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DUELO

El duelo era una práctica exclusiva de los hombres para defender su honor y reputación social. Se consideraba que un hombre que rechazara un desafío a duelo manchaba su nombre y el de su familia. Los duelos tenían un protocolo estricto y servían para resolver disputas de honor, aunque estaban prohibidos por la ley. Aunque el Código Penal de 1924 sancionaba los duelos, éstos continuaron siendo tolerados e incluso alentados por algunas instituciones como forma de los hombres demostrar su valía.
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DUELO

El duelo era una práctica exclusiva de los hombres para defender su honor y reputación social. Se consideraba que un hombre que rechazara un desafío a duelo manchaba su nombre y el de su familia. Los duelos tenían un protocolo estricto y servían para resolver disputas de honor, aunque estaban prohibidos por la ley. Aunque el Código Penal de 1924 sancionaba los duelos, éstos continuaron siendo tolerados e incluso alentados por algunas instituciones como forma de los hombres demostrar su valía.
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La práctica del duelo y los lances de honor por caballerosidad eran exclusivamente practica de los

hombres mas no a las mujeres pues no se aceptaba que pudieran responder activamente por ese
atributo, Y en defensa de la integridad del hombre esto persistió hasta inicios del siglo XX en el
Perú.

Según demuestra la historiadora Magdalena Chocano en su investigación “Pulsiones nerviosas de


un orden craquelado: desafíos, caballerosidad y esfera política”, un caballero era modelo de
masculinidad y estaba asociado a la práctica de una profesión liberal o su pertenencia a una
familia notable de la sociedad es decir pertenecer a la burguesía en la que la caballerosidad servía
para marcar esa territorialidad de clase y en consecuencia el duelo se daba por una posición de
respetabilidad social y de la lucha por el honor.

En general un duelo no se relacionaba con cualquier tipo de violencia. Por lo general, los
caballeros de la época se preparaban para dichas eventualidades.

A un hombre que se negaba a aceptar un desafío para batirse en duelo permitía que se mancillara
su nombre y el de sus próximos sin que el ultraje tuviera castigo, no se le podía atribuir los valores,
los distintivos y las cualidades que denotaban su identificación con “lo masculino”.

Los duelos se amparaban en la costumbre y no en las leyes por las que las naciones se regían,
puesto que todas ellas castigaban los desafíos con rigor y severidad, por lo tanto, la defensa del
duelo no debía buscarse en los principios de la ciencia jurídica, la cual lo condenaba sin remisión,
sino que ésta se justificaba de índole moral, un marcado sentimiento del honor. Si bien no siempre
estaba bien justificado, no dejó nunca de manifestarse entre aquellos individuos de mayor rango
social y atribuida distinción de clase.

Con todo, por encima de ese criterio moral y al margen de que se apartara de las leyes
establecidas por el Gobierno, existía cierta reglamentación que, si bien amparada en la tradición,
establecía el necesario protocolo y modo de proceder en los lances de honor.

Este era un procedimiento muy pautado, con un ritual establecido, que solía servir para resolver
una «cuestión de honor». Tanto el ofendido como el ofensor debían nombrar padrinos, quienes se
encargarían de exigir y dar, según fuera el caso, las explicaciones necesarias y, si estas no eran
satisfactorias, de pactar un combate, para lo cual era indispensable la elección de armas, del lugar
y de la hora en que se llevaría a cabo el duelo, además de coordinar asuntos como la asistencia
médica, entre otros. El objetivo de un duelo era dar por terminada la cuestión de honor; una vez
resuelta esta, el honor del ofendido quedaba subsanado.

Un claro ejemplo puesto en el texto es del famoso duelo en Lima entre Arturo Campo y Plata a
Guillermo Porras, motivado por las palabras dichas en francés de la innominada esposa de Campo
y Plata que lo llegó a ofender a Porras. Este duelo fue a pistola y Porras terminó cadáver. Arturo
huyó, lo encontraron en el callao disfrazado de indio y lo condenaron a pasar cuatro años en la
penitenciaria por asesinato, pero el parlamento le otorgó un indulto (por 82 votos a 2) por lo que
podemos decir que sin duda alguna el tema del honor era cosa seria en el pasado.

Otros de los duelos dados en la lectura era el de Manuel Gonzales Prada y los artesanos de lima, el
desafío de Pedro Ruiz bravo a José de la Riva agüero y Osma, José Carlos Mariátegui ante el
ejército peruano, el duelo en la política de represión y el bloqueo a la modernidad política; y
lances de honor en la segunda mitad del siglo XX.

Todos estos duelos tachados de excepcionales envilecían el acto en sí, otorgándole un tinte
innecesario de barbarie que alejaba a los caballeros de su estado civilizado y de la buena
educación que se les imputaba.

Es así que el duelo era la trampa en la que se hallaba aquella sociedad en la cual la clase política
sancionaba la violencia sin mediación de la ley, aunque el Código Penal peruano de 1924 contenía
una serie de artículos que preveían una serie de sanciones para los que participaran en un duelo,
esta era una práctica tolerada, y ciertas instituciones del Estado incluso la alentaban porque más
allá de las singularidades atribuidas a la masculinidad hegemónica, entre las que se encontraba la
de ser valientes, fuertes, independientes, resueltos, seguros de sí mismos y otras cualidades
distintas a las concedidas a la feminidad, se encontraba el reconocimiento de sus congéneres hacia
la misma. En el caso de la burguesía, pese a la diversidad existente entre sus miembros y las
particularidades que en ella pudieran darse, este aprecio y respeto público se adquiría por medio
de la salvaguarda del honor, la preservación de una intachable reputación y la conservación del
nombre y prestigio de la familia.

Un duelo era básicamente una cuestión de palabras cuando aparecía vinculado a la esfera política.
En esta instancia, el desafío se originaba generalmente en unas palabras dichas o escritas que
constituían o eran leídas como una ofensa para un personaje público o una institución.

Por esa razón, el honor mancillado se convertía en el fundamento de los desafíos, que debían
restablecer la igualdad entre los varones de la comunidad.

Es así que los debates razonados, todo argumento, información u opinión podía convertirse en una
cuestión de honor y en consecuencia la práctica de duelos, abriendo de esta manera un escenario
político saturado de inestabilidad donde se limitaba la comunicación dentro de la elite es decir se
obstaculizaba la libertad de expresión y el debate. Se puede entonces suponer la existencia de una
íntima conexión entre el duelo, honor y el silenciamiento de la opinión.

Ya que la aceptación de esta práctica obstaculizaba el libre debate de ideas y opiniones, se


limitaba la libertad de expresión y el efectivo desarrollo del proceso democrático.

Por lo que la idea de “honor” aplicada a la esfera pública destapaba una época de inestabilidad
que no generaba un dinamismo social, sino que antes bien reforzaba la rigidez y la desigualdad
porque se mantenía un tipo de dominación patriarcal que en un futuro traería consecuencias para
cambiar la mentalidad de la sociedad en incluir a las mujeres a la ciudadanía.

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