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Cronicas de Caracas Aristides Rojas

aristides rojas

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Cronicas de Caracas Aristides Rojas

aristides rojas

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OöSwQuic dsl unmrmiñ nt

NACIONAL - D ^ r - r ' EüiJCAClöN


DIRECC‘0N de c u ltu r a • -i
Primeros títulos

de la

BIBLIOTECA POPULAR VENEZOLANA

♦ SERIE ROJA: Novelas y Cuentos.


1. — L a s M em o ria s de M a m á B la n c a . — Teresa de la Parra.
4. — Tío Tigre y Tío C o n e j o . — Antonio Arráiz.
7. — C a n t a c la r o . — Rómulo Gallegos.
9. — P e r e g r in a . — Manuel Díaz Rodríguez.
1 1 . — L e y e n d a s d e l C a r o n í. — Celestino Peraza.
13. — M e m o r ia s de u n V iv id o r. — F. Tosta Garda.
15. — L a s L a n z a s C o lo ra d a s. — Arturo Uslar Pietri.
17. — L a s S a b a n a s de B a r in a s . — Capitán Vowell.
18. — E l M e s tiz o Jo sé V a r g a s . — Guillermo Meneses.

♦ SERIE AZU L: Historia y Biografías.


2 . — M ocedad es de B o lív a r . — R. Blanco-Fombona.
■'<w
5. — Jo sé F é l i x R ib a s . — J. V. González.
8. — S u c r e . — Juan Oropesa.
12. — H o m b res f Id e a s e n A m é ric a . — Augusto Mijares.
19. — V e n e z u e l a H e ro ic a . — Eduardo Blanco.

♦ SERIE M ARRON: Antologías y Selecciones.


3. — C u e n t i s t a s M o d ern o s. — Julián Padrón.
6. — C a n c io n e r o P o p u la r . — José E. Machado.
10. — A ñ o r a n z a s de V e n e z u e la . — Pedro Grases.
14. — P o e t a s P a r n a s ia n o s y M o d e r n is ta s . — Luis León.
16. — C r ó n ic a de C a r a c a s . — Arístides Rojas.
20. — P o e ta s C lá s ic o s y R o m á n tic o s . — Enrique Planchart.
BIBLIOTECA POPULAR VENEZOLANA

16

ARISTIDES R» OJA S
1

ANTOLOGIA-

d i r e c c io n DE CULTURA

MI N I S T E R I O DE EDUCACION N A C I O N A L DE VENEZUELA
ES P R O P IE D A D

IMPRESO EN LA ARGENTINA
E S T A ED ICIO N

Según el plan expuesto en el prólogo de las Leyendas Histó­


ricas (Segunda Serie. Caracas, 1891) Arístides Rojas pensaba
dar a la estampa diez y seis o diez y siete volúmenes. Uno de
ellos se titularía Caracas. “Esta obra comprende — dice tex­
tualmente— la historia de la capital, de sus transformaciones,
de su desarrollo, costumbres, anécdotas, etc., etc.”. En el
prólogo de Orígenes Venezolanos publicado el mismo año,
anuncia un volúmen — acaso el mismo— bajo el título de L A
F A M IL IA C A R A Q U E Ñ A . Rojas cambiaba a menudo los
títulos de sus escritos. Otro volumen abrazaría la historia
del pueblo venezolano desde los remotos tiempos indígenas:
familia, creencias, usos, costumbres, tradiciones, supersticio­
nes, sentencias, adagios, refranes, dichos, canciones populares,
corridos, etc., etc., etc.” . Otro volumen estaría dedicado a la
Literatura de la Historia Venezolana. Otro a los filibusteros
de los siglos X V I y X V II en las costas venezolanas. Otro a la
época de la Guerra a Muerte. Otros serían de carácter bio­
gráfico : Sanz, B'oves, Morillo, etc., etc. P os volúmenes esta­
rían formados por Estudios Indígenas. Otro por las Htimbold-
tianas. El Vocabulario de Voces Indígenas contaría más de
mil voces de diversas lenguas americanas de uso frecuente en
Venezuela, y así sucesivamente.

Este proyecto no pudo realizarse. Sobrevino la guerra civil


de 1892, y más tarde, en 1894, la muerte del autor. Tampoco
se tomó en cuenta en recopilaciones posteriores de sus obras.
En 1907 José María Rojas publicó en París Obras Escogidas
de Arístides Rojas (1 vol. Garnier Hnos.) Contiene buena
parte de la vendimia recogida por el autor: Ciencia y Poesía,
Fantasías Geológicas, Estudios Indígenas, Orígenes Venezola­
nos, Contribución al Folk-Lore Venezolano, etc., etc. Años
después, con motivo del centenario de su nacimiento, el Go­
bierno Nacional decretó la impresión de “los trabajos de
8 B ib l io t e c a P opular V enezolan a

Arístides Rojas que no estén — se lee en el decreto— en las


Leyendas Históricas y Orígenes Venezolanos", y designó para
compilarlos al señor José E. Machado. Llegaron a publicarse
tres volúmenes con las vagas denominaciones de Estudios
Históricos (primera y segunda serie) y Lecturas Históricas.
Contra la letra del decreto se eligieron para la formación de
estos volúmenes buen número de las Leyendas Histórcias, y
entre diversos trabajos El Castillo y las Salinas de Araya (Se­
rie Primera) publicado en “La Opinión Nacional” , el 20 de
noviembre de 1875, que no es otro sino el de Las Salinas Co­
diciadas, incluido en Orígenes Venezolanos. En cambio dejá­
ronse a un lado multitud de trabajos casi desconocidos y dis­
persos en folletos, diarios y revistas. “La Editorial América”
publicó en Madrid un .volumen (1919) bajo el título de Ca­
pítulos de Historia Colonial de Venezuela. Allí aparecen El
Elemento Vasco en la Historia de Venezuela y Orígenes de
la Instrucción Pública en Venezuela, que son parte del primer
tomo de Orígenes Venezolanos, y Caracas fué un Convento que
pertenece a la segunda serie de las Leyendas Históricas. Las
Humbolatianas fueron recopiladas por Eduardo Rohl en 1924
(Caracas. Tip. Vargas) y luego reimpresas en dos volúmenes
por la editorial “ Cecilio Acosta” (Buenos Aires, 1942). Tam­
bién publicó esta editorial un volumen de los Estudios In­
dígenas (1941)

Lo primero que se ofrece al considera!- la gran variedad


de escritos que Rojas amontonaba en incesante trabajo — mu­
chos de sus estudios son apenas esbozos de otros más vastos
para los cuales no tuvo tiempo— , es la necesidad de ordenarlos
debidamente. Un libro que recogiese todos sus escritos sobre
Caracas resultaría muy voluminoso. (Véase la Bibliografía de
don Arístides Rojas publicada por la Biblioteca Nacional. Ca­
racas, 1944.) En el presente tomo editado por el Ministerio
de Educación junto con los de otros autores venezolanos, se
intenta realizar en parte, dentro de los límites señalados, el
pensamiento de don Arístides. Esta selección se refiere a lo
que propiamente puede considerarse crónica popular y ha sido
hecha en los dos volúmenes de Leyendas Históricas publi­
cados en 1890 y 1891, hace tiempo agotados.

E. B. N.
CARACAS FU E U N CONVENTO

Nos llama la atención la diversidad de caracteres que dis­


tinguieron a los prelados de Venezuela desde los más remotos
tiempos, desde Bastidas en 1.536, hasta nuestros días. Entre
ellos figuran varones eximios por sus virtudes, carácteres
intolerantes y díscolos, espíritus progresistas y benévolos, co­
razones nacidos para el amor y la caridad, verdaderos apósto­
les del Evangelio en la tierra venezolana; cada uno en obede­
cimiento a la educación que había recibido, a la índole de su
naturaleza, y al influjo de la época en que figuró. Si Bastidas,
joven inexperto, lleno de nobles sentimientos respecto de la
iglesia venezolana, se deja arrastrar por las influencias con­
tagiosas de los conquistadores, y favorece la esclavitud del
indígena, sus sucesores, fray Pedro de Agresa y fray Antonio
de Alcega, representan las más empinadas cumbres del minis­
terio apostólico. Tan santos varones abrieron, así puede ase­
gurarse, el camino fructífero de la enseñanza y de la práctica
de la virtud en los primeros pueblos que fundara entre nos-
btros el conquistador castellano. Fray Juan de Boherquez
fué el iniciador de aquella lucha secular que conoce la his­
toria de Venezuela con el nombre de Competencias; y hombre
indigno del sublime encargo de que había sido revestido.
Había nacido no para llevar el báculo del apóstol y sí la
alfange de los conquistadores,- Mauro de Tovar, fué un
espíritu intransigente, voluntarioso y aun déspota, pero sumiso
ante sus deberes religiosos y hasta humilde en su1 asistencia
a los necesitados. Contagiado por la epidemia de su época,
las Competencias, e imbuido de las máximas de Hildebrando,
según asienta el historiador Yanes, quiso dar a su autoridad
tal preeminencia y extensión que exigía que el poder civil le
estuviese subordinado, propasándose a conocer y juzgar de
la conducta y hechos domésticos de las familias, so pretexto
'de pecaminosos. Eran estos errores hijos de su carácter y de
su tiempo, antes que de su corazón. En las épocas de lucha
social, de conquistas armadas, los caracteres más humildes
se convierten en solemnes tiranuelos.
Fray Antonio González de Acuña y Don Diego de Baños
y Sotomayor fueron apóstoles de progreso, y con ellos Don
10 B ib l io t e c a P opular V enezolan a

Juan José de Escalona y Calatayud, corazón caritativo y espí­


ritu ilustrado. Celosos defensores de la disciplina eclesiástica,
creadores, -.reformadores, siempre dispuestos al ensanche de
cuanto redundara en beneficio de la instrucción eclesiástica;
éstos y otros varones del apostolado venezolano 'de las pasa­
das épocas, sembraron buena semilla e hicieron cuanto estuvo
al alcance de sus facultades.
Mas al llegar a los días en que figuraron los últimos pre­
lados de quienes acabamos de hablar, un carácter, que parece
que desconocieron nuestros historiadores modernos, nos llama
la atención: nos referimos al Obispo Don Diego Antonio
Diez Madroñero, que figuró dede 1757 hasta 1769. Los cro­
nistas venezolanos nos lo presentan como protector de las
fábricas del Seminario, y del templo de los Lázaros, y creador
de los ejercicios espirituales llamados de San Ignacio, que
practican los escolares de la actual Escuela Episcopal; pero
esto es nada ante la constancia de este reformador de cos­
tumbres, de este innovador religioso, monomaniaco pacífico,
que supo transformar a Caracas, durante los doce años de su
apostolado en un convento, en el cual sólo faltó que los mo­
radores de la capital vistieran todos el hábito talar.
Ninguno de los Obispos y Arzobispos de Venezuela ha de­
jado en nuestra historia eclesiástica, una estela más prolon­
gada; y todavía, después de ciento veinte y ¿os años que han
pasado, desde el día de su fallecimiento, todavía perdura algo
de sus obras, a pesar de las revoluciones que han conmovido
la sociedad caraqueña. Con su voluntad inquebrantable, con
sus edictos, con su constancia supo imponerse y cortar de raíz
hábitos inveterados por la acción del tiempo. Y coincidencia
admirable! La época de este prelado que hizo de Caracas un
convento, es la misma en que figuró, como Gobernador, el
General Solano, espíritu recto, liberal, que puso a raya a los
nobles y mantuanos de Caracas, sabiendo, desde su llegada,
emanciparse de toda influencia española o americana, pues
obraba con conciencia propia, ayudado de un criterio tan
justo como ilustrado: así y sólo así, pudo acabar con el
contrabando, ensanchar la ciudad y vencer a los caciques tena­
ces del Alto Orinoco, y dejar su nombre bien puesto en los
anales de la patria venezolana.
Quiso el Obispo salvarse del influjo pernicioso de las Com­
petencias, y aliándose con el Gobernador, salvó el escollo co­
mo pudo, y obró con su leal saber 'y entender en la educación
del rebaño caraqueño. A los pocos días de su llegada a la
Capital, conoció la índole de sus moradores, y puso por obra
cuando le sugirió su pensamiento. ¿Qué hizo durante su pon-
★ C r ó n ic a de C aracas 11

tificado? Comprendió que la ciudad necesitaba de una patrona


que llevase nombre indígena y creó a Nuestra Señora Mariana
de Caracas; y desde entonces llamóse a Caracas, la ciudad
Mariana; vió que las calles y esquinas no tenían sino nombres
de referencia; y bautizó calles y esquinas con nombres del
martirologio, e hizo excavar nichos en algunas paredes, para
colocar imágenes, e impuso a todas las familias del poblado,
a que fijaran sobre la puerta interior del zaguán, la imagen
del patrón o la patrona de la casa. Encontró que el pueblo de
Caracas, era partidario de bailes antiguos, conocidos con los
nombres de la zapa, el zambito, la murranga, el dengue, etc.,
etc., y con un edicto los enterró. Quiso el prelado levantar
.e l censo de la capital, y sin necesidad de poder civil, y con
sus curas y monigotes, formó el padrón de la capital, sabiendo
a poco el número de habitantes de cada casa, edades, condicio­
nes, nacionalidad, y sobre todo, los que se habían confesado y
comulgado. Un incidente inesperado, el fuerte sacudimiento
de la ’tierra, en octubre de 1766, lo pone en la vía de exaltar
el culto a la virgen de las Mercedes, patrona de la ciudad y
de las arboledas de cacao, y la hace^ conocer también, como
abogada de los terremotos. En conocimiento de que la mayor
parte de las propiedades agrícolas, vecinas de Caracas, care­
cían de oratorios, concede la licencia necesaria, y a poco, se
rezaba la misa en todas estas capillas privadas. Excita a la
población, tanto de la capital como 3e los campos, a que
rezaran la oración, del rosario, diariamente, y no quedó fami­
lia ni repartimiento que no lo hiciera en congregación antes de
acostarse. Quiso que la imagen de la Virgen del Rosario se
viera con frecuencia en las calles de Caracas, y estableció que
la procesión saliese de cada parroquia cada siete días. Y
para sostener la fe, hizo que se representara en los teatricos
ambulantes, loas y autos de fe en gloria de la Virgen celestial,
con preferencia a sainetes necios y ridículos. P or supuesto,^
que los sexos debían estar separados en estas reunione de
carácter popular. Protegió la confradías, las procesiones, el
culto a la Copacabana y se recreó en la contemplación de su
obra. Finalmente, quiso acabar con el juego del carnaval, y
lo sustituyó con el rezo del rosario, en procesiones vesper­
tinas, durante los tres días de la fiesta carnavalesca.
¿Qué consiguió el prelado con todo esto? Fundó la esta­
dística, que no se conocía; levantó los cimientos del alumbra­
do público, costeado por los dueños de casas, favorecedores
del culto católico, y sin que las rentas gastaron un centavo;
acabó con el zambito, la zapa y bailes livianos; enterró, du­
rante once años, el juego del carnaval; impuso a toda familia
'
12 B ib l io t e c a P o pular V enezolan a ★
el rezo diario del rosario; acostumbró a los niños y criados
a que gastaran sus economías favoreciendo las procesiones
nocturnas de cada parroquia, y puso, finalmente, nombre a
todas las calles y esquinas de la Caracas de antaño.
La capital fundada por Losada se había convertido en un
hermoso convento, como vamos a probarlo.
LA CARACAS D E ANTAÑO

Nada más curioso en las pasadas épocas de esta capital,


Santiago de León de Caracas, que las numerosas fiestas re­
ligiosas que, durante el año, tenían divertidos a sus moradores.
Con fiestas y octavarios comenzaba enero, y con fiestas y
aguinaldos remataba diciembre, sin que hubiera tiempo al
descanso; que la sociedad caraqueña, en su totalidad, no tenía
en mientes otra materia, como elemento de vida, que las
fiestas en los templos y las procesiones en las calles, con el
objeto de celebrar el día de alguna Virgen, o el de algún patro­
no de la capital.
Quince templos tenía Caracas a mediados del último siglo,
a los cuales pertenecían algunas- capillas contiguas, y cerca de
cuarenta cofradías y hermandades religiosas que entre otras
llevaron los nombres de Dolores, San Pedro, Las Animas, San
Juan Nepomueeno, Los Trinitarios, Los Remedios, San Juan
Evangelista, Jesús Nazareno, Santísimo Sacramento, Las Mer­
cedes, E l Carmen, Santa Rosalía, La Guía^JLa Caridad, El
Socorro y Candelaria, todas compuestas de libres y de escla­
vos; a manera de sociedades religiosas encargadas del culto
de alguna imagen o de la fábrica de algún templo, y dedicadas
al servicio de las cosas divinas. Y como cada una de ellas,
según su reglamento, vestía de una manera igual en la forma,
aunque distinta en los colores, sucedía que, reunidas todas en
días solemnes, daban a la población un aspecto carnavalesco,
aunque se presentaban silenciosas y recatadas. Aceptaron unas
el color azul, el blanco otras; y las había también con hábitos
color de púrpura, morados, negros y marrones. Y a llevaban
al cuello cintas de colores, ya escapularios bordados sobre el
pecho, ya finalmente, escuditos de plata u oro en las mangas;
pues era de ’ necesidad que cada una cargase un distintivo,
desde luego que todos los hermanos tenían de común el andar
con la cabeza descubeirta y con una bujía de cera en la mano.
Si a la pluralidad de las cofradías y hermandades, se agre­
gan los frailes de los conventos, con hábitos de color azul,
blanco, y blanco y negro, se comprenderá que una fiesta
religiosa de los pasados tiempos de Caracas, acompañada de
las cruces y guiones de cada hermandad, y de las cruces de
la Metropolitana y de las parroquias,: debía aparecer como un
14 B ib l io t e c a P opular V enezolana

mosaico de múltiples colores. En los días solemnes, como los


de Corpus Cristi, Jueves Santo, Santiago, etc., etc., y también
en el entierro de algún magnate español o caraqueño, veíanse
reunidas todas estas Corporaciones, haciendo séquito al Ayun­
tamiento, Gobernación y Audiencia, pues en tales casos hacía
gala cada Cuerpo e individuo del rango que representaba en
el esfera política o religiosa; de su riqueza y posición social;
o, finalmente, de la vanidad con que quería aparecer inflado,
hueco o sólido, según los méritos que suponía tener o los que
le concedieran sus semejantes.
Sólo una de las hermandades tenía el privilegio exclusivo
de pedir limosna el día en que la justicia humana decretaba la
muerte de algún criminal: era la de Dolores, la cual, horas
antes de la ejecución, recorría las calles llevando un crucifijo
y un plato, e iba de casa en casa recitando el siguiente estri­
billo : Hagan bien para hacer bien por el alma del que van a
ajusticiar. A poco se escuchan cuatro o más tiros de fusil en
la plaza de la Metropolitana o en la de San Jacinto, y los
dobles de las campanas de los templos. Con el producto de
la limosna conseguida se pagaban los gastos del entierro, las
misas que por el alma del ajusticiado debían rezarse, el rega­
lillo a la pobre familia del reo y algo para los hermanos de
la cofradía, pues la justicia entra siempre por casa.
Las cofradías y hermandades vivían por lo general, dfe
las economías que cada una guardaba, y también de la limos­
na pública, la cual se solicitaba de varios modos. Por . lo co­
mún, en los días solemnes, a la puerta de los templos,' donde
cada hermandad tenía mesa cubierta de riquísima carpeta en
1a cual sobresalía una bandeja de plata, de plomo o de latón.
Era esta operación una especie de peaje forzado, donde la
concurrencia que entraba y salía del templo se veía asediada
por la tropa de pedigüeños y limosneros. Y ocasiones hubo
en que las diversas cofradías se disputaron la limosna de algún
personaje extranjero que, atolondrado por una lluvia de gri­
tos donde se percibían: — para el Santísimo, para las ánimas
benditas, para la cofradía, de los Dolores, para la fábrica del
templo, etc., etc. : no sabiendo qué hacer, procuraba salvarse
de aquel ataque inusitado.
La costumbre de pedir limosna tenía sus días clásicos y era
siempre, de carácter doméstico, ^puesto que no podía pasar de
las puertas de cada templo; mientras que había otra,-de carác­
ter público, que se extendía hasta las últimas chozas del po­
blado. Queremos hablar de la compañía de sanitarios, dele­
gados de las comunidades y cofradías. Eran aquellos, por lo
general, hombres ancianos, cuyo encargo se limitaba a recoger
★ C r ó n ic a de C aracas 15

limosna, para lo cual llevaban, como divisa de su oficio, una


imagen en pintura o escultura, exornada de flores naturales;
una cesta o macuto que pendía del brazo, y algunos rosarios,
reliquias, escapularios, novenas y otros objetos religiosos que
vendían a los fieles.
Con tal industria ganaban los santeros su vida, pues además
de la limosna en dinero efectivo, llenábase el macuto a cada
instante de efectos comestibles. L a visita diaria de estos co­
merciantes religiosos al mercado público, era un hecho curioso:
si por una parte los compradores depositaban en manos del
santero el centavo de la limosna, después de arrodillarse y de
besar la imagen, por la otra, los vendedores depositaban en el
prolongado cestillo huevos y verduras, pan y fritadas que
pagaba el santerío con sonrisas, y también con el permiso de
besar la imagen del santo o virgen que le servía de pasaporte
para llamar a todas las puertas y recibir limosnas de todos
los fieles.
'Desde el día de la Circuncisión de Jesucristo, al comenzar
el año, hasta el de la Natividad, que lo remataba; y desde el
Viernes de las Llagas, primero que anunciaba la Cuaresma
en el templo de San Francisco, hasta el del Concilio,'en que,
por la tarde subía el Nazareno de San Jacinto, en peregrina­
ción, a la colina del Calvario, y por la noche la Dblorosa de
Altagracia, hasta el Domingo de Resurrección en que remataba
la pasión, Caracas vivía en estado de vértigo. Aderezábanse
las señoras de pie a cabeza, ostentando las más ricas joyas;
llevaban las matronas su cola de esclavas; acompañaban las
autoridades las principales procesiones, y gala hacían los ba­
tallones de sus limpias armas y bellos uniformes, en tanto
que la primera autoridad de la colonia, repleta der vanidades
y de ignorancia, atraía la mirada contemplativa de los necios,
que en una sonrisa o en un saludo, encontraban la suprema
dicha. < -¡
Una de las fiestas que más entretenía a los caraqueños,
durante la época colonial, era la dedicada a la Venta de las
bulas, la cual se efectuaba cada dos años, en la Metropolitana.
Lo que en los días de las Cruzadas llamóse Bula de la
Santa Cruzada, fué cierta indulgencia o gracia concedida por
el Sumo Pontífice a los que se aprestaban en la conquista de
la Tierra Santa. Con, el producto de la venta, se contribuía
a los gastos de la conquista, patrocinada no sólo por los que
en ella figuraban, sino igualmefSe'pQr toda ..la cristiandad. Pero
tan luego como cesó el. espíritu 1-dé^conquistas y remató la
guerra de las Cruzadas, él Gobierna i{le España, después de
emprender la destrucción de¡ lo s ; mo'r.df y la civilización de

A
16 B ib l io t e c a P o pular Venezolan a

los indios, hubo de obtener del gobierno de Roma el permiso


de continuar con la venta de las bulas de la Santa Cruzada
contra los nuevos infieles, a la cual se agregaron las de los
vivos, la de composición, la de lacticinios y la de los muertos,
que proporcionaron al Gobierno de España durante tres siglos
cuantiosa renta. Cambió así la primitiva idea, con mayor be­
neficio, pues en la venta de las bulas habia gerarquía de
precios, desde dos reales hasta veinte pesos; y como las con­
cesiones que dispensaba cada una de aquellas debían de estar
de acuerdo con la renta y posición social del comprador, suce­
día que había orgullo en los ricos y pudientes en adquirir las
más costosas; que en ellos obraba la vanidad como el principal
aliciente.
Por la bula de la Santa Cruzada llamada de vivos que com­
praba todo el mundo, se conseguían admirables gracias, entre
otras la de ser absuelto de toda especie de crímeens; y por
la de lacticinios obtenían los clérigos licencia para comer cada
uno a sus anchas, durante los días de ayuno. Por la llamada
de composición quedaban favorecidos aquellos que poseían bie­
nes pertenecientes a la iglesia, por obras pías, o dueños igno­
rados. Si las bulas de vivos y muertos favorecían a los necios
y pobres de espíritu, la de composición era el triunfo de los
ladrones, usurpadores y avaros.
/ De todas estas supercherías, de cuya renta disfrutaba el
gobierno español, la bula de los muertos nos llama la atención.
Un viajero francés que visitó a Caracas, al comenzar el siglo,
después de hablarnos de las diversas bulas que se vendían en
la capital, nos dice, respecto de la de los muertos lo siguiente:
“ Es una especie de boleta de entrada al paraíso, pues ha­
ciéndonos salvar el fuego devorador del purgatorio, nos con­
duce directamente a la mansión de los escogidos; pero es
necesario advertir que una de ellas no puede servir sino para
una alma. Así, desde el instante en que un español espira,
sus parientes ocurren a la casa del Tesorero por una bula de
muertos, sobre la cual se inscribe el nombre del difunto. Si
la familia de éste no puede obtenerla por carecer de recursos,
tentonces dos o más miembros de ella solicitan en la ciudad li­
mosna con qué comprarla, y en el caso de no poder obtenerla,
lloran públicamente y dan gritos escandalosos, con los cuales
manifiestan, si poco la pena que les causa la partida del pa­
riente, mucho el que éste no haya ido provisto de un pasaporte
tan esencial.
“La virtud de esta bula no se limita a salvar el alma del
purgatorio: tiene el poder de emanciparla de las llamas, donde
se blanqueaba, a semejanza del amianto en el fuego; más aún,
★ C r ó n ic a de C aracas 17

puede designar el alma que quiere salvar. Basta inscribir sobre


la bula el nombre de la persona cuyo cuerpo abandonó el
alma, para que al instante las puertas del paraíso se abran
para éste. Por de contado, que es de necesidad una bula para
cada alma, pudiendo obtenerse de cuantas bulas se necesiten,
con tal que sean pagadas. Con piedad y riqueza es, por lo
tanto, muy fácil vaciar el purgatorio, que no permanecerá por
mucho tiempo solitario, porque la muerte incansable, remueve
a cada instante los habitantes” ( i) .
La fiesta de las bulas tenia efecto en algunas ciudades de
la América española en el d¡a de San Juan, y en otras, en
el día de San Miguel. Caracas pertenecia al primer grupo..
Desde el amanecer todos los caraqueños se aprestaban a cele­
brar la solemne procesión, que comenzaba en el templo de
las Monjas Concepciones y remataba en la Metropolitana. Al
sonar las nueve de la mañana, las autoridades civiles y ecle­
siásticas, acompañadas del pueblo, salían de la plaza mayor
y se dirigían a la capilla de las Concepciones, donde se toma­
ban los paquetes de bulas que procesionalmente eran condu­
cidos a la nave central de la Metropolitana, donde los colaca-
ban sobre mesa ricamente vestida. Por razones de conveniencia
no asistía a estas fiestas el prelado, pues hubiera estorbado al
canónigo, comisario de la Santa Cruzada, que ocupaba el puesto
de honor y presidía la ceremonia, que consistía en gran misa
acompañada de sermón. ’ Concluida ésta, comenzaba la venta
de las bulas, tomando cada comprador la que cuadrara a su
riqueza, posición social y nombradla, teniendo todas ellas, se
entiende, después dé pagadas, la misma virtud.
Pero, no se crea por esto que en la Caracas llena de pro­
cesiones, durante el año, la humildad estaba a la altura de la
devoción. No, que las autoridades civil y eclesiástica vivían
■como perros y gatos, queriendo cada una aplastar a la otra,
pues en cuestiones de autoridad, fueros, prerrogativas y el yo,
primero que todo, ninguna familia humana es más recalci­
trante que la española y sus nietecitos de ambos mundos. Las
autoridades civil y eclesiástica de Caracas, después de bom­
bardearse con metrallas de insultos y de cometer sandeces y
tonterías, acudian al Rey acusándose como pupilos de escuela.
Por esto dijo un monarca de allende los mares, al ocuparse
en cierto día en la resolución de una de tantas necedades, que:
"no tenía ya tiempo ni paciencia para resolver las tonterías y
disputas entre las autoridades de Caracas".

( i) D epo n s. V oyage a la p a r te o r ie n ta le de la T erre -F erm e,


3 v o ls . P a r ís , 1806.

2
18 B ib l io t e c a P opular V enezolana

La vanidad religiosa, que consistía en favorecer la fábrica


de los templos, en asistir a las procesiones, tenía su com­
plemento en los entierros y en el recibimiento del viático en
la casa de los ricos. En una capital donde no existían las
carreras de la industria, que no comenzaron sino en 1778;
, donde no figuró el teatro, que no surgió sino en 1784; donde
no había alumbrado público, el cual apareció casi al rematar
el siglo, 1797; y donde las únicas diversiones consistían en
los juegos de toros y cañas y en el de pelota, en los templos
y procesiones, en los entierros y bautizos, debía buscarse solaz
el epíritu y entretenimiento social.
Notables apareceiron siempre los entierros de los magnates
de Caracas, no sólo por las cosas que hacían en cada cuadra,
sino igualmente, por la asistencia de todas las cofradías, cruces
de las parroquias y los empleados y Corporaciones, desde el
último alguacil hasta el Capitán general Gobernador. El
espíritu venezolano no podía desarrollarse sin el aliciente de
las procesiones.
No existía en Caracas, para aquel entonces, ninguna agencia
funeraria, siendo peculiar de las cofradías correr con los en­
tierros, alquilando cada una lo que tenía; y como no había
coches mortuorios, los cadáveres se cargaban sobre andas.
Cada cofradía tenía ataúdes para ricos y pobres consistiendo
los primeros en urnas abiertas, de graciosa forma, con escul­
turas doradas, semejantes a las que sirven hoy para el entierro
de los canónigos y Obispos. El cadáver iba descubierto o vela­
do con ligera gasa, y tan luego como concluían los oficios
religiosos, la familia lo sacaba de la urna elegante, lo encerra­
ba en un ataúd nuevo y era enterrado en algún sitio del
templo.
A l celebrarse, en honra del difunto, los funerales de costum­
bre, días más tarde, se colocaba al pie del túmulo una media
barrica de vino, una cesta llena de pan, y un carnero, como
ofrenda a los manes de aquél, según costumbres de las épocas
más remotas. A l regresar el acompañamiento a la casa mortuo­
ria, tropezaba con dos filas de pobres de solemnidad que
llenaban las aceras de la calle; y como era tanto el número
de exequias fúnebres que se verificaban en Caracas, en pasa­
dos días, los mendigos más retirados del poblado, tenían que
saberlo, por el hábito de solicitar la limosna, que se había
hecho una necesidad.
Los muertos gozaban también, como los santos y vírgenes
de los templos, de su octavario, consistiendo éste en reunión
general de toda la parentela del difunto, con el fin de almorzar
y comer, charlar, departir acerca de los asuntos del día, y
C r ó n ic a de C aracas 19

M
convertir el triste suceso en tema de parranda. Era de cos­
tumbre y de lujo el que toda la parentela contribuyese a estos
días del octavario con obsequios culinarios y tan -mona era
la rijidez del duelo, que hasta los pavos y jamones aparecían
sobre la suculenta mesa con las patas y el mango llenos de
lazos negros. Cubríanse las paredes de las salas con género
oscuro, y se cerraban éstas después del octavario. Todos los
esclavos participaban del duelo, no en el corazón, sino en los
vestidos, y con éstos los retratos de los antepasados, los cua­
dros al óleo, las arañas colgantes, las mesas y cuanto objeto
figuraba en las principales salas de la familia. ¡ Cuántos con­
trastes se veían en estos días! Recogidos y llorosos estaban los
allegados del difunto, mientras que la parentela, compuesta en
casi su totalidad de epicuristas, se aprovechaba del octavario
fúnebre.
En aquellos tiempos los entierros se efectuaban casi siempre
de noche, y el duelo se despedía en la casa. Desde lejos se
conocía un entierro en las solitarias calles de Caracas, por las
dos filas de acompañantes, vestidos de duelo, por el hacha
fúnebre que cada uno llevaba y los farolitos blancos de papel
que resguardaban la llama del viento. Pero hay un signo dis­
tintivo que ha caracterizado en toda época los entierros de
Caracas, y es la conversación, que se anima a proporción que
el acompañamiento se acerca al templo de la parroquia. El
murmullo de la concurrencia es tal, que una persona situada
en el dormitorio más retirado de la calle, puede asegurar, por
el ruido que produce la conversación, que un entierro pasa.
Los cadáveres de los pobres de solemnidad no pasaban de
la puerta del templo, adonde venía el cura a rezar los oficios
religiosos. Les estaba cerrada la entrada a la casa de Dios,, por
carecer de medios monetarios. Está infame jerarquía entre el
pobre y el rico, sostenida por los curas de parroquia, en
una gran porción de la América, trajo el más repelente escán­
dalo que presenciaran las pasadas generaciones. La pobrecía,
las madres, al verse desamparadas por los sostenedores del
culto católico, rechazaron las oraciones religiosas y colocaron
sus parvulitos en cestitas llenas de flores, en las puertas de
los templos, en los nichos de la fachada de la Metropolitana,
en la destruida escalinata al Este de San Francisco. Ño hubo
día en remotas épocas en que no se vieran dos y más cadáve­
res de expósitos en los sitios indicados.
Los entierros de los párvulos pudientes se efectuaban siem­
pre de tarde, y sólo eran acompañados de niños.' Desde remotos
tiempos eran conducidos en mesitas bellamente exornadas con
flores y cintas; después por medio de cordones. A l regreso
20 B ib lio te c a P o p u la r V e n e z o la n a ★
- : 'o - - ¿ Á 'r r 'v . > -

creí cementerio aguardaba a los niños acompañantes suculenta


mesa llena dé confituras. Siempre Epicúreo en las casas mor­
tuorias ; tal fué la costumbre de pasados tiempos.
En la Caracas de antaño no había comparsas de llorones en
los entierros; pero como el llanto, y tras éste el grito, que
son indicios del dolor, en muchos casos, sucedía que ciertas
familias escogían, como hora propicia para manifestar el sen­
timiento, aquella en que salía el cadáver de la casa. Apenas
se levantaban las andas, cuando comenzaba la gritería. Y como
el llanto, así como la risa7 tienen poder contagioso, sucedía
que las familias que estaban ya en la casa y las que llegaban
en el solemne momento, comenzaban también a llorar, a gritar,
y a participar de tan ridicula como escandalosa costumbre.
La vida caraqueña la sintetizaban, en pasadas épocas, cuatro
verbos que eran conjugados en todos sus tiempos; a saber:
comer, dormir, rezar y pasear. El almuerzo se verificaba de
ocho a nueve de la mañana; la comida de medio día a la
una de la tarde; la siesta hasta las tres, y tras ésta la merien­
da; a los negocios se le concedían dos o más horas de la
tarde, y según los paseos, visitas, etc., hasta las once o doce
de la noche. A las siete de la noche casi todas las familias
rezaban el rosario dirigido por el jefe de la familia, pues
otras lo hacían a las tres de la tarde.
A la hora de la siesta, desde que comenzaba el almuerzo
hasta la hora de la merienda, se cerraban todas las puertas
de la población, quedando solitarias las calles y plazas. Y
tanta rigidez hubo en el cumplimiento de esta costumbre, que
por haber llamado un desgraciado a la puerta de la casa de
cierto Intendente general, el Ayudante de éste, abrió la puerta
y disparó su pistola sobre el pecho del inconsciente importuno.
A la hora de siesta, ni se cobraba, ni se pagaba, ni se vendía.
<^*La vida social no carecía de cierta elegancia, sobre todo,
por la variedad del vestido de los hombres, que consistía' en
Casaca redonda de varios colores, chaleco bajo, pantalones cor­
tos, zapatos cortos con hebilla y sombrero tricornio, desde
la confección más barata hasta la más rica por la abundancia de
bordados y piedras preciosas que brillaban -en las hebillas.
Respecto de las damas, lo que en éstas sobresalía eran las
ricas mantillas españolas y los camisones de brocado, con ador­
no de oro y plata, de seda los más. f
Era curiosa la sociedad caraqueña respecto de las visitas
de etiquetas, las cuales se hacían por la tarde. En primer tér­
mino era necesaria la venia de la familia obsequiada, con horas
más o menos de anticipación, con lo cual se recordaba que
debían prepararse a recibir a la familia obsequiante, con con­
★ C r ó n ic a de C aracas 21

fituras y bebidas, que se servían en platos y platillos de China


o del Japón y vasos dorados. A l llegar al zaguán la visita, que
se componía, por lo menos, de dos o tres señoras y señoritas,
éstas se despojaban de la saya y mantilla que traían, y las
entregaban a la criada que las acompañaba. Entonces sobre-
slía el rico vestido bordado de pies a cabeza, y erguidas entra­
ban, sin que ningún curioso viandante se hubiera detenido en
la puerta de la casa, como observador de costumbre tan
incomprensible. A la hora señalada por las visitantes tomaba
la criada que había conducido en un cesto las sayas y mantillas,
trayendo ios sombreros, mantos y abrigos correspondientes.
En las clases acomodadas, el uso de la capa fué siempre un
distintivo social, y aunque la temperatura no exigiera el abri­
go, la vanidad lo necesitaba. Entonces comenzaron los pobres
industriales a hacer uso de los capotes de variados colores,
los cuales duraron hata ahora cuarenta años. En los días de
la colonia las capas triunfaron siempre; después de creada
la república imperaron los capotes. Capas y capotes desapare­
cieron por completo de las calles de Caracas.
A falta de teatros, la no'íhe'en Caracas tenía sus diversiones,
de acuerdo con la índole de los habitantes. Eran las procesio­
nes del Rosario acompañadas de mala música y de peores
cantantes. Apenas se sentía en cada cuadra, cuando las puer­
tas de las casas se llenaban de niños y de criados, y las ven­
tanas de rostro marchito y juvenile. De todas partes pedían
una Salve, un Ave María, y el canto, música y rezo iba de
cuadra en cuadra haciendo estaciones. Cuando la procesión
se recogía cerca de las once de la noche, se habían cantado
cien Salves y doscientas Ave Marías, lo que equivalía a veinte
y cinco o más pesos que se distribuían los cantores, los músi­
cos, el lego recolector, los muchachos cargadores de faroles,
y el conductor del retablo que repreentaba la Virgen del
Rosario.
Y tan partidaria era la población de estas diversiones de
carácter religioso, que lo -mismo sucedía al sentirse la esquila
del viático que se llevaba a los enfermos y moribundos. Como
movidos por resorte secreto, se lanzaban a la calle las beatas
de, la parroquia, los niños, los criados; abríanse las ventanas
y salían a brillar las luminarias de sebo o de cera, pues la
esperma no. llegó a conocerse sino mucho tiempo después.
¿Qué solicitaban estos curiosos? Días de perdón, según acom­
pañaron al cura con luces, faroles o llevaran el paraguas en­
carnado de pesado varillaje. El sonido de una sola esquila
anunciaba el viático para los pobres o modestos; mas cuando
la esquila era doble, se aprestaba el vecindario de la parroquia
22 B ib l io t e c a P opular V enezolana ★
como para asistir a una procesión de Corpus. Acudían los
amigos y parientes del difunto, movíase la muchedumbre, lle­
nábase el templo, barríanse las calles y de flores se esmal­
taban para qi.e pasará el viático bajo palio conducido por mag­
nates, al son de la música y seguido de grande acompaña­
miento. Cuando esta procesión se efectuaba en las silenciosas
horas de la noche o de la madrugada, revestía cierto carácter
imponente, pues a las armonías de la música acompañaba el
repique de las campanas, que despertaba a los fieles y les
hacía lanzarse a la calle en busca de novelerías.
Un mismo alimento nutría a los moradores de la Caracas
de antaño, y ricos y pobres, solicitaban la misma comida en
el mercado general. No había médicos, ni boticas, ni la quími­
ca, la química del engaño y de la falsificación, no habia penetra­
do en la ciudad de Losada: ni las conservas alimenticias ha­
bían turbado la salud de la familia caraqueña. La mayoría de
nuestros antepasados, longevos y jóvenes, no llegó a pronun­
ciar el vocablo dispepsia, que sintetiza la nutrición perdida, la
digestión bajo cero, la salud triturada por este peso de las
vanidades, de las mentiras y patrañas, del desbordamiento de
las pasiones humanas que se llama C IV IL IZ A C IO N M O ­
D ERNA.
LOS A N TIG U OS PAT RON ES DE CARACAS

Caracas, así como las demás ciudades de la América espa­


ñola, tuvo también sus patronos y santos tutelares, y sus vír­
genes milagrosas. Antes de ser fundada y desde que se pensó
en conquistar la belicosa nación indígena de los Caracas, ya
en la mente del conquistador Losada bullía, la idea de ofrecer
una ermita a San Sebastián, si le libraba de las flechas enve­
nenadas en la empresa que iba a cometer. Y así sucedió en
efecto, pues en 1567 se fundó a Santiago de León de Caracas
y se colocó la primera piedra de San Sebastián en el lugar
que ocupa hoy la Santa Capilla. Pero al mismo tiempo que se
levantaba esta ermita, se daba comienzo al templo que debía
servir más tarde de Catedral, nombrado por patrón de la
ciudad al Apóstol Santiago. ¿ Y qué patrón más noble podía
ambicionarse invocado siempre por el pueblo español, que le
reconoció como mensajero de Dios en todos sus aprietos,
conquistas y batallas? jDesde ?¡a>s orillas del mar hasta' la‘s
cimas nevadas, jamás santo alguno llegó a alcanzar culto más
grande ni proporcionó frutos más copiosos al hombre. La pri­
mera fiesta dedicada ai patrón de Caracas fué celebrada el
25 de julio de 1568, poco antes de perder Losada la conquista
adquirida.
Los conquistadores continuaban con feliz éxito, y vencidas
eran las tribus enemigas, cuando en 1574 visitó la langosta los
primeros campos cultivados de la triste ciudad. Nueva ermita
es entonces construida al Norte de la de San Sebastián, dedi­
cada a San Mauricio, nombrado al efecto abogado de la lan­
gosta. Esta desaparece, pero el pajizo templo es a poco devo­
rado por las llamas, logrando el patrón salvarse del incendio
y encontrar refugio en la ermita de San Sebastián.
Tras de Santiago, Sebastián y Mauricio, viene Pablo el
Ermitaño, como abogado contra la peste de viruela que azota
a Caracas en 1580. El Ayuntamiento de la ciudad dispone
levantarle un templo, y antes de que éste comenzara, se ordena
que el nuevo patrón fuera festejado con fiesta anual en la
Iglesia Mayor, con asistencia de los dos Cabddos. A pesar
de esto las viruelas volvieron, y en el cementerio que se cons­
truyó contiguo a San Pablo fueron enterradas las numerosas
víctimas. San Pablo ha dejado su puesta a Talía.
24 B ib l io t e c a P opular V enezolan a

Tras de San Pablo debía asomarse la primera Virgen de


origen indiano: la Copacabana, de la cual hablaremos más
adelante.
No debía rematar el siglo décimo sexto sin que Caracas
enriqueciera con un santo más la lista de sus patrones. Tristes
y llorosos andaban los habitantes de la ciudad por los robos
que en la costas hacían los piratas, cuando de repente las
sementeras de trigo aparecen, en cierta mañana, cubiertas de
gusanos que en pocas horas devoran las espiga y despojan
a los árboles de sus hojas. A l verse arruinados aquellos po­
bres moradores, elevan sus oraciones a Dios, y le piden con
lágrimas y promesas les salve de aquel ataque destructor.
Reúnese el Ayuntamiento, y resuelve que, antes de abrirse la
siguiente sesión, escuchen los pobladores una misa dedicada
al Espíritu Santo, de quien esperaban les inspirase la manera
de salir de tan comprometido trance. En efecto, el Ayunta­
miento abre la sesión después de rezada la misa y dispone
que se inscriban en tarjetas los nombres de cien santos, y
que el favorecido por la suerte sea el patriarca y abogado de
las sementeras de trigo. Sale el nombre de San Jorge, y el
Ayuntamiento decreta al instante que la fiesta anual de este
santo pertenezca exclusivamente a dicho Cuerpo, no pudiendo
ingerirse en ella ni el Gobernador ni el prelado. Desde entonces
San Jorge fué celebrado anualmente en la Capilla Afetropoli-
tana que lleva su nombre.
A l comenzar el siglo décimoséptimo aparecen en Caracas
dos santos varones de mérito relevante: San Frnacisco de Asís
y San Jacinto: y en 1636, la Virgen de la Concepción. Eran
tres templos mas, con sus comunidades que venían a aumentar
el cortejo religioso de la ciudad de Losada. Y no contenta
todavía la población con tres templos, levanta otro en 1656,
que dedica a la Virgen de Altagracia, y recibe una Santa
americana, Rosa de Lima, que se pone a la cabeza del primer
instituto de educación que tenía la ciudad: el Seminario Tri-
dentino, en 1673..'-*.,
En una ocasión, fior los años de 1636 a 1637, los agriculto­
res de cacao vieron desaparecer sus arboledas, devoradas por
un parásito llamado entonces candelilla, el cual destruía la cor­
teza de los árboles. Deseosos los caraqueños de tener una
patrona que protegiera las hermosas siembras del rico fruto
en las costa y valles cercanos a la capital, fijan sus miradas
en la Virgen de las Mercedes, a la cual levantan un templo
en 1638 y le ofrecen una fiesta anual. Rumbosa era ésta y con
constancia celebrábase todos los años a la Virgen protectora
★ C r ó n ic a de C aracas 25

del cacao, al mismo tiempo nombrada abogada de Caracas, y


más tarde en 1766 abogada de los terremotos.
A l rematar aquel siglo, en 1696, Caracas es víctima de la
fiebre amarilla, que llega a diezmar ia población. En medio
de la más triste orfandad, una inspiración se apodera de los
pocos que había dejado la epidemia. Piensan en Rosalía de
Falermo, a la cual llaman con súlicas y esperanzas. La santa
acude a ia llamada de los desgraciados, y éstos le levantan
un templo. Era una nueva patrona que venia a sentarse en
1a asamulea caraqueña, donde figuraban Santiago, Santa Ana,
Mauricio, Pablo el Ermitaño, Jorge, Jacinto, Francisco, varias
vírgenes y Rosa de Lima, que aceptaba la capital donde era
venerada su compatriota, la Virgencita de Copacabana.
Durante el siglo décimo octavo, una nueva Virgen, la del
Carmelo, visita a Caracas en 1732 y se hace dedicar un con­
vento. Casi en los mismos días, aparece en Caracas una Virgen
más; la de la Pastora, que se hace construir un templo en los
extremos de la capital, y en la misma época, al Norte de la
Ciudad, se levanta el de la Santísima Trinidad rematado en
1783, después de cuarenta y dos años de trabajo. En 1759
llega San Lázaro a socorrer a los leprosos. Ultimamente lle­
garon los neristas y capuchinos, en 1774 y 1783, para levantar
dos templos más, a San Felipe y San Juan, y entrar en com­
petencia religiosa con los franciscanos, dominicos, mercedarios,
y la colonia isleña que había levantado a la Yrirgen de Cande­
laria un. templo en 1708.
Hasta la época del Obispo Diez Madorñero, 1757-1769, no
se cono'cía en Caracas una patrona que llevase el nombre in­
dígena de la capital. Ya veremos cuanto hizo el prelado al
bautizar a ésta con el nombre de Ciudad Mariana y ponerla
bajo el patrocinio de Nuestra Señora Mariana de Caracas.
Otra Virgen protectora debía surgir igualmente en esta época,
la de las Afercedes que llego a figurar como abogada de los
terremotos. Y tanto fué el entusiasmo del Obispo por la crea­
ción de vírgenes protectoras de la ciudad, que llegó a pensar
en Nuestra Señora de Venezuela, bautizando con este nombre
la calle que está entre la Afetropolitana y la Obitepalía, dando
el nombre de Nuestra Señora Mariana de Caracas a la que
cojre de la Afetropolitana a la Casa Amarilla.
Pero el culto al cual se decidió el Obispo con todas sus
fuerzas, fué el del rosario. No hubo durante su apostolado,
semana en que no se rezara públicamente, ni casa de Caracas
y de los vecinos campos, donde las familias no cumpliesen
diariamente, a las tres de- la tarde o a las siete de la noche,
con aquel deseo y mandato del Obispo.
N U EST RA SE Ñ O R A D E CARACAS

Desde el día en que fué demolido el antiguo templo de San


Pablo, de 1876 a 1877, y con éste la capilla contigua de la
Caridad, cesó el culto que desde remotos tiempos rindieran
los habitantes de la capital a Nuestra Señora Mariana de
Caracas, tan festejada durante los postreros años del siglo úl­
timo. En uno de los altares de la Capilla sobresalía cierto
cuadro en grande escala, que representaba a la Virgen, la cual
recibía con frecuencia la visita de los fieles; mientras que en
la esquina de la Metropolitana, un retablo de la misma imagen,
fijado allí desde 1766, servía de consuelo y de esperanza a
los devotos de la nueva Virgen. Desde el toque de oraciones
hasta las diez y doce de la noche, multitud de personsa se
arrodillaban y oraban delante del retablo, para ganar de esta
manera las indulgencias que desde 1773 concediera el Obispo
Martí a todos aquellos que comunicaran a la Soberana de
los Cielos sus miserias y necesidades.
Durante ciento doce años permaneció el retablo de Nuestra
Señora de Mariana, ya en la esquina de la Metropolitana, en
la casa del municipio, frente a la puerta mayor del templo; ya
en la opuesta, diagonal con la torre, donde los vecinos andu­
vieron constantes en iluminarlo durante la noche. A l dar las
sie te el reloj de la ciudad, la concurrencia se presentaba
numerosas; comenzaba a declinar a las nueve, y desaparecía
a las diez; aunque hubo repetidos casos en que corazones pe­
nitentes vieron brillar sobre el rostro de la Virgen los reflejos
de la aurora.
¡ Cuántas generaciones se han sucedido desde el año de 1766,
en que fué c¿loca<Jp el retablo en la esquina de la Metropoli­
tana, hasta el de 4870, en que fué quitado de su antiguo sitio
para ser colocado en un rincón del Museo de Caracas! ¡Cuán­
tos sucesos se" verificaron durante este lapso de tiempo, y
cuántas noches borrascosas, con su hora de angustias, llegaron,
en la mima época, a turbar la paz de la familia caraqueña, en
tanto que la luminaria de la Virgen, cual estrella de los
náufragos, atraía siempre a todos aquellos que con el pen­
samiento la buscaban en la soledad del desamparo! Ciento
doce años de luchas sociales, de cataclismos, de sol y de agua,
★ C r ó n ic a de C aracas 27

han pasado por el añejo retablo, que pudo al fin salvarse de la


intemperie, para recordarnos la historia de pasadas épocas!
El retablo es un cuadro de 68 centímetros de largo por 49
de ancho, colocado en un viejo marco, cuyo dorado se ha
desvanecido. En su parte inferior figura la ciudad de Caracas
de 1766, con tres torres de las que entonces tenía: la de la
Metropolitana, la de San Mauricio, y más al Norte, la de las
Mercedes, derribada por el fuerte sacudimiento terrestre de
1766. En la porción superior descuella, como suspensa en los
aires, María, coronada por dos ángeles. Con noble actitud,
la Soberana de los Cielos extiende sus brazos hacia la ciu­
dad, como signo de protección. A la derecha de la Virgen
figuran una santa y un apóstol, y a la izquierda, dos santas.
Grupos de ángeles que llevan en las manos guirnaldas y lemas
con fraces de las letanías, llgnan el conjunto y parece que
celebran a María, en tanto que un arcángel aparece frente, a
Nuestra Señora y le presentan un objeto. Y a veremos más
adelante quienes son los dievrsos atcores que figuran en
esta pintura, y cómo el artista sintetizó en ella la historia de
Caracas durante los dos primeros siglos de su fundación:
desde 1567, en que fué levantada, hasta 1763, en que surgió la
Virgen con el nuevo nombre de Mariana de Caracas.
En los días del Obispo Diez Madroñero, contaba Caracas
una abogada de la peste, otra dp Jas lluvias, y otra 'de las
arboledas de cacao y de los terremotos. Reconocía, además,
un abogado de la langosta, otro de las viruelas, y a San Jorge
como protector de las siembras de trigo. Contaba, igual­
mente, la capital, con su patrón Santiago; la Catedral, con
Santa Ana; y el Seminario Tridentino, con Santa Rosa de
Lima; pero la ciudad necesitaba de una virgen que, sin figu­
rar en el martirologio romano, fuese, por excelencia, grande
abogada y protectora de la ciudad, cuyo nombre debía llevar.
Tales sentimientos abrigaba la población de Caracas: eran
ellos el norte de los fieles1' corazones, motivo por el cual los
estimulaba el prelado, que aguardaba el momento propicio en
que apareciera sin ruido y sin milagros la Soberana de los
Cielos, amparando a la ciudad de Santiago de León de Caracas;
nombre éste que debía desaparecer ante el de Mariana de
Caracas.
Los primeros hechos' referentes al nacimiento de la Virgen
a que nos concretamos, datan del 25 de agosto de 1658, época
en' que el cabildo eclesiástico, sede vacante, por sí, y a nombre
del clero, decretó defender la pureza de la Virgen María,
guardar como festivo su día y no comer carne en su corres­
pondiente vigilia. Era un voto hijo de la gratitud, pues por
28 B i b l io t e c a P opolar Venezolan a

la intervención de María, Caracas se había salvado de la cruel


epidemia que en aquellos días comenzó a destruir la población.
Caracas, protegida por María, debía traer a la capital el califi­
cativo de Mariana, es decir, que rinde culto a María.
Tan noble propósito continuaba en la mente de los miembros
del cabildo eclesiástico, cuando, en n de abril de 1763, el
Ayuntamiento de Caracas elevó a la consideración del Monarca
una petición, que abrazaba los términos siguientes: 1* que
todos los empleados públicos de la Capitanía general de V e­
nezuela, jurasen defender la pureza de la Inmaculada Con­
cepción^^5 que el escudo de armas de la ciudad fuese orlado
con la confesión de este misterio; y 39 que en las casas capi­
tulares se edificara un oratorio, en el cual figurara la imagen
de la Santa venerada, como Madre Santísima de la Luz.
Feliz coincidencia de fechas obraba en el ánimo del Ayun­
tamiento, al pedir cuanto dejamos escrito; y era que Santa
Rosalía abogada de la peste, venerada en Caracas desde 1.696,
en que se le dedicó un templo por haber salvado la pobla­
ción de la capital, era celebrada por la Iglesia católica el
4 de setiembre. En 4 de setiembre de 1.591 íué concedido un
sello de armas, por Felipe II, a la ciudad de Caracas; y, últi­
mamente, en 4 de setiembre de 1.759, Carlos III se ciñó por
primera vez la corona de España. Estas y otras razones influ­
yeron poderosamente en el ánimo del Ayuntamiento, para
suplicar al Monarca que le concediera la orla mencionada,
con el lema siguiente; A ve María Santísima de la Luz, sin
pecado concebida.
El nombre de Mariana, dado a la ciudad de Caracas antes
de 1.763, época en la cual lo decretaron ambos cabildos, data
desde la llegada a Caracas del Obispo Diez Madroñero, acae­
cida a mediados de 1-757, Partidario decidido y entusiasta
por el culto a María se mostró desde el principio aquel vir­
tuoso prelado, que desde 1.760 fechaba sus comunicaciones en
la Ciudad Mariana de Santiago de León de Caracas, según
consta de documentos que hemos visto y estudiado detenida­
mente.
P or real cédula de Carlos III fechada en San Lorenzo a
6 de noviembre de 1.763, y que encontramos en las actas del
Ayuntamiento de 1.764: “ Su Majestad se digna manifestar a
la ciudad de Caracas, haber diferido a sus instancias sobre
que juren, los que ejerzan empleos públicos, la pureza original
de María Santísima; que puede poner la orla que se expresa
en su escudo, y erigir oratorio en las casas capitulares, sa­
cándose del caudal de propios el que se necesite para su fá­
brica, aseo y permanencia”.
★ C r ó n ic a de C aracas 29

Los señores del Ayuntamiento dijeron, en sesión de 22 de


enero de 1.764: “que celebrando, como celebran, la nueva honra
que debe a S. M. esta ciudad, y principalmente el que, para
gloria del culto y veneración de la Inmaculada y Santísima
Madre de la Luz, pues, desde aquí en adelante, con nuevo
título, ser y llamarse Mariana esta misma ciudad, tan obli­
gada a su piedad, y tan reconocida a sus inmensas miseri­
cordias, a la que confiesa deber cuantos progresos ha logrado
y de la que los espera en adelante mucho mayores, consti­
tuida con nueva, honrosa y distinguida marca, y el más ilus­
tre blasón por su virtuoso p u eblo...”
“Desde hoy en adelante — agrega el Ayuntamiento— deberá
la ciudad titularse, y se titulará así: Ciudad Mariana de San­
tiago de León de Caracas."
Ya en diciembre de 1.763, el mismo Ayuntamiento, al acusar
recibo de la real cédula de 6 de noviembre del mismo año,
había dicho: “La amantísima ciudad de Caracas tiene ya, con
razón, nuevo título, y con orgullo se llama Ciudad Mariana,
por haberla dedicado con tamaña honra V . M__ ” Y a tal
grado llegaron el entusiasmo, la humildad y la ad'ülación de
los miembros del Ayuntamiento, que en uno de tanto oficios
dirigidos por ésta al Monarca, llegaroji a decirle, que S. M.
poseía un mañano corazón.
Después de dar a Carlos III las más expresivas gracias
con frases más o menos parecidas a las últimas copiadas,
el Ayuntamiento pidió al Gobernador y Capitán general de la
Provincia, en viesta de la real cédula y de las actas del
Cuerpo, se sirviera dictar las providencias que tuviese por
convenientes, para la más devota publicidad de las nuevas obli­
gaciones, que, para con la gran Madre de Dios, contraía esta
su Mariana ciudad.
En 27 de enero de 1.764, el Ayuntamiento presenta al cabil­
do eclesiástico la real cédula de Carlos III, que fué acogida
con señales de satisfacción. Ofrecieron los señores del capí­
tulo el sacrificio de sus personas a la Majestad divina, “por
la continuación del augusto patrocinio de la Madre Santísima
de la Luz sobre esta su Mariana ciudad". Y a nombre del
Rector y Claustro del Real Colegio Seminario y de la Real
y Pontificia Universidad de Santa Rosa, de esta ciudad Ma­
riana de Caracas, “ofrece celebrar las nuevas honras que ha
recibido esta misma Mariana ciudad’’. En los propios térmi­
nos se expresaron al siguiente día todas las comunidades reli­
giosas existentes en Caracas. (1)
(1) V é a n s e la s a c t a s d e l A y u n t a m i e n t o y d e l c a b ild o e c le s iá s t ic o ,
c o r r e s p o n d ie n te s a lo s a ñ o s d e 17 6 3 y 1764.
30 B ib l io t e c a P opular V enezolan a ★

Nunca concesión alguna llegó a Caracas en época más pro­


picia que en los días de Diez Madroñero. El espíritu religioso
dominaba los ánimos; quería el Obispo ensanchar la obra que
había comenzado, y todo llegaba a medida de sus deseos. Una
virgen ¡¿ue llevara el nombre indígena de la capital de Vene­
zuela, iba a colmar la ambición de los moradores de ésta,
acostumbrados a reverenciar a María bajo todas sus advo­
caciones.
Levantóse el oratorio, y colocaron en él a María Santísima
de la- L uz; comenzaron el lema qüe debía brillar en los pen­
dones de la ciudad, y, después de conciliarse las opiniones,
quedó por lema, no el que propuso el Ayuntamiento, sino
el que indicó el Monarca; es, a saber: Ave María Santísima
de la Luz, sin pecado original concebida en el primer instante
'de sil Ser Natural.
Desde esta época aparece, ya en las actas de ambos cabildos
y de las comunidades religiosas, ya en los documentos públi­
cos de otro orden, el nombre de Ciudad Mariana de Caracas;
en otros, Ciudad Mariana de Santiago León de Caracas.
He aquí una nueva Virgen, la que iba a figurar en el sello
de la ciudad, la que iba a dar su nombre al pueblo fundado
por Losada. He aquí a la patrona por excelencia, a la Virgen
de nacionalidad caraqueña, que venía a sentarse en la asam­
blea de los patronos y patronas' de Caracas, y también en to­
dos los templos, en todas las oficinas públicas, eclesiásticas y
políticas.
Creada la Virgen, ¿cómo figurarla en el lienzo o en la
escultura, para que fuese reverenciada de los fieles y recono­
cida de las generaciones? Desde luego era necesario que des­
collaran al lado de la Virgen algunos de los patronos vene­
rados en la ciudad, y que aquella sintetizara a Caracas en sus
diversas épocas. ¿Cómo hacer esto? Opinaban unos por colo­
car en el retablo que representara a la Nuestra Señora, a
San Sebastián, o San Mauricio, o San Pablo y a San Jorge,
como primitivos abogados de Caracas en sus primeras nece­
sidades : opinaban otros por darle cabida solamente a las san­
tas y sabios doctores de la Iglesia. En esta situación estaban
las cosas, cuando el obispo invita a los devotos y devotas de
Caracas, y presentándoles la cuestión en la sala de su pala­
cio, les obliga a escoger el cortejo que debía acompañar a
la Virgen bajo la nueva advocación de Nuestra Señora Ma­
riana de Caracas. Debían figurar en el cuadro la ciudad de
Caracas, el escudo de armas concedido por Felipe II, y re­
formado por Carlos III, y los patronos y patronas que en
diversas épocas la habían favorecido.
★ C r ó n ic a de C aracas 31

Después de una discreta y prolongada discusión, hubieron


de triunfar al fin las mujeres sobre los hombres, haciendo
que el Obispo aceptara, entre los cuatro personajes que debían
acompañar a la Virgen, a tres santas de las protectores de
Caracas, y el asunto del retablo quedó decretado de la si­
guiente manera: arriba, en las nubes, decollaría la Virgen co­
ronada por dos ángeles; a la derecha de María, Santa Ana,
su madre, patrona de la Metropolitana de Caracas; y des­
pués, el Apóstol Santiago, patrono de la ciudad. A la izquierda
de la Virgen estarían Santa Rosa de Lima y Santa Rosalía;
la primera, como representante de los estudios eclesiásticos,
al fundarse, bajo su advocación, el Seminario de Santa Rosa
en 1.673; y la segunda, como abogada contra la peste, por
haber salvado de ella a la capital en 1.696. En derredor de
este grupo se colocarían los ángeles de la corte celestial que
celebran a María, debiendo llevar en las manos cintas en que
estuvieran los diversos y versículos de las letanías. Y para
representar a la antigua Caracas, en medio de los ángeles
debía aparecer un querubín que presentase a la Reina de los
Cielos el escudo de armas concedido por Felipe II a la Ca­
racas de 1.591. Consistía éste, como hemos dicho alguna vez,
en una venera que sostenía un león rapante coronado, en la
cual figuraba la cruz de Santiago.
Arriba de todas las figuras colocaría el lema que dice:
Ave María Santísima, para recordar la concesión hecha por
Carlos III a la ciudad en 1.763, mientras que abajo estaría
Caracas con la fisonomía que ostentaba en esta época.
Diversos pintores dieron a luz sus obras, y fueron acepta­
das. El primer retablo, cuj^o destino ignoramos, estuvo en
la capilla de la Caridad, contigua al derribado templo de San
Pablo. El segundo fué colocado en la esquina de la Aíetropo-
litana, y está hoy en el Museo.
Así continuó el entusiasmo religioso, con más o menos in­
termitencias, hasta que, para fines de siglo, casi había des­
aparecido el nuevo título de la ciudad. La muerte del Obispo
Diez Madroñero, acaecida en 1.769, adormeció el entusiasmo
por el culto de Nuestra Señora Mariana de Caracas. El
Obispo Martí quiso levantarlo y restituirlo a su prístino
esplendor, pero todos sus esfuerzos fueron infructuosos, y
algún tiempo después el referido culto había desaparecido
por completo.
El nombre de Ciudad Mariana de Caracas no ha quedado
sino en los documentos públicos y en las actas de los cabildos
y comunidades religiosas. Igualmente ha desaparecido el de
Santiago de León de Caracas, que durante tres siglos llevara
32 B i b l io t e c a P opular V enezolan a ★
la capital de Venezuela. Pero si Nuestra Señora Mariana de
Caracas no puede ya salir de los archivos, Santiago tiene
aún, por lo menos, su d ía : aquel en que lo celebra la Iglesia
Metropolitana de Caracas.
En los tratados públicos, en las leyes, en todos los docu-
. mentos de Venezuela independiente, la capital de la República
no figura sino con su nombre indígena, el de Caracas, nom­
bre que llevó aquel pueblo heroico que . supo sucumbir ante
sus conquistadores.
H A B IL ID A D D E L O B ISPO

En una ciudad como la de Caracas durante el último siglo,


la cual, sin teatros ni paseos, sólo tenía por única diversión
toros y cañas, 1as fiestas religiosas, durante el año, eran
de necesidad imperiosa. Y como ya dejamos asentado, nada
más solemne, durante !a época colonial que un día de Cor­
pus, un Jueves Santo o la fiesta de alguno de los patronos
de la ciudad, porque la muchedumbre, inspirada en un solo
sentimiento, deplegaba su vanidad o su entusiasmo aderezando
ventanas y puertas con ricas cortinas; ostentando las bellas
matronas sus valiosas prendas y sus numerosas esclavas;
y los empleados y magnates, sus uniformes y cruces, basto­
nes y espadas. Un octavario lleno de todo género de diver­
siones remataba cada una de las festividades de la Caracas
colonial, que 110 tuvo por divisa sino Dios y el Rey.
La época del Obispo Diez Madroñero, desde 1.757 hasta
1.769. puede considerarse de paz. pues había sido vencida,
años antes, la revolución del Capitán León; triunfo que
había contrib ido a sostener de una manera oficial el mono­
polio de la célebre Compañía Guipuzcoana, amordazando de
esta manera la opinión pública. A pesar de estos y otros
ataques a la libertad política y comercial, el Gobernador Ri­
cardos había dado comienzo a nuevas obras públicas, tan ne­
cesarias al ensanche de uan sociedad atrasada: tales fueron
un hospicio de lázaros, un cuartel de artillería, un puente
y la plaza mayor que sirvió de mercado y comenzó a pro­
porcionar al Municipio una renta segura.
La Caracas de la época de Diez Madroñero era una ciudad
muy reducida. Acababan de concluir el templo de Candelaria,
que dió vida a la parroquia de este nombre, centro entonces
de los acomodados hijos de las islas Canarias, y el nuevo
convento de las Mercedes en el sitio donde figura hoy la
Iglesia de este nombre y la Plaza Falcón. Los puentes de
la Pasora y de la Trinidad no estaban todavía rematados
y la parroquia actual de San Juan era un erial, lo mismo
que gran porción de las de San Pablo y Candelaria. El
templo de la Pastora podía considerarse como una ermita, así
como el de Santa Rosalía, ambos en las afueras de la ciudad.
3
34 B i b l io t e c a P opular V enezolan a ★

La Caracas de aquellos días estaba reducida a un corto


número de manzanas.
A los primeros meses de estada en la capital, el Obispo
conoció la índole de la población y lo que podía aguardarse
de sus moradores. A l instante se propuso civilizar a su ma­
nera la sociedad caraqueña, y propicio anduvo en la obra.
Introducir innovaciones en su gobierno eclesiástico, reformar
costumbres bárbaras y hacer de la capital un convento, fué
obra de poco tiempo. Las calles y esquinas de Caracas no
tenían en aquel entonces nombre alguno, y se conocían por
los que llevaban los templos-más cercanos, por los de algunos
personajes, o por algún suceso notable. En vista de este des­
orden, el Obispo concibió la idea de bautizar las calles y
cuadras de Caracas, con nombres que recordaran la vida y
pasión de Jesucristo, poner cada casa bajo la protección de
un patrón celestial, colocar en las principales esquinas nichos
excavados en la pared, que contuvieran algún santo, santa
o virgen, y bautizar igualmente las esquinas con nombres
místicos, para que así toda la ciudad, de Norte a Sud y de
Este a Oeste apareciera como una congregación de todas las
vírgenes del Cristianismo, desde el día en que apareció sobre
la faz de la tierra.
Corrían los días de 1.765 a 1.766 cuando cada uno de los
curas de parroquia recibió del Obispo un plano de la ciudad
que tenía el siguiente título: Plan de la Ciudad Mariana de
Caracas, dedicado a Dios, su Santísimo H ijo, Santísima Ma­
dre, y Santos Protectores de sus casas y vecinos.
Figuraban como calles de Norte a Sud las siguientes: calle
de la “Encarnación del H ijo de Dios” ; “Nacimiento del Niño
Dios” ; “ Circuncisión y Bautismo de Jesús” ; “Dulce Nombre
de Jesús” ; “Adoración de los Reyes” ; “ Presentación del
Niño Jesús en el Templo” ; “ Santísima Trinidad” ; “Huida
a Egipto” ; “ Niño perdido y hallado en el Templo” ; “ De­
sierto y Transfiguración del Señor” ; “Triunfo de Jerusa-
lén” ; “ Cenáculo” ; “Santísimo Sacramento” ; “ Corazón de
Jesús” ; “Oración del Huerto” . Y de Poniente a Oriente fi­
guraban estas; “Prendimiento de Jesucristo” ; “La Columna” ;
“ Ecce-Homo” ; “Jesús Nazareno” ; “ Cristo Crucificado” ;
‘‘La Sangre de Jesucristo” ; “La Agonía” ; “ El Perdón” ; “ El
Testamento” ; “La Muerte y Calvario” ; “ El Descendimiento” ;
“El Santo Sepulcro” ; “La Resurrección” ; “La Ascensión” ;
“ El Juicio Universal”.
Como se ve, las calles de Norte a Sud y de Este a Oeste,
figuraban la vida y pasión de Jesucristo. Pero como cada
calle tenía cuatro o más cuadras, cada una de éstas llevaba
★ C r ó n ic a de C aracas 35

a su turno nombre diferente, multiplicándose así el séquito


de las vírgenes y de los santos. Por esto surgían en las cua­
dras, los nombres de Nuestra Señora del Pilar, de Cova-
donga, de la Sabiduría, etc., etc., y las vírgenes que bautizó
el Obispo con los nombres de Nuestra Señora de Venezuela
y de ¡Nuestra Señora Mariana de Caracas.
No contento con dar nombres religiosos a las calles y es­
quinas, Madroñero pide a las familias que acepten un patrón
o abogado de cada casa; y a poco aparecen sobre la puerta
interior de cada zaguán retablos y bustos religiosos de todos
tamaños, que llevaban al pie el mote de: patrono de esta casa,
después de nombrar a la imagen protectora. A l mismo tiempo
figuraron en las esquinas, imágenes y bustos en nichos exca­
vados en las paredes.
Sin intervención de la autoridad civil los curas encargados
del Obispo inscribían en un libro de matrícula las casas que
habían nombrado de antemano su patrón, sacado en suerte,
para cuyo efecto llevaban en un bolsillo nombres religiosos,
para imponerlos a las casas cerradas o aquellas cuyos dueños
estuvieran remisos en corresponder a los deseos del prelado,
procurando que no hubiera en la misma cuadra un nombre
repetido.
Y la sociedad caraqueña, identificándose con las ideas del
prelado y. obedeciendo ciegamente a sus mandatos, armóse con
todos los santos y vírgenes del martirologio, comenzó a rezar
el rosario al toque de oraciones, llenó las esquinas y las
puertas de las casas de retablos, y efigies religiosas, y en­
tregóse finalmente a la confesión y a la penitencia.
Tras de esto quiso el Obispo obtener el censo de la po­
blación, y ayudado sólo de los curas, logró conocer el nú­
mero de habitantes de Caracas, sus edades, condiciones, ofi­
cios, etc., etc. Nunca rebaño más dócil baló tan dulcemente
a los mandatos de su buen Pastor. Pero todavía no fué co­
ronada su dicha sino cuando en cierta noche paseó, acompa­
ñado de su clero, la ciudad Mariana. Espléndida apareció
ésta a las miradas del prelado, pues toda estaba exonerada
^de retablos, de nichos, de letrer'bs y de centenares de faro­
lillos que le daban aspecto veneciano. Los farolillos que ilu­
minaron estos centenares de patronos en las esquinas y za­
guanes, fueron la cuna del alumbrado público en la capital
de Venezuela, donde no llegó a establecerse aquel sino a
fines del siglo, por los años de 1.797 a 1.798.
Después de haber hecho innovaciones importantes en el
gobierno de la iglesia y en la reforma de las costumbres;
después de haber acabado con el juego de carnaval, convir­
36 B i b l io t e c a P opular V enezolana ★

tiéndolo en- procesión del rosario por las calles de Caracas;


después de haber exornado la ciudad con todos los santos
y vírgenes de la cristiandad, el Obispo Diez Madroñero
quiso sorprender a su numerosa. grey de una manera agra­
dable y misteriosa. En cierto dia, en esta época de santidad,
al amanecer oyeron los habitantes de la capital, toques de
campanas en los diversos templos. La población se preguntó
lo que aquello significaba y nadie pudo darse de ello cuenta.
Era la primera campanada del Angelus, que desde remotos
tiempos anuncia a los cristianos en tres momentos del día,
la llegada del Angel q>. e anunció a M aría: ceremonia que
el Obispo acababa de introducir en sus diócesis. Desde en­
tonces, en el hogar tranquilo y apacible de la familia, más
tranquilo y apacible mientras más reinen en él la pobreza
y la conformidad, este toque de las campanas, que precede
a la luz de la aurora, es como la voz del ángel que anuncia
la esperanza a los corazones de buena voluntad.
Para la familia que en esa hora solemne sufre y aguarda,
y ve confundirse los dos crepúsculos del día en presencia
de la agon-a de seres queridos; la voz de esa campana,
cuyos ecos se pierden en el silencio de los campos y de las
ciudades, es algo más que una promesa: es un eco de Dios
que llega al corazón, y anima con celeste claridad la prolon­
gada noche del sufrimiento.
Después de ciento veinte años transcurridos de la muerte
del Obispo Diez Madroñero, el toq e del Angelus no ha
podido desaparecer, mientras que están vacíos los nichos de
las principales esquinas, no quedando sino una que otra lu­
minaria y uno que otro patrón de los centenares que figura­
ron en los zaguanes de las antiguas casas. Desaparecieron los
nombres religiosos de las calles y cuadras, lo misino que los
de las esquinas, no figurando hoy sino las que llevan los
extremos de la población. Aun viven San Carlos, San Andrés,
San Miguel, San Cayetano, San Casimiro, San Pedro, San
Ramón, San Rafael, San Martín, San Roque, y también San
Francisquito. Quedan en algunas los nombres de El Nazareno.
E l Sepulcro, Jesús — que es la antigua esquina de las Ca­
bezas— y E l Cristo. En otras surgen los nombres de las
siguientes vírgenes: E l Carmen, La Barbanera, La Consola­
ción, Los Remedios, El Rosario, Los Dolores y La Soledad;
mientras que del gran ■ cataclismo — el tiempo— sólo pudo
salvarse una santa: Santa Bárbara.
LA A BO G A D A D E LOS T ERREM O T O S

No hay país de origen castellano donde no exista alguno


o más conventos de Nuestra Señora de las Mercedes. El
surgimiento de esta Virgen, Redentora de Cautivos, ha ins­
pirado, desde hace ocho siglos, tai veneración, que el nom­
bre de Mercedes se lleva siempre con orgullo. Sólo en esta
orden brilla un sello de armas de los antiguos reyes de
España: el de Felipe de Aragón, quien aceptó aquélla desde
que fué establecida.
El primer convento de Mercedes que tuvo Caracas fué
una hospedería situada, desde los primeros años del siglo
décimo séptimo, en tierras de la parroquia dctual de San
Juan, cuando en ésta no existían pobladores, sino el camino
que comunica a los habitantes de Caracas con los valles de
Arágua. Estaba, por lo tanto, muy distante de 1a pequeña
capital que constituía ¡imitado número de manzanas,, en
derredor de la Iglesia Mayor. Más tarde, en 1.638, se levanta
el primer convento de las Mercedes en la porción alta de
la ciudad, cerca de la represa del Catuche, cuando no exis­
tían ni el puente de la Pastora ni el de la Trinidad, que
aparecieron cien años más tarde. Patrocinó el Gobernador
Ruy Fernández Fuenmayor la fábrica de las Mercedes, que­
dando desde entonces esta Virgen como patrona de la ciudad,
reconocida por voto y juramento de ambos cabildos. Por
cuanto dejamos escrito en el cuadro precedente titulado: Los
Patronos de Caracas, sábese que la Virgen de las Mercedes
figuraba desde 1631 como abogada de las arboledas de cacao.
Así continuaba, y creces y entusiasmo había tomado el culto
a Nuestra Señora, cuando el terremoto de 1.641 destruyó en
casi su totalidad el gracioso convento. Cuarenta años per­
manecieron en el arruinado edificio los padres mercedarios,
cuando se resolvió por la comunidad trasladarse en 1.681
al sitio que ocupó después hasta su completa ruina en 1.812.
Nuevo título, el de abogada de los terremotos, aguardaba
a la Redentora de Cautivos, al levantarse el nuevo templo
en la prolongación Norte de la antigua calle de San Sebas­
tián, hoy Norte 2. En los tres terremotos que ha presenciado
Caracas y de los cuales dos de ellos la arruinaron en gran
parte, todos han pasado a la historia acompañados de algún
38 B ib l io t e c a P opular V enezolan a

incidente extraordinario. En el de 1.641 figura aquella piadosa


señora María Pérez, que tanto contribuyó al ejercicio de la
caridad pública y a la construcción de la Catedral del siglo
décimo sétimo: en el de 1.812 la idea que domina y se
apodera de los pueblos es la política, y el cataclismo veri­
ficado en el día Jueves Santo, a los dos años de haber sido
derrocado el gobierno peninsular por la revolución de 1.810,
durante el mismo día, aparece para los enemigos de la causa
republicana, como castigo de Dios y como prueba de pro­
tección al monarca español, desgraciado en aquella época;
la idea religiosa, unida a la idea política, triunfan por com­
pleto y la república desaparece. En el gi-an temblor de tierra
de 1.766, conocido con el nombre de terremoto de Santa U r­
sula, por haberse verificado en el día de esta santa, el 21
de octubre, la idea que domina pertenece a otro orden de
cosas: se conexiona con lo maravilloso, como es la interven­
ción de la Virgen de las Mercedes, protectora de la ciudad
que salva a ésta de inminente ruina.
/ La época del Obispo Diez Madroñero, tan fecunda en
reformas religiosas, debía serlo igualmente en milagros, hijos
éstos de los pueblos creyentes. En los archivos de la Obis­
palía de Caracas aparece aquel prelado, no sólo como refor­
mador de costumbres y pastor rígido en el cumplimiento
de su encargo, sino también como espíritu de caridad y ab­
negación, inspirado y capaz de preveer los más ocultos males
a que está sometida la sociedad humana. Más meritorio que
el prelado, por su saber, edad y virtudes excelsas, fué el
venerable cura de la Pastora, Don Nicolás Bello, varón pre­
claro que, según la tradición, murió en olor de santidad.
En los días que precedieron al gran temblor de Caracas del
21 de octubre de 1.766, el padre Bello había escrito al Obispo,
quien a la sazón hacía la visita pastoral de los valles de
Aragua, que ordenase la traída de la Virgen de las Mercedes
a la Catedral, pues abrigaba presentimientos de que algo debía
suceder para el día de Santa Ursula. Si el venerble anciano
expuso al prelado las razones de sus presentimientos, es cosa
que ignoramos, mas es lo cierto que el Obispo ordenó la
visita de la Virgen de las Mercedes a la Catedral, donde
fué recibida por grande concurrencia, como protectora de la
ciudad, sin que nadie sospechara el objeto de aquella dispo­
sición.
El Padre Bello, que entretenía semanalmente con una con­
ferencia religiosa a sus amigos íntimos, excitó a algunos de
éstos a que le acompañaran a orar en el templo de la Pas­
tora, en la noche del 20 al 21 de octubre, manifestándoles
★ C r ó n ic a de C aracas 3$

que abrigaba muy tristes presentimientos respecto de la po­


blación, y que nada era más natural que elevar a Dios el
corazón cuando se teme y espera. Dejemos al preclaro varón
en el templo, mientras que narramos otros acontecimientos.
Vivía en Caracas, en aquella época, un loco pacífico y lo­
cuaz llamado Saturnino, a quien nadie ofendía por su carác­
ter humilde y benévolo. Desde muchos días antes del de
Santa Ursula, Saturnino recitaba por todas las calles el si­
guiente estribillo:

Qué triste está la ciudad


Perdida ya de su fe,
Pero destruida será
El día de San Bernabé;

Y ya en la víspera del 21 de octubre decía:

Téngolo ya de decir,
Y o no sé lo que será,
Mañana es San Bernabé,
Quien viviere lo verá. (1)

Y echándose a cuestas una pesada piedra, subió la colina


del Calvario, diciendo a cuantos encontraba que al raso iba
a pasar la noche, porque al día siguiente Caracas debía bailar
como un trompo. Rióse la población tanto de la profecía
como del profeta, al cual debía después solicitar e interrogar.
Serían las cuatro y veinte minutos de la mañana de 21
de octubre de 1.766, cuando la población de Caracas despierta
aterrorizada al súbito estremecimiento que hace bambolear los
edificios de la capital. A l acto lánzanse los habitantes a la
calle, y los gritos de — “ Misericordia Señor”— se escuchan
por todas partes. Nadie sabe qué hacer ni a dónde ir, y todo
inspira temor por largo tiempo, cuando al despertar la aurora
se sabe que ningún edificio notable había caído, aunque casi
amenazaban ruina sobre todos los templos. Dilatada fué el
área de este sacudimiento que causó estragos en la región
oriental de Venezuela.
Dos frailes acompañaban a la Virgen en Catedral, en el
"momento del sacudimiento, mientras que el Padre Bello, con
sus amigos, oraba en la Pastora aguardando la hora del
Angelus, para seguir a la Catedral, donde debía obsequiarse
a la Soberana de los Ciélos con solemne misa. Inmediatamente

(1) I b a r r a . E s t u d io acerca d e lo s t e m b lo r e s de C ara cas.


40 B i r l io t e c a P opular Venezolana ★

fueron abiertas las puertas de la Metropolitana y demás tem­


plos, a los cuales se acogió la población atemorizada.
Nombrada por el Gobernador, General Solano, una comi­
sión de hombres entendidos para que informase acerca del
estado en que se hallaban los edificios de' la capital, después
de un prolijo examen, vióse que todos los templos exigían
pronta reparación en sus muros, arcos, etc.; que era necesario
rebajar el tercer cuerpo de la torre de San Jacinto y derribar
por completo la de las Mercedes. Medidas necesarias pusiéronse
por obra, y a poco la ciudad quedó libre de todo peligro
inmediato.
¿Por qué habían sufrido todos los templos, mientras que
en las casas de los habitantes no se temía riesgo alguno?
Los moradores de Caracas atribuyeron este hecho a la in­
tervención de la Virgen de las Mercedes que, como hemos
dicho, estaba de visita en la Iglesia Mayor.
A l amanecer del 21, el loco Saturnino estalla ya en Cara­
cas sano y salvo, después de haber pasado la noche al pie
de un árbol en la colina del Calvario. Jamás este pobre se
vió tan rodeado de la -muchedumbre y hasta de la gente de
criterio, que quería saber del loco lo que éste ignoraba y
había dicho inconscientemente. Pero Saturnino-se limitó a con­
testar a cuantos curiosos le interrogaban, con una frase: — “¿No
se lo dije yo, que algo grande iba a suceder” ? Obraba asi,
como si fuera el hombre más cuerdo.
Calmados los ánimos y realzada por un milagro la Virgen
de las Mercedes, los moradores de Caracas nombraron a la
Redentora de Cautivos, abogada de los terremotos, dedicán­
dole fiesta solemne el 21 de octubre de cada año. Reparados
los estragos que causó el temblor de tierra en los diversos
templos, regresó la Virgen al de las Mercedes, acompañada
de todos los habitantes de Caracas. Desde esta fecha quedó
pospuesta, como patrona de ¡os temblores, la Virgen del Ro­
sario, que tenía tal encargo, desde tiempos remotos, como lo
asevera el historiador Oviedo y Baños.
Llama el cronista Terreros la atención hacia el hecho de
no haber caído en Caracas ni una teja de la más humilde
choza, mientras que todos los templos amenazaron ruina. En
este suceso ve el cronista el pronóstico de la expulsión de
los Jesuitas, que tuvo efecto un año después, en 1.767.
Una graciosa tarjeta de plata esculturada, regalo del ca­
bildo eclesia-tico y Avvntarriento de Caracas, figuró Jpcde
esta época al pie de la imagen que filé testigo de la tribula­
ción de la capital en la mañana del 21 de octubre de 1.766.
C r ó n ic a de C aracas 41

En una de las caras de la tarjeta se lee:

S E R V A T R IC E N O S T R A E

Die. X X I. O CT. A DM N. M DCDLXVT

Y en la otra las siguientes sentencias:

O M IN ES, E T JU M E N T A S A L V A S T I DO M IN A.
Ex. Psalmo 67.

T U C A P T IV O R U M -R E D E M P T 10, E T 0 M N 1UM SA L LU R .
S. Ephren.

T E N O S T R A E C A U S A M S E R V A T R IC E N Q U E S A L U T IS .
Ex. Ovidio.

N O SQ U E T U O S L IB R A FA M U R E T (A E T E M A G IS ).
Ex. Ovidio.

En medio del fervor religioso que se apoderó de los cara­


queños hacia la Redentora de Cautivos, comenzó igualmente
a apoderarse de ellos la inconstancia. Aguijoneados por la
vanidad, se cansaron de la antigua imagen de Nuestra Se­
ñora, a la cual habian conducido err^triunfo, desde el sustito
que les proporcionó el gran temblor de 1-.766, y resolvieron
poseer una escultura de la Virgen cuyo modelo fuera cara­
queño, alegando que la abogada de la ciudad, abogada igual­
mente de los cacahuales y de los terremotos, no podía ser
reverenciada en imagen venida de España o de Italia, sino
en imagen modelada en presencia de una de las más bellas
y disto^uidas hijas de Caracas. Cúpole la dicha a la bella
Mercedes Iriarte Aresteiguieta, quedando la nueva Virgen
idéntica al modelo. Descendió del trono la antigua española,
y orgullosa subió las gradas la caraqueña, a cuyos pies colo­
cóse la tarjeta de plata. Esta Virgen es la que recibe anual­
mente en el templo de las Mercedes la visita de los fieles.
La inconstancia fué apoderándose igualmente de los ricos
agricultores de cacao, perdiendo su brillo la rumbosa fiesta
anual dedicada a la Virgen, hasta que imperaron el olvido
y el indiferentismo. Entibióse igualmente la ciudad y poco
a poco fué olvidándose de su abogada la Redentora de
Cautivos.
En esto llega el famoso terremoto de 1.812 que echó por
tierra aldeas, villas y ciudades y sepultó diez mil víctimas,
42 B ib l io t e c a P opular V enezolan a

dejando número igual de contusos- y heridos. Arrasados fue­


ron en Caracas los templos de la Pastora, la Trinidad, San
Mauricio, Altagracia y otros m ás; pero sobre todos el her­
moso convento de las Mercedes, tumba de los frailes y de
cuantos visitaban el templo en aquella memorable tarde del
26 de marzo de 1812. Así se vengó de la inconstancia de los
caraqueños la abogada de los terremotos, la que fué igual­
mente abogada de la ciudad y de las haciendas de cacao.
En el espacio de cincuenta años, sobre las ruinas del antiguo
templo, se ha levantado uno nuevo .En el área del convento
figuran hoy jardines y la estatua de uno de los hijos de
Marte, mientras que en su nicho de flores está la imagen
de la bella y distinguida Mercedes Iriarte Aresteiguieta de
Ponte.
S A L IR COMO L A C O P A C A B A N A

Salir como la Copacabana es frase muy conocida entre las


familias de Caracas, hace siglos, queriendo significar con
ello que una persona o familia sale poco a la calle, de cuan­
do en cuando y en determinados casos, recordando de esta
manera a la virgencita de Copacabana que, desde 1-596 hasta
ahora cincuenta años, la sacaban en procesión de San Pablo
a la Metropolitana para que lloviera, cuando a causa de estío
caluroso y prolongado se agostaba la yerba de los campos
y morían los animales por ausencia completa de agua; y
también cuando la langosta visitaba las sementeras de Caracas.
» En la gran nación indígena de los Caiquetías, moradores
del actual Estado Falcón, una tribu de aquéllos, los Cuibas,
que estuvieron a orillas del Pedregal y en los volcancitos
apagados de a Cuiba, cuando se prolongaba la sequía y se
agostaban las cosechas por falta de agua, solicitábase la más
hermosa doncella de la tribu, la cual, a orillas del río era
inmolada, para en seguida ofrecer su sangre al Sol, supo­
niendo que la Virgen era una de las esposas del astro. T.al
ceremonia, aunque perseguida por los conquistadores, con­
tinuó entre los Cuibas por mucho tiempo de una manera
sigilosa, a pesar de la vigilancia castellana.
Los Cumanagotos que poblaron la pampa del antiguo Es­
tado de Barcelona, tenían entre sus animales predilectos, a la
rana, a la cual azotaban, si no llovía a tiempo. Sábese que
este animal representó el agua en muchas regiones ameri­
canas. En el calendario de los muizcas, la rana simboliza
el principio, abundancia y decrecimiento de las aguas, durante
la estación lluviosa; así como igualmente la época geológica,
cuando se rompieron los diques de los lagos andinos y se
inundaron las llanuras al Este de los Andes de Cundinamarca.
Después que se estableció el Cristianismo en la América
española, apareció en los Andes peruanos una Virgen, pa-
trona de las lluvias, cuyo culto se ha establecido en algunos
pueblos de América y ha cruzado el Atlántico para recibir
adoración también en España.
A orillas del majestuoso Titicaca, el más elevado lago de
la Tierra, en la región de los Andes bolivianos, existe una
44 B ib l io t e c a P o pular V enezolana ★

península que lleva el nombre de Copacabana, voz del idioma


quichua.
En ésta existe el pueblecito del mismo nombre, donde so­
bresale el santuario de !a virgencita de Copacabana. Un tem­
plo admirablemente pintoresco describe un viajero moderno
— sin estilo determinado, pero formando cierto conjunto que,
a pesar de sus pormenores corintios, dóricos, españoles del
Renacimiento; a pesar de las hendeduras. que recuerdan el
Partenón y de las cúpulas que traen recuerdos bizantinos,
se destaca con su silueta variada sobre un cielo incomparable
produciendo en medio de miserables chozas, cierta impresión
llena de gracia y de elegancia que sorprende y cautiva, ( i)
En este santuario se venera una virgencita que tiene de
siete a ocho pulgadas de tamaño, acerca de la cual se ha
escrito y publicado un libro que habla de los milagros de
esta célebre Virgen y del culto que a ella tributan muchos
pueblos de la América española, desde mediados del siglo
décimo sexto.
Refiere la tradición y atestiguan los cronistas, que ha­
biendo los copacabanos héchose rebeldes a las insinuaciones
de los padres doctrineros que querían establecer entre aqué­
llos el cristianismo, fueron contrariados y afligidos por el
castigo del Cielo. Sopló sobre sus campos viento de fuego
y árrasadas fueron las cosechas: vino el granizo y.azotando
Jos árboles desoló labranzas y praderas. Surcó de nuevo la
tierra el indio indómito, y al brotar el grano, horrible plaga
de langostas dejó yermos los campos y abatidos sus mora­
dores. De repente los copacabanos se dividen en dos parti­
dos proclamando cada uno su genio protector. Aclaman, los
arinsavas a San Sebastián, mientras que los anasayas se po­
nen bajo el amparo de la Virgen María. A poco viéronse
los campos de éstos libres de toda plaga, reverdecidos por
abundantes lluvias, al paso que los campos de los contrarios
continuaron estériles y roídos por la langosta. En medio de
la alegría de los unos y de la amargura de los otros, las
dos tribus se unen y proclaman a la Madre Divina, protectora
de aquellas tierras. (2)
A sí refieren los cronistas que fué plantado el árbol de
1a fe cristiana en las regiones de Titicaca, cuna del primer
hombre conquistador y civilizador del Perú.

(1) W ie n e r . P é r o u e t B o liv ie . R é c i t , d e V o y a g e , 1880, P a r is .

(2 ) A n d r é s d e S a n N ic o la s . I m a g e n d e N u e s t r a S e ñ o r a d e C o p a ­
c a b a n a , p o r te n to d e l N u e v o M u n d o , y a c o n o c id a en E u r o p a . M a d r id ,
1 v o l. e n 8*?, 1663.
★ C r ó n ic a de C aracas 45

El símbolo de la Cruz fué levantado a orillas del Titicaca,


y el sacrificio que ella conmemora, creído de los naturales;
pero había necesidad de un busto o imagen que representara
a la Virgen María, la protectora y abogada de los copaca-
banos. ¿Cómo haberla, si no había medios para realizar tan
apremiante deseo? Cierto indio, conocido con el nombre de
Francisco Tito Yupanqui, descendiente de los Incas y cris­
tiano fervoroso, quiso construir una Virgen y de barro la
formó, pero tan tosca y contrahecha, que fué rechazada por
el Doctrinero, produciendo hilaridad en las tribus indígenas.
No desmayó por esto el novel alfarero, y repitiendo el en­
sayo por cuatro acasiones, fué igualmente rechazada la obra.
Impelido por secreta fuerza, Yupanqui deja el pueblo de Co-
pacabana y pasa a los de Potosí, Chuquisaca y otros con el
objeto de perfeccionar su obra, la cual fué por todas partes
desaprobada, recibiendo del Obispo de Chuquisaca la orden
de que fuera a cultivar los campos y abandonase el propósito
de fabricar vírgenes, porque lo juzgaba más idóneo para
pintar monas que para crear imágenes. Con humildad re­
sígnase el indio, y guardando el tosco barro de la Virgen,
esperó que llegasen venturosos días. A poco la imagencita,
con todo el aspecto de una india rechoncha, se hizo dueña
de las voluntades. Exige la muchedumbre la imagjn, hácela
bendecir, y con pompa inusitada la llevan al templo de Lopa-
cabana, donde entra triunfalmente el dia 2 de febrero de
1.583. Al instante la tosca Virgen comienza a transfigurarse
aparece bella, acabada, radiante, terminando por conquistai
con su prodigio, el amor de los copacabanos.
En 1.580 los moradores de Caracas, a consecuencia de la
ep id e m ia de viruelas que azotó a la pobre c iu d a d , levantaron
un templo a San Pablo, primer ermitaño. Diez y seis años
más tarde llegó a este templo una imagen de la virgencita
de Copacabana semejante a la de Titicaca, recibiendo desde
entonces hasta ahora cincuenta años, fervoroso c u lto , pui'S
venerada fué como patrona de las lluvias y de la langosta.
Muy diferente de la tradición peruana es la caraqueña.
Refiere ésta que un indio al pasar por cierta calle de Caracas
se quitó el sombrero y vió caer i na moneda de plata. A d ­
mirado del hallazgo toma la moneda, .sigue al primer ven­
torrillo y la emplea en bebida espirituosa. Inconscientemente
continúa y al sentarse en la esquina de otra calle, vuelve a
sucederse la escena con todos sus pormenores, repitiéndose
más tarde y por tercera vez, igual suceso. Entonces el indio
examina con acuciosidad la moneda y halla que en ella figura
la imagen de la Virgen. Con veneración la coloca en un es­
46 B ib l io t e c a P opular V enezolana

capulario, que cuelga del cuello y oculta tras de la camisa.


Pero corriendo el tiempo, el indio comete un asesinato, y se
le enjuicia y es condenado a ser ahorcado. A l subir el reo
al cadalso, el verdugo no le ha dado todavía el lazo ' a la
cuerda, cuando ésta se rompe. Toma entonces otra más fuer­
te, -la cual se rompe igualmente .En presencia del público
el indio declara entonces que aquel hecho milagroso se debe
a la intervención de nuestra Señora de Copacabana, y qui­
tándose el escapulario lo hace abrir, encontrándose en él la
pequeña moneda de plata que había crecido y con ésta la
Imagen de la Virgen. El indio pidió en seguida que aquella
imagen fuese depositada en el templo de San Pablo y que
a ella se apelase para obtener del Cielo lo que se quisiera.
El asesino fué ahorcado y la imagen depositada en San
Pablo.
Desde este día, el Ayuntamiento de Caracas nombró a la
Virgen de Copacabana abogada' de las lluvias, y a ella cla­
maba la población cuando la sequía tostaba la yerba de los
campos, se hacía insoportable el calor y todo el mundo pedía
a gritos la lluvia. Cuando llegaba el din fijado por el Ayun­
tamiento, en vista de circunstancias apremiantes, la virgen-
cita salía en procesión del templo de San Pablo a la Cate­
dral, acompañada del Obispo y Capítulo, del Gobernador y
Ayuntamiento, de los frailes de los conventos, demás em­
pleados y gran número de devotos; y desde fines del último
siglo, también con el Consulado, la Intendencia y la Audien­
cia Real. Permanecía la Virgen en la Catedral uno o más
días y regresaba a San Pablo después que recibía la visita
de todos los habitantes de la ciudad. Tan solemne procesión
verificóse en Caracas casi durante tres siglos, desde fines
del décimo sexto hasta 1.841. (1)
Si la Copa salía para anunciar las lluvias, nada tenía de
extraño, pues aquí los almanaques que llegaban de Cádiz,
nunca traían noticias sobre la temperatura, etc. Todavía antes
de la separación de Venezuela en 1.830, jamás los almanaques
anunciaron el tiempo. Esto vino más tarde, después de la
instalación de la Academia militar en 1.831. Pero lo extraño
no es que la Copa saliera durante la colonia después de
1.606; lo admirable es haber salido después que se anunciaba
el tiempo en los almanaques, desde 1.837 a 1.841.
( j) E l O b is p o A lc e g a , u n o d e lo s v a r o n e s m á s p ia d o s o s d e l p o n ­
t if ic a d o d e V e n e z u e la , p r o t e g ió e l c u lt o d e e s t a v ir g e n d e s d e e l c o ­
m ie n z o d e l s ig lo X V I I , 1607 a 1608. T e s t ig o e n e s t a é p o c a d e la
h o r r ib le s e q u ía q u e h a c í a s u f r ir la s p o b la c io n e s e n V e n e z u e la , p e n s ó
e n la C o p a c a b a n a d e T it ic a c a , h íz o s e d e u n a im a g e n d e e lla y
p u b lic ó u n e d ic to a c e r c a d e s u s m ila g r o s .
* C r ó n ic a de C aracas 47

“Van a sacar la Copacabana para que llueva”, era el es­


tribillo general. “ Piensan en sacar la Copacabana”. Hoy nadie
dice esto sino se ve el termómetro, se salen los más a tem­
perar, se van al baño, y sufren los pobres desheredados ar­
diente calor, sequía, escasez de lluvias, etc.
Lloverá cuando deba llover.
Por supuesto la Copa salía cuando el aumento de calor y
ciertos síntomas anunciaban la lluvia, a pesar de la asevera­
ción del historiador Oviedo y Baños que asegura que apenas
se pensaba en sacar la imagen cuando se desataban las nubes
en aguas.
Desde los primeros años del siglo décimo séptimo, la vir-
gencita de Copacabana comenzó a mostrar a los caraqueños
el influjo que ella ejercía sobre la lluvia, nos asegura el
cronista Don Blas T errero; y éste mismo refiere que durante
el apostolado de Bohorques, de 1.611 ,a i.6i 7, tuvo efecto
uno de los milagros más elocuentes que ha presenciado la
población de Caracas. Sacada la Virgen, en procesión de
San Pablo a la Catedral, acompañada del Obispo, Gobernador,
empleados y población de Caracas, no faltaban sino pocos
pasos para llegar aí último templo, cuando se desataron las
nubes y cayó el agua a torrentes. Y añade: ante aquel mi­
lagro, todo el mundo comenzó a pedir perdón de sus faltas
y a confesarse, desde el Gobernador hasta el último de los
esclavos.
En la época de Diez Madroñero .decíase que si la Virgen,
al salir en los días calurosos, no efectuaba el milagro, mo­
dificaba por lo menos el calor, y que esto contribuía en
mejora de la situación.
A los tres siglos de haberse levantado el templo de San
Pablo fué demolido, 1.880, figurando hoy en el mismo/ sitio
el Teatro Municipal. Desde entonces la virgencita de Copa-
cabana fué robada, ignorándose donde estaba hasta ha poco,
que fué trasladada a la Basílica de Santa Ana. Demolido
San Pablo, ha concluido en Caracas el culto de Nuestra Se-
" ñora de Copacabana, quedando sólo el refrán de “ Salir como
la Copacabana”, que a su turno tendrá también que des­
aparecer.
La Virgencita de Copacabana no volverá a salir en pro­
cesión por las calles de Caracas. ¡ Cómo cambian los tiem­
pos y las civilizaciones!
EL CARNAVAL DEL O B IS P O

C uando fueron anunciadas con m ucha anticipación las fie s ­


tas del C entenario de B o lív a r, en 1883, una de las dispo­
siciones del G obiern o fu e que todos los ed ificio s de C aracas
debían tener, para el 24 de ju lio , las fach a d a s p in tadas; es
decir, que la capital tenía que exh ib irse en el día indicado,
vestida de gala, d estru yen do p or com p 'eto los an d ra jo s que
llevaba a cuestas, desde tiem po inm em orial, y las num erosas
arru g a s ocasionadas p or los años. D e dicha llenos y de en­
tusiasm o se felicitaron los farm acéu ticos y pintores, al ente­
rarse de tal disposición, pues se les presentaba a los unos,
la ocasión de sa ir de los vetustos barriles de pin turas que
tenían alm acenados, y a los otro s la de hacerse de algun as
m onedas por em badurn ar paredes, puertas y ventanas, al
gu sto de los m o ra d o res de C aracas.
A l am anecer del 23 de ju lio , víspera del 24, fecha del
nacim iento de El L ib e rta d o r, C aracas apareció vestida de
de limpio y ataviada, d esafian d o al m ás pintiparado de los
num erosos visitan tes que llenaban los hoteles, casas de pen­
sionistas, rancherías, ven to rrillos, y se presentaban igualm ente
em paquetados a la m oda, obedeciendo a los im pulsos del
entusiasm o. P o r la p rim er vez y quizá sea la única, en el
espacio de trescientos diez y seis años, la ciudad de L o sa d a
ostentaba las gracias de su ju ven tu d , com o V en us surgiendo
de las espum a del m a r: por la p rim era v ez y única, en la
h isto ria de C aracas, ésta contem plaba al sol cara a cara,
y sonreía y coqueteaba con sus pobladores, al versé limpia,
elegante y hasta poética, pues ella se decía:

A y e r m aravilla fui,
H o y som bra de m í no soy.

D e sd e esta, fech a , C aracas perdió para siem pre uno de


los distin tivos de su pasada h isto ria ; d e jó de n arrarn os a
lo v ivo , lo que era el carn aval antiguo, desde épocas rem o­
tas, cuando la barbarie estableció que había diversión en
m o lestar al p ró jim o , v eja rlo , m o jarlo , em paparlo y d e ja rlo
entum ecido. Y hasta las paredes de los ed ificio s participaban
de este baño de agu a lim pia o sucia, pura o colorida, pues
C r ó n ic a de C aracas 49

el entusiasmo no llegaba al colmo sino después de haber


ensuciado, bañado y apaleado al prójimo, dando por resul­
tado algunos contusos y heridos, y degradados todos.
A proporción que se deslizaban los a-ños, las manchas de
todos colores que dejaba cada carnaval en las paredes de
los edificios de la ciudad se multiplicaban, lo que daba a
Caracas cierta fisonomía repelente. Dos cosas llamaron la
atención de un viajero que visitó la capital, hará como cin­
cuenta años; la yerba y arbustos desarrollándose en los te­
chos, calles más públicas, y aun en los barrotes de hierro
de las ventanas y campanas de los templos, y las numerosas
manchas, de todos colores, que sobresalían sobre las paredes
del caserío. Lo primero le pareció como prueba evidente
dé la fuerza vegetal, del ningún tráfico de la población y
de la ausencia completa de policía urbana: lo segundo, des­
pués de conocer la causa, como muestra de una sociedad
bárbara que desconocía por completo la cultura de las diver­
siones públicas.
¡ Cosa, singular! En la historia de nuestro progreso, el
carnaval moderno es una de nuestras bellas conquistas, por­
que acerca las familias, da ensanche al comercio,, perfecciona
el gusto, despierta el entusiasmo, aproxima los corazones
y trae el amor, alma del matrimonio. El carnaval antiguo
era puramente acuático, alevoso, demagogo, siempre grosero,
infamante: el carnaval moderno es riente, artístico, espon­
táneo, honrado y republicano. Aquel fué siempre amena­
zante, invasor, terrible. Caracas tenía d¡ue cerrar puertas y
ventanas, la autoridad las fuentes púbilcas, y la familia que
esconderse para evitar el ser víctima de la turba invasora.
Las tres noches del carnaval de antaño, eran noches lúgu­
bres ; la ciudad parecía campo desolado. El carnaval de hoy
aspira el aire y el perfume de las flores en presencia de la
mujer pura y generosa, siempre resplandeciente, porque posee
las dotes del corazón y los ideales del espíritu. Por esto
Caracas abre puertas y ventanas, y comparsas de máscaras
en coche o a pie, recorren las calles y visitan las familias.
La noche no es fúnebre, como en pasados tiempos, sino ale­
gre, bulliciosa, poblada de luces y de armonías. El amor, an­
tiguamente escondido, temeroso, sufrido, es hoy libre, ex­
pansivo ; espléndido a la luz del ■ día, confidente al llegar
la noche.
Dejó de figurar el agua, y con ella aquel famoso instru­
mento del Médico a'P alos de Moliere, del mango prolongado
y punta roma, 'que tanto llamaba la atención en remotas'
épocas. ¿ Qué mortal se atrevería a llevarlo hoy en sus ma­
4
50 B i b l io t e c a P opula» V enezolana ★

nos? El antiguo carnaval era una ciudad sitiada; el mo­


derno es una ciudad abierta. Si el primero dejaba por todas
partes los despojos del huracán, calles sucias, manchas en
las paredes, contusos y heridos; el moderno deposita al pie
de cada ventana, como homenaje a la mujer virtuosa, rami­
lletes de flores naturales y artificiales, grajeas, y quizá el
billete perfumado de algún galán imberbe. El carnaval de
antaño era económico; el moderno es fastuoso. ¿ Y qué
importa que el crédito tome creces y se aumente en los libros
del Comercio la partida de pérdidas y ganancias, si los co­
razones se' unen y la humanidad se multiplica?
No tienen los dos carnavales de común, sino la mala in­
tención: la de lanzarse cada prójimo cuanto proyectil pueda
haber a las manos, con toda fuerza de que es capaz el cuerpo
humano. A sí son los campos de batalla: el que sale con
gloria, no es el muerto, sino el que sobrevive, con un ojo
de menos, con dañada intención de más.
Entre los dos carnavales de que acabamos de hablar, está
el carnaval religioso creado en los días en que se amarraban
los perros con longanizas. En la época del Obispo Diez
Madroñero, 1.757 a 1.769, Caracas no tenía jardines ni pa­
ceos ni alumbrado ni médicos, iíí boticas ni modistas, ni
Cosas que se le pareciera, ni carretas ni coches, sino mag­
nates y siervos. Distinguíase el carnaval de aquellos días no
sólo en el uso del agua, en el baño fortuito, intempestivo,
que se efectuaba en ciertas familias del poblado, cuando el
zagalejo entraba de repente en el patio, cogía con astucia
k la zagaleja, y ambos se zambullían en, la pila como esta­
ban, sino en algo todavía más expresivo, como eran los
jueguitos de manos entre ambos sexos, los bailecitos, entre
los cuales figuraban el fandango, la zapa, la mochilera y
'compañía.
En el estudio que hizo el prelado, de la sociedad caraqueña,
no dió importancia al uso de los proyectiles de azúcar o de
harina, con los cuales cada jugador quería sacarle los ojos
a su contrario; tampoco se ocupó en si se mojaban con
betún o con agua, o si se embadurnaban con harina o pin­
turas. Lo que llamó toda la atención del prelado fueron
los baños de los zagalejos en las casa de ciertos moradores
de Santiago de León, y los retozos y bailecitos populares,
los tocamientos y morisquetas de los sexos, los juegos de
la “gallina ciega”, la “perica” , el “escondite” y el “pica-pico” .
Q ue se lancen balas, si quieren, decía el Obispo; pero que
no se acerquen, pues no conviene tanta incongruencia. ¿Qué
hacer? Concibió entonces el proyecto de sustituir el juego
★ C r ó n ic a de C aracas 51

del carnaval con el rezo del rosario. Invitó a reunión gene­


ral los magnates de la ciudad, hacendados, comerciantes, in­
dustriales, curas de las parroquias, etc., etc., y les dijo: “Voy
a acabar con esta barbarie, que se llama aquí carnaval; voy
a traer al buen camino a estas mis ovejas descarriadas, que
viven en medio del pecado: voy a tornarlas a la vida del
cristiano por medio de oraciones que les hagan dignas del
Rey nuestro señor y de Dios, dispensador de todo bienestar”.
Y después de explanar su pensamiento y de obtener la
venia de la numerosa asamblea, lanzó a la luz pública cierto
edicto con el cual enterró a la zapa y demás bailes popu­
lares. En seguida quiso hacer su ensayo respecto del car­
naval, y como vió que le había producido admirable resul­
tado, lanzó a la faz de todos los pueblos del Obispado el
siguiente edicto, con el cual acabó, durante los diez años
de su apostolado, con el carnaval de antaño:
Nos, Don Diego Antonio Diez Madrcñero, por la gracia
de Dios y de la Santa Sede Apostólica, Obispo de Cara­
cas y Venezuela, del Consejo de su Majestad.
Entre los muchos y singulares efectos que como favor
especialísimo celebramos haber causado en los piadosos áni­
mos de sus devotos súbditos, la Madre Santísima de la
Eterna Luz, Divina Pastora de esta ciudad y Obispado, son
muy notables y maravillosos (si maravilla es, que a los dulces
silbos y armoniosas voces de María hasta los efectos, obe­
dientes se sujetan a la razón y la razón a Dois) cuantos
admiramos, particularmente en las carnestolendas del año
próximo pasado, las semanas precedentes a ellas, y en el si­
guiente santo tiempo de Cuaresma, en que convidados por
la Santa Iglesia a penitencia, a una devota tristeza y al ejer­
cicio de las virtudes, cuando el mundo ostentando escenas
de sus teatros como lícita, las más vivas y artificiosas ex­
presiones de libertad en juegos, justas, bailes, contradanzas
y lazos de ambos sexos, contactos de manos y acciones des­
compuestas e inhonestas y cuando hpnestas indiferentes, siem­
pre peligrosas, llamaba a los deleites corporales aquellos nues­
tros súbditos, fieles siervos de Nuestra Señora, combatiendo
y despreciando constantemente hasta los atractivos halagüe­
ños de semejantes diversiones profanas, admitieron gusto­
sos aquel convite espiritual, prefiriendo entre sí mismos con
santa emulación por participar de las delicias celestiales pre­
paradas en los sagrados banquetes y espectáculos represen­
tados, ya en las iglesias, donde estuvo expuesta su Majestad
Sacramentada, ya en las procesiones de Semana Santa, ya
en los rosarios convocatorios, ya en los demás ejercicios
52 B ib l io t e c a P opolar Venezolan a ★
piadosos repetidos en 'los días de Cuaresma, habiendo asis­
tido todos dando recíprocos ejemplos con su más fervorosa
devoción y compostura, sin excepción de los niños y pár­
vulos que abstenidos de las travesuras pueriles de que el
enemigo común solía valerse para perturbar y retraer de las
iglesias a los devotos, no fueron los que menos edificaron,
advertidos, sin duda, de sus párrocos, maestros prudentes
y devotos, padres de familia de cuido, celo y eficacia en el
cumplimiento de sus muchas y gravísimas obligaciones, pende
muy principalmente la universal santificación de este pueblo
y Obispado, a que esperamos nos ayuden unos y otros coo­
perando en cuanto les sea respectivo, perseverantes en la
soberana protección necesaria, y en los medios y ejercicios
, santos practicados el año precedente que haremos notorio,
se •les facilitaron repitiéndolos, y que nuevamente les invi­
tamos, satisfechos en la constancia de sus santas resolucio­
nes y buenos propósitos, con que desterrados perpetuamente
el carnaval, los abusos, juguetes feroces y diversiones opues­
tas a nuestro fin, se radiquen más y más las virtudes y bue­
nas costuihbres, aumenten en los piadosos estilos e introduz­
can. firmemente como loable el de continuar la custodia de
ésta ciudad para que, fortalecida con. el número inexpugna­
ble de la devoción de María, Señora Nuestra, y quitado
embarazo el dmingo, lunes y martes de carnestolendas, per­
manezca defendida y concurran los fieles habitadores de Ma-
. ría, sin estorbo a adorar a su Divina Majestad Sacramen­
tada, en las iglesias, donde se expondrá a la veneración de
todos, convocados por sus Santos Rosarios que salgan de
las respectivas, donde se hallan situados a 1las cuatro según
ordenamos a todas las cofradías, congregaciones o herman­
dades y personas a cuyo cargo están; dispongan y saquen
en las tres tardes en el inmediato carnaval dirigiendo cada
cual él suyo por las cuadras que circundan las iglesias de
su establecimiento, sin juntarse con otro, volviendo y con­
cluyendo en la misma forma con la plática mensual en que,
confiamos del fervor y facilidad de los predicadores, toca-
ráu algún asunto conducente a desviar a los fieles de las
obras de la carne y a traerlos a la del espíritu con que
templen la ira de Dios irritada por las culpas de las carne-
tolendas y Semana Santa. En testimonio de lo cual damos las
presentes, firmadas, sellas y refrendadas en forma en nues­
tro "Palacio Episcopal de Caracas, en catorce de febrero de
mil setecientos cincuenta y nueve. DIEGO A N T O N IO , Obis­
po de Caracas. Por mandato de su Señoría Ixlma. mi Señor.
D on José de Mejorada. Secretario. Letras congratulatorias,
★ C r ó n ic a de C a racas 53

invitatorias y exhortatorias por las que ordena su Señoría


lllma. la repetición de rosarios en los tres días del carnaval
confiando no se manifestarán menos devotos en este año,
sus muy amados y piadosos súbditos, que lo ejecutaron en
el pasado, hasta los niños” , ( i)
Así se celebró el carnaval en Caracas, durante el pontifi­
cado del Obispo Diez Madroñero. Las procesiones, llevando
a la cabeza un cura de almas, recorrían las calles del poblado,
sin tropiezos, sin desorden, y con la sumisión y mansedumbre de
ovejas fieles. De manera que en aquella época, se rezaba el
rosario todos los días, por las familias de Caracas; en pro-
casíón cada dos o tres noches, e igualmente, durante los
tres días de carnaval.
¿Era todo esto efecto de una alucinación epidémica, o debía
considerarse a la sociedad caraqueña como un pueblo de ilo­
tas? Sea lo que fuere, en dos y más ocasiones, el Ayunta­
miento de Caracas, durante este Obispado, escribió al monar­
ca español diciéndole: “No tenemos paseos ni teatros ni filar­
monías ni distracciones de ningún género; pero sí sabemos
rezar el rosario y festejar a María, y nos gozamos al ver a
nuestras familias y esclavitudes, llenas de alegría, entonar
himnos y canciones a la Reina de los Angeles” (2).
Así pasaBan los años, cuando el Obispo murió en Valencia
en 1769. A poco comienza la reacción, y la sociedad de Ca­
racas, a semejanza de los muchachos de escuela en ausencia
del maestro, da expansión al espíritu y movimiento al cuer­
po. El rezo del rosario, en la época del carnaval íué desapa­
reciendo, hasta que volvieron los habitantes de la ciudad Ma­
riana al carnaval de antaño. Tornaron los bailes populares y
los jueguitos de manos, y el zambullimiento de los zagalejos
enamorados en las fuentes cristalinas. Resucitó el famoso ins­
trumento de Moliére, llenáronse las calles de embardunadores,
recibieron las paredes del poblado innumerables proyectiles, sa­
lieron finalmente, de las jaulas, los pajarillos esclavos, y se
comieron los perros las apetitosas longanizas. La reacción es
siempre igual a la acción.

(1) C o n e s te e d ic to c o m e n z ó el O b is p o D i e z M a d r o ñ e r o , la s r e f o r ­
m a s q u e lle v ó a c a b o e n la s o c ie d a d c a r a q u e ñ a . A I p o s p o n e r e n el
o r d e n c r o n o ló g ic o e s te c u a d r o a lo s q u e p re c e d e n , s e c o m p r e n d e r á
q u e h a s id o p a r a d e ja r c o r o n a d a d e m o d o m á s in t e r e s a n t e la r e la c ió n
h is t ó r ic a d e a q u e l p o n tific a d o .
( 2 ) A c t a s d iv e r s a s d e lo s A y u n t a m ie n t o s d e e s t a é p o c a .
C IE N T O T R E IN T A Y T R E S A Ñ O S D E S P U E S

Caen los imperios y derrúmbanse las sociedades, de la mis­


ma manera que se desprenden las hojas de los árboles. Todo
nace y muere, todo pasa y nada es estable, porque tal es el
destino, al cual sometió la Providencia las cosas sublunares.
¿Dónde están los patronos y abogados de Caracas? Demoli­
dos fueron los conventos de mujeres y de hombres, lo mismo
que los templos de San Pablo, San Felipe, San Lázaro, San
Mauricio y la Trinidad. Demolidas fueron también las capi­
llas y ermitas del Calvario, la Soledad, El Rosario y los D o­
lores; pero han surgido Santa Teresa, la Santa Capilla, San
José y las Capillas del Calvario, de Lourdes y de la Trinidad.
Con la extinción de los conventos y de las capillas, desapare­
cieron las cofradías y hermandades, y con éstas, las procesio­
nes nocturnas del rosario, las fiestas de Corpus, los octavarios,
las procesiones de Semana Santa y los retablos de las esqui­
nas. Y a los santos no salen por las calles, ni éstas se entoldan
ni hay cortinas que engalanen puertas y ventanas.' Y a el viático
para los enfermos y moribundos, no sale en procesión, bajo de
palio, ni bajo de paraguas, precedido de la esquila del templo.
jJEsta ceremonia exige el misterio, para no estar en contacto
• <s"con el bullicio de las ciudades.
Desaparecieron los santeros que por los cuatro vientos te­
nía Caracas, siempre en solicitud de los creyentes; pero abun­
dan los petardistas, los pedigüeños, los ociosos y holgazanes.
Ocultóse la Copacabana; dejó de ser esta Virgen la pro­
tectora de las lluvias, y tuvo que refugiarse en la Basílica de
Santa Teresa, después de haber recibido culto' durante tres si­
glos. Pero si esta virgencita desaparece, la de Lourdes surge
y guía a los peregrinos en dirección a Maiquetía. Desapareció
el patrono de las flechas envenenadas, y también el de la
langosta, la cual se presenta cuando quiere, se ríe de los hom­
bres y de las cosas, y desaparece para volver cuando le place.
La Virgen de las Mercedes cesó de ser la abogada de las se­
menteras de cacao, de los terremotos y la patrona de Cara­
cas. Los agricultores se olvidaron de ella, en tanto que el
terremoto de 1812 destruyó el hermoso convento de la Reden­
tora de Cautivos. Desapareció San Pablo el Ermitaño, y se
quedó sin templo; San Jorge no tiene ya culto, y gracias que
★ Cr ó n ic a de C aracas 55

Santiago sea obsequiado anualmente con una misa pontifical,


homenaje que recibe, no como patrono de Caracas, sino por
ser uno de los discípulos más notables que tuvo el Divino
Maestro, finalmente, N uestra Señora Mariana desapareció de
Caracas. Y a nadie le rinde culto, ya ninguna corporación fir­
ma Mariana de Caracas, sino simplemente, Caracas. De la
Virgen protectora de la ciudad, con cuyo nombre fueron bau­
tizados tantos párvulos en los últimos años del pasado siglo,
sólo queda en el Museo el retablo que figuró durante ciento
doce años en la esquina de la Metropolitana.
Los oratorios privados y los que figuraron en los estable­
cimientos agrícolas de las cercanías de Caracas, están cerra­
dos, convertidos los primeros en despenas y los segundos en
graneros. Dejó el esclavo de rezar el rosario en comunidad,
desde el momento en que recuperó su libertad. Y a no hay sier­
vos en Venezuela.
Y a no figuran expósitos en las puertas de los templos, que
hospicio tienen los huérfanos: ya no está cerrada la puerta
de la casa de Dios a los cadáveres de los pobres de so­
lemnidad, que sociedades benéficas protejen a todos los des­
heredados: ya no se afeita a los cadáveres ni se visten, cal­
zan y adornan, sino se amortajan: ya no hay banquetes ni
octavarios fúnebres, aunque quieren algunos resucitar las an­
tiguas parrandas epicúreas en los días de duelo. Esta es la
vanidad que con forma halagadora penetra en todos los ho­
gares, estimula el amor propio, y trata de nivelar todas las
fortunas. Si algo debe tener presente la familia, pobre en es­
tos días de tribulación, en los cuales la competencia es causa
de ruina, es aquella sublime sentencia del Divino M aestro: L os
primeros serán los últimos, y los últimos los primeros.
En las solitarias calles de Caracas, ahora ciento treinta y
tres años, no se veía una carreta ni un coche ni aun el alum­
brado público, porque las luminarias de los santos patronos
en las esquinas y zaguanes de las casas, era suficiente para
que los moradores de la ciudad pudieran pasearla en las no­
ches oscuras.
¿Qué queda de aquello días en que Caracas fué convertida
en convento? Los ejercicios de San Ignacio en el Colegio Epis­
copal. Todavía las campanas de los templos tocan todas las
noches la hora de los muertos y la hora de los agonizantes:
todavía al nacer y al ocultarse el sol, las campanadas del A n ­
gelus son las compañeras de los que sufren y esperan.
La civilización en su constante obra de derrumbamiento y
de progreso, va cambiando de forma y de ideas, siempre bajo
56 B ib l io t e c a P opolar V enezolan a

el influjo de intereses mundanos, que cada sociedad sabe re­


vestir con tendencias más o menos, lisonjeras. Cayó la colò­
nia y surgió la República. Si ésta llega a desaparecer, alguien
llegará a contemplar el caos primitivo, de que nos habló el
gran Bolívar.
L A P R IM E R A T A Z A D E C A F E EN E L V A L L E P E
C A R A C A S

Con el patronímico francés de Blandain o Blandín, se co­


nocen en las cercanías de Caracas, dos sitios; el uno es la
quebrada y puente de este nombre, en la antigua carretera de
Catia, lugar que atraviesa la locomotora de La Guaira; el otro,
la bella plantación de café, al pie de la silla del Avila, vecina
del pueblo de Chacao. Recuerdan estos lugares a la antiguS y
culta familia franco-venezolana que figuró en esta ciudad, des­
de mediados del último siglo, ya en el desarrollo del arte mu­
sical, ya en el cultivo del café, en el valle de Caracas, y la
cual dió a la iglesia venezolana un isacerdote ejemplar, un pa­
tricio a la revolución de i8ro y dos bellas y distinguidas seño­
ritas, dechados de virtudes domésticas y socialés, origen de
las conocidas familias de Argain, Echenique, Báez-Bladín, Agüe-
rrevere, González-Aizualde, Rodríguez-Supervie, etc., etc.
Don Pedro Blandain, joven de bellas prendas, después de
haber cursado en su país la profesión de farmacéutico, qiíiso
visitar a Venezuela, y al llegar a Caracas, por los años 1740,
a 1741, juzgó que en ésta podía fundarse un buen estableci­
miento de farmacia, que ninguno tenía la capital en aquel en­
tonces. L a primera' botica en Caracas databa de cien años atrás,
1649, cuando por intervención del Ayuntamiento, formóse un
bolso entre los vecinos pudientes, para llevar a remate el pen­
samiento de tener una botica, la cual fué abierta al público, y
puesta bajo la inspección de un señor Marcos Portero. Pero
esta botica, sin estímulo, sin población que la favoreciera, sin
médicos que la frecuentaran, pues era cosa muy rara, en aqué­
lla época ver a un discípulo de Esculapio por las solitarias
calles de Caracas, hubo de desaparecer, continuando el expen- '
dio de drogas en las tiendas y ventorrillos de la ciudad, como
es de uso todavía en nuestros campos. El estudio de las cien­
cias médicas no comenzó en la Universidad de Caracas sino
fen 1763.
La primera botica francesa que tuvo Caracas, fundada por
Don Pedro Blandain, figuró cerca de la esquina del Cují, en
58 B ib l io t e c a P opular V enezolan a ★
la actual A venida Este, número 54, casa que hasta ahora pocos
años, tuvo sobre el portón un balconcete ( i ) .
A poco de haberse Don Pedro instalado en Caracas, unióse
en matrimonio con la graciosa caraqueña Doña Mariana Blan­
co de Valois, de la cual tuvo varios hijos; y como era hom­
bre a quien gustaba vivir con holgura, hízose de nueva y her­
mosa casa que habitó, y fué esta la solariega de la familia
Blandain. (2) En los días de 1776 a 1778, la familia Blan­
dain había perdido cuatro hijos', pero conservaba otros cuatro:
Don Domingo, que acaba de recibir la tonsura y el grado de
Doctor en Teología, y figuró más tarde como Doctoral en el
Cabildo eclesiástico; Don Bartolomé, que después de viajar por
Europa, tomaba a su patria para dedicarse a la agricultura y
al cultivo del arte musical, que era su encanto; y las señoritas
María de Jesús y Aíanuela, ornato de la sociedad caraqueña
en aquella época. A poco esta familia, con sus entroncamien-
tos de Argain, Echenique, Báez, costituyó por varios respec­
tos, uno de los centros distinguidos de la sociedad caraqueña.
A estas familias, como a las de Aresteigueta, Machillanda,
TJztáraiz y otras más que figuraron en los mismos días, se
refieren las siguientes frases del Conde de Segur, cuando en
1784, hubo de conocer el estado social de la capital de Ve-j
nezuela. “ El Gobernador — escribe— me presentó a las fami­
lias más distinguidas de la cii.dad, donde tropezamos con hom­
bres algo taciturnos y serios; pero en revancha, conocimos
gran número de señoritas, tan notables por la belleza de sus
rostros, la riqueza de sus trajes, la elegancia de sus modales y
por su amor al baile y a la música, como también por la vi­
vacidad de cierta coquetería que sabía unir muy .bien la ale­
gría a la decencia” . Y a estas mismas familias se refieren los
conceptos de Humboldt que visitó a Caracas en 1799 : “He en­
contrado en las familias de Caracas — escribe— decidido gusto
por la instrucción, conocimiento de las obras maestras de la
literatura francesa e italiana y notable predilección por la mú­
sica que cultivan con éxito, y la, cual, como toda bella arte,
sirve de núcleo que acerca las diversas clases de la sociedad”.

(1) Y a s e a p o r q u e lo s lím it e s al E s t e d e C a r a c a s , lle g a b a n , e n la


é p o c a a q u e n o s r e fe r im o s a la e s q u in a d el C u jí, y a p o r q u e lo s s u c e ­
s o r e s d e D o n P e d r o q u is ie r o n v iv i r e n un m is m o v e c in d a r io , e s lo
c ie r t o q u e la s h e r m o s a s c a s a s d e la fa m ilia B la n d a in y d e su s s u c e ­
s o r e s B la n d a in y E c h e n iq u e - B la n d a in - B á e z - B la n d a in , A g u e r r e v e r e , A l-
z u a ld e , e t c ., e tc ., f ig u r a n e n e s t a á r e a d e C a r a c a s , c o n s e r v á n d o s e aú n
la s q u e r e s is t ie r o n e l te r r e m o t o d e 18 12 .
(2 ) E s t a c a s a d e s tr u id a p o r e l t e r r e m o to d e 181 a , bellamente re­
c o n s t r u id a h a c e c o m o c u a r e n t a y c in c o a ñ o s, es la marcada con el
N ? 4 7 de la misma avenida.
C r ó n ic a de Caracas 59

Todavía, treinta años más tarde, después de concluida la re­


volución que dió origen a la República de Venezuela, entre los
diversos conceptos expresados por viajeros europeos, respecto
de la sociedad de Caracas, en la época de Colombia, encon­
tramos los siguientes del americano Duane, que visitó las ar­
boledas de Blandain en 1823, y fué obsequiado por esta fami­
lia. Después de significar lo conocido que era de los viajeros
el nombre de Blandain, así como era proverbial la hospitali­
dad de ella, agrega: “el orden y felicidad de esta familia son
envidiables, no porque ella sea inferior a sus méritos, sino por­
que sería de desearse que toda la humanidad participara de
semejante dicha” . (3)
En la época en que el Conde de Segur visitó esta ciudad,
el vecino y pintoresco pueblo de Chacao, en la región oriental
de. la Silla de Avila, era sitio de recreo de algunas familias
de la capital que, dueñas de estancias frutales y de fértiles te­
rrenos cultivados, pasaban en el campo cierta temporada del
año. Podemos llamar a tal época, época primaveral, porque fué,
durante ella, cuando se despertó el amor a la agricultura y al
comercio, visitaron la capital los herborizadores alemanes que
debían preceder a Humboldt, y se ejecutaron bajo las arbole­
das del Avila, los primeros cuartetos de música clásica que
iban a dar ensanche al arte musical en la ciudad de Losada.
En estos días finalmente, veían en Caracas la primera luz dos
ingenios destinados a llenar páginas inmortales en la historia
de América: Bello, el cantor de la zona Tórrida; Bolívar, el
genio de la guerra, que debía conducir en triunfo sus legio­
nes desde Caracas hasta las nevadas cumbres que circundan al
dilatado Titicaca.
¿Cómo surgió el cultivo del café en el valle de Caracas?
Desde 1728, época en que se estableció en esta capital la Com­
pañía guipuzcoana, no se cultivaba en el valle sino poco tri­
go, que fué poco a poco abandonado a causa de la plaga;
alguna caña, algodón, tabaco, productos que servían para el
abasto de la población, y muchos frutos menores; desde en­
tonces comenzó casi en todo Venezuela el movimiento agrícola,
Con el cu ltivo del añil y del cacao, que constituían los princi­
pales artículos de exportación. Mas, la riqueza de Venezuela
nó estaba cifrada en el cacao, que ha ido decayendo, ni en
el añil, casi abandonado, ni en el tabaco, que poco se exporta,
ni en la caña, cuyos productos no pueden rivalizar con los de
las Antillas, ni en el trigo, cuyo c u ltivo está limitado a los
pueblos de la Cordillera, ni en el algodón, que no puede com-
(3 ) C o n d e d e S e g u r . M e m o ir e s , S o u v e n ir s e t A n e c d o t e s , 3 v o l.
H u m b o ld t. V i a je s , D u a n e . A v is i t t o C o lo m b ia , 1 v o l. 18 27.
•60 B ib lio te c a P o p ü la r V e n e z o la n a i(

pctir con el de los Estados Unidos, sino en el café, que se


cuitiva en una gran parte de la República.
Sábese que el arbusto del café, oriundo de Abisinia, fue
traído de París a Guadalupe por Desclieux, en 1720. De aquí
pasó a Cayena en 1725, y en seguida a Venezuela. Los prime­
ros que introdujeron esta planta entre nosotros fueron los mi­
sioneros castellanos, por los años de 1730 a 1732, y el primer
"terreno donde, prosperó fue a orillas del Orinoco. El padre
. Gumilla nos dice, que él mismo lo sembró en sus misiones,
de donde se extendió por todas partes. El misionero italiano
Gilli lo encontró fruta! en tierra de los Tamanacos, entre el
Guárico y el Apure, durante su residencia en estos lugares,
a mediados del último siglo. En el Brasil, la planta data de
1771, probablemente llevada de las Misiones de Venezuela.
La introducción y cultivo del árbol del café en el- valle de
Caracas, remonta a los años de 1783 a 1784. En las estancias
de Chacao, llamadas “Blandín”, “ San Felipe” y "“La Floresta”,
que pertenecieron a Don Bartolomé Blandin y a los Presbíte­
ros Sojo y Mohedano, cura este último del pueblo de Chacao,
crecía el célebre arbusto, más como planta exótica de adorno
que como planta productiva. Los granos y arbu§titos recibidos
de las Antillas francesas, habían sido distribuidos entre estos
agricultores que se apresuraron a cuidarlos. Pero andando el
tiempo, el padre Mohedano concibe en 1784 el proyecto de
fundar un establecimiento formal, recoge los pies que puede,
de las diversas huertas de Chacao, planta seis mil arbolillos,
los cuales sucumben en casi su totalidad. Reunidos entonces los
tres agricultores mencionados, jorm an semilleros, según el mé­
todo practicado- en las Antillas, y logrraon cincuenta mil ar­
bustos que rindieron copiosa cosecha.
: A l hablar de la introducción del café en el valle de Caracas,
viene a la memoria el del arte musical, durante una época en
la cual los'señores Bandín y Sojo desempeñaban importante pa­
pel en la filarmonía de la capital. Los recuerdos del arte mu­
sical y del cultivo del café son para el campo de Chacao, lo
que para los viejos castillos feudales las leyendas de los trova­
dores: cada boscaje, cada roca, la choza derruida, el árbol se­
cular, por donde quiera, la memoria evoca recuerdos placente­
r o s de generaciones que desaparecieron. Cuando se visitan las
arboledas y jardines de “Blandín”, de “La Floresta” y “ San
Felipe”, haciendas cercanas, como lo estuvieron sus primitivos
dueños, unidos por la amistad, el sentimiento y la patria;
cuando se contemplan los chorros de Tócome, la cascada de
Sebucán, las aguas abundosas que serpean por las pendientes
del A vila; cuando el viajero posa sus miradas sobre las rui-
★ C r ó n ic a de C aracas 61

ñas de Bello Monte, o solicita bajo las arboledas de los bu-


cares' floridos, cubiertos con manto de escarlata, las arboledas
de café coronadas de albos jazmines que embalsaman el aire:
el -pahsamiento sé transporta a los días apacibles en que figu­
raban Mohedano, S o jo 'y Blandín; época en que comenzaba a
levantarse en el viejo mundo la gran figura de Miranda, y a
orillas del Anauco y del Guaire, las de Bello y Bolívar.
El padre Sojo y Don Bartolomé Blandín acompañado éste
de sus hermanas María de Jesús y Manuela, llenas de ta­
lento musical, reunían en sus haciendas de Chacao a los afi­
cionados de Caracas; y este lazo de unión que fortalecía el
amor al arte, llegó a ser en la capital el verdadero núcleo de
la música moderna. El padre Sojo, de la familia materna de
Bolívar, espíritu altamente progresista, después de haber visi­
tado a España y a Italia, y en ésta muy especialmente a Ro­
ma, en los días de Clemente X IV , regresó a Caracas con el
objeto de concluir el convento de Neristas, que a sus esfuerzos
levantara, y del cual fué Prepósito. -El convento fué abierto en
I 77I- ( 4 )
Las primeras reuniones musicales de Caracas se verificaron
en el local de esta Institución, y en Chacao, bajo las arbole­
das de “Blandín” y de “La Floresta” . El primer cuarteto fué
ejecutado a la sombra de los naranjeros, en los días en que
sonreían sobre los terrenos de Chacao los primeros arbustos
del café. A estas tertulias musicales asistían igualmente muchos
señores de la capital.
En 1786 llegaron a Caracas dos naturalistas alemanes, los
señores Bredemeyer y Schultz, quienes comenzaron sus excur­
siones por el valle de Chacao y vertientes del Avila. A l ins­
tante hicieron amistad con el padre Sojo, y la intimidad que en­
tre todos llegó a formarse, fué de brillantes resultados para
el adelantamiento del arte musical, pues agradecidos los via­
jeros, a su regreso a Europa en 1789, después de haber visi­
tado otras regiones de Venezuela, remitieron al padre Sojo al­
gunos ipstrumentos de música que se necesitaban en. Caracas,
y partituras de Pleyel, de Mozart y de Haydn. Esta fué la
primera música clásica que vino a Caracas, y sirvió de mo­
delo a los aficionados, que muy pronto comprendieron las be-^
Uezas de aquellos autores.

(4 ) E n el á r e a q u e o c u p ó e l c o n v e n t o y te m p lo d e N e r is t a , f ig u r a
h o y e l p a r q u e d e W a s h in g t o n , e n c u y o c e n t r o d e s c u e lla la e s t a t u a
de e s te g r a n p a t r ic io . N u e v o s á r b o le s h a n s u s t it u id o a lo s a ñ e jo s
c ip r e s e s d e l a n tig u o p a tio , p e r o aú n se c o n s e r v a e l n o m b re d e e s q u in a
d e lo s C ip r e s e s , a la q u e lo lle v a h a c e m á s d e u n s ig lo .
62 B ib lio t e c a P o p u la r V e n e z o la n a •fr

Planteado el cultivo del café, como empresa industrial, los


dueños de las haciendas mencionadas acordaron celebrar aquel
triunfo de la civilización, es decir, el beneficio del arbusto
sabeo en el valle de Caracas; y para llevar a término el pen­
samiento, señalaron en la huerta de Blandín-los arbustos que
debían proporcionar los granos necesarios para saborear la
primera taza de café, en unión de algunas familias y caballe­
ros de la capital aficionados al arte musical,
A proporción que las plantaciones crecían a la sombra pa­
ternal de los bucares, con frecuencia eran visitados por todos
aquellos que, en pos de una esperanza, veían deslizarse los
días y aguardaban la solución de una promesa. Por dos oca­
siones, antes de florecer el café, los bucares perdieron sus
hojas, y aparecieron sobre las peladas copas macetas de flo­
res color de escarlata que hacían aparecer las arboledas, como
un mar de fuego. ¡ Cuánta alegría se apoderó de los agricul­
tores, cuando en cierta mañana, al cabo de dos años brotaron
las capullos que en las jóvenes ramas de los cafetales anun­
ciaban la deseada flor! A poco, todos los árboles aparecieron
materialmente cubiertos de jazmines blancos que embalsamaban
el aire. El europeo que por la vez primera contempla una ar­
boleda de café en flor, recibe una impresión que le acompaña
para siempre. Le parece que sobre todos los árboles ha caído
prolongada nevada, aunque el ambiente que lo rodea es tibio
y agradable. A l instante, siente el aroma de las flores que le
invita a penetrar en el boscaje, tocar con sus manos los jaz­
mines, llevarlos al olfato, para en seguida contemplarlos con
emoción. No es nevada, no es escarcha; es la diosa Flora,
que tiende sobre los cafetales encajes de armiño, nuncios de
la buena cosecha que va a dar vida a los campos y pan a la
familia. Pero todavía es más profunda la emoción, cuando, al
caer las flores, asoman los frutos, que al madurarse aparecen
como macetitas de corales rojos que tachonan el monte som­
breado por los bucares revestidos.
D e antemano se había convenido, en que la primera taza
de café sería tomada a la sombra de las arboledas frutales
de Blandín, en día festivo, con asistencia de aficionados a
la música y de familias y personajes de Caracas. Esto pa­
saba a fines de 1.786. Cuando llegó el día fijado, desde muy
temprano, la familia Blandín y sus entroncamientos de Eche-
nique, Argain y Báez, aguardaban a la selecta concurrencia,
la cual fué llegando por grupos, unos en cabalgaduras, otros
en carretas de bueyes, pues la calesa no había, para aquel
entonces, hecho surco en las calles de la capital ni el camino
de Chacao. Por otra parte, era de lujo, tanto para caba­
★ C r ó n ic a , de C aracas 63

lleros, como para damas, manejar con gracia las riendas del
fogoso corcel, que se presentaba ricamente enjaezado, según
uso de la época.
La casa de Blandín y sus contornos ostentaban graciosos
adornos campestres, sobre todo, la sala improvisada bajo
la arboleda, en cuyos extremos figuraban los sellos de armas
de España y de Francia. En esta área estaba la mesa del
almuerzo, en la cual sobresalían tres arbustos de café artís­
ticamente colocados en floreros de porcelana. Por la primera
vez, iba a verificarse, al pie de la Silla del Avila, inmor­
talizada por Humboldt, una fiseta tan llena de novedad y de
atractivos, pues que celebraba el .'¿cultivo del árbol del café
en el valle de Caracas, fiesta a la cual contribuía lo más
distinguido de la capital con sus personas, y los aficionados
al arte musical, con las armonías de Mozart y de Beethoven.
La música, el canto, la sonrisa de las gracias y el entusiasmo
juvenil, iban a ser el alma de aquella tenida campestre.
Espléndido apareció a los convidados el poético recinto,
donde las damas y caballeros de la familia Blandín hacían
los honores de la fiseta, favorecidas de la gracia y gentileza
que caracteriza a personas cultas, acostumbradas al trato so­
cial. Por todas partes sobresalían ricos muebles dorados o
de caoba, forrados de damasco encarnado, espejos venecia­
nos, cortinas de seda, y cuanto era del gusto de aquellos
días, en los cuales el dorado y la seda tenían que sobresalir.
La fiesta da comienzo con un paseo por los cafetales, que
estaban cargados de frutos rojos. A l regreso de la concu­
rrencia, rompe la música de baile, y el entusiasmo se apodera
de la juventud. Después de prolongadas horas de danza,
comienzan los cuartetos musicales y el canto de las damas,
el cual encontró quizá eco entre las aves no acostumbradas
a las dulces melodías del canto y a los acordes del clavecino.
A las doce del día comienza el almuerzo, y concluido éste,
toma el recinto otro aspecto. Todas las mesas desaparecieron
menos una, la central, que tenía los arbustos de café, de que
hemos hablado, y la cual fué al instante exornada de flo­
res y cubierta de bandejas y platos del Japón y de China.
Y por ser tan numérosa la concurrencia, la familia Blandín
se vió en la necesidad de conseguir las vajillas de sus rela­
cionados, que de tono y buen gusto era en aquella época,
dar fiestas en que figurasen los ricos platos de las familias
notables de Caracas.
Cuando llega el momento de servir el café, cuya fragancia
se derrama por el poético recinto, vese un grupo de tres
sacerdotes, que precedidos del anfitrión de la fiesta, Don
64 B ib l io t e c a P opular V enezolana

Bartolomé Blandín, se acercaron a la mesa: eran estos, Mo-


hedano, el padre Sojo y el padre Doctor Domingo Blandín,
que, desde 1.775, había comenzado a figurar en el clero de
Caracas. (5) Llegan a la mesa en el momento en que la
primera cafetera vacía su contenido en la transparente taza
de porcelana, la cual es presentada inmediatamente al vir­
tuoso cura de Chacao. Un aplauso de entusiasmo acompaña
a este incidente, al cual sucede momento de silencio. Allí
no había nada preparado, en materia de discurso, porque
todo era espontáneo, como era generoso el corazón de la
concurrencia. Nadie había “Soñado con la oratoria ni con fra­
ses estudiadas; pero al fijarse todas las miradas sobre el
padre Mohedano, que tenía en sus manos la taza de café
que se le había presentado, algo esperaba la concurrencia.
Mohedano conmovido, lo comprende así, y dirigiendo sus
miradas al grupo más numeroso, dice:
“Bendiga Dios al hombre de ios campos sostenido por la
constancia y por la fe. Bendiga Dios el fruto fecundo, don
de la sabia Naturaleza a los hombres de buena voluntad.
Dice San Agustín que cuando el agricultor, al conducir el
arado, confía la semilla al campo, no teme, ni la lluvia que
cae, ni el cierzo que sopla, porque los rigores de la estación
desaparecen ante las esperanzas de la cosecha. Así nosotros,
a pesar del invierno de esta vida mortal, debemos sembrar,
acompañada de lágrimas, la semilla que Dios am a: la de
nuestra buena voluntad y de nuestras obras, y pensar en las
dichas que nos proporcionará abundante cosecha” .
Aplausos prolongados contestaron estas bellas frases d e l.
cura de Chacao, las cuales fueron continuadas por las si­
guientes del padre Sojo:
“ Bendiga Dios el arte, rico don de la Providencia, siempre
generosa y propicia al amor de los seres, cuando está sos-
tenido por la fe, embellecido por la esperanza y fortalecido
por la caridad” . (6)

'( 5 ) E l D o c t o r B o n D o m in g o B la n d ía , R a c io n e r o d e la C a t e d r a l d e
C u e n c a , e n e l E c u a d o r , t o m ó p o s e s ió n d e la m is m a d ig n id a d , én la
^ C a te d r a l d e C a r a c a s , e n 18 0 7. E l 25 d e ju n io d e e s te a ñ o , a s c e n d ió
a ía d e 'D o c t o r a l ,y e l 6 d e n o v ie m b r e d e 1 8 1 4 , á la d é C h a n t r e .

(ó ) H a c e m á s d e c u a r e n ta a ñ o s q u e t u v im o s e l p la c e r d e e s c u c h a r
a la s e ñ o r a D o lo r e s B á e z d e S u p e r v ie , u n a g r a n p a r te d e lo s p o r m e ­
n o r e s q u e d e ja m o s n a r r a d o s . T o d a v ía , d e s p u é s d e c ie n a n o s , s e c o n s e r ­
v a n m u c h o s d e e s to s , e n tr e lo s n u m e r o s o s d e s c e n d ie n te s d e la fa m ilia
B la n d ín . . E n la s f r a s e s p r o n u n c ia d a s . 'p a r 'e l . p a d r e - S o .jo , f a lt a él .u ltim o
p á r r a f o q u e ' n o -hem os p o d id o d e s c ifr a r e n -el a p a g a d o m a n u s c r it o c o n
q u é fu im o s f a v o r e c id o s , lo m is m o q u e la s p a l a b r a s d e D o n B a r t o lo m é
B la n d ín , b o r r a d a p o r c o m p le to .

/
★ C r ó n ic a de C aracas 65

El padre Don Domingo Blandín quiso igualmente hablar,


y comenzando con la primera frase de sus predecesores,
dijo:
“Bendiga Dios la familia4" que sabe conducir a sus hijos
por la vía del deber y del amor a lo grande y a lo justo.
Es as! como el noble ejemplo se transmite de padres a
hijos y continúa como legado inagotable. Bendiga Dios esta
concurrencia que ha venida^ a festejar con las armonías del
arte musical y las gracias y virtudes del hogar, esta fiesta
campestre, comienzo de una époc# que se inaugura, bajo los
auspicios de la fraternidad social”. A l terminar, el joven
sacerdote tomó una rosa de uno de los ramilletes que figuraban
en la mesa, y se dirigió al grupo en que estaba su madre,
a la cual le presentó la flor, después de haberla besado con
efusión. La concurrencia celebró tan bello incidente del amor
íntimo, delicado, al cual sucedieron las expansiones socia­
les y la franqueza y libertad que proporciona el campo a
las familias cultas.
Desde aquel momento la juventud se entregó a la danza, y el
resto de la concurrencia se dividió en gn.pos. Mientras que
aquella respiraba solamente el placer fugaz, los hombres se­
rios se habían retirado al boscaje que está a orillas del
tórrente que baña la plantación. Allí se departió acerca de
los sucesos de la América del -Norte y de los temores que
anunciaban en Francia algún cambio de cosas. Y como en
una reunión de tal carácter, cuyo tema obligado tenía que
ser el cultivo del café y el porvenir agrícola que aguardaba
a Venezuela, los anfitriones Mohedano, Sojo y Blandín, los
primeros cultivadores del café en el valle de Caracas, hu­
bieron de ser agasajados, no sólo por sus méritos sociales
y virtudes eximias sino también por el espíritu civilizador,
que filé siempre el norte de estos preclaros varones.
Y a hemos hablado anteriormente del padre Sojo y de Don
Bartolomé Blandín, aficionados al arte musical, que después
de haber visitado el viejo mundo, trajeron a su patria gran
contingente de progreso, del cual supo aprovecharse la sociej
dad caraqueña. En cuanto al padre Mohedano, cura de Cha-
cao, nacido en la villa de Talarrubias (Extremadura), había
pisado a Caracas en I.7S9, como familiar del Obispo Diez
Madroñero. A poco recibe las sagradas órdenes y asciende
a Secretario del Obispado. En 1.769, al crearse la parroquia
de Chacao, Mohedano se opone al curato y lo obtiene. En
1.798, Carlos IV le elige Obispo de Guayana, nombramiento
confirmado por Pío V III en 1.800. Monseñor Ibarra le con­
sagra en 1.801, pero su apostolado fué de corta duración,
5
66 B i b l io t e c a P opular V enezolana

pues murió en 1.803. Según ha escrito uno de sus sabios


apologistas, el Obispo de Trícala, Mohedano fué uno de
los mejores oradores sagrados de Caracas. Su elocuencia,
dice, era toda de sentimiento religioso, realzado por la
modestia de su virtud. La sencillez y austeridad que se trans­
parentaban en su semblante, daban a su voz debilitada dulce
influencia sobre los corazones”.
Hablábase del porvenir del café, cuando Mohedano ma­
nifestó a sus amigos con quienes departía, que esperaba en
lo sucesivo, buenas cosechas, pues su producto lo tenía des­
timado para concluir el templo de Chacao, blanco de todas sus
esperanzas. Morir después de haber levantado un templo y
de haber sido útil a mis scemejantes, será, dijo, mi más
dule recompensa.
Entonces alguien aseguró a Mohedano, que por sus vir­
tudes excelsas, era digno del pontificado y que este seria
el fin más glorioso de su vida.
— No, no, replicó el virtuoso pastor. Jamás he ambicionado
tanta honra. Mi único deseo, mi anhelo es ver feliz a mi grey,
para lo que aspiro continuar siendo médico del alma y médico
del cuerpo. (7) Rematar el templo de Chacao, ver desarrollado
el cultivo del café y después morir en el seno de Dios y con
el cariño de mi grey, he aquí mi única ambición.
Catorce años más tarde de aquel en que se había efec­
tuado tan bella fiesta en el campo de Chacao, dos de
estos hombres habían desaparecido: el padre Sojo que murió
a fines del siglo, después de haber extendido el cultivo del
café por los campos de los Mariches y lugares limítrofes;
y Mohedano que después de ejercer el episcopado a orillas
Üel Orinoco, dejó la tierra en 1.803. Sólo a Blandín vino
a solicitarle la Revolución de 1.810. Abraza desde un prin­
cipio el movimiento del 19 de abril del mismo año, y su
hombre figura con los de Roscio y Tovar en los bonos de
la Revolución Venezolana. Asiste después, como suplente, al
Constituyente de Venezuela de 1.811, y cuando todo turbio
corre, abandona el patrio suelo, para regresar con el triunfo
de Bolívar en 1.821.
Nueve años después desapareció Bolívar, y cinco más tarde,
en 1.835, se extinguió a la edad de noventa años, el único
que quedaba de los tres fundadores del cultivo del café en
el valle de Caracas. Con su muerte quedaba extinguido el
patronímico Blandain.

(7 ) A lu d ía c o n e s ta s f r a s e s a la a s is t e n c ia y m e d ic in a s que f a c il i­
t a b a a lo s e n fe r m o s d e C h a c o y d e s u s a lr e d e d o r e s .
★ C r ó n ic a de C aracas 67

Blandín es el sitio de Venezuela que ha sido más visitado


por nacionales y extranj eros durante un siglo; y no hay
celebridad europea o nacional que no le haya dedicado algunas
líneas, durante este lapso de tiempo. Segur, Humboldt, Bon-
pland, Boussingault, Sthephenson, y con éstos, Miranda, Bo­
lívar y los magnates de la Revolución de 1.810, todos estos
hombres preclaros, visitaron el pintoresco sitio, dejando en
el corazón de la distinguida familia que allí figuró, frases
placenteras que son aplausos de diferentes nacionalidades a
la virtud modesta coronada con los atributos del arte.
Un siglo ha pasado con s s conquistas, cataclismos, vir­
tudes y crímenes, desde el día en que fueron sembrados en
el campo de Chacao los primeros granos del arbusto sabeo;
y aún no ha muerto en la memoria de los hombres el re­
cuerdo de los tres varones insignes, orgullo del patrio suelo:
Mohedano, Sojo y Blandín. Chacao fué destruido por el
terremoto de 1812, pero nuevo templo surgió de las ruinas
para bendecir la memoria de Mohedano, mientras que las
arboledas de “ San Felipe”, y las palmeras del Orinoco, can­
tan hosanna al pastor que rindió la vida al peso de sus
virtudes. Del padre Sojo hablan los anales del arte musical
en Venezuela, las campiñas de “La Floresta” hoy propiedad
de sus deudos, los cimientos graníticos de la fachada de
Santa Teresa y los árboles frescos y lozanos que en el área
del extinguido convento de Neristas circundan la estatua de
Washington. El nombre de Blandín no ha m uerto: lo llevan,
el sitio al Oeste de Caracas, por donde pasa después de
vencer alturas la locomotora de La Guaira; y la famosa po­
sesión de café, que con orgullo conserva uno de los deudos
de aquella notable familia. En este sitio célebre, siempre
visitado, la memoria evoca cada día el recuerdo de sucesos
inmortales, el nombre de varones ilustres y las virtudes de
generaciones ya extinguidas, que supieron legar a la pre­
sente lo que habían recibido de süs antepasados: el buen
ejemplo. El patronímico Blandín ha desaparecido; pero que­
dan los de sus sucesores Echenique, Báez, Aguerrevere, Ro­
dríguez Supervie, etc., etc., que guardan las virtudes y galas
sociales de sus progenitores.
Desapareció el primer clavecino que figuró entonces por
los años de 1.772 a 1.773, y aún se conserva el primer piano
clavecino que llegó más tarde, y las arpas francesas, instru­
mentos que figuraron en los conciertos de Chacao. Sobre­
salgan en el museo de algún anticuario las pocas bandejas
y platos del Japón y de China que han sobrevivido a ciento
68 B i b l io t e c a P opular V enezolan a ★
treinta años de peripecias, así como los curiosos muebles
almidonados como intúiles y restaurados hoy por el arte.
Los viejos árboles del Avila aún viven, para recordar
las voces argentinas de María de Jesús y de Manuela, en
tanto que el torrente que se desprende de las altas cumbres,
después de bañar con sus aguas murmurantes los troncos
añosos y los jóvenes bucares, va a perderse en la corriente
del lejano Guaire.
EL CUJI DE ÑO CASQUERO

A mediados del pasado siglo la ciudad de Caracas tenía


por límite oriental el ex-convento de San Jacinto. Todo el
terreno que se encuentra al Sur y al Este .de dicho edificio,
estaba cubierto de bosques de acacia, llamados vulgarmente
cujisales. Pero chozas pajizas y alguna que otra casilla de
tosca construcción, sobresalían a manera de barracas en mu­
chos lugares del bosque. La más al Oeste, situada en la ac­
tual esquina del Cují, llamaba la atención, no sólo porque
allí terminaban las casas de la capital, sino también por el
corpulento cují que le daba sombra. ( í ) Vivía en ella un
pobre zapatero, a quien llamaban el maestro Ño Casquero,
hombre bueno, honrado, enjuto de cuerpo, flaco de carnes,
de nariz aguileña y ojos azules, cuyas miradas ocultaban
unos anteojos verdes que daban a la fisonomía del viejo arte­
sano un aspecto de anticuario y de astrólogo.
No contento con su suerte, pues que su trabajo apenas le
proporcionaba el sustento de su familia, Casquero vivía in­
quieto y siempre quejoso. Afortunadamente, concibió una
manía que le distraía y le hacía esperar en mejores días
para él y los suyos. Fijóse en su mente la idea de un tesoro
que él debía encontrar, y aguijoneado por esta visión hala­
gadora, la tuvo como único tema de sus conversaciones. Sus
amigos trataron de disuadirle, queriendo así descartar de la
imaginación del zapatero una nueva causa de tormento; mas
sordo el artesano a las reflexiones de sus relacionados,
hubo de encontrarse al fin en ese estado de febril excita­
ción que se apodera de todos los maniáticos.
Vivía en aquellos tiempos, en el convento de San Jacinto,
un fraile ejemplar por su conducta, sobriedad y erudición;
el padre Caraballo, querido de los habitantes de Caracas,
sobre todo de Casquero, a quien le había llevado un hijo
a la pila de bautismo. Con frecuencia visitaba el fraile al
caer la tarde la casa de Casquero, y su tertulia, a la cual asistía
uno que otro amigo, tenía siempre un carácter de espon­
tánea familiaridad, pues era .Caraballo hombre de agudos
(i) C u jí e s el n o m b r e v u lg a r q u e lle v a , e n u n a g r a n p o r c ió n d e
V e n e z u e la , la a c a c ia o lo r o s a , la f lo r a m a r illa , s ilv e s t r e e n n u e s tr o s
'.am pos.
70 B ib l io t e c a P opular V enezolana ★
chistes y de variada y amena conversación, que sabía em­
bellecer con la relación de amécdotas y aventuras risibles.
Su influencia sobre el zapatero, que 'veía en su protector
un oráculo, llego a ser proverbial; de manera que, cuando
el fraile, por una casualidad, no venía a la casa del zapatero,
éste iba al convento para saber algo de su compadre y poder
así acostarse temprano.
Un día, cansado el fraile de la monotonía de Casquero,
preguntó a éste si era hombre de valor, pues sólo así po­
día conseguir el objeto de sus desvelos.
— ¿ Y de qué manera, compadre? exclama Casquero.
— El lance es grave, amigo mío, contesta el fraile. Se
necesita de gran presencia de ánimo, de valor heroico, pues
de otra manera nada podrá conseguirse.
— Hablad, compadre de mi alma, replica el zapatero, cla­
vando sus miradas sobre el fraile, que se encontraba reves­
tido de una gravedad impotente.
— Por tres ocasiones consecutivas, contesta el fraile, y sólo
por cumplir un voto, he tenido que bajar a la bóveda de
Nuestra Señora del Rosario; y por tres ocasiones se me ha
presentado un difunto a quien no he podido hablar, porque me
ha faltado valor y resolución.
— Continuad, continuad, internimpe Casquero, como si una
luz le hubiera ya indicado el camino del tesoro.
— Probablemente, continúa el fraile, esta alma en pena
quiere hacer una revelación; y es muy probable que podáis
conseguir algo de vuestros deseos, pues los muertos conocen
todo lo de este mundo.
— ¡ Oh ! . . . contesta Casquero, llevándose ambas manos a
la caDeza: ¿de dónde sacaré yo el valor que se necesita
para hablar con un alma en pena? — Esto es horroroso,
padre mío.
— Valor Casquero, replica el fraile; valor es lo que se
necesita para encontrar la fortuna o alcanzar el premio de
tantas fatigas.
— ¿De qt é manera podré yo hablar con esa alma en pena?
— pregunta Casquero.
— Visitando la bóveda a las doce de la noche, cuando nadie
os vea; y cuando no tengáis por testigos de nuestro sacri­
ficio, sino a Dios y a ese difunto que tanto desea salir del
Purgatorio.
Aceptó el zapatero la proposición del fraile, y preparándose
como un hombre que va a morir, dejó escritas sus dispo­
siciones respecto a su familia, a sus intrumentos de zapa­
tería y -a su casita de la esquina del Cuji: confesóse, tomó
★ C r ó n ic a de C aracas "7 1

la Extremaución y aguardó el día. Casquero debía ir al con­


vento a la hora de cerrarse éste — seis de la tarde— y
aguardar la última hora del día en la celda del fraile.
El antiguo convento tenía dos patios, ambos con claus­
tros altos y bajos. La celda del fraile estaba en el claustro
alto del primer patio, contigua casi a la escalera que con­
ducía a la puerta de la sacristía. Por lo tanto, atravesar
ésta y entrar en la nave del Rosario, era cuestión de un
instante: aquí estaba la trampa de la bóveda que tenía salida
al gran corral del convento. Las cocinas se encontraban a
extremos del segundo piso y en dirección del mismo corral.
De esta manera el padre, al querer ir a la bóveda, sólo tenía
que bajar una escalera y atravesar la sacristía; mientras que
el que debía ir por la entrada del corral, tenía que caminar
todo el claustro de ambos patios, bajar tres escaleras para
llegar a las cocinas, y desandar después todo este trayecto
para poder encontrarse a la entrada de la bóveda: es decir,
como cien varas.
Casquero llegó al convento a las seis de la tarde del día
fija d o : aguardó las doce en el reloj del claustro, y tan
luego sonó la última campanada, el fraile dijo al zapatero:
— Llegó el momento solemne, compadre: pensad en Dios
y en vuestra familia, armaos de ese valor de que nos habla
la historia de los mártires. Sí, partid. Y poniendo en las
manos de Casquero una linterna le enseñó el camino que debía
seguir.
Tan luego como Casquero se pierde de vista, el fraile
toma una linterna ciega, cúbrese con el manteo, átase la
capucha, baja la" escalera de la sacristía, y abriendo la tram­
pa de la bóveda desciende a ésta y se oculta en uno de
los rincones.
A poco principia el fraile a divisar los reflejos de la
linterna de Casquero; en seguida siente los pasos, y tan
luego como se acerca a la bóveda el zapatero, abre un poco
el padre su linterna y puede contemplar el semblante del
artesano. Este, casi no podía sostenerse en pie; temblábanle
las piernas, la cabeza y los brazos, y la linterna se sostenía
por la rigidez de los tendones, que la voluntad para llevarla,
flaqueaba.
Reíase interiormente el fraile de la agitación de su com­
padre, cuando éste, lleno de pavor y sin poder articular
las frases, dice:
— H e r ... m a ... n o ... D e ... p arte... d e ... D io s ... o s ...
s u ... p lico ... m e ... d i... g á is ... ¿q u é... e s ... l o ... q u e ...
q u e ... r é is ... d e ... mí?
72 B i b l io t e c a P opular V enezolana

El difunto permanece mudo, im pasible...


— H e r ... m a ... n o ... — exclama Casquero lleno de pavor.
Un sudor frío corría por el rostro del zapatero, y con sus
ojos clavados sobre el blanco espectro de la bóveda, parecía
ser él el alma en pena.
— P or Dios, exclama Casquero, — h a ... b la d ... h e r ...
m a ... n o ..., o s ... l o ... s u ... p li... c o ...
— Hermano, responde el difunto dando a su voz un so­
nido sepulcral. Por amor de Dios, hermano, sacadme de
las penas del Purgatorio.
— ¿ Y q u é ... e s ... p r e ... c i . . . s o ... h a ... c e r ... p a ...
r a ... c o n ... s e ... g u ir ... l o . . . ? — replica Casquero, tré­
mulo y espantado.
La escena era terrible. La oscuridad y el silencio de la
noche y los ecos de las voces que se repercutían en lonta­
nanza; la luz fúnebre; el espectro de la tumba; todo con­
tribuía a enloquecer al pobre zapatero, el cual creía encon­
trarse en otro mundo.
— Hablad, h e r ... m a ... n o ., — agrega Casquero, cuya ca­
beza bamboleaba como la linterna que tenía en una de sus
manos.
— Cumplid estrictamente con el encargo que voy a haceros,
— dice el alma en pena.
— Os lo j u . . . r o ... contesta Casquero . , ,
-— ¿Conocéis el Cují que llaman de Ño Casquero? — pre­
gunta el muerto.
— S í . . . h e r ... m a ... n o ... M i ... ca sa ... e s ... t á ...
c e r ... c a ..., Casque... r o ... s o y ... y o ...
— Pues bien, hermano, agrega el difunto; medid la dis­
tancia de cinco varas, desde el tronco del cují hacia el Orien­
te; haced una excavación de otras cinco varas, y después,
hacia el Norte, cavaréis otras cinco; allí encontraréis una
pequeña botijuela, que contiene veinte reales; aumentad cua­
tro reales más y mandadme a decir tres misas, de a un
peso cada una, que con este sufragio yo saldré de penas
y pediré a Dios para que os libre de ellas.
— Sí, h e r ... m a ... n o ... c u m ... p li... r é ... c o n ...
v u e s... t r o ... e n ... c a r ... g o ..., — contesta Casquero, que
no aguardaba, en su grande turbación, tal resultado. Su casa,
el cají, la botijuela con los veinte reales... de nada podía
darse cuenta su razón: todo zumbaba en sus oídos, mientras
que sus ojos estaban como petrificados.
— Partid, hermano, idos con Dios y pensad sólo en El, — ex­
clama el difunto ocultando por completo la luz de la lin­
terna.
★ C r ó n ic a de C aracas 73

Casquero parte.
Cuando el fraile deja de sentir las pisadas de su compa­
dre, sale de la bóveda y regresa a su celda. Pero pasan,
cinco minutos, pasan diez y Casquero no vuelve. Temeroso
de que algo le hubiese sucedido, el fraile va en su solicitud
y le encuentra sin aliento y lleno de sudor frío al pie de
la tercera escalera. Con trabajo se lo echa a cuestas y lo
conduce a la celda. En esto vuelve en sí, a fuerza de asis­
tencia y de los cuidados que le prodigaba su compadre.
7—¿Qué os ha pasado, amigo mío? — le pregunta el padre
a Casquero, después que lo encuentra algo repuesto.
— Nada, nada, no me habléis de esto. He visto un espec­
tro, un alma en pena, que me persigue.
— Explicaos, Casquero, yo soy vuestro amigo y algo puedo
hacer.
El zapatero relató entonces al fraile cuanto dejamos dicho,
y le ofreció que al siguiente día se ocuparía en cumplir con
lo que había ofrecido al alma en pena.
— No os ocupéis en eso, repuso el padre. Son veinte reales
que no merecen la pena de tanto trabajo. Y o diré las misas
' para que el difunto salga del Purgatorio, y de esta manera
todo quedará arreglado.
Desde aquel instante Casquero no volvió a hablar más de
entierros ni de tesoros: estaba curado de la monomanía.
De su casa nada queda, y del cují sólo recuerda la tradi­
ción, que existió uno muy notable en la actual esquina de
este nombre.
DOM INGO DE M IN E R V A

Don Francisco de la Hoz Berrio, hijo de Bogotá, llegó a


Caracas como Gobernador de la Provincia de Venezuela, en
junio de 1.616. Hombre bueno y piadoso hizo lo que estuvo
a su alcance en pro de la provincia que le fué encomendada.
Por acta del ayuntamiento de 17 de julio de 1.617, Don
Francisco funda la fiesta dominical conocida en Caracas con
el nombre de Domingo de Minerva y fija para las doce fun­
ciones del año el tercer domingo del mes. Desde entonces el
Ayuntamiento, acompañado del Gobernador, no faltó a esta
función en obsequio de Jesús Sacramentado. Sencillas eran
las costumbres de aquellos tiempos, pero exageradas las pre­
tensiones de las autoridades civil y eclesiástica, quienes sin
quererlo y dejándose arrastrar por necias vanidades, llegaron .
a constituir dos partidos en los cuales imperaron, a falta de
moderación, de probidad y de razones, amenazas, odios y
tropelías de todo género, que no dejaron sino ruina y malos
antecedentes. Estas acerbas disputas que durante muchos años
tuvieron en Caracas los dos cabildos, desde comienzos del
siglo décimo séptimo, las conoce la historia con el nombre
de Competencias. Reclamaba cada Cuerpo ciertos puntos de
jurisdicción, como privativos de soberanas regalías, y lo que
al comenzar parecía asunto trivial, de fácil resolución, se
convertía a poco, en tropelías y persecuciones indignas de
toda sociedad bien constituida.
Cuando el Gobernador Berrío fundó la fiesta de Minerva
ya habían comenzado las famosas competencias • entre su
predecesor, el Gobernador García Girón y el Obispo Bohór-
quez. Hombre de tuerca y tornillo y también de espada y
garrote fué este prelado, de origen catalán, el cual llegó
a infundir el espanto en la población de Caracas. Muerto el
Gobernador Girón, contra Berrío continuó el Obispo, y sus­
tituido éste a su tumo por Gonzalo de Angulo, continuaron
las competencias, cual espidemia que necesitaba para con­
cluir de millares de tropelías y de infortunios.
¿Sobre qué versaban las competencias? Y a se ocupaban
en ocultar los escaños y bancos que había en los templos,
o sobre quién o quiénes debían recibir en la Iglesia Mayor
al Gobernador y Ayuntamiento. Y a versaba la materia sobre
★ C r ó n ic a de C aracas 75

los cojines que debían tener el Gobernador y los Regidores


en sus asientos; ya cerca de los pajes y caudatarios que que­
ría tener el Obispo, o de los quitasoles con los cuales querían
los padres del cabildo eclesiástico resguardarse del sol. Y a
eran las pretensiones de los Gobernadores que reclamaban
en el templo asientos de cierta preferencia, honores descono­
cidos; ya figuraba la mujer de alguno de los Gobernadores
que aparecía en el templo extravagantemente vestida, o la
falta de etiqueta y de puntualidad en alguna invitación; ya,
finalmente, el saludo oficial dado de tal o cual manera, en
ocasiones solemnes.
'El fuego de las competencias se hacía necesario, a pro­
porción que crecía. Era una locura de la cual no participaban,
en los primeros días, sino dos cuerpos sociales, los cabildos;
pero más tarde fueron dos partidos, con sus odios, acechan­
zas y perseci.ciones. En ausencia del Obispo quedaba siem­
pre un Vicario encargado de continuar la lucha, y en defecto
del Gobernador, los Alcaldes.
Actuaban los Alcaldes por muerte del Gobernador, en los
días de 1.623, cuando el famoso Vicario Mendoza, hombre
audaz e intrigante, queriendo castigar a los señores del Ayun­
tamiento, en la fiesta de Minerva correspondiente al mes de
mayo, los burló de una manera muy brusca. Fué el caso,
que en vísperas de la fiesta, el Vicario, que expiaba cuanto
hacían y proyectaban los del Ayuntamiento por medio de un
agente de su confianza, envió su secretario a los directores de
las comunidades religiosas con cierto oficio, en el cual las
invitaba para que asistieran a la Catedral a la siguiente
mañana.
— Diga usted a los señores directores, agregó el Vicario,
que si llega a conocerse en la ciudad el contenido de esta
nota, los sepulto en los sótanos de la Catedral.
Cuando llegaron las comuidades al templo, a la siguiente
mañana, no faltó uno de los directores que le hiciera al
Vicario indicación oportuna.
— No está aquí el Ayuntamiento, señor, dice uno de los
frailes, y debe aguardarse, porque ésta ha sido la costumbre
en cada Domingo de Minerva, desde 1.617.
— Aguarde usted, padre, en la sacristía, contestó Mendoza
ya molesto, órdenes que tengo que comunicarle.
— ¿ Y la procesión, señor?
— No se necesita de usté, contestó el Vicario.
Esta advertencia tan justa como oportuna, proporcionó,
concluida la función, ratos de amargura al pobre dominico,
76 B ib l io t e c a P opular V enezolan a

tan poco conocedor del carácter y condiciones de su superior,


el Vicario Mendoza, que. representaba al Obispo ausente.
Al instante dase comienzo a la fiesta de Alinerva, como
dos horas antes de la acostumbrada.
“Ya verán estos tunantes del Ayuntamiento, se decía el
Vicario, si Gabriel de Mendoza es capaz de dejarlos des­
plumados”.
Cuando a las nueve de la mañana se presenta en la Ca­
tedral el Ayuntamiento con sus Alcaldes a la cabeza, se
encuentra con la procesión del Santísimo Sacramento, que
recorría las naves del templo, acompañada de los frailes de
las comunidades, que llevabaa las varas del palio. Los ban­
cos del Ayuntamiento habían desaparecido, y los Regidores
contrariados con tan ridículo percance, hubieron de partir.
“Ya lo veréis, se decía el Vicario, al contemplar el apuro
en que había colocado a sus contrarios: ya lo veréis, que
no somos los de sotana juguete de tanto necio. Volveréis
a la Minerva de junio, y os aseguro que encontraréis el
templo cerrado” .
A l siguiente día, el Ayuntamiento hizo sacar de la Cate­
dral los bancos de su propiedad, los cuales fueron trasla­
dados a San Francisco, donde, por mucho tiempo, se veri­
ficaron las fiestas religiosas patrocinadas por el Ayunta­
miento. Acusado el cabildo eclesiástico ante la Audiencia de
Santo Domingo, ésta contestó:
“ Dígase al Obispo de Caracas que se deje de novelerías,
de mudanzas y variaciones que perturban el orden: que re­
ponga los bancos donde estaban, y aguarde siempre al Ayun­
tamiento para que pueda efectuarse la procesión de Minerva” .
Los dos cabildos se acusaban como niños ante la A u ­
diencia de Santo Domingo y ante el Monarca, por cuantas
necedades llegaron a ser tema de discusión entre ambos Cuer­
pos. En 1.631 el Gobernador Núñez Meleán asiste con el
Ayuntamiento a la fiseta del Domingo de Ramos, y al salir
de nuevo a la calle, donde se efectúa la ceremonia de cos­
tumbre en la puerta mayor del templo, observa que el
Obispo está acompañado de prolongada cola de pajes y cau-
datarios. A l instante se inmuta, se encoleriza y grita:“ a nues­
tros asientos”, y deja a Monseñor con los canónigos. Eleva
la queja a la Audiencia de Santo Domingo, y ésta contesta:
“ Que el prelado pueda llevar, en las procesiones y actos
públicos, cerca de su venerable persona, todos los caudatarios
y pajes que a bien tenga” .
En cierta mañana de 1.728 en que los canónigos tenían que
asistir acompañados del Ayuntamiento a Santa Rosalía, se
★ C r ó n ic a de C aracas 77

presentaron en la calle llevando hermosos quitasoles de color


encarnado, con regatones plateados. Muy satisfechos cami­
naban los buenos señores y se resguardaban del stol’, mientras
que los Regidores del Ayuntamiento se calentaban las meji­
llas a los fuegos del astro rey. Acusan al cabildo eclesiás­
tico los del Ayuntamiento y la autoridad superior contesta:
“ Que en actos tan solemnes no deben figurar quitasoles que
son incompatibles con la seriedad del acto; y por ir acom­
pañado aquel Cuerpo del Gobernador y Ayuntamiento”.
Sería no acabar, si quisiéramos entretener al lector con
la historia de tantas puerilidades de los pasados siglos. En
los libros de la Metropolitana se relata cada uno de estos
ridiculos incidentes, desde comienzos del siglo décimo sép­
timo hasta principios del actual. En las Crónicas inéditas del
Padre Don Blas Terrero, figura un extracto sacado de los
archivos de ambos cabildos. Este cronista nos refiere que
fueron tan tempestuosas las Competencias, durante el obis­
pado de Mauro de Tovar, que la familia de éste tuvo que
romper cuantos documentos h .bo a las manos en ambos
cabildos, pues no quería que escándalos tan necios, fueran
conocidos de la posteridad. Pero nosotros, al estudiar ambos
archivos, hemos tropezado con frases sueltas, con dichos
agudos; que aun en los mayores incendios, siempre queda'
algo bajo las cenizas que no puede ser destruido por el
fuego, ( i)
Y a hoy los cabildos de Caracas no luchan ni se insultan.
Si mansos aparecen los canónigos, tolerantes o indiferentes
se presentan los concejales. La diosa Libertad, al cobijarnos
a todos, desde 1.821, acabó con las Competencias, con las
Audiencias y con los reyes. La Metropolitana realista dejó
su puesto a la Metropolitana republicana. Esta comenzó por
entregar sus ricas alhajas, para sufragar a los gastos de la
guerra, en 1814, y aceptó después la emancipación de los
esclavos. Los canónigos hoy no cabalgan en ricas muías, ni
tienen esclavos que los acompañen con farol por las oscuras
calles de Caracas, que ya abundan el gas del alumbrado y
los carruajes de paseo. Se impuso a la Metropolitana que
abandonara las procesiones, y escondió pl paraguas del V iá ­
tico e hizo pedazos la esquila. Los canonigos se han hecho
diplomáticos y tolerantes. Y a no se yerguen, porque son
republicanos.

(1) A cerca de la h is t o r ia de M au ro de Tovar con servam os una


L e y e n d a in é d ita .
78 B ib l io t e c a P opular V enezolana ★
Todo lo añejo e inconducente va desapareciendo poco a
poco, y el progreso entra por todas partes, no como visitan­
te, sino como invasor. Pero si éste decora los templos y los
hermosea, y hecha a la calle los veti.stos bancos de la época
de las Competencias , y levanta capillas, y ha aceptado la
adoración perpetua, no podrá mandar arriar la modesta ban­
derilla, el angosto guión blanco con una custodia pintada,
que flamea en los campanarios de los templos, hace ya tres
siglos. He aquí un recuerdo palpitante que nos habla de la
época de Berrío, cuando en .1.617 íué fundada en la Metro­
politana, la fiesta de Minerva.
LAS DISCIPLINAS DE SANTA ROSALIA

Refieren las crónicas de ahora ciento cuarenta y más años,


que en el área contigua al actual templo de Santa Rosalía,
hubo un pequeño clai stro; que en él se instalaron las pri­
meras monjas Carmelitas que llegaron de Méjico, en 1.731,
las cuales hubieron de abandonar el tal sitio, para sustraerse
de las visiones imaginarias que las atormentaban durante la
noche: que años más tarde, en el mismo lugar, en los días
del Gobernador Ricardos, 1.753 a 1.758, fueron instaladas
las tropas veteranas que habían llegado con el Brigadier
Gobernador, a las que se unieron las que había en Caracas;
que irritada la Santa de Palermo por el ultraje que durante
algunos años se le había querido inferir, el de crear un
cuartel en su santa casa, lugar de meditación y de recogi­
miento, se propuso castigar tanta insolencia, y se valió de una
Epidemia violenta, pues siendo ella abogada de la peste desde
i.696, época en que los moradores de Caracas le levantaron un
templo a causa de haberlos protegido en la cruel epidemia de
liebre amarilla que desoló en aquel entonces a la capital
por espacio de catorce meses, debía valerse de los mismos
estragos que sabía aplacar para castigar a los holgazanes
que no habían llegado a Caracas, sino con el único objeto
de perseguir a todos aquellos que clamaban justicia contra
el monopolio de la célebre Compañía guipuzcoana. (1)
Refieren también las crónicas que al prender la epidemia,
en la época de Ricardos, morían los soldados de Una manera
tan alarmante y lastimosa, que el espanto se apoderó de la
población. Y lo más notable de todo, era que morían los
peninsulares, sin que se presentara un solo caso de defunción
en los hijos del país. Aluden las crónicas que todo el ve­
cindario de Santa Rosalía hubo de emigrar, y que durante
muchas noches, las imaginaciones exaltadas vieron por los

(1) A p e s a r d e la s tr o p e lía s q u e e je r c ió R ic a r d o s en C a r a c a s , ea
n e c e s a r io h a c e r le ju s t ic ia ,p u e s c o n t r ib u y ó e n m u c h o , d u r a n t e su g o ­
b e r n a c ió n , a l e n s a n c h e y e m b e lle c im ie n t o d e la c iu d a d . E l h o s p ic io
d e lá z a r o s , la r e c o n s t r u c c ió n d e la p la z a r e a l, la r e n t a q u e c r e ó p a r a
e s ta s o b r a s , e l p u e n te d e la P a s t o r a , e l c u a r t e l d e a r t ille r ía , v a r io s
p u e n te s y o tr a s o b r a s , h a c e n e l e lo g io d e e s te m a n d a ta r io e s p a ñ o l, a
p e s a r d e su d ic t a d u r a y t r o p e lía s c o n t r a lo s e n e m ig o s d e la C o m p a ñ ía
g u ip u z c o a n a .
80 B ib l io t e c a P V enezolan a
o pular

aires a Santa Rosalía, armada de unas disciplinas de fuego,
con las cuales azotaba sin compasión a los soldados de Ri­
cardos, que huían en todas direcciones y lanzaban gritos
lastimeros. Decían los vecinos que se escuchaban los ayes de
los moribundos, que se veía a la Santa desde el momento
que llegaba la noche, que por todas partes las familias ora­
ban y sufrían, al ser testigos de los enojos de la Santa;
y agregaban, últimamente, que tan luego como fueron sacados
los soldados españoles del improvisado cuartel, la epidemia
cesó como por encanto, y que no volvió a verse a Santa
Rosalía.
Vamos a relatar los diversos incidentes de una epidemia
física que trajo i.na epidemia moral.
El actual templo de Santa Rosalía, con su graciosa pla­
zuela no es el primer templo de este nombre fundado en
1.696, a consecuencia de la primera epidemia de fiebre ama­
rilla de que fue víctima una gran porción de la ciudad, en
la época indicada. El pequeño templo pajizo levantado a la
abogada de la peste, por ambos cabildos, con obligación de
fiseta solemne anual, como agradecimiento de la protección
dispensada a Caracas, estuvo cerca de cien -varas más al Sud
del actual, al comenzar la siguiente manzana. De-struído por
la incuria del tiempo, los moradores de la capital quisieron
levantar i.n templo más al Norte, y escogieron el sitio ac­
tual. Comienza la obra, y surgía el modesto edificio, cuando
de repente se despierta el deseo de levantar contiguo al
templo un pequeño convento de Carmelitas Descalzas, pen-
samiento que patrocinaba desde 1.724 Monseñor Escalona y
Calatayud. Aislado se presentaba el edificio en el sitio in­
dicado, pues en aquellos días la actual parroquia de Santa
Rosalía era casi un erial, con población diseminada, llena
de arbustos y de árboles frutales, y a distancia del centro
de Caracas. Ésta no había podido extenderse sino muy poco
en la dirección Sud.
Desde el momento en que se pensó crear un convento de
Carmelitas Descalzas, anexo al templo de Santa Rosalía,
la fábrica tomó creces, animóla el entusiasmo público, y
todo llegaba a su término, cuando en 1.728 dejó a Caracas
el Obispo Escalona y Calatayud. Muerto éste en 1.729, su­
cedióle Monseñor Valverde, que de Méjico salió para su
obispado, trayendo consigo tres monjas para el beaterío de
las Carmelitas. Instaladas en la obispalía, aguardaron en ésta
que la fábrica del beaterío estuviese en disposición de reci­
birlas, hasta que a poco fueron conducidas, con gran pompa,
al nuevo convento de Caracas. El permiso real que abre la
★ C r ó n ic a de C aracas 81

historia de este monasterio, tiene la fecha de 1.725. En 1.727


se pone la primera piedra en la fábrica de Santa Rosalia, el
día de San Miguel, 29 de setiembre, día en que según su­
perstición pop. lar, está suelto el diablo. Valverde llegó en
1.728, y el beaterío fué instalado el 19 de marzo de 1.732. (1)
Pero el Obispo Valverde, como todo mortal, tenía sus
émulos que a la sordina le minaban su reputación, y no
perdían ocasión de hacerle el mal que deseaban; porque entre
los mortales el deseo del mal ahoga el sentimiento del bien,
y más se satisfacen ciertos corazones dando rienda suelta a
sus pasione feroces, que ejerciendo el apostolado de la ca­
ridad. Sucedió lo que era de esperarse y lo que la práctica
enseña, donde quiera que se instalen comunidades. Recluidas
aq ellas buenas madres, por una parte, en un lugar soli­
tario y húmedo, lejano de la población; y por la otra, te­
niendo constitución anémica y carácter timorato, comenzaron
a ser víctimas de multitud de dichos maléficos inventados
con el objeto premeditado de alucinarlas. Ya se decía que
las madres monjas eran todas las noches amenazadas de hom­
bres de poblada barba que llevaban cuernos en la cabeza y
abrían las puertas de las celdas; ya que espíritus malignos,
en forma de jovencitos llenos de gracia, llamaban a las ma­
dres con palabras y frases suplicantes. Con invenciones de
este género que tomaban creces, en cada hora, y llegaban al
convento de una manera sigilosa y alarmante, todas estas
vulgares invenciones de los enemigos del Obispo, exaltaron
el ánimo timorato de las buenas señoras. A l .instante se pre­
senta la polémica entre las madres que desean abandonar el
convento y tornar a Méjico, y el Obispo que trata de disua­
dirlas de semejante propósito. Al fin vencen las monjas, y
nada pudieron las súplicas del prelado y de m. chas familias.
Al mes de estar en Santa Rosalía, salen de este sitio, se
trasladan a una casa de alto frente al de la puerta través
de la Metropolitana, y a poCo dos de ellas se embarcan para
Veracruz. Sólo una que no había sido contagiada se quedó
en Caracas, para ser primera abadesa del segundo Convento
de Carmelitas, que debía suceder al primero. Decía que se
quedaba porque Dios le ordenaba que permaneciera en Ca­
racas.
Desde aquel entonces quedó en la memoria de los vecinos
de Santa Rosalía, la crónica de las visiones de las monjas
Carmelitas, y aun al acercarse la noche, las imaginaciones
enfermas y también las protervas, al pasar por las cerca­
nías de los solitarios claustros, repetían las mismas inven-
(1) V é a s e n u e stro e s tu d io sobre lo s e x - c o n v e n t o s de C ara cas.

6
82 B i b l io t e c a P opular V enezolan a

tivas acerca de los hombres de barba poblada y de enormes


cuernos en la cabeza. Y a tal grado llegó la oposición de
los enemigos del Obispo, que consiguieron que el Monarca
mandara suspender la fábrica y ordenara que las monjas
‘tornaran a Méjico. En 1.732 el Monarca dispone lo contrario
y el nuevo beaterío queda instalado en 1.736, en casas que
pertenecieron a la señora viuda de Don José de Ponte y
Aguirre, que bondadosamente las cedió para el nuevo con­
vento de las madres Carmelitas. (1)
Corrían los años y la parroquia de Santa Rosalía iba
lentamente desarrollándose, hasta que llegó el caserío cerca
del convento abandonado. Prosperaba, mientras tanto, el nuevo
templo, acudían los fieles a los oficios religiosos, visitaban
anualmente a la Santa de Palermo los dos cabildos, el ecle­
siástico y el civil, en obedecimiento a lo dispuesto por estas
corporaciones- desde 1.696, y se desarrollaba el culto a la
abogada de la peste, cuando llega a Caracas, en 1.752, el
Brigadier Don Felipe de Ricardos, como Gobernador y Ca­
pitán General de la provincia. Lleno de mala intención, y
más celoso de los intereses mercantiles de la Compañía gui-
puzcoana que de la grandeza de España da comienzo a su
obra de, persecuciones premeditadas. (2)
A l instalarse Ricardos dispone que los doscientos veteranos
que habían llegado con él y los demás que estaban en Cara­
cas, fuesen acuartelados en los solitarios claustros de Santa
Rosalía; y como era natural, los soldados no se preocuparon
con el hecho de' que allí habían estado unas monjas, menos
aún pensaron en Santa Rosalía, la abogada de la peste. Co­
rrían los años urios tras otros y nada indicaba temores en
el cuartel, cuando por los años de 1.756 a 1.757, prende en
la tropa una epidemia de fiebre amarilla con intensidad alar­
mante, tan alarmante que hubo soldados que. desaparecieron
en cortas horas. A l momento cunde el espanto en los veci­
nos y a poco en toda la población, que recordaba los días
calamitosos de 1.696, cuando por primera vez se presegió
en Caracas la fiebre amarilla. Notóse que sólo los soldados
españoles sucumbían, mientras que no era atacado por la
epidemia ninguno de los hijos de Caracas.
El haberse desarrollado la epidemia solamente en los anti­
guos claustros abandonados hacía años, y el no ser víctimas

(1 ) V é a s e n u e s t r o e s tu d io c it a d o s o b r e lo s e x - c o n v e n t o s d e C a ­
racas.
(2 ) E n el te m p lo d e S a n t a R o s a l ía c o n s e r v ó s e d u r a n te m u c h o
t ie m p o , u n fr a g m e n t o d e l c o x is d e la S a r ita d e P a le n n o . I g n o r a m o s
d o n d e e s t á h o y e s t a r e liq u ia .
★ C r ó n ic a de C aracas 83

de ella sino los soldados de Ricardos, fueron suficientes


razones para que los moradores de Caracas vieran en el
hecho un castigo de Santa Rosalía contra aquellos pobres
infelices, que en nada' eran culpables de estar acuartelados
junto a la casa sagrada de Rosalía de Palermo. De manera
que lo que la ciencia enseña, desde remotos tiempos, a saber,
que causas físicas, locales o generales, unidas a marcadas
idiosincracias son en la mayoría de los casos las causas de
las epidemias, la tomaba la población de Caracas como un
castigo de Dios. En época tan atrasada no cabían conside­
raciones de este género, sino la idea mística, la superstición
y el fanatismo que tenían que triunfar de todo.
Cuando el Gobernador comprende que había dos epidemias,
la física, que le destruía el ejército, y la mora’ , que le alu­
cinaba la población, manda sacar la mitad de la tropa del
cuartel de Santa Rosalía; pero apenas salen los soldados
cuando se hace más intensa la epidemia y se aumenta el
número de las víctimas, al mismo tiempo que las imaginacio­
nes supersticiosas, iban contagiando el resto de la población.
Decíase y repetíase por todo el mundo, que Santa Rosalía,
cansada de sufrir las vejaciones de la soldadesca, había
resuelto castigarla: que la Santa, armada de disciplinas de
fuego, fustigaba sin piedad a los soldados, los que corrían
por los claustros, pidiendo misericordia. A poco todo el
mundo veía esto, durante la noche, y oía igualmente los
gritos de los soldados y los ayes de los moribundos, lo que
motivó el que las familias del vecindario, en constante ora­
ción, pidieron a la Santa de Palermo que tuviera piedad
de tantos desgraciados, ( i)
En t.na de estas noches lóbregas, ciertas personas algo
preocupadas con lo que pasaba, cercaban al Gobernador R i­
cardos. Este, que era hombre de mucha serenidad, decía

(i) E l C r o n is t a D o n B la s T e r r e r o n o s d e s c r ib e a lo v iv o la e p i­
d e m ia f ís ic a , p e ro n a d a n o s d ic e la e p id e m ia m o r a l. E s t o tie n e su s
ra z o n e s c o m o v e r e m o s m á s a d e la n te . L o q u e n o s h a s e r v id o p a r a
c o n o c e r lo s d iv e r s o s in c id e n te s de e s t a h is t o r ia , lo e n c o n t r a m o s e n
p a p e le s q u e fu e r o n d e l D r . F e r n a n d o Q u in t a n a , q u e p e r t e n e c ió a l
c a b ild o e c le s iá s t ic o d e C a r a c a s , p o r lo s a ñ o s d e 17 6 8 a 17 7 0 . E n
e llo s 5s e h a b la d e la m u e r t e d e l C a p it á n C a p e lla , d e lo s in s u lt o s d ir i g i­
d o s p o r el G o b e r n a d o r a l C a p it á n R o s a le s , d e la a c t iv id a d q u e d e s ­
p le g ó R ic a r d o s c o n t r a la e p id e m ia y la s in v e n c io n e s d e lo s ig n o r a n ­
te s , e tc . Y e n u n p a n e g ír ic o d e S a n t a R o s a lía , m a n u s c r it o p e r t e n e ­
c ie n t e a la o b is p a lía d e C a r a c a s , s e h a c e a la S a n t a d e P a le r m o e l
■debido e lo g io p o r h a b e r s a lv a d o , e n v a r ia s o c a s io n e s , a - l a c iu d a d
d e C a r a c a s , y t r a íd o la c a lm a a lo s e s p ír it u s q u e c r e y e r o n q u e la
S a n t a h a b ía q u e r id o d e s t r u ir , e n la é p o c a d e l G o b e r n a d n r R ic a r d o s ,
a lo s s o ld a d o s q u e p a c íf ic o s v iv í a n e n la s c e ld a s d e l d e s t r u id o c la u s ­
tr o d i la s p r im e r a s m o n ja s C a r m e lit a s .
84 B i b l io t e c a P opular V enezolana

a la concurrencia que temía más los estragos de la epidemia


moral que los de la morbosa; pero que no omitiría los
medios que estuviera a su alcance, para extirpar de raíz
ambas calamidades; y aprovechando la llegada del encargado
del obispado, dijo a éste:
— Necesito de los curas de la ciudad para asistir a los
soldados moribundos en el cuartel de Santa Rosalía. Donde
está la desgracia debe imperar el espíritu de la caridad. Os
advierto, agrega, que pululan multitud de dichos absurdos
propagados intencionalmente con el maléfico fin de alucinar
las imaginaciones enfermizas; pero tomo nota de todo esto,
pa.ra castigar de una manera ejemplar, llegado el momento,
a los que quieran turbar la tranquilidad de las familias.
Entonces Ricardos, con voz imperiosa, llama al Capitán
Rosales que pertenecía a su guardia, y le dice:
■—Vaya usted al cuartel de Santa Rosalía, observe cuanto
pasa, tome nota de los oficiales y soldados enfermos y mo­
ribundos, y retorne en el término de la distancia.
El oficial parte. Eran las nueve de la noche, y la ciudad
parecía abandonada. Ni un transeúnte ni i.na v o z : todo era
silencio de tumbas. El Capitán Rosales llegaba a las cercanías
del cuartel, cuando tropieza con un compatriota que le saluda
al pasar y le detiene. A l informarse el vecino de Santa Ro­
salía de que su compatriota iba al cuartel en comisión del
Gobernador, le aconseja no seguir, y le relata cuanto pasaba
en los claustros de aquél. La imaginación de Rosales comien­
za a ser víctima de la epidemia, y el oficial vacila si debe
o no continuar. — Entra, le dice el paisano; sube a este
árbol, y examínalo todo. “Rosales' entra, pasa cerca de varias
mujeres que a la sazón oraban, en seguida asciende al árbol
y observa, sin articular una palabra. A poco desciende inmu­
tado ; y al acercarse con el paisano a las muj eres que oraban,
les dice:
— He visto a Santa Rosalía con las disciplinas de fuego;
he escuchado los gritos de los soldados; y lleno de pavor,
ya alucinado, retorna a la casa del Gobernador.
— ¿Qué hay, Capitán Rosales? — pregunta Ricardos, con
altivez.
— Mi General, mi General, contesta Rosales, algo trémulo. . .
Quiso hablar y no pudo.
— Habla, estúpido; ¿por qué tiemblas?
— Mi General, la v i . . . vi a Santa Rosalía con las disci­
plinas de fuego.
— Alma de Lucifer, — grita el Gobernador en medio de
la concurrencia que lo rodeaba— . Voto al diablo, ya este
★ Cr ó n ic a de C aracas 85

miserable está contagiado. Y llamando dos sargentos, les


dice:
— Inmediatamente, pongan este oficial en el cepo.
Ricardos se dirige al instante al Capitán Capella, joven
arrogante y pundoroso.
— Siga usted, Capitán Capella, al cuartel de Santa Rosalía,
par-a que se informe del estado sanitario de los soldados
y oficiales. Le advierto, agrega Ricardos, ya encolerizado,
que si usted, al desempeñar su encargo, me habla de Santa
Rosalía y de las disciplinas de fuego, le hago pasar inme­
diatamente por las armas.
El elegante Capitán se inclina, y con despejo, sigue en
dirección del cuartel. Capella era joven de valor y de inte­
ligencia clara, pero no estaba exento del influjo que ejercen
ciertas impresiones súbitas sobre el corazón humano. La muer­
te de este oficial, no va ser producida por el miedo vulgar
ni por los temores que infunde una imaginación enfermiza,
'sino por un conjunto de incidentes inesperados que tuvieron
efecto en un mismo instante.
La puerta del cuartel por donde debía entrar Capella,
estaba algo en ruinas, y pedazos del muro caían de vez
en cuando, por el uso continuado de las hojas. Cerca de
la puerta había un dormitorio donde agonizaba un oficial
querido de la tropa, cuyo nombre, ignoramos. Estaba con
él un sobrino que le asistía. Entre la puerta del dormitorio
y la exterior del cuartel, se hallaba en pie un grupo de tres
oficiales encapotados, pues la noche estaba húmeda. Este
grupo aguardaba silencioso la muerte del oficial agonizante.
El Capitán Capella, sin detenerse en las calles del tránsito,
llega a la puerta del cuartel, la cual conocía. Empuja una
de las hojas y ésta no cede, pero a nuevo esfuerzo se abre,
y caen a los pies del Capitán dos gruesos terrenos de la
pared arruinada. Esto sucede en el instante en que los tres
oficiales del grupo se mueven y exclaman: “el pobre, el
pobre”, al escuchar el sobrino del enfermo,, que desesperado,
salía gritando: “ ¡Y a murió, ya murió! Los oficiales, al fijar
sus miradas en la puerta en aquel momento, ven que ha caída
un cuerpo, y quieren cerciorarse del hecho. Favorecidos con
la luz de una linterna, levantan el oficial que acababa de. caer,
y todos exclaman: “ ¡E s Capella!” “ ¡E s Capella!” Con la
esperanza de encontrar en los bolsillos de la levita algún parte
del Gobernador los registran, pero nada obtienen. Entonces
los tres oficiales resuelven dirigirse a la casa de Ricardos.
— ¿Qué hay señores? ¿Qué traen ustedes? ¿Dónde está el
Capitán Capella?
85 B ib l io t e c a P opular V enezolan a

— Dos desgracias, General, nos traen a estas horas delante


de V . E .: la muerte de nuestro compañero, que como sabe
V . E. estaba moribundo desde ayer, y la muerte violenta del
Capitán Capella al empujar la puerta del cuartel.
— -¡Cómo! ¿Murió Capella? — pregunta Ricardos, lleno de
sorpresa.
Los oficiales relatan entonces, el hecho al Gobernador, quien
después de un rato de reflexión, dice:
— Esta noche no dormiremos, señores, estaremos de fac­
ción, pues es necesario conjurar la desgracia que nos amenaza.
Y sin pérdida de tiempo, y favorecidos por la actividad
de celoso mandatario, todas sus órdenes son atendidas. Antes
de las dos de la madrugada el nuevo día, estaban listas las
camillas y los peones conductores de los enfermos de Santa
Rosalía. Lencería, objetos de uso, muebles y cuanto fué ne-
fcesario, sin tener que apelar a lo que había en el hospital de
Santa Rosalía, fué llevado al hospital improvisado en Catia.
A l amanecer estaban los enfermos en su nuevo hospital, y
abandonados por completo los antiguos claustros de las Car­
melitas. Cuando, los moradores de Caracas conocieron lo que
había sucedido, bendijeron al mandatario que sabía obrar
con tanta sabiduría. Ricardos había conjurado la tormenta.
Sacados los enfermos de un sitio que alimentaba la epi­
demia y llevados a otro de mejores condiciones higiénicas,
el flagelo desapareció; la confianza tomó al corazón de los
enfermos, y la reflexión a las imaginaciones alucinadas.
A poco, al comenzar la nave del templo de San Francisco,
que se llamó más tarde los Terceros, surgió una capilla de­
dicada a la Virgen de la Luz. En el altar figuró un hermoso
retablo de esta gran Señora, protectora de la ciudad, y a los
lados esetaban los bustos de Santa Gertrudis y Santa Bár­
bara. Dos inscripciones en español, con sus correspondientes
sentencias en latín, indicaban que aquella obra había sido le­
vantada durante el reinado de Fernando V I, y bajo la Go­
bernación del Brigadier Don Felipe de Ricardos. Esta era la
capilla donde los oficiales españoles oían la misa dominical,
después de haberse salvado de la cruel epidemia.
La epidemia moral de que acabamos de hablar, no llegó
a ejercer influjo alguno en el ánimo de la población cara­
queña. En aquel entonces, cuanto se dijo, se afirmó y fué
creído, sin comentos ni explicaciones, aparecía como un he­
cho natural. Que la Santa se presentara airada, con sus
disciplinas de fuego y azotara a los pobres soldados que
vivían contiguos al templo de Santa Rosalía, era un suceso
en armonía con las creencias de aquella época y con el es­
★ C r ó n ic a de C aracas 87

píritu religioso de la población. Y que cada uno, al dudar


de ciertos hechos concluyera por aceptarlos y afirmarlos;
no podía considerarse entonces como epidemia moral, 'sino
como consecuencia lógica de la educación fanática que ani­
maba a la población.
La epidemia moral de que más tarde fue víctima Vene­
zuela, a consecuencia del terremoto del 26 de marzo de 1.812,
efectuado en Jueves Santo, a los dos años de haber sido
derrocada en el mismo día la autoridad real, tuvo una área
muy extensa, y numerosos abogados que la patrocinaran. El
estrago que engendran estas epidemias, no es sobre la mino­
ría pensante y civilizada que las patrocina, sino sobre las
muchedumbres ignorantes, que se rinden y obedecen ciega­
mente. Débil el gobierno patriota para luchar contra el A rzo­
bispo Coll y Prat, y poderoso éste, af-udado de su clero,, para
pintar la catástrofe con sus diversos estragos, como castigo
de Dios contra el partido republcano, éste hubo de sucumbir.
Todas las persecuciones de los españoles contra los patrio­
tas, desde el 26 de marzo de 1.812, la desmoralización y anar­
quía del partido patriota, la ausencia de opinión pública
que lo patrocinase, la deserción de sus tropas; todos estos
tristes resultados fueron debidos al influjo que tuvo sobre
los pueblos la epidemia moral, sostenida por el odio de unos,
por los intereses de otros, por la acción continuada de una
gran »porción del clero venezolano. L a acción física del me­
morable terremoto de 1.812, y la epidemia moral, tan violenta,
que aquél desarrolló, fueron los dos agentes principales de
las desgracias' sin cuento que afligieron a Venezuela desde
comienzos dé 1.812 hasta fines de 1.814.
MARI P ER E
A orilla de la carretera del Este, entre los pueblos de Que­
brada-honda y Sabana-grande, existe una pequeña zona con
casas de campo y poco cultivo, que se conoce con el nom­
bre de Maripere. No hay entre los transeúntes de aquella
vía quien no conozca el sitio mencionado, bañado al Este por
aguas del Guaire, y al Oeste por la escasa quebrada que
se desprende la cordillera del Avila. Lugar de doscientas
almas, es más solicitado por lo agradable de su clima que
por el cutlivo de su tierra.
Hace ya como cerca de doscientos cincuenta años que se
conoce este li gar con el nombre Maripere, contracción del
de María Pérez, que así se llamó la piadosa señora y rica
que empleó sus caudales en el ejercicio de la caridad, fundó
cofradías, acompañó al obispo Mauro de Tovar durante la
mañana y días que siguieron al primer terremoto de Cara­
cas en i i de junio de 1.641, y contribuyó con mano generosa
al socorro de las víctimas y a la reconstrucción de la cate­
dral de Caracas, arrasada por tan violenta catástrofe.
La actual Metropolitana de Caracas, que resistió el célebre
terremoto de 1.812, y ha sido modificada en diversas épocas,
fué, en los primeros años de los conquistadores y fundadores
de esta capital, 1.567 a 1.690, un miserable caney, simulacro
de templo en el cual se albergaron en 1.595 los filibusteros
ingleses de Amyas Preston, continuando así hasta mediados
del siglo décimo séptimo, época en la cual el derruido edi­
ficio amenazaba ruina. Concedida por real cédula de 1.614
la licencia que del Monarca impetraran los caraqueños para
refaccionar la iglesia parroquial, poco se había hecho para
conservar el edificio, cuando llegó de prelado en 1.640 el
obispo Mauro de Tovar. Animado andaba éste y aún había
reunido los fondos necesarios para dar remate a la obra ya
comenzada, cuando la naturaleza se encargó de echar por
tierra la primera Catedral de Caracas, la cual, para la época
de que hablamos, contaba cerca de setenta años.
La mañana del 11 de junio de 1.641 estaba despejada y
ningún signo infundía temores en los habitantes del poblado,
cuando a las nueve menos q. ince minutos violento sacudi­
miento de tierra hace bambolear los edificios, llenando de
escombros el limitado recinto. Gritos de espanto y de dolor
★ Cr ó n ic a de C aracas 89

se escuchan por todas partes, y vese a los moradores que


despavoridos huyen en todas direcciones. Dsede este momento
no hubo quietud en la ciudad, sino temores y lágrimas, que­
riendo huir los que habían sobrevivido a la catástrofe. Pero
mientras que unos abandonaban sus hogares reducidos a es­
combros, otros se ocupaban en salvar a los heridos y con­
tusos que habían quedado bajo las ruinas. Como la ciudad
era pequeña, a poco se supo que el número de muertos
alcanzaba a doscientos y a otro tanto el de los aporreados.
En los momentos de la catástrofe, el prelado, que estaba
en la obispalía, al sentir bambolear las paredes y crujir los
techos, escápase salvando dificultades y sale a la calle, donde
tropieza con parte de la muchedumbre que clamaba misericor­
dia. Sin turbarse y en medio de escena tan lastimera, el
obispo piensa en salvar la custodia- y se dirige a los escom­
bros de la Catedral. Entre las ruinas se abre paso y logra
al fin, con trémula mano, abrir el sagrario, saca la custodia
y se dirige a la plaza mayor, donde bendice a la muchedumbre
aterrada. Horas más tarde se levantó en este lugar una ba­
rraca de tablas, que sirvió de templo provisional durante
algunas semanas. Sin perder tiempo el obispo comenzó a
auxiliar a los moribundos y a socorrer a los necesitados.
El dinero que con este piadoso objeto fué conseguido entre
los sobrevivientes y el cabildo, sirvió para satisfacer las ne­
cesidades de los desgraciados, los cuales continuaron bajo el
amparo y amor del prelado. Acompañó al obispo en estos
días y ayudóle con constancia y eficacia una señora piadosa,
Doña María Pérez, corazón caritativo que dedicó su exis­
tencia al alivio de la orfandad y al culto de la religión.
Vinieron al suelo la vetusta Catedral, parte de los conven­
tos de San Francisco y San Jacinto, el nuevo de las Mercedes,
que figuraba desde 1638 en la porción alta, despoblada y
cerca del sitio donde más tarde se levantara el templo de la
Pastora, y el puente del mismo nombre, que atrajeron a este
sitio incremento de población.
Construida la nueva Catedral hubo de durar pocos años,
pues para 1664 amenazaba ruina, comenzando en esta época
la actual que fué rematada en 1674 y poco a poco amplián­
dose hasta nuestros días. Desde muy remoto tiempo figuró
en la Metropolitana, en la pared occidental del coro bajo
un retablo de brocha gorda, de regular tamaño, el cual re­
presenta el martirio de San Esteban. En el lado izquierdo
del lienzo y en el último término, vese al obispo Mav.ro que
conduce la custodia y va acompañado de una anciana. Re­
presenta esta escena al prelado virtuoso, tan sublime en los
90 B i b l io t e c a P opular V enezolan a ^

días del terremoto de 1641, y a la señora María Pérez, tan


abnegada como espléndida en la misma época. Este retablo
que según nuestras observaciones no fué colocado, sino cuan­
tío se reedificó por tercera vez la Catedral, 1664 a 1674,
trae su origen desde el pontificado de Mauro de Tovar, quien
juzgó que era necesario perpetuar en la memoria de los ca­
raqueños la de una mujer tan abnegada y espontánea, tan
caritativa y humilde, como lo había sido M aría Pérez para
sus compatriotas. La colocación del tal retablo, está cone­
xionada con un hecho, si se quiere vulgar, pero que exigía
cierta reparación de la sociedad caraqueña.
Vivía en Caracas en la época del obispo Mauro cierto ga­
llego, pintor de brocha gorda, insolente y desvergonzado por
hábito, pues no había hora en que de su boca no salieran
descomunales improperios, que letrado parecía en el estudio
de ciertas frases provinciales de Galicia y también de Cata­
luña y Andalucía. Por lo demás era Mauricio Robes hom­
bre cumplido y trabajador. Como en el oficio de pintor
tenia ya el gallego algunos años, y compradas eran sus obras
por mujeres piadosas e ignorantes, creyó que había llegado
el momento en que dos de sus pinturas pudieran exornar
los muros interiores de la nueva Catedral, y dando la última
mano a los lienzos, la huida de Egipo y la Oración de
Huerto, presentóse con éstos en cierta mañana a la obispalía
en solicitud del prelado. (1)
— Qué solicita D. Mauricio, preguntó el obispo a Robes,
tan luego como le vió en el corredor de la obispalía.
— Vengo a suplicar a Su Señoría. Ilustrísima me compre
estos lienzos que he concluido para adornar con ellos el
nuevo templo y que con tanta perseverancia levanta Vuestra
Señoría. Y Robes, desenrollando las dos pinturas las ex­
puso a la contemplación del obispo.
El Pastor, después de recorrer con la vista las obras y
de estudiarlas desde varias distancias, soltó una carcajada
estrepitosa y dijo al pintor: — “Amigo (2) esto es malo,
muy malo, malísimo” , y se retiró.

(1 ) E r a e s te h o m b r e s e c o , .e n e m ig o d e p r e á m b u lo s , la c ó n ic o y
v o lu n t a r io s o .
(2 ) L a p r im e r a o b is p a lía e n t o n c e s e ra la c a s a Ni* 13 q u e p e r t e n e c e
a la M e t r o p o lita n a y d o n d e e s t á el e s t a b le c im ie n t o m e r c a n til d e l s e ñ o r
R u íz . T o d a v í a s e c o n s e r v a n e n e l p a t io d e e s t a c a s a lo s m u r o s d e la
c a p illa p r o v is io n a l q u e s ir v i ó al o b is p o d e s p u é s d e l te r r e m o t o d e
1 6 4 1. L a s e g u n d a o b is p a lía , q u e e s la c a s a a c t u a l, f u é v e n d id a a l
c a b ild o e c le s iá s t ic o p o r el D e á n E s c o t o m u c h o s a ñ o s d e s p u é s . E r a
b a ja y c o m o la r e c o n s tr u c c ió n c o m e n z ó c o n la f á b r ic a d e l S e m in a r io
q u e le e r a c o n tig u o , h u b o d e p o n e r s e a u n a y o t r a , a r c a d a s b a ja s
a p r u e b a d e te rre m o to .
★ Cr ó n ic a de C aracas 91

Sin menear los labios Robes enrolló sus lienzos y dejó


la obispalía. A l salir a la calle le vino, sin duda, el recuerdo
de la piadosa y espléndida María Pérez, pues a la casa de
ésta, que estaba frente al convento de San Jacinto, dirigió
sus pasos. Hasta entonces el gallego estaba como espantado
y no sabía darse cuenta de la repulsa del obispo; pero al
llegar a la casa de Doña María, el pintor, como queriendo
desahogarse, refirió a la señora la escena de la obispalía,
coronando su narración con frases lisonjeras a la matrona,
la única que en Caracas era capaz de conocer el mérito de
aquellas dos pinturas. Pero María, ya fuera porque no le
era desconocida la estética, ya porque no quisera discrepar
de la opinión emitida por el obispo, después de haberlas es­
tudiado le dijo al gallego: — “pues amigo, esto es malo, muy
malo, malísimo” . El pintor, al verse sentenciado en segunda
instancia y perdiendo el aplomo que por respeto o por temor
había observado delante del prelado, estalló en esta ocasión
dejando libre curso a la lengua, que desató en las más gro­
seras expresiones.
A l escuchar tanto improperio, Doña María, con ademán
dijo al esclavo que hacía las veces de portero:
— “ Lanzad a ese hombre de la casa, por insolente y atre­
vido” . Y Robes, más que mohino, furioso, con paso apre­
surado, ganó la calle y llegó a su casa, después dé haber
conjugado cuantas frases sugirieron la venganza y el des­
pecho.
Dos meses después de esta escena, el pintor llamó a sus
vecinos y relacionados para que contemplaran un lienzo que
acababa de pintar y el cual, lo juzgaba como otra acabada,
digna de ser admirada. Robes había ideado un cuadro de
ánimas, dividido en dos secciones: en la de la derecha veíanse
las almas purificaas que eran sacadas de entre las llamas por
ángeles y serafines; en el de la siniestra retorcíanse los pe­
cadores, y todos llamaban la atención por las gesticulaciones
de los semblantes y la desesperación que parecía torturar­
los. En un rincón del lienzo descollaba una anciana con los
ojos salidos de sus cuencas, colgaba la lengua de la boca,
brotaban de las ventanas de la nariz chorros de fuego, pen­
dían de su cuello sartas de onzas de oro, mientras que los
brazos enjutos y descarnados se iban retorciendo; lo que
daba a esta figura un carácter repelente y monstruoso. Sin
qucí el pintor hubiera dado a nadie explicación de su obra,
los curiosos del pueblo creyeron encontrar en el tipo mons­
truoso del purgatorio, la caricatura de María Pérez; y si
se sonrieron al ver la travesura de Robles, en voz baja mur­
92 B i b l io t e c a P opular V enezolan a

muraron y reprobaron venganza tan injusta como ruin, por


ser la piadosa señora amada y venerada de todo Caracas, ( i)
Mala salió la chanza al de Robes, pues hubo de salir de
Caracas lanzado por el prelado, entonces con más poderío que
la autoridad civil. Instalado en un pueblo de los llanos,
abandonó el gallego el arte, para dedicarse a la industria de
sastre y morir después de haber pasado muchos años de
pobreza.
Tan luego como fué colocado en la Catedral el retablo
que representa el martirio de San Esteban, con el único ob­
jeto de conmemorar los servicios de María P ére z; agrade­
cido el cabildo esclesiástico a cuanto por la iglesia había
hecho tan piadosa señora, dispuso desde 1674 que en las
fiestas de la Purificación y de la Inmaculada Concepción,
así como en la conmemoración de los muertos, en todas
ellas se pdiera a Dios por el alma de María Pérez y de sus
parientes difuntos. Durante dos siglos así lo hizo la Cate­
dral de una manera ostentoria. Sábese que noviembre es el
mes en que la iglesia católica conmemora a los muertos. En
Caracas el día 1 de este mes está dedicado a todos los di­
funtos, sin distinción de nacionalidades; el 2 corresponde a
los obispos y arzobispos; el 3 a los canónigos y el 4 a Mar-
ría Pérez. Hasta ahora veinte años esta última fiesta se ha­
cía de una manera solemne, pues se colocaba un mausoleo
en la nave central de la Metropolitana, celebraban las altas
dignidades del cabildo, y buena orquesta acompañaba a la
misa de difundos. Y a tal grado llegó la veneración a la
noble protectora de la Catedral, que entre las mesas que se
colocaban el Jueves Santo en la puerta mayor del templo
para pedir por las ánimas, por el monumento, cofradías, etc.,
se distinguía una en la cual se pedía dinero por el alma de
María Pérez. Tales hechos motivaron que la gente del pueblo
llamara los días 4 de noviembre y Jueves Santo, días de áni­
mas ricas, para distinguirlo de los de las ánimas pobres que
en pelotón entraban en la fiesta del 1 de noviembre.
Lentamente y a medida que la renta que proporcionara el
caudal de María Pérez iba menguando, fué cesando también
el fervor de la Iglesia en favor de su protectora, sobre todo
después que desapareció el Rev. Vaamonde, de grato re­
cuerdo por sus virtudes eximias y nobles antecedentes. Y

(1 ) E n t r e lo s n u m e r o s o s lie n z o s p in t a d o s q u e e x is t e n e n C a r a c a s ,
s ó lo u n o lle v a el n o m b r e d e R o b e s . L e v im o s a h o r a a ñ o s e n la
p a r r o q u ia d e C a n d e la r ia . R e p r e s e n t a b a a J e s ú s e c h a n d o d e l te m p lo
a lo s m e r c a d e r e s : n o s p a r e c ió la p in t u r a t a n m o n s t r u o s a q u e n o
a lc a n z a m o s a e x p lic a r n o s c ó m o p u d o e l p in t o r v e n d e r t a le s o b r a s .
★ C r ó n ic a de C aracas 93

gracias que se cante una misa el 4 de noviembre de cada


año en honor de la que tanto hizo en beneficio de sus se­
mejantes.
No recordamos dónde hemos leído, que en cierta ocasión
un hombre algo timorato interrogó a un abate ilustrado acerca
del tiempo que las almas que habían cumplido en la tierra
con sus deberes .permanecerían en el Purgatorio antes de
llegar a la presencia de Dios. El abate contestó con natu­
ralidad : “ La purificación de las almas, dijo, puede necesi­
tar de instantes, de horas, de semanas, de días y de años;
pero os advierto q; e los días de la Eternidad son en esta
tierra siglos y que el ser purificado necesita serlo más y
más, antes de llegar al seno de la Eterna Recompensa”. Si
María Pérez llevó al morir el rico haber de virtudes que le
concedieron y conceden sus compatriotas, es de presumirse
que después de haber pasado doscientos y más años de su
muerte, y gozado durante este lapso de tiempo de las ben­
diciones y oraciones de la Iglesia, haya alcanzado la felicidad
eterna. No hay pues que extrañar que hayan concluido las
fiestas de las ánimas ricas, después que desapareció el ca­
pital.
María Pérez se aleja, pero Maripere, continúa. ¡ Qué dis­
tante estaba la señora cuando durante gran porción del siglo
décimo séptimo en que vivió en su estancia sembrada de
sabrosos frutos, de que tres siglos más tarde pasaría por
el frente de su mansión predilecta una máquina humeante,
tronadora, la locomotora, en fin, del Este, que al llegar a
este lugar deja oír el silbato y el grito del conductor que
dice: M A RIPER E.
Maripere es el recuerdo constante de un alma virtuosa que
dejó en la tierra nombre venerado, luminosa estela.
EL C U A D R IL A T E R O H ISTO R IC O

La ciudadela, o. mejor dicho, el cuadrilátero comprendido


entre la Plaza d e • Altagracia y la esquina de Maturín y las
de Traposos y la Bolsa es el lugar de la ciudad de Caracas
donde se han verificado los más notables acontecimientos de
nuestra historia, en los días de la colonia y de la indepen­
dencia. Doce manzanas comprende este recinto, y en ellas
están las ruinas de la primera casa,que edificó Losada: el
primer templo que levantó éste, San Sebastián,- llamado des­
pués Mauricio; los dos más antiguos conventos de monjas;
el palacio de los Capitanes generales; la Audiencia; la In­
tendencia ; la Cárcel rea l; el Ayuntamiento o casa Munici­
pal; la Universidad; el Seminario Tridentino; la Catedral
con su cementerio y prisión para eclesiásticos; la Tesorería
real; los almacenes y oficinas de la Compañía Guipuzcoana;
la Tercera o venta del tabaco; la casa de los Jesuítas; la
casa donde se instaló el Congreso constituyente de i 8 i t ; el
primer teatro real; las oficinas de la primera imprenta en
Caracás; el Arzobispado; la casa donde se instaló Humboldt;
y últimamente la casa donde nació Bolívar; su casa patri­
monial, a la cual llegó en 1827; y el templo en que están sus
restos y la plaza en que se verificó su apoteosis.
Dos conventos de frailes con sus respectivas plazuelas li­
mitan esté hermoso cuadrilátero al Sur-este y al Sur: él de
San Jacinto y el de San Francisco. En el uno aparece en
1812, en los momentos de la gran catástrofe que derribó las
dos terceras partes de la ciudad, aquel Bolívar, carácter im­
petuoso, voluntad de hierro, hombre de acción, quien, des­
pués de socorrer las .víctimas y salvarlas de la muerte, se
presenta en la plaza del templo y hace que descienda de la
cátedra sagrada el eclesiástico que pintaba a la muchedumbre,
toda aquella catástrofe, como uu castigo del cielo” . “En el
mismo día y a la misma hora en que hace dos años, con
sacrilega mano quitasteis el bastón al. representante del Rey,
dijo Dios, “no quiero templos” , y la, tierra conmoviéndose
arruina vuestros hogares, sacrifica vuestras familias, 'sepulta
vuestros tesoros y os sumerge en la orfandad, para castigar
vuestra desobediencia y vuestra infidelidad el más generoso
y bueno de los Reyes”. A sí principiaba el Padre Sosa, espí­
★ Cr ó n ic a de C a racas 95

ritu realista, en la cátedra improvisada en medio de la deso­


lación y del pavor, cuando Bolívar le interrumpe y le im­
pone silencio. ¡ Qué contraste entre eítas. frases del orador
sagrado, al pintar la cólera de Dios, y estas otras del fogoso
mancebo! “Si la . naturaleza se opone a nuestra independen­
cia, la venceremos y haremos que nos obedezca”.
Un año después, este ihisnío pueblo por medio de sus
delegados discernía a Bolívar en el templo.; de San Francisco
el título de L IB E R T A D O R ; y veintinueve años más tarde, #<
en este mismo recinto era recibido Bolívar, ya muerto, con
los honores del triunfo. Había fundado,'-la independencia de
la América del Sur después de sacrificios y de luchas heroi­
cas ; había vencido a la naturaleza y a los hombres.
Frente al derribado templo de San Jacinto está la casa
que habitaba actualmente la familia Madriz: en esta casa
nació Bolívar en 1.783. A l lado, hacia el Norte, está la que
sirvió de Audiencia a principios del siglo. Había en la puerta
de ésta una campana de la cual pendía una cadena de hierro;
el culpable, que al ser perseguido tiraba de la cadena quedaba
bajo el amparo de la Audiencia, y .nadie podía tocarle. Sólo
dos templos tuvieron este privilegio; la Catedral y Altagra-
cia, y hubo ejemplos en que la justicia quedó en las puertas,
mientras los culpables fueron a arrodillarse delante del santo
de su devoción. Mas, hubo todavía una casa particular a la
cual se le dispensó esta gracia concedida por los monarcas
de España, y fué la de la familia Arguinzones, ya extinguida,
que vivió en la esquina del mismo nombre, hoy llamada es-
quina de Maturín.
Esta esquina de Arguinzones o de( Maturín tiene todavía
más celebridad: en ella construyó el fundador de Caracas,«,
Diego de Losada, su primera casa circundada de hermosos
corrales. De manera que el lado oriental del cuadrilátero
histórico está limitado en sus extremos Norte y Sur por dos
casas célebres: la que fundó Losada, hoy en escombros, y
aquella en que nació Bolívar.
En esta misma esquina y en parte del. templo masónico
estuvo la casa del Regidor Valentín Ribas, hermano del Ge­
neral Ribas, ambos de la conjuración del 19 de abril. En
esta casa se reúnen por última vez en la noche del miércoles
santo, los conjurados, y de allí salen para desempeñar cada
uno su cometido. ¡ Cuán adversa se ostentó la fortuna para
muchos de aquellos hombres tan llenos de esperanzas! Sin
ocuparnos de los más, recordamos la suerte de los hermanos
Ribas. Aquella mansión honorable desaparece en el terre­
moto de 1812, y dos años después, en 1814, los soldados dé
9ó B ib lio te c a P o p u la r V e n e z o la n a ir

Boves cortan al general José Félix Ribas la cabeza, en el


valle de la Pase. a. que conducida por los vencedores como
un trofeo de guerra, la colocan en una jaula en el camino
de La Guaira. Más después en 1815, el Capitán general Moxó
ofrece cinco mil pesos por la cabeza de Valentín Rihas: uno
de sus asistentes, fiel hasta entonces, lo sabe, y ansioso de
recibir el premio ofrecido asesina inicuamente a su amo en
el hato de Camatagua, córtale la cabeza y se presenta con
ella a recibir el galardón. Comprobada la identidad, Moxó
mandó entregarle la suma ofrecida. No fueron estas des­
gracias las únicas que en aquellos días de sangre tuvo esta
fam ilia; en la misma época en que al golpe de la cuchilla
realista caían los pescuezos de José Félix y Valentín Ribas,
s'. cumbian a lanzasos sus hermanos Juan Nepomuceno y
Antonio José, víctimas igualmente de las pasiones políticas
y de la onda vertiginosa que debía sepultar en sus antros,
familias enteras, propiedades y pueblos.
En los actuales edificios del Ministerio de Guerra y del
Parque estuvieron las oficinas de la célehre Compañía Gui-
puzcoana; y en el actual Ministerio de Hacienda la Tesorería
real: mientras la factoría del tabaco, llamada la Tercera se en­
contraba en el actual jardín del Casino.
L a casa de la Tesorería rea] nos recuerda una aventura
grotesca que pasó a un intendente español que en ella vivía
a íines del pasado siglo. Hombre de c. ltos modales y de
fina conversación, era el intendente, a la par que muchacho
de aventuras y de escalamientos nocturnos. Vivía a la sazón
en la esquina de la casa limítrofe con la Tesorería, la res­
petable matrona señora Mercedes Pacheco de Galindo, mu­
jer de espíritu cultivado, y de gracia y donaire en su con­
versación. El intendente visitaba es esta casa, en la cual era
siempre recibido con los honores debidos a la posición o fi­
cial qeu representaba; pero una vez, desde su ventana llegó
a divisar una de esas caras simpáticas para quienes la luz
del sol no llega nunca directamente sino velada por la som­
bra de los jardines interiores. El intendente estudiando la
topografía de sus vecinas había sorprendido esta beldad,
allá en el boulevard de la casa de la señora, y no titubeó en
llamarla y ponerse al habla con ella.
Declararse y ser correspondido todo fue obra de muy
pocos días: mas imposibilitada María para salir, tuvo al fin
el intendente que aceptar el papel de escalador. Todo conti­
nuaba sin que nadie se apercibiese de aquella aventura, hasta
que avisada la señora Galindo de que por el fondo del jardín
se desprendía con frecuencia una sombra, y sabedora la ma-
★ C r ó n ic a de C aracas 97

trona de quien era el nuevo Romeo, se decidió a sorpren­


derle. Preparóse al efecto, y reunindo algunos hachones y
faroles que debían llevar sus sirvientes, aguardó. Cuando
uno de sus espías le notificó, en una noche, que ya la som­
bra había descendido, hizo al instante encender los hachones
y faroles, iluminó sus salas y corredores, y con toda la as­
tucia de una mujer resuelta a dar una lección a su visitante,
se presentó de repente en la puerta del jardín, sin dar tiempo,
al intendente para huir.
— ¿ V o s por aquí, señor intendente? parece que habéis ol­
vidado la puerta de esta casa, dijo la señora llena de sonrisa.
— ¿Señora, por Dios os s u p lic o ..., contestó el intendente
todo turbado.
— Calmaos, señor, pues no vengo en son de guerra. H e
hecho iluminar toda mi casa para recibiros, y como el ja r ­
dín está oscuro, vengo acompañada de mi servicio para con­
duciros a mi sala.
— Señora, os suplico por lo más sa n to ...
— No, intendente: nada de extraño tiene esto; es tan fácil
equivocarse y trocar el jardín por el zaguán! L a juventud
sufre con frecuencia estos extravíos voluntarios, y por
eso nos pertenece a nosotras las ancianas guiarla en estos
trances difíciles. Venid, tened la bondad de ofrecerme vues­
tro brazo y yo os guiaré. El deber de una señora como yo
es rendir homenaje a vi.estro rango y a vuestra respetabi­
lidad. Y a ningún caballero le será permitido el entrar a
mi casa salir de ella por tras corrales. ¿Qué diría el R ey?
El intendente confuso, sin poder hablar y lleno de despecho
bajó sus ojos, y ofreciendo maquinalmente el brazo a la se­
ñora, pasó por en medio de dos alas de servientes, quienes
con sus hachones y faroles simulaban un entierro nocturno
en el interior de una familia.
Cuando llegó el intendente a la puerta del zaguán, sin
perder sus modales distinguidos, inclinóse con reverencia de­
lante de la señora, quien con serenidad y sonrisa le d ijo :
“ Hasta mañana, señor intendente, buenas noches”.
Frente a la Tercena está, la casa que fundaron los jes; ítas
en el siglo pasado, única casa que tiene Caracas construida
a prueba de terremotos. Esta casa sirvió a principios del
siglo como plantel de educandas y más tarde de cuño y tea­
tro, pues había desaparecido en 1812 el único que tenía Ca­
racas en la esquina del Conde.
L a hermosa casa que habitaron oficialmente los antiguos
capitanes generales está en la calle de Carabobo (almacén
actual de Sola y CQ). D e los tres últimos representantes
7
98 B i b l io t e c a P opular V enezolan a -jAr

del R ey de España en Venezuela, dos de ellos nos dejaron


sus huesos y el tercero su m em oria; el mariscal Carbonel
que murió en 1804 y fué enterrado en el templo de las M on-,
jas Carmelitas, y el mariscal G uevara y Vasconcelos que
murió en 1807 y está enterrado en el templo de San Fran­
cisco. P o r lo que toca al mariscal Emparan, los revolucio­
narios del 19 de A bril tuvieron a bien embarcarle para los
Estados Unidos de Am érica. Ignoramos cuál fué la suerte
de este triste mandatario.
A l Su r de la casa de los capitanes generales, en la es­
quina de Sociedad, casa actual del almacén de F . P ayer, se
instaló la Sociedad patrótica en 1811. D e aquí el nombre
dado a esta esquina.
M ás al N orte de la casa de los capitanes generales estuvo
la Intendencia, no la casa patrimonial de B o lív a r; esta casa
la habitó el Libertador la última vez en que visitó a Caracas
(1827) y más después en 1830 sirvió de casa oficial al G o­
bierno de Venezuela. A l frente y hacia el S u r de la casa
episcopal está la casa que sirvió de imprenta en 1810 bajo
la dirección de Baillio y C®. L a primera casa de imprenta
estuvo en la plazuela de A ltagracia y más después frente a
la puerta N orte de Catedral. Q uizá nada queda hoy de las
prensas introducidas en Caracas en 1808.
En la actual esquina del Palacio del Gobierno había dos
casas contiguas: la Cárcel real que ocupaba el ángulo y tenía
rejas de prisión a uno y otro lado, y la casa del A yunta­
miento (hoy M in isterio' de Relaciones E xteriores) que estaba
hacia el Sur con un balcón corrido y dos de tribuna. D e la
una salían los patriotas prisioneros que debían ser fusilados
en la actual P laza B olívar durante la guerra a muerte: la
otra nos recuerda la revolución de 1810 con todos sus por­
menores, y sobre todo a M adariaga presentando a Emparan
en el balcón del centro ante la muchedumbre apiñada en la
calle. Fué Emparan el E C C E -H O M O de aquel solemne día.
Como hemos dicho, la Sociedad patriótica tuvo sus sesio-.
nes en la esquina de la Sociedad, mientras el Congreso cons­
tituyente de 1811 se instaló en la casa del conde de San Ja­
vier, esquina del Conde. Esquina de los Condes debía lla­
m arse este lugar, pues frente al de San Javier vivía el de
la Granja y más al N orte del primero ,el de T ovar. N o fué
Caracas colonial tan rica en condes y marqueses como en ge­
nerales y doctores la Caracas republicana. P ara tres condes
hubo cuatro marqueses y muchos caballeros de distintas
órdenes.
★ C r ó n ic a de C aracas 99

En la casa de alto del conde de T o v a r celebróse la jura


de Carlos IV , a fines del siglo pasado. En el banquete que
dieron los notables de Caracas, el mantel de la mesa consistía
en vidrios1 de espejos unidos. ¡Q u é antítesis entre esta abun-
dencia de luz por dentro, mientras afuera no había ni ins­
trucción pública, ni imprenta, ni bibliotecas! (*)
Puede considerarse la P laza B olívar como el centro del
cuadrilátero h istó rico ! y en ningún lugar de Caracas se aglo­
meran los hechos como en este recinto, en que cada uno de
los edificios que lo circundan trae a la memoria escenas de
júbilo y de dolor, episodios lúgubres, gritos de vida o de
muerte.
Cuando sentados en algunos de los bancos de este jardín,
en cuyo centro descuella la estatua ecuestre del Libertador,
se detiene nuestra mirada en los edificios del contorno, ¡ cuán­
tos recuerdos se agolpan entonces a nuestra m em oria! A sis­
timos a las escenas del 19 de A bril de 1810, a los días inde­
finidos de 1811, a la desgracia de M iranda en 1812: escu­
chamos los gritos de la población y vemos los edificios que
se desmoronan, cuando al sacudimiento violento de la tierra
acompañado de ruidos pavorosos, se lanzan a la calle las
familias, y los ayes de los moribundos se mezclan con los
alaridos de los que huyen, y el aire se puebla de ecos lasti­
meros, de revelaciones lanzadas a la luz pública, y también
de imprecaciones y blasfemias contra los revolucionarios
de 1810.

(* ) L o s C ondes e ra n : el de T o v a r (M a rtín de T o v á r y B la n c o )
esquina de las Carm elitas-: e l de la G ra n ja (F e rn an d o A sc a n io ) casa
actu al del S r. B o u lto n : e l de San Javier (A n to n io P a ch eco ) casa
de los So ló rzan o s. L o s M arqueses lo s sigu ien tes: el del T o ro (F . R o ­
d rígu ez del T o ro ) n u ev a casa del señor general M in c h in : el de
M ijares (J. B . M ija re s) casa actu al del señor H . V a le n tin e r: el de
la casa L e ó n (A n to n io F ern án d ez L e ó n ) establecim ien to del “ In d io ” :
el del V a lle (José M ig u el B e rro tearan ) establecim ien to de A sten g o
y Co. D e esto s siete titu lad os sólo dos se in corp oraron a la cau sa
de los p a tr io ta s : el M arqu és del T o ro y el C on d e de T o v a r. E l resto
perm aneció en las filas realistas. T o d a s e stas casas ten ían en la
puerta el sello de sus arm as lo m ism o que m uch as de las de los
caballeros p erten ecien tes a órdenes españolas. T o d a v ía se ven algunos
blasones en las casas an tigu a s, com o en el C o leg io de C lfavez, en la
E sq u in a de L la g u n o , en la casa fren te al P arqu e, en la Im p ren ta
N acio n al, en el A lm a cé n de la “ R ea lid a d ” , etc ., etc.
P o r lo que to c a al escudo de arm as de la an tigu a ciudad de San ­
tiago de L e ó n de C a racas, el cu al esta b a en tod as las casas M u n ici­
pales, sólo se en en en tra h o y sobre dos fuen tes p ú b lic a s : la de San
Ju an y la ex tin g u id a de la esquin a de M uñ oz. C o n sistía el escudo
en un león p ard o ram pante en cam po de p lata y entre sus b ra zo s
un a vcneira de oro con la C ru z de S a n tia go , y por tim bre un a co ro n a
con cin co puntas de oro.
100 B ib l io t e c a P opular V enezolana

¡ Cuántos recuerdos río despierta ese templo que destruido


por un terremoto en 1641, se levanta para resistir un se­
gundo choque en 1812! Su torre rebajada no dirá a las
futuras generaciones que los habitantes de Caracas quisieron
ser cautos sino que el arte arquitectónico de entonces era
un estigma.
En ese templo se ha festejado el advenimiento de los re­
yes y el nacimiento de los principes, y se ha llorado (al me­
nos en apariencia) la muerte de los unos y de los o tr o s :
en ese templo festejó la revolución de 1810, en 27 de abril,
sus triunfos, y celebraron más después los suyos los gobier­
nos de 1811 y de 1812. A este templo llegaron Monteverde,
y después B olívar y después Boves, M orillo, M oxó, etc., etc.
Realistas y republicanos, amigos y enemigos, todos los ban­
dos políticos han celebrado en él sus triunfos. A fortunada­
mente el Dios de los ejércitos a quien van dirigidas todas
las preces humanas, no tiene colores políticos, y escucha a
todos para ser justiciero e inexorable.
H a desaparecido ya en su exterior la antigua casa del A yu n ­
tamiento, en cuyo lugar ostenta hoy su fachada elegante al
estilo moderno, el Ministerio de Relaciones Exteriores. T ra s
de esas blancas paredes se siente el murmullo de la discu­
sión en la mañana del 19 de A bril, mientras en la plaza y en
las calles los conjurados aguardan entre la duda y la espe­
ranza. ¡ Cuántos pormenores aún ignorados en la historia
de este día!
¡ Cuántos episodios verificados en esta P laza B o lív a r ! E l
ángulo donde está la estatua del estío era el lugar designado
para la horca y para el fusilamiento de los reos políticos.
P o r muchos años en el tiempo de la colonia, existió en este
lugar, de la plaza un botalón pintado de verde, con una ar­
golla de la cual ataban las manos de los delincuentes conde­
nados al castigo de azotes. H abía azotes con dolor que se
aplicaba como castigo, y azotes sin dolor (como un ju ego )
que se infligían a los condenados a la vergüenza pública.
L os patriotas principiaron los fusilamientos políticos en la
plaza de la Trinidad en 1811 y después continuaron patriotas
y realistas en la Plaza Bolívar, durante los días de la R e­
volución.
En el lugar donde está la estatua se quemó en 1806, por
mano deL verdugo, el retrato del general Miranda, sus pro­
clamas y el hermoso j ^ | f i 3í ^ r ic o lo r ;, que había traído al
frente de su eXpedtóioh.' Cinctí^áñps mas tarde, en el mismo
lugar, se reunía Mirraulá- ^íco:np;¡ña¡l() de todos los ciuda­
danos de Caracas "pára fgS^ejar el primer aniversario del 19
★ C r ó n ic a de C aracas 101

de A bril de 1810. A l lado del viejo girondino se destacaba


la bandera tricolor que conducían tres jóvenes distinguidos
de aquella época: Lorenzo Buroz, José V argas y Pedro P.
Díaz. El primero debia ser en ese mismo año una víctima
gloriosa de la Revolución, los otros dos debían figurar en
los últimos días de Colombia.
¡ Qué júbilo en esta plaza en los dias de 1813, y sobre todo,
aquel en que la procesión ordenada por Bolívar conducía
a la Catedral de Caracas el corazón de G ira rd o t! Tan luego
como la com itiva se divisa en la cercanía de la capital, los
templos echan a vuelo las campanas, la muchedumbre llena las
calles y las casas se visten de duelo y de gala. Fué una
verdadera ovación con los honores de funerales, un Viernes
Santo con vestido de Pascua, una farsa política que todos
aceptaron a lo serio, menos Bolívar, único autor de esta pro­
cesión singular, desde Valencia hasta Caracas.
¡ Quién salvará este pobre corazón que viaja como el de
los antiguos cruzados, muertos en el combate, cuando todos
los patriotas huyan y quede Caracas a merced de las hordas
salvajes de B oves!
Cuando lleguen los días lúgubres de 1814; cuando a B o ­
lívar, perdido por todas partes y estrechado por los realis­
tas, no le quede sino Caracas para defenderse. ¿ Quién nos
describirá esos primeros días de Julio, cuando aquel hombre
templado por el infortunio apele a las medidas extremas como
domine como única tabla de salvación en medio del naufragio
general? Una noche, en ese mismo lugar donde está su es­
tatua, habla a los padres de fam ilia congregados en torno
suyo y les pinta la situación con todos sus horrores y les
promete defenderla con todas sus fuerzas. Había perdido
en los campos de batalla la flo r de la juventud caraqueña
que había sacado de los claustros universitarios: había visto
desaparecer todo su prestigio de 1813; encontrábase sin re­
cursos, sin soldados, sin caballos, solo, solo; y sin embargo,
quería todavía combatir y defenderse. Desde esa plaza o r­
dena abrir los pozos de la ciudadela que le servirán de últi­
ma trinchera. Las obras principian; mas una inspiración
parece que lo detiene, y en lugar de la defensa imprudente
que hará de Caracas una necrópolis, ordena la huida. Triste
mañana aquella en que el cañón anuncia a la ciudad la hora
de la fuga. En esa plaza se reúnen las familias que debían
partir y también aquellas que debían quedarse, para hundirse
ambas en torrentes de lágrimas, en presencia de los prime­
ros albores del crepúsculo bello como siempre y como siem­
pre indiferente a todas las desgracias humanas.
102 B ib l io t e c a P opular V enezolana

Previsivo anduvo el prelado Coll y P ra t después de la


salida de Bolívar, al sacar el corazón de Girardot del pie
del altar m ayor donde estaba enterrado para depositarlo al
lado del cementerio de la misma iglesia. V ió a lo lejo s la
tempestad que debía desatarse y tomó posiciones. A los po­
cos días una avanzada de Boves, al mando del comandante
González, hombre de buena índole, aparece por el camino
del Valle. Insubordinados aquellos hombres feroces y sin
que su je fe pudiera contenerlos del todo, asesinan inicua­
mente en el camino al conde de la Granja y al señor Joaquín
Marcano que iban en comisión por el real servicio.
A poco se presentan en el palacio arzobispal dos de los
oficiales de aquel Cuerpo de vanguardia, y manifiestan al
prelado el proyecto de pasar a cuchillo las fam ilias de la ca­
pital, excepto a aquellas que se refugiasen en el palacio.
C oll y P ra t se indigna al escuchar tan horrorosos proyectos,
y sin perder la calma, trata en medio de la reunión que le
acompaña, de domar aquellas fieras salvajes. En esto apa­
rece en palacio el infame Rósete, de las tropas de Boves, y
reclama del Prelado el corazón de Girardot. P o r una causa
que ignoramos, una polémica se establece entre los oficiales
de González y R ósete; tírase de las espadas en presencia
del Prelado, y ya Rósete iba a ser víctima de sus compañe­
ros, ya su cabeza iba a rodar en la alfom bra de la sala,
cuando Coll y P rat logra arrancar la víctim a de la manó
de susjsesinos y la oculta en uno de los dormitorios del pa­
lacio, mientras los oficiales feroces de Boves continúan en
sus propóitos en medio de la concurrencia que ha llenado las
salas del arzobispado. De nada sirven las observaciones de
los hombres de orden que acompañaban al Prelado, de nada
los conesjos y súplicas de éste, cuando Coll y P ra t lleno
de noble dignidad y armado con esa fuerza interior que sos­
tiene la conciencia y da la justicia, apostrofa a aquellos bár­
baros, les domina, y hace que le obedezcan. L a tempes­
tad cesó.
En estos instantes fué cuando Coll y P ra t envió un emi­
sario a Boves para que apresurase su entrada a la capital,
expuesta a los horrores de su vanguardia, insubordinada y
desobediente a las órdenes del je fe González.
Boves llega a Caracas el 6 de Julio y el A rzobispo le re­
cibe con todos los honores. Su primrea exigencia es recla­
mar del Prelado el corazón de G irardot; pero tan luego
como Coll y Prat se explica, Boves desiste de su propósito.
Pocos días después, Juan “N epomuceno Quero, implacable
enemigo de los patriotas, es nombrado por Boves Goberna­
★ C r ó n ic a de C aracas 103

dor de Caracas. A l instalarse, el i® de A gosto, su primer


deseo es reclamar el corazón de Girardot. N uevo trance para
Coll y Prat, del cual debia salir airoso.
“ Mañana a las 10, escribe Q uero al Arzobispo, con fecha
2 de A gosto, entregará U. S. I. el corazón del traidor G irar­
dot en la puerta m ayor de la Santísima Iglesia M etropoli­
tana, donde impíamente se halla colocado, al verdugo y acom­
pañamiento que tengo dispuesto para recibirlo y darle el des-
tnio que merece.
“ P ara satisfacción del público conviene que en el acto de
la entrega se áirva U. S. I. manifestar a los espectadores,
con aquella influencia y energía que le son características y
el caso exige, lo escandaloso de aquel hecho incompatible
con la inmunidad del santuario y que sólo podía haber per­
mitido U. S. I. a la fuerza y tenacidad del monstruo Bolí­
var.— Juan Nepomucero Quero’’ .
N o se hizo aguardar Coll y Prat, y al siguiente día con­
testó a Quero de una manera terminante que no dió ocasión
a nuevos reclamos. E l corazón de Girardot no estaba ya al
pie del santuario sino al lado del cementerio. L a previsión
de Coll y P ra t había salvado a Caracas de un hecho igno­
minioso que al realizarse, habría manchado al carácter na­
cional, pues era Quero venezolano al servicio de los realis­
tas. Estaba escrito, por otra parte, que un realista, el P r e ­
lado, enemigo constante de la revolución a la cual hostilizó
con todas sus fuerzas, con toda su conciencia, con todas
sus más puras convicciones, fuera el hombre que salvara a
Caracas en los días críticos de Boves, sin rebajar su dignidad
caballerosa, sin mancharse como varón justo, sin faltar a la
noble misión de su apostolado. Coll y P rat fué un enemigo
noble y definido que, ni patrocinó los ultrajes, ni alimentó
las venganzas, ni acrecentó los odios que hacen del enemigo
político una víctima y de cada verdugo una hiena.
A la izquierda del Palacio arzobispal está el Seminario
Tridentino. En la capilla de este instituto se firm ó en 1811
el acta de nuestra independencia, y se celebraron himnos a
B o lívar en 1842.
H e aquí los episodios ignorados que nos recuerda cada
uno de los edificios que circundan la P laza Bolívar, centro
del cuadrilátero histórico. E sta plaza, hoy jardín y paseo
público, fué una charca de sangre, un lugar de patíbulos y
üe escarnio y también de júbilo y de alabanzas. P o r ella
han pasado las generaciones de tres siglos, los magnates de
lo pasado, los adalides de la guerra magna, los defensores
del realismo. En ella ha flameado la bandera de Castilla y
104 B ib l io t e c a P opular V enezolan a £

la de Colombia y de Venezuela. Desde Losada hasta Oso-


rio, desde Ricardos hasta Vasconcelos, como representantes
de los Reyes de España hasta Carlos I V ; y después, desde
Emparan, la Junta de 1H10, Monteverde, Miyares, Cajigal, y
M oxó hasta Morillo como representantes de Fernando V I I ;
desde el Constituyente de 1R11 hasta Miranda y Bolivar con
todos sus tenientes, representantes de la emancipación vene­
zolana, todos han pisado este recinto célebre, y todos han
dado páginas a la historia de A m érica; mas sólo a uno estaba
reservado llegar a la más brillante eminencia, a las regio­
nes del g e n io ... ¿Quién es, dónde e s t á ? ... A l lá . . . en el
templo, de pie sobre s is despojos humanos: a c á . .. en la
plaza, sobre el caballo que él conduce en dirección de esta
Am érica que pregona su gloria inmortal.
UN LAZARETO AMBULANTE

El viajero que contempla, desde cualquiera de las colinas


que circundan, por el Este, Sud y Oeste, el panorama de Ca­
racas, tiene que posar las miradas sobre un montón de rui­
nas que en la dirección del Noreste, se levantan al pie de
la cordillera del Avila.
Desde el terremoto de 1812, que destruyó gran porción de
la ciudad, figuran estos escombros por el tiempo ennegre­
cidos, cubiertos de yerbas silvestres y llenos de grietas que
sirven de asilo a animales rastreros, dueños feudales del te­
rreno. De seis años a esta parte, las ruinas han perdido mu­
cho de aquella originalidad que caracteriza a los edificios
derruidos, abandonados por el hombre, pues ha sido techada
la porción izquierda, donde mora el excelente italiano que,
en aquel sitio pintoresco, cultiva el árbol de la morera y el
gusano de seda.
El pueblo de Caracas llama a aquellos escombros Sán
Lázaro nuevo, para distinguirlo de San L ázaro viejo, el pri­
mitivo hospital de Lázaros que estuvo en el remate de la
Calle Este 6, en el sitio llamado Hoyada de San Lázaro. En
efecto, al pie del A vila, por los años de 1780 a 1781, estuvo
el hospital de San Lázaro nuevo, por haber sido transportado
del lugar que ocupaba en la H oyada desde 1753. T orn ó de
nuevo a este lugar desde 1795, quedando el viejo hospicio
para casa de huérfanos, con el título de R eal A silo de Niños
H u érfan o s; título que heredó igualmente el nuevo edificio
al ser desalojado. Mas, como ni en una ni en otra ocasión
pudo realizarse el deseo del Monarca, San Lázaro nuevo, con
el sobrenombre de Casa de Real A silo, fué convertido en
lugar de recreo y de parranda de los primeros mandatarios
de la colonia venezolana. A los veintinueve años de haber
sido destruido, en parte, el edificio, por el cataclismo de 1812,
se establece en esta área de manera transitoria, el cultivo
de la morera, el cual vuelve al mismo lugar cuarenta y un
años más tarde. ¡ Cosa singular! Regresaban la morera y
su gusano a los seis años en que, por segunda vez, los po­
bres Lázaros dejaban su sitio predilecto de la Hoyada, para
fijarse, no en el lugar de las ruinas, sino a poca distancia,
en la dirección del Este.
106 B ib lio t e c a P o p u la r V e n e z o la n a -fc

Departamos acerca de la historia de estas ruinas, de este


lazareto ambulante, que pasa de la H oyada al pie del A vila,
y vuelve a la H oyada para tornar de nuevo al pie de la
montaña.
Departamos acerca de esta casa de Real A silo , lugar de
recreo y de orgia de los antiguos gobernadores españoles, asi­
lo en dos ocasiones del árbol de la m orera y de su rico g u ­
sano. ¿Q ué nos- dicen esos muros sobre los cuales prospe­
ran arbustos silvestres? N o s hablan de la grandeza y de la
miseria de generaciones que reposan en la tumba, de revis­
tas militares, de banquetes y festines, a los cuales asistieron
sabios y viajeros, y la juventud caraqueña, aquella que dio
a la revolución redentora mártires, y a la victoria el triunfo
de la idea.
A quellas ruinas nos hablan de B olívar, de Bello, de Ros
de Olano, de Hum boldt y Bonpland y también de Miranda.
Departamos, que al recordar la grandeza caída y las vani­
dades humanas, si tropezam os por un lado con lo frágil
y lo efím ero, del otro nos encontraremos con la desgracia
y el dolor, con los desheredados del mundo sostenidos por
el am or de D ios.
Lastim osa, m uy lastimosa, fué la suerte que cupo a los
lázaros de Caracas en pasadas épocas. Sin pan, sin asilo,
sin autoridades que los protegieran en el trite desamparo
en que estaban, vivían a la ventura, sin más caridad que la
que les proporcionaba la mano invisible de la Providencia.
Fugitivos, porque de todas partes los lanzaban como plaga
maldita, dormían, cuando les sorprnedía la noche, acá y allá,
al pie de edificios arruinados, de alguna cabaña cerrada,
bajo la sombra de árbol protector o a la puerta de algún
templo. Retirados de todo poblado, vagaban, huyendo no
de la suerte, sino de sus semejantes, que si con la una mano
les daban triste mendrugo de pan que en algo podía miti­
garles el hambre, con la otra, en ademán repelente e impe­
rativo, los obligaban a solicitar sitios salvajes donde pudie­
ran albergarse. A sí corrían los días de estos recluidos de
la sociedad humana, cuando el brigadier Don Felipe R icar­
dos se encargó de la gobernación de Caracas en 1752. Si este
mandatario füé tenaz y hasta perseguidor de los venezolanos,
quienes con justas causas clamaron contra los abusos de la
célebre Compañía guipuzcoana, es cuestión que no tratare­
mos en este lugar. E s un hecho. que en casi todos los go ­
biernos de la tierra, el interés individual ahoga el interés
general. Ricardos favoreció los intereses de la corte espa­
ñola y sus propios intereses: bien cabían en este caso las
★ C r ó n ic a de C aracas 107

medidas extremas, y la fuerza extrangulandQ la justicia. A


pesar de la mala nota de que gozaba nuestro gobernador, es
un hecho que se ocupó en el desarrollo material de la ca­
pital, y sobre todo, en el socorro oportuno de la porción
desvalida de la sociedad caraqueña: los lázaros.
Propúsose' crear un lazareto y lo llevó a remate en I753>
en el sitio llamado la H oyada. Y para sostenerlo con de­
cencia y de manera constante, le creó una renta segura, el
derecho que proporcionaban el juego de gallos y la venta
de la bebida llamada guarapo, de consumo popular. Ricardos,
por lo. tanto, a pesar de sus malos antecedentes, formó el
primer lazareto de Caracas, el cual ha continuado y es hoy
favorecido por la caridad pública, ( i )
M uy satisfechos quedaron los caraqueños al ver que los
desgraciados lázaros habían, al fin, encontrado protección, y
generosos aparecieron, desde aquel entonces, en el ejercicio
de la caridad; pero como la inconstancia es la enemiga más
sutil que tiene la criatura, y la marmuración es desahogo
de la lengua, sucedió que, a los pocos años, comenzaron los
habitantes de Caracas a censurar cuanto se había hecho y a
lamentarse de que existiera un lazareto a orillas de la ciu­
dad. Y a tal extrem o alcanzaron las quejas, que hubieron
de llegar en repetidas peticiones al pie del trono. Quiso el
Monarca complacer a sus humildes súbditos, y mandó que
el lazareto fuera trasladado al. sitio que escogieran los ca­
raqueños. S e deciden éstos por el lugar donde figuran las
ruinas; y el nuevo lazareto comenzado en los días de la G o­
bernación del célebre General Solano, en 1766, fué conclui­
do por los años de 1766 a 1778 y al nuevo edificio, los lá­
zaros, con beneplácito de la población, fueron trasladados.
Ordenó el R ey que el primer lazareto fuese destinado con
el título de Real A s ilo ,p a r a niños huérfanos y expósitos,
crianza y enseñanza de oficiales; noble disposición que no
aceptaron los caraqueños.

(1) Cuand o al co m en zar la calle E ste , se con tinúa el E ste, a poco


se tro p ieza con un edificio recon stru id o, que lleva el nom bre de E scu e ­
la de A rte s y O fic io s ” . E n la prim era ven tan a del ta ller de ca rp in ­
te ría que m ira al O este, estu vo la p uerta del tem plo de San L á za ro ,
y en el fondo de la sala fig u ra to d av ía el arco del presbiterio. A u n q u e
el an tig u o la za reto ha sido recon stru id o, to d av ía no se ha perdido el
ca rá cte r del p rim itiv o edificio. F ren te a la ex tin gu id a puerta del
tem plo, fig u ra la p lazu ela de los lázaros, pequeña alam eda donde van
a fig u ra r las esta tu a s de G irard o t y de R icau rte , estos célebres te­
nien tes de B o lív a r. L a recon stru cció n del p rim er lazareto de C aracas,
d ata del. año de 1875, época en que fu é rem atado, al E s te d e las
ruinas de San L á za ro nuevo, el actu al h o sp ital de lázaros.
108 B ib l io t e c a P opular V en ezolan a ★
L a población celebró este nuevo triunfo, y todo el mundo
se felicitaba de él, cuando la inconstancia, esta amiga velei­
dosa del corazón humano, y la censura, siempre armada de
viperina lengua, volvieron a apoderarse de los pobladores de
Caracas. Nuevas peticiones fueron dirigidas al Monarca. P e -
cíase en ellas que estando bañada Caracas por el viento del
Este, el caserío recibía las emanaciones de los lázaros, y por
lo tanto, estaba expuesto a ^n aire viciado y enfermizo.
Accedió el Rey, por segunda vez, al deseo de sus súbditos;
mas, en esta ocasión no los dejó en libertad de elegir sitio
para el tercer lazareto, sino que ordenó que regresasen los
«lázaros a su antiguo lugar de la H oyada, y que el abando­
nado edificio quedara de Real A silo de niños huérfanos y
expósitos, crianza y educación de oficiales; disposición que
por segunda vez rechazaron los caraqueños.
D esde el momento en que los lázaros abandonaron su man­
sión, al pie del A vila, el entusiasmo tornó al corazón de los
caraqueños. Habían conseguido la realización de dos aspi­
raciones: emanciparse del viento del Este que juzgaban en­
fermizo, y poseer una casa de campo que con el elocuente
nombre de Casa de Real A silo, iba a servir de centro de
diversiones. En efecto, el lazareto empezó al instante a re­
cibir ensanche. Una prolongada calle compuesta de ciento
diez y ocho árboles, desde la puerta del edificio hasta el
camino de Quebrada-Honda, apareció a poco, al mismo tiem­
po que los cuadros de los espaciosos jardines se presentaron
exornados de bellas rosas, y variados arbustos. Surtidores
de agua, bancos, kioscos y blancos cisnes en pequeños es­
tanques, abrigados por la sombra de los árboles frutales,
dieron al espacioso recinto nueva y graciosa fisonomía. Cuan­
do estuvo en condiciones de ser visitado por las caraqueñas,
el Mariscal Carbonell, Gobernador de Caracas, inauguró la
Cása de Real A silo, con todo el esplendor posible, por los
años de 1794 a 1796. Esta fiesta fué el origen de los pic-nics
caraqueños. En aquellos días de Carbonell había sido creado
el Real Consulado, centro de reunión que adiestraba a los
caraqueños en el ensanche y progreso material del país. D es­
graciadamente Carbonell murió en 1799, pero le sucedió un
hombre superior, el General Vasconcellos, quien supo dar
impulso al adelanto de la sociedad caraqueña. Vasconcellos
fué no sólo un hábil mandatario sino también un espíritu al­
tamente progresista. Unía a su talento y cultura social, el
arte de agradar, tan necesario en el gobernador de una ca­
pital, como lo era Caracas en aquel entonces, centro de hom ­
bres notables y de m ujeres tan bellas como agraciadas. V as-
★ C r ó n ic a de C aracas 109

concellos supo continuar el embellecimiento de la Casa de


Real A silo , y hubo de pasar en ésta ratos de amena ter­
tulia. A sí, en 1799 fueron obsequiados, en repetidas oca­
siones, los célebres Humboldt y Bompland, que han dejado
sus nombres con gloria por donde quiera que se habla el
idioma de Castilla. En 1804 fué igualmente obsequiado, con
una parada militar, al pie del A vila, el Alm irante Hillaret-
Soyeuse, quien, agradecido a la sociedad caraqueña por las
atenciones que de ella recibiera, obsequió a la Metropolina
con un cuadro original de Rubens (la resurrección de Cristo),
cuadro que aún se conserva.
Con frecuencia bailaba en el Real A silo la juventud de
Caracas, y con frecuencia Terpsícore y Cupido tenían sus
íntimas confidencias en los hermosos jardines o bajo la som­
bra de los ciento diez y ocho árboles que unían el camino
de Quebrada-Honda con la portada del bello edificio. Desde
la visita a Caracas del Conde de Segur y sus compañeros,
en 1783, la sociedad de la capital se había acostumbrado a
esa galantería francesa que encuentra en los pueblos de ori­
gen espñol más adeptos e imitadores que en los pueblos del
Norte. P o r otra parte, las repetidas visitas a Caracas de via­
jeros notables, tenían que ejercer, como en todas partes,
cierta influencia en el desarrollo de una sociedad bien cons­
tituida.
A l concluir el siglo décimo octavo, figuraba, entre lo más
distinguido de la capital, una señorita que unía a su educa­
ción y raza los atractivos de su belleza. Manuela Olano
era uno de «sos tipos escogidos de la m ujer esbelta, bella y
seductora, que sabe cultivar a cuantos la admiran, sin estu­
dio y sin esfuerzos. Donde quiera que estuviera, Manuela
se llevaba la palma por su belleza física, que sabía realzar
con sus prendas sociales. En el templo, sobre todo, el Jue­
ves de Corpus, el Jueves Santo, en las fiestas del Real
A silo, en el teatro, a pie o a caballo, que sabía conducir con
garbo, Manuela atraía todas las miradas y recibía todos los
aplausos, llegando a hacerse la m ujer de moda. V iv ía más
al Sud de la casa de los Goberndores, en la avenida Sud,
número 26, cerca de la esquina llamada de Camejo, donde
aquella reina del hogar tranquilo sabía recibir a sus distin­
guidas amistades. Num eroso era el círculo de sus admira­
dores, entre los cuales se afilió el gobernador, desde buena
hora. E sto motivó el que, al enterarse el público de que
Vasconcellos visitaba a la bella caraqueña, con malicia o
sin ella, le pusiera a ésta el sobrenombre de la Capitana.
A sí, cuando se hablaba de las fiestas rumbosas de Caracas,
110 B ib l io t e c a P opular V enezolan a ★

donde habían figurado las beldades de la capital, siempre


se decía: “ la Capitana fué la reina de la festa ” aludiendo
con esta frase al triunfo de Manuela Olano sobre sus com ­
petidores o rivales. Con el nombre de la Capitana continuó
el público queriendo molestar a Manuela, pero ésta, más
erguida que nunca, supo despreciar las hablillas del vulgo.
A ella le cuadraban aquellos bellos conceptos que puso el
célebre poeta Quintana en boca de Isabel de V a lo is :

"A y , infeliz de la que nace hermosa!


¿Q ué le valdrá que en su virtud confíe
S i la envidia en su daño no reposa
Y la calumnia hiriéndola se ríe?

Entre los oficiales civiles que tenía Vasconcellos en la


Gobernación,, figuraba uno de toda la confianza del Capi­
tán General: era" el comandante del batallón de pardos, Don
Lorenzo Ros, hombre ya de edad provecta y apartado del
mundo social por carácter, pues vivía retirado del poblado'
al fin de la avenida Este. Vasconcellos pertenecía a ese
grupo de hombres públicos, que poseen la monomanía de
los matrimonios, es decir, la de escoger esposas a sus em­
pleados, tenientes, edecanes, e tc .; manía en la cual descolló
años más tarde, Napoleón el Grande. Sea que el coman­
dante Ros, por una de tantas casualidades, se enamorara de
la bella Manuela, o que Vasconcellos, juzgando a su subal­
terno de oficina digno de poseer a la nueva Elena, lo insi­
nuara como buen esposo, es la verdad que en cierta mañana
del año de 1801, circuló por Caracas la noticia de que Don
Lorenzo Ros se casaba con Manuela Olano, y de que el G o­
bernador patrocinaba el enlace. Y no hubo ni tiémpo para
que los mordaces de profesión sacaran de la boca las lenguas
de víbora, pues cuando nadie, lo aguardaba, aparece el co­
mandante Ros ofreciéndose a sus relaciones en su nuevo
estado, en la casa número 26 de la A venida Sur. Meses
más tarde, en julio de 1802, el primer hijo de Ros fué bau­
tizado en el templo de la extinguida parroquia de San Pablo,
siendo padrino del párvulo, por poder, el General Vascon­
cellos. (2)

(2) E n uno de lo s lib ro s p arro quiales que p erten eciero n al dem o­


lido tem plo de S a n P a b lo , ap arece que el 17 de ju lio fué ba u tizad o
un p árv u lo , n acid o el 6 del m ism o m es, quien re cib ió en la pila
b a u tism al el no m bre de L o re n zo M an uel José, h ijo le gítim o del co ­
m an dan te D o n L o re n zo R o s y de D o ñ a M an uela de O lan o . F u é su
padrino D o n P ed ro P o n ce , a n om bre d el P resid en te y G o bern ad or,
C apitán G en eral D o n M anuel de G u ev ara y V a sc o n c ello s.
★ C r ó n ic a de C aracas 111

En aquellos mismos días, Manuela, que siempre había sido


caritativa y protectora de la desgracia, amparó bajo sus alas
de madre a un parvulito que había perdido a sus buenos pa­
dres a los pocos meses de nacido. Dióle Manuela su patro­
nímico, noble acción que realzó su esposo dándole el suyo.
H e aquí el origen de Antonio Ros de Olano, una de las
más puras y brillantes celebridades españolas del siglo actual.
En los jardines del Real de A silo, en aquella planicie in­
clinada cubierta de yerbas, pasó Antonio su niñez. L u gar pre­
dilecto de sus padres, con frecuencia los acompañaba el niño
que desde muy temprano comenzó corl el auxilio de maestros
particulares a desarrollar su espíritu. (3) Cuando Vascon-
cellos abrió, al entrar el siglo, desde 1802 a 1806, las vela­
das literarias en las cuales se hizo conocer Bello por sus
inspiraciones poéticas, y más tarde B olívar por sus críticas
oportunas, el niño Antonio asistió-a estos. torneos del espíritu
que abrían para Caracas nueva época, la que debía preceder
a la revolución sangrienta que trajo la emancipación política
de la A m érica española.
A s í corrían, entre juegos y estudios, los infantiles años
de Antonio Ros y Olano, cuando, casi de repente, muere el
gobernador Vasconcellos en 1807. .
Desapareció, después de haber triunfado de la expedición
de M iranda en 1806, contra las costas de Venezuela y de
haber contribuido al adelanto social e intelectual de Caracas.
L a desaparición de este mandatario y el nuevo orden de
ideas que a poco preocuparon los ánimos de los hombres
pensadores, contribuyeron a disminuir en mucho el entu­
siasmo con el cual asistía la juventud de Caracas a las fre ­
cuentes fiestas que tenían efecto en las salas del Real Asilo.
Sin embargo, con el Gobernador Don Juan de Casas, y más
'tarde con el General Emparan, el edificio del ex lazareto
'continuó llamando la atención de la sociedad caraqueña; y
referían algunos de los hombres de aquel entonces que. can­
sado el monarca español de los repetidos gastos que propor­
cionaba al erario el sostenimiento del famoso Real A silo,
llegó a decir que concedería un título de Castilla al que
comprara a la Corona tan costosa finca. Ignoramos cuánto
hubo sobre este particular.
A l llegar la revolución de 1810, el Real A silo cambió de
aspecto, no en lo social, pero sí en lo político. L os patri-

(3) Ig n o ra m o s si L o re n zo M an uel José R o s tuvo co rta e x iste n cia :


suponem os que fué así, pues en las crón icas de prin cip ios de siglo
en co n tram os sólo a A n to n io que ju e g a co n sus com pañeros en los
jard in es y ca lles del R ea l A silo .
112 B ib l io t e c a P o pular V enezolan a ★

cios de la República tuvieron también en las salas del extin­


guido lazareto sus reuniones y obseq. ios hasta 18x2, en que
Caracas vino al suelo en su dos terceras partes.
L a política española impera de nuevo en Venezuela desde
fines de 1812, hasta fines de 1813.
Entre los servidores peninsulares que figuraron en el G o­
bierno de Monteverde, encontramos a Don Lorenzo Ros, co­
mo comandante del batallón de pardos.
Dos años más tarde, en 1814, en la lista que publica el his­
toriador Díaz de los españoles que huían de Caracas por
causa de la guerra a muerte, tropezamos con Don Lorenzo
Ros y con su señora, Manuela Olano de Ros, que abando­
naban la capital y emigraban a Curazao.
El no encontrar en esta lista a Antonio R os y Olano, nos
hace sospechar que este niño había dejado su patria años
antes, y seguido a España. N os inclinamos a creer que A n ­
tonio dejó a Caracas de edad de diez a once años, antes
del terremoto de 1812. En las conversaciones de este hom­
bre preclaro con los compatriotas que lo visitaron en Ma­
drid, ahora treinta años, el distinguido General recordaba
de Caracas cuanto se relacionaba con los diez primeros años
de su vida. Hablaba , con placer de los campos, de los ríos,
de las flores, de la nativa patria, y aún de alguna que otra
de las familias de aquellos días. E l amor a su hogar y a su
patria, se reflejó siempre en todas sus conversaciones. En
él ocaso de la vida, al desaparecer el hombre físico el espí­
ritu parece que evoca las impresiones de la cuna: la patria
se refleja entonces en el horizonte del pensamiento cual plá­
cida estrella que viene a derram ar luz sobre el corazón, en
su horas postrimeras.
Solitarias yacían las ruinas de San L ázaro nuevo después
del terremoto de 1812, cuando en 1814, se presenta en Cara­
cas un anciano de noble aspecto y de gloriosos servicios a la
patria venezolana, con el proyecto de cultivar el árbol de la
morera y de beneficiar el gusano de seda. ¿Quién era el
ilustre importador de la nueva industria? E l general Gregorio
M ac Gregor, aquel joven de buenos quilates que abraza los
principios proclamados por la revolución de 1810, y entra
desde luego en la lucha, con bríos, y con la noble esperanza
de vencer. M ac-Gregor, con el espíritu que siempre anima
a los aventureros de noble origen, que se lanzan con fe en
todas las conquistas civilizadoras, comienza su carrera mi­
litar con M irando en 1812, la continúa con Bolívar y desde
1813, se hace conocer por sus virtudes y talento, llega a su
gloriosa meta en 1816, en la intervención de Ocumare, al
★ C r ó n ic a de C aracas 113

lado de Soublette, vence en el Juncal, y desaparece de V e ­


nezuela. Nuevas aventuras le aguardaban más tarde, en P or-
tobelo y otros lugares de la antigua Cundinamarca. Cansado
de la guerra, regresa a su patria y desde sus costas felicita a
sus compañeros de armas y - saluda el nacimiento de Colom ­
bia. A l sentir sobre sus espaldas el peso de los años, torna a
la patria adoptiva, con la idea de ser cultivador del gusano
de seda.
A cójenle con cariño el Gobierno y el pueblo de Caracas,
cédenle el terreno del Real A silo, y el viejo procer, con fe
y esperanza, siembra centenares de árboles de morera, co­
secha el gusano y- saca las primeras madejas de seda, que
regala a las familias. El entusiasmo por el cultivo del gusano
de seda prende en Caracas y la prensa periódica anima al
empresario. Fabrican algunas señoritas trenzas, bolsitas, ti­
rantes, etc., con las sedas que ellas mismas cosechaban, pues
en muchas casas se cultivaban los gusanos, cuando a poco
el entusiasmo, a imitación de los fuegos fatuos se desvanece
y nadie vuelve a hablar del árbol de la morera. Lentamente
van desapareciendo los plantíos que prosperaban, San Lázaro
vuelve a estar cubierto de maleza y de arbustos salvajes, y
por remate de cuentas, el anciano del Juncal, M ac-Gregor,
sucumbe en 1845.
Años después de la muerte de M ac-Gregor, el Gobierno de
Venezuela quiere sacar los lázaros de su viejo sitio de la
Hoyada, y con tal propósito hace constrüir un nuevo lazareto
al Este de las actuales ruinas. En 1875, los lázaros se ins­
talan por segunda vez al pie del Avila.
Regresaban a este sitio a los cien años de haberlo habitado.
¡ Cómo se repiten los sucesos y las coincidencias! A los seis
ano del regreso de los lázaros, vuelve a instalarse la morera
en el campo de ruinas. N uevos plantíos llenan el terreno, el
gusano prospera, el éxito sonríe, y la seda rica y bella logra
pasar el atlántico, para brillar en la última exposición de
París. (4) Y como complemento de estas coincidencias, en
1885 muere de avanzada edad aquel Antonio Ros y Olano,

(4) P o r segun da v e z d esaparece de los terren os de San L á za ro


nuevo el cu ltiv o de la m orera y del gusano de seda. N u ev a casa se
levan ta en la sección de d erecha de las ruinas, y dentro de poco
h abrá desap arecid o el últim o de lo s escom bros. E l cu ltivo del m aíz
in vad e la d ilatad a área, y de los centenares de arbustos de m orera
que la llen aban no quedará uno. E l excelen te italian o señor R ed aelli,
que con co n stan cia adm irable h a estado en este sitio al frente de una
em presa que fleseaba aclim atar en C aracas, h a dejado la ca p ita l al
ce sa r la p rotecció n qu e recib ía del G obiern o de V en ezu ela, h acía
com o ocho años.

6
114 B ib l io t e c a P opular V enezolan a

que pasó los bellos días de su niñez e infancia entre los po­
blados jardines del Real A silo. Cargado de años y de gloria
desapareció del mundo, después de dejar inmortal ho ja de
servicios, timbre de España y de América.
L as ruinas del Real A silo, la dilatada área del antiguo laza­
reto, hoy cubierta de arbustos de morera, el hilo de p.gua
que se desprende de la montaña, todo, todo nos habí t dp
R os de Olano, y la memoria evoca, al visitar este sitio, el
nombre del célebre militar, literato y hombre público que,
durante sesenta años conquistó glorias y honores y dejó su
nombre en páginas imperecederas. San Lázaro nuevo resume
la infancia de Ros de Olano, así como las rientes orillas del
Anauco la de Bello y las de manso Guaire la de Bolívar.
A Miranda le tocó en suerte el sitio solitario y agreste de
Catia, vecino del mar. L a ola en cuyo vaivén quizá vió en su
infancia aquella alma viril las vicisitudes de la vida, debía
ser la única compañera de los postreros años del anciano
girondino, cuando el hado le arrastró a orillas del gaditano
mar.
Estas cuatro celebridades del suelo patrio han alcanzado ya
las regiones de la historia de la poesía, de la pintura, de la
estatuaria. E l N éstor de ellos nos ha dejado su nombre en las
páginas inmortales de la Revolución francesa, en las galerías
de Versalles, en la bóveda del célebre A rco de triunfo de la
nueva Lutecia. Su estatua figu ra en la ciudad natal; y su
nombre lo llevan aldeas, Municipios y un Estado. B olívar ha
dado su nombre a una calle de París y a centenares de
pueblos en el continente de Colón: y estatuas surgen en las
capitale.s americanas a proporción que crece la fam a de sus
conquistas. L a de Bello se yergue en Santiago de Chile, a
orillas del grande Océano, y pronto descollará en alguna plaza
de Caracas. En M adrid se elevará la del inmortal Ros de
Olano. E l canto se ha encargado de celebrarlos a todos, pero
sólo uno de ellos, Ros de Olano, nos ha dejado en sentidos
versos, antes de m orir, el recuerdo de sus dos p atria s: aque­
lla en que vió la luz y se deslizó su niñez: Caracas; y
aquella que le proclama durante sesenta años como uno de
sus grandes hijos y a la cual él ilustró con sus talentos y
servicio s: España. P ara ambas tuvo el célebre patricio recuer­
dos y lágrimas, cuando escribió con el título de Caracas, el
siguiente soneto:
¡ O h límite del suelo en que la vida
latió al ambiente del hogar nativo,
tras dilatada ausencia siento altivo
am or filial hacia la patria huida!
C r ó n ic a de C aracas 115

Si es madre al corazón en la advertida


memoria, en dulce canto es incentivo
su espléndida riqueza al fulgor vivo
del sol que esmalta la región querida.

N ací español en la ciudad riente,


rodó mi cuna entre perpetuas flores,
besé las aves de plumaje ardiente;

Trajéronm e de niño mis m ayores:


H o y en mi patria histórica, la muerte ( u )
las junta en un am or con dos amores.

N o ta s d el Com pilador, ( n ) Y a en o tra ocasión h icim os n o tar


que el soneto de R o s de O lan o A C aracas, ap areció m al copiado desde
el p rin cip io, y así se en cu en tra en la H isto ria de la P o esía H ispano
A m erican a, p or M arcelin o M en én dez y P elayo , y en el. P arn aso V en e ­
zolan o, p o r Julio C alcañ o. E l poeta e s c r ib ió :
H a y en m i p atria h istó rica, la m ente
L a s ju n ta en un am or con dos am ores
P ero alguien puso m uerte en v e z de m ente, y a¿í se ha seguid o c o ­
piando sin d iscernim iento, y así afeado p or los siglo s de lo s siglos.
LA P R IM E R A N O D R IZ A DE B O L IV A R

A fines del último siglo, por los años de 1770 a 1780, figu ­
raba entre los altos empleados d e ' Caracas un distinguido e
ilustre oficial, Don Fernando D e Miyares, de antigua nobleza
española e hijo de Cuba. De ascenso en ascenso, M iyares
llegó al grado de General, siendo para comienzos del siglo,
Gobernador de Maracaibo, y aun más tarde, en 1812, Gober­
nador y Capitán general de Venezuela, aunque por causas
independientes de su voluntad ,no pudo tom ar posesión de tan
elevado empleo, pues murió poco después, antes de nuestra
emancipación, en la ciudad de Maracaibo, donde tuvo amigos
y admiradores. Don Fernando había llegado a Caracas acom­
pañado de su joven esposa, Doña Inés Mancebo de Miyares,
de noble fam ilia de Cuba, muchacha espléndida, poseedora de
un carácter tan recto y lleno de gracia que, al tratarla, cau­
tivaba, no sólo por los encantos de su persona, sino tam­
bién por las relevantes prendas morales y sociales que cons­
tituían en ella tesoro inagotable. N o menos m eritorio era su
marido, caballero pundonoroso, apuesto oficial, de modales
insinuantes y de un talento cultivad o ; bellas dotes que hacían
de M iyares el tipo de militar distinguido. Don Fernando
poseía, como su señora, un carácter recto, incapaz de engaño,
no conociendo en su trato y en el cumplimiento de sus deberes,
sino la línea recta, pudiendo decirse de esta bella pareja que
caminaban juntos en la vía del deber, sin que les fuera
permitido desviarse. Y en prueba de esta aseveración refieren
las antiguas crónicas el percance que a Don Fernando pasó,
en dos ocasiones, por ía rectitud de su esposa.
Fué el caso que M iyares, en la época a que nos referim os,
después de haber fijado la hora de las diez de la noche, para
cerrar su casa, regresó a ella en cierta ocasión después de
las once; ya la puerta estaba cerrada. A l instante llama, y
‘ como nadie le responde, vuelve a golpear con el puño de su
bastón.
— ¿Quién llama? pregunta una persona desde la sala.
— Inés, ábreme, es Miyares, responde Don Fernando.
, — ¿ Quién es el insolente que se atreve a nombrarme y tu­
tearme, y a tom ar en su boca el nombre de mi esposo? F er­
nando de M iyares duerme tranquilo, y nunca se recoge a des­
~k C r ó n ic a de C aracas 117

hora. Y retirándose a su dormitorio, Inés de Miyares, tran­


quila y digna, se acostaba sin darse cuenta de los repetidos
golpes que sobre el portón diera su marido.
Después de haber dormido en la casa de algún militar, Mi-
yares, tornaba al siguiente día a su hogar. A l encontrarse con
Inés, el saludo cordial era ttna necesidad de aquellos dos
corazones que se amaban y respetaban.
— ¿Cómo estás, mi Inés? preguntaba Don Fernando.
— ¿ Cómo estás, Fernando — contestaba aquella. Y ambos,
dándose el ósculo de la paz doméstica, continuaban, sin darse
por entendidos, sin hacerse cargo de ningún género, y como
si hubieran estado juntos toda la noche.
Doce o quince días más tarde, pues que los buenos maridos
son como los niños de dulce índole, que no reinciden, después
de la primera nalgada que les a flo ja la madre, sino algunos
días más tarde, Don Fernando quiso tornar a las andadas.
Don Fem ando había dicho en cierta ocasión, delante de su
servicio, lo siguien te: mi esposa Doña Inés Mancebo de M i-
yares es el alma de esta casa y sus órdenes tienen que ser
obedecidas como las mías. Olvidándose de esto, Don Fernan­
do, en cierta tarde, ordena a su esclavó Valentín que le aguar­
dara en la puerta de la calle, pues tendría quizá que recogrse
tarde.
A las diez y media de la noche, Inés manda cerrar la puerta
de la calle, cuando se le presenta el esclavo Valentín y le dice
la orden que había recibido de su amo. P o r toda contestación
Inés le ordena, cerrar inmediatamente la puerta de la casa.
A l llegar Don Fernando, tropieza con la puerta cerrada, y
creyendo que el esclavo estaba en el zaguán, comienza a gol­
pearla.
— Valentín, Valentín, ábreme, grita Don Femando.
— ¿Quién es el insolente que da golpes en el portón? —
pregunta Inés desde la sala.
— Abreme, Inés, ábreme, no seas tonta. Es tu marido F er­
nando M iyares.
— M i marido duerme, insolente — responde Inés— y reti­
rándose a su dormitorio se entrega al sueño, cerrando los
oídos a toda llamada. Don Fernando partió.
A l día siguiente, se repite la misma escena precedente, y
todo continúa sin novedad. A sí pasaban las semanas cuando
Don Fem ando le dice a su esposa cierta mañana. Inés, eres
una esposa admirable, el método que te guía en todas las
cosas domésticas, el orden que observas, la atención que
prestas a nuestros intereses, la maestría con que cultivas las
relaciones sociales, éstas y otras virtudes hacen de ti una
118 B i b l io t e c a P opular Venezolan a ★

esposa ejemplar. Debo confesarte que estoy orgulloso y con­


tento.
Y variando de conversación, añade Don F ernan do: ¿ sabes
que mañana estoy invitado por el Intendente A valos a un
desafío de malilla? E l Intendente creyéndome hábil en este
juego desea que luchemos. Como llegaré tarde de la noche
tengo el gusto de advertírtelo para que sepas que estaré
fuera.
— Bien responde Inés. Quedará la puerta abierta y el escla­
vo Valentín en el corredor para que atienda a tu llamado.
Celebraré siempre que me adviertas c: ando tengas que reco­
gerte tarde de la noche, pues ya en dos ocasiones no sé que
tunante atrevido ha osado llamar a la puerta, tomando tu
nombre. Todavía más, tomando el mío y tuteándome. Estaba
resuelta si esto continuaba a quejarme al Capitán Gobernador
para hacer castigar tanto desparpajo.
— Cosas de los hombres, hija — contesta Don Fernando—
y besando la frente de su señora salió a sus quehaceres.
L a fam ilia M iyares vivía, cerca de la esquina de San Jacin­
to, en la casa hoy N ? 15 de la calle Este 2. A la vuelta y en
Calle Sur 1 vivía el Coronel Don Juan Vicente de Bolívar
casado con la señora Concepción Sojo y Palacios ( 1 ) . A m i­
gas íntimas, habían de verse diariamente, pues entre ellas
existían atracciones que sostenían el cariño y la más fina cor­
tesía. Inés criaba 1 no de sus hijos, cuando Concepción en
vísperas de tener su cuarto pidió a su amiga q: e la acompa­
ñara y le hiciera las entrañas al párvulo que viniera al
mundo.
Hacer las entrañas a alguno es frase fam iliar antigua que
equivale a nutrir a un reciennacido, cuando la madre se en­
cuentra imposibilitada de hacerlo. Antiguamente se aceptaba
esto por lujo, entre fam ilias de alto rango, y entre los pobres,
como necesidad. Casi siempre se elegía de antemano una madre
que en condiciones propicias pudiera alimentar no sólo a su
hijo sino también al del vecino, del amigo, o del pariente.
Concepción quiso que su amiga Inés, hiciera las entrañas
al hijo que esperaba, y este nació el 24 de Julio de 1783.'
Apenas vió la luz, cuando Inés le llevó a su seno y comenzó
a. amamantarle — sirviéndole de nodriza por muchos meses,

(1) E s seguram en te u n la p su s calam i el que ap arezca la m adre de


B o lív a r co n los apellidos S o jo y P a la c io s , pues bien sab ía el autro
de estos tra b a jo s que ella era P a la c io s y B la n c o , h ija del C apitán
D o n F e lic ia n o P a la c io s y G il de A r r a t ia y de D o ñ a F ra n c isca de
B la n c o H errera .
C r ó n ic a de C aracas 119

hasta que el niño pudo ser entregado a la esclava Matea ( n ) .


Días después del nacimiento, el párvulo fue bautizado con
los siguientes nombres: Simón de la Santísima Trinidad Bolívar.
En el curso de los años, el niño Simón, familiarizado con
la amiga de su madre, hubo de tomarle cariño, cuando supo
que ella había sido su primera nodriza, lo que contribuyó a
que la llamara madre. El Coronel Bolívar murió en 1786 y
su señora en 1792, dejando a Simón de nueve años de edad.
El niño, aunque travieso y desobediente, continuó, no obstante,
llamando madre y tratando con veneración y respeto a la que
con tan buena voluntad le había alimentado durante los pri­
meros meses de la vida. Fué por lo tanto. Doña Inés Mancebo
de Miyares, la primera nodriza de Bolívar, a la que sucedió
la negra Matea que obtuvo cierta celebridad y alcanzó larga
vida, pues murió en 1886, habiendo el Gobierno de Venezuela
costeado su entierro.
Ascendió M iyares a Gobernador de Maracaibo, dejó a Ca­
racas y se instaló con su fam ilia en aquella capital, con rego­
cijo de sus compañeros (2). Am ado de los habitantes de esta
región por su Gogierno paternal y justo, estaba M iyares en
posesión de su empleo, cuando reventó en Caracas la revolu­
ción del 19 de abril de 1810. Empleado español, opúsose al
torrente de las nuevas ideas, .sabiendo sostenerse en la pro­
vincia de su mando, la cual no entró en el movimiento revo-

(1) L a n egra M a tea no fué nu n ca n odriza de B o lív a r, sino la


n eg ra H ip ó lita , a quien el H éro e recordó siem pre con filial afecto.
En ca rta a su herm ana M aría A n to n ia, fechada en el C u zco , a 10 de
ju lio de 1825, le d ic e : ‘‘T e m ando una ca rta de m i m adre H ip ólita ,
para que le des todo lo que ella q u ie r a : para que h agas por ella
com o si fuera tu m adre. Su leche ha alim entado m i v id a y no he
con ocido o tro padre que ella” . . .
S egú n n ota in serta en la p ágin a 76 de los Papeles de B o lív a r,
H ip ó lita era á g il y m ontaba bien a caballo. Q u ería en señ ab lem e n te
a su am o y estu vo con él en las b atallas que se lib raron en San
M ateo. Cu and o B o lív a r entró en C a racas el 10 de enero de 1827,
subió bajo palio por la calle com prendida entre Socied ad y las
G ra d illa s; y com o divisara a H ip ó lita en tre la m ultitud abandonó
¿su puesto y se arrojó en bracos de la n egra, que llorab a de placer.
(2) N o puede h ab larse del general M iyares sin recordar su g o ­
bierno de M a racaib o, tan p atriarcal, tan ju sto , tan p rog resista. H an
pasado ce rca de n o ven ta años, y to d a v ía el nom bre de este m an d a­
tario español lo recuerd an los h ijos de M aracaib o con placer y orgullo.
Moble d estino el de h acer el bien y dejar tras sí ben diciones que se
p e rp e tú a n ! E l buen nom bre del gen eral M iya res, que respetaron los
hom bres n otab les de las pasadas gen eracio n es, sin distinción de p ar­
tidos, b rilla rá siem pre a orillas del dilatado C oquibaco a. M ora aq u í
un pu eblo in teligen te, am ante de lo gran d e y de lo bello, que al
hacer ju s tic ia a sus grandes hom bres, rinde igualm en te veneración
a los m an d atarios españoles que co n trib u yero n a su gran d eza y a su
dicha.
120 B ib lio t e c a P o p u la r V e n e z o la n a ' -je

lucionario de Caracas. Nombrado más tarde Capitán general


de Venezuela, a causa de la deportación del mariscal Emparan,
una serie de obstáculos se opusieron a que llegara a tomar
posesión de tan elevado encargo, sobre todo, la invasión inopor­
tuna del oficial español M onteverde en 1812. Estaba destinado
M iyares a ser víctima de este triste mandatario, que de otra
manera, otros habrían sido los resultados al figu rar en Cara­
cas un m ilitar de los quilates de M iyares.
Inútiles fueron los esfuerzos que hiciera este legítim o man­
datario español de Venezuela en 1812, para traer a buen camino
a Monteverde, que prefirió perderse a ser justo y amante
de su patria.
En la correspondencia oficial que medió entre estos hom ­
bres públicos, se establece el p aralelo: M iyares aparece como
un m ilitar pundonoroso, cabal y digno, Monteverde como un
hombre voluntario, cruel y cobarde.
El triunfo de la revolución de Venezuela contra Monteverde
en 1813, encontró a M iyares en Maracaibo. L a guerra a m uer­
te comenzaba entonces y con ella las confiscaciones y secues­
tros de las propiedades pertenecientes a los peninsulares. Entre
las haciendas confiscadas en la provincia de Barinas, estaba
la que pertenecía a la fam ilia M iyares. Doña Inés ju zgó que
era llegado el momento en que pudiera recordar a B olívar
la amistad que le había unido a su madre y la aprovechó para
pedirle que le devolviesen la hacienda de Boconó, que estaba
secuestrada. N o se hizo aguardar la contestación de Bolívar, y
en carta escrita al coronel J. A . Pulido, Gobernador de B ari­
nas, entre otras cosas le d ic e : “ Cuanto U . haga en fav o r de
esta señora, corresponde a la gratitud que un corazón como
el mío sabe guardar a la que me alimentó como madre. Fué
ella la que en mis primeros meses me arrulló en su seno.
¡ Qué más recomienda que ésta para el que sabe amar y
agradecer como y o ! B olívar.”
A l acto fué libertada la propiedad de Barinas, y hasta, pa­
trocinada, pues la orden de B olívar tenía tal carácter, que
para un hombre como el coronel Pulido era gala comple­
mentarla.
P erd ida de nuevo la revolución, tuvo Bolívar que huir de
Caracas, en A go sto de 1814, para que de nuevo la ocuparan
las huestes españolas, a las órdenes de Boves. Entre tanto
el general M iyares, después de haber estado en Maracaibo,
Coro y Puerto Cabello, partió para Puerto Rico, donde fene­
ció por los años de 1816 a 1817, después de haber celebrado
sus bodas de oro. N o pudo este m ilitar tan distinguido llegar
a la Gobernación de Venezuela, pero sí la obtuvo su h ijo po­
C r ó n ic a de C aracas 121

lítico el Brigadier Correa, militar recto y caballeroso, que


si como español suyo cumplir con sus deberes, supo igual­
mente dejar un nombre respetado y recuerdos gratos de su
gobernación, que han reconocido sus enemigos políticos.
E ra la tertulia del Brigadier Correa, en la cual figuraba la
incomparable viuda Doña Inés Mancebo de M iyares al lado
de sus hijas y sobrinas, centro de muy buena sociedad. Esto
pasaba en los días en que la guerra a muerte :p arecía. extin­
guirse, y los ánimos menos candentes dejaban lugar a la re­
flexión. Una solución final se acercaba, y M orillo victorioso,
era llamado de España. L a parte distinguida de la oficialidad
española, M orillo y L a T o rre a la cabeza, frecuentaba la
amena tertulia de Brigadier, donde era venerada la viuda de
Miyares. (3)
N o había noche de tertulia, y sobre todo, cuando la “Gaceta
de Caracas” publicaba alguna derrota de Bolívar o de sus
tenientes, en que no fuera la política militante tema de con­
versación. E l haber Doña Inés amamantado a Bolívar o ha­
berle hecho las entrañas, como se dice vulgarmente, era mo-

(3) E s ta casa es la de alto situad a en la esquina de Cam ejo, donde


estu vieron p rim ero lo s p atrio tas en 1813, después lo s españoles, y
finalm ente el G o biern o de V en ezu ela desde 1834 h asta 1841. V iv e en
C a racas un a an cian a m uy resp etab le que revela en sus m odales, co n ­
v e rsació n varia d a y am eno trato , lo que ella fué en los días de su
ju ven tu d , cuando ah ora seten ta y ^ c in co años, co n oció a M iran d a y
a los h om bres de la revolu ció n de 1810, y trató m ás tarde a M orillo,
L a T o rre , C orrea, y después a B o lív a r y las celebridades de Colom bia
y de V en ezu ela. E s D o ñ a In é s A ré va lo , descendiente de aquel L u is
A n to n io Sán ch ez A ré v a lo , de an tigua fam ilia española, que se enlazó
en C a racas a m ediados del últim o siglo, co n la resp etable fam ilia
H ern án d ez S a n av ria . F u é el padre de Inés el D r. D o n Juan V ic e n te
Sán ch ez y A ré v a lo , O id o r honorario de la A u d ien cia de C aracas y
ca b a llero que resp etaron lo s partid os p olíticos de su época. Cuando
querem os refrescar algun as fechas, acla rar algunos nom bres, b u scar
la verd ad de h ech os dudosos, durante la época de 1812* a 1824, v is i­
tam os a esta d istin g u id a co m patriota y am iga nuestra, la cu al nos
d eleita con el relato de h echos cu riosos ,de dichos notables, y nos
habla de aq u ella sociedad españ ola y ven ezolan a en la cu al figu ró en
prim era escala. In é s con serva la m em oria, a pesar de h aber y a pasado
de och en ta y seis años. R etirad a del m undo social, y dedicada so la­
m ente al am or de sus sobrinos, después de h aber v isto desaparecer
cin co gen eracio n es, In é s h a perdido esa van id ad que alim enta o en tre­
tiene lo s prim eros cin cu en ta años de la existen cia, y am a el aisla­
m ien to, asp iración de los esp íritu s que se acercan a la tum ba. P ero
com o n o so tros hablam os en este cuadro de la tertu lia del B rigad ier
C o rrea donde fig u ró D o ñ a In é s M an cebo de M iya res, y con ella, la
am iga que la ha sobrevivid o, nos es satisfacto rio decir a nuestros
lecto res que to d a v ía ex iste una de las distinguidas venezolan as de
aquella é p o c a : vene rable anciana que es honra de su fam ilia y m odelo
de virtu d es so ciales y dom ésticas.
R e c ib a n u estra am iga públicam ente lo s sentim ienots de nuestra
gra titu d .
122 B ib l io t e c a P opular Venezolana ★

tivo de burla o de sorpresa. — Cómo es posible, señora, que


una m ujer de tantos quilates no le diera a ese monstruo una
sola virtud? — Sedicioso, cobarde, ri.in, ambicioso, insurgente;
hé aquí la lista de dicterios que tenía que escuchar D oña
Inés con frecuencia.
P ero como era m ujer de espíritu elevado, a todos contesta­
ba. — “ P ara obras el tiempo” , decía a unos. — “ H ay méritos
que vienen con la vejez” , contestaba a otros. “ ¿ Y si las cosas
cambian?” , preguntaba en cierta noche a M orillo. “En las
revoluciones nada puede preverse de antemano” , añadía. “ El
fiel de la balanza se cambia con frecuencia en la guerra” . “ E l
éxito corona el triunfo” .
De repente llega a Caracas el correo de España con órdenes
terminantes a M orillo, Marqués de la Puerta, Conde de C ar­
tagena, para que propusiera a B olívar un armisticio, y regre­
sara a España, dejando en su lugar al general L a T orre. T al
noticia cayó en la tertulia del Brigadier como una bomba,
pues sabíase que Bolívar acababa de llegar a Angostura, des­
pués de haber vencido a Barreiro y libertado del yugo español
a N ueva Granada. E l aspecto de los acontecimientos iba a
cambiar de frente y nueva época se vislumbraba para V e ­
nezuela.
En la noche en que se supo esta noticia en la tertulia del
Brigadier, las conversaciones tomaron otro rumbo. Bolívar no
apareció con los epítetos de costumbre, sino como un m ilitar
aforti nado con quien iba a departir el je fe de la expedición
de 1815. Días después B olívar y M orillo hablaban amigable­
mente en el pueblecito de Santa Ana. B olívar se presenta acom­
pañado de pocos, mientras que M orillo lo estaba de lucido
estado mayor. Cuando se acercaron, ambos echaron pie a
tierra.
— “ E l cielo es testigo de la buena fe con la cual abrazo al
general M orillo” — dijo Bolívar al encontrarse frente de su
temido adversario— . “ Dios se lo pague” — contestó secamente
el español, dejándose abrazar. A poco comenzaron las pre­
sentaciones por ambas partes, remando intimidad y buena fe
que caracteriza entre hombres cultos, un acontecimiento de este
género.
Entre los diversos temas de conversación que tuvieron B o lí­
var y M orillo, éste hubo de traer al primero recuerdos gratos.
— En Caracas tuve el gusto de conocer y tratar a vuestra
bondadosa madre en la casa del Brigadier Correa -— le dice.
— M i madre, exclam ó Bolívar, como sorprendido de seme­
jante recuerdo, y llevando la mano a la frente añadió; — Sí,
sí, mi madre Inés ¿no es verdad? ¡Q u é m ujer! ¡qué matrona
★ C r ó n ic a de C aracas 123

tan digna y n oble! ¡ cuánto talento y cuánta gra cia ! — añadió


el Libertador.
— ¿N o os parece una de las más elevadas matronas de
Caracas?
— Sí, si, contestó B olívar. Más que elevada es un ángal,
añadió. E lla me nutrió en los primeros meses de mi exis­
tencia.
— Si es cierto — dijo M orillo— que las madres al nutrir a
sus hijos, les comunican algo de su carácter, en el vuestro
debe haber obrado el de tan digna matrona.
— N o sé qué contestaros — replicó Bolívar— . En medio de
estas agitaciones de mi vida, ignoro lo q-. e me aguarda; pero
creo que el hombre debe más al medio en que se desarrolla,
al curso de los acontecimientos y a la índole del carácter,
que a la nutrición de la madre. Estos influyen mucho en los
primeros años de nuestra vida. Después, pierden el poderío
y la influencia, conservando el amor modificado.
Un años más tarde, en 1821, B olívar entraba triunfante
en Caracas, después de Carobobo. H acía ocho años que no la
veía. Entre sus necesidades morales figuraba la de hacer una
visita a Inés de M iyares que había dejado la casa de su yerno,
en la esquina de Camejo, por i.na casita modesta y pobre si­
tuada en la actual Avenida Este. A llí fué Bolívar a visitarla.
— ¡ S im ó n ! ¡ Eres t ú ! . . . — exclamó Inés al ver a Bolívar en
la puerta interior del zaguán.
— M adre querida, vengan esos brazos donde tantas veces
dormí — exclamó Bolívar.
Y aquellos dos seres en estrecho abrazo, permanecieron
juntos prolongado rato.
— Siéntate — dijo Inés enternecida— ¡ cuán quemado te en­
cuentro — añadió.
— Este es el resultado de la vida de los campamentos y
de la lucha contra la naturaleza y los hombres — contestó
Bolívar.
— Y ¿qué te importa — replicó Inés— si tú Vías sabido sacar
partido de todo?
— Sí, parece que la gloria quiere sonreirme.
Bolívar había comenzado a hablar de los últimos sucesos de
su vida militar, cuando de repente, toma las manos de la
señora, las estrecha y le dice:
—•Os he recordado mucho, buena madre. M orillo me hizo
vuestro elogio en términos que me cautivaron. ¿En qué puedo
seros útil?
— ¡ Los bienes de Correa están secuestrados!
124 B ib l io t e c a P opolar V enezolana

Serán devueltos hoy mismo — dijo B olívar. Vuestro yerno


es un oficial que honra las armas españolas. N os ha com­
batido como militar pundonoroso. O s ofrezco un pasaporte
para todos vuestros hijos, agregó Bolívar. E s necesario que
ellos figuren con nosotros.
— Eso no, hijo, eso no — exclamó doña Inés— como herida.
T o d o te lo acepto menos eso. Ellos pertenecen a una causa
por la cual deben aceptar hasta el sacrificio. Mucho te agra­
dezco este rasgo de tu bondad, pero creo que cada hombre
tiene una causa, la causa de la patria. Ellos son españoles y
su puesto está en España.
— M uy bien, m uy bien — contestó B olívar— . A sí habla la
m ujer de inteligencia y de corazón.
A l siguiente día Bolívar libraba del secuestro los bienes del
Brigadier Correa.
Ignoramos si cuando B olívar estuvo por la última, vez en
Caracas, en 1827, visitó a su madre doña Inés. Es muy natu­
ral suponer que asi lo hiciera, pues ya en la edad avanzada
en que estaba ésta, con sus hijos ausentes y sin fortuna, las
atenciones y la gratitud son como rocío del cielo en el hogar
silencioso y digno de la pobreza.
D oña Inés no sobrevivió a B olívar sino en tres años, pues
hiurió en 1833.
Cuando alguno de los descendientes del general D on F er­
nando de M iyares, escucha a alguien que hace gala de poseer
algún recuerdo del Libertador o de agradecer algún servicio
hecho por éste, hay siempre una frase que ahoga toda pre­
tensión, y es la siguiente: “ Quite usted, que en mi familia fu é
donde se le hicieron a Bolívar las entrañas” , queriendo decir
con esto, que la primera nodriza de Bolívar fué la esposa de
aquel notable militar, D oña Inés Mancebo de M iyares, noble
hija de Cuba.
E L P R IM E R T U T O R D E B O L I V A R

En la calle Sud 5, número 9, hay una casa de singular fa ­


chada, construida en los primeros años del último siglo. Exte-
riormente es de un sólo piso y su frente está ocupado por tres
grandes ventanas sobresalientes, constituyendo cada una de
éstas el centro de otros tantos compartimientos formados de
pilares fantásticos y arco de arabescos caprichosos. El conjun­
to aparece, a primera vista, más grotesco que artístico, sobre
todo, cuando se estudia con detención. E l dosel o guardapolvo
en que están sujetas las rejas de cada ventana están exornadas
de labores, del mismo estilo, aunque más vistosos. Sobre la
puerta' de entrada que está a la derecha, existe un nicho vacio
coronado por el monograma de la V irgen María. H asta ahora
pocos años, figuró en el zaguán de esta casa el antiguo pavi­
mento de hueso, muy de moda en Caracas, durante los dos
últimos siglos. D e este pavimento sólo se conserva una por­
ción del primer corredor, recuerdo de los antiguos dueños
que la habitaban en remotos días.
H e aquí una casa célebre, no sólo porque en ella vivió
B olívar, de edad de cinco a seis años, cuando su madre can­
sada de las travesuras del niño, lo entregó al tutor ad litem
que le había nombrado la Audiencia de Santo Domingo,, por
fallecimiento de su padre, el Coronel Bolívar, acaecido en
1786, sino tambiéín por ser esta casa la que, durante muchos
años, ocupó el tutor, aquel célebre patricio de la revolución
de 1810, aquel Licenciado Don José M iguel Sanz, amigo de
Miranda, víctim a de la gi erra a muerte, en las sabanas de
Urica, en agosto de 1814. En esta casa fué instalada la A ca ­
demia de Matemáticas ,en 1831; y el Colegio fie Santa M aría
en 1859, bajo la dirección de los señores Doctor Agustín
Aveledo y D octor Ribas Bawldinn.
Refieren las crónicas de ahora ciento veinte años, que en
la Universidad de Caracas cursaba el estudio de ciencias ju ­
rídicas un mancebo de suaves modales, de carácter concen­
trado, pobremente vestido, dedicado en alto grado al estudio.
Y a porque fuese tuerto de un ojo, ya porque careciera de la
cháchara y atrevimiento que caracterizan en el claustro a
ciertas medianías que llegan alcanzar entre sus colegas séqui­
to y amistades, es lo cierto, que el más aprovechado de los
estudiantes, en la época a que nos referimos, servía constan-
126 B i b l io t e c a P opular V enezolan a

teniente de tema de burla a sus compañeros, por su carácter


retraído y silencioso. Llamábase el estudiante José M iguel
Sanz.
A rm ado de paciencia, escudo en los espíritus superiores,
supo José M iguel despreciar las bromas pesadas y repetidas
de sus compañeros, no viendo en ellas sino puerilidades, hijas
del poco mérito y de la ausencia de buena educación. Sin em­
bargo, ci.ando José M iguel se veía acosado, abandonando el
carácter silencioso, se iba sobre sus adversarios, los apostro­
faba, los hería con frases cultas, y los retaba para los días de
examen, seguro de que todos ellos aparecerían ignorantes a
su lado. Y en efecto, así sucedía: al llegar la época en la
cual cada estudiante debía presentarse con capital propio, José
M iguel descollaba por sus méritos, apareciendo erguido, sere­
no, satisfecho, y con plena conciencia de sus fuerzas. Recreá­
banse los examinadores al ser testigos de la soltura del estu­
diante y de la facilidad con la cual resolvía las más difíciles
cuestiones. A l concluir los exámenes, la fam a pregonaba el
talento, aprovechamiento, despejo y demás condiciones del
jo ven ; y éste, en presencia de sus compañeros, recibía los
premios a que había sido acreedor. L a superioridad de Sanz
que había comenzado a vencer a sus colegas con el desdén,
llegó a imponerse con el talento y con la fama, de tal manera,
que las bromas y burlas llegaron a tornarse en admiración.
Sanz fué proclamado por sus condiscípulos el primer estudian­
te de Derecho, el espíritu más luminoso de su época y la
gloria más pura del claustro universitario. A ños más tarde,
el nombre del nuevo abogado resonaba por todas partes. B r i­
llaba en Caracas, en los momentos en que desaparecía de la
escena política la Compañía guipuzcoana, se eclipsaba la estre­
lla del feroz Intendente A valos, y surgía con medidas tras­
cendentales el gobierno de Carlos III, como una esperanza en
los destinos de Am érica.
A poco andar nace, en 1783, el párvulo Simón, hijo del C o­
ronel Don Juan Vicente de B olívar y de su esposa Doña
Concepción Palacios y Sojo. Rico al nacer, lo fué más, cuan­
do a los pocos días, el presbítero Don José F élix A restei-
gueta le adjudicó un cuantioso vínculo, legado que llamó la
atención pública por la magnificencia del donador. Dos años
már tarde, muere el Coronel B olívar quedando el huérfano
Simón, así como sus hermanos, bajo la tutela de la madre.
Pero como la ley española, en casos como éste, favorece los
derechos del privilegiado, la Audiencia de Santo Domingo al
tener noticia de la muerte del Coronel Bolívar, nombró un
tutor ad litem al párvulo Simón, recayendo el encargo en la
★ C r ó n ic a de C aracas 127

persona del y a célebre abogado de Caracas, Don José M i­


guel Sanz.
Es una ley de los contrastes, nacer rico y m orir pobre; sem­
brar beneficios y cosechar abrojos; alcanzar nombre preclaro
y m orir abandonado; imperar, triunfar, ascender al zenit de
la gloia y desaparecer silbado y maldecido. E l infante Bolívar
que, antes de poseer la razón, venía la ley a ampararle la
cuantiosa fortuna que poseía, estaba escrito que tendría que
ser am ortajado con camisa ajena, cuarenta años más tarde.
Todo esto no podía pasar por la mente del tutor, quien tam­
poco podía presumir el trozo de niño que, bajo su amparo,
le entregaba la Audiencia de Santo Domingo. Aquel niño de
cinco años y el tutor de treinta y cuatro, después de mil
peripecias, debían tropezar por la última vez: el uno, el más
joven, en el camino de la fu g a : el otro, el anciano, en el
camino de la muerte.
Insoportable apareció desde su más tierna edad el niño Simón
Bolívar. N o podían con él ni la madre, ni el abuelo, ni los
tíos, pues obedecía a sus instintos y caprichos, se burlaba de
todo, haciendo todo lo contrario de cuanto se le aconsejaba.
Inquieto, inconstante, voluntarioso, imperativo, audaz, poseía
todas las fuerzas del muchacho a quien le han celebrado sus
necedades, haciéndole aparecer como cosa nunca vista. N i
se le regañaba y menos se le castigaba por sus numerosas
fa lta s ; siendo inaguantable ante su propia fam ilia y extraños.
En tan triste situación pensó la madre del niño, cuando éste
alcanzó la edad de seis años, que debía colocarlo bajo los
cuidados de un director de carácter, de ilustración y de sanas
ideas que pudiera salvarle a su hijo de una educación viciosa
que sostenía un carácter indomable. Pensó Doña Concepción
en el tutor ad litem, el abogado Sanz, quien después de re­
petidas excusas aceptó al fin, llevándose al niño a su casa
para que viviera como uno de sus hijos. Le pareció que com­
plementaba de esta manera el encargo que le había conferido
la Audiencia.
Entre el pupilo y el tutor mediaban treinta años de edad,
lo suficiente, al parecer, para que el viejo, que así llaman a
los espíritus serios, tenaces en el cumplimiento del deber,
pudiera imponerse a un niño de tan pocos años. A l instalarse
Simón en la casa..,¿}el tutor, de la cual hemos hablado, co­
menzó el Padre Andújar, capuchino m uy instruido de aque­
lla época, a enseñar al niño los rudimentos de religión, moral
e historia sagrada, que sabía mezclar con historietas graciosas
que tenían por objeto llam ar la atención del discípulo y de
captarle la m ejor voluntad. Pertenecían al tutor ’ as adverten-
128 B ib l io t e c a P opular V enezolana

cías, los consejos, los castigos y hasta las amenazas, pues


Bolívar, niño, se reía de todo el mundo, a nadie obedecía, no
aceptando sino los aplausos necios que provocaban algunas de
sus muchachadas.
En los primeros días el tutor apareció suave y cariñoso, pero
a proporción que este método fué quedando en desuso, el
tutor fué acentuando las observaciones y consejos, hasta que
llegó a mandar con carácter paternal e imperativo.
— Cállese usted y no abra la boca, le decía con frecuencia
el tutor, cuando en las horas de almuerzo o comida, el niño
quería mezclarse en la conversación. Y el' muchacho, que
era muy tunante, aparentando cierta seriedad, dejaba el cubierto
y cruzaba los brazos sobre el pecho.

— ¿ P o r qué no come usted? preguntaba el licenciado.
— Usted me manda que no abra la boca.
En cada una de estas chuscadas, el tutor había de reírse,
aunque en la m ayoría de las veces permanecía serio al lado
del pupilo.
— Usted es un muchacho de pólvora, le dice el tutor, en
cierta ocasión.
-— H uya, porque puedo quemarlo, contesta Bolívar. Y lleno
de risa se dirige a la señora de Sanz y le dice: — Y o no
sabía que era triquitraque.
— Y a no puedo con usted, le dice el Licenciado, en una.
ocasión en que el pupilo estaba inaguantable. Y o no puedo
domar potros, agrega el tutor, algo excitado.
— P ero usted los monta, responde B olívar, con impasibili­
dad admirable. A ludía el pupilo al caballo zaino que montaba
el Licenciado, y que de vez en cuando costaba trabajo hacerle
subir la rampla que unía el primer patio con el piso del
corredor.
Como el Licenciado tenía que asistir con frecuencia a los
tribunales, dejaba casi siempre a Simón encerrado en la sala
alta de la casa, como castigo que le imponía por sus repetidas
faltas; pero como los niños, por traviesos que sean, inspiran
siempre conmiseración a las madres, sucedía que la esposa del
Licenciado, apiadándose de Simón, le hacía llegar al prisio­
nero, por una de las ventanas, y ayudada de una vara larga,
pan y dulces, encargándole que d e ; ninguna manera la com­
prometiera con su marido. A l regresar el tutor, la primera
pregunta que hacía a la señora era la siguiente:
■— ¿ Cómo se ha portado ese niño ?
— H a estado tranquilo, contestaba la señora.
En seguida subía el tutor a la sala de detención, abría la
puerta y ponía en libertad a Simón.
★ C r ó n ic a de C aracas 129

— Sé que te has portado muy bien durante mi ausencia,


decía el Licenciado al pupilo. Saldremos, por lo tanto, a
pasear esta tarde.
— ¿ A qué debo ésto?, pregunta Simón.
■— A los inform es de mi señora.
— Qué buena m ujer es su esposa, Don José Miguel, replica
Simón, animado de gratitud.
— Sí, sí, muy buena, porque te apadrina y consiente, replicó
el Licenciado.
— Ja, ja, ja, contesta el piiluelo, riéndose a sus anchas.
— ¿D e qué te ríes, tunante? pregunta el tutor.
— D e nada, señor de nada. M e río porque lo apetezco. E l
muchacho no quiso comprometer a la señora que lo favorecía
con dulces en cada ocasión en que el tutor, al salir para la
Audiencia, encerraba a Simón en la sala alta de la casa.
Simón y el tutor salían casi todas las tardes a caballo, y
retornaban después de horas de paseo. E l Licenciado montaba
su caballo zaino y el pupilo un burro negro algo perezoso. E l
maestro aleccionaba al discípulo, durante el paseo, aprove­
chando- cualquier incidente que mereciese darle una lección.
— Usted no será jam ás hombre de a caballo, dice el Licen­
ciado a Simón, que no tenía compasión del asno.
— ¿Qué quiere decir hombre de a caballo? preguntó el niño.
El Licneciado da una explicación satisfactoria, a la cual res­
ponde Simón:
— ¿ Y cómo podré yo ser hombre de a caballo montando en
un burro que no sirve para cargar leña?
•— A sí se comienza, responde el tutor que sabía aprovecharse
de todo para departir con el pupilo, ( i )

(i) P o d ría fo rm arse un a co lecció n de lo s dichos, respuestas, fra ­


ses irre fle xiva s, co n testacio n e s oportunas, en ocasiones d ignas de e lo ­
gio, en o tras d ign a s de censura, del niño Sim ón de B o lív a r, d urante
el tiem po en que estu v o bajo la v ig ila n c ia del célebre tu to r D o n
José M ig u e l San z. D o ñ a A le ja n d ra F ern án d ez de San z, esposa de
éste, que fu e p ara el in quieto pupilo una p ro v id en cia siem pre ca riñ o ­
sa, siem pre o p o rtu n a, trasm itió a su h ija D o ñ a M a ría de Jesús San z,
después la espo sa de D o n C á sto r M a rtín ez, cu an to co n servaba de caro
acerca de las frases y resp uestas de B o lív a r. D e labios de D o ñ a
M a ría de Jesús, señ ora de gra to s recuerd os p ara la sociedad de
C a racas, supim os m uch as de- las h isto rie tas de B o lív a r ; y to d av ía
h oy, los n ieto s del tu to r, relatan in cid en tes que se han ido co n ser­
van do en esta fam ilia, d urante c ie n 'a ñ o s . N o s es p lacentero dedicar
h o y en esta L e y e n d a algun as lín eas a la m em oria del célebre tuto r,
je fe de la ta n co n o cid a fam ilia M a rtín ez S a n z ; y nos s e r á ' satis­
facto rio , porq ue nos estim ula el sen tim ien to p atrio, dar m ás tarde a la
estam pa el estud io h istó rico que co n servam o s inédito, acerca del
célebre p atricio de la rev olu ció n v ene zolan a, v íctim a d e la g u e rra
a m u erte, en lo s d ía s san grien to s de 1814.

9
130 B i b l io t e c a P opular V enezolana

Y fué tan hombre de a caballo que, cuando murió en


Santa M arta, en 1830, de edad de cuarenta y siete años,
notóse que tenia en cada posadera enorme callo. H abía reco­
rrido, durante veinte años, las pendientes, llanuras, valles,
costas, las principales ciudades de la A m érica del Sud, y el
dorso de la tierra, desde las costas de Paria hasta las cimas
de Cuzco y del Potosí y a orillas del elevado Titicaca.
P ero esta lucha constante entre el maestro, ya en edad pro­
vecta y el niño de seis años, no debía continuar. Se com­
prende que el je fe de una fam ilia sea incansable, tenaz y
hasta cruel en la educación de un hijo de naturaleza refrac­
taria, pero no se comprende que un hombre de la seriedad
e ideas de Sanz pudiera constituirse en mentor constante de
un muchacho, reacio a todo consejo, y con quien no le ligaban
vínculos de fam ilia ni antecedentes sociales. Además, ni
tenía tiempo el tutor para constituirse en celador ni estaba
en su educación hacerse verdugo de nadie. A sí fué que antes
de cumplirse dos años, Don José M iguel llevó a Simón a la
casa de la madre y allí lo dejó para que continuara recibiendo
las lecciones de los profesores A ndújar, Pelgrón, V ide, Andrés
Bello y Simón Rodríguez. N os inclinamos a creer que éste
sustituyó al tutor ad litem en el manejo de la fortuna que
fué donada a B olívar por el Padre Jérez Aresteigueta. M uerta
la señora Concepción Palacios de Bolívar en 1791, el padre
de ésta, Don Feliciano Palacios, continuó como tutor natural
de Simón y después, por muerte de aquél, los tíos Esteban y
Carlos, hasta, que el mozo Bolívar se emancipó de todo pu­
pilaje en 1796 y salió para Europa en 1799.
¿Q ué influencia ejerció el primer tutor de B olívar en’ el
ánimo y educación de éste? Ninguna, porque B olívar perte­
necía a ese grupo de hombres q. e se forman por sí, debido
a cierta idiosincracia que tiende a emanciparlos de sus seme­
jantes, y los somete al impulso de caprichos y necesidades,
en acatamiento a aspiraciones naturales, que se transform an
en grandes conquistas sociales. Si es difícil conducirlos en los
primeros días, es más difícil comprenderlos cuando en posesión
de una claridad intelectual, que los estimula, se empinan, to­
man vuelo, ascienden y obran sin ser comprendidos, en obe­
decimiento a leyes misteriosas del organismo. L a humanidad
ju zga siempre a estos hombres luminosos, como locos dignos
de conmiseración. Son como el álbatros que necesita del hura­
cán para extender el ala poderosa y en cernerse sobre la
tempestad que les sirve de peaña. L a ola enfurecida, el rugido
de los vientos desencadenados, todas las baterías del rayo
eléctrico en posesión del espacio, he aquí la lucha en el vasto
C r ó n ic a de C a racas 131

campo de la naturaleza. P ero la fuerza no puede ser vencida


sino por la fuerza cuando ésta es conducida por la sagacidad,
piloto del espíritu. L a pupila del álbatros para dilatarse, exige
la tempestad y en ésta encuentra su triunfo, su festín. E l día
en que estos álbatros de las tempestades sociales vuelven al
hogar, después de asomarse la fa ja iris en todos los horizon­
tes, es para su cu m b ir... E l poderío se torna entonces en
debilidad, la sagacidad en temores; inflexibles, augustos, olím­
picos, se hacen después llorones y quejumbrosos. Pero como
el álbatros, siempre encuentran la roca, el escollo, la playa
hospitalaria que les sirve de tu m b a ...
A los once años después de la partida de Bolívar, tropieza
éste con su viejo tutor. Veíanse de nuevo, anciano ya el maes­
tro, y de veinte y cinco años el antiguo muchacho tronera y
voluntarioso. E l mismo número de años mediaba entre e llo s;
pero el respeto había tomado creces. Tropezaban al comenzar
una revolución, Cuyo desarrollo nadie podía prever, y la cual
necesitaba más de calma y raciocinio que de arranques fo ­
gosos. El tutor y el pupilo estaban juntos. Sanz le juzgó lleno
de talento, de imaginación, pero sin juicio sólido. Poseía la
locomotividad del cuerpo y del pensamiento, pero careciendo
del aplomo que dan los años y la experiencia. Sanz le creyó
incapaz de grandes ideas.
Los sucesos de 1810, 1811 y 1812, confirman respecto de
Bolívar, la opinión de Sanz. Uno de los espíritus pensadores de
aquella época, Pedro Gual, amigo de Bolívar, opinó porque
éste no había revelado hasta entonces, las grandes manifes­
taciones con que apareció más tarde. (1 )
En las campañas de 1.813, Sanz no surge en los campos
de la revolución, sino como un espíritu secundario, obrero
de poca valía. Con las altas virtudes de un patricio y los
talentos de un hombre de Estado, pensador, ilustrado, recto,
inflexible en el camino del deber, Sanz no apareció ante B o­
lívar, en aquellos días azarosos, de triste recordación, sino
como el venerable abuelo ante sus nietos belicosos: el hombre
de consulta en casos insignifciantes; y esto como homenaje
debido, más a los años que a la inteligencia del espíritu emi­
nentemente práctico. Es un hecho en la historia que los hom­
bres preclaros, al encontrarse como jefe s de situaciones anor­
males, tienen más confianza en su propio criterio que en el
ajeno. Rodéanse más del elemento joven, inquieto y aun tur-

(1) G u al. T estim o n io s del ciudadano D o n Pedro G ual, sobre los


verd ad ero s, m o tiv o s de la ca p itu la ción de M iran d a en 1812. B o g o tá ,
1 cu ad ern o, 1843.
132 B ib l io t e c a P o pular V enezolan a ★

bulento, si se quiere, que de los espíritus ya coronados por


los años y las conquistas de una vida laboriosa y fecunda, y
sobre todo, poseedores del don de gentes concedido por la
Providencia a determinados caracteres.
Sólo en dos ocasiones consulta B olívar a Sanz: primero,
respecto del proyecto de Constitución que deseaba dar a
Venezuela en 1813; y segundo, respecto de la pacificación
fen 1814, de los valles de Barlovento, que Sanz conocía, como
el primero. Conciso y terminante se presenta el tutor, en sus
opiniones: “ En medio de la anarquía no puede reinar ninguna
Constitución: la anarquía exige la dictadura y en ésta deben
resumirse todos los poderes” . Y respecto de la paz, alte­
rada en los valles de Barlovento por los agricultores españo­
les y los esclavos sublevados, Sanz dice: “ N o es posible la
autoridad civil, cuando el desorden impera, sino la militar, el
campo volante, la ciudadanía armada en defensa de los inte­
reses generales” . Con tales respuestas manifestó el tutor la
virilidad de sus ideas y la rectitud de sus propósitos. Con­
testaciones como éstas acompañadas de disputas acaloradas, en
las variadas conferencias que tuvieron sobre temas políticos
B o lívar y Sanz, fueron causa de que estos dos hombres 110 se
acercaran y se unieran íntimamente, como era natural. L a di­
ferencia de edad, de educación, de principios, y cierto anta­
gonismo en el modo de ju zg a r ¡os sucesos, concluyeron por
separar estos dos hombres que nunca llegaron a' amarse. V íc ­
tima de los sucesos de 1814, acosado por la anarquía patriota
más que por las huestes españolas. Sanz abandona en buena
hora la tierra caraqueña y sigue a la isla de M argarita. Uno
de sus contemporáneos, el General José F élix Blanco, nos
dice, respecto del ilustre patricio, lo siguiente:
“ A llí, (U rica ) con el último ejército de la República, pere­
ció uno de sus más virtuosos e ilustrados hijos, aquel Licen­
ciado José M iguel Sanz, que en ung. época anterior hemos
visto tan consagrado al servicio de su patria. Perseguido por
M onteverde, había gemido muchos meses en las mazmorras
de L a Guaira y Puerto Cabello, hasta que la A udiencia espa­
ñola establecida en Valencia, le puso en libertad. Perdidas
las posesiones del Centro y del Occidente por consecuencia
de la batalla de L a Puerta, emigró a M argarita, y se hallaba
allí, cuando su amigo Ribas, deseando oír sus consejos, y
aun obtener su mediación para cortar de raíz las disensiones
de los je fe s militares le llamó a su lado, haciendo valer a
sus ojos el bien que de ellos se seguía a la República. L a
★ C h ó n ic a de C aracas 133

víspera de la acción de U rica se avistaron y conferenciaron


largo rato, separándose luego al empezar el combate. Con la
muerte del ilustre letrado fueron a manos de M orales sus
preciosos trabajos literarios y entre otros, una parte de la
historia de Venezuela, para cuya redacción había acopiado
inmensos materiales. Todos fueron destruidos, ( i)
¿Cóm o juzgará la historia de Venezuela a este célebre
patricio de los primeros años de la magna revolución? En
un cuadro por separado que publicaremos más tarde, tratare­
mos de estudiar esta figura admirable, siempre luminosa de
nuestra historia. T a l figura amerita un estudio serio.

(i) L a B a n d era N a cio n al, C a racas, 1838.


D E COM O LO S F R A N C E SE S H U Y E R O N D E C A R A C A S
S IN S A Q U E A R L A

D ice la tradición y confirman los geógrafos e historiadores


de Venezuela, que Caracas fue saqueada en 1679 por piratas
franceses. E l jesuita Coleti así lo asegura, en su Dizionario
Storico-G eogràfico dell’Am erica M'eridionale de 1771, y tam­
bién A lcedo en su Diccionario geográfico-histórico de las
Indias Occidentales o Am érica, que fué publicado años más
tarde, 1789. A estos siguen, Yanes en su “ Compendio de la
H istoria de Venezuela” , publicado en 1840, y Baralt en su
“ Resumen de la H istoria de Venezuela” , que vió la luz pú­
blica en 1841. Y si los primeros citan el hecho, Baralt agregt
a la aseveración de sus predecesores, “ que los piratas se
llevaron gran botín a bordo” .
P u es bien, nada de esto es exacto, aunque lo hayan escrito
cronistas, historiadores y geógrafos de ahora cien años, y
confirm ado Yanes y Baralt, y se repita en Manuales y Com­
pendios de la H istoria de Venezuela. T o d o esto es un mito,
pues Caracas nunca fué saqueada por filibusteros franceses.
H e aquí una cuestión, al parecer, embrollada, y sin em­
bargo muy sencilla. Caracas nunca fu é saqueada por los fran ­
ceses, y no obstante, los franceses huyeron de Caracas ; Ca­
racas no fué saqueada por filibusteros franceses, y sin em­
bargo, éstos se llevaron a bordo un rico botín. Y lo más
curioso de todo es, que los únicos perjudicados con m otivo
de la entrada de los franceses en Caracas, fueron los miem­
bros del venerable Cabildo eclesiástico, a quienes costó el
percance la suma de seis mil pesos.
A h o ra parece la noticia más intrincada, pues entra un
nuevo factor, el Cabildo eclesiástico. D e manera que Caracas
fué y no fué saqueada en 1679; y los franceses entraron y
salieron, llevándose hasta las gallinas; y además, los capi­
tulares de nuestra Catedral, fueron los únicos que tuvieron
que pagar rescate a los invasores.
R eferían nuestros antepasados y lo sabían sin duda alguna
de sus padres y abuelos, que un tal Don Jaime Urrieta,
hombre muy acaudalado, que figuró allá por los años de
1608 a 1610, tuvo el capricho de llam ar a sus hijos varones
con un solo nombre y a las hembras con otro. H ubo dos
★ Cr ó n ic a de C aracas 135

hembras y éstas se conocieron con los nombres de Francisca


y Paquita. Plasta aquí todo va en orden; pero como Don
Jaime llegó a tener seis varones, al primero le llamaron
Pablo, a los dos que siguieron se les bautizó con los deri­
vados Pablito y Pablóte. A l llegar al tercero, Don Jaime,
sin querer contrariar su resolución, limitóse a estudiar los
defectos físicos de sus nuevos hijos, antes de bautizarlos,
para darles un distintivo que pudiera acentuar el nombre que
todos debían llevar. A sí se le puso al cuarto el nombre de
Pablo el tu e rto ; y al quinto Pablo el zu rd o ; pero el último,
por haber salido algo zote, obtuvo el nombre de E l gallo
pelón.
H e aquí en qué paran las manías de dar un mismo nom­
bre a una serie de hermanos. Y esto mismo puede decirse
respecto de los nombres geográficos. L a Caracas saqueada
por los filibusteros franceses en 1697 ¿fu é la Caracas de
Pablito y de Pablóte, la de Pablo el zurdo, la de Pablo el
tuerto, o finalmente, la Caracas de E l gallo pelón?
Caracas es el nombre que lleva, no sólo la capital de V e ­
nezuela, sino también un riachuelo en la costa, a barlovento de
Naiguatá, que se desprende de la Cordillera y desagua en
el mar. La ensenada de los Caracas figura en estos lugares,
y los Caracas es el nombre que tienen, igualmente, las ricas
haciendas en la misma costa. E l valle en que está construida
la capital de Venezuela se llama valle de Caracas, y Caracas
dice también del grupo de islas de la costa, a sotavento de
Cumaná. En los primeros años de la conquista castellana,
no se conoció con el nombre de Provincia de los Caracas
o de Caracas, sino la porción de costa vecina a las cimas del
A vila, y tierras interiores despobladas.
P o r los años de 1678 a 1680, el conocido filibustero fran­
cés Francisco Gramont, después de haber saqueado varios
lugares de la costa venezolana, se apoderó en 1680, del puerto
de L a Guaira, del cual tomó lo que quiso y se llevó, pri­
sioneros al Jefe y a la guarnición del puerto que alcanzaba a
150 hombres. Y no se limitó a pillar este lugar, sino que
arrasó con los animales y objetos que hubo en la costa de
los Caracas y haciendas de este nombre, para las cuales fué
terrible azote. Este es el hecho que confirman las frases del
historiador Baralt, cuando, al repetir lo que habían dicho sus
predecesores, respecto del saqueo de la capital de Venezuela
por filibusteros franceses, agrega: “ llevaron a sus bajeles
gran botín” . Este botín no salió de la capital Caracás, ni
menos fué conducido por el camino y veredas que comunican
a ésta con el puerto de L a G uaira; sino tomado en las costas
136 B ib l io t e c a P opular V enezolana

Caracas y haciendas ricas de esta comarca, que fueron sa­


queadas en 1680, por el célebre pirata Francisco Gramont. (1 )
Esta es la Caracas del gallo pelón, teatro de las fecho­
rías de los franceses, y no la capital Santiago de León de
Caracas que no ha sido saqueada sino en una sola vez,
cuando en* 1595 estuvo en ella, durante ocho días, el filibus­
tero inglés A m yas Preston, aunque los mismos cronistas e
Jhistoriadores como Oviedo, A lcedo, Baralt y otros ,hayan
asegurado que fué Francisco Drake.
En los días de que hablamos, los moradores de Caracas
eran víctimas a cada momento, de alarmas que infundían
el pánico en las familias. E ra la época del filibusterismo,
cuando Inglaterra, Holanda y Francia, armadas contra E s ­
paña, trataban de arrancarle a ésta su conquista de Am érica.
Y aunque Caracas, por su pobreza, no despertaba la codi­
cia de los aventureros extranjeros, sus habitantes temblaban,
cuando se anunciaba en la costa alguno de tantos buitres
rapaces, conocidos entonces con el nombre de filibusteros.
,Por uno de estos sustitutos pasaron los moradores de
Santiago, en los días en que Gramont se llevó hasta las
gallinas, de las costas de las Caracas. Figuraba como gober­
nador de Venezuela en ese entonces, Don D iego M eló M al-
donado, hombre activo, que en presencia del peligro que
podía correr la capital, hizo abrir fosos en las cuadras cer­
canas a la plaza mayor, donde pensó atrincherarse y defen­
derse. A la realización de esta idea contribuyeron los pobres
con su trabajo personal y los ricos con sus caudales. En
la lista de magnates de la capital se inscribió el Cabildo
eclesiástico, voluntariamente y sin niguna coacción, con Ja
cantidad de seis mil pesos. Grande se despierta el entusiasmo
en el momento del peligro, y menguado aparece cuando cesa
el temor. A l partir los piratas, después de pillajes repetidos,
Caracas respira, huye el pavor, y los moradores se entregan
al regocijo religioso, pues la Providencia los había liber­
tado de la miseria. Creía el Cabildo, que, por no haber
Gramont bajado a Caracas, se libertaba de la suma que había
suscrito, cuando el gobernador, después de recoger la sus-
crición en totalidad, recuerda a los capitulares ,1a obligación
á que se habían comprometido. Es curiosa la correspondencia
que se entabla entre el gobernador que apremia y ellos que
tratan de escaparse por la tangente, como con frecuencia se
dice. Después de idas y venidas, de vueltas y revueltas, el

(1) S o u th ey. C h ro n o lo g ica l H is to ry o f th e W est In d ies. 3 vols.


8«?, 1827.
★ C r ó n ic a de C aracas 137

Cabildo, en fin, de buena o de mala gana, con sonrisa o con


lágrimas, entrega los seis mil pesos, ( i )
Y tan escarmentados quedaron los canónigos después de
este chasco, que cuando más tarde, el monarca quiso com­
prometerlos, en caso semejante, es decir con contribución
espontánea, pero forzosa, por la manera de pedirla, el Ca­
bildo logró, en esta ocasión, irse de veras por la tangente.
Está 'probado que Caracas jamás fué saqueada por los
franceses; pero como es cierto que los franceses tuvieron
que huir de Caracas, departamos acerca de este hecho, para
que así desaparezcan los mitos y triunfe por completo la
verdad histórica.
En los días de la segunda expedición de Miranda y arribo
de éste a las costas de Coro, 1806, fu é tal el espanto que
este suceso infundió en el ánimo de los caraqueños que, el
gobernador Guevara Vasconcelos, a pesar de haber desple­
gado grande actividad, ju zgó que era oportuno pedir un
auxilio a la isla francesa de la Guadalupe, de donde envia­
ron a Caracas, en el término de la distancia, doscientos sol­
dados al mando de un oficial, cuyo nombre no hemos podido
averiguar. E s lo cierto, que 'los doscientos franceses
fueron instalados en el Cuartel de San Carlos, y que en éste
permanecieron hasta fines de 1808.
M uy lejos estaba de la mente de Vasconcelos, suponer que
aquellas tropas iban a salir de Caracas, dos años más tarde,
.empujadas por un motín popular, contra los franceses, y
más lejos aún, prever su muerte que acaeció en 1807.
M uerto el capitán general, sucedióle en el mando el se­
gundo designado por la ley, el coronel teniente de Rey, Don
Juan de Casas, español de buena índole, aunque de carácter
débil para afrontar las difíciles circunstancias que iba a atra­
vesar su gobierno. Sabía Don Juan los sucesos de Bayona,
en mayo de 1808, cuando a mediados de julio, fueron aque­
llos conocidos de la población de Caracas, de una manera
inesperada. En aquellos días, dos comisiones habían sido
enviadas al gobierno de Venezuela, con encargos diametral­
mente opuestos: la una era francesa, inglesa la otra. E l
gobierno de Napoleón encargaba a su representante que en­
tregara al gobernador y capitán general de Caracas,, los do­
cumentos referentes al cambio político que acababa de veri­
ficarse en España, e invitar a la Colonia a hacer parte de
la nueva monarquía. E l gobierno inglés encargaba al suyo
que alertara al mismo gobierno de Caracas, para que no fuera

0 ) A rc h iv o del C abild o eclesiástico.


138 B i b l io t e c a P opular V enezolan a

víctim a de las perfidias de Napoleón, y le ofreciera todo


género de protección, como aliado que era de España. A m ­
bos delegados, _que llegaron a Caracas casi a un tiempo, fue­
ron recibidos por el gobierno y pueblo ' de la capital de
diferente manera, pues estaban diametralmente opuestos.
E l 15 de julio se sabe en Caracas que había llegado a
L a Guaira el bergantín francés “L e Serpent” , que tenía a
bordo al comisario francés, el que en el término de la dis­
tancia se presentó ante el coronel Casas, y le entregó los
pliegos de que era portador. N o habían corrido breves ins­
tantes, cuando se trasparenta en el público la comisión que
traía el emisario francés, y grupos de curiosos llenan las
calles principales. En esto, uno de los oficiales de la comi­
sión, M r. Lemanois, que estaba, alojado en la posada del
Angel, se pone a leer las noticias que acerca de los sucesos
de Bayona, contenían las “ Gacetas francesas” . Escuchábanle
algunos curiosos y entre éstos el oficial ingeniero Diego
Jalón, que, indignado con procedimientos tan bajos como los
empleados por Napoleón contra España, prorrumpe en dic­
terios contra el gobierno francés. Comienza la polémica, e xá l­
tase el patriotismo, es secundado Jalón por oficiales venezo­
lanos, y la posada se convierte en campo de Agram ante,
cuando se escuchan los gritos de: “V iv a Fernando V I I y
muera Napoleón con todos sus franceses” . P o r instantes la
concurrencia se hace más numerosa, más entusiasta, y, en
menos de una hora, como diez mil personas, escribe un
testigo presencial, se hallaban al frente del palacio de g o ­
bierno y gritaban con fu ria : “V iv a Fernando V I I y muera
Napoleón. (3)
En esto se reúne el Ayuntamiento en la sala capitular, y
envía una comisión de su grem io al capitán general, con el
objeto de que se reconociera a Fernando como Rey, y se
le jurara públicamente la obediencia debida. P o r tres oca­
siones ei gobierno quiere evadir el deseo popular, y por
otras tres se presentan los diputados del Ayuntamiento, el
cual triunfa por completo. M omentos más tarde, el gobierno,
acompañado de todos los cuerpos oficiales y de numeroso
Concurso, proclamaba a Fernando V I L
Entre tanto, los comisionados de Napoleón que almorzaban'
tranquilamente en la casa del comerciante Joaquín García
Jove, para quien habían traído cartas de recomendación, lle­
gan a alarmarse, al conocer las proporciones qi^e tomaba la

(3) L a p osada del A n g e l, d estru id a p or el territo rio de 18812,


estu v o en el sitio que o cup a la a c tu a l casa de d os p isos n úm ero 9,
en la A v e n id a N o rte , ce rc a de la M etro p o litan a .
★ C r ó n ic a de C aracas 139

asonada contra los franceses. A sí lo participan al gobernador


Casas y éste les envía a su secretario, el joven Don Andrés
Bello, quien al ponerse al habla con el principal, oye la si­
guiente bravata del bonapartista:
“ Sírvase usted decir a su Excelencia que ponga a mi dis­
posición media docena de hombres, y no tenga cuidado por
lo que pueda hacerme la turba que está vociferando en la
calle” . (4) A pesar de esta fanfarria, los comisionados fran­
ceses hubieron de salir de Caracas en aquella misma noche,
protegidos p o r el gobernador, que les facilitó una escolta
de seguridad.
En la misma tarde en que se verificaba en Caracas el
suceso que acabamos de narrar, llegaba a L a Guaira la fra ­
gata inglesa Acasta, a cuyo bordo estaba el capitán Beaver,
comisionado del gobierno inglés para manifestar a los vene­
zolanos, que los pueblos de la Península se habían levantado
contra los invasores. Y mientras que los franceses bajaban a
L a Guaira, muy bien escoltados, el capitán inglés subía a
Caracas, donde fué recibido con frialdad por el gobierno,
y con entusiasmo por las familias, lo contrario de lo que
había pasado con los franceses. Esto contribuía a que la
situación se definiera y el horizonte se despejara. D e todos
modos, estos sucesos de 1808, fueron los precursores de la
revolución de 1810.
Antes de dejar a Caracas, el capitán Beaver quiere apo­
derarse del bergantín francés, en aguas del puerto, pero el
Gobernador Casas le amenaza con hacerle fuego, si intenta
tal proyecto. Sin poder contar, por lo tanto, con una pro­
tección decidida de parte del gobierno de Caracas, Beaver
baja a L a Guaira, se reembarca y parte. Días después, el
gobernador Casas mandaba salir, en dos porciones, a los sol­
dados franceses, que desde 1806 estaban en Caracas, con el
objeto de que permanecieran en Puerto Cabello y en L a
Guaira, de donde debían seguir a Guadalupe, en la primera
ocasión. Mientras que esto pasaba con los franceses de 1806,
ya los comisionados de Bonaparte y el bergantín “L e Serpent”
habían sido buena presa del capitán inglés Beaver.
A sí fué como los franceses que, en remotos tiempos, se­
gún los cronistas e historiadores de Venezuela, saquearon
a Caracas, huían de ésta, dos siglos más tarde, sin haberla
saqueado.

(4) A m u n á tegu i. V id a de A n d rés B ello . S an tiago de C hile i vol.


en 49 1883.
P A S Q U IN A D A S D E L A R E V O L U C IO N V E N E Z O L A N A

Pasquino fué el nombre que llevó un sastre remendón de


la antigua Roma, cuya tienda estuvo cerca del palacio de
L os Ursinos. Y como Pasquino era un hombre epigramático,
siempre chistoso, satírico contra el gobierno y los magnates de
Roma, su tienda hubo de ser el punto de reunión de los
charlatanes y conversadores de la capital, y también de ciertos
espríritus ilustrados, partidarios de los epigramas, con los
cuales fotografiaba el poeta a ciertos personajes de su época,
(siglo décimo sexto ). A poco de la muerte de Pasquino,
apareció en el mismo sitio un torso de mármol, que juzgaron
los artistas de Rom a representaba a Menelao conduciendo el
cadáver de Patroclo. Sobre este torso figuraban constantemente
sátiras y epigramas contra los personajes de la época; y de
aquí el haberse dado igualmente a la estatua el nombre de
Pasquino, en recuerdo del célebre sastre que satirizó a g o ­
biernos, a cardenales y a reyes.
H oy, en casi todas las lenguas modernas, existen los vocablos
pasquín y pasquinada, con los cuales se significa, escrito anóni­
mo satírico, dicho agudo que se fija en lugares públicos contra
alguien, sobre todo, contra gobiernos y hombres políticos.
Cuando M eczofanti fué creado cardenal, escribe Parisio,
Pasquino declaró que era un nombramiento admirable, por­
que no había duda de que la Torre de Babel necesitaba de un
intérprete. Sábese que M eczofanti era un insigne políglota.
D urante la visita del Em perador Francisco a Roma, apareció
el siguiente pasquín: Gaudium urbis, F ie tus Provinciarum,
R isus Mundi. Y cuando fué elegido el Papa León X , en 1440,
figu ró este acróstico satírico que f ija la fecha M C C C C X L :
M ulti caeci cardinales creaverunt caecum decimun (X ) L eo-
nem. E l dístico de Pasquino sobre el nombramiento de H ols-
tenius y sus dos sucesores, como bibliotecarios del Vaticano,
es de notable interés’ histórico. Holstenius había abjurado del
protestantismo, y fué reemplazado por L eo A llarius, natural
de Escio, quien a su turno tuvo por sucesor al sirio E vode
Assemani, en vista de lo cual Pasquino d ijo :
P reafu it hereticus — Post, hunc, schismaticus. A t nunc.
T u rca praeest. P etri biblotheca, vale!
C r ó n ic a de C aracas 141

Y cuando Urbano V I I I publicó su célebre decreto exco­


mulgando a todas las personas que usaran rapé en las igle­
sias de Sevilla, Pasquino citó de Job los siguientes conceptos:
¿A la hoja arrebatada del aire, has de quebrantar? ¿ Y a una
arista seca has de perseguir? ( i )
L as pasquinadas de la revolución venezolana comienzan con
los sucesos de 1808. T an luego como en la madrugada del 15
de junio de este año se tuvo noticia en el puerto de L a Guai­
ra del encargo que traían los comisionados franceses, enviados
por Murat, cierto sentimiento de reprobación se apoderó de
los ánimos. A l siguiente día apareció en algunas esquina del
poblado, la siguiente octava:

L a entereza, el valor y la constancia


en arrostrar peligros inminentes
ha sido, como sabe bien la Francia
el distintivo de españolas gentes:
los hijos de Sagunto y de Numancia
fieles siempre a su rey, siempre obedientes,
primero sufrirán verse abrasados
que de un extraño imperio subyugados. (2)

L a historia nos relata los sucesos de Caracas que motivaron


la ju ra de Fernando V I I y la salida precipitada de los emisa­
rios franceses, en los días que siguieron a la llegada de los
emisarios ingleses. En medio del entusiasmo de la capital
contra los franceses, la musa de Andrés Bello, a la sazón S e­
cretario de la gobernación, improvisó el siguiente soneto cuan­
do llegó la noticia del triunfo de Bailén contra Napoleón:

Rompe el león soberbia la cadena


con que atarle pensó la felonía,
y sacude con noble bizarría
sobre el robusto cuello la melena:

L a espuma del furor sus labios llena,


y a los rugidos que indignado envía
el tigre tiembla en la caverna umbría,
y todo el bosque atónito resuena.

(1) W ells. T h in g s n o t g e n e ra lly k n o w n , etc. etc ., 1 vol.

(2 ) 1 U rq u in a on a . R e la c ió n docum entada del origen y progresos


del trasto rn o de las p ro v in cias de V en ezu ela h asta la exoneración del
C a p itán ge n era l d on D o m in go de M onteverd e, etc. 1 v o l. M adrid, 1820.
142 B ib lio t e c a P o p o la r V e n e z o la n a ★
E l león despertó; temblad, tra id o re s!
lo que vejez creisteis, fué descanso;
las juveniles fuerzas guarda enteras.

Perseguid, alevosos cazadores,


a la tímida liebre, al ciervo manso:
¡ no insultéis al monarca de las fie r a s !

L a imprenta no surgió en Caracas sino tres meses des­


pués de estos sucesos, pues la primera Gaceta de Caracas
vió la luz pública el 24 de octubre de 1808. E l prim er grito
contra el usurpador lo dió por lo tanto en Caracas el pre­
dilecto de las musas, aquel A ndrés Bello que debia cantar
después las glorias del patrio suelo, los hombres de la magna
revolución y los variados dones de la fecunda zona.
Cuando más tarde, en 1809, llega a Caracas la noticia del
movimiento revolucionario en Quito que proclamaba la in­
dependencia de España, no faltó en la capital quien se anti­
cipara al movimiento venezolano del 19 de abril de 1810. En
la pared de la casa del Superintendente de Real Hacienda
D on Vicente Basadre, que vivió frente a la casa del Capitán
general Vicente Emparan, apareció el siguiente pasquín:

T o d o está listo
Porque ya Quito dió el grito
Y este Vicente
E s lo mismo que el del frente (1 )

N o hemos tropezado con ningún pasquín español contra la


revolución de 1810, pero esto se explica porque americanos
y españoles fraternizaron con el m ovim iento; mas desde el
instante en que se divide la opinión y comienzan las perse­
cuciones contra los peninsulares, la sátira aparece en el- cam­
po de la política. A consecuencia de la expedición contra la
provincia de Coro, al mando del Marqués del T oro, en 1811,
y la que proyectó más tarde contra los descontentos de las
provincias orientales, los realistas fijaron por todas partes el
siguiente pasquín:

(1 ) L a an tigu a casa del In ten d en te B a sad re h a sido com pletam en te


reco n stru id a. E n la herm osa que o cup a hoy la C om p gn ie fra n ça ise. L a
casa de los an tigu o s go bern ado res, frente a ésta con serva el m ism o
za gu án y aun p o rció n del v e tu sto corredor enhuesado al estilo de
añ ejas costum bres.
it C r ó n ic a de C aracas 143

Ese T o ro de Caracas
H a dado un fuerte bramido,
Y en él nos ha prometido
que debe acabar con Coro.

Y a prevenido tenemos
T oreador, jinete y silla
Garrochas y banderillas
P a ra que el T o ro esperemos.

Y así bien puede pitar


E se T o ro cuando quiera,
Que ya está listo el corral
y prontas las talanqueras.

Y cada cual desespera


D e pelear con ese T o ro ;
L a lengua y los cuernos de oro
Se los hemos de arrancar
^ P ara que no vuelva hablar
E l que ha de acabar con Coro.

En una carta del D octor Peña al General Miranda, fechada


en L a Guaira a 26 de junio de 1812, aquél incluye al Gene­
ralísimo, algunos de los pasquines puestos en Cumaná por
causa del M arqués del T o ro y sus aliados.
H e aquí uno de ellos, intitulado P rofecía de un cumanés so­
bre la venida del Marqués del Toro:

Que el D ios del cielo me valga


S i aqueste T o ro no anda
Escapándole la nalga
A su General Miranda.
E sto dice un cumanés
Que al tiempo da por testigo;
Llévatelo M aiz contigo;
Que los dos y otro son tres.
Y adivina quien te d ió :
Si el negro o la carabma.

¿Con que ha salido en carrera


Un Toro que es tan atroz?
Si es así salga veloz
D e esta nuestra incauta tierra
A todos tres les destierra
144 B ib l io t e c a P opular Venezolan a

N uestro pueblo incorporado,


Y ju ra por lo sagrado
S i tenaz sigue puntillo
Que el Toro saldrá novillo,
N ovillo destoconado.

Y a este pueblo se ve ahito


D e Marqueses y pelucas,
Y por momentos, Don Lucas,
Se pondrá un solideito
Aunque de Sarga maluca.

Después del terrem oto de Caracas el 26 de marzo de 1812,


a los dos años de haberse efectuado en el mismo Jueves
Santo, la deposición del Gobernador Emparan, mientras que
los poetas de Caracas se ocuparon en cantar a las ruinas de
la ciudad desolada, los realistas se contentaron con pegar en
las esquinas los siguientes v e rs o s :

Jueves Santo la hicieron


Jueves Santo la pagaron.

Nunca los enemigos de una causa política pudieron encon­


trar razones más poderosas para destruir a sus contrarios, que
los realistas de Venezuela, cuando supieron influir sobre la
muchedumbre ignorante y l o s . espíritus débiles exagerando la
conciencia de la caída del Gobierno colonial con la destruc­
ción de centenares de pueblos sepultados por el cataclismo
en 18.12, dos fechas clásicas: Jueves Santo de 1810 - Jueves
Santo de 1812.
Después de la caída de M iranda y triunfo de Monteverde
en agosto de 1812, los soldados realistas de Barquisimeto,
Coro, etc. cantaban en los ventorrillos de la ciudad el siguiente
corrido contra M iranda y los principales factores de la re
volución:

M iranda debe morir,


Roscio ser decapitado,
A révalo consumido
E spejo descuartizado.

A Venezuela intimó
M iranda con imprudencia
A imponer la independencia
Q ue contra España ju ró ;
★ C r ó n ic a de C aracas 145

A muchos también mandó


A l cadalso conducir:
H izo la muerte su frir
A dos sacerdotes santos,
Cometiendo excesos tantos
M iranda debe morir.

Deben Castillo y Padón


Ser en cuatro pofros puestos,
Y los Ribas ser expuestos,
a la m ayor aflicción.
Contra el rey y su nación,
Fué Roscio el más declarado,
A la Corte se ha negado
Como el traidor más aleve,
P o r cuyo m otivo debe
R oscio ser decapitado.
L os Salias deben su frir

E l castigo más severo,


Y de los T o ro s infiero
Que todos deben morir.
T rim iño debe existir
En Hum oa sumergido,
Navas en O rán metido
P ara un ejemplar fu tu r o ;
En el tormento más duro
A révalo consumido.
L os Pelgrones deben ser

En el cañón azotados,
L o mismo los diputados
D e aquel supremo poder:
Asim ism o deben ser
L os que a 1a Corte han negado;
P ara siempre desterrado
T odo traidor caraqueño,
Asesinado Briceño,
Espejo descuartizado.

Los bóvedas de la Guaira y los castillos de Puerto Cabello


y Maracaibo fueron las principales prisiones que tuvieron tanto
■los patriotas como los realistas desde 1810. Presenciaron estas
mazmorras la muerte de millares de víctimas de lino y otro
bando político durante la revolución, y después sirvieron
para el mismo objeto en nuestras reyertas civiles.
10
146 B ib l io t e c a P opular V enezolana

Cuando las bóvedas de L a Guaira fueron refaccionadas


para ser más tarde demolidas, todas las paredes estaban lle­
nas de letreros políticos, de versos, sentencias, sátiras e im­
precaciones de todo género. Cada pr.eso, según la importan­
cia que se daba, creía que debía escribir en las paredes
algún pensamiento alusivo a su permanencia en aquel lugar.
Patriotas y realistas se disputaban el placer de dejar algo
en los envejecidos muros. Entre los presos políticos de
1812, figuraba el joven Tom ás Montilla, más tarde General
de Colombia, espíritu epigramático, carácter alegre y sufrido
que supo siempre sacar partido de las más difíciles situa­
ciones. A l salir de la prisión dejó escrito el siguiente soneto
que ha podido conservarse:

Bóveda pestilente y. pavorosa,


Mansión del crimen, de maldad morada,
A sepulcro de vivos destinada,
M ás que la tumba, fría y silenciosa:

Como el averno, ardiente y calurosa,


D e insectos y reptiles habitada,
P o r el temblor a ruina amenazada,
Y a imitación del caos, tenebrosa:

T ú fuiste habitación del inocente


A l odio y al fu ro r sacrificado,
V íctim a de venganza e injusticia;

N o guardaste al malvado y delincuente,


Sino al que del contrato más sagrado
F ió sin tem or, engaño ni malicia.

Y en el castillo de San Carlos (M aracaibo) un patriota,


víctima del poder español en 1813, dejó escrito en los muros
los siguientes v e rs o s :

E l tigre cruel, sanguinario,


Su propia especie perdona:
N i por fu ror se abandona
A capricho im aginario:
P ero el hombre, de ordinario,
Siendo hermano al parecer,
Dem uestra siempre placer
E n ser loco, caprichoso,
★ C r ó n ic a de C aracas 147

Porque se ju zga dichoso


En destruir su propio ser. ( i )

Refieren las crónicas de Caracas, que cuando en los días


de la guerra a muerte eran conducidos ¡os isleños realistas
a los banquillos situados en la plaza de la Metropolina, el
populacho gritaba:

Bárbaros isleños,
Brutos criminales
H aced testamento
D e vuestros caudales. (2)

Y cuando, a poco, fines de 1814, entraron a Caracas las


tropas de Boves, se cantaban en los ventorrillos galerones
donde figuraban las siguientes cuartetas:

¿Dónde están las tres personas


D el colegio electoral
Que firmaban papeletas:
Roscio, Blandín y T o va r?

¿Dónde están las tres personas


Del Poder E jecutivo
Que se volvieron palomas
H uyendo del enemigo?

— B olívar, ¿dó están tus tropas


— N o preguntes zoquetadas,
M is tropas son de m ujeres
Y andan \ioy en rein ada.

D e la época de B oves han llegado a nuestras manos las


siguientes coplas patriotas y españolas, las ci.ales ponen de
m anifiesto el espíritu epigramático de aquellos días.

H E A Q U I L A S P A T R IO T A S

Boves se huyó del Cantón


D el pueblo de Guasdualito,
Y se vino a Palm arito
S i son flores o no son:

(1) E s t a c o m p o s ic ió n y el s o n e to d e M o n t illa , fu e ro n p u b lic a d o s


P o r el N a c io n a l ( C a r a c a s ) d e i ? d e a b r il d e 1834, n ú m e ro 1 1 .
(2) G on zález. B io grafía d e l G e n e r a l R ib a s .
B ib l io t e c a P opular V enezolan a

Y en tan fuerte retirada


Doscientos mató el canario.

Dicen que los chapetones


D esde que Boves murió,
L e dicen a sus canillas,
— ¿ P a ra qué te quiero yo?

A la lanza de un llanero
L e echó Dios la bendición,
Y le dice: mata godo
L eal a la revolución.

Mientras vivan Ariomendi,


M uñoz y el bravo Rondón
D orm irá viendo visiones
E n el llano el español.

Q ue aondequiera hizo un osario


S u siempre temida espada.
Y o me quedo cavilando
E ste asesinato vien d o :
S i doscientos mató huyendo,
¡ Cuántos mataría atacando!
En la batalla de U rica
B oves torció y levantó,
Y apenas llegó al infierno
E l diablo lo condenó.

En la pelea e las Queseras


A l godo en la retiráa,
L o s lancean por las nalgas,
Que no tienen que quebráa.

Con las balas que tiran


Los chapetones
Los patriotas se peinan
Los canelones.

LEAN SE LAS R E A L IS T A S :

Está del valiente Boves


L a victoria enamoráa,
Siempre le lleva la lanza
Aondequiera que va.
★ C r ó n ic a de C aracas 149

En la batalla lo libra
De las manos de la muerte,
D e velo matá patriota
Llena de amor se divierte.

V ictoria en su campamento
L os patriotas cantarán
Cuando remuevan sus manos
E l Pefión de Gibraltáa.

Y cuando B olívar fué contra Bogotá a fines de 1814, cir­


cularon tantos dichos con los cuales se le hacía aparecer
como un Nerón que sacrificaba sacerdotes, que profanaba tem­
plos, etc., que al fin todo el mundo le juzgó como espíritu
del mal. E l siguiente pasquín atribuido al clérigo doctor Juan
Manuel García T ejada, circuló por todas partes, como nos
dice G root:
Bolívar el cruel N erón,
Este H eredes sin segundo,
Quiere arruinar este mundo
Y también la religión;
Salga todo chapetón,
Salga todo ciudadano,
Salga, en fin, el buen cristiano
A cumplir con su deber,
H asta que logremos ver
L a muerte de este tirano.

E l General M orillo triunfa por completo en Nueva Gra­


nada, en 1815: al siguiente día del sacrificio de los mártires
políticos, Caldas, T orres, Gutiérrez, Villavicencio, Camacho,
etc., uno de sus aduladores le obsequió con la siguiente
décima:

M aldigamos la vil ley


Que a independencia convida
Defendam os cetro y vida
D e Fernando, nuestro Rey,
Que viva nuestro virrey.

M orrillo, Enriles, Morales,


Gobernador, oficiales,
Y toda su invicta tropa
Que vinieron desde Europa
A remediar nuestros males.
150 B ib l io t e c a P opular V enezolan a

P e ro a la siguiente mañana amanecieron refutados esos


versos en este pasquín:

Bendigamos la gran ley


Que a independencia convida,
Destruyam os cetro y vida
D e Fernando, intruso rey.
¿Q ué quiere decir virrey,
M orillo, Enriles, Morales,
Gobernador, oficiales
Y toda su indigna tropa
Sino ladrones de -Europa
Que duplicaron nuestros m ales? (i)

En los campos de Barinas y de otros lugares de ía pampa


venezolana, cantaban los llaneros un corrido que data de 1818
en obsequio de M orillo. N o conocemos sino la siguiente
e s tr o fa :

M ézclese el cacao,
Bata el molinillo,
Rico chocolate
P a ra el gran Morillo.

Y cuando el ejército de éste, pasaba cruentos trabajos en


la misma pampa durante las campañas de 1817 y 1818, los
llaneros de Páez, al saber las miserias que sufrían los rea­
listas, les hacían llegar coplitas burlescas. D e éstas han lle­
gado a nuetras manos las siguientes:

En Cádiz nos embarcaron


En una famosa nave
P ara venir a las Indias
A comer pan de cazabe.

Si la ración de galleta
N o la dan como en Europa,
M e he pasar al patriota
A l punto, con mi maleta.

E l siguiente corrido patriota apareció contra los realistas


en las calles de Cumaná en 1877, después del triunfo de
M argarita y aproximación del General Zaraza.

(1 ) C orreo del O r in o c o , n ú m ero 35, de 31 de ju l io de 18 19 .


v- V ■ -W

C r ó n ic a de C aracas 151

Regina se está muriendo


Patricia se está casando:
M argarita es la madrina
Zaraza viene bailando, ( i )

Después de restablecida
de un accidente fatal,
L e sobrevino otro mal
Y se halla desfallecida:
E l habla casi perdida,
Su testamento está haciendo,
Sus hijos están huyendo,
P o r ser un mal contagioso:
De unos cólicos biliosos
Regina se está muriendo.
........................................... (2)
Cuanto gusto nos dará
V e r a Regina casada,
C on .B olívar 'desposada;
D e gozo nos llen ará:
U n vestido se le hará.

D e la Zaraza más fina,


D e la que nunca R e g in a ...
Püdo vestir un momento;
Y en tan feliz casamiento
Margarita es la madrina.

En tan solemne función


¿Q ué música habrá por fin?
Si M argarita el violín,
Cedeño toca el violón:
R o jas el flautín sonando,

Y la trompa en conclusión
M arino la está tocando;
Páez los valses pondrá,
Berm údez que cantará.
Zaraza viene bailando.

(1 ) R e g in a es E s p a ñ a y P a t r ic ia la p a t r ia v e n e z o la n a .

(2 ) F a l t a la 2» d é c im a q u e d e b e t e r m in a r c o n e s te v e r s o : “ P a t r ic ia
se está ca sa n d o ” .
152 B ib l io t e c a P opular V enezolan a

En los pueblos al Oriente de Venezuela, donde el espíritu


revolucionario fue incansable, la musa popular, epigramática
110 perdió oportunidad de burlarse de los realistas. Como
muestra del espíritu que animaba a estos pueblos, insertamos
las siguientes endechas:

P o r la calle van cantando


L os indios am ericanos:
• Y a se acabó la Regencia,
¡N o s alegramos, nos alegram os!

M uchacho, dile a Fernando


Que y a la A m érica es libre;
Que si piensa dominarnos
Que se estire, que se e s tir e ...

Patriota, alegres cantemos,


Y a la España se voló,
Y mueran los españoles:
¡ V iv a la unión! ¡ V iv a la unión!
Y ya los pueblos son libres
De la nación, de la nación.
¿
P o r la calle van cantan'do
L o s indios cum anagotos:
Y a se acabó la Regencia,
Pues no habrá, pues no habrá o t r a ...

L os catalanes vendrán
En clase de comerciantes,
Pero a gobernar como antes,
E so sí no lo verán, no lo verán.

¿Cuáles fueron las ventajas


Que el español nos dejó,
Después que mató, y robó
D e M éjico las alhajas.

Y al son de sus roncas cajas


Reunía nuestra nación,
Y con dañada intención
Y m aléficos estilos
N os disparan con los filos
lD e l ciego y dorado arpón?
★ C r ó n ic a de C aracas 153

Quien niega el conocimiento


Del ciego y dorado arpón,
O no es capaz de razón
0 no tiene entendimiento.

Con este motivo de la ocupación del castillo de San A n ­


tonio de Cumaná por los catalanes antes de Carabobo, los
patriotas lanzaron al público el siguiente pasquín:

E l día cinco de marzo


P o r intento del demonio,
Cogieron los catalanes
El Castillo San Antonio.
E l día cinco de marzo
Este caso sucedió,
Q ue el castillo San Antonio
U n mal patriota vendió.

En el cerro Colorado
Pusim os una trinchera,
P ara m oler el castillo
Y fija r nuestra bandera
Y el Cerro de agua santa
E l castillo dominó
1 Alón, alón, cam inó!
¡ Alón, alón, aló n !

En el Cerro colorado
A rreglam os un cañón;
Y en la plaza del puente
Pusim os el Cantón.

A lo que contestaron los realistas con canciones de este


g é n ero :

I M uera la maraña
D e viles traidores,
Y los seductores
Contra el rey de España!

Fernando sétimo aclama


E l Consejo de Castilla
P ara que felice viva
P o r rey de toda la España.
154 B ib l io t e c a P opular Venezolan a ^

Fernando estaba tirado


D ebajo de una escalera
Y ahora le hemos sacado
P a ra fija r la bandera.

L as canciones bailadas que más boga tenían en los pueblos


de Oriente, eran L a Juana Bautista, L a Conga y La Cachu-
pina:

L a conga se viste
T o d a de amarillo
¡Q u e viva la P a tria !
Y muera M orillo.
Q ue conga,
Q ue conga,
Q ue dale niña a la conga.
Q ue conga, señó.

En las filas patriotas, desde el principio de la revolución,


se habían alistado en el ejército, franceses europeos, y fran­
ceses de M artinica y otras Antillas. Esto motivó el que el
pueblo de Venezuela llamara franceses a los extranjeros que
militaron en fa v o r de la causa republicana. D e esta unión
fraternal de franceses y venezolanos nació cierta promiscui­
dad graciosa en las canciones de los campamentos, sobre todo
en los orientales. A sí, esta canción de La Conga nos trae a
la memoria la siguiente cuarteta de la época de M iranda en
los valles de A ragua.

Veinte y cinco franceses


Cargaban su cañón
Alón, alón caminá
A lón, mozos, alón.

Y cuando vino el fracaso, el abordaje que trabaron en


Punta Gorda (costa cumanesa) el Comandante español Gue­
rrero y el Comandante patriota Gutiérrez, en el cual pere­
cieron ambos, quedando el triunfo a los españoles, los pas-
quinistas realistas dijeron:

De la M argarita
Gutiérrez salió
Buscando el chinchorro,
P e ro se amoló. -
★ C r ó n ic a de C aracas 155

Que conga, que conga,


Que conga, señó.
Se amoló Gutiérrez
P o r ser un traidor.

F ué tanto el machete
Que aterrorizaba
Y dijo G utiérrez:
Muchachos, al agua.

En donde pensaban
Encontrar socorro,
L es llegó Guerrero,
L es echó el chinchorro.

Apenas hemos podido conseguir de La Cachupina, la siguien­


te cuarteta:

Cachupín de mi vida,
¿ P o r qué estás triste?
Porque la Cachupina
Y a no me asiste.

Todavía, como una reminiscencia de gloriosos días, se re­


pite entre los ancianos que han sobrevivido a 4a época luc­
tuosa y prolongada de la guerra a muerte, una que otra
letrilla en conmemoración de la desaparición de algún asesino.
A sí, cuando murió el feroz Ñañez, en la defensa de Ospino
en 1814, decían los llaneros:

S i el General "Bolívar
Fuera adivino
Y a supiera que Ñ a ñ e s .. .
M urió en Ospino. (1)

Y cuando en M argarita murió el famoso Calvetón, la poe­


sía y la música lo celebraron a un tiempo en la siguiente
cu a rteta : v

Calvetón murió saltando


L a paliza e Juan segundo
Y a se acábó en este mundo
U n oficial de Fernando. (2)

(1) T .isa n d ro A lv a r a r lo . C o m b a t e d e O s p in o .
(2 ) R o j a s L o r ie n t . E p is o d io d e la g u e r r a d e I n d e p e n d e n c ia .
156 B ib l io t e c a P opular V enezolana

H a y una cuartetita más que sintetiza la muerte de tres


malvados, factores sobresalientes en los días de la guerra a
m uerte; es la siguiente:

En U rica murió Boves,


En el A lacrán Quijada,
Y en el sitio del Juncal
Rósete y sus camaradas.

Entre los pasquines picarescos de los patriotas contra los


realistas, sobresale el que1 figuró en algunas esquinas de Ca­
racas en 1818. H abía llegado a la capital la noticia, que sólo
conocían los patriotas, de que el bergantín Arrogante Gua-
yanés había apresado al bergantín Conejo que pertenecía a la
escuadra realista. S e había recibido un número del Correo
del Orinoco, y como nada decía sobre el particular, las auto­
ridades españolas ignoraban por .completo el suceso. En aque­
llos días el pueblo de Caracas hacía mucho caso de una
frase vulgar que decía: A v e María Crispulera, con la cual
celebraban cualquier suceso inesperado, etc., etc. L a noticia
vino a hacerse pública por el siguiente pasquín que fué co­
locado, entre otros lugares, frente al templo de San P ablo:

A v e M aría Crispulera
Q ue en un deleite profano,
A los godos le han cogido
E l Conejo con las manos.

L o s gobernantes españoles, al publicar en Caracas la Cons­


titución de 1820, lo hicieron con gran aparato, creyendo em­
baucar así a los necios. A l siguiente día ap areció en algunas
esquinas la siguiente coplilla:

Se cambió el real en dos medios,


Y a no seré más virote;
Siempre es la misma jeringa
Con diferentes palotes.

Y cuando después de creada Colombia comenzaron a des­


componerse los partidos, en las mismas esquinas aparecieron
estos v e r s o s :

B o lívar tumbó a los godos


Y desde ese aciago día,
P o r un tirano que había
S e hicieron tiranos todos.
★ C r ó n ic a de C aracas 157

En el año de 1826, cuando tuvo efecto en Caracas el mo­


vimiento que se conoció con el nombre de La Cosiata, apa­
reció en cierta mañana, en el portón de la casa de Doña
M aría Antonia Bolívar, hermana de E l Libertador, que vivía
entonces en la esquina de la Sociedad, la siguiente cuarteta:
M aría Antonia no seas tonta,
Y si lo eres, no seas tan to :
S i quieres ver a Bolívar
A nda vete al camposanto.
En la misma época en la cual el espíritu público era hostil
a E l Libertador, a quien calificaba de tirano y usurpador,
apareció en cierta mañana ¡a siguiente sextilla:
Si de Bolívar la letra con que empieza
Y aquella con que acaba le quitamos,
Oliva de la paz símbolo, hagamos,
Esto quiere decir que del tirano
L a cabeza y los pies cortar debemos
Si es que una paz durable apetecemos.
E ste es sin duda alguna, el pasquín más terrible lanzado
contra Bolívar. R efieren los historiadores Restrepo y Groot
que durante la permanencia de E l Libertador en el Perú,
tanto en Lim a como en las otras ciudades, se cantaban estos
versos en las misas en acción de gracias, en elogio de B o­
lívar, en el tiempo que mediaba entre la Epístola y el Evan­
gelio :
D e ti viene todo
L o bueno, señor:
N os diste a Bolívar,
Gloria a ti gran Pios.
¿Q ué hombre es éste, cielos,
Que con tal primor
D e tan altos dones
T u mano adornó?
L o futuro anuncia
Con tai precisión
Que parece el tiempo
Ceñido a su voz.
D e ti viene todo, etc.
Qué abismo entre los versos de la precedente sextilla y
estos cuartetos que recitaban coros religiosos en algunos tem­
plos americanos.
E D IF IC IO S DESCABEZAD OS Y VENTANAS
TUERTAS

R efiere la tradición, que al verificarse el gran terremoto


de Caracas, en 26 de marzo de 1812, la torre de la M etro­
politana, compuesta de tres cuerpos, inclinóse al N orte, des­
pués del . primer choque, volviendo por otro sacudimiento a
su nivel. Desde aquel día la población de Caracas manifestó
el deseo de que se rebajase., a la torre el tercer cuerpo, te­
miendo que en caso de otro cataclismo viniese al suelo. El
hecho en' sí y el no haber sufrido nada el templo, indicaban
que este edificio había sido sólidamente construido; pero
como es necesario, obedecer a las exigencias públicas, las
autoridades apoyaron el clamor general. E l conocido alarife
Francisco H errera se comprometió a rebajar el tercer cuerpo,
sin que cayera en la calle ni un solo terró n ; y poniendo
manos a la obra, así fué rematada. T odos los materiales
demolidos fueron sacados por el interior de la torre, que­
dando en la calle el tránsito expedito para los moradores
de la ciudad. Cuando éstos acordaron, vieron que aquella
había quedado descabezada, apareciendo sobre el segundo
cuerpo algo como una m itra o bonete,. coronado de una es­
tatua. L a torre habfa sido descabezada y así ha permanecido
desde entonces.
D os años más tarde, en 1814, a consecuencia de los triun­
fo s de Boves, quien con victorioso ejército avanzaba hacia
Caracas, quiso B olívar sostenerse en ésta, y con tal objeto
fijó e l . sitio de la ciudadela donde debía atrincherarse el
grupo de patriotas que guarnecían la capital, haciendo al
efecto abrir fosos en derredor de la plaza mayor. P ero a
poco tuvo B olívar que desistir de semejante temeridad, pues
hubiera sido una ruina para C a ra ca s; y abandonando a ésta
en la m adrugada del 6 de junio, siguió con las tropas y
muchedumbre de fugitivos por el camino de Oriente. Días
después entró B oves con parte de su ejército, y cuando las
fam ilias que se habían quedado en la! capital temblaban cre­
yendo que el vencedor entraría a ésta a fuego y sangre,
resultó que nada hubo, pues Boves no sacrificó sino a dos
hom bres: a uno de sus soldados que quiso en la plazuela
de San Pablo robar en cierta tienda, y al maestro alarife
★ C r ó n ic a de C aracas 159

frentes que habitaba su dueña doña M aría T eresa Ponte,


Andrade, Jaspe y Montenegro, Gedler, Bolívar de Jerez A ris-
teguieta, matrona de grandes campanillas por sus antecedentes,
carácter, riqueza y por la austeridad de sus costumbres. D e
bello porte y de modales muy cultos, doña Teresa, mujer
servicial, sabía ser “ humilde con el humilde, pero con el so­
berbio firm e” ; apareciendo en ciertas ocasiones condescen­
diente y generosa, y en otras alatanera y dominante.
Habíase levantado el primer cuerpo del edificio y fijá ­
banse las vigas que debían form ar el entresuelo, cuando ad­
virtió doña T eresa que su casa iba a quedar bajo la vigi­
lancia de los que habitaran la nueva fábrica. A l instante pre­
séntase delante de los directores de la Compañía y les expone
las razones que la favorecían para que la nueva fábrica no
tuviera dos pisos. L a dirección accede por el momento, y
la señora queda satisfecha, cuando a poco continúa la obra
como se había proyectado. P o r segunda vez se presenta
doña T eresa delante de los guipuzcoanos, mas no con carácter
manso y humilde, sino con arrogancia y majestad. “ Os pedí
ahora días, señores, un fa v o r — dijo doña T eresa— ; vengo
hoy a m anifestaros mi resolución inquebrantable: la de no
permitir la continuación del segundo cuerpo de vuestra fá ­
brica” . L a Compañía accede por segunda vez, prometiendo
que el nuevo edificio no tendría sino un solo cuerpo; pero
andando los días aparece en cierta mañana gran “número de
operarios con escaleras, andamios, instrumentos a manera
de soldados que quisieran dar un asalto. A l ruido de los
albañiles, doña T eresa abre uno de . sus balcones, observa
los movimientos, y después de cerciorarse de la perfidia
y resolución de los vascos, aparenta calma y medita acerca de
lo que debía hacer. Si los vascos habían consultado un abo­
gado que los animara a continuar la fábrica y si con razón
o sin ella creyeron vencer a la señora, es cosa que igno­
ramos, siendo lo único cierto que la obra continuó con ma­
yo r número de operarios. Habían corrido los días cuando
doña Teresa, muy de madrugada, hace llegar a su casa
treinta esclavos de Chacao, los cuales traían zurrones llenos
de piedra y estaban al mando de dos capataces. Después de
ordenarles lo que debían hacer, aguarda las diez de la ma­
ñana para mandar dar el asalto a la fortaleza de los vas­
congados, como ella llamaba la fábrica. Animada parecía
ésta y el movimiento tomaba creces, cuando a cierta señal de
la señora, sale la cuadrilla de invasores, que cual nube de
langostas hambrientas arremete a los obreros que comienzan
a defenderse de turba tan belicosa. A l instante y en medio
160 B ib l io t e c a P opolar Venezolan a ★
Francisco H errera, por haber dejado abiertos los fosos de
la ciudadela, estorbando así el paso de los transeúntes.
Con excepción de la torre de la Metropolitana, las otras
de la capital fueron destruidas por el terremoto de 1812,
conservando su primer cuerpo la de San Mauricio, sobre la
cual crecieron yerbas y arbustos hasta ahora pocos años,
en que fué demolido el vetusto templo y sustituido venta­
josamente por la Santa Capilla. A l desaparecer las torres
de los templos de Caracas, quedó la de A ltagracia con dos
- cuerpos, por haberse conservado así desde la época en que
se fundó el oratorio de las Carmelitas, en 1732. Levantábase
el tercer cuerpo de la torre de aquel templo, cuando las
m adres m onjas que estaban en la misma calle se quejaron
al Prelado de que los patios y corredores del convento que­
daban a m erced de los curiosos, que sé subían al campanario
de A ltagracia, lo cual iba a echar por tierra la disciplina de
la comunidád y establecer la comunicación visible; por lo
que ordenó el Obispo dejar como estaba la torre de A lta-
gracia y tapar las ventanas del campanario que miraban hacia
el convento. L a torre de A ltagracia, por lo tanto, nació sin
cabeza, hace ya más de doscientos años.
Descabezado estuvo, hasta ahora veinte y dos años, el
frontón de la M etropolitana; descabezado también estuvo el
'fa m o so muro de sillería- de la Basílica de Santa Teresa, que
mira al N orte. Este comienzo del nuevo templo de San
Felipe, existía en la época en que Hum boldt visitó a Caracas
en 1799. R efiérese que cuando los admiradores del sabio
viajero preguntaron a éste cuando volvería a Caracas, son­
riendo contestó: “ Cuando esté rematado el templo de San
Felipe” , queriendo significarles que nunca más. Hum boldt
m urió en 1867, y doce años después quedaba concluida la
herm osa Basílica de Santa Teresa, demolido el oratorio de
San Felipe y convertida el área en parque. E n el centro de
éste es levanta la estatua de W ashington.
P ero entre los edificios descabezados ninguno nos relata
una historia tan curiosa como el actual parque m ilitar de
Caracas. L a Compañía Guipuzcoana, dueña de ciertos sola­
res que existían entre las esquinas de Carmelitas y de San
M auricio, había levantado, a mediados del siglo último la
sólida Casa Nacional donde está el Registro público, y
tan sólida, que resistió al violento terrem oto de 1812. Con­
cluida la primera casa, continuóse la segunda en el área que
ocupa el parque militar. En línea diagonal con la esquina
del parque y frente a la demolida ermita de San M auricio,
calles N o rte 2 y O este 1, había una casa de dos pisos y dos
★ C r ó n ic a de C aracas 161

de gritería espantosa, vense cruzar los aires piedras, la­


drillos, cuernos, martillos, cucharas, reglas y plomadas y
hasta tinas llenas de mezclóte. L os esclavos, alentados por los
capataces, ascienden las escaleras, llegan a los andamios, y
echan por tierra cuanto en éstos había, al mismo tiempo que
recibían y devolvían tremendos puñetazos. M uchos de los
operarios huyen, mientras que otros se refugian en el inte­
rior de la fábrica, perseguidos por los capataces de Chacao.
Uno de éstos muere en la reyerta, en tanto que el otro logra
echar a la calle a los rendidos. A los gritos de la brega
acuden los vecinos, se detienen los transeúntes y la victoria,
en alas de la fama, llega a los extrem os del poblado. H a­
bíase librado una batalla de treinta minutos, en la cual hubo
tres muertos y muchos aporreados de ambos bandos.
Ocupábase doña T eresa en hacer recoger sus heridos y
contusos, cuando se presenta en el campo de batalla el Go­
bernador Brigadier Ramírez. Doña Teresa, desde la puerta
de su casa, saluda con dignidad a la primera autoridad y le
extiende la mano.
— ¿Q ué ha pasado en vuestra esquina? — pregunta el Go­
bernador, en conocimiento ya de los antecedentes del asunto.
D oña Teresa, m ujer de talento y de habilidad, compren­
diendo que si daba riendas a su venganza podría ameritar un
juicio, aparece sonreída en aquel momento y contesta con
g r a c ia :
— Una escaramuza, Brigadier, una mala chanza si se quiere.
Quise asustar a los opéranos de esta fábrica, por causas que
no ign o ráis: encargué a estos esclavos que lanzaran piedras
al aire; pero hay gentes que no admiten chanzas y toman las
cosas a lo serio. Yo sola he perdido, pues ha muerto mi
primer m ayordom o; en cuanto a los heridos y contusos de
ambos bandos, es de mi deber socorrerlos y aun prem iarlos,.
por haber mostrado arrojo e impavidez, condiciones que les
servirán algún día en defensa de la P atria y de la honra.
Q uise ju gar con los directores de la Compañía Guipuzcoana,
darles una leccioncita por haberme faltado a la palabra em­
peñada, y creo que seguiré jugando con ellos si persisten
en darle a la fábrica dos pisos.
Y cambiando de tono, agregó:
— Se olvidaron, Brigadier, de que hablaban con una señora
de mis antecedentes. ¡ Estos hombres son unos miserables
plebeyos que ostentan sus títulos de nobleza como la mona
su vestido de seda!
Ram írez acompañó a la señora hasta el corredor de la
casa, despidiéndose de ella con galantería. En cuanto a los
1 1
162 B ib lio t e c a P o p o la r V e n e z o la n a ★

guipuzcoanos, tuvieron a bien dejar el edificio con un solo


tu erp o ; es decir, lo descabezaron, ( i )
En 1640 comenzó el Obispo M auro de T o v a r el Semina­
rio Tridentino de Caracas; pero tan débiles quedaron los
cimientos, que fueron destruidos por el terrem oto de 1641.
Esto m otivó el que cuando se dió comienzo a la nueva fá ­
brica, quedaron enormes arcos que iban a sostener los co­
rredores altos. Comprada la casa contigua a la fábrica por
el Cabildo Eclesiástico y destinada por éste para Obispalía,
resolvieron construirle un segundo piso e igualarla al Sem i­
nario, lo que hizo que las arquerías de los dos edificios
sean iguales. L as fachadas exteriores de éstos quedaron cho­
cantes y contrahechas; y mientras que la Obispalía ostentaba
balcones de mucho vuelo y ventanas tuertas y raquíticas, el
Seminario tenía la apariencia de un presidio, por sus rejas
cuadradas colocadas a diversos niveles, y las cuales no gu ar­
daban simetría con los enormes balcones.
Sábese que el A rzobispo Méndez, prim er Prelado después
del triunfo de la Independencia, en 1821, era tuerto, y tuerto
igualmente el doctor Suárez, P ro viso r y Deán que se encargó
del Arzobispado cuando Monseñor M éndez fué expulsado
de Caracas en 1831. En cierto día de esta época reuníanse
en la esquina de las Gradillas notables y dignísimos hués­
pedes. H abíase colocado en el ángulo exterior de la Obispa­
lía el prim er farol de alumbrado, el cual quedó tuerto. A l
siguiente día apareció en la pared del Palacio Episcopal un
pasquín manuscrito que decía:

T uerta la ventana,
T u erto el farol,
T u erto el A rzobispo,
T uerto el Provisor.

Y un transeúnte agregó al pie, con lá p iz :

Y tuertos los vecinos del rededor.

A lu d ía esto último al anciano Hernández, que tenía una


canastilla frente a la Obispalía, y al respetable comerciante
francés, M. Próspero R ey, que tenía su establecimiento de
modas en la casa de Bolívar. M. Prósperu Rey, oficial de

(1) E s t e e d ific io h a s id o m o d ific a d o h a c e p o c o y a p a r e c e h o y


c o n c ie r t a g r a c ia , a u n q u e n a d a p o d r á d e s p o ja r lo d e su ta m a ñ o p r im i­
t iv o y d e l o b je t o q u e t u v ie r o n lo s g u ip u z c o a n o s a l c o n s t r u ir lo .
★ C r ó n ic a de C aracas 163

caballería de Napoleón, tenía cubierto un ojo que había per­


dido en l a . sangrienta batalla de Leipzic, en 1814.
El primero de los comerciantes de la esquina de la Obispa­
lía que leyó el pasquín fué M. Rey, quien al momento llamó
al anciano Hernández, y éste, al leerlo, exclamó:
— Y esto, ¿qué significa?
— M on ami, “ M ieux vaut monocle qu’aveugle” — contesta
R ey con su carácter sociable y epigramático.
— N o comprendo esta jerigonza — replica Hernández.
— “ A u royaume des aveugles les borgnes sont rois” —
agrega M. R ey con garbo.
P o r Dios, señor, repito que no comprendo tal jerigonza
— dice Hernández.
E sto quiere decir “ que más vale un tuerto que un ciego” ;
y que “ en el país de los ciegos el que tiene un ojo es R ey” .
— ¡ A h ! no, señor, esto no va conmigo, que me llamo H e r­
nández ; esto será con usted que se firm a Rey.
— Y o no pertenezco al país de los ciegos, sino al de la glo­
ria — replicó Rey.
Entonces, querido vecino, démonos por vencidos, y sea
desde hoy esta esquina la de los tuertos y la de la gloria,
por viv ir en ella, en la célebre casa de Bolívar, un oficial del
grande ejército de Napoleón que pudo salvarse del desastre
de Leipzic con un ojo de menos.
Y Hernández, despidiéndose de la turba de curiosos que
llenaba la esquina, se dirige a M. R ey y le dice:
— “ En el país de los ciegos, señor, el que tiene un ojo
es Rey".
RETOZOS CARAQUEÑOS

L a capital de la provincia de Venezuela, dice el historiador


español D on M ariano Torrente, que escribió su historia el
año de 1.829, ha sido la fragu a principal de la insurrección
americana. S u clima vivificador ha producido los hombres
más políticos y osados, los más emprendedores y esforza­
dos, los más viciosos e intrigantes, y los más distinguidos por
el precoz desarrollo de sus facultades intelectuales. L a v i­
veza de estos naturales compite con su voluptuosidad, el genio
con la travesura, el disimulo con la astucia, el vigo r de su
pluma con la precisión de sus conceptos, los estímulos de
gloria con la ambición de mando; y la sagacidad con la
malicia. ( 1 ) .
H e aquí un retrato de cuerpo entero hecho del hombre ca­
raqueño ; y no es de extrañarse que, desde el momento en
que a B olívar lo calificaron los escritores españoles de la
época de la revolución — 1810 a 1825— , con los epítetos de
ambicioso, aturdido, bárbaro, cobarde, déspota, feroz, igno-,
rante, imprudente, insensato, impío, inepto,' malvado, mons­
truo, miserable perjuro, pérfido, presumido, sedicioso, sacri­
lego, usurpador, etc., e tc.; no es de extrañarse que si tan
injuriosos epítetos sirvieron para calificar el genio que supo
emancipar tantos pueblos de la servidumbre de España; que,
si esto se escribió en los días de la magna guerra, otra cosa
debía suceder al llegar el iris de la paz. Gracias sean dadas
^1 historiador Torrente que nos concede, siquiera, algo bue­
no, en medio de tanto malo.
E s lo cierto, que por naturaleza, por inclinación y hábito
somos retozones, sobre todo, en asuntos democráticos, en
cositas de partidos, en percances de intereses políticos, y
por éstos hemos podido pasar de una esclavitud tranquila
a los contratiempos de una libertad peligrosa. L a historia
de nuestros partidos políticos es una serie de travesuras, casi
siempre, con tendencias a la comedia, a la tragedia, y en de­
terminadas ocasiones, al sainete. Y 110 se crea que nuestros
retozos vienen desde 1810, que ya durante los siglos que

(1) T o r r e n t e . H is t o r ia d e la R e v o l u c ió n H is p a n o a m e r ic a n a , 3 v o ls .
g r u e s o s e n 8*>. M a d r id , 1829.
★ C r ó n ic a de C aracas 165

precedieron a la revolución del 19 de abril, los caraqueños


se metían en el bolsillo a los Gobernadores que de España
nos enviaban, salvo en una o dos ocasiones en que éstos
hicieron tascar el freno a los miembros del Ayuntamiento
de Caracas. En las disputas acaloradas que tuvieron los
cabildos político y eclesiástico, desde remotas épocas, hasta
mediados del último siglo, fueron más culpables los caraque­
ños del Ayuntamiento con el Gobernador a la cabeza, que los
españoles del cabildo eclesiástico, sostenido por el Obispo.
Si Bohorques, M auro de T o va r y otros prelados supieron
lanzar excomuniones a sus contrarios, insultarlos y acusarlos
ante el Monarca, el General Solano, espíritu liberal, inteli­
gente y justiciero, supo poner a raya a los retozones del
Ayuntamiento de Caracas, desde 1763 hasta 1770, cuando
éstos quisieron armarse con el santo y la limosna, como lo
tenían de costumbre. Y todavía más atrás, los retozos ca­
raqueños venían repitiéndose, pues todo databa desde que
por intervención de los agentes de la colonia en la Corte de
Felipe II, recabaron de éste, con diplomacia y astucia, el que
los dos Jueces de la ciudad y el Ayuntamiento, por muerte
de los Gobernadores, entraran a mandar la provincia.
Departamos acerca de uno de estos retozos caraqueños, en
los días en que esta capital, por disposición del Monarca,
quedó, en lo civil, dependiente del virreinato de Bogotá. En
dos ocasiones ha estado la capital, Caracas, bajo el gobierno
de B o go tá; la una, cuando fué creado el virreinato de ésta
en 1717, y la otra, cuando fué fundada la República de Co­
lombia, un siglo más tarde, en 1819. L a historia conoce
cuanto precedió a la disolución de la República en 1830. Entre
las causas principales figuran los retozos republicanos <le
1826, con sus corolarios de actas y pronunciamientos a favor
y en contra de Bolívar en 1828 y 1829. Narremos ahora,
lo que trajeron los retozos caraqueños de 1720 a 1726.
En 1716, se encarga de la gobernación de Caracas, Don
M arcos Francisco de Betancourt y Castro, el cual duró muy
poco tiempo en sus funciones. P ara comprender cuanto va­
mos a narrar, conviene saber que, por uno de tantos capri­
chos que tuvieron siempre los reyes de España, respecto de
los límites entre las diversas secciones de América, desde
1717; Caracas y las secciones de la colonia venezolana, Gua-
yana y Maracaibo, quedaron anexadas al virreinato J e Bogo­
tá, que acaba de erigirse, pero sólo en lo político, pues en
lo religioso dependían aquellas secciones del obispado de
Puerto Rico. P o r esta disposición quedaba Caracas despo­
jada de su carácter de capital, e igualmente quedaba bajo
166 B ib l io t e c a P opular V enezolana

el mando no de un Gobernador que en nombre del M onarca


se establecía en aquélla, sino como un pueblo secundario, de­
pendiente del gobierno de Bogotá. L o s notables de Caracas
no vieron con buenos ojos tal cam bio; pero como el obede­
cimiento y fidelidad al M onarca era virtud no desmentida
en todo buen vasallo, inclináronse sin murmurar. Una me­
dida tan inesperada respecto de una capital que estaba más
cerca de las costas de España que de la ciudad de. Bogotá,
debía causar disgustos, fomentar intrigas y hasta desacatos,
como veremos más adelante.
P o r causas que ignoramos quiso el virrey de Bogotá Don
Jorge de Villalonga, separar del mando al Gobernador B e ­
tancourt, para cuyo efecto, vino a Caracas, como interino,
a principios de 1720, Don Antonio de A breu; mas como
aquel resistiese entregar la gobernación, por estar próxim a
su salida hubo de quedarse hasta que cumplió su tiempo.
E n esta situación, no queriendo el .Ayuntam iento recibir a
A breu, por la mala voluntad que éste había sabido captarse
de la población de Caracas, nombraron a los A lcaldes Don
A lejandro Blanco y D on M a n u el, Ignacio Gedler en 1720,
y en 1721 a Don A lejan dro Blanco V illegas y Don Juan
B olívar Villegas, nombramientos que fueron comunicados al
Rey. A poco llega a Caracas el sustituto de Betancourt, Don
D iego Portales y Meneses, que se encargó de la gobernación
de la provincia. Tranquilo andaba todo cuando en 1723 se
presentan en Caracas dos comisionados del virrey de Bogotá,
P ed ro Beato y Pedro O lavarriaga, que habían agenciado más
antes la pretendida deposición del Gobernador Betancourt.
T raían el propósito de hacer la propaganda entre los m ag­
nates ricos de la colonia, acerca de la creación de una com­
pañía de comerciantes de Guipuzcoa, la cual afrontaría gran­
des capitales en beneficio de la agricultura y del desarrollo
de las poblaciones. L o seductor de esta noticia, las utilida­
des exageradas que prometían sus autores, las franquicias
que debía obtener en el porvenir una compañía tan respetable,
la protección que se prometía del Monarca, la riqueza inci­
piente de Venezuela llamada a grandes destinos, la déstruc-
cíon, en fin, del contrabando extran jero; estas y otras ideas
fué el tema obligado de los criados o enviados del virrey
Villalonga, en su paseo por los pueblos y ciudades de V e ­
nezuela. Bien comprendieron el Gobernador Portales y el
Obispo Escalona y Calatayud, que desde 1717 se había en­
cargado de este Obispado por ausencia de Monseñor Rincón
que había sido destinado para el de Bogo'tá, todo lo grave y
trascendental de semejante propaganda, la cual comenzó, des­
★ C r ó n ic a de C aracas 167

de sus orígenes, a producir los resultados de todo negocio


im aginario: el deseo de lucro, desarrollo de la codicia, en
una palabra, el monopolio, fuerza que destruye todas las
aspiraciones de los necesitados y da vuelo a la ambición de
los poderosos. A dvertidos los agentes del virrey por el G o­
bernador Portales, para que suspendieran el encargo que tan
bien desempeñaban, ningún caso le hicieron, lo que obligó
a éste a aprehenderlos; disposición que inmediatamente co­
municó a la A udiencia de Santo Domingo y al virrey de
Bogotá. Y como por la cesión de Caracas al gobierno de
N ueva Granada, habían ya surgido ciertas competencias entre
las autoridades de allá con las de acá, de esperarse era un
rompimiento entre ellas, después de la prisión de los criados
del virrey, sobre todo, cuando ya muchos magnates de la
capital, víctimas de las intrigas y exageraciones de Beato y
O lavarriaga, no pensaban sino en las imaginarias ganancias
de la proyectada compañía.
N o anduvo Portales menos activo que los intrigantes, y
lleno de astucia hubo de participar al rey la conducta que
había seguido, así como los temores que por el cumpli­
miento del deber le asaltaban, respecto de las tropelías que
contra él podía ejercer el señor de V illalonga; medida en
que obró con pleno conocimiento de los hombres y de las
cosas de Am érica. L a dependencia de Caracas del gobierno
de Bogotá comenzaba a producir lo que era de esperarse:
el choque entre dos gobiernos que no tenían por apelación
sino la persona del Monarca, no quedando por resultado de
toda divergencia sino desgracias para la sociedad de Caracas,
que debía presenciar un prolongado conflicto de intereses
bastardos, y del triunfo de la codicia y del monopolio sobre
el bienestar de la población trabajadora y sufrida.
En 1721 el virrey Villalonga pide al Ayuntamiento de Ca­
racas testimonio del acta en que constaba la fianza dada por
el Gobernador Portales, medida que indicaba el comienzo de
las hostilidades que iba a desplegar aquel mandatario; mas
dió la casualidad que en el jn ism o año el rey ordenó al
Obispo de Caracas, por real cédula, que en el caso en que
el virrey de Bogotá intentase algo hostil contra el Gober­
nador Portales^ lo impidiese; y que si llegaba a reducirlo a
prisión, le tom ase a la libertad y le volviese a su empleo. N o
comprendemos semejante política seguida por el M onarca;
tan despojada aparece de convicciones y de virilidad, que
más bien puede considerarse como un juego de contradic­
ciones, que como el desarrollo de un plan gubernativo. Si
la gobernación de Caracas estaba subordinada a la de B o­
168 B ib lio t e c a P o p u la r V e n e z o la n a -fc

gotá, e1 rey no debía intervenir en hechos que no se habían


consumado: si el virrey no obraba, por otra parte, con ju s­
ticia, el M onarca no debía desautorizarle, interpolando entre
ambos Gobernadores la persona del Obispo, que obedeciendo
el mandato real, desautorizaba al superior y favorecía al
subalterno. T a l será siempre el resi Itado de toda política
personal en la cual impera, no la fuerza de la ley, sino la
conveniencia del momento.
N unca había llegado a Caracas una real cédula con más
'oportunidad que aquella en que el Monarca ordenaba al
Obispo favorecer al Gobernador Portales contra las tropelías
del virrey Villalonga. pues poco tiempo después, recibió
el Ayuntamiento de Caracas la orden de aprehender al Go­
bernador, confiscar sus bienes y remitirlo a Bogotá. A poyá­
base aquél para emplear un procedimiento tan duro ,en va­
riados hechos que manifestaban la ninguna obediencia del
Gobernador Portales a las órdenes del virrey, en su falta
de respeto a la autoridad superior, y en la altivez con la
cual parecía desdeñar las órdenes que se le comunicaban desde
Bogotá. Reunido parte del cabildo de una manera sigilosa,
y acompañado de un escribano, del maestro de campo, veci­
nos y guardias, pasa a la casa rea! en solicitud del Goberna­
dor Portales. Comunícale a éste la orden del virrey, a nom­
bre del Monarca, a lo que contesta Portales, ya indignado:
“N o obedezco a tal despacho, pues V . E. nada tiene que
hacer con los actos de mi gobierno.”
P o r segunda vez requiere el cabildo al Gobernador la o r­
den recibida, a lo que contesta P o rta le s : “ Presentadme esos
despachos, que deseo ver, pues yo he recibido otros reales
que aun no he abierto” . Y fuera de sí al verse intimado,
fee desata en frases destempladas contra el cabildo y los que
le acompañaban.
Este desciende entonces a los bajos de la casa real, invoca
el nombre del re y ; acuden al instante los vecinos y transeún­
tes y todos juntos suben de nuevo y entran en la sala del
Gobernador Portales, quien al verlos, lleno dé dignidad y
de moderación dirige al cabildo frases amargas en que le
echa en cara un tratamiento tan inusitado. P o r la tercera
vez amonesta el cabildo al Gobernador en nombre del rey,
y Portales se somete para ser conducido a la casa capitular,
donde permanece custodiado. En seguida se apodera el ca­
bildo de los papeles del Gobernador, se toma nota por inven­
tario y confíscanse los bienes. Desde aquel momento apare­
cían en la escena política dos partidos. P o r una parte figu ­
raban el pesquisador A breu, confidente del virrey, y siempre
C r ó n ic a de C aracas 169

■én asechanza para conseguir sus propósitos los agentes Beato


y O lavarriaga, que habían sido puestos en libertad, y el
Ayuntam iento, que debía apoderarse del mando. P o r la otra,
el Gobernador Portales, sus amigos y el Obispo Escalona y
Calatavud, que tenía órdenes' del rey para restablecer al Go­
bernador en su empleo, en el caso de llegar a ser depuesto.
Entretanto los magnates de Caracas, unos, los más ilusos ,se
afiliaban en el bando del pesquisador y agente del virrey,
mientras que otros acompañaban al Ohispo y al Gobernador.
Sin detenernos en la justicia y conveniencia que asistieran a
uno y otro bando, hasta cierto punto esta lucha era necesa­
ria. E l progreso y adelantamiento de toda sociedad exige
el choque de intereses, de aspiraciones, de ideas y propósi­
tos, que se disputan las diversas secciones de la comunidad;
y hasta el exacerbamiento de las pasionés puede tolerarse,
con tal que no pasen a las vías de hecho. D e la lucha pací­
fica, bajo todas sus faces sale la luz, porque el estímulo
desarrolla las fuerzas, y del combate de las ideas, surgen
medios de ataque o de defensa. Alertados los enemigos de
Portales, acusaron a éste ante la Audiencia de Santo D o­
mingo, y le expusieron todo lo sucedido, como un desacato
inferido a la majestad de la ley, en tanto que por su parte
el Gobernador escribía al rey la historia de los sucesos y la
j)oca libertad de que gozaba, bajo la autoridad de manda­
tarios tan apasionados.
Aprobóse todo lo acontecido por el cabildo de Caracas, y
quedaron los Alcaldes ordinarios a la cabeza del gobierno
de la provincia, en obedecimiento a reales órdenes.
Ante el cabildo, el Obispo Escalona y Calatayud reclama
la persona del Gobernador, pero los Alcaldes se niegan a
entregarlo. A poco la Audiencia de Santo Domingo amenaza
al prelado con m ultarlo, si lleva a cabo su pensamiento lo
¡mismo que a los A lcaldes si no continuaban al frente de la
gobernación civil. El 25 de mayo de 1825 loera el Goberna­
dor Portales escaparse de la prisión y se refugia en el tem­
plo de San Mauricio. En fuerza de los poderes reales que
tenía el Obispo por la real cédula de 5 de mayo de 1724,
quedaba el prelado plenamente autorizado por segunda vez,
a favorecer al Gobernador. Mientras que esto pasaba llega
a Caracas la real cédula de 13 de junio, en la cual mandaba
el Monarca al cabildo que obedeciera al Gobernador. T rata
el Obispo de imponerse en sus justas pretensiones y es re­
chazado. Alborótase el partido de los gobiernistas, y no lo
esquiva el contrario. El Gobernador es conducido de nuevo
a estrecha prisión, donde le cargan de cadenas. L ogra eva­
170 B i b l io t e c a P opolar V enezolan a ★

dirse de nuevo, y en esta ocasión refugiase en el Seminario'


Tridentino. Y a para este entonces los dos bandos políticos
se habían insultado y sus disputas tomaban el carácter de
una revolución. Desprestigiado el Gobernador, desatendido
el Obispo que, con mansedumbre y tacto pudo m oderar en
algo estos asuntos, el grito de las pasiones llegó a imperar
por todas partes, y los partidarios del Gobernador, abrigan­
do temores, lograron hacerlo escapar por tercera vez y sa­
c a rlo 1 fuera de Caracas. A l saberlo los A lcaldes despachan
tropas en todas direcciones, como 800 hombres salen para
Valencia, y participan a todas las autoridades subalternas de
la provincia, que ninguna debía obedecer al tal Gobernador,
y que todas y cada una estaban en el sagrado deber de
aprehenderlo.
Las cosas iban de mal en peor, cuando llega a Caracas la
real cédula de julio de 1725, en la cual el Monarca, instruido
por Portales de cuanto había pasado, ordena al Obispo la in­
mediata reposición del Gobernador y la deposición de los
A lcaldes, que fueron unas de las víctimas de este escándalo,
precursor de la instalación, poco después, de la célebre
Compañía Guípuzcoana, de la cual el tal Olavarriaga, fué
su primer director. P o r real cédula de enero de 1726, la
conducta de la Audiencia de Santo Domingo fué desaproba­
da, y sus miembros condenados cada uno a pagar doscientos
pesos de multa, y a remitir al Obispo Escalona y Calatayud,
el proceso seguido a Portales. L os A lcaldes y Regidores de
Caracas que se opusieron a restablecer la persona del G o­
bernador, fueron condenados a pagar cada uno mil pesos de
multa y a ser remitidos a España, bajo partida de re­
gistro. (1 )
¿Cuál fué el resultado inmediato de estos retozos políticos?
L a pérdida de la gracia que los caraqueños desde remotos
tiempos habían obtenido del monarca español, por medio de
comisionados tan diplomáticos, tan hábiles: la de que los dos
A lcaldes de la capital pudiesen reemplazar la autoridad del
Gobernador cuando éste m uriera o fuese derrocado. Diez
años más tarde de estos sucesos, el gobierno español anuló
lo que habían hecho sus predecesores, y nombró agentes pen­
insulares que en todo caso pudieran reemplazar la persona

(1) E l v ia je r o D e p o n s , c o m is io n a d o d e l g o b ie r n o f r a n c é s c e r c a d e
la C a p it a n ía g e n e r a l d e C a r a c a s , a c o m ie n z o s d e l s ig lo , t r a e u n lig e r o
e x t r a c t o d e e s t o s h e c h o s . D e e s te a u t o r to m ó B a r a lt , lo q u e f ig u r a en
e l v o lu m e n d e s u H is t o r ia A n t ig u a d e V e n e z u e la . N o s o t r o s h e m o s
s a c a d o t o d o s lo s p o r m e n o r e s d e e s te c u r io s o in c id e n t e , d e la s *actas d e l
a n t ig u o A y u n t a m i e n t o , c o r r e s p o n d ie n t e s a lo s a ñ o s c o r r id o s d e l 1720
a l 1726.
C r ó n ic a de C aracas 171

del Gobernador. Todavía, años más tarde, en la época del


Gobernador Solano, el Ayuntamiento, por retozos más o me­
nos apremiantes, perdió uno de los Alcaldes de la ciudad.
Hasta aquella fecha ambos eran venezolanos; desde enton­
ces, fué uno de ellos español el otro venezolano. (2) Los
retozos republicanos de 1826, trajeron la caída de Bolívar
y disolución de Colom bia; los retozos de 1725, la pérdida
de una gracia concedida hacía siglos por el monarca de
España al Ayuntamiento de Caracas.
L os retozos caraqueños de que hemos hablado, así como
todos los retozos de las muchas capitales de ambos mundos,
son inherentes a los pueblos de la raza latina. Están en la
índole de las aspiraciones, de las condiciones sociales, de la
lucha constante que trae casi siempre resultados armónicos
en el desarrollo general. L o que está en las necesidades del
cuerpo y del espíritu, hace parte de los puntos o decepciones,
de las conquistas o perecimientos del ser pensante y libre.
L os pueblos que han pasado largas épocas bajo el peso de
alguna tiranía, patrocinan estos retozos como expansiones ne­
cesarias de la libertad social reconquistaba; y los gobiernos
que sostienen la verdadera libertad, ni los persiguen ni los
protegen. L a tolerancia política por una parte, y la com­
pleta libertad de la prensa por la otra, contribuyen siempre
a disipar estos gritos del entusiasmo político, religioso o
social, que no pasan de cierta efervescencia transitoria; obra
del entusiasmo, de la juventud, y de las tendencias civiliza­
doras de cada época.

(2 ) Y a h a b la r e m o s d e t o d o e s t o c u a n d o p u b liq u e m o s n u e s tr o e s t u ­
d io in é d ito , t it u l a d o : O r íg e n e s d e lo s p a r tid o s p o lít ic o s d e V e n e z u e la .
LOS HERMANOS SALIAS
Desaparecieron las antiguas ruinas de la Casa de M iseri­
cordia, que desde el terrem oto de 1812 llamaba la atención,
en el extrem o oriental de la calle Este 4: en este sitio fi­
gu ra hoy el hermoso Parque de Carabobo. Desaparecieron,
igualmente, las ruinas de la antigua casa del R egidor Ribas,
en la esquina de M a tu rín : allí se levanta hoy un templo ma­
sónico. A un se conserva la vetusta quinta de Bolívar, a
orillas del Guaire, pero ya sin el fam oso cedro de Fajardo,
en cuyo hermoso tronco dos generaciones habían inscrito
sirs nom bres; y se conservan la casa solariega del D octor
Alam o, en la esquina de Santa Teresa, y la que en el rincón
de la plaza de San Pablo, perteneció a la antigua fam ilia
Salias. En estos y en otros lugares, se reunían los revolu­
cionarios de Caracas, desde que en 1808, fué invadida España
por Napoleón y entregado a éste Carlos IV , con su familia,
por el Príncipe de la Paz, favorito de la reina.
E xistía en aquellos días un fermento que preocupaba los
ánimos, una idea en gestación, cuyas form as no se podía
delinear; algo noble y generoso que acercaba a la juventud
y la ponía en camino de grandes acontecimientos, todavía des­
conocidos. L a juventud en aquel entonces era fuerza, y égida
los sentimientos generosos. P ero si en la m ayoría de estos
círculos familiares sobresalía la juventud masculina, y era
la que daba el tono, en una de las casas mencionadas desco­
llaba al frente de los noveles políticos, una matróna llena
de gracia, inspirada, de palabra fácil, y orgullosa de poder
decir como C ornelia: mis tesoros son mis hijos. Esta ma­
trona admirable, fué aquella M argarita de Salias, alma de
la tertulia que tenía por concurrentes a lo más distinguido
y apuesto de la sociedad de Caracas. A llí, en el rincón de la
antigua plaza de San Pablo, estuvo la casa solariega de la
fam ilia Salias. (1 )
(1 ) H e a q u í u n a p la z a d e C a r a c a s s in n o m b r e q u e a l c a r a c t e r ic e :
lla m ó s e a n tig u a m e n t e d e S a n P a b lo , p o r e l te m p lo q u e a llí e s t u v o ;
y d e s p u é s , p la z a d e l T e a t r o M u n ic ip a l. B ie n p u d ie r a b a u t iz á r s e la c o n
e l , n o m b r e g lo r io s o d e P l a z a S a lia s . E n el c e n t r o f ig u r a la e s t a t u a
d e u n o d e lo s m á s b r ill a n t e s a d a lid e s d e la m a g n a g u e r r a . N i n g ú n
c o lo r id o c u a d r a r ía m á s a l g u e r r e r o , q u e p o s a r e n e l p a v im e n t o d e la
P l a z a S a lia s , q u e r e c u e r d a a s u s c o m p a ñ e r o s d e la g u e r r a a m u e r te ,
s e g a d o s e n lo s c a m p o s d e b a t a l la y e n lo s p a t íb u lo s .
★ C r ó n ic a de C aracas 173

Abrim os las crónicas de la revolución caraqueña, leem os


los diversos sucesos políticos que desde 1808 acercan los
hombres, y al contemplar el grupo, de familias que lanzaron
sus hijos a la defensa del patrio suelo, tropezamos con la
de Salias. H uérfanos de padre los hermanos Salias, alenta­
dos por la madre, forman un cuerpo que no obedece sino
a una vo z m ágica: Libertad. Francisco, Vicente, Pedro y
Juan Salias, y tras de éstos Mariano y Carlos, los menores
de la familia, pertenecen por sus antecedentes, talentos, ser­
vicios militares y civiles, entusiasmo y arranques, a la plé­
yade de adalides que comienzan el 19 de abril de 1810, si­
guen los impulsos de la revolución, acompañan a Miranda
en 1811 y 1812, y siguen con B olívar en 1813 y 1814. Cuando
llegan los reveses de esta época lúgubre, la revolución pier­
de muchos de sus atletas segados en los patíbulos. Entre
las numerosas víctimas de Pore, sacrificadas en 1816, por
orden de M orillo, está uno de los Salias, Juan. L e habían
precedido en la muerte Pedro y Vicente, salvándose por uno
de tantos m ilagros el m ayor de ellos, aquel Francisco que
el 19 de abril de 1810, cuando todo estaba perdido, detiene
en la puerta m ayor de la Metropolitana al Gobernador
Emparan y le hace retroceder a la sala del Ayuntamiento.
M uertos tres, quedaban tres para continuar impasibles y re­
sueltos. Escapados de las bóvedas Francisco y Mariano,
B olívar toma al primero para tenerlo a su lado, desde 1813,
y deja los menores a las madres, sus compañeros en las
playas del ostracismo.
En este grupo de lidiadores, Vicente sintetiza la revolu­
ción: Francisco es el patricio inspirado del 19 de abril de
1810; tres de ellos debían ser edecanes de Miranda, uno de
B o lív a r; dos, víctimas en el campo de batalla; uno en el
patíbulo, y sólo el menor debía alcanzar edad nonagenaria
para contarnos los sucesos de aquellos días luctuosos y ha­
blarnos de sus hermanos. Refieren las crónicas que durante
los veinte y cinco años que siguieron a la guerra a muerte,
en cada ocasión en que M argarita, la madre de los Salias,
recordaba a sus hijos inmolados, lágrimas silenciosas corrían
de sus ojo s; el culto maternal fué una de las virtudes sobre­
salientes de esta espléndida matrona.
En la lista comprensiva de los autores del 19 de abril de
1810, con la cual remata el historiador español Díaz, su R e­
belión de Caracas, publicada en 1829, figuran cuatro de los
hermanos Salias, así: Francisco, que vivía en aquella época,
Vicente, fusilado en Puerto Cabello en 1814, Pedro, que su­
174 B ib l io t e c a 1’ o p d l a r V enezolana ^

cumbió en la reyerta sangrienta de A ragua, en 1814, y Juan,


fusilado en P o re en 1816. (1 )
E n el admirable grupo de los hermanos Salias, hay uno
que descuella por su carácter, inteligencia, ilustración: es
Vicente, médico y poeta, uno de esos paladines de las gran­
des causas, siempre inspirado, desde el día en que sucesos
nuevos en el orden social, empujan ciertos corazones en pos
de nobles y m isteriosos destinos. Vicente, con su espíritu
epigramático, con su palabra acentuada, entusiasta, era la
¿arte etérea de esta fam ilia de patricios. U n escritor m o­
derno le ha sintetizado en estas frases elocuentes: “ Saliás
era un griego, amigo de la belleza, lleno de chiste y de sal
ática" (2 ). En efecto, cuando llega el momento en que cada
carácter debía definirse, llenos unos de tristes presentimien­
tos, entregados otros a la fu e rza del destino, Vicente aparece
radiante en medio de sus com pañeros: siempre con la cabeza
erguida, y siempre con la sonrisa en los labios, esta precur­
sora del chiste y de la bella frase en los espíritus superiores.
E l hado le tenía, sin embargo, reservado para ser una de
las ilustres víctimas de la guerra a^ muerte.
Y a tornaremos a esta figu ra de los días épicos.
H abía salido el Capitán general Emparan del Ayuntamiento,
en la mañana del 19 de abril de 1810, y se encaminaba hacia
la Metropolitana, cuando la juventud de Caracas, que a gu a l­
daba verlo preso, ju zgó el lance perdido. E l Gobernador
había logrado evadir con astucia la lógica del Ayuntamiento,
y libre de la intriga, tiempo tenía para reflexionar. A l pasar
con su séquito frente al cuerpo de guardia de la esquina
del Principal, nota que el oficial y soldados no le hacen los
honores, lo que contestó el Gobernador con una mirada de. re­
proche. E ste incidente m otivó que la concurrencia que lle­
nada calles y, plaza se apercibiese de algo desconocido, y era
que el oficial amenazado por su procedimiento y lleno de
temores, después de haber obedecido a la consigna de los
revolucionarios exclam ara: — “ M e han dejado solo, pero sa­
bré comprometer a todo el mundo. Conmigo serán ju zga ­
dos cuantos me aseguraron que todo estaba listo” . Esto fué
Jo suficiente para que comenzaran los gritos de “al cabildo” ,
“ al cabildo” , los cuales se repetían inconscientemente por to ­
das partes. Eran los gritos lanzados por los salias, Ribas,
Montillas, Jugo y demás revolucionarios que, como especta­
dores, estaban apostados en diferentes sitios, en derredor de

(1) D í a z e s c r ib e M a r ia n o e n lu g a r d e J u a n , q u e es un e rro r de
n o m b r e , p u e s a q u é l m u r ió e n C a r a c a s e n 1850.
(2 ) G o n z á le z . B i o g r a f í a d e R ib a s .
★ C r ó n ic a de C aracas 175

la plaza real. En estos momentos Francisco Salias atraviesa


la plaza con el objeto de alcanzar al Gobernador, antes de
que éste entrara a la Metropolitana. Comprendió el joven
patricio de que si Emparan, ya apercibido, obraba con ente­
reza, desde el templo, todo podía fracasar, y por esto quiso
detenerlo. Am bos llegaron en el mismo instante a la puerta
del templo.
— O s llam a el pueblo a cabildo, le dice Salias, impidién­
dole la entrada.
— Será más tarde, contesta Emparan.
— O s llama el pueblo a cabildo, señor, y los momentos son
muy apremiantes. O s llama el pueblo a cabildo, repite Salias,
con ademán sereno.
Eran los momentos en que los gritos se redoblaban y lle­
gaban a oídos de Emparan, ya preocupado.
A l cabildo, señor, le repite Salias.
Vam os, pues, al cabildo, contesta Emparan.
E l Gobernador había notado que al acercarse Salias, el
cuerpo de guardia situado cerca de la puerta mayor del
templo, quiso hacer los honores al primer mandatario, y el
oficial Ponte, había ordenado lo contrario. Este incidente,
que se repitió por segunda vez, y el ademán imponente de
Salias, le obligaron a retroceder.
D e mil maneras ha sido referido este incidente de Salias,
causa inmediata de la vuelta del Gobernador a cabildo. Cada
historiador lo relata a su modo, lo que amerita estudiar el
suceso a los ojos del criterio histórico y de la sana razón,
y despojarlo así, de toda exageración o calumnia con que
hayan querido mancharlo los enemigos de la revolución his­
panoamericana.
“A l poner el Gobernador el pie en los umbrales del templo,
dice el historiador Díaz, le alcanzó Francisco Salias que ha­
bía a carrera atravesado la plaza: le tomó por el brazo: le
puso un puñal al pecho y le intimó a que volviese al Ayun­
tamiento” .
“A l poner el pie en los umbrales del templo le alcanza el
desaforado Francisco Salias, le asesta un puñal al pecho y
le intima al regreso al Ayuntamiento” . Esto escribe el his­
toriador español Torrente.
“ Salió para la Catedral con el cuerpo de cabildo; pero al
llegar a la puerta de ésta, le agarró del brazo un Salias, que
acompañado del pueblo y con gritería, le obligaron a volver
a la Sala Capitular” . A sí habla el Oidor Martínez, en la na­
rración que escribió desde Filadelfia, referente a los varia­
dos incidentes de la revolución del 19 de abril de 1810.
176 B ib l io t e c a P opolar Venezolan a -fc

D ucoudray Holstein, en su Historia de Bolívar, pone en


boca de Salías dos discursos, uno al llegar el Gobernador a
la puerta del templo y otro cuando torna al cabildo, en el
cual pide aquél en términos insultantes, la deposición del
Intendente A cá, odiado de la población, y en seguida el
arresto de la Audiencia real, etc., etc.
E l relato de B aralt y D íaz es muy lacónico : “ En este ins­
tante varios grupos de conjurados reunidos en la plaza, cie­
rran el paso a la comitiva de Emparan, y un hombre llamado
Francisco Salias agarra a éste del brazo y grita que vuelva
con el cabildo a la Sala Capitular” .
Restrepo, el notable historiador de Colombia, dice: “ E sta­
ban ya a las puertas de la iglesia, cuando varios grupos cie­
rran el paso, y avanzándose atrevidamente un hombre lla­
mado Francisco Salías, toma del brazo al Capitán general y
le intima que vuelva con el Ayuntamiento a la Sala Capi­
tular” .
O tros escritores asientan que Salias despojó al Gober­
nador del bastón que llevaba; es decir, dejó éste de figurar
como primer mandatario, desde el momento en que entre­
gaba a una facción la insignia de mando.
A s í se ha ido comentando, desde el 19 de abril de 1810,
un incidènte que no tuvo nada de ruin, nada de faccioso y
descompuesto, y sí mucho de respetuoso y de digno. Salias,
ciudadano pacíiico y de fam ilia distinguida, no tuvo necesi­
dad. de amagar a nadie con puñal, pues las armas de que se
valió fueron el respeto y la compostura. N i D íaz, ni T o ­
rrente, íueron testigos del suceso. D íaz, en su narración no
califica a Salias; pero Torrente que copia a su Mecenas,
apostrofa a Salias con el dictado de desaforado. L a narra­
ción del O idor M artínez es más exacta que las precedentes,
pues se limita a reterir el hecho, sip epítetos y sin puñales.
L a narración de Ducoudray es ima confusión de incidentes.
L á discusión que tuvo horas más tarde el canónigo Cortés
M adariaga con el Gobernador, discusión que dió por resul­
tado la caída de los principales empleados y de la Audiencia,
la anticipa aquel historiador y la agrega al incidente de Sa­
lias. Confundió los inform es que obtuviera.
E l relato de B aralt y D íaz que copia Restrepo, sólo tiene
de censurable el que de un patricio tan conocido como era
.Francisco Salias, se dijera un hombre llamado Francisco S a ­
lias; lo que equivalía a decir, un desconocido. En este par­
ticular, el historiador D íaz es más, justo, pues coloca a
Francisco Salías al nivel de los demás conjurados sin des­
pojarlo de su carácter de revolucionario.
★ C r ó n ic a de C aracas 177

Salías no agarró por el brazo al Gobernador, ni hubo ne­


cesidad de esto, ni de amagos. Salías se insinuó, manifestó
el deseo general y triunfó, sin necesidad de amenazas ni de
tropelías. Tam poco le despojó del bastón de Mariscal, pues
Emparan tornó con él al cabildo, con él pasó su detención
de cortos días y con él se embarcó. L as frases “arrancó el
bastón” , “ le despojó de la insignia de mando” , son figura­
das y sólo así deben admitirse.
D os incidentes providenciales abren la revolución del 19
de abril de 1810: el incidente Salias y el incidente Cortés
M adariaga; sin éstos la revolución habría fracasado.
Con Vicente Salias, Mariano Montilla, los hemanos B o ­
lívar, López Méndez, Bello, y Cortés M adariaga comienza
la diplomacia venezolana en 1810.
Y a en otro escrito hemos departido acerca de este tema. (1 )
Cada una de estas agrupaciones produjo resultados inme­
diatos'; mas la de B olívar, López Méndez y Bello trajo un
nuevo factor a la revolución: Miranda, que a fines de 1810
tornó al suelo patrio, después de haber dedicado treinta años
de su vila a las conquistas de la libertad en ambos mundos.
L a “ Sociedad patriótica” creada por Miranda, trajo las con­
quistas de la tribuna libre, espontánea, expansiva, y aun tur­
bulenta y dem agógica: era la antesala del Congreso que sur­
gió poco después. L a creación de la diplomacia venezolana
— la tribuna parlamentaria: he aquí las dos más bellas crea­
ciones de la revolución de 1810.
Con los hermanos Salias, con Ribas, con S.oublette, con
los hermanos Carabaño, Bolívar, M ac-G régor y machos otros,
comienzan los heraldos de la guerra, próxim a a estallar. E l
que tenía señalado la Providencia para conducir victoriosos
los ejércitos de Colombia hasta las nevadas cimas de los
Andes, debía recibir su bautizo de sangre, en unión de sus
conmilitones, bajo las órdenes de Miranda. L os hombres
son hijos del encadenamiento de los sucesos.
En estos días, fué cuando la fam ilia Salias hubo de estre­
char amistad con el Generalísimo. Durante la estada de éste
en Esf>aña¡ había tratado con alguien de la parentela de
aquélla, así fué que al llegar a Caracas quiso conocerla. P o r
otra parte, el padre de los hermanos Salias, Don Francisco,
muerto al finalizar el último siglo, era español de buenos
quilates. M iranda era partidario de los enlaces de españoles
con americanos, pues juzgaba que el elemento hispano era
el único que nos haría conservar las virtudes de raza y de
(1 ) V é a s e n u e stro e s t u d io h is t ó r ic o t it u l a d o : “ O r íg e n e s de d ip lo ­
m a c ia v e n e z o la n a ” .

12
178 B i b l io t e c a P opular V enezolana

familia, que Castilla había sabido plantar en el N uevo Mundo.


L a fam ilia Salias y M iranda constituyeron un lazo de inte­
reses políticos y sociales. En Vicente, M iranda había encon­
trado uno de los más simpáticos caracteres de la revolución;
en sus hermanos el sentimiento de la P atria llevado al sacri­
ficio. N o pasó mucho tiempo sin que cada uno ocupara el
puesto que le indicaba el deber y recibiera por galardón Ja
muerte, la victoria o el ostracismo.
E n efecto, a fines de 1811, revienta la contrarrevolución
española, tanto en Caracas como en Valencia. E ra el co­
mienzo de la guerra civil, con sus odios, crímenes y hogue­
ras. M ás tarde, el terremoto de 1812, vendrá en ayuda de
los españoles que se valdrán del fanatismo para apoderarse
de los ánimos timoratos y de pueblos incipientes y seguir
triunfantes por todas partes. Entre los edecanes de Miranda
figuran tres de los hermanos Salias: Francisco, Juan y M a­
riano. Y a veremos la suerte que cupo al primero. Tenemos
y a a M iranda en campaña; lucido ejército en el cual figura
la juventud de Caracas le acompaña en dirección de V alen ­
cia, donde la contrarrevolución española ha establecido sus
reales.
En aquellos días figuraba en los alrededores de Valencia,
una partida de salteadores encabezada por el Zambo Palom o
y por Eusebio Colmenares, conocido con el nombre de El
Catire. Con el pretexto de encontrar inmunidad, estos hom­
bres de mala ley se habían afiliado en el bando español, que
los admitía y protegía como a hombres necesarios. A p are­
cían y desaparecían, infundiendo por todas partes el espanto,
y sin fijarse en cada localidad sorprendida, sino el tiempo
necesario para saquearla. E n junio de 1811, el edecán de
M iranda desempeñaba cierto encargo de su Jefe, cuando es
sorprendido y cogido por la partida de E l Catire y de P a ­
lomo ( 1 ) . Q uiere éste atropellar al prisionero y el primero
se opone con todas sus fuerzas. ¿Quién era este protector
de Salias? Sin preverlo, el edecán al verse prisionero, se
encuentra frente al antiguo capataz de su familia, en la ha­
cienda “ E l H o yo ” , en los altos de ■Caracas. E l Catire, al
reconocer al joven Salias, lo ampara y lo lleva consigo a sus
guaridas. Después de algunos días, Valencia fu é tomada a

(1) E s t e Z a m b o P a lo m o e s e l m is m o q u e m á s t a r d e , e n 1 8 1 3 , a c o m ­
p a ñ ó a M o n t e v e r d e , d e s p u é s d e la r o t a d e M a t u r ín , y p u d o s a lv a r a
e s t e m a n d a ta r io , c o n d u c ié n d o lo p o r v e r e d a s o c u lt a s . D e s p u é s t r o p e ­
z a m o s c o n e l m is m o P a lo m o , q u e f ig u r a e n e l e jé r c i t o d e M o r a le s ,
e n S a n F e r n a n d o , e n 18 19 . M a n d a b a u n e s c u a d r ó n y t e n ía e l g r a d o
d e C o m a n d a n te .
★ C r ó n ic a de C aracas 179

fuego y sangre por Miranda, y acompañado de los dos ban­


doleros se presenta Salías en el campamento patriota, im­
plorando el perdón de aquellos hombres, gracia que le con­
cedió Miranda. E l parte dirigido por el Generalísimo al M i­
nistro de la Guerra, fechado en Valencia a 25 de junio de
1812, es el siguiente:

" Señor Secretario del Despacho de la Guerra”

“ E sta mañana al amanecer, como previne a U S . en mi an­


terio r oficio, hicimos un reconocimiento general sobre todos
los puntos de la ciudad de Valencia, en que nuestras tropas
se hallan en el día establecidas, para cerrar su comunicación
con la campaña y bloquearla perfectamente. Observamos que
los enemigos perseguidos vigorosam ente por nuestra infan­
tería ligera, se hallaban reducidos al centro de la ciudad
habiéndonos abandonado, todos los barrios y cercanías, junto
con una pieza más de artillería, y ochenta y cuatro prisio­
neros de guerra. L a buena dirección del fuego de nuestra
artillería contra la plaza, y la escasez general de víveres, a
que el bloqueo tiene reducido al enemigo, ha producido una
deserción bastante considerable, pues pasan de cincuenta per­
sonas, las que el día de hoy se han pasado a este ejército;
entre ellas, hemos tenido la satisfacción de ver llegar a Don
Francisco Salías, que haciendo la función de nuestro edecán,
el día 23 del mes pasado, quedó prisionero en Valencia; y ha
debido su libertad, según su informe, al fam oso Eusebio Col­
menares (alias E l Catire), uno de los principales je fe s entre
los insurgentes de Valencia, y que igualmente se ha presen­
tado, implorando el perdón de sus pasadas ofensas, en vir­
tud del servicio que, en procurar la libertad Salías nos ha
hecho, y de los que ofrece hacer a su patria, sin solicitar otra
recompensa por todo ello que el olvido de su pasada con­
ducta: lo que me ha' parecido útil y conveniente el acordarle.
El parte adjunto del Ingeniero en Jefe indica los trabajos
hechos por éste los días 8 y 9, contra la plaza de Valencia;
y aunque hoy se ha observado que el enemigo trabaja con
grande actividad en hacer nuevas cortaduras y retrinchera-
mientos en las principales calles que guían a la plaza m ayor
de esta ciudad, no me parecerá extraño, que la disminución
de las tropas que la defienden, reducidas a un número, por
la gran deserción, que por todas las avenidas de ellas hacia
el campo se observa, la hallásemos evacuada dentro de dos
o tres días.
180 B ib lio t e c a P o p u la r V e n e z o la n a ^

“ D ios guarde a U S . muchos años. — Cuartel General del


M orro, frente de Valencia, a 10 de agosto de 1811, a las
8 de la noche.
" Francisco de M i r a n d a (1 )

Días más tarde el edecán Salias acompañado del joven


Bolívar, traía a Caracas el parte de la toma de Valencia.
B o líva r había recibido su bautizo de sangre y acompañado
de un edecán del Generalísimo, quiso recibir las felicitacio-
nés amigas. (2)
A poco el vendaval poltico tom a creces, la desm oraliza­
ción cunde por todas partes, y tras el entusiasmo, en sus ú l­
tim os espasmos, viene el desaliento. E l terremoto de marzo
de 1812 fué la fu erza m isteriosa que acabó de hundir al
bando patriota y abrió el camino de Caracas a los enemi­
gos de la joven República. L a estrella de M iranda v a a eclip­
sarse, y tras éste, llegará el carro de la guerra a muerte.
P ero con M iranda están sus hom bres: Ribas, M uñoz Tébar,
V icente Salias, Soublette, Espejo, Bolívar, Sanz y otros más.
¡ Q ué grupo éste el que constituye los hombres de M ira n d a !
L a correspondencia de todos ellos con el Generalísimo, es
un rico tesoro de apreciaciones históricas de alto interés. E sta
correspondencia, salvada de la catástrofe de L a Guaira, sin­
tetiza una época admirable en la historia de Venezuela. E l
propulsor de la revolución, al desaparecer en las mazm orras
de la Carraca en 1816, había sido ya precedido de algunas
de estas lumbreras que constituyen la constelación histórica
de los hombres de M iranda: Salias y dos de sus hermanos,
Ribas, Espejo, M uñoz T ébar, Sanz y otros más.
D os épocas caracterizan la revolución venezolana: 1810
a 1812; 1813 a 1825. M iranda y sus hombres sintetizan la
época de gestación, incomprensible, indefinida. B o líva r y sus
tenientes comprende la época del sacrificio, de la gu erra a
muerte, de la lucha heroica, del combate constante: el triunfo
de la revolución.
M iranda ha desaparecido de la escena política, y la cam­
paña feliz de 1813, ha abierto a B o lívar las puertas de Ca­
racas. Con él han continuado los hermanos Salias: la revo ­
lución ha cambiado de conductor, pero no de ideas. T erri-

(1) G a c e t a d e C a r a c a s d e 13 d e a g o s t o d e 18 8 1 . E s r a r o t r o p e z a r
h o y c o n a lg ú n n ú e m r o d e la G a c e t a d e la é p o c a d e 18 10 h a s t a 1 8 1 5 ;
p o r e s to la p u b lic a c ió n d e c ie r t o s d o c u m e n t o s q u e n o f ig u r a n e n la s
C o le c c io n e s , e s d e g r a n d e in t e r é s .
(2 ) T e n e m o s u n a le y e n d a in é d it a que se in titu la : B a u tiz o de san ­
a r e d e B o l ív a r .
C r ó n ic a de C aracas 181

ble recomienza la lucha; pero el triunfo de toda idea noble


exige sacrificios. L a guerra a muerte ha comenzado a segar
a los vencedores de 1813, y el incendio de 1814 toma propor­
ciones gigantescas. E n los boletines militares de esta época
sangrienta, aparecen con frecuencia los hombres de los her­
manos Juan y Pedro Salias. H a llegado el momento en que
uno de ellos precede a sus hermanos en la gloria y en la
muerte. H ay un hecho de armas que conoce la historia con
el nombre de degüello de A ra g u a : es la avanzada luctuosa
de U rica, donde todo fué exterminio. A llí desaparece el
batallón Caracas, compuesto de una gran parte de la juven­
tud de la capital, al mando de su Comandante Pedro Salias.
“ T o d o el batallón Caracas quedó tendido, desde Salias hasta
el último soldado”, escribe Díaz.
Apartem os la vista de este campo de desolación. E l sacri­
ficio de Vicente Salias nos aguarda.
Después de la desgracia de Miranda, y del triunfo de B o ­
lívar en 1813, Vicente Salias, en unión de M uñoz Tébar, re­
dactaba la Gaceta de Caracas. E ra ésta un boletín en que se
daba noticia ,no sólo de los triunfos patriotas, sino también
de las tropelías cometidas por los españoles, desde los días
de Monteverde. En la Gaceta de Caracas está la historia de
la guerra a muerte, durante los años de 1813 y 1814, con
todos sus gritos y sarcasmos.'
L a revolución tenía un adversario en Caracas, el famoso
gacetillero José Dom ingo Díaz, médico, condiscípulo de V i­
cente Salias. S i éste pintaba a su contrario como un hombre
indigno de todo crédito, Díaz se contentaba con asociarlo a
Bolívar, en cada escrito que, desde Caracas, lanzaba a los
pueblos de Venezuela. N o hubo para D íaz epíteto injurioso que
no endilgara a Bolívar, a quien odiaba de corazón; y como
el mismo odio profesaba a su condiscípulo Vicente, sucedía
que los hombres de Bolívar y de Salias andaban siempre pa­
reados en las crónicas del gacetillero de los españoles. Díaz
y Salias tenían cierta cuenta pendiente; éste había, desde
1810, ó antes,'escrito un poema joco-serio titulado La Medi-
comaquía, en el cual aparece D íaz como el protagonista prin­
cipal. En esta obra, que siempre se conservó inédita, si Díaz
queda en ridículo, Salias aparece como un espíritu epigra­
mático. Este odio secreto lo amamantaba Díaz, como una
necesidad de su espíritu y de su corazón. Animábalo la dulce
esperanza de ver algún día a su condiscípulo y enemigo po­
lítico en desgracia, y el curso de los sucesos hubo de sa­
tisfacerle.
182 B ib l io t e c a P opolar V enezolana ★

Cuando llegaron los momentos aflictivos de 1814; cuando


no había ya esperanza de salvación posible, Vicente fleta un
buque en L a Guaira y se embarca en dirección a las A n ti­
lla s; pero apenas ha dejado las aguas de L a Guaira, cuando
es apresado por un corsario español que le conduce al cas­
tillo de P u erto Cabello. H abía llegado para Vicente la hora
fa ta l; pero ante muerte próxim a, valo r encontró en su pe­
cho el gallardo mancebo, y serenidad en su espíritu ilustra­
do, que eran ambas virtudes timbre de su raza. E n carta de
D íaz a Boves, fechada en L a V e la de Coro, a 4 de agosto
de 1814, leem os los siguientes conceptos:
‘‘D ios se cansó de su frir los insultos que nos hacían: los
castigó por medio de usted, de un modo seguro y enérgico,
y su justicia se extendió hasta poner en las manos del g o ­
bierno español de Venezuela; al sacrilego e insolente redactor
de aquella Gaceta, D on Vicente Salias, mi condiscípulo, pró­
fu go en el bergantín Correo de Gibraltar, partido de L a
Guaira el 8 del último mes, apresado por el corsario espa­
ñol el Valiente Boves, armado por D on Simón de Iturralde
uno de los apasionados de usted, y conducido a este puerto.
S i la justicia es recta como debe ser, su vida terminará poco
tiempo después de su Gaceta ( 1 ) .
H e aquí, en estas frases terribles, la hiena en presencia
de su presa. E l gacetillero se gozaba con la idea de la muer­
te de Vicente, y temeroso, acentuaba el deseo, invocando la
justicia. ¡ Cuántas monstruosidades encierra el corazón hu­
mano !
En el castillo de Puerto Cabello existían algunos presos
patriotas, que por grupos iban saliendo al cadalso. E l día en
que le tocó a Salias, acompañaron a éste, A ntonio R a fael
Mendiri, que había sido Secretario interino de Guerra, y
caído prisionero después de la derrota de Barquisimeto, y otros
dos patriotas de poca importancia. Mendiri, hombre de es­
píritu débil, habló en el cadalso de la siguiente m anera:
“ Señores — dijo— teniendo más ilustración que mis com ­
pañeros, creo deber hablaros antes que ellos. H e seguido
estudios, y la lección de algunos libros prohibidos es la cau­
sa de mi perdición. M e llené de orgullo creyéndome sab io :
me inspiraron m áxim as que ahora conozco detestables, y me
han conducido a este caso. Me hicieron apartar de los de­
beres que cumplieron tais mayores, y buscar la felicidad en
un gobierno que me favoreciese en todas mis pasiones. L o
conozco y lloro, mas sin remedio. Señores: no es este lugar

(1) D ía z . R e b e l ió n de C aracas, 1 v o l. e n 8», M a d r id , 18 29 .


~k C r ó n ic a de C aracas 183

ni el tiempo de enumeraros estos libros peligrosos; vosotros


oiréis en el pulpito su catálogo de la boca del Doctor Don
Juan Antonio R ojas Queipo, a quien lo he encargado. H uid
de ellos si queréis ser fe lice s: obedeced al Rey, y seréis ju s­
tos. V am os.” Se sentó en el patíbulo, y espiró.
Después de fusilados otros dos patriotas, llegó a su tum o
a Vicente Salias que pidió permiso para hablar a los es­
pectadores. Digno, sereno, sin ninguna muestra de debilidad
o temor, Vicente se dirige al borde, del cadalso y elevando
sus miradas y brazos hacia lo A lto , pronuncia con voz so­
nora la siguiente imprecación:
D io s Omnipotente, si allá en el cielo admites a los espa­
ñoles, renuncio al cielo.’’
Iba a continuar, cuando el redoble de los tambores ahogó
sus palabras. Entonces se sienta en el banquillo e impávido
recibe la muerte. A sí desapareció “ este griego amigo de la
belleza, lleno de chiste y de sal ática” ; este paladín de la
idea liberal en los días de la guerra a muerte.
D os años más tarde, cuando llegó el momento en que la
crueldad de M orillo hubo de saciarse en Nueva Granada,
mandando a sacrificar por todas partes a centenares de hom­
bres ilustres y notables, entre los fusilados en Pore, cupo
triste suerte a Juan Salias, el tercero de los hermanos des­
tinados al sacrificio. D e los tres sobrevivientes, Mariano acom­
pañó a la fam ilia en su: ostracism o; Francisco siguió como
ayudante de B olívar en las campañas de 1817 a 1821; Carlos
había huido con la inmigración de Caracas en 1814, únese
a las tropas de Bermúdez, antes de Urica, y reaparece más
tarde en la campaña del Magdalena, en 1821.
Cornelia no debía tornar a la patria de sus hijos sacrifi­
cados en la flo r de la edad, sino cuando los sobrevivientes
le abrieran con honra la puerta del hogar abandonado, y el
menor de ellos hubiera recibido, en campo patriota, el bau­
tizo de san gre!
CONTRA IN S U R G E N T E AGUA C A L IE N T E

Desde el 19 de abril de 1810, comienzo de la revolución


que, después de desastres y matanzas, concluyó victoriosa
en las alturas de Ayacuchó", en 1824, la fam ilia venezolana
hubo de dividirse en dos bandos políticos: españoles y ame­
ricanos, o en términos más locales, godos y patriotas. S o s­
tenían los primeros la realeza, los segundos la República.
Con estos epítetos acompañados de odios y de persecucio­
nes por ambas partes, todos llegaron a la última meta. V en ­
cieron los patriotas y se fueron los godos oficiales, pero
quedaron los urbanos que m uy necios hubieran sido, al aban­
donar el suelo donde tenían sus hijitos y propiedades.
Cuando reventó la revolución de 1810 no había partidos,
pero cuando a poco se transparentaron las icjeas republica­
nas, los realistas pusieron el grito en el cielo y la reyerta
comenzó, y con esta las persecuciones, las diabluras políti­
cas de 1811, finalmente el terremoto de 1812, como precur­
sor de la caída del gobierno patriota. Surgen de nuevo los
patriotas en 1813 para sucumbir en 1814. Desde fines de este
año hasta 1821 estuvieron los beligerantes de quien a quien
hasta que ondeó, de veras, el pabellón de la República en
Carabobo en 1821 y en P uerto Cabello en 1824. T ascaron el
freno godos y godas, a pie firm e y comenzaron los retozos
republicanos. P ero lo más sorprendente para los vencidos
fué que habiendo cundido el contagio en toda la porción
española del continente de Colón, B olívar se encargó de
llevar la victoria hacia el Sur, y galopando sobre el dorso
del Ande, la condujo hasta las nevadas y volcánicas cimas
de la soberbia cordillera. Desaparecieron desde entonces los
godos de antaño pero quedan los de ogaño, con quienes no
romperemos lanzas.
Entre las fam ilias caraqueñas, los odios políticos estuvie­
ron tan acentuados, durante la guerra a muerte, que hubo
algunas de ambos bandos, que con o sin intención tropezaba,
para vapulearse públicamente en las calles de Caracas. Y
aún se refiere de una dama, cuyo nombre dejaremos en el
tintero, que no contenta con los encuentros fortuitos, entraba
de sopetón en las casas de los contrarios, y fustigaba a cuan­
tos encontraba sin conmiseración. ¿Q uién fué ella y a qué
C r ó n ic a de C aracas 185

bando político perteneció? ¿ Y qué ganaría la historia con


conocer estos arrebatos realistas o republicanos?
“ T e aconsejo que no te mezcles en los negocios políticos
escribía B olívar a su hermana Antonia en 1826, ni te adhie­
ras ni opongas a ningún partido. D eja marchar la opinión'
y las cosas, aunque las creas contrarias a tu modo de pen­
sar. Una m ujer debe ser neutral en los negocios públicos.
S u fam ilia y sus deberes domésticos deben ser sus primeras
ocupaciones. . . ”
Y en verdad que las cosas anduvieron muy complicadas,
cuando desde 1815 hasta 1819, se fusilaba a los hombres por
simple sospecha y se metía a otros en el embudo de los em­
préstitos hasta que se adelgazaran como anguilas, y enáni-
mes, salieran por el pico.
L a antigua fam ilia Blandain, después Blandín, que tanto
figu ró en las tertulias caraqueñas de fines del último siglo,
y de la cual hemos ya hablado en otra ocasión (1) la cons­
tituían al comenzar la guerra a muerte en 1813, dos seccio­
nes, con ideas políticas diamétralmente opuestas: la espa­
ñola, a la cual pertenecía la fam ilia Echenique con sus en-
troncamientos de Alzualde, Zarzamendi, Aguerrevere, Medi­
na, Martínez, etc., y la americana donde campeaban las de
Blandin, A rgain y Báez. P o r la República se decidieron los
hermanos Bartolomé y Domingo Blandín, y los jóvenes A r ­
gain que figuraron en las filas patriotas. P o r la realeza se
decidió la fam ilia Echenique con sus entroncamientos.
Concluida la contienda, los patriotas de la fam ilia que esta­
ban en el extranjero, regresaron al patrio suelo donde tam­
bién quedó la fam ilia Echenique a pie firm e llevando levanta­
da la bandera de A taúlfo, se entiende, en sus ideas y aspira­
ciones políticas. Goda fué la primera pareja, por los año?
de 1774 a 1775, godos continuaron los hijos, godos los nietos:
pero ya entre los biznietos comienzan a despuntar las medias
tintas; tal es el influjo de los retozos republicanos sobre el
corazón humano. L o que nosotros admiramos en esta familia
es la firm eza política de las matronas a la altura de sus
méritos y virtudes sociales. Como los girondinos, cada una
de ellas octogenaria, muere en su ley, envuelta en la bandera
de Castilla; y si en sus últimos años no llegaron a perdonar
por completo a B olívar, quizá le pidieron a Dios que le sal­
vara, pues el ideal político de todas ellas estaba más allá

(1) L a p r im e r a t a z a d e c a f é e n e l v a lle d e C a r a c a s . R o ja s . L e y e n ­
d a s h is t ó r ic a s d e V e n e z u e la , v o l. 1.
186 B ib l io t e c a P opular V enezolana -fc

del Atlántico ( i ) . Rindamos culto a la memoria de estas


matronas, gala en pasadas épocas de la sociedad caraqueña, y
origen de muchas fam ilias actuales de reconocido mérito.
D oña Josefa Echenique, la heroína de esta silueta, casada
en prim eras nupcias con el comerciante D. Jerónimo A lzualde
de quien tuvo familia, lo fu é en segundas con don M iguel
Zarzamendi, también comerciante español. Conocida por su
carácter sostenido, en fa v o r de la causa española, algunos del
bando patriota la m olestaron en 1813 a 1814, imponiéndole
contribuciones, y complicándola en enredos y chism ografías,
armas tan conocidas de todos los partidos políticos. P ero lo
que más molestaba a los patriotas era que doña Josefa había
casado a su h ija M aría Isabel A lzualde con el coronel G er­
vasio Medina, del ejército de M orillo, quien militaba por lo
tanto contra B olívar desde 1815. A sí, la señora tenía que
andar con los o jo s m uy abiertos, cuando llegaron los días
del armisticio que tra jo repique general en los campanarios
de los ejércitos patriotas, pues a buen entendedor pocas pa­
labras bastan. D.ofia Josefa había sufrido, y aunque durante
el gobierno español, desde fines de 1814 hasta 1821, había
descansado, tem ía encontrarse con un nuevo orden de cosas.
V iv ía esta excelente m atrona en la avenida Este, N p 53, casa
de su propiedad que había refaccionado, cerca de la esquina del
C u jí, sitio donde los descendientes de la fam ilia Blandín,
tenía variadas fincas que aun conservan casi en totalidad. (2)
Comenzaba el año de 1821, después de haber sido roto el
arm isticio, cuando los republicanos vislum braron la victoria
tan deseada, después de miles de desgracias capaces de a flig ir
el ánimo más templado. P e ro como B olívar era un espíritu
inquebrantable que poseía el vuelo del A g u ila y la tranqui­
lidad del León, supo sacar partido hasta de las derrotas más
v e rg o n z o s a s ... T o d o anunciaba que iba a librarse una batalla
final entre peninsulares y venezolanos y que el lugar de la
contienda sería la llanura de Carabobo. B olívar lo ju zgó así
y creyó que la suerte iba a decidirse en el campo afortunado
donde ya en otra época, en 1814, le había sonreído la victoria.
(1) E l fu n d a d o r d e la f a m ilia E n h e n iq u e e n C a r a c a s , t u v o u n a
h i j a d e s u p r im e r m a tr im o n io , d o ñ a J o s e f a E c h e n iq u e a n te s d e e n t r o n ­
c a r c o n la fa m ilia B la n d ín . D e la s c u a t r o h e r m a n a s E n h e n iq u e , C a t a ­
lin a , S e b a s t i á n y M a r t a , la s t r e s ú lt im a s p e r t e n e c ie r o n a l s e g u n d o
m a tr im o n io .
(2 ) C u a n d o e l fu n d a d o r d e e s t a fa m ilia s e e s t a b le c ió e n C a r a c a s
p o r lo s a ñ o s d e 17 4 5 a 1 7 4 6 , la c iu d a d n o p a s a b a p o r e s t a d ir e c c ió n
d e la e s q u in a d e l C u jí. P o r e s t o lo s d iv e r s o s m ie m b r o s d e la fa m ilia
p u d ie r o n h a c e r s e d e s o la r e s q u e le v a n t a r o n d e n u e v o . L a c a s a d e d o ñ a
J o s e f a c o n s e r v a t o d a v í a s o b r e e l p o r t ó n , e l s e llo d e l a V i r g e n M a r í a .
( V é a s e la le y e n d a C u j í d e C a s q u e r o ) .
★ C r ó n ic a de C aracas 187

Para llevar a feliz término su pensamiento, Bolívar se pro­


puso dar jaque a los diversos cuerpos del ejército español
situados en diferentes lugares, para evitar la reconcentración
de fuerzas sobre el campo de Carabobo, y con tal fin, dispuso
que el general Bermúdez, por la costa de Barlovento, atacara
al je fe español M orales, y a Pereira que tenía tres mil com­
batientes.
Después de variados sucesos referentes a la historia de esta
campaña en los valles del T u y y de A ragu a cuyos incidentes
pueden verse en los autores, Bermúdez, que había ya estado
en Caracas y había tenido que dejarla, tornaba a ella por el
camino del Este. Propone P ereira una suspensión de armas,
pero el je fe oriental contesta exigiendo la capital, la cual aban­
dona Pereira, durante dos días, para situarse en la colina del
Calvario. En el mismo día en que se decidía la suerte de la
República en el campo de Carabobo entraba Bermúdez con
su pequeño ejército a Caracas por la avenida Este. Serían las
9 de la mañana cuando Pereira al ver a su contendor dueño
de la Capital, destacó contra él varias guerrillas que comen­
zaron a tirotear a los patriotas por las calles vecinas al
Caroata.
Doña Josefa había visto pasar a Bermúdez al frente de su
estado m ayor en el cual figuraba como oficial un primo de
ella, el comandante M elchor Báéz. Sea porque en la m ujer el
sentimiento político es más ideal, o porque obedece a ciertas
inspiraciones que en ella obran de una manera misteriosa, es
10 cierto que a doña Josefa se le ocurrió que el je fe insur­
gente huiría en esta ocasión, como lo había hecho días antes,
no por el' camino del Sur, sino por el del Este, y así esperaba
verle pasar de nuevo por sus ventanas, para jugar carnaval
con el temido cumanés, empaparlo, si era posible, no con líqui­
dos sucios, sino con agua potable elevada a una temperatura
más alta que la tibia. Pensar y ejecutar fue obra de cortos
instantes, y ya para las dos de la tarde estaba lista el agua,
dispuestas las criadas esclavas, que en los postigos de las
ventanas, debían sostener la guerrilla y las que adentro debían
ayudarlas con pertrechos renovados sin cesar. Contra insur­
gente agua caliente, exclamó doña Josefa después de dar las
últimas órdenes a las esclavas dispuestas y contentas a obede­
cer con adiciones los mandatos de su ama.
E l tiroteo entre los contendientes comenzado desde las 9 de
la mañana había sido nutrido durante cinco horas, cuando
comenzó a menguar. Bermúdez, había obtenido el más com­
pleto triunfo contra las guerrillas de Pereira y todos habían
vuelto a subir la colina del Calvario en splicitud del je fe espa­
188 B ib l io t e c a P opular V enezolana

ñol que se había situado en el picacho más elevado, donde


figu ra hoy el O bservatorio astronómico. En disposiciones de
continuar, Berm údez deja su retaguardia en la plaza m ayor y
con el frente de su ejército sigue al puente de San Pablp y
comienza la subida, cuando un incidente inesperado, da al
traste con los vencedores, y la más espantosa derrota se apode­
ra de los patriotas. Eran las-tres de la tarde. E s el hecho que
el corneta de órdenes, en lugar de tocar adelante, toca reti­
rada. A l instante prende el desorden, cunde el pánico y no
hay fuerza capaz de contener el desbordamiento de las tropas.
Con la rapidez del rayo, Berm údez descarga sobre el cuello
del corneta fuerte sablazo y la cabeza del infeliz rueda por
tierra. E l terrible sable se descarga sobre el cuerpo de los
fugitivos más cercanos, sobre, oficiales y soldados y nada
puede conseguirse. L o s Qficiales pundonorosos logran reunir
agrupaciones de cuatro o más soldados. Berm údez al galope
de un corcel viene a la plaza B olívar, en solicitud de su reta­
guardia; pero ya ésta y la impedimenta compuesta de indios
cumanagotos se habían dispersado en variadas direcciones.
Berm údez lleno de ira y con el brazo no fatigado aun de
planear y de cortar cabezas, retrocede, se multiplica, despacha
oficiales con órdenes severas, se defiende personalmente de
las primeras guerrillas españolas desprendidas de la colina
del Calvario, pero todo es inútil. H abía sonado la hora de la
derrota, y sólo le quedaban montoneras sin cohesión y parte
del estado mayor. Entonces, desesperado, llevando la esclavina
rota y el pecho herido, emprende la huida por la prolongada
avenida Este. Y a el grito de “ derrota” , repetido por millares
de bocasf había penetrado en todas las casas del poblado, y
por todas las calles en dirección de O este a Este, no se veían
sino soldados y pelotones fugitivos en solicitud de las arbole­
das del 'G uaire y del Anauco.
^ A l despuntar la com itiva de Berm údez por la esquina de
M arrones, doña Josefa exclama, “ ha llegado el momento” , y
las criadas se aprestan en los postigos, cada- una con su totuma
llena de agua más que tibia. Doña Josefa iba a asistir a una
escaramuza carnavalesca, desde la puerta de la sala que mira
al corredor. L a Com itiva pasa las primeras ventanas a la iz­
quierda del zaguán, donde doña Josefa nada había ordenado,
por estar bajas, cuándo se acerca el grupo de fugitivos a la
primera ventana de la derecha.
Contra insurgente agua caliente exclaman las criadas de la
primera ventana, al lanzar sobre el grupo las primeras totu-
madas de agua. A l instante Berm údez se detiene. ¿Q u é es
esto? exclam a sorprendido; miserables esclavas, agrega, cuan­
★ C r ó n ic a de C aracas 189

do de dos ventanas aun tiempo sigue el carnaval y los gritos de


contra insurgente agua caliente. Enfurecido Bermúdez, pro­
rrumpe en frases destempladas, y . de su boca salen sapos y
culebras, cuando se escucha en repetidas ocasiones la frase
de contra insurgente agua caliente; y tras de cada apostrofe,
allá iban totumadas de agua.
D etén a tus esclavas, Josefa, dice entonces el comandante
Báez que pertenecía a la comitiva, y por toda contestación
las esclavas le endilgan totumadas de agua. Bermúdez está
como fuera de sí, trata de herir a las guerrilleras, y éstas
«cuitando el bulto, vuelven a bañarlo. El combate se ha hecho
general, y si imprecaciones y amenazas contra los godos salen
de la boca de los fugitivos, agua va de las ventanas de doña
Josefa. Altaneras aparecen las guerrilleras con el triunfo, co­
lérico Bermúdez y su Estado Mayor, cuando por intervalos
vuelve a escucharse la voz del comandante Báez que repite:
“ Josefa, detén a tus esclavas” .
Aquella reyerta carnavalesca duraba ya tres minutos, cuando
Bermúdez, queriendo marcar la casa de doña Josefa, descar­
gó un sablazo sobre una de las celosías, y continuó: "Y a sabrás
infame goda exclamó, a quien has querido ultrajar. Y no había
concluido la frase de amenaza, cuando cayeron sobre el grupo
de fugitivos nuevas totumadas de agua. Y contra insurgente
agua caliente. Todavía, al emprender la retirada, de la última
ventana, una de las esclavas más diestras baña con la última
totumda de agua el anca del caballo del primo hermano de
doña Josefa.
L os que han presenciado alguna de esas interesantes esca­
ramuzas, del carnaval moderno, en este mismo sitio de la
avenida Este, cuando la juventud elegante de Caracas en ca­
rruajes llenos de ramilletes y de cestillos de flores, entra en
combate contra las beldades que engalanan las ventanas, po­
drán form arse idea del carnaval de agua caliente que jugó
doña Josefa Echenique con el famoso general cumanés, en la ¿
tarde de la derrota del Calvario, 24 de julio de 1821.
Cuando los fugitivos continuaron con ampollas en el pescue­
zo, casi todos, Bermúdez iba lanzando bocanadas de metralla y
de espuma contra doña Josefa y las godas de Caracas. Y tan
furioso iba y tan temible, después de haber cortado cabezas,
planeado a centenares de soldados y recibido el baño carna­
valesco de doña Josefa Echenique, que cerca de Sabana Gran­
de, al tropezar con un sargento que no atendió a la llamada,
de un sablazo le separó la cabeza del tronco.
Cuando a los pocos días, después de Carabobo, llegó Bolívar
a Caracas, al ser enterado de todos los accidentes de la derrota
190 B ib lio t e c a P o p u la r V e n e z o la n a -fc

de Berm údez, y entre otros, del carnaval de doña Josefa Eche-


nique exclam ó: “L a goda tiene razón y ha obrado con talento.
T ra s de una mañana de tiroteo y de fatiga bien asienta por
la tarde un baño refrigerante.”
Concluida la guerra, las amenazas de Berm údez, se desvane­
cieron, olvidóse del percance carnavalesco y nadie volvió a
m olestar a doña Josefa. P ero un incidente inesperado, si por
un lado causó satisfacción, años más tarde, a la señora, por
el otro le produjo sinsabores que oportunamente cesaron por
la intervención de Páez y de Soublette: fué el siguiente:
Durante los meses en que Bermúdez, años después de 1821,
permaneció de paso en Caracas, vivió en la esquina del Cují,
cerca de la casa de doña Josefa Echenique. Desde la H abana el
coronel M edina había pedido a su fam ilia en Caracas que le
remitieran su tricornio de parada que necesitaba. Con este
objeto, la fam ilia se valió de un carpintero que debía acom o­
dar la encomienda en caja especial; mas éste, que guardaba
cierto rencor oculto contra Medina, en lu gar de construir el
mueble, tomó el sombrero y se lo llevó de regalo al general
Berm údez, asegurándole que aquella prenda la había querido
com prar una fam ilia goda para regalarla al coronel Cisneros,
entonces sublevado contra el Gobierno de Colombia y a favo r
de los españoles. Berm údez aceptó el regalo y de éste hizo
uso en variadas ocasiones.
“ Que papujado va el general insurgente” , dijo doña Josefa,
a su familia, al ver pasar en cierta tarde, a Berm údez que,
como todos saben, tenía abultado el pecho y arrogante el
busto. “P ero lo que más hermosea a este Adonis de los
insurgentes, añadió la señora, es el rico tricornio de mi yerno,
el coronel Medina,, que con tanta gracia cubre la bien peinada
melena de este loco cumanés.”
N o contentos los enemigos políticos de doña Josefa, al
verla tranquila en su casa, hubieron de fragu ar contra ella
una calumnia, diciendo que tenia correspondencia con el ca­
becilla Cisneros, que había comprado un tricornio para enviár­
selo y mil vulgaridades más, del mismo jaez. A bresele un juicio
a la señora con el único objeto de sacarle dinero, comienza
el proceso que alimentaban unos tantos farsantes políticos. Y
ya habían salido de las arcas de la señora, centenares de pesos,
cuando Páez y Soublette hubieron de intervenir y poner punto
final a tamaña iniquidad.
Doña Josefa Echenique había jugado carnaval con uno de
los leones patriotas, había perdido el tricornio de parada de
su yerno y por añadidura algunos centenares de pesos. T o d o
★ C r ó n ic a de C aracas 191

lo hubiera perdido con satisfacción, menos sus ideas políticas,


pues ella y sus hermanas murieron en olor de santidad godiana,
como en remotísimos tiempos habían muerto A taúlfo, Alarico
y compañeros mártires.

F I N
ACABOSE
DE IM P R I M I R
ESTE L I B R O EN LA
IM PREN TA BALMES
R A U C H 1847-BUENOS A I R E S
A L O S 24 D IA S DE
MAYO DEL
A Ñ O M CM X LV I

Reg. ílf il
Cías. flCtífó

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