CARTA ENCÍCLICA
FIDES ET RATIO
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
INTRODUCCIÓN
« CONÓCETE A TI MISMO»
1. Tanto en Oriente como en Occidente es posible distinguir un camino que, a lo largo de los
siglos, ha llevado a la humanidad a encontrarse progresivamente con la verdad y a
confrontarse con ella. Es un camino que se ha desarrollado — no podía ser de otro modo —
dentro del horizonte de la autoconciencia personal: el hombre cuanto más conoce la realidad
y el mundo y más se conoce a sí mismo en su unicidad, le resulta más urgente el interrogante
sobre el sentido de las cosas y sobre su propia existencia. Todo lo que se presenta como
objeto de nuestro conocimiento se convierte por ello en parte de nuestra vida. La
exhortación Conócete a ti mismo estaba esculpida sobre el dintel del templo de Delfos, para
testimoniar una verdad fundamental que debe ser asumida como la regla mínima por todo
hombre deseoso de distinguirse, en medio de toda la creación, calificándose como « hombre
» precisamente en cuanto « conocedor de sí mismo ».
Por lo demás, una simple mirada a la historia antigua muestra con claridad como en distintas
partes de la tierra, marcadas por culturas diferentes, brotan al mismo tiempo las preguntas de
fondo que caracterizan el recorrido de la existencia humana: ¿quién soy? ¿de dónde vengo y
a dónde voy? ¿por qué existe el mal? ¿qué hay después de esta vida? Estas mismas preguntas
las encontramos en los escritos sagrados de Israel, pero aparecen también en los Veda y en
los Avesta; las encontramos en los escritos de Confucio e Lao-Tze y en la predicación de los
Tirthankara y de Buda; asimismo se encuentran en los poemas de Homero y en las tragedias
de Eurípides y Sófocles, así como en los tratados filosóficos de Platón y Aristóteles. Son
preguntas que tienen su origen común en la necesidad de sentido que desde siempre acucia
el corazón del hombre: de la respuesta que se dé a tales preguntas, en efecto, depende la
orientación que se dé a la existencia.
2. La Iglesia no es ajena, ni puede serlo, a este camino de búsqueda. Desde que, en el Misterio
Pascual, ha recibido como don la verdad última sobre la vida del hombre, se ha hecho
peregrina por los caminos del mundo para anunciar que Jesucristo es « el camino, la verdad
y la vida » (Jn 14, 6). Entre los diversos servicios que la Iglesia ha de ofrecer a la humanidad,
hay uno del cual es responsable de un modo muy particular: la diaconía de la verdad.1 Por
una parte, esta misión hace a la comunidad creyente partícipe del esfuerzo común que la
humanidad lleva a cabo para alcanzar la verdad; 2 y por otra, la obliga a responsabilizarse del
anuncio de las certezas adquiridas, incluso desde la conciencia de que toda verdad alcanzada
es sólo una etapa hacia aquella verdad total que se manifestará en la revelación última de
Dios: « Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco
de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido » (1 Co 13, 12).
3. El hombre tiene muchos medios para progresar en el conocimiento de la verdad, de modo
que puede hacer cada vez más humana la propia existencia. Entre estos destaca la filosofía,
que contribuye directamente a formular la pregunta sobre el sentido de la vida y a trazar la
respuesta: ésta, en efecto, se configura como una de las tareas más nobles de la humanidad.
El término filosofía según la etimología griega significa « amor a la sabiduría ». De hecho,
la filosofía nació y se desarrolló desde el momento en que el hombre empezó a interrogarse
sobre el por qué de las cosas y su finalidad. De modos y formas diversas, muestra que el
deseo de verdad pertenece a la naturaleza misma del hombre. El interrogarse sobre el por qué
de las cosas es inherente a su razón, aunque las respuestas que se han ido dando se enmarcan
en un horizonte que pone en evidencia la complementariedad de las diferentes culturas en las
que vive el hombre.
La gran incidencia que la filosofía ha tenido en la formación y en el desarrollo de las culturas
en Occidente no debe hacernos olvidar el influjo que ha ejercido en los modos de concebir la
existencia también en Oriente. En efecto, cada pueblo, posee una sabiduría originaria y
autóctona que, como auténtica riqueza de las culturas, tiende a expresarse y a madurar incluso
en formas puramente filosóficas. Que esto es verdad lo demuestra el hecho de que una forma
básica del saber filosófico, presente hasta nuestros días, es verificable incluso en los
postulados en los que se inspiran las diversas legislaciones nacionales e internacionales para
regular la vida social.
4. De todos modos, se ha de destacar que detrás de cada término se esconden significados
diversos. Por tanto, es necesaria una explicitación preliminar. Movido por el deseo de
descubrir la verdad última sobre la existencia, el hombre trata de adquirir los conocimientos
universales que le permiten comprenderse mejor y progresar en la realización de sí mismo.
Los conocimientos fundamentales derivan del asombro suscitado en él por la contemplación
de la creación: el ser humano se sorprende al descubrirse inmerso en el mundo, en relación
con sus semejantes con los cuales comparte el destino. De aquí arranca el camino que lo
llevará al descubrimiento de horizontes de conocimientos siempre nuevos. Sin el asombro el
hombre caería en la repetitividad y, poco a poco, sería incapaz de vivir una existencia
verdaderamente personal.
La capacidad especulativa, que es propia de la inteligencia humana, lleva a elaborar, a través
de la actividad filosófica, una forma de pensamiento riguroso y a construir así, con la
coherencia lógica de las afirmaciones y el carácter orgánico de los contenidos, un saber
sistemático. Gracias a este proceso, en diferentes contextos culturales y en diversas épocas,
se han alcanzado resultados que han llevado a la elaboración de verdaderos sistemas de
pensamiento. Históricamente esto ha provocado a menudo la tentación de identificar una sola
corriente con todo el pensamiento filosófico. Pero es evidente que, en estos casos, entra en
juego una cierta « soberbia filosófica » que pretende erigir la propia perspectiva incompleta
en lectura universal. En realidad, todo sistema filosófico, aun con respeto siempre de su
integridad sin instrumentalizaciones, debe reconocer la prioridad del pensar filosófico, en el
cual tiene su origen y al cual debe servir de forma coherente.
En este sentido es posible reconocer, a pesar del cambio de los tiempos y de los progresos
del saber, un núcleo de conocimientos filosóficos cuya presencia es constante en la historia
del pensamiento. Piénsese, por ejemplo, en los principios de no contradicción, de finalidad,
de causalidad, como también en la concepción de la persona como sujeto libre e inteligente
y en su capacidad de conocer a Dios, la verdad y el bien; piénsese, además, en algunas normas
morales fundamentales que son comúnmente aceptadas. Estos y otros temas indican que,
prescindiendo de las corrientes de pensamiento, existe un conjunto de conocimientos en los
cuales es posible reconocer una especie de patrimonio espiritual de la humanidad. Es como
si nos encontrásemos ante una filosofía implícita por la cual cada uno cree conocer estos
principios, aunque de forma genérica y no refleja. Estos conocimientos, precisamente porque
son compartidos en cierto modo por todos, deberían ser como un punto de referencia para las
diversas escuelas filosóficas. Cuando la razón logra intuir y formular los principios primeros
y universales del ser y sacar correctamente de ellos conclusiones coherentes de orden lógico
y deontológico, entonces puede considerarse una razón recta o, como la llamaban los
antiguos, orthòs logos, recta ratio.
5. La Iglesia, por su parte, aprecia el esfuerzo de la razón por alcanzar los objetivos que hagan
cada vez más digna la existencia personal. Ella ve en la filosofía el camino para conocer
verdades fundamentales relativas a la existencia del hombre. Al mismo tiempo, considera a
la filosofía como una ayuda indispensable para profundizar la inteligencia de la fe y
comunicar la verdad del Evangelio a cuantos aún no la conocen.
Teniendo en cuenta iniciativas análogas de mis Predecesores, deseo yo también dirigir la
mirada hacia esta peculiar actividad de la razón. Me impulsa a ello el hecho de que, sobre
todo en nuestro tiempo, la búsqueda de la verdad última parece a menudo oscurecida. Sin
duda la filosofía moderna tiene el gran mérito de haber concentrado su atención en el hombre.
A partir de aquí, una razón llena de interrogantes ha desarrollado sucesivamente su deseo de
conocer cada vez más y más profundamente. Se han construido sistemas de pensamiento
complejos, que han producido sus frutos en los diversos ámbitos del saber, favoreciendo el
desarrollo de la cultura y de la historia. La antropología, la lógica, las ciencias naturales, la
historia, el lenguaje..., de alguna manera se ha abarcado todas las ramas del saber. Sin
embargo, los resultados positivos alcanzados no deben llevar a descuidar el hecho de que la
razón misma, movida a indagar de forma unilateral sobre el hombre como sujeto, parece
haber olvidado que éste está también llamado a orientarse hacia una verdad que lo
transciende. Sin esta referencia, cada uno queda a merced del arbitrio y su condición de
persona acaba por ser valorada con criterios pragmáticos basados esencialmente en el dato
experimental, en el convencimiento erróneo de que todo debe ser dominado por la técnica.
Así ha sucedido que, en lugar de expresar mejor la tendencia hacia la verdad, bajo tanto peso
la razón saber se ha doblegado sobre sí misma haciéndose, día tras día, incapaz de levantar
la mirada hacia lo alto para atreverse a alcanzar la verdad del ser. La filosofía moderna,
dejando de orientar su investigación sobre el ser, ha concentrado la propia búsqueda sobre el
conocimiento humano. En lugar de apoyarse sobre la capacidad que tiene el hombre para
conocer la verdad, ha preferido destacar sus límites y condicionamientos.
Ello ha derivado en varias formas de agnosticismo y de relativismo, que han llevado la
investigación filosófica a perderse en las arenas movedizas de un escepticismo general.
Recientemente han adquirido cierto relieve diversas doctrinas que tienden a infravalorar
incluso las verdades que el hombre estaba seguro de haber alcanzado. La legítima pluralidad
de posiciones ha dado paso a un pluralismo indiferenciado, basado en el convencimiento de
que todas las posiciones son igualmente válidas. Este es uno de los síntomas más difundidos
de la desconfianza en la verdad que es posible encontrar en el contexto actual. No se substraen
a esta prevención ni siquiera algunas concepciones de vida provenientes de Oriente; en ellas,
en efecto, se niega a la verdad su carácter exclusivo, partiendo del presupuesto de que se
manifiesta de igual manera en diversas doctrinas, incluso contradictorias entre sí. En esta
perspectiva, todo se reduce a opinión. Se tiene la impresión de que se trata de un movimiento
ondulante: mientras por una parte la reflexión filosófica ha logrado situarse en el camino que
la hace cada vez más cercana a la existencia humana y a su modo de expresarse, por otra
tiende a hacer consideraciones existenciales, hermenéuticas o lingüísticas que prescinden de
la cuestión radical sobre la verdad de la vida personal, del ser y de Dios. En consecuencia
han surgido en el hombre contemporáneo, y no sólo entre algunos filósofos, actitudes de
difusa desconfianza respecto de los grandes recursos cognoscitivos del ser humano. Con falsa
modestia, se conforman con verdades parciales y provisionales, sin intentar hacer preguntas
radicales sobre el sentido y el fundamento último de la vida humana, personal y social. Ha
decaído, en definitiva, la esperanza de poder recibir de la filosofía respuestas definitivas a
tales preguntas.
6. La Iglesia, convencida de la competencia que le incumbe por ser depositaria de la
Revelación de Jesucristo, quiere reafirmar la necesidad de reflexionar sobre la verdad. Por
este motivo he decidido dirigirme a vosotros, queridos Hermanos en el Episcopado, con los
cuales comparto la misión de anunciar « abiertamente la verdad » (2 Co 4, 2), como también
a los teólogos y filósofos a los que corresponde el deber de investigar sobre los diversos
aspectos de la verdad, y asimismo a las personas que la buscan, para exponer algunas
reflexiones sobre la vía que conduce a la verdadera sabiduría, a fin de que quien sienta el
amor por ella pueda emprender el camino adecuado para alcanzarla y encontrar en la misma
descanso a su fatiga y gozo espiritual.
Me mueve a esta iniciativa, ante todo, la convicción que expresan las palabras del Concilio
Vaticano II, cuando afirma que los Obispos son « testigos de la verdad divina y católica
».3 Testimoniar la verdad es, pues, una tarea confiada a nosotros, los Obispos; no podemos
renunciar a la misma sin descuidar el ministerio que hemos recibido. Reafirmando la verdad
de la fe podemos devolver al hombre contemporáneo la auténtica confianza en sus
capacidades cognoscitivas y ofrecer a la filosofía un estímulo para que pueda recuperar y
desarrollar su plena dignidad.
Hay también otro motivo que me induce a desarrollar estas reflexiones. En la
Encíclica Veritatis splendor he llamado la atención sobre « algunas verdades fundamentales
de la doctrina católica, que en el contexto actual corren el riesgo de ser deformadas o negadas
».4 Con la presente Encíclica deseo continuar aquella reflexión centrando la atención sobre
el tema de la verdad y de su fundamento en relación con la fe. No se puede negar, en efecto,
que este período de rápidos y complejos cambios expone especialmente a las nuevas
generaciones, a las cuales pertenece y de las cuales depende el futuro, a la sensación de que
se ven privadas de auténticos puntos de referencia. La exigencia de una base sobre la cual
construir la existencia personal y social se siente de modo notable sobre todo cuando se está
obligado a constatar el carácter parcial de propuestas que elevan lo efímero al rango de valor,
creando ilusiones sobre la posibilidad de alcanzar el verdadero sentido de la existencia.
Sucede de ese modo que muchos llevan una vida casi hasta el límite de la ruina, sin saber
bien lo que les espera. Esto depende también del hecho de que, a veces, quien por vocación
estaba llamado a expresar en formas culturales el resultado de la propia especulación, ha
desviado la mirada de la verdad, prefiriendo el éxito inmediato en lugar del esfuerzo de la
investigación paciente sobre lo que merece ser vivido. La filosofía, que tiene la gran
responsabilidad de formar el pensamiento y la cultura por medio de la llamada continua a la
búsqueda de lo verdadero, debe recuperar con fuerza su vocación originaria. Por eso he
sentido no sólo la exigencia, sino incluso el deber de intervenir en este tema, para que la
humanidad, en el umbral del tercer milenio de la era cristiana, tome conciencia cada vez más
clara de los grandes recursos que le han sido dados y se comprometa con renovado ardor en
llevar a cabo el plan de salvación en el cual está inmersa su historia.
Tomado de: [Link]
ii_enc_14091998_fides-[Link]