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Pobrecito Poeta Que Era Yo Roque Dalton

Este documento presenta un diálogo entre dos hombres en un bar. Uno de ellos, descrito como un hombre joven de cabello negro y anteojos, expresa sus frustraciones con la forma en que la sociedad salvadoreña promueve la sumisión y la paciencia entre la gente. Critica no sólo a los sacerdotes y políticos, sino también a aquellos que les dicen a la gente que el mundo termina en los límites del país y que fuera de eso todos son animales sin compasión. Su compañero parece estar de acuerdo y sugi

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Pobrecito Poeta Que Era Yo Roque Dalton

Este documento presenta un diálogo entre dos hombres en un bar. Uno de ellos, descrito como un hombre joven de cabello negro y anteojos, expresa sus frustraciones con la forma en que la sociedad salvadoreña promueve la sumisión y la paciencia entre la gente. Critica no sólo a los sacerdotes y políticos, sino también a aquellos que les dicen a la gente que el mundo termina en los límites del país y que fuera de eso todos son animales sin compasión. Su compañero parece estar de acuerdo y sugi

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Roque Dalton

POBRECITO
POETA
QUE ERA YO
Índice
Presentación . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 5
Nota editorial . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7

Prólogo y teoría general


Los blasfemos en el bar del mediodía . . . . . . . . . . . . . . 11

I. Álvaro y Arturo
Un día común . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 23

II. Roberto
Conferencia de prensa . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 71

III. Todos
El party . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 111

IV. Mario
La destrucción. Diario . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 167

Intermezzo apendicular
Documentos, opiniones, complementarios (en OFF) . . . . . 259

V. José
La luz del túnel . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 291
A Armando López-Muñoz
y Otto René Castillo:
In memoriam

A Arqueles Morales:
en testimonio de amistad
Prólogo y teoría general
Los blasfemos en el bar del mediodía

Es una obligación de todo patriota odiar a


su país de una manera creadora.
Pursewarden, en Balthazar
El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell.

Hombre joven, ligera (es un decir) mente sofocado por el calor de la calle
(este país es un viejo incendio, etc.). Ha entrado en este bar de nombre tan
europeo (Chalo Olano lo decoró con maderas arrojadas por el mar, palmas
disecadas, plywood en retazos y bellos trastos inservibles traídos de Nueva
York y de aquel México de 1955-1957, irrepetible, México de consumo personal
donde todo el mundo parecía salvadoreño y podía uno alquilar por un mes
un apartamento de lujo en las calles de Génova y aspirar realísticamente a
viviseccionar los encantos de incipientes estrellas de cine y la Zona Rosa no
se llamaba así y se gozaba más y más barato) precisamente a causa de ese
calor anonadante y no ha podido perder aún cierta aureola denunciadora
de su prisa santa por llegar de una buena vez a determinado destino final
(¿de su jornada, de su vida?) apasionadamente suyo, inentregable. En cierto
sentido, pues (hablo de prisa porque se me desorganiza pronto el raciocinio
de estos días que me falta la cloropromacina), se trata de un hombre
claramente en tránsito, antirraigal, interesado en el paréntesis no más
por matar la sed (pero, además, para eso está el agua, ¿no?) poco, o nada, o
en todo caso muy superficialmente comprometido con la suma de diurnos
borrachos, espléndidas palabrotas como emitidas por un corno de caza,
viñetas bucólicas de calendarios para turistas con operatividad máxima de
cincuenta kilómetros a la redonda, mesas, lustradores, seudoclientes que
solamente entraron a mear, ruidos y estruendos, retratos de un candidato a
algo con aspecto de angelote zulú, meseros que van y vienen, gordas viejas
provincianas que creen que el lugar es el summun del lujo barato y de la
decencia como para intentar almorzar con la marimba de monos, una vez

Pobrecito poeta que era yo 11


en la vida, como decía el general Martínez, vendedores de billetes de lotería,
de postales pornográficas, plumas fuente, bolígrafos, llaveros y condones,
que lo rodea. Cabello negro, abundante, de ese que suelen llamar quebrado
en la clasificación nacional de cabellos, tan ingenua y tan alejada de las
connotaciones del racismo mundial. Un metro sesenta y cuatro de estatura
(descalzo). Señales particulares: un no sé qué de inquietante en los ojos (ver,
aunque el punto de referencia peque de común, alguna foto juvenil de don
Paquito Kafka), visible a pesar de los espejuelos sostenidos ostentosamente
(como si fuera tan importante ser choco) por gruesos aros negros de fabricación
italiana y que, de seguro, podría apostar sobre ello si es menester, se le agrava
al escuchar el Preludio número veinticuatro de Chopin o el tema central del
inmortal Mambo número ocho, en medio de la noche estrellada y con camisa
de seda con monograma de pelo en la bolsa del peine, agarrando entonces
talle de ensoñación o de entuturutamiento, tal es la fuerza del secreto que
solo yo conozco, evidencia caudalosa que no tiene nada sin embargo de bien
público. Ha debido traer otra silla para evitar poner los libros sobre la mesa,
pegajosa de viejos tragos derramados (le acompañan unas viejas Obras
escogidas de Villiers de L´lsle Adam; El final de juego, de Julio Cortázar; La
conjura de Xinum, de Ermilo Abreu Gómez; y el manuscrito —tomo xxvi de la
vigésima sección— de las Memorias políticas y confidencias matrimoniales,
de José Luis Salcedo, abogado salvadoreño de mediana edad en cada colmillo).
Como quien tiene prisa por contemplar una argumentación poderosa, que se
había cortado con grave riesgo de su eficacia, ese hombre habla:
—Déjame optar por el persea gratísima, bajo el juramento de que no es una
cuestión de principios. En todo caso, la cerveza tiene una gama limitada de
imperativos categóricos previos, es decir, de bocas o bocadillos, realmente
necesarios. Pide tú coyolillos de tortuga aquileática, gran manducador
tropical, gran lengua-catarata hacia el estómago. En cuanto a lo otro, a lo
que veníamos sosteniendo, te diré como Fray Luis de León (insistiendo) que
nos ha llenado la cabeza (toc-toc) con eso que constituye verdaderamente
lo peor para una pobre víctima famélica y desnudita, o sea, ni más ni menos,
el venerable orgullo por su miserable condición.
Y no sólo los sumos sacerdotes, los pastores temblorosos, oscilantes
entre la isoteria y la mentalidad de la gripe, que anuncian, por ejemplo, el
Purgatorio (a propósito, chulito, ¿cuantas enfermedades que te rebajen los
años de la purificación has tenido? Sos grande, mano, tu seguro servidor
nomás cinco), como un menos mal muy parecido a las vacaciones pagadas
en Hawaii que se tomaría una vez en la vida alguno de esos señores gerentes
hipocondríacos, sobrevivientes por método y convicciones políticas,
sobrevivientes rematados, doctorados en sobrevivir.
No sólo los tuertos reinantes en este país de videntes hipócritas y
aterrorizados, que hacen o remiendan —qué collages morales, mijo, qué

12 Prólogo y teoría general


huevos de piedra— rutilantes cuerpos de leyes, Constituciones, Cartas
Magnas de avanzada eticidad estadística; no sólo los creadores de opinión
ignorantizantes, patronos del despotricamiento, tapires loadores, a ratos y
sucesivamente, de las feéricas elecciones libres, de la nobilísima capucha
(siempre y cuando se aplique sin cal viva o sin Gamesán), de los revolucionarios
decentemente indómitos como don Chus Nazareno, el de Galilea, y
don Alberto Masferrer, el (coje-viudas) de Alegría, convenientemente
podados, eso sí, de sus ramas más espinosas, loadores también de la lucha
antialcohólica (no puedo evitar recordarlo: el que no bebe —decía Genaro
Carnero— una de dos: o tiene úlcera o es un mierda), del proselitismo de
la Cruz Roja y los Bomberos Voluntarios (según la línea teórica del Servicio
Meteorológico Nacional), sobre todo en esta época del año en que la
menopausia generacional arrasa, hasta el desmantelamiento, el fervor de los
mejores Comités Femeninos del Club de Leones, traumatizando ad eternum
su meticulosa política de cuadros; es decir: de todos los que en una forma
u otra (alucinación o ramplonería), nos dicen y nos convencen de que el
primer cultivo del hombre —acorde con la naturaleza humana— debe ser
la santa paciencia (en un volumen de producción que alcance para toda la
vida), ya que en el otro mundo (que bien puede ser el mentado cielo con todo
y sus angelitos chulones o el Nirvana del honor patrio adobado con toda la
salsa de la unión y la libertad y la justicia social) nos vamos a sacar el triple
premio gordo de las estridentes familias católicas (joder a la gente, tener
razón, e irse al cielo) todos los días y antes de cada comida.
No sólo esos, poeta.
También los otros, oh nietecito postrero de un Quetzalcóatl cuasi-apócrifo,
los tontos químicamente puros, los bienintencionados impertérritos que
le ponen servilletitas al alma y que, a través de los años, nos han hecho
creer poco a poco, con paciencia y salivita, como en el deleitoso affaire del
elefante y la hormiguita, que el mundo termina en una línea culebreante
(territorio de vigilia y coyotes ⁄ donde el gran río debe ser lágrima de
la despedida, etc.) llena de nombres ya casi nostálgicos tales como La
Hachadura, Las Chinamas, San Cristóbal, El Poy, El Amatillo, y tantos otros,
a partir de la cual, por etéreo decreto de aquel loco que se ponía furioso
cuando lo engañaban gritándole: «¡Te pica la culebra!», todo ser viviente es
un animal pidiendo compasión y todo paisaje un matorral fúnebre por lo
menos escupible, ¿no crees?
Por supuesto que esta consideración, queridito Ticuitzín, tiene otro filo.
Porque en cuanto un habitante de otro planeta vecinal (mejor si mascador
de palabras complicadamente fáciles, pelirrubio y audaz) atraviesa esa
línea de tanto significado, adquiere una imponderada patente de corso
que no le disputará nadie, que a lo mejor no iba a pedir, y que nos hace
postrarnos de inmediato ante su peso retumbante, amo, como es, de todas
las hazañas posibles.

Pobrecito poeta que era yo 13


(¿Acaso no se trata de los santos complejos contradictorios del conquistado
sin mayores batallas o, al menos, del conquistado a quien se le han ocultado
las noticias de las mejores batallas?)
Nos han hecho una historia de mayúsculas atragantadoras, como le
organizan el chupón de hojas de salvia al cipote llorón que apenas mama
(leche materna hecha de engaño con apariencias de ternura, torva y todo
pero ternura en fin, aunque deje las peores huellas del bochorno), nos han
dejado teniendo la peña, el gran tanate pétreo de símbolos inventados por
el primer salteador que los necesitó para erigirse en dios del vecindario
(cuervo bachillerado de rey, vigía ocupado engordando su razón para una
encrucijada sorpresiva), nos han encaramado un chumazo de promesas
para el otro año —siempre para el otro año—
y todo eso,
junto,
nos ha sido metido a puro huevo muy cerquita del corazón, hasta ahí
mismo donde nacen las preguntas y los espejismos y las ganas de llorar y
los arrepentimientos y (¿por qué no decirlo?) el amor.
Y,
(¡lo que son las babosadas!)
desde ahí,
nosotros,
los que presumimos de no ser engañados jamás, los pura mengambreya, los
tres piedras y un rubí, los pura mar y sus conchas (¡ah, el orgullo gótico de
los trópicos suculentos!), hemos aprendido ya a mostrarlo a cada rato, con
el ademán de la viejita chucha y miedosa de por ahí por Panchimalco que se
saca de entre las chiches secas el buchito de pollo mugriento y lastimoso, y
da —como haciendo un gran favor— el vuelto de la limosna.
Lo primero que aprendemos de niños, oh maculado por los cuernos
originales de Yeysún (a la par del «trabaja, joven, sin cesar trabaja», el «a un
panal de rica miel» o el «por una simple avellana dos rapazuelos pobretes»),
es aquello de «Costa Rica, gente pisirica; Nicaragua, gente nagua; Honduras,
gente impura; Guatemala, gente mala; El Salvador, gente de valor».
Y entre oraciones broncíneas, labarosas, pendónicas, al Varón de
Centroamérica, con fondo musical de esa inmortal idiotez llamada El
carbonero («me cruzo por los valyados, ¡Santo Fuerte!), y entre aferramientos
—conmovedores como un archipiélago recién bombardeado, no lo niego—
a la creencia de que todo lo bueno viene en frascos chiquitos (el Pulgarcito
de América, ay no tú, carajo, no hay derecho de que esa vieja cerota
nos haya ninguneado así por el camino del muchacho a quien consolamos
diciendo: «¡No, mijito, qué va, qué vas a ser cabezón!») vamos ostentando
(llamando a piedad, cherito, a piedad que ha tenido que aguantarse la risa)
esta terrible naturaleza de enanos con demasiada sangre, la verdad no todas
las veces tiene la gentileza de agarrarnos confesados, más bien nos pesca

14 Prólogo y teoría general


en pecado mortal cotidianamente, por los hechos son de una obstinación
que ya ni la friegan en cuanto a no dejar lo que ya tienen establecido.
Porque, por ejemplo, el tal Atlacatl no existió jamás. No hubo tal padre de
la nacionalidad que no fuera el áspero coloso patinado, jijo de Valentín
Estrada, que les oteaba bucólicamente el culo a las pobres putas de la
avenida Independencia con visera de ahuyentador de conquistadores o de
la puritita Manuela Palma (dicho sea de paso para insistir en un tipo de
expresiones valiosas solamente cuando son el único patrimonio).
Porque en las gloriosas guerras en que nos metimos o en las que nos
metieron las aún más gloriosas clases dirigentes —dueñas de la bandera,
entre otras cositas—, la mayoría de las veces (casi todas, cherito) nos
acomodaron las más sacrosantas talegueadas («...pero Domínguez derrotó
a los salvadoreños en la Hacienda del Socorro, circunstancia que desanimó
a los que defendían la capital del Estado… Menéndez pasó el Lempa en
un lugar llamado Petacones, a un cuarto de legua de las posiciones de
Benítez y, el 19 de marzo, antes del amanecer, atacó a los salvadoreños
en la llanura del Jicaral y les causó una derrota… El General Quijano, que
había invadido El Salvador por el lado de Chalatenango, derrotó a las tropas
salvadoreñas al mando del General Cordero, por lo cual el General Angulo
se retiró a marchas forzadas sobre el mismo Chalatenango… El 10 de junio
los salvadoreños fueron derrotados en Sesentí en donde los heridos de
Comayagua y Santa Rosa que volvían a El Salvador, fueron inhumanamente
fusilados… el 30 de marzo el enemigo embistió las improvisadas trincheras
del Coco y después de algunas horas de fuego forzó la posición y obligó a
las tropas salvadoreñas a retroceder en desórdenes a Chalchuapa… El 6 de
enero, River Plate de Buenos Aires le zampó un ocho a cero misericordioso
a la Selección Nacional Salvadoreña).
Porque nunca, nunca, se dio ese fantástico concurso mundial de himnos
nacionales en cuyo seno —je ajegura, je dije, rumoran fuentej por lo general
bien informadaj—, el «Saludemos la patria orgullosos» ganó un tercer
lugar tipo están-verdes-las-uvas, detrás (honrosísima y ú-ni-ca-men-te)
del «Allons, enfants de la patrie» y el «Mexicanos al grito de guerra y no sé
cuántas cosas del cañón».
Porque desde Choluteca hasta Puntarenas y desde Chiquimula hasta
Anchorage (ay, dundos, América no es la mágica serosidad, la perfumería
venenosa que dicen esos bichos Riosecos, los Paseyros o Arciniegas que
tanto abundan y que andan dejando cagaditas de mosca en los libros) no
hay quien deje de tomarnos el pelo (aún en caso de presentar ese aspecto
envejecido de vergüenza, a causa de la perenne y desesperada deserción)
por guanacos, ni quien deje de carcajearse hasta morir de una reventadura
de vena por nuestra forma apangada de decir cosas como «achís la
babosada, ve qué cipota más arrecha para darle junto al nance, sos vos, sos
vos», ni quien deje de tomarnos la medida de tontos, a pesar de la rentable

Pobrecito poeta que era yo 15


aureola de borrachos, ladrones, don juanes y gallos para el cuchillo o los
dados del chivo, que hemos echado a rodar en cuanto hemos podido, hasta
un nivel capaz de causar conflictos de conciencia a los más osados agentes
de turismo en el extranjero.
Porque no venimos de un huevo o de una semilla: venimos de una pústula…
Hombre joven (el otro, claro). Ha entrado en el bar (el mismo bar en
que comenzamos este lío, es decir, el que Chalo, etc.) acompañado de su
acompañante y por motivos (atención, esta palabra que viene me gusta
particularmente, la escuché por primera vez en labios de un abogado de
apellido no recuerdo bien si Ramírez o Menjívar o Magnitogrostóf o algo así,
no podría jurarlo, tengo sobre ello la misma seguridad que sobre las crisis
cíclicas de la cultura, lo que sí es seguro es que se especializaba en defender
judicialmente a todos los contrabandistas de brillantina Glostora adulterada,
betún para zapatos y fósforos suecos de que tenía noticias y que pronunciaba
dicha palabra que viene con alborozada fruición, así: con-co-mi-tan-tes)
concomitantes (el calor de la calle, etc.). No tiene señales particulares, de esas
que los gobiernos quieren hacer constar en los documentos de identidad;
carencia que es, de suyo, una particularísima señal particular en el enjambre
inane, inseparable de una especie de predestinación frustrada en orden a no
desentonar jamás (se trata sin duda de un lindo niño que cantó: «Enséñame
el camino de tu casa, enséñamelo por favor…»). Un metro cincuenta y ocho de
estatura, incluidos los zapatos de tersa lona roja y gordísima suela de goma
gutaperchosa, gloriosos supervivientes de un lote experimental que llegara
de Curazao sin impuesto. Pelo negro —es, también, una manera de decir—
(o de un judío joven, atacado por los barros y las espinillas conservadoras
que silbó: «Al otro lado del rio, tuli-tuli-tuli-pán») abundante, pero en
forma distinta. Es decir, que en el caso del otro hombre (el acompañante
o el acompañado, según), es decir, el que habló utualito (o de un doctor-in
fieri que recitó: «Gallo-sabio gritaban gallo-sabio ⁄ le has quebrado la piel
al azafrán») y dijo todo eso de que el tal Atlacatl y que la viejita (somato) de
Panchimalco y todo lo demás —¿me explico? La tal abundancia parece, no
sé, impuesta. Impuesta por una circunstancia más bien exterior, ¿caen?
(Tururu-tururu-tururu-tururu, es Glenn Miller saids). Ese es el que va a
hablar ahora, agora yes tarde, chibola jengibre, es decir, no. Lo que pasa es
que, bueno, la verdad es que para qué vandar uno chachalaqueando sobre lo
que no sabe y apenitas adivina. En fin, ai que veyan ellos: nadie le arrulla a
uno su decantación periódica de la azotea, lo más que hacen es burlarse. Lo
que esterina quería decir (además de «eybaburriba el Liceo Arriba», quijue)
es que aunque el cliente va a hablar más que un perico viejo, se nota que
está dispuesto a todo, a to-do, con tal de conservar un papel fundamental
de oidor al estilo ancestral. Ya lo van a ver (o de un indezuelo que coreó
gimientemente: «Tronco infeliz…»). Y apártense (o de un octogenario que
masculló: «Golpe avisa…»), que ai les va:

16 Prólogo y teoría general


—Observá con ojos limpios esta señal divina: los implacables ojitos de
cangrejo.
Pasa que es mío, del cuñado de mi cuñado, ese punto final de delirio o
metafísica que nos espera al cabo del mundo; absurdo puro de palomitas
en triángulo y ojos del Padre Eterno, como en la Sopa de Ojos de Buey,
absurdo puro como un general inteligente o un abogado criminalista sin
complicaciones homosexuales, de esas con góndolas imaginarias y todo
lo demás.
Mi sabio y dilecto amigo y preceptor español (fíjate que me cobijo con
las citas), a quien los veinticinco años de paz española no han dado otra
cosa que almorranas cuadriculadas españolas, digo, el doctor Eduardo
Alonso, a quien conceptúo como eminente maestro naturalista y que
hace sólo unos meses pasó por esta tierra, me decía: solamente por el
sacrificio o la renunciación se alcanza la divinidad o sea la inmortalidad,
Chente, involucionando de la materia a la autoconciencia (conciencia de la
reflexión conciente o consciencia de la conscientia de los actos, es decir,
de los actos conscientes, porque si, para el caso, te deslizás en una cáscara
de papaturro y te cais, deteriorándote el filo del nalgatorio, no vale). Pues,
como te iba diciendo, Chente, el desarrollo de las facultades superiores está
en razón inversa al cultivo de la sensualidad y no sólo del Guílo-mec-guílo
que decía A.A., sino de todos los sentidos, o sea, como quien dice, inclusive
que te apercoyen por los poros, ya que al usar todo esto como deleite y
no como defensa, se cierran las posibilidades de llegar a poseer espíritu
de resignación, mística elevación y transformación de la desesperación en
una dulce tristeza, llena de beatitud y efluvios de mundos superiores y
cegadoramente exultantes (¿qué te parecería, querido, pensando en todo
esto, una leve pedrada en el mero hocico, en ayunas, o una tarranganada
de salporazos? En cada tiro un conejo, hasta la raza se acaba).
Caridad, gozo
espiritual, paz, benignidad, modestia, paciencia, humildad, bondad,
mansedumbre, fe,
castidad, gracia divina,
poder de aconsejar, taumaturgia doméstica, prurito anal, conocimiento
superior, iluminación,
procesión —¡oh!— del Silencio o simple traslado a nuevas iglesias, aún no
incendiadas o ejecutadas por los terremotos, del Santo Patrono, marfilino
y colocho, entre las notas de El puente sobre el río Kwai y el pausado sube
y baja de las callosas nalgas de los prelados, en la notable albarda sobre
aparejo de huevonería y mamplorismo que nos horroriza reconocer.
Pensar bien, hablar bien,
obrar bien con la maravilla de las siete claves enjundiosas,
ser agradecido,

Pobrecito poeta que era yo 17


«la esencia humana reside en el ser interno y no en el externo» (plan del
alma, que en alguna parte tendrá sus pelitos).
Y el Génesis ahí atrás, bien cuque.
Así podrá llegar a los más altos niveles cuanto hermano cuzcatleco,
deseando captar las diamantinas luces (en fin), se sacrifique y luche para su
propia perfección. ¡Plumas, divinas plumas, para el cimiento de la enorme
estatua de pies de puro lodo que amamos tanto!
Y sólo esos hijos de puta de los comunistas podrían decir que estos
esfuerzos son subideologías.
O don Chinto Castellanos Rivas con su tesis: «El concepto “por-joder”
como motor de la historia en El Salvador».
¿Para qué el ‘por qué’? No puedo deletrear el mensaje. ¿Viene de muy
hondo? No lo sé. El ramo de flores que habla: la incoherencia es la abejita
que chupa y chupa, ¿eh? La misión del poeta es esa, bobo: ser jardinero. No
le busqués más filos. Claro que el despertar de San Salvador, para el caso,
no deja de ofrecer otras impresiones, pero eso no es argumento. Todo
hedor tiene la ventaja de ser tibio, motivo para distraerse y hasta borrajear
una crónica o enfocar una maquinita fotográfica. El callejeo presenta
también sus atractivos como una vieja puta. Torres de marfil, casas de oro,
arcas desfalcadas de la Alianza para el Progreso, una dentadura postiza
crucificada en un tragante interminable, un cangrejo traicionado como un
estático girasol rojiazul, saldos de caca de chucho, cáscaras de naranja,
de melones castrados, de palomas altivas y sanguinarias de palestinos
caritativos que se rascan las falsas costillas de dos a tres de la tarde.
Pero si no eres amigo de esta nueva poesía bucólica (¿qué hacía —viendo
hacia el campo— el padre Virgilio?) quédate en la chingada cama hasta las
once, sobre todo si tenés a la par a Liz, pura hasta en su cicatricilla secreta,
perla de la oscuridad, sed de los dedos, pizarrita para tu lengua de pizarrín,
carrete de hilo Llave para tu güishte en la elaboración del capirucho.
¿Que quién sale más temprano del sueño más vive? Método nihil obstat
para que te fusilen, palomito, y, al final, te darás cuenta de que no has
pasado de ser un mondadientes moral, eco de clavo.
Y si todo esto no lo han dicho los culicagados cincuentones de la generación
que declina, que me caiga la maldición de Salarrué:
—Nuay dolor más grande quel de parir…

El primer hombre joven se apropia de la guitarra y dice a darle por su propia


y carajienta cuenta (avisan cuando termine o antes del atardecer porque
tengo quir allá por San Jacinto a dejar unos zapatos, digo, rieles, onde la niña
Doroteya Sigüenses, como decía el Polla Ronca cada vez que pedía perdón, a
grandes gritos y por puro joder, por llegar tarde a su lugar de siempre en las
tuzadas del Principal, o más antes aún, en las permanencias voluntarias del
Colón, onde a su vez siempre lo estaba esperando la Pelancha, quera prima

18 Prólogo y teoría general


hermana de Don Ricardo el Tufoso, alministrador del matadero de Don Lito
Guirola, y entenada de las señoras Puchuntes, las hijas naturales de la niña
Micailita Bienteveo, agora endamada, por cierto, con el maishtro Goyo Potoco
y nues quiuno seya salido pero era primeramente que todo esto a quien el tal
Polla le encaramaba así de fijo la cara de tigre, ya que bia bido padre-cura y
todo, es decir, casorio en liglesia de la Vega y chonguenga luegomente en un
traspatión de casa mengala ya llegando a Santa Carlota, tan olorosa ques su
agüita, pero con tanta chuquía de jabón de breya):

—Se te subieron los orines de percherón, como diría Winnall Dalton.


¿Qué te vua decir? Para vos nuay, para vos nuay, chiquitín. Porque nunca te
los agarraste con una gaveta y porque aceptaste la estafa esa (invitación)
de amar las formas, los vasos para lo inefable, etc. con una cara capaz
de fundar toda una dinastía de proverbios pacíficos, propagadores de la
temperancia inmaculada.
La rebeldía te queda entonces horrible, Gog y Magog, con un chupete de
tamarindo tierno, tipo Skimo-pie, Júpiter Tonante sorprendido durmiendo
en baby doll. ¿Mató tunco tu tanta anoche, pupú de ángel?
Y no creás que te pido, como un desesperado de ultramar, que hagás
simplemente lo posible por escoriar en forma artificial tu ya en sí
intolerable pragmatismo de nacimiento —¡allá de los desnudos!, como dice
el colega—. Pero tu indolencia cebada y aplaudida, me impele a señalarte
cómo te dejás llevar de la mano a los dulces santuarios del mejor engorde.
Haciéndote el inconformillo, cantás tus propios himnos a la rechoncha
satisfacción espiritual:
nacer-bautizarse-hacer la primera comunión-bachillerarse-cargar la
urna del Santo Entierro-doctorarse-casarse tener una hija mecanógrafa
(mico entre paréntesis) y un hijo tarado, lo suficientemente feo para
llegar a príncipe en el colegio jesuita-enfermarse del corazón-pontificar-
confesarse con un teólogo perfumado y liberal-y-morirse en paz merced a
las cuotas pagas de la Auxiliadora S.A., arreglos testamentarios (discreción
asegurada) incluidos.
¿Para qué el ‘por qué’? Eso es de antología, carajo, el summun del
virtuosismo abstraccionista en su diminutez ética más vil y por ende
mucho más sobornadora.
No, viejo, no, nonó. Este país lo único que quiere (necesita urgentemente,
acepta en orden lógico) es un suicidio colectivo humildísimo, una
autopatada en el culo,
una vuelta a empezar (no como la culebra que se muerde el rabo sino
como el ave fénix que alza su vuelo caudal desde una letrina de pozo),
una fusilatina que se lleva igualmente a cuanta bailarina folklórica quiera
descubrirnos el rostro de lo ancestral con danzas seudopipiles de claro
sabor transcarpático y a cuanto coronel envaselinado escriba editoriales

Pobrecito poeta que era yo 19


sobre la industrialización de los ausoles, citando a Bruno Bauer y al joven
Marx.
Semos malos, viejo,
ya lo dijo nuestro único clásico vivo (uno de los pocos a quienes yo
personalmente salvaría de la punición sanitaria), semos malos,
semos malos (bis infinito).
Y mientras tanto, no sé,
no cabe hacer absolutamente nada, supongo, absolutamente nada,
absolutly Chinandega oranges.
Quizás irse a Francia, inventar una sortija cómoda para los dedos de los
pies;
quizás meterse a conductor de go-karts;
quizás hacer un himno a los maricones cuzcatlecos (y eso que el gran
Meme decía que no hay nada tan drolático como un maricón hondureño
que viene a ser más o menos lo mismo) —vos sabés que los españoles
tienen uno hermosísimo (después no digan que los poetas pasan con la lira
al hombro y el alba sobre el labio): «somos lindas ⁄ somos mozas ⁄ somos
bellas mariposas ⁄ por qué andar tras las mujeres ⁄ habiendo hombres
como rosas» o, en fin, cualquier otra tontería que efectivamente importe
un soberano pito (cúpulas de prestidigitación, frenético far niente, virgen
como un baldón lanzado al aire).
El mismo aguacate que tengo entre las manos, viejo querido (para trasladar
las posibilidades de que te vengo hablando al terreno de la palabra escrita),
puede servir para hacer una importante tesis doctoral, y ni quien se dé
cuenta de que se trata también de una fuga:
«sustancioso para las personas que hacen buenas digestiones, contiene
un aceite inmejorable para impedir la caída del cabello (el guaro es mejor
porque lo encolocha y aunque luego se caiga ya no importa porque cae
rizado, moviéndose en espiral por el aire, es decir, triunfal y cumplidor de
más de algún erizamiento recordable), el jabón hecho con él es maravilloso
para suavizar el cutis (sobre todo si sos corto de cutis, vos sabés, de esos
que cuando pispilean, etc.), siendo a la vez el mejor emoliente para la gota;
la semilla fresca y molida aplicada en cataplasmas disuelve los panadizos y
con el zumo de la semilla se marca la ropa de manera indeleble lo mismo
que (parte octava-implicaciones sociológicas) se dibujan tecolotes en
las paredes de las cárceles, de manera tal que, al aplicarles con toda fe
unos cuantos pescozones, bien pronto vengan los amigos más queridos y
enaltecedores a otorgarnos su grata compañía en la oscuridad teneblosa
del cruel tubo».
Ergo, en fin, ultimadamente, que lo que trato de decir es que no hay nada que
hacerle a este país y sus alrededores, se trata de una absoluta y definitiva
mierda, y por ello es mejor dejarse de discusiones que afecten la mitigación
de la cerveza, no importa que yo las haya iniciado, y que lo único digno de

20 Prólogo y teoría general


ocupar nuestros próximos minutos es una acción profunda, derivante a
que el mesero deponga su aspecto y su actitud de cardenal primado y nos
traiga de una vez por todas la cerveza, la cerveza, la cerveza que falta y que
esperamos como el texto sagrado que nos hará orinar graciosamente, con
un chorrito que salga del alma nacional, pasando por el junene y el cerebro
antes de retornar a la vejiga y salir por el pipe, del alma nacional, decíamos,
pura como el azul-morado ubicado en esa vertiente tan defendida del final
de la rabadilla y que es lo que nos salva verdaderamente de Europa y de los
Estados Unidos, nuestro secreto peor y más amado.
¿La guerra de guerrillas? Tas a verga, hombré.
Y bueno, mi viejo, mi mujer ya debe estar furiosa. Pagá.

Pobrecito poeta que era yo 21


I
Álvaro y Arturo
Un día en común

Álvaro (7:00 a. m.)


Las ventanas eran de acero y aire y sol de la mañana. Agujero hacia el
mundo, las ventanas —dos ventanas contiguas, entre tantas otras del
séptimo piso— filtraban, además del sol (todavía querendón, perpendicular
con el golfo de Fonseca) y de la fresca brisa matutina, las campanadas
de tres iglesias (El Rosario, La Merced y San Esteban) que desde hacía
algunas semanas inauguraban al unísono la nueva jornada. Había quienes
atribuían tan novedosa uniformidad al espíritu que reinaba por igual
entre los dominicos, mercedarios y clérigos nacionales ante los vientos
rosados del Concilio Ecuménico, pero Álvaro (informado como estaba,
como tenía que estarlo, de todo) sabía que era simplemente el resultado de
una drástica advertencia municipal destinada a terminar con la anarquía
de los campanarios en el señalamiento de las horas. En todas las oficinas
de la ciudad se venían montando cotidianos líos tempraneros porque no
había un solo reloj marcador que coincidiera con la heterogénea opinión
de las iglesias, y los descuentos al fin del mes terminaron por crear un
clima subversivo entre la burocracia. Así que el Ministerio del Interior tuvo
que hablar a los curas en el otro latín: el de la ordenadora jurisprudencia.
Ni Álvaro ni sus colegas dependían sin embargo de un horario tan
cercano al amanecer: las labores de prensa y publicidad siempre se han
elevado en San Salvador como una escalera de goma hacia la dulcedumbre
de las nueve. Pero aquel reciente campaneo de las siete lograba por lo
menos construir un apéndice en el sueño, una interrupción deseada que le
daba a la última hora o media hora de nadar en la cama una concentrada
autonomía creadora. Last but not least, etc. O sea: la nada deshonrosa y
más bien útil complacencia personal de que tendrían que haber hablado no
sólo Petronio y Séneca juntos, sino Wilde y Tagore, Elliot y Shólojov, en
ejercicio de la eterna antianalogía que es la unidad más perfecta conocida
hasta hoy. Sólo los vitrales quedaban entonces con él, es decir, con Álvaro,

Pobrecito poeta que era yo 23


sugerentes en su fulgor como una droga nueva, inmersos en el estrecho
vaso de la habitación y soportando el enredo de las gruesas cuerdas de las
venecianas recogidas, como alas de hadas del cine mudo, como alas de
grandes mariposas congeladas e impedidas por lo tanto de volar. ¿Un trago
de ajenjo derramado en el pecho de un cadete nada teutónico,
espinudamente mestizo, un segundo antes de acercar el fósforo? ¿La vida
matutina en Marte? ¿Las formas de la vida-luz en las montañas mágicas de
una nueva geografía borgiana? Cualquier cosa. Entre las paredes, cortas y
más vecinas entre sí que en los otros apartamentos del edificio (en el
séptimo piso estaba instalado el estudio de la Televisión —Daglio, Esersky,
Osorio, Rockefeller Inc., tal como se llamaba la empresa en Nueva York, o
más someramente, yseb tv, s.a., como rezaba la inscripción legal ante el
Gobierno de El Salvador— y la sofisticada aparatosidad de la ubicación,
que comprendía desde escenarios móviles de aspecto eficacísimo hasta
camerinos con bidés amarillo-gorrión para las artistas extranjeras —ya
que las nacionales procedían a los menesteres correspondientes en su
casa, en un huacalito de peltre—, había lesionado el desahogo de los
contados apartamientos para vivienda o pequeñas oficinas), la ordenada
aglomeración de los libros, los cojines de terciopelo escandinavo marca
Piel de Princesa (Álvaro decía «nalga de princesa»), la refrigeradora de
soltero (embarazada hambrientamente con un solo pote de alcaparras
cuyo vinagre comenzaba a ponerse sebáceo, una agonizante botella de
vodka noruego, la mitad de un enorme tomate de California y cuatro
huevos), la cama transformable (Ay, Dios mío), la mesa central en forma de
cocodrilo color tamarindo o de la isla de Cuba color tabaco, los dos
escritorios grises aún pendientes del pago de seis letras mayúsculas y
cubiertos de revistas y papeles equilibristas, las dos máquinas de escribir,
las fotografías (Álvaro barbudo imitando a Tarzán en un grito espectacular,
en taparrabos y con fondo de bosque y de ribera de río; Álvaro pelado al
rape, en ocasión de su ingreso a la Escuela Militar; Álvaro besando a
Elizabeth; Álvaro besando en la boca al licenciado Alemán; Álvaro con
espectacular charra bordada, en Xochimilco, entre Eunice Odio, poetisa
costarricense, y José Tiquet, poeta mexicano, los tres con grandes jarros
de pulque en la mano, bajo la mirada sonriente y avariciosa del vendedor,
parecido al pintor Siqueiros hasta en los overoles, sólo que más corpulento;
Álvaro abrazando a sus tres hijos —llamados igual, únicamente, Álvaro,
Álvaro, Álvaro, sin siquiera número de orden—; Álvaro rasurándose la
cabeza con maquinilla eléctrica, frente al espejo y bizqueando un poco sin
querer), los pisapapeles inútiles, que sólo servían para ser trasladados de
una mano a otra en ocasión de que alguien adoptara una pose meditativa y
melancólica a la orilla del crespúsculo que no se veía desde allí, la guitarra
sin cuerdas adornada con auténticos vellos púbicos de mujer en todo el
rededor de la boca central, el tocadiscos japonés, los discos, la colección

24 Roque Dalton
de tarjetas postales de todo el mundo, el gran afiche con Claudia Cardinale
extendiendo sus manos sobre el bellísimo vientre bronceado por el sol de
Portofino y los ungüentos de Max Factor y Elizabeth Arden coludidos, las
cajetillas de cigarrillos Cool y Herbert Tareyton y de chocolates suizos a
medio terminar, los ojos de Dios de Oaxaca y las maracas cubanas, los
aparentemente inocentes pero de pronto obscenos huevos-sorpresa
hechos con barro por los artesanos de Ilobasco en cuyo coloreado y
aromatizado interior un minúsculo hombrecito de atributos de burro
horadaba con un estatismo especialmente móvil a una diminuta mujercita
despatarrada que decía (en un globito verbal de comic) «Vénganos el Tu-
Reino», la reproducción —como si en laca o seda, por el tipo sutil del
descascaramiento— de La maja desnuda, las puertas de metal que daban al
closet y al baño, la piyama del gran dragón violeta —reservada para la
eventual emergencia de un incendio—, sonaban también por un momento
a campanas, eran todo eco, aburrían y se aburrían velozmente del sueño,
traduciendo para Álvaro el desperezamiento de las cosas. La noche había
muerto, pero había que llorarla aún, gruñendo como un cerdo europeo
desde debajo de la almohada. Media hora, mundo, historia: tal vez la
posibilidad de capturar un sueño postergado, recordable. Hasta que la
noche muerta comenzó a oler mal. De tal manera (hacía además un pesado
calor, extraño en aquel mes no especialmente maldecido) que salió de
entre las sábanas lila, se incorporó bostezando a gritos —lo que lo hacía
sentirse casi feroz— y tomó con un apretoncito de los dedos del pie la
corta cabellera de la alfombra. Luego se puso sus chinelas paraguayas
(obsequio de una voraz enfermera guaraní que lo atendió en cierta ocasión,
después de un ligero contratiempo en cuestiones de aeronavegación
suramericana, concretamente un estrellamiento con todo y jet de Aerovías
Argentinas en plena selva, a resultas del cual murieron catorce ciudadanos
ingleses por sendos ataques al corazón, un piloto argentino por inevitable
fractura del cráneo, y resultó Álvaro con una rodilla luxada) y efectuó
rigurosamente los 27 movimientos gimnásticos previstos por el Chu-king
apócrifo (1927) para conservar la fe en medio de un mundo cada día más
dominado por el implacable materialismo antipintoresco. «En adelante mi
madre debía escalar la ventana de los cuchillos —musitó, tal como señalaba
el ritual, mientras alzaba una y otra vez los brazos y las piernas— quiero
decir, la montaña de los cuchillos». El error tenía también una función
prevista y santa: ratificar con su cometimiento la humana imperfectibilidad
y, por lo tanto, la obligación de la humildad, pero no la humildad de quien
no tiene más remedio, oteando la otra orilla de las situaciones límite, sino
la humildad por condescendencia, la que viene del caballero noble que
pide perdón a su víctima caída cuando la atraviesa con su lanza de plata y
la clava contra el suelo. Sobre la tetilla izquierda brillaba el tatuaje (verde)
de la semana: un minucioso retrato de Ezra Pound y la leyenda: «sólo la

Pobrecito poeta que era yo 25


locura os hará libres». Para la semana siguiente Álvaro planificaba un
tatuaje en azul con la efigie de John F. Kennedy, desnudo. «La escalaba día
tras día. Mi padre, en cambio, durmiendo, desciende en la profundidad. Él
sólo goza de la paz. Son dos mundos. El mundo de mi padre es el universo
del reposo, es la familia del retorno. Pero el de mi madre es el mundo
material. Horror de los horrores. ¡Ho!». Al terminar, sonrió para sí,
halagándose, hizo una anotación breve en su gorda libreta de memorandos
procreadores (tal vez, entonces, había comenzado a nacer un poema) y con
la uña del dedo pulgar hizo girar su enano y viejo «huentien-yi», relegado
desde hacía días a mero pisapapeles (capaz, por supuesto, de levantar
calladas sospechas en las visitas de menor confianza). «Una semana de
éstas —pensaba Álvaro, bostezando aún y comenzando a sudar— voy a
terminar con la etapa china de mi vida, es cuestión no solamente astral
sino también presupuestaria. Entre Lemus Simún y Omar González me
han inmovilizado casi en el mercado publicitario y hace seis días que no
consigo un solo contrato». Quitó los pétalos mustios a la gran rosa blanca
que le dejara la noche anterior Elizabeth y, por el teléfono rojo, el de los
placeres, pidió huevos con tocino, fresas con crema y tónico de quina para
el desayuno. Luego sacó una toalla escarchada del freezer y se encerró en
el baño, para ducharse y terminar con rouge pasado de moda sobre los
azulejos ambarinos, el primer mural naif-pop sobre Fidel Castro en todo el
territorio nacional. Era el día del brujo. Álvaro esperaba a un brujo.

Arturo (7:30 a. m.)


Parece (todo, hasta el reloj, que ya es decir, lo indica) que llegaré tardísimo
otra vez (adivinación que no está incluida en los infiernos literarios y mi
querido profesor (¡je!) tendrá oportunidad de ensayar su sarcasmo pipil al
verme entrar en el aula, jorobado y labiapretado, con ese sigilo que lo único
que hace es evidenciarlo a uno todavía más). Esa basura de despertador
que tengo es culpable. Siempre se le salta de nuevo el botoncito de alarma
y cuando uno viene a despertar han pasado los años: las garantías de la
relojería Oriani son parecidas a las del pirata Morgan y su criterio frente a
los clientes está regido por la ley de Caifás, al que está jodido joderlo más.
Y eso sin pensar en el ruido que hace el tal reloj y que es un obstáculo a la
hora en que uno quiere dormir: ese tic-tac nuclear respaldado por una
especie de galope de cien caballos. Alicia jura con todos los dedos de la ley
y la racionalidad que ella despierta por sí sola a las seis y que sería capaz,
si yo la dejara, de hacerme llegar con exactitud diaria a clases. Pero ahí la
tienen: con el ruido que hice (el tropezón en la mecedora fue bárbaro, los
chillidos de la puerta fueron criminales y este escándalo tosigoso de la
ducha es por lo menos penoso) ella sigue durmiendo. Si de mi mamá se
tratara, la cosa sería bien distinta: despierta automáticamente a las cinco y

26 Roque Dalton
media aunque se haya acostado, qué sé yo, a las cinco. Recuerdos metidos
en el cuerpo de la vida en la finca, supongo. Y también que lo de ser mujer
de médico ayuda. Pero con la insistencia de Alicia para cambiarnos a este
departamento idiota, perdí todas las prerrogativas, el inmaculado servicio
familiar (madre sólo hay una, como en el cuento de Roberto, Dios me
perdone). Desde el pollo sudado con mantequilla y adornado con ensalada
rusa de camarones traída de donde Rainieri, especial para el niño Arturito,
y los mangos de alcanfor volcaneños y el Vi-syneral y el jarabe de Roberts
y el jugo de zanahorias para la vista, hasta el despertar a la hora y la
vigilancia contra la perdedera de tiempo, todo claro está sin mengua de la
discreción, sin hacer sentir cierta metedera de narices creciente. No, Alicia
no tenía razón. Pero cuando una recién casada habla de asegurar la felicidad
de la pareja ni una argumentación conjunta de Santo Tomás de Aquino y el
Loco Luna es suficiente y siempre huele a peligro. Esta es pues, la felicidad,
mucho gusto. Bueno, creo que de todos modos y por lo menos hoy, llegaré
tarde. Tendría que preparar una respuesta para poner en ridículo a Chano
cuando pretenda aplastarme en público por llegar tan tarde.
Independientemente de mi obligación de llegar temprano, es inmoral el
tipo de hambre que nos lleva a todos los de aeu, los tovariches, como él
dice. Ha llegado a sentar la tesis del «anticomunismo orgánico», es decir la
tesis según la cual hay ciertas personas (él entre ellas, desde luego) que son
anticomunistas de nacimiento (de nación, dice él pretendiendo ser popular
en el habla), que llevan el sentimiento en la sangre, en los intestinos o en
los huesos, y que tienen un olfato especial para detectar a un izquierdista
aunque esté a cien metros de distancia. Parece que a mí me vio por primera
vez un día que le dolía el hígado y me clasificó. Lo cual prueba que su radar
está bastante jodido y confuso porque yo, por lo menos, todavía… Chano
de mierda. Si un profesor de una universidad extranjera se llamara así, no
pasaría una semana sin que lo trasladasen al departamento de bedeles a
puras patadas. Pero he aquí que vivimos en Tuertolandia y Chano puede
ser nuestro maishtro y si se encaprichara llegaría quizás a rector de la
Universidad o a presidente de la República. Aunque quizás exagero al
ensañarme con el solo nombre porque yo tengo un amigo estupendo que
se llama don Chanito y que es más bella persona que cualquiera, capaz, por
ejemplo, de quitarle a uno de encima los hijos por todo un fin de semana o
de reventar cohetes de alegría porque uno ha regresado sano y salvo
después de pasar un mes de vacaciones en Guatemala, todo rodeado de
chapines. Preparar una respuesta. ¿No será mejor una excusa? Podría
inventarme un accidente de tránsito con lujo de detalles: sangre de niños
en el bus que escogí o que me mandó el destino, mujeres desmayadas, el
criminal chofer del camión cargado de arena hasta decir ya no, la suerte
loca de uno que salió sin otro deterioro que este cojear por la rodilla
hinchada, qué suerte loca ni indio envuelto: las oraciones de la madre de

Pobrecito poeta que era yo 27


uno, hasta que la clase entera y Chano estén a punto de darme excusas por
pensar mal de mi tardanza y de mí. O mejor salir con que recién terminamos
una reunión matutina de la Comisión Pro Baile del Día del Estudiante de
Jurisprudencia y Ciencias Sociales, que ya se nos viene encima por cierto y
no hemos elegido ni a las candidatas a reina, con tanto culito lindo que hay
en primer año, reunión, decía, perdóneme, doctor, en la que se ha discutido
hasta la saciedad, por eso tardó tanto, ni más ni menos, una ponencia
central encaminada a crear las condiciones para que los profesores reciban
entrada y derecho a bar gratis en la arriba mencionada parranda, como
señal de agradecimiento de sus queridos alumnos que no pasan (de ninguna
manera, jamásmente) por alto sus sacrificios anuales a quince colones
hora. O algo por el estilo, en el más puro estilo de Benavente en Los intereses
creados. Sipi, por aquimichú va la cosarria, me he salvado. En todo caso,
cualquiera frase gravemente pronunciada servirá. Bien dice Roberto que la
verdadera retórica-semántica en nuestros trópicos es el tono de la voz. Y
por algo soy escritor de cuentos, son babosadas. Porque que es tardísimo,
es tardísimo. Y como Su Graciosa Majestad duerme y no se ve manera de
que aparezca por aquí un desayuno, tendré de nuevo que aguantar hambre
y luego gastarme un par de pesos en el cafetín de los juzgados. Huevos con
jamón a las nueve, quesadilla de queso a las nueve y refresco de tamarindo
con hielo picado a las nueve. Qué va: a las nueve y media. Y la cajetilla de
Embajadores. Sesenta más veinticinco más veinte. Tas, tas, tas, uno cinco.
Más cuarenta. Sí, algo así. ¿Por qué habrán detenido al obrero ese, el del
habeas corpus? Venirme a caer a mí, precisamente cuando tengo tanto
trabajo (debo ver al del accidente de tránsito antes de que el juez Barraza
lo deje sin un centavo, al de la estafa y al del estupro que debe terminar en
casorio). Y como el asunto debe ser político siempre puede pasar que…
Ojalá que por lo menos no lo hayan morongaseado todo, porque todo
morado no lo entregan este año. Voy a preguntar en aeu. Ellos sabrán algo.
Podría jugar un buen papel dictaminando positivamente sobre el caso,
echarme encima al presidente de la Honorable Corte —que además es
«oreja»— y así comenzar a hacer ver de una vez por todas que no ignoro
en lo absoluto, como lo han llegado a decir en algunas reuniones, por qué
milito en aeu, cuáles son los riesgos que corro, los miedos que debo superar.
Soy chachalaco, pero no tanto. Inclusive, a estas alturas, ya casi me importa
un pito la opinión de mi papá, la que daría si se llegara a enterar… «El foco
rojo de la Universidad de El Salvador». Lo que pasa es que ya han salido
publicados mis cuentos y todos ellos conocen mi dedicación a la literatura
y no sería raro que la desconfianza aumente. «Los intelectuales son
pequeño-burgueses y huelen mal en las narices revolucionarias, aunque
no sean culiolos —dijo hace unos meses Roberto, aunque no sé hasta qué
grado irónicamente—. «Claro, siempre se puede esperar algo de los
imponderables» —diría Mario, conciliando para ver si lo invito a un gran

28 Roque Dalton
trago en el Lutecia—. «Mario es tu influencia más perturbadora —diría
Roberto ante la cita— cuidate». Qué círculo de demonios, papá. Y para eso
voy yo, si es que mi vergonzosa afición por el fútbol y las leyes no se
interpone en mi carrera literaria o como se llame eso que quiero hacer de
mi vida. Pero una cosa es verdad: Roberto no sólo está metido en aeu sino
que es dirigente y Mario no. Mario sólo se mete en los bares, a pesar de que
siempre le gana todas las discusiones a Roberto. Todas. Las discusiones
políticas incluidas. Más bien dicho: sobre todo las discusiones políticas. Un
desayuno, amor. Bueno, que le valga a Su Majestad tener esos ojos inocentes
con que todavía me hace tembelequear. Y ese par de nalguitas besables.
Claro, idiota, ese par, si tuviera tres nalguitas no estaría en tu cama sino en
el circo. No, idiota, lo que quiero decir es que si fuera una de esas viejas
mantecosas y coronadas de mal aliento que suelen mantener a los
estudiantes de Derecho en las historietas de la Doctora Corazón, de seguro
me saludaría con faisán en cada despertar. Pero, por ahora, ella sabe muy
bien con qué me ata, palomita. Supongo que no he de morirme sin comer
faisán. Tiburón sí he comido, y mazacuata y cusuco y garrobo y tunco de
monte y pato de estero, pero faisán no. Morirse. Bueno, uno no puede
hacerlo todo a la vez. Este jabón es una mierda. Qué palabras tenemos,
caray: mierda. Como el ladrón ⁄ quentró por tu venta-na-á…
Arturo cerró la ducha y volvió al dormitorio. De nuevo la tibieza
interrumpida por el alud del agua fría, volvió a hacerse cargo de él, de sus
poros, de sus nervios, del aire que salía de sus pulmones. Los aromas de la
alcoba asimismo, principalmente ese que venía de la cama, mezcla de agua
de violetas y carne de mujer, parecieron formar un leve remolino y cayeron
sobre su cuerpo mojado, cubriéndolo como si fueran papeles de color
estrellándose —a pesar de su propio ínfimo peso— sobre un muro bajo
la leve tempestad. Todo ello, matizó aún Arturo escolásticamente, en una
película inglesa (secuencia introductoria para describir las encontradas
pasiones de sir Lawrence Olivier). Alicia abrió los ojos y lo vio desnudo,
frotándose vigorosamente con una de las grandes toallas nuevas, la de
la tortuga sonriente en que se leía «Ella», regalo, por cierto, del amado
profesor del Derecho Penal en el reciente aniversario del matrimonio.
—Mojado te me antojás, mono… —dijo.
—Los futuros abogados, joven, jamásmente pensamos en el amor en
ayunas. Es una cuestión de principios, querida Borola con carnitas, y de
instinto de conservación —contestó Arturo en pose de condescendiente
ingenio del hogar, del que lee los periódicos por cuya suscripción anual
se hacen tantos sacrificios, se dejan tantos estrenos para cuando ya la
película vale tan solo uno veinticinco y todos-todos hablan de ella. Pero,
decidiendo mejor cultivar su aspecto audaz, tiró la toalla al techo como un
pitcher de las grandes ligas y de un salto subió a la cama y se metió entre
las sábanas.

Pobrecito poeta que era yo 29


En la calle voceaban los periódicos del día.
—Mono, ¡estás heladísimo!
Arturo atrajo hacia sí lo que en sus últimos cuentos habría llamado «el
cuerpo querido» —se jactaba entonces de ser un escritor directo y jamás
comenzaba por halagar las potencias del alma pensando en promover
literariamente una-piel-de-muchacha-en-los ríos del mediodía. El
camisón tenía en absoluto —dentro de tal cultura— esa calidad reptil de
la seda sintética que hace repetir a los dedos sabios la despedida de Pedro
Vargas. La noche anterior, Arturo había caído en el lecho como una estatua
de piedra y lodo que se rompe de pronto, en el preciso momento en que
la iban a comprar como porcelana frustrando los elogios a la divinidad
representada: el día había sido especialmente agotador, pero, ¿por qué
pensaba en ello precisamente ahora? Ah, se dijo, porque Alicia tenía en sí
todo el calor del sueño largo. Ardía.
—Mono…
La besó como pensaba que debía hacerlo el más interesante entre
los novísimos narradores salvadoreños, o sea, sin duda, ya lo decía don,
perdón, el doctor honoris causa Juan Felipe Toruño: él. Luego bajó las
manos —haciendo un difícilmente doble recorrido lineal sobre los
costados: torso, cintura, la perfección curva de una cadera (había que
reconocerlo) y la dureza de la pierna derecha sobre la que caía por un
momento todo el peso de la sangre— y cogiendo los encajes finales del
camisón, los trajo hacia arriba en un entre angustioso y hábil movimiento
desenvolvente. A pesar del cinismo intencional que es orgullo de los
escritores más realistas del presente, y a pesar de que se trataba de su
mujer, hecho que en alguna medida restaba patetismo al asunto, Arturo
creía que era necesario reconocer el ombligo de Alicia como un problema
muy serio, al que se debía llegar con Freud y Marx en la mano, y que su
sexo era, o bien símbolo del planeta en su primera indecisión entre si ser
la Tierra o un pedacito combustible del sol que pasaría velozmente a la
metafísica, o bien la fotografía de una granada de mano en los momentos
de matar a un hombre, o bien un bello y sano sexo salvadoreño que
la excitación del momento ha convertido en slogan filosófico. Duda
metódica en terreno indudable. Alicia (de nuevo con los ojos cerrados)
subió los brazos desmayadamente hasta lograr un ángulo ideal para que
la seda no se atorara y pudiera en cambio salir limpiamente por la cabeza.
Pero al llegar al nivel del cuello (música de presentación para Las novias
de Drácula —pensó—), Arturo detuvo el movimiento. Usando el camisón
como una gruesa soga, comenzó a apretar, riéndose como con tos.
—Te debería estrangular, payasa —sonó la voz acompañada con un
gesto de impecabilidad bastante bueno—. Me matas de hambre todas
las mañanas y aún intentas seducirme. Luego donarás mis pulmones a la
ciencia, es decir a la cátedra de Anatomía, como quien no ha quebrado un

30 Roque Dalton
plato. Te voy a dar un beso porque no está bien que me apegue a la ley del
Talión y para que no digas. Es tardísimo.
Se vistió rápidamente mientras Alicia refunfuñaba, oculta entre las
sábanas. Después de colocarse las mancuernillas volvió al baño y se anudó
la corbata. Era también una corbata nueva, un modelo barato de Christian
Dior (barato es piropo, pues había costado dieciocho colones en París-
Volcán). A pesar de todo, si las cosas seguían así, pronto podría pensar en
un carro, en uno pequeño, tal vez un Volkswagen de esos, que ahorran tanta
gasolina y cuyos accidentes son accidentitos mientras no tiene uno la mala
suerte que lo pise un camión White de los que van al puerto de La Libertad.
Por entonces tenía a su cargo catorce defensas criminales. Y dos o tres
más en perspectiva. El Penal y la Criminología eran —sin duda— su campo
predilecto en la carrera de Derecho, en la hermosa carrera de Derecho,
como decía el padre Gondra en el colegio. El Derecho Civil en cambio, le
horrorizaba: trabajo para personas sin imaginación, para avaros olorosos a
cucaracha a pesar de los disimulos del Yardley, para castrados cerebrales,
como decía Chepito Vides, apodado Ladrillito Tayuyo. No estaba dispuesto
a terminar su vida como un idiota, emocionándose con particiones de
fincas más o menos robadas o con herencias forzosas para huérfanas (en
salvadoreño: güérfanas) de aspecto infeliz, catarriento. Aunque produzca
menos plata, un caso criminal, sobre todo en la etapa cuasi-circense de la
vista pública es todo lo contrario: constituye siempre un reto, aunque no
en todas las ocasiones los mejores esfuerzos puedan ni pura papa contra
la estupidez de los jueces y los fiscales, estupidez invariable, sin ningún
tipo de excepción en El Salvador, al contrario, mientras uno es más juez o
más fiscal más estúpido es, en el sentido social del término, es decir, más
hijo de puta, más vil, más valeverguista con el inválido, más panza clara,
más criminal, más ya la caga, más idos de aquí malditos de mi padre, más
chucho que mea a quien lo único que le faltaba era que lo meara un chucho.
Y no se trata de un ataque contra la estructura humana del Poder Judicial,
entiéndase bien porque hay que diferenciarnos: Roberto diría simplemente
«esa retajila de cabrones, ignorantes, presuntuosos y sinvergüenzas».
Todo es así entre nos incluso en la teoría pura. Kelsen aquí la caga de un
viaje. Basta que uno se aparte de los Códigos y de los tecnicismo baratos
y se apegue a los resultantes escuetos de la vida, a las necesidades de lo
que más o menos certeramente se llama humanismo, para que los casos
más fáciles corran el riesgo de perderse. Entonces, inclusive los asuntos
prometedores y emocionantes toman un sabor de cosa sucia, de labor en
la que, forzosamente, hay que usar instrumentos de ladrón. ¿Y la literatura?
Bueno, a pesar de ciertos planes nebulosos para el futuro, Arturo pensaba
que eso es otra cosa. Se refería entonces a cuestiones más concretas,
por así decirlo. La carrera, las posibilidades económicas de los próximos

Pobrecito poeta que era yo 31


años, cosas así. Por el momento, en ese día lo esperaba algo nuevo: había
sido nombrado juez ejecutor en un recurso de habeas corpus favorable a
Cayetano Carpio, el dirigente sindical conocido como «conocido como
dirigente sindical» que se suponía preso por motivos políticos. Nada del
otro mundo al parecer, pero por lo menos algo, sí, para él, nuevo. Y no es
que una represión anti-obrera fuera algo especialmente raro en El Salvador,
donde le vienen montando penca a los trabajadores desde que Cuaumichín
implantó los sacrificios humanos… Ah, y la cita con Álvaro, para almorzar.
En el party de por la noche en casa de Cristina ni pensar, Alicia pondría el
grito en el cielo, en el espacio exterior y volvería con aquello de que más le
valía ser sincero, de que si quería vivir en las casas de putas que no pusiera
pretextos intelectuales, que de todos modos ella y algunas amigas iban
a financiar la primera casa de putos del país para ir también a gastar sus
horas extras de forma cómoda, y barata, ajena a los sentimientos. Todo ello
con el mejor acento del Colegio Guadalupano.
Escogió los libros del día, colocó entre las tapas de un folder amarillo
sus siete cuentos del año pasado (obras completas, dicho sea de paso), los
escritos que debería tratar de presentar en los distintos tribunales, los
papeles escuetos del habeas corpus necesarios para intimar al Director de
Policía, sus apuntes y esquemas de los casos en desarrollo (a propo, ¿no
sería ya tiempo de ir pensando en una secretaria? Porque ni pensar en que
Alicia, con todo y ser Primera Secretaria Inglés-Español de la República en
su año de graduación…), y se puso el saco, un saco sport de pana marrón
que le daba la sensación de ser un escritor conocido. Eso por lo menos
—había que reconocerlo— sí lo había aprendido Alicia en los tres años de
matrimonio: antes de ir a la cama le dejaba lista la ropa del día siguiente, la
pluma fuente en su lugar (repleta de Parker Quink, la tinta para las causas
célebres y las obras inmortales de la literatura universal, la única tinta
verdaderamente indeleble), el pañuelo perfumado, las llaves, las monedas
para el bus. Por todo eso (además) la desenterró de entre las sábanas y la
besó, a la fuerza podría decirse:
—En las siniestras horas de la noche, después de que me hayas
alimentado como Dios manda, y si no se te ocurre invitar al vecindario para
jugar Monopoly (el juego más reaccionario y corruptor del mundo, según
Roberto del Monte), jugaremos de papá y mamá.
—Impotente —le gritó (casi) Alicia, haciendo un nuevo puchero. Pero
luego sonrió:
—Te adoro, dundo, aun en ayunas…
Arturo le echó una mirada al reloj (…ta madre!) y corrió hacia la puerta.
El golpe de esta, al cerrarse por la presión del aire que venía de la calle
lleno de voces y de diversos humos cálidos, despertó a los niños.

32 Roque Dalton
Álvaro (8:30 a. m.)
El ascensorista —y no precisamente por razones de tradición cultural—
dudó mucho en dejarlo subir el séptimo piso, aunque la tarjetita con el
nombre de don Alvarito en letras de altorrelieve era inequívoca. Enfundado
en sus almidonadas ropas de domingo o de bajar al tiangue o de ir a la
comunión pascual, descalzo, con un pañuelo de cambray colorado
saliendo retadoramente del bolsillo trasero del pantalón, era evidente
que no encajaba dentro del tipo de persona que solían utilizar el ascensor
(otis: Dalton y Cía, importadores). Además, aquellos pómulos de lama
tibetano en el último número de Life, las canas duras como las espinas
de un tunco de monte, los ojillos de víbora matrera, el costal de huesos.
Y no se diga del olor: higío y trementina, cutuco de esterina en el fondo
de un cántaro mojado, polvo. El tímido golpe a la puerta, casi un nervioso
frotar, y la tosecita, revelaban que quien había llegado era precisamente
él. Álvaro terminaba su desayuno absolutamente contemporáneo: arrojó
el mantelillo de bordados guatemaltecos (quetzales, y chuchos, y rostros
de mujer) sobre la pequeña mesa de plástico y fue a abrir la puerta para
recibir al viejo viejísimo, encascarado, y no sólo por los años, fijo en su
color, su aroma-compuesto, su mirada y su temblor de otro tiempo. Este,
también sonriente y satisfecho, apareció saludando con un gesto en que
intervino todo el cuerpo balanceándose, haciendo girar un endurecido
sombrero de palma entre las manos, a pesar de lo cual conservaba una
especial inmovilidad de ángel de palo, chinta celestial: el Tata Higinio, el
brujo con cara de santo o el santo con cara de brujo. ¿Quién lo podía saber
del todo? «El ara de su altares era de despreciable piedra de metate y por
eso la sangre se quedaba por días, entre la borroñosidad: ni pensar en que
podría servir para el divino sacrificio de Cristo». ¿Y qué decir? Las palabras
comunes podían adquirir de pronto toda su gravedad. No es por exagerar
(no había peligro de muerte, por ejemplo) pero Álvaro no había logrado
elaborar, desde que comenzó a esperar la visita del viejo, el sigilo adecuado,
la cautela que mezclara en forma eficaz el respeto del niño-discípulo, la
alegría del hombre-que-recuerda y la perspicacia del sabio-que-anhela-
y-necesita. Una noche antes había recibido la nota de su hermana. Escrita
con aquella letra menuda de muchacha virgen y temerosa, en el dorso de
una tarjeta de propaganda comercial, le hacía saber que esa mañana iba a
llegar a verlo el anciano-parecido-al-mejor-maestro, que tratar un asunto
de mucha reserva, palabras estas últimas que aparecían subrayadas con
cuidado inquietante. Álvaro había sentido una alegría muy especial, auroral
o mejor dicho umbralera, porque el Tata Higinio era uno de sus grandes
predilectos (y actualmente en franco proceso de decantación extrema, de
olvido de detalles básicos), recuerdos de la infancia, ligado indisolublemente
al oloroso mundo del traspatio en la Casona de Santa Ana, la Casa Vieja,

Pobrecito poeta que era yo 33


la Casa Madre, la Casa Vientre, traspatio apenas habitado además por las
flores derrotadas del maquilishuát pudriéndose bajo el húmedo correr del
año, ratas maiceras grandes y gordas como taltuzas de laboratorio gringo,
alacranes de leña (que al picar en el calcañar producían mudez y larga
fiebre), diversos pedazos pulidos por el uso de carretas asimismo vencidas,
gallinas guineas, perros, restos de un taller de herrería del abuelo, una o
dos culebras veteadas como tubos de pasta dental Ipana cuyos escondites
nunca fueron descubiertos y por ello se supuso que venían del cielo o
del chimbolero. El Tata llegaba entonces desde el caserío más alto del
volcán Ilamatepec a vender hierbas medicinales para las cuatrocientas o
quinientas tías y tías abuelas de Álvaro (eran en realidad tres tías y cuatro
tías abuelas) siempre urgidas de la yerba del toro, de la flor de infundia,
de la ipecacuana, del anís del monte para agregar al jarabe de tolú. Si era
necesario, el Tata también podía hacer pozos, excusados de hoyo, sin temer
a las venas de azufre; no le ponía mala cara a las chapodas del jardín y del
traspatio o al troce de las ramas de los madrecacaos que servían de cerco
o de los pepetos y el palón de fuego donde era prohibido encaramarse
por quebradizo. Pero eso no era lo principal para la mumujada. Con las
arganillas colmadas y el machete cuto entre las piernas, acurrucado
mientras la pelona de la casa informaba de su presencia a las patronas, o
volvía con la-contestación-de-la-respuesta-a-la-pregunta de que cuánto
le iban a deber hoy, el Tata aterraba, regocijaba y asombraba sucesivamente
a la chiquillería con las dos mil y dos historias de los Hijos de la Noche,
mañana es viernes. Con el Tata Higinio, de la mano del Tata Higinio, Álvaro
había penetrado una vez, demudado pero espiritualmente sediento, en
el mundo mágico de los dioses secretos, de los siempre-pobremente-
reverenciados, de Sihuélut-la-Traidora y Yeysún-el-Traicionado, del Justo
Juez de la Noche y los Cuatrocientos Duendes Crueles, del Preñador-
Madrugador, las Motaguas, la Flor de Muerto, los Gusanos-de-la-Luz-
que-no-Quema y Los-deseos-del-Horizonte-Solitario. El Tata Higinio
no tuvo nunca apellido que dar (el de su cédula era Ene), pero a nadie se
le habría ocurrido negarle una enorme familia, llena de poderío infinito,
presente en todas las esquinas de la noche. Aunque a decir verdad, ello
no siempre conduce al respeto. Porque si bien el amigo de don Diego y el
dominador de las pociones para entontecer o para despertar la gusanería
del amor, puede acumular las mejores envidias, también es cierto que se
comienza a murmurar a su paso, cautelosamente, como cuando se escupe
en lugar concurrido, el «mañana es viernes», para alejar las posibilidades
del mal que se agazapan detrás de cada pronunciación del nombre del
Enemigo, mañana es viernes. Por ese camino el Tata Higinio más tarde o
más temprano, fue ya tan sólo el brujo, el-que-sabe-lo-que-sabe, el que
tiene pacto con aquel-que-te-conté, y hasta llegó un día a verse envuelto
en serios enredos con más de alguna autoridad civil ante la satisfacción

34 Roque Dalton
de más de alguna otra autoridad eclesiástica. «Los vencidos no tienen
suerte ni razón, etc.». Después desapareció. Por miles de años. Sin llamar
la atención de nadie porque nadie, quizás, lo necesitaba, pero llevándose a
cuestas los sueños ingenuamente intrépidos de aquellos niños bulliciosos
y atentos de la Casona Vieja de Santa Ana.
La sola presencia de aquel hombrecito en la moderna habitación era ya
un contrasentido clarísimo que Álvaro no quería en modo alguno agravar.
Por el contrario, necesitaba que se sintiera cómodo, completamente
a su gusto, a su manera dulcemente salvaje (por no decir animal, en el
sentido más húmedo y más hermoso de la palabra), sin el menor motivo
que pudiera espantarle la confianza. Como en una larga y bien preparada
emboscada (Álvaro había practicado con pasión ese ceremonial silvestre
en sus años de la Escuela Militar y reproducía ahora el nudo en la garganta,
la crispación de venas y piel y huesos y nervios, y la indocilidad de la
pupila), siempre referencia mortal, aun en medio del candor deportivo
o la inocencia a pesar suyo. Después de tantos años persiguiendo los
recuerdos de su niñez, Álvaro tenía la seguridad de que la visita del Tata
Higinio era no sólo una oportunidad deliciosa sino que también podría
ser la última. Después uno triunfa escribiendo cuentos cosmopolitas, se
va a Londres o a una universidad norteamericana y se jode para siempre
jamás. Si pudiera retenerlo, hacerlo volver una y otra vez para renovar
con sus conversaciones clásicas (ya apenas recordadas en sus contornos
más generales, sin agarraderos de estilo, claves para el uso adecuado,
tonos de repuesto, dulces exabruptos supletorios ante las emergencias)
los conocimientos que hoy sabía tan importantes para su verdadera
carrera, la de escritor de ficciones, si pudiera clavarlo aquí por días y días,
podría comenzar a creer en el favor definitivo de los dioses chinos a cuyo
culto estético se dedicaba tan fervientemente en los últimos meses. ¿O
sería quizás tentar mal a la suerte y exponerse a quién sabe qué ignotas
incongruencias el aceptar de pronto (de nuevo) en el medio de su interés
vital la presencia de las divinidades pipiles, tímidas aunque dramáticas, en
una edad con tanto olor a sexo, a hierro grasoso, a pólvora? Visitación: el
temor viste mejor las fervientes leyendas. Y la pose.
Álvaro abrazó repetidas veces al viejecito y rozó sus manos pequeñas,
mugrientas y callosas, con parsimoniosa prepotencia. Lo hizo cruzar (una
de las manos en la espalda del Tata, en un gesto que de pronto debió
ocurrírsele ya francamente paternal, pues la retiró enseguida) la estilizada
puerta-trampa de fantasía que dividía el recibidor de metro y medio por
metro y medio —como ciertas celdas criollas— del resto de la habitación
y le señaló el diván café-cacao. Una gran mosca voló desde el ombligo de
Claudia Cardinale hacia el sexto piso o hacia la calle o hacia los excusados
de la Policía Nacional o hacia una corriente de mierda casera a flor de
tierra en el Callejón de las Oscuranas, es decir, hacia el sur-este.

Pobrecito poeta que era yo 35


—Pasá, Tata, pasá… (Álvaro habría sido más leal si en lugar de esos
bisílabos golpeantes hubiera dicho con cara sibilina: «Pasá, entrá a mi
mundo, Tata: aquí no hay trampas de ishcanal, envenenamientos de reptil-
escorpión: aquí lo peor que puede pasar es que te ahogués en las humosas
tempestades que la fiebre de Dostoievski produjo para el mundo en medio
del invierno, que se te incone una herida causada por los cantos dorados
de la edición de lujo de La ilustre familia (poesía nicaragüense más bien
tontita, a cien dólares el kilo), o que te caigan encima, de golpe, todos los
tomos de Balzac. Pero no tengás miedo: todos esos poderes son apenas
tinta y papel, colorines, aroma y peso muerto. Claro, que de pronto surge
de entre las páginas una mariposa en vez de una palabra, una fiera en
vez de un texto carcomido por la polilla, una orquídea-tigre en vez de un
adjetivo resbaladizo. Pero eso les sucede únicamente a los pobres tontos
que perdieron su tiempo en cosas tan vanas como aprender a leer, es decir,
a los críticos, a los secretarios de actas, los subdirectores generales, los
poetisos. Yo sé lo que te digo, Tata, no hay motivo para el miedo»).
—...tás grande. Y chelito-chelito. Bien despercudido. Quizás no te
das suficiente sol… (Lo que el viejo quería decir —saliva de coyol y nance
entre el corazón y la punta de la lengua—, mientras avanzaba vacilando,
abrazando el sombrero a la altura del pecho, era otra cosa: «Sin todo
esto nacimos, sin todo esto nos hemos de morir. Sobre todas estas cosas
volaremos. Desnudos y llorando venimos al mundo. Será más poderoso
aquel que menos lágrimas muestre al llegar a la otra desnudez. Lágrimas
de uno, lágrimas de los otros. Válgame a mí, que todo esto sea un sueño de
mal estómago y que despierte con bien». Y lo dijo. Para sí. Aunque lo que
se oyó siguió siendo distinto:) …Pues uno se acordó de vos, pues. Y uno
preguntó. Hasta incontrarte, pues. Tas grandote…
—¿Y vos, Tata? ¿Y tu gente? («¿Tú eres entonces lo que queda de
aquella flor nuclear de la cultura, del dulce y fiero pueblo pipil que después
de casi matar a don Pedro de Alvarado, el bello hijo del Sol, Tonatiuh, subió
a la sierra en masa, a dorar su odio entre breñales y las culebras? ¿Eres
tú, Dios mío, “la escasa huella paleontológica de los premayas arcaicos”?
¿La falsía del persignado que musita: crushé crushé pampanusché tashcu to
tashcu amén? Cita exacta hizo Roberto en uno de sus poemas: When the
sobriety was the drunkeness. Es así la cosa, querido: aun admitiendo que la
erudición sea la madre de nuestros peores vicios, ella es la que nos pone
en este extremo del microscopio. Ja.»)
—... y chelito. Quizás ya no sos el mismo de antes, el de la gran casona.
La gente…
—Soy el mismo, Tata. No te fijés en todo esto.
Álvaro señaló, principalmente, a los anaqueles de la biblioteca
circundante: vértigo iniciado por la punta de cinco dedos cuidadosamente
manicurados: Eisenstein, Lowry, Musil. «El Rey recorre así, una tras otra,

36 Roque Dalton
todas las ramas del árbol, y la mirada más atenta no podría discernir si su
cara expresa en ese momento el cumplimiento de un deber monárquico o
de una cura de footing; hasta el momento en que, todas las ramas desiertas,
vuelve sobre sus pasos». ¿Por qué en aquella especie de contienda sin
claras peticiones de principio, hasta ellos resultaban siendo un orden? ¿Un
tradicional…, es decir, eso que quiere decir esa palabrita alemana que sirve
para todo? Álvaro debería haber anotado estas dudas para más tarde, pero
hubo algo que se apagó, que se enfrió en su interior. Una oleada repentina
de desaliento que no venía del cielo sino más bien de un lugar impreciso en
el interior de la caja torácica.
—Te aseguro —continuó, sin embargo, como recogiendo un abanico
chino o un soplador para turistas, para indicar recato o prudencia— que
al menos para vos —había dicho esto en voz más baja— que mirás bien
adentro de las cosas, no he cambiado en absoluto. Me alegra de verdad que
hayás venido y que podamos volver a hablar de aquellos tiempos…
La comodidad de la habitación se tornaba por primera vez enemiga
para Álvaro. Hasta entonces había sido su cómplice. Los poetas llegaban
y se transformaban en simpáticos gatos con hipo, enrollados en los largos
vasos de Pinch, ronroneando, con la vanidad miserable apenas adormilada
por el calorcillo de la intimidad, del clima confidencial, antes apenas
de glorificar a Alfredo Gangotena o de hablar pestes —como todo el
mundo— del gordo Neruda. Las muchachas se desparramaban de a una,
de a dos, de a tres, sobre los divanes o la alfombra, abriendo las piernas
como quien se queja de su propia historia y da su empujoncito sonoro
para ser oído y salvado, llevando en la mano (o en el bajo vientre vivo y
retador) el pago por el atrevimiento, ostentación de las ostentaciones.
Losimbécilesenemigosaduladores acreedores, chorreaban entonces
envidia, hasta oler bien. Pero ahora. Las cosas no hablaban el mismo lenguaje
del viejo, su confort no era la paz de aquel. De ahí que las palabras (lo que
se oye) le salieran como palabras, en algún sentido, de preso. Coruscante,
libidinosidad, violináceo, apetecido, cántico: ¡mierda! Las cosas: aparatos.
Álvaro lo advertía inequívocamente, sentía la situación con la piel de su
cara, la de decir adiós y la de dar consejos.
—Tas grande…
—Y chele, Tata, desde luego…
Algo como una decisión entre el método y el temor, imprecisamente
ubicable también, como su desaliento en mejoría, tomaba a Álvaro por
asalto, pero asalto a la salvadoreña, como con respeto. ¿Un poco de música?
No. «Los nativos son por naturaleza poco honrados». «Los indios viven
como cerdos y verdaderamente no son más que animales». Todo el mundo
sabe que los prejuicios son los padrastros de la literatura, inclusive de la
gran literatura, es decir, de la literatura inglesa. Pero también era menester
aceptar que «El hombre como especie no es bueno ni malo, belicoso ni

Pobrecito poeta que era yo 37


pacifista, perfecto ni imperfecto, sabio ni tonto, completamente racional
ni completamente irracional. La naturaleza, debe recordarse, es una gran
fuente de confusiones; una gran mayoría de sus productos (las especies
que han habitado el mundo de tiempo en tiempo) se han extinguido porque
estaban pobremente adaptados al ambiente». ¿Eh? Aunque eso sea el
dintel del juicio, no había que olvidar las vías laterales. La palabra primitivo,
¿implica una valoración? ¿O quiere decir simplemente más viejo?
—Pero quisiera oírte decir otras cosas.
(Cuidado, darling, poco a poco.)
—Si una cualidad tuya recuerdo bien es la de platicar. ¡Cómo nos
enseñaste…!
Álvaro confirmó que había olvidado, efectivamente, muchísimo: el Tata
se ocupaba en rascarse párpado con párpado: «Bueno, quizás sea como
vos decís. Quizás les enseñé mucho. Puede ser que sea así». La lágrima:
saliva, sólo que de más allá.
—Claro está: los años nos separaron y la vida se hizo distinta. Para mí
fue dura y supongo que para ti seguirá siendo dura…
El viejo sacó el pañuelo colorado, lo pasó por las manos y lo guardó de
nuevo. Dijo:
—Je.
—Pero debés saber —se apresuró Álvaro a decir, cubriendo el bache—
que hay días en que deseo que todo el mundo pudiera reducirse al gran
traspatio de la Casa Vieja, con vos hablando y hablando de las Managuas y
las Tormentas de Pétalos…
—Tetecu manda, hijito. Tetecu le dio virazón al mundo y puso a correr
los días detrás de las noches. Por eso es que de juro los hombres nos
hacemos viejitos y los indizuelos agarran porte de hombre para estar ya
listos y hacerse viejitos cuando les toque, por la ley del tiempo. Y el mundo
es grande, el hijuepuerca…
Álvaro creyó por un momento que el viejo había derretido el hielo
que trajera de la cumbre («hielo» decía él, ¡qué extraviado andaba!), pero
se equivocó. El Tata, después de balbucear unas palabras más, volvió a su
rumiante mutismo. («Válgame a mí, desnudo soy. Hijo de Tata, solo eso
soy. Solo yo sé adónde se va el humo. Mucho más lejos que allá atrás de los
árboles. Si me tocan, algo se llevan. Pero yo sigo. Yo nada toco. Válgame a
mí, desnudo soy».) Entonces se decidió a probar por otra vía, la ruta de las
evidencias, del aquí-entre-nos traidor camino de la luz boba de todos los
días. Al fin y al cabo. Pobrecito.
—Tatita, me dice mi hermana…
El anciano pareció encogerse aún más sobre sí mismo («Válgame a
mí…»). Pero de inmediato sonrió de nuevo, con su peligrosa dulzura. («Vos
sos mi fuerza, vos sos mi paz…»).
—Sí. Despuesito te voy a hablar de eso.

38 Roque Dalton
Álvaro fue por la cafetera eléctrica hasta la desayunadora azul (el
silbido anunciador, anterior en términos perentorios a la desconexión
automática, había durado exactamente tres segundos), sirvió dos tazas
y alargó una al viejo, que estuvo a punto de volcarla sobre la alfombra
nazarena.

Arturo (8:30-9:30 a. m.)


Arturo decidió no asistir a sus clases aquella mañana. Cuando logró
tomar un bus con posibilidades serias de salvar la vida era ya demasiado
tarde para un arribo honroso a la clase de Derecho Laboral (catedrático:
doctor Feliciano Avelar, abogado y notario de este domicilio, casado,
anticomunista, presidente de la Sociedad de Padres de Familia del
Externado de San José, molestias intestinales de origen nervioso). De
manera que decidió irse directamente a los tribunales. Eran cerca de las
ocho cuando el bus arribó, ya relativamente desahogado, a la avenida
Universitaria, entre el aterrorizado aleteo de la bandada de palomas que
suelen comer arroz frente a la legación francesa. Arturo encendió con
displicencia un cigarrillo, pero de inmediato, en uso de un reojo vigilante
que le envidiarían Rip Kirby, Felipe Corrigan y todos los miembros de la
Sección de Investigaciones Especiales de la Policía a la vez, el chofer del
bus lo increpó en la forma clásica: «Si quiere fumar a gusto, maneque, ¿por
qué no compra su carro? Yo lo ayudo para la prima…» No le surgió al futuro
primer premio Pulitzer otorgado a un salvadoreño, del cuerpo aún fresco,
el estudiante de leyes, el adversario esencial, el amamantado por la ley de la
selva capitalina: arrojó el cigarrillo por la ventana y miró hacia unas nubes
débiles allá en el fondo del cielo matinal («Vos traes para abogado —le
decía Oyarbide cuando muchachos— alegás por todo, pagás por alegar»).
Al llegar al pequeño Sahara en que se alza la gran caja de fósforos roja del
Palacio de Justicia, y al llegar, en uno de los recovecos de la caja de fósforos,
al Juzgado Tercero de lo Penal, los ordenanzas madrugadores (les repartió
cigarrillos) —sacudiendo el polvo eterno que permitía hacer dibujitos
sobre los escritorios y que cubría simbólicamente la aplicación de las leyes
comunes de El Salvador— le avisaron que tenía las rutinarias llamadas
telefónicas, que un agente-de-fianzas-que-se-andaba-ahogando lo había
buscado utualito, que una anciana patas-en-la-tumba (madre de cliente
pobre clásica) lo esperaría a las diez en la penitenciaría, etc. Las pobres
viejitas, pensó paternalmente el gran-escritor-que-aún-no-había-tenido-
la-oportunidad-de, siguen creyendo que su presencia física, sus narices
entre los legajos, son indispensables para que los jueces den resoluciones
favorables en los casos de sus hijos, pero deberían saber que dura lex sed
lex y que, para el ejemplo inminente, sólo los defensores debidamente
acreditados pueden entrar en la prisión. Ellas hostigan sin embargo, cargan

Pobrecito poeta que era yo 39


de frente y de flanco, pobres ángeles de mal agüero y peor presencia, y,
como si todo eso fuera poco, lo apabullan luego a uno solito llevándole
a casa presentes increíbles: una ollita de manjar blanco, un pollo peche,
toneladas de fruta, estampitas y medallas de la Virgen de los Desamparados,
almohaditas de brujería protectora, oraciones raras. Pero cuando ha pasado
el peligro y los hijos a lo mejor ya andan en la calle chistándose de cómo
salieron bien de su juicio por lesiones o por robo o por estafa, las ancianitas
paran todo el esqueleto como que son tenguereches preparándose para
morder y se hacen las más duras para pagar lo que quedó pendiente. Por
eso hay que cobrar adelantado aunque nos rompan el corazón las mater
dolorosas de Ayutuxtepeque, pisto en mano y culo en tierra, por si no te
vuelvo a ver, Caifás. ¡Qué ganga! Eva, la secretaria morena —morena en
un sentido peculiarmente extrapolado con respecto a la Virgen Morena
o a la Sierra Morena, es decir, antifolclórico, universal— cogiéndose con
el líquido corregidor de esténciles una rasgadura de la media, media que
no importaría absolutamente nada en el mundo si estuviera arrojada en
un canapé o colgada de un ganchito de madera secándose al sol pero que
envolviendo aquella pierna luminosa quedaba tocada para siempre por
la gracia de Dios, le sonrió a Arturo como todos los días, abriéndole la
segunda estación del viacrucis judicial cotidiano: el Juzgado Segundo de lo
Penal, y le ofreció Chiclets. De su cartera surgió un aroma marchito, que
le cortó a Arturo el gesto de asomarse. ¿La teoría general, la introducción
al estudio de lo mengalo? «Hoy mañaneó, bachiller. ¿Lo echó su señora de
la cama?». «Sí —dijo el joven Jiménez de Asúa-Alain Delón— por inútil.»
«Pues no parece, bachiller, no parece.» Había recalcado el «bachiller»
como cuando la amante de los coroneles se dirige a los sargentos y a los
cabos por mucho que estén muy bien: para recordarle que ella era como
el diploma de abogado, había que estudiar mucho para alcanzarla, no era
bocado de estudiantes ni de cualquier doctor de tercera fila. En el Juzgado
General de Hacienda, el juez, un joven rubio, jurisconsulto de la nueva ola,
adelante-bayardo-del-derecho-togado, etc., antipático como Dios cuando
quiere serlo de veras, en cuyo rostro pugnaba por imponerse un gesto
de prudente idiotez, en mangas de camisa, le echó una mirada vertical
como una plomada, que lo hizo pensar en la posibilidad de haberle inferido
una ofensa inconsciente. Cuando quiso hojear al azar unos expedientes
apilados sobre un escritorio cercano a la puerta de salida, el mismo juez
le dijo acremente que el trabajo comenzaría sólo a partir de las nueve.
Arturo ladeó la boca y no quiso ni insinuar que eran mucho más de las
nueve, salió del Tribunal (a la penitenciaría se iría sobre las diez), abrió su
fólder amarillo liberándolo del clip gigante con que siempre lo prensaba y
sentándose en una banca inofensiva y fría que era el retrato de la paciencia
del mundo en el sucio corredor, se dispuso a revisar sus papeles. El librito
de Eduardo Couture que lo convenció de la necesidad moral de hacerse

40 Roque Dalton
abogado, no hablaba, por cierto, de esta cotidianez sórdita, torpe y cansina
incluso al arrancar la jornada. Una rosa en la balanza de la ley: la puta que
te parió. Pero… recordó que se había comprometido a telefonear a Álvaro
después de las nueve para confirmar la cita del almuerzo. Álvaro quería
conocer los cuentos de aquella promesa nacional (al menos eso había
dicho la última vez con un entusiasmo que parecía sincero, sobre todo
en un genio autonombrado como tal y enemigo declarado del criollismo)
y Arturo, para partir de lo que él a su vez llamaba una base honorable (es
decir, una base que prescindiera del ventajista argumento en el sentido
de que Álvaro tenía ya publicados dos volúmenes de cuentos, uno de ellos
con el saludable agregado del Premio Nacional, traducción culta de un
estímulo de ocho mil colones) había propuesto una mutua agresión, un si
me lees-te-leo riguroso, actividad no muy peligrosa si se tomaba en cuenta
que ambos escribían preferentemente cuentos breves. El único problema
era que él acudiría a la cita con los cuentos del año pasado solamente.
Desde hacía unos meses no escribía una triste línea por la carencia de
temas interesantes, situación suficientemente frankensteiniana como para
exclamar, cada vez que lo ratificaba recordándolo: ¡desconsolador! Claro,
en un país como éste —solía pensar Arturo para entibiar la minúscula llaga
del alma—, donde no ocurre apenas nada peculiar, no se le puede pedir
a nadie que sea un escritor de un libro al año, ni siquiera un cuentista de
más de tres cuentos al año, a no ser que se le permitiera escribir sobre
sus caries, su caspa, sus íntimos regocijos sexuales en la mañana de los
domingos, etc. Pero los meses, qué implacables, de todos modos. Enero,
luego febrero o marzo, caramba. Bueno, la verdad es que si uno tuviera
que comer de esto… Invirtió unos quince minutos en leer el alegato de
apelación con que esperaba ganarse unos trescientos cristóbales —cobro
por entrega del documento en la Corte Suprema y no por resolución
favorable, máximo homenaje al talento jurídico, es decir, plata en el bolsillo.
¡Con tal de que no salieran luego con que le pagarían por cuotas! Volvió a
cerrar el fólder, apareando antes con meticulosidad las hojas y se fue el
cafetín para desayunar.
No había huevos ni jamón. Sólo frijoles con crema, pan de dulce y
refrescos tibios, gaseosas Tropical que a la larga dan cáncer. Le explicaron
que la Compañía de Alumbrado Eléctrico estaba haciendo unos trabajos
medio raros en el tendido de la zona y que desde la tarde anterior no había
corriente en tres kilómetros a la redonda ni para encender un bombillo de
lámpara de mano. «Ya sabe usté que cuando K-listo Kilovatio dice este macho
es mi mula, ni el Gobierno la puede». Ni modo, tendría que esperar a que
le doliera la cabeza para ponerse furioso. «Fíjese que hasta la leche se nos
cortó y los tamales que trajimos ayer al mediodía ya están todos panderetos
de puro tiesos.» Subió de nuevo por las escaleras hacia el segundo piso y
se metió en el primer Juzgado de Paz que encontró en su camino. A pesar

Pobrecito poeta que era yo 41


de la hora ya había un buen corrillo de empleados y estudiantes. Se podría
haber dicho que nadie asistía esa mañana a la Facultad. Arturo saludó a
la tribu con el folder en alto, molino de viento en el trópico, echando las
dos o tres palabrotas de ley que fueron contestadas de inmediato entre
carcajadas. La vigorosa mediocridad, si, ¿y por qué no? Además, ni pensar
en que iba a pasarla bien sin poseer las técnicas precisas. En ese tiempo
estaba de moda tender trampas verbales al interlocutor. Uno decía una
frase incompleta que obligaba al otro a preguntar. Ahí moría como el pez.
La respuesta, a la vez que completaba la frase truncada, se convertía en
un insulto o por lo menos en algo peor, en una burla chispeante contra
el incauto. Lo que en Bizancio hizo temblar las estructuras del imperio
al margen del ajedrez y las discusiones teológicas, lo que hermana a los
primeros pobres pendejos profetas (ver: Chema Méndez, Obras) con el
último novelista verdaderamente genial que aparece en el mundo, es decir,
en el extranjero, o sea, la concepción de la palabra como arma de defensa
y ataque, se ejercía entonces con desenfado en todas las esquinas de San
Salvador, y de San Miguel, y de Zacatecoluca, y en los círculos intelectuales
de Santa Ana. El intrépido narrador esquivó una o dos de las emboscadas
más evidentes y cayó honorablemente en una muy sutil, entre el alborozo
(pero también el reconocimiento) de todos. Luego había que hablar de las
nuevas empleadas. «Hoy dos culoncingas de la Cámara que dan entrada de
puro jinetes.» «La chelita del Primero no está mal, pero dicen que cobra.» «Y
la colocha esa, de San Jacinto, la dueña del Cuarto de lo Penal, que se hace la
Greta por las confianzas que tiene con el doctor Arrieta, el místico director
de Prisiones.» Los temas se ampliaron, de la nalga al Estado Moderno y
su concreción salvadoreña. El nuevo presidente de la Corte Suprema de
Justicia no daba esperanzas a los defensores (no era mayor novedad el
hombre, tal vez menos venal que el anterior que ya la canteaba de mañoso,
tal vez —primero Dios y la flor de izote— lo suficientemente despierto
como para ponerle buena cara a las mordidas, no a las de chuchito, hay que
decirlo y comprenderlo, pero sí a las de dinosaurio o a las de rinoceronte,
esas que ya tienen que ir en cheque al portador); lo que sí era grave era la
escasez de códigos: en lugar de imprimir tanto discurso del presidente que
nadie usa ni para limpiarse el cutete, bien podrían apresurar una edición
del machete del litigante, aunque fuera en papel de empaque; volviendo
al tema de arriba, ¿ya supieron que Dios existe?: Hombre, el hecho de que
los dos hijos le hayan salido maricones al presidente de la Corte Suprema
saliente es una prueba directa, no hay que hacer, pobres los materialistas,
con esa no van a poder; ahora bien, dando al César lo que es del otro,
quien sí le está tocando los huevos al tigre es el tal Fidel Castro, bien se
mira que es abogado, pero bueno está porque esos gringos hijos de la gran
bretaña ya ni la pelan de cabrones que son… Arturo revolvió, aburrido,
una pila de juicios recién iniciados (¡me lleva la trampa con ese juez de

42 Roque Dalton
Hacienda, que se cree la divina garza, la jefa de Tarzán!). Uno de ellos,
que había sido trasladado a ese tribunal desde un pueblecito cercano,
llamó su atención. Lo tomó para examinarlo. El auto-cabeza-de-proceso
provocó su enojo por las faltas de ortografía. Una caligrafía vacilante, hija
de manos inhábiles que al fin y al cabo se deben a sueldos de hambre y de
la perpendicularidad seca de las plumas violín y los canuteros, se perdona;
pero esto de iniciar un negocio con la justicia escribiendo «Gusgado» y
«acto cavesa» hace temblar, por opositor al gobierno que uno pueda ser.
Y, evidentemente, aquel atentado no terminaba allí. Arturo pasó página
ya en plan de inquisidor, de criminalista que olió el aroma de almendras
amargas en las manos de quien sirvió el refrigerio del muerto. Venía luego
una declaración de ofendido escrita en papel sin rayas y dos declaraciones
de testigos que una de dos, o eran perseguibles de oficio o inauguraban un
nuevo idioma, un idioma verdaderamente distinto, no como la tomadura
de pelo esa del idioma salvador, de don Paquito Gavidia. La declaración de
ofendido, decía así:

Juicio Criminal cibil contra un buey prieto que perjudicaba la


sementera de don Calisto Lion. En el Gusgado de Paz de Santo
Tomás departamento de San Salvador a las diez horas del diesiocho
de julio del corriente año, presente en esta oficina el denunciante
Calisto Lion a quien obligué a desir verdá aun sin juramento
asegún lo previene el Pn. en materia creminal cibil preguntado
por su nombre y generales dijo que se llama como queda escrito
Labrador y becino deste pueblo. Preguntado por quien lo ofendió
a qué día a qué hora y por qué motivación con qué instrumento y
qué personas presenciaron el hecho CONTESTA: que el día de la
fecha como a las ocho de la mañana deste mismo mes o sea hoi le
ofendió un buey prieto orejano de fierro y dueño desconocido que
se encuentra en depósito en la persona de don Luis Galdámez que
le estaba comiendo el maiz de la milpa que el instrumento con que
lo ofendió fue el ocico y que motivo no cre aber dado al buey para
tal ofensa que las personas que presenciaron tal ofensa y echo son
don Jesús Galdámez y don Dolores Lión. Leída que le fue la presente
declaración se le pregunta si ratifica el contenido contesta que sí y
firmó. Enmendados⁄r⁄orejano⁄valen. Eulogio Guerra, Juez de Paz.
Calisto Lion.
Ante mí: Presentación Carbajal, Srio.

—¿Vieron esta babosada, muchá? —preguntó Arturo.


—Sí, hom, qué bárbaros. Si siguen llevando así el juicio se van a tronar
al pobre buey…

Pobrecito poeta que era yo 43


Los muchá rieron. Arturo colocó el pequeño expediente en su lugar y
pidió que le prestaran el teléfono. «Dale agua, vos, apenas amanece.» «Te
va a contestar el otro desde la cama, baboso.»
—No sean así, maltercios, es una llamada oficial.
—7-0-5-2. La voz de Álvaro, casi comercial, respondió desde un pozo
lejano.

Álvaro (9:30 a. m.)


Álvaro colgó el teléfono (el negro) y se volvió lentamente hacia el Tata que
miraba por las ventanas el cerro de San Jacinto (como un búfalo verde que
hubiera muerto de gordura y que se hubiera quedado allí, sin podrirse,
desmadejado, olvidado de la mano de Dios, de los allanadores de terrenos
que tanto abundan, de las aves de rapiña y las erupciones, la erosión
lacustre y pluvial: para los siglos de los siglos) y el edificio de la Policía
Nacional, áspero y gris bajo el sol superdesarrollado. Por precipitación,
estúpidamente, respondiendo a quién sabe qué mecanismos recónditos,
había cometido verdaderamente el peor error posible. «Te mereces la
tortura sacramental, la de los ciento veinticinco cuchillos oxidados.»
Después de explorar muchos temas, ambiguos pero cercanos a la zona de
peligro; de algunas leyendas olvidadas, de las diferencias del pipil hablado
en Izalco con respecto al de San Pedro Nonualco, del régimen de lluvias en
el volcán de Santa Ana, la escasez de los ojos de venado para los romadizos,
la Santa Alianza del Diablo y las mujeres, le había soltado, como una perra
enferma, la pregunta: «Y hablando del amor mágico, Tata, ¿conoce usted
la famosa hechicería de la prueba del puro?». El viejo se había indignado
visiblemente, tocado sin tino en esa parte prohibida que hace subir la
sangre como por un surtidor bajo la piel hasta el rostro abierto, y antes de
contestar gruñó varias veces con el entrecortamiento característico de los
escasos indios puros que van quedando en El Salvador, sobreviviendo frente
a la prepotencia del enano-gigante, del paisitote. Álvaro trató torpemente
de insistir, sin poder ocultar a su vez el rubor, tal vez sin advertir del todo
la levadura que hacía engordar como un pan en el cine la cólera del Tata
(ojo: lo que se llama ceguera de la civilización es doblemente ceguera
cuando adviene frente a las acciones de esos hombres acostumbrados, por
ejemplo, a ocultar eficazmente el olor del miedo a los perros rabiosos, el
color de las enfermedades graves a los zopilotes conspiradores y de tanta
larga lengua), pero el viejo se mantuvo firme en la hosquedad, quien sabe
hasta qué punto inocua, hay que decirlo. La llamada telefónica que recordó
a Álvaro una cita para almorzar vino a salvar el momento de enojoso
silencio, pero cuando Álvaro colgó el aparato, el negro: negocios y recados
corrientes, el Tata, al parecer, se había decidido a decir lo suyo:

44 Roque Dalton
—Lo que te puedo decir, chelito —no podría haber esperado Álvaro
un adjetivo más impersonal— es que no andés pensando en vainas. Hoy
sería cuando para venir yo a pegártela de brujo. Pero vos yas tas grande.
Eso del amor es sólo lo que dice el alcalde de Izalco: dormir bajo la misma
cobija, cumpliendo los deberes de la propagación y los engendros. Nada de
divorceos o separaciones, Cumplir, y cumplir bien, con los mandamientos
de Dios y con la ley. Sués todo del amor. Y comer toda la vida la misma
tortilla y los mismos chipilines. ¡La prueba del puro! Eso es brujería de los
ladinos, de las mujeres malas y de los hombres que no son hombres, mijo.
Eso es de los ladinos. Y de los peorcitos…
Álvaro se sintió pésimamente. Sólo esperaba del cielo y de la santa
luna que lo parió, que el Tata Higinio no soltara aquella palabra (ahora
nomás la recordaba) con que los fulminaba de niños, ante algún desprecio
o una grosería demasiado cruel: nacatushtes, oídos de conejo, ingratos.
—Vos dirás —continuó el viejo— que el preguntar no ofende y que
soy muy metido, muy ocho con yo, al venirte a regañar si ya estás hombre
y tenés hecho tu camino, como el canegüe. Yo te digo que lo poquitiyo que
uno tiene, cuando es poquito, hay que defenderlo parado en pinganillas
para parecer más alto. Así es con yo…
—Perdóname, Tata —no le costó a Álvaro decirlo. Ni siquiera podría
haber argumentado que se trató de una broma. Habría sido peor.
La conversación tomó entonces un rumbo tranquilo, incapaz, sin
embargo, de espantar los murcielaguillos del desasosiego que llenaban la
habitación y la habían vuelto una caverna cromada. Álvaro sirvió más café,
cambió de lugar unos cuantos ceniceros, puso a sonar un disco de canciones
criollas (que detestaba absolutamente) y finalmente se sentó ante el Tata,
encendiendo un cigarrillo con los ojos arrugados. Fue entonces cuando
el viejo le dijo con voz intermedia que el motivo de su visita era suplicarle
(dijo exactamente así) una recomendación para que lo admitieran en el
hospital Rosales, en las salas de Caridad. Tenía un reumatismo que estaba
a punto de acabar con él.

Arturo (10:15 a. m.)


—¿Así que esta no es la primera vez que se halla usted detenido? —
preguntó Arturo al reo con voz cansada, como si apenas esperara
respuesta. Evidentemente la frustración del desayuno comenzaba a
fastidiarle el día. Organismo enemigo: ¿y si uno fuera verdaderamente
pobre de solemnidad? No le alcanzaría la vida para tanto dolor de cabeza.
Pero ¿y en la guerra revolucionaria, en las grandes aventuras a través de
la selva o el desierto, cuando truena es al parecer una tormenta tropical o
una nevada interminable? Qué distinta es la vida en concreto. Los libros,
aun los reportajes políticos, son la ficción. Reportaje al pie del patíbulo

Pobrecito poeta que era yo 45


y Los diez días que estremecieron al mundo y Lawrence de Arabia, todo
está muy bien, pero si no desayunas te duele la cabeza durante todo el
año y terminas por morirte aunque seas el héroe marxista-leninista más
randaco de la época, el Superman de las clases menesterosas, el tipo más
de a sombrero del planeta. La guerra revolucionaria y sus ayunos. ¿Y si al
final fuera hecha contra personas como yo, con todo y nuestros dolores
de cabeza? Qué cosas. Por eso mi papá hace tantas bromas a costa de mi
imaginación. «Cuando agarrás aviada, no parás hasta Calcuta. Poné los pies
en la tierra, porque un abogado con la cabeza en las nubes es como un
cirujano tembeleque: el horror de los clientes.» Qué cosas.
—No, bachiller. Nues la primera. Lo…
El tipo había tardado bastante en contestar, haciendo gestos de
disgustada reflexión y rascándose la cabeza entrecana, decorada además
por una tela de araña polvorienta.
—Cuénteme, pues, con exactitud y sin omitir nada esencial, los
detalles de su anterior detención. Inmediatamente después examinaremos
su caso actual. Le ruego que sea preciso y, si le es posible, breve. Debo
entrevistarme con otros clientes y ya no es muy temprano.
La sala de recibo de la penitenciaría (sala es una elegante —oficial—
manera de llamar a tal cuartucho maloliente a polvo de meses, de una
oscuridad vetrífica y pegajosa) desagradaba profundamente a Arturo. No
se imaginaba visitándola con Alicia, por ejemplo. Y eso que uno estaba
del lado de la calle, porque viniendo desde el otro, desde las celdas, la
perspectiva debía ser francamente siniestra, aunque consolara un poco
momentáneamente. Por eso prefería hablar con los reos en los tribunales y
no se llegaba a la prisión sino cuando, como en el caso que atendía hoy, era
estrictamente necesario. Pero al fin y al cabo uno nunca sabe por dónde
saltan los pesos. Es decir, que de casos aparentemente insignificantes
resultan a lo mejor verdaderos surtidores de colones, a la postre más
nutritivos que los sonados asuntos entre dueños de Cadillac y algodonales.
Si no fuera porque sentía cansancio en los párpados y un ligero temblor
involuntario en las mejillas, sus resistencias…
—La vez pasada me acumulaban ser miembro de la banda del auto
fantasma.
—¿La banda de asaltantes tan famosa?
—El volado es un poco enredado y hay que ir por partes.
Todo empezó con que eran las fiestas de la Virgen de Candelaria del
año antepasado y como yo soy de Sonsonate y de la Virgen y del agua de
coco me agarro, le dije una noche a mi compadre que si cogíamos camino
para allá. «Juega el gallo —dijo mi compadre, tan torcido ques el pobrecito,
hace unos días le estalló una bomba de a peso en la cohetería onde trabaja
y lo ha dejado comiendo con dedos ajenos para toda la vida—, pero molós
rápido —me dijo— como quien se quita una brasa del junene…»

46 Roque Dalton
—Al pedirle que fuera detallado, dispénseme, me refería a los hechos,
hum esenciales, de su proceso anterior.
—Es que si no le cuento todo, no va a cair Ud. en el porqué de la
movida. Como le iba diciendo, dispusimos ir a Sonsonate. Juimos primero a
mi pieza, entonces yo vivía allá por la colonia Dina, a traer un poco de brea
y de una vez a la niña Catalina, quiero decir, la 38, por aquello de ques mejor
andar armado que bien acompañado, sobre todo en estos tiempos en que
no hay trabajo y los pobres majes sin empleo ligero-luego se dedican a la
cirugía nocturna y no atinan para brincarle a uno ni por el talle de acabado
que se le echa de ver a la legua.
—Es decir, que fueron a Sonsonate…
—Y nos juimos, pues. En la Mi Negra, pullman. Al llegar allá, vea como
son las cosas, bien dicen que lo primero debe ser siempre la obligación y
luego los gustos, pero uno no hace caso y por eso se lo lleva el cachudo,
en lugar de irnos primeramente a la iglesia para cumplir con la Virgencita,
vengo yo y le digo a mi compadre: «¿Qué tal le caería un bockiano con
conchas en el Bier-Lokal?». «Pues, ya viéndolo… —contestó Bolívar, y,
chumbulún, nos zampamos de cabeza al ojo de agua—. El tal bock se hizo
largo, como siempre que se dice «solo uno nos vamos a echar». El puro
tuerce de uno, digo yo. Y el sapito guarero, que también tiene su tuco de
culpa. Total que, para no cansarlo, al rato ya estábamos más que manudos y
zapatones, bien a zaranda, como que viéramos sido valedores de candidato
oficial en tiempo de elecciones. Y va de hablar paja: de fútbol, de cueros y
hasta de política…
—Si…
—Y en eso me dice el compadre: «¿Ya supo, entrador, que los rusos
han encaramado una babosada en el cielo y que dicen que ai le anda dando
vueltas al mundo?». «Ay, mi Rasputín —le dije yo— usté lo atarailado ques,
todo lo que oye se lo cree así nomás.» «Nombré —siguió de necio aquel—
sí es cierto: los tales rusos han guindado una pelota del aigre, tanto que
todas las noches se ve que pasa a la gran virazón y echando más chispas
que torito de fiesta. Si usted gustavo vides la vamos a esperar para mirarla,
que ya va siendo hora de que pase.» Entonces a mí, con la ayuda moral de
las serpentinas, se me salió el Charles Starret y le dije: «Yo voy, para hacer
las de Santo Tomás, pero con la condición de que si vemos la pelota la
apiemos a puros balazos. No vamos a dejar la chevecha para irnos a estar
de miranda tan sólo…». «Achís, la babosada —me contestó el compadre—
como es rusa no importa. Apiémosla. Quien quita que hasta salgamos
mañana en el diario, bien chivos». Pagamos al mesero, me acuerdo que se
empurró porque sólo un diezón le dimos de propina. No sabe este jinete
—pensé yo mientras me enzaguanaba el último poquito de cerbatana—,
que ha estado atendiendo a los que van a somatar el spúcnic para que ya
no nos ispeyen los rusos desde el cielo. Buscamos un lugar oscurito, lejos

Pobrecito poeta que era yo 47


de la bullanga de la feria y nos pusimos a esperar. Yo todavía quería que el
compa juera a sacar un medio litro de Tres Puentes, porque me consentía
falto de un par de tragos, pero él alegó que había que cuidar la pulseta…
—No olvide que nos queda poco tiempo… —Arturo pensaba en Alicia
y, sin saber por qué en la palabra «chifonier» y añoraba la proximidad de un
alma gemela surgida del pozo abierto de la gran cultura contemporánea.
Era duro aceptarlo pero ahora sabía que era un autoingrato, un imbécil:
siempre se olvidaba meter Alka-Seltzer, aspirinas, en su cartera.
—Ya me estaba dando sueño, bachiller, cuando el compa empezó a
gritar como vieja en terremoto: «Allá va, compadrito, allá va: tírele antes
de que se escape». Yo, para qué le voy a decir, no vi muy bien el chunche
entre tanta estrella, pero por no pasarla de choco me saqué la animala y
dije a echarle riata al cielo. En un pispilear se me jueron los seis plomazos.
Y ahí comenzó lo bueno, nanita de mi alma: porque no me había alcanzado
a echar la de dar consejos a la bolsa cuando ya estábamos rodeados de
más cuilios que en una revolución: Ahí polacos nacionales, ahí guardias,
ahí chicheros y hasta unos choriceros medio a pénjamo y todos chuquitos,
como catorces babosos en total, apuntándonos y casi a punto de echar
plomo. Casi a punto es mucha gente, porque lo que es plomo, echaron:
a mí por poco me llevan la oreja izquierda con uno (aquí se me nota la
cicatriz, fíjese), pero al ver que no contestamos, ya no tiraron más que
si no, allí mismito biéramos quedado volando espalda. Es que sin darnos
cuenta nos bíamos ido a esperar el espúcnic junto al portón principal del
Banco Hipotecario. Al oír los vejigazos la cuiliada creyó que estábamos
asaltando la babosada esa, como en las películas, y que había chance
para que ellos trabajaran de tipos. Allí nomás nos esposaron después de
darnos unos cuantos moquetes («así los queríamos agarrar, cabroncitos»
decían, todos sudorosos) y como la gente empezaba a aglomerarse nos
llevaron a la llama al bote. Allí se puso negra la babosada. Unos orejas
sombrerudos se hicieron cargo de nosotros y, para empezar, amarraron
a mi pobre compadre en una silla maciza y dijeron a sonarlo de alma. Le
gritaban que echara la piedra luego-luego y que no se callara ni un solo
detalle, pero no le decían sobre qué carajos, y como además, no lo dejaban
hablar porque la serenata era de cato tras cato y de patada tras patada,
sin que pitaran los fáboles, el pobrecito cambió de físico en lo que canta
un gallo preciso. Cuando vieron que ya estaba casi boqueando y que le
salía una espuma verde por la nariz, lo soltaron y agarraron a Mincho el
Músico, es decir, a Miguel el Cohetero, es decir, a mí. Pero yo sí que no
soy baboso y ya había tenido tiempo de pensar, de manera que les dije
así, comenzando en tono golpeado, que felizmente no se me quebró: «Ah,
no, amigos. Conmigo se equivocan. Lo que es a mí no me van a tocar un
pelo: a mí nomás pregúntenme y les digo toditito, hasta la Salve, el Trisagio
y el Yo-Pecador.» «Confesá, pues —me dijeron— decí que sí, que sos de

48 Roque Dalton
la pandilla del Carro Fantasma y decí quienes son tus compadres y ónde
están; porque si no te vas a estar enamorando una orquesteada de bergazos
que no cree en ni mierda.» «Pues sí —les confesé, antes de que me cayera
mi garnatada por puro impulso— y ónde no va a meterse uno en camisa
de once varas, ya ven cómo está todo de caro. Ahora bien, el mero nombre
de mis compadres no se los puedo decir porque lo ignoro. Primeramente
porque nunca les he visto la cédula y segundamente porque entre nosotros
los lerfis trabajamos todos con apodos. ¿De que les va a servir a ustedes
saber del Chele Taraviya o de Umbligo Ciego o de Cuétano?». «¿Y ónde
andan, pués?» —me gritó el más sacón, amagándome con una lámpara
de mano—. «Ai andan en la feria —atiné a decir— como hoy es día de
la Virgen sólo los pirujos íbamos a trabajar». «Ah la chucha —dijo el otro
cuilio—, ¿qué no será comunista también estijuerrota?» Pero como el
de la lámpara era el que mandaba, ya no siguió por esa vereda el volado,
graciasadiosmente, porque ahí sí que hubiera estado yo bien volteado, Ave
María Purísima. Así que me dijeron que debería dentificar a mis compadres
y que me iban a sacar en un carro a recorrer la feria pa ver si los devisaba,
como dice La Llorona. Yo me puse pis-pis y me encomendé hasta a San
Pascual Bailón, que por cierto siempre me ha caído mal pues dicen ques
enemigo de los bolos. Porque dióndas compadres, si yo del Carro Fantasma
sólo sabía las guáshpiras que publicaba Jorgito Pinto en El Independiente.
Pero decidí darles pita, ques como mejor vuela la piscucha. Me sacaron en
un nashito viejo, que ni de lejos parecía ser de la polar, bien enchachado
yo y atrincuñado por seis cuilios vestidos de paisano, caras de bagre y
jediondos a turco. Y a darle vueltas a la feria, pues. «¿Los ves, vos? —me
preguntaban a cada rato, puyándome las costillas con las pavorosas y a mí
se me encaramaba el fundillo al galillo— volá ojete porque si no, vos solo
vas a pagar por todos y te va salir el tavo de a millón.» Yo cortaba clavitos,
bachiller, hasta que al fin me dije a mí mismo: si no me pongo aguja, aquí
murió grillo; al que no llora, lo lloran. Y como íbamos pasando frente a
un chalecito donde estaba un par de prójimos echándose sus cervezas,
les dije a los chuchos: «ahí están: esos dos del chalé son mis compadres».
La cuiliada paró el carro más adelantito, en una oscurana medio lodosa
que había por allí, y los seis se bajaron con las manos en los bolsillos de la
chumpas o encendiendo cigarros. Para que se viera más cabal mi orejazo,
todavía les dije: «Pero tengan cuidado con el chiquitín, ques terrible pa la
pistola». El chofer se quedó cuidándome con un solotur en la mano y los
otros se fueron acercando poco a poco a los pobres maishtros hasta que se
les aparearon y los rodearon. Cuando aquellos dijeron salú y tomaron otro
gran trago de cerveza, juácate, les cayó de una vez el gran terciazo, que
ni «ay» dijeron. Mire, bachiller, ahí era sangre y cerveza lo que brotaba, a
mí me dio no sé qué, quizás por la debilidad o por la goma, que ya estaba
entrando y a mí me da goma triste. Pero, ni modo, Dios es el que reparte

Pobrecito poeta que era yo 49


los talegazos y al hombre lo que le toca es sólo poner el chunchucuyo y
arrugar la jeta. Cuando los clientes comenzaron a despertar me llevaron
cerca de ellos para que los acabara de dentificar. «Estos son, ¿verdad? —
me dijo un cuilio—. Desde el suelo, uno de los sonados alcanzó a decir
con voz de tísico: «¿Estos son de qué, por vida suya» Y yo, para evitar que
se me jodiera la movida antes del tiempo, me aligeré a contestarle: «No
se haga el maje, compadre, que hoy ya nos llevó el diablo a todos: mejor
entriéguese y ayúdele ahí a Cuétano a levantarse antes de que se haga el
molote de gente y nos vayan a querer linchar.» Después vine a saber que
mis compadres hechizos eran unos pinches sastres del barrio de Veracruz
y como no anduvieron abusados los condenaron a siete años. Anduvieron
con suerte, porque el clavo era gordo. Claro, mi mero compadre y yo nos
zafamos luego-luego…
—Qué cosas pasan, ¿no? —dijo Arturo, pero no consiguió el tono
irónico.
—¿No le digo, pué? Y viera que hay ratitos en que me remuerde la
conciencia. Pero cuando me acuerdo de aquel terciazo que por poco los
desarma, digo: Huépiles, ese tanatazo era para mí. Y me tranquilizo.
—Bueno —el tono de la voz de Arturo fue evidentemente colérico— a
ver si terminamos de una vez y nos ponemos de acuerdo en algo. Como le
dije, tengo que atender a otros clientes…

Álvaro (10:30 a. m.)


Cuando el Tata se hubo marchado, Álvaro, para no dar rienda suelta a su
mal humor desbocado, llamó por teléfono a Elizabeth, a Ítalo, a Manuel, al
licenciado Alemán, a Roberto del Monte, a Carlos Lanzas y (con quienes
pudo lograr contacto, ya que los teléfonos de San Salvador no son
guaranteed como el sanforizado) habló de lo primero que se le ocurrió:
de cebollitas turcas; de proyectos publicitarios para una nueva colonia
residencial al pie del volcán; de los últimos contrabandos de whisky y joyas,
impulsados por la rutilante primera dama de la nación y el presidente de
la Asamblea Legislativa, a quien picarescamente habían bautizado los
estudiantes como el primer damo de la nación; del nuevo plan de becas
para escritores ofrecido por el Ministerio de Cultura y apoyado por el
Centro El Salvador-Estados Unidos, impugnado tan sólo por los partidos
de oposición, los sindicatos, los estudiantes universitarios y por el poeta
Mario Arenales (en declaraciones exclusivas para la página literaria de El
Independiente, emitidas en el bar El Paraíso de Adán y Eva); de la última
racha de incendios provocada por el jefe de la policía para culpar a los
comunistas y para liquidar las construcciones viejas del centro y dar
paso a nuevos edificios cimentados en gazuzas inversiones americanas;
del boicot a la conferencia de prensa que para esa misma tarde había

50 Roque Dalton
organizado un publicista peruano en su desgraciadamente exitosa Feria
del Libro Centroamericano; del club de homosexuales aristócratas
llamado El Arcoíris, que funcionaba bajo el manto de un gallardo equipo de
básquetbol —campeón nacional—, descubierto por pura casualidad por la
policía (esa misma noche habían metido preso también al hijo del doctor
Trudó y al hombre le dio un preinfarto cuando recibió el dato debidamente
correlacionado, preinfarto que se le interrumpió cuando le aclararon que
no, que a sus hijitos no los habían agarrado bailando con el mejor defensa
derecho y el máximo encestador del país sino por estar tirando tiros contra
el mostrador de una casa de putas porque el cantinero ya no les quería
vender más trago después que vomitaron a la Chapina Amanda, la dueña,
mayor de edad de este domicilio, de oficios los de su casa, y el propio doctor
Trudó los fue a sacar de la jaula y todavía les dio pisto para que siguieran
la zafra por unos dos días más, al fin y al cabo a mí me gustan los hombres,
¿cómo?, ¿a ti también, papá?); del papel de Alec Guiness en la película El
capitán mareado; de la falta de crítica cinematográfica en el país, donde
el único que nos puede dar ejemplo de rigor es Hugo Lindo; de la poesía
náhuatl; de otras becas para escritores que ofrecía la ESSO; de los cuadros
de Lico Morales sobre los historiantes de Paleca; de la vomitivo-diarreica
poesía de Gavidia, el insigne pensanauta; de la necesidad de superar el
costumbrismo rural en la narrativa nacional y la colateral idea, ya obsesiva,
de mandar a matar a Salarrué; del último artículo sobre la Generación
Comprometida (Álvaro la llamaba «Generación Espontánea») escrito por
Chito Gallegos Valdés para la revista de la Odeca, en el que no bajaba a
los poetas jóvenes de sartreanos y neometafísicos aunque virulentamente
impugnadores y ellos sin haber leído ni El Muro y conociendo a Aristóteles
sólo porque así se llamaba un chucho que tenía Roberto y al cual destripó
una camionetona de la línea 2; del proceso contra los torturadores del
régimen anterior que, desde luego, haría poner sus barbas en remojo
a los torturadores del actual y los futuros regímenes, ya que ni a putas
volverían a torturar a nadie sin máscara; de la urgente necesidad de fundar
un cine club, un bar exclusivo para artistas y un apartamento de soltero
de propiedad común para combatir elitariamente el atraso cultural y la
melancolía, pero sobre todo el atraso; en fin, de mil y pico de cosas, qué
cultura. A pesar de lo cual no tuvo más remedio (el corazón le hizo oír una
especie de Pequeño concierto para instrumentos de percusión de Rebellón-
Mendoza, la gloria dodecafónica de Zacatecoluca, como decía el nunca
suficientemente ebrio Mario Arenales) que ponerse una corbata y un saco
mínimamente concordantes y salir, dando un portazo nada común en
aquellas últimas semanas, de la habitación al parecer empequeñecida de
repente. Aunque para su cita con Arturo faltaban más de tres horas y no
era cosa de tomar una cerveza tan temprano y todo el trabajo de la semana
estaba hecho desde el día anterior y Elizabeth había sido terminante en

Pobrecito poeta que era yo 51


que sólo lo vería el próximo sábado (¿no entiendes? —dijo— vernos todos
los días es terri, francamente vulgar, veámonos ya cuando tengamos
reales urgencias, no porque así lo dispusimos ayer) y al Museo Nacional
mejor la otra semana: qué pereza. El ascensorista lo saludó con la misma
amabilidad ujieresca de siempre, pantera ante la propina, no somos nada.
Y cuando le preguntó que si había recibido al viejito que lo había buscado
y Álvaro le contestó paternal y funcionarizadamente que ese viejito era
nada menos que su padre, el tal ascensorista no le quiso, menos mal,
homenajeantemente, creer. «Cómo va a ser su papá, don Álvaro. Si juera
su papá anduviera bien tacuche el viejito». El Premio Nacional se quedó,
como siempre, en el segundo piso —vieja mañosidad cinematográfica
(Cara cortada, Dillinger)— para terminar el descenso a pie. Al llegar a la
planta baja vio en uno de los mejor iluminados escaparates del pasillo un
anuncio monumental del nuevo libro de Salarrué, titulado La espada y otras
narraciones. Había un cartelito gris que presentaba la obra, transcribiendo
un juicio muy elogioso del crítico principal de The New York Times, y un
ejemplar de ella (tiraje de lujo) descansando graciosamente en un pequeño
canasto de caña brava. «Un primitivo encantador, con toda la peligrosa
sabiduría de los primitivos, capaz de hablar por la boca de los niños de
su país. Un gran escritor de América Meridional, tan desconocida y tan
cercana, zona del sol que no termina, al parecer, en las plantaciones de la
United Fruit Company, como se creería al leer la obra de Carlos Fallas, otro
escritor local. Una joya familiar perdida en la turbulencia de este venir a
menos que ha sido la historia de nuestras relaciones con el conjunto de
América del Sur.» Y en otro cartelito: «El primer libro de ficción que alcanza
en nuestro país una tirada de cinco mil ejemplares.» Si Álvaro hubiera
estado pensando en calidad de agente publicitario, habría concluido que
aquella promoción era muy mala, torpe, cirquera, acomplejada y pasada de
moda. Pero Álvaro no estaba pensando como agente publicitario. Echó una
ojeada a su reloj, dudó aún un instante y luego, precipitadamente, volvió
al ascensor. De nuevo al séptimo, por favor —pensó—, pero todo lo demás
no lo dejó decirlo. Al entrar en el enormous room se fue directamente (se
lanzó) sobre la bella Olivetti.

Arturo (11:15 a. m.)


—Quien me envió fue su señora madre. Ella me dijo que la acusación
actualmente es de estafa, al parecer por una suma pequeña…
—Así son las mamases, bachiller. Y no es que ella ande del todo
perdida, porque le voy a decir que si de al tiro alguien me tuviera que
hacer la defensa, yo le pondría icsofactamente el clavo en las manos a
usté. En primer lugar por aquello del aprecio y la fraternidad, usté sabe
cómo queremos a los estudiantes y luego porque uno con los colegas se
entiende y se siente a gusto (usté sabe que no por lo del Carro Fantasma he

52 Roque Dalton
dejado de ser intelectual, pues además de entrenador de béisbol y maestro
de emergencia del Ministerio de Educación, plan de 1952, soy periodista
independiente). Pero gracias a Dios y al Santo Niño de Atocha, que sólo
clavado pasa el pobrecito, no le voy a tener que agradecer ese favor. Yo
mismo me voy a defender, ya se lo dije al señor juez.
El dolor de cabeza no se le ocultaba más a Arturo: se le había declarado
francamente hacía largos minutos y eso lo hacía sudar y caer en el fondo
negro del peor humor de perros. Oía al palabrerío del reo con fastidio y
sólo deseaba que terminara de una vez, inmediatamente, para largarse de
ahí a tomar algo que le restituyera el bienestar. «Él solo se va a defender.
Entonces ¿por qué demonios me hace perder el tiempo? Cuando haga
mis cuentas por la noche esto parecerá un amago de uppercut al hígado,
lanzado por un negro enano.»
—Y no crea que es por no pagar o porque de plano soy tonto de la
cabeza: no es cuestión de sólo ir a ponerse para que los fiscales hagan su
agosto con el pelón de hospicio. Ya tengo bien estudiadito el plan de mi
defensa y aunque me pongan enfrente al más de los gallos de la Fiscalía
General, no me van a hallar ni con candela. Yo ya tengo mi cábula general,
no soy tan de al tiro pato. Yo jui amigo del doctor Merlos y él me aconsejó
por vida: «Mirá Nayo, yo sé lo que te digo —me aconsejaba— todo en la
vida es cuestión de verla venir y tener uno su cábula». Y tenía razón el
viejito, después se enojó conmigo por un chambre, por algo le dicen don
Zorro y todo el mundo le aplaude cuando echa pija en los mítines contra el
Gobierno. En fin, usté sabe. Yo ya tengo mi cábula. Y conste, que a usté le
cuento esto porque sé ques amigo de los pobres y que no me va a dar negra
con el pase de oreja. Que si nos oyera tanto lengón que hay aquí, sólo a trer
mi condena de un par de años iría…
El administrador del penal, el viejo teniente Merino, de quien
se aseguraba era la única persona decente en todo el aparato de
administración de justicia de la república (por lo menos desde 1935) y ello
no porque hubiera pruebas relevantes sino por su sólo aspecto patriarcal y
sus modos complacientes, entró a la habitación chancleteando para dejar
unos papeles en el escritorio cercano y saludó a Arturo silenciosamente,
con una leve inclinación de cabeza que ni siquiera hizo caer la ceniza de su
cigarrillo agonizante. Una cucaracha blanca y gorda voló desde el escritorio
hasta la pared y se quedó allí, rascando, como el fantasma de una enorme
uña del dedo gordo del pie. Días sin huella. Arturo pensó en fumar, pero
de inmediato supo que se le agravaría el dolor de cabeza. Posiblemente,
se dijo, estaré pálido, con la cara larga y la quijada más. Debo tener cara
de Roberto del Monte enfermo del hígado. No se atrevía, por otra parte, a
interrumpir al reo y dejarlo hablando solo de su plan de defensa y de las once
mil vírgenes. Ni se le ocurría siquiera la fórmula para atajar aquel torrente
verbal. Y él, que había pensado redondear las ganancias tembeleques de la

Pobrecito poeta que era yo 53


semana con el anticipo que le había prometido la ancianita. Aunque al final,
quien iba salir más jodido era el reo: el que por su gusto muere, aunque lo
entierren parado…
—La mandrakada es más o menos así, bachiller. Fíjese para que le
quede experiencia y porqués de choto. En primer lugar, la barrientos…
El hombre había señalado la barba que se había dejado crecer (húmeda
parecía tan negra, enhiesta en el final, agresiva, como la de un mago o la de
los diablitos del Jamón del Diablo).
—¿Usté cree que esta barbita me la estoy dejando crecer por amor a
Fidel Castro? (Y va a perdonar que le miente a la familia, como dicen por
ai). No, bachiller: es parte de la cábula. De aquí a tres meses, que es cuando
va a ser el Jurado, ya voy a tener una pera respetable, así como quien dice
de diplomático o de Aristóteles. Para mientras, ya mandé a la dray clining
el de reír y llorar (que no es el único pero sí el más tuani) y además le dije
a mi mamá que me traiga la camisa árrou, una de mancuernilla que tengo,
guash-an-güer, y una corbatona mero taza que tengo, con sostenedor de
chucho de caza. Para asegurar la cosa desde el primer inin, he mandado a
hacer un bastón con cabeza de águila de plata al pabellón de rematados,
con un maishtro que es un primor de las manos para trabajar los metales
y que está embuchacado por falsificar chimbimbas americanas de a peseta
y bambas antiguas de a peso. Con ese plantón de vestido y bastón hasta el
juez y los fiscales se van a ver mero delincuentes junto a mí. Como dice mi
maishtro Catalino, mejor no sirve…
Arturo era cada vez menos el futuro primer Pulitzer extranjero: se
enjugó con el pañuelo el sudor del rostro y miró desesperado a la calle,
a través de la ventana, prisionera, como todo allí, detrás de los grandes
barrotes cuadrangulares de hierro oxidado. La mañana era ya una película
mexicana.
La cucaracha blanca cayó de espaldas hasta el suelo, con un ruido de
largo rasguño y un seco golpe final.
—«Leonardo Ele Murillo —me va a decir ese día mi teniente Merino,
después del barrido de celda y la repartición de los yoyos del desayuno—
prepárese rápido con ropa de salir y se me va a la reja, que hoy tiene cita
con la Justicia en el Templo de Minerva.» Y ya sabe usté cómo voy a ir.
Tipería, bien enchachado, pero con la frente altiva, como Pedro Infante en
Nosotros los pobres y Ustedes los ricos. Una abigarrada multitú de público
va estar esperándome en la casona. «Ve —van a decir a mi paso— aí va el
maishtro Murillo, tan galán ques. A ese pobre cliente lo han rempujado a
la cárcel por envidias de viejas chachalacas.» «No pueden ver al hombre
inteligente sin estarlo jodiendo.» «Así jue como se cagaron los judíos en
Nuestro Señor.» «Suéltenló, suéltenló —va a gritar la majada que habrá
llevado mi mamá (en el barrio, a tamal por cabeza, se consigue una tropa
más grande que la del San Carlos, sépalo para cuando quiera organizar

54 Roque Dalton
una zamotana o una revolución)—. En fin, que ya le digo. Los muchachos
de la prensa nacional harán funcionar sus cámaras para llevarle a toda la
fanaticada de la república las noticias de mi suerte. «¿No quiere decir unas
palabras para los suscritores de El Diario de Hoy?» va a llegar a decirme
don Chico Romero, ques bien fierrada mío y ques softbolista también, viera
qué primor de hombre, no hay quien le pase una pelota cuando está de
shor-estóp, lo único que lo jode es que le encanta demasiado el argirol.
«Saludos al pueblo salvadoreño —voy a decir— y muy especialmente a la
señorita Tilita Mijangos, del restaurant Milagro, en la 24 Avenida Norte: hoy
brillará mi inocencia.» «Guacalchía-chía-chía…» —va a gritar la majada—.
Al fin me llevarán a la Sala de Jurados, bien topada de gente como si juera
seis de agosto. «Orden en la sala —va a pedir el secretario— comienza
la vista pública contra el suidadano aquí, don Leonardo Ele Murillo.» Y el
señor juez, bien bravo, le va a decir a los vigilantes: «Desaten ligero al reo:
nadie puede estar haciéndole bendito a las nalgas en el palacio de la ley.» Y
van a comenzar a leer la minuta: que San Salvador mil novecientos tantos,
que presente el reo tal y cual, que el supuesto delito de estafa, que los
cuarenticinco colones que dio la señora Eusebia, que la propiedad privada
de uno y no sé cuándo, en fin, ni modo, bachiller, a aguantar otra vez y en la
mera cara todas las calumnias que le acumulan a uno por ser pobre. Hasta
que diga el juez: tiene la palabra la acusación…
Arturo, achuy, no daba más de sí. Trataba inclusive de pensar en
otra cosa, en cualquier cosa agradable (Peter Pan, o mejor Burbujita) que
le hiciera olvidar (mientras el reo no agotaba la charla y por el contrario
la respaldaba como tejiéndola con grandes gestos de actor finisecular)
su feo sumergimiento en aquella habitación ya realmente odiada, su fea
mordisqueante hambre que lo envenenaba de pies a cabeza, su feísima
manera de sudar y su peor dolor de cabeza.
—Los hombres esos van a decir barbaridades de uno, bachiller. ¡Ay,
papaíto lindo y difunto que me abandonaste huerfanito en el mundo
ingrato! ¡Ay, México, lindo y querido, si muero lejos de aquí! Que mirarlo allí
en el banquillo de los acusados haciéndose el Juan-véndemela, que es el
criminal nato patente y presente, que hay que ser rigoroso para defender a
la sociedá (así se llama un cantón allá por Pasaquina) y trescientas mil pajas
baratas. Pero no vaya a creer: yo no me amilanaré. La cábula, bachiller, y
la dignidá de uno, son la mitad de la vida. La otra mitad es el valor, la cara
de palo. Pues, para no cansarlo, llegará finalmente el momento en que el
juez dirá: «Tiene la palabra el reo.» Yo me voy a levantar así despación,
como Gregory Peck en Duelo al sol, para poner a parir a todo aquel gentío.
Colocaré mi bastón con cabeza de águila de plata sobre el taburete
de los acusados y me pararé bien cerquita del tribunal de conciencia,
abotonándome y desabotonándome el sacristán para que se me eche de
ver la camisaza. «Señores del jurado —les voy a decir, así con estilacho—

Pobrecito poeta que era yo 55


¿de qué me acusáis? —(porque hacerse el loco no le hace daño a nadie,
bachiller)— ¿De qué me acusáis, señores del jurado? ¡Lo ignoro! ¡Lo igno-ro!
¿Qué me hice cargo del delito en la policía judicial? Lo admito. ¡Lo ad-mi-
to!! Pero, señores del jurado, honorables y apreciables señores del jurado,
mi estimado señor Presidente del Tribunal de Conciencia: apretáos, como
quien dice, Señores del Jurado, un huevo… y veréis por lo que ha tenido
que pasar este cristiano en las espantosas ergástulas frías de la Policía de
Investigaciones Criminales y Judiciales, alias la Jura, donde el atropello y
la tortura contra los ciudadanos honrados, abstemios y trabajadores son
una irnominia para la patria grande que nos legaron los plóceres de la
Independencia al grito unigénito de Dios, Unión y Libertá.» Y ai va estar
mi zafada, bachiller, porque el presidente del jurado, que siempremente
es un veterano pelón, así con cara de buen cuate o de pentágano, quien
sabe, va a voltiar a ver para todos lados y con risita nerviosa y diciendo
«compermisito», con cuidadito de que nadie lo mire, va a bajar la mano
y ¡chás! se va a pegar su apretón para experimentar y entonces va a decir
con cara triste: «Tiene razón este cristiano. Así cualquiera echa la piedra.
Absorvámolo.» Eso es jon-ron, bachiller, lo demás son babosadas. ¿Mató la cuca?
Arturo hizo una cómica mueca al tratar de sonreír. Y estaba
organizando en su cabeza doliente una despedida eficaz, cuando el reo, en
otro tono, de humilde, casi servil, inocencia, dijo:
—En fin, suponiendo que yo le firmara el poder orita mismo y
considerando que ya lo hice reír un rato, ¿cuánto me cobraría por la defensa?
Arturo logró sonreír plenamente. Cubrió el pañuelo con las dos manos
y terminó por guardarlo en uno de los bolsillos del saco. Se arregló la corbata
y sacó un cigarrillo del virgen paquete de Embajadores, golpeándolo por
uno de los ángulos con el índice en forma de pequeño ariete.
—Muy bien. Haremos un presupuesto para las diversas posibilidades
que se puedan presentar. Siempre tendrá que ser un presupuesto
provisional.
Pero antes quiero saber…

Álvaro (12:15 p. m.)


Después de llamar trabajosamente por el teléfono negro a un taxi de
color adecuado para la hora, Álvaro escribió al margen de la primera —
esplendente— cuartilla: «Para Arturo, con afecto, este poema de cuentista
que recién atravesó la puerta del horno». Por la radio, Bramhs se hacía
cómplice de yss, la emisora del gobierno, con su papapa-pámpapam
estimulante, generador de imágenes cinematográficas, perfecto para
surgir en medio del aire acondicionado. Álvaro hizo el rito higiénico para
la salida prolongada: Old Spice en toda la rosa de los vientos, hasta en el
halo de la santidad. Puso en sobre las cuartillas engrampadas con amor y

56 Roque Dalton
se colocó el moderno tanatillo lo más cerca posible del corazón. El texto,
que planteaba ya entonces, de hecho, la obsesión actual de Álvaro y que lo
llevaba a una bien intencionada confusión de géneros literarios, se llama
«El Brujo» y pasará a la sorprendente historia de la literatura salvadoreña
con las siguientes características:

Te comprás un puro de a real mejor si es prieto como zanate macho


y no tiene nadita de vena y te conseguís siete alfileres limpios sin
óxido ni manchas ni huellas de uso y que no hayan tenido nunca
contacto con la sangre humana sabiendo que antes de comenzar
tenés que bautizar el puro y los alfileres por separado dándoles
tres vueltas al derecho y tres vueltas al revés con los ojos cerrados
una vez hecho esto con parsimonia sin precipitación que es lo
que más mal cae en el otro mundo clavás los alfileres en el mero
centro del puro y a este lo prendes por detrás o sea que lo vas a
chupar por la parte cortada donde los demás hombres ponen la
brasa antes de todo ya se me olvidaba tenés que haber visto que no
haya nadie presente porque si no la oración no da efectos ya que se
trata de una cosa íntima como la limpieza corporal y la resistencia
a las enfermedades y luego recitás tres veces seguidas y con la fe
y devoción y respeto la oración siguiente: «Yo te conjuro cigarro
puro padre de tus volubles hijos de humo en el nombre de Satanás
Lucifer y Luzbel y por la virtud que tú tienes —arde el corazón
arde la entraña infinita— haced que ella sienta amor desesperado
amor por mí que no tenga sosiego ni caminando bajo las estrellas ni
posando sus ojos entrecerrados sobre el color del agua ni tratando
de amar a otro hombre por hermoso que sea ni aun durmiendo en
su cama ancha solitaria y sin mí Santa María Reina y Madre de las
Maravillas que en la violenta ciudad de Mangle no encuentre un
solo caballero noble ni una mujer que por favorecerla y honrarla
quebrante su quebranto que los niños inocentes lloren sin saber
por qué lloran que los perros ladren furiosos que los gatos chillen
cual si hubiesen visto cerca de sí la serpiente matadora pues así
como venciste el corazón de Tu Madre Abandonada en su edad
final y el corazón de todas las Madres de Tu Madre y el corazón del
Nocturno Poder de Tu Padre así has de vencer su necio obstinado
porfiado insensato corazón para mí que yo iré cantando hasta la
última y postrera región estas tremendas canciones que rezo
encomendadas a Dios-al-revés al Enemigo al Escorpión Predilecto
al Aborto de María Preñada por un Cuervo Podrido al Malo al
Diferente al Mil Caras al Gran Mentiroso al Placentero al Sucio
al Hediondo al Único Verdaderamente Muerto al Gran Traidor al

Pobrecito poeta que era yo 57


Perro Veneno a Satanás en fin el del hombre siempre triple a Lucifer
Sombra de los Perdidos en el Horrible Día y a Luzbel quien a pesar
de Dios conserva la belleza y aunque ella (aquí decís el nombre
de ella) invoque los jugos de la tierra contra nuestra apetencia se
deberá desesperar por mí desde que se pase las manos y los dedos
por su largo cabello que no parece que termine jamás de caer por
la nuca» y ya de una vez que estés rezando te tenés que ir fijando
en la forma del humo del fuego y de la ceniza en una forma normal
y corriente de chupar el puro sin soplar fuerte ni empujar el juelgo
demasiado porque por ejemplo los hoyitos en la ceniza significan las
casas ya sea de uno o de la mujer y hay que ver con minuciosidad lo
que pasa en ellas y si se forman así como carreritas de caracol en la
arena es que ella (aquí decís el nombre de ella) invoque los de Dios
en cambio una rajadura es que ya viene de camino y si se forman
graditas es que por el momento está bien entretenida pero que
volverá prontamente con todas las musarañas del arrepentimiento
ahora bien si la brasa chispea es que ella está enojada por algo
que ha sabido de uno si sale llama es que se encuentra enferma y
abandonada y si la brasa es normal la cuestión es favorable para el
que reza la oración lo mismo que si el humo forma una especie de
palma también es favorable aunque ella esté lejos en cambio si el
humo se amontona sobre el fumador hay que ponerse águila pues
ella está cerca y lo busca y lo requiere también cuando ella regresa
arrepentida y sumisa del abandono el humo vuela para arriba y cae
con pesor sobre la cara del que reza en cambio el humo en forma
de corazón es malo porque indica compañía y querencia ajena y
si se apaga el puro ahí sí que la cosa está más peor porque es que
la que queremos está en peligro de morir o de parir de otro ahora
bien en cuanto a los alfileres estos hablan según se vayan cayendo
si se cae uno solo es que ella está enferma al caerse dos hay que
estar tranquilo si se caen tres ella está pensando en el que reza
la oración al caerse cuatro es que ya va a terminar el abandono al
caerse cinco es que hay cólera grande al caerse seis es que viene
ella o alguien más con mucho dinero y si se caen los siete es que ella
está convencida para siempre de que sólo con uno tiene verdadero
poder de amor hay otras cosas más pero eso es más caro hay que
acordarse siempre que esta oración se debe rezar en soledad en un
lugar alejado de la flor de infundia y únicamente los viernes a las
doce de la noche sobre todo es importante lo de estar solo pues si
la cosa se hace en compañía corre uno el peligro de que el Diablo
crea que es changoneta o bien no le oiga la oración o bien le mande

58 Roque Dalton
a uno un su castigo que lo deje lelo de por vida dicen también que
se puede fumar entre dos pero sólo cuando se están queriendo y
fuman para apagar una sospecha entonces se reza desnudos y en la
cama pero eso sí que yo nunca he probado porque yo nunca.

Álvaro y Arturo (12:50-3:00 p. m.)


«Día de aire invisible, sin referencias de que alcanzará para toda la vida. De
los que huelen a engaño, o quizá no, simplemente a la típica yuxtaposición de
normalidades que van haciendo los días tan parecidos entre sí, como nietos
de una colección de abuelos aborrecibles.» Álvaro tiró por la ventanilla del
taxi la página literaria donde el rotundo texto de Mario Arenales lanzaba
sus seudópodos vibrátiles en nombre de la filosofía alemana bebiendo
kétchup Del Monte en Saint Germain de Pres. Cuando llegó a El Patio
(al cual llamaba «El Patrio», agregando: «Mi patria es El Patrio») faltaban
aún algunos minutos para la una. De nuevo una vaga sensación de alma
satisfecha lo colmaba y se apuntó como un nuevo tanto halagador el hecho
de llegar temprano a la cita, dígase lo que se diga, esta es la vida. Por eso se
sorprendió (ya había elaborado velozmente la situación de ser el primero
en llegar y sabía cómo utilizarla para seguir siendo feliz) al encontrar a
Arturo en el bar, frente a un largo cubalibre de Bacardí mexicano. Pronto:
¿a quién citar?, ¿a Jardiel Poncela, a Orson Welles, a Camus, a Durrell, a don
Manuel Barba Salinas, a Cesare Pavese, a la Matilde Elena o a Pedro Shofrá?
O una puteada introductoria, terapia de emergencia del salvadoreño
medio, punto de apoyo, máscara. El bar era oscuro y fresco, nacional como
una cueva desembocando en la hierba del día tropical, y por todas las
ventanas se entrometían las hojas de grandes parásitas moradas y verde
limón; colas de faisán chisporroteantes y encorvadas por los centenares
de minúsculas semillas, puras camaronas preñadas; agresivas manos de
león; gladiolos machos, lustrosos y gigantescos a fuerza de injertos. Olía
a membrillo, a tierra limpia de rincón, a melcocha con ajonjolí, a galletas
de chuchito, a humo de sopa. La música de una marimba («Noches de
Mazatlán») sobresalía sin alharaca entre las conversaciones de los clientes
(vendedores de pólizas de seguros, ejecutivos de empresas publicitarias y
comisionistas, el dueño del Café Orellana y la hija del campeón nacional de
tiro (llamado Palo de Coco), periodistas, una o dos rumberas extranjeras
de los dos o tres cabarés de la ciudad, vendedores de autos, vendedores
de libros, cocinas de gas, trajes a plazos para caballeros, estudiantes de
Derecho o Medicina).
—Vine temprano —dijo Arturo, como quien dice «to be or not to be»
o «assinus assinus fricat» («Has tomado más de ese trago», pensó Álvaro)
—para interrumpir una mañana ho-rri-ble. No pude desayunar, por culpa
de mi adorada mujer y de la Compañía de Alumbrado Eléctrico, y por poco

Pobrecito poeta que era yo 59


pierdo la cabeza con una jaqueca de altísima puta. Me levanté al revés,
viejo. Para acabarla de amolar, a mis clientes se les ocurrió amanecer muy
chistosos y me hicieron perder toneladas de tiempo. En cuanto nomás
pude, salí disparado de tribunales y penitenciarías y me vine a refugiar a la
fuente de la salud. Me encaramé tres semillazos esperándote y el resultado
es que ya no tengo dolor de cabeza y me comienza a entrar el hambre
bienaventurada. Es lo que dice mi papá: el guaro es la última carta de la
medicina, cirugía incluida, ya no digamos de la siquiatría y la sicología
experimental…
La conversación se generalizó, eligiendo facilidades tranquilas,
palabras vegetales, gordas de clorofila antiséptica, como animalitos
simpáticos en la edad de la inocencia, antes de aprender a morder o a
picar o a desgarrar: la etapa del tanteo («Luego se ríen de los chinos —
pensaba Álvaro—, los primeros verdaderamente erectos entre toda la
ordalía de pitecantropus curcuchos, porque han reglamentado estas fintas
exploratorias»), que elude las veredas veloces, las que pueden conducir
demasiado pronto al lugar crucial. La literatura y sus alrededores en el
caso de Álvaro y Arturo, en aquellos momentos. «Inocencia misteriosa, uno
de los grandes escrúpulos que debe aparentar tener el escritor joven en un
país como este —había pensado cada quien a su manera y con sus palabras
mentales— donde no se sabe exactamente a qué horas y en qué dirección
va a surgir la erupción de lodo, el ataque del vecindario arrojando estiércol,
por no decir otra cosa».
—Me gustan estos bares tropicales. Uno puede pronunciar en
ellos grandes palabras para que los demás parroquianos piensen y se
inquieten de reojo. «Nuestras postrimerías», «La crisis de esta época de
taumaturgos», «Los huracanes recónditos», «Más allá del ceño del corazón»,
«Los hossanas son estupefacientes leales», etc. ¿Ves cómo nos ha mirado el
tipo de saco azul?
—Sí. O a pronunciar ciertos nombres comunes de mujer con
embeleso, lo cual, si se acierta, inquietará aún más a cualquier parroquiano
que se respete. El culto a las claves evidentes… Claro: también puede uno
conseguirse un balazo en el lomo.
El barman sirvió otra vuelta. Álvaro había pedido un Pinch con jugo
de naranja y azúcar —una cucharada de clara de huevo con una gota de
limón por aparte (consejo alcohólico de un amigo, Castellanos, apasionado
coleccionista de vasos decorados con marcas de bebidas o nombres de
bares y cantinas y que soportaba con dignidad la gloria de haber sido
el primer suscriptor salvadoreño de la revista Playboy entre las capas
medias urbanas) y Arturo persistió en su ron zanquilargo, al que había
que entrarle con pajilla y todo. Cómo era, Dios mío, cómo era el sabor
del Bacardí cubano, ahora negado por la cortina de hierro y bagazo de
caña, para pensar en expresiones propias del detestable El Diario de Hoy?

60 Roque Dalton
Después del primer paladeo volvieron a las fintas. Estas eran ya propias
de un cuarto round en un encuentro fijado a diez: el público se frota las
manos y se crispa sobre el asiento y el aire huele a central hidroeléctrica
y a ginebra mezclada con Chiclets Adams de menta. Arturo había charlado
ya con Roberto del Monte, el poeta con nombre de lata de frutas en
conserva, que había regresado recién de La Habana castrista. No, no había
que temer por su seguridad personal, es evidente que el gobierno ha
cambiado de línea y la movida va para el lado de aprovechar las relaciones
con Cuba para presumir de revolucionarios inclusive (aunque por dentro
se estén cagando con cada vientecito que llega del lado del Caribe): con la
prosperidad de que ha gozado el país en los últimos años ha habido dinero
hasta para aprender muchas cosas y el hecho de que algunos síntomas
de crisis comiencen a aparecer en el horizonte no necesariamente quiere
decir en esta oportunidad que viene el caos político o la matazón de gente,
no, no, nonó, la experiencia es la experiencia, este país seguirá siendo
una mierda pero hasta la burguesía tiene derecho a madurar, carajo, si
hasta inclusive están inflando el globo de los halagos y hay muchos vivos
que han acudido velozmente a prestar el culo. Claro, está el problema de
la huelga textil, pero eso es cosa de los obreros, África, viejo, o Asia. Y
si han capturado al tal Carpio es porque finalmente los tiempos son los
tiempos. El tipo es buena gente y un santo, pero sobre todo, un mártir.
Quién sabe si no sea mejor para la clase obrera conseguirse un par de
dirigentes comunistas verdaderamente sinvergüenzas para poder entrar
de verdad a formar parte de la nación. Carpio lo más que puede lograr es
que lo torturen de nuevo, en cambio un dirigente hijo de puta puede ganar
todos los juicios laborales del mundo y santas pascuas, ese es el proceso
social y lo demás son babosadas. No estoy de acuerdo contigo. Ya te darás
cuenta, al fin y al cabo, tú lograrás saber más que yo de Carpio y compañía:
por lo pronto eres su juez ejecutor, el maishtro de su habeas corpus. Sí,
hom, qué fregada, al nomás salir de aquí corro a la Policía. Roberto le había
contado en resumen que La Habana castrista es una ciudad muy bella, una
especie de diminuto México con mar, húmeda y táctil. Sí, había dicho táctil.
No, Arturo no sabía por qué pero suponía que eso se sabe con los dedos.
También le había dado la dosis sociológica y la de latin lover ascético y la de
los tres mosqueteros y la de Mata Hari. Y le había contado algo acerca de
la captura de una red del espionaje norteamericano hecha por los cubanos
en La Habana: uno de los espías era en realidad un agente revolucionario
y por eso cayó la red. Arturo había hablado con Roberto del Monte sobre
Cuba por más de tres horas en el cafetín de la Escuela de Derecho y todo
aquello parecía, como Del Monte había regresado diciendo, del carajo.
Arturo había preguntado por la Reforma Agraria, por el apoyo popular
al régimen, la alfabetización y Arturo había insistido en que todo era del
carajo, verdaderamente del carajo. Sí, con Álvaro también había hablado

Pobrecito poeta que era yo 61


Del Monte sobre Cuba, pero a él sólo le había contado sobre los poetas
(un nuevo monstruo volcánico llamado Lezama Limás o algo así, etc.), los
pintores, un pianista y chansonnier extraordinario llamado Bola de Nieve,
etc. Y efectivamente había afirmado que todo eso construía un panorama
del carajo. Sí, como siempre, se había puesto medio misterioso y había
hablado sobre un par de muchachas (había subrayado el lugar común para
hacer un chiste habanero) y hasta acerca de algunos problemas incipientes
en la dieta de los cubanos (escasea el cangrejo y las conservas americanas
y las mermeladas para los cipotillos), pero bien pronto había vuelto a la
literatura, quedándose ahí.
Otra vuelta de Pinch y ron. Y otra más. Y el trópico. Arturo tendía a
ponerse melancólico y divagador, pero, finalmente, holló el territorio sagrado:
—El problema para un cuentista en El Salvador es la falta de temas. Y
creo que la esencia del cuento es precisamente esa: la presencia de un tema
singular. Ahí tenés a Quiroga, Borges, a Kafka. Y entre nosotros no pasa
nunca nada singular. Cuando pasa, una vez al año se trata generalmente de
algo tan de mal gusto, que es imposible literaturizarlo. Para escribir sobre
lo insulso de todos los días es mejor quedarse con la intención. Y por otra
parte, la masturbación mental es como la otra: puro derroche, puro gastar
pólvora en zopilotes. En eso sí que soy estricto. Los siete cuentos que he
escrito en mi vida son fruto del encuentro con la rara oportunidad, esa
joya…
Después de otro trago pasaron al comedor, un lugar abierto y claro,
de paredes altas y desnudas que ofrecían como única alteración al orden
un descomunal bodegón de Valero Lecha. Un sirviente joven (cuyos
pronunciados rasgos indígenas recordaron a Álvaro el rostro seco del Tata,
situándolo de nuevo a punto de indisponerse, como en la media mañana)
les sirvió una enorme sopa de mariscos que si hubiera sido servida en
Bruselas cerca del museo correspondiente podría haberse llamado «Caldo
a la Hieronnimus Bosch» y haber costado más de tres mil francos belgas,
y luego el dueño de la casa («¿Han sido bien atendidos los señores en esta
su casa de ustedes?») vino personalmente a repartirles la carne aromada
con tihuacales que habían escogido felizmente en el menú especial. Entre
los postres y el café, Arturo leyó nerviosamente a Álvaro tres cuentos que,
a decir verdad, objetivamente, no estaban del todo mal. Quizás tendría
que limar un poco ciertos giros de humor bastante gruesos y eliminar,
por disciplina, entre 30 y 40 adjetivos, acción siempre posible, al decir de
Álvaro, en diez páginas de la mejor literatura tropical. Como Arturo decidió
prescindir de la lectura de los otros cuentos que llevaba («en verdad —
explicó, hipando— ya han dejado de satisfacerme»), Álvaro sacó del bolsillo
y aún del sobre las cuartillas del cuento-poema escrito aquella mañana y,
sin extenderlas, como quien pasa el bastón en la carrera de relevos de 100
x 4 o como quien entrega el pergamino lacrado al correo del zar, las pasó a

62 Roque Dalton
Arturo, que no pareció haber resentido el codazo.
—Léelo en casa. Es un rito de brujería del que por lo menos habrás
oído hablar entre risitas. Sólo que esta vez, digo, en este texto (me permití
dedicártelo), incluyo el ritual auténtico y la única oración considerada
eficaz, según la liturgia de Izalco. Un brujo amigo mío me la dictó esta
mañana. Le ha dado una forma mínimamente literaria, sin modificar lo
substancial. Se trata pues, en todos los sentidos, de un cuento realista.
Garantizado.
Ambos pidieron la cuenta a la vez, pugnando por sacar sus carteras
del bolsillo trasero del pantalón, déjame a mí hombre, no seas baboso, la
próxima será la tuya.

Arturo (4:00-7:00 p. m.)


Arturo asistió aquella tarde a todas las clases señaladas en el tablero del
Decanato (los ojos un tanto enrojecidos a causa de los tragos del almuerzo,
dedicándose a cultivar con cierto gozo lo que en uno de sus cuentos había
llamado su «ego jurisprudencial». Tuvo una intervención feliz (según
su modo de apreciar sus actos, hasta brillante en grado A-1) en la clase
de Procedimientos Civiles al ser interrogado por el profesor acerca de
un problema de acumulación de autos que nadie había podido resolver
desde la semana anterior. «Será un placer tenerlo como contraparte en
algún caso importante» —le dijo el profesor, tan famoso por su parquedad
e incluso por su leve sorna, afilándose las uñas contra la solapa. Arturo
se ruborizó. Y el gordo Flores se volvió subrepticiamente, como él sólo
podía hacerlo en el mundo contemporáneo, y le dijo con voz de muchacha
ronca: «Tás valiendo, cipote, tás valiendo». La hermosa carrera de Leyes,
Derecho o Jurisprudencia y Ciencias Sociales, como decía el padre Gondra,
sí señor, y que tan insensiblemente era capaz de despreciar Chepito Vides,
digo Ladrillito Tayuyo, no señor, adelante Bayardo del Derecho Togado,
uno más en el Panteón al lado de Montesquieu, Lombroso, Andrés Bello,
Mario de la Cueva, Chema Méndez y el Gato Padilla y Velazco, sí señor. Ya
para la hora de salida, Arturo hervía de nostalgia hogareña, en afán por
compartir su merecido gozo legal, de ninguna manera menos intelectual
que el producido por cualquier otra zona del tan estrechante interligado
saber humano.

Álvaro (5:00 p. m.-1:30 a. m.)


Esa tarde, recordando la conversación con Arturo (y después de haber
estudiado, como todos los días, varias páginas del Diccionario histórico
enciclopédico de la República de El Salvador, de don Miguel Ángel García,
viejito pelón que sin querer logró a la vez un canasto del sastre, un tratado

Pobrecito poeta que era yo 63


de alquimia histórico-geográfica, un diseminado potrero para el pasto de
miles de polillas salvadoreñas, etc.), Álvaro escribió un cuento corto de
ambiente cubano (de Cuba, viéndolo bien, no sabía sino lo que salía en La
Prensa Gráfica, que era lo mismo que saber de cualquier otra cosa menos de la
realidad), una «viñeta política de la actualidad salvadoreña» y, para terminar,
construyó lo que él llamaba una «recreación sobre textos históricos», esta
última de carácter irreverente. El cuento escrito de un tirón en 18 minutos,
sería incluido en su próximo libro, titulado provisionalmente: «Escombros
para tintero y orquesta» y es, a la letra, el siguiente:

La indecisión

Y entonces Robertico Griñán dijo que sí que estaba bien y pasó


a ser miembro de la banda contrarrevolucionaria Alfa Junior
sección de La Habana y al salir de allí se fue al Departamento de
Seguridad del Estado y confesó que había ingresado en una banda
contrarrevolucionaria pero que estaba dispuesto a servir a la
revolución en labores de contraespionaje y al salir de allí volvió a
lo de Alfa Junior y les dijo que había estado en el Departamento
de Seguridad del Estado y que había confesado su ingreso en la
contrarrevolución y manifestado su deseo de servir en el espionaje
revolucionario agregando aquí que él de verdad a quien deseaba
servir era a la contrarrevolución y luego regresó al Departamento
de Seguridad del Estado y confesó que había regresado a Alfa
Junior y le había contado que había denunciado su militancia
contrarrevolucionaria y que había pedido participar en el
contraespionaje revolucionario pero que él era ni más ni menos
que un fiel contrarrevolucionario ratificando aquí sin embargo
su primitivo e inquebrantable deseo de servir efectivamente a la
revolución desde las filas de la contrarrevolución en donde se le
consideraba ya un contrarrevolucionario tan convencido como
que era capaz de fingirse espía revolucionario en las filas de la
contrarrevolución y así seis días y un sábado Robertico Griñán vio
que eran las ocho y media de la noche y vio todo lo que había hecho
y se dijo que era bueno en gran manera y después de engullir una
croqueta de pescado a la vera de un carromato pulcro y platinado
se fue a su casa con la idea de que necesitaba un ligero descanso
para continuar su gigantesca labor en favor de mejores relaciones
entre la sufrida humanidad.

La «Viñeta política», aún inédita por las prevalecientes condiciones


políticas nacionales de que hablan los decretos del estado de sitio, es la
siguiente:

64 Roque Dalton
Uno de los hombres le apuntaba con una pistola 45. Eran cinco,
seis, y quien sabe cuántos esperaban afuera. Lo habían sorprendido
nomás por la hora. Los cateos se esperan cuando es ya avanzada la
noche y nunca así, cuando el crepúsculo… ¿Y si intentara huir? No
se atreverían a disparar y tampoco arrestarían a su mujer. Quizás
podría perderse entre el gentío de la estación cercana. Porque
era hora de llegada de trenes. En todo caso la situación política
no permitiría a la policía ir demasiado lejos: la huelga había sido
declarada legal… Pero, quien podía saber en qué sentido se habrían
complicado las cosas en las últimas horas, si no es que ya habría
otros camaradas presos para entonces, si es que alguien no hubiera
hablado más de la cuenta. En todo caso, esta actitud de pistola en
mano por lo menos… Era mejor tratar de huir. Y antes de que lo
esposaran. Hasta entonces le habían permitido sentarse en la cama,
atarse los zapatos, mientras ellos revisaban los rincones de la casa
en busca de un mimeógrafo, documentos, propaganda, vaya uno a
saber. ¿Me puedo lavar la cara antes de ir con ustedes? La menor de
sus niñas trajo la palangana con agua y una toalla. Los policías habían
terminado el registro y estaban rodeándolo. La puerta a unos tres
metros. Y más allá la calle, oscureciendo lentamente. Una mirada
a Rosa: No tengas miedo, sé que estás de acuerdo con lo que voy a
hacer. Cuida de las niñas. Tú sabes lo demás. Repentinamente arrojó
la palangana con agua a la cara de los tres agentes que estaban en
dirección a la puerta y aprovechando su desconcierto se arrojó fuera
de la habitación. El aire era fresco en la calle. La gente se apartaba
de su camino y le huía con una mezcla de desagrado y miedo. Oyó a
sus espaldas un estallido y algo zumbó cerca de su cabeza. También
oyó, casi al mismo tiempo, un grito inconfundible: «¡Papá!» Otro
estallido: le estaban disparando. La gente buscaba protección en
los portones y también gritaba. Todos seguramente estaban de
acuerdo con que lo mataran lo más pronto posible y hurtaban sus
cuerpos para que las balas no tuvieran con quien equivocarse. Si a
él iban destinadas, a él, pues, debían acertarle. Él corría y corría y
adivinaba con terror que bien pronto le faltarían las fuerzas y se le
doblarían las piernas para caer como para siempre. Otros dos tiros:
parecía como si estallaran junto a sus oídos. Estaban cerca entonces.
Dio un mal paso y perdió un zapato, milagro no se dobló el tobillo,
pero sintió de inmediato la falta de estabilidad, el renqueo veloz, y
la humedad del suelo fangoso impregnándole el pie desnudo. De
pronto, cuando menos miraba algo concreto y el universo parecía
haberse vuelto un pozo giratorio y terrible, una gran mole roja
le cortó el paso. Era un camión de carga. El conductor miraba la

Pobrecito poeta que era yo 65


escena —dentro de la escena a él y en él a sus ojos— con cara de
asombro. Sin embargo, estaba allí con su camión y su aspecto de
trabajador, sucio y sudoroso. ¿Y si le pidiera…? Sí, sí: es un obrero
y comprenderá. Chero: deme un jalón rápido, por favor. Me vienen
siguiendo y me van a matar. Es por las cosas de los sindicatos. Yo
soy… Mejor entriéguese, mano, ai nomás vienen… Bueno, resultó
un boquiabierto. Y me hizo perder… Pálidos, temblorosos, los cinco,
seis policías se le echaron encima al mismo tiempo insultándolo
furiosamente. El peso de una pistola le cayó con toda fuerza detrás
de la oreja y el perseguido comenzó a caer, lentamente. Mientras
un policía, aterrado aún por la posibilidad de que hubiera podido
escapar le daba puntapiés en las costillas, el que parecía ser jefe del
grupo le colocó las esposas. En la estación cercana el tren de oriente
bufaba. Antes de que se reunieran los curiosos, un auto negro llegó
hasta donde se había efectuado la captura. Los policías metieron
en él al reo y se fueron a gran velocidad. El camión rojo no se había
movido. Un muchacho descalzo, que había visto de lejos todo el
incidente, subió al pescante y metiendo la cabeza por la ventana
de la cabina, preguntó al chofer: ¿Quién era? A saber —contestó
aquél— algún ladrón, de seguro. En esta zona abundan. Luego le dijo,
con mal humor, que se bajará del camión, que ya se había retrasado
demasiado para estar hablando babosadas. Era ya de noche.

La «recreación irreverente», en cambio, reza así:

La desnudez
(Sobre un texto de MAG)

A las cuatro de la tarde, después de algunos instantes de


penoso sufrimiento, el ilustrísimo señor obispo entregó su alma
tranquilamente a Dios, entre las oraciones y las lágrimas de muchos
sacerdotes arrodillados alrededor del lecho. Un lamento general
resonó en toda la casa y en la calle: pero el cuarto donde estaba
el cadáver, ocupado sólo por la familia, los sacerdotes y el clero,
presenció las escenas más tiernas y las expresiones más sinceras de
amor y veneración al santo prelado. Entretanto, el doble solemne
de las campanas anunció a la población el fallecimiento y puede
asegurarse que fueron muy pocas las personas de la ciudad que no
acudieron inmediatamente a la casa mortuoria, a pesar de que a
nadie se permitió ver el cadáver hasta estar completamente vestido.

66 Roque Dalton
—Un día bien aprovechado por mí, un escritor, cada día menos
salvadoreño, cada vez más bienaventuradamente cosmopolita, de
narraciones de ficción— dictaminó Álvaro ante el espejo, colocándose la
tercera corbata del día.
Entre las siete y las ocho de la noche fue a casa de Carlos Lanzas (y
posó para el retrato que este estaba haciéndole, inglesamente al pastel).
Se trataba de un cuadro muy peculiar (sobre todo por la carencia de
continuidad con respecto al resto de la obra actual del pintor) en el cual
el rostro de Álvaro, sin barba, con unas mejillas purísimas que no eran las
suyas pero que se referían a él de una manera más íntima que estas, se
confundía con San Salvador, de acuerdo con el aspecto que presenta la
ciudad vista desde un lugar preciso de la carretera a Zacatecoluca. No
era nada verdaderamente novedoso para quien estuviera en capacidad de
adivinar ciertas huellas entre de Chirico y Buffet, pero para levantar los odios
de la Dirección de Artes Plásticas del Ministerio de Cultura era más que
suficiente. Además, las civilizadoras relaciones públicas de Álvaro habían
propiciado ya cuatro reportajes de prensa que habían difundido la noticia
por toda la ciudad y dado a Lanzas la oportunidad de las ironías. «En El
Salvador, cualquier obra de arte se produce contra algo o contra alguien…»
Lo demás era cuestión de organizar el robo del cuadro, la consabida
entrevista del pintor con los reporteros de la página roja y el aparecimiento
de la joya cultural perdida a los pies del Salvador del Mundo en la catedral
en construcción: Milagro, milagro, Hossana al Hijo de David, Bendito sea
el Señor Dios de los Ejércitos, para retratos Carlos Lanzas el retratista que
hasta los ladrones prefieren, un toque de modernismo a su cultura: lea
Escombros para tintero y orquesta, cuentos del premio nacional y vencedor
en los Juegos Florales de Quetzaltenango, Guatemala, Álvaro Menéndez
Leal, gloria a Dios en las Alturas y paz en la Tierra a los hombres de buena
voluntad. Cuando el pintor tuvo bastante para aquel día, echó con Álvaro
una partida de dardos, hablando mal de los pocos pintores figurativos que
van quedando en Centroamérica (exceptuando a Camilo Minero que daba
grandes pasos hacia una pintura auténticamente popular pintando cuadros
que luego se pudieran encumbrar como barriletes, sensacionales cuadros-
piscuchas para los niños pobres atendidos por la División de Menores de
la Presidencia de la República) y de la crisis de los poetas católicos (¡no hay
uno interesante en El Salvador desde mediados del siglo pasado! No, no
me refiero a don Juan Jota Cañas, Carlitos, el autor del himno nacional era
masón y tenía fama de ser uno de los hombres más brutos de su tiempo a
lo largo y lo ancho de América Latina). Luego se aplicaron un par de tragos
de aguardiente en batidor de barro y salieron para cenar huevos crudos
de toro regados con cerveza en cierto restaurante equívoco, perdido en
los breñales de las faldas del cerro, como quien va para San Marcos y no
sabe bien por dónde. Álvaro había recuperado (¡por fin!) el Chevy que tenía

Pobrecito poeta que era yo 67


internado como si fuera su propio y foolish corazón (desde hacía todo un
par de días) en un bronco taller de reparaciones. Entre las nueve y las
once, Álvaro se metió solitario en un cine (Carlos hubo de abandonarlo,
atacado por un hipo pertinaz, hipo necio, de esos que llaman de muerto in
fieri). Dejó la sala cuando comenzaron a proyectar un film de Luis César
Amadori. Callejeó un poco, charló con una prostituta callejera de la calle
Arce, ya para entonces llamada más corrientemente la Mamenic Line, y
no, por cierto, a causa de la Marina Mercante Nicaragüense, cabal frente
a la casa del rector de la Universidad, alias Gallo Bebiendo Agua (hasta
que llegó, furtivamente, un policía, hecho que lo obligó a irse silbandito de
nuevo hacia el carro, jugando al fútbol con una semilla de jocote), carrereó
sin rumbo fijo, se dedicó a sorprender con las luces a los enamorados que
aprovechaban la zona oscura del Estadio Nacional; insultó a una anciana
terenga que se le atravesó en la alameda Roosevelt, decidió no insistirle a
Elizabeth aquella noche, escuchó a unos mariachis («Dios dice que la gloria
está en el cielo…»); regaló un par de pesos al poeta Mario Arenales, el Barba
Jacob del barrio San Miguelito, barbudo y con un feo golpe de mano en el
pómulo (¿cuántos días de borrachera llevaría?, lástima su inteligencia y su
preparación filosófica) quien le regaló en cambio una muestra comercial
de talcos femeninos Para Mí y, atropelladamente, tanto como no debe
hacerse según Dale Carnegie, alabando el buen corazón de Álvaro y su bien
conocidas tendencias filantrópicas y mecenísticas, le solicitó un empleo
cualquiera, para empezar desde abajo, en su agencia publicitaria, bajo la
solemne promesa, juramento de doble cruz ñuñuca, de no beber nunca
más, ni siquiera un pinche trago o una pinche cerveza, una vez que se
curase la borrachera presente, hasta que lo dejó ir; cayó en el rendezvous
del Hotel El Salvador, aún en reparaciones por la balacera que armara la
semana pasada Lico Hill, el pistolero agroexportador más destacable del
último año, y se tragó un ajenjo refrescante y siempre sobresaltante por
lo creolinoso y lo baudelairiano, y finalmente, volvió a 80 por hora a su
habitación con un calor de los once mil diablos. Se desnudó como una
mujer y se durmió leyendo un folleto cuyo autor (un académico ecuatoriano
de dos apellidos y la consabida «y» entre ambos) trataba de demostrar que
Jorge Luis Borges es en realidad un joven expósito de la más rancia nobleza
polaca, expulsado en una fecha indeterminada de un monasterio tibetano
especialmente estricto, por habérsele comprobado constantes caídas en
la pederastia pasiva.

Arturo (1:00 a. m.)


Arturo besó por última vez a su mujer, mientras ella se cubría de nuevo
con su camisón de seda, esposamente. Para terminar un día que podría
considerarse interesantoso, el amor había sido, como siempre, como

68 Roque Dalton
cuando los días son magnificentes u horribles, inmejorable. Apagó la luz
tirando del cordoncillo metálico de la lámpara y hundió la cabeza en la
almohada y la oscuridad olorosas. De pronto, como un chispazo eléctrico
que brotara del fondo de sí mismo, de allá donde el páncreas pispilea y el
hígado se pone verde, lo golpeó el recuerdo indeseable: había olvidado en
todo el día iniciar los trámites del recurso de habeas corpus en que fuera
nombrado juez ejecutor. El plazo si no se equivocaba, habría terminado
ya, carajo. Tendría que inventar una buena excusa, para la Corte Suprema,
nada menos. Y para Carpio, desde luego. Si es que no se lo han tronado
todavía. Y para aeu. Mañana a primera hora. Sin falta…

Pobrecito poeta que era yo 69


II
Roberto
Conferencia de prensa

Memorias confusas
una y otra vez,
recogen el sueño
en amarga red.
Claudia Lars.

Oh tú, animal revolcado en las sociologías,


obsedido por lo sexual…

Vaya: llegué tempranísimo. «Vengo arrastrándome, despezuñándome a


puros tropezones, medio de goma, pero no tanto, y si estuviera agonizando,
agonizando vendría para hacer una proposición benéfica a la humanidad
desvalida. En esta cara jalada que me veis, lo peor es el catarrón, pero no
liunque. Con toda la energía con que debe un diputado promover los
asuntos interesantes de la patria, pido que ante todas las cosas y en la
sesión del día se declaren ciudadanos libres a nuestros cheros y meros
brothers, los compañeros esclavos, dejando desde luego a salvo el derecho
de propiedad que legalmente prueben los poseedores de los que hayan
comprado (porque los que se los hayan hueviado no tienen derecho a
nacas) y quedando para la inmediata discusión la criación del fondillo para
la indemnización de los propietarios y a ver si alcanza para el almuercero
de todos los colegas. Este es el orden que en justicia debe guardarse: una
ley que la juzgo natural, no hay de piña, porque es justísima, manda que el
despojado sea ante todas las cosas restituido a la posesión de sus bienes; y
no habiendo bien comparable con el de la libertad, ni la propiedad más
íntima que la de ella, que aunque de por si no dallas de comer, es el principio
y origen de todas las que adquiere el hombre, y por eso es que con mayor
justicia deben ser restituidos los esclaburros al uso íntegro de ella. Todos
saben, no se hagan los sorocos, que nuestros hermanos esclas han sido

Pobrecito poeta que era yo 71


violentamente y a punta de machete y arcabuz despojados del inestimable
don de su libertad (por babosos que van a ser esclavos voluntarios), que
gimen en la servidumbre, suspirando por una manuela benéfica que rompa
la argolla (puyo) de la esclavitudencia. Nada pues será más glorioso a esta
augusta Asamblea, más gratis a la nación ni más provechoso a nuestros
hermanos, que la pronta declaratoria de su libertad, la cual es tan notoria
y justa, que sin discusión y por general aclamación deberá decretarse,
cachándose una parranda con tetuntes en la mano el diputado que se
oponga. La nación toda se ha declarado libre, aunque sea un poco en
veremos, y lo deben ser también las partes que la componen, aunque sea
de nombre. Este será el decreto que eternizará la memoria de la Asamblea
en los corazones de estos infelices que de generación en generación nos
bendecirán como libertadores. Si bien es cierto que ya la mayor parte se
murieron esclavos y sólo como doce babosos van a gozar de esta medida,
no seamos tan sinvergüenzas cuando ya no es necesario. Además así le
vamos quitando la mala fama que desde el nacimiento ha tenido el país y
comenzamos a presumir de liberales aun siendo recontracachurecos. Y
para que no se piense que intento agraviar a ningún poseedor, que no se
aflija don Chico de Sola, y aunque me hallo pobre y andrajoso y medio
chuña porque no me pagan en las cajas y hace tiempo que no huelo mis
créditos y dietas, ni me aceptan vales en ninguna parte, cedo con gusto
todo lo que me deben estas cajas matrices para iniciar el fondo de
indemnización arriba dicho. Cosa que incluso es excesiva, porque si vamos
a hablar claro, los 14 nos lo tendrán que agradecer: ya no van a tener
esclavos, por lo tanto ya no van a tener que darles de hartar. Y lo que vamos
a prohibir es la esclavitud a título privado, de propietarios individuales (y
no es que seamos comuneros o comunistas, como se vio obligado a serlo el
pobre Nuestro Señor, de acuerdo a las condiciones especiales en que le
tocó venir a actuar a la tierra): con otro nombre, llamándose jornaleros,
peones o proletarios, los esclaburros pasarían a serlo de la nación,
constituyendo un fondo de trabajo libre de dueños exclusivos y excluyentes,
y quedando a disposición de las fuerzas vivas que pueden pagar un salario.
Zigzag social que los patriotas del futuro llamarán «movida» y que nos es
exigible por el propio desarrollo de nuestra sociedad, por el progreso a que
nos condena la condición humana». ¡Clase de recreación! No, no sirve. —
Acto fallido, indudablemente, seguro. En gracioso, sí, pero sólo para los
entendidos, la masa se quedaría en la luna. Y si además resulta que quien
lo recita no es el campeón de la recitada como soy yo, el texto aburre. El
campeón de la recitada. Bueno, la verdad es que mientras conserve la
memoria sobreviviré inclusive a la soledad, que es lo peor que hay, y
siempre podré divertirme solo y estar preparado para ocasiones como
ésta. Menos mal, porque después de tanta agitación para llegar a tiempo,
ahora resulto, ya lo dije, llegando sudoroso y tempranísimo y (por supuesto)

72 Roque Dalton
sin que nadie haya asomado la nariz todavía. Siempre me pasa así: habré de
esperar y tratar de refrescarme aquí, sentado y solitario, silbando en
silencio de la garganta al estómago algo que se parezca a la Vereda tropical,
«tú la dejaste ir ⁄ otra vez ⁄ junto al mar». Mientras tanto, en otro subnivel
del ego (¡Dios mío!) pongámonos solemnes: mi último poema desechado es
toda una lección. Felizmente fui yo mismo quien lo desechó: estuvo en una
gaveta dos meses y, al revisarlo ahora, fue condenado: out. Es que cuando
uno acaba de escribir sus pobres cosas, estas lo engañan facilísima,
sumariamente. Ah, el débil ojo, el desvalido ojo que no puede estrenar
poemas para sí. Según él cada poema nuevo es una obra de arte
absolutamente incomparable por lo menos desde algún punto de vista
(¡qué catarro tengo, madre mía!). Claro, debo aceptar, tosiendito como un
chompipe monárquico, que el título de la primera parte no está nada mal:
«Llaves de la salvaje inocencia». Huele a especiería de las Indias
Occidentales, al oro de sus cuerpos, a Van Gogh, pero también a
confesionario del padre Malaina y a rompecabezas nuevo y a dulce de
tamarindo y a colación rosada y a laguneta cerca de la costa y a niño bajo
el sol. Pero, evidentemente, el problema no es ese, el problema estriba en
convencerme (estriba, que palabra equina: equina, qué palabra equinoccial,
equinoccial qué palabra fufurufa), el problema, repito, insisto, está en
convencerme de que efectivamente he resumido correctamente mi
infancia, cosa difícil no sólo por lo que fue de rara mi infancia, sino
precisamente por la conveniencia de eliminar todo lo que no refleje,
aunque sea aproximadamente, la infancia de quienes lean el poema.
Incluidos David Alejandro Luna de Sola, de oficio biógrafo-de-Martí, no
más que no del Martí famoso, sino del nuestro, del Negro Martí; Eraclio
Zepeda, mi hermano de leche porque alguna vez chupamos de la misma y
marfilina teta; Frida Schultzs de Mantovani, tan viuda, pronunciar cuyo
apellido es como echarse una Alka-Seltzer en seco; Rosa Lima, la
pedorretera balletista a quien todos nombraban la Rosa de los Vientos;
Talepate, mi recordado maestro de trompo, capirucho y chacalele, en fin,
y el ministro del interior de Honduras o Paraguay. Me gusta en el poema lo
referente a las ataduras sociales, a la Gran Alianza, como dice el texto, que
por cierto hoy me traen tan herido. Pero creo que debo imprimir más aún
al enunciado de los hechos el tono de inocente comprobación. Será en
otro poema: este es out. Pues con la infancia no se juega: matutinidades de
reales vientos de octubre, dominadas por una molicie más añorable que
toda la poesía inglesa, aprendizaje de estilos para bien vivir que al cabo
sólo quedan persistiendo en calidad de la musiquita de un instrumento
raro, pasado de moda, al menos, sin ningún papel que jugar en esta edad
tan aficionada al recuento enemistoso «Retrotraerse es caer de espaldas,
diciéndolo en el buen decir». Yo dije: mi infancia es un arma secreta y si
adivinara frutos al final, reclamaría la patente. Los tiempos actuales pueden

Pobrecito poeta que era yo 73


perdonarme: no rememoro con rencor, amo los días de hoy, sin
inconvenientes. Pero (si yo tuviera…) terminó esa edad, la era del pachulí,
el siglo de los chupabesitos, los milenios amargos —incluso— del aceite de
castor con jugo de naranja u Orange Crush tibia, con el eternizado y débil
color que siempre le adjudicaré a la metafísica. ¡Qué fiebres aquellas del
peor y más detonante mal de estómago! Bien fregado uno en la turris
ebúrnea del mediodía sonsonateco, con el ilógico tas-tas de los dientes
como en el infierno mínimo y oscuro establecido con agresiva inocencia de
la picosa cobija chapina (donde Silvia —superada mi etapa de la dedicación
a las primas— aceptaba que intercambiásemos saliva, pero de ya se
transformaba en un diablito extraño que miraba con la cabeza agachada
respirando con dificultad hasta mover las aletitas de la nariz, pálida como
si fuera a llorar y de pronto me decía «Mirá qué bonitos mis calzones:
tocame», y salía corriendo, pero ya no como un demonio sino como una
boba divina, anunciadora de camanances para niños) con los quetzalitos
verdes, digo, la cobija, y sus puntas barbudas y tan entrometidas en las
orejas y en la nuca, sediciosas más bien en el reino del sueño pacífico.
Quisiera caer entonces (en vista de ello) en la pilita fresca de la gran casona
de Sonsonate, la casa de Papa Yeye y Tiolin , inolvidables entre los viejos
cisnes negros y las tortugas que nacen milagrosamente bajo las piedras
secas e infinitamente pateadas con sólo que caiga una de las lluvias
calientes y aceitosas de la región o sea, siempre y las lanchitas hechas con
carapachos de copinol devastados a puro pulso con la mitad de una Gillette
y un pedazo de lija número uno, igual que los amorosos y cellinianos
capiruchos nacidos de toscos carretes de hilo Llave (A propósito: hay que
anotar en tu caja-del-recuento-de-deudas la última vez que escribiste
sobre el hilo Llave, con el corazón por lámpara y pisapapeles, a saber:
«Mándeme también unas agujas y un carretito de hilo Llave del más fuerte,
pues como soy tan tonto para lavar los pantalones me facilito el trabajo con
un pashte que me presta mi profesor de caló. Ello tiene el inconveniente
que los botones de la bragueta se arrancan con facilidad y me toca andar
enseñando los guilindujes mientras no consigo qué meter en los ojales. Las
agujas deberán ser introducidas de escondidas pues el reglamento las
prohíbe, para evitar suicidios o heridas raras en las peleas eventuales. Y de
una vez que no sean agujas de costurera curcucha que ya de todos modos
se quedó choca por una abnegada vida de enhebrar frente a la lámpara,
sino que sean agujas de hombre, grandes, trancas, de hoyo generoso donde
quepa hasta una pita, y duren mucho y no se oxiden y puedan servir hasta
de espada en caso de necesidad. No se preocupen demasiado por mí. Estoy
bien, todo lo mejor que se puede en mis circunstancias, sobre todo del
ánimo. Y, no crea, pasan cosas, aquí adentro también hormiguea la vida. El
último interrogatorio fue especialmente idiota. Los oficiales mismos
parecían convencidos de que sólo se trata de probar que la policía política

74 Roque Dalton
sirve para algo. Lo de mi culpabilidad o no, es cosa de los jefes, querían
decirme con su actitud, digo yo. O a saber. Si esta nota le llega normalmente
hágamelo saber de inmediato por la vía habitual. Reciba un millón de besos
de…» Y yo que siempre perreo haciendo gozar con ese cuento de
Frankenstein en el cumpleaños de Drácula: madre sólo hay una), y al caer
también en ese sueño fresco y tocable al pie del agua verde y sus duros
fantasmas paternales. Híjole, hoy debí recoger las pruebas del libro de
Caillois y corregir en galeras el poema de Pablo: ¡qué bellas ediciones
vamos a hacer! Pero ahora es demasiado tarde. No podría ir y volver a
tiempo. Aunque la verdad es que aquí solo parezco un idiota. Vine
demasiado temprano, ya lo dije. Mi excusa es la de no tener reloj, la más
elaborada es la que explica que no compro reloj porque ya me aburrí de
quebrar decenas de ellos contra los postes, las paredes, las personas, las
sillas, en mi perenne gesticular, con el cual he llegado a arañarme la nariz.
En mi perenne gesticular que me ha hecho el enemigo público número uno
de los vasos de vino servidos sobre el espléndido mantel blanco, joya de
quien me invitó. Claro que la clase de nariz que sobrellevo también ayuda.
Pero el problema verdadero es la falta de plata. Párpados, ¿para que los
quiero? ¿Para echar fuera la vitralería hiriente del aire, los afanes del
mundo por pintarrajearnos el alma con su cuchillo sucio? «No, esto es para
otro libro, tácheme todo lo de arriba, maishtro Medrano». Periferia:
irresistible buscona de niebla. Debería haber tomado las pastillas para
terminar con este asedio inasible de lagartijas… ¡Ah! «Herida por el sol ⁄ el
ojo alerta ⁄ parece una raíz que se despierta ⁄ y desde el fondo de la tierra
sube»: Finca Esther, camino de Tonacatepeque, 1952 con Luisón, Napoleón
y Toño Alas (a) AA- flor de ilusión sueño de amor tralalalalitralaila-lá o tengo
una perra que se llama la Canica ⁄ y que a la calle se sale sola o di por qué
dime abuelito ⁄ di por qué eres viejito ⁄ y Moncho Ávalos Mena (desnudo,
haciéndose el dormido o el desmayado o el muerto bajo la lluvia que
escarbaba en la tierra y en la carne al caer, hasta que el Chino González lo
agarró de los vellos y lo hizo saltar, pidiendo cacao) y todos los demás, ya
casi bachilleres, Cuyuma, Quique, Truji-Truji, Quininuy, Tiyón, que eran
nuestros embajadores en el mundo de Triquitraque y Jijirillo, Chiguampera
y Chicomundo, Cachafloja y Chingalisa, Curruchiche y Gato Peche, de los
que hablaba Tepemechín, sí señor, y de Tin Pupusa, Chirisate, Mario Puta,
Pericón de Barranco, Chiricayo, Pinrronrro, Caburro, Carne Asada, Puma
Peche, Gallo Bebiendo Agua, Cote, Chiricuto, León Dorado, Marimbita,
Canuto, Chicle, Pocuecaca, Pirijute, Bola de Sebo, Garrote, Cachimbo de
Tripas, Chico Andá Bañate, Viejo Bicho, Cherenqueque, Tenqueque,
Calzoneta, Pata Ñana, Dituiro, Cachamblaca, Nana Yaca, Alicate, Monorote,
el Culón, Bienteveo, Careleño, Petróleo, Vozarrón, Janiche, Tortepitos,
Chivirdute, Si algo te debo con esto te pago, Grito Prisionero, Pedo de
Barco, Ojos de Hule, Sobaco Sabio, Cerote Cuto, Salivita, Litilpil, Gato de Yeso,

Pobrecito poeta que era yo 75


Gusano de Queso, Lena la Hiena, Pupú de Ángel, Cocoliso, Sapo Cuto,
Violín, Pichel, Gargantilla, Pichelada, Tanguarniz, Manzanita, Pan con Caca,
Cabra Tipa, Quiquiriche, Pistola Cuta, Pistolita Cutía, Alacrán de Leña,
Negativo de Zope, Ñuca, Negativo de Rodríguez Porth, Aborto de Pollo,
Nalga Peinada, Maishtro Caca, Tío Lolo, Ropa Tendida, Mollejón, Pichota,
Candelero, Chele Gallina, Sammy Moon, Muela de Gallo, Choco Pianola,
Lora Pijeada, Tommy War, Truxon, Lomuecuca, Ratón de Piano, Puñalada,
Choferón, Torola, Tobi, la Piernuda, Chunchucuyo, Carrito, la Caballona,
Tamalón, Chacalele, Maishtro Infundia, Pecuecho, Tachuela, Lora Gorda,
Sábana, Santo Entierro, Polongón, Michigán, Taburete, Cocada, Cara de
Hacha, el Peludo, Grabadora Humana, Bajate de Ai, Catuta, León con Jiote,
Mica Polveada, Calduevidrio, Calolo, Cabro Loco, Chilguete, Concertola,
Chorro de Humo, Ceregumil, Mango, Elefante Seco, Gato Relleno, El
Pichaco, Chumina, Pajarote, Boca de Rancho, Chenchita, Ojos de Ostra,
Pollo de Hule, Papelón, Vaca Echada, Mató Tunco tu Tata Anoche, Calambre,
el Inmortal, Vía Crucis, Salpullido, Piedra Pómez, Zope Divino, Cara de
Lengua, la Diamante, Cui-Cui, Caca de Piojo, Mirna Loy, Tío Tigre, Chirina,
Zope, Chapuda, Gancho, Chaquetilla, Muerto Bañado, Tapón, ¡Ah la gran
puta!, Zeppelín, Aí te va el gol, el General…, Labios de Hígado, Influencia,
Charco de Sangre, Patas Cutas, IBM, Pituña, Guineyón, Paparacho,
Chacuate, Tortolita, Chico Mimeógrafo, Guardafango, Cuchumbo,
Clavelito, Peineta, Zungo, Con cuál me limpio, Chichotas, Billete de a Peso,
Tableta, Chucho de Finca, Pato Pipe, Tentación, el Todo hecho mierdita, el
Sheriff, la Perfidia, la Tarzana, la Momia, la Cotorra, la Ann Sheridan, la
Carlota, la Pedrina, Bote de Chile, Carmen Miranda, Viaje de Agua, Catalnica,
Cachimbazo, Plosh, Pipí, Jocote, Chinga Quedito, Ojos Divinos, Eruto de
Tigre, Patas de Hondilla, Chiva Vieja, la Tarántula, Pleito de Chuchos, Mico
entre Paréntesis… y el gran relajo y el gran chapandongo: nos tiramos
guacaladas de orines en la disputa por el dormitorio, cuando el castigo
para los perdedores sería dormir en el corredor mojado o en los dos
cadáveres espantosos de los vetustos Fords que se pudrían en el claro más
cercano de la negra arboleda, pis-pis por el friazo de la madrugada. A mí
me capturaron los que yo pensaba que eran de mi grupo y me torturaron,
echándome esterina derretida de una candela y nitrato de plata, poquito,
la verdad, en la punta de la pirinola, hasta que Dios me iluminó para que le
clavara a Luisón una escupida entre ceja y ceja. Todos claudicaron cuando
vieron que la vaina iba en serio. Pues Luisón se pegó la reculada del siglo
gritando: «Suéltenmelo a este hijueputía, que lo voy hacer caca». Truji-
Truji dijo que para qué íbamos a pelear si éramos compañeros externadistas
e incluso congregantes marianos de San Estanislao de Kostka y que mejor
nos acostáramos ya, que algo es algo dijo el diablo y se llevó al Mariachi
Vargas de Tecalitlán, que ya mucho joder y que además él tenía que irse
para San Salvador temprano de madrugada en la primera camioneta que

76 Roque Dalton
viniera de Suchitoto pues mañana era primer viernes y tenía que terminar
su cadena de comuniones de nueve primeros viernes del mes seguidos,
pues si uno se los echa ya puede hacerse hasta comunista o por lo menos
más puto que los gallos, porque siempre que tenga ocasión de morirse,
yunque seya en el centro del desierto de Sahara, siempre, siempre, digo,
tendrá a la par un confesor ducho en extremaunciones. Entonces terminó
la guerra, Luisón y yo fuimos a mear juntos sobre una mata de manzanas
pedorras (yo todavía lagrimeando un poco, pero dispuesto a reír de
cualquier cosa) y para mayor señal de armisticio, agarramos a Truji-Truji y
lo amarramos de pies a cabeza y lo zampamos en uno de los Ford y no lo
dejamos salir de la finca hasta el sábado. Como dijo Westinghouse, qué
chingáus. Eso es lo que quería decir de la lagartija, señoras y señores. De
las lagartijas y de las luces y de las golondrinas y de las rosas punzó
corrompiendo sus venas inútilmente, pues bien a las claras se ve que van a
desaparecer en sí mismas, pero por obra y gracia de la sequedad
pulverizante. ¡Carajo de catarro! Podría decirse que es tan grave para mí
como el ridículo para los latinoamericanos, si la misma frase no fuera tan
ridícula y manoseada. «Nosotros también tuvimos una casa en la niebla»
Vehemencia apolillada, ¿Por qué entonces vivir? La decadencia: un tránsito
entre pianos polvosos en cuya cola hacen los zompopos un picnic de hojas
de clavel y sólo las copas de baccarat para beber el champaña muestran
una credencial de eternidad, por lo menos por un momento. Sí, pero qué
momento mi hermano. Roberto Muyshondt se pandeaba como un ángel en
el instante de ser cogido por el anzuelo de Dios entre el piso del gimnasio
viejo y el firmamento y apenas sobaba la trayectoria de la bola con una de
las plumas del ala y la bola variaba la trayectoria, agarraba efecto y, chucús,
al fondo del aro. Externado 71-Liceo 70. Y ya estaba prendida la luz roja y
allá arriba en el tablero, Barrabás capeando como todo el mundo con los
cartones del empate o de la derrota o de la gloria en las manos. Y ya los
alaridos eran silenciosos de tanto ruido y nosotros con las bocinas, a echar
lo que nos quedaba de galillo y cuerdas vocales: «Somos los pericos ⁄ los
más cachimbones ⁄ y aunque no les guste ⁄ seremos campeones» y el
padre López, pálido como buen salvadoreño, iniciaba la otra: «van bien,
muchachos ⁄ van bien» Y la bola en manos de Ulises Velazco, el máximo
encestador del Liceo y ai viene el cabrón no lo para ni Truman ciégalo
Santa Lucía cómo dribla dicen que por eso lo hacen pasar de curso los
maristas pues el año pasado se lo habían tronchado en Física en Química y
en Trigonometría claro entre nosotros eso no puede ser poscius mori quan
fedari o algo así entrale Chino maricón por vida dale en la nuca ay Virgen
Santísima le dio fábol en contra nuestra y doble porque fue en el área y
faltan unos segundos si mete las dos chuspas este pisado ya nos llevó el río
y ya no hay ni mierda de fiesta y nos vamos al tercer lugar y quien aguanta
a esos piedras con lo de «Liceo Campeón Liceo Campeón» Virgen Santísima

Pobrecito poeta que era yo 77


que no meta ni una soquen cabrones griten eeeeeee Virgen Santísima te
juro que voy dos veces ida y vuelta a Santa Tecla y que no voy a tomar ni un
trago en la fiesta del Deportivo griten eeeeeee falló falló ya no nos ganan
en todo caso empatan pero ya no nos ganan griten más por lo que más
quieran desgraciados que no la meta me estoy jugando una andada hasta
Santa Tecla veinte veces que me va a llevar el diablo Dios me perdone
griten ciégalo Virgencita falló falló falló ya somos campeones fíu fíu fíu ya
somos campeones y Teto Velazco llorando y Roberto Muyshondt llorando
y el padre Gondra llorando y el hermano Nazario llorando y las madrinas
llorando y yo llorando. Hasta que me zumbó junto a la oreja la primera
pedrada, lanzada por un primo hermano de la Mica Vilá. Entonces a hacerse
los machos y a gritar un poco con el cuisicuis a dos manos: Todos los del
Externado ⁄ son son son ⁄ Todos los del Externado son son son ⁄ son son ⁄ son
son soron son son ⁄ son bien de a huevo ⁄ son bien de a hue-e-e-e-vo ⁄ Y los
del Liceo cuando nosotros íbamos a decir que éramos bien de a huevo,
coreaban con la misma música «son maricones ⁄ son marico-o-o-nes» Y
ahí sí que no aguantó el padre Zuazu y se lanzó al centro de la samotana de
tres mil contra tres mil quinientos, repartiendo paraguazos hasta que se
perdió en el tumulto y Moris Bigueur que no tenía que ver porque era del
Francisco Gavidia me dijo en el oído «Molós a la mierda», pero Quique
Soler que sí tenía que ver me dijo: «Huevos, nosotros tenemos que
quedarnos, botá esa pitoreta que te van a sacar un ojo con ella y agarrá un
ladrillo». Y él fue agarrando una gran tranca que desclavó a puras patadas
del cerco que dividía entrada general de sillas y se fue detrás del padre
Zuazu y se perdió también en el tumulto de sopapos, patadas, gritos,
policías cadetes, sotanas, pedradas, nudos de luchadores, chuchos
perdidos, muchachas perdidas en pleno grito, mamás perdidas, papás
perdidos y clamando por calma. Y entonces yo tiré mi bocina de jefe de
barra, partí en dos mi ladrillo contra el suelo, tiré con toda mi alma la mitad
contra el tumulto, al quiaga, y con la otra mitad, la más pequeñita, en la
mano, me fui metiendo también en la gresca con los brazos girando como
aspas de molino. Qué anda haciendo uno de seco metiéndose en esos líos
de fuerzudos: hasta el día siguiente me pudieron sacar el ladrillo de la boca
con todo y bastantes dientes. Desde entonces no asisto ni a los partidos de
ajedrez del club Rean. Pero qué momento, caray, ni más ni menos: la mitad
de la vida. Otro momento así, sólo con la metralleta en la mano. Y quizás
no. Lo demás son babosadas. Lo demás es pura atmósfera, más bien dicho,
pero lo cierto es que también aquí las paredes se descascaran. Es increíble
pero es verdad, un hecho: aun en estos edificios nuevos y aparentemente
duros como el vidrio. Parece mentira, insisto, pero tienen veinte o más
pieles, como los mesones de adobe y de repello y bahareque, los mesones
todos cheretos de allá por la Garita y el barrio Las Victorias. Veinte o más
pieles, feas y porosas, antes de que aparezca el noble ladrillo atrapado por

78 Roque Dalton
el cemento caliginoso, con olor a caverna seca, de una caliginosidad
conseguida a fuerza de mascar telarañas que sólo Lucifer sabrá cómo es
que llegan hasta allí entre tanto rigor albañileril. Uno empaña un poco la
vista y sus diversos estratos microscópicos dibujan cabezas de ángeles
vomitando, perfiles de don Francisco Gavidia, culebras o correntadas,
Eolos furiosos, carretelas de la mitología griega con Júpiter llevando
delicadamente las riendas en lo que come relámpagos de donde Bengoa,
cuadros de Delacroix, multitudes, plazas de Abisinia con todo y su sol,
golas inversas para carpinteros sibilinos, embadurnamientos arrebólicos,
crepúsculos, plectros del viejo Lito Landívar con todo y sus poemas para
orquesta sinfónica. Tal vez debería salir, por otra parte, dar una vuelta por
aquí cerca, pero no tengo para un té con limón. Lipton de esos en bolsita,
ni para un trago decente y el Tick Tack da cáncer como todo el mundo
sabe, dígalo si no el Pipo Escobar Velado que se ha tenido que ir volado a
Estados Unidos para ver si se salva. Pobrecito y todavía el gobierno
jodiéndolo y algunos de sus familiares también. Solamente que a babosear
en la librería de don Kurt. (¿Y estos cuatro tipos?) Buenas tardes. Parece
que habrá una especie de público, ese disfraz de los intrusos, aunque no
era eso lo convenido: tempestades todavía en los cajones negros de las
nubes: como la ropa alcanforada, fuera de uso, de la anciana Fidelia, la
mamá de Cun, el guardia, que cuando llegaba a la casa metía el máuser
debajo de la cama para que yo no lo trasteara y contaba cuentos de presos.
No, momentito, la cuestión de no querer público ni se acerca siquiera a
cualquier idea exclusivista. Se trata simplemente de que no se cuelen los
policías. Por lo menos mis policías: seguimiento azorador, sobre todo si
uno sabe que eso quiere decir asimismo, o-tro-sí, también, que, por
ejemplo, no puedo hoy por hoy echarme un mi culito sin que se entere el
director general de Policía, para quien la única privacidad respetable es la
de los cadáveres que esconde a la par de las carreteras nocturnas o en los
cafetales de los Regalado-Dueñas o de los Guirola o de los Álvarez. «Hace
dos años, Manuelita Franco ⁄ que abandoné tu tierra llena de carreticas ⁄ y
de guarias lindas ⁄ y todas las mañanas ⁄ al encender mi cigarrillo
inseparable ⁄ tu recuerdo me quema dulcemente el corazón ⁄ y siento
miedo de la ceniza ciega que cae y cae.» Qué vas a creer, Orfeo: de la única
nube indestructible, cambiante de ciudad a ciudad, de mundo a mundo, en
el sacrosanto oficio de desconcertarnos, de untarnos de dudas, como un
leproso que musita a nuestro oído sus preocupaciones por nuestra salud
de espíritu. Eso, y quemar los ar (parece que ya los periodistas están en el
corredor, es inconfundible su cuchicheo animal. ¿Por qué no acabarán de
entrar?) boles y dinamitar las montañas pobladas de resplandores marinos,
de sal turbia, no sólo como la que viene de los huesos de los náufragos, o la
que sólo sirve como imagen literaria para coronar una descripción ya casi
enlodada, sino como la acción contraria que nos da pruebas del vital

Pobrecito poeta que era yo 79


entorno, y enmarca las tranquilidades del ciego en una prisión de
desesperados (esto es excesivo), oliendo como esas abejas coléricas que se
enredan en el cabello a la luz de los cirios y hacen roncamente «zinnnn» (¿a
quién le decían de apodo «zinnnn» porque parecía un zancudo pálido?)
(¡Cómo tardan!) Ojalá no se suspenda la entrevista, necesito esos pesos
como el estadígrafo apóstata una palmadita del jefe: todo el mundo debería
leer las cartas de Dostoievsky a su mujer y también mi interesante crónica,
preñada de corolarios, sobre el diálogo acerca de Guatemala sostenido por
Peña y Rubén Azúcar mientras almorzaban en el derrengado hotel
Presidente con aquella profesora rubia de marxismo que creía que la vida
es un aula poblada de chicos idiotas, crónica que no tiene nada que ver,
por cierto, con la caverna económica de la correspondencia familiar
dostoieskiana, pero que me hace olvidar (ahoritita) los problemas de la
falta de plata en similar medida: distintas vías hay para alcanzar la
tranquilidad de conciencia. No es lo mismo Consulado General de Chile
que general con su chile de lado. Cómo se intercambiaron colmoyotes
barbudos asustando a sus pobres y voraginianos portadores desde debajo
de la piel del brazo, orejas lagrimeando una como gomosidad desde los
filos agrietados. «En eso se conocen los obreros del Petén», dijo Peña,
mascando casi su bigotón autónomo, como una araña de caballo que de
vez en cuando asomaba una puntita de lengua de hombre, antes de que
Rubén citara el aspecto turístico-revolucionario de una reciente
Centroamérica arbencista, los viajes del irremediable Pablo, la fogosidad
profesoral de César Godoy Urrutia, la figura gorda de Virginia Bravo y
ciertos personajes populares de las inmediaciones del Colegio de Infantes
que no alcanzara a ver Miguel Ángel Asturias, e iniciara dentro de aquel
infernal intercambio verbal el mejor responso por la ingrata serpiente
chapina de cabeza amarilla que picara en la lengua al profesor sueco
vestido de corcho, mientras este le procuraba su diario baño de sol sobrisol
cuántos tirantes tiene el tambor, y quiso lucir su sentido del humor nórdico
frente a un grupo de colegialas cuchicheantes que ni agradecen. Lo cual
tampoco es como para fundar escuela en la macabra tradición del irrespeto
centroamericano, en el seno de la cual Chico Perico mató a su mujer, hizo
tamales para ir a vender y nadie se los compró porque eran de su mujer. «San
Salvador 5 de septiembre de 1959: Para el conocimiento de la madre y del
pueblo salvadoreño: se hace del conosimiento del pueblo salvadoreño que
el aventajado estudiante de Derecho de la Universidad Autónoma del
Salvador, bachiller Roberto del Monte Colíndres, de orden del señor
Presidente de la República Teniente Coronel José María Lemus y del Señor
Director General de la Policía Nacional, General Manuel Alemán
Manzanares, el dos de los corrientes en horas de la madrugada, sobre la
carretera que de esta ciudad capital conduce a la ciudad de Sonsonate fue
asesinado várvaramente habiéndolo matado agentes de la Sección de

80 Roque Dalton
Investigaciones Especiales de la Policía Nacional. Apareciendo entre ellos
un agente de nombre Francisco Salmerón Ramos y Evaristo Alberto y otros
cuatro más. Únicamente porque el señor mandatario de la República dijo
que el joben Del Monte Colíndres es comunista y una amenaza para el
gobierno y pueblo salvadoreño, quien amenazaba e injuriaba seguido al
señor Presidente de la República. Por tal circunstancia el joven Roberto del
Monte Colíndres fue asesinado por orden del Coronel Lemus, siendo los
autores las personas antes mencionadas. 6 de septiembre. Ciudad. —
Apreciable señora: el motivo de la presente es comunicarle por este medio
que su hijo, el bachiller Roberto del Monte, está incomunicado en la
Penitenciaría de Santa Ana. No le miento y tenga fe en lo que le digo. Supe
esto por un individuo llamado Fernando Cárcamo, que está de alta en el
laboratorio de técnica de la Policía Nacional. Éste me dijo: «Pero cuidado
con andar contando». Pero siendo yo un suidadano que odio la violencia
trato de ayudarles. Mi nombre es de incógnito puesto que corro peligro de
morir atropellado por estas vestias con rango. Hago esto por ayudar a mi
querida patria, así como para ayudar a ese intelectual ejemplo de la
Democracia y también para calmar sus momentos angustiosos o sea los de
ustedes. Nota: el nombre que aparece en el sobre es ficticio. Adiós y buena
suerte.» Si no serán rejodidos los cuilios guanacos: los anónimos eran de la
Policía, y el corazón de mi amá zumbando a toda virazón, como si fuera
trompo coyote, pero sin pedir cacao. Y eso hubieran querido, darme agua
o por lo menos tenerme en el tubo, pero se les hizo nudo, se los llevó
candangas. Nombres fieramente amados desde el peor lado del muro
confinante, sin un mástil al que apelar en los atardeceres que te permitan
ver lo que está detrás del horizonte en el gran espejo rojo del sol. Tú, la
única a quien amo: no te reconozco desde aquí. Debería verte otra vez
desnuda frente a la ventana, demostrándome que tu ciudad es la más bella
del mundo. Era verdad, pero sólo cuando te servía de telón de fondo. El
resto de los días horada las rosas con sal de su aire. Hacíamos el amor
echados sobre ella y no me molestaba en las rodillas la puntita del Capitolio,
sólo tú te quejabas de que el monumento de la Plaza de la Revolución te
escaroleara los camanances de la divina rabadilla, la de hondos huesos de
acero, de espuma-goma exactamente carnal y de carne y grasita y en cuyas
«nalgas de alabastro y fresa». etc. Risitas y ginebra luego de subir desde el
Sloppy Joe´s. Sigues siendo el emblema del delirio royendo con dedos de
ceniza viva y germinadora la vieja jaula del león, alguien con alta cifra (Oh
sí, eran los periodistas…) qué tal qué tal sí sí adelante si fui el primero en
llegar mi sangre inglesa por la vía de algún pirata imprecador debe ser la
culpable ya que como vicio adquirido la puntualidad ni ñirve ni apetece creo
que los demás no tardarán siéntese por favor y con «la boca olfateando ⁄
sudor y venas verdes». Vete: eres lo que estorba la muerte, lo único que me
hace rehuirla desde que caí en la cuenta —y caí mal— del alma carrasposa

Pobrecito poeta que era yo 81


que deberé sobrellevar hasta mi temido fin de fiesta solitario, claramente
inhurgable para quien no se desnude con todo el corazón de rubores antes
de espiar nuestra bella inocencia culpable. Vete, santa y maligna: llévate las
raíces. No quiero pensar en ti, debo olvidar la forma de pensar en ti, no sé
pensar en ti, caramba, no sé pensar en ti: pero ya demasiados años
repitiéndomelo, y no sólo a solas. Dura lección cantar, caer en la poesía.
Sin embargo fue una buena idea de nuestro propio corazón, la gran salida
que Pepe ya veía cuando lloré aquella noche en las sombras del auto,
después de la reunión en el Partido: «Canta y no llores, camarada: porque
el Partido puede ser orfeón, mariachi materialista-dialéctico y todo lo que
querrás, pero no es pañuelo, ni regazo de la mamá del niño malo ni
organización permanente para hacer ejercicios espirituales, purificaciones
y penitencias». Claro, si yo no estaba pidiendo que me colgaran a orear la
almita recién lavada de meados infantiles: al ingresar me decepcioné
porque no repartían bombas ni tareas justicieras, implacables: apenas le
daban a uno «El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo», para
recordarle que nunca se debe ser más revolucionario de la cuenta. Incluso
que se puede ser siempre menos revolucionario (cauce, prudencia,
disciplina, paciencia proletaria, antidesesperación pequeñoburguesa) pero
ni una vez más revolucionario so pena de irlo a ser en cualquier otra parte
menos en el partido. Y otra parte significa, ha significado: café, bares,
movimiento estudiantil, ala izquierda del Ministerio del Trabajo o del
Ministerio de Economía o el extranjero. ¿Dióndas otra organización, si no
hay? En otra ocasión sería todo lo contrario, es decir, el mismo tipo de
llanto, el del inexcusable, pero en el fondo todo lo contrario. Fue cuando
Gustavo Valcárcel me gritaba: «Yo soy miembro de la base Julius Fucik en
Lima, donde milita también mi compañera y te digo pos cholo, que un
comunista no llora nunca, tas jodío, pos cholo». Y la niña Chofi, enojada
mientras movía sus bellas manos de anciana ciega y dulcemente sardónica,
alcanzaba a decir, tantito antes de que le viniera la tos mala: «Qué va, las
lágrimas son veneno para los hombres: por eso hay que sacarlas para fuera,
sin ninguna vergüenza». No es lo mismo «Bartolomé Montoya» que
«Bartolo: ¿me monto ya?». Pero la santidad, mater amabilis, es un
espumarajo mortal en el tiempo de los gordos furiosos y aún de los que se
masturban frescamente con la autocrítica: por eso, diríase, no vale la pena
plantear tan hondamente los atrevimientos, jovencito. Dormite, niñito ⁄
cabeza de ayote, ⁄ si no te dormís ⁄ te come el coyote. Qué de a huevo: y si se
duerme, peor, porque se lo harta dormido el coyote. Dormite camaradita ⁄
cabeza de estalactita ⁄ si no te dormís ⁄ te vamos acusar de anarquistita. El
problema es el siguiente, idiota, que para estar a la izquierda de alguien hay
que ser más serio y más eficaz que él. Hablar no ubica, y si ubica no te ubica
a la izquierda, sino en la chachalaquencia. (Haberes: «¿Qué cargo ocupa
usted en el Partido Comunista, bachilleeeer? Dígalo ligero-ligero porque si

82 Roque Dalton
no, va a chillar, bachilleeeeer». «No me haga reír, oficial, usted sabe muy
bien, como todo el mundo, que soy católico. Y si no me quiere creer, agarre
el teléfono y pregúntele al padre Daniel Basauri y Retolaza, societatis yésuit,
quien no sólo es el profesor de Química del Externado de San José y
director de las obras sociales de la Compañía de Jesús en la iglesia de la
Vega, sino que es también mi confesor, y a mucha honra, sin ofender a los
presentes»). Insisto en que no vale la pena plantearse tan hondamente los
atrevimientos, viejito, pero no por eso que vos decís, sino porque
simplemente todo el mundo nos pisaría los huesos en el afán de aventurarse
mejor, en medio de un molote junto al cual el de tomar una ruta dos frente
al Lutecia a mediodía en punto no es ni mierda. Como la violencia del humo
silvestre en el ojo pacífico del huracán. ¿Qué cosa veo aquí, tan cerca?
Salvadme, olvidadizos, si es estrictamente necesario. ¿Sueño? ¿Estoy vivo
porque sé que sueño y no me arredra el despertar? «Negar la sucesión
temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son desesperaciones
aparentes y consuelos secretos. Nuestro destino (a diferencia del infierno
de Swedenborg y del infierno de la mitología tibetana) no es espantoso por
irreal; es espantoso porque es irreversible y de hierro». Viejo tramposo,
aprovechado, ventajista, innoble, impío, falto de caridad cristiana, malo,
resentido por ser choco, rey en el país de los tuertos y los ciegos, soberbio,
despreciador, aristócrata, inhumano hasta la palidez, aprovechado,
perdonavidas entre tanta miseria y tanta muerte, sobrador, pedante, inútil
si no fuera por quienes le robaron los instrumentos y han comenzado a
humanizárselos (Julito, entre otros) y sobre todo por quienes le expropiarán
los instrumentos y los humanizarán de una buena vez, caca culta, Caín,
cabashero, qué daría por clavarte una patada en el culo frente a los grititos
de tu mamacita comiendo pastelitos ingleses y horrorizándose sin
derramar el té, etcétera, pero a pesar de todo hay verdades que nos unen
y la principal es la red dialéctica de la existencia real, esa telaraña elevada
a la telaraña potencia: «El mundo, desgraciadamente, es real». Pero claro,
el problema es otro, choco, el problema es que depende de donde lo digás:
en la tertulia de la Victoria Ocampo, en el leprosario de San Blas en Panamá,
en la tienda de abasto de una mina boliviana, en una sala de tortura de la
Policía Nacional de El Salvador o en un Tribunal Revolucionario en Cuba,
qué de a huevo. Mi sueño dorado: tirarme un pedo audible en un recital de
Berta Singerman. En el momento en que grite: «Los caballos eran fuertes,
los caballos eran ágiles». (Ah, qué bien, llegaron los muchachos opinadores
y entrevistables. Pepe: muy bien, decían que no lo iban a invitar. Ah carajo,
y también el mierda ese, habrá que dedicarle más que una simple chinita,
oreja, cerote, Ah, y mira nomás: Lito Paz Paredes, Orden de la Naranja de la
Reina Guillermina de Holanda, Caballero de la Legión de Honor, autor de
todos los códigos de Aeronavegación Civil del mundo y gran bolo, zorro
plateado y fraternal. Yo no sabía que) quiubo viejazo bigote de plata anuncio

Pobrecito poeta que era yo 83


ambulante de la colonia Yardley Special ¿cuándo llegaste? ¿Vas a hablar aquí
vos también? ¿Te quedarás un tiempo no es cierto? necesitamos amplios días
para hablar hay una de chambres que ni en Bizancio después te documentaré
de la situación general aquí anda un poco rarosa sí sí podemos comenzar hoy
mismo por supuesto en derredor de un trago ¡alguien deberá comprar ginebra
y rosas! «O soy acaso el que nada teme porque perdió su nombre original,
el único que puede ser calificado por las enmarañadas acciones de la
primera unidad o la eterna dispersión de lo creado?» Ximena —las
pastillas—, Brenni —que ahora me desprecias por haber inventado una
probanza demasiado grande para tu primera juventud, probanza llena de
claves que tu vejez de dulce coleccionista de emociones y dulces sabidurías
podrá tal vez desentrañar: el primer beso ante el volcán bañado en fuego
me cogió con los ojos abiertos, el mejor espejo de mi pobre alma fue tu
rostro asombrado ante la bofetada, ¿qué cataclismo interior cabe esperar,
para este desorganizado corazón de hormiga, para esta pobre almita
andrajosa de pupilas enfermas, para esta vida mantenida como una puta
por la melancolía, del aterrorizante re-encuentro?, etc.—, Ximena, caramba
con la ingratitud, ¿no ves que te estoy hablando? Mucho gusto de saludarlo,
señor. Volveré si logro derribar esta torre incendiada (haberes: «Usted sabe
quién logró meter esas armas desde Honduras». «Pero, ¿está usted loco?».
«Cómo no lo va a saber, si ustedes los estudiantes lo saben todo. Para eso
es que estudian ¿no? ¿A poco me va a decir que de aquí de la policía es que
mandamos a poner las bombas?». «Ciertamente no, lo que le voy a decir es
que se vaya usted mucho al…»), volveré, querida, si logro derribar esta
torre incendiada. Un bonjour… La oscuridad es sólo un túnel y también
puede derruirse, padecer de aguas desgarradoras, como raíces. (Después
me llevaron a la frontera del hermano país y me entregaron a la policía del
hermano país. «Sube, pollo» —me dijo el comandante número uno en su
mono de campaña antiguerrillera color cuétano leve, señalándome el Jeep
polvoriento, sonriendo con arruguitas en los ojos chinos y poniéndole el
peine a la metralleta. Y al salir propiamente de lo que era La Hachadura
entre guanaca y chapina y llegar de plano a Los Pijijes, el coma le dice al
chofer: «Metete al caserío, Nayo, haceme la campaña, así veo al fin a la
mujer que te conté y se toma una agua el afligido este», y eso era conmigo.
Y luego repitió, un poco para mí y otro poco para confirmar al chofer en la
seguridad de que había tiempo, la historia. El gran amor de su vida, la verdá
a cada quién. Pero luego que lo trasladan a la capital y no gozar sino a
joderse con los cerotes de los comunistas, y él que para escribir es una
babosada, y así pasaron 21 meses, ni le cuento de las cartas, Nayo, son la
desesperación en calzoneta, y uno nues de palo, pues, y uno la quiere, pero
todo se llega en la vida, ya va a ver, Nayo, los saltos de alegría que va a dar,
sobre todo porque de aquí a tres semanas me la llevo de una vez a
Guatemala, usté, ya hablé con mi Coronel y me aseguró el cuarto grande y

84 Roque Dalton
la cama para el chirís. Y cuando llegamos y preguntamos en la farmacia,
ella no quería salir y cuando salió se vio por qué. Estaba más preñada que
la puta que te parió. Y el comandante número uno regresó al Jeep apretando
la metralleta M-3 que hasta le sudaban las manos y yo no me pude ni
terminar mi gaseosa porque él le dijo al chofer suavecito: «Monós a la
mierda, Nayo, antes de que me desgracie». Y Nayo sólo alcanzó a decir:
«Son cosas de hombres, comandante, no le haga caso. Lo único que no
tiene remedio es la muerte». Y yo con el culo a dos manos, pensando
acelerado como el Jeep: «Yo le voy a pagar el pato a esteban». Y de ahí
hasta el Primer Toro, pero yo en la luna, tragando la gasolina que se salía
del depósito de reserva —al cual me habían esposado— en cada curva,
bache u hoyo del camino. «Y ya que me tienen quieto —dije por fin, ya a la
altura de nosióndeputas— ¿por qué no me dicen a dónde me llevan, no ven
que me tiemblan las canillas? No hay que ser. Hoy por ti mañana por mí.»
Pero estaba escrito que no me saliera bien el chiste. «¿Por qué no, pollo? A
un campo de concentración en el Petén.» Cosa de hombres.) Tener miedo
siempre me puso de mal humor, decía, como la noche que no puede ver lo
que encierra sin negarse a sí misma. Ella, que a nadie escogió para su
abrazo. Rosas de las primeras lluvias y todo eso, o bien aquello de «atada
con mecate fresco a la orilla del corazón ⁄ su desnudez de fruta oscura».
Me gusta ese par de versos. Son feos pero me gustan: cosas de uno. Es
como Aída: la mejor mujer-para-mí que ha existido, por eso la jodí tanto
(Wilde) y por eso, es decir, porque la jodí tanto, es que creo yo que ella no
notó que la quise tanto y si lo notó era ya tarde porque ya estaba brava para
siempre, amor mío. (Entonces, cuando yo no podía hacer nada por la fuerza
de las aguas del río, con los brazos en alto para resguardar a la vez el tanate
de la ropa y el equilibrio, y atendiendo con el mejor tacto de la vida el
destino de cada paso entre las piedras resbaladizas y punzantes —regla
número 873: nunca atravieses un río descalzo—, el tipo sonrió y montó la
metralleta llena de hoyitos en derredor del cañón. «Track», se oyó
claramente en toda aquella soledad soleada, silenciosa, como si se tratara
de una onomatopeya impresa en un gigantesco paquín. Siempre sonriendo,
echó el arma hasta la altura de la cara y me apuntó a la cabeza). Lo mismo
que, hace un año, respiraba yo el aire de Italia y sin embargo es bella a mi
juicio esta primavera nórdica con sus campiñas que dora la flor de marzo,
el estornino que canta sobre el álamo aterciopelado, los cuervos que
crascitan…» y no recuerdo qué. ¿Cómo es? Ah, sí: «La prímula pálida de
amor desconsolado, las rosas que apuntan sobre el agavanzo trepador, el
grupo del azafrán»: Wilde. Ravena, sino me equivoco. No es lo mismo
«Atlacatl» que «taclatacla». Porque por lo demás, Wilde será equívoco
solamente para los idiotas que, como decía mi viejo Nicolás Jovel, creen
que San Juan es la Virgen y que la Luna es queso y el Sol es mantequilla y
que porque los chuchos tienen el hocico largo andan silbando y que porque

Pobrecito poeta que era yo 85


los zopilotes cagan blanco son albañiles. Que el hombre fuera maricón es
otra cosa: cada quien, decía mi tía Tonita, puede hacer de su culo un florero.
Pero un tipo que dice, por ejemplo, que actualmente —quiéralo o no— el
socialismo trabaja para ese nuevo individualismo que será la armonía
perfecta, está claro. Claro. Al menos eso digo yo, y lo firmo con todo y
cartuchera. Y no es por presumir de valorudo: la tradición cultural guanaca
es de un sicalipticismo que llega hasta la pared de enfrente y que no atina.
Yo sé lo que les digo, lo que pasa es que somos hipócritas y olvidadizos. E
incluso cobardes. El día que yo publique las cancioncitas que aprendí de
Leo Heredia, luego de su segunda escapada a México, cancioncitas que
servían para responder a la petición de un cigarrito, para jugar ping-pong
en cierta zona del cuerpo de ella, y para amenizar la borrachera, el día que
yo las publique, nos llevan presos a todos, digo, a todo el país, por haber
permitido una espinilla cultural de tal envergadura. Me tengo hasta miedo,
sinceramente. Y de esa tradición no se salva ni la Virgen del Rosario, ni la
única pintora nacional que más o menos se defiende o sea la Julieta Díaz,
ni los directores generales de sanidad, ni los jesuitas, ni el apotegma
marxista de mens sana in corpore sano. Chiches chagüitosas, chanchas
chambristas. ¿Chulonas chulas?: cheras chapudas, cholotonas, chentinas,
chazanas. Chingalagalera chapupienta: chas-gracias chivirdutas,
chernudas, chachas. Chucoatol: chiquitín, chirajoso, chiriento.
Chapandongueando chances chanceás, Chele Chaliyo. Cho, chapines
charamileros! Chucho chojineando chancaca, chopoleando chocoyos
chocos, choros. ¡Chocoliya, chocoliya! Chonte Chente: chupá Chocomilk
chungueador, chulupaco, chuco, chumelero. Chinchulines: chinchitas
chiquitiyas, che, chiman chunchucuyo. Así exactamente las cosas, otro
gran poema documental en prosa, auténtico, factográfico, para los
menesteres del inimitable campeón de la recitada, el Berto Síngermano de
Aculhuaca, podría ser sin duda el sinuoso, digo, el siniestro, digo, el
siguiente, aquí entre nos, combinación de tímido folklore urbano, de
inocencia paladina, retratador del esfuerzo y la sabiduría que son flor de la
pobreza, gotitas de rocío amoroso, picardiíta de ojos de muñeca inglesa,
dormilona, con pestañas de dos pulgadas y ojitos color de brazo de mar, y
así sucesivamente, con todo mi cariño y mi reconocimiento, para ustedes,
maestras, amadas monjitas del colegio El Niño Dios, queridas y cultas
señoritas del cuarto y quinto cursos que me honran con su atención en
esta noche de arte y armonía en que recibimos las bendiciones de Santa
Rubenia y Santa Rosamelia y en que me acompañará al piano en forma de
melopeya ensoñadora al maestro Rendón, más conocido como el Houdini
del teclado (tos aclaratoria): «Informo sobre varios vicios y atentados
contra las buenas costumbres y violaciones a las leyes fiscales con
comercios ilícitos que se dan en las vecindades de la cancha futbolística
conocida como el Polvorín, mi comandante. Pues resulta que como usté

86 Roque Dalton
sabe todos los sábados y los domingos se celebran en la susodicha cancha
deportiva sucesivos partidos correspondientes a la cuarta, tercera e
intermedia divisiones del futbol federado nacional, con asistencia de un
gran gential de gente que no tiene otra cosa que hacer de gratis. Los
laboriosos salvadoreños, hay que decirlo así, que en todo encuentran
fuentes de trabajo y de pisto, han instalado desde hace tiempo, poco a
poco, ventas de yuca con chicharrón, de panes con chumpe, pupuserías,
expendios de chilate y nuégados, sin faltar las champas de refrescos
hechizos y embotellados, cervezas y agua dulce que ya casi es chicha,
donde la fanaticada puede calmar el hambre y la sed que le producen las
emociones de los reñidos encuentros. Dando al césar lo que es del césar
hay que aceptar que últimamente ha crecido mucho el expendio de
aguardiente envasado, es decir su reventa, lo cual, aunque estrictamente
prohibido por la letra de la Ley de Envases y Sellos y por la Ley de Estancos,
ha sido recibido con beneplácito por la majada. Desde luego, para qué
decirle, mi comandante, la de incidentes que se dan en el lugar sobre todo
al final de los partidos entre los fanáticos ya bolecos que discuten los
resultados. Este es uno de los principales motivos que me han movido
desde hace algunas semanas, en oficio que por cierto no ha tenido el honor
de ser contestado, a solicitar el aumento de personal de vigilancia armado.
Pues como le iba contando, eso no es todo, ni mucho menos. Como queda
tan próximo el río Arenal e inclusive el monte de las lomas del Calazo y
otros guayabales anexos, la laboriosidad salvadoreña y los malos consejos
y el alza de los precios en los víveres de primera necesidad y la búsqueda
de la vida fácil han hecho que muchas mujeres de la vida alegre, por no
decir otra cosa, hayan entrado también a hacer su negocio en aquel río de
pescadores revueltos, buscando clientes entre quienes habían llegado a
pasar una limpia tarde de espectáculo muscular, pero que al calor de los
rotundos mameyazos de pacha adulterada, sienten surgir en todo su ser el
fuego indómito de las pasiones malsanas de la carne. Las mujeres están
conectadas con los vendedores de guaro y ambos hacen mutuamente la
propaganda a sus respectivas mercancías, ¿cómo me la ve desde ai, mi
comandante? Después de investigaciones exhaustivas, mis hombres han
logrado obtener los siguientes datos que elevo hasta su conocimiento para
que usted a su vez los haga llegar hasta la oficina fiscal a fin de proceder a
establecer los gravámenes correspondientes y los métodos de hacerlos
efectivos por nuestros medios. Tarifa de los vendedores de guaro: venden a
cinco colones el medio litro, única medida en circulación en todo el sector
del Polvorín. Según los cálculos se venden entre ochocientos y mil litros
durante el domingo y unos quinientos los sábados por la tarde. Tarifa de las
mujeres. Es variada. La más baja es la que se da frente a la diferenciación
«con cartón o sin cartón», mi comandante, o sea si el cliente desea usar en
el acto-objeto-de-comercio el ancho cartón de caja que la prostituta tiene

Pobrecito poeta que era yo 87


a su disposición o si prefiere sonar las maracas en el duro suéter pedregoso-
arenoso del lugar, exponiéndose a ser víctima de las hormigas, las
casampulgas o cuando menos de los chiriviscos espinudos. Sin cartón vale
15 centavos por vez y con cartón 25. La tarifa más cara está identificada
bajo el rubro: «Con cartón y rodillera simple o doble». Las mujeres
aprovechan las rodilleras desechadas por los guardametas de los equipos
que actúan en la cancha inmediata para proveer mayores comodidades al
cliente. Como el cartón tampoco termina siendo un lecho de rosas, ellas
alquilan las rodilleras que se han conseguido para que el cliente se las
coloque al actuar y puede escoger usarlas sólo en el lugar natural, es decir,
las rodillas o usarlas también en los codos, que suelen sufrir raspones en
estos menesteres, sobre todo cuando el temperamento es desaforado y
joven. No se acepta lo que sería una tarifa compuesta, por ejemplo «sin
cartón y con rodillera», pues las mujeres dicen que hay que cuidar el
equipo. Con cartón y un par de rodilleras se pagan cuarenta centavos por
una vez. Con cartón y dos rodilleras vale 65 centavos, pero se admite
renganche, si se quiere». Así podría ser el texto, cuas, cuas, cuas. Y no sería
ni mucho menos recreación. Pero ¿para qué analizarlo si esta versión ya se
me va a olvidar? Lo que me queda es el esqueleto anecdótico, padre que
puede ser de mil variantes. Y la jayanada ambiental salvadoreña no es de mi
exclusiva responsabilidad. ¿Por qué voy a tenerlo que decir todo yo, si para
eso está la Academia Salvadoreña de la Lengua? ¿Ah sí? Hacele ese cuento
a Mónico, que una macaneada es lo que más te podés conseguir por estar
en la linga. (Arribaron las momias y los momios con todo y el higío: entonces
ya estamos completos. ¿Va a comenzar ya la acción? Habrá que estar más
atento y calentar motores de nuevo hacia la Tierra). ¿Eh? Perdóneme no lo
estaba escuchando no no no no habrá más concursos de Life en Español,
resulta que para esa gente Nabokov es progresista y peligroso y ya usted sabe
hoy los cheles piensan mucho antes de meterse en cusucos con los
latinoamericanos ¿el próximo Premio Nobel? bueno nunca se sabe, para mí
que debería ser latinoamericano pero que no nos lo den por caridad o por
afán folklórico o por razones políticas matreras sino por la calidad de una
obra claro que es ingenuo lo que digo porque después del Nobel para Churchil
imagínese ya se lo podrán dar a Somoza sin que nadie se asombre para mí le
repito que el Premio Nobel podría volver a coger prestigio si le cae a don
Chico Herrera Velado en medio de su choquencia izalqueña yo le propongo a
usted que maneja tantos idiomas extranjeros y que debe tener relaciones
literarias suficientes que vea si puede hacer algo para que traduzcan al sueco
a Don Chico ya que al ruso están traduciéndolo a la carrera bástele el
siguiente poema incluido como una esmeralda sobre campo de oro en su
cuento «Notas de Viaje»: «En voz alta una señora ⁄ le pedía cierto gusto ⁄ a
María Auxiliadora; ⁄ y el cura, por darle un susto ⁄ a la vieja rezadora, ⁄ un día,
tras el altar, ⁄ imitó la voz del Niño⁄ y díjole con cariño: ⁄ —Tú no te debes casar. ⁄

88 Roque Dalton
Mas ella, al oír la voz, ⁄ contestó con un chillido: ⁄ —Callá, cipote metido, ⁄ no
estoy hablando con vos.» en sueco debe sonar espléndidamente con rimas suecas
y todo y como los tasajones de los suecos tienen fama de liberales pues les va a
encantar y si eso no es suficiente creo que sí lo sería como muestra cualquier
fragmento de su poema «La Chele Mercedes» (Confidencias de un cantinero )
por ejemplo aquel donde describe a las muchachas que trabajan en la cantina de
la Chele susodicha que voy a tener el gusto de citarle a continuación para
mientras comienza la preguntadera o sea: «Pasen ustedes al salón de espera ⁄
mientras llama la Chele a sus pupilas. ⁄ Vamos a conocer la Sanjuanera, ⁄ lo que
hay más de selecto entre las filas ⁄ de la gente decente y parrandera: ⁄ un manojo
de rosas y de lilas, ⁄ mujeres de gran chic y buena crianza ⁄ que saben inspirar
mucha confianza. ⁄ Esta muchacha que presento a ustedes, ⁄ esta chica gentil de
ojos risueños, ⁄ es lo mejor de aquí: Lolita Medes; ⁄ fue amiga de dos ricos
izalqueños ⁄ que tienen amistad con la Mercedes, ⁄ y le dieron informes
halagüeños; ⁄ es muchacha muy linda y muy capaz, ⁄ de la famosa hacienda de
San Paz. ⁄ A Lola no le den ninguna broma, ⁄ porque la cuida mucho mi mujer; ⁄
tanto que la apellida «Mi Paloma» ⁄ y la «Paloma» es todo su querer. ⁄ Cura a los
ricos cuando están de goma ⁄ y es ese únicamente su quehacer; ⁄ y como es servicial,
buena y tasele, ⁄ duerme en el aposento de la Chele. ⁄ A esta no se le acercan
moscardones ⁄ Lola en el «as y dos» es una alteza, ⁄ digna de adulaciones y
atenciones; ⁄ que como es tan divina su belleza, ⁄ un personaje, el general Puyones,
⁄ quien sabe cómo tiene la cabeza. ⁄ Y ya ustedes sabrán, en una goma, ⁄ qué útil
y necesaria es la «Paloma». ⁄ Aquí tienen ustedes a la Lina, ⁄ una negra adorada
y apreciada, ⁄ no sé si por su ciencia parisina ⁄ o por su cabellera oxigenada; ⁄
usa para los polvos vaselina. ⁄ y vive así, tan chele y estucada, ⁄ que parece de
Londres o París; ⁄ pero es guanaca mixta: ña con miss. ⁄ He aquí también a la
gentil Cirila, ⁄ muchacha de preclaro entendimiento: ⁄ la llaman Lira Choca;
una pupila ⁄ que prefieren los hombres de talento; ⁄ porque pule las frases, las
burila, ⁄ y con sólo dos puntos para un cuento. ⁄ La Carlota Braemé, tal es su
vicio, ⁄ y Chema Vargas Vila y su artificio. ⁄ Esta es la Alzaculito; una chulada,
⁄ una sabrosa y deliciosa cosa, ⁄ y de Managua está recién llegada; ⁄ es una
pinolera asaz graciosa, ⁄ y cuéntanos aquí que es divorciada, ⁄ que de un yanqui
muy rico fue la esposa; ⁄ mas resultó su chele un animal: ⁄ riñeron por cuestiones
del Canal. ⁄ Nos cuenta extravagancias del esposo: ⁄ dice, que por razones
superfinas, ⁄ para un baile de máscaras famoso ⁄ el traje le soldó con latas finas;
⁄ que así, tranquilo la llevó el celoso. ⁄ disfrazada de lata de sardinas; ⁄ pero ella
se fugó con mister Katas, ⁄ un negro travestido de abrelatas. ⁄ Hay otras niñas
que después vendrán, ⁄ muchachas de muy buena educación, ⁄ y que algo
ocupaditas hoy están. ⁄ Faltan la Pupusona y la Tapón, ⁄ dos que mancomunadas
siempre van; ⁄ y la Tripa, la Yanqui y la Pompón. ⁄ Hay también otras chicas,
medio internas, ⁄ y otras, muy apreciables, pero externas,» No creo que el Rey
de Suecia tome esto como una impertinencia pero si lo toma así doble
dosis doctor ¿no le parece? Me refiero a que entonces le debía de rempujar

Pobrecito poeta que era yo 89


al soberano cliente ya no estas aún concesiones al europeizamiento sino
bocados de nuestra mera médula, que en don Chico Herrera para todos da
Dios o sea cosas como: «Llevaba cada cual en su cacaste ⁄ los comestibles
entre finas tusas: ⁄ bucules con iguanas en alguashte ⁄ o guisos de taltuzas y
cotuzas; ⁄ las morongas, chancacas y pataste, ⁄ los tamalitos pisques y pupusas,
⁄ y, compañero de pesar o dicha, ⁄ el tecomate de potente chicha.» No tenga
cuidado doctor ai después platicamos que hay más tiempo que vida. El ensayo
folklórico («Estructuras folk en el proceso —artesanal— de la producción de
la alegría, el quiebradientes, la conserva de tonto, la chancaca y el alboroto y
los procesos de cambio social previsibles ante la industrialización de la
producción de chupabesitos, dulces de chumelo, güishte y similares en la
zona inmediata suburbana de San Salvador») me lo habrá de pagar Ítalo
mañana, lo mismo que la breve antología: catorce cincuenta más treinta y
cinco son cuarenta y nueve cincuenta por cuartilla a renglón seguido. No
estará mal, qué va. ¿Por qué será que pienso siempre en pesos mexicanos?
Será porque allí me pagaron por escribir por primera vez en mi vida, es decir,
una tradición como cualquier otra que se resentirá al fin y al cabo si se hace
más normal la innovación de que me paguen en colones. El whisky se ha
puesto horriblemente caro, pero es realmente imposible tragar ese grueso
guaro «sonrisa-de-conde»: me coloca de inmediato en el más crudo
naturalismo mental y me hace contar historias groseras, como esa del busto
de Chopin. El aguardiente ese está bueno solamente para hacer bromas
mientras uno bebe Extra Seco en La Habana o Buchanan exclusivo en
Londres, pero para nada más hijos míos. Claro, para quien guste del sabor
del aluminio envuelto en huevo, con boca de borrador y un toquecito allá
en el fondo de azufre macerado con derrame biliar, el guaro guanaco es la
mamá, pero para el resto de la humanidad es sacarle la caja de lustre al
alma. En cambio, para que vean, sí es pasable el llamado «chaparro», el
clandestino, el enemigo del Fisco, el creador de la Policía de Hacienda,
sobre todo en los atardeceres de bruma brillante en invierno, y precisamente
en la casa del arquitecto Estupiñán, cuando el trago en una copa de vidrio
de Oaxaca puede quebrarse convenientemente con una gota de lluvia
reciente que haya en su vez recorrido el tejado musgoso de otra casa más
vieja que se le encarama a aquella, y que por la mescolanza de humos
domésticos y de ruidos tímidos y de vientecitos de romplón se sabe que
está en la cuesta de la Vega. Demonios, jamás me acostumbré a estos
flashes. Desconfío por principio de todos los fotógrafos desde aquella vez
en el aeropuerto de la Aurora: todavía tuvo cara de darme una tarjetita
comercial mientras me retrataba de frente y de perfil más de catorce veces.
Desde entonces no veo a Otto René. Y esto incluye a Cartier-Bresson lo
mismo que a Jorgito Béneke, aunque a este lo chinié en el colegio, cada vez
que don Toño Ipiña, nuestro inolvidable profesor civil de Geografía e
Historia, lo llevaba a alborotar la clase del Quinto Grado, haciéndolo

90 Roque Dalton
por lo tanto ascender, en una forma que desconcertaba al muchachito,
desde ese sótano con sabor a menta que es el kindergarten jesuita. A
propósito del colegio, hay que dilucidar de una vez por todas quién inventó
el cóctel Molotov para Mesoamérica: si Carlos Jurado o Mario Paredes. Si
se iba a usar por primera vez contra el viejo edificio del Externado de San
José o si apareció a resultas del experimento fallido con los temores
suicidas de un alacrán coleto de siete canutos. La botella de Mario fue de
gasolina y sus propósitos de incendiar el colegio aparecen muy naturales si
se sabe que el padre Achaerandio quiso hacerlo ponerse de rodillas por
lanzar bolitas de cloroformo previamente pinchadas con el compás
mientras se rezaba el rosario. Mario le respondió, frente al horror de todos:
«Mi papá me ha dicho que no me arrodille frente a ningún cura pelón».
Pero Achaerandio, familiarmente Peineta, era más fuerte que él (no parecía).
Arrodillado, llorando, Mario urdió su venganza; el viejo edificio era de
madera seca y roñosa a la vez, que daba gusto. Desde luego, Mario terminó
sus estudios secundarios en el Colegio García-Flamenco. (Me arde la nariz:
desde el punto de vista metafísico esto pone, desde un momento dado,
varias cosas en crisis, como dirá alguna vez algún amigo mío). En cuanto a
Carlos, no se puede dejar de considerar el homenaje al espíritu de
comprobación, parte del espíritu científico. Le habían dicho que los
alacranes al verse rodeados por el fuego se suicidan con su propio aguijón.
Y Carlos capturó uno que hasta brillaba de venenoso y malo. Lo puso en
una jaulita, rodeando a esta con algodones empapados en alcohol a los
cuales prendió fuego, con entusiasmo no del todo exento de candor
(debería anotar todo esto, después se me va a olvidar). Pero el alacrán se
mantuvo imperturbable, haciéndose la vieja fresquera, el no-se-oye-padre,
llegando a lo más a enroscar la cola por un momento y a cruzar las temidas
pero en realidad inofensivas tenacillas frente a lo que parece ser la cara. Y
digo «lo que parece ser la cara» porque uno nunca sabe con estos clientes
crustáceos, coleópteros o huizayotísticos, que se manejan una feis con
ventanitas, llantas, güishtes, pelitos y crucigramas y que al final resulta
quizás que no es la cara sino el fondillo, como el chiste aquel del cazador
que narra y que terminando dice: «Entonces yo asomé entre la hierba alta
y me encuentro con un gran león que me hizo «puf» en plena cara». «Pero
hombre —dice el otro, en el chiste— los leones no hacen «puf» sino
«grrrrr». «Ah —le insiste el cazador— es que este león que yo digo estaba
de culo, viendo para allá». Bueno, el asunto es que Carlos creyó que lo
que le faltaba era fuego, más fuego para ahuevar al alacrán, y acercó a
la llamita la botella de alcohol, repleta, usándola como un asperjador.
Doce manzanas del centro de San Cristóbal se bailarín pirata con todo
y quepis. El anecdotario es la mitad de la vida, como diría Toto Araujo.
Bueno, comenzaron a hacer las preguntas. ¿Por qué tanta ceremonia?
El orden me favorece: seré de los últimos interrogados. «Lo espérolo».

Pobrecito poeta que era yo 91


Y espero no haber olvidado los fósforos: un cigarrillo no me empeorará el
catarro, además los que ando son Polar y son buenos para la garganta
aunque marchitan anticipadamente la guarizama pavorosa que uno cree
que es, hasta que la prima nos devuelve a la realidad diciéndonos «que
chiquitiyo tu pipí», etc. No es por maldad, pero ¿a quién se le habrá ocurrido
invitar a esta vieja loca con aspecto de piano encostalado, que sigue
haciendo docenas diarias de sonetos a los árboles, a las radiopatrullas, a la
semita de dos pisos, al señor director general de Sanidad, a los dulces
Delicia, a la distinguida poetisa Bertita Funes Peraza y a la alta vata universal
Carmen Brannon de Samayoa Martínez digo Chinchilla alias Claudita Lars
(por cierto que en el soneto dedicado a esta última vetarra, para que le
saliera la rima con el apellido, la locataria tuvo que citar a Carlos Marx,
rima forzada qué sé yo, pero no menos significativa, pobre barbón). Lo
peor es que si abre el hocico no va a soltar la lira hasta que todos estos
periodistas de país subde adviertan el lado razonable del disparo-
indiscriminado-contra-las-multitudes-por-la-remota-posibilidad-de-
acertarle-en-la-frente-a-un-mal-poeta. ¿Fue Desnos quien lo dijo? El oficio
más peligroso que puede aceptar cualquier hombre, guturaleó Alejo
Carpentier en la casa de Hemingway, como siempre guturalea, refiriéndose
al pobre Robert pasando por traidor frente a sus compatriotas pero en
realidad haciendo labor de inteligencia entre los nazis hasta parar muriendo
(después de recias vacaciones en Buchenwald) en la espeluznante prisión
de Terezin, y agregando que sólo Hemingway creía en él cuando todo el
mundo lo despreciaba. «No puede ser —dijo Alejo que decía Hemingway,
chupando White Horse en San Francisco de Paula y pegando grandes
manadas en la mesa— no puede ser, me jugaría los huevos, los dos huevos,
a que no puede ser». Fue aquel día en que dejamos entrar a los niños del
pueblo con sus pañuelos rojos y se perdió el tirabuzón con manubrio de
colmillo de jabalí y nosotros nos clavamos la gran cantémpora con el doctor
Meme Galich y un chero de Hemingway llamado Fernando Campoamor, un
brother bien amable que era el jefe de allí, él jue quien me contó que cuando
tomó posesión del lugar, un grupo de mamayitas de la televisión estaban
residiendo en la finca y pasaban todo el día chulonas, de la casa a la piscina
y de la piscina al comedor y del comedor a la cama a echar su paleque con
quien anduviera por allí silbandito, todo por imitar a la Ava Gardner, que
cuando llegaba a La Habana se iba a la casa de Hemingway y lo primero que
hacía era quitarse toda la ropa de encima y así pasaba diez o quince días y
en una de esas fue que la abandonó Dominguín porque como lo obligaba a
estar también chulón todo el santo día, el gran torero agarró un catarro
tropical, que por poco dobla los tenis. En cambio Toño Salazar me conmueve
hondamente. Qué tipo genial debe ser: aurigas romanos, Genovevo de la O,
Gómez Carrillo, Consuelito de Saint-Exupéry, el cuerito salvadoreño más
cosmopolita y culto en toda la historia del país, con unos ojos que yo no se

92 Roque Dalton
los he visto pero que sí sé de ellos por algo será. Toño Salazar vivió todo
eso. Pero debió seguir haciéndole caso al viejo Ambrogi: «Haga todo, hasta
pegarse un tiro, menos volver a El Salvador». Hay que seguirlo amando sin
embargo, dice María Teresa León, entre otras cosas porque en París lo
amaban hasta los gatos. Que se lo diga a los obreros más empurrados del
Partido, como Marín o el viejo Cea, que ya la cagan de empurrados, que
incluso por joderlo a uno dicen dura e irrefutablemente que hoy Toño les
sirve de ujier hasta a los curas. «Estos puetas», agregan, recalcando lo
puntos suspensivos. Y ojalá me interroguen a mí de último para cerrar esta
vaina con cuestiones concluyentes. Porque aquí —excepción hecha de los
muchá y de los periodistas extranjeros— hay todo un coro ad hoc para
glorificar tan sólo los rebuznos reaccionarios del rinoceronte ese, el primer
rinoceronte-loca de la Historia Natural, el señor ministro de Educación,
tan ex alumno del Externado de San José que es, pero tan maricón que vino
a resultar. Demasiado lío, al final, para inaugurar una pinche feria del libro
centroamericano, que para lo que más va a servir será para llenar de plata
al editor peruano que presume de poeta pobre. Todo sea por la Virgen del
Rosario, Patrona de El Salvador, claro, porque ni modo que nos iban a
poner a la Virgen de Lourdes, que como es más seriecita, la mandaron para
Francia con la seguridad de que no se iba a volver puta. Felizmente a
alguien se le ocurrió que había que pagar las entrevistas y felizmente no
hubo mayor problema para lograr que me invitaran a mí, en calidad de
posible gloria nacional futura. De todos modos el pisto no es de los
organizadores, quien paga es el pueblo, del mismo cuero salen las correas,
etc. Fuertes con lo ajeno son estos tipos, pero vení. No hace un calor
excesivo. En realidad se está bien aquí, casi. Si no fuera por el catarro. Y eso
que me salvé: me habría llevado la legión de diablos si deciden hacer todo
esto en el mero campo de la feria, con la polvazón que hay y con la amenaza
de lluvia: parece que es tormenta segura porque está puesta por el lado de
los Planes de Renderos. Por el mundo seguía cabalgando, a tientas en su
caballo azul y sudoroso, un jinete perdido y loco. Se equivocaba, riéndose
de la estatura de quienes caminaban a pie, en sentido contrario, pero a
pesar de todo caracoleaba en el mismo sentido del diseño de su mortaja.
No. Sí: hay que aprovechar la ocasión para decir algunas cuestiones
definitivas, aunque no me garantizo que incluso los muchachos no terminen
por acusarme de provocador. Menos mal que están esos dos periodistas
venezolanos. Uno de ellos es ballenero, amigo de Adriano el Gotdo y Mary,
su mujer, que se ríe con ojitos de Shirley Mac Laine. Y también de Pedro
Duno, mi querido capitán, familiar político de Agatha Christie a quien he
tenido dos veces a un metro de distancia y casi cara a cara en aeropuertos
de los que no hay que hablar y sin podernos saludar porque no era prudente
y cada quien en el fondo muerto de risa, que por cierto luce (Pedro, no
Agatha Christie) en las fotografías con un halo raro que las transforma y

Pobrecito poeta que era yo 93


las hace parecer como si fueran de 1927 y uno cree que en la esquinita,
detrás de ese señor de bigotes, va a aparecer Martínez Villena con su
mirada de santo hindú. Oh, jinete soy, perdido y loco, hipando gris
aburrimiento, como en una tertulia de comunistas hondureños a la que
uno se acercó para ver si se tomaba una cerveza, pero que Mario Sosa
insiste en mantener terriblemente atada, como un potro amarrado de cada
pata a una estaca, en términos de «Cursando Marx la conocida carta a su
amigo Kugelman, de fecha...». Corazón Santo, ¿Dónde estarás? You nuestro
encanto ¡siempre serás! ¿Con quién sales, con quién te ríes, con quién
llegas «y ruedas por el suelo manejada y mordida ⁄ y el viejo olor del semen
como una enredadera ⁄ de cenicienta harina se desliza en tu boca?» Pero
nadie se daba cuenta de mi aprendizaje salvaje: a los años uno sale con su
genialidad y todo el mundo cree que el don le cayó del cielo. No mijitos,
para ser lúcido y llegar a decir cosas que valgan la pena hay que joderse de
verdad y no jugandito de tipos y bandidos. Se los digo yo, que el primer
romanticismo que abandoné fue el del cine: casi inmediatamente supe que
Roy Rogers y Gene Autry eran un par de pendejos medio aculerados y mi
pistiyo dominical lo invertí en (además de la fruta helada y los siberianos)
cosas de Tom Tyler, preferentemente series como el capitán Maravilla y el
Aplasta-espías (aunque me molestaba el nombre con reminiscencias a caca
de vaca), y al único vaquero que le seguí llevando la pista fue a Bill Elliott,
una especie de poeta maldito del western que usaba las pistolas con la
cacha para adelante y sacaba la de la cadera izquierda con la mano derecha
y la de la cadera derecha con la mano izquierda (supongo que por joder,
nada más) y cuando tiraba sólo con una pistola no lo hacía como todo el
mundo sino que sobando la alita de la aguja percutora (por la misma razón,
digo yo) y por eso le decíamos el Vaquero Chaquetero. Lueguito me pasé de
la tirazón y la peregueteadera, a la música de Glenn Miller y Tommy Dorsey
y Tex Béneke y elegí como a la fuente de mi inspiración a Esther Williams.
Creo que fue una señal temprana de haraganería de mi parte, porque ahora
comprendo que lo hice a la falta de competencia. Me explico: es difícil
enamorarse de una estrella aunque todo el mundo lo haga, cuando está en
brazos de actores serios, Gregory Peck y compañía, en primera porque
identificarse con estos es del carajo, a mí por lo menos me daba pena y
rencor y en segunda porque aunque uno no se identifique con ellos los
respeta y al final decide que está bien que la muchacha les dé las nalguitas,
que se la lleven, que se la merecen toda. En cambio con la Esther era más
chiche estar a solas porque o estaba zampada en el agua para arriba y para
abajo o sostenía romances con los tipos más brutos que he visto en mi vida
y que no constituían ningún peligro sentimental competitivo: Van Johnson,
Red Skelton, etc. Y además era chula: tenía una cara de teja con sueño que
daba gusto. Y además había que joderse con la música de Escuela de sirenas,
de Juego de pasiones, que lo diga si no Toño Alas, que las vio 37 veces;

94 Roque Dalton
veinte la primera y diecisiete la segunda. AA era más tenaz que Pavel
Korchaguin en sus asuntos. Pero vení. Un jinete perdido y loco, hambriento
de una pequeña esperanza, aunque fuera una que le sobrase a alguien en
un lugar donde haya menos prisa y presiones, en cierto sentido solamente,
angélicas. Así habrá muerto Panchito Villa, plomo sobre plomo, vaya,
compadre, ai le va el otro talegazo, y no sólo él, sino uno que otro de mis
desesperados tíos que le robaron la plata de las armas, peso sobre peso;
para no decir nada de mi papá ya que un hijo no debe juzgar las acciones
de sus jefes, y se las pelaron, diez mil brocas en la bolsa de cada quien, en
menos que canta un gallo, de Chihuahua: no te hagás la babosa que yo te
conté todo eso en la Facultad de Economía, Universidad de La Habana,
año-de-nosotros-dos. Seguro: el maestro citaba entonces a Cassel y a
Schumpeter, convenciendo al mundo de que los exangües teoremas se
convierten en agmen, pulverem et clamorem, y, sin perder su carácter
lógico, dejan de ser una mera tesis acerca de las propiedades lógicas de un
sistema de abstracciones y se transforman en una pincelada descriptiva de
la turbulenta confusión de la vida social, en manos de los obreros las
mismas cosas dejan de ser capital, el análisis experimenta así un aumento
de vitalidad, los incorpóreos conceptos de la teoría económica toman vida,
ese es Marx según este discípulo de la escuela de Viena, chicos, lo que
evidencia que entre algunos aciertos, también comía bastante basura y así
seguía, antes de depositar la larga ceniza del cigarrillo en el alféizar de la
ventana para que el ventarrón le diera un pellizco de elefante, cabalmente,
bajo esta aún ahora amiga deslavada, digo, la hora del crepúsculo. ¿Qué
animales —diríamos, ahora que somos pedantes— iniciaban entonces su
gran sinfonía aventurera en el seno de sendos vitelos acogedores para
saltar de mórula a blástula y de blástula a cúpula o cúspide y de ahí sin
parar hasta el aleteo o la zambullida de estrenar la audacia, el siguiente
minuto lo mismo y el otro también? Pero quizás los verdaderos imbéciles
somos nosotros, indios orgullosos, trompas de cuche: porque los hijos de
puta de los gringos siempre han tratado de convencernos de que ellos son
o Red Skelton o John Wayne o cretinos por los que no tenemos que
preocuparnos o supermanes que de todas maneras jamás podríamos
vencer. Y desde luego, los dos, el bruto y el Superman, nos han estado
bolseando desde el principio y nosotros como bolos fondeados,
llevándonoslas de arrechos y sintiendo que la Esther Williams le haya dado
el palo a Van Johnson y el baboso bien triste, tan de buen corazón, mientras
Tommy Dorsey se suena la Rapsodia húngara y Red Skelton abraza a Lauritz
Melchor mientras este se le zafa y va a abrazar a Carlos Ramírez para cantar
a dúo un popurrí integrado por Matinata y Muñequita Linda y Tico Tico y
en el gran final la Tey se zambute en una piscina tirándose desde el Empire
Estate y baila de puntas en el agua como que es Tata Chus, mientras Glenn
Miller dirige su gran orquesta y el cara de catarro de Tex Béneke sale a cantar:

Pobrecito poeta que era yo 95


Y nosotros los viejos marinos ⁄ debemos tener mucho empeño ⁄ en beber sin
fondear ⁄ porque hay que recordar ⁄ que al fondear queda el juite sin dueño.
Y si no les gusta, les cuento una de Tin Tan, «músico, poeta y loco», para
no ir tan lejos, y les canto: Bonita, como aquellos juguetes… para invocar el
fantasma de la juventud de Meche Barba, la Theda Bara de los pobres en
esta parte del Tercer Mundo. Y yo que me creía el rey de todo el mundo. Y
tú sin palabras de sobra, toda trópico, tajada de planeta, cara de clima. Y el
mundo, sujeto de cosmología, de la astrofísica, cómplice. Y la naturaleza
adornando la filosofía como una chonga atada a tu bello pecho izquierdo.
¡Bah! Además, palabra, aún no sé qué es el alféizar de la ventana, sólo lo he
visto escrito y lo uso. Bola de Nieve por su parte ha luchado contra toda la
maldad y nunca se manchó con esa aureola hostil de los comodoros
dorados. No asumió nada, que es una palabra como pólvora o cuchillo que
tu falda era tu blusa ⁄ que tu corazón su casa ⁄ se equivocaba ⁄ se equivocaba
no no es nada estaba tarareando nomás. Geografía afectiva: claro, que hay
entre el bar propiamente dicho y el lugar como una rosa ocre, donde surge
el piano, un buen espacio poblado de muebles blancos con tapicería de
terciopelo rojo, que hablan de pasadas glorias y que algunas personas de
clara actitud contra la vida usan para sentarse y pedir filetes
perturbadoramente almacenados, ensaladas de alto valor, capaces por el
mismo de hacer enrojecer a Pedersen, no en sentido político, claro está,
sino en el momento de acariciarse el flaco rollo de billetes que dormía en
la oscuridad del bolsillo. Por cierto que ahí comencé mi horrendo ensayo,
inconcluso a lo mejor para siempre: la pintura realista norteamericana y el
movimiento de los pintores franceses bajo Luis XIII, dos puntos, La Nain y
Valentín. Pero el Monseigneur es el bar y Bola. Para ser justos hasta la
meticulosidad, también un conjunto de cuerdas, integrado por tres
músicos: uno de ellos parece un médico polaco herido en una batalla
heroicamente perdida, ávido de publicar sus memorias; otro, un chulo
italiano sentimental y oloroso a queso; y un tercero, un ex niño prodigio de
la coplilla española que toca el acordeón con extraño rencor, con un
peinado entre Carlos Gardel y campeón soviético de motociclismo. Del
otro lado de la barra se encuentran Pepe, Junior y Valdez. De nuestro lado,
el resto del mundo: yo, tú, ustedes, Manolo Segreda, Margarita y, en esa
ocasión, la muchacha-de-las-largas-rosas, no la que hace chomp-chomp,
sino la otra, Cecilia I, la bella, la emperatriz mulata de aquella mi borrachera
de septiembre. Cecilia Guerra, vaya, aquí entre nos. Pepe fabrica tragos
abriendo botellas y echando ron en vasos previamente asustados por el
hielo. La utilería cobra rango de arma hermética: bien un recipiente de
plata vieja para hacer un inescalable monte de hielo frappé al cual se
coloreará con jarabes misteriosos y yerbabuena Gauguin, bien las
cuasigóticas copas de coñac calentándose los fondillos en un mechero de
alcohol robado en los museos de la alquimia, bien las medidoras o batidoras

96 Roque Dalton
de esencias que integran el equilibrio sutil de un sabor inesperado a goma
de mascar o a Campari diluido en alguashte que ves fantasmas en la noche
de trasluz ⁄ que oyes el canto perfumado del azul ⁄ vete de mí. Conversaciones
del lugar: «Lo divertido, por no decir otra cosa, una four-letters-word, es
que haya sido precisamente el muchacho ese, con su alegre bocaza de
comer sólo pan negro y sus grandes calzonazos de pana gris, quien
descubriera al fin la relación doméstica entre Nueve-Vientos, Diez-Águila
y Montaña-Nubosa, sin que la computadora fuera lo definitivo (más bien
molestó un poquito con su excesiva rigidez) mientras en Caracas el
pintorcito abstracto, ex antropólogo especializado en lingüística
indoamericana, colocaba una bomba de tetril en los baños de un cuartel
verde y despiadado: no terminó el mural sobre el petróleo y la paz; mordaz
idea, vecina de la del cuerno-de-la-abundancia. Ah, sí, y entonces el
coronel Landaeta mandó un pelotón de andinos a derribar los azulejos
asfaltados que el muchacho había logrado colocar sobre el dibujo guía.
Luego se estableció que el tetril había sido introducido entre paquetes de
colorantes sólidos, con todo y fulminante, vale, tronco de cojones de cara
tímida». «Caramba, yo no sabía que la llegada de Carlos III al trono, casi
coincide con el comienzo de la Revolución Francesa. Es que a mí la lectura
de Plutarco me dejó jodido para siempre. No, claro, sabiendo el numerito
es muy fácil, yo decía así nomás, sin estudiar, con las puras mandíbulas del
espíritu». «Pásame la mostaza, Mima. Con lo que ya tomaste y con tanto
condimento te va a doler el hígado, Pipo, y luego quién te aguanta». Y
recién hoy en la mañana: «El que no sepa de pe a pa el uso del tromblón del
fal se jode: no sale hoy por la noche. Y de pura buena gente que soy voy a
dejar el Garand para el lunes, pero al que entonces me resulte confundiendo
la horquilla guía con el apoyo del muelle de la aguja percutora u otro
invento por el estilo, lo cuelgo de los huevos de verdá. Con la Browning
sólo son piquetes, carajadas, pero con las metralletas no las pueden aún,
no le pegarían ni al Chele Medrano jugando billar. Y la babosada no es de
pedir gustos: si lo que te cae es Thompson, pues Thompson; y si Madzen,
pues Madzen, no importa que pensés que es una simple cajuela de lata y
que el cañón se pandea después de las diez ráfagas seguidas. Aká sólo vas
a encontrar el día en que el Partido te mande a que te operen las heridas a
Moscú, si es que el centinela del hospital te lo quiere enseñar por un
momento. Es lindo, yo no digo que no, pero para lo que nos interesa con
urgencia, salú Aká. Lo que nos interesa es la unzi, aunque parezca candil de
carburo, la Meches aunque parezca llave inglesa, la M-3 aunque parezca
lámpara de mano de fontanero, la M-2, la Karl Gustáf, la Madzen, la solotur,
la Baby y la mamá. Y en cuanto al fal ni hablar, ese hay que manejarlo hasta
dormidos, porque va a ser la chapupa para la infantería centroamericana, si es
que los alemanes occidentales no les hartan el negocio a los pinches belgas.
De todos modos, conociendo el fal el G-3 es comer pichón, son babosadas».

Pobrecito poeta que era yo 97


¡Con lo que me habría gustado quedarme a escribir para el cine! Ni modo,
otro año será. O más bien: otro de tus amores será, mi adorada putita. No
me quedará más remedio que escribir para mis colegas, estos devastadores
rayos portátiles colgando de los dedos, con tarjeta de identificación y todo,
los grandes idiotas salvadoreños que jamás leerán a los surrealistas porque
Stalin dijo quién sabe qué, ni a Michaux ni a Julio Cortázar porque para qué
meterse en problemas, ni caerán en la cuenta de lo mejor del Gordo, que
aunque hoy queramos preterirlo incluso con entusiasmo, se defiende con
su pasado verbal estremecedor: «nos desnudamos como para morir o
nadar o envejecer ⁄ y nos metimos uno dentro del otro ⁄ ella rodeándome
como un agujero ⁄ yo quebrantándola como quien ⁄ golpea una campana ⁄
pues para ella el sonido que me hería ⁄ y la cúpula dura decidida a temblar».
No, con ella no era lo mismo, no me cabe la menor duda en este terreno:
estaba mucho más loca que tú, pero de una manera más sombría. No tenía
que ver con tus crímenes traviesos. A ella no la besaría diciéndole «perrito
asirio» y tomándola de los pechos frente al altar mayor de aquella iglesia
burguesa y fresquecita, ante el caos mental del pobre sacristán que
trapeaba el piso con creolina. Ella, por el contrario, siempre quería que le
pegara antes y que le gritara cosas y que le dijera que la estaba engañando.
«Dilo en un tono más brutal, di los nombres», me pedía. Tú no llegas a tales
maravillas, pequeño ángel. No hagas esa cara ¿acaso no puedes soportar
una de las últimas bromas? Una de las últimas bromas. Tampoco hice con
ella lo que no hacen los camponeses (hablando de camponeses vos conocés
mi gran chiste brasileño: el brasileño que ya no funciona llega todo afligido
donde el doctor y le dice que ya no se le paraguay, que qué hace. El doctor
lo examina y le hace análisis, todo muy minucioso, y al final le dice: Todos
los exámenes dan resultados correctos, mi amigo. Su metabolismo está
que mejor no puede, sus nervios son magníficos y además usted solo tiene
30 años. Debe ser una cosa mental. A lo mejor un trauma de infancia, una
vergüenza secreta de la juventud que se le ha sobre impuesto. Voy a
remitirlo a un siquiatra competente, pero para que este se oriente, voy a
hacerle aquí un pequeño interrogatorio básico, el brasileño acepta y el
doctor le pregunta: ¿Ha probado usted hacer el acto sexual a oscuras?, y el
brasileño, casi fastidiado de responder algo tan obvio, responde: Oh sí: a os
curas, a os militares, a os camponeses, a os operarios). Te digo que era
distinto, imagínate: no hacer con ella lo que no hacen los camponeses.
Contigo podría hacerlo todo con la mayor inocencia, cumplir como si fuera
un dictado ritual intransgredible los que describe el maishtro Julio en la
página 44 de su grandiosa novela (edición argentina) sin contemplar la
posibilidad de vejación. Incluso me sentiría más puro, en el fondo de tu
abordado puritanismo piratesco: muerta, estúpida barrera, en el caso de
una juventud que lo ha pagado todo de antemano. Contrapunto de
terciopelo manipulado por una cultura finalista, pero finalista en pobredad:

98 Roque Dalton
pensamos con el bello bajo vientre, el cerebro sin cosméticos y al aire libre,
con sus vellitos tan graciosos o imponentes y con su olor a salivita. Te
escribiré, piscuchita, claro está que te escribiré. Por medio de mi hermana.
Sí, hay que hacer una campaña heroica en contra de su curiosidad familiar,
no hay sobre qué le resista, pero eso no tiene nada que ver. Llegará un día…
Sí, te deseo, claro está que te deseo, cosita. Ahora mismo, sí. Modestamente,
as Vic Gassman. Tú, la que en mi mano tocaste una vez mi corazón.
Disimula, disimula. Y no tenías por qué saludar a Mario con tanta
familiaridad. No, no soy celoso: los celos se curan con cerveza negra y un
viaje al mar y una enjabonada con jabón de cuche en la playa y antes de que
el viento te seque la espuma encima del cuerpo hay que tomar leche de
magnesia Phillips con Vermouth y luego hay que correr cinco kilómetros
sobre la arena y pegar grandes gritos insultando al Gobierno frente a la
primera pareja de la Guardia Nacional que uno se encuentre. Si te siguen
los celos, seña conocida: eres celoso. Yo no, yo lo que soy es tímido. ¡Mira!
No, no es nada. Un gran pez amarillo volando sobre el horizonte no es nada
para nadie, y mucho menos para nosotros, inmersos en lo que podríamos
llamar la sugestividad de este maldito andar de despedida en despedida.
No te olvides de darme el libro del tal Gingsberg, el pequeñito ese que nos
robamos de la biblioteca. Al final no me hiciste las traducciones ni nada. No
me gusta sonreír tristemente: me duele la nariz o los lagrimales o no sé
qué, y me siento entre cursi y criminal, entre tormentoso y pírrico, entre
infranqueable y famélico, entre helado de guanaba y bisturí, entre Pitaco
de Metileni y Johnny Stompanato. ¿Por qué Frank Sinatra no lava ropa?
Porque lava Gardner. ¿Por qué Arturo de Córdoba no marca su camisa
blanca con sus iniciales? Porque espera que Libertad Lamarque. ¿Por qué
Joe Luis boxea? Porque Víctor Hugo lucha. Te conté lo de Bebo y Pablo
Armando. ¿No es cierto? En Londres y en París fueron para mí antiguos
emperadores otomanos en tiempo de postguerra y remordimientos,
pastores del vino azul y la ginebra, como diría yo sé quién. Siempre me
sentí un indito al lado de ellos: hablan francés e inglés y les quedan bien los
sombreros y sus libros han aparecido comentados en el New York Times y
son jefes de oficinas cubanas que en Europa resplandecen como tarjetas
postales con centro neurovegetativo. Si los menciono, piscuchita, es
pensando en que, ya que insiste en hacerle una monografía, por su medio
podríamos hacer llegar la carta al jovencito ese, tan imbécil y tan
presuntuoso y tan oportunista y tan payaso, y tan pésimo poeta, pero con
tan linda mujer. Evgueni Yevtushenko. No te enojes, ya estuvo. Ve pue,
ahora que me acuerdo, todo esto no es ni mierda: lo verdaderamente serio
fue cuando nos manió la culebra al viejo Ramos y a mí. Se trataba de
infiltrarse en nocturnidad entre una cantidad de vigilancia impresionante,
dinamitar teóricamente el puente de la carretera central y volver al camión
donde nos esperaba el capitán, Rolex en mano, todo ello en treinta minutos.

Pobrecito poeta que era yo 99


Distancia de arrastre en zona sin vegetación: cien metros de campo no
minado. El viejo sabía arrastrase como un topo, parecía que iba bajo tierra
y yo lo que hacía era pegármele, poniéndole la cabeza en los carcañales. A
medio camino decidimos dejar allí las pistolas y los cuchillos y quedarnos
sólo con las cargas para mayor comodidad en el arrastre. No había luna
pero aquello no era precisamente una boca de lobo y además los camiones
y los autos de la carretera pegaban de cuando en cuando unos brochazos
de luz que se te encogía el sereguete. Los centinelas estaban allí nomás,
bien recortados contra el cielo, con sus ametralladoras de mano con
bayoneta calada. De pronto el viejo se detuvo, yo pensé que él creía que se
había dejado ver, pero como vi que tardaba me le apareé y le soplé: «Qué
pasa, viejo cerote, nos quedan 16 minutos». Y el viejo como furioso, él que
nunca me había faltado al respeto, a pesar de mi eterna jodedera, me dijo:
«¿Que no estás viendo pendejo?». Yo no miraba nada, sólo lo oía respirar
cansado, pero cuando fui a tocarlo para puyarle las costillas como se hace
con los bueyes para que caminen, me di cuenta: tenía una e-nor-me
culebra enrollada en el cuerpo. Un escalofrío me recorrió todo el mío,
aunque pronto oí una voz del cielo: «Es mazacuata, baboso, Majá de Santa
María, no es venenosa ni es capaz de matar a un hombre por constricción».
De tal manera que cuando la culebra me atrapó a mí también por los brazos,
no salí dando alaridos y pude reprimir la sensación de asco helado, por el
roce y el tufo a saliva de loco. El viejo me dijo que le pellizcara la cola a la
animala, con toda mi alma, pero que va, la mazacuata como que si ni tal,
tenía dura la nalga puyuda, más bien yo me jodí el dedal. El viejo se puso en
arco, casi de culumbrón tensándose para zafarse, pero la imbécil coyunda
seguía firme. Yo pensaba que por la tal culebra nos iban a alcanzar a ver y
se iba a armar la del diablo con la tirazón y las bengalas y se iba a joder
todo. De repente, ella sola, sin que mediara nada por nuestra parte, la
mazacuata se fue zafando como soguilla rota y nos dejó libres. Con aquel
susto todo lo demás fue babosada. Llegamos hasta bajo el puente,
colocamos la carga y les dejamos un papel con insultos a los centinelas.
Regresamos por el mismo lugar un poco contumeliosos por si aparecía de
nuevo la amiga, recogimos las armas y llegamos al camión con dos minutos
de retraso. Cuando volvíamos al campamento y el capitán nos dio permiso
para fumar, le contamos y él se doblaba de la risa: «Por mi madre que
ustedes son el caballo de Atila —decía— si a mí me pasa, se jode la operación
y la Tercera Guerra Mundial, porque yo salgo gritando despavorido y no
paro hasta encontrar un bar». Y nosotros bien culones de que el capitán
dijera eso, porque sabíamos que era mentira, que el tipo habría cumplido
así lo enredara de las canillas un dragón echando fuego de azufre, tan es así
que una vez se había agarrado a tiros con un tanque y ganó la batalla,
embarrancó al tanque, mató a los tres que iban dentro, desatornilló la 30,
se la echó al lomo y se la llevó a Raúl. Y yo entre satisfecho y paternal-filial,

100 Roque Dalton


porque sabía que el verdadero valiente era mi subalterno, el viejo, que si yo
voy primero y me toca a mí primero y solitario la culebra, de verdad que se
jode todo. A lonely impulse of delight: Entonces ya sabíamos que aquella era
nuestra última noche. El ruido del mar traía una ferocidad nueva desde los
cayos blancos y desnudos: nos golpeaba las venas de la garganta, el pecho,
el sabor mismo del Tokay (que se había vuelto lento y suave después del
cuarto vaso). Rompimos las cartas y en el fuego las vimos volverse negras,
pedazos negros, desconocidos restos de un pequeño mundo en pleno
derrumbe, presentes para siempre aunque tratáramos de volver la cara
hacia otros lugares lejanos. Cada una con su propia llama, nuestras cartas
murieron demasiado jóvenes, pobrecitas suicidas de nacimiento,
equivocadas y buenas, como niñas saliendo de una costumbre señalada
con dedos de venganza. Y luego, la repartición de las grandes riquezas: los
anillos con nombres de personas que amábamos antes de encontrarnos y
reconocernos —recuerdas el viejo texto de Bretón?—, las plumas rojas y
extrañamente lanceoladas del viejo guacamayo Smuggler que murió de tos
y de incurable asombro ante nuestros excesos, como un héroe pérsico; las
fotografías tímidas, los amuletos de cabellos que tanto enojarían luego al
pobre beato Paco («fetichista», me espetaría, lívido, moralmente feliz por
ponerse tan furioso en mi contra), dedicado a malcriar su buena salud de
comunista en vacaciones, su sensatez irritante en Tegucigalpa, esa pequeña
aldea con nombre de ostra, llegar a la cual directamente de Londres es el
gancho cultural más anonadante que le puede caer a uno en la mandíbula
pequeño burguesa, perdóname la manía de la agudeza. Fue entonces
cuando advertimos que somos nuestros únicos dioses. El hotel era más
extraño que nunca: ¿el fin del mundo lleno de aquella niebla que tanto te
aterraba o el nacimiento de las cosas bajo el sol? No sé, pero en todo caso,
qué bella prisión de la melancolía, palabra. Todo lo que supe antes del
universo y de los hombres lo olvidé entonces con delicia. Aun lo que
recuerdo ahora es solamente lo que a ti te sobra para los mendigos que
pasan por la calle, lo mejor de mí mismo, lo mejor. (Preso otra vez. El sonido
de la reja al cerrarse hace pensar que se ha roto la campana mayor y se ha
convertido en una lluvia de rieles que caen de punta a tu alrededor
formándote la gran jaula. Y lo oyes con el cerebro, con el corazón que
tamborea el pecho y con los cojones. Oh vieja pesadilla de mi debilidad.
Dios mío: esto es ya terriblemente ridículo. Debí, es decir, no debí…) Perdón
eeeee perdóneme compañero no quise alzarle la voz momentáneamente no
estaba escuchando eee cosas de poeta j-e-jé usted sabe cómo es eso eee
¿querría repetirme la pregunta por favor? A este no le entiende ni Mandrake,
linda manera de embrollar las cosas llamada en nuestro tropical pedacito de
mundo ¡pajear! Bueno. (Tos). Si cómo no ee la poesía y permítame comenzar
desde el pozo de las definiciones personales es para mí como lo he dicho
muchas veces la expresión humana más profunda de ahí que haya sido

Pobrecito poeta que era yo 101


digo objetivamente un medio muy restringido de comunicación hay que
rendirse a tiempo nosotros no somos la Guardia Nacional que dicen que
muere pero no se rinde hay que rendirse a tiempo decía ante ciertas
evidencias en un mundo ee en que el hombre ha vivido alineado enajenado
ajenado sin conciencia de sí mismo y del sentido de la existencia circun ee
que le envuelve por los mil costados ee sobre todo en lo que se refiere a la
situación actual cuando cada día son más los pueblos y los individuos que se
hacen dueños de su propio destino la función de la poesía como medio de
comunicación como vínculo interhumano cobra de nuevo la más alta
significación por eso me parece tan circunstancialmente apropiado el nivel
épico de alta depuración establecido por poetas como Saint John Perse Seferis
verdaderos portavoces de las más altas inquietudes humanas en este largo
presente se trata de un tono (alcánceme por favor ese cenicero) ab-so-lu-ta-
men-te con-se-cuen-te (gracias) con ese signo de nuestro siglo el
ecumenicismo lo social es también notable ese otro plano de lo que en lo
personal considero la gran ofensiva de la nueva poesía por reconquistar la
realidad desde hace tiempo exclusivizada para los menesteres de los
científicos y los explotadores me refiero a esa exacerbación de la individualidad
con claro sentido mesiánico que es dado advertir en la obra de Michaux
Prévert Pessoa los nuevos poetas ingleses y norteamericanos eee tanto el
nivel épico en que los personajes son pueblos civilizaciones y los hechos
conquistas o éxodos como en el plano personal que comunica a los demás la
experiencia particular se complementan en la mejor poesía de hoy es decir
en la única que vale la pena de ser leída… (Muchas gracias, dice el tipo. Y
pone una cara de compungido que no se atina si ha aprendido una clave
para él genial en lo que dije o si se está carcajeando hasta dolerle el
estómago anímico por lo burro que soy. Ahora viene el otro. Hombre,
parece más audaz. Aunque también complica un poco las preguntas). Sin
lugar a dudas sin lugar a la menor duda y bastaría para probarlo si es que
fuera necesario con citar los nombres más representativos de la nueva poesía
latinoamericana el conjunto de la obra del padre Ernesto Cardenal, Juan
Gelman, Enrique Linh, los «cuatro grandes» de la joven poesía cubana usted
los conoce Roberto Pabloarmando, Bebo y Fayad la gente de ustedes los
balleneros los camaradas de (Óiganlos: Espérese, espérese, que se destrabó la
cinta de la grabadora. Movele el suich, vos, aligerate. Ay, babosada, ya me
agarró la corriente. ¿Se oyó, vos? ¿Se oyó, vos? Sí, hombre, todavía estaba
grabando, hay que borrar el pedacito. Yavestar. La dictadura del proletariado,
el dictariado de la proletadura . Yastuvo, dele viaje, bachiller) Pues como creo
que les iba diciendo (Claro, ahora vas a hablar más babosadas por media
hora o más, como si lo mejor no fuera cerrar la trompita, digo, lo más
prudente. Te contradices, Niño de las Perdices; no comprendes, Méndez;
no la chingues, Domínguez) No cabe ninguna duda al respecto a estas alturas
ya se puede plantear seriamente ese y otros problemas en el seno regazo o

102 Roque Dalton


vientre de la poesía latinoamericana pero quizás lo más importante no sea
eso pues de lo que se trata según mi punto de vista es de lograr que la poesía
que nuestra poesía intervenga cada día más en la labor que se plantea el
hombre de dominar la realidad de hoy y del futuro que la poesía deje de ser
hez de declamación postre en la sobremesa de las élites y se convierta
verdaderamente en un instrumento eficaz del hombre medio del hombre de
la casa y de la calle en su lucha por reivindicar para sí el mundo que le rodea
la sociedad en que está inmerso su real imagen individual (mira que si hablas
cosas sobrantes, payaso) y con respecto al segundo problema creo que por lo
menos en la actualidad es una tontería eso de la prioridad del contenido o de
la forma es lo que podríamos decir un anacronismo por lo menos temporal
momentáneo de etapa puede ser que dentro de algunos años se vuelva a
plantear ya sabemos que la actuación en lo cultural tiene su estrategia y su
táctica como en lo político y en lo militar en estos momentos quedarnos en
ese problema sería lo mismo que preocuparse al respirar sobre la preeminencia
del oxígeno con respecto al hidrógeno en la próxima bocanada de aire el
papel social del poeta además y esto es desde nerudiano hasta borgiano no
debe causar más alarma que el del carpintero el opiómano las monjas las
prostitutas los tractoristas o los payasos evidentemente son los hechos
sociales concretos los que deben servirnos para fijar nuestros deberes no el
oficio que hayamos escogido… (Otro valiente, otro entrador: Oh, magnífico,
resulta que has acertado, sabio hijo mío: ese es mi mero tema: yo, chas
gracias, tipo deahuevísimo). Pidiendo las consabidas excusas por esta rápida
crisis de autoconsideración reconozco como influencias inmediatas sobre
todo en mi último libro Las turgencias del caleidoscopio el material de
Eisenstein sobre México el uso del blanco que hace Bergman por ejemplo en
la secuencia introductoria de La noche de los titiriteros, ciertos documentales
nazis y supongo que muy a pesar mío Truffaut ustedes me entienden claro
quiero decir La marsellesa que surge al abrir el tacho de basura podrida claro
que sería un escamoteador si no aceptara que con respecto a los últimos
sonetos he tratado muy específicamente de oscilar entre el rigor de Dreyer y
la solemnidad bestial de «La última cena» de la Viridiana aunque no sé si
logro el goloso erotismo buñueliano en el que cierto punto de vista sobre el
hambre produce o bien excitación sexual o bien ganas de arrodillarse ante
Cristo Crucificado y rezar hasta que salgan las lágrimas no sé repito en otros
terrenos para continuar con la respuesta yo mencionaría los anecdotarios de
Picasso y Van Gogh la obra completa Rouault Pollock el viejo Bosch la música
de los jóvenes latinoamericanos mientras no la corrompe en sus audiciones
antisépticas y con el perdón de las opiniones contrarias la red de centros
culturales de las embajadas norteamericanas que en la localidad se llama
repito que respeto las opiniones contrarias Centro El Salvador Estados Unidos
y en eso que conocemos como la vida real lo cotidiano el pan nuestro de cada
día todo el mundo lo debería notar mis hondos complejos por no saber bailar

Pobrecito poeta que era yo 103


no ya digamos jerk o surf sino siquiera mambo o merecumbé el bizantinismo
surrealista de la polémica chino-soviética la lectura de Maritain simultaneada
con sesiones a todo volumen de Carmina Burana el alcohol la revolución
sexual sobre todo considerando su aspecto técnico defensa a fondo de la
artesanía preciosista en el mundo gélidamente loco de la industrialización
capitalista neocolonial por no decir una mala palabra las exploraciones
matutinas a lugares como los tiangues nonualcos en el departamento de La
Paz el mercado de la Lagunilla en México sobre todo sus alrededores hay unos
cristos coloniales a medio quemar verdaderamente deliciosos la mágica
tienda del Choco Albino de San Salvador (tú conocías, amor mío, el poema
—debería decir «el poema fallido»— sobre este último lugar: lo recitabas
aún antes de saber lo que quise decir:

Alejandro Dumas touché por el polvo


por sus diez mil espadas lentas cada una
vigilada por una cama herida
un rollo de pianola arruinado por el intruso
vino de marañón que alguien derramara cuatrocientas
trece monedas de aspecto amargo jorobadas
un par de borceguíes amarillos english spoken
un florero remoto spricht deustche un reloj
con el número siete desaparecido on parle francais
un geranio postal un botón de bombero
el que más barato vende en esta plaza
dos mil plumillas violín y sus ojos sellados
oh lugar donde 1945 era aún y para siempre 1918
no para todos
sólo para los niños que no teníamos como robar oro
cosas que no fueran libros o estatuillas decapitadas
y para mi recordado Nicolás Jovel de oficio bebedor
y que también era choco —sólo que de verdad—
y libre porque nunca se le ocurrió anunciar que aceptaba
representaciones extranjeras y vivió mientras pudo
satisfecho de haber sido un día
muy bueno con el machete)

¿Qué más podría decir? si bueno las temporadas carcelarias (claro,


ahora a presumir de héroe chistoso) que propician el contacto con esas
maravillosas almas puras y cándidas que son los ladrones y los asesinos los
contrabandistas y los cuatreros y sobre todas estas cosas más o menos
desvaídas el recuerdo de una muchacha que tiene las rodillas más bellas de la
historia moderna el pubis liso de las estatuas griegas y justo es decirlo los ojos

104 Roque Dalton


más sensacionales que haya podido obtener la civilización occidental para
los amaneceres dominicales de un joven intelectual progresista… Claro que
no los géneros no existen creo que por ahora es cuanto tengo que decir
muchas gracias. Y como decía Linneo: «Pipirileo pélame el guineo». Y como
decía don Moncho: «Pipiriloncho, pélame el majoncho». Comenzaba a
sudar. Claro, es que la cuestión debió haber sido más precisa, te faltó rigor
por todos los lados. Pero parece que deberás acostumbrarte a verte
payasear cada vez que debas arribar a una conclusión seria en público. En
privado, desde luego, te las arreglás. Hacés el gesto ese de la mano derecha,
como quien atornilla un foco de 60 bujías en el aire y ya estuvo, los
contertulios te lo creen todo. Tienes miedo o simplemente es que apenas
puedes con tu ignorancia, ¿el agujero-mejor-disfrazado? Ergo eres una
caca. No hay que tomar en cuenta eso que no les puedes decir mucho por
razones aparte, por ejemplo: «Lo de la novela que estoy escribiendo: será
toda una prueba para la madurez de este país: si la aguantan sin que yo
tenga que ir de nuevo a la cárcel o sin que me hagan unos cuantos atentados
domiciliares, habremos de ir pensando que aún hay esperanza contra los
vampiros de la provincia». No viejo, el problema consiste en que has
hablado puras babosadas, la canteaste, te zurraste en la olla de leche por
omisión, no le des más vueltas a la cosa. Para eso hubiera sido mejor que te
pararas simplemente frente a la grabadora y hubieras gritado: «Y para la
ignorancia general concurrente voy a tener el gusto de recitar el mejor
texto de literatura que se ha escrito hasta hoy en Centroamérica, del cual
si no sale una literatura nacional poderosa, es porque todos somos, como
escritores, cobardes e imbéciles, y como patriotas, guanacos hasta la pared
de enfrente: para ustedes El cuento del bárbaro aplastado de Salarrué (a ver
si no se me olvida) «Pues si es que en una cabeza redonda iba un piojo
vestido de indio bárbaro, corriendo a pie y diciendo: “Qué carapiatas y
tuabalalaba y córchiles pepeto; yo soy el rey de la pradera peluda onde hay
minas de caspa y pasan a cada rato unas grandes nubes con uñas rascando,
que por póquiles me descuchumban tumban, taramba, choca carioca!” Y
se paró en un descampado de la coronilla y se subió a la cúspide de un
cerrito quera un grano y miró para todos lados con la mano en las cejas, de
visera, y dijo: “No se alcanza a mirar el horizonte. A saber si ya se murió, el
pobre”. Y se bajó, deslizándose con el lomo y las patas en el aigre. Y en eso
vio que el cielo se oscurecía y dijo: “Yo me agacho y me hago pacho, porque
ai viene la tormenta con uñas y anillos”. Pero no era, sino que era una
terriblísima peineta ciclón y como pasaba y golvía a pasar, el piojo piel roja
se escondió en un caminito y ¡ni por el diablo! lo pudo domar. Y como tenía
un hambre bien grande, se puso a sacar comida y entonces llegó la mano
rascadora y se puso a quererlo magiar, pero ¡güépiles que pudo! Y el piojo se
puso a bailar el baile de guerra, trotando en rueda muy contentis de su
arrechencia. Pero no contaba con el elefante de marfil que se rio por dos bocas

Pobrecito poeta que era yo 105


y que hace ‘chic, chic’ que era un peine fino nuevito, acabado de salir de
onde el dentisto en odontodología y que lo cucharió sin dificultura y lo
sacó de la pradera y se iba deslizando en un gran témpano de yelo, hasta
que una gran uña color de agrora borial, lo dejó borrado en un solo
cañonazo de zancudo, que es con ruido de cuando se quiebra un palito de
jójoro, y siacabuche». He dicho. Que le salga güegüecho al que no aplauda.
Y es que aunque este país es como la Cueva del Cura y aunque uno de
quienes mejor lo saben es Mario, el Gran Buho Luctuoso, pasa como en
todo el mundo extranjero: la literatura es acaso lo único que vale de verdad
la pena: por ella sí que lo acepto todo, hasta el ridículo. Y el catarro,
carajada. Sé que esta actitud es muy mal vista, pero cómo no va a ser mal
vista en este país de gargantúas morales e intelectuales y también de
tisiquitos morales e intelectuales, donde el heroísmo máximo es
arrodillarse, el deporte nacional arrodillarse y la anarquía más sensacional
arrodillarse. En el partido, por ejemplo, me ven mal, no por mi práctica
organizacional ni por el pobre nivel de mi marxismo, sino porque bebo
como un león, y por lo de Lisa. Cualquiera escribe entonces aquí: Las
meditaciones de un hombre arrodillado sin la menor vergüenza y no sólo
quien lo escribió de verdad, un filosofito borracho con apellido de coronel.
Ejemplo vivísimo: el del profesor Lobato, que se niega a aceptar en público
la indiscutible y solidísima gloria de haber descubierto ocho mil
cuatrocientos doce salvadoreñismos sinónimos de la palabra pene, dos mil
dieciséis de la palabra tormenta y ochocientos doce de la palabra pacún.
Provincia roedora, dueña de su propia semántica torva. Aunque con sus
ventajas, por no haber tenido propiamente Edad Media, esa época
sanguinolenta y blenorrágica que convirtió a los países europeos en
espesos quesos de pus a los que ha debido revestirse de tanta belleza
metálica y de tanta sabiduría, de tanta banderita, música, vertiginosidad,
leyenda, sublimación, para ocultar al universo su real naturaleza. Los
mártires europeos siempre fueron gordos, por eso es que al hablar de su
muerte, sus coterráneos testifican en múltiples idiomas que «reventaron».
El mártir de nuestros lares es, hambre y pulimento solar, enhiesto y frágil
y cuando cae, se sabe que su arquitectura es la de una joya para pobres que
no admite comparaciones cultas. Y la belleza húmeda de la vida, no la de
los mártires, es aún mejor que la belleza marfilina, se la posee como quien
muerde un mango o como quien se baña con fresco de chan o como quien
introduce el pipí en un guacal de atol shuco un poquito más que tibio en
medio de la gélida madrugada de El Imposible. Realizar entre nosotros el
gran acto estético siempre te deja entre las manos el olor a la tierra fresca,
a la grama macerada, a la saliva del venado que voló entre los que tendíamos
las redecillas para cazar mariposas. ¿No es así? Provincia roedora dueña de
su propia semántica torva. Mi catarro empeora velozmente. A ojos vistas,
supongo. Sin embargo, a su pesar, también me insinúa cierto estado

106 Roque Dalton


placentero con su fiebre mediana. «A lonely impulse of delight ⁄ Drove to
this tumult in the clouds»: Entonces ella ha cerrado lentamente —pero con
una fuerza indócil —evidenciada por el temblor de las pestañas —los ojos
magníficos —que te miran como si recién te descubrieran —en el regazo
de la primera mañana del mundo —sus párpados han secretado juegos de
amor —y se han deslizado hasta cubrir la honda pupila negra —como
cuerpos desnudos de hombres y mujeres —hermosos y silentes —cayendo
en su propio pozo tibio —y ha echado la cabeza hacia atrás —con un gesto
rápido —truncado por los sobresaltos que vienen del corazón —de más
abajo y de más hondo aún —de esa mancha oscura —agreste —que entre
las piernas ha tomado para sí todo el tiempo —toda la existencia —el
universo de estos minutos innombrables —gesto que ha desparramado la
larga cabellera negra —haciéndola caer desde la cama como una planta
poderosa sobre la almohada que reposa ya en el suelo —la barbilla perfecta
—a pesar de la partidura ondulada que refleja el tacto y el papel del dios
gracioso en el mundo de los órdenes clásicos —perfila el buque puro y
blanco —a medio hundir —erguido y retador —reclamador de crímenes
de gigantesca jerarquía —el cuello tenso desnudando con el plic-plic de las
arterias la ansiedad —la premura —la búsqueda de ese momento inminente
que puede resolverse con la ascensión hasta los astros o con el
sumergimiento de las manos y el gesto en cierta ira incomparable —sólo
tal vez vecina de lo peor —del desprecio —(que además se tratará de
disfrazar —bajando los ojos —y diciendo con voz oscura algunas ternezas
que no caben en ninguna parte así) —oh tú desnudo —caes —muerdes —
tienes los dos animales redondos de su pecho entre las manos —has
trasladado bruscamente el peligro del fin —desde el dulce abismo hasta las
cercanías del corazón que quiere jugar un poco más —el rosado botón se
te escapa de los dedos sabios y temblorosos —guerreros e hijos —animales
de otra raza más dura y maridos de esas hebras blanquísimas que bajo la
piel estallan y conducen las corrientes del vértigo —has besado su boca
llena de saliva dulce —tu peso ha hundido el barco en el cielo —cerca de ti
—y has hecho concavidades de los signos conexos —la cabellera ha venido
del suelo y es como un nido entre los dos pechos —tus brazos invaden y se
apropian de todo —protegen del mundo para atacar mejor —tu boca ha
encontrado lo que perdió en el tumulto de los años —sientes en tu lengua
y los dientes las suaves granulaciones y ahí muerdes —y oyes gemir —y
sientes el placer que siente Dios cuando maneja el hilo de la tormenta —
bajo el aroma de la ropas recién arrancadas (que como muertos animales
multicolores —han quedado silenciosos en ese otro mundo —diseminados
sobre la alfombra) —bajo las esencias opalescentes —surge el olor a mujer
—el escondido en cada poro —oh el olor a bestia preciosa —nuevo vino
imprevisible que chupas con la piel del seno —que te hace husmear —
mojar la frente en la axila recóndita —ir por los brazos y su fina vellosidad

Pobrecito poeta que era yo 107


que acaricia las mejillas y los labios —te has incorporado a medias —lo
suficiente para ver a toda la mujer desnuda —tu parte en la donación del
mundo —a la mil veces vencida en el último minuto —a la mil veces
expectante ante tu gran asalto —postergado con pequeños asaltos —y esa
es tu perdición —porque tus ojos han sido arrastrados al centro del
universo —a la gran flor oscura —a lo que queda de la noche que hizo a
esta mujer —y que sintetiza su alma —sus idiomas —sus gritos —que
retrata su debilidad y su destino —el lugar de donde tú mismo vienes —y
al que sabes que habrás de volver —siempre —para combatir la destrucción
—el odio —la sequía de la sangre que te mueve y te alza —caes entonces
—retornas en tempranía —y clavas tu lengua dura y alegre —ágil como las
músicas matutinas de tu país —te ves nacer de nuevo —cara a cara con el
chorro de la vida —los sabores te tocan con dedos de cera húmeda y
pétalos de cobre —hay para llenar tu fecha la salumbre de un terreno
fresco —como abonado con lágrimas y peces —suaves rincones rosados
—y celestes —cuyo temblor mismo suena —y huele —y toca —y deja ver
—y sabe doblemente —tu propio segundo corazón te avisa de entre las
piernas: aún hay un rito feroz que estás a punto de olvidar —tu vientre
piensa salvajemente —con la oportunidad de los animales —trata de
detener el ángel blanco que viene caminando —desbocado por otras venas
—pero también anhela verle fuera y hundirse bajo el impacto de su sombra
generatriz —caer bajo sus alas desatadas —sin saber por qué —ni cómo
—ni en nombre de qué nivel de la naturaleza principalmente melódica —
pero tu lengua es tu tercer corazón —vuelve a imponerse por un nuevo
breve siglo —y recorre el territorio radical desde los enmarañamientos a la
miel —desde la oscuridad última que vieron tus ojos al nacer a la luz hasta
los niveles que reclaman castigos y sevicias-ubicas entre la vecindad
alucinatoria —entre el asomamiento al centro de los centros —otro
segundo corazón —mismo y contrario —mínimo pedernal de estos
desfiladeros dramáticos —padre maternal de la chispa que corre hasta los
pies y las muñecas —y corona los finos dedos de la mujer con el disfraz de
la fiereza —o el terror —o los movimientos de la muerte —las venas son
sus propias enemigas —al aire no cabe ya la saliva ha huido —dejando en
su lugar un agua tenue —herencia de haber nacido entre musgos y piedras
alegremente podridas por la exuberancia del clima —alzas el rostro como
el dormido que se levanta de un jardín cuando viene la lluvia —y ves el
panorama de la mejor desgracia —tienes ya preparada la victoria— frente
a ti sólo queda un gran ramo de pequeñas derrotas y súplicas contra la
piedad —subes hacia el rostro mojado —depositas tu mejor corazón en la
noche mientras el mundo salta de sus ejes antiguos —siguen hablando
aún, es una forma de vida, peligrosa cuando tienes tan-cultivada-alma,
solitario. Presunto hermano y tan lobo. Ultimadamente ¿qué es un escritor?
Un tipo que hace diccionarios incompletos, que hurta los significados de

108 Roque Dalton


sus palabras, un ladrón. Depositas tu corazón, tu mejor corazón en la
noche y la noche eres, amor mío, tú. Entre musgos y piedras. Y he logrado
perturbarme como un monje ante el espejo de su culpa. Pero un monje
heroico: capaz de transiciones bruscas en la contemplación, como quien
dice capítulos en el éxtasis. La noche llega como una máquina de guerra, es
verdad. La historia, para después de la cena. Puede que Lito Paz… Acunada
por nosotros en el idioma, dependiente de nuestro temperamento variable,
resplandeciente y bulliciosa, infernal sino se nos antojara un tanto cómica,
de nada está menos compuesta la noche que de oscuridad. Por lo tanto:
adiós, amor mío: pronto deberé sacar la cabeza de mi corazón, nuestro
nido con aire acondicionado, infierno que se aniquila con un botoncito, y
me descubriré despierto entre los que gritan y beben, gritándome y
emborrachándome yo mismo, aunque permitiéndome de cuando en
cuando una vueltecita de inspección al amado pozo de mi pecho, dejándote
cada vez más indescifrables notas garrapateadas en sobrios papelitos
azules, hablando de las motivaciones místicas de es este mi ambular de tan
oculto sentido. Me ha quedado sin cigarrillos, chispa de la casa, chispa de
la calle. ¿APLAUSOS? Inclinación de la cara sonriente. Aplausos. Aún estoy
excitado. Te debo la sed y ahora tan sólo descubro que eres la Diosa-
Dueña-del-Agua. Aplausitos. Ellos no ¿cómo decirlo? No te-me perdonarían.
No me perdonarían esto de poseerte. Y mientras giran las esferas
celestiales, como diría un filósofo criollo que chupó sus mejores esencias
en la geografía, trillador de la carretera del Litoral de entraña perennemente
defensiva, yo vivo y vivo en la construcción de un perenne argumento: la
afirmación del monstruo bondadoso, qué estampa para la meditación
ajena, un ramalazo de jazz primitivo en el cementerio de La Bermeja. ¿Y
qué fue de mi espíritu transeúnte? Años y años clavado entre bufones que
no han aprendido su papel, entre mudos que vomitan como si estuvieran
en el manicomio del doctor Caligari, del gran baile social retumbante con
los mismos contornos de una orgía entre hedonistas inescrupulosos que
matan mucho más que cisnes o de una guerra de castas yucateca en que
sólo la gran peste queda ondeando en los días que siguen. Declaración muy
poética de la amargura y del hastío, pero que no te acerca ni un milímetro
a la escalerilla del avión. Qué va, ni a la oficina donde deberás comprar el
pasaje. Y está también lo de las responsabilidades históricas, pero frente a
ellas me defiende la modestia: uno nunca es tan necesario, etc. De todas
maneras, en cualquier parte donde llegues de vacaciones habrá necesidad
de emplazar la tienda inflable de la sedición, la mujer de goma del inválido
garañón. Salimos. Quizás sería hasta urgente tomar un trago porque entre
el catarro y estos alardes anímicos de pragmatismo, la garganta me coge
de inmediato una asperidad de piel de serpiente. Estaba un poco borracho
en un cuartucho clásico de París 4e. —podía haberlo alquilado a las
compañías de cine para una película sobre la vida de un gran poeta muerto

Pobrecito poeta que era yo 109


en la miseria— y leía roncamente (con barba de dos a tres o cuatro días y
olor a ron de Jamaica) los versos de su padre-maestro: «Ellos piensan que
son tú ⁄ pero ¿qué saben de ti?». Eres el verdadero culpable del mundo,
mírate en el espejo, ah, tú, hermano escritor, mi semejante, hipócrita. Y
esto, gracias a Dios, al parecer, se acabó de verdad. «Ellos piensan que son
tú ⁄ pero ¿qué saben de ti?». ¿Ginebra y rosas en el hotel de Lito?

110 Roque Dalton


III
Todos
El party

En el principio existía el Verbo,


digo, en el principio existía el caos…

—No te acomplejés por la solemnidad, por la decencia, no te agüités. La


cosa se comenzará a poner buena dentro de un par de horas. No te aflijás.
Por el momento son puros caballeros de la mejor sociedad de Filadelfia
y condesas húngaras venidas a menos, pero por eso mismo subrayando
el enfufuramiento. Todo eso es pura apariencia. Lo básico en ellos es la
guanacia elemental y desaforada. Incluso en los diplomáticos que por
alguna razón han sido escogidos para venir aquí y no a Italia. Te lo digo
por puro amor al arte, porque yo de aquí no pienso moverme y lo mismo te
aconsejo. O hablo contigo, con ustedes, o me voy.
—Mirá aquella tigresa de sorbete de pistacho y glándulas de pescado
hawaiano (por no decir una mala palabra): si ese es el marido, vos, la ley de
gravedad no existe y la de compensaciones es la pura pastorela entre los
chiriviscos.
—Caballeros y condesas, viejo. No hay todavía la transubstanciación,
léase punto de verga.
—Qué buena nalga la de la hembrita que entra, corazón de a peso. En
realidad no está mal el tiangue, hay que reconocértelo. Aunque un poco
escaso, se nota bien maiceado y hasta un poco sombristo.
—Oficinistas, esposas, amigas de la familia de Cristina. Cero poetisas
o licenciadas en Humanidades.
—Lo malo de las intelectuales salvadoreñas es que ya conocieron
a Kant y a Heráclito de Éfeso, aunque sea en la clase toda chulupaquita
de Negativo de Zope, o sea el doctor Rodríguez Porth, pero le siguen
temblando a la paloma.
—Me palpas.

Pobrecito poeta que era yo 111


—Nombré, hablo del Espíritu Santo, ya se me fue lo demás de la idea….
—Es esta, idiota: «Y por eso no salen de noche. Quisieran quedar
preñadas o tener el orgasmo tomando una cucharadita, sin tener que pasar
por el trance de estar en la cama al lado de un hombre chulón que luego-
luego se te encarama y te echa el juelgo de bolo». ¿Qué tal? Hablabas de las
intelectuales, maje. ¿Qué sería de ti sin mí?
—«Al salir vi en un alboroto de niñas ⁄ una chicuela tan linda ⁄ que
mis miradas enseguida buscaron⁄ la conjetural hermana mayor ⁄ que
abreviando las prolijidades del tiempo ⁄ lograse en hermosura quieta y
morena ⁄ la belleza colmada ⁄ que balbuceaba la primera».
—Y en eso llegó el hermano…
—Ya no pasó el otro trago, maneques.
—De veras. A lo mejor es una fiesta de un solo trago, algo novedosísimo
en El Salvador. Ave María Purísima.
—No lo digás ni en broma, tocá madera.
—¿No estaremos en mal lugar? A lo mejor no es para acá que sopla el
viento en este mar.
—No se aflijan, que yo sabo. El guaro suelto lo están sirviendo en la
cocina, que está al final de ese pasillo. Por huevos tiene que pasar por aquí
el bandejero. Lo que pasa es que sólo hay uno.
—Dios te oiga.
—Y nos bendiga, porque yo todavía cargo una goma rezagada desde el
mediodía y ando como si estuviera hincado en maicillo. No es nada mortal,
pero no soy masoquista.
—Mirá esa otra niña, viejo. Un poco nalgas al hombro, pero está
riquísima. Quieto, Chepe…
—Pura charla recurrente de hambrientos y atrasados tenemos, mano.
¿No te parece que ya la entimamos?
—Pero si la vida es eso, mialma: entre nosotros o estamos cogiendo
o estamos hablando de coger: cogí ergo sum: cogí ergo sigo siendo el
turrasmán, el mero-mero de la barranca alegre, la naranja de Tarzán, el
colocho de San Jacinto, el Lord Byron de Ayutuxtepeque.
—Sí, y lo que más me recontradá en las de ping-pong es la hipocresía.
Yo no le tengo miedo a las palabras, yo nado en el petróleo carnívoro de las
palabras y a ellas me encomiendo, lo mismo que a San Blas, patrono de las
enfermedades de la garganta…
—Assinus assinus fricat. Y a propósito de San Blas; acurrucate y me la
jalás.
—… las palabras son mis damas y mis cholinas, mi ayúdame-a-vivir,
mi caldo de puyas, mis espumillitas de a cuis, estoy valido con ellas de la
tusquia, del me aparto y revira contra antiparrandal y de la bolsa izquierda
y formamos parte del mismo club de capirucho, toque y cuarta, de yorta
y de para. Con las palabras juego «Vamos a la vuelta de Toro-toro-gil» y

112 Roque Dalton


«Mica» y «Ladrón librado» y «Esconde el anófeles» y «Aprieta canuto».
Con las palabras albañileo, deportivizo y hago templos para la oficina, el
hogar o la playa. Con las palabras cometo abusos deshonestos y evito la
gran desfloración.
—Lo que pasa es que sos farseta, jodido. Te la querés ir pasando de
hablar paja y nada en los canastos.
—Buscá trabajo, cerote, que la paja no da de comer honestamente
a nadie, por muy buen talle de sinvergüenza y chivo que se pueda tener.
Por lo menos en estos tiempos en que los únicos empleos vacantes para
un intelectual decente en este país son los de vendedor de los Clásicos
Jackson, anunciante peatón de Mejoral o maishtrito de escuela secundaria
en la especialidad de Gramática Española o de Moral y Cívica.
—No es eso, compatriota. Hablo de la literatura. Lo que en el fondo
yo quiero decir es que vayan mucho al infierno todos los gerifaltes de
las generaciones anteriores a nosotros, que huelen a jocote de corona o
a camándula de vieja pícara, de puros viejitos pacíficos, seráficos (saco),
dundos, berecos, terengos, guaguacetes, tarailos, bembos, pentágonos;
puras gallinas chorombas hipnotizando leones, ignorantes gallinas sapas
y chocas que no se atrevieron a pedirle el chiquirín a nadie con todas sus
letras, en un endecasílabo afilado como una estrella de chumelo (puyo por
lo de estrella, me chupas por lo chumelo). Exceptuando, claro está a don
Chico Herrera Velado, que ese si no tenía lombrices de tierra en la lengua
y era honrado con su verba a carta cabal y con su pluma ya no se diga, y
por eso se volvió viejito prohibido, cieguito abandonado, exiliado al haz del
volcán de Izalco.
—Pero es que vos también ya la cagás: sólo malas palabras sos, como
si vivieras en el mesón La Bolsa o en el callejón de Las Oscuranas o sólo te
juntaras con los bolívares fondeados del garash Mundial. Yo entiendo, evalúo,
sopeso, incluso con simpatía, su uso, ante la necesidad de usarlas: cuando es
necesario está bueno; pero así, sólo por joder; está jodido. Si la palabra es tu
dama, las malas palabras son sus enfermedades sociales. Decí que no.
—Seguí por ahí que vas a llegar a hablarme de la santidad del hogar y
de la preocupación por lo que leen nuestros hijos. Es que partís de un hoyo
tremendo: no hay malas palabras, ni buenas. Hay sólo palabras. Y estas, de
acuerdo a las circunstancias, al clima de la gente, sirven o no sirven.
—Uy, el hombre. Por eso es que se te contagia la literatura, vaso santo.
Y por eso dejás pecoso de pupú gastroentérico al impoluto cisne de la
poesía. Y por eso es que ultimadamente, no podés hacer sonetos.
Moralidad, hijos del hule, ahí viene otra bandeja de tragos.
—Bandeja le dijo el turco a su mujer, por bruta…
—Tipería, sé serio: abalanzate de una vez, no te ahuevés como pelón
de hospicio. Si estás en tu casa, estás donde la podés, por algo le has echado
como quinimil paleques a la vetarra. Algo hay que sacar del sudor del amor…

Pobrecito poeta que era yo 113


—Deténgase, mi amigo, que las carreras de noche maltratan al corazón.
—Un solo golpe al caite…
—Arriba los pobres del mundo…
—Pizarras al centro, que va pelota…
—Chas gracias, joven. Así se orina, parando el chorro.
—Que le vaya bien, siga por ahí, mitigando la sed del mundo.
—Que indio más trompudo este bandejero: si no agarramos luego-
luego, nos deja silbando en la loma, el hijuemil cebollas.
—Te digo que ya la canteás: un poco más de cultura, chimado, que por
algo aceptamos venir a codearnos con la crema de la intelectualidad, como
dice Agustín Lara.
—No, papaíto, si yo a lo único que vengo es a ver si levanto. Y a ver
si veo al poeta chapín, que me mandó razón. Pero principalmente a ver si
doblo antenas.
—¿Encontró trabajo al fin el poeta?
—Ha tenido mala suerte. Anduvo vendiendo libros y fue pintor
de brocha gorda, pero no sacaba ni para la camioneta. Finalmente ha
conseguido un chance de cuidador del parqueo de la Cafetalera. Un poeta
de vigilante, el pobre. Debe sentirse fregado.
—Bueno, es que así es la lucha, el exilio. Ya le vendrán tiempos mejores.
Por lo menos ya tendrá para los chojoles, su bock allá de cuando en vez y
hasta su palito de a dos pesos.
—Poniendo la penicilina, salen como diez pesos. Sin contar lo que
cobra la enfermera práctica por puyarte.
—Ya volvés con la misma: tenés el sexo en el alma. En cambio dicen
que tu mujer dice que en el cuerpo solo tenés el alma. Uno a cero.
—De sexo hablaste vos. Yo hablé de penicilina. Crimen y castigo.
—¿Ves cómo nunca vas a entender nada? El sexo, el sexo. Esas son
cosas para obreros, maneque. En nosotros los intelectuales es distinto.
Claro, siempre hay que desnudarse, penetrar, moverse, pero eso es como
el ambiente que nos rodea: pura apariencia, atmósfera. Lo principal se da
en la cabeza, allá un poco atrás de los ojos cerrados y la respiración que se
solemniza y se solemniza…
—Dejate de culeradas freudianas, es simple estilo nacional: si no
hablamos en voz alta, la Centroamérica caníbal se come de fijo al Pulgarcito
de América y si te ponés fino aquí, individualmente, de al tiro te van
tocando las nachas o nápiras y de una vez te van bajando los pachucos. Si
querés probarlo, dejá que se te salga un gallo al gritar «Viva el Águila» en
las graderías de sol del Estadio Nacional. Sólo otro gallo, en medio del grito
de «Viva El Independiente» sería más generador de peligros para tu buena
fama. Y para la salud de tu cuerpito. Cosas como esas, la tuberculosis,
la gastroenteritis y la Guardia Nacional, son las que mantienen el índice de
mortalidad del país a nivel del Everest.

114 Roque Dalton


—Chin-chin, pues.
—Hueveta, dijo el padre Argueta.
—No seás payulo, papá. Quien dijo eso fue Manlio Argueta, pensando
en volarse la chaqueta.
—¿Ves? No decís una frase sin que emerja la pornografía. Mejor
echémolos el talegazo, porque ya va a coger sabor a vidrio.
—Tanto tiempo disfrutamos ⁄ desteamor…
—Salucita: porque se nos haga sangre de la buena.
—Hasta verte, Cristo mío…
—Bueno, ai los vidrios…
—Qué rico el guaro por la gran chúchira, es bueno hasta para los callos
y la caspa y el salpullido y el pringapié o talón dorado, para el empacho y el
mal de ojo, la picada de la casampulga, los pispelos rebeldes, los juanetes
y el tabardillo.
—Mentira. Para la picada de casampulga el único remedio eficaz es el
espumoso de caca.
—Me lleva la Virgen del Rosario y Santa Margarita María de Alacoque,
seguís con tu diarrea verbal. Y ya me chorriaste el saco, bolito barato, que
con el segundo tanguarniz ya estás tatarateando.
—¿Habrá en algún lugar del mundo un trago más fuerte y más hijo del
maiz que el guaro salvadoreño? Ello siempre me ha producido un hondo
desasosiego. Pues de ser así nuestra única posibilidad de campeonato
mundial se iría al carajo. Nosotros, que no hemos tenido un gran cantante
o un gran boxeador a o un gran futbolista, aunque sea con la fortaleza de
nuestro guaro podemos colocarnos bien en el ranking mundial.
—Se habla de un vodka polaco de 75 grados que…
—Mentira, sin duda. Propaganda comunista. No vale.
—Entonces podés estar tranquilo. Salú. No hay. El más fuerte trago
noruego es manteca de cacao y jarabe de Tolú comparado con el guaro
promedio de Ahuachapán, el llamado erupto de tigre. Y claro, sin mencionar
el suculento zangolote capitalino, que es cosa de dioses machos. Le abre
hoyos a los zapatos.
—Mirá vos, volá ojete con disimulo: parece que va a haber orquesta.
—No jodás, hom: son el nuncio apostólico y el padre Mario, el de la
correccional.
—Pues claro, quién otro va a ser. No hay otros padres Marios en este país.
—Pero bien si hubiera dicho Rasputín no me habrías entendido.
Bueno, pues es el mismo tipo.
—Pero quién no va a conocer al padre Mario en El Salvador. Y quién
putas no sabe que va ser el primer papa guanaco.
—Eshpañol, hombre, eshpañol.
—Huépiles. Guanaco. Por las mañas.

Pobrecito poeta que era yo 115


—¿Y esos guacalitos morados se los pegan con engrudo o con algo en
la chorontoca? Porque no se les caen ni cuando dan esos agachones para
saludar a las viejas.
—Qué viejo más feyo el nuncio, sólo le falta andar en patines para
parecer estuata, digo estatua.
—Me cojo a tu tatua.
—Repito, sin oír a los jayanes, que parece estatua y estatua de San
Ignacio, el cuturina, de Loyola, mi primer héroe político-militar.
—Por cierto que cuando yo doble los tenis, entregue el equipo, agache
las de batir lodo, es decir, cuando me baile, cuando me tome mi agua y me
destiña, o sea, cuando me muera, vua pedir que me embalsamen y me paren
todo chivirico en unos patines comprados donde Avelenda, para seguir
jodiendo la paciencia al mundo mi enhiesto calávere ambulante: ustedes,
como chupan menos que yo, van a tener más vida y me podrán llevar a las
cantinas como que soy camioncito de reo carpintero, sacado de la mera
península, oloroso a chinta de palo y a infelicidad. Lo único que cuando
anden conmigo no se podrán enverguecer hasta la mera ceguera, para no
perderme en alguna samotana que tanto abundan y para no permitir que el
primer bolo pobre venga a echarme un querque encima o me escupa mi ojito
de vidrio. ¿Les gusta o no les gusta? Si no les gusta, póngale flores. De nance.
—Vos sólo sos piquetes y guáshpiras, cerófilo, pero no escribís nada,
de puro huevón.
—Ta bonita la idea del cadáver en patines, podría dar para un cuento
quiroguiano o un corto de Buñuel. Si querés te damos matarile de una
vez para empezar a andar chupando con vos a rastras. Seguriano que
conseguiríamos trago gratis en paleta, con la novelería de los bolos. Pero
en una buena goma acabarías empeñado en la tienda del Choco Albino por
uno setenta y cinco o dos pesos y el Choco te ocuparía para exhibir velos
de novia de segunda mano, calzonetas para viejas enteleridas y secas así
como vos y rosarios de semilla de ayote.
—Y en una tu nalga pálida te pondría un cartelito: English Spoken.
—Y terminarías cambiado por una colección de Billiken, en manos de
algún gaznápiro que te usaría para colocarte en el hocico el desodorante
sólido para el meadero del sótano, cuas, cuas, cuas.
—Callate, baboso, que aquí viene el doctor Fernández.
—Ah pues viene Truman, la divina cachimba.
—No jodás, que el hombre es delicado y de un sopapo te puede partir
por mitad. Nunca ha sido un buen escritor y hace más de diez años que se
declaró sinvergüenza oficialmente, pero lo que es su gimnasia sueca y su
jiu-jitsu no los ha abandonado nunca. Si te oye te deja hecho nudo, con el
deber para la clase de mañana de desenredarte. Yo lo he visto en el Rean
costalear a más de uno, ahí donde lo ves todo sapurruco.
—¿Cómo está, doctor?

116 Roque Dalton


—Muy buenas noches, jóvenes. Aquí me ven, acabando de llegar.
—Pues pase a lo barrido, doctor, como dicen los campesinos.
—Sacúdase las pailas…
—¿Cómo dijo?
—No, doctor, se lo decía a este…
—¿Ya saludó a doña Cristina? Ahorita mismo se la llamo, con permiso…
—Y, ¿qué dice la juventud poética? Los miro un poco amoscados y
tristones.
—Pues ya vé, doctor, se hace lo que se puede: entre Mirkine-Gutzevitch
y el Derecho Romano, los sonetos le salen a uno medio panderetos, por no
decir otra cosa. Pero no es cuestión de achicarse, ni mucho menos. Ahora
yo quiero empezar a probar un poco con la prosa, aunque me consiento
bastante breque, para qué le vua decir.
—Pero, hombre, yo siempre dije que un estudiante de Derecho tiene
acceso a la mejor prosa del mundo, la del Código Civil, máxime que el
nuestro viene derechito de las cacherías que hicieron los chilenos con don
Andrés Bello. ¿Han pensado ustedes en que Gabriela Mistral, por ejemplo,
no se explica sin ese bellísimo Código Civil de Chile, todo donosura y
alcurnia; no se explica, repito, sin esa antigua adhesión a la severidad?
—Sí, doctor, pero, entre nosotros y con el perdón de usted, ¿dióndas
severidad? El problema ha sido, es, mejor dicho, si usted me permite,
que la tradición de la prosa legal salvadoreña no es la de los códigos, que
simplemente se copiaron tal cual, sino la de los oradores tronadores: el
periplo, desde Manuelón Castro Ramírez hasta los gordos Gamero y Carías
Delgado. O sea, todo aquello de: «Estamos aquí, connacionales, ante la
severa presencia de estos mármoles violentos, para rendir el homenaje más
imperecedero, a uno de nuestros héroes más epónimos». Estereotipos,
doctor, que tenían sus variantes infinitas de acuerdo al lugar y la ocasión en
que se usaban: mitin antisomocista, clase de Derecho del Trabajo, discurso
en el Paraninfo para saludar la llegada al país del eminente abogado
uruguayo don Eduardo Couture, primera comunión, bautizo, discurso de
despedida en la mera orilla del hoyo funerario o punto de tranca en la
madrugada de La Praviana, antes de ir a los frijolitos de la Vieja Tísica.
¿Usted nunca fue allí, doctor?
—Aquí llega doña Cristina.
—¿Cómo está usted, señora?
—A sus pies, señora.
—¿Cómo está, mi querido doctor? ¿Cómo estás, tú? ¿Ya se tomaron su
copita? No me van a decir que prefieren una inyirela, como decía mi mamá
Carmen cuando la llegaba a visitar el tal Salarrué.
—No, señora, Dios nos libre. Copitas, copitas.
—Je.
—Je.

Pobrecito poeta que era yo 117


—Perdónenme pues, ustedes, un momentito. Venga conmigo, mi
querido doctor, quiero presentarlo al embajador peruano y al señor nuncio,
que me han preguntado tanto por su novela. Me ponen en aprietos porque
ya usted sabe que el terengo de mi siquiatra me ha limitado la lectura.
Estoy a capítulo por semana y supongo que eso será peor para los nervios
de una persona sensible, que el poquito de desvelo… Además de que a cada
rato paso por atrasada, es decir por bruta. Venga, están en el hall con los
pintores, porque la noche está divina.
—Cristina, este es Roberto.
Ah vaya, ya te dije que mucho gusto, tú, este te hace una propaganda.
Y en verdad que tenés unos ojos. Ahora vuelvo, voy a juntar entre sí a
los paquidermos y a los Matusalenes, a ver si no hacen corto circuito.
Cállense, es decir, ríanse, pero bajito, qué va a creer el hombre. Sírvanse
otro traguito, muchachos, con confianza. Lilo, traeles un su triquis a los
jóvenes, atendémelos bien. La juventud es el futuro de la patria, los viejos
sólo somos sus archivos pedagógicos.
—Viejos son los caminos, señora.
—Tan fino el doctor, tiene razón. Por cierto que no veo a José Ángel,
¿vos lo viste entrar? Creo que se me ha colado gente rara…
—No lo he visto, ni quiero: yo no le hablo a bolos retirados, son el
complejo andando y son proselitistas. Y en cuanto a la gente rara, son los
periodistas, que no me explico por qué invitaste. Chupan mucho.
—Ya vas con tus brusquedades folklóricas. ¿Cuándo vas a aprender
francés, cosita? Así podrás decir lo que te dé la gana y siempre se oirá
elegante. Bueno, ahorita sí me voy. Vuelvo en un minutillo: ya se me aburrió
el doctor allí como que es maceta.
—Vaya, hombre, por fin.
—Así que esta es la vieja. No está nada mal, la verdad es que todavía
conserva el chasis.
—Y dónde no, si sólo a pénjamo ha pasado en los últimos setenta años
de su vida. El alcohol conserva los fetos, no digamos a las momias.
—Te va a taleguear el hombre, metido.
—No, viejo, vos sabés que yo soy como los caballeros andaluces de
Andalucía: prefiero a los amigos. Lo que no me impide aclarar que lo que
en verdad ella conserva como una cocada es la sabiduría.
—Será la sabiduría egipcia o la de Trucutú, querido paleontólogo.
Porque se dice que ella inició en el amor al presbítero don Isidro Menéndez,
padre de la jurisprudencia nacional.
—Ya vas a empezar a joder, como que fueras ladilla.
—Me cojo a tu tía.
—Ya vas. La primera es gracia. No vaya a terminarte bailando un
charleston en el cielo de la boca y te deje como que sos trompo-coyote
perdido de aquí en el hospital.

118 Roque Dalton


—Como estoy amarrado, claro.
—Ay, babosada, a vos, a Mandrake el Mago y a Lotario, los deshollejo
en un decir ya no…
—Con que no deshollejás a Narda y vas a poder conmigo. Ni que me
agarrés encostalado, bolo-goma y sin patas.
—¿Cómo es la babosada de las etapas en las zumbas de la vetanca,
vos?
—Callate, mal tercio, domingo siete, ser-otro, que esas son puras
babosadas del Pedro.
—Nombré, si la última vez que nos cerveceamos en La Ensenada
contaste un pedazo, antes de que llegara la policía a registrar y nos
tuviéramos que ir.
—Contá, hombré. Para la educación sentimental de los más jóvenes.
—Y para conocer el ambiente de la casa, maje. Los conocidos fijos nos
miran como intrusos. La vieja hasta dijo que se le había colado gente rara. Y
los que se han colado nos imitan. En aquella esquina está viéndonos desde
hace rato Quino Caso, el periodista, como si fuéramos volatines daneses.
Algo quiere oírnos. Estamos en desventaja. Algo podremos deducir sobre
todos los presentes conociendo mejor a la dueña de la casa que los reúne.
Así que contá y dejá de vergüenzas. De todas maneras, lo peor ya lo
sabemos y no nos interesa: lo que hacés con ella en la alcoba, para usar
una expresión finisecular.
—Dale, hombre, no te hagás la Greta.
—Bueno, la verdad es que es verdad. En serio, pues, tiene tres etapas
en la zenzembra. Por ahora, la primera es cuando se ha echado entre tres y
cinco o seis traviesos en condiciones climatológicas normales del país. En
esta etapa alfa, se conoce entre el vulgo avecindado a esta circunstancia
como la de la amabilidad arrolladora: amabilitas arrolladorensis. Te coloca
cojines para que no se te aplane el culo en una silla dura, te hace cambiar
el hielo de los tragos cada quince minutos, te presenta a sus amigas más
potables y puyables, habla de vos como si fueras el dueño de la empresa
que edita la Enciclopedia Británica, etcétera. Pero luego se enzaguana
sus tres o cuatro talaguashtazos más y llega, rotunda y olímpica, a la
etapa aritméticamente inmediata o sea la conocida como la del amor
furibundo y ahí sí que es de la gran púfira: que tan lindo que sos, que
dame la trompita, que me gustás tanto, que sos mi talento macho, mi
mero mariscal de campo y casa, que ojalá se vaya todo este gentío para
llevarte chuloncito hasta un cielo que yo conozco, mi quininuy dorado,
etcétera. Con la aclaración de que todo eso se lo dice al primero que se
le acerca y a todos los demás. El nudo de citas que salen de ahí daría para
estar un año en la cama. Esta es, desde luego, su etapa menos metafísica,
como diría Engels, y cuando es posible aislarla en ella, puede ser, si los
dioses están totalmente de acuerdo en ese día, que surja la leyenda y la

Pobrecito poeta que era yo 119


ensoñación, la fuente de la juventud con todo y mapa y Ponce de León y
toda la Florida, el ramo de rosas de una primera comunión de dieciocho
años de despertar. Pero si se encarama unos cuatro pijazos más, se arma,
literalmente, la casa de putas, la erupción en el paraíso, la talegaseadera
en el convento, el descuarranchamiento del acorazado: porque asciende,
sube, arriba, aluniza, en la etapa nominun vulgaris del odio colectivo y
entonces echa a la mismísima mierda de su casa a todo el mundo sin la
menor excepción; tira vasos, platos, cuadros, zapatos, cojines, ceniceros,
floreros con todo y flores, palanganas, lámparas, botellas, fuentes de
hielo, picheles, obras completas de Ítalo López Vallecillos, sillas, pianos,
paredes, dueños de casa viejitos, palmeras, paredones, tríos de guitarristas,
orquestas, automóviles, carreteras a Santa Tecla, Santa Teclas y volcanes.
No hay modo de controlarla porque siempre tiene una botella de a litro
de Antiquary en el depósito de agua del excusado y ni modo que le vas
a prohibir ir a mear. Sin embargo ha tenido sus momentos gloriosos,
aún en la etapa del odio colectivo, no todo es de tenerle lástima o para
burlarse de ella, palabrita. Como esa vez que empezó a joder quedito al
nuevo embajador de España, que al principio no atinaba pero después si,
hasta que el viejito caquero y dientes postizos le dijo con eses y con zetas:
«Señora, que yo no estoy acostumbrado a que me traten así», y ella me
hizo pensar en los ángeles custodios de García Lorca, porque le espetó de
una sola vez: «Pues nomás te tendrás que ir acostumbrando, hijueputa»
Para qué les cuento, maneques, aquello fue el acabose: el viejo se fue de
culo, por poco se desmaya y tuvieron que darle aire, y el cargamento de
viejas popof y funcionarios bailantes y hartantes dijeron: «Cada quien con
su cada cual y cada cual con sus telengues: al carajo los pastores, se acabó
la Navidad». Y se mandaron a mudar, como diría Carlos Gardel o Hugo del
Carril, y ella se quedó riendo, con el tocadiscos a todo volumen, dándole
a una cumbia colombiana de lo más vulgar, pero de lo más interesante
desde el punto de vista sociológico. Y también una vez que estaba en el
mero filo de la navaja, entre el amor furibundo y el odio colectivo. Vino y
me cogió del brazo, vestida elegantemente con una túnica hindú, etérea
como el éter, y entró al salón grande donde estaban todas las señoronas
chismeando y eran como cien mil y me dijo en voz alta, señalándolas con
el dedo y girando para involucrar hasta la última: «Miralas a estas viejas
cotorras. ¿Qué saben de gustos estas putas de provincia?: yo, que me he
acostado con los mejores intelectuales de América, incluidos Diego Rivera
y Salarrué, lo afirmo y lo confirmo: ¿Qué saben de gustos?» Luego quería
desnudarse el torso para hacer una competencia de dureza de la teta
izquierda con la señora del embajador de Costa Rica, quien, por cierto,
al día siguiente tomó el primer avión que encontró para el Sur y no ha
vuelto a poner un pie en el país hasta la fecha. Ahí me enamoré de Cristina,
viejos. Se los juro. ¿Quién no? Y le dediqué simbólicamente la estatua de la

120 Roque Dalton


Libertad, no la monstruosa de Nueva York, sino la nuestra, la sapirulistilla
de la plaza de los mítines, la que está frente a la Iglesia del Rosario por puro
fregar a la virgen del idem. Esa estatua no es para la pobre patria, cada día
más presa y más encuchada, como dirías vos, Roberto. Es para Cristina: la
única persona relativamente libre en mil kilómetros a la redonda, incluidos
los grupos indígenas de Guatemala y los de la Mosquitia catracha. Qué
mujer, viejos, qué vieja. El día que se vaya del país vamos a tener que rogar
a Dios para que nos mande siquiera un par de terremotos por semana,
para no aburrirnos tanto y no oxidarnos del hígado y las tabas. Sus frases,
viejos, sus frases cuando por ejemplo es presentada a las personas, son de
antología, joyas refulgentes. «Doña Cristinita, aquí le presento al talentoso
economista y sociólogo, don Eugenio Castellanos. Por cierto, él es hijo
del coronel don Remberto Castellanos, a quien usted conoció de cerca en
Honduras». Cristina extiende la mano y contesta con su cara más dulce:
«Mucho gusto, joven. Sí, yo conozco a su papá. ¡Qué hombre más animal!
¿No es cierto?». Y así por el estilo. Ahora bien, cuando le toma cariño a
alguien, se transforma. Ya ves cómo cundundea a los dos pintores, Camilo
y Luis Ángel. Sus cuadros no acaban de gustarle, los encuentra demasiado
folklóricos, pero se enterneció con el aspecto desvalido de ambos. Dice
que los adora únicamente porque parecen dos reclutas que acaban de ser
echados del ejército por tener pata plana y ya no tendrán dónde comer sus
tres tiempos. Imagínense: pata plana. Eso fue todo. Y allí tienen a Camilo
y a Luis Ángel chupando whisky con el nuncio y vendiendo sus cuadros a
embajadores y embajadoras. Además, ella siempre tiene la posibilidad de
cambiar el sentido de las cosas, don de ultrasabios o de santos vestidos de
paisano hasta el fondo del alma. Por ejemplo, tiene los huevos culturales de
anunciarte una catástrofe social para este año, con sólo preguntar: «¿Que
para otros dieron lana las vicuñas?» Y contestarse: «Hueveta: ⁄ en este
invierno macho de la muerte ⁄ todos nos hemos de comer las uñas». Y claro,
vos al principio te reís porque sos de los iniciados y pensás solamente que
le escupió un ojal a don Chente Rosales y Rosales, por poeta, pero notás que
todas las viejas ricachonas que también oyeron y no entendieron ni mierda,
creen que Cristina está metida en algún vergazo contra el régimen o que
tiene informes directos de que Cuba nos va a invadir o de que ya llegaron
los rusos con la espada desenvainada a Lolotique o que cien submarinos
chinos anclaron en Meanguerita o que de barato va a venir en oleadas el
chapulín insecticidófago y nos va a comer hasta la tierrita del ombligo o que
el café va en picada de bolo que pateó caca en el mercado internacional. Y
todas se zurran. Y en el ambiente huele a electricidad. Así es su magia.
—O sea que, en resumidas cuentas, tas enculado de una vieja.
—Tené cuid