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El Valor de La Mortificación

El documento explica las razones por las cuales la mortificación, o sacrificio, es necesaria para la salvación del alma. Primero, Jesucristo pidió la mortificación. Segundo, ayuda a sanar las consecuencias del pecado original. Tercero, sana las consecuencias de los pecados actuales a través de la penitencia.
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El Valor de La Mortificación

El documento explica las razones por las cuales la mortificación, o sacrificio, es necesaria para la salvación del alma. Primero, Jesucristo pidió la mortificación. Segundo, ayuda a sanar las consecuencias del pecado original. Tercero, sana las consecuencias de los pecados actuales a través de la penitencia.
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27/3/2018 Texto 18.

El valor del sacrificio

Texto 18. El valor del sacri cio (/2014-09-09-23-11-21/18-


el-valor-del-sacri cio/180-texto-18-el-valor-del-sacri cio)
Todos hemos escuchado de las fuertes morti caciones que realizaron los grandes santos.

Prolongados ayunos, largas vigilias, duras penitencias. Es particularmente conmovedor el pasaje de

la vida de san Francisco de Asís, en que se revolcaba entre espinas para alejar la tentación de

lujuria[1]. Hoy nos preguntamos: ¿Está bien esto? ¿No debemos cuidar nuestro cuerpo que es

Templo del Espíritu Santo (cf. 1 Cor 6,19)? ¿Por qué estas morti caciones tan extremas?

Para responder estas preguntas, es necesario comprender el valor del alma, de la salvación, del

amor a Dios y medir cuánto estamos dispuestos a dar por estos tesoros. Si usted tuviera una

enfermedad terminal y le dicen que para salvarse de la muerte inminente debe vender todo lo que

tiene para comprar una medicina costosísima; debe, además, someterse a una rigurosa dieta donde

le prohíben todo tipo de alimento delicioso; debe abstenerse totalmente del deporte del que más

gusta y, nalmente, debe renunciar a todo vicio... ¿qué haría? ¡Seguramente estaría dispuesto a eso y

hasta más! La razón es evidente: la vida tiene un valor tan importante que estaría dispuesto a hacer

grandes sacri cios por cuidarla. Pues bien, el Señor Jesús ha dicho que hay algo más importante

que la propia vida física: ¡la vida eterna! Al punto que, si fuera necesario, deberíamos estar

dispuestos a sacri car la vida terrena para ganar la eterna: “quien quiera salvar su vida, la perderá:

pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16,25). En este mismo sentido, el Señor nos

manda a no temer a quien pueda matar el cuerpo, sino a quien pueda “llevar a la perdición el alma”

(Mt 10,28). La conclusión es del todo lógica: si es bueno hacer sacri cios por la salud del cuerpo,

es mucho más bueno hacer sacri cios por la salud del alma. Esta es la razón por la que los santos

hacían estos heroicos sacri cios, no por despreciar el cuerpo, sino por sanar el alma. Pero, ¿por qué

morti car el cuerpo da salud al alma?

¿Por qué es necesaria la morti cación?[2]

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27/3/2018 Texto 18. El valor del sacrificio
Morti car signi ca, literalmente, “dar muerte”, “hacer morir”. Esto no se re ere a dar muerte al

cuerpo -a la materialidad de nuestra dimensión física- sino al pecado y a la inclinación a este. (cf.

Col 3,5). Así, pues, la morti cación es necesaria para la salvación por cuatro motivos principales: 1-

Porque el mismo Cristo la pide. 2- Porque nos sana de las consecuencias del pecado original. 3-

Porque nos sana de las consecuencias de nuestros pecados actuales (Penitencia). 4- Porque nos

asemeja a Cristo cruci cado.

Porque el mismo Cristo la pide

“El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16,24). Nuestro

Señor Jesucristo habló en muchas ocasiones sobre la morti cación. Todo sufrimiento en su vida

fue ofrecido al Padre por la redención de las almas. En el Sermón de la Montaña, nos enseña la

necesidad de la morti cación, es decir de la muerte al pecado y a sus consecuencias, insistiendo

sobre la sublimidad de nuestro n sobrenatural que consiste en ser “perfectos como es perfecto

vuestro Padre Celestial” (Mt 5,48).

Pero esto exige la morti cación de todo lo que hay en nosotros de vicioso, la morti cación de los

movimientos desordenados de la concupiscencia (cf. Mt 5,28), de la cólera (cf. Mt 5,22), del odio

(cf. Mt 5,24), del orgullo (cf. Mt 6,1), de la hipocresía (cf. Mt 6,5).

Estos, entre otra enorme cantidad de textos bíblicos, mani estan la importancia que el Señor le dio a

la morti cación, al sacri cio, como condición indispensable para seguirle. ¿Alguien dudaría del valor

de la morti cación después de ver cómo nuestro divino Salvador la recomendó incansablemente?

Porque nos sana de las consecuencias del pecado original

“La vida del hombre sobre la tierra es una lucha” (Job 8,1). Esta batalla interior ha sido descrita en la

tradición bíblica y espiritual de la Iglesia como la “lucha entre la carne y el espíritu”, entre el “hombre

viejo y el hombre nuevo” (Ef 4,17-32), “porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del
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27/3/2018 Texto 18. El valor del sacrificio
Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí”  (Gál 5,17). Esta lucha no es contra la

corporeidad que en sí misma que es buena, sino contra los apetitos desordenados de la carne.

El viejo hombre, tal como nace de Adán, encierra un desequilibrio no pequeño en su naturaleza

herida. Lo vemos claramente si consideramos lo que era el estado de justicia original, antes del

pecado original. Era una armonía perfecta entre Dios y el alma creada para conocerle, amarle y

servirle, y entre el alma y el cuerpo; en tanto el alma guardaba esa sumisión a Dios, las pasiones de

la sensibilidad permanecían también sometidas a la recta razón iluminada por la fe, y a la voluntad

vivi cada por la caridad; el cuerpo participaba por privilegio de esta armonía, y no estaba sujeto ni a

la enfermedad, ni a la muerte.

           

Esta armonía fue destruida por el pecado original. El primer hombre, por su pecado, como lo dice

el Concilio de Trento, “perdió para sí y para nosotros la santidad y la justicia original”, y nos

transmitió una naturaleza caída, privada de la gracia y herida. Preciso es reconocer, con Santo

Tomás, que venimos al mundo con la voluntad alejada de Dios, inclinada al mal, débil para el bien,

con una razón que fácilmente cae en el error, y la sensibilidad violentamente inclinada al placer

desordenado y a la cólera, fuente de injusticias de toda clase.

Existe, también el desorden de la concupiscencia, de la inclinación al mal. En lugar de la triple

armonía original entre Dios y el alma, entre el alma y el cuerpo, entre el cuerpo y las cosas exteriores,

nació el triple desorden de que nos habla San Juan cuando escribe (1 Jn 2,16): “Porque todo lo que

hay en el mundo, es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida; lo

cual no nace del Padre, sino del mundo.”

           

El bautismo nos sanó, indudablemente, del pecado original, aplicándonos los méritos del Salvador y

dándonos la gracia santi cante y las virtudes infusas; así, por la virtud de la fe, nuestra razón fue

sobrenaturalmente esclarecida, y, por las virtudes de esperanza y caridad, nuestra voluntad se volvió
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hacia Dios; también recibimos las virtudes infusas que ponen orden en la sensibilidad. No obstante,

aún continúa, en los bautizados en estado de gracia, la debilidad original y las heridas en vías de

cicatrización, que a veces hacen sufrir, y que nos han sido conservadas, dice Santo Tomás, como

ocasión de lucha y merecimientos (cf. Rom 6,6-13).

A este “hombre viejo”, no sólo hay que moderarlo y someterlo; es preciso morti carlo y hacerle

morir. De lo contrario, nunca conseguiremos el dominio sobre nuestras pasiones, y siempre

seremos esclavos suyos. Y habrá oposición y perpetua guerra entre la naturaleza y la gracia.

           

La morti cación nos es, pues, necesaria contra las consecuencias del pecado original, que continúa

existiendo aun en los bautizados, como ocasión de lucha, y hasta de lucha indispensable para no

caer en pecados actuales y personales. No tenemos por qué arrepentirnos del pecado original que

no fue voluntario sino en el primer hombre; pero debemos esforzamos por hacer desaparecer las

pecaminosas consecuencias de ese pecado, en particular la concupiscencia, que inclina a los

demás pecados. Si lo hacemos así, las heridas, de que antes nos hemos ocupado, se van

cicatrizando más y más con el aumento de la gracia que sana y que, a la vez, nos levanta a una

nueva vida. Muy lejos de destruir la naturaleza, por la práctica de la morti cación, la gracia la

restaura, la sana y la vuelve más dócil en las manos de Dios.

Porque nos sana de las consecuencias de nuestros pecados actuales (Penitencia).

La penitencia es la morti cación que se hace para reparar por nuestros pecados personales. Es

pues cosa clara que la morti cación es para nosotros una necesidad en razón de las consecuencias

de nuestros pecados personales. El pecado actual repetido engendra vicios. Cuando confesamos

nuestras faltas con contrición o atrición su ciente, la absolución borra el pecado, pero deja en el

alma cierta disposición a volver a caer en el mismo vicio, que es consecuencia del pecado. De modo

que aun después del bautismo queda el fondo de todas las malas pasiones. No hay duda, por

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ejemplo, que aquel que se ha dado al vicio del alcoholismo y se con esa con atrición su ciente, si

bien recibe, con el perdón, la gracia santi cante y la virtud infusa de la templanza, conserva, sin

embargo, la inclinación a aquel vicio y, si no huye de las ocasiones, volverá a caer en él.

Por ese espíritu de penitencia hemos de morti carnos para expiar los pecados pasados y ya

perdonados, y evitarlos en lo venidero. La virtud de penitencia, en efecto, no sólo tiene por n

detestar el pecado, que es ofensa de Dios, sino también la reparación; y, para esto, no basta dejar de

pecar; es también necesaria la satisfacción ofrecida a la justicia divina, ya que todo pecado merece

una pena o castigo, de la misma manera que cualquier acto inspirado por la caridad es acreedor a la

recompensa. Por este motivo, cuando se nos da la absolución sacramental, que borra el pecado, se

nos impone a la vez la penitencia o satisfacción, para que así obtengamos la remisión de la pena

temporal que aún nos quedaría por pagar. Esta satisfacción es parte del sacramento de la

penitencia por el cual se nos aplican los méritos del Salvador; y contribuye así a devolvernos la

gracia o a aumentárnosla.

Así queda saldada, en parte al menos, la deuda contraída por el pecador con la divina justicia. Para

conseguir tal efecto, debe ese pecador aceptar con resignación las penalidades de la vida; y si esta

paciencia y resignación no son su cientes para puri carlo del todo, deberá pasar por el purgatorio,

pues nadie entra en el cielo sin antes haberse purgado totalmente. El dogma del purgatorio es, de

esta manera, una con rmación de la necesidad de la morti cación, al enseñarnos que toda deuda

ha de quedar cancelada, ya por los méritos en esta vida, o bien por el fuego puri cador en la otra.

Un arrepentimiento lleno de amor borraría la falta y la pena, como las dichosas lágrimas que Jesús

bendijo cuando dijo: “Le han sido perdonados muchos pecados, porque amó mucho” (Lc 7,47).  Si,

pues, la penitencia es necesaria a todos los cristianos, ¿cómo será posible negar la necesidad de la

morti cación? Eso equivaldría a desconocer en absoluto la gravedad del pecado y sus

consecuencias. Los que hablan contra la morti cación llegan poco a poco a beber la iniquidad como

se bebe un vaso de agua; luego llaman imperfección a lo que con frecuencia es un verdadero

pecado venial, y humana debilidad al pecado mortal.


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Tampoco hemos de pasar por alto que tenemos que luchar contra el espíritu del mundo y contra

el demonio, según las palabras de San Pablo (cf. Ef 6,10-20). Para resistir a las tentaciones del

enemigo, que primero nos inclina a faltas ligeras para llevarnos después a otras más graves,

Nuestro Señor mismo nos ha exhortado a recurrir a la oración, al ayuno y a la limosna. Así la

tentación se convertirá en ocasión de actos meritorios de fe, esperanza y amor de Dios.

Porque nos asemeja a Cristo cruci cado[3]

Otro de los motivos por el cual nos es necesaria la morti cación, es la necesidad de imitar a Jesús

cruci cado. La santi cación consiste en un proceso cada vez más intenso de incorporación a

Cristo. Se trata de una verdadera cristi cación, a la que debe llegar todo cristiano bajo pena de no

alcanzar la santidad. El santo es, en n de cuentas, una reproducción de Cristo, otro Cristo, con

todas sus consecuencias. Ahora bien; el camino para unirnos y transformarnos en Él nos lo dejó

trazado el mismo Cristo con caracteres inequívocos: “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí

mismo y tome su cruz y sígame” (Mt 16,24). No hay otro camino posible: es preciso abrazarse del

dolor, cargar la propia cruz y seguir a Cristo hasta la cumbre del Calvario; no para contemplar cómo

le cruci can a Él, sino para dejarse cruci car al lado suyo. Un santo muy ingenioso pudo establecer

la siguiente ecuación, que juzgamos exactísima: santi car, igual a cristi car; cristi car, igual a

sacri car. La comodidad moderna y el amor propio humillado ante la propia cobardía podrán lanzar

nuevas fórmulas e inventar sistemas de santi cación cómodos fáciles, pero todos ellos están

inexorablemente condenados al fracaso. No hay más santi cación posible que la cruci xión con

Cristo. De hecho, todos los santos están ensangrentados. Y San Juan de la Cruz estaba tan

convencido de ello, que llegó a escribir estas terminantes palabras: “si en algún tiempo, hermano

mío, le persuadiere alguno, sea o no prelado, doctrina de anchura y más alivio, no le crea ni abrace

aunque se la con rme con milagros, sino penitencia y más penitencia y desasimiento de todas las

cosas. Y jamás, si quiere llegar a poseer a Cristo, le busque sin la cruz.”

           

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San Pablo añade que padecemos con Él para ser glori cados con Él (cf. Rom 8,12-18). En este

sentido la morti cación tiene su raíz profunda en el bautismo en el que somos introducidos en la

muerte de Cristo para resucitar con él (Rom 6,1-14). El Apóstol de los Gentiles vivió profundamente

lo que enseñó, por eso pudo escribir: “Mas este tesoro lo llevamos en vasos de barro, para que se

reconozca que la grandeza del poder (del Evangelio) es de Dios, y no nuestra. Nos vemos acosados

de toda suerte de tribulaciones, pero no por eso perdemos el ánimo; nos hallamos en graves apuros,

mas no desesperamos; somos perseguidos, mas no abandonados (por Dios); abatidos, mas no

enteramente perdidos. Traemos siempre en nuestro cuerpo por todas partes la morti cación de

Jesús, a n de que la vida de Jesús se mani este también en nuestros cuerpos... Así es que la

muerte imprime sus efectos en nosotros, más en vosotros la vida.” (2 Cor 4,7-10) Y narra otra

suerte de luchas en (1 Cor 4,9). Los mismos apóstoles después de ser azotados por amor a Cristo

salieron “muy gozosos, porque habían sido hallados dignos de sufrir aquel ultraje (los azotes) por el

nombre de Jesús.” (Hch 5,41). Los santos verdaderamente llevaron sus cruces y fueron así

formados a imagen de Jesús cruci cado, para continuar la obra de la Redención con los mismos

medios que empleara el Redentor.

«El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual

(cf. 2 Tim 4). El progreso espiritual implica la ascesis y la morti cación que conducen gradualmente

a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas» (Catecismo, 2015).

Práctica de la morti cación[4]

La morti cación debe practicarse con prudencia y discreción. Debe ser proporcionada a las fuerzas

físicas[5] y morales[6] de cada cual, y al cumplimiento de las obligaciones de nuestro propio

estado[7]. Es importante morti car todos los sentidos:

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El tacto, no dándole todos los placeres que pide. Cuidándonos principalmente de los malos deleites.

Pero también se ha de renunciar a los deleites peligrosos, para no exponerse al pecado; y aún

hemos de abstenernos de algunos placeres lícitos para asegurar el imperio de la voluntad sobre los

sentidos.

Los ojos, rechazando de nitivamente el ver cosas deshonestas, evitando ver cosas peligrosas y

ofreciendo alegremente el sacri cio de no ver cosas super ciales.

El oído, dejando la vana curiosidad de querer oírlo todo y huyendo de las conversaciones

deshonestas.

El olfato, soportando pacientemente olores desagradables y no teniendo inclinación desordenada a

perfumes y olores agradables.

El gusto, imponiéndose gustosamente sacri cios respecto a la comida: “si has terminado de comer

y no hiciste ningún pequeño sacri cio… ¡Comiste como un pagano!”. El ayuno, ocupa el lugar

privilegiado en cuanto a la morti cación del gusto.

El ayuno[8]

Llamamos ‘ayuno’ a la privación voluntaria de comida durante algún tiempo por motivo religioso,

como acto de culto ante Dios.

Era el ayuno, en la Antigua Ley, una de las grandes obras expiatorias (cf. Lv 16,29.31). En la Ley

Nueva, el ayuno es una práctica de dolor y de penitencia; por eso los apóstoles no ayunan mientras

el Esposo está con ellos, sino que ayunarán cuando no esté (cf. Mt 9,14-15). Nuestro Señor, para

pagar por nuestros pecados, ayunó cuarenta días y cuarenta noches (cf. Mt 4,1-12), y dijo a sus

Apóstoles que hay algunos demonios que no pueden arrojarse sino con la oración y el ayuno (cf. Mt

17,20). Fiel a esas enseñanzas, ha instituido la Iglesia el ayuno de la Cuaresma, de las vigilias y de

las temporadas para que los eles puedan expiar sus pecados. Muchos de esos proceden directa o

indirectamente de la a ción a los placeres sensibles, de exceso en el comer o en el beber, y no hay

mejor manera de repáralos que privarse del alimento, lo cual ataca la raíz del mal, porque morti ca
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el amor a los placeres de la carne. Esta es la razón de que los santos hayan practicado tan

frecuentes ayunos, aún fuera de los tiempos señalados por la Iglesia; los cristianos fervorosos los

imitan, o, por lo menos, procuran guardar en parte el ayuno propiamente dicho privándose de algún

alimento en cada una de las comidas para ir matando así la sensualidad.

Pero no sólo nuestro Señor Jesucristo y la Iglesia recomiendan vivamente el ayuno; también nuestra

Señora, en sus apariciones ha pedido insistentemente el ayuno.

El ayuno es importante porque nos ayuda:

A vencer las tentaciones de lujuria, pues los placeres de la mesa preparan los de la carne; la gula

es la antesala de la lujuria. Por esta razón hay que morti car el sentido del gusto.

A solidarizarnos con el que sufre el hambre por la injusticia social; por esta razón el ayuno debe

movernos a ejercer la caridad con el pobre.

A tener hambre de Cristo, recordando que “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que

sale de la boca de Dios” (Mt 4,4).

A entender la fragilidad humana, dándonos cuenta de la absoluta dependencia que tenemos del

alimento. Esto nos muestra lo limitados que somos y da una bofetada a nuestra orgullosa locura

que cree no necesitar de nada.

¿Cómo se hace el ayuno?[9]

El ayuno, que ha de guardarse el miércoles de ceniza y el Viernes Santo. Consiste en no comer sino

una sola comida al día; pero no se prohíbe tomar algo de alimento en la mañana y en la noche,

guardando las legítimas costumbres respecto a la cantidad y calidad de los alimentos. Se

recomienda  pan y agua. Deben ayunar los católicos entre los 18 y 59 años.

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La abstinencia consiste en no comer carne. Son días de abstinencia y ayuno: miércoles de Ceniza y

Viernes Santo. La abstinencia obliga a partir de los 14 años.

PRÁCTICA

Hacer ayuno el viernes próximo, de la siguiente manera: medio desayuno, almuerzo completo y

media cena. Entre comidas sólo agua. Ofrecerlo en reparación por los propios pecados.

[1] Disponible en internet el 3 de julio de 2013:

«http://www.ewtn.com/spanish/saints/santos/francisco_as%C3%ADs.htm»

[2] Explicación basada en LAGRANGE, Garrigou. Las Tres edades de la vida interior I. 9na. ed.

Madrid: Palabra, 1999. Pp. 332-336.

[3] ROYO, Antonio. Teología de la Perfección Cristiana. 9na Ed. Madrid: Editorial Católica (BAC),

2001. P. 332.

[4] TANQUEREY, Adolphe. Compendio de Teología Ascética y Mística II. 1ra Ed. Quito: Jesús de la

Misericordia. Pp. 506-513.

 
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[5] Por ejemplo, no excediéndose en el ayuno si se es de constitución débil.

[6] Por ejemplo, no poniéndose al principio privaciones excesivas que no se puedan cumplir por

mucho tiempo.

[7] No estaría bien, por ejemplo, que una persona sacri cara su sueño si esto le afecta gravemente

en su trabajo.

[8] TANQUEREY, Adolphe. Op. Cit. Pp. 492-493.

[9] Código de Derecho Canónico cc.1249-1253.

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