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Criminología Biológic1

La criminología biológica se centra en las características biológicas del individuo como factores determinantes del comportamiento delictivo, argumentando que ciertos rasgos pueden predisponer a la criminalidad. Las teorías modernas han evolucionado hacia la comprensión de la interacción entre factores biológicos y sociales, aunque aún no se ha establecido una correlación definitiva entre biología y comportamiento criminal. Además, se exploran enfoques psicológicos y sociológicos que consideran la influencia del entorno y la toma de decisiones racional en la conducta delictiva.
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Criminología Biológic1

La criminología biológica se centra en las características biológicas del individuo como factores determinantes del comportamiento delictivo, argumentando que ciertos rasgos pueden predisponer a la criminalidad. Las teorías modernas han evolucionado hacia la comprensión de la interacción entre factores biológicos y sociales, aunque aún no se ha establecido una correlación definitiva entre biología y comportamiento criminal. Además, se exploran enfoques psicológicos y sociológicos que consideran la influencia del entorno y la toma de decisiones racional en la conducta delictiva.
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CRIMINOLOGÍA BIOLÓGICA

Aquellos que ven la delincuencia como un fenómeno vinculado


esencialmente al individuo humano ubican las fuentes de la delincuencia ya sea
en el invento del criminal individual o en los procesos de pensamiento del criminal,
o en una mezcla de ambos. Las explicaciones individualistas del crimen van desde
la idea de que los criminales son criminales natos, que ciertas personas tienen una
propensión constitucional a cometer el crimen, hasta la idea de que los
criminales vienen a cometer delitos de la misma manera que los ciudadanos
respetuosos de la ley. 
La criminología biológica abarca aquellos enfoques para explicar el crimen
que asumen que los delincuentes actúan de la manera que lo hacen debido a las
características inherentes de su composición biológica. El criminólogo italiano del
siglo XIX Lombroso, aparentemente sobre la base de una investigación científica
sobre delincuentes, afirmó haber identificado características físicas que eran más
comunes entre los delincuentes y que apuntaban a que nacieron con una
constitución que retrocedía a una condición más primitiva, a diferencia de gente
normal, llamó a este estado atavismo.  
Asimismo, la criminología biológica ha avanzado desde tan tempranos y
crudos intentos por articular la noción de delincuente nato y ahora tiende a
argumentar solo por un elemento heredado de la criminalidad en lugar de criminal
nacido, como la tesis de la transmisión genética. De patrones de comportamiento
que hacen más probable la ofensa.
Las teorías biológicas dentro del campo de la criminología intentan explicar
comportamientos contrarios a las expectativas de la sociedad a través del examen
de las características individuales. Estas teorías se clasifican dentro de
un paradigma (modelo, patrón o marco conceptual, o teoría que sirve de modelo a
seguir para resolver alguna situación determinada) llamado positivismo (también
conocido como determinismo), que afirma que los comportamientos, incluidos los
comportamientos que violan la ley, están determinados por factores en gran
medida más allá del control individual. 
Asimismo, las teorías positivistas contrastan con las teorías clásicas, que
sostienen que las personas generalmente eligen sus comportamientos en
procesos racionales de toma de decisiones lógicas, y con teorías críticas que
critican la elaboración de leyes, la estratificación social y la distribución desigual
del poder y la riqueza.
Igualmente, las teorías biológicas se pueden clasificar en tres tipos:
 Aquellas que intentan diferenciar entre individuos sobre la base de ciertos
rasgos o características físicas innatas (es decir, aquellas con las que
nace);
 Aquellos que intentan rastrear la fuente de las diferencias en las
características genéticas o hereditarias; y
 Aquellos que intentan distinguir entre individuos sobre la base de
diferencias estructurales, funcionales o químicas en el cerebro o el
cuerpo.
Las teorías biológicas han evolucionado significativamente con los avances
en nuestra comprensión teórica del comportamiento humano y en nuestras
capacidades tecnológicas para medir las características y procesos biológicos
humanos. Mientras que los primeros intentos por comprender las relaciones entre
la biología y el comportamiento se centraron en lo observable exteriormente, los
esfuerzos modernos están mirando hacia adentro, a los fundamentos químicos y
estructurales de nuestros cuerpos. Las teorías biológicas contemporáneas
también reconocen la relación interactiva entre eventos biológicos internos y
eventos sociológicos externos. 
Sin embargo, nuestros avances científicos aún no han alcanzado el nivel en
el que se puede determinar definitivamente que los actos antisociales, desviados o
criminales tienen raíces o correlaciones biológicas. Aumentar la conciencia de
cómo los genes transmiten (o no transmiten) nuestras características de
comportamiento, de cómo nuestras estructuras y funciones cerebrales están
interrelacionadas, de cómo la química de nuestro cuerpo afecta y se ve afectada
por nuestro comportamiento y reacciona a los estímulos ambientales, y de cómo
nuestro desarrollo en un entorno social afecta a todos estos procesos biológicos
que nos acercarán a poder predecir el comportamiento y, por lo tanto, poder
controlarlo mejor.
 
 
LA GENÉTICA EN LAS TEORÍAS BIOLÓGICAS MODERNAS
Los esfuerzos por encontrar una explicación genética para la violencia y la
agresión se han encontrado con una fuerte resistencia, principalmente debido a
los recuerdos dolorosos de cómo se utilizaron las investigaciones que vinculan la
biología y el crimen (eugenesia). Aunque la investigación genética comenzó con
las leyes de herencia de Mendel, nuestra comprensión de cómo los genes influyen
en nuestros comportamientos todavía está evolucionando. El descubrimiento del
código genético a mediados de la década de 1950 nos llevó más allá del
reconocimiento de que los genes estaban involucrados en la herencia a una mayor
comprensión del proceso a través del cual los rasgos hereditarios se transmiten de
una generación a otra. Parte de este proceso de descubrimiento fue la clarificación
de la estructura y función de los cromosomas, que llevan material genético
humano.
LOS CROMOSOMAS
Las células humanas normalmente tienen 22 pares de cromosomas, más un
par de cromosomas que determinan el sexo, para un total de 46. Los cromosomas
sexuales se denominan X e Y. Las hembras tienen una combinación de XX y los
machos llevan una combinación de XY. Durante la concepción, el esperma del
macho lleva material genético al óvulo de la hembra. Si el espermatozoide que
fertiliza un óvulo femenino lleva un cromosoma Y, el embrión resultante se
convertirá en un feto masculino (XY). Si el espermatozoide lleva un cromosoma X,
el embrión resultante se convertirá en un feto femenino (XX).
Durante este proceso, sin embargo, las cosas pueden desarrollarse
anormalmente. El síndrome XYY, erróneamente denominado, un “supermaleo”
que lleva este patrón cromosómico generalmente tiene un aspecto normal y
probablemente nunca se dará cuenta de que porta un cromosoma Y adicional, a
menos que se realice una prueba genética por alguna otra razón. Dada la
asociación del cromosoma Y con el sexo masculino y con el aumento de la
producción de testosterona, se han hecho muchas afirmaciones en la literatura de
investigación de que los varones XYY son más agresivos y más violentos. Esta
suposición no ha sido apoyada con investigaciones científicamente válidas.
El progreso científico hizo que la investigación sobre los correlatos genéticos
del comportamiento fuera más precisa y menos especulativa. Aunque los
académicos son reacios a asociar el comportamiento criminal con cualquier gen
específico, los investigadores continúan investigando la heredabilidad de los
rasgos de comportamiento. Algunos de los trabajos más prometedores incluyen el
estudio de gemelos y adoptados.
TEORÍAS PSICOLÓGICAS
En lo referente a psico-criminogénesis: la idea esencial a seguir es la de
considerar la conducta criminal en la medida de la conducta humana, esto es, el
conjunto de las acciones materiales y simbólicas a través de las cuales un
organismo, situado en un determinado ambiente, tiende a resolver los distinto
problemas y a realizar los distintos intereses, mediante procesos psíquicos
estrechamente ligados a los sistemas psico-somáticos que determinan las
adaptaciones originales de cada individuo al propio ambiente.
Por lo tanto, en este sentido, cada investigación sobre la psico-
criminogénesis debe tener en cuenta todos los aspectos de la persona humana y
todas las recíprocas influencias que se establecen en cada caso, entre procesos
biológicos y disposiciones constitucionales, de un lado, y condiciones ambientales
y sociales. Interesantemente, destaca que en el campo de la psicología criminal,
es necesario, evitar hacer “psicologismo”, para orientar cada vez más
decisivamente el estudio de la conducta y de la personalidad individual hacia un
criterio clínico, encaminado a conocer todos los aspectos de la personalidad,
morfológicos, fisiológicos y psicológicos, y todas las causas biológicas y
sociológicas de la conducta criminal. Este criterio clínico se impone, por el hecho
de que la personalidad de los criminales es siempre distinta de una caso a otro.
Es de particular interés, para la psico-criminogénesis la interpretación de las
distintas relaciones que se establecen entre constitución y ambiente, entre
disposiciones individuales y estímulos criminógenos, y el mecanismo mediante el
cual las disposiciones y las tendencias se dejan influenciar, en sentido
criminógeno, por las circunstancias ambientales; así como el conocimiento, cada
vez más profundo, del modo por el cual la personalidad se adapta a las distintas
exigencias del ambiente, se socializa y se identifica con los métodos de vida y con
las creencias y valores de su grupo. 
Es importante, destacar como elementos psicocriminogenéticos a todos los
procesos psíquicos que llevan a un egocentrismo exagerado, a una escasa
consideración de los otros, a una tendencia, más o menos destacada, al
narcisismo, a un defecto del sentimiento de responsabilidad y a creerse
demasiado fácilmente inocente o demasiado injustamente castigados. No menos
importantes son los que pueden ser considerados sintomáticos de una inmadurez
psíquica, por la cual hay escasa capacidad de renunciar a la inmediata
satisfacción de los propios deseos, incluso cuando haya peligro de una sanción,
insuficiente control de la propia vida emotiva, debilidad de juicio o de crítica.
Pero todos estos elementos, nuevamente, no bastan por sí solos a explicar el
desarrollo de los diversos fenómenos criminosos. Para comprender la acción
Criminal, es necesario estudiar y conocer todo el hombre, en todos sus variados
aspectos y en todas sus manifestaciones dinámicas, intraindividuales y
extraindividuales; por lo que el problema de la criminogénesis no puede ser nunca
un problema solamente psicológico, sino que es siempre un problema biológico,
psicológico y sociológico, conjuntamente. 
Se destaca como necesario reconocer que, para la criminología clínica, es
siempre necesario buscar, caso por caso, los motivos por los que tales
sentimientos, tales conflictos, etc., que se encuentran habitualmente en la base de
muchas formas de conducta humana, asumen en algunos individuos y en
determinadas circunstancias solamente, aspectos y decursos capaces de
transformar tales conductas, de normales en criminales.
Di Tullio, cree que todos los procesos de transformación de la personalidad
psíquica deben ser considerados, siempre, dentro del cuadro de complejos
fenómenos psicosomáticos, que se traducen, principalmente, en una perturbación,
más o menos grave, de la  efectividad, y a cuyo desarrollo pueden contribuir las
más variadas circunstancias Ligadas, bien a la particular estructura de la
personalidad del delincuente, que queda siempre en el centro de todo proceso
criminógeno, bien a las condiciones del ambiente, en general, y del ambiente del
delito, en particular. 
Merece destacarse que, al referirse al nombre de ambiente del delito, el autor
cree, además que debe reconocerse, cada vez con mayor importancia a todo lo
que se refiere a la conducta de la víctima, dado que entre los diversos dinamismos
de los fenómenos criminales comunes, una parte más o menos importante
corresponde, siempre, a los procesos psíquicos que están más directamente
influenciados por las reacciones particulares que se establecen entre el criminal y
la víctima. 
Oportunamente, suscribe que las distintas doctrinas psicoanalíticas pueden
tener una importancia mayor en lo referente a la psico-criminogénesis.
Por otro lado, es importante resaltar, que para la criminogénesis se hace
necesario
recordar que toda forma de conducta puede también considerarse como una
respuesta a la particular relación que viene a establecerse entre el hombre y su
mundo, entre el hombre y los otros, entre el hombre su pasado y su futuro.
Al referirse a la psicología fenomenológica, discurre en que el criminal en el
momento del delito es empujado a vivirlo, a identificarse con él, tan
profundamente, que llega a ponerse fuera de la realidad hasta el punto de no
sentir ni aún la acción intimidatoria de la Ley, de aquí la necesidad, según el autor,
de tener también en cuenta el aspecto subjetivo del delito y la culpabilidad
individual si se quiere evitar y valorar y juzgar erróneamente la conducta del
delincuente.
Tratando de llegar a conclusiones, podemos afirmar que la génesis de las
conductas antisociales y criminales se encuentra, generalmente, en una alteración
cualitativa y cuantitativa de las fuerzas instintivas fundamentales, esto es, de los
instintos de conservación, de reproducción y de relación, en los cuales tienen
origen fenómenos anómalos de egoísmo, de erotismo y de agresividad. Las
alteraciones de dichas fuerzas instintivas pueden depender, tanto de procesos
prevalentemente biológicos (bio– criminogénesis), o de procesos
predominantemente psíquicos (psico-criminogénesis).
 
TEORÍAS SOCIOLÓGICAS
La introducción de elementos sociológicos al discurso de la criminología se
debe sobre todo, en su faz inaugural, a los estudios funcionalistas de Emile
Durkheim, pero fueron los ulteriores desarrollos de la sociología de la desviación
de matriz estadounidense las que lograron y consolidaron el predominio de una
perspectiva sustancialmente opuesta. El punto de vista sociológico se manifestó
desde el principio en la criminología. En Italia, el discípulo de Lombroso, Enrico
Ferri, y en Francia Gabriel Tarde, destacaban la importancia del medio y del
aprendizaje o de la imitación en la definición de la criminalidad. En el medio
ambiente sociocultural, el sociólogo considera el acto criminal como una respuesta
de ciertos individuos a los estímulos modulados por la organización social. Ya sea
la familia, el hábitat urbano o rural, el género de vida industrial, pastoral o
postindustrial, o el origen étnico, siempre se trata de influencias que se ejercen de
un modo selectivo sobre las personas que componen una colectividad. 
Durkheim ha formulado de un modo sumario el enfoque sociológico: el
crimen para él, no es ni una entidad jurídica ni una biopsicològica; sólo es criminal
aquél que la conciencia colectiva de un grupo califica así. Una sociedad dominada
por el valor concedido a la propiedad privada definirá como prototipo de criminal al
ladrón.
Hacia la mitad de la década de los sesenta se impugna una hegemonía de la
sociología modelada sobre las ciencias de la naturaleza, que se apoyaba en las
tradiciones positivistas y dejaba mucho a los procedimientos empíricos. Al modelo
consensual de las relaciones sociales se oponía el modelo conflictual, que
considera los agregados sociales como entidades que tienen entre sí relaciones
conflictuales en función a intereses antagónicos. En el modelo consensual, la
solidaridad de los órganos obedece a un mismo principio de organización; sugiere
la homeostasis del sistema, cuyos elementos están todos unidos por interacciones
sutiles provocadoras de otras tantas retroacciones que modifican el conjunto y
contribuyen a su mantenimiento. 
En el modelo conflictual, los intereses opuestos provocan conflictos entre
individuos y grupos sociales que no se solucionan por el ajuste, la adaptación, la
investigación y el establecimiento de un nuevo equilibrio que supere el conflicto,
como ocurre con el modelo consensual. Se trata de oposiciones no sólo
irreductibles sino procedentes de la naturaleza misma de la organización social
que tienen la misión de transformar radicalmente. Todas las relaciones sociales
deben apreciarse en función de su contribución y de su significación en estos
conflictos, que constituyen instrumentos naturales en el advenimiento de una
sociedad más justa, menos alineante, que reconcilie al hombre consigo mismo.

TEORÍA DE LA ELECCIÓN RACIONAL

Desarrollada por Cornish y Clarke en 1986, parte de la idea de que las


personas que cometen delitos deciden realizar esas acciones basándose en un
juicio. Es decir, sopesan las oportunidades y el beneficio que esperan obtener con
la realización de ese hecho delictivo y evalúan el riesgo que supondría ser
atrapados. Buscan el beneficio propio. Este comportamiento delictivo tiene, por
tanto, un propósito y es racional. Se realiza un proceso de toma de decisiones
que, psicológicamente, acerca a los delincuentes a las personas que no cometen
hechos ilícitos.

TEORÍA DEL ETIQUETAMIENTO

Desarrollada entre los años 60 y 70, esta teoría establece que la comisión de
un delito, entendido como una desviación de la conducta de una persona, es una
consecuencia o manifestación del peso que tiene sobre el individuo su etiquetado
negativo en la sociedad. Este postulado presta especial atención a la conducta de
minorías o colectivos habitualmente etiquetados de forma negativa y cómo afecta
a su conducta ese comportamiento generalizado y aceptado por la sociedad. 
 Las investigaciones del interaccionismo simbólico, descansan sobre
la observación de la vida cotidiana, la cual presupone que toda conducta tiene un
significado que es interpretado por el individuo, gracias a que ha aprendido
los símbolos (el lenguaje, oral y corporal), siendo este aprendizaje, el que le
permite al hombre convivir, adquirir una cultura, predecir la conducta de los
demás, adaptar su conducta a las exigencias de la sociedad, adoptar un gol y la
aceptación de los valores culturales.
Para Becker citado por García (p. 500), "el fenómeno del etiquetamiento, es
una manifestación de relación de poder, donde se comprende la conducta del
desviado y también está constituida por la acción de otros, que son aquellas
personas que elaboran las reglas de cuya violación fue encontrado culpable", es
decir, que el comportamiento desviado es creado por la sociedad en el sentido, en
que grupos sociales ocasionan ese comportamiento, porque forman reglas, cuya
violación constituye un comportamiento desviado.
Asimismo, las normas, como reglas del comportamiento que son elaboradas
por los grupos sociales, se caracterizan por si una persona viola estas normas
grupales son consideradas como desviadas desde el punto de vista del grupo. La
misma situación perversamente desde el punto de vista del etiquetado como
desviado, pueden ser o son considerados como extraños, aquellas personas que
elaboraron las reglas, de cuya violación fue encontrado culpable. Siendo estos los
puntos de vista del que impone la etiqueta y del etiquetado.
La teoría del "etiquetado" presenta las siguientes características:
a) Consiste en un cambio de enfoque dentro de las teorías del proceso
social, no se interesa por las causas del delito sino que analiza las situaciones
postdelictivas, es decir, cuando el delincuente es castigado y "etiquetado" como
criminal.
b) La actividad criminal no existe como tal, ningún comportamiento humano,
por desviado que sea, se convierte en delito sino en virtud de la actividad de las
instancias de control formal (si alguien roba y no es detenido no puede ser
calificado de ladrón).
c) No existe una distribución uniforme de la delincuencia entre la población,
la realidad carcelaria tampoco es representativa de la objetiva medida de la
criminalidad. El estatus social es el filtro que selecciona discriminatoriamente el
adjetivo de "delincuente".
d) Proceso de estigmatización: el individuo interioriza el rol de delincuente
como consecuencia del "etiquetado", lo cual le aboca hacia la carrera criminal. Es
la denominada desviación secundaria.
 
 
 
TEORÍA DEL PATRÓN DEL DELITO
A inicios de la década de los ochenta, Brantingham & Brantingham
comenzaron a trabajar en los movimientos (en el tiempo y el espacio) de las
personas que cometen delitos, desarrollando así la teoría de del patrón delictivo.
Esta teoría trata de dar explicación al hecho de que la distribución de los delitos en
los escenarios urbanos no es uniforme ni aleatoria, sino que presenta patrones
claramente identificables particularmente, estos autores estuvieron influenciados
por el enfoque de las actividades rutinarias, planteando que la distribución del
delito se asocia a la distribución de las actividades claves de la comunidad, y se
relaciona con la familiaridad que el infractor tiene con ciertos espacios urbanos y
no con otros. De modo que el delito ocurrirá en unas localizaciones concretas
impredecibles, que están definidas por la intersección entre las oportunidades para
el delito que ofrecen las actividades rutinarias de los ciudadanos y el conocimiento
que el infractor tiene de esos lugares.
Estos autores señalan que incluso los infractores habituales pasan la mayor
parte del día realizando otras actividades no delictivas. Asumen que los patrones
de movimientos de los infractores en el espacio y en el tiempo son iguales a los de
cualquier otra persona y seguido las personas que en algún momento cometen un
delito pueden tener también un empleo y una familia y salen a comer y a comprar
como todo el mundo. Al mismo tiempo, el resto de la población está inmersa en
sus actividades habituales y se desplaza entre ellas. 
TEORÍA GENERAL DE LA DELINCUENCIA O DEL AUTOCONTROL
Esta teoría señala la utilidad del control social como instrumento eficaz para
que los individuos puedan anticipar las consecuencias que les puede ocasionar la
comisión de una transgresión o delito. Llevándolos a sopesar esas consecuencias
e inhibiéndolos en algunos casos de la comisión de dichos actos. Gottfreson &
Hirschi parten de la premisa que cualquier persona ha tenido la tentación en
alguna ocasión de hacer algo "malo", pero la mayoría de la gente, ante la
posibilidad de ver expuesta su conducta a la luz pública, se inhibe de esta
tentación. En cambio, aquellos que tienen poco que perder se dejarán tentar en
mayor proporción.
Partiendo de que el control social es el conjunto de prácticas, actitudes y
valores destinados a mantener el orden establecido en las sociedades, y aunque a
veces el control social se realiza por medios coactivos o violentos, el control social
también incluye formas no específicamente coactivas, como los prejuicios,
los valores y las creencias. En tal sentido estos autores, dimensionan al control
social en su teoría es la siguiente manera:
-Las relaciones sociales: las relaciones sociales fuertes fomentan la
conformidad. Por el contrario, para aquellos individuos que no se sientan muy
vinculados con su familia, amigos o compañeros de trabajo, los costes de la
conducta desviada son mayores.
-La estructura de oportunidades: quienes cuentan con más oportunidades
legítimas para satisfacer sus intereses tendrán más ventajas en la conformidad.
Los que tienen poco control o reducida confianza en el futuro tienen más
posibilidades de presentar pautas de conducta no convencionales.
-La implicación: una fuerte implicación en actividades lícitas (trabajar,
estudiar, practicar deportes) inhibe el comportamiento desviado. La ausencia de
actividad en estas facetas cotidianas puede suponer terminar empleando el tiempo
en actividades no legítimas.
TEORÍA DE LAS VENTANAS ROTAS
Este postulado lo desarrollaron Wilson y Kelling en 1982 y es comúnmente
recordado por su aplicación, por parte del ayuntamiento de la ciudad de Nueva
York, para luchar contra la alta tasa de criminalidad que asolaba a la ciudad
durante los años 80 y 90. Según los criminólogos estadounidenses, la percepción
positiva del entorno urbano ayuda a que se reduzca el vandalismo y la
criminalidad. La conclusión de estos expertos es que es necesario arreglar el
problema cuando es pequeño: un edificio con ventanas rotas atraerá el
vandalismo y, a medio plazo, puede traer consecuencias peores. Igual ocurre con
la acumulación de basura o el descuido del mobiliario urbano. Mantener el entorno
cuidado servirá como disuasión para crímenes menores y comportamientos
antisociales.
TEORÍA DE LAS ACTIVIDADES COTIDIANAS O RUTINARIAS
Fue formulada a finales de los años 70 por Cohen y Felson. Para estos
expertos, hay una clara conexión entre las rutinas cotidianas de una persona
aquellos actos no delictivos, y las acciones ilícitas que cometen. Según esta
teoría, el delito se produce cuando coinciden tres elementos: el delincuente tiene
una motivación para realizarlo, la víctima u objetivo es algo alcanzable, y falla el
control social o escudo garante que protegería a la víctima u objetivo.
En este sentido, las causas del crimen deben ahora buscarse en ciertas
condiciones de la dinámica o de la estructura social. De esta forma, la sociología
de la desviación, cuyos desarrollos se remontan a las primeras décadas del siglo
XX, modificó significativamente los esquemas interpretativos antes centrados en la
identificación de la criminalidad con desórdenes de patología individual; no
obstante las diferencias, estas nuevas explicaciones ambientalistas no se
apartaban radicalmente del modelo central arraigado en la búsqueda de las
causas y en la corrección de los (d)efectos, aunque las causas ahora eran otras y
los modos de incidencia habían variado

LA TEORIA ECOLÓGICA O DE LAS ÁREAS DELINCUENTES Y LA


ESCUELA DE CHICAGO 

El típico aprendizaje criminógeno, socialmente crítico puede presentarse, en


las dos modalidades siguientes: a) de ambivalencias fatales; tal es el caso de
señales contradictorias entre las propias normas jurídicas, o entre estas normas y
las desviaciones de la actividad administrativa, o entre las reglas jurídicas,
familiares y la conducta emitida. b) de la ineficacia empírico-normativa para el
reequilibrio ontomesològico; tal es el caso de estructuras institucionales que
carecen de elasticidad homeostática para reequilibrarse con las nuevas exigencias
económicas; por ejemplo: el aumento imprevisto de la población, el éxodo rural.
 Ya hacia 1930 Shaw y Mackay advertían la correlación entre ciertas zonas
sometidas a un desajuste cultural y el auge y disminución de la delincuencia; así,
por ejemplo, que los fenómenos migratorios, de invasión o de bruscas
transiciones, traían aparejado un aumento en la tasa de criminalidad. Las
argumentaciones fueron expuestas inicialmente por los integrantes de la Escuela
de quienes estudiaron la denominada “ecología social” que tenía raigambre
positivista, por eso también a esta teoría se le conoce como ecológica de la
criminalidad o de las áreas delincuentes. La Escuela de Chicago debe
caracterizarse como un grupo teorético-ecológico aplicado a la etiología y lucha
contra el crimen; se fundaba en la identificación de los sectores geográficamente
localizables y ecológicamente cambiantes, de desorganización social. La
degradación del ambiente se genera en épocas de acelerado cambio social, sea a
través de los desplazamientos sucesivos de grupos poblacionales a zonas de
transición en el ámbito urbano, sea en función de las corrientes migratorias
(predominantemente extranjeras) de origen campesino que se enfrentan a las
pautas de la vida propias de una sociedad urbana industrial; en estas condiciones
se registra una disminución de la influencia de las reglas de comportamiento
existentes sobre los miembros del grupo o sobre los habitantes de las zonas de
desorganización social; aquí parecen debilitarse los lazos sociales y la fuerza
contenedora de las normas y de los valores. 
De esta manera, el comportamiento criminal es más bien producto de un
déficit en la contención social, que deja sin gobierno los impulsos individuales
hacia la satisfacción de las necesidades propias o del grupo de pertenencia. Esta
tesis considera que existe una tendencia a la distribución de la criminalidad en
función de las áreas o zonas que existen en una ciudad del modo siguiente:
 a) La delincuencia disminuye del centro a la periferia de la ciudad.
 b) La criminalidad se focaliza en las zonas industriales y comerciales.
 c) En dichas zonas, donde se ubican poblaciones heterogéneas de
inmigrantes, prima la desorganización social y se crea una cultura delincuente que
se aprende y transmite. 
d) Son las características del área las que determinan la delincuencia. Esto
se sostiene al basarse en el hecho de que la criminalidad se ha mantenido
invariable, no obstante el cambio de la población, y que los grupos que emigraron
disminuyeron su tasa de delincuencia. A esta teoría se le critica porque no
constituiría un análisis explicativo de las áreas delictògenas, si se tiene en cuenta
que existen personas que residiendo en dichas áreas no llegan a delinquir y que
hay individuos que cometen actos criminales residiendo fuera de estos lugares. 

LA SOCIOLOGÍA DEL CONFLICTO

 Las concepciones del conflicto en el campo social y criminológico plantean


nuevos criterios de comprensión de la desviación. Sin embargo, se anotan
diferencias importantes entre la tesis del conflicto cultural desarrollado por Sellin,
quien planteó que en una sociedad se producen a veces conflictos entre diversos
grupos de personas, sobretodo grupos étnicos, debido a que viven en zonas
contiguas o porque a través de la migración se relacionan entre sí; como las
personas llevan consigo las normas de su grupo, pueden entrar en conflicto
cultural con los individuos de otra comunidad y de este choque cultural surge a
veces un incremento de la criminalidad y del conflicto social. 
A fines de 1950 surge la teoría de la sociología del conflicto social, elaborada
inicialmente por Coser y Dahrendorf; esta vertiente, a diferencia del planteamiento
del conflicto cultural, va a poner énfasis en la perspectiva sociopolítica de dicho
fenómeno. Coser planteó la función positiva del conflicto; es decir, que este
contribuiría al cambio, así como a la integración y conservación del grupo social;
pero para Coser no todos los conflictos eran positivos, pues dejan de ser
funcionales aquellos que contradicen los presupuestos básicos de la sociedad y
ponen en duda sus valores fundamentales sobre los que descansa su legitimidad. 
Coser también planteó una distinción entre conflictos reales e irreales; los
reales se vinculan con actitudes existentes y racionales de las personas
caracterizadas por la presencia de una alternativa funcional en los medios para
alcanzar determinados fines. Los conflictos irreales están vinculados a actitudes
irreales e irracionales que se asientan en la esfera emocional. 
Dahrendorf inició un profundo examen de los sistemas sociológicos
funcionalistas que se basan en el modelo del consenso y del equilibrio. Planteó el
cambio y el conflicto no como desviaciones de un sistema normal y equilibrado
sino como manifestaciones normales y generales de toda sociedad; de este modo,
el cambio, el conflicto y el dominio, serían los tres elementos que contribuirían a
conformar el paradigma sociológico del conflicto, que se opone a la concepción del
equilibrio o de la integración. Dahrendorf señala que la relación de dominio origina
el conflicto, y este a su vez, produce el cambio; este fenómeno se origina en torno
a la autoridad; por lo que el punto de partida para la explicación del conflicto no es
la base social y económica sino la esfera política. El objeto del conflicto no son las
relaciones materiales de propiedad, producción y distribución sino más bien las
relaciones políticas de dominación de unos hombres sobre otros. Según esta
teoría, el conflicto solo sería reductible al poder o dominio. 

LA TEORÌA DE LA DICOTOMIA DE VALORES 

Esta tesis afirma que en los estratos de clases bajas, los valores de
conformidad y los valores delictivos existen conjuntamente, hay una vigencia de
valores duales. Dedujo que el predominio de la criminalidad genera un tipo de
valores y formas institucionalizadas para su manifestación desviada; sin embargo,
apreció también que en esas áreas existían individuos que eran contaminados,
que aceptaban los valores convencionales. El hecho de que jóvenes antisociales
no reincidan de adultos, y que jóvenes no infractores delincan en la adultez, sería
inexplicable, salvo que se acepte la existencia de dos grupos de normas y valores
(criminales y convencionales), de los cuales participen simultáneamente. 
De estos datos, Kobrin infirió que en esas áreas existe la vigencia de dos
normas de conducta, una dicotomía de valores, en lugar de la preponderancia sólo
de las normas o valores criminales; esto significa también que en tales zonas
existe interrelación de sujetos delincuentes con personas que no lo son.
Realmente esta “teoría” no es una tesis explicativa del delito, tan sólo describe los
hechos que se manifiestan en toda sociedad, en el sentido que personas
delincuentes se interrelacionan con no delincuentes, dado que no existen barreras
físicas que impidan tal interrelación social. 

LA TEORÌA DE LA SUBCULTURA CRIMINAL

 Los sociólogos repiten insistentemente que la delincuencia no es


simplemente un conglomerado de actos individuales, sino que, en gran parte, se
aprende en la asociación con otros; igual que otros valores, las normas y pautas
de conducta son adquiridas. Está ampliamente comprobado que los delincuentes
habituales frecuentan casi exclusivamente la compañía de otros delincuentes y, de
esta forma, comparten el “mismo modo de ver las cosas”. Es precisamente esta
manera de “ver las cosas” lo que se ha convertido en tradición, a través del
tiempo, entre las bandas de delincuentes y lo que ha sido denominado por los
sociólogos como “la subcultura delincuente”. Esta subcultura implica ciertas
creencias, valores, normas (lo que cada miembro debe esperar de los demás) y
formas de comportamiento que son generalmente condenadas, aprobadas o
incluso exigidas por los miembros. Una faceta de la delincuencia que es preciso
entender son las relaciones sociales dentro de la subcultura delincuente, porque,
como Short ha hecho notar, “la influencia de una subcultura determinada en la
conducta de un individuo depende, en gran medida, de la naturaleza de sus
relaciones con los demás pilares de dicha subcultura”. 
Lo que se discute a menudo es si dicha subcultura es un fenómeno
característico de las clases bajas o si existen relaciones y normas sociales
similares entre los jóvenes de clase media. Opinan que la delincuencia es la
solución colectiva dada por los jóvenes de clase social baja a una situación difícil
en que las oportunidades de mejora, tanto económica como social a través de
medios legítimos, están cerradas. La subcultura es considerada por los citados
autores como la cultura del grupo de clase social baja; sus valores, normas y
pautas de conducta tienen carácter de oposición, es decir, son contrapuestos a los
de la sociedad convencional. 
Puesto que la estructura social impide al joven de las clases bajas el acceso
al bienestar por vías legales, experimenta un conflicto “cultural” o estado de
frustración que determina la integración del mismo en una subcultura separada de
la sociedad o cultura oficial y que posee un sistema de valores directamente
enfrentados a los de aquélla; una subcultura “no utilitaria, maliciosa y negativa”
que toma sus normas de la sociedad convencional para darles inmediatamente la
vuelta. Dicha actitud “ambivalente” o “polaridad negativa” que caracteriza a las
subculturas explica que para éstas sea correcto un comportamiento sólo por el
hecho de que lo prohíba la cultura oficial. Cohen sostiene que los muchachos de
clase social baja han sido incapacitados en sus primeros años para competir con
éxito, con el sistema educacional. En la consecución de un status más elevado, no
están ejercitados, como los jóvenes de clase media, en la renuncia a la
satisfacción inmediata, ni se les ha enseñado a valorar la racionalidad y el control
de los instintos agresivos. Además son más independientes de sus padres y
tienen menos consideración por los deseos paternos, debido a que su vida
emocional está centrada en sus relaciones con amigos de edad similar. Su falta de
progreso escolar, comparado con los esfuerzos por mejorar su status en términos
académicos, es considerada por Cohen como un motivo de frustración y ansiedad
que suele ser resuelto mediante una “reacción” a través de la cual los valores y
normas de la clase media (por los que el status se mide en la escuela) son
reemplazados por una solución cultural colectiva. 
De esta forma, la subcultura delincuente proporciona una solución colectiva
para aquéllos que sufren “frustración en su status”. Cohen se ha cuidado de hacer
notar que lo que él trata de conseguir es una explicación de la génesis de la
subcultura: por qué sus valores y normas son los que son. También cree que el
núcleo central del grupo delincuente, aunque no todos sus componentes,
comparte estos problemas de adaptación; en su opinión, la subcultura aparece en
la institución de la banda, cuyas relaciones se caracterizan por una extremada
cohesión.

LA TEORÌA DE LA ANOMIA Y DESVIACIÒN SOCIAL 

Desde el punto de vista semántico, anomia significa “ausencia de normas”.


En el siglo XIX ocurre un desarrollo importante del primigenio pensamiento
sociológico y criminal sobresaliendo Emile Durkheim (1858-1917). Para diversos
intérpretes de este sociólogo francés, lo característico de su pensamiento fue el
rechazo al individualismo analítico y al pensamiento idealista, que lo acercaba a la
concepción positivista; sin embargo, en contraposición con ellos, Durkheim
afirmaba que la sociedad no estaba conformada por individuos iguales ante la ley,
planteando más bien la desigualdad, negando asimismo, la validez de la tesis del
contrato social asumido por el positivismo criminológico. 
La “desviación social” es explicada in extenso por Durkheim en 1897, en su
libro “El Suicidio”, en el que distingue la desviación altruista, la egoísta y la
anómica. Durkheim señala que es la cohesión social, o la ausencia de ella
(anomia), lo que impide o propicia el suicidio, o las conductas antisociales. El
fenómeno de la anomia se presenta, especialmente, cuando a raíz del cambio
cultural, los jóvenes descubren que los valores que rigen a los padres, no son
valederos para ellos, suscitándose un conflicto que puede derivar en la
desorganización social o anomia; sin embargo, si la cohesión del grupo es
poderosa se puede superar dicha confrontación. 
Para Durkheim existen dos tipos de sociedades, la primera es la sociedad
con solidaridad mecánica, en donde hay fuertes estados de conciencia colectiva,
la cual es definida como una suma total de creencias y sentimientos comunes al
término medio de los individuos de la sociedad y que por sí mismo forman un
sistema. En este sistema, la superior potencia de las fuerzas colectivas es
indicada por las reacciones drásticas contra las violaciones de las instituciones de
grupo. 
La segunda, es la sociedad con solidaridad orgánica, que aparece cuando se
produce la división del trabajo social; en ésta disminuye la conciencia colectiva,
por lo que el Derecho penal sostenido por sanciones represivas tiende a ser
reemplazado por el Derecho civil y administrativo que exige la restitución de la
justicia más bien que castigo. Así, en las sociedades avanzadas, la división del
trabajo social se especializa y, por consiguiente, la coacción social o conciencia
colectiva deja mayor espacio a la conciencia individual. 
Indiscutiblemente, la “anomia” de Durkheim es un concepto rico y resulta
sumamente útil en el análisis del fenómeno criminal y de múltiples manifestaciones
sociales. En su obra “Las reglas del método sociológico”, Durkheim conmovió los
cimientos de la naciente criminología al señalar que los fenómenos sociales deben
estudiarse sin acudir a explicaciones organicistas, psicologistas, o de otra índole,
sino dentro del mismo campo social, de ahí la necesidad de valerse de un método
propiamente sociológico.
 Durkheim llega al extremo de sostener que un índice de criminalidad es
saludable a toda sociedad y que es síntoma de salud social y que de la misma
manera como la cultura crea arte o ciencia, también produce el crimen. Robert
Merton, con posterioridad a Durkheim, sistematiza la teoría de la anomia en el
ensayo “Social Structure an anomie” (1838), que luego de reajustes fue incluida en
su obra “Social theory and social structure”. La explicación más difundida de la
teoría de la anomia, que se desarrolló en el marco de la sociología estructural
funcionalista, es la proporcionada justamente por Merton, con su concepto de la
anomia como discrepancia entre las metas del éxito y de prestigio social prescritos
por la estructura cultural, por una parte, y por la otra, los medios legítimos puestos
por la estructura social a disposición de los individuos y los grupos para alcanzar
esas metas. 
Esta teoría se desarrolló sobretodo en el marco general suministrado por la
concepción del estructural funcionalismo, cuyo representante más conspicuo fue
Parsons, quien concebía a la sociedad como un sistema ordenado
espontáneamente en torno a un consenso armónico y generalizado sobre las
normas y los valores sociales. En esta perspectiva, la acción social es
comprensible sólo en cuanto está dotada de sentido, y ello sólo proviene del
hecho de que se encuentre normativamente orientada hacia los valores
institucionalizados. Se trata de la visión de un sistema social integrado y
autorregulado, para el que la desviación suponía, sobretodo, el quebrantamiento
de las normas y por ello representaba un acto disfuncional para la estabilidad del
sistema, cuyo origen mediato podía ser ubicado en un defecto en la socialización,
esto es, en la internalizaciòn de los valores del sistema. 
En definitiva, para Merton la estructura social que analiza produce una
tendencia a la anomia y la conducta divergente. Sin embargo, esta tendencia no
opera igual en toda la sociedad, observándose estratos más vulnerables a las
presiones hacia la conducta divergente. En este contexto, Merton define a la
anomia como la quiebra de la estructura cultural, que tiene lugar en particular
cuando hay una disyunción aguda entre las normas y los objetivos culturales y las
capacidades socialmente estructuradas de los individuos del grupo para obrar de
acuerdo con aquélla. La teoría de la anomia, ya creada por Emile Durkheim y
desarrollada por Merton, establece el cuadro interpretativo de las conductas no
conformistas que resultan inducidas por la presión bien definida sobre ciertos
miembros de la sociedad que ejercitan algunas estructuras sociales. Para
descubrir el origen y la dirección de estas presiones estructurales, Merton destaca
como elemento fundamental constituido del sistema social a la estructura social,
formada esta por los status y por sus correspondientes comportamientos de rol;
también a la estructura cultural. 

CONCLUSIONES

En el caso de Ferri, el título de su mayor obra, en la que se presenta la teoría


de los equivalentes de las penas que analizamos, Sociología criminal, es
expresión de su apuesta por la constitución de una sociología positiva. Además de
ser uno de los representantes más importantes de la escuela positiva italiana
(junto con Lombroso y Garófalo), es también el que hace mayor hincapié en una
multifactorialidad con acento en las condiciones sociales, en detrimento de los
factores biológicos y físicos destacados por los otros dos autores. 
A su vez, la inscripción en un registro propio de la sociología como ciencia
social se liga con un discurso centrado en argumentos científico-técnicos que
sustentan la dicotomización u oposición represión-prevención. La crítica a la
futilidad de las penas, al antieconómico y obtuso gasto en represión penal, y a la
centralidad de la policía en las políticas de control del delito se sustenta en el
conocimiento sociológico y en sus técnicas de investigación e intervención para
mostrar la racionalidad de esa otra forma de accionar acorde a las causas
sociales que muestra la investigación científica: la prevención. 
Como pudo vislumbrarse a medida que transcurrían las páginas del presente
trabajo, el enfoque del etiquetamiento y los teóricos de la reacción social proponen
un cambio del objeto de estudio en la investigación criminal, esto es, el estudio del
delito ya no como una realidad ontológica si no como una construcción social. Se
piensa que la etiología criminal partía del error de considerar el crimen como una
realidad natural preexistente a las definiciones legales de criminalidad, pues la
desviación criminal es un producto de una reacción social, nace de la interacción
entre los individuos y de los procesos de criminalización que están ligados a la
estructura antagonista de la sociedad.
 Al demostrar que no existe en la comunidad un tal universo de intereses
jurídicamente protegidos y que la ley no se comporta en forma igualitaria frente a
todos los seres humanos, se echa por tierra el “principio igualitario” sobre el que
se erige el mismo Derecho Penal. Este enfoque teórico, nos deja en claro el
verdadero funcionamiento del sistema penal, en el cual una persona puede ser
etiquetado como desviado sin haber violado ninguna norma, y por el contrario
puede haber sujetos que hayan cometido algún delito sin que el sistema penal
haya reaccionado contra ellos. 
Desde que se llega a la conclusión de la formación y la aplicación selectiva
de la ley penal, queda evidenciado que el pensamiento de la criminología
tradicional, como concepción abstracta y ahistórica de la sociedad, no hacía sino
legitimar el sistema penal, siendo apenas una disciplina auxiliar de la ciencia
jurídica penal. 
Podemos decir, que no obstante los logros antes mencionados, las
formulaciones inspiradas en la reacción social no pudieron concebir un sistema
teórico homogéneo capaz de independizarse absolutamente de la visión negativa
de aquellas teorías a las que se contraponen. Tampoco lograron ser una teoría
acabada, pues terminan circunscribiendo la definición de criminalidad a las
instancias oficiales de control, y omiten el tratamiento de lo que sucede en las
instancias informales de reacción social ante ciertos comportamientos también
considerados como desviados.
 

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