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Sócrates y Los Sofistas

1) Sócrates y los sofistas mantuvieron una relación compleja de recelo y estímulo mutuo, donde Sócrates cuestionó las verdades relativas de los sofistas pero también aprendió de sus técnicas retóricas. 2) Los sofistas enseñaban técnicas de persuasión como la oratoria, la retórica y la sofística para convencer a las audiencias sin preocuparse por la verdad, mientras que Sócrates buscaba el conocimiento a través del diálogo humilde.

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Sócrates y Los Sofistas

1) Sócrates y los sofistas mantuvieron una relación compleja de recelo y estímulo mutuo, donde Sócrates cuestionó las verdades relativas de los sofistas pero también aprendió de sus técnicas retóricas. 2) Los sofistas enseñaban técnicas de persuasión como la oratoria, la retórica y la sofística para convencer a las audiencias sin preocuparse por la verdad, mientras que Sócrates buscaba el conocimiento a través del diálogo humilde.

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Sócrates y los sofistas

1. Una relación de recelo y estímulo mutuo

El advenimiento del logos ha implicada una serie de posibilidades para el pensamiento. En


efecto, a partir de él obró una primera posibilidad de pensar articulando razonamientos y
que tuviera como fin explicar procesos causales. Tanto la forma del pensamiento lógico, que
supone razonar por deducciones, a través del establecimiento y aplicación de ciertos
principios (el de identidad, el de no contradicción y el de tercero excluido) se logra
sistematizar un modo de razonamiento, como la aparición del pensamiento matemático,
cuya tarea se sostiene sobre objetos ideales, sean números o figuras. También la ciencia,
con sus objetivos de explicación, de sistematización del conocimiento, con la aspiración de
dar cuenta de las causas que gobiernan este mundo, se instauran bajo el dominio del logos.

Pero nos centraremos en otros dos modos del pensamiento cuyas implicancias siguen
resonando en nuestros días de diversos modos.

Conocer al pensamiento y la actitud sofística no sólo es un tema vinculado a la historia de la


filosofía, es también una manera de entender de qué modo hoy se producen los discursos,
cómo funcionan los medios de comunicación, las redes sociales, los mecanismo
publicitarios, los asesoramientos institucionales, las formas de hacer más operativas y
eficacias las transacciones comerciales, así como el mundo de la política y el mundo
jurídico.

A su vez, el pensamiento y la forma en que él encarna como reflexión y postura, aún hoy (y
quizás más que nunca) se presenta como una necesidad de acercarse al problema de la
verdad, sin dogmatismo, pero tampoco con el facilismo de aceptar cualquier postura porque
es presentada con cierta eficacia. Hoy la pulseada entre la postura filosófica y la sofística
está al orden del día.

El siglo V a.C. marcó una singular condición, no sólo con el advenimiento político de la
democracia ateniense, o por el despliegue impar de las artes, sea el teatro, la escultura, la
arquitectura, sino por el particular proceso intelectual que tuvo un epicentro en el debate de
Sócrates con los sofistas.

En efecto, hacia mediados de ese siglo llegaban a Atenas diversos maestros, en particular
la llegada de Gorgias causó un profundo impacto en esa sociedad y en su sistema cultural.
En la política el sistema democrático desplegado a instancia de la visión de Pericles logró
consumar un momento de esplendor para la ciudad, que, sin ser la capital de un imperio,
sobresalía sobre el resto de las polis e imponía su dominio cultural, económico y militar. La
asamblea de la ciudad decía las leyes sobre las diversas posturas que los ciudadanos (que
no eran más del 20 % de la población) presentaban y debía votar entre ellos. Así, quien
tuviera la mejor exposición, quien fuera más convincente, lograría el apoyo de la mayoría.
Gorgias, Protágoras, Antifonte, han sido de los sofista más preeminentes, en especial el
primero, cuya impronta fue tan extraordinaria siendo el maestro de Pericles, que se creo el
verbo gorgianizar, para describir la acción de hablar al modo de Gorgias.

Esta potencia política de la palabra, de la eficacia del discurso como herramienta de poder,
supone un abandono de los relatos míticos como forjadores de cultura, que ha instancias de
quién y cómo narra, con qué autoridad lo hace, puede generar los efectos de verdad
necesarios para organizar una sociedad y su cultura. Así sucedía en épocas de monarquía,
en donde el relato mítico configuraba la autoridad política, religiosa, siendo el motor del
vínculo con las fuerzas de la naturaleza y las sobrenaturales que manifiestas a las potencias
de los dioses, pero también en las relaciones económicas, y en la conformación de los
ideales de vida y las creencias. Esto lo vemos claramente en la Ilíada y la Odisea.

Ahora bien, la importancia de los sofistas estaba vinculada a su tarea de instrucción en las
técnicas de la persuasión, trabajo por el cual cobraran muy adecuadamente, (similar a los
trabajos de consultoría, de marketing y publicidad de nuestros días). Para que la eficacia de
la persuasión funcione es necesario que operen sus tres técnicas que desarrollaremos
brevemente.

1.1 La persuasión y sus técnicas

Para los griegos la persuasión, la Peitho, era una divinidad capaz de conquistar las
intenciones y los pensamientos, quebrantar la voluntad en función de sus propias
expectativas. Puesto en el ejercicio humano, este poder se presentó a través de tres formas
hacían posible su eficacia: la oratoria, la retórica y la sofísitica.

Ajustando la definición de estos tres términos al uso de este movimiento sofista vamos a
considerarlos del siguiente modo:
La oratoria sería el arte de hablar correctamente en público, aplicando recursos expresivos
ligados al manejo escénico, postural y vocal del orador, con la intención de capturar la
atención de ese público. La disposición a modular adecuadamente, la impostación de la
voz, la convicción en el modo, la empatía son claves para la el buen manejo de la oratoria,
saber expresarse con la correcta elección de las palabras y los giros. En el radar de un
buen orador está la predisposición de su audiencia, que no se alejen del interés por su
discurso y su propia figura. Se podría pensar que ser tartamudo sería una verdadera
desgracia para un orador, sin embargo, Demóstenes, el gran padre de la oratoria griega lo
era; pero ante esta dificultad supo esforzarse –se ponía piedras en la boca para practicar y
soltar su lengua- y se convirtió en el más encendido de los oradores.

La retórica, por su parte, se concibe como el arte de organizar el discurso de modo tal que
logra captar, no sólo la atención, sino la voluntad del otro, poder obtener su adhesión. Se
trata, en efecto, del modo en que se organiza en sus partes el discurso de modo que sea
convincente. Supongamos que ante un debate de propuesta, se presentan tres postulantes,
el orden de sus exposiciones dará cuenta de retóricas distintas, el modo en que el primero
hablará será distinto al tercero. Las tácticas y estrategias de organizar aquello que se va a
presentar será diferentes. Quizás una estrategia retórica suponga que primero hay que
presentar los aspectos positivos al comienzo y las debilidades al final, otra estrategia
considerará que la peor noticia hay que presentarla primero y terminar el discurso con un
tono optimista.

Por su parte, la sofística, que da nombre al movimiento de estos pensadores, no se queda


en los aspectos formales como la oratoria y la retórica, sino que se preocupa por la
formulación de argumentos convincentes, tendientes a superar en un debate a un oponente.
La particularidad de la sofística está en la eficacia de la superación en un proceso de
presentación de posturas, sin atenerse al valor de verdad que pueda tener. En efecto la
sofística no busca la verdad de sus planteos, ni necesariamente que sean racionales (los
sofistas solían recurrir, si fuera necesario, a los mitos) para poder torcer la potencia
argumental del otro. Como en círculos concéntricos, la oratoria, la retórica son instancias
coadyuvantes para que funcione la sofística y finalmente para la persuasión sucede como
forma de convencimiento.

Sea para el orden político, jurídico o teórico, la persuasión opera como instauradora de
mecanismo de verdad, sin que los sofistas crean necesariamente en ella. En efecto, para
ellos la verdad es más bien una necesidad psicológica de creer en algo, que un orden
objetivo de la realidad que debe expresar con pensamientos y discursos adecuados. Son
relativista con respecto al ser de las cosas, en abiertas antípodas a Parménides que supone
el carácter absoluto del Ser, y a su vez, son escépticos con respecto al saber, ya que al
sostener una visión relativa del ser, deben también poner ese mismo plano a la concepción
de la verdad: al no haber ser no puede haber saber, ni verdad. En todo caso, el hombre es
medida (siempre relativa) de todos las cosas, como expresa la máxima de Protágoras.

Si en la dinámica de la perspectiva metafísica de Parménides, que vincula al ser (ontología)


con el saber (gnoseología) y finalmente con la comunicación de ese saber, debe respetarse
este mismo orden, ya que no puede comunicarse un saber que no sea de un ser, para el
pensamiento sofista este orden de invierte. Tanto en la importancia de la efectividad de la
comunicación, como en la eficacia en la presentación del discurso, el lenguaje es lo más
relevante y definitoria en cuento al establecimiento de la verdad. Ella no es, en efecto, el
reflejo de un estado definitivo de las cosas, sino lo que alguien esté dispuesto a creer,
forzado por la habilidad de alguien de mostrarle un discurso capaz de ocupar el lugar de la
verdad.

De este modo, el sofista, con su relativismo y escepticismo, será un gran maestro para
producir discursos, también alguien difícil de engañar, pero por eso mismo, un peligroso
enemigo si sus habilidad y recursos se usan de modo incorrecto y perjudicial.

Pero gracias a ellos, en particular a Gorgias y Protágoras, la figura de Sócrates y el genio


de Platón encontraron fuentes de discusión, notables adversarios teóricos, de gran cualidad
intelectual para forzar sus mejores planteos y darle a la filosofía el lugar del amor por el
saber, reparando en la actitud más humilde de buscar el conocimiento y de no sentirse
portador (y vendedor) de la verdad.

2.Sócrates: figura y pensamiento

Sin duda la figura de Sócrates conjuga diversos cualidades que hacen de él, un personaje
inigualable, impar entre muchos y motivo de diversas conjeturas. De hecho, no contamos
con su propio testimonio de la realidad, de su pensamiento filosófico, ya que no sólo no
escribía, sino que debatía sobre los peligros de la escritura para la memoria, para el fluir del
razonamiento y para la dinámica de los diálogos.

Sobre él conocemos por tres fuentes, por tres autores que lo retratan de modo diferente.
Una de esas fuentes es el comediante Aristófanes, que hace de él justamente lo opuesto
que la tradición nos a acercado: lo presenta como sofista, que lucra con el saber y que
desatiende todas las cosas mundanas. En la obra Las nubes, así lo describe; y cuenta la
historia, que el propio Sócrates fue al estreno y estuvo parado en todo momento, a
sabiendas que el pública quería verlo a él y sus reacciones ante la parodia que se hacía
sobre su persona en el escenario.

También conocemos de Sócrates por un discípulo suyo llamado Jenofonte, que lo muestra
como un moralista, que aconseja ante diversas situaciones, pero careciendo de las
diferencias de matices, la cualidad genial que sobre Sócrates va a esbozar su gran
discípulo: Platón.

Sócrates, en efecto, tuvo la fortuna de contar como discípulo a uno de los más grandes
pensadores de todos los tiempos, quien a su vez, debe su grandeza en gran medida al
maestro que tuvo. Así es como Platón debería ser entendido: un gran pensador, porque fue
un gran discípulo de un gran maestro. Y él nos muestra a Sócrates con todo la riqueza
intelectual, el rigor moral, la genialidad para el diálogo y la pasión por la verdad, como
ningún otro en su época. Además de justo y valiente para asumir la dudosa condena sobre
su figura y su magnánimo final, muriendo encarcelado y por la acción de la cicuta.

En la mayoría de los diálogos de Platón, Sócrates es su personaje principal, el gran orador,


el custodio de la verdad, el revelador de posturas falsas, contradictoria o parciales. Su vida
intelectual fue una militancia por la verdad con la que se vinculaba con el método de la
mayéutica.

2.1 La mayéutica: indagatoria y verdad

Para presentar el método socrático, podemos recurrir a una cita que A. H. Amstrong hace
de ella en su libro Introducción a la filosofía antigua, allí nos indica:

“Todo lo que el maestro puede hacer es inducir a su discípulo a volverse sobre sí mismo, de
modo tal que la visión hiera su el ‘ojo del alma’, y de ejercitar su mente para extraer de ella
la verdad que está buscando. Sócrates llevaba esto a la práctica, primero, haciendo ver a su
interlocutor la perplejidad desalentadora, la aporía o posición sin salida, a que su noción
corriente e insensata sobre tal o cual virtud lo conduciría, si se dedujesen sus
consecuencias lógicas. Luego, incitaba amablemente a descubrir la solución correcta,
solución que a menudo, en aquellos primeros diálogos de Platón… no se establece de
manera expresa, sino tan solo implícita. Es el ‘arte de la mayéutica’, profesado por
Sócrates, base y origen a partir de su época, de toda discusión filosófica racional y
constructiva.”1

1
Amstrong, A. H., Introducción a la filosofía antigua. Ed. Eudeba. pág. 61-1. Quinta edición.
Buenos Aires, 1983. ISBN 950-23-0043-2
A modo de reflexión y explicación de esta cita, podemos retomar la didáctica propuesta de
Adolfo Carpio en su clásico Principios de filosofía, donde explaya los dos momento de la
mayéutica. El primero denominado refutación, movilizado por un tono que se caracteriza por
la ironía, en donde Sócrates se muestra sorprendido por la respuesta que encuentra ante
alguna interrogación que ha hecho a quien el imagina el más sabio sobre un tema. Por
ejemplo, si quiere saber sobre la justicia pregunta a un legislador, si quiere saber sobre la
piedad, sobre la belleza, a quienes entienda docto en esas cualidades, o sobre la valentía
consulta a un general. Este es caso utilizado para explicar el método socrático y que se
encuentra en el diálogo Laques.

En efecto, este general Laques, sería quien mejor sabría sobre la valentía, y ante la
consulta de Sócrates, el general expone una definición que Sócrates encuentra parcial y
rápidamente ineficaz para capturar de modo pleno a la valentía. Así sumerge a Laques en
una serie de interrogaciones que llevarán a este interlocutor a tener que admitir la
insuficiencia de sus planteos y la admisión de su ignorancia. 2 La refutación supone un
efecto de catarsis, es decir, de purga, de limpieza del saber parcial, limitado que se tenía en
un primer momento, surgido por la habilidad de Sócrates de inducir mediante hábiles
preguntas a la comprensión de la propia debilidad de la postura inicial. No impone una idea
propia Sócrates, sólo despliega su repertorio de interrogaciones para poner a su interlocutor
en evidencia de su ignorancia; si impusiera su propio criterio, sería en entonces un sofista.

Catarsis sería además de limpiar, purgar la ignorancia, una forma de trabajar sobre el propio
orgullo del saber, sobre el ego del que supuestamente sabría. En general no es fácil aceptar
el límite del saber, y ser expuesto ante los demás, sólo quien busca la verdad, se puede
sentir beneficiado de admitir que sabe parcialmente o que directamente no sabe. De allí que
Sócrates se ganara variados enemigos.

El segundo momento, posterior a la refutación y catarsis, es la mayéutica propiamente


dicha. Ella recuerda la tarea de la propia madre de Sócrates, que como partera, ayudaba a
dar a luz a una madre, es decir, no le da un hijo, sino que le permite parir el propio. De
modo análogo, Sócrates se refiere a sí mismo como un mayéutico, es decir, quien ayuda a
dar a luz, como una partera, la verdad que debe alumbrarse desde sí, y no desde la
imposición de otro.

Esta postura se refuerza con la concepción de la reencarnación, a la cual Sócrates adhiere,


y que da al alma una visión, previa al nacimiento, de la Ideas o Formas, pero que antes de
encarnar, olvida por pasar por el mítico río del olvido: el Leteo. Por lo que la verdad,
2
Carpio, Adolfo, Principios de filosofía,pag. 67-79. Allí se encuentra explicitado y bien
desarrollado el método socrático y la ejemplificación con el texto Laques.
obtenida por la mayéutica, sea para cada uno, el recuerdo de la visto antes de encarnar,
ahora logrado por la visión intelectual que llaman los griegos con el nombre de nous, la
inteligencia, purificada de opiniones, y por tanto, en posibilidad de acceso a la verdad de las
Ideas.

3. Bibliografía utilizada

ARMSTRONG, A. H. Introducción a la filosofía antigua. 2a ed. Buenos Aires: EUDEBA,


1977. ISBN: 9789502315874

CARPIO, A. Principios de filosofía: una introducción a su problemática. 2a ed. Buenos Aires:


Glauco, 1997. ISBN: 9789509115019

CENCI, W.; Laera, R. y Lythgoe, E. Ética. Buenos Aires: Temas-UADE, 2007.

FERRATER MORA, José y COHN, Priscilla (comp.). Diccionario de filosofía de bolsillo.


Madrid: Alianza, 2001.

GUTHRIE, W. K. C. Los filósofos griegos, de Tales a Aristóteles. México D.F.: Fondo de


Cultura Económica,

1977.

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