Los primeros jóvenes hegelianos:
La historia de los jóvenes hegelianos empieza en 1835 con un libro sumamente controversial e
influyente: La vida de Jesús de David Strauss. En este texto, Strauss da una interpretación de
los evangelios y de la vida de Jesús que partiendo de las premisas filosóficas de Hegel rechaza
tanto las conclusiones de este mismo como la visión oficial al respecto. Así, por vez primera
Hegel es vuelto contra sí mismo y contra el orden establecido. Para Strauss la figura de Jesús,
cuya existencia misma es puesta en duda, personificaba el grado de autoconciencia que la
humanidad había alcanzado en ese entonces. De esta manera se humaniza tanto a Dios como
a Jesús y es la humanidad, como sujeto colectivo de la historia, la que pasa al primer plano. Así
lo dice Strauss: “Seamos fieles a la idea de la unidad entre lo divino y lo humano pero no
busquemos su realización en un solo ser despojando a todos los demás de la misma sino en
toda la humanidad: es en la diversidad de los seres singulares, que se completan unos a otros y
juntos forman una totalidad, que esta unidad se hace real de una manera inmensamente
superior que si la concebimos como encerrada y acabada en un solo ser. En la humanidad Dios
se ha hecho hombre no una vez sino infinitamente; en ella Él vive la plenitud de su fuerza.”
Strauss resume este razonamiento tan hegeliano de una manera drástica: “la humanidad es
Cristo”.1El escándalo fue inmediato. C. A. Eschenmayer de Turingia describe a Strauss como un
nuevo Judas y los luteranos ortodoxos, con el catedrático de Berlín E. W. Hengstenberg a la
cabeza, lo condenan resueltamente. Se escriben artículos a favor y en contra de Strauss y el
gobierno investiga la posibilidad de intervenir contra un teólogo tan heterodoxo [cita requerida]. De
esta manera los hegelianos se ven obligados a tomar partido y los defensores de Strauss pasan
a formar el núcleo del cual surgiría el hegelianismo joven. Esto no quiere decir que haya sido
este libro el que haya creado la división dentro del campo hegeliano. La misma, tal como lo
dice McLelland, existía ya, pero de forma más bien latente. La polémica en torno a la obra de
Strauss vino a sacarla a la luz y a radicalizarla enormemente, creando, además, un sentido de
cuerpo entre ambos bandos enfrentados.
De la crítica de la religión a la crítica revolucionaria:
Hasta 1839 el horizonte crítico de los jóvenes hegelianos está dominado por discusiones
extremadamente complejas y esotéricas sobre materias teológicas. El punto central de esta
crítica es la consideración de la religión en general y del cristianismo en particular como un
producto histórico de la evolución del hombre que, en un momento dado, está destinado a ser
superado por formas más altas de autoconciencia humana. Pero lo que en realidad hacía esta
crítica absolutamente inaceptable era el postulado de que ese momento ya había llegado con
la filosofía de Hegel. De esta manera la religión se hacía obsoleta y perdía su rol histórico, en
especial en cuanto soporte fundamental y oficial del Estado prusiano. El mensaje de los
jóvenes hegelianos era que el Estado prusiano requería de un fundamento más adecuado a su
misión histórica y ese fundamento no podía ser otro que la filosofía. Así, durante este primer
período los jóvenes hegelianos no se ven en absoluto como opositores al régimen político
existente sino como sus verdaderos defensores, que buscan fortalecerlo a través de reformas
que lo harían más adecuado a sus altos propósitos. Esta búsqueda de convencer al poder
existente de que debía hacerse menos religioso y más racional, es decir, filosófico fue
perdiendo terreno poco a poco y la crítica a Hegel por la falta de radicalidad en sus
conclusiones empezó pronto a extenderse a otros campos. Este fue el caso de la filosofía de la
historia. En 1838 el conde polaco August von Cieszkowski escribe una obra verdaderamente
señera titulada Prolegómenos sobre la filosofía de la historia en la cual plantea –de una
manera directa y explícitamente inspirada por el milenarismo de Joaquín de Fiore– que la
filosofía de Hegel no marca el fin de la historia sino solo el comienzo de la tercera y última
etapa del movimiento triádico de la dialéctica histórica. Con este tercer momento, al que Hegel
había dado inicio, concluye el ciclo en que el Espíritu primero era “an sich” (en sí o como “das
Selbstsein”), para luego ser “für sich” (para sí o como “das Selbstdenken”) y ahora llegar a ser
“aus sich” (de sí o fuera de sí como “das Selbsttun”). La triada va así, para decirlo en forma
simple, del ser al pensamiento y del pensamiento a la acción. Su último momento es el de la
“praxis”, en el cual la humanidad pasa a conformar una realidad de acuerdo a las reglas de la
razón.2 Este momento culminante de la historia es el momento que reconciliará, como lo dice
Leszek Kolakowski, “la subjetividad con la naturaleza, a Dios con el mundo, a la libertad con la
necesidad, a los deseos elementales con los preceptos exteriores. El cielo y la tierra se unirán
en eterna amistad, y el espíritu, completamente consciente de sí y plenamente libre, no
distinguirá ya entre su vida activa en el mundo y su pensamiento acerca de él.” 3Cieszkowski
orienta así su mirada hacia el futuro y, sobre todo, hacía la acción, formulando lo que él mismo
llama una “filosofía de la praxis” (“die Philosophie der Praxis”). La filosofía pasa así a tomar un
rol activo, formativo y revolucionario que llevará a lo que pronto será el grito de guerra de la
izquierda hegeliana: “la realización de la filosofía”. Esto es lo que Marx hará inmortal en su
famosa tesis número once sobre Feuerbach de 1845: “Los filósofos no han hecho más que
interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.” De esta
manera los discípulos de Hegel, para poder formular un credo revolucionario, se verían
forzados a volver al “Sollen” (“deber ser”) de Fichte, contra el cual Hegel –como pensador
profundamente antiutópico que era– había lanzado tantas andanadas críticas. Cieszkowski
rompe así y de una manera explícita con la prohibición hegeliana de pronunciarse sobre el
futuro y convierte esta tarea en la tarea más esencial de la reflexión filosófica.
Radicalización política de los jóvenes hegelianos:
La filosofía futurista de Cieszkowski vino a darle expresión a aquel estado de ánimo milenarista
que imperaba entre los jóvenes hegelianos basado en la certidumbre de que su época era un
punto de quiebre fundamental en la evolución humana y el comienzo de una era
cualitativamente diferente de la misma. Además, estaba el convencimiento de que en el
surgimiento de esta nueva época la filosofía, encarnada por ellos mismos, jugaría un papel
esencial. Esta convicción se canalizó primero en intentos de reformar el orden existente desde
adentro, convenciendo a los detentadores mismos del poder de la necesidad de
autoreformarlo. Luego, cuando el poder respondió con la persecución en vez de prestarle
oídos a los llamados de los jóvenes filósofos, se pasa a una actitud mucho más desafiante que
se radicalizará cada vez más hasta llegar al elitismo crítico de Bauer, el comunismo de
Hess, Engels y Marx, el anarco-comunismo de Bakunin y el individualismo radical de Stirner.
Entre 1838 y 1842 la mayoría del movimiento jovenhegeliano se agrupa en torno a
los Hallische Jahrbücher, la revista editada por Arnold Ruge que desde 1841 pasó a
llamarse Deutsche Jahrbücher. Es justamente Ruge quien durante este período está a la
vanguardia de aquel movimiento de radicalización política de sus jóvenes amigos que
comienza en 1840 para profundizarse durante 1841 y culminar en 1842-43. Este desarrollo
puede ser sintetizado de la siguiente manera. Los jóvenes hegelianos tienen grandes
expectativas de que el nuevo rey de Prusia, Federico Guillermo IV, que asume el poder en
1840, abra el camino de la realización de sus aspiraciones reformistas y liberales. Nada de esto,
sin embargo, se haría realidad. El nuevo monarca muestra de inmediato un rostro sumamente
conservador, tratando de revivir las costumbres más rancias de la tradición alemana. El nuevo
rey ve en los jóvenes hegelianos un grupo de críticos irreverentes y pronto estallará el conflicto
entre ambos. Los jóvenes hegelianos responderán radicalizando y ampliando su crítica contra
el orden existente. Su liberalismo tiende a evolucionar hacia un democratismo donde las bases
mismas de la monarquía son cuestionadas. A comienzos de 1842 Arnold Ruge proclama
públicamente su convicción democrática y llama a sus amigos, según la expresión de Auguste
Cornu, a “transformar el liberalismo en democratismo”. 4En marzo de 1842 Bruno Bauer, amigo
íntimo de Marx y una de las mayores figuras del hegelianismo joven, es despojado de su
licencia para enseñar lo que es interpretado por sus jóvenes amigos como la señal de una
confrontación definitiva entre el nuevo monarca y sus críticos. Para su sorpresa y desencanto
los jóvenes filósofos no encuentran ningún apoyo en su lucha, lo que los lleva a una actitud
cada vez más resentida y elitista. Bauer y sus amigos de desventura ven así –ante la total
indiferencia pública– cerradas las puertas de aquellas carreras que o ya habían iniciado, como
Bauer, o que pronto deberían haber iniciado, como Marx. Esta circunstancia tendrá un impacto
decisivo en el desarrollo del hegelianismo joven y dejará una impronta indeleble en el
marxismo mismo. De ella surgirá un desprecio característico por la “masa” embrutecida que no
entiende o no se atreve a entender lo que la historia exige de ella. Frente a esta masa se
cristalizará la élite, esa vanguardia esclarecida que entiende la historia y asume su llamado,
obteniendo por ello mismo el derecho a comandar y, de ser necesario, a usar la coerción sobre
esa masa embotada. Esta amarga retórica caracterizará los escritos de Bauer y de sus amigos
radicales así como también lo harán la soledad política y el estigma social en que se
encuentran. Ello desencadenará, durante 1844, una serie de violentos conflictos internos que
terminarán destruyendo al hegelianismo joven ya sea como tendencia filosófica o como
entidad política. Unos se refugiarán en la soledad, como Bauer, mientras que otros, como
Marx, se lanzarán en la búsqueda de una “masa” que sí pudiese encarnar sus ideas
revolucionarias.
Los jóvenes hegelianos se oponían a otra corriente hegemónica llamada derecha
hegeliana que dominaban los estamentos universitarios y gubernamentales. Esta derecha
hegeliana opinaba que la serie de eventos históricos de la dialéctica hegeliana se habían
completado en su sociedad, y que el estado y la sociedad prusianos tal como existían eran la
culminación de todos los cambios dialécticos (mencionaban el alto grado de desarrollo del
Estado, la presencia de universidades importantes, desarrollo económico y altas tasas de
empleo). A diferencia de esta visión positiva y nacionalista del estado prusiano, los jóvenes
hegelianos opinaban que muchos otros cambios dialécticos habrían de suceder, y que la
sociedad prusiana del momento estaba lejos de la perfección puesto que contenía bolsas
de pobreza, censura gubernamental, y discriminación religiosa de los no luteranos.
Los jóvenes hegelianos no eran reconocidos por las universidades debido a sus visiones
radicales de la religión y la sociedad. A varios de los profesores se les obligó a dimitir, a algunos
estudiantes como el joven Marx se les rechazaron trabajos en la Universidad de Berlín.
Desarrollo[editar]
Los primeros jóvenes hegelianos:
La historia de los jóvenes hegelianos empieza en 1835 con un libro sumamente controversial e
influyente: La vida de Jesús de David Strauss. En este texto, Strauss da una interpretación de
los evangelios y de la vida de Jesús que partiendo de las premisas filosóficas de Hegel rechaza
tanto las conclusiones de este mismo como la visión oficial al respecto. Así, por vez primera
Hegel es vuelto contra sí mismo y contra el orden establecido. Para Strauss la figura de Jesús,
cuya existencia misma es puesta en duda, personificaba el grado de autoconciencia que la
humanidad había alcanzado en ese entonces. De esta manera se humaniza tanto a Dios como
a Jesús y es la humanidad, como sujeto colectivo de la historia, la que pasa al primer plano. Así
lo dice Strauss: “Seamos fieles a la idea de la unidad entre lo divino y lo humano pero no
busquemos su realización en un solo ser despojando a todos los demás de la misma sino en
toda la humanidad: es en la diversidad de los seres singulares, que se completan unos a otros y
juntos forman una totalidad, que esta unidad se hace real de una manera inmensamente
superior que si la concebimos como encerrada y acabada en un solo ser. En la humanidad Dios
se ha hecho hombre no una vez sino infinitamente; en ella Él vive la plenitud de su fuerza.”
Strauss resume este razonamiento tan hegeliano de una manera drástica: “la humanidad es
Cristo”.1El escándalo fue inmediato. C. A. Eschenmayer de Turingia describe a Strauss como un
nuevo Judas y los luteranos ortodoxos, con el catedrático de Berlín E. W. Hengstenberg a la
cabeza, lo condenan resueltamente. Se escriben artículos a favor y en contra de Strauss y el
gobierno investiga la posibilidad de intervenir contra un teólogo tan heterodoxo [cita requerida]. De
esta manera los hegelianos se ven obligados a tomar partido y los defensores de Strauss pasan
a formar el núcleo del cual surgiría el hegelianismo joven. Esto no quiere decir que haya sido
este libro el que haya creado la división dentro del campo hegeliano. La misma, tal como lo
dice McLelland, existía ya, pero de forma más bien latente. La polémica en torno a la obra de
Strauss vino a sacarla a la luz y a radicalizarla enormemente, creando, además, un sentido de
cuerpo entre ambos bandos enfrentados.