Senda 3 Version Final
Senda 3 Version Final
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SEl\TDA 3
Libro básico de lectura.
. ·-.
.
En e l libro SENDA
para el te rce r curso, Ciclo Me dio de E.G.B., han intervenido:
UNIDAD 2 UNIDAD 6
UNIDAD 3 UNIDAD 7
UNIDAD 4 UNIDAD 8
5
UNIDAD 9 UNIDAD 14
UNIDAD 10 UNIDAD 15
UNIDAD 11
UNIDAD 16
Se aclara el misterio 98
El capitán.. 103 La araña avisa a los niños. 140
Actividades. 104 La abeja haragana . . . . . ... . . . . 143
Martín y Diana en el bosque . 144
Caracol . .. 145
UNIDAD 12 Costura . .. 145
Actividades. 146
El planeador 106
Misión difícil. 11 O
Actividades. . . . . . 112 UNIDAD 17
6
UNIDAD 18 UNIDAD 22
UNIDAD 23
UNIDAD 19
El festival de l a canción . 194
La Brisa del Día. 164 Jardinera .. 198
Un niño piensa 168 Al olivo ... 199
Actividades. . . . 170 Actividades. 200
UNIDAD 20
UNIDAD 24
El mar.. . . . . . . . . . . 172
Los premios . . . . . . . . . . . . . 202
Elegía del niño marinero. 174
Canción de Maitina.... 174 Doña Truana............. 204
Qué bien navega la barca . 175 Canción de los caballitos blancos 205
El pastor y el niño 176 El gorrión y la luna ... 206
Nana del burro gorrón . 209
Actividades . . . . . . . . . . 178
Actividades: . . . . . . . 210
UNIDAD 21
UNIDAD 25
El tren.. . . . . . . . 180
El caballo de Troya . 182 El arpa de Pandara . 212
En el tren..... 183 El mono Quico . . . 215
El Gran Príncipe. 184 Caballitos de madera. 217
El pajarito cojo 185 Despedida en la playa . 218
Actividades. . . . 186 Actividades. . ' . . . . . 222
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Pandara y los niños
-¿Qué es el viento?
Quien mejor lo sabe es Pandara. Porque
Pandara tiene todos los vientos encerrados
en una caja. Y cuando abre la caja, siempre
sale un viento de ella. Pandara los conoce a
todos por sus nombres: Viento Norte, Viento
Sur, Brisa, Huracán, Terral, Alisio, Ventolina...
Pandara los conoce a todos.
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contento y siguen jugando tan tranquilos. Pero si dice i guaaa!,
como una ternera, entonces es que está enfadado. Y se pone feo
de veras. Y vas a ver lo que hacen sus hermanos para llegar jun
to a la cuna y quitarle el enfado. Porque Chiquituso se enfada
con mucha frecuencia.
Isa no corre, porque dice que es de mala educación. Isa es
muy «finolis».
Millán corre como un demonio para llegar el primero. Y luego
se pasa el tiempo diciendo a los demás que corre mucho y ha
llegado el primero.
Africa también correrá, aunque llegué detrás de Millán... Y
dirá cosas como éstas: « ¡Ay, mi niño!» y« ¡Pobrecito mío!».
Eso lo dice Africa porque Chiquituso es su hermano. Pero si
en vez de Chiquituso hubiera en la cuna un muñeco, un gatito, o
incluso una rana verde, Africa seguiría portándose lo mismo, por
que es muy maternal.
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Jesusín correrá. Pero no correrá para llegar a la cuna. Corre
rá por aquí y por allá pensando en sus cosas, imaginando que
es un pirata o un vaquero. Y a Chiquituso, ni caso. Lo que es por
él, a Chiquituso le puede partir un rayo.
José Antonio (llamado Pepe) también correrá como una cen
tella hacia la cuna. Pero en vez de ponerle el chupete a Chiqui
tuso, que sería lo más conveniente, Pepe se pasará el rato di
ciendo:
-¡Ay! ¿Por qué llora Chiquituso? ¿Por qué dice ¡guaaa! Chi
quituso? ¿Está enfermo Chiquituso?
Maite también correrá. Lo hará con mucho cuidado, para que
no se le' revuelva--eLpelo, que lo tiene muy largo y muy rubio.
Y al lado de la cuna se peleará con Africa para ponerle el chu
pete antes que ella. Y dirán cosas así:
-·¡Ay, Africa; hay que ver cómo eres! No rne dejas nunca
ponerle el chupete.
-¡Ay, Maite; hay que ver cómo eres! Nunca me dejas po
nerle el chupete.
Así son ellos. Pero conviene que veas dónde viven.
La Casa Colorada está dentro de un jardín verde, con muchas
plantas y árboles. Parece que la hubieran hecho de cartón. Las
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paredes son muy finas. Se da un golpecito en una pared y suena
¡tic! Pero el que está en la habitación de al lado oye un ruido
m_uy gordo: ¡toe! Si se abre el grifo de la cocina, Chiquituso lo
oye al lado de la cuna. Entonces piensa que lo van a bañar. Si
está contento dice ¡beeee! Y si está enfadado dice ¡guaaa!
La Casa Colorada tiene ventanas blancas. De día son de
cristal y de noche son de persianas.
Cerca de la Casa Colorada, y dentro del jardín verd�. hay
dos cajones. Son dos cajones muy grandes donde pusieron los
muebles de los abuelitos cuando vinieron a vivir aquí. Un barco
los trajo y l,uego sacaron los muebles. Y los cajones se queda
ron vacíos. Entonces Isa y Millán pensaron que podían ser ca
sas para jugar en ellas. Y los pintaron, y les pusieron puertas y
ventanas, y cortinas y sillas. Los pintaron de rojo y ahora son
casitas coloradas, cerca de la Casa Colorada.
Como dijo Pandara, ella y sus vientos viven últimamente con
los niños de la Casa Colorada. Y Pandara no tiene sólo vientos.
También tiene muchos libros. Le gusta sentarse con los niños a
la sombra de los árboles y abri"r los libros por la página que salga.
-¿Por dónde los abres? -preguntó Pepe.
-¡Por aquí mismo! -dijo Pandara.
Y en el libro se leía esto.
La casa roja
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Al final de Gloucester había una casa roja, que se erguía casi
encima del agua. Era tan roja que era imposible no fijarse en
e:la. No sólo le gustó a Angel, sino que debía gustarles también
a varios pintores que la estaban pintando en sus cuadros, desde
distintos sitios. Angel se acercó un poco, sin molestar a los pin
tores, y cuando llegaba cerca de la casa le pareció oír un leve
y crujiente suspiro. Como casi no hacía viento, le extrañó aquel
suspiro, que parecía venir de lo más hondo de la casa roja. Se
acercó un poco más -y entonces oyó claramente otro suspiro.
-¿Qué te pasa? -le preguntó Angel a la casa en voz baja,
para que no le oyeran los pintores que había por allí.
Sonó un suspiro, más hondo aún que los anteriores, mezcla
do con un cierto crujir de madera seca, y la voz de la casa roja
se elevó delicada, contestando:
-Estoy harta de mi color rojo -le dijo la voz lastimera y
crujiente.
-Pues a mí me gusta -le confesó Angel, que creía que le
iba muy bien- y a los pintores me parece que también.
-No te gustaría tanto si te hubieras pasado años y años con
el mismo color -replicó la voz de la casa roja-. A todas mis
compañeras las pintan de vez en cuando de colores distintos,
pero a mí siempre de rojo... No, no, definitivamente ya estoy
cansada de él -dijo la voz de la casa con otro suspiro.
-¿ Tú crees que podrías pintarme de otro color? -inquirió
la casa roja, con un crujido esperanzado en su voz.
-Puedo intentarlo -le dijo Angel.
-Hay unos botes de color azul en la despensa, con los que
pintaron, hace poco, la cocina -le insinuó la casa.
Angel nó se lo hizo repetir dos veces y entró por la gran
puerta roja hacia el interior de la casa. Allí buscó la despensa,
cerca de la cocina, donde vio, en efecto, tres botes grandes de
pintura, un pincel de trazo grueso y una espátula.
Angel cogió los botes y el pincel y fue a salir... Pero se puso
a pintar la puerta de color azul con todas sus fuerzas. A la me
dia hora, la puerta estaba completamente azul. Entonces Angel
salió y cerró la puerta, para contemplar desde fuera su obra.
-¡Oh, no! -oyó gritar, horrorizado, a uno de los pintores.
-¡Oh, no!. .. ¡Oh, no! -gritaron al tiempo los otros dos pin-
tores, con igual expresión de horror.
Y los tres pintores empezaron a recoger sus bártulos para
irse a toda prisa.
15
-¿Qué les pasa? -prnguntó ingenuamente Angel.
-Esto es insufrible -le contestó uno de los pintores-. Esta
era la única casa bella de las cercanías. Si la pintan de azul, nos
la han destrozado para siempre.
Angel se calló, esperando que la casa hablara. Al fin, ella se
decidió a hacerlo, preguntándole tímidamente.
-¿Tú también crees que era la única casa bella de las cer
canías?
-La verdad es que yo sólo me había fijado en ti -le con
fesó Angel.
-¿Tú crees que volverán los pintores? -siguió preguntán
dole.
-No lo creo -le contestó Angel con franqueza. Se han ido
bastante enfadados.
-Estoy muy acostumbrada a ellos -siguió diciéndole la
casa-. Ya conozco a cientos de ellos que han venido a pintarme.
Y lo cierto es -añadió con un crujido lleno de coquetería- que
sólo me pintaban a mí.
Angel no dijo nada. Al cabo la casa, haciendo un esfuerzo,
volvió a hablar:
-¿Crees... que podrías... volver a pintar de rojo la puerta ...?
-Claro que sí -le contestó Angel.
JAIME FERRÁN
16
Infantil
Hay un velero en el mar.
Yo quiero ser marinero.
-¿Y las velas?
-¿Y el cantar?
Las velas son sólo sueños
y el cantar lo canta el mar.
¡Mi ·velero, mi velero,
que quiero ser marinero!
Hay un pez todo de oro.
Yo quiero ser pescador.
-¿Y el anzuelo?
-¿Y el temor?
Yo a nada tengo miedo
y lo cojo cuando quiero.
Descalzo voy por mi pez,
¡que quiero ser pescador!
PANDORA Y LOS NIÑOS
1 Con la lec\ura «Pandora y los niños» empieza una larga historia.
Léela y contesta:
¿Dónde tenía Pandora encerrados los vientos?
¿Dónde está viviendo ahora Pandora?
¿Cómo. se llaman los niños?
¿Dónde está siempre Chiquituso?
3 Piensa y contesta:
¿Pueden salir los vientos sin permiso de Pandora?
¿Cuidan todos los hermanos a Chiquituso?
¿Habían vivido siempre los abuelitos en la Casa Colorada?
1 1 1 1
o Di una oración con cada pareja de palabras:
18
6 Lee y responde en cada caso con la respuesta adecuada.
«Millán corría como un demonio para llegar el primero. »
«Pepe corría como una centella hacia la cuna. »
• ¿Qué quiere decir «correr • ¿Qué quiere decir «correr
como un demonio »? como una centella» ?
- Saltar por encima - Correr muy deprisa.
de los muebles. - Correr todo el día.
- Correr muy deprisa. - Correr detrás de alguien.
- Vestirse de demonio
para correr.
LA CASA ROJA
Lee y contesta:
¿De qué estaba hecha la casa?
¿Estaban todas las casas pintadas de rojo?
¿Dónde estaban los botes de pintura?
¿Qué otras cosas, además de los botes, había en la despensa?
8 Piensa y contesta:
• ¿Por qué no le gustaba a la casa roja su color?
Porque era como el color de la sangre.
- Porque llevaba ya muchos años pintada de rojo.
- Porque molestaba a los vecinos.
• ¿Por qué se fueron los tres pintores?
Porque no conocían a Ángel.
Porque ya estaban cansados de pintar.
Porque no les gustaba la casa pintada de azul.
9 Piensa y contesta:
¿De qué color está pintada tu casa?
¿Te gustaría tu casa de otro color? ¿Cuál?
¿De qué color te gustan a ti las casas en el campo?
¿De qué color te gustan las casas a la orilla del mar?
La playa y Pandara
Desde la Casa Colorada sales a una carretera. Es una buena
carretera, porque es el camino de la playa. Primero hay una cues
ta arriba y no ves la playa ni el mar. Al mar únicamente lo oyes.
Pero sabes que, en cuanto llegues a lo alto de la cuesta, verás
la playa, los barcos, el mar y los amigos. Vas subiendo la cuesta
entre pinos y naranjos. También hay muchos pájaros. Y desde lo
alto a la playa, la cuesta se termina en un periquete. No porque
sea corta. Lo que pasa es que nacen alas en los pies para ba
ñarse cuanto antes. I
Pepe. y Maite hicieron el camino ese día en muy poco tiempo.
Cuando llegaron a la playa había poca gente, casi nadie. Era a
finales de marzo, el cielo estaba con muchas nubes y el viento
soplaba fuerte. Las olas corrían muy deprisa, con una espuma
blanca por encima. Sentada en una piedra grande, en la orilla,
cerca de donde las olas llegaban y no se atrevían a seguir, es
taba Pandora.
Sonrió a Pepe y Maite cuando llegaron.
-Hola -dijo Maite, cogiéndose el pelo con una mano por-
que el viento se lo llevaba.
-Hola -dijo Pandora- ¿Cómo te llamas?
-Me llamo Maite. ¿Y tú?
-Yo me llamo Pandora.
20
Pandora tenía una caja en las ma�
nos. Era como de plata y brillaba
mucho.
-¿Qué es esa caja? -preguntó
Pepe.
Porque Pepe es muy curioso y
siempre pregunta mucho.
-Es una caja donde tengo ence
rrado al viento -dijo Pandora.
Pero Maite le contestó:
-No es verdad. Si el viento lo
tuvieras encerrado en esa caja, no
estaría ahora suelto y soplando.
Pandora se echó a reír.
-El viento que está soplando
ahora lo he dejado salir yo de la caja.
Pero en la caja tengo encerrados mu
chos más.
-¿Cuántos? -preguntó Pepe.
-¡Huy! Yo tengo aquí todos los
vientos.
-¿Todos?
-Sí, todos.
Mait& miraba con los ojos muy
abiertos. Y luego le preguntó a Pan
dora:
-¿Pero todos, todos, todos?
-Sí, de verdad. Todos, todos.
-No te creo -dijo Maite.
-Pues es verdad, de verdad.
-¿Y los puedes sacar? -pre-
guntó Maite.
-Claro -respondió Pandora.
-Pues, anda, saca alguno.
-¿Cualquiera?
Maite se quedó pensando. Se en
cogió de ,hombros y respondió:
-Da lo mismo. Saca el que
quieras.
Entonces Pandora abrió la caja.
Y abrió también uno de sus libros.
21
· En el puerto
Se llama lñaqui, pero en el puer
to le llaman Cho. Cho: grumete. Le
habían [Link] siempre así, aun an
tes de embarcarse por primera vez,
porque él siempre estaba diciendo
que quería ser un cho. O sea, un gru
mete.
Tenía catorce años, la nariz cu
bierta de pecas, el pelo siempre re
vuelto, y era el muchacho más ágil
de todos los puertos del mundo. Iba
siempre vestido con unos pantalo
nes azules y una camiseta a rayas
blancas y azules también.
Desde siempre, Cho había queri
do ir a pescar en un barco y toda su
vida había estado yendo al puerto a
mirar zarpar los pesqueros. Pasaba
horas enteras viendo cómo los mari
neros cargaban cosas en los barcos,
cómo almacenaban pequeños peces
vivos que después servirían de cebo,
cómo subían luego todos a bordo,
cómo andaban atareados por cubier
ta, cómo pitaba la sirena del barco
-un mugido largo que se oía en
toda la ciudad- y cómo, lentamente,
el barco iba saliendo del puerto y se
perdía en alta mar.
Entonces Cho se iba del muelle
y andaba por el puerto mirándolo
todo, oliéndolo todo y, si era posible,
tocándolo todo.
-¿Cuándo te embarcas, Cho?
-le gritaban los pescadores que no
habían salido.
Cho se encogía de hombros.
-Cuando me lleven -decía.
-Ven a comer sardinas, Cho
-le llamaban.
Y Cho iba a comer las sardinas
frescas, que olían a mar y que las
mujeres asaban en grandes parrillas
siempre humeantes.
-¡Ya irás, hombre, ya irás!
-reían los marineros.
Y Cho sacudía la cabeza con el
ceño fruncido.
-¡Hum! -decía por toda contestación.
Una mañana, José Manuel, el patrón del «Ama Vi'rgiña», el
mejor pescador del puerto, se le acercó. Cho estaba mirando
cómo descargaban la sardina de un barco que acababa de
atracar.
-Oué, Cho, ¿vienes con nosotros?
-¿Adónde? -preguntó él mientras tiraba un caracol al mar
y lo seguía con la vista hasta que caía al agua.
-A pescar bacalao, a Islandia.
-¿A pescar bacalao a Islandia?¿Yo? -y las mejillas de Cho
enrojecieron en un momento y comenzaron a brillarle los ojos-.
¿De verdad?
-Sí, hombre -contestó José Manuel riéndose-. ¿O no
quieres?
- iUuuuuu! -chilló Cho y echó a correr hacia su casa.
Verdaderamente, con razón decían que era el muchacho más
ágil de todos los puertos del mundo. Nadie corría como él. En
mitad del muelle se paró y gritó:
-¿Cuándo salimos, patrón?
-Mañana, al amanecer -gritó José Manuel, riendo todavía.
Fragmento del relato Cho, el grumete,
original de ANGELA c. lONESCU
24
La Luna
se llama Lola
La Luna se llama Lola
y el Sol se llama Manuel.
Manuel madruga; el trabajo
lo aleja de su mujer.
FRANCISCO VIGHI
25
LA PLAYA Y PANDORA
1 Lee y contesta:
«Pepe y Maite llegaron a la playa. »
¿Había ese día mucha gente?
¿A finales de qué mes era ese día?
¿Dónde estaba sentada Pandora?
¿Qué tenía Pandora en las manos?
3: Piensa y contesta:
¿Se ve el mar desde la Casa Colorada?
¿Qué· se ve cuando se llega a lo alto de la cuesta?
¿$e creyeron los niños que Pandora tenía una caja llena de vientos?
¿Quién crees que es Pandora: una bruja disfrazada o la Diosa de los
Vientos?
5 Piensa y contesta:
¿Te gustaría conocer a Pandora? ¿Por qué?
¿Qué cosas le preguntarías?
¿Te gustaría leer los libros de Pandora?
¿Qué vientos le pedirías que sacara de la caja?
26
6 Lee estas oraciones de la lectura.
«La cuesta que va a la playa se termina en un periquete.»
«A los niños les nacían alas en los pies para bañarse cuanto antes. »
Piensa y elige la respuesta adecuada:
• ¿Qué quiere decir «se termina • ¿Qué quiere decir «les nacían
en un periquete»? alas en los pies» ?
Que no se puede ver dónde Que los niños echaban a
termina. correr muy deprisa.
Que se termina en una hora. Que los niños se ponían las
Que se termina en seguida. aletas de bucear.
Que los niños se ponían
patines.
Escribe oraciones en las que aparezcan estas expresiones:
«Se termina en un periquete» . «Nacer alas en los pies » .
EN EL PUERTO
7 Lee y contesta:
¿Cuántos años tenía Cho?
¿Cómo llevaba siempre el pelo?
¿Cómo eran sus pantalones? ¿Y su camisa?
28
-Te he dicho que ni bueno ni
malo. Si el Terral hubiera soplado
cuando hace calor, las lechugas y los
tomates y las uvas se hubieran se
cado. ¿Tú crees que sería bueno el
Terral entonces?
-No -dijo Pepe.
Maite no dijo nada y se quedó
muy callada. Y, después de un rato,
miró muy seria a Pandara.
--¿Por qué, entonces, no sacas
tú al Terral solamente cuando sea
-Los vientos no son malos ni bueno?
buenos -dijo-. Los vientos son -Porque no puedo.
cada uno de una manera. A veces ha -¿Por qué no?
cen daño y otras veces vienen bien. -Porque yo abro mi caja para
Depende. que salgan· los vientos, pero no sé
-¿De qué depende? cuál va a salir. No sé nunca si será
-Pues verás. Ahora el viento Te- bueno o malo.
rral viene bien porque hacía frío. Las Pepe y Maite miraron al mar, que
plantas no crecían con el frío. Ni las parecía un espejo, y se quedaron
lechugas, ni los tomates, ni las uvas algo tristes. Pandora también miró al
se atrevían a salir por el frío. Y tú mar y [Link]én estaba triste. Se le
has visto que el Terral los ha desper vantó de la piedra en que estaba sen
tado. tada y les dijo:
-Entonces es que el Terral es -Lo siento.
bueno -volvió a decir Maite. Y luego desapareció.
29
Alegría
Platero juega con Diana, la bella perra blanca que se parece
a la luna creciente, con la vieja cabra gris, con los niños...
Salta Diana, ágil y elegante, delante del burro, sonando su
leve campanilla, y hace· como que le muerde los hocicos. Y Pla
tero, poniendo las orejas en punta, cual dos cuernos de pita, la
embiste blandamente y la hace rodar sobre la hierba en flor.
La cabra va al lado de Pfatero, rozándose a sus patas, tirando"
con los dientes de la punta.'de las es·padañas de la carga. Con
. una clavellina o con una mátgarita en la boca, se pone frente a
él, le topa en el testuz, y brinca luego, y baja alegremente, mi
mosa, igual que una [Link]...
30
Entre los niños, Platero es de juguete. ¡Con qué paciencia
sufre sus locuras! ¡Cómo va despacito, deteniéndose, haciéndo
se el tonto, para que ellos no se caigan! ¡Cómo los asusta, ini
ciando, de pronto, un trote falso!
¡Claras tardes del otoño moguereño! Cuando el aire puro
de octubre afila los límpidos sonidos, sube del valle un alborozo
idílico de balidos, de rebuznos, de risas de niños, de ladreos y
de campanillas ...
JUAN RAMÓN JIM'ÉNEZ
---
7 --
Canción
El lagarto está llorando.
La lagarta está llorando.
El lagarto y la lagarta
con delantalitos blancos.
31
PANDORA, MAITE, PEPE Y EL TERRAL
l Lee estas oraciones. Están desordenadas. Ordénalas como están en
la lectura. ¿Qué pasó primero? ¿Qué pasó después?
«De la caja salió un humo amarillo. »
«Pandora dijo unas palabras en voz baja. »
«Pandora abrió la caja. »
2 Piensa y constesta:
¿Es Terral up viento caliente o un viento frío?
¿Sabe Pandora qué viento va a salir de la caja?
¿Cómo son los vientos: buenos o malos?
¿Es Terral un viento bueno? ¿Es entonces malo?
4 Piensa y contesta:
¿Tienen nombres los vientos que corren donde tú vives? ¿Cómo se
llaman?
¿Qué viento le pedirías a Pandora? ¿Por qué?
¿Te puede dar Pandora el viento que tú le pidas? ¿Por qué?
Mientras que estás leyendo esto, ¿hace viento? ¿Es fuerte o suave?
8 Piensa y constesta:
¿Te gustan lQs animales? ¿Por qué?
¿Tienes algún animal en tu casa?
¿Qué animal te gusta más? ¿Por qué?
¿Qué nombre te gusta para una perra? ¿Y para una cabra? ¿Y para un
burro?
34
-¡Claro! Es un topo. Hay que cogerlo y echarlo de aquí.
-¿Por qué? -preguntó Maite.
-Porque rompe las raíces de las plantas y las plantas se
secan. Si lo dejamos en el jardín, no va a quedar vivo ni un
árbol.
Maite se puso muy nerviosa.
-¿Y cómo podremos cogerlo?
Pepe se puso muy serio.
-Tú quédate aquí -le contestó- y yo me voy cerca de la
puerta. En cuanto veamos que empieza a sacar la tierra que va
excavando, ¡voy y lo cojo!
-¿Y no muerde?
-Si lo cojo con cuidado, no.
Eso hicieron. Y fue Pepe el que lo agarró.
-¿Te parece bien venir a destrozarnos las plantas? -le riñó
Maite con el ceño fruncido.
-¿Qué dices? -preguntó el topo.
(Porque los topos son muy sordos.)
-¡¡Que no rompas mis plantas, eso es lo que digo!! -le chi
lló Maite cerca del oído.
-¡Oye! -dijo el topo-. ¡Qué bien hueles!
(Porque los topos tienen muy buen olfato.)
35
J
36
-Está bien -dijo Maite-, pero en este jardín no te vas a
quedar. Así que tú verás cómo te las apañas.
-¡Oye, espera! -interrumpió Pepe-. ¿Por qué no te que
das con n0'")tros y te damos de comer bichitos que criaremos
en casa?
(¡Hay que ver cómo es Pepe! Sería capaz de criar lombrices
en su habitación.)
El topo le contestó:
-No, gracias. Un topo tiene que vivir como un topo. Me iré
de vuestro jardín al monte, donde no haga daño.
-De acuerdo. Adiós.
El topo se metió por el agujero y los niños vieron que empe
zaba a hacer una galería para salirse del jardín.
-Bueno -dijo Maite-. Problema resuelto.
Cuando Maite le contó a Pandara su aventura con el topo,
Pandara le contestó:
-En este libro mío -y se lo enseñó- hay una preciosa
aventura de unos hombres que estuvieron también dentro de la
tierra.
37
Sigfrido y el dragón
En las profundidades de la tierra, en el país de las tinieblas,
viven los [Link]. Son negros y enanos; suyo es todo el oro
amarillo de las entrañas de la tierra, y el oro rojo del Rin, que
robaron a las ninfas. Y su rey tiene un anillo maldito; que da
la muerte al que lo lleva.
38
A ellas lo había robado el rey de los nibelungos. Y a los nibe
lungos se lo arrebató el gigante Fafnir, el cual, por la maldición
del anillo, se transformó en un colosal dragón, que, oculto en
el brezal de Gnita, dormía siempre con los ojos abiertos sobre
su tesoro.
El astuto Mimir, contemplando el valor indomable del joven
Sigfrido, pensaba: « Este lobezno de los welsas es el único so-
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bre la tierra que sería capaz de ma
tar al dragón Fafnir. Si consigo que
lo haga, yo l"o mataré a él cuando
duerma, y el tesoro de los nibelun
gos será sólo mío. »
Pero cuando Sigfrido oía contar
el cuento del tesoro, se reía; a él
nada le importaba el oro, y sólo le
gustaba saltar por las rocas tocando
su bocina de plata y medir su fuerza
con los animales del bosque. Luego
se burlaba del enano, diciendo:
-Viejo remendón, si quieres que
mate al dragón, fórjame antes una
espada que taje la roca y el hierro.
Mimir trabajaba afanosamente
por forjar la espada deseada; pero
cuando estaba concluida, Sigfrido
llegaba saltando del bosque, daba
con ella un tajo en el yunque y la es
pada se rompía.
ALEJANDRO CASONA
40
Romance
de las tres
cautivas
A la verde, verde,
a la verde oliva,
donde cautivaron
a-mis tres cautivas.
El pícaro moro
que las cautivó
a la reina mora
se las entregó.
¿ Cómo se llamaban
estas tres cautivas?
La mayor, Constanza;
la menor, Lucía;
a la más pequeña
llaman Rosalía.
.ANÓNIMO
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EL TOPO
1 Lee y contesta:
¿Tienen buen oído los topos? ¿Tienen buen olfato los topos?
¿Qué hace el topo con las raíces?
¿Qué hacía el topo debajo de la hierba?
SIGFRIDO Y EL DRAGÓN
5 Lee y contesta:
¿Dónde vivían los nibelungos? ¿Cómo eran los nibelungos?
¿De quién es todo el oro?
¿De dónde han sacado el oro amarillo?
¿De dónde es el oro rojo? ¿A quién se lo robaron?
42
6 Lee y contesta en cada caso con la respuesta adecuada:
• ¿Qué oficio le enseñó Mimir a • ¿Cómo dormía el dragón?
Sigfrido?
El oficio de la fragua. En verano con los ojos
El oficio de zapatero. abiertos y en invierno con
El oficio de guerrero. los ojos cerrados.
Siempre con los ojos
abiertos.
Siempre con los ojos
cerrados.
• ¿Qué tocaba Sigfrido? • Sigfrido daba con la espada en
el yunque. ¿Qué se rompía?
- Una bocina de hojalata. - Se rompía la espada.
- Una bocina de plata. - Se rompía el yunque.
- Un silbato de oro. - Se rompía el anillo.
8 Piensa y contesta:
¿Qué piensas del enano Mimir?
¿En qué trabaja tu padre? ¿Y tu madre?
¿Qué oficio te gusta a ti?
El gigante se transforma en un dragón. ¿En qué te gustaría a ti
transformarte?
¿Crees que Sigfrido matará al dragón?
¿Cómo te gustaría que acabara esta historia?
44
-Lo mejor es que te lo cuente ella -dijo Pandora.
Golondra, la golondrina, se estiró muy tiesa, puso cara de
importancia, carraspeó, miró para aquí y para allá y luego dijo
muy enfadada:
-¡La culpa la tiene el viento Norte!
-¿Y dónde está el viento Norte, di, Pandora? -preguntó
Pepe, el curioso.
'· -Ya está encerrado en la caja, no te preocupes -contestó
Pandora.
-¡La culpa la tiene el viento Norte! -volvió a repetir Go·
londra-. El viento Norte me ha traído aquí a la fuerza.
-¿Es que no te gusta estar con nosotros aquí? -dijo Pepe
muy triste.
Golondra se quedó pensando, vio que Pepe y Millán se po
nían tristes y respondió rápidamente:
· -¡Claro que sí me gusta! Lo qtJe me enfada es que me trai
gan a la fuerza. Yo estaba volando sobre una gran ciudad. Tenía
muchos sitios donde posarme. Cantidad y cantidad de
ventanas y chimeneas. Y muchos alambres. Alambres del
teléfono, alambres de la luz ...
45
Había mucho humo, y el cielo, en
vez de ser azul como aquí, era gris.
El humo, me parece a mí, no le gusta
a los bichitos.
-¿Y de dónde salía el humo?
-preguntó Millán-. ¿ Quemaban
algo?
-Algo debían de quemar -dijo
Golondra-, porque salía mucho
humo de las chimeneas. Pero no sé·
qué quemaban.
Pandara les explicó a Pepe y Mi
llán que las chimeneas eran de las
fábricas.
-¿Por qué no prohíben las fábri
cas entonces?
-Porque en las fábricas se ha
cen cosas útiles para nosotros. Y
dan trabajo a muchas personas. Por
-¿ Y no te da calambre cuando
te posas en un alambre de la luz?
-preguntó Millán.
-Pues no. A los pájaros los ca-
bles de electricidad no nos dan ca
lambre.
-¡Anda! ¿ Y por qué no?
-¡Psch! No lo sé ... Yo sólo sé
que tenía muchos sitios donde po
sarme y muchos sitios para volar.
-¿Y tenías muchos bichitos para
comer, eh, había muchos bichitos?
-preguntó Pepe, que nunca para de
preguntar.
Golondra se quedó calladita y se
puso muy colorada. Se veía a las cla
ras que la habían cogido de sorpresa.
-Pues verás -respondió-, bi
chitos había muy pocos.
-¿Por qué?
-Debía ser a causa del humo.
46
eso las fábricas son necesarias.
Pepe no estaba muy convencido.
-Sí, bueno -dijo-, pero echan
mucho humo y no hay bichitos y Go
londra no tiene dónde comer.
-A mí me parece -dijo enton
ces Millán- que Golondra es algo
tonta. Porque si no había bichitos...
¿qué hacía en la gran ciudad?
La golondrina se puso muy, pero
que muy enfadada.
-¡Porque no todo tiene que ser
bichitos! ¡Porque la gran ciudad tie
ne casas muy altas, y jardines, y mu
cha gente, y muchos coches! ¡Y lu
ces de todos los colores!
Golondra estaba de veras muy
enfadada. Y Millán estaba algo arre
pentido de haberse metido con ella.
47
La golondrina
y el Príncipe Feliz
49
no tiene más que agua del río para darle, y por eso está lloran
do. Golondrina, golondrina, golondrinita, ¿no querrás llevarle el
rubí del puño de mi espada? Mis pies están sujetos en este pe
destal y no puedo moverme.
50
A la orilla
del mar
A la orilla del mar
busco un pez colorado,
como soy chiquitita
se me escapan las manos.
Me salpican de espumas
y el vestido me mojan,
a la orilla del mar
¡cómo saltan las olas!
51
LA GOLONDRINA Y LA CIUDAD
l Lee y contesta:
¿Qué tenía Pandora en una mano? ¿Y en la otra?
¿Qué cosas decía Golondra que había en la ciudad?
. · ¿De dónde salió mucho humo?
3 Piensa y contesta:
¿Te gusta el nombre de Golondra? ¿Por qué?
¿Qué otro nombre le pondrías a una golondrina?
¿Te gusta a ti la ciudad? ¿Por qué? ,.,
¿Te gusta más el campo o la playa?
52
6 Lee estas expresiones y responde en cada caso con las respuestas
adecuadas:
«Muy de mañana, Pepe le contó a Millán su aventura. »
«La golondrina sonrió de oreja a oreja. »
• ¿Qué quiere decir «muy de • ¿Qué quier� decir «sonrió de
mañana »? oreja a oreja»?
Cuando se pasa la mañana. Sonrefr hasta que le duelan a
Por la mañana, muy una las orejas.
temprano. Sonreír moviendo las orejas.
Por la mañana, a media Sonreír mucho y con muchas
mañana. ganas.
7 Piensa y responde:
¿Qué quiere decir que «Golondra se estiró muy tiesa»?
¿Qué quiere decir que «Los niños no se enteraron ni de la cuesta arriba
ni de la cuesta abajo»?
54
Golondra estaba de mal humor porque tenía celos de Go
rrión. Sí, sí, celos. Así como suena.
A Golondra le hubiera gustado estar ella sola con· Pandara
y los niños. Y que le preguntasen por qué tenía el ala flojucha
y por qué la culpa la tenía el viento Norte. Por eso se le alegró
la cara un poquillo cuando Millán le preguntó:
-Oye, Golondra, ¿de qué tuvo la culpa el viento Norte?
-El viento Norte... ¡le tengo una rabia! ¡Mira mi ala, mira!
Y sí. El ala estaba algo torcida y las plumas desflecadas.
-¿Pe�o qué te hizo el viento Norte?
-El viento Norte -respondió Pandora- empezó a soplar y
a soplar de pronto. El viento Norte no avisa, ¿te enteras? Estás
posada en tu alambre, tan tranquila, y entonces ...
-Yo nunca he estado posada en un alambre -interrum
pió Isa.
-¡Calla, tonta! -dijo Millán.
-Y entonces -repitió Pandara con aire de importancia-
llega el viento Norte y ¡zas!
-Y ¡zas!, ¿qué?
-Y ¡zas!, que ya no puedes ir donde quieres. Tienes que ir
donde te lleva el viento.
56
-Y el viento Norte -dijo Millán- te lleva al Norte.
-No, tonto -respondió Isa-. El viento Norte te lleva al Sur.
Golondra y Pandora se echaron a reír.
-El viento Norte -dijo Pandora- te lleva al Sur un rato.
Y luego te abandona.
-¿Por qué?
-Porque se cansa y se vuelve a mi caja de los vientos.
Golondra decía que sí con la cabeza.
-Y a mí -afirmó- me dejó aquí.
-¿Y qué vas a hacer? -preguntó Isa.
-Esperar a que venga el viento Sur -dijo Pandora.
-¿Por qué?
-Porque es el mes de marzo. Porque es la primavera. Por-
que vengo de Africa y tengo que viajar a Europa. Por eso.
Isa y Millán se quedaron callados. Y Gorrión dijo:
-¡ Gorri, gorri!
-¡Ahí va! ¿Qué le pasa a éste?
-¡ Gorri! -repitió Gorrión.
Pandora lo cogió en su mano, y dijo:
-Me parece que Gorrión también quiere contar sus aven-
turas.
-¡Hala, que las cuente! -gritó Millán.
-Hoy no -dijo Pandora-. No he abierto mi libro todavía.
-¿Lo puedo abrir yo? -preguntó Isa.
-Abrelo si quieres -respondió Pandora-. Cierra los ojos
y pon un dedo. ¿Dónde lo pones?
Isa cerró los ojos y abrió el libro al azar.
--¿Qué ha salido? -volvió a preguntar.
-Esto. Léelo -dijo Pandora.
57
La ciudad
donde vivía Ladis
La ciudad era grande y fea, mu
cho más fea que cuando fue una pe
queña ciudad, años atrás. Ahora todo
era de piedra y cemento, de hierro y
humo. Por las calles estrechas, de·
grandes casas oscuras, andaba poca
gente, siempre apresurada. Sólo ha
bía un árbol en la esquina, y para eso
su tronco estaba enrejado, con obje
to de que los niños no se acercasen
a él. Parecía una pieza de museo Por
la calle, incesantes, circulaban es
truendosos automóviles, motos y ca
miones. Hasta el pan sabía a gaso
lina. No se veía un perro, no pasaba
ningún caballo. Los pájaros, alejados
por el humo y por la falta de árboles,
habían desaparecido hacía mucho
tiempo. Algún gato, escurridizo co
mo un fantasma, se deslizaba veloz
mente, de tarde en tarde, muy pega
do a las paredes.
En casa de Ladis había un pájaro
metido en una jaula; era un gorrión
un poquito cojo que se había caído
del tejado, segurarnente atontado
por el ruido y por el humo de las chi
meneas. Y había una maceta raqufü
ca, que cuidaba la madre cuando se
acordaba. Mucho más lejos del árbol
de la esquina estaba el jardín; pero
era un jardín prohibido para los ni..
ños, que sólo podían andar y correr
por donde no había césped, por ca
minos duros de arena, gravilla y pie
dra. Y más lejos aún, el Parque Zoo-
58
lógico, con todos sus bichos tristes, hambrientos y llenos de
sueño. Daba pena verlos. Más allá, lejísimos, se alzaba el Museo
de Historia Natural, donde los animales y las plantas aparecían
igualmente muertos; algunos hasta apolillados.
Ladis tenía ocho años aún no cumplidos, pero estaba a pun
to de decir que tenía ya nueve, porque quería ser mayor pronto,
quizá para que no le pegasen los otros chicos del barrio. Se
criaba mal. Sus padres eran porteros de una casa de vecinos
y tenían una sola habitación para vivir, húmeda y oscura, que
recibía luz por la única puerta que daba al patio. En ella estaba
el hornillo de butano donde mamá Petra cocinaba, la mesa para
comer, la cama grande del matrimonio y, sobre un arcón viejo,
con una colchoneta por encima, el camastro donde dormía La
dis. En el patio, siempre negro por el hurno del carbón de la
calefacción y siempre sucio por las cosas que caían de las ven
tanas de las cocinas, había una fuente que goteaba durante toda
la noche. El olor del carbón mojado era nauseabundo 'i Ladis de
seaba con todas sus fuerzas que llegase el verano
r
lAlto pinar!
¡Alto pinar!
Cuatro palomas
por el aire van.
Cuatro palomas
vuelan y tornan,
llevan heridas
sus cuatrn sombras.
¡Bajo pinar!
Cuatro palomas
en la tierra están.
F. GARCÍA LORCA
59
GORRIÓN
Lee con atención y contesta:
¿Quién lo dijo, Isa o Pepe?
- ¿Y por que no vamos a la playa ahora mismo?
- Yo no puedo, de verdad.
- Pues vamos Millán y yo.
¡Cómo chilla este energúmeno!
- ¡Anda y búscate un diccionario!
Lee y contesta:
¿Qué día de la semana querían Pepe y Millán visitar a Pandara?
¿Por qué no dejaron ir a los niños?
¿Quiénes visitaron a Golondra al final?
¿Llovía cuando visitaron a Pandara?
¿Quería ir Pepe?
¿Quiénes discutieron en la playa?
¡ALTO PINAR!
9 Dibuja una paloma blanca con un ramito de olivo en el pico.
Pregunta su significado y escríbelo junto al dibujo.
Isa, lVJiJJán y Africa, detectives
Cuando Jesusín y Pepe fueron al día siguiente a la playa, no
vieron ni a Pandara ni a Gorrión. Durante semanas enteras vol
vieron a la playa ellos dos, y Pandara no aparecía. Los sábados,
Isa iba cdn ellos. Y así pasó un mes. Y así pasó otro y se acabó
el curso. Y a la playa iban ya todos los hermanos; menos Chi
quituso, que estaba todavía blandito y no le convenía el sol.
-¿Qué le habrá pasado? -preguntaba Pepe sin parnr.
-¡Ay, hijo!, ¿yo qué sé? -respondía Africa.
Un buen día llegó Isa corriendo, muy alborotada.
-¡ Han dicho en la televisión que la Dama de Elche ya no
está en el Museo del Prado!
Todos los hermanos, menos Chiquituso, se quedaron muy fu
riosos, pensando que habían robado a la Dama de Elche del Mu
seo del Prado.
-¡Esto no se puede consentir! -dijo Africa.
-¿Por qué? -preguntó Jesusín.
-¿Cómo que por qué? ¡Vaya una pregunta! ¿Te gustaría que
te robasen las aletas y el tubo de nadar?
-¿A mí? ¡Ni hablar!
-Pues el robo de la Dama de Elche es lo mismo. No hay
derecho:
62
Jesusín y Maite se quedaron callados mirando al suelo. Y lue
go miraron a Africa y dijeron al mismo tiempo:
-¡De acuerdo!
-¿Sí? Lo que hay que hacer entonces es descubrir a los la-
drones y devolver la Dama de Elche a su sitio.
Pero dijo Jesusín:
-Hay que ir a la ciudad para encontrar a la Dama de Elche,
y no tenemos dinero para el viaje.
-Es verdad -dijo Pepe-. ¿Qué vamos a hacer?
-Si estuviera Pandora, nos ayudaría.
Y en ese mismo momento la Brisa empezó a soplar y apare
ció Pandora, con su caja en las manos.
-¿Qué os pasa? -preguntó Pandora.
Los niños le explicaron lo que pasaba y que no tenían dinero
para el viaje.
-Eso es fácil de arreglar -dijo Pandora-. Abriré la caja y
veremos si el viento que salga os quiere llevar.
-¡Muy bien pensado! -palmoteó Millán.
Pandora abrió la caja.
Se oyó el ruido del viento y salió el viento del Este.
Pandora le preguntó:
-¿Puedes llevar a estos niños a la ciudad?
-Sólo puedo llevar a tres -dijo el viento del Este.
Los niños se miraron entre sí. Y como Pandora se dio cuenta
que iban a empezar a pelearse, dijo:
63
-Lo mejor es que vayan los tres mayores.
-¿Y nosotros? -preguntaron Jesusín, Pepe y Maite.
-Vosotros tenéis que quedaros aquí. Ya veréis qué pronto
encuentran a la Dama de Elche vuestros hermanos.
-Ya veréis qué pronto -dijeron Isa, Millán y Africa.
-¿Y qué vas a hacer tú? -preguntó Maite a Pandara.
-Yo me iré con [Link] a la ciudad, por si me necesitan.
-¿Vas a ir con ellos en el viento del Este? -preguntó Pepe.
-No. Yo me iré sola con mi caja.
Y volvió a soplar la Brisa y Pandara desapareció.
Isa, Millán y Africa éstaban haciendo el equipaje. Metieron
alguna ropa en sus bolsos de viaje, metieron el jabón, el peine
y la toalla y le dijeron al viento del Este:
-¿Nos podemos ir ya?
-Cuando queráis -respondió el viento.
Y empezó a soplar. Y los niños se marcharon con él.
-¡Adiós y suerte! -gritaban Jesusín, .Pepe y Maite.
-¡Adiós y gracias! -gritaron Isa, Millán y Africa.
64
Fueron con el viento del Este y volaron por encima de mon
tañas y ríos. Volaron 'por encima de lagos y caminos y pueblos.
Todo se veía muy pequeñito desde aquella altura. Al cabo de
un ra' to, que a ellos les pareció muy corto, el viento del Este los
dejó en la ciudad.
-Adiós y que tengáis suerte -se despidió el viento.
-Gracias -le contestaron los niños.
Estaban en un parque y no sabían qué hacer.
-¿Qué hacemos?
-Lo primero es ir a la Comisaría para pedir permiso de
detectives -dijo Isa.
-¿ Y si no nos_ lo dan? -le respondió Africa.
En ese momento justo apareció Pandara.
-¿Qué tal el viaje? -preguntó.
-¡Muy bien! Oye, Pandara -le dijo Millán-. ¿Nos darán
permiso de detectives en la Comisaría?
-Yo creo que sí.
-¡Pues vamos en seguida!
-¿No se os olvida algo? -y Pandora sacó un montón de
libros.
-¿También hoy, con las prisas que tenemos, hay que abrir
uno de tus libros? -gritó Africa.
-Pues claro. Y hoy lo voy a abrir yo ... por esta página ...
Tom Sawyer, detective
Cuando hubieron terminado de reír a su gusto y,
más o menos, se hizo algo de silencio en la sala, Tom
alzó los ojos hacia el juez y levantó la mano pidiendo
que le concedieran un poco de atención.
Nuevamente se calló la gente y todos lo miraron
con curiosidad esperando a ver qué iba a deG_ir.
-Honorable señor juez -dijo mi amigo-· . Debo
advertiros que hay un ladrón en esta sala.
-¿ Un ladrón?
-Sí, señor.
-¿Quién es? -preguntó el juez haciendo una
significativa seña al «sheriff» para que se dispusiera
a actuar.
Tom se recreó en la expectación producida y dijo
claramente:
-Es un hombre que lleva encima los diamantes
robados en la joyería de San Luis y que, según mis in- .
formes, están valorados en doce mil dólares. Son los
que fueron objeto de un anuncio, por el que se ofrecen
dos mil dólares de recompensa a quien ayude a dar
con ellos.
»Ahora, ante este tribunal, tengo el honor de recla
mar esa recompensa, ya que voy a entregar los dia
mantes y al hombre que los lleva encima.
El revuelo en la sala fue entonces indescrip
tible. Por todas partes se oían voces que gri
taban a Tom:
-¿Quién es?
-¡Dilo!
-¡Descúbrelo pronto!
El juez hizo un movimiento de impaciencia
y dijo:
-Señálalo, Tom Sawyer. ¿Quién es?
Luego, volviéndose hacia el «sheriff»,
agregó:
-Esté alerta. Usted lo detendrá.
Tom señaló entonces al fingido sordomudo
diciendo:
{
-¡Ese falso cadáver!... ¡Júpiter Dµnlap!
Al oírse esto, estalló en la sala otro trueno
de asombro y de excitación. Pero Júpiter, que
estaba tan asombrado como los demás des
de mucho antes que ellos, se quedó turulato
de miedo y de admiración. Y chillando de
pánico se puso a decir a gritos:
-¡Eso es mentira...! ¡Yo no tengo ningún
diamante!
Pero Tom insistió:
-El los lleva encima
-Señor juez -dijo entonces Júpiter Dun-
lap, volviéndose hacia el magistrado, que lo
miraba con rostro severo-. Eso no está bien.
Es injusto y además falso. Bastante mal es
tán para mí las cosas, para que ahora vengan
a agravár'.las con inventos de esa categoría...
�=------
E��=======-
Yo he hecho todo lo demás... ¡Es cierto! Mi
hermano Brace me impulsó a ello, prometién-
dome que me haría rico algún día. Me persua
dió con sus promesas. Y yo lo hice.
»Ahora les juro que me arrepiento y qui
siera no haberlo hecho, pero yo no he robado
los diamantes de que habla Tom Sawyer. ¡Ni
tengo ningún diamante...! ¡Que me caiga aho
ra mismo muerto ante todos si es mentira lo
que digo... !
67
»¡Que me registre el «sheriff» y
verán cómo es verdad lo que digo yo,
y no lo que afirma Tom!
Volvió a intervenir Tom:
-Confieso que si le he llamado
ladrón, cosa de la que dudo, he pe
cado contra la verdad. Lo que yo sos
tengo es que él tiene los diamantes
y los lleva encima en estos momen
tos. Ha robado los diamantes... sin
saberlo.
-¿Cómo puede ser eso? -pre
guntó el juez.
-Se los robó a su hermano Jake
cuando ya estaba muerto, y después
de que Jake los hubiera robado a su
vez a los otros ladrones, pero Júpiter
no sabía que los robaba.
»Con ellos encima ha estado va
gando un mes por estos alrededores.
Sí, señores. Ese hombre lleva encima
unos diamantes que valen doce mil
dólares... y con todas esas riquezas
encima ha andado por ahí como un
pobre vagabundo. Que lo registren y
se encontrarán los diamantes; estoy
seguro de ello.
El juez hizo una seña al «sheriff»,
ordenándole:
-iRegístrelo!
El «sheriff» registró de pies a ca
beza a Júpiter Dunlap. Lo registró
todo: el sombrero, los calcetines, el
forro del traje, las botas, todo...
Tom continuaba callado, preparan
do otro efecto de los suyos, mientras
seguía con aire divertido los movi
mientos del «sheriff». Por fin, éste
se dio por vencido, y todos quedaron
chasqueados.
MARK TWAIN
Cantemos a las flores
Cantemos a las flores
que hay sobre la hierba,
ya el sol nos ha traído
toda la primavera.
Mi falda corre,
tu lazo vuela,
las niñas guapas
que den la vuelta...
69
ISA, MILLÁN Y ÁFRICA, DETECTIVES
Lee y contesta:
¿Estaba Pepe preocupado porque Pandora no aparecía?
¿Cuándo apareció Pandora?
¿Quiénes fueron a buscar a la Dama de Elche?
¿Se fueron para un día sólo?
¿Quiénes no pudieron ir?
¿Quiénes· son los hermanos mayores?
¿Quiénes son los hermanos menores?
I D D D J
O M O MU
T T O MP
R O I I I
E MP O T
A U R I E
J A K E R
Eserilw t1 e::-; ornl·1on1:.•s con estos nomhn•s.
)I�
-Os daré permiso únicamente por
tres días. Si no conseguís nada en ese
tiempo, nos dejáis el caso a nosotros.
¿De acuerdo?
-¡De acuerdo! -dijeron los tres
niños.
El comisario escribió en un papel que
daba permiso de detectives a los niños
Isa, Millán y Africa. Lo firmó y le puso el
sello. Isa se guardó el papel en su bolso
y salieron todos a la calle, muy conten
tos. Pandera iba con ellos.
-¡Bueno! -dijo Millán-, ya tene
mos el permiso. Y ahora, ¿qué hacemos?
-Lo primero -dijo Africa- es bus-
car pistas.
-¿Y dónde hay que buscarlas?
-Pues en el Museo. En el « lugar de
los hechos».
-¿El lugar de qué? -preguntó
Millán.
-«El lugar de los hechos» hombre.
En el sitio donde robaron a la Dama de
Elche -le contestó Africa.
Pandora, que había estado callada
hasta ese momento, carraspeó.
-¡Ejem, ejem!
-¿Qué pasa?
-vo creo -dijo Pandora- que antes
de empezar a buscar· pistas tenéis que sa•
ber lo que buscáis, ¿no?
73
-¡Buscamos a la Dama de Elche!
Pandora sonrió y le guiñó un ojo.
-¿Y sabéis cómo es la Dama de
Elche?
Los tres niños se quedaron de
piedra. Como estatuas. Muy callados
y sin saber qué decir.
-¡Anda, pues es verdad! -ex
clamó Isa.
Los tres niños se pusieron muy
tristes.
-Oye, Pandara -dijo por fin
Africa-. ¿ Y dónde podemos ente
rarnos?
-Muy sencillo. En la Biblioteca.
-¡Vamos a la Biblioteca, corre,
venga, vamos! -casi chilló Isa.
Y allí se fueron todos.
-Buenos días -le dijeron al
portero de la Biblioteca-. Quere
mos mirar libros que hablen de la
Dama de Elche.
-Pasad a esa sala del fondo
-contestó el portero, que se llama-
74
ba Antonio- y le preguntáis a la se�
ñorita encargada, que se llama Pili.
-Buenos días, señorita Pili
-dijo Millán-. Queremos ver libros
que hablen de la Dama de Elche.
La señorita buscó en las estante
rías y les trajo un montón de libros ...
¡así de alto!
Isa, Millán y Africa empezaron a
leerlos, hasta que supieron todo lo
que querían saber. Pandora estaba
con ellos, pero nadie notaba su pre�
sencia, porque se había hecho invi
sible. Pero los niños sí que la veían.
-Oye, Pandora. Aquí hay más li
bros de los que tú tienes.
-Es verdad.
-¿Abrimos uno cualquiera? -le
dijo Africa de broma.
-Me parece bien -contestó
Pandora muy seria-. Abre ése.
-¿Este de color verde?
-No, el azul que está a su iz-
quierda.
75
La Dama de Elche
¡Qué ciudad más bonita! Junto a sus palmeras, Elche es una
ciudad alegre y hermosa y, desde hace unos setenta años, fa
mosa en todo el mundo. Porque allí, en sus campos, apareció
una escultura antiquísima, del tiempo de los primeros poblado
res de España.
La escultura es el busto de una dama, adornada con una gran
diadema, una peineta y numerosos collares.
Sus trenzas, enrolladas, están cubiertas con un par de rode
tes. Se podía llamar la Dama de los Rodetes, pues gracias a
ellos, sobre todo, nos llama la atención. Pero se llama la Dama
de Elche. Serla, majestuosa, parece contemplar el paso del tiem
po, sin compartir nuestro temor, como si para ella no pasara...
Un día, en la tierra caliza de Elche, un labriego que trataba
de nivelar unos terrenos descubrió la [Link] escultura. Pocos
meses después la Dama iba a Francia, cuyo Museo de París la
compró por cinco mil pesetas. Allí estuvo mucho tiempo hasta
que volvió para quedarse con nosotros.
Cuatro o cinco siglos antes de Jesucristo fue creada por un
escultor ibérico, y todavía conserva restos de pintura en el man
to y en los labios. Y así sigue, tranquila, misteriosa, apenas son
riente, entre viva y muerta, fosilizada, lúcida.
¿Quién fue esta dama? ¿Era una diosa? ¿Qué representaba?
Sus joyas convertidas en piedra, su misteriosa sonrisa, su
arte, nos acercan a la comprensión de aquellos hombres- que vi
vieron hace [Link] de años.
76
LOS NIÑOS DETECTIVES EN LA BIBLIOTECA
1 Lee con atención las pregunt·ts antes de contestar:
¿Dónde fueron, primero, los niños? ¿A quién querían ver?
¿Qué le dijeron al comisario?
¿Les dio permiso el comisario? ¿Para cuántos días les dio permiso?
>
2 Piensa y elige las respuestas correctas:
• ¿Quiénes fueron a la comisaría? • ¿A qué fueron a la comisaría?
Pandora, Millán, Isa y A comunicar el robo de la
África. Dama de Elche.
Millán, Isa y África. A pedir un permiso de
Pandora, Millán y África. detectives.
A pedir permiso para ir a los
museos.
• ¿A qué fueron a la Biblioteca? • ¿Había más libros en la
Biblioteca que en casa de
Pandera?
A buscar información sobre Sí, había muchos más libros.
museos. No, no había más libros.
A buscar información sobre Posiblemente no había más
detectives. libros.
A buscar información sobre
la Dama de Elche.
78
Lee y completa las oraciones:
LA DAMA DE ELCHE
6 Piensa y elige las respuestas correctas:
• ¿Quién descubrió la Dama de • ¿Dónde apareció la Dama de
Elche? Elche?
Un arqueólogo. En la ciudad de Elche.
- Un labriego. - En el campo de Elche.
- Un pastor. - En un río cerca de Elche.
• ¿Dónde está ahora la Dama de • ¿A quién representa la Dama de
Elche? Elche?
En el Museo de Elche. A una dama con diadema,
En el Museo Arqueológico de peineta y collares.
Madrid. A una dama con peineta.
En el Museo de París. A una dama con pulseras.
Escribe una oración con cada una de las palabras que copinstP.
En el Museo
del Prado
Pandara y los niños salieron de la Biblioteca. Como hacía
mucho calor, se sentaron en un banco, bajo la sombra de los
árboles.
-Ya sabemos todo lo que hay que saber de la Dama de El
che. ¿ Y qué hacemos ahora? -preguntó Millán.
-Hay que buscar pistas, ya te lo he dicho -le contestó
Africa.
-Entonces vamos al Museo del Prado. ¿Te parece bien, Pan-
dara?
-Me parece que es lo mejor.
Fueron paseando hasta el Museo, despacito, para no sudar.
En la puerta, el conserje les pidió la entrada.
-¡Pero si no tenemos dinero! -le dijo Isa.
-Entonces no podéis pasar.
-¡ Es que somos detectives!
-Ni detectives, ni nada. Para pasar hace falta la entrada.
-¿Qué [Link], Pandara? -dijo Africa muy apurada.
-No te preocupes, tengo dinero.
80
Y Pandora compró las entradas.
Entraron al Museo y los niños se quedaron con la boca
abierta.
-¡Qué grande! ¡Cuántos cuadros! ¡Qué bonitos!
-Os gusta, ¿verdad? -se reía Pandora.
-¡ Pues claro que sí!
-Vamos, vamos, no os paréis ... Tenemos que buscar las
pistas.
Fueron andando por unas salas mu,Y grandes, llenas de cua
dros de todos los colores. Había cuadros de todos los tamaños,
que contaban historias de todos los tiempos. Llegaron al fondo
y le preguntaron al vigilante:
-¿Estaba aquí la Dama de Elche?
-Sí. Estaba en ese sitio. Pero se la han llevado ..
-Eso ya lo sabemos -dijo Millán.
Isa sacó del bolso la lupa que usaba para -estudiar a los in
sectos y se puso a mirar ca.n detenimiento el suelo y las pa
redes.
81
-¿Has encontrado alguna huella? -le preguntó Millán.
-Nada, chico. No veo nada interesante.
-¡Qué mala pata!
En la sala donde estaban los niños con Pandora había es
culturas. Eran tan bonitas que Isa, Millán y Africa se olvidaron
un mornento de las pistas y las huellas.
-¡Fíjate qué cabeza de caballo!
-Me gustaría llevármelo a nuestro jardín verde -sus-
piró Isa.
-Yo también -dijo Millán-, pero preferiría que fuese de
verdad y poder galopar en él.
-Te caerías -se rió Africa.
-¡Qué me iba caer! Seguro que lo domaba.
Pandara tuvo que llamarles la atención.
-¡Eh!
-¿Qué hay?
-¿A qué hemos venido aquí?
Por un momento no entendieron lo que quería decirles Pan
dara. Y luego cayeron en la cuenta.
-Tiene razón Pandora. Hemos venido a buscar pistas.
-Sí, pero no hay ninguna huella. Ya he estado mirando yo
muy bien con la lupa y no hay ninguna -dijo Isa.
-Entonces -Africa arrugó la frente- tenemos que empe-
zar con los interrogatorios.
-¿Los qué? -preguntó Millán.
-Los interrogatorios. Hay que preguntar a todo el mundo.
-¿Y qué vamos a preguntarles?
-Pues... no sé ... Lo que vieron, lo que oyeron. Si sospechan
de alguien ... ¡Cosas así! -dijo Africa.
Millán no acababa de entender bien el asunto. Miró a Pan
dora como pidiendo consejo, con las cejas levantadas y cara
de duda. Pandora dijo que sí con la cabeza.
-Es una buena idea.
-¡Claro! -dijo Isa-. ¿A quién empezamos a preguntar?
Africa se mordió un dedo y respondió:
-Primero vamos a preguntar al vigilante.
El vigilante estaba en un rincón, mirando por la ventana. Te
nía en la mano un catálogo del Museo. Los niños se acercaron
a él y Pandara se quedó cerca. (Pero era invisible para el vigi
lante.)
-¿Cómo te llamas? -preguntó Millán.
82
-Me llamo Félix -contestó el vigilante.
-¡Anda, com_o el gato! -se rió Isa.
Millán la miró enfadado, porque le había interrumpido. Luego
siguió preguntando:
-¿Profesión?
-¿No lo ves? Soy vigilante.
Millán puso cara de listo y le dijo:
-¿De quién sospechas?
-De todos. Yo vigilo y sospecho de todos.
-¿Pero de nadie en particular?
-De nadie en particular. De todos.
Millán no supo cómo seguir.
-¡Pues por este camino no vamos a conseguir nada! ¡Vá
monos!
Isa, Millán y Africa (y Pandara) se fueron del Museo. Iban
tristes.
A la salida había un puesto de periódicos y tebeos.
-¡Pandara, cómpranos uno!
-¿Y mis libros qué? -dijo Pandara poniendo cara de enfa-
do. (Pero era un enfado de mentirijilla.)
-¡Cómpranos uno! Mañana, de verdad, abrimos dos libros
tuyos en vez de uno -dijo Millán.
-Bueno, pero no penséis que me voy a olvidar.
Y Pandara les compró un tebeo.
83
Romance del Conde Niño
Conde Niño por amores y porque nunca los goce
es niño y pasó la mar; yo le manda.ré matar.
va a dar agua a su caballo -Si le manda matar, madre,
la mañana de San Juan. juntos nos han de enterrar.
ANÓNIMO
EN EL MUSEO DEL PRADO
Lee y contesta:
¿Dónde fueron Pandora y los niños al salir de la Biblioteca?
¿Por qué recorrieron las salas del Museo del Prado?
¿Qué hizo Isa para buscat pistas?
¿Qué hizo Millán para buscar pistas?
• El vigilante sospechaba., . .
89
-¡Hola! ¿Puedo hacer algo por vosotros?
o
-Sí, vete por la ciudad y trata de saber dónde está la Dama
de Elche.
El viento Cierzo se fue y Pandara abrió otra vez la caja. Esta
vez salió el viento Céfiro.
-¡Vaya, qué airecillo más agradable! -dijeron los niños.
-¡Hola! -saludó a todos e.l viento-. ¿Puedo ayudaros?
Pandara le mandó lo mismo que al viento Cierzo. Y cuando
se fue a cumplir el encargo, volvió a abrir la caja. Y esta vez
salió el viento Simún.
-¡Qué calor! -dijeron los chicos.
-¡Hola! -dijo el viento Simún-. ¿Puedo hacer algo por
vosotros?
-Sí -contestó Pandara-. Recorre la ciudad y procura en
terarte dónde .está la Dama de Elche.
90
Y el viento se marchó a cumplir el encargo.
-¿Vas a abrir la caja otra vez? -preguntó Isa.
-No. Creo que con estos tres son suficientes. Si soltamos
a más son capaces de pelearse entre ellos y eso no sería bueno,
¿no te parece?
-Sí, tienes razón. ¿Qué hacemos nosotros mientras tanto?
-Creo que podríamos buscar por otros museos -dijo
Millán.
-No es mala idea -respondió Pandara-. Vamos al de Arte
Contemporáneo, que está aquí cerca.
-¿Qué quiere decir «contemporáneo»?
-De nuestro tiempo.
-O sea -dijo Isa-, que vamos al Museo de Arte de nues-
tro tiempo.
-Eso es. Pero antes de ir allí quiero enseñaros una buena
librería y compraros algún libro.
-¡Eso, eso! -dijo Isa, que es una gran lectora. Isa lee mu
cho, pero a pesar de ello no sabe poner comas ni acentos. ¿Os
parece lógico?
91
Mateo, el viento del Bosque Viejo
Quiso avanzar hacia el colegio, pero no pudo. Mateo lo za
randeaba a un lado y a otro haciéndole tambalearse. Sin com
prender bien lo que sucedía, echó a correr con desesperación,
todo lo que le fue posible.
Pero Bienvenido se alejaba lateralmente del colegio, obliga
do por el viento, que lo empujaba hacia un barranco cubierto de
espesura, en el que volvió a caer. Así, aislado por completo
y a su merced, era como quería verlo Mateo para, sin que na
die lo viese, darle el golpe de gracia.
Mateo comprendió que si el muchacho alcanzaba el bosque
cercano, la defensa que los árboles le proporcionarían le obli
garía a él a un esfuerzo cuádruple. No se le ocurrió pensar que
Bienvenido encontrase protección en una cabaña abandonada
que se veía en medio del paraje.
Bienvenido, fatigadísimo por la terrible carrera, entró en la
choza, y cerrando lo mejor que pudo la puerta de desiguales ta
blas se apoyó en ella con todo su cuerpo y empezó a gritar, llo
rando desesperadamente.
92
Al ruido que hizo el viento al chocar con la cabaña, Bienve
nido reconoció a Mateo. Esto le tranquilizó un poco. Dejó de
chillar para llamar:
-¡Mateo! ¡Mateo!
Pero no obtuvo respuesta.
Azotada por las rachas de aire, toda la cabaña se estreme
cía. Los rayos de sol que se filtraban por las rendijas tembla
ban en el suelo. Todo parecía a punto de derrumbarse.
Bienvenido pudo darse cuenta de que en la voz confusa del
vendaval había un acento de mala intención.
93
-¡Sé fuerte, cabaña! ¡No te caigas! -gritaba el mucha
cho-. ¡Virgen, Virgen Santa!
-Eso quisiera yo -dijo la cabaña-, pero ya no tengo los
huesos de otro tiempo. Hago lo que puedo, mas no creo que
pueda resistir mucho tiempo.
Estremecido de terror, Bienvenido seguía apoyado contra la
puerta esperando a que Mateo diese el golpe final. Había oído
contar la historia del dique, las cóleras terribles de Mateo y sus
destrucciones.
De pronto, el silbido del viento cesó.
La cabaña, temblando de arriba abajo, hizo una advertencia:
-Ahora va a tomar impulso. La cosa es muy seria.
Siguió un largo silencio. Bienvenido sollozaba en voz baja.
Poco después sonó como un lejano alarido, como si avanza-
se un tropel de _abejorros. El alarido se iba acercando cada vez
más violento, hasta que, por fin, Mateo se precipitó sobre la
cabaña.
Sin embargo, ésta pudo mantenerse en pie. Los tablones cru
jieron dolorosamente, como nunca les había sucedido, pero no
se desprendieron los unos de los otros. Las ráfagas de viento
entraron por las rendijas y a través de la puerta, pero también
la puerta se mantuvo firme. La vieja cabaña no cedía al viento
Mateo, pero cada una de sus partes estaba a punto de saltar
por los aires. El techo se había abombado, algunos tablones se
resquebrajaban, próximos a romperse, pero, a pesar de todo, la
cabaña estaba allí.
DINO BUZZATI
94
¡A volar!
Leñador,
no tales el pino,
que un hogar
hay dormido
en su copa.
-Señora abubilla,
señor gorrión,
hermana mía calandria,
sobrina del ruiseñor;
ave sin cola,
martín-pescador,
parado y triste alcaraván:
¡a volar,
pajaritos,
al mar!
RAFAEL ALBERT!
95
LOS VIENTOS RECORREN LA CIUDAD
Lee y contesta:
¿Qué hacían los niños?
¿Cuánto tiempo les quedaba para buscar a la Dama de Elche?
¿Estaban contentos con el trabajo que habían hecho ya? ¿Por qué?
¿Para qué abrió Pandora su caja de los vientos?
¿A qué otros sitios quería ir Millán a buscar?
5 Lee y contesta:
¿Crees que los vientos encontrarán a la Dama de Elche? ¿Por qué?
¿Qué viento te gusta más? ¿Por qué?
¿Adónde irías si el viento Céfiro te invitara a un viaje?
¿Qué le pedirías al viento Huracán?
96
6 Piensa antes de elegir las respuestas adecuadas:
• ¿Cuál de estas personas será un coleccionista?
Una persona que hace muchos regalos.
Una persona que guarda sellos de diferentes países.
Una persona que conoce muchos museos.
7 Lee y contesta:
¿Adónde iba Bienvenido?
¿Qué le sucedió en el camino?
¿Qué hizo para evitar el peligro?
¿En dónde pensaba que estaría a salvo?
¿Cómo se llamaba el viento?
l.
Se aclara el misterio
Al llegar al Museo de Arte Contemporáneo, los niños y Pan
dara sacaron las entradas. Pandara no se había hecho invisible
esta vez y la gente se volvía para mirarla.
-¿Por qué te miran tanto? -le preguntó Africa.
-Por mi vestido, que no es muy corriente.
-¡Pues a mí me parece muy bonito! -dijo Isa.
-Y a m_í -respondió Pandara-, pero es un vestido raro, y
por eso me miran.
Empezaron a mirar los cuadros. Las pinturas eran de todas
las formas y tamaños. En algunos se veían personas y en otros
sólo manchas de colores.
-¿Qué representa este cuadro? -preguntó Millán.
En el cuadro sólo se veían manchas de colores.
-Eso no representa nada o puede representar lo que tú
quieras.
-No te entiendo, Pandara.
-Verás, es muy fácil. ¿Te gustan los colores del cuadro y la
forma que tienen?
-A mí sí -respondió Millán-, pero no representan nada.
-Ya lo sé. Pero los colores son bonitos y están puestos muy
bien, unos al lado de los otros, ¿no?
-Eso sí.
-Pues eso es lo importante del cuadro, que el pintor supo
combinar los colores para que todo el cuadro resulte bonito.
Pandora y los niños comprobaron que la Dama de Elche no
estaba allí y salieron a la calle.
-¿Qué más museos hay?
-Muchos más -respondió Pandara. Y le dijo a Millán:
-¿Te gustaría conocer el Museo del Ejército?
-¡Claro que sí! ¡Vamos de prisa!
Esta vez Pandora se quedó fuera y dijo a Isa, Millán y Africa
que los esperaba a la salida.
Millán no se cansaba de mirar la gran cantidad de armas que
allí había: espadas, arcos y flechas; grandes picas y lanzas; sa
bles, montantes y ballestas; fusiles, rifles, espingardas, ame
tralladoras, cañones y morteros de todas las fechas y tamaños.
Había también distintos tipos de uniforme: de lanceros, cora
ceros, de soldados de infantería, de granaderos. Había muchas
banderas, algunas muy antiguas.
-¿Os ha gustado? -les preguntó Pandara a la salida.
-¡Mucho! -casi gritó Millán-. Pero la Dama de Elche no
está allí.
Y se puso a dar saltos y a hacer como que disparaba.
-¡ Bang, bang ! ¡ Ra-ta-ta-ta-ta!
Pandara le llamó.
-Di, Millán, ¿tanto te gusta la guerra?
-Hombre, yo no he estado en ninguna, pero he visto pe-
lículas y...
-¡Millán, Millán ... ! La guerra de las películas es de mentira.
Y la guerra de verdad es muy fea y muy cruel y no te debe
gustar.
Pandora iba a seguir hablando, pero llegó de vuelta el viento
Cierzo.
-¡Brrr, qué frío!
-¿ Tienes alguna n"+icia? -le preguntó Pandara.
-Ninguna.
-Vuelve a la caja entonces.
Y el viento Cierzo volvió a la caja.
En seguida vino el viento Simún.
-¡Qué calorazo! -comentaron los niños.
-¿ Tienes alguna noticia?
-No me he enterado de nada -respondió el viento Simún.
-Vuelve a la caja entonces. -El viento se metió en la caja.
Tuvieron que esperar un buen rato para que llegara el viento
Céfiro.
Llegó el viento, soplando suavecillo, y le dijo a Pandara algo
al oído.
Pandora se volvió a los niños:
-Tampoco el Céfiro sabe gran cosa. Sin embargo...
-¿Qué, qué? -preguntaron todos.
-Díselo tú, Céfiro -dijo Pandora.
El Céfiro sopló un poquillo.
-He oído -susurró- que no sería mala idea acercarse al
Museo Arqueológico.
-¡Vamos allí en seguida! -gritaron Isa, Millán y Africa.
-De acuerdo. Pero antes, que entre el Céfiro en la caja.
Y el viento Céfiro se metió en la caja de Pandora.
. 101
Entraron todos al museo. Isa iba con la lupa buscando hue- ,
llas. Millán miraba a la gente con el ceño fruncido y aires de
sospechar de todos. Africa se asomaba a todos los rincones.
-No la veo -dijo Africa.
-Sigamos -le contestó Pandora.
Pasaron por una sala llena de mosaicos romanos y escultu
ras. Luego a otra sala, donde había armas, joyas y capiteles
godos.
-Aquí no está tampoco -suspiró Isa.
-Sigamos -contestó Pandora.
Llegaron por fin a otra sala, donde vieron puntas de lanzas
y espadas curvas muy oxidadas. Y puestos en el suelo había
toros y jabalíes de piedra.
-¡Ay, que va a ser aquí! -gritó Africa.
Y era allí. Allí estaba la Dama de Elche, sobre un pedestal
y debajo de. una urna de cristal.
-¡La encontramos, la encontramos! -se pusieron a escan
dalizar los tres-. ¡Allí está, allí está!
-Sí, allí está. Pero no vayáis a creer que la han robado. Lo
que ha ocurrido es que la han cambiado de museo simplemente.
Y Pandara se echó a reír.
-¡ ¡Y tú lo sabías!! -le dijeron Isa, Millán y Africa muy en
fadados.
-Claro que lo sabía, pero no tenéis por qué enfadaros. ¿ Ha
bríais hecho el viaje este y visto tantas cosas interesantes si
no os engaño un poquitito?
-Bueno ... no, claro -respondió A frica.
-Además, la televisión dijo que la Dama de Elche ya no es-
taba en el Museo del Prado, no que la hubiesen robado. La ha
bían trasladado a otro sitio y nada más.
Los niños bajaron la cabeza.
-¿Nos vamos? -preguntó Isa.
Pandara abrió la caja y salió el viento Oeste. Pandora le
dijo:
-Llévanos de vuelta a la Casa Colorada.
Y el viento Oeste empezó a soplar.
-¿No abrimos un libro? -pr:eguntó Isa.
-En cuanto lleguemos a la Casa Colorada -respondió
Pandora.
102
El capitán
-Madre, ya tengo mi barco ¿V quién velará tu sueño?
y tengo tripulación: -Las estrellas velarán.
velero de cuatro palos, ¿V quién cantará en tu lecho?
marineros de cartón. -Las sirenas cantarán.
103
SE ACLARA EL MISTERIO
Lee y contesta:
¿Quiénes fueron al Museo de Arte Contemporáneo?
¿Qué hicieron antes de entrar?
¿Qué hicieron en el interior del museo?
¿Qué otros museos visitaron?
¿Qué viento llevó a los niños a la Casa Colorada?
Piensa v contesta:
¿Le gustaban a Millán todos los cuadros?
¿Le gustaban a Pandora los cuadros de manchas de colores?
¿Qué museo le gustaba más a Millán?
Los objetos del Museo Arqueológico, ¿eran antiguos o modernos?
¿Le gustaba la guerra a Millán? ¿Y a Pandora?
EL CAPITÁN
6 Contesta:
¿De quién se despedía el capitán?
¿Qué le dijo su madre?
¿Quién velaría el sueño del capitán?
9 Piensa y contesta:
El niño tenía la ilusión de ser capitán cuando fuese mayor.
¿Qué te gustaría ser, a ti, de mayor? ¿Por qué?
El planeador
Millán y Africa estaban tumbados• en el césped, mirando al
cielo. Por encima de ello�. un águila, con las alas extendidas,
daba vueltas allá en lo alto.
-¿Cómo podrán mantenerse sin tener que mover las alas?
-se preguntó Millán.
-Pues igual que los aviones -respondió Africa.
-No digas tonterías, hombre. Los aviones tienen motores
y las águilas no.
-Pues entonces no lo sé.
Se quedaron callados un rato, pensando en el águila. De pron
to oyeron una voz conocida.
-Yo sí que sé por qué se mantiene el águila en el aire -dijo
Pandora.
Millán y Africa dieron un respingo. ¡Caramba, qué susto!
-Hola, Pandora, ¿qué tal? -saludaron.
-Bien, gracias. ¿Queréis venir conmigo?
-¿Dónde?
-A un sitio donde podréis volar como el águila.
-¿Nosotros solos, así, sin más?
106
-No tanto -dijo Pandora-, tendréis que usar un aparato.
-¿Unos cohetes de propulsión? -preguntó Millán, pensan-
do en sus tebeos de aventuras espaciales.
-¡Eso no vale! Tiene que ser como el águila, sin motores ni
nada, ¿verdad Pandora? -dijo Africa.
-Será como el águila, sin motores -respondió Pandora.
Salieron del jardín y empezaron a andar por la carretera ge
neral. Iban por la izquierda, como debe ser. Al cabo de un rato
torcieron a la derecha y entraron en un pequeño [Link] de avia
ción. Había en él unos aviones con grandes alas y sin ruedas,
que no tenían motores.
-¡Qué aviones tan raros! -exclamó MiU án.
-Son planeadores -le explicó Pandora.
Y se dirigieron al más cercano, que era de color azul. Pan
dara alzó la capota de la carlinga y les mandó entrar.
Africa y Millán se apretaron en el asiento trasero y Pandora
se puso a los mandos. Se acercaron unos hombres y engancha
ron un cable al morro del planeador. El otro extremo lo engan
charon a la cola de una avioneta que se había acercado.
-¿Por qué hacen eso? -preguntó Africa.
-Para ponerse en el aire. Luego nos soltarán.
107
-¿ Y no nos caeremos? -preguntó Africa.
-Ya verás como no.
La avioneta puso en marcha su motor y empezó a rodar. En
seguida aceleró. Pandara iba muy ocupada con los m_andos del
planeador, que iba a remolque. La avioneta despegó y Pandara
tiró hacia atrás de la palanca de dirección. El planeador alzó la
proa (que así se llama el morro) y, ¡zas!, abandonó la tierra y se
puso a volar.
-¡He pasado un miedo! -confesó Africa.
La avioneta seguía tirando de ellos y llevándolos más alto.
Por fin los soltó.
-¡Ay! -gritó Africa cuando vio desprenderse el cable.
-No pasa nada, Africa -le dijo Millán.
Pero tampoco él estaba muy tranquilo.
El planeador picó hacia abajo, pero era para coger velocidad.
108
:)
109
Misión difícil
La torre de control dio la señal y el avión se deslizó lenta
mente por la pista, luego más deprisa, más deprisa, hasta que.
las ruedas se levantaron del suelo y el aparato, como una fle
cha de plata, se elevó camino del cielo.
Hacía calor. Había llovido poco antes, pero no había logrado
el agua refrescar el ambiente. El sol hacía brillar las gotas de
agua en las alas y lo convertía en un pájaro raro y magnífico.
El piloto comprobó que el despegue había sido perfecto, que
la tierra estaba lejos y enderezó el avión.
Luego se recostó cómodamente contra su asiento.
Iba solo. No llevaba a nadie, porque era ésta una misión difí
cil y que mejor ejecutaría en aquellos ligeros aparatos de caza.
Estaba nervioso, muy nervioso. Casi podría asegurar que es
taba asustado. Sentía verdadero terror y un gran vacío en la
boca del estómago.
iY .se había ofrecido voluntario!
Claro que alguien tenía que hacerlo, y prefería llevar comi
da y medicinas a llevar bombas.
Era americano, hijo del pueblo joven y poderoso del otro lado
del mar. Se llamaba William Sloan, le llamaban Billy y era pecoso
y pelirrojo, como pintan a los soldados norteamericanos.
El cielo estaba muy brillante, casi hacía daño.
Y seguía teniendo miedo.
11 O
Se puso a silbar para distraerse. No debía pensar en nada.
Era una cosa sencilla el trabajo en esta ocasión. Bastaba con
volar hasta la ciudad, dejar caer los sacos, vigilar que los para
caídas se abriesen. Y luego volver.
Claro que los aviones enemigos, los que sitiaban la ciudad
y esperaban que los norteamericanos se metiesen en una tram
pa p�a librarla, tal vez no le dejasen llegar.
Billy no llevaba bombas. Todo el sitio se había ocupado con
las cajas. Tan sólo tenía una pequeña ametralladora, que, si las
cosas se ponían muy m_al, no serviría para nada.
El capitán los había reunido el día anterior y había dicho:
-Hay que llevar víveres a Lungtun. Las mujeres y los niños
se están muriendo de hambre. El agua está sucia, comienza a
haber tifus y los médicos de allí no tienen ni alcohol. Han ten
dido una barrera en torno a la ciudad, no dejan pasar a nadie.
No me gustaría obligar a ninguno de mis hombres a que se ju
gase la vida. Irá un avión con la carga y uno de escolta. Volun-
tarios. ¿Quién?
Billy se había ofrecido en seguida. Tenía madre y una her
mana y novia y respetaba mucho a las mujeres. Le gustaban los
niños chinos, tan bonitos como muñecos, regordetes, de flequi
llo negro y ojos oblicuos.
Y le daba mucha pena que pudiesen caer enfermos o pasar
hambre.
MARÍA ISABEL MOLINA
111
EL PLANEADOR
Lee y contesta:
3 Lee y contesta:
¿Se parecen los aviones a las águilas?
¿Qué sucedió cuando llegó Pandara?
¿Por qué orilla de la carretera se debe andar?
¿Quién conducía el planeador?
¿Podría despegar el planeador sin ayuda de la avioneta?
4 Lee y contesta:
¿Te gustaría viajar en un planeador?
¿Y en un avión?
¿Qué te gusta más,-un planeador o un avión? ¿Por qué?
8 Lee y contesta:
¿Por qué estaba nervioso Billy?
¿Le gustaba la guerra a Billy? ¿Por qué?
¿Era valiente Billy? ¿Por qué lo sabes?
9 Lee la primera oracion. Completa las otras dos con palabras del
recuadro para que digan lo mismo que la primera.
«Billy llevó víveres a Lungtun. »
Billy llevó a Lungtun.
alimentos legumbres comida
Billy llevó a Lungtun.
10 Piensa y contesta:
¿Por qué era necesario llevar víveres a Lungtun?
¿Por qué estaba prohibido entrar en la ciudad de Lungtun?
¿Por qué había elegido Billy esa misión?
11 Lee y contesta:
¿Crees que logrará Billy el objetivo de su misión?
¿Crees que los ciudadanos de Lungtun se lo agradecerán? ¿Por qué?
¿Crees que le concederán alguna condecoración?
Invéntate un final para esta historia y escríbelo en tu cuaderno.
La caverna
Isa, Millán, [Link] y Pepe habían ido a bañarse a la playa.
Quedaban en la Casa Colorada Jesusín y Maite, al cuidado de
Chiquituso. Estaban los tres tan tranquilos en el porche de la
casa cuando de pronto Maite se levantó de un salto.
-¡Ya está otra vez el topo en el jardín! -dijo muy enfadada.
--¿Dónde? -preguntó Jesusín.
-¿No lo ves? ¡Huy, si viene para aquí!
Se veía avanzar la tierra removida por el topo. Cuando lleQó
al lado del porche, escarbó, escarbó y asomó la cabeza.
-Hola -dijo el topo.
-¡Caradura! -dijo Maite-. ¿No sabes que aquí no puedes
entrar?
El topo se puso las gafas de sol (porque la luz le hace daño
en los ojos) y respondió:
-No grites, niña. Si hé entrado ha sido por algo importante.
-¡No me digas! -se burló Maite-. ¿V qué es esa cosa tan
importante?
-He descubierto la entrada de una caverna.
-¿Sí? ¿Dónde? -preguntó Jesusín.
-Aquí en el jardín, en la esquina, al lado del gallinero.
-¿Y qué has visto, topo?
-He visto una caverna, ¿no te lo acabo de decir?
-Sí, lo has dicho. Pero en una caverna habrá algo, ¿no?
¿O es que no había nada? -se enfadó Maite.
-Había un pozo muy hondo. Y me ha parecido ver una luz
al final.
-¡Ahí va! -exclamó Jesusín.
Maite se quedó pensando y luego puso cara de contrariedad.
-¡Bah, da lo mismo! De todas formas no podemos ir.
-¿Cómo que no? -Jesusín no lo entendía.
-Porque no. Porque tenemos que cuidar de Chiquituso.
-Vaya, hombre ...
Entonces dijo el topo:
-¿Por qué no lo lleváis con vosotros?
Maite y Jesusín se miraron.
-No es mala idea -dijo Jesusín.
-¿Y si se resfría? -preguntó Maite.
-Envuélvelo bien, échale al cuello una bufanda, un gorro de
lana. ¡Qué sé yo, haz algo! -dijo Jesusín.
Maite dudaba.
-Pero si hay que bajar al pozo, a lo peor se cae.
-No hay peligro -dijo el topo-. Hay una araña a la en-
trada que tejerá una cuerda y lo bajará despacio.
-¿Y si se rompe?
-La araña hará una red en el fondo del pozo, como las que
usan los trapecistas en los circos -dijo el topo.
Pero Maite dudaba. Jesusín el Aventurero no. Pero Maite sí,
porque estaba encargada de Chiquituso y tenía miedo de que le
pasase algo.
-Suponte -le dijo Maite a Jesusín-, suponte que tarda
mos en volver, llegan los hermanos y no nos encuentran.
-¡Ahí está el problema! -dijo el topo.
-Les podemos dejar una nota escrita debajo de la maceta
de la entrada -dijo Jesusín.
A Maite le pareció muy bien.
-¡De acuerdo, escríbela!
-No, escríbela tú que tienes mejor letra -le respondió Je-
susín.
Maite arrancó una hoja de un cuaderno y escribió lo si
guiente:
«Queridos hermanos: Nos vamos con el topo a visitar una
caverna. No sabemos cuándo vamos a volver: Si llegáis y no
estamos no os preocupéis. Buscáis al topo y él nos avisará. »
Dejaron la nota debajo de la [Link]. Maite le puso a Chi
quituso un jersey. Le colocó en la cabeza una gorra de lana y le
puso al cuello una bufanda. Chiquituso parecía un gusano de
seda que en vez de hacer el capullo se hubiese liado el hilo alre
dedor del cuerpo.
-¡Listos! -dijo Maite-. Guíanos, topo.
El topo se metió en su agujero y los niños le siguieron miran-
do la tierra que levantaba.
Llegaron al borde de la caverna.
-Entra tú primero, Jesusín -dijo Maite.
Jesusín entró.
-Alcánzame a Chiquituso y entra tú IUego, Maite -dijo.
Maite le pasó a Chiquituso y entró detrás. El borde del pozo
estaba allí mismo.
-¿ Vienes tú, topo?
-No, está muy hondo.
-¿Dónde está la araña?
-Aquí estoy -dijo la araña-. Ahora empiezo a tejer, no
tengas miedo.
-¿ Yo miedo? -exclamó Jesusín.
Y luego se echó a reír.
-Yo -le dijo Jesusín a la araña- soy como el Juan Sin Mie
do del cuento. Yo no tengo m_iedo.
-Muy bien, muy bien, no digo nada -respondió la araña.
116
Juan Sin Miedo
Era un muchacho fuerte y robusto, de
unos veinte años, que le llamaban Juan
Sin Miedo, porque no tenía miedo a nada,
de nada ni por nada. Siempre estaba di
ciendo:
-Yo no sé lo que es miedo y me gus
taría saberlo.
· Un día que sus padres comentaban
c el sacristán de la iglesia que su hijo
on
no conocía el miedo y que le gustaría co
nocerlo, dijo el sacristán que él se com
prometía a enseñarle lo que era miedo,
que fuera esa noche por su casa.
Cuando llegó a casa el muchacho, le
dijeron los padres lo que el sacristán ha
bía dicho, y después de cenar se marchó
Juan Sin Miedo a casa del sacristán. Es
taban acabando de cenar el sacristán y la
sacristana, y después de estar hablando
un rato de lo del miedo se fueron los dos
hombres a la iglesia; dejó el sacristán a
Juan sentado en un banco y le dijo que
no tardaría mucho rato en saber lo que
era [Link].
En efecto, al poco rato salió de la sa
cristía un fantasma envuelto en una sá
bana, con los brazos en alto y dos velas
encendidas, una en cada mano. Se fue
muy despacio hacia donde estaba Juan, y
cuando llegó junto a él, dijo Juan:
-¿ Tú vienes a meterme miedo?
Y empezó a dar puñetazos y puntapiés
al fantasma, que salió huyendo hacia la
sacristía.
Salió Juan tranquilamente de la igle
sia y, muy despacio, se encaminó a casa
del sacristán. Le salió a abrir la sacrista
na y le dijo que su marido estaba en la
118
cama quejándose de muchos dolores y
con un ojo amoratado.
-Bueno, pues déjelo. No venía más
que a decirle que he pasado un rato de
risa en la iglesia, porque se me apareció
un fantasma, le he pegado una paliza y
ha salido corriendo .
.El sacristán, que quería vengarse de
la paliza, le contó al enterrador, que era
muy amigo suyo, lo que le había sucedi
do y el enterrador dijo que él le iba a en
señar lo que era miedo, si quería saberlo.·
Se fue el enterrador a buscar a Juan
y le dijo que le convidaba a cenar aquella
noche en el cementerio para que apren
diera lo que era miedo. Y Juan aceptó.
Llegó Juan al cementerio, donde le es
taba esperando el enterrador. Le enseñó
un muerto que había en el depósito y un
camastro junto al muerto, donde tenía
que quedarse si no le daba miedo.
Cenaron con la mayor naturalidad, se
acostó Juan en el camastro y se durmió
como si estuviese en su casa.
El enterrador se pasó toda la noche
asomándose al depósito y preguntando
con una voz cavernosa:
-Juanito, ¿ tienes miedo?
Pero Juan Sin Miedo dormía y ronca
ba a pierna suelta.
A la mañana siguiente .el enterrador
dijo que se daba por vencido y que con
razón le llamaban Juan Sin Miedo.
Se hizo tan célebre Juan Sin Miedo
que llegó su fama a oídos del rey. El rey
dijo que le llevaran a Juan Sin Miedo a su
presencia y que si era verdad que no te
nía miedo le casaría con la princesa.
Se fue Juan Sin Miedo a palacio y el
rey había dispuesto ya todo lo que ha
bía imaginado para hacerle pasar miedo.
119
Así es que le encerraron en un sótano lóbrego y oscuro, donde
tenía que pasar la noche, si antes, por miedo, no pedía que lo
sacaran...
... A la mañana siguiente entraron a decirle que el rey le esperaba.
Subió Juan Sin Miedo, se presentó ante el rey y éste le preguntó:
120
Una tarde, después de comer, se acostó el príncipe Juan a
dormir la siesta, y le regalaron a la princesa una pecera llena
de peces de colores. La princesa, muy contenta con el regalo,
fue a enseñárselo a su marido, que estaba profundamente dor
mido. La princesa se acercó a la cama y hostigó a los peces, que
empezaron a nadar de prisa y saltar, con lo cual el agua de la
pecera salpicó toda la cama y la cara del príncipe.
Entonces Juan, sin acabar de despertar, empezó a gritar:
-¡Que me matan! ¡Favor! ¡Socorro! ¡Auxilio!
Y se despertó con gran sobresalto.
-¿Qué te pasa, Juan? -dijo la princesa.
-No sé. Un miedo terrible. Tengo toda la cara mojada de no
sé qué.
-Pero, ¿has tenido miedo?
-Muy grande.
-Pues mira de lo que has tenido miedo, de lo que yo me río:
de los peces de colores. Pero no se lo digas a nadie, que yo
guardaré el secreto, para que te sigan llamando el príncipe Juan
Sin Miedo.
J. AUGUSTO SÁNCHEZ PÉREZ
121
LA CAVERNA
1 Lee y contesta:
¿Quiénes fueron a la playa?
¿Quiénes cuidaron a Chiquituso?
¿Qué vio Maite en el jardín?
¿Qué le propuso el topo que hiciera?
¿Por qué dijo Maite que no podía ir?
4 Piensa y contesta:
¿Has visto alguna vez un topo?
¿Te gustaría tener un topo que hablara?
¿Te parece bien que Maite y Jesusín fueran a la caverna? ¿Por qué?
¿Te parece mal que Jesusín n.o tuviera miedo?
9 Piensa y contesta:
¿Quería el padre de Juan que su hijo conociera el miedo?
¿Sabía Juan que el fantasma era el sacristán?
¿Quería lá princesa asustar a Juan?
124
-De acuerdo. Y si no te parece mal, en vez de ha
blar cantaré.
Maite alzó las cejas y puso cara de resignación.
-¡Qué le vamos a hacer! Canta si quieres, pero no
desafines mucho.
125
Maite canta muy bien, pero Jesu
sín lo hace fatal. A frica canta regu
lar, lo mismo que Millán. Pepe, can
tando, es un verdadero desastre. Isa
canta regulín, regulán. Sabe tocqr la
guitarra y así disimula algo. Y Chi
quituso no canta. Sólo sabe decir
¡beeee! o ¡guaaaa!
Jesusín empezó a cantar mien
tras bajaba:
-¡Un gato se tiró a un pozo!
Las tripas le hicieron ¡gua!
¡Arre moto piti poto
arre moto piti paaaa!
-¡No chilles tanto! -le dijo Mai
te-. Se te oye bien.
-Bueno, bueno. ¡Oye! Esto está
más hondo de lo que me parecía.
-¿Sigue siendo fáci I la bajada?
-le gritó Maite, haciendo bo'B1na
con las manos.
-Es muy fáci 1, de verdad -con
testó Jesusín.
Y siguió bajando, agarrándose a
las raíces que sobresalían de las pa
redes del pozo. Hasta que, de pron
to, notó que su pie izquierdo tocaba
la red que hizo la araña, y luego el
fondo.
-¡Ya puedes bajar al crío!
-gritó. .,--,,
-¿Qué dices de frío? -respon-
dió Maite.
-¡Digo que bajes a Chiquituso!
-¡Vale! -chilló Maite.
Y empezó a largar cuerda, bajan
do poco a poco al hermanito.
-¡Ya lo tengo! -dijo Jesusín al cabo
de un rato-. ¡ Baja tú ahora!
-¡ Me da un poco de repelús! -con
testó Maite.
-¡ Baja de una vez, y no seas miedo
sa! ¡Pero no se te olvide dejar la cuerda
bien agarrada ahí arriba!
Maite miró a su alrededor, descubrió
una piedra de buen tamaño y ató a ella la
soga.
-¡Voy a bajar! -dijo.
-¡Te espero! -contestó Jesusín.
Maite fue bajando poquito a poco, con
mucho cuidado y bastante miedo. Cuando
puso pie en el fondo respiró tranquila.
Luego miró a su alrededor.
-Se ve poquísimo -dijo-. Si no fue
ra por la luz que sale de ese agujerito no
sé qué habríamos hecho.
Jesusín pegó un ojo al boquete y miró
por él.
-¡Atiza! -exclamó-. Hay un jardín
enorme al otro lado.
-Pero no vamos a poder pasar -con
testó Maite.
-Creo que sí. Esta piedra se mueve
un poco. Busca algo para hacer palanca
y sacarla.
Chiquituso empezó a llorar. Y Maite,
que estaba buscando en el otro extremo
del pozo, le dijo a Jesusín:
-¡Cántale algo, que se calle!
-¿Cantar yo? Llorará más.
-Cuéntale un cuento entonces.
-¿Y cuál?
-El de la ranita de San Antonio, por
ejemplo -respondió Maite.
La ranita de San Antonio
La tempestad cedía, la lluvia perdía violencia, los truenos se
alejaban. De súbito, una franja de sol blanca, transparente, ilu
minó el bosque, y pronto, como si nada hubiera ocurrido, todo
resplandeció de nuevo. El cielo volvía a ser azul, un cielo esti
val que después de la lluvia mostraba su alegría en el verde que
brillaba como si las gotas de agua que mojaban las hojas ador
nasen con piedras preciosas los árboles y las matas .
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128
-¿De dónde has venido? -le _preguntó-. ¿Tal vez de la
fuente? Sé que te gusta la lluvia; por tanto, estarás muy conten
ta. Te conozco; eres la ranita que anuncias el mal tiempo. Segu
ramente venías a prevenirme que llegaba la turbonada; pero ya
ha pasado.
La ranita era simpática, de color verde claro. Tenía las patas
largas y delgadas y los dedos sonrosados. Martín no se cansaba
de mirarla ni de decirle cosas que ella parecía escuchar; pero,
de pronto, dio un salto muy bien calculado y cazó con la lengua
una mariposa que pasaba. Después de tragársela, se fue a posar
en una rama de un enebro, donde se quedó inmóvil.
Martín buscó a la ranita, sin encontrarla, pues no sabía que,
al posarse en el enebro, había tomado el color del arbusto para
pasar inadvertida. Lo mismo sucedió cuando saltó sobre unas
piedras. Esta vez Martín la vio, pero creyó que era otra.
-La ranita que yo busco es más bonita que tú --le dijo.
Sin embargo, era la misma. Y es que las ranas de San Anto
nio cambian de color para confundirse con el medio en que es
tán. Pueden ser verdes, grises, amarillas, rojas e incluso negras.
Nuestra ranita temía a Diana y por eso había cambiado dos ve
ces de color, siendo una de ellas verde como el enebro y otra
gris como la piedra en que se hallaba. Cuando Martín intentó
volver a cogerla para quedarse con ella, la ranita le dijo:
-No puedo vivir lejos de la fuente, del riachuelo o del to
rrente. ¡Adiós, amiguito!
�-- - -- Y desapareció.
LOLA ANGLADA
LA BAJADA AL POZO
1 Lee y contesta:
¿Quién bajó primero al pozo?
¿Quién bajó el último al pozo?
¿Dónde se agarraba Jesusín al bajar?
¿Para qué cantaba Jesusín?
¿Cómo bajaban a Chiquituso?
¿Cómo descendió Maite?
3 Lee y contesta:
¿Para qué ataron a Chiquituso con una cuerda?
¿Para qué quería Maite las cerillas?
¿Para qué sirvió la red de la araña?
¿Por qué lloraba Chiquituso en la caverna?
¿Por qué contó Jesusín el cuento de la Ranita de San Antonio?
¿Por qué resultaba fácil descender por el pozo?
El jardín
�subterráneo
-¿Encuentras algo para mover la piedra o no?
-preguntó Jesusín.
-Aquí hay un palo bastante fuerte -contestó Mai-
te-, pero no sé si va a servir.
-Dámelo, y toma tú a Chiquituso.
Maite cogió a Chiquituso, que se había callado y
dormía.
Jesusín metió el palo en el boquete e hizo fuerza,
montándose en él.
Pareció por un momento que se iba a romper el
palo. Pero, ¡por fin!, la que cedió fue la piedra, que cayó
al suelo con gran ruido.
-¿Te ha pillado el pie? -preguntó Maite.
-No, he dado un salto atrás.
Del gran boquete que dejó abierto la piedra salió
una luz vivísima, que dejó deslumbrados a Maite y Je
susín. A Chiquituso no, porque estaba dormido.
-¿Pasamos? -y Jesusín empezó a pasar el cuerpo
por, la abertura.
-· ¡Espera, Jesusín! -le advirtió Maite-. Ten cui
dado, no vaya a haber una trampa.
-¿Trampa? ¿Por qué? -preguntó asombrado Je
susín.
132
-Siempre hay trampas. En estas cosas misteriosas
hay trampas siempre -dijo Maite.
-Me da igual -respondió Jesusín-. Yo voy a
entrar.
Y entró.
Maite, con Chiquituso en los brazos, estuvo un buen
rato esperando. Pero no oía nada. Por último, se atre
vió a asomar la cabeza por el agujero. Vio un jardín muy
grande, lleno de palmeras, limoneros y árboles de to
das las clases.
-¡Huy! -dijo Maite.
Y vio allí al fondo a Jesusín, que estaba bebiendo
en una fuente.
-¡Hola! -dijo alguien.
-¡Huy! -respingó Maite.
Maite miró alrededor. Y no vio a nadie al principio.
luego miró hacia abajo y descubrió al personaje que
había hablado.
Era una enano, un enanito. No mediría ni un palmo.
le llegaba a Maite a la altura de las rodillas. Iba ves
tido de colores muy alegres. la camisa era amarilla.
Y los pantalones eran muy raros: una pernera de color
verde y la otra colorada. la cabeza se la cubría con una
gorra azul, que le llegaba hasta los ojos y le tapaba las
orejas. Y en lo alto de la gorra llevaba cosido un cas
cabel.
133
-¡Dreling, dreling, dreling! -sonaba el cascabel.
Maite sujetó muy fuerte a Chiquituso y se quedó mirando al
enanito, esperando a que hablase.
-No tengas miedo -dijo el enanito-. No tienes nada que
temer. Estoy muy contento de que hayáis venido. Pasa y apo
séntate.
-¡Qué bien hablas! -dijo Maite, un tanto envidiosa.
-¡Oh, no es nada! -se ruborizó el enanito-. Es la costum-
bre, ¿sabes?
Maite se fue con Chiquituso hacia donde estaba Jesusín. El
enanito les daba escolta.
-¿Qué haces? -preguntó Maite a Jesusín.
-Como y bebo -respondió Jesusín, que tenía gran canti-
dad de frutas ante sí, puestas en una ancha hoja de plátano.
-¿Quién te ha dado eso? -interrogó Maite.
-Lo he cogido yo. Me ha dado permiso ése -contestó Je-
susín con la boca llena.
-¡Hala! ¡Llamar ESE a una persona! ¡Qué falta de educa-
1
ción! ¿Es que no tiene nombre?
-No lo sé. No se lo he preguntado.
Maite dejó en el suelo a Chiquituso y se dirigió al enanito.
-¿Cómo te llamas? -preguntó.
-Me llamo Pepemuño -respondió el enanito muy contento.
-Encantada. Yo soy Maite -dijo Maite muy fina.
-Encantado igualmente -respondió el enanito Pepemuño.
Y entonces Chiquituso chilló:
-¡¡Guaaaaa!!
-¡Cántale algo, Maite! -dijo Jesusín.
Y con muy bonita voz, Maite empezó a cantarle una nana.
134
La nana. del mar
Mi niña se ha dormido
y está soñando
que en un barco de vela
va navegando.
Mirar, corales,
cómo va navegando
por vuestros mares.
CONCHA LAGOS
135
El jardín del Gigante Egoísta
Todas las tardes, a la salida de la escuela, los niños se ha
bían acostumbrado a ir a jugar al jardín del gigante. Era� jar
dín grande y hermoso, cubierto de verde y suave césped. Dis
persas sobre la hierba brillaban bellas flores como estrellas, y
había una docena de melocotoneros que, en primavera, se cu
brían de delicados capullos rosados y, en otoño, daban sabroso
fruto. Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban tan dul
cemente que los niños interrumpían sus juegos para escu
charlos.
-¡Qué felices somos aquí! -se gritaban unos a otros.
Un día el gigante regresó. Había ido a visitar a su amigo, el
ogro de Cornualles, y permaneció con él durante siete años.
Transcurridos los siete años, había dicho todo lo que tenía que
decir, pues su conversación era limitada, y decidió volver a su
castillo. Al llegar vio a los niños jugando en el jardín.
-¿Qué estáis haciendo aquí? -les gritó con voz agria. Y los
niños salieron corriendo.
-Mi jardín es mi jardín -dijo el gigante-· . Ya es hora de
que lo entendáis, y no voy a permitir que nadie más que yo jue
gue en él.
Entonces construyó un alto muro alrededor y puso este
cartel:
PROHIBIDA LA ENTRADA
LOS TRANSGRESORES
SERAN PROCESADOS
JUDICIALMENTE
136
Era un gigante muy egoísta.
Los pobres niños no tenían ahora dónde jugar.
Trataron de hacerlo en la carretera, pero la carretera estaba
llena de polvo y agudas piedras y no les gustó.
Se acostumbraron a vagar, una vez terminadas sus leccio
nes, altededor del alto muro, para hablar del hermoso jardín
que había al otro lado.
-¡Qué felices éramos allí! -se decían unos a otros.
Entonces llegó,la primavera y todo el país se llenó de capu
llos y pajaritos. Sólo en el jardín del gigante egoísta continuaba
el invierno.
Los pájaros no se preocupaban de cantar en él desde que
no había niños, y los árboles se olvidaban de florecer. Sólo una
bonita flor levantó su cabeza entre el césped, pero cuando vio
el cartel se entristeció tanto, pensando en los niños, que se .dejó
caer otra vez en tierra y se echó a dormir.
ÜSCAR WILDE
Señor
jardinero
Señor jardinero,
déme usted a mí
un capullo pálido
y otro carmesí.
Y al día siguiente
tendrá usted así
dos rositas blancas
y dos carmesí.
JUANA DE !BARBOUROU
137
EL JARDÍN SUBTERRÁNEO
1 Recuerda que:
Maite y Jesusín estaban en el fondo de un pozo.
Los niños vieron un jardín por un agujero.
Lee y contesta:
¿Quién movió la piedra?
¿Con qué movió la piedra?
¿A quién encontraron los niños en el jardín?
¿ ¿Cómo iba vestido?
3 Lee y contesta:
¿Por qué cogió Maite a Chiquituso?
¿Tenía Jesusín más fuerza que Maite?
¿Por qué parecía Pepemuño un personaje raro?
¿Te parece que Jesusín era maleducado? ¿Por qué?
¿Por qué le cantaba Maite a Chiquituso?
6 Piensa y contesta:
¿Adónde iban los niños todas las tardes?
¿Cómo era el jardín?
¿Quién era el dueño del jardín?
¿Qué hizo el ogro cuando regresó de Cornualles?
¿Adónde fueron los niños a jugar?
¿Qué pasó al llegar la primavera?
SEÑOR JARDINERO
140
-¡Huy, qué va! -dijo Pepemuño-. Las flores necesitan cui
dados. ¡Huy, qué niño más ignorante! Las flores necesitan hadas
que las cuiden.
Jesusín miró a Pepemuño con cara de duda.
-Si tú lo dices... -dijo-. ¿Y cuántas son? ¿Y cómo se
llaman?
-Son tres -le explicó el enanito- y se llaman Gloria, Celia
y Ana. Saben mucho de jardinería y saben de muchas más cosas.
Aquí lo paso yo muy entretenido con ellas.
Pepemuño señaló hacia un rincón, donde había un par de pal
meras, dos limoneros y un árbol plateado que da la fruta do
rada. (Este árbol es muy raro, porque sólo crece debajo de tie
rra, tiene cuatro patas como los perros, llora como los cocodri
los y en las noches de luna da frutas de terciopelo.)
-¿ Ves ese rincón? -preguntó Pepemuño.
-Sí.
141
-Allí, las hadas y yo representamos obras de teatro.
-¿Y hacéis teatro todos los días? -preguntó Jesusín.
-.¡No, caray! Primero hay que inventarse la obra, luego en-
sayarla y luego... luego la representamos.
Maite dejó en el suelo a Chiquituso y se sentó en una piedra
musgosa. Jesusín se sentó en la hierba, a su lado.
-¿Y dónde están las hadas? -preguntó.
Pepemuño miró un reloj de arena que había cerca del árbol
plateado.
-Están aJ llegar -contestó.
-¿Vais a hacer teatro hoy? -se interesó Maite.
-Creo que sí. Es lo más seguro.
-¡Qué lástima que no puedan estar aquí Africa y Pepe!
-¿Por qué? -preguntó el enanito.
-Porque les gusta mucho el teatro.
-Avísales -dijo Pepemuño.
-¿Cómo? -preguntó Maite.
-Que les lleve el recado la araña.
Pepemuño se puso los dedos en la boca y dio un silbido.
-¡Fuiiiiii!
Y al poco rato llegó la araña.
-¿Qué quieres, pesado? -dijo la araña.
-No te enfades, quisquillosa. ¿Te importa subir arriba y avi-
sar a Africa y Pepe, para que bajen a ver la obra de teatro?
-¿Y cómo van a bajar?
-Por la cuerda, como sus hermanos.
La araña miró al enanito, con cara muy seria.
Mientras esperaban, el enanito les contó el cuento de una
abeja perezosa.
142
4 abeja
haragana
Había una vez en una colmena una abeja que no quería tr:a
bajar, es decir, recorría los árboles uno por uno para tomar el
jugo de las flores; pero en vez de conservarlo para convertirlo
en miel, se lo tomaba todo.
Era, pues, una abeja haragana. Todas las mañanas, apenas el
sol calentaba el aire. la abejita se asomaba a la puerta de la col..
mena, veía. que hacía buen tiempo, se peinaba con las patas,
como hacen las moscas, y echaba entonces a volar, muy con
tenta del lindo día. Zumbaba muerta d� gusto de flor en flor,
entraba en la colmena, volvía a salir, y así se lo pasaba todo el
día, mientras las otras abejas se mataban trabajando para lle
nar la colmena de miel, porque la miel es el alimento de las
abejas recién nacidas.
Como las abejás son muy serias, comenzaron a disgustarse
con el proceder de la hermana haragana. En la puerta de las col
menas hay siempre unas cuantas abejas que están de guardia
para cuidar que no entren bichos en la colmena. Estas abejas
suelen ser muy viejas, con gran experiencia de la vida y tienen
el lomo pelado porque han perdido todos los pelos de rozar con
tra la puerta de la colmena.
Un día, pues.' detuvieron a la abeja haragana cuando iba a
entrar, diciéndole:
-Compañera: es necesario que trabajes, porque todas las
abejas debemos trabajar.
La abejita contestó:
-Yo ando todo el día volando, y me canso mucho.
-No es cuestión de que te canses mucho -respondieron-,
sino de que trabajes un poco. Es la primera advertencia que te
hacemos.
Y diciendo así la dejaron pasar.
HORACIO QUIROGA
143
Martín y Diana en el bosque
A pocos pasos se encontró con un pájaro negro, de pico ama
rillo. Estaba algo asustado; procuraba esconderse entre la ma
leza mientras gritaba:
-Chue, chue.
-Es un mirlo -exclamó Martín alegremente.
Y corrió hacia él. Lo buscó entre las m_atas, pero el pájaro
era astuto y cuando Martín lo buscaba por un lado huía por el
otro, dando cortos vuelos entre la maleza. Después de hacerle
dar muchas vueltas y revueltas, el mirlo desapareció en su nido,
que estaba en el suelo bajo unas matas llenas de flores blancas
y entre nuezas floridas. El mirlo lo había cónstruido con musgo,
tronquitos y raíces. Martín se acercó a contemplarlo y exclamó:
-¡Ven Diana! ¡Mira qué cosa tan bonita!
Al observar que el mirlo le miraba con cierta desconfianza,
Martín le dijo cariñosamente:
-No temas; soy un buen muchacho; no vengo a robarte a
tus hijos.
Pero los mirlos no son nada amables; aquél siguió mirando
a Martín con ojos hostiles, cosa que el niño no comprendía. Tal
vez le cegaba el amor a sus hijuelos.
144
-Te aseguro, amiguito -siguió diciendo el muchacho-,
que daría cuanto tengo para que me pusieras buena cara. La
mento llevar el cesto vacío, pero te prometo traértelo lleno de
manjares para tus hijitos: fresas, madroños, moras ... Dime sin
cumplidos si prefieres escarabajos. Si quieres babosas, tam_bién
te las puedo traer; pero hacia el atardecer, porque ahora, con el
calor, están escondidas.
Martín se dio cuenta entonces de que otro mirlo volaba cer
ca, revoloteando sobre las matas. A veces se posaba en el suelo
y daba unas carreritas, pero en seguida emprendía de nuevo el
vuelo, sín remontarse demasiado. Martín supuso que este mirlo
era la pareja de la señora mirlo, que estaba empollando mien
tras el mirlo padre cantaba para hacerse querer. Al fin, el mirlo
m_acho, ya confiado, entona una bella canción para expresar al
muchacho sus sentimientos de amistad. Y los dos mirlos le ex
plicaron las cosas más interesantes de su vida.
LOLA ANGLADA
Caracol Costura
Que no suba el caracol La muñeca tenía un paraguas,
ni al rosal, ni a la maceta, la niña tenía una flor.
ni al almendro ni a la flor... La muñeca tenía un dedal,
y la niña un bastidor.
Que enseñe los cuernos,
que salga de casa,
Por las tardes se sentaban
que·se estire al sol...
a jugar en el balcón,
costureras diminutas
¡Qué caminitos de plata del paraguas y la flor.
va dejando el caracol
cuando sale de su casa!
PURA VÁZQUEZ PURA V ÁZQUEZ
145
LA ARAÑA AVISA A LOS NIÑOS
l Piensa y contesta:
¿Quién era Pepemuño?
¿Qué enseñó el enano a los niños?
¿Quién cuidaba el jardín?
¿Qué otra cosa hacían las hadas?
¿A quiénes les gustaba mucho el teatro?
3 Piensa y contesta:
¿Le molestaba a Pepemuño que gritara Chiquituso? ¿Por qué?
¿Eran buenas jardineras las hadas? ¿Cómo lo sabes?
¿Estaban lejos las hadas? ¿Por qué lo sabes?
¿Se enfadó la araña cuando la llamaron?
5 Recuerda que:
La araña llama a Pepemuño pesado.
Pepemuño llama a la araña quisquillosa.
Completa:
Una persona es pesada cuando . . . mucho 1 molesta pesa ríe:
se ofende
Una persona es quisquillosa cuando . fácilmente tiene quisquillas
tiene cosquillas
--
146
6 Lee esta oración:
«El enanito Pepemuño dio un suspiro.»
Enanito es un diminutivo del nombre enano.
Forma tú ahora los diminutivos con -ito o -ita de los siguientes
nombres de la lectura:
hada árbol pata
cara palmera luna
cosa fruta araña
luna silbido perro
[Link]
9 Lee las poesías y contesta:
¿Cómo se titula la poesía que habla de «caminitos de plata»?
¿Cómo se titula la poesía que habla de una muñeca?
¿Cuál te gusta más? ¿Por qué?
Apréndete de memoria estas poesías.
10 Lee y contesta
¿Qué le estaba prohibido hacer al caracol?
¿Qué debía hacer el caracol?
¿Qué cosas tenía la niña?
¿Qué cosas tenía la muñeca?
Termina
la aventura
en el jardín
subterráneo
-¿Por qué tardan tanto? -preguntó Jesusín.
Estaban todos sentados, las tres hadas, los dos niños y el
enanito Pepemuño. Las hadas y el enano se habían puesto ya
los disfraces, listos para hacer la escena de teatro. Pero, por lo
visto, la araña no había podido dar el aviso a Africa y Pepe.
-¡Ya podían haber llegado!
Y en ese mismísimo momento entraron Pandara, Africa y
Pepe.
-Aquí estamos -dijo Pandara.
Se saludaron todos ceremoniosamente, se acomodaron de
cara al pequeño escenario que habían hecho las hadas y espe
raron el principio de la representación. A la espera de que se
alzase el telón, [Link] le dijo a Maite:
-Tenemos que irnos en seguida. En tu casa se van a extra
ñar si tardamos.
-¡Pero tenemos que ver la obra!_
-¿Quién te dice que no? -respondió Pandara-. Pero en
cuanto acabe, nos vamos.
-De acuerdo -afirmó Maite.
Salieron las hadas a escena, y presentó Pepemuño la obra,
con palabras muy bien dichas.
Fue una obra muy entretenida, y los- niños (y también Pan
dara) lo pasaron de verdad muy bien.
Tan bien lo pasaron que al final las manos les escocían de
tanto aplaudir.
-¡Bravo, muy bien! -gritaban los niños.
148
Y las hadas, Celia, Ana y Gloria, junto con Pepemuño, hacían
reverencias y daban las gracias.
-¡Venga, deprisa, vámonos! -les dijo Pandora al oído a los
niños.
Y aunque no tenían muchas ganas de marcharse, no hubo
más remedio que darse prisa. Salieron por el boquete que daba
al fondo del pozo. Volvieron a colocar la piedra que habían qui
tado. Y esperaron un rato, hasta acostumbrarse a la poquita luz
que entraba por el agujerito que les había guiado hasta el jardín.
-¿Subimos uno a uno por la cuerda?
-Que suban Pepe y Jesusín por ella -respondió Pandora-
Vo llevaré conmigo a Chiquituso y a Maite.
-¿ Y yo? -preguntó Africa.
Pandora se echó a reír.
-Luego bajo a buscarte.
-¡Pero date prisa, por favor!
-En seguida vuelvo -respondió Pandora-. Mientras tanto,
toma.
Pandora le dio un libro.
-¿Qué hago con él? -preguntó Africa.
-Leer. ¿Qué otra cosa harías? Mira -le señaló una pági-
na-, léete el cuento de la muñeca abandonada.
--¡Pero si está en verso!
-¡Qué- más da!
Y Pandora se fue con Chiquituso y Maite. Jesusín y Pepe,
mientras tanto, escalaban el pozo por la cuerda.
149
Historia
de una
muneca
abandonada
( Sale· Lb lita. Lleva una muñeca me
dio rota, cogida por un pie de modo
que la cabeza se da golpes en el sue
lo. Se acerca cautelosamente y, con
una aguja de hacer media, pincha
un globo. La vendedora se sobresal
ta y se vuelve hacia Lolita.)
VENDEDORA ¿Quién eres que me
[asustas,
desvergonzada y mala? LOLITA Pues márchate con ellos.
Pinchas mi mercancía
que es bonita y barata. VENDEDORA Soy una ciudadana
Arruinas mi negocio y paseo mis globos
y ves que soy anciana. por las calles y plazas.
¿Quién eres tú, pequeña? Y si esa verja es tuya,
Dime cómo te llamas. los ato en esa rama.
150
VENDEDORA Una peseta.
¡Anda!
iY por una peseta
qué jaleo me armas!
1 51
(Va a salir. Se da cuenta de que (Le ata el globo a la mano. La mu
lleva la muñeca.) ñeca se eleva por los aires y desapa
rece. La vendedora llora desconso
Esta muñeca fea
lada.)
la abandono. Está mala.
Tiene roto un bracito. (Está mirando hacia arriba. Se oye
Toda rota la espalda. el ruido seco del globo al romperse.)
¡ Con muñecas tan feas
no se puede hacer nada! ¡Ahora sí que
A lo mejor, globera, la hicimos buena!
aunque está estropeada ¡El globo, roto!,
esta muñeca enferma ¡y la muñeca
te quiere y te acompaña. que, por su peso,
se cae a tierra!
( Ríe burlcindose y se va. La vende
dora se sienta junto a la muñeca y
la mira.)
VENDEDORA La muñeca está sucia,
pero no es nada fea.
Es muy cierto que tiene
quebrada la cabeza,
pero qué rubias son
sus trenzas.
Es muy cierto que tiene
la espalda contrahecha,
pero, ¿qué importa eso,
muñeca?
Es muy cierto que tiene
un brazo que le cuelga,
mas con amor y maña
se sujeta.
(Trata de hacerlo, pero no puede.)
¡Pero. no puedo hacerlo
porque ya soy muy vieja
y los ojos me fallan
y las manos me tiemblan!
(Va a la rama y desata un globo.)
Voy a hacerte un regalo
para que estés contenta
aunque te duela algo
y estés un poco enferma.
152
Nana de
la muñeca rota
Muñeca rota,
duerme, m.i amor.·
No tienes ojos.
No ves el sol.
Tu cabecita
es de algodón.
Se sale todo.
Duerme, mi amor.
Culito roto
y el corazón
que se te sale.
Duerme, mi amor.
Que ya he llamado
al remendón.
//
(Grita hacia arriba:)
(Zapaterito,
¡No tienes alas! cura a mi amor).
¡Pero tú El zapatero
vuela! en su rincón
¡Vuela! es como un rey,
) ¡Vuela! corno un doctor.
Zapatos rotos
153
TERMINA LA AVENTURA EN EL JARDÍN SUBTERRÁNEO
Lee y contesta:
¿A quiénes esperaban las hadas?
¿Tardaron mucho en llegar?
¿Quién acompañaba a Pepe y Africa?
¿Por qué tenía prisa Pandora en regresar?
8 Piensa y constesta:
¿Creía la vendedora que era mucho dinero una peseta? ¿Por qué?
¿Creía la niña que tenía mucho valor una peseta? ¿Por qué?
¿Tiene mucho valor una peseta para ti? ¿Por qué?
156
-¡Qué aburrimiento, Pandara! -decía Millán.
-¡Sí, qué aburrimiento! -soñaba Jesusín.
Pero Pandara no respondía nada. Estaba siempre en
la playa, muy pensativa, con la caja en sus manos. Y no
la abría.
Hasta que un día, a la hora en que los niños iban
normalmente a visitarla, dijo:
-¿Os gustaría hacer un viaje en globo?
-¿Quiénes? -dijeron los seis niños.
Y eran seis, porque Chiquituso andaba durmiendo
su siesta diaria.
Pandara puso cara de pensar mucho, y luego seña
ló a Isa y Millán.
-Iréis vosotros dos -les dijo.
Isa y Millán empezaron a saltar de alegría. Y los
demás, viendo que aquella tarde no tenían nada que
hacer, se volvieron a casa un poco enfadados, murmu
rando entre dientes. ¡Qué desagradecidos! No se acor
daban entonces de las aventuras que, gracias a Pan
dara, habían vivido antes.
-¿Dónde está el globo? -preguntó Isa-. No lo
veo.
157
-Está aquí -dijo Pandora, señalando un bulto cer
ca de sus pies, que no abultaba más que una caja de
galletas.
-Para ser un globo tripulado, es algo pequeño
-comentó Millán.
Pandora cogió el bulto y lo desató. Sobre la arena
se extendió una tela muy fina, como de seda, de un
color entre verde y azul.
-iQué color azul tan bonito!
Pandora abrió la caja de los vientos y la enchufó a
la boca del globo.
Sonó el ruido del viento: i Fuussch!, y el globo se
hinchó en un periquete.
-¿Qué viento ha salido? -preguntó Millán.
-Espera, que no lo sé -respondió Pandera.
Y puso la boca muy cerca de la tela color turquesa,
que en aquel momento estaba hinchada y reluciente.
-¿Qué viento eres? -chilló Pandora.
-Soy la Brisa del Día, que va del mar a la tierra
-se oyó una voz muy bajita a través de la seda.
-¿Lo habéis oído? -preguntó Pandora a los niños.
-Sí, que sí -respondió Isa-. Pero oye, Pandora,
a este globo le falta la barquilla.
-Hacedla vosotros con juncos.
Y es lo que hicieron. Con paciencia y habilidad, te
jieron una barquilla de juncos y la ataron al globo.
-¿Listos para subir? -les preguntó Pandora.
-¡Listos! -gritó Millán, com.o un [Link]án de ma-
rina.
-¿Estás listo, Brisa del Día?
-Estoy preparado.
El globo de color turquesa dio un salto hacia arri
ba. Luego siguió ascendiendo con una marcha más sua
ve. Pandara lo vio hacerse pequeñito, hasta perderse
detrás de las nubes.
159
Detrás de las nubes
Un niño estaba sentado en el bordillo de la acera. Llevaba el
pelo caído sobre la frente, tenía las rodillas y los codos llenos
de raspaduras y la nariz cubierta de pecas. A ratos su cara era
triste y parecía que iba a echarse a llorar. De vez en cuando
miraba furioso hacia arriba y decía con rabia:
-Detrés de las nubes. Seguro que está detrás de las nubes.
Y
· ahora sólo me faltaría que lloviese.
Al decir eso, su cara se volvía amenazadora y ceñuda. Lue
go otra vez se ponía triste y miraba hacia arriba con pena.
-Con lo grande que era. Tan azul y tan redondo y tan bri
llante. Y con lo que me costó conseguirlo.
Casi asomaban las lágrimas a sus ojos, pero, una semana
antes, se había propuesto no llorar y por eso no las dejaba salir.
-Y seguro que lloverá. Este viento es muy malo -suspiró
profundamente-. ¡Era tan bonito! Y ahora, detrás de las nubes.
160
C:So
Dice
la fuente
No se callaba la fuente,
no se callaba...
-/ Reía,
El globo se le había escapado de la mano saltaba,
sin saber cómo. Lo tenía agarrado de la cuer charlaba... Y nadie sabía
da y andaba muy orgulloso con él, mirando lo que decía.
cómo se sostenía, gracioso y leve, en el aire.
No se callaba la fuente,
Y, de pronto, se había encontrado sin nada
no se callaba..
en la mano y el globo subía y subía, lo mismo
de leve y ágil que antes, igual de azul, igual Como vena
de redondo, pero cada vez más pequeño y más de la noche, su barren(l,
pequeño. Subía y subía, arrastrando tras sí su encogía
rabo de cuerda como si se contonease y qui plata fría,
siera hacerle burla. Subió y subió y desapare y estiraba ...
ció detrás de las nubes.
Subía,
El niño estaba seguro de que si las nubes
bajaba,
se hubiesen quitado de repente, allí habría
charlaba... Y nadie sabía
aparecido su gran globo azul haciéndole mue
lo que decía.
cas, desafiador, como diciendo:
-Ven y cógeme si puedes. Cuando la aurora volvía.
Fragmento del relato del mismo título,
original de ANGELA c. !ONESCU MANUEL MACHADO
161
EL GLOBO AZUL
Lee y contesta:
¿Adónde querían haber ido Isa y Millán?
¿Por qué no fueron?
¿Con quiénes discutieron Isa y Millán?
¿Cuánto tiempo estuvieron enfadados Isa y Millán?
¿Qué propuso Pandora hacer un día?
¿De qué material estaba hecho el globo?
-
Escribe en tu cuaderno esta forma verbal de los siguientes verbos de la
lectura:
tener ----+ decir volver -
-
poder -
-
haber -
salir
relucir -
---+ caer
VlVlr -
ver subir ---+ abrir -------+
7 Lee y contesta:
¿Podía el niño viajar en su globo?
¿Te parece que este globo era como el de Pandora?
¿En qué se parecen los globos? ¿En qué se diferencian?
¿Cuál te gusta más de los dos globos? ¿Por qué?
La Brisa del Día
-¡Suelta lastre, Isa, que nos pa
ramos!
Millán se había llevado consigo los
prismáticos y miraba a todas partes
con gesto de autoridad. Y con voz de
autoridad chillaba a su hermana:
-¡Suelta lastre, Isa, suelta lastre!
Isa iba dejando caer, con calma,
los saquillos de arena que le habían
puesto a la barquilla de juncos.
Y el gJobo color turquesa iba de
jando las nubes abajo. Las nubes y
también los pájaros.
Algún pájaro que otro venía a vo
lar cerca de ellos. Alguno, incluso,
se posaba en el borde de la barquilla,
para hacer la visita.
-¡Hola! -decían los pájaros-.
¿Quiénes sois?
-Somos Isa y Millán que vamos
con este globo hacia arriba.
Los pájaros los miraban con curio
sidad, y volvían a volar, diciendo:
-¡Buen viaje! ¡Buen viaje hacia
arriba!
Así pasaron los cirros, los nimbos,
los cúmulos y los estratocúmulos. Es
dec_ir, dejaron abajo, bien abajo, casi
todas las clases de nubes que se co
nocen. Hasta que llegó un momento
en que el globo se paró.
-¡Suelta lastre, Isa! -ordenó Mi
llán con voz de trueno.
Isa lo miró con cara de burla.
-No puedo soltar lastre, porque
no queda ninguna bolsa de arena.
Entonces Millán se quitó los pris
máticos de los ojos, los dejó colgar
de la correa sobre su barriga y ex
clamó:
-¡Rayos y truenos!
Porque de piratas sabe mucho. El
globo se había parado, y no se deci
día ni a subir ni a bajar. Así, dudan
do, estuvo un buen cuarto de hora y
luego, poco a poco, empezó a volver
a tierra. Volvieron a pasar Millán e
Isa al lado de los estratocúmulos, cú
mulos, nimbos y cirros.
Volvieron a ver el azul del mar y el verde, pardo, rojo, ocre
y amarillo de la tierra.
-¡Aguanta! -le gritaban Isa y Millán a la Brisa del Día que
estaba dentro del globo.
-No puedo ... -oían los niños que les respondía la Brisa a
través de la tela.
Y seguíán bajando. Bajando muy despacio, eso sí. Y cuando
ya las casas y los caminos, de t'an chiquitos qt:Je eran, se hicie
ron de tamaño de verdad, la barquilla de juncos dio un golpe en
la arena y, iPOmba!, se acabó el viaje.
Pandara estaba allí y acudió en seguida. Abrió el tapón de la
boca del globo y la Brisa del Día volvió a la caja m.ás que de
prisa. Porque, de veras, había trabajado mucho.
Isa y Millán bajaron de la barquilla y la desataron del globo,
que estaba ya, sin aire, flaco y arrugado. Pandara lo dobló y re
dobló, hasta volverlo a su tamaño de caja de galletas. Y estaba
anocheciendo.
-Nos vamos corriendo- dijo Isa.
-¡Hasta la vista! -respondió Pandara.
Aquella noche, Millán durmió de un tirón. Y a la mañana si
guiente, cuando la luz del día empezó a entrar por la ventana,
Millán seguía pensando en su aventura del globo. Y a la persona
mayor que se encargaba de despertarle le costó Dios y ayuda
que saliese de la cama.
-¡Con lo bien que estaba! -comentó Millán.
Y no mentía.
Un niñ'O piensa
Da gusto estar metido en la cama, cuando ya es de día. Las
rendijas del balcón brillan como si fueran de plata, de fría plata,
tan fría como el hierro de la verja o com.o el chorro del grifo,
pero en la cama se está caliente, todo muy tapado, a veces has
ta la cabeza también. En la habitación hay ya un poco de luz y
las cosas se ven bien, con todo detalle, mejor aún que en pleno
día, porque la vista está acostumbrada a la penumbra, que es
igual todas las mañanas, durante media hora; la ropa está do
blada sobre el respaldo de la silla; la cartera -con los libros,
la regla y la aplastada cajita de cigarrillos donde se guardan los
lápices, las plumas y la goma de borrar- está colgada de los
dos palitos que salen de encima de la silla, como si fueran dos
hombros; el abrigo está echado a los pies de la cama, bien esti
rado, para taparle a uno mejor. Las mangas del abrigo adoptan
caprichosas posturas y, a veces, parecen los brazos de un fan
tasma muerto encima de la cama, de un fantasma a quien hu
biera matado la luz del día al sorprenderle, distraído, mirando
para nuestro sueño... Se ve también el vaso de agua que queda
siempre sobre la mesa de noche, por si me despierto; es alto
y está sobre un platito que tiene dibujos azules; en el fondo se
ve como un dedo de azúcar que ha perdido ya casi todo su blan
co color. Si se le agita, el azúcar empieza a subir como si no pe
sase, como si le atrajese un imán ...
Volvemos a dejar caer la cabeza sobre la almohada y tira
mos del abrigo hacia arriba; notamos fresco en los pies, pero
no nos apura, ya sabemos lo que es; sacamos un pie por debajo
y nos ponemos a mirar para él. Es gracioso pensar en los pies;
los pies son feos y mirándolos detenidamente tienen una forma
tan rara que no se parecen a nada; miro para el dedo gordo,
pienso en él y lo muevo; miro entonces para el de al lado, pien
so en él, y no lo puedo mover. Hago un esfuerzo, pero sigo sin
poderlo mover; me pongo nervioso y me da risa.
168
LA BRISA DEL DÍA
Lee y contesta:
¿Dónde iban subidos Isa y Millán?
¿Qué hacían los pájaros al ver el globo?
¿Qué preguntaban los pájaros a los niños?
¿Qué les deseaban los pájaros a los niños?
¿Qué le pasó al globo?
¿Cómo acabó el viaje?
3 Lee y contesta:
¿Qué pasaba cuando soltaban lastre desde el globo?
¿Por qué se paró el globo en las nubes?
¿Estuvo mucho rato parado el globo?
¿Por qué le decían Isa y Millán a la Brisa del Día que aguantara?
¿Para qué guardó Pandora el globo doblado?
UN NIÑO PIENSA
6 Lee y contesta:
¿Dónde estaba el niño? ¿Qué hacía? ¿Era de día o de noche?
¿Dónde estaba la cartera? ¿Y el abrigo?
¿Cómo era el vaso que veía el niño?
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b
-Me gustaría conocer la mar hasta el fondo -decía Pepe.
-Nunca podrás -decía Africa- porque no tiene fondo.
-¡Sí que lo tiene! ¡Tiene que tener fondo!
Pandara nunca estaba por allí cerca, se conoce que estaba
de viaje.
Africa, que intentaba visitarla todos los días, pasaba mucho
tiempo en la playa.
La arena de la playa, que durante el día arde, cuando el sol
empieza a ponerse, se va enfriando. La arena de la playa, cuan
do el sol ha desaparecido detrás de la sierra, se vuelve fría. La
arena de la playa, cuando sale la luna, brilla como la plata.
Africa se pasa las horas sentada al borde de las olas, viendo
cómo la mar va y viene; viendo cómo pasan los barcos allá lejos.
Y el aire, a esas horas en que se muere la tarde, pasa suave y
cantando canciones.
-Me gusta estar a orillas del mar-comenta Africa siempre.
A orillas de la mar se conocen los cementerios del fondo de
las aguas. Cuando la mar se enfada, todas las conchas y los
esqueletos de los peces aparecen en la playa.
El sonido del vaivén de las olas es como un despertador co
nocido. Y cuando el sol se pone -detrás de la sierra-, las
aguas de la mar se cubren de oro, como para demostrar la ri
queza que tienen dentro.
De noche, la mar es un misterio. Y da miedo.
-Me gusta -la mar -suele comentar Africa.
Y una voz le contesta siempre:
-A mí también. La mar es como las personas: cuesta mu
cho conocerlas. La mar es como yo: viene y va, va y viene. Cam
bia con los días y con los meses. Pero siempre es la mar.
Y Africa, a la orilla de las olas, dice siempre:
-Me gusta la mar.
Elegía
del niño marinero
Marinerito delgado,
Luis Gonzaga de la mar,
¡qué fresco era tu pescado,
acabado de pescar!
Te fuiste, marinerito,
en una noche lunada,
¡tan alegre, tan bonito,
cantando a la mar salada!
RAFAEL ALBERT!
174
Qué bien
navega
la barca
Qué bien navega la barca
si viento de amor la mece.
Las estrellas por el agua
y por el cielo los peces.
CONCHA LAGOS
175
El pastor y el niño
Al día siguiente, por la mañana,
dejó el rebaño con los perros y fue
al pueblo. Todo el mundo le saludaba
al pasar, porque todos le conocían y
le querían. Los viejos se acordaban
de cuando él era pequeño, y los ni
ños le miraban con admiración y en
vidia.
-Hola, pastor, bien venido.
-Hacía mucho que no bajabas,
pastor.
-¿Qué tal las ovejas?
El les contestaba a todos; pre
guntaba a cada uno por su familia,
por sus tierras, por sus cosechas,
por sus animales.
Cuando estuvo en casa, mientras
su madre le preparaba un gran tazón
de leche con trozos de pan blanco,
el pastor se asomó a la ventana, a la
misma que tantas veces se había
encaramado de pequeño, y, una vez
más, miró hacia arriba. Allí, perdida
entre las nubes blancas, rodeada del
profundo azul del cielo, se levantaba
la cumbre, como siempre...
-¿Miras la cumbre? -le pregun
tó su madre, dejando sobre la mesa
el cuenco rebosante de leche y pan.
-Sí -contestó el pastor-, y
casi no puedo creer que allí no haya
rnás que pedruscos y que en las no-
176
ches de luna ninguna oveja relucien
te paste en sus praderas.
Su madre le miró, sonrió; pero no
dijo nada...
No volvieron a hablar de la cum
bre, pero el pastor miró varias veces
por la ventana.
Todavía no había comenzado a
ponerse el sol cuando el pastor co
gió el camino del monte, pues tenía
que llegar a su casucha antes de
anochecer.
La gente del pueblo le decía
adiós al pasar y le preguntaban si
volvería pronto.
Al doblar una esquina, vio a un
niño subido en un árbol.
-¡Eh! -gritó el niño, bajando rá
pidamente-. Te estoy esperando
aquí desde esta mañana.
-¿Qué quieres?
-Llévame contigo al monte.
El pastor miró un rato en silencio
al niño.
-Tú no podrías estar allí arriba
-dijo por fin-. Hace mucho frío y
por la noche el viento aúlla como un
lobo, y todo es solitario, no hay na-
. die.
-Llévame -volvió a decir el
niño-; anda, llévame. Ya lo saben
en mi casa y me dejan.
Y como el pastor no contestaba,
añadió:
-Te estoy esperando desde esta
mañana.
-Entonces, vamos.
Fragmento del relato Arriba, en el monte,
original de ANGELA c. loNESCU
177
EL MAR
Lee y contesta:
¿Quiénes estaban en la playa?
¿Dónde estaba Pandora?
¿Qué estación del año era?
¿A quién le gustaba la mar?
¿Cuándo había muchas olas en la mar?
¿Qué quería conocer Pepe?
3 Lee y contesta:
¿Por qué decía Pepe que la mar se enfadaba?
¿Por qué crees que la 1_1lar es a veces nuestra enemiga?
¿Le gustaba la mar a Africa? ¿Por qué?
¿Estará la arena igual de caliente en todas las playas? ¿Por qué?
¿Por qué las olas pueden hacer de despertador?
¿Por qué crees que la mar cambia de color al atardecer?
EL PASTOR Y EL NIÑO
9 Lee y contesta:
¿Cómo era el pastor? ¿Te parece aburrida o divertida su vida?
¿Te gustaría a ti ser pastor? ¿Por qué?
El tren
Muchas veces, los niños se acercan al borde de la vía para
ver pasar los trenes. El paso del tren es un espectáculo muy
divertido, sobre todo por lo grandón que es y el ruido que hace.
Lo más emocionante, sin embargo, es poner una peseta encima
de la vía, retirarse de allí y esperar a que el tren pase por enci
ma de ella. ¡Se queda fina como una hoja de afeitar!
-¡Qué pena -dijo Pepe- no poder hacer un viaje en tren!
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¡Qué pena no tener dinero para comprar el billete!
-Podemos sacar el dinero de la hucha -contestó Millán,
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que estaba con él aquella tarde.
-Tenemos muy poco dinero en la hucha. No nos llega ni
para medio billete.
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-¡Oiga! ¿Con este dinero podemos mandar un baúl en el
tren? ¿Hay bastante para facturarlo?
El Jefe contó el dinero.
-Sí -respondió-, hay bastante.
Pepe y Millán volvieron a galopar a casa, donde estuvieron
hablando con Isa y Jesusín. Al poco rato se presentaban éstos
en la estación, transportando un baúl muy grande.
-Querernos facturar este baúl en el tren -dijo Isa al Jefe
de Estación.
-Muy bien, vamos a ver lo que pesa.
Lo pesaron y el Jefe dijo:
-¡Pesa mucho! Son sesenta pesetas.
Isa contó el dinero y se lo dio. Llegaron unos mozos, carga
ron el baúl en una carretilla y lo llevaron al vagón de mercancías.
Lo metieron dentro y cerraron la puerta. Y el tren echó a andar.
Cuando el tren había cogido velocidad, se alzó la tapa del
baúl y salieron de su interior Millán y Pepe.
-¡Ya estamos dentro del tren, lo hemos conseguido, Pepe!
-gritaba Millán.
Pepe no estaba muy tranquilo.
--¿ No hemos hecho una tram_pa?
-¡Que no, hombre, no te preocupes! Lo mismo hicieron los
griegos con el Caballo de Troya.
-Yo no sé qué hicieron, no te entiendo.
-/ Pues escúchame bien -dijo Millán- que voy a contártelo.
El caballo de Troya
Hacía muchos años que los griegos atacaban la ciudad de
Troya sin poder conquistarla.
Construyeron rápidamente un gigantesco caballo de madera.
Por la noche se metieron en él los más valientes guerreros grie
gos. Y los demás, a la mañana siguiente, subieron a sus naves
como si se marcharan.
Los troyanos se pusieron muy contentos al ver que sus ene
migos se retiraban. Pronto salieron de su ciudad y fueron apo
derándose de todo lo que habían dejado los griegos. Aquel enor
me caballo les llamó mucho la atención, y pensaron meterlo
también en su ciudad, como si fuera un botín que hubieran con
quistado al enemigo.
Durante toda la noche celebraron los troyanos lo que creían
era su victoria. Pero cuando estaban dormidos, Ulises y sus sol
dados salieron del caballo y, silenciosamente, abrieron las puer
tas de Troya para que entrasen los demás griegos, que habían
vuelto aprovechando la oscuridad de la noche.
Así, gracias a la astucia de Ulises, en muy pocas horas con
quistaron lo que no habían podido conseguir en muchos años.
En el tren
Yo, para todo el viaje
siempre sobre la madera
de mi vagón de tercera
voy ligero de equipaje.
Si es de noche, porque no
acostumbro a dormir yo,
y de día, por mirar
los arbolillos pasar,
yo nunca duerm.o en el tren,
y sin embargo voy bien.
¡Este placer de alejarse!
Londres, Madrid, Ponferrada,
tan lindos ... para marcharse.
Lo molesto es la llegada.
Luego el tren, el caminar
siempre nos hace soñar;
y casi, casi olvidamos
el jamelgo que montamos.
¡Oh, el pollino,
que sabe bien el camino!
ANTONIO MACHADO
183
El Gran Príncipe
El Viejo Príncipe es el ciervo más grande de todo el bosque.
No hay nadie que pueda compararse con él. Nadie sabe la edad
que tiene. Nadie puede descubrir dónde vive. Nadie conoce a su
familia. Muy pocos son los que le han visto una vez. A veces
se ha llegado a pensar en su muerte por no vérsela aparecer
durante mucho tiempo. Pero entonces alguien lo volvía a ver,
aunque no más que por un segundo, y así todos sabían que ·se
guía vivo. No hay quien haya osado jamás preguntarle dónde
estuvo durante sus largas ausencias. No habl� con nadie, y na
die se atreve a dirigirle la palabra. Utiliza senderos sólo conoci
dos por él; conoce el bosque hasta el rincón más escondidó.
Y para él no existe- esa cosa llamada peligro. Los otros prínci
pes suelen luchar entre ellos, algunas veces, por pura diversión,
para probar sus respectivas fuerzas, o porque riñen. Pero hace
ya muchos años que nadie lucha con el anciano príncipe. Y de
los que lucharon con él, hace ya muchísimo tiempo que no vive
ninguno. En fin, es el Gran Príncipe
FÉLIX SALTEN
184
El pajarito cojo
No lo ha visto nadie,
ni siquiera el aire,
pajarito sabio que todo lo saoe.
Volando, piando, se perdió una tarde,
que también' a Rom_a se va por el aire.
Al volver traía, sin culpar a nadie,
la patita rota, mojada en su sangre.
Le curé la herida con sal y vinagre,
le anillé la pata con un fino alambre.
Piaba llamando a la pájara madre...
El alpiste, el agua, ni la sed ni el hambre
le saciaban nunca de volver al aire,
de seguir volando su peregrinaje.
Voló sin muletas, cojito, en el aire.
No lo ha visto nadit,
ni siquiera el aire,
pajarito sabio que todo lo sabe...
185
EL TREN
1 Lee y contesta:
• ¿Quién dijo cada una de estas cosas?
- No podemos hacer un viaje en tren.
- Queremos facturar este baúl.
- Muy bien, vamos a ver lo que pasa.
EL CABALLO DE TROYA
EL GRAN PRÍNCIPE
sR o e R o
R R I I V e
I o V E E V
o R I R I E
I E T V I T
V I o o V R
Los polizones
El tren iba corriendo como el viento. Pepe y Millán abrieron
un poquito la puerta del vagón, para poder mirar bien los luga
res por donde circulaban. Pero era una rendijita tan pequeña
que sólo veían pasar, zumbando, los postes del telégrafo. Abrie
ron algo más, y entró el viento a bocanadas.
-Ten cuidado, Pepe, no te caigas.
-Descuida. ¡Qué ruido hacen las ruedas!
Las ruedas iban cantando la canción del traca-traca, que
es así:
-« ¡Traca-traca! ¡Pum, pum!
188
que pesase tanto el baúl. También era extraño que vayáis vos
otros a preguntar el precio y luego traigan el baúl otros niños.
-Ya veo -dijo Millán-. ¿ Y qué van a hacer con nosotros?
-Podía poneros una multa; pero como no tenéis dinero, lo
dejaremos como está. Ya podéis volver a casa. Pero esta vez
andando.
-Gracias -contestaron los niños.
Pero no volvieron andando, porque era muy cansado; se fue
ron a la carretera e hicieron auto-stop hasta la Casa Colorada.
Cuando contaron su aventura a los hermanos, tuvieron que su
frir alguna burla, por lo del tirón de orejas.
Y ellos contestaban:
-Sí, sí. Pero que nos quiten lo bailado. Y en vez de burlaros
tanto, vamos a leer algún libro de Pandara.
189
Don Quijote
El hidalgo que vivía en un lugar de la
Mancha era de unos cincuenta años, de
complexión recia, seco de carnes, enjuto
de rostro, gran madrugador y amigo de
la caza. Pero por encima de todo, su afi
ción mayor consistía en leer libros de ca
ballerías.
Por la lectura de estos libros olvidó la
casa y la administración de la hacienda;
para poder comprarlos, llegó a vender
buenas tierras. Se le pasaban las noches
leyendo de claro en claro, y los días de
turbio en turbio; y así, del poco dormir y
del mucho leer se le secó el cerebro, de
manera que vino a perder el juicio.
Loco de remate, le pareció convenible
y necesario, para el aumento de su honra
y el servicio de su república, hacerse ca
ballero andante y correr mundo buscando
aventuras y deshaciendo agravios.
Lo primero que hizo fue limpiar unas
armas de sus bisabuelos. Fue luego a ver
a su rocín, y aunque era todo piel y hue
sos, le pareció que ni el Babieca del Cid
se le igualaba.
'190
Al cabo de cuatro días de inventar y tachar nom
bres; le puso el de Rocinante. Y a sí mismo se puso,
tras ocho días de meditación, el nombre de Don Quijote
de la Mancha, que compendiaba su linaje -pues él se
llamaba Quijano- y su patria.
Sólo le faltaba dama de quien enamorarse, y recor
dó que en un lugar cercano había una moza de buen
parecer, de quien en tiempos se había encandilado,
aunque ella jamás lo supo. Se llamaba Aldonza Lorenzo,
pero buscándole nombre de gran señora vino a llamar
la Dulcinea del Toboso.
Una mañana de julio, antes del día, montó sobre
Rocinante, contento pero preocupado también porque
no estaba armado caballero. Toda la jornada caminaron
el rocín y él, bajo un sol abrasador. Al anochecer, can
sados y muertos de hambre, vieron una venta, que a
Don Quijote le pareció un castillo.
CERVANTES
191
LOS POLIZONES
Lee y contesta:
¿Quiénes iban en el tren?
¿Qué veían por la rendija de la puerta?
¿Qué hicieron para ver más cosas?
¿Qué vio Pepe?
¿Qué vio Millán?
3 Lee y contesta:
¿Era peligroso abrir la puerta del vagón? ¿Por qué?
¿La habrías abierto tú?
¿Debieron los niños hacer auto-stop? ¿Por qué?
¿Harías tú auto-stop?
¿Te parece bien que Millán y Pepe fueran en tren? ¿Por qué?
194
-No. ¿Es que las tenemos que es-
cribir nosotras?
-¿No habéis leído el periódico?
Pandara se lo enseñó.
-¿Veis? Aquí pone que las letras
y músicas de las canciones las harán
los niños que las canten.
Isa y Maite se quedaron de una
pieza.
-¡Huy! La letra y la m.úsica. Eso
son cosas muy difíciles. Lo mejor es
que lo dejemos.
Pandara se enfadó.
-¿Dejarlo? ¡Ni hablar! Podéis ha
cer las letras perfectamente. ¡Hala!
A por papel y lápiz. Vamos a la Casa
Colorada y allí, a la sombra, podréis
pensar mejor.
Así lo hicieron.
Y estuvieron un buen rato pensa
tivas, sin saber qué escribir. Luego
los. lápices empezaron a garrapatear.
De vez en cuando alguna de las niñas
paraba de escribir y preguntaba a los
hermanos.
-¿Sabéis alguna palabra que 'rime
con gato? -preguntaba Maite.
Todos los hermanos se ponían a
pensar, con los ojos cerrados.
-¡Zapato! -decía alguno.
-No me sirve -respondía Maite.
-¡Pato! -decía otro.
-Esa puede que sí.
Y seguía escribiendo.
-¿Sabéis alguna palabra que ter-
mine como ola? -preguntaba Isa.
-¡Pianola!
-No me sirve -decía Isa.
-¡Caracola!
-Me parece que ésa sí.
Y seguía escribiendo.
195
Así, preguntando palabras y chupando el lápiz cuan
do no sabían qué poner, acabaron por escribir la letra
de sus canciones.
-¡Ya está! -dijeron Isa y Maite.
-¿ Veis cómo podíais escribirlas? Bueno, ahora re-
citad lo que habéis escrito.
-Nos da vergüenza.
-¡Bah! No seáis tontas y recitad.
Maite se puso en pie y leyó su canción, cuya letra
decía:
-« Esta es la historia de un gato
196
Isa leyó:
_,ce Hoy, cuando estaba en la playa,
llegó a la arena una ola,
que me trajo de la mar
una hermosa caracola.
La pobre estaba vacía
y con ella voy a hacer
una bonita maceta,
donde plantaré un clavel. »
-¿Qué os ha parecido? -preguntó Isa al acabar.
-¡Bien, olé! -aplaudieron Pandara y los niños.
Y Pandara dijo a Isa y Maite:
-Hoy habéis ayudado las dos a la lectura con vues
tras canciones. Muchas gracias.
-De nada, Pandara -contestaron ellas-. Enton
ces, ¿hoy no leemos?
-¿Cómo que no? He dicho que habéis ayudado a la
lectura. Pero ahora cantaremos dos letrillas populares
que os van a gustar.
197
Jardinera
Jardinera, _tú que entraste
en el jardín del amor,
de las plantas que regaste
dime cuál es la mejor.
-La mejor es una rosa,
que se viste de color,
del color que se le antoja,
y verde tiene la flor.
Tres hojitas tiene verdes
y las demás encarnadas,
y a ti prefiero entre todas,
que eres la más colorada.
-Gracias te doy, jardinera,
porque me hayas elegido,
entre tantas como hay
a mí sola has preferido.
POPULAR
198
Al olivo
Al olivo, al olivo,
al olivo subí,
por coger una rama
del olivo caí.
Del olivo caí,
¿quién me levantará?
Una niña morena
que la mano me da.
Que la mano me da,
que la mano me dio,
una niña morena
que es la que quiero yo.
Que es la que quiero yo,
que es la que he de querer,
esa niña morena
que ha de ser mi mujer.
Que ha de ser mi mujer,
que ha de ser y será,
esa niña morena
que la mano me da.
199
EL FESTIVAL DE LA CANCIÓN
1 Lee y contesta:
¿Quién lo dijo, África o Isa?
-¡Mirad lo que pone el periódico!
-Y o no me presento.
-Iré a animaros ...
-¿Sabéis alguna palabra que termine como ola?
3 Lee y contesta:
¿Por qué no quería África presentarse al festival?
¿Les parecía fácil a las niñas escribir letras de canciones?
¿Te parece difícil a ti? ¿Por qué?
¿Qué te parece más difícil: inventar la letra o la música?
¿Te gustaría a ti participar en un festival?
JARDINERA
7 Copia en tu cuaderno todas las palabras de la poesía que acaben
en -or. Después escribe una oración con cada palabra.
8 Lee y contesta:
¿Qué flor prefería la jardinera? ¿Cómo era?
¿Por qué eligió esa flor?
¿Cómo agradeció la flor a la jardinera que la escogiera?
AL OLIVO
9 Piensa antes de contestar:
¿Te gusta esta poesía?
¿Te gustaría ser escritor de poesías?
¿A quién le harÍ{l S una poesía?
¿Cómo te gustan las poesías, largas o cortas?
Los premios
Pandora repasó las canciones de Isa y Maite, por si había
faltas de ortografía. Pero no había ninguna.
-Ahora habrá que ponerles música -dijo.
-¡Pero si no sabem_os!
-No os preocupéis. Vamos a ver si hay suerte y podemos
hacer que salga de la caja el Viento Violín. El puede poner mú
sica a vuestras canciones.
Pandora tuvo que abrir tres veces la caja, hasta que salió
por fin el Viento Violín.
-¿Cómo estáis? -preguntó a todos. Y se puso a soplar y
dar vueltas entre las hojas de los árboles. Y cada vez que mo
vía las hojas, y según cómo las moviese, sonaba una música
diferente.
-Oye, ven acá -le dijo Pandora.
El viento se acercó.
-¿Puedes poner música a estos versos?
-A ver, a ver.
El Viento Violín leyó las letras y dijo:
-Será fácil.
Y empezó otra vez a soplar entre las hojas, haciendo música.
-¿Qué os parece? -preguntaba.
Y los niños decían:
-¡Más despacio! ¡Más deprisa! ¡Más alto! ¡Más bajo!
Y en un periquete acabaron entre todos las dos canciones.
Luego las ensayaron y repitieron hasta aprenderlas para poder
recitarlas de memoria.
El.día del Festival, Millán, Africa, Jesusín y Pepe se sentaron
ante la televisión, muy nerviosos. Chiquituso ya estaba en la
cama.
-Ya veréis como ganan -dijo Pepe-. Y con lo que ganen
nos vamos a poder ir a la verbena, o a hacer un viaje en tren,
o a montar en una barca, o...
-Anda calla -dijo Millán-, no nos vaya a pasar lo que a la
lechera del cuento.
Cuando salieron a cantar las hermanas, empezaron a aplau
dir de lo lindo. Primero cantó Isa y luego Maite, entre muchos
cantantes más.
Mientras el Jurado deliberaba para los premios, los herma
nos no podían estarse quietos.
-¿Quién ganará?
Salió el locutor muy serio.
-¡Señoras y señores! -dijo-. ¡El primer premio es para
Maite y su canción del gato!
-¡Vivaaa! ¡Vivaaa!
-Y el segundo para Isa, por su canción de la caracola.
Los niños salieron corriendo hasta-la playa.
-¡Pandara, Pandara! ¡Hemos ganado, hemos ganado! -chi
llaban.
-Está bien, pero no chilléis tanto '-respondió Pandara-,
que no soy sorda. Venid acá.
-Sí. ¿Qué quieres?
-Habéis tenido suerte. Pensabais ganar y habéis ganado.
No os ha pasado lo que a doña Truana.
-¿Qué le pasó?
-Leed su historia, que es muy parecida a la de la lechera.
Doña Truana
Había una mujer que tenía por nombre doña Truana, la cual
era bastante más pobre que rica, y un día que iba al mercado,
y llevaba una olla de miel sobre la cabeza, yendo por el camino
comenzó a pensar que vendería aquella olla de_ m_iel y, con el
dinero que le dieran, compraría una partida de huevos, y de
aquellos huevos nacerían gallinas, y las vendería, y con el dine
ro compraría ovejas, y así iría comprando y vendiendo, y siem
pre obteniendo ganancias, hasta que se hiciera más rica que
ninguna de sus vecinas; y con aquella riqueza que ella pensaba
que conseguiría imaginó con qué esplendor casaría a sus hijos,
y cómo se pasearía por las calles con su yerno y .,con sus nue
ras ante la admiración de las gentes, que comentarían su buena
ventura de llegar a tan gran [Link]'za, habiendo sido tan pobre
como siempre fue, y pensando en esta gran andanza comenzó
a reír de placer, y riendo cayósele la olla de miel a tierra y rom
pióse, y al verla rota comenzó a lamentarse lo mismo que si
acabase de perder todo aquello que había imaginado que conse
guiría si la olla no se hubiera roto. Y por poner su pensamiento
en vanas fantasías, no se realizó nada de lo que ella había pen
sado.
204
Canción de los
caballitos blancos
Cinco caballos eran,
los cinco blancos,
y sus hocicos, cinco
varas de nardo.
Cinco caballos eran
los caballitos
y un enjambre de abejas
en sus hocicos.
-Arre, caballo, arre,
por todo el mundo,
con el anca de nieve
y el ojo oscuro.
-Upa, caballo, upa,
por los barrancos,
donde lloran las sombras
de los caballos.
Uno murió en el agua,
otro en el viento,
uno murió en la tierra,
y otro en el fuego.
Sólo quedó un caballo
muy mal herido,
enredadas sus crines
en los espinos.
Lo encontraron un hombre
y una mujer;
le peinaron 'la cola,
le dieron miel.
Y cuando ya sanaba
de su heridilla,
se perdió en una sombra
de golondrina.
ALVARO FIGUEREDO
El gorrión y la luna
Pero un día llegó la primavera. El gorrión se la encontró de
repente al ir a dar su vuelo matinal y, como les pasa siempre a
los gorriones, la primavera se le subió a la cabeza. Ya no se
acordó de volver a la casita. Aquella noche Patricia no se dor
mía, porque el gorrión no estaba allí para piar sobre su cama,
y los otros niños no querían acostarse sin saber si el gorrión
volvería o si la primavera se lo habría llevado para siempre.
El gorrión pasó un mes muy feliz. Cada día el sol era más
caliente y los árboles ofrecían ramas mejores. Los pájaros lle
gaban en bandadas, desde el Norte y desde el Sur, y todos se
saludaban con mucha cortesía. Las golondrinas, muy serias, con
su traje de etiqueta, eran las que se daban más importancia.
En la casita todos seguían echando de menos al gorrión, y
el papá decía:
-¡Qué descortés! Ni siquiera ha venido a dar las gracias...
Pero la verdad es que, cuando hubo saludado a todos sus
compañeros y tuvieron bien repartidas las ramas, el gorrión se
presentó volando en la casita a enterarse de cómo se encontra
ba la familia. Encontró a la señora Brunilda muy disgustada.
-Los niños no pueden dormir -le explicó-. Al principio te
echamos a ti la culpa, gorrión; pero ahora ya sabemos por qué
es: la Luna ha crrecido mucho y cada vez tiene más luz. Toda la
noche se refleja en la ventana del cuarto de los niños y no los
deja descansar.
-¡Caramba -dijo el gorrión-, qué Luna tan desconsidera
da! Es necesario ser un poco m_ás prudente y no entrar así en
las casas ajenas.
Cuando volvió a su rama, el gorrión les contó a los otros go
rriones lo que sucedía, y todos se pusieron a criticar a la Luna.
Una golondrina que pasaba por allí, volando, dijo:
-Hay que advertir a 1esos señores que c'ompren cortinas.
Pero los gorriones, que son bien educados, comprendieron
que eso sería una impertinencia.
El gorrión amigo de los ""niños no pudo dormir en toda la no
che pensando en que los niños no dormían, y al día siguiente,
de mañana, se presentó en la casita.
-Cuélgame al cuello un pedazo de bizcocho -le dijo a la
señora Brunilda-, porque voy a ir volando hasta la Luna, a de
ci�le lo que pasa.
1
206
Y se marchó muy decidido hasta la Luna. Fue tanto lo que
tuvo que volar que le dolían las alas, y el cuello se le hinchaba
de fatiga. Voló durante todo el día y, al llegar la noche, pudo
posarse en las estrellas que iba encontrando en el camino; Poco
a poco todo el cielo se cubría de estrellas, y, saltando de una en
otra, llegó a la Luna, se colocó en el borde más alto, para que
los niños lo vieran desde la ventana, y le explicó lo que pasaba.
-¿Qué quieres que haga? -le contestó la Luna-. Estoy tan
hermosa y tan brillante que mi luz llega hasta todas partes.
-¿ Y no puedes ir a colocarte en otro lugar en donde quedes
escondida entre los grandes montes desconocidos?
-¿Qué harían los caminantes en la noche? ¿Qué harían los
barcos? ¿ Y qué dirían los peces que se vuelven de plata gra
cias a mí?
El gorrión empezó a ponerse triste y a la Luna se le ocurrió
una idea:
208
-Yo ya he partido en dos a la Luna -dijo el gorrión-. Su
luz ya no podrá molestarlos. Dormirán muy a gusto._,.,
El papá de los niños, que era un señor muy serio y que ha-
cía más caso de los libros que de lo que decía el gorrión, llegó
de su oficina y le explicó a la señora Brunilda:
-La Luna ha entrado en cuarto menguante. Aunque no ter
mines las cortinas los niños podrán dormir.
Y los niños, que entraban del colegio, comenzaron a dar gri
tos de alegría.
-Vamos a dormir felices -dijeron-. El gorrión ha vuelto
a casa.
CONCHA CASTROVIEJO
Nana
del burro
,
gorron
209
1 Piensa y elige la respuesta correcta en cada caso:
2 Lee y contesta:
¿Habrían hecho los niños la música sin el Viento Violín?
¿Podía el Viento Violín con la caja de Pandora cerrada?
¿Podía el Viento Violín hacer la música sin árboles? ¿Por qué?
¿Te gustaría a ti saber tocar el violín? ¿Qué harías si supieras?
DOÑATRUANA
3 Lee y contesta:
¿Quién era doña Truana?
¿Qué llevaba a vender al mercado?
¿Qué pensaba hacer con el dinero que le dieran?
¿Qué pensaba hacer con los huevos? ¿Y con las gallinas?
7 Busca en la canción:
- Tres palabras que empiecen por h.
- Tres palabras que empiecen por vocal.
Escribe tres oraciones con algunas de esas palabras.
EL GORRIÓN Y LA LUNA
8 Lee y piensa antes de contestar. Recuerda que las cosas fantásticas
no pueden suceder en la realidad.
¿Te parece fantástica esta historia? ¿Por qué?
¿Es fantástico que un gorrión se escape de su jaula?
¿Es fantástico que la luz de la Luna entre en el cuarto de los niños?
¿Qué sucede en esta historia que sea fantástico?
El arpa de Pandara
-Dime, Pandora.
-¿Qué ocurre, Pepe?
-¿Qué pasará cuando te vayas?
Pandora miró las nubes -que eran grises, por cierto-, dejó
su caja en la arena y respondió:
-No pasará nada, Pepe.
Pero Pepe no estaba de acuerdo.
-Sí que pasará. Pasará que nos vamos a aburrir mucho cuan
do te marches.
-¡No! -dijo Pandora-. Estoy segura de que no. Los niños
tienen la memoria tan pequeña como una cabeza de alfiler.
-¡Eso no es verdad, Pandora! -le respondió Pepe-. Algu
nos niños a lo peor son olvidadizos. Pero nosotros no. De ver
dad que no.
La respuesta de Pepe había sido rápida. Y la sonrisa de Pan-
dora también lo fue.
-Eso que has dicho me ha gustado, Pepe -dijo Pandara.
Y añadió:
-Me ha gustado porque demuestra que tenéis intención de
no olvidarme cuando me vaya.
-¡Claro que no te vamos a olvidar!
-Sí que me olvidaréis. Pero no te preocupes. Es una cosa
normal.
Pepe y Pandora se quedaron callados un buen rato. Estaban
a la sombra del alcornoque grande, que de vez en cuando deja
ba caer sus hojas viejas. Sus hojas viejas y sus bellotas ya ma
duras. Una de ellas, al caer, golpeó a Pepe en la cabeza.
Pandora se levantó, con su caja en las manos.
-¿Te gustaría hacer un viaje conmigo, sin movernos de
aquí?
-¿Ahora mismo?
Pandora dijo que sí. Pepe aplaudió.
-¡Pues deprisa, vamos! -dijo.
-Espera -le respondió Pandora.
Y luego:
-¿ Ves aquella rama del eucalipto? ¿Aquella verde y fina
y flexible?
212
-Sí.
-Tráela.
Pepe gateó por el tronco del eucalipto, alcanzó la rama y la
rompió. Lanzó la rama al suelo. Pandara, mientras Pepe bajaba,
le fue quitando las hojas. Dejó la rama pelada y reluciente, apoyó
la rama en su rodilla y la curvó. Ató los extremos con una cuer
da y la dejó tensada.
-¿Qué haces? -le preguntó Pepe, frotándose las manos.
-Quiero hacer un arpa. ¿Está por ahí la guitarra de Isa?
-Sí.
-Tráemela -dijo Pandera.
Pepe se echó una carrera hasta el cuarto de Isa y volvió vo
lando con la guitarra. Pandara aflojó las clavijas y quitó las cuer
das. Y luego, con habilidad, fue montando las cuerdas en la rama
curvada. Cuando acabó, se volvió a Pepe y le dijo:
- -¡Ya tenemos el arpa!
-¿Y ahora qué vas a hacer?·
213
-Voy a sacar vientos de mi caja. Voy a hacer que pasen por
las cuerdas. Las cuerdas van a cantar y ya verás tú si te gustan
o no las músicas que salgan.
Pandora abrió la caja, cerró la caja, abrió otra vez la caja y
la volvió a cerrar. Y a cada viento que salía, el arpa de la rama
del eucalipto cantaba una música. Una música diferente para
cada viento. Porque los vientos son distintos y las músicas tam
bién lo son. Las rnúsÍcas pueden ser tan numerosas cómo los
granos de arena de una playa. Las hay tristes y alegres; cortas
y largas; antiguas y modernas. ¡Pero todas son bonitas!
-¿Te gustó? -dijo Pandora.
--Mucho -respondió Pepe.
Y miró a Pandora, como diciendo:
-¿Hoy no leemos tus libros?
Y Pandora, que lo notó, dijo:
-Hoy no hay libros, Pepe. Oír música es como leer.
Pepe le preguntó a Pandora:
-¿Y qué hay del viaje que íbamos a hacer tú y yo juntos
sin movernos del sitio?
Pandara le dio un golpe cariñoso en la coronilla.
-Acabamos de hacerlo, Pepe. Lo hemos hecho con las mú
sicas y los vientos. ¿Te parece poco viaje?
Pero Pepe respondió:
-Mira, Pandora. Creo que eres algo tramposa.
214
El mono Quico
Los señores monos de su calle querían mucho al
mono Quico, y cuando hacía alguna gracia le solían dar
cinco o diez céntimos para que él comprase cositas.
Su padre le dijo que debía aprender a ahorrar, a
guardar el dinero, para llegar a tener un mantoncito.
-El ahorro es una cosa muy buena, hijo mío. Guar
da en este bote todo lo que te den.
-. ¡Ay, qué lata! -murmuró el mono en voz baja,
y desobedeció.
Se lavó en el arroyo, se peinó la cabeza y las patas
con un erizo, se puso su traje de marinerito y se fue
a dar una vuelta por el bosque.
El mono Quico iba diciendo lo que se dice en el
cuento de la hormiguita:
«¿Qué me compraré, qué me compraré? ¡Galletas!
No, que sólo me dan 'una por diez céntimos. ¡Nueces!
No, que a lo mejor están malas y por fuera no sé adivi
narlo. ¡Gusanos de seda! No, que se me escaparán...
¿Qué me compraré, qué me compraré? ¡Colonia! No,
que los monos del barrio son muy brutos y se reirán
al oler lo bien que ·huelo ... Me compraré, me compra
ré ... ¡Estampitas! No, que tengo muchas. ¡Ah, ya sé!
Una caja de betún... No, no, porque yo los zapatos sólo
me los pongo los domingos y casi todos llueve, sería
tirar el dinero... ¡Me compraré un helado! No, que me
dolerá la tripa ... ¡Un caramelo! No, que me dolerán las
muelas. ¡Cohetes! ¡Me voy a comprar cohetes! No, que
me quemaré los dedos. ¡Ah! Ya sé lo que m.e voy a
comprar. ¡Castañas! Castañas asadas, que dan mu
chas ... »
... En el camino se encontró debajo de una palme
ra con un niño descalzo. Era, poco más o menos, como
él de alto, pero más rubio. El niño escondía su cuerpo
delgado y blanco en un traje muy viejo y con sus pies
desnudos chapoteaba sobre un charco.
.215
-¿Cómo vas descalzo? -le preguntó el mono.
-· Tú tampoco llevas zapatos.
-Sí, pero yo soy mono y tú no. Mis pies están hechos para
poder ir descalzo y los tuyos no. Tú eres un niño y no sabes
correr por las piedras, ni por los espinos, ni por el tronco de los
árboles, y si lo intentas te harás pupa y te llenarás de heridas.
Debías llevar zapatos.
-Mira, mono; ya te he dicho que soy pobre. Mi padre sólo
es leñador; hemos venido desde muy lejos a cortar árboles;
cuando me canso, mi padre me lleva a hombros, pero tengo mu
cho miedo de los elefantes.
-¡Hu, de los elefantes! Si no hacen nada; son muy buenos
y pacíficos, nunca tienen gana de [Link] me dijeras de los co
codrilos, ésos ya son otra cosa... Pero yo no quiero que vayas
descalzo; te voy a dar este dinero que tengo para que te com
pres unas zapatillas.
-Gracias, mono. Me acordaré siempre de ti.
216
Y el. niño cogió de la peluda mano del mono la moneda de
diez céntimos; le dio un beso al mono y salió corriendo entr�
los árboles muy contento; pero de la emoción se le iban saltan
do las lágrimas.
GLORIA FUERTES
Caballitos
de madera
Pegasos, lindos pegasos,
caballitos de madera.
217
Despedida en la playa
Todos los niños -todos- de la Casa Colorada estaban reu
nidos en la playa. Estaba también Chiquituso. Estaban los siete.
El cielo estaba nublado y gris. Y la mar estaba gris. El cielo
y la mar se hacen siempre compañía. Es raro verlos de distinta
opinión.
-¿ Vendrá Pandora a despedirse?
Maite estaba mirando a todos lados por ver si llegaba Pan
dora. Y Pandora no llegaba. Se puso el sol y no llegaba Pandora.
Y en el justo momento en que salía por el horizonte la estrella
brillante de la tarde llegó, soplando poquitillo, la Brisa de la No
che. La Brisa de la Noche venía de tierra.
-Pandora va a llegar en seguida -dijo.
Y desapareció, y el aire en la playa quedó otra vez en calma.
Los niños esperaron, m_ientras en el cielo salían más estrellas.
-Buenas noches -dijo Pandara, apareciendo detrás de una
duna.
-¡Hola, Pandora! ¡Buenas noches! ¿Cóm_o estás, Pandora?
-Bien, bien, gracias. He venido a despedirme.
Los niños de la Casa Colorada se pusieron tristes, aunque ya
sabían que Pandara tenía que marcharse.
-Y antes de irme os traigo todos los libros que tengo.
Pandor 9 colocó en la arena un buen montón de libros, atados
con un cordel. Los niños se colocaron alrededor.
-¿Se pueden ver? -preguntó Millán.
-Pues claro. Corta la cuerda, Jesusín.
Jesusín miró a Pepe.
-Déjame tu navaja -le dijo.
Maite, que quería ver los libros cuanto antes mejor, se ade
lantó y deshizo los nudos.
-¡No hace falta navaja! Se pueden deshacer los nudos con
las manos.
-¡Dame ése! ¿De quién es?
Isa cogió el libro de arriba.
-Emilio Salgari -leyó.
-¡Huy, piratas!
-¿Y ese otro?
-Zane Grey, aventuras de vaqueros.
Allí fue la rebatiña. Había muchos, muchos libros. Pandera
se había sentado en la piedra donde la vieron la primera vez.
218
Estaba triste, pero sonreía. Sonreía viendo el interés que ponían
los niños en los libros.
-¿Cuál es ése? -decía Maite.
-«Oliver Twist», de Carlos Dickens.
-¿Y ese chiquito?
-«Kazán, perro lobo».
-¿Y ése?
-«Marcelino Pan y Vino».
¡Y qué cantidad de libros había! Tantos, que no sabían cuál
coger. Tuvo que ser Pandara la que pusiera orden.
219
-Llevadlos con cuidado a casa.
Y tratadlos bien.
-¡Claro! No te preocupes -le
dijo Isa.
Volvieron a hacer el paquete.
Y se quedaron mirando a Pandara,
sin saber qué decir.
-Adiós -dijo Pandara.
-Adiós -dijeron los niños.
Pero ninguno se movía. Así son
las despedidas de los que no se
quieren separar.
Mientras tanto, la mar batía cer
ca de ellos, como si no le fuera nada
en el asunto, pero triste también.
Pandara dio un paso atrás. Los ni-
ños hicieron lo mismo.
-Adiós -dijeron todos.
Y no se iban.
-Adiós.
Y cada adiós fue un paso atrás.
Era ya de noche, y no había luna.
Y así llegó un momento en que Pan
dora y los niños dejaron de verse.
Los niños -Chiquituso iba en
brazos de Isa- dieron media vuelta.
Hicieron el camino cabizbajos. Y al
guno de ellos lloraba.
Pero yo sé que aquella noche
quien-más lloró fue Pandara.
1 Piensa y elige las respuestas adecuadas:
• ¿Quería Pandora que los niños la olvidaran?
- No, no quería que la olvidaran.
- No, pero pensaba que la olvidarían.
- Sí, aunque sabía que no la olvidarían.
• ¿Creía Pandora que la olvidarían los niños?
- Estaba segura de que no la olvidarían.
- Lo dudaba.
- Estaba segura de que la olvidarían.
2 Lee y contesta:
¿Querían los niños a Pandora?
¿Quería Pandora a los niños?
¿Por qué invitó Pandara a Pepe a un viaje?
¿Por qué se rompió la rama del eucalipto?
¿En qué se parecen un arpa y una guitarra?
¿En qué se diferencian un arpa y una guitarra?
EL MONO QUICO
4 Lee y contesta:
¿Qué le daban los vecinos a Quico?
¿Cuándo se lo daban?
¿Qué le decía siempre su padre?
¿Cómo se aseó Quico antes de irse de paseo?
¿Qué quería comprar Quico?
¿Con quién se encontró Quico? ¿Cómo era esa persona?
¿Por qué no se compró nada?
222
5 Piensa y elige las respuestas adecuadas:
• ¿Por qué no ahorraba Quico? • Este cuento es fantástico. ¿Por
qué?
Porque no tenía hucha. Porque hablan los monos.
Porque le gustaba gastarse Porque se habla de cohetes
todo. Porque el niño no tenía
Porque nunca le daban zapatos.
dinero.
6 Copia, en tu cuaderno, todas las palabras del cuento que tengan j.
Después escribe una oración con cada palabra.
CABALLITOS DE MADERA
7 Piensa y elige las respuestas correctas:
• ¿Qué palabra .rima con moneda? • ¿Qué palabra rima con
candelas?
- amada - estrellas
- madera - sales
- casada - pegasos
.DESPEDIDA EN LA PLAYA
8 Lee esta lectura, que es el final de la historia de Pandora.
¿Te ha gustado la historia de Pandora?
¿Cuál es tu personaje favorito? ¿Por qué?
¿Es Pandora un personaje real o fantástico?
¿Son los niños personajes fantásticos?
¿Cómo te habría gustado que terminara la historia de Pandora?
Escríbelo en tu cuaderno.
1
9 788429 419627