidos, y por otra, aquellos otros que, como consecuencia de la falta de
comprensión consciente, todavía no podían percibirse, aun cuando en principio
fueran perceptibles. Si los primeros de estos fenómenos eran relativamente
semejantes a los contenidos conscientes, los últimos aparecían más bien como
extraños y desconocidos. Ya en 1917 había tratado Jung de establecer la
distinción entre las reminiscencias personales y la “manifestación de las capas
más profundas del inconsciente, en las que pulula[ba]n las imágenes origina-
26 Cf. lo expuesto sobre la represión, p. 61.
CO N C IEN C IA E INCO NSCIENTE EN LA PSICOLOGÍA D E J U N G 123
rías universales del hom bre”.«? Pero hasta 1919 no encontram os u n a prim era
descripción del inconsciente personal.
Contiene [el inconsciente personal] todos aquellos contenidos psíquicos que en el
curso de la vida se han olvidado. Sus huellas se conservan aún en el inconsciente,
incluso cuando se haya borrado cada uno de los recuerdos conscientes. Pero
contiene además todas las impresiones o percepciones subliminales dotadas de una
energía demasiado escasa como para poder alcanzar la conciencia. Y a ello hay que
añadir también las combinaciones inconscientes de representaciones, que aún son
demasiado débiles o poco claras como para poder traspasar el umbral de la
conciencia. Y por último se encuentran asimismo en el inconsciente personal todos
aquellos contenidos que demuestran ser incompatibles con la actitud consciente.
Esto afecta a todo un grupo de contenidos...28
¿Qué relación existía entre la concepción d e ju n g del inconsciente personal
y la idea de Freud del inconsciente? Para responder a esta pregunta tenemos
que recordar que, ya a finales de siglo, Freud distinguió el inconsciente latente,
concebido de una m anera puram ente descriptiva, que sólo estaba separado
de la conciencia por una censura poco importante, del llamado dinámico-in-
consciente, es decir, de lo reprimido. No resulta difícil com probar que el
inconsciente latente coincidía en gran parte con el “fringe of consciousness”,29
cercano a la conciencia, con los fenómenos marginales claroscuros -idea que
Ju n g tomó de William Jam es-, mientras que el inconsciente reprim ido sólo
muy condicionalmente podía equipararse a los contenidos correspondientes
del inconsciente personal. Tampoco podía establecer, más que de un m odo
parcial, una correspondencia entre lo reprim ido en la psicología de Freud y
en la de J ung, pues, como ya hemos indicado, el inconsciente era para Freud un
medio totalmente distinto que el (pre)consciente. No sólo mostraba otras leyes (libre
curso de desplazamiento, movilidad de la energía catéctica, mecanismo de
disociación entre afecto y representación), sino también otras motivaciones
(principio del placer y el displacer). Por el contrario,J ung no podía ver ninguna
diferenciafundamental entre los dos ámbitos de la conciencia y del inconsciente personal,
o de lo reprim ido. Si bien señaló la existencia de algunas diferencias (las re
lativas a la irreprodilctibilidad e incorregibilidad de los contenidos personal-
inconscientes, así como el hecho de que las estructuras inconscientes -com
plejos y fragmentos de personalidad- no mostraban ningún núcleo del yo
sino que eran, en el mejor de los casos, yoideas) éstas nunca bastaron a J u n g
para establecer una incompatibilidad fundamental entre ambos m edios.30
Contra una hipótesis semejante parecía hablar principalm ente el que los he
chos inconscientes, considerados desde el punto de vista de su contenido, no podían
27 C. G. J u n g , Die Psychologie der unbeumßten Prozesse, 1917, p. 86.
28 C. G. Ju n g, “Die psychologischen Grundlagen des G eisterglaubens” (Ges. Werke, V III, pp.
350 s.).
29 Véase lo expuesto en la p. 287.
30 Rem ito a las diferenciaciones, en parte inexactas y confusas, que se hacen en Edward
Glover, Freud orJung, 1950, pp. 25 s.
124 CONCIENCIA E INCONSCIENTE EN LA PSICOLOGÍA DE JUNG
delimitarse en modo alguno de los conscientes. Los dos estratos, la conciencia
y el inconsciente personal, mostraban por igual sentimientos, imágenes, re
presentaciones y pensamientos.
De la teoría de la represión, tal como la desarrolló Freud, cabía deducir
sin duda que la repetida afirmación de Jung de que lo inconsciente reprimido
(Freud) no era más que un “apéndice subliminal del alma inconsciente”31 no
se correspondía con la concepción teórica de Freud. Tampoco su observación
de que el inconsciente de cuño freudiano era un “lugar de convergencia...
[de] contenidos olvidados y reprimidos”32 hacía justicia a la concepción
fundamental de éste. No sólo el superyó, que era también de naturaleza
inconsciente, pero que en modo alguno se hallaba reprimido, sino también
lo reprimido originario, estaban en contra de tal suposición. Lo reprimido
originario parecía circunscribir un ámbito de destinos afectivos primarios que
se habrían producido en la primera infancia, antes de la formación del yo, y
que por lo tanto nunca habían sido conscientes. Si entiendo a Freud correc
tamente, lo reprimido originario sería también, por principio, no apto para
la conciencia, aun cuando se encontrara constantemente dispuesto, por una
parte, a manifestarse en forma de estados de angustia o de repeticiones
obsesivas y, por otra parte y como consecuencia de su poca fuerza de atracción
originaria sobre la conciencia, a apoyar el denominado “empuje de atrás”.
Estas indicaciones permiten conocer sin lugar a dudas que no siempre podía
reducirse el inconsciente freudiano a contenidos que una vez habían sido conscientes y
posteriormente fueron reprimidos. Y tampoco era posible hacerlo coincidir en
todos los casos con el inconsciente personal. Del mismo modo en que lo
reprimido originalmente no tenía una naturaleza personal-inconsciente,
tampoco podía adscribirse al inconsciente colectivo. Carecía al respecto de las
propiedades de lo creador y también de las arquetípicas.
Quisiera aquí anticiparme y hacer constar que, en sus escritos de senectud,
Jung, pese a lo que acabamos de decir, llegó a la concepción del inconsciente
como un medio distinto de la conciencia. Pero la contradicción con sus
manifestaciones anteriores sería sólo aparente, puesto que, en contraste con
las mismas, no sólo situó a mayor profundidad la separación entre ambos
medios, es decir, entre la conciencia y el inconsciente colectivo, sino que
también separó estos ámbitos más marcadamente desde el punto de vista del
contenido. En el inconsciente colectivo veía cada vez más un estrato profundo
de la psique, que no sólo era animoide, sino también inaccesible a la intuición
sensible, y que, en última instancia, no era apto para la conciencia. El incons
ciente psicoide,33 como denominó a este fondo anímico, lo entendía como
algo tan diferente del inconsciente personal, y mucho más aún de la concien
cia, que apenas era ya posible encontrar un denominador común para ambos
medios. Se diferenciaban tanto como lo psíquico de lo no psíquico.
31 C. G. lung, “Theoretische Überlegungen zum Wesen des Psychischen”, en “Der Geist der
Psychologie”, p. 414 (Ges. Werke, VIII, p. 209).
32 c . G. Jung, “Überden Archetypus des kollektiven Unbewußten”, 1935, en Vonden Wurzeln
des Bewußtseins, p. 3.
33 Véanse las pp. 287 ss.
CONCIENCIA E INCONSCIENTE EN LA PSICOLOGÍA DE JUNG 12 5
b) El inconsciente colectivo
Jung se convenció cada vez más, en el curso de su labor investigadora, de que
la base inconsciente de la psique era algo más que un affaire scandaleuse, un
terreno cubierto por el “lodo de las profundidades”, sino que, antes bien, se
trataba de algo más grande, superior al individuo, que podía intervenir en el
acontecer psíquico de manera autónoma. Si, debido a sus estudios sobre la
mitología y la psicología de la religión, no podía satisfacerle la limitación de
las mociones inconscientes a impulsos infantiles, sexuales, meramente perso
nales, otro tanto ocurría con la reducción de los motivos inconscientes a deseos
y satisfacción de deseos.333 Como ya hemos indicado, fue sobre todo su
^ ocupación de las imágenes originarias,34 fue sobre todo la observación de la
numinosidad, a menudo avasalladora, y del contenido significante supraper
sonal, lo que lo condujo al descubrimiento de la vida autónoma de la psique. En
ésta se le reveló que la conciencia individual no carecía de supuestos previos,
tal como solía suponerse, sino que, por el contrario, estaba gobernada por
importantes poderes del interior anímico. Este supuesto previo lo halló en la
idea del inconsciente colectivo.
Esos supuestos previos ya los había contemplado en Wandlungen und
Symbole der libido, aun cuando el inconsciente colectivo sólo lo había vislum
brado inicialmente en cuanto concepto, pero todavía no en cuanto término.
Toda una serie de formulaciones, como por ejemplo, la afirmación de que el
inconsciente contenía “restos de la psique arcaica indiferenciada”, o la relativa
a lo “difundido de manera general, que no sólo une a los individuos entre sí
para formar un pueblo, sino que, retrospectivamente, los une con los seres
humanos del pasado y su psicología”,35 apuntaban a factores colectivos. A
diferencia de Freud, para el que el inconsciente constaba sobre todo de deseos
sexuales reprimidos desde la infancia (1905), Jung vio también en él un
ámbito colectivo de disposiciones psíquicas de índole creadora.36 La expresión
“inconsciente colectivo”, en cuanto tal, la encontramos por vez primera en el
artículo, publicado en 1917, “Die Psychologie der unbewußten Prozesse”,
como denominación de un estrato profundo de la psique, no sólo arcaico, sino
también universal y ubicuo.
El inconsciente colectivo es la decantación de la experiencia mundial de todos los
tiempos, y por tanto una imagen del mundo que se formó hace eones.37
El inconsciente colectivo era, en primer lugar, un hecho objetivo, que siem
pre estaba presente y constituía el fondo viviente del acontecer psíquico. En-
33a Referencia al intercambio epistolar entre Sigmund Freud y C. G. Jung; carta de 29 de
julio de 1913.
34 Véanse las pp. 94 ss.
35 C. G. lung, Wandlungen und Symbole der Libido, p. 171.
36 C. G. Jung, “Yoga und der Westen”, 1936 (Ges. Werke, XI, p. 579).
37 C. G. ju n g , Die Psychologie der unbeumßten Prozesse, p. 117 (Ges. Werke, VII, p. 103, con ligeros
cambios).
126 CONCIENCIA E INCONSCIENTE EN LA PSICOLOGÍA DE JU N G
carnaba el suelo nutricio de la conciencia, las viejas sendas que siempre trataban
de conducir de nuevo a los procesos de la conciencia a su fuente de origen.
En él se mantenía viva la vida de los antepasados desde los primeros comienzos.
El estrato personal termina con los primeros recuerdos de la infancia. En cambio,
el inconsciente colectivo contiene el tiempo preinfantil, es decir, los restos de la vida
de los antepasados.38
Ya a finales del prim er decenio había señalado Jung que el inconsciente
colectivo no constaba únicamente de representaciones colectivas, sino que se
basaba asimismo en impulsos vitales,39 en “restos subliminales de funciones y
formas simbólicas de carácter arcaico”. Y también hizo hincapié poco más
tarde -utilizando ya el término “arquetipo”- que se componía de la “suma de
los instintos y sus correlatos, los arquetipos”. A partir de ahí no faltaba ya mucho
para establecer la hipótesis de la existencia de estructuras psíquicas heredadas
colectivamente. Así, en 1928 definía el inconsciente colectivo como “la impo
nente masa espiritual de la evolución humana, que volvía a nacer en la estructura
cerebral de cada individuo".40 A partir de la uniformidad de la estructura
cerebral, que cobraba su expresión tanto en el carácter general, en la univer
salidad, así como en difundida coincidencia de los motivos, dedujo Jung
también que el inconsciente colectivo suponía una base unitaria, heredada para
las formas vitales y funcionales de la sucesión de los antepasados.41 Según lo cual,
todas las funciones de la psique consciente estaban preformadas por estruc
turas inconscientes.
Sin embargo, la hipótesis de la herencia de las posibilidades arquetípicas
de representación no debía confundirse con la herencia de representaciones.
Pero a lo que Jung se refería era a qué tanto las imágenes originarias como
los instintos estaban preformados en el cerebro, es decir, que existían ya como
cauces.
En cuanto decantación de la vida de los antepasados, el inconsciente
colectivo encerraba no sólo todas las experiencias que el individuo ha tenido
con su padre, su madre, su hijo, su marido y su mujer, sino también el
conjunto de los cauces psíquicos surgidos bajo el influjo de instintos, sobre todo
del hambre y de la sexualidad. El inconsciente colectivo era también por ello,
para Jung, no sólo la fuente de las pulsiones y los instintos, sino el origen de
lasformas básicas del pensar y sentir humanos: impulso creadoryprotoimagen colectiva.
Pero [el inconsciente colectivo] no es, en cierto modo, un mero prejuicio histórico
gigantesco. Sino que es, al mismo tiempo, la fuente instintiva en la que los
arquetipos no son sino formas de manifestación de los instintos. Pero de las fuentes
38 C. G. Jung, Das Unbewußte im normalen und kranken Seelenleben, p. 113. Publicado en 1943
con el título Über die Psychologie de Unbewußten (Ges. Werke, VII, p. 83).
39 C. G. Jung, “Die Struktur des Unbewußten”, 1916 (Ges. Werke, VII, p. 336).
40 C. G. Jung, “Die Struktur der Seele”, 1928 (Ges. Werke, VIII, p. 183).
41 C. G. Jung, “Das Grundproblem der gegenwärtigen Psychologie”, 1931 (Ges. Werke, VIII,
p. 398).
C O N C IE N C IA E IN C O N S C IE N T E EN LA P SIC O L O C ÍA D E J U N G 127
vitales del instinto fluye también todo lo creativo, de modo que el inconsciente no
se limita a ser condicionamiento histórico, sino que produce a la vez el impulso
creador, a semejanza de la naturaleza que es inmensamente conservadora y en sus
actos creadores vuelve a suprimir su propio condicionamiento histórico.42
No sólo eran específicas de los procesos que tienen lugar en el inconsciente
colectivo su independencia de la experiencia personal o la ubicuidad de los
contenidos, sino que lo era tam bién laforma de interiorización, i Pues la vivencia
individual se producía siem pre en forma de imágenes! En el inconsciente
colectivo se revelaba el m undo como un mundo interior espiritual,43 que -m ovido
por poderosos impulsos y tom ándolos como so p o rte- hacía que surgiera de
nuevo en form a de im ágenes la vivencia tal como siem pre se había producido.
Era el m u n d o vivido históricam ente, era el pasado histórico, vivido desde el
interior.
El inconsciente colectivo es una imagen histórica especular del mundo, o es algo
que contiene esa imagen. Es también, en cierto modo, un mundo, pero un mundo
de imágenes.44
M ientras que las im ágenes del inconsciente personal suponían u na especie
de imágenes mncinicas, las formas del inconsciente colectivo eran de n atura
leza im personal. Ju n g entendía por “im personal” tanto como “no vividas
personalm en te”.
Mientras que las imágenes mnémicas del inconsciente personal son imágenes hasta
cierto punto rellenadas, por ser vividas, los arquetipos del inconsciente colectivo
se presentan sin rellenar, por ser formas no vividas personalmente por el individuo
( 1 9 2 6 ) .45
Como consecuencia de este carácter de lo sin rellenar, de lo vivido de
m anera no personal, J u n g concibió las imágenes colectivas como u na especie
de m ateria prim a que, a su entender, necesitaba aun en todo caso ser
traducida al lenguaje de la época correspondiente. Pero no entendía ni
m ucho m enos p o r traducción al lenguaje de la época una formulación
racional. Era más eficaz la creación de la forma plástica que se simbolizaba en
formas simbólicas. Pero también lo era el hecho de d ar vida a la im agen
colectiva en form a de acto o de rito.
Si se consigue esta traducción, nuestro mundo intuitivo vuelve a unirse, por medio
del símbolo de una visión del mundo, con la experiencia primordial de la huma
nidad: el hombre histórico, universal que hay en nosotros tiende la mano al hombre
42 C. G. J u n g , “Die Struktur der S eele” (Ges. Werke, V III, |>. 182).
43 C. G. J u n g , Das Unbeumßle im normalen und kranken Seelenleben, p. 114 (Ges. Werke, V II, p.
83).
44 C. G. J u n g , “D ie Struktur des U nbew ußten” (Ges. Werke, V II, p. 331).
45 C. G. J u n g , Das Unbeumßte im normalen und kranken Seelenleben, pp. 113 s. (Ges. Werke, V II,
p. 83).
128 C O N C IEN C IA E IN CO NSCIENTE EN LA PSICOLOGÍA DE JU N G
individual que acaba de llegar a ser. Esta experiencia que se aproximaría a la del
primitivo que se une místicamente con sus antepasados muertos en el ágape
ritual.46
Cada vez que se convertía en vivencia para el individuo el sentido profundo
de las imágenes colectivas, su relación con el acervo de experiencia ya
acumulado, ello equivalía a una religación con la fuente de la vida. El individuo
se sentía como algo que lleva en el alma lo grande. Y esa experiencia era el
misterio de la recomposición de lo separado.
Lo nuevo de su imagen del mundo, que incluía el inconsciente colectivo,
lo expresó Jung con las siguientes palabras:
...el inconsciente colectivo no es en modo alguno una especie de ángulo oscuro,
sino que es la decantación omnímoda de la experiencia de los antepasados desde
incontables millones de años, el eco del acontecer prehistórico universal, al que
cada siglo añade una cantidad inconmensurablemente pequeña de variaciones y
diferenciaciones. Puesto que el inconsciente colectivo es, en última instancia, una
decantación del acontecer universal que tiene su expresión en la estructura del
cerebro y del sistema simpático, representa en conjunto una especie de imagen
mundial atemporal, eterna hasta cierto punto, a la que se contrapone nuestra
momentánea imagen consciente del mundo. Lo que implica, dicho de otro modo,
nada menos que un mundo distinto, un mundo especular, si se quiere. Pero, a
diferencia de una mera imagen especular, la imagen inconsciente está dotada de
una energía que le es peculiar y que es independiente de la conciencia, y por medio
de la cual es capaz de desatar poderosos efectos anímicos, efectos que no se
extienden hasta la superficie, pero que, tanto más poderosamente, influyen en
nosotros desde el interior, desde lo oscuro, invisibles para aquel que no somete a
crítica suficiente la imagen del mundo momentánea, y que por lo tanto permanece
oculto para sí mismo. Que el mundo no tiene solamente un exterior, sino que tiene
también un interior; que no es solamente visible por fuera, sino que actúa también
poderosamente en nosotros, en un presente intemporal, desde lo más profundo
de un fondo anímico aparentemente subjetivo, es algo que considero un conoci
miento que, con independencia de que constituya una vieja sabiduría, merece que
se valore, en esta forma, como un nuevo factor constitutivo de una visión del
mundo.47
4. H e r e n c ia a r c a ic a e i n c o n s c ie n t e c o l e c t iv o
Vamos a volver una vez más a la psicología freudiana y a preguntarnos si
podemos reconocer en ella ideas análogas al inconsciente colectivo. Lo que
hasta ahora hemos podido comprobar en los factores filogenéticos se refería
en esencia a motivos arcaicos, a fantasías originarias y a complejos típicos, tales
como el complejo de Edipo y el de castración. Si bien su interés inicial se
centraba exclusivamente en la ontogénesis, en reducir los motivos filogenéti-
46 C. G. J u n g, “Analytische Psychologie und W eltanschauung” (Ges. Werke, V III, p. 432)
47 Ibid., pp. 4 28 s.
CONCIENCIA E INCONSCIENTE EN LA PSICOLOGÍA DE JU N G 129
cos al pasado infantil, con el tiempo se le fue haciendo difícil cerrar su atención
al hecho de que se trataba de contenidos humanos generales que no sólo
estaban anclados en la constitución, sino que era posible seguirlos hasta la
primigenia etapa filogenética. No pudo por menos que dar por supuesta la
existencia de una “herencia filogenédca”48 (1918), es decir, de tendencias y
motivos arcaicos, que mostraban “trozos del origen filogenético”, es decir,
trozos que el individuo “traía ya consigo desde el nacimiento”.49
Con razón podemos preguntarnos si Freud, cuando estableció la hipótesis
de la “herencia arcaica”,50 estaba pensando en la existencia en la psique de
experiencias primitivas o de disposiciones heredadas. Pero se trata de una
pregunta de difícil contestación, ya que los datos que nos proporciona Freud
no son uniformes, sino contradictorios. Inicialmente parecía como si en efecto
afirmara la existencia de disposiciones de la psique51 que cumplían la función
de una “recuperación”, ya fuese de contenidos heredados52 o de “esquemas
de procedencia filogenética”.53 Pues, siempre en aquel mismo año, hizo
alusión a que esquemas tales como las “categorías filosóficas facilita[ba]n la
acogida de las impresiones vitales”,54 hecho al que había de hacer de nuevo
referencia en sus escritos tardíos (1937). Concretamente con Der Mann Moses
und die monotheistische Religion (Moisés y la religión monoteísta)55 expresaba la idea
de que las formaciones arcaicas no eran meros “precipitados del desarrollo
humano primitivo”,56 sino que permitían, asimismo, conocer la aparición de
formas de reacción específicas y de disposiciones que impulsaban la vida
mental en una dirección determinada. Freud entendía por tales disposiciones
“la facultad de seguir determinadas tendencias evolutivas y la inclinación a
ello, así como de reaccionar, de un modo determinado, ante determ inados
estímulos, excitaciones e impresiones”.57
Al hablar de disposiciones psíquicas, pensaba en una especie de “herencia”
que requería siempre ser despertada por el individuo. Resulta interesante
que contara entre ellas tanto determinadas aptitudes del ello, como las
disposiciones del pensamiento, o determinadas relaciones mentales adquiri-
48 S. Freud, “Aus der Geschichte einer infantilen Neurose” (Ges. Werke, XII, p. 131). En torno
a este artículo leemos en Freud: “Esta historia clínica fue escrita poco después de term inarse el
tratamiento en el invierno de 1914/1915, bajo la impresión, fresca todavía, de las reinterpreta
ciones que C. G. Jung y Alfred Adler querían hacer de los resultados psicoanalíticos. Enlaza por
tanto con el artículo publicado en el Jahrbuch der Psychoanalyse, VI, 1914, ‘Zur G eschichte der
Psychoanalytischen Bewegung...’, y complementa la polémica contenida en el m ism o, que tenía
un carácter fundamentalmente personal, mediante consideración objetiva del material analíti
co...”
49 S. Freud, Der Mann Moses und die monotheistische Religion, 1937/1939 (Ges. Werke XVI p
204).
50 S. Freud, “Die endliche und die unendliche Analyse”, 1937 (Ges. Werke, X V I, p. 86).
51 S. Freud, Der Mann Moses und die monotheistische Religion (Ges. Werke, X V I, p. 205).
52 S. Freud, “Aus der Geschichte einer infantilen Neurose” (Ges. Werke, XII, p 29 nota)
53 Ibid., p. 155.
54 Ibid.
55 S. Freud, Der Mann Moses und die monotheistische Religion (Ges. Werke, XVI, pp. 101 ss.).
56 S. Freud, “Die endliche und die unendliche Analyse”, 1937 (Ges. Werke, X V I, p. 86).
57 S. Freud, Der Marin Moses und die monotheistische Religion (Ges. Werke, X V I, p. 205).
130 CONCIENCIA E INCONSCIENTE EN LA PSICOLOGÍA DE JUNG
das históricamente y relacionadas con el desarrollo del lenguaje,58 así como
también determinadas disposiciones y modos de reaccionar del yo.59 En todo
caso, se le antojaban determinantes del desarrollo individual, impulsándolo
en una concreta dirección.
Aun cuando la idea de la “herencia arcaica” recordaba, de un modo que
podía parecer sorprendente, la concepción de Jung de las estructuras arque-
típicas -lo que no tiene nada de particular si se tiene en cuenta la impresión ;
que causó a Freud la temprana obra de Jung Wandlungen und Symbole der
Libido-, una apreciación más detenida permite comprobar que subsisten
diferencias más profundas. Era cierto que la suposición de la perpetuación
del efecto de determinadas experiencias de generaciones anteriores, o de la
existencia de disposiciones establecidas constitucionalmente, parecía derivar
se de observaciones semejantes a las que había hecho Jung en relación con |
los arquetipos. Pero si se trataba de averiguar en qué consistían en esencia,
para cada uno de los dos pensadores, las experiencias heredadas, se ponía de
relieve de modo inequívoco el abismo que separaba al uno del otro. Lo que
en rigor quería decir Freud con las disposiciones heredadas no tenía nada
que ver con sistemas de predisposición o encauzamientos (Jung), sino que
eran, más bien, “huellas mnémicas de las vivencias de generaciones anteriores”.60
incluso llegó, haciendo gala de su peculiar concretismo, a atribuir esas huellas
de la memoria al efecto persistente de acontecimientos prehistóricos. Esta concep
ción culminó en la hipótesis de que todos estos recuerdos apuntaban en última
instancia al episodio legendario de una horda primigenia y del asesinato de
un padre primitivo,61 suposición que menciona por primera vez en Totemund
Tabu (Tótem y tabú):62
Explicó de ese modo, no sólo el motivo del asesinato del padre como
repetición imaginativa de un homicidio real perpetrado por los hijos en la
oscura prehistoria, sino también el conflicto incestuoso como repetición de
un primigenio conflicto humano. Frente a los deseos incestuosos, esos “ape
titos que son los más viejos y los más fuertes del ser humano”, se alzaba una
prohibición no menos poderosa, que en opinión de Freud constituía una
“prohibición continuada impuesta por el padre primigenio”. A estas prohi
biciones, que él concebía como expresión del poder castrador de la autoridad
paterna, atribuía los múltiples sacrificios que la cultura imponía a la pulsión.
Tampoco el símbolo de carácter religioso constituía excepción alguna a la
actitud reduccionista freudiana. Se trataba siempre, únicamente de un símbolo
mnémico del acontecimiento histórico del asesinato del padre primitivo. Así, por
ejemplo, concebía la idea de una deidad suprema como “restauración de
gloria del padre de la horda primitiva”.63 E igualmente entendió siempre el
58 Ibid., p. 206.
59 S. Freud, “Die endliche und die unendliche Analyse” (Ges. Werke, XVI, p. 86).
60 S. Freud, Der Mann Moses und die monotheistische Religion (Ges. Werke, XVI, p. 206). (La
cursiva es mía.)
61 Ibid., pp. 192 ss.
62 S. Freud, Totem und Tabu, 1912/1913 (Ges. Werke, IX).
63 s Freud, Der Mann Moses und die monotheistische Religion (Ges. Werke, XVI, p. 242).
:
C O N C IEN C IA E INCONSCIENTE EN LA PSICOLOGÍA DE JU N G 131
cambio de las representaciones de Dios como un proceso de sustitución, de
deformación y, finalmente, de restauración del mito del padre prim igenio.
Dentro de su sistema, como podemos comprobar, no hay básicam ente lugar
para el reconocimiento de encarnamientos psíquicos o estructuras arquetípicas. No
reconocía en rigor más que huellas mnémicas de acontecimientos anteriores o, si se
prefiere, repeticiones de tales huellas, procedentes de hechos que habían
tenido lugar en tiempos primitivos. Esas huellas despertaban a su entender
como consecuencia de producirse acontecimientos similares en el presente, y
no excluía la repetición espontánea de esas huellas del recuerdo inconsciente,
por ejemplo, en caso de acontecimientos importantes.
a) Herencia arcaica e instinto
Resulta curioso que Freud, en el marco de sus reflexiones biológicas, siem pre
vacilara en suponer la existencia de un acervo instintivo en el hom bre. Aun
encontraba más o menos demostrable la existencia de una herencia instintiva
tal en los animales, e incluso le parecía altamente probable en el niño. Pero,
curiosamente, nunca pudo decidirse a asumir la existencia de un acervo
heredado en los comportamientos, o de un conocimiento basado en el
instinto, a semejanza del de los animales, aun cuando no pudiera escapar a
determ inadas especulaciones. Así, en 1918, escribe:
Si existiese un acervo instintivo semejante también en el hombre, no sería de
extrañar que afectara de modo muy especial los procesos de la vida sexual, aun
cuando no pueda, ni mucho menos, limitarse a éstos. Esta cualidad instintiva sería
el núcleo del inconsciente, una actividad mental primitiva que posteriormente
habría de ser destronada y recubierta por la adquisición de la razón humana, pero
que, con harta frecuencia, quizá en todos los individuos, conservaría la fuerza de
tirar hacia abajo de los procesos psíquicos superiores. La represión sería el retorno
a esa etapa instintiva, y así el hombre pagaría con su disposición a la neurosis su
gran adquisición nueva, testimoniando con la posibilidad de las neurosis la exis
tencia de etapas anteriores de índole instintiva. Pero la importancia de los sueños
de la primera infancia residiría en que aportan a este inconsciente un material que
lo protege de la consumación en el curso del posterior desarrollo.64
Ahora bien, por fascinante que fuera la idea del “acervo instintivo” como
“núcleo del inconsciente”, o de la neurosis como precio por la neoadquisición
de la razón -y por más que tales ideas anticiparan un acercamiento a la
hipótesisjunguiana de los comportamientos arquetípicos-, la ulterior retirada
de Freud hasta la etiología de meras huellas mnémicas de linajes anteriores65
relegaba tales intuiciones al terreno de la pura especulación.
64 S. Freud, “Aus der Geschichte einer infantilen N eurose” (Ges. Werke, X II, p. 156).
65 S. Freud, Der Marin Moses und die monotheistische Religion (Ges. Werke, XVI, p. 206).
132 CONCIENCIA E INCONSCIENTE EN LA PSICOLOGÍA DE JUNG
b) Fantasía y escenas originarias
Rodeos semejantes a los relacionados con la naturaleza de la herencia arcaica
los dio Freud en torno a la cuestión de si, en la labor terapéutica, había que
atribuir el mayor peso etiológico a las llamadas escenas originarias o a los
esquemas filogenédcos. Esta cuestión estaba relacionada con la importancia
que en cada caso tuvieran la ontogénesis y la filogénesis, lo que ya en 1918
había tratado de poner en claro.
Para mejor dilucidar la problemática, traigo aquí un pasaje procedente de
dicho año:
C oincido p lenam ente con Ju n g en el reconocim iento d e esta h erencia filogenética
(“La psicología de los procesos inconscientes”, 1917, artículo q u e ya no pudo influir
en mis “lecciones”). Pero estim o m etod ológicam en te incorrecto proponerse escla
recer la filogénesis antes de haber agotado las posibilidades q u e ofrece la ontogé
nesis. N o com prendo por qué ese em p eñ o en discutir a la prehistoria infantil una
im portancia que se está dispuesto a con ced er sin m ás a la prehistoria de los
antepasados. N o ignoro que sea también preciso dar a los m otivos y a las produc
ciones filogenéticas una explicación que, en toda una serie d e casos, p u ed e dárseles
a partir de la infancia individual. Y no m e asom bra, por últim o, que la obtendón
de dichas condiciones en el individuo haga que resurja orgán icam en te lo que una
vez, en la prehistoria, dio origen a las m ism as y las legara com o disposición para
ser recuperadas.66
Como se desprende de esta observación, la consideración de la prehistoria
infantil acabó imponiéndose a la de la prehistoria de los antepasados. Tam
bién hizo Freud hincapié -y lo hizo con una significativa mirada de reojo
dirigida a Jung- en que el psicoterapeuta sólo debía recurrir al enfoque
filogenético después de haber conseguido clarificar y elaborar lo “adquirido
individualmente”. Aun cuando siguió manteniendo que, en caso de que las
vivencias personales del niño, sobre todo las de carácter traumático, presen
taran desviaciones respecto a los esquemas heredados (o en aquellos casos en
los que las vivencias infantiles “no se adecuaban al esquema hereditario”),67
se producía una consecuente reelaboración de la fantasía,68 en caso de duda,
el iniciador del psicoanálisis se decidía por dar prioridad a las escenas
originarias de la infancia.
En su debate con la opinión de Jung de que eran las fantasías las que
creaban los recuerdos de la infancia, es decir, los recuerdos de las escenas
originarias, Freud se fue inclinando cada vez más por la opinión contraria.
Según su experiencia, era precisamente al contrario: eran las escenas origi
narias las que servían de base a las fantasías. No en vano atribuyó a las
tempranas vivencias infantiles, por ejemplo a las experimentadas en la alcoba
66 S. Freud, “Aus der Geschichte einer infantilen Neurose" (Ges. Werke, XII, p. 131).
67 Ibid., p. 155.
Ibid.
C O N C IE N C IA E IN C O N SC IE N TE EN LA PSICO LO CÍA DE J U N G 133
de los padres, la importancia primaria en cuanto a la formación de las fantasías
de la primera infancia:
...a mi entender, la fantasía del renacimiento es una consecuencia de la escena
originaria, antes que al contrario, antes que ser la escena originaria un reflejo de
la fantasía del renacimiento.69
También hay que considerar notable su siguiente observación:
Concedo que es ésta la cuestión más complicada de toda teoría analítica. No he
necesitado las comunicaciones de Adler y Jung para ocuparme críticamente de la
posibilidad de que las vivencias infantiles olvidadas -Ivividas a una edad de la
infancia improbablemente temprana!- que el análisis afirma, se basen más bien en
fantasías creadas en ocasiones posteriores, y que hay que asumir un momento
constitucional o una disposición recibida por vía filogenética allí donde se crea
encontrar en los análisis las secuelas de semejante impresión infantil. Todo lo
contrario, ninguna duda ha requerido tanto mi atención; ningún otro motivo de
inseguridad me ha inducido más decisivamente a abstenerme de publicar. Tanto
el papel de las fantasías en la formación del síntoma como el “fantasear retrospec
tivo” que se adentra en la infancia a partir de posteriores incitaciones y la ulterior
sexualización de la misma, he sido yo el primero en reconocerlos, hecho que
ninguno de mis oponentes ha señalado.70
c) Herencia filogenética y represión histórica
La suposición de la “persistencia... [de] huellas mnéinicas”71 se le antojaba a
Freud fructífera en otro sentido más. Le parecía apropiada para salvar el
abismo que separaba a la psicología individual de la psicología de las masas,
y consideraba que el hecho de la existencia de huellas mnémicas reprimidas
constituía el eslabón a este respecto. Del mismo modo que concebía lo
reprimido individual como algo que nunca se borraba del todo en la psique
inconsciente, sino que únicamente se había vuelto inaccesible para la concien
cia, veía en lo “histórico reprimido” algo que había sido relegado al oscureci
miento.
Empleamos aquí el concepto de “lo reprimido” en un sentido impropio. Se trata
de algo pasado, ignorado, que se da por superado en la vida de los pueblos y que
nos atrevemos a equiparar a lo reprimido en la vida psíquica del individuo.72
E igualmente, el “retorno de lo reprimido” en la psicología individual, que
constituía el hecho desencadenante de la neurosis, se correspondía con un
69 Ibid., p. 137.
70 Ibid. (Ges. Werke, X II, p. 137, nota).
71 S. F reud, Der M ann Moses und die monotheistische Religion (Ges. Werke, X V I, p. 207).
72 Ibid., p. 241.
CONCIENCIA K INCONSCirSIl I N IA FSICOliJOU DK JUNO
fenómeno cn cl ámbito de la vida psicohVgua colectiva lodo d dt-sarrolk/
histórico, 4 paitir del miio del padre primigenio, ¡Malla ftu cn d m f de tu
ukkIo natural, v|{i'iii Freud, corno un "retorno de lo reprimido , c|ue ir
producía de manera sucesiva. tie la iAorin/4 del padre ) el odio al miwf*
tlcl 4m*miu(i) del padre y el sentimiento de culpa (véame el judaismo * <-
cristianismo). Resulta curioso cl enérgico rechazo por parte de Freud dr U
idea de que su aplicación del concepto de k> reprimido a la pwcokígía de ***
masas pudiera entenderse como una concesión al inconsciente ítAtxuvti ót
curto junguiano.
No no» será fácil trasladar Un conceptos de la psicología individual a la p**r*rt£u
de la» masas, y no ctco que consigamos nada introduciendo un c o n c r |Or
“inconsciente colectivo". F.J contenido del mconsoentc sa es de pc*r »I coito/«*.*
constituye una posesión universal del genero humano.79
Los trozos citados dclic rían poner sufKienicmenic en claro cl a é n »
insalvable existente entre los conceptos de Freud \ Un tic Jung No *óio ir
p o n í a de manifiesto en la reducción del acometer histórico y mítico a
categorías individuales, sino también, de un modo general, en La supouciée
de rcc uerdos colectivos de acontecimientos históricos tomo base de la hcrrcr
tía (ilogcnética En el moment. deán > Erruti ¡e dnJuabt: i»rmpit Aocid ie rst.i
dual ^ lo concreto, mirntrai ifue Jung h , V; . uenu* ¡o ;«t^rvmdí i lú
Q uinta Parte
D E L A L IB I D O A LA E N E R G ÍA P S Í Q U IC A
XVII. DE LA TEORÍA SEXUAL DE FREUD'
¿C óm o llego Freud a su “teoría sexual”?2 ¿Cuáles fueron las ideas básicas de
su doctrina de la libido?
Tras el derrum bam iento de su hipótesis del trauma sexual infantil, surgía
forzosamente la pregunta por el significado etiológico tanto del infantilismo
como de la sexualidad en la etiología de la psiconeurosis. Así pues, cuando,
con base en observaciones fisiológicas, por un lado, y en su autoanálisis3(1897),
por otro, tropezó con la etiología de la función sexual en el surgimiento de las
neurosis, ello vino a suponer un esclarecimiento inesperado. Una vez que hubo
reconocido la importancia de las zonas erógenas, descubrió también, poco
más tarde, la importancia, fundamental para el psicoanálisis, del complejo de
Edipo4 (1897). Reconoció que el impulso sexual era una fuerza de extraordi
naria eficacia que, desde el comienzo de la infancia, operaba dentro de los
seres humanos. Era la sexualidad la que decidía sobre la salud y la enfermedad,
sobre el desarrollo y el destino del individuo. Tal como pudo comprobar retros
pectivamente, no había perdido validez su temprana intuición sobre la etiología
de las neurosis: lo que anteriormente había designado como traum a sexual,
volvía a aparecer, de manera modificada, como infantilismo de la sexualidad.
Con la teoría sexual fundamentaba Freud su psicología básicamente sobre
los factores de la pulsión y del deseo compulsivo. La tensión originada por la
necesidad y la vivencia de la satisfacción señalaban el marco para una teoría
de las pulsiones en la que el proceso que conducía al dominio de la excitación
se regulaba fundamentalmente a través del principio del placer y el displacer.
Fue importante que, en 1911, emprendiera la complementación del principio del
placer mediante el principio de la realidad,5 paso que, para Jones, es el más
preñado de consecuencias dentro de la teoría freudiana. Jones considera este
hallazgo “como aquel... que más fama aportó [a Freud], siendo incluso
superior... a su descubrimiento del inconsciente”.6 Ahora no había que tener
en cuenta “únicamente lo que producía placer, sino también lo que era real”.7
Al igual que para las pulsiones en general, también en el caso de la pulsión
sexual, Freud estableció la distinción entre una “energía sexual”, más condi
cionada orgánicamente, y su manifestación psíquica: la libido, aunque, de
1 S. Freud, Drei Abhandlungen zur Sexuallheorie (Ges. Werke, V).
2 La expresión “teoría sexual” se mencionaba por vez primera en una carta a Fliess del año
1899. Cf. Aus den Anfängen der Psychoanalyse, p. 321. Carta de 11 de octubre de 1899.
3 Ibid., p. 233. Carta de 2 de octubre de 1897.
4 Ibid., p. 238. Carta de 15 de octubre de 1897.
5 S. Freud, “Formulierungen über die zwei Prinzipien des psychischen G eschehens”, 1911
(Ges. Werke, V III, p. 232).
6 E. Jones, Das Leben und Werk von Sigmund Freud, II, p. 370.
7 Ibid.
137
138 DE LA TEORÍA SEXUAL DE FREUD
modo ocasional, utilizara ambas expresiones indistintamente. Concebía In libido
como el impulso o pulsión instintivos específicamente sexuales, en contraposición al
ham bre y al instinto de conservación (pulsión del yo). Era para él de natura
leza psicosexual,8 por una parte anclado biológicamente, y por otra, regulado
por los factores psíquicos del placer y el displacer.
La teoría de las pulsiones experimentó dos notables incorporaciones. La
prim era tuvo lugar, con la introducción del narcisismo, en el año 1914, y la
segunda, seis años más tarde (1920), con el descubrimiento de las pulsiones
destructiva y de agresión en el inconsciente. La suposición de una libido
narcisista, es decir, de un componente libidinoso en el yo? fue el resultado de la
observación por Freud de la manía de grandeza y el sentimiento de omnipo
tencia en determinadas psicosis, que constituyó además, en parte, una res
puesta frente al rechazo, por parte de Jung, de aplicar la teoría de la libido a
la dementia praecox.™ Como puso de relieve J ones, la hipótesis freudiana de la
invasión o catexis del yo por la libido resultaba sobremanera “desconcertante”
y contribuía a estimular la afirmación contraria al psicoanálisis de que éste
convertía la sexualidad en algo absoluto. Pero el biógrafo de Freud argüía
que ello no era así en realidad, y basaba su afirmación en que éste nunca pensó
en una sexualización del yo en su conjunto, sino únicamente en su porción
condicionada por la regresión.
El segundo intento, que la mayoría de sus discípulos habría de poner en
duda, de completar las pulsiones mediante la pulsión agresiva y la pulsión de muerte
(1920), estaba basada en la observación por Freud de la repetición compulsiva11
de lo reprimido. Esta observación lo indujo a distinguir entre las pulsiones
de Eros y Tánatos, por el primero de los cuales entendía una síntesis de la
sustancia vital en unidades cada vez mayores, mientras que al último lo
consideraba, en cambio, una tendencia conservadora y regresiva en lo psíqui
co que repetía etapas anteriores y que estaba dominada en lo profundo por
una tendencia a la disolución en lo anorgánico.
La fundamentación por parte de Freud de la psicología profunda como
psicología de las pulsiones motivó la aparición en el panorama científico de
cuatro importantes ámbitos de problemas: no sólo el del permanente condicio
namiento pulsional de los procesos psíquicos y el de la importancia predominante
de la sexualidad para la comprensión de los trastornos del desarrollo, sino
también el de la relación de la psicología con la biología y, por último, el del
reconocimiento de la índole Ideológica de lo psíquico, su tenacidad en la
persecución de un fin, que hunde profundamente sus raíces en el mundo
corporal y de las sensaciones.
Los estudios d e ju n g en torno al complejo y la fantasía lo condujeron, como
era natural, a una disputa interior con la teoría sexual de Freud. Fue una
polémica intensa y rigurosa. Si desde el principio sintió Ju n g un ligero
malestar ante la “opinión extrema” de Freud y no podía aceptar el intento de
8 S. Freud, Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie (Ges. Werke, V, p. 118).
9 S. Freud, “Zur Einführung des Narzißmus” (Ges. Werke, X, p. 141).
10 C. G. Jung, Wandlungen und Symbole der Libido, p. 124.
11 S. Freud, “Jenseits des Lustprinzips”, 1920 (Ges. Werke, X III, pp. 17 s.).
DK LA TEORÍA SEXUAL DE FREUD 130
éste de atribuir la neurosis a la represión de factores sexuales incompatibles
con el yo, sí llegó incluso a considerarlo una tendencia a la universalización
de la sexualidad 12 (1907), su principal propósito consistía, sin embargo, en
someter los conocimientos psicoanalíticos a un examen en profundidad,
trazando el marco en el que su validez quedara establecida. Kra tan extraor
dinario empírico que no podía cerrar los ojos a la gran importancia de la
sexualidad en la vida humana.
No sólo era uno de los hechos fundamentales de la vida -como también él
reconocía-, sino que representaba un papel muy importante como factor
etiológico en el origen de las neurosis. Tampoco había que olvidar que así lo
indicaba también la vida imaginativa, rica en símlxdos de significado sexual,
tanto de las personas sanas como de las enfermas. También el aspecto social
le parecía sumamente importante, en la medida en que era la sexualidad lo
que “sacaba al individuo [fuera] de la familia, para que pudiera alcanzar la
independencia y la autonomía”,15 implicándose en el mundo.
Pero aparte del hecho de que la pulsión sexual constituía una de las
pulsiones afectivas más poderosas de la vida humana, no debía concebírsele
-exponía Ju n g - como la base sin más de la misma. Nunca pudo Jung, ni
siquiera en la época de su mayor fascinación por Freud, reducir todo cuanto
hacen los seres humanos a transformaciones y desplazamientos de la función
sexual. Semejante empresa equivalía, en su opinión, a desconocer por com
pleto la naturaleza humana. Lo que Jung rechazaba era la fe en un “mito
sexual”, a saber: el intento de “derivarlo todo de la sexualidad y de otras
incompatibilidades morales”,14 tal como ya escribió en 1929.
Pero esta observación no debe inducir a pensar que Jung no hubiera
comprendido la importancia de las pulsiones y del instinto para la vida y el
destino de las personas. Lo que ya había expuesto en 1907 acerca de la
afectividad, cuando la designó como la base fundamental de la personalidad , 15
tenía validez eo ipso para la emotividad, para el tono afectivo del complejo, y
también para la excitación instintiva. Así, en 1952, decía Jung:
...Los instintos... son los fundamentos vitales, las leyes de la vida en sí.16
Aun cuando dentro de su propia concepción no sabíajung-como tampoco
lo sabía Freud- lo que era la pulsión en su esencialidad profunda, le otorgaba
no obstante la significación de una “misteriosa manifestación de la vida, de
carácter, en parte psíquico, en parte fisiológico”, que era, además, “una de
las funciones más conservadoras de la psique...”17 (Véase asimismo la ‘partie
inférieure de la fonction” en Janet.) Pero, a diferencia de lo que ocurría con
12 C. G. Jung, D em en tia p r a e c o x , Prólogo, p. iv (G e s. W e r k e , III, p. 4). Véase también la carta
a Freud de 31 de marzo de 1907.
13 C. G. Jung, V e rsu c h e in e r D a r s t e l l u n g d e r p s y c h o a n a ly tis c h e n T h e o r ie , p. 95.
14 C. G. Jung, “Einige Aspekte der modernen Psychotherapie” (Ges. W e r k e , XVI, p. 31).
15 C. G. Jung, D e m e n tia p r a e c o x , p. 42 (G e s. W e r k e , III, p. 43).
16 C. G. Jung, S y m b o le d e r W a n d l u n g , p. 299.
17 Ibid., p. 229.
140 DE LA TEORÍA SEXUAL DE FREUD
Freud, había una cosa que para él estaba clara: la pulsión nunca se extinguía
con la posesión de un fin ni con la supeditación a un objeto. Como veremos
más adelante, la pulsión disponía de un lado mental, de un “sentido”, idea que
formuló por primera vez en 1919, en el sentido de que representaba la
“imagen arquetípica de la autopercepción de la pulsión ” .1819Veintisiete años
después, como veremos en el apéndice, volvió a ocuparse del tema, al
considerar el arquetipo como el “sentido de la pulsión”. ,9
Desde este punto de vista hay que considerar también los reparos que pone
Ju n g a la distinción freudiana entre las pulsiones de Eros y Tánatos. No podía
hacer coincidir la fuerza vital como tal con el Eros, ni la pulsión tanática con
el principio del mal, de lo destructivo, de la muerte. Ambas pulsiones
contenían también en sí el otro lado: el Eros contenía el principio anímico de
la relacionalidad, y la pulsión de muerte, un aspecto espiritual.
Sobre la base de este hecho [una madre terrible], mi alumna, la doctora Spielrein,
desarrolló su idea de la pulsión de muerte que luego asumió Freud. Pero, a mi
parecer, no se trata en modo alguno de un mero impulso de muerte, sino,
asimismo, del “otro impulso” (Goethe), que significa vida espiritual.20
El punto de vista totalizante de Jung, desde el que trató de comprender
tanto la pulsión como su sentido, exigía una delimitación de la psicología
respecto a la biología. Aun cuando valoraba la notable hazaña de Freud de
introducir los hechos biológicos en su psicología, complementando así el
intelectualismo de la psicología y la psicopatología francesas con factores
naturales, rechazaba con idéntica decisión la mescolanza de categorías psico
lógicas y biológicas, así como la reducción del inconsciente a un “sexualismo
natural”, al impulso irresistible, nudamente natural.
Tras estas consideraciones iniciales, quisiera entrar en detalle en los distin
tos argumentos defendidos por Jung en relación con la teoría de la sexualidad.
Las primeras manifestaciones críticas de Jung en torno a la teoría sexual
se producen en los años 1907-1912. Me refiero tanto a sus estudios sobre el
“universalismo de la sexualidad”, tal como creía hallarlo en la psicología
freudiana, cuanto a su exposición del “concretismo sexual”. Así, leemos en
Dementia praecox:
Cuando, por ejemplo, reconozco la existencia de mecanismos del complejo en el
sueño y en la histeria, no quiere ello decir, ni mucho menos, que atribuya al trauma
sexual juvenil la importancia exclusiva que Freud parece atribuirle. Ni tampoco
que ponga a la sexualidad en primer plano de modo tan preponderante, o que le
otorgue la universalidad psicológica que Freud postula, al parecer bajo la impre
sión del poderoso papel que, en todo caso, desempeña la sexualidad en la psique.21
18 C. G. Jung, “Instinkt und Unbewußtes” (Ges. Werke, VIII, p. 157).
19 C. G. Jung, “Theoretische Überlegungen zum Wesen des Psychischen”, publicado inicial-
m ente com o “Der Geist der Psychologie”, p. 443 (Ges. Werke, VIII, p. 231).
20 C. G. Jung, Symbole der Wandlung, p. 567, nota.
21 C. G. Jung, Dementia praecox, Prólogo, p. tv (Ges. Werke, III, p. 4).
DE LA TEORÍA SEXUAL DE FREUD 141
Pero, al margen de estas o semejantes consideraciones, no podía por
menos, ya en sus tempranas investigaciones psicopatológicas, de encontrar la
comprobación, tanto del condicionamiento sexual de los síntomas neuróticos,
como del sexualismo del mundo imaginativo del enfermo. Fundamentalmen
te en la histeria se le aparecía, no sólo lo primordial del carácter sexual de los
afectos, sino también el aspecto sexual-infantil de las representaciones. Ahora
bien, daba a los fenómenos correspondientes una interpretación esencial
mente distinta a la de Freud. Ya en 1908, interpretaba que la tendencia a
vestir los productos de la fantasía con imágenes sexuales debía entenderse
como expresión del carácter sexual-arcaico del fondo de la psique y de sus
figuras lingüísticas, pues le llamó la atención que las fantasías de marcado
tono sexual que se presentaban en el enfermo, mostraran gran afinidad con
los motivos que aparecían en el mito y en las figuras literarias,22 hecho este
que todavía había de presentársele de forma más marcada en sus estudios
posteriores. Así, en Wandlungen und Symbole der Libido, hizo notar que la
“alegorización sexualista” de las expresiones simbólicas, debía entenderse en
relación con la actividad imaginativa del individuo y con su regresión a lo
arcaico, al mundo de las imágenes; pero no como lo característico de la
imagen. Muy por el contrario, reconoció de inmediato que lo propio de la
expresión sexual primitiva, que señalaba en cada caso algo todavía no desarrollado,
no comprendido y, sobre todo, aún no conocido, residía en el contenido simbólico de la
imagen.
Jung dio un paso más en la psicología de los tipos al tratar de comprender
la sexualización del mundo imaginativo como la consecuencia asimismo de
una falta de diferenciación de las funciones psíquicas, o bien de una mezcla
de sensibilidad sexual y función inferior.23 Como portadora de los valores
arrinconados por la colectividad, la función inferior se hallaba contaminada
en grado especial por la sexualidad.
Otra concesión a Freud la hallamos en el artículo de 1909 ya mencionado,
en el que Jung se ocupa de la importancia del padre para la futura configu
ración de la vida del niño. Su coincidencia con Freud llegaba entonces hasta
el punto de proclamar que “el destino en la vida es en lo esencial idéntico con
el destino de nuestra sexualidad...”,24 observación que, significativamente,
había de excluir en posteriores ediciones.
Y también en los “Konflikten der kindlichen Seele”,25 artículo que surgió
como reacción al trabajo de Freud sobre la fobia de un niño de cinco años ,26
se ocupó del problema de la importancia del interés sexual para el desarrollo
de las fuerzas intelectuales. Como ya hemos señalado, en los prólogos de las
sucesivas ediciones, Jung interpretaba el mismo material, que inicialmente
había concebido en el sentido de la teoría sexual de Freud, de un modo que
se apartaba mucho de su interpretación inicial.
22 C. G. Jung, “Die Freudsche Hysterietheorie”, 1908.
23 C. G. Jung, Psychologische Typen, p. 626 {Ges. Werke, VI, p. 465).
24 C. G. Jung, “Die Bedeutung des Vaters für das Schicksal des Einzelnen”, p. 18.
25 C. G. Jung, “Über konfliktc der kindlichen Seele”, 1910.
26 S. Freud, “Analyse der Phobie eines fünfjährigen Knaben”, 1909 (Ges. Werke, VII, pp. 243 ss.).
142 DE LA TEORÍA SEXUAL DE FREUD
Por última vez, antes de su separación de Freud, en 1913, vemos a Jung
seguir las huellas de aquél, en la primera parte de Wandlungen und Symbole
der Libido. Es interesante comprobar que, ya en la segunda parte de este
artículo, retira en gran parte las concesiones, no sólo al método causal, sino
también a la teoría de la sexualidad infantil propuesta por Freud, y ello en
favor del planteamiento del problema del sentido y el símbolo de los contenidos
inconscientes.
Si se leen con imparcialidad las obras tempranas mencionadas, es difícil
librarse de la impresión de que existía ya una cierta reserva, aun cuando, por
razones de respetuosa discreción, sólo podía advertirse de forma velada. Jung
se mantuvo reservado en sus opiniones hasta que estuvo en condiciones de
probarlas sobre la base de sus propias investigaciones. Sus trabajos sobre el
concepto de la libido habían de representar un momento crítico a este
respecto. Lo que sobre todo le importaba era encontrar un criterio desde el
que pudiera expresarse adecuadamente la dinámica del inconsciente.
El forcejeo con los conocimientos de Freud proporcionó a Jung un bene
ficio que no debe subestimarse. Y también la confrontación con la teoría
sexual supuso un importante hito en la pulsión que movía su desarrollo y
evolución intelectuales. En esta disputa surgieron los conceptos, no sólo de la
energía psíquica, del principio de equivalencia, sino también de la tensión antitética.
Y se reforzó asimismo su concepción de la etiología del desarrollo regresivo
de la imaginación y del conflicto actual en relación con el origen de la neurosis;
tampoco debe olvidarse que el concretismo de la teoría freudiana del incesto
hizo que se agudizara su sentido para el enfoque simbólico.
Así, en 1913, un año después de la publicación de Wandlungen und Symbole
der Libido, inició la tarca de analizar a fondo la teoría freudiana de la libido.
Lo hizo en el notable artículo, que por desgracia suele pasarse por alto,
“Versuch einer Darstellung de psychoanalytischen Theorie” (“Intento de
exposición de la teoría psicoanalítica”),27 en el que expuso sus importantes
consideraciones críticas acerca de la sexualidad infantil, de las fantasías
incestuosas y del concepto freudiano de la libido, por enumerar solamente
algunos de los principales problemas allí tratados.
27 C. G. Jung, “Versuch einer Darstellung der psychoanalytischen Theorie”, 1913.
XVIII. LA SEXUALIDAD INFANTIL
Y LA ORGANIZACIÓN DE LA LIBIDO
L L a SEXUALIDAD INFANTIL: la disposición perversa polimorfa y el doble
COMIENZO DE LA SEXUALIDAD EN FREUD
El reconocimiento por parte de Freud de que las vivencias libidinosas de la
infancia forman parte de los hechos fundamentales de la vida psíquica, había
de tener una importancia impredecible para el psicoanálisis. En ellas descu
brió factores hondamente arraigados en la constitución del hombre, y que
arrojarían una cierta luz sobre el dinamismo del desarrollo. En ellos tenían
su origen, no sólo el desenvolvimiento normal de la vida, no sólo los más
diversos infantilismos, sino también las perversiones, y todo el complejo
sintomático de la neurosis.
Característica de la adquisición de sus más importantes hipótesis sobre la
sexualidad infantil fue su derivación a partir del material encontrado en el adulto
neurótico. Y del hecho de que este material remita por lo general a una
multiplicidad incoherente de vivencias infantiles, no sólo extrajo atrevidas
claves para explicar la etiología de la sexualidad infantil, sino que fundamentó
también en él su tesis de que la predisposición hereditariamente diseñada de la vida
anímica infantil era de una naturaleza esencialmente perversa polimorfa,' según la
cual todos los niños tenían inclinación hacia tendencias “perversas”, enten
diendo por perversa una forma de actividad sexual libre de inhibiciones. Y,
a la vez, consideraba “perversa polimorfa” a la sexualidad infantil en la
medida en que denotaba la existencia de una multiplicidad primaria, totalmen
te carente de centralización, de pulsiones parciales, que funcionaban con mutua
independencia, sin relación entre sí. Esta multiplicidad coincidía básicamente
con la consecución autoerótica del placer.
Idéntica trascendencia revestía un factor perturbador que Freud reconocía
en el segundo punto de arranque del desarrollo sexual,2 relacionado también con
un hecho hereditariamente condicionado, a saber: la interrupción de este
desarrollo3 por la etapa de latencia, es decir, por una detención o regresión
de los inicios de la sexualidad que se daban en la primera infancia. Este doble
punto de arranque, “condición biológica (kat exochén) de la disposición (hu
mana) a la neurosis”,4 se le antojaba una característica propia únicamente del
hombre. Pero, puesto que la etapa de latencia -fase intermedia entre la
sexualidad infantil y la sexualidad madura- no sólo servía para la construcción
1 S. Freud, Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie {Ges. Werke, V, pp. 91 s.).
2 Ibid., p. 135.
3 Ibid.
4 S. Freud, “Selbstdarstellung”, 1925 {Ges. Werke, XIV, p. 62).
143
144 LA SEXUALIDAD INFANTIL Y LA ORGANIZACIÓN DE LA LIBIDO
del yo, sino que se exigía también en ella la adaptación a las crecientes
exigencias de la sociedad, representaba un periodo sobrem anera crítico, que
encerraba en sí la premisa para los más graves trastornos e inhibiciones. Por
una parte, la sexualidad de la prim era infancia estaba sometida a diversas
represiones, y por otra se producía su fijación y aprisionamiento en las
vivencias habidas. La fijación y la limitación obraban en dirección idéntica. En
ambos casos, la energía que fluía libremente se veía constreñida y atada? Del
mismo modo que la represión indicaba la existencia, en cada caso, de un punto
débil en el desarrollo del yo, la fijación denotaba en cambio un punto sumamente
sensible en el desarrollo sexual. En todos los casos se producían perturbaciones
del desarrollo, como consecuencia de las cuales determ inados componentes
instintivos seguían el proceso de desarrollo, mientras que otros se quedaban
atrás, en el estadio infantil, con lo que se retrasaba su incorporación a los fines
culturales.
En la m edida en que Freud reconocía en las vivencias de la infancia los
factores etiológicamente más significativos para los conflictos, no ya sólo del
niño, sino también del adulto, la cura psíquica dependía también en gran
parte de la posibilidad de reavivar los recuerdos infantiles. Pero despertarlos
de nuevo no resultaba nada fácil. Como había comprobado Freud, ya en 1897,
la veracidad de los recuerdos infantiles era de lo más dudosa ,56 ya que se
introducían en la memoria, de manera perturbadora, tanto las fantasías de
la imaginación, como recuerdos inventados, velando la realidad objetiva.
Freud formuló sus experiencias, con definitiva claridad, con las siguientes
palabras:
j
Q u iz á se a d u d o s o q u e te n g a m o s r ecu er d o s c o n sc ie n te s procedentes de la in fan cia, y !
n o , m á s b ie n , m e r o s r e c u e r d o s sobre la in fan cia. N u e s tr o s r e c u e r d o s in fa n tiles no
n o s m u e str a n lo s p r im e r o s a ñ o s d e n u estra vida tal c o m o fu e r o n , s in o tal c o m o han
a p a r e c id o al se r d e sp e r ta d o s en p o sterio res o c a s io n e s.78
Llegó al convencimiento de que los llamados recuerdos infantiles repre
sentaban siempre el resultado de una falsificación y una deformación, por parte,
no sólo de la imaginación, sino también de la instancia censora. Pero, con
independencia de esta nueva dificultad, siguió aferrándose a la posibilidad
de eliminar los factores deformantes para poder llegar hasta los acontecimien
tos verdaderos. Y fue el reconocimiento de la coherencia sin lagunas8 de los
contenidos psíquicos, tanto de las vivencias infantiles, de la imaginación
deformadora, como de la censura represora, y del síntoma, lo que parecía
ofrecerle una garantía de que -m ediante un análisis impecable- podía des
cubrirse la vivencia traumática de la infancia.
5 S. Freud, “Das Unbewußte”, 1915 {Ges. Werke, X, p. 287).
6 S. Freud, Aus den Anfängen der Psychoanalyse, p. 230. Carta a FHcss d e 21 d e septiem bre de
1897.
7 S. Freud, “Über Deckerinnerungen”, 1899 (Ges. Werke, I, p. 553).
8 S. Freud, “L’hérédité et l’étiologie de névroses”, 1896 (Ges. Werke, I, p. 418).
LA SEXUALIDAD INFANTIL Y IA ORGANIZACIÓN DE LA LIBIDO 145
2. La o r g a n iza c ió n de la lib id o y e l com plejo de Edipo en F reu d
Dentro del psicoanálisis, el descubrimiento por parte de Freud de una
organización sexual, o sea, el descubrimiento de una fase pregenital, heredita-
riamente dada, del desarrollo sexual, representaba la culminación de la teoría de
la sexualidad infantil. La suposición, sobre todo, de fijaciones y de movimien
tos regresivos de la libido en este punto había de tener una importancia
extraordinaria, de cara sobre todo a los problemas del surgimiento de la
neurosis y del tipo de neurosis.
La importancia de estas hipótesis para el ulterior desarrollo del psicoaná
lisis justifica que entremos más de lleno en el tema.
Sus investigaciones condujeron a Freud a la trascendental distinción entre
la fase oral, la anal y la genital,9 contraposición que sólo pudo completar
bastante más tarde de un modo para él satisfactorio, complementando estos
estadios con la fase narcisista (1914) y la fálica (1924).
Si inicialmente desarrolló Freud la problemática de la ingestión o incorpo
ración a sí (fase oral) y del dominio de sí (fase anal), el descubrimiento de la
fase fálica, es decir, de la fase correspondiente a la sobrevaloración de lo
masculino, le permitió atacar más decididamente los problemas de la mastur
bación y del complejo de Edipo.10 Mediante la introducción de una fase
primaria del narcisismo (1914),11 en la que el individuo tomaba su propio
cuerpo como objeto amoroso, catectizando de libido al yo, trató de esclarecer
mediante su teoría de la libido los síntomas paranoicos del delirio de grandeza
y de las ilusiones de omnipotencia, que ya Jung había atribuido, en 1907, al
hecho de la pérdida de realidad. 12 Designó como terminación de la organi
zación infantil de la libido la etapa genital, en la que veía como fin la
subordinación de las pulsiones parciales bajo “el primado... de los genitales”.
Simultáneamente culminaba la transición del autoerotismo al amor objetal.
De entre todas las etapas de la libido, Freud concedía la máxima significa
ción, de cara al ulterior desarrollo sexual, a la fase fálica (1923). Consideró
características de esta etapa determinadas propiedades que ya había podido
observar en 1909:13 el culto al falo, que iba unido a la sobrevaloración de lo
masculino, las preguntas llenas de curiosidad, la intensificación de la mastur
bación y la creciente vinculación con los padres. El punto culminante lo
alcanzaba en el complejo de Edipo, en el que la contradicción podía resumirse
en pocas palabras: “genitales masculinos o castración" .14 Con la etapa fálica
se producía la ruptura en la satisfacción preponderantemente autoerótica de
la primera infancia, del mismo modo que la elección narcisista del objeto cedía
ante un amor objetal, a saber: ante la vinculación con personas del mundo
9 S. Freud, D r e i A b h a n d lu n g e n z u r S e x u a lth e o r ie (G e s. W e r k e , V, pp. 82 y 86).
10 S. Freud, “Die infantile Genitalorganisation”, 1923 (Gm. W e r k e , XIII, p. 295).
11 S. Freud, “Über einen autobiographisch beschriebenen Fall von Paranoia” 1911 (G e s
W e rk e , VIII, p. 297). ’ V
12 C. G. Jung, D e m e n tia p r a e c o x , p. 114 (G e s. W e r k e , III, p. 109).
13 S. Freud, “Analyse der Phobie eines fünfjährigen Knaben” (G e s . W e r k e , VII, pp. 241 ss.).
14 S. Freud, “Die infantile Genitalorganisation” (G e s. W e r k e , XIII, p. 297)'. '
146 LA SEXUALIDAD INFANTIL Y LA ORGANIZACIÓN DE LA LIBIDO
exterior, en prim er lugar, con los padres. Fue para él fascinante y sorpren
dente la maduración del niño: seguir su paso en la elección del objeto, de la
relación autoerótica narcisista hasta el punto culminante de un enamora
miento de la m adre” y del correspondiente “sentimiento de celos frente al
padre ”. 15 El complejo de Edipo, cuyo modelo se encontraba en la leyenda
griega, culminaba en el deseo incestuoso -desde el punto de vista del niño-
de casarse con la madre y de matar al padre, mientras que en la niña se
producía a la inversa. Fue conmovedora la carta que dirigió a Fliess en 1897:
He hallado también en mí la pasión por la madre y los celos hacia el padre, y ahora
juzgo que estos sentimientos constituyen un hecho general de la primera infancia...
Si esto es así, se entiende la fuerza arrebatadora del rey Edipo, a pesar de todas las
protestas que la razón pueda levantar frente a la aceptación de que existe un
destino fatal, y se entiende por qué había de fracasar tan miserablemente el
posterior drama existencial... La leyenda griega recoge una imposición que todos
reconocemos porque todos la comprobamos en nosotros mismos.16
Tampoco en este complejo -el complejo de Edipo- vio Freud desde el
principio, en modo alguno, una mera situación neurótica, sino un aconteci
miento de la primera infancia con carácter humano general, señalado hereditaria
mente, que, según la fuerza de los vínculos, la intensidad de las pulsiones
represoras que se imponían durante el periodo de latencia -y de acuerdo,
sobre todo, con la medida en que se producía la regresión al punto de fijación-
daba al complejo, en cada caso, un peso totalmente diferente.
La complejidad del complejo edípico se veía reforzada no sólo por la
“bisexualidad constitucional del individuo",17 sino por la “situación triangular”
que se producía en las relaciones entre los padres y el hijo, y que daban lugar
al desarrollo de complicados mecanismos de vinculación, identificación,
introyección y ambivalencia. Lo intrincado de estos lazos movió a Freud a
considerar el complejo de Edipo, no sólo como el complejo más importante
de la infancia, sino como el complejo núcleo de la neurosis por excelencia. Se
inclinaba cada vez más en ver la dificultad de su superación en la dependencia,
fisiológicamente condicionada, del niño respecto a los padres, y en la madu
ración relativamente tardía del yo, hechos todos ellos que no sólo conseguían
retrasar el desasimiento de las ataduras infantiles y la adecuada elección
objetal, sino que retrasaban también, cuando no impedían, la superación de
la masturbación y la adaptación al canon cultural.
Su peculiar carácter trágico le venía al complejo de Edipo del relevo de
que era objeto, de manera asimismo programada, hereditariam ente condi
cionada, por parte de la siguiente fase del desarrollo. Se trataba del complejo
15 S. Freud, A u s d e n A n f ä n g e n d e r P s y c h o a n a l y s e , p. 238. Lo menciona por primera vez en una
carta a Fliess de 15 de octubre de 1897.
16 Ibid.
17 S. Freud, D a s I c h u n d d a s E s ( G e s . W e r k e , XIII, p. 260). La bisexualidad se m enciona oor
primera vez en la carta dirigida a Fliess el l de agosto de 1899, en A u s d e n A n f ä n g e n d e r
P s y c h o a n a l y s e , p. 308.
LA SEXUALIDAD INFANTIL Y LA ORGANIZACIÓN DE LA LIBIDO 147
de castración, verdadero exponente del periodo de latencia, contra el que
finalmente iba a estrellarse el complejo de Edipo.
...gracias a la demora con que se produce la maduración sexual se gana el tiempo
necesario para levantar, junto a otras inhibiciones sexuales, las barreras frente al
incesto, para incorporarse los preceptos morales que, de modo explícito, excluyen
como objetos sexuales, en su condición de parientes consanguíneos, a las personas
queridas de la infancia. La observancia de esta limitación es primordialmente una
exigencia cultural de la sociedad, la cual debe defenderse contra la extinción de
intereses a través de la familia...18
Fue interesante la consecuencia que Freud extrajo del efecto sinérgico de
estos dos complejos. Ya en 1899 comunicó a Fliess el descubrimiento de un
juego de la máxima complejidad, caracterizado por la presencia de cuatro
componentes,19 conocimiento que, en 1923, concebiría, en forma más amplia,
como el efecto conjunto de la bisexualidad innata, por una parte, y la actitud
ambivalente respecto al objeto amoroso, por la otra .20 En el capítulo dedicado
a la neurosis en Freud volveremos sobre este punto. Se hacía manifiesto el
choque entre el complejo de Edipo y el complejo de castración, en la lucha
entre el deseo incestuoso y el miedo al incesto, lucha que no sólo retrasaba el
crecimiento excesivo del complejo de Edipo, sino que aprisionaba al individuo
en el sentimiento de culpabilidad y en el miedo a la autoridad paterna.
Si bien la senda del desarrollo que pasaba por las pulsiones autoeróticas
parciales, las fijaciones, los estadios de la libido, y sobre todo por el complejo
de Edipo, era la senda normal del desarrollo que cada cual debía recorrer,
era también un camino que traía consigo no pocos peligros. Por una parte,
no todas las fases se desarrollaban igualmente bien o podían ser superadas
con igual fortuna (determinadas partes de la función adherían constantemen
te, por ejemplo, a ciertas etapas, o a sus puntos de fijación), y por otra parte,
impedimentos externos, frustraciones en la vida sexual o desengaños amoro
sos, podían producir un movimiento regresivo de la libido. Para Freud, como
tendremos ocasión de ver, la patología de la neurosis va unida a cuatro factores, a
saber: el fracaso, la fijación y represión, así como también la regresión.21
El descubrimiento de tendencias regresivas en la psique fue uno de los
primeros hallazgos que hizo Freud junto con Breuer .22 La expresión “direc
ción regresiva” la utilizó por primera vez en una carta a Fliess del año 1897.23
Pero más tarde la sometería a considerables modificaciones. Desde la suposi-
18 S. Freud, D r e i A b h a n d l u n g e n z u r S e x u a lth e o r ie ( G e s . W e r k e , V, p. 126).
19 S. Freud, A x is d e n A n f ä n g e n d e r P s y c h o a n a l y s e , p. 308. Carta a Fliess de 1 de agosto de 1899.
“¡La bisexualidad! Seguram ente tienes razón en lo que dices al respecto. Yo también me estoy
acostumbrando a considerar que todo acto sexual es un p r o c e s o e n t r e c u a t r o i n d i v i d u o s ." (La cursiva
es mía.)
20 S. Freud, D a s I c h u n d d a s E s ( G e s . W e r k e , XIII, p. 261).
21 S. Freud, V o r l e s u n g e n z u r E i n f ü h r u n g i n d i e P s y c h o a n a ly s e , 1917 ( G e s . W e r k e , XI, pp. 351 ss.).
22 Breuer y Freud, “Über den psychischen Mechanismus hysterischer Phänom ene”, 1893.
23 S. Freud, A u s d e n A n f ä n g e n d e r P s y c h o a n a l y s e , p. 248. Carta a Fliess de 14 de noviembre de
1897.
148 LA SEXUALIDAD INFANTIL Y LA ORGANIZACIÓN DE LA LIBIDO
ción de una actualización de los recuerdos traumáticos en la hipnosis hasta
los conocimientos expuestos en la teoría de los sueños mediaba un gran
trecho. Si en la regresión onírica había puesto de relieve el despertar dcformas
de trabajo más antiguas y más primitivas, haciendo su aparición las formas
infantiles y arcaicas, en la regresión libidinal reconocía un hecho de mayor
alcance: un regreso de la libido a estadios previos del desarrollo,24o a sus puntos de
fijación. A diferencia de lo que ocurría con la regresión en el sueño, que
concebía cada vez más como un proceso psíquico normal, valoró el movimien
to regresivo de la libido en la constitución de la neurosis como un dato de
marcado carácter patológico, que culminaba en el recurso de la pulsión j
sexual, no sólo a los objetos incestuosos, sino también a las etapas de la
organización sexual25 ya superadas. Típica de esta regresión era, tal como
acertadamente dijo Nunberg, la retirada de la energía a posiciones más
antiguas, así como la ocupación de puntos de fijación anteriores.26
Mientras que en las personas normales el fracaso (frustración) podía llevar
a una renuncia de la pulsión o a un logro cultural más elevado, así como
también a un proceso de internalización, en el caso de la neurosis, la libido
se tornaba regresiva, con lo que el torrente de la energía libidinal que
regresaba volvía, según los puntos de fijación, a los estadios fálico, anal-sádico
u oral-narcisista. Según la organización libidinal del estadio correspondiente
se reavivaban las tendencias propias del mismo, repitiéndose las formas de
vinculación con los objetos.27 Mientras que, por ejemplo, en el retorno a la
fase fálica se activaban sobre todo las tendencias genitales y los lazos con las
figuras paterna y materna, una regresión más marcada aumentaba principal
mente las tendencias agresivas. Si, en la vuelta a la etapa anal, la agresión
aumentaba hasta provocar la aparición de impulsos sádicos, en la regresión
a la fase narcisista (esquizofrenia) aparecían tendencias tanto a un marcado
negativismo como a una actitud hostil hacia las personas que rodeaban al
individuo que sufría estos trastornos. Frente a las repetidas afirmaciones de
que Freud construyó una relación insoslayable entre la frustración y la
reacción agresiva, quisiera yo, apoyándome en Nunberg, hacer la salvedad
de que tales reacciones sólo podían observarse en las neurosis o en las psicosis
narcisistas, presuponiendo siempre una regresión de la libido frustrada a
puntos de fijación de la primera infancia, con marcado tono agresivo.
3. L a sexu alid ad in fa n til desde e l p u n to de v is ta de J u n g
La polémica de Jung con la tesis de la sexualidad alcanzó su punto culminante
en la época de su separación de Freud. El disentimiento junguiano no se
refería únicamente a la confiabilidad de los recuerdos infantiles, ni a lo
24 S. Freud, Vorlesungen zur Einführung in die Psychoanalyse (Ges. Werke, XI p 355)
25 Ibid., p. 354.
26 H. Nunberg, Neurosenlehre, 1959, p. 127.
27 Ibid., p. 127 ss.
LA SEXUALIDAD INFANTIL Y IA ORGANIZACIÓN DE LA LIBIDO 149
fructífera que pudiera ser la idea de una sexualidad infantil, sino también al
significado de los complejos más importantes introducidos por Freud: el de
la organización sexual de la primera infancia y el complejo de Edipo. Ninguno
de estos ámbitos problemáticos que desempeñaban un papel tan preponde
rante en la teoría freudiana gozó de una valoración semejante en la psicología
de Jung. Si bien en la primera parte de sus Wandlungen und Symbole der Libido
atribuía los síntomas de la neurosis a reminiscencias infantiles y a sus imágenes
eróticas sustitutivas,28 o caracterizaba el estado del “pensamiento fantástico”
por notas tales como lo “infantil” y lo “desfigurado”,29 desde su apartamiento
de Freud se distanció también de modo creciente de esta forma de ver las
cosas.
* Fundamentalmente arrojó en medio de la discusión dos problemas: la
cuestión de la índole sexual de las actividades infantiles auloeróticas, por una parte,
y la de la verdad atribuible a los recuerdos infantiles, por la otra.
Aunque ya Freud había relativizado la validez de los recuerdos de la
temprana infancia, viendo su limitación, motivada por la actividad distorsio
nante de la fantasía, dentro de su sistema conservaban un gran valor como
factores de la neurosis de la mayor importancia etiológica. En cambio Jung
i adoptó al respecto una actitud bastante diferente. No sólo hacía cada vez
ü menos hincapié -en las situaciones de conflicto de carácter neurótico- en el
b valor fáctico de las impresiones infantiles, sino que además contraponía, a este
n punto de vista, otro notablemente diferente. Más esencial que la situación pasada
» le parecía la presente; más esencial que el acontecimiento concreto era para él la actitud
psíquica que el individuo adoptaba respecto a su situación. Y también era para
él más importante el significado simbólico del recuerdo que el suceso acaecido en la
infancia del sujeto. La cuestión del valor etiológico del recuerdo infantil se
ti
convirtió inadvertidamente en lo opuesto: no le pareció a Jung que la
memoria traumática infantil fuese lo esencial en el origen de la neurosis, sino,
antes bien, la actividad fantaseadora, que se apoderaba de manera regresiva
c de los restos del recuerdo, los exageraba y los avivaba eróticamente. Lo que
i? Freud consideraba resultado de huellas mnémicas que seguían actuando,
il prefería contemplarlo Jung como resultado de una exacerbada actividadfanta
i seadora que, de modo regresivo, imaginaba y creaba las vivencias infantiles.30
i* Pese a la relativización del valor fáctico de los recuerdos de la niñez, sería
ï injusto dar por bueno que Jung desconociera la importancia del pasado en
el desarrollo del individuo. ¡El pasado, la historia personal, no era, a este
efecto, lo mismo que el recuerdo!, pues si bien los recuerdos de la infancia
eran, en gran medida, poco confiables, nada cambiaba esto en el hecho de
que cada instante de la vida escondía en sí toda la historia precedente. Lo que
el individuo había llegado a ser encerraba en sí las impresiones específicas de
i su vida, sus vivencias individuales y su trabajo de elaboración mental. Pero
t esto, a su vez, no significaba que los conflictos actuales pudieran resolverse
i
28 C. G. Jung, Wandlungen und Symbole der Libido, p. 61.
29 Ibid., p. 31.
30 Véanse las pp. 132 s. y 156 s.
150 LA SEXUALIDAD INFANTIL Y LA ORGANIZACIÓN DE LA LIBIDO
mediante la reproducción de esa historia, sobre todo por la reproducción,
sumamente cuestionable, de los recuerdos infantiles.
Si Freud retrotraía siempre a la infancia el núcleo central del conflicto
neurótico, siendo para él el conflicto del adulto más bien un rcavivamiento
del conflicto infantil, Jung rechazaba esta manera de concebirlo. Jamás fue
para él el pasado más importante que el presente; jamás consideró el “ayer”
más esencial que el “hoy”. Puso en efecto de relieve, en relación con el origen
de las neurosis, que es en el presente; principalmente, donde reside el conflicto
patógeno.31*De ahí que tuviera por más adecuado, en vez de un análisis de las
dificultades de la infancia, el examen de la tensión actual entre la personalidad
adulta, por un lado, y la personalidad formada en el medio infantil,132 por
otro. Veía así, por ejemplo, en el infantilismo de la persona neurótica, menos
la consecuencia del lastre representado por las impresiones infantiles que el
signo de un “retraso del desarrollo afectivo”33 en la edad adulta, un “arrastrar
consigo las actitudes afectivas de la infancia”. Una expresión de ello era el
aferramiento infantil al padre, a la madre y a los hermanos. En tal aferra
miento reconocía Jung la causa de las dificultades de la separación, así como
las reacciones de huida ante las exigencias del mundo exterior. Para Jung, el
adulto neurótico naufragaba por el hecho de conservar una actitud infantil
que lo llevaba a un falso posicionamiento frente a los problemas que plantean
el cumplimiento de las obligaciones y la adaptación a las exigencias de la vida.
Con estas palabras formulaba Jung su concepción:
¿Qué cometido se niega el paciente a cumplir? ¿A qué dificultades de la vida busca
escapar?34
El planteamiento moral en la teoría de la neurosis se le antojaba tan valiosa,
cuando menos, como el planteamiento genético.
En la cuestión de la importancia de las impresiones infantiles para el
desarrollo del individuo no hay que pasar por alto la contemplación del mundo
de las imágenes originarias, de tanta trascendencia para la psicologíajunguiana.
Tal como tendremos ocasión de exponer, Jung nunca puso el principal acento
en el mero hecho concreto, en el comportamiento concreto de las figuras
paterna y materna. Frente al papel que desempeñaba para el adulto la fijación
en las correspondientes influencias del entorno durante la primera infancia,
destacaba él la vinculación, tan fuerte como mínima, que unía al individuo a
las vivencias concretas de las imágenes arquetípicas delf undo anímico que en cada caso
eran tocadas. Dicho de otra manera: no eran sólo los datos concretos de la
historia personal los que fascinaban a la mente humana y la ataban al pasado,
sino también las imágenes primigenias -sol, luz, infierno, templo, etc.- que
se vislumbraban en cada situación. En este punto nos limitaremos a señalar
31 C. G. Jung, Versuch einer Darstellung der psychoanalytischen Theorie, p. 111.
32 Ibid., p. 71.
33 Ibid., p. 66.
34 Ibid., p. 133.
LASEXUALIDAD INFANTIL Y LA ORGANIZACIÓN DE LA LIBIDO 151
que esta vision más profunda tenía que llevar tras de sí un método de
comprensión profundizado .35
Ahora, tras estas consideraciones de carácter más general, nos volveremos
a examinar la apreciación que Jung hizo de los distintos problemas, en el
periodo que nos ocupa: el de su separación de Freud.
a) Disposición polivalente y perverso-polivwrfa
Tal com ojung recalcó más de una vez, no pudo, sobre la base de sus propias
observaciones, confirmar la existencia de una disposición pulsional perverso-poli
morfa ni la de un comienzo en dos tiempos de la función sexual. Estas dos
afirmaciones le parecían ser mucho más expresión de una idea extraída de la
psicología de las neurosis del adulto y proyectada retrospectivamente sobre
la psicología del niño ,36 que un hecho real de la vida psíquica infantil. Y no
es que Ju n g no reconociera como cierta la tesis de Freud de que en la infancia
se daba una pluralidad de componentes de la libido que funcionaban con
mutua independencia. También él comprobaba la existencia de un polimor
fismo en las formas de actividad de la primera infancia, tales como chupar,
morderse las uñas, etc. Como destacado empírico que era, no podía cerrarse
al hecho de que los juegos autoeróticos, las costumbres infantiles, que poste
riormente tienen su continuación en los juegos sexuales, estaban en el orden
del día. Pero este reconocimiento del polimorfismo del modo de actividad de
la primera infancia no significaba, en modo alguno, que tuviera que ser
indefectiblemente de naturaleza sexual. ¡Todo lo contrario! Ju n g rechazaba
rigurosamente toda extensión del concepto de “sexual” a la actividad autoe-
rótica infantil. Los juegos sexuales de los niños eran para él básicamente
diferentes de los de la edad adulta. No sólo estaban mucho menos determi
nados localmente, en la medida en que estaban referidos a alguna zona
corporal en particular, sino que también el carácter del placer obtenido era
esencialmente diferente. A su entender la obtención de placer no tenía por
qué coincidir con la satisfacción sexual. Aun cuando lo cierto es que se
engañaba al creer que Freud había dado por sentada una identificación tal .37
En consecuencia, lo que Freud había designado como sexualidad de la
primera infancia, eligiendo para ello el calificativo de “perversa”, lo contem
plaba Jung, antes bien, como una etapa infantil, previa a la sexualidad
posterior. En cuanto a las llamadas formas de actividad perversas, parecióle
aju n g que era mucho mejor verlas como una “paulatina migración por etapas
de la libido [primitiva] que, abandonando la función nutricia, se dirigía hacia
la función sexual”.38 Lo que él observaba no era precisamente la universalidad
35 V éanse las pp. 195 ss.
36 C. G. Ju n g, Versuch einer Darstellung der psychoanalytischen Theorie, p. 60.
37 Cf. la exposición que hace Karl Abraham en torno a “Versuch einer Darstellung” en
Ärztliche Psychoanalyse, 1914, pp. 72 ss. .
38 C. G. Ju n g, Versuch einer Darstellung der psychoanalytischen Theorie, p. 60.
152 LA SEXUALIDAD IN FANTIL Y LA ORGANIZACIÓN DE LA LIBIDO
de la función sexual, sino más bien un proceso de desarrollo que se desenvol
vía paulatinam ente, desde un prim er estadio presexual, caracterizado por el
crecimiento y la nutrición, pasando por una segunda fase en la que lo
determ inante era la sexualidad en germen (prepubertad), hasta desembocar
en la etapa de la libido, que se distinguía por la m adurez de lo sexual.39 En
los precoces hábitos autoeróticos veía m eram ente los gérm enes de la sexuali
dad posterior, en modo alguno el indicio de la actividad de una función sexual
ya desarrollada. Pero Ju n g fue más lejos. Reconocía, cada vez con mayor
claridad, que en la disposición infantil había que ver un estadio previo del desarrollo
intelectual en general, pues el polimorfismo se expresaba también en el hecho
de que los gérmenes del desarrollo de las facultades mentales y sus comienzos
se retrotraían a este tem prano periodo de la vida. A partir de tales reflexiones,
que se rem ontan al año 1913, se decidió Ju n g a sustituir la expresión
freudiana “disposición perversa” por la de disposiciones germinales polivalentes.
Años más tarde (1946) dio a estas ideas la siguiente formulación:
I m p o n e r a la d isp o sic ió n p o liv a le n te d el n iñ o u n a te r m in o lo g ía se x u a l tomada de
la eta p a d e la se x u a lid a d e n su p le n o d esa r ro llo , e s u n a te m e r id a d d e dudosa
licitu d . C o n d u c e a m ete r d e n tr o d e la in te r p r e ta c ió n se x u a l to d a s las d em ás cosas
q u e d e s p u n ta n e n el n iñ o , co n lo q u e, p o r u n a p a rte, se h in c h a y se v u e lv e nebuloso
e n d e m a sía el c o n c e p to d e se x u a lid a d y, p o r otra p a rte, se h a c e ap arecer a los
fa cto res in te le c tu a le s c o m o m eras atrofias d e l in stin to .40
La suposición de la existencia de una disposición germinal polivalente en
el niño había de revestir extraordinaria importancia, no sólo para su com
prensión de la forma en que se constituía la capacidad de entender en la vida
del individuo, sino también de cara a sus ulteriores investigaciones en torno
a la relación entre la pulsión y el arquetipo.
J u n g empezó por hacer énfasis en el genuino carácter de esta a