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demi de un cd)
‘eric patriots
Joie de San Martin
sm padre. ean las
sagniica historias
ue iene para‘smiiteratura—Por el resplandor que deja entrar la ventana,
noto cimo brilla este verano del agosto francés.
—Y aunque hace calor, papd, no vaya a sacarse
Ia manta, Anoche tuvo fiebre y temblores.
—Es cierto, mendocina... Pero escuchar a Maria
Mercedes y a Pepita en el jardin me recompone...
— Sus nietas ya son dos jovencitas, sin embargo
atin juggan como niias.
Can solo ofrlas siento ganas de tomar uno o dos
0 tres matecitos...
—El médico se lo tiene prohibido. Quédese sen-
tado.en la reposera, voy a traerle una taza con leche
vibia.
—Mis tilceras seguirdn igual... un mate podrd
hhacerme olvidar un poco este dolor de huesos y la di
_fieultad para respirar...
—No va a convencerme, papa.—El tlkimo compatriota que me visit6 trajo un
saco con yerba. Atin no lo hemos abierto, Eso es um
carito botao, como dectan en Mendoza cuando uno
despreciaba.
—iNo desobedeceré al doctor Jardon! Usted me
‘ensetié a ser firme en mis deisones y a respetar ér-
denes, don José.
—No se enope. Sé que esté molesea conmigo cuan-
do me llama “don Jose”
—Si lo desea, puedo comentarle las novedades
que su ero trajo de Paris
~cQué le ocurre?
aa Mts en leno, onto of fps em la
—Poco puedo ver, Merceditas, pero estoy miran-
Desde qu sede lye carta de migrant.
£0 Tomds Godoy Crus, tendo a perder la mirada en
elpasado,
—Eso lo pone melancélico.
—No, hija,me arremolina la memoria. ¥ delayer
‘ienen y se van hechos o nombres... :A mis 72 aos
soy un costal de recuerdos!
—g¥ aqué punto del pasado estd mirando ahora?
—A los lejanos dias cuando volei de Exparia
a
‘para luchar por la libertad y 1a independencia de
‘América... De pronto se me aparece mi prueba
de fuego como jefe militar en mi terra: el combate de
San Lorenzo...
— su primera victoria contra los realistas.
—Y ahora me contemplo organizando el Ejército
de los Andes, en Mendoza, ahi donde usted nacid.
Fueron casi tres afios durante los cuales conté con la
uda de muchos que ahora estén del otro lado del
‘mar océano o ya dejaron este mundo. ¥ no solo hablo
de mis colaboradoresdirecos, sno del pueblo: tantos
mendocinos ymendocinas que por haberse contado de
‘a miles no llegué a conocer ni guardo sus nombres.
—Cuénteme esos recuerdos, papa. Quizds ast lo
‘ayude a que todos ellos queden en mi memoria para
«que nadie los olvide.
—Si no la aburro... Primero le contaré de dos
hombres. Se Hlamaban Juan Bautista, pero tenéan en
‘comtin mucho mds que el nombre.
{Siun?
—Se habian enrolado en el Regimiento de Gra-
naderos a Caballo en 1812, pocos meses después de
que el gobierno me encomendara organizar aquel
‘cuerpo especial de combate. Cimo olvidarlos! No ha-
bria legado a anciano sino hubiera sido por aquellos
dos valientes..* Los Dos JUAN BauriSTA
Eran puctos para la guitarra.
Iguales de disciplinados y distros con la
bayoneta o la lanza,
Y apasionadamente fieles a Ia causa revolu-
Tenian el mismo nombre e idéntica admira-
«i6n por el coronel José de San Martin,
El jefe era estricto, Pero en los descansos que
ddejaba la instrucci6n en el cuartel de Retiro, so-
lia referir a los granaderos sus muchos combates
como militar en Europa,
Y los tocayos habian quedado deslumbrados
cuando les narr6 sobre a batalla de Arjonilla:
“En junio de 1808 yo cra capitin de un regi
‘mento cepail que luchaba contra fo frances.
aunque tenfa menos hombres que el enemi
tos lanzamos sabre ells con valor El eat
habia vuelto vivido en la mente de los dos Juan
Bautista gracias a los matices con que el jefe te=
fifa su vor. “En la lucha, un francés me derribé
junto con mi caballo, Le vi el rostro ala muerte.
Pero uno de mis soldados se interpuso entre mi
cuerpo y el sable rival. Se ofreci6 como escudo
para salvarme la vida.
Las coincidencias entre los Juan Bautista con-
tribuyeron a que labraran una amistad de hic-
ro. Hasta se decia que con apenas mirarse uno
sabia lo que el otto pensaba. Y esto, a pesar de
‘que cargaban historias bien distintas.
Juan Bautista Cabral habia nacido en Sala-
das, cerca de la ciudad de Corrientes. Era ne-
{gro esclavo, a quien su amo le habia permitido
sumarse a las flamantes tropas de granaderos
que San Martin organizaba en Buenos Aires.
‘Al hablar, mezclaba el espafiol y el guarani,
lengua de muchos correntinos.
El otro Juan Bautista se apellidaba Baigorria.
Era un mulato que junto a otros habia legado
desde San Luis para sumarse al regimiento.
Ese mismo regimicnto que el 28 de enero de
1813 parti6 de Buenos Airesa Santa Fe, y queen
su primera misién debia detener el avance que
los realistas hacian por el rio Parana.Los ciento cuarenta granaderos a caballo de
‘San Martin marcharon en las noches para no ser
notados y de prisa, pues tenian un dato: el ene-
‘migo desembarcaria en San Lorenzo para apode-
arse de los viveres del Convento de San Carlos.
Al pasar por Rosario, al regimiento se suma-
ron unos setenta milicianos santafecinos con
quienes Llegaron a San Lorenzo, la noche del 2
de febrero. Alli cl coronel les explicé su plan:
—Daremos batalla a sable y lanza. Nos es-
conderemos detrés del convento y, a mi orden,
saldremos divididos en dos columnas para en.
volver al enemigo.
Elcorrentino mir6 de reojoa su amigo puntano
y compartieron el pensamicnto:"}Qué sorpresa les
darcmos!” =
Amanecia el 3 de febrero,
Los espafioles ascendieron por la barranca del
rio. Confiados en que el convento estaba inde-
fenso, avanzaron acarreando dos cafiones.
jAhora! —ordené San Mas
Una trompeta los empujé ala carga.
‘Los granaderos y los milicianos salieron del
escondite por ambos costados del edificio.
La divisién que apareci6 por la izquierda iba
‘encabezada por San Martin. Y arremetié contra
Jos realistas que, asombrados, intentaban for-
arse para la defensa.
Los sables de los granaderos silbaban en el
aire antes de enterrarse en un cuerpo rival. Sus
Janzas abrian surcos de sangre.
Los realistas respondian con cafionazos, esta~
lando fusiles y clavando bayonetas.
La seeci6n que lideraba San Martin fue ataca-
da con la rabia de las armas de fuego. ¥ la lluvia
de proyectiles hiri6 al caballo del coronel.
Cay6 al suelo el animal.
Con todo su peso, aprisionaba la pierna de
ee is a
El filo de un sable enemigo le imprimié una
pequefia herida en el rostro. Otro espafiol corri6
para aniquilarlo a punta de bayoneta
‘No muy lejos, Baigorria y Cabral, queestaban
viendo lo que ocurria, recordaron lo que su jefe
les habia contado sobre Ia batalla de Arjonilla,
dra que el destino queria tomarse revancha?
Fucentonces que, con solo mirarse, supieron qué
debian hacer. Saltaron al mismo tiempo de sus
caballos.
agora eg jo prs tens aaa!
iol que se habia propuesto acabar con el co-
vel Lo each de combate case ese idaConfiado en que su amigo estaria cubriéndolo,
Cabral corrié donde San Martin yacia indefenso
bajo su cabalgadura y, con fuerza y decision, lo
liber6 del peso que lo atrapaba.
Efectivamente, el destino habia queride tomar
revancha, pero los dos Juan Bautista torcieron su
El coronel del Regimiento de Granaderos ha-
bia vuelto a salvar su vida; sin embargo en ese
instante, Cabral se derrumbaba mortalmente
herido de bala y atravesado por tn sable. Baigo-
rria y otros granaderos pretendieron levantarlo
para sacarlo del campo de combate. El soldado
herido se negé:
—Déjenme, compaficros. Qué importa la vida
de Cabral? —y para que no dudaran, les insis-
6—: Vayan ustedes a pelear, que somos pocos...
El combate dur6 solo quince minutos. Breve
pero durisimo tiempo, tras el cual los espaftoles
huian mientras los granaderos celebraban su
primera victoria.
El correntino y otros herides fueron Ilevados
al convento, donde se improvis6 un hospital. San
Martin recorrié la sala para conocer el estado de
cada uno de ellos. Asi lleg6 al catre sobre el que
yacia Cabral; sentadoa un lado, estaba su tocayo.
“El coronel se arrim6 al moribundo. Y al oido
le susurré la novedad:
—Triunfamos, granadero.
Respirando con dificultad, el correntino lan-
76 una tilrima frase. La dijo en guarani, pero el
coronel la comprendié, pues recordaba esa len-
gua que habia escuchado durante su nifiez alla
cen el Yapeydi de Corrientes...
Pese a los clamores de la victoria, San Mart
no se olvidé de los granaderos y milicianos cai
dos en especial, del correntino. Ya de regreso en
Buenos Aires, mand6 colocar sobre la puerta del
‘cuartel del Retiro una placa con la siguiente ins-
cripeién:
Alsoldado Juan Bautista Cabral.
Murié en la accién de San Lorenzo,
el 3 de febrero de 1813,
Mis tarde, el coronel pidio al gobierno que
asistiera a la familia del granadero, mediante
luna carta que decia:"... atravesado el cuerpo por
dos heridas, no se le oyeron otros ayes que los de
Viva la patria, muero contento por haber batido al
enemigo!"
Y aunque Cabral no recibi6 ningén ascenso
honorifico luego desu muerte, sus compaferos
comenzaron a Ilamarlo “sargento”. Este era el
grado militar que para ellos merecia por su arro-
Joven la batalla y con el cual lo erararia desde en-
tonces su entrafiable tocayo puntano, cada vez
jue comenzaba a recordar:
see uve un solo gran amigo en la vida: el he-
roico sargento Cabral.
w—Se me ha secado el garguero, mendocina.
—Puedo servirle frio. Le humedecerd la gar-
ganta y va a quitarle la sed.
—Preferiria uno o dos 0 tres matecitos...
—jDon José!
—Ya, no se me enoje por un simple capricho. En
‘eso se diferencia mucho de su madre.
—Poco recuerdo de ella.
—Remedios jamds se enojs conmigo. ;Y vaya que
avo motivos! Siendo hija de una encumbrada familia
pporteiia debié seguirme a Mendoza y formar un nue-
‘vo hogar en otra parte. ¥ también soporté las ausen-
ias que me imponian las tareas yresponsabilidades...
—Puso por encima de todo el apoyarloen su plan
Iibertador.
—Un plan que entonces sonaba a locura... Cra-
zar la Cordillera de los Andes para legar a Chile:Uiberar a ese pats de los realistas y luego seguir por
‘mar hasta Lima para derribar el centro de control
del poder espariol en América del Sur.
—¢Cémo hizo para convencer a quienes lo cretan
descabellado?
Mi estrategia fue que en 1814 el director su-
‘remo, Gervasio de Posadas, me nombrara goberna-
dor intendente de Cayo y me establect en Mendoza,
donde me ocupé de armar el eército que debia contar
con miles de hombres. Tenia la promesa de que des-
cde Buenos Aires me enviarian dinero y recursos. Sin
‘embargo, todo quedé en promesas.
—Lo dejaron solo...
Bastante, Merceditas. El gobierno me hacia
Hegar lo que podia o queria. Se justificaba en que no
Jes aleancabea para cubrir los gastos de la guerra de
‘ndependencia que también se peleaba en otras zanas
del pais,
—Pero usted no se conformé.
—jSiempre fui porfiado! Mientras pedia ayuda
4 Ios gobernadores de otras provincias, a los men-
docinos les solicité que donaran materiales o los
conseguia incautindoselos a quienes se negaban.
Asi pude solucionar una de las tantas carencias: la
ropa y el calzado de la tropa. Con sobras de cuero
se hicieron los tamangos para calear a los soldados.
Mi Stet
Los comerciantes entregaron telas para los ponchos.
Algunos vecinos donaban camisas 0 sacos, que las
mujeres se ocupaban de adaptar..
—Buena gente los mendocino’..
—Comprometides y muy creativos. Muchos rea-
lizaron esfuerzos y acciones tan descabellados como
parecia mi plan.@ LAS ALAS DEL MULATO
Mourneno be oncio, espirita de inventor.
La imaginacién del mulato Tejeda tenia alas.
Y cuando se cans6 de crear aparatos o modificar
‘mecanismos que ya existian, comenz6 a pensar
‘ms alto... se propuso volar.
Pero aquello ocurriria muchos afios después
de que aportara todo su ingenio para colaborar
con el Ejército de los Andes...
A inicios de 1815, si algo le sobraba al coronel
‘San Martin eran obstéculos para dotar a sus tro-
pas con todo lo que necesitaban.
Y uno de sus problemas era conseguir pai.
Habia que confeccionar los cinco mil doscientos
oiformes y