“Eres patético”
“Patético”
Se despertó sobresaltado, el sudor corriendo por su frente ocasionaba que sus platinados cabellos
se pegaran en ella sin opción alguna. Se pasó las manos por el rostro tratando de despabilarse
mientras sus ojos luchaban por enfocar en la oscuridad de aquel elegante cuarto, suspiró y se
recostó en la almohada de nuevo. Tenía años que no soñaba con él. ¿Sueño? No, aquello fue una
pesadilla.
-Mierda- no tenía caso seguir durmiendo, dentro de unas horas tenía que irse a trabajar. Se
levantó con pereza y un poco turbado luego de la pesadilla que tuvo. Antes de entrar al baño fijó
su vista en la cuna que yacía al lado de su cama. Su mirada se suavizó al mirar dentro de ella pues
el pequeño niño –tan rubio como él- que en esos momentos dormía plácidamente y ajeno a lo que
sucedía a su alrededor, le mejoró el estado de ánimo. Con sumo cuidado le acarició la cabeza y le
dedicó una cálida sonrisa.
Scorpius era su motor, la razón por la que se levantaba día tras día sin pensar en lo miserable que
era o el giro tan grande que había dado su vida. Habían pasado ocho años luego de la caída de
Voldemort y muchas cosas habían pasado.
Ahora sí, se adentró en el baño y mientras se duchaba dirigió su vista hacia su antebrazo izquierdo
soltando un suspiro lleno de resignación y cierto repudio hacia su persona. Se perdió en sus
pensamientos.
Cuando finalizó la guerra, él y su familia fueron enviados a juicio por los crímenes cometidos a
favor del Señor Oscuro, sin embargo, el único condenado a Azkaban fue su padre y con justa razón
ya que a pesar de los eventos ocurridos no sentía el mínimo remordimiento por lo que había
hecho, incluso trató de manipular a algunos miembros del Wizengamot para que testificaran a su
favor, además de amenazarlos a él y su madre para que lo imitasen.
Esa fue la segunda vez que se reveló ante Lucius Malfoy, contrario a lo que se esperaba de él,
testificó en contra de su padre ganándose el apoyo de su madre, puesto que ella tampoco hizo
nada por ayudar a su marido. El momento decisivo de su condena llegó cuando el famoso Harry
Potter se apareció en el ministerio para declarar a favor de Narcisa y de paso a su favor también.
Al principio se sintió humillado y hasta cierto punto enojado, los Malfoy estaban cayendo
nuevamente en la desgracia y San Potter haciendo alarde de su complejo de héroe, se compadecía
de ellos.
-No necesitamos de tu lástima, Potter- escupió con veneno impregnado en su voz. Sin embargo, lo
único que hizo el moreno fue dedicarle breve mirada y nada más. Se sintió aún más humillado y sin
poderlo evitar tomó con fuerza el brazo del salvador, llamando inmediatamente la atención de los
aurores que se encontraban ahí.
-Quítale tus mortífagas manos de encima- espetó uno de ellos, pero solo bastó un movimiento de
cabeza de Potter para que se calmaran y bajaran sus varitas, todos listos para mandarlo al otro
lado si se atrevía a dañar a su salvador.
Harry suspiró y tomó la mano que se cerraba alrededor de su brazo, a pesar de que Draco lo
estaba lastimando, no dijo nada, es más hasta le regaló una extraña y suave caricia. Cosa que dejó
al rubio desconcertado por lo que lo soltó de inmediato.
-No es lástima, es empatía- y con esa frase lo dejó ahí, sintiéndose confundido y molesto.
Volvió a la realidad cuando el agua que en un principio estaba caliente ahora era fría. Ni siquiera
en la ducha Potter se dignaba a dejarlo en paz. Chasqueó la lengua y salió del baño con una toalla
envuelta en su cintura y otra en su cabeza. Se detuvo en medio de la habitación al sentir una
mirada sobre él, girándose se encontró con unos ojos grises –casi azules- que lo veían con
curiosidad. Inmediatamente dejó de secarse el cabello y se acercó hasta la cuna donde su hijo
estiraba sus bracitos hacia él, en una silenciosa petición. Petición que no le fue negada. El niño
soltó un par de balbuceos dando a entender a su progenitor que estaba contento.
Draco depositó un beso en la tierna mejilla de su hijo, mientras lo mecía levemente entre sus
brazos.
-Aún es temprano Scorp, ¿Tienes hambre?- obviamente no esperaba una respuesta pero de todas
maneras se sentía bien al hablar con el niño. Se encaminó hasta su mesita de noche para tomar su
varita –sí, su varita, la que tan amablemente le había devuelto Potter- y conjurar un biberón desde
la cocina. En cuanto Scorpius lo vio se removió entre los brazos de su padre ya que, en efecto,
tenía hambre. Y así, semidesnudo y cubierto sólo con una toalla, Draco se dedicó a alimentar a su
pequeño hijo, sin preocuparse por lo demás.
Cuando Astoria murió, se había sentido destrozado. Ella había sido la única que le dio una
oportunidad de reivindicarse a pesar de su oscuro pasado, le tendió la mano ofreciéndole no solo
una amistad incondicional, si no, un punto de apoyo. Y gracias a ella, había cambiado para bien, ya
no tenía prejuicios y aunque seguía siendo petulante y algo reservado, ya no quedaban rastros de
aquel mocoso pedante que fue en Hogwarts. Además, la chica Greengrass también fue la única
que descubrió ese secreto y en lugar de juzgarlo y repudiarlo, lo aceptó, siempre tan bondadosa y
amable. Sin embargo, la vida se empeñaba en hacerle pagar por sus errores y aunque se sentía
solo, Astoria se había encargado de dejarle una parte de ella con él.
-.-.-.-
Salió de su departamento- ubicado en un barrio muggle, pero cerca de San Mungo- cuando dejó a
Scorpius a cargo de Narcisa, la cual había llegado tan puntual como siempre para quedarse con su
adorado nieto.
Entró con paso apresurado al hospital, contestaba con un asentimiento a los “buenos días” que
recibía mientras se acomodaba adecuadamente su impecable túnica. Llegó a la cuarta planta del
edificio y se acercó hasta el mostrador donde firmó para el cambio de turno.
-Malfoy, qué bueno que llega- arqueó una ceja mientras revisaba los papeles que le tendía la
enfermera frente a él. La chica aguardó un momento para que el rubio terminara de leer los
documentos.
-¿Noche difícil, Zellen?- preguntó más por cortesía que por verdadero interés. Sabía bien que la
chica lo veía con otros ojos y honestamente, él no estaba interesado. No es que la muchacha no
fuera bonita, al contrario, era bastante guapa, no obstante, solo habían pasado ocho meses luego
de la muerte de su esposa y no tenía la intención de llenar el vacío que ella había dejado.
- Y que lo diga…- Emily Zellen empezó a parlotear sobre lo aburrido que había estado el turno,
hasta hace un par de horas cuando unos cuantos aurores habían llegado con su líder bastante
herido y molesto- Entonces se necesitaron de tres medimagos para contenerlo, porque no dejaba
que se le acercaran y no puedo creer la suerte que tuve de verlo con mis propios ojos…
Malfoy rodó los ojos mientras caminaba con la muchacha siguiéndole por el pasillo, ¿Es que no
tenía nada que hacer? Volvió a perderse en sus pensamientos, esperando que la joven se callara
pronto o que alguien lo llamara para alejarse lo más pronto posible.
Claro que pronto estaría arrepentido de haber deseado lo segundo porque fue la misma Emily la
que lo sacó de su mundo para darle la estupenda noticia.
-…así que el sanador Rhodes dijo que a lo mejor una cara conocida le haría bien al señor Potter-
detuvo abruptamente su andar. Encarando a la enfermera y viéndola como si le acabase de salir
otro brazo.
- ¿Cómo dices? - susurró esperando haber escuchado mal
-Dije que el sanador Rhodes opina que lo mejor es que usted atienda al señor Potter, ayer llegó
muy mal y no ha dejado que nadie lo atienda adecuadamente- la joven hizo una breve pausa- y
como ustedes se conocen desde antes, Rhodes cree que usted es la mejor opción.
Merlín, no había visto a Potter desde su altercado en el ministerio y si bien había madurado con
respecto a sus pensamientos y sentimientos por el salvador, no sabía cómo iba a verlo a la cara. Lo
último que había sabido del niño que vivió es que había roto su compromiso con la chica Weasley
por razones desconocidas y que había rechazado el puesto de Jefe de Seguridad Mágica. Debió
imaginar que la pesadilla de hace unas horas era un mal presagio. En serio que la vida no se
cansaba de putearlo y lo peor de todo es que no se podía andar con ínfulas de grandeza porque si
bien se había reivindicado y había pasado un tiempo luego de la guerra, existían personas que por
su reputación del pasado le hacían la vida imposible y trataban de verlo caer. Como el mismísimo
director de San Mungo, que buscaba cualquier pretexto para hacer de su vida un infierno.
Comenzó a divagar de nuevo. Era cierto que a pesar de haber sido “perdonado” por sus crímenes,
el ministerio se las había cobrado a él y a su madre, puesto que Lucius encontraría su fin con los
dementores. El mejor castigo que pudieron encontrar fue despojarlos de todos sus bienes, les
quitaron la mansión y sus cuentas en Gringotts fueron vaciadas para donarlas a la caridad y
reparar todo lo que Voldemort y sus seguidores se habían encargado de destruir. Quedaron en
prácticamente en la ruina.
Narcisa devastada y humillada, se presentó ante su hermana Andrómeda quien sorpresivamente
la recibió con brazos abiertos, perdonando todo lo que se había suscitado entre ellas en el pasado,
argumentando que eran familia y que jamás la dejaría en la calle. El asunto con él fue distinto, su
tía se mostró renuente y la entendía. Él era el culpable de la muerte de su única hija…y de muchas
muertes más.
- ¿Se encuentra bien? - parpadeó un par de veces, saliendo de sus cavilaciones. Asintió y apretó la
mandíbula con fuerza, sus labios formaron una línea recta.
-Bien, me haré cargo de Potter- soltó con resignación, lo que menos quería era quedarse sin
empleo, Scorpius no merecía eso.
Emily se encargó de ponerlo al corriente con respecto al estado del vencedor del mundo mágico y
lo acompañó hasta la habitación donde se encontraba el joven auror. Tragó saliva y con un
cabeceo le indicó a la muchacha que ya podía retirarse.
Entró con paso lento a la habitación –bastante amplia y lujosa al parecer- topándose con una
mirada verde que brillaba como nunca incluso detrás de esos lentes tan ridículos que le adornaban
la cara al de oscuro cabello. Se quedó parado contemplando aquellos ojos…ese verde esmeralda
tan bonito que le había robado el aliento hace ya tantos años.
-Malfoy
-Potter
Hablaron al mismo tiempo, arrastrando las palabras. Uno parecía bastante sorprendido, el otro
solo quería que la tierra se lo tragara y lo escupiera bien lejos.
Harry J. Potter, el niño que vivió para salvar a todo el mundo mágico de un maníaco con gustos
raros, maldito Pippy Potty, el cabrón se había puesto buenísimo con el pasar de los años y si así de
bien se veía a pesar de estar hecho mierda, Malfoy no quería imaginar cómo se vería en mejores
condiciones.
Puta vida. En serio alguien debía odiarlo demasiado como para que le estuviese pasando esto.
-Te ves como la mierda- dijo tratando de romper el incómodo silencio que se había instalado entre
ambos. Mas no recibió respuesta alguna, el paciente no hacía otra cosa que verlo fijamente, con el
ceño fruncido y las manos apretando fuertemente las blancas sábanas de la cama donde se
encontraba.
Se sentía expuesto, una y mil veces maldito Potter y su penetrante mirada.
Al no obtener respuesta alguna, carraspeó y se acercó hasta él, para revisarlo y ver qué tan mal
estaba realmente, sin embargo, en cuanto levanto su varita. Harry hizo el amago de alejarse y
buscar la propia, provocando que casi se cayera de la cama por el arrebato que tuvo. Draco,
luciendo sus habilidades de buscador de antaño, alcanzó a sujetarlo del brazo antes de que cayera,
ocasionando que el moreno soltara un quejido. Lo soltó tan pronto estuvo seguro de que no
caería.
-Tranquilo Potter, no iba a lastimarte- espetó casi ofendido, no es que tuvieran la mejor de las
relaciones. Es más, solo podían considerarse simples conocidos, enemigos de antaño. Dos extraños
que coincidieron en la escuela y nada más. Porque él fue por el camino oscuro. Mientras que
Potter era la luz y la esperanza.
-Lárgate, Malfoy