Condonautas
Condonautas
Ésta es también una de las satisfacciones extra que en ocasiones me ofrece este trabajo de
Especialista en Contactos, vulgo condonauta. La convivencia y las relaciones sociales
nunca fueron mi fuerte… y en una pequeña fragata de hipertránsito como la Antoni
Gaudí no abundan precisamente las oportunidades para quedarse a solas.
Dócil bajo mis manos, el pequeño vehículo biplaza traza una elegante curva para sobrevolar
el gris y desolado paisaje basáltico del Valle del Hallazgo. Voy perdiendo cota en la
maniobra de acercamiento, de manera suave y constante, hasta detenerme, con milimétrica
precisión, a ras del suelo y a unos prudentes quinientos metros de la nave Ajena… si bien
ya completamente a su sombra.
El flotador-lanzadera antigrav, el más pequeño de los cuatro con que cuenta la nave
catalana, se llama oficialmente, en honor a quienes nos ¿dieron? la antigravedad, Drag de
Algol… si bien yo prefiero llamarlo cariñosamente Dralgoleño. La cómoda y maniobrable
maquinita resulta ideal para toda clase de exploraciones planetarias y hasta para cortos
desplazamientos orbitales. También suelo usarla para Contactar: así la fragata puede
aguardar prudentemente en la órbita. Pese a que su casco aerodinámico de mil doscientos
metros de largo le permitiría descender sin ningún problema, lo mejor es no arriesgar
nuestro único medio de abandonar este planeta perdido.
Bueno, aquí estamos ya otra vez en lo mismo de siempre. Pero cada vez diferente.
Como toda la tripulación, he observado la naveAjena desde todos los ángulos que podían
grabar nuestras holocámaras teledirigidas, durante los tres días de espera inactiva que
aconseja el Protocolo de Primer Contacto… pero tengo que confesar que, aún así, vista tan
de cerca impresiona muchísimo.
Y no porque su silueta sea rara, ni su diseño inusual. Al contrario; resulta muy común en
vehículos interestelares, humanos o no: perfectamente esférica, de superficie mate, y…
Ni las destartaladas naves-mundo de los quígaros son tan enormes, sin contar con que entre
sus muchos perfiles tampoco abunda el esférico. No hay noticia de que ninguna raza de las
que hasta ahora se han topado en sus andanzas por esta Galaxia los exploradores del hábitat
Nu Barsa, (ni, me juego el pellejo, del resto de la humanidad) fabrique vehículos espaciales
tan grandes.
No se puede negar que tuvimos una suerte igual de grande al verla en movimiento. De
haberla detectado inmóvil como ahora, probablemente la habríamos tomado por un
accidente natural del valle.
Grande también es lo que podría suceder en este remoto planeta del radián 1234, cuadrante
31.
Por cierto que resulta curioso cómo los antiguos, que tan penetrantes eran a veces, creían a
pie juntillas que su alambicada cartografía estelar histórica, dividida en constelaciones y
hemisferios y con soles de nombres árabes, se conservaría por los siglos de los siglos… sin
imaginarse siquiera que, dado que la disposición del cielo nocturno que sus astrónomos
conocían sólo tenía sentido vista desde la Tierra, cuando nos integráramos a la Comunidad
Galáctica, que no es para nada antropocéntrica, acabaríamos adoptando un sistema de
referencia cósmica mucho más universal y neutro.
Y además, más simple: tomando como centro el colosal agujero negro en torno al que gira
toda la Vía Láctea, se divide la circunferencia en 3600 radianes en sentido «horizontal» y
antihorario, y en treinta y dos cuadrantes en sentido vertical, y ya nadie se pierde ubicando
una estrella, aunque de paso nombres tan hermosos y cargados de sentido mitológico como
Leo, Hidra, Hornillo Químico, Fénix y Boyero conserven sentido en el siglo XXII tan sólo
para un puñado de tradicionalistas.
Paradójicamente, algunas razas Ajenas, como los algoleños, oriundos del quinto planeta de
la gran estrella Algol de Perseo, han optado por ser conocidos según la denominación
cargada de alegoría que les hemos dado los humanos… quizás también porque su
verdadero nombre resulta impronunciable para cualquier ser que no utilice ultrasonidos en
su habla cotidiana. También los arctianos, naturales del noveno mundo que orbita la
gigantesca Arcturo de la constelación del Boyero, adoptaron encantados una contracción
casi cariñosa del apelativo que les correspondería, según el viejo y poético sistema terrestre
dado que hasta ese momento nunca se les ocurrió que su raza necesitara un nombre para
distinguirse; ¡Ellos habían sido siempre Ellos!
Por ejemplo: este planeta, que incluso nos hemos tomado el trabajo de bautizar oficialmente
como Encuentro Esperanzador, gira en torno a una estrella roja del hemisferio boreal que
por puro paralaje resulta invisible desde la Tierra, al estar cubierta por la brillante y enorme
Vega.
Hasta ayer era, por tanto, apenas uno más entre trillones similares de la Galaxia: por
completo desconocido para los antiguos astrónomos terrestres, pero, según los inquietos
quígaros, los primeros en cartografiar este sector de la Galaxia (y tantos otros) hace siglos,
también absolutamente inapropiado para sostener vida basada en el oxígeno, y en
consecuencia no sólo nunca explorado por naves humanas, sino también sin muchas
posibilidades de serlo en un futuro próximo.
Y podría haber seguido perteneciendo a esa lista por largos milenios, de no mediar la pura
suerte.
A menudo he pensado que disponer de un método simple de viajar más rápido que la luz en
realidad, más que facilitar, obstaculiza la exploración detallada de los trillones de mundos
de la Galaxia. Es como pretender conocer cada recoveco de una zona tan sólo
sobrevolándola en un avión supersónico.
El hipermotor que usamos quígaros, humanos, algoleños, furasgos, arctianos, en fin, la casi
totalidad de las miles de razas que hoy integran la Comunidad Galáctica, es un antiguo
diseño tarplino. Esta mítica especie, cuyo nombre en su propio (y lamentablemente
olvidado) idioma quería decir «Sabios Creadores», desapareció de la Vía Láctea hace tanto
tiempo que ni siquiera sus fieles herederos los quígaros (quiere decir «Indignos
Discípulos», claro) recuerdan qué aspecto tenían.
Tampoco quedó dato cierto sobre cómo o por qué ya no están más los tales tarplinos…
aunque muchos quígaros creen (o fingen creer, con esos pillos nunca se sabe) que con el
transcurso de los milenios sus adorados maestros acumularon tanto poder y sabiduría que
simplemente Trascendieron su mera condición física para convertirse en Dioses.
Pero hayan sido reptiles, mamíferos o insectoides, los tarplinos se ganaron su nombre. Que
se trataba de excelentes ingenieros nadie lo discute: sus motores de hipertránsito, aunque
construidos hace millones de años, no sólo son ligeros y pequeños, sino que sobre todo
funcionan todavía a la perfección.
Por suerte, antes de trascender, extinguirse o desaparecer… y hay tantas teorías al respecto
como exobiólogos: algunos ni creen que hayan existido de veras, y sostienen que fueron
también quígaros con tecnología más desarrollada, de un ciclo cultural anterior… los
tarplinos fueron lo bastante generosos y previsores como para dejar en herencia a sus
protegidos quígaros un stock de algunos cuatrillones de unidades de esos motores, en sus
tres tamaños o clases.
Lo malo es que además eran tremendamente soberbios y unos completos paranoicos: sus
baterías gravíticas resultan simples y comprensibles pero sus hipermotores, en cambio,
aunque jamás se rompan pues pueden resistir incluso explosiones nucleares, son unidades
selladas que, cuando se intenta abrirlas, se consumen en pocos segundos como carcomidas
por un potente ácido.
El caso es que, hasta la fecha, para humillación de millones de sabios humanos y Ajenos,
nadie ha podido averiguar en base a qué principio físico concreto funcionan los antiguos y
eficacísimos artefactos que mantienen en comunicación hiperlumínica la Galaxia.
Lo que obliga a comprar todos y cada uno de esos hipermotores a los astutos herederos de
los tarplinos, los quígaros, únicos que saben cómo activarlos. Verdad que los venden y
ponen en marcha a un precio asombrosamente barato, para lo avariciosos que suelen ser
estos «Indignos Discípulos» en el resto de sus transacciones comerciales.
Pero como venden tantos, no pocas especies acaban arruinadas y debiéndoles hasta la
camisa…
Los hipermotores tarplinos vienen en tres tipos o modelos estándar, según el tamaño de lo
que pueden trasladar y las razas de la Galaxia suelen denominar cada una a su manera. Para
los humanos los hay de corbeta, de fragata y de navío, según sean aptos para ser usados en
naves de cinco mil, veinte mil o cincuenta mil toneladas métricas de desplazamiento. Los
kigros les llaman Menor, Mediano y Mayor. Más simple.
Lo gracioso o paradójico es que las tres clases tienen el mismo precio. Dicen los quígaros
que por motivos religiosos, y no dan más detalles al respecto.
Por maravilloso que sea como sistema de transporte, el hipertránsito también tiene sus
limitaciones. La más engorrosa es que casi nunca se puede saltar directamente a donde uno
quiere. Las rutas en el hiperespacio, por razones que ni siquiera los quígaros, herederos de
los tarplinos, pueden (o quieren) explicar, parecen variar constantemente. A veces, el
mismo trayecto que a la ida llevó tan sólo cinco saltos de cien años-luz cada uno, a la vuelta
exige para recorrerlo invertir seis, siete, ocho o hasta veinte en las peores circunstancias,
cada uno de apenas treinta años-luz y, para más INRI, dando largos y aparentemente
inútiles rodeos, lo que suele consumir de manera desesperante las baterías de gravedad.
Los furasgos, por ejemplo, creen que los «Sabios Creadores» se limitaron a fijar una
cantidad finita de senderos en el hiperespacio, por los que se deslizan las naves, como
trenes por sus rieles. Sólo que esos rieles están en constante movimiento y reorganización.
Ah. Los balenópteros kigros sostienen que, en cada hipertránsito, nave y tripulación se
aniquilan y que lo que regresa a nuestro universo es una copia cuántica. ¿Y? Algunos
físicos algoleños y humanos opinan que las supercuerdas están implicadas en el asunto.
Notable. Los arctianos defienden la idea de que el hipersalto es sólo dejar inmóvil a la nave
mientras el Universo se mueve a su alrededor.
Y por lo tanto, el que el hipertránsito sea más o menos difícil en uno u otro instante,
dependería sólo de que en un sector de la Galaxia hubiera mayor o menor cantidad de
naves-mundo llenas de quígaros, concentrando su poder mental en cada momento dado. Por
lo mismo resulta imposible saltar fuera de la Vía Láctea, donde hasta ahora no ha llegado
ninguna de sus miles de naves-mundo.
Personalmente, la idea me hace cierta gracia. Pero como teoría científica, me temo que
nunca será muy popular: prestarle oídos significaría, para empezar, concederles a esos
quígaros nómadas y pacifistas una inteligencia y un poder mental casi ilimitados, ¡capaces
de teleportar miles de naves cada segundo! Da hasta miedo pensarlo.
Además, una especie tan poderosa ¿para qué necesitaría entonces mantener frente a las
otras miles de razas de la Comunidad Galáctica un engaño-estafa tan complicado como el
de los hipermotores y los inexistentes tarplinos, y por tantos milenios? Dominarían la Vía
Láctea y punto.
En fin, dejando aparte a Jaume y sus colegas, la mayoría de los expertos humanos y Ajenos
considera mucho más probable que la limitación de alcance de los saltos hiperespaciales al
interior de nuestra Galaxia tenga que ver con alguna propiedad limitante del gigantesco
agujero negro que tiene la Vía Láctea por núcleo, y de paso creen, optimistas, que algún día
descubriremos el valioso secreto tecnológico de los tarplinos y podremos construir nuestros
propios hipermotores y no seguir comprándolos a los quígaros.
Entretanto, saber qué rutas hiperespaciales están abiertas y cuáles no en un momento dado
sigue siendo un proceso delicado y complejo, que requiere largas comprobaciones y
pacientes tanteos antes de cada salto. Al punto de que, más que una ciencia, y aunque se
enseñe en las Academias Espaciales, la hipernavegación viene a ser un don intuitivo que
algunos poseen y otros no pueden aprender por más que se empeñen, como la habilidad
para el Contacto de nosotros los condonautas, por ejemplo.
Quizás es por eso que me atrae Gisela, que ocupa dicha plaza en la Antoni Gaudí: simple
afinidad entre almas dotadas de talentos valiosos y poco frecuentes.
Es una atracción platónica, claro está. Por mi viejo trauma, ella y yo nunca podríamos…
Pero no hay mal que por bien no venga, ¿no? Qué más da entonces que sea una flaca
pecosa sin más atractivos que esa exuberante y desgreñada cabellera rojiza que le cae casi
hasta la cintura. O que haya elegido como compañero sentimental estable justo a ese cachas
insoportable de Jordi Barceló, segundo oficial de la nave.
Aunque también le da cierto morboso atractivo extra a mis suspiros de amante platónico
rechazado, eso de imaginármela retozando precisamente con él.
Ah, Jordi… más rencoroso, ni su propio gato Antares, pero, con esos musculotes tan…
El caso es que, ya fuera por el talento de Gisela, ya fuera por los azares de las rutas
galácticas, hace tres días que vinimos a dar a este sistema no cartografiado en el radián
1234, cuadrante 31, casi justo encima del plano de la eclíptica galáctica, y lo habríamos
abandonado casi de inmediato, sólo que a Amaya, nuestra metódica técnica en sensores, se
le ocurrió echarle una mirada al hipertrángrafo y descubrió una entrada reciente, y ninguna
salida.
Montaña en movimiento, gigantesco, colosal, la verdad es que todas las metáforas y hasta
la mayoría de los superlativos le quedan pequeños a esta… COSA; ahora que la tengo
enfrente, alzándose entre el rojizo sol del sistema y yo, su sombra mate cubre todo lo que
abarca mi vista.
Ni siquiera el célebre Olimpus Mons de Marte pasa de los veintitantos kilómetros de alto.
Claro que los humanos ya tenemos hábitats mucho mayores, ¡de setecientos cincuenta
kilómetros de diámetro!, como Commonwealth; y algunas naves-mundo quígaras llegan a
medir ochenta de largo, y además son casi por completo metálicas.
Pero ¿una nave de cien kilómetros? ¡Huy! Los dos ceros APLASTAN.
Esto era mucho más importante. Quizás, inclusive, el acontecimiento más importante en los
últimos cincuenta años de historia de la Humanidad, desde que gracias a la sagacidad y la
falta de escrúpulos de Quim Molá obtuvimos aquellos primeros veinticinco hipermotores
de los quígaros y llegamos a las estrellas.
Tan importante que, si existiese ese maravilloso y por desgracia mítico aparatito que
nuestros fantasiosos autores de ciencia ficción del siglo XX llamaban ansible, esa especie
de comunicador hiperlumínico capaz de enlazar en tiempo real dos puntos de la Galaxia sin
importar cuán distantes se encontraran, u otra forma cualquiera de informar sobre el
hallazgo a Miquel Llul y el resto de las cabezas pensantes de Nu Barsa sin volver al
enclave, habríamos enviado un mensaje urgente en ese mismo momento.
Pero por desgracia (o por suerte), los ansibles no existen, y dejando aparte la singular
telepatía colonial y sin límite de distancia de los quígaros, que los malditos trotaestrellas se
niegan tercamente a poner al servicio de ninguna otra raza, nada es más rápido en la
Galaxia que una hipernave de salto.
Según la costumbre entre los humanos, cada capitán tiene plena capacidad de decisión en
casos de Primer Contacto con una especie Ajena no registrada. No obstante, Ramón
Berenguer, nuestro jefe a bordo de la fragata de hipertránsitoAntoni Gaudí, a diferencia de
lo que habría hecho su homólogo feudal y tal vez hasta muy lejano antecesor, el célebre
conde de Barcelona, tuvo la gentileza de consultar a su tripulación qué pensaban que debía
hacerse en este caso.
Y fue en pleno consenso que decidimos plegar prudentemente las delicadas antenas (según
el radar, sin cinturón de asteroides ni cometas, la ruta hacia el interior del sistema estaba
limpia pero hasta un micrometeorito excepcional puede afectar notablemente la delicada
sintonía del motor de salto tarplino impactando sus emisores de hipercampo) para acudir a
investigar a todo empuje de los motores inerciales interplanetarios qué infiernos era el
enorme objeto que se movía sobre el cuarto planeta.
No era la versión aumentada y local del titánico Monte Olimpo marciano. No hay montañas
esféricas de un centenar de kilómetros de diámetro, ni capaces de flotar a dos metros sobre
el terreno.
Luego, claro, la ambición y la expectación nos borraron el miedo: dado que nadie había
oído nunca hablar de una estructura esférica tan enorme, tal vez se tratara hasta del Premio
Gordo; lo que toda forma viviente conocida de la Vía Láctea con inteligencia (que es una
manera elegante de decir con ambiciones comerciales) Ajena o humana, está deseando
contactar hace siglos: una especie extragaláctica. De la Nebulosa de Andrómeda, de la de la
Cabeza del Caballo o de alguna de las dos Nubes de Magallanes, por lo menos.
Las posibilidades mercantiles para la primera raza, de las decenas de miles que ya hoy
integran la Comunidad Galáctica, que Contacte a seres de más allá de la Vía Láctea y, de
paso, consiga arrancarles o comprarles el secreto de un motor de hipertránsito capaz de
superar el hasta hoy insalvable abismo entre Galaxias, ¡y tal vez incluso de un ansible
funcional!, que nos permitan competir en igualdad de condiciones con los quígaros, o
incluso superarlos, serían prácticamente ilimitadas…
Sobre todo para nosotros los humanos; como llegamos al cosmos tan tarde que casi todos
los planetas de la Vía Láctea más o menos aptos para ser colonizados por razas respiradoras
de oxígeno estaban ya ocupados, un motor así nos daría acceso a prácticamente todo el
universo y entonces, ya no uno, sino decenas de mundos aptos para convertirse en Nueva
Catalunya aparecerían de seguro.
Además de que otras razas tendrían que pagarnos, ¡y no poco, que no somos tan ingenuos
como los quígaros!, por usar ese nuevo hipermotor, de manera similar a como se les paga
hoy a los «Indignos Discípulos» por usar el ingenio tarplino del que tienen inexpugnable
monopolio.
Es en nombre de tal esperanza que toda nave que zarpa de un enclave humano trata de
llevar a bordo a un Especialista en Contactos como yo, o varios, si el armador puede
permitirse sus sueldos.
Además, claro, con el objetivo de que si, como ocurre a menudo, en sus viajes Contactan
con una especie Ajena nueva, aunque sea de nuestra misma Galaxia, puedan hacerse
patentes las buenas intenciones humanas, y así la relación que surja sea de pacífico
entendimiento y de comercio de mercancías y tecnologías, lo más beneficiosa posible, no
de hostil incomprensión y guerra, siempre perjudicial.
Nunca antes me había enfrentado a un posible Primer Contacto con Ajenos extragalácticos.
Vaya chance, vaya responsabilidad: puedo lo mismo cubrirme de gloria que de mierda.
Podría muy bien ser la enésima falsa alarma, pero también no serlo…
Por un largo instante me regodeo imaginándome que estos Ajenos vengan de veras de fuera
de la Vía Láctea. Que gracias a mi habilidad «cohabitacional» las negociaciones con ellos
son un éxito rotundo y Nu Barsa consigue en exclusiva el primer motor de hipertránsito de
alcance intergaláctico (y de paso no tarplino) de la Esfera Humana y de toda la Comunidad
Galáctica, logrando vencer así de una vez y por todas el obstáculo del espacio intergaláctico
que hasta la fecha nos ha impedido extendernos más allá de nuestra propia espiral de
estrellas.
¿Qué dirían entonces los otros del gremio? Todos esos altaneros del Departamento de
Contactos que de manera tan poco disimulada me desprecian por no ser catalán, por mis
orígenes «plebeyos».
Por ejemplo, ese altanero y envidioso naciborg de Helmut Schmodt… con sólo saber que
fui yo, el inmigrante, el «plebeyo» condonauta tercermundista de primera generación o
«natural», un contratado y no de plantilla, quien tuvo la suerte de Contactar con los
primeros Ajenos extragalácticos, a ese nazi de alta tecnología de seguro se le fundirían
todos sus nanocomponentes de puro despecho.
En cambio, aunque el gordo Joan daría toda su grasa subcutánea por estar aquí, bien sé que
estará encantado de que justo a mí, su socio cubano, me haya tocado la lotería.
Es un buen amigo, el mejor que tengo, quizás porque ya está a punto de retirarse del oficio
y no me ve como una amenaza. Ojalá todos los catalanes fueran como él.
La buena de Nerys, por su parte, también se sentirá orgullosa hasta el último radio de sus
aletas de que haya sido precisamente su «novio» de primera generación y sin modificar
quien diese ese paso, tan pequeño para él, pero tan grande para la humanidad. Y quizás de
paso al fin la muy interesada acepte considerar seriamente la propuesta de matrimonio que
le hice hace seis meses.
Todo depende de mí, como tantas veces. Y tengo que hacerlo perfecto, como siempre.
Así que a concentrarme en lo mío. En el aquí y ahora, y sin nostalgias que me distraigan.
Basta de soñar con melones teniendo el culo en un charco, como decía el viejo Diosdado.
Grandotes, entonces. ¿Lentos titanes con endoesqueleto hidrostático como los arctianos?
¿Moles vivientes de citoplasma indiferenciado como los continentines que fui justo yo
mismo el primero en Contactar? ¿Cíclopes inquietos y musculosos capaces de aplastarme
con un simple paso descuidado como los furasgos cuando todavía son jóvenes?
Todo podría ser, cualquier cosa debe esperarse en un Primer Contacto, eso es algo que todo
condonauta hará bien en tener siempre presente.
Quizás debería rezar a Shangó, Obbatalá y todos los viejos dioses afrosincréticos de mi
lejana Cuba natal en los que ya no creo. Para que la idea de estos Ajenos sobre lo que es
una distancia segura no resulte muy diferente de la nuestra, por colosales que sean.
En vez de eso, tan sólo desciendo lentamente delDrag de Algol y echo a andar con la
misma parsimonia hacia adelante, con las manos en alto para mostrar que no llevo armas.
Al menos, bajo su triple blindaje, ninguno de mis colegas de la Gaudí, que estarán
siguiendo cada movimiento mío desde la lejana seguridad de la órbita, podrá darse cuenta
de que estoy sudando a mares y temblando como una hoja en la tormenta. Siempre me pasa
lo mismo en esta fase preliminar del Contacto, cuando me muestro por primera vez ante los
Ajenos con los que deberé intimar.
Ésta era mi gran vergüenza hasta que Joan me confesó que también él, con cientos de
misiones exitosas en su hoja de servicios y todos los honores que un condonauta catalán
pueda soñar en recibir de su Govern, aún siente el mismo espasmo en el estómago cada vez
que se acerca a otra especie Ajena.
Nerys también me insinuó una vez algo por el estilo, a su típico modo femenino y elíptico.
Imagino que incluso ese pedante naciborg de Helmut también experimenta su discreto
nerviosismo ante un nuevo Contacto, aunque del mismo modo supongo que se dejaría
hervir vivo antes de confesarlo, el muy prusiano y engreído.
Sí, ¿quién dijo que los profesionales del peligro no tienen miedo?
Que lo más probable es que, dentro de esa enorme nave, su propio condonauta, o como
quiera que llamen a sus Especialistas en Contacto estos posibles extragalácticos, si es que
tienen algo así, sienta tanto o más miedo que yo.
Que contra armas desintegradoras o de hiperanulación (si es que tienen algo así y no son
pacifistas genéticos como los quígaros, que ni se atreven a tocar y mucho menos usar
ningún artilugio de destrucción más sofisticado que un tirapiedras), la fina chapa de
cerámica monomolecular del Dralgoleño sería un pobre resguardo, bastante inferior al que
me ofrece la escafandra de ultraprotección.
Que si ellos usaran su artillería pesada por culpa de algún malentendido, los de mi nave
responderían también desde lo alto y con toda su potencia destructiva, para vengarme
(quiero creer en eso con todas mis fuerzas), así que se armaría un infierno aquí mismo.
Y que como a nadie que se empeñe en un Contacto y tenga dos gramos de cerebro le puede
interesar armar semejante desastre, porque así se irían a la mierda todas las posibles y
mutuamente ventajosas relaciones comerciales, la posibilidad real de que tal catástrofe
suceda es estadísticamente ínfima, despreciable incluso.
Porque ésta puede ser la ocasión en que la más improbable de las posibilidades se dé, ¿no?
Recuerdo cuando (allá lejos y hace tiempo) en Barrio Ripio de CH los huérfanos de
Diosdado jugábamos pelota callejera en el rastro del viejo López, desafiando impávidos la
radiactividad residual del terreno, y la bola se iba de homerunpor encima de la cerca,
siempre uno de los mayores decía en broma, supongo que imitando nostálgico a algún
locutor de los viejos tiempos:¡Y se va, se va… se fue! ¡Adiós Lolita de mi vida…!
Aunque en este caso sería más bien ¡Adiós, Josué!O sea, mucho peor, que maldita la
mierda que me importaba esa Lolita u otra cualquiera, mientras que mi vida… de acuerdo,
la arriesgaré cada semana en este singular trabajito de Especialista en Contactos, que parece
ser para lo único que tengo algún talento, pero sucede que sólo tengo una, y que además me
encanta.
Que nadie me hable del «desafío mental de lo desconocido» ni del «sentido del deber» o del
«orgullo de ser la avanzada humana en la conquista del Cosmos»: está claro que tanto yo
como todos los demás de mi selecto, envidiado y vilipendiado gremio hacemos esto
solamente por el dinero. Que el reto intelectual y los ideales están bien, sí, pero sin créditos
no se vive en el siglo XXII, ya se sabe.
Y mucho menos en Nu Barsa, considerada no por gusto el hábitat más caro de la Esfera
Humana.
Así que maldita la gracia que me haría, suponiendo que pudiera verlo, claro, el que después
de acabar desintegrado por unos Ajenos paranoicos, los pomposos hipócritas intentaran
limpiarse, como han hecho en los casos de fallecimiento en plena misión Contactadora de
algunos colegas, poniéndole mi nombre a una calle o hasta a todo un nuevo sector de su
flamante arcología.
Sin contar con que, ¡la ironía final!, tal vez entonces a esos burócratas hasta se les ocurría
concederme a título post-mortem la ciudadanía catalana por la que tanto he luchado en estos
ocho años.
Pues bien: pueden meterse todo el honor y la gloria póstumos por el mismísimo…
Lo que soy yo, el dinero y el documento los quiero ahora.
Sí, adelante, Josué… deja ya la cobardía, hombre, que después de todo sabes que te
estamos cubriendo con toda nuestra potencia de fuego… dale, por tu santa madre, que ya
has hecho esto mil veces y tampoco tenemos todo el milenio, que nos esperan en Nu Barsa.
Ya queremos enterarnos de una buena vez si estos Ajenos de la navota redonda son o no de
otra Galaxia. Tío, ¡métele caña!, que está bien que te tomes tu tiempo para dejar claro que
no tenemos intenciones hostiles y hasta que invoques a ese revoltoso pasado de moda de tu
país… pero sigue caminando ya, ¡cojons!, que llevas casi un minuto ahí sembrado con los
brazos en alto… van a pensar que somos vegetales y estás dedicado a la fotosíntesis o
echando raíces. Vamos, cubanito cabrón, muévete de una vez o perderás tu prima de Primer
Contacto… y si me haces perder la mía, juro por Dios que te inutilizo los servos para que
tengas que volver a bordo arrastrando ese trajecito tuyo tan ligero.
Tenía que ser Jordi Barceló, claro. Luego dicen que la mala suerte no existe.
A veces pienso que, si no fuera porque es dueño de Antares, el perezoso y egoísta pero
encantador gato pelirrojo, mascota y alegría de toda la nave, ya habría intentado
estrangularlo hace rato.
Como, por ejemplo, Amaya, nuestra técnica en sensores, que al igual que yo se encaprichó
en la melena de fuego de Gisela y, me atrevería a apostar, dada esa estricta filiación lésbica
de la que tanto se enorgullece, que en su caso no de modo precisamente platónico.
Todavía no le perdona a Jordi que fuera él quien se llevara finalmente el pez al agua.
Vano resentimiento, al menos en mi opinión; a fin de cuentas, la que decidió entre ambos
pretendientes (yo no contaba, claro: todos en laGaudí saben que no me van las hembras, al
menos las humanas) no fue otra que la misma Gisela, ¿no?
Lo peor es que, más allá de Amaya, de Gisela y de todo su mal carácter, el señor tercer
oficial Barceló tiene sus razones para sentirse despechado conmigo.
Se da por supuesto que los condonautas, dada la singular naturaleza de nuestro oficio,
poseemos ciertas… habilidades para la intimidad que pueden impresionar muy
favorablemente a un humano común, hasta el punto incluso de crear en él cierta «adicción»
a nuestras humildes personas.
Esto puede ser o no verdad, según el caso pero lo malo es que todos los astronautas, que
suelen ser bastante supersticiosos, sí se lo creen al pie de la letra. De ahí que se dé por
sentado que, si un Especialista en Contactos muestra evidentes preferencias por alguno de
sus compañeros de la tripulación, tal favoritismo generará automáticamente celos y
resquemores bastante incómodos entre pequeños grupos humanos aislados por ciertos
períodos de tiempo, como por necesidad se está en una nave de hipertránsito.
Así que se nos ordena, bueno, hay que ser justo: ése es un término demasiado estricto hasta
para definir las directivas de Miquel El Imperativo, digamos que «se nos recomienda
encarecidamente» que intentemos «mantenernos al margen de ciertas dinámicas grupales».
Pero, la inmensidad del cosmos, la distancia con el hogar, la soledad de una guardia, la
carne, que es débil, y la de Jordi Barceló que era tanta, tan dura y apetitosa.
El caso es que una noche lo no recomendado OCURRIÓ. Y valió la pena, por cierto.
Gisela es una tipa con suerte, o con buen ojo para elegir. Ya me lo sospechaba; con toda esa
musculatura; para ser catalán, Jordi Barceló resultó ser toda una bomba sexual.
Tanto me gustó nuestra «cohabitación», que esa noche me sinceré con él y le conté algunas
cosas que no suelo relatar sobre mi pasado, entre ellas de Elpidio Valdés, uno de mis ídolos
de la infancia.
Lo malo es que después de aquello, al muy engreído se le metió entre ceja y ceja no sólo
volver a disfrutar de mis «servicios» de cuando en cuando, lo que no habría sido tan
desagradable a fin de cuentas, sino que además yo tenía que ser de su exclusiva y secreta
propiedad. O sea, estar siempre disponible para y sólo para sus caprichos sexuales. Y sin
que nadie supiera de nuestro arreglo, encima.
Y en cuanto a lo de la seducción, ¡pues bien por él! ¡Bienvenido al club de la manga ancha!
Ya era hora de que renunciara a esa anticuada estrechez de miras suya, especialmente
anacrónica en un astronauta. Se alegraba sinceramente por él, porque la vida de un pobre
heterosexual en una nave llena de hombres y mujeres tan bisexuales como lo es la mayoría
el género humano en el siglo XXII, debía haber sido un verdadero infierno hasta entonces,
sobre todo considerando que ya tres de las cuatro mujeres de a bordo apenas si podían
mirarlo sin sentir automáticamente ganas de abofetearlo.
Bueno, viéndolo bien ahora, casi lo estaba lanzando en brazos de Gisela, ¿no? Como la
única mujer que le quedaba por probar era ella…
Volviendo a Jordi, ni qué decir tiene que, desde aquel día, y aunque después se consolara
ganándole a Amaya la mano con Gisela, me considera su enemigo personal número uno. Y
que si no fuera porque del reglamento de a bordo prohíbe expresamente cualquier
enfrentamiento físico entre tripulantes, so pena de terribles castigos, ya me habría roto más
de un hueso con esos inmensos y preciosos músculos suyos; como si no le bastara con ser
un gorila, es cinturón negro de Krav-Magá.
En vez de eso, cada vez que puede, como por ejemplo ahora, se da gusto recurriendo a sus
prerrogativas como oficial para complicarme la existencia.
Y vaya si podría hacerlo: con todos los sensores, el ordenador con software de traducción
incorporado, los sistemas de soporte vital y las corazas reactiva y de campos, en esta
gravedad de 1,08 g mi traje pesa casi dos toneladas: no ya el tío cachas de Jordi, sino ni
siquiera el Hércules auténtico podría arrastrarlo a puro músculo.
Pero la escafandrita de ultraprotección también vale diez veces más que mi duro e
inescrupuloso pellejo de humilde Especialista en Contactos contratado, así que espero que
ni jugando se le ocurra a este forzudo resentido gastarme semejante bromita con el control
remoto.
Por si acaso le respondo rápido, con el respeto debido a un superior y ciudadano catalán:
Sí, me muevo, Jordi… El Dralgoleño es biplaza y ya deben tener una idea de nuestras
dimensiones corporales, únicamente quería dar tiempo para que se diesen cuenta de que
vengo solo.
Claro, al muy puntilloso no le basta; más bien es peor el remedio que la enfermedad. Su
rostro de prominente y bien afeitada mandíbula se retuerce de dignidad ofendida en la
pequeña ventana holográfica del visor de mi casco:
¡Nada de Jordi, latinito; me tratas de usted! Para ti soy el tercer oficial Barceló… o mejor
aún, señor tercer oficial Bar…
Sí, en mala hora me fui a la cama con él; me gané la rifa del elefante, como decía Diosdado
cuando alguien creía haber tenido buena suerte, pero luego se veía que se había metido en
problemas.
Para mi gran suerte, el pedante regaño de Barceló se ve interrumpido por una vertiginosa
sucesión de luces a la que respaldan sonidos (bien pensado; por si acaso fuéramos una
especie no visual) que brota de la nave Ajena, yo no le hallo ni orden ni concierto, pero
según el ordenador de mi traje, y probablemente Jordi desde la Gaudí podría confirmarlo si
hiciera falta, se trata de números primos. La clásica secuencia matemática que ningún
proceso natural puede generar. Un tópico de todo Contacto.
Por lo visto, ellos también piensan que me estoy tomando demasiado tiempo para llegar.
Y como para recalcármelo, justo en el punto donde el titánico esferoide casi toca el suelo,
se abre como de la nada en su superficie una entrada inmensa, o sea, como de quinientos
metros de alto. He aquí la solución al misterio de por dónde entraban sus vehículos cuando
parecían simplemente fundirse con la nave: escotillas temporales. ¿Tensión superficial
controlada, tal vez?
Por eso Amaya y su sensible biómetro no habrían podido individuar a sus tripulantes: todo
energía, energía todos. Energía viviente.
Las posibilidades de entendimiento entre seres compuestos de materia, como somos los
humanos y la casi totalidad de los Ajenos conocidos hasta hoy, y entidades de energía pura,
serían prácticamente nulas: simplemente, nos movemos en frecuencias distintas, aunque lo
hagamos en el mismo universo.
Y no digo nulas porque podría darse el caso, aún peor, de dar con entidades de antimateria.
Menos mal que hasta hoy la humanidad no se ha visto involucrada en un episodio tal.
Cuentan los furasgos que una vez pasaron por la experiencia y que no quisieran repetirla.
Por suerte, Amaya no ha detectado hasta el momento ninguna emisión extraña de fotones
típica de la aniquilación, ni radiación de Cherenkov… no, no debo pensar en antimateria ni
en energía, ni siquiera en Diosdado, si bien… ah, qué bien me lo imagino, moviéndose con
sus hermosos y constantes cambios de forma y color cerca del techo de mi cómodo
apartamento en Nu Barsa… en casa. Cada vez que veo a ese minino vago, ronroneador y
cariñoso de Antares me acuerdo tanto de él…
Pues no, qué bien: los sensores de mi traje no registran ningún cambio en los campos
electromagnéticos de la nave talla XXXXXL. Una preocupación menos; simple y sólida
materia convencional. Si no son de energía pura, ¿se trata pues de una bionave, como las
que usan los kigros y los algoleños? En se caso tampoco serviría de mucho el biómetro.
Un escalofrío me recorre la espalda, podría ser como salir de Guatemala para caer en
Guatepeor.
El año pasado me tocó Contactar con los monstruosos balenópteros de Kigrai o Alfa de
Ofiuco, según la vieja cartografía astronómica terrestre. Ellos también usan biotecnología,
pero cada individuo puede llegar a medir hasta medio kilómetro de largo (las hembras un
poco menos), para más INRI con unos genitales a escala.
Fue un asunto duro y trabajoso, ese Contacto; desde ese día ya tengo una idea aproximada
de cómo debe sentirse un espermatozoide en una vagina.
Bueno, este oficio de Especialista en Contactos tiene sus espinas y sus rosas, como todos.
Por eso nos pagan tan bien a los pocos que estamos lo bastante locos para desempeñarlo.
Ah, y ahora además de brillar, late. Falta nada más que una voz aúlle: ¡Acaba de entrar,
idiota!
Así que, siempre con las manos en alto (y espero que no lo interpreten como un ademán
amenazador) me interno en las entrañas de la nave Ajena, no sin antes despedirme de Jordi,
tomándome incluso el trabajo de sonreírle a su diminuta holoimagen.
Supongo que nuestro enlace se interrumpirá cuando entre en ese leviatán Ajeno. Por si
acaso, fue un placer trabajar con usted, señor tercer oficial Barceló. Adeu. Y saludos a
Antares… y a Gisela.
Condonauta Josué Valdés, trasmitiré tus saludos a mi gato y a mi novia. Aunque espero
volver a verte, de veras. Me dolería que otro se encargara de ti. Pero, por las dudas… Adeu.
Como supuse, se trata de una bionave; apenas estoy dentro, a mis espaldas la rampa se
pliega y la entrada se cierra con suave fluir de material, hasta que parece como si nunca
hubieran existido. Y al punto la ventana holográfica con la imagen de Jordi también se
distorsiona y desaparece, con lo que quedo envuelto en una penumbra rojiza
inequívocamente orgánica.
Según los sensores de mi casco, la atmósfera amoniacal externa del planeta está cambiando
rápidamente por otra oxigenada. ¿Habrán identificado el gas que respiro por el dióxido de
carbono que libero? Gente competente, estos tipos.
Análisis del lugar: cámara aproximadamente esférica, de unos dos mil metros de diámetro,
grande, sí, pero en verdad insignificante en relación con el volumen total de la nave. Si es
una esclusa o una especie de portal de descontaminación, ¿adónde conduce? No veo otras
entradas; claro que en una bionave la disposición interior resulta elástica y variable por
excelencia.
Pero uno esperaría, al menos…
El rojo apagado sigue siendo el tono predominante en la iluminación. ¿Carne o…? ¿Será
que su visión es mejor en el infrarrojo? Tendría lógica; este anodino planetita no está
precisamente bien iluminado por la débil estrella roja que tiene por sol. Por algo debieron
escogerlo para posarse.
Bueno, espero averiguar pronto por qué fue… y también muchas más cosas.
Una sombra se acerca, al otro lado de la membrana traslúcida que delimita la cámara en la
que estoy, se diría que ahí vienen los chicos del equipo homeclub de Contactos.
O el chico, porque parece que es sólo uno… bien, en cualquier caso, aquí está ya,
atravesando la última barrera. Es el momento de la verdad.
A medida que se sigue aproximando, lo detallo con esa veloz precisión que da la
experiencia.
El asunto, en principio, pinta bien: no demasiado grande, incluso casi de mi altura, lo cual
es siempre una comodidad que se agradece. Postura bípeda: dos brazos, dos piernas,
decididamente antropoide, ¡vivan Shangó y Obbatalá!, una cabeza, cintura estrecha, caderas
anchas, senos erguidos… o sea que es hembra: suelo preferirlas, tratándose de otra especie,
tal vez para compensar mi obligada abstención de las humanas por tantos años, aunque
algunos machos o hermafroditas Ajenos no están nada mal, brazos finos, piernas largas,
cabello rubio…
¿Cabello… y rubio? Vaya. De veras que hoy la suerte, más que sonreírme, me dedica
carcajadas.
Ya no cabe duda; esta Ajena, además de hembra, es cien por ciento humanoide. ¡Y qué
humanoide!
Una belleza perfecta, y ni un solo centímetro de tejido que oculte la gloria de su carne
desnuda.
No una mujer, sino La Mujer. Elegante, hermosa, voluptuosa, distinguida, y todo en una
misma piel. Extragaláctica o no, esta Especialista en Contactos Ajena podría ganar sin gran
competencia cualquier certamen de Miss Humanidad.
Sí, eso es… a alguien que conozco muy bien… ¿Modelo, actriz, presentadora de holovisión
de Nu Barsa? Mirándola bien, se da cierto aire a Nerys…
No, definitivamente no, ni siquiera tiene la tez verde, ni agallas, no es a mi ondina ni a
ningún otro personaje público catalán, sino a algún recuerdo más remoto y a la vez más
personal; hurgo en mi memoria, alguien de mi infancia, sí, de CH…
La pequeña belleza, la única niña rubia y de ojos azules de Barrio Ripio, la hija del Pablo
Vargas, el hiperenvidiado, poderoso y altanero gerente de Transplutonics Travels,
concebida e incubada por encargo en las sofisticadas matrices genéticas de Northia a un
precio que habría mantenido a cien familias de CH en el lujo por casi un año, la rebelde
florecilla de invernadero que cada vez que podía se escapaba de su cárcel de oro para jugar
con nosotros, los humildes y felices huérfanos del suburbio.
Los mismos que la cuidábamos, más que como simples hermanos mayores adoptivos, como
si fuera de cristal. Y no sólo porque intuíamos que su padre (¡y cuánto no hubiéramos dado
por tener uno también nosotros!), aunque se hiciera prudentemente el de la vista gorda ante
sus escapadas, nos hubiera hervido vivos si su piel perfecta sufría un solo rasguño, sino
sobre todo porque era un placer servirla como caballeros a su dama: ayudarla a vadear los
arroyuelos de fango, a cazar y/o matar los enormes y omnipresentes escorpiones, ciempiés
y cucarachas mutantes que la hacían chillar de miedo y asco, reservarle las mejores frutas
que robábamos en la finca de Margot, la vieja ciega.
Porque aunque todavía todos éramos niños, ella lo era aún más que nosotros: conservaba la
inocencia, mientras que muchos ya lo sabíamos todo sobre el sexo y pensábamos, en
secreto, que cuando creciera, tenerla por novia sería como estar con la princesa del cielo,
por lo que ya tratábamos de comprar acciones en la cuenta bancaria de su cariño.
O quizás fuera sólo amistad. Simple y limpia amistad infantil. ¿Por qué no? Si es que puede
existir algo así de puro e inocente entre los niños de Barrio Ripio, claro.
Evita, mi amor secreto de la infancia. Supongo que, dejando aparte mi «pequeño problema»
con las mujeres, fue su recuerdo y el leve parecido que con su rostro tiene el de Nerys lo
que me hizo encapricharme con esa sirenita altanera.
Evita, mi amor para siempre imposible. Cuando yo acababa de cumplir diez, unos chicos
emprendedores del capítulo local de la mafia pancaribeña la secuestraron, y su padre
decidió no pagar el astronómico rescate que le exigían, sino mudarse para siempre del
vecindario, abandonándola.
A la semana siguiente apareció muerta en un basurero. Antes la violaron, claro. Tenía ocho
años. Un episodio habitual en CH, pero igual, qué lástima; todos la lloramos tanto, y tal vez
yo el que más.
El caso es que si Evita Vargas hubiera sobrevivido y crecido hasta hacerse mujer, se
parecería mucho a esta… diosa ¿extragaláctica?
Dos y dos son cuatro. Evidentemente, los dueños de la navota, sean o no de la Vía Láctea,
son telépatas: menos mal, porque por sofisticado que sea el software de traducción de mis
auriculares, uno de los pocos orgullos de la no muy avanzada tecnología humana, sólo
funciona con lenguas conocidas.
Ah, esos milagrosos traductores automáticos de los que tanto escribían los viejos autores de
ciencia ficción, ¡qué bien nos vendrían a los condonautas! ¡Cuánto nos facilitarían el
Contacto, cuántos equívocos molestos y dolorosos evitarían! Lástima que sean sólo eso:
ficción. Ningún artefacto puede traducir de un idioma para el que no haya sido programado.
Por lo visto, como mismo supieron que respiro oxígeno, estos Ajenos extrajeron la imagen
de mi amor de la infancia de mi mente y la rapidez con que moldearon esta versión adulta
suya indica o que son polimorfos naturales, o que su dominio de la biotecnología es
soberbio, como si esa puerta y toda esta nave no lo demostraran ya.
No es una situación del todo inédita. Hace cinco años la Pravda Pobieda, una nave
exploradora neorusa del planeta Rodina, contactó a los guzoids, unos pólipos coloniales
oriundos de un planeta oscuro en un cúmulo globular del radián 56, cuadrante 12, creo que
eso es cerca de la constelación boreal del Sextante… Y no recuerdo bien si los tales guzoids
usaban naves esféricas (en todo caso, con la que dieron los rusos no debió ser tan grande
como ésta o lo habrían señalado en su informe), pero sí que el útero del único individuo
sexuado del nido, la «reina», demostró ser el más sofisticado telar genético conocido hasta
el momento: consiguió crear rápidamente a varios individuos especializados para el
Contacto, que además imitaban tan perfectamente a los seres humanos que nadie habría
podido distinguirlos de nosotros a la primera ojeada, y además lo hizo a simple vista, sin
tener acceso a nuestro preciado ADN, lo que, por supuesto, tiene el doble de mérito.
Supongo que en esa ocasión, el condonauta eslavo se dio banquete en su Contacto, si es que
le tocó una partenaire tan sólo la mitad de divina que esta seudo-Evita Ajena que ahora
tengo frente a mí.
No, Josué Valdés; no somos extragalácticos, ni tampoco esos pólipos guzoids del
Sextante que piensas. No los conocemos. Pero sí hemos Contactado antes con una nave-
mundo de quígaros que visitó nuestro sistema natal. Ellos fueron quienes nos vendieron el
hipermotor de los tarplinos que nos permitió llegar hasta aquí, así como algunos datos sobre
su especie y sobre otras de las que más activamente exploran la Galaxia en estos momentos.
Es por eso que no llegamos del todo desprovistos a este Contacto La voz de contralto que
me llega a través de los micrófonos de la escafandra es como la que deberían tener los
ángeles, si existieran: musical, cadenciosa, a la vez inocente y sensual, con un acento que
me recuerda lo mejor de mi infancia en CH.
E indudablemente la misma que habría tenido Evita al crecer, al menos según mi memoria.
Quizás son sólo telépatas parciales; telerreceptores, ya que hasta ahora no me trasmite sus
pensamientos, sino que prefiere hablar.
No, somos telépatas completos… pero tememos que no podrías comprender nuestros
pensamientos. Aunque sí puedes quitarte el casco, Josué Valdés, no temas… como
supusiste, captamos tus necesidades respiratorias y hemos modificado en consecuencia la
atmósfera que te rodea. El aire tampoco contiene ninguna clase de bacteria, virus, prión u
otra entidad patógena que pueda dañar tu metabolismo, ni aunque no tuvieras tu inmunidad
reforzada.
Vaya, buenos telépatas de verdad. Están aprendiendo demasiadas cosas sobre nosotros.
Todo condonauta que se enfrenta a un Contacto lo hace con algunas pequeñas protecciones
extra. La primera es un sistema inmunitario potenciado al máximo. La capacidad natural de
repeler agentes infecciosos se nos estimula de tal modo, por medios biofarmacéuticos, que
en nuestros intestinos simplemente no puede siquiera habitar una bacteria que no comparta
al menos el 10% de nuestro ADN.
Se evita de ese modo que la inmensa mayoría de los Especialistas en Contactos que lo usan
(algunas razas no resisten los ultrasonidos, por supuesto, y recurren a sistemas equivalentes
que no sabría detallar), tengan que preocuparse por la nada tranquilizadora posibilidad de
que el más preciado tesoro de cada especie, su código genético, caiga en manos de los
Ajenos con quienes Contacta y pueda en consecuencia verse (al menos teóricamente)
manipulado de maneras poco éticas, justo como se dice que hacían en un tiempo los
quígaros, por ejemplo, para crear razas de clones-esclavos.
Personalmente, me parece una hipótesis tan buena como cualquier otra. Un italiano
diría: se non è vero, è ben trovato. Más o menos: si no es verdad, está bien pensado.
Nos llaman condonautas pero la verdad es que es pura palabrería. Desde los tiempos de
Quim Molá han cambiado un poco las cosas, y hoy los Contactos suelen producirse sin más
protección realmente física que nuestra piel. Nada de látex, ¿qué sentido tendría? Como a
nadie le preocupa quedar embarazado «cohabitando» con algún Ajeno…
Gracias le replico a mi escultural interlocutora, lacónico (las palabras sobran con los
telépatas completos), abriendo la válvula de mi yelmo antes de quitármelo, para respirar por
primera vez el aire Ajeno, absolutamente inodoro, por cierto. Conocen nuestros parámetros
respiratorios tan bien como nosotros mismos.
Palio a medias mi decepción por el elevadísimo monto de la prima de Primer Contacto con
Ajenos extragalácticos que acabo de perder, felicitándome por anticipado mi buena suerte.
¡Humanoide y Miss Esfera Humana! ¡Qué hembra! ¡Y se parece a Evita! ¡Un sueño erótico
de mi infancia vuelto realidad! Soy un tipo con suerte. ¿A quién puede entonces importarle
que no sea una humana auténtica, con semejante Contacto fabuloso esperándolo?
A mí, desde luego. Porque si lo fuera no iba a poder funcionar ni como Especialista en
Contactos ni como hombre, ésa es mi mayor cruz y a la vez mi mayor suerte y mi talento.
Claro que nadie lo sabe a bordo de la Gaudí ni tampoco en Nu Barsa, salvo el buenazo de
Joan Puigcorbé, en cuya discreción puedo confiar, se retire al fin o no este año.
Me libro también de los auriculares de traducción, en tiempo récord y más que dispuesto a
hacer de inmediato lo mismo con el resto de la escafandra. Algo bueno que tienen hasta los
trajes de condonautas mejor blindados es la facilidad con la que se quitan, requisito
indispensable del menester, claro.
No obstante, cuando una belleza como ésta, por muy Ajena que sea (o precisamente por
eso), se acerca a brindarme su ayuda para que me deshaga de ese pequeño obstáculo entre
su carne y la mía, todo se vuelve mucho más simple… y agradable.
Pues claro que el biómetro no podía individuar tripulantes dentro: si toda la nave es una
única entidad. No una bionave, sino un ser capaz de viajar entre las estrellas. Contactar con
Ajenos es una constante fuente de sorpresas y obliga a replantearse los paradigmas que más
sólidos parecían.
Bendita sea la costumbre, por una vez. Y también los que la respetan al pie de la letra,
claro.
Ella para mí era Evita, pero tal vez como especie ustedes prefieran ser conocidos por otro
nombre más… formal.
Está bien las palabras no resuenan en mis oídos, sino en mi mente. Seremos la
entidad Evita.
Bueno, hay muchos modos de dejar una huella indeleble en la historia. Y no seré el primero
ni el último Especialista en Contactos que lo haga, por azar o a propósito. Después de la
Guerra de los Cinco Minutos, la historia humana del último medio siglo lleva casi toda la
impronta de los condonautas.
Reciprocando su gesto anterior, ahora soy yo quien coloca la mano sobre su fino cuello. Es
la gloria misma, su rosada piel estremeciéndose bajo mis yemas, aquella misma suavidad
de seda que tan bien recuerdo. Me demoro casi diez segundos simplemente disfrutándola,
hasta que al fin digo las palabras rituales, con la libido temblándome ansiosa en cada sílaba:
Y ¡vaya si procedemos!; mi mano se desliza hacia sus enhiestos senos, la beso, la abrazo, y
lentamente nos vamos dejando caer al suelo en un apretado ovillo de brazos y piernas.
Tengo una erección total: pensar que parece humana, sin serlo en realidad, es el mejor
afrodisíaco imaginable.
Así que todo funciona a las mil maravillas; incluso antes de que sus nalgas se posen en la
acolchada superficie orgánica ya la estoy penetrando, y por largo rato, mientras nos
movemos al unísono, rodando sobre el lecho bioplasmático, la siento húmeda, suave,
exquisitamente acogedora.
*****
ImprimirPDFEmail
130%120%110%100%90%80%70%
100%75%50%25%0
Tengo nueve años y estoy flaco, sucio, descalzo, semidesnudo y rodeado de otros niños tan
mugrosos y harapientos como yo, en una callejuela fangosa y sin pavimentar, azotada por
el crudo sol del Caribe y orlada de casuchas hechas con paneles de plástico y chapas
recuperadas de acero y zinc.
Así que ya sé que esto es un sueño, pero, como tantas veces, no me sirve de nada; no puedo
despertarme. Ni mucho menos controlar lo que me sucede. Y lo peor es que, al no ser la
primera vez que revivo esta escena, ya sé todo lo que va a ocurrir.
Como siempre, en el sueño, ajeno a cualquier drama, salto, alboroto y grito como todos
los otros, como tan bien saben hacerlo los niños pobres y felices de cualquier parte del
mundo, con la expectación que sólo da la cercanía del juego.
No las miro aún. Prefiero concentrarme en los protagonistas de mis primeros años, que en
este sueño son tal y como los recuerdo.
Es como saldar una deuda con la nostalgia de la infancia que nunca recuperaré. Por
suerte…
Ahí está Yamil Mira Mis Bíceps, el jabao de ojos verdes, que con apenas doce años vive
orgulloso de sus músculos adolescentes hinchados de esteroides. Bien vestido, atractivo, a
la peligrosa manera de los chicos malos, de los malditos de nacimiento, pero nunca me
llamó la atención sexualmente hablando.
Siempre abusaba de los más pequeños y soñaba con que los mayores lo aceptaran en su
pandilla. Morirá sin lograrlo, a los quince, por una sobredosis de wildwall. No obstante,
ahora está vivito y coleando frente a mí, tremolando su espléndido spent-droom.
Sí, la vida es dura aquí en CH, y cada uno la afronta como puede, sin juzgar a los demás.
Evita está también, claro, no en primera fila, sino detrás. Ahora tiene sólo seis años, y su
cabello rubio y sus ojos claros contrastan casi cómicamente con la mugre espesa adherida
a su blanquísima piel. Increíble todo el churre del que ha logrado cubrirse en sólo dos
horas escapada de su casa.
Luego, para que pueda volver a vestir su fina ropa sin que su estricto padre el Gran
Gerente Vargas sospeche de su fuga, Abel y yo tendremos que bañarla a conciencia,
derrochando alegres el agua que tanto nos costara cargar a hombros por la mañana desde
la única fuente potable y no contaminada de la zona, y cepillarla con fuerza mientras ella
ríe encantada, sin rastro de pudor, sin sospechar que ya nuestra manera de mirarla
desnuda no es tan inocente como el año anterior.
Abel, mi amigo del alma. Mi más que amigo. El primero con el que compartí el placer a
escondidas, el descubrimiento mutuo del sexo con un orgasmo que fue más bien una
extensión física de nuestra amistad. Piel tan negra como la noche, alma tan blanca como
sus dientes o como el paraíso… no estaría donde ahora estoy si no fuese por él: a los
quince, apenas su habilidad innata con las computadoras empezó a rendirle los primeros
dividendos, me prestó el dinero para el pasaje orbital confiado en que algún día se lo
pagaría.
No sé qué será de él ahora; cuando subí a la lanzadera con destino a la Estación
Geosincrónica de Tránsito Clifford Simak, aquellos mil cucs me parecían una fortuna y
prometí devolvérselos en cuanto pudiera… pero han pasado ocho años, ya he ganado mil
veces esa suma y nunca lo he intentado.
Quizás incluso esté ya muerto, el negro Abel: la vida de un hacker en Barrio Ripio no vale
ni dura mucho. La mafia pancaribeña los considera personal de usar y tirar.
O quizás haya dejado ese riesgoso oficio y se haya casado, tenga hijos, y…
Está también, saltando y alborotando como el que más, Ramirito La Mosca, el niño que
nació sin ojos por culpa del abuso que hizo su madre del broncodust durante el
embarazo… lo curioso es que la mulata Lina, después de eso (quizás por remordimientos
de conciencia) resultó ser la mejor madre del mundo, y por años ahorró cada cuc de los
que conseguía vendiendo el cuerpo, hasta que a los cinco pudo regalarle a su hijo los
ansiados ojos artificiales, aunque fuesen los más baratos del mercado: unas holoprótesis
facetadas norcoreanas que sólo permiten la visión en blanco y negro y le han ganado su
apodo, que él no obstante prefiere, y con mucho, al anterior: Cara Lisa.
Nunca cumplirá esa promesa. El esplendor de las mariposas nocturnas dura poco en
Barrio Ripio, y el Gordo Marré paga bien, sí, pero sólo porque no protege demasiado a
sus chicas. Algún cliente insatisfecho dará el soplo de la perfecta salud de Yamy,
excepción valiosísima en el ambiente contaminado de CH, los contrabandistas de órganos
de la mafia pancaribeña la atraparán una mañana al regresar de su ronda, y luego sólo
encontraremos los despojos.
¿La policía? Bien gracias; para la ley y el orden de CH, es más cómodo fingir que los
suburbios simplemente no existen. Y dejar que nos matemos unos a otros.
También, ¡cómo podía faltar!, lenta y cachazuda por el sobrepeso al que la condena su
metabolismo mutante, sudando a mares por cada poro su característica especie de crema
ácida, Karlita, La Tonelada: una hiperadiposa, a la que luego siempre me recordará mi
amigo Joan… aunque él mide 2,23 m y ha elegido por pura pereza pesar trescientos kilos,
mientras que Karlita, quiera o no, ya pesa doscientos a los ocho años, y con apenas 1,62 m
de altura.
Encima, la pobre desgraciada sabe bien que cada año la situación empeorará, hasta que
acabe ahogada en su propia grasa, antes de cumplir los veinticinco. Así que, dispuesta a
aprovechar al máximo su breve lapso vital, está siempre disponible para los más locos
juegos eróticos.
Y Damián, El Huérfano Piernas, así llamado porque cuando tenía tres años su padre
enganchado del wildwall, que es la maldición del barrio (una de las tantas, aquí las
drogas crecen como la mala hierba), vendió los brazos del hijo a los contrabandistas de
órganos y al salir del colocón, avergonzado, se suicidó dejándole como herencia a Rita,
una perra guía doberman que compró barata porque en Ayuda A Discapacitados la habían
desechado por mutada… y no precisamente por tener tres ojos, sino por estar todo el
tiempo en celo.
Claro que no de caballos, de perros ni de atletas humanos inflados de esteroides, como los
que compiten en la holovisión y en los estadios del fastuoso centro de CH. No; aquí en
Barrio Ripio, la zona habitada con más alta radiactividad de fondo en todo el ya muy
contaminado planeta Tierra, ninguno de esos delicados seres entrenados o genéticamente
creados para correr duraría ni un solo día.
La vecindad de mi infancia es un infierno al final del túnel, en el que sólo sobreviven las
criaturas más desesperadas y/o las más resistentes. No es raro entonces que, tanto los
humanos que apostamos por ellas, como las pobres bestezuelas mutadas que decidirán
cuál de nosotros gana o pierde, poseamos en abundancia ambas cualidades.
El anciano es uno los babalawos, o sacerdotes del culto sincrético yoruba a los orishas,
más respetados de todo Barrio Ripio, algunos dicen que de toda CH. Nadie conoce su
verdadera edad, dicen que, aunque ahora parece un tipo inofensivo, cuando joven estuvo
en Tropas Especiales y que lo dejó al ser herido en una explosión. También que sacrificó
parte de su cuerpo a los celosos dioses africanos. Y todo puede ser: siempre vestido de
blanco, flaco, con un solo ojo y una única pierna, constantemente bromea que cualquier
día va a cortarse el brazo que le sobra, para acabar de parecerse a su orisha favorito: el
cojo, tuerto y manco Olofi. Único adulto cuya autoridad reconocemos todos los huérfanos
sin chistar, es el sempiterno juez y árbitro de nuestros más serios juegos y disputas.
¡Vejigos cabrones, no jodan más y pongan a las chicas en sus carrileras! ¡Y los
segundos, que vayan preparando ya el azúcar! truena Diosdado, con su aguardentoso
vozarrón de bajo, del todo incongruente en alguien tan bajo y delgado, mientras se acerca
renqueando sobre su muleta de jiquí.
Josué, ¿sabes una cosa? ¡Diosdado tiene cuerpo de tú y voz de usted! me musita
pícara al oído Evita, siempre tan ocurrente, y me da un beso húmedo en la mejilla antes de
volver a susurrarme. Quiero que gane Atevi, ya sé que le pusiste así por mí…
Evita, Atevi, ¿obvio, no? Si hasta una niña de seis años se da cuenta.
No le respondo, sino que coloco la jaula con mi esperanza de victoria en la línea de salida.
Al otro lado, al final de las carrileras de hierro galvanizado, mi socio Abel, que hoy funge
como segundo, ya derrama el azúcar que atrayéndolas, las hará correr a ella y a su rival.
Yotuel Boca Llena, moviéndose con cuidado de bailarín para no ensuciar su impoluto
atuendo blanco, ocupa silencioso su sitio junto a Abel, provocando las risas burlonas de la
muchachada al calzarse unos largos guantes de hule, por si acaso.
El hermano menor de Yamil nunca ha resistido a las corredoras, lo suyo es casi una fobia.
Todavía a veces grita de asco cuando alguna de las salvajes le pasa demasiado cerca.
Hacer de segundo para su hermano en esta carrera es la mayor prueba del amor que
siente por él. Está obsesionado con la limpieza: es el único del Barrio que se baña dos y
tres veces al día y bota la ropa apenas empieza a apestar.
Ahora comprendo que no era sólo para resultarle atractivo a sus «clientes» sino porque su
«trabajo» lo hacía sentirse sucio todo el tiempo.
¡Seis cucs a mi Centella! aúlla Mira Mis Bíceps, sacudiendo orgulloso su melena afro
y agitando en alto con su brazo musculoso un fajo de viejas tarjetas y chips subcutáneos de
crédito, robados o recuperados, como si contuvieran millones de cucs y no unos
misérrimos centavos… aunque seis Currency Unitys of Cuba ya es una cifra de respeto en
Barrio Ripio: a algunos los han matado para robarles bastante menos. ¿Quién acepta el
desafío?
Murmullos; todos me miran, saben de mi promesa, no puedo echarme atrás ahora, pero…
Dale, Josué, si pierdes yo te presto el dinero, mi papá deja mucho más que eso cuando
se cambia de chip a fin de mes susurra de nuevo Evita, dándome ánimos. Y desde la
meta, Abel me sonríe y me guiña el ojo: Atevi está tan lista como nunca lo estará, es ahora
o jamás.
Voy en ésa.
¿Tú, Josuecito? se burla el jabao, prepotente, como si sólo ahora me viese y no
conociera desde hace semanas mis planes de desafiar su supremacía. ¿Tú, mulatico
desteñido, tan poca cosa que tus amigos te dicen El Cero, piensas ganarle a mi campeona
con ese engendro albino tuyo? ríe, y medio barrio ríe con él, empezando por su
silencioso hermano menor. Deja, chama, yo no pierdo el tiempo en boberías. Llévate a
tu bicha blanca y ven a donde juegan los hombres cuando los dos hayan crecido un poco
más, y de paso cogido un poco de color, Cerito.
Risas inmisericordes. Trago en seco; es cierto que me dicen El Cero, pero porque, desde
que a los cinco años me cayeron los piojos, a Diosdado le dio por pelarme al rape «para
curarme en salud».
Como a tantos en el Barrio, por otra parte. Sólo que a mí se me quedó el nombrete.
Si pierdo puedo pagarte digo, con un hilo de voz, maldiciendo la hora en que no me
tocó en la lotería genética un vozarrón como el de Diosdado, o un pellejo tan tostado como
el de los dos jabaos hermanos y casi todos en el barrio. Con dinero de verdad.
¿Dinero de verdad? sigue presumiendo Yamil Mira Mis Bíceps, y sus pupilas verdes
destellan casi maléficas bajo la inverosímil mata de cabello rubio estropajoso. No lo
dudo, Cerito, si yo tuviera siempre al lado mío a una gallinita de los huevos de oro linda y
ojiazul como la que tú tienes, hijita de papito, también tendría dinero de verdad. Pero, ¿y
si no quiero tus cucs cuando le gane a tu albinita? ¿Y si lo que quiero es a la gallinita
misma?
Tiendo protector el brazo por encima de los hombros de Evita… no, ni hablar, ella no está
en juego, no quiero ni imaginar lo que podría hacerle Yamil… coño, la cosa se está
complicando.
Según las inmisericordes reglas del barrio, el campeón puede elegir la apuesta, y el
retador no aceptarla, tres veces. A la cuarta negativa, se considera que ha perdido el
desafío antes de resolverlo.
Yamil, ya dice bajito mi hermano negro Abel, sin levantar la voz y desde el otro lado
de las carrileras, pero de modo que todos puedan oírlo. Seis cucs no valen ni un moco
de Evita. Pide otra cosa.
¿Otra cosa? Bueno, a ver el jabao finge pensar, rascándose ostentosamente su
ensortijada, amarillenta y exuberante melena afro. A ver, ¿qué tal que si pierde su
desteñida Josuecito El Cerito se tenga que templar a quien yo quiera?
Me parece buen trato… siempre que esa persona quiera también murmura Abel,
evidentemente más seguro que yo mismo de nuestra victoria, y todo el mundo ríe.
Mi amigo, siempre tan hábil manejando a la gente, ha hecho de nuevo el milagro con unas
pocas palabras. Y ya no están ansiosos por ver cómo Mira Mis Bíceps me humilla, sino de
mi parte, del débil contra el fuerte, apoyando a David contra Goliath. La eterna historia de
mi isla.
Por supuesto acepta Yamil, mordiéndose los labios con despecho: no es lo que él
hubiera querido, pero se sabe atado por las reglas de la carrera. Si no sería una
violación y no creo que nuestro amiguito El Cerito pueda violar ni a su propia sombra.
¿Corremos, entonces?
Corremos digo, tan seguro como puedo, y pongo la jaula con Atevi al principio de la
carrilera.
A Mira Mis Bíceps no le queda sino imitarme y ahí nos quedamos los dos, expectantes y
mirándonos con ojos llameantes. Pero el odio casi adulto del musculoso jabao no es nada
en comparación con el rencor en estado puro que late silencioso en las verdes pupilas de
su hermano menor, al final de la carrilera.
Me pregunto qué habrá sido luego de la vida de Yotuel. A la muerte de Yamil, nadie sabe
por qué, me culpará a mí. Puto de autopista con ocho años, sin hermano musculoso que lo
protegiera, su existencia debió complicarse bastante. Hasta que desapareció del barrio.
Creo que para siempre. Habrá muerto al poco tiempo, como tantos niños de mi generación
en Barrio Ripio, huérfanos o no. No me lo imagino convertido en adulto, con esa obsesión
suya por la limpieza, y teniendo que vivir en medio de la mierda.
¡En sus marcas! ¡Listos! ¡Suelten a los bichos, sanacos! grita Diosdado con su
vozarrón.
Las carrileras reglamentarias, de pulido acero galvanizado, son canales con perfil en U,
quince centímetros de alto por los lados, y las paredes bien lisas para que las corredoras
no puedan trepar por ellas. De ocho metros de largo, describen dos curvas y pasan por
tres desniveles.
En los basureros de Barrio Ripio es fácil encontrarlas. Años después sabré que se trata de
medios tubos de escape de antiguos motores cohete de factura china.
Mi Atevi está mejor entrenada que la Centella del jabao: mientras su rival y titular pierde
un par de preciosos segundos reconociendo la zona de salida y ubicándose en tiempo y
espacio, ya mi retadora olió el azúcar al final de la senda y, erizando sus largas antenas,
ha recorrido casi medio metro moviéndose a todo lo que le dan sus seis patas erizadas de
espinas quitinosas.
Abel me guiña un ojo; Yotuel y Yamil ponen caras de mierda mientras yo me sonrío,
teniendo por fondo a las alborozadas carcajadas de Evita, que literalmente salta de
contento. Bravo, Atevi… no fallé eligiéndote de entre todas las demás de la camada. Eres
una competidora natural.
Sí. Aunque como es de rigor le corté las alas apenas comencé a entrenarla, incluso levanta
sus élitros blanquecinos como para dejar libre su sistema de locomoción aéreo. Ah, si
pudiera volar, indudablemente llegaría la primera, mucho antes que Centella.
Quizás algún día se descubra el modo de hacer competencias de vuelo, y así no haya que
seguir mutilando a las mejores cucarachas mutadas del barrio.
Y tampoco es cierto que apesten; criadas desde pequeñas en un ambiente limpio, apenas si
tienen un suave olor a especias. Como mi Atevi.
Con sus doce centímetros y medio de largo, mi corredora sería un ejemplar perfecto de su
resistentísima especie, si no fuera porque algo se torció en sus genes y salió
despigmentada: a través de su tegumento semitrasparente, mirándola a contraluz, se puede
ver latir veloz su corazón, sus jugos gástricos moverse en el intestino cuando acaba de
comer, y sus músculos flexionarse y extenderse.
Bello espectáculo, o asqueroso, según sea Abel, yo, o el melindroso Yotuel quien lo
observa.
Claro que Atevi no es ni con mucho la mayor cucaracha que hemos encontrado en Barrio
Ripio, yo mismo las he visto de veinte centímetros, disputando huesos a los perros
callejeros, y Diosdado jura que una vez cuando era joven vio una de medio metro de largo
y que maullaba como un gato. Pero todos creemos que eso debe ser cuento, lo mismo que
esas titanes insectiles de un metro que dicen exterminaron hace veinte años en Ciudad
Podrida, un suburbio muy similar a Barrio Ripio, sólo que al otro lado de CH, en la costa
sur de la isla.
Luego descubriré que teníamos razón en nuestro escepticismo: las cucarachas carecen de
pulmones, como todos los insectos. Respiran por tráqueas, un sistema eficiente para
pequeñas dimensiones; una de ese tamaño, simplemente, se ahogaría, sin contar con que el
exoesqueleto, que tan ligero y eficaz resulta como sistema de sostén para pequeños
animales, también se vuelve ineficiente y engorroso cuando se superan ciertas
dimensiones, y ni siquiera podría sostener su propio peso.
Como niños de Barrio Ripio, quizás intuíamos algo de eso: todos sabíamos que cuando las
corredoras miden más de quince centímetros, se vuelven tan pesadas que ni vuelan ni
corren mucho.
Las mejores son las patilargas, como la Centella de Mira Mis Bíceps, que apenas mide
diez centímetros de largo, pero con esas patazas parece la hermana menor montada en
zancos de la mía.
Ah, esas patas malditas… ya a la altura del segundo metro del recorrido sobre el acero
galvanizado está recuperando terreno; la muy cabrona es una velocista nata. En el cuarto
deja atrás a Atevi y su dueño el jabao vuelve a tener esa sonrisita socarrona y prepotente
que tanto odio, mientras Evita se calla y deja de saltar, mirándome consternada como si
no pudiera creer lo que ocurre.
Pero para un insecto, aunque mida diez centímetros de largo, ocho metros de carrilera con
tres subidas y bajadas en el recorrido son casi el equivalente de correr el maratón para un
humano. No es una distancia en la que decida exclusivamente la velocidad… al fin también
se impone la resistencia.
He entrenado a mi Atevi haciéndola recorrer hasta quince metros sin parar, a base de
suaves aguijonazos eléctricos. Aunque también luego, en las noches más frías, la dejara
dormir caliente, acurrucada junto a mí, disfrutando su olor. Guante de terciopelo en mano
de hierro.
Pero la patilarga de Yamil despliega los élitros, saca unas alas picoteadas al descuido
(evidentemente eso de cuidar animales, por mucho dinero que le rindan, no es el fuerte del
jabao) y aunque no logra alzar el vuelo, el impulso extra de su torpe aleteo le vale entrar
primera a comerse el azúcar, por pocos milímetros, sí, pero ganadora indiscutible del reto.
Yamil Mira Mis Bíceps cae de rodillas, alza los musculosos brazos y aúlla, vencedor. Su
silencioso hermano corre a abrazarlo, encantado del triunfo compartido (aunque
manteniéndose todo el tiempo prudentemente apartado de la para él repugnantísima
Centella), y Abel y yo corremos a protestarle a Diosdado con gran manoteo:
¡Tiene las alas, tiene las alas, invalida la carrera, no vale, trampa!
Karlita, Toneladita, putica, cosa linda, ven acá, que te tengo un primerizo.
En la vida real nadie más que yo escuchó el comentario del negro Abel, así que tuve que
hacer de tripas corazón, ser buen perdedor y asumir mi papel de hombre: con ocho años
arreglármelas para lograr una erección regular ante los kilos y kilos de bamboleante
carne desnuda de Karlita, con su ácido y penetrante olor. Y penetrarla delante de todos y
bombearla entre vítores y burlas, pensando en Yamileisys y en Evita, durante unos largos,
interminables minutos, hasta que el sádico de Mira Mis Bíceps se dio por satisfecho con el
patético espectáculo.
Qué cucarachas ni que nada. Eso sí fue asco. Por supuesto que no tuve ningún orgasmo.
Peor; desde ese día nunca he podido volver a excitarme frente a una mujer humana cien
por ciento… así que, en rigor, casi debería estarle agradecido a ese cabrón abusador de
Yamil por regalarme un oficio junto con el trauma. Aunque limitara mi elección de parejas
al lado masculino y, platonismos aparte, como mi obsesión por Gisela, la hipernavegante
de la Gaudí, a féminas de fenotipos no muy humanos, como el de la condonauta de
segunda generación Nerys, con sus aletas y
branquias de sirena.
Y lo peor de cada noche es que, con esa falta de lógica típica de las pesadillas, a cada
golpe de cintura que doy la perruna anatomía parece crecer y desdibujarse en torno a mi
sexo infantil, convirtiéndose gradualmente en un extraño híbrido de perra mutada y
gordísima hembra humana, de Rita y Karlita, que gira su cabeza para mirarme con sus
tres ojitos socarrones, y entreabriendo su boca, deja colgar lujuriosa su lengua entre
colmillos feroces, para susurrarme: «Así, Josué, dame más duro».
Sin que yo pueda nunca despertarme, hasta que, tras largo rato de debatirme contra la
horrenda pesadilla, emerjo de las profundidades del sueño con un alarido, empapado en
sudor…
Ahora, por ejemplo, la horripilante quimera perra-mujer me dice, por primera vez desde
que tengo la recurrente pesadilla: «Cojons, Josué, ¡acaba de levantarte y abrirme,
cabrón!, que no vine precisamente a hablar de los peces de colores contigo».
Alto ahí. Eso nunca lo habría dicho Karlita. La Tonelada no hablaba catalán.
Ése que habló tiene que ser… ése es… Joan. Sí, Joan Puigcorbé. Bendita sea su estampa.
No tengo ocho años, sino veintitrés. Esto no es Barrio Ripio, sino Nu Barsa.
Emerjo desde lo más hondo de los dominios de Morfeo con un largo quejido de alivio.
Como siempre en los últimos años, despierto bocabajo, con las manos engarfiadas, si no
durmiese flotando desnudo en una placa antigrav, ahora estaría aferrando mi ropa de cama
como si quisiera estrangularla.
Tuve que comprar el carísimo lecho de factura algoleña para poner fin al gasto constante de
reponer colchón y almohadas, sábanas y fundas hechas trizas cada noche, y para no seguir
despertando empapado en mi propio sudor, cuyas gotas flotan ahora ingrávidas a mi
alrededor, por suerte.
Creo, sin embargo, que hoy son muchas menos que otras veces. Es un avance.
Digamos, siendo optimistas, en algún momento de los próximos dos mil años.
La IA que controla mi casa tiene instrucciones de despertarme a esta hora absurda tan sólo
si me llaman o visitan tres personas: Nerys, mi novia ondina; Miquel Llul, el temido jefe
del Departamento de Contactos de Nu Barsa, y este gordo de corazón de oro o su esposa
Sonya.
Ya voy, cabrón elefante madrugador refunfuño, y luego bostezo, girando perezoso en
la ingravidez por efecto del ademán. Mejor que lo que te traes entre manos sea
importante de verdad.
*****
Cojons, Josué, no seas tan cabronamente Narciso y acaba de una vez esa puñetera
calistenia tuya, que a este paso vas a llegar a la Central del Govern pasado mañana dice
Joan comiendo a dos carrillos, como siempre que tiene oportunidad.
Esta vez son tamales con carne de puerco, y no la birria que cocina el autochef (de patente
alemana tenía que ser, ¿cuándo ha habido buenos cocineros alemanes?), sino preparados
por mí mismitico en la cocina manual y según una vieja receta de Barrio Ripio.
Ustedes no entienden de puntualidad, está claro… pero, ¡vaya si saben cocinar sabroso,
tío! comenta mi amigo con la boca llena, terminando con el último.
Ymala, la que me enseñó a hacerlos, murió cuando tenía diez años. Brondocust, sobredosis.
Calma, gordo le respondo entre dientes, enfrascado en la última serie de prom-press
con mi barra de gravedad variable, ahora regulada para unos respetables ciento quince kilos
de peso. Todo a su tiempo… a fin de cuentas… oficialmente no hace… ni cinco
minutos… que me enviaron… la convocatoria a reunión urgente… tampoco conviene… ser
el primero, ¿no?
Alérgico a todo lo que huela a mil millas a ejercicio físico, el inmenso condonauta catalán
me observa con visceral desaprobación mientras, empapado en sudor, devuelvo el
ingenioso artefacto de gimnasia a su soporte.
No veo por qué te empeñas en esa tontería, cubanito señala aún, implacable. A tu
edad, con tu complexión, tu pasado de carencias dietéticas y encima sin suplementos
anabólicos, no vas a ser ningún cachas ni tampoco Míster Nu Barsa. Entonces, ¿para qué?
Me ayuda… a pensar le miento sólo a medias, mientras, tendido boca arriba sobre el
banco, hago aperturas pectorales con las barritas gemelas de gravedad variable, reguladas
para apenas veinte kilos.
En Barrio Ripio, desde esa edad en la que todo niño imaginativo aspira a ser cuando crezca
un forzudo machote con pinta de superhéroe (como, por ejemplo, ese resentido e
insoportable, pero delicioso ejemplar masculino que es Jordi Barceló), soñaba con tener un
equipo de gimnasia como éste.
Las ultratecnológicas barras de gravedad variable sustituyen sin problemas a las
tradicionales pesas, y como ocupan mucho menos espacio y con el generador desactivado
son ligerísimas, además pueden llevarse casi a todas partes. Lo único malo, sobre todo para
un niño pobre de Barrio Ripio, es que como todo artefacto sofisticado, y especialmente de
los que funcionan gracias a tecnología Ajena, como es el control de gravedad algoleño,
cuestan casi cien veces más caras.
Y así, para cumplir un viejo sueño infantil, una de las primeras cosas que me compré hace
ocho años, cuando me contrataron como Especialista en Contactos aquí en Nu Barsa y
recibí mi primer chip de créditos, fue precisamente este avanzadísimo equipo de gimnasia.
Así que no es del todo falso que hacer ejercicios me ayuda a pensar, a pensar en primer
lugar en todo lo que he avanzado desde que era un niñato muerto de hambre en Barrio
Ripio de CH, en todo lo que me ha costado y a todo lo que estoy dispuesto con tal de
conservarlo… y ganar más, si se puede.
Por otro lado, es cierto que nunca seré como el tercer oficial de la fragata de
hipertránsito Antoni Gaudí, ni mucho menos como sus ex colegas los culturistas
profesionales: moles humanas de genética privilegiada, con doscientos kilos de puro
músculo y un escaso cinco por ciento de grasa corporal, que sudan y jadean en los
gimnasios del enclave, con el metabolismo tan alterado por los cócteles de hormonas y
esteroides que beben que su esperanza de vida apenas si llega a los sesenta años.
No me interesa, pero no por ello voy tampoco a convertirme en una masa fofa como mi
paquidérmico amigo Puigcorbé. Un condonauta no tiene necesariamente que ser un
fenómeno muscular, ni un gimnasta o un luchador de artes marciales, pero sí tener un
notable dominio de su cuerpo, especialmente sobre ciertas zonas que esas tres clases de
atletas suelen descuidar.
… fresco y sin estresar, ¿no? capta al fin la idea Joan, y sonríe, mientras alza su
elefantiásico brazo derecho hacia el anillo de campos magnéticos que recorre todo el
perímetro de mi apartamento, a pocos centímetros del techo, la «jaula» de energía de mi
biovort, Diosdado: Eres un gran pillo calculador, Josuecito. Así no sólo le darás al gran
Miquel la idea de que siempre estás listo para todo, sino que de paso alejarás cualquier
sospecha de que sabías un poco antes que los otros lo que se estaba cocinando, gracias a mi
buen oído y privilegiada capacidad deductiva comenta lleno de falsa modestia, mientras
la cercanía de su biocampo hace acudir a mi mascota a investigar, con gran despliegue
cromático. Cojons, tu bichito me encanta; es una pena que todavía te niegues a
vendérmelo, está tan cariñoso como siempre.
Los biovorts, abreviatura de biovórtices, son pequeñas entidades de energía que habitan en
la corona de un puñado de soles raros de la Vía Láctea. Sin ser racionales, son una de las
pocas formas de vida (o cosa así) que se conocen basada en el plasma, de ahí que su precio
resulte literalmente astronómico, a tal punto que nunca habría podido permitirme poseer
uno si no fuera porque cierta kigra quedó tan satisfecha de mi desempeño durante el
Contacto que decidió premiar con un obsequio extra mi habilidad y dedicación a la
fraternidad interespecies pese a la brutal diferencia de tamaño: más de trescientos metros de
su lado, contra mi escaso metro con setenta.
Dicen los exobiólogos que algunos biovorts llegan incluso a reconocer a sus dueños, así
que todavía tengo la esperanza de que Diosdado, cualquier año de éstos, deje de ofrecer tan
deslumbrantes exhibiciones de placer ante cualquier «extraño» (aunque se trate de
visitantes asiduos, como Nerys, Joan y su esposa Sonya) y reserve todas o al menos la
mayoría de sus carantoñas exclusivamente para su amo. ¿De qué sirve una mascota, por
cara que sea, si encima de que ni puedes tocarla, trata con la misma familiaridad que a su
dueño a todos los demás que se le acercan?
Joan, definitivamente tú le caes bien; cualquier día de éstos me vuelvo loco y ¡qué
vendértelo!, te lo regalo. Chico, y la verdad es que, volviendo al tema… todavía no creo
mucho en nada de lo que me has contado le respondo ya desde el baño, despojándome de
mi short deportivo.
Contraigo los músculos frente al espejo y luego me acaricio la cabeza, satisfecho; pese a
todas las recientes (¡y carísimas!) cirugías estéticas que me han librado de las cicatrices de
mi infancia en Barrio Ripio, por el acné y/o las picaduras de insectos, sigo sin ser un
Adonis… y menos en Nu Barsa, uno de los epicentros de belleza de la Esfera Humana,
donde pocos mueren sin haberse retocado jamás el cuerpo y la cara que Madre Natura les
dio.
Pero al menos con estos bíceps y estos dorsales que ya habría querido Yamil en sus buenos
tiempos, y los dreadlocks que he cultivado pacientemente durante los últimos años, ya
nadie podrá volver a decirme Cerito.
Además, esa piel tan clara que era mi desesperación de la infancia aquí es perfectamente
normal.
Sí, mi infancia y sus traumas han quedado atrás para siempre. Menos uno, que me da de
comer.
Entro a la ducha, dejando entreabierta la puerta para poder seguir conversando con Joan y
disfrutando de los vistosos cambios cromáticos de mi mascota.
Activo mi sofisticada regadera sistema Tornado, que acto seguido me envuelve con sus
chorros giratorios, vertiendo en un minuto sobre mi persona diez veces más agua a presión
que toda de la que podía disponer en Barrio Ripio durante un mes entero.
¿Qué más da que el líquido, como casi todo en este enorme hábitat, haya sido mil veces
reciclado? El caso es que puedo usar todo el que quiera, y el masaje se siente tan bien…
¡Ni que te retires, ni que finalmente hayan aparecido esos Ajenos extragalác…!
Sí, Sonya es una santa confirmo, pensando en la esposa de mi amigo, tan menuda y
callada como él es gordo y extrovertido, pero igual de voluntariosa, mientras la Tornado
sustituye sus densos chorros de agua por acariciantes torbellinos de viento tibio que me
secan en un santiamén.
Tú también le caes bastante bien a ella, Josuecillo, pero ni así aceptaría nunca tener en
casa a tu bichito de energía se alegra él, y sigue, irradiando una sincera satisfacción que
Diosdado debe percibir perfectamente, porque lo hace tornarse felizmente verde-rosado y
volver a ser esférico: Así que pensé que eso de andar zapateando el cosmos, listo todo el
tiempo para encamarme alegremente con cualquier forma de vida Ajena para conseguir que
nos venda un nuevo aparatico, ya estaba empezando a no ser el trabajo que un día me
fascinó, y que podría haber llegado la hora de dedicarme a ser un simple padre de familia y
educar a mis retoños… y como he ganado suficiente como para mantener a mi familia por
unos cuantos años hasta que dé con otro oficio, pedí el retiro y estaba firmando los papeles,
bueno, ya sabes, la misma burocracia de siempre, aunque no sean auténticos papeles: que si
patrones retinales, que si huellas digitales, que si ADN y demás identificaciones para cobrar
la pensión, cuando de repente se armó el revuelo… nunca había visto al departamento tan
patas arriba, ni a Miquel El Impasible tan alterado. Por lo que sumé dos y dos, y estaba
alegrándome de que ya no fuera más asunto mío, cuando me acordé de mi coleguita cubano
y vine a todo cohete a avisarte. Estaba más que claro que sólo podía tratarse de ya sabes
qué… por cierto, felicitaciones… ya me enteré de lo bien que lo hiciste en tu último
Contacto, ¿conque entidad Evita, eh? No todos los días se Contacta a una nueva especie
telépata, biotecnóloga y polimorfa.
Gracias por los cumplidos… pero no hay de qué; fue pura suerte. Y gracias también por
el dato, hermano. Salgo del baño completamente seco, perfumado y entalcado, pero aún
desnudo (un viejo juego con mi amigo, que ignora olímpicamente cualquier intento de
seducción hacia su masiva persona), y le palmeo a Joan los lomos, tan anchos como los de
un búfalo.
A ras del techo, encantado con nuestra amistosa concordia, Diosdado es ahora un anillo de
rápida rotación que pulsa satisfecho entre azul cielo y amarillo pollito… si fuera gato
estaría ronroneando, supongo.
¿Crees que los haya encontrado alguna nave nuestra? le pregunto, súbitamente
preocupado, mientras me pongo la ropa interior color lavanda.
Yo diría que no es para tanto. O el alboroto habría sido fiesta reflexiona Joan,
tranquilizándonos a un tiempo a mi mascota de energía y a mí.
Encantado, abro mi guardarropas, y tras breve duda, me enfundo con tres tirones en una
camisa de lino color lavanda y un traje inteligente de seda de araña, para luego calzarme
unos zapatos autoadaptables de cuero de delfín siriano (radián 167, cuadrante 14; la mejor
piel de la Galaxia, lástima que lo exploten los kigros), atuendo que de seguro que vale más
que todo Barrio Ripio.
Con tal vestuario, y al cuello mi «count-down» como única joya, nadie me tomará por otra
cosa que lo que soy. ¿Y para qué esconderlo? Muchos nos imitan; en Nu Barsa, como en
toda la Esfera Humana, hoy somos los Especialistas en Contactos los que marcamos
tendencia, como una vez lo fueran las estrellas del cine y la música.
Entonces de nuevo se tratará solo de una pista. La enésima… respiro más tranquilo,
con los ojos entrecerrados para disfrutar una vez más la deliciosa sensación de las
sofisticadas telas y el carísimo calzado adaptándose milimétricamente a mi anatomía.
Ahora soy yo el que ronronearía si pudiera. Será sólo que otra vez alguien ha visto o cree
haber visto a los fantasmales Ajenos extragalácticos o ha encontrado rastros de su paso,
pero sin que los Contacten aún. Así que todavía puedo ser un héroe para Nu Barsa
haciéndolo yo.
Bravo por el espíritu, cubanito, pero tal vez ya no sea tan fácil vuelve a estropearme el
ánimo Joan, caviloso. Me pareció escuchar la palabra «quígaros». Y si esos vagabundos
polimorfos matreros están de por medio…
Tiemblo sólo de pensar en las posibilidades que eso implicaría, y por supuesto, junto al
techo Diosdado llamea intermitente entre rojo y violeta, reflejando mi preocupación.
Pero no, mente positiva, ésa es otra de las condiciones imprescindibles para ser un buen
condonauta. Aparto de mi cerebro, con un esfuerzo casi físico, todo pensamiento que
involucre a esos cabrones Gitanos Ajenos con sus miles de formas y naves-mundo, y logro
sonreír de manera bastante despreocupada, lo que devuelve a mi sensible biovort su más
puro tono azul cielo.
Debes haber oído mal especulo, ya en la puerta de mi apartamento. Igual, sea lo que
sea, cruzaré ese puente cuando llegue a él,
¿No dijiste que te acababas de retirar? le espeto, burlón, y tras cerrar a nuestras
espaldas el portón con acceso controlado por ADN, subimos a la estrecha y lenta acera
móvil que conecta la puerta de mi apartamento con las mucho más rápidas del exterior del
edificio.
¿Crees que Miquel El Ahorrativo me iba a dejar ir así como así? Mi enorme amigo se
encoge de hombros cómicamente, mientras, como tenemos cierta prisa, caminamos a largas
zancadas por encima del sistema de transporte interno del edificio, que apenas si se desliza
a dos kilómetros por hora a través del amplio vestíbulo. Chico, tuve que hacer un par de
concesiones, pero salí ganando: seguiré trabajando con el poderoso Departamento de
Contactos, aunque sea en calidad de asesor. Y me temo que para esta misión van a requerir
de toda mi experiencia y consejos…
Un adolescente del segundo piso sale del ascensor, me reconoce y, clavando los ojos en mi
atuendo (a que mañana presumirá ante sus amigos con una imitación barata), me llama por
mi nombre.
Gran invento, las aceras móviles, aunque dicen siempre que cuesta un ojo de la cara
mantenerlas. Pero al menos en este distinguido barrio residencial, Ensanche Nuovo, uno de
los más caros de Nu Barsa, por cierto, funcionan como un reloj.
Joan y yo vamos pasando casi mecánicamente, con apenas un segundo entre transición y
transición, de la cinta externa a las más internas de la Rambla Móvil. Cada una se desplaza
5 km/h más rápido que la anterior, hasta que la última y central alcanza unos nada
despreciables 50 km/h, por lo que ya lleva dobles postes-agarraderas de seguridad cada
cuatro metros. Nos sujetamos a uno, con prudencia, y en menos de dos minutos llegamos a
la terminal de monorraíl de levitación magnética, casi sin mover un músculo. Viva Nueva
Barcelona. Viva la tecnología.
En el andén del mag-lev, Joan y yo esperamos en silencio la llegada del siguiente coche
apenas minuto y medio. No es hora pico; en el enclave no hay nada semejante, mucho
menos en Ensanche Nuovo. Cierto que, aunque nunca llega a apagarse, la luz del «sol» en
lo alto del enclave sigue ciclos de intensidad de veinticuatro horas, pero una perfecta
planificación divide a toda la población del hábitat en tres turnos de trabajo-ocio.
Al entrar, aprovechando que seremos los únicos pasajeros del ahusado y velocísimo vagón,
recurrimos a uno de nuestros muchos privilegios como Especialista en Contactos y
marcamos un destino prioritario, convirtiendo el ya rápido transporte público en nuestro
tren superexpreso privado.
Los vagones no tienen ventanas. Sus enormes holopantallas panorámicas con filtros de
vértigo nos permiten disfrutar perfectamente de la vista exterior y sin el riesgo de mareo
que podría provocar la directa contemplación del velocísimo desplazamiento relativo del
paisaje.
Como en la antigua Barcelona terrestre, también aquí los catalanes tienen una red de
transportes envidiable. Se les da bien esto de la organización, casi tanto como a los
alemanes, dicen.
Ojalá algún día pueda visitar Vaterland para comprobarlo, y ver si ese prepotente de
Helmut Schmodt no ha exagerado con las alabanzas hacia su planeta de origen.
De hecho, el complejo incluye una réplica de la catedral que fuera símbolo de la Barcelona
histórica, al doble de su tamaño, pero minimizada incluso así por sus espigados
descendientes.
La reverencia que sienten los catalanes por su genial arquitecto católico es tal que en Nu
Barsa hay al menos seis Parq Güell, y he contado como quince Casas de la Pedrera. Sin
hablar de la fragata de hipertránsito en la que sirvo. No me extrañaría que en cualquier
momento le presentaran al Nuevo Vaticano una moción para primero beatificarlo y luego
canonizarlo.
Es una vista tan impresionante que a veces hasta olvido que Nu Barsa, como la mayoría de
las colonias humanas fuera del Sistema Solar, no es un auténtico planeta, sino un hábitat
artificial.
Disfruto una vez la magnificencia del espectáculo. No en balde resulta tan caro vivir aquí.
Hasta los pequeños asteroides de apoyo del campo de fuerza y del «sol» artificial, que
apenas si se divisan sobre nuestras cabezas como una tríada de puntos negros colgada del
cenit en torno al constante resplandor de fusión de nuestro «astro de bolsillo», hay
exactamente cincuenta kilómetros.
De distancia o de altura, lo mismo da. Lo que importa es que el espacio englobado bajo el
«techo» es más que suficiente para que lo recorran perezosamente no ya holoproyecciones,
sino nubes auténticas de vapor de agua, amén de para que helicoplanos, turbocópteros,
gravimóviles y toda clase de aparatos aéreos pueden navegar con amplia comodidad.
El «suelo» es una simple capa de dos o tres metros de grueso de tierra vegetal recubriendo
el amplio campo de fuerza que une entre sí los diez o doce pequeños asteroides donde se
albergan los generadores; siempre tecnología algoleña, que usamos aunque no entendamos
las matemáticas en las que se basa, y nuestros físicos juren y perjuren que una Teoría del
Campo Unificado es imposible.
Bueno, nuestros físicos no han sido muy penetrantes que digamos últimamente. Y con la
«brujería gravitatoria» pasa como con el hipermotor tarplino que distribuyen los quígaros:
que nadie es tan tonto como para dejar de emplearlos tan sólo por no entenderlos.
De un extremo a otro, el gran enclave orbital catalán mide casi quinientos kilómetros de
diámetro, por lo que, según la simple fórmula del área de la circunferencia, Pi por radio al
cuadrado, daría…
¿Daría? No estoy para cálculos complejos, ni tengo ganas de molestar a la IA del monorraíl
con pequeñeces, daría como doscientos mil kilómetros cuadrados, que es la cifra redonda
que siempre esgrimen ufanas las autoridades de la titánica arcología ante sus generalmente
apabullados visitantes.
Toda una ínsula espacial, flotando en uno de los puntos de Lagrange en torno a Pi y
Margall, una enana amarilla del radián 457, cuadrante 12, invisible desde la Tierra y con
sólo tres planetas… todos gigantes gaseosos sin satélites, y por ende absolutamente
inapropiados para la colonización. Fue sólo por eso que los avaros arctianos nos dejaron
ocupar este sistema a un precio módico, aunque quede bien dentro de su zona de influencia,
y hasta rebautizar a su primaria con ese nombre tan catalán.
Vaya; Joan, como casi siempre que sube al monorraíl, ha comenzado a roncar
estrepitosamente.
Yo, en cambio, miro abstraído la holopantalla panorámica, por la que desfilan pequeños
bosques, centros poblacionales, lagos, cultivos… resulta casi natural pensar en viajes
cuando uno se desplaza a una velocidad de vértigo sobre un hábitat orbital tan imponente
como Nu Barsa.
Tras un impasse de casi siglo y medio (culpa entre otras cosas de la Guerra de los Cinco
Minutos), la segunda y más brillante etapa de la aventura espacial humana comenzó, como
a menudo sucede, por pura casualidad. Un afortunado 19 de mayo del 2154, Joaquim Molá,
astronauta catalán destacado en solitaria misión exploradora de la Unión Europea en busca
de cometas de hielo de agua en la Nube de Oort, Contactó por primera vez con una especie
Ajena.
O quizás sería mejor decir que la cosa empezó cuando el avispado Quim les cambió los
primeros veinticinco motores de hipertránsito que poseyó la humanidad a los quígaros,
¡nada menos que por su gato! (de nombre Aldebarán, según consta en los registros, parece
que ya entonces los mininos-mascotas de nave se solían bautizar con nombres de estrellas
árabes), ¡y un diccionario catalán-español-inglés!, en lo que probablemente haya sido el
trueque más provechoso y providencial del que se tiene noticia, desde que los holandeses le
compraron Manhattan a los indios norteamericanos por apenas veintidós dólares.
Nadie discute que los gatos sean, y Antares me lo recuerda en cada viaje, las mejores
mascotas para una nave, así que tal vez los quígaros no hicieron a la larga tan mal negocio.
Sin contar con que ese diccionario catalán-español-inglés debió ser para ellos toda una
joya; son unos obsesos de las lenguas nuevas. Hasta ahora no han dejado de insistir para
que les vendamos nuestro software de traducción actualizado… sin éxito claro, pues ésa es
nuestra principal carta de triunfo en los Contactos.
No obstante, siempre que pienso en el episodio, no sé por qué, me viene a la mente el viejo
chiste sobre cómo se inventó el alambre de cobre: dos catalanes agarraron al mismo tiempo
una peseta, y cada uno, sin soltarla, tiró y tiró para su lado.
Molá, astuto negociador y héroe de toda la humanidad, es sin embargo casi execrado,
¡como traidor y tonto de remate!, tanto en lo poco que queda de la original Cataluña
terrestre como en este floreciente enclave de Nu Barsa.
Puedo entenderlo. Todo catalán que se respete debe pensar con rabia que si su paisano, en
vez de entregar, ¡ni siquiera vender!, con tanto altruismo veinte de los preciosos
hipermotores a toda la humanidad, los hubiera reservado todos para su gente, ahora
probablemente vivirían en Nu Catalunya, un planeta entero, y no en este hábitat orbital,
grande, sí, pero a la vez lamentablemente limitado.
Y el resto de la raza humana habría tenido que pagar derechos a los catalanes por el uso del
motor de hipersalto tarplino-quígaro, como hoy se paga a los rusos por los biorrecicladores
de alto rendimiento que consiguieron de los arctianos, o se habría ido tranquilamente a la
mierda.
Justo en la que parecía nuestra hora más oscura, después de que, primero en el 2136 la Gran
Guerra chino-norteamericana de los Cinco Minutos, con su secuela de contaminaciones
radiactivas, ciudades completamente arrasadas o parcialmente destruidas (entre ellas
Madrid y Barcelona, dicho sea de paso), y sobre todo, el catastrófico cambio climático
subsiguiente, con sus inundaciones y sequías que desataron la peor hambruna de la historia,
hubiesen reducido en menos de una década la población mundial terrestre de unos
pululantes siete mil millones de personas a unos escasos y hambreados novecientos…
cuando parecía que un Sistema Solar sin planetas colonizables iba a ser nuestra tumba,
después de que la Tierra hubiera sido nuestra cuna, los Ajenos y sus nuevas tecnologías nos
abrieron la Galaxia.
Y hoy, casi cinco décadas más tarde, a punto de entrar en el siglo XXIII, si jugamos bien
nuestras bazas, otros Ajenos, pero ahora extragalácticos, podrían abrirnos todo el Universo.
Cada vez que me cuestiono por qué cojons en la lista de mis parejas sexuales hay muchas
más hembras Ajenas que humanas, miro todo esto y al saber que es nuestro hogar gracias a
gente como yo, me siento… digamos que retribuido bosteza, acomodándose en la amplia
poltrona doble del coche de levitación magnética, que sus monumentales posaderas llenan
sin embargo casi por completo.
Una vez más ha logrado que sus palabras suenen como si estuvieran imbuidas de auténtico
espíritu de sacrificio. Bueno, a fin de cuentas, tal vez él lo sienta de veras.
Sí, es un hábitat hermoso… ojalá pronto pueda ser yo otro de sus felices y orgullosos
ciudadanos para luego tragarme prudentemente el resto de mis comentarios.
Al segundo siguiente mi amigo ya está otra vez roncando con angelical tranquilidad.
Lo miro. Es curioso, cada vez que intento imaginarme a esta mole adiposa que es Joan
teniendo relaciones sexuales con cualquier entidad viviente, ya sea una hembra Ajena o la
heroína de su esposa, sencillamente se me bloquea el cerebro.
Los chismosos también especulan, medio en broma y medio en serio, que los muchos y
ventajosos tratos comerciales que Joan Puigcorbé ha logrado a lo largo de su brillante
carrera tienen que deberse a que los Especialistas en Contacto Ajenos han reconocido su
infinita buena voluntad, o se han compadecido de su ineficacia como amante, o ambas
cosas.
Porque, de que es buena persona, lo es como pocos… pero, lo que es un orgasmo, muchos
dudan que ni siquiera engendrando a sus hijos con su esposa haya tenido alguno. Y menos
provocado.
Por cierto; entre esos burlones escépticos, ¡casi me da pena confesarlo!, me cuento también
yo.
Quizás porque nunca me ha hecho una proposición, ni reaccionado a mis sutiles
provocaciones.
Bueno, no hay que exagerar; estoy dispuesto hasta a aceptar que él y Sonya deben
disfrutarlo aunque sea un poquito, porque tienen dos hijos, y además, porque si así no
fuera…
Es que, sin placer sexual, aunque sea retorcido, simplemente no cabe imaginarse nuestro
oficio.
Me quedo, como tantas veces, mirando al falso Mont Juic en lontananza. Uno de estos días
tengo que animarme a visitarlo, aunque llevo años diciéndome lo mismo. Es una réplica
bastante fiel del original. La Barcelona de antes de la Guerra de los Cinco Minutos era, por
definición, una ciudad entre el mar y la montaña, pero en el enclave Nu Barsa habría
resultado caro e ineficaz instalar una copia convincente del Mediterráneo. Las tierras
cultivables y de pasto que en la distancia se alternan, como los parches de una colcha de
retazos, eran mucho más necesarias. No se puede alimentar a quince millones de habitantes
sólo con hidropónicos. Sin contar con que el peso de tanta agua sobre el campo de fuerza
del «suelo» podría haber sobrecargado los generadores gravitatorios, por muy algoleños
que sean.
Al máximo compromiso que pudieron llegar los nostálgicos ambientalistas con los
ingenieros, ganaderos y agricultores fue a instalar ese hermoso rosario de lagunas que se
extiende hasta el horizonte.
Por cierto que el pescado comestible pulula en ellas. Los catalanes sí que saben cómo sacar
el máximo de jugo económico a cada detalle, aunque parezca meramente ornamental.
Execrado o no por sus compatriotas, siempre pienso que además de buen negociante
Joaquim Molá fue un tipo rápido captando situaciones nuevas, un improvisador imaginativo
y… además, por suerte, alguien sin muchos escrúpulos morales.
O un perverso sexual de tal envergadura que nos deja chiquitos a todos sus esforzados
herederos del Departamento de Contactos de Nu Barsa, independientemente de la
generación en la que nos clasifiquen. Aunque los quígaros de la nave que Quim Contactó
tampoco eran tan espectacularmente distintos de nosotros los humanos, por lo que se sabe.
Tenían por lo menos dos brazos y dos piernas, que tratándose de Contactos, ya es mucho
decir.
Molá fue también lo bastante prudente como para, cuando regresó victorioso a la Tierra sin
gato ni diccionario, pero con los primeros veinticinco hipermotores tarplinos obtenidos de
los quígaros bien seguros en su bodega, abstenerse de contar todos los detalles sobre el
trueque en el que los consiguiera.
Fue sólo después, cuando nos dispersarnos por el cosmos gracias a miles de esos mismos
motores, comprados uno a uno a los ¿generosos? quígaros, y las relaciones de la humanidad
con la Comunidad Galáctica de los Ajenos se volvieron más frecuentes y necesariamente
más… estrechas, que quedó claro que Molá, para sellar su ventajoso intercambio con los
quígaros tuvo que… ejem… la prensa de aquel tiempo, tan adicta a los eufemismos además
de a los escándalos, lo llamó «cohabitar» con un tripulante de la nave Ajena.
Interrogado poco después por un famoso semanario de chismes, Molá sólo dijo que no
había sido tan difícil, que una hembra es una hembra, quígara o humana, y que, ¡por
supuesto!, había usado condón.
Muchos creen que el término coloquial que define a mi oficio nació de tal confesión de
Quim.
Claro que el Protocolo de Primer Contacto nada dice respecto a condones u otras barreras o
filtros de protección burdamente físicos.
En la Vía Láctea se cuentan hasta hoy unas veintinueve mil razas inteligentes… y eso,
considerando a la gran variedad de seres que habitan en las naves-mundo de los quígaros
como pertenecientes a una única raza, pese a la opinión de muchos exobiólogos escépticos.
De otro modo, el número casi se duplicaría.
Por lo que, teniendo en cuenta además que la lista sigue creciendo a razón de varias
decenas nuevas (y cuentan las aliviadas razas más antiguas que hace siglos eran cientos)
cada año, como mi recién Contactada entidad Evita, amén de que la gran mayoría de esas
nuevas civilizaciones recorre la Galaxia en todas direcciones, es fácil comprender que
toparse con naves, planetas, colonias o representantes de otra especie inteligente viene a ser
un acontecimiento tan cotidiano como cruzarte con un vecino en una acera móvil.
La importancia de que normas aceptadas por todos regulen tales encuentros salta a la vista.
Bastante más antiguo que la humanidad, y de origen supuestamente tarplino, ya que los
quígaros insisten en que heredaron de sus mentores la curiosa costumbre, esa curiosa
«etiqueta interespecies» que es el Protocolo de Contactos ha sido bien acogido por casi
todas las razas sintientes de la Vía Láctea.
Podría resumirse así: si te encuentras por primera vez en el cosmos con representantes de
una civilización Ajena y quieres hacer patentes tus buenas y pacíficas intenciones, por si en
el futuro pudiese surgir entre ambas especies un comercio mutuamente ventajoso, en vez de
una inmediata y mutua desintegración, demuéstrales que puedes dejar de considerarlos
como Ajenos, al menos por un rato.
O sea, «cohabita» alegremente con ellos, o al menos finge que lo haces alegremente.
El «count-down» que sólo protege la integridad del ADN del Especialista en Contactos, no
cuenta. Los refuerzos inmunológicos y vacunas antivirales, tampoco.
Y menos mal, porque incluso con ellos, no han sido pocos los condonautas fallecidos en
estricta cuarentena, contagiados de extrañas enfermedades, ¿se podrá decir venéreas?, sobre
todo en aquellos primeros años de entusiastas Contactos con la Comunidad Galáctica, antes
de que nuestra inmunología se viese obligada a alcanzar el nivel que la mayoría de las razas
Ajenas hoy posee.
Los líderes de las decenas de facciones diferentes y siempre en pugna en que quedó
dividida la diezmada humanidad del siglo XXII tras la Guerra de los Cinco Minutos pronto
se dieron cuenta de que el Protocolo de Contactos, fuese o no idea de los misteriosos y
antiguos tarplinos, permitía que las razas con mayor dominio sobre la materia viva llevaran
casi siempre la parte del león en cualquier trueque: una especie cuyo metabolismo se basara
en el oxígeno, pero resultase capaz de modificar de forma «natural» ya no sólo la anatomía,
sino también la química corporal de sus individuos, tendría indiscutibles ventajas sobre otra
de menor desarrollo biotecnológico a la hora de Contactar, por ejemplo, a una nueva raza
de respiradores de metano.
Y ni hablar de casos todavía más exóticos, pero perfectamente reales, como los aracnoides
de Volpes IV, de química basada no ya en el carbono, sino en el exotiquísimo germanio.
Vaya, que tras el entusiasmo inicial ante el afortunado trueque de Molá, parecía que las
cosas se presentaban más bien de color hormiga para nosotros. Para navegar por el cosmos
había que Contactar y ¿quién podría excitarse ante la visión, no ya de una aracnoide
volpiana con su raro metabolismo tóxico, sino simplemente de una tritona anfibia de
Wurplheos VII, con su profusión de aletas espinosas y su piel rosada salpicada de puntos
verdosos?
Pero, ya se sabe que somos una especie con suerte. Resultó que sí existía gente capaz no
sólo de enfrentarse a tan estrambóticos Contactos, sino incluso de disfrutarlos. Nosotros.
Los por tantos siglos rechazados vergonzosamente como perversos y desviados sexuales.
Los gays, bisexuales, masoquistas, sádicos y fetichistas, los raros y aberrados; las más o
menos satisfechas víctimas de inconfesables parafilias, que antes éramos encerradas en
manicomios y cárceles o hasta ejecutadas para que el cáncer moral que en nosotros latía no
contaminase a la «sexualmente sana» y horrorizada sociedad.
Pero ya se sabe que todo es relativo en la viña del Señor. Y que la moral depende de la
conveniencia; tras la difusión de los más escabrosos pormenores del Primer Contacto de
Quim Molá con los quígaros, (aunque varios gobiernos trataron de mantener en secreto esos
detalles), se produjo una extraña, radical y absolutamente inesperada inversión de valores
sexuales; casi de la noche a la mañana, esas mismas ovejas negras que la comunidad se
negó por milenios a considerar como sus miembros con plenos derechos nos volvimos
importantes, esenciales, imprescindibles; la prosperidad de toda la especie humana
dependía en buena medida no sólo de nuestras habilidades negociadoras, sino sobre todo de
nuestra falta de escrúpulos sexuales, de nuestras ansias de emociones nuevas.
De hecho, surgió una ola de liberación sexual que aún dura, y probablemente haría que
cualquier honorable ciudadano del siglo XX o el XXI se horrorizara ante nuestra sociedad
contemporánea, en la que la heterosexualidad es sólo una posibilidad entre varias, en modo
alguno la orientación mayoritaria o correcta que fue por tantos años.
Supongo que piensan que, si «cohabitar» con extraños seres es la manera de conquistar las
estrellas, ¡pues a «cohabitar» entonces! Y empezando por nuestros semejantes, para ir
practicando.
Los Imanes islámicos clamaron por una jihadcósmica. Desde el Vaticano, en una iracunda
encíclica, el neopapa Inocencio XXIV acusó a los Especialistas en Contacto de ser los
herederos de Sodoma y Gomorra, de burlarse de Dios y adorar a demonios lujuriosos
venidos de las profundidades del cosmos, los excomulgó a todos y los llamó
despectivamente «condonautas», sin sospechar que sería justo ese apelativo el que acabaría
designando popularmente al nuevo y prestigioso oficio.
De todos modos, valga decir que el siguiente ocupante del Trono de San Pedro, Juan
XXVIII, no solo retiró la iracunda y apresurada excomunión lanzada sobre nosotros por su
predecesor, sino que incluso trasladó la sede de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y
Romana al espacio, más exactamente, al enclave orbital conocido como Novo Vaticano,
construido (por supuesto) con tecnología Ajena en torno a Beta de la Cruz del Sur.
Pronto quedó claro que la raza humana había tenido de veras una gran suerte con Quim
Molá, porque no todos los perversos sexuales sirven para condonautas, ni mucho menos.
Por desgracia, no basta con la actitud, hace falta también cierta aptitud.
Algunas razas de la Comunidad Galáctica nos son más Ajenas que otras: por ejemplo,
«cohabitar» con una algoleña, pese a sus dos metros de alto, su cabello verde, su piel lila,
su boca llena de colmillos amarillentos y su habla llena de frecuencias ultrasónicas que te
erizan la piel, resulta casi un paseo para la mayoría de los condonautas humanos.
En cambio, Contactar con una balenóptera de Kigrai u Ofiuco, con su cuerpo de cientos de
metros de largo y sus tres vaginas, cada una de varios metros de diámetro, sin contar con su
característico olor a pescado mal salado, ¡esa sí que resulta toda una proeza!
Si lo sabré yo, han pasado años de eso y todavía tengo a veces pesadillas con el episodio,
aunque me haya permitido tener a Diosdado.
Y como generalmente lo que cuesta vale, resulta que, mientras que los algoleños son una
raza casi tan joven y desprovista de sofisticadas tecnologías como nosotros (y nunca está de
más recalcar el «casi» en un sitio que, como éste, existe ante todo gracias a su control
gravitatorio), los leviatanes kigros se cuentan entre las especies más poderosas de la
Comunidad Galáctica, y atesoran más valiosas patentes de biotecnología que diez o doce de
las otras razas juntas.
Secretos que mucho nos gustaría tener, como el de las bionaves, los fármacos
genéticamente individualizados, las biobaterías o la regeneración celular controlada.
Pronto se determinó que, salvo casos excepcionales como el Contacto con los furasgos, que
son inteligentes de pequeños y pierden el raciocinio al crecer, o los reptiloides
termizarianos, que sólo practican el sexo heterosexual para reproducirse y el resto del
tiempo son alegremente homoeróticos, los pedófilos y pederastas rara vez resultan
adecuados para el menester: su espectro de preferencias suele ser demasiado estrecho,
simplemente.
Pero en cambio, otros tipos de perversos, como los furrys, con su obsesión por disfrazarse
de animales con trajes de peluche; y especialmente los zoófilos, encantados por tener sexo
con animales, hemos encontrado en el Contacto con los Ajenos la profesión de
NUESTROS sueños.
También se hizo obvio bastante rápidamente que, pese a la publicidad que se dio al nuevo
oficio estelar, no había suficientes pioneros lo bastante talentosos como para desempeñarlo.
Porque no bastaba con ser un perverso dispuesto a todo, ni mucho menos: se necesitaba
también dominar los rudimentos del arte de la negociación, la diplomacia, tener nociones
de lingüística y relativismo cultural, tecnología y ciencias, intuición social, cortesía, tino…
muchas habilidades, en fin.
Y como ningún gobierno del abigarrado mosaico de culturas en que continuaba dividida la
humanidad sobreviviente a la Guerra de los Cinco Minutos quería quedarse atrás, sobre
todo desde que se hizo patente que, al intercambiar tecnología con un determinado grupo
racial en un Contacto, una especie Ajena no se consideraba moralmente obligada a que tal
información llegara a todos sus semejantes, primero los rusos, luego los canadienses, luego
los nipones, en nación tras nación de las más poderosas se fueron creando con toda
urgencia costosas y bien equipadas escuelas especiales para detectar y luego fomentar en
sus sacrificados estudiantes toda clase de inclinaciones furrys, zoofílicas y de otros tipos
considerados valiosos para el Contacto… además de adiestrar a sus más talentosos alumnos
en el duro y antiquísimo arte de la negociación.
Surgieron así academias como la Pluma, Pelo y Escama de Nueva Madrid o la Pan-Galac-
Zoo de Karlovy-MheschePlakneta, y muchas otras, a las que las madres de clase baja (y
algunas de no tan baja) llevaron y siguen llevando a sus hijos, soñando con verlos superar
las durísimas pruebas de admisión y adquirir, tras dificilísimos y agotadores entrenamientos
que no pocas veces incluso quiebran la salud mental de los alumnos, la formación
profesional necesaria para algún día partir al Cosmos convertidos en gloriosos Especialistas
en Contactos, dispuestos a todo para representar a la humanidad ante las demás razas y
culturas que navegan entre las estrellas.
Y sobre todo, volver enriquecidos por las altísimas regalías que se pagan por Contacto
exitoso.
Por cierto que no escogí aquella corbeta completamente al azar; desde pequeño me fascinó
la historia de la tecnología y de sus inventores, así que pensé que volar en una nave
bautizada en honor del ingenioso creador hispano del autogiro me traería suerte… y así fue.
En teoría, cada nave humana debería llevar un Especialista en Contactos a bordo, por si se
da la afortunada (y ya se sabe, muy probable) circunstancia de que se vea involucrada en un
Primer Contacto con alguna nueva raza Ajena, además de que, siempre según el dichoso
Protocolo de origen tarplino que sus fieles discípulos quígaros se han encargado de
difundir, debería ser básicamente imposible cualquier tipo de trato mercantil sin un
condonauta capaz de representar a cada especie interesada.
Pero en la práctica, muchas naves (y no sólo humanas) se arriesgan a navegar por la Vía
Láctea prescindiendo por completo de Especialistas en Contactos en su tripulación, lo que
limita sus posibilidades de negocios a simples trueques con otros mercaderes ya conocidos.
Los Especialistas en Contacto, humanos o no, no crecen en los árboles. Y los individuos
normales de casi ninguna especie están precisamente muy dispuestos a tan efusivos
intercambios sexuales con los representantes de otra, por mucho que se le parezcan.
Claro que siempre queda un margen para la improvisación y hasta para el intrusismo
profesional. Entre nosotros los humanos, y supongo que también entre algunas razas
Ajenas, a veces tripulantes desaprensivos (y/o desesperados) intentan asumir el prestigioso
rol de Especialistas en Contactos.
Fingirse condonauta viene a ser como la última carta de la baraja para un astronauta que por
X razón ha perdido o ha abandonado su nave, y a quien ningún otro vehículo espacial
quiere contratar en cualquier función. Un recurso desesperado. La ruleta sexual, le llaman
algunos; si se tiene mucha suerte, no habrá que Contactar a nadie durante el viaje; con
menos fortuna, será algo no del todo desagradable, como «cohabitar» con una algoleña,
pero si uno se pone fatal, siempre puede tocarle una balenóptera kigra…
Pero incluso en tal caso será mucho mejor para el impostor que por lo menos lo intente y
haga de tripas corazón; según el sacrosanto Protocolo de Contactos de origen tarplino, si el
condonauta contratado no logra desempeñar a cabalidad la función de embajador sexual
que de él se espera, el capitán de la nave está en todo su derecho, no sólo de no pagarle lo
prometido, sino incluso de arrojarlo al espacio ipso facto, por estafador.
Es así que no pocos Especialistas en Contactos improvisados han enloquecido (o al menos
han fingido enloquecer) al intentar terca y desesperadamente sobreponerse a su repugnancia
natural y Contactar a alguna Ajena especialmente repulsiva, todo con tal de no verse
abandonados en pleno Cosmos por decepcionados e iracundos capitanes.
Bueno, nadie dijo que el nuestro fuese un oficio siempre agradable, ni exento de peligros.
En tan riesgosas condiciones me enroló el capitán Palol. Supongo que, pese a mis
juramentos de experiencia, nunca creyó que yo fuera más que otro jovenzuelo fugitivo, al
máximo un tripulante abandonado, quizás un grumete con mala suerte, y decidió darme la
oportunidad.
Y su gratitud por el buen rato que le hice pasar en su oficina cuando me contrató…
Pero el azar estuvo a mi favor; en la ruta de vuelta, y tras un intercambio comercial por
completo rutinario con los mercaderes arianos (tres toneladas de geodas de cuarzo terrestres
por una y media de cerámicas hiperconductoras de factura furasga, sospecho que fruto de
algún contrabando, por su precio más bien bajo), la pequeña nave mercante de matrícula
catalana detectó el escape de un vehículo espacial sublumínico a la altura de la constelación
de Piscis.
El capitán Agustí me miró dubitativo y preguntó: «¿Te atreves, Josué?«. Yo asentí, aunque
temblando como un azogado, pedí que me pincharan con cuantas vacunas y reforzadores
inmunológicos podía resistir sin reventarme, me ceñí al cuello el «count-down» y fue así
como tuvo lugar el Primer Contacto de la humanidad en general y de los catalanes en
particular con los continentines: gigantescas masas de protoplasma, inteligentes, oriundas
de un sistema doble cercano al cúmulo globular de Hércules, y que confiadas en su
resistencia física e inmortalidad biológica, tras escuchar durante milenios las trasmisiones
radiales de la Comunidad Galáctica, habían finalmente decidido emprender la ruta del
espacio, ¡nada menos que en naves impulsadas por motores de fusión nuclear!
A eso le llamo yo no tener prisa en llegar a ninguna parte. Menos mal que ya navegan con
hipermotores tarplinos, como todo el mundo… gracias al capitán Palol y a mí.
En estos ocho años, con sus altas y sus bajas, he recorrido media Galaxia a bordo de
diversas naves de hipertránsito, desde pequeñas corbetas hasta enormes navíos,
«cohabitando» por cuenta de los catalanes, mis empleadores, con decenas de formas de
vida Ajenas, incluyendo once Primeros Contactos.
Y todo ello sin más consecuencias molestas que un sarpullido fungoide que me trasmitió un
pólipo guzoid infectado, nada que no pudiera tratar la farmacopea humana, por suerte: un
poco de interferón, y las esporas Ajenas se rindieron en masa a mi sistema inmunológico
potenciado.
El coche mag-lev vuelve a acelerar, evidentemente, el frenaje anterior no tenía que ver con
la cercanía al final de nuestro trayecto, sino con el paso de otro tren de mayor prioridad.
No le faltan ni siquiera las venas, ni hay confusión posible con el color… uno casi esperaría
ver aflorar una titánica y opalescente gota de semen desde su cúspide, que en realidad es el
acceso al pozo central de ascensores y ventilación.
Lo siento, pero SÉ que estará se encoge de hombros mi amigo catalán. Su nave
regresó de misión tan sólo ayer, como la tuya, así que no tiene tiempo de haber partido de
nuevo… ya sabes cómo puede ser de exasperante Miquel El Estricto con los descansos
entre viajes de sus tripulaciones.
Con tal de que no salgamos disparados por el pozo central hacia arriba, cubanito… hoy
no traje mi paracaídas.
*****
ImprimirPDFEmail
130%120%110%100%90%80%70%
100%75%50%25%0
Shh… suelta, chaval. ¡Esas manos! ¡Que todavía no te perdono lo de esa Evita… tío,
deja la calentura, que ahí ya llega el jefe! ¡Quieto, Josué! me susurra Nerys al oído con
su acariciante voz, escurriéndoseme húmeda entre los brazos y flotando sobre sus antigrav
de sostén de vuelta a su lugar, pese a mi voluntad de retenerla apretándola.
Como suele ocurrir, la aparición de Miquel Llul, el temido y respetado jefe del
Departamento de Contactos, ha acallado todos los murmullos y chismes que hasta el minuto
anterior recorrían la sala llena de condonautas, molestos por la urgencia de la convocatoria.
Tanto lo respetamos, aunque nunca haya sido uno de nosotros. El sexo no es lo suyo. Un
chiste muy clandestino dice que el árido Miquel sólo podría Contactar con alguna raza de
robots.
No obstante, a cada rato me pregunto si será descendiente de aquel gran sabio catalán,
Ramón Llul, mucho mejor conocido fuera de España como Raimundo Lulio, porque lo que
ha logrado hacer este flaco, estoico y barbudo cincuentón con el departamento es poco
menos que alquimia: transformar plomo en oro mediante la Piedra Filosofal debió ser un
juego de niños, comparado con convertir lo que sin duda era el puñado de Especialistas en
Contactos más indisciplinados y revoltosos de toda la Esfera Humana en este destacamento
disciplinado y sobre todo lleno de auténtico esprit du corps.
Miro de reojo a Helmut Schmodt, que según nuestro mutuo y no escrito pacto, ha fingido
enconadamente que no existo desde que llegó.
Tataratataratataranieto o no de Ramón Llul, el Gran Miquel fue bien claro hace seis meses,
cuando el alemán y yo tuvimos nuestro (hasta ahora) último roce, en el que casi llegamos a
las manos. Al próximo problema, nos advirtió, los dos nos iríamos pitando del
Departamento y de Nu Barsa, sin derecho a apelación alguna ni opción de regreso.
Sin que le importe mucho que Herr Schmodt, nacido (o ensamblado, ya que es un ciborg)
en el planeta germano de Vaterland, sea uno de los tres únicos condonautas de cuarta
generación con los que cuenta el Departamento, ni mucho menos que yo sea uno de los
Especialistas bajo su mando que más Primeros Contactos puede reclamar.
Como si captara mi mirada (y tal vez lo ha hecho: nadie sabe qué extraños sensores le
incorporaron sus padres-diseñadores de Vaterland), Helmut se da la vuelta, me clava sus
fríos ojos, que hoy son azules en vez de grises, color que habitualmente prefiere, y me
muestra toda su dentadura.
¿Mi peor rival me está sonriendo a mí? Debo estar viendo visiones.
O tal vez acaba de contactar con alguna de esas especies Ajenas carnívoras y territoriales en
las que enseñarse mutuamente los dientes es un gesto de amenaza, y se le quedó grabado el
gesto.
Pero no; sonríe de veras, acariciando casi cariñosamente al condonauta de piel bronceada y
vestido de impoluto blanco que tiene a su lado. Nunca antes había visto a ese chico, será un
recién llegado. Y sin embargo, algo en él me resulta curiosamente familiar. Con ese
desmesurado spend-droom y esa tez cobriza, tiene cierto vago aire caribeño; podría ser
dominicano, jamaiquino, portorriqueño o…
Amplificada por el sistema de audio, la autoritaria voz de Miquel corta en dos mis
reflexiones:
»La primera es que, como esperábamos hace años, finalmente una raza Ajena extragaláctica
ha llegado a nuestra Vía Láctea.
Vaya, parece que Joan se equivocó ligeramente; esta vez ya no se trata de huellas posibles,
ni de dudosos avistamientos, existen, y por fin alguien los…
La segunda noticia, la mala, es que no fuimos nosotros quienes Contactamos con ellos. Y
cuando digo nosotros no me refiero sólo a Nu Barsa, sino a toda la raza humana continúa
Miquel, honrando como siempre su reputación de implacable.
Mierda, ahora sí que nos jodimos. Si los Contactaron primero los kigros de Ofiuco, esos
rácanos arctianos o incluso los paranoicos furasgos, nos costará lo que tenemos y lo que no
tenemos llegar alguna vez a tener acceso a ese dichoso hipermotor de alcance
intergaláctico. Bueno, siempre queda el consuelo de que esos alemanes y rusos prepotentes
también tendrán que pagarlo a su peso en oro. Claro que ellos, con planetas enteros a su
disposición, tienen muchos más recursos que nosotros los pobres catalanes.
Nosotros los pobres catalanes… vaya, suena bien. Casi me lo creo y todo.
Un suspiro general, a la vez de alivio y de decepción, si tal cosa es posible, recorre toda la
sala.
No es que el hecho sorprenda a nadie; estadísticamente hablando, ninguna raza tenía
mayores probabilidades de Contactar a los extragalácticos que los incansables vagabundos
de la Vía Láctea.
Como mismo nadie sabe qué fue de los «Sabios Creadores» tarplinos, tampoco se conoce
de dónde provienen sus «Indignos Discípulos», también conocidos, por culpa de nosotros
los humanos, siempre tan imaginativos creando alias, como Gitanos Ajenos.
Ninguna otra raza Ajena dispone de una flota tan imponente. Los quígaros aducen tal
cantidad (además de como evidencia de que no creen en el control de natalidad y que la
superpoblación no les preocupa) como la prueba irrefutable y definitiva de que jamás
tuvieron un planeta de origen, sino que siempre han vivido en sus naves, desde que los
míticos tarplinos los tomaron bajo su tutela o los crearon, nunca aclaran el particular.
Puede ser. Ellos no tienen registros escritos, pero ni siquiera en los anales de las más
antiguas especies de la Comunidad Galáctica, como los kigros, consta otra cosa.
Por su parte, la mayoría de los exobiólogos opina que ninguna raza inteligente puede haber
surgido ya vagando por el espacio, como Palas Atenea adulta y armada de la cabeza de
Zeus. Lo que apoyaría el sentir general de que si alguna vez tuvieron un planeta de origen,
los quígaros lo abandonaron hace tantos milenios que ya olvidaron su localización, o
guardan el secreto para vendérselo a quien esté lo bastante interesado en el dato como para
pagarlo en lo que vale.
Salvo, por supuesto, los hipermotores fabricados por sus adorados tarplinos, tan eficaces y a
la vez tan resistentes a la ingeniería inversa. Con respecto a los cuales los quígaros,
paradójicamente, parecen tener la misma actitud desprendida que algunas antiguas sectas
cristianas de la Tierra con su libro sagrado, La Biblia; contribuir encantados de que todos lo
conozcan y lo usen.
Muy curioso resulta también que los quígaros, pese a su interés en comerciar toda clase de
tecnologías, nunca hayan querido comprar, ni vender, ni mucho menos usar armas.
Son pacifistas convencidos, o cobardes hasta la médula, según se mire. Ni siquiera tienen
una estructura de control jerárquica, por lo que se sabe. Probablemente esa democrática no-
violencia ayuda a que, hacinados como viven en sus naves-mundo, no se enfrasquen en
terribles peleas a cada momento y por cualquier cosa, como harían los miembros de casi
cualquier otra especie en condiciones semejantes.
No es una ética del todo excepcional; en la Galaxia se conocen al menos un par de decenas
de razas que abogan tercamente por la coexistencia pacífica incluso ante la amenaza de ser
aniquiladas, si bien ninguna ha alcanzado la difusión o la importancia de los Gitanos
Ajenos. En un ambiente de tanta competencia como son las relaciones comerciales
interestelares, una especie que no esté dispuesta a recurrir a la violencia ni siquiera como
recurso extremo suele quedar rápidamente desplazada a un discreto segundo plano, cuando
no veloz, definitiva e irreversiblemente extinta.
Aunque se diría que tardaron unos cuantos y cómodos milenios en interpretarlas, así que no
confío mucho en esa historia. ¿O será que me cuesta trabajo imaginarme cómo una raza no
violenta puede practicar la esclavitud?
Por si acaso, ¡menos mal que Quim Molá les dio un diccionario y un gato, y no su ADN, a
cambio de los famosos veinticinco primeros hipermotores! De otro modo, violentamente o
no, quizás ahora habría una raza de clones humanos sirviendo como esclavos en más de una
nave-mundo.
Y qué suerte que también existen los «count-downs»; no me gustaría imaginarme una raza
de clones míos subrepticiamente creados y esclavizados por estos «Indignos Discípulos».
Con mi ADN en particular, y con el humano en general, mejor que nadie se meta, o…
También existe consenso casi unánime respecto a que los quígaros son una de las razas más
antiguas de toda la Comunidad Galáctica. Ellos insisten en que son apenas unos recién
llegados: y que, claro, sus mentores, esos fantasmáticos «Sabios Creadores» tarplinos,
serían la especie inteligente más antigua de todas. No en balde el Protocolo de Contactos
fue precisamente idea suya.
Claro que, como se niegan o no pueden presentar registros u otra clase de pruebas
cualesquiera que avalen su pretensión, la actitud general de otras razas hacia tal idea es más
bien escéptica; ya se sabe, no se puede creer en todo lo que dice la gente, sobre todo si es
gente quígara.
Pero no es su abundante flota, su antigüedad, su habilidad mercantil, su pacifismo ni su
bien asumida condición de nómadas galácticos lo que vuelve una raza única a los quígaros,
sino otras dos características bastante más curiosas.
Y en consecuencia, los exobiólogos suponen que se trata del efecto acumulado de muchos
millones y millones de años de evolución por separado, pero lo cierto es que los quígaros
de una nave no suelen parecerse mucho a los de otra. Ni en cultura, ni en lenguaje, ni
mucho menos en anatomía.
Muchos condonautas dudan que ninguna evolución por separado tenga nada que ver en el
asunto. Quizás porque a veces los Gitanos Ajenos adoptan morfologías bastante…
caprichosas sería una forma suave de calificarlas.
Pueden existir más diferencias anatómicas entre las tripulaciones de dos naves-mundo
quígaras cualesquiera que las que hay entre nosotros los humanos y los leviatanes kigros.
Y, menos parecido entre dos de sus idiomas que entre el chino y catalán. Lo que convierte
el Contacto con cada nave-mundo suya en toda una adivinanza, poco menos que en otro
Primer Contacto.
De las cerca de veinte mil naves-mundo conocidas, los humanos apenas si habremos tenido
roce con unas seiscientas…
Hay incluso Especialistas en Contactos que creen a pie juntillas que el mayor placer de los
quígaros (después de estafar a quienes cierran tratos comerciales con ellos, claro) es
desconcertar a los condonautas de otras razas cuando tienen que Contactarlos.
La otra característica singular de los Gitanos Ajenos también está, de hecho, estrechamente
relacionada con la anterior. Es la que los convierte en una especie, tanto que, si no fuese por
ella, nadie tomaría jamás a seres de morfologías tan diferentes por integrantes de una única
raza. Aunque algunas teorías recientes se niegan a aceptarlos como tales, e insisten en que
debe tratarse más bien de un conglomerado o coalición de especies de diverso origen,
amalgamadas por intereses comunes.
El caso es que, a despecho de su Babel de lenguajes diferentes, que algunos lingüistas creen
más bien una especie de hobby, mientras que otros niegan su existencia o los consideran
una broma sin sentido, los quígaros son telépatas intraespecíficos, capaces de mantenerse
en contacto telepático unos con otros todo el tiempo, aunque sin llegar a formar una única
entidad mental. Nada demasiado raro entre las razas Ajenas, a decir verdad: hasta el
momento hay registradas casi mil especies poseedoras de tan estupenda habilidad.
Así, por supuesto, no se necesitan jefes. Si todos son uno y uno es todos, ¿para qué?
Por cierto, es curioso que, aunque todas las especies pacifistas sean telépatas de esta clase,
la correspondencia no se cumpla en ambos sentidos; la gran mayoría de las razas dotadas de
telepatía no son, en cambio, pacifistas, desvirtuando así de paso la antigua concepción de
algunos autores humanos de ciencia ficción del siglo XX, de que conocer lo que piensa tu
enemigo impide que lo sigas considerando como enemigo.
Mucho más exótica resulta, por ejemplo, la telepatía interespecífica, que permite el
contacto mental con representantes de otras especies. La poseen, por ejemplo, los kigros o
la entidad Evita que acabo de Contactar yo; apenas hay noticia de treinta miembros de la
Comunidad Galáctica bendecidos con este utilísimo don, que ahorra mucho tiempo y sobre
todo esos incómodos malentendidos generados a cada momento por nuestros softwares de
traducción, que son buenos, pero no mágicos.
Y, dicho sea como de paso, ninguna de esas razas (bueno, no conocemos aún lo bastante a
Evita como para asegurarlo, pero no apostaría mi vida a la posibilidad) es tampoco muy
pacifista que digamos.
Pero, mientras que la telepatía (ya sea intra o interespecífica) de TODAS las demás razas
galácticas deja de funcionar a cierta distancia, que por lo general no pasa de un par de miles
de kilómetros, el caso es que, de algún modo que ninguna ciencia humana o Ajena ha
conseguido explicar todavía, por muy diferentes que sean sus poblaciones, por muy lejos
que estén (y lejos quiere decir siglos-luz, incluso, la Vía Láctea es una Galaxia GRANDE)
parece que TODOS los quígaros de TODAS las naves-mundo de la Galaxia se mantienen
CONSTANTEMENTE en contacto mental, ¡en tiempo real!, unos con otros, integrando
una especie de supermente telepática colonial, en olímpica burla de la relatividad
einsteiniana.
Ellos lo explican como una habilidad heredada de los tarplinos, que es como no explicar
nada.
Un viejo chiste de condonautas dice que «ansible» podría ser el verdadero nombre secreto
de los quígaros, o quizás hasta de su planeta de origen.
Afortunadamente para los quígaros, entre las pocas cosas que se saben sobre su supermente
telepática colonial, está más que demostrado que el enlace hiperlumínico sólo funciona
cuando están implicadas grandes poblaciones. Es probablemente por eso, especulan los
exobiólogos, que a bordo de cada una de sus naves-mundo viajan tantos millones, para
poder mantener su unidad como raza o superser incluso a distancias interestelares, deben
necesitar de elevadas concentraciones de individuos que aúnen su poder telepático.
Más que hábiles negociantes, los quígaros son mercaderes compulsivos, que parecen
experimentar un placer particular al vender y/o comprar hasta a su sombra. Lo de Quim
Molá no fue un caso aislado; en no pocas ocasiones, las tripulaciones humanas que han
Contactado sus naves-mundo sin tener nada valioso ni nuevo que ofrecerles (aparte de
nuestro precioso ADN o nuestro celosamente atesorado software de traducción, bienes que
sencillamente NO SE NEGOCIAN) han acabado intercambiando con ellos cualquier
fruslería para recibir a cambio otro hipermotor tarplino operativo.
Así que aún no está todo perdido, aunque sean negociadores duros, será tan solo cuestión
de peinar la Galaxia hasta localizar a la primera nave-mundo repleta de quígaros, y de
inmediato comprarles todos los datos que conozcan (o quieran vendernos) sobre esos
Ajenos extragalácticos, al precio que ellos pidan. Que, me temo, será desgraciada y
realmente astronómico.
Tras breve pausa para permitirnos llegar a tales conclusiones, Miquel Llul vuelve a hablar:
La información de que los quígaros Contactaron recientemente a una especie venida de
más allá de los límites de la Vía Láctea la trajo el navío de hipertránsito Salvador Dalí…
lamentablemente, pese al magnífico Contacto que efectuó su Especialista con los Gitanos
Ajenos, las tres mil toneladas de aleación con «memoria térmica» de níquel-titanio que
cargaba la nave en sus bodegas, y que entregó hasta el último gramo, no bastaron para más
precisiones… aunque el condonauta Ajeno insinuó que podríamos llevarnos una
desagradable sorpresa cuando diéramos con los extragalácticos.
Por cierto, ¿Miquel dijo la Salvador Dalí? Me suena, más allá del gran pintor surrealista del
siglo XX. Hago memoria, claro: se trata del navío más moderno, grande y bien armado de
la pujante flota espacial de Nu Barsa, en el que sirve como condonauta… ¿quién sino
Helmut Schmodt?, que sigue sonriéndome con sus pupilas azules, lleno de lo que ahora sé
que es pura y despectiva satisfacción, como que él fue quién se encargó de ese «magnífico
Contacto» que mencionó Miquel.
Punto para ti, alemancito, pero esta carrera no ha terminado aún, qué va.
»Eso es todo. Los condonautas deberán incorporarse a sus respectivas naves en el más
breve plazo posible. Adiós, y que tengan buena suerte.
El alboroto que secunda la solemne comunicación de Miquel Llul no habría estado fuera de
lugar en el Coliseo romano.
Pero también, por supuesto, a la pura emoción de la competencia; siempre se ha sabido que
algunos condonautas son mejores que otros, más imaginativos y duchos a la hora de
Contactar, más hábiles en la «cohabitación», mejores negociadores, más capaces como
lingüistas, más empáticos, o al menos con más suerte.
Y el que ahora logre, no sólo conseguir los parámetros de la trayectoria de los Ajenos
extragalácticos negociándolos hábilmente con la primera nave-mundo quígara que
encuentre, sino Contactar a los propios visitantes de más allá de la Vía Láctea…
Bien, en Nu Barsa hay una calle Joaquim Molá, pero es corta, estrecha y muy difícil de
encontrar. En cambio, el que consiga el Primer Contacto Intergaláctico podrá aspirar
seriamente no sólo a que la mayor de las avenidas del hábitat, hoy conocida simple y
nostálgicamente como Gran Diagonal al mejor estilo barcelonés, sea rebautizada en su
honor, sino a que también lo sea un tramo de aceras móviles (¿qué tal sonaría «Diagonal
Josué Valdés» o «Rambla Josué Valdés»?) o incluso todo un barrio.
Quizás hasta, ¿por qué no?, nada menos que el primer planeta habitable de otra Galaxia al
que lleguen naves catalanas lleve su nombre.
¡No es justo, Josué! me rezonga Nerys prácticamente en el oído, tras deslizarse hacia a
mí grácilmente, merced a sus soportes antigrav. Menos mal, parece que ya ha olvidado su
disgusto por lo de la entidad Evita, porque si algo me molesta en una mujer son los celos
retroactivos. ¡Yo regresé de misión apenas anteayer! ¡Y estuve fuera tres semanas!
¡Maldita la gracia que me hace entonces volver a zapatearme el cosmos en busca de esos
Ajenos de otra Galaxia!
Nein obliga a acatar orden de Llul, mein fraülein Me lo temía, regodeándose en su
pequeña victoria parcial, Herr Schmodt no ha podido resistir la tentación de meter la
cuchareta. Tampoco servir nada… ich encontrar quígaros, luego Extragalaktischen und
luego…
Por cierto que, según el viejo refrán de «cuando veas las barbas de tu vecino arder, pon las
tuyas a remojar», yo mismo debería retomar mis clases de catalá… no me extrañaría
enterarme de que mi casi absoluto desconocimiento de la lengua de Juan Marsé (al que sólo
he leído en español, aunque fuera Premio Cervantes a principios del siglo XXI), ha tenido
su peso en que todavía no acaben de concederme esa dichosa ciudadanía.
Y puesto a eso, también podría conseguirme una camiseta azulgrana del Barsa, yo que
siempre odié el fútbol en cualquiera de sus variantes, aprender a bailar el pasodoble, ¡o
mejor la sardana! También dejarme ver en público comiendo fuet todo el año, y coca por
Navidad… y en general, convertirme en el perfecto inmigrante acatalanizado lameculos.
Pero nada de eso; desde el principio decidí que o me ganaba la ciudadanía por mis méritos
profesionales, o me iba con mi talento a otro enclave. Este cristiano no parla catalá desde
que nació y nada cambiará eso, ¿no? Que uno será arribista, pero tiene sus límites.
Hoy Schmodt ha elegido una apariencia corporal típicamente aria: rubio, de ojos azules y
un musculoso metro con noventa, pero aún así tiene que alzar bastante la cabeza para
encararse con el gigantesco Puigcorbé, con sus casi dos metros y cuarto de alto y poco
menos de un tercio de tonelada de masa corporal.
Joan lo mira desde arriba, con su característica sonrisa beatífica, aunque adornando su
redonda cabeza afeitada, que remata su titánica anatomía, la verdad es que ya no lo parece
tanto.
Nerys me aprieta fuerte el brazo con su húmeda mano palmeada. La tensión podría cortarse
con un cuchillo. El misterioso joven mestizo del spend-droom y la ropa blanca que viera
antes junto a Helmut también ha acudido al punto, evidentemente dispuesto a apoyar a su
amigo alemán en cualquier posible diferendo físico,
y ahora me mira los ojos con una expresión que sólo
puede ser odio.
Ja, ja… sólo porque Miquel decir expulsión gruñe Helmut en su horrible versión
germanizada del español y se aleja de Nerys y de mí de mala gana, demostrando que
incluso él es capaz de pensar en las posibles consecuencias de sus actos.
¡Vaya! ¡Por Shangó y la Virgen morena de Montserrat! ¡Si conoce mi apodo de la infancia!
Pero incluso sin ese detalle, esa voz no la olvidaría ni aunque viviera mil años.
Cómo no me di cuenta… esos ojos, y esa obsesión por el blanco y la limpieza. Pensé que
habría muerto, pero no. De algún modo que no quiero imaginarme, él y su odio me han
seguido hasta Nu Barsa, y ahora, supongo, quiere «vengar» a su fenecido ídolo.
Es el hermano menor de Yamil; Yotuel Valdés, una vez apodado Boca Llena.
Y encima el muy cabrón ha ido justamente a aliarse con mi peor enemigo, Helmut
Schmodt.
«El diablo los cría y ellos se juntan solos», decía Diosdado en Barrio Ripio.
¿Le agradecerá sus enseñanzas con las mismas habilidades bucales que tan popular lo
hacían entre los viejos pederastas de la autopista que bordeaba Barrio Ripio? No me
extrañaría.
Entonces, tengo que Contactarlos yo, de todas formas pienso en alta voz, acariciando
distraído las aletas dorsales de Nerys, deliciosamente erizadas por el golpe de adrenalina
del incidente que también me ha dejado un extraño sabor agrio metálico en la boca.
Aunque sea sólo un «plebeyo» condonauta de primera generación, e inmigrante, para más
INRI.
Quim Molá, Joan y yo, salvando las distancias por la fama del precursor de todos nosotros
o de mi amigo catalán, somos Especialistas de primera generación; nuestros cuerpos no han
sufrido ninguna clase de modificación anatómica con el objetivo de facilitarnos el Contacto
con seres de otras razas.
Porque ni todo el tejido adiposo que Joan ha cultivado gracias a su sedentarismo puede
considerarse una alteración fenotípica irreversible. Con dieta, gimnasio y un bypass
estomacal, quizás…
Sólo quizás. No estoy seguro de que ni Dios ni Orula pudieran hacer adelgazar a mi amigo.
Espero que Nerys mantenga con sus sacrificados padres mejores relaciones que los que
tengo yo con Abel, para bien de ellos.
Porque la niña resultó ser toda una revelación; alcanzó las más altas puntuaciones en los
exámenes de empatía y diplomacia mercantil, e incluso los profesores de exobiología
afirmaban que comprendía mejor que ellos las anatomías y fisiologías de muchas especies
Ajenas. No es extraño entonces que fuese la primera catalana en someterse a la cirugía de
modificación corporal (se presentó voluntaria) de la que emergió transformada por decisión
propia en esta especie de sirena que es hoy: con manos palmeadas, dorso erizado de aletas,
cola en vez de piernas… lo que será muy útil para Contactar razas acuáticas, pero también
la obliga, cuando está fuera del agua, a usar soportes antigrav para desplazarse. Y, sobre
todo, la capacidad de respirar a voluntad por branquias o por pulmones.
La tercera generación fue un salto audaz; soslayó las modificaciones del fenotipo, y se
atrevió directamente con el mismísimo genotipo humano.
Pero las quimeras transgénicas resultaron una gran decepción: los hombre-pájaros, hombres
de flúor y otros seres exóticos, al ser tan anatómica y fisiológicamente distintos del
común homo sapiens, simplemente no se SENTÍAN humanos, ni veían por qué debían
sacrificarse por ellos. Sin contar con que tampoco poseían, ni mucho menos, la esforzada
versatilidad de los Especialistas en Contacto de la primera generación, ya fueran
profesionales de academia como Joan o «plebeyos» como yo.
Algunos gobiernos, tercos, perseveraron de todos modos en esa dirección, pero cuando un
grupo de casi cincuenta hombres-murciélago sudafricanos robó un navío de hipertránsito
del astropuerto de Krugerlaand y desapareció en dirección desconocida, tras haber
expresado su deseo de establecerse libres en su propio mundo, bien lejos de todos los
humanos, quedó más que claro que el de la tercera generación era un callejón sin salida.
Espero que a esos hombres-murciélago les haya ido bien, por cierto, dondequiera que estén.
Fueron muy valientes… y muy sinceros.
Pero seguían siendo cada vez más necesarios nuevos y mejores Especialistas en Contacto.
La humanidad perdía constantemente numerosas oportunidades mercantiles porque sus
condonautas no eran capaces de Contactar más que a un par de millares de razas de las
decenas de miles integradas en la Comunidad Galáctica. «Cohabitar» con respiradores de
cloro, con habitantes de mundos con altas gravedades, con seres de plasma y otras formas
de vida relativamente lejanas de la anatomía y fisiología humanas todavía quedaba fuera de
nuestro alcance, al menos sin medios tecnológicos especiales.
Así que, en el 2187, y como la necesidad aguza el ingenio, en los sofisticados laboratorios
de sus ricos mundos coloniales de Amaterasu y Vaterland, los bio y nanotecnólogos
japoneses y alemanes crearon, cada uno por su cuenta casi al unísono, a los primeros
condonautas de cuarta generación.
Hasta que, a los quince años, tras responder a complejas baterías de tests que recomendaron
no pasar la siguiente etapa del programa a más de la mitad de aquellos adolescentes (cuya
identidad se mantiene hasta el momento celosamente protegida), a quienes se consideró en
cambio lo bastante estables y dispuestos les fue revelada su doble naturaleza de humanos y
complejos nano-cibernéticos.
De nuevo más de la mitad no quiso aquel honor o no supo afrontar el reto de su recién
revelado y sensacional poder; los primeros se negaron a cambiar de plano; los segundos
murieron entre espantosas y descontroladas metamorfosis, o enloquecieron. A menudo,
ambas cosas.
Pero Helmut Schmodt, otros cincuenta y seis alemanes y ciento trece japoneses, en cambio,
decidieron conscientemente ser Especialistas en Contacto, lograron sobrevivir al trauma,
aprendieron a autocontrolarse a nivel de órganos, tejidos y células, y se convirtieron en la
última palabra en cuestión de Especialistas en Contactos: los «condonautas proteos», o de
cuarta generación.
Cierto que todavía convertirse en seres de energía pura o de antimateria queda fuera de su
alcance, pero ¡vaya si ha sido un paso adelante notable! Pronto, los flamantes Especialistas
en Contacto de cuarta generación demostraron su excepcional valía, catapultando a
Vaterland y Amaterasu al indiscutido liderazgo científico técnico de la humanidad, gracias
a las patentes obtenidas en sus sensacionales Contactos con nuevas y antiguas especies
Ajenas.
Prudentes y astutos, recordando la lección de la Guerra de los Cinco Minutos, antes de que
el abismo entre ellos y el resto de las facciones humanas se hiciera tan grande que sus
rivales optaran por unirse para atacarlos anulando su ventaja, alemanes y japoneses
ofrecieron «generosamente» alquilar los servicios de sus flamantes genios del Contacto a
otras nacionalidades.
Cobrándolos caros, por supuesto. Helmut Schmodt le cuesta al Govern de Nu Barsa casi
tanto como todo el resto del personal del Departamento de Contactos. Y como el muy
cabrón lo sabe, y probablemente hasta capta nuestra envidia y nuestras miradas de odio en
su espalda, no pierde ocasión de demostrarnos que vale hasta el último crédito de esa
fortuna que cobra.
En el año y medio que lleva aquí, ya ha logrado nueve Primeros Contactos exitosos.
Todo un récord, ¿no?
Aunque haya sido él y no yo quien confirmó que los extragalácticos están ya en la Vía
Láctea.
Josué, ten cuidado con ese neonazi hijo de un transistor me advierte serio Joan,
viéndolo alejarse con su protegido, mi viejo enemigo Yotuel. Y con su pupilo. ¿Te
conoce de antes, no?
Sí, es una vieja historia, de mis años en CH… creí que había muerto comento con
desgana; Joan es mi amigo del alma, sí, pero ciertas cosas uno no las comparte ni con su
mejor amigo.
¡Muchachos! Como mañana a más tardar tendremos que zarpar a peinar el cosmos por no
sé cuánto tiempo, ¿qué tal si esta noche nos despedimos como Dios manda, cenando a todo
boato en uno de esos restaurantillos a orillas de algún laguito? Dicen que en el
Maremágnum Nuovo hay buen pescado en estos días, incluso pulpo, y además, buen vino
de la Tierra para brindar por nuestra suerte en la búsqueda.
¡Bravo! como siempre, el estómago sin fondo de Joan se apunta a la comilona. Y más
si hay buenos caldos terráqueos con los que rociarla. Serás plebeyo e improvisado, pero
así y todo, tu expediente de Primeros Contactos exitosos todavía es mejor que el de Helmut
me recuerda, pasándome por encima de los hombros un brazo casi tan grueso como mi
propio muslo.
Pero no tanto como el que, mientras abordamos los ascensores que nos devolverán al nivel
del suelo del hábitat, una mimosa Nerys me susurre al oído:
¡No importa quién Contacte a esos extragalácticos, Josuecillo! Yo te quiero a ti, no a ese
alemán desabrido y esta noche te lo voy a demostrar, de nuevo. ¡En tu casa! ¡Gastaremos
del mejor modo imaginable tu asignación anual de agua!
No puedo evitar sonreír, con la apenas disimulada satisfacción del gato que se tragó al
canario, al imaginarme lo que me espera.
Mañana voy a llegar muy cansado a la Gaudí. Pero el gusto habrá valido hasta la última
molécula de ATP gastada. Quien tuviera una biopila implantada, como los proteos de
cuarta generación.
Placer, placer, placer… húmedo y chapoteante. Nada como el sexo con una sirena. Sobre
todo si es en la bañera, o al máximo en la ducha. Porque, en la cama, con todo ese mucus
que exuda, después, a menudo he tenido que botar las sábanas, y a veces hasta el colchón.
*****
Me huelo otro chasco. El hipertrángrafo no registra saltos de entrada o salida en las
últimas treinta y seis horas, pero tal vez podría ser una nave-mundo muy pequeña, o estar
aquí hace más tiempo informa Amaya, con voz cansada. Veamos el gravímetro… No;
como sospeché, es un sistema limpio y aburrido, casi desierto; además de la primaria, tan
sólo contiene un superjoviano con…
… veintiún satélites y ¿qué es esto? de repente la voz de nuestra técnica en sensores se
tiñe de interés y la mitad de los miembros de la tripulación, arracimados tras sus hombros
en la estrecha cabina de instrumentos, temblamos expectantes: Ah, sí, cometas, muchos,
qué interesante… astrofísicamente hablando, claro.
Nuria, la astrofísica, de ojos azules, cabello castaño y tez casi tan bronceada como si
hubiera nacido en el Caribe, aprieta los labios ante la pulla (fue la pareja de Amaya hasta el
año pasado y todavía hay cierto rencor entre ellas por la ruptura, que no fue del todo
amigable), pero se mantiene estoicamente callada acariciando a Antares, que ronronea en
sus brazos felizmente ajeno a toda nuestra tensión.
Déjalo ya, Amaya ordena con un bostezo el capitán Berenguer. ¿A quién le importa
la atmósfera de un planeta gigante más? Desconecta, que nos vamos Se vuelve hacia la
navegante: Gisela…
¡Todo listo para el siguiente salto, capitán! salta entusiasta la pecosa y delgada
pelirroja. Tan sólo le falta saludar en firmes, como hacen en la Armada a la que hasta hace
menos de un año perteneciera. Ni siquiera guardé las antenas, podemos ejecutarlo ahora
mismo.
Definitivamente no es bonita, pero tiene algo. Ah, si tan sólo fuera hombre…
Es una imprudencia dejar fuera las antenas, cualquier impacto micrometeorítico podría…
comienza a decir muy seria Amaya. Y sabemos que tiene razón, pero también que si
Gisela se hubiera plegado hace meses a sus propuestas sexuales y no a las del vanidoso de
Jordi, nuestra técnica en sensores se habría tragado el comentario.
Bah, por un par de minutos que se queden desplegadas no va a sucederles nada, Amaya.
Tú misma dijiste que el sistema estaba limpio. Y dejándolas así ahorramos tiempo… ya
será el decimocuarto salto-relámpago del día, tras el próximo recargaremos las baterías.
Su voz deja de ser amigable para volverse autoritaria: Todos a sus sillones, corriendo,
¡ya! Hipertránsito en un minuto a partir de… echa una ojeada al cronómetro, casi perdido
en el abigarrado cuadro de instrumentos sobre los que reina sin discusión Amaya, y al fin
dice: ¡… de ahora mismo! Destino, Gamma Hydri… seguiremos peinando esta
constelación. ¡Cinco segundos antes de saltar desconectaremos la gravedad artificial!
¡Ligeros! ¡Y esto también reza contigo, Josué!
Muchas cosas han cambiado en las naves mercantes desde los tiempos en que se
impulsaban por remos o velas, pero algunas perduran incluso en esta época de
hipermotores, cómo no: atropello, tumulto, zafarrancho de combate, Antares que maúlla
ofendido al verse lanzado como una pelota de las manos de Nuria a las de Jordi, su dueño
oficial.
Todos corremos a nuestros puestos, haciendo resonar las suelas por los pasillos. A bordo de
laAntoni Gaudí, de dieciocho mil toneladas, somos diez; hipernavegante, técnico en
sensores, en soporte vital y en motores convencionales. Capitán, segundo y tercer oficial;
economista-comercial, astrofísico… y yo.
La mayoría domina al menos dos profesiones: por ejemplo, Amaya, además de ser la mejor
técnica en sensores con la que he trabajado y tener más que aceptables nociones de
planetología, es la doctora de a bordo, aunque hoy eso no significa lo mismo que hace
siglos, sino apenas que se da un poco más de maña que los demás con el médico
automático.
Jordi Barceló, el fornido tercer oficial, pareja actual de Gisela y némesis privada mía,
estuvo en la Armada y, familiarizado como está con las tácticas militares, puede actuar lo
mismo de artillero que como operativo de infantería bajo las órdenes de Rómulo, el
segundo al mando y experto en armas.
Sólo yo soy condonauta a secas, sin otras habilidades tecnocientíficas dignas de mención,
así que, cuando no hay Ajenos que Contactar a la vista ni se necesita ayuda no
especializada (como sostener una llave hidráulica mientras se cambia el giróscopo de un
motor inercial), puedo darme el placer de holgazanear. Como ahora.
Es sorprendente lo largo que puede llegar a ser un minuto y la de cosas que se pueden hacer
en cincuenta segundos, si uno conoce bien el limitado espacio de su nave. En apenas veinte
ya estoy sentado en mi sillón y con la malla de sujeción fijada, agradablemente envuelto en
el verdor del amplio invernadero-jardín-gimnasio de a bordo. Y sólo a los cuarenta y cinco
se me une Rosalía, la economista-comercial y segunda exobióloga a bordo (el primero es,
por supuesto, Pau, nuestro técnico en soporte vital), una rubia grandota y cuadrada como un
defensa de rugby, pero muy femenina… según me contara Jordi aquella noche.
¡Josué, tío, por Deu! No sé cómo puedes mantenerte así, tan calmado me cuchichea,
jadeando aún por la carrera, mientras se ciñe la malla de sujeción de su poltrona. ¿Viste
el cicutazo que le soltó Amaya a Gisela? ¿Y antes a Nuria? Ese virago está insoportable.
Todos tenemos los nervios de punta con este salta-salta sin ton ni son trato de
exonerarla yo, conciliador; como enemiga, Amaya Serrat sería aún peor que Jordi Barceló.
Si pronto no encontramos algo, no serán sólo las baterías gravitacionales lo que requiera
nueva carga… a Rosalía le encanta hacerse la alarmista, aunque en situaciones extremas
se puede confiar en su calma y profesionalidad. Además, tiene un olfato único para los
buenos negocios.
Encontrar a los quígaros o a los extragalácticos no es cosa mía le respondo, tratando de
parecer ecuánime, aunque los saltos al hiperespacio siempre me crispan un poco. Pero
cuando los hayamos localizado, ustedes podrán descansar mientras yo sudo la gota gorda.
Cuatro, tres…
O te das gusto me guiña un ojo la exobióloga suplente, quizás recordando mi reciente
encuentro con la entidad Evita. Y pensar que por meses la creí jugadora del bando de
Amaya. Me cae bien, pero cierta noche de guardia tuve que rechazarla con toda la
diplomacia de que soy capaz; dos amores platónicos en la misma nave son más de lo que
podría manejar, esto de la bisexualidad ha complicado bastante las cosas entre las
tripulaciones. Además, ¿qué te hace pensar que podemos esperar tranquilos mientras tú
Contactas? Demasiado depende de tu habilidad sexual y diplomática, condonauta Josué
Valdés…
Uno, ¡cero!
Hace tiempo, en Barrio Ripio, en una novela de ciencia ficción que cayó por azar en mis
manos infantiles, leí una descripción del hipertránsito hecha por un famoso autor del género
en el siglo XX. Asimov, creo que se llamaba el tipo. Y escribía que la sensación de saltar al
hiperespacio era muy similar a la que sentiría un calcetín al que le dan la vuelta de golpe.
No está mal, viniendo de alguien nacido en una época en la que apenas si se había llegado a
la Luna con antediluvianos motores de combustión química.
Cuando hace años Jaume Verdaguer, mi físico «amigo con derecho al roce» trató de
explicarme el proceso del que tan poco sabemos aún en realidad, usó otra metáfora no muy
diferente: me dijo que el tránsito al hiperespacio era como caer hacia adentro dando una
vuelta de campana, para aparecer de pie en otro lugar. Clarito, clarito, ¿no?
El caso es que cada vez que he tenido que pasar por el trance, y ya en ocho años de
Especialista en Contactos suman miles, siento justo eso: como si mi piel tratara de ocupar el
sitio en el que están mis tripas, para de pronto emerger en su sitio, y todo aún vibrando.
No es una experiencia agradable, por más que a los curtidos lobos del espacio les guste
alardear de que resulta revitalizante, y los más tercos especulen que incluso regenera sus
células. Pero, a fin de cuentas, es un pequeño precio a pagar por un sistema de transporte
capaz de desplazar casi instantáneamente y a distancias de cientos de años-luz naves de
decenas de miles de toneladas, ¿no?
Aunque empiezo a pensar que en las últimas tres semanas he tenido simplemente
demasiado de este «caer hacia adentro».
Pau, Manu y Rosalía, de guardia al puente hasta el próximo salto. Mantenimiento general
y recarga de baterías gravíticas. El resto de la tripulación puede acudir a la cabina de
sensores, si no tienen nada más urgente que hacer se escucha en los altavoces la voz
cansada del capitán Berenguer.
Algunas mujeres simplemente no entienden que un hombre pueda decirles que no.
Es nuestro vigésimo sexto día de búsqueda exhaustiva en el sector que nos asignara el gran
Miquel Llul (radianes 2034 y 2035), y aún nada. Más de cuatrocientos saltos al
hiperespacio, cientos de años-luz recorridos, y nada. Las naves-mundo quígaras, que por lo
general pululan en casi cualquier cuadrante de la Galaxia por el que uno se mueva, ahora
brillan por su ausencia. Qué raro.
Y a juzgar por las tres boyas radioemisoras cuyo mensaje hemos captado en nuestras
incursiones cerca de las fronteras con los sectores vecinos, los demás aparatos de la flota
exploradora de Nu Barsa están teniendo la misma suerte en el resto de la Galaxia.
En estos momentos hay registradas en el astropuerto del hábitat orbital catalán mil
cincuenta y tres naves dotadas de hipermotores, entre corbetas, fragatas y navíos. Y más de
mil están empeñadas en esta auténtica cacería del quígaro para luego atrapar al
extragaláctico. Es lo que yo llamo un esfuerzo total.
Da hasta miedo calcular el volumen de comercio perdido que ese frenesí exploratorio
representa. Si no encontramos pronto a esos extraglácticos, los demás enclaves humanos
van a empezar a sospechar de qué va la cosa. Luego, los Ajenos, y si la búsqueda se
generaliza…
Estamos arriesgando mucho. Si alguien que no seamos nosotros encuentra a esos visitantes
extragalácticos la economía de Nu Barsa podría entrar en una grave crisis este mismo año.
Pero si es una de nuestras naves la que da con ellos, en cambio, podríamos ser los primeros
seres vivos de la Galaxia en viajar fuera de la Vía Láctea.
¿Nave nuestra? Qué digo. TIENE QUE SER la Gaudíla que los halle y yo quien los
Contacte, para así ganarme de una vez y por todas la ciudadanía catalana, casarme con
Nerys y dejar a ese prepotente de Helmut El Naciborg y a su perro Yotuel El Resentido con
un buen palmo de narices.
¿Qué clase de reunión es esta? piensa el capitán en voz alta y luego inquiere:
¿Planetas?
Sí, pero no debería haber ningún planeta ahí acota a su vez el capitán Berenguer,
intrigado. Nuria tiene razón; es casi imposible que surjan espontáneamente en un sistema
triple.
Podría ser un mundo errante especula Jordi, pensativo, sin dejar de acariciar a su
pelirrojo minino. En esta zona no hay muchos, pero, si la estrella lo capturó hace poco, el
catálogo no…
¿Capturado? Nanaina; habría sido atraído inmediatamente por alguno de los tres soles y
ardido en su corona. ¿Sabes cuán ínfima es la probabilidad de que un planeta vagabundo, y
además de metal, vaya a dar justamente a uno de los puntos de Lagrange de un sistema
triple? ¿Y de que encima se mantenga estable en él sin un sistema activo de corrección de
rumbo? le restriega furibunda Amaya, por un efímero momento completamente de
acuerdo con su antiguo amor, Nuria.
Despreciable sentencia el capitán y luego añade, alzando la voz. Pau, deja la recarga
de las baterías gravíticas; Manu, activa los motores inerciales; Amaya te está enviando las
coordenadas para concluir, mirándonos a todos, preocupado: Sospecho que eso no es
un planeta, sino las naves-mundo de los quígaros. Ninguna otra especie tiene tantas. Ni
tanto metal. Así que mucho me temo que ya conozcan el secreto del hipermotor
intergaláctico y se estén reuniendo para gracias a él abandonar la Galaxia, todos juntos. Y si
hasta ahora hay registradas veinte mil cuatrocientas diez naves-mundo, diría que hemos
llegado justo a tiempo.
*****
Sería heterosexual, entonces. Y lástima también que tú seas una lesbiana tan
fundamentalista le sigo la broma, sacándole la lengua, podríamos haber sido la pareja
del milenio, pero así, imposible.
Freno mi acercamiento final a la esclusa de entrada del ciclópeo complejo quígaro con un
brevísimo latigazo de mis motores inerciales, y me poso suavemente en el umbral de la
esclusa.
La escotilla esfínter, del mismo material traslúcido que el resto de la esclusa, comienza a
cerrarse a mis espaldas, rápida y silenciosa, cuando apenas he avanzado unos metros sobre
el casi invisible material, al que sin embargo mis suelas magnéticas se adhieren
perfectamente.
Vaya, ¿un plástico metálico? Estos quígaros ahora van a resultar además maestros de los
polímeros. ¿Lo habrán heredado de sus mentores tarplinos, como casi todo? O quizás se lo
cambiaron a los furasgos, que sí tienen fama de buenos químicos.
Los sensores del traje me indican que hay suficiente presión exterior como para librarme
del yelmo y así lo hago. No obstante, me dejo los auriculares de traducción; los quígaros
manifiestan un interés casi enfermizo en todos los lenguajes con los que se encuentran, lo
que incluye nuestro software de traducción universal. Raro en una especie telépata, ¿no?,
que además todavía conserva tantos lenguajes hablados como naves-mundo.
Sí, muchas cosas extrañas tienen estos «Indignos Discípulos» de los «Sabios Creadores».
Ojalá el idioma del que va a Contactar conmigo sea uno de los pocos centenares registrados
en la memoria del traductor automático, o toda nuestra buena suerte al encontrarnos con
este enjambre podría revelarse inútil, si ni siquiera logro entenderme con su condonauta.
Como era de esperarse, el aire tiene ese característico aroma a usado de algo mil veces
reciclado; billones de quígaros deben haberlo hecho pasar por sus sacos respiratorios antes
de que entre a mis pulmones. Pero, como compensándolo, su contenido de oxígeno es
ligeramente superior al terrestre.
Vuelvo a pensar que Quim Molá no lo tuvo muy difícil en aquel mítico Primer Contacto,
cuando obtuvo los hipermotores. Casi humanoides y respirando un casi terrestre aire.
Catalán suertudo.
A la izquierda, los tres soles del sistema Gamma Hydri, empeñados en su eterna danza de
salón. Delante, la inmensa esfera compuesta por la aglutinación de miles y miles de
enormes naves-mundo quígaras. Ya hay veinte mil treinta y cuatro, y siguen llegando más a
cada momento. Si el capitán Berenguer tiene razón y tan sólo esperan a estar todos reunidos
para partir debería apresurarme.
Sombra imprecisa acercándose desde el otro lado de una larga sucesión de tabiques
traslúcidos que se abren a su paso y se cierran a su espalda, ahí viene ya mi partenaire de
hoy.
El peor fue aquel pulpo-estrella de tentáculos babosos y llenos de ojos. Ojalá no sea el de
hoy.
Ya puedo verlo; púrpura, algo más pequeño que yo, cuerpo central, múltiples extremidades
ramificadas por bifurcación, llenas de ojos, no toca el suelo… por eso la microgravedad.
Mierda.
Se acabó mi suerte; es justo ÉSE. La simbiosis más asquerosa imaginable entre una estrella
de mar y un pulpo baboso, y casi seis metros de punta a punta de sus tenáculos repletos de
ojos.
Quizás a Nerys le habría gustado, supongo… como a fin de cuentas parece una forma
acuática.
Pero lo que es a mí, ¡puaf! Todos tenemos derecho a nuestras preferencias y aversiones,
¿no?
Recuerdo el Contacto con el engendrito de marras como uno de los más difíciles y
repulsivos de toda mi experiencia. Carente de orificios sexuales propios, el maldito
«Indigno Discípulo» se dedicó a enroscarme lentamente sus miríadas de babosos tentáculos
oculares bifurcados por todo el cuerpo, y no sólo por fuera… Menos mal que ese mucus
suyo lubricó el asunto, o habría contraído hemorroides y esofagitis, como mínimo. Sí, el
trabajo del Especialista en Contactos no siempre es agradable.
Pero está claro que el traductor automático conoce su tipo de lenguaje. Algo es algo.
La pulposa criatura mueve suavemente sus muchísimos tentáculos constelados de ojos, con
cierta gracia etérea que recuerda un poco a la de un manojo de algas agitado por una tenue
corriente.
Tendría que recordarle a Nuria, que fue quien programó el traductor, que no porque un
pulpo violáceo hable con la voz de una estrella porno el trago amargo de Contactarlo me
será más dulce.
Al menos no es el mismo de la otra vez, o podría incluso creerse que el jueguito me gusta.
Ciento ochenta toneladas de deuterio y ciento veinte de tritio le suelto de golpe a
Valaurgh-Alesh-23, como para impresionarlo con el monto de nuestra oferta de
combustible de fusión, y acto seguido insisto, para mantener mi ventaja: ¿Procedemos?
Material proceder-no el «no» también duele más con esa voz. Interesar-no negocio.
Amaya no hace ningún comentario, pero su apretar los dientes frunciendo el ceño revela
mejor que mil palabras que ella tampoco se esperaba tan lapidaria negativa.
¿Material proceder-no? ¿Interesar-no negocio? Pero, ¿qué querrá esta gente? ¿La Piedra
Filosofal? Esas trescientas toneladas son prácticamente toda la reserva de Nu Barsa de
isótopos pesados de hidrógeno, combustible de fusión suficiente para cualquier nave-
mundo durante un año entero. Y el muy… Valaurgh las ha despreciado como si fueran
arena.
Pienso rápidamente… no podemos dejarlos irse de la Vía Láctea sin decirnos por dónde
están los extragalácticos, podríamos dejar que Rómulo y Jordi probaran la potencia de
nuestro armamento contra ese pacífico conglomerado de naves-mundo, hasta que nos
revelen el dato… claro que sería un vulgar chantaje armado, sobre todo porque ellos no
tienen ninguna capacidad de respuesta, ya se sabe. Pero grandes problemas exigen grandes
soluciones.
¿Y si aún así se niegan a negociar e insisten en irse, qué? ¿Destruir veinte mil naves-
mundo? ¿Con trillones de seres racionales a bordo? Sería un genocidio y toda la
Comunidad Galáctica se alzaría contra nosotros.
No, la violencia es el último recurso del incompetente; tiene que haber algo más que
deseen, una oferta que no puedan rechazar, aunque se marchen de la Galaxia.
Traductor humano actualizado, con datos de once mil quinientos sesenta y ocho idiomas
Ajenos.
¿Qué cojons te pasa, tío? ¡No puedes darles nuestro software! exclama atónita Amaya,
pero al instante siguiente se calma, y casi puedo verla encogerse de hombros, aunque la
holocámara sólo capte su rostro: Bueno, de acuerdo, como trueque es una estupidez, pero
tú eres el condonauta y el negociador. Si así localizamos a los extragalácticos, habrá valido
la pena el precio. Ojalá que los «Indignos Discípulos» acepten, por su bien… de otro modo,
vamos a tener que dispararles con todo.
¡Vaya, conque no sólo se me ocurrió a mí! Me siento ligeramente aliviado por no ser el
único genocida en potencia de mi tripulación.
Ahora el engendro astero-cefalopoide se agita con una avidez casi histérica, supongo que
discutiendo telepáticamente con sus semejantes (ya que los quígaros, telépatas coloniales al
fin, no tienen nada parecido a jefes ni superiores), y al fin, tras otro concierto sibilo-
chasqueante, extiende hacia mí un tentáculo rematado por un manojo de chispas.
Todos tenemos un precio, y once mil quinientas sesenta y ocho lenguas más o menos
informáticamente codificadas han sido una tentación demasiado fuerte para que Valaurgh-
Alesh-23 y su gente siguieran fingiéndose desinteresados.
¿Sabrán que esa imponente cifra incluye cerca de seiscientos de sus propios dialectos?
Imagino que sí… y si no, como decían los romanos: Caveat emptor; que se cuide el
comprador. Aunque se le parezca, no decir toda la verdad no es mentir. Ni en el amor, ni en
el comercio.
Traductor asimilar aquí-ahora me sorprende una voz chirriante, que parece brotar del
centro de la maraña de tentáculos flotantes. ¿Qué clase de órgano emisor de sonidos tendrá
este pulpo-estrella, que puede vocalizar con tal nitidez, además de emitir silbidos y
chasquidos?. Dos datos interesar humanos, trueque-negocio procede. Uno: quígaros
todos abandonar Galaxia ahora-adelante, destino-adelante negociar-no. Dos: quígaros aquí-
adelante-no, hipertránsito funcionar-no aquí-adelante. Hipermotor tarplino verdad-no atrás-
aquí-adelante. Tarplinos verdad-no. Mente teleportadora quígara, hipermotor-verdad-sí.
Sants Cojons murmura boquiabierta y con los ojos casi desencajados Amaya,
confirmándome que, pese a la endiablada semántica típica del software de traducción, he
comprendido bien. Josué, necesito confirmación: primero, se van todos, y ni locos nos
dirán a dónde…
Correcto le digo, con un hilillo estrangulado de voz. El capitán Berenguer lo adivinó
al vuelo. Bravo por él. Se van y nos ocultan el destino de su viaje; tipos prudentes… quizás
les cogieron miedo a los extragalácticos. O a nosotros.
¿Miedo, a nosotros? ¿Por qué? Y creo que no entendí muy bien lo segundo… el
habitualmente tan seguro contralto de la técnica en sensores vibra lleno de zozobra, y hay
un ligero tic en su mejilla izquierda. ¿Que los tarplinos nunca existieron? ¿Pero, cómo
pudieron entonces construir esos hipermotores?
No los construyeron resoplo. No existen los tarplinos, nunca existieron, y nada tiene
que ver en el asunto el agujero negro en el centro de la Vía Láctea… los supuestos
hipermotores son sólo trozos de metal capaces de autodestruirse y de nada más. Son ellos,
los «Indignos Discípulos», todavía no entiendo por qué inventarían toda esa historia de los
«Sabios Creadores», los que crearon esos falsos hipermotores. Y siempre han sido ellos,
con sus mentes, los que hacen posibles todos los saltos al hiperespacio. ¡Teleportadores!
¡Los únicos de la Vía Láctea! Mierda, Jaume Verdaguer y sus locos amigos tenían razón…
Amaya me mira por largos segundos, en silencio, y al fin se atreve a preguntar, lentamente
y casi susurrando, como si le importara mucho saberlo:
Por dios, Amaya, eso no importa ahora rebufo, mirando al orondo Valaurgh-Alesh-23
con unas ganas crecientes de convertirlo en un nudo de sus propios tentáculos, pero al fin
explico: Un amigo, un físico que nunca creyó en la historia de los tarplinos ni sus
hipermotores.
Ah dice simplemente ella, y al fin, captando toda la gravedad del asunto, agrega, como
si aún dudara: Conque… ni tarplinos, ni hipermotores… sino teleportación quígara su
voz tiembla más aún que antes. O sea, que tan pronto como se vaya el último nos
quedaremos sin… sin… no logra decirlo en voz alta.
Sin medio alguno de desplazarnos más rápido que la luz termino con voz atonal la idea
que ella ni siquiera se atreve a enunciar. Lo que sería prácticamente el fin de la Esfera
Humana y de paso también de toda la Comunidad Galáctica, tal y como las conocemos hoy.
¡Imagínatelo! De buenas a primeras, cero hipertránsito, significaría el aislamiento total
entre colonias, enclaves y la Tierra. Y lo mismo para cada raza Ajena. A menos, claro, que
antes logremos contactar a los extragalácticos, y que ellos además tengan un hipermotor
que funcione de veras… no mental, si es que se puede elegir. Y quieran vendérnoslo, claro.
Muchos «si» condicionales, ¿no te parece? Creo que estamos bien jodidos.
Malditos sean Shangó, Orula y hasta la Virgen del Pilar. Astuto bicho, jugó conmigo; me
dijo lo más importante, se dio el gusto de vernos la cara de mierda al enterarnos de que
habían estafado a toda una Galaxia durante millones de años… pero no me ha dicho lo
necesitaba saber. ¿Y ahora qué hago?
Es como saber que uno va a morir y qué píldora necesita para evitarlo… pero no dónde
puede comprarla.
¡Hijos de puta! ¡Diles que si no nos dicen ahora mismo dónde están esos tipos de afuera
vamos a contarles la estafa del hipermotor a la Comunidad Galáctica entera y entre todos
haremos mierda hasta la última de sus naves! estalla Amaya, con sus hermosos ojos
oscuros soltando chispas.
No seas bestia la calmo. Es mi turno de aparentar una ecuanimidad que estoy lejos de
sentir, mientras mis neuronas trabajan febriles. No sirve de mucho amenazarlos. ¿No te
das cuenta de que nos tienen literalmente agarrados por los cojons? Me pregunto si alguna
especie Ajena sospecharía ya… les deberán a sus propios Jaume Verdaguer una disculpa
enorme. Yo, por mi parte, pienso pagarle una estatua en vida, si salimos de ésta.
¿Y entonces qué? se exaspera Amaya, casi a punto de llorar de rabia y frustración.
¿Nos rendimos, abandonamos la búsqueda, nos olvidamos del resto de la humanidad, que
por cierto más jodida que sin hipertránsito no podría quedar, y nos quedamos para siempre
en este sistema sin planetas con atmósfera de oxígeno que colonizar? La otra estrella más
cercana está a cuatro años-luz…
No sonrío, con la súbita seguridad de haber encontrado la solución al problema. Les
pagamos más por la información que queremos. «Indignos Discípulos»,¡vaya apelativo bien
elegido! Aunque nunca existieran los «Sabios Creadores». A ver qué nos queda que pueda
interesarles, ¿eh? Esos quígaros son unos ventajistas avariciosos, y saben bien lo que vale
para nosotros la información que tienen.
¿Pagarles más? las cejas de la técnica en sensores casi se confunden con el nacimiento
de su corta pero frondosa cabellera oscura. Pero si ya rechazaron tritio y deuterio como
para mantener funcionando los reactores de fusión de una nave un año entero, y les
acabamos de dar el software de traducción, no veo qué otra cosa valiosa tendríamos…
ADN la interrumpo, sonriendo travieso. La otra única posesión humana en la que
los quígaros han estado siempre interesados y dirigiéndome al pulpo-estrella Especialista
en Contacto, articulo cuidadosamente: ADN humano, trueque por parámetros-trayectoria
nave extragaláctica.
Precio suficiente dice al fin mi tentaculoso interlocutor, casi con dolor. Trayectoria
extragalácticos, parámetros, trasmitir ahora-aquí y a continuación dispara una larga serie
de cifras que el ordenador de mi traje y su hermano mayor a bordo de la Gaudí registran
perfectamente.
Hay que correr, si así es. Con otra raza cualquiera me arriesgaría a preguntar a quién se los
dieron, si son Ajenos o humanos, y en tal caso de cuál enclave y de qué nave eran. Pero los
«Indignos Discípulos» nos harían pagar por cada dato… Y ya no nos queda moneda de
trueque, por desgracia.
El que no seamos los primeros, evidentemente, nos lo ha comunicado gratis por puro
sadismo.
¡Lo logramos! ríe Amaya, entusiasta, sin escuchar la mala noticia anterior, y yo no voy
a aguarle la alegría; ya lo sabrán todos cuando revisen la grabación. La computadora está
interpretando los parámetros y confeccionando una trayectoria lineal. Te adelanto que
parece que los visitantes vienen de la Nube mayor de Magallanes, que están buscando
estrellas enanas amarillas y que su sistema de hipertránsito tiene gran alcance y precisión…
luego te diré más. Ahora cuando Contactes con ese pulpo asqueroso, mejor date prisa en
darle tu ADN: imagino que cuando menos naves-mundo queden en la Galaxia sin
integrarse a este conglomerado, más difícil le resultará a la pobre Gisela encontrar una
trayectoria de salto factible.
Tiene razón, claro, aunque malditos los deseos que tengo de volver a pasar por la ordalía de
verme enroscado y violado por ese mucoso pulpo-estrella quígaro con tantos brazos de
sobra.
Casi me dan ganas de hacer como en mi infancia en Barrio Ripio; ahora que ya tengo los
parámetros de la trayectoria de los extragalácticos, simplemente declinar el Contacto y
darnos a la fuga. Se lo merecen; no estaría mal despedir a los tramposos con una trampa.
Pero la terrible sospecha de que si no jugamos limpio podrían muy bien enviarnos, no a
nuestro destino prefijado, sino a donde les pareciera, aumentando así la ventaja de los otros
en la búsqueda, me hace elegir la recta vía. Ah, los cochinos principios…
¿Cómo? Me quedo atónito por un instante, hasta que comprendo y suelto una carcajada.
¿Qué coño quiere ahora ese engendro? refunfuña Amaya. ¿Tu ADN no le sirve,
acaso?
Mierda. Creo que voy a tener que quedarme un ratito más en este sistema perdido.
No, por el «count-down» que estoy usando suspiro, y apago el collar emisor de
ultrasonidos que pende de mi cuello. Y bueno, vayan ustedes… yo me quedaré hasta que
su efecto pase, y puedan tomar una muestra útil de mi genoma… una hora no es tanto,
luego regresan a buscarme.
Y si no los encontramos a tiempo, nadie podrá decir que Josué Valdés no jugó en equipo.
Ni hablar tercia Amaya, con los labios apretados. Tú eres el Especialista en
Contactos, y tu presencia será imprescindible cuando localicemos a los extragalácticos.
Además, no sólo no podemos perder una hora, sino que quizás tampoco podamos luego
volver a buscarte, si esos estafadores «Indignos Discípulos» se van… traga en seco,
intentando sonreír con aplomo: Así que… me quedaré yo. Espero que me droguen,
porque no me gusta el dolor, ni tampoco resisto imaginarme a esos bichos de mil brazos
llenos de ojos toqueteándome.
Mujer, qué grande eres. Todo por Nu Barsa y por Catalunya, ¿no?
Voy a agradecerle su gesto, conmovido, cuando me viene a la mente una idea mejor.
Ése es el espíritu, Amaya… pero creo que no puede permitir tu sacrificio le guiño el
ojo, travieso. En cualquier exploración, y sobre todo en un Contacto con extragalácticos,
una técnica en sensores también resultará siempre más útil que… que un tercer oficial
prepotente que encima no sabe más que disparar, ¿no crees?
Sí, la venganza es un plato que se degusta mejor frío. Los ojos de Amaya brillan cómplices,
cuando dice, sonriendo:
Voy a consultarlo con el capitán, claro, aunque creo que tu propuesta le parecerá
perfectamente aceptable. Pero casi me dan pena los quígaros; llevarse a clones de Jordi
Barceló como esclavos no les va a resultar de gran ayuda, a donde sea que se estén
escapando…
*****
printfriendlySave Money & the Environment
ImprimirPDFEmail
130%120%110%100%90%80%70%
100%75%50%25%0
Hace frío.
Tirito, quizás porque estoy desnudo como un gusano, acurrucado junto a una triste
hoguerita.
Una vez leí que las sensaciones de frío y calor, las texturas del tacto y los sabores no
tienen gran peso en la arquitectura onírica. Pero igual sé que esto debe ser un sueño. ¿Un
sueño helado?
No obstante, casi siento júbilo. Aunque me castañeteen los dientes y parezca como si el
escroto quisiera escondérseme dentro del vientre, al menos no es otra vez mi clásica,
obligada pesadilla de la carrera de cucarachas mutantes que mi incolora Atevi pierde con
la Centella patilarga de Yamil, para al final obligarme a copular con la gorda-doberman,
Karl-Rita.
La fogata se está apagando, tendría que alimentarla. Por suerte, cerca hay un montoncito
de troncos que por su aspecto deberían arder bien, si este sueño tiene al menos un mínimo
de lógica.
No me queda sino intentarlo, a ver si las cosas en mi departamento REM han de veras
cambiado para mejor o tan sólo…
Ahí voy con el primero… bien; ni me muerde ni se disuelve en espuma, ¡qué raro!, se deja
lanzar muy tranquilo al fuego, y cuando toca las llamas…
Ah, ya me extrañaba; en vez de arder como se debe, se estremece, adquiriendo las
facciones de mi amigo Abel, su negra piel retorciéndose chamuscada entre las lenguas de
fuego, y preguntándome «¿Por qué lo hiciste, Josué? ¿Por qué me abandonaste?»
Pero ni así puedo detenerme. Nada de escrúpulos a estas alturas. Menos cuando ahora
hace incluso más frío que antes. Así que no me queda sino lanzar otro tronco… y otro, y
otro.
Cada vez que la corteza de uno toca el fuego se convulsiona y se convierte en el rostro de
algún conocido que se queja adolorido al arder, increpándome por egoísta, cínico e
ingrato. Mis amigos y enemigos de la infancia, en el paupérrimo suburbio de CH: Yamil,
Evita, Diosdado, Damián, Karlita…
Pero sigue haciendo frío, y la leña, extrañamente, no se acaba… así que arrojo otro
tronco, y otro… Y de nuevo gritos, acusaciones; pero ahora todas las voces son la mía,
todas las caras que se disuelven en el fuego voraz tienen mis facciones, porque he
sacrificado tanto de lo mejor de mí mismo para llegar hasta aquí, que soy yo quien arde,
con un olor a chamusquina y carne quemada que me revuelve el estómago… que arde,
arde… no puedo más.
Una arcada de bilis me quema el esófago, pero cuando intento arrojarla no logro
incorporarme, bien sujeto como estoy por la malla de seguridad de mi poltrona, en el
gimnasio-invernadero.
Un segundo de sufrimiento, sólo uno, y la bilis se disuelve en algún punto entre el dolor y
la boca, sin llegar al vómito, aguándome los ojos mientras mis entrañas vuelven a su orden
habitual.
Pero todavía me duelen… arriba y abajo. El precio del Contacto con ese horrendo y baboso
pulpo-estrella quígaro. Menos mal que el médico automático ya reparó lo peor, pero…
Jordi no fue el único en sacrificarse por Nu Barsa, Catalunya y la humanidad.
Por cierto, espero que, una vez tomado su ADN, los «Indignos Discípulos» lo hayan
liberado antes de dejar la Vía Láctea, sin más daños que en su orgullo. Y que algún día nos
perdone, a Amaya, a mí y a todos, por tener que dejarlo atrás.
Y si no, ¡que se joda! Que bien que se lo merecía, el muy cabrón.
Se diría que finalmente hemos saltado… y una vez más compruebo cuánta razón tienen
quienes aconsejan estar bien despierto durante el hipertránsito. Parece que el hipermotor, o
más bien la mente quígara provoca extraños efectos sobre la psiquis dormida de los
miembros de otras especies racionales.
Aunque, no digo yo si me quedaba dormido, tras tanto jelengue, y con Gisela que llevaba
ya más de una hora buscando un hipertránsito posible que nos llevara a nuestro objetivo.
Realmente no es culpa suya; con casi el noventa por ciento de esos embrollones «Indignos
Discípulos» reunidos en un solo punto de la Galaxia, los saltos hiperespaciales o las
teleportaciones se han vuelto increíblemente difíciles. Y más duros de aguantar, además.
Bueno, en breve los echaremos de menos, me temo. Al menos fueron lo bastante corteses
como para, a modo de despedida, traernos aquí. Dondequiera que esto sea…
Miro el reloj del invernadero. Una hora y veintidós minutos… hace casi dos que
abandonamos el conglomerado de naves-mundo quígaras y sólo hemos podido ejecutar tres
saltos en ese tiempo. Había veinte mil ciento ochenta y una naves cuando nos fuimos; no
creo que nos quede mucho más tiempo para continuar la búsqueda… siempre que esos
Gitanos Ajenos no nos hayan mentido otra vez respecto a la verdadera naturaleza del
hipertránsito.
Cabrones quígaros, qué bien hacen en irse lejos. Dan ganas de, apenas tengamos ese
hipermotor extragaláctico, salir a buscarlos por toda la MetaGalaxia. Y cuando les
pongamos las manos encima…
Incluso habiendo escuchado personalmente su confesión, cuesta creer que por tantos miles
años engañaran a todos. ¿Por qué mentirían como lo hicieron? ¿Temían acaso ser
esclavizados si admitían que era su supermente telepática colonial el verdadero hipermotor
y que los «Sabios Creadores» tarplinos nunca existieron? ¿O habría otras razones que aún
ignoramos? ¿Serán realmente todos ellos una única especie, habrán surgido como todos en
un planeta que ocultan celosamente, o en sus naves, o tal vez venido de otra Galaxia? ¿Por
qué si son telépatas esa obsesión con los lenguajes?
Muchas preguntas, y tal vez nunca sepamos la respuesta a ninguna… aunque presiento que
los caminos de los «Indignos Discípulos» y de la humanidad volverán a mezclarse algún
día. El Cosmos es grande… pero no infinito.
Echo a correr y llego jadeando al cuarto de sensores a tiempo para escuchar decir a Amaya:
… del Triángulo: enana roja, seis planetas, cinturón de asteroides… El hipertrángrafo
señala una única entrada… sin salidas, no tiene que ser exacto, bastante que aún funciona
informa impertérrita. Pero hay otro registro de una energía extraña ahora su voz
tiembla, como con miedo a una nueva decepción: No he visto nada igual en mi vida…
creo que… todos nos tensamos a su alrededor. Veamos el gammatelescopio… ah,
buenas noticias; hay una señal de identidad nuestra en el radiofaro; la que entró es una nave
humana.
Conque esos otros a quienes los quígaros vendieron la información eran humanos… y
claro, se nos han adelantado. Bueno, sería peor si se tratara de Ajenos. ¿Serán los alemanes,
los japoneses?
Perra suerte. ¿Tenía que ser justo el navío de hipertránsito donde es condonauta mi Nerys?
Miro al capitán Berenguer, que frunce el ceño, pensativo; la cosa se complica. Bueno es
que nuestra competencia sea una nave humana, y además catalana, malo, que sea todo un
navío de hipertránsito y no una simple corbeta, o al menos una fragata como la Gaudí.
Está claro que, si la cosa (ojalá y no) llegase al enfrentamiento armado, no tendríamos la
menor posibilidad contra la Servet y sus cuarenta y ocho mil toneladas. Aunque sea una de
las unidades más antiguas de la flota de Nu Barsa, un navío de hipertránsito no sólo lleva
entre treinta y cuarenta personas de tripulación, sino sobre todo armas mucho más potentes
y de mayor alcance que las de nuestra ligera fragata.
Los nuestros están orbitando el segundo planeta del sistema, que tiene dimensiones
similares a las de la Tierra… y dos satélites más pequeños que la Luna continúa
interpretando Amaya los datos de sus instrumentos. Tiene una atmósfera con oxígeno,
nubes de vapor de agua y… traga en seco. Hay otro objeto en la misma órbita, a pocas
decenas de kilómetros de distancia. No emite señales de identificación. No puedo
identificar si es una nave o una formación natural. Visualizo.
En el holograma que surge ante nosotros se observa claramente, aunque diminuto por la
distancia, el desgarbado perfil en T de la Servet. Los navíos de hipertránsito no necesitan
casco aerodinámico… pueden cargar con suficientes vehículos auxiliares a bordo como
para jamás tener que arriesgarse a atravesar la atmósfera de ningún planeta.
Pero no miramos a la gran nave catalana, porque la conocemos bien… y porque sólo
podemos tener ojos para el otro objeto, en primer plano: una especie de nube blanquecina,
imprecisa y fluctuante, que provoca chiribitas en los ojos cuando se intenta enfocarla.
Desde luego, no es una formación natural, ¿una nube móvil en el espacio? Pero tampoco se
parece a ninguna nave que hayamos visto antes.
Y luego rompemos a saltar, gritar y silbar. Nos abrazamos. Amaya me besa en la boca.
Gisela besa al capitán Berenguer. Pau y Rómulo se abrazan como queriendo romperse todas
las costillas. Nuria reza lo que creo es el Padrenuestro en catalán. Manu recita algo que
parecen versos, también en catalá.
¿Qué más da ser los segundos, si se está en el sitio adecuado en el momento correcto? No
van lejos los de alante si los de atrás corren bien, se decía en Barrio Ripio. Aunque haya
llegado primero la Servet, si no son de una ecología acuática, podríamos todavía tener un
chance. Y si no, mejor compartir parte de la gloria que no llevarse ninguna, ¿no?
No sé… es bastante transparente a mis sensores, apostaría por materia, pero esas
variaciones cíclicas de energía… yo diría que es un metabolismo, a juzgar por las lecturas
del biómetro. Pudiera estar… respirando.
¿Respirando en el espacio? ¿Un ser vivo? ¿De ese tamaño? me atraganto, pensando en
los continentines y sus kilómetros cúbicos de citoplasma. Aunque incluso ellos necesitaron
de una nave para aventurarse en el cosmos abierto. Y no respiraban en el vacío
interplanetario.
No sé, puede ser… pero diría que hay otras formas de vida diferentes, más sólidas, en su
interior supone Amaya, frustrada por la aparente inutilidad de la mayoría de sus
instrumentos. Exactamente veinticuatro, que cambian de posición lentamente. Tienen
cuatro o cinco metros de envergadura, pero las perturbaciones de… eso, que los acoge o
envuelve o es su nave, no me dejan precisar más detalles.
Podría tratarse de una bionave que fluctúa entre el hiperespacio y el espacio normal
hipotetiza Nuria, pensativa. Una supercélula. Y ésos serían sus núcleos, ¿no?
Si las dejo otro segundo, se enzarzarán en la enésima y estéril discusión teórica entre ex
amantes, así que intervengo:
Todo eso podremos averiguarlo después. Pero ahora, ¿por qué no nos comunicamos con
laServet a ver si ya los Contactaron, que es lo que de verdad importa?
Tengo una trasmisión suya entrando ahora mismo observa Amaya, repentina y
providencialmente atareada con algunos controles. La acepto y reproduzco…
Acto seguido, la imagen holográfica de Alberto Saudat, el viejo capitán del igualmente
vetusto navío de hipertránsito de Nu Barsa, aparece sobre nuestras cabezas.
Bueno, ¿acaso Contactar con seres venidos de la Nube de Magallanes podía ser simple
rutina?
Easy come, easy goes. Es bueno saber que no fui yo el único encantado de vender a su
madre con tal de sacarles los parámetros de la dichosa trayectoria a los quígaros. Nerys
también se tomó completamente en serio eso de A CUALQUIER PRECIO que dijo Miquel
Llul, por lo visto.
Suerte que sólo dos naves de Nu Barsa Contactaron a esos «Indignos Discípulos» o quizás
la tercera habría tenido que regalarles el hábitat orbital completo a cambio de los mismos
datos.
Claro que dar con los tan buscados visitantes de fuera de la Vía Láctea no fue el final de la
odisea, sino apenas su inicio.
Los de la Servet no esperaron los tres días de rigor para un Primer Contacto, por supuesto;
el asunto era demasiado urgente. La nave de los extragalácticos, cuyos imprecisos
contornos daba casi dolor de cabeza mirar, los dejó acercárseles en la órbita hasta la
distancia de unas decenas de kilómetros sin comunicarse, atacar, huir ni dar ninguna otra
muestra de hostilidad, temor o simple reconocimiento.
Los del navío de hipertránsito catalán consideraron entonces que se podría intentar
Contactarlos. Pero justo cuando una nerviosa Nerys se preparaba para salir al espacio en su
traje de ultraprotección, el hipertrángrafo detectó una violenta fluctuación… y la ondina-
condonauta desapareció de la esclusa de salida, dejando atrás al dichoso traje.
El capitán Alberto Saudat confiesa que, si bien retrocedió a una distancia que le pareció
segura, cuando vio que pasaban tres minutos sin rastro de Nerys, perdió de tal modo los
nervios que volvió a aproximarse hasta casi tocar a la maldita nube blanca, y hasta disparó
sus armas desintegradoras para ver si lograba alguna respuesta, aunque no las más potentes
ni apuntando directamente a los extragalácticos, por supuesto. Por si acaso.
En todo caso, mi ondina se rematerializó en el lugar del que había desaparecido, a los seis
minutos del hecho y en completo estado de shock.
Vaya, justo una teoría como para no darle a ningún otro Especialista en Contactos ganas de
acercarse ni a un pársec de distancia de esa nave con pinta de nubecita generadora de
migrañas.
Intentamos regresar a Nu Barsa para pedir ayuda, pero creemos que el hipermotor no
funciona cerca de la nave de esos… bichos sigue lamentándose Saudat.
Claro, eso si lo intentaron de veras… o también puede que todos los quígaros de los
alrededores ya anduvieran conglomerándose por allá por Lambda del Triángulo,
dificultando el hipertránsito al tener sus mentes literalmente en otra parte. Pero ¿para qué
revelar justo ahora la lamentable noticia de que la Comunidad Galáctica se ha quedado o
está a punto de quedarse sin medios de transporte más rápidos que la luz, al menos hasta
nuevo aviso?
Bien, he entendido. No sólo soy el único condonauta disponible, sino que Nerys es mi
novia.
Triunfar donde ella fracasó será ahora casi un asunto de honor para mí. O eso creen ellos.
Por supuesto suspiro y me encojo de hombros, como para minimizar el asunto, aunque
ya me parece sentir los primeros sudores y temblequeos pre Contacto. No obstante, creo
que logro sonar bastante convincente al declamar: Nerys a veces es demasiado
impresionable, si lo sabré yo. Voy a ponerme la escafandra, en cinco minutos podré estar
Contactando con…
Mierda. Éramos pocos y parió mi abuela. Pensé que ya la etapa de corre-corre de esta
ordalía había terminado, pero ahora tendré que seguir compitiendo con el naciborg y su
vengativo discípulo.
¿A que les da gusto verme, eh? Qué bien… pues será mejor que ustedes y la Servet se
alejen ahora mismo de la nave extragaláctica, si no quieren que los desintegremos,
¡malditos traidores!
Pues las cosas sí que podían empeorar. Quien nos insulta desde la Dalí es Jordi Barceló.
*****
Frena un poco, Josué; llevas casi medio kilómetro de ventaja, y se supone que tienen que
tocar la nave extragaláctica los tres al mismo tiempo me recuerda con expresión
preocupada el capitán Berenguer desde una holoventana proyectada sobre mi yelmo. Esta
vez no ha querido delegar en nadie más la responsabilidad de ser mi operador remoto de
Contacto. No queremos que los de la Dalí pierdan los nervios y se arme aquí mismo la
Primera Guerra Interestelar Catalana, ¿no?
Krieg si ustedes mogeln se escucha la voz ronca de Helmut Schmodt, de nuevo un ario
modelo con ojos grises, en otra pequeña holoimagen junto a la de su protegido.
¿De qué le sirve un software de traducción con miles de lenguajes Ajenos programados a
quien se niega a usarlo siquiera para expresarse en un español medianamente pasable?
Aunque podría haber sido peor. Si hubiésemos sido la otra única nave catalana presente en
el sistema, Helmut, Yotuel y sobre todo el resentido Jordi Barceló (¿habrán acaso tomado
los quígaros la muestra de ADN de su prístino recto heterosexual, en vez que de su boca,
para cabrearlo tanto?), de seguro habrían acabado convenciendo a Rubén Molinet, el
capitán de laDalí, para que abriese fuego contra nosotros. Y contra el muy superior
armamento del navío de hipertránsito más grande y moderno de la flota de Nu Barsa, no
nos habría quedado más salida que huir… con los motores inerciales, para más INRI,
porque a los pocos minutos de su entrada, el hipertrángrafo quedó muerto, lo que quiere
decir que también el hipertránsito al estilo quígaro dejó de funcionar definitivamente en
esta Galaxia.
Por suerte para nosotros, aquí estaba también el capitán Saudat con su Servet. Y, por
anticuado que sea, un navío de hipertránsito resulta siempre un factor de peso en un
enfrentamiento armado. Tal vez la Dalí pudiera acabar con ellos y nosotros a la vez, pero
no sin sufrir graves daños en la batalla espacial. Así que la situación podría considerarse
tablas.
Pero la etapa intimidatoria duró poco; cuando se dieron cuenta de que ni Berenguer ni
Saudat se amedrentaban o pensaban ceder, no les quedó sino meterse la lengua en salva sea
la parte y negociar.
Por eso ahora los tres condonautas todavía capaces de Contactar nos acercamos a la nave
extragaláctica al mismo tiempo, como buenos amigos; así, supuestamente, cada uno tendrá
su oportunidad, y que gane el mejor Contactando, ¿no?
Supongo que uno intentará sacarme de circulación mientras el otro Contacta a sus anchas.
Menos mal que, por definición, los trajes de condonauta no pueden incluir ningún arma
sofisticada. Hasta los telémetros láser se desaconsejan… podrían ser interpretados como
una agresión por algún Ajeno especialmente paranoico, ¿no? De todos modos, es mejor
estar en guardia; siempre podrían probar a estrangularme o partirme la espina dorsal entre
los dos. Y una hoja de metal afilada y/o puntiaguda resulta también bastante fácil de
esconder en cualquier bolsillo.
Tuve que aceptar, claro; el tiempo corre, y si de repente los extragalácticos decidiesen
abandonar este sistema dejándonos atrás… no quiero ni imaginarme el papelón. Y sus
consecuencias.
Si al menos Nerys saliera de su shock, ya el asunto estaría más parejo, y podría estar seguro
de que el capitán Saudat va a apoyar con todas sus armas a las de la Gaudí, para proteger a
su condonauta, pero, ni modo; si los perros tuvieran ruedas, serían carriolas. Mi ondina
sigue sin dar signos de vida consciente. Vaya trauma…
Pero ninguna batalla se pierde hasta que se libra, ni tener grandes probabilidades de ganar
es haber ya ganado. La cuestión es que, incluso uno contra dos, aún estoy en el juego, y
participando.
Ya nos vemos unos a otros. No hay error posible, Helmut usa escafandra roja, Yotuel
blanca (¡qué raro!), y llegan casi juntos desde la misma dirección. La mía es verde, como
de costumbre. Me habría gustado tener una azul; seríamos los tres colores de la bandera de
mi patria lejana. Qué simbólico.
Están a sólo cinco kilómetros de la nave extragaláctica me dice el capitán Berenguer,
comprobando su telémetro, como si el mío no funcionara. Sincronicen trayectorias,
aunque no creo que los dejen llegar mucho más cerca. El capitán Saudat supone que en
cualquier momento pueden telepor…
Del dicho al hecho; sus palabras se cortan, y al segundo siguiente ya no nos rodea el negro
del espacio, sino un blanco suavemente luminoso; nos han teleportado.
Ha sido tan suave e indoloro que, si su hipermotor funciona por el estilo, se me ocurre una
buena razón por la que los quígaros huyeron: no hay competencia posible entre su estafa
mental y este sistema.
Estamos en una estancia vacía y de medio kilómetro de diámetro, según mis sensores. Por
supuesto, no hay comunicación. El blanco impoluto de todo el lugar debe estar haciendo
sentirse en la gloria a Yotuel, el obsesionado con la limpieza. Apenas si se distingue su
escafandra, del mismo tono.
Nos rodea un aire perfectamente respirable, con una correcta presión… bueno, en verdad
algo baja, y ¡vaya! tiene helio en vez de nitrógeno, al hablar farfullaremos como el Pato
Donald de la corporación Walt Disney de Northia. Será difícil sonar como un solemne
embajador de esa manera.
Lo raro es que seguimos flotando, ¿no tendrán control gravitatorio estos visitantes?
Conservamos nuestra disposición anterior, a pocas decenas de metros uno del otro, Yotuel
al centro, yo al extremo derecho y Helmut en el izquierdo. Mis dos rivales se miran, se
hacen una casi imperceptible señal y acto seguido se liberan de sus yelmos, en perfecta
sincronía.
Los cascos vacíos flotan como satélites abandonados, mientras sus dueños activan un
instante los micromotores inerciales de sus escafandras y vienen a por mí, con la
coordinada decisión de dos defensas de rugby en cámara lenta; vistosos uniformes
monocromáticos cargando inexorables contra el delantero del equipo contrario que lleva el
balón.
Me lo esperaba; por suerte que al menos no quedé entre los dos. Las peleas no son lo mío,
prefiero «aquí corrió» que «aquí murió», pero si no hay más remedio… juguemos con
pelotas, chicos.
También me quito el yelmo (si hay bacterias o virus extragalácticos con los que no pueda
nuestra inmunidad reforzada, ya veremos después qué hacer) y lo sujeto entre las manos,
pero no cerca del cuerpo, como un jugador de rugby que pretende perforar la defensa
enemiga para marcartouchdown, sino ligeramente separado, a la altura de los ojos, como un
basketbolista dispuesto a anotar canasta.
Nunca fui bueno al rugby… con apenas 1, 70 m y sesenta y cinco kilos, me faltaba
corpulencia, aunque corriera rápido. Pero en el baloncesto, gracias a mi notable
saltabilidad, sí llegué a ser un jugador más que aceptable, casi un campeón. Y ahora pienso
demostrárselos a mis dos atacantes.
De veras es una lástima que no haya gravedad. Con el lanzamiento, lógicamente, voy a salir
disparado en dirección contraria por la ley de acción y reacción, y además carecerá de esa
fuerza demoledora que tendría a los clásicos 9,8 metros por segundo al cuadrado
terrestres…
Pero, hablando del rey de Roma, y por la puerta asoma… según el gravímetro, ha aparecido
una microgravedad. Todos vamos descendiendo suavemente hasta que nos posamos sobre
el suelo, tan blanco como las paredes; posee una suave y curiosa (algo repugnante, diría
incluso) consistencia de jalea o gelatina, aunque no resulta pegajoso, por suerte.
Flexiono las piernas y sigo sujetando mi casco, inmóvil mientras la gravedad continúa
aumentando poco a poco. Los yelmos abandonados por mis dos adversarios rebotan
suavemente al caer. El rojo de Helmut rueda casi hasta mis pies… perfecto, si puedo
alcanzarlo a tiempo, con un segundo proyectil tendré todavía más oportunidades, ¿por qué
desecharían ellos un arma tan evidente?
Tal vez porque incluso sin ella se sienten seguros de vencerme con facilidad.
Confirmo mi sospecha apenas apoyan los pies sobre el gelatinoso pavimento y continúan su
avance hacia mí, ahora a grandes, casi ingrávidos saltos, que me recuerdan aquellas viejas
grabaciones que una vez descargó Abel de Internet, sobre los primeros seres humanos en la
Luna, a mediados del siglo XX, cuando el Apolo XI.
Un error, opino: podría hacerme más daño y desde más lejos blandiéndola como un látigo.
Por su parte, Yotuel es más tradicional y/o ortodoxo en su maldad; ha optado por un
enorme destornillador. Arma perforocortante: puro Barrio Ripio. Tengo que cuidarme de
ambos. Con el traje de triple blindaje, la única zona de mi cabeza realmente vulnerable a un
puntazo de mi compatriota serían los ojos, pero si me distraigo evitando que me deje tuerto,
el naciborg podría muy bien aprovechar para atraparme por atrás y estrangularme a su gusto
enrollándome al cuello la cadena.
Quizás no debí haberme quitado el casco… pero ya es tarde para volver a colocármelo.
Por cierto que ya me pesa en las manos; la gravedad aún aumenta. No necesito del
gravímetro; mis huesos y músculos informan que ya casi iguala a la terrestre. Ojalá no la
sobrepase demasiado.
Ahí llegan, corriendo con todas sus fuerzas, blanco y rojo. Una asesina bandera polaca
contra el pabellón de Libia, bella metáfora, o al menos colorida. El primero en alcanzarme
será Yotuel, y con su destornillador también le va a costar más esquivar o bloquear un
cascazo que a Helmut con la cadena.
¡Cabrón hijo e’puta! aúlla el hermano pequeño de Yamil, blanco aspirante a asesino,
cuando se me abalanza con la peligrosa herramienta en alto. No puedo menos que notar lo
fañoso y ridículo que el helio de la atmósfera vuelve su grito de guerra: ¿la venganza del
Pato Donald?
A los dos metros de distancia le arrojo el casco a la cara: un lanzamiento explosivo con
todas mis fuerzas… que no sirve de nada, porque tras el primer metro de su trayectoria mi
verde y durísimo yelmo se detiene en seco y queda suspendido en el aire, como si lo
retuviese una barrera invisible.
Ambos forcejean, tratando de liberar sus improvisadas armas, pero sin conseguirlo, así que
ni siquiera intento recuperar mi casco, que sigue inmóvil en el aire. Pero, con calma,
camino hasta el rojo de Helmut y lo tomo sin problemas, menos mal que el modelo de traje
de ultraprotección que usamos los condonautas es
universal. Puede que rojo y verde sea una
combinación que sólo les va a las cotorras, pero es
mejor precaver: no sobreviviría mucho en el espacio
con una escafandra sin yelmo.
Sin nada más que hacer, me siento en el suelo, con el yelmo color sangre en mi regazo. Por
lo que parece, de momento estoy por completo a salvo de mis «colegas» y sus nada
generosas intenciones, así que sólo queda esperar que nuestros extragalácticos anfitriones
den el siguiente paso para el Contacto. Es obvio que controlan por completo la situación.
La han controlado desde el principio.
Pongo la mente en blanco: esto es lo que los antiguos griegos llamaban ataraxia, la calma
filosófica, espera curiosa y no simple pereza. Joan Puigcorbé estaría orgulloso de mí si
pudiera verme.
No tengo que aguardar mucho: un ruido a la vez rasposo y cuchicheante a sus espaldas hace
que Helmut y Yotuel cesen sus infructuosos esfuerzos por vencer la barrera que nos separa
y giren sobre sus talones para enfrentar a lo que sea que haya generado el curioso sonido.
Se acaba de abrir una entrada en la pared blanquecina, a unos doscientos metros a sus
espaldas, según el telémetro de mi traje. Si ya lo decía Amaya, aunque la barrera invisible
me despistó por un momento; evidentemente esto es otra bionave. Quizás debería
especializarme en razas con biotecnología, cuando salga de ésta.
La suerte es loca y a cualquiera le toca. Empezarán por ellos, por lo visto. Supongo que
debería apreciar la bíblica justicia de que los últimos sean los primeros, pero maldita la
gracia que me hace.
La abertura tendrá unos diez metros de diámetro. Lo curioso es que, si bien yo no puedo ver
nada salir por ella, evidentemente mis dos colegas-rivales sí… y que no parece gustarles
mucho lo que ven.
Pero Yotuel cae inmediatamente de rodillas y comienza a vomitar, lloroso, llamando entre
gemidos a su hermano muerto e invocando la ayuda ¡de Diosdado el babalawo! Pobre, si la
hubiera conocido, seguramente también apelaría a su madre. Ni hablar de intentar quitarse
el traje, ni de hacer el menor intento por Contactar. Está literalmente muriéndose de asco y
de miedo.
¿Qué será lo que ve que tanto lo aterra y repugna? Por novato que sea, su experiencia
tendrá. Helmut no lo habría llevado consigo de otra manera.
Por supuesto, el experto Especialista en Contactos alemán tiene mayor presencia de ánimo,
pero también tiembla como un azogado. Vaya con el profesional. No obstante, el
entrenamiento hace lo suyo; él sí que se libera del traje rojo, y debajo su piel parece hervir.
El ritmo de los rasposos cuchicheos crece apresurado, hasta que de pronto es sustituido por
un ulular inarticulado que sube y baja de tono con un estilo sospechosamente familiar.
Apelo al software de traducción… sí, estamos de suerte; es el dialecto de otra de las
seiscientas y algo naves-mundo quígaras con las que alcanzó a contactar la humanidad
antes de que los «Indignos Discípulos» huyeran de la Galaxia. Qué bien que fuesen justo
ellos quienes Contactaran a los extragalácticos antes que nosotros, y que estos dominaran
tan rápidamente su lenguaje.
Todo un discurso; para un Primer Contacto con extragalácticos, está más que claro:
Ya saben quiénes somos los humanos. Bien por la publicidad gratis que nos hicieron los
quígaros. Ellos son los peroptis (o algo así, quizás el término quígaro no tenga jamás
traducción exacta al español… ¿ojos periféricos, tal vez?) que vienen de fuera de la
Galaxia, aunque no de muy lejos, sino apenas de la pequeña nébula-satélite de la Vía
Láctea que conocemos como Nube Mayor de Magallanes.
Llegan en paz, huyendo de otra raza poderosa que los ¿amenaza con la guerra?, y a la que
tienen miedo, y aquí en la Vía Láctea buscan ¿aliados? Pero tiene que ser una raza guerrera,
por eso los quígaros que ni luchan ni tienen armas, y que tienen miedo, que huyen, no les
sirven. Lógico. Y nos proponen Contacto, según nuestra costumbre, por si queremos ser
esos aliados, para sellar el trato.
De los costados, bajo las costillas, le están creciendo rápidamente dos pares de patas extra,
todavía rudimentarias, pero que, supongo, a lo sumo en un par de minutos más serán
funcionales. Como pensé, pero no seis sino ocho: el par delantero más largo, porque si se
está doblando así, el torso anterior quedará casi perpendicular al suelo… se diría un
centauro que además de sus cuatro patas equinas tuviera otra dos, y encima caminara
también ayudándose con los dos brazos de su torso humano, muy largos, ¡vaya anatomía
rara!
Las patas, largas y gruesas, tienen tres articulaciones; las delanteras, incluso cuatro…
todavía no se definen bien, pero yo diría que las del modelo original son segmentadas,
insectoides… ocho o seis patas no hacen gran diferencia ¿quizás tipo mantis, extremidades
delanteras raptadoras, pero que también contribuyen a la marcha, apoyándose en el suelo
semidobladas? Eso debe ser; la espalda de Helmut se va cubriendo de lo que muy bien
podrían ser unos élitros… si hay alas debajo no deben ser funcionales, con ese tamaño
serán muy pesados para volar, pero yo diría que hay… ah, ya se define la cabeza, más
insectil no podría ser: con un pronoto o escudete protector sobre la nuca, largas antenas…
esos nanos son una maravilla, me muero de envidia, lo que pueden hacer a partir de simples
folículos pilosos, parece magia. ¿No podría conseguir un juego igual?
La cabeza, relativamente pequeña, pero con grandes ojos, los nanos no son mágicos,
probablemente los del peroptis modelo sean compuestos, facetados, tienen sentido… pero
para que Helmut pudiera tener unos similares su neurología visual tendría que cambiar
demasiado radicalmente, así que solo le aumentan de tamaño, separándose de paso hacia
los lados del cráneo, eso es: peroptis, visión periférica. La nariz se reduce a su mínima
expresión, dos orificios, el mentón se afila… hay unos palpos a los costados,
definitivamente insectoide, con mandíbulas de apertura horizontal y no vertical… bueno, al
menos ese cabrón alemán no lo va a tener tan fácil, qué rabia, ver la gloria y dejarla
escapar.
La tensión ha sido demasiada y Helmut no pudo ya controlar más sus propios nanos. Como
tantos Especialistas en Contacto de su generación, la consecuencia es que ha quedado
reducido a un agregado de células temblorosas, escasamente diferenciadas en órganos y
tejidos.
Está jodido y bien jodido. Supongo que en Nu Barsa, con tiempo, terapias adecuadas,
hipnotismo, reprogramación de nanos y demás magia negra de la alta tecnología, podrían
devolverle un aspecto medianamente humano. Pero jamás podrá volver a confiar en las
metamorfosis nanocontroladas. Su vida como condonauta terminó para siempre.
El invisible monstruo insectoide extragaláctico se acerca al montón de carne que hasta hace
poco fuera Helmut Schmodt, parece analizarlo un instante, y luego gira hacia el lloroso
Yotuel que, sin dejarlo acercarse, se pone en pie de un salto y huye a todo correr gritando
de puro pánico, hasta casi incrustarse en una pared, a más de cien metros de distancia,
blanco intentando desaparecer en el blanco.
También él está definitivamente fuera de juego. Quedo yo. Me pongo de pie, decidido, y
avanzo.
Sí, no van lejos los de adelante si los de atrás Contactan bien. O lo intentan, al menos.
Las huellas del invisible peroptis muestran que gira para enfrentarme.
Camino con los brazos prudentemente extendidos, hasta tocar la barrera, que sigue siendo
invisible, aunque ahora ya no es sólida, sino casi fluida. Tras breve vacilación, seguro de
que en cuanto la atraviese finalmente veré al peroptis, la cruzo con un único paso largo.
Con la pequeña cabeza de ojos compuestos y largas antenas, la parte anterior del tórax
perpendicular al suelo, balanceando libre el larguísimo par de patas delantero mientras
oscila sobre los tres pares posteriores firmemente asentados en el gelatinoso material
blanquecino, el terrible peroptis resulta una especie de híbrido octópodo entre mantis
religiosa y cucaracha.
Sólo que mide casi cinco metros de altura por diez de largo, y además, como ¡tonto de mí!
debí sospechar desde el principio con todo este níveo decorado, carece por completo de
pigmentación: bajo su tegumento traslúcido se pueden ver sus músculos moviéndose, su
sistema digestivo, sus pulmones…
Ironías del destino: mientras que para el pobre Yotuel tan sólo verla fue ya una impresión
demasiado fuerte (ah, traumas de la infancia… ¿algún cliente lo habrá amenazado quizás
con echarlo a las cucarachas si contaba de sus encuentros?), lo que es a mí este ser venido
de la Nube mayor de Magallanes me resulta completa y tranquilizadoramente familiar, tan
cómodamente parecido a Atevi, mi albina Periplaneta americana mutantis, corredora
campeona de mi niñez en Barrio Ripio que al segundo siguiente, sin dejar de avanzar, ya
me estoy despojando del traje verde para dejar al descubierto una de las más sólidas
erecciones que he conseguido en los últimos tiempos ante un posible Contacto.
Pero ya averiguarán eso después los exobiólogos. Ahora me importa más saber si se trata de
un macho cuyo pene córneo deberé alojar en mis entrañas, lo que, según el tamaño y la
textura del órgano, podría resultar más o menos doloroso, o de una hembra que tendría yo
que penetrar, en cuyo caso, pudiera ser tarea relativamente fácil si tiene una cloaca como se
debe, o muy complicada, si como ocurre en ciertas especies de chinches, carece de orificio
sexual y el macho debe clavarle su órgano copulador por donde pueda, perforando a través
del córneo tegumento quitinoso para verter su esperma.
Aunque ésos son sólo detalles: no he llegado tan lejos ni con tanto esfuerzo para detenerme
por esas minucias. Si necesito vaselina o un cincel, los usaré, y luego que me reparen
Amaya y el médico automático, que habrá valido la pena. No se hace una tortilla sin romper
huevos, ¿no?
Las que, por supuesto, en ese mismo momento se activan espectacularmente. Murmullos de
admiración, aplausos. Todavía los humanos no nos acostumbramos a ser habitantes del
Cosmos. Siempre da su cosquillita en el pecho volver al planeta de origen en toda su gloria,
desde una órbita cercana.
La inconfundible silueta azul velada de nubes acapara las miradas de todos los pasajeros…
bueno, de casi todos; algunos prefieren mirarme a mí, y no me extraña; desde que
Contactando a los extragalácticos peroptis me convirtiera en el héroe de Nu Barsa, de los
catalanes y de toda la humanidad, mi rostro ha estado tanto tiempo en los holodiarios, que
ni pelándome al rape y dejándome esta barbita rala que uso ahora podía aspirar a pasar
completamente inadvertido en una multitud.
Echo de menos mis dreadlocks… pero muchas más cosas han cambiado en estos seis
meses.
Simple y eficaz, ¿no? Para el que lo entienda, claro. Y yo no soy uno de ellos. Quizás mi
amigo Jaume Verdaguer (al que finalmente le hice alzar la prometida estatua en vida, para
honrar su olfato sobre la verdadera naturaleza del hipertránsito de los quígaros…
privilegios de un héroe) y su puñado de físicos locos puedan comprenderlo, pero lo que es
yo y la mayor parte de la gente…
En fin, el caso es que FUNCIONA, y con eso me basta. A mí y al resto de la humanidad.
Parece incluso que los de la Nube mayor de Magallanes ya navegaban por el hiperespacio
antes de volverse plenamente racionales, lo que ha fascinado a los exobiólogos humanos y
Ajenos; cuesta trabajo incluso imaginarse a una raza de seres similares a nuestras hormigas
dispersándose por el Cosmos sin siquiera poseer inteligencia. Y pensar que les costaba
trabajo crees que los «Indignos Discípulos» hubieran evolucionado en pleno espacio. Cómo
cambian los tiempos, ¿no?
Superando con gran esfuerzo la inicial repugnancia instintiva de tratar con cucarachas
octópodas albinas gigantes, las relaciones de la humanidad con los peroptis marchan viento
en popa. Ayuda el que puedan hacerse invisibles cuando quieren, por cierto. Pero ya
estamos recibiendo tecnología suya y ellos también están más que satisfechos. Querían
aliados, y los consiguieron.
Los Especialistas en Contacto, y no sólo los humanos, hemos estado bastante ocupados en
este tiempo; las negociaciones para que la pacífica Comunidad Galáctica se convierta en la
Fuerza de Defensa Pangaláctica no han resultado precisamente sencillas. Que miles de
razas se pongan de acuerdo en cualquier cosa es asunto laborioso… aunque el detalle de
que, tras el pánico que cundió al cortarse todo contacto cuando se marcharon los quígaros y
dejaron de funcionar sus falsos hipermotores «tarplinos», fuéramos precisamente los
humanos y peroptis quienes acudiésemos a restablecer las comunicaciones, ha convencido
ya a miles de especies Ajenas de nuestras buenas intenciones conjuntas.
Por cierto, hay una inmensa ironía implícita en todo este asunto.
Sobre todo considerando que lo más probable es que los «Indignos Discípulos» lo
establecieran hace millones de años como un modo subrepticio de adquirir el ADN de las
especies racionales con las que se encontraban, ya fuese para fabricar sus razas de clones-
esclavos, ya para poder enriquecer el suyo propio y así lograr esa gran variedad de
apariencias que mostraban… y que ése fuera su único sentido, hasta que cuando los
paranoicos e ingeniosos algoleños crearon su «count-down» a prueba de abusos con el
ADN de los Especialistas en Contacto, el asunto se les estropeó a los Gitanos Ajenos, y ya
únicamente siguió adelante por pura inercia.
¿Será eso, simplemente la fuerza de la costumbre? ¿Dejé que ese pulpo baboso de
Valaurgh-Alesh-23 jugara al otorrinolaringólogo y al proctólogo conmigo sólo porque «un
hábito es un hábito»? ¿Y por lo mismo luego «cohabité» con esa versión aumentada de
Atevi que son los peroptis, y lo siguen haciendo todos los condonautas de la Comunidad
Galáctica?
Lo dudo. Pero nadie ha siquiera osado referirse al particular. Supongo que a todos los seres
racionales, humanos o ajenos, nos cuesta admitir que hemos hecho el papel de idiotas
durante mucho tiempo. Y si ya tuvimos que aceptarlo con lo de los hipermotores confesar
también que lo del Protocolo era una estafa podría ser demasiado.
Debe ser eso… o que, en realidad, a muchos nos gusta tener una excusa para un poquito de
experimentación sexual.
El caso es que incluso, sin tarplinos ni quígaros, parece que habrá Protocolo de Contactos y
condonautas para rato.
Sólo espero que a nadie se le ocurra proponerles un Contacto a los enemigos de los
peroptis.
Poco sabemos aún sobre esos misteriosos invasores extragalácticos, tan crueles y poderosos
que los peroptis tuvieron que viajar fuera de Nube Mayor de Magallanes en busca de ayuda
para enfrentarlos. Ellos ni siquiera tienen un nombre para designarlos: en su cultura,
nombrar algo es concederle existencia y creen que para vencer a un enemigo se comienza
por negarlo.
Por el momento, parece que provienen de fuera de la pequeña Galaxia satélite de la Vía
Láctea, si bien su origen no está claro. En cuanto a su naturaleza, nuestros aliados albinos,
probablemente aún no muy duchos a la hora de hacerse entender (o elusivos para revelar
información con valor militar, dicen nuestros estrategas) los definen como seres del espacio
negativo.
¿Querrán decir quizás antimateria? Habrá que aclarar bien ese particular. Por si acaso.
El caso es que arrasan con todo lo que encuentran, más interesados en destruir que en
conquistar.
Por cierto que, en opinión de nuestros recientes aliados, la extraña y súbita huida con
destino desconocido de todas las naves-mundo de los «Indignos Discípulos» habría sido
provocada simplemente por miedo a esos implacables seres, y sus aterrados cálculos de
que, tras acabar con las dos Nubes de Magallanes, la emprenderían con nuestra propia
Galaxia. Así que, pacifistas al fin, que es como decir cobardes, habrían optado por poner
distancia entre ellos y la nueva amenaza, como yo supuse. Después de todo, si otra raza iba
a privarlos del monopolio del hipertránsito, ¿para qué quedarse, no?
Tiene sentido, supongo. Quizás algún día volvamos a encontrarnos a los quígaros, ahora
que la MetaGalaxia está abierta a las naves vivientes con capacidad de viaje hiperespacial
de los peroptis… y así podremos pedirles cuentas por su cobardía y su estafa de siglos. Y
saber por qué lo hicieron.
Al momento, ya varias naves exploradoras humanas con (bio)tecnología de hipersalto
peroptis han visitado Galaxias lejanísimas. Y en la Nebulosa del Cangrejo, el tercer planeta
de una estrella roja fue bautizado, ¿adivinan cómo? ¡Josué Valdés! Ya se está
terraformando para ser Nueva Catalunya.
Algún día la visitaré, supongo. Si los peroptis no nos abandonan también a nuestra suerte,
privándonos de la capacidad de hipertránsito, claro.
Pero no será ahora, por supuesto. Porque hoy comienzan mis vacaciones y bien que me las
he ganado; las especiales circunstancias que tanto dificultan el fluido Contacto entre
condonautas humanos y peroptis me obligaron a trabajar duro y sin pausa durante largas
semanas.
Me duelen hasta músculos que no sabía que tenía: las hembras peroptis pueden ser muy
exigentes: en su raza, los machos no son racionales, y desde que descubrieron el encanto de
«cohabitar» con sus semejantes intelectuales, no nos dejan tranquilos ni a sol ni sombra a
los escasos Especialistas en Contactos humanos capaces tanto de vencer el asco como de
cumplir sus expectativas.
Mi buen amigo Joan trató de consolarme una vez diciéndome que seguro que las
cucarachonas albinas encontraban tan repugnante nuestra anatomía como nosotros la suya.
Bueno, justo él fue el segundo humano en Contactar a una peroptis, abandonando su retiro.
No se pudo perder la fiesta, supongo. Así que dejaré que se crea eso, si los hace felices a él
y a Sonya.
Mi relación con Nerys terminó abruptamente cuando la ondina logró finalmente salir del
shock a la segunda semana de terapia. No quiso volver a verme, ni siquiera a través de la
holopantalla; me mandó a decir que cualquier hombre tan sucio como para aceptar tener
Contacto con seres tan repugnantes como esos… bichos, haría mejor en nunca volver a
acercársele.
Qué poco profesional, ¿no? Bueno, oí que va a dejar el departamento, para dolor de Miquel
Llul.
Jordi Barceló nunca reveló lo que le hicieron los quígaros, pero también abandonó la flota,
oí decir que está tratando de volver a la Armada. Mejor para él, y para Gisela y Amaya, que
por poco vienen conmigo en este viaje. Pero dejó a Antares en la Gaudí, eso sí.
No soy rencoroso, y a Diosdado no le habría gustado ver que me ensaño con otro de sus
chicos.
Ahora estoy más cerca de la Tierra que lo que he estado en ocho años. Y vaya si emociona.
Sonya, la esposa de Joan, me preguntó antes de partir si me sentía como un desterrado que
regresa a su hogar victorioso.
Pero siempre me faltó algo, y tras años negándome a aceptarlo, creo que al fin he
conseguido reunir el valor para confesarme lo que es y venir a buscarlo.
Una vez dejé este planeta y prometí jamás regresar; y acepté renunciar a mi infancia, a mis
orígenes, a todo lo que me hacía ser yo, ¿para ganar qué?
Bueno, uno no puede cumplir todas las promesas, ¿no?, sobre todo las que se hace a sí
mismo.
Tuvieron que pasar años, tuve que recorrer media Galaxia y Contactar con decenas de seres
nacidos bajo otros soles para descubrir algo que siempre nos decía Diosdado, como
moraleja o colofón de uno de sus patakíes o fábulas de orishas: no hay viaje verdadero sin
regreso al punto de partida.
Aunque ese lugar ya no sea nunca el mismo que dejamos atrás. Como no somos nunca los
mismos nosotros, tampoco. No hay regreso posible, ése es el verdadero secreto de la
nostalgia.
Pero a veces sí hay sucedáneos más que aceptables. Y todo regreso es una nueva partida.
Por suerte, Abel aceptó que nos viéramos por primera vez en esta Estación… terreno
neutral; reencontrarnos allá abajo, en la Tierra, en CH, en Barrio Ripio, habría sido
demasiado brusco para mí.
Espero sólo que no se ría cuando le devuelva esos mil cucs que hace ocho años me prestó.
Una amistad interrumpida necesita ritos para reanudarse, y éste de pagar una deuda, creo,
resulta tan bueno como cualquier otro…