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El Cardenal Pironio

El documento habla sobre la vida y obra del Cardenal Eduardo Francisco Pironio. Resalta que Pironio amó apasionadamente a la Iglesia y dedicó su vida a trabajar por una Iglesia de la alegría, la esperanza y la solidaridad. Irradiaba la santidad de Dios en la Iglesia. Se espera que pronto sea reconocido como santo por la Iglesia Católica.

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El Cardenal Pironio

El documento habla sobre la vida y obra del Cardenal Eduardo Francisco Pironio. Resalta que Pironio amó apasionadamente a la Iglesia y dedicó su vida a trabajar por una Iglesia de la alegría, la esperanza y la solidaridad. Irradiaba la santidad de Dios en la Iglesia. Se espera que pronto sea reconocido como santo por la Iglesia Católica.

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El cardenal Pironio «irradiaba la santidad de Dios en la Iglesia»

ROMA, sábado, 17 febrero 2007 ([Link]).- Publicamos la homilía que


pronunció el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, en la
concelebración eucarística en memoria del cardenal argentino Eduardo
Francisco Pironio con ocasión de la Jornada de estudio sobre su figura y su
obra, celebrada el 6 de febrero de 2007 en el Pontificio Ateneo «Regina
Apostolorum» de Roma.

El cardenal Pironio, artífice junto a Juan Pablo II de las Jornadas


Mundiales de la Juventud, falleció en Roma el 5 de febrero de 1998 y en el
23 de junio de 2006 se inició en esta ciudad el proceso de
beatificación.

Fue obispo de Mar del Plata, secretario y presidente del Consejo


Episcopal Latinoamericano (CELAM), prefecto de la Congregación para los
Institutos de Vida Consagrada y presidente del Consejo Pontificio para los
Laicos.

***

La palabra de Dios que hemos escuchado en las tres lecturas recién


proclamadas nos invita a centrar nuestra atención en algunos aspectos
fundamentales del sagrado ministerio según el Antiguo y el Nuevo Testamento,
para poderlos descubrir en la figura del siervo de Dios cardenal
Eduardo Francisco Pironio, de cuya santa muerte recordamos el noveno
aniversario.

La primera lectura, tomada del libro del Deuteronomio (Dt 10, 8-9),
alude al oficio particular de los hijos de Leví en el pueblo de Israel.
Este pasaje fue comentado espléndidamente por el Santo Padre Benedicto
XVI en el discurso que pronunció con ocasión de las felicitaciones
navideñas a la Curia romana. Vale la pena citar algunas frases:

"Después de tomar posesión de la Tierra, cada tribu obtiene por sorteo


su lote de la Tierra santa y así participa en el gran don prometido al
patriarca Abraham. Sólo la tribu de Leví no recibe ningún lote: su
lote es Dios mismo. Esta afirmación tenía, ciertamente, un sentido muy
práctico. Los sacerdotes no vivían, como las demás tribus, del trabajo de
la tierra, sino de las ofertas. Sin embargo, la afirmación es aún más
profunda: Dios mismo es el verdadero fundamento de la vida del
sacerdote, la base de su existencia, la tierra de su vida. El sacerdote puede y
debe decir también hoy con el levita: "Dominus pars hereditatis meae
et calicis mei". Dios mismo es mi lote de tierra, el fundamento externo
e interno de mi existencia. Esta visión teocéntrica de la vida
sacerdotal es necesaria precisamente en nuestro mundo totalmente funcionalista,
en el que todo se basa en realizaciones calculables y comprobables. El
sacerdote debe conocer realmente a Dios desde su interior y así
llevarlo a los hombres: este es el servicio principal que la humanidad
necesita hoy" (L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 29 de
diciembre de 2006, pp. 6-7).

El apóstol san Pablo, en la segunda lectura, retomando las imágenes


presentes en los vaticinios de los profetas Jeremías y Ezequiel, ve su
realización en el ministerio neotestamentario. "He aquí que vendrán días
—oráculo de Yahveh— en que yo pactaré con la casa de Israel una nueva
alianza; (...) pondré mi ley en su interior y sobre sus corazones la
escribiré" (Jr 31, 31-33). "Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros
un espíritu nuevo. (...) Infundiré mi espíritu en vosotros" (Ez 36,
26-27). "Sois una carta de Cristo —dice san Pablo— redactada por
ministerio nuestro, escrita no con tinta, sino con el espíritu de Dios vivo; no
en tablas de piedra, sino en tablas de carne, en los corazones" (2 Co
3, 3). Y declara que él es "ministro de una nueva Alianza, no de la
letra, sino del Espíritu" (2 Co 3, 6).

Pero el alma, el impulso interior del nuevo ministerio, lo encontramos


en el pasaje del evangelio de san Juan: el amor que Dios Padre tiene
por Jesús, su Hijo, éste lo comunica a sus discípulos: "Como el Padre
me amó, yo también os he amado a vosotros" (Jn 15, 9). Jesús quiere que
sus discípulos "permanezcan" en el amor que él les tiene; pero esto
sólo es posible si demuestran responder a su amor, cumpliendo todo lo que
él les ha enseñado y mandado.

Esta relación mutua de amor es fuente de alegría para Jesús y él la


transmite con abundancia a sus discípulos. La reciprocidad de amor y de
alegría entre Jesús y los suyos debe extenderse también a los discípulos
entre sí: amarse unos a otros con el mismo amor con que él los ha
amado. Entonces se llega a ser "amigos de Jesús", porque a través de la
circulación de amor se realiza una profunda experiencia de Dios: es el
conocimiento —en sentido bíblico— fuerte. El amor y el conocimiento
experimental de Dios están en la base de la misión: "No me habéis elegido
vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado
para que vayáis y deis fruto" (Jn 15, 16).

La luz de este nuevo ministerio, guiado por el Espíritu Santo y como


continuación y expansión del amor del Padre y del Señor Jesús en el amor
a los hermanos, resplandece magníficamente en la vida y en la misión
del cardenal Eduardo Francisco Pironio, que hizo de su vida y de su
ministerio un continuo acto de alabanza y de amor a Dios y a los hermanos,
sostenido por una fe inquebrantable y una gozosa esperanza.

"Magníficat": es la palabra con que resume toda su vida de hombre, de


cristiano, de sacerdote, de obispo y de cardenal. Es casi un estribillo
de su vida; en su Testamento repite esta palabra trece veces. Le brota
de lo más profundo de su ser, llena de gratitud, de alegría y de
misericordia; es una palabra de dolor, de ternura y de esperanza.
"Magníficat" por el don de la vida; por el don inestimable del
bautismo.

"Magníficat" por el sacerdocio, por el episcopado: "Me he sentido


extraordinariamente feliz de ser sacerdote y quisiera transmitir esta
alegría profunda a los jóvenes de hoy (...). He querido ser "padre,
hermano y amigo" de los sacerdotes, religiosos y religiosas, de todo el
pueblo de Dios. He querido ser una simple presencia de "Cristo, esperanza
de la gloria". (...) Doy gracias al Señor por haberme hecho comprender
que el cardenalato es una vocación al martirio, un llamado al servicio
pastoral y una forma más honda de paternidad espiritual. Me siento así
feliz de ser mártir, de ser pastor, de ser padre" (Testamento espiritual
del cardenal Eduardo Pironio: L'Osservatore Romano, edición en lengua
española: 13 de febrero de 1998, p. 7).

El Santo Padre Juan Pablo II, en la homilía de la misa en sufragio del


cardenal, afirmó: "Fue testigo de la fe valiente que sabe fiarse de
Dios, incluso cuando, en los designios misteriosos de su Providencia,
permite la prueba. (...) Su existencia fue un cántico de fe al Dios de la
vida. (...) Dio testimonio de su fe en la alegría (...), alegría de
servir al Evangelio en los diversos y arduos encargos que se le confiaron"
(L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 13 de febrero de
1998, p. 6).

El cardenal Pironio fue para muchos creyentes presencia del Señor,


transparencia del Evangelio, acción luminosa del Espíritu. Hizo el bien, y
la bondad dio fecundidad a su vida. Su presencia estuvo siempre
acompañada por una gran cordialidad y sencillez. Suscitaba simpatía y comunión
espontánea; transmitía paz y alegría; con la palabra infundía fuerza y
esperanza, sobre todo a los jóvenes, de los que era un auténtico amigo.
Dirigir a él la mirada y el recuerdo significa aceptar el desafío de
ser presencia del Señor en la sociedad y en la Iglesia. Se trata de
hacerlo con mirada serena y con una escucha atenta, comunicativa y humilde.
Como lo hizo él, que supo estar en el centro sin ser el centro.

"Mi vida sacerdotal estuvo siempre marcada por tres amores y


presencias: el Padre, María santísima, la cruz" (Testamento). Y creo que no nos
equivocamos si a estos tres amores añadimos un cuarto: la Iglesia.

El cardenal Pironio amó apasionadamente a la Iglesia, pueblo de Dios,


misterio de comunión misionera, como habitualmente la definía. Dio su
vida y trabajó intensamente por una Iglesia "peregrina, pobre y pascual",
una Iglesia de la alegría y de la esperanza, solidaria con las
tristezas y los sufrimientos de los hombres, como la descubrió desde el
Concilio; una Iglesia madre que, como tal, enseña. Estuvo presente en el
corazón de la Iglesia con su santidad personal, su ministerio, su prestigio.
En un mundo cada vez más cerrado por el egoísmo y la violencia que nace
del odio, la Iglesia —decía— está llamada a dar testimonio del amor y a
educar nuevamente a los hombres en el amor.
El cardenal Pironio, hombre de Dios, irradiaba la santidad de Dios en
la Iglesia. Que la luz de esta santidad, reflejada en el rostro y en la
vida de testigos como el cardenal Pironio, siga resplandeciendo e
iluminando nuestro camino.

Acogemos con gratitud al Señor el don que nos hizo a nosotros, a toda
la Iglesia, en la persona, en la vida y en el ministerio del siervo de
Dios cardenal Pironio, y albergamos la esperanza de que pronto la santa
Madre Iglesia reconozca su santidad y lo proponga como ejemplo de vida
e intercesor ante Dios por todos nosotros y por la Iglesia entera.

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