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Encuentro Contemplativo en el Desierto

Este documento describe un retiro espiritual sobre el desierto interior para contemplativos en el mundo. Explica que Jesús pasó por la prueba del desierto al comienzo de su ministerio para descubrir su identidad y misión. Igualmente, la vida contemplativa requiere del desierto, aunque no de forma geográfica para los contemplativos seculares. El retiro explorará qué es el desierto interior, cómo encontrar el propio desierto y las armas para la lucha espiritual en él.
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Encuentro Contemplativo en el Desierto

Este documento describe un retiro espiritual sobre el desierto interior para contemplativos en el mundo. Explica que Jesús pasó por la prueba del desierto al comienzo de su ministerio para descubrir su identidad y misión. Igualmente, la vida contemplativa requiere del desierto, aunque no de forma geográfica para los contemplativos seculares. El retiro explorará qué es el desierto interior, cómo encontrar el propio desierto y las armas para la lucha espiritual en él.
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com ———

Retiro espiritual

Contemplativos y desierto en
el mundo
La vocación contemplativa va unida necesariamente a una llamada al
desierto. El contemplativo en el mundo tiene que descubrir cómo puede
vivir todo lo que el desierto geográfico permitió vivir al pueblo de Israel, y
lo que viven hoy los eremitas y los monjes en el desierto que les regala su
vocación. El contemplativo secular no necesita salir del mundo para
encontrar las circunstancias y el modo de vida que le permiten
experimentar la soledad, el silencio y la indefensión que constituyen su
desierto interior como el «lugar» privilegiado de encuentro con Dios, de
conocimiento de su ser y su misión y de lucha con el enemigo.
A la vez que descubrimos con gozo el desierto interior que Dios quiere
regalar al contemplativo en el mundo, tenemos que emprender con
valentía el trabajo propio del desierto, abrazar las armas que nos
permiten adentrarnos en él y conseguir sus frutos.
Al final veremos con claridad que ese desierto interior no está lejos de la
cruz que nos indican las limitaciones, la historia y la circunstancias de
cada uno.
En definitiva, con este retiro nos proponemos encontrar el desierto
interior, acogerlo como un tesoro y enamorarnos de ese desierto concreto,
porque es nuestra casa, porque fuera de él no podemos ser
contemplativos.

Contenido
Introducción
1. El desierto, camino hacia Dios
2. ¿Qué es el desierto?
3. ¿Dónde está el desierto?

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4. ¿Cómo se llega al desierto?


5. ¿Qué hay que hacer en el desierto?
6. ¿Cuáles son los frutos del desierto?
7. ¿Qué es el desierto interior?
8. ¿Cuál es mi desierto?
9. ¿Dónde se encuentra mi desierto?
10. ¿Qué tipo de purificación espera Dios en concreto de mí?
11. ¿Con qué armas cuento para entrar en la lucha de mi
desierto?
12. Conclusión
Apéndice: Contemplación litánica sobre el desierto

Introducción
Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el
diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches,
al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de
Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Pero él le
contestó: «Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda
palabra que sale de la boca de Dios”». Entonces el diablo lo llevó a la
ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo: «Si eres Hijo de
Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus
ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no
tropiece con las piedras”». Jesús le dijo: «También está escrito: “No
tentarás al Señor, tu Dios”». De nuevo el diablo lo llevó a un monte
altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: «Todo
esto te daré, si te postras y me adoras». Entonces le dijo Jesús: «Vete,
Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo
darás culto”». Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron
los ángeles y lo servían (Mt 4,1-11).
El comienzo del ministerio público de Jesús pasa -
necesariamente- por la prueba del desierto, lo que nos da idea de
la importancia que tiene esta experiencia como el medio

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necesario para encontrar la identidad precisa de su misión y


confirmar su decisión de llevarla a cabo con la amorosa fidelidad
que dicha misión exige, que no es otra que la entrega abnegada
de su vida.
En este proceso de descubrimiento, confirmación y ejecución
de su misión, Jesús es el modelo perfecto de la actitud del
cristiano, y especialmente del contemplativo, ante la vocación a la
que Dios le llama y ante la misión que le encomienda. ¿Qué
hacer cuando Dios me llama a algo? Hacer lo que hace Jesús.
En este sentido, el presente retiro pretende introducirnos en la
contemplación de Jesús en el desierto, que nos muestra este
lugar como el ámbito necesario de una prueba muy precisa que le
permite descubrir a fondo su misión, alcanzar la libertad para
llevarla a cabo y disponerse decididamente a entregarse a ella
con todas las consecuencias.
Esto es muy importante para el contemplativo, tanto monástico
como secular, porque la vocación contemplativa es una vocación
al desierto. Y es lo que plantea un problema para nosotros,
porque si la vocación contemplativa monástica construye su
desierto para poderla vivir, ¿qué pasa con la vocación
contemplativa secular? O no puede pasar por el desierto porque
es incompatible con la vida del contemplativo en el mundo o hay
que buscar dónde está el desierto propio del contemplativo
secular. Una prueba de esa conexión entre el desierto y la vida
contemplativa monástica es el hecho de la corriente, que surge
ya en los primeros siglos de la Iglesia, de personas que
abandonan el mundo para retirarse a la soledad del desierto
como modo de abrazar la lucha interior y la dedicación plena a
Dios a las que se sienten llamados.
Una parte de esa corriente empezará a tomar forma de
comunidad en el siglo III con san Antonio, y se mantendrán hasta
el día de hoy los dos modos distintos de desierto de la vida
contemplativa oficial: los que se retiran al desierto en solitario
(eremitas) y los que lo hacen en comunidad (cenobitas).

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Así pues, la vida contemplativa institucional se organiza en


torno al desierto. Y para conocer lo que significa el desierto
tendremos que responder a una serie de cuestiones
fundamentales que trataremos de iluminar en el presente retiro:
¿Qué es el desierto?
¿Dónde está el desierto?
¿Cómo se llega a él?
¿Qué hay que hacer en el desierto?
¿Cuáles son sus frutos?
Pero todo esto hemos de considerarlo desde la perspectiva de
la vida contemplativa en medio del mundo; una vida que es, al
menos en apariencia, opuesta al desierto. Por tanto, como
muchos de esos aspectos del desierto que vamos a considerar
ahora no se pueden aplicar a nuestra vida en el mundo, tenemos
que profundizar en la experiencia del desierto intentando
encontrar un modo de desierto compatible con la vida secular.
¿Podemos mantener ese vínculo entre el desierto y la vida
contemplativa en un ámbito aparentemente opuesto al desierto
como es el mundo? ¿Podemos encontrar un modo de vivir
realmente en el desierto sin abandonar físicamente el mundo?
Para lo cual habremos de concretar las preguntas que nos hemos
hecho en otra serie de cuestiones que nos permitan descubrir y
acotar el desierto como ámbito contemplativo en medio del
mundo:
¿Qué es el desierto interior?
¿Cuál es mi desierto?
¿Dónde se encuentra mi desierto?
¿Qué tipo de purificación espera Dios de mí, en concreto,
para que se haga el desierto en mi vida?
¿Con qué armas cuento para entrar en la lucha de mi
desierto?
Tendremos que responder necesariamente a estas preguntas
si queremos encontrar la verdadera identidad vocacional del
contemplativo en el mundo. Pero tendremos que hacerlo de
manera concreta y realista, y también personal, en la medida en

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que reconocemos como propia esta vocación a la vida


contemplativa. Hemos de reconocer que estamos llamados al
desierto y, si no encontramos el desierto y nos metemos en él, es
muy difícil que podamos vivir la vida contemplativa.
Para empezar nos fijaremos en el pasaje evangélico de las
tentaciones de Jesús en el desierto, que es el marco de la
contemplación de este retiro y es además un episodio muy
importante porque nos da las claves de quién es Cristo y de su
misión. Y lo primero que observamos es que Jesús no se adentra
en el desierto por gusto ni por casualidad, sino por necesidad. Es
el mismo Espíritu Santo el que lo lleva (le «empuja» en Mc 1,12)
al desierto, con una finalidad clara: «para ser tentado»... La
importancia y la necesidad del desierto y de la prueba es algo
que se sale de la lógica humana. No podemos entenderlo
humanamente, pero tenemos que ir descubriendo que la prueba y
la tentación forman parte necesaria del camino evangélico; y el
primero que recorre consciente y libremente este camino es
Jesús. Por eso necesitamos la luz y la fuerza del Espíritu para
aceptar el desierto y entrar en él. Recordemos que también san
Antonio y los primeros monjes, movidos por ese impulso, van al
desierto, lugar de los demonios, para luchar con ellos.
Es significativo que Jesús no sólo pasa por el desierto al
comienzo de su vida pública para afirmar su misión y su identidad
ante las tentaciones del enemigo, sino que frecuentemente
vuelve al desierto durante su vida pública. De hecho se retira al
desierto para apartarse de la multitud, que acaba siguiéndole al
desierto para pedirle ayuda. También se aparta del mundo
porque necesita el desierto para afirmar y alimentar su misión; y
lo aprovecha para descansar e instruir a los discípulos:
Al enterarse Jesús (de la muerte del Bautista) se marchó de allí en
barca, a solas, a un lugar desierto. Cuando la gente lo supo, lo siguió
por tierra desde los poblados (Mt 14,13).
Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se
marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar (Mc 1,35).

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Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el


hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún
pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él
de todas partes (Mc 1,45).
Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo
que habían hecho y enseñado. Él les dijo: «Venid vosotros a solas a
un lugar desierto a descansar un poco». Porque eran tantos los que
iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en
barca a solas a un lugar desierto. Muchos los vieron marcharse y los
reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra
a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una
multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no
tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas (Mc 6,30-34).
Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar desierto. La gente lo
andaba buscando y, llegando donde estaba, intentaban retenerlo para
que no se separara de ellos (Lc 4,42).
Por tanto, podemos afirmar que el Espíritu empuja al desierto,
que el desierto es el medio necesario para la purificación que
lleva al encuentro verdadero con Dios, al descubrimiento de la
propia identidad, vocación y misión; es decir, que Dios nos
espera en el desierto… Y, si eso es verdad, podemos tener la
seguridad de que el mismo Dios dispondrá el desierto que
necesitamos en nuestro camino. El eremita y el cenobita, tienen
su desierto, que es lo que Dios dispone para ellos: los llama a
ese desierto y se lo da. Resulta fascinante buscar, no el desierto
en general, sino saber que, si Dios me llama a una vocación y a
una misión que pasa por el desierto, él me da ese desierto. No
tenemos que inventarlo, tenemos que descubrirlo. Para lo cual
hemos de estar atentos para buscar ese desierto y saberlo
reconocer cuando aparezca, en vez de huir de él -que es a lo que
tendemos-.

1. El desierto, camino hacia Dios


Desde el comienzo de la revelación, en los albores del Antiguo
Testamento, aparece ya el desierto como parte esencial del
itinerario hacia Dios y su salvación. Eso lo vemos ya en el

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llamamiento de Dios a Abraham, por el que Dios pone en marcha


la construcción de su pueblo llamando al que será el padre de
ese pueblo a que salga de su tierra y marche al desierto.
Dios llama a Abraham a una vida nómada por el desierto; y él
obedece la llamada a salir de su casa sin saber a dónde iba (cf.
Gn 12,1), atraviesa las tierras áridas de Mesopotamia a Canaán,
desde Canaán a Egipto y frecuenta las tierras desérticas del
Negueb. Se tiene que acostumbrar a la inseguridad del desierto,
en busca de una tierra que se le muestra, pero que no posee.
Moisés, tras escaparse del faraón, pasa muchos años en las
tierras áridas de Madián, cuidando los rebaños de su suegro en la
soledad del desierto. Es en el monte Horeb, que por algo significa
«árido y solitario», en el desierto del Sinaí, donde se encuentra
con Dios en la zarza que arde sin consumirse (Ex 3).
Especialmente importante es la experiencia del éxodo, en el
que el pueblo de Dios pasa de la esclavitud de Egipto a la tierra
prometida por el largo y azaroso camino por el desierto:
-Dios elige el camino más largo para guiar a su pueblo, yendo
por delante, sin apartarse de ellos (Ex 13,21). En el desierto
Dios cuida de su pueblo: lo alimenta con el maná, lo guía con su
luz, lo cura de las picaduras de serpiente, les da a beber agua…
-Pero también el desierto es el lugar en el que el pueblo tienta
al Señor, se rebela contra él, falla en su confianza, quiere volver
a Egipto. En el desierto se fabrica un dios a su gusto. Cuando
está a punto de entrar en la tierra prometida desconfía de Dios y
necesita ser purificado cuarenta años para poder entrar en ella
(Nm 14).
-Y, a la vez, el desierto es el lugar privilegiado del encuentro
con Dios en el monte Sinaí, donde Moisés recibe los mandatos
de la ley, donde se adora a Dios y donde se establece la alianza
con Dios. En el desierto Dios muestra su gloria. Realmente es
en el desierto donde se forma el pueblo de Dios. (El
Deuteronomio, que la Biblia Hebrea llama «en el desierto»,

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muestra el desierto como el lugar en el que Dios habla con su


pueblo a través de Moisés).
El desierto del éxodo es a la vez época privilegiada y lugar de
la apostasía; dura prueba y experiencia singularísima del amor y
la fidelidad de Dios; lugar de la tentación, y ocasión para dejarse
guiar por Dios; ocasión de caída y manifestación de la gloria de
Dios; decisión entre la vuelta a Egipto y la conquista difícil de la
tierra prometida. El desierto revela el corazón del hombre. Dios
necesita el desierto para crear y purificar a su pueblo. El desierto
se convierte en el lugar del encuentro con Dios, de la unión
esponsal con su pueblo en la alianza, además de ser el lugar de
la lucha y de la purificación. En el fondo es lo mismo que sucede
en la vida de cada uno de nosotros.
El mismo David viene del desierto porque es pastor en las
tierras semidesérticas del sur de Palestina.
Para Elías el desierto es refugio, no sólo aridez y sequedad,
sino lugar donde Dios alimenta y da fuerzas, donde Dios habla en
el silencio.
Los líderes del pueblo de Dios han conocido bien la experiencia
del desierto y se han curtido en ella.
El desierto no es la meta del pueblo, pero cuando entran en la
tierra prometida empiezan a adorar a los ídolos y a romper la
alianza. Entonces el desierto aparece como el lugar al que hay
que volver para encontrarse con Dios. Es el lugar de la
conversión, la prueba que permite reconocer que se necesita a
Dios, el lugar del culto verdadero, donde se experimenta de
nuevo la solicitud paternal de Dios.
Convertir a Israel en un desierto es el castigo que el pueblo
merece por su infidelidad (Is 13,9). Pero cuando los castigos no
son suficientes para hacer volver a su pueblo, Dios decide llevarlo
al desierto y renovar el desposorio de la alianza:
Le pediré cuentas de los días en que quemaba incienso a los ídolos.
Ataviada con su anillo y su collar, corría detrás de sus amantes, y a mí,
me olvidaba -oráculo del Señor-. Por eso, yo la persuado, la llevo al

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desierto, le hablo al corazón […] Allí responderá como en los días de


su juventud, como el día de su salida de Egipto. Aquel día -oráculo del
Señor- me llamarás «esposo mío» y ya no me llamarás “mi amo”.
Apartaré de su boca los nombres de los baales, y no serán ya
recordados por su nombre […] Quebraré arco y espada y eliminaré la
guerra del país, y haré que duerman seguros. Me desposaré contigo
para siempre, me desposaré contigo en justicia y en derecho, en
misericordia y en ternura, me desposaré contigo en fidelidad y
conocerás al Señor (Os 2,15-22).
Ya podemos intuir en la contemplación de estas figuras del
Antiguo Testamento que Dios se comunica en el desierto. Ése es
el ámbito y el modo en que Dios habla. Hay cosas, las más
profundas, las más importantes y, sobre todo, las más íntimas,
que Dios comunica sólo en el desierto, como hemos descubierto
en el texto de Oseas; porque solamente el desierto garantiza los
medios necesarios para liberarnos de condicionantes y ataduras
y poder escuchar a fondo y orientar decididamente nuestra vida.
No podemos escuchar a Dios cuando estamos lleno de
condicionantes, esclavitudes, miedos, prisas tareas, presiones.
No porque Dios no nos hable, sino porque no podemos escuchar
lo que Dios quiere que hagamos si tenemos que hacer
previamente todo aquello que nos imponen las prisas del mundo,
las presiones de los demás, o nuestro propio prestigio.
No puedo escuchar a Dios si no tengo la disposición necesaria
para poder acoger su comunicación, en la que encuentra la
identidad del mismo Dios, mi propia identidad y su voluntad sobre
mí; y en la que se encuentra mi vocación y misión. Por eso Dios
lleva a su pueblo al desierto: para que pueda escuchar, para que
pueda entender, para prepararlo al desposorio con él. Podríamos
decir que el desierto es el noviazgo al que Dios invita para
preparar la unión con él, que es el desposorio. Y a partir de ese
encuentro esponsal puede lanzar a su pueblo a una misión
universal; al igual que el Espíritu también llevó a Jesús al desierto
para confirmarlo en su misión a través de la prueba.
Esta lucha es contra el mal, tanto el que hay en el mundo como
el que anida en el interior del mismo hombre; pero también es

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una lucha contra el mismo Dios, semejante a la que sostuvo


Jacob con Dios en medio de la soledad y la noche (Gn 32,23ss).
Sólo el que acepta ese combate puede conocer a Dios y ser
transformado por él; y ,a la vez, puede conocerse a sí mismo y
alcanzar la luz y la libertad necesarias para ser en la realidad lo
que tiene que ser: lo que ya es en la mente de Dios. La vocación
y la misión no se pueden descubrir ni vivir sin pasar por el
desierto.
Cuando Dios hace volver a su pueblo del exilio de Babilonia, le
hace pasar por el desierto, para renovar la experiencia del éxodo.
Ese nuevo paso por el desierto será también la ocasión para
experimentar las maravillas de Dios:
El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrará la estepa y
florecerá, germinará y florecerá como flor de narciso, festejará con
gozo y cantos de júbilo. Le ha sido dada la gloria del Líbano, el
esplendor del Carmelo y del Sarón. Contemplarán la gloria del Señor,
la majestad de nuestro Dios. Fortaleced las manos débiles, afianzad
las rodillas vacilantes; decid a los inquietos: «Sed fuertes, no temáis.
¡He aquí vuestro Dios! Llega el desquite, la retribución de Dios. Viene
en persona y os salvará».
Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los
sordos se abrirán; entonces saltará el cojo como un ciervo y cantará la
lengua del mudo, porque han brotado aguas en el desierto y corrientes
en la estepa. El páramo se convertirá en estanque, el suelo sediento
en manantial. En el lugar donde se echan los chacales habrá hierbas,
cañas y juncos.
Habrá un camino recto. Lo llamarán «Vía sacra». Los impuros no
pasarán por él. Él mismo abre el camino para que no se extravíen los
inexpertos. No hay por allí leones, ni se acercan las bestias
feroces. Los liberados caminan por ella y por ella retornan los
rescatados del Señor. Llegarán a Sión con cantos de júbilo: alegría sin
límite en sus rostros. Los dominan el gozo y la alegría. Quedan atrás la
pena y la aflicción (Is 35,1-10).
Dios rescata del exilio a su pueblo y lo lleva con gran poder al
desierto para litigar con él y establecer un pacto de salvación
nuevo y definitivo. Vemos ya que el desierto es el lugar en el que
Dios espera al hombre para que éste se purifique, por medio de

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la prueba y la lucha, y debe ser transformado por Dios en una


realidad nueva.
Os sacaré de entre las naciones con mano fuerte, con brazo
vigoroso y con ira desbordada, y os reuniré de entre los países por
donde estabais dispersos. Os llevaré al desierto de las naciones y allí,
cara a cara, entablaré un pleito con vosotros. Lo mismo que entablé un
pleito con vuestros padres en el desierto de Egipto, así entablaré un
nuevo pleito con vosotros -oráculo del Señor Dios-. Os haré pasar bajo
el cayado, y os someteré al vínculo del pacto. Pero separaré de entre
vosotros a los rebeldes que se sublevan contra mí. Los sacaré del país
donde habitan, pero no entrarán en la tierra de Israel. Y comprenderéis
que yo soy el Señor (Ez 20,34-38).
Aquí podemos ver claramente que el desierto no es sólo el
lugar por donde se pasa para llegar al encuentro con Dios, sino
también por donde se pasa cuando hay que reestructurar la vida.
El desierto es el ámbito en el que nos curtimos para ser lo que
tenemos que ser; pero también es el ámbito en el que
reconstruimos nuestra identidad deteriorada y renovamos nuestra
misión. Cuando ha habido pecado, infidelidad e idolatría y
descubrimos que así no podemos seguir tenemos que ir al
desierto para reconstruir nuestra vida en un eficaz proceso de
conversión. Por eso es tan importante que encontremos la
perspectiva concreta que identifique el desierto real para
nosotros.
Ya en el Nuevo Testamento vemos que el Bautista vive en el
desierto (Lc 1,80), allí recibe la Palabra de Dios (Lc 3,2) y allí
predica y bautiza (Mc 1,4). Es verdad que Juan no invita a vivir en
el desierto, pero prepara un pueblo bien dispuesto que reciba al
Mesías, y los que quieren disponerse a ello tienen que retirarse al
desierto como lugar de conversión y ser bautizados en el Jordán.
El mismo Jesús va al desierto a luchar contra el demonio y a
derrotarlo, así vence las tentaciones que el pueblo de Dios no
supo superar en el desierto. Donde Israel cayó en la idolatría,
Jesús reconstruye el proceso del desierto en fidelidad,
abriéndose a la entrega y al amor. Y allí, en el desierto, confirma
su misión y el modo de realizarla.

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San Pablo, después de encontrarse con Jesús camino de


Damasco, no se pone en seguida a predicar, ni sale al encuentro
de los apóstoles, sino que marcha a Arabia (Ga 1,17), a
prepararse en la soledad para su propio ministerio.
El ejemplo de los santos nos demuestra que la experiencia del
desierto tiene una gran importancia en la Iglesia y que quienes
quieren vivir a fondo el Evangelio tienen que pasar por él de un
modo u otro. Esto es evidente en los santos eremitas y monjes,
pero también aparece, con más o menos claridad, en la mayoría
del resto de los santos, que han pasado de una forma u otra por
el desierto. Es el caso de san Francisco de Asís en el monte
Alverna, o san Ignacio de Loyola en la cueva de Manresa… Y esa
experiencia de desierto continúa ahora en la Iglesia.

2. ¿Qué es el desierto?
Empecemos por la primera pregunta que nos planteábamos, la
que se refiere a lo que define el desierto. A partir de las
referencias bíblicas que hemos señalado, y empezando por lo
más externo, el desierto es un lugar apartado del mundo, en el
que no hay nadie, donde carecemos de comodidades y los
medios ordinarios para vivir se reducen al mínimo.
Desierto es el lugar inhóspito donde no nos podemos
acomodar, que nos obliga a renunciar a buscar comodidades y
facilidades como modo de «ser feliz» u obtener una buena
«calidad de vida» como entiende el mundo.
Las carencias propias de este lugar están marcadas por el
hambre y la sed, la incomodidad, la necesidad del trabajo duro
para sobrevivir, el desarraigo de lo que consideramos nuestro
mundo, la fragilidad e indefensión ante la naturaleza y un entorno
hostil. Todo lo cual lleva necesariamente a perder las referencias
seguras que dan estabilidad a nuestra vida, a no hacer pie y a
desorientarnos en el camino.
La soledad, el frío, la ausencia de afectos y de compañía nos
permiten poner cierta distancia de todo para ser libres de apegos.

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Hemos de liberarnos de estos apegos para ser libres y entonces


poder amar. No olvidemos que una cosa es amar y otra estar
apegado. Solemos confundir el amor con un apego que nos
esclaviza, y que se parece más a una manipulación. Aceptando
de buen grado las limitaciones, las decepciones, el vacío y todo
eso que parece que es negativo porque nos rompe, se rompen
también las ataduras y podemos llegar a ser verdaderamente
libres. Y cuando somos libres es cuando podemos empezar a
amar. El desierto nos coloca en la perspectiva de lo que afirma el
profeta Jeremías: «Maldito quien confía en el hombre, y busca el
apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor… Bendito
quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza» (Jr
17,5.7). Eso sólo se descubre de verdad cuando nos
encontramos ante el fracaso y la decepción porque nos fallan las
personas, las instituciones, los ideales, los objetivos… Entonces
nos damos cuenta de que se ha roto algo que se podía romper y
podemos apoyarnos en Dios porque descubrimos que ese apoyo
nunca falla.
Dios habla en el desierto. Pero allí también nos espera el
demonio. Esto hay que saberlo y contar con ello para evitar
sorpresas y lamentos. El desierto es también el lugar de la lucha
contra el demonio que allí nos espera y que utiliza el hambre, la
sed, la inseguridad para alejarnos de Dios. Por esa razón el
desierto y la vida contemplativa exigen una gran valentía.
Tenemos que desterrar de nosotros el pensamiento de nuestro
mundo de que las cosas tienen que ser fáciles y cómodas. Hace
unos años, cualquier persona aceptaba el sacrificio como algo
normal, y se disponía a ello para abrazar el matrimonio, una
carrera o la vida cristiana. Después, simplemente se «contaba»
con el sacrificio como una posibilidad. Más tarde se pasó a
«pensar» que existía el sacrificio, como idea. Y, en la actualidad,
no sólo nos olvidamos del sacrificio, sino que creemos que hay
que evitarlo a toda costa. Y esa mentalidad se nos cuela no sólo
en lo humano, sino también en la Iglesia y en la vida
contemplativa.

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La renuncia a la lucha y al sacrificio olvida que el valor supremo


del ser humano es dar la vida. Y el que tiene claro ese valor se va
a encontrar necesariamente solo. La Iglesia y el mundo necesitan
héroes que estén dispuestos a arriesgarse, luchar, dar la vida, y
que no entiendan que los valores son preservar la vida, vivir
cómodamente y que nadie les moleste. El desierto nos coloca en
esa perspectiva y nos saca de las excusas y los lamentos que
ponemos para ser santos: el ambiente, los demás, las
dificultades… ¿Necesitamos la comodidad para ser santos? ¿Se
puede ser santo por un camino de comodidad? Con esa actitud
no podemos encontrar el desierto, ni pasar por él, ni hacer nada.
El desierto es lo contrario a la búsqueda de la comodidad: el
desierto es aceptar el valor de la lucha, el sufrimiento, el
esfuerzo, el vencimiento… y para eso necesito dificultades. Sin
enemigo no hay combate, sin combate no hay victoria y sin
victoria no hay premio, como decía san Agustín.
Por eso el desierto es el lugar de las tentaciones. La primera de
ellas es la que nos llama a no entrar en el mismo desierto, o a
salir de él si hemos entrado, y evitar la purificación que supone,
invitándonos a buscarnos falsos ídolos que nos den impresión de
seguridad y que podamos manipular para evitar la prueba. Basta
con plantear la llamada al desierto para que surja en nuestro
interior una voz que dice: «¡No hay que exagerar..!», «hay que
hacerlo compatible con lo normal». Lo cual nos está diciendo que
la lucha comienza antes de que uno vaya al desierto. Todo esto
irá apareciendo con fuerza según vayamos intentando identificar
nuestro desierto concreto.
Para responder a esta tentación de eludir el desierto es
necesario que aceptemos:
-La austeridad necesaria para que se pueda dar la
experiencia del desierto a fondo.
-La soledad, la ausencia de testigos, que es imprescindible
para la intimidad con Dios como nuestro único confidente.
-El silencio como único modo de escuchar a Dios de verdad.

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-La pérdida de apoyos y afectos que nos obliga a poner sólo


en Dios el corazón.
-La tentación, que nos obliga a luchar y nos enfrenta con la
verdad (de Dios, de uno mismo, del mundo).
Lo que define verdaderamente al desierto no es el marco
exterior, el lugar geográfico, sino lo que ese marco exterior hace
posible. Podemos decir que el desierto es el lugar que hace
posible la verdad y el realismo; y, por eso mismo, es el medio que
nos obliga a situarnos en la verdad y en la realidad. Es el lugar
donde tenemos que reconocer lo que somos, nuestra impotencia
y nuestras limitaciones, el lugar donde descubrimos con claridad
nuestra dependencia radical de Dios.
Esto no es algo natural, porque de alguna manera la vida,
nuestras pasiones, el ambiente, el mundo..., nos están diciendo
que podemos construir un mundo a nuestro gusto, que tenemos
derecho a no tener problemas, a ser felices en el sentido de
carecer de dificultades, conflictos o culpas; que vivir es huir de
todo lo que nos haga sufrir; para lo cual tenemos que huir de la
realidad y crear un mundo ideal y falso. Un mundo que durante
cierto tiempo quizá alivie algo el sufrimiento, pero que, al
sacarnos de la realidad, nos coloca fuera de la verdad y, por
tanto, fuera de Dios y de su salvación. Soslayamos un poco el
sufrimiento, pero al altísimo precio de fracasar esencialmente en
nuestra vida.
Por eso Dios nos invita al desierto. Se trata de una auténtica
«vocación» a la que Dios llama, para que vayamos al lugar en el
que él puede hablarnos y donde podemos llevar a cabo la lucha
que permite la purificación de la fe y el amor que hacen posible
escuchar a Dios y recibir de él la gracia transformante que nos
cambia por dentro. Por eso, el desierto es una ocasión
privilegiada de entrega y fidelidad, y el mejor camino para la
conversión.

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3. ¿Dónde está el desierto?


Una vez visto lo que es el desierto, veamos unas pistas que
nos orientan para saber dónde encontrarlo.
-El desierto está lejos, de modo que quien quiera alcanzarlo
tiene que alejarse del mundo y de todo lo que éste ofrece de
apoyos y seguridades.
-Está en tierra extraña, desconocida, que me hace vivir como
nómada, sin poder asentarme en la seguridad de un hogar
estable; que me obliga a tener mentalidad de explorador,
adentrándome en lo desconocido.
-Está fuera del ruido y del bullicio, porque es el lugar del
silencio y de la paz. Hay que tener cuidado con la habilidad que
tenemos para acoger, sin darnos cuenta, los ruidos del mundo:
el activismo, las urgencias, las prisas… Organizamos la vida en
función del barullo del mundo, que buscamos para evitar lo que
el desierto tiene de silencio.
-Está donde no hay prisas, urgencias y preocupaciones
humanas. Como todo eso lo llevamos puesto, hay que
encontrar un lugar en el que las preocupaciones humanas se
pongan en su sitio, es decir, que sean simplemente
ocupaciones humanas. El desierto ordena lo esencial de los
valores: Dios como la única preocupación, y todo lo demás
como simples ocupaciones. El gran error que cometemos los
cristianos es dar por descontado que la vida está llena de
preocupaciones y que Dios es una ocupación: nos preocupa la
salud, el trabajo, la familia…, y vamos a misa o rezamos como
mera ocupación.
-Está en la soledad, donde no hay compañía ni afectos
humanos, ni apoyaturas afectivas, de las que dependemos con
frecuencia.
Todo esto lo podemos encontrar en un lugar geográfico; pero,
se trata de algo más profundo que un sitio. El lugar geográfico no
constituye el desierto por sí mismo, sino que es el medio material
que lo hace posible al brindarnos las condiciones materiales

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necesarias para que surja la tentación, las dificultades exteriores


e interiores, que nos obligan a luchar contra el mal, a descubrir lo
que somos realmente, a tomar conciencia de que no podemos
sobrevivir sin la ayuda de Dios; y, a la vez, nos permite
encontrarnos con Dios cara a cara, en la oscuridad de la fe, sin
artificios ni defensas.
El desierto es un lugar físico, pero por sí mismo no nos lleva a
Dios. Hace falta una actitud para que el desierto produzca sus
frutos.

4. ¿Cómo se llega al desierto?


El primer paso hacia la conversión profunda que exige el
verdadero seguimiento de Cristo tiene que empezar por
abandonar ese mundo tan querido y aparentemente
imprescindible para sobrevivir, y que, sin embargo, constituye el
gran obstáculo para ser santos. Y esto es algo que no se puede
hacer sin una dramática lucha contra nosotros mismos. Por eso el
primer paso para ir al desierto consiste en aceptar que el desierto
es el medio necesario para llevar a cabo ese combate esencial
que define la autenticidad de nuestra vida y en el que se juega la
salvación nuestra y de los que dependen de nosotros.
A partir de ahí hay que dejarse empujar por el Espíritu,
buscando escuchar sólo la voz de Dios que habla al corazón, y
aceptando en serio la llamada a una conversión que pasa por la
purificación y la austeridad.
Hay que reconocer en lo profundo del corazón el hambre y la
sed de Dios que él ha sembrado en nosotros; y, una vez
reconocidos, hay que potenciar esas necesidades hasta que nos
empapen completamente. El hambre y la sed espirituales no las
siembra Dios para que se satisfagan. A veces le damos a la vida
espiritual la finalidad de satisfacer el deseo de Dios. Cuando
realmente el hambre, la sed, el ansia de Dios, las siembra Dios,
no para que se satisfagan, sino para que aumenten. Porque, de
hecho, no podemos satisfacerlas en este mundo. En la medida en

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que el hambre de Dios es verdadera pide más y más, y cada vez


hay menos forma de satisfacerla. Nuestro instinto nos lleva a
tratar de saciar el hambre de Dios, pero, además de responder a
ese anhelo, hemos de potenciarlo hasta que se haga uno con
nosotros y nos consuma.
Y finalmente hemos de abandonar valientemente las
seguridades a las que estamos apegados; pero sin la añoranza
de quien pierde algo, sino con la ilusionada esperanza de quien
se lanza a una fascinante conquista.

5. ¿Qué hay que hacer en el


desierto?
El desierto por sí mismo no es eficaz sin un determinado
trabajo por nuestra parte; de modo que, una vez llegamos a él,
debemos dedicarnos a lo siguiente:
-Luchar: Aceptar el combate, disponernos a él y llevarlo a
cabo, aprovechando las dificultades y tentaciones que lo hacen
posible. No podemos desconcertarnos porque haya dificultades
y luchas en el desierto.
-Resistir: Mantener la lucha a pesar de la oscuridad, el
cansancio o el desánimo que aparecen en la lucha misma. No
basta con el esfuerzo inicial, porque el verdadero combate exige
la fidelidad, que es el signo de que realmente queremos
dejarnos purificar para poder ver a Dios.
-Esperar: La fidelidad en el combate no es un acto de
voluntad sino fruto y expresión de la esperanza de quien tiene la
mirada en Dios y se dispone a acoger los dones que él promete.
-Buscar a Dios y volver una y otra vez a buscarle para
encontrar en él la propia identidad, la vocación y la misión para
las que hemos sido creados. La vida espiritual tiene mucho de
insistencia movida por un amor que se convierte en fidelidad
que, a su vez, es expresión del amor.
-Orar: Todo lo anterior (luchar, resistir, esperar, buscar)
conlleva, exige y permite la comunicación e intimidad con Dios

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porque manifiesta que queremos centrarnos en él, dedicarnos a


él en cuerpo y alma. Se trata de estar con Cristo serenamente,
sin prisas ni agobios. Como en Mc 6,30ss, Jesús nos invita a ir
al desierto con él a descansar. El desierto, con todo lo que tiene
de dificultad, es, sobre todo, el lugar en el que nos apartamos
del mundo para estar a solas con el Señor.
-Contemplar: La oración propia del desierto es la
contemplación silenciosa y prolongada de Dios, que debe
desembocar en la adoración.
-Adorar «en espíritu y verdad», como pide el Señor en el
Evangelio (Jn 4,24), al Dios verdadero, que no es el que
nosotros nos inventamos para encajarlo en nuestra vida, sino el
que se hace presente en el silencio, en la oscuridad, en el
fuego, en el viento…, sin necesidad de nada más.
-Abandonarnos: La adoración, si es verdadera, debe
traducirse en la docilidad absoluta a Dios, poniéndonos en sus
manos, dejándonos guiar por él, y sólo por él.
-Morir: A partir de la adoración ya se puede aceptar morir
interiormente para resucitar a la vida nueva de la gracia,
haciendo realidad en nuestra vida el dinamismo sacramental
sembrado en el alma por el bautismo: el bautismo nos injerta en
la muerte y resurrección de Cristo sacramentalmente (cf. Rm
6,3-4) y nosotros tenemos que llevar ese paso sacramental a la
vida ordinaria.
6. ¿Cuáles son los frutos del
desierto?
El que lleva a cabo este proceso interior del desierto no podrá
dejar de experimentar una profunda transformación de toda su
vida, que es real y se manifiesta con multitud de frutos
evangélicos para sí mismo y para los demás:
-La paz plena y estable que surge como fruto de la lucha
interior. Paradójicamente la guerra que nosotros aceptamos en
el desierto es la que nos da la paz de Dios.

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-La verdad incontestable, que cimienta la vida y ordena todos


sus elementos, y que no es la verdad que nosotros nos
fabricamos y con la que intentamos vivir, sino la verdad de Dios.
-La libertad frente al mundo, a los demás y a uno mismo, que
es fruto de la verdad.
-La fe que nos hace pasar de la idolatría a la adoración. Al
igual que Israel necesitó el desierto para liberarse de la idolatría
al becerro de oro, nosotros en el desierto aprendemos a
desconfiar de nosotros mismos y a entregarnos a Dios
apoyándonos sólo en él.
-La luz que nos ofrece una nueva visión de las cosas y nos
permite ver la realidad «interior» en nosotros, en la historia y en
el mundo. Sin el desierto no podríamos ver la realidad con la
visión nueva del Espíritu Santo.
-La identificación con Cristo, que es el primero que lucha y
vence en el desierto, afirmando su misión y sus valores.
-La ayuda necesaria, porque sólo el desierto nos puede
enseñar que para sobrevivir no necesitamos tanto el agua, el
alimento o la compañía sino a Jesús, que es el agua viva, la luz,
el camino, el maná, el estandarte salvador, la roca que nos
salva…
-La centralidad de Dios: Cuando se quita todo lo que sobra,
aparece lo único importante y el centro de la vida, que es Dios,
y todo lo demás queda en segundo plano.
-La reconciliación con Dios, con uno mismo, con los demás
y con el mundo, como fruto de la purificación de nuestras
pasiones y de la parte del mundo que habita en nosotros.
-La capacidad de acoger a Dios y darlo al hermano. Como
le sucedió a Juan Bautista, el desierto nos descubre al Dios
verdadero y nos impulsa a ofrecerlo a quienes lo buscan. Lo
mismo les sucedía a los padres del desierto que se apartaban
del mundo y allí iban a buscarlos para encontrar su enseñanza
y su ayuda.
-La fuerza para transformar el mundo según los valores y el
proyecto de Dios, como hicieron los profetas y los grandes

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santos después de superar la prueba del desierto, como vemos


en san Ignacio después de pasar por la experiencia de desierto
en la cueva de Manresa.
7. ¿Qué es el desierto interior?
Como hemos visto, el desierto al que el Espíritu empuja al
contemplativo para que supere la prueba de la fidelidad no tiene
que ser necesariamente un mar material de arena y aridez, sino
lo que esa realidad genera en nosotros. El verdadero desierto es
el conjunto de realidades interiores que hemos ido viendo que
hacen posible la purificación evangélica. El desierto es el lugar
geográfico que hace posible que se den los elementos propios
del desierto interior.
Quien se adentra en ese lugar físico lo hace para enfrentarse a
lo que supone ese lugar físico, que es el desierto interior; pero
esa misma experiencia puede darse si encontramos una realidad
«vital» -algo concreto de nuestra vida- que produzca el mismo
efecto que produce el lugar físico del desierto. Ésta es la clave
para nosotros: encontrar esa realidad vital (un lugar no físico) que
produzca ese mismo fruto.
Hay que afirmar que podemos encontrar en nosotros un
conjunto de realidades, que tenemos, porque forman parte
inseparable de nosotros mismos, que nos llevan a un auténtico
desierto, porque nos hacen experimentar lo mismo que se
experimenta en el desierto físico: la soledad, el vacío, la
oscuridad, la debilidad, la indefensión, el desconcierto, el vértigo
de la fe, la agresividad de las propias pasiones, el hambre de
afectos y apoyos, el sentimiento de fracaso... Eso lo encontramos
fácilmente en nuestra propia realidad, en nuestra vida y en
nuestra historia.
Hay un elemento de nuestra vida que sintoniza perfectamente
con la realidad que llamamos desierto, y es la cruz. Y la cruz
hace referencia inmediatamente a dos realidades por nuestra
parte, la fe y el amor. Entonces, el desierto interior que buscamos
es el ámbito en el que reconozco y abrazo la cruz como el camino

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concreto por el que Dios quiere que lleve a cabo mi misión. Por
eso tenemos que buscar nuestro desierto no en un lugar lejano
sino en la situación del mundo en el que vivimos, en nuestra
Iglesia concreta, en nuestra historia y psicología, en nuestra
familia y nuestro entorno, en nuestro trabajo...
A veces pensamos en el desierto propio de los monjes o de los
eremitas como el ámbito que nos permitiría encontrarnos con
Dios, ser santos e ir al cielo; y vemos nuestro trabajo, nuestra
familia, nuestro ambiente como el obstáculo para nuestra vida
cristiana. Pero, ¿no nos olvidamos de la lucha interior que supone
el desierto del monasterio para los monjes?, ¿no será ese
conjunto de dificultades que sufro viviendo en el mundo lo que
constituye para mí la posibilidad de esa misma lucha?, ¿no será
ése mi desierto?
El primer paso que hemos de dar en nuestra búsqueda de la
identidad de nuestro desierto interior es reconocer que,
normalmente, el mismo conjunto de realidades que percibimos
dolorosamente como el obstáculo para vivir nuestra vocación y
misión son, precisamente, los elementos que configuran nuestro
propio desierto y los que nos permiten vivir la vocación y la
misión; de modo que sin esas realidades no podemos
enfrentarnos a la única lucha que decide la verdad de nuestra
fidelidad a la voluntad de Dios.
Normalmente esas dificultades nos sirven de excusa para dejar
de luchar por la santidad, cuando realmente son las que
necesitamos para ser santos. Por eso pensamos que en una
situación distinta, sin esas dificultades podríamos ser santos
fácilmente. No reconocemos la necesidad del desierto, ni nuestro
desierto concreto. Y lo que creemos que nos está impidiendo el
avance espiritual es lo que realmente nos ayuda a ese avance,
porque constituye el desierto.
Partiendo de esta realidad, hemos de tener en cuenta que el
gran elemento constitutivo del desierto interior es el silencio en
todas sus formas. Y el silencio se puede vivir en cualquier

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situación: el desgarro de una pérdida, la enfermedad, las


dificultades en la convivencia… Hay que hacer silencio. Hemos
de ser conscientes de que cuando Dios habla lo hace en el
desierto, como le dice al profeta Oseas: «La llevaré al desierto…»
(Os 2,16-22). Dios para hablar a su esposa crea el desierto. Si
Dios quiere hablar conmigo me lleva al desierto o tiene que
crearlo, porque es allí donde se realiza el diálogo esponsal de
Dios con el alma. Todas las manifestaciones de Dios se perciben
en medio del silencio y silencian todo lo de alrededor. Hace falta
un ámbito que nos permita experimentar que, cuando Dios
interviene, ya no se puede ver o escuchar nada más. No
podemos oír a Dios entre otras cosas. Cuando uno escucha o ve
a Dios no hay nada más, porque el hablar de Dios silencia todo lo
demás: Ya no hay tiempo, presencias, acciones de nada ni de
nadie…, sólo de Dios…
Y eso significa que tenemos que acallar todo lo que no es Dios,
y no limitarnos a disfrutar del silencio que Dios regala cuando
habla. Porque ese silencio no es un simple regalo añadido, sino
que Dios nos está enseñando su metodología, y no hay que
conformarse con disfrutarla, hay que aprenderla. Cuando él habla
no existe nada más, y hay que crear ese silencio de las criaturas
y de los problemas para que él pueda hablar si quiere. Él crea
ese ámbito para mí y yo lo tengo que crear para él. Y lo tengo
que crear con lo que tengo, no saliéndome de la realidad.
Sin necesidad de retirarnos a un lugar determinado podemos
reconocer en nosotros el bullicio de nuestras pasiones y la
presión del mundo, lo que nos obliga, si buscamos a Dios, a
aferrarnos a la presencia más profunda del Señor en el alma que
hace que enmudezca todo lo que no sea él. Por eso es
importante la oración y la adoración: hay que ir e instalarse en
ese sitio al que no llegue el bullicio del mundo. De modo que
podríamos decir que, en este caso, el mismo silencio «crea» el
desierto, porque hace que salgan todas nuestras voces interiores
disonantes (quejas, juicios, necesidades...), obligándonos a
luchar para acallarlas y poner todas las cosas en su sitio, que es

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el lugar que les corresponde en relación con Dios, de forma que


sean expresión de la hegemonía absoluta de Dios en nuestra
vida. Todo lo que intenta ser el centro de nuestra vida hay que
expulsarlo de ahí, no solamente para que esté en su sitio y no
moleste, sino para que así expresemos que Dios es realmente el
único centro de nuestra vida.
Y el silencio propio del desierto lleva, como hemos visto, a la
adoración. De hecho, para entrar en la verdadera adoración
necesitamos despojarnos de apoyos, afectos y seguridades,
porque sólo así podemos presentarnos ante Dios como
absolutamente pobres y, desde nuestra pobreza radical,
expresarle en verdad que él es el absoluto indiscutible en nuestra
vida. Toda esa realidad, proveniente del mundo y de nuestras
pasiones, que trata de esclavizarnos y alejarnos de Dios se
convierte providencialmente en el medio para reconocer nuestra
pobreza radical y, desde ella, entrar en la adoración, recorriendo
en nuestro interior el itinerario por el desierto de Israel, al que
Dios llevó a su pueblo para poder pedirle el acto de adoración en
el que se basa la Alianza: «Escucha, Israel: El Señor es nuestro
Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con
todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Ex 6
4-5).

8. ¿Cuál es mi desierto?
Ésta es la tarea fundamental de este retiro: descubrir la
fisonomía de mi desierto, acogerlo como un tesoro y enamorarme
de ese desierto concreto porque es mi casa.
Ya hemos dicho que sin desierto no hay vida contemplativa,
ése es su «lugar» natural. La principal diferencia entre el desierto
físico y el desierto espiritual estriba en que el primero crea por sí
mismo el ámbito necesario para la purificación, mientras que el
desierto espiritual hay que «crearlo» primero a partir de unas
realidades que deben ser reconocidas y trabajadas de un modo
determinado para que se conviertan en desierto.

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Para ello es imprescindible identificar nuestro propio desierto,


para reconocerlo en la práctica, contar con él, dejarnos empujar a
él por el Espíritu Santo, aceptar el adentrarnos en él y concentrar
nuestras energías en el combate de la fidelidad propio del
desierto. Todo esto va a contrapelo de nuestras tendencias e
inercias, por eso, en principio, no queremos reconocerlo, ni contar
con él, nos resistimos, huimos de él.
El primero de los elementos a los que nos referimos es la
llamada de Dios, no sólo al desierto, sino a este peculiar desierto
que es el desierto espiritual. Identificar mi desierto como llamada
de Dios, como mi vocación. Así tenemos una referencia concreta
a la que acudir cuando vienen las dudas o las dificultades, como
la referencia que tienen otras vocaciones. En cualquier momento
de desconcierto o dificultad hay que rescatar la verdad
fundamental que nos define: «Esto es lo que soy y Dios me ha
llamado a estar aquí». Para ello hace falta una conciencia clara
de la vocación contemplativa secular para descubrir el vínculo
que tiene con este modo de desierto, identificando muchas de las
gracias recibidas como expresión de la invitación de Dios a este
desierto. Cuando Dios elige a alguien para que vaya al desierto,
éste debe ir al desierto si quiere encontrarse con Dios. El fracaso
de muchas vocaciones contemplativas seculares se explica
porque no se responde a este llamamiento.
Es necesario tener en cuenta que la conciencia de la vocación
es signo del valor que le damos a la vocación. Y esa conciencia
nos ayuda enormemente a discernir la identidad, la misión y las
decisiones concretas que debemos tomar. Tener conciencia de
que «soy» contemplativo en el mundo, de que eso es algo
concreto, que es mi vida, hace que se aclare inmediatamente lo
que encaja y lo que no encaja en lo que somos. Es significativa la
dificultad que tenemos para mantener con claridad esa referencia
vocacional porque exige que todo se ordene en función de la
misma. Pero esto mismo es su mejor virtualidad, porque permite
ordenar evangélicamente todo de manera inmediata ya que lo
hace encajar en ese patrón vocacional que nos es conocido. Y

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ahí es donde tiene que llevarnos el desierto; para lo cual


necesitamos descubrir el desierto concreto que nos permite
encontrar nuestra vocación específica. Dios elige para el desierto
de cara a una vocación, por lo que resulta fundamental que sepa
si me ha elegido o no, sin escudarme en ambigüedades ni
dilaciones.
Esto se entiende mejor si tenemos en cuenta que el desierto
espiritual surge en el lugar y momento en el que surge la cruz, de
modo que la alergia que solemos tener a la cruz hace que
rechacemos con ella el desierto y todo lo que él supone. Y, lo que
es peor, lo justificamos.
Hemos de considerar y valorar como «elementos constructores
del desierto» las situaciones de la vida que forman parte de la
cruz y me llevan naturalmente a soledad, desconcierto,
incertidumbre, desamparo, indefensión, pobreza, incomprensión,
agresiones, fracaso, injusticias, falta de compresión, de apoyo, de
compañía, incluso de los más cercanos. Hemos de buscarlo
como nuestro lugar interior.
De modo que todo lo que consideramos «negativo», como un
obstáculo para la vida contemplativa, es justamente lo que crea
en nosotros el desierto que nos permite vivir nuestra vocación
contemplativa. Lo que creemos que nos impide ser
contemplativos es lo único que nos permite ser contemplativos.

9. ¿Dónde se encuentra mi desierto?


Según lo que hemos afirmado debemos considerar todos estos
elementos para ser capaces de identificarlos en nosotros y en
nuestra vida y, a partir de ahí, reconocer y construir nuestro
desierto. Veamos, pues, donde se encuentra mi desierto interior:
-En mi psicología e historia concretas, sobre todo en lo que
más me condiciona y hace sufrir.
-En las circunstancias más duras de mi vida, que no tienen
solución o no puedo encajar.

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-En mi vocación y misión específicas, especialmente en sus


aspectos más difíciles de entender o aceptar.
-En todo lo que me introduce en la oscuridad, pobreza y
desamparo que llevan a la fe verdadera.
-En los momentos y ámbitos habituales de cruz y de
tentación.
-En la vida ordinaria y escondida, que se desarrolla en
aparente fracaso y sin reconocimiento o resultados visibles.
-En las incomodidades o dificultades habituales y propias de
esa misma vida ordinaria.
-En las tentaciones, sobre todo las que tienen un carácter de
más incomprensibles o aparentemente insuperables.
-En la vida espiritual y la oración cuando están marcadas por
la aridez y la oscuridad.
Ahí está el desierto. Pero no está en la angustia, en la tristeza o
en la desesperanza. El desierto está en todas las realidades
duras que se nos imponen, pero no son incompatibles con el
Espíritu Santo. La dificultad y el fracaso no son incompatibles con
el Espíritu Santo; la tristeza y la desesperanza sí. El sufrimiento
forma parte del desierto, pero la tristeza no. Estar asediado por
dificultades no es pecado, y se puede vivir con las actitudes
propias del Espíritu Santo: amor, alegría, paz y esperanza.
Si reconocemos en concreto todos los elementos de este tipo
que hay en nosotros, en nuestra vida y en nuestro entorno
tendremos la configuración fundamental de nuestro desierto
personal.
Se trata sencillamente de identificar ese conjunto de realidades
que constituyen mi cruz y saber que ahí me llama el Señor a una
lucha y a un sufrimiento concreto, tomar conciencia de ello y
lanzarme a ello. Tomar la decisión de ir a dónde el Señor me
llama, me ama y me espera: al desierto. Y cuando vienen las
dificultades, tomar conciencia de la opción que he tomado de
seguir a Cristo, ser santo, ser lo que soy, entrar en el desierto…,
que vienen a ser lo mismo. Cuando lleguen esas realidades
dolorosas bastaría con reconocer que forman parte del desierto al

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que me llama el Señor y adentrarme en él ratificando mi decisión:


«Eso es el desierto, ¡adelante!», sin permitirme quejas, dudas,
dilaciones o culpabilizaciones.
A partir de ese reconocimiento tendremos que aceptar, de
manera realista y concreta, entrar libremente en el desierto o
rechazarlo. Y para animarnos a dar el paso deberíamos tener
presente que todos los elementos que constituyen nuestro
desierto espiritual están esencialmente vinculados a Jesucristo,
porque han sido asumidos y santificados por él gracias al misterio
de la encarnación del Verbo. De modo que si queremos resumir
la esencia del desierto interior podíamos decir que «Jesús es
nuestro desierto», porque él es quien nos llama al desierto, el que
nos espera en él y nos acompaña, en él superamos la prueba, en
él adoramos en verdad, en él nos encontramos con Dios y, por la
acción del Espíritu Santo, nos identificamos y configuramos con
él.

10. ¿Qué tipo de purificación espera


Dios en concreto de mí?
La ascesis fundamental que requiere el desierto es la
disposición permanente a buscarlo en todo momento y
circunstancia, sobre todo en los acontecimientos más
desconcertantes y dolorosos, que son los que parecen amenazar
nuestro avance espiritual. Y, a partir de esta disposición,
negarnos a nosotros mismos en la aceptación decidida de la cruz
como nuestro «desierto», como el lugar interior en el que
aceptamos librar el combate decisivo de la fe.
La aceptación de las mortificaciones físicas, tanto las que nos
imponemos nosotros mismos (ayunos, sacrificios físicos, etc.),
como las que nos impone la vida (dolores físicos, enfermedades,
incomodidades, etc.), deben entenderse como un modo de
abrazar la vida de desierto.
Con esta disposición podemos abrazar la ascesis concreta
propia del desierto, que consiste principalmente en lo siguiente:

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-Mantener fielmente el combate de la fe a pesar del


cansancio, la oscuridad y las dificultades.
-Renunciar a buscar refugios humanos o compensaciones
afectivas, aunque sean buenos y legítimos, ante los
sufrimientos de la vida y la cruz.
-Renunciar a defenderme de lo que siento como agresiones
de la vida o de los demás.
-Silenciar quejas, lamentos, o comparaciones.
-Vivir en verdad, renunciando a mentiras, medias verdades o
manipulaciones.
-Mostrarme como soy realmente, aceptar ser vulnerable.
-Mirar hacia delante, sin añoranzas…
-Seguir caminando hacia la meta por encima de cualquier
obstáculo exterior o interior.
11. ¿Con qué armas cuento para
entrar en la lucha de mi desierto?
Todo el trabajo que hemos de realizar se orienta a «hacer
desierto»; para lo cual tenemos que emplear una serie de armas
o instrumentos específicos, que son: la pobreza, el silencio, la fe,
el amor y la esperanza.
Para empezar debemos servirnos de nuestra misma pobreza
como la mejor herramienta para crear el desierto en nosotros.
Todo lo que nos hace sufrir sirve para instalarnos en el anhelo
esencial de Dios y su adoración. Así, la misma pobreza que
amenaza con derribarme me hace fuerte en el combate espiritual.
Para ello hemos de crear el necesario clima interior de silencio,
acallando tantas voces que nos desorientan, tanto externas
(opiniones, prisas, televisión) como interiores (presiones,
necesidades, añoranzas, etc.).
El silencio constituye el caldo de cultivo necesario para realizar
el ejercicio realista de la fe. Hasta que no llegamos a la prueba no
podemos saber ni demostrar que nuestra fe es auténtica; por eso
necesitamos el desierto para empezar a vivir en fe.

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Y lo mismo cabe decir del amor a Dios. Si es verdadero tiene


que demostrarse, más allá de palabras e intenciones. Y sólo se
demuestra con lucha y vencimiento, para lo cual se necesitan las
dificultades propias del desierto.
Igualmente tiene que ser purificada la esperanza; y la prueba
permite esta purificación que lleva a la esperanza ardiente que
mueve a la confianza plena en Dios y al abandono en sus manos.

12. Conclusión
De lo dicho hasta aquí podemos inferir la importancia del
desierto en el desarrollo de la vida de la gracia y la vida
contemplativa en el mundo; pero esto no se realiza
automáticamente, por mucho que valoremos el silencio o el
mismo desierto. Debemos realizar un afinado discernimiento para
descubrir la propia vocación de desierto, que, a su vez, pondrá de
manifiesto la vocación contemplativa. Esto es muy importante
para pasar del campo de las ideas al de la realidad, sobre todo
cuando podemos descubrir en nosotros el desfase entre lo que
creemos teóricamente y lo que vivimos realmente.
Este realismo nos lleva a la autenticidad de la vida
contemplativa, que el desierto prueba y manifiesta. Como
experiencia de cruz y pobreza, el desierto nos descubre el
absurdo que supone que lo valoremos mientras huimos de él.
Claro que esto no lo hacemos conscientemente; pero todos los
modos que tenemos de rebajar o rechazar la cruz son otras
tantas maneras de huir del desierto, que está en la cruz y, por
añadidura, de traicionar la vida contemplativa secular.
Por eso deberíamos estar muy atentos a la primera y gran
tentación que se nos ofrece en este campo, que consiste en no
contar con el desierto en la práctica; cuando lo que tenemos que
hacer es buscarlo, reconocerlo y adentrarnos en él, como hizo
Jesús (cuando «el Espíritu lo llevó al desierto para ser tentado»
(Mt 4,1). El fruto de esta tentación, en la que solemos caer
frecuentemente, es considerar como problema todo lo que

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constituye nuestra cruz y nos lleva al desierto, como si fuera un


obstáculo para nuestro progreso espiritual, por lo que nos
dedicamos a eliminarlo y a huir de ello, haciendo así imposible
nuestra vocación personal, nuestra misión y nuestra santidad.
Al final de este retiro deberíamos tener un conocimiento realista
de nuestro desierto y su importancia y, desde ahí, respondernos
a una pregunta crucial: ¿Quiero entrar en el desierto?

Apéndice: Contemplación litánica


sobre el desierto
Como instrumento para ayudar a la oración sobre el desierto,
proponemos un modo de orar en forma de «contemplación
litánica» sobre la realidad del desierto, tal como la vivió Jesús al
comienzo de su ministerio y como camino al que él mismo nos
invita como modo de seguirle e identificarnos con él.
El desierto es…
-Fruto de una elección de Dios y no mía.
-La morada del demonio y el lugar de tentación y combate.
-Padecer sed y necesidad.
-Sufrir el calor y el frío extremos.
-Carecer de vivienda y seguridad.
-No disponer de refugios ni escapatorias.
-Estar privado de defensas.
-No tener a quién recurrir.
-Permanecer siempre a la intemperie.
-Ausencia de relaciones humanas.
-Silencio de las criaturas y del mismo Dios.
-Ser peregrino permanente, sin domicilio.
-Aprender a convivir con los enemigos exteriores e interiores que
amenazan nuestra paz.
-Vivir en la habitual incomodidad de prescindir de todo lo posible.
-Caminar sin equipaje, sin seguridad del mañana.
-Desprenderme de todo, pronto, sin miramientos ni dilaciones.
-Aceptar perder hasta lo que más quiero.

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-Acoger la pobreza extrema.


-Vivir en la mayor soledad.
-Olvidar la eficacia y las prisas.
-Carecer de plan de vida.
-Aceptar caminar sin mirar atrás.
-Caminar sin pistas ni apoyos.
-No tener en cuenta alegrías ni penas de la vida.
-La renuncia absoluta al amor propio en todas sus formas.
-Ausencia del mundo, quietud exterior y peregrinación interior.
-Perderme en el tiempo y en el espacio.
-Vivir en un horizonte ilimitado.
-Encontrar el orden y la armonía de los valores naturales y
sobrenaturales.
-Aceptar que la paz verdadera es una paz en lucha.
-La maduración dolorosa y eficaz
-Abrazar la dura renuncia que exige el hacerse niño.
-Resistir fielmente al mal como puro acto de fe, esperanza y amor.
-Mantener la limpieza interior, fruto de la delicadeza de
conciencia.
-La verdadera penitencia, que consiste en luchar contra la
tentación.
-Lugar de la reconciliación con Dios, con el mundo y con uno
mismo.
-Asumir la expiación por el pecado del mundo y el propio.
-Aprender a perdonar: a mí mismo y a los demás.
-Avanzar en el camino guiado por la sola fe.
-Aceptar vivir en la fe pura y desnuda.
-Renunciar a conocer el itinerario o sus etapas.
-Prescindir de todo para que mi única fortaleza sea Dios.
-Hablar al mundo desde la vida escondida.
-Vivir en la oscuridad como si la luz guiara mis pasos.
-Acompañar a Jesús en su desierto y en las horas amargas de
Getsemaní y el Calvario.
-Cerrar todas las salidas para que Dios sea lo único.
-Proclamar a las criaturas que son nada ante el ser de Dios.

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-Esperar todo de Dios.


-El lugar por excelencia para la contemplación.
-Creer en el amor de Dios cuando el cielo parece cerrado.
-Estar disponible y maleable a la gracia.
-Estar siempre libre para que Dios me mueva a su gusto.
-Aceptar que la luz de Dios solo se regala al que se sumerge en la
noche más oscura.
-Abandonarme completamente en Dios.
-Pregonar, sacrificando todo, que sólo Dios basta.
-No tener más futuro que la venida del Salvador.
-Tener siempre presente la gratuidad y eternidad de mi vocación.
-Abrirme a las llamadas del Amado hasta deshacerme en la
cercanía de Dios.
-Aceptar mansamente que sólo Dios sabe el momento y el
camino.
-Acoger la noche como el momento de la máxima cercanía de
Dios.
-Alimentarme sólo de infinito.
-Saberme indigno de la más pequeña gracia de Dios.
-Tener el alma sedienta sólo de Dios.
-Vivir en permanente tensión de eternidad.
-Amar a Dios por sí mismo, por puro acto de adoración, sin
pretender nada de él.
-Consumirme de ansias de alcanzar a Dios.
-Dejar siempre al Señor la iniciativa.
-Disponerme al enamoramiento apasionado de Jesucristo.
-Obedecer apasionadamente al Espíritu Santo.
-Renunciar a mirar nada que no sea Dios.
-El lugar que tiene por paisaje a Dios mismo visto a cara
descubierta.
-Ser el testigo de Dios que se refleja en mí como en un espejo.

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