ISLAS , 49(154):143-159; octubre-diciembre, 2007
La fraseología popular
en el ámbito hispánico
Luis Alfaro y en Cuba: algunas
Echevarría referencias históricas
y bibliográficas
necesarias
L a interpretación de la lengua desde una pers-
pectiva idiomática conduce a considerarla como entidad histó-
rica y, por lo mismo, como ha dicho Montes Giraldo, a “dar
razón no sólo de las estructuras lingüísticas sino de una serie de
valores y actitudes idiomáticas que explican la evolución y fun-
cionamiento de las lenguas, de su discurrir histórico, siempre
indisolublemente ligado a los valores socio-comunitarios” (Mon-
tes, 1995: 29-30). Restringiendo este planteamiento al campo de
nuestro interés científico, es decir, al estudio de las unidades
léxicas complejas, hemos querido en este artículo destacar as-
pectos principales sobre:
1. La valoración histórica de la fraseología en una parte de la
tradición humanista de los estudios sobre el español hablado
en España y en Hispanoamérica, con especial referencia a la
lingüística cubana.
2. El reconocimiento al valor que desde el punto de vista
linguopaisológico (Cárdenas, 1996-1997) se le ha concedido
a la fraseología dentro de diversos estudios.
A partir de lo anterior intentamos comprender la razón por
la cual no pocos autores, en diferentes etapas de los estudios
filológicos hispánicos, han considerado la fraseología como un
campo donde se reproduce la experiencia histórica del pueblo y
[143]
en el cual, además, se reflejan las ideas asociadas con la activi-
dad laboral, la cotidianidad y la cultura de la gente.
Fyle (1983), en un sentido general, ha planteado que tanto la
gramática como los proverbios y los modismos permiten mejor
que otros factores comprender el modo de pensar y de sentir de
quienes tienen a un idioma por lengua materna. Pudiéramos
añadir a lo anterior que la fraseología tiene un papel importan-
te en la propia búsqueda de los hechos lingüísticos a través de
los cuales pueda comprobarse una identidad cultural, real y
objetiva, en la comunidad idiomática española.
Por su parte, el investigador cubano Sergio Valdés Bernal ha
insistido en diversas ocasiones en que “estudiando la lengua de
cada comunidad etnocultural, específicamente de su fondo léxi-
co, podemos hacernos una idea bastante representativa de la
sociedad y de la cultura de esa sociedad”. (1997: 117) De esta
manera, el análisis del lenguaje en la familia, en el grupo y en la
sociedad ha ido convirtiendo al investigador en una especie de
decantador de los hechos que en la vida diaria pueden servir de
apoyo a esa identidad cultural.
Esa aproximación se ha efectuado desde diversas perspecti-
vas y enfoques, que van desde los estudios más tradicionales a
los más modernos de sociolingüística, y desde el estudio de los
mecanismos sintácticos y pragmáticos del habla espontánea a
la dialectología social. Todo ello como resultado de la compren-
sión del importante papel que tiene la oralidad en el proceso de
la variación lingüística.
La fraseología ha alcanzado en tal contexto un especial de-
sarrollo en los últimos años, debido a que en este dominio se mani-
fiesta, de forma claramente perceptible, la creatividad de la tradi-
ción popular. En el caso específico de la lingüística nacional, como
ya señaló acertadamente Tristá (1985: 255), su estudio en la variante
cubana del español, además del lógico interés que puede ofrecer
para su caracterización, constituye una vía para comprender el
pensamiento y la realidad del pueblo, su cultura y las relaciones
sico-sociolingüísticas que se desarrollaron en el proceso de gestación
y conformación de la nación cubana.
En Cuba se han publicado algunas investigaciones sobre di-
versas características de las unidades léxicas estables (Pelly, 1980,
Pardo,1995, entre otros); pero han sobresalido internacio-
nalmente dos investigadoras en el campo de la fraseología, Vic-
[144]
toria Carneado y Antonia María Tristá, cuya labor fue muy sos-
tenida en la década de los ochentas. Estas autoras, a partir de
una base teórica fundamentada en la lingüística soviética, abor-
daron múltiples aspectos de la fraseología, con especial aten-
ción a la definición y clasificación de las unidades, hacia el com-
ponente expresivo del significado, la estructuración interna, los
procedimientos estilísticos, el análisis contextual, los modos de
formación y las variantes. Desgraciadamente el diccionario de
fraseologismos del español de Cuba aún no ha sido publicado.
La mayor parte de los estudios cubanos, si bien alertan sobre
cuestiones relacionadas con la sociolingüística y la antropología
lingüística, se han orientado más al esclarecimiento y análisis
teórico de las estructuras fijadas por el uso. Y salvo algunas ex-
cepciones, especialmente en los última década (Alfaro, 2000)
los estudios no han tenido como fundamentos principales las
relaciones entre lengua y construcción de una cultura popular
nacional, herencia lingüística y procesos comunicativos, unidad
de la hispanidad en la diversidad lingüística, entre otros mu-
chos aspectos interesantes.
Ello explica la necesidad de estudios fraseológicos orientados
a satisfacer en parte esa necesidad, por lo que de manera más
sistemática debieran ofrecer información sobre diversos compo-
nentes etnolingüísticos que han matizado la variante cubana
del español y que por lo tanto no deben atenerse únicamente al
punto de vista sincrónico, sino que tienen que abordarse desde
un interés diacrónico, con lo cual daríamos cumplimiento a
uno de los requisitos exigidos para la fraseología, como discipli-
na lingüística.
En este artículo queremos demostrar cómo, a pesar de ciertas
limitaciones científicas o carencias de estudios más sistemáti-
cos, este campo de nuestro idioma ha llamado la atención de
muchos autores y de muchas figuras de la cultura española o
nacional, en diferentes épocas de desarrollo de nuestra hispani-
dad o de nuestra cubanía.
Una mirada al mundo hispánico
Conviene señalar que la lexicografía española siempre ha reco-
gido los fraseologismos como parte complementaria de los vo-
cablos presentados. Así ocurre en sucesivos diccionarios gene-
rales del español hasta llegar a las últimas ediciones del DRAE.
[145]
Esto es comprobable en el siguiente ejemplo, tomado de este dic-
cionario:
horma: (del lat. forma) f. Molde con que se fabrica o forma
una cosa. Llámese así principalmente el que usan los zapateros
para hacer zapatos, y los sombrereros para formar la copa de
los sombreros.// 2. Pared de piedra seca. //3. Col., Cuba, Perú
y Venez. Modelo o vasija para elaborar los panes de azúcar//
encontrar o hallar uno la horma de su zapato fr. fig. y fam.
Encontrar lo que le acomoda o lo que desea// 2. fig. y fam.
Tropezar con alguien o con algo que se le resista o que se opon-
ga a sus mañas o artificios.
Haensch llamó la atención sobre el problema, señalando que
en muchos diccionarios monolingües como bilingües, e incluso
en los diccionarios y glosarios especializados, se han registrado,
principalmente, palabras aisladas mientras que faltan muchas
macrounidades, como locuciones, frases hechas, refranes, etc.
(1982: 395-534). Hay una falta de criterio gramatical o semántico
riguroso al abordar las diversas estructuras pluriverbales fijas.
Tanto en el DRAE como en la mayor parte de los diccionarios
del español general puede confirmarse que la fraseología se in-
cluye sin un principio estable de definición, faltan sinónimos, se
comprueba la carencia de una caracterización precisa para este
tipo de unidades léxicas y, en fin, no se da la atención teórica
que reclama la riqueza y variedad existente en el idioma espa-
ñol.
Tal situación ha hecho dudar, en ocasiones, sobre la real na-
turaleza léxica de las unidades, como ocurrió por ejemplo con
Coseriu, quien afirmó, de manera excesivamente radical, que
estas no tenían nada de léxico y no podían ser consideradas
como lexemas; y que, por lo mismo, “el hecho de que hubiesen
sido registradas en diccionarios del léxico general obedecía más
a una respuesta práctica, aunque en teoría seguía siendo una
incoherencia de la lexicografía tradicional” (1977a: 116).
La intensificación de la búsqueda bibliográfica remite, pese a
esas limitaciones anteriormente señaladas, a una real conside-
ración o estimación de la fraseología popular dentro de los estu-
dios humanísticos hispánicos, y ello es válido incluso para siglos
anteriores a la evolución actual del idioma. Esto permite com-
prender el motivo por el cual el erudito español R. Lapesa (1981)
la ha llamado alma y ánima del Diccionario histórico de la lengua
[146]
española. Por esas razones, el análisis se orientará a partir de
aquí a ofrecer una síntesis muy breve de tal reconocimiento, y
de la forma en que se ha explicitado en el devenir histórico-
cultural de la comunidad hispanohablante.
Ese interés se revela especialmente a partir de la primera co-
lección de sentencias y refranes hecha sobre el romance caste-
llano por el patriarca de los paremiólogos, Iñigo López de
Mendoza, marqués de Santillana (1398-1458), “a ruego del rey
Don Juan”, ordenados alfabéticamente y publicados por prime-
ra vez en Sevilla (1508) bajo el título de Refranes que dizen las
viejas tras el fuego. Muchos de los entonces reunidos tienen un
indudable valor histórico, puesto que han logrado sobrevivir
hasta nuestros días, con o sin modificaciones, como por ejem-
plo: a buen entendedor, pocas palabras bastan; codicia mala, rompe
saco; echa la piedra y esconde la mano, etc.
Esta colección fue reeditada en 1512 y en 1550; su difusión a
lo largo de la primera mitad del XVI despertó un notable entu-
siasmo por recoger una gran parte del refranero popular, hecho
que se ve materializado en la larga lista de paremiólogos cuyas
colecciones se publicaron en diversas etapas y circunstancias
del desarrollo histórico del español: Blasco Garay (1541), Vallés
(Sevilla, 1549), Hernán Núñez (Valladolid, 1555), Mal Lara
(1568), Horozco (Madrid, 1599), Correas ( Madrid,1627), etc.
Varias de estas compilaciones son significativas por el copio-
so volumen de paremias que presentan, incluso en algunas se
ofrece material de procedencia regional no castellana, como las
del vasco Garibay. (Madrid, 1598) En ellas se juntaron igual-
mente los llamados dichos y modismos con los refranes, sin un
criterio manifiesto de diferenciación. Así, hasta llegar a las am-
plísimas colecciones realizadas los siglos pasado y presente
por Sbarbi (1851, 1872, 1891), Caballero Rubio (1891), Mir
Nogueras (1899), Rodríguez Marín (1925-1941), Martínez Kleiser
(1953), entre otras.
No faltaron tampoco, desde los inicios, diccionarios y gramá-
ticas donde fueron incluidas estas unidades, como sucede por
ejemplo en el Tesoro de la lengua española (Covarrubias, 1611) y
en el Espexo general de la gramática en diálogos (Salazar, 1614).
Entre 1726 y 1739, la Real Academia Española confeccionó los
6 tomos del Diccionario de la lengua castellana en que se explica el
verdadero sentido de las voces, su naturaleza y calidad, con las frases
[147]
y modos de hablar, los proverbios o refranes y otras cosas convenien-
tes al uso de la lengua. Este interés por recoger unidades enraizadas
en lo más íntimo del pueblo español no ha decrecido en nues-
tros días, lo cual se demuestra en repertorios más recientes
(Buitrago, 1995; Junceda, 1995).
Bahner (1966), al comentar ese interés por la paremiología
popular, expuso acertadamente la tesis de que los humanistas
de los siglos XVI y XVII, en su afán de construir el andamiaje teóri-
co del tradicionalismo, “acudieron al refranero como muestra
del espíritu lingüístico español”. (1966: 158) Sin duda alguna,
puede decirse que aquel positivo aprecio de la sabiduría popu-
lar representó una parte esencial de la conciencia lingüística del
renacimiento español, y que desde Juan de Valdés (1529) y Juan
de Mal Lara (1568) proviene el principio manifiesto de conside-
rar la fraseología como un componente básico de la cultura oral
hispánica.
Debe destacarse que esta labor se proyectó también hacia el
establecimiento de relaciones lingüísticas regionales entre Espa-
ña y América, tal como lo prueba el diccionario de Vergara
(1929), cuya perspectiva permite un esclarecimiento objetivo de
la continuidad histórica, y ha servido como un precedente para
el análisis contrastivo, en nuestras investigaciones sobre la pre-
sencia canaria en el refranero cubano.
Orientadas todas estas obras anteriores al rescate y conserva-
ción de un legado milenario, aunque en ocasiones no sobrepa-
sen el nivel empírico, son testimonios para un estudio más deta-
llado de las estructuras fraseológicas y del funcionamiento de
las mismas; especialmente son importantes también como fuen-
tes documentales para un análisis diacrónico.
La riqueza fraseológica del español ha sido resaltada por
Amado Alonso (1954), G. Bertini (1963), E. Lorenzo (1966, 1988)
y otros. Ella fue un incentivo para que Cejador (1921), quien
consideraba estas unidades como gérmenes de la literatura po-
pular, afirmase categóricamente que la estilística castellana no
era otra cosa que la fraseología castellana y para que tratase de
adelantarse varios años, con una clasificación un tanto inge-
nua, a la más objetiva realizada por Casares; hecho este que se
ha omitido hasta el presente por la bibliografía especializada.
Al igual que Cejador, el estilista Martín Alonso (1947) dedicó
la atención a dichas unidades. Su enfoque, desde un punto de
[148]
vista subjetivo, resalta la importancia de las frases familiares y
los refranes en tanto que recursos de la afectividad expresiva.
Tanto Cejador como Alonso y como el propio Casares, asumie-
ron en sus respectivos estudios aquella labor como continuidad
de un mismo quehacer filológico, aunque ese interés por “reco-
ger lo idiomático no vino acompañado frecuentemente de una
preocupación por estudiarlo lingüísticamente”. (Ruíz, 1997: 19)
Podemos resumir lo anterior afirmando que, aunque la labor
desempeñada durante siglos por la paremiología y la lexicogra-
fía es elogiable, el estudio de esa riqueza fraseológica de nuestro
idioma, tanto en el ámbito general como regional, a escala co-
munitaria o grupal, no puede quedar relegado a su simple in-
clusión en las obras referidas al folklore o a los diccionarios. El
análisis de su estructura, semántica y funcionalidad rebasa el
marco teórico de la lexicografía y la paremiología españolas.
El interés de los lexicógrafos cubanos
En cuanto a la lingüística cubana, es preciso subrayar que, des-
de sus inicios, existen obras lexicográficas que recogieron pro-
verbios, refranes, y diversos tipos de expresiones fijadas. Ya en
uno de sus primeros documentos, Fray José María Peñalver
(1795), al proponer el orden de las materias, planteó la necesi-
dad de incluir las frases dentro de un diccionario provincial de
la Isla de Cuba.
Aunque el proyecto de Peñalver no tuvo la acogida que este
habría de esperar, dado los elogios con que su intervención fue
recibida en la Real Sociedad Patriótica de La Habana, es posible
afirmar que sirvió de estímulo para que Pichardo, en 1836, pu-
blicara la que se ha considerado la primera obra de la lexicogra-
fía cubana, el Diccionario provincial de vozes cubanas, la cual, como
se ha planteado (Grégori, 1976, Alpízar, 1989), reflejaba que el
pensamiento cubano de la época, si bien no ignoraba la perte-
nencia a una cultura hispánica, sí notaba ya lo distintivo y lo
peculiar de la cultura cubana y se enorgullecía de ello.
Este diccionario fue reeditado cuatro veces en vida del autor,
quien hizo importantes revisiones y aportes en cada ocasión. A
partir de la tercera edición (1862) se enriqueció con los conoci-
mientos adquiridos durante su estancia en la región central del
país (Cienfuegos, Trinidad, Sagua la Grande), y especialmente
con los cuatro años de residencia en Santa Clara; con ello
[149]
Pichardo sentaba un precedente importante para el estudio
lingüístico de dicha zona. Pero no fue hasta la cuarta edición
(1875) cuando, ante el volumen de los datos reunidos, decidió
incluir las frases. Se modificaba así definitivamente el título ori-
ginal de una obra que en su conjunto reflejaba la diversidad
léxica de la variante cubana del español y destacaba aspectos
diacrónicos de interés.
Al diccionario de Pichardo se le han señalado diversas limita-
ciones desde el punto de vista metodológico y técnico, las cuales
están condicionadas por el pobre desarrollo en que se encontra-
ba la lexicografía tanto en Cuba como en otros países de Améri-
ca, durante el siglo XIX. Alpízar (1989: 65-69) le critica, entre
otros aspectos, la aplicación del término voz cubana corrompida
a arcaísmos españoles (arrempujar, cambear, lamber, relambido),
y la falta de distinción entre los provincialismos oriundos de
Cuba y los pertenecientes a distintas regiones de España, en vir-
tud de la presencia en Cuba de conglomerados étnicos prove-
nientes de diversas regiones hispánicas.
Varona (1875) ya había criticado algunas de estas deficien-
cias, mientras dejaba manifiesta su opinión acerca de la falta de
rigor metodológico de la obra y sugería la elaboración de un
nuevo diccionario provincial de Cuba, que recogiera las pala-
bras y las frases en todos sus aspectos, relacionándolas con las
distintas zonas del español peninsular.
En el campo específico de la fraseología, se le puede objetar al
diccionario la falta de una técnica definida para la entrada de
sus unidades, así como la ausencia de distinciones precisas en-
tre los varios tipos de unidades léxicas complejas que recoge.
Estos errores se repitieron a lo largo de la historia de la lexico-
grafía cubana. No obstante, Pichardo acertó en reconocer el
sentido figurado, metafórico, de muchas macrounidades, así
como en la indicación esporádica de aspectos estilísticos rela-
cionados con la distinción entre lo familiar y lo vulgar de mu-
chas de ellas.
Otros investigadores contemporáneos a Pichardo, como Juan
Ignacio de Armas (1882), Rafael María Merchán (1886) y Félix
Ramos y Duarte (1893), en sus respectivos estudios, revelaron
interesantes aspectos acerca de diversos componentes etnocul-
turales que incidieron en la conformación del léxico; y, en gene-
ral, sobre la variante cubana del español. En tal sentido es im-
[150]
portante el especial interés que De Armas confiere a determina-
das voces castellanas provenientes de los Siglos de Oro y que,
olvidadas en España, seguían empleándose en Cuba, tales como
candela, aliñar, cobija, fajar, etc.
Ramos y Duarte (1893) le criticó a De Armas la idea, cierta-
mente errónea, de considerar todas las palabras criollas como
procedentes de España y negar cualquier influjo léxico proce-
dente de lenguas aborígenes. Esta es también la tesis funda-
mental del voluminoso diccionario de Macías (1885-1886), la
cual, al ser llevada por este autor a un nivel extremo, resulta
demasiado insostenible, especialmente porque considera todo,
absolutamente todo, de origen hispánico: leyes, lenguajes, cos-
tumbres y tradiciones. De ello puede inferirse que al ser aplica-
da al análisis del material léxico (palabras y frases), Macías
llegue por esa vía a muy extravagantes argumentaciones
etimológicas.
A pesar de todo, interesa saber que también en esta obra, con
semejantes limitaciones que en la de Pichardo, respecto a la in-
clusión de las unidades fraseológicas, se recogen diversas locu-
ciones y paremias; aunque, como puede apreciarse, no hay una
clara distinción entre estas y otras combinaciones estables de
palabras (vgr. frijoles de carita, cardo santo, fañofaño, chino
manila, etc.) todas agrupadas bajo la denominación, demasia-
do ambigua, de expresiones. Resulta igualmente paradójica, te-
niendo en cuenta la tesis fundamental del diccionario, la poca
referencia que se hace a las relaciones con la fraseología hispá-
nica, aunque en tal sentido pueda haber algunas excepciones:
más claro que el agua (:22), escotado de pecho redondo (:508),
etc.
De aquellos primeros trabajos de la lingüística cubana, resultan
todavía interesantes las reflexiones realizadas por A. Montori
(1916) sobre aspectos relacionados con el estilo, el origen y los pro-
cesos de arcaización de diversos fraseologismos, a la vez que resal-
taba la capacidad de los hablantes del español de Cuba para su
creación y empleo. Es interesante, además, su observación acerca
de que la conversación, tanto de campesinos como de ciudadanos
de las clases más populares, “parece a veces un rosario ininterrumpi-
do de modismos y dicharachos, a la manera de Sancho Panza cuando
ensartaba refranes” (:340); y, sobre todo, es destacable la diferencia-
ción socioestilística que brevemente realiza.
[151]
Los posteriores estudios lexicográficos incorporaron en sus res-
pectivos glosarios este tipo de unidades léxicas, aunque siempre
prevaleció la tendencia a considerarlas como complemento de
los vocablos reunidos, lo cual puede comprobarse en las obras
de Ortiz (1923), Marinello (1925-26), Martínez Moles (1926-
1931), Consuegra Marín (1941), Bustamante (1942-48), Rodrí-
guez Herrera (1958) y otros.
Debe señalarse que, de todos estos autores y obras referidas, solo
Constantino Suárez en apéndice aparte clasifica ideográficamente
y separa por afinidad de conceptos las frases y refranes, introduci-
dos alfabéticamente por el verbo como palabra clave, con el mani-
fiesto objetivo de que pudieran “ser aprovechados más fácilmente
por los coleccionistas y continuar la recopilación”. (1921: XXIX)
Tampoco escapa a su atención las diversas relaciones entre ellas, e
incluye en un mismo artículo las posibles variantes recogidas. Todo
esto, desde luego, constituía un paso de avance en el tratamiento
del material compilado y, además, revelaba que el autor conside-
raba el contenido semántico de aquellas unidades como un rasgo
de notable importancia.
En cuanto a la procedencia del material lexicográfico reuni-
do, Suárez insistió en estudiarlo sin un criterio diferencial, lo
que era más usual en la época. Y aunque este punto de vista es
planteado de manera muy exagerada, sí fue importante
metodológicamente concebir el vocabulario cubano insertado
en una norma general y no como algo excluyente. A pesar de la
seria orientación de esta obra, fruto de una laboriosidad poco
común, se le han criticado algunos defectos. (Ortiz,1974;
Marinello, 1925-26)
Especialmente, la falta de precisión en determinadas equiva-
lencias, y el desconocimiento sobre las íntimas significaciones
que tienen ciertos vocablos y giros en el habla popular cubana,
su insistencia en estudiar el vocabulario cubano como comple-
mento del castellano y no en toda su originalidad y creatividad
singular; así como su extrema confianza en la experiencia per-
sonal, lo cual lleva a desdeñar fuentes históricas importantes e
ignorar los valiosos trabajos de Montori (1916) y otros contem-
poráneos suyos. Estos errores impidieron la realización de com-
paraciones bien fundamentadas, que le permitieran llegar al
establecimiento de reglas básicas en la diferenciación de lo his-
pánico y lo criollo.
[152]
Tampoco resulta acertado esgrimir como razón, para presen-
tar un mayor número de refranes peninsulares en sus apéndi-
ces, la pobreza del refranero cubano. Pero a pesar de las defi-
ciencias, los errores y los olvidos etimológicos, es justo indicar
que los méritos de su obra son grandes, lo cual la hace un valio-
so documento de la lexicografía cubana, a la vez que una mo-
dernización del diccionario de Pichardo. El establecimiento de
relaciones entre el léxico del habla popular cubana y los usos
regionales del español conduce a un enfoque interesante del
problema, al igual que el método contrastivo con otros países
hispanoamericanos.
Por su parte, en Ortiz vinieron a coincidir las motivaciones
lexicográficas y las etnográficas; por eso, y pese a compartir con
otros autores cubanos el típico diferencialismo o peculiarismo
de la lexicografía americana, no abandona la perspectiva histó-
rico-genética y descubre relaciones etnoculturales entre los diver-
sos vocablos, como sucede con la frase valer un congo (1974:155),
de la cual nos dice que era similar a la forma clásica valer un
Potosí, por solo citar un ejemplo ilustrativo. En su Catauro, el
elemento africano (venir de ampanga, dar sánsara, morir como
Cafunga, chivo que rompe tambor con su pellejo paga), el hispánico
(dar madrugón, estar en la tea, devanarse los sesos, revolverse como
cayuco) y el de otras latitudes (al contado rabioso), encuentran
una relevancia inusual.
Bajo la definición novedosa de cubanismo, expuesta con am-
plia argumentación en el prólogo, incluye un voluminoso cau-
dal de frases y palabras africanas, antillanas, americanas, ex-
tranjeras, regionalismos hispánicos, arcaísmos, etc. de uso
frecuente en el habla popular cubana de su tiempo. Y aunque
en el caso de la fraseología no supera las limitaciones metodo-
lógicas ya señaladas para otros autores, puede observarse la im-
portancia que a ella le concede desde las primeras páginas de
ese mismo prólogo, donde incluye muchas de sus unidades.
Ortiz acude con singular frecuencia a la literatura de los Siglos
de Oro para sus definiciones, o a los trabajos paremiológicos de
aquella época. La riqueza del Catauro en tal sentido es innegable,
aunque no es un objetivo específico del autor hacer fraseografía.
Se incluyen algunos canarismos en su obra, pero no lo explícita, ni
hace alusión directa a este grupo étnico, a los cuales se refirió una
vez en su obra como a “los casi cubanos isleños”.
[153]
Otros trabajos lexicográficos de autores más cercanos como los
de Alvero (1979), Santiesteban (1982), Depestre Catony (1985),
Carlos Paz (l988, 1994), han tenido muy en cuenta el valor expre-
sivo de la fraseología hispánica, a la vez que resaltan la creatividad
de los hablantes cubanos respecto a los mecanismos de
fraseologización. Carneado (1985 b: 27-32) puso de manifiesto las
limitaciones metodológicas más frecuentes de la lexicografía na-
cional en cuanto al tratamiento de estas unidades lingüísticas.
Entre ellas destacan la falta de un criterio elemental de dife-
renciación, así como la irregularidad técnica en las entradas, la
poca sistematicidad en las acotaciones gramaticales y la falta de
distinción entre lo que está en uso y lo arcaico. A lo anterior
agregamos también el carácter complementario que tienen en el
conjunto de la obra, la falta de una uniformidad en la denomi-
nación de las expresiones fijas, y la carencia de una descripción
fraseológica basada en principios teóricos y prácticos de esta
disciplina lingüística.
A pesar de esas deficiencias, debidas muchas veces al pobre
desarrollo de los estudios lingüísticos durante la época
prerrevolucionaria, y en la etapa revolucionaria a la falta de
sistematicidad, o al poco interés particular que se le ha prestado
a este campo de la lengua, es estimulante saber que el mismo no
ha sido desatendido completamente y diversos autores han con-
siderado los aspectos estilísticos, etimológicos, funcionales; aun-
que no siempre lo hagan de una manera uniforme para todo el
corpus reunido.
La revisión al campo de los estudios folclóricos, tanto en el
ámbito nacional como regional, revelan la riqueza fraseológica
de la variante cubana del español, la cual ha ido recogiéndose
en diferentes épocas y por diversos autores, como puede apre-
ciarse en la bibliografía del trabajo presentado. Algunos estu-
dios tienen una innegable validez etno y sociolingüística, tanto
para conocer el componente africano (Bacardí, 1928; Cabrera,
1955; Valdés, 1976; Furé, 1979); como para conocer el hispáni-
co. Dentro de este último sobresalen, en especial, los trabajos de
Feijóo (1965, 1974, 1984), así como las obras más recientes de la
investigadora María del Carmen Víctori (1997b, 1998).
Pueden mencionarse, asimismo, las investigaciones desarro-
lladas por el Departamento de Letras de la Universidad Central
de Las Villas, las cuales están relacionadas con la incidencia
[154]
lingüística de la inmigración hispánica y de la africana en la
región central. De acuerdo con los resultados logrados, puede
afirmarse que existe una progresiva seriedad científica en el tra-
tamiento metodológico de los textos de la oralidad, tanto de
inmigrantes hispánicos como de afrocubanos.
Dos revistas sobresalen en la divulgación de los recursos tra-
dicionales del pueblo, especialmente de la región donde queda
enmarcada esta investigación; ellas son la revista Islas (1958) y
la revista Signos (1969), ambas fundadas por Samuel Feijóo,
maestro de los flocloristas cubanos. En muchos artículos publi-
cados en ellas se ha patentizado la necesidad de abordar la fra-
seología desde diversas perspectivas de análisis interdisciplinario.
Bibliografía
ALONSO, AMADO (1954): Estudios lingüísticos: temas españoles, 3ra
edic., Gredos S.A., Madrid, 1982.
ALONSO, MARTÍN (1968): Gramática del español contemporáneo, 2da
edic., Editorial Guadarrama, Madrid, 1974.
ALPÍZAR, RODOLFO (1989): Apuntes para la historia de la lingüística
en Cuba, Editorial Ciencias Sociales, La Habana.
ALVERO , FRANCISCO (1976): Cervantes: diccionario manual de la len-
gua española, 2 tt., 3ra edición, 1ra reimpresión, Editorial
Oriente, Santiago de Cuba, 1979.
AA. VV. (1982): La lexicografía, Editorial Gredos S.A., Madrid.
BUSTAMANTE, LUIS (1942-1948): Enciclopedia popular cubana, 3 tt.,
Ediciones Lex, La Habana.
BACARDÍ, EMILIO (1928): «Refranes afrocubanos», en Crónicas de
Santiago de Cuba, vol. II, Santiago de Cuba.
BAHNER, WERNER (1966): La lingüística española del Siglo de Oro,
Editorial Ciencia Nueva S.A., Madrid.
BERTINI, GIOVANNI MARÍA (1963): “Más aspectos sintácticos en re-
franes españoles del siglos XV: formas infinitas”, Thesaurus,
Bogotá, tomo XVIII, 2, pp. 357-383, may-ago.
BUITRAGO, A. (1995): Diccionario de dichos y frases hechas, Espasa
Calpe, Madrid.
CABALLERO Y RUBIO, RAMÓN (1905): Diccionario de modismos, voces
populares y frases hechas puramente castellanas, Librería de
Eugenio García Rico, Madrid.
[155]
CÁRDENAS, GISELA (1996-1997). “El componente culturo-nacional
en los complejos estables de palabras”, Anuario L/L, (27/28):
103-109.
CARNEADO, ZOILA (1985B), La fraseología en los diccionarios cuba-
nos, Editorial Ciencias Sociales, Ciudad de La Habana.
CONSUEGRA, ANGELO (1941): Frases, 2 tt., Editorial Cultural, S.A.,
La Habana.
CORREAS, GONZALO (1627): Vocabulario de refranes, frases prover-
biales, y otras fórmulas comunes de la lengua castellana en que
van todos los impresos antes y otra gran copia, Visor, Madrid.
COSERIU, EUGENIO (1977 a): Principios de semántica estructural,
Editorial S.A., 2da edic., Gredos, Madrid, 1981.
________ (1977 b): Tradición y novedad en la ciencia del lenguaje,
Editorial Gredos S.A., Madrid.
COVARRUBIAS, SEBASTIÁN DE (1611): Tesoro de la lengua castellana o
española, Edición preparada por Martín de Riquer, S. A.,Horta,
Barcelona, 1943.
DE ARMAS, JUAN IGNACIO (1882): “Oríjenes del lenguaje criollo”,
en Alonso y Fernández, t. I, pp. 115-186.
DEPESTRE, LEONARDO (1985): Consideraciones acerca del vocabulario
cubano, Editorial Ciencias Sociales, La Habana.
FEIJÓO, SAMUEL (1965): Sabiduría guajira, Edición Universitaria, La
Habana.
________ (1974): “El saber de Juan sin Nada”, Signos, Santa
Clara, (14): 1-116, ene-abr.
________ (1984): El saber y el cantar de Juan sin Nada, Editorial
Letras Cubanas, La Habana.
FYLE, CLIFFORD (1983) “La lengua, soporte de la identidad cultu-
ral”, Correo de la UNESCO, París, año XXXVI, julio, pp. 6-7.
GUANCHE, JESÚS (1992): Significación canaria en el poblamiento his-
pánico de Cuba, Ayuntamiento de La Laguna, Centro de Cul-
tura Popular Canaria, La Laguna.
HAENSCH, GUNTER (1982): “Aspectos prácticos en la elaboración
de diccionarios”, en AA.VV.: 395-534.
________: (1991): “La lexicografía del español de América en
el umbral del siglo XXI”, en El español de América hacia el siglo
XXI, pp. 41-77, Instituto Caro y Cuervo, Santa Fe de Bogotá.
JUNCEDA, LUIS (1995): Diccionario de refranes, Espasa Calpe, Ma-
drid.
[156]
LAPESA, RAFAEL (1981). “Alma y ánima en el Diccionario Históri-
co de la Lengua Española: su fraseología”, Logos Semantikos,
In Honorem Eugenio Coseriu, Gredos S. A., Madrid.
LORENZO EMILIO (1966): El español de hoy, lengua en ebullición, Gredos
S.A. (con prólogo de Dámaso Alonso), Madrid, 1971.
MACÍAS, JOSÉ MIGUEL (1885-1886). Diccionario cubano, etimológico,
crítico y comprensivo, Imprenta de C. Tronbridge, Veracruz.
MARINELLO, JUAN (1925-26): “Un guacalito de cubanismos”, en
Alonso y Fernández, 1977, t. II, pp. 8-41.
MARTÍNEZ FURÉ, ROGELIO (1979): Diálogos imaginarios, Editorial Arte
y Literatura, La Habana.
MARTÍNEZ MOLES, MANUEL (1926-1931): Vocabulario espirituano, 6
tomos, Editora Cultural S.A., La Habana.
________ (1926): Contribución al folklore. Tradiciones, leyendas
anécdotas espirituanas, Imprenta El Fígaro, La Habana.
MARTÍNEZ KLEISER, LUIS (1953): Refranero general ideológico español,
Editorial de la Real Academia Española, Madrid.
MERCHÁN, RAFAEL (1886): “Estalagmitas del lenguaje”, en Alonso,
1977, t. I: pp. 189-211.
MIR NOGUERA, JOSÉ (1942): Diccionario de frases de los autores clási-
cos españoles, Joaquín Gil Editora, Buenos Aires.
MONTES GIRALDO, JOSÉ JOAQUÍN (1995): Dialectología general e his-
panoamericana (tercera edición corregida y aumentada), 311 pp.,
Instituto Caro y Cuervo, Santa Fe de Bogotá.
MONTORI, ARTURO (1916): “La evolución popular del idioma”, en
Alonso y Fernández, 1977, t. I, pp. 325- 347.
ORTIZ, FERNANDO (1973): Contrapunteo cubano del azúcar y el taba-
co, Editorial Ariel, Barcelona.
________ (1974): Nuevo catauro de cubanismos, Editorial Cien-
cias Sociales, La Habana.
PARDO, ALBA (1995): La fraseología en la lengua francesa, sus fuen-
tes y su valor estilístico a través de la obra de Honore de Balzac,
Editorial Félix Varela, Ciudad de La Habana.
PAZ, CARLOS (1988): De lo popular y lo vulgar en el habla cubana,
Editorial Ciencias Sociales, La Habana.
________ (1995): Diccionario cubano de términos populares y vul-
gares, Editorial Ciencias Sociales, La Habana.
PELLY, MARIA ELENA (1980): “La persona gramatical en algunos
refranes españoles y cubanos”, en Colección de artículos de lin-
güística, pp. 75-85, Editorial Ciencias Sociales, La Habana.
[157]
PEÑALVER, JOSÉ MARÍA (1795): “Memoria que promueve la edición
de un diccionario provincial de la Isla de Cuba”, en Alonso y
Fernández, 1977, t. I, pp. 106-114.
PICHARDO, ESTEBAN (1875): Diccionario provinzial casi razonado de
vozes y frases cubanas, (con introducción de Nuria Gregori), Edi-
torial Ciencias Sociales, La Habana, 1976.
RAMOS Y DUARTE, FÉLIX (1893): “Oríjenes del lenguaje cubano”,
en Alonso, 1977, t.I, pp. 215-226.
RODRÍGUEZ, ESTEBAN (1958-1959): Léxico mayor de Cuba, 2 tt., Edi-
torial Lex, La Habana.
RODRÍGUEZ MARÍN, FRANCISCO (1926): Más de 21 000 refranes caste-
llanos, Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y
Museos, Madrid.
________ (1941): Todavía 10 700 refranes más no registrados por
el maestro Correas, Imprenta Prensa Española.
RUIZ, LEONOR E. (1997): Aspectos de fraseología teórica española,
Facultad de Filología, Universidad de Valencia, Anejo XXIV
de Cuadernos de Filología, Valencia.
SANTIESTEBAN, ARGELIO (1982): El habla popular cubana de hoy, 366
pp., Editorial Ciencias Sociales, La Habana.
SBARBI, JOSÉ MARÍA (1872): El libro de los refranes; colección alfabética
de refranes castellanos, 167 pp., Librería de D. León Villaverde,
Madrid.
SUÁREZ, CONSTANTINO (1921): Vocabulario cubano, Librería Cervan-
tes, La Habana.
TRISTÁ, ANTONIA MARÍA (1985): “Fundamentos para un dicciona-
rio cubano de fraseologismos”, Anuario L/L, (16): 249-255.
VALDÉS, SERGIO (1976): “Sobre locuciones y refranes afrocubanos”,
Beiträge zur romanishen Philologue, Berlín, pp. 321-328.
________ (1997): “Si de identidad cultural hablamos, no olvi-
demos a la lengua española”, en La polémica sobre la identi-
dad, pp. 107-141, Editorial Ciencias Sociales, La Habana.
VARONA, ENRIQUE JOSÉ (1875): “Diccionario provincial de voces y
frases cubanas, cuarta edición”, Diario de la Marina, La Ha-
bana, 25 de octubre, pp. 2-3.
VERGARA, GABRIEL (1929): Diccionario de frases, adagios, modismos,
locuciones y frases proverbiales que se emplean en la América espa-
ñola o se refieren a ella, Librería y Casa Editorial Hernando, Ma-
drid.
[158]
VICTORI, MARÍA DEL CARMEN (1997 a): Entre brujas, pícaros y conse-
jos, 198 pp., Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultu-
ra Cubana Juan Marinello, Editorial José Martí, La Habana.
________ (1997 b): Breve refranero cubano, Editorial Ciencias
Sociales, La Habana.
________ (1998): Cuba: expresión literaria oral y actualidad, Cen-
tro de Invetigación y de la Cultura Cubana Juan Marinello,
Editorial José Martí, La Habana.
[159]