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Condonautas

El documento presenta una descripción detallada de un encuentro entre un especialista humano y una nave alienígena descubierta en un planeta remoto. El especialista utiliza una pequeña nave para acercarse sigilosamente a la enorme nave esférica alienígena y observa lo impresionante que es su tamaño. Reflexiona sobre la suerte de haber encontrado la nave y las posibles implicaciones de este descubrimiento en el planeta.

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Condonautas

El documento presenta una descripción detallada de un encuentro entre un especialista humano y una nave alienígena descubierta en un planeta remoto. El especialista utiliza una pequeña nave para acercarse sigilosamente a la enorme nave esférica alienígena y observa lo impresionante que es su tamaño. Reflexiona sobre la suerte de haber encontrado la nave y las posibles implicaciones de este descubrimiento en el planeta.

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Para Susana y Roland,

porque en su visita a La Habana

surgió esta idea para un posible cuento,

que ahora ya es noveleta.

Para Elizabeth, mi bichito inspirador.

En las holopantallas el cielo pasa de negro a azul


oscuro, luego a claro, al fin a blanco lechoso… echo
una ojeada a los instrumentos y corrijo el rumbo del
picado, mientras las cifras en el altímetro disminuyen
frenéticas, hasta que al fin las densas nubes
amoniacales se abren y distingo el suelo. Ilustración: José Manuel Schmill
Ordóñez
Justo sobre el blanco. Claro, habría sido más sencillo
dejarme guiar por el sistema de posicionamiento
retroalimentado satelitalmente, pero me gusta pilotar al viejo estilo: un hombre, su
habilidad e intuición, controlando a una máquina, sus sensores y propulsores. Y nada de
IAs.

Ésta es también una de las satisfacciones extra que en ocasiones me ofrece este trabajo de
Especialista en Contactos, vulgo condonauta. La convivencia y las relaciones sociales
nunca fueron mi fuerte… y en una pequeña fragata de hipertránsito como la Antoni
Gaudí no abundan precisamente las oportunidades para quedarse a solas.

Dócil bajo mis manos, el pequeño vehículo biplaza traza una elegante curva para sobrevolar
el gris y desolado paisaje basáltico del Valle del Hallazgo. Voy perdiendo cota en la
maniobra de acercamiento, de manera suave y constante, hasta detenerme, con milimétrica
precisión, a ras del suelo y a unos prudentes quinientos metros de la nave Ajena… si bien
ya completamente a su sombra.

—Bravo, Dralgoleño —felicito en broma al aún vibrante aparato con un susurro,


aprovechando la intimidad que me concede el que todavía el micrófono interior de mi
yelmo esté desconectado.

El flotador-lanzadera antigrav, el más pequeño de los cuatro con que cuenta la nave
catalana, se llama oficialmente, en honor a quienes nos ¿dieron? la antigravedad, Drag de
Algol… si bien yo prefiero llamarlo cariñosamente Dralgoleño. La cómoda y maniobrable
maquinita resulta ideal para toda clase de exploraciones planetarias y hasta para cortos
desplazamientos orbitales. También suelo usarla para Contactar: así la fragata puede
aguardar prudentemente en la órbita. Pese a que su casco aerodinámico de mil doscientos
metros de largo le permitiría descender sin ningún problema, lo mejor es no arriesgar
nuestro único medio de abandonar este planeta perdido.
Bueno, aquí estamos ya otra vez en lo mismo de siempre. Pero cada vez diferente.

Como toda la tripulación, he observado la naveAjena desde todos los ángulos que podían
grabar nuestras holocámaras teledirigidas, durante los tres días de espera inactiva que
aconseja el Protocolo de Primer Contacto… pero tengo que confesar que, aún así, vista tan
de cerca impresiona muchísimo.

Y no porque su silueta sea rara, ni su diseño inusual. Al contrario; resulta muy común en
vehículos interestelares, humanos o no: perfectamente esférica, de superficie mate, y…

El asunto es el tamaño. La única palabra que se me ocurre para calificarlo es gigantesco.

Ni las destartaladas naves-mundo de los quígaros son tan enormes, sin contar con que entre
sus muchos perfiles tampoco abunda el esférico. No hay noticia de que ninguna raza de las
que hasta ahora se han topado en sus andanzas por esta Galaxia los exploradores del hábitat
Nu Barsa, (ni, me juego el pellejo, del resto de la humanidad) fabrique vehículos espaciales
tan grandes.

No se puede negar que tuvimos una suerte igual de grande al verla en movimiento. De
haberla detectado inmóvil como ahora, probablemente la habríamos tomado por un
accidente natural del valle.

Tan inmensa es.

Grande también es lo que podría suceder en este remoto planeta del radián 1234, cuadrante
31.

Por cierto que resulta curioso cómo los antiguos, que tan penetrantes eran a veces, creían a
pie juntillas que su alambicada cartografía estelar histórica, dividida en constelaciones y
hemisferios y con soles de nombres árabes, se conservaría por los siglos de los siglos… sin
imaginarse siquiera que, dado que la disposición del cielo nocturno que sus astrónomos
conocían sólo tenía sentido vista desde la Tierra, cuando nos integráramos a la Comunidad
Galáctica, que no es para nada antropocéntrica, acabaríamos adoptando un sistema de
referencia cósmica mucho más universal y neutro.

Y además, más simple: tomando como centro el colosal agujero negro en torno al que gira
toda la Vía Láctea, se divide la circunferencia en 3600 radianes en sentido «horizontal» y
antihorario, y en treinta y dos cuadrantes en sentido vertical, y ya nadie se pierde ubicando
una estrella, aunque de paso nombres tan hermosos y cargados de sentido mitológico como
Leo, Hidra, Hornillo Químico, Fénix y Boyero conserven sentido en el siglo XXII tan sólo
para un puñado de tradicionalistas.

Claro que los antiguos astrónomos nunca imaginaron la Comunidad Galáctica.

Paradójicamente, algunas razas Ajenas, como los algoleños, oriundos del quinto planeta de
la gran estrella Algol de Perseo, han optado por ser conocidos según la denominación
cargada de alegoría que les hemos dado los humanos… quizás también porque su
verdadero nombre resulta impronunciable para cualquier ser que no utilice ultrasonidos en
su habla cotidiana. También los arctianos, naturales del noveno mundo que orbita la
gigantesca Arcturo de la constelación del Boyero, adoptaron encantados una contracción
casi cariñosa del apelativo que les correspondería, según el viejo y poético sistema terrestre
dado que hasta ese momento nunca se les ocurrió que su raza necesitara un nombre para
distinguirse; ¡Ellos habían sido siempre Ellos!

Cosas veredes, Sancho.

Por ejemplo: este planeta, que incluso nos hemos tomado el trabajo de bautizar oficialmente
como Encuentro Esperanzador, gira en torno a una estrella roja del hemisferio boreal que
por puro paralaje resulta invisible desde la Tierra, al estar cubierta por la brillante y enorme
Vega.

Hasta ayer era, por tanto, apenas uno más entre trillones similares de la Galaxia: por
completo desconocido para los antiguos astrónomos terrestres, pero, según los inquietos
quígaros, los primeros en cartografiar este sector de la Galaxia (y tantos otros) hace siglos,
también absolutamente inapropiado para sostener vida basada en el oxígeno, y en
consecuencia no sólo nunca explorado por naves humanas, sino también sin muchas
posibilidades de serlo en un futuro próximo.

Y podría haber seguido perteneciendo a esa lista por largos milenios, de no mediar la pura
suerte.

Gran cosa, la suerte.

Aunque hubiéramos culminado el enésimo salto hiperespacial de nuestro viaje de


comercio-exploración justo en el perímetro de la esfera de influencia gravitacional del
sistema, lo más probable hubiera sido que, sin elementos radiactivos ni metales raros ni
agua u oxígeno libre en el espectro de ninguno de sus ocho planetas que atrajeran nuestra
atención, nos habríamos limitado a, sin siquiera plegar las seis antenas de salto, aprovechar
la gravedad de la primaria del sistema para recargar las baterías gravitatorias para el
próximo hipertránsito.

Y luego, ¡hasta más no verte, sistemita!

A menudo he pensado que disponer de un método simple de viajar más rápido que la luz en
realidad, más que facilitar, obstaculiza la exploración detallada de los trillones de mundos
de la Galaxia. Es como pretender conocer cada recoveco de una zona tan sólo
sobrevolándola en un avión supersónico.

El hipermotor que usamos quígaros, humanos, algoleños, furasgos, arctianos, en fin, la casi
totalidad de las miles de razas que hoy integran la Comunidad Galáctica, es un antiguo
diseño tarplino. Esta mítica especie, cuyo nombre en su propio (y lamentablemente
olvidado) idioma quería decir «Sabios Creadores», desapareció de la Vía Láctea hace tanto
tiempo que ni siquiera sus fieles herederos los quígaros (quiere decir «Indignos
Discípulos», claro) recuerdan qué aspecto tenían.

Tampoco quedó dato cierto sobre cómo o por qué ya no están más los tales tarplinos…
aunque muchos quígaros creen (o fingen creer, con esos pillos nunca se sabe) que con el
transcurso de los milenios sus adorados maestros acumularon tanto poder y sabiduría que
simplemente Trascendieron su mera condición física para convertirse en Dioses.

Pero hayan sido reptiles, mamíferos o insectoides, los tarplinos se ganaron su nombre. Que
se trataba de excelentes ingenieros nadie lo discute: sus motores de hipertránsito, aunque
construidos hace millones de años, no sólo son ligeros y pequeños, sino que sobre todo
funcionan todavía a la perfección.

Por suerte, antes de trascender, extinguirse o desaparecer… y hay tantas teorías al respecto
como exobiólogos: algunos ni creen que hayan existido de veras, y sostienen que fueron
también quígaros con tecnología más desarrollada, de un ciclo cultural anterior… los
tarplinos fueron lo bastante generosos y previsores como para dejar en herencia a sus
protegidos quígaros un stock de algunos cuatrillones de unidades de esos motores, en sus
tres tamaños o clases.

El procedimiento de hipersalto es simplísimo: basta con fijar las coordenadas de destino y


que todo el casco de la nave quede comprendido dentro del poliedro imaginario (un
octaedro, para más precisiones, de ocho caras triangulares e idénticas) trazado desde los
extremos de las seis finas y larguísimas antenas generadoras de campo completamente
desplegadas. Al energizarlas, en su centro surge una microsingularidad sobre la que el
espacio circundante tiende a converger, sin que el hipercampo le permita comprimirse. Con
lo que la nave no tiene otro remedio que abandonar nuestro espacio tridimensional hacia a
un hiperespacio equidistante del que, al ser desconectado el impulso, emerge de nuevo al
cosmos común como si nada, pero a muchos años-luz de distancia.

Simple ¿verdad? En la práctica, al menos. Sí, los tarplinos eran genios.

Lo malo es que además eran tremendamente soberbios y unos completos paranoicos: sus
baterías gravíticas resultan simples y comprensibles pero sus hipermotores, en cambio,
aunque jamás se rompan pues pueden resistir incluso explosiones nucleares, son unidades
selladas que, cuando se intenta abrirlas, se consumen en pocos segundos como carcomidas
por un potente ácido.

Nada de jugar a la ingeniería inversa con la tecnología tarplina. Miles de valiosos


hipermotores de las tres clases se han perdido tratando de desentrañar su secreto.

El caso es que, hasta la fecha, para humillación de millones de sabios humanos y Ajenos,
nadie ha podido averiguar en base a qué principio físico concreto funcionan los antiguos y
eficacísimos artefactos que mantienen en comunicación hiperlumínica la Galaxia.
Lo que obliga a comprar todos y cada uno de esos hipermotores a los astutos herederos de
los tarplinos, los quígaros, únicos que saben cómo activarlos. Verdad que los venden y
ponen en marcha a un precio asombrosamente barato, para lo avariciosos que suelen ser
estos «Indignos Discípulos» en el resto de sus transacciones comerciales.

Pero como venden tantos, no pocas especies acaban arruinadas y debiéndoles hasta la
camisa…

Los hipermotores tarplinos vienen en tres tipos o modelos estándar, según el tamaño de lo
que pueden trasladar y las razas de la Galaxia suelen denominar cada una a su manera. Para
los humanos los hay de corbeta, de fragata y de navío, según sean aptos para ser usados en
naves de cinco mil, veinte mil o cincuenta mil toneladas métricas de desplazamiento. Los
kigros les llaman Menor, Mediano y Mayor. Más simple.

Lo gracioso o paradójico es que las tres clases tienen el mismo precio. Dicen los quígaros
que por motivos religiosos, y no dan más detalles al respecto.

Por maravilloso que sea como sistema de transporte, el hipertránsito también tiene sus
limitaciones. La más engorrosa es que casi nunca se puede saltar directamente a donde uno
quiere. Las rutas en el hiperespacio, por razones que ni siquiera los quígaros, herederos de
los tarplinos, pueden (o quieren) explicar, parecen variar constantemente. A veces, el
mismo trayecto que a la ida llevó tan sólo cinco saltos de cien años-luz cada uno, a la vuelta
exige para recorrerlo invertir seis, siete, ocho o hasta veinte en las peores circunstancias,
cada uno de apenas treinta años-luz y, para más INRI, dando largos y aparentemente
inútiles rodeos, lo que suele consumir de manera desesperante las baterías de gravedad.

Los quígaros no explican el hipertránsito; sólo creen en él… y venden hipermotores a


granel. Pero en general, a los científicos humanos o Ajenos, se les da bastante mal eso de la
fe, de ahí que haya casi tantas teorías sobre el salto hiperespacial como razas tiene la
Comunidad Galáctica.

Los furasgos, por ejemplo, creen que los «Sabios Creadores» se limitaron a fijar una
cantidad finita de senderos en el hiperespacio, por los que se deslizan las naves, como
trenes por sus rieles. Sólo que esos rieles están en constante movimiento y reorganización.
Ah. Los balenópteros kigros sostienen que, en cada hipertránsito, nave y tripulación se
aniquilan y que lo que regresa a nuestro universo es una copia cuántica. ¿Y? Algunos
físicos algoleños y humanos opinan que las supercuerdas están implicadas en el asunto.
Notable. Los arctianos defienden la idea de que el hipersalto es sólo dejar inmóvil a la nave
mientras el Universo se mueve a su alrededor.

Aunque la hipótesis que, en mi opinión, se gana la palma por su audacia, originalidad… y


paranoia, me la confió una tarde Jaume Verdaguer, un joven físico catalán inteligentísimo y
loco como una cabra, pero dulce y amable como pocos, con el que viví dos meses de feliz
romance, hace años.

El y un puñado de colegas igual de jóvenes, heterodoxos y fanáticos de la Teoría de la


Conspiración simplemente no creen que haya física «real» implicada en el hipertránsito.
Navaja de Ockham mediante, se apuntan a la idea de que los geniales y extintos tarplinos
nunca existieron, pero van más allá, al suponer que sus hipermotores son un inmenso fraude
de sus «Indignos Discípulos» y que el hipertránsito es, no una propiedad física intrínseca
del espacio, sino ¡una función mental! ¡Nada menos que de los quígaros! Extensión quizás
de su extraña telepatía colonial sin límite de distancia…

Y por lo tanto, el que el hipertránsito sea más o menos difícil en uno u otro instante,
dependería sólo de que en un sector de la Galaxia hubiera mayor o menor cantidad de
naves-mundo llenas de quígaros, concentrando su poder mental en cada momento dado. Por
lo mismo resulta imposible saltar fuera de la Vía Láctea, donde hasta ahora no ha llegado
ninguna de sus miles de naves-mundo.

Personalmente, la idea me hace cierta gracia. Pero como teoría científica, me temo que
nunca será muy popular: prestarle oídos significaría, para empezar, concederles a esos
quígaros nómadas y pacifistas una inteligencia y un poder mental casi ilimitados, ¡capaces
de teleportar miles de naves cada segundo! Da hasta miedo pensarlo.

Además, una especie tan poderosa ¿para qué necesitaría entonces mantener frente a las
otras miles de razas de la Comunidad Galáctica un engaño-estafa tan complicado como el
de los hipermotores y los inexistentes tarplinos, y por tantos milenios? Dominarían la Vía
Láctea y punto.

En fin, dejando aparte a Jaume y sus colegas, la mayoría de los expertos humanos y Ajenos
considera mucho más probable que la limitación de alcance de los saltos hiperespaciales al
interior de nuestra Galaxia tenga que ver con alguna propiedad limitante del gigantesco
agujero negro que tiene la Vía Láctea por núcleo, y de paso creen, optimistas, que algún día
descubriremos el valioso secreto tecnológico de los tarplinos y podremos construir nuestros
propios hipermotores y no seguir comprándolos a los quígaros.

Les deseo suerte… y paciencia.

Entretanto, saber qué rutas hiperespaciales están abiertas y cuáles no en un momento dado
sigue siendo un proceso delicado y complejo, que requiere largas comprobaciones y
pacientes tanteos antes de cada salto. Al punto de que, más que una ciencia, y aunque se
enseñe en las Academias Espaciales, la hipernavegación viene a ser un don intuitivo que
algunos poseen y otros no pueden aprender por más que se empeñen, como la habilidad
para el Contacto de nosotros los condonautas, por ejemplo.

Quizás es por eso que me atrae Gisela, que ocupa dicha plaza en la Antoni Gaudí: simple
afinidad entre almas dotadas de talentos valiosos y poco frecuentes.

Aunque los hipernavegantes abundan un poco más, a decir verdad.

Es una atracción platónica, claro está. Por mi viejo trauma, ella y yo nunca podríamos…
Pero no hay mal que por bien no venga, ¿no? Qué más da entonces que sea una flaca
pecosa sin más atractivos que esa exuberante y desgreñada cabellera rojiza que le cae casi
hasta la cintura. O que haya elegido como compañero sentimental estable justo a ese cachas
insoportable de Jordi Barceló, segundo oficial de la nave.

Aunque también le da cierto morboso atractivo extra a mis suspiros de amante platónico
rechazado, eso de imaginármela retozando precisamente con él.

Ah, Jordi… más rencoroso, ni su propio gato Antares, pero, con esos musculotes tan…

Mejor ni pensar en eso por ahora.

El caso es que, ya fuera por el talento de Gisela, ya fuera por los azares de las rutas
galácticas, hace tres días que vinimos a dar a este sistema no cartografiado en el radián
1234, cuadrante 31, casi justo encima del plano de la eclíptica galáctica, y lo habríamos
abandonado casi de inmediato, sólo que a Amaya, nuestra metódica técnica en sensores, se
le ocurrió echarle una mirada al hipertrángrafo y descubrió una entrada reciente, y ninguna
salida.

Por lo que acudió al telescopio y detectó algo que se movía en la superficie de su cuarto


planeta, un canónico mundo amoniacal.

Otro valioso y enigmático instrumento tarplino, el hipertrángrafo. Abreviatura de


hipertransitógrafo, su funcionamiento es, al igual que el del hipermotor con el que lo
suministran los quígaros, un completo misterio, pero tan útil facilitando Contactos, que
ninguna nave viaja sin él.

Algo había entrado pues, en el sistema, mediante un salto hiperespacial, y aún no había


salido. Y resultaba muy posible que fuera el mismo algoque estaba en el cuarto planeta…
un algo enorme… porque, como bien nos explicó la desconcertada Amaya, muy grande
tenía que ser para que lo captáramos a tal distancia; la Gaudí había regresado al espacio
normal más bien lejos de ese mundo y de su sol, casi a la altura de su Cinturón de Kooper,
para ser más exactos.

Montaña en movimiento, gigantesco, colosal, la verdad es que todas las metáforas y hasta
la mayoría de los superlativos le quedan pequeños a esta… COSA; ahora que la tengo
enfrente, alzándose entre el rojizo sol del sistema y yo, su sombra mate cubre todo lo que
abarca mi vista.

Debe medir su buen centenar de kilómetros de alto o de diámetro.

Quizás incluso más, porque a veces sus dimensiones parecen fluctuar.

Ni siquiera el célebre Olimpus Mons de Marte pasa de los veintitantos kilómetros de alto.
Claro que los humanos ya tenemos hábitats mucho mayores, ¡de setecientos cincuenta
kilómetros de diámetro!, como Commonwealth; y algunas naves-mundo quígaras llegan a
medir ochenta de largo, y además son casi por completo metálicas.

Pero ¿una nave de cien kilómetros? ¡Huy! Los dos ceros APLASTAN.

Por supuesto, al descubrir semejante enormidad, y encima con grandes posibilidades de


haber llegado al sistema mediante hipertránsito, nuestras prioridades cambiaron de
inmediato: ¡a la mierda la recarga de las baterías gravitacionales de hipertránsito, al carajo
el copón divino!

Esto era mucho más importante. Quizás, inclusive, el acontecimiento más importante en los
últimos cincuenta años de historia de la Humanidad, desde que gracias a la sagacidad y la
falta de escrúpulos de Quim Molá obtuvimos aquellos primeros veinticinco hipermotores
de los quígaros y llegamos a las estrellas.

Tan importante que, si existiese ese maravilloso y por desgracia mítico aparatito que
nuestros fantasiosos autores de ciencia ficción del siglo XX llamaban ansible, esa especie
de comunicador hiperlumínico capaz de enlazar en tiempo real dos puntos de la Galaxia sin
importar cuán distantes se encontraran, u otra forma cualquiera de informar sobre el
hallazgo a Miquel Llul y el resto de las cabezas pensantes de Nu Barsa sin volver al
enclave, habríamos enviado un mensaje urgente en ese mismo momento.

Pero por desgracia (o por suerte), los ansibles no existen, y dejando aparte la singular
telepatía colonial y sin límite de distancia de los quígaros, que los malditos trotaestrellas se
niegan tercamente a poner al servicio de ninguna otra raza, nada es más rápido en la
Galaxia que una hipernave de salto.

Según la costumbre entre los humanos, cada capitán tiene plena capacidad de decisión en
casos de Primer Contacto con una especie Ajena no registrada. No obstante, Ramón
Berenguer, nuestro jefe a bordo de la fragata de hipertránsitoAntoni Gaudí, a diferencia de
lo que habría hecho su homólogo feudal y tal vez hasta muy lejano antecesor, el célebre
conde de Barcelona, tuvo la gentileza de consultar a su tripulación qué pensaban que debía
hacerse en este caso.

Y fue en pleno consenso que decidimos plegar prudentemente las delicadas antenas (según
el radar, sin cinturón de asteroides ni cometas, la ruta hacia el interior del sistema estaba
limpia pero hasta un micrometeorito excepcional puede afectar notablemente la delicada
sintonía del motor de salto tarplino impactando sus emisores de hipercampo) para acudir a
investigar a todo empuje de los motores inerciales interplanetarios qué infiernos era el
enorme objeto que se movía sobre el cuarto planeta.

Demoramos sólo un día en llegar a la órbita de Encuentro Esperanzador. Casi un décimo de


año-luz recorrido en veinticuatro horas… no será récord, pero sí una buena marca para una
fragata de hipertránsito.
Y vaya si valió la pena la prisa; aquella ciclópea bola móvil no era un accidente natural,
claro.

No era la versión aumentada y local del titánico Monte Olimpo marciano. No hay montañas
esféricas de un centenar de kilómetros de diámetro, ni capaces de flotar a dos metros sobre
el terreno.

Ni que den lecturas positivas en el biómetro, sobre todo.

La primera reacción a bordo de la Gaudí fue de completo júbilo: como sospechábamos


desde el principio, aquello tenía que ser un vehículo espacial Ajeno. Luego nos dio miedo
hasta pensar en la potencia de los generadores antigrav capaces de mantener levitando a
semejante mole. Aunque no tanto como imaginar la clase de seres capaces de construir una
nave TAN GRANDE… sobre todo si nuestra eficientísima Amaya con su normalmente
superexacto biómetro no era capaz ni de definirlos ni de localizarlos siquiera
aproximadamente dentro de su inmensa nave.

Luego, claro, la ambición y la expectación nos borraron el miedo: dado que nadie había
oído nunca hablar de una estructura esférica tan enorme, tal vez se tratara hasta del Premio
Gordo; lo que toda forma viviente conocida de la Vía Láctea con inteligencia (que es una
manera elegante de decir con ambiciones comerciales) Ajena o humana, está deseando
contactar hace siglos: una especie extragaláctica. De la Nebulosa de Andrómeda, de la de la
Cabeza del Caballo o de alguna de las dos Nubes de Magallanes, por lo menos.

Las posibilidades mercantiles para la primera raza, de las decenas de miles que ya hoy
integran la Comunidad Galáctica, que Contacte a seres de más allá de la Vía Láctea y, de
paso, consiga arrancarles o comprarles el secreto de un motor de hipertránsito capaz de
superar el hasta hoy insalvable abismo entre Galaxias, ¡y tal vez incluso de un ansible
funcional!, que nos permitan competir en igualdad de condiciones con los quígaros, o
incluso superarlos, serían prácticamente ilimitadas…

Sobre todo para nosotros los humanos; como llegamos al cosmos tan tarde que casi todos
los planetas de la Vía Láctea más o menos aptos para ser colonizados por razas respiradoras
de oxígeno estaban ya ocupados, un motor así nos daría acceso a prácticamente todo el
universo y entonces, ya no uno, sino decenas de mundos aptos para convertirse en Nueva
Catalunya aparecerían de seguro.

Además de que otras razas tendrían que pagarnos, ¡y no poco, que no somos tan ingenuos
como los quígaros!, por usar ese nuevo hipermotor, de manera similar a como se les paga
hoy a los «Indignos Discípulos» por usar el ingenio tarplino del que tienen inexpugnable
monopolio.

Es en nombre de tal esperanza que toda nave que zarpa de un enclave humano trata de
llevar a bordo a un Especialista en Contactos como yo, o varios, si el armador puede
permitirse sus sueldos.
Además, claro, con el objetivo de que si, como ocurre a menudo, en sus viajes Contactan
con una especie Ajena nueva, aunque sea de nuestra misma Galaxia, puedan hacerse
patentes las buenas intenciones humanas, y así la relación que surja sea de pacífico
entendimiento y de comercio de mercancías y tecnologías, lo más beneficiosa posible, no
de hostil incomprensión y guerra, siempre perjudicial.

Nunca antes me había enfrentado a un posible Primer Contacto con Ajenos extragalácticos.

Vaya chance, vaya responsabilidad: puedo lo mismo cubrirme de gloria que de mierda.

Podría muy bien ser la enésima falsa alarma, pero también no serlo…

Por un largo instante me regodeo imaginándome que estos Ajenos vengan de veras de fuera
de la Vía Láctea. Que gracias a mi habilidad «cohabitacional» las negociaciones con ellos
son un éxito rotundo y Nu Barsa consigue en exclusiva el primer motor de hipertránsito de
alcance intergaláctico (y de paso no tarplino) de la Esfera Humana y de toda la Comunidad
Galáctica, logrando vencer así de una vez y por todas el obstáculo del espacio intergaláctico
que hasta la fecha nos ha impedido extendernos más allá de nuestra propia espiral de
estrellas.

¿Qué dirían entonces los otros del gremio? Todos esos altaneros del Departamento de
Contactos que de manera tan poco disimulada me desprecian por no ser catalán, por mis
orígenes «plebeyos».

Tendrían que tragarse en masa sus palabras.

Por ejemplo, ese altanero y envidioso naciborg de Helmut Schmodt… con sólo saber que
fui yo, el inmigrante, el «plebeyo» condonauta tercermundista de primera generación o
«natural», un contratado y no de plantilla, quien tuvo la suerte de Contactar con los
primeros Ajenos extragalácticos, a ese nazi de alta tecnología de seguro se le fundirían
todos sus nanocomponentes de puro despecho.

En cambio, aunque el gordo Joan daría toda su grasa subcutánea por estar aquí, bien sé que
estará encantado de que justo a mí, su socio cubano, me haya tocado la lotería.

Es un buen amigo, el mejor que tengo, quizás porque ya está a punto de retirarse del oficio
y no me ve como una amenaza. Ojalá todos los catalanes fueran como él.

La buena de Nerys, por su parte, también se sentirá orgullosa hasta el último radio de sus
aletas de que haya sido precisamente su «novio» de primera generación y sin modificar
quien diese ese paso, tan pequeño para él, pero tan grande para la humanidad. Y quizás de
paso al fin la muy interesada acepte considerar seriamente la propuesta de matrimonio que
le hice hace seis meses.

Esa ondina escurridiza me tiene loco.


Sería genial que lograra ese Contacto. Descontando el prestigio que ganaría, probablemente
obtuviera también la dichosa ciudadanía de Nu Barsa, y con ella la definitiva seguridad de
un trabajo fijo y no por contrata. Y tal vez hasta dejara de despertarme de madrugada
empapado en sudor por esa repetitiva pesadilla sobre los infectos y entrañables muladares
caribeños de la CH de mi infancia.

Todo depende de mí, como tantas veces. Y tengo que hacerlo perfecto, como siempre.

No; mejor que siempre, si puedo.

Así que a concentrarme en lo mío. En el aquí y ahora, y sin nostalgias que me distraigan.

Basta de soñar con melones teniendo el culo en un charco, como decía el viejo Diosdado.

La gravedad local de Encuentro Esperanzador es apenas mayor que la terrestre, no obstante,


aunque todavía no hayamos podido echarle una ojeada ni a uno de sus tripulantes, a juzgar
por las dimensiones de su nave y por las de los tres o cuatro de sus vehículos de superficie
igualmente esféricos que hemos visto moviéndose desde la órbita, no resultaría nada
disparatado atribuirles a estos supuestos extragalácticos una envergadura física mucho
mayor que la nuestra.

Grandotes, entonces. ¿Lentos titanes con endoesqueleto hidrostático como los arctianos?
¿Moles vivientes de citoplasma indiferenciado como los continentines que fui justo yo
mismo el primero en Contactar? ¿Cíclopes inquietos y musculosos capaces de aplastarme
con un simple paso descuidado como los furasgos cuando todavía son jóvenes?

Todo podría ser, cualquier cosa debe esperarse en un Primer Contacto, eso es algo que todo
condonauta hará bien en tener siempre presente.

Ahora, solo y apenas a quinientos metros de la montaña esférica, la perspectiva de que un


pisotón me convierta en una versión bidimensional de mí mismo no me agrada en lo más
mínimo.

Quizás debería rezar a Shangó, Obbatalá y todos los viejos dioses afrosincréticos de mi
lejana Cuba natal en los que ya no creo. Para que la idea de estos Ajenos sobre lo que es
una distancia segura no resulte muy diferente de la nuestra, por colosales que sean.

En vez de eso, tan sólo desciendo lentamente delDrag de Algol y echo a andar con la
misma parsimonia hacia adelante, con las manos en alto para mostrar que no llevo armas.

Lo que es el profesionalismo; sólo me falta sonreír, aunque mejor no.

Recuerdo uno de los tantos consejos de mi buen amigo, el obeso y experimentado


condonauta Joan Puigcorbé, y mantengo una expresión facial neutra: aunque únicamente mi
oficial de control remoto de la misión podría ahora verme el rostro oculto por el yelmo. Los
quígaros, y ellos le saben al asunto de razas Ajenas como nadie en la Vía Láctea, dicen
siempre que los humanos somos la única especie racional conocida cuyos individuos se
muestran unos a otros los dientes para tranquilizarse.

Nada de sonrisas, entonces.

Avanzo a pie, solemne, impertérrito, como estipula el antiquísimo Protocolo de Primer


Contacto, supuestamente establecido por los míticos tarplinos hace millones de años.
Aparentando la absoluta calma profesional de todo un experto condonauta modelo pero en
verdad sintiéndome expuesto, vulnerable y hasta desnudo pese a mi traje de ultraprotección.

Al menos, bajo su triple blindaje, ninguno de mis colegas de la Gaudí, que estarán
siguiendo cada movimiento mío desde la lejana seguridad de la órbita, podrá darse cuenta
de que estoy sudando a mares y temblando como una hoja en la tormenta. Siempre me pasa
lo mismo en esta fase preliminar del Contacto, cuando me muestro por primera vez ante los
Ajenos con los que deberé intimar.

Especialista en Contactos o no, estoy literalmente cagándome de miedo. Y no me importa.

Ésta era mi gran vergüenza hasta que Joan me confesó que también él, con cientos de
misiones exitosas en su hoja de servicios y todos los honores que un condonauta catalán
pueda soñar en recibir de su Govern, aún siente el mismo espasmo en el estómago cada vez
que se acerca a otra especie Ajena.

Nerys también me insinuó una vez algo por el estilo, a su típico modo femenino y elíptico.

Imagino que incluso ese pedante naciborg de Helmut también experimenta su discreto
nerviosismo ante un nuevo Contacto, aunque del mismo modo supongo que se dejaría
hervir vivo antes de confesarlo, el muy prusiano y engreído.

Sí, ¿quién dijo que los profesionales del peligro no tienen miedo?

Sabemos bien que es una cuestión puramente psicológica.

Que lo más probable es que, dentro de esa enorme nave, su propio condonauta, o como
quiera que llamen a sus Especialistas en Contacto estos posibles extragalácticos, si es que
tienen algo así, sienta tanto o más miedo que yo.

Que contra armas desintegradoras o de hiperanulación (si es que tienen algo así y no son
pacifistas genéticos como los quígaros, que ni se atreven a tocar y mucho menos usar
ningún artilugio de destrucción más sofisticado que un tirapiedras), la fina chapa de
cerámica monomolecular del Dralgoleño sería un pobre resguardo, bastante inferior al que
me ofrece la escafandra de ultraprotección.

Que si ellos usaran su artillería pesada por culpa de algún malentendido, los de mi nave
responderían también desde lo alto y con toda su potencia destructiva, para vengarme
(quiero creer en eso con todas mis fuerzas), así que se armaría un infierno aquí mismo.
Y que como a nadie que se empeñe en un Contacto y tenga dos gramos de cerebro le puede
interesar armar semejante desastre, porque así se irían a la mierda todas las posibles y
mutuamente ventajosas relaciones comerciales, la posibilidad real de que tal catástrofe
suceda es estadísticamente ínfima, despreciable incluso.

Pero, ¿qué le voy a hacer? Sudo y tiemblo de todas maneras.

Porque ésta puede ser la ocasión en que la más improbable de las posibilidades se dé, ¿no?

Recuerdo cuando (allá lejos y hace tiempo) en Barrio Ripio de CH los huérfanos de
Diosdado jugábamos pelota callejera en el rastro del viejo López, desafiando impávidos la
radiactividad residual del terreno, y la bola se iba de homerunpor encima de la cerca,
siempre uno de los mayores decía en broma, supongo que imitando nostálgico a algún
locutor de los viejos tiempos:¡Y se va, se va… se fue! ¡Adiós Lolita de mi vida…!

Aunque en este caso sería más bien ¡Adiós, Josué!O sea, mucho peor, que maldita la
mierda que me importaba esa Lolita u otra cualquiera, mientras que mi vida… de acuerdo,
la arriesgaré cada semana en este singular trabajito de Especialista en Contactos, que parece
ser para lo único que tengo algún talento, pero sucede que sólo tengo una, y que además me
encanta.

Que nadie me hable del «desafío mental de lo desconocido» ni del «sentido del deber» o del
«orgullo de ser la avanzada humana en la conquista del Cosmos»: está claro que tanto yo
como todos los demás de mi selecto, envidiado y vilipendiado gremio hacemos esto
solamente por el dinero. Que el reto intelectual y los ideales están bien, sí, pero sin créditos
no se vive en el siglo XXII, ya se sabe.

Y mucho menos en Nu Barsa, considerada no por gusto el hábitat más caro de la Esfera
Humana.

Así que maldita la gracia que me haría, suponiendo que pudiera verlo, claro, el que después
de acabar desintegrado por unos Ajenos paranoicos, los pomposos hipócritas intentaran
limpiarse, como han hecho en los casos de fallecimiento en plena misión Contactadora de
algunos colegas, poniéndole mi nombre a una calle o hasta a todo un nuevo sector de su
flamante arcología.

Nada de ceremonias oficiales en la que la siempre pragmática Nerys aprovecharía para


hacer valer sus derechos de casi-consorte viuda, y sobre todo casi-heredera de todas mis
posibles regalías.

Sin contar con que, ¡la ironía final!, tal vez entonces a esos burócratas hasta se les ocurría
concederme a título post-mortem la ciudadanía catalana por la que tanto he luchado en estos
ocho años.

Pues bien: pueden meterse todo el honor y la gloria póstumos por el mismísimo…
Lo que soy yo, el dinero y el documento los quiero ahora.

Me percato de que, abstraído en mis pensamientos, he ido ralentizando mi marcha, hasta


detenerme por completo cuando todavía me separan más de cien metros de la nave Ajena.

Así que respiro profundo, murmuro:

—¡Arriba, compatriotas! —como Elpidio Valdés, el héroe de comics y animados mi


infancia, que luchaba a machetazo limpio desde la silla de montar de su inseparable caballo
Palmiche para que Cuba se independizara de España, y…

—Sí, adelante, Josué… deja ya la cobardía, hombre, que después de todo sabes que te
estamos cubriendo con toda nuestra potencia de fuego… dale, por tu santa madre, que ya
has hecho esto mil veces y tampoco tenemos todo el milenio, que nos esperan en Nu Barsa.
Ya queremos enterarnos de una buena vez si estos Ajenos de la navota redonda son o no de
otra Galaxia. Tío, ¡métele caña!, que está bien que te tomes tu tiempo para dejar claro que
no tenemos intenciones hostiles y hasta que invoques a ese revoltoso pasado de moda de tu
país… pero sigue caminando ya, ¡cojons!, que llevas casi un minuto ahí sembrado con los
brazos en alto… van a pensar que somos vegetales y estás dedicado a la fotosíntesis o
echando raíces. Vamos, cubanito cabrón, muévete de una vez o perderás tu prima de Primer
Contacto… y si me haces perder la mía, juro por Dios que te inutilizo los servos para que
tengas que volver a bordo arrastrando ese trajecito tuyo tan ligero.

Vaya, me olvidé que al salir del Dralgoleño se conectaría automáticamente el micrófono


interno de mi casco. Y sobre todo olvidé quién me estaría escuchando.

Tenía que ser Jordi Barceló, claro. Luego dicen que la mala suerte no existe.

El tercer oficial de la nave mercante exploradoraAntoni Gaudí, para mi infinita desgracia,


es hoy además mi operador remoto de Contacto. Siempre tan encantador, tan lacónico, tan
homofóbico y sobre todo tan tolerante con toda forma de vida inferior que no hable catalán
desde la cuna.

A veces pienso que, si no fuera porque es dueño de Antares, el perezoso y egoísta pero
encantador gato pelirrojo, mascota y alegría de toda la nave, ya habría intentado
estrangularlo hace rato.

Si alguien más de la tripulación no se me adelantaba antes, claro.

Como, por ejemplo, Amaya, nuestra técnica en sensores, que al igual que yo se encaprichó
en la melena de fuego de Gisela y, me atrevería a apostar, dada esa estricta filiación lésbica
de la que tanto se enorgullece, que en su caso no de modo precisamente platónico.

Todavía no le perdona a Jordi que fuera él quien se llevara finalmente el pez al agua.
Vano resentimiento, al menos en mi opinión; a fin de cuentas, la que decidió entre ambos
pretendientes (yo no contaba, claro: todos en laGaudí saben que no me van las hembras, al
menos las humanas) no fue otra que la misma Gisela, ¿no?

Lo peor es que, más allá de Amaya, de Gisela y de todo su mal carácter, el señor tercer
oficial Barceló tiene sus razones para sentirse despechado conmigo.

Se da por supuesto que los condonautas, dada la singular naturaleza de nuestro oficio,
poseemos ciertas… habilidades para la intimidad que pueden impresionar muy
favorablemente a un humano común, hasta el punto incluso de crear en él cierta «adicción»
a nuestras humildes personas.

Esto puede ser o no verdad, según el caso pero lo malo es que todos los astronautas, que
suelen ser bastante supersticiosos, sí se lo creen al pie de la letra. De ahí que se dé por
sentado que, si un Especialista en Contactos muestra evidentes preferencias por alguno de
sus compañeros de la tripulación, tal favoritismo generará automáticamente celos y
resquemores bastante incómodos entre pequeños grupos humanos aislados por ciertos
períodos de tiempo, como por necesidad se está en una nave de hipertránsito.

Así que se nos ordena, bueno, hay que ser justo: ése es un término demasiado estricto hasta
para definir las directivas de Miquel El Imperativo, digamos que «se nos recomienda
encarecidamente» que intentemos «mantenernos al margen de ciertas dinámicas grupales».

Pero, la inmensidad del cosmos, la distancia con el hogar, la soledad de una guardia, la
carne, que es débil, y la de Jordi Barceló que era tanta, tan dura y apetitosa.

El caso es que una noche lo no recomendado OCURRIÓ. Y valió la pena, por cierto.

Gisela es una tipa con suerte, o con buen ojo para elegir. Ya me lo sospechaba; con toda esa
musculatura; para ser catalán, Jordi Barceló resultó ser toda una bomba sexual.

Tanto me gustó nuestra «cohabitación», que esa noche me sinceré con él y le conté algunas
cosas que no suelo relatar sobre mi pasado, entre ellas de Elpidio Valdés, uno de mis ídolos
de la infancia.

Lo malo es que después de aquello, al muy engreído se le metió entre ceja y ceja no sólo
volver a disfrutar de mis «servicios» de cuando en cuando, lo que no habría sido tan
desagradable a fin de cuentas, sino que además yo tenía que ser de su exclusiva y secreta
propiedad. O sea, estar siempre disponible para y sólo para sus caprichos sexuales. Y sin
que nadie supiera de nuestro arreglo, encima.

Cuando por supuesto me negué a semejante esclavitud secreta, el grandísimo quejica


acudió al mismo capitán de la fragata, acusándome de haberlo seducido y violado, ¡a él, que
siempre había sido un heterosexual estricto!, hasta que yo, con mis artes de conquista
caribeñas, lo había engatusado innoblemente para llevármelo a la litera.
Ja. Valga decir que, tenga o no nombre de señor feudal catalán, el capitán Ramón
Berenguer se comportó con ejemplar justicia y mente muy abierta. En vez de tomar
automáticamente partido por su compatriota y contra el extranjero, sólo le recordó irónica y
diplomáticamente a Jordi que, dado que él mide un metro con noventa y algo, y encima
parece el hermano gemelo de Hércules (de hecho, fue culturista profesional durante algunos
años, antes de dejarlo por miedo a la muerte prematura que tan a menudo se lleva a los de
su gremio, y esa contextura debe ser la única razón por la que todavía no lo hemos linchado
los otros tripulantes), y yo apenas llego al metro con setenta, amén de que, aunque no me
faltan mis musculitos, no tengo precisamente la figura del hijo de Zeus, lo de la violación
era sólo burda patraña de amante despechado.

Y en cuanto a lo de la seducción, ¡pues bien por él! ¡Bienvenido al club de la manga ancha!
Ya era hora de que renunciara a esa anticuada estrechez de miras suya, especialmente
anacrónica en un astronauta. Se alegraba sinceramente por él, porque la vida de un pobre
heterosexual en una nave llena de hombres y mujeres tan bisexuales como lo es la mayoría
el género humano en el siglo XXII, debía haber sido un verdadero infierno hasta entonces,
sobre todo considerando que ya tres de las cuatro mujeres de a bordo apenas si podían
mirarlo sin sentir automáticamente ganas de abofetearlo.

Bueno, viéndolo bien ahora, casi lo estaba lanzando en brazos de Gisela, ¿no? Como la
única mujer que le quedaba por probar era ella…

La reprimenda funcionó, claro. Que ayuda su poquito a que te protejan de un tripulante


celoso y despechado el haber tenido antes una breve pero afable relación con tu propio
capitán… Buen tipo, Berenguer, en la cama, no tanto como Jordi, por descontado; la edad
se cobra siempre su precio en vitalidad. Pero sí cariñoso y comprensivo. Además, sobre
todo, lo nuestro ocurrió antes de que me asignaran a su nave como condonauta bajo su
mando, así que técnicamente no violó ninguna de las férreas directivas del Departamento de
Contactos.

Sí, la carne es débil… y confieso me estoy aficionando peligrosamente al sabor de la


catalana. Qué remedio, ¿no? Viviendo hace ocho años en Nu Barsa, no tengo muchas
opciones. Pero debería andar con cuidado con el resto de la tripulación de la Gaudí… con
los que aún no me he enredado, claro.

Volviendo a Jordi, ni qué decir tiene que, desde aquel día, y aunque después se consolara
ganándole a Amaya la mano con Gisela, me considera su enemigo personal número uno. Y
que si no fuera porque del reglamento de a bordo prohíbe expresamente cualquier
enfrentamiento físico entre tripulantes, so pena de terribles castigos, ya me habría roto más
de un hueso con esos inmensos y preciosos músculos suyos; como si no le bastara con ser
un gorila, es cinturón negro de Krav-Magá.

En vez de eso, cada vez que puede, como por ejemplo ahora, se da gusto recurriendo a sus
prerrogativas como oficial para complicarme la existencia.

Y vaya si podría hacerlo: con todos los sensores, el ordenador con software de traducción
incorporado, los sistemas de soporte vital y las corazas reactiva y de campos, en esta
gravedad de 1,08 g mi traje pesa casi dos toneladas: no ya el tío cachas de Jordi, sino ni
siquiera el Hércules auténtico podría arrastrarlo a puro músculo.

Pero la escafandrita de ultraprotección también vale diez veces más que mi duro e
inescrupuloso pellejo de humilde Especialista en Contactos contratado, así que espero que
ni jugando se le ocurra a este forzudo resentido gastarme semejante bromita con el control
remoto.

Por si acaso le respondo rápido, con el respeto debido a un superior y ciudadano catalán:

—Sí, me muevo, Jordi… El Dralgoleño es biplaza y ya deben tener una idea de nuestras
dimensiones corporales, únicamente quería dar tiempo para que se diesen cuenta de que
vengo solo.

Claro, al muy puntilloso no le basta; más bien es peor el remedio que la enfermedad. Su
rostro de prominente y bien afeitada mandíbula se retuerce de dignidad ofendida en la
pequeña ventana holográfica del visor de mi casco:

—¡Nada de Jordi, latinito; me tratas de usted! Para ti soy el tercer oficial Barceló… o mejor
aún, señor tercer oficial Bar…

Sí, en mala hora me fui a la cama con él; me gané la rifa del elefante, como decía Diosdado
cuando alguien creía haber tenido buena suerte, pero luego se veía que se había metido en
problemas.

Para mi gran suerte, el pedante regaño de Barceló se ve interrumpido por una vertiginosa
sucesión de luces a la que respaldan sonidos (bien pensado; por si acaso fuéramos una
especie no visual) que brota de la nave Ajena, yo no le hallo ni orden ni concierto, pero
según el ordenador de mi traje, y probablemente Jordi desde la Gaudí podría confirmarlo si
hiciera falta, se trata de números primos. La clásica secuencia matemática que ningún
proceso natural puede generar. Un tópico de todo Contacto.

Por lo visto, ellos también piensan que me estoy tomando demasiado tiempo para llegar.

Y como para recalcármelo, justo en el punto donde el titánico esferoide casi toca el suelo,
se abre como de la nada en su superficie una entrada inmensa, o sea, como de quinientos
metros de alto. He aquí la solución al misterio de por dónde entraban sus vehículos cuando
parecían simplemente fundirse con la nave: escotillas temporales. ¿Tensión superficial
controlada, tal vez?

Una súbita sospecha me asalta, en consecuencia. ¿Y si la nave entera estuviese hecha, no de


materia, sino de energía como mi mascota Diosdado?

Por eso Amaya y su sensible biómetro no habrían podido individuar a sus tripulantes: todo
energía, energía todos. Energía viviente.
Las posibilidades de entendimiento entre seres compuestos de materia, como somos los
humanos y la casi totalidad de los Ajenos conocidos hasta hoy, y entidades de energía pura,
serían prácticamente nulas: simplemente, nos movemos en frecuencias distintas, aunque lo
hagamos en el mismo universo.

Y no digo nulas porque podría darse el caso, aún peor, de dar con entidades de antimateria.

Ése sí que sería un Contacto literalmente explosivo.

Menos mal que hasta hoy la humanidad no se ha visto involucrada en un episodio tal.

Cuentan los furasgos que una vez pasaron por la experiencia y que no quisieran repetirla.

Por suerte, Amaya no ha detectado hasta el momento ninguna emisión extraña de fotones
típica de la aniquilación, ni radiación de Cherenkov… no, no debo pensar en antimateria ni
en energía, ni siquiera en Diosdado, si bien… ah, qué bien me lo imagino, moviéndose con
sus hermosos y constantes cambios de forma y color cerca del techo de mi cómodo
apartamento en Nu Barsa… en casa. Cada vez que veo a ese minino vago, ronroneador y
cariñoso de Antares me acuerdo tanto de él…

No, no debo imaginarme a mi mascota de energía, ni acordarme de Antares ni del dueño de


Antares, sino concentrarme en el Contacto. Mente en blanco…

Pues no, qué bien: los sensores de mi traje no registran ningún cambio en los campos
electromagnéticos de la nave talla XXXXXL. Una preocupación menos; simple y sólida
materia convencional. Si no son de energía pura, ¿se trata pues de una bionave, como las
que usan los kigros y los algoleños? En se caso tampoco serviría de mucho el biómetro.

Un escalofrío me recorre la espalda, podría ser como salir de Guatemala para caer en
Guatepeor.

El año pasado me tocó Contactar con los monstruosos balenópteros de Kigrai o Alfa de
Ofiuco, según la vieja cartografía astronómica terrestre. Ellos también usan biotecnología,
pero cada individuo puede llegar a medir hasta medio kilómetro de largo (las hembras un
poco menos), para más INRI con unos genitales a escala.

Fue un asunto duro y trabajoso, ese Contacto; desde ese día ya tengo una idea aproximada
de cómo debe sentirse un espermatozoide en una vagina.

Bueno, este oficio de Especialista en Contactos tiene sus espinas y sus rosas, como todos.

Por eso nos pagan tan bien a los pocos que estamos lo bastante locos para desempeñarlo.

Sigo adelante, trepando con la mecánica laboriosidad de un escarabajo por la pequeña


rampa que ha surgido junto con la abertura. Un detalle de cortesía que se agradece;
evidentemente se dieron cuenta de que, si camino, es porque no puedo levitar.
El interior del colosal vehículo Ajeno comienza a relucir en un rojo apagado. Muy bonito;
si encima tuviera dientes me recordaría de manera bastante incómoda a una enorme boca
hambrienta, o a otra víscera generalmente no tan visible, también dentada y bastante menos
atractiva, que siempre he confiado en que sea sólo una leyenda negra de nuestra profesión.

Ah, y ahora además de brillar, late. Falta nada más que una voz aúlle: ¡Acaba de entrar,
idiota!

Curiosamente, ya con eso comienzan a caerme mejor: grandes o no, al menos la


impaciencia es un rasgo que comparten con nosotros, los humanos.

Así que, siempre con las manos en alto (y espero que no lo interpreten como un ademán
amenazador) me interno en las entrañas de la nave Ajena, no sin antes despedirme de Jordi,
tomándome incluso el trabajo de sonreírle a su diminuta holoimagen.

—Supongo que nuestro enlace se interrumpirá cuando entre en ese leviatán Ajeno. Por si
acaso, fue un placer trabajar con usted, señor tercer oficial Barceló. Adeu. Y saludos a
Antares… y a Gisela.

Su diminuto rostro no mueve prácticamente un músculo al responderme:

—Condonauta Josué Valdés, trasmitiré tus saludos a mi gato y a mi novia. Aunque espero
volver a verte, de veras. Me dolería que otro se encargara de ti. Pero, por las dudas… Adeu.

Sí, lo que se dice una auténtica y sincera amistad.

Como supuse, se trata de una bionave; apenas estoy dentro, a mis espaldas la rampa se
pliega y la entrada se cierra con suave fluir de material, hasta que parece como si nunca
hubieran existido. Y al punto la ventana holográfica con la imagen de Jordi también se
distorsiona y desaparece, con lo que quedo envuelto en una penumbra rojiza
inequívocamente orgánica.

Según los sensores de mi casco, la atmósfera amoniacal externa del planeta está cambiando
rápidamente por otra oxigenada. ¿Habrán identificado el gas que respiro por el dióxido de
carbono que libero? Gente competente, estos tipos.

Vuelvo a sudar, regresan los temblores.

Prueba de autodisciplina profesional: no pensar en vaginas dentadas, no pensar en vaginas


dentadas…

Análisis del lugar: cámara aproximadamente esférica, de unos dos mil metros de diámetro,
grande, sí, pero en verdad insignificante en relación con el volumen total de la nave. Si es
una esclusa o una especie de portal de descontaminación, ¿adónde conduce? No veo otras
entradas; claro que en una bionave la disposición interior resulta elástica y variable por
excelencia.
Pero uno esperaría, al menos…

El rojo apagado sigue siendo el tono predominante en la iluminación. ¿Carne o…? ¿Será
que su visión es mejor en el infrarrojo? Tendría lógica; este anodino planetita no está
precisamente bien iluminado por la débil estrella roja que tiene por sol. Por algo debieron
escogerlo para posarse.

Bueno, espero averiguar pronto por qué fue… y también muchas más cosas.

Sintonizo los visores de mi yelmo justo a tiempo.

Una sombra se acerca, al otro lado de la membrana traslúcida que delimita la cámara en la
que estoy, se diría que ahí vienen los chicos del equipo homeclub de Contactos.

O el chico, porque parece que es sólo uno… bien, en cualquier caso, aquí está ya,
atravesando la última barrera. Es el momento de la verdad.

A medida que se sigue aproximando, lo detallo con esa veloz precisión que da la
experiencia.

El asunto, en principio, pinta bien: no demasiado grande, incluso casi de mi altura, lo cual
es siempre una comodidad que se agradece. Postura bípeda: dos brazos, dos piernas,
decididamente antropoide, ¡vivan Shangó y Obbatalá!, una cabeza, cintura estrecha, caderas
anchas, senos erguidos… o sea que es hembra: suelo preferirlas, tratándose de otra especie,
tal vez para compensar mi obligada abstención de las humanas por tantos años, aunque
algunos machos o hermafroditas Ajenos no están nada mal, brazos finos, piernas largas,
cabello rubio…

¿Cabello… y rubio? Vaya. De veras que hoy la suerte, más que sonreírme, me dedica
carcajadas.

Ya no cabe duda; esta Ajena, además de hembra, es cien por ciento humanoide. ¡Y qué
humanoide!

Una belleza perfecta, y ni un solo centímetro de tejido que oculte la gloria de su carne
desnuda.

No una mujer, sino La Mujer. Elegante, hermosa, voluptuosa, distinguida, y todo en una
misma piel. Extragaláctica o no, esta Especialista en Contactos Ajena podría ganar sin gran
competencia cualquier certamen de Miss Humanidad.

Y encima me recuerda a alguien concreto, qué curioso.

Sí, eso es… a alguien que conozco muy bien… ¿Modelo, actriz, presentadora de holovisión
de Nu Barsa? Mirándola bien, se da cierto aire a Nerys…
No, definitivamente no, ni siquiera tiene la tez verde, ni agallas, no es a mi ondina ni a
ningún otro personaje público catalán, sino a algún recuerdo más remoto y a la vez más
personal; hurgo en mi memoria, alguien de mi infancia, sí, de CH…

Al fin caigo. ¡Por supuesto; Evita!

La pequeña belleza, la única niña rubia y de ojos azules de Barrio Ripio, la hija del Pablo
Vargas, el hiperenvidiado, poderoso y altanero gerente de Transplutonics Travels,
concebida e incubada por encargo en las sofisticadas matrices genéticas de Northia a un
precio que habría mantenido a cien familias de CH en el lujo por casi un año, la rebelde
florecilla de invernadero que cada vez que podía se escapaba de su cárcel de oro para jugar
con nosotros, los humildes y felices huérfanos del suburbio.

Los mismos que la cuidábamos, más que como simples hermanos mayores adoptivos, como
si fuera de cristal. Y no sólo porque intuíamos que su padre (¡y cuánto no hubiéramos dado
por tener uno también nosotros!), aunque se hiciera prudentemente el de la vista gorda ante
sus escapadas, nos hubiera hervido vivos si su piel perfecta sufría un solo rasguño, sino
sobre todo porque era un placer servirla como caballeros a su dama: ayudarla a vadear los
arroyuelos de fango, a cazar y/o matar los enormes y omnipresentes escorpiones, ciempiés
y cucarachas mutantes que la hacían chillar de miedo y asco, reservarle las mejores frutas
que robábamos en la finca de Margot, la vieja ciega.

Porque aunque todavía todos éramos niños, ella lo era aún más que nosotros: conservaba la
inocencia, mientras que muchos ya lo sabíamos todo sobre el sexo y pensábamos, en
secreto, que cuando creciera, tenerla por novia sería como estar con la princesa del cielo,
por lo que ya tratábamos de comprar acciones en la cuenta bancaria de su cariño.

O quizás fuera sólo amistad. Simple y limpia amistad infantil. ¿Por qué no? Si es que puede
existir algo así de puro e inocente entre los niños de Barrio Ripio, claro.

Evita, mi amor secreto de la infancia. Supongo que, dejando aparte mi «pequeño problema»
con las mujeres, fue su recuerdo y el leve parecido que con su rostro tiene el de Nerys lo
que me hizo encapricharme con esa sirenita altanera.

Evita, mi amor para siempre imposible. Cuando yo acababa de cumplir diez, unos chicos
emprendedores del capítulo local de la mafia pancaribeña la secuestraron, y su padre
decidió no pagar el astronómico rescate que le exigían, sino mudarse para siempre del
vecindario, abandonándola.

A la semana siguiente apareció muerta en un basurero. Antes la violaron, claro. Tenía ocho
años. Un episodio habitual en CH, pero igual, qué lástima; todos la lloramos tanto, y tal vez
yo el que más.

El caso es que si Evita Vargas hubiera sobrevivido y crecido hasta hacerse mujer, se
parecería mucho a esta… diosa ¿extragaláctica?
Dos y dos son cuatro. Evidentemente, los dueños de la navota, sean o no de la Vía Láctea,
son telépatas: menos mal, porque por sofisticado que sea el software de traducción de mis
auriculares, uno de los pocos orgullos de la no muy avanzada tecnología humana, sólo
funciona con lenguas conocidas.

Ah, esos milagrosos traductores automáticos de los que tanto escribían los viejos autores de
ciencia ficción, ¡qué bien nos vendrían a los condonautas! ¡Cuánto nos facilitarían el
Contacto, cuántos equívocos molestos y dolorosos evitarían! Lástima que sean sólo eso:
ficción. Ningún artefacto puede traducir de un idioma para el que no haya sido programado.

Por lo visto, como mismo supieron que respiro oxígeno, estos Ajenos extrajeron la imagen
de mi amor de la infancia de mi mente y la rapidez con que moldearon esta versión adulta
suya indica o que son polimorfos naturales, o que su dominio de la biotecnología es
soberbio, como si esa puerta y toda esta nave no lo demostraran ya.

No es una situación del todo inédita. Hace cinco años la Pravda Pobieda, una nave
exploradora neorusa del planeta Rodina, contactó a los guzoids, unos pólipos coloniales
oriundos de un planeta oscuro en un cúmulo globular del radián 56, cuadrante 12, creo que
eso es cerca de la constelación boreal del Sextante… Y no recuerdo bien si los tales guzoids
usaban naves esféricas (en todo caso, con la que dieron los rusos no debió ser tan grande
como ésta o lo habrían señalado en su informe), pero sí que el útero del único individuo
sexuado del nido, la «reina», demostró ser el más sofisticado telar genético conocido hasta
el momento: consiguió crear rápidamente a varios individuos especializados para el
Contacto, que además imitaban tan perfectamente a los seres humanos que nadie habría
podido distinguirlos de nosotros a la primera ojeada, y además lo hizo a simple vista, sin
tener acceso a nuestro preciado ADN, lo que, por supuesto, tiene el doble de mérito.

Supongo que en esa ocasión, el condonauta eslavo se dio banquete en su Contacto, si es que
le tocó una partenaire tan sólo la mitad de divina que esta seudo-Evita Ajena que ahora
tengo frente a mí.

—No, Josué Valdés; no somos extragalácticos, ni tampoco esos pólipos guzoids del
Sextante que piensas. No los conocemos. Pero sí hemos Contactado antes con una nave-
mundo de quígaros que visitó nuestro sistema natal. Ellos fueron quienes nos vendieron el
hipermotor de los tarplinos que nos permitió llegar hasta aquí, así como algunos datos sobre
su especie y sobre otras de las que más activamente exploran la Galaxia en estos momentos.
Es por eso que no llegamos del todo desprovistos a este Contacto —La voz de contralto que
me llega a través de los micrófonos de la escafandra es como la que deberían tener los
ángeles, si existieran: musical, cadenciosa, a la vez inocente y sensual, con un acento que
me recuerda lo mejor de mi infancia en CH.

E indudablemente la misma que habría tenido Evita al crecer, al menos según mi memoria.
Quizás son sólo telépatas parciales; telerreceptores, ya que hasta ahora no me trasmite sus
pensamientos, sino que prefiere hablar.

—No, somos telépatas completos… pero tememos que no podrías comprender nuestros
pensamientos. Aunque sí puedes quitarte el casco, Josué Valdés, no temas… como
supusiste, captamos tus necesidades respiratorias y hemos modificado en consecuencia la
atmósfera que te rodea. El aire tampoco contiene ninguna clase de bacteria, virus, prión u
otra entidad patógena que pueda dañar tu metabolismo, ni aunque no tuvieras tu inmunidad
reforzada.

Vaya, buenos telépatas de verdad. Están aprendiendo demasiadas cosas sobre nosotros.

Todo condonauta que se enfrenta a un Contacto lo hace con algunas pequeñas protecciones
extra. La primera es un sistema inmunitario potenciado al máximo. La capacidad natural de
repeler agentes infecciosos se nos estimula de tal modo, por medios biofarmacéuticos, que
en nuestros intestinos simplemente no puede siquiera habitar una bacteria que no comparta
al menos el 10% de nuestro ADN.

Es un poco incómodo, cierto, sobre todo al principio, con sus descomposiciones de


estómago continuas. Pero luego uno se acostumbra, y resulta bastante tranquilizador saber
que puedes rechazar casi cualquier parásito o patógeno Ajeno que penetre en tu organismo
sin recurrir a fármacos externos.

La segunda protección es lo que llamamos «count-down». De modo más bien


incomprensible para los profanos como yo, aunque, para variar, para los físicos humanos no
tanto como el hipertránsito, este ingenioso artilugio de patente algoleña protege nuestro
valioso patrimonio genético de robos y copias: a la hora escasa de haber sido activado, las
imperceptibles vibraciones ultrásonicas que emite ya se han sintonizado de tal modo con el
biocampo de su portador, que el ADN de cualquier célula suya que se aleje de la singular
emisión quedará automáticamente degradado en cuestión de segundos.

Se evita de ese modo que la inmensa mayoría de los Especialistas en Contactos que lo usan
(algunas razas no resisten los ultrasonidos, por supuesto, y recurren a sistemas equivalentes
que no sabría detallar), tengan que preocuparse por la nada tranquilizadora posibilidad de
que el más preciado tesoro de cada especie, su código genético, caiga en manos de los
Ajenos con quienes Contacta y pueda en consecuencia verse (al menos teóricamente)
manipulado de maneras poco éticas, justo como se dice que hacían en un tiempo los
quígaros, por ejemplo, para crear razas de clones-esclavos.

El emisor de ultrasonidos en forma de collar se ha vuelto casi el emblema de mi profesión,


de hecho, una de las tantas teorías que circulan sobre el origen del jocoso apelativo por el
que popularmente se nos conoce considera que se debe a la corrupción oral del nombre del
artilugio, en inglés, al hispanizarse: «cuenta – atrás»; «count-down»… condón.

Personalmente, me parece una hipótesis tan buena como cualquier otra. Un italiano
diría: se non è vero, è ben trovato. Más o menos: si no es verdad, está bien pensado.

Nos llaman condonautas pero la verdad es que es pura palabrería. Desde los tiempos de
Quim Molá han cambiado un poco las cosas, y hoy los Contactos suelen producirse sin más
protección realmente física que nuestra piel. Nada de látex, ¿qué sentido tendría? Como a
nadie le preocupa quedar embarazado «cohabitando» con algún Ajeno…
—Gracias —le replico a mi escultural interlocutora, lacónico (las palabras sobran con los
telépatas completos), abriendo la válvula de mi yelmo antes de quitármelo, para respirar por
primera vez el aire Ajeno, absolutamente inodoro, por cierto. Conocen nuestros parámetros
respiratorios tan bien como nosotros mismos.

Palio a medias mi decepción por el elevadísimo monto de la prima de Primer Contacto con
Ajenos extragalácticos que acabo de perder, felicitándome por anticipado mi buena suerte.

¡Humanoide y Miss Esfera Humana! ¡Qué hembra! ¡Y se parece a Evita! ¡Un sueño erótico
de mi infancia vuelto realidad! Soy un tipo con suerte. ¿A quién puede entonces importarle
que no sea una humana auténtica, con semejante Contacto fabuloso esperándolo?

A mí, desde luego. Porque si lo fuera no iba a poder funcionar ni como Especialista en
Contactos ni como hombre, ésa es mi mayor cruz y a la vez mi mayor suerte y mi talento.

Claro que nadie lo sabe a bordo de la Gaudí ni tampoco en Nu Barsa, salvo el buenazo de
Joan Puigcorbé, en cuya discreción puedo confiar, se retire al fin o no este año.

Me libro también de los auriculares de traducción, en tiempo récord y más que dispuesto a
hacer de inmediato lo mismo con el resto de la escafandra. Algo bueno que tienen hasta los
trajes de condonautas mejor blindados es la facilidad con la que se quitan, requisito
indispensable del menester, claro.

No obstante, cuando una belleza como ésta, por muy Ajena que sea (o precisamente por
eso), se acerca a brindarme su ayuda para que me deshaga de ese pequeño obstáculo entre
su carne y la mía, todo se vuelve mucho más simple… y agradable.

—Provenimos de la tercera estrella de la constelación que ustedes los humanos llamaban


La Copa, un sol azul quíntuple y sin planetas. Radián 3278, cuadrante 6, en la cartografía
actual. Somos una entidad unitaria, no de energía, pero sí de bioplasma elástico,
evolucionada en el ralo anillo asteroidal del sistema —continúa informándome la preciosa
seudo-Evita Ajena, tocándome entretanto suavemente el collar del «count-down» con su
perfecta mano, apenas quedo tan desnudo como ella.

Pues claro que el biómetro no podía individuar tripulantes dentro: si toda la nave es una
única entidad. No una bionave, sino un ser capaz de viajar entre las estrellas. Contactar con
Ajenos es una constante fuente de sorpresas y obliga a replantearse los paradigmas que más
sólidos parecían.

Una de las razones por las que me encanta este trabajo.

La preciosa entidad unitaria continúa su discurso, amable pero impertérrita:

—Asimilamos directamente la energía radiante y dado nuestro tipo de metabolismo, somos


casi inmortales, así que nos reproducimos rara vez, por gemación o bipartición. De modo
que el Contacto, ese rito diplomático de intercambio sexual y origen tarplino, que acatan
casi todas las formas de vida de esta Galaxia, nos resulta bastante… falto de sentido —Si
está sacando cada palabra de mi mente, se las arregla bastante bien para sonar
convincentemente humana. Bueno, con esa cara y ese cuerpo, las cosas se le facilitan un
poco, claro—. No obstante lo cual, estamos dispuestos a respetar la costumbre, como la
respetamos en nuestro Primer Contacto con los quígaros. Este… cuerpo humanoide,
moldeado a partir de tus recuerdos, es sólo una proyección parcial para facilitarte la
interacción física con nosotros. ¿Procedemos, Josué Valdés? —termina con las palabras
correctas del Protocolo de Primer Contacto, que puede haber aprendido de los quígaros o
tomado de mi mente, qué más da.

Bendita sea la costumbre, por una vez. Y también los que la respetan al pie de la letra,
claro.

Me acerco a la fascinante «proyección parcial» de la entidad unitaria Ajena de bioplasma, y


con mi mejor tono cariñoso, le digo algo que podría no quedar claro en mi pensamiento:

—Ella para mí era Evita, pero tal vez como especie ustedes prefieran ser conocidos por otro
nombre más… formal.

—Está bien —las palabras no resuenan en mis oídos, sino en mi mente—. Seremos la
entidad Evita.

Bueno, hay muchos modos de dejar una huella indeleble en la historia. Y no seré el primero
ni el último Especialista en Contactos que lo haga, por azar o a propósito. Después de la
Guerra de los Cinco Minutos, la historia humana del último medio siglo lleva casi toda la
impronta de los condonautas.

Josué Valdés, Contactador de la entidad Evita… no suena nada mal.

Reciprocando su gesto anterior, ahora soy yo quien coloca la mano sobre su fino cuello. Es
la gloria misma, su rosada piel estremeciéndose bajo mis yemas, aquella misma suavidad
de seda que tan bien recuerdo. Me demoro casi diez segundos simplemente disfrutándola,
hasta que al fin digo las palabras rituales, con la libido temblándome ansiosa en cada sílaba:

—Bienvenida entonces al espacio de la humanidad y del enclave Nu Barsa, entidad Evita.


Y que este Primer Contacto y su intercambio sean el principio de una fructífera relación
comercial entre nuestras especies. Procedamos.

Y ¡vaya si procedemos!; mi mano se desliza hacia sus enhiestos senos, la beso, la abrazo, y
lentamente nos vamos dejando caer al suelo en un apretado ovillo de brazos y piernas.
Tengo una erección total: pensar que parece humana, sin serlo en realidad, es el mejor
afrodisíaco imaginable.

Así que todo funciona a las mil maravillas; incluso antes de que sus nalgas se posen en la
acolchada superficie orgánica ya la estoy penetrando, y por largo rato, mientras nos
movemos al unísono, rodando sobre el lecho bioplasmático, la siento húmeda, suave,
exquisitamente acogedora.

*****

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«Condonautas» (parte 2), Yoss


axxon.com.ar/rev/2011/12/condonautas-parte-2-yoss/

Tengo nueve años y estoy flaco, sucio, descalzo, semidesnudo y rodeado de otros niños tan
mugrosos y harapientos como yo, en una callejuela fangosa y sin pavimentar, azotada por
el crudo sol del Caribe y orlada de casuchas hechas con paneles de plástico y chapas
recuperadas de acero y zinc.

La calle se llama Tu Madre También, y es la arteria principal de Barrio Ripio, el suburbio


de barracas más miserable de CH, la megalópolis reina-mendiga, capital de la paupérrima
Cuba post-Guerra de los Cinco Minutos. El sitio al que juré jamás volver mientras viviera.
Y al que sin embargo regreso impotente cada noche en mis repetitivas pesadillas.

Así que ya sé que esto es un sueño, pero, como tantas veces, no me sirve de nada; no puedo
despertarme. Ni mucho menos controlar lo que me sucede. Y lo peor es que, al no ser la
primera vez que revivo esta escena, ya sé todo lo que va a ocurrir.

Tragicomedia ésta de ser prisionero de tu propio cuerpo, de tu propio pasado, que se


repite una y otra vez… ¿hasta cuándo?

Como siempre, en el sueño, ajeno a cualquier drama, salto, alboroto y grito como todos
los otros, como tan bien saben hacerlo los niños pobres y felices de cualquier parte del
mundo, con la expectación que sólo da la cercanía del juego.

Porque vamos a jugar… y sé muy bien a qué…

Varios sostenemos en las manos pequeñas jaulas multicolores de fibras de poliestireno


trenzado, no es un artículo de factura industrial, sino una pequeña muestra de improvisada
artesanía infantil, hábilmente fabricada con desechos recuperados con paciencia asiática
de entre las inmensas montañas de basura que rodean al Barrio. Algunos incluso logran
venderlas fuera, seis por un cuc, las devaluadísimas unidades monetarias cubanas, cuyo
origen se remonta a principios del siglo XXI, dicen.
Y dentro de las jaulitas están las corredoras.

No las miro aún. Prefiero concentrarme en los protagonistas de mis primeros años, que en
este sueño son tal y como los recuerdo.

Es como saldar una deuda con la nostalgia de la infancia que nunca recuperaré. Por
suerte…

Ahí está Yamil Mira Mis Bíceps, el jabao de ojos verdes, que con apenas doce años vive
orgulloso de sus músculos adolescentes hinchados de esteroides. Bien vestido, atractivo, a
la peligrosa manera de los chicos malos, de los malditos de nacimiento, pero nunca me
llamó la atención sexualmente hablando.

Siempre abusaba de los más pequeños y soñaba con que los mayores lo aceptaran en su
pandilla. Morirá sin lograrlo, a los quince, por una sobredosis de wildwall. No obstante,
ahora está vivito y coleando frente a mí, tremolando su espléndido spent-droom.

A su lado, sombra inseparable, su réplica en pequeño hasta en la abultada melena afro,


mirándolo como un acólito a su dios, su hermano menor, Yotuel Boca Llena. Casi nunca
habla, y siempre anda escrupulosamente limpio y perfumado, le gusta vestir de impoluto
blanco, aunque no sea yabó. Dicen que paga los vicios y placeres de su adorado hermano
mayor con los cucs que consigue de noche, chupándosela a los viejos ricos y solitarios que
detienen sus vehículos en los descansos de la autopista que atraviesa Barrio Ripio. Por lo
visto, para atraer a esos pervertidos ricachos oler bien y lucir sano resulta fundamental.

Sí, la vida es dura aquí en CH, y cada uno la afronta como puede, sin juzgar a los demás.

Evita está también, claro, no en primera fila, sino detrás. Ahora tiene sólo seis años, y su
cabello rubio y sus ojos claros contrastan casi cómicamente con la mugre espesa adherida
a su blanquísima piel. Increíble todo el churre del que ha logrado cubrirse en sólo dos
horas escapada de su casa.

Luego, para que pueda volver a vestir su fina ropa sin que su estricto padre el Gran
Gerente Vargas sospeche de su fuga, Abel y yo tendremos que bañarla a conciencia,
derrochando alegres el agua que tanto nos costara cargar a hombros por la mañana desde
la única fuente potable y no contaminada de la zona, y cepillarla con fuerza mientras ella
ríe encantada, sin rastro de pudor, sin sospechar que ya nuestra manera de mirarla
desnuda no es tan inocente como el año anterior.

Abel, mi amigo del alma. Mi más que amigo. El primero con el que compartí el placer a
escondidas, el descubrimiento mutuo del sexo con un orgasmo que fue más bien una
extensión física de nuestra amistad. Piel tan negra como la noche, alma tan blanca como
sus dientes o como el paraíso… no estaría donde ahora estoy si no fuese por él: a los
quince, apenas su habilidad innata con las computadoras empezó a rendirle los primeros
dividendos, me prestó el dinero para el pasaje orbital confiado en que algún día se lo
pagaría.
No sé qué será de él ahora; cuando subí a la lanzadera con destino a la Estación
Geosincrónica de Tránsito Clifford Simak, aquellos mil cucs me parecían una fortuna y
prometí devolvérselos en cuanto pudiera… pero han pasado ocho años, ya he ganado mil
veces esa suma y nunca lo he intentado.

Soy un ingrato egoísta hijo de puta, lo sé.

Quizás incluso esté ya muerto, el negro Abel: la vida de un hacker en Barrio Ripio no vale
ni dura mucho. La mafia pancaribeña los considera personal de usar y tirar.

O quizás haya dejado ese riesgoso oficio y se haya casado, tenga hijos, y…

Pero no, ni dormido puedo permitirme pensar en eso.

Está también, saltando y alborotando como el que más, Ramirito La Mosca, el niño que
nació sin ojos por culpa del abuso que hizo su madre del broncodust durante el
embarazo… lo curioso es que la mulata Lina, después de eso (quizás por remordimientos
de conciencia) resultó ser la mejor madre del mundo, y por años ahorró cada cuc de los
que conseguía vendiendo el cuerpo, hasta que a los cinco pudo regalarle a su hijo los
ansiados ojos artificiales, aunque fuesen los más baratos del mercado: unas holoprótesis
facetadas norcoreanas que sólo permiten la visión en blanco y negro y le han ganado su
apodo, que él no obstante prefiere, y con mucho, al anterior: Cara Lisa.

Presente Yamileysis, la rozagante y precoz mulatica, la única trabajadora profesional de


la vecindad… trabajadora sexual, claro, en el servicio de chicas a domicilio del Gordo
Marré: con ocho años ya ha olvidado más sobre el sexo que lo que muchas mujeres de Nu
Barsa aprenderán en toda la vida. Los pezones de sus senos escuálidos, todavía más
infantiles que adolescentes, apenas cubiertos con una camiseta fina y traslúcida como
cáscara de cebolla, tienen más expresividad que sus ojos enormes, siempre cargados de
maquillaje. De vez en cuando me mira, pícara. Me ha prometido que, dentro de unos
meses, cuando cumpla los diez, me iniciará gratis en los misterios del sexo hetero, y no
tendré que pasar por la grasienta, sudorosa ordalía de tantos con la ávida Karlita.

Nunca cumplirá esa promesa. El esplendor de las mariposas nocturnas dura poco en
Barrio Ripio, y el Gordo Marré paga bien, sí, pero sólo porque no protege demasiado a
sus chicas. Algún cliente insatisfecho dará el soplo de la perfecta salud de Yamy,
excepción valiosísima en el ambiente contaminado de CH, los contrabandistas de órganos
de la mafia pancaribeña la atraparán una mañana al regresar de su ronda, y luego sólo
encontraremos los despojos.

¿La policía? Bien gracias; para la ley y el orden de CH, es más cómodo fingir que los
suburbios simplemente no existen. Y dejar que nos matemos unos a otros.

Está además Ricardito, de nombrete El Pulpo, porque alguna extraña jugarreta de la


química, la radiactividad y los genes sensibles lo hizo nacer con dos diminutas manos
extra en los codos, que ningún cirujano se atreve a amputar por miedo a hacerle perder la
movilidad de las de plantilla.

También, ¡cómo podía faltar!, lenta y cachazuda por el sobrepeso al que la condena su
metabolismo mutante, sudando a mares por cada poro su característica especie de crema
ácida, Karlita, La Tonelada: una hiperadiposa, a la que luego siempre me recordará mi
amigo Joan… aunque él mide 2,23 m y ha elegido por pura pereza pesar trescientos kilos,
mientras que Karlita, quiera o no, ya pesa doscientos a los ocho años, y con apenas 1,62 m
de altura.

Encima, la pobre desgraciada sabe bien que cada año la situación empeorará, hasta que
acabe ahogada en su propia grasa, antes de cumplir los veinticinco. Así que, dispuesta a
aprovechar al máximo su breve lapso vital, está siempre disponible para los más locos
juegos eróticos.

Y Damián, El Huérfano Piernas, así llamado porque cuando tenía tres años su padre
enganchado del wildwall, que es la maldición del barrio (una de las tantas, aquí las
drogas crecen como la mala hierba), vendió los brazos del hijo a los contrabandistas de
órganos y al salir del colocón, avergonzado, se suicidó dejándole como herencia a Rita,
una perra guía doberman que compró barata porque en Ayuda A Discapacitados la habían
desechado por mutada… y no precisamente por tener tres ojos, sino por estar todo el
tiempo en celo.

Está, en fin, toda la pandilla. Porque hoy es Día de Carreras.

Claro que no de caballos, de perros ni de atletas humanos inflados de esteroides, como los
que compiten en la holovisión y en los estadios del fastuoso centro de CH. No; aquí en
Barrio Ripio, la zona habitada con más alta radiactividad de fondo en todo el ya muy
contaminado planeta Tierra, ninguno de esos delicados seres entrenados o genéticamente
creados para correr duraría ni un solo día.

La vecindad de mi infancia es un infierno al final del túnel, en el que sólo sobreviven las
criaturas más desesperadas y/o las más resistentes. No es raro entonces que, tanto los
humanos que apostamos por ellas, como las pobres bestezuelas mutadas que decidirán
cuál de nosotros gana o pierde, poseamos en abundancia ambas cualidades.

Fanfarroneando, aullando y golpeándonos unos a otros medio en broma y medio en serio,


como monos traviesos o lujuriosos, los dueños de las jaulitas artesanales acabamos en
primera fila, listos a liberar a nuestras cautivas cuando dé la señal el viejo Diosdado.

Diosdado Valdés, alma de la calle Tu Madre También y personaje respetado en todo el


Barrio, es el padre o abuelo adoptivo, ni se sabe ni importa, de decenas de huérfanos.
Acoge en su casa-asilo a muchos recién nacidos abandonados por sus madres y cuida de
ellos para así pagar a sus orishas por la generosidad que alguien tuvo con él mismo de
pequeño. Hasta que cumplen cinco años y pueden valerse por sí mismos. Entonces nos
libera, a que muramos en las calles o nos hagamos adultos.
Pero todos los sobrevivientes llevamos con orgullo su apellido, que en un tiempo ya lejano,
según nos cuenta, fue el único al que tenían derecho los niños sin padre de toda la isla.

El anciano es uno los babalawos, o sacerdotes del culto sincrético yoruba a los orishas,
más respetados de todo Barrio Ripio, algunos dicen que de toda CH. Nadie conoce su
verdadera edad, dicen que, aunque ahora parece un tipo inofensivo, cuando joven estuvo
en Tropas Especiales y que lo dejó al ser herido en una explosión. También que sacrificó
parte de su cuerpo a los celosos dioses africanos. Y todo puede ser: siempre vestido de
blanco, flaco, con un solo ojo y una única pierna, constantemente bromea que cualquier
día va a cortarse el brazo que le sobra, para acabar de parecerse a su orisha favorito: el
cojo, tuerto y manco Olofi. Único adulto cuya autoridad reconocemos todos los huérfanos
sin chistar, es el sempiterno juez y árbitro de nuestros más serios juegos y disputas.

—¡Vejigos cabrones, no jodan más y pongan a las chicas en sus carrileras! ¡Y los
segundos, que vayan preparando ya el azúcar! —truena Diosdado, con su aguardentoso
vozarrón de bajo, del todo incongruente en alguien tan bajo y delgado, mientras se acerca
renqueando sobre su muleta de jiquí.

—Josué, ¿sabes una cosa? ¡Diosdado tiene cuerpo de tú y voz de usted! —me musita
pícara al oído Evita, siempre tan ocurrente, y me da un beso húmedo en la mejilla antes de
volver a susurrarme—. Quiero que gane Atevi, ya sé que le pusiste así por mí…

Evita, Atevi, ¿obvio, no? Si hasta una niña de seis años se da cuenta.

No le respondo, sino que coloco la jaula con mi esperanza de victoria en la línea de salida.
Al otro lado, al final de las carrileras de hierro galvanizado, mi socio Abel, que hoy funge
como segundo, ya derrama el azúcar que atrayéndolas, las hará correr a ella y a su rival.

—Para la primera carrera… ¡hagan sus apuestas! —ruge Diosdado y la algarabía


redobla.

Yotuel Boca Llena, moviéndose con cuidado de bailarín para no ensuciar su impoluto
atuendo blanco, ocupa silencioso su sitio junto a Abel, provocando las risas burlonas de la
muchachada al calzarse unos largos guantes de hule, por si acaso.

El hermano menor de Yamil nunca ha resistido a las corredoras, lo suyo es casi una fobia.
Todavía a veces grita de asco cuando alguna de las salvajes le pasa demasiado cerca.
Hacer de segundo para su hermano en esta carrera es la mayor prueba del amor que
siente por él. Está obsesionado con la limpieza: es el único del Barrio que se baña dos y
tres veces al día y bota la ropa apenas empieza a apestar.

Ahora comprendo que no era sólo para resultarle atractivo a sus «clientes» sino porque su
«trabajo» lo hacía sentirse sucio todo el tiempo.

La campeona a derrotar en el Barrio y por tanto la primera en competir es desde hace


meses Centella, la corredora de Yamil, hay quien dice que comparte con ella sus propios
esteroides, y tal vez sea verdad: aunque no sea tan grande como mi Atevi, tiene unas patas
larguísimas y corre como si tuviera fuego en el cuerpo.

—¡Seis cucs a mi Centella! —aúlla Mira Mis Bíceps, sacudiendo orgulloso su melena afro
y agitando en alto con su brazo musculoso un fajo de viejas tarjetas y chips subcutáneos de
crédito, robados o recuperados, como si contuvieran millones de cucs y no unos
misérrimos centavos… aunque seis Currency Unitys of Cuba ya es una cifra de respeto en
Barrio Ripio: a algunos los han matado para robarles bastante menos—. ¿Quién acepta el
desafío?

Como si no supiera. Como si no viera a Abel junto a su hermano. Como si yo no existiera.

Murmullos; todos me miran, saben de mi promesa, no puedo echarme atrás ahora, pero…

—Dale, Josué, si pierdes yo te presto el dinero, mi papá deja mucho más que eso cuando
se cambia de chip a fin de mes —susurra de nuevo Evita, dándome ánimos. Y desde la
meta, Abel me sonríe y me guiña el ojo: Atevi está tan lista como nunca lo estará, es ahora
o jamás.

Trago en seco y digo simplemente:

—Voy en ésa.

—¿Tú, Josuecito? —se burla el jabao, prepotente, como si sólo ahora me viese y no
conociera desde hace semanas mis planes de desafiar su supremacía—. ¿Tú, mulatico
desteñido, tan poca cosa que tus amigos te dicen El Cero, piensas ganarle a mi campeona
con ese engendro albino tuyo? —ríe, y medio barrio ríe con él, empezando por su
silencioso hermano menor—. Deja, chama, yo no pierdo el tiempo en boberías. Llévate a
tu bicha blanca y ven a donde juegan los hombres cuando los dos hayan crecido un poco
más, y de paso cogido un poco de color, Cerito.

Risas inmisericordes. Trago en seco; es cierto que me dicen El Cero, pero porque, desde
que a los cinco años me cayeron los piojos, a Diosdado le dio por pelarme al rape «para
curarme en salud».

Como a tantos en el Barrio, por otra parte. Sólo que a mí se me quedó el nombrete.

—Si pierdo puedo pagarte —digo, con un hilo de voz, maldiciendo la hora en que no me
tocó en la lotería genética un vozarrón como el de Diosdado, o un pellejo tan tostado como
el de los dos jabaos hermanos y casi todos en el barrio—. Con dinero de verdad.

—¿Dinero de verdad? —sigue presumiendo Yamil Mira Mis Bíceps, y sus pupilas verdes
destellan casi maléficas bajo la inverosímil mata de cabello rubio estropajoso—. No lo
dudo, Cerito, si yo tuviera siempre al lado mío a una gallinita de los huevos de oro linda y
ojiazul como la que tú tienes, hijita de papito, también tendría dinero de verdad. Pero, ¿y
si no quiero tus cucs cuando le gane a tu albinita? ¿Y si lo que quiero es a la gallinita
misma?

Tiendo protector el brazo por encima de los hombros de Evita… no, ni hablar, ella no está
en juego, no quiero ni imaginar lo que podría hacerle Yamil… coño, la cosa se está
complicando.

Según las inmisericordes reglas del barrio, el campeón puede elegir la apuesta, y el
retador no aceptarla, tres veces. A la cuarta negativa, se considera que ha perdido el
desafío antes de resolverlo.

—Yamil, ya —dice bajito mi hermano negro Abel, sin levantar la voz y desde el otro lado
de las carrileras, pero de modo que todos puedan oírlo—. Seis cucs no valen ni un moco
de Evita. Pide otra cosa.

—¿Otra cosa? Bueno, a ver —el jabao finge pensar, rascándose ostentosamente su
ensortijada, amarillenta y exuberante melena afro—. A ver, ¿qué tal que si pierde su
desteñida Josuecito El Cerito se tenga que templar a quien yo quiera?

—Me parece buen trato… siempre que esa persona quiera también —murmura Abel,
evidentemente más seguro que yo mismo de nuestra victoria, y todo el mundo ríe.

Mi amigo, siempre tan hábil manejando a la gente, ha hecho de nuevo el milagro con unas
pocas palabras. Y ya no están ansiosos por ver cómo Mira Mis Bíceps me humilla, sino de
mi parte, del débil contra el fuerte, apoyando a David contra Goliath. La eterna historia de
mi isla.

—Por supuesto —acepta Yamil, mordiéndose los labios con despecho: no es lo que él
hubiera querido, pero se sabe atado por las reglas de la carrera—. Si no sería una
violación y no creo que nuestro amiguito El Cerito pueda violar ni a su propia sombra.
¿Corremos, entonces?

—Corremos —digo, tan seguro como puedo, y pongo la jaula con Atevi al principio de la
carrilera.

A Mira Mis Bíceps no le queda sino imitarme y ahí nos quedamos los dos, expectantes y
mirándonos con ojos llameantes. Pero el odio casi adulto del musculoso jabao no es nada
en comparación con el rencor en estado puro que late silencioso en las verdes pupilas de
su hermano menor, al final de la carrilera.

Sí, no hay enemistades como las de la infancia.

Me pregunto qué habrá sido luego de la vida de Yotuel. A la muerte de Yamil, nadie sabe
por qué, me culpará a mí. Puto de autopista con ocho años, sin hermano musculoso que lo
protegiera, su existencia debió complicarse bastante. Hasta que desapareció del barrio.
Creo que para siempre. Habrá muerto al poco tiempo, como tantos niños de mi generación
en Barrio Ripio, huérfanos o no. No me lo imagino convertido en adulto, con esa obsesión
suya por la limpieza, y teniendo que vivir en medio de la mierda.

Pero el sueño sigue su curso, sin darme tiempo a reflexiones pesimistas.

—¡En sus marcas! ¡Listos! ¡Suelten a los bichos, sanacos! —grita Diosdado con su
vozarrón.

Y allá van las corredoras, entre los frenéticos gritos de la muchachada.

Las carrileras reglamentarias, de pulido acero galvanizado, son canales con perfil en U,
quince centímetros de alto por los lados, y las paredes bien lisas para que las corredoras
no puedan trepar por ellas. De ocho metros de largo, describen dos curvas y pasan por
tres desniveles.

En los basureros de Barrio Ripio es fácil encontrarlas. Años después sabré que se trata de
medios tubos de escape de antiguos motores cohete de factura china.

Mi Atevi está mejor entrenada que la Centella del jabao: mientras su rival y titular pierde
un par de preciosos segundos reconociendo la zona de salida y ubicándose en tiempo y
espacio, ya mi retadora olió el azúcar al final de la senda y, erizando sus largas antenas,
ha recorrido casi medio metro moviéndose a todo lo que le dan sus seis patas erizadas de
espinas quitinosas.

Abel me guiña un ojo; Yotuel y Yamil ponen caras de mierda mientras yo me sonrío,
teniendo por fondo a las alborozadas carcajadas de Evita, que literalmente salta de
contento. Bravo, Atevi… no fallé eligiéndote de entre todas las demás de la camada. Eres
una competidora natural.

Sí. Aunque como es de rigor le corté las alas apenas comencé a entrenarla, incluso levanta
sus élitros blanquecinos como para dejar libre su sistema de locomoción aéreo. Ah, si
pudiera volar, indudablemente llegaría la primera, mucho antes que Centella.

Quizás algún día se descubra el modo de hacer competencias de vuelo, y así no haya que
seguir mutilando a las mejores cucarachas mutadas del barrio.

Luego, ya respetado condonauta de Nu Barsa, cuando tenga tiempo y medios para


averiguar esas cosas, entre muchas otras, cuando complete mi endeble educación leyendo
todo lo que me caiga entre las manos, aprenderé que su nombre científico es Periplaneta
americana mutantis. Y que desde tiempos inmemoriales la especie vive cerca de los
humanos, que la consideran casi unánimemente el insecto más asqueroso y uno de los
seres más repugnantes del mundo, hasta el punto de que algunos psicólogos creen que tal
rechazo está ya fijado en nuestros genes al nacer.
Pero se equivocan, o será tal vez que el ser humano puede adaptarse prácticamente a
todo: entonces, ahora en mi sueño, Yotuel era la excepción de la regla: para mí, para casi
todos los huérfanos Valdés, eran sólo cucarachas, o bichonas, o corredoras. No las vemos
como monstruos repulsivos… más bien las respetamos, por ser sobrevivientes naturales,
aparecidas junto a tantos otros seres mutantes al elevarse la radiactividad de fondo por la
Guerra de los Cinco Minutos.

Y tampoco es cierto que apesten; criadas desde pequeñas en un ambiente limpio, apenas si
tienen un suave olor a especias. Como mi Atevi.

Con sus doce centímetros y medio de largo, mi corredora sería un ejemplar perfecto de su
resistentísima especie, si no fuera porque algo se torció en sus genes y salió
despigmentada: a través de su tegumento semitrasparente, mirándola a contraluz, se puede
ver latir veloz su corazón, sus jugos gástricos moverse en el intestino cuando acaba de
comer, y sus músculos flexionarse y extenderse.

Bello espectáculo, o asqueroso, según sea Abel, yo, o el melindroso Yotuel quien lo
observa.

Claro que Atevi no es ni con mucho la mayor cucaracha que hemos encontrado en Barrio
Ripio, yo mismo las he visto de veinte centímetros, disputando huesos a los perros
callejeros, y Diosdado jura que una vez cuando era joven vio una de medio metro de largo
y que maullaba como un gato. Pero todos creemos que eso debe ser cuento, lo mismo que
esas titanes insectiles de un metro que dicen exterminaron hace veinte años en Ciudad
Podrida, un suburbio muy similar a Barrio Ripio, sólo que al otro lado de CH, en la costa
sur de la isla.

Luego descubriré que teníamos razón en nuestro escepticismo: las cucarachas carecen de
pulmones, como todos los insectos. Respiran por tráqueas, un sistema eficiente para
pequeñas dimensiones; una de ese tamaño, simplemente, se ahogaría, sin contar con que el
exoesqueleto, que tan ligero y eficaz resulta como sistema de sostén para pequeños
animales, también se vuelve ineficiente y engorroso cuando se superan ciertas
dimensiones, y ni siquiera podría sostener su propio peso.

Como niños de Barrio Ripio, quizás intuíamos algo de eso: todos sabíamos que cuando las
corredoras miden más de quince centímetros, se vuelven tan pesadas que ni vuelan ni
corren mucho.

Las mejores son las patilargas, como la Centella de Mira Mis Bíceps, que apenas mide
diez centímetros de largo, pero con esas patazas parece la hermana menor montada en
zancos de la mía.

Ah, esas patas malditas… ya a la altura del segundo metro del recorrido sobre el acero
galvanizado está recuperando terreno; la muy cabrona es una velocista nata. En el cuarto
deja atrás a Atevi y su dueño el jabao vuelve a tener esa sonrisita socarrona y prepotente
que tanto odio, mientras Evita se calla y deja de saltar, mirándome consternada como si
no pudiera creer lo que ocurre.
Pero para un insecto, aunque mida diez centímetros de largo, ocho metros de carrilera con
tres subidas y bajadas en el recorrido son casi el equivalente de correr el maratón para un
humano. No es una distancia en la que decida exclusivamente la velocidad… al fin también
se impone la resistencia.

He entrenado a mi Atevi haciéndola recorrer hasta quince metros sin parar, a base de
suaves aguijonazos eléctricos. Aunque también luego, en las noches más frías, la dejara
dormir caliente, acurrucada junto a mí, disfrutando su olor. Guante de terciopelo en mano
de hierro.

Evidentemente, comparta o no con ella sus esteroides, Yamil no se ha tomado la molestia


de hacer nada similar con la suya, y a la altura del penúltimo metro de la carrera Centella
flaquea de nuevo, vuelve a disminuir su ritmo, y mi preciosura traslúcida acorta distancias
otra vez.

La algarabía se vuelve escándalo, pandemonio: todos saltan y gritan a mi alrededor, Evita


me aprieta fuerte la mano y yo no tengo ojos más que para mi supercucarachona, que a
menos de cincuenta centímetros de la meta alcanza a la campeona… la rebasa… ¡no!
Centella hace un esfuerzo extra… las patas espinosas rechinan sobre el acero
galvanizado… ahora están antena con antena…

Pero la patilarga de Yamil despliega los élitros, saca unas alas picoteadas al descuido
(evidentemente eso de cuidar animales, por mucho dinero que le rindan, no es el fuerte del
jabao) y aunque no logra alzar el vuelo, el impulso extra de su torpe aleteo le vale entrar
primera a comerse el azúcar, por pocos milímetros, sí, pero ganadora indiscutible del reto.

Yamil Mira Mis Bíceps cae de rodillas, alza los musculosos brazos y aúlla, vencedor. Su
silencioso hermano corre a abrazarlo, encantado del triunfo compartido (aunque
manteniéndose todo el tiempo prudentemente apartado de la para él repugnantísima
Centella), y Abel y yo corremos a protestarle a Diosdado con gran manoteo:

—¡Tiene las alas, tiene las alas, invalida la carrera, no vale, trampa!

—No invalido ni pinga —sentencia lapidario el anciano babalawo con su incontrovertible


vozarrón—. No voló, así que no hay trampa que valga. Josué, tienes que pagar.

Abel suspira, me mira y asiente: no queda más remedio. Suspiro.

El jabao se me queda mirando, socarrón, y luego llama, con regocijada autoridad:

—Karlita, Toneladita, putica, cosa linda, ven acá, que te tengo un primerizo.

La hiperobesa mutante se acerca con su orondo contoneo, sudorosa y lúbrica,


relamiéndose y extendiendo hacia mí sus ansiosas manos, que parecen manojos de
regordetas salchichas.
—Coño, preferiría diez veces templarme a esa perra ruina de Rita antes que a la gordita
bayoyona —me confiesa al oído Abel, con un hilillo de voz, quizás para darme ánimos.

Y aquí es donde comienza la auténtica pesadilla.

En la vida real nadie más que yo escuchó el comentario del negro Abel, así que tuve que
hacer de tripas corazón, ser buen perdedor y asumir mi papel de hombre: con ocho años
arreglármelas para lograr una erección regular ante los kilos y kilos de bamboleante
carne desnuda de Karlita, con su ácido y penetrante olor. Y penetrarla delante de todos y
bombearla entre vítores y burlas, pensando en Yamileisys y en Evita, durante unos largos,
interminables minutos, hasta que el sádico de Mira Mis Bíceps se dio por satisfecho con el
patético espectáculo.

Qué cucarachas ni que nada. Eso sí fue asco. Por supuesto que no tuve ningún orgasmo.

Peor; desde ese día nunca he podido volver a excitarme frente a una mujer humana cien
por ciento… así que, en rigor, casi debería estarle agradecido a ese cabrón abusador de
Yamil por regalarme un oficio junto con el trauma. Aunque limitara mi elección de parejas
al lado masculino y, platonismos aparte, como mi obsesión por Gisela, la hipernavegante
de la Gaudí, a féminas de fenotipos no muy humanos, como el de la condonauta de
segunda generación Nerys, con sus aletas y
branquias de sirena.

Pero en mi sueño recurrente de cada noche las cosas


ocurren de otra manera: el jabao de ojos verdes
escucha el comentario de mi amigo de negrísima
piel y me ofrece una inesperada alternativa.

—’Tábien, Cerito, te voy a dar un chance… ¿no te


la para la gordita? Pues ahí está la perra siempre
ruina de Damián El Piernas, ¡dale, métele mano a
Rita! ¡Aquí, delante de tó’ el mundo!
Ilustración: José Manuel Schmill
Así que de repente me encuentro, con mis andrajosos Ordóñez
pantalones cortos, única prenda que uso, enredados
en los tobillos, mientras sujeto un lomo musculoso
que el pelo erizado de gusto vuelve áspero al tacto, y agito las caderas contra el trasero
siempre húmedo de la doberman.

Y lo peor de cada noche es que, con esa falta de lógica típica de las pesadillas, a cada
golpe de cintura que doy la perruna anatomía parece crecer y desdibujarse en torno a mi
sexo infantil, convirtiéndose gradualmente en un extraño híbrido de perra mutada y
gordísima hembra humana, de Rita y Karlita, que gira su cabeza para mirarme con sus
tres ojitos socarrones, y entreabriendo su boca, deja colgar lujuriosa su lengua entre
colmillos feroces, para susurrarme: «Así, Josué, dame más duro».
Sin que yo pueda nunca despertarme, hasta que, tras largo rato de debatirme contra la
horrenda pesadilla, emerjo de las profundidades del sueño con un alarido, empapado en
sudor…

Lo malo es que cada vez soporto más rato.

Ahora, por ejemplo, la horripilante quimera perra-mujer me dice, por primera vez desde
que tengo la recurrente pesadilla: «Cojons, Josué, ¡acaba de levantarte y abrirme,
cabrón!, que no vine precisamente a hablar de los peces de colores contigo».

¿A hablar de los peces de colores conmigo?

Y ¿cojons? Eso es catalán, creo.

Alto ahí. Eso nunca lo habría dicho Karlita. La Tonelada no hablaba catalán.

Ése que habló tiene que ser… ése es… Joan. Sí, Joan Puigcorbé. Bendita sea su estampa.

No tengo ocho años, sino veintitrés. Esto no es Barrio Ripio, sino Nu Barsa.

Te jodí, subconsciente; por hoy se acabó el sueño.

Emerjo desde lo más hondo de los dominios de Morfeo con un largo quejido de alivio.
Como siempre en los últimos años, despierto bocabajo, con las manos engarfiadas, si no
durmiese flotando desnudo en una placa antigrav, ahora estaría aferrando mi ropa de cama
como si quisiera estrangularla.

Tuve que comprar el carísimo lecho de factura algoleña para poner fin al gasto constante de
reponer colchón y almohadas, sábanas y fundas hechas trizas cada noche, y para no seguir
despertando empapado en mi propio sudor, cuyas gotas flotan ahora ingrávidas a mi
alrededor, por suerte.

Creo, sin embargo, que hoy son muchas menos que otras veces. Es un avance.

Como para alentar esperanzas de curarme, en un futuro cercano.

Digamos, siendo optimistas, en algún momento de los próximos dos mil años.

A pocos centímetros de mi cara, con su enorme humanidad comprimida en un holograma


de medio metro de altura, mi amigo el condonauta catalán gesticula con impaciencia ante
mi puerta.

Son apenas las nueve de la mañana. Qué asco.

La IA que controla mi casa tiene instrucciones de despertarme a esta hora absurda tan sólo
si me llaman o visitan tres personas: Nerys, mi novia ondina; Miquel Llul, el temido jefe
del Departamento de Contactos de Nu Barsa, y este gordo de corazón de oro o su esposa
Sonya.

—Ya voy, cabrón elefante madrugador —refunfuño, y luego bostezo, girando perezoso en
la ingravidez por efecto del ademán—. Mejor que lo que te traes entre manos sea
importante de verdad.

*****

—Cojons, Josué, no seas tan cabronamente Narciso y acaba de una vez esa puñetera
calistenia tuya, que a este paso vas a llegar a la Central del Govern pasado mañana —dice
Joan comiendo a dos carrillos, como siempre que tiene oportunidad.

Esta vez son tamales con carne de puerco, y no la birria que cocina el autochef (de patente
alemana tenía que ser, ¿cuándo ha habido buenos cocineros alemanes?), sino preparados
por mí mismitico en la cocina manual y según una vieja receta de Barrio Ripio.

—Ustedes no entienden de puntualidad, está claro… pero, ¡vaya si saben cocinar sabroso,
tío! —comenta mi amigo con la boca llena, terminando con el último.

Ymala, la que me enseñó a hacerlos, murió cuando tenía diez años. Brondocust, sobredosis.

—Calma, gordo —le respondo entre dientes, enfrascado en la última serie de prom-press
con mi barra de gravedad variable, ahora regulada para unos respetables ciento quince kilos
de peso—. Todo a su tiempo… a fin de cuentas… oficialmente no hace… ni cinco
minutos… que me enviaron… la convocatoria a reunión urgente… tampoco conviene… ser
el primero, ¿no?

Alérgico a todo lo que huela a mil millas a ejercicio físico, el inmenso condonauta catalán
me observa con visceral desaprobación mientras, empapado en sudor, devuelvo el
ingenioso artefacto de gimnasia a su soporte.

—No veo por qué te empeñas en esa tontería, cubanito —señala aún, implacable—. A tu
edad, con tu complexión, tu pasado de carencias dietéticas y encima sin suplementos
anabólicos, no vas a ser ningún cachas ni tampoco Míster Nu Barsa. Entonces, ¿para qué?

—Me ayuda… a pensar —le miento sólo a medias, mientras, tendido boca arriba sobre el
banco, hago aperturas pectorales con las barritas gemelas de gravedad variable, reguladas
para apenas veinte kilos.

En Barrio Ripio, desde esa edad en la que todo niño imaginativo aspira a ser cuando crezca
un forzudo machote con pinta de superhéroe (como, por ejemplo, ese resentido e
insoportable, pero delicioso ejemplar masculino que es Jordi Barceló), soñaba con tener un
equipo de gimnasia como éste.
Las ultratecnológicas barras de gravedad variable sustituyen sin problemas a las
tradicionales pesas, y como ocupan mucho menos espacio y con el generador desactivado
son ligerísimas, además pueden llevarse casi a todas partes. Lo único malo, sobre todo para
un niño pobre de Barrio Ripio, es que como todo artefacto sofisticado, y especialmente de
los que funcionan gracias a tecnología Ajena, como es el control de gravedad algoleño,
cuestan casi cien veces más caras.

Y así, para cumplir un viejo sueño infantil, una de las primeras cosas que me compré hace
ocho años, cuando me contrataron como Especialista en Contactos aquí en Nu Barsa y
recibí mi primer chip de créditos, fue precisamente este avanzadísimo equipo de gimnasia.

Así que no es del todo falso que hacer ejercicios me ayuda a pensar, a pensar en primer
lugar en todo lo que he avanzado desde que era un niñato muerto de hambre en Barrio
Ripio de CH, en todo lo que me ha costado y a todo lo que estoy dispuesto con tal de
conservarlo… y ganar más, si se puede.

Por otro lado, es cierto que nunca seré como el tercer oficial de la fragata de
hipertránsito Antoni Gaudí, ni mucho menos como sus ex colegas los culturistas
profesionales: moles humanas de genética privilegiada, con doscientos kilos de puro
músculo y un escaso cinco por ciento de grasa corporal, que sudan y jadean en los
gimnasios del enclave, con el metabolismo tan alterado por los cócteles de hormonas y
esteroides que beben que su esperanza de vida apenas si llega a los sesenta años.

No me interesa, pero no por ello voy tampoco a convertirme en una masa fofa como mi
paquidérmico amigo Puigcorbé. Un condonauta no tiene necesariamente que ser un
fenómeno muscular, ni un gimnasta o un luchador de artes marciales, pero sí tener un
notable dominio de su cuerpo, especialmente sobre ciertas zonas que esas tres clases de
atletas suelen descuidar.

—¡Completo… Camagüey! —jadeo confirmando el final de mi rutina de ejercicios con una


frase que ya debía ser vieja cuando la escuchaba a los mayores, allá en el Barrio, y cuyo
sentido nunca entendí muy bien—. Oye, si estás tan impaciente, ponte a jugar con
Diosdado, pero déjame en paz. Necesito un par de minutos más para ducharme y vestirme y
ya nos vamos, te apuesto a que llego casi al mismo tiempo que los demás, pero…

—… fresco y sin estresar, ¿no? —capta al fin la idea Joan, y sonríe, mientras alza su
elefantiásico brazo derecho hacia el anillo de campos magnéticos que recorre todo el
perímetro de mi apartamento, a pocos centímetros del techo, la «jaula» de energía de mi
biovort, Diosdado—: Eres un gran pillo calculador, Josuecito. Así no sólo le darás al gran
Miquel la idea de que siempre estás listo para todo, sino que de paso alejarás cualquier
sospecha de que sabías un poco antes que los otros lo que se estaba cocinando, gracias a mi
buen oído y privilegiada capacidad deductiva —comenta lleno de falsa modestia, mientras
la cercanía de su biocampo hace acudir a mi mascota a investigar, con gran despliegue
cromático—. Cojons, tu bichito me encanta; es una pena que todavía te niegues a
vendérmelo, está tan cariñoso como siempre.

¿Vendérselo? Ni en sueños, ni aunque Joan sea mi mejor amigo.


Bueno, a no ser que tuviese que enfrentar alguna catástrofe como que no me renovaran el
contrato, con lo que mi situación financiera empeoraría notablemente, y notablemente
deprisa.

Los biovorts, abreviatura de biovórtices, son pequeñas entidades de energía que habitan en
la corona de un puñado de soles raros de la Vía Láctea. Sin ser racionales, son una de las
pocas formas de vida (o cosa así) que se conocen basada en el plasma, de ahí que su precio
resulte literalmente astronómico, a tal punto que nunca habría podido permitirme poseer
uno si no fuera porque cierta kigra quedó tan satisfecha de mi desempeño durante el
Contacto que decidió premiar con un obsequio extra mi habilidad y dedicación a la
fraternidad interespecies pese a la brutal diferencia de tamaño: más de trescientos metros de
su lado, contra mi escaso metro con setenta.

Con mi habitual mezcla de nostalgia y culpabilidad, bauticé al plasmático regalo de la


leviatanesca hembra de Ofiuco como Diosdado, en honor al viejo babalawo de mi infancia
en Barrio Ripio. Y aunque habilitar mi apartamento para contener a un ser capaz de
volatilizarlo en un segundo si su gas altamente ionizado se liberase de sus cepos magnéticos
me costó un huevo, la verdad es que impresiona muy favorablemente a mis visitas, con sus
velocísimos movimientos a ras del techo y sus vistosos cambios de forma y color. Lo malo
es que no se le puede simplemente acariciar, como a Antares, pero igual es una prueba de lo
bien que me van las cosas: todo unstatus-symbol.

Y mucho que me ayudó a impresionar a esa materialista de Nerys.

Dicen los exobiólogos que algunos biovorts llegan incluso a reconocer a sus dueños, así
que todavía tengo la esperanza de que Diosdado, cualquier año de éstos, deje de ofrecer tan
deslumbrantes exhibiciones de placer ante cualquier «extraño» (aunque se trate de
visitantes asiduos, como Nerys, Joan y su esposa Sonya) y reserve todas o al menos la
mayoría de sus carantoñas exclusivamente para su amo. ¿De qué sirve una mascota, por
cara que sea, si encima de que ni puedes tocarla, trata con la misma familiaridad que a su
dueño a todos los demás que se le acercan?

—Joan, definitivamente tú le caes bien; cualquier día de éstos me vuelvo loco y ¡qué
vendértelo!, te lo regalo. Chico, y la verdad es que, volviendo al tema… todavía no creo
mucho en nada de lo que me has contado —le respondo ya desde el baño, despojándome de
mi short deportivo.

Contraigo los músculos frente al espejo y luego me acaricio la cabeza, satisfecho; pese a
todas las recientes (¡y carísimas!) cirugías estéticas que me han librado de las cicatrices de
mi infancia en Barrio Ripio, por el acné y/o las picaduras de insectos, sigo sin ser un
Adonis… y menos en Nu Barsa, uno de los epicentros de belleza de la Esfera Humana,
donde pocos mueren sin haberse retocado jamás el cuerpo y la cara que Madre Natura les
dio.

Pero al menos con estos bíceps y estos dorsales que ya habría querido Yamil en sus buenos
tiempos, y los dreadlocks que he cultivado pacientemente durante los últimos años, ya
nadie podrá volver a decirme Cerito.
Además, esa piel tan clara que era mi desesperación de la infancia aquí es perfectamente
normal.

Sí, mi infancia y sus traumas han quedado atrás para siempre. Menos uno, que me da de
comer.

Entro a la ducha, dejando entreabierta la puerta para poder seguir conversando con Joan y
disfrutando de los vistosos cambios cromáticos de mi mascota.

Activo mi sofisticada regadera sistema Tornado, que acto seguido me envuelve con sus
chorros giratorios, vertiendo en un minuto sobre mi persona diez veces más agua a presión
que toda de la que podía disponer en Barrio Ripio durante un mes entero.

¿Qué más da que el líquido, como casi todo en este enorme hábitat, haya sido mil veces
reciclado? El caso es que puedo usar todo el que quiera, y el masaje se siente tan bien…

—¿Qué no crees en qué cosa? —inquiere Joan desde la sala.

Le contesto a gritos, por entre la tormenta acuática:

—¡Ni que te retires, ni que finalmente hayan aparecido esos Ajenos extragalác…!

—¡Chitón, Josué! —rugisusurra imperativo Joan el paranoico, asustando a Diosdado, que


pulsa frenéticamente entre violeta y azul prusia, cambiando además su habitual forma
esférica a la de una especie de serpiente eléctrica, histéricamente llena de ángulos que
zigzaguea por todo el apartamento, velocísima—. En Nu Barsa, y en casa de un condonauta
extranjero contratado, las paredes pueden tener oídos. Miquel El Prudente no se fía ni
siquiera de nosotros los catalanes, imagínate de uno como tú. Oye, ¿y de veras me lo
regalarías? —se queda mirando pensativo a Diosdado, antes de desinflarse en un suspiro
paquidérmico—: Ni hablar; si lo llevo a casa Sonya pondría el grito en el cielo… y a mí en
la calle, de seguro. Además del gasto de instalar todas esas barreras magnéticas, con los
muchachos sería como tener una bomba atómica dando vueltas cerca del techo —para
luego sacudir la cabeza y continuar, con su habitual vozarrón de gordo feliz—: Pues sí,
amigo. Lo creas o no, renuncié. Colgué el sable. Dejé todo el tinglado. Ya no soy más un
Especialista en Contactos. Mierda, que tengo cuarenta y dos años y dos hijos de cinco y
tres, ya sabes, a los que su madre todavía se las arregla para mentirles sobre el trabajo de su
padre, pero que, la verdad sea dicha, apenas si me reconocen cuando me ven.

—Sí, Sonya es una santa —confirmo, pensando en la esposa de mi amigo, tan menuda y
callada como él es gordo y extrovertido, pero igual de voluntariosa, mientras la Tornado
sustituye sus densos chorros de agua por acariciantes torbellinos de viento tibio que me
secan en un santiamén.

—Tú también le caes bastante bien a ella, Josuecillo, pero ni así aceptaría nunca tener en
casa a tu bichito de energía —se alegra él, y sigue, irradiando una sincera satisfacción que
Diosdado debe percibir perfectamente, porque lo hace tornarse felizmente verde-rosado y
volver a ser esférico—: Así que pensé que eso de andar zapateando el cosmos, listo todo el
tiempo para encamarme alegremente con cualquier forma de vida Ajena para conseguir que
nos venda un nuevo aparatico, ya estaba empezando a no ser el trabajo que un día me
fascinó, y que podría haber llegado la hora de dedicarme a ser un simple padre de familia y
educar a mis retoños… y como he ganado suficiente como para mantener a mi familia por
unos cuantos años hasta que dé con otro oficio, pedí el retiro y estaba firmando los papeles,
bueno, ya sabes, la misma burocracia de siempre, aunque no sean auténticos papeles: que si
patrones retinales, que si huellas digitales, que si ADN y demás identificaciones para cobrar
la pensión, cuando de repente se armó el revuelo… nunca había visto al departamento tan
patas arriba, ni a Miquel El Impasible tan alterado. Por lo que sumé dos y dos, y estaba
alegrándome de que ya no fuera más asunto mío, cuando me acordé de mi coleguita cubano
y vine a todo cohete a avisarte. Estaba más que claro que sólo podía tratarse de ya sabes
qué… por cierto, felicitaciones… ya me enteré de lo bien que lo hiciste en tu último
Contacto, ¿conque entidad Evita, eh? No todos los días se Contacta a una nueva especie
telépata, biotecnóloga y polimorfa.

—Gracias por los cumplidos… pero no hay de qué; fue pura suerte. Y gracias también por
el dato, hermano. —Salgo del baño completamente seco, perfumado y entalcado, pero aún
desnudo (un viejo juego con mi amigo, que ignora olímpicamente cualquier intento de
seducción hacia su masiva persona), y le palmeo a Joan los lomos, tan anchos como los de
un búfalo.

A ras del techo, encantado con nuestra amistosa concordia, Diosdado es ahora un anillo de
rápida rotación que pulsa satisfecho entre azul cielo y amarillo pollito… si fuera gato
estaría ronroneando, supongo.

—¿Crees que los haya encontrado alguna nave nuestra? —le pregunto, súbitamente
preocupado, mientras me pongo la ropa interior color lavanda.

Por semejante elección cromática, en Barrio Ripio me habrían probablemente apedreado: es


curioso cómo en el Caribe, una de las regiones pioneras del mundo en cuanto a la homo y la
bi como patrones de sexualidad dominante, todavía en mi infancia el machismo siguiera
tercamente aferrado al anticuado heterosexualismo estricto, al estilo de Jordi, antes de
enredarse conmigo, claro.

El biovort, captando empáticamente la zozobra que oculta mi tono, se torna oliváceo y


adquiere una imprecisa forma de yunque: una más que pasable imitación de nube de
tormenta.

—Yo diría que no es para tanto. O el alboroto habría sido fiesta —reflexiona Joan,
tranquilizándonos a un tiempo a mi mascota de energía y a mí.

Encantado, abro mi guardarropas, y tras breve duda, me enfundo con tres tirones en una
camisa de lino color lavanda y un traje inteligente de seda de araña, para luego calzarme
unos zapatos autoadaptables de cuero de delfín siriano (radián 167, cuadrante 14; la mejor
piel de la Galaxia, lástima que lo exploten los kigros), atuendo que de seguro que vale más
que todo Barrio Ripio.
Con tal vestuario, y al cuello mi «count-down» como única joya, nadie me tomará por otra
cosa que lo que soy. ¿Y para qué esconderlo? Muchos nos imitan; en Nu Barsa, como en
toda la Esfera Humana, hoy somos los Especialistas en Contactos los que marcamos
tendencia, como una vez lo fueran las estrellas del cine y la música.

—Entonces de nuevo se tratará solo de una pista. La enésima… —respiro más tranquilo,
con los ojos entrecerrados para disfrutar una vez más la deliciosa sensación de las
sofisticadas telas y el carísimo calzado adaptándose milimétricamente a mi anatomía.
Ahora soy yo el que ronronearía si pudiera—. Será sólo que otra vez alguien ha visto o cree
haber visto a los fantasmales Ajenos extragalácticos o ha encontrado rastros de su paso,
pero sin que los Contacten aún. Así que todavía puedo ser un héroe para Nu Barsa
haciéndolo yo.

—Bravo por el espíritu, cubanito, pero tal vez ya no sea tan fácil —vuelve a estropearme el
ánimo Joan, caviloso—. Me pareció escuchar la palabra «quígaros». Y si esos vagabundos
polimorfos matreros están de por medio…

Tiemblo sólo de pensar en las posibilidades que eso implicaría, y por supuesto, junto al
techo Diosdado llamea intermitente entre rojo y violeta, reflejando mi preocupación.

Pero no, mente positiva, ésa es otra de las condiciones imprescindibles para ser un buen
condonauta. Aparto de mi cerebro, con un esfuerzo casi físico, todo pensamiento que
involucre a esos cabrones Gitanos Ajenos con sus miles de formas y naves-mundo, y logro
sonreír de manera bastante despreocupada, lo que devuelve a mi sensible biovort su más
puro tono azul cielo.

—Debes haber oído mal —especulo, ya en la puerta de mi apartamento—. Igual, sea lo que
sea, cruzaré ese puente cuando llegue a él,

—Cruzaremos, Josué; cruzaremos —recalca Joan, que ya llega bamboleándose, tras


despedirse de mi mascota, que llamea feliz en rosado… ahora, estoy seguro, si fuera perro
movería la cola. Su falta de selectividad afectiva es muy inapropiada para un animal de
compañía, sobre todo de ese precio.

Quizás debería buscarme un gato, como Antares.

—¿No dijiste que te acababas de retirar? —le espeto, burlón, y tras cerrar a nuestras
espaldas el portón con acceso controlado por ADN, subimos a la estrecha y lenta acera
móvil que conecta la puerta de mi apartamento con las mucho más rápidas del exterior del
edificio.

—¿Crees que Miquel El Ahorrativo me iba a dejar ir así como así? —Mi enorme amigo se
encoge de hombros cómicamente, mientras, como tenemos cierta prisa, caminamos a largas
zancadas por encima del sistema de transporte interno del edificio, que apenas si se desliza
a dos kilómetros por hora a través del amplio vestíbulo—. Chico, tuve que hacer un par de
concesiones, pero salí ganando: seguiré trabajando con el poderoso Departamento de
Contactos, aunque sea en calidad de asesor. Y me temo que para esta misión van a requerir
de toda mi experiencia y consejos…

Un adolescente del segundo piso sale del ascensor, me reconoce y, clavando los ojos en mi
atuendo (a que mañana presumirá ante sus amigos con una imitación barata), me llama por
mi nombre.

No le contesto, como no le contesté a Joan, pero no por hacerme el personaje.

Simplemente estoy concentrado en la semiacrobática maniobra de pasar de un salto de la


lenta acera rodante del edificio a la cinta más externa de la pública, la Rambla Móvil que ya
circula a cinco kilómetros, velocidad media de cualquier peatón.

Gran invento, las aceras móviles, aunque dicen siempre que cuesta un ojo de la cara
mantenerlas. Pero al menos en este distinguido barrio residencial, Ensanche Nuovo, uno de
los más caros de Nu Barsa, por cierto, funcionan como un reloj.

Joan y yo vamos pasando casi mecánicamente, con apenas un segundo entre transición y
transición, de la cinta externa a las más internas de la Rambla Móvil. Cada una se desplaza
5 km/h más rápido que la anterior, hasta que la última y central alcanza unos nada
despreciables 50 km/h, por lo que ya lleva dobles postes-agarraderas de seguridad cada
cuatro metros. Nos sujetamos a uno, con prudencia, y en menos de dos minutos llegamos a
la terminal de monorraíl de levitación magnética, casi sin mover un músculo. Viva Nueva
Barcelona. Viva la tecnología.

En el andén del mag-lev, Joan y yo esperamos en silencio la llegada del siguiente coche
apenas minuto y medio. No es hora pico; en el enclave no hay nada semejante, mucho
menos en Ensanche Nuovo. Cierto que, aunque nunca llega a apagarse, la luz del «sol» en
lo alto del enclave sigue ciclos de intensidad de veinticuatro horas, pero una perfecta
planificación divide a toda la población del hábitat en tres turnos de trabajo-ocio.

Al entrar, aprovechando que seremos los únicos pasajeros del ahusado y velocísimo vagón,
recurrimos a uno de nuestros muchos privilegios como Especialista en Contactos y
marcamos un destino prioritario, convirtiendo el ya rápido transporte público en nuestro
tren superexpreso privado.

Ya sin necesidad de desviarse ni detenerse en cada andén, la IA que controla el mag-lev lo


acelera sin remilgos, hasta que a unos pocos cientos de metros ha alcanzado los ochocientos
kilómetros por hora… que no es su velocidad tope, sino apenas la de crucero. Tenemos
prisa, sí, pero no urgencia.

Los vagones no tienen ventanas. Sus enormes holopantallas panorámicas con filtros de
vértigo nos permiten disfrutar perfectamente de la vista exterior y sin el riesgo de mareo
que podría provocar la directa contemplación del velocísimo desplazamiento relativo del
paisaje.
Como en la antigua Barcelona terrestre, también aquí los catalanes tienen una red de
transportes envidiable. Se les da bien esto de la organización, casi tanto como a los
alemanes, dicen.

Ojalá algún día pueda visitar Vaterland para comprobarlo, y ver si ese prepotente de
Helmut Schmodt no ha exagerado con las alabanzas hacia su planeta de origen.

Nuestro destino, El Govern Central, o corazón administrativo de Nu Barsa, es un apretado


manojo de torres (por supuesto, rojidoradas, ¡viva sempre Catalunya!) que se divisa en
lontananza, tan alto que, si aún permaneciera en pie en la Tierra, la Sagrada Familia
original de Gaudí quedaría apenas como un grotesco y rechoncho muñón a su lado.

De hecho, el complejo incluye una réplica de la catedral que fuera símbolo de la Barcelona
histórica, al doble de su tamaño, pero minimizada incluso así por sus espigados
descendientes.

La reverencia que sienten los catalanes por su genial arquitecto católico es tal que en Nu
Barsa hay al menos seis Parq Güell, y he contado como quince Casas de la Pedrera. Sin
hablar de la fragata de hipertránsito en la que sirvo. No me extrañaría que en cualquier
momento le presentaran al Nuevo Vaticano una moción para primero beatificarlo y luego
canonizarlo.

Si es que no se la han presentado ya. San Gaudí… no suena mal, no.

Gracias a su ligera y resistentísima estructura interna de túbulos de carbono, y sobre todo al


control gravitatorio algoleño que las sostiene, las gráciles atalayas oro y grana, los
tradicionales colores heráldicos del original condado de Barcelona, se elevan hasta diez
kilómetros de altura en algunas zonas. Sus esqueléticos perfiles están unidos por infinidad
de puentes y calzadas que recuerdan, si bien más elegantes y a escala muy superior, a las de
la Metrópolis de aquel visionario film homónimo del siglo XX dirigido por Fritz Lang.

Es una vista tan impresionante que a veces hasta olvido que Nu Barsa, como la mayoría de
las colonias humanas fuera del Sistema Solar, no es un auténtico planeta, sino un hábitat
artificial.

En otras palabras, una estación espacial. ¡Pero qué estación!

Ni Konstantin Tsiovolsky, ni Robert Goddard, ni Lynn Poodle, ni Werner von Braun ni


Arthur Clarke, ni ningún otro de los audaces pioneros de la cosmonáutica o la ciencia
ficción que en el siglo XX fantasearon a su aire imaginando anillos orbitales, asteroides
excavados u otros diversos habitáculos humanos permanentes en el espacio, concibieron
jamás una estructura tan grande.

Disfruto una vez la magnificencia del espectáculo. No en balde resulta tan caro vivir aquí.
Hasta los pequeños asteroides de apoyo del campo de fuerza y del «sol» artificial, que
apenas si se divisan sobre nuestras cabezas como una tríada de puntos negros colgada del
cenit en torno al constante resplandor de fusión de nuestro «astro de bolsillo», hay
exactamente cincuenta kilómetros.

De distancia o de altura, lo mismo da. Lo que importa es que el espacio englobado bajo el
«techo» es más que suficiente para que lo recorran perezosamente no ya holoproyecciones,
sino nubes auténticas de vapor de agua, amén de para que helicoplanos, turbocópteros,
gravimóviles y toda clase de aparatos aéreos pueden navegar con amplia comodidad.

El «suelo» es una simple capa de dos o tres metros de grueso de tierra vegetal recubriendo
el amplio campo de fuerza que une entre sí los diez o doce pequeños asteroides donde se
albergan los generadores; siempre tecnología algoleña, que usamos aunque no entendamos
las matemáticas en las que se basa, y nuestros físicos juren y perjuren que una Teoría del
Campo Unificado es imposible.

Bueno, nuestros físicos no han sido muy penetrantes que digamos últimamente. Y con la
«brujería gravitatoria» pasa como con el hipermotor tarplino que distribuyen los quígaros:
que nadie es tan tonto como para dejar de emplearlos tan sólo por no entenderlos.

De un extremo a otro, el gran enclave orbital catalán mide casi quinientos kilómetros de
diámetro, por lo que, según la simple fórmula del área de la circunferencia, Pi por radio al
cuadrado, daría…

¿Daría? No estoy para cálculos complejos, ni tengo ganas de molestar a la IA del monorraíl
con pequeñeces, daría como doscientos mil kilómetros cuadrados, que es la cifra redonda
que siempre esgrimen ufanas las autoridades de la titánica arcología ante sus generalmente
apabullados visitantes.

Dimensiones perfectamente caribeñas; es casi la mitad de la extensión de mi isla natal, o


como las de Puerto Rico y Jamaica sumadas.

Toda una ínsula espacial, flotando en uno de los puntos de Lagrange en torno a Pi y
Margall, una enana amarilla del radián 457, cuadrante 12, invisible desde la Tierra y con
sólo tres planetas… todos gigantes gaseosos sin satélites, y por ende absolutamente
inapropiados para la colonización. Fue sólo por eso que los avaros arctianos nos dejaron
ocupar este sistema a un precio módico, aunque quede bien dentro de su zona de influencia,
y hasta rebautizar a su primaria con ese nombre tan catalán.

Desplazándonos a toda velocidad en el monorraíl, sólo el extrañamente plano horizonte nos


recuerda que no estamos en un planeta, sino en un hábitat orbital construido por el hombre.

Nu Barsa no es el enclave orbital humano más grande. Ese privilegio lo tiene


Commonwealth, de los ingleses-hindúes-australo-jamaiquinos, que orbita a la estrella de
Bannard, mucho más cerca de la Tierra, con setecientos cincuenta kilómetros de diámetro y
setenta hasta el cenit de su «cielo con atmósfera».
Una vez más, pienso que los humanos tal vez hayamos conquistado el cosmos gracias a los
Ajenos, sobre todo a los extintos tarplinos y la generosidad de sus herederos los quígaros
con sus excelentes hipermotores… pero gracias también, y no puedo evitar sentirme
orgulloso ante la idea, al trabajo duro y abnegado de Especialistas en Contactos como Joan
y yo.

Ninguna tecnología al alcance de la humanidad del siglo XXII habría permitido, no ya la


construcción de una arcología espacial tan enorme y tan lejos del Sistema Solar como ésta,
sino ni siquiera el traslado a su superficie de los once millones de catalanes y cuatro de
representantes de otras nacionalidades que hoy la habitan, sobre todo en un plazo
razonable.

Bendito sea el control gravitatorio algoleño. Y los sistemas de biorreciclado arctianos de


alto rendimiento, y tantas otras tecnologías Ajenas sin las que hoy la humanidad tal vez
sólo sería un triste recuerdo, apenas un renglón más en la larga lista galáctica de razas y
civilizaciones extinguidas que encabezan los tarplinos y que tan cuidadosamente llevan sus
herederos los quígaros.

Los rusos, canadienses, brasileños, sudafricanos, japoneses y alemanes, únicas naciones


que han logrado, ya sea descubriéndolos, ya sea comprándolos bien caros, ocupar planetas
más o menos terraformables, tampoco podrían haber llegado a sus flamantes (y de paso
lejanísimos) mundos de Rodina, New Thule, Nova Saudade, Krugerlaand, Amaterasu y
Vaterland si no fuera por el motor de salto hiperespacial de diseño tarplino y que venden
esos mismos quígaros.

Vaya; Joan, como casi siempre que sube al monorraíl, ha comenzado a roncar
estrepitosamente.

Yo, en cambio, miro abstraído la holopantalla panorámica, por la que desfilan pequeños
bosques, centros poblacionales, lagos, cultivos… resulta casi natural pensar en viajes
cuando uno se desplaza a una velocidad de vértigo sobre un hábitat orbital tan imponente
como Nu Barsa.

Tras un impasse de casi siglo y medio (culpa entre otras cosas de la Guerra de los Cinco
Minutos), la segunda y más brillante etapa de la aventura espacial humana comenzó, como
a menudo sucede, por pura casualidad. Un afortunado 19 de mayo del 2154, Joaquim Molá,
astronauta catalán destacado en solitaria misión exploradora de la Unión Europea en busca
de cometas de hielo de agua en la Nube de Oort, Contactó por primera vez con una especie
Ajena.

O quizás sería mejor decir que la cosa empezó cuando el avispado Quim les cambió los
primeros veinticinco motores de hipertránsito que poseyó la humanidad a los quígaros,
¡nada menos que por su gato! (de nombre Aldebarán, según consta en los registros, parece
que ya entonces los mininos-mascotas de nave se solían bautizar con nombres de estrellas
árabes), ¡y un diccionario catalán-español-inglés!, en lo que probablemente haya sido el
trueque más provechoso y providencial del que se tiene noticia, desde que los holandeses le
compraron Manhattan a los indios norteamericanos por apenas veintidós dólares.
Nadie discute que los gatos sean, y Antares me lo recuerda en cada viaje, las mejores
mascotas para una nave, así que tal vez los quígaros no hicieron a la larga tan mal negocio.
Sin contar con que ese diccionario catalán-español-inglés debió ser para ellos toda una
joya; son unos obsesos de las lenguas nuevas. Hasta ahora no han dejado de insistir para
que les vendamos nuestro software de traducción actualizado… sin éxito claro, pues ésa es
nuestra principal carta de triunfo en los Contactos.

No obstante, siempre que pienso en el episodio, no sé por qué, me viene a la mente el viejo
chiste sobre cómo se inventó el alambre de cobre: dos catalanes agarraron al mismo tiempo
una peseta, y cada uno, sin soltarla, tiró y tiró para su lado.

Molá, astuto negociador y héroe de toda la humanidad, es sin embargo casi execrado,
¡como traidor y tonto de remate!, tanto en lo poco que queda de la original Cataluña
terrestre como en este floreciente enclave de Nu Barsa.

Puedo entenderlo. Todo catalán que se respete debe pensar con rabia que si su paisano, en
vez de entregar, ¡ni siquiera vender!, con tanto altruismo veinte de los preciosos
hipermotores a toda la humanidad, los hubiera reservado todos para su gente, ahora
probablemente vivirían en Nu Catalunya, un planeta entero, y no en este hábitat orbital,
grande, sí, pero a la vez lamentablemente limitado.

Y el resto de la raza humana habría tenido que pagar derechos a los catalanes por el uso del
motor de hipersalto tarplino-quígaro, como hoy se paga a los rusos por los biorrecicladores
de alto rendimiento que consiguieron de los arctianos, o se habría ido tranquilamente a la
mierda.

Traición o no traición de Quim Molá, los humanos tuvimos mucha suerte.

Justo en la que parecía nuestra hora más oscura, después de que, primero en el 2136 la Gran
Guerra chino-norteamericana de los Cinco Minutos, con su secuela de contaminaciones
radiactivas, ciudades completamente arrasadas o parcialmente destruidas (entre ellas
Madrid y Barcelona, dicho sea de paso), y sobre todo, el catastrófico cambio climático
subsiguiente, con sus inundaciones y sequías que desataron la peor hambruna de la historia,
hubiesen reducido en menos de una década la población mundial terrestre de unos
pululantes siete mil millones de personas a unos escasos y hambreados novecientos…
cuando parecía que un Sistema Solar sin planetas colonizables iba a ser nuestra tumba,
después de que la Tierra hubiera sido nuestra cuna, los Ajenos y sus nuevas tecnologías nos
abrieron la Galaxia.

Y hoy, casi cinco décadas más tarde, a punto de entrar en el siglo XXIII, si jugamos bien
nuestras bazas, otros Ajenos, pero ahora extragalácticos, podrían abrirnos todo el Universo.

El coche mag-lev comienza a decelerar demasiado pronto, me parece. El corazón de la


ciudad, la Central, que los viejos catalanes prefieren llamar El Govern, ese complejo de
altísimas estructuras desde donde se dirige Nu Barsa, apenas si empieza a cobrar detalles,
kilómetros adelante.
—¿Impresiona, eh, Josuecillo? —despierto por el cambio de velocidad, Joan me adivina el
pensamiento, cosa nada difícil, viéndome con la vista perdida en el majestuoso espectáculo
de las lejanas y estilizadas torres y puentes colgantes a los que nos dirigimos.

Las laberínticas y a la vez airosas estructuras de la Central desafían la gravedad artificial


generada bajo el enclave, extendiéndose con sus casi caligráficas filigranas sobre bosques,
cultivos, ríos y hasta lagos. Joan las observa y suspira, satisfecho:

—Cada vez que me cuestiono por qué cojons en la lista de mis parejas sexuales hay muchas
más hembras Ajenas que humanas, miro todo esto y al saber que es nuestro hogar gracias a
gente como yo, me siento… digamos que retribuido —bosteza, acomodándose en la amplia
poltrona doble del coche de levitación magnética, que sus monumentales posaderas llenan
sin embargo casi por completo.

Una vez más ha logrado que sus palabras suenen como si estuvieran imbuidas de auténtico
espíritu de sacrificio. Bueno, a fin de cuentas, tal vez él lo sienta de veras.

Así que tan sólo digo:

—Sí, es un hábitat hermoso… ojalá pronto pueda ser yo otro de sus felices y orgullosos
ciudadanos —para luego tragarme prudentemente el resto de mis comentarios.

Al segundo siguiente mi amigo ya está otra vez roncando con angelical tranquilidad.

Lo miro. Es curioso, cada vez que intento imaginarme a esta mole adiposa que es Joan
teniendo relaciones sexuales con cualquier entidad viviente, ya sea una hembra Ajena o la
heroína de su esposa, sencillamente se me bloquea el cerebro.

Su notable éxito como condonauta es el mayor misterio del Departamento de Contactos. Se


toma nuestro menester con una calma y un sentido del deber tales que, simplemente, no
dejan sitio para nada más. ¿Libido en el Contacto? Ni soñarlo; Joan el Asexual, le llaman
algunos sarcásticos… a sus espaldas, como es obvio. No se hace esa clase de bromas en la
cara de alguien que pesa trescientos kilos, aunque no todos sean precisamente de músculo.

Los chismosos también especulan, medio en broma y medio en serio, que los muchos y
ventajosos tratos comerciales que Joan Puigcorbé ha logrado a lo largo de su brillante
carrera tienen que deberse a que los Especialistas en Contacto Ajenos han reconocido su
infinita buena voluntad, o se han compadecido de su ineficacia como amante, o ambas
cosas.

Porque, de que es buena persona, lo es como pocos… pero, lo que es un orgasmo, muchos
dudan que ni siquiera engendrando a sus hijos con su esposa haya tenido alguno. Y menos
provocado.

Por cierto; entre esos burlones escépticos, ¡casi me da pena confesarlo!, me cuento también
yo.
Quizás porque nunca me ha hecho una proposición, ni reaccionado a mis sutiles
provocaciones.

Bueno, no hay que exagerar; estoy dispuesto hasta a aceptar que él y Sonya deben
disfrutarlo aunque sea un poquito, porque tienen dos hijos, y además, porque si así no
fuera…

Es que, sin placer sexual, aunque sea retorcido, simplemente no cabe imaginarse nuestro
oficio.

Me quedo, como tantas veces, mirando al falso Mont Juic en lontananza. Uno de estos días
tengo que animarme a visitarlo, aunque llevo años diciéndome lo mismo. Es una réplica
bastante fiel del original. La Barcelona de antes de la Guerra de los Cinco Minutos era, por
definición, una ciudad entre el mar y la montaña, pero en el enclave Nu Barsa habría
resultado caro e ineficaz instalar una copia convincente del Mediterráneo. Las tierras
cultivables y de pasto que en la distancia se alternan, como los parches de una colcha de
retazos, eran mucho más necesarias. No se puede alimentar a quince millones de habitantes
sólo con hidropónicos. Sin contar con que el peso de tanta agua sobre el campo de fuerza
del «suelo» podría haber sobrecargado los generadores gravitatorios, por muy algoleños
que sean.

Al máximo compromiso que pudieron llegar los nostálgicos ambientalistas con los
ingenieros, ganaderos y agricultores fue a instalar ese hermoso rosario de lagunas que se
extiende hasta el horizonte.

Por cierto que el pescado comestible pulula en ellas. Los catalanes sí que saben cómo sacar
el máximo de jugo económico a cada detalle, aunque parezca meramente ornamental.

Debe ser genético.

Execrado o no por sus compatriotas, siempre pienso que además de buen negociante
Joaquim Molá fue un tipo rápido captando situaciones nuevas, un improvisador imaginativo
y… además, por suerte, alguien sin muchos escrúpulos morales.

O un perverso sexual de tal envergadura que nos deja chiquitos a todos sus esforzados
herederos del Departamento de Contactos de Nu Barsa, independientemente de la
generación en la que nos clasifiquen. Aunque los quígaros de la nave que Quim Contactó
tampoco eran tan espectacularmente distintos de nosotros los humanos, por lo que se sabe.

Tenían por lo menos dos brazos y dos piernas, que tratándose de Contactos, ya es mucho
decir.

Molá fue también lo bastante prudente como para, cuando regresó victorioso a la Tierra sin
gato ni diccionario, pero con los primeros veinticinco hipermotores tarplinos obtenidos de
los quígaros bien seguros en su bodega, abstenerse de contar todos los detalles sobre el
trueque en el que los consiguiera.
Fue sólo después, cuando nos dispersarnos por el cosmos gracias a miles de esos mismos
motores, comprados uno a uno a los ¿generosos? quígaros, y las relaciones de la humanidad
con la Comunidad Galáctica de los Ajenos se volvieron más frecuentes y necesariamente
más… estrechas, que quedó claro que Molá, para sellar su ventajoso intercambio con los
quígaros tuvo que… ejem… la prensa de aquel tiempo, tan adicta a los eufemismos además
de a los escándalos, lo llamó «cohabitar» con un tripulante de la nave Ajena.

Interrogado poco después por un famoso semanario de chismes, Molá sólo dijo que no
había sido tan difícil, que una hembra es una hembra, quígara o humana, y que, ¡por
supuesto!, había usado condón.

Muchos creen que el término coloquial que define a mi oficio nació de tal confesión de
Quim.

Claro que el Protocolo de Primer Contacto nada dice respecto a condones u otras barreras o
filtros de protección burdamente físicos.

En la Vía Láctea se cuentan hasta hoy unas veintinueve mil razas inteligentes… y eso,
considerando a la gran variedad de seres que habitan en las naves-mundo de los quígaros
como pertenecientes a una única raza, pese a la opinión de muchos exobiólogos escépticos.
De otro modo, el número casi se duplicaría.

Por lo que, teniendo en cuenta además que la lista sigue creciendo a razón de varias
decenas nuevas (y cuentan las aliviadas razas más antiguas que hace siglos eran cientos)
cada año, como mi recién Contactada entidad Evita, amén de que la gran mayoría de esas
nuevas civilizaciones recorre la Galaxia en todas direcciones, es fácil comprender que
toparse con naves, planetas, colonias o representantes de otra especie inteligente viene a ser
un acontecimiento tan cotidiano como cruzarte con un vecino en una acera móvil.

La importancia de que normas aceptadas por todos regulen tales encuentros salta a la vista.

Bastante más antiguo que la humanidad, y de origen supuestamente tarplino, ya que los
quígaros insisten en que heredaron de sus mentores la curiosa costumbre, esa curiosa
«etiqueta interespecies» que es el Protocolo de Contactos ha sido bien acogido por casi
todas las razas sintientes de la Vía Láctea.

Podría resumirse así: si te encuentras por primera vez en el cosmos con representantes de
una civilización Ajena y quieres hacer patentes tus buenas y pacíficas intenciones, por si en
el futuro pudiese surgir entre ambas especies un comercio mutuamente ventajoso, en vez de
una inmediata y mutua desintegración, demuéstrales que puedes dejar de considerarlos
como Ajenos, al menos por un rato.

O sea, «cohabita» alegremente con ellos, o al menos finge que lo haces alegremente.

En cambio, si ya los conoces y quieres algo de ellos, entonces se trata de un simple


Contacto, no de un Primer Contacto, y la cosa es aún más sencilla: sea información,
tecnología, mercancía o cualquier otra cosa suya lo que te haga falta, primero pacta el
intercambio, págales con algo que ellos deseen, y luego, ya sabes: ayudaría bastante a un
trueque fluido si les demuestras de nuevo que, al menos por un rato, puedes dejar de
considerarlos como Ajenos. Y en nombre de la buena voluntad y las mejores relaciones
comerciales presentes y futuras, «cohabita» con ellos, alegremente o no.

Las barreras de protección no biológicas no están prohibidas, obviamente, a veces no queda


más que recurrir a ellas, como cuando tu metabolismo se basa en el oxígeno y debes
enfrentar a una especie de biología fluorada. Pero, salvo similares casos extremos, algo tan
burdo como un condón u otra clase de filtro físico suele considerarse una desagradable
descortesía, amén de evidencia del escaso desarrollo de las ciencias médicas en la cultura
cuyos representantes recurren a tan groseras precauciones.

El «count-down» que sólo protege la integridad del ADN del Especialista en Contactos, no
cuenta. Los refuerzos inmunológicos y vacunas antivirales, tampoco.

Y menos mal, porque incluso con ellos, no han sido pocos los condonautas fallecidos en
estricta cuarentena, contagiados de extrañas enfermedades, ¿se podrá decir venéreas?, sobre
todo en aquellos primeros años de entusiastas Contactos con la Comunidad Galáctica, antes
de que nuestra inmunología se viese obligada a alcanzar el nivel que la mayoría de las razas
Ajenas hoy posee.

Los líderes de las decenas de facciones diferentes y siempre en pugna en que quedó
dividida la diezmada humanidad del siglo XXII tras la Guerra de los Cinco Minutos pronto
se dieron cuenta de que el Protocolo de Contactos, fuese o no idea de los misteriosos y
antiguos tarplinos, permitía que las razas con mayor dominio sobre la materia viva llevaran
casi siempre la parte del león en cualquier trueque: una especie cuyo metabolismo se basara
en el oxígeno, pero resultase capaz de modificar de forma «natural» ya no sólo la anatomía,
sino también la química corporal de sus individuos, tendría indiscutibles ventajas sobre otra
de menor desarrollo biotecnológico a la hora de Contactar, por ejemplo, a una nueva raza
de respiradores de metano.

Y ni hablar de casos todavía más exóticos, pero perfectamente reales, como los aracnoides
de Volpes IV, de química basada no ya en el carbono, sino en el exotiquísimo germanio.

Vaya, que tras el entusiasmo inicial ante el afortunado trueque de Molá, parecía que las
cosas se presentaban más bien de color hormiga para nosotros. Para navegar por el cosmos
había que Contactar y ¿quién podría excitarse ante la visión, no ya de una aracnoide
volpiana con su raro metabolismo tóxico, sino simplemente de una tritona anfibia de
Wurplheos VII, con su profusión de aletas espinosas y su piel rosada salpicada de puntos
verdosos?

¿A qué astronauta podía exigírsele tanto, encima de su cuidadosa preparación científico-


técnica?

Pero, ya se sabe que somos una especie con suerte. Resultó que sí existía gente capaz no
sólo de enfrentarse a tan estrambóticos Contactos, sino incluso de disfrutarlos. Nosotros.
Los por tantos siglos rechazados vergonzosamente como perversos y desviados sexuales.
Los gays, bisexuales, masoquistas, sádicos y fetichistas, los raros y aberrados; las más o
menos satisfechas víctimas de inconfesables parafilias, que antes éramos encerradas en
manicomios y cárceles o hasta ejecutadas para que el cáncer moral que en nosotros latía no
contaminase a la «sexualmente sana» y horrorizada sociedad.

Pero ya se sabe que todo es relativo en la viña del Señor. Y que la moral depende de la
conveniencia; tras la difusión de los más escabrosos pormenores del Primer Contacto de
Quim Molá con los quígaros, (aunque varios gobiernos trataron de mantener en secreto esos
detalles), se produjo una extraña, radical y absolutamente inesperada inversión de valores
sexuales; casi de la noche a la mañana, esas mismas ovejas negras que la comunidad se
negó por milenios a considerar como sus miembros con plenos derechos nos volvimos
importantes, esenciales, imprescindibles; la prosperidad de toda la especie humana
dependía en buena medida no sólo de nuestras habilidades negociadoras, sino sobre todo de
nuestra falta de escrúpulos sexuales, de nuestras ansias de emociones nuevas.

De hecho, surgió una ola de liberación sexual que aún dura, y probablemente haría que
cualquier honorable ciudadano del siglo XX o el XXI se horrorizara ante nuestra sociedad
contemporánea, en la que la heterosexualidad es sólo una posibilidad entre varias, en modo
alguno la orientación mayoritaria o correcta que fue por tantos años.

Conscientes de su misión histórica, acariciando toda clase de sucias fantasías espaciales en


sus mentes torcidas, los antes apestados y estigmatizados por su sexualidad diferente
marchamos hoy orgullosos y con el pecho hinchado hacia las estrellas. La misma
humanidad que por tantos años nos escupiera, rechazara, denunciara, repudiara y matara
nos despide ahora con vítores y fanfarrias como a nuevos y talentosos embajadores…
sexuales, y nos imita… en lo que puede.

Supongo que piensan que, si «cohabitar» con extraños seres es la manera de conquistar las
estrellas, ¡pues a «cohabitar» entonces! Y empezando por nuestros semejantes, para ir
practicando.

La nueva política exterior y la moral de ella derivada tuvieron al principio muchos


detractores, claro, los cultos religiosos de todo tipo pusieron el grito en el cielo ante tamaña
«inmoralidad espacial» y declararon que era mil veces preferible languidecer y morir
«puros» en la Tierra sin acceso a la sofisticada tecnología Ajena, antes que sobrevivir y
conquistar las estrellas a tan repugnante precio.

Los Imanes islámicos clamaron por una jihadcósmica. Desde el Vaticano, en una iracunda
encíclica, el neopapa Inocencio XXIV acusó a los Especialistas en Contacto de ser los
herederos de Sodoma y Gomorra, de burlarse de Dios y adorar a demonios lujuriosos
venidos de las profundidades del cosmos, los excomulgó a todos y los llamó
despectivamente «condonautas», sin sospechar que sería justo ese apelativo el que acabaría
designando popularmente al nuevo y prestigioso oficio.

De todos modos, valga decir que el siguiente ocupante del Trono de San Pedro, Juan
XXVIII, no solo retiró la iracunda y apresurada excomunión lanzada sobre nosotros por su
predecesor, sino que incluso trasladó la sede de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y
Romana al espacio, más exactamente, al enclave orbital conocido como Novo Vaticano,
construido (por supuesto) con tecnología Ajena en torno a Beta de la Cruz del Sur.

Eso es lo que yo llamo justicia poética. O arrepentimiento oportunista.

Pronto quedó claro que la raza humana había tenido de veras una gran suerte con Quim
Molá, porque no todos los perversos sexuales sirven para condonautas, ni mucho menos.

Por desgracia, no basta con la actitud, hace falta también cierta aptitud.

Algunas razas de la Comunidad Galáctica nos son más Ajenas que otras: por ejemplo,
«cohabitar» con una algoleña, pese a sus dos metros de alto, su cabello verde, su piel lila,
su boca llena de colmillos amarillentos y su habla llena de frecuencias ultrasónicas que te
erizan la piel, resulta casi un paseo para la mayoría de los condonautas humanos.

De hecho, considerando que ambas somos especies evolucionadas a partir de primates (o


sus equivalentes), viene a ser casi como hacer el amor con una prima lejana. Sin contar con
que la musculatura voluntaria que poseen en sus vaginas las nativas de Algol le da su nada
despreciable atractivo extra al Contacto con ellas.

No en balde la segunda tecnología Ajena que adquirió la humanidad fue precisamente el


control gravitatorio desarrollado por estos lejanos primos.

En cambio, Contactar con una balenóptera de Kigrai u Ofiuco, con su cuerpo de cientos de
metros de largo y sus tres vaginas, cada una de varios metros de diámetro, sin contar con su
característico olor a pescado mal salado, ¡esa sí que resulta toda una proeza!

Si lo sabré yo, han pasado años de eso y todavía tengo a veces pesadillas con el episodio,
aunque me haya permitido tener a Diosdado.

Y como generalmente lo que cuesta vale, resulta que, mientras que los algoleños son una
raza casi tan joven y desprovista de sofisticadas tecnologías como nosotros (y nunca está de
más recalcar el «casi» en un sitio que, como éste, existe ante todo gracias a su control
gravitatorio), los leviatanes kigros se cuentan entre las especies más poderosas de la
Comunidad Galáctica, y atesoran más valiosas patentes de biotecnología que diez o doce de
las otras razas juntas.

Secretos que mucho nos gustaría tener, como el de las bionaves, los fármacos
genéticamente individualizados, las biobaterías o la regeneración celular controlada.

Así que hacen falta cada vez más y mejores condonautas.

Pronto se determinó que, salvo casos excepcionales como el Contacto con los furasgos, que
son inteligentes de pequeños y pierden el raciocinio al crecer, o los reptiloides
termizarianos, que sólo practican el sexo heterosexual para reproducirse y el resto del
tiempo son alegremente homoeróticos, los pedófilos y pederastas rara vez resultan
adecuados para el menester: su espectro de preferencias suele ser demasiado estrecho,
simplemente.

Pero en cambio, otros tipos de perversos, como los furrys, con su obsesión por disfrazarse
de animales con trajes de peluche; y especialmente los zoófilos, encantados por tener sexo
con animales, hemos encontrado en el Contacto con los Ajenos la profesión de
NUESTROS sueños.

También se hizo obvio bastante rápidamente que, pese a la publicidad que se dio al nuevo
oficio estelar, no había suficientes pioneros lo bastante talentosos como para desempeñarlo.
Porque no bastaba con ser un perverso dispuesto a todo, ni mucho menos: se necesitaba
también dominar los rudimentos del arte de la negociación, la diplomacia, tener nociones
de lingüística y relativismo cultural, tecnología y ciencias, intuición social, cortesía, tino…
muchas habilidades, en fin.

Y como ningún gobierno del abigarrado mosaico de culturas en que continuaba dividida la
humanidad sobreviviente a la Guerra de los Cinco Minutos quería quedarse atrás, sobre
todo desde que se hizo patente que, al intercambiar tecnología con un determinado grupo
racial en un Contacto, una especie Ajena no se consideraba moralmente obligada a que tal
información llegara a todos sus semejantes, primero los rusos, luego los canadienses, luego
los nipones, en nación tras nación de las más poderosas se fueron creando con toda
urgencia costosas y bien equipadas escuelas especiales para detectar y luego fomentar en
sus sacrificados estudiantes toda clase de inclinaciones furrys, zoofílicas y de otros tipos
considerados valiosos para el Contacto… además de adiestrar a sus más talentosos alumnos
en el duro y antiquísimo arte de la negociación.

Surgieron así academias como la Pluma, Pelo y Escama de Nueva Madrid o la Pan-Galac-
Zoo de Karlovy-MheschePlakneta, y muchas otras, a las que las madres de clase baja (y
algunas de no tan baja) llevaron y siguen llevando a sus hijos, soñando con verlos superar
las durísimas pruebas de admisión y adquirir, tras dificilísimos y agotadores entrenamientos
que no pocas veces incluso quiebran la salud mental de los alumnos, la formación
profesional necesaria para algún día partir al Cosmos convertidos en gloriosos Especialistas
en Contactos, dispuestos a todo para representar a la humanidad ante las demás razas y
culturas que navegan entre las estrellas.

Y sobre todo, volver enriquecidos por las altísimas regalías que se pagan por Contacto
exitoso.

Por supuesto, ni en Barrio Ripio ni en CH ni en toda Cuba, ni siquiera en todo el Caribe


funcionaba ninguna de esas carísimas escuelas especializadas, así que yo entré al oficio de
la manera más dura: improvisando.

Cuando la habilidad de Abel como hacker y su bondad me pagaron el pasaje de lanzadera


hasta la Estación Geosincrónica de Tránsito Clifford Simak (así nombrada en honor a un
famoso autor de ciencia ficción del siglo XX, por cierto), el mayor hábitat libre de
impuestos en órbita terrestre, demoré apenas un par de horas antes de hacerme contratar
como condonauta por Agustí Palol, el capitán de una pequeña nave mercante
independiente, bien que de matrícula catalana: la corbeta de hipertránsito Juan de la
Cierva, que con sus cuatro tripulantes se preparaba para partir, no a explorar heroicamente
el espacio profundo ni mucho menos, sino a su enésimo viaje comercial de rutina por el
llamado Circuito Zodiacal.

Por cierto que no escogí aquella corbeta completamente al azar; desde pequeño me fascinó
la historia de la tecnología y de sus inventores, así que pensé que volar en una nave
bautizada en honor del ingenioso creador hispano del autogiro me traería suerte… y así fue.

En teoría, cada nave humana debería llevar un Especialista en Contactos a bordo, por si se
da la afortunada (y ya se sabe, muy probable) circunstancia de que se vea involucrada en un
Primer Contacto con alguna nueva raza Ajena, además de que, siempre según el dichoso
Protocolo de origen tarplino que sus fieles discípulos quígaros se han encargado de
difundir, debería ser básicamente imposible cualquier tipo de trato mercantil sin un
condonauta capaz de representar a cada especie interesada.

Pero en la práctica, muchas naves (y no sólo humanas) se arriesgan a navegar por la Vía
Láctea prescindiendo por completo de Especialistas en Contactos en su tripulación, lo que
limita sus posibilidades de negocios a simples trueques con otros mercaderes ya conocidos.
Los Especialistas en Contacto, humanos o no, no crecen en los árboles. Y los individuos
normales de casi ninguna especie están precisamente muy dispuestos a tan efusivos
intercambios sexuales con los representantes de otra, por mucho que se le parezcan.

La xenofobia sexual no es un invento exclusivo delhomo sapiens ni mucho menos; de ahí


la ironía particular del Protocolo creado por los tarplinos: si todo el mundo disfrutara los
Contactos, ¿qué gracias o mérito tendría entonces ser condonauta?

Claro que siempre queda un margen para la improvisación y hasta para el intrusismo
profesional. Entre nosotros los humanos, y supongo que también entre algunas razas
Ajenas, a veces tripulantes desaprensivos (y/o desesperados) intentan asumir el prestigioso
rol de Especialistas en Contactos.

Fingirse condonauta viene a ser como la última carta de la baraja para un astronauta que por
X razón ha perdido o ha abandonado su nave, y a quien ningún otro vehículo espacial
quiere contratar en cualquier función. Un recurso desesperado. La ruleta sexual, le llaman
algunos; si se tiene mucha suerte, no habrá que Contactar a nadie durante el viaje; con
menos fortuna, será algo no del todo desagradable, como «cohabitar» con una algoleña,
pero si uno se pone fatal, siempre puede tocarle una balenóptera kigra…

Pero incluso en tal caso será mucho mejor para el impostor que por lo menos lo intente y
haga de tripas corazón; según el sacrosanto Protocolo de Contactos de origen tarplino, si el
condonauta contratado no logra desempeñar a cabalidad la función de embajador sexual
que de él se espera, el capitán de la nave está en todo su derecho, no sólo de no pagarle lo
prometido, sino incluso de arrojarlo al espacio ipso facto, por estafador.
Es así que no pocos Especialistas en Contactos improvisados han enloquecido (o al menos
han fingido enloquecer) al intentar terca y desesperadamente sobreponerse a su repugnancia
natural y Contactar a alguna Ajena especialmente repulsiva, todo con tal de no verse
abandonados en pleno Cosmos por decepcionados e iracundos capitanes.

Bueno, nadie dijo que el nuestro fuese un oficio siempre agradable, ni exento de peligros.

En tan riesgosas condiciones me enroló el capitán Palol. Supongo que, pese a mis
juramentos de experiencia, nunca creyó que yo fuera más que otro jovenzuelo fugitivo, al
máximo un tripulante abandonado, quizás un grumete con mala suerte, y decidió darme la
oportunidad.

Que los orishas bendigan su buen corazón.

Y su gratitud por el buen rato que le hice pasar en su oficina cuando me contrató…

A fin de cuentas, en sus últimos veinte viajes la corbeta Juan de la Cierva no se había


encontrado sino con los mismos viejos socios de siempre: los Ajenos del llamado Ekhumen
Merchanttil de Aries, el sidhar Iar Fjhoi y su gente: bípedos con dos brazos y dos ojos que
en la oscuridad podrían pasar bastante bien por humanos si no fuera por su olorcillo a
mercaptan, su piel azul oscuro, sus cuernos supraoculares y sus cortas colas escamosas,
claro.

Pero el azar estuvo a mi favor; en la ruta de vuelta, y tras un intercambio comercial por
completo rutinario con los mercaderes arianos (tres toneladas de geodas de cuarzo terrestres
por una y media de cerámicas hiperconductoras de factura furasga, sospecho que fruto de
algún contrabando, por su precio más bien bajo), la pequeña nave mercante de matrícula
catalana detectó el escape de un vehículo espacial sublumínico a la altura de la constelación
de Piscis.

El capitán Agustí me miró dubitativo y preguntó: «¿Te atreves, Josué?«. Yo asentí, aunque
temblando como un azogado, pedí que me pincharan con cuantas vacunas y reforzadores
inmunológicos podía resistir sin reventarme, me ceñí al cuello el «count-down» y fue así
como tuvo lugar el Primer Contacto de la humanidad en general y de los catalanes en
particular con los continentines: gigantescas masas de protoplasma, inteligentes, oriundas
de un sistema doble cercano al cúmulo globular de Hércules, y que confiadas en su
resistencia física e inmortalidad biológica, tras escuchar durante milenios las trasmisiones
radiales de la Comunidad Galáctica, habían finalmente decidido emprender la ruta del
espacio, ¡nada menos que en naves impulsadas por motores de fusión nuclear!

A eso le llamo yo no tener prisa en llegar a ninguna parte. Menos mal que ya navegan con
hipermotores tarplinos, como todo el mundo… gracias al capitán Palol y a mí.

Mi Contacto con esas gigantescas amebas hermafroditas fue canónico; ya se estudia en un


par de academias. Y me ganó enorme prestigio. Confieso que, personalmente, eso de
introducirme en un mar de citoplasma, protegido sólo por una ligera escafandra biológica y
nadar siguiendo los cambios sol-gel no me reportó gran excitación. Pero por lo visto, tenía
de veras un talento innato para el asunto; la forma en que estimulé el micronúcleo de su
inmensa célula le resultó tan placentera a su Especialista en Contactos que no dudaron en
¡regalarnos! nada menos que los secretos de su método de fusión fría, con lo que aseguré a
Nu Barsa un suministro prácticamente ilimitado de energía barata no contaminante y me
convertí en todo un héroe ante los ojos de los catalanes, que me propusieron el contrato a
largo plazo con sueldo principesco gracias al cual vivo desde entonces en el Ensanche
Nuovo.

En estos ocho años, con sus altas y sus bajas, he recorrido media Galaxia a bordo de
diversas naves de hipertránsito, desde pequeñas corbetas hasta enormes navíos,
«cohabitando» por cuenta de los catalanes, mis empleadores, con decenas de formas de
vida Ajenas, incluyendo once Primeros Contactos.

Y todo ello sin más consecuencias molestas que un sarpullido fungoide que me trasmitió un
pólipo guzoid infectado, nada que no pudiera tratar la farmacopea humana, por suerte: un
poco de interferón, y las esporas Ajenas se rindieron en masa a mi sistema inmunológico
potenciado.

No está mal para un niñato harapiento fugado de Barrio Ripio, ¿eh?

El coche mag-lev vuelve a acelerar, evidentemente, el frenaje anterior no tenía que ver con
la cercanía al final de nuestro trayecto, sino con el paso de otro tren de mayor prioridad.

Aunque ahora ya casi ni vale la pena aumentar de nuevo la velocidad; prácticamente


rodamos por entre las bases de las primeras estructuras de la trama de finísimas torres que
es la Central del Govern.

Justo en el borde superior de la holopantalla se divisa la sede del Departamento de


Contactos, con su inconfundible silueta. Me habría gustado conocer al arquitecto que la
diseñó. Ese Xavier Pugat debió ser un tipo sarcástico; si en el pasado muchos decían que
los rascacielos, altos y finos, no eran más que un burdo símbolo fálico, él fue un paso más
allá, al decidir que el edificio que albergara al Departamento de Contactos y a todos sus
Especialistas fuese precisamente un enorme falo hiperrealista.

Tiene sentido, ¿no?

No le faltan ni siquiera las venas, ni hay confusión posible con el color… uno casi esperaría
ver aflorar una titánica y opalescente gota de semen desde su cúspide, que en realidad es el
acceso al pozo central de ascensores y ventilación.

—Y aquí estamos —resopla Joan, estirando su monumental envergadura con tanta


brusquedad que los amortiguadores del asiento crujen lastimosamente—. De nuevo en la
olla de los grillos —sonríe, entre beatífico y pícaro—: ¿Por qué esa cara de velorio,
Josuecillo? ¿Fumaste wildwall, o es que no te da gusto volver a ver a Nerys y contarle los
detalles de tu Contacto con esa entidad Evita?
Rebufo, anticipando un ataque de celos de la ondina:

—A lo hecho, pecho; la vida de un Especialista en Contactos exige sacrificios y la de su


novia también. De hecho, pensaba visitarla hoy mismo y hacerle la historia con pelos y
señales… lo que no me da ningún gusto es volver a poner los ojos sobre la carcasa naciborg
de ese Herr Schmodt. ¿Crees que esté ahí?

—Lo siento, pero SÉ que estará —se encoge de hombros mi amigo catalán—. Su nave
regresó de misión tan sólo ayer, como la tuya, así que no tiene tiempo de haber partido de
nuevo… ya sabes cómo puede ser de exasperante Miquel El Estricto con los descansos
entre viajes de sus tripulaciones.

El coche mag-lev, tras la última y casi imperceptible deceleración (bloques de absorción


inercial, enésima aplicación del control gravitatorio algoleño) se detiene en el amplio andén
al pie de la fálica torre de nuestro departamento de Contactos, y sus puertas deslizantes se
abren de par en par.

—Arriba, mamut —le espeto a Joan ya en el umbral y para tranquilizarnos repito el


manidísimo chiste—: La subida en el ascensor expreso dura al menos dos minutos… una
vez más podremos experimentar lo que siente un espermatozoide en plena eyaculación.

Joan me sigue el juego, como de costumbre:

—Con tal de que no salgamos disparados por el pozo central hacia arriba, cubanito… hoy
no traje mi paracaídas.

*****

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«Condonautas» (parte 3), Yoss


axxon.com.ar/rev/2011/12/condonautas-parte-3-yoss/

—Shh… suelta, chaval. ¡Esas manos! ¡Que todavía no te perdono lo de esa Evita… tío,
deja la calentura, que ahí ya llega el jefe! ¡Quieto, Josué! —me susurra Nerys al oído con
su acariciante voz, escurriéndoseme húmeda entre los brazos y flotando sobre sus antigrav
de sostén de vuelta a su lugar, pese a mi voluntad de retenerla apretándola.

Los juegos sexuales con una ondina siempre tienen su precio.


A veces creo que disfruto provocando sus celos. Aunque no tenga piernas sino cola y aletas
(o precisamente por eso), esta chica me tiene loco. Regreso a mi sitio, a regañadientes.

Como suele ocurrir, la aparición de Miquel Llul, el temido y respetado jefe del
Departamento de Contactos, ha acallado todos los murmullos y chismes que hasta el minuto
anterior recorrían la sala llena de condonautas, molestos por la urgencia de la convocatoria.

Tanto lo respetamos, aunque nunca haya sido uno de nosotros. El sexo no es lo suyo. Un
chiste muy clandestino dice que el árido Miquel sólo podría Contactar con alguna raza de
robots.

No obstante, a cada rato me pregunto si será descendiente de aquel gran sabio catalán,
Ramón Llul, mucho mejor conocido fuera de España como Raimundo Lulio, porque lo que
ha logrado hacer este flaco, estoico y barbudo cincuentón con el departamento es poco
menos que alquimia: transformar plomo en oro mediante la Piedra Filosofal debió ser un
juego de niños, comparado con convertir lo que sin duda era el puñado de Especialistas en
Contactos más indisciplinados y revoltosos de toda la Esfera Humana en este destacamento
disciplinado y sobre todo lleno de auténtico esprit du corps.

Bueno, al menos eso es lo que existe entre la mayoría de sus miembros.

Miro de reojo a Helmut Schmodt, que según nuestro mutuo y no escrito pacto, ha fingido
enconadamente que no existo desde que llegó.

¿Esprit de corps, él? No conmigo, en todo caso.

Tataratataratataranieto o no de Ramón Llul, el Gran Miquel fue bien claro hace seis meses,
cuando el alemán y yo tuvimos nuestro (hasta ahora) último roce, en el que casi llegamos a
las manos. Al próximo problema, nos advirtió, los dos nos iríamos pitando del
Departamento y de Nu Barsa, sin derecho a apelación alguna ni opción de regreso.

Y ni por un momento pensamos que Miquel El Implacable titubearía en cumplir su palabra.

Sin que le importe mucho que Herr Schmodt, nacido (o ensamblado, ya que es un ciborg)
en el planeta germano de Vaterland, sea uno de los tres únicos condonautas de cuarta
generación con los que cuenta el Departamento, ni mucho menos que yo sea uno de los
Especialistas bajo su mando que más Primeros Contactos puede reclamar.

Como si captara mi mirada (y tal vez lo ha hecho: nadie sabe qué extraños sensores le
incorporaron sus padres-diseñadores de Vaterland), Helmut se da la vuelta, me clava sus
fríos ojos, que hoy son azules en vez de grises, color que habitualmente prefiere, y me
muestra toda su dentadura.

¿Mi peor rival me está sonriendo a mí? Debo estar viendo visiones.
O tal vez acaba de contactar con alguna de esas especies Ajenas carnívoras y territoriales en
las que enseñarse mutuamente los dientes es un gesto de amenaza, y se le quedó grabado el
gesto.

Pero no; sonríe de veras, acariciando casi cariñosamente al condonauta de piel bronceada y
vestido de impoluto blanco que tiene a su lado. Nunca antes había visto a ese chico, será un
recién llegado. Y sin embargo, algo en él me resulta curiosamente familiar. Con ese
desmesurado spend-droom y esa tez cobriza, tiene cierto vago aire caribeño; podría ser
dominicano, jamaiquino, portorriqueño o…

Amplificada por el sistema de audio, la autoritaria voz de Miquel corta en dos mis
reflexiones:

—Buenos días, condonautas. Ya saben que no me gusta desperdiciar tiempo en peroratas,


así que seré breve. Esto no es una simple reunión administrativa. Se les ha convocado aquí
para comunicarles tres noticias. —Hace una pausa, y por encima de la multitud, mi amigo
Joan me guiña cómplice un ojo—. Una es buena, otra mala, y la tercera, regular.

»La primera es que, como esperábamos hace años, finalmente una raza Ajena extragaláctica
ha llegado a nuestra Vía Láctea.

El murmullo que se alza de entre el más de medio centenar de Especialistas en Contacto


pendiente de sus palabras es prueba suficiente de lo importante que resulta el hecho.

Vaya, parece que Joan se equivocó ligeramente; esta vez ya no se trata de huellas posibles,
ni de dudosos avistamientos, existen, y por fin alguien los…

—La segunda noticia, la mala, es que no fuimos nosotros quienes Contactamos con ellos. Y
cuando digo nosotros no me refiero sólo a Nu Barsa, sino a toda la raza humana —continúa
Miquel, honrando como siempre su reputación de implacable.

Mierda, ahora sí que nos jodimos. Si los Contactaron primero los kigros de Ofiuco, esos
rácanos arctianos o incluso los paranoicos furasgos, nos costará lo que tenemos y lo que no
tenemos llegar alguna vez a tener acceso a ese dichoso hipermotor de alcance
intergaláctico. Bueno, siempre queda el consuelo de que esos alemanes y rusos prepotentes
también tendrán que pagarlo a su peso en oro. Claro que ellos, con planetas enteros a su
disposición, tienen muchos más recursos que nosotros los pobres catalanes.

Nosotros los pobres catalanes… vaya, suena bien. Casi me lo creo y todo.

—Y la tercera y regular es que quienes tuvieron el afortunado privilegio fueron… los


quígaros —concluye Miquel, imperturbable.

Un suspiro general, a la vez de alivio y de decepción, si tal cosa es posible, recorre toda la
sala.
No es que el hecho sorprenda a nadie; estadísticamente hablando, ninguna raza tenía
mayores probabilidades de Contactar a los extragalácticos que los incansables vagabundos
de la Vía Láctea.

Como mismo nadie sabe qué fue de los «Sabios Creadores» tarplinos, tampoco se conoce
de dónde provienen sus «Indignos Discípulos», también conocidos, por culpa de nosotros
los humanos, siempre tan imaginativos creando alias, como Gitanos Ajenos.

Sus inmensas, destartaladas y pacíficas, pero a la vez incomparablemente rápidas naves-


mundo, construidas con buen y sólido metal y nunca con tecnología de campos, pueden
encontrarse en cualquier recoveco de la Galaxia. Son además numerosísimas; hasta ahora
se han contado más de veinte mil. Y en cada una viajan apretujados millones y millones de
quígaros, tantos, que pocos soportan permanecer en una de ellas durante algunos minutos,
siquiera; tan fuerte es el aroma a multitud que tiene su aire.

Ninguna otra raza Ajena dispone de una flota tan imponente. Los quígaros aducen tal
cantidad (además de como evidencia de que no creen en el control de natalidad y que la
superpoblación no les preocupa) como la prueba irrefutable y definitiva de que jamás
tuvieron un planeta de origen, sino que siempre han vivido en sus naves, desde que los
míticos tarplinos los tomaron bajo su tutela o los crearon, nunca aclaran el particular.

Puede ser. Ellos no tienen registros escritos, pero ni siquiera en los anales de las más
antiguas especies de la Comunidad Galáctica, como los kigros, consta otra cosa.

Por su parte, la mayoría de los exobiólogos opina que ninguna raza inteligente puede haber
surgido ya vagando por el espacio, como Palas Atenea adulta y armada de la cabeza de
Zeus. Lo que apoyaría el sentir general de que si alguna vez tuvieron un planeta de origen,
los quígaros lo abandonaron hace tantos milenios que ya olvidaron su localización, o
guardan el secreto para vendérselo a quien esté lo bastante interesado en el dato como para
pagarlo en lo que vale.

El episodio en el que Joaquim Molá logró arrancarles ¡veinticinco hipermotores operativos!


a cambio de tan sólo un diccionario trilingüe y de su gato, podría considerarse casi una
vergonzosa excepción en la historia comercial de los «Indignos Discípulos», dado que,
incluso entre la pléyade de especies de hábiles mercaderes que integran la Comunidad
Galáctica, se considera a los quígaros negociadores especialmente astutos, que nunca dan
nada gratis, ni siquiera barato.

Salvo, por supuesto, los hipermotores fabricados por sus adorados tarplinos, tan eficaces y a
la vez tan resistentes a la ingeniería inversa. Con respecto a los cuales los quígaros,
paradójicamente, parecen tener la misma actitud desprendida que algunas antiguas sectas
cristianas de la Tierra con su libro sagrado, La Biblia; contribuir encantados de que todos lo
conozcan y lo usen.

Muy curioso resulta también que los quígaros, pese a su interés en comerciar toda clase de
tecnologías, nunca hayan querido comprar, ni vender, ni mucho menos usar armas.
Son pacifistas convencidos, o cobardes hasta la médula, según se mire. Ni siquiera tienen
una estructura de control jerárquica, por lo que se sabe. Probablemente esa democrática no-
violencia ayuda a que, hacinados como viven en sus naves-mundo, no se enfrasquen en
terribles peleas a cada momento y por cualquier cosa, como harían los miembros de casi
cualquier otra especie en condiciones semejantes.

No es una ética del todo excepcional; en la Galaxia se conocen al menos un par de decenas
de razas que abogan tercamente por la coexistencia pacífica incluso ante la amenaza de ser
aniquiladas, si bien ninguna ha alcanzado la difusión o la importancia de los Gitanos
Ajenos. En un ambiente de tanta competencia como son las relaciones comerciales
interestelares, una especie que no esté dispuesta a recurrir a la violencia ni siquiera como
recurso extremo suele quedar rápidamente desplazada a un discreto segundo plano, cuando
no veloz, definitiva e irreversiblemente extinta.

¿Les ocurriría eso a los legendarios tarplinos?

Paradójicamente consta que, en un no muy remoto pasado (y eso a escala de la Comunidad


Galáctica suele significar un buen par de millones de años atrás) los quígaros tuvieron a su
servicio como esclavas no a una, sino a varias decenas de razas Ajenas, aunque ellos
protestan que no fue exactamente así, que sólo se trataba de clones inspirados en el ADN (o
su equivalente en otras especies) y que renunciaron a esa engorrosa costumbre tan pronto
fueron capaces de controlar su propio genoma, según las enseñanzas de… ¡claro! ¿Quién si
no? Los «Sabios Creadores» tarplinos.

Aunque se diría que tardaron unos cuantos y cómodos milenios en interpretarlas, así que no
confío mucho en esa historia. ¿O será que me cuesta trabajo imaginarme cómo una raza no
violenta puede practicar la esclavitud?

Por si acaso, ¡menos mal que Quim Molá les dio un diccionario y un gato, y no su ADN, a
cambio de los famosos veinticinco primeros hipermotores! De otro modo, violentamente o
no, quizás ahora habría una raza de clones humanos sirviendo como esclavos en más de una
nave-mundo.

Y qué suerte que también existen los «count-downs»; no me gustaría imaginarme una raza
de clones míos subrepticiamente creados y esclavizados por estos «Indignos Discípulos».
Con mi ADN en particular, y con el humano en general, mejor que nadie se meta, o…

También existe consenso casi unánime respecto a que los quígaros son una de las razas más
antiguas de toda la Comunidad Galáctica. Ellos insisten en que son apenas unos recién
llegados: y que, claro, sus mentores, esos fantasmáticos «Sabios Creadores» tarplinos,
serían la especie inteligente más antigua de todas. No en balde el Protocolo de Contactos
fue precisamente idea suya.

Claro que, como se niegan o no pueden presentar registros u otra clase de pruebas
cualesquiera que avalen su pretensión, la actitud general de otras razas hacia tal idea es más
bien escéptica; ya se sabe, no se puede creer en todo lo que dice la gente, sobre todo si es
gente quígara.
Pero no es su abundante flota, su antigüedad, su habilidad mercantil, su pacifismo ni su
bien asumida condición de nómadas galácticos lo que vuelve una raza única a los quígaros,
sino otras dos características bastante más curiosas.

La primera es que cada una de sus numerosísimas, gigantescas y caóticas naves-mundo,


verdaderas arcologías con hipermotor que pueden medir decenas de kilómetros de largo y
dar albergue a varios millones de individuos, es prácticamente un mundo aparte. Sus
condiciones de temperatura, relieve interior, composición del aire, humedad y hasta
gravedad varían notablemente de una a otra. Si lo sabré yo, que ya he visitado unas cuantas.

Y en consecuencia, los exobiólogos suponen que se trata del efecto acumulado de muchos
millones y millones de años de evolución por separado, pero lo cierto es que los quígaros
de una nave no suelen parecerse mucho a los de otra. Ni en cultura, ni en lenguaje, ni
mucho menos en anatomía.

Muchos condonautas dudan que ninguna evolución por separado tenga nada que ver en el
asunto. Quizás porque a veces los Gitanos Ajenos adoptan morfologías bastante…
caprichosas sería una forma suave de calificarlas.

Pueden existir más diferencias anatómicas entre las tripulaciones de dos naves-mundo
quígaras cualesquiera que las que hay entre nosotros los humanos y los leviatanes kigros.
Y, menos parecido entre dos de sus idiomas que entre el chino y catalán. Lo que convierte
el Contacto con cada nave-mundo suya en toda una adivinanza, poco menos que en otro
Primer Contacto.

De las cerca de veinte mil naves-mundo conocidas, los humanos apenas si habremos tenido
roce con unas seiscientas…

Hay incluso Especialistas en Contactos que creen a pie juntillas que el mayor placer de los
quígaros (después de estafar a quienes cierran tratos comerciales con ellos, claro) es
desconcertar a los condonautas de otras razas cuando tienen que Contactarlos.

La otra característica singular de los Gitanos Ajenos también está, de hecho, estrechamente
relacionada con la anterior. Es la que los convierte en una especie, tanto que, si no fuese por
ella, nadie tomaría jamás a seres de morfologías tan diferentes por integrantes de una única
raza. Aunque algunas teorías recientes se niegan a aceptarlos como tales, e insisten en que
debe tratarse más bien de un conglomerado o coalición de especies de diverso origen,
amalgamadas por intereses comunes.

Lo que automáticamente elevaría el número de razas Ajenas de la Galaxia en varios miles.

El caso es que, a despecho de su Babel de lenguajes diferentes, que algunos lingüistas creen
más bien una especie de hobby, mientras que otros niegan su existencia o los consideran
una broma sin sentido, los quígaros son telépatas intraespecíficos, capaces de mantenerse
en contacto telepático unos con otros todo el tiempo, aunque sin llegar a formar una única
entidad mental. Nada demasiado raro entre las razas Ajenas, a decir verdad: hasta el
momento hay registradas casi mil especies poseedoras de tan estupenda habilidad.

Así, por supuesto, no se necesitan jefes. Si todos son uno y uno es todos, ¿para qué?

Por cierto, es curioso que, aunque todas las especies pacifistas sean telépatas de esta clase,
la correspondencia no se cumpla en ambos sentidos; la gran mayoría de las razas dotadas de
telepatía no son, en cambio, pacifistas, desvirtuando así de paso la antigua concepción de
algunos autores humanos de ciencia ficción del siglo XX, de que conocer lo que piensa tu
enemigo impide que lo sigas considerando como enemigo.

Mucho más exótica resulta, por ejemplo, la telepatía interespecífica, que permite el
contacto mental con representantes de otras especies. La poseen, por ejemplo, los kigros o
la entidad Evita que acabo de Contactar yo; apenas hay noticia de treinta miembros de la
Comunidad Galáctica bendecidos con este utilísimo don, que ahorra mucho tiempo y sobre
todo esos incómodos malentendidos generados a cada momento por nuestros softwares de
traducción, que son buenos, pero no mágicos.

Y, dicho sea como de paso, ninguna de esas razas (bueno, no conocemos aún lo bastante a
Evita como para asegurarlo, pero no apostaría mi vida a la posibilidad) es tampoco muy
pacifista que digamos.

Pero, mientras que la telepatía (ya sea intra o interespecífica) de TODAS las demás razas
galácticas deja de funcionar a cierta distancia, que por lo general no pasa de un par de miles
de kilómetros, el caso es que, de algún modo que ninguna ciencia humana o Ajena ha
conseguido explicar todavía, por muy diferentes que sean sus poblaciones, por muy lejos
que estén (y lejos quiere decir siglos-luz, incluso, la Vía Láctea es una Galaxia GRANDE)
parece que TODOS los quígaros de TODAS las naves-mundo de la Galaxia se mantienen
CONSTANTEMENTE en contacto mental, ¡en tiempo real!, unos con otros, integrando
una especie de supermente telepática colonial, en olímpica burla de la relatividad
einsteiniana.

Ellos lo explican como una habilidad heredada de los tarplinos, que es como no explicar
nada.

Un viejo chiste de condonautas dice que «ansible» podría ser el verdadero nombre secreto
de los quígaros, o quizás hasta de su planeta de origen.

Si semejante contacto telepático hiperlumínico pudiera establecerse entre dos individuos


quígaros cualesquiera, probablemente hace largos milenios que las otras razas de la
Comunidad Galáctica se habrían unido, olvidando cualquier escrúpulo, para caer
ávidamente sobre los Gitanos Ajenos, pacifistas o no, antiguos o no, fuesen o no los
«Indignos Discípulos» de los gloriosos tarplinos creadores del hipermotor, y aunque sus
naves fuesen las más rápidas del universo.
Un método de comunicación capaz de borrar así las distancias relativistas resultaría
demasiado valioso para permitir que una sola especie lo monopolizase de manera tan
egoísta.

Afortunadamente para los quígaros, entre las pocas cosas que se saben sobre su supermente
telepática colonial, está más que demostrado que el enlace hiperlumínico sólo funciona
cuando están implicadas grandes poblaciones. Es probablemente por eso, especulan los
exobiólogos, que a bordo de cada una de sus naves-mundo viajan tantos millones, para
poder mantener su unidad como raza o superser incluso a distancias interestelares, deben
necesitar de elevadas concentraciones de individuos que aúnen su poder telepático.

Lo paradójico y positivo de todo el asunto es que, como consecuencia de lo anterior, si a


alguna especie Ajena no debería interesarle particularmente contar con un motor de salto
hiperespacial con capacidad intergaláctica, es precisamente a los quígaros. ¿Para qué
querrían viajar fuera de la Vía Láctea, exponiéndose a perder la integridad de su
supermente colonial telepática, si gracias a ella ya están en cierto modo presentes en todas
partes de esta Galaxia, y al mismo tiempo? Sin contar con que, de aparecer competidores
para la tecnología de hipertránsito tarplina cuyo monopolio ellos detentan, el negocio
podría estropeárseles, por muy barato que siguieran vendiendo los motores de salto
heredados.

Claro que aunque a ellos no les interese personalmente la información, el poseerla,


sabiendo que otras razas darían su futuro por contactar con esos extragalácticos, los coloca
en una ventajosísima posición para venderles los parámetros de su trayectoria al mejor
postor.

Más que hábiles negociantes, los quígaros son mercaderes compulsivos, que parecen
experimentar un placer particular al vender y/o comprar hasta a su sombra. Lo de Quim
Molá no fue un caso aislado; en no pocas ocasiones, las tripulaciones humanas que han
Contactado sus naves-mundo sin tener nada valioso ni nuevo que ofrecerles (aparte de
nuestro precioso ADN o nuestro celosamente atesorado software de traducción, bienes que
sencillamente NO SE NEGOCIAN) han acabado intercambiando con ellos cualquier
fruslería para recibir a cambio otro hipermotor tarplino operativo.

Algunos condonautas sospechan incluso que, además de honrar y adorar a sus


desaparecidos mentores, la religión de los quígaros les prohibiría dejar pasar a cualquier
grupo de otra especie inteligente cerca de sus naves-mundo sin intentar con todas sus
fuerzas comerciar con ellos.

Así que aún no está todo perdido, aunque sean negociadores duros, será tan solo cuestión
de peinar la Galaxia hasta localizar a la primera nave-mundo repleta de quígaros, y de
inmediato comprarles todos los datos que conozcan (o quieran vendernos) sobre esos
Ajenos extragalácticos, al precio que ellos pidan. Que, me temo, será desgraciada y
realmente astronómico.

Tras breve pausa para permitirnos llegar a tales conclusiones, Miquel Llul vuelve a hablar:
—La información de que los quígaros Contactaron recientemente a una especie venida de
más allá de los límites de la Vía Láctea la trajo el navío de hipertránsito Salvador Dalí…
lamentablemente, pese al magnífico Contacto que efectuó su Especialista con los Gitanos
Ajenos, las tres mil toneladas de aleación con «memoria térmica» de níquel-titanio que
cargaba la nave en sus bodegas, y que entregó hasta el último gramo, no bastaron para más
precisiones… aunque el condonauta Ajeno insinuó que podríamos llevarnos una
desagradable sorpresa cuando diéramos con los extragalácticos.

Vaya con los avariciosos «Indignos Discípulos»; si fueran detectives privados,


probablemente cobrarían por separado el nombre y el apellido de la persona que uno
estuviera buscando. Una pieza hecha con aleación níquel-titanio, por más que se deforme,
recupera su aspecto al calentarla. Es un material útil y valioso, y tres mil toneladas, toda
una fortuna.

Y esa insinuación de «desagradable sorpresa» huele demasiado a «ni lo intenten,


déjennoslo a nosotros» como para tomársela en serio.

Por cierto, ¿Miquel dijo la Salvador Dalí? Me suena, más allá del gran pintor surrealista del
siglo XX. Hago memoria, claro: se trata del navío más moderno, grande y bien armado de
la pujante flota espacial de Nu Barsa, en el que sirve como condonauta… ¿quién sino
Helmut Schmodt?, que sigue sonriéndome con sus pupilas azules, lleno de lo que ahora sé
que es pura y despectiva satisfacción, como que él fue quién se encargó de ese «magnífico
Contacto» que mencionó Miquel.

Punto para ti, alemancito, pero esta carrera no ha terminado aún, qué va.

—Así que el Departamento de Contactos, presionado por el Ministerio de Comercio


Espacial y el Govern de Nu Barsa en pleno, ha decidido que, con urgencia y prioridad
totales, a las que se supeditará cualquier otra misión comercial o de exploración
anteriormente asignada, desde este mismo momento TODAS las naves y TODOS los
condonautas disponibles de este enclave se empeñarán en la búsqueda de cualquier nave
quígara, TODAS con las bodegas llenas de los más valiosos minerales o productos
manufacturados de que dispongan los fondos del hábitat, para emplearlos como moneda de
cambio y así obtener de los quígaros A CUALQUIER PRECIO los parámetros de la
trayectoria a través de nuestra Vía Láctea de la nave de los Ajenos extragalácticos y otros
datos de interés que correspondan, y si es posible, efectuar ipso factoel Primer Contacto con
ellos.

»Eso es todo. Los condonautas deberán incorporarse a sus respectivas naves en el más
breve plazo posible. Adiós, y que tengan buena suerte.

El alboroto que secunda la solemne comunicación de Miquel Llul no habría estado fuera de
lugar en el Coliseo romano.

Pero Miquel El Escueto no responde preguntas ni escucha protestas ni atiende a


maldiciones; abandona la revuelta sala con las mismas largas zancadas con las que entró,
sin que nadie se atreva a impedírselo. Se le respeta demasiado, en efecto.
Buena parte de la algarabía que ha estallado entre mis colegas se debe a que, tras largas
semanas de misión en el espacio profundo, muchos (por ejemplo, yo mismo) aspirábamos a
un relajante descanso en los sectores turísticos y recreativos de la gran arcología orbital.

Pero también, por supuesto, a la pura emoción de la competencia; siempre se ha sabido que
algunos condonautas son mejores que otros, más imaginativos y duchos a la hora de
Contactar, más hábiles en la «cohabitación», mejores negociadores, más capaces como
lingüistas, más empáticos, o al menos con más suerte.

Y el que ahora logre, no sólo conseguir los parámetros de la trayectoria de los Ajenos
extragalácticos negociándolos hábilmente con la primera nave-mundo quígara que
encuentre, sino Contactar a los propios visitantes de más allá de la Vía Láctea…

Bien, en Nu Barsa hay una calle Joaquim Molá, pero es corta, estrecha y muy difícil de
encontrar. En cambio, el que consiga el Primer Contacto Intergaláctico podrá aspirar
seriamente no sólo a que la mayor de las avenidas del hábitat, hoy conocida simple y
nostálgicamente como Gran Diagonal al mejor estilo barcelonés, sea rebautizada en su
honor, sino a que también lo sea un tramo de aceras móviles (¿qué tal sonaría «Diagonal
Josué Valdés» o «Rambla Josué Valdés»?) o incluso todo un barrio.

Quizás hasta, ¿por qué no?, nada menos que el primer planeta habitable de otra Galaxia al
que lleguen naves catalanas lleve su nombre.

—¡No es justo, Josué! —me rezonga Nerys prácticamente en el oído, tras deslizarse hacia a
mí grácilmente, merced a sus soportes antigrav. Menos mal, parece que ya ha olvidado su
disgusto por lo de la entidad Evita, porque si algo me molesta en una mujer son los celos
retroactivos—. ¡Yo regresé de misión apenas anteayer! ¡Y estuve fuera tres semanas!
¡Maldita la gracia que me hace entonces volver a zapatearme el cosmos en busca de esos
Ajenos de otra Galaxia!

La abrazo para consolarla (y de paso aprovechar para apretujarla un poco, mucus o no


mucus, ahora que las cosas están de nuevo bien entre nosotros), pero una voz con un acento
inconfundiblemente germánico resuena entonces en mis oídos.

—Nein obliga a acatar orden de Llul, mein fraülein —Me lo temía, regodeándose en su
pequeña victoria parcial, Herr Schmodt no ha podido resistir la tentación de meter la
cuchareta—. Tampoco servir nada… ich encontrar quígaros, luego Extragalaktischen und
luego…

—Luego mejor busca un diccionario de catalán, o por lo menos de español, y si lo


encuentras, apréndelos a hablar de una puñetera vez, tío, ¡que ya basta de insultar a
Cervantes y a Marsé! —tercia desde sus espaldas, más oportuno que nunca, mi amigo Joan
Puigcorbé.
Vaya, le ha dado al alemán donde más le duele: su cuerpo repleto de nanobots podrá ser el
perfecto instrumento de su férrea voluntad, pero la verdad es que su cerebro aún no se las
arregla muy bien con el castellano, y mucho menos con el catalán.

Por cierto que, según el viejo refrán de «cuando veas las barbas de tu vecino arder, pon las
tuyas a remojar», yo mismo debería retomar mis clases de catalá… no me extrañaría
enterarme de que mi casi absoluto desconocimiento de la lengua de Juan Marsé (al que sólo
he leído en español, aunque fuera Premio Cervantes a principios del siglo XXI), ha tenido
su peso en que todavía no acaben de concederme esa dichosa ciudadanía.

Y puesto a eso, también podría conseguirme una camiseta azulgrana del Barsa, yo que
siempre odié el fútbol en cualquiera de sus variantes, aprender a bailar el pasodoble, ¡o
mejor la sardana! También dejarme ver en público comiendo fuet todo el año, y coca por
Navidad… y en general, convertirme en el perfecto inmigrante acatalanizado lameculos.

Pero nada de eso; desde el principio decidí que o me ganaba la ciudadanía por mis méritos
profesionales, o me iba con mi talento a otro enclave. Este cristiano no parla catalá desde
que nació y nada cambiará eso, ¿no? Que uno será arribista, pero tiene sus límites.

De momento, un muy contrariado Helmut masculla algo ininteligible, supongo que en la


lengua de Goethe, y se vuelve para enfrentar al entrometido, evidentemente sin reconocer la
voz de Joan… o sea, sin la menor idea de quién se trata.

Porque, en cuanto lo comprende, ya no dice más nada.

Hoy Schmodt ha elegido una apariencia corporal típicamente aria: rubio, de ojos azules y
un musculoso metro con noventa, pero aún así tiene que alzar bastante la cabeza para
encararse con el gigantesco Puigcorbé, con sus casi dos metros y cuarto de alto y poco
menos de un tercio de tonelada de masa corporal.

Chúpate esa, naciborg de mierda, ¿qué se siente siendo el más pequeñito?

Supongo que, tras un cierto rato de metamorfosis y un considerable gasto energético, la


sofisticada dotación de nanocomponentes celulares del germano podría hacerlo crecer hasta
superar la estatura de mi amigo, pero como es obvio, siendo mucho más delgado. Por
maravillosas que sean las transformaciones que logren los nanos en su carne, la ley de
conservación de la masa no puede violarse, ni kilos de peso crearse del aire.

Joan lo mira desde arriba, con su característica sonrisa beatífica, aunque adornando su
redonda cabeza afeitada, que remata su titánica anatomía, la verdad es que ya no lo parece
tanto.

Nerys me aprieta fuerte el brazo con su húmeda mano palmeada. La tensión podría cortarse
con un cuchillo. El misterioso joven mestizo del spend-droom y la ropa blanca que viera
antes junto a Helmut también ha acudido al punto, evidentemente dispuesto a apoyar a su
amigo alemán en cualquier posible diferendo físico,
y ahora me mira los ojos con una expresión que sólo
puede ser odio.

Sí, vaya si me parece conocido… muy conocido.


Pero no es momento para remembranzas.

¿Pelea dos contra dos? Estoy seguro de que


ganaríamos sin problemas. Flaca satisfacción, si
luego me cuesta abandonar Nu Barsa, aunque sea
junto con el alemán. Así que nada de atacarlo,
esperaré a que sea él quien tome la iniciativa, para al Ilustración: José Manuel Schmill
menos poder alegar legítima defensa. Ordóñez

Pero el momento pasa, y no pasa nada más.

—Ja, ja… sólo porque Miquel decir expulsión —gruñe Helmut en su horrible versión
germanizada del español y se aleja de Nerys y de mí de mala gana, demostrando que
incluso él es capaz de pensar en las posibles consecuencias de sus actos.

En cuanto a su acompañante, tarda un par de segundos más en deponer su beligerante


actitud… y al hacerlo susurra, con voz a la vez ronca y sibilante:

—Hoy te salvas, pero pronto nos veremos, Josué Valdés… Cerito.

¡Vaya! ¡Por Shangó y la Virgen morena de Montserrat! ¡Si conoce mi apodo de la infancia!

Pero incluso sin ese detalle, esa voz no la olvidaría ni aunque viviera mil años.

Ahora ya sé de dónde me parecía familiar. De Cuba. De CH. De Barrio Ripio.

Cómo no me di cuenta… esos ojos, y esa obsesión por el blanco y la limpieza. Pensé que
habría muerto, pero no. De algún modo que no quiero imaginarme, él y su odio me han
seguido hasta Nu Barsa, y ahora, supongo, quiere «vengar» a su fenecido ídolo.

Es el hermano menor de Yamil; Yotuel Valdés, una vez apodado Boca Llena.

Mira que la vida da vueltas. ¿Conque ahora también él es Especialista en Contactos?

Y encima el muy cabrón ha ido justamente a aliarse con mi peor enemigo, Helmut
Schmodt.

«El diablo los cría y ellos se juntan solos», decía Diosdado en Barrio Ripio.
¿Le agradecerá sus enseñanzas con las mismas habilidades bucales que tan popular lo
hacían entre los viejos pederastas de la autopista que bordeaba Barrio Ripio? No me
extrañaría.

Pienso en tarplinos y quígaros: «Sabio Creador» e «Indigno Discípulo», qué coincidencia.

—No te preocupes, ahora te dejará tranquilo. Y su perro también —interrumpe Joan


posando sobre mi hombro su inmensa manaza—. Al menos de momento. A ese nazi puede
importarle un rábano lo que te pase a ti, pero sabe que con las advertencias de Miquel El
Implacable no se juega. Y si eres tú quien Contacta a los extragalácticos, te volverás casi un
dios aquí en Nu Barsa; ni siendo él uno de los pocos condonautas de cuarta generación con
que contamos podrá entonces tocarte con el pétalo de una rosa sin que lo expulsen de
inmediato para siempre… y solo.

—Entonces, tengo que Contactarlos yo, de todas formas —pienso en alta voz, acariciando
distraído las aletas dorsales de Nerys, deliciosamente erizadas por el golpe de adrenalina
del incidente que también me ha dejado un extraño sabor agrio metálico en la boca—.
Aunque sea sólo un «plebeyo» condonauta de primera generación, e inmigrante, para más
INRI.

Reímos al unísono, descargando tensiones con la carcajada.

Lo de la primera, segunda, tercera y cuarta generación no es puro afán de numerarlo todo,


ni tampoco cuestión de de quién eres hijo o nieto.

Quim Molá, Joan y yo, salvando las distancias por la fama del precursor de todos nosotros
o de mi amigo catalán, somos Especialistas de primera generación; nuestros cuerpos no han
sufrido ninguna clase de modificación anatómica con el objetivo de facilitarnos el Contacto
con seres de otras razas.

Porque ni todo el tejido adiposo que Joan ha cultivado gracias a su sedentarismo puede
considerarse una alteración fenotípica irreversible. Con dieta, gimnasio y un bypass
estomacal, quizás…

Sólo quizás. No estoy seguro de que ni Dios ni Orula pudieran hacer adelgazar a mi amigo.

En un principio, claro, todos los Especialistas en Contactos éramos de primera generación,


pero pasó lo mismo que con el culturismo sin esteroides: era demasiado limpio para durar.

Mi resbaladiza Nerys es un magnífico ejemplo de la segunda generación. Nació cien por


ciento humana, en las contaminadas ruinas de la vieja Barcelona terrestre. Pero ya de
pequeña su afición por los peces de acuario en particular y por todas las criaturas acuáticas
en general, tan extrema que llegaba a morbosa, hizo sospechar a sus padres que podrían
tener en la familia a una futura condonauta… así que llenos de esperanza, invirtieron sus
escasos ahorros en enviarla al hábitat orbital de Nueva Madrid, a la academia Pelo, Pluma y
Escama, cuyos convenios mutuos con los catalanes suplen aceptablemente la sensible
desventaja de que Nu Barsa no tenga aún su propia escuela de Especialistas en Contacto.

Espero que Nerys mantenga con sus sacrificados padres mejores relaciones que los que
tengo yo con Abel, para bien de ellos.

Porque la niña resultó ser toda una revelación; alcanzó las más altas puntuaciones en los
exámenes de empatía y diplomacia mercantil, e incluso los profesores de exobiología
afirmaban que comprendía mejor que ellos las anatomías y fisiologías de muchas especies
Ajenas. No es extraño entonces que fuese la primera catalana en someterse a la cirugía de
modificación corporal (se presentó voluntaria) de la que emergió transformada por decisión
propia en esta especie de sirena que es hoy: con manos palmeadas, dorso erizado de aletas,
cola en vez de piernas… lo que será muy útil para Contactar razas acuáticas, pero también
la obliga, cuando está fuera del agua, a usar soportes antigrav para desplazarse. Y, sobre
todo, la capacidad de respirar a voluntad por branquias o por pulmones.

La flamante ondina catalana pronto acumuló un imponente récord de Contactos, su


especialidad eran, claro, las numerosas especies Ajenas evolucionadas en hábitats
acuáticos, hasta el momento un duro tour de force para todo condonauta.
Sus partenaires de otros mundos no solían quedar del todo satisfechas de la «cohabitación»
con seres tan poco desarrollados biotecnológicamente que debían recurrir a engorrosos
ingenios respiratorios y toscos sistemas de propulsión para sobrevivir y desplazarse en sus
medios líquidos naturales.

Tanto éxito tuvo la cirugía de Nerys, que en el quinquenio siguiente proliferaron en Nu


Barsa y otros enclaves toda clase de escamosos hombres-lagarto, peludas mujeres-oso y
otros híbridos aún más raros e improbables, que llevaron la voz cantante en los Contactos
durante años.

El único problema seguía siendo la versatilidad. Nerys es inigualable en Contactos


acuáticos, e incluso en gravedad cero no se desenvuelve mal… pero con Ajenos
provenientes de mundos secos, simplemente resulta un completo desastre, aunque use
soportes antigrav. No es lo suyo y ya.

Y, por supuesto, Contactar a entidades respiradoras de metano o seres de energía seguía


estando fuera del alcance de los condonautas de su generación. La cirugía tiene sus límites.

En consecuencia, y como ni siquiera un gran navío de hipertránsito puede tampoco darse el


lujo de llevar una dotación completa de Especialistas en Contacto diferentes, para así estar
listo cualquier tipo de Ajeno con el que se tope en sus periplos, alguien pensó en ir más allá
aún.

La tercera generación fue un salto audaz; soslayó las modificaciones del fenotipo, y se
atrevió directamente con el mismísimo genotipo humano.
Pero las quimeras transgénicas resultaron una gran decepción: los hombre-pájaros, hombres
de flúor y otros seres exóticos, al ser tan anatómica y fisiológicamente distintos del
común homo sapiens, simplemente no se SENTÍAN humanos, ni veían por qué debían
sacrificarse por ellos. Sin contar con que tampoco poseían, ni mucho menos, la esforzada
versatilidad de los Especialistas en Contacto de la primera generación, ya fueran
profesionales de academia como Joan o «plebeyos» como yo.

Algunos gobiernos, tercos, perseveraron de todos modos en esa dirección, pero cuando un
grupo de casi cincuenta hombres-murciélago sudafricanos robó un navío de hipertránsito
del astropuerto de Krugerlaand y desapareció en dirección desconocida, tras haber
expresado su deseo de establecerse libres en su propio mundo, bien lejos de todos los
humanos, quedó más que claro que el de la tercera generación era un callejón sin salida.

Espero que a esos hombres-murciélago les haya ido bien, por cierto, dondequiera que estén.
Fueron muy valientes… y muy sinceros.

Pero seguían siendo cada vez más necesarios nuevos y mejores Especialistas en Contacto.
La humanidad perdía constantemente numerosas oportunidades mercantiles porque sus
condonautas no eran capaces de Contactar más que a un par de millares de razas de las
decenas de miles integradas en la Comunidad Galáctica. «Cohabitar» con respiradores de
cloro, con habitantes de mundos con altas gravedades, con seres de plasma y otras formas
de vida relativamente lejanas de la anatomía y fisiología humanas todavía quedaba fuera de
nuestro alcance, al menos sin medios tecnológicos especiales.

Así que, en el 2187, y como la necesidad aguza el ingenio, en los sofisticados laboratorios
de sus ricos mundos coloniales de Amaterasu y Vaterland, los bio y nanotecnólogos
japoneses y alemanes crearon, cada uno por su cuenta casi al unísono, a los primeros
condonautas de cuarta generación.

Se trataba de ciborgs, mitad humanos, mitad máquinas… pero de un tipo conceptualmente


nuevo. Nada de miembros ni sistemas cibernéticos, sino integración total; a cada célula de
estos sorprendentes seres se le adicionaba, ya desde su etapa de mórula, una dotación de
nanomáquinas capaces de modificarla drásticamente, si recibía la correcta orden cifrada,
por supuesto.

Y al reproducirse las células aumentando de número, también lo hacían las


correspondientes nanomáquinas, manteniendo siempre la correlación 1:1, de modo que en
su madurez la capacidad metamórfica se conservaba.

Helmut Schmodt, otros novecientos noventa y nueve pequeños alemanes de Vaterland, y


millar y medio de japonesitos de Amaterasu crecieron como niños comunes, con madres,
padres y hermanos, sintiéndose plenamente humanos… bueno, quizás recibiendo un sutil
pero constante adoctrinamiento para hacerlos desear ser condonautas cuando llegaran a
adultos, y una instrucción especialmente sólida en biología humana.

Hasta que, a los quince años, tras responder a complejas baterías de tests que recomendaron
no pasar la siguiente etapa del programa a más de la mitad de aquellos adolescentes (cuya
identidad se mantiene hasta el momento celosamente protegida), a quienes se consideró en
cambio lo bastante estables y dispuestos les fue revelada su doble naturaleza de humanos y
complejos nano-cibernéticos.

También les hablaron de la necesidad urgente de más y mejores Especialistas en Contacto,


del noble destino de desempeñarse como embajadores sexuales de sus culturas, y acto
seguido se les entregaron las claves personales para controlar sus propias metamorfosis.

De nuevo más de la mitad no quiso aquel honor o no supo afrontar el reto de su recién
revelado y sensacional poder; los primeros se negaron a cambiar de plano; los segundos
murieron entre espantosas y descontroladas metamorfosis, o enloquecieron. A menudo,
ambas cosas.

Pero Helmut Schmodt, otros cincuenta y seis alemanes y ciento trece japoneses, en cambio,
decidieron conscientemente ser Especialistas en Contacto, lograron sobrevivir al trauma,
aprendieron a autocontrolarse a nivel de órganos, tejidos y células, y se convirtieron en la
última palabra en cuestión de Especialistas en Contactos: los «condonautas proteos», o de
cuarta generación.

El apelativo de «proteos», obviamente, no es gratuito; si disponen de suficiente energía (y a


todos ellos, en consecuencia, se les implanta quirúrgicamente una biopila), Helmut y
compañía pueden modificar drásticamente, en cuestión de minutos, su morfología y
fisiología, para transformarse así, del humano más o menos corriente que suelen ser, lo
mismo en un ser con metabolismo fluorado que en una forma capaz de moverse sin
problemas en gravedades hasta doscientas veces superiores a la terrestre.

Cierto que todavía convertirse en seres de energía pura o de antimateria queda fuera de su
alcance, pero ¡vaya si ha sido un paso adelante notable! Pronto, los flamantes Especialistas
en Contacto de cuarta generación demostraron su excepcional valía, catapultando a
Vaterland y Amaterasu al indiscutido liderazgo científico técnico de la humanidad, gracias
a las patentes obtenidas en sus sensacionales Contactos con nuevas y antiguas especies
Ajenas.

Prudentes y astutos, recordando la lección de la Guerra de los Cinco Minutos, antes de que
el abismo entre ellos y el resto de las facciones humanas se hiciera tan grande que sus
rivales optaran por unirse para atacarlos anulando su ventaja, alemanes y japoneses
ofrecieron «generosamente» alquilar los servicios de sus flamantes genios del Contacto a
otras nacionalidades.

Cobrándolos caros, por supuesto. Helmut Schmodt le cuesta al Govern de Nu Barsa casi
tanto como todo el resto del personal del Departamento de Contactos. Y como el muy
cabrón lo sabe, y probablemente hasta capta nuestra envidia y nuestras miradas de odio en
su espalda, no pierde ocasión de demostrarnos que vale hasta el último crédito de esa
fortuna que cobra.

En el año y medio que lleva aquí, ya ha logrado nueve Primeros Contactos exitosos.
Todo un récord, ¿no?

Aunque, en mi opinión, no basta con un cuerpo capaz de cambiar obedientemente de forma


para ser un buen condonauta. No; el Contacto es mucho más. Como la hipernavegación: un
arte, más que un deporte o una ciencia exacta. Y a ese naciborg prepotente y acostumbrado
a ganar siempre, simplemente le falta sensibilidad para comprender lo que es arte.

Aunque haya sido él y no yo quien confirmó que los extragalácticos están ya en la Vía
Láctea.

—Josué, ten cuidado con ese neonazi hijo de un transistor —me advierte serio Joan,
viéndolo alejarse con su protegido, mi viejo enemigo Yotuel—. Y con su pupilo. ¿Te
conoce de antes, no?

Puigcorbé me sorprende: bajo toda su grasa, tiene un sentido de la empatía extremadamente


fino.

—Sí, es una vieja historia, de mis años en CH… creí que había muerto —comento con
desgana; Joan es mi amigo del alma, sí, pero ciertas cosas uno no las comparte ni con su
mejor amigo.

Acto seguido, en desesperado intento por elevar los ánimos, propongo:

—¡Muchachos! Como mañana a más tardar tendremos que zarpar a peinar el cosmos por no
sé cuánto tiempo, ¿qué tal si esta noche nos despedimos como Dios manda, cenando a todo
boato en uno de esos restaurantillos a orillas de algún laguito? Dicen que en el
Maremágnum Nuovo hay buen pescado en estos días, incluso pulpo, y además, buen vino
de la Tierra para brindar por nuestra suerte en la búsqueda.

—¡Bravo! —como siempre, el estómago sin fondo de Joan se apunta a la comilona. Y más
si hay buenos caldos terráqueos con los que rociarla—. Serás plebeyo e improvisado, pero
así y todo, tu expediente de Primeros Contactos exitosos todavía es mejor que el de Helmut
—me recuerda, pasándome por encima de los hombros un brazo casi tan grueso como mi
propio muslo.

Eso, claro, me levanta un poco el ánimo.

Pero no tanto como el que, mientras abordamos los ascensores que nos devolverán al nivel
del suelo del hábitat, una mimosa Nerys me susurre al oído:

—¡No importa quién Contacte a esos extragalácticos, Josuecillo! Yo te quiero a ti, no a ese
alemán desabrido y esta noche te lo voy a demostrar, de nuevo. ¡En tu casa! ¡Gastaremos
del mejor modo imaginable tu asignación anual de agua!

No puedo evitar sonreír, con la apenas disimulada satisfacción del gato que se tragó al
canario, al imaginarme lo que me espera.
Mañana voy a llegar muy cansado a la Gaudí. Pero el gusto habrá valido hasta la última
molécula de ATP gastada. Quien tuviera una biopila implantada, como los proteos de
cuarta generación.

Placer, placer, placer… húmedo y chapoteante. Nada como el sexo con una sirena. Sobre
todo si es en la bañera, o al máximo en la ducha. Porque, en la cama, con todo ese mucus
que exuda, después, a menudo he tenido que botar las sábanas, y a veces hasta el colchón.

*****

—Me huelo otro chasco. El hipertrángrafo no registra saltos de entrada o salida en las
últimas treinta y seis horas, pero tal vez podría ser una nave-mundo muy pequeña, o estar
aquí hace más tiempo —informa Amaya, con voz cansada—. Veamos el gravímetro… No;
como sospeché, es un sistema limpio y aburrido, casi desierto; además de la primaria, tan
sólo contiene un superjoviano con…

Amaya, escultural trigueña de ojos oscuros, resulta curiosamente atractiva pese a su


empeño en usar bien corto su negrísimo cabello. Ojalá que, en vez de lesbiana
fundamentalista, fuese hombre: no me molestaría nada compartir la cama con ese «él»
alguna noche.

—… veintiún satélites y ¿qué es esto? —de repente la voz de nuestra técnica en sensores se
tiñe de interés y la mitad de los miembros de la tripulación, arracimados tras sus hombros
en la estrecha cabina de instrumentos, temblamos expectantes—: Ah, sí, cometas, muchos,
qué interesante… astrofísicamente hablando, claro.

Nuria, la astrofísica, de ojos azules, cabello castaño y tez casi tan bronceada como si
hubiera nacido en el Caribe, aprieta los labios ante la pulla (fue la pareja de Amaya hasta el
año pasado y todavía hay cierto rencor entre ellas por la ruptura, que no fue del todo
amigable), pero se mantiene estoicamente callada acariciando a Antares, que ronronea en
sus brazos felizmente ajeno a toda nuestra tensión.

La enésima decepción de nuestra búsqueda se traduce en un suspiro coral. El tono de


Amaya recupera su monotonía anterior:

—Nada en el gammatelescopio… sólo la emisión de la primaria, claro. Beta Hydri, creo


que sería, según el antiguo sistema terrestre. ¿Anotó alguien sus datos en la bitácora? No
puedo hacerlo todo yo. Tampoco en los rayos X… bueno, es una gigante azul, sería
extraño, ¿no? Los espectrógrafos dicen que el planetote solitario tiene una atmósfera de lo
más normalita de hidrógeno y helio, con núcleo líquido de…

—Déjalo ya, Amaya —ordena con un bostezo el capitán Berenguer—. ¿A quién le importa
la atmósfera de un planeta gigante más? Desconecta, que nos vamos —Se vuelve hacia la
navegante—: Gisela…
—¡Todo listo para el siguiente salto, capitán! —salta entusiasta la pecosa y delgada
pelirroja. Tan sólo le falta saludar en firmes, como hacen en la Armada a la que hasta hace
menos de un año perteneciera—. Ni siquiera guardé las antenas, podemos ejecutarlo ahora
mismo.

Definitivamente no es bonita, pero tiene algo. Ah, si tan sólo fuera hombre…

—Es una imprudencia dejar fuera las antenas, cualquier impacto micrometeorítico podría…
—comienza a decir muy seria Amaya. Y sabemos que tiene razón, pero también que si
Gisela se hubiera plegado hace meses a sus propuestas sexuales y no a las del vanidoso de
Jordi, nuestra técnica en sensores se habría tragado el comentario.

Delicada es la dinámica grupal en una nave, sí.

El capitán Berenguer, como de costumbre, tercia conciliador:

—Bah, por un par de minutos que se queden desplegadas no va a sucederles nada, Amaya.
Tú misma dijiste que el sistema estaba limpio. Y dejándolas así ahorramos tiempo… ya
será el decimocuarto salto-relámpago del día, tras el próximo recargaremos las baterías.
—Su voz deja de ser amigable para volverse autoritaria—: Todos a sus sillones, corriendo,
¡ya! Hipertránsito en un minuto a partir de… —echa una ojeada al cronómetro, casi perdido
en el abigarrado cuadro de instrumentos sobre los que reina sin discusión Amaya, y al fin
dice—: ¡… de ahora mismo! Destino, Gamma Hydri… seguiremos peinando esta
constelación. ¡Cinco segundos antes de saltar desconectaremos la gravedad artificial!
¡Ligeros! ¡Y esto también reza contigo, Josué!

Muchas cosas han cambiado en las naves mercantes desde los tiempos en que se
impulsaban por remos o velas, pero algunas perduran incluso en esta época de
hipermotores, cómo no: atropello, tumulto, zafarrancho de combate, Antares que maúlla
ofendido al verse lanzado como una pelota de las manos de Nuria a las de Jordi, su dueño
oficial.

Todos corremos a nuestros puestos, haciendo resonar las suelas por los pasillos. A bordo de
laAntoni Gaudí, de dieciocho mil toneladas, somos diez; hipernavegante, técnico en
sensores, en soporte vital y en motores convencionales. Capitán, segundo y tercer oficial;
economista-comercial, astrofísico… y yo.

La mayoría domina al menos dos profesiones: por ejemplo, Amaya, además de ser la mejor
técnica en sensores con la que he trabajado y tener más que aceptables nociones de
planetología, es la doctora de a bordo, aunque hoy eso no significa lo mismo que hace
siglos, sino apenas que se da un poco más de maña que los demás con el médico
automático.

Jordi Barceló, el fornido tercer oficial, pareja actual de Gisela y némesis privada mía,
estuvo en la Armada y, familiarizado como está con las tácticas militares, puede actuar lo
mismo de artillero que como operativo de infantería bajo las órdenes de Rómulo, el
segundo al mando y experto en armas.

Manuel (cariñosamente Manu), nuestro especialista en motores convencionales, es el


manitas de oro, capaz de arreglarlo casi todo, desde un desintegrador hasta una tostadora de
pan.

Nuria, la astrofísica de ojos azules y antigua amante de Amaya, es además informática,


aunque el propio capitán Berenguer pueda sustituirla bastante bien, si fuese necesario.

Sólo yo soy condonauta a secas, sin otras habilidades tecnocientíficas dignas de mención,
así que, cuando no hay Ajenos que Contactar a la vista ni se necesita ayuda no
especializada (como sostener una llave hidráulica mientras se cambia el giróscopo de un
motor inercial), puedo darme el placer de holgazanear. Como ahora.

Es sorprendente lo largo que puede llegar a ser un minuto y la de cosas que se pueden hacer
en cincuenta segundos, si uno conoce bien el limitado espacio de su nave. En apenas veinte
ya estoy sentado en mi sillón y con la malla de sujeción fijada, agradablemente envuelto en
el verdor del amplio invernadero-jardín-gimnasio de a bordo. Y sólo a los cuarenta y cinco
se me une Rosalía, la economista-comercial y segunda exobióloga a bordo (el primero es,
por supuesto, Pau, nuestro técnico en soporte vital), una rubia grandota y cuadrada como un
defensa de rugby, pero muy femenina… según me contara Jordi aquella noche.

—¡Josué, tío, por Deu! No sé cómo puedes mantenerte así, tan calmado —me cuchichea,
jadeando aún por la carrera, mientras se ciñe la malla de sujeción de su poltrona—. ¿Viste
el cicutazo que le soltó Amaya a Gisela? ¿Y antes a Nuria? Ese virago está insoportable.

—Todos tenemos los nervios de punta con este salta-salta sin ton ni son —trato de
exonerarla yo, conciliador; como enemiga, Amaya Serrat sería aún peor que Jordi Barceló.

—Si pronto no encontramos algo, no serán sólo las baterías gravitacionales lo que requiera
nueva carga… —a Rosalía le encanta hacerse la alarmista, aunque en situaciones extremas
se puede confiar en su calma y profesionalidad. Además, tiene un olfato único para los
buenos negocios.

Una inconfundible laxitud en el cuerpo me revela que ya no hay gravedad artificial, y


cuento mentalmente: nueve, ocho…

—Encontrar a los quígaros o a los extragalácticos no es cosa mía —le respondo, tratando de
parecer ecuánime, aunque los saltos al hiperespacio siempre me crispan un poco—. Pero
cuando los hayamos localizado, ustedes podrán descansar mientras yo sudo la gota gorda.

Cuatro, tres…

—O te das gusto —me guiña un ojo la exobióloga suplente, quizás recordando mi reciente
encuentro con la entidad Evita. Y pensar que por meses la creí jugadora del bando de
Amaya. Me cae bien, pero cierta noche de guardia tuve que rechazarla con toda la
diplomacia de que soy capaz; dos amores platónicos en la misma nave son más de lo que
podría manejar, esto de la bisexualidad ha complicado bastante las cosas entre las
tripulaciones—. Además, ¿qué te hace pensar que podemos esperar tranquilos mientras tú
Contactas? Demasiado depende de tu habilidad sexual y diplomática, condonauta Josué
Valdés…

Uno, ¡cero!

Hace tiempo, en Barrio Ripio, en una novela de ciencia ficción que cayó por azar en mis
manos infantiles, leí una descripción del hipertránsito hecha por un famoso autor del género
en el siglo XX. Asimov, creo que se llamaba el tipo. Y escribía que la sensación de saltar al
hiperespacio era muy similar a la que sentiría un calcetín al que le dan la vuelta de golpe.

No está mal, viniendo de alguien nacido en una época en la que apenas si se había llegado a
la Luna con antediluvianos motores de combustión química.

Cuando hace años Jaume Verdaguer, mi físico «amigo con derecho al roce» trató de
explicarme el proceso del que tan poco sabemos aún en realidad, usó otra metáfora no muy
diferente: me dijo que el tránsito al hiperespacio era como caer hacia adentro dando una
vuelta de campana, para aparecer de pie en otro lugar. Clarito, clarito, ¿no?

El caso es que cada vez que he tenido que pasar por el trance, y ya en ocho años de
Especialista en Contactos suman miles, siento justo eso: como si mi piel tratara de ocupar el
sitio en el que están mis tripas, para de pronto emerger en su sitio, y todo aún vibrando.

No es una experiencia agradable, por más que a los curtidos lobos del espacio les guste
alardear de que resulta revitalizante, y los más tercos especulen que incluso regenera sus
células. Pero, a fin de cuentas, es un pequeño precio a pagar por un sistema de transporte
capaz de desplazar casi instantáneamente y a distancias de cientos de años-luz naves de
decenas de miles de toneladas, ¿no?

Aunque empiezo a pensar que en las últimas tres semanas he tenido simplemente
demasiado de este «caer hacia adentro».

—Pau, Manu y Rosalía, de guardia al puente hasta el próximo salto. Mantenimiento general
y recarga de baterías gravíticas. El resto de la tripulación puede acudir a la cabina de
sensores, si no tienen nada más urgente que hacer —se escucha en los altavoces la voz
cansada del capitán Berenguer.

—Ojalá no sea esta vez la de la suerte, o me lo perderé —rezonga la economista-comercial,


palmeándome pícara el trasero cuando tomamos por dos pasillos diferentes.

Algunas mujeres simplemente no entienden que un hombre pueda decirles que no.
Es nuestro vigésimo sexto día de búsqueda exhaustiva en el sector que nos asignara el gran
Miquel Llul (radianes 2034 y 2035), y aún nada. Más de cuatrocientos saltos al
hiperespacio, cientos de años-luz recorridos, y nada. Las naves-mundo quígaras, que por lo
general pululan en casi cualquier cuadrante de la Galaxia por el que uno se mueva, ahora
brillan por su ausencia. Qué raro.

Y a juzgar por las tres boyas radioemisoras cuyo mensaje hemos captado en nuestras
incursiones cerca de las fronteras con los sectores vecinos, los demás aparatos de la flota
exploradora de Nu Barsa están teniendo la misma suerte en el resto de la Galaxia.

En estos momentos hay registradas en el astropuerto del hábitat orbital catalán mil
cincuenta y tres naves dotadas de hipermotores, entre corbetas, fragatas y navíos. Y más de
mil están empeñadas en esta auténtica cacería del quígaro para luego atrapar al
extragaláctico. Es lo que yo llamo un esfuerzo total.

Da hasta miedo calcular el volumen de comercio perdido que ese frenesí exploratorio
representa. Si no encontramos pronto a esos extraglácticos, los demás enclaves humanos
van a empezar a sospechar de qué va la cosa. Luego, los Ajenos, y si la búsqueda se
generaliza…

Estamos arriesgando mucho. Si alguien que no seamos nosotros encuentra a esos visitantes
extragalácticos la economía de Nu Barsa podría entrar en una grave crisis este mismo año.

Pero si es una de nuestras naves la que da con ellos, en cambio, podríamos ser los primeros
seres vivos de la Galaxia en viajar fuera de la Vía Láctea.

¿Nave nuestra? Qué digo. TIENE QUE SER la Gaudíla que los halle y yo quien los
Contacte, para así ganarme de una vez y por todas la ciudadanía catalana, casarme con
Nerys y dejar a ese prepotente de Helmut El Naciborg y a su perro Yotuel El Resentido con
un buen palmo de narices.

—… ¡Dieciocho mil doscientos cincuenta hipertránsitos de entrada y ni uno solo de salida!


—la asombrada voz de Amaya me recibe en la cabina de sensores, donde ya están también
el capitán Berenguer, Nuria, Gisela, Rómulo, y Jordi, acariciando a Antares, tan pelirrojo,
perezoso, mimoso y ronroneador como siempre, pese a la expectación que se respira.

—¿Qué clase de reunión es esta? —piensa el capitán en voz alta y luego inquiere—:
¿Planetas?

—Ninguno, según el catálogo… —informa Nuria, veloz.

—Estoy buscando confirmación directa —desconfía la diligente Amaya, consultando


alternativamente a la computadora y a su pandemonio de instrumentos—, pero, capitán,
tantas entradas me dan mala espina, el último salto puede haber alterado los sensores…
compruebo antes el hipertrángrafo, que es el más delicado.
—Ahórratelo —insiste Nuria, observando un par de datos por encima del hombro de su
antigua compañera sentimental y señalándolos con vengativa suficiencia—: El catálogo no
se equivoca; Gamma Hydri es una estrella triple, las mareas gravitatorias deben ser
complejas y constantes; nunca hubo chance de que surgiera una nebulosa protoplanetaria en
el sistema. Tus instrumentos funcionan bien.

—Pero no aparece ni una sola nave en los telescopios, ni en el gravímetro —protesta


débilmente Amaya—. ¿Si será que…? —y tras un par de veloces manipulaciones, anuncia
triunfal—: Resulta que, después de todo, el catálogo sí se equivoca a veces; hay un
planeta… Y de los grandes. Está aislado en uno de los puntos de libración del sistema,
ahora lo analizo con el espectrógrafo… ¡vaya, qué curioso, tiene casi las dimensiones de
nuestro Júpiter, pero más del noventa por ciento es metal! Lástima que no tengamos tiempo
de reclamar ese tesoro.

—Sí, pero no debería haber ningún planeta ahí —acota a su vez el capitán Berenguer,
intrigado—. Nuria tiene razón; es casi imposible que surjan espontáneamente en un sistema
triple.

—Podría ser un mundo errante —especula Jordi, pensativo, sin dejar de acariciar a su
pelirrojo minino—. En esta zona no hay muchos, pero, si la estrella lo capturó hace poco, el
catálogo no…

—¿Capturado? Nanaina; habría sido atraído inmediatamente por alguno de los tres soles y
ardido en su corona. ¿Sabes cuán ínfima es la probabilidad de que un planeta vagabundo, y
además de metal, vaya a dar justamente a uno de los puntos de Lagrange de un sistema
triple? ¿Y de que encima se mantenga estable en él sin un sistema activo de corrección de
rumbo? —le restriega furibunda Amaya, por un efímero momento completamente de
acuerdo con su antiguo amor, Nuria.

—Despreciable —sentencia el capitán y luego añade, alzando la voz—. Pau, deja la recarga
de las baterías gravíticas; Manu, activa los motores inerciales; Amaya te está enviando las
coordenadas —para concluir, mirándonos a todos, preocupado—: Sospecho que eso no es
un planeta, sino las naves-mundo de los quígaros. Ninguna otra especie tiene tantas. Ni
tanto metal. Así que mucho me temo que ya conozcan el secreto del hipermotor
intergaláctico y se estén reuniendo para gracias a él abandonar la Galaxia, todos juntos. Y si
hasta ahora hay registradas veinte mil cuatrocientas diez naves-mundo, diría que hemos
llegado justo a tiempo.

*****

—Menos de un kilómetro para el atraque, y acercándome con normalidad —trasmito, tras


comprobar el telémetro de mi traje espacial. Floto sin activar los motores; la mínima
gravedad intrínseca del gigantesco conglomerado de miles de naves-mundo quígaras se
encarga de atraerme lentamente hacia la abierta esclusa, cuyas coordenadas nos
trasmitieron casi renuentes los «Indignos Discípulos» hace escasos minutos. Hecha de un
material traslúcido, resulta casi invisible contra el fondo estrellado—. Amaya, ¿me captas?
—Perfectamente, no hay interferencias de ningún tipo… ya sabes que ellos no necesitan
usar radio y tampoco confían en la tecnología de campos. Esa esclusa debe ser por
completo transparente a las ondas electromagnéticas —responde Amaya, hoy mi operadora
remota de Contacto, Shangó sea loado. Su cabeza de cortos y negrísimos cabellos, pequeña
holografía proyectada sobre el visor de mi casco, sonríe como dispuesta a inspirarme toda
la confianza que necesite—. Josué, de veras te deseo suerte; eres un buen tipo. Si fueras
mujer… bueno, nadie es perfecto, ¿no?

—Sería heterosexual, entonces. Y lástima también que tú seas una lesbiana tan
fundamentalista —le sigo la broma, sacándole la lengua—, podríamos haber sido la pareja
del milenio, pero así, imposible.

—Viva la tolerancia; lo discutiremos en mi camarote, cuando regreses —acepta la chanza


Amaya, guiñándome un ojo—. Y ahora, atento, que ya casi tocas.

Freno mi acercamiento final a la esclusa de entrada del ciclópeo complejo quígaro con un
brevísimo latigazo de mis motores inerciales, y me poso suavemente en el umbral de la
esclusa.

Otro pequeño salto, apenas un fruncir de músculos en la microgravedad local, y ya estoy


dentro.

La escotilla esfínter, del mismo material traslúcido que el resto de la esclusa, comienza a
cerrarse a mis espaldas, rápida y silenciosa, cuando apenas he avanzado unos metros sobre
el casi invisible material, al que sin embargo mis suelas magnéticas se adhieren
perfectamente.

Vaya, ¿un plástico metálico? Estos quígaros ahora van a resultar además maestros de los
polímeros. ¿Lo habrán heredado de sus mentores tarplinos, como casi todo? O quizás se lo
cambiaron a los furasgos, que sí tienen fama de buenos químicos.

Los sensores del traje me indican que hay suficiente presión exterior como para librarme
del yelmo y así lo hago. No obstante, me dejo los auriculares de traducción; los quígaros
manifiestan un interés casi enfermizo en todos los lenguajes con los que se encuentran, lo
que incluye nuestro software de traducción universal. Raro en una especie telépata, ¿no?,
que además todavía conserva tantos lenguajes hablados como naves-mundo.

Sí, muchas cosas extrañas tienen estos «Indignos Discípulos» de los «Sabios Creadores».

Ojalá el idioma del que va a Contactar conmigo sea uno de los pocos centenares registrados
en la memoria del traductor automático, o toda nuestra buena suerte al encontrarnos con
este enjambre podría revelarse inútil, si ni siquiera logro entenderme con su condonauta.

Como era de esperarse, el aire tiene ese característico aroma a usado de algo mil veces
reciclado; billones de quígaros deben haberlo hecho pasar por sus sacos respiratorios antes
de que entre a mis pulmones. Pero, como compensándolo, su contenido de oxígeno es
ligeramente superior al terrestre.

Vuelvo a pensar que Quim Molá no lo tuvo muy difícil en aquel mítico Primer Contacto,
cuando obtuvo los hipermotores. Casi humanoides y respirando un casi terrestre aire.
Catalán suertudo.

Prosigo mi avance; un hombre solitario, en escafandra de ultraprotección, pero con el


yelmo bajo el brazo, que camina hacia el Contacto a través un pedacito de atmósfera,
atrapado entre paredes casi invisibles más allá de las que se extiende el vacío del cosmos.
Pura rutina, en fin.

A la izquierda, los tres soles del sistema Gamma Hydri, empeñados en su eterna danza de
salón. Delante, la inmensa esfera compuesta por la aglutinación de miles y miles de
enormes naves-mundo quígaras. Ya hay veinte mil treinta y cuatro, y siguen llegando más a
cada momento. Si el capitán Berenguer tiene razón y tan sólo esperan a estar todos reunidos
para partir debería apresurarme.

Será un Contacto ejemplarmente breve.

Sombra imprecisa acercándose desde el otro lado de una larga sucesión de tabiques
traslúcidos que se abren a su paso y se cierran a su espalda, ahí viene ya mi partenaire de
hoy.

Y me comienzan las sudoraciones, picores y tembladeras de siempre. Ya me extrañaba.

¿Cómo será? Ya he Contactado con naves-mundo quígaras en doce ocasiones durante mi


carrera y ha habido casi de todo: desde un gusano con un inmenso ojo compuesto y diez
pares de patas vestigiales hasta humanoides azules con escamas en continuo movimiento,
pasando por una especie de oso ciego y velludo con sólo seis miembros. De esos hubo dos,
por cierto.

El peor fue aquel pulpo-estrella de tentáculos babosos y llenos de ojos. Ojalá no sea el de
hoy.

Ya puedo verlo; púrpura, algo más pequeño que yo, cuerpo central, múltiples extremidades
ramificadas por bifurcación, llenas de ojos, no toca el suelo… por eso la microgravedad.
Mierda.

Se acabó mi suerte; es justo ÉSE. La simbiosis más asquerosa imaginable entre una estrella
de mar y un pulpo baboso, y casi seis metros de punta a punta de sus tenáculos repletos de
ojos.

—Me cago en la virgen puta —murmuro, contrariado.


—¿Qué, es una forma nueva? —la imagen holográfica de Amaya, ahora proyectada
directamente en el aire ante mis ojos, frunce el ceño, preocupada—: Tranquilo, cubanito,
que tu pulso se ha disparado. Oye, Josué, si el software de traducción no conoce su lengua,
siempre puedo ayudarte con toda la capacidad de procesamiento del ordenador central de la
nave.

En momentos como éste es bueno sentirse apoyado, aunque sea a distancia.

—No —suspiro, resignado—. No va a ser necesario. No es una morfología nueva… ni


mucho menos.

Quizás a Nerys le habría gustado, supongo… como a fin de cuentas parece una forma
acuática.

Pero lo que es a mí, ¡puaf! Todos tenemos derecho a nuestras preferencias y aversiones,
¿no?

Recuerdo el Contacto con el engendrito de marras como uno de los más difíciles y
repulsivos de toda mi experiencia. Carente de orificios sexuales propios, el maldito
«Indigno Discípulo» se dedicó a enroscarme lentamente sus miríadas de babosos tentáculos
oculares bifurcados por todo el cuerpo, y no sólo por fuera… Menos mal que ese mucus
suyo lubricó el asunto, o habría contraído hemorroides y esofagitis, como mínimo. Sí, el
trabajo del Especialista en Contactos no siempre es agradable.

Pero está claro que el traductor automático conoce su tipo de lenguaje. Algo es algo.

—Hola. Josué, nave humana Antoni Gaudí, Nu Barsa. Queremos negociar parámetros de


trayectoria de extragalácticos —le digo, tratando de ser lo más escueto posible para
facilitarle las cosas al software de traducción, que convierte mis palabras en una cacofónica
sucesión de silbidos y chasquidos muy semejantes a los que podrían generar un grillo y un
cable de alta tensión haciendo el amor.

La pulposa criatura mueve suavemente sus muchísimos tentáculos constelados de ojos, con
cierta gracia etérea que recuerda un poco a la de un manojo de algas agitado por una tenue
corriente.

Y llega el segundo diluvio de silbantes chasquidos:

—Valaurgh-Alesh-23, nave-mundo Margall-Kwaleshu, quígara. ¿Trueque-negocio, ofrecer,


qué? —Las frases resuenan en mis auriculares con su sintaxis característicamente retorcida
y mutilada. La única de la que es capaz el traductor automático: puros infinitivos, sin
preposiciones ni conjunciones. Y en un incongruente tono de soprano.

Tendría que recordarle a Nuria, que fue quien programó el traductor, que no porque un
pulpo violáceo hable con la voz de una estrella porno el trago amargo de Contactarlo me
será más dulce.
Al menos no es el mismo de la otra vez, o podría incluso creerse que el jueguito me gusta.

—Ciento ochenta toneladas de deuterio y ciento veinte de tritio —le suelto de golpe a
Valaurgh-Alesh-23, como para impresionarlo con el monto de nuestra oferta de
combustible de fusión, y acto seguido insisto, para mantener mi ventaja—: ¿Procedemos?

—Material proceder-no —el «no» también duele más con esa voz—. Interesar-no negocio.

Amaya no hace ningún comentario, pero su apretar los dientes frunciendo el ceño revela
mejor que mil palabras que ella tampoco se esperaba tan lapidaria negativa.

¿Material proceder-no? ¿Interesar-no negocio? Pero, ¿qué querrá esta gente? ¿La Piedra
Filosofal? Esas trescientas toneladas son prácticamente toda la reserva de Nu Barsa de
isótopos pesados de hidrógeno, combustible de fusión suficiente para cualquier nave-
mundo durante un año entero. Y el muy… Valaurgh las ha despreciado como si fueran
arena.

Pienso rápidamente… no podemos dejarlos irse de la Vía Láctea sin decirnos por dónde
están los extragalácticos, podríamos dejar que Rómulo y Jordi probaran la potencia de
nuestro armamento contra ese pacífico conglomerado de naves-mundo, hasta que nos
revelen el dato… claro que sería un vulgar chantaje armado, sobre todo porque ellos no
tienen ninguna capacidad de respuesta, ya se sabe. Pero grandes problemas exigen grandes
soluciones.

¿Y si aún así se niegan a negociar e insisten en irse, qué? ¿Destruir veinte mil naves-
mundo? ¿Con trillones de seres racionales a bordo? Sería un genocidio y toda la
Comunidad Galáctica se alzaría contra nosotros.

No, la violencia es el último recurso del incompetente; tiene que haber algo más que
deseen, una oferta que no puedan rechazar, aunque se marchen de la Galaxia.

Exacto y ya sé qué podría servir.

¿Consultarlo al capitán Berenguer? No hay tiempo y un Especialista es el único capaz de


juzgar un Contacto. Me arriesgaré, entonces… Miquel dijo A CUALQUIER PRECIO,
después de todo.

Trago en seco y vuelvo a proponer, emocionado:

—Traductor humano actualizado, con datos de once mil quinientos sesenta y ocho idiomas
Ajenos.

—¿Qué cojons te pasa, tío? ¡No puedes darles nuestro software! —exclama atónita Amaya,
pero al instante siguiente se calma, y casi puedo verla encogerse de hombros, aunque la
holocámara sólo capte su rostro—: Bueno, de acuerdo, como trueque es una estupidez, pero
tú eres el condonauta y el negociador. Si así localizamos a los extragalácticos, habrá valido
la pena el precio. Ojalá que los «Indignos Discípulos» acepten, por su bien… de otro modo,
vamos a tener que dispararles con todo.

¡Vaya, conque no sólo se me ocurrió a mí! Me siento ligeramente aliviado por no ser el
único genocida en potencia de mi tripulación.

Ahora el engendro astero-cefalopoide se agita con una avidez casi histérica, supongo que
discutiendo telepáticamente con sus semejantes (ya que los quígaros, telépatas coloniales al
fin, no tienen nada parecido a jefes ni superiores), y al fin, tras otro concierto sibilo-
chasqueante, extiende hacia mí un tentáculo rematado por un manojo de chispas.

Te atrapé, bicho ambicioso. Facilidades de negociar con fondos ilimitados.

Conozco el artilugio, claro; es un compatibilizador informático universal, de manufactura


arctiana, y capaz de leer o transferir datos entre dos sistemas cualesquiera sin necesidad de
contacto por cables. Muy usado en toda la Galaxia para evitar problemas de compatibilidad
informática.

Todos tenemos un precio, y once mil quinientas sesenta y ocho lenguas más o menos
informáticamente codificadas han sido una tentación demasiado fuerte para que Valaurgh-
Alesh-23 y su gente siguieran fingiéndose desinteresados.

¿Sabrán que esa imponente cifra incluye cerca de seiscientos de sus propios dialectos?

Imagino que sí… y si no, como decían los romanos: Caveat emptor; que se cuide el
comprador. Aunque se le parezca, no decir toda la verdad no es mentir. Ni en el amor, ni en
el comercio.

Disimulando mi satisfacción, permito que la flexible extremidad del «encantador»


Valaurgh acaricie mi cuello enroscándose en torno a mis auriculares. Intento estarme
quieto, aunque las chispas del ingenio arctiano me hacen cosquillas, o tal vez sean las
ventosas-ojos del mucoso tentáculo… no lo sé ni quiero saberlo.

—Traductor asimilar aquí-ahora —me sorprende una voz chirriante, que parece brotar del
centro de la maraña de tentáculos flotantes. ¿Qué clase de órgano emisor de sonidos tendrá
este pulpo-estrella, que puede vocalizar con tal nitidez, además de emitir silbidos y
chasquidos?—. Dos datos interesar humanos, trueque-negocio procede. Uno: quígaros
todos abandonar Galaxia ahora-adelante, destino-adelante negociar-no. Dos: quígaros aquí-
adelante-no, hipertránsito funcionar-no aquí-adelante. Hipermotor tarplino verdad-no atrás-
aquí-adelante. Tarplinos verdad-no. Mente teleportadora quígara, hipermotor-verdad-sí.

Mierda. Debo haber entendido mal, no puede ser que…

—Sants Cojons —murmura boquiabierta y con los ojos casi desencajados Amaya,
confirmándome que, pese a la endiablada semántica típica del software de traducción, he
comprendido bien—. Josué, necesito confirmación: primero, se van todos, y ni locos nos
dirán a dónde…

—Correcto —le digo, con un hilillo estrangulado de voz—. El capitán Berenguer lo adivinó
al vuelo. Bravo por él. Se van y nos ocultan el destino de su viaje; tipos prudentes… quizás
les cogieron miedo a los extragalácticos. O a nosotros.

—¿Miedo, a nosotros? ¿Por qué? Y creo que no entendí muy bien lo segundo… —el
habitualmente tan seguro contralto de la técnica en sensores vibra lleno de zozobra, y hay
un ligero tic en su mejilla izquierda—. ¿Que los tarplinos nunca existieron? ¿Pero, cómo
pudieron entonces construir esos hipermotores?

—No los construyeron —resoplo—. No existen los tarplinos, nunca existieron, y nada tiene
que ver en el asunto el agujero negro en el centro de la Vía Láctea… los supuestos
hipermotores son sólo trozos de metal capaces de autodestruirse y de nada más. Son ellos,
los «Indignos Discípulos», todavía no entiendo por qué inventarían toda esa historia de los
«Sabios Creadores», los que crearon esos falsos hipermotores. Y siempre han sido ellos,
con sus mentes, los que hacen posibles todos los saltos al hiperespacio. ¡Teleportadores!
¡Los únicos de la Vía Láctea! Mierda, Jaume Verdaguer y sus locos amigos tenían razón…

Amaya me mira por largos segundos, en silencio, y al fin se atreve a preguntar, lentamente
y casi susurrando, como si le importara mucho saberlo:

—Josué, ¿quién es Jaume Verdaguer?

—Por dios, Amaya, eso no importa ahora —rebufo, mirando al orondo Valaurgh-Alesh-23
con unas ganas crecientes de convertirlo en un nudo de sus propios tentáculos, pero al fin
explico—: Un amigo, un físico que nunca creyó en la historia de los tarplinos ni sus
hipermotores.

—Ah —dice simplemente ella, y al fin, captando toda la gravedad del asunto, agrega, como
si aún dudara—: Conque… ni tarplinos, ni hipermotores… sino teleportación quígara —su
voz tiembla más aún que antes—. O sea, que tan pronto como se vaya el último nos
quedaremos sin… sin… —no logra decirlo en voz alta.

—Sin medio alguno de desplazarnos más rápido que la luz —termino con voz atonal la idea
que ella ni siquiera se atreve a enunciar—. Lo que sería prácticamente el fin de la Esfera
Humana y de paso también de toda la Comunidad Galáctica, tal y como las conocemos hoy.
¡Imagínatelo! De buenas a primeras, cero hipertránsito, significaría el aislamiento total
entre colonias, enclaves y la Tierra. Y lo mismo para cada raza Ajena. A menos, claro, que
antes logremos contactar a los extragalácticos, y que ellos además tengan un hipermotor
que funcione de veras… no mental, si es que se puede elegir. Y quieran vendérnoslo, claro.
Muchos «si» condicionales, ¿no te parece? Creo que estamos bien jodidos.

—¡Cabrones quígaros! ¡Deberíamos reventarlos a todos por engañar a la Galaxia entera


durante tantos milenios! ¡No pueden irse ahora, así como así! —aúlla Amaya, pura furia al
finalmente afrontar la cruda realidad. Pero al punto se calma; consulta algo lejos de la
holocámara, y un par de segundos después retorna, para informarme, mecánicamente—:
Veinte mil ciento doce naves-mundo en este sistema, al momento… y siguen llegando
—aprieta los labios, decidida. Algo que me fascina de los catalanes es su capacidad para
ponerle al mal tiempo buena cara y crecerse ante las peores dificultades. No en balde han
llegado tan lejos—. Josué, si eso que te dijo el pulpo es cierto, faltarían unas trescientas por
llegar, al ritmo actual. Eso nos da todavía… unas dos horas. Tío, fíjate: si en los próximos
cinco minutos ese matrero te diera los parámetros de la trayectoria de los extragalácticos,
aún podríamos lograrlo.

Vaya, eso es lo que yo llamo pensamiento táctico rápido.

—Tenemos que hacerlo —la apoyo, y a continuación, dirigiéndome al baboso y violáceo


Valaurgh-Alesh (ojalá los otros veintidós de su camada o lo que sea hayan ya muerto), que
ha continuado con su fluido agitar de ingrávidos tentáculos, insisto—: Imprescindibles
parámetros de trayectoria de nave extragaláctica, aquí-ahora.

El muy… quígaro tarda casi tres segundos en contestar. Y según me parece,


arreglándoselas ya con soltura ligeramente mayor que antes con el recién adquirido
software de traducción:

—Información disponible. Traductor, precio suficiente-no. ¿Ofrecer, qué más?

Malditos sean Shangó, Orula y hasta la Virgen del Pilar. Astuto bicho, jugó conmigo; me
dijo lo más importante, se dio el gusto de vernos la cara de mierda al enterarnos de que
habían estafado a toda una Galaxia durante millones de años… pero no me ha dicho lo
necesitaba saber. ¿Y ahora qué hago?

Es como saber que uno va a morir y qué píldora necesita para evitarlo… pero no dónde
puede comprarla.

—¡Hijos de puta! ¡Diles que si no nos dicen ahora mismo dónde están esos tipos de afuera
vamos a contarles la estafa del hipermotor a la Comunidad Galáctica entera y entre todos
haremos mierda hasta la última de sus naves! —estalla Amaya, con sus hermosos ojos
oscuros soltando chispas.

—No seas bestia —la calmo. Es mi turno de aparentar una ecuanimidad que estoy lejos de
sentir, mientras mis neuronas trabajan febriles—. No sirve de mucho amenazarlos. ¿No te
das cuenta de que nos tienen literalmente agarrados por los cojons? Me pregunto si alguna
especie Ajena sospecharía ya… les deberán a sus propios Jaume Verdaguer una disculpa
enorme. Yo, por mi parte, pienso pagarle una estatua en vida, si salimos de ésta.

—Y yo te ayudaré —se ofrece Amaya, evidentemente necesitada de hacer algo concreto—.


Tengo un amigo escultor…
—Shhh —la hago callar, grosero, y ella frunce los labios, como una chiquilla regañada—.
Eh, disculpa, pero déjame pensar. Mira, no hay presión posible, ni amenaza que pueda
funcionar. Si ellos no querían, nadie utilizaba el hipertránsito. Así que no me extrañaría que
si intentáramos atacarlos, nos enviaran al quinto infierno. Del mismo modo, si ahora
intentáramos irnos de aquí para dar aviso de la estafa a otros, podrían impedírnoslo muy
tranquilos… Y, por otro lado, cuando se vayan, toda la Comunidad Galáctica comprenderá
por sí misma lo que hacían sin que tengamos que contárselo. Sólo que entonces ya será
demasiado tarde para hacer nada, por supuesto…

—¿Y entonces qué? —se exaspera Amaya, casi a punto de llorar de rabia y frustración—.
¿Nos rendimos, abandonamos la búsqueda, nos olvidamos del resto de la humanidad, que
por cierto más jodida que sin hipertránsito no podría quedar, y nos quedamos para siempre
en este sistema sin planetas con atmósfera de oxígeno que colonizar? La otra estrella más
cercana está a cuatro años-luz…

—No —sonrío, con la súbita seguridad de haber encontrado la solución al problema—. Les
pagamos más por la información que queremos. «Indignos Discípulos»,¡vaya apelativo bien
elegido! Aunque nunca existieran los «Sabios Creadores». A ver qué nos queda que pueda
interesarles, ¿eh? Esos quígaros son unos ventajistas avariciosos, y saben bien lo que vale
para nosotros la información que tienen.

—¿Pagarles más? —las cejas de la técnica en sensores casi se confunden con el nacimiento
de su corta pero frondosa cabellera oscura—. Pero si ya rechazaron tritio y deuterio como
para mantener funcionando los reactores de fusión de una nave un año entero, y les
acabamos de dar el software de traducción, no veo qué otra cosa valiosa tendríamos…

—ADN —la interrumpo, sonriendo travieso—. La otra única posesión humana en la que
los quígaros han estado siempre interesados —y dirigiéndome al pulpo-estrella Especialista
en Contacto, articulo cuidadosamente—: ADN humano, trueque por parámetros-trayectoria
nave extragaláctica.

La frenética agitación que sacude las miríadas de resbaladizos tentáculos bifurcados y


llenos de ojos de Valaurgh-Alesh-23 es signo más que suficiente de que está analizando
seriamente la respuesta… junto con todas las mentes de todas las naves-mundo quígaras.
Insisto, decidido a convencerlo:

—Galaxia nueva, condiciones desconocidas, quígaros necesitar nueva raza clones-esclavos.

—Precio suficiente —dice al fin mi tentaculoso interlocutor, casi con dolor—. Trayectoria
extragalácticos, parámetros, trasmitir ahora-aquí —y a continuación dispara una larga serie
de cifras que el ordenador de mi traje y su hermano mayor a bordo de la Gaudí registran
perfectamente.

Luego el quígaro añade, casi con sorna:

—Segunda entrega-parámetros trayectoria-extragalácticos.


¡Shangó y Oggún! ¿Somos entonces tan sólo los segundos en poder localizar a esos tipos?

Hay que correr, si así es. Con otra raza cualquiera me arriesgaría a preguntar a quién se los
dieron, si son Ajenos o humanos, y en tal caso de cuál enclave y de qué nave eran. Pero los
«Indignos Discípulos» nos harían pagar por cada dato… Y ya no nos queda moneda de
trueque, por desgracia.

El que no seamos los primeros, evidentemente, nos lo ha comunicado gratis por puro
sadismo.

—¡Lo logramos! —ríe Amaya, entusiasta, sin escuchar la mala noticia anterior, y yo no voy
a aguarle la alegría; ya lo sabrán todos cuando revisen la grabación—. La computadora está
interpretando los parámetros y confeccionando una trayectoria lineal. Te adelanto que
parece que los visitantes vienen de la Nube mayor de Magallanes, que están buscando
estrellas enanas amarillas y que su sistema de hipertránsito tiene gran alcance y precisión…
luego te diré más. Ahora cuando Contactes con ese pulpo asqueroso, mejor date prisa en
darle tu ADN: imagino que cuando menos naves-mundo queden en la Galaxia sin
integrarse a este conglomerado, más difícil le resultará a la pobre Gisela encontrar una
trayectoria de salto factible.

Tiene razón, claro, aunque malditos los deseos que tengo de volver a pasar por la ordalía de
verme enroscado y violado por ese mucoso pulpo-estrella quígaro con tantos brazos de
sobra.

Casi me dan ganas de hacer como en mi infancia en Barrio Ripio; ahora que ya tengo los
parámetros de la trayectoria de los extragalácticos, simplemente declinar el Contacto y
darnos a la fuga. Se lo merecen; no estaría mal despedir a los tramposos con una trampa.

Pero la terrible sospecha de que si no jugamos limpio podrían muy bien enviarnos, no a
nuestro destino prefijado, sino a donde les pareciera, aumentando así la ventaja de los otros
en la búsqueda, me hace elegir la recta vía. Ah, los cochinos principios…

—¿Procedemos? —sugiero al fin, suspirando resignado al tiempo que comienzo a


despojarme del traje. Mientras más rápido salga de esto, mejor será. Menos mal que frotar
un hisopo en la mucosa bucal para obtener epiteliales con ADN útil es una operación rápida
e indolora, porque para trance desagradable, el de Contactar con este Valaurgh basta y
sobra.

—Datos trayectoria extragalácticos, entregados… ADN humano degradado-no, requerido


—espeta muy tranquilo el quígaro, sin hacer patente la menor intención de acercárseme.

¿Cómo? Me quedo atónito por un instante, hasta que comprendo y suelto una carcajada.

Claro, ADN humano degradado-no; me olvidaba del «cuenta atrás».


Incluso desconectando ahora mismo el útil aparatito, por culpa de sus vibraciones
sintonizadas con mi biocampo, mi ADN continuaría degradándose lejos de mi cuerpo, y por
tanto volviéndose inservible para los quígaros, durante al menos otra hora. Y no nos sobra
precisamente el tiempo.

—ADN humano degradado-no, requerido, clonar —repite el pulpo, inexorable—. Adelante,


entregar muestra aquí-ahora.

—¿Qué coño quiere ahora ese engendro? —refunfuña Amaya—. ¿Tu ADN no le sirve,
acaso?

Mierda. Creo que voy a tener que quedarme un ratito más en este sistema perdido.

—No, por el «count-down» que estoy usando —suspiro, y apago el collar emisor de
ultrasonidos que pende de mi cuello—. Y bueno, vayan ustedes… yo me quedaré hasta que
su efecto pase, y puedan tomar una muestra útil de mi genoma… una hora no es tanto,
luego regresan a buscarme.

Y si no los encontramos a tiempo, nadie podrá decir que Josué Valdés no jugó en equipo.

—Ni hablar —tercia Amaya, con los labios apretados—. Tú eres el Especialista en
Contactos, y tu presencia será imprescindible cuando localicemos a los extragalácticos.
Además, no sólo no podemos perder una hora, sino que quizás tampoco podamos luego
volver a buscarte, si esos estafadores «Indignos Discípulos» se van… —traga en seco,
intentando sonreír con aplomo—: Así que… me quedaré yo. Espero que me droguen,
porque no me gusta el dolor, ni tampoco resisto imaginarme a esos bichos de mil brazos
llenos de ojos toqueteándome.

Mujer, qué grande eres. Todo por Nu Barsa y por Catalunya, ¿no?

Voy a agradecerle su gesto, conmovido, cuando me viene a la mente una idea mejor.

—Ése es el espíritu, Amaya… pero creo que no puede permitir tu sacrificio —le guiño el
ojo, travieso—. En cualquier exploración, y sobre todo en un Contacto con extragalácticos,
una técnica en sensores también resultará siempre más útil que… que un tercer oficial
prepotente que encima no sabe más que disparar, ¿no crees?

Sí, la venganza es un plato que se degusta mejor frío. Los ojos de Amaya brillan cómplices,
cuando dice, sonriendo:

—Voy a consultarlo con el capitán, claro, aunque creo que tu propuesta le parecerá
perfectamente aceptable. Pero casi me dan pena los quígaros; llevarse a clones de Jordi
Barceló como esclavos no les va a resultar de gran ayuda, a donde sea que se estén
escapando…

*****
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«Condonautas» (parte 4), Yoss


axxon.com.ar/rev/2011/12/condonautas-parte-4-yoss/

Hace frío.

Hace muchísimo frío.

Tirito, quizás porque estoy desnudo como un gusano, acurrucado junto a una triste
hoguerita.

Una vez leí que las sensaciones de frío y calor, las texturas del tacto y los sabores no
tienen gran peso en la arquitectura onírica. Pero igual sé que esto debe ser un sueño. ¿Un
sueño helado?

No obstante, casi siento júbilo. Aunque me castañeteen los dientes y parezca como si el
escroto quisiera escondérseme dentro del vientre, al menos no es otra vez mi clásica,
obligada pesadilla de la carrera de cucarachas mutantes que mi incolora Atevi pierde con
la Centella patilarga de Yamil, para al final obligarme a copular con la gorda-doberman,
Karl-Rita.

Quizás finalmente voy a curarme.

Pero hace tanto, tantísimo frío, demasiado frío…

La fogata se está apagando, tendría que alimentarla. Por suerte, cerca hay un montoncito
de troncos que por su aspecto deberían arder bien, si este sueño tiene al menos un mínimo
de lógica.

Si no la tiene, pueden convertirse en serpientes cuando las toque, o en arena, o…

No me queda sino intentarlo, a ver si las cosas en mi departamento REM han de veras
cambiado para mejor o tan sólo…

Ahí voy con el primero… bien; ni me muerde ni se disuelve en espuma, ¡qué raro!, se deja
lanzar muy tranquilo al fuego, y cuando toca las llamas…
Ah, ya me extrañaba; en vez de arder como se debe, se estremece, adquiriendo las
facciones de mi amigo Abel, su negra piel retorciéndose chamuscada entre las lenguas de
fuego, y preguntándome «¿Por qué lo hiciste, Josué? ¿Por qué me abandonaste?»

Mierda, ya sé de qué va esta nueva pesadilla; puro remordimiento. Todos a la hoguera,


sacrificados todos por un único fin: yo y mi bienestar. Pasen, señores, pasen, vean como
todos arden para que viva y prospere Josué Valdés el Egoísta escapado de Barrio Ripio…

Pero ni así puedo detenerme. Nada de escrúpulos a estas alturas. Menos cuando ahora
hace incluso más frío que antes. Así que no me queda sino lanzar otro tronco… y otro, y
otro.

Cada vez que la corteza de uno toca el fuego se convulsiona y se convierte en el rostro de
algún conocido que se queja adolorido al arder, increpándome por egoísta, cínico e
ingrato. Mis amigos y enemigos de la infancia, en el paupérrimo suburbio de CH: Yamil,
Evita, Diosdado, Damián, Karlita…

Y Agustí Palol, el amable capitán de la corbeta de hipertránsito Juan de la Cierva; y el


joven físico Jaume Verdaguer; y Nerys, la ondina condonauta; y Joan Puigcorbé y su
esposa Sonya; y el capitán Ramón Berenguer y hasta el tercer oficial Jordi Barceló, se
consumen todos entre las ávidas llamaradas, hasta que ya no me queda ninguno por echar
al fuego, nadie más a quien sacrificar a los dioses para que mi corazón siga latiendo sin
helarse.

Pero sigue haciendo frío, y la leña, extrañamente, no se acaba… así que arrojo otro
tronco, y otro… Y de nuevo gritos, acusaciones; pero ahora todas las voces son la mía,
todas las caras que se disuelven en el fuego voraz tienen mis facciones, porque he
sacrificado tanto de lo mejor de mí mismo para llegar hasta aquí, que soy yo quien arde,
con un olor a chamusquina y carne quemada que me revuelve el estómago… que arde,
arde… no puedo más.

Una arcada de bilis me quema el esófago, pero cuando intento arrojarla no logro
incorporarme, bien sujeto como estoy por la malla de seguridad de mi poltrona, en el
gimnasio-invernadero.

Un segundo de sufrimiento, sólo uno, y la bilis se disuelve en algún punto entre el dolor y
la boca, sin llegar al vómito, aguándome los ojos mientras mis entrañas vuelven a su orden
habitual.

Pero todavía me duelen… arriba y abajo. El precio del Contacto con ese horrendo y baboso
pulpo-estrella quígaro. Menos mal que el médico automático ya reparó lo peor, pero…
Jordi no fue el único en sacrificarse por Nu Barsa, Catalunya y la humanidad.

Por cierto, espero que, una vez tomado su ADN, los «Indignos Discípulos» lo hayan
liberado antes de dejar la Vía Láctea, sin más daños que en su orgullo. Y que algún día nos
perdone, a Amaya, a mí y a todos, por tener que dejarlo atrás.
Y si no, ¡que se joda! Que bien que se lo merecía, el muy cabrón.

Se diría que finalmente hemos saltado… y una vez más compruebo cuánta razón tienen
quienes aconsejan estar bien despierto durante el hipertránsito. Parece que el hipermotor, o
más bien la mente quígara provoca extraños efectos sobre la psiquis dormida de los
miembros de otras especies racionales.

Aunque, no digo yo si me quedaba dormido, tras tanto jelengue, y con Gisela que llevaba
ya más de una hora buscando un hipertránsito posible que nos llevara a nuestro objetivo.

Realmente no es culpa suya; con casi el noventa por ciento de esos embrollones «Indignos
Discípulos» reunidos en un solo punto de la Galaxia, los saltos hiperespaciales o las
teleportaciones se han vuelto increíblemente difíciles. Y más duros de aguantar, además.
Bueno, en breve los echaremos de menos, me temo. Al menos fueron lo bastante corteses
como para, a modo de despedida, traernos aquí. Dondequiera que esto sea…

¿Será éste el hipertránsito bueno? ¿Estaremos ya en Lambda del Triángulo?

Miro el reloj del invernadero. Una hora y veintidós minutos… hace casi dos que
abandonamos el conglomerado de naves-mundo quígaras y sólo hemos podido ejecutar tres
saltos en ese tiempo. Había veinte mil ciento ochenta y una naves cuando nos fuimos; no
creo que nos quede mucho más tiempo para continuar la búsqueda… siempre que esos
Gitanos Ajenos no nos hayan mentido otra vez respecto a la verdadera naturaleza del
hipertránsito.

Cabrones quígaros, qué bien hacen en irse lejos. Dan ganas de, apenas tengamos ese
hipermotor extragaláctico, salir a buscarlos por toda la MetaGalaxia. Y cuando les
pongamos las manos encima…

Incluso habiendo escuchado personalmente su confesión, cuesta creer que por tantos miles
años engañaran a todos. ¿Por qué mentirían como lo hicieron? ¿Temían acaso ser
esclavizados si admitían que era su supermente telepática colonial el verdadero hipermotor
y que los «Sabios Creadores» tarplinos nunca existieron? ¿O habría otras razones que aún
ignoramos? ¿Serán realmente todos ellos una única especie, habrán surgido como todos en
un planeta que ocultan celosamente, o en sus naves, o tal vez venido de otra Galaxia? ¿Por
qué si son telépatas esa obsesión con los lenguajes?

Muchas preguntas, y tal vez nunca sepamos la respuesta a ninguna… aunque presiento que
los caminos de los «Indignos Discípulos» y de la humanidad volverán a mezclarse algún
día. El Cosmos es grande… pero no infinito.

Claro que ahora hay otras prioridades.

Echo a correr y llego jadeando al cuarto de sensores a tiempo para escuchar decir a Amaya:
—… del Triángulo: enana roja, seis planetas, cinturón de asteroides… El hipertrángrafo
señala una única entrada… sin salidas, no tiene que ser exacto, bastante que aún funciona
—informa impertérrita—. Pero hay otro registro de una energía extraña —ahora su voz
tiembla, como con miedo a una nueva decepción—: No he visto nada igual en mi vida…
creo que… —todos nos tensamos a su alrededor—. Veamos el gammatelescopio… ah,
buenas noticias; hay una señal de identidad nuestra en el radiofaro; la que entró es una nave
humana.

—Mierda —articula claramente el capitán Berenguer, siempre tan correcto.

Conque esos otros a quienes los quígaros vendieron la información eran humanos… y
claro, se nos han adelantado. Bueno, sería peor si se tratara de Ajenos. ¿Serán los alemanes,
los japoneses?

—La nave es nuestra —confirma Amaya, sensiblemente aliviada, tras comprobar la


señal—. De Nu Barsa, quiero decir; la Miquel Servet.

Perra suerte. ¿Tenía que ser justo el navío de hipertránsito donde es condonauta mi Nerys?

Miro al capitán Berenguer, que frunce el ceño, pensativo; la cosa se complica. Bueno es
que nuestra competencia sea una nave humana, y además catalana, malo, que sea todo un
navío de hipertránsito y no una simple corbeta, o al menos una fragata como la Gaudí.

Está claro que, si la cosa (ojalá y no) llegase al enfrentamiento armado, no tendríamos la
menor posibilidad contra la Servet y sus cuarenta y ocho mil toneladas. Aunque sea una de
las unidades más antiguas de la flota de Nu Barsa, un navío de hipertránsito no sólo lleva
entre treinta y cuarenta personas de tripulación, sino sobre todo armas mucho más potentes
y de mayor alcance que las de nuestra ligera fragata.

Y si los extragalácticos evolucionaron en un ambiente acuático, tampoco puedo pensar en


nadie mejor que Nerys para encargarse de Contactarlos.

—Los nuestros están orbitando el segundo planeta del sistema, que tiene dimensiones
similares a las de la Tierra… y dos satélites más pequeños que la Luna —continúa
interpretando Amaya los datos de sus instrumentos—. Tiene una atmósfera con oxígeno,
nubes de vapor de agua y… —traga en seco—. Hay otro objeto en la misma órbita, a pocas
decenas de kilómetros de distancia. No emite señales de identificación. No puedo
identificar si es una nave o una formación natural. Visualizo.

En el holograma que surge ante nosotros se observa claramente, aunque diminuto por la
distancia, el desgarbado perfil en T de la Servet. Los navíos de hipertránsito no necesitan
casco aerodinámico… pueden cargar con suficientes vehículos auxiliares a bordo como
para jamás tener que arriesgarse a atravesar la atmósfera de ningún planeta.
Pero no miramos a la gran nave catalana, porque la conocemos bien… y porque sólo
podemos tener ojos para el otro objeto, en primer plano: una especie de nube blanquecina,
imprecisa y fluctuante, que provoca chiribitas en los ojos cuando se intenta enfocarla.

Desde luego, no es una formación natural, ¿una nube móvil en el espacio? Pero tampoco se
parece a ninguna nave que hayamos visto antes.

Nos quedamos atónitos, boquiabiertos, paralizados, durante un larguísimo par de segundos.

Y luego rompemos a saltar, gritar y silbar. Nos abrazamos. Amaya me besa en la boca.
Gisela besa al capitán Berenguer. Pau y Rómulo se abrazan como queriendo romperse todas
las costillas. Nuria reza lo que creo es el Padrenuestro en catalán. Manu recita algo que
parecen versos, también en catalá.

No es para menos. ¡Encontramos a los extragalácticos!

¿Qué más da ser los segundos, si se está en el sitio adecuado en el momento correcto? No
van lejos los de alante si los de atrás corren bien, se decía en Barrio Ripio. Aunque haya
llegado primero la Servet, si no son de una ecología acuática, podríamos todavía tener un
chance. Y si no, mejor compartir parte de la gloria que no llevarse ninguna, ¿no?

—¿Dimensiones de esa… cosa? —inquiere el capitán Berenguer, intentando sonar


indiferente.

—Dimensiones, sí, un momento… —duda de repente la también emocionada Amaya,


comprobando sus mágicos sensores, y luego chasquea la lengua, incrédula—: Variables…
entre dos y cuatro kilómetros de largo. La forma tampoco es estable, oscila como una
ameba, su emisión energética es de lo más curiosa, y lo más raro es que, según el
gravímetro, su masa y densidad varían, y hay perturbaciones muy raras en el
hipertrángrafo… que, de paso, advierto que está perdiendo tanta potencia que no creo que
siga funcionando más que algunos minutos.

—¿De energía o bionave? —inquiere el capitán, pensando que el laconismo ocultará su


emoción.

La siempre segura Amaya vuelve a dudar:

—No sé… es bastante transparente a mis sensores, apostaría por materia, pero esas
variaciones cíclicas de energía… yo diría que es un metabolismo, a juzgar por las lecturas
del biómetro. Pudiera estar… respirando.

—¿Respirando en el espacio? ¿Un ser vivo? ¿De ese tamaño? —me atraganto, pensando en
los continentines y sus kilómetros cúbicos de citoplasma. Aunque incluso ellos necesitaron
de una nave para aventurarse en el cosmos abierto. Y no respiraban en el vacío
interplanetario.
—No sé, puede ser… pero diría que hay otras formas de vida diferentes, más sólidas, en su
interior —supone Amaya, frustrada por la aparente inutilidad de la mayoría de sus
instrumentos—. Exactamente veinticuatro, que cambian de posición lentamente. Tienen
cuatro o cinco metros de envergadura, pero las perturbaciones de… eso, que los acoge o
envuelve o es su nave, no me dejan precisar más detalles.

—Podría tratarse de una bionave que fluctúa entre el hiperespacio y el espacio normal
—hipotetiza Nuria, pensativa—. Una supercélula. Y ésos serían sus núcleos, ¿no?

Amaya la mira furibunda por un instante y luego abre la boca.

Si las dejo otro segundo, se enzarzarán en la enésima y estéril discusión teórica entre ex
amantes, así que intervengo:

—Todo eso podremos averiguarlo después. Pero ahora, ¿por qué no nos comunicamos con
laServet a ver si ya los Contactaron, que es lo que de verdad importa?

—Tengo una trasmisión suya entrando ahora mismo —observa Amaya, repentina y
providencialmente atareada con algunos controles—. La acepto y reproduzco…

Acto seguido, la imagen holográfica de Alberto Saudat, el viejo capitán del igualmente
vetusto navío de hipertránsito de Nu Barsa, aparece sobre nuestras cabezas.

—… a la fragata de hipertránsito Antoni Gaudí —su voz es monótona, como si repitiera por


centésima vez lo mismo… hasta que, percatándose de que ya hay conexión, cambia a un
tono que sólo puede definirse como de aterrado desconcierto—: ¡Capitán Berenguer,
condonauta Valdés! ¡Qué bien que son precisamente ustedes los que llegan! Necesitamos
ayuda urgente. Hemos localizado a los extragalácticos, como habrán deducido ya por la
cercanía de su nave con la nuestra… pero hay imprevistos… no hemos podido
Contactarlos, Nerys está en shock y…

Bueno, ¿acaso Contactar con seres venidos de la Nube de Magallanes podía ser simple
rutina?

El navío de hipertránsito Miquel Servet fue más afortunado que nosotros. Localizó a una


nave-mundo quígara ya al cuarto día de su búsqueda en el sector asignado, los radianes
3567 y 3568. Los Gitanos Ajenos estaban cosechando cometas de agua en la nube de Oort
de Epsilón de Piscis, y les dieron con mucho gusto los parámetros de la órbita de los
extragalácticos que habían Contactado días antes… a cambio del secreto de la fusión fría
que hace años yo mismo obtuve de los continentines.

Easy come, easy goes. Es bueno saber que no fui yo el único encantado de vender a su
madre con tal de sacarles los parámetros de la dichosa trayectoria a los quígaros. Nerys
también se tomó completamente en serio eso de A CUALQUIER PRECIO que dijo Miquel
Llul, por lo visto.
Suerte que sólo dos naves de Nu Barsa Contactaron a esos «Indignos Discípulos» o quizás
la tercera habría tenido que regalarles el hábitat orbital completo a cambio de los mismos
datos.

La Servet, conocedora ya de lo que buscaban los extragalácticos y qué rumbo seguían,


necesitó tan sólo otro salto hiperespacial para alcanzarlos en este sistema. Supongo que en
ese momento todavía el conglomerado de naves-mundo en el sistema triple Gamma-Hydri
debía estar apenas formándose, o les habría costado bastante más trabajo llegar hasta aquí,
como nos ocurrió a nosotros.

Claro que dar con los tan buscados visitantes de fuera de la Vía Láctea no fue el final de la
odisea, sino apenas su inicio.

Los de la Servet no esperaron los tres días de rigor para un Primer Contacto, por supuesto;
el asunto era demasiado urgente. La nave de los extragalácticos, cuyos imprecisos
contornos daba casi dolor de cabeza mirar, los dejó acercárseles en la órbita hasta la
distancia de unas decenas de kilómetros sin comunicarse, atacar, huir ni dar ninguna otra
muestra de hostilidad, temor o simple reconocimiento.

Los del navío de hipertránsito catalán consideraron entonces que se podría intentar
Contactarlos. Pero justo cuando una nerviosa Nerys se preparaba para salir al espacio en su
traje de ultraprotección, el hipertrángrafo detectó una violenta fluctuación… y la ondina-
condonauta desapareció de la esclusa de salida, dejando atrás al dichoso traje.

El capitán Alberto Saudat confiesa que, si bien retrocedió a una distancia que le pareció
segura, cuando vio que pasaban tres minutos sin rastro de Nerys, perdió de tal modo los
nervios que volvió a aproximarse hasta casi tocar a la maldita nube blanca, y hasta disparó
sus armas desintegradoras para ver si lograba alguna respuesta, aunque no las más potentes
ni apuntando directamente a los extragalácticos, por supuesto. Por si acaso.

En todo caso, mi ondina se rematerializó en el lugar del que había desaparecido, a los seis
minutos del hecho y en completo estado de shock.

—No se ha recuperado —nos confía su anonadado capitán, casi susurrando—. Respira, se


mueve, según el médico automático no tiene daños neurales ni de ningún otro tipo pero no
recobra la conciencia. Parece un trauma psíquico en toda regla. Fernando, mi técnico en
soporte vital, que estudió psicología, teme que la impresión que le causara la visión de
esos… seres fuese tan grande, que simplemente se niega a compartir una realidad donde
existen tales abominaciones.

Vaya, justo una teoría como para no darle a ningún otro Especialista en Contactos ganas de
acercarse ni a un pársec de distancia de esa nave con pinta de nubecita generadora de
migrañas.

—Intentamos regresar a Nu Barsa para pedir ayuda, pero creemos que el hipermotor no
funciona cerca de la nave de esos… bichos —sigue lamentándose Saudat.
Claro, eso si lo intentaron de veras… o también puede que todos los quígaros de los
alrededores ya anduvieran conglomerándose por allá por Lambda del Triángulo,
dificultando el hipertránsito al tener sus mentes literalmente en otra parte. Pero ¿para qué
revelar justo ahora la lamentable noticia de que la Comunidad Galáctica se ha quedado o
está a punto de quedarse sin medios de transporte más rápidos que la luz, al menos hasta
nuevo aviso?

—Y lo peor es que, como ni las holocámaras ni otros sistemas de registro de su escafandra


tampoco han grabado nada… dice Lucía, mi técnica en sensores, que probablemente por
culpa de la misma clase de energía que causó las perturbaciones en el hipertrángrafo,
seguimos sin la menor idea de a qué clase de criaturas nos enfrentamos —concluye el
experimentado astronauta, mirándonos fijamente.

O, de manera más específica, mirándome A MÍ fijamente.

Al peso de esa mirada se suma, en pocos segundos, la de toda la tripulación de la Gaudí.

Descontando al ausente tercer oficial Jordi Barceló, claro.

Bien, he entendido. No sólo soy el único condonauta disponible, sino que Nerys es mi
novia.

Triunfar donde ella fracasó será ahora casi un asunto de honor para mí. O eso creen ellos.

El capitán Berenguer carraspea y dice, muy lentamente:

—¿Josué, crees que…?

—Por supuesto —suspiro y me encojo de hombros, como para minimizar el asunto, aunque
ya me parece sentir los primeros sudores y temblequeos pre Contacto. No obstante, creo
que logro sonar bastante convincente al declamar—: Nerys a veces es demasiado
impresionable, si lo sabré yo. Voy a ponerme la escafandra, en cinco minutos podré estar
Contactando con…

—¡Hipertránsito de entrada! —anuncia justo en ese mismo instante Amaya, estropeándome


el efecto final del discurso, y enseguida agrega, con voz temblorosa—. Nave humana, y
acercándose a todo motor. Compruebo la señal del radiofaro… —traga en seco y me mira,
muy seria—: Josué, creo que tendrás que vestirte en menos de cinco minutos. También es
nuestra… y es nada menos que laSalvador Dalí.

Mierda. Éramos pocos y parió mi abuela. Pensé que ya la etapa de corre-corre de esta
ordalía había terminado, pero ahora tendré que seguir compitiendo con el naciborg y su
vengativo discípulo.

Al menos queda el consuelo de que ya las cosas no pueden ponerse peor.


—Entra una trasmisión —continúa la técnica en sensores, y un holograma aparece ante
nosotros.

Día de sorpresas en la flota de Nu Barsa, parece: no es el rostro atezado de Yotuel, ni los


ojos claros de Helmut Schmodt, ni el de ninguno de los otros muchos oficiales y tripulantes
de la Dalí que no conozco… sino una cara bien familiar, de prominente mandíbula y
rotunda musculatura facial, que nos mira por un momento, rechinando los dientes para al
fin decir, con ominosa calma:

—¿A que les da gusto verme, eh? Qué bien… pues será mejor que ustedes y la Servet se
alejen ahora mismo de la nave extragaláctica, si no quieren que los desintegremos,
¡malditos traidores!

Pues las cosas sí que podían empeorar. Quien nos insulta desde la Dalí es Jordi Barceló.

*****

—Frena un poco, Josué; llevas casi medio kilómetro de ventaja, y se supone que tienen que
tocar la nave extragaláctica los tres al mismo tiempo —me recuerda con expresión
preocupada el capitán Berenguer desde una holoventana proyectada sobre mi yelmo. Esta
vez no ha querido delegar en nadie más la responsabilidad de ser mi operador remoto de
Contacto—. No queremos que los de la Dalí pierdan los nervios y se arme aquí mismo la
Primera Guerra Interestelar Catalana, ¿no?

—¿Y si nosotros sí lo queremos? —venenoso, Yotuel sonríe en otra ventana holográfica.

—Krieg si ustedes mogeln —se escucha la voz ronca de Helmut Schmodt, de nuevo un ario
modelo con ojos grises, en otra pequeña holoimagen junto a la de su protegido.

¿De qué le sirve un software de traducción con miles de lenguajes Ajenos programados a
quien se niega a usarlo siquiera para expresarse en un español medianamente pasable?

Según mi propio traductor alemán-español, krieges guerra, y mogeln hacer trampas. Clarito,


clarito. Ambos confían en mí tanto como yo en ellos. Nunca imaginé otra cosa, y no es para
menos.

Este triple holoenlace simultáneo sólo demuestra cuánto se ha complicado la situación.

Aunque podría haber sido peor. Si hubiésemos sido la otra única nave catalana presente en
el sistema, Helmut, Yotuel y sobre todo el resentido Jordi Barceló (¿habrán acaso tomado
los quígaros la muestra de ADN de su prístino recto heterosexual, en vez que de su boca,
para cabrearlo tanto?), de seguro habrían acabado convenciendo a Rubén Molinet, el
capitán de laDalí, para que abriese fuego contra nosotros. Y contra el muy superior
armamento del navío de hipertránsito más grande y moderno de la flota de Nu Barsa, no
nos habría quedado más salida que huir… con los motores inerciales, para más INRI,
porque a los pocos minutos de su entrada, el hipertrángrafo quedó muerto, lo que quiere
decir que también el hipertránsito al estilo quígaro dejó de funcionar definitivamente en
esta Galaxia.

Nunca podremos abandonar este sistema si no obtenemos un nuevo método de transporte


hiperlumínico de esos todavía desconocidos extragalácticos de la nube-nave.

Por suerte para nosotros, aquí estaba también el capitán Saudat con su Servet. Y, por
anticuado que sea, un navío de hipertránsito resulta siempre un factor de peso en un
enfrentamiento armado. Tal vez la Dalí pudiera acabar con ellos y nosotros a la vez, pero
no sin sufrir graves daños en la batalla espacial. Así que la situación podría considerarse
tablas.

El problema de las tres naves, en vez del de los tres cuerpos.

Y todos quietos vigilándonos unos a otros.

O la fábula del condonauta del hortelano, que ni Contacta ni deja Contactar.

Demasiado incómodo para durar mucho rato, ¿no?

Desde la Dalí empezaron insultándonos y luego nos amenazaron a gusto. Jordi se explayó


contándonos todo lo que pensaba hacernos a Amaya y a mí cuando nos tuviera a su alcance;
Yotuel le contó a quien quisiera enterarse de mis menos gloriosas aventuras infantiles en
Barrio Ripio, y Helmut… nunca pensé que ese alemán tuviera una imaginación sexual a la
vez tan fértil y tan podrida. Algunas de las cosas que dijo que le haría a Nerys cuando la
tuviera a su merced habrían ruborizado hasta a los Especialistas en Contacto de mayor
experiencia, como mi amigo Joan.

Pero la etapa intimidatoria duró poco; cuando se dieron cuenta de que ni Berenguer ni
Saudat se amedrentaban o pensaban ceder, no les quedó sino meterse la lengua en salva sea
la parte y negociar.

La discusión demoró tres horas, constantemente salpicada por «sinceras protestas» de


inocencia, y por la mutua y abierta desconfianza, pero al fin logramos (más o menos)
elaborar un plan conjunto.

Por eso ahora los tres condonautas todavía capaces de Contactar nos acercamos a la nave
extragaláctica al mismo tiempo, como buenos amigos; así, supuestamente, cada uno tendrá
su oportunidad, y que gane el mejor Contactando, ¿no?

Qué bonito. Qué fair play. Casi casi me lo creo, incluso.

En Barrio Ripio, el sarcástico Diosdado habría quizás dicho de un arreglo semejante:


«quiero una pelea limpia… pero se vale de todo».
Dos contra uno. Las probabilidades, claro, favorecen a la Dalí y su dúo de Especialistas en
Contacto de primera y cuarta generación, a cuál más matrero y lleno de odio contra mí.

Supongo que uno intentará sacarme de circulación mientras el otro Contacta a sus anchas.

Menos mal que, por definición, los trajes de condonauta no pueden incluir ningún arma
sofisticada. Hasta los telémetros láser se desaconsejan… podrían ser interpretados como
una agresión por algún Ajeno especialmente paranoico, ¿no? De todos modos, es mejor
estar en guardia; siempre podrían probar a estrangularme o partirme la espina dorsal entre
los dos. Y una hoja de metal afilada y/o puntiaguda resulta también bastante fácil de
esconder en cualquier bolsillo.

Tuve que aceptar, claro; el tiempo corre, y si de repente los extragalácticos decidiesen
abandonar este sistema dejándonos atrás… no quiero ni imaginarme el papelón. Y sus
consecuencias.

Si al menos Nerys saliera de su shock, ya el asunto estaría más parejo, y podría estar seguro
de que el capitán Saudat va a apoyar con todas sus armas a las de la Gaudí, para proteger a
su condonauta, pero, ni modo; si los perros tuvieran ruedas, serían carriolas. Mi ondina
sigue sin dar signos de vida consciente. Vaya trauma…

Pero ninguna batalla se pierde hasta que se libra, ni tener grandes probabilidades de ganar
es haber ya ganado. La cuestión es que, incluso uno contra dos, aún estoy en el juego, y
participando.

Ya nos vemos unos a otros. No hay error posible, Helmut usa escafandra roja, Yotuel
blanca (¡qué raro!), y llegan casi juntos desde la misma dirección. La mía es verde, como
de costumbre. Me habría gustado tener una azul; seríamos los tres colores de la bandera de
mi patria lejana. Qué simbólico.

Sangre y pureza contra el verde, que es el color de la esperanza. Y de la bandera de Libia,


que no tiene más detalles. Qué lindo, que alegórico… qué clase de mierdas piensa uno en
estos momentos, ¿no?

—Están a sólo cinco kilómetros de la nave extragaláctica —me dice el capitán Berenguer,
comprobando su telémetro, como si el mío no funcionara—. Sincronicen trayectorias,
aunque no creo que los dejen llegar mucho más cerca. El capitán Saudat supone que en
cualquier momento pueden telepor…

Del dicho al hecho; sus palabras se cortan, y al segundo siguiente ya no nos rodea el negro
del espacio, sino un blanco suavemente luminoso; nos han teleportado.

Ha sido tan suave e indoloro que, si su hipermotor funciona por el estilo, se me ocurre una
buena razón por la que los quígaros huyeron: no hay competencia posible entre su estafa
mental y este sistema.
Estamos en una estancia vacía y de medio kilómetro de diámetro, según mis sensores. Por
supuesto, no hay comunicación. El blanco impoluto de todo el lugar debe estar haciendo
sentirse en la gloria a Yotuel, el obsesionado con la limpieza. Apenas si se distingue su
escafandra, del mismo tono.

Nos rodea un aire perfectamente respirable, con una correcta presión… bueno, en verdad
algo baja, y ¡vaya! tiene helio en vez de nitrógeno, al hablar farfullaremos como el Pato
Donald de la corporación Walt Disney de Northia. Será difícil sonar como un solemne
embajador de esa manera.

Lo raro es que seguimos flotando, ¿no tendrán control gravitatorio estos visitantes?

Conservamos nuestra disposición anterior, a pocas decenas de metros uno del otro, Yotuel
al centro, yo al extremo derecho y Helmut en el izquierdo. Mis dos rivales se miran, se
hacen una casi imperceptible señal y acto seguido se liberan de sus yelmos, en perfecta
sincronía.

Los cascos vacíos flotan como satélites abandonados, mientras sus dueños activan un
instante los micromotores inerciales de sus escafandras y vienen a por mí, con la
coordinada decisión de dos defensas de rugby en cámara lenta; vistosos uniformes
monocromáticos cargando inexorables contra el delantero del equipo contrario que lleva el
balón.

Me lo esperaba; por suerte que al menos no quedé entre los dos. Las peleas no son lo mío,
prefiero «aquí corrió» que «aquí murió», pero si no hay más remedio… juguemos con
pelotas, chicos.

También me quito el yelmo (si hay bacterias o virus extragalácticos con los que no pueda
nuestra inmunidad reforzada, ya veremos después qué hacer) y lo sujeto entre las manos,
pero no cerca del cuerpo, como un jugador de rugby que pretende perforar la defensa
enemiga para marcartouchdown, sino ligeramente separado, a la altura de los ojos, como un
basketbolista dispuesto a anotar canasta.

Nunca fui bueno al rugby… con apenas 1, 70 m y sesenta y cinco kilos, me faltaba
corpulencia, aunque corriera rápido. Pero en el baloncesto, gracias a mi notable
saltabilidad, sí llegué a ser un jugador más que aceptable, casi un campeón. Y ahora pienso
demostrárselos a mis dos atacantes.

El casco, aunque relativamente ligero, es de un material en extremo duro y siempre me


destaqué tirando al aro; con un mínimo de suerte, al primero que se me acerque puedo muy
bien partirle la nariz, no, tengo que pensar bien la estrategia. Nada de al primero; apuntaré a
Yotuel, esos nanos de Helmut capaces de alterar su anatomía también podrían curarle
incómodamente rápido las heridas.

De veras es una lástima que no haya gravedad. Con el lanzamiento, lógicamente, voy a salir
disparado en dirección contraria por la ley de acción y reacción, y además carecerá de esa
fuerza demoledora que tendría a los clásicos 9,8 metros por segundo al cuadrado
terrestres…

Pero, hablando del rey de Roma, y por la puerta asoma… según el gravímetro, ha aparecido
una microgravedad. Todos vamos descendiendo suavemente hasta que nos posamos sobre
el suelo, tan blanco como las paredes; posee una suave y curiosa (algo repugnante, diría
incluso) consistencia de jalea o gelatina, aunque no resulta pegajoso, por suerte.

Flexiono las piernas y sigo sujetando mi casco, inmóvil mientras la gravedad continúa
aumentando poco a poco. Los yelmos abandonados por mis dos adversarios rebotan
suavemente al caer. El rojo de Helmut rueda casi hasta mis pies… perfecto, si puedo
alcanzarlo a tiempo, con un segundo proyectil tendré todavía más oportunidades, ¿por qué
desecharían ellos un arma tan evidente?

Tal vez porque incluso sin ella se sienten seguros de vencerme con facilidad.

Confirmo mi sospecha apenas apoyan los pies sobre el gelatinoso pavimento y continúan su
avance hacia mí, ahora a grandes, casi ingrávidos saltos, que me recuerdan aquellas viejas
grabaciones que una vez descargó Abel de Internet, sobre los primeros seres humanos en la
Luna, a mediados del siglo XX, cuando el Apolo XI.

Helmut extrae una cadena larga y fina de un compartimiento de su escafandra, la despliega


y sujeta con ambas manos adelantadas y separadas casi un metro, en la postura clásica del
estrangulador.

Un error, opino: podría hacerme más daño y desde más lejos blandiéndola como un látigo.

Por su parte, Yotuel es más tradicional y/o ortodoxo en su maldad; ha optado por un
enorme destornillador. Arma perforocortante: puro Barrio Ripio. Tengo que cuidarme de
ambos. Con el traje de triple blindaje, la única zona de mi cabeza realmente vulnerable a un
puntazo de mi compatriota serían los ojos, pero si me distraigo evitando que me deje tuerto,
el naciborg podría muy bien aprovechar para atraparme por atrás y estrangularme a su gusto
enrollándome al cuello la cadena.

Quizás no debí haberme quitado el casco… pero ya es tarde para volver a colocármelo.

Por cierto que ya me pesa en las manos; la gravedad aún aumenta. No necesito del
gravímetro; mis huesos y músculos informan que ya casi iguala a la terrestre. Ojalá no la
sobrepase demasiado.

Ahí llegan, corriendo con todas sus fuerzas, blanco y rojo. Una asesina bandera polaca
contra el pabellón de Libia, bella metáfora, o al menos colorida. El primero en alcanzarme
será Yotuel, y con su destornillador también le va a costar más esquivar o bloquear un
cascazo que a Helmut con la cadena.
—¡Cabrón hijo e’puta! —aúlla el hermano pequeño de Yamil, blanco aspirante a asesino,
cuando se me abalanza con la peligrosa herramienta en alto. No puedo menos que notar lo
fañoso y ridículo que el helio de la atmósfera vuelve su grito de guerra: ¿la venganza del
Pato Donald?

Estoy completamente sereno. Espero. He esperado años este momento.

A los dos metros de distancia le arrojo el casco a la cara: un lanzamiento explosivo con
todas mis fuerzas… que no sirve de nada, porque tras el primer metro de su trayectoria mi
verde y durísimo yelmo se detiene en seco y queda suspendido en el aire, como si lo
retuviese una barrera invisible.

La misma en la que se inmoviliza el largo destornillador de Yotuel cuando intenta


hundírmelo con todos los ímpetus de su venganza largamente soñada. Y contra la que un
segundo más tarde se estrella también Helmut cuando carga con la cadena por delante en
busca de mi cuello.

Ambos forcejean, tratando de liberar sus improvisadas armas, pero sin conseguirlo, así que
ni siquiera intento recuperar mi casco, que sigue inmóvil en el aire. Pero, con calma,
camino hasta el rojo de Helmut y lo tomo sin problemas, menos mal que el modelo de traje
de ultraprotección que usamos los condonautas es
universal. Puede que rojo y verde sea una
combinación que sólo les va a las cotorras, pero es
mejor precaver: no sobreviviría mucho en el espacio
con una escafandra sin yelmo.

Mis aspirantes a ejecutores rojo y blanco aún


forcejean en vano, ya no por recuperar sus armas,
sino al menos por alcanzarme: saltan todo lo alto que
pueden y luego uno se sube encima del otro tratando
de hallar el límite superior de la transparente pero
invulnerable barrera. A continuación corren Ilustración: José Manuel Schmill
separándose de mí en ambas direcciones, tratando de Ordóñez
encontrar su principio o su fin. Pero no sirve de nada;
la muralla, además de invisible y recia, parece dividir
en dos toda la estancia, de lado a lado.

Me intriga su naturaleza: los instrumentos no detectan ningún campo de fuerza ni tampoco


electromagnético, pero ahí está, inexpugnable, como se niegan aún a reconocer mis tercos
enemigos.

Sin nada más que hacer, me siento en el suelo, con el yelmo color sangre en mi regazo. Por
lo que parece, de momento estoy por completo a salvo de mis «colegas» y sus nada
generosas intenciones, así que sólo queda esperar que nuestros extragalácticos anfitriones
den el siguiente paso para el Contacto. Es obvio que controlan por completo la situación.
La han controlado desde el principio.
Pongo la mente en blanco: esto es lo que los antiguos griegos llamaban ataraxia, la calma
filosófica, espera curiosa y no simple pereza. Joan Puigcorbé estaría orgulloso de mí si
pudiera verme.

No tengo que aguardar mucho: un ruido a la vez rasposo y cuchicheante a sus espaldas hace
que Helmut y Yotuel cesen sus infructuosos esfuerzos por vencer la barrera que nos separa
y giren sobre sus talones para enfrentar a lo que sea que haya generado el curioso sonido.

Se acaba de abrir una entrada en la pared blanquecina, a unos doscientos metros a sus
espaldas, según el telémetro de mi traje. Si ya lo decía Amaya, aunque la barrera invisible
me despistó por un momento; evidentemente esto es otra bionave. Quizás debería
especializarme en razas con biotecnología, cuando salga de ésta.

La suerte es loca y a cualquiera le toca. Empezarán por ellos, por lo visto. Supongo que
debería apreciar la bíblica justicia de que los últimos sean los primeros, pero maldita la
gracia que me hace.

La abertura tendrá unos diez metros de diámetro. Lo curioso es que, si bien yo no puedo ver
nada salir por ella, evidentemente mis dos colegas-rivales sí… y que no parece gustarles
mucho lo que ven.

Observo, atento: el curioso suelo blanquecino y gelatinoso se hunde en determinados


puntos. Por las pisadas deduzco que el invisible recién llegado tiene cuatro, quizás seis o
hasta ocho patas, y considerando que están separadas a cerca de dos metros de distancia las
izquierdas de las derechas, le calculo ese ancho, por unos… entre cinco y diez metros de
largo. Grandote, pero no desmesurado. Poquita cosa, para quien ya ha Contactado
continentines y balenópteros kigros. Es una tranquilidad.

Pero Yotuel cae inmediatamente de rodillas y comienza a vomitar, lloroso, llamando entre
gemidos a su hermano muerto e invocando la ayuda ¡de Diosdado el babalawo! Pobre, si la
hubiera conocido, seguramente también apelaría a su madre. Ni hablar de intentar quitarse
el traje, ni de hacer el menor intento por Contactar. Está literalmente muriéndose de asco y
de miedo.

¿Qué será lo que ve que tanto lo aterra y repugna? Por novato que sea, su experiencia
tendrá. Helmut no lo habría llevado consigo de otra manera.

Por supuesto, el experto Especialista en Contactos alemán tiene mayor presencia de ánimo,
pero también tiembla como un azogado. Vaya con el profesional. No obstante, el
entrenamiento hace lo suyo; él sí que se libera del traje rojo, y debajo su piel parece hervir.

Su cuerpo repleto de nanos está modificándose a ojos vistas, tratando de adoptar la


morfología de… ¿de qué? Vaya si me gustaría saberlo. Es raro esto de estar asistiendo al
Primer Contacto de la humanidad con un ente que no puedo ver, mientras que mis colegas
sí. Supongo que la barrera que nos impide el contacto directo también tiene curiosas
propiedades ópticas. Raro concepto de privacidad, como mínimo, el de esta raza venida del
exterior de la Galaxia.

El ritmo de los rasposos cuchicheos crece apresurado, hasta que de pronto es sustituido por
un ulular inarticulado que sube y baja de tono con un estilo sospechosamente familiar.
Apelo al software de traducción… sí, estamos de suerte; es el dialecto de otra de las
seiscientas y algo naves-mundo quígaras con las que alcanzó a contactar la humanidad
antes de que los «Indignos Discípulos» huyeran de la Galaxia. Qué bien que fuesen justo
ellos quienes Contactaran a los extragalácticos antes que nosotros, y que estos dominaran
tan rápidamente su lenguaje.

Por desgracia, y como siempre, la sintaxis de la traducción de lo que está comunicando el


invisible extragaláctico resulta más bien esquizoide:

—Hola, humanos-ustedes. Peroptis-nos. Extragalácticos-nos. Lejanos-no, nos. Magallán


Nube Mayor, nombrar-ustedes, hogar-nos. Venir aquí-ahora, querer-no guerra-ustedes, nos.
Peligro-guerra-otra raza-poder-mucho, miedo-huir, nos. Buscar enemigos-no, nos, lejos-
aquí-ahora, Leche Camino, nombrar ustedes. Contactar quígaros-antes. Raza guerra-no,
ellos. Armas-no, ellos. Miedo-mucho, ellos. Huir lejos- ellos. Contacto útil-no mucho,
ellos. ¿Enemigos-no, guerra-sí, juntos ustedes-nos? ¿Proceder Contacto-sexo, tradición-
ustedes pacto-sellar, ustedes-nos, ahora-aquí?

Todo un discurso; para un Primer Contacto con extragalácticos, está más que claro:

Ya saben quiénes somos los humanos. Bien por la publicidad gratis que nos hicieron los
quígaros. Ellos son los peroptis (o algo así, quizás el término quígaro no tenga jamás
traducción exacta al español… ¿ojos periféricos, tal vez?) que vienen de fuera de la
Galaxia, aunque no de muy lejos, sino apenas de la pequeña nébula-satélite de la Vía
Láctea que conocemos como Nube Mayor de Magallanes.

Llegan en paz, huyendo de otra raza poderosa que los ¿amenaza con la guerra?, y a la que
tienen miedo, y aquí en la Vía Láctea buscan ¿aliados? Pero tiene que ser una raza guerrera,
por eso los quígaros que ni luchan ni tienen armas, y que tienen miedo, que huyen, no les
sirven. Lógico. Y nos proponen Contacto, según nuestra costumbre, por si queremos ser
esos aliados, para sellar el trato.

Y si Helmut Schmodt lo logra, mejor me exilio de vuelta a Barrio Ripio y me escondo en


un hoyo bien profundo, porque en Nu Barsa y en toda la Esfera Humana ese nazi será poco
menos que Dios.

Extragalácticos, con hipermotores eficaces que no dependen de la teleportación quígara, ¿y


buscando aliados guerreros? Hermano peroptis, tengas el aspecto que tengas; si se trata de
guerra creo que has dado con la raza más adecuada de toda la Comunidad Galáctica. Huelo
alianza y negocio.
El naciborg sí ve al peroptis, evidentemente, y está haciendo su mejor esfuerzo para
imitarlo. Que tratándose de un condonauta de cuarta generación, quiere decir mucho.

Condenado a la inacción, observo envidioso su veloz metamorfosis: la carne nanoasistida


cambia bajo su voluntad, como arcilla en las manos de un hábil alfarero. Al menos así me
voy haciendo una idea, aunque sea de segunda mano, sobre el aspecto que tienen los
peroptis…

De los costados, bajo las costillas, le están creciendo rápidamente dos pares de patas extra,
todavía rudimentarias, pero que, supongo, a lo sumo en un par de minutos más serán
funcionales. Como pensé, pero no seis sino ocho: el par delantero más largo, porque si se
está doblando así, el torso anterior quedará casi perpendicular al suelo… se diría un
centauro que además de sus cuatro patas equinas tuviera otra dos, y encima caminara
también ayudándose con los dos brazos de su torso humano, muy largos, ¡vaya anatomía
rara!

Las patas, largas y gruesas, tienen tres articulaciones; las delanteras, incluso cuatro…
todavía no se definen bien, pero yo diría que las del modelo original son segmentadas,
insectoides… ocho o seis patas no hacen gran diferencia ¿quizás tipo mantis, extremidades
delanteras raptadoras, pero que también contribuyen a la marcha, apoyándose en el suelo
semidobladas? Eso debe ser; la espalda de Helmut se va cubriendo de lo que muy bien
podrían ser unos élitros… si hay alas debajo no deben ser funcionales, con ese tamaño
serán muy pesados para volar, pero yo diría que hay… ah, ya se define la cabeza, más
insectil no podría ser: con un pronoto o escudete protector sobre la nuca, largas antenas…
esos nanos son una maravilla, me muero de envidia, lo que pueden hacer a partir de simples
folículos pilosos, parece magia. ¿No podría conseguir un juego igual?

La cabeza, relativamente pequeña, pero con grandes ojos, los nanos no son mágicos,
probablemente los del peroptis modelo sean compuestos, facetados, tienen sentido… pero
para que Helmut pudiera tener unos similares su neurología visual tendría que cambiar
demasiado radicalmente, así que solo le aumentan de tamaño, separándose de paso hacia
los lados del cráneo, eso es: peroptis, visión periférica. La nariz se reduce a su mínima
expresión, dos orificios, el mentón se afila… hay unos palpos a los costados,
definitivamente insectoide, con mandíbulas de apertura horizontal y no vertical… bueno, al
menos ese cabrón alemán no lo va a tener tan fácil, qué rabia, ver la gloria y dejarla
escapar.

Y de pronto, lo absolutamente inesperado sucede: un inarticulado grito de horror estremece


a la mimesis humana de artrópodo de otra Galaxia, que al segundo siguiente se vuelve
indefinida, se borra y se diluye, hasta que en cuestión de diez segundos lo que primero
fuera un hombre nórdico bastante atractivo y luego una sorprendentemente fiel imitación de
un insectoide Ajeno queda reducido a un palpitante montón de carne sin forma definida.

La tensión ha sido demasiada y Helmut no pudo ya controlar más sus propios nanos. Como
tantos Especialistas en Contacto de su generación, la consecuencia es que ha quedado
reducido a un agregado de células temblorosas, escasamente diferenciadas en órganos y
tejidos.
Está jodido y bien jodido. Supongo que en Nu Barsa, con tiempo, terapias adecuadas,
hipnotismo, reprogramación de nanos y demás magia negra de la alta tecnología, podrían
devolverle un aspecto medianamente humano. Pero jamás podrá volver a confiar en las
metamorfosis nanocontroladas. Su vida como condonauta terminó para siempre.

Bien merecido que se lo tiene, por prepotente. Pero, ¿y ahora?

El invisible monstruo insectoide extragaláctico se acerca al montón de carne que hasta hace
poco fuera Helmut Schmodt, parece analizarlo un instante, y luego gira hacia el lloroso
Yotuel que, sin dejarlo acercarse, se pone en pie de un salto y huye a todo correr gritando
de puro pánico, hasta casi incrustarse en una pared, a más de cien metros de distancia,
blanco intentando desaparecer en el blanco.

También él está definitivamente fuera de juego. Quedo yo. Me pongo de pie, decidido, y
avanzo.

Sí, no van lejos los de adelante si los de atrás Contactan bien. O lo intentan, al menos.

Las huellas del invisible peroptis muestran que gira para enfrentarme.

He Contactado insectoides antes, en un par de ocasiones. No escasean razas de tal clase en


la Comunidad Galáctica. No será como un téte-a-tétecon la entidad Evita, ni qué decir
tiene… pero tampoco como para echarse a llorar. Aunque igual me preocupa un poco ese
pánico que ha puesto fuera de combate a Helmut y Yotuel. ¿Qué tendrá de horrendo ese ser
que hace su vista tan difícil de soportar a dos condonautas profesionales?

Camino con los brazos prudentemente extendidos, hasta tocar la barrera, que sigue siendo
invisible, aunque ahora ya no es sólida, sino casi fluida. Tras breve vacilación, seguro de
que en cuanto la atraviese finalmente veré al peroptis, la cruzo con un único paso largo.

Entonces lo veo. Y lo huelo. Shangó, Obbatalá y la Virgen del Cobre.

No puedo menos que echarme a reír.

Con la pequeña cabeza de ojos compuestos y largas antenas, la parte anterior del tórax
perpendicular al suelo, balanceando libre el larguísimo par de patas delantero mientras
oscila sobre los tres pares posteriores firmemente asentados en el gelatinoso material
blanquecino, el terrible peroptis resulta una especie de híbrido octópodo entre mantis
religiosa y cucaracha.

Sólo que mide casi cinco metros de altura por diez de largo, y además, como ¡tonto de mí!
debí sospechar desde el principio con todo este níveo decorado, carece por completo de
pigmentación: bajo su tegumento traslúcido se pueden ver sus músculos moviéndose, su
sistema digestivo, sus pulmones…

Y su aroma es a la vez dulce, penetrante y almizclado. Vaya monstruo, ¿no?


Sigo riendo y dejo atrás al indiferenciado montón de carne que fuera Helmut Schmodt.

Dios, o los dioses, o los orishas, existe o existen, y me quieren.

Ironías del destino: mientras que para el pobre Yotuel tan sólo verla fue ya una impresión
demasiado fuerte (ah, traumas de la infancia… ¿algún cliente lo habrá amenazado quizás
con echarlo a las cucarachas si contaba de sus encuentros?), lo que es a mí este ser venido
de la Nube mayor de Magallanes me resulta completa y tranquilizadoramente familiar, tan
cómodamente parecido a Atevi, mi albina Periplaneta americana mutantis, corredora
campeona de mi niñez en Barrio Ripio que al segundo siguiente, sin dejar de avanzar, ya
me estoy despojando del traje verde para dejar al descubierto una de las más sólidas
erecciones que he conseguido en los últimos tiempos ante un posible Contacto.

Sin contar a la entidad Evita, claro está.

Me preocupan un poco ciertas particularidades que recuerdo de la anatomía sexual de los


insectos… de los terrestres, claro; éstos de otra Galaxia, por mucho que se parezcan
exteriormente, no tienen que ser iguales; para empezar, tienen ocho patas. Además, debe
tener pulmones y no tráqueas, para poder respirar con ese tamaño, y endoesqueleto interno
además de exoesqueleto para sostenerse.

Pero ya averiguarán eso después los exobiólogos. Ahora me importa más saber si se trata de
un macho cuyo pene córneo deberé alojar en mis entrañas, lo que, según el tamaño y la
textura del órgano, podría resultar más o menos doloroso, o de una hembra que tendría yo
que penetrar, en cuyo caso, pudiera ser tarea relativamente fácil si tiene una cloaca como se
debe, o muy complicada, si como ocurre en ciertas especies de chinches, carece de orificio
sexual y el macho debe clavarle su órgano copulador por donde pueda, perforando a través
del córneo tegumento quitinoso para verter su esperma.

Aunque ésos son sólo detalles: no he llegado tan lejos ni con tanto esfuerzo para detenerme
por esas minucias. Si necesito vaselina o un cincel, los usaré, y luego que me reparen
Amaya y el médico automático, que habrá valido la pena. No se hace una tortilla sin romper
huevos, ¿no?

Reaccionando a mi avance, cuando ya estoy a escasos metros de distancia, el enorme y


transparente peroptis gira elegantemente y alza los élitros, apoyando las patas delanteras en
el suelo, para luego abrir mucho las traseras, en inconfundible invitación. Una abertura
húmeda se abre ante mis ojos; no hay dudas de que soy un suertudo. Una hembra, y con
cloaca bien lubricada…

—Humanos guerra-sí, aliados peroptis-sí —comienzo a decir, y del altavoz de mi traductor


surgen los correspondientes y rasposos chasquidos—. Interesar motor-largo alcance
peroptis… —mientras pienso que, por mucho que baje esa grupa, voy a tener que subirme
encima de un casco para alcanzarla.

Menos mal que aún tengo el que fuera de Helmut, ¿no?


*****

—Bienvenidos a la Estación Geosincrónica de Tránsito Clifford Simak —se escucha la


bien timbrada voz de la sobrecargo, con ese tono cantarín y sincopado típico de todos los
profesionales acostumbrados a tratar con viajeros y/o turistas—. Los que deseen descender
al planeta pueden acudir al puerto de lanzaderas; las salidas son cada cuarto de hora. Los
que deseen disfrutar de las ofertas de nuestro casino libre de impuestos, háganselo saber al
personal uniformado. A los demás les sugerimos que disfruten de la excepcional vista de la
Tierra que ofrecen nuestras holopantallas panorámicas.

Las que, por supuesto, en ese mismo momento se activan espectacularmente. Murmullos de
admiración, aplausos. Todavía los humanos no nos acostumbramos a ser habitantes del
Cosmos. Siempre da su cosquillita en el pecho volver al planeta de origen en toda su gloria,
desde una órbita cercana.

Incluso a mí me la da, de hecho, y hasta se me aguan los ojos, vaya.

La inconfundible silueta azul velada de nubes acapara las miradas de todos los pasajeros…
bueno, de casi todos; algunos prefieren mirarme a mí, y no me extraña; desde que
Contactando a los extragalácticos peroptis me convirtiera en el héroe de Nu Barsa, de los
catalanes y de toda la humanidad, mi rostro ha estado tanto tiempo en los holodiarios, que
ni pelándome al rape y dejándome esta barbita rala que uso ahora podía aspirar a pasar
completamente inadvertido en una multitud.

Echo de menos mis dreadlocks… pero muchas más cosas han cambiado en estos seis
meses.

Los navíos de hipertránsito Miquel Servet ySalvador Dalí y la fragata Antoni Gaudí, con


todas sus tripulaciones, regresamos a Nu Barsa al tercer día después del Contacto con los
peroptis. Nuestros flamantes y despigmentados aliados insectoides de la Nube mayor de
Magallanes englobaron a los tres aparatos humanos con su gelatinoso «vehículo
hiperespacial» y saltaron hasta el enclave catalán, ¡un solo salto!, sirviéndonos
amablemente de nave madre, o de taxi, según mi irónico amigo Joan.

Su sistema de hipertránsito, después de todo, no resultó muy diferente del de esos


estafadores quígaros. Se basa igualmente en teleportaciones e involucra materia viviente:
las naves-nubes de jalea blanca no son otra cosa que larvas de los propios peroptis, cuyo
desarrollo se modifica para que no existan completamente en nuestro espacio
tridimensional… o algo así.

Simple y eficaz, ¿no? Para el que lo entienda, claro. Y yo no soy uno de ellos. Quizás mi
amigo Jaume Verdaguer (al que finalmente le hice alzar la prometida estatua en vida, para
honrar su olfato sobre la verdadera naturaleza del hipertránsito de los quígaros…
privilegios de un héroe) y su puñado de físicos locos puedan comprenderlo, pero lo que es
yo y la mayor parte de la gente…
En fin, el caso es que FUNCIONA, y con eso me basta. A mí y al resto de la humanidad.

Parece incluso que los de la Nube mayor de Magallanes ya navegaban por el hiperespacio
antes de volverse plenamente racionales, lo que ha fascinado a los exobiólogos humanos y
Ajenos; cuesta trabajo incluso imaginarse a una raza de seres similares a nuestras hormigas
dispersándose por el Cosmos sin siquiera poseer inteligencia. Y pensar que les costaba
trabajo crees que los «Indignos Discípulos» hubieran evolucionado en pleno espacio. Cómo
cambian los tiempos, ¿no?

Superando con gran esfuerzo la inicial repugnancia instintiva de tratar con cucarachas
octópodas albinas gigantes, las relaciones de la humanidad con los peroptis marchan viento
en popa. Ayuda el que puedan hacerse invisibles cuando quieren, por cierto. Pero ya
estamos recibiendo tecnología suya y ellos también están más que satisfechos. Querían
aliados, y los consiguieron.

Los Especialistas en Contacto, y no sólo los humanos, hemos estado bastante ocupados en
este tiempo; las negociaciones para que la pacífica Comunidad Galáctica se convierta en la
Fuerza de Defensa Pangaláctica no han resultado precisamente sencillas. Que miles de
razas se pongan de acuerdo en cualquier cosa es asunto laborioso… aunque el detalle de
que, tras el pánico que cundió al cortarse todo contacto cuando se marcharon los quígaros y
dejaron de funcionar sus falsos hipermotores «tarplinos», fuéramos precisamente los
humanos y peroptis quienes acudiésemos a restablecer las comunicaciones, ha convencido
ya a miles de especies Ajenas de nuestras buenas intenciones conjuntas.

Por cierto, hay una inmensa ironía implícita en todo este asunto.

Yo demoré un par de semanas en captarlo, pero la cuestión es que, si los tarplinos no


existieron jamás y los hipermotores eran un fraude de los quígaros para disimular su
teleportación interestelar, una vez que se desenmascara todo el tinglado, ¿qué sentido tiene
continuar con el sacrosanto y antiquísimo Protocolo de Contactos?

Sobre todo considerando que lo más probable es que los «Indignos Discípulos» lo
establecieran hace millones de años como un modo subrepticio de adquirir el ADN de las
especies racionales con las que se encontraban, ya fuese para fabricar sus razas de clones-
esclavos, ya para poder enriquecer el suyo propio y así lograr esa gran variedad de
apariencias que mostraban… y que ése fuera su único sentido, hasta que cuando los
paranoicos e ingeniosos algoleños crearon su «count-down» a prueba de abusos con el
ADN de los Especialistas en Contacto, el asunto se les estropeó a los Gitanos Ajenos, y ya
únicamente siguió adelante por pura inercia.

¿Será eso, simplemente la fuerza de la costumbre? ¿Dejé que ese pulpo baboso de
Valaurgh-Alesh-23 jugara al otorrinolaringólogo y al proctólogo conmigo sólo porque «un
hábito es un hábito»? ¿Y por lo mismo luego «cohabité» con esa versión aumentada de
Atevi que son los peroptis, y lo siguen haciendo todos los condonautas de la Comunidad
Galáctica?
Lo dudo. Pero nadie ha siquiera osado referirse al particular. Supongo que a todos los seres
racionales, humanos o ajenos, nos cuesta admitir que hemos hecho el papel de idiotas
durante mucho tiempo. Y si ya tuvimos que aceptarlo con lo de los hipermotores confesar
también que lo del Protocolo era una estafa podría ser demasiado.

Debe ser eso… o que, en realidad, a muchos nos gusta tener una excusa para un poquito de
experimentación sexual.

El caso es que incluso, sin tarplinos ni quígaros, parece que habrá Protocolo de Contactos y
condonautas para rato.

Sólo espero que a nadie se le ocurra proponerles un Contacto a los enemigos de los
peroptis.

Poco sabemos aún sobre esos misteriosos invasores extragalácticos, tan crueles y poderosos
que los peroptis tuvieron que viajar fuera de Nube Mayor de Magallanes en busca de ayuda
para enfrentarlos. Ellos ni siquiera tienen un nombre para designarlos: en su cultura,
nombrar algo es concederle existencia y creen que para vencer a un enemigo se comienza
por negarlo.

Por el momento, parece que provienen de fuera de la pequeña Galaxia satélite de la Vía
Láctea, si bien su origen no está claro. En cuanto a su naturaleza, nuestros aliados albinos,
probablemente aún no muy duchos a la hora de hacerse entender (o elusivos para revelar
información con valor militar, dicen nuestros estrategas) los definen como seres del espacio
negativo.

¿Querrán decir quizás antimateria? Habrá que aclarar bien ese particular. Por si acaso.

El caso es que arrasan con todo lo que encuentran, más interesados en destruir que en
conquistar.

Ojalá y se encontraran en una de sus invasiones a los quígaros y los borraran de la


existencia.

Por cierto que, en opinión de nuestros recientes aliados, la extraña y súbita huida con
destino desconocido de todas las naves-mundo de los «Indignos Discípulos» habría sido
provocada simplemente por miedo a esos implacables seres, y sus aterrados cálculos de
que, tras acabar con las dos Nubes de Magallanes, la emprenderían con nuestra propia
Galaxia. Así que, pacifistas al fin, que es como decir cobardes, habrían optado por poner
distancia entre ellos y la nueva amenaza, como yo supuse. Después de todo, si otra raza iba
a privarlos del monopolio del hipertránsito, ¿para qué quedarse, no?

Tiene sentido, supongo. Quizás algún día volvamos a encontrarnos a los quígaros, ahora
que la MetaGalaxia está abierta a las naves vivientes con capacidad de viaje hiperespacial
de los peroptis… y así podremos pedirles cuentas por su cobardía y su estafa de siglos. Y
saber por qué lo hicieron.
Al momento, ya varias naves exploradoras humanas con (bio)tecnología de hipersalto
peroptis han visitado Galaxias lejanísimas. Y en la Nebulosa del Cangrejo, el tercer planeta
de una estrella roja fue bautizado, ¿adivinan cómo? ¡Josué Valdés! Ya se está
terraformando para ser Nueva Catalunya.

Tengo el honor de ser el Primer Ciudadano de la flamante colonia, la primera establecida


por la humanidad fuera de la Vía Láctea. Y espero que no sea la última.

Algún día la visitaré, supongo. Si los peroptis no nos abandonan también a nuestra suerte,
privándonos de la capacidad de hipertránsito, claro.

Pero no será ahora, por supuesto. Porque hoy comienzan mis vacaciones y bien que me las
he ganado; las especiales circunstancias que tanto dificultan el fluido Contacto entre
condonautas humanos y peroptis me obligaron a trabajar duro y sin pausa durante largas
semanas.

Me duelen hasta músculos que no sabía que tenía: las hembras peroptis pueden ser muy
exigentes: en su raza, los machos no son racionales, y desde que descubrieron el encanto de
«cohabitar» con sus semejantes intelectuales, no nos dejan tranquilos ni a sol ni sombra a
los escasos Especialistas en Contactos humanos capaces tanto de vencer el asco como de
cumplir sus expectativas.

Mi buen amigo Joan trató de consolarme una vez diciéndome que seguro que las
cucarachonas albinas encontraban tan repugnante nuestra anatomía como nosotros la suya.
Bueno, justo él fue el segundo humano en Contactar a una peroptis, abandonando su retiro.
No se pudo perder la fiesta, supongo. Así que dejaré que se crea eso, si los hace felices a él
y a Sonya.

Mi relación con Nerys terminó abruptamente cuando la ondina logró finalmente salir del
shock a la segunda semana de terapia. No quiso volver a verme, ni siquiera a través de la
holopantalla; me mandó a decir que cualquier hombre tan sucio como para aceptar tener
Contacto con seres tan repugnantes como esos… bichos, haría mejor en nunca volver a
acercársele.

Qué poco profesional, ¿no? Bueno, oí que va a dejar el departamento, para dolor de Miquel
Llul.

Jordi Barceló nunca reveló lo que le hicieron los quígaros, pero también abandonó la flota,
oí decir que está tratando de volver a la Armada. Mejor para él, y para Gisela y Amaya, que
por poco vienen conmigo en este viaje. Pero dejó a Antares en la Gaudí, eso sí.

Helmut Schmodt aún no se ha restablecido del todo; si bien ha ya recuperado casi en un


cincuenta por ciento la apariencia antropomorfa, todavía lo sacuden ocasionales espasmos
de indiferenciación caótica. Pasé a verlo antes de tomar la hipernave hacia la Tierra y no
me reconoció, el pobre.
Yotuel sí, y empezó a aullar incoherencias, como que yo era una cucaracha disfrazada de
humano y que le dieran insecticida para matarme y demostrarlo. Los psiquiatras no tienen
muchas esperanzas de curarlo, pero doné unos cuantos millones de créditos para que lo
intenten.

No soy rencoroso, y a Diosdado no le habría gustado ver que me ensaño con otro de sus
chicos.

Ahora estoy más cerca de la Tierra que lo que he estado en ocho años. Y vaya si emociona.

Sonya, la esposa de Joan, me preguntó antes de partir si me sentía como un desterrado que
regresa a su hogar victorioso.

No sé. No me siento triunfador, aunque la verdad es que no me ha ido nada mal.

Yo mismo elegí el destierro, eso sí… y he tenido mucha suerte, simplemente.

Pero siempre me faltó algo, y tras años negándome a aceptarlo, creo que al fin he
conseguido reunir el valor para confesarme lo que es y venir a buscarlo.

—Josué Valdés —dice una voz por la amplificación—. Lo esperan en el salón de


encuentros.

Llegó el momento. Trago en seco y echo a caminar, alejándome de la hipnótica vista de la


Tierra.

Una vez dejé este planeta y prometí jamás regresar; y acepté renunciar a mi infancia, a mis
orígenes, a todo lo que me hacía ser yo, ¿para ganar qué?

Bueno, uno no puede cumplir todas las promesas, ¿no?, sobre todo las que se hace a sí
mismo.

Tuvieron que pasar años, tuve que recorrer media Galaxia y Contactar con decenas de seres
nacidos bajo otros soles para descubrir algo que siempre nos decía Diosdado, como
moraleja o colofón de uno de sus patakíes o fábulas de orishas: no hay viaje verdadero sin
regreso al punto de partida.

Aunque ese lugar ya no sea nunca el mismo que dejamos atrás. Como no somos nunca los
mismos nosotros, tampoco. No hay regreso posible, ése es el verdadero secreto de la
nostalgia.

Pero a veces sí hay sucedáneos más que aceptables. Y todo regreso es una nueva partida.

Por suerte, Abel aceptó que nos viéramos por primera vez en esta Estación… terreno
neutral; reencontrarnos allá abajo, en la Tierra, en CH, en Barrio Ripio, habría sido
demasiado brusco para mí.
Espero sólo que no se ría cuando le devuelva esos mil cucs que hace ocho años me prestó.
Una amistad interrumpida necesita ritos para reanudarse, y éste de pagar una deuda, creo,
resulta tan bueno como cualquier otro…

Axxón 224 – Noviembre de 2011

Novela de autor latinoamericano (Novela : Fantástico : Ciencia Ficción : Viaje espacial :


Contacto con extraterrestres : Tecnología : Cuba : Cubano).

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