HOMENAJE A SOR JUANA INES
DE LA CRUZ
EN EL III CENTENARIO DE SU NACIMIENTO
I
S»
f DISERTACION Y DISCURSOS
del Prof.
JOSE DE J. NUÑEZ Y DOMINGUEZ
Tegucigalpa, D.C. Honduras, C. A.
IMPRENTA LA DEMOCRACIA V
A
>
SOR JUANA INES DE LA CRUZ
íYmí/ó en iSepantla, México, el 12 de Noviembre de 1651 y falleció en el
Convento de San Jerónimo, de la capital mexicana,
el 17 de Abril de 1695.
BOCETO DE LA PERSONALIDAD DE
SOR JUANA INES DE LA CRUZ
Disertación hecha en la Biblioteca Nacional
ele Honduras
HONORABLE AUDITORIO:
Cuando el señor Ingeniero Miguel A. Ramos, ilustre y
ameritado Director de la Biblioteca Nacional, tuvo la bondad
de invitarme a temar parte en este acto conmemorativo del
tercer centenario de Sor Juana Inés de la Cruz, acepté com-
placido, no sólo porque se trataba de enaltecer a una de las
más insignes personalidades de mi Patria y por la honra que
con ello se me otorgaba, sino porque el organizador de esta
ceremonia debe ser secundado siempre en la magnífica labor
educativa que realiza desde hace luengos años y porque su
apostolado de cultura merece que todo hombre de buena
voluntad le preste su cooperación y lo aplauda sin reservas.
Además, hijo intelectual de México, con este homenaje
da el Ingeniero Ramos una nueva demostración de su fervor
hacia el país en donde pasó quizá los mejores años de su
juventud y abrevó la ciencia de que es prominentemente
representativo.
AI señor Ingeniero Ramos expreso, por lo tanto, mi pro-
funda gratitud, en nombre del pueblo mexicano que me honro
en representar y en el mío propio, por esta otra prueba de
su devoto mexicanismo y de su espíritu de confraternidad
continental.
* * *
La celebración del tres veces secular aniversario del na-
cimiento de Sor Juana Inés de la Cruz, es una fiesta de toda
la América, porque esta preclara mujer fue producto de las
tierras colombinas y, por ende, como su prez, su lustre y
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su gloria se reflejan sobre nuestro continente, es honor y
ufanía de la raza mundonovista. Por ello en todas las nacio-
nes de raza indoibérica este acontecimiento se conmemora
con entusiasmo, en magníficas o sencillas fiestas de la inteli-
gencia. Honduras ha respondido entre las primeras y los orfe-
torios de esta nación en honor de la inmortal monja de Mé-
xico, obligan nuestro eterno reconocimiento.
* * *
Y como al deleitaros con los trabajos que se han leído
ellos os han dado ya una clara noción del valer de Sor Juana
en todos los aspectos de su insigne personalidad, no os fati-
garé más repitiendo esos detalles. Sólo deseo insistir, ya que
este homenaje se ha hecho con elementos femeninos espe-
cialmente, en que, además de sus cualidades literarias, Sor
Juana Inés fue poseedora de las más altas virtudes morales
y puede ser considerada como una de las precursoras del
feminismo en América. Defendió los derechos de la mujer,
cuando esta actitud podía pasar por un sacrilegio dadas las
costumbres de la época en que floreció; tuvo completa ente-
reza de ánimo, que la condujo hasta criticar a los que se
reputaban como jerarcas del pensamiento religioso de su
tiempo; su nobleza de corazón la llevó siempre al lado de
las causas justas y más de una vez pidió misericordia para
las clases desvalidas, como los indios y negros, que durante
el régimen colonial eran objeto de vilipendio y opresión:
sintió la realidad de una patria que iba a nacer y lo expresó
así en varias de sus poesías, y, por último, la caridad más
pura y amplia se albergó en su corazón y en aras de ella
dio gustosa la vida, socorriendo a sus hermanas del claustro.
Fue, pues, una mujer arquetipo, una de esas varonas de
elección que sólo de tarde en tarde aparecen en la tierra
para ornato y honra de la humanidad, de la que son como la
quintaesencia y el fruto en que se alquitaran todas las per-
fecciones.
Después de tres centurias, todavía su figura polariza los
estudios de los eruditos, porque su numen sigue esparciendo
sus fragancias de celeste rosa. La fuerza de su contextura
espiritual imanta y auna los intelectos de los doctos, con su
vigor inmarcesible.
* * *
Y a este propósito, y puesto que nos hallamos precisa-
mente en el máximo establecimiento bibliográfico de Hon-
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duras, es oportuno rendir un tributo de gratitud y admi-
ración a aquellos escritores que consagraron buena parte de
su labor a estudiar la obra y los hechos de Sor Juana. Men-
cionemos primeramente a Don Juan de Camacho Gayna, quien
editó la prístina colección de, las poesías de la religiosa me-
xicana en Madrid en 1689, todavía en vida de ella. Publicó
el primer volumen con el ampuloso título, muy de acuerdo
con lo que se usaba entonces, de "Inundación castálida de la
única poetisa, musa décima, Sor Juana Inés de la Cruz, reli-
giosa profesa en el monasterio de San Jerónimo de la impe-
rial ciudad de México: que en varios metros, idiomas y estilos
fertiliza varios asuntos, con elegantes, sutiles, claros, inge-
niosos, útiles versos para enseñanza, recreo y admiración".
En 1692, salió a luz el tomo segundo y el tercero y último
en Madrid en 1700. De estos tomos se hicieron varias reim-
presiones. Citemos asimismo al Dr. Eguiara y Egúren, que
la biografió en su Biblioteca Mexicana en 1755 y al padre
Calleja, editor de la "Fama y Obras postumas del Fénix Me-
xicano", publicado en 1700.
En los tiempos modernos se deben mencionar como obras
cumbres totalmente dedicadas a Sor Juana, el libro intitu-
lado "Sor Juana Inés de la Cruz" del sapientísimo maestro
Dr. Ezequiel A. Chávez, ex-Rector de la Universidad Nacio-
nal, que en opinión de la crítica es el más amplio y erudito
que se conoce acerca de ese asunto y el del Licenciado don
Genaro Fernández MacGregor: "La Santificación de Sor
Juana", docta y donosamente escrito.
* * *
Por su parte, Amado Ñervo, el bardo místico por exce-
lencia, halló naturalmente en la vida y hechos de Sor Juana
el más atrayente señuelo para su inspiración; y así publicó
la biografía intitulada "Juana de Asbaje", en que a las galas
del lenguaje se une una admirativa ternura. Es preciado joyel
en la diadema del prestigio de la monja inmortal.
Otra magnífica aportación para el conocimiento de la
poetisa, la constituye la selección hecha por el renombrado
historiador y crítico de arte Don Manuel Toussaint con el
título general de "Sor Juana Inés de la Cruz-Obras escogi-
das", con prólogo rebosante de datos preciosos. El poeta
Xavier Villaurrutia, a su vez, publicó en hermosísima edición
todos los sonetos de la poetisa.
Agreguemos a estos nombres los de Alfonso Reyes, Al-
fonso Junco y Alfonso Méndez Planearte. El filólogo alemán
Karl Vossler realizó un magnífico estudio de Sor Juana. Los
juicios de don Marcelino Menéndez Pelayo y de Pedro Henrí-
5
quez Ureña, son indispensables para conocer la personalidad
de la eminente poetisa.
* * *
Nadie, sin embargo, ha realizado con tanto fervor y cui-
dado, un trabajo de crítica y erudición para enaltecer a Sor
Juana y darla a conocer en sus polifacéticos aspectos, como
el gran novelista, ensayista y crítico Don Ermilo Abreu
Gómez, quien ha publicado profundos estudios sobre la ico-
nografía, la biblioteca, la bibliografía y la familia de Sor
Juana y ha hecho compilaciones de sus poesías y prologado
las biografías del P. Calleja y de Eguiara y Egúren. Se le
reputa como el primer "sorjuanista" en la actualidad y de
tal manera se halla identificado con el recuerdo de la ilustre
jerónima que cristianó a su única hija con el nombre de
Juana Inés.
Mención especialísima merece la eminente bibliógrafa
y lingüista norteamericana Miss Dcrothy Schons, catedrá-
tica de la Universidad de Texas, quien ha dado a la estampa
diversas obras acerca de la bibliografía de Sor Juana y otras
particularidades de su vida.
* * *
Los autores teatrales, como era de esperarse, se han visto
tentados por la figura de Sor Juana, cuyos extraordinarios
perfiles ofrecen temas sugestivos para la escena. Un distin-
guido poeta romántico mexicano José Rosas Moreno, más
conocido como fabulista, representó en las postrimerías del
pasado siglo su drama "Sor Juana Inés de la Cruz", cuya
trama gira en derredor del supuesto episodio de su desen-
gaño. El dramaturgo recogió la versión de que Juana, antes
de ser dama de la Virreina, se prendó locamente de un galán
apuesto y pulido, que cotidianamente se acercaba a su reja.
Fueron novios; pero cuando Juana llegó al palacio recibió
la más tremenda de las sorpresas al ver que el objeto de sus
desvelos era el propio Virrey que, cambiándose nombre, se
había hecho pasar por un caballero de la ciudad. Fue tan
honda su decepción que decidió tomar los hábitos de reli-
giosa. El texto del drama está ingeniosamente entreverado
con las poesías de Sor Juana. Tuvo un éxito clamoroso.
También el erudito maestro universitario Dr. Julio Ji-
ménez Rueda, que ha escrito diversos juicios acerca de Sor
Juana, la rememora en un drama intitulado "Sor Adoración
del Divino Verbo", y el poeta A. Granja Irigoyen escribió
y representó un drama basado en pasajes de la existencia de
la "Décima Musa".
Y, entre paréntesis, no resulta inoportuno consignar que
Sor Juana se dedicó también a escribir para el teatro. El
mencionado docítor Jiménez Rueda, dice al respecto, al enu-
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merar las obras dramáticas de referencia: "El Divino Nar-
ciso" auto sacramental digno de figurar al lado »de los me-
jores de don Pedro Calderón de la Barca; "Los empeños de
una casa", comedia de enredo, ingeniosa y hábil; "Amor es
más laberinto", escrita en colaboración con Juan de Gue-
vara, y dos autos sacramentales más: "El cetro de José" y
"San Hermenegildo, mártir del Sacramento".
* * *
Hemos dejado para lo último —porque los últimos serán
los primeros—, a un hondureño procer de las letras conti-
nentales, el Dr. don Rafael Heliodoro Valle, en cuya cauda-
losa producción literaria Sor Juana Inés de la Cruz ocupa
un lugar descollante. A él se debe, a su espíritu animador y
dinámico, como Presidente del Ateneo Panamericano de
Washington, que en los Estados Unidos se conmemore el
tercer centenario que hoy celebramos, así como también que
en todo el continente se hayan efectuado torneos literarios
con motivo de este fausto acontecimiento. Le envío un aplauso
fraternal y emocionado desde la tierra que tuvo la gloria de
que en ella se meciera su cuna.
Y ahora, Señoras y Señores, con la reiteración de mis
agradecimientos, recibid mis parabienes por la brillantez de
vuestra actuación en este inolvidable homenaje.
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DISCURSO EN HOMENAJE A SOR JUANA INES DE LA
CRUZ AL DESCUBRIRSE EN LA ESCUELA NORMAL
DE SEÑORITAS SU RETRATO Y LA PLACA CON SU
NOMBRE EN LA SALA DE CONFERENCIAS
Señor Ministro de Educación Pública:
Honorables Miembros del Cuerpo Diplomático:
Distinguido Auditorio:
Ningún acto de homenaje a la ínclita Sor Juana Inés de
la Cruz, tendrá seguramente la significación y el alcance
moral de éste al que asistimos ahora, y que, organizado por
la eminente maestra doña Adriana Azocar Gautier, Directora
de este prestigioso plantel educativo, y honrado con la pre-
sidencia del ilustre señor Ministro de Educación Pública, nos
pone en presencia del espíritu de aquella a quien sus con-
temporáneos llamaron "la Décima Musa" y "honor inmortal
del bello sexo".
Y digo que este acto posee singular relieve e incontes-
table trascendencia, porque si allá y acullá se entonarán
himnos de laudanza en loor de la egregia poetisa y se desbor-
darán los panegíricos en elogio de sus talentos y su figura que-
dará vestida de resplandores como la deidad criselefantina del
Parthenón y se la elevará hasta el solio de sus hermanas
las Piérides en los siderales palanquines de estrofas y
grandílocuos discursos; en cambio aquí, en esta sala donde
la niñez y la juventud femenina vienen a escuchar la palabra
de los maestros y las prédicas de sus mentores, el nombre
de Sor Juana, grabado en la marmórea lápida que ostenta
uno de sus muros, tendrá si no una perennidad secular sí
la virtud inmarcesible de un ejemplo y el elocuente silencio
de un faro que guíe y dé señales luminosas en rutas de per-
fección espiritual.
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La música de los versos se desvanecerá en el aire des-
pués de encantar nuestros oídos y hechizar nuestras almas;
las armoniosas palabras de las doctas arengas y las apolo-
gías inflamadas, harán vibrar nuestros corazones y nos evo-
carán a la célebre poetisa mexicana desde que todavía im-
púber, su precoz inteligencia y su incipiente y maravillosa
beldad causaban la admiración de propios y extraños. El
poder evocador de oradores y poetas nos presentará de
cuerpo entero a esa mujer extraordinaria, que fuera pasmo
de su siglo y la contemplaremos de nuevo con su peregrina
belleza
"desde el clavel de los labios
a la azucena del pie"
y nos extasiaremos con la melodía de sus rimas, deslum-
brantes como gemas o gemidoras como arrullos de tórtola.
La miraremos pasar con su toca monjil, envuelta la esbeltez
del cuerpo virgíneo en el blanco hábito de anchas mangas
"de ángel" que le darán una alada apariencia, como si,
arrancándose al silencio de su celda, fuera a argumentar con
filósofos y escriturarios en esgrimas de premisas y silogis-
mos o se dirigiera al templo a tañer el arpa davídica o a to-
car el clave donde sus manos de nieve se confundían en al-
bipujanza con las teclas marfileñas.
Pero todo ello, a pesar de su poder reminiscente, pasa-
rá "como las nubes, como las naves, como las sombras" y
aunque no será ni cadáver, ni polvo ni nada, no tendrá sino
la relativa perdurabilidad de un hecho más o menos memo-
rable.
Muy por el contrario en esta sala que es aula, estadio
de ideas y palenque del pensamiento, el nombre egregio de
Sor Juana, aparecerá constantemente ante los ojos de la
muchedumbre escolar como signo de emulación, como pa-
radigma y como enseñanza.
En ese alborear de la mentalidad adolescente que tiene
más de la penumbra de la puericia que del rosicler auroral
de la juvenilia, el nombre de Sor Juana, por lo que sugiere
y por lo que implica de docente, irradiará con el dulce ful-
gor de un lucero que aclara un camino. Su permanencia se-
rá estimulante, por su poder sugestivo; y fijándose su nom-
bre ininterrumpidamente en las conciencias que apenas se
desfloran al contacto de la realidad, quedará ahí adherido
indeleblemente como con clavos de oro al par que aquellos
otros de héroes y superhombres, de apóstoles y adalides que
han señalado a la humanidad senderos de perfección, rutas
de ideales supremos, vías esplendorosas de progreso integral.
Porque Juana Inés de la Cruz, dotada como fue del
"quid divinum" que la asimiló a los máximos poetas y es-
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critores de su siglo, no sólo debe presentarse a la admira-
ción contemporánea, sobre todo a la juventud estudiosa, en
su personalidad de portentosa poetisa y ecléctica poseedora
de conocimientos científicos y artísticos. "La Décima Mu-
sa" tiene derecho de ilustrar con su nombre esta sala, por-
que fue un arquetipo de mujer y porque en ella, como en
milagroso recipiente las más puras esencias, se depositaron
las mayores virtudes femeninas.
No se podría, ya en este plano calificativo, hacer la des-
integración de sus excelencias psíquicas. Al unísono la
inflamaron dos pasiones avasalladoras: el estudio y el amor
a su patria. Pero junto a estos sentimientos que formaron
el eje de sus actividades espirituales, su alma superior, re-
basando los límites del tiempo y del espacio, alentó una
ideología tan avanzada, que al exponer los derechos que
asisten a la mujer para recibir idéntica cultura a la del
hombre y alegar que practicarla era no sólo lícito sino útil
y provechoso, se enfrentó a todo un pasado hermético y ne-
gativo y rompió los valladares de una tradición secular.
Más tarde, esta actitud de rebeldía y de denuedo, ten-
dría influencia decisiva en la educación femenina en Mé-
xico.
Y esto era fruto de su sólida ilustración, obtenida a
fuerza de estudio - porque si hay ejemplo alguno de mujer
estudiosa es específicamente el de Sor Juana. La trayectoria
de su vida de estudiante corre desde los tres años hasta que,
compelida por causas forzosas, hizo la más dolorosa y te-
rrible renunciación al desprenderse de sus libros y sus ins-
trumentos científicos y musicales. Más de siete lustros hacía
que había abrevado en aquellas fuentes del saber las claras
linfas de los conocimientos humanos. Ni un solo día desde
niña dejó de la mano aquellos fieles amigos que abrieron
surcos estelares en su mente. Nunca cesó de estudiar, como
ella misma lo dijera y tras sus obligaciones monásticas,
aprovechaba todos los ratos que le sobraban para proseguir
en la tarea "de leer y más leer, de estudiar y más estudiar
sin más maestros que los mismos libros". Y este autodidac-
tismo era a la vez deleite y tormento; y Sor Juana lo sufría
"muy gustosa por amor a las letras". ¡Tortura impondera-
ble que llevó a su inteligencia al heroísmo! Sacrificio de un
ser, que no teniendo necesidad de salir de la órbita común
dentro de la que gravitaban las mujeres de su tiempo, hacía
del estudio su máxima devoción y su recreo más halagador.
Esos dos aspectos del vigor volitivo y de la espiritual
alteza y verticalidad de aquella mujer excepcional, justifi-
carían de sobra el homenaje que hoy se le rinde por el Go-
bierno y el pueblo de esta hermana República en la institu-
ción donde se moldean los intelectos de las educadoras del
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futuro. Pero Juana Inés de la Cruz, que como todos los
res de elección, tenía la percepción de los grandes fenóm
nos históricos y sociales, sintió la "realidad de su patria v f ~
de la América indoespañola. '
Si en sus versos eróticos y en sus rimas palaciegas
lamente se admira a la destrísima sabidora de la gaya C if°"
cia que supo expresar sus más diversos estados anímicos^
interpretar en malabarismos fraseológicos mensajes de cir
constancia; en otros de sus poemas, en los que podrían cla-
sificarse de su madurez, (lo que no resulta inapropiado en
quien a los treinta años había dado cima a una considerable
labor literaria verdaderamente prematura), se palpa ya
una clara conciencia de nacionalidad.
En esos poemas, a vueltas de conceptos exquisitos y de
alambicamientos de expresión y de lenguaje, se sentía el sa-
bor de la tierra natal, tanto que ella se preguntaba:
"Qué mágicas infusiones
de los indios herbolarios
de mi patria, entre mis letras
el hechizo derramaron?"
Más no eran los elíxires de los hechiceros autóctonos los
que corrían por sus versos, sino la comprensión absoluta de
que una patria nueva se cimentaba ya con elementos étnicos
de individualidad definida. Y más de una vez, orgullosa de su
origen americano, lo proclamó en inspirado acento, como
cuando dijo:
"Que yo, Señora, nací
en la América abundante,
compatriota del oro,
paisana de los metales.
A donde el común sustento
se da casi tan de balde
que en ninguna parte más
se ostenta la tierra madre".
La América, que en galana metáfora diademaba con los
regios atributos o simbolizaba en el águila caudal que abre
las alas potentes en los blasones patrios:
"Levante América ufana
la coronada cabeza
y el águila mexicana
el imperial vuelo t i e n d a . . . "
Ufanía y elación para ella la de ser mexicana y america-
na. El criollismo al que ella pertenecía, estaba ya al-
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canzando la mayoría de edad y en múltiples manifestaciones
dejaba percibir que la nacionalidad mexicana iba nutriéndo-
se y desarrollándose como entidad social de peculiares valo-
res. Los criollos mostrábanse orgullosos de su suelo y aun-
que sumisos, sabían que sus antepasados europeos más ha-
bían extorsionado que civilizado. Por eso Sor Juana al enu-
merar las riquezas de México, valerosamente replicó un día
a cuantos loaban las excelencias del coloniaje:
"Europa mejor lo diga
pues a tanto que insaciable
de sus abundantes venas
desangra los minerales".
Hablar así en esas épocas, en que se advirtió a los vasa-
llos del rey hispano que habían nacido para callar, era digno
de valentía, de rectitud, de auténtico patriotismo.
Juana Inés de la Cruz, fue, pues, una verdadera patrio-
ta, una americana integral.
Y qué decir de su filantropía, de la nobleza de sus senti-
mientos hacia los indios y los negros? Su alma exquisitamen-
te sensible no podía permanecer indiferente ante la situación
lamentable de unos y otros. Ella había convivido con los pri-
meros durante su infancia, a la falda de los colosos coronados
de nieves eternas en que se asienta la aldea que la vió nacer
y conocía sus miserias y sus desventuras; ella había escucha-
do de los labios de sus nodrizas indias las leyendas del pode-
río de los monarcas aztecas y se daba cuenta del dolor de
aquella raza desposeída de sus bienes. Y también tenía a dia-
rio testimonios de la condición inhumana que guardaban las
gentes de color, más vilipendiadas que las bestias.
Y squel lirio de ternura, que aromaba el claustro y daba
sus fragancias a cuantos se le acercaban, vertió más de una
vez el bálsamo de su misericordia sobre aquellos seres des-
validos. Y los tomó seráficamente de la mano y los elevó
hasta la altura del arte, haciéndolos hablar en sus versos pa-
ra mover así la piedad de quienes podían otorgarla.
Salió en su defensa cuantas veces presentábasele ocasión,
porque su alma desbordante de caridad se resistía a admitir
estas desigualdades sociales y sobre todo la flagrante injus-
ticia de hundir en la abyección y la desgracia a quienes se
había despojado de su patrimonio, so pretexto de civilizarlos
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y catequizarlos. Rasgos de insigne magnanimidad que iden-
tifican a Sor Juana con los más altos benefactores de Amé-
rica.
E igual que para indios y negros, siempre se levantó su
voz para ayudar al caído, para implorar el perdón del delin-
cuente, para pedir equidad por el hambriento de justicia. Al
servicio de estas generosas demandas, puso sus versos, su re-
nombre, su valimiento en la Corte. Nadie llamó en vano a las
puertas de su corazón, que si era nido de ruiseñores también
albergaba las Cándidas aves de la piedad y la compasión por
los ajenos sufrimientos. Así Juana Inés de la Cruz, nos mues-
tra otra de las más delicadas facetas de su alma diamantina,
que responde a la contextura de un ser moral superior.
Y por esa caridad en que siempre se sintió ardida y que
era el crisol en que se purificaban su numen y su corazón,
dio en holocausto su existencia. No fue la culminación de un
ascetismo exaltado, aunque ella que en todo ponía un vehe-
mente impulso, llevaba en sus postreros años un rigor disci-
plinario agobiante, ni tampoco el martirio que deseara imi-
tar de las hagiografías; sino la muerte de quien da la vida
por sus semejantes en un acto de simple, de cristianísima ca-
ridad. De esta manera coronó su existencia aquella mujer de
excepción que, verdadero fénix como ya le apellidaron sus
coetáneos, se quemó en las llamas de una acción sublime y
de ellas resurgió, igual al ave mítica, más gallarda y más es-
plendorosa que nunca.
Por todo ello es merecedora de este homenaje y de que
se honre su memoria dando su nombre a esta sala de confe-
rencias, ya que ese nombre, para decirlo con sus mismas pa-
labras:
" . . . será siempre
en inscripciones plausibles,
fatiga honrosa a los bronces,
dulce afán a los buriles".
Señor Ministro de Educación:
Sed portador ante el Excelentísimo Señor Presidente de
la República y ante el pueblo hondureño, del profundo reco-
nocimiento del Gobierno y del pueblo mexicanos, que me hon-
ro en representar, por la celebración de este homenaje a la
más esclarecida escritora de las tierras de Anáhuac. Con él
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se reafirman una vez más los lazos seculares que unen a
nuestras naciones.
Y vos, distinguida señora directora de esta Escuela, re-
cibid también con mis agradecimientos la seguridad de que
los maestros y la juventud estudiosa de México, os envían
en estos momentos un cordial mensaje de simpatía por haber
contribuido tan devota como entusiásticamente a que en es-
te templo del saber figure el nombre de aquella varona egre-
gia de quien vuestra gloriosa compatriota Gabriela Mistral,
dijera en bellísimo panegírico "que se anticipó a su época,
hambrienta del conocimiento intelectual" y que fue "caso
único en aquel mundo en que vivió".
Tegucigalpa, D. C.,
10 de noviembre de 1951.
15
DISCURSO PRONUNCIADO EN EL TEATRO NACIONAL,
EN LA VELADA LIRICO-LITERARIA. ORGANIZADA
POR EL COMITE HONDUREÑO, CONMEMORA-
TIVO DEL III CENTENARIO DEL NACI-
MIENTO DE SOR JUANA INES DE
LA CRUZ
HONORABLE AUDITORIO:
Ya se ha cerrado la dorada puerta del feérico alcázar en
donde tribunos grandilocuentes, bardos inspiradísimos y mú-
sicos y coreógrafos entusiastas, se conjuntaron en armonioso
acoplamiento para solemnizar el trisecular aniversario del
nacimiento de la más eximia escritora de nuestra raza.
Se diría que se ha revivido el esplendor de una panatenea
de la edad clásica y que los aedos y los danzantes, los filóso-
fos y los tañedores de musicales instrumentos, coronados de
mirtos y verbenas, desfilaron frente al ático marmóreo de un
templo, unos blandiendo ramas de encina entretejidas de dél-
ficos lauros; otras, deshojando guirnaldas de rosas corintias
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y entonando los peanes del triunfo ante la omnisapiente dei-
dad de los ojos esmeraldinos, mientras el padre de las musas,
sofrenando los bridones de su fúlgida cuadriga, convertía to-
do en una maravilla de luz con los torrentes de resplandores
que enviaba desde su olímpico solio.
Flotan aún en este ámbito los aromas de las flores que
con lenguaje de fragancias y matices, dijeron a la monja in-
mortal que seguían siendo hermanas de su beldad por lo ve-
nustas y de su espíritu por su gracilidad. Vibran todavía en
este recinto las melodías musicales que subrayaron la obla-
ción colectiva como para hacerla más emocionante y profun-
da, ora en ritmos jocundos o melancólicos, ya para que teo-
rías de impúberes, al amparo de los símbolos cristianos y a
les lampos tamizados por vitrales evocadores, rindieran tri-
buto a quien fuera hija predilecta de Euterpe, porque la dan-
za, forma sagrada de ofrenda divina, es plegaria también, es
devoción, es mística pleitesía.
Resuenan en nuestras almas, tras el deleite auditivo —y
las estremecen en el regusto—, las cláusulas de los oradores,
que trocándolas en prodigiosos cinceles de verbo y pensamien-
to esculpieron un magnifícente peristilo en torno a la figura
egregia de Sor Juana, que se nos apareció así sobre un so-
berbio pedestal de gloria.
La apoteosis se ha relizado ¡y con qué cúmulo de perfec-
ciones! Las últimas canéforas han recogido ya sus floridos es-
criños y sus gritos de gozo se pierden en la lejanía con el on-
dular policromo de sus clámides. Los sistros, los címbalos y
las flautas, han acallado sus sones festivos; y mientras los
fulgores febeos se tornan en tenue claridad como de sueño,
sólo queda en nuestras retinas y en nuestras mentes el des-
lumbramiento de sortilegio de la fiesta victorial y consagra-
dora.
Pero quedará también la indeleble memoria de quienes
la llevaron a buen término, porque ya fuera de la ficción
poética y sobre la fantasía metafórica, la realidad levanta su
voz imperativa para que en proclamación solemne y en me-
recidísima acción de gracias, los levantemos hasta el podio
de los triunfadores donde agitarán sus palmas nuestros en-
trañables agradecimientos.
Sean mis iniciales palabras de gratitud para el ilustrado
Gobierno de esta República, que, en su clara comprensión
de la verdadera confraternidad continental, no ha escatima-
do medio alguno a su alcance para que todos los actos de
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homenaje a mi esclarecida compatriota, revistieran máxima
prestancia. Y a su vera reciban también desde aquí las más
férvidas expresiones de mi reconocimiento aquellas personas
que con gentileza que sobrepasa toda alabanza, acudieron al
primer llamado, para constituir el Comité conmemorativo de
este Centenario. Las damas y caballeros que por modo tan
galante, se aprestaron a organizar esta celebración, al ha-
cer la conjunción de sus esfuerzos, confirmaron una vez más
que el pueblo y la sociedad hondureños siempre están pres-
tos a toda manifestación de elevada cultura, porque como
lo dijera uno de vuestros insignes liridas, todavía sabéis que-
rer "con todas las potencias de vuestro corazón"; todavía
vuestros pechos "abrigan sentimientos muy leales"
"puros como las rosas que produce la aurora
o las risueñas aguas de vuestros manantiales".
Y quienes así aman y quienes así piensan no pueden por
menos que ser caballeros cruzados y sacerdotisas fervientes
del Ideal.
Y por eso, porque sólo los seres que poseen esas eminen-
tes cualidades, (que ya van siendo raras en estas épocas de
fariseísmo y de brutal desprecio a los valores del espíritu) sa-
ben dar su concurso para las fiestas que señorea la inteligen-
cia, como esta fastuosa que acaba de terminar, vosotros sus
compatriotas debéis estar satisfechos y orgullosos, que pue-
blos como el hondureño, que sobre el grosero materialismo
de Calibán alzan la vista para ver el vuelo etéreo de Ariel,
algún día, a pesar de su pequenez, mostrarán a la humanidad
arruinada el lábaro triunfante e incólume con que han defen-
dido los fueros del Arte y de la Belleza inmortal!
Gracias a todos, amigos míos Por igual a quienes ver-
tieron mieles de rimas que rotundos y ciceronianos períodos;
con idéntico ardor a quienes nos hechizaron con su música
que a los artífices que con sus estupendas realizaciones es-
cenográficas nos arrancaron de este bajo mundo para trans-
portarnos a aquel en que Sor Juana sentía tal vez que su
alma iba a subir al Empíreo "para ser de luceros coronada".
Gracias a la Prensa que con su inigualable fuerza de
difusión sirvió de poderosa palanca para que con el mejor de
los éxitos culminara esta ceremonia y de portavoz incompa-
rable para llevar doquiera el nombre y los hechos de la ín-
clita monja mexicana.
Y gracias a vosotros que os habéis dignado asistir a esta
ceremonia y que con vuestra presencia la disteis inusitado
relieve y conspicuo realce.
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"La Décima Musa", gloria de México y de América, con-
t e m p l a r á , desde "el alto asiento" de la inmortalidad en que
mora, todas estas sinceras manifestaciones de admiración a
s u ' genio. Ella fue tan hermosa como humilde, virtud de la
verdadera sabiduría, y de hallarse en este momento con nos-
otros, os diría con su voz angelical, lo que expresó al recibir
un regalo del Ayuntamiento de México:
"Con afecto agradecido
a tantos favoresJ hoy
gracias, señores, os doy
y los perdones os pido".
JOSE DE J. NUÑEZ Y DOMINGUEZ,
Embajador de México.
Tegucigalpa, D. C.,
12 de noviembre de 1951.
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