Queja
Señor, mi queja es ésta,
Tú me comprenderás:
De amor me estoy muriendo,
Pero no puedo amar.
Persigo lo perfecto En mí
y en los demás,
Persigo lo perfecto
Para poder amar.
Me consumo en mi fuego,
¡Señor, piedad, piedad!
De amor me estoy muriendo,
¡Pero no puedo amar!
“Soy un alma desnuda en estos versos,/ Alma desnuda, que angustiada y sola,/
Va dejando sus pétalos dispersos”. Así se definía en uno de sus poemas la
escritora Alfonsina Storni, quizá la poeta más famosa que dio la literatura
argentina. Íntima y misteriosa, fue su modo de construirse y mostrarse. Pasaron
80 años de su fallecimiento, pero sus versos se siguen recitando.
Nacida el 29 de mayo de 1892, en el pueblo suizo de Capriasca, llegó a nuestro
país a los cuatro años: Argentina, ese lugar lejano que encarnó con puño y letra,
y desde donde formó parte de un grupo de literatas latinoamericanas que
lucharon no solo por el reconocimiento artístico, sino también por un lugar,
como mujeres, en la sociedad que les tocó vivir. Entre ellas, la chilena Gabriela
Mistral y la uruguaya Juana de Ibarbourou.
Horacio Quiroga le recomendó en una carta a José María Delgado viajar
a Buenos Aires para conocer a Alfonsina y conversar sobre su poesía;
además, comenzó a concurrir al cine con Alfonsina y los hijos de ambos
y en una oportunidad en una reunión en una casa de la calle Tronador,
donde se reunían los escritores de la época, jugaron a las prendas,
consistiendo en que Alfonsina y Horacio debían besar al mismo tiempo
las caras de un reloj de cadena que sostenía Horacio. Este rápidamente
retiró el reloj en el momento que Alfonsina se aproximaba a sus labios
terminando en un beso, episodio que no le causó mucha gracia a su
madre, quien se encontraba presente.51
HORACIO QUIROGA ESCRIBE Cuentos de amor, de locura y de muerte
(1917) LUEGO DE CONOCER A ALFONSINA STORNI
Quiroga la mencionó frecuentemente en sus cartas entre los años 1919 y
1922 pero no se sabe a ciencia cierta la duración y el tenor de la relación.
La mención del escritor la destaca en un grupo donde no había otras
escritoras. En sus misivas a su amigo José María la menciona con
respeto por su obra y la trata como su igual y en un aviso que el grupo
Anaconda viajaba a Montevideo la lista la encabeza Alfonsina sin el
apellido, una demostración de la confianza mutua.52Por otra parte, en un
aviso del 11 de mayo de 1922 de una visita para días posteriores,
anunció que viajaría con sus hijos y con ella y proponía comer todos
juntos. Además, Emir Rodríguez Monegal, biógrafo de Quiroga,
testimonió el relato de Emilio Oribe, poeta uruguayo que dijo que Quiroga
esperó a Alfonsina a la salida de unas conferencias que dio en la
Universidad posiblemente sobre la poesía de Delmira Agustini. Quiroga
no quiso asistir a este evento pero la esperó a Alfonsina a la salida; ella
apareció cubierta de un sombrero de paja que sorprendió a los
habitantes del barrio cercano al puerto.52
Alfonsina acompañaba a Quiroga al cine, a las tertulias literarias y a
escuchar música: a los dos les gustaba Wagner. Frecuentemente
viajaron a Montevideo y se tomaron fotografías, donde aparecen alegres.
Los viajes se realizaron porque Quiroga fue adscrito del Consulado
uruguayo y siempre lo hacía acompañado de intelectuales femeninas.52
Cuando Quiroga viajó a Misiones en 1925 ella no lo acompañó por
recomendación de Benito Quinquela Martín, quien le dijo: «¿Con ese
loco? ¡No!». De esa manera el escritor viajó solo a San Ignacio, dejando
su departamento al uruguayo Enrique Amorim. En esa vivienda Alfonsina
se presentó en una oportunidad para solicitar noticias de Quiroga, que no
escribía.53Este viaje duró un año y a su regreso Quiroga restableció la
amistad con Alfonsina tras una reunión en una casa que había alquilado
en Vicente López, donde se leyeron sus creaciones y, más tarde,
salieron al cine y a varios conciertos ofrecidos por la Sociedad
Wagneriana.
Esta relación finalizó en 1927, cuando el escritor conoció a María Elena
Bravo y contrajo su segundo matrimonio. Nunca se supo si él y Alfonsina
fueron amantes, ya que no abordaban el tema del amor como tales. Sí se
sabe que ella apreciaba a Quiroga como un amigo que la comprendía, al
que le dedicó un poema cuando él se suicidó, diez años más tarde, que
presagia su propio final
A Horacio Quiroga
Morir como tú, Horacio, en tus cabales, y así como en tus cuentos, no está mal; un rayo a
tiempo y se acabó la feria… Allá dirán. No se vive en la selva impunemente, ni cara al Paraná.
Bien por tu mano firme, gran Horacio… Allá dirán. “Nos hiere cada hora —queda escrito—, nos
mata al final”. Unos minutos menos… ¿quién te acusa? Allá dirán. Más pudre el miedo,
Horacio, que la muerte que a las espaldas va. Bebiste bien, que luego sonreías… Allá dirán
“La loba” (fragmento)
Yo soy como la loba.
Quebré con el rebaño
Y me fui a la montaña
Fatigada del llano.
Yo tengo un hijo fruto del amor, de amor sin ley,
Que no pude ser como las otras, casta de buey
Con yugo al cuello; ¡libre se eleve mi cabeza!
Yo quiero con mis manos apartar la maleza.
Mirad cómo se ríen y cómo me señalan
Porque lo digo así: (Las ovejitas balan
Porque ven que una loba ha entrado en el corral
Y saben que las lobas vienen del matorral).
¡Pobrecitas y mansas ovejas del rebaño!
No temáis a la loba, ella no os hará daño.
Pero tampoco riáis, que sus dientes son finos
¡Y en el bosque aprendieron sus manejos felinos!
(...)
Su último poema: “Voy a dormir”.
Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.
Déjame sola: oyes romper los brotes...
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides... Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...
Agua y cianuro por Alejandro González Dago
Primero murió él. Y es probable que estuviera bien que fuera así el orden cronológico de las
partidas.
Después murió ella, veinte meses más tarde. Y es probable que estuviera bien que fuera así
porque hay veces en la vida que a la muerte, la soledad le tiene envidia.
Él se fue primero porque lo decidió.
Ella se fue después porque enferma y deprimida, sin él, sin su olvido siquiera, en el último acto
irónico de su vida eligió acompañarlo porque la primera vez no se animó.
Él vivió la mejor parte de su vida en la selva Misionera, en estado de salvaje pureza intelectual,
como su prosa. Pero fuera de la selva, el mundo era salvaje para él. No conocía límites. Su
coraje carecía de estética.
Ella, que era feminista, cuando quería podía ser frontal o discreta. Hasta que miraba. Porque
cuando Alfonsina miraba, su mirada rugía.
– A que te doy un beso en la jeta…
– Por favor Horacio, qué decís….
– Digo que miro cómo me mirás y estoy seguro de que te gusto. Digo: a que te doy un beso en
la jeta delante de todos y a vos te gusta…
– Comportate, Horacio. Hablá bien. Qué clase de maestro de escuela sos. Te lo pregunto como
maestra rural.
– Soy de los maestros que para enseñar no andan con vueltas y son claritos, que mierda. Por
eso también quiero hacerte una pregunta directa: ¿Vos seguís escribiendo para el diario La
Nación?
– Sí, por qué?
– Porque me gusta mucho que como mujer pongás en vereda a otras mujeres.
– Te equivocas Horacio, yo no pongo en vereda a otras mujeres. Yo escribo lo que siento y me
parece. Y lo que siento y me parece es que muchas mujeres son unas caza-novio que no
defienden sus derechos, mientras que los hombres son unos machistas que se aprovechan de
las estúpidas.
– Me gustó eso que escribiste para La Nación en tu columna Cositas Sueltas. ¿Te acordás lo
que escribiste sobre El Día que algún día le llegará a las mujeres?
– Si claro, cómo voy a olvidarlo: «Llegará un día en que las mujeres se atrevan a revelar su
interior; ese día la moral sufrirá un vuelco; las costumbres cambiarán»
– Hablas de la emancipación de la mujer?
– Por supuesto. Algún día la mujer se liberará y hasta tendrá derecho a votar. La mujer es un
ser pensante, aunque haya muchas que les convenga hacerse las estúpidas.
Sin embargo ahora…, ahora…no quiero hablar de mujeres. Ahora yo quiero decirte a vos,
Horacio Quiroga, que a mí también me gusta como escribís, por algo los amigos dicen que
escribís mejor que Edgar Allan Poe. Me gustaron mucho Los Cuentos de la Selva que escribiste
para los chicos. Y aunque te hayan sacado el cuero por la manera en que lo escribiste, a mí me
pareció una maravilla ese libro.
– Qué cuento te gustó: La abeja haragana? Historia de dos cachorros de Coaty y dos cachorros
de hombre? No ya sé, te gustó Las medias de los Flamencos…
– Me gustaron todos, pero en especial El paso del Yaberí y El Loro Pelado.
– Me vas a volver loco, Alfonsina: también tu voz me altera. Acercate que quiero decirte unas
cochinadas al oído y proponerte un trato. Escuchá: voy a robarte un beso delante de todos, y
como te va a gustar, después poné blanditos los labios y devolveme el beso pero con lengua. El
trato que te propongo es que nos besemos hasta que vos digas basta.
– Me hacés reír, Horacio. ¿Vos estás borracho?
– No del todo, Alfonsina; todavía no. He tomado pero no estoy tan borracho como para no
saber lo que te estoy proponiendo porque me gustás mucho; me tenés loco. Quiero darte un
beso en la jeta delante de todos.
– Y… si no me gusta
– Y si no te gusta me haces cagar. Me pegás una cachetada fuerte en la cara y después me
mordés y me arrancás a pedazos las carnes sin piedad como hacen las hembras pecaríes en la
selva misionera cuando rechazan al macho, pero el macho por ser macho no les hace nada…
– Tenés que robarme el beso, Horacio. No me lo pidas porque no voy a dártelo. No tengo
costumbre de andar besando delante de la gente. Todos saben que soy madre soltera y se
agarran de ahí para hablar mal de mí.Si querés un beso mío, robamelo, ganátelo si sos capaz.
– Claro que te lo voy a robar. Y te va a gustar. Y vas a besarme con lengua. Y vas a pedirme que
vuelva a besarte. Y vas a pedirme que te levante la falda, te arranque los calzones con los
dientes, te bese entre las piernas hasta que te desmayes y te haga el amor como un animal,
aquí en el suelo, delante de todos, sin importar que nos miren porque para eso somos
animales. Y mañana, vas a pedirme que te lo haga todos los días toda la vida, y que seamos
animales…
Es la tarde de un viernes de marzo de 1922 en casa del pintor Emilio Centurión, en el porteño
barrio de Palermo. La escritora Norah Lange y su marido, Oliverio Girondo, han organizado una
reunión privada para que sus amigos se liberen porque demasiado victorianos siguen siendo
estos tiempos del flamante Siglo XX por más que ya se cumplieran dos décadas de la muerte
de la reina Victoria de Inglaterra que también fuera emperatriz de la India. Y como la pacatería
y los buenos modales disimulan con escrúpulos la verdadera moral pública, artistas e
intelectuales no pueden andar por ahí mostrando la hilacha; mejor una fiesta privada donde
ellos puedan lucir sus peores comportamientos y ellas sus piernas. Lejos de la gente y de la
crítica las mujeres podrán fumar lo que quieran fumar como hacen los hombres, beber hasta
emborracharse si les gusta, y, sobretodo, jugar juegos en parejas y con prendas.
Como en otras tantas reuniones privadas entre amigos, Benito Quinquela Martín, amigo y
protector ad honorem de Alfonsina Storni, advierte a la concurrencia que si las cosas suben de
tono y pasan a mayores él se retirará. Entonces Horacio Quiroga le pone la mano abierta en el
pecho, lo desplaza, y toma la palabra: – Los conservadores que quieran retirarse como buenos
cagones que son, que se vayan a la mierda, pero ya. Ahora vamos a jugar con Alfonsina el
juego del reloj.
El juego del reloj consistía en balancear un reloj de bolsillo sostenido por la cadena. Con cada
movimiento pendulante los presentes tenían que hacer hooooo. Cuando el reloj pasaba frente
a los ojos de la pareja que jugaba, uno de cada lado tenía que besar el reloj. El que primero se
equivocara besando a destiempo perdía y pagaba prenda.
Aquella vez, Horacio Quiroga sostuvo su reloj de bolsillo por la cadena y lo balanceó. Apenas el
reloj pasó frente a Alfonsina, lo quitó del medio, lo arrojó contra la pared, le tomó la cabeza
por la nuca y la besó en la boca con un beso mojado y pastoso.
La concurrencia miró en silencio.
Algunos pocos dijeron hooooo…
Los hombres lo miraron a él.
Las mujeres la miraron a ella. Pero ellos no dejaron de besarse.
Horacio Quiroga, excitado y ya erecto, besó a Alfonsina en el
cuello, y ella, excitada y húmeda, se quitó la blusa y el corpiño y puso en la boca de Horacio de
a uno por vez sus pezones.
Después Horacio bajó. Con los dientes le arrancó los calzones. Desde abajo la miró sediento.
Ella jadeando le devolvió la mirada, y con la palma de su mano en la nuca le empujó la cabeza
hacia su entrepiernas para que bebiera sus jugos.
Benito Quinquela Martín, que era un hombre ordenado y sedentario, movió la cabeza en
sentido de negación y se marchó pegando un portazo.
Aquella tarde de 1922 nació un amor urgente. Más necesario y desesperado que romántico,
pero para toda la vida. Hasta hoy nadie ha podido con él. Ni siquiera ellos. Ni la distancia. Ni el
tiempo. Ni la soledad. Ni el cianuro. Ni el agua. Y menos la muerte.
Desde 1922 hasta 1925, Horacio Quiroga y Alfonsina Storni amanecieron mirándose a los ojos
sin pestañar, oliéndose los olores y comiéndose las carnes y las almas, amándose sin límites,
como nadie se había amado hasta entonces y como nadie pudo amarse jamás.
Durante aquellos tres años, Horacio Silvestre Quiroga Forteza, poeta, dramaturgo, cuentista,
maestro de escuela y del cuento latinoamericano, de prosa naturalista y modernista,
comparado a menudo con Edgar Allan Poe, nacido el 31 de diciembre de 1878 en Salto,
Uruguay, fundador de la revista Salto, de la tertulia Los Tres Mosqueteros y del Grupo
Anaconda e iniciado en las letras por su mentor, Leopoldo Lugones, a quien acompañó como
fotógrafo a la selva de Misiones de dónde nunca quiso regresar, ni por un momento recordó
las miserias vividas ni los miserables días de su vida. Su pasión por Alfonsina estaba por encima
de la muerte que siempre le revoloteó la espalda. Sus peores recuerdos desaparecieron, y en
todo ese tiempo no recordó que cuando era apenas un niño de cinco años, su padre se suicidó
y que a los dieciocho su padrastro se pegó un tiro en la boca delante de él o cuando por
accidente se le escapó un tiro y mató a su gran amigo Federico Ferrando.
Alfonsina era su gloria. Sus días, su musa. Y la letra:
“ Qué mayor dicha para dos enamorados
que esa honrada consagración de un cariño libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin
fin ninguno,
y, lo que es peor para el amor mismo,
sin esperanzas posibles de renovación?”
Alfonsina Storni, que había nacido el 29 de mayo de 1892 en un pequeño pueblo de la Suiza
Italiana llamado Sala Capriasca, que vivió en la provincia de San Juan, en Rosario, y en Buenos
Aires, que por la inestabilidad emocional de su padre Alfonso Storni a los once años abandonó
sus estudios para ayudar a su madre que era modista, y en 1906 cuando murió su padre
trabajó como aprendiza en una fábrica de gorras, que luego entró a la compañía de teatro del
actor español José Tallaví pero retomó sus estudios y se recibió de maestra, que fue periodista,
poeta, recitadora de poemas en los barrios más pobres de Buenos Aires y también subida a
una mesa del Café Tortoni. Socialista, feminista, y madre soltera con un hombre casado y 24
años mayor que ella, que a pesar de las críticas despiadadas de otras mujeres que la veían
masculinizada y casi como un muchachito enfrentó el cinismo y el machismo oligarca de los
años veinte en la Argentina haciéndolo retroceder a fuerza de poemas y verdades, por primera
vez en su vida se había enamorado.
-!!! Benito, suerte que te encuentro. Necesito hablar con vos, es urgente !!!.
– Qué ocurre Alfonsina?
– Benito, Horacio me ha pedido que me vaya con él a la selva de Misiones. Dice que allí
viviremos en contacto con la naturaleza y que seremos felices. Necesito tu opinión de amigo,
Benito. Por favor.
– Con ese loco, borracho, y mal educado…? Ni se te ocurra Alfonsina. Te recuerdo que tenés un
hijo, tenés trabajo en el diario La Nación y en Caras y Caretas, nada menos, que estamos en
1925 y sos reconocida en todo el país y en otros países también y que llegar hasta acá te costó
la vida.
– Sí Benito, sí, pero yo lo amo. Es el amor de mi vida… él es mi vida
– !!! Pero ese tipo está loco y te hará sufrir. Te digo que no podés ir a ninguna parte con un
loco borracho que además consume Hachís…
-Pero yo lo amo, Benito, vos no entendés, yo lo amo… No sé si podré vivir sin él. Lee lo que
escribió:
“Ella, joven, pálida, con una de esas profundas bellezas
que más que en el rostro – aun bien hermoso –
residen en la perfecta solidaridad de la mirada,
en su boca, en su cuello, en su modo de entrecerrar los ojos,
era sobre todo una belleza para hombres
sin ser en lo más mínimo provocativa;
y esto es precisamente lo que no entenderán nunca las mujeres”
Alfonsina no fue a Misiones. Antes de regresar a la selva misionera, en 1927 Horacio Quiroga
se casó con María Bravo, quien un día lo abandonó monte adentro y regresó a Buenos Aires.
Menos de diez años después, Horacio Quiroga se sintió enfermo, regresó a Buenos Aires y se
internó en el Hospital Clínicas.
.El 19 de febrero de 1937 al mediodía, una junta médica le informó que tenía cáncer de
próstata. A la tardecita, Horacio Quiroga pidió permiso para dar un paseo fuera del hospital.
Pasó por una farmacia y compró cianuro. Cuando regresó al hospital mezcló el polvo en un
vaso con agua y se quitó la vida.
Los que siempre dicen cosas dijeron que había dejado una carta para Alfonsina. Dicen que se la
confió a su único confidente en el Hospital de Clínicas, un tal Vicente Batistessa, que era un
paciente internado por sus horribles deformaciones causadas por una elefantiasis, una neuro-
fibromatosis o el Síndrome de Proteus, a quien Horacio Quiroga había tomado como su amigo
más fiel dedicándole horas de lectura por las noches.
La carta nunca fue encontrada. El deforme Vicente Batistessa murió sin decir una sola palabra.
Enterada de la muerte de Quiroga, Alfonsina Storni, a quien en 1935 le habían diagnosticado
cáncer de mama y extirpado el seno derecho, cerró las puertas y las ventanas de su casa y no
quiso hablar más con nadie. A la luz amarillenta de una lámpara recostada y fría sólo tuvo
ánimo para escribirle a él.
Morir como tú, Horacio, en tus cabales y así como en tus
cuentos, no está mal;/
Un rayo a tiempo y se acabó la feria… / Allá dirán/
Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte que a las espaldas va./
Bebiste bien, que luego sonreías…/Allá dirán.
No se vive en la selva impunemente, ni cara al Paraná.
Bien por tu mano firme, gran Horacio …
Allá dirán.
No hiere cada hora – queda escrito –
mata la hora final.
Unos minutos menos … ¿quién te acusa?
Allá dirán.
La mañana del 24 de octubre de 1938, Alfonsina Storni escribió tres cartas de puño y letra: Una
para su hijo Alejandro. Otra para su amigo Gálvez pidiéndole que cuidara a su familia, y la
tercera a la muerte.
A esta última la envió al diario La Nación y esa misma tarde partió en tren hacia Mar del Plata.
La carta que envió al diario La Nación era un soneto en endecasílabos sin rima a los que ella
solía llamar antisoneto:
Voy a dormir…
Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierba, tu, nodriza fina
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.
Voy a dormir, nodriza mía
acuéstame
Ponme una lámpara a la cabecera
Una constelación; la que te guste;
Todas son buenas; bájala un poquito
Déjame sola
Oyes romper los brotes…
Te acuna un pie celeste desde arriba
Y un pájaro te traza unos compases
para que olvides
Gracias
Ah, un encargo:
Si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido
En la madruga del martes 25 de octubre de 1938, en el Balneario La Perla de Mar del Plata, en
plena primavera bajo una tormenta despiadada, Alfonsina Storni se arrojó al mar desde la
escollera. Uno de sus zapatos atascado entre las piedras quedó como testigo de su último
paso.
Es probable que muriera por el golpe con el agua.
Eso ahora poco importa.
Si hay algo con lo que la muerte nunca podrá, es con lo que dejamos en la vida.
Una persona también es lo que de ella se recuerda.
No importa cuántas sirenitas la lleven; o por más que se vista de mar.
Sabe Dios qué angustia te acompañó, qué dolores viejos calló tu voz, para recostarte arrullada
en el canto de las caracolas marinas. La canción que canta en el fondo oscuro del mar, la
caracola.
HORACIO QUIROGA ESCRIBE Cuentos de amor, de locura y de muerte
(1917) LUEGO DE CONOCER A ALFONSINA STORNI