SEMINARIO MAYOR LOS SAGRADOS CORAZONES
Freddy Olbein Paz Síntesis Dogma
IV Configurativa Juan Sebastián Rivera Pbro.
TESIS NO. 6
LA PASCUA DE JESUCRISTO, MISTERIO DE SALVACIÓN
INTRODUCCIÓN
El misterio pascual es uno de los ejes fundamentales de la fe en Cristo, es el núcleo del
Nuevo Testamento y de la liturgia de la Iglesia; el centro de la confesión de fe en Jesús. El
misterio pascual es la clave fundamental para entender a Jesús de Nazareth en toda su
densidad, es con lo acontecido en la pascua donde podemos captar tanto la historia como
la identidad de su persona.
Desde la cristología se debe abordar este misterio pascual (pasión, muerte y resurrección)
como una unidad y no como tres acontecimientos aislados, dado que Cristo no fracasó en
la cruz, sino que llevó hasta el final su misión, cumpliendo así todo lo que el Padre le
había encomendado. De tal modo que no seguimos a un fracasado, sino a un Resucitado
que está sentado a la derecha del Padre y participa de su misma gloria. Gloria, que un día
alcanzaremos también nosotros porque su sacrificio en la cruz más que un acto de amor
es también un acto de salvación para la humanidad.
Ahora bien, ese acto de amor, también se ve traducido en Resurrección, la cual, ocupa el
centro de la fe de todo cristiano. De hecho, somos cristianos y nos reunimos en la
asamblea litúrgica para celebrar nuestra fe, el Misterio Pascual, precisamente porque
Cristo resucitó. No puede caber duda alguna que Cristo ha resucitado. Los primeros
cristianos tenían una convicción profunda de que “Dios ha resucitado a Jesús de entre los
muertos”, nosotros, cristianos del siglo XXI también debemos saber que la resurrección
del Señor es una certeza. Mirando la resurrección de Cristo como la médula, la esencia, el
centro, lo más importante y determinante de la fe cristiana. No puede alguien decirse
cristiano y no creer en la resurrección de Cristo. Sencillamente no hay fe cristiana sin
resurrección, por ello, hay que mirar la realidad de hoy, en los fieles que asisten a
nuestras parroquias, y preguntarse: ¿Ellos tienen la certeza de la resurrección de Cristo?,
¿por eso van al templo, porque se sienten invitados por el resucitado o simplemente es
costumbre?; Ahora bien, una vez hemos dejado en claro la centralidad de la resurrección
en la fe de los cristianos, conviene preguntarnos: ¿Qué debe significar la resurrección de
Cristo para mí? ¿Cómo vivo la resurrección de Cristo en la cotidianidad?, estas preguntas
tienen sentido, hacerse, porque no basta con decir “creo en la resurrección”, pero mis
comportamientos y sentimientos no lo reflejan.
EL MENSAJE Y LAS ACCIONES DE JESÚS.
El mensaje central de Jesús es la predicación del Reino de Dios y su implantación en el
mundo con hechos y palabras (praxis soteriológica), un reino (basileia) ya cercano, de su
Padre y abierto al futuro: “Se ha cumplido el tiempo (kairos). El reino de Dios está cerca.
Convertíos y creed en el evangelio” (Mc 1,15; Mt 4,17; Lc 4,14s).
Este reino de Dios establecido por las acciones de Jesús abarca algunos aspectos
importantes: nueva alianza, reconciliación, justificación del pecador, liberación y libertad,
salvación, santificación, redención, perdón de los pecados, koinonia con el Padre y el Hijo
en el amor del Espíritu, vida eterna, paz (Shalom), renacimiento para una vida nueva,
nueva creatura en el Cristo y por el Espíritu, banquete nupcial del cordero, creación del
cielo nuevo y la nueva tierra, un nuevo paraíso. [CITATION Mül09 \l 3082 ]
El reino de Dios no es más que la consumación de la historia de la alianza de Israel que
acontece en el aquí y el ahora mediante la predicación de Jesús y su actividad salvífica
mesiánica por medio de las cuales se establece el prometido reino de Dios en medio del
pueblo elegido de la alianza. De este modo Jesús como proclamador y mediador del reino
de Dios, lleva a cabo, al mismo tiempo, en representación del pueblo la aceptación
humana de la alianza con actitud obediente al Padre y con fidelidad a su misión.
1. LA CENA PASCUAL.
En la Cena Pascual encontramos la más expresiva de las comidas sagradas, celebrada
como memorial del éxodo liberador, participando del cordero sacrificado en el templo, en
un clima de bendición a Dios (Ex 12,15-20). Se trata de una fiesta que tiene sus raíces
más profundas, antiguas y complejas ya desde los tiempos de Canaán y los patriarcas; su
origen parece remontarnos a dos fiestas relacionadas con la vida del campo: la de la
inmolación de los corderos en primavera, rito propio de los pastores nómadas que
ofrecían a Dios la primicia de sus rebaños, y la fiesta de los panes ácimos, rito más propio
de los pueblos agrícolas, sedentarios, que también ofrecen a Dios los primeros frutos de
la cosecha (Gn 4,2-6).
El pueblo de Israel, por su parte, conservando las características propias de estos dos
ritos, les añadió, en el mismo marco de la primavera, el sentido de la liberación y salida de
Egipto, o sea el éxodo y la alianza con el Señor en el Sinaí, de este modo lo que era una
fiesta natural, se convirtió en memorial de la salvación obrada por Dios en favor de su
pueblo.
La última cena se inserta en este contexto, pero con una novedad de fondo, Jesús mira su
pasión, muerte y resurrección, siendo plenamente consciente de ello pues quiere vivir
esta cena con sus discípulos con un carácter totalmente especial y distinto. El
ofrecimiento de la cena que celebró Jesús con sus discípulos es algo totalmente nuevo,
ya que no se ofrece el cordero (Ex 12, 3) sino que ahora se dona a Sí mismo (Lc 27, 7ss;
Mt 26, 2. 2; 1Cor 5, 7). De este modo, Jesús al celebrar la Pascua se anticipa a la muerte
en la cruz como verdadera victima Pascual, (cf. Jn 19, 36).
Los dos gestos judíos de Jesús en la última Cena manifiestan el relieve eucarístico de la
Pascua cristiana. Hay una bendición sobre el pan y la copa; se ofrece el pan partido y la
copa de vino, y se acompaña esta entrega con palabras significativas y eficaces. Uno de
estos gestos, el de la “fracción del pan”, dará nombre a la Eucaristía, denominada por
Pablo “Cena del Señor”. (1Cor 11).
Es así como se comprende que la última Cena fue pues la anticipación sacramental de lo
que aconteció en el calvario. Al darles el pan y el vino, Jesús se entrega a sí mismo como
víctima por los pecados de la humanidad. Así, en esa Cena, Cristo instituyó el sacrificio y
el banquete pascual. Y por estos misterios el sacrificio de la cruz se hace continuamente
presente en la Iglesia, cuando el sacerdote representando a Cristo, realiza lo mismo que
él hizo, prolongando a lo largo de la historia el Memorial de su Pasión.
2. LA PASIÓN Y LA MUERTE.
A. Causas.
Debemos partir de una realidad, y es que todos los testimonios neo-testamentarios
concuerdan en que la muerte de Jesús en la cruz fue un hecho histórico. Jesús fue
injustamente condenado y sufrió la afrentosa muerte en cruz. Los Evangelios, por
ejemplo, ofrecen una narración muy detallada de la Pasión de Jesús, y es que luego de
instituir la Eucaristía, comienza el camino del Misterio Pascual de Cristo, donde se
presenta el cumplimiento de las profecías sobre el Mesías en el cruento hecho de la
Pasión: sus amigos se quedan lejos (Sal 38, 11); fue traicionado por un amigo (Sal 41, 9);
acusado por testigos falsos, (Sal 27, 12); fue burlado e insultado (Sal 22, 7-8); los
soldados tiraron a suerte su manto ( Sal 22, 18); le dieron hiel y vinagre, (Sal 69, 21);
antes de morir encomienda su Espíritu (Sal 31, 6).
En la muerte de Jesús, existieron unas causas remotas y unas causas próximas. Sin
aquéllas no se hubiera llegado a una situación final que llevó a las autoridades religiosas y
civiles a deshacerse de Jesús.
Causas Remotas: Las autoridades religiosas de Jerusalén no fueron unánimes en la
conducta a seguir respecto de Jesús (Jn 9, 16; 10, 19). Los fariseos amenazaron de
excomunión a los que le siguieran (Jn 9, 22). A los que temían que "todos creerían en Él;
y vendrían los romanos y destruirían el lugar Santo y nuestra nación" (Jn 11, 48), el sumo
sacerdote Caifás les propuso profetizando: "Es mejor que muera uno solo por el pueblo y
no que perezca toda la nación" (Jn 11, 49-50). (CEC 596)
Causas Próximas: El Sanedrín declaró a Jesús "reo de muerte" (Mt 26, 66) como
blasfemo, pero, habiendo perdido el derecho a condenar a muerte a nadie (Jn 18, 31),
entregó a Jesús a los romanos acusándole de revuelta política (Lc 23, 2) lo que le pondrá
en paralelo con Barrabás acusado de "sedición" (Lc 23, 19). Son también las amenazas
políticas las que los sumos sacerdotes ejercen sobre Pilato para que éste condene a
muerte a Jesús (Jn 19, 12. 15. 21). (CEC 596)
Por su parte, en los evangelios encontramos otras causas de condenación de Jesús, así
en los sinópticos enumeraron como causas en el proceso judío la provocación en el
Templo y la pretensión de ser Mesías-Hijo de Dios bendito-Hijo del Hombre (Mc 14,58-
64), por su parte el evangelista Juan pone sólo una como decisiva: siendo hombre se ha
equiparado en autoridad con Dios (Jn 5,18; 10,33; 19,7). Pero hay otras circunstancias
que hacen ver a Jesús como una verdadera amenaza para los dirigentes de Israel,
circunstancias que encierran en sí cada ámbito de la vida.
Desafío moral: al reconducir la ley a sus intenciones más profundas en la línea de un
profetismo y monoteísmo éticos, donde la pureza del corazón y no la de las manos, la
justicia real y no el cumplimiento formal, eran lo decisivo, siendo restaurada la intención
originaria de la ley frente a acomodaciones posteriores. (Lc 11, 38).
Desafío social: al acercarse a grupos humanos e individuos rechazados por su
incumplimiento de la ley, sus ocupaciones y procedencias, yendo más allá de lo que una
legislación de pureza ritual permitía, ocupándose de las masas que estaban como ovejas
sin pastor, otorgándoles dignidad personal ante Dios y ante los poderosos. (Mt 9, 36).
Desafío salvífico: al actualizar mediante sus acciones el amor y el perdón de Dios; al
realizar milagros curando en sábado, mostrando la superioridad del hombre sobre la ley y
el amor del Padre para con sus hijos necesitados frente a los preceptos humanos; al
declarar llegado el reino de Dios y mostrar su victoria sobre los demonios, curando
enfermos, devolviendo la vista a los ciegos y evangelizando a los pobres. (Mc 3, 2; Lc 13,
10-17).
Desafío teológico: porque arrancaba a Dios del lugar, función, poderes y categorías
donde el judaísmo vigente lo ponía; reveló su majestad como cercanía, su justicia como
misericordia (Lc 15), su poder como compasión, su amor como perdón (Mt 6, 14) y la
elección de Israel no como privilegio de un pueblo particular sino como servicio para todos
los que vendrán de lejos a sentarse en el reino con Abrahán. Con todo esto Jesús estaba
asumiendo para sí mismo una autoridad que sólo correspondía a Dios, pues el Mesías
pretende clarificarnos la concepción de Dios.
b. Sentido de la Pasión y Muerte de Cristo.
Cabe preguntarnos, ¿Cuál es el sentido de la muerte de Cristo?, ¿No es Él el dueño de la
vida?, son muchas las preguntas que giran en torno a la ejecución de Jesús en la cruz, en
sus seguidores, ¿por qué ha abandonado Dios a aquel hombre ejecutado injustamente
por defender su causa? Ellos lo han visto ir a la muerte en actitud de obediencia y
fidelidad total. ¿Cómo puede Dios desentenderse de Él? Todavía tienen gravado en su
corazón el recuerdo de la ultima cena. Han podido intuir en sus palabras y sus gestos de
despedida lo inmenso de su amor y su bondad. ¿Cómo puede un hombre así terminar en
el Sheol? [ CITATION Jos14 \l 3082 ]
Y ante lo difícil de poder responder a tan grandes cuestiones sobre la crueldad del
sacrificio del Hijo de Dios, encontramos algunos aspectos positivos de su amorosa
entrega en la cruz:
La muerte redentora de Jesús es satisfacción por el pecado: “la muerte de Cristo es
el rescate que Él pagó amorosamente con su sangre. Con otras palabras, Jesús es el
Salvador, dado que, por amor, nos rescata del poder del pecado, siendo mediador como
sacerdote y a la vez víctima y altar (Fernández, 2012).
Además de la remisión de los pecados, la acción redentora de Cristo tiene otros muchos
efectos positivos los cuales definen y ensalzan la nueva condición del redimido, tales
como la “filiación divina” que se le otorga (Rm 8, 14-17; Gál 4, 6-7); la inhabitación del
Espíritu Santo en el hombre salvado (Rm 5,5; 8, 23; 2Cor 1, 22; 5,5; Jn 14, 23); la futura
resurrección (1Cor 15, 35-57); la herencia de la vida eterna (Rm 6, 22; Gál 6, 8), etc. En
resumen, como enseña san Pablo en la carta a Timoteo, Dios es único y único también es
Cristo como mediador, dado que “el hombre Cristo Jesús se entregó a sí mismo como
rescate por todos” (Tim 2, 5). En palabras de san Juan, Cristo murió” no sólo por nuestros
pecados, sino también por los de todo el mundo” (1Jn 2, 2). Y san Pedro constata la
finalidad última de la muerte del Hombre-Dios: “Cristo murió una vez por los pecados, el
Justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1Pe 3, 18) (Fernández, 2012).
La muerte de Cristo, señal del gran amor de Dios al hombre: Al entregar a su Hijo por
nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor
benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: "En esto consiste el amor: no
en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo
como propiciación por nuestros pecados" (1Jn 4, 10; 4, 19). "La prueba de que Dios nos
ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros" (Rm 5, 8).
(CEC 604).
Jesús afirma "dar su vida en rescate por muchos" (Mt 20, 28); este último término no es
restrictivo: opone el conjunto de la humanidad a la única persona del Redentor que se
entrega para salvarla (Rm 5, 18-19). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (2 Co 5, 15; 1Jn
2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: "no hay, ni hubo,
ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo" (CEC 605)
C. LA RESURRECCIÓN.
El origen de la fe pascual debe situarse en un suceso fuera del alcance de las
posibilidades humanas, a través del cual da Dios a conocer su unidad con Jesús y le
conoce como a su Hijo y heraldo escatológico de la basileia. En la resurrección revela
Dios su nombre, a saber: “El que ha resucitado a Jesús de entre los muertos” (Gál 1,1;
Rm 4,24; 2Cor 4,14; Ef 1,20; Col 2,12). El Dios de la creación y de la alianza, “que da vida
a los muertos y, a la misma nada llama a la existencia” (Rm 4,17), se revela en la
resurrección del Hijo como “Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo” (2Cor 1,3; 11,31;
Ef 1,3; Col 1,3; 1Pe 1,3).
En los inicios de la tradición pascual figuran fórmulas de confesión de un solo miembro:
“Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos” (1Tes 1,10; Gál 1,1; 1Cor 15,15, Rm
4,25; Hch 2,32); “ha resucitado” (1Tes 4,14); “retorno a la vida” (Rm 14,9; 1Pe 3,18); ha
sido exaltado a la derecha del Padre” (Flp 2,9; Hch 2,33; 5,31); ha sido “glorificado” (Jn
7,39; 12,16; 17,1); “ha pasado al Padre” (Jn 13,1.3). al testimonio del hecho de su
resurrección se le añade a veces la esperanza de su nueva venida (1Tes 1,9s).
La resurrección de Jesús señala el punto de partida de la fe cristiana y constituye su
centro. Este acontecimiento antes de transformar a los discípulos, tuvo su efecto en
Jesús: éste vive, pero no con la vida que tuvo antes. En primer lugar, está realmente
transformado, pues la resurrección no es sólo la “reanimación” o la “revivificación” del
cuerpo que yacía en la tumba, como en el caso de Lázaro, que fue resucitado para morir
después de nuevo, sino que, por el contrario, Jesús vive una nueva vida y ha entrado en
una nueva condición, totalmente distinta, originada por Dios. De esta condición humana
nadie había tenido anteriormente experiencia semejante, aunque los discípulos pudieran
haberla entendido solamente como la realización anticipada en Jesús de la Resurrección
del Último Día, en que la fe judaica creyó siempre no sin vacilación. En suma, por lo que
respecta a Jesús, la resurrección consiste en alcanzar la condición escatológica; en lo que
a nosotros afecta, la resurrección representa la irrupción de la escatología en nuestra
historia.
El kerygma pascual está testificado en el Nuevo Testamento en dos contextos de
transmisión.
Los relatos de las apariciones pascuales de Jesús a los discípulos. Esta
tradición está centrada en Galilea, a donde habían huido los seguidores de Jesús
tras la prisión y muerte del Maestro. Aquí es Jesús mismo el que se da a conocer a
los discípulos y lo hace, no de una manera que estos no alcancen a comprender la
nueva modalidad existencial del Señor resucitado, sino que iluminado por la
presencia del Espíritu Santo se sitúa en el horizonte de la comprensión de sus
seguidores. Junto a estos relatos encontramos otros que ocurren seguido el
acontecimiento de la cruz. María Magdalena y las santas mujeres, que iban a
embalsamar el cuerpo de Jesús (Mc 16,1; Lc 24, 1); enterrado a prisa en la tarde
del viernes santo por la llegada del sábado (Jn 19, 31. 42) fueron las primeras en
encontrar al Resucitado (Mt 28, 9-10; Jn 20, 11-18). Así las mujeres fueron las
primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios Apóstoles (Lc
24, 9-10). Jesús se apareció en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los
Doce (1 Co 15, 5). Pedro, llamado a confirmar en la fe a sus hermanos (Lc 22, 31-
32), ve por tanto al Resucitado antes que los demás y es sobre su testimonio que
la comunidad exclama: "¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a
Simón!" (Lc 24, 34) (CEC 641).
Los relatos sobre el sepulcro vacío, que apuntan a Jerusalén como su lugar de
origen. Las fórmulas de confesión pre-paulinas (1Cor 15,3-5) se habla del sujeto
Cristo, que murió, fue sepultado y al tercer día fue resucitado. El terminó metafórico
“resurrección” alude inequívocamente al acto de ponerse de pie, de levantarse el
cuerpo muerto y salir del sepulcro. El sepulcro es, en efecto, el sello de la muerte
de Jesús y el cadáver la prueba de que realmente había muerto. Así, pues, la
resurrección no acontece más allá del mundo, sino que está referida a la historia y
el ser de Jesús.
Ante este acontecimiento, podría surgir la pregunta, puede ser posible una resurrección
corporal, Pablo en su carta a los corintios respondía que muere un cuerpo corruptible y es
resucitado en la incorruptibilidad. El principio vital natural donado por Dios en el acto
creador es abarcado por el Pneuma santo de Dios, es decir, por la vida divina que se
auto-comunica. “Se siembra un cuerpo mortal (animal), se resucita en un cuerpo
espiritual” (1Cor 15,44). A diferencia del primer hombre, Adán, Jesucristo existe como el
hombre del eskhaton en virtud del Pneuma divino de Dios (1Cor 15,45).
D. SIGNIFICADO ESCATOLÓGICO Y SALVÍFICO DEL MISTERIO PASCUAL DE CRISTO.
Significado escatológico: Hablar de comprensión escatológica significa afirmar que la
resurrección es un acontecimiento que tiene que ver con el fin de los tiempos. La
resurrección identifica a Jesús como el Juez escatológico. De ahí se desprende su
condición de Señor, que ejerce su soberanía salvífica en la Iglesia, y consecuentemente
también ante Él se decide el destino de los hombres. La resurrección constituye a Jesús
en Testigo escatológico de Dios y Juez de su Reino. Situada sobre este fondo, la
resurrección aparece como la forma anticipada de la existencia nueva, que Dios otorgará
a toda la creación cuando llegue la consumación. Por ello nada tiene que ver con un mero
retorno a la anterior vida biológica, la resurrección de Lázaro es de este orden: recuperó
su vida anterior para volver a morir. Jesús en cambio entró en la vida nueva, la que es
indeficiente, por ser eterna, la propia de Dios. “Cristo resucitado de entre los muertos ya
no muere, la muerte no tiene ya dominio sobre Él”. (Rm 6,9).
La resurrección es la consumación de la historia y la anticipación de su final; consumación
no destructora sino reconciliadora del mundo por Dios, y desde ahí, descubrimiento del
sentido de la creación, que es así vista como un proceso orientado por Dios desde el
principio hacia un final en el que Él se da de manera absoluta e irreversible a su creatura,
que tiene lugar para todos en la resurrección final, de la cual, Jesús es signo, causa y
anticipo. La resurrección es la prolepsis del fin y con ello la clave de intelección de la
historia universal. [ CITATION Ole01 \l 3082 ]
Sentido soteriológico: La resurrección es percibida y propuesta como inicio de la
resurrección universal, ya que con ella ha comenzado el fin de los tiempos. Jesús es
primicia de los muertos, tras quien resurgirán todos, “pues dado que por un hombre (entró
en el mundo) la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos”
(1Cor 15,20-23; Rm 5,12-18). Cristo es el primogénito de la nueva creación y de la nueva
humanidad (Hch 1,6; Col 1,18; Ap 1,18; Rm 8,29); causa de la salvación de todos los
demás (Hb 5,9); pionero que, adentrado ya en la tierra prometida, arrastrará tras de sí a
toda la caravana humana (Hb 12,2); el segundo hombre que viene del cielo; el último
Adán convertido en espíritu que hace vivir (1Cor 15,44-49). A partir de aquí el destino de
los hombres y el de Cristo son inseparables, hasta el punto de que, si alguien afirma que
los muertos no resucitan, está afirmando automáticamente que Cristo no resucitó (1Cor
15,18).
Sin la resurrección de Cristo y con Él de todos nosotros sería vana nuestra fe; no
habríamos sido justificados, permaneceríamos en nuestros pecados (1Cor 15,14.17-19).
En Cristo resucitado Dios se revela como el Dios de la esperanza, del consuelo y de la
paz; y con ello el Dios de nuestra justificación (Rm 15,5.13.33; 16,20; 2Cor 13,11; Flp 4,7-
9; 1Tes 5,23; 2Tes 3,16). El Resucitado es nuestro defensor en el juicio de Dios sobre el
mundo y su pecado (= ira de Dios [1Tes 1,10]). Él es el amén, el sí incondicional que Dios
da al mundo, y con ello es su salvación (2Cor 1,20; Ap 3,14). Adherirse a Él es entrar en
el ámbito de la justicia, santidad y poder de Dios. Compartir su santidad y filiación es
quedar sustraído al ámbito de los poderes malignos. [ CITATION Ole01 \l 3082 ]
CONCLUSIONES
La resurrección de Jesús es primicia (1Co 15,20) y Jesús es radicalmente
primogénito (Rm 8,29; Col 1,15.18; Ap 1,5). Con la resurrección de Jesús comienza
algo nuevo. Es iniciador y consumador, y nosotros nos incorporamos por el
bautismo (la fe), a este modo de Vida y de relación con Dios, gracias a Él, por Él,
con Él y en Él. Se dirá que participamos de su filiación, de su espíritu, de su vida.
La resurrección supone la legitimación y la confirmación de Jesús y de su
pretensión. Aquel que fue crucificado por las autoridades judías y romanas, ha sido
elevado de entre los muertos por parte de Dios. Por lo tanto, todo lo que había en
la predicación y en la praxis de Jesús, hasta su muerte en la cruz, ha sido
declarado como santo y verdadero de parte de Dios. La autoridad y su legitimidad
quedan más que acreditadas y corroboradas. A partir de ahora Jesús es declarado
como quicio de donde proceden bendiciones de Dios y su salvación.
“Estamos salvados porque este hombre que pertenece a nosotros ha sido salvado
por Dios y con ello Dios ha hecho presente en el mundo su voluntad salvífica; la ha
hecho presente de manera históricamente real e irrevocable” [CITATION Kar \l 3082 ].
Para la Iglesia este tema es de suma importancia, comprenderlo muy bien ya que
cada año celebramos solemnemente el Misterio Pascual de Jesucristo, Pasión,
Muerte y Resurrección, lo que desde muchos años se conoce como la Semana
Santa, la cual nos invita a vivir estos días contemplando la grandeza de amor que
Dios ha tenido para con todos, mediante el recogimiento del misterio pascual y el
concretar propósitos para vivir como verdaderos cristianos, la pasión, muerte y
resurrección adquiriendo un sentido nuevo, profundo y trascendente, que nos
llevará en un futuro a gozar de la presencia de Cristo resucitado por toda la
eternidad.
La Semana Santa es el momento litúrgico más intenso de todo el año. Sin
embargo, para muchos católicos se ha convertido sólo en una ocasión de
descanso y diversión. Se olvidan de lo esencial: esta semana la debemos dedicar a
la oración y la reflexión en los misterios de la Pasión y Muerte de Jesús para
aprovechar todas las gracias que esto nos trae.
Referencias
Catecismo de la Iglesia Católica . (2000). Bogotá: San Pablo .
Fernández, A. (2012). Teologia Dogmatica . Madrid: Biblioteca Autores Cristianos.
Gonzales, O. C. (2001). Cristologia . Madrid : Biblioteca de Autores Cristianos.
Müller, G. L. (2009). Dogmática. Barcelona: Herder.
Pagola, J. A. (2014). Jesús, aproximación histórica. Bogotá: Ediciones PPC SAS.
Rahner, K. (s.f.). Curso fundamental sobre la fe. Herder.
Juan A; Eguren, S.J. (20119. El Misterio Pascual, Centro de la Liturgia, Revista Pontificia Universidad
Javeriana, (Theologica Xaveriana).