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Mitos y Leyendas para Niños

Este documento presenta varios mitos tradicionales de diferentes culturas para ser utilizados en la educación inicial. Incluye resúmenes de 3 mitos: el mito guajiro de la Creación de la Vida, en el que diferentes dioses crean la Tierra, los animales, las plantas y a los primeros humanos; el mito americano de Después de la Lluvia, sobre un hombre y una mujer que repueblan la Tierra después de un gran diluvio; y el mito mapuche de Los Abuelos de las Estrellas, que explica cómo

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Mitos y Leyendas para Niños

Este documento presenta varios mitos tradicionales de diferentes culturas para ser utilizados en la educación inicial. Incluye resúmenes de 3 mitos: el mito guajiro de la Creación de la Vida, en el que diferentes dioses crean la Tierra, los animales, las plantas y a los primeros humanos; el mito americano de Después de la Lluvia, sobre un hombre y una mujer que repueblan la Tierra después de un gran diluvio; y el mito mapuche de Los Abuelos de las Estrellas, que explica cómo

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ISPEI Sara C.

De Eccleston
Profesorado en Educación Inicial

LITERATURA EN LA EDUCACIÓN INICIAL

Narrativa breve: Mitos, Leyendas y Cuentos para el


Jardín de Infantes

Profesora y Licenciada en Letras: Gabriela María Romeo

Alumno/a:
MITOS

LISTADO DE MITOS

Creación de la vida
Después de la lluvia
Los abuelos de las estrellas
Un mar de lágrimas
Un regalo del cielo

CREACIÓN DE LA VIDA (Guajiros: Colombia y Venezuela)

En la península de La Guajira, en el mar Caribe, allí mismo nacieron y


viven los guajiros. Hace miles de años, en el cielo había un dios llamado
Maleiwa.Y no muy lejos de él estaban el Sol, la Luna y la Lluvia. Y
abajo, la Tierra. Muy sola y vacía.
El Sol tenía una hija. Su nombre era Claridad.
La Luna tenía dos hijas. Se llamaban Oscuridad y Estrellas.
Hubo un día en que la Lluvia se fue a pasear y, caminando, llegó hasta
donde estaba Tierra. Dicen que Lluvia se puso tan contenta por
conocerla, que le dedicó una canción, y esa canción fue un rayo.
El rayo cayó sobre Tierra y en ese lugar nació el primer caballo blanco.
Ya Tierra no estaba tan sola y le gustó esa vida que surgió de ella.
Entonces Lluvia envió más rayos y nacieron las plantas, los arbustos,
las flores, los frutos. A Tierra le gustó mucho, pero ella quería criaturas
que se movieran. Las plantas estaban quietas.
-Quiero que mis hijos caminen como el caballo blanco -se quejó con
tristeza.
Maleiwa no quería esa pena en Tierra y se propuso alegrarla. Por eso
bajó a la región de la alta Guajira, para hacer hombres en toda la tierra,
los primeros guajiros. Y les dijo que se moverían, y les dio el don de la
palabra.
Después, hizo a los animales. A ellos no los dejó hablar.
A cambio, los creó muy distintos entre sí. A algunos les dijo que podrían
volar, a otros que andarían en cuatro patas. Los había tan pequeños
que casi no se veían, y también enormes. El cielo, las selvas, los ríos, el
mar; todo se llenó de vida.
Entonces, les comentó a los hombres que había animales que podrían
domesticar, y otros serían feroces y andarían por las selvas, sin amos.
También les dio herramientas para trabajar y les explicó que deberían
cuidar a su familia y cómo debían comportarse en sociedad. Y les
aseguró que la lluvia era buena para Tierra, pero si llovía demasiado,
todo se inundaría. Por eso, creó el Arco Iris, que hizo brotar de la gran

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boca de un caimán. Cuando aparece el Arco Iris es para decirle a Lluvia
que debe retirarse.
Así, la inmensa Tierra se pobló de criaturas alegres, que se movían,
corrían, volaban, nadaban. Y de hombres, los guajiros, respetuosos del
Dios que los había creado.

DESPUÉS DE LA LLUVIA (Mito americano)

Un día, hace mucho tiempo, comenzó a llover y tanto duró la lluvia que
hubo una gran inundación. Cuando el sol finalmente se asomó en el
cielo, todo era silencio y agua. Y, sin embargo, un hombre y una mujer
habían logrado salvarse, en lo alto de una montaña. Habían cargado
una canoa con frutos. Estaban flacos y débiles, pero no murieron de
hambre. El sol los llenó de esperanza. Las aguas comenzaron a bajar.
Ella se llamaba Amalivaca, y él se llamaba Vochi.
Subieron a la canoa y recorrieron el mar. Las islas y los árboles
asomaban otra vez. Llegaron a una playa de arenas blancas y
recorrieron el lugar, pero no encontraron a otros como ellos. Y tras
mucho andar, se dieron cuenta de que no había nadie más en el
mundo. Entonces les rogaron a los dioses:
—¡No queremos estar solos! ¡No queremos más desastres! ¿Qué
debemos hacer?
Los dioses, después de escuchar los ruegos, les dijeron que tomaran
semillas de un árbol, la palma de moriche, y que las sembraran en una
colina.
Esperaron días y noches. ¡Qué silencioso era aquel mundo! Amalivaca y
Vochi se abrazaban mirando las estrellas en las playas solitarias. Los
dioses les pidieron paciencia.
Y un día, en los frutos de aquellos árboles, nacieron hombres y
mujeres. Entonces los mares y ríos se llenaron de peces, y los bosques,
de animales y pájaros. Y del suelo brotó el cacao, la yuca, las papas, el
maíz, la mandioca, el algodón, los frijoles, el ají. Y también las
guayabas, una planta que daba dulces frutos de pulpa blanca o
anaranjada. Y los dioses les enseñaron a cultivar y a pescar, a construir
sus casas sobre el agua. En sus viviendas flotantes, ya no temían a las
lluvias y tampoco a los animales feroces que había en los bosques y
praderas.
Y así fue como, otra vez, el mundo se llenó de gente, de sonidos y de
alegría.

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LOS ABUELOS DE LAS ESTRELLAS (Mito mapuche)

Era un tiempo tan lejano que todavía los mapuches no conocían el


fuego. Cuando el Sol desaparecía del cielo, el miedo a la noche los
aterraba. Por eso querían a las estrellas. Los padres decían a sus hijos:
-Cada estrella es uno de nuestros abuelos, que ahora cazan avestruces
en los cielos.
Y otras veces decían:
-Un día, cada uno de nosotros será una estrella.
Y se consolaban por las noches con esa luz buena, pero insuficiente
para no temer a la oscuridad.
¡Con qué alegría recibían al Sol! ¡Qué fiesta cada amanecer! Las
sombras se desvanecían, todo se volvía luminoso. El Sol y la Luna eran
los dioses preferidos, por eso los llamaban Padre y Madre.
Pero no todo lo que era luminoso era bueno. El dios Cheruve era de
enojarse mucho y cuando eso ocurría, los volcanes se despertaban, y
ríos de lava calcinaban las pendientes.
Pero hubo un atardecer diferente, porque en el horizonte apareció una
estrella con una larga cola dorada. Asustados, hombres y mujeres,
abuelas y nietos se fueron a sus cuevas.
Las montañas temblaron, el suelo se empezó a mover.
-¡Los dioses están enojados! -gritaban algunos y pedían clemencia.
La estrella había comenzado a lanzar unas piedras extrañas, que
despedían chispas y caían una tras otra. Desde las bocas de las cuevas,
las familias mapuches miraban con asombro aquella lluvia de piedras
luminosas. Cuando observaron que el tronco seco de un árbol se
prendió fuego por el contacto con las piedras, quedaron admirados.
De pronto, la estrella se quedó vacía de piedras y desapareció del cielo.
En muchos lugares había llamas. Los hombres se acercaron y les
resultó agradable aquel calor. También les gustó que el fuego iluminara
la noche.
Y pronto descubrieron que podían cocinar sus alimentos. Una anciana
sabia dijo:
-Nuestros abuelos estrellas nos han enviado un gran regalo: la piedra
del fuego.
Así fue como los mapuches nos cuentan cómo descubrieron el fuego,
gracias a una piedra que se llama pedernal y que echa chispas cada vez
que choca o se frota con otra piedra.

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UN MAR DE LÁGRIMAS (Mito tehuelche)

Hace muchísimo tiempo, no había mares ni ríos; no había días ni


noches, ni soles ni perros. Todo era oscuro remolino de niebla. Allí
andaba Kooch, alguien que siempre existió, esperando que algo, alguna
vez le pasara.
Pero como nada nunca ocurría, probó ponerse a llorar. Y tanto lloró
cuando lloró, que sus lágrimas formaron el océano. Y tanto creció el
agua cuando creció, que Kooch casi se ahoga. Y tanto se asustó cuando
estuvo a punto de ahogarse, que se olvidó de llorar. Y el mar se olvidó
de crecer. Entonces Kooch suspiró aliviado y se originó el primer viento.
Después de tantas emociones, Kooch quiso conocer qué había
provocado y separó las tinieblas como quien abre un telón. El
movimiento de su mano hizo una chispa y esa chispa redonda se
convirtió en el sol. Xaleshen -como llaman al sol los tehuelches- se alzó
sobre el mar y dio luz al paisaje. Aspiró el agua de esos mares y formó
las nubes. El viento sopló entre las nubes y les dio movimiento. Algunas
chocaron y cayeron como lluvia. Otras quedaron deambulando.
Imparable, Kooch siguió jugando con sus poderes hasta que hizo brotar
una isla en medio del océano. Y en esa isla dio vida a los animales que
él mismo diseñó.
Solo entonces, y ya un poco cansado, el creador se alejó hacia el
horizonte. A su paso hizo surgir otras tierras, también en medio del
mar. Y nada más habría para contar de esos tiempos, de no haber sido
por el nacimiento de los gigantes. Fueron ellos, los tremendos hijos de
la oscuridad, el principio de una nueva historia.

(Mito de creación o cosmogónico de origen tehuelche del libro “Mitos y


leyendas de la Patagonia”, Silvia Schujer)

UN REGALO DEL CIELO (Mito diaguita)

Inti, el dios Sol, notaba con placer que los hombres trabajaban,
cumplían las leyes que había dispuesto para ellos y que vivían en
armonía con la naturaleza. Los demonios del Imperio inca se habían
extendido por enormes regiones de Sudamérica. Y allí, en los Valles
Calchaquíes, en un paisaje de ensueño, los diaguitas sacaban frutos a
la tierra con esfuerzo.
Al dios Sol lo conmovía ver tanto empeño y sintió un deseo:
-Quiero hacerles un regalo. ¿Pero cuál? En esa tierra ya no cabe más
belleza.

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Entonces, vio un cóndor planeando sobre las cumbres. Con sus alas
desplegadas, sin mover una pluma, el gigantesco pájaro le dio, sin
querer, la idea para el regalo. Con su voz de fuego, el Sol dijo:
-Es cierto. No cabe más belleza en esos valles, pero sí podría crear algo
nuevo en el cielo.
Y un día, después de una lluvia que mojó los cardones y el polvo de los
caminos, los hombres vieron con reverencia el primer arco iris,
estampado en el cielo de horizonte a horizonte. Se preguntaban si
aquello era un signo bueno o malo, pero pronto perdieron todo temor…
¡no podía ser malo algo tan bello!
Un anciano entendió el mensaje del dios Sol y tranquilizó a su pueblo:
-Esto es un regalo. El dios Sol nos ha premiado.
Eran siete colores: violeta, índigo, azul, verde, amarillo, rojo,
anaranjado.
Eran siete regalos del cielo para alegrar a hombres y mujeres después
de la lluvia.

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LEYENDAS

LISTADO DE LEYENDAS

Sobre animales:
El Murciélago
El Picaflor
El Tero
Jaboti, la Tortuga
La Iguana

Sobre fenómenos de la naturaleza:


El Viento y el Sol

Sobre vegetales:
Cómo nació el Mate
El Amancay
El Café
El Irupé
Flor del Ceibo
La sombra del Ombú

EL MURCIÉLAGO (Leyenda mexicana)

El murciélago, ese animal negro mezcla de ratón con pájaro, que sólo
sale por las noches, no siempre tuvo el feo aspecto que conocemos hoy.
Cuenta la leyenda que, un día, el murciélago tenía mucho frío.
Entonces, subió al cielo a pedirle a Dios que le diera plumas.
Pero Dios ya no tenía más, las había utilizado en todas las aves.
Fue entonces cuando le dijo:
-Anda, ve y pídele a las aves, ellas seguramente te darán algunas para
poder abrigarte -respondió Dios.
Fue así como el murciélago, siguiendo el consejo del Creador, volvió a la
tierra a pedirles plumas a las aves.
Todas las aves fueron buenas y generosas y le regalaron alguna pluma
para que no tuviera más frío.
Pidiendo y pidiendo, fue juntando de a poco muchas plumas.
Plumas largas, plumas cortas, plumas suaves y plumas de todos los
colores.
Con mucho cuidado, las combinó y se las colocó formando el más bello
plumaje jamás visto.

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Todas las demás aves se detenían al ver volar al murciélago. No podían
creer lo bello que era.
Y algunas, al verlo pasar murmuraban:
-¡Qué hermoso es! ¡Qué bien vuela!
Tenía tantas plumas diferentes y de tan bellos colores que una tarde, al
aletear entre los lagos, las nubes y el reflejo del sol, creó el arco iris.
Entonces, el murciélago se sintió más bello que nadie y se volvió
vanidoso y soberbio.
-Ustedes son feas -les decía burlonamente a las golondrinas.
-¡Cómo se atreven a volar cerca de mí! -le gritaba a todo pájaro que
intentaba acercarse.
El colibrí, los loros, las palomas, las gaviotas y los tucanes ya no
soportaban el maltrato y las ofensas del murciélago.
Fue entonces cuando Dios, escuchó el reclamo de las otras aves y le
sacó inmediatamente las alas al murciélago.
Desde ese momento, el murciélago sólo sale a volar al anochecer,
escondiéndose de las demás aves, para que no vean al que una vez fue
el ser más hermoso, trasformado hoy en una de las criaturas menos
agraciadas de la creación.
Y anda por ahí, en la oscuridad, tal vez intentando recuperar sus
hermosas alas.

EL PICAFLOR (Adaptación de Silvia Schujer)

Esto pasó hace mucho. Cuando el mundo era tan nuevo que las
personas aún no lo habitaban. Sí, en cambio, los ríos y los arroyos. Las
montañas y las piedras. Las flores y los animales. ¿Todas las flores? Sí,
todas. ¿Todos los animales? No, todos no. Había peces y sapos. Iguanas
y abejas. También había pájaros, muchos pájaros. Pero no como los
conocemos ahora. Porque aunque ya tenían alas para volar y voces con
que trinar, todavía eran de un mismo y único color: marrones como la
tierra.
-Nuestras plumas no son coloridas -se quejaban.
-¿Por qué no podemos parecernos a las flores?
Así decían los pájaros hasta que una mañana decidieron hacer un viaje
al cielo y pedirle a Inti –el Sol- que les pintara las plumas con los
mismos colores que había usado para las flores.
Reunidos en bandadas, igual que abanicos abiertos, los pájaros
iniciaron su viaje bien temprano para volver antes del anochecer. No
todos formaron parte de la expedición. Los horneros se quedaron en la
tierra para seguir trabajando. Las calandrias, para cantar. ¿Y unos que
se llamaban tumiñicos? Los tumiñicos se quedaron en la tierra porque
eran tan chiquititos que jamás hubieran llegado hasta el Sol. Se

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quedaron volando bajito, inquietos y livianos como la brisa. andando
nerviosos de una flor a otra flor.
Pero el día pasó y los viajeros no volvieron. Llegó la noche y tampoco.
¿Qué había pasado en el cielo, tan cerca del reino del Sol?
-¡Pobres criaturas! –dijo Inti cuando vio a los pájaros que volaban hacia
él-. ¡No deben llegar hasta mí! ¡Mis rayos los van a quemar! Entonces
reunió a las nubes. Les ordenó que los escondiesen y les pidió que
hicieran caer una lluvia copiosa justo ahí, donde los pájaros que habían
ido a buscarlo no paraban de volar. Apenas los viajeros aterrizaron en
un claro para guarecerse, Inti hizo que las nubes se abrieran de golpe y
sus rayos dibujaran en el cielo el más maravilloso arcoíris que jamás se
hubiera visto.
Atraídos por la intensidad de esos colores, los pájaros volaron hacia el
arco y en él se posaron para teñir sus plumajes. Unos metieron el
copete en la franja roja, otros se bañaron en el amarillo. Cada cual
eligió los colores que quiso para sus plumas y por fin, hermosos y
brillantes, emprendieron el regreso.
Llegaron una mañana y los silbidos y gorjeos de alegría volvieron a
llenar el bosque. Entre tanto barullo y colorido –pájaros que llegaban,
pichones que los recibían-, nadie se dio cuenta de que los tumiñicos no
estaban. ¿Adónde se habrían metido? ¿Por qué no se sumaban a la
fiesta? Eso piaban las multitudes cuando, de pronto, en un rapidísimo e
incesante aleteo apareció uno de ellos. Al verlo, de todos los picos brotó
la misma exclamación:
-¡Qué plumas floridas! ¡Qué festival de colores! ¿Adónde fuiste a
buscarlos?
El pajarito oyó la pregunta y no supo qué contestar.
Unas flores vinieron en su ayuda: -Ustedes querían los colores –dijeron
las flores a los pájaros- y viajaron hasta el arcoíris. Pues nosotras
queríamos volar –explicaron- y elegimos a los tumiñicos. Les pusimos
nuestros colores a sus plumas y desde entonces volamos en ellas.
El pajarito, que hasta ese momento no sabía de sus cambios, fue a
mirarse en el agua de un arroyo y se encantó. Y así, suspendido en el
aire con gracia, inventó su nombre:
pica pica
picaflor.

EL TERO (Adaptación de Marta Giménez Pastor)

Se dice que tiempo atrás, el Tero era un adinerado caballero dueño de


un gran almacén de ramos generales al que diariamente iban a hacer
sus compras la Mulita, la Liebre, el Ñandú y la Vizcacha, entre otros.

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El Tero sentía una especial simpatía por esta última. La atendía con
preferencia y, en ocasiones, ¡en muchas ocasiones!, la Vizcacha
conseguía que el gentil almacenero le fiara todo lo que ella pedía.
Al principio, la cosa fue sencilla. La Vizcacha cargaba su bolsa con esto
y lo otro y lo de más allá, y llegando el momento de pagar, siempre le
faltaban unos centavitos.
–¡Ay, qué barbaridad, Don Tero… me quedo corta en algunas
moneditas…! Bueno, ¡tendré que volver otro día! –decía, haciéndose la
cumplida.
–¿Volver otro día? Pero qué ocurrencia, Doña Vizcacha… Aquí lo que
sobra es confianza en los clientes. Lleve todo y me paga mañana.
–¡Oh, qué amable es usted! Mañana sin falta me doy una vuelta.
Después, la cuestión cambió. Ya no eran unas moneditas lo que le
faltaba a la Vizcacha, sino todo el importe de la compra.
–¡Ay, qué inconveniente, Don Tero…! ¡Me he olvidado la billetera…! ¿Le
pago otro día?
Caballero, el Tero, siempre aceptaba que a la Vizcacha le habían robado
la cartera o que no tenía cambio, o alguna otra excusa por el estilo.
Hasta que un día advirtió que la deuda de la Vizcacha ya ocupaba
varias hojas en la libreta donde él anotaba la mercadería fiada, y
entonces decidió cobrar.
Consideró de buena educación no mandar a nadie con el recado. Iría él
personalmente y con delicadeza.
–Seguro que se trata de un olvido… En cuanto me vea, me pagará de
inmediato –se decía en el camino.
Pero, lamentablemente, no fue así.
La dueña de casa dijo que había estado enferma… que tenía muchos
gastos, que patatín y que patatán, la cosa es que el Tero se volvió tal
como se había ido.
La Vizcacha no apareció más por el almacén y las visitas del Tero se
repitieron una y otra vez sin resultado alguno.
Por fin la muy pícara, fastidiada por la insistencia del Tero, optó por
abandonar la casa y esconderse en la tierra.
Sin embargo, el Tero no se dio por vencido y se propuso esperarla día y
noche hasta que saliera y en ese momento poder cobrar la deuda.
Y allí se lo pasa, atento y vigilante, haciendo guardia para que no se le
escape la Vizcacha.
Todos lo ven en el campo, con los ojos enrojecidos por no dormir, pero…
siempre con su impecable pechera y el corbatín negro ¡Todo un
caballero!

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JABOTI, LA TORTUGA (Leyenda proveniente del Brasil)

Cuentan que Dios, cierto día, resolvió hacer una fiesta en el cielo. La
noticia se desparramó por montes y valles; los pájaros y los insectos
empezaron a preparar sus galas.
Las aves, hasta los urubúes y las águilas, que son los más pesados, se
pusieron a lustrar y pulir su plumaje negro, y dar un tinte amarillo a
sus picos y garras.
Las mariposas se apresuraron a encargar nuevas alitas, y también las
cigarras pasaron noches enteras tejiendo finísimas alas verdes.
Durante algún tiempo reinó en el bosque gran animación; pero, a pesar
de semejante alegría, uno de los animales estaba muy triste por no
poder ir a la fiesta del cielo.
Era Jaboti: una tortuga de patas cortas, que llevaba siempre la cabeza
rugosa dentro de su oscuro caparazón.
Había oído contar las miles y una maravillas de las reuniones del cielo y
de las exquisitas comidas que servían, ricos dulces y deliciosos vinos
que los ángeles ofrecían a los invitados en preciosas copas de cristal y
eso le quitaba el sueño.
Se pasaba los días pensando en la manera de subir allá, para ver a los
ángeles y bailar sobre mullidas nubes.
Pasito a paso fue a pedir consejo al mono; pero éste le dijo con mucha
sensatez:
-¿No ves que es imposible llegar hasta arriba? Dios, para no hacer
diferencias, invita a todos los animales; pero solo pueden concurrir los
que tienen alas, porque son parientes de los ángeles. Es mejor que no
pienses más en eso.
Pero Jaboti no se conformaba y fue a consultar al león.
El rey de los animales resultó aún más prudente y sensato que el mono.
Sacudiendo su tupida melena, contestó:
-Lo que quieres resulta imposible, amiga Jaboti. Haz como yo: espera la
vuelta de los pajaritos y confórmate con lo que ellos traigan y cuenten.
Como rey de la selva, exijo que cada cual me consiga un trozo de la
mejor carne. De tal modo, como mucho más que si hubiese ido a la
fiesta… y sin trabajo de volar. Haz como yo y pídele a algún pájaro que
te traiga algo.
Como Jaboti no se conformaba, fue a visitar a la zorra. La zorra la miró
de los pies a la cabeza y, burlándose le dijo:
-¿Por qué no te mezclas con los pájaros que suben? Una vez cincuenta
palomas y ochenta golondrinas llevaron una caja con un regalo para el
Niño Jesús. Yo me escondí en ella y así pude llegar al cielo. ¡Haz como
yo, amiga Jaboti!

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Desde ese instante, la tortuga no descansó, ni comió, ni durmió; quería
subir al cielo escondida en una caja.
Preguntó a palomas, a ruiseñores y a toda clase de pájaros; pero
ninguno pensaba llevar regalos para el Niño Jesús.
Sin embargo, Jaboti no perdía las esperanzas.
Una tarde, mientras estaba pensando en la forma de llegar al cielo sin
tener alas, escuchó la conversación de dos urubúes. Discutían la
manera de llevarse una guitarra para tocar en la fiesta.
-Resulta un poco grande -opinaba uno de ellos.
-Sí, y demasiado pesada -decía el otro.
-Me parece que tendremos que meterla en una bolsa y alzarla entre los
dos.
Cuando terminaron de hablar, ya sabía Jaboti lo que tenía que hacer.
Pasito a paso se acercó al árbol donde estaban los urubúes y se
escondió en su caparazón. Allí espero que llegara el gran día.
Antes de partir, vino el urubú más joven con una bolsa. Con mucho
trabajo consiguieron meter en ella la guitarra. Después bajaron al
campo para comer.
Jaboti, sin perder un instante, abrió la bolsa, volvió a cerrar
cuidadosamente la abertura y se introdujo en la guitarra.
Luego se quedó muy quietecita esperando a los urubúes.
En cuanto terminaron de comer, los urubúes agarraron el bulto y
levantaron vuelo. La bolsa pesaba mucho; pero, descansados y, además
satisfechos de la comilona, siguieron viaje.
Era el primer vuelo de Jaboti y estaba muy mareada, pero no se movía
pese a que los aleteos de los dos pájaros la descomponían más y más.
Los urubúes, acostumbrados a las grandes distancias, se divertían
metiéndose entre las nubes, y también dejando caer la bolsa y
tomándola de golpe. La pobre Jaboti sudaba frío.
Por fin llegaron a la fiesta.
Las puertas del cielo estaban brillantemente iluminadas; pero Jaboti,
metida en la bolsa nada podía ver.
Escuchaba, sin embargo, el dulce son de los violines tocados por los
ángeles, las clarinadas de los arcángeles y las risas de los convidados.
Se sintió muy alegre cuando pusieron la bolsa en un rincón de la sala.
Esperó un rato y, poco a poco, sin que la vieran salió de su escondite.
El cuadro que se presentó ante su visita era deslumbrante. En la
bóveda del cielo, resplandeciente y azul, lucían las nubes blancas y
rosas; sobre las mesas tendidas, volaban ángeles grandes y chicos y
había manjares exquisitos.
Todo era tan bueno y tan abundante, que a la feliz Jaboti no le
alcanzaban los ojos para mirar ni la boca para comer.
Entre tanto, un coro de ángeles cantaba hermosas canciones.

13
Jaboti comió, bebió y se hartó de todo, sin que nadie repare en ella.
Solamente notó que un Señor muy bello la miraba con extrañeza; pero
como no le hizo ninguna pregunta, se tranquilizó.
También vio a los urubúes que cantaban y se divertían como locos
tocando la guitarra.
Cuando dieron las doce, los dos urubúes estaban deshechos.
Entonces Jaboti, viendo que preparaban la vuelta, corrió a meterse
dentro de la guitarra, y pidió a un amable angelito que la pusieran en la
bolsa. El ángel sonrió y, sin preguntarle nada, así lo hizo.
Allí se quedó muy quietecita esperando a los urubúes.
Estos, muertos de cansancio, a duras penas arrastraron la bolsa hasta
la puerta del cielo y de allí se largaron.
Bajaban pesadamente, porque el peso de la bolsa esta vez era mayor.
Pesaba tanto, que entraron a desconfiar de que algún animalucho
hubiese metido una piedra para jugarles una mala pasada.
Entonces se detuvieron un instante sobre una nube y desataron el
cordel.
Cuando vieron a Jaboti dentro de la guitarra, se pusieron a chillar
furiosos.
-¿Tiramos a esta sin vergüenza abajo? -preguntó el mayor de los
urubúes.
-¡Claro! -contestó el otro.
Y, sin darle tiempo para explicar nada, abrieron la bolsa y la arrojaron
al vacío.
La infeliz Jaboti vio abrirse un gran pozo negro y empezó a caer
velozmente hacia la tierra. Cuando llegaba al suelo, vio que se iba a
estrellar contra un montón de piedras y, muy asustada, les gritó:
-¡Apártense, que si no, las rompo!
Pero las piedras estaban dormidas y no la oyeron. Jaboti cayó
estruendosamente rompiéndose en mil pedazos y los urubúes, entre
risotadas, se alejaron volando.
Entonces ocurrió algo maravilloso. Apareció el bello Señor; aquel mismo
bello Señor que Jaboti había visto en la fiesta.
Lentamente fue recogiendo los restos del pobre animalito colocándolos
uno junto al otro. Los unió tan bien que casi no se notaban los
remiendos.
Luego, sin hablar, desapareció tan misteriosamente como había venido.
Al sentirse otra vez entera, Jaboti corrió hasta la laguna lo más
rápidamente que pudo para mirarse.
¡Cuál sería su sorpresa al verse de nuevo como antes!
El viaje no había sido del todo feliz, pero se sentía muy contenta porque
había cumplido con su sueño.
Desde entonces, todas las tortugas tienen el caparazón remendado.

14
LA IGUANA (Adaptación de Javier Villafañe)

Había una vez una mujer que era muy pobre y muy perezosa. Tenía una
sola manta y se le rompió.
-¿Para qué voy a coserla? -se dijo-. Total, pronto vendrá el verano y no
me hará falta.
Y no la cosió.
Pasó el tiempo. Llegó el invierno y necesitó la manta para cubrirse, pero
estaba tan rota que el frío se metía por los agujeros y ella, tiritando,
dijo:
-La coso mañana.
Y al día siguiente tampoco la cosió.
Por la noche, al acostarse, volvió a sentir frío y pensó lo mismo:
-La coso mañana.
Y así, dejando el trabajo para el otro día, la manta se le hizo hilachas.
Una noche tuvo que ir a cobijarse en el hueco de un árbol.
-Qué lástima -dijo-. Si hubiese cosido mi manta, tendría con qué
taparme ahora.
Y se pasó la noche temblando de frío.
A la mañana siguiente, cuando salió de la cueva del árbol, en vez de
caminar, se arrastraba. Se había convertido en iguana.
Es inútil, no puede negarlo. Basta mirarle la piel para darse cuenta de
que está hecha con remiendos, con los pedacitos de la manta que, de
puro ociosa, no quiso coser.

EL VIENTO Y EL SOL (Leyenda quechua)

Hace mucho tiempo, el Viento y el Sol habitaban lugares diferentes y


nunca se cruzaban. Sabían que, si se encontraban, deberían probar
quién era el más fuerte.
Para sacarse la duda, organizaron una competencia. Ese día, el Viento
lucía una larga capa blanca, un saco de lana muy gruesa y un
sombrero muy grande. El Sol lo veía con sus ojos amarillos, grandes y
brillantes, asomados bajo un sombrero de paja que ardía en llamas. El
Viento fue el primero en hablar:
-Hermano Sol, mis poderes son muchos. Puedo causarle frío hasta al
más abrigado y dejar sin techo a la casa mejor construida. Sin mí, la
gente no podría sembrar ni levantar sus cosechas.
Entonces el Sol respondió:
-Te enorgulleces de tus poderes porque desconoces los míos. Con mi
calor consigo lo que quiero: hago correr a la gente en busca de sombra
bajo los montes y refresco en el río, pues sus casas no sirven como
refugio ante mis fuertes calores. Los hago sudar y quitarse sus

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ponchos. Sin embargo, ellos saben que me necesitan. Soy quien les da
luz y calor para poder vivir. También, hermano Viento, puedo hacer que
tu frío soplo se convierta en una ráfaga de aire caliente.
El Viento empezó a soplar con fuerza, pero no conseguía quitarle el
sombrero al Sol. Cuando llegó su turno, el Sol comenzó a calentar más
y más. El calor era tan fuerte y penetrante que el Viento, ahogado y
sudoroso, tuvo que quitarse su sombrero, su capa y, por último, su
saco de lana.
Desde entonces, el Sol reina en la Tierra, desde lo alto del cielo. Al
Viento ya no lo vemos, pero podemos escucharlo mientras vaga por los
caminos, silbando su derrota.

CÓMO NACIÓ EL MATE (Leyenda guaraní)

Por las noches, la Luna, cuyo nombre guaraní es Yací, iluminaba desde
el cielo misionero las copas de los árboles, plateaba el agua de los ríos y
de las cataratas y filtraba apenas sus rayos entre las hojas que les
abrían paso, alumbrando con manchones de luz algunos rincones de la
espesa vegetación. Igual que ahora. Sólo que, en aquel tiempo, eso era
todo lo que Yací conocía de la selva: los enormes torrentes y el colchón
verde e ininterrumpido del follaje, que rara vez deja pasar la luz. Muy de
trecho en trecho, podía colarse en algún claro para espiar las orquídeas
dormidas o el trabajo silencioso de las arañas. Pero, como Yací era
curiosa, quiso ver de cerca las maravillas de las que le habían hablado
el Sol y las nubes: el tornasol de los picaflores, el encaje de los helechos
y los picos brillantes de los tucanes.
Entonces, un día bajó a la Tierra, acompañada de Araí, la Nube. Las
dos juntas, convertidas en muchachas, se pusieron a recorrer la selva.
Era mediodía, y el rumor de los pájaros y los insectos las asombró: era
novedoso, pero también ensordecedor. Por eso no pudieron escuchar los
pasos sigilosos del yaguareté que se acercaba: agazapado, listo para
sorprenderlas, dispuesto a atacar. En el preciso instante en que estaba
por pegar el salto, una flecha disparada por un viejo cazador guaraní
que venía siguiendo al animal fue a clavarse en su costado. La bestia
rugió furiosa y se volvió hacia el tirador, que se acercaba. Enfurecida,
saltó sobre él mostrando sus fauces, mientras sangraba por la herida,
pero, ante las muchachas paralizadas, una nueva flecha le atravesó el
pecho.
En medio de la agonía del yaguareté, el indio creyó divisar algo así como
la sombra de dos mujeres que escapaban. Sin embargo, cuando
finalmente el animal se quedó quieto, no vio más que los árboles y, más
allá, la oscuridad de la espesura.

16
Esa noche, acostado en su hamaca, el viejo cazador tuvo un sueño
extraordinario: Volvía a ver al yaguareté agazapado, volvía a verse a sí
mismo tensando el arco, volvía a ver el pequeño claro del bosque, y en
él, ahora sí, a dos mujeres de piel blanquísima y larguísima cabellera.
Parecían estar esperándolo y cuando él se les acercó, Yací lo llamó por
su nombre y le dijo:
-Yo soy Yací y ella es mi amiga, Araí. Queremos darte las gracias por
salvar nuestras vidas. Fuiste muy valiente, por eso voy a entregarte un
premio y un secreto. Mañana, cuando despiertes, vas a encontrar ante
tu puerta, una planta nueva que se llama caá. Con sus hojas tostadas y
molidas, se prepara una infusión que acerca los corazones y ahuyenta
la soledad. Es mi regalo para vos, tus hijos y los hijos de tus hijos…
Al día siguiente, al salir de la gran casa común que alberga a las
familias guaraníes, lo primero que vieron el indio soñador y los demás
miembros de su tribu fue una planta nueva de hojas brillantes y
ovaladas. Pero no había una sola, eran muchas y se erguían aquí y allá.
El cazador siguió las instrucciones de Yací: no se olvidó de tostar las
hojas y, una vez molidas, las colocó dentro de una calabacita hueca.
Buscó una caña fina, vertió agua y probó la nueva bebida. El gusto era
raro y sabroso. El recipiente fue pasando de mano en mano. Había
nacido el mate.

EL AMANCAY (Leyenda mapuche)

En un tranquilo lago de la Patagonia, encerrado entre montañas


nevadas, nace un correntoso río. Cerca de sus orillas viven los
mapuches, palabra que significa "gente de tierra".
Hace muchos años, entre estos aborígenes se encontraba Quintral, el
hijo del cacique. Era un joven apuesto, valiente y ágil. Como su padre
era el jefe de la comunidad, tenía a su cargo muchas tareas: organizaba
el trabajo y entrenaba a sus hombres para el uso de las armas y del
caballo.
Por las tardes, luego de haber cumplido con sus labores, a Quintral le
gustaba recorrer la zona y se entretenía cazando y pescando en la orilla
del río. Caminaba por la orilla del brillante espejo del lago, donde se
quedaba un largo rato mirando el paisaje reflejado en las aguas
cristalinas.
Fue una fresca mañana de otoño, durante uno de esos paseos, cuando
Quintral conoció a Amancay, una hermosa y sencilla joven. Se vieron
por casualidad: ella juntaba la leña en el bosque cercano y el hijo del
cacique paseaba en la soledad del lago. Él la saludó maravillado: nunca
había visto una muchacha tan hermosa, con el pelo renegrido como la
noche y con una sonrisa clara, muy clara, casi tanto como las aguas del

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lago. Se pusieron a conversar y desde ese día se encontraron todas las
tardes en ese lugar. Y poco a poco se fueron enamorando.
Así fue pasando el tiempo, entre paseos y charlas, hasta que un día
llegó a esa región una epidemia. Uno a uno fueron enfermándose todos
los habitantes de la tribu e, incluso Quintral comenzó a sentir los
síntomas de este mal.
Su madre y Amancay lo cuidaban día y noche para lograr su mejoría,
pero nada parecía calmar la fiebre. Entonces, la joven decidió consultar
a una machi (curandera). Ella le dijo que para salvar a los enfermos
debía preparar un té con una flor que crecía en las montañas heladas.
Amancay sabía que era peligroso ir hasta allí. Pero era tan grande el
amor que sentía por Quintral y su tribu que no lo dudó y se fue hacia
las cumbres heladas.
Caminó días y noches enteras, cruzó peligrosos arroyos y ascendió
cumbres cubiertas de hielo. Y así logró llegar a la cima de una de las
montañas más altas. Allí, bajo las aguas de una cascada, encontró la
preciada flor... Al verla, lágrimas de alegría brotaron de sus ojos y
empaparon los capullos que Amancay iba cortando.
Fue entonces cuando, sobre la hermosa cascada, apareció un cóndor.
Enojado porque Amancay había ingresado en sus dominios, le quitó los
capullos con el pico y se alejó volando por las altas cumbres.
Mientras volaba, iba regando el camino con las lágrimas de Amancay
que caían de los pétalos como gotas de lluvia.
Las lágrimas se zambulleron en la tierra y en cada uno de esos lugares
empezaron a crecer también pequeñas flores amarillas y rojas.
Y fue una de esas flores, nacidas de las lágrimas de la indiecita, la que
logró salvar a Quintral y los otros enfermos de la tribu.
Por eso, si alguien va al Sur puede ver por los valles y las montañas de
la cordillera, una preciosa flor de varios pétalos, bella como Amancay,
teñida de un amor intenso. Por supuesto, es la flor de amancay.

EL CAFÉ (Leyenda de Etiopía)

Por el año seiscientos, vivió en Etiopía un pastor llamado Kaldi. Cierto


día que cuidaba su rebaño de cabras notó que los animales
desarrollaban una conducta extraña. Iban y venían nerviosamente,
subían y bajaban en un estado de agitación que se prolongó todo el
camino de regreso y persistió durante una noche, que se volvió
interminable. Sólo a la mañana siguiente, el rebaño pareció calmarse y
fue así como siguió con mansedumbre al amodorrado pastor hasta las
zonas de pastura.

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Hasta que unas cerezas tentadoras detuvieron su paso, y luego de
mordisquearlas, las cabras retomaron su conducta nerviosa del día
anterior.
Kaldi observó las plantas que aparentemente habían causado el cambio
en su rebaño y probó con cautela una hojita y un fruto.
Lo primero que percibió fue que no se trataba de un arbusto de cerezas,
y que el sabor no era tan agradable como el que esperaba. Pero también
sintió que el cansancio producido por la larga noche de insomnio se
había desvanecido y era reemplazado por una energía que lo impulsaba
a la acción.
Kaldi tomó consigo unas ramas florecidas y encabezó la marcha hacia
un monasterio que se encontraba a pocos kilómetros. A paso vivo lo
seguía su rebaño. Al llegar a la casa religiosa, el pastor fue conducido
hasta el Abad, mientras sus animales quedaban al cuidado de unos
desorientados monjes.
Informado del descubrimiento, el Abad llevó a Kaldi a la cocina, y
prudentemente hirvió una rama con algunos frutos rojos. Pero cuando
probó el gusto de ambos, le pareció tan desagradable que en un
impulso arrojó el atado entero sobre el fuego. La cocina se vio invadida
de un aroma delicioso que indujo al Abad a hacer una nueva prueba.
Tomó el fruto tostado y preparó una infusión que, con su perfume
cálido atrajo a un grupo de monjes a la cocina.
Así nació el café, de Etiopía al mundo; probado por unas cabras,
descubierto por un pastor, tostado por un Abad, celebrado por unos
monjes, que nunca pudieron imaginar que ese enérgico sabor se
seguiría prolongando durante siglos.

EL IRUPÉ (Leyenda guaraní)

Pitá y Morotí se amaban, y si él era el más valiente de los guerreros de


la tribu, ella era la más buena y hermosa de las doncellas. Pero no
estaba en los planes de Ñandé Yara el que fueran felices. Así que le
susurró una mala idea a la joven y aprobó sus caprichos.
Una tarde, cuando varios guerreros y doncellas se paseaban por las
orillas del río Paraná, Morotí dijo:
-¿Quieren ver todo lo que es capaz de hacer por mí este guerrero?
¡Miren!
Y diciendo esto, se sacó uno de sus brazaletes y lo arrojó al agua.
Después, volviéndose hacia Pitá, que como buen guerrero guaraní era
excelente nadador, le pidió que se zambullera para buscarlo. Él se
sumergió, pero en vano esperaron que Pitá apareciera en la superficie.
Morotí y sus compañeros, alarmados, comenzaron a gritar. En vano
todo. El guerrero no aparecía.

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La tristeza corrió por la tribu. Lloraban y se lamentaban las mujeres, en
tanto los ancianos hacían conjuros para que volviera el guerrero. Sólo
Morotí, muda de dolor y arrepentimiento, no podía ni siquiera llorar.
El hechicero de la tribu, Pegcoé, explicó lo que ocurría. Dijo, con la
certeza de quien todo lo hubiera visto:
-Pitá es ahora prisionero de la hechicera I Cañá Payé. Hundido en las
aguas, Pitá fue apresado por la propia hechicera, y conducido a su
palacio. Allí, Pitá ha olvidado toda su vida anterior; ha olvidado a
Morotí, y se ha dejado amar por la hechicera; por eso no vuelve. Es
necesario ir a buscarlo. Se halla ahora en la más rica de las
habitaciones del palacio de I Cuñá Payé. Y si el palacio es todo de oro,
la habitación donde ahora Pitá se encuentra en brazos de la hechicera,
está fabricada de diamantes. Por eso, Pitá no vuelve. Es necesario
buscarlo.
-¡Yo lo buscaré! -explicó Morotí- ¡Yo lo buscaré!
Tú debes buscarlo, sí -dijo Pegcoé-. Tú eres la única que puede
rescatarlo del amor de la hechicera. Tú eres la única, si en verdad lo
amas, con tu amor humano puedes vencer el amor malvado de ella ¡ve y
tráelo!
Morotí se arrojó al río. Toda la noche esperó la tribu la aparición de
ambos jóvenes, llorando las mujeres, cantando los guerreros y haciendo
conjuros vencedores del mal los ancianos.
Con los primeros rayos de la mañana, vieron flotar sobre las aguas las
hojas de una planta desconocida: era el Irupé. Y vieron aparecer una
flor hermosa y rara, tan grande, bella y aromada como nunca vieron
otra flor en la región. Sus pétalos eran blancos los del centro y rojos los
del exterior. Blancos como era el nombre de la doncella desaparecida:
Morotí. Rojos como el del guerrero: Pitá. La flor bella exhaló un suspiro
y volvió a sumergirse en las aguas.
Pegcoé fue quien explicó lo que ocurría a sus desconsolados
compañeros:
-Pitá ha sido rescatado por Morotí. ¡Alegrémonos! Ellos se aman. La
malvada hechicera que tantos guerreros nos ha robado para satisfacer
su amor, ha sido vencida por el amor humano de Morotí. En esa flor
que acaba de aparecer sobre las ondas yo he visto a Morotí en los
pétalos blancos a los que abrazan y besa, como en un rapto de amor,
los pétalos rojos. Estos pétalos rojos representan a Pitá.
Y descendientes de Morotí y Pitá son esos hermosos irupés que decoran
las aguas de los grandes ríos. En el instante de amor, aparecen sobre
las aguas las bellas flores blancas y rojas del irupé, se besan y vuelven
a sumergirse, porque surgen para recordar a los hombres que, por
satisfacer el capricho de la mujer que amaba, un hombre se sacrificó,
esta mujer supo rescatarlo sacrificándose a su vez por el amado. Y si la

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flor del irupé es tan bella y fragante, lo es por haber nacido del amor y
el arrepentimiento.

FLOR DEL CEIBO (Leyenda guaraní)

Cuenta la leyenda, que en las riberas del río Paraná vivía una indiecita
fea, de rasgos toscos, llamada Anahí. Era fea, pero en las tardecitas
veraniegas deleitaba a toda la gente de su tribu guaraní con sus
canciones inspiradas en sus dioses y el amor a la tierra de la que eran
dueños... Pero llegaron los invasores, esos valientes, atrevidos y
aguerridos seres de piel blanca, que arrasaron las tribus y les
arrebataron las tierras, los ídolos y su libertad.
Anahí fue llevada cautiva junto con otros indígenas. Pasó muchos días
llorando y muchas noches en vigilia, hasta que un día en que el sueño
venció a su centinela, la indiecita logró escapar, pero al hacerlo, el
centinela despertó, y ella, para lograr su objetivo, hundió un puñal en el
pecho de su guardián, y huyó rápidamente a la selva.
El grito del moribundo carcelero despertó a los otros españoles, que
salieron en una persecución que se convirtió en cacería de la pobre
Anahí, quien al rato fue alcanzada por los conquistadores. Éstos, en
venganza por la muerte del guardián, le impusieron como castigo la
muerte en la hoguera.
La ataron a un árbol e iniciaron el fuego, que parecía no querer alargar
sus llamas hacia la doncella indígena, que sin murmurar palabra,
sufría en silencio, con su cabeza inclinada hacia un costado. Y cuando
el fuego comenzó a subir, Anahí se fue convirtiendo en árbol,
identificándose con la planta en un asombroso milagro.
Al siguiente amanecer, los soldados se encontraron ante el espectáculo
de un hermoso árbol de verdes hojas relucientes, y flores rojas
aterciopeladas, que se mostraba en todo su esplendor, como el símbolo
de valentía y fortaleza ante el sufrimiento.

LA SOMBRA DEL OMBÚ (Leyenda quechua)

Había una vez una tribu de aborígenes que cultivaban la tierra. Los
hombres eran los encargados de cuidar los sembrados.
Pero un día, la tribu fue atacada. Los hombres tuvieron que ir a luchar.
Sólo quedaron los ancianos y las mujeres. El cacique le pidió a su
esposa, Ombú, que cuidara el sembrado de maíz.
Ombú lo cuidaba con entusiasmo. Todos los días removía la tierra,
sacaba los yuyos y regaba las plantas. Pero llegó una gran sequía. El sol
calentaba y calentaba la tierra. Las plantas empezaron a secarse una

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tras otra. Ombú no se alejaba del sembrado. Los días pasaban y el calor
aumentaba.
Hasta que quedó una sola planta.
Ombú se arrodilló llorando a su lado.
La abrazó y con su cuerpo le dio sombra para protegerla del sol. Con
sus lágrimas la regó. Y ahí se quedó para siempre.
Cuando los hombres volvieron, salieron a buscarla. Entonces,
encontraron la única planta de maíz que quedaba y un enorme arbusto
a su lado que le daba sombra.
Desde ese día, llamaron Ombú a ese arbusto, en memoria de la valiente
mujer.

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CUENTOS MARAVILLOSOS O DE HADAS

LISTADO DE CUENTOS MARAVILLOSOS O DE HADAS

El lobo y los siete cabritos


El zapatero y los duendes
La bruja Baba-Yaga
Las doce princesas bailarinas
Las hadas
Las tres hilanderas
Ricitos de oro y los tres osos

EL LOBO Y LOS SIETE CABRITOS (Rec. Hermanos Grimm)

Érase una vez una cabra que tenía siete cabritos a los que quería tan
tiernamente como una madre puede amar a sus hijos. Un día quiso
salir al bosque a buscar comida y llamó a sus pequeños. "Hijos míos,"
les dijo, "me voy al bosque; mucho cuidado con el lobo, pues si entra en
la casa los devorará a todos. El muy bribón suele disfrazarse, pero lo
conocerán enseguida por su ronca voz y sus oscuras patas." Los
cabritos respondieron: "Tendremos mucho cuidado, mami”. La cabra se
despidió con un balido y, confiada, emprendió su camino.
El lobo que merodeaba por allí vio como la mamá cabra se alejaba
rumbo al bosque y decidió aprovechar la oportunidad para comerse a
los cabritos.
Así fue como se acercó a la casa de los cabritos, llamó a la puerta y dijo:
"Abran, hijitos. Soy mamá cabra, que estoy de vuelta y les traigo algo
para cada uno." Pero los cabritos comprendieron, por la voz ronca, que
era el lobo. "No te abriremos," exclamaron, "no eres nuestra madre. Ella
tiene una voz suave y cariñosa, y la tuya es ronca: eres el lobo." El lobo
entonces se fue a la tienda y compró un buen trozo de yeso. Se lo comió
para suavizarse la voz y volvió a la casita. Llamó nuevamente a la
puerta: "Abran, hijitos. Soy mamá cabra, que estoy de vuelta y les traigo
algo para cada uno." Pero el lobo había puesto una negra pata en la
ventana, y al verla los cabritos, exclamaron: "No, no te abriremos;
nuestra madre no tiene las patas negras como las tuyas. ¡Eres el lobo!"
El lobo enojado corrió entonces hasta el molino y hundió las patas en
un gran saco de harina para blanquearlas.
Después volvió por tercera vez a la casa de los cabritos y llamó a la
puerta: "Abran, hijitos. Soy mamá cabra, que estoy de vuelta y les traigo
algo para cada uno." Las cabritas replicaron: "Enséñanos la pata;
queremos asegurarnos de que eres nuestra mamá." La fiera puso la

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pata en la ventana, y, al ver ellos que era blanca, creyeron que eran
verdad sus palabras y se apresuraron a abrir. Pero fue el lobo quien
entró. ¡Qué miedo! ¡Y qué apuro por esconderse! Uno se metió debajo de
la mesa; el otro, en la cama; el tercero, en el horno; el cuarto, en la
cocina; el quinto, en el armario; el sexto, debajo de la pileta de cocina, y
el más pequeño, en la caja del reloj. Sin embargo, el lobo fue
descubriéndolos uno tras otro y, se los tragó a todos menos al más
pequeño que, oculto en la caja del reloj, pudo escapar a sus búsquedas.
Ya satisfecho, el lobo se alejó rápidamente y, llegado a un verde prado,
se acostó a dormir a la sombra de un árbol.
Al cabo de un rato regresó a casa la mamá cabra. ¡Oh, lo que vio! La
puerta, abierta de par en par; la mesa, las sillas y bancos, todo volcado
y revuelto; las mantas y almohadas, por el piso. Buscó a sus hijitos,
pero no aparecieron por ninguna parte; los llamó pero ninguno
contestó. Hasta que oyó una vocecita que le decía: "Mamá querida,
estoy en la caja del reloj." La cabra lo sacó, y entonces el pequeño le
explicó que había venido el lobo y se había comido a sus hermanos.
Mamá cabra desconsolada fue a buscar al lobo. Salió al campo en
compañía de su pequeño, y, al llegar al prado, vio al lobo dormido
debajo del árbol, roncando tan fuertemente que hacía temblar las
ramas. Al observarlo de cerca, le pareció que algo se movía y agitaba en
su abultada barriga. Pensó, ¿serán mis pobres hijitos, que están vivos
aún? Y envió al pequeño a casa, a toda prisa, en busca de tijeras, aguja
e hilo. Abrió la panza al lobo, y las cabritas asomaron las cabezas.
Saltaron los seis afuera, uno tras otro, todos vivitos y sin daño alguno,
pues la bestia, en su glotonería, los había engullido enteros. ¡Con
cuánto amor abrazaron a su mamita! Pero la cabra dijo: "Traigan ahora
piedras; llenaremos con ellas la panza del lobo, aprovechando que
duerme." Los siete cabritos corrieron en busca de piedras y las fueron
metiendo en la barriga, hasta que ya no cupieron más. La madre cosió
la piel con tanta habilidad y suavidad, que la fiera no se dio cuenta de
nada ni hizo el menor movimiento.
Terminada ya su siesta, el lobo se levantó, y, como las piedras que le
llenaban el estómago le daban mucha sed, se encaminó a un pozo para
beber. Mientras andaba, moviéndose de un lado a otro, las piedras de
su panza chocaban entre sí con gran ruido, por lo que exclamó:
"¿Qué será este ruido
que suena en mi panza?
Creí que eran cabritos,
mas parecen sonajas."
Al llegar al arroyo e inclinarse sobre la orilla, el peso de las piedras lo
arrastró y lo hizo caer al fondo, donde se ahogó rápidamente. Mamá
cabra y sus cabritos regresaron a la casa felices de encontrarse

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nuevamente sanos y juntos.

EL ZAPATERO Y LOS DUENDES (Rec. Hermanos Grimm)

Hace mucho, pero mucho tiempo, vivía en un pueblo lejano un anciano


zapatero, que por cuestiones de malos tiempos llegó a ser muy pobre.
Tan humilde era que llegó un día en que solo pudo reunir el dinero
suficiente para comprar el cuero necesario para hacer un solo par de
zapatos.
-No sé qué va a ser de nosotros -le decía a su esposa-, si no encuentro
un buen comprador o cambia nuestra suerte, no podré seguir
trabajando y tampoco tendremos dinero para comer. 

Cortó y preparó el cuero que había comprado con la intención de
terminar su trabajo a la mañana siguiente, pues estaba triste y
cansado. Después de una noche tranquila llegó el día, y el zapatero se
dispuso a comenzar su trabajo cuando, de pronto, descubrió sobre la
mesa de trabajo dos preciosos zapatos terminados. Estaban cosidos con
tanto esmero y con puntadas tan perfectas que el pobre anciano no
podía dar crédito a sus ojos. Tan bonitos eran que apenas entró un
cliente, los vio, los probó y pagó por ellos más de su precio real. El
zapatero no podía creerlo y fue a contárselo a su esposa: 

-Mira, mujer. Con este dinero, podremos comprar el cuero suficiente
para hacer dos nuevos pares de zapatos. ¡Qué buena suerte!
Como el día anterior, cortó los moldes de los zapatos y los dejó
preparados sobre la mesa para terminar el trabajo al día siguiente. De
nuevo se repitió la magia y, por la mañana, encontró cuatro zapatos,
perfectamente cosidos y terminados. Por ventura, esta vez entraron
varios clientes a la tienda y estuvieron dispuestos a pagar buenas
sumas de dinero por un trabajo tan excelente y unos zapatos tan
hermosos. La historia se repitió otra noche y otra más, y siempre
ocurría lo mismo. Pasó el tiempo, la calidad de los zapatos del zapatero
se hizo famosa, y nunca le faltaban clientes en su tienda, ni monedas
en su caja, ni comida en su mesa y comenzó a tener un buen pasar. Ya
se acercaba la Navidad, cuando le comentó a su mujer: 

-¿Qué te parece si nos escondemos esta noche para averiguar quién nos
está ayudando de esta manera? 

A ella le pareció una buena idea y esa noche esperaron escondidos
detrás de un mueble para descubrir quién era ese ayudante. Daban
doce campanadas en el reloj cuando dos pequeños duendes desnudos
aparecieron de la nada y, trepando por las patas de la mesa, alcanzaron
su superficie y se pusieron a coser. La aguja corría y el hilo volaba, y en
un ratito terminaron todo el trabajo que el anciano había dejado
preparado. De un salto desaparecieron y dejaron al zapatero y a su

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mujer estupefactos. 

-¿Te fijaste en que estos pequeños duendes que vinieron estaban
desnudos? ¡Pobrecitos! ¿Sentirán abrigo? Podríamos confeccionarles
ropas abrigadas para que no tengan frío -le dijo la señora al zapatero.
Él coincidió con su buena esposa, así que mientras ella les tejía medias,
pantalones, chalecos y gorritos, el zapatero les confeccionó unos
zapatitos de cuero. Una vez terminada la labor, dejaron colocadas las
prendas sobre la mesa de trabajo en lugar de los patrones de cuero, y
por la noche se quedaron detrás del mueble para ver cómo
reaccionarían los duendes. Dieron las doce campanadas y aparecieron
los duendecillos. Al saltar sobre la mesa parecieron asombrados al
descubrir los trajes y cuando comprobaron que eran de su talla, se
vistieron y cantaron:
“¿No somos ya dos duendes bonitos y elegantes?
¿Por qué seguir de zapateros como antes?”
Y tal como habían venido, se fueron.
Saltando y dando brincos, desaparecieron. 

El zapatero y su mujer se sintieron muy contentos al ver a los duendes
felices. Y a pesar de que como habían anunciado, no volvieron nunca
más, no los olvidaron, porque gracias a ellos habían podido mejorar su
situación y ser muy felices.

LA BRUJA BABA-YAGA (Rec. Alexandr Afanásiev)

Hace mucho tiempo, vivía un comerciante con su mujer. El hombre


enviudó y se volvió a casar, pero de su primer matrimonio le había
quedado una niña. La madrastra, envidiosa de la niña, la maltrataba y
siempre estaba pensando en cómo deshacerse de ella.
Un día en que el padre tuvo que hacer un viaje, la madrastra le dijo a la
niña:
—Ve a casa de mi hermana y pídele hilo y aguja para hacerte una
camisa.
Pero la hermana de la madrastra era la bruja Baba-Yaga pata-de-hueso,
y como la niña era muy inteligente, fue primero a ver a otra tía suya,
hermana de su padre.
—Buenos días, tía.
Muy buenos días, sobrina querida. ¿Qué te trae por aquí?
—Mi mátushka (1) me ha dicho que vaya a pedir a su hermana hilo y
aguja para hacerme una camisa.
La tía, entonces, le advirtió:
—Allí, un álamo blanco querrá pincharte los ojos: átale un lazo a sus
ramas para adornarlo. Habrá un portón que rechinará y se cerrará con
estrépito para no dejarte pasar: échale un poco de aceite en los goznes.

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Los perros te querrán morder: tírales un poco de pan. Y habrá un gato
que intentará arañarte los ojos: dale un pedazo de jamón.
La niña como se lo había indicado su tía, tomó una cinta, aceite, un
trozo de pan y un pedazo de jamón, y se marchó a la casa de la bruja,
hermana de su madrastra. Finalmente llegó. Baba-Yaga pata-de-hueso
estaba tejiendo.
—Buenos días, tía.
—¿A qué vienes, sobrina?
Vengo de parte de mi mátushka a pedirte hilo y aguja para coserme una
camisa.
—Está bien. Mientras los busco, siéntate y teje un poco.
Mientras la niña se sentaba ante el telar y se ponía a tejer, la bruja salió
de la habitación, llamó a su sirvienta y le dijo:
—Calienta el baño de prisa y lava bien a mi sobrina, porque la quiero
comer de desayuno.
La pobre niña escuchó a Baba-Yaga y, muerta de miedo, cuando la
bruja se marchó, le pidió a la sirvienta:
—Por favor, no quemes mucha leña; mejor es que eches agua al fuego y
lleves el agua al baño con un colador. Y le regaló un pañuelito bordado
que ella tenía guardado en un bolsillo.
Luego de un rato, Baba-Yaga, impaciente, se acercó a la ventana y
preguntó:
—¿Estás tejiendo, sobrinita? ¿Estás tejiendo, querida?
—Sí, estoy tejiendo, tía.
La bruja se alejó de la cabaña y la niña, aprovechando aquel momento,
le dio jamón al gato y le preguntó:
—¿Hay alguna manera de escapar de aquí?
El gato le respondió:
—Sobre la mesa hay un peine y una toalla; tómalos y corre lo más
rápido que puedas, porque la bruja Baba-Yaga correrá tras de ti. De vez
en cuando, échate al suelo y arrima a él tu oreja, y cuando notes que la
bruja está cerca, tira al suelo la toalla, que se transformará en un río
muy ancho. Si Baba-Yaga lo atraviesa y te sigue de nuevo, arrima otra
vez al suelo tu oreja, y cuando notes que está cerca, tira el peine, que se
transformará en un bosque frondoso que la bruja no podrá cruzar.
La niña tomó la toalla y el peine, y echó a correr. Los perros quisieron
morderla, pero ella les arrojó un trozo de pan, y los perros la dejaron
pasar; el portón quiso cerrarse, pero ella le echó aceite en los goznes, y
el portón la dejó pasar; un álamo blanco quiso azotarle los ojos con las
ramas, pero ella lo adornó con un lazo, y también el álamo la dejó
pasar.
Mientras tanto, el gato se sentó al telar y quiso tejer; pero no hacía más
que enredar los hilos. La bruja, acercándose a la ventana, preguntó:

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—¿Estás tejiendo, sobrinita? ¿Estás tejiendo, querida?
—Sí, tía, estoy tejiendo —respondió el gato con voz ronca.
Baba-Yaga se precipitó dentro de la cabaña, vio que la niña se había
escapado y que el gato la estaba engañando, se puso furiosa y le dijo:
—¡Ah, viejo gato! ¿Por qué has dejado escapar a mi sobrina? ¡Tu deber
era quitarle los ojos y arañarle la cara!
—Llevo mucho tiempo sirviéndote —dijo el gato—, y nunca me has dado
ni siquiera un hueso. Ella, en cambio, me dio un pedazo de jamón.
Baba-Yaga arremetió contra los perros, contra el portón, contra el
álamo y contra la sirvienta, golpeándolos y regañándolos.
—Te hemos servido muchos años —dijeron los perros—, y nunca nos
has dado ni siquiera una corteza de pan quemado. Ella, en cambio, nos
dio pan fresco.
—Te he servido mucho tiempo —dijo el portón—, sin que a pesar de mis
chirridos me hayas engrasado con sebo. Ella, en cambió, me echó aceite
en los goznes.
—Te he servido mucho tiempo —dijo el álamo—, y no me has adornado
ni con un hilo. Ella, en cambio, me ha engalanado con una cinta.
—Te he servido mucho tiempo —dijo la sirvienta—, sin que me hayas
dado ni quiera un trapo. Ella, en cambio, me regaló un pañuelito
bordado.
Baba-Yaga se subió al caldero; arreándolo con el mazo y barriendo con
la escoba sus huellas, salió en persecución de la niña. Ésta arrimó al
suelo su oreja para escuchar y oyó acercarse a la bruja. Tiró al suelo la
toalla e inmediatamente se formó un río muy ancho.
Cuando Baba-Yaga llegó a la orilla, hizo rechinar los dientes de rabia,
volvió a toda velocidad a su casa, agarró a sus bueyes y los condujo
hasta el río. Los bueyes bebieron toda el agua y la bruja continuó la
persecución de la muchacha.
La niña arrimó otra vez su oreja al suelo y oyó que Baba-Yaga estaba
otra vez muy cerca; arrojó el peine y éste se transformó en un bosque
espesísimo y frondoso.
La bruja se puso a roer los troncos de los árboles con sus afilados
dientes; pero a pesar de todos sus esfuerzos no lo consiguió, y tuvo que
volverse furiosa a su isba (2).
Mientras, el comerciante regresó a su casa y preguntó a su mujer:
—¿Dónde está mi hijita querida?
—Ha ido a ver a su tía —contestó la madrastra.
Al poco rato, con gran sorpresa de la madrastra, regresó la niña.
—¿Dónde has estado? —le preguntó el padre.
—¡Ay, bátiushka! (3) —le contestó—. La mátushka me mandó a casa de
su hermana a pedirle hilo y aguja para hacerme una camisa. Pero la tía
es la mismísima bruja Baba-Yaga, que quiso comerme.

28
—¿Cómo has podido escapar de ella, hijita?
La niña le contó todo como había pasado, y cuando el padre se enteró
de la maldad de su mujer, la echó de su casa.
El padre y la hija vivieron muchos años felices y contentos, sin que les
faltara nada. Yo estuve allí, comí, bebí, la cerveza me corrió por el
bigote, pero no me entró nada en el gañote.

Notas (1) Mátushka: Madrecita o mamita en ruso. (Definición extraída


del “Vocabulario”. En Afanásiev, Alexandr N. Cuentos Populares Rusos.
Madrid, Editorial Anaya, 1987.). (2) Isba o isbá es una típica vivienda
campesina rusa; construida con troncos, constituía la residencia
habitual de una familia campesina rusa tradicional. (3) Bátiushka:
Padrecito. Se emplea como tratamiento deferente y expresa sumisión,
humildad y vasallaje. (Definición extraída del “Vocabulario”. En
Afanásiev, Alexandr N. Cuentos Populares Rusos. Madrid, Editorial
Anaya, 1987.)

LAS DOCE PRINCESAS BAILARINAS (Rec. Hermanos Grimm)

Érase una vez un rey que tenía doce hijas muy hermosas. Dormían
todas juntas en una misma habitación, con las camas alineadas, y por
la noche, a la hora de acostarse, el Rey cerraba la puerta con llave y
corría el cerrojo. Pero por la mañana, al abrir de nuevo el aposento,
advertía que todos los zapatos estaban estropeados de tanto bailar sin
que nadie pudiese poner en claro el misterio. Al fin, el Rey mandó
pregonar que quien descubriese dónde iban a bailar sus hijas por la
noche, podría elegir a una por esposa, y, a la muerte del Monarca,
heredaría el trono; pero con la condición de que quien se ofreciese y al
cabo de tres días con sus noches no hubiese esclarecido el caso,
perdería la vida.
Así, se presentó un príncipe, que se declaró dispuesto a intentar la
empresa. Fue bien recibido, y al llegar la noche se lo condujo a una
habitación contigua al dormitorio de las princesas. Le pusieron allí la
cama. Él debía averiguar adónde se iban ellas a bailar, y para que no
pudiesen hacerlo en secreto o escaparse a otro lugar, dejaron la puerta
de la habitación sin llave. Mas al príncipe le pareció que tenía plomo en
los ojos y se quedó dormido; y cuando se despertó por la mañana, se
encontró con que las doce habían ido al baile, porque todas tenían
agujereadas las suelas de los zapatos. Lo mismo se repitió la segunda
noche y la tercera, por lo cual el príncipe fue decapitado sin compasión.
Después de él vinieron otros muchos dispuestos a correr la suerte, y
todos dejaron la vida en la empresa.
Un día, un pobre soldado que, habiendo recibido una herida, no podía

29
seguir en el servicio, acertó a pasar por las inmediaciones de la ciudad
donde aquel rey vivía. Se topó con una vieja, que le preguntó adónde
iba.
- Ni yo mismo lo sé –le respondió y, en broma, añadió -: Me dieron
ganas de averiguar dónde se desgastan los zapatos bailando las hijas
del Rey. Así, alguna vez podría subir al trono.
- Pues no es tan difícil - replicó la vieja -. Para ello, basta con que no
bebas el vino que te servirán por la noche y simules que estás dormido -
. Luego, dándole una pequeña capa, agregó -: Cuando te la pongas,
quedarás invisible y podrás seguir a las doce muchachas.
Con aquellas instrucciones, el soldado cobró ánimos y se presentó al
Rey como pretendiente. Lo recibieron con las mismas atenciones que a
los demás y le dieron vestidos nuevos. A la hora de acostarse, lo
condujeron a la antesala de costumbre, y, cuando ya se dispuso a
meterse en la cama, entró la princesa mayor a ofrecerle un vaso de vino.
Pero él se había atado una esponja bajo la barbilla y, echando en ella el
líquido, no se tragó ni una gota. Luego se acostó y, al cabo de un ratito,
se puso a roncar como si durmiese profundamente. Al oírlo, las
princesas rieron, y la mayor exclamó:
- He aquí otro que podría haberse ahorrado la muerte.
Se levantaron. Abrieron armarios, arcas y cajones, y sacaron de ellos
magníficos vestidos; y mientras se vestían y arreglaban ante el espejo,
saltaban de alegría pensando en el baile.
Solo la más chica dijo:
- No sé. Uds. están muy contentas, y yo, en cambio, siento una
impresión rara. Presiento que nos ocurrirá una desgracia.
- No seas boba -replicó la mayor-. Siempre tienes miedo. ¿Olvidaste ya
cuántos príncipes han tratado, en vano, de descubrirnos? A este
soldado ni siquiera hacía falta darle la poción. No se habría despertado.
Cuando todas estuvieron listas, salieron a ver al soldado; pero éste
mantenía los ojos cerrados y permaneció inmóvil, por lo que ellas se
creyeron seguras. Entonces la mayor se acercó a su cama y le dio unos
golpes. Inmediatamente, el mueble empezó a hundirse en el suelo, y
todas pasaron por aquella abertura, una tras otra, guiadas por la
mayor. El soldado, que lo había visto todo, sin titubear se puso su capa
y bajó también detrás de la menor. A mitad de la escalera le pisó
levemente el vestido, por lo cual la princesita, asustada, exclamó:
- ¿Qué es eso? ¿Quién me tira del vestido?
- ¡No seas tonta! - exclamó la mayor -. Te habrás enganchado con algo.
Llegaron todos abajo, se encontraron ante un maravilloso camino de
árboles, cuyas hojas, de plata, brillaban y refulgían esplendorosamente.
Pensó el soldado: "Es cuestión de proporcionarme una prueba," y
rompió una rama, produciendo un fuerte crujido al quebrarla.

30
La más joven volvió a exclamar:
- Pasa algo extraño. ¿No oyeron un crujido?
Pero la mayor replicó: -Son disparos de regocijo, por la pronta liberación
de nuestros príncipes.
Llegaron luego a otro camino cuyos árboles eran de oro, y, finalmente, a
un tercero, en que eran de diamantes; y de cada uno el soldado desgajó
una rama, con gran susto de la pequeña; pero la mayor insistió en que
eran disparos de regocijo. Prosiguiendo, no tardaron en hallarse a la
orilla de un gran río, en el que había doce barcas, y, en cada una, un
lindo príncipe. Aguardaban a las princesas, y cada cual subió a una en
su barca, sentándose el soldado en la de la menor.
Dijo el príncipe:
- No sé por qué, pero esta barca es hoy mucho más pesada que de
costumbre. Tengo que remar con todas mis fuerzas para hacerla
avanzar.
- Debe de ser el tiempo -respondió la princesa-. Hoy está bochornoso, y
también yo me siento deprimida.
En la orilla opuesta se levantaba un magnífico y bien iluminado castillo,
de cuyo interior llegaba una alegre música de timbales y trompetas.
Entraron en él, y cada príncipe bailó con su preferida. Y también el
soldado bailó, invisible, y cuando la princesa menor levantaba un vaso
de vino, él se lo bebía, vaciándolo antes de que llegase a los labios de la
muchacha, con el consiguiente azoramiento de ella; pero la mayor
siempre le imponía silencio. La danza duró hasta las tres de la
madrugada, hora en que todos los zapatos estaban agujereados y
tuvieron que darla por terminada. Los príncipes las devolvieron a la
orilla opuesta, y esta vez el soldado se embarcó con la mayor. En la
ribera se despidieron de sus acompañantes, prometiéndoles volver a la
noche siguiente.
Al llegar a la escalera, el soldado pasó adelante y se metió en su cama.
Cuando las doce muchachas entraron fatigadas y arrastrando los pies,
reanudó él sus ronquidos, y ellas, al oírlos, dijeron entre sí:
- ¡De éste nos hallamos seguras!
Se desvistieron, guardaron sus ricas prendas y dejaron los estropeados
zapatos debajo de las respectivas camas, antes de acostarse. A la
mañana siguiente, el soldado no quiso decir nada, deseoso de participar
de nuevo en la magnífica fiesta, a la que concurrió la segunda y la
tercera noches. Todo discurrió como la primera vez, durando el baile
hasta el desgaste total de los zapatos. La tercera noche, empero, el
soldado se llevó una copa como prueba. Cuando sonó la hora de rendir
cuentas, él tomó las tres ramas y la copa y se presentó ante el Rey,
mientras las doce princesas escuchaban detrás de la puerta lo que
decía. Al preguntar el Rey:

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- ¿Dónde han estropeado mis hijas sus zapatos? – el soldado respondió:
- Bailando con doce príncipes en un palacio subterráneo ­ y relató cómo
habían ocurrido las cosas, aportando en prueba las ramas y la copa.
El Rey mandó a llamar a sus hijas, y les preguntó si el soldado decía la
verdad. Al verse descubiertas, y que de nada les serviría el seguir
negando, las muchachas confesaron. Entonces el Rey, presto a cumplir
con su promesa preguntó al soldado a cuál de ellas quería por esposa.
- Como ya no soy joven, me quedaré con la mayor -contestó.
El mismo día se celebró la boda, y el Rey lo nombró heredero del trono.
En cuanto a los príncipes, quedaron encantados durante tantos días
como noches habían bailado con las princesas.

LAS HADAS (Rec. Charles Perrault)

Había una vez, una viuda que tenía dos hijas; la mayor se le parecía
tanto en el carácter y en el físico que quien veía a la hija, le parecía ver
a la madre. Ambas eran tan desagradables y orgullosas que no se podía
vivir con ellas. La menor, que era el verdadero retrato de su padre por
su dulzura y suavidad, era además de una gran belleza. Como por
naturaleza amamos a quien se nos parece, esta madre tenía locura por
su hija mayor y, a la vez sentía, una aversión atroz por la menor. La
hacía comer en la cocina y trabajar sin cesar.
Entre otras cosas, esta pobre niña tenía que ir dos veces al día a buscar
agua a una media legua de la casa, y volver con una enorme jarra llena.

Un día que estaba en la fuente, se le acercó una pobre y anciana mujer


y le rogó que le diera de beber.

-Como no, mi buena señora -dijo la hermosa niña.

Y enjuagando de inmediato su jarra, sacó agua del mejor lugar de la


fuente y se la ofreció, sosteniendo siempre la jarra para que bebiera
más cómodamente. La buena anciana, después de beber, le dijo:

-Eres tan bella, tan buena y tan amable, que no puedo dejar de darte
un don (pues era un hada que había tomado la forma de una pobre y
anciana aldeana para ver hasta dónde llegaría la gentileza de la joven).
Te concedo el don -prosiguió el hada- de que por cada palabra que
pronuncies saldrá de tu boca una flor o una piedra preciosa.

Cuando la hermosa joven llegó a casa, su madre la reprendió por


regresar tan tarde de la fuente.

32
-Perdón, madre mía -dijo la pobre muchacha- por haberme demorado-;
y al decir estas palabras, le salieron de la boca dos rosas, dos perlas y
dos grandes diamantes.

-¡Qué estoy viendo! -dijo su madre, llena de asombro-; ¡parece que de la


boca te salen perlas y diamantes! ¿Cómo es eso, hija mía?

Era la primera vez que le decía hija.

La pobre niña le contó ingenuamente todo lo que le había pasado, no


sin echar una infinidad de piedras preciosas.

-Verdaderamente -dijo la madre- tengo que mandar a mi otra hija; mira,


hijita de mi corazón, mira lo que sale de la boca de tu hermana cuando
habla; ¿no te gustaría tener un don semejante? Bastará con que vayas
a buscar agua a la fuente, y cuando una pobre mujer te pida de beber,
ofrecerle muy gentilmente.

-¡No faltaba más! -respondió groseramente la muchacha- ¡ir a la fuente!

-Deseo que vayas -repuso la madre-, ¡y de inmediato!

Ella fue, pero siempre refunfuñando. Tomó el más hermoso jarro de


plata de la casa. No hizo más que llegar a la fuente y vio salir del
bosque a una dama magníficamente vestida que vino a pedirle de beber:
era la misma hada que se había aparecido a su hermana, pero que se
presentaba esta vez bajo el aspecto y con las ropas de una princesa,
para ver hasta dónde llegaba la maldad de esta niña.

-¿Crees que he venido acaso -le dijo esta grosera joven- para darte de
beber a ti? ¡Justamente he traído un jarro de plata nada más que para
dar de beber a su señoría! –dijo con sorna y agregó- ¡Bebe directamente,
si tienes sed!

-No eres nada amable -repuso el hada, sin irritarse-, ¡está bien! ya que
eres tan poco atenta, te otorgo el don de que a cada palabra que
pronuncies, te salga de la boca una serpiente o un sapo.

La madre, que la esperaba ansiosa, no hizo más que divisarla por el


camino cuando le gritó:

-¿Y bien, hija mía?

33
-¡Y bien, madre mía! -respondió la malvada, echando dos víboras y dos
sapos.

-¡Cielos! -exclamó la madre- ¿Qué estoy viendo? ¡Tu hermana tiene la


culpa, me las pagará! -y corrió a castigar a la hija menor.

La pobre niña huyó de la casa y fue a refugiarse en el bosque cercano.


El hijo del rey, que regresaba de la caza, la encontró y viéndola tan
hermosa le preguntó qué hacía allí sola y por qué lloraba.

-¡Ay!, señor, es mi madre que me ha alejado de la casa.

El hijo del rey, que vio salir de su boca unas perlas y otros tantos
diamantes, le rogó que le dijera de dónde le venía aquella maravilla. Ella
le contó toda su aventura.

El príncipe se enamoró de ella, y considerando que el don que poseía la


bella joven valía más que la dote que pudiese tener otra mujer, la llevó
al palacio de su padre y se casó con ella.

En cuanto a la hermana mayor, tanto se hizo aborrecer que su madre la


echó de la casa; y después de haber andado mucho la desgraciada sin
encontrar quién quisiera recibirla, murió en un rincón del bosque.

Moraleja

Con diamantes y dinero


mucho se obtiene en verdad
pero con dulces palabras
aún se obtiene mucho más.

Otra moraleja

La honradez, tarde o temprano


alcanza su recompensa
y con frecuencia se logra
cuando en ella no se piensa.

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LAS TRES HILANDERAS (Rec. Hermanos Grimm)

Érase una vez, una joven muy perezosa que no quería hilar. Aún ante la
insistencia de su madre, no había forma de que la muchachita se
pusiera a trabajar. Un día, su madre, muy enojada y harta de la pereza
de su hija, la castigó con dureza. Hecho que desencadenó el llanto de la
joven, que comenzó a dar gritos estrepitosos. En ese momento la reina
de la comarca pasaba en su carruaje, y cuando oyó el llanto, hizo
detener la carroza, se dirigió a la casa y preguntó a la madre por qué
reprendía así a su hija que sollozaba con tanta fuerza.
Entonces la madre, avergonzada de la pereza de su hija, mintió:
-Majestad, no logro conseguir que mi habilidosa hija deje de hilar.
Como somos muy pobres, no puedo darle todo el lino que me pide.
La reina al oír estas palabras le respondió:
-Para mí no hay sonido más agradable que el de la rueca, y nunca me
siento tan feliz como cuando escucho hilar. Permítame, buena mujer,
llevar a su hija a mi palacio, allí poseo suficiente lino y podrá hilar
cuanto guste.
La madre se puso feliz y estaba encantada con la idea de que su hija
trabajara en el palacio. La reina, entonces, se llevó a la joven en su
carruaje. Cuando llegaron al palacio, condujo a la muchacha a través
de tres recámaras que estaban repletas del más fino lino, de pared a
pared y de piso a techo.
-Ahora hilarás este lino -dijo la reina, -y cuando hayas terminado, te
ofrezco a mi hijo mayor como esposo, no importa si eres pobre, tu
infatigable labor tiene mucho más valor que la nobleza.
La joven se sentía muy asustada, porque jamás hilaría esa cantidad de
lino, ni aun trabajando día y noche. Cuando se encontró sola, empezó a
llorar y durante tres días se sentó a mirar la rueca y el lino, sin hacer
nada. Pasado este tiempo regresó la reina, y cuando vio que nada se
había hilado aún, se sorprendió. Pero la muchacha presentó sus
excusas, alegando que no se había sentido bien para comenzar su
tarea, debido a su tristeza por estar alejada de su madre. La reina
quedó satisfecha con esa respuesta, pero le dijo al salir:
-Mañana deberás empezar a trabajar.
Cuando la joven quedó sola nuevamente, se sintió muy angustiada sin
saber qué hacer y se acercó llorosa a la ventana. Vio a tres mujeres que
caminaban en dirección adonde ella estaba. La primera tenía un pie
ancho y plano; la segunda tenía el labio inferior gigante, y la tercera
tenía uno de los dedos pulgares inmenso. Se detuvieron bajo la
ventana, miraron a la muchacha y le preguntaron qué era lo que tanto
le preocupaba. La joven les explicó su problema, y entonces ellas le
ofrecieron ayudarla y le dijeron:

35
-Si no te avergüenzas de nosotras y estamos invitadas a tu boda, y nos
sientas a tu mesa, y nos llamas "hermanas", nosotras hilaremos todo el
lino en un abrir y cerrar de ojos.
-Claro que sí, se los prometo con todo mi corazón -respondió la joven-,
entren, por favor, no demoren y comiencen la labor cuanto antes.
Dejó entrar a las tres señoras, acondicionó una de las recámaras, donde
las tres mujeres empezaron a hilar. La primera tiraba del hilo y movía el
pedal para hacer girar la rueca, la segunda humedecía el hilo con sus
labios, y la tercera lo trenzaba muy rápidamente, golpeando en la mesa
con el pulgar una vez terminado el ovillo para que caiga al suelo.
Cuando la reina entraba a visitarla, la joven cubría a las hilanderas
para que no fueran descubiertas, y exhibía los ovillos de lino con mucho
orgullo. La reina la llenaba de elogios.
Cuando el lino de la primera recámara estuvo listo, pasaron a la
segunda y por último a la tercera. Una vez concluido el trabajo, las
mujeres se marcharon, no sin antes recordarle:
-No olvides lo que nos prometiste, es por tu bien. Ya verás.
Al comprobar que la muchacha había terminado el trabajo, la reina
ordenó los preparativos para la boda con el príncipe mayor, quien
festejó la laboriosa y bonita esposa que tendría.
-Yo tengo tres hermanas -dijo ella-, a quienes quisiera invitar a formar
parte de la mesa principal. Deseo que estén junto a mí y compartir con
ellas mi felicidad y prosperidad.
La reina y el novio dijeron:
-Claro que sí, serán muy bienvenidas.
Así, cuando la fiesta de bodas dio comienzo, las tres mujeres entraron
al salón del palacio, y la novia dijo:
-Bienvenidas, queridas “hermanas”.
-¡Huy! -dijo el novio-, ¡Qué hermanas más extrañas tienes!
Se levantó y, acercándose a la que tenía el pie ancho y plano, le
preguntó:
-Mi señora, ¿Cómo llegó a deformarse así su pie?
-Pisando el pedal de la rueca para que esta gire –contestó-, pisando el
pedal de la rueca para que esta gire.
Entonces, el príncipe se acercó a la siguiente y le preguntó:
-Mi señora, ¿Cómo se le formó ese labio inferior tan gigante?
-De tanto humedecer y lamer el lino –respondió-, de tanto humedecer y
lamer el lino.
Por último, interrogó a la tercera:
-Mi señora, ¿Cómo se le hizo tan inmenso ese dedo pulgar?
-De tanto trenzar el lino -le contestó-, de tanto trenzar el lino.
Con todos estos datos, el príncipe quedó alarmado tanto que decidió
que su querida esposa nunca jamás volvería a tocar una rueca.

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De esta manera, la muchacha quedó libre para siempre de hacer el
trabajo de hilado, que tanto detestaba.

RICITOS DE ORO Y LOS TRES OSOS (Anónimo)

Había una vez, una familia de osos que vivía en una casa del bosque.
Eran el gran oso padre, con una voz potente; la madre osa, con una voz
mediana, y su hijo osito, con una voz suave.
Una mañana cuando iban a tomar el desayuno, la madre osa dijo:

-La leche está muy caliente. Vamos a dar un paseo por el bosque
mientras se enfría.
Y los tres salieron de la casa.
Mientras estaban afuera, Ricitos de Oro, una niña llamada así por su
larga cabellera de rulos dorados, quien se había perdido en el bosque,
descubrió la casa y se preguntó quién viviría allí. Se acercó y llamó a la
puerta. Como no respondió nadie, llamó otra vez. Al ver que no
contestaban, abrió la puerta y entró en la casa.
La casa era muy acogedora. En el comedor vio una mesa con tres
tazones de leche y varias rebanadas de pan. Una de las tazas era
grande, la otra mediana y la otra pequeña. Probó la leche de la taza
grande y gritó:

-¡Ay! Esta leche está muy caliente.

Después hizo lo mismo con la taza mediana y dijo:
-¡Brrr! Está leche está muy fría.

Después, probó la de la taza pequeña
y exclamó:
-¡Mmm! Esta leche está deliciosa. Y se la tomó toda junto con las
rebanadas de pan.
Luego de desayunar, Ricitos de Oro entró en el living y vio tres sillas.
Había una grande, otra mediana y otra pequeña. Ricitos de Oro se sentó
en la grande:
 -¡Qué dura es! -pensó.
D espués se sentó en la
mediana:
 -¡Esta es muy blanda!
 -se dijo. Después probó la pequeña:
 -
¡Esta sí que está bien! Pero hizo tanta fuerza al acomodarse que la
rompió.

Más tarde entró en otra habitación y vio tres camas. Había una grande,
otra mediana y otra pequeña. Ricitos de Oro se acostó en la cama
grande y dijo:

-¡Está durísima!

Entonces se acostó en la cama mediana y dijo:

-¡Está muy blanda!

Por último, se acostó en la cama pequeña y era tan cómoda que se
quedó dormida enseguida.
Mientras dormía, la familia de los osos regresó a su hogar. Miraron la
mesa del comedor y papá oso exclamó:

-¡Alguien ha probado mi desayuno!


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Mamá osa agregó:

-¡Alguien ha probado la leche de mi taza!

El osito, con voz suave, dijo:

-¡Alguien se ha bebido mi leche y comido mi pan!
Los tres osos fueron al living y, entonces, el gran oso padre miró su silla
y dijo con voz grave:

-¡Alguien se ha sentado en mi silla!

Entonces, la madre osa dijo con voz mediana:

-¡Alguien se ha sentado también en mi silla!

Y el osito, con voz suave, dijo:

-¡Alguien se ha sentado en mi silla y la ha roto!
Los tres osos, tristes y hambrientos,
decidieron irse a la cama.

Papá oso exclamó:
-¡Alguien se ha acostado en mi cama!

Mamá osa agregó:
-¡Alguien ha probado mi cama también!

El osito gritó:
-¡Alguien está
durmiendo en mi cama!
La voz del osito despertó a Ricitos de Oro, que al ver a los tres osos se
asustó tanto que saltó de la cama, atravesó las habitaciones, salió de la
casa y corrió por el bosque rumbo a su hogar.

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CUENTOS DE AUTOR

Listado de Cuentos
Bornemann, Elsa Isabel
Cuento con caricia
Un elefante ocupa mucho espacio
Una trenza tan larga

Cabal, Graciela
Gatos eran los de antes
Papanuel

Devetach, Laura
Cuento de la polla
Historia de Ratita
La planta de Bartolo
Medias de monigote
Todo cabe en un jarrito

Keselman, Gabriela
¿Dónde está mi tesoro?
Si tienes un papá mago…

Mariño, Ricardo
Cuento con ogro y princesa

Montes, Graciela
Doña Clementina, queridita, la achicadora
El club de los perfectos
Un gato como cualquiera

Roldán, Gustavo
Como si el ruido pudiera molestar
Gustos son gustos
El mono y el yacaré
El tatú enamorado

Schujer, Silvia
Juanita del montón
Rebelión en el puchero

Villafañe, Javier
Los sueños del sapo

39
Walsh, María Elena
Bisabuela
Donde se cuentan las catastróficas aventuras de una señora y su nene
Historia de una princesa, su papá y el príncipe Kinoto Fukasuka
Y aquí se cuenta la maravillosa historia del Gatopato y la princesa
Monilda

Wolf, Ema
El rey que no quería bañarse
Flori, Ataúlfo y el dragón
La oveja 99

Elsa Isabel Bornemann


CUENTO CON CARICIA

No sabía lo que era una caricia. Nunca lo habían acariciado antes. Por
eso, cuando el Changuito rozó su plumaje junto a la laguna -
alisándoselo suavemente con la mano- el tero se voló. Su alegría era
tanta que necesitaba todo el aire para desparramarla.
-¡Teru! ¡Teru! ¡Teru! ¡Teru! ¡Teru! ¡Teru! -se alejó chillando.
El changuito lo vio desaparecer, sorprendido. La tarde se quedó sentada
a su lado sin entender nada.
-¡Hoy me han acariciado! ¡La caricia es hermosa! -seguía diciendo con
sus teru, teru...
-¡Eh, tero! ¡Ven aquí! ¡Quiero saber qué es una caricia! -le gritó una
vaca al escucharlo.
El tero se dejó caer: un planeado blanco, negro y pardo, de gracioso
copete, aterrizando junto a la vaca...
-Esto es una caricia... -le dijo el tero, mientras que con el ala izquierda
rozaba una y otra vez una pata de la vaca-. Me gusta tu cuero, ¿sabés?
No imaginaba que fuera tan distinto de mi plumaje...
La vaca no lo escuchaba ya. Pasto y cielo se iban mezclando en una
cinta verdeazul con cada aleteo del ave. Ni siquiera sentía las
fastidiosas moscas...
Con varios felices muuu...muuu...se despidió entonces el tero.
¿Caminaba o flotaba?
¿Mugía o cantaba?
¿Soñaba?
No. Era tan cierto como el sol del atardecer, bostezando sobre el campo.
Era verdad: ella sabía ahora lo que era una caricia...
Distraída, atropelló un armadillo que descansaba entre unos
matorrales:

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-Cuidado, vaca, ¿no ves que casi me pisas? ¿Qué te pasa? ¿Estás
enferma?
“Este quirquincho no puede entender... -pensó la vaca-. Es tan
tonto...”, y continuó caminando o flotando, mugiendo o cantando...
Pero el animalito peludo la siguió curioso, arrastrándose lentamente
sobre sus patas.
Finalmente, la chistó:
-Sh...shhh... ¿No vas a decirme qué te pasa?
Suspirando, la vaca decidió contarle:
-Hoy he aprendido lo que es una caricia...estoy tan contenta...
-¿Una caricia? -repitió el armadillo, tropezando con el nudo de una raíz-
.¿Qué gusto tiene una caricia?
La vaca mugió divertida:
-No, no es algo para comer... Acércate que te voy a enseñar... -y la vaca
rozó con su cola el duro y espeso pelo del animalito.
Su coraza se estremeció. Tampoco a él lo habían acariciado antes…
¿De modo que ese contacto tan lindo era una caricia? Para ocultar su
emoción, cavó rápidamente un agujero en la tierra y desapareció en él.
La noche taconeaba ya sobre los pastos cuando el armadillo decidió
salir. La vaca se había ido, dejándole la caricia... ¿A quién regalarla?
De pronto, un puerco espín se desperezó a la puerta de su grieta. Era la
hora de salir a buscar alimentos.
-¡Qué mala suerte tengo! -exclamó el armadillo-. ¡Encontrarte
justamente a ti!
-¿Se puede saber por qué dice esa tontería? -gruñó el puerco espín,
dándose vuelta enojado.
-Pues... porque tengo ganas de regalar una caricia... pero con esas
treinta mil púas que tienes sobre el cuerpo… voy a pincharme...
-¿Una caricia? -le preguntó muy interesado el roedor-. ¿Te parece que
mis dientes serán lo suficientemente fuertes para morderla? ¿Es dulce o
salada?
-No, amigo, una caricia no es una madera de las que te gustan tanto…
ni una caña de azúcar... ni un terroncito de sal... Una caricia es esto...
y frotando despacito su caparazón contra la única parte sin púas de la
cabeza del puerco espín, el armadillo se la regaló.
¡Qué cosquilleo recorrió su piel! Un gruñido de alegría se paró en la
noche. Su primera caricia...
-¡No te vayas! ¡No te vayas! -alcanzó a oír que el armadillo le gritaba
riendo. Pero él necesitaba estar solo… Gruñendo feliz, se zambulló en la
oscuridad de unas matas.
La mañana lo encontró despierto, aún sin desayunar y murmurando:
-Tengo una caricia... Tengo una caricia... ¿A quien podré dársela?
Ninguno me la aceptará...Tengo tantas púas…

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-¿Estás loco? -le dijo una perdiz.
-¡Se ha emborrachado! -aseguró una liebre.
Y ambas dispararon para no pincharse. El puerco espín se enroscó. Su
soledad de púas le molestaba por primera vez...
Ya era la tarde cuando lo vio, recostado sobre un tronco, junto a la
laguna.
El changuito sostenía con sus piernas la caña de pescar. Un sombrero
de paja le entoldaba los ojos. Dormitaba...
El puerco espín no lo pensó dos veces y allá fue, llevándole su caricia.
Su hociquito se apretó un momento contra la rodilla del chango antes
de escapar -temblando- hacia el hueco de un árbol.
El muchachito ni siquiera se movió, pero a través de un agujerito de su
sombrero lo vio todo.
-¡El puerco espín me acarició!- se dijo por lo bajo, mirando de reojo su
rodilla curtida-. Esto sí que no lo va a creer mi tata...- y su silbido de
alegría rebotó en la laguna.
“¿Dormita el chango?
-¿Sonríe?
-¿Pesca o silba?”, se preguntó la tarde.
Y siguió sentada a su lado sin entender nada.

UN ELEFANTE OCUPA MUCHO ESPACIO

Que un elefante ocupa mucho espacio lo sabemos todos. Pero que


Víctor, un elefante de circo, se decidió una vez a pensar “en elefante”,
esto es, a tener una idea tan enorme como su cuerpo... ah... eso
algunos no lo saben, y por eso se los cuento: Verano. Los domadores
dormían en sus carromatos, alineados a un costado de la gran carpa.
Los animales velaban desconcertados. No era para menos: cinco
minutos antes, el loro había volado de jaula en jaula comunicándoles la
inquietante noticia.
El elefante había declarado huelga general y proponía que ninguno
actuara en la función del día siguiente.
-¿Te has vuelto loco, Víctor? -le preguntó el león, asomando el hocico
por entre los barrotes de su jaula-. ¿Cómo te atreves a ordenar algo
semejante sin haberme consultado? ¡El rey de los animales soy yo!
La risita del elefante se desparramó como papel picado en la oscuridad
de la noche:
-Ja. El rey de los animales es el hombre, compañero. Y sobre todo aquí
tan lejos de nuestras anchas selvas...
-¿De qué te quejas, Víctor? -interrumpió un osito, gritando desde su
encierro-. ¿No son acaso los hombres los que nos dan techo y comida?
-Tú has nacido bajo la lona del circo... -le contestó Víctor dulcemente-.

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La esposa del domador te crió con mamadera... Solamente conoces el
país de los hombres y no puedes entender, aún, la alegría de la
libertad...
-¿Se puede saber para qué haremos huelga? -gruñó la foca, coleteando
nerviosa de aquí para allá.
-¡Al fin una buena pregunta! -exclamó Víctor entusiasmado, y ahí
nomás les explicó a sus compañeros que ellos eran presos... que
trabajaban para que el dueño del circo se llenara los bolsillos de
dinero... que eran obligados a ejecutar ridículas pruebas para divertir a
la gente... que se los forzaba a imitar a los hombres... que no debían
soportar más humillaciones y que patatín y que patatán.
(Y que patatín fue el consejo de hacer entender a los hombres que los
animales querían volver a ser libres... Y que patatán fue la orden de
huelga general...).
-Bah... Pamplinas... -se burló el león-. ¿Cómo piensas comunicarte con
los hombres? ¿Acaso alguno de nosotros habla su idioma?
-Sí -aseguró Víctor-. El loro será nuestro intérprete.
Y enroscando la trompa entre los barrotes de su jaula, los dobló sin
dificultad y salió afuera. Enseguida, abrió una tras otra las jaulas de
sus compañeros.
Al rato, todos retozaban en torno a los carromatos. ¡Hasta el león!
Los primeros rayos del sol picaban como abejas zumbadoras sobre las
pieles de los animales cuando el dueño del circo se desperezó ante la
ventana de su casa rodante. El calor parecía cortar el aire en infinidad
de líneas anaranjadas... (Los animales nunca supieron sí fue por eso
que el dueño del circo pidió socorro y después se desmayó, apenas pisó
el césped...).
De inmediato, los domadores aparecieron en su auxilio:
-¡Los animales están sueltos! -gritaron a coro, antes de correr en busca
de sus látigos.
-¡Pues ahora los usarán para espantarnos las moscas! -les comunicó el
loro no bien los domadores los rodearon, dispuestos a encerrarlos
nuevamente.
-¡Ya no vamos a trabajar en el circo! ¡Huelga general, decretada por
nuestro delegado, el elefante!
-¿Qué disparate es éste? ¡A las jaulas! -y los látigos silbadores
ondularon amenazadoramente.
-¡Ustedes a las jaulas! -gruñeron los orangutanes. Y allí mismo se
lanzaron sobre ellos y los encerraron. Pataleando furioso, el dueño del
circo fue el que más resistencia opuso. Por fin, también él miraba correr
el tiempo detrás de los barrotes.
La gente que esa tarde se aglomeró delante de las boleterías, las
encontró cerradas por grandes carteles que anunciaban:

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CIRCO TOMADO POR LOS TRABAJADORES.
HUELGA GENERAL DE ANIMALES.
Entretanto, Víctor y sus compañeros trataban de adiestrar a los
hombres:
-¡Caminen en cuatro patas y luego salten a través de estos aros de
fuego!
-¡Mantengan el equilibrio apoyados sobre sus cabezas!
-¡No usen las manos para comer!
-¡Rebuznen! ¡Maúllen! ¡Píen! ¡Ladren! ¡Rujan!
-¡Basta por favor, basta! -gimió el dueño del circo al concluir su vuelta
número doscientos alrededor de la carpa, caminando sobre las manos-
.¡Nos damos por vencidos! ¿Qué quieren?
El loro carraspeó, tosió, tomó unos sorbitos de agua y pronunció
entonces el discurso que le había enseñado el elefante:
-...Conque esto no, y eso tampoco, y aquello nunca más, y no es justo, y
que patatín y que patatán... porque... o nos envían de regreso a
nuestras anchas selvas... o inauguramos el primer circo de hombres
animalizados, para diversión de todos los gatos y perros del vecindario.
He dicho.
Las cámaras de televisión transmitieron un espectáculo insólito aquel
fin de semana: en el aeropuerto, cada uno portando su correspondiente
pasaje entre los dientes (o sujeto en el pico en el caso del loro), todos los
animales se ubicaron en orden frente a la puerta de embarque con
destino a África.
Claro que el dueño del circo tuvo que contratar dos aviones: en uno
viajaron los tigres, el león, los orangutanes, la foca, el osito y el loro. El
otro fue totalmente utilizado por Víctor... porque todos sabemos que un
elefante ocupa mucho, mucho espacio...

UNA TRENZA TAN LARGA

Nunca le habían cortado el pelo. Ni siquiera se lo habían recortado.


Margarita no quería.
Por eso lo tenía tan largo. Larguísimo.
Su trenza negra alcanzaba a cubrir una cuadra.
Cuando Margarita dormía, su trenza se estiraba por el dormitorio,
doblaba por la sala, seguía por el balcón y –desde el tercer piso de la
casa– caía hacia la calle, saliendo por la ventana que dejaban abierta a
propósito.
Para peinarse, Margarita viajaba una vez por semana al campo, con su
mamá, su papá, su abuela y sus dos hermanas mayores.
Allá, sobre el ancho verde, la destrenzaban. Luego, la cepillaban por
turno, para no cansarse: su mamá le alisaba los primeros metros de

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pelo; seguía la abuela, desenredando unos cuantos metros más. A
continuación, sus dos hermanas, siempre protestando porque esa tarea
las aburría, y –finalmente– el papá, que peinaba los últimos metros del
pelo de su hija menor.
Una vez, en plena labor de cepillado, los sorprendió un fuerte viento. El
pelo de Margarita se levantó entonces, abriéndose en abanico.
–¡Una nube negra! –gritaron los campesinos–. ¡Tormenta! –mientras
pájaros, libélulas, mariposas, langostas y vaquitas de San Antonio
quedaban enredados. Lejos de preocuparse, Margarita estaba contenta:
–¡Mi pelo canta! –decía al escuchar los pájaros piando en él.
–¡Uso las más lindas hebillas! –aseguraba al verse adornada por tantas
vaquitas de San Antonio.
–¡Debemos cortarle el pelo! –chillaban mamá, papá y la abuela.
–¡Bien corto! –agregaban las hermanas.
Otra vez, su pelo suelto en la noche campesina se llenó de bichitos de
luz y hubo que esperar al día siguiente para trenzarlo…
¡Era tan hermoso verlo! ¡Parecía un retacito de la misma noche,
bordado con estrellitas!
El problema más grande se presentó la mañana en que Margarita debió
ir a la escuela por primera vez.
–¡Tendremos que cortarte el pelo! –le dijeron sus hermanas, riendo.
Claro, ellas estaban un poquito celosas: la mayor tenía una melenita
castaña que apenas le rozaba los hombros… La mediana, escasos
rulitos apretados en coronita rubia… Ninguna de las dos lograba que el
pelo les creciera tanto como a la más chica…
La mamá trató de encontrar una solución sin cortarle el pelo:
–Te recogeré la trenza en un rodete, Margarita… –le dijo esa mañana.
–¡Manos a la obra! –se escuchó a la abuela. Y tomando varios metros de
trenza cada una, empezaron a girar alrededor de Margarita hasta
formar un enorme rodete sobre su cabeza.
¡Ay! Era tan pesado que Margarita no pudo moverse…
¡Ay! Era tan alto que Margarita no pudo salir de su casa… ¡Llegaba
hasta el techo!
Entonces, Margarita tuvo una buena idea: llamó por teléfono a todos
sus amiguitos y esperó que llegaran a buscarla.
Entretanto, su mamá, su abuela y sus hermanas trabajaban
deshaciendo el rodete.
En media hora, la trenza negra ya estaba en libertad.
Al rato, Margarita salió a la calle, bajando por la escalera los tres pisos
de su casa, seguida por su trenza. Sus amiguitos ya la estaban
esperando, todos con sus delantales blancos.
Margarita subió a su bicicleta, rumbo a la escuela… Y hacia allá fue,
con sus amiguitos en hilera cargando la trenza tras ella:

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Sebastián la seguía en triciclo.
Carlitos en karting.
Gustavo en bicicleta.
Cristina en remociclo.
Pilar en monopatín.
Aníbal en autito.
Matías corriendo.
Sonia en carrito, empujada por Darío y Hernán, y finalmente Bettina,
en patines, sujetándose del gran moño floreado y dejándose arrastrar
por los demás… ¡Qué viva!
¡Cómo se divirtieron en la escuela!
Cada recreo, la trenza de Margarita servía para saltar a la soga, para
enrollarse en caracol, para formar guardas sobre las baldosas del
patio… ¡y hasta para colgar un ratito al sol la ropa recién lavada por la
portera! ¡Margarita se sentía tan feliz!...
Cuando llegaron las vacaciones, sus papás decidieron hacer un viaje en
barco.
– ¡Tendremos que cortarte el pelo! –volvió a insistir su hermana mayor.
– ¡Bien corto! –agregó la mediana, yendo a buscar las tijeras.
Pero a Margarita se le ocurrió algo, también en esa oportunidad, y no
fue necesario cortarle la trenza.
Durante el viaje en barco la dejó caer por la borda al agua. Su trenza
abrió un caminito negro en el río…
¡Cuentan que cuando la izaron, al terminar el paseo, traía pececitos
prendidos de su moño!
¡Cómo la aplaudieron los pescadores en la orilla!
Ah… ¿Ustedes creen que Margarita se cortó su pelo?
No, no y mil veces no.
Ni siquiera se lo ha recortado.
Su trenza negra cubre ahora dos cuadras y sigue siendo, a veces, un
retacito de la misma noche, bordado por los bichitos de luz… o una
nube oscura, sobre la que el viento sopla pájaros, libélulas, mariposas,
langostas y vaquitas de San Antonio… o simplemente una trenza, una
trenza tan larga…

Graciela Beatriz Cabal


GATOS ERAN LOS DE ANTES

En el barrio de San Cristóbal era cosa sabida: Flor, la gatita de tres


colores, era una gatita muy de su casa.
-¡Nada de andar por ahí, callejeando! ¡Mirá que se va a enterar tu padre!
-le repetía siempre su mamá.

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Pero no era necesario. Porque a Florcita la calle... ni fu ni fa. Aparte,
ella a su papá no le tenía miedo. Entre otras cosas porque apenas si lo
había visto una que otra vez. Sabía, eso sí, que su papá era un gato
muy renombrado y muy valiente, que se había animado a entrar a la
casa el día que Florcita nació y que le había traído de regalo una
lauchita a cuerda. "Vengo a ver a mi hija", dicen que dijo aquella noche,
mientras asomaba su enorme cabezota amarilla por la puerta del patio.
Pero ésa era historia pasada.
La cuestión era que Florcita a su papá no le tenía ni un poquito de
miedo.
"Pero, por otra parte", pensaba Florcita, ¿Para qué voy a ir a la calle?
¿En la casa no tengo todos los días mi leche tibia? ¿No tengo mi
almohadón peludo, justo al lado de la ventana? Y sobre todo, ¿en la
casa no la tengo a mi mamá? Sí, señor: Todo lo que necesito en la vida
lo tengo en la casa".
Cacique era un gato callejero. El más bravo de todos los gatos bravos
del mercado de Pichincha. Por algo era Cacique, el jefe. Y aunque
Cacique era blanco, y aunque jamás hablara de su vida privada, se
sabía de buena fuente que era hijo del viudo, un gato negro y
pendenciero que había llegado del Parque de los Patricios.
-¡De tal palo, tal astilla! -decían las gatas cuando lo veían pasar a
Cacique, rengo y magullado, después de alguna gresca.
Cacique comía salteado y ya ni se acordaba del gusto de la leche. Pero
eso a él lo tenía sin cuidado. Porque Cacique no había nacido para la
vida regalada. Él había nacido para el peligro y la aventura. Y el peligro
y la aventura sólo se encuentran en la calle.
Estaba escrito que, tarde o temprano, Cacique y Flor se conocerían.
Porque a Cacique le gustaba recorrer, una y otra vez, las calles del
barrio. Y porque Florcita se pasaba las horas mirando por la ventana de
la casa.
Fue un amor a primera vista, un verdadero flechazo.
Y los amores a primera vista -dicen- cambian mucho la vida de los
gatos.
Florcita ya no se interesaba mucho por su laucha a cuerda. -¡Quiero ver
una laucha de verdad! -le había gritado a su mamá, que la miró
asustada.
Florcita ya no se conformaba con mirar la calle desde la ventana. Y
cada día tenía los ojos más verdes y más brillantes. Es que, ya se sabe:
el amor envalentona mucho a las gatitas de su casa.
Cacique también andaba con el paso cambiado. Ya no encontraba
ninguna diversión en perseguir a los gatos del baldío. Ya no le gustaba
revolver los tachos de basura. Y varias veces, casi sin darse cuenta,

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había ronroneado mientras se restregaba contra las piernas de Don
Victorio, el carnicero.
Los gatos del mercado Pichincha lo miraban de reojo a Cacique. Y
decían sus comentarios entre dientes.
Es que, ya se sabe: el amor les cambia el paso a los gatos callejeros.
Un día, el mercado de Pichincha se conmovió con la noticia: esa misma
noche, Sultán y su pandilla vendrían al barrio, a buscar pelea.
¡¡Sultán!! ¡¡El gran Sultán, el rey del Once!!
Un escalofrío recorrió el espinazo de todos los gatos del mercado.
De todos menos de Cacique, que últimamente siempre andaba como en
otra cosa.
Los gatos del mercado se miraron muy preocupados. "¡Que papelón!", se
decían unos a otros. "Justo ahora que el Jefe anda más blandito que un
flan". "Qué van a decir, cuando se enteren, los gatos de Constitución...
¡Y los de la Boca!"
Cuando Sultán y su pandilla llegaron al mercado, todo el gaterío de San
Cristóbal se acomodó para no perderse ni un detalle.
Entonces Sultán, que era un gato bastante leído y con pretensiones de
actor, alzó bien la voz, como para que todos lo oyeran, y recitó:
-¡Andan por ahí diciendo que en San Cristóbal hay uno con fama de
guapo! (Todos lo miraron, pero Cacique ni miau)
Y Sultán siguió adelante:
-¡Quiero encontrarlo para que me enseñe a mí, que soy un pobre gato
del Once, lo que es un gato de coraje!
Cuando Cacique se dio cuenta de que todos lo miraban a él, como
esperando algo, se quedó un rato sin saber qué hacer. Hasta que, de
repente, pareció reaccionar y, acercándose a Sultán con la pata
extendida, le dijo:
-¡Buenas noches, compañero! ¡Bienvenido al barrio!
Ante semejante recibimiento, el gran Sultán, muy sorprendido,
preguntó con su voz de todos los días:
-¿Y a éste, qué bicho le picó?
Los gatos de San Cristóbal se tapaban la cara de vergüenza, mientras
que los gatos de Once, sin poder aguantar la risa, lo miraban a Cacique
y le hacían morisquetas. Pero uno de San Cristóbal, al que le decían el
Tuerto, no soportó tanta humillación y quiso salir en defensa del barrio:
-¡Digan que el Cacique anda en amores, que si no, ya iban a ver qué es
bueno!
Para qué habrá hablado.
Los del Once rodaban por el suelo de la risa. Y uno de los que más se
reía era el gran Sultán.

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-¡Jua, jua, jua! ¡Así que éste era el famoso Cacique! ¡Jua, jua, jua! ¡Y
todo por una gatita de mala muerte! ¡Si gatitas es lo que sobran en este
mundo! ¡Díganmelo a mí, que tengo 34 hijas mujeres! ¡Jua, jua, jua!
Pero la risa se le cortó de repente.
Porque, abriéndose paso entre todos esos gatos peligrosísimos,
despeinada y con los ojos más brillantes que nunca, avanzaba Flor, la
gatita tan de su casa, que venía a rescatar a su Cacique de las garras
del malvado gato de Once.
Sultán se erizó como si hubiera visto al Gato-Diablo. Pero después
empezó a derretirse como un helado.
-¡A ver, papá! -se encrespó Florcita. Y los ojos, de la rabia, eran apenas
dos rayitas verdes-. ¿Me podés aclarar que tenés contra el Cacique, vos?
-¡Pero Florcita! ¡Mi hijita preferida! ¡Corazoncito de papá...!
Los gatos de San Cristóbal y los gatos del Once se miraron con
desconsuelo.
-¡Es que ya no se puede creer en nada! -se decían moviendo la cabeza-,
¡Gatos, lo que se dice gatos, eran los de antes!
Y enfilaron todos juntos para el lado de Barracas.
Cacique y Flor empezaron a caminar despacio. Iban muy juntos y con
las colas bien amarradas.
Un poco atrás venía Sultán. ¡Quién sabe qué ideas le daban vueltas y
vueltas en su enorme cabezota amarilla!

PAPANUEL

Los Cardoso eran gente famosa en el barrio de San Cristóbal, pero sólo
para las Navidades. Y esto por dos razones.
Porque, año tras año, la abuela, la mamá y los Cardosos chicos -tres
nenas de nueve, seis y cinco años y un varón de cuatro- armaban un
Pesebre que ni les cuento en el patio con techito de la casa.
Y porque Nochebuena tras Nochebuena, el papá llegaba al barrio, antes
de dar las doce, vestido de Papá Noel (“Papanuel”, decían los chicos).
Lindo era el Pesebre de los Cardoso. Y muy completo. Hay que ver que
la abuela lo había ido armando desde el día en que su padrino le regaló
una Virgen, un San José y un niño Dios con ojitos de vidrio. (La Virgen
y San José eran mucho más petisos que el Niño, pero en la vida no se
puede andar con tantas pretensiones.)
El Pesebre fue creciendo junto con la abuela.
Así que ahora que la abuela tenía un montón de años, el pesebre tenía
un montón de piezas: 195, sin contar los ocho pastorcitos y las cuatro
ovejas que, en un descuido imperdonable, se había comido Lilí, la perra
del vecino.

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Los aguafiestas que nunca faltan -tampoco en San Cristóbal- decían
que el Pesebre de los Cardoso era una mescolanza espantosa, y que
dónde se había visto un Pesebre con gauchos, indios, buzos y espejos
con patitos.
Y ya que estaban en tren de criticar, también decían que el traje de
Papá Noel del señor Cardoso, además de quedarle corto y ancho, era un
remiendo vivo.
Pero hablaban de pura envidia... Y porque eran de esas personas
aburridas que piensan: “¡Yo no sé quién habrá inventado las fiestas!” y
se van a dormir antes de que suenen las campanas.
¿Que cómo conseguía Cardoso el disfraz de Papá Noel?
Muy fácil: él trabajaba de Papá Noel en “El oso mimoso”, la juguetería
de Constitución.
Bueno..., de Papá Noel trabajaba para las Navidades. El resto del año
hacía de todo un poco en la juguetería: plumerear los estantes, llevar
paquetes, cebarle mate al dueño, perseguir a los ratones... Y bien
contento estaba Cardoso con su empleo: gracias a él podía llevarles a
los hijos alguno que otro juguetito en Nochebuena.
Pero este año las cosas venían mal.
-No hay ventas, Cardoso -había dicho el patrón-. Así que vaya
olvidándose de los juguetes para los hijos, que yo no soy Papá Noel,
¿sabe?
Y llegó, por fin, la Nochebuena.
La casa de los Cardoso estaba de punta en blanco: la puerta abierta,
para que los vecinos pudieran espiar; el árbol de Navidad, con su
estrella en la punta; el famoso Pesebre, debajo del techito del patio.
También la mesa, con el mantel almidonado, los platos del juego, las
copas rojas, el fuentón de los huevos rellenos y el pollo cortado
finiiiiiiito, cosa que alcanzara.
Alrededor de la mesa, recién bañados y con la ropa de paquetear: los
Cardoso. Todos menos el papá. Y a la mamá le entró una inquietud que
se le alojó en la panza.
(Sí, también podía tratarse de hambre.)
Pero justo cuando en la radio empezaron a dar las doce, apareció. Con
un traje bien rojo, bien brillante, bien nuevito: ¡Papá Noel!
-¡Ah! ¡Oh! -gritaron todos impresionadísimos. Y el de cuatro corrió a
esconderse detrás de la abuela.
-Es papá, bobito -dijo la de nueve.
-¡No es papá! ¡Es “Papanuel”! -berreó el de cuatro.
Sonriéndose a través de la barba, Papá Noel abrió la bolsa y empezó a
repartir: una cajita de música y un libro de cuentos por aquí, un
trompo de colores y un títere por allá... ¡Y también un barrilete de cola

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larguísima y un pizarrón con tizas y todo, y un barco de vela y unas
acuarelas en caja de lata...!
-¿Para los grandes nada, Car... Papanuel? -se animó la abuela.
-Pero cómo no: unas peinetas plateadas con piedritas, un collar de
caracoles, un mate con bombilla y en la bombilla un escudo...
-¡¡CARDOSO!! -–tronó la madre hecha una furia-. ¿¿A QUIÉN LE..?? ¿¿DE
DÓNDE...??
Él pareció no oírla, tan interesado estaba en el Pesebre.
Fue entonces cuando, moviendo la cabeza como si algo no acabara de
gustarle, se puso a buscar en la bolsa. Busca que te busca, busca que
te busca, al final encontró y sacó: un Papá Noel chiquito, con su trineo
lleno de campanas diminutas y sus ciervos de cuernos dorados.
Tratando de no tirar nada, Papá Noel lo ubicó en el Pesebre, entre un
indio sioux y un San Martín de caballo blanco.
Ahora sí, se sonrió conforme Papá Noel. Y después los miró a todos, fijo
y en los ojos, levantó la mano en un saludo y se fue, sin darles tiempo
de reaccionar.
Pero al rato nomás volvió. Lo único que, esta vez, tenía el traje de antes:
corto, ancho, remendado.
-¡Papi, ése es mi papi! -dijo chocho el de cuatro.
-¡Ahora me vas a explicar clarito en qué lío te metiste vos, Cardoso! -
protestó la mamá por lo bajo mientras se abrochaba el collar de
caracoles-. Aunque, mejor, primero comamos los huevos, que se hizo
tardísimo.
El señor Cardoso nunca pudo convencer a la familia de que él no había
sido el de los regalos maravillosos.
Y bueno... Hay gente que se resiste a creer en Papá Noel.

Laura Devetach
CUENTO DE LA POLLA

Érase que se era una pollita un poco qué-sé-yo.


Un día le dieron ganas de salir a dar una vuelta por ahí, a ver qué
había de nuevo. Pero...
- ¡Uy! -dijo-. Si me voy no me quedo, y si me quedo no me voy, ¡Qué sé
yo!
Picoteó tres yuyos mientras pensaba. Uno más largo, uno más cortito,
y otro que parecía un rulo. Y decidió irse nomás. Para eso tuvo ganas
de pintarse el pico con la fruta de la tuna que ya estaba del color de la
puesta de sol. Pero...
- ¡Uy! -dijo-. Si me pinto me va a quedar el pico todo colorado, y si no
me pinto voy a quedar paliducha igual que siempre.
-¡Qué sé yo! -pensó mientras miraba fijo fijo un agujerito del suelo.

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Y eligió pintarse. Buscó hasta que encontró una tuna que parecía una
luz roja allá arriba en su tunal.
- ¡Uy! -dijo-. Si la bajo tengo que saltar como una rana, y si no la bajo la
tuna quedará allá, tan campante. ¡Qué sé yo!
Se puso a sacudir margaritas mientras pensaba y eligió saltar,
bajar la tuna y pintarse el pico de colorado.
Después quiso arreglarse un poco las plumas, pero para eso tenía que
esperar al viento, que era su modisto y tintorero.
-¡Uy! -dijo-. Si lo espero voy a tener las plumas fluflú, y si no lo
espero seguirán todas lisas en su lugar. ¡Qué sé yo!
Eligió esperar al viento. Cuando llegó, vaya a saber de dónde, la polla
cerró los ojos y levantó el pico para que el viento la cepillara un poco y,
con un toquecito aquí y otro allá, le dejara las plumas bien fluflú.
Después tuvo ganas de mirarse en un charco.
-¡Uy! -dijo-. Si me miro sabré como estoy de buena moza, y si
no, no. ¡Qué sé yo! Eligió mirarse, y se gustó mucho en el agua
chispeante de sol.
Ya estaba estirando la patita para irse por el camino verde
requeteverde cuando, tuit, tuit, le chifló la panza porque tenía hambre
de un grano de maíz.
- Quiero un grano muy pupipu -dijo-. Pero ¡uy!, si como un maíz no me
voy enseguida, y si no lo como la pancita seguirá haciendo tuit tuit.
¡Qué sé yo!
Y eligió buscar un grano de maíz para comérselo.
Empezó a caminar toda durita, porque si no, le parecía que se le iba a
despintar el pico.
A los dos ratitos más o menos, encontró un grano de maíz amarillo,
panzoncito y de nariz blanco.
¡Qué grano tan pupipu! -dijo la polla abriendo apenas el pico para que
no se le despintara.
Después se quedó parada en medio del camino verde requeteverde
diciendo:
¡Uy! Si pico, me ensucio el pico. Si no pico, pierdo mi grano. ¿Pico o no
pico?
Y ahí se quedó la polla plantada, dele que sí, dele que no.
Y si se comió el grano pupipu o no se lo comió, la verdad de las cosas...
¡Qué sé yo!

HISTORIA DE RATITA
Versión libre de un tema del Panchatantra

Había una vez una Ratita gris que vivía con sus papás en una cueva tan
tibia, tan tibia y tan cerrada que un día tuvo ganas de salir.

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Y salió.
Y se quedó un rato encantada en la puerta de la cueva porque el mundo
le pareció más lindo que un jardín de quesitos.
Despacio se puso a explorar, a oler, a mordisquear, a hacer
tumbacabezas, a conocer.
Y Ratita sintió que no había nada mejor que descubrir el mundo pasito
a paso.
Bailó con una hoja. Patinó sobre un papel de chocolatín. Se puso
anteojos de caramelo. Tomó mate en una flor de campanilla color lila.
Se puso aros de arroz.
Y le dieron unas ganas bárbaras de ponerse de novia.
Cuando vio el sol del amanecer, tan redondo, tan anaranjado, con luz,
tan caliente como un tapado de pelusita, le dijo:
-Señor Sol, usted es muy buen mozo. ¿Quiere ser mi novio?
-¡Cómo no! –dijo el Sol, porque Ratita le pareció preciosa-. Te daré calor,
te cubriré con mis hilos de oro y todo el mundo será sol para los dos.
-¡Ah, no! –dijo Ratita-. Así no vale. El mundo es más que eso. ¿Qué
haría yo en un mundo todo de sol? Bastante tuve ya en un mundo todo
de cueva.
-¡Qué lástima! –dijo el Sol-. Te presentaré al nubarrón, que a veces me
tapa un poco, y no es tan sol como yo. A lo mejor te gusta.
-Bueno, gracias –dijo Ratita. Y se sentó a esperar hamacándose en una
violeta.
Llegó el nubarrón, muy elegante, vestido de gris. A Ratita le gustó
muchísimo porque a veces tenía forma de helados, a veces de calesita y
a veces de dibujo que no se entiende.
-Señor Nubarrón –dijo Ratita-, usted es muy buen mozo. ¿Quiere ser mi
novio?
-¡Cómo no! –dijo el Nubarrón, porque Ratita le pareció preciosa-. Te
daré gotas de agua, te envolveré en mi capa fluflú y todo el mundo será
nube para los dos.
-¡Ah, no! –dijo Ratita-. Así no vale. El mundo es más que eso. ¿Qué
haría yo en un mundo todo de nube?
-¡Qué lastima! –dijo el Nubarrón-. Te presentaré al viento que a veces
me empuja por el cielo y no es tan nube como yo. A lo mejor te gusta.
-Bueno, gracias –dijo Ratita. Y se sentó a esperar recostada en un maní.
Llegó el viento soplando flautas. A Ratita le gustó muchísimo porque se
movía bailando música beat.
-Señor Viento –le dijo-, usted es muy buen mozo. ¿Quiere ser mi novio?
-¡Cómo no! –dijo el Viento, porque Ratita le pareció preciosa-. Te haré
cosquillas en el pelo, te envolveré en mi música, y todo el mundo será
viento para los dos.

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-¡Ah, no! –dijo Ratita-. Así no vale. El mundo es más que eso. ¿Qué
haría yo en un mundo todo de viento?
-¡Qué lástima! –dijo el Viento-. ¿Por qué no vas a buscar al muro que a
veces me detiene en mi vuelo y no es tan viento como yo? A lo mejor te
gusta.
-Bueno, gracias –dijo Ratita. Y subiéndose a un conejo que trabajaba de
ómnibus llegó hasta el muro.
El Muro sonrió, quieto, quieto, derecho, derecho. Estaba hermoso y
muy blanqueado con cal. A Ratita le gustó porque tenía un monigote
dibujado, justo a la altura de un chico.
-Señor Muro –le dijo-, usted es muy buen mozo. ¿Quiere ser mi novio?
-¡Cómo no! –dijo el Muro, porque Ratita le pareció preciosa-. Te alzaré
muy alto, te esconderé en un huequito de mis ladrillos y todo el mundo
será muro para los dos.
-¡Ah, no! –dijo Ratita-. Así no vale. El mundo es mucho más que eso.
¿Qué haría yo en un mundo todo de muro?
-¡Qué lástima! –dijo el Muro. Y siguió quieto, quieto, derecho, derecho.
-Me parece que así no voy a encontrar novio –pensó Ratita un poco
preocupada-. Lo que pasa es que ni el Sol, ni el Nubarrón, ni el Viento,
ni el Muro tienen una colita como la mía, ni un corazón que hace tipi-
tepe. Yo me equivoqué.
Y pensando así caminó y caminó por el sendero de las margaritas. De
repente llegó a un lugar donde había muchísimos ratones, ratonas y
ratoncitos. Era todo un barrio de ratones color café que la saludaron
amablemente diciéndole:
-Cómo te va.
Ratita paseó contenta por el barrio hasta que vio a Ratón-Ratón. Estaba
fabricando muebles con fósforos, tapitas de botellas y pelos de cepillos.
A Ratita le gustó muchísimo como silbaba y llevaba el compás con la
cola.
-¡Hola! –saludó Ratón-Ratón.
-¡Hola! –saludó Ratita, y se acercó para mirar los trabajitos.
Ratón-Ratón le ofreció una silla y Ratita sintió que al lado de Ratón-
Ratón se estaba muy bien, porque tenía cola y un corazón que hacía
tipi-tepe.
-Me alegro de verte –dijo Ratón-Ratón, y también sintió que al lado de
Ratita se estaba muy bien.
-¿Podríamos ponernos de novios? –preguntaron los dos juntos.
Y los dos contestaron que sí y se dieron un besito con muchísimo
cariño.
Después siguieron explorando, trabajando, oliendo, mordisqueando y
descubriendo el mundo pasito a paso.
Ratita se hizo una hamaca de plumas.

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Ratón-Ratón aprendió a saltar de rama en rama como Tarzán.
Ratita pintó cuadros con la punta de su cola.
Y los dos juntos aprendieron a contarse cosas.
Y los dos juntos aprendieron a ser papás. Tuvieron hijitos y les dieron
una cueva tibia, pero con una puerta fácil de abrir, para que pudieran
salir a conocer el mundo pasito a paso, cuando tuvieran ganas.

LA PLANTA DE BARTOLO

Bartolo sembró un día un cuaderno en un macetón. Lo regó, lo puso al


calor del sol y, cuando menos lo esperaba, ¡trácate!, brotó una planta
tiernita con hojas de todos colores.
Pronto la planta comenzó a dar cuadernos. Eran hermosísimos, como
esos que les gustan a los chicos. Tenían tapas de colores y muchas
hojas muy blancas, que invitaban a hacer sumas y restas y dibujitos.
Bartolo palmoteó siete veces de contento y dijo:
-¡Ahora, todos los chicos tendrán cuadernos!
Pobrecitos los chicos del pueblo. Estaban tan caros los cuadernos que
las mamás, en lugar de alegrarse porque escribían mucho y los iban
terminando, rezongaban y les decían:
-¡Ya terminaste otro cuaderno! ¡Con lo que valen!
Y los chicos no sabían qué hacer.
Bartolo salió a la calle y haciendo bocina con sus enormes manos de
tierra gritó:
-¡Chicos!, ¡tengo cuadernos lindos para todos! ¡El que quiera cuadernos
nuevos que venga! ¡Vengan a ver mi planta de cuadernos!
Una bandada de parloteos y murmullos llenó inmediatamente la casita
de Bartolo, y todos los chicos salieron brincando con un cuaderno
nuevo debajo del brazo.
Y así pasó que cada vez que acababan uno, Bartolo les daba otro, y
ellos escribían y dibujaban con muchísimo gusto.
Pero una piedra muy dura vino a caer en medio de la felicidad de
Bartolo y los chicos. El Vendedor de cuadernos se enojó como no sé
qué.
Un día, fumando su largo cigarro, fue caminando pesadamente hasta la
casa de Bartolo. Golpeó la puerta con las manos llenas de anillos:
¡Toco toc! ¡Toco toc!
-Bartolo –le dijo con falsa sonrisa atabacada-, vengo a comprarte tu
planta de cuadernos. Te daré por ella un tren lleno de chocolate y un
millón de pelotitas de colores.
-No –dijo Bartolo mientras comía un rico pedacito de pan.
-¿No? Te daré entonces una bicicleta de oro y doscientos arbolitos de
Navidad.

55
-No.
-Un circo con seis payasos, una plaza llena de hamacas y toboganes.
-No.
-Una ciudad llena de caramelos con la luna de naranja.
-No.
-¿Qué quieres entonces por tu planta de cuadernos?
-Nada. No la vendo.
-¿Por qué sos así conmigo?
-Porque los cuadernos no son para vender, sino para que los chicos
trabajen tranquilos.
-Te nombraré Gran Vendedor de Lápices y serás tan rico como yo.
-No.
-Pues entonces –rugió con su gran boca negra de horno-, ¡te quitaré la
planta de cuadernos!
Y se fue echando humo como una vieja locomotora. Al rato volvió con
los soldaditos azules de la policía.
-¡Sáquenle la planta de cuadernos! –ordenó.
Los soldaditos azules iban a obedecerle cuando llegaron todos los
chicos silbando y gritando, y también llegaron los pájaros y los
conejitos. Todos rodearon con grandes risas al Vendedor de cuadernos y
cantaron “arroz con leche”, mientras los pájaros y los conejitos le
desprendían los tiradores y le sacaban los pantalones. Tanto y tanto se
rieron los chicos al ver al Vendedor con sus calzoncillos colorados,
aullando como un loco, que tuvieron que sentarse a descansar.
-¡Buen negocio en otra parte! –gritó Bartolo secándose los ojos,
mientras el Vendedor tan colorado como sus calzoncillos, se iba a la
carrera hacia el lugar solitario donde los vientos van a dormir cuando
no trabajan.

MEDIAS DE MONIGOTE

Laurita tenía un pueblo dibujado en la pared. Y en el pueblo vivían


monigotes patones, flaquitos, peticitos, larguitos, todos bochincheros.
Esa noche, Laurita no podía dormir. Estaba preocupada porque papá,
mientras peleaba con los pulgones de sus plantas, había dicho que para
Navidad sólo los chicos tendrían regalos. Eran malos tiempos, pero ¡qué
feo que los grandes se quedaran sin regalos!
Estaba dando la vuelta número 100 en su cama. Su hermano Gusti ya
dormía y, de pronto, tic, plic, clic, las luces de su pueblo comenzaron a
encenderse. Los monigotes estaban alborotados, y su gato Humo
empezó a los zarpazos porque tenía dos o tres balanceándose en los
bigotes. Venían a invitar a Laurita para su fiesta de Navidad.

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-¿Mañana? ¡Pero si mañana no es Navidad! -le dijo al monigote patón
que estaba parado en su dedo índice como si fuese un loro.
-Bah -dijo un gordito-, para nosotros todo el año es Navidad, así que
mañana es la Navidad de mañana.
-Ah… -murmuró Laurita con unas ganas locas de hacerse monigota-.
¿Y los regalos? Yo… no… tengo…
-Bah, bah. Cada uno regala una media -dijo el patón-. Bien limpia, ¿eh?
-¿Y qué harán con una media diferente a la que tienen?
-Ah, ah, ah, ¡media de monigote! -contestaron el patón y el gordito, y
saltaron del bigote de Humo a la pared-. ¡Te esperamos!
Laurita se durmió soñando con un mar de espuma en el que lavaba su
media de Navidad.
Por la mañana, dibujó un canasto en el medio del pueblo, y un pino y
un montón de copitas de sidra para los monigotes.
-¿Y esa canasta? -preguntó papá mientras peleaba con los pulgones.
-Son los regalos -dijo Laurita.
Esa noche, plic, tic, clic, las luces del pueblo se encendieron, y Laurita
se metió en él como si se zambullera en el agua, tan campante.
Los monigotes eran grillos, burbujas, matracas. Laurita no salía de su
asombro. Cada uno iba sacando una media chiquitísima de la canasta.
Cada uno la inflaba y… El patón se hizo un paracaídas para tirarse
desde el arbolito de Navidad. El gordito se hizo un bote para navegar en
zanjas.
¿Y la media de Laurita? Era un extraño y complicado túnel de rayas,
lleno de pliegues y toboganes donde los monigotes jugaban a perderse.
A la hora del brindis todos dijeron: ¡Media de monigote!, y tomaron
sidra de corazón de margaritas en las copas dibujadas. Después,
Laurita volvió a su cama, y en una caja de fósforos guardó una rayita
así, color zanahoria: era su media de monigote.
Al día siguiente secreteó con mamá. Secreteó con papá. Secreteó con su
hermano y con Humo. Y la noche de Navidad, a la hora de los regalos,
hubo sobre la mesa una gran canasta.
Cada uno sacó un paquete y ¡qué sorpresa!, mamá se encontró con una
rara bicharraca de pelo azul y cara de media que hacía morisquetas. A
Gusti le tocó una divertida víbora-media-larga con un cascabel en la
cola. A papá, una bolsita-media que decía puchos. Allí guardaría restos
de tabaco para defender sus plantas de los pulgones. A Humo le tocó
un ratón-media…
¿Y a Laurita? Una media-borrador y una caja de tizas de diez mil
colores para que su pueblo tuviera más luces.
A la hora de decir ¡salud!, Laurita dijo: “¡Media de monigote!”. Nadie,
salvo Humo, entendió por qué. Pero, en realidad, no era tan importante.

57
TODO CABE EN UN JARRITO

La Viejita de un solo diente vivía lejos, lejos, a orillas del río Paraná.
Su rancho era de barro, y el techo de paja tenía un flequillo largo que
apenas si dejaba ver la puerta y las dos ventanas del tamaño de un
cuaderno.
Vivía sola, pero su casa siempre estaba llena. Si no venían los perros,
estaban las gallinas, estaba el loro y la cotorra, que era más entendida
que el comisario.
Si no estaba la cotorra, estaba algún vecino viajero. Y no se podía pasar
por la casa de la Viejita sin parar a tomar unos mates, porque ella
siempre tenía algo para convidar al cansado.
Algunas veces sucedió que en las tardecitas calientes se juntaban
todos: perros, gatos, loros, chicharras, vecinos de pie o a caballo,
vaquitas de San Antonio que se dormían en la higuera y malones de
mosquitos que cantaban y querían comer.
Entonces la Viejita sacaba agua fresca del pozo para convidar y cebaba
mate mientras canturreaba junto al brasero:
-Todo cabeee
en un jarrito
si se sabeee
a-co-mo-dar.
Por eso tenía tantas visitas.
Pero una tarde empezó a llover. Y dale lluvia, dale lluvia; no se podía ni
mirar para arriba porque uno se ahogaba de tanta agua.
Hasta los patos se inquietaron y, medio mareados, se metieron en el
rancho sacudiendo las colas y haciendo cuac y que-te-cuac.
Y se acurrucaron entre los perros que hacía rato habían tomado ya
posición de lluvia debajo de la mesa.
Cuando llegaban esas tormentas, el río se ponía enorme y rebalsaba
como un plato de sopa, desparramando camalotes, ramas y perros y
vacas nadando.
Por eso nadie se sorprendió cuando entraron al rancho la vaca color
café, el ternero manchado y un burro.
-Todo cabe en un jarrito si se sabe acomodar -dijo la Viejita y los
empujó hacia un rincón.
Y así fueron llegando el pavo, el chancho, la chancha y los chanchitos,
un tatú mulita, dos ovejas y todos los socios más chicos: pulgas, piojos
y garrapatas.
-Todo cabe, todo cabe… -iba diciendo la Viejita mientras los acomodaba
para que la vaca no pisara al gato ni el gato al cuis, ni el cuis a la
iguana.

58
Además, iba poniendo al cuis lejos del gato para que a éste no se le
ocurriera cazarlo. Y a las gallinas lejos de las orugas.
-Todo cabe, todo cabe… -canturreaba acomodando a los animales como
en las estanterías de un negocio.
Estaba muy ocupada con el acomodo mientras el agua subía y nadie se
quedaba quieto. Los patos y las gallinas se treparon sobre la vaca y el
burro. Los perros estaban sobre la mesa y el jarro de lata de tomar el
mate cocido había empezado a flotar como una canoa porque el agua
también había trepado a lambetear la mesa.
El río subía y subía y los animales estiraban los cogotes y se ponían en
puntas de pie. Chapoteaban, pataleaban y hacían ruido.
Entonces, en medio del alboroto, la gallina se acercó al jarrito de lata
que pasaba flotando y pácate, se metió adentro, haciendo saltar
también a los pollitos.
-¡Vamos, vamos, suban! –cacareó, para poder salir de allí y navegar
hasta donde estaban las lanchas que venían a sacar gente del río
durante la creciente.
-¡Adentro! –gritó con su voz gruesa la vaquita de San Antonio.
Y todos empezaron a meterse en el jarrito. Los perros, el gato, el loro y
la cotorra, la vaca, el burro. Y se acomodaban, se acomodaban. Por ahí
había mordiscones, plumas perdidas, arañazos.
Pero finalmente todos se metieron en el jarrito de lata, casi sin respirar.
Y tenían que quedarse muy muy quietos para no desacomodar el
amasijo de pelos, patas y colas, porque si uno movía una pestaña,
saltaban todos los demás.
En medio del batifondo de relinchos, gruñidos y mugidos, el jarro iba
acercándose a la puerta para salir y meterse en la correntada. De
pronto, la cotorra gritó abriendo apenas el pico por la falta de lugar: -
¿Dónde está la Viejita? ¡No veo a la Viejita!
Y era terrible, porque en el jarro ya no entraba ni el pelo de un gato. Y
nadie sabía dónde estaba la Viejita.
-La perdimos –lloraban en susurros apretados.
-Con lloror no gonomos nodo –dijo la vaca moviendo apenas el hocico.
Y todos empezaron a moverse de a poquito, de a poquito hasta que
chas, como un corchazo, saltó una ristra de patos que se zambulleron
para buscar a la Viejita de un solo diente.
Y entonces se oyó un sonido que salía del fondo, pero bien del fondo del
fondo. Era una voz medio amordazada que decía:
-Todo cabe en un jarrito si se sabe acomodar.
Y ese fondo era el fondo del jarro de lata.
Todos se alegraron con alegrías grandes, pero con risas apretaditas. Los
patos se metieron de nuevo y cada cual se enroscó, se aplastó, hizo
lugar y el jarro de lata salió por la puerta del rancho. Y navegó, navegó

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con su carga, en busca de las lanchas que sacan a la gente del río
cuando llega la creciente.

Gabriela Keselman
¿DÓNDE ESTÁ MI TESORO?

Un día, el pirata Brutus se despertó de la siesta.


-Tengo ganas de jugar con mi tesoro -exclamó.
Tantas ganas tenía que se puso el sombrero al revés y saltó de la
hamaca. Fue derechito a buscar su tesoro, pero no lo encontró. No
estaba. Ni acá. Ni allá. Ni mucho menos en alguna parte.
Así que Brutus se preocupó sin parar hasta que llegó al puerto. Subió a
su barco pirata y navegó alrededor de la isla. Por fin, se acercó a una
orilla cualquiera y se bajó.
Justo ahí, medio escondido en la arena, había un cofre chiquitito. Lo
abrió de un soplido. Dentro encontró un montón de caramelos
brillantes, unas monedas de chocolate y una bandeja de masas
doraditas.
-¡Éste no es mi tesoro! -protestó Brutus.
Y siguió caminando con pasos pesados.
Dio la vuelta a una palmera. Primero para un lado y después para el
otro. Entonces, de la rama más alta cayó un cofre bastante grande.
Brutus lo abrió con uno de esos gritos de pirata que destapan lo que
sea. Metió la mano y sacó cocos de oro, ananás de plata y una entrada
para ver el partido de “Los delfines” contra “Las focas”.
-¡Tampoco es el tesoro que busco! -gruñó malhumorado. Y eso que era
fanático de “Las focas”.
Así que Brutus emprendió viaje nuevamente. Cruzó la selva varias veces
porque se perdió, aunque era muy orgulloso y no lo quiso reconocer.
Hasta que, de repente, tropezó con un loro parlanchín que le recitó:
-¿Qué es una cosa que empieza con “T” y rima conmigo?
El pirata no podía perder tiempo en adivinanzas. Por eso, acertó a la
primera y el loro le tuvo que entregar el premio. Un cofre enorme. Y
también lo llamó aguafiestas porque dijo que adivinar enseguida no
vale.
Brutus abrió el tesoro de un cabezazo. Y adentro vio las estrellas, la
luna y un cubito de hielo para el chichón.
-¡A este tesoro ni lo conozco! -se impacientó.
Así que se alejó de allá corriendo. Trepó a una montaña de caracoles y
algas hasta que alcanzó la cima. Ahí, debajo de una piedra, descubrió
un cofre gigante. Brutus lo abrió de una patada. Con la pata de palo,
claro.

60
Adentro estaba nada más y nada menos que el sol. Y de un rayo
luminoso colgaba una etiqueta que decía: “Señor pirata Brutus, éste es
el tesoro más inmenso que existe. No va a encontrar una oferta mejor”.
-¡No me interesa para nada! -chilló el pirata- . ¡Cuando digo mi tesoro,
es mi tesoro! ¡Quierooo miii tesorooo!
Tantas ganas tenía de jugar con su tesoro que se enfureció. Y tanto se
enojó que la isla tembló. Los peces perdieron algunas escamas. Las olas
creyeron que era la hora de la tormenta. Hasta el sombrero que tenía
puesto al revés, salió volando.
Al final, un lagrimón descomunal le resbaló por la mejilla. Tan triste se
puso que casi inundó el mismísimo mar.
Pero en eso…
-¡Hola papá! -saludó la piratita Brunilda, chapoteando en la playa.
-¡Tesoro mío! -Se alegró Brutus-. Te estaba buscando…
Y los dos piratas pasaron una tarde de lo más divertida, jugando a los
indios.

SI TIENES UN PAPÁ MAGO…

Había una vez un niño que, cada mañana, dejaba un sueño a medias.
Primero saltaba sobre la cama, y luego, fuera de la cama. Se vestía tan
deprisa que se equivocaba al ponerse un calcetín. A punto estaba de
lavarse las manos…, pero decidía que la izquierda no estaba sucia.
Luego, salía patinando por el pasillo.
En fin, Chiqui hacía, ni más ni menos, lo de todos los días. Y es que,
cuando papá esperaba en la puerta, no había que retrasarse. Sobre
todo, si se trataba de un papá mago, como el suyo.
Era un mago muy especial que, siempre, le despedía con un regalo
maravilloso.
Le daba unas palabras.
Pero no unas palabras de esas del montón. Eran palabras mágicas.
Chiqui le guiñaba un ojo y las guardaba en su bolsillo secreto.
Así, cada mañana, emprendía el camino del colegio.
Primero pasaba por la casa de Mijito.
La mamá de Mijito también le acompañaba hasta la puerta. Pero como
no era maga, sino dentista, no le daba palabras mágicas. Le daba
palabras dentales:
-¡Mijito, lávate los dientes antes y después de comer! ¡Y mientras
masticas también! ¡Y ni se te ocurra mordisquear el lápiz!-le decía.
Luego, le daba un cepillo azul, uno morado y uno amarillo. Y, además,
una pegatina en la que ponía:
LOS CHICLES SON UN ASCO.
Y una gorra, que tenía escrito con grandes letras bordadas:

61
SUPERFLÚOR AL ATAQUE
Chiqui miraba a su amigo con gesto divertido. Pero su amigo lo miraba
con cara de dolor de muelas.
Entonces, Chiqui se ponía la mano en el pecho, donde tenía el bolsillo
de las palabras mágicas. Y sonreía a Mijito con tantas ganas, que lo
malo ya no parecía tan malo. Al fin, se iban los dos juntos hacia el
colegio.
Doblaban la esquina y hacían la segunda parada.
Era la casa de Nenitalinda. Su papá la acompañaba a la puerta, igual
que el suyo. Pero como no era mago, sino guardia de tráfico, no le daba
palabras mágicas. Le daba palabras guardianas.
-¡Nenitalinda, antes de cruzar la calle, mira a la izquierda y a la
derecha! ¡Y arriba y abajo! ¡Y adelante y atrás! -le decía.
Luego, le daba una mochila con bocina incorporada, luces rojas que se
encendían y apagaban y espejito retrovisor. Además, le daba un silbato,
que al soplar anunciaba:
ESTOY CRUZANDO,
ESTOY CRUZANDO…
Chiqui miraba dentro de su bolsillo secreto, cerca del corazón, allí
donde guardaba las palabras de su papá mago. Luego, atravesaba la
calzada con paso seguro y tranquilo.
Nenitalinda lo miraba con cara de semáforo averiado. Pero él cogía a su
amiga de la mano y lo malo ya no parecía tan malo.
Al fin, los tres amigos seguían camino al colegio. Una manzana más
arriba vivía Campeón.
El papá de Campeón también salía a despedirlo, como los demás. Pero
como no era mago, sino corredor olímpico, no le daba palabras mágicas.
Le daba palabras rápidas.
-¡Campeón! ¡Date prisa! ¡No pierdas tiempo! ¡Llega el primero! ¡Adiós,
adiós!
Además, le daba veinte cronómetros, unas botas con motor en los
talones y una medalla en la que estaba escrito:
SOY EL MEJOR…
DESPUÉS DE MI PAPÁ
Chiqui se reía despacito. Pero a Campeón se le ponía cara de carrera
perdida. Entonces, Chiqui recordaba las palabras mágicas que llevaba
en el bolsillo. Daba un abrazo a su amigo y lo malo ya no parecía tan
malo.
Al fin, ya eran cuatro amigos camino del colegio. Hasta que llegaban a
una casa enorme con enanitos en el jardín.
La mamá y el papá de Tesorito abrían la puerta y despedían a su hija.
Pero como no eran magos, sino ricos, no le daban palabras mágicas. La

62
verdad, no le daban ninguna palabra porque pensaban que Tesorito ya
tenía de todo.
Chiqui miraba a su amiga con cara muy seria. Tesorito miraba a Chiqui
con cara de banco asaltado. Chiqui volvía a asegurarse de que sus
palabras mágicas seguían allí. Le daba la otra mano a su amiga y lo
malo ya no parecía tan malo. Al fin, la pobre se unía al grupo y se iban
todos al colegio.
Un buen día, a la salida de clase, todos rodearon a Chiqui. Formaban
un curioso círculo: una cara de dolor de muelas, una cara de semáforo
averiado, una cara de carrera perdida y una cara de banco asaltado. Y
en el medio, una cara serena y alegre.
Los niños no aguantaban más. Querían saber el secreto de Chiqui.
A ver: ¿Por qué Chiqui nunca ponía cara de conejo hechizado? ¿Eh?
¿Qué palabras mágicas eran esas que le daba su papá mago? ¿Eh?
-¿Te dice MagiChiqui, magitoma estas magichachi magipalabras y te irá
de magimaravilla?
-¿O abra la cabra que labra macabra a la sombra de la pata?
-¿Y, luego, te echa jugo puedelotodo en la cabeza?
-¿O una pócima de carcajadas de rana, alegría de león y fuerza de
búfalo?
-A lo mejor, te da en la nariz con una varita y te deja turulato y te crees
que él es un mago, pero no lo es…
-Es un cuento chino.
-Eso, tu papá es japonés.
-No, seguro que es oficinista.
-Entonces, Le dará palabras oficinistas.
-¿Y esas palabras cómo son?
Y bobada va, bobada viene, pasaron una tarde bobísima. Como tanta
bobería cansa bastante, Chiqui se marchó a casa.
Los otros niños se quedaron murmurando, hasta que se les ocurrió un
plan:
-Mañana vamos nosotros a buscar a Chiqui.
-Y lo espiamos.
-Y descubrimos las palabras mágicas.
-Y les decimos a nuestros padres que las aprendan.
-O que las compren.
-O que las cocinen.
Por la mañana, Mijito, Nenitalinda, Campeón y Tesorito saltaron de la
cama más temprano que nunca. Se vistieron en silencio y se
escabulleron sin despedirse de nadie.
Tal como habían acordado, se encontraron frente al portal de Chiqui.
Agachados detrás del seto, esperaron.

63
Enseguida, aparecieron los dos: Chiqui y su papá mago, Y Chiqui le
pidió, ni más ni menos, lo de todos los días:
-Papá, no te olvides de darme las palabras mágicas.
Entonces, su papá le dio una vuelta por el aire y un montón de besos.
Y, además, le dijo:
-¡CHIQUI, QUE TENGAS UN DÍA FELIZ!
Los niños vieron una ráfaga de estrellitas de colores volando alrededor
de Chiqui.
Una a una, se metieron en su bolsillo secreto. Ese que queda muy cerca
del corazón.

Ricardo Mariño
CUENTO CON OGRO Y PRINCESA

Fue así: yo estaba escribiendo un cuento sobre una Princesa. Las


princesas, ya se sabe, son lindas, tienen hermosos vestidos y, en
general, son un poco tontas. La Princesa de mi cuento había sido
raptada por un espantoso Ogro.
El Ogro había llevado a la Princesa hasta su casa-cueva. La tenía atada
a una silla y en ese momento estaba cortando leña: pensaba hacer
“princesa al horno con papas”. Las papas ya las tenía peladas.
Es decir había que salvar a la Princesa.
Pero no se me ocurría cómo salvarla. El cuento estaba estancado en ese
punto: el Ogro dele y dele cortar leña y la Princesa, pobrecita,
temblando de miedo. Me puse nervioso. Más todavía cuando el Ogro
terminó de cortar, acarreó la leña hasta la cocina y empezó a echarla al
fuego. En cualquier momento dejaría de echar leña y acomodaría a la
Princesa en la enorme fuente que estaba a su lado. Agregaría las papas,
un poco de sal, y zas, ¡al horno! ¿Qué hacer?
Se me ocurrió buscar en la guía telefónica. Descarté llamar a la policía
(en las películas y en los cuentos la policía siempre llega tarde);
tampoco quise llamar a un detective (no soporto que fumen en pipa en
mis cuentos). Por fin, encontré algo que me podía servir:
“Rubinatto, Atilio, personaje de cuentos. TE 363-9569”
-Hola, ¿hablo con el señor Atilio Rubinatto?
-Sí, señor, con el mismo.
-Mire, yo lo llamaba… en fin, por la Princesa…
-¿Qué le pasa? ¿Está triste?
-Sí, más que triste.
-¿Qué tendrá la Princesa?
-La van a hacer al horno.
-¿Al horno?
-Sí, con papas.

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-¿Quién?
-¿Quién qué?
-¿Quién la va a cocinar?
-El Ogro, ¿quién va a ser?
-Pero mire un poco. ¡Las cosas que pasan! Y uno ni se entera. Ya no se
puede salir a la calle. Adónde iremos a parar. Casualmente, hoy le
comentaba a un amigo que…
-Escúcheme, Rubinatto.
-Sí.
-Lo que yo necesito es que usted participe en el cuento.
-¿Qué cuento?
-En el que estoy escribiendo. Quiero que usted haga de héroe que salva
a la Princesa.
-Bueno, no le niego que la oferta es interesante, pero, en fin,
últimamente estoy muy ocupado. Tengo trabajo atrasado…
-¿Trabajo atrasado?
-Claro. Tengo que hacer de sapo pescador que se transforma en sardina
en un cuento que se llama “Malvina, la sardina bailarina”. Además, me
falta repartir como treinta cartas en un cuento donde hago de “viejo
cartero bondadoso”. Es un personaje muy lindo, todos los chicos lo
quieren…
-¿Piensa dejar que el Ogro se coma a la Princesa? Usted no tiene
sentimientos. Es un monstruo.
-Ya le digo, ando muy ocupado. No sé, si me hubiera avisado con
tiempo, lo hacía gustoso… Llámeme en otro momento.
-¡Qué otro momento! Si esperamos un minuto más, chau Princesita.
Rubinatto, usted no puede hacer esto, qué pensarán sus admiradores…
-Es cierto…
-Van a pensar que usted es un cobarde, un…
-Está bien, está bien. Veré qué hago. No, usted tiene que decirme qué
hago, ¿qué hago?
-Y… puede hacer de vendedor de manteles. Ahí está. Listo. Usted hace
de vendedor de manteles. Llega hasta la casa del Ogro. Llama a la
puerta. Cuando el Ogro abre, usted le da un par de sopapos. Después
desata a la Princesa y escapan… ¿qué le parece?
-¡Ni loco! ¿De vendedor de manteles? De Príncipe o nada. Y al final,
después que la salvo, me caso con ella.
-No, de vendedor de manteles.
-¡De Príncipe!
-¡Vendedor de manteles!
-¡Príncipe o nada!
-Está bien, haga de Príncipe… me va a arruinar el cuento, pero por lo
menos salva a la Princesa.

65
Y llego en un caballo blanco y tengo una gran capa dorada.
-Sí, todo lo que quiera, pero apúrese porque si no…
-Y ahora la meto en la fuente y listo –dijo el espantoso Ogro, pellizcando
el cachete de la Princesa.
En eso se escuchó que alguien gritaba fuera de la casa-cueva:
-¡Ehh! ¿Hay alguien en la casa?
¿Quién sería? El Ogro se asomó a la ventana. Vio que del otro lado de la
verja de su casa-cueva había un tipo muy extraño montado en un
caballo blanco. Llevaba una capa dorada pero se notaba que se había
vestido de apuro. Tenía la ropa mal puesta, la camisa afuera, una bota
sin atar, y el pelo desprolijo.
-¿Qué quiere? –le preguntó el Ogro desde la ventana.
-Soy el Príncipe Atilio.
-¿Y a mí qué me importa? –contestó el maleducado del Ogro.
-Es que ando vendiendo manteles…
-Manteles, ¿eh?
-Sí. Tengo algunos en oferta que le pueden interesar. Lavables.
Estampados. Confeccionados en fibras de tres milímetros. En cualquier
negocio cuestan dos o tres pesos. Yo, el Príncipe Atilio, se lo puedo dejar
en tres centavos.
El Ogro lo pensó. La verdad que no le venía mal un lindo mantelito. La
cueva estaba hecha un asco. Y ya que se iba a dar un festín de
“princesa al horno con papas”, ¿por qué no estrenar un mantelito si
estaban tan baratos?
-Espere. Ya le abro –dijo por fin el Ogro.
Atilio bajó del caballo.
Acá viene la parte de las piñas.
-Tomá. Agarrá el mantel –le dijo el Príncipe Atilio.
Cuando el Ogro lo agarró, le dio una trompada que lo hizo volar
exactamente 87 metros y 34 centímetros. Pero el Ogro se levantó,
arrancó un sauce de más de 3.600 kilos y se lo dio por la cabeza al
Príncipe. Antes de que el Ogro saltara sobre él a rematarlo, el Príncipe
agarró una piedra de más o menos cuatro mil kilos y se la tiró sobre el
dedito gordo del pie derecho. El Ogro la esquivó y rápidamente hizo un
pozo en la tierra de un metro y medio de diámetro y diez metros de
hondo, para que el Príncipe cayera adentro.
Era una pelea muy dura.
El Príncipe, queridos lectores, desgraciadamente cayó al pozo.
El Ogro volvió contento a su casa.
Pero cuando llegó, la Princesa ya no estaba. La había desatado el
caballo blanco del Príncipe. La Princesa subió al caballo y juntos fueron
a sacar al Príncipe Atilio del pozo.

66
-Amada mía –le dijo el Príncipe Atilio desde allá abajo al reconocer el
rostro angelical de la Princesa.
-Amado mío –respondió la Princesa.
-He venido a salvarte –le dijo el Príncipe.
-¡Oh! ¡Qué valiente!
-He venido por ti.
-Has venido por mí.
-Pero si no me sacas de aquí, no podré salvarte.
-Oh, si no te saco de ahí, no podrás salvarme.
-Amada mía.
-Amado mío.
-¿Por qué no se apuran un poco, che? –se quejó el caballo-. Va a venir
el Ogro y este cuento no se va a terminar nunca.
Huyeron.
Se casaron, fueron felices, pusieron una venta de manteles y nunca se
acordaron del Ogro.

Graciela Montes
DOÑA CLEMENTINA, QUERIDITA, LA ACHICADORA

Cuando los vecinos de Florida se juntan a tomar mate, charlan y


charlan de las cosas que pasaron en el barrio. Se acuerdan del
ladrón de banderines de bicicletas; de cuando, por culpa de la
máquina del tiempo, se les heló el agua de las canillas en pleno
diciembre.
Pero más que de ninguna otra cosa les gusta hablar de doña
Clementina Queridita, la Achicadora de Agustín Álvarez.
Doña Clementina no había empezado siendo una Achicadora: por
ejemplo, a los dos años era una nenita llena de mocos que se
agarraba con fuerza del delantal de su mamá y a los diez, una chica
con trenzas que juntaba figuritas de brillantes.
Cuando doña Clementina Queridita se convirtió en la Achicadora de
Agustín Álvarez era ya casi una vieja. Tenía un montón de arrugas, un
poquito de pelo blanco en la cabeza y un gato fortachón y atigrado al
que llamaba Polidoro.
A doña Clementina los vecinos la llamaban "Queridita" porque así era
como ella les decía a todos: "Hola, queridita, ¿cómo amaneció su hijito
esta mañana?”, “Manolo, queridito, ¿me harías el favorcito de ir a la
estación a comprarme una revista?”.
Pero, aunque todos la conocían desde siempre, doña Clementina,
solo llegó a famosa cuando empezó con los achiques.
Y los achiques empezaron una tarde del mes de marzo, cuando
doña Clementina tenía puesto un delantal a cuadros y estaba

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pensando en hornear una torta de limón para Oscarcito, el hijo de
Juana María, que cumplía años.
En el preciso momento en que doña Clementina estaba por agarrar
los huevos de la huevera, entró Polidoro, el gato, maullando bajito y
frotándose el lomo contra los muebles.
-¡Poli! ¡Tenés hambre, pobre! -se sonrió doña Clementina, y volviendo
a dejar los huevos en la huevera, se apuró a abrir la heladera para
buscar el hígado y cortarlo bien finito.
-¡Aquí tiene mi gatito! -dijo, apoyando el plato de lata en un rincón de
la cocina.
Y ahí nomás vino el primer achique. El gordo , peludo y fortachón
Polidoro empezó a achicarse y a achicarse hasta volverse casi una
pelusa, del mismo tamaño que cada uno de los trocitos de hígado que
había colocado doña Clementina en el plato de lata.
El pobre gato, bastante angustiado, erizaba los pelos del lomo y
corría de un lado al otro dando vueltas alrededor del plato, más
chiquito que una cucaracha pero, sin embargo, peludito y
perfectamente reconocible. Era Polidoro, de eso no cabía duda, pero
muchísimo más chico.
Doña Clementina, asustadísima, le hizo upa enseguida: le parecía
muy peligroso que siguiera corriendo por el piso; al fin de cuentas
podía matarlo la primera miga de pan que se cayera desde la mesa… Lo
sostuvo en la palma de la mano y lo acarició lo mejor que pudo con un
dedo. En medio de la pelusita atigrada brillaban dos chispas verdes:
eran los ojos de Polidoro, que no entendían nada de nada.
Se ve que la enfermedad del achique es muy violenta porque después
del de Polidoro hubo como quince achiques más, todos en el mismo
día.
Doña Clementina se sacó el delantal a cuadros, agarró el monedero y
corrió a la farmacia.
-¡Ay, don Ramón! -le dijo al farmacéutico, un gordo grandote y
colorado, vestido con delantal blanco-. Don Ramón, algo le está
pasando a Polidoro. ¡Se me volvió chiquito!
Don Ramón buscó un frasco de jarabe marca Vigorol y lo puso sobre el
mostrador.
-¿Y usted cree que este jarabito le va a hacer bien, don Ramón? -
preguntó doña Clementina mientras miraba con atención la etiqueta,
que estaba llena de estrellitas azules.
Y en cuanto terminó de hablar, el frasco de jarabe se convirtió en un
frasquito, en un frasquitito, el frasco más chiquito que jamás se haya
visto.

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Don Ramón, el farmacéutico, corrió a buscar una lupa: efectivamente,
ahí estaba el jarabe de antes, muy achicado, y, si se miraba con
atención, podían divisarse las estrellitas azules de la etiqueta.
-¡Ay, don Ramón, don Ramoncito! ¡No sé lo que vamos a hacer! -
lloriqueó doña Clementina con el frasquito diminuto apoyado en la
punta del dedo.
Y don Ramón desapareció.
-¡Don Ramón! ¿Dónde se metió usted, queridito? -llamó doña
Clementina.
-¡Acá estoy! -dijo una voz chiquita y lejana.
Doña Clementina se apoyó sobre el mostrador y miró del otro lado. Allá
abajo, en el suelo, apoyado contra el zócalo, estaba don Ramón, tan
gordo y tan colorado como siempre, pero muchísimo más chiquito.
"¡Pobre hombre!", pensó doña Clementina.
"¡Qué solito ha de sentirse allá abajo...! Voy a llevarlo con
Polidoro, así se hacen compañía."
De modo que doña Clementina se llevó a don Ramón en un bolsillo y al
frasquito de jarabe en el otro.
Entró en su casa y llamó:
-Poli… Poli… Estoy acá.
Pero Polidoro no vino. Se había caído en el fondo de la huevera y
desde allí maullaba pidiendo auxilio. Entonces doña Clementina se dio
cuenta de que las hueveras eran muy útiles para conservar achicados.
Sin pensarlo dos veces, sacó los huevos que quedaban, los puso en un
plato y en la huevera puso a don Ramón, que la miraba desde el fondo,
perplejo, y algo le decía, pero en voz tan bajita que era casi imposible
oírlo.

En fin, basta con que les cuente que, en esos días, doña Clementina llenó
la huevera, y tuvo que inaugurar dos hueveras más, que contenían:
-un gato Polidoro desesperado,
-un don Ramón agarrado al borde, que cada tanto pedía a los gritos algún
jarabe,
-un frasquito de jarabe Vigorol con una etiqueta llena de estrellitas,
-el "kilito" de manzanas que doña Clementina le había comprado al
verdulero,
-la "sillita" de Juana María, en la que se había sentado cuando fue al
cumpleaños de Oscar,
-el propio "Oscarcito", al que de pronto se le había acabado el
cumpleaños,
-un "arbolito", al que se le estaban cayendo las hojas,
-un "librito de cuentos",

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-siete "velitas" (encendidas para colmo), y otras muchas cosas que
resultaban invisibles a los ojos -como un "tiempito", un
"problemita" y un " amorcito" - todas chiquitas.

Y, claro, doña Clementina no sabía qué hacer con sus achicados; le daba
mucha vergüenza esa horrible enfermedad que la obligaba a andar
achicando cosas contra su voluntad. Era por eso que, en cuanto algo o
alguien se le achicaba (gente, bicho, cosa o planta), se apuraba a
metérselo en el bolsillo y después corría a su casa para darle un lugarcito
en la huevera.
Con las "manzanitas", la "sillita", las "velitas", el "jarabito" y el "librito
de cuentos" no había conflicto. Pero con Polidoro, y sobre todo con don
Ramón y con Oscarcito era otra cosa. En el barrio no se hablaba de otra
cosa que de su misteriosa desaparición.
La mujer de don Ramón no sabía qué pensar: había encontrado la
farmacia abierta y sola, sin rastros del farmacéutico por ninguna parte.
Y Juana María y Braulio, los padres de Oscarcito, andaban
desesperados en busca del hijo tan travieso que se les había escapado
justo el día del cumpleaños.
Así pasaron cinco días.
Doña Clementina Queridita, la Achicadora de Agustín Álvarez, cuidaba
con todo esmero a sus achicados: al arbolito le ponía dos gotas de agua
todas las mañanas, a Oscarcito lo alimentaba con miguitas de torta de
limón (su torta favorita) y a don Ramón le preparaba churrasquitos de
dos milímetros vuelta y vuelta.
Dos veces al día, doña Clementina vaciaba las hueveras sobre la
mesa de la cocina:
Oscarcito jugaba con Polidoro y los dos se revolcaban hasta quedar
escondidos debajo de la panera; don Ramón, en cambio muy formal, se
sentaba en la sillita y le explicaba a doña Clementina cosas que ella
jamás entendía, mientras mordisqueaba una manzana (perdón una
manzanita).

En el quinto día de su vida, en la huevera Oscarcito se puso a llorar.


Fue cuando vio, apagadas y chamuscadas, las siete velitas de su torta de
cumpleaños.
Doña Clementina se puso a llorar con él: Oscarcito era su preferido
entre los chicos del barrio. No sabía qué hacer para consolarlo; era
tanto más grandota que él que ni siquiera podía abrazarlo...
-Bueno, Oscar, no llores más -le decía mientras le acariciaba el pelo con
la punta del dedo.
-¿Cómo vas a llorar si ya sos un muchacho? ¡Un muchachote de siete
años!

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Entonces Oscar creció. Creció como no había crecido nunca. En un
segundo recuperó el metro quince de estatura que le había llevado siete
años conseguir. Y se abrazó a la cintura de doña Clementina, la
Achicadora de Agustín Álvarez, que por fin, había encontrado el
antídoto para curar a sus pobres achicados.
Doña Clementina corrió a agarrar al gato Polidoro y le dijo, entusiasmada:
-¡Gatón! ¡Gatote! ¡Gatazo!
Y Polidoro creció tanto que hasta podría decirse que quedó un poco más
grande de lo que había sido antes del achique.
Le tocaba el turno a don Ramón.
Doña Clementina dudó un poco y después llamó:
-¡Don Ramonón!
Y don Ramón volvió a ser un gordo grandote y colorado, con delantal
blanco, que ocupó más de la mitad de la cocina.
Y todos corrieron a casa de todos a contar la historia esta de los
achiques, que con el tiempo, se hizo famosa en el barrio de Florida.
Desde ese día, doña Clementina Queridita cuida mucho más sus
palabras, y nunca le dice a nadie " queridito" sin agregar "queridón".
La sillita de Juana María, el frasquito con la etiqueta de estrellitas
azules y el librito de cuentos siguieron siendo chiquitos. Están desde
hace años en un estante del Museo de las Cosas Raras del barrio de
Florida, adentro de una huevera.

EL CLUB DE LOS PERFECTOS

Hay gente que ya está cansada de que yo cuente cosas del barrio de
Florida. Pero no es culpa mía: en Florida pasa cada cosa que una no
puede menos que contarla.
Como la historia esa del Club de los Perfectos.
Porque resulta que los perfectos de Florida decidieron formar un club.
Algunos de ustedes preguntarán quiénes eran los Perfectos. Bueno, los
Perfectos de Florida eran como los Perfectos de cualquier otro barrio, así
que cualquiera puede imaginárselos.
Por ejemplo, los Perfectos no son gordos, pero tampoco flacos. No son
demasiado altos, y mucho menos petisos.
Tienen todos los dientes parejos y jamás de los jamases se comen las
uñas. Nunca tienen pie plano ni se hacen pis encima. No son miedosos.
Ni confianzudos.
No se ríen a carcajadas ni lloran a moco tendido.
Los Perfectos siempre están bien peinados, siempre piden “por favor” y
jamás hablan con la boca llena.
Hay que reconocer que los Perfectos de Florida no eran muchos que
digamos. Es más, eran muy pocos. Tan pocos que había calles como

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Agustín Álvarez donde no podía encontrarse un Perfecto ni con lupa.
Pero -pocos y todo- decidieron formar un club porque todo el mundo
sabe que a los Perfectos sólo les gusta charlar con Perfectos, comer con
Perfectos y casarse con Perfectos.
El Club de los Perfectos fue el tercer club de Florida. Los otros dos eran
el Deportivo Santa Rita y el Social Juan B. Justo.
El Deportivo Santa Rita era sobre todo un club de fútbol. Los sábados
por la tarde se llenaba de floridenses porque los sábados por la tarde se
jugaban los partidos amistosos con el equipo de Cetrángolo.
El Social Juan B. Justo era el club de los bailes. Los sábados por la
noche los floridenses que querían ponerse de novios se reunían a bailar
con los Rockeros de Florida entre guirnaldas verdes, rojas y amarillas.
Pero el Club de los Perfectos era otra cosa.
Para empezar no era ni un galpón ni una cancha. Era una casa en la
calle Warnes, con grandes ventanales y un enrejado alto de rejas
negras. Y en el jardín que daba al frente, nada de malvones, dalias y
margaritas, sólo palmeras esbeltas, rosales de rosas blancas y gomeros
de hojas lustrosas.
Los sábados por la noche, los Perfectos llegaban al club con sus ropas
planchadas y sus corbatas brillantes. Como eran perfectamente
puntuales llegaban todos juntos.
Se sentaban alrededor de la mesa con mantel almidonado y vajilla
deslumbrante. Comían tranquilos y educados. Masticaban bien.
Sonreían. Nunca parecían tener hambre. Ni apuro. Ni sueño. Ni rabia.
Ni ganas. Ni celos. Ni frío.
Tan diferentes eran que a los floridenses se les hizo costumbre eso de ir
a visitar el Club de los Perfectos. Bueno, visitar es una manera de decir
porque al club de los Perfectos sólo entraban Perfectos, y los demás
miraban de afuera.
Lo cierto es que, a eso de las siete de la tarde, en cuanto terminaba el
partido, los del Deportivo Santa Rita se venían en patota a la calle
Warnes y, a eso de las ocho, antes de ir para el baile del Social Juan B.
Justo, las parejas de novios pasaban por la calle Warnes para echarles
una ojeadita a los Perfectos.
Los floridenses se apretaban todos junto al enrejado. Eran un montón,
pero ninguno era perfecto. Estaba doña Clementina, llena de arrugas; el
nieto de don Braulio, que era un poco bizco; el chico del almacén, que
era petiso; Antonia, llena de pecas… y chicos que usaban aparatos en
los dientes, chicos que a veces se comían las uñas, chicos que a veces
se hacían pis encima, chicos con mocos, muchachos que clavaban los
dientes en los sánguches de milanesa porque tenían hambre y chicas
un poco despeinadas porque había viento.

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Los sábados por la noche, el Club de los Perfectos estaba siempre
rodeado de floridenses. Y fue por eso que, cuando pasó lo que tenía que
pasar, hubo muchos que pudieron contarlo.
Resulta que estaban ahí los Perfectos, tan perfectos como siempre
reunidos alrededor de la mesa, perfectamente bronceados porque era
verano y perfectamente frescos y perfumados, cuando pasó lo que tenía
que pasar.
Pasó una cucaracha. Una cucaracha lisita, negra, brillante, en cierto
modo una cucaracha perfecta, que trepó lentamente por el mantel
almidonado y empezó a caminar, perfectamente serena, por entre los
platos.
El primero que la vio fue un Perfecto de saco blanco y corbata a rayas,
perfectamente rubio. La cucaracha se acercaba, pacíficamente, hacia su
plato.
El Perfecto rubio se puso de pie… demasiado bruscamente, porque
volcó la silla, empujó con el codo el plato decorado, que se estrelló
contra el piso, y derramó el vino tinto de su copa labrada sobre la
Perfecta de vestido blanco.
La cucaracha entre tanto, posiblemente sorda y seguramente valiente,
seguía recorriendo la mesa, desviándose sin sobresaltos cuando se le
interponía algún plato.
Los Perfectos, en cambio, sí que parecían sobresaltados. Había algunos
que se subían a las sillas y gritaban pidiendo ayuda, y otros que se
comían velozmente las uñas acurrucados en los rincones. Había
algunos que lloraban a moco tendido y otros que, de puro nerviosos, se
reían a carcajadas.
El mantel ya no parecía el mismo, lleno como estaba de platos rotos y
copas volcadas. Y serena, parsimoniosa, la manchita negra y lustrosa
proseguía su camino.
Los floridenses que estaban junto a la reja al principio no entendían. Se
agolpaban para ver mejor, los de la primera fila les pasaban noticias a
los de atrás. Aníbal, el relator de los partidos amistosos, se trepó a lo
alto del enrejado y empezó a transmitir los acontecimientos:
- El Perfecto de la Camisa a Cuadros se cae de espaldas. Rueda.
Quiere ponerse de pie, trastabilla y cae sobre la Perfecta del
Collar de Nácar. La Perfecta del Collar de Nácar pierde la
peluca. Se arroja al suelo y camina en cuatro patas tratando de
recuperarla. El Perfecto del Traje Azul tropieza con ella, pierde el
equilibrio y cae… Cae también su dentadura, que golpea
ruidosamente contra la pata de la mesa…
Arrugados, despeinados, manchados y llorosos, los Perfectos fueron
abandonando la casa de la calle Warnes. Los floridenses los miraban
salir y no podían casi reconocerlos. Algunos estaban pálidos. Otros

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parecían viejos. Algunos, si se los miraba bien, eran francamente
gordos. Y todos, uno por uno, estaban muertos de miedo.
A los floridenses más burlones les daba un poco de risa. Los más
comprensivos les sonreían y les daban la bienvenida: al fin de cuentas
no era tan malo estar de este lado de la reja.
De más está decir que ese mismo día se disolvió el Club de los
Perfectos.
Y cuentan en el barrio que los sábados por la tarde algunos de los que
fueron sus socios llegan cansados y hambrientos del Deportivo Santa
Rita y que otros van, un poco despeinados, al Social Juan B. Justo.
Cuentan también que en la casa de la calle Warnes ahora crecen
malvones.
Y parece que así es mucho mejor que antes.

UN GATO COMO CUALQUIERA

Había una vez un gato de ojos verdes, pelo gris y cola larga. De modo
que era un gato parecido a muchos otros gatos. Pero, eso sí, era un gato
de bolsillo. Del bolsillo de Aníbal Gobi, guarda de tren del ferrocarril
Mitre.

Mientras Aníbal Gobi picaba los boletos con su máquina picadora, el


gato apenas espiaba desde el borde del bolsillo de su chaqueta marrón.

El Gato de Bolsillo no se acordaba de nada que no fuese el bolsillo de


Aníbal Gobi. Tal vez había nacido en el Galpón de la Esquina, o en la
Casa de al Lado, o en el Jardín de Atrás. Pero lo cierto es que hacía
mucho, muchísimo tiempo que vivía en el bolsillo.

Al Gato de Bolsillo el bolsillo le parecía mucho más lindo que el resto de


los lugares del Mundo Grande. El bolsillo era tibio, blando, suave,
oscuro, tenía pelusas que hacían cosquillas y era muy fácil acurrucarse
en el fondo. El Mundo Grande, en cambio, era frío y caliente, duro y
líquido, áspero y liso, negro y brillante; tenía zapatos, ramas, relojes,
caras, ruedas y Gatos Peligrosos. Era muy difícil acurrucarse en el
Mundo Grande.

Eso, al menos, era lo que pensaba el Gato de Bolsillo hasta las cuatro y
cinco de la tarde del segundo jueves del mes de octubre, porque a las
cuatro y diez de la tarde del segundo jueves del mes de octubre,
mientras estaba asomado al borde del bolsillo, observando
tranquilamente cómo Aníbal Gobi le picaba el boleto a una señora
colorada, el gato vio algo nuevo, algo nunca visto en el Mundo Grande:
un ratón de cola de piolín y ojos brillantes, un Ratón Cualquiera, que

74
miraba pasar el tren desde atrás de un poste de la estación Belgrano.

El Gato de Bolsillo vio al Ratón Cualquiera y enseguida notó que ya era


hora de salir del bolsillo de Aníbal Gobi. En el bolsillo de Aníbal Gobi
jamás había habido ratones de ojos brillantes y cola de piolín.

El Gato de Bolsillo saltó y apoyó sus patas acolchadas en el piso del


tren. Volvió a saltar y cayó en el piso de la estación. El Ratón
Cualquiera lo vio, dio media vuelta y empezó a correr por la calle
Zapiola, con el Gato de Bolsillo atrás, corriendo y corriendo, corriendo
como no había corrido nunca.

Como el Ratón Cualquiera estaba mucho más acostumbrado al Mundo


Grande que el Gato de Bolsillo, ganó la carrera y encontró un agujerito
donde meterse antes de que el Gato de Bolsillo pudiese sujetarle la cola
con la pata.

Entonces el Gato de Bolsillo supo que estaba solo en el Mundo Grande,


sin pelusas y lleno de Gatos Peligrosos.

El Gato de Bolsillo les tenía muchísimo miedo a los Gatos Peligrosos.


Aníbal Gobi siempre le hablaba de ellos mientras le rascaba las orejas;
le había contado que tenían garras afiladas, maullidos malévolos y el
cuerpo lleno de horribles cicatrices. El Gato de Bolsillo, en cambio,
tenía las uñas cortas porque Aníbal Gobi se las cortaba puntualmente
todos los lunes a la noche; maullaba bajito y sólo cuando tenía hambre,
y tenía un pelaje liso, entero y sin marcas.

Pensando en los Gatos Peligrosos, el Gato de Bolsillo se acurrucó detrás


de una bolsa de basura. Mientras oía el ruido de los autos y seguía con
los ojos los zapatos que iban y venían por la calle, gemía en voz baja:
extrañaba muchísimo al bolsillo.

Los zapatos se fueron yendo poco a poco y, poco a poco también, se


vino la Verdadera Noche. Y fue entonces cuando aparecieron uno a uno,
uno tras otro, los Gatos Peligrosos.

Los Gatos Peligrosos eran silenciosos como todos los gatos. A veces eran
rapidísimos y otras veces muy lentos, como todos los gatos. Y, como
todos los gatos, tenían bigotes largos, ojos verdes y amarillos y cola
larga.

Pero eran peligrosos. El Gato de Bolsillo enseguida notó que eran


peligrosos.

Porque arqueaban el lomo.

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Porque maullaban hacia el cielo mostrando las gargantas.

Porque abrían la pata y mostraban las uñas, larguísimas y afiladas.

Cinco Gatos Peligrosos se acercaron al Gato de Bolsillo y los cinco


arquearon el lomo, maullaron hacia el cielo y mostraron las uñas. El
Gato de Bolsillo los miró con sus ojos verdes y vio que también ellos
tenían verdes los ojos.

Entonces pasaron cosas importantes: el Gato de Bolsillo arqueó el lomo;


después maulló hacia el cielo y los Gatos Peligrosos le vieron la
garganta; después abrió la pata y mostró las uñas, que no eran tan
largas ni tan afiladas, pero que ya le estaban creciendo.

Entonces pasó otra cosa importante: un Ratón Cualquiera. Y los seis


gatos –un Gato de Bolsillo y cinco Gatos Peligrosos– echaron a correr.
Todos persiguieron, todos saltaron tapias, todos esquivaron árboles y se
escabulleron debajo de los autos estacionados.

Y pasaron más cosas esa noche. El Gato de Bolsillo se peleó con un


Gato Peligroso, pegó un salto muy alto, corrió una carrera, escarbó la
tierra, encontró un poco de leche en el fondo de una bolsa de basura y
se afiló las uñas en una pared de piedra.

Y cuando ya empezaba a clarear, los seis gatos –un Gato de Bolsillo y


cinco Gatos Peligrosos– se fueron al Baldío de Enfrente y encontraron
un rincón oscuro, tibio y suave arriba de un montón de trapos viejos. Y
se enroscaron a dormir todos juntos.

Entonces el Gato de Bolsillo supo que en el Mundo Grande no sólo


había ratones de ojos brillantes y cola de piolín; también había bolsillos
llenos de pelusa.

Gustavo Roldán

COMO SI EL RUIDO PUDIERA MOLESTAR

Fue como si el viento hubiera comenzado a traer las penas. Y de


repente, todos los animales se enteraron de la noticia. Abrieron muy
grandes los ojos y la boca, y se quedaron con la boca abierta, sin
saber qué decir.
Es que no había nada que decir.
Las nubes que trajo el viento taparon el sol. Y el viento se quedó quieto,
dejó de ser viento y fue un murmullo entre las hojas, dejó de ser

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murmullo y apenas fue una palabra que corrió de boca en boca hasta
que se perdió en la distancia.
Ahora todos lo sabían: el tatú estaba a punto de morir. Por eso los
animales lo rodeaban, cuidándolo, pero sin saber qué hacer.
-Es que no hay nada que hacer -dijo el viejo tatú con una voz que
apenas se oía-. Además, me parece que ya es hora.
Muchos hijos y muchísimos nietos tatucitos lo miraban con una
tristeza larga en los ojos.
-¡Pero, don tatú, no puede ser! -dijo el piojo-, si hasta ayer nomás nos
contaba todas las cosas que le hizo al tigre. -¿Se acuerda de las veces
que lo embromó al zorro? -¿Y de las aventuras que tuvo con don sapo?
-¡Y como se reía con los cuentos del sapo!
Varios quirquinchos, corzuelas y monos muy chicos, que no habían
oído hablar de la muerte, miraban sin entender.
-¡Eh, don sapo! -dijo en voz baja un monito-. ¿Qué le pasa a don tatú?
¿Por que mi papá dice que se va a morir?
-Vamos, chicos -dijo el sapo-, vamos hasta el río, yo les voy a contar. Y
un montón de quirquinchos, corzuelas y monitos lo siguieron
hasta la orilla del río, para que el sapo les dijera que era eso de la
muerte.
Y les contó que todos los animales viven y mueren. Que eso pasaba
siempre, y que la muerte, cuando llegaba a su debido tiempo, no era
cosa mala.
-Pero, don sapo –preguntó una corzuela-, ¿entonces no vamos a
jugar más con don tatú?
-No. No vamos a jugar más.
-¿Y el no está triste?
-Para nada. ¿Y saben por qué?
-No, don sapo, no sabemos…
-No está triste porque jugó mucho, porque jugó todos los juegos. Por
eso se va contento.
-Claro -dijo el piojo-. ¡Cómo jugaba!
-¡Pero tampoco va a pelear más con el tigre!
-No, pero ya peleó todo lo que podía. Nunca lo dejó descansar
tranquilo. También por eso se va contento.
-¡Cierto! -dijo el piojo- ¡Cómo peleaba!
-Y, además, siempre anduvo enamorado. También es muy
importante querer mucho.
-¡Él sí que se divertía con sus cuentos, don sapo! -dijo la iguana.
-¡Como para que no! Si más de una historia la inventamos juntos. Y
por eso se va contento, porque le gustaba divertirse y se divirtió
mucho.
-Cierto -dijo el piojo-. ¡Cómo se divertía!

77
-Pero nosotros vamos a quedar tristes, don sapo.
-Un poquito si, pero... -la voz se le quedó en la garganta y los
ojos se le mojaron al sapo-. Bueno, mejor vamos a saludarlo por
última vez.
-¿Qué esta pasando que hay tanto silencio? –preguntó el tatú con
esa voz que apenas se oía-. Creo que ya se me acabó el piolín. ¿Me
ayudan a meterme en la cueva?
Al piojo que estaba en la cabeza del ñandú se le cayó una lágrima.
Pero era tan chiquita que nadie se dio cuenta.
El tatú miró para todos lados, después bajó la cabeza, cerró los ojos, y
murió.
Muchos ojos se mojaron, muchos dientes se apretaron, por
muchos cuerpos pasó un escalofrío. Todos sintieron que los oprimía
una piedra muy grande.
Nadie dijo nada. Sin hacer ruido, como si el ruido pudiera
molestar, los animales se fueron alejando. El viento sopló y sopló, y
comenzó a llevarse las penas. Sopló y sopló, y las nubes se
abrieron para que el sol se pusiera a pintar las flores. El viento
hizo ruido con las hojas de los árboles y silbó entre los pastos secos.
-¿Se acuerdan -dijo el sapo-, cuando hizo el trato con el zorro
para sembrar maíz?

EL MONO Y EL YACARÉ

A la orilla del río, mientras tomaba agua, el monito escuchó los rugidos
del yaguareté.
La única salvación estaba en cruzar el río, pero el monito no sabía
nadar.
Y el río era hondo a más no poder.
Ahí estaba, sin saber qué hacer, cuando vio que se acercaba el yacaré.
El yacaré era todavía más peligroso que el tigre. Tenía una boca más
grande y más dientes que el tigre. Era más peligroso que el tigre.
Y cada vez se acercaba más.
-A usted lo estaba esperando, amigo yacaré.
-¿Para qué me esperabas? ¿No sabes lo peligroso que es estar cerca de
mí?
-Para contarle lo que dicen mis hermanas. Tengo tres hermanas muy
lindas que siempre lo nombran.
-¿Qué dicen?
-Dicen que tiene la boca chiquita, que tiene la piel muy suave, que tiene
los ojos muy dulces, y les gusta mirarlo cuando usted está tomando sol
en la otra orilla del río.
-¿Tus hermanas viven en la otra orilla?

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-Si, y si quiere, ya mismo vamos para allá y se las presento.
-No perdamos tiempo. Subite a mi lomo, así tus hermanas ven cómo te
llevo y vos me las presentás.
El monito pegó un salto más que rápido, porque ya oía el rugido del
yaguareté que estaba llegando al río.
El yacaré se largó al agua y comenzó a nadar.
-Contame de nuevo qué dicen tus hermanas.
-Que usted tiene una boca chiquita, que tiene los dientes más parejos y
blancos y que tiene una piel lisa que debe ser muy suave.
-¿Las tres dicen eso?
-Sí sí, las tres – dijo el monito, suspirando aliviado porque ya lo veía al
yaguareté llegando a la orilla del río.
-¿Y las tres son muy lindas?
-Muy lindas, así dicen todos, pero ellas sólo piensan en usted.
-Bueno, ahora me van a conocer. Y yo voy a elegir una para que sea mi
esposa. La más linda voy a elegir.
-La que usted prefiera, amigo yacaré.
Y siguieron nadando.
Dos veces más el monito tuvo que repetir lo que decían sus hermanas, y
lo que más le gustaba al yacaré era que decían que tenía la boca
chiquita.
Y siguieron nadando hasta llegar hasta la otra orilla.
El monito saltó a tierra y le dijo:
-Ahora espéreme aquí, que las voy a buscar para que vengan a
conocerlo. Usted quédese tomando sol hasta que volvamos. Y dio un
salto, se trepó a un árbol y se perdió en el monte.
El yacaré se quedó tomando sol en la orilla del río.
Y ahí está todavía, esperando. Por eso los yacarés están siempre
tendidos a la orilla del río. Están esperando que vuelva un monito
trayendo a sus tres hermanas, para elegir a la más buena moza.

EL TATÚ ENAMORADO

Cerquita del Paraná, las flores habían comenzado a crecer por todos
lados, como crecen las flores cerquita del Paraná. Los árboles se
ponían más verdes, porque era la época en que los árboles se ponen
más verdes. Y los pájaros cantaban todo el día, porque se les daba la
santísima gana.
El tatú estaba enamorado de la iguana, y andaba pensando cómo
conquistarla.
-¡Mi novio debe ser muy pero muy valiente! -decía la iguana, mientras
paseaba coleteando de un lado para el otro-. ¡Sí señor, muy, pero muy
valiente!

79
Y aplastaba flores a coletazos, haciéndose la distraída ante las miradas
apasionadas del tatú.
El tatú se paraba en la punta de la cola y silbaba un chamamé,
tratando de llamar la atención.
Se ponía una flor en la oreja y daba vueltas carnero con gran habilidad.
Pero nada. La iguana pasaba a su lado y parecía que ni lo había visto
siquiera.
-¡Sí yo me animara a pelearlo al tigre! -pensaba el tatú-, ¡entonces sí
que me miraría!
Y los días pasaban y pasaban, porque ahí, cerquita del Paraná, los días
siguen pasando aunque uno esté muy enamorado.
Hasta que se le ocurrió una idea, y a galope tendido de tatú se fue hasta
la laguna donde vivían las ranas, y a donde iban a tomar agua todos los
animales.
Y “bss bss bsss”, les explicó su idea a las ranas, que se entusiasmaron
y dijeron que
“Sí -cómo no- encantadas”.
El tatú se quedó espiando, escondido entre unas tacuaras.
El mono llegó contento, dando esos saltos mortales que siempre
terminaban justo al borde del agua. Pero de la laguna salieron unos
ruidos espantosos, como de hipopótamo enojado, y aunque el mono no
sabía lo que era un hipopótamo enojado, por las dudas, empezó a dar
saltos mortales para atrás hasta desaparecer.
Después vino el zorro, tarareando una polca, pero antes de llegar
escuchó los ruidos, y haciéndose el indiferente, dijo:
-Bah, me parece que no tengo sed.
El tigre llegó hasta el agua rugiendo como un tigre, pero los rugidos que
salieron de la laguna eran más fuertes que el suyo, y se acordó de que
tenía una cita con un amigo, y que se le hacía tarde, y era mejor que se
fuera rápido.
Todos los animales empezaron a tener sed a más no poder. Y la iguana,
también.
Entonces el tatú, con paso compadre, fue hasta la laguna y tocó la
flauta –que era la señal para que las ranas dejaran de hacer ruidos de
hipopótamo enojado– y tranquilamente tomó el agua fresca.
Después le hizo señas a la iguana para que se acercara, mientras se
ponía en la oreja una flor de mburucuyá y preparaba otra para
regalársela.
Ni qué decir que la iguana y el tatú se pusieron de novios.
Y como el tatú sabía que la iguana lo andaba mirando de antes, aunque
se hacía la tonta, le contó toda la historia. La iguana primero se enojó,
pero después no, porque los coletazos más grandes los había dado
cuando pasaba cerca del tatú.

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Y ahí, cerquita del Paraná, mientras el tatú y la iguana paseaban bajo
los árboles cada vez más verdes, riéndose juntos del hipopótamo
enojado, las flores seguían creciendo como crecen las flores cerquita del
Paraná.

GUSTOS SON GUSTOS

Ahí estaban el yuchán y el jacarandá, el quebracho colorado y el


chañar, las palmeras y el mistol, y el lapacho, esa fiesta de flores
rosadas.
Todos los árboles eran grandes y hermosos, pero el algarrobo parecía
una guitarra llena de colores y música porque ahí cantaban los pájaros.
La sombra del algarrobo, tan grande, alcanzaba para todos los bichos, y
las vainas amarillas colgando de las ramas y desparramadas por el
suelo eran hilos de sol y dulzura.
Y ahí estaba el río de aguas marrones, el río del color de la tierra, ese
río al que no se podía mirar sin pensar que hay cosas que nunca
comienzan y nunca se acaban.
Y al lado del río, a la sombra del algarrobo, estaban el mono y el coatí,
el quirquincho y el oso hormiguero, el pequeño tapir y la corzuela y la
iguana, y mil animales más. También estaba el ñandú. Y el piojo que
vivía en la cabeza del ñandú.
Entonces el grito los sorprendió a todos.
Desde la pluma más alta de la cabeza del ñandú el piojo estaba
largando un sapucai que tenía revoloteando a los pájaros y hacía caer
algarrobas a puñados.
Siete minutos duró el grito, y fue el sapucai más largo que se hubiera
escuchado por esos pagos. Y se hizo tan famoso que ese paraje que se
llamaba El Monte de las Víboras, fue conocido desde entonces como El
Monte del Sapucai del Piojo.
Los pájaros se posaron otra vez en las ramas, las algarrobas dejaron de
caer, y el piojo, después de respirar hondo, pudo decir:
-¡Volvió don sapo! ¡Ahí llega don sapo!
Todos los animales corrieron a recibirlo.
-¡Cómo le fue, don sapo! ¡Qué tal el viaje! ¡Cómo hizo, don sapo, cómo
hizo! ¿Queda muy lejos? ¿Es cierto que hay mucha gente? ¡Cuente, don
sapo, cuente! ¿Es grande Buenos Aires?
-Despacito y por las piedras… que ya parecen porteños por lo apurados.
-Es que estamos curiosos desde que nos enteramos de que se había ido
a Buenos Aires -dijo el coatí-. ¿Cómo hizo, don sapo?
-Fácil, m´hijo. ¿Usted vio la creciente grande y todos los camalotes que
pasaban? Bueno, en cuanto vi pasar un camalote que me gustó, salté y
me fui.

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-¿Y es muy grande Buenos Aires?
-¡Ni le cuento! Pueblo grande, sí, pero todos apurados…
-¿Apurados? -preguntó la cotorrita verde-. ¿Adónde van apurados?
-A ninguna parte. Son costumbres nomás. Será que eso les gusta. Y se
la pasan viajando, amontonados, en unas cosas enormes que van para
todos lados.
-¿Y eso les gusta?
-Debe ser, porque pagan para hacerlo.
-¡Mire que es loca la gente! -dijo el piojo.
-No diga eso, m´hijo. Gustos son gustos… Y cuando vuelven a sus casas
se sientan frente a una caja, y ahí se pasan las horas mirando
propagandas.
-¿Propagandas de qué?
-De champú. Se ve que son locos por el champú.
-¿Y río, don sapo? ¿Tienen río?
-Uno grande a más no poder.
-¿Más ancho que el Bermejo?
-Más ancho. Dicen que es el más ancho del mundo.
-¡Qué lindo! -dijo el yacaré-. ¡Ahí se bañarán todos muy contentos!
-¡Qué se van a bañar! Lo usan para tirar basuras. Está prohibido
bañarse ahí.
-Será que no les gusta el río.
-Don sapo -dijo el tapir-, tengo dos preguntas para hacerle: ¿Esas
gentes nos conocen? ¿Nos quieren?
-Linda pregunta, pero es una sola, no dos.
-No, don sapo, yo le hice dos preguntas.
-Mire chamigo, hay un viejo pensamiento que acabo de inventar que
dice: “No se puede querer lo que no se conoce”.
-¿Y a nosotros no nos conocen?
-No. Conocen muchos animales, pero de otro lado. Se ve que les gusta
conocer cosas de otro lado, hipopótamos, cebras, elefantes, jirafas,
ardillas y un montón más. Pero a nosotros no nos conocen, y por eso no
nos quieren.
-Bah -dijo el quirquincho-, no saben lo que se pierden.
-Yo me quedé pensando en eso de que usan el río para tirar basuras -
dijo el monito-. ¿Y qué les gusta?
-Prohibir. Eso se ve que les gusta. Se la pasan prohibiendo todo el día.
Prohibido subir, prohibido bajar, prohibido pisar. Prohibido pararse y
prohibido correr. Siempre ponen cartelitos prohibiendo algo.
-Eso sí que no lo entiendo -dijo el coatí-. ¿Y si alguno no les hace caso a
los cartelitos?
-Viene la policía y se lo lleva.
-No le veo la gracia -dijo el piojo.

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-¡Qué quiere que le diga, m´hijo! Gustos son gustos.

Silvia Schujer
JUANITA DEL MONTÓN

Así la llamaban en el barrio: “Juanita del montón”. No porque hubiera


un montón de Juanitas, sino por su colección de montones.
Ninguna cosa le gustaba de a una. Ni de a dos ni de a tres.
De “a muchas” para arriba. Por lo menos, de “a montón”.
Ya de chica, a los siete años, se enfurecía porque eran sólo siete y
quería tener más.
Entonces sumaba los años de todos sus amigos(los cinco de Manuela,
más los siete de Ramón, más los ocho de Susana, más los cuatro de
Javier. Y los convertía en un montón.
Y como para juntar un montón de años precisaba un montón de
amigos, Juanita era la más amigable del barrio.
Ni ella misma sabía cuántos eran. Pero estaba segura de que al menos -
los amigos- eran un montón.
Tal vez por eso guardaba con tanto celo un montón de ganas de jugar.
-Porque- decía Juanita- sólo teniendo un montón de ganas de jugar
puedo encontrar un montón de amigos.
Y, bien, si para sumar aquel montón de años, necesitaba un montón de
amigos, y para tener un montón de amigos juntaba un montón de
juguetes, lo que a Juanita le hacía falta entonces, era un montón de
espacio donde guardarlos.
Convenció a su mamá y a su papá de que fueran a vivir a una casa con
un montón de habitaciones. Y cada habitación, con un montón de
metros de largo y un montón de metros de ancho.
El problema fue para limpiar un montón de espacio, se necesitaba un
montón de escobas, un montón de trapos y un montón de jabón.
Como se imaginarán, para comprar semejante montón, hacía falta un
montón de dinero.
Bien sabía Juanita que juntar tanto dinero le llevaría un montón de
tiempo. Así que guardó una a una las hojitas del montón de
almanaques. Día a día hasta que los días se volvieron un montón. De
tiempo, claro.
Y casi sin darse cuenta, cumplió los dieciséis.
Hizo entonces una fiesta de cumpleaños en la que recibió un montón de
regalos.
Había preparado un montón de diversiones para que se divirtieran un
montón de personas.
Allí descubrió a Joaquín entre el montón de invitados.
Y le pareció el más lindo, más bueno y más divertido que el montón.

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Bailó con él toda la tarde. Hasta que la fiesta se acabó.
Al día siguiente, y para no perder su costumbre de amontonar, Juanita
se fue a buscar muchos Joaquines para tenerlos en el montón.
Dio un montón de pasos, atravesando montones de calles durante un
montón de horas y todo fue inútil.
No puedo encontrar uno sólo que fuera como el Joaquín de su fiesta.
Sintió un montón de tristeza. Y derramando un montón de lágrimas,
descubrió que tenía un montón de amor dentro de un solo corazón.
Y fue al médico para que le diera algunos corazones más.
-Esto es imposible -dijo el doctor-. Para cada persona existe un solo
corazón.
-¿Qué voy hacer? -se dijo Juanita. Y juntando el montón de palabras
que conocía, trató de armar un montón de pensamientos, que la
ayudaran a encontrar un montón de soluciones para su problema.
Pero sólo se le ocurrió una idea: ir a buscar a Joaquín.
El único Joaquín que conoció.
Lo buscó y lo buscó durante largas noches. Hasta el día en que
volvieron a encontrarse…
Fue en medio de un montón de alegría en que Juanita y Joaquín se
enamoraron. Y, aunque parezca mentira, entregándose un montón de
amor, fueron felices un montón de tiempo.

REBELIÓN EN EL PUCHERO

Despacito, muy despacito para que el bebé no se despertara, María sacó


la olla más grande que había en la cocina y la llenó de agua.
Lavó verduritas y las picó. Peló papas, batatas, zanahorias. Cortó
zapallo en trozos y desnudó de su disfraz de hoja dos choclos
tiernísimos.
Sacó de la heladera unos huesos con carne que había reservado para
ese día y, tratando de que entrara, metió todo en la olla grande llena de
agua.
Echó sal. Satisfecha con el puchero que habría de resultar, prendió una
hornalla, puso una tapa sobre la olla y la olla tapada sobre el fuego.
Despacito, para que el bebé no se despertara, María salió de la cocina
hacia otra parte de la casa.
Todo parecía estar en calma. Pero de repente, un murmullo surgió de la
cocina. Del puchero, mejor dicho.
-No tengo espacio…-se oyó decir a una papa.
-La culpa es de los choclos -replicó una zanahoria. Y los choclos
miraron amenazadoramente a las pelirrojas mostrándoles uno a uno,
todos los dientes de su dentadura.

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-No tienen gusto a nada y se quejan -alguien dijo a las papas. Y las
verduras volvieron la vista a los zapallos, que, zapallos como siempre,
intentaban refugiarse bajo la carne.
El parloteo fue subiendo de tono hasta que, como un terremoto o más
bien una tormenta venida desde el fondo, el agua empezó a hacer
globitos. “Brglubb” “Brglubb”, fue el sonido del agua hirviendo que se
sumó al de las verduras. Y un movimiento ondulante empujó la tapa de
la cacerola, haciéndole pegar un salto por cada burbuja.
Y si en una olla normal el agua hirviendo es señal de que todo se está
cocinando en orden, en aquel puchero colmó la paciencia de la
multitud.
Las papas se chocaban contra las zanahorias, las verduritas con los
huesos.
La carne sacó músculo y desafió al que la tocara. Los huesos atontados
golpeaban su cabeza contra la tapa.
Las zanahorias se cansaron y empezaron a los gritos. Más duras que
cuando se las muerde crudas, se pusieron frente a los choclos y les
pidieron que se retiraran inmediatamente del puchero.
El apio, en representación de las verduritas, apoyó a las zanahorias. Y
en un discurso explicó que el problema de espacio podía solucionarse
echando a los choclos, ya que, después de todo, no servían para hacer
el puré.
Algunas papas aplaudieron la idea, pero cuando se vieron enroscadas
entre el perejil y las cebollitas de verdeo, decidieron por fin ponerse en
contra de todos.
Se endurecieron como cemento y empezaron a los golpes.
Los choclos ofendidos afilaron sus dientes. Y en poco tiempo la batalla
era feroz. Una hora más tarde el humo atrajo a María hacia la cocina.
Destapó la olla humeante y con un tenedor trató de pinchar una batata.
Estaban tan, pero tan dura que intentó con un papa. Allí los dientes del
tenedor no pudieron penetrar ni un milésimo de milímetro. Probó con
un cuchillo en la carne y el cuchillo se dobló.
Creyendo que el fuego se habría apagado, María miró la hornalla. Al ver
las llamas anaranjadas calentando sin tregua se quedó sin palabras.
-Le faltará cocinarse -pensó. Y corriendo al escuchar el llanto de su
bebé, abandonó la cocina por un rato.
-Por tu culpa no nos vamos a convertir en puchero -protestó una
batata. Y las papas rabiosas atropellaron a los trozos de zapallo
saltando todos para afuera.
-¡Sin zapallos no hay puchero! -gritaron los huesos. Y cuando fueron a
enfrentar a las batatas, chocaron contra los choclos, volando por los
aires primero, hasta caer intactos sobre el piletón después.

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-¿Probaron puré sin batatas? -preguntó una zanahoria. Y la carne de
un trompazo la hizo aterrizar en el piso.
En ese mismísimo instante entró María a la cocina con su bebé en
brazos. Desconsolado, llorando de hambre y escupiendo el chupete
engañador.
-¿¡Qué es esto!? -suspiró María.
¡Mi puchero! -exclamó mientras secaba los lagrimones de su cara y los
de su bebé.
Y en medio de tanta desazón se puso a cantar una canción de cuna.
Porque María cantaba las canciones de cuna más lindas del mundo.
Eran su especialidad. Más que cocinar, por supuesto.
Duérmase mi niño
Un ratito más
Que este pucherito
Se va a cocinar
Con voz dulce y suave mecía a su bebé para tranquilizarlo.
Este pucherito
No se quiere hacer
Y mi niño lindo
Lo quiere comer
Duérmase mi niño
Un ratito más
Que este pucherito
Se va a cocinar.
Y al mismo tiempo que el bebé, envueltos en una poderosa modorra y
agotados por la lucha, los choclos empezaron a bostezar, los zapallos a
ablandarse, las papas a remolonear.
Despacito, muy despacito para que su bebé no se despertara, María
levantó cada una de las verduras. Y acompañándose con la música, las
fue poniendo en la olla una vez más.
Cómodas y entregadas al sueño, las batatas se aflojaron lentamente. Al
ritmo de la canción, la carne se había dormido y, blandita, flotaba entre
el apio, el puerro, las cebollitas de verdeo y las papas.
Los zapallos roncaban.
Y fue así como en breves minutos y despidiendo un olor exquisito el
puchero quedó cocinado. Como este cuento, que sin colorín y que sin
colorado, de repente, se ha acabado.

Javier Villafañe
LOS SUEÑOS DEL SAPO

Una tarde un sapo dijo:


-Esta noche voy a soñar que soy árbol.

86
Y dando saltos, llegó a la puerta de su cueva. Era feliz; iba a ser árbol
esa noche.
Todavía andaba el sol girando en la rueda del molino. Estuvo un largo
rato mirando el cielo. Después, bajó a la cueva; cerró los ojos, y se
quedó dormido.
Esa noche el sapo soñó que era árbol.
A la mañana siguiente contó su sueño. Más de cien sapos lo
escuchaban.
-Anoche fui árbol –dijo-; un álamo. Estaba cerca de unos paraísos.
Tenía nidos. Tenía raíces hondas y muchos brazos como alas; pero no
podía volar. Era un tronco delgado y alto que subía. Creí que caminaba,
pero era el otoño llevándome las hojas. Creí que lloraba, pero era la
lluvia. Siempre estaba en el mismo sitio, subiendo, con las raíces
sedientas y profundas. No me gustó ser árbol.
El sapo se fue; llegó a la huerta y se quedó descansando debajo de una
hoja de acelga.
Esa tarde el sapo dijo:
-Esta noche voy a soñar que soy río.
Al día siguiente contó su sueño. Más de doscientos sapos formaron
rueda para oírlo.
-Fui río anoche –dijo-. A ambos lados, lejos, tenía las riberas. No podía
escucharme. Iba llevando barcos. Los llevaba y los traía. Eran siempre
los mismos pañuelos en el puerto. La misma prisa por partir, la misma
prisa por llegar. Descubrí que los barcos llevan a los que se quedan.
Descubrí también que el río es agua que está quieta; es la espuma que
anda; y que el río está siempre callado, es un largo silencio que busca
las orillas, la tierra para descansar. Su música cabe en las manos de un
niño; sube y baja por las espirales de un caracol. Fue una lástima. No
vi una sola sirena; siempre vi peces; nada más que peces. No me gustó
ser río.
Y el sapo se fue. Volvió a la huerta y descansó entre cuatro palitos que
señalaban los límites del perejil.
Esa tarde el sapo dijo:
-Esta noche voy a soñar que soy caballo.
Y al día siguiente contó su sueño. Más de trescientos sapos lo
escucharon. Algunos vinieron desde muy lejos para oírlo.
-Fui caballo anoche –dijo-. Un hermoso caballo. Tenía riendas. Iba
llevando un hombre que huía. Iba por un camino largo. Crucé un
puente, un pantano; toda la pampa bajo el látigo. Oía latir el corazón
del hombre que me castigaba. Bebí en un arroyo. Vi mis ojos de caballo
en el agua. Me ataron a un poste. Después vi una estrella grande en el
cielo; después el sol; después un pájaro se posó sobre mi lomo. No me
gustó ser caballo.

87
Otra noche soñó que era viento: Y al día siguiente dijo:
-No me gustó ser viento.
Soñó que era luciérnaga, y dijo al día siguiente:
-No me gustó ser luciérnaga.
Después soñó que era nube, y dijo:
-No me gustó ser nube.
Una mañana los sapos lo vieron muy feliz a la orilla del agua.
-¿Por qué estás tan contento? –le preguntaron.
Y el sapo respondió:
-Anoche tuve un sueño maravilloso. Soñé que era sapo.

María Elena Walsh


BISA VUELA

Había una vez una ancianita con más años que hojas tiene un ombú.
Alta y flaca y memoriosa y sabia.
Y había una vez un pueblo grande como dos sábanas cosidas al medio
por las vías del ferrocarril.
Y había en el pueblo varias familias con muchos chicos.
Y había trenes que pasaban de largo, llenos de vacas y sin pasajeros.
La ancianita vivía sola en lo alto de un mangrullo. Guardaba
cachivaches en un baúl de su antepasado el Conquistador. Y su grillo
Pachimú se guardaba él solo dentro de una caja de fósforos.
Un buen día, los niños, reunidos en asamblea en el galpón del
ferrocarril bajo las alas de un viejo avión herrumbrado, decidieron
adoptar a la anciana como bisabuela de todos y llamarla Bisa.
Y desde entonces vivieron felices, jugando con Bisa a la rayuela y al
ajedrez.
Salían todos a pasear, algunos en bicicleta, otros en caballo de palo y
alguno en un cajón tirado por un carnero.
Pescaban renacuajos para investigarlos y cultivaban enormes calabazas
anaranjadas.
Bisa, en sus tiempos, había sido aviadora. Y el viejo avión era su
famoso “Águila de Oro”.
La campeona de vuelo estaba jubilada –decía- desde que sus ojos se
debilitaron y un mal día al aterrizar había atropellado a una pobre
perdiz viuda.
Entre todos se pusieron a limpiar y aceitar el aeroplano, con la
esperanza de volar algún día y llegar, por lo menos, hasta la orilla del
mar.
¡Y ese día estaba cerca!
Porque ya las hélices rugían como dos leones tartamudos, comandados
por la famosa aviadora.

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Bisa abrió un baúl, sacó su viejo uniforme arrugado y se lo probó frente
al espejo.
-No es tan distinto del uniforme de los astronautas, ¿verdad, Pachimú?
Pero el grillo, por ser tan pequeño, no sabía nada de astronautas.
Bisa se encasquetó la gorra y se puso unas antiparras que nunca había
usado: era un trofeo regalo de su madrina después de su último vuelo
¡tantos miles de días atrás!
-Estos anteojos se han vuelto locos -dijo Bisa.
Y miró a Pachimú, y en su lugar vio un gato con cola de pavo real.
-Estás muy raro. ¿Qué te pasa, Pachimú?
Pero Pachimú, por ser tan pequeño, no sabía nada de rarezas.
Bajó de su casa y con el grillo en su caja dentro de uno de sus 54
bolsillos llenos de herramientas, corrió a contarles a sus bisnietos la
novedad.
Los niños, por riguroso turno, se probaron las gafas y no vieron nada,
sólo las encontraron asquerosamente sucias y empañadas.
-Estoy segura de que con estos anteojos maravillosos pondré en marcha
el motor -dijo Bisa.
Los chicos abrieron los portones, Bisa trepó a la diminuta cabina, movió
manivelas y palancas y… brrrrummmm… cruzó las vías y remontó
vuelo.
Los bisnietos la siguieron un poco a la carrera, después se taparon los
ojos temiendo lo peor.
Seguramente ustedes también tiemblan de espanto pensando que se va
a estrellar contra el más alto de los eucaliptos.
Pero no, Bisa vuela, feliz. Mira hacia abajo y ya no ve a sus bisnietos ni
el ocre de los monótonos campos.
Ve toda la ciudad de Nueva York, ve una carroza tirada por mariposas
gigantes, ve las pirámides mexicanas, ve un cohete espacial que pasa
cerca, y allá lejos ve algunas torres de la ciudad de Bagdad.
Como le quedaba escaso combustible, al divisar una calle ancha y poco
transitada, decidió aterrizar. ¿Dónde estaría? ¡Buena pregunta para
Pachimú!
Bisa se levantó las gafas y vio que los niños de un pueblo extraño se
acercaban a recibirla, con sonrisas, besos, abrazos y un ramillete de
margaritas.
Pero ¡ay!, hablaban en otra lengua, sólo entendieron el idioma de los
cariños. Entonces Pachimú se puso a cantar, y a él sí lo entendieron,
porque los grillos cantan en un idioma universal.
Salió de su caja y del bolsillo y desde el ala del avión trabajó de
traductor.

89
Los chicos de ese pueblo también decidieron adoptar a Bisa como
bisabuela de todos. Y le ofrecieron domicilio en una casita construida
en las ramas de un árbol.
Desde entonces Bisa vuela de pueblo en pueblo y de bisnietos en
bisnietos.
Ya aprendió otro idioma y, en cada viaje, que dura media hora o tres
meses –nadie lo sabe-, sigue mirando encantada por los cristales de sus
antiparras, las maravillas del mundo que siempre quiso conocer.

DONDE SE CUENTAN LAS CATASTRÓFICAS AVENTURAS DE UNA


SEÑORA Y SU NENE

La distinguida señora doña Elefanta Trompitelli de Barriguini miraba


las vidrieras de la calle Chacabuco, con su nene prendido de su cola.
La señora quería comprar mocasines para su nene.
Por la calle Chacabuco no suelen salir las señoras Elefantas, de modo
que se armó una terrible tremolina.
-No sé qué nos ven de raro -decía doña Elefanta.
Entraron por fin en una zapatería y la llenaron toda con sus pancitas y
sus orejotas.
El vendedor, muy asustado, dijo que no tenía mocasines para elefante.
A pesar de todo, doña Elefanta quiso probarle algunos a su Nene. Pero,
efectivamente, ninguno le entraba.
Le dieron las gracias al vendedor y salieron trabajosamente por la
puerta.
Recorrieron veinticinco zapaterías y en ninguna había mocasines para
elefantes.
El nene se puso con trompa.
Al pasar por un bazar, doña Elefanta vio unas preciosas cacerolas,
enormes, de esas que se utilizan para preparar la comida de un
regimiento.
Entraron forzando un poco el marco de la puerta y, antes de que el
vendedor tuviera tiempo de desmayarse, doña Elefanta le pidió dos
pares de cacerolotas para las patitas de su Nene.
Se las probó y le quedaron perfectas.
¡Menos mal!
Doña Elefanta pagó y salieron muy contentos a la calle, rompiendo un
poco la pared del bazar.
Los mocasines de aluminio del Nene hacían clin clan chin chan plin
plan por la calle.
-Vamos a tener que ponerles suela de goma -dijo la señora de
Barriguini-, no me gusta llamar la atención.
Pero esto no es nada.

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Todavía le quedaba una compra por hacer a la distinguida señora.
Tenía que comprar un guardapolvo, porque el Nene estaba a punto de
entrar al jardín de Elefantes para aprender a leer.
El Nene, que no tenía ganas de ir a la escuela, se puso con trompa.
En la tienda, el vendedor le mostraba guardapolvos y el Nene a todos les
encontraba defectos: que eran chicos, que no tenían un ratón bordado,
que los botones no eran de caramelo, que patatín y que patatán.
Como la mamá insistía, el Nene tuvo un ataque de rabieta y empezó a
hacer un zafarrancho descomunal: revoleaba los guardapolvos y los
arrojaba por todos lados.
La calle Chacabuco quedó sembrada de guardapolvos: por el suelo, por
los árboles, por los balcones.
Entonces apareció un vigilante y dijo:
-Señora, o su Nene ordena esto, o va a parar al zoológico en calidad de
detenido.
El Nene temblaba como un ratón, pegado a su mamá.
No tuvo más remedio que recoger los guardapolvos, uno por uno,
doblarlos con la trompa y volver a ponerlos en los estantes de la tienda.
Una vez restablecida la calma, y con el vigilante siempre vigilando, no
tuvo más remedio que probarse algunos.
Naturalmente, todos le quedaban chicos. O chico de mangas, o chico de
cintura, o chico de sisa, o chico de botones.
Pero la señora Barringuini no se dio por vencida.
Fue a la tienda de al lado y compró seis docenas de sábanas para
coserle el guardapolvo ella misma.
Así lo hizo, y el Nene no tuvo más remedio que ir a la escuela, como
todos los nenes, sólo que él, en vez de un sandwichito, en el bolsillito
del guardapolvo llevaba 14 bananas, 25 naranjas, 67 panes y 89
chocolatines.
Este cuento nos enseña que es feísimo tener rabietas y estar con
trompa, y que en la calle Chacabuco no se consiguen guardapolvos para
elefantes.
Ah, me olvidaba de una cosa. La señora Barringuini todavía no sabe
qué nombre ponerle a su Nene. Probó varios, pero al Nene ninguno le
gusta. ¿A ustedes no se les ocurre un lindo nombre? ¿Cómo se podría
llamar un Elefante más o menos grande así, de color gris nublado, que
usa capita escocesa los días de lluvia y va a la escuela con mocasines
de cacerola?
Si se les ocurre un nombre, escríbanlo aquí:
NOMBRE DEL ELEFANTE
__________________________

91
HISTORIA DE UNA PRINCESA, SU PAPÁ Y EL PRÍNCIPE KINOTO
FUKASUKA

Sukimuki era una Princesa japonesa.


Vivía en la ciudad de Siu Kiu, hace como dos mil años, tres meses y
media hora.
En esa época, las princesas todo lo que tenían que hacer era quedarse
quietitas.
Nada de ayudarle a la mamá a secar los platos. Nada de hacer
mandados. Nada de bailar con abanico. Nada de tomar naranjada con
pajita.
Ni siquiera ir a la escuela. Ni siquiera sonarse la nariz. Ni siquiera
pelar una ciruela. Ni siquiera cazar una lombriz. Nada, nada, nada.
Todo lo hacían los sirvientes del palacio: vestirla, peinarla, estornudar
por ella, abanicarla, pelarle las ciruelas.
¡Cómo se aburría la pobre Sukimuki!
Una tarde estaba, como siempre, sentada en el jardín papando moscas,
cuando apareció una enorme mariposa de todos colores.
Y la mariposa revoloteaba, y la pobre Sukimuki la miraba de reojo
porque no le estaba permitido mover la cabeza.
-¡Qué linda mariposapa! -murmuró al fin Sukimuki, en correcto
japonés.
Y la mariposa contestó, también en correctísimo japonés:
-¡Qué linda Princesa! ¡Cómo me gustaría jugar a la mancha con usted,
Princesa!
-Nopo puepedopo -le contestó la Princesa en japonés.
-¡Cómo me gustaría jugar a la escondida, entonces!
-Nopo puepedopo -volvió a responder la Princesa, haciendo pucheros.
-¡Cómo me gustaría bailar con usted, Princesa! -insistió la mariposa.
-Eso tampocopo puepedopo -contestó la pobre Princesa.
Y la Mariposa, ya un poco impaciente, le preguntó:
-¿Por qué usted no puede hacer nada?
- Porque mi papá, el Emperador, dice que si una Princesa no se queda
quieta como una galleta, en el imperio habrá una pataleta.
-¿Y eso por qué? -preguntó la Mariposa.
-Porque sípi -contestó la Princesa-, porque las princesas del Japonpón
debemos estar quietitas sin hacer nada. Si no, no seríamos princesas.
Seríamos mucamas, colegialas, bailarinas o dentistas, ¿entiendes?
-Entiendo -dijo la Mariposa-, pero escápese un ratito y juguemos. He
venido volando de muy lejos nada más que para jugar con usted. En mi
isla, todo el mundo me hablaba de su belleza.
A la Princesa le gustó la idea y decidió, por una vez, desobedecer a su
papá. Salió a correr y bailar por el jardín con la Mariposa.

92
En eso se asomó el Emperador al balcón y, al no ver a su hija, armó un
escándalo de mil demonios.
-¡Dónde está la Princesa! -chilló.
Y llegaron todos sus sirvientes, sus soldados, sus vigilantes, sus
cocineros, sus lustrabotas y sus tías para ver qué le pasaba.
-¡Vayan todos a buscar a la Princesa! -rugió el Emperador con voz de
trueno y ojos de relámpago.
Y allá salieron todos corriendo y el Emperador se quedó solo en el salón.
-¡Dónde estará la Princesa! -repitió.
Y oyó una voz que respondía a sus espaldas:
-La Princesa está de jarana donde se le da la gana.
El Emperador se dio vuelta furioso y no vio a nadie. Miró un poquito
mejor, y no vio a nadie.
Se puso tres pares de anteojos y entonces sí vio a alguien.
Vio a una mariposota sentada en su propio trono.
-¿Quién eres? -rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de
relámpago.
Y agarró un matamoscas, dispuesto a aplastar a la insolente Mariposa.
Pero no pudo.
¿Por qué?
Porque la Mariposa tuvo la ocurrencia de transformarse
inmediatamente en un Príncipe.
Un Príncipe buen mozo, simpático, inteligente, gordito, estudioso,
valiente y con bigotito.
El Emperador casi se desmaya de rabia y de susto.
-¿Qué quieres? -le preguntó al Príncipe con voz de trueno y ojos de
relámpago.
-Casarme con la Princesa -dijo el Príncipe valientemente.
-¿Pero de dónde diablos has salido con esas pretensiones?
-Me metí en tu jardín en forma de Mariposa -dijo el Príncipe-, y la
Princesa jugó y bailó conmigo. Fue feliz por primera vez en su vida y
ahora nos queremos casar.
-¡No lo permitiré! -rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de
relámpago.
-Si no lo permites, te declaro la guerra -dijo el Príncipe, sacando la
espada.
-¡Servidores, vigilantes, tías! -llamó el Emperador.
Y todos entraron corriendo, pero al ver al Príncipe empuñando la
espada se pegaron un susto terrible.
A todo esto, la Princesa Sukimuki espiaba por la ventana.
-¡Echen a este Príncipe insolente de mi palacio! -ordenó el Emperador
con voz de trueno y ojos de relámpago.
Pero el Príncipe no se iba a dejar echar así nomás.

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Peleó valientemente contra todos. Y los lustrabotas escaparon por una
ventana. Y las tías se escondieron aterradas debajo de la alfombra. Y los
vigilantes se treparon a la lámpara.
Cuando el Príncipe los hubo vencido a todos, preguntó al Emperador:
-¿Me dejas casar con tu hija, sí o no?
-Está bien -dijo el Emperador con voz de laucha y ojos de lauchita-.
Cásate siempre que la Princesa no se oponga.
El Príncipe fue hasta la ventana y preguntó a la Princesa:
-¿Quieres casarte conmigo, Princesa Sukimuki?
-Sípi -contestó la Princesa entusiasmada.
Y así fue como la Princesa dejó de estar quieta y se casó con el Príncipe
Kinoto Fukasuka. Los dos llegaron al templo en monopatín y luego
dieron una fiesta en el jardín. Una fiesta que duró diez días y un
enorme chupetín.
Este cuento japonés, así acaba, como ves.

Y AQUÍ SE CUENTA LA MARAVILLOSA HISTORIA DEL GATOPATO Y


LA PRINCESA MONILDA

Una vez, en el bosque de Gulubú, apareció un Gatopato.


¿Cómo era?
Bueno, con pico de pato y cola de gato. Con un poco de plumas y otro
poco de pelo.
Y tenía cuatro patas, pero en las cuatro calzaba zapatones de pato.
¿Y cómo hablaba?
Lunes, miércoles y viernes decía miau.
Martes, jueves y sábados decía cuac.
¿Y los domingos?
Los domingos, el pobre Gatopato se quedaba turulato sin saber qué
decir.
Una mañana calurosa tuvo ganas de darse un baño y fue hasta la
laguna de Gulubú.
Toda la patería lo recibió indignada.
-¿Qué es esto? -decían los patos-, ¿un pato con cola de gato?
Y como era lunes, el Gatopato contestó: miau.
¡Imagínense!
¿Se imaginaron?
Los patos se reunieron en patota y le pidieron amablemente que se
marchara, porque los gatos suelen dañar a los patitos.
Y el pobre Gatopato se fue muy callado, porque si protestaba, le iba a
salir otro miau.
Caminó hasta un rincón del bosque donde todos los gatos estaban en
asamblea de ronrón, al solcito.

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Y como el Gatopato los saludó diciendo miau, lo dejaron estar un rato
con ellos, pero sin dejar de mirarlo fijamente y con desconfianza.
El pobre Gatopato, naturalmente, se sintió muy incómodo entre gente
tan distinguida.
Muchos días pasó el pobre Gatopato completamente turulato y llorando
a cada rato adentro de un zapato.
Hasta que una tarde pasó por el bosque la Princesa Monilda, toda
vestida de organdí, y lo vio, llorando sin consuelo, a la sombra de un
maní.
-¡Qué precioso Gatopato! -dijo la Princesa.
-¿De veras te parezco lindo, Princesa? -preguntó el Gatopato ilusionado.
-¡Precioso, ya te dije! -contestó la Princesa.
-Sin embargo, aquí en el bosque nadie me quiere -se lamentó el
Gatopato.
-Si quieres, yo te puedo querer -le dijo la Princesa cariñosa.
-Sí, quiero que me quieras -dijo el Gatopato-, siempre que tú quieras que
yo quiera que me quieras, Princesa.
-Yo sí que quiero que quieras que yo te quiera -respondió la Princesa.
-¡Qué suerte! -dijo el Gatopato.
-Hacía años que quería tener un Gatopato en mi palacio -dijo la Princesa.
Y lo alzó delicadamente, le hizo mimos y se lo llevó al palacio, donde el
Gatopato jugó, trabajó, estudió y finalmente se casó con una sabia
Gatapata.
La Princesa cuidó a toda la familia Gatipatil, dándoles todos los días
una rica papilla de tapioca con crema Chantilly.
Y todos vivieron felices hasta la edad de 99 años y pico.
Y de este modo tan grato
se acaba el cuento del Gatopato.

Ema Wolf
EL REY QUE NO QUERÍA BAÑARSE

Las esponjas suelen contar historias interesantes. El único problema es


que las cuentan en voz muy baja, de modo que para oírlas hay que
lavarse bien las orejas. Una esponja me contó una vez lo siguiente:

En una época muy lejana, las guerras duraban mucho. Un rey se iba a la
guerra y volvía -por ejemplo- treinta y seis años después, cansadísimo y
sudado de tanto cabalgar, y con la espada tinta en chinchulín de
enemigo.
Algo así, pero no tanto, le sucedió al rey Leovigildo. Se fue de guerra
una mañana y volvió veinte años más tarde protestando, como siempre,
porque le dolía todo el cuerpo.

95
Naturalmente, lo primero que hizo su esposa, la reina Inés, fue
prepararle una bañera con agua caliente.
Pero cuando llegó el momento de sumergirse en su rica bañadera de
hojalata. Al rey le dio el trácate:
-No me baño -dijo-. ¡No me baño, no me baño y no me baño!
La reina, los príncipes, toda la parentela real y la corte entera quedaron
estupefactos.
-Pero, ¿qué pasa, Majestad? -le preguntó el viejo chambelán-. ¿Acaso
el agua está demasiado caliente? ¿O el jabón demasiado frío?
¿O la bañera es demasiado profunda?
-No, no y no -contestó el rey-. Pero yo no me baño nada.
Y por muchos esfuerzos que hicieron para convencerlo, no hubo caso.
Con todo respeto trataron de meterlo en la bañera entre cuatro. Pero
tanto grito tanto escándalo hizo para zafarse que al final lo soltaron.
La reina Inés consiguió que se cambiara las medias -¡las medias que
habían batallado con él veinte años!-, pero nada más. Su prima, la
archiduquesa Flora, le decía:
-Pero ¿qué pasa, Leovigildo? ¿Tenés miedo de oxidarte o despeinarte o
encogerte o arrugarte?
Y así pasaron horas interminables.
Hasta que el rey se atrevió por fin a confesar:
-¡Es extraño, las armas, los soldados, las fortalezas y las batallas!
Después de tantos años de guerra, ¿qué voy hacer yo sumergido como
un besugo en una bañadera de agua tibia?
Además de aburrirme agregó en tono dramático:
-¿Qué soy yo, acaso? ¿Un rey guerreante o un poroto en remojo?
Pensándolo bien, Leovigildo tenía razón. Pero, ¿qué se podía hacer?
Razonaron un poco y por fin al viejo chambelán se le ocurrió una idea.
Mandaron hacer un ejército de soldados del tamaño de un dedo pulgar,
cada uno con su escudo, su lanza y su caballo. Les pintaron los
uniformes del mismo color que el de los soldados del rey. También
construyeron una pequeña fortaleza con un puente levadizo y unos
cocodrilos del tamaño de un carretel para poner en el foso del castillo.
Fabricaron tambores y clarines chicos, y unos barcos de guerra que
navegaban empujados a mano o a soplido.
Todo eso lo metieron en la bañera del rey, junto con unos dragones de
jabón.
¡Leovigildo quedó fascinado! ¡Era justo lo que necesitaba!
Veloz como una foca, se zambulló en la bañadera. Alineó a sus soldados
y ahí nomás empezó un zafarrancho de salpicaduras y combate.
Según su costumbre, daba órdenes y contraórdenes. Hacía sonar una
corneta y gritaba como un energúmeno:
-¡No huyan, cobardes papafritas! ¡Glub, glub!

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Y cosas así…
La esponja me contó que después no había formas de sacarlo del agua.
Y también que esa costumbre quedó para siempre.
Es por eso que todavía hoy, cuando los chicos se van a bañar, llevan
sus soldados, sus fuertes, sus barcos, sus perros, sus osos, sus
tambores, sus cascos, sus armas, sus caballos, sus patos y sus patas
de rana.
Y si no hacen eso, cuéntenme lo aburrido que es bañarse...

FLORI, ATAÚLFO Y EL DRAGÓN

No todas las princesas son lindas, como algunos piensan. No, señor.
La princesa Floripéndula, sin ir más lejos, tenía unos ojitos, y
unas orejas, y una bocucha… ¡que bueno, bueno…!
Todos los días Floripéndula le preguntaba a su espejo mágico:
-¿Hay alguna dama en el reino más bella que yo?
Y el espejo le contestaba:
-Sí. Dos millones trescientas mil.
O bien:
-Espejito, espejito… ¿Cuál es la dama más linda de este reino?
El espejo respondía:
-Mi tía Romualda.
Tanto por decir algo...
Cuando Floripéndula llegó a la edad de tener novio, su padre, el rey
Tadeo, empezó a preocuparse.
Y le decía estas cosas a su esposa, la reina Inés:
-Me pregunto quién va a querer casarse con nuestra amada hija. No es
lo que se dice una belleza.
La reina Inés no atinaba a dar una respuesta. Floripéndula era una
buenísima princesa, pero el tiempo pasaba y nadie se apuraba a pedir
su mano.
El rey Tadeo consultó entonces al astrólogo de la corte, como se
acostumbra en estos casos.
El astrólogo se tomó un tiempo para meditar la cuestión. No todos los
días se le presentaban problemas así.
Finalmente dio su opinión:
-Si quieren que Flori se case -dijo el astrólogo-, van a tener que recurrir
al viejo truco del dragón.
Y el rey Tadeo y la reina Inés escucharon lo que sigue:
-Hay que conseguir un dragón que cometa bastantes estropicios en la
comarca. Después, convocar a los más nobles caballeros de este reino y
otros reinos para que luchen contra el dragón. El valiente que lo deje

97
fuera de combate obtendrá como premio la mano de la princesa. ¿Qué
tal?
El rey Tadeo reconoció que el astrólogo había dado con una solución.
Seguramente así, Flori conocería muchachos interesantes.
Sin perder un minuto, el rey llamó a sus ayudantes y ordenó:
-Manden a mis seis mejores caballeros para que consigan un dragón
adulto. No importa adónde tengan que ir a buscarlo ni a qué precio.
Los seis hombres más valerosos del reino partieron al día siguiente para
cumplir la misión.
Durante varias semanas no dieron señales de vida. Los dragones no
abundaban por aquellas zonas y habían tenido que viajar lejos.
Con el correr de los días, cinco caballeros regresaron derrotados y sin
dragón. Que no conseguían, que eran muy pichones, o muy caros, o de
segunda mano… Excusas, ¡bah!
Por fin, el sexto caballero, el joven Ataúlfo de Aquitania, apareció con
un espléndido dragón atado de una soga. Lo había capturado en pelea
de buena ley y no alquilado, como decían los chismosos.
-¿Dónde lo suelto? -preguntó.
-Por ahí, en los alrededores de la comarca -dijo el rey.
Y así lo hizo.
Cuando la gente del pueblo vio aparecer al dragón se guardó muy bien
en sus casas tras puertas con cuatro vueltas de llave y se dedicó a
espiarlo por las ventanas.
La temible bestia sólo pudo alimentarse de maíz, espinacas, y alguna
gallina desprevenida que se aventuraba fuera del corral.
Al día siguiente apareció en la plaza de la aldea un bando real. El
anuncio prometía la mano de la princesa Floripéndula al caballero que
liberara a la comarca del espantoso dragón.
Cuando la noticia llegó a oídos de todos los solteros del reino, la
respuesta no se hizo esperar.
Unos se excusaban diciendo que casarse con una princesa era un
honor demasiado alto para ellos y que gracias de todos modos.
Otros se ofrecían a desalojar al dragón pero sin casarse con la princesa.
Otros estaban dispuestos a vencer a cien dragones antes que casarse
con la princesa.
Uno dijo que prefería casarse con el dragón.
El caballero Ataúlfo de Aquitania se rascaba la cabeza mirando el bando
real.
-¿Pero no es éste el dragón que me hicieron traer la semana pasada? -
decía.
Aunque a Ataúlfo nada de eso le importaba, porque -¡sépanlo todos de
una vez!-estaba enamorado hasta el caracú de la princesa Floripéndula.

98
Siempre le había parecido la más hermosa de todas las princesas de la
Tierra.
Y la veía así porque la amaba. La amaba de verdad.
Hasta entonces Ataúlfo no había hecho más que suspirar por ella como
un ventilador. Ahora tenía la oportunidad de convertirla en su esposa.
Pero lo mejor de todo es que Flori ¡también amaba a Ataúlfo!
Y si no, ¿por qué dejaba caer pañuelos desde su balcón cada vez que él
pasaba por abajo?
Temerario como era, Ataúlfo de Aquitania marchó contra el dragón. Era
la segunda vez que se enfrentaban. El dragón le tenía un fastidio atroz.
-¡Acá estoy, lagartija agrandada! -le gritó Ataúlfo.
Y le tiró tres o cuatro espadazos con buena suerte.
El dragón le contestó con una bocanada de fuego que chamuscó las
pestañas del valiente.
Se entabló entre los dos un combate durísimo. Horas y horas duró la
pelea.
La espada de Ataúlfo ya estaba casi derretida cuando le asestó un
último golpe formidable al dragón. La bestia huyó con la cola entre las
patas y el ánimo por el suelo.
Se perdió en un bosquecito y nunca más lo volvieron a ver.
Sí. La bestia horrible había huido para siempre.
Y el gran Ataúlfo de Aquitania marchó triunfante hacia el palacio con
un puñado de escamas de dragón en la mano.
El rey lo recibió en la escalinata con toda su corte.
Las trompetas sonaron.
La princesa Floripéndula ofreció su tímida mano al caballero.
Y Ataúlfo se la besó tiernamente como hacen los héroes enamorados.
Una semana más tarde, Floripéndula y Ataúlfo se casaron. Tuvieron
siete hijos. ¡Siete principitos! Eran todos iguales. Iguales a su padre y a
su madre, que -aquí entre nosotros- se parecían bastante. Todos tenían
los mismos ojitos, las mismas orejas, la misma bocucha… Fueron muy
felices, créanme.

LA OVEJA 99

Para poder dormirse, Matilde se puso a contar ovejas.


Dentro de su cabeza se figuró un cerco de alambre tendido en el medio
del campo.
Las ovejas empezaron a saltar por encima del alambre. Todas en orden,
como deportistas entrenadas.
-Una, dos, tres, cuatro -las contó Matilde.
Eran blancas y espumosas. Igualitas. Olímpicas. Saltaban sin
equivocarse.

99
-Cuarenta y dos, cuarenta y tres -seguía contando Matilde y bostezaba.
Hasta que algo pasó.
Y fue a causa de la oveja 99.
Cuando le tocó el turno de saltar, se paró a tomar impulso.
Estaba un poco gorda. No era nada ágil.
Las ovejas que venían detrás se la llevaron por delante y perdieron el
ritmo.
-¡Dale, saltá! -le dijeron.
Ella se puso nerviosa.
-¡No puedo!
Las otras protestaron.
-¡Eso te pasa por comer tanta pasta frola!
-¡Cuánto más me digan, menos voy a saltar! -se encaprichó la 99.
Después empezó con que no iba a saltar porque no se le antojaba, no
porque no pudiera.
Las ovejas discutieron a los gritos. Unas se pusieron de su parte, otras
dijeron que era una arruinatodo.
Entre dos le hicieron pie para que cruzara, pero terminaron todas en el
suelo. Después quisieron pasarla empujándola por el pompis, pero les
dio tanta risa que la soltaron.
No había caso. No podían con ella.
Entonces una oveja fue a buscar ayuda o algo. Encontró una grúa de
las que se usan en el campo para apilar bolsas de maíz.
¡Eso iba a servir!
Volvió donde estaban las otras, manejando la grúa a lo loco.
Y así fue como la cruzaron: en grúa.
A la 99 le encantó. Se balanceaba en el aire como un piano.
Las demás aplaudían y gritaban.
Sólo que con tanto escándalo, Matilde se desveló y tuvo que empezar a
contar de nuevo.
-Uno, dos, tres…
Pero se le hizo largo y se durmió recién al amanecer: todas las demás
ovejas quisieron cruzar el cerco en grúa.

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