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Los Tres Mosqueteros

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fl
LOS TRES MOSQUETEROS.
|

i
LOS

TRES MOSQUETEROS,

NOVELA ORIGINAL

DE

ALEJANDRO DUMAS,

vertida al caslellaun

POR F. L. M.

y adornada con preciosas láminas.

101218

BARCELONA:
IMPRENTA DE LUIS TASSO,
calle de Guardia, núm. 15.
1861.
-

Es propiedad det Editor.


PREFACIO

EN EL CUAL SE CONSIGNA QUE APESAR DE SUS NOMBRES Etf OS Y EN IS, NADA TIENEN
DE MITOLÓGICO LOS HÉROES DE LA HISTORIA QOE VAMOS A REFERIR
k M'F>TROS LECTORES,

Hace un año poco mas ó menos que buscando en la Biblioteca veal docu
mentos para mi Historia de Luis XIV, hallé casualmente las Memorias del
señor á" Artagnan, ó d' Artaignan como entonces se escribia, impresas en
Amsterdam por Pedro Rouge, como la mayor parte de obras de aquella épo
ca, en la cual la verdad escrita por los autores les valia una visita mas ó me
nos larga á la Bastilla. Gustóme el título, y previo el consentimiento del se
ñor conservador, me las llevé á mi casa y las devoré.
No trato de analizar aquí esta curiosa obra y me limito por consiguiente
á remitir á ella á los lectores que aprecien los cuadros de época. En ella ha
llarán dibujadas por mano maestra varios retratos que aunque trazados las
mas de las veces sobre puertas de cuartel y en paredes de taberna, no dejan
de ser, tan parecidos como en la historia Anquetil, los de Luis XIII, Ana de
Austria, Richelieu, Mazarin y la mayor parte de cortesanos del tiempo de
estos personajes.
Como es sabido, empero, que no siempre lo que impresiona al lector mue
ve el ánimo del poeta, admirando, como lo harán probablemente los demás,
ti PREFACIO.
los pormenores que hemos indicado, lo que mas nos preocupó fué un hecho
en el cual nadie seguramente ha fijado la atencion antes que nosotros.
Cuenta d'Artagnan que al visitar por primera vez al señor de Trcville, ca
pitan de mosqueteros del rey, encontró en la antecámara del aposento de
aquél á tres jóvenes llamados Atlws, Porthos y Aramis que servian en el ilus
tre cuerpo al cual pretendia la honra de pertenecer.
Confesamos que aquellos tres nombres estraños nos sorprendieron, y en se
guida nos vino á las mientes que no eran otra cosa que seudónimos bajo los
cuales ocultara Artagnan nombres quizá ilustres, dado caso que los que lle
vaban aquellos apellidos postizos no los hubieran adoptado el dia en que por
capricho, disgusto ó escasez de bienes de fortuna vistieron el sencillo unifor
me de mosquetero.
Desde entonces no descansamos hasta hallar en las obras contemporáneas
una huella siquiera de aquellos nombres estraordinarios que habian desper
tado tan vivamente nuestra curiosidad.
El catálogo de libros que leimos para conseguir nuestro objeto llenaria por
si solo no pocas páginas, cosa tal vez muy instructiva, pero de seguro muy
poco divertida para los lectores, á los cuales diremos únicamente que en el
instante en que, cansados de tantas investigaciones infructuosas, ibamos á de
sistir del intento, hallamos por fin, gracias á los consejos de nuestro ilustre y
sabio amigo Paulino Páris, un manuscrito en fólio señalado con el número
4772 ó 4773, no nos acordamos á punto fijo, que tenia por titulo:
«Memorias del señor conde de La Fére relativas á algunos sucesos acaeci -
«dos en Francia á fines del reinado del rey Luis XIII y principios del de
«Luis XIV.»
Fácilmente se concebirá el contento que esperimentamos cuando hojeando
el tal manuscrito, última esperanza en nuestras pesquisas, hallamos el nom
bre de Athos en la página veinte, el de Porthos en la veinte y siete, y en la
treinta y una el de Aramis.
El descubrimiento de un manuscrito completamente desconocido en una
época en que los estudios históricos han producido tan grandes resultados,
nos pareció un hallazgo casi milagroso, y asi fué que á toda prisa solicitamos
permiso para mandarlo imprimir; con el objeto de presentarnos un dia en la
Academia de inscripciones y bellas letras acompañados de equipage ageno, si,
corno puede ser muy bien, no logramos entrar en la Academia francesa con
equipaje propio, quizá demasiado considerable para pasar por la puerta.
Debemos decir que se nos concedió el permiso con mucho agrado, y lo con
PREFACIO. VII
signamos aqui para desmentir públicamente á los malévolos que se empeñan
en creer que nos rige un gobierno poco dispuesto á favorecer á los hombres de
letras que le piden algo y menos dispuesto si cabe con respecto á los que na
da le piden.
El libro que hoy ofrecemos al lector es, pues, la primera parte del citado
precioso manuscrito cuyo titulo cambiamos por el de Los tres mosqueteros,
comprometiéndonos á publicar en seguida la segunda, si, como no dudamos,
obtiene la primera el éxito que merece.
Entre tanto, como el padrino es un segundo padre, suplicamos al lector
que nos impute á nosotros, y no al conde de La Fére, el gusto ó el disgusto
que reciba leyendo este libro.
Esto sentado, pasemos á referir nuestra historia.
LOS

TRES MOSQUETEROS.

CAPÍTULO PRIMERO.

Los tres regalos del señor d'Artagnan padre.

El primer lunes del mes de abril de 1626, la villa de Meung, cuna del
autor de la Novela de la Rosa, parecia que se hallaba tan completamente en
revolucion, como si los hugonotes hubiesen llegado para convertirla en nueva
Rochela. Viendo algunos vecinos correr á las mujeres á lo largo de la ancha
calle, oyendo gritar á los chiquillos desde el dintel de las puertas, cubrianse
á toda prisa con la coraza, y sosteniendo su serenidad algo problemática con
el mosquete ó la partesana, encaminábanse á la posada del Franco Molinero
delante de la cual se reunia, aumentando por minutos, un grupo compacto,
ruidoso y lleno de curiosidad.
Los pánicos eran frecuentes en aquella época y no pasaba dia sin que una
ú otra ciudad dejára de registrar en sus crónicas uno ó mas sucesos de aque
lla clase. A la sazón guerreaban los señores entre si, el cardenal contra el
rey y los señores, y el español contra los señores, el cardenal y el rey, sin
contar las luchas sordas ó públicas, secretas ó manifiestas, ni los ladrones,
mendigos , hugonotes, lobos y lacayos que hacian guerra á todo el mundo.
Los habitantes de los pueblos no dejaban de armarse contra los ladrones , lo
bos y lacayos ; muchas veces lo hacian tambien contra los señores y los hu
gonotes; de vez en cuando para atacar al mismo rev; pero nunca contra el
2
10 LOS TRES MOSQUETEROS.
cardenal y el español. Resultó, pues , de semejantes costumbres , que en el
citado primer lunes de abril de 1626, oyendo ruido los vecinos y no viendo
el estandarte amarillo y encarnado ni la librea del duque de Richclieu, se
precipitaron hácia la posada del Franco Molinero.
Un jóven—hagamos su retrato de una plumada:—figuraos á Don Quijote
á los diez y ocho años, Don Quijote sin coselete, loriga ni falda de armadu
ra. Don Quijote cubierto con una ropilla de lana cuyo color azul se habia
convertido en un matiz indefinible de heces de vino y azut celeste. Rostro
largo y moreno, salientes los juanetes, señal de astucia; enormemente desar
rollados los músculos maxilares, indicio infalible por el cual se conoce á los
gascones aun sin sombrero, y nuestro jóven lo llevaba adornado con una es
pecie de pluma; mirada fija y penetrante; nariz aguileña aunque finamente
dibujada; demasiado alto como adolescente, y demasiado pequeño como hom
bre completamente desarrollado, y que un inteligente hubiera equivocado con
el hijo de un hacendado andante, sin la larga espada que colgada de un ta
hali de piel golpeaba las pantorrillas de su amo cuando este anclaba á pié y
el pelo erizado de la cabalgadura cuando se hallaba á caballo.
Si, nuestro jóven tenia una cabalgadura, cabalgadura tan notable como fué
notada, un jaco bearnés de'doce ó catorce años de edad, de color amarillento,
sin crines en la cola, aunque nó sin gabarros en las piernas, y que caminando
con la cabeza mas baja que las rodillas no necesitaba gamarra y andaba bi
zarramente sus ocho leguas diarias. Por desgracia las cualidades ocultas del
caballo lo estaban tanto debajo de su estraña piel y paso lento, que á la sazon
que todo el mundo entendia en caballos, la aparicion del pobre jaco en Meung,
en donde entrara hacia un cuarto de hora por ta puerta de Beaugency, causó
una sorpresa cuyo disgusto alcanzó de rechazo al ginete.
Semejante sorpresa fué tanto mas penosa para el jóven d'Artagnan, (llama
do asi el Don Quijote de ese nuevo Rocinante) cuando se le ocultaba lo ridi
culo que habia de aparecer montado en aquella cabalgadura, por buen caba
llero que fuese. Mucho habia suspirado al aceptar el regalo que del jaco
le hiciera su padre: no ignoraba que el animal valia cuando menos veinte li
bras, si bien es verdad que las palabras que acompañaron al regalo no tenian
precio:
—«Hijo mio, le habia dicho el caballero gascon, con ese patué bearnés
del cual Enrique IV nunca logró desprenderse, hijo mio, este caballo ha naci
do en casa de vuestro padre hace cosa de trece años y ha vivido en ella hasta
ahora, razones por las cuales debeis tenerle cariño. Nunca le vendaist dejad
que muera de vejez tranquilo y modestamente , y si os servis de él en cam
paña, tratadle como aun antiguo criado. Si acaso vais á la corte, continuó el
Sr. dArtagnan padre , honor á que os da derecho vuestra noble estirpe , sos
tened dignamente el titulo de caballero , que dignamente ha sido llevado por
vuestros abuelos durante quinientos años; por honra vuestra y de los vuestros,
LOS TRES MOSQUETEROS. Jj
—entiende por vuestros los parientes \ amigos—de nada sufrais poco ó mucho,
á escepcion del cardenal y del rey. Corremos unos tiempos en que al valor,
oidmebien, solo al valor debe un caballero su fortuna: quien tiembla un se
gundo no mas, deja que le escape precisamente durante aquel segundo un fa
vor de la suerte. Sois jóven y tengo dos razones para creer que sereis valiente:
la primera es que sois hijo mio. No temais las ocasiones, buscad las aventu
ras; os he mandado aprender á manejar la espada, teneis de hierro las rodi
llas y de acero los puños; reñid tanto mas cuanto mas prohibido esté el duelo
y se requiera por consiguiente doble valor para hacerlo. No tengo para daros,
hijo mio , mas que quince escudos , mi caballo y los consejos que acabais de
oii\ Vuestra madre añadirá á esto la receta para cierto bálsamo que tiene la
milagrosa virtud de curar cualquier herida que no llegue al corazon. Sacad
partido de todo y vivid dichoso muchos años.
«Una palabra mas para proponeros un modelo, no el mio, pues yo nunca he
estado en la corte y solo he peleado como voluntario en las guerras de re
ligion, sino el del señor de Treville, mi vecino en otro tiempo, y que tuvo el
honor, siendo niño, de jugar con nuestro rey Luis XIII cuya vida conserve
Dios. Sus juegos degeneraban á las veces en batallas en las cuales el mas
fuerte no era siempre el rey, y los golpes recibidos por este infundiéronle gran
aprecio y amistad para con el señor de Treville. Mas tarde mi vecino riñó con
otros : cinco veces en el primer viaje que hizo á París; sin contar batallas y
sitios , deade la muerte del difunto rey hasta la mayor edad del jóven , y quizá
cien veces desde esa mayor edad hasta hoy dia. Por eso, apesar de edictos,
ordenanzas y arrestos, está ahora hecho todo un jefe de mosqueteros, esto es,
gefe de una lejion de Césares de los cuales el rey hace mucho caso y que el
señor cardenal teme, apesar de saberse públicamente que nada teme. El se
ñor de Treville gana además diez mil escudos anuales que contribuyen á ha
cerle un gran señor. Empezó su carrera como vos; iréis á verle y á entregar
le esta carta, y os aconsejo que le tomeis por modelo si deseais hacer fortuna
como él.»
Terminado este discurso, el señor d'Artagnan padre entregó á su hijo una
carta que tenia prevenida, ciñóle su propia espada, besóle tiernamente ambas
mejillas y le dió su bendicion.
Al salir del aposento paterno, el jóven encontró á su madre que le estaba
esperando con la preciosa receta de la cual necesitaba hacer un uso muy fre
cuente á practicar los consejos que acabamos de referir. La despedida fué es
ta vez mas larga y tierna, no porque el señor d'Artagnan no amase á su hijo,
único vástago suyo, sino porque la señora dArtagnan era mujer y además
madre. Esta lloró en abundancia y debemos decir en elogio del jóven d'Ar
tagnan, que por mas esfuerzos que hizo para permanecer sereno como debia
serlo uiv futuro mosquetero, la naturaleza pudo mas que él y demimó mu
chas lágrimas que á duras penas consiguió ocultar.
12 tOS TRES MOSQUETEROS.
Nuestro jóven se puso en camino el mismo dia, pertrechado con los tres
regalos paternales, compuestos, segun hemos dicho, de quinee escudos, el
caballo y la carta para el señor de Treville, pues, como se supone, los con
sejos no entraban en cuenta.
Provisto de semejante vade mecum, hallose d'Artagnan, así en lo físico co
mo en lo moral, copiado exactamente del héroe de Cervantes, al cual le hemos
comparado al obligarnos á dibujar su retrato nuestro deber de historiadores.
Don Quijote tomaba por gigantes los molinos de viento y por ejércitos los re
baños de carneros: D'Artagnan tomó por insultos las sonrisas y por provoca-
caciones las miradas. De esto resultó que desde Tarbes á Meung fué conti
nuamente con el puño cerrado y llevó la mano al pomo de la espada diez ve
ces por dia, sin que el puño bajára nunca á sentarse en mejilla alguna ni la
espada saliera de la vaina. No se crea que la presencia del mathadado jaco
no diera que reir á los transeuntes, sino que como encima del jaco iba una
espada de hoja respetable y encima de la espada brillaban unos ojos mas
bien feroces que altaneros, los transeuntes reprimían la risa, y si esta no ce
dia á la prudencia , procuraban á lo menos reírse solo de un lado como las
antiguas máscaras. De esta suerte d'Artagnan siguió magestuoso é intacto en
su susceptibilidad hasta la desdichada villa de Meung.
Pero al apearse junto á la puerta de la posada del Franco Molinero sin que
huésped, .mozo ó palafrenero acudiera á asegurarle el estribo, d'Artagnan vió
asomado á una ventana del cuarto bajo á un caballero de agradable conti
nente y semblante altivo, aunque algo fruncido, que estaba hablando con dos
personas que le oian, al parecer, con mucha deferencia. D'Artagnan creyó,
segun su costumbre, ser objeto de aquella conversacion y escuchó atentamen
te. Esta vez se habia engañado á medias, pues no se trataba de él, sino de su
caballo, cuyas cualidades el caballero iba enumerando á sus oyentes, los cua
les, como hemos dicho que le trataban al parecer con mucha cortesanía, rom
pían á cada momento en carcajadas, y como un nada era bastante para des-
pestar la Irascibilidad del jóven, es fácil comprender el efecto que produjeron
en él aquellas risotadas.
Queriendo, sin embargo,vd'Artagnan, hacerse cargo de la fisonomía del im
pertinente que se burlaba de él, clavó en el estrangero una mirada altiva y
vió á un hombre de cuarenta á cuarenta y cinco años de edad, de ojos som
bríos y penetrantes, pálido, de abultada nariz y bigotes negros perfectamente
cortados, vestido con una ropilla- y calzones de color de violeta con agujetas
del propio color y sin mas adorno que las aberturas por las cuales pasaba la
camisa. Los calzones y la ropilla, aunque nuevos, parecían machucados como
suelen estarlo los vestidos de viaje guardados por mucho tiempo en una male
ta. D'Artagnan notó todo esto con la rapidéz del observador mas minucioso c
indudablemente por un sentimiento que le decia que el desconocido habia de
ejercer un gran influjo sobre su vida.
LOS TRES MOSQUETEROS. 13
Como en el mismo momento en que d'Artagnan fijaba los ojos en el caballe
ro de la ropilla de color de violeta, este estaba ocupado en hacer una profunda
y sabia observacion acerca del jaco bearnés, los dos oyentes se echaron á reir
y aun el mismo desconocido dejó visiblemente, contra su costumbre, vagar
por sus lábios una pálida sonrisa, si asi puede decirse. Ya no habia duda; in
sultábase realmente á d'Artagnan. Asi, pues, plenamente convencido, hun
dióse el sombrero hasta los ojos y procurando copiar algunas de las actitudes
que viera en Gascuña en los caballeros andantes, adelantóse puesta una mano
en la empuñadura de la espada y la otra en la cadera; pero por desgracia, á
medida que iba adelantándose, el furor le cegaba mas y mas y en vez del dis
curso digno y altanero que habia preparado para formular la provocacion, no
halló en el pico de la lengua mas que una personalidad grosera que acompañó
con un ademan de ira.
—Eh! caballero, esclamó, el que os ocultais detrás delpóstigo; si, vos, de
cidme de quien os reis, y nos reirémos juntos.
El desconocido desvió lentamente las miradas desde el caballo hasta el ca
ballero, como si hubiese necesitado tiempo para concebir que semejantes pa
labras le fuesen dirigidas; en seguida, cuando ya no le cupo duda de ello,
frunció el entrecejo, y despues de una pausa, respondió á d'Artagnan con un
acento irónico é insolente imposible de ser descrito.
—No hablo con vos.
—Pues yo si á vos! replicó el jóven irritado por aquella mezcla de insolen
cia y cortesia, de decencia y desden.
El desconocido siguió mirándole por un instante con su leve sonrisa, y re
tirándose de la ventana, salió muy despacio de la posada y fué á plantarse en
frente del caballo, á dos pasos de d'Artagnan. Su ademan tranquilo y su burlona
fisonomia habia redoblado la risa de los dos compañeros que seguian asoma
dos á la ventana.
D'Artagnan viéndole á su alcance, sacó la espada un pié de la vaina.
—Este caballo es ó mas bien ha sido en su juventud boton de oro, dijo el
desconocido continuando sus investigaciones y dirigiéndose á los dos oyentes
de la ventana, sin notar en apariencia el furor de d'Artagnan. Es color muy
conocido en botánica; pero hasta el dia muy raro en los caballos.
—Hay quien hace burla del caballo y no se atreveria á hacerla del caballe
ro, esclamó irritado el émulo de Treville.
—Como podeis ver por el gesto de mi cara, suelo reir poco, respondió el
desconocido, pero procuro conservar el privilegio de reirme cuando bien me
parece.
—Y yo, repuso d'Artagnan, no sufro que nadie se ria cuando me disgusta
y particularmente cuando se rien á mis expensas.
—Con qué si, eh? continuó el desconocido mas sereno que nunca, haceis
divinisimamente; y volviéndose de espaldas, se dispuso á entrar de nuevo en
14 LOS TRES MOSQUETEROS.
la posada por la puerta principal en la cual d'Artagnan vió al llegar un caballo
ensillado.
Nuestro jóven era incapaz de dejar libre al hombre quehabia tenido la in
solencia de burlarse de él, y así fué que desenvainando enteramente la espa
da se echó en persecucion de su enemigo, gritando:
—Volveos, volveos, caballero burlon, no sea que os hiera por la espalda.
—Herirme á mí! respondió el otro quedándose plantado y mirando al jóven
con tanta sorpresa como desprecio. Vamos, veo que estais loco, amiguito. En
seguida añadió á media voz y hablando consigo mismo: buen hallazgo para
Su Magestad que anda buscando por todas partes mozos valientes para el cuer
po de mosqueteros. ¡Lastima que no conozca á éste!
Apenas acabára de hablar, cuando d'Artagnan le tiró una estocada tan fu
riosa, que si el otro no da un salto hácia atrás, es probable que no hubiera
vuelto á reírse de nadie. El desconocido vió entonces que iba de veras, sacó
la espada, saludó á su adversario y púsose en guardia; pero al mismo tiempo
los dos oyentes y el posadero se arrojaron sobre d'Artagnan dándole de palos
y golpes con palas y tenazas. Esto dió una diversion tan rápida y completa al
ataque, que el adversario de d'Artagnan, mientras este se volvía para hacer
frente al granizo de golpes, envainó la espada y de actor que casi habia sido,
se- hizo espectador del combate, papel que desempeñó con su imparcialidad
ordinaria , murmurando sin embargo:
—Malditos gascones! Colocadle de nuevo en su caballo anaranjado y que
se vaya.
—No será sin que antes te haya muerto, cobarde! gritaba d'Artagnan, ha
ciendo frente á sus tres enemigos que le molían á palos.
—Otra baladronada ! esclamó el caballero. Por vida mía que son incorre
gibles estos gascones. Siga la danza, ya que así lo desea; cuando esté cansado
ya avisará.
Pero el desconocido no sabia con qué testarudo se las habia; d'Artagnan no
era hombre que pidiera perdon nunca. El combate duró algunos momentos
mas, hasta que el jóven, cansado, dejó caer la espada que un palo rompió en
dos pedazos; otro golpe le hirió en la frente y al mismo tiempo le derribó lleno
de sangre y casi sin sentido.
Entonces fué cuando los vecinos acudieron de todas partes al lugar de la
escena; pero temiendo el posadero un escándalo, con ayuda de sus mozos lle
vó al herido á la cocina y le prodigó algunos cuidados.
En cuanto al caballero, ocupaba de nuevo su puesto en la ventana contem
plando con cierta impaciencia á la multitud que permaneciendo allí le incomo
daba de un modo notable.
—¿ Y bien ? ¿ cómo está el furioso? preguntó volviéndose al ruido que hi
zo la puerta al abrirse y dirigiéndose al posadero que venia á informarse de
su salud.
UMidk CJKmnmuJ.

aonan
o
LOS TRES MOSQUETEROS. 15
t*-Vuestra Excelencia está sana y salva? preguntó el huésped.
—Sigue bien, contestó el posadero, se ha desmayado y nada mas.
—En efecto, dijo el caballero.
—Pero antes de desmayarse, ha reunido todas las fuerzas para llamaros á
combate.
—El diablo es el tal muchacho, esclamó el desconocido.
—Vuestra Excelencia se equivoca; no es el diablo, repuso el huésped ha
ciendo un gesto de desprecio, pues habiéndole registrado durante el desmayo,
no hemos hallado en su maleta mas que una camisa y once escudos en su
bolsa, pobreza que no le ha impedido decir al caer desmayado, que si el lance
le hubiera acontecido en París, os hubierais arrepentido desde luego; pero
que habiendo sucedido aquí, os arrepentiréis mas tarde.
—En este caso, dijo fríamente el desconocido, es un príncipe disfrazado.
—Se lo advierto á V. E., repuso el huésped, para que se ande con tiento.
—¿lía nombrado en su furor á alguna persona?
—En efecto; se golpeaba la faltriquera y decía:—Veremos que pensará el
señor de Treville del insulto que se ha hecho á su recomendado.
—El señor de Treville, dijo el desconocido como meditando; se golpea
ba la faltriquera pronunciando el nombre del señor de Treville... Vamos
á ver, mi estimado posadero, estoy seguro de que durante el desmayo del
jóven no habréis dejado de registrarle la faltriquera. ¿Qué habeis hallado
en ella?
—Una carta para el señor de Treville, capitan de los mosqueteros.
—¿Es cierto?
—Como tengo la honra de decírselo á V. E.
El posadero que era poco perspicaz no observó la espresion que sus pala
bras acababan de dar á la fisonomía de su interlocutor, el cual se apartó de
la ventana en que hasta entonces se apoyara y frunció el ceño con inquietud.
—Diablos! murmuró entre dientes, me habría mandado Treville ese gas
con? No hay duda que es muy jóven, pero una estocada no deja de ser una
estocada, sea cual sea la edad del que la da, y se tiene menos desconfianza
en un muchacho que en un hombre; además de que á las veces un pequeño
obstáculo basta para que salga frustrado un gran proyecto.
El desconocido siguió reflexionando durante míos instantes, pasados los
cuales dijo al posadero.
—Veamos como me desembarazais de esc frenético. En conciencia no pue
do matarle y sin embargo, añadió con cierta espresion fríamente amenazado
ra, me incomoda . ¿En dónde está?
—En el cuarto de mi mujer, en el primer piso donde le están curando.
—¿Se ha quitado la ropilla? ¿dónde tiene la ropa y la maleta?
—Todo está en la cocina , en el piso bajo ; y supuesto que ese loco os in
comoda...
16 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Pues! no veis que ha armado en vuestra posada un escándalo indigno
de gente honrada? Retiraos, decidme cuando os debo y avisad á mi lacayo.
— ¡Cómo! V. E. nos deja ya?
—Habeis olvidado que os mandé ensillar mi caballo? ¿Será qué no me ha
beis obedecido?
—De ningun modo: el caballo se halla en la puerta principal en disposi
cion de emprender su camino, segun V. E. habrá visto.
—Haced, pues, lo que acabo de encargaros.
—Oiga! dijo para sí el posadero, si tendrá miedo al rapaz?
Una mirada imperiosa del desconocido detuvo en sus reflexiones al hués
ped que se retü-ó despues de saludar humildemente.
—Solo nos falta que el bribon del muchacho vea á Milady, prosiguió el
estranjero ; no puede tardar en llegar, ya va pasando la hora... Al fin y al
cabo valdrá mas que monte á caballo y salga á su encuentro. .. Si yo pudiese
saber el contenido de la carta dirigida al señor de Treville...
Y el desconocido se dirigió murmurando hácia la cocina.
Entretanto, el posadero en quien no cabia duda alguna de que la presencia
del jóven echaba de la posada al desconocido, habia subido al cuarto de su
mujer, y hallado á d'Artagnan recobrado del desmayo. Con pretesto de que
la policía podia darle un mal rato por haber buscado camorra á un gran se
ñor, pues segun la opinion del huesped el desconocido no podia ser sino un
gran señor, le determinó á levantarse y á proseguir su camino, apesar de la
debilidad del jóven. Este, pues, medio aturdido, sin ropilla y vendada la ca
beza, se levantó é impelido por el posadero, empezó á bajar; pero lo primero
que vió llegar á la cocida, fué á su provocador hablando tranquilamente con
una dama en el estribo de un pesado coche tirado por dos caballos nor
mandos.
La dama á cuya cabeza servia de marco la puertecilla del carruaje tenia
de veinte á veinte y dos años de edad. Ya hemos hablado de la rapidez de in
vestigacion con que d'Artagnan abarcaba toda una fisonomía y escusamos por
consiguiente añadir que una mirada le bastó para ver que aquella mujer era
jóven y hermosa, pero de una belleza completamente diferente de la del pais
meridional que hasta entonces habitára d'Artagnan. Era pálida y rubia, de
rasgados ojos azules y lánguidos, tenia rosados labios y manos de alabastro,
el pelo le caia en largos bucles sobre los hombros, y hablaba vivamente con el
desconocido.
—Su eminencia me manda pues. . . decía la dama.
—Os manda que regreseis ahora mismo á Inglaterra y que le aviseis direc
tamente si el duque sale de Londres ó si ha salido ya.
—¿Y las demás instrucciones? preguntó la hermosa viajera.
—Las hallaréis en esta caja que no abriréis hasta haber llegado al otro
lado del canal de la Mancha.
LOS TRES MOSQUETERO». 17
—Corriente , ¿ y vos qué vais á hacer ?
—Regresar á París.
—¿ Sin castigar al insolente rapazuelo ? preguntó la dama.
En el momento que el desconocido abria la boca para responder, d'Artag-
nan, que lo habia oido todo, lanzóse hacia el dintel de la puerta, gritando:
—Ahora será el insolente rapazuelo quien castigue a los demás, y creo que
esta vez no se le escapará como la primera su provocador.
— ¿Qué no se le escapará? repuso el desconocido frunciendo las cejas.
—No , pues no puedo creer que os atrevais á huir en presencia de una
señora.
—Mirad , esclamó milady viendo que el caballero echaba mano á la espa
da, mirad que cualquier retardo puede perderlo todo.
—Teneis razon, respondió el desconocido; idos por vuestro lado, yo iré por
el mio.
Y saludando á la dama con un movimiento de cabeza, montó de un salto
á caballo, mientras el cochero daba de vigorosos latigazos al tiro. Los dos
interlocutores salieron pues al galope alejándose en opuestas direcciones.
—Eh ! la cuenta! gritó el huésped cuya afeccion por el viajero trocábase
en el mayor desden al verle marcharse sin pagar el gasto.
—Paga, bergante, gritó el viajero á su lacayo sin dejar de-galopar.
Este arrojó á los piés del huésped dos ó tres monedas de plata y echó á
correr en pos de su amo.
—Cobarde! ¡miserable! mentido caballero! esclamó d'Artagnan lanzándose
á su vez detrás del lacayo.
Pero el herido se hallaba muy débil para resistir á semejante esfuerzo, y á
los diez pasos, zumbáronle los oidos, le dió un vahido, una nube de sangre
pasó sobre sus ojos, y cayó en medio de la calle, gritando aun:
—Cobarde ! cobarde I cobarde !
—Todo un cobarde, en efecto, murmuró el posadero acercándose á d'Ar
tagnan y tratando de reconciliarse con el pobre gascon por medio de aquella
lisonja, á semejanza de la garza real con el caracol de la fábula.
—Él es muy cobarde, murmuró d'Artagnan; pero ella muy hermosa.
—¿ Quién es ella? preguntó el posadero.
—Milady, dijo á media voz d'Artagnan que habia oido pronunciaroste nom
bre al caballero, y cayó segunda vez sin sentido.
—"Vayase lo uno por lo otro , dijo el huésped ; pierdo dos , pero me queda
este que estoy seguro de conservar por espacio de algunos dias, lo que no deja
de ser una ganancia de once escudos.
Ya se sabe que en la bolsa de d'Artagnan no habia mas que esta cantidad,
y como se vé , el huésped contaba con once dias de enfermedad á escudo por
(lia ; pero hacia la cuenta sin la huéspeda.
El dia siguiente álas cinco de la mañana, d'Artagnan se levantó, bajó por sí
3
18 LOS TRES MOSQUETEROS.
solo á la cocina, pidió, amen de otros ingredientes cuya lista no hemos podido
hallar, vino, aceite, romero, y con la receta de su madre en la mano, compuso
un bálsamo con el cual se ungió las numerosas heridas, sin admitir ayuda de
medico. Gracias probablemente al bálsamo de gitano, y quizá tambien a la au
sencia del doctor, d'Artagnan se halló el dia siguiente poco menos que curado.
Pero en el momento de ir á pagar el romero, el vino y el aceite, único gasto
que hiciera el amo, pues guardó rigurosa dieta, mientras que el caballo ama
rillo , si hemos de dar crédito al posadero , habia comido tres veces mas de lo
que era de suponer por su facha, d'Artagnan halló en su faltriquera la bolsita
de terciopelo rayado con los once escudos; pero la carta para el señor de Tre-
Yille habia desaparecido.
El jóven empezó por buscar con mucha paciencia la carta , registrando y
volviendo al revés veinte veces falriqueras y bolsillos , mirando y volviendo á
mirar en la maleta , abriendo y cerrando la bolsa ; pero convencido de que no
habia de hallar la caria , le acometió un tercer acceso de furor , que en poco
estuvo que le ocasionára un nuevo gasto de vino y aceite aromatizados , pues
como viera el posadero que el endemoniado jóven se enfurecía de nuevo y
amenazaba con romperlo todo en la posada si no hallaba la carta , se habia
armado de un chuzo, su mujer empuñaba un mango de escoba y los mozos los
palos de marras.
—Mi carta de recomendacion ! esclamaba d'Artagnan , ó vive Dios que os
ensarto á todos como golondrinas.
Por desgracia se oponía una circunstancia á la amenaza del jóven , y era
que , como hemos dicho , la espada habia sido rota en dos pedazos en la pri
mera refriega , cosa de que él no se acordaba ya , y de lo cual resultó que al
querer desenvainarla , hallóse armado únicamente de un pedazo de espada de
ocho ó diez pulgadas que el posadero habia cuidado de colocar en la vaina.
En cuanto al resto de la hoja, el huésped le habia diestramente guardado para
convertirlo en mechera.
Semejante decepcion no hubiera detenido al impetuoso jóven; pero pensando
el posadero que lo que se le reclamaba era muy puesto en razon, dijo bajando
el chuzo.
—En efecto , ¿ qué ha sido de su carta ?
—Sí , ¿ qué ha sido de ella ? añadió d'Artagnan , os prevengo que la carta
iba dirigida al señor de Treville , que es preciso que sea hallada , y si no se
halla, él sabrá á quien reclamarla.
Esta amenaza acabó de intimidar al posadero. Despues del rey y del señor
cardenal, el señor de Treville era el personaje cuyo nombre repetíase con mas
frecuencia por soldados y paisanos. No hay duda que habia tambien el padre
José, pero su nombre se pronunciaba siempre en voz baja, tanto era el terror que
infundia la eminencia gris, como solian llamar entonces al familiar del cardenal.
Así fué que arrojando á un lado el chuzo y mandando á su mujer que hiciera
LOS TRES MOSQUETEROS. 19
otro tanto con el palo de escoba y á los criados con los bastones , fué el pri
mero en dar ejemplo y empezó á buscar él mismo la carta perdida.
—¿ Contenia la carta algo precioso ? preguntó el posadero pasados algunos
momentos en inútiles pesquisas.
—Pardiez ! respondió el gascon que contaba con aquella carta para prospe
rar en la corte , contenia mi fortuna.
—¿Vales españoles ? preguntó con inquietud el posadero.
—Vales de la tesorería particular de Su Majestad, respondió d'Artagnan que
contando entrar en el servicio del rey á favor de aquella recomendacion, creia
poder dar sin mentir semejante respuesta un poco atrevida.
—Diablos ! dijo el huésped en el colmo de la desesperacion.
—El dinero es lo de menos , prosiguió d'Artagnan con el aplomo de los de
su pais, pero la carta , la carta... Hubiera dado mil doblones por no perderla.
Nada arriesgaba diciendo veinte mil: pero fué detenido por cierto pudor ju
venil.
El posadero que se daba ya á todos los diablos , no encontrando nada , pe
góse de repente una palmada en la frente , esclamando :
—La carta no se ha perdido.
—¿Cómo así? dijo d'Artagnan,
—No : os la han robado.
—¿ Robado ? quien ?
—El caballero de ayer. Recuerdo que bajó á la cocina, allí habiais dejado
la ropilla, vuestro adversario se quedó solo y apostaría que él es el ladron.
—¿Lo creeis así? preguntó d'Artagnan poco convencido, sabiendo mejor que
nadie la importancia completamente personal de la carta y no viendo en ella
nada capaz de excitar la codicia. Locierto es que ninguno de los criados ni de
los viajeros presentes hubiera ganado cosa , apoderándose de aquel escrito.
—Decís , pues , repuso d'Artagnan, que sospechais del impertinente caba
llero ?
—Os digo que estoy seguro de ello , prosiguió el posadero , pues cuando le
participé que vuestra señoría era el protegido del señor de Treville y que
traiais ana carta para ese ilustre personaje, manifestó mucha inquietud, pre
guntóme donde estaba la carta y luego bajó á la cocina en donde sabia que ha
llaría vuestra ropilla.
—En este caso, ya sé quien es el ladron, respondió d'Artagnan; me quejaré
al señor de Treville y el señor de Treville se quejará al rey.
En seguida sacó majestuosamente del bolsillo dos escudos, diólos al posadero
que le acompañó sombrero en mano hasta la puerta , y montó otra vez en su
jaco amarillo que le llevó sin novedad hasta la puerta de San Antonio, en donde
apesar del paternal encargo, su propietario lo vendió en tres escudos, que fué
mucho si se atiende á que d'Artagnan le habia estropeado durante la última
caminata. El chalan á quien lo cedió por las indicadas nueve libras dijo al
20 LOS TRES MOSQUETEROS.
jóven que le daba tan exorbitante cantidad únicamente por la originalidad del
color del jaco.
D'Artagnan entró , pues , en París á pié , con la maleta debajo del brazo y
anduvo hasta haber hallado un cuarto á la altura de sus recursos pecuniarios.
El tal cuarto era una especie de buhardilla, situada en la calle de Fossoyeurs,
cerca del Luxemburgo. •
En seguida d'Artagnan tomó posesion de su aposento ; pasó el resto del dia
acomodando á la ropilla y á los calzones los pasamanos que su madre habia
descosido de una ropilla casi nueva del señor d'Artagnan padre y que le habia
entregado á escondidas; luego se dirigió á la calle de Ferraille a que le echá-
ran una hoja al puño de la espada, y sin mas dilaciones, se encaminó al Louvre
en donde se informó por el primer mosquetero que le salió al paso, de la morada
del señor de Treville. Este vivia en la calle de Vieux Colombier, precisamente
muy inmediata al cuarto alquilado por d'Artagnan, circunstancia que le pareció
de buen agüero para el éxito de su viaje.
Satisfecho entonces del proceder con que habia obrado en Meung, sin remor
dimientos, confiando en el presente y lleno de esperanzas en el porvenir, acos
tóse y durmió con el sueño del valiente.
Aquel sueño, enteramente provinciano, duró hasta las nueve de la mañana
siguiente, hora en que nuestro jóven se levantó para trasladarse á casa del re
nombrado señor de Treville el tercer personaje del rey segun la opinion paternal.
LOS TRES MOSQUETEROS. 21

CAPITULO II.

La antecámara del señor de Treville.

El señor de Troisville, como seguia llamándose su familia en Gascuña, ó el


señor de Treville, como él acabara por llamarse en Paris, habia efectivamente
empezado como d'Artagnan , esto es , sin un cuarto ; pero con ese caudal de
audacia, ingenio y tenacidad, causa de que el caballero gascon mas pobre re
ciba frecuentemente en sus esperanzas de la herencia paterna , mas que en
realidad cualquier otro caballero por rico que sea. Su valor insolente y su dicha
mas insolente aun en una época en que las cuchilladas caian como granizo, le
habian encumbrado á la cúspide de esa escala dificil llamada favor de corte,
cuyos escalones subiera de cuatro en cuatro.
Era amigo del rey , que como es público y notorio honraba en gran manera
la memoria de su padre Enrique IV. El padre del señor de Treville le habia
servido con tanta fidelidad en las guerras contra la Liga , que á falta de dinero
contante,—cosa que durante toda su vida faltó al Bearnés, quien pagó siempre
sus deudas con lo único que nunca se vió obligado á pedir prestado, esto es, et
ingenio—que á falta de dinero contante , decimos , despues de la sendicion de
Paris, le autorizó para tomar por escudo un leon de oro en campo de gules con
la divisa fidelis et fortis. Mucho fué esto para el honor si poco para el bienestar,
y asi sucedió que al morir el ilustre compañero de Enrique , dejó á su hijo por
única herencia su espada y su blason. Gracias á este doble legado y al nombre
sin mancha que le acompañaba, el señor de Treville fué admitido en la casa del
jóven principe, en donde sirvióse tan bien de la espada y fué tan fiel á su divisa,
que Luis XIII, una de las buenas espadas de su reino, solia decir que si uno ae
22 LOS TRES MOSQUETEROS.
sus amigos se hallára en el caso de desafiarse , le aconsejarla que tomára por
padrino á él en primer lugar , y despues de él á Treville , y tal vez á Treville
antes que á él.
Asi es que Luis XIII profesaba á Treville una verdadera afeccion, afeccion de
rey , afeccion egoista , es cierto , pero que no por esto dejaba de ser afeccion,
particularmente en aquellos desdichados tiempos en que eran tan solicitados los
hombres de buen temple. Muchos podian adoptar la divisa de fuertes , segunda
parte de la suya ; pero pocos caballeros podian reclamar el epiteto de fieles que
formaba la primera. Treville era uno de estos últimos, una de esas raras orga
nizaciones de inteligencia obediente como la del perro , de valor ciego , mirada
rápida y mano lista , de ojos para ver únicamente si el rey estaba descontento
de alguien , y de brazo para caer contra el importuno que incomodaba al rey;
un Besme, un Maurevers, un Poltrot deMeré, un Vitry. Finalmente, á Treville
solo le faltaba la ocasion , que él andaba buscando prometiéndose cojerla por
los cabellos si llegaba á pasarle al alcance de la mano. Por esto Luis XIII
nombró á Treville capitan de sus mosqueteros, los cuales eran para este rey en
abnegacion ó mas bien por fanatismo , lo que para Enrique III los cuarenta y
cinco y la guardia escocesa para Luis XI.
En este punto el cardenal por su parte no le andaba en zaga al rey , pues al
ver la formidable legion de que Luis XIII se rodeaba , este segundo ó mas
bien primer rey de Francia habia querido tener tambien su guardia , y tuvo
mosqueteros , lo mismo que Luis XIII , viéndose entonces á estos dos poderosos
rivales escoger para su servicio en todas las provincias de Francia y en las
naciones estranjeras ¡i los hombres mas célebres por sus estocadas. Sucedia,
pues , que Richelieu y Luis XIII solian disputar acerca del mérito de sus ser
vidores , cuando por la noche hacian su partida de ajedrez. Uno y otro hacian
alarde de la apostura y valor de los suyos , y al mismo tiempo que por medio
de leyes prohibian el duelo y las disputas, les excitaban por debajo de cuerda á
venir á las manos , recibiendo una profunda pesadumbre ó una alegria siu li
mites del triunfo de los suyos respectivos. Asi lo cuentan , cuando menos , las
memorias de un hombre que asistió á algunas de aquellas derrotas y á muchos
de aquellos triunfos.
Treville conocia la parte débil de su señor y á este conocimiento debia el lar
go y constante favor de un rey que no ha dejado reputacion de fiel á la amistad.
Hacia formar en parada á sus mosqueteros delante del cardenal Armando Du-
plesis de un modo picaresco que erizaba de furor el bigote gris de Su Eminencia.
Treville entendia admirablemente la guerra de la época, segun la cual, cuando
no se vivia á espensas del enemigo , se vivia á las del pais: sus soldados eran
una legion de demonios que nadie sino él podia gobernar.
Con el pecho descubierto, óbrios y rotos los mosqueteros del rey, ó mas bien
los det señor de Treville, se desparramaban por las tabernas , paseos y lugares
públicos, gritando, retorciéndose los bigotes , haciendo sonar las espadas, tro
LOS TRES MOSQUETEROS. 23
pezando con las guardias del señor cardenal si les hallaban al paso , desenvai
nando la espada en medio de la calle, echando pullas; muriendo algunas veces
aunque con la seguridad de ser llorados y vengados ; matando otras y seguros
en este caso de no enmohecerse en la cárcel teniendo al señor de Treville para
reclamarles. Esto hacia que el capitan fuese ensalzado en todos los tonos , can
tado en todas las llaves por aquellos hombres que le adoraban y apesar de sus
malas costumbres, y que Jtemblahan delante de él como colegiales delante del
maestro , obedeciendo á la señal mas leve , y dispuestos á dejarse matar para
borrar una reprension.
El señor de Treville habia empleado esta palanca en primer lugar para el rey
y los amigos del rey, y enseguida para si y sus amigos. Por lo demás , en nin
guna de las memorias de aquel tiempo, que tantas memorias ha dejado , se en
cuentra que este digno caballero fuese acusado ni aun por sus enemigos, apesar
de haber tenido tantos entre la gente de pluma como en la de espada , en nin
guna parte, decimos , se encuentra que aquel digno caballero fuese acusado de
hacerse pagar la cooperacion de sus seides. Con un privilegiado genio para la
intriga que le igualaba á los primeros intrigantes , habia podido conservar su
hombría de bien. A despecho de las estocadas que derrengan y de los ejerci
cios penosos que cansan, era uno de los mas galantes rondadores de callejuelas,
uno de los pisaverdes mas finos, un alambicado decidor de su época; hablábase
de las conquistas de Treville , como veinte años antes se habia hablado de las
de Bassompierre , que no era poco hablar , y el capitan de los mosqueteros era
admirado , temido y amado , que es cuanto constituye el apogeo de la fortuna
humana. , )
Luis XIV absorvió con su vasto esplendor todos los astros de su corte : pero
su padre, sol pluribus impar, dejó su resplandor personal á cada uno de sus fa
voritos, su valor individual á cada uno de sus cortesanos; de modo que además
del astro rey y del astro cardenal , contábanse á la sazon en París mas de dos-
cientros astros menos importantes que no dejaban de ser buscados y entre estos
doscientos el del señor de Treville era uno de los mas deseados.
El patio de su palacio que se hallaba en la calle de Vieux-Colombier , desde
las seis de la mañana en verano y desde las ocho en invierno, parecía un campo
de batalla ; unos cincuenta ó sesenta mosqueteros que parecían relevarse para
presentar siempre un número imponente, paseábanse sin cesar en traje de guer
ra y dispuestos á todo. Por las anchas escaleras , en cuyo espacio la moderna
civilizacion podría construir una casa entera, subian y bajaban los pretendientes
de París que solicitaban cualquier favor, los hidalgos de provincia ávidos de ser
alistados y los lacayos engalanados con libreas de todos colores que traían al
señor de Treville mensajes de sus amos ó de sus señoras. En la antecámara
descansaban sentados en banquetas circulares los elegidos, esto es, los que ha
bian sido convocados. Desde la mañana hasta la noche reinaba allí un sordo
murmullo, mientras que el señor de Treville, en su gabinete contiguo á aquella
24 LOS TRES MOSQUETEROS.
antecámara , recibia visitas , oia quejas , daba órdenes y como el rey desde el
batcon de Louvre , con asomarse á la ventana , podia pasar revista de hombres
y armas.
El dia que d'Artagnan se presentó, la reunion era numerosa é importante en
particular para un provinciano recien llegado de la casa paterna ; es cierto que
este provinciano era gascon y en aquella época los compatriotas de d'Artagnan
tenian fama de no dejarse intimidar fácilmente. En efecto, franqueada ya la ma
ciza puerta enclavijada con largos clavos de cabeza cuadrangular , se caia en
medio de una muchedumbre de hombres de espada que se cruzaban en el patio,
interpelándose , disputando y jugando unos con otros. Para abrirse paso entre
aquellas olas inquietas, era preciso ser oficial, gran señor ó mujer bonita.
Por en medio, pues, de tanta barahunda y desorden se adelantó nuestro jóven
palpitándole el corazon , con la espada colocada á lo largo de sus piernas
ftacas , la mano en el ala del sombrero y con la media sonrisa del provinciano
confuso que desea ser bien recibido. Cuando dejaba. un grupo detrás de si, res
piraba con mas libertad; pero adivinaba que se volvian para mirarle, y por la
vez primera „ d'Artagnan que siempre se habia tenido en muy buena opinion,
se encontró ridiculo.
En cuanto hubo llegado á la escalera , la cosa fué peor , pues habia en las
primeras gradas cuatro mosqueteros que se divertian en el ejercicio siguiente,
mientras que diez ó doce de sus caniaradas esperaban en la meseta que les
llegára el turno de tomar parte en la diversion.
Uno de eltos desde el último escalon blandiendo la espada impedia ó se es
forzaba en impedir que los otros tres subieran la escalera , en tanto que estos
esgrimian sus aceros contra aquél.
D'Artagnan creyó al principio que peleaban con florete ; pero no tardó en
ver, gracias á algunos rasguños, que eran espadas muy afiladas, y á cada ras-
guío, no solo los espectadores , sino tambien los actores reian como locos.
El que ocupaba el escalon superior detenia en aquel momento maravillosa
mente á sus adversarios; en torno de ellos se habia formado circulo. Era con
dicion que á cada estocada el tocado dejaria la partida en provecho del que le
hubiera tocado. En cinco minutos fueron heridos tres contendientes, el uno en
el puño, el otro en la barba y el último en la oreja por el defensor del escalon
superior á quien no pudieron herir, destreza que le valió, segun lo convenido,
defender su puesto tres veces seguidas.
Este pasatiempo admiró mucho á nuestro jóven viajero : habia visto en su
provincia , tierra en que sin embargo se calientan tan facilmente las cabezas,
mas preliminares en los duelos , y la fanfarronada de los cuatro jugadores le
pareció la mas sorprendente de cuantas hasta entonces oyera en la misma Gas
cuña. Creyóse transportado al famoso pais de los gigantes á donde habia ido
Culliver y tenido tanto miedo , y con todo , no habia llegado aun al término,
pues faltaba la meseta de la escalera y la antecámara.
LOS TRES MOSQUETEROS. 25
En la meseta no reñían, pero en cambio cantábanse historias de mujeres, y
en la antecámara aventuras de la corte. En la meseta d'Artagnan se sonrojó;
en la antecámara estremecióse. Su viva imaginacion que en Gascuña le hicie
ra temible á las jóvenes camareras y á veces á las señoras jóvenes , ni en sus
momentos de delirio habia sottado nunca la mitad de aquellas maravillas amo
rosas y la cuarta parte de aquellas proezas galantes realzadas con nombres los
mas conocidos y los mas minuciosos detalles. Pero si en la meseta fué ofendi
do su amor á las buenas costumbres , en la antecámara escandalizóse el res
peto que tenia al cardenal. Con profundo asombro oyó allí d'Artagnan criti
car en alta voz la política que hacia temblar á la Europa y la vida privada del
cardenal que tan caro habia costado á muchos poderosos señores la intencion
de profundizarla; aquel grande hombre reverenciado por el señor d' Artagnan
padre servia de burla á los mosqueteros del señor de Treville , los cuales se
reian de sus piernas patizambas y de su corcova ; algunos cantaban villanci
cos acerca de la señora de Combalet su sobrina, en tanto que los otros arma
ban asechanzas á los pajes y guardias del cardenal -duque , cosas que pare
cían á d'Artagnan imposibilidades monstruosas.
Sin embargo , cuando el nombre del rey intervenía á veces de repente y de
improviso en todas aquellas pullas cardenalescas , una especie de mordaza
cerraba por un momento todas las bocas; se miraba con vacilacion en torno y
no parecía sino que hasta se temía la indiscrecion del tabique del gabinete
ocupado por el señor de Treville; pero poco despues una alusion cualquiera ha
cia recaer de nuevo la conversacion acerca de Su Eminencia y las carcajadas y
los dichos eran soltados sin recelo.
—Hé aquí, se dijo d' Artagnan con terror , unas gentes que van á ser pre
sas y ahorcadas , y yo con ellos , pues desde el momento que les he estado
oyendo , aparezco como cómplice suyo. ¿Que diría mi señor padre que tanto
me encargó el respeto al cardenal si supiera que me encuentro entre estos
paganos?
D' Artagnan no se atrevía á tomar parte en la conversacion contentándose
con mirar , oyendo atentamente y con sus cinco sentidos para no perder una
sílaba, y apesar de su confianza en los consejos paternales, sintiéndose arras
trado por sus gustos é instintos mas bien á encomiar que á censurar las
cosas desconocidas que pasaban allí.
Como ninguno de los cortesanos del señor de Treville le conocía y se le
veia por vez primera en aquel sitio, no faltó quien le preguntara qué deseaba:
d' Artagnan dijo su nombre con mucha humildad , recargo el acento en el tí
tulo de compatriota y rogó al ayuda de cámara , que fué quien le preguntó,
que pidiera para él al señor de Treville un momento de audiencia , peticion
que aquel con tono de proteccion prometió trasmitir en su tiempo y lugar.
Algo repuesto de la primera sorpresa , d'Artagnan pudo estudiar cómoda
mente los trajes y las fisonomías.
4
%6 LQS TRES MOSQUETEROS.
En el centro del grupo mas animado se hallaba un mosquetero de estatura
alta, rostro altivo, y vestido tan caprichosamente que llamaba la atencion ge
neral. En aquel momento no llevaba el uniforme de mosquetero , que por otra
parte no era de absoluta obligacion en aquella época de poca libertad y mu
cha independencia ; vestia una casaca de color azul celesto con rayas, y encir-
ma de este traje un magnífico tahalí con bordados de oro que brillaban como
escamas al sol: una larga capa de terciopelo carmesí caia con gracia sobre
sus espaldas , descubriendo por delante únicamente el espléndido tahalí del
cual colgaba un gigantesco espadon.
El tal mosquetero salia de guardia en aquel instante , quejábase de estar
ronco y de vez en cuando tos ¡a con afectacion. Por esto decia que se habia
puesto la capa i y mientras hablaba , rizándose desdeñosamente el bigote, tor
dos y d' Artagnan mas que todos admiraban entusiasmados el tahalí bordado.
—¿Qué le hemos de hacer? decía el mosquetero, es moda; eonvengo en que
es locura, pero es moda. Además, en algo se ha de invertir el dinero de la 1er
gítima.
—Amigo Porthos, respondió uno de los concurrentes, no trates de hacernos
creer que este tahalí lo debes á la generosidad paternal : cuando menos es un
regalo que te ha hecho la dama del velo con quien Je encontré el domingo pa
sado cerca de la puerta, de San Honorato.
—Te juro por mi honor de caballero que lo compré yo mismo y con mi pro
pio dinero, contestó el que acababan de designar con el nombre de Porthos.
—Del misino modo, dijo otro mosqnetero, que yo compré esta bolsa nueva-
y lo que mi querida puso dentro.
—Podeis creerme , añadió Porthos ; la prueba es que me llevaron por él
diez doblones de oro.
Aun cuando la duda existía, la admiracion subió de punto.
—¿No es verdad, Aramis? dijo Porthos dirijiéndose á otro mosquetero.
Este último formaba todo un contraste con el que le interrogaba llamándole
Arwú: era un jóven de veinte y dos á veinte y tres aflos, de semblante Cán
dido y afeminado, de ojos negros y lánguidos, y mejillas rosadas y aterciopela
das como un melocoton en otoño ; el fino bigote dibujaba sobre el labio sqper
rior una línea perfectamente recta ; sus manos no se atrevían á bajarse de
miedo que las venas se hincháran, y de vez en cuando se pellizcaba las orejas
para conservar en ellas up encarnado tierno y transparente. Solia hablar poco
y despacio , saludaba mucho , reía sin ruido enseñando- los dientes que eran
muy hermosos y de los cuales cuidaba en es tremo , como del resto de su
persona. A la interpelacion de su amigo contestó con un movimiento afirma
tivo de cabeza.
Esta afirmativa desvaneció todas las dudas con respecto al tahalí que si
guió siendo admirado, sin que se hablára mas de él , y por uno de esos rápi
dos giros del pensamiento, la conversacion versó de repente sobre otro asunto.
LOS tftÉg MOSQtlttlROS. Í*¡
—¿Qué ©« parece de 10 que Cüeílta el escudero de Chaláis? preguntó otro
mosquetero siti diríjirsé á nadie aunque interpelando á todos.
—¿Qué es lo que cuenta? preguntó Porthos pagado de sí,
-'-Cuenta haber encontrado eñ Bruselas á Rochefbrt i el aliña maldita del
cardenal disfrazado de fraile capuchino: con este disfraz burtó ya al Señor de
Laignes como á un bobo.
—Sí, como a un bobo, dijo Porthos; ¿pero esto es cierto?
—Lo sé por Aramis, respondió el mosquetero.
—¿Es verdad?
—iBien lo sabeis, Porthos, dijo Aramis , ayer , sin ir mas lejos, os lo conté
á vos mismo; no hablemos mas de ello.
-"No hablemos más! esta es vuestra opinion , pero nó la mia, repuso Por-¡
thoSi No hablemos mas! Pues yo sí quiero hablar. El cardenal manda espiar á
un caballero, robarle la correspondencia por un traidor, por un bribonazo; con
la ayuda del tal espía y gracias á esta correspondencia hace cortar la cabeza á
Chalais bajo el estúpido pretesto de que trataba de matar al rey y oasar al
hermano de Su Majestad con la reina1, nadie Sabia una palabra de este enigma,
nos lo revelais ayer con gran asombro y cuahdo esta noticia nos tiene á todos
estupefactos, venís hoy dieiéndonos: No hablemos de ello!
—Hablemos, pues, ya que asi lo quereis, repuso Aramis con paciencia.
—Si yo fuese el escudero de Chalnls , esclamó Porthos , ese Rochefort ha
bia de pasar conmigo un rato nada agradable.
—Y vos pasaríais un triste cuarto de hora con el duque Rojo, replicó Aramis.
—El duque Rojo! bien , muy bien! respondió Porthos palmoteando y ha
ciendo gesto de aprobacion con la cabeza. El duque Rojo! que ocurrencia tan
preciosa! Puedes estar seguro de que no olvidaré este apodo. ¡Qué talehto lie*
ne ese Aramis! Lástima que no hayais podido seguir vuestra vocacion: hu
bierais sido todo un cura.
—Ya lo seré , replicó Aramis ; un retardo momentáneo pero ya sabeis,
Porthos, que no dejo de estudiar teología.
—Lo hará como lo dice, respondió Porthos , lo hará tarde ó tempraho.
—Muy pronto, dijo Aramis.
—Para decidirse completamente y tomar de nuevo la sotana que está colga
da detrás de su uniforme, no espera mas que una cosa , añadió otro mosque
tero.
—¿Y qué es lo que espera? preguntó otro.
—Espera que la reina dé un heredero á la corona de Francia.
—No nos burlemos de estas cosas , señores, dijo Porthos; gracias á Dios la
reina se baila aun en edad de poderlo dar.
—Dícese que el señor de Buckingam está en Francia , replicó Aramis con
una sonrisa picaresca que daba á la frase tan simple en apariencia una signi
ficacion bastante escandalosa.
28 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Esta vez , amigo Aramis , no teneis razon, dijo Porthos, y vuestro inge
nio maniático os lleva fuera de limites : si el señor de Treville os oyera, os
arrepentiriais de hablar asi.
—¿Pretendeis danne una leccion, Porthos? esclamó Aramis cuyos ojos lán
guidos brillaron con el fulgor del rayo.
—Sed mosquetero ó cura, amigo mio, sed una cosa ú otra; pero no las dos
á un tiempo , repuso Porthos. Recordad que Athos os dijo el otro dia que co
miais á dos carrillos. No nos enfademos por tan poca cosa , aunque seria inú
til segun lo convenido entre vos, Athos.y yo. Visitais á la señora de Aiguillon
y la haceis la corte; visitais á la señora de Bois-Tracy, prima de la señora de
Chavreuse y se dice que la traiais con mucha intimidad; no vayais á confesar
vuestra dicha, nadie os exije que reveleis este secreto y teneis fama de reser
vado ; pero ya que poseeis esta virtud , haced buen uso de ella tocante á Su
Majestad. Ocúpese quien quiera, y como quiera, del rey y del cardenal; pero
la reina es sagrada; y solo ha de hablarse bien de ella.
—Sois vanidoso como Narciso , amigo Porthos, respondió Aramis; pero os
prevengo, como sabeis ya, que yo detesto la moral que no está establecida por
Athos. En cuanto á vos , amigo mio , llevais un tahali demasiado magnifico
para que me hableis de ciertas cosas. Si me conviene, seré cura ; entre tanto
soy mosquetero, en calidad de tal digo lo que bien me parece, y en este mo
mento se me antoja deciros que me estais haciendo perder la paciencia.
—Aramis!
—Porthos!
—Eh! señores, señores, esclamaron algunos.
—El señor de Treville aguarda al señor d' Artagnan, interrumpió el lacayo
abriendo la puerta del gabinete.
Al oir este anuncio, durante el cual la puerta permaneció abierta, todos ca
llaron , y en medio del silencio general , el jóven gascon atravesó la antecá
mara en parte de su longitud y entró en el gabinete del capitan de los mos
queteros, dándose el parabien por haber escapado tan á tiempo del resultado
de aquella estraña disputa.
LOS TRES MOSQUETEROS.

CAPÍTULO III.

La audiencia.

El señor de Treville estaba cabalmente de muy mal humor; con todo , sa


ludó cortesmente al jóven que se inclinó hasta el suelo , y sonrióse al oir la
voz cuyo acento bearnés recordóle á un tiempo su mocedad y su patria, doble
recuerdo que á todas edades hace sonreir al hombre. Pero acercándose en se
guida á la antecámara y haciendo á d'Artagnan un gesto con la mano , como
pidiéndole permiso para acabar por los otros antes de empezar por él , llamó
tres veces ahuecando la voz cada vez mas, de modo que recorrió todos los to
nos intermedios entre el acento imperativo y el irritado.
—Athos! Porthos! Aramis!
Los dos mosqueteros que ya conocemos abandonaron tos grupos de que
formaban parte y se encaminaron hácia el gabinete cuya puerta se cerró de
trás de ellos luego que hubieron pasado el umbrat. Su aspecto aunque no del
todo tranquilo, excitó, sin embargo , por su dignidad y sumision, la admira
cion de d' Artagnan que veia semidioses en aquellos hombres y en su gefe un
Júpiter olimpico armado de rayos.
Cuando los dos mosqueteros 'hubieron entrado , cuando la puerta se hubo
cerrado otra vez, cuándo el murmullo de la antecámara al cual las voces del
capitan habian dado sin duda nuevo alimento volvió á dejarse oir, cuando, en
fin , el señor de Treville hubo medido tres ó cuatro veces en silencio y frun
ciendo el ceño la longitud del aposento , pasando cada vez por en frente de
Porthos y de Aramis tiesos y mudos como en la parada ; detúvose de repente
EÓS fAÉS MóSOÜÉTERÓS.
delante de ellos y midiéndoles de piés á cabeza con una mirada de ira , es
clamó:
—¿Sabeis que me dijo el rey anoche, sin ir mas lejos, sabeis que me dijo?
—No, respondieron los dos mosqueteros pasado un instante de silencio, no,
señor, lo ignoramos.
—Creo que nos hareis el honor de decirnoslo, añadió Aramia con el acento
mas' suave y la cortesia mas graciosa.
—Me dijo que en lo sucesivo reclutaria sus mosqueteros entre los guardias
del señor cardenal.
— ¡Entre los guardias del señor cardenal! ¿y por qué? preguntó vivamente
Porthos.
—Porque ha visto que sus mosqueteros necesitan refocilarse con mucho vino.
Porthos y Aramis se sonrojaron hasta el blanco de los ojos : d'Artagnan no
sabia lo que le pasaba y hubiera querido hallarse siete estadios bajo tierra.
—Si, si, prosiguió el señor de Treville animándose cada vez mas ; si , y Su
Magestad tenia razon, pues á fe mia que los mosqueteros presentan en la corte
una figura muy triste. Jugando ayer con el rey el señor cardenal le contaba que
anteanoche los malditos mosqueteros , esa cuadrilla de demonios, y recalcaba
el acento en estas palabras con una ironia que me disgustó todavia mas ; esos
fanfarrones, añadia mirándome con sus ojos de gato-tigre , se hallaban á des
hora en una taberna de la calle de Fernón y que una ronda de sus guardias, y
aqui crei que iba á reirse á mis barbas, s8 hábia visto obligada á detener k los
perturbadores. Vive Dios ! vosotros debeig saber algo dé esto. Prender á los
mosqueteros! Vosotros estabais alli, no lo negueis, os conocieron y el cai'denal
os nombró. Mia es la Culpa , si ¡ toda mia , pues yo escojo hombres pai'a mi
compañia. ¿Por qué diablos vos, Aramis, me pedisteis el uniforme citando tan
bien os sentaria la sotana ? Y vos i Porthos > ¿habeis comprado este hermoso
tahali para llevar una espada de paja? Y Athos? ¿donde está Athos que no le veo?
—Señor , contestó fristemente Aramis , está enfermo , muy enfermo.
—Enfermo ? enfermo decis ? ¿ qué tiene ?
—Dicen que viruelas, señor, respondió Porthos deseando tomar parte en la
conversacion, enfermedad terrible por lo que echa á perder el rostro.
—'Viruelas ! Pues noes mala historia la que me estais contando. -^Viruelas
á su edad? No puede ser.;. Decidme que ha muerto, que tal vez está herido.
Ah! si yo lo supiera!... Vive Cristo, señores mosqueteros, que ya estoy can
sado de repetir que no quiero que sean frecuentados los lugares torpes , que
haya camorra en las calles y que se blanda la" espada en las encrucijadas. No
quiero que se dé que reir á los guardias del señor cardenal que son gente brava,
tranquila ., sesuda , que nunca se ven en el caso de ser presos y que además
nunca se dejarlan prender. Seguro estoy dé que preferirian morir en el sitio
que dar un paso atrás, fluir , escaparse , retroceder , esto es bueno para los
mosqueteros del rey\
LOS mS MOSQUÍTBROS. 81
Porthos y Araruis temblaban de furor, De buena gana hubieran estrangulado
al señor de Treville á no estar convencidos de que solo el cariño que les profe
saba le movia á hablar de esta suerte. Pateaban , mordianse los labios hasta
hacerse saltar sangre y apretaban con toda su fuersa el puño de la espada.
Habiendo los de afuera oido llamar, como hemos dicho, á Athos , á Porthos
y á Aramis , comprendieron por el acento de la voz del señor de Treville que
el capitan estaba irritado. Diez cabezas de otrps tantos curiosos hallábanse
arrimadas á la colgadura y palidecian de rabia, pues los oidos pegados á la
puerta no perdian una silaba de lo que se decia en el gabinete , mientras que
las bocas repetian á la muchedumbre de la antecámara las palabras insultantes
del capitan. En un instante desde la puerta del gabinete hasta la de la calle el
palacio se puso en ebullición-
" —Los mosqueteros del rey se dejan prender por los guardias del señor car
denal! prosiguió el señor de Treville, tan irritado interiormente como sus sol^
dados y dirigiendo una á una las palabras como otras tantas estocadas al pecho
de sus oyentes. Seis guardias de Su Eminencia prenden á seis mosqueteros de
Su Majestad ! Tengo tomada ya mi resolucion. Me voy al Louvre, presento mi
dimision de capitan del rey para salipitar una plaza entre los guardias del car
denal , y si me la niega , me meto á cura.
A estas palabras el murmullo de la parte de afuera rompió en una explosion:
menudeaban los juramentos y blasfemias , cruzábanse los gritos y los votos:
d Artagnau buscaba una colgadura pa«"a que le ocultóla y estaba tentado de
colarse debajo de la mesa.
—Pues bien, mi capitan, dijo Porthos fuora de si, la verdad es que éramos
seis contra seis ; pero se nos atacó alevosamente , y antes de que tuviéramos
tiempo de desnudar las espadas , dos de los nuestros habian caido muertos y
Atbos herido gravemente servia de muy poco- Ya conoceis á Athos , capitan,
>J«s veces intentó levantarse y otras tantas volvió á caer. Con lodo, no nos ren
dimos , nos arrastraron á la fuerza y en el camino nos pusimos en salvo. En
cuanto á Athos, creyéronle muerto y dejáronte tranquilamente en el campo de
batalla , pensando que no valia la pena de que fuese preso. Esta es la historia
ni mas ni menos. No toda» las bataltas se ganan , capitan ; el gran Pompeyo
, perdió la de. Fajaba y el rey Francisco I la de Pavia.
t—Tengo el honor de aseguraros que maté á uno con su propia espada, dijo
Aramis, pues la mia se rompió al primer choque; te maté con la espada ó con
el puñal , como mejor os parezca. . > .
^Ignoraba estos pormenores , repuso el señor de Treville con tono mas so
segado; el señor cardenat anduvo exajerado á lo que ve».
T-Pero por favor, prosiguió A'amis, quien viendo tranquilizarse al capitan se
atrevió á aventurar una súplica , por favor no digais que Athos está herido: se
llenaria de desesperacion si supiera que el rey lo sabe, y como la herida es de las
mas graves porcuanto atraviesa el hombroy penetra en el pecho, seriadetemei'.. .
32 tOS TRES MOSQUETEROS.
En este momento apartaron la colgadura de la puerta y una cabeza noble y
hermosa , pero horrorosamente pálida apareció debajo de la franja.
—Athos ! esclamaron los dos mosqueteros.
—Athos ! repitió el señor de Treville.
—Me habeis llamado, dijo Athos al señor de Treville con voz débil pero so
segada, me habeis llamado, segun me han dicho nuestros camaradas, y he ve
nido á ponerme á vuestras órdenes : aqui estoy , ¿ qué me manda mi capitan?
Y á estas palabras el mosquetero vestido con su uniforme , ceñido como de
costumbre, entró con paso firme en el gabinete. El señor de Treville conmovido
en lo intimo de su corazon por aquella prueba de valor , se precipitó hácia el
mosquetero.
—Iba á decir á estos señores, añadió, que prohibo á mis mosqueteros que es
pongan la vida sin necesidad, pues el rey quiere mucho á los valientes y sabe
que sus mosqueteros son los hombres mas valientes del mundo. Dame la ma
no , Athos.
Y sin esperar que el recien llegado contestara á esta muestra de afecto , el
señor de Treville cogióle la mano derecha y la apretó con todas sus fuerzas,
sin notar que Athos, apesar del imperio que ejercia sobre si mismo, hacia in
voluntariamente un movimiento de dolor y se ponia mas pálido de lo que es-
tabaj cosa que se hubiera creido imposible.
La puerta habia quedado entreabierta, tanta impresion produjo la llegada de
Athos cuya herida sabian todos apesar del secreto que se habia guardado. Un
rumor de satisfaccion acogió las palabras del capitan y dos ó tres cabezas ar
rastradas por el entusiasmo asomaron por las aberturas de la colgadura. El
señor de Treville iba probablemente á reprimir con severidad semejante infrac
cion de las leyes de la etiqueta , cuando sintió que la mano de Athos se cris
paba en la suya y al dirijirle los ojos, vió que iba á desmayarse. En el mismo
instante el mosquetero que habia reunido todas las fuerzas para hacer frente
al dolor, vencido por este, cayó sobre la alfombra como un cadáver.
—Un cirujano ! gritó el señor de Treville , el mio, el del rey, el mejor ! Un
cirujano ó vive Cristo que mi valiente Athos va á dejar de existir.
A las voces del señor de Treville , todos se precipitaron en el gabinete sin
acordarse de cerrar la puerta á nadie, rodeando todos al herido; pero tanta prisa
hubiera sido inútil, si el facultativo no se hubiere hallado en el palacio mismo.
Atravesó por entre el corrillo, acercóse á Athos que seguia sin sentido, y como
tanto ruido y movimiento le incomodaban, pidió como primera y urgente pro
videncia que el mosquetero fuese trasladado á un aposento inmediato. El señor
de Treville abrió una puerta é indicó el camino á Porthos y á Aramis los cuales
lleváronse en brazos á su compañero, siguiéndoles el cirujano, detrás'del cual
se ceiTÓ la puerta.
Entonces el gabinete, lugar comunmente respetado, convirtióse por un mo
mento en una sucursal de la antecámara. Todos los asistentes iban y venian
LOS TRES MOSQUETEROS. 33
perorando, hablando en alta voz, jurando, y dando al diablo al cardenal y sus
guardias.
Porthos y Aramis volvieron á entrar poco despues, dejando al cirujano y al
señor de Treville con el herido.
El capitan entró á su vez. El herido habia recobrado el sentido, el facnltivo
declaró que el estado del mosquetero no debia tener inquietos á sus amigos,
pues su debilidad habia sido motivada pura y simplemente por la pérdida de
sangre.
En seguida el señor de Treville hizo una señal con la mano y todos se reti
raron, á escepcion de d' Artagnan, que no olvidando la audiencia y con su te
meridad de gascon no se habia movido de su sitio.
Cuando todos hubieron salido y la puerta se hubo cerrado, el señor de Tre
ville se volvió y encontróse á solas con el jóven. El suceso que acababa de pa
sar habia roto el hilo de sus ideas , y así fué que se informó de lo que de
seaba el tenaz pretendiente. D' Artagnan dijo su nombre y recobrando el
señor de Treville de repente todos sus recuerdos del presente y del pasado, se
puso al corriente de su situacion.
—Dispensadme , le dijo sonriéndose , confieso , mi estimado compatriota,
que os habia olvidado del todo. ¿Qué quereis? un capitan no es mas que un
padre de familia con mayor responsabilidad que los otros padres. Los solda
dos no son otra cosa que niños grandes ; pero como procuro que las órdenes
del rey y particularmente las del señor cardenal sean cumplidas...
D' Artagnan no pudo ocultar una sonrisa , por la cual el señor de Treville
vino en conocimiento de que no se las habia con un tonto , y cambiando de
conversacion, prosiguió:
—He sido muy amigo de vuestro padre; vamos á ver qué puedo hacer en
obsequio del hijo. Daos prisa, pues no puedo disponer de mi tiempo.
—Al dejar á Tarbes, respondió d' Artagnan, para venir á París, me pro
puse pediros, en recuerdo de la amistad que no habeis olvidado, un uniforme
de mosquetero; pero despues de lo que he visto en dos horas que me hallo
aquí, se me figura que no merezco tan señalado favor.
—En efecto, es un favor, respondió el señor de Treville; pero no tan difícil
de conseguir como creeis ó como aparentais creer. Debo, sí, deciros con sen
timiento que en el cuerpo no se admite á nadie que no haya estado en alguna
campaña ó no cuente con algunas acciones brillantes, á no ser que haya ser
vido dos años en otro regimiento menos favorecido que el nuestro.
D' Artagnan se inclinó sin pronunciar una palabra: desde que sabia las di
ficultades que habia que vencer para vestir el uniforme de mosquetero , era
mayor su deseo de conseguirlo.
—Pero, continuó Treville clavando en su compatriota una mirada pene
trante como si tratara de leer en el corazon del jóven , en obsequio á vuestro
padre, mi antiguo camarada , haré, como os he dicho, cuanto pueda por vos.
5
34 LOS TRES MOSQUETEROS.
Nuestros segundones del Bearn no suelen ser ricos y dudo que las cosas hayan
cambiado desde que dejé la provincia, por lo tanto creo que no tendreis lo bas
tante para vivir con el dinero que habeis traido.
D'Artagnan se enderezó con altivez como queriendo significar que no pedia
limosna.
—Bien, jóven, bien, prosiguió Treville, no me disgusta esta altivez; yo vine
á Paris con cuatro escudos en el bolsillo y habria reñido con el primero que
me hubiese dicho que no me hallaba en estado de comprar el Louvre.
D'Artagnan se puso aun mas estirado, pues gracias á la venta def jaco em
pezaba su carrera con cuatro escudos mas que el señor de Treville.
' —Debeis, pues, iba diciéndoos, conservarlo que teneis, por crecido que sea
vuestro capital; pero debeis perfeccionaros en los ejercicios que convienen á un
caballero. Hoy mismo escribiré al director de la Académia real y desde mañana
os admitirá sin retribucion de ninguna clase. No rehuseis este obsequio que
nuestros caballeros mas distinguidos y ricos solicitan á veces sin poderlo con
seguir. Aprenderéis el manejo del caballo, la esgrima y el baile; no os fatarán
buenas relaciones y de vez en cuando vendréis á verme para decirme vuestros
adelantos y lo que pueda hacer por vos.
Apesar de ignorar las costumbres de la corte , d'Artagnan no dejó de notar
la frialdad de esta acogida.
—Ahora , caballero , dijo , es cuando siento mas la pérdida de la carta de
recomendacion que mi padre me entregó para vos.
—Efectivamente, respondió Treville, estraño que hayais emprendido tan lar
go viaje sin este viático forzoso, único recurso de nosotros'los bearneses.
—Yo la tenia , caballero , y en toda regla , á fe mia , esclamó d'Artagnan;
pero me la robaron pérfidamente.
Y contó la escena de Meung, describiendo minuciosamente al caballero des
conocido con un calor y verdad tales que dejaron muy satisfecho al señor de
Treville.
—Cosa mas estraña ! dijo este meditando , ¿ hablasteis de mi en voz alta ?
—Si señor , creo que cometi esta imprudencia ; un nombre como el vuestro
debia servirme de escudo en el camino y podeis ver como acudi á él.
La lisonja era entonces de buena crianza, y el señor de Treville que gustaba
del incienso como un rey ó un cardenal , no pudo menos de sonreirse con vi
sible satisfaccion ; pero esta sonrisa duró poco y el capitan insistió en hablar
de la aventura de Meung.
—Decidme , continuó , tenia aquél caballero una leve cicatriz en la me
jilla?
—Si señor, una especie de rasguño de bala.
—Buena presencia ?
—Si señor.
—Pálido , de pelo negro ?
LOS TRES MOSQUETEROS. 35
—Justamente. ¿ Conoceis á ese hombre ? Si llego á encontrarle, y no dudeis
que lo encontraré, aun que sea en el infierno...
—Estaba aguardando á una muger ? continuó Treville.
—Por lo menos marchóse despues de haber hablado un momento con la
que aguardaba.
— ¿ Sabeis de que trataron ?
—Él la entregó una caja diciendo que contenia sus instrucciones y encar
gándola que no la abriera hasta llegar á Londres. ¡
—La muger era inglesa ?
—Él la llamaba milady.
—Él es ! murmuró Treville , él es ! yo le hacia aun en Bruselas !
—Si sabeis quien es ese hombre , caballero , esclamó d'Artagnan , decidme
donde podré hallarle, pues todo lo olvidaré, todo, hasta la promesa que me ha
beis hecho de admitirme en la compañía de mosqueteros, para poder vengarme.
—Guardaos de ello, jóven, esclamó Treville; si le veis venir por un lado de
la calle , pasad al otro ; no tropezeis con aquella roca pues os rompería como
vidrio.
—Esto no obsta , replicó d'Artagnan , para que si le encuentro....
—Entre tanto, añadió Treville, no le busqueis si quereis seguir mi consejo.
De repente se detuvo como si le hubiese acudido una sospecha. El profundo
odio que el jóven viajero manifestaba tan sin rebozo al desconocido que le ro
bara la carta de su padre, no ocultaba alguna perfidia ? ¿ no era el pretendido
d'Artagnan un emisario del cardenal que trataba de introducirse en su casa pa
ra abusar de su confianza y perderle, como habia sucedido mil veces? Miró con
mas atencion á d'Artagnan que la vez primera, y poco tranquilizado acerca de
él respeto de aquella espresiva fisonomía de astuto ingenio y humildad afectada,
dijo para si :
—Gascon es, pero tanto puede serlo para el cardenal como para mí. Probé-
mosle. Amigo mio, le dijo lentamente, deseo, como á hijo que sois de mi anti
guo amigo , pues no dudo de la historia de la carta perdida , para reparar la
frialdad que habréis notado en la acogida con que os he recibido , descubriros
los misterios de nuestra política. El rey y el cardenal son muy buenos amigos,
sus apariencias de enemistad les sirven para engañar á los tontos. No puedo
consentir en que uno de mis paisanos , todo un caballero y arrogante mozo,
destinado á hacer carrera , sea engañado por esos fingimientos y caiga como
un bobo en el lazo que á tantos ha cojido. JN'o olvideis nunca que estoy comple
tamente al servicio de dos amos poderosos y no tengo mas objeto que el de
complacer al rey y al señor cardenal, uno de los genios mas eminentes que
Francia ha producido. Ahora, jóven, mirad lo que habeis de hacer, y si teneis,
ya por asuntos de familia, ya por relaciones, ya por instinto, enemistad con el
cardenal, como se la guardan algunos caballeros, despedios de mí y dejadme.
. Yo os ayudaré en lo que pueda ; pero no vengais á visitarme con frecuencia.
36 LOS TRES MOSQUETEROS.
Espero que mi franqueza no os hará enemigo mio , pues sois el primer joven
á quien he hablado de está suerte.
Treville decia para su capote :
—Si el cardenal me ha mandado ese zorro , no se habrá descuidado de en
cargarle, pues sabe cuanto le detesto, que me hable pestes de él, y siendo asi,
el astuto compadre va á responderme que abomina á su Eminencia.
Pero no sucedió como esperaba el señor de Treville , pues d'Artagnan con
testó con la mayor sencillez :
—He llegado á Paris con intenciones muy semejantes á tas que os guian á
vos. Mi padre me encargó que de nadie sufriera poco ó mucho á escepcion del
rey, del señor cardenal y de vos, tres personajes que segun él son los prime
ros del reino.
D'Artagnan, como se habrá observado, añadió el señor de Treville á los otros
dos, seguro de que esta adicion no podia perjudicarle.
—Profeso, pues, al señor cardenal la mayor veneracion, continuó, y respeto
todos sus actos. Mejor para mi, si, como decis, me habeis hablado con franque
za, pues no dejareis de apreciar nuestra identidad de gustos; pero si por el con
trario desconfiais de mi , lo que me parece natural , sentiria que me perdiera
el haber confesado la verdad, aunque confio que no dejareis por esto de apre
ciarme, que es lo que mas deseo en el mundo.
El Señor de Treville quedó no poco sorprendido al oir estas últimas pala
bras. Tanta penetracion y franqueza dejáronle admirado, pero.no desvanecieron
sus dudas , pues cuanto mas superior era ese jóven á los demás , tanto mas
debia temer que le engañára. Con todo , estrechó la mano de d'Artagnan y le
dijo :
—Sois un mozo honrado: pero ahora solo puedo hacer lo que os he prome
tido. Hallareis siempre abierta la puerta de mi casa, podreis venir cuando bien
os parezca y mas tarde conseguireis lo que deseais.
—Segun esto, repuso d'Artagnan, esperais que me haga digno de tal honor.
Podeis estar tranquilo, añadió con la familiaridad del gascon , no tendreis que
esperar mucho.
Y saludó para retirarse, como si no le importára lo demás.
—Esperad, dijo deteniéndole el señor de Treville, os he prometido una carta
para el director de la Academia , ¿ acaso no la quereis ?
—Al contrario , caballero , respondió d'Artagnan , yo os aseguro que no me
sucederá como con la otra; procuraré no perderla y desgraciado del que se
atreva á quitármela.
El señor de Treville sonrióse al oir esta baladronada y dejando á su jóven pai
sano en el alfeizar de la ventana en donde se encontraba y habian estado ha
blando , fué á sentarse á una mesa y se puso á escribir la prometida carta de
recomendacion. Durante este tiempo, d'Artagnan, que nada tenia que hacer,
empezó á locar una marcha en los cristales, mirando á los mosqueteros que se .
LOS TRES MOSQUETEROS. 37
iban unos tras otros y siguiéndoles con los ojos hasta que hubieron desapare
cido á la vuelta de la calle.
Escrita la carta , el señor de Treville la cerró y levantóse para acercarse al
joven y entregársela ; pero en el momento en que este alargaba la mano para
recibirla, quedó aquel asombrado viendo sobresaltarse á su protegido, ponerse
encendido de ira y precipitarse fuera del gabinete gritando :— Esta vez no me
escapará !
—Quién ? preguntó el señor de Treville.
—Él , el ladron ! respondió d'Artagnan , bribonazo !
Y desapareció.
—El diablo cargue con ese loco , murmuró el señor de Treville , y añadió:
Puede que haya acudido á este medio para escaparse viendo que ha errado el
golpe.
38 LOS TRES MOSQUETEROS.

CAPÍTULO IV.

El hombro de Athos, el tahalí de Porthos y el pañuelo de Aramis.

Furioso d'Artagnan habia atravesado en tres brincos la antecámara , y diri


gióse á la escalera contando bajar de cuatro en cuatro los peldaños , cuando en
su precipitacion fué á tropezar con un mosquetero que salia de los aposentos
del señor de Treville por una puerta escusada , y dándole en el hombro con la
frente , le hizo lanzar un grito ó mas bien un aullido.
—Dispensadme , dijo d'Artagnan tratando de seguir corriendo, perdonadme,
tengo prisa.
Apenas habia bajado el primer escalon, cuando una mano de hierro le cogió
por la banda y le detuvo.
—Teneis prisa , esclamó el mosquetero pálido como un difunto , y con este
pretesto me atrepellais y decis «dispensadme» creyendo que esto basta? Estais
equivocado , amiguito , si pensais que porque el señor de Treville nos lia tra
tado hoy con dureza, podeis tratarnos como lo ha hecho él. Desengañaos, pues
no sois el señor de Treville.
—Os aseguro, repuso d'Artagnan, conociendo á Athos, que una vez curado
por el cirujano se dirijia á su casa, que no lo he hecho con intencion y por esto
os dije que dispensareis, lo que me parece que es bastante. De nuevo os repito
por mi honor que tengo prisa, mucha prisa, y os ruego que me dejeis ir á mis
asuntos.
—Caballero, dijo Athos soltándole , no sois culto ; se conoce que habeis ve
nido de muy léjos.
D'Artagnan habia ya descendido tres ó cuatro escalones , cuando se detuvo
al oir la observacion de Athos.
LOS THB8 MOSQUETEROS. • 39
—Tened advertido, caballero, que venga de donde venga, no sois vos quien
ha de darme lecciones de buena educacion.
—Quien sabe, dijo Athos.
—Si no tuviese prisa , esclamó d'Artagnan , si un asunto....
—Caballero de la prisa , podeis hablarme sin correr.
—Decidme donde.
—Junto á los Carmelitas descalzos.
—¿A qué hora ?
—A cosa de las doce.
— No faltaré á las doce.
—Procurad no haceros esperar por mucho tiempo, pues á las doce y cuarto
iré á buscaros para cortaros las orejas.
—Bien ! respondió dArtagnan, hasta las doce menos diez minutos.
Y echó á correr como el viento con la esperanza de hallar al desconocido, que
¿juzgar por lo sosegado de sus pasos no habia de estar muy lejos ; pero a la
puerta de la calle estaba Porthos hablando con un centinela. Entre los dos in
terlocutores mediaba el espacio que ocupa un hombre, espacio que d'Artagnan
creyó le bastaba para poder pasar, y lanzóse como una saeta entre los dos. Pero
d'Artagnan no habia contado con el viento, y en el acto de pasar, el viento hin
chó la capa de Porthos y nuestro jóven topó con ella. Porthos tendría sus ra
zones para no abandonar aquella prenda esencial de su traje, pues en vez de
soltarla, se la atrajo envolviendo con ella á d'Artagnan por medio de un movi
miento de rotacion que demuestra la resistencia del tenaz Porthos.
Oyendo nuestro jóven jurar al mosquetero, trató de salir de debajo de la capa
que le tenia á oscuras , y buscó un camino por entre los pliegues. Lo que mas
sentia era haber echado á perder el precioso tahalí , pero abriendo los ojos con
timidez se encontró de narices entre los hombros de Porthos, precisamente en
cima del tahalí , y ¡oh tristeza! á semejanza de muchas cosas humanas que no
tienen mas que la apariencia , el tahalí por delante era de oro y por detrás de
cuero. El mosquetero en su vanidad no pudiendo tener un tahalí entero de oro,
llevaba medio , lo que esplicaba claramente la necesidad del reuma y la ur
gencia de la capa.
— Voto, á todos los demonios ! gritó Porthos haciendo esfuerzos para desem
barazarse de d'Artagnan que se movia á su espalda , ¿ qué diablos teneis que
así os echais entre la gente ?
—Dispensadme, dijo d'Artagnan apareciendo por debajo del brazo del gigan
te; tengo mucha prisa y voy en pos de un hombre...
—¿ Acaso cenáis los ojos para correr mejor ? preguntó Porthos.
_A1 contrario , respondió d'Artagnan algo irritado, mis ojos ven lo que no
ven los ofros.
Porthos comprendió ó no el sentido de estas palabras ; pero dejándose llevar
por el furor, le dijo:
40 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Os prevengo, caballero, que si tropezais así con los mosqueteros, os rom
pereis la crisma.
—La espresion es algo dura, respondió d'Artagnan.
—Es la que conviene a un hombre acostumbrado á mirar de frente á sus
enemigos.
—Tengo motivos para creer que vos no les volveis la espalda.
Y el jóven satisfecho de esta pulla, se alejó riendo á carcajadas.
Porthos echando espuma de furor, dió un paso para detener á d'Artagnan.
—Mas tarde , mas tarde, le dijo este, cuando hayais dejado la capa.
—A la una detrás del Luxemburgo.
—Muy bien, á la una, respondió d'Artagnan doblando la esquina.
Pero á nadie vió en la calle que acababa de recorrer ni en la que recorría con
los ojos. Por despacio que hubiere andado el desconocido, podia estar ya muy
lejos; quizás habia entrado en alguna casa. D'Artagnan preguntó por él á cuan
tos encontró, bajó hasta la orilla del rio, volvió á subir por la calle del Sena y
de la Cruz-Roja , pero nada , nada absolutamente vió. Aquella caminata , sin
embargo, le fué de provecho, pues á medida que el sudor le inundaba la frente,
se le enfriaba el corazon.
Entonces empezó á reflexionar en los sucesos que acababan de pasar y que
eran muchos y poco agradables: daban las once y aquella mañana le habia ya
proporcionado el desagrado del señor de Treville, que por fuerza habia de estra-
ñar la manera con que le habia dejado. Por otra parte, habia recogido dos lin
dos duelos con dos hombres capaces de matar á seis d'Artagnan, con dos mos
queteros , esto es , con dos de aquellos seres que amaba hasta el estremo de
pensar siempre en ellos con preferencia al resto de los hombres.
El lance era triste: seguro nuestro héroe de ser muerto por Athos , se com
prende que le diera poco cuidado Porthos; pero como la esperanza es lo último
que se pierde, llegó á esperar que sobreviviría , apesar de peligrosas heridas,
á sus dos adversarios , para cuyo caso se hizo de antemano las siguientes re
prensiones.
— ¡ Qué juicio el mio ! ¡ qué avestruz soy ! El desgraciado cuanto valiente
Athos estaba herido en el hombro contra el cual fui á dar con la cabeza como
Gon un ariete. Lo que me admira es que no me matara en seguida; tenia razon,
y el dolor que le ocasioné debió ser atroz. Por lo que hace á Porthos, en cuanto
á este, ¡que bellaco! Y á pesar suyo, el jóven se echó á reir, mirando, sin em
bargo, si su risa aislada y sin motivo á los ojos de los que le veian, podia ofen
der á alguien. En cuanto á Porthos, la cosa es mas chistosa ; pero no por e9to
dejo de ser un aturdido. ¿Quien se echa así entre personas que están platicando
y sin decirles allá va eso? ¿ á quien se le ocurre ir á mirar debajo ¿e la capa
agena? Creo que me hubiera perdonado, á no hablarles con palabras encubier
tas del maldito tahalí ; pero qué pulla le eché! Soy un maldito gascon que aun
viéndome en una sarten me reiría del prójimo. Vamos, d'Artagnan, amigo mio,
LOS TRES MOSQUETEROS. 41
prosiguió hablando consigo mismo con toda la amenidad que creia deberse, si
te zafas de esta, lo que no es probable, es preciso que en lo sucesivo seas lo que
se llama un hombre fino. Es menester que te admiren , que seas citado como
modelo: ser fino no es ser cobarde. Aquí está Aramis que es la misma dulzura,
la gracia personificada, y á nadie se le ocurrió nunca decir que fuese cobarde.
Voy á tomarle por modelo. Cabalmente allí le veo.
Ocupado en su monólogo, d'Artagnan habia llegado á pocos pasos del palacio
de Aiguillon junto al cual habia visto á Aramis hablando alegremente con tres
caballeros de los guardias del rey. Aramis tambien habia visto á d'Artagnan;
pero como recordaba que en presencia de este el señor de Treville le habia re
prendido, y un testigo de los reproches dirijidos á los mosqueteros le hacia poca
gracia, fingió no verle. Por el contrario, d'Artagnan entregado completamente
á sus planes de conciliacion y cortesía, se acercó á los cuatro jóvenes saludán
doles con respeto y sonriéndose amigablemente. Aramis inclinó levemente la
cabeza pero sin sonreírse, y los otros cuatro interrumpieron en seguida su con
versacion.
No era tan topo d'Artagnan que dejára de notar que estaba de mas; pero le
faltaba la costumbre de saber salir airoso de una situacion falsa como suele
serlo la de un hombre que se mezcla con personas que apenas conoce y toma
parte en conversaciones que no le importan. Andaba, pues, buscando medio de
retirarse lo menos torpemente posible, cuando observó que Aramis habia dejado
caer su pañuelo, poniendo inadvertidamente el pié encima: el momento le pa
reció oportuno, y bajándose con cuanta gracia pudo, sacó el pañuelo de debajo
el pié del mosquetero, apesar de los esfuerzos de este, y le dijo entregándoselo:
—Creo que sentiríais perder este pañuelo, caballero.
El pañuelo estaba ricamente bordado y tenia un escudo de armas en una de
las puntas. Aramis se sonrojó por demás y arrancó el pañuelo de manos del
gascon.
— Ah! ah! esclamó uno de los guardias, insistirás aun, discreto Aramis, en
que eatas mal con la señora de Bois-Tracy cuando te presta sus pañuelos ?
Aramis lanzó á d'Artagnan una de esas miradas que dan á entender á un
hombre la adquisicion de un enemigo mortal, y recobrando en seguida su sua
vidad , dijo :
—Os engañais, señores, este pañuelo no es mío é ignoro qué capricho le ha
dado á este caballero recogiéndolo antes que uno de vosotros: la prueba de lo
que acabo de deciros es que mi pañuelo está en mi bolsillo.
Diciendo estas palabras sacó su propio pañuelo muy elegante y de batista
fina, por mas que estuviere cara en aquel tiempo , pero sin bordados ni armas
y adornado solamente con la cifra de su dueño.
D'Artagnan conoció su error: pero los amigos de Aramis no se dejaron per
suadir por las negativas de este, y uno de ellos dirigiéndose con seriedad Mu
gida al mosquetero , le dijo :
o
42 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Si es como pretendes, me hallo en el caso de pedirtelo, Aramis, pues sien
do , como no ignoras , Bois-Tracy intimo amigo mio , n» puedo consentir que
se conviertan en trofeos los efectos de su esposa.
—No me lo pides del todo bien, respondió Aramis, y al paso que reconozco
lo justo de la reclamacion por lo que hace al fondo , me niego por lo que res
pecta á la forma.
—El hecho es, dijo timidamente d Artagnan , que no he visto salir el pañuelo
del bolsillo del caballero Aramis. Tenia el pié encima y esto me ha dado á creer
que el pañuelo era suyo.
—Y os habeis engañado, caballero, respondió Aramis con frialdad sin hacer
caso de la reparacion ; luego , volviéndose al guardia que se habia declarado
amigo de Bois-Tracy , prosiguió : — Creo , señor amigo intimo de Bois-Tracy,
que soy tan su amigo como tú mismo , de manera que este pañuelo asi puede
haber satido de tu faltriquera como de la mia.
—Te juro que no, esclamó el guardia del rey.
—Vas á jurar por tu honor y yo por mi palabra, y desde luego uno de los dos
habrá mentido. llagamos otra cosa, Montaran, tomemos una mitad cada uno.
—Det pañuelo ?
-Sí.
—Muy bien dicho , esclamaron los dos guardias, el juicio del rey Salomon.
Vamos, Aramis , no hay talento como el tuyo.
Los jóvenes se echaron á reir y el negocio no tuvo otro resultado. Un mo
mento despues cesó la conversacion y los tres guardias y el mosquetero se es
trecharon la mano, echando los primeros por un lado y Aramis por otro.
—Estees el momento oportuno de reconciliarme con este hombre , se dijo
d'Artagnan que durante la última parte de la conversacion habia permanecido
algo apartado del grupo , y llevado de este noble sentimiento, acercóse á Ara -
mis que se alejaba sin cuidarse de él.
—Caballero, te dijo, espero que os dignareis dispensarme.
—Me permitireis, interrumpióle Aramis, que os diga que en esta ocasion no
habeis procedido con galanteria.
—Cómo , caballero ! esclamó d'Artagnan , podriais suponer...
—Supongo que no sois un majadero y que sabeis , por mas que acabeis de
llegar de Gascuña , que no se anda sin motivo sobre pañuelos y que Paris no
está empedrado de batista.
—Caballero , no teneis razon tratando de humillarme , dijo d'Artagnan , en
quien el carácter camorrista empezaba á dejarse sentir mas intensamente que
las resoluciones pacificas. Soy de Gascuña , y pues que lo sabeis , no necesito
deciros que los gascones son poco sufridos, de modo que cuando se han escusado
una vez, por mas que sea de una tonteria, están persuadidos de que han hecho
la mitad mas de lo que debian hacer.
—Nada os he dicho para buscar ruido , caballero , respondió Aramis : bien
IOS TRES MOSQUETEROS. 43
sabe Dios que no soy ningun espadachín y como solo interinamente sirvo en el
cuerpo de mosqueteros , no riño sino cuando me obligan á hacerlo y siempre
con mucha repugnancia ; pero en esta ocasion el asunto es grave por cuanto
habeis comprometido á una dama.
—Esto es , echadme á mí la culpa, esclamó d'Artagnan.
— ¿ Por qué habeis cometido la torpeza de recojer el pañuelo ?
— ¿ Por qué cometisteis la de dejarlo caer?
—He dicho y repito que el pañuelo no salió de mi bolsillo.
— Habeis mentido dos veces , caballero , pues mis ojos le vieron salir de
vuestro bolsillo.
—Ya que lo tomais tan á pecho, señor gascon, yo os enseñaré á vivir.
—Y yo os mandaré á la iglesia, señor cura. Aquí mismo , no perdamos
tiempo.
—Aquí no puede ser. ¿ No veis que nos hallamos en frente del palacio de
Aiguillon que está atestado de partidarios del cardenal ? Además , nadie me
asegura que Su Eminencia no os haya dado el encargo de facilitarle mi cabeza,
y yo tengo mucho cariño á mi cabeza por cuanto me parece que no me sienta
del todo mal entre hombro y hombro. Perded cuidado , deseo mataros y os
mataré pero con calma y en sitio cerrado y seguro donde no podais contar á
nadie vuestra muerte.
—Los mismos deseos abrigo con rospecto á vos ; pero no confieis mucho y
llevaos el pañuelo, sea ó no vuestro, pues quizás os será de utilidad.
— Sois presuntuoso como buen gascon, dijo Aramis.
—Y como buen gascon no vuelvo atrás por prudencia.
— La prudencia es virtud inútil para los mosqueteros ; pero indispensable á
los curas, y como soy mosquetero provisionalmente, trato de mantenerme pru
dente. A las dos tendi ó el gusto de aguardaros en el palacio del señor de Tre-
ville y allí os indicaré un sitio á pedir de boca.
Los dos jóvenes se saludaron y mientras que Aramis andaba calle arriba en
direccion al Luxemburgo , d'Artagnan viendo que se acercaba la hora de la
cita, tomó el camino de los Carmelitas- Descalzos, diciendo para sus adentros:
—No hay remedio ; pero me consuela la idea de que si muero , moriré á
manos de un mosquetero.
il LOS TRES MOSQUETEROS.

CAPÍTULO V.

Los mosqueteros del rey y los guardias del señor cardenal.

D'Artagnan no conocia á nadie en Paris, de modo que fué á la cita de Athos,


sin que le acompañara padrino alguno, con la resolucion de contentarse con los
que le ofreciera su adversario. Trataba, además, de dar al valiente mosquetero
todas las satisfacciones convenientes , pero sin debilidad , temiendo que resul-
tára de aquel duelo , lo que suele resultar en lances de esta clase cuando un
hombre jóven y fuerte rifle con un adversario herido y débil , pues si queda
vencido , proporciona un doble triunfo á su antagonista , at paso que si sale
vencedor, se le acusa de asesinato.
Por lo que dejamos dicho del carácter de nuestro aventurero , el lector ha
podido observar que d'Artagnan no era un hombre vulgar. Repitiéndose á si
mismo que su muerte era inevitable , no se resignó á morir lentamente como
otro menos valeroso y moderado hubiera hecho en su lugar. Reflexionó en los
distintos caracteres de aquellos con quienes iba á reñir y empezó á ver mas
despejada su situacion. Esperaba , por medio de leales disculpas , ganarse un
amigo en Athos cuyo aire de gran señor y semblante austero le gustaban es-
tremadamente. Prometiase asustar á Porthos con la aventura del tahali, aven
tura que , en caso de no ser muerto , podria contar á todo el mundo y que no
dejaria de ridiculizar al mosquetero, y por lo que hace al astuto Aramis , poco
cuidado le daba , pues suponiendo que llegaran á las manos, se encargaba de
despacharle en un abrir y cerrar los ojos, ó á lo menos de herirle en la mejilla,
á semejanza de lo que César encargó que se hiciera con los soldados de Pom-
peyo, para echar á perder la hermosura de que estaban tan pagados.
LOS TRES MOSQUETERO*. 45
Por otra parte, como d'Artagnan poseía inalterable toda la resolucion que en
él depositáran los consejos de su padre , consejos que se reducían á no sufrir
poco ni mucho sino del rey , del cardenal y del señor de Treville , voló mas
bien que corrió hacia el convento de Carmelitas -Descalzos, especie de edificio
sin ventanas rodeado de prados estériles , sucursal del Pré-aux-Clercs y que
solía servir de punto de reunion á las personas que no tenían tiempo que
perder.
Al llegar d'Artagnan al terreno inculto que se estendia al pié del monasterio,
hacia cinco minutos que Atbos le estaba aguardando y daban las doce. Era pues
puntual como la Samaritana y el casuista mas rigoroso en materia de duelos
nada hubiera podido decir.
Athos que seguía padeciendo atrozmente de la herida, por mas que de nuevo
la hubiere curado el médico del señor de Treville, estaba sentado en un mojon
y aguardaba á su adversario con el ademan pacífico y el aire digno que nunca
le abandonaban. Al ver á d'Artagnan, levantóse y le salió al encuentro con mu
cha cortesía , al paso que nuestro jóven le saludó sombrero en mano y arras
trando la pluma por el suelo.
—Caballero, dijo Athos, he mandado recado á dos amigos para que me sir
van de padrinos; pero no han llegado aun y estraño que tarden cuando no sue
len tenerlo por costumbre.
—Yo vengo sin padrinos, respondió d'Artagnan, pues habiendo llegado ayer
á París , no conozco mas que al señor de Treville, á quien estoy recomendado
por mi padre que tiene la honra de ser amigo suyo.
Athos reflexionó durante un momento.
—¿No conoceis mas que al señor de Treville? le preguntó.
—A nadie mas que á él. ,
—Luego si os mato, prosiguió Athos hablando consigo mismo y dirijiéndose
á d'Artagnan, pareceré un come-niños ?
—De ningun modo, caballero, respondió d'Artagnan haciendo un saludo que
no carecía de dignidad, pues ine honrais riüendo conmigo apesar de la herida
que por fuerza debe molestaros mucho.
—Mucho, á fé mia, y vos me la habeis empeorado; pero reñiré con la mano
izquierda como suelo hacerlo en circunstancias análogas, sin que os haga gracia
alguna, pues lo mismo me sirvo de una mano que de otra, antes al contrario,
la desventaja será para vos, pues un zurdo es muy molesto para los que están
desprevenidos. Siento no haberos manifestado antes esta circunstancia.
—Sois tan sumamente cortés , dijo d'Artagnan inclinándose de nuevo , que
os quedo muy obligado.-
—Me confundis , respondió Athos; hablemos de otra cosa, si bien osparece.
Valiente golpe me habeis dado ; el hombro me arde.
—Si me permitierais.... dijo tímidamente d'Artagnan.
—Veamos.
46 , LOS TRES MOSQUETEROS.
—Tengo un bálsamo milagroso para las heridas , bálsamo que me dió mi
madre y del cual me he servido ya para mi mismo.
-¿Y qué?
—Estoy seguro de que dentro de tres dias os hallariais restablecido y enton
ces me tendriais otra vez á vuestra disposicion.
D'Artagnan pronunció estas palabras con una sencillez que hacia mucho
honor á su cortesia, sin causar agravio á su valor.
—La proposicion me gusta, respondió Athos, pero no la acepto por mas que
trasciende de léjos á caballero. Asi hablaban los valientes del tiempo de Car-
lomagno que todos los caballeros deberian proponerse imitar; pero por desgra
cia no nos hallamos en la época del gran emperador, sino en la del señor car
denal, y en estos tres dias se sabria que hemos de reñir y se opondrian á nues
tros intentos. Esos badulaques nunca acabarán de llegar.
—Si teneis prisa, caballero, dijo d'Artagnan con la misma sencillez con que
le habia propuesto aplazar el desafio , y quereis despacharme en seguida , os
ruego que no andeis con cumplimientos.
—Muy bien , dijo Athos moviendo graciosamente la cabeza , asi hablan los
hombres valientes y no los tontos. Me gustan los hombres de vuestro temple y
veo que si no nos matamos, acabaremos por ser amigos. Pero esperemos á esos
señores, no tengo prisa y reñiremos en regla. Ah ! ya se acerca uno de ellos.
Efectivamente, en el estremo de la calle Vaugirard empezaba á distinguirse
la figura gigantesca de Porthos.
—Como ! esclamó d'Artagnan , vuestro primer padrino es el caballero Por
thos ?
—Si ; ¿ no os acomoda ?
—Al contrario.
—Ya tenemos aqui el segundo.
D'Artagnan volvió la cabeza en direccion al punto indicado por Athos y vió
á Aramis.
—Como ! esclamó mas asombrado que la primera vez, vuestro segundo pa
drino es el caballero Aramis ?
—El mismo : ¿ no sabeis que vamos siempre juntos, y que se nos-llama en
el cuerpo de mosqueteros, en el de guardias, en la corte y en la ciudad: Athos,
Porthos y Aramis, ó sea los tres inseparables? Pero ahora recuerdo que habeis
llegado de Dax ó de Pau....
—De Tarbes , dijo dArtagnan.
—Por esto ignorais lo que es tan sabido en Paris...
—A fé mia que los tres teneis bizarros nombres , y si mi aventura mueve
ruido, por poco que sea, probará que vuestra union no está fundada en los con
trastes.
Entre tanto Porthos se habia acercado y saludado con la mano á Athos ; en
seguida volviéndose hacia d'Artagnan , se quedó admirado.
LOS TRES MOSQUETEROS. 47
Dirémos de paso que ya no llevaba el conocido tahalí ni la capa.
—Cómo es esto ? dijo.
—Riño con este caballero , dijo Athos señalando á d'Artagnan y saludando
á entrambos.
—Con él he de reñir tambien yo , dijo Porthos.
—Sí ; pero á la una , respondió d'Artagnan.
—Y yo tambien he de reñir con este caballero , dijo Aramis llegando á su
vez.
—Sí ; pero á las dos , contestó d'Artagnan con la misma serenidad.
—Athos , ¿ por qué reñís con él ? preguntó Aramis.
—No lo sé ; me ha hecho daño en el hombro ; y vos , Porthos ?
—Que sé yo ? riño porque riño, contestó Porthos sonrojándose.
Athos que observaba con cautela , vió asomar una sonrisa á los labios del
gascon.
—Hemos tenido una disputa acerca de modas, contestó el jóven.
—¿Y vos , Aramis?
—Riño por un punto de teología , respondió Aramis haciendo señal á d'Ar
tagnan como encargándole silencio sobre la causa del desafío.
Athos vió una nueva sonrisa en los labios de d'Artagnan.
— ¿ Qué estais diciendo ?
—Sí , un pasaje de San Agustín en el cual no estamos conformes , dijo el
gascon.
—Vamos, es hombre de talento, murmuró Athos.
—Y ahora que estais juntos los tres , dijo d'Artagnan , permitidme que os
dé mis disculpas.
Al oir esta palabra , una nube sombreó la frente de Athos, deslizóse por los
labios de Porthos una sonrisa altanera y Aramis hizo un gesto negativo.
—No me habeis comprendido, señores, dijo d'Artagnan irguiendo la cabeza
cuyos delicados contornos doraba el sol en aquel momento, os doy mis discul
pas para el caso de que no pueda pagar mi deuda á los tres , pues el señor de
Athos tiene el derecho de ser el primero en matarme, derecho que quita mucho
valor al crédito del señor de Porthos y anula el del señor de Aramis. Ahora,
señores, dispensadme de esto únicamente y en guardia.
Al concluir estas palabras y con el ademan mas caballeresco que darse pueda,
d'Artagnan desnudó la espada.
La sangre se le habia subido á la cabeza , y en aquel momento hubiera sa
cado la espada contra todos los mosqueteros del reino, como acababa dé hacerlo
contra Athos, Porthos y Aramis.
Eran las doce y cuarto: el sol se hallaba en el zénit é iluminaba el sitio es
cogido para teatro de la contienda.
—Hace calor, dijo Athos desnudando á su vez la espada, y con todo, no po
dré quitarmela ropilla, pues ahora mismo he sentido abrírseme la herida y temo
18 LOS TRES MOSQUETEROS.
que este caballero se incomodo si le muestro sangre no derramada por su mano.
—Es muy cierto , caballero , contestó d'Artagnan ; vertida por mi mano ó
por otra , siempre veré con disgusto la sangre de tan cumplido caballero ; por
consiguiente, pelearé con la ropilla puesta, como vos.
—Ea ! basta de cumplimientos, dijo Porthos , y no olvideis que estamos es
perando que nos toque el turno.
—Será opinion vuestra , pero no mia , esclamó Aramis ; lo que estos caba
lleros están diciendo es muy bien dicho y muy digno de ellos.
-^-Cuando querais, caballero, dijo Athos poniéndose en guardia.
—Estoy á vuestra disposicion , contestó d'Artagnan cruzando la espada.
Pero apenas se habian tocado los aceros , cuando una escuadra de guardias
de Su Eminencia, mandada por el señor de Jussac se presentó en el ángulo del
convento.
—Los guardias del cardenal ! gritaron á un tiempo Porthos y Aramis. En
vainad la espada , señores, envainad la espada.
Pero ya era tarde, pues los dos contendientes habian sido vistos en una po
sicion que no dejaba duda con respecto á sus intenciones.
' —Hola ! gritó Jussac adelantándose hácia ellos é indicando á los suyos que
hicieran otro tanto , están aqoí peleando los mosqueteros ? ¿ De qué sirven,
pues , los edictos ?
—Sois muy generosos , señores guardias , dijo Athos lleno de rencor , pues
Jussac era uno de los agresores de la antevíspera. Si nosotros os viéramos re
ñir, os prometo que nos guardaríamos de impedirlo. Dejadnos, pues , hacer y
pasareis un buen rato.
—Siento en el alma, señores, dijo Jussac, tener que declararos que no pue
do consentirlo. Antes que todo, el deber. Dignaos envainar y seguidnos.
—Caballero , dijo Aramis parodiando á Jussac , si dependiera de nosotros,
obedeceríamos con mucho gusto vuestras órdenes; pero por desgracia no puede
ser: el señor de Treville nos lo ha prohibido. Pasad, pues, de largo, es lo mejor
que podeis hacer.
Esta burla exasperó á Jussac.
—Si nos desobedeceis, dijo, vamos á cerrar con vosotros.
—Son cinco, dijo Athos á media voz, y nosotros no somos mas que tres; van
á vencernos y no habrá mas remedio que morir, pues yo no me presento ven
cido al capitan.
Athos, Porthos y Aramis se acercaron unos á otros mientras que Jussac ali
neaba sus soldados.
Este momento bastó á d'Artagnan para tomar una resolucion; era un suceso
de los que deciden de la vida de un hombre, eraelejir entre el rey y el cardenal
y perseverar en la eleccion. Reñir, esto es, faltar á la ley, esto es, arriesgar la
cabeza, esto es, hacerse sin mas ni mas enemigo de un ministro mas poderoso
que el mismo rey, es lo que entreveía el jóven , y debemos decir en su elogio,
LOS TRES M0SQÜETER08.' 49
que no vaciló un momento. Volviéndose , pues , hácia Athos y sus amigos, les
dijo:
—Señores, habeis dicho que no erais sino tres y me parece que somos cuatro.
•: i**»Es que no sois de los nuestros , respondió Porthos.
—Es, verdad que no tengo el uniforme; pero tengo el corazon. Si, mi cora
zon es mosquetero y me dejo llevar por él.
—Apartaos, jóven, gritó Jussacquepor los ademanes y espresion del rostro
habia adivinado sin duda el designio de d'Artagnan. Consentimos en que os
marcheis ; salvad la piel ; huid.
D'Artagnan no se movió. " .
—Veo que sois todo un valiente , dijo Athos estrechando la mano del jóven.
—Acabemos de una véz, esclamó Jussac.
—Vamos, dijeron Porthos y Aramis, hagamos algo.
—Sois muy generoso, dijo Athos á d'Artagnan.
Pero los tres pensaban en la mocedad de dArtagnan y temian su inesper¡encia.
—Solo seriamos tres y entre estos un herido y un niño, repuso Athos, y se
dirá que éramos cuatro. ' ' "'
—Si , pero retroceder I dijo Porthos. • .'
—Es dificil , contestó Athos.
—Es imposible , esclamó Aramis.
DArtagnan comprendió su irresolucion .
— Señores, les dijo, dejad que lo pruebe y os juro por mi honor que no me
marcharé de aqui si quedamos vencidos.
—¿Cómo os llamais , mi valiente? preguntó Athos.
—Me llamo d'Artagnan.
—Pues bien, Athos , Porthos, Aramis y d'Artagnan , adelante ! gritó Athos.
—¿ Os decidis al fin ? esclamó Jussac por tercera vez. .
—Ya lo hemos hecho , contestó Athos.
—¿Qué habeis resuelto?: ! ,
—Vamos á tener la honra de cargar con vosotros , respondió Aramis levan*
tando el sombrero con una mano y desenvainando con la otra;
—¿ Con que , os resistis ? dijo Jussac.
- —Vive Dios ! ¿y habeis podido dudarlo? esclamó Porthos. .
Y los nueve combatientes se precipitaron unos contra otros con una furia
que no excluia cierto método.
Athos la emprendió con Cahusach , favorito del cardenal ; Porthos con Bis-
carat,. y Aramis se encontró con dos adversarios.
En cuanto á d'Artagnan , vió que se habia lanzado contra el mismo Jussac'
El corazon del jóven gascon latia fuertemente y no de miedo, pues Dios saber
que no lo tenia, sino de emulacion: reiiia como un leon enfurecido dando diez
vueltas en torno de su adversario , cambiando veinte veces de posicion y terre
no. Jussac entendia mucho en el manejo de espada ; pero se vió en el mayor
n
56 LOS TRES MOSQUETEROS.
apuro para defenderse de su adversario que ágil y brincando se apartaba á
cada momento de las reglas del arte , atacando á un tiempo por todos lados y
desviando las estocadas como hombre muy amante de su epidermis.
Aquella lucha acabó por hacer perder la paciencia á Jussac, el cual, irritado
de verse en jaque por quien habia tomado por un niño, empezó á calentarse y
á dar estocadas en vano. D'Artagnan que á falta de práctica, tenia mucha teo
ría, redobló la agilidad. Jussac, deseando concluir, tiró á fondo contra su ad
versario; pero este evitó la estocada y mientras que Jussac volvía á levantarse,
deslizándose como una culebra por debajo del acero enemigo , le atravesó el
cuerpo con su espada. Jussac cayó con todo su peso.
D'Artagnan echó entonces una mirada de inquietud y rápida á los demás
combatientes.
Aramis habia muerto á uno de sus adversarios ; pero el otro le estrechaba
cada vez mas.
Porthos habia recibido una estocada en el brazo y Biscarat estaba herido en
el muslo; pero las heridas no eran de gravedad y ambos seguían luchando con
mas encarnizamiento.
Athos , herido de nuevo por Cahusac , empalidecía visiblemente , pero sin
retroceder un paso y riñendo con la mano izquierda.
Segun las reglas del duelo de aquella época , d'Artagnan podia socorrer á
cualquiera, y mientras buscaba con los ojos cual de sus compañeros necesitaba
de su ausilio, sorprendió una mirada de Atbos, mirada de sublime elocuencia.
Athos hubiera muerto antes que pedir socorro, pero podia mirar y pedirlo caá
los ojos. D'Artagnan lo comprendió todo y dando un sallo terrible, se puso al
lado de Cahusac , gritando : . • .
—A mí , señor guardia , ú os mato. .
Cahusac se volvió: ya era tiempo, pues Athos, sostenido únicamente por su
estremado valor, cayó de una rodilla.
—Vive Dios! gritó á d'Artagnan, os ruego que no le mateis; tengo que ter
minar con él un negocio cuando esté sano y bueno. Contentaos con desarmarle,
rompedle la espada. Esto es. Bien ! muy bien í , • , .i
Esta esclamacion fué atrancada á Athos por la espada de Cahusac que
saltaba á veinte pasos de £L D'Artagnan y su adversario corrieron á apode
rarse de ella ; pero nuestro joven llegó primero y puso el pié encima de, la
espada. .¡.
Cahusac se dirigió al guardia muerto por Aramis , apoderóse de su espada
é intentó lanzarse contra d'Artagnan; pero se encontró con Athos, quien, durante
el momento de descanso que d'Artagnan le proporcionara, habia cobrado fuer
zas y temiendo que el jóven matara á su enemigo , quería empezar otra vez
el combate. . ,,i ,., .
D'Artagnan creyó que oponerse seria ofender á Athos , y pocos segundos
despues, Cahusac cayó atravesado de la garganta.
LO» TRES MOSQUETERO». 51
Al mismo tiempo Aramis apoyaba la punta de la espada en el pecho de su
enemigo caido de espaldas y le obligaba á pedir favor.
Quedaban Porthos y Biscarat. Aquel hacia riñendo mil tonterías, preguntando
á Biscarat que hora era, felicitándole por la compañía que su hermano acababa
de obtener en el regimiento de Navarra ; pero nada ganaba con esto , pues su
adversario era uno de esos hombres de hierro que solo caen muertos.
Sin embargo, era preciso concluir : podia llegar la ronda y prender á todos
los combatientes heridos ó no, realistas ó cardenalistas. Athos, Aramis y d'Ar-
tagnan rodearon á Biscarat y le obligaron á rendirse. Aunque solo contra todos
y con la herida en el muslo, Biscarat trataba de no ceder; pero Jussac, que se
habia levantado sobre el co'do, le gritó que se rindiera. Biscarat, que era tam
bien gascon, se hizo el sordo, se echó á reír y aprovechándose de un momento
para tocar en tierra con la punta de la espada.
—Aquí, dijo parodiando un versículo de la Biblia, aquí morirá Biscarat solo
entre cuantos se hallan con él.
—Son cuatro, cuatro contra tí ; acaba , yo te lo mando.
—Si me lo mandas es otra cosa ; eres mi gefe y debo obedecerte.
Dijo y dando un salto hácia atrás , rompió la espada con la rodilla para no
tener que entregarla, arrojó los pedazos por encima la tapia del convento, cru
zóse de brazo» y se hecho é silvar una cancion cardenalista.
Los mismos enemigos respetan el valor ajeno ; así fué que los mosqueteros
saludaron á Biscarat con la espada y envainaron. D'Artagnan les imitó y con
ayuda de Biscarat, el único que quedó en pié , trasladaron á Jussac al pórtico
del convento , como tambien á Cahusac y al adversario de Aramis que solo
estaba herido. Luego tocaron la campana, y llevándose de cinco espadas cua
tro , se dirigieron locos de alegría al palacio del señor de Treville.
Vüeeles dándose el brazo , ocupando todo el ancho de la calle , y arrimán
dose á todos los mosqueteros que encontraban, de modo que aquello acabó por
ser una marcha triunfal. El corazon de d'Artagnan rebosaba de júbilo , iba
entre Albos y Porthos estrechándoles tiernamente.
—Si no soy todavía mosquetero , dijo á sus nuevos amigos al entrar en el
palacio del señor de Treville , soy todo un aprendiz de tal , ¿ no es cierto ?
LOS TBES MOSQUETEROS.

CAPITULO VI. -

Su magestad el rey Luis décimo tercero.

El lance dió mucho que hablar; el señor de Treville regañó en alta voz á sus
mosqueteros y les felicitó por lo bajo ; pero como no habia tiempo que perder
para prevenir al rey , el capitan se dirigió presuroso al Louvre. Era ya tarde;
el rey se hallaba á solas con el cardenal, y dijeron al señor de Treville que Su
Magestad estaba trabajando y que por consiguiente á nadie podia recibir en
aquel momento. Por la noche el capitan asistió á la partida de ajedrez que el
rey solia jugar todos los dias. El rey, que era muy avaro , ganaba , lo que le
tenia de buen humor , y así fué que viendo al señor de Treville , le dijo : • .
— Acercaos , señor capitan , acercaos ; tengo que reñiros : Su Eminencia se
me ha quejado otra vez de vuestros mosqueteros; pero tan conmovido, que esta
noche está enfermo. Vamos , ya no puedo dudar de que los tales mosqueteros
son una cuadrilla de demonios.
—No, señor, respondió Treville, al contrario, son muchachos mansos como
corderos y no desean otra cosa que desnudar la espada en defensa de Vuestra
Magestad ; pero ya se vé, los guardias del señor cardenal andan siempre bus
cándoles ruido , y los pobres jóvenes no tienen mas remedio que defenderse,
siquiera por honor del cuerpo.
—Oid al señor de Treville , dijo el rey , oidle señores. No parece sino que
está hablando de una comunidad religiosa. Tentado estoy , mi excelente capi
tan , de retiraros el nombramiento y estenderlo á favor de la señorita de Che
Luis XIII.
LOS TRES MOSQUETEROS. 53
merault, á la cual tengo prometida una abadia. Me llaman Luis el Justo, señor
de Treville , y pronto veremos que hay de cierto en lo que estais diciendo. .
—Porque fio en vuestra justicia , señor, esperaré tranquilamente que Vues
tra Magestad se sirva interrogarme.
—Esperad, pues, esperad, dijo el rey, concluyo enseguida.
La suerte comenzaba á cambiar , y como el rey podia perder lo que habia
ganado, se alegró de encontrar un pi'etesto para hacer—perdónesenos la espre-
sion de jugador , de la cual confesamos ignorar el origen — para hacer Carió->
Magno. El rey se levantó poco despues y enfaltricándose el dinero que tenia
delante, producto casi todo de sus ganancias en el juego. • '
—La Vieuville, dijo, ocupad mi puesto; tengo que hablar al señor de Treville
de un asunto importante. Ah !... Tenia ochenta luises delante de mi. Poned la
misma cantidad para que no se quejen los que pierden. La justicia ante todo.
Despues volviéndose al señor de Treville , y dirigiéndose con este al hueco de
una ventana , prosiguió : . >> '
—Deciais, pues, que los guardias del señor cardenal provocaron á los mos
queteros. . ' ':- > . ü
—Si-, señor, lo repito.
—¿Y cómo ha sido esto ? Veamos , pues ya sabejs , capitan , que el juez ha
de oir á las dos partes.
—Del modo mas sencillo y mas natural. Tres de mis mejores soldados, que
Vuestra Magestad conoce ya por el nombre , cuya abnegacion ha encomiado
mas de una vez, y que puedo asegurar sirven decididamente, tres de mis sol
dados, digo, Athos , Porthos y Aramis , habian tratado de salir á una partida
de campo con un segundon de Gascuña que yo les recomendara por la mañana.
Se habian dado cita en los Carmelitas-Descalzos, cuando al ir a emprender la
marcha , viéronse perturbados por los señores Jussac , Cahusae, Biscarat y
otros dos guardias que de seguro no iban en tan crecido número sino para in
fringir los edictos.
—Ya caigo, dijo el rey, irian á reñir guardias con guardias. i
—No les acuso ; pero dejo á la consideracion" de Vuestra Magestad a qué
podian ir cinco hombres armados en un sitio tan desierto como los alrededores
del convento de Carmelitas. • t . .• >.:...
Teneis razon, Treville, teneis razon. . . ,¡¡ > .;• " '. .
—Al ver á los mosqueteros , mudaron de intento y olvidaron el odio parti
cular por el de cuerpo, pues Vuestra Magestad no ignora que los mosqueteros
por su lealtad al rey , y no mas que al rey , son enemigos naturales de los
guardias , los cuales solo obedecen al señor cardenal. - ". •
—Si, Trevillei si , dijo el rey con aire melancólico, y es muy triste ver dos
partidos en Francia, dos cabezas para una corona: pero esto no durará siempre,
Treville , no durará. ¿ Decis , pues , que los guardias provocaron á los mos
queteros ? \ ii.ii. -iW 'II -xl v -
54 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Digo que es probable que el lance haya sucedido asi ; pero no me atrevo
á jurarlo. Ya sabeis cuan dificil es indagar la verdad , y á no ser que uno se
halle dotado det admirabte instinto que ha valido el renombre de Luis el Justo
al hijo de Enrique IV...
—Teneis razon , Treville ; pero los mosqueteros no iban solos , habia entre
etlos un muchacho.
—Si , señor , y un hombre herido ; de modo que (res mosqueteros , uno de
ellos herido, y un niño, no solo han hecho cara á cinco de los mas lerriMes
guardias del señor cardenal, sino que han derribado a cuatro de ellos.
—Qué mas victoria ? esclamó el rey muy contento , una victoria completa.
—Si, señor , tan compteta como la del puente de Cé.
—Cuatro hombres ! y entre ellos on herido y un muchacho V
—Un joven que se ha portado tan bien , que me tomo la libértad de reco-
mendaiflo á Su Magestad.
—¿ Cómo se llama ?
T-rD'Artagnan. Es hijo de un antiguo amigo mio , de «n hombre que peleó
en favor del rey vuestro padre, de gloriosa memoria.
—¿Y decis que el jóven se ha portado bien ? Vamos , contádmelo todo,
Treville , ya sabeis que me muero por oir hazañas y combates.
Y el rey Luis XIII se retorció el bigote y se puso en jarras.
—Como ttevo dicho, el señor d'Artagnan es casi un niño, y como no tiene el
honor de ser mosquetero , iba en traje de paisano; los guardias del señor car
denal, viéndole tan jóven y que no pertenecia al cuerpo, le aconsejaron que se
retirara antes de atacar.
—Siendo asi, Treville, interrumpió el rey, ya veis que fueron eflos los que
atacaron.
—Nada mas cierto, señor: oconsejaron, pues, al jóven que se retirara; pero
él les contestó que era mosquetero de todo corazon y muy servidor de Su Ma
gestad, y que por consiguiente se pondria al lado de los señores mosqueteros.
—Valiente jóven ! murmnró' el rey.
—En electo, se puso á sa lado y Vuestra Magostad tiene en él el esforzado
campeon que dió á Jussac la terrible estocada que tan irritado tiene al señor
cardenal.
—¿Es él quien ha herido á Jussac? esclamó el rey, nn niño! Treville, esto
no puede ser.
-No lo dude Vuestra Magestad.
-'-Jussac , una de las mejores espadas del reino !
—Si, señor, Jussac.
—Quiero ver áeso jóven, Treville, quiero verle; es preciso hacer algo por él.
— ¿ Cuando se dignará Vuestra Magesfad recibirle ?
—Mañana por la mañana.
—¿ Le llevaré solo ?
LOS TRES MOSQUITEROS. 1)5
—No , llevadme á los cuatro. Deseo darles las gracias á lodos ; los hombres
adictos son raros , Treville , y conviene premiar la lealtad.
—A las doce estaremos en el Louvre.
—Entrad por la escalerilla , Treville, por la escalerilla. Es inútil que el
cardenal sepa...
—Comprendo.
—Ya veis que un edicto es siempre edicto, y al cabo, está prohibido el duelo.
—Pero el tal encuentro, señor, traspasa los límites ordinarios de un duelo,
es una pendencia que queda probada con la presencia de cinco guardias del
cardenal contra mis tres mosqueteros y el jóven d'Artagnan.
—Es verdad; pero no importa, Treville, entrad por la escalera pequeña.
Treville se sonrió ; pero como ya era mucho haber obtenido que aquel niño
se rebelára contra su amo, saludó respetuosamente al rey, y con su permiso se
despidió de él.
Aquella misma noche se dió aviso á los tres mosqueteros del honor que se
les habia otorgado. Como ya hacia tiempo que conocían al rey, se mostraron
menos contentos que d'Artagnan , que con su imaginacion gascona vió en e6to
su fortuna futura y pasó la noche en sueños dorados. A las ocho de la maña
na del dia siguiente se hallaba ya en casa de Athos.
D'Artagnan encontró al mosquetero completamente vestido y dispuesto á sa
lir , pues como la cita era á las doce , habia proyectado con Porthos y Aramis
ir á jugar una partida de pelota en un garito situado á poca distancia de las
caballerizas del Luxemburgo. Athos invitó á d'Artagnan á que fuera con ellos
y «pesar de no entender en aquel juego , aceptó , no sabiendo en qué emplear
el tiempo desde las nueve que eran entonces hasta las doce.
Los dos mosqueteros habian llegado ya y estaban jugando. Athos , que era
muy habil en ejercicios corporales , pasó con d'Artagnan al lado opuesto y les
desafió ; pero al primer movimiento que trató de hacer jugando con la mano
izquierda , convencióse de que la herida era aun muy reciente para permitirle
semejante ejercicio. Quedó pues solo d'Artagnan, quien declaró ser poco prác
tico en el juego y siguieron enviándose la pelota sin contar tantos. Pero esta,
lanzada por la mano hercúlea de Porthos, pasó una vez tan cerca del rostro de
d'Artagnan, que este creyó que si le hubiere dado en medio de la eara , hu
biera tenido que perder la ocasion de ver al rey , pues le habría dejado impo
sibilitado para ir á palacio, y como de aquella audiencia dependía , á su mo
do de ver , todo su porvenir , saludó cortesmente á Porthos y á Aramis , de
clarando que continuaría la partida cuando se hallase en el caso de 'poderla
continuar , y fué á sentarse al otro lado de la cuerda en la galería.
Por desgracia de d'Artagnan , hallábase entre los espectadores un guardia
de Su Eminencia, el cual, irritado aun por la derrota de sus camaradas , habia
jurado vengarse á la primera ocasion que se le presentára. Creyó , pues , lie^
gada la ocasion y dirigiéndose á su vecino , le dijo:
56 LOS TRES MOSQUETEROS.
—No me admira que este joven tenga miedo á]una pelota : eá aprendiz de
mosquetero. .: ., •. ; ..
D'Artagnan se volvió como picado por una vivora , y c!avó los ojos en el
guardia que acababa de proferir aquellas palabras.
—Pardiez ! esclamó este rizándose con insolencia el bigote , miradme cuan
to gusteis , caballerito , lo dicho, dicho.
—Y como lo que babeis dicho es tan claro que no necesita esplicacion , res
pondió d'Artagnan en voz baja , os ruego que me sigais.
—Cuando ? preguntó el guardia con el mismo tono burlon.
—En seguida , si os parece bien. '
—Creo que no sabeis quien soy. .
—Lo ignoro completamente y me importa poco saberlo.
—Haceis mal , pues á saber mi nombre , no os dariais tanta prisa.
—¿Como os llamais?
—Bernajoux, para serviros. . o,
—Pues bien , caballero Bernajoux , dijo tranquilamente d'Artagnan , os es
pero á la, puerta... •.}'-. .
—Id , ya, os sigo.; ; .: . •. > '.'
—No os apresureis , caballero , no sea que nos vean salir juntos ; la mucha
gente nos podria estorbar. . . ,
—Corriente , respondió et guardia sorprendido de que su nombre no hubie
se producido efecto en el jóven.
¿1 nombre de Bernajoux era conocido como uno de los qne mas figuraban
en tas pendencias diarias que los edictos del rey y del cardenal no habian lo
grado reprimir. 1 . :
, Porthos y Aramis estaban tan ocupados en su partida y Athos les miraba
con tal atencion , que no vieron salir al jóven , quien , conforme con lo que
dijera al guardia de Su Eminencia , se detuvo junto á la puerta : un momento
despues bajó aquél. Como d'Artagnan no tenia tiempo que perder, atendida la
audiencia del rey, fijada para las doce , dió una mirada en torno suyo y vien
do que la calle estaba desierta , le dijo:
—Por mas que os llameis Bernajoux , podeis daros por muy dichoso de no
habéroslas sino con un aprendiz de mosquetero : sin embargo, haré loque
pueda. En guardia ! ' : i '. . '
, ,-fMe parece , dijo el que d'Artagnan provocaba de aquel modo , que habeis
escogido mal sitio-; estariamos mejor detrás de la abadia de San Gorman ó en
el PréTaux-Clercs. . i .;..>;.•..:. . '. : i•••• ' •i»'. . ¡
—Teneis razon , respondió d'Artagnau ; pero por desgracia no puedo dis-
ponerideitni tiempo , á las doce tengo una cita. En guardia , caballero! '••'"i
. Bernajoux no era hombre que se hiciera repetir dos veces este ctttlpllm'len-
to : desnudó la espada y se precipitó sobre su adversario creyendo intimidarle.
Pero d'Artagnan habia hecho el dia antes su aprendizaje , y arrogante con
LOS TRBS MOSQUETEROS. 57
su victoria , henchido de esperanza , estaba resuelto á no retroceder un paso ,
de modo que los aceros se locaron por la empuñadura , y como dArtagnan se
mantenía firme , su adversario vióse obligado á dar un paso atrás. Al hacer
este movimiento , la espada de Bernajoux se separó de la línea y d'Artagnan
aprovechó este instante para echarse contra su adversario hiriéndole en el
hombro. En seguida retrocedió un paso y levantó la espada : pero Bernajoux
le dijo que aquello no era nada y tirándole ciegamente una estocada , se atra
vesó con el acero enemigo. Pero pomo no caia ni se declaraba vencido , sino
que iba retrocediendo hácia el palacio del señor de la Tremouille, que habitaba
un pariente suyo , d'Artagnan , lejos de figurarse la gravedad de la última he
rida recibida por su adversario , le estrechaba vivamente y probablemente iba
á acabarle de una tercera estocada , cuando el rumor que salia de la calle lle
gando al juego de pelota , hizo que dos amigos del guardia que le habian vis
to hablar con d'Artagnan y salir en pos de él , se precípitáran fuera del gari
to espada en mano y cayeran sobre el vencedor. Pero Athos , Porthos y Ara-
mis aparecieron al mismo tiempo y en el momento en que los dos guardias
atacaban á su vjóven compañero , les obligaron á volverse. En este instante
Bernajoux cayó , y como los guardias solo eran dos contra cuafoo , empezaron
á gritar: «Los del palacio de Tremouille , socorro !» A estas voces salieron
todos los moradores del palacio abalanzándose sobre los cuatro compañeros que
á su vez se echaron á gritar: «Mosqueteros , socorro !»
Este grito^solia ser atendido , pues se sabia que los mosqueteros eran ene
migos de Su Eminencia , y se les quería por el odio que profesaban al carde
nal , de modo que los guardias de otras compañías que no estaban al servicio
del duque Rojo , como ie llamaba Aramis , en semejantes contiendas tomaban
partido por los mosqueteros del rey. De tres guardias de la compañía del se
ñor de Essarts, que á la sazon pasaban, dos acudieron en socorro de los cuatro
compañeros , en tanto que el otro se dirigió corriendo al palacio del señor de
Treville , gritando : «Mosqueteros , socorro , socorro ! » El palacio del señor
de Treville estaba , como de costumbre , lleno de individuos de aquella arma
que acudieron á ayudar á sus camaradas ; la refriega se hizo general ; pero
la fuerza era de los mosqueteros ; los guardias del cardenal y los criados del
señor de la Tremouille se retiraron al palacio , cuyas puertas cerraron muy á
tiempo para impedir que sus enemigos entraran con ellos. En cuanto al heri
do , habia sido trasladado en seguida , y como hemos dicho , en muy mal es
tado.
La agitacion habia llegado á su colmo entre los mosqueteros y sus aliados y
se trataba ya de pegar fuego al palacio para castigar la insolencia que habian
tenido los criados del señor de la Tremouille saliendo á atacar á los mosque
teros del rey. Esta proposicion habia sido aoojida con entusiasmo , pero die
ron las once ; d'Artagnan y sus amigos se acordaron de la audiencia , y como
hubieran sentido que se diere un buen golpe sin su cooperacion , consiguieron
8
58 LOS TRES MOSQUETEROS.
sosegar los ánimos que se contentaron con arrojar piedras contra la puerta, la
cual resistió , y todo quedó terminado. Además , los que debian ser conside
rados como gefes de la empresa, habian ya dejado el grupo y se encaminaban
hácia el palacio del señor de Treville, que les esperaba, enterado de la nueva
algarada.
—Aprisa , al Louvre , dijo , al Louvre sin pérdida de tiempovy procuremos
ver al rey antes que el cardenal le dé parte de lo ocurrido ; le contaremos el
lance como una consecuencia del de ayer y los dos pasarán juntos.
El señor de Treville se dirijió con los cuatro jóvenes al Louvre ; pero con
gran asombro del capitan de mosqueteros anunciáronle que el rey habia ido á
cazar al bosque de San German. El señor de Treville se hizo repetir esta no
ticia y sus compañeros observaron que el semblante se le ponia oscuro.
—¿Tenia Su Magestad , preguntó , ayer el proyecto de ir á cazar?
—No, señor, respondió el ayuda de cámara; el montero mayor ha venido es
ta mañana á decirle que por la noche habian levantado un ciervo. El rey ha
contestado que no iria , mas tarde no ha sabido resistir al placer que aquella
caza le prometia , y se ha marchado despues de comer.
— ¿Y el rey ha visto al cardenal?
—Es probable , contestó el ayuda de cámara , pues habiendo visto esta ma
ñana los caballos enganchados á la carroza de Su Eminencia y preguntado á
donde iba , se me ha dicho que á San German. *
—Nos han ganado de mano , dijo el señor de Treville. Señores , esta noche
veré al rey , pero os aconsejo que no vengais á verle vosotros.
El aviso era muy prudente y procedia de un hombre que conocia demasia
do al rey para que los cuatro jóvenes tratasen de combatirlo* El señor de Tre
ville les aconsejó , pues , que se retiraran á sus casas y esperasen sus órdenes.
Al entrar eusu palacio , el capitan de mosqueteros juzgó conveniente ser el
primero en quejarse , y en consecuencia mandó al señor de la Tremouille un
criado con una carta en la cual le suplicaba que pusiese fuera de su casa al
guardia del señor cardenal y reprendiera á sus criados por el atrevimiento con
que se habian lanzado contra los mosqueteros. Pero el señor de la Tremouille,
grevenido por su escudero, que era pariente de Bernajoux, le contestó que no
al señor de Treville ni á sus mosqueteros tocaba quejarse, sinó áél, por cuauto
los mosqueteros habian atacado y herido á sus criados y tratado de incediarle
el palacio. Como el debate entre estos dos señores se hubiera prolongado mu
cho , pues ambos parecian dispuestos á encastillarse en su opinion , el señor
de Treville halló medio de terminar la disputa y fué el de apersonarse con el
señor de la Tremouille.
Dirijióse, pues, al palacio de este y mandó que le anunciaran.
Los dos caballeros se saludaron cortesmente, pues si no estaban unidos pol
la amistad, se apreciaban mutuamente. Ambos eran hombres de honor, y co
mo el señor de la Tremouille, hugonote en creencias, y visitando raras veces
LOS TRES MOSQUETEROS. 59
al rey, no pertenecía á partido alguno, en sus relaciones sociales no procedia
4 por lo regular con prevencion. Sin embargo, esta vez recibió cortés pero con
frialdad al señor de Treville.
—Caballero, dijo este, ambos creemos tener quejas uno de otro y he venido
para que juntos y sin estrépito pongamos en claro el asunto.
—Con mucho gusto , respondió el señor de la Tremouille , pero os pre
vengo que estoy bien enterado y que vuestros mosqueteros tienen la culpa de
todo.
—Sois muy justo y prudente, caballero, para no aceptar la proposicion que
voy á haceros.
—Decid, ya os escucho.
—¿Cómo sigue el señor de Bernajoux, el pariente de vuestro escudero?
—Muy mal. Amen de la estocada que ha recibido en el brazo y que no es
peligrosa, tiene otra que le atreviesa el pulmon, de modo que el médico de
sespera de poderle curar.
—¿El herido ha conservado el conocimiento?
—Eso sí.
—¿Habla?
-r-Con dificultad, pero habla.
—Pues bien, caballero, pasemos á verle. Conjurémosle en nombre de Dios,
ante quien quizás va á comparecer muy pronto, á decir la verdad. Le acepto
como juez de su propia causa y creeré cuanto diga.
El señor de la Tremouille reflexionó durante un momento , y viendo que la
proposicion era muy razonable , aceptó.
Ambos bajaron al cuarto que ocupaba el herido, quien, viendo que los dos
caballeros entraban á visitarle , trató de incorporarse en la cama , pero estaba
muy débil y este esfuerzo casi le hizo volver á caer sin sentido.
El señor de la Tremouille se acercó al herido y le hizo respirar una esencia
que le reanimó, y entonces no queriendo Treville que se le pudiese acusar de
violencia con el enfermo , suplicó al señor de la Tremouille que empezára el
interrogatorio.
Sucedió lo que el capitan habia previsto. Bernajoux, viéndose entre la vida
y la muerte , no se atrevió á ocultar la verdad y refirió, el hecho tal como ha
bla ocurrido.
Era cuanto deseaba el señor de Treville, quien, manifestando á Bernajoux su
deseo de verle pronto restablecido, despidióse del señor de la Tremouille , re
gresó á su casa y mandó á decir á los cuatro amigos que les invitaba á comer
con él.
Con tan apreciables anti -cardenalizas no se estrañará que la conversacion
versára durante la comida sobre las dos derrotas que acababan de esperimen-
tar los guardias de Su Eminencia , y como d'Artagnan habia sido el héroe de
las dos jornadas, vióse felicitado. Athos, Porthos y Aramis dejaron que el ca
60 LOS TRES MOSQUETEROS.
pitan le obsequiara, no solo como buenos camaradas; sino tambieu como hom
bres para quienes no eran nuevas aquellas distinciones.
A cosa de las seis, el señor de Treville les manifestó que debia pasar al Lou-
vre; pero como habia pasado ya la hora de la audiencia concedida por Su Ma-
gestad , en vez de reclamar la entrada por la escalera pequeña , se colocó con
los cuatro jóvenes en la antecámara. El rey no habia vuelto aun. Hacia como
media hora que nuestros jóvenes paseaban confundidos con la multitud de cor
tesanos , cuando abriéronse todas las puertas y anuncióse á Su Magestad.
Al oir este anuncio , d'Artagnan sintió estremecerse hasta la médula de los
huesos. Lo que iba á suceder debia , segun todas las probabilidades , decidir
del resto de su vida , y así clavó con angustia los ojos en la puerta por la cual
debia entrar el rey.
Luis XIII apareció en traje de caza, cubierto de polvo, con botas de montar
y un látigo en la mano. A la primera mirada d'Artagnan vió que el rey venia
enojado.
Esta disposicion de Su Magestad no obstó para que los, cortesanos se alinea
ran á su paso : en las reales antecámaras es preferible ser visto con ojos irri
tados que dejar de ser visto. Los tres mosqueteros no vacilaron y se adelanta
ron un paso , mientras que d'Artagnan se ocultó detrás de ellos ; pero apesar
de que el rey conocía personalmente á Albos , á Porthos y á Aramis, pasó por
delante de ellos sin mirarles, sin hablarles y como si nunca les hubiese visto.
Con respecto al señor de Treville , cuando el rey clavó en él los ojos, sostuvo
con tal firmeza aquella mirada , que Su Magestad se vió obligado á desviar la
vista , despues de lo cual el rey entró refunfuñando en su aposento.
—Los negocios van mal , dijo Athos sonriendo ; por esta vez no seremos
nombrados caballeros de la orden.
—Aguardad aquí diez minutos, les dijo Treville, y si pasados diez minutos
no me veis salir , volveos á mi casa , pues será inútil que me aguardeis por
mas tiempo.
Los cuatro jóvenes aguardaron diez minutos, un cuarto de hora, veinte mi
nutos, y viendo que el capitan no volvia, se retiraron inquietos por lo que iba
á suceder.
El señor de Treville habia entrado osadamente en el gabinete del rey y ha
llado á Su Magestad de muy mal humor , sentado en un sillon y golpeándose
las botas con el puño del látigo , lo que no fué obstáculo para que con mucha
tiema se informara de su salud.
—Mal , muy mal , caballero , respondió el rey , me fastidio.
El fastidio era la peor enfermedad de Luis XIII, quien solía tomar del brazo
a uno de sus cortesanos y llevándoselo á una ventana, le decia: Señor fulano,
fastidiémonos juntos.
—Es posible que Vuestra Magestad se fastidie ? dijo el señor de Treville;
¿ no se ha divertido hoy en la caza ? '
LOS TRES MOSQUETEROS. 6t
— Gran diversion! Vamos, todo degenera; la caza, ó no deja rastro ó los per
ros han perdido el olfato. Diez veces levantamos á un ciervo , perseguímosle
durante seis horas, y cuando íbamos á apoderarnos de él, cuando Saint-Simon
se llevaba á los labios la bocina para dar la señal, la jauría muda de direccion
y se levanta contra un cervato. Ya vereis como tendré que renunciar á cazar
ciervos del mismo modo que me vi obligado á cazar pájaros. Soy un rey muy
desgraciado, señor de Treville* el único gerifalte que tenia murió anteayer.
—Comprendo vuestro dolor y lamento esta desgracia ; pero me parece que
os queda aun un buen número de halcones, gavilanes y azores terzuelos.
—Y sin tener quien les instruya ; los halconeros van desapareciendo, ya no
queda mas que yo que entienda el arte de montería. En cuanto yo falle , todo
habrá desaparecido y solo se cazará con trampas y lazos. Si tuviese tiempo para
tomar algunos discípulos ; pero el señor cardenal no me deja un momento de
descanso hablándomc de España , hablándome de Austria , hablándome de
Inglaterra. Y ahora que me acuerdo , señor de Treville , estoy descontento de
vos.
El señor de Treville esperaba esta salida, pues habiendo mucho tiempo que
conocía al rey , sabia que todas aquellas quejas no eran mas que un prefacio,
una especie de excitacion p*ara cobrar ánimo y para llegar á las palabras que
acababa de proferir.
—¿Y en qué he tenido la desgracia de disgustar á Vuestra Magestad ? pre
guntó el señor de Treville fingiendo profundo asombro.
—¿Así cumplís vuestro deber , caballero ? continuó el rey sin contestar di
rectamente á la pregunta del señor de Treville ¿os he nombrado capitan de mos
queteros para que estos asesinen á un hombre , alboroten un barrio y traten
de incendiar á Paris sin que me digais una palabra de todo ello ? Pienso que
sin duda he andado ligero en acusaros , pues habreis preso ya á los perturba
dores y habeis venido para decirme que quedan castigados los culpados.
—Al contrario , respondió tranquilamente el señor de Treville , vengo en
nombre suyo á pedir justicia.
—Contra quién ? esclamó el rey,
—Contra los calumniadores.
—Cosa mas rara ! replicó el rey. ¿ Negareis que vuestros tres condenados
mosqueteros Athos , Porthos , Aramis y el segundon de Bearn se han echado
como locos contra el pobre Bernajoux y le han tratado de tal modo que es pro
bable que ya haya muerto ? ¿Negaréis que en segdida han sitiado el palacio
del duque de la Tremouille y han tratado de pegarle fuego ? Lo que quizás no
hubiera sido una desgracia en tiempos de guerra, pues el tal palacio es un nido
de hugonotes, hallándonos en tiempos de paz, era de mal ejemplo. ¿Os atreve
ríais á negar estos hechos ?
—¿ Y quién ha dado á Vuestra Magestad tan lindas nuevas ?
—¿Quién me las ha dado? quién ha de ser sino el que vela cuando yo duer
62 LOS TRES MOSQUETEROS.
mo, que trabaja cuando me divierto , que todo lo tiene á su cargo así en el in
terior como en el exterior , tanto en Francia como en Europa ?
—Su Magestad se referirá á Dios, sin duda , pues para mí solo Dios le es
superior.
—No, no; hablo del sosten del estado , de mi único servidor , de mi único
amigo , del señor cardenal.
—Señor, Su Eminencia no es Su Santidad.
— ¿ Qué quereis decir con esto , caballero ?
—Quiero decir que solo el papa es infalible y esta infalibilidad no se es
tiende á los cardenales.
—Quereis decir que me engaña , que me hace traicion ? Esto es acusarle,
confesad francamente que le estais acusando.
—No, señor, digo que se equivoca, digo que le han informado mal, digo que
ha andado ligero en acusar á los mosqueteros de Su Magestad con los cuales
es injusto y que no son completamente exactas las noticias que le han dado.
—El mismo duque de la Tremouille les acusa. ¿ Qué respondeis á esto ?
—Podría responder, señor, que está muy interesado en la cuestion para que
su testimonio sea imparcial ; pero tengo al duque j)or un leal caballero, y me
remitiré á su deposicion, con una sola condicion.
—Cual?
—Que Vuestra Magestad le mande llamar , le interrogue personalmente en
una entrevista , sin testigos, y volveré á ver á Vuestra Magestad en cuanto se
haya retirado el duque.
—¿ Nada opondréis á lo que diga el señor de la Tremouille ?
—Nada.
—¿ Dareis crédito á sus palabras ?
—Si señor.
—¿ Os sometereis á las reparaciones que exija ?
—A todas.
—La Chesnaye ! gritó el rey, La Chesnaye !
El ayuda de cámara de confianza del rey Luis XIII, que permanecía en pié
junto á la puerta, entró en seguida.
—La Chesnaye, dijo el rey, que vayan al instante á decir al señor de la
Tremouille que quiero hablarle esta noche.
—¿Vuestra Magestad me promete no ver á nadie entre el señor de la Tre
mouille y yo?
—A nadie, á fé de caballero.
—Pues hasta mañana, señor.
—Hasta mañana.
—¿A qué hora podré venir?
—Ala hora que gusteis.
-"Temo despertará Vuestra Magestad viniendo muy temprano.
LOS TRES MOSQUETEROS. 63
—Despertarme! Yo no duermo, caballero, sueño alguna que otra vez y nada
mas. Venid tan temprano como querais, á las siete; pero ¡ay de vos! si los
mosqueteros resultan culpados.
—Si resultan tales, señor, os serán entregados para que hagais de ellos lo
que mejor os parezca. ¿Vuestra Magestad desea algo mas? hable, estoy á sus
órdenes.
—No deseo sino que se me llame con razon Luis el justo. Hasta mañana.
—Dios guarde á Vuestra Magestad.
Si el rey durmió poco, menos durmió el señor de Treville, quien habia man
dado decir á los tres mosqueteros y á su camaFada que se hallaran en su ca
sa á las seis y media de ta mañana siguiente. Llevóselos , pues , consigo sin
afirmarles ni prometerles nada y sin ocultarles que el favor de uno y otros
pendia de un cadello.
Llegados al pié de la escalera, les hizo esperar. Si el rey seguia aun enoja
do, se retirarian sin ser vistos; si el rey consentia en vertes, no tendria mas
que tlamarles. . ..
Al llegar á la antecámara particular del rey, el señor de Treville encontró
á LaChesuaye, por quien supo que no habiendo sido hallado en su casa la no
che anterior el señor de laTremouille y habiendo vuelto á ella ya muy tarde
para presentarse en el Louvre, acababa de llegar y se hallaba á la sazon con
el rey.
Esta circunstancia dejó muy contento al capitan, pues ella le aseguraba que
ninguna sugestion estraña se deslizaria entre la deposicion del señor de la Tre-
mouille y él.
No habian aun pasado diez minutos, cuando se abrió la puerta del gabinete
del rey, y el señor de Treville vió salir y dirijirse hácia él al señor de la Tre-
mouille.
—Señor de Treville, dijo el duque, Su Magestad me ha mandado á llamar
para informarle del suceso de ayer y le he dicho la verdad del caso, esto es,
que la culpa era de mis criados y que estaba dispuesto á daros toda clase de
satisfacciones. Ya que os encuentro, pues, tan á tiempo, dignaos admitirlas y
contadme siempre como uno de vuestros mejores amigos.
—Señor duque, respondió Treville, era tanta mi confianza en vuestra leal
tad, que no quise mas defensor que vos ante Su Magestad. Veo que no me en
gañé y me alegro de que haya aun en Francia un hombre de quien se pueda
decir sin equivocarse lo que he dicho de vos.
—Muy bien, muy bien, dijo el rey que entre las dos puertas habia oido la
conversacion de los dos caballeros; decidle únicamente, Treville, ya que quiere
ser amigo vuestro, que yo deseo tambien serlo suyo; pero que me tiene olvi
dado, que casi hace tres años que no le he visto y que solo le- veo cuando le
mando á llamar. Decidle todo esto, pues un rey no puede decir estas cosas.
—Gracias , señor, contestó el duque; pero crea Vuestra Magestad, no hablo
64 LOS TRES MOSQUETEROS.

por el señor de Treville, que los que mas lo redean no son los que mas le
quieren.
—Habeis oido, pues, mis palabras? tanto mejor, duque, dijo el rey adelan
tándose hácia la puerta. Treville, ¿y los mosqueteros? ¿no os dije anteayer
que vinierais con ellos? ¿por qué no lo habeis hecho?
—Están abajo, señor, y si lo permitis, La Chesnaye irá á decirles que
suban.
—SI, si, que suban en seguida; van á dar las ocho y á las nueve espero
una visita. Dios os guarde, señor duque, y venid á verme á menudo. Entrad,
Treville.
El duqne saludó y se retiró. En el momento en que habria la puerta , los
tres mosqueteros y d'Artagnan, guiados por La Chesnaye, aparecieron en Jo
alto de la escalera.
—Entrad, valientes, dijo el rey, entrad, tengo que regañaros.
Los mosqueteros se acercaron inclinándose, d'Artagnan les seguia algo
atrás.
—¿Es posible que los cuatro hayais puesto en dos dias fuera de combate á
siete guardias de Su Eminencia? Es demasiado, señores, demasiado. A este
paso, Su Eminencia se verá obligado ¿ renovar su "compañia cada tres sema
nas, y yo á que tos edictos se cumplan al pié de la letra. Uno por casualidad no
diré que no; pero siete en dos dias, es cosa atroz.
—Ya vé Vuestra Magestad su arrepentimiento.
—Arrepentimiento decis? no me fio de sus semblantes hipócritas, dijo el
rey; cabalmente estoy viendo alli á un gascon... Acercaos, caballero.
D'Artagnan, oyendo la orden del rey, se acercó fingiéndose muy contrito.
—Treville, de qué jóven me hablasteis? este es un niño, nada mas que un
niño. ¿Es él quien dió tan ruda estocada á Jussac?
—Y las dos no menos lindas áBernajoux.
—¿Qué estais diciendo?
—Sin contar, añadió Athos, qne si no me hubiese sacado de las manos de
Biscarat, no tendria yo en este momento la honra de saludar respetuosamente
á Vuestra Magestad.
—Entonces este Bearnés es el mismo demonio. Señor de Treville, como di
ría el rey mi padre, «este oficio debe destrozar muchas ropitlas y romper mu
chas espadas» y los gascones siguen siendo pobres ¿no es cierto?
—Debo decir á Vuestra Magestad que en sus montañas no se han hallado
aun minas de oro, aunque et Señor debiera favorecerles con este milagro, en
recompensa del valor con que sostuvieron las pretensiones del rey vuestro
padre.
—Lo cual significa que debo la corona á los gascones, pues soy hijo de mi
padre, ¿no es verdad, Treville? No digo que nó y en prueba de ello, La Ches
naye, id á ver si registrando todos mis bolsillos hallais cuarenta doblones,
LOS TRES MOSQUETEROS. 65
y si los hallais, traédmelos. Y entre tanto, joven , decidme la verdad del caso.
D'Artagnan contó la aventura con todos sus detalles; como no habiéndole
dejado dormir la alegria de ver á Su Magostad, se habia reunido con sus ami
gos tres horas antes de la audiencia; como habian ido juntos al juego de pelo
ta, y como temiendo recibir un golpe en la cara, Bernajoux se habia burlado
de él, burla que por poco le cuesta la vida y al señor de la Tremouille la pér
dida de su palacio.
—Esto es , murmuró el rey , asi melo han referido. Pobre cardenal ! Siete
hombres en dos dias ! siete de los que mas queria! pero basta, señores, basta,
¿lo ois? habeis tomado desquite del lance de la calle de Ferou y aun mas, de
beis estar muy satisfechos.
—Si Vuestra Magestad lo está, dijo Treville, nosotros tambien.
—Lo estoy, añadió el rey tomando un puñado de oro de manos de La Ches-
naye y poniéndolo en la de d'Artagnan, he aqui una prueba de mi satisfaccion.
En aquella época el orgullo no se entendia como hoy. Un caballero recibia
dinero de manos del rey sin que esta accion le humillara. D'Artagnan , pues,
se enfaltricó sin cumplimientos los cuarenta doblones dando las gracias al rey.
— Son las ocho y media , dijo el rey mirando el reloj , retiraos , ya sabeis
que á las nueve espero una visita. Os doy las gracias por vuestro comporta
miento , señores ; puedo contar con vosotros , ¿ no es cierto ?
—Siempre , señor , esclamaron los cuatro ; por Vuestra Magestad nos deja
riamos hacer pedazos.
—Prefiero que os quedeis enteros , asi me sereis de mas utilidad. Treville,
añadió el rey en voz baja , mientras que los otros se retiraban , puesto que no
hay ninguna plaza vacante en el cuerpo de mosqueteros, y hemos decidido que
para ingresar en él se necesite noviciado , colocad al jóven en la compañia de
guardias de vuestro cuñado el señor des Essarts. Treville, ya me estoy riendo
del gesto que pondrá el cardenal, estará furioso; pero no importa, estoy en mi
derecho.
El rey saludó con la mano á Treville, quien fué á reunirse con sus mosque
teros hallándoles repartiéndose con d'Artagnan los cuarenta doblones.
Como habia presentido Su Magestad , el cardenal se puso tan furioso , qué
por espacio de ocho dias no íaé á jugar con el rey, lo que no impidió que este
le recibiese muy bien y le preguntase con acento cariñoso siempre que le en
contraba :
—Decidme, señor cardenal, ¿cómo siguen vuestros leales guardias el pobre
Bernajoux y el pobre Jussac?
LOS TRES MOSQUETEROS.

CAPÍTULO VII.

El interior de los mosqueteros.

Cuando d'Artagnan hubo salido del Louvre y consultado á sug amigos acerca
del uso que debia hacer del dinero que le habia tocado, Áthos le aconsejó que
mandara preparar una buena comida en la Pina, Porthos que tomara un lacayo,
y Aramis que se proporcionara una querida.
La comida se verificó el mismo dia y el lacayo sirvió á los convidados ; la
primera habia sido mandada preparar por Athos, y Porthos habia proporcionado
el lacayo. Era este un picardo que el presumido mosquetero habia reclutado
el mismo dia en el puente de la Tournelle , donde le hallara haciendo circulos
escupiendo en el agua. Porthos se empeñó en que aquella ocupacion probaba
un carácter reflexivo y contemplativo y se lo habia llevado sin mas recomen
dacion. Planchet , que asi se llamaba el picardo , quedó muy contento de la
elevada estatura del mosquetero á quien creyó iba á servir ; pero su alegria
bajó de punto al ver que la plaza estaba ocupada por un cofrade llamado Mos-
queton, y cuando Porthos le hubo significado que su casa, apesar de su gran
deza, nopodia sostener dos criados, y que por consiguiente él era preciso servir
á d'Artagnan. Sin embargo , cuando hubo asistido á la comida dada por su
amo y visto que este al ir á pagar sacaba del bolsillo un puñado de oro, creyó
asegurada su fortuna y dió gracias al cielo por haber entrado á servir á seme
jante Creso , perseverando en esta opinion hasta terminado el festin, con cuyos
despojos reparó sus largos ayunos. Pero cuando por la noche fué á arreglar la
cama de su amo , desvaneciéronse las quimeras de Planchet. La cama era el
LOS TRES MOSQUETERO*. 6*7
único mueble de la habitacion compuesta de antesala y alcoba. Planchet se
acostó en la antesala envolviéndose con un cobertor sacado de la cama , del
cual d'Artagnan hubo de prescindir.
Athos tenia por su parte un criado llamado Grimaud, á quien habia enseñado
á servirle de un modo muy particular. El mosquetero era tan reservado , que
Porthoa y Aramis durante los cinco ó seis años que hacia que le trataban le
habian visto sonreír algunas veces, pero nunca reir. Sus palabras eran breves
y espresivas , decían lo que querían decir y nada mas , sin adornos , follages
ni arabescos. Su conversacion era un hecho sin episodio alguno.
A pesar de que solo tenia veinte y ocho años, y era tan agradable de cuerpo
como distinguido en ingenio , nadie sabia que tuviese querida alguna. Nunca
hablaba de mujeres ; pero no impedia que los otros hablasen de ellas delante
de él , aunque se notaba fácilmente que este género de conversaciones , en las
cuales solo tomaba parte pronunciando algunas palabras amargas y observa
ciones misantrópicas , le era muy desagradable. Su reserva , su salvajez y su
mudez le envejecían, y para no quebrantar sus costumbres, habia acostumbrado
á Grimaud á obedecerle á un gesto ó á un simple movimiento de labios , ha
biéndole únicamente en circunstancias supremas. Sucedia á veces que Grimaud,
que temia á su amo como el fuego y le tenia tanto cariño por su persona como
veneracion á su génio , creyendo haber comprendido perfectamente lo que su
amo deseaba, corría á ejecutar la órrlon recibida y hacia precisamente lo con
trario. Entonces Athos se encojia de hombros y sin enfadarse apaleaba á Gri
maud. Aquellos dias hablaba poco.
Como lia podido observarse , Athos tenia un carácter opuesto al de Porthos ,
el cual no solo hablaba mucho , sino que lo hacia en voz alta , aunque hemos
de hacerle la justicia de que no le importaba que le oyeran ó dejaran de oírle;
hablaba por gusto de hsMar y de escucharse ; hablaba de todo menos de cien
cias por el odio inveterado que desde la infancia, segun decia, profesaba á los
sabios. Como no parecía tan gran señor como Athos , y el sentimiento de su
inferioridad en este particular, ya desde el principio de sus relaciones, le habia
hecho injusto para con este caballero, se habia propuesto sobrepujarle por me
dio de espléndidos trajes; pero Athos, con el sencillo uniforme de mosquetero y
la manera <jon que echaba atrás la cabeza y adelantaba el pié , ocupaba en se
guida el puesto que le correspondia y mandaba á segunda fila al fastuoso Por
thos. Este se consolaba llenando la antecámara del señor de Treville con el ruido
de su fortuna en amores, de lo que Athos nunca hablaba , y despues de haber
pasado de la nobleza del foro á la de las armas, de la magistrada á la baronesa,
Porthos se jactaba de hallarse en muy buena amistad con una princesa estran-
gera que le amaba entrañablemente.
Hay un proverbio que dice: «A tal amo tal criado. » Pasemos pues del criado
de Athos al de Porthos , de Grimaud á Mosqueton.
Mosqueton era un normando llamado Bonifacio, nombre pacífico que su amo
68 LOS TRES MOSQUETEROS.
habia trocado por el infinitamente mas sonoro y mas belicoso de Mosqueton.
Habia entrado á servir á Porthos con la condicion de que solo tendría casa y
vestidos pero magníficos , no deseando mas que dos horas diarias para consa
grarlas á una industria que debia proveer á sus demás necesidades. Porthos
habia aceptado estas condiciones y no le iba del todo mal. Mandaba convertir
sus vestidos viejos y sus capas de recambio en ropillas y jubones para Mos
queton, y con la ayuda de un sastre muy inteligente que le dejaba la ropa como
nueva volviéndola al revés, y cuya mujer segun decían , hacia olvidar á Por
thos sus costumbres aristocráticas , Mosquelon presentaba buen aspecto detrás
de su amo.
En cuanto á Aramis, cuyo carácter creemos haber manifestado lo bastante,
carácter por lo demás que al par del de sus compañeros iremos siguiendo en
su desenvolvimiento , tenia un criado que se llamaba Bazin. Gracias á la es -
peranza que tenia su amo de ordenarse algun dia, el lacayo iba siempre vestido
de negro , como suelen ir los criados de un hombre dedicado á la iglesia. Era
berrino, tenia de treinta y cinco á cuarenta años de edad , era pacífico, regor
dete, pasaba los momentos de ocio que le dejaba su amo leyendo obras piado
sas y sabia hacer una comida para dos de pocos platos, pero excelente. Por lo
demás, era mudo, ciego, sordo y de una probada fidelidad.
Puesto que conocemos , superficialmente á lo menos , á amos y á criados,
pasemos á visitar sus respectivas habitaciones.
Athos vivia en la calle de Ferou , á dos pasos del Luxemburgo ; su habita
cion se componía de dos pequeños aposentos limpiamente amueblados en una
casa cuya patrona, jóven y hermosa aun, le miraba inútilmente con muy buenos
ojos. En las paredes de aquella modesta habitacion brillaban algunos frag
mentos de un grande esplendor pasado: ya era, por ejemplo, una espada rica-
mente embutida que al parecer se remontaba á la época de Francisco I , cuyo
puño incrustado de piedras preciosas valdría doscientos doblones y que Athos
ni en sus momentos de mayor apuro habia consentido en empeñar ó vender.
La tal espada habia sido durante mucho tiempo lo único que ambicionaba Por
thos: para poseerla hubiera dado diez años de vida.
Un dia que una duquesa le diera cita , trató de pedirsela prestada á Athos.
Este guardó silencio, vació las faltriqueras, recogió todas sus athajas , y bol
sillos , herretes y cadenas de oro , todo lo ofreció á Porthos , menos la espada,
que , segun dijo, estaba sellada en su puesto del cual no debia apartarse hasta
que su dueño cambiara de habitacion. Además de la espada , habia un retrato
que representaba un caballero del tiempo de Enrique III, vestido con la mayor
elegancia , adornado con la órden del Espíritu Santo , retrato que se parecía á
Athos y que por cierto aire de familia indicaba que el gran señor era un ante
pasado del mosquetero. Finalmente, un cofre con magníficos embutidos de piata
y el mismo escudo que la espada y el retrato formaba todo un contraste con
los demás adoraos del aposento. Athos llevaba siempre consigo la llave de
LOS TRES MOSQUETEROS. 69
aquel cofre. Un dia lo abrió delante de Porthos para convencerle dé que solo
contenia cartas y papeles , probablemente cartas amorosas y papeles de fa
milia. '
Porthos tenia-una habitacion muy vasta y de muy suntuosa apariencia en
la calle de Vieux-Colombier. Siempre que pasaba con algun amigo por delante
de sus ventanas á una de las cuales estaba continuamente asomado Mosqueton
vestido con su gran librea , Porthos levantaba la cabeza y la mano , diciendo:
Esta es mi habitacion ; pero nunca se le hallaba en casa , nunca invitaba á
nadie á subir á ella y nadie podia saber á punto fijo las riquezas reales encer
radas en aquella suntuosa apariencia. ,
Aramis tenia una habitacion compuesta de un gabinete , un comedor y un i
dormitorio , situada en un piso bajo que daba á un jardin fresco , verde , um
broso é impenetrable á los ojos de la vecindad.
En cuanto á d Artagnan , ya sabemos en donde vivia y conocemos tambien
á su lacayo maese Planchet.
D'Artagnan, que era muy curioso por naturaleza, como lo son las personas
que tienen el don de intriga , hizo todos los esfuerzos para saber á punto fijo
que venían á ser Athos, Porthos y Aramis, pues bajo estos nombres de guerra
los tres ocultaban sus ilustres nombres , particularmente Athos , que olia á la
legua á gran señor, y empezó dirigiéndose á Porthos para adquirir noticias de
Athos y Aramis , y a este para conocer á Porthos.
Por desgracia , Porthos solo sabia de la vida de su taciturno compañero lo
que se habia traslucido. Decíase que habia sido muy desgraciado en sus amo
res y que una traicion horrorosa habia emponzoñado el resto de su vida; pero
nadie sabia qué traicion era esa.
Por lo que hace á Porthos , si se esceptua su verdadero nombre que , como
el de sus compañeros , el señor de Treville era el único que lo sabia , su vida
era fácil de ser conocida, pues vanidoso é indiscreto, se podia ver al través de
él como al través de un cristal. Lo único que podia estraviar al investigador
era creer los elogios que hacia 2e sí mismo.
En cuanto á Aramis , aparentando no tener secreto alguno , era jóven todo
misterioso que apenas contestaba á las preguntas que se le dirijian acerca de
los demás , y eludia las que le hacian á sí mismo. Un dia d'Artagnan , que ya
le habia interrogado mucho con respeto á Porthos y sabido lo que se decía de
la amistad del mosquetero con una princesa, quiso saber á qué atenerse tocante
á las aventuras amorosas de su interlocutor , y le dijo :
—¿Y vos, amigo mío, vos que me hablais de las baronesas, condesas y prin
cesas de los demás?
—He hablado de ellas, contestó Aramis, porque Porthos me lo ha dicho en
alta voz, pero podeis creer, mi estimado d'Artagnan, que á saberlo por otro
conducto ó si se me hubiese confiado, no habría confesor mas discreto que yo.
—No lo dudo, repuso d'Artagnan: pero se me figura que no dejan de seros
70 LOS TRES MOSQUETEROS.
familiares los blasones; digalo sino cierto pañuelo bordado al cual debo el honor
de haberos conocido.
Esta vez Aramis no se enfadó; pero aparentando la mayor modestia, res
pondió afectuosamente:
—No olvideis, amigo mio, que quiero ser cura y que evito las ocasiones
mundanas. Et pañuelo que visteis no me habia sido confiado, un amigo se lo
olvidó en mi casa y lo recoji para no comprometerle á él y á la dama de quien
está enamorado. En cuanto á mi, no tengo ni quiero tener queridas; en esto to
mo ejemplo del prudente Athos , que tampoco las tiene.
—Pero que diantre! nó sois cura, sino mosquetero.
—Mosquetero interino, como dice el cardenal, mosquetero á despecho mio;
pero cura de corazon. Athos y Porthos me embarrancaron en esto para tenerme
ocupado; iba á ordenarme ya, cuando una dificultad de poca monta... Pero
nada os importa todo esto y os hago perder un tiempo preciosisimo.
—No lo creais, me interesa mucho, contestó d'Artagnan, y no tengo que
hacer.
—Pues yo si, dijo Aramis, mi breviario me está esperando, he de compo
ner unos versos que me pidió la señora d'Aiguillon, y luego he de ir á la calle
de San Honorato á comprar carmin para la señora de Chevreuse: ya veis, pues
que si no teneis prisa, yo si la tengo.
Y Aramis , estrechando la mano de su jóven amigo, se despidió de él.
A pesar de todos sus esfuerzos, d'Artagnan nada mas pudo saber de sus tres
nuevos amigos, y resolvió creer cuanto se decia de su pasado, esperando que
el porvenir le diera noticias mas seguras y estensas, considerando entre tanto á
Athos como un Aquiles, á Porthos como un Ajaccio y á Aramis como un Josef.
Por lo demás, la vida de los cuatro jóvenes era alegre: Athos jugaba y per
dia siempre; pero nunca pedia prestado á sus amigos por mas que, su bolsa se
hallara siempre abierta para estos, y cuando habia jugado bajo palabra, des
pertaba á su acreedor á las seis de la mañana para pagarle la deuda de la vis
pera. Cuando Porthos ganaba, se le veia insolente y espléndido; pero cuando
perdia, se eclipsaba durante algunos dias, pasados los cuales volvia á apare
cer con la cara larga y descolorida, pero llenos de dinero los bolsillos. Ara-
mis nunca jugaba; era el peor mosquetero y el peor convidado que darse pue
da. Siempre tenia que trabajar: ora á lo mejor de un banquete, cuando todos
en el ardor del vino y en el calor de la conversacion pensaban permanecer una
ó tres horas sentados á la mesa, Aramis miraba el reloj, levantábase y se des
pedia de sus compañeros sonriéndose con gracia, diciéndoles que un casuista le
habia dado cita; ya decia que se marchaba á su casa á escribir una tésis y ro
gaba á sus amigos que no le detuvieran. Athos se sonreia melancólicamente
y Porthos bebia jurando que Aramis no pasaria de cura de misa y olla.
Puesto que hemos pasado revista á los cuatro amigos, sigamos nuestra nar
racion.
LOS TRES MOSQUETEROS. ít
Planchet, el lacayo de d'Artagnan, soportó nobtemente su suerte; recibia trein
ta sueldos diarios y durante un mes estuvo alegre como unas pascuas y afa
ble con su amo; pero cuando et viento de la adversidad empezó á soplar en la
casa de la calle de Fossoyeurs, esto es, cuando hubieron sido comidos los diez
doblones del rey Luis XIII, empezó con quejas que Athos llamó nauseabundas,
Porthos indecentes y Aramis ridiculas, de modo que Athos aconsejó á d'Artag-
nan que despidiera al tunante, Porthos que le apaleara antes de despedirle y
Aramis fué de parecer que un amo solo debia oir cumplimientos.
—Esto os parece fácit á vos, Athos, que vivis como un mudo con Grimaud,
dijo d'Artagnan, que le prohibis que hable y por consiguiente no ois de su bo
ca una mala palabra; á vos, Porthos, que gastais tanto lujo y sois un semidios
para vuestro Mosqueton ; finalmente , a vos , Aramis , que con vuestros estu
dios teológicos inspirais un profundo respeto á vuestro criado Bazin , hombre
pacifico y devoto; pero yo que no tengo firmeza ni recursos, que no soy mos
quetero, ni siquiera guardia, ¿qué puedo hacer para que ese bellaco de Plan
chet me guarde respeto ó me tenga miedo ó cariño?
—El asunto es grave, doméstico, respondieron los tres amigos; con los cria
dos sucede lo mismo que con las mujeres , es preciso ponerlas en seguida en
el estado en que uno desea que permanezcan. Reflexionadlo bien. -
D'Arlagnan reflexionó y resolvió moler á palos á Planchet por via de pre
caucion , lo que fué ejecutado con la conciencia con que d'Artagnan obraba
siempre , y despues de haberle apaleado, le prohibió que se marchara de su
casa sin su permiso , pues, añadió, el porvenir es mio y espero mejores tiem
pos. Si sigues sirviéndome, aseguras tu suerte, y soy muy buen amo para pri
varte de ella despidiéndote como deseas.
Este proceder hizo que los mosqueteros tuviesen en mucho la politica de
d'Artagnan. El mismo Planchet quedó atónito de admiracion y no volvió á ha
blar de marcharse.
Los cuatro jóvenes hacian vida comun; d'Artagnan, que no estaba ligado por
costumbre alguna, pues acababa de llegar de provincia y caia en medio de un
mundo enteramente nuevo para él , tomó en seguida las costumbres de sus
amigos.
Levantábanse á las ocho en invierno, á las seis en verano é iban á recibir la
orden en casa del señor de Treville. D'Artagnan aun cuando no era mosque
tero, hacia el servicio con admirable puntualidad; siempre estaba de guardia,
pues iba á hacer compañia al amigo que entraba de centinela. Era conocido
en el palacio de los mosqueteros y todos le trataban como á un buen camarada.
El señor de Treville , que le queria desde que le vió , no cesaba de recomen
darlo al rey.
Los tres mosqueteros querian tambien mucho á su jóven amigo. La amis
tad que unia á aquellos cuatro hombres y la necesidad de verse tres ó cuatro
veces al dia, ora para un duelo, ya para negocios, ya para ir á divertirse, les
tí LOS TRES MOSQUETEROS.
hacían correr sin cesar como sombras unos en pos de otros , y siempre se en
contraba á los inseparables buscándose desde el Luxemburgo á la plaza de San
Sulpicio, ó de la calle de Vieux-Colombier al Luxemburgo.
Entre tanto las promesas del señor de Treville iban realizándose. Un dia el
rey mando al señor des Essarts que admitiera en su compañía en clase de ca
dete á d'Artagnan. Este se vistió, suspirando, el uniforme de guardia que hu
biera dado diez años de su vida por trocarle con el de mosquetero; pero el se
ñor de Treville le prometió este favor despues de un noviciado de dos años que
podian ser dispensados por algun servicio al rey ó una accion brillante. D'Ar-
tagnan se retiró contento con esta promesa y el dia siguiente empezó su ser
vicio.
Entonces Athos, Porthos y Aramis hacian centinela con d'Artagnan cuando
este estaba de guardia, de modo que la compañía des Essarts tuvo cuatro hom
bres mas el dia que d'Artagnan fué admitido en ella.
LOS TRES MOSQUETEROS. "73

CAPÍTULO VIII.

Una intriga de corte.

Los cuarenta doblones del rey Luis XIII, como todas las cosas de este mun
do, despues de haber tenido su principio , tuvieron su fin , y desde aquel fin
nuestros cuatro amigos se hallaban en el mayor apuro. Athos habia sostenido
durante algun tiempo la asociacion por medio de su dinero. Porthos le habia
sucedido, y gracias á una de las desapariciones á las cuales estaban acos
tumbrados, habia podido remediar durante quince dias las necesidades de sus
amigos. Cuando le llegó el turno á Aramis, se ejecutó sin reparo, y segun
dijo, la venta de sus libros de teologia le proporcionó algunos doblones.
Entonces acudieron al señor de Treville , que les hizo nuevos anticipos á
cuenta del sueldo; pero estos de poco habian de servir á tres mosqueteros que
tenian muchas cuentas atrasadas y á un guardia que no tenia ninguna.
En fin, cuando vieron que nada les quedaba ya, reunieron con muchos es
fuerzos ocho ó diez doblones que Porthos fué á jugar y que por desgracia
perdió con mas veinte y cinco doblones que prometió pagar.
Entonces el apuro se convirtió en angustia; vióse á los hambrientos seguidos
de sus lacayos recorrer los muelles y cuerpos de guardia, recojiendo de tos
demás amigos cuanto dinero pudieron hallar, pues, segun opinion de Aramis,
durante la prosperidad debian sembrarse á diestro y á siniestro algunas comi
das para recojer algunas en la desgracia.
Athos fué convidado cuatro veces y llevó consigo á sus amigos con sus la
cayos ; Porthos lo fué seis veces é hizo participes de este obsequio á sus com
pañeros; Aramis lo fué ocho. Se ha podido notar que era un hombre de pocas
10
14 LOS TRES MOSQUETEROS.
palabras y muchas obras. Como d'Artagnan no conocia á nadie en la ciudad,
solo pudo hallar un almuerzo en casa de un sacerdote paisano suyo y una co
mida en la posada de un corneta de guardias. Condujo su ejército á la morada
del cura cuyas provisiones para dos meses fueron devoradas, y á casa del cor
neta, que se portó á las mil maravillas; pero, como decia Planchet, aun cuando
se coma mucho, no se come mas que una vez.
D'Artagnan se sintió humillado viendo que solo habia obtenido una comida
y media, pues el almuerzo del cura no era mas que media comida, en cambio
de los festines que le habian proporcionado Athos, Porthos y Aramis. Creiase
en descubierto con la sociedad , olvidando en su juvenil buena fe que habia
estado sosteniendo á la comunidad por espacio de un mes , y se puso á refle
xionar profundamente. Entonces comprendió por vez primera que la coalicion
de aquellos cuatro hombres jóvenes, valientes, emprendedores y activos debia
tener otro objeto que los paseos derrengados , las lecciones de esgrima y las
pantomimas mas ó menos espirituales.
Con efecto, cuatro hombres como ellos, cuatro hombres adictos unos á otros
desde la bolsa hasta la vida , cuatro hombres ayudándose reciprocamente , no
retrocediendo nunca, ejecutando juntos ó aisladamente las resoluciones tomadas
en comun , cuatro hombres en direccion á los cuatro puntos cardinales , ó en
direccion á un solo punto, por fuerza debian, ya subterráneamente, ya á la luz
del dia , minando ó zapando , ora por medio de la astucia , ora valiéndose de
la fuerza, abrirse un camino hacia el objeto á que se encaminaran, por léjos y
bien defendido que estuviese. Lo único que admiraba á d'Artagnan era que
sus compañeros no hubiesen caido en ello.
Devanábase los sesos por hallar una direccion para aquella fuerza única
cuatro veces multiplicada , con la cual no dudaba que á semejanza de la pa
tanca de Arquimedes se lograria levantar el mundo , cuando llamaron suave
mente á la puerta de su cuarto. D'Artagnan despertó á Planchet mandándole
que abriera.
No crea el lector que fuese de noche, porque d'Artagnan despertara á su la
cayo , nada de eso , acababan de dar las cuatro de la tarde ; dos horas antes
Planchet habia pedido de comer á su amo , quien le contestó con el proverbio:
«Quien duerme come» y Planchet comia durmiendo.
Un hombre de apariencia nada notable y que parecia vecino de la ciudad,
entró en el cuarto.
Planchet hubiera querido para postres oir la conversacion ; pero el recien
llegado manifestó á d'Artagnan que lo que deseaba decirle era importante y
confidencial y que por consiguiente le convenia quedar á solas con él.
D'Artagnan mandó salir á Planchet y rogó al desconocido que se sentara.
Reinó un momento de sitencio durante el cual ambos se miraron como para
conocerse préviamente , pasado el cual d'Artagnan se inclinó en señal de que
estaba aguardando.
LOS TRES MOSOUETEHOS. 75
—He oido hablar del señor d'Artagnan como un jóven muy valiente, dijo el
desconocido, y esta reputacion de que justamente goza, me ha decidido á con
fiarle ufl secreto.
—Hablad , caballero, hablad , dijo d'Artagnan que husmeó por instinto al
guna aventura ventajosa para él.
El desconocido calló durante un momento y luego continuó.
—Caballero , mi mujer es modista de la reina y nada tiene de tonta ni de
fea. Casáronme con ella hace tres años , no por sus bienes de fortuna , sino
porque el señor de Laporte, guardaropero de la reina, es su padrino y la proteje.
—Adelante , dijo d'Artagnan.
—Pues señor , repuso el hombre , mi mujer fué robada en la mañana de
ayer al salir del cuarto en donde suele trabajar.
—¿Y por quién fué robada?
—No lo sé de cierto , caballero ; pero tengo mis sospechas.
—¿Y de quién sospechais?
—De un hombre que anda persiguiéndola de mucho tiempo á esta parte.
—Diantre !
— Puede que me equivoque ; pero estoy convencido de que en este asunto
mas ha intervenido la politica que el amor.
—¿ Decis que mas la politica que el amor ? repuso d'Artagnan meditabundo;
¿ y qué pensais de todo esto ?
—No sé si debo manifestaros mis sospechas.
—Acordaos de que yo nada absolutamente os he preguntado. Sois vos quien
ha venido á decirme que deseabais confiarme un secreto. Obrad como mejor
os parezca y aun estais á tiempo para retiraros.
— No , caballero ; os tengo por un jóven de bien y os lo revelaré todo. Digo
pues que no son amores de mi muger los que me la han sustraido, sino amores
de una dama de alia categoria.
—¿ Acaso los amores de la señora de Bois-Tracy ? dijo d'Artagnan que en
presencia de un desconocido trató de aparentar que estaba enterado de los ne
gocios de la corte.
—Pico mas alto , caballero , mas alto.
— De la señora d'Aiguillon ?
—Mas alto.
—De la de Chevreuse ?
—Mas alto , mucho mas alto !
—De la?... d'Artagnan se detuvo.
—Si , si , respondió el desconocido asustado y en voz tan baja que á penas
podia oirsele.
—¿ Y con quien ?
—Con quien ha de ser sino con el duque de...
—El duque de...
76 L08 TRES MOSQUETEROS.
—Si, señor, continó el desconocido dando á su voz una entonacion aun mas
sorda.
—¿Pero como lo sabeis?
—¿ Qué como lo sé ?
—Si, como lo sabeis. No me vengais con palabras á medias, de lo contrario. . .
—Lo sé por mi mujer , caballero , por mi misma mujer.
—¿ Y ella ? ¿ por quién lo sabe ?
—Por el señor de ¿aporte. ¿ No os he dicho ya que es ahijada del señor de
Laporte, hombre que posee toda la confianza de la reina ? El señor de Laporte
la hizo entrar en el servicio de Su Magestad para que la pobre reina , abando
nada como la tiene el rey, espiada como la espia el cardenal , vendida como la
llevan todos, tuviese á lo menos una persona que la consolára y de quien fiarse.
—Empiezo á ver claro , dijo d'Artagnan.
—Hace , pues , cuatro dias que mi mujer fué á verme , porque habeis de
saber que una de las condiciones era poder ir á verme dos veces por semana,
y ya os he dicho que mi mujer me ama mucho : vino á verme y me manifestó
que la reina abrigaba profundos temores.
—¿ Que estais diciendo ?
—Si. A lo que parece , el señor cardenal la sigue y la persigue mas que
nunca: no puede perdonarle la historia de la zarabanda. Ya sabeis que historia
es esa , eh ?
—Yo lo creo ! respondió d'Artagnan que no sabia una palabra y que queria
pasar por muy enterado.
—De modo que no es odio, sino venganza.
—Es posible?
—Y la reina cree...
—Vamos á ver que es lo que cree la reina.
—Cree que han escrito á Buckingam en su nombre.
—¿ En nombre de la reina ? '
—Si , para hacerle venir á Paris y prenderle en algun lazo.
—Diantre ! pero qué papel hace vuestra mujer en este asunto ?
Saben que es muy adicta á la reina y tratan de separarla de su señora, ó
intimidarla para que revele los secretos de la reina , ó seducirla para servirse
de ella como de un espia.
—Es probable , dijo d'Artagnan ; pero sabeis quién es el hombre que la ha
robado ?
—Ya os he dicho que creia saberlo.
—¿ Cual es su nombre ?
—Mucho pedis ; solo me consta que es una criatura del cardenal, su alma.
—Le habeis visto alguna vez ?
—Si señor, mi mujer me lo enseñó el otro dia.
—¿ Tiene alguna seña por la cual pueda conocérsele ?
LOS TRES MOSQUETEROS. 77
—Yo lo creo ; estatura alta , pelo negro , color moreno, mirada penetrante,
dientes blancos y una cicatriz en la sien.
v —Una cicatriz en la sien ! esclamó d'Artagnan; dientes blancos , mirada pe
netrante, color moreno, pelo negro y estatura alta , es mi hombre de Mcung.
—¿ Vuestro hombre / decís ?
—Sí , pero esto no hace al caso : no , me engaño , lo simplifica . pues si
vuestro hombre es el mio , haré de una via dos mandatos , dos venganzas.
¿ Sabeis en donde podré hallarle ?
—Lo ignoro.
— ¿ Sabeis donde vive ?
—Lo ignoro tambien. Entrando con mi mujer cierto dia- en el Louvre , él
salia , y ella me lo ensefíó.
—Diantre! murmuró d'Artagnan, todo esto es muy vago. ¿Por quién habeis
sabido el rapto de vuestra esposa ?
—Por el señor de Laporte.
—¿ Os ha dado algunas noticias mas ?
—No mas que esta.
—¿Y no habeis sabido por otro conducto...
—Eso sí ; he recibido...
-Qué?
—No sé si voy á cometer una gran imprudencia.
—Dale otra vez con los miramientos ; pero lo que es ahora ya es tarde para
que os volvais atrás.
—¿Quién ha dicho que quiero volverme atrás ? voto á los demonios ! gritó
el desconocido jurando para ponerse furioso. A fé de Bonacieux...
— ¿Os llamais Bonacieux? interrumpió d'Artagnan.
—Servidor vuestro.
—Decíais á fé de Bonacieux. Dispensadme si os he interrumpido ; pero me
parecía que este nombre no me era desconocido.
—¿ Cómo podeis haberlo olvidado cuando soy el propietario del cuarto (pie
habitais ?
—Y es verdad , dijo d'Artagnan levantándose á medias y saludando. (Ion
que sois el propietario...
—Sí, caballero, sí. Y como hace tres meses que estais en mi casa y dis
traido con vuestras ocupaciones os habeis olvidado de pagarme ci alquiler,
como iba diciendo, no os he dado prisa un solo momento y he creiti ) que cor
responderíais á mi delicadeza.
—No dudeis, mi estimado señor Bonacieux, que agradezco en el alma tan
noble proceder y os repito que si puedo seros útil...
—Lo creo, lo creo, y como iba diciendo, á fe de Bonacieux, lengo con
fianza en vos. v
—Acabad , pues , lo que habeis empezado á decirme.
78 LOS TRES MOSQUETEROS.
El hombre sacó un papel del bolsillo y lo entregó á d'Artagnan.
—Una carta! dijo el jóven.
—Que he recibido esta mañana.
D'Artagnan la abrió, y como ya empezaba á anochecer, se acercó á la ven -
tana para leer. Bonacieux le siguió.
«No busqueis á vuestra mujer, decia la carta, os será devuelta cuando no se
la necesite. Si dais un solo paso para recobrarla, sois perdido. »
—No hay mas, continuó d'Artagnan; pero esto no pasa de ser una ame
naza.
—Pero una amenaza que me asusta; al fin y al cabo yo no soy hombre de
armas tomar y tengo miedo á la Bastilla.
—No la temo yo menos que vos, dijo d'Artagnan; si solo se tratara de dar
una estocada, vaya con Dios.
—Y sin embargo, yohabia contado con vos.
—Conmigo eh?
—Viéndoos continuamente rodeado de mosqueteros y sabiendo que los mos
queteros del señor de Treville eran por consiguiente enemigos del cardenal,
pensé que vos y vuestros amigos os alegrariais de jugarle una mala pasada á
Su Eminencia y de hacer justicia á nuestra pobre reina.
—Y pensasteis bien.
—Creia además que adeudándome fres meses de alquiler, cosa de que nun
ca os he hablado..,
—En efecto.
—Y contando ofreceros, si es preciso, cincuenta doblones, dado que en la
actualidad os halleis en apuro, lo que no creo...
—Perfectamente; con que sois rico, mi estimado señor Bonacieux?
— No mucho; tengo unos dos ó tres mil escudos de renta que he ganado en
el comercio de lienzos y arriesgando algunos fondos en el último viaje del cé
lebre navegante Juan Mocquet, de modo que, ya me entendeis. Pero... escla
mó Bonacieux.
—¿Qué? preguntó d'Artagnan.
—¿Qué es lo que veo?
—Dónde?
—En la calle, al pié de la ventana, arrimado á aquella puerta; un hombre
embozado en una capa.
—Él es! esclamaron á un tiempo d'Artagnan y Bonacieux conociendo á su
hombre.
—Esta vez, esclamó d'Artagnan tomando la espada, esta vez no me esca
pará.
Y desenvainando salió corriendo del cuarto.
En la escalera encontró á Athos y Porthos que iban á verle. Estos se apar
taron y d'Artagnan pasó entre los dos como una flecha.
LOS TRES MOSQUETEROS. 79
—¿A dónde correis así? preguntáronle los dos mosqueteros.
—El hombre de Meung, respondió d'Artagnan y desapareció.
D'Artagnan habia contado algunas veces á sus amigos su aventura con el
desconocido, como tambien la aparicion de la hermosa viajera á quien aquel
hombre habia confiado, al parecer, una importante mision.
Athos fué de opinion que d'Artagnan habia perdido la caria en la zarracina;
á su entender, un caballero, pues caballero habia de ser el desconocido á juz
gar por el retrato que de él hacia d'Artagnan, era incapaz de cometer la ba
jeza de robar una carta.
Porthos no habia visto en ello mas que una cita amorosa dada por una da
ma á un galan, ó por un galan á una dama, cita turbada por la presencia de
d'Artagnan y su caballo anaranjado.
Aramis dijo que aquellas cosas eran misteriosas y que era preferible no
profundizarlas.
Por las pocas palabras proferidas por d'Artagnan vinieron en conocimiento
del asunto de que se trataba, y como creyeron que en cuanto hubiese hallado
á su hombre ó perdidole de vista, d'Artagnan volvería á su casa, prosiguieron
su camino.
Al entrar en el cuarto de d'Artagnan, no hallaron á nadie, pues temiendo
el dueño de la casa las consecuencias del encuentro entre el jóven y el desco
nocido, habia considerado prudente tomar las de Villadiego, conforme en esto
con lo que de su carácter manifestara él mismo.
so LOS TRES MOSQUETEROS.

CAPÍTULO IX.

D'Artagnan pintándose á si mismo.

Según lo previeran Albos y Porthos, d'Artagnan volvió á su casa al cabo de


media hora, sin babor hallado á su hombre que habia desaparecido por en
canto. Nuestro joven recorriera espada en mano todas las calles inmediatas;
pero sin hallar cosa que se pareciera al que iba buscando, y acabó por donde
hubiera debido empezar, esto es, llamando á la puerta junto á la cual habia
visto al desconocido; pero en vano dió diez ó doce aldabazos, pues nadie res
pondió, y los vecinos que acudieron al ruido, apareciendo en el dintel de las
puertas ó asomando la nariz á la ventana, dijéronle que la casa cuyas abertu
ras permanecían cerradas hacia seis meses que estaba deshabitada.
Mientras que d'Artagnan recorría las calles y llamaba á la puerta, Aramis
se habia reunido con sus amigos, de modo que al volver d'Artagnan á su ca
sa, encontró una buena compañía.
— ¿Qué tenemos? preguntaron á un tiempo los tres mosqueteros viendo en
trar á d'Artagnan cubierto de sudor y el semblante contraido por la ira.
—Qué ha de haber, contestó echando la espada sobre la cama, sino que
ese hombre es el diablo en persona. Ha desaparecido como una fantasma, co
mo una sombra, como un espectro.
—¿Creeis en aparecidos? preguntó Athos á Porthos.
—Yo no creo sino lo que veo, y como nunca he visto aparecidos, no creo
en ellos.
—La Biblia, dijo Aramis, nos obliga á creer en ellos: la sombra de Sa
LOS TRES MOSQUETEROS. 81
muel se apareció á Saul y es artículo de fé que me disgustarla ver puesto en
duda, Porthos.
—Como quiera que sea, hombre ó demonio, cuerpo ó sombra, ilusion ó
realidad, ese hombre nació para mi tormento, pues su fuga nos echa á robar
un soberbio negocio, señores, un negocio en el cual íbamos á ganar cien do
blones y tal vez mas.
—¿Cómo así? dijeron á la vez Porthos y Aramis.
En cuanto á Athos, fiel á su sistema de mudez, contentóse con interrogar á
dArtagnan por medio de una mirada.
—Planchet, dijo d Artagnan á su lacayo que en aquel momento se aso
maba á la puerta entreabierta procurando recojer algo de la conversacion, ba
jad a la habitacion de nuestro propietario el señor Bonacieux y decidle que
nos mande media docena de botellas de vino de Beaugency, es el que mas me
gusta.
—Cómo! ¿tenéis crédito abierto en casa de vuestro propietario? preguntó
Porthos. • * •
— Sí, respondió d'Artagnan, desde hoy, y perded cuidado, si es malo el vi-,
no que nos mande, le diremos que nos dé otro mejor.
— Conviene usar y no abusar, dijo sentenciosamente Aramis.
—Siempre he dicho que d'Artagnan era la cabeza de los cuatro, repuso
Athos, y despues de emitir esta opinion, á la cual d'Artagnan correspondió por
medio de un saludo, volvió á su silencio de costumbre.
—Pero sepamos al fin que hay, esclamó Porthos.
—Sí, añadió Aramis, reveládnoslo todo, á no ser que el honor de una da
ma se halle de por medio, en cuyo caso, guardad el mayor sigilo.
—Tranquilizaos, señores, nadie podrá quejarse de lo que voy á decir.
Y entonces contó palabra por palabra lo que acababa de pasar entre él y su
huésped, y como el raptor de la mujer del digno propietario era el mismo que
le había insultado en la posada del Franco-Molinero.
—El negocio no es malo, dijo Athos despues de haber probado el vino co
mo buen conocedor é indicando por medio de un movimiento de cabeza que
lo encontraba bueno, y podrán sacarse á ese buen hombre cincuenta ó sesenta
doblones. Ahora lo que importa es saber si cuarenta ó cincuenta doblones va
len la pena de arriesgar cuatro cabezas.
—Pero no olvideis, esclamó dArtagnan , que en el negocio anda una mu
jer, una mujer robada, á quien están amenazando quizás, á quien tal vez
atormentan por la fidelidad con que ha servido á su señora.
—Id con tiento, d'Artagnan , id con tiento, dijo Aramis ; me parace que os
interesais demasiado por la suerte de la señora Bonacieux. La mujer ha sido
criada para labrar nuestra perdicion y es origen de todas nuestras miserias.
Al oir esta sentencia de Aramis, Athos frunció el ceño y se mordió los labios.
—Poco me importa la mujer de Bonacieux , repuso d'Artagnan , por quien
11
HÍ LOS TRES MOSQUETEROS.
me intereso es por la reina abandonada del rey , perseguida por el cardenal y
que vé caer unas en pos de otras las cabezas de todos sus amigos.
—¿ Por qué quiere á los que mas detestamos , á los españoles y á los in
gleses ?
—España es su patria, respondió d'Artagnan, y es muy natural que quiera á
los españoles, que son hijos del misma pais que ella. Tocante al segundo repro
che que le dirijis , he oido decir que no amaba á los ingleses , sino á un inglés.
—Y confieso, añadió Athos, que el tal inglés era muy digno de ser amado.
Nunca he visto maneras de gran señor tan nobles como las suyas.
—Sin contar que viste como pocos, dijo Porthos. Yo me hallaba en el Lou-
vre el dia que lo sembró de perlas , y á fé que dos que recoji pagáronmelas á
diez doblones cada una. Vos , Aramis , ¿ no le conoceis ?
—Tan bien como vosotros, pues fui de los que le detuvieron en el jardin de
Amiens en donde me habia introducido el señor de Putange , escudero de la
reina. A la sazon me hallaba en el seminario y la aventura parecióme cruel
para el rey.
—Lo que no impediria , dijo d'Artagnan , si supiese en donde se encuentra
el duque de Buckingam, que fuere á buscarle para llevarle al lado de la reina,
si quiera para encolerizar al señor cardenal , pues nuestro verdadero y eterno
enemigo , señores , es el cardenal , y arriesgaria la cabeza para hallar medio
de jugarle una mala pasada.
—Y os ha dicho el tendero , repuso Athos , que la reina creia que habian
hecho venir á Buckingam por medio de una carta falsa ?
—Mucho lo teme.
—Aguardad un momento , dijo Aramis.
—¿ Qué hay ? preguntó Porthos.
—Seguid, estoy recordando algunas circunstancias....
—Y estoy convencido, continuó d'Artagnan, de que el rapto de la confidente
de la reina tiene relacion con el asunto de que estamos hablando y tal vez con
la presencia del señor de Buckingam en Paris.
—Y lo que discurre el gascon ! esclamó admirado Porthos.
—Me gusta en estremo oirle hablar, dijo Athos ; su acento me divierte.
— Oid , señores , añadió Aramis.
—Oigamos á Aramis , dijeron los tres amigos.
—Hallándome ayer en casa de un sabio doctor en teologia á quien suelo
consultar...
Athos se sonrió.
—Vive en un barrio desierto, continuó Aramis, conforme ecsijen sus gustos
y su profesion. En el momento que salia de su casa...
Aqui Aramis se detuvo.
—Acabad de una vez , esclamaron los oyentes ; en el momento que satiais
de su casa....
LOS TRES MOSQUETEROS. 83
Se observó que Aramis hacia un esfuerzo sobre si mismo, como un hombre
que tratando de decir una mentira se vé detenido por algun obstáculo impre
visto ; pero los ojos de los tres amigos estaban clavados en él, y aguardaban
con la boca abierta, por lo que era ya imposible retroceder.
— El doctor tiene una sobrina , prosiguió Aramis.
— Ah ! tiene una sobrina , dijo Porthos.
—Señora muy respetable , añadió Aramis.
Los tres amigos se echaron á reir.
—Si os reis ó poneis en duda mis palabras , repuso Aramis , nada sabréis.
—Somos crédulos como mahometanos y mudos como catafalcos, dijo Athos.
—Prosigo pues. La sobrina visita algunas veces á su tio y habiéndola hallado
ayer por casualidad en casa de este, me ofreci á acompañarla hasta su coche.
— ¿Con que la sobrina del doctor tiene coche? interrumpió Porthos, uno de
cuyos principales defectos era una gran incontinencia de lengua , magnifica
amistad , amigo mio.
—Porthos , dijo Aramis , mas de una vez os he hecho notar que sois muy
indiscreto, y esto os pone mal con las mugeres.
—Señores , esclamó d'Artagnan entreviendo el fondo de la aventura , el
asunto es grave , procuremos no andarnos con bromas si es que podemos.
Continuad , Aramis.
—De repente un hombre alto , moreno, aire de caballero, asi... de la clase
del vuestro, d'Artagnan.
—Quizás era el mismo , dijo; este.
—Quien sabe, prosiguió Aramis: se me acercó acompañado de cinco ó seis
hombres que le seguian á corta distancia, y con el acento mas agradable, me
dijo : « Señor duque, y vos, señora » continuó dirigiéndose á la dama á quien
daba yo el brazo.
—A la sobrina del doclor ?
—Silencio , Porthos ! gritó Athos , sois insoportable.
— «Dignaos entrar en este coche y no trateis de hacer resistencia alguna,
ni de mover ruido. »
—Creyó que erais Buckingam , dijo d'Artagnan.
—En efecto, respondió Aramis.
—¿Pero y la dama? preguntó Porthos.
—Creyó que era la reina , añadió d'Artagnan.
—Asi fué , contestó Aramis.
—El diablo es el gascon , dijo Athos , nada le pasa desapercibido.
—El caso es , añadió Porthos , que Aramis es de la estatura del duque y le
da cierto aire ; pero con todo , el uniforme de mosquetero...
—Yo iba embozado en mi ancha capa , dijo Aramis.
—¿En et mes de julio? ¡ quien lo creyera ! repuso Porthos, ¿teme el doctor
que te conozcan ?
84 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Comprendo perfectamente , dijo Athos , que el espia se dejase engañar
por el talle ; pero et semblante. . .
—Llevaba yo un sombrero de ala ancha , respondió Aramis.
—Dios mio ! esclamó Porthos, cuantas precauciones para estudiar teologia!
—Señores, dijo d'Artagnan, no perdamos el tiempo en chanzas , y tratemos
de buscar á la mujer del tendero; esta es la llave de la intriga.
—¿Creeis , d'Artagnan , que debemos pensar en mujer de tan baja estofa?
dijo Porthos moviendo los labios con desprecio.
—Es la ahijada de Laporte, del confidente de la reina. ¿No os lo he dicho ya?
Además , quien .sabe si Su Magestad ha buscado esta vez apoyo en personas
de humilde nacimiento ? Las cabezas etevadas se ven de léjos y el cardenal
tiene buena vista.
—Pues bien, esctamó Porthos , empezad por contratar con el tendero; pero
á buen precio.
— Es inútil , pues creo que si no nos paga, cobraremos de otro modo.
En este momento sonó ruido en la escalera , la puerta abrióse con estrépito
y el pobre tendero entró corriendo en el cuarto donde se celebraba el consejo.
—Señores, esclamó, salvadme , por Dios salvadme ! Ahi fuera están cuatro
hombres que vienen á prenderme: salvadme en nombre del cielo.
Porthos y Aramis se levantaron.
—Un momento , esclamó d'Artagnan haciéndoles seña de que dejáran las
espadas medio desenvainadas , ahora se requiere mas prudencia que valor.
—Sin embargo, repuso Porthos , no dejaremos que...
—Dejad obrar á d'Artagnan , dijo Athos ; os repito que es la cabeza de los
cuatro y declaro desde luego que le obedeceré. Haz lo que quieras, d'Artagnan.
En este momento los cuatro guardias aparecieron en la puerta de la antesala
y viendo á cuatro mosqueteros de pié y espada al tado , vacilaron en dar un
paso mas.
—Adelante, señores, adelante, gritó d'Artagnan; estais en mi casa y somos
leales servidores del rey y del señor cardenal.
—En este caso no os opondreis á que cumplamos las órdenes que tenemos,
dijo el que parecia gefe de la patrulla.
—Antes os ayudaremos si es preciso.
—¿Qué está diciendo? murmuró Porthos.
—Eres un tonto , dijo Athos , cállate !
—Vos me prometisteis... dijo en voz baja el pobre tendero.
—Solo podemos salvaros manteniéndonos nosotros en libertad, le respondio
rápidamente y por lo bajo d'Artagnan, y si tratamos de defenderos, nos pren
derán con vos.
—Con todo, me parece. . .
—Acercaos , señores , prosiguió en voz atta d'Artagnan ; no tengo por qué
defender á este hombre. Le he visto hoy por vez primera, como él mismo puede
LOS TRES MOSQUETEROS. 88
deciros , con motivo de haber venido á cobrar el alquiler del cuarto. ¿ No es
cierto, señor Bonacieux? responded.
—Es la pura verdad, contestó el tendero; pero este caballero no dice que...
— Ni una palabra relativa á mi , ó á mis amigos , ó particularmente á la
reina , de lo contrario , nos perdeis á todos y no os salvais. Señores , podeis
llevaros á este hombre.
Y d'Artagnan puso al tendero muerto de susto en manos de los guardias
diciéndole :
—Vaya si es tunante ! pedirme dinero ! á mi ! á un mosquetero ! Que le
lleven preso. Lleváoslo ya y tenedlo bajo llave todo el tiempo posible : asi tar
daré mas en pagar.
Los esbirros se deshicieron en cumplimientos y se llevaron al preso.
Al ir á bajar la escalera , d'Artagnan tocó en el hombro del gefe.
—¿ No bebereis á mi salud y yo á la vuestra ? dijo llenando dos vasos del
vino de Beaugency que debia á la liberalidad de Bonacieux.
—Lo tendré á mucha honra , dijo el esbirro , y acepto agradecido.
—A vuestra salud , pues , caballero... ¿como os llamais?
—Boisrenard.
—Caballero Boisrenard.
—A la vuestra, caballero... ¿como os llamais?
—D'Artagnan.
—Pues á vuestra salud, caballero d'Artagnan.
—Y á la del rey y del señor cardenal , añadió el gascon entusiasmado.
Quizá el esbirro hubiera dudado de la sinceridad de d'Artagnan si el vino
hubiese sido malo; pero como lo encontró bueno, quedó convencido.
—¿Qué ruindad es esa? dijo Porthos cuando los guardias hubieron desapa
recido y se vió solo con sus compañeros. ¡ Cuatro mosqueteros permitir que
prendan á un desdichado que les llama en su ayuda ! Un caballero brindar
con un corchete !
—Porthos , dijo Aramis , Athos te ha dicho ya que eres un tonto y soy de
su mismo parecer. Eres un grande hombre , d'Artagnan ; para cuando ocupes
el puesto del señor de Treville, te pido que me recomiendes para una abadia.
—Yo no entiendo jota, esclamó Porthos, ¿aprobais lo que d'Artagnan aca
ba de hacer?
—No solo lo apruebo, respondió Athos, sino que le doy mi parabien.
—Ahora, señores, dijo d'Artagnan sin tomarseel trabajo de esplicarsu con
ducta á Porthos, todos para uno, uno para todos, tal es nuestra divisa, ¿no es
verdad?
—Sin embargo, dijo Porthos.
— Estiende el brazo y jura, esclamaron á un tiempo Athos y Aramis.
Vencido por el ejemplo, echando votos por lo bajo, Porthos alargó el brazo,
y los cuatro amigos respondieron en coro ála fórmula dictada pord Artagnan.
86 LOS TRES MOSQUETEROS.
«Todos para uno, uno para todos.»
— Corriente. Ahora retirese cada uno á su casa, dijo el jóven, como ¡si en
toda su vida no hubiese hecho otra cosa que mandar , y atencion , pues desde
este instante vamos á entrar en liza con el cardenal.
LOS TRES MOSQUETEROS. 8-7

CAPÍTULO X.

Una ratonera en el siglo décimo séptimo.

La invencion de la ratonera no es moderna, pues desde que las socieda


des hubieron inventado la policia, esta á su vez inventó las ratoneras.
Como tal vez nuestros lectores no están familiarizados aun con el argot de
la calle do Jerusalen y en los quince años que llevamos de escritores, hoy por
vez primera aplicamos á una cosa esta palabra, espliquémosles lo que es una
ratonera.
Cuando en cualquier casa se ha preso á un individuo por sospechas, se guar
da el secreto, colócanse cuatro ó cinco hombres emboscados en la primera pie
za, se abre la puerta á todos los que llaman, volviéndola á cerrar y prendien
do á-los que han entrado, y de este modo al cabo de dos ó tres dias se ha co-
jido á casi todos los que frecuentan la casa.
Esto se llama una ratonera.
De la habitacion de maese Bonacieux se hizo una ratonera y cuantos entra
ron fueron presos é interrogados por los agentes del cardenal. No necesitamos
advertir que subiéndose al cuarto de d'Artagnan por una escalera diferente, los
que iban á verle estaban exentos de caer en el garlito.
Por otra parte, solamente le visitaban los tres mosqueteros, los cuales anda
ban á la husma sin hallar ni descubrir nada. Athos habia llegado á preguntar
al señor de Treville acerca de la aventura , cosa que atendida la mudez habi
tual del digno mosquetero , habia sorprendido mucho al capitan. Pero el se
88 LOS TRES MOSQUETEROS.
ñor de Treville solo sabia que la última vez que habia visto al rey, á la reina y
al cardenal, este estaba sombrio, el rey inquieto y los ojos encendidos de la
reina indicaban que babia llorado ó pasado la noche sin dormir. Pero esta úl
tima circunstancia le llamó poco la atencion, pues desde su casamiento la reina
lloraba mucho y dormia poco.
El señor de Treville encargó á Athos el servicio del rey y en particular el
de la reina, rogándole que trasmitiera el encargo á sus campaneros.
En cuanto á d'Artagnan, no se movia de su casa, convertido como habia su
cuarto en observatorio. Desde las ventanas veia llegar á los que iban á caer
en la ratonera, y como habia quitado los ladrillos del pavimento, un simple
cielo raso le separaba del piso bajo donde se celebraban los interrogatorios, de
suerte que oia cuanto pasaba entre los inquisidores y los acusados.
Los interrogatorios precedidos de un minucioso registro ejecutado en la per
sona detenida, solian estar concebidos del modo siguiente:
—La señora Bonacieux os ha entregado algo para su marido ó para otra per
sona?
—El señor de Bonacieux os ha entregado algo para su esposa ó para otra
persona?
—Os han confiado de viva voz uno ú otro algun secreto?
—Si supiesen algo, dijo para si d'Artagnan, no preguntarian de este modo;
pero ¿qué quieren saber? Si el duque de Buckingam se encuentra en Paris y
ha tenido ó ha de tener una entrevista con la reina?
D'Artagnan se fijó en esta idea que, segun todo cuanto habia oido, no care
cia de probabilidad.
Entretanto la ratonera y la vigilancia de d'Artagnan eran inmanentes.
La noche del dia siguiente al del arresto del pobre Bonacieux , en cuanto
Athos dejó á d'Artagnan para ir á ver al señor de Treville , asi que daban las
nueve y Planchet empezaba á arreglar la cama, oyóse llamar á la puerta de la
catle : la puerta se abrió y volvió á cerrarse en seguida ; alguno acababa de
caer en la ratonera.
D'Artagnan se dirigió al sitio desenladrillado, se echó boca á bajo y se puso
á escuchar.
Luego se oyeron gritos, en seguida gemidos que se procuraba ahogar; nada
de interrogatorio.
— Diantre! murmuró d'Artagnan, me parece que es una mujer; la regis
tran, ella se resiste; la violentan. Miserables!
Y d'Artagnan, á pesar de su prudencia, seguia echado para no tomar parte
en la escena que pasaba debajo de él.
—Digo que soy la dueña de la casa, señores; digo que soy la señora Bona
cieux, os digo que estoy al servicio dela reina! gritaba la pobre mujer.
—La señora Bonacieux! murmuró d'Artagnan, ¿seré tan dichoso que halle
lo que todo et mundo anda buscando?
LOS TRES MOSQUETEROS. 89
—Precisamente á vos estábamos aguardando, replicaron los interrogadores.
La voz se oyó cada vez menos, un movimiento tumultuoso hizo temblarlas pa
redes; la víctima resistía tanto como una mujer puede resistir á cuatro hombres.
—Perdon, señores, per..., murmuró la voz exhalando solamente sonidos
inarticulados.
—Le echan una mordaza , van á arrastrarla , esclamó d'Artagnau , levan
tándose como impulsado por un resorte. Mi espada! ah! la llevo al cinto.
Planchet.
— Señor.
—Corre á buscar á Athos, á Porthos y á Aramis. Alguno de los tres se ha
llará en casa, puede que los tres se hayan retirado ya. Que tomen armas, que
vengan corriendo. Ahora que me acuerdo, Athos está en casa del señor de
Treville.
—¿Pero á donde vais, señor, á donde vais?
—Bajo por la ventana para llegar mas pronto. Vuelve los ladrillos á su si
tio, barre el suelo, sal por la puerta y corre á donde te he dicho.
—Señor, señor, vais á mataros, esclamó Planchet.
—Calla, imbécil, dijo d'Artagnan. Y agarrándose al borde de la ventana,
dejóse caer desde el primer piso, que felizmente no era muy alto, sin hacerse
daño alguno.
Despues fué á llamar á la puerta, murmurando.
—Voy á caer en la ratonera: pero desgraciados de los gatos que se acerquen
á este raton.
Apenas la aldaba hubo resonado bajo la mano del jóven, cuando cesó el tu
multo, oyóse ruido de pasos que se acercaban, la puerta se abrió y d'Artagnan
con la espada desnuda se precipitó en el aposento de maese Bonacieux, cuya
puerta despues de haberle dado paso, volvió á cerrarse por si sola como mo
vida por un resorte.
Entonces los inquilinos que habitaban aun la desdichada casa del tendero y
los vecinos mas inmediatos oyeron gritos, patateos, sonido de espadas y un
prolongado ruido de muebles. Un momento despues los que sorprendidos por
aquel rumor se habian asomado á las ventanas por saber la causa que lo pro
ducía, pudieron ver que la puerta volvía á abrirse y cuatro hombres vestidos
de negro salian por ella, ó por mejor decir, huían volando como cuervos espan
tados, dejando en el suelo y en los ángulos de las mesas plumas de sus alas,
esto es, pingajos de sus vestidos y girones de sus capas.
D'Artagnan habia quedado vencedor con poco trabajo, preciso es decirlo,
pues solo uno de los alguaciles estaba armado y se defendia por pura fórmula.
Verdades que los otros tres habian tratado de aturdir al jóven echándole las si
llas, los taburetes y la vajilla; pero dos ó tres rasguños pertilados por la tizona
del gascon les dejaron asustados. Diez minutos le habian bastado para derro
tarles y quedar dueño del campo de batalla.
12
90 LOS TRES MOSQUETEROS.
Los vecinos que habian abierto las ventanas con la calma peculiar de los
moradores de París en aquellos tiempos de motines y pendencias perpetuas,
volvieron á cerrarlas en cuanto vieron huir á los cuatro hombres negros. Su
instinto les dijo que por entonces todo habia concluido.
Por otra parte, íbase haciendo tarde y entonces, como hoy dia, en el barrio
del Luxemburgo la gente se acostaba temprano.
D'Artagnan al verse solo, se volvió hácia la señora Bonacieux que se hallaba
echada en un sillon y medio desmayada, y la examinó de una mirada rápida.
Era una bonita joven de veinte y cinco á veinte y seis años, morena, de ojos
azules y nariz algo arremangada , dientes admirables y tez jaspeada de rosa y
opalo. Con estas terminaban las señas que podían hacerla equivocar con una
gran señora. Las manos eran blancas pero sin finura, los piés desmentían á la
mujer de alta clase. Felizmente d'Artagnan no hacia aun caso de estos detalles.
Mientras que nuestro jóven estaba contemplando á la señora Bonacieux, vió
en el suelo un pañuelo de batista que recogió segun costumbre, y en el cual
observó la misma cifra que habia visto en el pañuelo que por poco le cuesta
morir á manos de Aramis.
Desde el tal lance d'Artagnan desconfiaba de los pañuelos con escudos de
armas, y por consiguiente, sin decir una palabra, puso el que acababa de re .
coger en el bolsillo de la señora Bonacieux.
Esta que en aquel momento recobraba el sentido , abrió los ojos, echó una
mirada en tomo suyo , vió que el cuarto estaba desierto y que se hallaba sola
con su libertador, y sonriéndose alargó la mano al jóven. La señora Bonacieux
tenia la sonrisa mas linda del mundo.
—Ah I caballero, dijo, vos sois quien me ha salvado ; permitidme que os dé
las gracias.
*"-Seffera, contestó d'Artagnan, no he hecho sino lo que cualquier caballero
habría hecho en mi lugar ; nada me habeis de agradecer.
—Espero probaros, caballero, que no habeis hecho un favor á una ingrata.
Pero ¿que querían de mí aquellos hombres á quienes tomé de pronto por la
drones, y por qué Bonacieux no está aquí ?
—Señora , aquellos hombres eran mas peligrosos que los mismos ladrones,
pues son agentes del señor cardenal, y en cuanto á vuestro esposo, no fe ¿¡alia
aquí, porque ayer vinieron á prenderle para llevarle á la Bastilla.
—Mi marido en la Bastilla ! Dios mio ! ¿ y qué ha hecho el pobre hombre,
él que es la misma inocencia ?
Y algo parecido á una sonrisa vislumbrose en el semblante aun desencajado
de la jóven.
—Qué ha hecho , señora? Yo creo que su único delito es tener á la vez la
dicha y la desgracia de ser vuestro esposo.
—Caballero, sabeis por ventura?...
—Sé que habeis sido robada, señora.
LOS TRES MOSQUETEROS. 91
—¿ Y sabeis por quién ? Si lo sabeis, decidmelo.
— Por un hombre de cuarenta á cuarenta y cinco años , de pelo negro , de
color moreno, con una cicatriz en la sien izquierda.
—En electo ; pero como se llama ?
—Lo ignoro.
—Y mi marido sabe que he sido robada ?
—Lo supo por medio de una carta que le escribió el mismo raptor.
— ¿ Y sospecha , preguntó la señora Bonacieux turbada , la causa del tal
rapto ?
—Lo atribuye á razones políticas.
—Tambien lo creo yo así. Con que el señor de Bonacieux no ha dudado de
mi fidelidad ?
—Lejos de esto, señora, estaba muy seguro de vuestra virtud y particular
mente de vuestro amor.
Una segunda sonrisa casi imperceptible asomó á los rosados labios de la
hermosa jóven.
—Pero ¿cómo habeis huido ? continuó d'Artagnaii.
—He aprovechado el momento de hallarme sola, y como ya sabia desde esta
mañana á qué atenerme con respecto á mi rapto , con la ayuda de unas sába
nas me he descolgado por la ventana y he venido aquí creyendo encontrar á
mi esposo.
—Sin duda para que os protejiera.
—No, pues me consta que es incapaz de defenderrrr pero como podia ser
virme para otra cosa, quería advertirle.
—De qué ?
—No puedo decíroslo, es un secreto ageno.
—Además, dijo d'Artagnan, (perdonadme si todo un guardia os hace pensar
en la prudencia ) creo que no es este lugar oportuno para hablar de secretos.
Los hombres á quienes he puesto en fuga van á volver con nuevas fuerzas, y si
nos hallan aquí, estamos perdidos. Es cierto que he maudado avisar á tres ami
gos ; pero no sé si les habrán encontrado en casa.
—Sí , teneis razon , salgamos de aquí , marchémonos.
Diciendo estas palabras, tomó del brazo á d'Artagnan arrastrando vivamente
á este.
—Pero , á donde vamos ¿ á donde ?
—Lo primero es salir de esa casa, luego ya veremos,
Y los dos jóvenes, sin cuidarse de cerrar las puertas , bajaron rápidamente
la calle de Fossoyeurs , entraron en la de Fossés-Monsieur le Prince y no se
detuvieron hasta la plaza de San Sulpicio.
—Y ahora ¿qué vamos á hacer? preguntó d'Artagnan , ¿ á donde quereis
que os lleve ?
—Confieso que uo sé que responderos; mi intencion era advertir al señor de
<)2 LOS TRES MOSQUETEROS.
Laporte por medio de mi marido para saber lo que ha pasado en el Louvre
estos tres dias y si hay peligro en presentarme en palacio.
—Yo, dijo d'Artagnan, puedo ir á preguntárselo al señor de Laporte.
—No hay mas que un inconveniente , y es que en el Louvre conocen el se -
ñor Bonacieux y le dejarian entrar, al paso que á vos no os conocen y os cer
rarian la puerta. . .
—Pobre inconveniente: siempre habrá en algun portillo un concerje en quien
teneis confianza y que á una señal convenida. . .
La señora Bonacieux miró fijamente al joven.
—Y si os dijera esa señal ¿ la olvidariais en cuanto os hubieseis servido de
ella?
—Os lo juro por mi honor de caballero , dijo d'Artagnan con un acento de
cuya verdad no podia dudarse.
—Os creo; me pareceis un jóven honrado. Además, puede que vuestra for
tuna dependa de vuestra abnegacion.
—Haré cuanto pueda por servir al rey y á la reina; disponed de mi como de
un amigo.
—Pero entre tanto ¿ en donde os aguardaré yo ?
—¿No teneis una amiga á cuya casa pueda ir á buscaros el señor de Laporte?
—Nó ; no quiero fiarme de nadie.
—Esperad, dijo d'Artagnan , nos hallamos muy cerca de la casa de Athos.
Si , esto es.
—¿ Quien es Athos ?
—Un amigo mio.
—Pero si está en casa y me vé ?
—No está , y en cuanto hayais entrado en su cuarto, me llevaré la llave.
—Y si viene ?
—No vendrá, y en todo caso le dirán que he dejado una mujer en su cuarto.
—Pero esto me compromete mucho.
—¿ Qué os importa si no nos conocen ? además; nos hallamos en una situa -
cion en que se ha de prescindir de ciertos miramientos.
—Vamos , pues , á casa de vuestro amigo. ¿ En donde vive ?
—En la calle de Ferou, á dos pasos de aqui.
—Vamos.
Y los dos emprendieron de nuevo su camino. Como previera d'Artagnan,
Athos no se hallaba en su casa: tomó , pues , la llave que solian darle como á
un amigo de la casa , subió la escalera é introdujo á la señora Bonacieux en el
aposento que llevamos ya descrito.
—Os hallais en vuestra casa, la dijo; aguardad, cerrad la puerta por dentro
y no abrais á nadie, á no ser que oigais tres golpes dados asi. Y llamó tres ve
ces dando dos golpes seguidos y fuertes y otro mas lijero y distante.
—Bien está , dijo la señora Bonacieux; ahora oidme vos.
LOS TRES MOSQUETEROS. 93
—Ya escucho.
—Dirigios al Louvre y al postigo de la calle de la Escala, y preguntad por
German.
—Adelante.
—Se enterará de lo que quereis; respondedle con estas dos palabras: Tours
y Bruselas, y en seguida estará á vuestras órdenes.
—¿ Y qué le mandaré ?
—Que vaya á buscar al señor de Laporte, guardaropero de la reina.
—Y cuando haya visto á ese caballero ?
—Le direis que venga aqui.
—¿Y dónde y como volveré á veros?
—¿Os interesa mucho volverme á ver?
—Mucho.
—Dejadlo , pues , á mi cargo y perded cuidado.
—Cuento con vuestra palabra.
—Podeis contar con ella.
D'Artagnan saludó á la señora Bonacieux, lanzándole la mirada mas tierna
que pudo encontrar en ella, y mientras bajaba la escalera, oyó que daban dos
vueltas á la llave de la puerta. En dos brincos llegó al Louvre: daban las diez
cuando entraba por el postigo de la Escala. Los numerosos acontecimientos que
acabamos de referir habianse sucedido en media hora.
Todo se verificó como lo habia dispuesto la señora Bonacieux. A la palabra
convenida , German se inclinó ; diez minutos despues Laporte sabia donde se
hallaba la señora Bonacieux y corria á buscarla. Pocos pasos habia andado
cuando volviéndose hácia d'Artagnan , le dijo :
—Jóven , ¿ me permitireis que os dé un consejo ?
-Cuál?
—Puede que os molesten por lo que acaba de pasar.
—¿ Lo creeis asi ?
—Si.
— ¿Teneis un amigo cuyo reloj atrase ?
—Para qué?
—Id á verle para que pueda atestiguar que á las nueve y media os halla
bais en su casa. En lenguaje juridico esto se llama probar la coartada.
D'Artagnan halló prudente el consejo, y echó á correr en direccion á casa
del señor de Treville ; pero en vez de pasar al salon como solia hacer, pidió
que le dejáran entrar en el gabinete. Como d'Artagnan era uno delos que fre
cuentaban el palacio, accedieron sin dificultad á su peticion y fueron á decir
al señor de Treville que su jóven compatriota deseaba una audiencia particu
lar para comunicarle un asunto importante. Cinco minutos despues, el señor
de Treville preguntaba á d'Artagnan qué podia hacer en favor suyo, y con qué
motivo iba a visitarle á hora tan avanzada.
94 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Dispensad, dijo d'Artagnan que, aprovechándose del momento en que que
dara solo, habia atrasado de tres cuartos de hora el reloj, creí que como no
eran mas que las nueve y veinte y cinco minutos todavía podia presentarme en
vuestra casa.
—Las nueve y veinte y cinco minutos! esclamó Treville mirando el reloj, es
imposible.
—Mirad, no me he equivocado.
—Es cierto, dijo el señor de Treville, hubiera dicho que era mas larde.
Pero veamos , ¿á qué habeis venido?
D'Artagnan habló largamente de la reina, manifestó al señor de Treville los
temores que abrigaba con respeto é la reina, contóle lo que habia oido decir de
los proyectos del cardenal relativos á Buckingam, con una tranquilidad y aplo
mo que engañaron al señor de Treville, quien como ya sabemos, habia nota
do novedades entre el cardenal, el rey y la reina.
Al dar las diez, d'Artagnan se despidió del señor de Treville que le dió las
gracias por su comportamiento, le encargó que se desvelára en servicio del
rey y de la reina, y volvió á entrar en el salon. Al llegar al pió de la escalera,
d'Artagnan se acordó de que se habia olvidado el baston, y volvió á subir pre
cipitadamente. Entró otra vez en el gabinete, puso el reloj á la hora para que
el dia siguiente no advirtieras que estaba desarreglado, y con la confianza de
que tenia un testigo para probar la coartada, volvió á bajar la escalera y lue
go se encontró en la calle,
LOS TRES MOSQUETEROS. 95

CAPÍTULO XI.

La intriga se complica.

Despues de haber visitado al seffor de Treville, d'Artagnan engolfado en


sus pensamientos tomó el camino mas largo para volver á su casa.
¿En qué pensaba d'Artagnan que así se apartaba de su camino, mirando las
estrellas del cielo, y ya suspirando, ya sonriéndose?
Pensaba en la seüora Bonacieux. Para un aprendiz de mosquetero la jóven
era casi una idealidad de amor. Bonita, misteriosa, iniciada en muchos secretos
(tela corte, los cuales reflejaban una gravedad encantadora en sus hermosas
íacciones, parecía que no era insensible, atractivo irresistible para los aman
tes novicios; ademas, d'Artagnan la habia librado de manos de aquellos demo
nios que trataban de registrarta y maltratarla, y servicio tan importante habia .
establecido, entre ella y él, uno de esos sentimientos de gratitud que tan fácil
mente toman un carácter mas tierno.
D'Artagnan se veia ya, tan aprisa van los sueños en alas de la imaginacion,
interpelado por un mensajero de la joven que le entregaba un billete de cita,
una cadena de «re ó un diamante. Hemos dicho ya que los caballeros jóvenes
recibían sin avergonzarse hasta dinero de manos del rey, y hemos de añadir
que en aquel tiempo de fácil moral tampoco les daba rubor admitir de sus
queridas regalos duraderos y preciosos, que eHas les daban como si trataran de
conquistar la fragilidad de sus sentimientos con k> sólido de sus dádivas.
Entonces se hacia carrera por medio de las mujeres y sin que esto fuese
vergonzoso. Las que solo eran hermosas daban su belleza, y de aquí tomó
96 LOS TRES MOSQUETEROS.
origen sin duda aquel proverbio: la mujer mas hermosa no puede dar mas que
lo que tiene. Las ricas daban además una parte de su dinero y puede citarse
una multitud de héroes de aquella galante época que no habrian ganado ni
sus espuelas, ni sus batallas, sin la bolsa mas ó menos provista que sus queri
das colocaban en el arzon de su silla.
D'Artaguan nada poseia; la vacilacion del provinciano, barniz lijero, flor
efimera, pluma de pesca se habia evaporado al viento de los consejos poco
ortodoxos que los tres mosqueteros daban á su amigo. D'Artagnan, siguiendo la
estraña costumbre de su tiempo, procedia en Paris como en campaña, como ha
bria hecho en Flandes
Debemos decir, sin embargo, que en aquel momento nuestro jóven se ha
llaba poseido de un sentimiento mas noble y desinteresado.
El tendero le habia dicho que era rico, y el joven pudo adivinar que siendo
el señor Bonacieux un bobo, su mujer guardaba la llave de la bolsa; pero esto
no ha disminuido el sentimiento que los ojos de la señora Bonacieux produje
ran en él, y el interés casi para nada habia intervenido en aquel principio de
amor. Decimos casi, porque la idea de que una mujer jóven, hermosa y de
talento es rica al mismo tiempo, nada quita á aquel principio de amor, antes
al contrario, lo corrobora. Los que son ricos viven rodeados de una multitud
de cuidados y caprichos aristocráticos que sientan muy bien á la hermosura.
Una media fina y blanca, un vestido de raso, los encajes, los piés encerrados
en unos bonitos zapatos, una cinta nueva en la cabeza no hacen bella á una
mujer fea, pero hacen hermosa á una mujer linda, sin contar lo mucho que
ganan las manos, las manos que entre las mujeres necesitan estar ociosas pa
ra ser hermosas.
Por otra parte, d Artagnan, como sabe el lector, á quien no hemos ocultado
el estado de su fortuna, d'Artagnan no era millonario; esperaba serlo un dia,
pero el cuando que ét mismo se fijara para aquel cambio estaba aun muy lejos,
y ¿ no desespera ver á la mujer amada , deseando estas mil fruslerias con las
cuales las mujeres se edifican la dicha, y no poderle dar esas mil fruslerias?
A lo menos cuando la mujer es rica y el amante no, elta se ofrece á si misma
lo que él no puede ofrecerle, y aunque estos gustos se paguen con dinero del
marido, raras veces se corresponde áeste con gratitud.
Además, dispuesto d'Artagnan á ser el mas tierno amante, era entre tanto
el amigo mas desinteresado. En medio de sus proyectos amorosos con respeto
á la mujer del tendero, no olvidaba los suyos. Ya le parecia que la linda se
ñora Bonacieux gustaba de pasear por la tlanura de San Dionisio ó por el mer
cado de San German en compañia de Athos , Porthos y Aramis, á quienes
d'Artagnan presentaria orgulloso semejante conquista. El gascon habia notado
hacia algunas horas que cuando se ha andado mucho, llega el hambre, y, creia
hallarse ya en una de esas comidas encantadoras en las cuales se toca por un
lado la mano de un amigo y por el otro el pié de una querida. Finalmente, en
LOS TRES MOSQUETEROS. 91
los momentos críticos , en las situaciones extremas d'Artagnan seria el salva
dor de la sociedad.
¿Y el señor Bonacieux que d'Artagnan habia entregado á los esbirros, rene
gando de él en alta voz y prometiendo en voz baja salvarle? Debemos confesar
á nuestros lectores que el jóven no se acordaba de él; ó si acaso se acordaba,
era para decirse que se hallaba muy bien donde estaba, donde quiera que füen
se. El amor es la pasion mas egoísta.
Tranquilícense, sin embargo, nuestros lectores, pues si d'Artagnan olvida á
su huésped ó aparenta olvidarle, con protesto de que ignora á donde ha sido
conducido, nosotros nos acordamos del buen tendero, y sabemos lo que ha sido
de él; pero por ahora haremos como el enamorado gascon. Mas tarde Volvere
mos á hallar al prisionero.
D'Artagnan absorvido en sus futuros amores, hablando ála noche, sonrien
do alas estrellas, subia por la calle de Cherche-Midi ó Chasse-Midi como se
llamaba entonces. Hallándose en el barrio de Aramis, le ocurrió la idea de ir
á visitar á su amigo para darle cuenta de los motivos que le habian impulsado
á mandarle Planchet con encargo de que se trasladara inmediatamente á la
ratonera, y si Aramis estaba en casa cuando el lacayo fué á avisarle, sin du
da habia ido corriendo á la calle de Fossoyeurs, y no encontrando tal vez mas
que á sus dos amigos, ni unos ni otros pedían saber á que venia todo aquello.
La cosa merecía pues una explicacion , y esto es lo que en voz alta se iba di
ciendo d'Artagnan.
Pensaba además para su sayo que en la visita tendría ocasion de hablar de
la linda Bonacieux, cuyo recuerdo le embargaba el pensamiento y el corazon.
Cuando se ama por vez primera, es inútil encargar la discrecion/ pues eS títí
amor va acompañado de una alegría tan grande , que si esta no se desborda,
corremos peligro de que nos ahogue.
Hacia dos horas que París estaba oscuro y empezaba á Terse desierto. Da
ban las once en todos los relojes del barrio de San German, la noche era apa
cible, y d'Artagnan iba andando por una callejuela que se hallaba en el sitio
por donde pasa hoy la calle de Assas, respirando las emanaciones emfcalstí-
madas que Hevaba el aire desde la calle de Vaugirard, procedentes de W* jat1-
dines, refrescados con la brisa del crepúsculo y el rocío de la noche. Oíanse á
lo lejos , aunque apagados por recios póstigos , gritos de los bebedores de. tes-
tabernas perdidas en la llanura. La casa en que vivia Aramis se haMába
situada entre la calle Casset y la de los Jardines de San Sulpicio.
D'Artagnan distinguía ya la puerta de la casa de su amigo, oculta en un bbs-
quecillo de sicomoros y clemátidas, que formaban una vasta guirnalda. encima
de ella, cuaado vio una cosa como una sombra que salia de la calle de losr Jar
dines. La sombra iba eavuelta en una capa y d'Artagnan creyói al principio
que era un hombre; pero por lo bajo de la estatura y el paso inseguro no tar
dó en conocer que era una mujer. Esta, como si temiera equivocar la casa que
13
98 . LOS TRES MOSQUETEROS. ♦
iba buscando, levantaba los ojos, deteníase, volvía atrás, se adelantaba de
nuevo. D'Artagnan no sabia que pensar.
—Si fuese á ofrecerte mis servicios, dijo para sí. Me parece que es joven,
puede que no sea fea. Sí, es muy posible ; pero mujer que recorre las calles
á estas horas , no lo hace sino para ir á reunirse con su amante. Diantre ! si
mi presencia echara á rodar una cita, mal principio seria este para trabar
amistad.
La jóven se iba acercando , contando las casas y ventanas , lo que no era
largo ni difícil, pues la calle por aquella parte solo tenia tres edificios y dos
ventanas ; una de ellas era la de la habitacion de Aramis , la otra pertenecía
á un pabellon paralelo á aquella.
—Pues no seria poco gracioso, dijo d'Artagnan , acordándose de la sobrina
del teólogo , que esa paloma nocturna buscara la casa de nuestro amigo. Ah!
señor Aramis, esta vez sabré á qué atenerme con respecto á vos.
Y d'Artagnan haciéndose tan delgado como pudo, se ocultó en lo más os
curo de la calle, junto á un banco de piedra situado en el fondo de un nicho.
La jóven continuaba adelantándose, y decimos jóven, porque además de las
circunstancias que nos la hicieron conocer, acababa de soltar una tosesitaquc
indicaba una voz juvenil. D'Artagnan tomó aquella tos por una seña.
Sea que hubiesen contestado á aquella tos con otra seña equivalente, que
fijara la irresolucion de la nocturna buscadora, ora que sin mas ayuda hu
biese conocido que habia llegado al término de su espedicion, acercóse resuel
tamente á la ventana de Aramis, y llamó tres veces con intérvalos iguales.
—Ha llamado á casa de Aramis, murmuró d'Artagnan. Ah! señor hipócri
ta, ¿llamais á eso estudiar teología ?
Acababan de sonar los tres golpes, cuando se abrió la ventana interior y
una luz apareció al través de los cristales.
—Llama á la ventana y no á la puerta, esperaba esta visita. No hay mas,
la ventana va á abrirse y la dama escalará la habitacion. Magnífico!
Pero con admiracion de d'Artagnan, la ventana permaneció cerrada, y la
luz que habia brillado un momento, desapareció quedando todo envuelto en las
tinieblas.
El jóven pensó que la cosa no podia quedar así, y continuó mirando y escu
chando con la mayor avidez.
Tenia razon: pocos segundos despues dos golpes secos resonaron en el in
terior.
La jóven de la calle respondió dando un solo golpe y la ventana se abrió.
Juzguese si d'Artagnan miraría y escucharía con atencion.
Por desgracia habian trasladado la luz á otro aposento; pero los ojos del
gascon estaban acostumbrados á la oscuridad, y los ojos gascones, segun di
cen, tienen como los de los gatos la propiedad de ver por la noche.
D'Artagnan vió que la dama sacaba del bolsillo un objeto blanco, que des
LOS TRES MOSQUETEROS. 99
plegado rápidamente tomó la forma de un pañuelo, una de cuyas puntas fué pre
sentada por la desconocida á su mudo interlocutor.
Esto recordó á d'Artagnan el pañuelo que habia hallado á los pies de la
señora Bonacieux, el cual le recordó el que habia hallado á los piés de
Aramis.
¿Qué diablos podia significar aquel pañuelo?
Desde el sitio en que se hallaba d'Artagnan no podia ver el rostro de Ara-
mis, y decimos de Aramis, porque el jóven no dudaba de que era su amigo
el que desde el interior platicaba con la dama de la calle. La curiosidad ven
ció á la prudencia, y aprovechándose de la preocupacion en que la vista del
pañuelo parecía tener á los dos personajes, salió del escondite, y rápido como
el rayo, pero ahogando el ruido de los pasos, fué á ocultarse en un ángulo de
la pared donde sus ojos podian penetrar perfectamente en el interior de la ha
bitacion de Aramis.
En cuanto hubo llegado allí, estuvo en poco que no arrojara un grito de
sorpresa; el que hablaba con la dama nocturna no era Aramis, era una mu
jer. D Artagnan veia lo bastante para conocer la forma del vestido, pero no
para conocer las facciones de ambas intertocutoras.
En el mismo instante la que ocupaba el aposento sacó del bolsillo un se
gundo pañuelo y lo cambió con el que la otra le presentaba. Las dos mujeres
se dijeron algunas palabras; la ventana se cerró de nuevo, la dama de la calle
se volvió y fué á pasar á cuatro pasos de d'Artagnan bajándose la capucha del
manto; pero la precauciou habia sido tomada tarde, d'Artagnan acababa de
conocer á la señora Bonacieux.
La sospecha de que era ella, ya le habia traspasado el corazon cuando le
viera sacar el pañuelo del bolsillo; pero no era probable que la señora Bona
cieux que le habia mandado á buscar al señor de Laporte para que la acompa
ñara al Louvre, corriera por las calles de Paris sola, á las once y media de la
nochecon riesgo de que la robaran por segunda vez.
Era preciso que un asunto muy importantela llevara allí y ¿cuál es el asunto
mas importante para una mujer de veinte y cinco años? El amor.
Pero ¿se exponía á semejantes peligros por cuenta propia ó por cuenta
agena? Hé aquí lo que se preguntaba el jóven mordido por el demonio de los
celos , ni mas ni menos que un amante en propiedad.
Habia un medio muy sencillo para saber á donde iba la señora Bonacieux,
y era seguirla. El medio era tan sencillo , que d'Artagnan lo puso en práctica
naturalmente y por instinto.
Mas al ver al jóven que se desprendia de la pared como una estátua de su
nicho y al raido de pasos que oyó detrás de sí , la señora Bonacieux lanzó un
grito y echó á huir.
D'Artagnan corrió detrás de ella. Leera muy fácil alcanzar á una mujer que
huía embarazada con el manto. Como á una tercera parte de la calle la habia
100 I-OS TRES MOSQUETEROS.
alcanzado ya. La desdichada estaba rendida no de cansancio, sino de terror, y
cuando d'Artagnan le puso la mano en el hombro , cayó de rodillas gritando
con voz ahogada :
—Matadme si quereis ; pero nada sabreis.
D'Artagnan la levantó rodeándole el talle con el brazo ; pero como por el
peso del cuerpo conoció que iba á sentirse mala , se dio prisa á tranquilizarla
por medio de protestas de abnegacion. Nada eran estas para la señora liona -
cieux , pues tambien se puede hacer protesta» con dañada intencion ; pero la
voz lo era todo. La jóven creyó conocer el sonido de aquella voz; volvió á abrir
los ojos , echó una mirada al hombre que tal susto le diera , y conociendo á
d'Artagnan, lanzó un grito de alegría. 0| .i,
—Oh ! sois vos , dijo ella , gracias , Dios mio !
—Sí , yo soy , dijo d'Artagnan , yo á quien Dios envía para velar por vos.
—¿Y me seguíais con esta intencion ? le preguntó con una sonrisa llena de
coquetería la jóven cuyo miedo habia desaparecido al conocer á un amigo en
el que habia tomado por un enemigo.
—No, dijo d'Artagnan, lo confieso; solo la casualidad ha hecho que os en
contrara: vi á una mujer que llamaba á la ventana de un amigo mio...
—Un amigo vuestro? preguntó la señora Bonacieux.
—Sí. Aramis es mi mejor amigo.
—¿ Quien es Aramis ?
—Decidme ahora que no le conoceis.
—Es la primera vez que oigo pronunciar este nombre.
—¿Y habeis ido á llamar á su ventana tambien por vez primera?
-Sí.
— ¿ Y no sabiais que en aquella casa vivía Aramis ?
—Lo ignoraba.
—¿ No sabiais que vivía allí un mosquetero ?
—Lo ignoraba tambien.
—Luego no buscais á él.
_En efecto. Ya lo habreis visto, la persona con quien estaba yo hablando
era una mujer.
—Cierto ; una mujer amiga de Aramis.
—No lo sé.
—Sin duda cuando habita la misma casa que él.
—Negocios son estos en que no me entrometo.
—¿ Quién era pues ?
—Es un secreto que no puedo revelar.
—Sois la mujer mas bella ; pero al mismo tiempo la mas misteriosa.
—¿ Me perjudica el misterio í
—No , estais aun mas adorable. '
-Entonces dadme el brazo.
Mala dme .pero no locareis saber nada. !.
.
LOS TRES MOSQUETEROS. 101
—Con mucho gusto. ¿ Y ahora ?
—Ahora acompañadme.
. A donde ?
—A donde voy.
—¿ Y á donde vais ?
—Ya lo vereis , pues me dejareis á la puerta.
— ¿ Deberé aguardaros ?
—Es inútil.
—¿ Volvereis á salir sola ?
—Puede que si , puede que no.
—¿ Pero la persona que os acompañe será hombre ó mujer ?
— Lo ignoro todavia.
—Yo lo sabré.
—¿ De qué modo ?
—Aguardándoos para veros salir.
— En este caso , adios.
—¿ No quereis que os acompañe ?
—No os necesito.
—Sin embargo , habiais pedido...
—Ayuda á un caballero y no vigilancia á un espia.
— Dura es la palabrita.
—¿ Como se llaman los que siguen á las personas á despecho suyo ?
—Indiscretos.
—La palabrita es suave.
—Vamos , señora , veo que es preciso daros gusto.
—¿ Por que os habeis privado del mérito de hacerlo en seguida?
—¿ No lo hay en arrepentirse ?
— ¿ Y os arrepentis reatmente ?
-ttYo mismo lo ignoro. Solo sé que os prometo hacer cuanto querais como
me dejeis acompañaros hasta donde vais.
—¿ Y luego os marchareis ?
-Sí.
—Sin espiarme cuando salga?
—Os lo juro.
—¿Me lo jurais?
—Por mi honor de cabaltero.
—Dadme el brazo y vamos.
D'Artagnan dió el brazo á la señora Bonacieux que se colgó de él medio
riendo medio temblando y los dos llegaron al estremo de la calle de la Harpe.
En cuanto hubo llegado alli, la jóven pareció que vacilaba, como habia hecho
ya en la calle de Vaugirard. Sin embargo, con ayuda de cierto* signos pareció
que conocia una puerta, y acercándose á, ella;
102 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Ahora, caballero, dijo, debo quedarme aqui; os doy las gracias por la
compañia que me habeis hecho y que me ha librado de todos los peligros á
que sola me hubiera visto espuesta; pero ha llegado el momento de que cum
plais vuestra palabra. He llegado á mi destino.
—¿Y no temeis que os suceda algo í la salida?
—Solo temo á los ladrones.
—¿Os parece poco?
—¿Qué pueden tomarme? no traigo dinero encima.
—¿Y el hermoso pañuelo blasonado?
—Cuál?
—El que hallé á vuestros piés y volvi á vuestro bolsillo.
—Callad, callad, desgraciado! ¿quereis perderme?
—Ya veis que todavia correis peligro, pues una sola palabra os hace tem
blar y confesais que si la oyeran, podrian perderos. Ah! señora, prosiguió el
jóven estrechándola la mano y mirando ardientemente á su interlocutora, sed
mas generosa, ¿no habeis leido en mis ojos que mi corazon está lleno de ab
negacion y simpatia?
—Si, si; decidme que os revele mis secretos y lo haré; pero los de los otros
es diferente.
—Yo los descubriré; yo debo saberlos pues pueden ejercer un grande influ
jo en vuestra vida.
—Guardaos de hacerlo, esclamó la jóven con una gravedad que estremeció
á d'Artagnan apesarsuyo. No os entrometais en lo que solo me interesa á mi,
no trateis de ayudarme en lo que estoy haciendo, os lo pido en nombre del in
terés que os inspiro, en nombre det favor que me habeis dispensado y que
nunca olvidaré. Creedme, no os ocupeis de mi, obrad como si yo no existiese,
como si nunca me hubieseis visto.
—¿Habeis encargado lo mismo á Aramis? dijo d'Artagnan ofendido.
—Dos ó tres veces habeis ya pronunciado este nombre, caballero, y otras
tantas os he dicho que no le conocia. ,
—¿ No conoceis al hombre á cuya ventana habeis ido á llamar ? Vamos,
señora, me teneis por muy crédulo.
—Decidme francamente que para hacerme hablar habeis inventado esta his
toria y creado el tal personaje.
—Nada invento, señora, digo la pura verdad.
—¿Y persistis en que un amigo vuestro vive en aquella casa ?
—Lo digo y repito por tercera vez, aquella casa está habitada por un amigo
mio llamado Aramis.
—Todo se aclarará mas tarde , murmuró la mujer ; entre tanto guardad si
lencio.
—Si pudieseis ver mi corazon, tanta curiosidad leeriais en él, que tendriais
compasion de mi , y tanto amor , que ahora mismo dejariais satisfecha mi cu
riosidad. De los que nos aman nada hemos de temer.
LOS TRES MOSQUETEROS. 103
—Prisa os dais en hablar de amor , caballero , dijo la jóven moviendo la
cabeza.
—Es que lo he sentido de improviso y por primera vez y no tengo aun
veinte anos.
La mujer de Bonacieux le miró á hurtadillas.
— Oidme , creo saberlo todo , repuso d'Artagnan. Hace tres meses que en
poco estuve para reñir con Aramis por un pañuelo parecido al que habeis en
señado á la mujer que se hallaba en su casa , por un pañuelo que llevaba , no
puedo dudarlo , una marca igual á la del vuestro.
—Os juro que me cansais por demás con semejantes preguntas.
—¿Pero vos que sois la misma prudencia , no veis que si os prenden y os
hallan este pañuelo , quedais comprometida ?
— ¿Por qué? lleva mis iniciales C. B. Constancia Bonacieux.
—O Camila de Bois-Tracy.
—Silencio , caballero , silencio os digo. Ya que no os detienen los peligros
que yo corro , pensad en los que os amenazan.
—¿A mi?
—Si, á vos. En conocerme hay peligro de ser preso, hay peligro de la vida.
—En este caso, no os dejo.
—Caballero, dijo la jóven suplicando y juntando las manos , en nombre del
cielo, del honor de un militar, de la cortesía de un caballero, alejaos: oid, dá
la media noche, á esta hora me están aguardando.
—Señora , dijo el guardia inclinándose , nada sé negar á quien me suplica
asi: podeis estar contenta , me marcho ya.
—¿ No me seguireis ? ¿ no os quedareis en acecho ?
—No.
—Bien sabia yo que erais todo un caballero , esclamó la señora Bonacieux
tendiéndole una mano y llevando la otra á la aldaba de una puertecilla casi
perdida en la pared.
D'Artagnan tomó la mano de su compañera y la besó con ardor.
— Ah! prefiriera no haberos visto nunca! dijo el jóven con esa sencilla bru
talidad que las mujeres prefieren muchas veces á la afectacion de la urbani
dad , pues descubre el fondo del pensamiento y prueba que el sentimiento su
pedita á la razon.
—Oh ! contestó ella con voz cariñosa y estrechando la mano de d'Artagnan
que no habia soltado la suya , no diré lo que vos: quizá se logre mas adelante
lo que hoy no se consigue. ¿ Quien os ha dicho que con el tiempo no dejaré
satisfecha vuestra curiosidad ?
—¿Y haceis la misma promesa á mi amor? esclamó d'Artagnan loco de alegria.
—En este particular, nada prometo; todo dependerá de los sentimientos que
sepais inspirarme.
—Con que hoy , señora...
104 IOS TRES MOSQUETEROS.
—Hoy, caballero , solo siento gratitud por vos.
—Estais abusando de mi amor , dijo el guardia con tristeza.
— No hago mas que usar de vuestra generosidad. Creedme, cuando se trata
con ciertas personas, tarde ó temprano se halla lo que se busca.
—Me haceis el mas feliz de los hombres. No olvideis esta entrevista , no
olvideis esta promesa.
—Perded cuidado, ya vereis como me acordaré de todo. Ahora idos, retiraos
por DiosI Me aguardaban a media noche en punto y ya he retardado.
—Cinco minutos.
—Que en ciertas circunstancias son cinco siglos.
—Cuando se ama.
—¿ Y quien os ha dicho que no voy á ver á un enamorado ?
— Luego os aguarda un hombre , un hombre !
—¿Empieza de nuevo la disputa? dijo la señora Bonacieux con una semi-
sonrisa acompañada de un movimiento de impaciencia.
—No , me marcho ; os creo y quiero tener todo el mérito de la abnegacion
por mas que esto sea una estupidez. Adios, señora.
—Y como si no se hubiese sentido con fuerzas para soltar la mano de su
compañera sino por medio de una sacudida , se marchó corriendo , mientras
que la señora Bonacieux llamaba como á la ventana , dando tres golpes lentos
y regulares: llegado que hubo al ángulo de la calle , se volvió, pero la puerta
se habia abierto y vuelto á cerrar y la linda tendera habia desaparecido.
D'Artagnan prosiguió su camino, habia dado palabra de no seguir á la señora
Bonacieux , y aunque la vida del jóven hubiese dependido del punto á donde
habia de ir aquella mujer, ó de la persona que la acompañara, nuestro gascon
se habría retirado á su casa por el mero hecho de haberlo prometido. Cinco
minutos despues se hallaba en la calle de Fossoyeurs.
—El pobre Athos, se decía á si mismo, no sabiendo qué significa todo esto,
se habrá dormido esperando ó vuelto á su casa en donde le dirán que una mujer
ha estado encerrada en su habitacion. Una mujer en casa de Athos ! Al cabo
tambien habia otra en la de Aramis. No deja de ser estraño lo que he visto
esta noche y me muero por saber como acabará esto.
—Mal , señor , mal , respondió una voz , la de Planchet , pues d'Artagnan
monologando en voz alta como hombre distraido habia llegado sin advertirlo
al corredor es cuyo fondo se hallaba la escalera que conducía á su cuarto.
— ¿ Qué estás diciendo , imbécil ? ¿ ha sucedido algo ?
—Todas las desgracias del mundo.
—Habla.
—En primer lugar, han preso al señor Athos.
—Preso ! Athos preso ¿ por qué ?
—Le han encontrado en vuestro cuarto y han creido que erais vos.
—¿Y quien le ha preso ?
LOS TRES MOSQUETEROS. 105
— La guardia que han ido á buscar los hombres negros que pusisteis en fuga.
—¿Por qué no ha dicho su nombre ? ¿ por qué no ha dicho que ignoraba lo
que habia pasado ?
— Se ha guardado de ello como de quemarse ; al contrario, se ha acercado
á mí y me ha dicho : Tu amo tiene en este momento mas necesidad de estar
libre que yo, pues lo sabe todo y yo nada sé. Creerán que le han preso y entre
tanto podrá ganar tiempo : dentro de tres dias diré quien soy y será preciso
que me suelten. »
—Noble Athos ! ¡qué corazon ! murmuró d'Artagnan. ¿Y qué han hecho los
esbirros ?
— Cuatro se lo han llevado no sé á donde, á la Bastilla ó al Fuerte del Obispo;
dos se han quedado con los hombres negros que lo han registrado todo y lle-
vádose los papeles; los dos últimos durante la espedicion hacían centinela á la
puerta , y cuando han desempeñado su cometido , se han marchado todos de
jando vacía y abierta la casa.
—¿Y Porthos y Aramis ?
—No les he hallado , no han parecido.
— Pero pueden llegar de un momento á otro , pues tú habrás dejado encar
gado que yo les estaba aguardando.
—Si, señor.
—Pues bien , no te muevas de aquí ; si vienen , diles lo que ha sucedido y
que me esperen en la taberna de la Pina ; aquí se corre peligro , puede que
espíen la casa. Voy á ver al señor de Treville, á darle parte de todo y luego á
reunirme con ellos p- 'a taberna.
—Comente, dijo P .ichet.
—¿ Tienes miedo ae quedarte ? dijo d'Artagnan volviendo hacia su criado
para encargarle que tuviese valor.
— Podeis estar tranquilo , señor , no me conoceis aun , soy valiente cuando
me pongo á serlo, todo consiste en empezar; además , soy picardo.
— Vamos á ver si te dejas matar antes de abandonar el puesto.
—Soy capaz de todo para que mi señor no dude del afecto que le tengo.
—Muy bien, dijo para sí d'Artagnan , parece que el método que empleé con
este muchacho es el mejor; lo tendré presente.
Y con toda la rapidez de sus piernas algo cansadas de la caminata de aque
lla noche, el gascon se dirijió á la calle de Colombier.
El señor de Treville no se hallaba en casa , su compañía daba la guardia en
el Louvre y él estaba en el Louvre con su compañía.
Convenia que viera al capitan y Je diera aviso de lo que estaba pasando , y
resolvió entrar en el Louvre , para lo cual su uniforme de guardia de la com
pañía del señor des Essarts era un pasaporte.
Bajó pues la calle de Agustinos Mínimos y subió al muelle para llegar al
puente Nuevo. Habia pensado en pasar la barca , pero al llegar á la orilla del
14
106 LOS TRES MOSQUETEROS.
agua , metióse maquinal mente ta mano en el bolsillo y notó que no tenia con
que pagar el pasaje.
Al llegar á lo alto de la calle Dauphine , vió desembocar por ella un grupo
compuesto de dos personas cuyo paso le llamó la atencion.
Las dos personas que formaban el grupo eran un hombre y una mujer.
Esta se parecia á la senora Bonacieux y su compañero á Aramis.
Elta llevaba además el manto negro que d'Artagnan veia dibujarse aun en
la ventana de la calle de Vaugirard y en la puerta de la de La Harpe.
Et hombre vestiael uniforme de mosquetero.
La mujer llevaba la capucha echada sobre el rostro, el hombre se lo cubria
con el pañuelo , doble precaucion que indicaba que ni uno ni otro deseaban
ser conocidos.
Ambos llegaron al puente que era por donde d'Artagnan se dirigia al Louvre;
el jóven les siguió.
Veinte pasos no habia andado cuando se convenció de que la mujer era la
señora Bonacieux y el hombre que la acompañaba Aramis.
Al mismo tiempo sintió agitarse en su corazon las sospechas de los celos.
Veiase burtado por ub amigo y por la mujer que amaba ya como á una que
rida. Ella le jurara por lo mas sagrado que no conocia á Aramis, y un cuarto
de hora despues de este juramento la encontraba det brazo del mosquetero.
D'Artagnan no se acordó de que solo hacia tres horas que conocia á la linda
tendera, de que esta solo le estaba agradecida por haberla librado de los hom
bres negros, y de que nada le habia prometido ; consideróse amante ultrajado,
vendido , burlado , la sangre y el furor se le subieron al semblante y resolvió
ponerlo todo en claro.
El hombre y la mujer habian observado que les seguian y redoblaron el
paso. D'Artagnan echó á correr , tomóles la delantera y luego se volvió liácia
ellos en el momento en que se hallaban en frente de la Samaritana alumbrada
por un farol que iluminaba completamente aquel sitio.
Et jóven se detuvo en frente de ellos, ellos en frente de él.
— ¿ Qué quereis, caballero ? preguntó el desconocido retrocediendo un paso
y con un acento estrangero que probó á d'Artagnan que se habia equivocado
en alguna de sus sospechas.
—No es Aramis ! esctamó el guardia.
—No , no es Aramis , caballero ; por vuestra sorpresa veo que me habeis
equivocado con otro y os perdono.
—Perdonarme vos ?
—Si, contestó el desconocido. Dejadme pasar; nada teneis que ver conmigo.
—Con vos no ; pero si con quien os acompaña.
—No la conoceis, dijo el estranjero.
—Os engañais, caballero, la conozco.
—-Ah! dijo la señora Bonacieux con tono de reproche, me habiais dado vues-
LOS TRES MOSQUETEROS. 107
tra palabra de militar y de caballero , y creia estar segura contando con ella.
— Y vos , señora , dijo d'Artagnan ; me prometisteis...
— Tomad mi brazo, señora, dijo el estranjero y prosigamos nuestro camino.
D'Artagnan aturdido , aniquilado por lo que le estaba sucediendo , seguia
cruzado de brazos delante del mosquetero y de la señora Bonacieux.
El desconocido dió un paso al frente y con la mano apartó at jóven.
Este dió un salto hacia atrás y desnudó la espada.
Al mismo tiempo y con la rapidez del rayo el mosquetero sacó la suya.
—Milord , en nombre del cielo ! esclamó la señora Bonacieux arrojándose
entre los combatientes y cojiendo las espadas con ambas manos.
—Milord! repitió el gascon ituminado por una idea repentina, milord ! dis
pensadme, caballero, ¿seriais por ventura?....
— Milord duque de Buckingam , dijo la señora Bonacieux á media voz , y
ahora podeis perdernos á los dos.
—Milord, señora , no hallo palabras que escusen mi temeridad ; pero yo la
amo , milord , tenia celos ; vos que sabeis que cosa es amor , dispensadme y
decidme como puedo hacerme matar por Vuestra Gracia.
— Sois todo un hombre , respondió Buckingam alargando á d'Artagnan la
mano que este estrechó respetuosamente; ya que me ofreceis vuestros'servicios,
los acepto ; seguidnos á veinte pasos hasta el Louvre y si alguno nos anda
espiando, matadle.
D'Artagnan se puso la espada desnuda debajo del brazo , dejó que el duque
y su compañera se adelantaran veinte pasos y les siguió dispuesto á ejecutar
al pié de la letra las instrucciones del noble y elegante ministro de Cárlos I.
Pero felizmente el jóven seide no tuvo ocasion de dar al duque esta prueba
de su respeto , la jóven y el apuesto mosquetero penetraron en el Louvre por
el postigo de la Escala sin dificultad alguna.
D'Artagnan dirigióse eu seguida á la taberna de la Piña en donde halló á
Porthos y á Aramis que le estaban aguardando.
Sin darles esplicacion con respecto á la molestia que les habia causado , les
dijo que habia terminado por si solo el asunto para el cual creyera durante un
momento necesitar su intervencion.
Y ahora, puesto que asi lo exige la narracion, dejemos á nuestros tres ami
gos que se retiren á sus respectivas casas , y sigamos al duque de Buckingam
y á su guia por las revuettas del Louvre.
IOS LOS TRES MOSQUETEROS.

CAPÍTULO XII.

Jorge Villiers , duque de Buckingam.

El duque y la señora Bonacieux entraron sin obstáculo en el Louvre ; esta


era conocida como de la servidumbre de la reina, el duque vestia el uniforme
de los mosqueteros de Treville que , segun hemos dicho, daban aquella noche
la guardia en el palacio. German, por otra parte, era fiel á la reina , y si su
cedia algo, todo quedaba reducido á que se acusára á la señora Bonacieux de
haber introducido en el Louvre á su amante; el crimen recaia por entero sobre
ella , muy cierto que quedaba lastimada su reputacion , pero qué valia en el
mundo la reputacion de una tenderilla ?
En cuanto hubieron llegado al interior del patio, el duque y la joven siguie
ron el pié de la pared el espacio de unos veinte y cinco pasos, la señora Bona
cieux empujó una portezuela de servicio que solia estar abierta de dia y cerrada
por la noche, la puerta cedió y los dos se encontraron en la oscuridad, pero la
compañera del duque conocia todas las vueltas y revueltas de aquella parte del
Louvre destinada á la servidumbre de la reina. Cerró la puerta detrás de si,
tomó al duque por la mano , dió algunos pasos á tientas , llegó á una rampa,
tocó con el pié un escalon y empezó á subir una escalera ; el duque contó dos
tramos. Entonces echó á la derecha , siguió un largo corredor , volvió á bajar
un tramo, dió algunos pasos mas, introdujo una llave en una cerradura, abrió
una puerta y empujó al duque en un aposento iluminado tan solo por una lám
para de noche diciéndole: «aguardad aqui, milord duque, no tardará en venir. »
Salió despues por la misma puerta cerrándola tias si con llave , de suerte que
el duque quedó materialmente arrestado.
LOS TRES MOSQUETEROS. 109
Este lance no causó la menor impresion de temor en el duque de Buckin-
gam; una de las cualidades mas notables de su carácter era procurarse aven
turas y amores novelescos. Valiente , osado , emprendedor, no arriesgaba su
vida por la primera vez en semejantes tentativas, y sabia que este pretendido
mensaje de Ana de Austria, bajo cuya íé habia ido á Paris, era un lazo que se
le habia tendido, y en vez de volver á Inglaterra, abusando de la posicion en
que se hallaba, habia declarado á la reina que no partiría sin haberla visto.
La reina se habia formalmente denegado al principio, pero temió despues que
despechado el duque cometiera alguna locura. Decidida estaba ya á recibirle
y suplicarle se marchase al instante, cuando aquella misma tarde fué robada
la señora Bonacieux, dama encargada de ir á buscar al duque y conducirle al
Louvre. Durante dos dias se ignoró absolutamente su paradero y todo se sus
pendió; pero una vez libre y repuesta en relacion con Laporte, las cosas vol
vieron á tomar su curso y pudo consumarse la peligrosa empresa que á me
diar aquel arresto se habria ejecutado ya tres dias antes.
Viéndose solo Buckingam se acercó á un espejo. Su vestido de mosquetero
le sentaba muy bien. A los treinta y cinco años que entonces contaba, podia
pasar sin injusticia por el mas bello gentithombre y mas elegante caballero de
Francia y de Inglaterra. Favorita de dos reyes, millonario, omnipotente en un
reinado que trastornaba á su antojo y calmaba segun su capricho , Jorge Vi-
lliers, duque de Buckingam emprendiera una de aquellas existencias fabulosas
que quedan grabadas en el corazon de los siglos como un asombro para la
posteridad. Seguro de sí mismo, convencido de su pujanza, cierto de que las
leyes promulgadas para los otros hombres no lo habian sido para él, cami
naba en derechura al fin que se habia propuesto, aunque fuese este tan arduo
y elevado que á cualquier otro pareciese una locura el imaginarlo solamente.
Así es que muchas veces habia llegado á acercarse á la hermosa y altiva Ana
de Austria y héchose amar de ella á fuerza de deslumhrarla.
Jorge Villiers so puso pues trente de un espejo como hemos dicho, restituyó
á su rubia cabellera las ondulaciones que le hiciera perder el peso de su som
brero, se retorció el bigote, y henchido el corazon de placer, alegre y orgu
lloso de tocar ya el momento por tan largo liempo deseado, sonrióse á sí mismo
con altanera confianza.
En aquel instante se abrió una puerta oculta en la tapicería; Buckingam
vió reflejada en el espejo la imágen de una mujer y dió un grito: era la reina.
Ana de Austria se encontraba á la sazon á los veinte y seis ó veinte y siete
años de su edad, es decir en el esplendor de su hermosura; su aire era de rei
na ó mas bien de diosa; sus bellos ojos de esmeralda lanzaban dulzura y ma
jestad; su boca era pequeña y encarnada, y aunque su labio inferior como en
todos los príncipes de la Casa de Austria sobresalía un poco del otro , era su
sonrisa tan graciosa como profundo su desden en el desprecio. Citábase su cutis
por su suavidad aterciopelada, y sus manos y brazos por su sorprendente
110 LOS TRES MOSQUETEROS.
finura: todos los poetas de aquel tiempo los cantaban como incomparables. Sus
cabellos en fin, rubios cuando muchacha y entonces castaños, algo rizados y
copiosamente empolvados, daban admirable realce á su semblante, al cual el
censor mas rígido no habria podido desear otra cosa que un poco menos de
encarnado, y el escultor mas exigente un poco mas de finura en la nariz.
Buckingam quedó deslumbrado por un momento: jamás Ana de Austria le
habia parecido tan hermosa en medio de los bailes, de las fiestas, de las cor
ridas á caballo, como entonces cubierta únicamente con un vestido de raso
blanco, y acompañada de doña Estefanía, la única de las damas españolas que
no fué despedida por los celos del rey y por las persecuciones deRichelieu.
Ana de Austria dió dos pasos hácia adelante; Buckingam se precipitó á sus
plantas, y antes que la reina pudiese impedirselo le besó la estremidad del
vestido.
—Duque, ya sabeis que no soy yo quien os ha escrito.
—Sí, escelsa señora, esclamó el duque, sé que he sido un loco, un insen
sato en creer que la nieve se animaría y que el mármol se calentaría; pero qué
quereis, cuando se. ama se cree facilmente en el amor; á mas de que no lo he
perdido todo en este viaje, puesto que os veo.
—Sí, respondió Ana, pero sabeis porque y como yo os veo, milord: os veo
por compasion; os veo porque insensible á todos mis sufrimientos os habeis
obstinado en permanecer en una ciudad en que peligra vuestra vida y mi ho
nor; os veo para deciros que todo nos separa, los abismos del mar, la enemis
tad de los reinos, la santidad de los juramentos: es un sacrilegio luchar con
tra todo, milord. Os veo en fin para deciros que es preciso que no nos vea
mos mas.
—Continuad , señora, dijo Buckingam: la dulzura de vuestra voz modera el
rigor de vuestras palabras ; hablais de un sacrilegio, pero el mayor sacrilegio
es separar dos corazones formados el uno para el otro.
—Milord, esclamó la reina, olvidais que jamás os he dicho que os amase?
— Poro tampoco me habeis dicho nunca lo contrario, y en, verdad que profe
rir semejantes palabras seria por parte de V. M. una ingratitud inconcebible.
Porque, decidme, ¿dónde encontraríais un amor igual al mio; un amor que no
puede apagar el tiempo, la ausencia ni la desesperacion; un amor que se con
tenta con una bagatela: una cinta estraviada, una mirada perdida, una palabra
escapada? Tres años hace , Señora , que os vi la primera vez, y tres años hace
que os amo del mismo modo. Quereis que os cuente como ibais vestida la pri
mera vez que os vi? quereis que os recuerde todas las prendas de que estabais
engalanada? Son estas, todavía las estoy viendo: estabais sentada en cojines á
la moda de España; llevabais un vestido de raso verde recamado de oro y
plata ; mangas perdidas anudadas en torno de vuestros delicados brazos con
diamantes; gorgnera cerrada; sombrerito del mismo color del vestido con una
pluma de garza real. Mirad: si cierro los ojos , os veo tal como estabais aquel
los'tres mosqueteros. 111
dia ; si vuelvo á abrirlos , os veo tal como estais ahora , es decir , cien veces
mas hermosa todavía.
—Qué locura, murmuró Ana de Austria, que no tenia valor para mostrarse
resentida del duque por haber conservado tan fielmente su retrato en el cora
zon, qué locura la de alimentar una pasion con tan inútiles recuerdos!
—Y de qué quereis pues que viva yo, si no me quedan mas que recuerdos?
Estos son mi dicha, mi tesoro, mi esperanza. Cada vez que tengo la fortuna de
veros, un nuevo diamante enriquece mi corazon. Este es el cuarto que dejais
caer y que me apresuro á levantar, poique en tres años señora, no os he visto
mas que cuatro veces: la primera que acabo de referir; la segunda en casa de
la señora Chevreuse ; la tercera en los jardines de Amiens...
—Duque, interrumpió la reina sonrojada, no me hableis de aquella noche.
—Al contrario, señora, hablemos de ella, pues fué la noche mas feliz y ra
diante de mi vida; ya recordareis que era una noche bonancible; la brisa es
taba perfumada y el cielo esmaltado de estrellas ; aquella noche , señora , tuve
la dicha de hallarme por un momento, con vos á solas; vos ibais á confiár
melo todo: el aislamiento de vuestra vida, las penas de vuestro corazon; os ha
biais apoyado en mi brazo , en este brazo, señora. Cuando inclinaba mi rostro
hacia vos sentia el dulce roce de vuestros bellísimos cabellos , y entonces me
estremecía de piés á cabeza. Ah! reina, reina, vos no habeis esperimentado las
celestiales dichas , los goces del paraiso que se encierran en momentos seme
jantes; mis bienes, mi fortuna, mi gloria, todos los dias de vida que me quedan
no son nada para mí comparados con un instante tan feliz ; porque aquella
noche, señora , vos me amabais , puedo jurarlo.
—Bien puede ser, Milord, que la influencia del sitio , el encanto de aquella
hermosa noche , la fascinacion de vuestras miradas y otras mil circunstancias
en fin reunidas para perder á una mujer , se hubiesen agrupado al rededor de
mí en aquella mathadada noche ; pero ya visteis que la reina vino en socorro
de la mujer que flaqueaba y á la primera palabra que os atrevisteis á pronun
ciar, á la primera descortesía que manifestasteis, contestó aquella.
—Todo esto es verdad , y cualquier otro- amor menos ardiente hubiera su
cumbido en aquel conflicto; pero el mio no hizo otra cosa que enardecerse mas
y mas. Creísteis escaparos de mí volviéndoos á París ; creísteis que yo me
guardaría de abandonar el tesoro que mi amo me habia confiado. Qué me im
portan todos los tesoros del mundo ni todos los reyes de la tierra ? Al cabo de
ocho dias ya estaba de vuelta, señora : esta vez no habeis tenido nada que de
cirme. Yo arriesgué mi vida y mi fortuna para disfrutar por un minuto de
vuestra vista; ni siquiera he tocado vuestra mano; y vos me habeis perdonado
viéndome tan sumiso y arrepentido.
—Es así , pero la calumnia ha echado mano de todas esas locuras en las
cuales yo no entraba para nada, como sabeis bien, milord. El rey, escitado por
el cardenal , ha tomado esas cosas á pecho : la señora de Vernet ha sido des
112 LOS TRES MOSQUETEROS.
pedida, Putange desterrado ; la señora de Chevreuse ha caido en desgracia ; y
cuando vos habeis querido volver á Francia en calidad de embajador , el rey
mismo se ha opuesto formalmente.
—Sí; y la Francia pagará con una guerra la negativa de su rey. Ya no puedo
volver á veros, señora, pero quiero que cada dia oigais hablar de mí. Qué ob
jeto imaginais que tienen esa espedicion de Rhé y esta liga con los protestan
tes de la Rochela que yo proyecto? No abrigo la idea de penetrar á mano ar
mada hasta París, pero esta guerra podrá preparar una paz; para esta paz se
necesitará una negociacion, y el embajador seré yo. No me rehusarán enton
ces; volveré á París, os veré y seré feliz por un momento. Millares de hom
bres, es cierto, habrán comprado mi dicha con su vida; pero qué me importa
con tal que os vuelva á ver? todo eso será en verdad una locura, un delirio:
pero qué mujer, decidme, ha tenido jamás un amante mas rendido, qué reina
un servidor mas ardiente?
—Milord, milord; vos estais invocando en defensa vuestra cosas que os acu
san todavía: todas esas pruebas de amor de que haceis alarde , rayan en otros
tantos crímenes.
—Eso lo decís, señora, porque no me amais ; si me amaseis lo veríais todo
por un punto de vista bien distinto: si me amaseis... pero eso seria demasia
da felicidad para mí, y me volvería loco. La señora de Chevreuse de quien
estabais hablando ahora mismo, fué menos cruel que vos. Holland la amó y
fué correspondido.
—Madama de Chevreuse no era reina, murmuró Ana de Austria vencida á
su pesar por la espresion de un amor tan profundo.
—Con que vos me amaríais si no lo fueseis, señora? decidme, me amaríais
entonces? Podré creer pues que sola la dignidad de vuestro rango es lo que os
obliga á mostrarme tanta crueldad ? Segun eso podré creer que si vos os hu
bieseis encontrado en el lugar de la señora de Chevreuse, el pobre Buckingam
habría podido alimentar esperanzas. Gracias por tan dulces palabras, mi her
mosa reina, gracias mil veces!
—Milord, lo habeis interpretado mal; yo no entendia decir...
— No prosigais, señora, dijo el duque: -si un error me hace feliz, no tengais
la crueldad de desvanecerlo. Lo habeis dicho, señora: me han armado un lazo
del que no saldré con la vida, porque, cosa estraña! hace algun tiempo que
tengo presentimientos de que voy á morir. Y el duque se sonrió con dulce
tristeza.
—Ay Dios mio! esclamó Ana de Austria con acento terrible y revelando un
interés mayor del que pretendia significar á favor del duque.
—Yo no digo eso para asustaros, señora, pues tambien á mí me parece ri
diculo, y creed que no me alucino con semejantes sueños. Pero estas palabras
que acabais de pronunciar, esta esperanza que me habeis dejado concebir, lo
ha recompensado todo, aunque hubiese perdido la vida.
LOS TRES MOSQUETEROS. 11S
—Pues bien, dijo Ana de Austria, yo tambien , duque , tengo mis presenti
mientos, tengo tambien mis sueños: en sueños os be visto tendido en el suelo,
herido y chorreando sangre.
—Del costado izquierdo, no es verdad ? y de una puñalada.
—Si, milord, precisamente, del costado izquierdo y de una puñalada. Quién
os ha dicho que lo habia soñado? solo á Dios se lo he comunicado en mis ora
ciones.
— No quiero mas, señora, vos me amais: eso me basta.
—Yo os amo ?
—Si , vos. Acaso os enviaría Dios los mismos sueños que á mi , si no me
amaseis? Tendriamos los mismos presentimientos si nuestras existencias no se
tocasen por la conformidad de los corazones ? Vos me amais, reina,- y vos me
llorareis.
—Ay Dios mio, Dios mio! esclamó Ana de Austria, eso es mas de lo que yo
puedo soportar: en nombre del cielo, oh duque, partid ahora mismo; yo no sé
si os amo ó nó , pero si sé que nunca seré perjura. Compadecedme y partid.
Ah! si os hiriesen en Francia, si murieseis en Francia; si yo pudiese suponer
que el amor que me profesais fuese causa de vuestra muerte , para mi no ha
bría consuelo , me volvería loca. Partid , yo os lo suplico.
— Oh ! Dios ! cuán hermosa sois ahora ! y cuanto os amo !
—Partid, partid , os lo suplico, y volved otro dia. Volved como embajador,
como ministro, rodeado de guardias que os defiendan, de servidores que velen
sobre vos y entonces.... entonces no temeré por vuestra vida , y tendré la di
cha de volveros á ver.
—Oh ! es verdad lo que me decis ?
-Si.
—Pues bien ! Dadme una prenda de vuestra indulgencia , una prenda que
vos hayais usado y que yo pueda llevar tambien , una sortija , un collar , una
cadena....
—Y partireis , si os doy lo que me pedis ?
—Si.
—Al instante ? .
—Si.
—Dejareis la Francia , volvereis á Inglaterra?
— Si , os lo juro.
—Entonces aguardad.
Y Ana de Austria volvió á entrar en su gabinete , del cual salió inmediata
mente con un cofrecito de palo de rosa en el cual se veia una cifra engastada
en oro.
— Milord, dijo la reina, guardad esto en memoria mia.
Buckingam tomó el cofrecito y volvió á ponerse de rodillas.
—Me habeis prometido partir, dijo la reina.

114 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Y cumpliré mi palabra : vuestra mano, vuestra mano, señora, y parto al
momento.
Ana de Austria le tendió su mano cerrando los ojos y apoyándose con la iz
quierda sobre Estefania: conocia bien que iban á faltarle las fuerzas.
Buckingam imprimió sus ardientes labios en aquella hermosa mano y luego
levantándose :
—Antes de seis meses , dijo, si no he muerto, os volveré á ver, aunque sea
preciso trastornar el mundo.
Y fiel á su promesa se lanzó del aposento.
En el corredor le aguardaba la señora Bonacieux, quien con las mismas pre
cauciones le condujo felizmente fuera del Louvre.
Estefanía
LOS TRES MOSQUETEROS. 115

CAPÍTULO XIII.

El señor Bonacieux.

Habia en todo eso, como habrá podido observarse, un personaje de quien á


pesar de su precaria situacion se hacia al parecer muy poco caso. Este perso
naje era el señor Bonacieux, respetable mártir de las intrigas políticas y amo
rosas que se encadenaban tan bien las unas con las otras en aquella época tan
caballeresca y galana á la vez.
Afortunadamente , recuérdelo ó no el lector , nosotros hemos prometido no
perderle de vista.
Los esbirros que le habian arrestado le condujeron en derechura á la Bastilla,
donde le pasaron temblando por delante un peloton de soldados mientras es
taban cargando los mosquetes.
Introducido en seguida en una galería medio subterránea , iué el blanco de
las mas groseras injurias y mas duros tratos, pues sabian los esbirros que no
trataban con ninguna persona de pro , sino con un hombre de la baja plebe.
Al cabo de media hora á corta diferencia vino un escribano á poner fin á su
tortura pero no á sus inquietudes, dando órden de conducir al señor Bonacieux
á la sala de los interrogatorios. Por lo comun se recibian las indagatorias á los
presos en sus propios aposentos, pero con el señor Bonacieux no gastaron tan
tas ceremonias.
Apoderáronse dos guardias del mercader , luciéronle atravesar un patio- y
entrar en un corredor donde habia tres centinelas , abrieron una puerta y le
116 LOS T&ES MOSQUETEROS.
metieron de un empujon en un cuarto bajo en que no habia mas que una mesa,
una silla y un comisario. E1 comisario ocupaba la silla y escribia sobre la mesa.
Los dos guardias condujeron al preso frente la mesa y á una seña del co
misario se retiraron á corta distancia.
E1 comisario que hasta entonces habia tenido la cabeza inclinada sobre sus
papeles, la levantó para mirar al preso.
Era el comisario un hombre de rostro ceñudo , nariz angular , salientes los
huesos de las mejillas , ojos pequeños y escudriñadores, y su fisonomía parti
cipaba á la vez de la fuina y de la zorra. Su cabeza sostenida por un cuello
largo y flexible, se levantaba sobre su enorme ropon negro, balanceándose con
un movimiento parecido al de laiortuga cuando saca la suya de la concha.
Principió preguntando al señor Bonacieux su nombre , prenombres , edad,
estado y domicilio.
El acusado dijo llamarse Santiago Miguel Bonacieux, que tenia cincuenta y
un años , que era comerciante retirado , y que \ivia calle de Fossoyeurs , nú
mero 11.
Entonces el comisario en vez de continuar la indagatoria pronunció un es
tenso discurso sobre el peligro que corre un paisano oscuro mezclándose en
los negocios públicos.
Complicó su exordio con una esposicion en la cual refirió el poder y los actos
del señor cardenal, de aquel ministro incomparable, de aquella notabilidad tan
superior á los ministros pasados y modelo de los que lo fuesen en lo sucesivo:
actos y poder que nadie contrarrestaría impunemente.
Despues de esta segunda parte de su discurso , fijando sus ojos de gavilan
sobre el pobre Bonacieux le invitó á reflexionar sobre la gravedad de su situa
cion. -
Las reflexiones del comerciante ya estaban todas hechas : daba á todos los
diablos el momento en que Laporte habia concebido la idea de casarle con su
ahijada , y mas todavía el momento en que la tal ahijada habia sido recibida
por doncella del sen icio particular de la reina.
El fondo de carácter de Bonacieux era un profundo egoísmo unido á una
sórdida avaricia, sazonado el todo por una estrema poltronería. El amor que le
habia inspirado su joven esposa , era un sentimiento secundario que no podia
luchar con los sentimientos primitivos que acabamos de referir.
Reflexionaba en efecto Bonacieux sobre lo que acababa de decírsele.
— Pero, señor comisario, dijo tímidamente, creed que yo reconozco y aprecio
mas que nadie en el mundo el mérito de la incomparable eminencia por quien
tenemos el honor de ser gobernados.
—De veras? preguntó el comisario en ademan de dudarlo ; pues si fuese
cierto lo que decís, como es que os hallais en la Bastilla?
—Como es que me hallo en ella, ó mas bien porque me hallo en ella? con
testó Bonacieux: bé aquí una pregunta á la que me es absolutamente imposi -
LOS HH MOSQUETEROS. It7
ble responder en razon á que yo mismo lo ignoro; pero á bnen seguro que no
es por haber ofendido al cardenal, á lo menos á sabiendas.
—Es preciso pues que hayais cometido algun otro crimen de gravedad,
porque os han acusado de alta traicion.
—De alta traicion! esclamó Bonacieux espantado, de alta traicion! y cómo
quereis que un pobre comerciante que detesta á los hugonotes y aborrece a los
Españoles , se vea acusado de alia traicion ? Reflexionadlo bien , caballero: la
cosa es materialmente imposible.
—Señor Bonacieux, dijo et comisario, mirándole como si sus pequeños ojos
tuviesen la facultad de leer hasta en el fondo de los corazones, señor Bonacieux,
teneis mujer?
—Si señor , respondió temblando el comerciante , conociendo que alli era
donde el negocio iba á embrollarse, es decir, la tenia.
—Cómo! la teniais, pues qué habeis hecho de ella si no la teneis ya?
—Señor, me la robaron.
— Cómo, os la robaron? dijo el comisario. Ah!
Bonacieux conoció por este ah! que el negocio se embrotlaba mas y mas.
—Os ta robaron, repitió el comisario; y sabeis quien es el autor del rapto?
—Creo conocerle.
—Quien es?
—Haceos cargo de que yo no aiirmo nada, señor comisario, sospecho sola
mente.
—De quien sospechais? A ver: responded francamente.
El señor Bonacieux se hallaba perplejo: no sabia si debia negar ó contesar;
si negaba se podria creer que sabia demasiado para confesarlo; diciéndolo todo
daba una prueba de buena voluntad. Decidióse pues á decir cuanto sabia.
— Sospecho , dijo , de un hombre alto y moreno , que tiene trazas de ser un
gran señor y que muchas veces me ha parecido que nos seguia cuando yo iba
á aguardai- á mi mujer en el portillo del JUrovre.
El comisario se mostró un poco sobresaltado.
—Sabeis su nombre ? preguntó.
—Lo que es su nombre no lo sé , pero si le viese le reconocerla al instante
entre mil personas , yo os lo aseguro.
El comisario frunció las cejas.
— Decis que le reconoceriais entre mil personas ? continuó.
—Quiero decir, repuso Bonacieux, que conoció haber dado un paso en falso,
quiero decir...
—Habeis contestado que le reconoceriais, dijo eJ comisario; pues bien, basta
por hoy; es preciso antes de pasar mas adelante que otra persona esté enterada
de que conoceis al raptor de vuestra mujer.
— Pero yo no he dicho que le conociese, esclamó Bonacieux desesperado: al
contrario yo he dicho... .
118 LOS TRKS MOSQUETEROS.
—Llevaos al preso, dijo el comisario á los dos guardias.
—A donde ? preguntó el escribano.
—A un ealabozo.
-A cual?
—Al primero que encontreis con tal que la puerta cierre bien, respondió el
comisario con una indiferencia que llenó de horror al pobre Bonacieux.
—Ay ! se decia , la tempestad va á estallar sobre mi cabeza: mi mujer habrá
cometido algun crimen horrible: me creen su cómplice y sufriré la pena junto
con ella : ella habrá hablado , habrá dicho que me lo comunicó todo ; las mu
jeres son tan débiles ! Un calabozo ! el primero que encontreis : eso es ; una
noche pronto se pasa , mañana al tormento , á la horca. Ay Dios mio , tened
piedad de mí !
Sin hacer el menor caso de los lamentos del pobre Bonacieux , lamentos á
que ya estaban acostumbrados, los dos guardias cogieron al preso por un brazo
y se lo llevaron mientras que el comisario escribia á toda prisa una carta que
aguardaba el escribano.
Bonacieux no cerró los ojos en toda la noche , no porque el calabozo fuese
muy incómodo sino porque eran terribles sus inquietudes: la pasó toda sentado
en su escabel , estremeciéndose al menor ruido , y cuando la luz del alba em
pezó á penetrar en su aposento, parecióle venir envuelta en tintas fúnebres.
De repente oyó descorrer los cerrojos y se sobresaltó sobremanera : creyó
que venían por él para llevarlo al cadalso: así es que cuando vió que no era el
verdugo , sí solo el comisario y el escribano del dia anterior , estuvo á punto
de echarse á sus brazos.
—Vuestra causa se ha complicado mucho desde ayer noche, mi buen amigo,
dijo el comisario , y os aconsejo que digais la verdad pura en todo lo que se
pais , porque solo vuestro arrepentimiento puede conjurar la cólera del car
denal.
—Pues si yo estoy pronto á decirlo todo, esclainó Bonacieux, ó por lo menos
todo lo que sepa. Preguntad , os suplico.
—En primer lugar , donde está vuestra mujer ?
—Pero si ya os dije que me la habian robado.
—Sí, pero á las cinco de ayer tarde, gracias á vos , se escapó.
—Mi mujer se escapó? ah desgraciada ! Pero señor, si ella se escapó, yo no
tengo la culpa , os lo juro.
—Qué ibais á hacer pues entonces en casa del señor d'Artagnan vuestro
vecino, con quien tuvisteis aquel dia una larga conferencia?
—Ah sí, señor comisario, es verdad , confieso que hice mal , si señor , es
tuve en casa del señor d'Artagnan.
—Cual era el objeto de aquella visita?
—Suplicarle que me ayudase á buscar á mi mujer : me creía con derecho
para reclamarla , ahora veo que me engañaba y os pido mil perdones.
LOS TRES MOSQUETEROS. 119
—Y que os respondió el señor d'Artagnan ?
—El señor d'Artagnan me prometió desde luego su cooperacion , pero bien
pronto conoci que me vendia.
—Vos quereis engañar á la justicia. El señor d'Artagnan hizo un pacto con
vos , y en virtud de este pacto puso en fuga á los dependientes de policia que
habian arrestado á vuestra mujer , sustrayéndola á todas las pesquisas de la
autoridad.
— Quien! el señor d'Artagnan es el que se llevó á mi mujer ! Qué es lo que
decis?
—Felizmente se halla en nuestro poder y vais á ser careado con él.
.t —Con mucho gusto á fé mia. Siempre es bueno ver personas conocidas.
—Haced entrar al señor d'Artagnan, dijo el comisario á los guardias.
Estos introdujeron á Athos.
—Señor d'Artagnan , dijo el comisario dirigiéndose á Athos , referid lo que
pasó entre vos y el señor.
—Pero si este caballero no es el señor d'Artagnan ! esclamó Bonacieux.
— Cómo! este no es el señor d'Artagnan? dijo el comisario.
— De ninguna manera , repitió Bonacieux.
—Pues cómo se llama el señor? preguntó el comisario.
—No puedo deciroslo , porque no le conozco.
—Cómo , no le conoceis?
—Nó.
—No le habeis visto jamas?
— Si por cierto, pero no sé como se llama.
—Vuestro nombre, dijo el comisario.
—Athos, respondió el mosquetero.
—Este no es nombre de persona , eso es mas bien et nombre de una mon
taña , dijo el pobre interrogante que empezaba ya á perder la cabeza.
—Este es mi nombre, replicó tranquito Athos.
—Pues antes habeis dicho que os llamabais d'Artagnan.
—Yo?
—Si , vos.
— Vamos claros : á mi me preguntaron : Sois vos el señor d'Artagnan? Yo
respondi: lo creeis asi ? Los guardias se pusieron á gritar : Si, señor, estamos
bien seguros de ello: yo no quise contradecirles, y ámas, yo podia engañarme.
—Cabattero, estais insultando á la justicia.
—De ningun modo , respondió Athos con la mayor tranquilidad.
—Vos sois el señor d'Artagnan.
—Pues ya veis que vos mismo lo repetis todavia.
—Pues yo os digo , repuso á su vez el señor Bonacieux , yo os digo , señor
comisario , que no hay la menor duda. El señor d'Artagnan es inquilino mio,
y por consiguiente , aunque no me paga los alquileres , ese es un motivo mas
120 LOS TRES MOSQUETEROS.
para que le conozca. El señor d'Artagnan es un joven de diez y nueve á veinte
años, y el señor pasa de los treinta cuando menos : el señor d'Artagnan sirve
en el cuerpo de guardias de Des-Essarts , y el señor pertenece á la compañía
de Mosqueteros de Trevüle , ó sino digalo el uniforme, señor comisario.
—Efectivamente, murmuró el comisario, es verdad.
En este momento abrióse la puerta y un mensajero introducido por un mozo
de la Bastilla entregó una carta al comisario.
—Ab desdichada ! esclamó este.
—Cómo ! qué decís ? de quien hablais ? supongo que no será de mi mujer.
—Pues es de ella misma. Bonito se va poniendo vuestro asunto! adelante.
—Sí, eso es ! esclamó exasperado el mercader, tened la bondad de decirme,
caballero, cómo puede empeorarse este maldito asunto por lo que haga mi mu
jer mientras yo estoy en la cárcel ?
—Porque lo que ha hecho ella son las consecuencias del plan infernal tra
mado entre vosotros dos.
—Os juro , señor comisario , que estais solemnemente equivocado ; que no
sé nada absolutamente de los enredos de mi mujer ; que soy absolutamente
estraño á cuanto ella haya hecho; y si ha cometido necedades, reniego de ella,
la desmiento y la maldigo.
—Por fin, dijo Athos al comisario, si no teneis nada mas que decirme, dis
poned que me saquen de aquí , por vida que es bien fastidioso vuestro señor
Bonacieux.
—Volved á conducir los presos á sus calabozos , dijo el comisario , y que
sean custodiados mas severamente que nunca.
—Pues señor , dijo Athos con su calma habitual , si es el señor d'Artagnan
con quien teneis que entenderos, no alcanzo en que puedo reemplazarle.
—Haced lo que os mando , esclamó el comisario , y el sigilo mas absoluto:
entendeis ?
Athos siguió á sus guardias encogiéndose de hombros y Bonacieux prorum-
piendo en unos lamentos que hubieran enternecido el corazon de un tigre.
—El comerciante fué vuelto á encerrar en el mismo calabozo en que habia
pasado la noche, en el que permaneció todo el dia, y todo el dia estuvo llorando
el pobre Bonacieux á fuer de verdadero mercader, puesto que él mismo ya nos
confesó que no habia nacido para las armas.
A eso de las nueve de la noche en el momento en que iba decidiéndose á
meterse en la cama, oyó ruido de pasos en el corredor. Los pasos fuero» acer
cándose al calabozo , abrieron la puerta y presentáronse algunos guardias.
—Seguidme, dijo un exento que venia tras de los guardias.
—Que os siga á estas horas ? y a- donde Dios mio ! i.
—Donde tenemos orden de conduciros. -n"
—Pero esa no es ninguna respuesta positiva.
—Es sin embargo la única que podemos daros.
LOS TRES MOSQUETEROS. 121
—Ay Dios mio , Dios mio ! murmuró el pobre mercader , por esta vez ya
estoy perdido !
Y siguió maquinalmente y sin resistencia á los guardias que habian venido
por él.
Volvió á pasar por el mismo corredor por donde habia venido , atravesó un
patio, despues otro cuerpo del edificio, y en fin á la puerta del patio de la en
trada vió un coche custodiado por cuatro guardias á caballo ; hiciéronle subir
á él , y el exento se sentó á su lado y cerró la portezuela con llave , quedando
metidos los dos en aquella cárcel ambulante.
El coche se puso en movimiento lento cual carro fúnebre; á través de la reja
con candado distinguió el preso las casas, el empedrado delas calles y nada
mas ; pero á fuer de verdadero parisiense Bonacieux reconocia cada calle por
los trascantones, por las muestras de las tiendas y por tos faroles. Al momento
de llegar á San Pablo , sitio de ejecucion para los reos de la Bastilla , estuvo á
punto de desmayarse y se santiguó dos veces. Creyó que el coche debia parar
alli , pero el coche pasó de largo. Despues se apoderó tambien de él un fuerte
terror al pasar junto.al cementerio de San Juan, sepultura de los reos de estado.
Una sola cosa le tranquilizó algun tanto y fué el considerar que antes de en
terrarlos se les cortaba la cabeza, y la suya permanecia todavia sobre sus hom
bros. Pero cuando vió que el coche tomaba la direccion de la Greve y distin
guió los agudos techos de la Casa Municipal , creyó haber llegado su última
hora , quiso confesarse con el exento , y rehusandolo este dió unos gritos tan
lastimosos que el exento le intimó que si continuaba atronándole le pondria
una mordaza. Esta amenaza sosegó un poco á Bonacieux , pues si hubiesen de
ajusticiarle en la plaza de Greve no valia la pena de ponerle la mordaza , ha
llándose tan cerca del sitio de la ejecucion. En efecto el coche atravesó la plaza
fatal sin detenerse. No quedaba ya otro sitio que temer que la Cruz del Trahoir,
y el coche tomó cabalmente el camino de ella. Por esta vez ya no habia duda:
en la Cruz del Trahoir era donde se ajusticiaba á los reos subalternos. Bona
cieux se habia equivocado al creerse digno de San Pablo ó de la plaza de Greve:
la Cruz del Trahoir era el término de su viaje y de su destino ! aun no podia
ver aquella funesta cruz , pero conocia que en cierto modo ella iba acercándo
sele. Cuando se halló á unos veinte pasos de ella oyó murmullo de gente y el
coche se paró. Eso era mas de lo que podia soportar el pobre Bonacieux aba
tido ya por las emociones sucesivas que habia esperimentado; despidió un dé
bil gemido que hubiera podido tomarse por el último suspiro de un moribundo,
y se desmayó.

16
122 LOS TRES MOSQUETEROS.

CAPÍTULO XIV.

El hombre de Meung.

Aquella reunion de gente era motivada , no de que el pueblo aguardase la


presencia de un hombre que debia ser ahorcado, sino por la esposicion de otro
que ya lo habia sido. El coche detenido por un momento volvió á tomar su
pausada carrera , atravesó por medio de la multitud ; enfiló la calle de Saint
Honoré, torció despues por la de Bons-Enfans, y se paró delante de una puerta
baja.
Abrióse esta y salieron dos guardias que recibieron en sus brazos á Bona-
cieux sostenido por el exento; condujéronle hasta el pié de una escalera por la
que le hicieron subir dejándole despues en una antesala. Todos estos movi
mientos los habia ejecutado maquinalmente, caminando como en sueños; habia
entrevisto los objetos como á través de una niebla : sus oidos habian percibido
sonidos sin comprenderlos ; se le hubiera podido quitar la vida en aquel mo
mento sin que hubiese hecho la menor resistencia ni dado un solo grito para
implorar piedad.
Así quedó, sentado en la banqueta con la espalda apoyada en la pared y los
brazos colgando, en el mismo sitio en que le habian dejado los guardias.
Sin embargo como no vió á su alrededor cosa alguna que pudiese causarle
espanto ; como nada le indicaba que corriese peligro ; como la banqueta era
cómoda y bien forrada y la pared cubierta de hermoso cordoban ; como unas
grandes cortinas de damasco encarnado flotaban delante de la ventana recogi
das en abrazaderas de oro, comprendiendo poco á poco que su terror podia ser
LOS TRES MOSQUETEROS. 123
ecsagerado , empezó á menear la cabeza de derecha á izquierda y de arriba
abajo. Con este movimiento , al que nadie se opuso, recobró un poco de valor
y se arriesgó á encoger una pierna y luego la otra , despues de lo cual con el
socorro de las dos manos apoyadas en la banqueta , se puso en pié.
En aquel momento un oficial de buen semblante abrió una puertecilla con
cluyendo entretanto su coloquio con otra persona que se encontraba dentro, y
dirigiéndose despues al preso:
—Sois vos á quien llaman Bonacieux ? le preguntó.
—Sí, señor oficial, tartamudeó el mercader mas muerto que vivo, para ser
viros.
—Eatrad, dijo el oficial.
—Y se apartó para dejar pasar al comerciante. Este obedeció sin replicar y
entró en el aposento donde al parecer le estaban aguardando.
Era este una espaciosa sala cuyas paredes estaban ocupadas con armas
ofensivas y defensivas, cerrada y poco ventilada, y en la cual habia ya lumbre
á pesar de correr todavía el mes de setiembre. Una gran mesa cubierta de li
bros y papeles sobre los cuales se hallaba desarrollado un inmenso plano de
la ciudad de la Rochela, ocupaba la mitad de la sala. De pié delante de la chi
menea habia un hombre de estatura regular, aspecto altivo, ojos penetrantes,
ancha frente y rostro flaco , el que prolongaba todavía mas una perilla rema
tada por su correspondiente bigote. Aunque el tal hombre no tenia mas que
unos treinta y seis ó treinta y siete años , eran ya canosos su pelo , bigote y
perilla. Este hombre, aunque no cenia espada ostentaba el aire de un guerrero,
y sus botas de búfalo cubiertas lijeramente de polvo indicaban que habia mon
tado á caballo aquel dia.
Este hombre era Armando Juan Duplessis , cardenal de Richelieu , no del
modo que comunmen'o nos le representan quebrantado por los años , pade
ciendo como un mártir , con el cuerpo encorvado , la voz apagada , sepultado
en un gran sillon como en una tumba anticipada , no viviendo sino por la
eterna aplicacion de su pensamiento ; sino tal cual era realmente en aquella
época, es decir, diestro y galante caballero, de cuerpo débil ya, pero sostenido
por aquel poder moral que formó de él uno de los hombres mas estraordina-
rios que hayan ecsistido, y preparándose en fin despues de haber sostenido al
duque de Nevers en su ducado de Mantua, despues de haber tomado á Nimes,
Castres y Uzes , á arrojar á los ingleses de la isla de Rhé y á poner sitio á la
Rochela.
Al primer golpe nada indicaba que fuese el cardenal , y quien no le cono
ciese de vista tendría trabajo en adivinar la persona ante quien se encontraba.
El pobre mercader se quedó de pié á la puerta , mientras que los ojos del
personaje que acabamos de describir se fijaban sobre él y parecía querían pe
netrar hasta el fondo de su pensamiento.
—Es este el tal Bonacieux? preguntó despues de un momento de silencio.
124 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Si, monseñor, contestó el oficial.
—Muy bien ! dadme estos papeles y dejadnos.
El oficial tomó de encima la mesa los papeles indicados, los puso en manos
del cardenal, se inclinó profundamente y se marchó.
Bonacieux reconoció en aquellos papeles sus interrogatorios de la Bastilla.
De vez en cuando el hombre de la chimenea levantaba los ojos por encima de
los papeles, y los clavaba como dos puñales en el fondo det corazon det pobre
mercader.
A los diez minutos de lectura y otros tantos segundos de exámen, el carde
nal ya estaba impuesto del asunto.
—Esa cabeza no ha conspirado jamás , dijo entre dientes , pero con todo
veamos.
—Vos os hallais acusado de alta traicion, dijo con mucha flema el cardenal.
—Eso mismo es lo que me han dicho ya , monseñor , contestó Bonacieux
dando á su interrogante el titulo que habia oido le daba el oficial, pero puedo
juraros que nada sé de tal cosa.
—El cardenal reprimió una sonrisa.
—"Vos y vuestra mujer habeis conspirado juntos, con Madama de Chevreuse
y con milord duque de Buckingam.
—Efectivamente, monseñor, yo le he oido pronunciar esos nombres.
— En qué ocasion ?
—Ella dijo que el cardenal de Richelieu habia atraido al duque de Buckin
gam á Paris para perderle y á la reina juntamente con él.
—Eso dijo? esclamó el cardenal con violencia.
—Si señor; pero yo le respondi que hacia muy mal en pensar de semejante
manera, y que Su Eminencia era incapaz...
—Callad ! sois un imbécil ! repuso el cardenal.
—Hé aqui cabalmente las mismas palabras con que me contestó mi mujer,
monseñor.
—Sabeis quien os ha robado vuestra mujer ?
—No, monseñor.
—Pero sospechais de alguna persona ?
—Si , monseñor; pero mis sospechas han disgustado al señor comisario , y
ya no las tengo.
—Vuestra mujer se ha fugado: lo sabiais ya?
—No, monseñor , lo he sabido despues en la cárcel , de boca del señor co
misario, caballero muy amable por cierto.
El cardenal ahogó una segunda sonrisa.
—Entonces, no sabeis lo que ha sido de vuestra mujer despues de su fuga.
—Nada sé absolutamente , monseñor , pero ella habrá vuelto á entrar en el
Louvre.
—A la una de la noche no habia entrado todavia.
LOS TBES MOSQUETEROS. 125
—Ay Dios mio ! pues entonces que ha sido de ella ?
—Ya se sabrá , perded cuidado , nada se oculta al cardenal , el cardenal lo
sabe todo.
—En este caso, monseñor, sabeis si el cardenal se servirá darme noticia del
paradero de mi mujer ?
—Tal vez ; pero es preciso primero que confeseis cuanto sepais acerca las
relaciones que ha habido entre vuestra mujer y la señora de Chevreuse.
—Pero, monseñor, si yo no sé nada , si no he visto jamás á la tal señora!
—Cuando ibais á buscar á vuestra mujer al Louvre , volviais en derechura
á casa?
—Casi nunca , pues siempre tenia ella que hacer una cosa ú otra en casas
de comerciantes de telas, á donde yo la acompañaba.
—Y cuantas eran estas casas de comerciantes de telas ?
—Dos, monseñor.
—Donde están situadas ?
—Una en la calle de Vaugirard , y la otra en la de la Harpe.
—Entrabais vos junto con ella ?
— Nunca , monseñor , la aguardaba á la puerta.
—Y que pretesto os daba ella para entrar sola ?
—Ninguno : decia que la esperase y yo la esperaba.
—Sois un marido muy complaciente, mi querido señor Bonacieux.
—Me ha dicho mi querido señor Bonadeux , dijo para si el mercader : va
mos que la cosa no va tan mala.
—Os acordariais de esas tiendas ?
—Si.
—Sabeis los números?
-Si.
—Cuales son?
—Número 25 en la calle de Vaugirard; número "J5 en la calle de la Harpe.
—Está bien , dijo el cardenat.
Hizo sonar una campanilla de plata y entró el oficial.
—Id, le dijo á media voz, á buscar á Rochefort, ó si ha vuelto, que entre al
instante.
—El conde está ahi fuera , dijo el oficial y solicita con instancia hablar á
Vuestra Eminencia.
A vuestra eminencia, murmuró Bonacieux , que sabia que este era el titulo
ordinario que se daba al cardenal: á vuestra eminencia !
—Que entre pues, que entre, dijo vivamente Richelieu.
Et oficial salió de la sala con aquella rapidez peculiar de los servidores del
cardenal en obedecerle.
—A vuestra eminencia , murmuró otra vez Bonacieux girando sus espan
tados ojos.
126 LOS TRES MOSQUETEROS.
A los cinco minutos escasos de la desaparicion del oficial, abrióse la puerta
y entró un nuevo personaje.
—Este es ! esclamó Bonacieux.
—Quién ? preguntó el cardenal.
—El que me ha robado mi mujer.
El cardenal tocó otra vez la campanilla , y entró el oficial.
—Volved ese hombre á sus guardias, y que aguarde hasta que se le llame.
—Nó , monseñor , nó , no es él , esclamó Bonacieux , me habia engañado,
este es otro que en nada absolutamente se le parece: este señor es un hombre
de bien.
—Llevaos á ese imbécil , dijo el cardenal.
El oficicial cogió á Bonacieux por un brazo y le puso en poder de sus guar
dias, que aguardaban en la antesala.
El nuevo personaje que acababa de entrar siguió con la vista a Bonacieux
y no la apartó de él hasta que cerraron la puerta.
—Ya se han visto, dijo con viveza al cardenal.
—Quienes ? preguntó Su Eminencia.
—Ella y él.
—La reina y el duque? esclamó Richelieu.
-Sí.
—Y en donde ?
—En el Louvre. •
—Estais bien seguro ?
—Segurísimo.
—Quien os lo ha dicho ?
—La señora de Lannoy, que merece la confianza de Vuestra Eminencia, como
sabeis.
—Porque no lo ha dicho antes ?
—Sea por casualidad ó por desconfianza, la reina dispuso que la señora de
Surgís se acostara en su cuarto y no la ha permitido salir en todo el dia.
—Está bien, hemos sido vencidos , procuraremos el desquite.
—Yo os ayudaré, monseñor, con todas mis fuerzas, no os dé cuidado.
—Y como ha pasado eso ?
—A las doce y media de la noche la reina estaba con sus damas.
—Donde ?
—En su dormitorio.
—Adelante.
—Cuando vinieron á entregarle un pañuelo de parte de sn doncella.
—Y despues ?
—La reina se ha conmovido y á pesar del vivo carmín de su semblante se
ha puesto pálida.
—Y que mas ?
LOS TRES MOSQUETEROS. 127
—Se ha levantado y con voz alterada «aguardadme, señoras, ha dicho, unos
diez minutos» ha abierto la puerta de su alcoba y ha salido.
—Y porque la señora de Lannoy no ha ido á preveniroslo al instante mismo?
—Nada habia de cierto todavia; á mas, la reina habia dicho «señoras, aguar
dadme» y ella no se ha atrevido á desobedecer á la reina.
—Y cuanto tiempo ha permanecido fuera de su dormitorio ?
—Tres cuartos de hora.
—No la acompañaba ninguna de sus doncellas ?
—Doña Estefania solamente.
—Y ha vuelto á entrar luego?
—Si , pero ha sido para tomar un cofrecito de palo de rosa con su cifra , y
se ha vuelto inmediatamente.
—Y cuando ha vuelto á entrar despues, traia consigo el cofrecito ?
—m.
—Y sabe la señora de Lannoy lo que contenia aquel cofrecito ?
—Si: los herretes de diamantes que Su Magestad regaló á la reina.
—Y decis que ha vuelto á entrar sin el cofrecito ?
-Si.
—Y es de parecer la señora de Lannoy que lo entregara á Buckingam?
—Dice no caberle la menor duda.
—Y como puede asegurarlo ?
—Durante todo el dia la señora de Lannoy en su calidad de azafata de la
reina ha buscado el cofrecito , ha mostrado inquietud al ver que no aparecia,
y ha concluido por preguntar por él á la reina.
—Y entonces la reina. . .
—La reina se ha puesto colorada y ha respondido que habiéndose roto
aquella noche uno de los herretes , lo habia enviado á su platero para que lo
compusiese.
—Es preciso ir á casa del platero para asegurarnos de si la cosa es asi ó no.
—Ya he ido allá.
. —Y qué dice el platero ?
— Que no sabe nada sobre el particular.
—Bien ! Rochefort , no se ha perdido todo , y puede ser que esto resulte en
nuestro provecho.
—Lo cierto es que yo no dudo que el genio de Vuestra Eminencia....
—Reparará las tonterias de mi agente, no es asi ?
—Esto es justamente lo que yo iba á decir si Vuestra Eminencia no me hu
biese cortado la frase.
—Y sabeis donde se ocultaban la duquesa de Chevreuse y el duque de Buc
kingam?
— No, monseñor, mis agentes no han podido decirme nada sobre este punto.
—Pues yo si que lo sé.
1!8 LOS TRES^ MOSQUETEROS.
—Vos, monseñor?
—Sí, ó por lo menos lo supongo: se ocultaban el uno en la calle de Vaugi-
rard, número 25, y el otro en la calle de la Harpe, número 75.
—Quiere vuestra eminencia que los haga prender a los dos?
—Es tarde ya, se habrán marchado.
—No importa: probémoslo.
—Tomad diez de mis guardias y registrad las dos casas.
—Voy al momento, monseñor.
Y Rochefort se precipitó fuera de la sala.
Quedó solo el cardenal, se puso pensativo por un instante, y tocó por tercera
vez la campanilla.
Volvió á parecer el mismo oficial .
—Haced entrar al preso.
El señor Bonacieux fué introducido de nuevo , y á una seña del cardenal el
oficial se retiró.
—Vos me habeis engañado, dijo severamente el cardenal.
—Yo! esclamó Bonacieux, yo engañar á vuestra eminencia ?
—Cuando vuestra mujer iba á la calle de Vaugirard y á la calle de la Harpe
no entraba en casa de ningun comerciante de telas .
—Pues á donde iba, Dios mio?
—Iba á casa de la duquesa de Chevreuse y á casa del duque de Buckingam.
—Ah! sí, dijo Bonacieux reanimando sus recuerdos; sí, eso mismo! Vuestra
Eminencia tiene razon. Ya dije muchas veces á mi mujer que parecía bien es-
traño que unos tenderos de géneros viviesen en unas casas que no tenían
muestra; y cada vez que se lo decía ella se echaba á reír. Ah! monseñor, con
tinuó Bonacieux postrándose á los pies de Su Eminencia, ah! vos sois el carde
nal, el gran cardenal á quien todo el mundo reverencia...
El cardenal, por mediano que fuese su triunfo sobre un ser tan vulgar como
Bonacieux , no dejó de mostrarse un tanto satisfecho ; en seguida como si una
nueva idea hubiese acudido á su imaginacion, entreabrió sus labios con una
dulce sonrisa , y tendiendo la mano al mercader:
—Levantaos, mi buen amigo, le dijo, conozco que sois un hombre de bien.
—El cardenal ha tocado mi mano ! yo he tocado la mano del grande hom
bre! esclamó Bonacieux; el grande hombre me ha llamado su amigo!
—Sí, mi amigo, sí, dijo Su Eminencia con el tono paternal que solía tomar
algunas veces, pero con el que solo engañaba á las personas sencillas que no le
conocían ; y como se ha sospechado de vos injustamente, sois acreedor á una
indemnizacion. Tomad esta bolsa en la que hay doscientas pistolas , y perdo
nadme.
—Que yo os perdone, monseñor! dijo Bonacieux vacilando sobre si. tomaría
ó no la bolsa , recelando sin duda que este pretendido regalo no fuese una
chanza : vos erais muy libre de hacerme prender , lo sois tambien de hacerm«
LOS TRES MOSQUETEROS. 129
dar tormento y aun de mandarme ahorcar ; vos sois dueño absoluto y yo no
habria podido replicar una sola palabra. Que os perdone , monseñor ! vamos,
vamos, no pensemos mas en ello !
— Ah! mi querido señor Bonacieux! vos añadis á vuestra honradez la gene
rosidad, ya lo veo, y os doy mil gracias. Así pues tomad la bolsa y confio que
no marchareis del todo descontento.
—Al contrario, marcharé orgulloso de haber hablado con vos , monseñor.
—Adios pues, ó mas bien hasta la vista , porque confío que nos volveremos
á ver.
—Tantas veces como quiera vuestra Eminencia , estoy enteramente á las
órdenes de Vuestra Eminencia.
—Pues será muy á menudo , perded cuidado , porque me gusta en estremo
hablar con vos.
—Oh monseñor !
—A la vista, señor Bonacieux, á la vista.
Y el cardenal le hizo una seña con la mano , á la cual contestó Bonacieux
inclinándose hasta el suelo ; en seguida se retiró de espaldas, y cuando estuvo
en la antesala el cardenal oyó que gritaba entusiasmado: viva monseñor! viva
Su Eminencia ! viva el gran cardenal !
Este escuchó con la sonrisa en los labios aquella ardiente prueba de los sen
timientos entusiastas del buen Bonacieux y cuando sus gritos se perdieron en
la distancia:
—Bien ! dijo , he aquí un hombre que se hará matar por mí.
Púsose despues á examinar con la mayor atencion el plano de la Rochela,
(¡ue como hemos dicho estaba estendido sobre su bufete, trazando con un lápiz
la línea por donde debia pasar el famoso dique que diez y ocho meses despues
cerraba el puerto de la ciudad sitiada.
Cuando estaba mas profundamente sumergido en sus meditaciones estraté
gicas, abrióse la puerta y entró Rochefort.
—Y bien ? dijo vivamente el cardenal levantándose con una prontitud que
probaba el grado de importancia que daba á la comision que habia confiado al
conde.
—Y bien? repuso este: Efectivamente una jóven de 26 á 28 años, y un jóven
de 35 á ¿0 han estado hospedados el uno cuatro dias y el otro cinco en las
casas indicadas por Vuestra Eminencia, pero la jóven partió anoche y el jóven
esta mañana.
—Ellos eran ! esclamó el cardenal , mirando el reloj ; ahora , continuó , ya
será tarde para correr tras ellos : la duquesa. está ya en Tours , y el duque en
Bolonia. En Londres es donde debemos irles á la zaga.
—Cuales son ahora las órdenes de Vuestra Eminencia?
—No se os escape ni una palabra de lo que ha pasado ; que la reina quede
en entera seguridad , que ignore que nosotros sabemos su secreto ; que crea
n
130 LOS TRES MOSQUETEROS.
que nos ocupamos de descubrir una conspiracion cualquiera. Enviadme á
Seguier el guarda-sellos.
—Y del hombre ese qué ha hecho Vuestra Eminencia ?
—Que hombre ? dijo el cardenal.
—Ese tal Bonacieux.
—He sacado de él todo el partido mas brillante : le he convertido en espia
de su mujer.
El conde de Rochefort se inclinó como hombre que reconocia la superioridad
de ingenio de su señor, y se retiró.
Habiendo quedado solo el cardenal, sentóse de nuevo, escribió una carta que
selló con su sello particular , y tocó la campanilla. Por cuarta vez apareció el
oficial.
—Enviadme á Vitray y decidle de paso que se prepare para un viaje.
Al cabo de un momento el hombre por quien habia mandado estaba ya en
su presencia con botas y espuelas.
—Vitray , dijo, vais á partir á toda prisa para Londres: no os detendreis ni
un momento en el camino; entregareis esta carta á Milady. Aqui teneis un vale
de doscientas pistolas, pasad á veros con mi tesorero y os las entregará; otras
tantas os aguardan si os hallais de vuelta dentro de seis dias, y habeis desem
peñado bien vuestra comision.
El mensajero se inclinó sin hablar palabra, tomó la carta y el vale, y partió.
La carta decia asi :
«Milady
«Asistid al primer baile en que se encontrará el duqne de Buckingam, vereis
relucir en su perpunte doce herretes de diamantes; acercaos á él y cortadle dos.
«Cuando los herretes estén en vuestro poder , avisádmelo incontinentí.
LOS TRES MOSQUETEROS. 131

CAPÍTULOÜXV.

Gente de toga y gente de espada.

El dia siguiente á estos sucesos , no habiendo vuelto á parecer Athos , fué


avisado de su desaparicion el señor de Treville por d'Artagnan y por Porthos.
En cuanto á Aramis, habia pedido licencia para cinco dias, y se hallaba en
Ruan, segun decian, por asuntos de familia.
El señor de Treville era el padre de sus soldados. El mas bisoño y oscuro
de ellos, desde que vestía el uniforme podia contar con su apoyo y proteccion
como si fuera su propio hermano.
Pasó pues inmediatamente á verse con el teniente criminal. Se mandó com
parecer al comandante de la guardia de la Croix-Rouge, y los procedimientos
sucesivos manifestaron que Athos estaba provisionalmente arrestado en el
Fuerte del Obispo. •
Se le habia hecho pasar por todas las pruebas que hemos visto en Bonacieux.
Ya hemos asistido á la escena del careo entre los dos presos. Athos que hasta
entonces no habia confesado nada por temor de que d'Artagnan molestado á su
vez no tuviese el tiempo que necesitaba para sus fines , declaró desde aquel
instante que se llamaba Athos y no d'Artagnan.
—Añadió que no conocia á los consortes Bonacieux y que jamás habia ha
blado ni con él ni con ella; que á las diez de la noche habia ido á visitar al se
ñor d'Artagnan su amigo , y que hasta aquella hora habia estado en casa del
. señor de Treville con quien habia comido ; añadió que veinte testigos podian
adverar el aserto, y citó á muc'aos caballeros de distincion, entre ellos al señor
duque de la Tremouille.
132 LOS TRES MOSQUETEROS.
El segundo comisario se quedó tan aturdido como el primero con la sencilla
y enérgica declaracion de aquel mosquetero, de quien hubiera querido tomar
el desquite que tanto gusta á la gente de toga sobre la gente de espada ; pero
los nombres del sefior de Treville y del señor duque de la Tremouille le im
pusieron un poco.
Athos fué tambien enviado al cardenal , pero desgraciadamente se hallaba
este á aquellas horas en el Louvre con el rey.
Este era precisamente el momento en que el señor de Treville, habiendo
pasado á casa del teniente criminal y del gobernador del Fuerte del Obispo sin
haber podido ver á Athos, se encaminaba al palacio de S. M.
Como capitan de los mosqueteros podia el señor de Treville entrar á todas
horas en el Louvre.
Ya sabemos cuales eran las prevenciones del rey contra la reina, prevencio
nes habilmente fomentadas por el cardenal, quien en materia de intrigas des
confiaba mas de las mujeres que delos hombres. Una de las causas principales
de estas prevenciones era la amistad que Ana de Austria profesaba a la señora
de Chevreuse. Mas cuidado le daban estas dos mujeres que las guerras de Es
paña, las disensiones con Inglaterra y los apuros del tesoro. A su modo de ver
y segun su conviccion, la señora de Chevreuse no solo servia á la reina en sus
intrigas politicas, sino tambien en sus intrigas amorosas, y eso era lo que mas
disgustaba al cardenal.
A las primeras palabras de este relativas á que la señora de Chevreuse des
terrada en Tours donde se creia que continuaba , habia vuelto á Paris , y en
cinco dias de permanencia en la capital habia sabido sustraerse á las pesquisas
de la policia , encendióse la cólera del rey. Caprichoso é infiel este monarca,
queria le llamasen Luis el Justo y Luis el Casto. Dificilmente podrá la poste
ridad comprender ese carácter, que la historia solo esplica por los hechos y no
por razones lógicas.
Pero cuando añadió el cardenal que no solamente la señora de Chevreuse
habia vuelto á Paris, sino que á mas la reina habia vuelto á ponerse de acuerdo
con ella por medio de una de aquellas correspondencias misteriosas que en
aquella época se llamaba una cabala; cuando le enteró de que él mismo iba á
desenredar aquella oscura intriga; cuando en el momento de sorprender infra-
ganti y con todas las pruebas al emisario de la reina junto con la desterrada,
un mosquetero se habia atrevido á interrumpir violentamente el curso de la
justicia cayendo espada en mano sobre los honrados curiales encargados de
examinar con imparcialidad todo el asunto para someterlo á los ojos del rey,
Luis XIII no pudo ya contenerse mas ; dió un paso hacia el cuarto de la reina
con aquella pálida y muda indignacion que cuando llegaba á estallar, conducia
á este principe hasta la mas fria crueldad.
NOTA. Esta obra ha sido íraducida por D. F. L. M. hasta la pág. 1 14 , y de esta en adelante,
seguirá bajo la direcclon de otro íraductor.
LOS TRES MOSQUETEROS. 133
Y sin embargo en medio de todo eso el cardenat no habia aun proferido una
sola palabra con respecto al duque de Buckingam.
Entonces fué cuando se presentó el señor de Treville con afabilidad, cortesia
é irreprensible continente.
Sabedor de lo que acababa de pasar por la presencia del cardenal y por la
alteracion del semblan/e del rey , sintióse el señor de Treville fuerte como
Sanson delante los filisteos.
Luis XLU tenia ya la mano en el boton de la puerta , cuando se detuvo al
ruido que hizo al entrar el señor de Treville.
—Llegais á muy buena ocasion, dijo el rey, que cuando sus pasiones habian
llegado hasta cierto punto , no sabia disimular : me acaban de contar lindas
cosas de vuestros mosqueteros.
—Y yo, dijo friamente el señor de Treville, tengo tambien lindas cosas que
decir á Vuestra Magestad sobre vuestra gente de toga.
— Que es eso ? dijo el rey con altivez.
—Tengo el honor de participar á Vuestra Magestad , continuó Treville con
el mismo tono, que una turba de procuradores , comisarios y dependientes de
policia, gente muy apreciable , pero muy encarnizada , segun se echa de ver,
contra los uniformes, se ha permitido arrestar en una casa, conducir pública
mente por la calle y encerrar en el Fuerte del Obispo, y todo eso en virtud de
una órden que no me han querido dejar ver, á uno de mis mosqueteros, ó mas
bien dicho, de vuestros mosqueteros, señor, sugeto de conducta irreprensible,
de reputacion casi ilustre , á quien Vuestra Magestad conoce favorablemente,
cual es et señor Athos.
—Athos? dijo maquinalmente el rey; si, en efecto, me acuerdo de ese nom
bre.
— Recuérdelo V. M., dijo el señor de Treville; el señor Athos es aquel mos
quetero que en el mathadado duelo de que teneis noticia, tuvo la desgracia de
herir de gravedad al señor Cahusac.—A propósito, monseñor, continuó Treville
dirigiéndose al cardenal , el señor de Cahusac se halla ya enteramente resta
blecido : lo sabiais ?
—Gracias, dijo el cardenal mordiéndose los labios de cólera.
—El señor Athos , continuó Treville, habia ido pues á volver la visita á un
amigo suyo , ausente á la sazon , 4 un jóven bearnés , cadete de guardias de
S. M. en la compañia del señor Des-Essarts; pero apenas acababa de instalarse
en casa de su amigo y de ponerse á leer un libro mientras le aguardaba,
cuando una nube de alguaciles y soldados sitió la casa y forzó muchas puertas.
El cardenal hizo una seña al rey , como diciéndole : «era para el asunto de
que os estaba hablando no hace mucho.»
—Ya estamos enterados de todo eso, replicó el rey, pues todo eso se ha eje
cutado en nuestro servicio.
—Entonces, dijo Treville, será tambien en servicio de Vuestra Magestad la
134 LOS TRES MOSQUETEROS.
prision de un mosquetero mio inocente , que se le haya colocado entre dos
guardias como un mathechor , paseando por medio de un insolente populacho
á un valiente que diez veces ha derramado su sangre por V. M. y está pronto
á volver á derramarla hasta la última gota.
—Bah ! dijo el rey desconcertado , es eso todo lo que ha habido ?
—El señor de Treville, repuso el cardenal con la mayor flema, no dice que
ese mosquetero inocente, ese soldado valiente, una hora antes habia acometido
espada en mano á cuatro comisarios instructores , delegados por mi á fin de
instruir un asunto de la mas alta importancia. ,
—Desafio á Vuestra Eminencia á que lo probeis, esclamó el señor de Tre
ville con su franqueza de gascon y su rudeza de militar : una hora antes el
señor Athos que, lo confiaré á V. M., es un caballero de la mas alta clase, me
hacia el honor despues de haber comido conmigo , de estar conversando en el
salon de mi palacio con el señor duque de Tremouille y el señor conde de
Chalaus, que tambien se encontraban alli.
El rey miró al cardenal.
—Un proceso verbal da fe de todo, dijo el cardenal contestando en alta voz
á ia pregunta muda de S. M. y las personas maltratadas han redactado el si
guiente que tengo el honor de presentar á Vuestra Magestad.
—Y un proceso verbal de gente de toga vale acaso , respondió con altivez
Treville , lo que la palabra de honor de un hombre de espada ?
—Vamos , vamos , callaos , Treville , dijo el rey.
—Si Su Eminencia tiene alguna sospecha contra alguno de mis mosquete
ros, dijo Treville , la justicia del señor cardenal es bien conocida para que yo
mismo no pida la formacion de causa.
—En la casa donde se han practicado estas diligencias judiciales habita se
gun creo un bearnés amigo del mosquetero , continuó el cardenal.
—Vuestra Eminencia entenderá hablar sin duda del señor d'Artagnan.
—Entiendo hablar de un jóven á quien vos protejeis , señor de Treville.
. —Si, Eminentisimo Señor, de ese mismo.
—Y no sospechais si ese jóven ha podido dar malos consejos. . .
—A quien? al señor Athos? A un hombre que tiene el doble de su edad? no
monseñor. Y por otra parte el señor d'Artagnan pasó la velada en mi casa.
—Entonces, dijo el cardenal, todo el mundo pasó la velada en vuestra casa.
—Duda Vuestra Eminencia de mi palabra? dijo el señor de Treville encen
dido en cólera.
—No, Dios me libre ! repuso el cardenal; pero desearia saber á qué hora se
hallaba en vuestra casa.
—En cuanto á eso puedo decirselo á punto fijo á Vuestra Eminencia ; por
que cuando acababa de entrar observé que señalaba las nueve y media el reloj
de mi casa , sin embargo de que á mi me parecia que habia de ser algo mas
tarde.
LOS TRES MOSQUETEROS. 135
—Y á que hora se fué ?
—A las diez y media , una hora cabal despues del suceso.
—Pero en fin , repuso el cardenal que no sospechaba en lo mas mínimo de
la veracidad de Treville y que conocía que la victoria se le escapaba de las
manos , pero en fin , el señor Athos fué preso en esta casa de la calle de Fos-
soyeurs.
—Está acaso prohibido á un amigo visitar á otro ? á un mosquetero de mi
compañía fraternizar con un guardia del señor Des-Essarts ?
—Sí cuando es sospechosa la casa en que está domiciliado ese segundo amigo.
—Y efectivamente es sospechosa la tal casa, Treville, dijo el rey; vos acaso
lo ignorabais.
—En efecto, señor, lo ignoraba ; en todo caso podrá ser sospechosa la casa
tanto como se quiera; pero niego que lo sea la habitacion del señor d'Artagnan;
porque puedo afirmaros, señor, si he de dar crédito á lo que este dice, que no
existe un servidor mas adicto á V. M., ni un admirador mas profundo del se
ñor cardenal.
—Y no es este dArtagnan el que hirió á Jussac en el desgraciado encuentro
cerca del convento de las Cármenes Descalzas ? preguntó el rey mirando al
cardenal , cuyo rostro se encendió de despecho.
—Y el dia siguiente á Bernajoux. Sí, señor , el mismo , V. M. tiene buena
memoria.
—Vamos , que resolvemos ? dijo el rey.
—Eso toca á V. M. mas que á mí , dijo el cardenal.
—Yo afirmaría la culpabilidad.
—Yo la niego, dijo Treville. Pero V. M. tiene sus jueces, y estos decidirán.
—Bien dicho, dijo el rey, remitamos la causa á los jueces: á ellos toca juz
gar y ellos juzgarán.
—Es sin embargo muy triste que en los tiempos azarosos que vamos atra
vesando, la vida mas pura , la virtud mas acrisolada no eximan á un hombre
de la infamia y de la persecucion : tiempo llegará en que descontentas las tro
pas de verse siempre el blanco de las pesquisas de la policía, darán muestras
de su resentimiento.
La espresion era imprudente, pero Treville la habia soltado con conocimiento
de causa: deseaba Una esplosion, porque la mina dá fuego, y el fuego alumbra.
—Asuntos de policía ! esclamó el rey recogiendo las palabras del señor de
Treville; asuntos de policía ! y qué entendeis vos de eso caballero? cuidaos de
vuestros mosqueteros y no me rompais la cabeza. A vos os parece que si por
desgracia se arresta á un mosquetero ya corre peligro la Francia. Y cuánto
ruido por un mosquetero ! si me da la gana , haré arrestar diez , ciento, todos
ellos... Y á ver quien se atreve á decir esta boca es mia.
—Desde el instante mismo en que han tenido la desgracia de ser sospecho
sos á V. M. todos los mosqueteros son culpables. Por lo tanto , señor , pronto
136 LO» TRES MOSQUETEROS.
estoy á devolveros mi espada, porque conozco que habiendo empezado el señor
cardenal por acusar á mis soldados , acabará por acusarme á mi tambien , y
asi valdrá mas que desde ahora me constituya preso junto con el señor Athos
que lo está ya, y con el señor d'Artagnan á quien van á prender sin duda.
—No acabarás nunca , cabeza gascona ? dijo el rey.
—Señor, respondió Treville sin deprimir en lo mas minimo su voz, mandad
que se me devuelva mi mosquetero.
—Se le juzgará, dijo el cardenal.
—Bien ! tanto mejor ! en este caso yo pediré al rey la gracia de ser su de
fensor.
El rey temió una esplosion.
—Si Su Eminencia , dijo , no tuviese motivos personales...
El cardenal entendió á donde iba á parar el rey y creyó prudente prevenirle.
—Perdonad , dijo , mas desde el momento en que V. M. vé en mi un juez
prevenido, ya me retiro.
—Veamos , dijo el rey, me jurais por la memoria de mi padre que el señor
Athos se hallaba en vuestra casa cuando la ocurrencia, y que no tomó en ella
la mayor parte ?
—Lo juro por vuestro padre y por vos mismo que sois lo que mas amo y
venero en el mundo.
—Pensad, señor, dijo el cardenal , que si soltamos al preso no podremos
descubrir la verdad.
—El señor Athos, respondió Treville, se presentará á declarar siempre que
quieran las gentes de ropon negro. No temais que deserte , señor cardenal,
podeis estar seguro , yo respondo de él.
—En efecto él no desertará , dijo el rey , se le encontrará siempre , como
dice el señor de Treville. Además , añadió bajando la voz y mirando con aire
de súplica á Su Eminencia, démosles seguridad , eso es politico.
La palabra politico de Luis XIII hizo sonreir á Richelieu.
—Mandad señor, dijo, vos teneis el derecho de conceder gracia.
—El derecho de conceder gracia solo se usa con los delincuentes, dijo Tre
ville , que siempre queria ser el último en hablar , y mi mosquetero es ino
cente. Segun eso, pues , es una gracia el que vos administreis justicia.
—Está preso en el Fuerte del Obispo ? dijo el rey.
—Si señor, é incomunicado en un calabozo como un gran criminal.
—Diablo , diablo ! murmuró el rey, ¿qué se ha de hacer ahora ?
—Firmad la órden de su libertad y todo queda concluido , repuso el carde
nal ; yo creo como V. M. que la fianza del señor de Treville es mas que sufi
ciente.
Treville se inclinó respetuosamente pero con una alegria que no dejaba de
abrigar una mezcla de temor: hubiera preferido una obstinada resistencia por
parte del cardenal, á aquella repentina condescendencia.
LOS TRES MOSQUETEROS1 131
El rey firmó la orden de libertad, y Treville se la llevó sin dilacion.
En el momento en que iba á salir, el cardenal le dirigió una amigable son
risa, y dijo al rey.
—Reina la mas perfecta armonia entre jefes y soldados de vuestros mos
queteros; eso es muy provechoso para el servicio, y les hace honor á todos.
—No tardará enjugarme alguna mala partida , decia Treville ; jamás sabe
uno como habérselas con un hombre semejante. Pero apresurémonos , porque
el rey puede mudar de parecer de un momento á otro; y al fin y al cabo no es
tan fácil volver á meter en la Bastilla ó en el Fuerte del Obispo á un hombre
que ya ha salido de allá , como guardarle cuando está preso.
El señor de Treville hizo su entrada triunfal en el Fuerte del Obispo, donde
libertó al mosquetero, á quien no habia abandonado ni un instante su pacifica
indiferencia.
Despues, tan pronto como vió á d'Artagnan:—De buena os habeis escapado
á fé mia, le dijo, ya está pagada la estocada que disteis á Jussac: falta todavia
la de Bernajoux, asi pues os conviene estar alerta.
Por lo demás , el señor de Treville tenia razon en desconfiar del cardenal y
en pensar que aun no estaba todo concluido, porque tan pronto como el capitan
de mosqueteros hubo cerrado la puerta tras si , el cardenal dijo al rey : '
—Ahora que nos hallamos solos los dos , vamos á hablar sériamente , si
gusta V. M.: el señor de Buckingam ha permanecido cinco dias en Paris , y
no ha salido .hasta esta mañana.

18
138 LOS TRES MOSQUETEROS.

CAPÍTULO XIII.

El canciller Seguier busca mas de una vez la campana para


llamar, como lo hacia en otro tiempo.

Es imposible formarse una idea de la impresion que produjeron estas últi


mas palabras en Luis XIII ; su rostro se encendió y palideció sucesivamente;
y el cardenal echó de ver desde luego que acababa de reconquistar de un solo
golpe todo el terreno que habia perdido.
—El señor de Buckingam en Paris ! esclamó , y qué viene á hacer aquí ?
—A conspirar sin duda con vuestros enemigos los hugonotes y los espa
ñoles.
—No , vive Dios , no ! á conspirar contra mi honor con la señora de Che-
vreuse, la señora de Longueville y los Condé.
—Oh señor, que idear la reina es muy prudente, y ama demasiado á V. M.
—La mujer es débil , señor cardenal , dijo el rey , y en cuanto á amarme
demasiado , yo he formado mi opinion sobre este amor.
—Yo estoy, repuso el cardenal, en que el duque de Buckingam ha venido á
Paris por un proyecto enteramente político.
—Pues yo estoy seguro que ha venido para otra cosa , señor cardenal, pero
si la reina es culpable que tiemble !
—En efecto, dijo el cardenal , por mucha repugnancia que esperimente mi
espíritu al pensar en semejante traicion , V. M. me lo recuerda : la señora de
Lannoy, á quien insiguiendo la orden de V. M. he hecho varias preguntas, me
LOS THES MOSQUETEROS. 139
ha dicho esta mañana que la noche pasada S. M. habia estado levantada hasta
muy tarde, que esta mañana habia llorado mucho, y que todo el dia lo habia
pasado escribiendo.
—Lo creo bien , dijo el rey , á él sin duda ; cardenal , necesito los papeles
de la reina.
—Pero cómo se los quitamos, señor? me parece que ni V. M. ni yo podemos
encargarnos de semejante comision. /
—Y cómo se procedió con la mariscala de Ancre? esclamó el rey en el mas
alto grado de cólera; se registraron sus anuarios, y en fin se la registró á ella
misma.
—La mariscala de Ancre, señor, no era mas que la maríscala de Ancre, una
aventurera florentina y nada mas; cuando la augusta esposa de V. M. es Ana de
Austria, reiua de Francia, es decir una de las mas altas princesas del mundo.
—Eso mismo la hace todavia mas culpable , señor duque ! cuanto mas ella
ha olvidado la mas alta posicion en que se encuentra, tanto mas ha descendido.
Hace ya mucho tiempo que estoy decidido á poner fin á todas esas intrigas de
politica y de amor. Ella conserva tambien á su lado á un tal Laporte. (
—A quien creo la clavija maestra de todo esto , dijo el cardenal,.; - ,,, / ._
—Entonces sois de mi opinion en que me engaña.
— Creo y repito á V. M. que la reina conspira contra el poder de su rey
pero nunca he dicho contra su honor.
—Yo os digo que contra ambas cosas : os digo que la reina no me ama , os
digo que ama á otro , os digo que ama á ese infame duque de Buckingam.
Porque no le habeis hecho prender mientras estaba en Paris?
—Prender al duque! Prender al primer ministro del rey Carlos L Lp>babeis
pensado bien , señor ? que escándalo no se hubiera armado ! y si entonces las
sospechas de V. M. hubiesen tenido algun fundamento, lo que continuo dudan
do, en que conflicto no os vierais metido. , ,,|
—Mas puesto que él se esponia como un vagabundo, como un landroncillo,
era preciso.... . . » ., ,„..
Luis XIII ahogó la palabra que iba á proferir , mientras que Richelieu es
tendiendo el cuello aguardaba inútilmente que saliera de los labios del rey .
—Era preciso?... ,- „,
—Nada, dijo el rey, nada. Pero durante todo el tiempo que ha permanecido
en Paris no le habreis perdido de vista?
— No seSor.
—Donde estaba alojado ? ...
—Calle de la Harpe, número 75.
—Hácia donde cae esa calle ?
—Cerca del Luxeinburgo.
—¿Y estais seguro de que la reina y él no se han visto? ., ,,. , .,
—Supongo á la reina harto fiel al cumplimiento de sus deberes, señpr,. . .
140 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Con lodo,ellos han tenido correspondencia por escrito,y estoy cierto de que
a él iban dirijidos esos escritos en que la reina se ha ocupado todo el dia! —
Señor duque, necesito esas cartas.
—Sin embargo, señor. . .
—Señor duque, las quiero á toda costa!
—Permitidme, no obstante, manifestar á Vuestra Majestad...
—Acaso vos tambien, señor cardenal, me haceis traicion oponiéndoos siem
pre de ese modo á mi voluntad. ¿Estais igualmente en connivencia con el es
pañol y el inglés, con la señora de Chevreuse y la reina?
—Señor, contestó sonriéndose el cardenal, figurábame que me hallaba á
cubierto de semejantes sospechas.
—Señor cardenal, ya lo habeis oido, quiero esas cartas.
—Solo habria un medio de conseguirlas.
—¿Cual?
—El de encargar esta comision al canciller señor Seguier. Es cosa que cor
responde esclusivamente á las atribuciones de su cargo.
—Que se le envie á buscar inmediatamente!
—Vuestras órdenes serán ejecutadas; pero...
—¿Pero qué?
—Quizá la reina se resista á obedecer.
—¿Mis órdenes?
—Si, si ignora que esas órdenes son dadas directamente por el rey.
—¡Pues bien! á fin de que no le quepa la menor duda, yo mismo iré á pre
venirla.
—Vuestra majestad no echará en olvido que he hecho todo lo posible por
evitar un rompimiento.
—Si, duque, si, ya sé que sois muy indulgente para con la reina, demasiado
tal vez, y os prevengo que mas adelante tendré que hablaros sobre ese punto.
—Cuando Vuestra Majestad guste, pero yo tendré siempre á dicha y me
envaneceré de sacrificarme por la buena armonia en que deseo ver al rey y la
reina de Francia.
—Bien, cardenal, bien, pero entre tanto envia I á buscar al canciller, yo
voy á ver á la reina.
Y Luis XIII, abriendo la puerta de comunicacion, entró en el corredor que
conducia desde su cuarto á los aposentos de Ana de Austria.
La reina se hallaba en medio de sus damas, la señora de Guitaut, la de Sa
ble, la de Montbazon, y la señora de Guemene. En uno de los ángulos estaba
doña Estefania, la camarera española que con ella habia venido de Madrid. La
señora de Guemene estaba leyendo, y todas escuchaban con atencion á la lec
tora, á escepcion de la reina, que solo habia propuesto esa lectura con el ob
jeto de poder seguir, aparentando que escuchaba, el curso de sus propios pen
samientos.
LOS TRES MOSQUETEROS. l4l
Esos pensamientos, por mas que estuvieran dorados por un postrer reflejo
de amor, no dejaban de ser por eso menos tristes. Privada Ana de Austria de
la confianza de su marido, perseguida por el odio del cardenal que no podia
perdonarla el haber rechazado un sentimiento mas tierno, teniendo siempre á
la vista el ejemplo de la reina madre, á la que ese odio atormentó durante el
resto de su vida, aunque María de Médicis, si hemos de dar crédito á las me
morias de aquel tiempo, principiase por conceder al cardenal ese sentimiento
que Ana de Austria le negó siempre, Ana de Austria, decimos, habia visto
caer en torno suyo á sus mas celosos servidores, á sus confidentes mas ínti
mos y á todas sus personas mas validas.
Como aquellos desgraciados dotados de un funesto don, causaba la desgra
cia de todo cuanto la rodeaba: su amistad era un indicio fatal que traia en
pos de sí la persecucion. La señora de Chevreuse y la señora de Vernel ha
bian sido desterradas, y Laporte no ocultaba á su ama que esperaba verse ar
restado de un momento á otro.
Sumerjida se hallaba la reina en estas profundas y melancólicas reflexiones,
cuando se abrió la puerta de la cámara y apareció el' rey. La lectora calló en
el mismo instante, las damas todas se levantaron, y el mayor silencio reinó
en toda la habitacion. El rey por su parte no dió señal alguna de cortesanía,
únicamente parándose delante de la reina:
—Señora, dijo, con voz alterada, vais á recibir la visita del señor canciller,
quien os comunicará ciertos asuntos que le he encargado.
La desventurada reina á quien continuamente se estaba amenazando con el
divorcio, el destierro y hasta con un proceso, palideció bajo el carmín mismo
que en el rostro tenia y no pudo menos de esclamar:
—¿Pero á qué es esa visita, señor? ¿Qué podrá decirme el señor canciller,
que Vuestra Majestad misma no me lo pueda decir?
El rey le volvió la espalda sin contestar una palabra, y casi al mismo tiem
po en que el capitan de guardias, el señor Guitaut, anunció la visita del can
ciller.
Cuando se presentó el canciller, habia ya salido el rey por otra puerta. •
El canciller entró medio sonriendo y medio ruborizándose, y como podría
mos encontrarle en la continuacion de esta historia, no será fuera'de propósito
que nuestros lectores entren desde ahora en relaciones con él.
Ese canciller era un hombre muy divertido. Roches le Male, canónigo de la
iglesia de Nuestra Señora, que habia sido en un principio lacayo del carde
nal, fué el que le propuso á Su Eminencia como hombre con el cual podia
contarse para todo. El cardenal se fió de esa palabra, y no tuvo motivos para
arrepentirse de ello.
Contábanse de él algunos lances, entre otros el siguiente:
Despues de una borrascosa juventud, resolvióse á entrar en un convento á
fin de espiar, al menos por algun tiempo, las locuras de su adolescencia.
142 LOS TRES MOSQUETEROS.
Pero al entrar en el santo lugar, no pudo el pobre penitente cerrar con tan-
ta prontitud la puerta, que no entrasen tambien con él las pasiones de que de
seaba huir. Veiase atormentado por ellas sin descanso, y el superior, á quien
habia confiado esta desgracia, queriendo preservarle de ella en cuanto estu
viese de su parte, le habia encomendado para conjurar al diablo tentador, que
acudiese en tan apurados casos á la cuerda de la campana, y que repicase sin
vergüenza. A ese toque de alarma manifestaria á los frailes que se hallaba un
hermano acometido por la tentacion, y toda la comunidad se pondria en ora
cion.
No pareció mal el consejo al futuro canciller; de suerte que conjuraba al
espiritu maligno á fuerza de oraciones rezadas por los frailes; pero el diablo
es un nene que no se deja arrojar, asi como quiera, de una plaza donde ha
puesto ya guarnicion; a medida que multiplicaban los exorcismos, multipli
caba él las tentaciones, de modo que dia y noche no cesaba el estrepitoso ta
ñer de la campana, anunciando el ardiente deseo de mortificacion que espe-
rimentaba el penitente. Los pobres frailes no tenian por iin un momento de
reposo. Durante el dia no hacian mas que subir y bajar las escaleras queda
ban á la capilla, y por la noche, además de completas y maitines, se veian
obligados á cada paso á saltar de sus camas y prosternarse de rodillas en et
suelo de sus celdas.
Ignórase si fué el diablo el que se dió por vencido ó si fueron los frailes los
que se cansaron; pero lo que si sabemos, es que al cabo de tres meses, volvió
el penitente á presentarse en el mundo con la reputacion del mas terrible en
demoniado que nunca hubiera existido.
A la salida del convento entró en la magistratura, llegó á ser presidente de
un parlamento y abrasó la causa del cardenal, cosa que suponia no poca sa
gacidad, llegó por fin á canciller, y sirvió áSu Eminencia con acendrado celo
en sus persecuciones contra la reina madre, y en su venganza contra Ana de
Austria, estimuló á los jueces en et proceso de Chalais; alentó las tentativas
del señor de Laffemas, montero mayor de Francia; y por último, revestido de
toda la confianza del cardenal, confianza que tan bien habia sabido merecer,
acababa de recibir la singular comision, para cuyo desempeño se presentaba
en et aposento de la reina.
Hallábase todavia esta de pié cuando entró el canciller; pero apenas le hubo
visto, volvió á sentarse en su sillon, haciendo señal á sus damas de que to
masen tambien asiento en sus almohadones y taburetes, y en tono del mas su
premo orgullo:
—¿Qué se os ofrece, caballero, preguntó Ana de Austria, y con qué objeto
os presentais aqui?
—Con el de hacer, en nombre del rey, y salvo el respeto que tengo el ho
nor de deber á Vuestra Majestad, una pesquisa exacta en vuestros papeles.
—¡Cómo! ¡una pesquisa en mis papeles! á mi... Pero eso es indigno.
LOS TRES MOSQUETEROS. 143
—Dignaos perdonarme, señora; pero en esta ocasion no soy mas que el ins
trumento de que el rey se sirve. ¿No acaba de salir de aquí Su Majestad, y os
ha invitado á que os preparaseis para esta visita?
—Registrad, pues, caballero; soy alguna criminal á lo que parece... Este
fanía, entregadle las llaves de mis mesas y armarios.
El canciller registró por mera fórmula los muebles, pero, bien sabia que no
era en ninguno de estos donde la reina debia tener guardada la importante
carta que habia escrito aquel dia.
Cuando el canciller hubo abierto y vuelto á cerrar por veinte veces los ca
jones, por fuerza tuvo que aventurarse, por mucho que vacilara, por fuerza
debia llegar al término de la operacion, es decir; á registrar á la reina misma
en persona. Adelantóse, pues,el canciller hacia Ana de Austria, y en tono muy
perplejo y aire muy cortado:
—Ahora, dijo, me falta hacer la pesquisa principal.
—¿Cual? preguntó la reina, que no comprendió, ó mas bien, trataba de no
comprender.
—Su Majestad sabe de cierto que habeis escrito hoy una carta, sabe tam
bien que esta carta no ha sido remitida todavía á su destino. La carta no se
halla ni en los cajones de vuestra mesa, ni tampoco en los armarios, y sin em
bargo debe estar en alguna parte.
—¿Os atreveríais á poner la mano sobre vuestra reina? dijo Ana de Aus
tria levantándose con toda su altivez, y clavando en el canciller sus ojos, que
habian tomado una espresion casi amenazadora.
—Yo soy un fiel vasallo del rey, y haré todo cuanto Su Majestad me orde
nare.
—Pues bien, es verdad, dijo Ana de Austria, y los espías del señor carde -
nal le han servido muy bien. He escrito hoy una carta que aun no ha sido en
viuda. La caria está aquí.
Y la reina llevó su hermosa mano hácia su seno.
—Entonces, dadme esa carta, señora, dijo el canciller.
—A nadie la entregaré mas que al rey, dijo Ana.
—Si el rey hubiese querido que se la entregarais, os la hubiera pedido él
mismo, señora, pero os lo repito, soy yo el encargado de reclamárosla, y si os
negais á cumplir sus órdenes...
— ¿Y qué?
—Tambien soy yo el encargado de tomárosla.
— ¡Cómo! ¿qué quereis decir?
—Que las órdenes que tengo van muy léjos, y que me hallo autorizado
para buscar esc papel sospechoso, hasta sobre la persona misma de Vuestra
Majestad.
—¡Qué horror! esclamó la reina.
—Tened pues á bien obrar de suerte que no tenga que venir á ese estremo.
-
144 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Pero esa conducta es de una infame violencia , ¿ no lo conoceis , señor
canciller ?
—El rey manda , señora , perdonadme.
—No lo sufriré , no , ¡ antes morir ! esclamó la reina , en la que rebullia la
sangre imperiosa de la española y de la austriaca.
El canciller hizo una profunda reverencia , y en seguida con la intencion
bien patente de no retroceder ni un ápice en el desempeño de la comision de
que se habia encargado, lo mismo que hubiera hecho un ayuda de cadalso en
la sala del tormento, se acercó á Ana de Austria, de cuyos ojos saltaron desde
luego lágrimas de rabia.
La reina era , segun hemos dicho , de estremada belleza , de suerte que el
encargo era ya algo mas que delicado, y el rey, á fuerza de celos contra Buc-
kingam, habia llegado al estremo de no tenerlos de nadie.
Es muy probable que el tan tentado Seguier buscó en aquel momento con
la vista la cuerda de la sabida campana , pero no hallándola , tuvo que conso
larse y al diablo con todo, dirigió la mano hácia el sitio en que la reina habia
confesado estar guardado el papel .
Ana de Austria dió un paso atrás, poniéndose tan pálida que no se hubiera
dicho sino que iba á morirse , y apoyándose con la mano izquierda , porque
estaba por caerse sobre una mesa que á sus espaldas tenia, arrancó con la de
recha un papel del seno, y le tiró al guarda sellos.
—Ahi teneis esa carta , esclamó la reina con voz entrecortada y vibrante,
tomadla , y libradme de vuestra odiosa presencia. El digno canciller, que por
su parte temblaba tambien con una emocion natia dificil de presumir, cogió la
carta, saludó profundamente, y se retiró.
Estaba cerrada apenas la puerta , cuando la reina cayó casi desfallecida en
los brazos de sus damas.
El guarda sellos fué á llevar la carta al rey, sin haber leido una palabra de
ella siquiera. Tomóla el rey con mano trémula, buscó el sobrescrito que no le
tenia , perdió el color , y abrióla con lentitud ; pero como viese á las primeras
palabras que estaba dirigida al rey de España , la leyó muy rápidamente.
Era un plan de ataque completo contra el cardenal. La reina invitaba á su
hermano y al emperador de Austria á que aparentasen ofendidos como estaban
por la politica de Richelieu , cuya mira constante fué la de humitlar á la casa
de Austria , declarar guerra á la Francia , imponiendo luego , como condicion
de la paz, la destitucion del cardenal; pero de amor, ni una patabra en toda la
carta. Gozoso el rey en estremo, informóse de si estaba el cardenal en el Lou-
vre, dijéronle que Su Eminencia esperaba en el despacho ordinario las órdenes
de Su Majestad.
El rey fué inmediatamente allá.
—Tomad, duque, le dijo; teniais razon, y era yo el que estaba equivocado,
la intriga es meramente politica , y para nada se habla de amor en esta carta
que podeis leer; en cambio, se habla mucho de vos en ella.
LOS TRES MOSQUETEROS. 14!)
Tomó el cardenal la carta y leyóla con la mayor atencion , volviéndola to
davia á leer despues segunda vez.
—Y bien! Vuestra Magestad, dijo, ya ve hasta donde llegan mis enemigos;
os amenazan con dos guerras si no me alejais de vuestro lado. En vuestro
lugar os confieso que accederia á tan poderosas instancias; yo por mi parte os
aseguro que seria para mi una verdadera felicidad el retirarme de los negocios.
—¿ Que estais diciendo ahora , duque ?
—Digo , señor , que la salud se quebranta en estas continuas luchas yesos
trabajos sempiternos : digo que probablemente no me será posible resistir las
fatigas del sitio de la Rochela , y que valdria mas que nombraseis para diri
girlo , al señor de Condé , ó al señor de Bassompierre , ó á cualquier hombre
valiente cuya profesion fuese la carrera de las armas , y no á mi que soy de
iglesia, y se me está distrayendo siempre de mi vocacion, haciéndome aplicar
á cosas para las cuales no tengo disposicion ninguna. Asi tendriais , señor,
mayor tranquilidad en el interior , y sin duda seriais mas respetado en e] es-
trangero.
—Señor duque , dijo el rey , entiendo , perded cuidado ; cuantas personas
están nombradas en esta carta serán castigadas como merecen, y hasta la reina
misma. . * .
— ¡ Que decis ; señor ! no quiera Dios que la reina sufra por causa mia el
menor disgusto: á pesar de que me cree enemigo suyo , Vuestra Magestad es
buen testigo de si he tomado siempre fervorosamente su defensa, aun en con*
tra de vos mismo muchas veces. ¡ Oh ! si hiciera traicion á Vuestra Magestad
en punto á su honra particular , entonces seria otra cosa , y yo el primero os
aconsejaria que no tuvieseis conmiseracion alguna para con la culpable ; pero
afortunadamente nada de esto existe y Su Magestad acaba de adquirir de ello
una nueva prueba.
—Asi es, señor cardenal, dijo el rey; y veo que teniais razon como siempre,
pero no por eso la reina se ha hecho menos acreedora á todo mi enojo.
—Vos sois , señor , el que habeis escitado el suyo , y en verdad , que aun
cuando se mostrase enfadada de veras con Vuestra Magestad nada tendría de
estraño : la habeis tratado con una severidad...
—Asi es como trataré siempre á mis enemigos y á los vuestros, duque, yeso
por muy encumbrados que se hallen , y por grande que sea el peligro que yo
corra en obrar severamente contra ellos.
—La reina es enemiga mia , pero no vuestra , señor : léjos de esto es una
esposa leal, sumisa, irreprensible, permitidme por tanto que interceda por ella
á Vuestra Magestad.
—Pues que se humille entonces , y venga á mi la primera.
—Antes bien , señor , vos debeis dar el ejemplo : vos habeis faltado el pri
mero, puesto que habeis tenido sospechas de la reina.
—Que yo me adelante el primero á la reconciliacion , dijo el rey; ¡ jamás !
19
146 LOS TRES MOSQUETEROS.
— ¡ Señor os lo suplico !
—A mas de que , ¿ como me gobernaria para ser yo el primero ?
—Haciendo una cosa , que supieseis le fuera agradable.
—¿ Y cual podria ser esta cosa agradable ?
—Un baile por ejemplo , ya sabeis lo mucho que á la reina gusta el baile,
estoy casi seguro de que su rencor no sabrá resistir á tan fina atencion.
—Ya sabeis , señor cardenal , que no son de mi gusto todos los placeres
mundanos.
—Por eso mismo os estará la reina mucho mas agradecida, pues no ignora
la antipatia que teneis por esa diversion. Además que podrá tener en ello oca
sion de lucir aquellas hermosas agujetas con los herretes de diamantes que
le regalasteis el dia de su santo , con los cuales no se ha presentado todavia
engalanada.
—Veremos, señor cardenal, veremos ; dijo el rey, que en su alegria de ha
ber hallado á la reina culpable de un crimen que le importaba muy poco , é
inocente de una falta que temia en gran manera, poco incómodo se le hacia el
reconciliarse con ella: veremos; pero por mi honor que sois demasiado indul
gente.
—Dejad , señor , la severidad á los ministros : la indulgencia es virtud de
monarcas; haced huso de ellas y vereis como os probará bien.
En eso el cardenal , oyendo dar las once , se inclinó profundamente , y pi
diendo al rey su permiso , retiróse suplicándole que procu rase tambien recon
ciliarse con la reina.
Ana de Austria que, á consecuencia de la sorpresa de la carta, se esperaba
alguna reconvencion, se quedó en estremo admirada de ver que el rey hiciese
al dia siguiente tentativas de reconciliacion. Su primer movim iento fué de re
chazar toda oferta; su orgullo de mujer y de dignidad de reina habian sido
ofendidos tan cruelmente , que no podia olvidarlo de un solo golpe ; pero ven
cida al fin por los consejos de sus damas, hizo como que ponia mejor cara. El
rey aprovechó los primeros momentos favorables para anunciarle que muy
pronto pensaba dar un baile.
Tan raro acontecimiento era una fiesta para la pobre Ana de Austria , que á
su solo anuncio, como lo habia previsto el cardenal, desaparecieron, sino de su
corazon, al menos de su rostro, los últimos vestigios de resentimiento.
La reina preguntó que dia debia verificarse aquella fiesta , mas el rey con
testó que tenia que arreglarlo antes con el cardenal.
En efecto, todos tos dias preguntaba el rey al cardenal cuando tendria lugar
el baile , y cada dia el cardenal bajo cualquier pretesto procuraba siempre
diferirla, señalar época fija. Diez dias se pasaron de este modo.
Ocho dias despues de la escena que acabamos de referir, recibió el cardenal
una carta con sello de Londres , ta cual no conte nia mas que las siguientes
lineas:
LOS TRES MOSQUETEROS. 147
«Ya las tengo, pero no puedo salir de Londres por falta de dinero; enviadme
quinientos doblones , y á los cuatro ó cinco dias de haberlos recibido , estaré
en Paris.»
El dia en que el cardenal recibió esta carta , le dirigió el rey su pregunta
acostubrada.
Richelieu , contando con los dedos , se dijo á si mismo.
Dice que llegará cuatro ó cinco dias después de recibido el dinero, se nece
sitan otros cuatro ó cinco para que venga ella, pongamos diez dias; á una suma
diez dias , ahora añadimos dos mas por eventualidades , vientos contrarios,
debilidades de mujer, etc., y contemos en todo unos doce dias.
—Y bien señor duque , dijo el rey , ¿ habeis calculado ya?
—Si , señor : estamos hoy á 20 de setiembre ; el ayuntamiento de Paris da
una fiesta el 3 de octubre , este dia no puede venirnos mejor , porque asi no
tendrá que sufrir en lo mas minimo vuestro amor propio buscando el primero
la reconciliacion con la reina.
Enseguida añadió el cardenal :
— A propósito , señor , no olvideis decir á Su Magestad en la vispera del
baile, que deseais ver como le sientan sus agujetas con diamantes.
118 LOS TRES MOSQUETEROS.

GAPÍTULO XVII.

Los consortes Bonacieui.

Era ya la segunda vez que el cardenal hablaba al rey de los herretes de dia
mantes . Chocóle á Luis XIII esa insistencia , y ocurrióle que el encargárselo
podia encerrar algun misterio.
No pocas veces el rey se habia sentido humillado de que el cardenal , cuya
policia era escelente, á pesar de no haber alcanzado á la perfeccion de la poli
cia moderna , estuviese mejor enterado que él propio de lo que pasaba en lo
interior de su casa. Figuróse pues que sacaria alguna luz entablando una con
versacion con Ana de Austria , para volver en seguida cerca de Su Eminencia
con algun secreto que el cardenal supiese ó no , porque en uno ú otro caso le
realzaba infinitamente á los ojos de su ministro.
Dirigióse pues al aposento de la reina , y segun su costumbre , principió
amenazando á las personas que la rodeaban. Ana de Austria bajó la cabeza y
dejó pasar el torrente sin contestar una palabra, esperando que al fin acabaria
por detenerse; pero no era esto lo que queria Luis XIII: Luis XIII queria enta
blar una discusion que arrojára una luz cualquiera , convencido como estaba
de que el cardenal abrigaba alguna segunda intencion; maquinando quizá una
de aquellas terribles sorpresas que solo Su Eminencia sabia manejarle. Consi
guió por fin el objeto que se proponia á fuerza de su tenacidad en acusar.
—Pero , señor , esclamó Ana de Austria cansada de tan vagos ataques , vos
no me decis todo lo que teneis en el corazon. ¿ Que es lo que he hecho ? ¿ vea
LOS TRES MOSQUETEROS. 149
mos, qué crimen he cometido? porque es imposible que vuestra majestad meta
tanto ruido por una carta escrita á mi hermano.
Atacado el rey á su vez de una manera tan directa , no supo que contestar,
y pensó que era este el momento mas oportuno para aventurar el encargo que
no debia hacer sino en la vispera del baile.
—SeOora, dijo enfáticamente, muy pronto debe darse un baile en la casa del
ayuntamiento , quiero que para honrar á nuestros dignos rejidores asistais á
él vestida en traje de ceremonia, y que lleveis sobre todo, las agujetas de dia
mantes que os regalé el dia de vuestro santo. He aqui mi respuesta.
La respuesta era terrible en efecto. Ana de Austria creyó que Luis XIII se
hallaba al corriente de todo , y que el cardenal habia obtenido de él ese pro
fundo disimulo de siete ú ocho dias , disimulo que era además muy propio de
su carácter. Asi es, que poniéndose en estremo pálida, apoyó sobre una repisa
su hermosisima mano ; en aquel momento parecia una mano de cera , y mi
rando al rey con ojos espantados, se quedó sin poder articular palabra.
— ¿ Lo ois señora ? dijo el rey , que gozaba grandemente de aquella confu
sion , sin embargo de que no adivinaba la causa , ¿lo ois ?
—Si , señor ; ya lo he oido , balbuceó la reina.
—¿Ireis al baile?
—Si.
—¿Con las agujetas ?
—Si.
La palidez de la reina por intensa que ya fuese , fué todavia en aumento:
notólo el rey , y se complació en ello con aquella satisfaccion cruel , que era
otra de las malas cualidades de su carácter.
— Quedamos , pues , en eso, dijo el rey, y nada mas tenia que advertiros.
—¿Pero que dia debe darse ese baile? preguntó Ana de Austria.
Por instinto conoció Luis XIII que no debia responder á esta pregunta hecha
por la reina con voz tan adolorida.
—Muy pronto, señora, dijo, pero no recuerdo á punto fijo cual es el dia se
ñalado; ya se lo preguntaré al cardenal,
— ¿ Con que es el cardenal quien os ha anunciado esa fiesta ? esclamó la
reina.
— Si , señora , respondió el rey admirado : pero ¿ á qué viene la pregunta?
—¿Y es él quien os ha dicho que me invitaseis á presentarme con las agu
jetas?
—Yo os diré , señora. . . .
—¡El es, señor, él es!
— ¡ Y vamos ! que importa que sea él ó yo, ¿es acaso algun crimen el con
vidaros asi ?
—No, señor.
—¿Con qué es decir que asistireis ?
150 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Si, señor.
—Está bien, dijo el rey retirándose, cuento con ello.
Y la reina hizo una reverencia menos por etiqueta que porque sus rodillas
no podian sostenerla: el rey se marchó en estremo satisfecho.
—Soy perdida, murmuró la reina, perdida enteramente, porque el cardenal
lo sabe todo, y es él quien escita al rey que nada sabe todavia, pero que muy
pronto lo sabrá todo. Soy perdida. ¡ Dios mio ! ¡ Dios mio !
Arrodillóse sobre un almohadon , y se puso á orar con la cabeza sostenida
en sus trémulos brazos.
La posicion no podia ser efectivamente mas terrible , Buckingam se habia
vuelto á Londres, y la seflora de Chevreuse se hallaba en Turs desterrada. La
reina , mas vigilada que nunca , conocia á no dudarlo que alguna de sus ca
mareras la estaba vendiendo, mas, no podia decir cual fuese. Laporte no podia
dejar el Louvre. No tenia por tanto á nadie de quien poderse fiar; de suerte que
en presencia de la desgracia que la estaba amenazando y del abandono en que
se veia , púsose á llorar amargamente.
—¿Y no puedo servir para nada á Vuestra Magestad ? dijo una persona con
voz llena de dulzura y de enternecimiento.
La reina se volvió precipitadamente , porque no podia haber equivocacion
sobre la ingenuidad de una tan tierna voz ; la que asi se espresaba era una
amiga leal.
En efecto , por una de las puertas de la habitacion de la reina apareció la
linda señora Bonacieux, que, cuando entró el rey, estaba ocupada en arreglar
vestidos y ropa blanca en un gabinete contiguo desde el cual , como no habia
podido salir , lo habia oido todo.
Dió la reina un grito penetrante al verse asi sorprendida, pues en su turba
cion no conoció al pronto á la jóven que Laporte habia puesto á su servicio.
— ¡ Oh ! nada temais , señora, dijo la jóven juntando sus manos y llorando
ella tambien por el llorar de la reina; yo estoy consagrada á Vuestra Magestad
en cuerpo y alma, y por muy léjos que esté de ella, por muy inferior que sea
mi posicion , creo que he hallado un medio de sacar á Vuestra Magestad del
conflicto en que se halla.
— ¡Vos ! ¡ santo cielo ! ¡ vos ! esclamó la reina; mas veamos, miradme bien.
Soy vendida por todos lados , ¿ ya podré fiarme de vos ?
— ¡ Oh señora ! esclamó la jóven cayendo de rodillas , por mi alma os juro
que por Vuestra Magestad estoy dispuesta á morir !
Esta esclamacion habia salido, como la primera, de lo mas intimo del corazon,
y no dejaba lugar lo mismo que la primera , á la menor sospecha de engaño.
—Si , continuó la señora Bonacieux , si que hay traidores á vuestro lado;
pero por el sagrado nombre de la Virgen , os juro que nadie me aventaja en
apego á la persona y afectos de Vuestra Magestad. Estas agujetas de que habla
el rey, las disteis al duque de Buckingam, ¿no es verdad? estarian guardadas
LOS TRES MOSQUETEROS. 151
en un cofrecito de palo de rosa , que llevaba bajo el brazo , ¿ no es asi ? me
equivocaria !
— ¡ Oh I ¡ Dios mio ! ¡ Dios mio ! murmuró la reina temblando de honor.
— ¡ Pues bien ! esas agujetas, continuó la señora Bonocieux, es preciso re
cuperarlas.
—Si por cierto que es preciso , ¿ pero como hacerlo ?
—Es necesario despachar algun propio al duque.
— ¿ Pero quien ?.. . quien ?. . . de quien podré fiarme ?
—Tened confianza en mi , señora: hacedme este honor , buena reina , ya
encontraré yo un mensagero.
— ¡ Pero será preciso escribir !
—Eso si , es indispensable. Pero nada mas que dos palabras de mano de
Vuestra Magestad , y vuestro sello particular.
— Pero esas dos palabras serán mi sentencia: el divorcio , el destierro !
—Si cayeran en poder de manos infames , no hay duda , pero yo respondo
de que esas dos palabras lleguen á su destino.
— ¡ Oh Dios mio ! ¡no tengo, pues, mas remedio que el de poner mi honor,
mi vida , mi reputacion en vuestras manos !
—Fiaos de mi, señora, y yo me encargo de salvarlo todo.
—¿ Pero de qué modo ? decidmelo al menos.
—Mi marido ha sido puesto en libertad hace dos ó tres dias , y aun no he
tenido tiempo para verle. Es todo un bendito que no tiene amor ni odio á na
die; bará cuanto yo le diga : á una órden mia partirá sin saber lo que trae, y
entregará la carta de Vuestra Magestad , sin saber siquiera de quien es , á la
persona que se le indicare.
Cojió la reina las dos manos de la jóven con un arrebato apasionado, miróla
como para leer en el fondo de su corazon ; pero no viendo sino sinceridad y
franqueza en sus hermosos ojos, abrazóla tiernamente.
—Hazlo como lo dices , esclamó , y me habrás salvado la vida , me habrás
salvado la honra.
—Oh ! no exajereis , por Dios, el servicio que tengo la dicha de prestaros!
nada hay que salvar á vuestra majestad , que únicamente es victima de pérfi
das intringas.
—Es muy cierto , hija mia , dijo la reina , sobrada razon tienes.
—Dadme, pues, esa carta, señora, que el tiempo urje.
La reina se dirigió presurosa á una mesita en que habia tintero , papel y
plumas , escribió dos lineas , y cerrando la carta con su sello entrególa á la
señora Bonacieux.
—Y ahora olvidamos una cosa muy necesaria , dijo la reina.
—¿Cual?
—El dinero.
La señora Bonacieux se puso colorada.
181 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Es verdad, dijo, y no puedo menos de manifestar á Vuestra Majestad, que
mi marido....
—Que tu marido no tiene , eso querrás decir.
—Si que tiene, pero es muy avaro: este es su único defecto. Sin embargo,
no se inquiete vuestra majestad por eso ; mucho será que no encontremos un
medio...
—Es que yo tampoco tengo , dijo la reina. — Los qne leyeren las memorias
de la señora de Monteville no estrenarán esta respuesta.— Pero aguarda.
Ana de Austria fué á abrir su guarda-joyas.
—Toma , le dijo, aqui tienes una sortija de mucho valor, á lo que dicen; es
regalo de mi hermano el rey de España , y por consiguiente puedo disponer
de ella: véndela y que tu marido parta pronto.
—Dentro de una hora se habrán cumplido vuestras deseos.
—Ya ves la direccion , añadió la reina en voz tan baja que apenas podia
oirsela lo que decia: A milord duque de Buckingam, en Londres.—A él mismo
será entregada la carta.
— ¡ Generosa criatura ! , esclamó Ana de Austria.
La señora Bonacieux besó las manos de la reina , y ocultándose el papel en
el seno, desapareció con la rapidez de un ave.
Diez minutos despues se hallaba en su casa ; y segun lo habia dicho á la
reina, no habia visto á su marido desde que le habia puesto en libertad, igno
rando por consiguiente el cambio que habia sufrido en sus ideas con respecto
al cardenal , cambio ocasionado por las lisonjas y el dinero de Su Eminencia,
cambie consolidado además por dos ó tres visitas del conde de Rochefort , que
era ya el mejor amigo de Bonacieux , y á quien poco costara persuadirle de
que el rapto de su mujer no babia dimanado de ningun motivo culpable, sino
que era efecto únicamente de una precaucion politica.
La señora Bonacieux encontró á su marido solo : el pobre hombre se ocu
paba con el mayor ahinco en arreglar y poner en órden su casa , cuyos mue
bles habia encontrado poco menos que echados á perder , y los armarios casi
enteramente vacios , no siendo la justicia una de las tres cosas que el rey Sa
lomon dice no dejan vestijios de su paso. En cuanto á la criada, se habia esca
pado en el acto de prender á su amo , y de tal modo se habia apoderado de ta
pobre muchacha el terror , que salió acto continuo de Paris , sin parar hasta
Borgoña, su pais natal.
Et digno mercader, inmediatamente que hubo vuelto á su casa , habia dado
parte á su mujer de estar ya fetizmente en libertad, su mujer le habia enviado
la enhorabuena, y contestándole que el primer instante en que se lo permitiesen
sus ocupaciones, vendria volando á hacerle una visita. i
Este primer instante no habia llegado sino al cabo de cinco dias , cosa que
en otras circunstancias hubiera parecido bastante larga á maese Bonacieux;
pero la visita que habia hecho al cardenal y las visitas que le hacia Rochefort,
LOS THKS MOSQUETEROS. 158
le suministraban amplios motivos de reflexion, y ya se sabe que el reflexionar
hace pasar el tiempo que es una maravilla: esta máxima era con respecto á él
tanto mas cierta, cuanto las reflexiones de Bonacieux eran á la sazon todas de
color de rosa. Kochefort le llamaba su amigo, su querido Bonacieux, y no ce
saba de decirte que el cardenal hacia el mayor aprecio de él. De suerte que la
ünajinacion del mercader andaba ya á todo escape por el camino de la fortuna
y honores , con equipaje de oro.
Por su parte la señora Bonacieux habia tambien reflexionado, pero debemos
decir que en todo pensaba , menos en la ambicion ; á pesar suyo , sus pensa
mientos habian versado constantemente sobre aquel lindo mancebo que tanto
brio tenia y que tanto amor manifestaba. Casada á los diez y ocho años con
Bonacieux , y habiendo vivido siempre en medio de los amigos de su marido,
hombre muy poco á propósito para inspirar afectuosos sentimientos á una jóven
de alma mas etevada que su posicion; la señora Bonacieux habia permanecido
insensible á las seducciones vulgares; pero en aquella época especialmente, el
titulo de caballero tenia suma influencia sobre la gente del pueblo, y d'Artagnan
era noble, y llevaba además el uniforme de guardias, que despues del de mos
quetero, era el mas estimado de las damas. Ahora bien, considerando que era
bien parecido, joven y emprendedor, que hablaba de amor con mucha ingenui
dad y de un modo que no dejaba duda sobre el ansia de ser correspondido;
podra comprenderse si reunia mas cualidades de las necesarias para encala
brinar una cabeza de veinte y tres años , edad dichosa en que se hallaba jus
tamente la señora Bonacieux.
Los dos esposos, bien que no se habian visto hacia ya ocho dias , como du
rante la semana les habian sucedido lances bastante graves á uno y otro, es
taban, cada cual por su parte , al encontrarse , bastante preocupados. A pesar
de todo, el señor Bonacieux manifestó una alegria verdadera , y acercóse á su
esposa con los brazos abiertos.
La señora Bonacieux no hizo mas que presentarle la frente , y con bastante
seriedad.
—Hablemos un rato, le dijo.
— ¡ Como ! dijo Bonacieux admirado.
—Si , tengo que deciros una cosa de la mayor importancia.
—Pues yo tambien tengo que haceros ciertas preguntas muy serias. Vamos
á ver como me esplicais como se verificó este rapto.
—No se trata de eso por ahora, repuso la señora Bonacieux.
— ¿ Pues de que se trata , de mi prision ?
—Lo supe en et mismo dia, pero como no erais culpable de crimen alguno,
ni cómplice en ninguna intriga , ni sabiais por fin la menor cosa que pudiese
comprometer ni á vos ni á nadie , no di á ese acontecimiento mas que la im
portancia que se merecia.
—Lo teneis de buen decir, señora , repuso Bonacieux mortificado por el es -
20
154 LOS TRES MOSQUETEROS.
caso interés que le manifestaba su mujer; ¿sabeis que he estado sepultado todo
un dia y toda una noche en un horroroso calabozo de la Bastilla ?
—Un dia y una noche se pasan pronto , dejemos pues á un lado vuestro
encarcelamiento , y hablemos del objeto que me trae á vuestro lado.
— ¡ Como ! ¡ el objeto que os trae á mi lado ! Con que no es el deseo de ver
á un marido, preguntó el mercader picado hasta lo sumo.
—Si , eso primero , y luego otra cosa.
—Esplicaos.
—Una cosa del mayor interés , y de la cual depende quizá nuestra fortuna
venidera.
—Nuestra fortuna ha mudado mucho de aspecto desde que nos habiamos
visto , y no me admiraria de que dentro de algunos meses fuese la envidia de
muchas personas.
—Y principalmente si quereis seguir las instrucciones que voy á daros.
-¿A mi?
—Si á vos. Podeis hacer un acto muy bueno y muy meritorio, y en el cual
hay al mismo tiempo mucho dinero que ganar.
La señora Bonacieux sabia que hablando de dinero tocaba la cuerda de su
marido ; pero un hombre aun cuando sea un mercader , que ha hablado diez
minutos con un cardenal de Richelieu, no es ya el mismo hombre.
—¿ Mucho dinero que ganar ? dijo Bonacieux estirando los labios.
—Si , mucho.
—¿ Cuanto , sobre poco mas ó menos ?
—Mil doblones acaso.
—¿ Segun eso es cosa muy grave lo que teneis que pedirme ?
—Si.
—¿ Y que es lo que debe hacerse ?
—Partireis al momento , os daré un papel que guardareis con sigilo , y lo
entregareis en manos propias.
—¿ Y para donde tengo que partir ?
—Para Londres.
—¡Yo! ¡para Londres! vamos, veo que os estais chanceando, yo nada tmgo
que hacer en Londres.
—Pero otros necesitan que vayais.
—¿Y quien son esos otros? Tened entendido que nada quiero hacer á ciegas,
y quiero saber no solo á lo que me espongo, sino tambien por quién me espongo.
—Una persona ilustre os envia, y otra persona ilustre os espera; la recom
pensa sobrepujará á vuestros deseos: esto puedo prometéroslo.
—Mas intrigas todavia ¡ siempre intrigas ! á otros ; ya sé lo que son ahora,
y el señor cardenal me ha hecho abrir los ojos sobre este particular.
— ¡ El cardenal ! esclamó la señora Bonacieux , ¿ habeis visto al cardenal ?
—Me envió á buscar , respondió con orgullo el mercader.
LOS TRES MOSQUETEROS. 135
—¿Y habeis sido tan imprudente que accedisteis á su invitacion?
—A decir verdad , no tenia la eleccion de aceptar ó no aceptar , porque me
hallaba entre dos guardias. Tambien os diré con franqueza que como entonces
no conocia á su eminencia , si hubiera podido dispensarme de la visita lo hu
biera hecho de mil amores.
— ¿Con que os ha maltratado? ¿os ha hecho grandes amenazas?
—Me alargó la mano y me llamó su amigo ; ¡ su amigo ! ¿ lo ois , señora?
¡ soy el amigo del gran cardenal !
— ¡ Del gran cardenal !
—¿ Le queriais por ventura negar ese titulo, señora?
— Yo no quiero negarle nada ; pero lo que si os digo es que el favor de un
ministro es muy efimero , y que es preciso estar loco para consagrarse á un
ministro; hay poderes superiores al suyo, que no dependen del capricho de un
hombre ó del éxito de un acontecimiento , y á estos poderes es á los que debe
uno acercarse.
—Siento contradeciros , señora ; pero yo no conozco mas poder que el del
gran hombre á quien tengo el honor de servir.
—¿Y servis al cardenal ?
—Si señora; y servidor suyo como soy, no toleraré de ningun modo que os
mezcleis en conspiraciones contra la seguridad del estado , y que tomeis parte
en las intrigas de una mujer que no es francesa y que tiene el corazon español.
Afortunadamente está ahí el gran cardenal, su penetrante mirada vijila y des
cubre hasta lo que pasa en lo intimo del alma.
Bonacieux repetia palabra por palabra una frase que habia oido al conde
de Rochefort; pero la pobre mujer que habia contado con su marido y que con
esa confianza habia respondido de él á la reina, no se estremeció poco al con
siderar el peligro á que estuvo á punto de precipitarse, y la impotencia á que
quedaba reducida. INo obstante , como conocia la debilidad y principalmente
la avaricia de su marido , no desesperó de atraerle á sus miras.
— ¡ Ah ! ¿ con que sois cardenalista ? señor mio, esclamó; ¿ con que servis
al partido de los que maltratan á vuestra mujer é insultan á vuestra reina?
—Los intereses particulares nada son en comparacion de los intereses de
todos; yo estoy por los que salvan el estado, replicó con énfasis Bonacieux.
Esta era otra frase del conde de Rochefort, que habia retenido en la memo
ria, y que le pareció oportuna en aquella ocasion.
— ¿Y ya sabeis lo que es ese estado de que estais hablando? preguntó la
señora Bonacieux encogiéndose de hombros. Contentaos con ser un ciudadano
simplemente sin pretender echarla de politico , y arrimaos á lo que os ofre
ciere mas ventajas.
— ¡Eh! ¡eh! dijo Bonacieux dando golpes en un saquito bien repleto, que
dió un sonido argentino; ¿y qué os parece esto, señora predicadora?
—¿De dónde os viene ese dinero?
156 LOS TRES MOSQUETEROS.
—¿No lo adivinais?
—¿Del cardenal? .
—Del mismo, y de mi amigo el conde de Rochefort.
—¡Del conde de Rochefort! cabalmente ese es el que me ha robado!
— Puede ser, señora.
—¿Y recibis dinero de ese hombre?
—¿No me habeis dicho que ese rapto era únicamente cosa política?
— Sí, pero ese rapto tenia por objeto el obligarme á hacer traiciona mi se
ñora , el arrancarme por medio del tormento secretos que pudiesen compro
meter el honor y tal vez la vida de mi augusta ama.
-Señora, repuso Bonacieux, vuestra augusta ama es una pérfida españo
la, y lo que el cardenal hace, está muy bien hecho.
—Señor Bonacieux, dijo la joven, bien sabia que erais cobarde, avaro, é
imbécil; ¡pero no que fueseis infame!
—Señora, dijo Bonacieux que nunca habia visto á su mujer encolerizada, y
que retrocedia ante el enojo conyugal; señora, ¿pero, qué estais diciendo?
— Digo ¡que sois un miserable! continuó la señora Bonacieux, conociendo
que volvia á adquirir alguna influencia sobre su marido. ¡Ah! ¡os habeis me
tido en la política, y en la política del cardenal aun! ¡Hola! ¡con qué por di
nero os vendeis en cuerpo y alma al demonio!
— ¡Poco á poco al demonio, si os digo al cardenal!
—Lo mismo tiene, esclamó la jóven: quien dice Richelieu, dice Satanás.
— ¡Callaos, señora, callaos! que podrían oiros.
—Sí, teneis razon, y me daria vergüenza por vos mismo de la triste con
ducta de que os estais gloriando.
—Pero veamos pues, ¿qué quereis de mí?
—Ya os lo he dicho: que partais al momento y cumplais lealmente la co
mision que me digno confiaros: con esa condicion lo olvido todo, lo perdono y
además (en eso le alargó la mano) volveré á ser amiga vuestra.
Era Bonacieux cobarde y avariento, pero amaba á su esposa; así es que no
pudo menos de enternecerse. La ojeriza de un hombre de cincuenta años no
dura mucho delante de una mujer de veinte y tres, la señora de Bonacieux vió
que vacilaba.
—Vamos, ¿estais decidido? le dijo.
—Pero, amiga mia, reflexionad por Dios, un poco, lo que exigís de mí:
Lóndres está léjos, muy léjos de París, y acaso la comision que me encargais
no deja de tener sus peligros.
—¿Y qué importa, en evitándolos?
—Mirad, señora, no hay remedio, dijo el mercader, decididamente no pue
do aceptar esta comision: las intrigas me espantan. Yo he visto la Bastilla,
amiguita. Futro! ¡pues no es poco horrorosa la Bastilla! solo de pensar en ella
me pongo á tiritar. Pues no digo nada del tormento! ¿Sabeis lo que es el tor
LOS TRES MOSQUETEROS. 157
mento que por poco no me administran allí? Es nada menos que meterle á uno
entre las piernas bien juntas y sujetadas unas cuñas de madera, hasta desen
cajar los huesos. Nó; decididamente no voy, eso si que no. ¡Qué diantre! ¿có
mo no vais vos misma? porque á decir verdad, paréceme que hasta ahora no
os he conocido muy á fondo, estoy por creer que sois un hombre, y no poco
endiablado á fé mia.
—Y vos una mujer, una miserable mujer, estúpida y embrutecida. ¡Ah!
¡con qué teneis miedo! Pues bien, si no partís ahora mismo, os hago arrestar
de órden de la reina, y os encierran en esa Bastilla que tanto miedo os da.
Bonacieux se puso á reflexionar profundamente, pesó con madurez allá en
sus adentros las dos cóleras, la de la reina y la del cardenal, la del cardenal
pudo enormemente mas.
—Hacedme prender de órden de la reina, dijo, que yo acudiré á Su Emi
nencia.
Lo que es entonces ya conoció la señora Bonacieux que habia ido demasia
do léjos, y no dejó de tener sus temores por haberse adelantado tanto. Con
templó por un momento con espanto aquella cara estúpida, que anunciaba una
resolucion invencible como la de los tontos que tienen miedo.
— ¡Pues bien! dijo la jóven, sea como querais. Al fin y al cabo tal vez po
dais tener razon; un hombre debe entender de política mas que las mujeres, y
vos mucho mas, puesto que habeis logrado platicar con el cardenal; pero, no
deja sin embargo, añadió, de ser muy duro, el que mi marido, que es hom
bre con cuyo afecto creia poder contar, me trate de un modo tan poco atha-
güeño, y no atienda á mis deseos.
—Es que los deseos vuestros pueden llevar harto léjos, repuso Bonacieux
con aire de triunfo, y tengo mis razones para desconfiar de ellos.
—Pues bien, renunciaré á ello, dijo la jóven dando un suspiro; y no ha
blemos mas del asunto.
—Si me dijeseis, al menos, qué es lo que tengo que hacer en Lóndres, dijo
Bonacieux que se acordó algo tarde, de que Rochefort le habia encargado que
tratase de averiguar los secretos de su mujer.
—Es inútil que lo sepais, repuso la jóven, la que por una desconfianza ins
tintiva quería ahora disminuir la importancia del encargo; no se trataba mas
que de una de esas frioleras que las mujeres suelen desear, de ir á comprar
un surtido que prometía grandes ganancias.
Pero cuanto mas disimulaba la jóven, tanto mas pensó Bonacieux que era
importante el secreto que se negaba á confiarle.
Resolvió, pues, ir en aquel mismo instante á casa del señor de Rochefort y
decirle que la reina buscaba un mensajero para enviarle á Londres.
—Perdonad que os deje, querida mía, le dijo Bonacieux, pero ignorando
que vinieseis á verme, di cita á un amigo mio; al momento volveré, y si que
reis aguardaros dos minutos, inmediatamente que haya despachado á ese
158 LOS TRES MOSQUETEROS.
amigo vendré á buscaros y acompañaros á palacio, pues se va haciendo algo
tarde.
—Gracias, señor Bonacieux, repuso ella; sois poco valiente para que en un
caso pudieseis servirme de alguna utilidad, ya sabré volverme sola a palacio.
—Como gusteis, señora, replicó el ex mercader, ¿volveré á veros pronto?
—Sin duda; la semana que viene espero que mis quehaceres me lo permi
tan quizá, y aprovecharé la ocasion para venir á poner alguna orden en nues
tras cosas, que deben andar algun tanto desarregladas.
—Muy bien: os estaré esperando. ¿No me guardareis rencor?
—¡Yo! no por cierto.
—¿Pues hasta otro rato?
—Si, adios.
Besó Bonacieux la mano de su mujer, y se marchó á toda prisa.
—Vamos, se dijo la señora Bonacieux, cuando su marido hubo cerrado la
puerta de la calle y se encontró sola, no le faltaba á ese bobo sino ser carde-
nalista. Y yo que habia respondido de él á la reina, yo que habia prometido á
mi pobre ama... ¡Ay Dios mio! y ahora me tendrá por una miserable de las
que abundan en palacio, y que han puesto al lado suyo para espiarla! ¡Ah,
señor Bonacieux! nunca os he profesado mucho cariño, pero, peor es ahora,
os aborrezco, y por quien soy, queme la habeis de pagar.
Mientras acababa de decir estas palabras, un golpe que dieron en el techo, le
hizo levantar la cabeza, oyendo al mismo tiempo una voz que le decia:
—Querida señorita Bonacieux, abridme la puerta del corredor, que si lo
permitis bajaré y podremos hablar.
LOS TRES MOSQUETEROS. 159

CAPÍTULO XVIII.

El amante y el marido.

—Ah! señora! dijo d'Artagnan entrando por la puerta que le abrió la jóven,
permitidme que os lo diga: teneis un triste marido.
—Habeis acaso oido nuestra conversacion? preguntó vivamente la señora
Bonacieux mirando á d'Artagnan con inquietud.
- -Toda entera.
—¿Pero y cómo? ¡Dios mio!
—Por un procedimiento que tengo, el cual me valió oir la animada conver
sacion que tuvisteis con los esbirros del cardenal.
—¿Y qué habeis comprendido de lo que hablábamos?
— Mil cosas: en primer lugar, que vuestro marido es un bobo y un tonto,
lo que á la verdad no me pesa; ademas, que os hallabais en un compromiso;
de lo que me alegro mucho, puesto que me presta ocasion de ofreceros mis
servicios, y sabe Dios si estoy dispuesto á arrojarme en el fuego por vos, y
por último, que la reina necesita que un hombre de valor, de lealtad y de in
teligencia haga para servirla un viaje á Londres. Dos de los tres requisitos que
buscais los tengo, y aqui me teneis.
La señora Bonacieux no respondió, pero su corazon palpitaba de júbilo, y
una secreta esperanza brilló en sus ojos.
—¿Y qué garantía me dareis, le dijo, si consiento en confiaros esta mision?
—El amor que os tengo. Veamos, decid, mandad; ¿qué hay que hacer?
160 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Pero ¡Dios mio! murmuró la jóven, puedo en conciencia confiaros un se
creto semejante? ¡Sois tan jóven!
—Vamos, veo que necesitais de una persona que os responda de mi.
—Confieso que me tranquilizaria bastante.
—¿Conoceis á Athos?
—No.
—¿A. Porthos?
—Tampoco.
—¿A Aramis?
—Tampoco. ¿Quiénes son esos caballeros?
—Son mosqueteros del rey. ¿Conoceriais á su capitan el señor de Treville? •
— ¡Oh! si, éste le conozco, no personalmente, pero he oido hablar de él á la
reina varias veces, como de leal y cumplido gentithombre.
—Lo que es él no temeriais que os vendiese por servir al cardenal; ¿no es
verdad?
—¡Oh! no por cierto.
—Pues bien: reveladle ese secreto, y preguntadle, por importante, precioso
y terrible que fuere, si podeis confiármelo.
—Pero ese secreto no es cosa mia, y no puedo revelarlo de esa manera.
—Sin embargo, ibais á confiarlo al señor Bonacieux, dijo d'Artagnan algo
picado.
—Como se confia una carta al hueco de un árbol , á las alas de una paloma
ó al collar de un perro.
—Pero con todo, bien podeis conocer cuanto os amo.
—Vos lo decis:
—Soy honrado, y un honrado no miente.
—Por tal os tengo yo tambien.
—No soy cobarde.
—¡Oh ! en eso si que estoy bien segura.
—Pues entonces, haced la prueba.
La señora Bonacieux miró al jóven, detenida por la postrera sombra de du
da todavia. Pero, habia en sus ojos tal ardor, y una persuasion tan grande en
su voz, que se sintió impulsada á fiarse de él. Hallábase además en una de
aquellas circunstancias en que es preciso jugar el todo por el todo. La reina
estaba tan comprometida por una escesiva reserva, como por una estremada
confianza. Y luego, debemos decirlo, el sentimiento involuntario que esperi-
mentaba el jóven protector la decidió á hablar.
—Escuchad , le dijo , cedo á vuestras protestas y á vuestras promesas:
pero os juro ante el Dios que nos oye, que si me haceis traicion y mis ene
migos llegasen á perdonarme , me materé yo misma , y os acusaré de mi
muerte.
—Y yo os juro ante Dios, señora, dijo d'Artagnan, que si me prenden al dar
LOS TMS M0SQDETE8O4. H>i
cumplimiento á las órdenes que me diereis, moriré antes que decir ó hacer
nada que pueda comprometer á persona alguna.
Entonces la jóven le confió el terrible secreto, del que la casualidad le ha
bia revelado ya parte en el puente, delante de la Samaritana. Esta fué su mu
tua declaracion de amor.
D'Artagnan estaba radiante de amor y de alegria: el secreto de que era po
seedor, esa mujer á quien amaba, la confianza y el amor, hacian de él un
jigante.
—Parto al momento, dijo, ahora mismo.
— ¡ Cómo ahora mismo! esclamó la señora Bonacieux ; pues ¿y vuestro re
gimiento? ¿y vuestro capitan?
—Por quien soy, que me habiais hecho olvidar todo eso, querida Cons
tanza; teneis razon, necesito licencia.
—¡Otro obstáculo mas! murmuró la señora Bonacieux con muestra de pe
sar.
— ¡Oh! en cuanto á eso, esclamó d'Artagnan despues de un momento de re
flexion, pronto desaparecerá, perded cuidado.
—¿Y cómo?
—Iré a ver esta noche misma al señor de Treville, y le diré que pida por
mi ese favor á su cuñado el señor Des-Essarts.
—Ahora otra cosa.
—¿Qué? preguntó d'Artagnan viendo que la señora Bonacieux vacilaba en
continuar.
—Quiza no teneis dinero...
—El quizá está de mas, dijo d'Artagnan sonriéndose.
—Pues entonces, replicó la señora Bonacieux, abriendo un armario y sa
cando el saquito que media hora antes tan amorosamente acariciaba su mari
do, tomad este saquito.
— ¡ El del cardenal ! esclamó riéndose d'Artagnan , que como no se habrá
olvidado, merced á los ladrillos levantados, no habia perdido una palabra de
la conversacion entre el marido y la mujer.
—Del mismo, contestó la señora Bonacieux; ya veis que se presenta bajo
un aspecto regularmente respetable.
—¡Por vida mia! esclamó d'Artagnan, vaya que será asunto doblemente
divertido el salvar á la reina con el dinero de Su Eminencia.
—Sois un jóyen de todas prendas, dijo la señora Bonacieux, y estad seguro
de que Su Majestad no será desagradecida.
—¡Oh! estoy ya grandemente recompensado, esclamó d'Artagnan; os amo,
y me permitis que os lo diga: esta es mayor dicha de la que yo esperaba.
— ¡Silencio! dijo la señora Bonacieux estremeciéndose.
—¿Qué hay?
—Oigo hablar en la calle. •"
21
162 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Es la voz...
—De mi marido, sí, la he conocido.
D'Artagnan se dirijió á la puerta y echó el cerrojo.
—No. entrará hasta que yo haya salido , dijo ; despues podeis abrirle.
—El caso es que yo tambien debia haberme marchado : y estando aquí,
¿como justificar la desaparicion del dinero ?
—Teneis razon; es preciso salir.
—¿Y como ? si salimos, de seguro que nos verá.
—Pues entonces es preciso subir á mi aposento.
— ¡ Ah ! esclamó la señora Bonacieux , me decís eso de un modo que me
asusta.
La señora Bonacieux pronunció estas palabras con una lágrima en los ojos.
D'Artagnan vió esta lágrima, y confuso, enternecido, se arrojó á sus piés.
—En mi habitacion, dijo, estareis con la misma seguridad que en un templo:
os doy mi palabra de honor.
—Partamos, pues, dijo ella, fio de vos, amigo mio.
D'Artagnan descorrió con precaucion el cerrojo , y ambos , ligeros como
sombras , se deslizaron por la puerta de adentro al corredor, subieron quedilo
la escalera, y entraron en el aposento de d'Artagnan.
Para mayor seguridad , luego que estuvieron dentro d'Artagnan atrancó l;i
puerta; acercáronse en seguida los dos á la ventana, y vieron por una rendija
del póstigo al señor Bonacieux, que estaba hablando con un hombre embozado
en una capa.
Al ver al hombre de la capa, dió d'Artagnan un brinco, y sacando á medias
su espada , lanzóse hácia la puerta.
Era el hombre de Meung.
—¿Que vais á hacer ? esclamó la señora Bonacieux , ahora sí que nos per-
deis sin remedio.
— I He jurado matar á ese hombre ! dijo dArtagnan.
—Vuestra vida no os pertenece en este momento , pues que la habeis con
sagrado á otra persona. En nombre de la reina os prohibo que os aventureis
á correr otro peligro que no sea el del viaje.
—Y en vuestro nombre , ¿ no mandais nada?
—En mi nombre , dijo la señora Bonacieux vivamente conmovida , en mi
nombre, os lo suplico. Pero escuchemos, me parece que están hablando de mí.
D'Artagnan volvió á acercarse á la ventana y prestó atencion.
El señor Bonacieux habia ido á abrir la puerta de su habitacion, y viéndola
desocupada , habia vuelto al lado del hombre de la capa , á quien dejara solo
por un momento.
—Se ha marchado , dijo, sin duda se habrá vuelto al Louvre.
—¿ Estais seguro , respondió el otro , de que nada ha sospechado sobre las
intenciones con que habeis salido ?
LOS TRES MOSQUETEROS. 163
—Segurísimo , respondió Bonacieux con aire de importancia ; es mujer
demasiado superficial.
—¿ Está en su casa el cadete de guardias ?
—No creo que esté , tiene cerrada la ventana , como podeis verlo y no se
observa luz alguna á través de sus rendijas.
—No importa; no fuera malo asegurarse.
—¿ Y como ?
—Llamando á su puerta.
—Es verdad, preguntaré por él á su criado.
—Id.
Bonacieux entró en su casa , salió por la misma puerta que dió libre paso á
nuestros fugitivos, y subiendo hasta el cuarto de d'Artagnan llamó.
Nadie respondió. Cabalmente Porthos, para darse mayor importancia habia
tomado prestado á Planchet por aquella noche , d'Artagnan , por su parte , se
guardaba muy bien de dar señales de vida.
En el momento en que los dedos de Bonacieux se hicieron sentir sobre la
puerta , ambos jóvenes sintieron saltar sus corazones.
—Nadie hay en casa, dijo Bonacieux.
—Entonces , entremos en la vuestra , pues siempre estaremos en ella con
mas seguridad que en el umbral de una puerta. i
— ¡Ay Dios mio ! murmuró la señora Bonacieux, no podremos oir ya nada.
—Al contrario, dijo d'Artagnan , ahora lo vamos á oir mejor.
Quitó d'Artagnan los tres ó cuatro ladrillos que hacían de su cuarto otro
oido del tirano Dionisio , tendió en el suelo un tapete , púsose de rodillas , é
hizo seña á la señora Bonacieux de que aplicase el oido al suelo del mismo
modo que él lo hacia.
—¿Estais seguro de que no hay nadie?
—Respondo de ello.
—¿Y creeis que vuestra mujer. . .?
—Se ha vuelto al Louvre.
— ¿ Sin hablar á otra persona que á yos ?
—Estoy bien seguro de ello. . ,
—Esta es una circunstancia esencial , ¿ comprendeis ?
—De modo que segun eso la noticia que os he dado es de una impor
tancia...
—Muy grande , querido Bonacieux , no quiero ocultároslo.
—¿ En este caso , el cardenal estará satisfecho de mí ?
— ¡Vaya , si lo está !
— ¡Gran cardenal !
—¿ Os acordais de si durante la conversacion , no ha pronunciado vuestra
mujer nombres propios ?
—Me parece que no.
164 LOS TRES MOSQUETEROS.
—¿ No ha nombrado ni á la señora de Chevreuse, ni al señor de Buckingam, .
ni á la señora de Vernel ?
—No ; solamente me ha dicho que queria enviarme a Londres para servir
los intereses de una persona ilustre.
— ¡ Ah traidor ! murmuró la señora Bonacieux.
—¡Silencio ! dijo d'Artagnan cogiéndole una mano que ella le abandoné sin
pensarlo.
—No importa , continuó el hombre de la capa ; habeis andado poco astuto
en no fingir que aceptabais la comision , ahora tendriais en vuestro poder la
carta, el Estado, que amenazan , quedaba tranquilo, y vos...
-¿Y yo, que?
—Pues bien ; á vos os hubiera dado el cardenal un titulo de nobteza.
—¿ Él os lo ha dicho ?
—Si , me consta que tenia intencion de daros esa sorpresa.
—No tengais cuidado; mi muger me adora, y todavia estaremos á tiempo.
—¡ Animal ! murmuró la señora Bonacieux.
— ¡ Silencio ! dijo d'Artagnan , apretándole la mano con mas viveza.
— ¡Como ! que estaremos á tiempo todavia? preguntó el hombre de la capa.
—De un modo muy fácil : vuelvo al Louvre , pregunto por la señora Bona
cieux, la digo que he reflexionado mejor, entablamos otra vez la cosa, consigo
la carta, y corro en seguida á ver al cardelal.
—Pues bien; id pronto, que muy luego volveré á saber el resultado de este
paso.
Y el desconocido se marchó.
— ¡ Infame ! esclamó la señora Bonacieux , dirigiendo aun este epiteto á su
marido
— ¡ Silencio ' repitió d'Artagnan , apretándole la mano algo mas vivamente
todavia.
Un terrible ahullido interrumpió á la sazon las reftexiones de dArtagnan y
de la señora Bonacieux. Era su marido que habia notado la desaparicion del
talego, y gritaba: ladrones, ladrones...
— ¡Oh Dios mio ! esclamó la señora Bonacieux, ahora va á alborotar todo el
barrio.
Bonacieux siguió gritando por largo tiempo ; pero como semejantes gritos,
en vista de su frecuencia, á nadie atraian en la calle de los Fossoyeurs, y ade
más la casa del mercader hacia algunos dias no tenia muy buena nota; viendo
que nadie acudia , salió continuando sus gritos en la calle , y á poco oyóse su
voz que se iba alejando en direccion á la calle de la Barca.
—Ahora que él se ha marchado, os toca á vos el salir tambien de aqui, dijo
la señora Bonacieux: ánimo, y sobre todo, prudencia ; no olvideis que vais en
servicio de la reina.
—De ella y de vos, señora, esclamó d'Artagnan. Perded cuidado, hermosa
LOS TEES MOSQUETEROS. 165
Constanza , volveré digno de su gratitud , pero , ¿ volveré tambien digno de
vuestro amor ?
La jóven no respondió sino por el vivo encarnado que coloró sus mejillas, y i
d'Artagnan salió pocos momentos despues envuelto en una gran capa que re
cogía caballerosamente la longitud de una buena espada.
La señora Bonacieux le siguió con aquella prolongada mirada de amor con
que la muger acompaña al hombre á quien siente que va á amar, pero cuando
hubo desaparecido por la esquina de la calle' , se hincó de rodillas y juntando
las manos.
— ¡Oh Dios mio! esclamó, [protejed á la reina y amparadme tambien á mí!
166 LOS TRES MOSQUETEROS.

CAPÍTULO XIX.

Plan de campaña.

D'Artagnan se marchó directamente á casa del señor de Treville. Presumió


que dentro de cortos momentos el cardenal seria avisado por ese maldito des
conocido que parecía ser agente suyo , y pensaba con razon que no habia que
perder un solo instante.
El corazon del jóven saltaba de júbilo. Una aventura que á la vez le propor
cionaba gloria que adquirir y dinero que ganar , se le venia á las manos , y
por principal ventaja le acercaba á una mujer á quien adoraba ya. La casua
lidad le brindaba casi del primer golpe con mas de lo que se hubiera atrevido
á pedir á la providencia.
El señor de Treville se hallaba en un salon , con su acostumbrada reunion
de caballeros. D'Artagnan conocido ya como uno de los mas intimos de la casa,
se fué en derechura á su gabinete y le hizo avisar que deseaba verle para un
asunto de importancia.
Haria apenas unos cinco minutos que d'Artagnan estaba esperando , cuando
entró el señor de Treville , y el digno capitan al primer golpe de vista conoció
en la alegría estampada en el semblante del jóven , que en efecto sucedia algo
de nuevo.
D'Artagnan fué reflexionando desde su casa hasta la del señor de Treville
si le confiaría todo lo que pasaba, ó si le pediría simplemente que le diese un
permiso absoluto para un asunto reservado; pero el señor de Treville se habia
portado siempre tan bien con él, y era tan adicto al rey y á la reina, y detes
taba tan cordialmente al cardenal, que el jóven resolvió revelárselo todo.
LOS TRES MOSQUETEROS. 16*7
—¿Me habeis hecho llamar, mi jóven amigo? preguntó al señor de Treville.
—Si señor , contestó d'Artagnan , y espero que me disimulareis el que os
haya venido á incomodar, cuando sepais la importancia del negocio de que se
trata.
—Esplicaos, pues, que ya os escucho.
—Se trata nada menos, dijo d'Artagnan bajando la voz, que del honor y tal
vez de la vida de la reina.
— ¡ Que decis ! preguntó el señor de Treville mirando á su alrededor por si
se hallaban enteramente solos , y volviendo á mirar con aire de ansiedad á
d'Artagnan.
—Digo, señor, que la casualidad me ha hecho dueño de un secreto.
— Que guardareis, á lo que espero, jóven, por la honra que teneis.
— Pero que os debo confiar, porque vos solo podeis ausiliarme en la mision
que acabo de recibir de Su Majestad.
— ¿Es cosa vuestra ese secreto ?
—No, señor, es de la reina.
— ¿Y estais autorizado por Su Majestad para confiármelo?
—No señor, antes por el contrario se me ha encargado el mas profundo sigilo.
—¿Y en este caso porque la indiscrecion de participármelo' ?
— Porque, ya os lo declaro, sin vos nada puedo hacer, y temo que me rehu
seis el favor que vengo á pediros, si no sabeis el objeto con que lo solicito.
—Guardad vuestro secreto , jóven, y decidme lo que deseais.
—Deseo que me alcanceis del señor Des-Essarts una licencia de quince
dias.
—¿Cuando?
—Esta noche misma.
—¿ Dejais á Paris ?
—Marcho en comision.
—¿ Podeis decirme á donde ?
—A Londres.
—¿ Hay alguna persona que pueda estar interesada en que no llegueis á
aquel punto ?
—Me parece que el cardenal haria todos los esfuerzos posibles para impe
dirlo.
—¿Y partis solo?
—Si señor, solo.
—En ese caso, muy poco léjos ireis , os lo aseguro, á fé de Treville.
—¿Y como?
—Seriais asesinado.
—Habré muerto cumpliendo con mi deber.
—Pero vuestro encargo quedará sin cumplir.
—Teneis razon , dijo d'Artagnan.
168 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Creedme , continuó Treville , en empresas de ese jénero son necesarios
cuatro para que pueda tlegar uno.
—Os creo, señor, repuso d'Artagnan : ¿pero conoceis á Athos , á Porthos y
á Aramis, y bien sabéis si puedo contar con ellos ?
—¿Sin confiarles el secreto que yo mismo no he querido saber?
—Nos hemos jurado mutuamente una ciega confianza en todo trance , y
además , podeis decirles que teneis en mi entera seguridad ; y estoy cierto de
que no serán mas incrédulos que vos.
—Lo que puedo hacer , es dar á cada uno una licencia por quince dias. A
Athos, quien sigue sufriendo siempre por la herida, para las aguas de Forges,
y á Porthos y á Aramis, para que acompañen á su amigo, á quien no quieren
abandonar en tan dolorosa posicion. El enviarles las respectivas licencias será
la prueba de que autorizo et viaje.
—Gracias , señor , sois harto bondadoso.
—Id á buscarlos al momento , y que todo quede ejecutado esta noche. Ah!
escribidme primeramente vuestra solicitud para el señor Des-Essarts. Tal vez
os esté siguiendo los pasos algun espia, y en ese caso la visita que me haceis,
de que ya tendrá conocimiento el cardenal , quedará asi lejitimada.
D'Artagnan formuló la solicitud, y el señor de Treville, al recibirla, prome
tióle que antes de las dos de la madrugada estariau las cuatro licencias en el
domicilio respectivo de los viajeros. - .
—Tened la bondad de dirijirme la mia á casa de Athos , dijo d'Artagnan,
pues podria al entrar en mi habitacion, tropezar con algun mal encuentro.
—Perded cuidado , adios , y buen viaje. A propósito , dijo el señor de Tre
ville llamándole. . .:>
D'Artagnan volvió otra vez junto á él.
—¿ Teneis dinero?
—D Artagnan hizo sonar el saquilo que llevaba.
—¿ Hay bastante ?
—Trescientos doblones.
—Bien, con esa cantidad puede irse hasta el fin del mundo. Con que, adios.
D'Artagnan saludó al señor de Treville que le tendió una mano, y se la apre
tó con respeto mezclado de agradecimiento. Desde que llegára á Paris no habia
tenido sino motivos de elogiar á ese hombre escelente , á quien habia encon
trado siempre digno, leal, y elevado.
Su primera visita fué á casa de Aramis , á la que no habia vuelto desde la
famosa noche en que siguió á la señora Bonacieux. Lo mas estraño es que
apenas habia visto desde entonces al jóven mosquetero , y cada vez que le
habia visto , le habia parecido reparar pintada en su semblante una, profunda
tristeza. nm ;d<;i¡
Esta noche misma , estaba tambien Aramis sombrio y meditabundo. D'Ar
tagnan le hizo algunas preguntas sobre su tan continua melancolia. Aramis se
LOS TRES MOSQUETEROS. 169
escusó con que tenia que escribir en latin para la próxima semana un comen
tario sobre el décimo -octavo capitulo de san Agustín , y que eso le tenia alta
mente pensativo.
A poco rato de estar conversando los dos amigos entró un lacayo del señor
de Treville trayendo un pliego cerrado.
—¿ Que es esto ? preguntó Aramis.
—La licencia que habéis solicitado.
— ¿ Yo ? no he pedido ninguna licencia.
—Callad , y tomadla , dijo d'Artagnan. Vos , amigo, aquí teneis medio do
blon para divertiros, y decid al sePor de Treville que el señor Aramis le da las
mas espresivas gracias. Id con Dios.
El lacayo se inclinó, profundamente, y se fué.
— ¿ Que significa eso ? preguntó Aramis.
—Tomad lo que necesiteis para un viaje de quince dias, y seguidme.
—Pero ahora no puedo dejar á Paris sin saber. . . Aramis se detuvo.
—Lo que ha sido de ella, ¿no es verdad? continuó d'Artagnan.
— ¿Quien es ella? repuso Aramis.
—La señora que estaba aquí, la del pañuelo bordado.
—¿Quien os ha dicho que habia aquí una mujer? preguntó Aramis ponién
dose pálido como un difunto .
—Yo que la vi.
—¿Y
Lo presumo
sabeis quien
al menos.
es ?

—Escuchad, dijo Aramis, puesto que tantas cosas sabeis, ¿Podreis decirme
loque ha sido de esa mujer?
—Pienso que haya vuelto á Tours.
—¿A Tours? sí , eso será ; veo que la conoceis. ¿ Pero como se ha vuelto á
Tours sin decirme una palabra ?
—Porque temia que la pusiesen presa.
—¿Y por qué no me habrá escrito?
—Porque ha temido comprometeros.
—Amigo d'Artagnan , mé volveis la vida . Yo me creia despreciado , bur
lado.... ¡Ay ! era tan feliz volviéndola á ver! No llegué á imaginarme que ar
riesgase por mí su libertad; ¿pero por qué causa habrá venido á París?
—Por la misma que hoy nos hace ir á Inglaterra.
—¿Y cual es esta causa ? preguntó Aramis.
—Algun dia lo sabreis , Aramis ; pero por ahora , permitidme que imite la
reserva de la sobrina del teólogo.
Aramis se sonrió, acordándose del cuento que en casa de d'Artagnan refirió
á sus amigos.
— ¡Pues bien ! ya que ella ha salido de París, y estais seguro de ello, nada
me detine v estov pronto á seguiros. Decís que vamos....
22
110 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Por ahora á casa de Athos , y si quereis venir , os advertiré que os deis
prisa, pues ya hemos perdido bastante tiempo. ¡Ah! decid á Bacin que se pre
pare.
— ¿Con nosotros viene Bacin? preguntó Aramis.
— Quizá sí , pero de todos modos bueno es que nos siga á casa de Athos.
Aramis llamó á Bacin , y despues de haberle mandado que fuese á encon
trarles á casa de Athos, «partamos pues,» dijo tomando la capa , la espada y
sus pistolas, y abriendo inutilmente tres ó cuatro cajones para ver si encontraba
algun doblon estraviado. Y cuando estuvo bien seguro de la superfluidad de
sus pesquisas, siguió á d'Artagnan preguntándose á sí propio, como podia ser
que el jóven cadete de guardias supiese tan bien como él cual era la mujer á
quien habia dado hospitalidad, y mejor que él todavía cual fuese su paradero.
Únicamente al salir puso Aramis su mano sobre el brazo de d'Artagnan , y
mirándole fijamente :
—¿ No habeis hablado á nadie de esa mujer ? . i
—A nadie absolutamente.
— ¿ Ni aun á Athos ni á Porthos ? . • ' ..
—Ni una palabra les he dicho de eso.
. —Entonces corriente.
Y tranquilizado sobre este punto importante , continuó Aramis su camino
con d'Artagnan, y llegaron ambos muy pronto á casa de Athos. Encontráronle
con la licencia en una mano y la carta del señor de Treville en la otra. i ,-
—¿ Podríais esplicarme lo que significa esta licencia y esta carta que acabo
de recibir? preguntó Athos en tono de admiracion.
«Querido Athos: no tengo inconveniente, puesto que vuestra salud lo exige,
en que esteis descansando por quince dias. Podeis pues ir á tomar las aguas
de Forges, ó lasque mejor os convinieren, y restableceos lo mas pronto posi
ble. Vuestro afectísimo Treville.» • viui.!
—Pues bien, esta licencia y esta carta significan que debeis seguirme, Athos.
—¿ A las aguas de Forges ?
—Ahí ó á otra parte.
—¿ Para servicio del rey ? .
..—Del rey ó de la reina ; ¿no somos servidores de ambas majestades ?
En aquel momento entró Porthos.
—¡ Rayo de Dios ! ¡ vaya una cosa particular ! desde cuando se conceden
licencias en la compañía de los mosqueteros sin pedirlas ?
—Desde que tienen amigos, repuso d'Artagnan, que las piden por ellos.
— ¡ Hola ! ¡ hola ! dijo Porthos , ¿ parece que ocurre algo nuevo ?
—Nada , sino que estamos de marcha , dijo Aramis.
—¿Y para que tierra ? Preguntó Porthos.
—Para donde fuere , dijo Athos ; pregúntaselo á d'Artagnan , si te parece.
—Para Londres, sefíores, dijo el cadete. ¡ ..
LOS TRES MOSQUETEROS. f71
— ¡Para Londres ! esclamó Porthos, ¿y que vamos á hacer en Londres ?
—Eso es lo que no puedo deciros , señores , y es preciso que tengais con
fianza en mí .
—Pero para ir á Londres , añadió Porthos , se necesita dinero , y yo no lo
tengo. .--
—Ni yo , dijo Aramis.
—Ni yo , dijo Athos.
:-*-Yosí tengo, repuso d'Artagnan sacando su tesoro y poniéndole sobre
la mesa. En este saquito hay trescientos doblones: tomemos cada uno setenta y
cinco , es lo que basta para ir á Londres y volver. Además que , perded cui
dado, no llegaremos todos á Londres.
—¿Y eso por qué ?
—Porque segun todas las probabilidades , algunos de nosotros quedaremos
en el camino. .*< . i
—¿ Pero entonces , vamos á emprender alguna campana ?
—Y de las mas peligrosas, os lo prevengo.
-*-Pero en fin , puesto que corremos peligro de muerte , dijo Porthos , qui
siera saber al menos el porqué !
—Y que tendrás de mas cuando lo supieres? dijo Athos.
—Sin embargo, dijo Aramis ; no me parece mal h. opinion de Porthos.
— ¿ Acostumbra acaso el rey daros cuenta alguna cuando os comunica sns
órdenes? No ; os dice sencillamente : Señores , hay guerra en Gascuña b hay
guerra en Flandes , id á batiros , y vais ; ¿preguntais eí porqué siquiera ? ni
pensáis en ello. • :"'
—Tiene razon d'Artagnan , dijo Athos ; he aquí nuestras tres licencias que
vienen del señor de Treville , y he aquí trescientos doblones que vienen no
sé de donde. Vamos ¿ haeernos matar donde nos dicen que vayamos. ¿Vale
acaso la vida la pena de hacer tantas preguntas? D'Artagnan , estoy pronto á
seguirte. '"" .'' '
—Y yo tambien , dijo Porthos.
—Y yo, dijo Aramis. Así como así, no me viene mal el dejav á París; tengo
necesidad de distraerme.
— ¡Pues bien! no os faltarán distracciones, señores, perded cuidado, dijo
d'Artagnan.
—Corriente, ¿y cuándo marchamos? dijo Athos.
—Ahora mismo, respondió d'Artagnan, no hay un minuto que perder.
— ¡Hola! Grimaud, Planchet, Mosqueton , Bacin, gritaron los cuatro jóve
nes llamando á sus asistentes , arregladnos las botas é id por Ws caballos al
cuartel.
En efecto, cada mosquetero tenia en el cuartel su caballo y tambien el de
su eriado.
Planchet, Grimaud, Mosqueton y Bacin partieron á toda prisa.
172 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Ahora preparemos nuestro plan de campaña, dijo Porthos. ¿A donde va
mos primero?
—A Calais, dijo d'Artagnan; es la línea mas recta para ir á Londres.
—Pues, bien, dijo Porthos, he aquí mi parecer.
—Habla.
—Cuatro hombres que viajan juntos serian sospechosos. D'Artagnan nos da
rá ácada uno sus instrucciones. Yo saldré delante por el camino de Bolonia
para ir descubriendo el terreno, Athos partirá dos horas despues por el de
Amiens, Aramis nos seguirá por el de Noyon, y en cuanto á d'Artagnan podrá
salir por el camino que guste disfrazado con el vestido de Planchet, mientras que
estenos seguirá haciendo el papel de d'Artagnan con el uniforme de guardias.
—Señores, mi opinion es que no conviene mezclar para nada á los asisten
tes en este asunto; un secreto puede por casualidad venderlo un gentithombre,
pero casi siempre es vendido por los criados.
—El plan de Porthos me parece impracticable, dijo d'Artagnan, en razon á
que yo mismo ignoro las instrucciones que puedo daros. Soy portador de una
carta, nada mas: ni tengo, ni puedo hacer tres copias de ella, puesto que está
sellada; con que, á mi parecer, no hay otro arbitrio que el de viajar juntos.
La carta está aquí, en este bolsillo, y señaló el lugar donde la tenia. Si quedo
muerto, la toma uno de vosotros, y continuareis el camino; si luego le matan
á él, hará otro lo mismo, y así sucesivamente; con tal que llegue uno solo
con la carta, es lo que basta.
—Bravo, d'Artagnan, soy del mismo parecer que tú, dijo Athos. Es pre
ciso por otra parte ser consecuentes: yo voy á tomar las aguas, vosotros me
acompañareis, no hay sino que en vez de las aguas de Forges, voy á tomar
las de mar; en eso me parece que soy libre. Quieren arrestarnos , supongo,
enseño entonces la carta del señor de Treville, y vosotros vuestras licencias;
que nos atacan, nos defendemos; nos encausan, sostenemos con toda sereni
dad que no llevábamos mas intencion que la de somorgujarnos unas cuantas
veces en el mar; nos arrreglarian las cuentas con harta facilidad si íbamos
los cuatro separados, mientras que cuatro hombres reunidos ya es cosa res
petable, armaremos además á nuestros asistentes de pistolas y mosquetes, y
si envian un ejército contra nosotros, daremos batalla, y el que quede vivo,
como ha dicho d'Artagnan, llevará la carta á su destino.
—Bien dicho, esclamó Aramis; tú no sueles hablar mucho, Athos, pero
cuando hablas, eres como san Juan boca de oro. Adopto el plan de Athos, ¿y
tú Porthos?
—Yo tambien, dijo este, si agrada á d'Artagnan. Él, como portador de la
carta, es naturalmente el gefe de la espedicion: él que determine, y nosotros
ejecutaremos.
—Y bien, dijo d'Artagnan, determino que adoptemos el plan de Athos, y
que nos pongamos en camino dentro de mediadora.
LOS TRES MOSQUETEROS. 173
—Corriente, esclamaron á una voz los tres mosqueteros.
Y alargando cada cual su mano hácia el talego del cardenal, tomó sus se
tenta y cinco doblones, poniéndose á hacer los preparativos para partir á la
hora convenida.
171 LOS TRES MOSQUETEROS.

CAPÍTULO XX.

Viaje.

A las dos de la madrugada salieron nuestros cuatro aventureros por el por


tillo de Saint-Denis: mientras que fué de noche estuvieron mudos, sufrían
apesar suyo la influencia de la oscuridad y veian acechanzas por todas par
tes. A la primera claridad del dia, se les desataron las lenguas, y con el sol
volvió la alegría; como si se hallasen en la víspera de un combate, les latiael
corazon; reian los ojos, y sentíase entonces que la vida que iban tal vez á per
der era, todo bien considerado, una cosa llevadera.
El aspecto de la caravana, era por lo demás, de los mas formidables; los
caballos negros de los mosqueteros, su marcial continente, ese hábito de an
dar en escuadron que hacia marchar acompasadamente esos nobles compañe
ros del soldado, hubiesen descubierto á las claras el mas riguroso incógnito.
Seguían detrás los asistentes armados hasta los dientes.
Todo anduvo lo mejor del mundo hasta Chamilly, á donde llegaron sobre las
ocho de la mañana. Allí era preciso almorzar. Apeáronse delante de una po
sada cuya muestra representaba á san Martin dando á un pobre la mitad de su
capote. Se mandó á los criados que no desensillasen á los caballos, y se les
previno que estuviesen dispuestos para salir inmediatamente.
Entraron en el comedor, y sentáronse á la mesa.
Hallábase almorzando en esta misma un caballero que acababa de llegar
por el camino de Dampmartin. Entabló conversacion acerca de la lluvia y del
buen tiempo; nuestros viajeros contestaron, y habiendo aquel bebido á su sa
lud, no dejaron de corresponder á la fineza.
LOS TRES MOSQUETEROS. 17$
Pero en el momento en que Mosqueton vino á anunciar que los caballos es -
taban dispuestos, y por tanto ya se levantaban de la mesa, propuso el estran-
jero á Porthos un brindis á la salud del cardenal. Porthos contestó que nada
tenia que decir y lo haria con mucho gusto, si el estranjero á su vez quería
beber á la del rey. El gentithombre replico entonces que no conocía mas rey
que Su Eminencia; Porthos le trató de borracho, y el hombre tiró al punto de
la espada. ..... i
—Poco cuerdo habeis andado, dijo Athos; sin embargo, ahora ya no po
deis yoI veros atrás; matadle y alcanzadnos tan pronto como podate.,.'
Y nuestra gente volvió á montar á caballo partiendo á toda brida, mientras
que Porthos prometía á su adversario atravesarle con todas las estocadas cono
cidas en el arte de la esgrima.
—¡Y no han apostado mas que uno! dijo Athos cuando se hallaban ya á
quinientos pasos de distancia.
—¿Pero, porque ese hombre se ha dirigido á Porthos mas bien que á cual
quiera de nosotros? preguntó Aramis. - ; i
—Porque como Porthos hablaba mas recio que nosotros, le habrá tomado
por el jete, contestó dArtagnan.
—Siempre he dicho que este hijo de Gascuña era un pozo de ciencia, mur
muró Ataos. . .. . •)!:.. ..
Y las viajeros continuaron su camino. . ii .. i
Detuviéronse dos horas en Beauvais, tanto para que descansasen Iob caba
llos, como para aguardará Porthos. Como al cabo de las dos horas este 110
parecía ni tuviesen tampoco noticia alguna de él, volvieron k ponerse en ca
mino. • i ¡. ».i '.
A cosa de una legua de Beauvais, en un sitio en que el camino se encon
traba estrecho á causa dedos declives, halláronse á ocho ó diez hombres que,
con motivo de estar allí el terreno poco sólido, afectaban trabajar haciendo en
substancia hoyos y carriles y formando materialmente un barrizal .
Aramis, temiendo ensuciarse las botas en ese barrizal tan adrede preparado,
les habló can dureza. Athos quiso contenerle, pero ya era tarde; los trabajado
res empezaron á burlarse de los viajeros, llegando con su insolencia hasta á
enfadar al frio Athos, que dirijió su caballo contra uno de ellos. ..i - - i:- .:i
Entonces todos estos hombres retrocedieron hasta el foso; y tomaron cada
uno un mosquete que allí tenían oculto. Resultó de eso, que nuestros siete via
jeros fueron materialmente pasados por las armas. Aramis recibió una bala
que le atravesó el hombro, y Mosqueton otra en las partes carnosas que pro
longan la parte inferior de los lomos. Con todo solo Mosqueton cayó del caballo,
no porque estuviese gravemente herido, sino porque, como no podia versela
herida, creyóla mas grave de lo que realmente era.
-—Esta es una emboscada, dijo dArtagnan; no hay que disparar un solo
tiro, y adelante. ' - • '> . ¡
176 LOS TEES MOSQUETEROS.
Aramis sin embargo de hallarse herido, se agarró á las crines de su caba
llo, y fué siguiendo á los demás. El caballo de Mosqueton siguió á escape bien
que sin jinete y se colocó en su puesto.
—Así tendremos un caballo de repuesto, dijo Athos.
— Mejor quisiera un sombrero, repuso d'Artagnan, pues el mio se lo ha
llevado una bala. No es, vive Dios, poca fortuna que no haya puesto la carta
dentro de él.
—Pero cuando pase el pobre Porthos lo van á matar, dijo Aramis.
—Si Porthos estuviese en pié, ya se nos hubiera reunido á estas horas,
dijo Athos; presumo que el borracho se habrá despejado en la reyerta.
Y todavía anduvieron á escape por espacio de dos horas, á pesar de hallar
se los caballos tan cansados, que era muy de temer que pronto rehusarían el
andar poco ni mucho.
Los viajeros habian tomado un camino transversal, esperando de este modo
evitar mejor los contratiempos, pero en Crevecoeur manifestó Aramis que no
podia ir mas lejos. En efecto, habia necesitado todo el valor que ocultaba bajo
sus formas elegantes y sus corteses modales para llegar hasta allí. A cada paso
se iba poniendo mas pálido y se veian obligados sus compañeros á sostenerle
sobre su caballo; así es que le bajaron á la puerta de un bodegon, y le dejaron
á Bacín, que por otra parte en una escaramuza mas bien servia de estorbo que
de otra cosa, y prosiguieron la marcha con la esperanza de dormir en Amiens.
—Fuego de Dios! dijo Athos viendo que la tropa habia quedado reducida á
dos amos y Grimaud y Planchet; voto al infierno! no me engañarán ya mas,
y os respondo de que no me harán abrir la boca ni sacar la espada desde aquí
a Calais. Lo juro por...
r— No juremos, dijo d'Artagnan; lo que conviene es correr á escape si los
caballos quieren hacerlo. ¡ >
Y los viajeros apretaron con ahinco las espuelas á los caballos, que asi esti
mulados, sacaron fumas de flaqueza. Llegaron á las doce de la noche á Amiens,
donde se apearon á la puerta de la posada del Lirio de oro.
Tenia el posadero todas las trazas de un sugeto el mas honrado, y recibió
á nuestros viajeros con un candelero en una mano y el gorro en la otra: quiso
hospedarles en dos hermosos cuartos, pero por desgracia se hallaban situados
de estremo á estremo de la posada, y d'Artagnan y Athos los rehusaron. El po
sadero replicó que no tenia otros que fuesen de mucho dignos de sus escelen-
cias; pero los viajeros declararon que se acostarían en una sala cualquiera
sobre un colchon que se les tendiese en el suelo; el posadero insistió, pero los
viajeros se mantuvieron firmes y fué preciso acceder á su deseo.. ¡.
Acababan de preparar su cama y de atrancar por dentro la puerta, cuando
sintieron golpes en los postigos de una ventana que daba al patio;, pregunta
ron quien estaba allí; y al reconocer la voz de sus criados, abrieron Jai;T¡eütana
desde luego. En efecto, eran Planchet y Grimaud. ¡. . .•',.!.. , .¡..-., ¡
LOS TRES MOSQUETEROS. íll
—Grimaud bastará para guardar los caballos, dijo Planchet.' si ítiis seño
res quieren, podré acostarme yo atravesado a la puerta, y asi podrán estar
seguros de que nadie llegará hasta ellos.
—¿Y sobre que te acostarías? preguntó d'Artagnan.
—Aquí traigo mi cama, respondió Planchet, y enseñó un saco de paja.
—Entra pues, dijo d'Artagnan, tienes razon, no me agrada mucho la cara
del posadero, es demasiado ceremoniosa.
—En efecto, á mí tampoco, respondió Athos.
Planchet subió por la ventana , instalóse á través de la puerta , mientras
que Grimaud fué á encerrarse en la caballeriza, no sin asegurar muy formal
mente que á las cinco en punto de la mañana estarían dispuestos él y los ca
ballos.
La noche la pasaron con bastante tranquilidad; no que á eso de las dos de
la madrugada no intentáran abrir la puerta, pero como Planchet se dispertase
sobresaltado y preguntase quien vá, respondieron que se habian equivocado
de sala y se marcharon.
A las cuatro de la mañana oyóse un fuerte ruido en las cuadras. Grimaud
habia tratado de despertar á los mozos de la cuadra, y estos le derrengaban á
palos. Cuando abrieron la ventana vieron al pobre muchacho tendido en el
suelo sin sentido y abierta lá cateza de un horquillazo.
Planchet salió desde luego y quiso ensillar los caballos, pero estos estaban
enfermos. El de Grimaud únicamente, que habia corrido la víspera por cinco
ó seis horas sin jinete, era el que podia continuar la marcha, pero por una in
concebible equivocacion el albeytar que hibia sido llamado, á lo que parecía,
para sangrar el caballo del posadero, sangró al de Grimaud.
Esto empezaba ya á presentar un pobre aspecto; todos estos accidentes su
cesivos podian ser efecto dela casualidad, pero tambien podian ser fruto de
una trama.
Athos y d*Artagnan salieron de la sala, mientras que Planchet fué á infor
marse de si habia por allí cerca quien quisiera vender tres caballos. En la
puerta habia dos descansados y vigorosos, enjaezados y todo. Estos dos caba
llos hubieran convenido grandemente á nuestros amigos.
Preguntó Planchet por los dueños, contestáronle que habian pasado la no
che en la posada y ajustaban en aquel momento su cuenta con el posadero.
Athos fué á pagar el gasto, mientras que d'Artagnan y Planchet esperaban
á los dueños de los caballos en la puerta de la calle: el posadero se hallaba en
una habitacion baja y retirada á donde rogaron á Athos que pasára.
Athos entró sin la menor desconfianza, y sacó dos doblones para pagar. El
posadero estaba solo, sentado á su escritorio uno de cuyos cajones estaba me
dio abierto, tomó el dinero que Athos le presentaba, y volviéndolo y revol
viéndolo entre los dedos gritando de repente que aquella era moneda falsa,
dijo que iba á hacer arrestar á él y á su compañero por monederos falsos.
¿3
178 LOS TRES MOSQUETEROS.
— ¡Tunante! dijo Athos adelantándose hácia él, voy á cortarte las orejas.
Pero el posadero, sacando del cajon entreabierto un par de pistolas, apuntó
con ellas á Athos, pidiendo al mismo tiempo socorro.
En aquel mismo instante cuatro hombres armados hasta los dientes, entra
ron por las puerta laterales y se arrojaron sobre Athos.
— ¡Me han cogido! esclamó Athos con toda la fuerza de sus pulmones: escá
pate d'Artagnan! corre á toda brida, y luego tiró dos pistoletazos.
D'Artagnan y Planchet no se hicieron repetir por dos veces el aviso, y de
satando los dos caballos que habia á la puerta, en un brinco estuvieron sobre
ellos, y metiéndoles espuela escaparon á galope tendido.
—¿Qué habrá sido de Athos? preguntó d'Artagnan á Planchet conforme iban
corriendo.
— ¡Ah señor! dijo Planchet, he visto caer á dos cuando ha descargado sus
dos pistolas, y me ha parecido ver á través de las vidrieras, que esgrimia con
los restantes.
— ¡Valiente Athos! murmuró dArtagnan. ¡Y cuando pienso que no hay
mas remedio que abandonarle! Bien que tal vez nos aguarde á nosotros la mis
ma suerte á diez pasos de aqui! ¡Adelante Planchet! ¡adelante! ¡eres un buen
muchacho!
—Ya os lo dije, señor, respondió Planchet, á los picardos se nos va cono
ciendo con el trato", además que me encuentro aqui en mi tierra, y esto me da
brios.
Y picando de lo lindo amo y criado á los caballos, llegaron de una carrera á
Saint-Omer. En este punto dieron un descanso á los caballos, y eso, brida en
mano por temor de contratiempo, comieron un bocado de pié en la calle mis
ma, y prosiguieron su camino.
A unos cien pasos de las puertas de Calais, el caballo de d'Artagnan se
dejó caer, y no hubo medio de hacerle levantar, saltábale la sangre por nari
ces y ojos; quedaba el de Planchet, pero se mantuvo plantado y tampoco hubo
medio de hacerle dar un solo paso.
Afortunadamente, segun dijimos, se hallaban á cien pasos de la ciudad.
Dejaron en la misma carretera á las cabalgaduras , y volaron al puerto. Plan
chet hizo notar á su amo un caballero que llegaba con un criado, y que no les
precedia sino de unos cincuenta pasos.
Acercáronse prontamente al caballero que parecia estar sumamente de prisa:
sus botas las tenia cubiertas de polvo, y estaba informándose de si podria em
barcarse en aquel mismo instante para Inglaterra.
—Nada mas facil, respondió el patron de un barco dispuesto á darse á la
vela, pero, ha llegado esta mañana una órden para no embarcar á nadie sin
un permiso espreso del señor cardenal.
—Ya tengo ese permiso, dijo el caballero sacando un papel de su bolsillo:
vedlo aqui.
LOS TIIES MOSQUETEROS. 179
—Hacedle refrendar por el gobernador del puerto, dijo el patron, y venid
tuego á embarcaros, os esperaré.
— ¿Dónde vive el gobernador?
—En su casa de campo.
—¿Y dónde está la casa?
— A un cuarto de legua de la ciudad; mirad, desde aqui se ve,' aquel techo
de pizarra que se distingue al pié de aquella colina.
—¡Muy bien! dijo el caballero.
Y seguido de su lacayo, se encaminó á la casa de campo del gobernador.
D'Artagnan y Planchet siguieron al caballero á cincuenta pasos de dis
tancia.
Fuera que estuvieron de la ciudad, d'Artagnan apretó el paso y alcanzó al
caballero á tiempo que entraba en un bosquecillo.
—Caballero, le dijo d'Artagnan, parece que estais muy de prisa.
—Imposible de estarlo mas, caballero.
— Mucho lo siento, pues como yo tambien tengo mucha prisa, iba ápediros
si tendriais la bondad de hacerme un favor.
—¿Cuál?
— Que me dejaseis pasar primero.
—Es imposible, dijo aquél. He caminado sesenta leguas en cuarenta y cua
tro horas, y me es preciso estar en Londres mañana á medio dia.
—Igual camino he hecho yo en cuarenta horas, y mañana á las diez tengo
tambien que estar en Londres.
—Lo siento, caballero; pero yo he llegado el primero, y no pasaré el se
gundo.
— Lo siento, caballero, pero yo he llegado el segundo y pasaré el primero.
—¡Voy en servicio del rey! dijo el caballero.
— ¡Y yo en servicio mio! dijo d'Artagnan.
—Pero, paréceme que teneis gana de armarme una contienda sin mas ni
mas.
—¿Y os figurais que no tengo mis razones?
— ¿Pero, qué pretendeis?
—¿Quereis saberlo?
— ¡ Seguramente !
— Pues bien, lo que quiero es la órden de que sois portador, porque nece
sito una y no la tengo.
— ¡Vamos! sin duda os estais chanceando.
—Como hay Dios que es muy de veras.
— Dejadme el paso libre.
— No pasareis.
—Buen jóven, mirad que os voy á romper la crisma. ¡Ola! dadme mis pis
tolas, Lubin.
180 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Planched, dijo d'Artagnan, encárgate del criado que yo me encargo del
amo.
Planched, animado con su primera hazaña, saltó sobre Lubin, y como era
fuerte y vigoroso, le tiró al suelo y le puso una rodilla sobre el pecho.
—Despachad con el vuestro, señor, dijo Planched, que yo ya tengo el mio.
Viendo esto el caballero, sacó la espada y se tiró sobre d Arfagnan: pero
tenia que habérselas con una pieza que en tres segundos le dió tres estocadas,
diciendo á cada una de ellas:
—Esta por Athos! esta por Porthos! y esta por Aramis!
A la tercera estocada cayó el gentithombre como una mola inerte.
D'Artagnan le creyó muerto, ó por lo menos privado de sentido, y se acercó
á él para tomarle la orden: pero en el momento que estendió el brazo para
quitársela, el herido, que no habia abandonado su espada, le tiró una estoca
da al pecho diciéndole:
—¡Esto para vos!
— ¡Las últimas las mejores! esclamó furioso d'Artagnan, clavándole en tier
ra de una estocada en el vientre.
Por esta vez el caballero cerró los ojos, y perdió el uso de los sentidos.
Apoderóse d'Artagnan de la orden que salia por un bolsillo, y leyó que es
taba en nombre del conde de Wardes.
Lanzando en seguida una última mirada sobre el gallardo jóven, de unos
veinticuatro años de edad, á quien dejaba allí tendido, privado de sentido y
quizá muerto, soltó un suspiro, considerando el singular destino que escita á
los hombres á destruirse unos á otros por servir intereses de personas que les
son estrafías, las cuales comunmente ni siquiera saben que existan las victi
mas que por ellas se sacrifican.
Pero pronto les distrajeron de sus reflexiones los ahullidos de Lubin, que
pedia socorro con todas sus fuerzas.
Planched le echó mano á la garganta, y se la apretaba sin compasion.
—Señor, decia, mientras le tengo asido de esta manera, estoy seguro de que
no gritará, pero si le suelto, podeis contar con que vuelve á sus ahullidos. Se
me figura que es normando, y los normandos son testarudos.
En efecto, sujetado y todo como estaba Lubin, no por eso desistia de procu
rar articular sonidos.
— ¡Aguarda! dijo d'Artagnan, y tomando su pañuelo, se lo puso por mor
daza.
—Ahora, añadió Planched, atémosle á un árbol.
Y así lo hicieron, pero en conciencia, y en seguida colocaron al conde de
Wardes al lado de su criado: como la noche se iba aproximando, y amo y cria
do se hallaban á algunos pasos dentro del bosque, era probable que permane
ciesen allí hasta el otro dia.
—Ahora, dijo d'Artagnan, vamos á casa del gobernador.
LOS TRES MOSQUETEROS. 181
—Me parece quii estais herido, dijo Planched. .
—Esto no es nada: ocupémonos de lo que mas urge, despues ya cuidare
mos de la herida, que no me parece muy peligrosa.
Y ambos se encaminaron hacia ta casa de campo del digno gobernador.
Fué anunciado el conde de Wardes, y d'Artagnan introducido.
—¿Traeis una orden firmada por el cardenal? dijo el gobernador.
—Si señor, contestó d'Artagnan; aqui la teneis.
— ¡Ah! está en regla, y con buena recomendacion, dijo el gobernador.
—Es muy natural, respondió d'Artagnan, pues s»y uno de sus mas lieles é
intimos servidores.
—¿Parece que Su Eminencia trata de impedir que llegue alguna persona á
Inglaterra?
—Si señor, un tal d'Artagnan, hidalguillo bearnés, que partió de Paris con
tres amigos suyos en direccion á Londres.
—¿Le conoceis personalmente? preguntó el gobernador.
—¿A quien*
—A ese d'Artagnan.
Vaya si le conozco, y mucho.
—Entonces, podriais darme sus señas.
—Nada mas fácil.
Y d'Artagnan dió una por una las señas del conde de Wardes.
—¿Viaja acompañado' preguntó el funcionario.
—Si, va con un criado llamado Lubin.
— Ya serán vigilados, y si se logra echarles mano, puede estar seguro Su
Eminencia de que serán conducidos á Paris con buena escolta.
—Y haciéndolo como decis, os lo agradecerá mucho el cardenal, señor go
bernador, dijo d'Artagnan.
—Volvereis á verle á vuestra vuelta, señor conde? *
—Sin duda alguna.
—Os ruego le hagais presente que soy un fiel servidor suyo.
—Lo haré sin falta, perded cuidado.
Y ufano el gobernador con esta seguridad, refrendó el pase y se lo entregó
á d'Artagnan.
No perdió este el tiempo en cumplimientos inútiles; asi es que dando las
gracias al gobernador, le saludó y se fué en seguida.
Viéndose fuera de la casa, amo y criado apretaron el paso y dando un largo
rodeo, evitaron el bosque y entraron por otra puerta.
El barco , que sabemos , no habia salido todavia , el patron aguardaba al
conde en el puerto.
—¿Qué hay? dijo á dArtagnan que se iba acercando.
—Ved aqui mi pase con el visto bueno, dijo este.
—¿Y el otro caballero?
182 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Hoy no podrá salir, dijo d'Artagnan, pero no os dé cuidado, que yo paga
ré por los dos, ya que contabais con él.
—En este caso, a la vela, dijo el patron.
Y saltando con Planched en la barca, en pocos minutos se hallaron ya fuera.
A poco le vino poder salir, pues á media hora de estar navegando, vióse bri
llar una viva luz, á la que siguió una detonacion. Era el cañonazo que anun
ciaba haberse cerrado el puerto.
Tiempo era ya de pensar en su herida: afortunadamente, como d'Artagnan
lo habia dicho, no era de las mas graves; la punta de la espada habiadado con
una costilla deslizándose á lo largo del hueso, y además, apenas había salido
sangre por haberse pegado á la herida la camisa.
D'Artagnan estaba rendido de cansancio, y habiéndole tendido un colchon
sobre cubierta, se echó encima, y se durmió.
Al amanecer del dia siguiente, se halló á tres ó cuatro leguas no mas de las
costas de Inglaterra: la brisa habia sido muy débil en toda la noche y cami
naron poco.
A las dos anclaba la embarcacion en el puerto de Douvres, y á las dos y me
dia ponia d'Artagnan el pié en el suelo de Inglaterra, esclamando:
—Al fin, se ha llegado.
Pero faltaba algo todavía, era preciso llegar á Londres. En Inglaterra se ha
llaba el servicio de postas bastante bien montado. Tomaron d'Artagnan y Plan
ched un troton cada uno. iba delante de ellos un postilion, y en cuatro horas
estuvieron á las puertas de la capital. El duque estaba á la sazon cazando en
Windsor con el rey.
D'Artagnan á nadie conocia en Londres, ni sabia una palabra de inglés; pe
ro escribió en un papel el nombre de Buckingam, y muy pronto hubo llegado
al palacio del duque.
1 D'Artagnan preguntó entonces por su ayuda de cámara de confianza, quien,
habiéndole acompañado en todos sus viages, hablaba perfectamente el francés,
dijole que llegaba de París para un asunto de vida ó muerte, y que era in
dispensable que hablase á su amo en aquel mismo instante.
La conviccion con que hablaba d'Artagnan, decidió á Patrik, que era el nom
bre de aquel criado del ministro. Mandó ensillar dos caballos , encargándose
de acompañar al jóven guardia. En cuanto á Planchet, le habian bajado de su
cabalgadura y no podia menearse. Al pobre muchacho se le habian agotado
las fuerzas; lo que es d'Artagnan, parecía de hierro.
Llegaron á Windsor, en donde se informaron de que el rey y Buckin
gam estaban cazando aves en unas lagunas situadas á dos leguas del pa
lacio.
En veinte minutos se trasladaron al sitio indicado, y no tardó Patrik en oír
la voz de su amo que llamaba á su halcon.
—¿Qué caballero debo anunciar á milord duque? preguntó Patrik.
LOS TRES MOSQUETEROS. 183
—Anunciad al jóven que cierta noche le armó una disputa en el Puente-
Nuevo frente á la Samaritana.
—Vaya una recomendacion.
—Ya se verá si vale tanto como otra cualquiera.
Patrik arrancó á escape, fué á encontrar al duque, y le anunció en los
términos indicados que le aguardaba un mensagero.
Buckingam se acordó al momento de d'Artagnan, y presumiendo que algu
na novedad pasaba en Francia y se la participaban, no hizo mas que pregun
tar donde estaba el que la traia, y habiendo reconocido de lejos el uniforme de
guardias, parüó á galope y se encaró con d'Artagnan. Patrik se quedó por
discrecion á alguna distancia.
—Ha sucedido alguna desgracia á la reina? esclamó Buckingam reuniendo
todo su amor y todo su pensamiento en aquella pregunta.
—Por ahora creo que no; sin embargo, pienso que corre algun peligro gra
ve, de que solo vuestra gracia puede libertarla.
—¿Yo? esclamó Buckingam, ¡cómo! seria tan dichoso que pudiera servirla
en alguna cosa? ¡Hablad! ¡hablad!
—Tomad esta carta, dijo d'Artagnan.
—¿Esta carta? ¿de quién es?
—De Su Magestad, segun presumo.
—¡De Su Magestad! esclamó Buckingam poniéndose tan pálido, que d'Ar
tagnan creyó iba á desmayarse.
Abrióla desde luego.
—Porqué habrá ese rasguño? dijo á d'Artagnan enseñándole una parte de
la carta , la cual estaba en efecto atravesada.
— ¡Ah ! ya caigo en ello, dijo d'Artagnan , no lo habia reparado: la espada
del conde de Wardes será la que habrá hecho la lindeza al hacerme unas cos
quillas en el pecho.
—¿Estais herido ? preguntó Buckingam.
—No es nada , dijo d'Artagnan , un arañazo.
—¡Santo cielo ! ¡ que he leido ! esclamó el duque, Patrik, quédate aquí, ó
mas bien corre á buscar el rey donde quiera que esté y di á Su Magestad que
le suplico tenga á bien disimularme , pero que un asunto de la mayor impor
tancia me obliga á volver á Londres. Venid, caballero, venid.
Y ambos corrieron á escape hácia la capital.
184 LOS TRES MOSQUETEROS.

CAPÍTULO XXI.

La condesa de Winter.

El duque fué informándose mientras caminaban, no de todo lo que pasaba,


sino de lo que d'Artagnan sabia , y combinando con sus recuerdos lo que oia
de boca del joven , pudo formarse una idea bastante exacta de una posicion,
cuya gravedad manifestaba bastante la carta de la reina , por corta que esta
tuera. Pero de lo que mas se admiraba, era que el cardenal , interesado como
estaba en que este jóven no pusiese el pié en Inglaterra , no te hubiese hecho
arrestar en el camino. Entonces fué , habiendo manifestado á d'Artagnan su
admiracion, cuando le refirió este las precauciones tomadas , y como, gracias
á la cooperacion de sus tres amigos , á quienes habia dejado mal heridos y
dispersos por el camino , habia logrado por fin salir de apuros despues de la
estocada que atravesó, la carta de la reina, estocada que tan terriblemente ha
bia hecho pagar al de Wardes. El duque , mientras estaba escuchando esta
relacion hecha con la mayor sencillez , miraba de vez en cuando al jóven con
aire de admiracion , como si no acertara á comprender que tanta prudencia,
valor y desprendimiento pudiese reunir un jóven, cuyo rostro indicaba apenas
veinte años.
Los caballos corrian como el viento y en pocos momentos estuvieron á las
puertas de Londres.
Figurábase d'Artagnan que al entrar en la ciudad detendria el duque la im
petuosidad de su caballo , pero no sucedió asi ; sino que siguió á todo escape
LOS TRES MOSQUETEROS. 185
importándole muy poco el atrepellará todo viviente que á su tránsito se en
contráis. En efecto, al atravesar la ciudad, ocurrieron dos ó tres lances de esa
naturaleza, pero Buckingam ni siquiera volvió la cabeza para mirar á los atro
pellados. D'Artagnan iba tras él en medio de unos gritos que mucho se pare
cían á buenas maldiciones.
Así que llegó Buckingam al patio de su palacio , saltó del caballo y sin
cuidarse de lo que seria de él, echóle la brida al cuello y lanzóse hácia la es
calera. D'Artagnan hizo otro tanto , con alguna mas inquietud por aquellos
nobles animales cuyo mérito habia podido apreciar ; pero tuvo el consuelo de
ver que de las cocinas y caballerizas acudieron volando tres ó cuatro lacayos,
y se apoderaron inmediatamente de ellos. Andaba el duque con tal rapidez,
que d'Artagnan podia apenas seguirle. Fué atravesando sucesivamente muchos
salones de una elegancia tal que los mas grandes señores de Francia ni tenian
siquiera idea de ella , y llegó por fin á un dormitorio que era á la vez un mi
lagro de gusto y riqueza. En la alcoba de este aposento habia una puerta entre
la tapicería , la cual abrió el duque con una llavecita de oro que llevaba al
cuello suspendida de una cadenita del propio metal.
Por discrecion se habia quedado d'Artagnan á alguna distancia , pero en el
momento en que Buckingam pasaba el umbral de esa puerta, volvióse y cono
ciendo la perplexidad del jóven.
—Venid , le dijo , y si teneis la dicha de ser admitido á la presencia de Su
Majestad, decidle lo que habeis visto.
Halláronse entonces uno y otro en una capillita , entapizada toda con seda
de Persia bordada de oro, espléndidamente iluminada por un gran numero de
bujías. Sobre una especie de altar, y bajo un dosel de terciopelo azul coronado ,
con plumas blancas y encarnadas , habia un retrato de tamaño natural repre
sentando á Ana de Austria, y tan perfecto en semejanza, que d'Artagnan soltó
al verlo- un grito de sorpresa; no parecía sino que iba á hablar.
Sobre el altar y debajo el retrato estaba el cofrecilo que contenía las agu
jetas de diamantes.
El duque se acercó al altar, y arrodillándose con la veneracion de un buen
sacerdote ante la imájen de Jesucristo, volvió á levantarse y abrió elcofrecito.
—Tomad , le dijo, sacando de él una grande cinta azul resplandeciente de
diamantes, aquí teneis las preciosas agujetas con las cuales habia hecho jura-
' mento de hacerme enterrar. La reina me los ha dado , y la reina los reclama
ahora, hágase en todo su voluntad , lo mismo que la de Dios.
Púsose en seguida á besar uno tras otro los herretes de diamantes de que
iba á desprenderse. De repente dió un grito terrible.
—¿Que hay, Milord ? preguntó d'Artagnan con inquietud ; ¿ que os sucede?
—Sucede que todo se ha perdido ! esclamó Buckingam poniéndose pálido
como un difunto; faltan dos herretes , no hay mas que diez.
/ —¿Y cree milord que se hayan perdido , ó que se los háyan robado ?
24
180 LOS TRES. MOSQUETEROS.
—Me los han robado, repuso el duque , y será una treta del cardenal. Mi
rad, observadlo bien, las cintas respectivas han sido cortadas con tijeras.
—Si milord pudiese presumir la persona que ha cometido el robo... Tal'veí
puede que los tenga en su poder.
—¡Esperad ! dijo el duque; la única vez que los llevé, fué para el baile del
rey en "Windsor , hace ocho dias. La condesa de Winter , con la cual estaba
reñido, se me acercó en ese baile. La reconciliacion era una venganza por ce
los. Desde entonces, no la he visto mas. Esta mujer es agente del cardenal.
—Pero, en todas partes tiene agentes ese hombre ! esclamó d'Artagnan.
—I Oh ! sí , 9i , dijo Buckingam apretando los dientes de rabia , si , es un
terrible enemigo. Pero, sin embargo, ¿cuando debe verificarse ese baile?
— El lunes próximo.
— ¡ El lunes próximo ! Aun es mas tiempo del que necesitamos , son cinco
dias. ¡ Patrik ! gritó el duque abriendo la puerta de la capillita ! Patrik !
El ayuda de cámara , que luego de haber dado aviso al rey de la urgente
salida de su amo para Londres , habia volado tras de él , se presentó inmedia
tamente.
— ¡ Mi joyero y mi secretario !
El ayuda de cámara salió con una prontitud y un silencio, que indicaban el
hábito contraido de obedecer ciegamente y sin réplica.
Pero aun que fué avisado primeramente el joyero , acudió antes el secreta
rio. Era natural, habitaba en el mismo palacio, y encontró á Buckingam sentado
delante de una mesa en el dormitorio escribiendo varias órdenes de su puño.
—Señor Jackson , le dqo , vais, ahora mismo á casa del lord canciller , y
le direis que le encargo la ejecucion de estas órdenes. Deseo que se promul
guen al momento.
—Pero, monseñor, dijo Jackson , despues de estar enterado, si el lord can
ciller me pregunta sobre los motivos que han podido inducir á vuestra gracia
á una disposicion tan estraordinaria, ¿ que deberé contestarle?
—Que tal es mi voluntad , y que de mi voluntad á nadie tengo que dar
cuenta.
—¿Es esa la respuesta que deberá trasmitir él á Su Magostad , replico son-
riéndose el secretario, si por casualidad tuviese Su Majestad curiosidad de sa
ber el porque no se permite salir á ningun buque de los puertos de la Gran-
Bretaña ?
—Teneis razon , caballero , respondió Buckingam , en ese caso que diga al
rey que he resuelto la guerra, y que esta medida es el primer acto de hostilidad
contra la Francia.
—El secretario se inclinó , y en seguida se fué.
—Ya podemos estar tranquilos por este lado , dijo Buckingam volviéndose •
hácia d'Artagnan. Si los herretes no han salido ya para Francia, no llegarán
allá sino despues de vos.
LOS TRES MOSQUETEROS. 187
—¿Y eso, cómo?
—Acabo de embargar todos los buques que se hallan actualmente en los
puertos de Su Majestad, y sin un permiso especial, ni uno solo se atreverá á
tevar áncoras.
D'Artagnan miró asombrando á aquel hombre que asi empleaba el poder
itimitado de que la confianza del rey le revistiera, en servicio de sus amores.
Buckingam conoció en la espresion del semblante del jóven lo que pasaba en
su pensamiento, y se sonrió.
—Si, dijo, si: es que Ana de Austria es mi verdadera reina, y con una pa
labra suya haria traicion á mi patria, á mi rey, y hasta haria traicion a mi
DLos. Ana me ha pedido que no enviase á los protestantes de la Rochela el
socorro que les habia ofrecido, y asi to he hecho.
Faltaba á mi palabra, pero, no importa, obedecia su deseo: ¿no me ha sido
grandemente recompensada ta obediencia, puesto que á esa obediencia debo
su ratrato?
D'Artagnan se quedó atónito al considerar los hitos tan frágiles y descono
cidos de que están 4 veces pendientes los destinos de un pueblo y las vidas de
los hombres.
Mientras asi estaba profundizando, entró el platero: era un irlandés, de los
mas consumados en su arte, y quien confesaba él mismo que ganaba cien mil
libras anuales con el duque de Buckingam.
—Señor Oreilly, le dijo el duque conduciéndole á la capiUita, examinad es
tos herretes de diamantes, y decidme cuanto vale cada uno.
El platero consideró tigeramente la elegancia con que estaban montados,
calculó uno con otro el valor de los diamantes, y sin vacilacion ninguna:
—Mil quinientos doblones, dijo:
—Cuántos dias se necesitarian para hacer dos herretes como- estos? pues
ya veis que faltan dos.
— Ocho dias, milord.
—Los pagaré á tres mil doblones cada uno, y deben estar para pasado ma
ñana.
—Milord los tendrá pasado mañana.
—Sois un hombre precioso , señor Oreilly, pero no es esto todo, estos her-
. retes no pueden confiarse á nadie , y es preciso que sean trabajados en mi
casa.
—Es imposible milord, pues no hay mas platero que yo que pueda hacerlos
de modo que no se conozca diferencia entre los nuevos y los antiguos, y para
hacerlo, me es preciso trabajar en mi taller con todos mis instrumentos.
—Nada, querido señor Oreilly, no hay mas sino que sois mi prisionero, y
en este momento por mucho que quisiereis salir de mi casa, no podriais lo
grarlo, con que asi tomad vuestro partido: decid los oficiales vuestros que ne
cesiteis, y designad los utensitios que deben¡traer.
188 LOS TRES MOSQUETEROS.
El platero conocia al duque y sabia que toda observacion era escusada: asi
es que al momento hubo tomado su partido.
—¿Me será permitido avisar á mi mujer? preguntó.
— Oh, hasta os será permitido verla y todo, señor Oreilly: vuestra prision
será benigna, no tengais cuidado, y como toda incomodidad exige una indem
nizacion, aqui teneis, á parte del precio de los dos herretes, un billete de mil
doblones, para haceros olvidar el fastidio que os causo.
D'Artagnan no podia salir del asombro que le causaba aquel ministro, que
de aquel modo manejaba hombres y millones.
En cuanto al platero, escribió á su mujer enviándole además el vale de mil
doblones, y encargándole que le remitiese en cambio su oficial mas diestro,
un surtido de diamantes del peso y calidad que le manifestaba, y uña lista de
los instrumentos que necesitaba.
Buckingam condujo al platero al cuarto que se le habia destinado, y que al
cabo de media hora quedó trasformado en taller. En seguida puso un centi
nela á cada puerta con la consigna de no dejar entrar á nadie mas que á su ayu
da de cámara Patrik. Escusado es advertir que tanto al platero como su oficial
les estaba absolutamente prohibido el salir bajo ningun pretesto.
Arreglado este punto, volvió el duque á d'Artagnan.
—Ahora, mi jóven amigo, le dijo, la Inglaterra es de nosotros dos. ¿Qué
quereis? ¿qué deseais?
—Una cama, respondió d'Artagnan, pues confieso que por ahora es eso lo
que mas falta me hace.
Buckingam acompañó á d'Artagnan á un cuarto contiguo al suyo. Queria te
nerle cerca de él no porque desconfiára, sino por tener una persona con quien
hablar constantemente de la reina.
Una hora despues promulgóse en Londres la orden de no dejar salir de los
puertos ninguna embarcacion fletada para Francia, ni aun la del correo. A los
ojos de todos fué esta disposicion una declaracion de guerra entre ambos
reinos.
A las once de la mañana del dia convenido estaban concluidos los dos her
retes de diamantes: pero tan exactamente imitados, tan perfectamente iguales
que el mismo Buckingam no pudo distinguir los nuevos de los antiguos, y lo
propio hubiera sucedido á los mas diestros inteligentes en esta materia.
Al punto hizo llamar á d'Artagnan.
—Tomad, le dijo, aqui teneis los herretes de diamantes, que habeis venido
á buscar, y sed testigo de que he hecho todo cuanto depende del poder hu
mano.
—Perded cuidado, milord; diré lo que he visto, pero vuestra gracia me en
trega los herretes sin el cofrecito.
—El cofrecito os serviria de estorbo, y además es para mi un objeto tanto
mas precioso, cuanto que es el único que me queda. Direis que le guardo.
Jorge Villers .Duque de Buckmóam
LOS TRES MOSQUETEROS. 189
—Asi lo diré, palabra por palabra, milord.
—Y ahora, continuó Buckingam mirando fijamente al joven, ¿cómo podria
recompensar el servicio que me habeis hecho?
D'Artagnan se puso encarnado hasta los ojos, pues conocia que el duque
buscaba el medio de hacerle aceptar alguna cosa, y la idea de que su sangre
y la de sus compañeros iba á serle pagada con oro inglés, le repugnaba muy
singularmente.
—Entendámonos, milord, y examinemos bien los hechos de antemano, á
fin de que no pueda haber equivocaciones. Yo estoy al servicio del rey y dela
reina de Francia y soy individuo de la compañia de guardias del señor Des-
Essarts, quien, lo mismo que su cuñado señor de Treville, es persona entera
mente adicta á Sus Majestades. Por consiguiente, todo lo que he hecho ha sido
por la reina y no por vuestra gracia. Hay mas, y es que acaso no hubiera he
cho nada de eso, k no aspirar á ser bien quisto de una persona que es la dama
mia como la reina lo es vuestra.
—Si, dijo el duque sonriéndose, y hasta creo conocer á esa persona. Es....
—Milord, no la he nombrado, interrumpió el jóven con viveza.
—Teneis razon, dijo el duque: ¿con qué á esa persona es á quien debo es
tar agradecido de vuestro desprendimiento?
—Asi es, milord; porque sobre todo ahora que se está tratando de guerra,
os confieso que no veo en vuestra gracia mas que á un inglés , y por consi
guiente un enemigo á quien tendria aun mucho mas gusto en ver en el campo
de batalla, que en su palacio de Londres, ó en las galerias del Louvre, lo que
apesar de eso no hará que deje de ejecutar al pié de la letra mi encargo , y
dejarme matar , si necesario fuere , para cumplirlo : pero lo repito , vuestra
gracia no me debe mayor agradecimiento por lo que he hecho en esta segunda
entrevista que por lo que hice la primera vez que nos vimos.
—Los ingleses decimos : «orgulloso como un escocés» murmuró Buckin
gam.
—Y nosotros decimos : «orgulloso como un gascon» respondió d'Artagnan.
Los gascones son los escoceses de la Francia.
D'Artagnan saludó al duque é hizo ademan de salir.
—Y ahora, ¿os vais asi sin mas ni mas ? Pero, por dónde y cómo ?
—Ah! teneis razon.
—Vaya con esos franceses ! en nada reparan !
— Como hay Dios que habia olvidado que la Inglaterra es una ista y que
vos sois el rey de ella.
—Id al puerto, preguntad por el brik el Sund , entregad esta carta al capi
tan , y él os trasladará á un puertecito donde de seguro no os esperan , y á
donde de ordinario no abordan sino barcos de pescadores.
—¿Como se llama ese puerto?
—Saint-Valery; pero atended: llegado que hubiereis á ese puerto, entrareis .
199 L08 TRES MOSQUETEROS.
en ana mala posada que no tiene nombre ni muestra, nada mas que un pobre
asilo de marineros : no podeis equivocaros porque no hay mas que una.
—¿Y en seguida ?
—Preguntareis por el posadero y le diréis :
For'ward.
—Y eso significa?
—Adelante , es la contraseña. El posadero os dará un caballo y os indicará
el camino que debeis seguir; como esa, encontrareis cuatro paradas en d viaje.
Si es de vuestro gusto , dejad en cada una las señas de vuestra casa en París,
os seguirán los cuatro caballos; á dos de ellos ya los conoceis y me parece que
habeis sabido apreciar lo que valen pues son los mismos que montábamos al
venir de Windsor , y en cuanto á ios otros dos, puedo aseguraros que no les irán
en zaga. Los cuatro caballos están equipados para campana: por mucho amor
propio que tuviereis, espero no llevareis á mal aceptar uno y hacer aceptar los
otros á vuestros camaradas, al fin todo bien mirado es para hacernos la guerra:
el fin justifica los medios , como decís vosotros los franceses , no es eso ?
—Si, acepto, milord, dijo d'Artagnan ; y si Dios quiere-, haremos buen uso
de vuestros regalos.
—Ahora, vuestra mano, jóven; acaso no tardaremos mucho en encontrarnos
en el campo de batalla ; pero entretanto , confio en que nos separaremos como
buenos amigos.
—Por ahora sí, milord; pero con la esperanza de ser enemigos muy pronto.
—Perded cuidado, que no esperareis en vano, os lo prometo.
—Cuento con vuestra palabra, milord.
D'Artagnan saludó al duque y se dirigió rápidamente hacia el puerto. Frente
á la torre de Londres encontró el barco designado, y entregó su carta al capi
tan, quien la hizo visar por el gobernador del puerto, y dieron á la vela.
Cincuenta embarcaciones por lo menos estaban á punto de partir y esperaban .
Al pasar junto á una de ellas , d'Artagnan creyó reconocer á la señora de
Meung, la misma á quien el caballero desconocido habia nombrado milady, y
que á d'Artagnan le habia parecido tan bella ; pero merced á la corriente del
rio y al viento favorable que soplaba , iba su buque tan lijero que en uu ins
tante la perdió de vista.
A cosa de las nueve de la mañana siguiente arribaron á Saint-Valery.
DArtagnan se dirijió al punto á la posada que se le habia indicado, pronto
la reconoció por la gritería que dentro se oia ; hablábase de la guerra entre
Inglaterra y Francia como de un acontecimiento próximo y Cuera ya de toda
duda , de suerte que los marineros alegres con la noticia, estaban de fran
cachela.
Atravesó d'Artagnan por entre la multitud, y acercándose al posadero pro
nunció las palabras For'ward. Inmediatamente le hizo este señor seña de que
le siguiera , salió con él por una puerta que daba al patio , acompañóle á la
LOS TRES MOSQUETEROS. 191
cuadra donde le esperaba un caballo ya ensillado , y le preguntó si necesitaba
algo mas.
—Necesito saber el camino que debo seguir, dijo d'Artagnan.
—Seguireis el camino de Blangy , y desde Blangy ireis á Neufchatel. En
Neufchatel entrareis en la posada del Rastrillo de oro, dad al posadero la mis
ma contraseña y encontrareis, como aqui , un caballo preparado.
—Cuanto debo? preguntó d'Artagnan.
—Todo está pagado , dijo el posadero , y en grande. Podeis marchar y que
Dios os guie !
—Así sea ! respondió el jóven partiendo á rienda suelta.
Cuatro horas despues se hallaba en Neufchatel.
Siguiendo estrictamente las instrucciones que tenia recibidas , encontró en
Neufchatel lo mismo que en Saint-Valery , un caballo ensillado que le estaba
esperando : quiso trasladar de la silla del caballo que dejaba á la de este las
pistolas , pero las fundas del nuevo estaban provistas de otras iguales á las
primeras. .,
. -¿Cuales son las señas de vuestra casa en Paris ?
—Cuartel de Guardia real, compañía del señor Des-Essarts.
—Bien, dijo el posadero.
—¿Que camino debo tomar? preguntó á su vez d'Artagnan.
—El de Ruan; pero dejareis la villa á la derecha. Haced alto en la aldea de
Eoows, dottde no hay mas que ua mesoa, el Eicudo de Francia. No la juaguéis
por la apariencia , en su cuadra teodrá ua caballo que en nada cede á este.
—La misma contraseña ?
—Ni mas ni meaos.
—Adiós, patron.
—Buen viaje, caballero: ¿Necesitais algo?
D'Artagaan hiao eou la cabeza una señal aegaiiva y partió ¿t todo escapo.
Ea Ecouis repitióse la misma eseena ; encentró á un posadero tan obsequioso
como los demás, un caballo bueno y descansado, dejó su direccion en París y
fué siguiendo hasta Pontoise. En Pontoise mudó por última vez de cabalgadura»
y á las nueve entraba á iodo correr en el patio de la casa del señor de Treville.
Habia andado cincuenta leguas ea doce horas.
El señor de Treville le recibió como si le hubiese visto en aquella misma
mañana , no hizo mas que apretarle la mano algo mas vivamente que salía.
Díjole que la compañía del señor Des-Essarts estaba de guardia en el Louvre,
y que podía irse á su puesto.
192 LOS TRES MOSQUETEROS.
.

CAPÍTULO XXII.

El baile.

El dia siguiente no se hablaba en París de otra cosa que del baile que los
señores regidores de la ciudad daban al rey y á la reina, y en el que Sus Ma-
gestades debian bailar la Merlaison; que era la danza favorita del rey. Hacia
ocho dias que en la casa consistorial se estaba preparando todo para un sarao
tan solemne. El carpintero de la ciudad habia levantado catafalcos donde de
bian colocarse las señoras convidadas , el cerero de la ciudad habia puesto en
las salas doscientas bujías de cera blanca , cosa que en aquella época era un
lujo desconocido; y por último habian sido avisados veinte violinistas, á quie
nes se daba el doble de lo que solian ganar , en atencion , dicen las crónicas,
á que debian estar tocando toda la noche.
A las diez de la mañana el señor de Lacoste, abanderado de la Guardia real,
seguido de dos exentos y de muchos ballesteros de su cuerpo , fué á pedir al •
escribano de la ciudad llamado Clement todas las llaves de puertas, cuartos y
oficinas de la casa de la ciudad. Fuéronle entregadas al instante. Cada una de
las llaves tenia una tarjeta que indicaba su puerta correspondiente , y desde
aquel momento quedó encargado el señor de Lacoste de la guardia de todas
las entradas y salidas.
A las once llegó á su vez el señor Duhallier, capitan de guardias , trayendo
consigo cincuenta ballesteros que fueron inmediatamente repartidos por el edi
ficio en las puertas que les habian sido designadas. A las tres llegaron dos
compañías mas, una de guardia francesa y otra de guardia suiza. La francesa
LOS TRES MOSQUETEROS. . 193
estaba compuesta la mitad de guardias del señor Duhallier, y la otra mitad de
los del señor Des-Essarts. A las seis de la tarde principiaron á llegar los con
vidados; y conforme iban entrando eran colocados en las graderías dispuestas
al efecto.
A las nueve llegó la señora corregidora , y como esta era , despues de la
reina, la persona de mayor consideracion en esta fiesta , fué recibida por los
señores del ayuntamiento y colocada en el palco vecino al que para la reina
estaba preparado. A las diez se puso la mesa de los dulces para el rey en la
salita que se halla por el lado de la iglesia de San Juan y enfrente del cuarto
donde estaba el servicio de plata de la ciudad, custodiado a la sazon por cuatro
ballesteros.
A las doce de la noche oyéronse muchos gritos y numerosas aclamaciones:
era porque el rey iba pasando por las calles que conducen desde el Louvre á la
casa del ayuntamiento, las cuales estaban iluminadas con faroles de color.
Inmediatamente , los señores rejidores vestidos con sus ropones de paño y
precedidos de diez alguaciles que llevaban cada uno una hacha , salieron a
recibir al rey á quien encontraron ya en los primeros escalones, y el preboste
de los comerciantes le dió la bienvenida , respondiendo Su Majestad que disi
muláran su tardanza , echando la culpa al cardenal quien le habia detenido
hasta las once hablándole sobre asuntos del estado.
Su Majestad en traje de ceremonia iba acompañado de su augusto hermano,
del conde de Soissons, del gran Prior, del duque de Longueville, del duque de
Elbeuf, del conde de Harcourt, del conde de la RocheGuyon, del señor de Lian-
eourt, del señor de Baratías, del conde de Cramail y del caballero de Souveray.
Todos notaron desde luego que el rey estaba triste, y bastante caviloso.
Estaban preparados dos gabinetes uno para el rey y otro para su hermano.
En cada uno de ellos habia puestos en órden trajes de máscara. Lo mismo se
habia hecho con respeto á la reina y á la señora correjidora mayor. Las damas
y caballeros de la comitiva de Sus Majestades, debian disfrazarse de dos en dos
en coartos preparados al efecto.
Antes de entrar el rey en su gabinete, encargó que se le avisase inmediata
mente cuando se presentára el cardenal.
Media hora despues de la llegada del rey, oyéronse nuevas aclamaciones, que
anunciaban la venida de la reina: los rejidores, como lo hicieron antes, y pre
cedidos de los alguaciles , salieron á recibir á la ilustre convidada. La reina
entró en el salon, y todos repararon en que, lo mismo que el rey, pareciaestar
triste , y sobre todo fatigada.
En el momento en que entraba , descorriéronse las cortinas de una pequeña
tribuna , que hasta entonces habia permanecido cerrada , y se vió aparecer el
pálido semblante del cardenal vestido de cabaliare español. Sus ojos se lijaren
en los de la reina , y una terrible sonrisa de alegría asomó, á sus labios : la
reina no llevaba los herretes de diamantes. , ¡
25
194 ' LOS TRES MOSQUETEROS.
Ana de Austria estuvo algunos instantes recibiendo los cumplimientos de
los señores rejidores, y correspondiendo á los saludos de las damas. De repente
apareció el rey con el cardenal en una de las puertas del salon: el cardenal le
iba hablando en voz baja , y el rey estaba sumamente pálido.
El rey atravesó por entre los concurrentes , y sin máscara, con las agujetas
de la ropilla no bien anudadas todavía, acercándose á la reina con voz alterada:
—Señora , dijo , porqué no llevais vuestros herretes de diamantes , siendo
así que sabeis me hubiera gustado veros puesta aquella prenda?
La reina dirijiójla vista en torno suyo, y vió detrás del rey al cardenal son-
riéndose concuna sonrisa diabólica.
—Señor , respondió la reina con voz alterada , porque he temido que entre
tanta gente no me dieran lugar á alguna desazon.
—Y habeis hecho mal, señora! si os hice ese regalo fué con el objeto de que
os adornaseis con él. ¡Os digo que habeis hecho mal ! Y la voz del rey vibraba
de cólera, y todos los concurrentes miraban y escuchaban con admiracion, sin
comprender nada de lo que pasaba.
—Señor, dijo lafreina , puedo enviarlos á buscar á palacio, pues allí están,
y los deseos deJVuestra Majestad quedarán así satisfechos.
— Hacedlo , señora , hacedlo , y cuanto mas pronto mejor , porque dentro
de una hora va"á¡principiar el baile.
La reina saludó en señal de deferencia , y siguió á las damas que debian
conducirla á su gabinete.
El rey se fué tambien al suyo.
Hubo en la sala'un momento de la mayor confusion. Todas las personas ha
bían podido advertir que habia pasado alguna cosa entre el rey y la reina:
pero entrambos habian hablado tan bajo, que habiéndose mantenido todos á
cierta distancia por respeto, nadie habia oido una palabra. Los violines sonaban
con toda fuerza ,ípero nadie hacia caso. El rey salió primero de su gabinete,
vestido en traje|de¡caza de los mas elegantes ; su hermano y los demás caba
lleros iban tambien'vestidos como él. Este era el traje que mejor sentaba al rey,
y vestido de aquella manera parecía verdaderamente el principal jentil-hombre
de su reino.
El cardenal sejacercó al rey y le entregó ana cajita. Abrióla el rey y encon
tró en ella dos herretes'de diamantes.
—Qué significa esto ? preguntó al cardenal.
—Nada, respondió este; sino que si la reina trae los herretes , cosa que no
jnraria , podeis contarlos, señor , y si no hallais mas que diez , preguntad á Su
Majestad, quien[podrá ser el que la haya quitado estos dos que están aquí.
El rey miró al cardenal como para interrogarle , pero no tuvo tiempo para
dirigirle una sola pregunta, pues un grito de admiracion salió de todos los pe
chos. Si el rey parecia el principal gen til -hombre de su reino , la reina era de
«eguro la muger mas hermosa de la Francia.
Ana de Austria .
LOS TRES MOSQUETEROS. 195
Verdad es que su traje de cazadora le sentaba á las mil maravillas : llevaba
Un sombrero de fieltro con plumas azules , un sobretodo de terciopelo color de
perla sujeto con broches de diamantes , y un faldellin de raso azul todo bor
dado de plata. Sobre su hombro izquierdo brillaban sobremanera los herretes
pendientes de una cinta del mismo color que las plumas y el faldellin. Estre
mecióse el rey de alegria y de rabia el cardenal; sin embargo á la distancia en
que se hallaban de la reina no podian contar los herretes. Ya no cabia duda
de que la reina los traia ; todo consistia ya para ellos en saber si eran diez ó
si eran doce.
En aquel momento los violines dieron la señal del baile favorito de Luis. El
rey se adelantó hácia la señora correjidora con la cual debia bailar, y su alteza
el hermano del rey con la reina. Colocáronse en sus respectivos puestos y se
dió principio al baile.
El rey figuraba en frente de la reina , y cada vez que pasaba á su lado de
voraba con la vista aquellos herretes cuyo número leera imposible contar. Un
sudor frio bañaba la frente del cardenal. El baile duró mas de una hora, pues
tenia diez y seis tandas. Luego que hnbo concluido , y eso en medio de los
aplausos de toda la concurrencia, todos acompañaron las damas á sus puestos,
pero el rey se valió del privilegio que tenia de abandonar á su pareja en el
mismo lugar en que se encontraba, para avistarse de cerca con la reina.
—Os doy gracias, señora, la dijo, por la deferencia que habeis manifestado
en acceder á mis deseos ; pero creo que os faltan dos herretes , y aqui os los
traigo.
Y esto diciendo , presentó á la reina los dos herretes que le habia dado el
cardenal.
—¡Como, señor ! esclamó la reina aparentando sorpresa ; me dais otros dos
herretes todavia? Con que asi tendré catorce !
En efecto , el rey contó , y los doce herretes se hallaron en las agujetas de
Su Majestad.
El rey llamó al cardenal:
—¡Y bien! ¿qué significa todo esto, señor cardenal? preguntó en tono severo.
—Esto no significa , señor, respondió el cardenal , sino que deseaba hacer
aceptar estos dos herretes á Su Majestad , y que no atreviéndome á ofrecerles
por mi mismo, he adoptado este medio.
—Y estoy por ello tanto mas agradecida á Vuestra Eminencia , respondió
Ana de Austria con una sonrisa que indicaba no engañarla aquella ingeniosa
galanteria, cuanto que estoy segura de que estos dos herretes solos os cuestan
tanto como han costado los otros doce á Su Majestad.
Y saludando al rey y al cardenal, se dirigió la reina en seguida al gabinete
donde se habia vestido y en el cual debia desnudarse.
La atencion que nos hemos visto precisados á fijar en el principio de este
capitulo sobre los ilustres personajes que en él introducimos, nos ha apartado
196 LOS TRES MOSQUETEROS.
por un momento de aquel á quien Ana de Austria debia el inaudito triunfo
que acababa de obtener sobre el cardenal , y que confundido, ignorado y per
dido entre una muchedumbre agrupada á una de las puertas , presenciaba
desde alli aquella escena que solo podian comprender cuatro personas; el rey,
la reina, Su Eminencia y él.
Acababa de entrar la reina en su cuarto , y d'Artagnan se disponia ya á
marcharse cuando sintió que le tocaban lijeramente en el hombro ; volvióse y
vió á una jóven que le hacia seña de seguirla. Tenia esta jóven cubierto el
rostro con una careta de terciopelo negro; pero á pesar de esta precaucion, to
mada sin embargo mas bien para los demás que para él, reconoció d'Artagnan
al momento á su guia acostumbrado, la esbelta é injeniosa señora Bonacieux.
Apenas se habian visto la vispera de aquetla funcion en casa del portero Ger
man , donde d'Artagnan la habia hecho acudir á su regreso de Londres. La
prisa que tenia la jóven por (raer á la reina la buena noticia de la feliz llegada
de su mensajero , fué motivo de que los dos amantes se habláran muy pocas
palabras. D'Artagnrn siguió á la jóven impulsado por un doble sentimiento,
el amor y la curiosidad. Mientras andaban y á medida que los corredores iban
estando mas desiertos, queria d'Artagnan detener á la jóven, hacerla una ca
ricia y contemplarla , aun cuando no fuese mas que un instante ; pero lijera
como una avecilla, se le escurría siempre de entre sus manos, y cuando que
ría hablarla, su dedo puesto en la boca con un airecito imperativo pero encan
tador al mismo tiempo , le recordaba que se hallaba bajo la influencia de un
poder al cual debia obedecer ciegamente y que le prohibia hasta la mas leve
queja : en fin despues de uno ó dos minutos de vuettas y revueltas, la señora
Bonacieux abrió una puerta é introdujo al jóven en un gabinete completamente
oscuro. Alli le hizo una nueva seña para que callára y abriendo otra puerta
oculta bajo la tapiceria , y cuyas aberturas despidieron súbitamente una luz
muy viva , desapareció.
D'Artagnan se quedó por un momento inmóvil, preguntándose donde se ha
llaba; pero muy pronto un rayo de luz que atravesaba el cuarto, el ambiente
tibio y embalsamado que hasta él llegaba , la conversacion de dos ó tres mu
jeres en lengua¡e á la vez respetuoso y elegante; y la palabra de Magestad re
petida con bastante frecuencia, le indicaron claramente que se hallaba en un
gabinete que daba al cuarto de la reina.
El jóven se estuvo quietoen la oscuridad, y aguardó. La reina parecia estar
contenta y feliz, cosa que al parecer admiraba á las personas que la rodeaban,
las cuales solian verla casi siempre pesarosa. La reina daba á entender que
ese gozo le provenia de la hermosura de la fiesta , y det placer que le habia
causado el baile, y|como no es permitido contradecirá una reina, ora sonria,
ora llore, todos ponderaban grandemente la galanteria de los señores rejidores
de la ciudad de Paris.
Aunque d'Artagnan no conocia á la reina , distinguió muy pronto su voz de
LOS TBES MOSQUETEROS. 197
entre las demás , primeramente por un leve acento español , y en seguida por
aquella espresion de dominio que naturalmente resalta en todas las palabras
soberanas. Él la oia acercarse y alejarse de aquella puerta que dejaba pasar
la luz , y dos ó tres veces vió tambien la sombra de un cuerpo interceptar sus.
resplandores. Por último una mano y un brazo admirables por su forma y su
blancura , pasaron á través de la tapiceria: Comprendió d'Artagnan que esta
era su recompensa, y poniéndose de rodillas, tomó aquella mano y apoyó res
petuosamente sus labios en ella ; en seguida la mano se retiró dejando entre
las suyas un objeto , que reconoció por. una sortija , y cerrándose luego ente
ramente la puerta, se volvió á quedar d'Artagnan en la mas completa oscuridad.
D'Artagnan se puso la sortija en el dedo , y continuó esperando ; pues era
evidente que aun no estaba todo concluido. Tras de la recompensa del des
prendimiento debia venir la recompensa del amor.
Bien que el baile real habia concluido, la funcion estaba apenas principiada,
debia cenarse á las tres > y el reloj de San Juan no habia dado mas que los
tres cuaros.
En efecto, poco á poco fué disminuyéndose el ruido de las voces en el cuarto
inmediato , alejándose gradualmente ; y en seguida la puerta del gabinete en
que estaba d'Artagnan volvió á abrirse precipitándose en él la señora Bona-
cienx.
— ¡Sois vos al fin! esclamó d'Artagnan.
— ¡ Silencio ! dijo la jóven imprimiendo su mano en los labios del jóven;
¡silencio! y marchaos por donde habeis venido.
—¿Pero en donde y cuando os volveré á ver ? esclamó d'Artagnan.
—Un biltete que encontrareis en casa, os lo dirá. Idos, idos !
Y á estas palabras abrió la puerta del corredor y empujó á d'Artagnan fuera
del gabinete.
D'Artagnan obedeció como un niño sin resistencia ni objecion alguna, lo que
prueba que estaba enamorado muy de veras.
198 LOS TRES MOSQUETEROS.

CAPITULO XXIII.

La cita.

D'Artagnan volvió corriendo á su casa ; y aun cuando eran mas de las tres
de la madrugada y tenia que atravesar los barrios peores de Paris , no tuvo
ningun mal encuentro. Sabido es que hay un dios para los enamorados lo
mismo que para los borrachos.
Estaba entreabierta la puerta del corredor que daba á su habitacion, subió la
escalera, y llamó suavemente y de un modo convenido entre él y su asistente.
Planchet , á quien dos horas antes habia despachado de la casa del ayunta
miento encargándole que le aguardase, vino a abrirle la puerta.
—¿ Ha traido alguien una carta para mi ? preguntó con viveza d'Artagnan.
—Nadie ha traido carta alguna , señor , respondió Planchet , pero aqui hay
una que se ha venido ella sola.
—¿Que quieres decir, imbécil?
—Queria decir que al entrar, bien que yo tenia la llave de vuestro aposento
en mi bolsillo, la cual llave no he abandonado un minuto , he encontrado una
carta sobre el tapete verde de la mesa en vuestra alcoba.
—Y donde está esa carta ?
—La he dejado donde estaba , señor: No es Datural que las cartas entren en
las casas de esa manera. Si siquiera hubiese estado entreabierta la ventana,
vaya con Dios... pero estaba todo tan bien cerrado !... Cuidado , señor , por
que á buen seguro hay en eso alguna brujeria.
Mientras exhalaba sus temores Planchet, dirijióse el jóven á su alcoba y es-
aba abriendo la carta. Era de la señora Bonacieux y venia concebida en estos
términos:
LOS TRES MOSQUETEROS. 199
a Se tiene que tributaros y trasmitiros cordiales gracias; hallaos á eso delas
diez de la noche en Saint-Cloud , frente el pabellon que hay en la esquina de
la casa del señor de Estrée. » C. B.
Al leer esta carta , sentia d'Artagnan que se le dilataba el corazon y se le
constreñia al mismo tiempo con aquel dulce espasmo que atormenta y acaricia
el corazon de los amantes. Era este el primer billete que recibia, y esta la pri
mera cita que le otorgaban. Embriagóse su corazon de alegria , sintióse pró
ximo á desfallecer transportado á ese paraiso terrenal á que llamamos amor.
—Y bien , señor , dijo Planchet que habia visto á su amo ponerse pálido y
encarnado sucesivamente: y bien; no es verdad que lo habia acertado desde un
un principio, y que es ese algun negocio malo ?
—Te engañas, Planchet, respondió d'Artagnan, y en prueba aqui tienes un
escudo para refrescar á mi salud.
—Doy gracias á mi amo por el escudo que me dá , y os prometo seguir en
un todo las instrucciones que me diereis, pero no por eso es menos cierto que
cartas que entran de ese modo en las casas cerradas....
—Caen del cielo, amigo mio, caen del cielo.
—Con que segun eso, estais contento, señor? preguntó Planchet.
—Vaya! Planchet mio, soy et mas feliz de los hombres.
—¿Y puedo aprovecharme de vuestra felicidad para ir á acostarme?
—Si, hombre, si.
—Que el cielo os colme de bendiciones , señor ; pero sin embargo , no deja
esa carta de tenerme asi.. .
Y Planchet se retiró meneando la cabeza con cierto aire de duda que no logró
disipar enteramente la liberalidad de d'Artagnan. Asi que se quedó solo , leyó
y releyó d'Artagnan-'el billete, besando veinte veces los renglones trazados por
la mano de su bella querida. Acostóse por fin , se durmió , y no fueron poco
dorados sus ensueños. A las siete de la mañana se levantó y llamó á Planchet,
quien á la segunda llamada abrió la puerta , sin estar borradas todavia de su
rostro las señales de inquietud que manifestó la vispera.
—Planchet , le dijo d'Artagnan , salgo para no volver quizá en todo el dia;
quedas, pues, libre hasta las nueve de la noche, pero procura estar listo á las
nueve con dos caballos dispuestos.
—Todo sea por Dios , dijo Planchet , parece que vamos todavia á hacernos
acribillapel pellejo !
—Tomarás tu mosquete y las pistolas.
—Y bien ! no lo decia yo ? esclamó Planchet ; desde luego lo presumi , ah
maldita carta I
—Callarás mentecato ! si no se trata mas que de una salidita para diver
tirnos.
—Si , como los viajes de distraccion del otro dia , en que llovian balas , y
nacian acechanzas.
200 LOS TRES MOSQUETEOOS.
—Entonces, si leñéis miedo, señor Planchet, iré yo solo, repuso d'Artagnan;
mejor quiero andar solo, que no llevar un compañero que tiemble.
—En eso sí que me haceis una injuria , señor ; parecíame sin embargo que
podiais haber visto mi comportamiento.
—Sí; pero se me antoja, que has gastado todo tu valor de ana sola vez.
—Mi amo vera cuando llegare la ocasion que todavía ha quedado algo, so
lamente le ruego que no lo prodigue demasiado, si quiere que dure por mucho
tiempo.
—Y te figuras que tendrás que emplear esta noche alguna cantidad de ese
valor que te ha quedado?
—Así lo creo.
—Pues bien: cuento contigo.
—Estaré dispuesto á la hora que habeis dicho, no hay sino que pensaba no
teníais mas que un caballo en las cuadras del cuartel.
—Lo que es ahora , puede que no haya mas que uno ; pero por la tarde
habrá cuatro.
— Parece, segun eso, que noestro viaje ha sido un viaje de remonta!
—Cabal , dijo d'Artagnan ; y habiendo hecho á Planchet el último jesto de
escitacion al puntual desempeño de su cargo, se marchó.
El señor Bonacieux estaba á la puerta. La intencion de d'Artagnan era de
pasar de largo sin hablar al digno mercader ; pero este le hizo un saludo tan
amable y benigno , que fué preciso al inquilino , no solo devolvérselo , sino
trabar conversacion con él.
Además , como no manifestar cierta condescendencia con un marido cuya
mujer ha dado una cita para aquella misma noche en Saint-Cloud frente al
pabellon del señor de Estrées ? D'Artagnan se acercó con el aire mas amable
que le fué posible tomar.
La conversacion recayó naturalmente sobre el encarcelamiento del pobre
hombre. El señor Benacieux que ignoraba que d'Artagnan hubiese oido su
conversacion con el desconocido deMeung, refirió á su joven inquilino las per
secuciones de aquel monstruo del señor Lisman , á quien no dejó de calificar
en sn narracion de verdugo del cardenal , estendiéndose largamente sobre la
Bastilla, los cerrojos, los calabozos , las claraboyas , las cadenas y los instru
mentos de tortura.
D'Artagnan le estuvo escuchando con una complacencia ejemplar y despues
que hubo concluido.
— ¡Ah! dijo el señor Bonacieax, ellos se han guardado bien de decírmelo, y
la señora Bonacieux me ha jurado por todos sus santos que lo ignoraba absolu
tamente. Pero y vos mismo? que ha sido de vos en estos dias pasados? continuó
Bonacieux en el tono de la mas cachazuda honradez, no os he visto, ni tampoco
á ninguno de vuestros amigos , y no será regularmente en las calles de París
donde habeis recoj ido todo el polvo que Planchet sacudia ayer de vuestras bolas.
LOS TRES MOSQUETEROS. 201
—Teneis razon , querido señor Bonacieux , mis amigos y yo hemos hecho
un corto viaje.
—¿ Muy léjos de aquí ?
/ —No vale la pena , nada mas que unas treinta leguas , hemos ido á acom
pañar al señor Athos á tomar tas aguas de Forges , y allí han quedado mis
amigos.
—Y vos os habeis vuelto , ¿ no es verdad ? preguntó Bonacieux dando á su
fisonomía el aire mas bribon que le fué posible. Un buen mozo como vos no
obtiene de su querida licencias muy largas , y sin duda os estaban esperando
en París con la mayor impaciencia, no es eso?
—A fé , dijo riendo el jóven , lo habeis acertado y os lo confieso con tanto
mayor motivo, querido señor Bonacieux, cuanto que veo que nada se os puede
ocultar. Sí , me esperaban en efecto , y con mucha impaciencia , ya que me
obligais á decirlo.
Pasó por la frente de Bonacieux como una lijera nube , pero tan lijera que
d'Artagnan no la notó.
—¿ Y van ahora á recompensaros por la prontilud ? continuó el mercader
con una lijera alteracion de voz que d'Artagnan tampoco reparó , como no
habia reparado la nubecilla momentánea que poco antes oscureciera el sem
blante del pobre hombre.
— Vaya ! quereis ahora echarla de predicador ? preguntó riéndose d'Ar
tagnan.
—No, sino que os lo decia tan solo por saber si se entrará muy tarde.
—Hola ! mi querido huesped , con que segun eso teneis intencion de espe
rarme ?
— No , pero despues de la prision y del robo de que fui víctima , entro en
susto cada vez que oigo abrir una puerta , sobre todo de noche. Que os diré!
yo no soy hombro de armas tomar.
—Pues bien , no os asusteis si vengo á la una , á las dos ó á las tres de la
madrugada ; ni tampoco debeis asustaros aunque no vuelva en toda la noche.
Bonacieux se puso esta vez tan pálido que d'Artagnan no pudo menos de
advertirlo y le preguntó qué era lo que tenia.
—Nada , respondió Bonacieux , nada 5 solo que desde mis desgracias me
acometen unos sobresaltos asi repentinamente, y sin que pueda remediarlo, y
. ahora mismo acabo de sentir uno ; pero no hagais caso de eso, vos que no te-
neis que ocuparos sino en buscar la dicha.
—Pues entonces , se me acabó la ocupacion porque ya soy dichoso.
—Todavía no ; teneis que esperaros un poco , pues dijisteis que hasta la
noche.
—Bien ! pero la noche llegará si Dios quiere , y puede que le espereis vos
con tanta impaciencia como yo. ¿ Quien sabe si la señora Bonacieux vendrá á
visitar el domicilio conyugal? . j
S6
202 LOS TRES MOSQUETEROS.
—La señora Bonacieux no está libre esta noche , respondió con gravedad el
marido, porque sus ocupaciones la detienen en palacio.
—Tanto peor para vos, mi querido huésped , tanto peor, cuando yo soy fe
liz, quisiera que todo el mundo lo fuese tambien ; pero, icomo ha de ser ! pa
rece que hay inconvenientes.
Y el jóven se alejó riéndose á carcajadas de la broma que él solo creia com
prender.
—¡Divertios mucho! esclamó Bonacieux con acento sepulcral.
Pero d'Artagnan estaba ya muy léjos para oirle , y aun cuando le hubiese
oido , la disposicion de su ánimo no le hubiera dejado tampoco hacer alto en
ello. Dirigióse pues á casa del señor de Treville, pues su visita por la vispera,
segun se puede recordar, habia sido muy corta y poco esplicativa.
Encontró al señor de Trevilte poseido del mayor gozo , porque el rey y la
reina se habian mostrado en el baile sumamente afectuosos con él bien que el
cardenal habia puesto una cara completamente desagrad able , habiéndose re
tirado á la una de la madrugada á pretesto de hallarse indispuesto. En cuanto
á Sus Majestades.no volvieron al Louvre hasta las seis de la mañana.
—Ahora, dijo el señor de Treville, bajando la voz, y dirijiendo una mirada
á todos los ángulos de la habitacion para ver si estaban enteramente solos;
ahora, hablemos de vos, mi jóven amigo; porque es evidente que vuestro feliz
regreso algo ha debido influir en la alegria del rey , en el triunfo de la reina,
y en la humillacion de Su Eminencia. Cuidad de andar con prudencia.
—Qué tengo que temer, replicó d'Artagnan, mientras tenga la dicha de go
zar del favor de Sus Magestades ?
—Todo , creedme. No es hombre el cardenal que olvide una mala pasada,
mientras no haya ajustado bien la cuenta al que se la haya jugado ; y el que
por esta vez se la ha pegado , se me figura que ha de ser cierto gascon que yo
conozco.
—¿Y creeis que el cardenal esté tan adelantado como vos y sepa que he sido
yo quien ha ido á Lóndres ?
—¡ Diantre ! habeis estado en Lóndres ; y es de Lóndres de donde habeis
traido ese hermoso diamante que brilla en vuestro dedo? ¡Cuidado! mi querido
d'Artagnan ; siempre es sospechoso el regalo de un enemigo. ¿ No hay á pro
pósito de eso algun verso latino?... Esperad , empieza. ...
—Si , no hay duda respondió d'Artagnan que nunca habia podido meterse
en la cabeza siquiera los primeros elementos , y que por su ignorancia habia
causado la desesperacion de su preceptor: si, no hay duda, debe haber uno.
—Si, debe haber uno, dijo el señor de Treville, que tenia una sombra de
instruccion literaria , y el otro dia me lo citaba el señor de Benserade
Aguardad.. . Ahi ya me acuerdo, es ese :
Timo Dañaos et dona ferentes.
Lo cual quiere decir : « Desconfiat del enemigo que os hace regalos. » *
LOS TRES MOSQUETEROS. 203
—Este diamante no viene de manos de ningnn enemigo, replicó d' Artag
uan, viene de las de la reina.
— ¡De la reina! oh! esclamó el señor de Treville : efectivamente es una ver
dadera joya real, que vale mil doblones como un maravedi. ¿ Y por quién os
ha hecho la reina entregar ese regalo ?
—Me lo ha entregado ella misma.
—Y eso , donde ?
— Dándome á besar su mamo.
—Y vos habeis besado la mano de la reina ! esclamó el señor de Treville
mirando á d'Artagnan.
—Su Majestad me ha hecho el honor de concederme esta gracia.
—¿Y en presencia de testigos? ¡Ah! la imprudente! ¡mil veces imprudente!
— No señor, tranquilizaos: nadie lo ha visto, repuso d'Artagnan, y en segui
da contó al señor de Treville como se habia verificado la entrega del diamante.
—¡Oh! las mujeres! esclamó el viejo militar; siempre las reconozco en esa
imaginacion novelesca ; todo lo que tiene visos de misterio las encanta. De
suerte que solo habeis visto el brazo de la reina, nada mas f Y ne la conoce
ríais aun cuando la encontraseis ? Y ella tampoco os conocería aun cuando os
viese, ho es eso?
—En efecto, pero por medio de este diamante... repuso el jóven.
—Escuchad, dijo el señor de Treville, ¿ quereis que os dé un buen consejo;
nn consejo de amigo?
—Lo tendré á mucho honor, caballero, dijo d'Artagnan.
—Pues bien, id á casa del primer platero que os viniere á mano; y vendedle
ese diamante por lo que de él os diere : por judio que sea, siempre os halla
reis sobre ochocientos doblones. Los doblones no tienen nombre , jóven, y es
ta sortija tiene uno y terrible, y que puede hacer mucho daño al que ahora la
lleva.
— ¡Vender esta sortija ! ¡ una sortija que he recibido de mi soberana ! Eso
nunca, dijo d'Artagnan.
—Entonces, volved hácia dentro el diamante, pobre loco, porque es cosa
muy sabida que un segundon de Gascuña no encuentra semejantes athajas en
el guardajoyas de su madre.
—¿Creis segun eso, que tengo porqué temer? preguntó d'Artagnan.
—Temer no , jóven , sino que creo que el que se duerme sobre una mina
cuya mecha esté encendida, debe considerarse seguro si se compara con vues
tra posicion. t
—Cáspita ! esclamó d'Artagnan, á quien el tono de seguridad con que ha
blaba el señor de Treville principiaba á inquietar: cáspita! y que debo hacer?
—Ante todas cosas, estar siempre sobre aviso ; el cardenal tiene la memo
ria muy tenaz y muy larga la mano, amigo mio: creedme, no dejará de juga
ros alguna mala partida.
204 LOS TRES MOSQUETEROS.
—¿ Pero cuál ?
—¿Puedo yo adivinarlo? No tiene á su servicio todas las astucias del dia
blo? Lo menos que os puede suceder es que os veais arrestado.
— ¡Como i se atreverían á arrestar á un hombre que está al servicio de So.
Magestad !
—Vaya que no ! ved si titubearon mucho por embastillar á Athos! pero de
(odos, modos jóven, creed á un hombre que vive en la corte hace treinta años;
no os fieis en aparentes seguridades, ó sois perdido. Ved mas bien enemigos
por todas partes, y si alguno quiere armaros una disputa, aun cuando sea un
niño de diez años, evitadla ; si os atacan, sea de dia ó de noche, batios en re
tirada y sin avergonzaros por ello, si atravesais un puente, tantead bien las
tablas, no sea que una se unda bajo vuestros piés ; si pasais por delante de
una casa que se esté edificando, mirad á lo alto, no fuera que os cayese alguna
piedra encima la cabeza, si os retirais tarde, haceos acompañar por vuestro
asistente y que esté bien armado, y ved aun si podeis estar bien seguro de él.
Desconfiad de todo el mundo, de vuestro amigo , de vuestro hermano, de vues
tra querida.
D'Artagnan se sonrojó.
—¿ De mi querida? repitió maquinalmente ; y por qué de ella antes que de
cualquiera otra persona?
—Es que la querida es uno de los medios predilectos del cardenal; ningu
no emplea tan amenudo ni le sale tan bien como ese ; una muger os vende por
diez doblones ; testigo sino Dalila la de Sanson.
D'Artagnan pensó en la cita que le habia dado la señora Bonacieux para
aquella noche, pero debemos decir en elogio de nuestro héroe, que la mala
opinion que el señor de Treville tenia formada de las mugeres en general, no
le inspiró la menor sospecha contra su linda patrona.
—Pero ahora que me acuerdo, y ¿vuestros tres compañeros en donde estání
—Iba á preguntaros si habeis tenido noticias de ellos .
—Ninguna absolutamente.
—Pues lo que es yo los he dejado en el camino ; á Porthos en Chantilly con
un desafío entre manos, á Aramis en Crevecoeur con un balazo en el hom
bro y á Athos en Amiens con una acusacion de monedero falso.
—¿Lo veis? dijo el señor de Treville, y vos ¿cómo pudisteis escaparos?
—Por milagro, señor; debo decirlo, con una estocada en el pecho y clavan
do al conde de Wardes cerca el camino de Calais, lo mismo que quien cla«a
una mariposa sobre uia tapicería.
— ¡ Eso mas todavía I Wardes, uno de los del cardenal, primo de Rochefort:
mirad, amigo, me ocurre una idea.
—Decid.
—En vuestro lugar yo haria una cosa.
—¿Cual?
LOS TRES MOSQUETEROS. 208
—Mientras que su Eminencia me haria bascar en París, tomaría yo callan
dito y sin meter ruido el camino de Picardia y me iria á saber noticias de mis
tres compañeros. Que diantre ! me parece que bien merecen esta pequeña
atencion de vuestra parte.
—El consejo es bueno, y mañana partiré.
— ¡Mañana! ¿Y por qué no esa tarde?
—Porque esta noche debo estar en Paris por un asunto indispensable.
— ¡ Ah jóven I ¡ jóven! algun amorío. ¡Cuidado! vuelvo á repetiros : la mu-
ger es la que nos ha perdido á todos , y continuará perdiendo á cuantos hom
bres existan. Creedme, partid esta tarde.
—Me es imposible, caballero.
—¿Habeis dado acaso vuestra palabra ?
—Si señor.
—Entonces es otra cosa, pero prometedme que si no os matan esta noche,
partireis mañana sin demora.
—Os lo prometo.
—¿Necesitais dinero ?
—Tengo todavía cincuenta doblones, y me parece que con esto tengo bas
tante.
—¿ Pero y vuestros compañeros ?
—Creo que no les debe faltar, pues salimos de Paris con setenta y cinco do
blones cada uno.
—¿Con que, ya no volveremos á vernos antes de que partais?
—Así lo creo, á menos que no ocurra algo de nuevo.
—Entonces, buen viaje.
—Gracias, señor.
Y d'Artagnan se despidió del Señor de Treville , encantado'mas que nunca
de su solicitud paternal hácia sus mosqueteros. En seguida fué sucesivamente
á las casas de Athos, de Porthos y de Aramis, ninguno de los cuales habia
vuelto. Sus criados estaban tambien ausentes, y no habia noticias ni de unos
ni de otros.
Bien se hubiera informado de su paradero con sus queridas, pero no cono
cía á la de Porthos, ni á la de Aramis ; por lo que toca Athos, no tenia nin
guna.
Al pasar por el cuartel de guardias, dirijió una mirada á la cuadra, y vió
que de los cuatro caballos habian entrado ya tres. Planchet admirado en es
tremo estaba limpiándolos de suerte que iba ya á limpiar* el tercero.
— ¡Ah señor ! dijo Planchet así que distinguió á d'Artagnan, cuanto me
huelgo de veros.
—¿Y por qué, Planchet? preguntó el jóven.
—Tendríais acaso mucha confianza en nuestro patron, el señor Bonacieux?
—¿ Yo ? ni la mas mínima.
206 LOS TRES MOSQUETEROS.
— ¡ Oh ! ¡qué bien haceis, señor I
—¿Pero a qué viene esa pregunta?
—A que, mientras estabais hablando con él, le observaba yo sin escuchar,
y advertí que su cara cambió dos ó tres veces de color.
— ¡Bah! y que cambie de color cuanto quiera ; que me importa !
—Vos no habeis observado eso, preocupado como estabais con la carta que
habiais recibido ; pero yo, á quien por el contrario el estraSo modo con que
habia parecido en casa aquella carta me hacia estar sobre aviso, no he perdido
un solo movimiento de su fisonomía.
—¿ Y qué tal la has encontrado ?
—Traidora, señor.
—¿De veras Planchet ?
—Además, luego que le hubisteis dejado, y luego que hubisteis desapareci
do por la esquina de la calle, el señor Bonacieux ha tomado el sombrero y cer
rado la puerta, echando inmediatamente á correr por la calle opuesta.
—En efecto, Planchet, tienes razon ; todo eso me parece bastante irregular
y pierde cuidado que n»le hemos de pagar el alquiler hasta tanto que nos ha
ya esplicado terminantemente lo que todo eso significa.
—Lo tomais á chanza, mi amo, pero ya vereis.
— Como ha de ser Planchet! lo que ha de suceder está escrito.
—Con que, segun eso no renunciais á vuestro paseo de esta noche ?
—Muy al contrario, Planchet ; cuanto mas tenga que quejarme del señor
Bonacieux, mas me afirmaré en la determinacion de acudir á la cita que me
dan en esa carta que tanto te inquieta.
— En ese caso, si tal es vuestra resolucion...
—Irrevocable, amigo mío; con que así mira que estés dispuesto sobre las
nueve aquí en el cuartel, que vendré sin falta.
Viendo Planchet que no habia esperanza alguna de hacerle renunciar á su
proyecto, soltó un profundo suspiro y siguió almohazando y discurriendo.
En cuanto á d'Artagnan , como era en el fondo un jóven de gran prudencia,
en vez de volver á su casa , se fué á comer en la de aquel cura de su tierra,
aquel que en la época de la escasez de los cuatro amigos les convidó á un al
muerzo de chocolate.
LOS TRES MOSQUETEROS. ' 207

CAPÍTULO XXIV.

El pabellon.

A las nueve se hallaba d'Artagnan en el cuartel de guardias ; encontró á


Planchet completamente dispuesto. Habia llegado ya el cuarto caballo.
Planchet estaba armado de su mosquete y además de una pistola.
D'Artagnan llevaba su espada , y se puso dos pistolas en la cintura , tomó
en seguida cada uno un caballo y salieron sin hacer mucho ruido. Estaba la
noche enteramente cerrada , y nadie les vió salir. Colocóse Planchet detrás,
siguiendo á su amo á diez pasos de distancia.
D'Artagnan atravesó los muelles, y saliendo por la puerta de la Conference,
iba siguiendo el camino, mucho mas hermoso entonces que ahora, que condu
ce al sitio real de Saint-Cloud.
Mientras caminaron por la ciudad, Planchet guardó respetuosamente la dis
tancia que se habia impuesto, pero asi que el camino fué mostrándose mas de
sierto y oscuro, fué acercándose poco á poco de tal modo, que al entrar en el
bosque de Boulogne, se halló sin mas ni mas al dado de su amo. Es el caso,
que no podemos disimular que la oscilacion de los alto's árboles y el reflejo de
la luna sobre los espesos matorrales le causaban una inquietud bastante gran
de. D'Artagnan conoció que á su criado le pasaba alguna cosa estraordinaria.
—Y bien, mi señor Planchet, ¿que tenemos?
— ¿ No habeis reparado , señor, que los bosques son como las iglesias ?
—¿ Y qué quereis decir con eso Planchet ?
208 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Quiero decir, que en aquellas lo mismo que en estos, no se atreve uno á
hablar fuerte.
—Planchet ¿por qué tienes miedo ?
—Miedo de que me oigan, si señor.
—Miedo de que te oigan , pues nuestra conversacion es bastante moral,
querido Planchet, y nadie tendría que decir en ella.
— ¡Ah señor! repuso Planchet volviendo á su idea principal, cuanto tiene de
socarron el entrecejo de ese señor Bonacieux! y cuanto me desagrada el movi
miento de sus labios !
— ¿ Por qué diablos estás pensando así en Bonacieux?
—Señor, cada cual piensa en lo que puede y no en lo que quiere.
—Porque eres un cobarde, Planchet.
—Señor, no confundamos la prudencia con la cobardia : la prudencia es
una virtud.
—¿Y tú eres virtuoso, no es eso, Planchet?
—Señor, ¿ no es el cañoñ de un mosquete lo que brilla allá bajo? ¡ Si aga
chábamos la cabeza!
—En verdad, murmuró d'Artagnan, á quien los consejos del señor de Tre-
ville acudian á su memoria ; en verdad que este animal acabaría al fin por
infundirme miedo. É hizo andar al trote á su caballo.
Siguió Planchet el movimiento de su amo, lo mismo que si fuese su sombra
y fué continuando al lado suyo.
—¿Vamos á caminar así toda la noche, señor 1 le preguntó.
—No, Planchet , porque tú no tienes ya que andar mas.
—¿Como que yo no tengo que andar mas , pues y vos ?
—Yo voy todavía á algunos pasos.
—¿Y me dejais solo aquí?
—¿Tienes miedo, Planchet?
—No solo me permito advertiros que la noche será muy fría , que la frial
dad produce reumatismo y que un criado que tiene reumatismo es un triste
servidor, especialmente para un amo tan vivo como vos.
—Pues bien , si tienes frio , Planchet , entra en una de aquellas tabernas
que se descubren allá bajo y me esperarás á la puerta a las seis de la
mañana. •
—Señor, el caso es que me he comido y bebido con el mayor respeto el es
cudo que me disteis esta mañana, y no me queda ni un maldito sueldo por si
llegare á tener frio.
—Ahí va medio doblon. Hasta mañana.
D'Artagnan se apeó , y tirando la brida al brazo de Planchet, alejóse rápi
damente embozándose en la capa.
—Jesus , ¡ qué frio tengo ! esclamó Planchet así que hubo perdido de vista
á su amo ; y con ánimo de calentarse pronto , se fué apresuradamente á lia
IOS TWES MOSQUETEROS. 200
mará la puerta ele una casa adornada con todos los atributos de una taberna
de esU'amuros.
Entre tanto d'Artagnan que habia tomado un atajo, iba aproximándose á
Saint-Cloud ; pero en vez de seguir la calle principal! se fué por detrás del
palacio y pasando por una callejuela bastante estraviada, estuvo muy pronto
frente del indicado pabellon. Estaba este situado en un paraje completamente
desierto : una pared alta en cuyo ángulo estaba el pabellon, formaba uno de
los lados do aquella callejuela, y el otro lo componía una cerca que defendia,
contra los transeuntes á un jardinito en cuyo fondo se alzaba una mezquina
choza.
Habia llegado al punto de la cita ; pero como no le habian prevenido que
anunciase su presencia con alguna señal, resolvió esperar y estarse quieto.
Ningun ruido se percibia : dijérase que allí se estaba á cien leguas de la
capital. D'Artagnan se recostó contra la cerca despues de haber dirijido una
mirada bácia sus espaldas : mas allá de aquella cerca, del jardín y de la cho
za, ana niebla oscura envolvía en sus pliegues ese inmenso espacio en que
duerme París, espacio vacío y profundo, en el que se distinguían algunos pun
tos luminosos, estrellas fúnebres de aquel infierno.
Pero á d'Artagnan. todos los puntos de vista le parecían agradables, todas
sus ideas eran risueñas, y todas las tinieblas las veía trasparentes. La hora de
la cita iba á sonar muy pronto.
En efecto, á pocos momentos, el reloj de Saint-Cloud hizo oir diez golpes
lentos que salían de su apaha y sonora boca. Habia algo lúgubre ep aquella
voz de bronce que así se lamentaba en el silencio de la noche. Pero cada uno
de los golpes que formaban la hora deseada, vibraba armoniosamente en el
corazon de nuestro jóven. *
Sus ojos estaban clavados en el pabellon situado en el ángulo de la pared, y
sus ventanas estaban todas cerradas, á escepcion de una del piso principa).
A través de esta ventana brillaba una luz suave que plateaba trémulas ho
jas de dos ó tres tilos que se elevaban formando grupo al rededor de la pared.
Indudablemente detrás de aquella ventana, tan graciosamente iluminada, le
estaba aguardando la gentil Bonacieux. Un resto de pudor la detenia tal vez
aun; pero, habiendo dado ya las diez, se iban á abrir las vidrieras de la veo-
tana y d'Artagnan recibiría por tin de mapps del amor el premio de su cons
tancia.
Mecido en esta dulce idea, esperó d'Artagnan usa media hora sin la menor
impaciencia, fijos sus ojos en aquella encantadora morada cuyo techo de mol
duras doradas atestiguaba la elegancia de |a restante del cuarto.
La campana de Saint-Cloud dió las diez y media.
Por esta vez , sin que d'Artagnan pudiera adivipar la causa, up estremeci
miento involuntario corrió por su cuerpo, ppdia ser tambien que el frio
principiase á hacerle sentir sus efectos, y tomase por una impresion moral,
27
210 LOS TRES MOSQUETEEOS.
una sensacion que era puramente física. Despues ocurrióle la idea de que ha
bia leido mal , y que la cita era á las once. Acercóse á la ventana y acercán
dose á un rayo de luz, sacó la carta del bolsillo y la leyó : no se habia equi
vocado, la cita era para las diez en punto.
Volvióse en seguida á ocupar su puesto, y empezó á inquietarse de aquella
soledad y de aquel silencio.
Dieron las once.
• D'Artagnan principió á temer de veras que hubiese sucedido algo desagra
dable á la señora de Bonácieux.
Dió tres palmadas, señal asaz comun de los amantes, pero nadie le contestó,
ni aun el eco.
Entonces se imaginó, no sin cierto despecho, que la jóven se habia dormido
esperándole.
Acercóse á la pared y probó de trepar por ella, pero estaba perfectamente
lisa y blanqueada y no consiguió mas que estropearse inutilmente las uñas.
En aquel momento pensó en los árboles cuyas hojas continuaba plateando la
luz, y como se hallase uno de ellos algo avanzado hácia el camino, creyó que
por entre las ramas podria sin ser visto penetrar su mirada en el interior del
aposento.
El árbol no ofrecia grandes dificultades, y por otra parte d'Artagnan tenia á
penas veinte años y podia muy bien recordar algo su oficio de estudiante; asi
es que en un momento estuvo en medio del ramaje y por entre los vidrios pe
netraron sus ojos en el interior del cuarto en que habia la luz.
Cosa estraña, y que hizo estremecer á d'Artagnan desde la punta de los piés
hasta la raiz de los cabellos; aquella luz, aquella tranquila lámpara iluminaba
una escena de espantoso desórden : uno* de los vidrios de la ventana estaba ro
to : la puerta del cuarto habia sido forzada, y casi hecha astillas huia de los
goznes ; una mesa que debia sin duda haber estado cubierta con una cena
esquisita, yacia por tierra ; pedazos de botellas, frascos y frutas aplastadas,
tenian sembrado el suelo. Todo indicaba en aquel cuarto una lucha violenta y
desesperada , d'Artagnan hasta creyó reconocer en aquella estraña confusion
pedazos de vestido , y algunas manchas de sangre que teñian manteles y cor
tinas.
Dióse prisa en volver á bajar al momento con horrorosas palpitaciones en
el corazon: queria mirar si encontraba otras señales de violencia. La dulce luz
del cuarto seguia brillando en el silencio de la noche ; D'Artagnan distinguió
entonces, cosa que al principio no habia reparado porque hasta entonces nada
le habia movido á hacer aquel exámen, que la tierra batida por un lado y es
carbada por otro presentaba confusos vestigios de pasos de hombres y de ca
ballos. Además las ruedas de un carruaje que parecia haber venido de Paris
habia marcado en la tierra blanda un surco profundo que no pasaba mas allá
del pabellon y que volvia hácia Paris. Por último, d'Artagnan continuando sus
LOS TRES MOSQUETEROS, 211
pesquisas, encontró junto á la pared un guante de mujer con un rasguño. Sin
embargo, ese guante por todos los puntos que no habia tocado á la tierra era
de una delicada finura, uno de esos guantes perfumados que los amantes gus
tan quitar de una hermosa mano.
Conforme iba d'Artagnan prosiguiendo sus investigaciones, un sudor frio y
abundante corria por su frente, estaba su corazon oprimido por una terrible
agonia, su respiracion era jadeante, y á pesar de todo se decia para tranquili
zarse, que este pabellon nada tendria quizá que ver con la señora Bonacieux,,
que la jóven le habia citado delante del pabellon y no dentro de él ; que podia
muy bien hallarse detenida en Paris por sus quehaceres, ó acaso por los celos
de su marido : pero todos esos raciocinios perdian enteramete su fuerza, que
daban completamente destruidos y anonadados ante este sentimiento de dolor
intimo que en ciertas ocasiones se apodera de todo nuestro ser , gritándonos
por cuantos órganos podemos oir , que una terrible desgracia nos está amena
zando.
D'Artagnan entonces se puso como loco, y corriendo hácia la carretera , se
dirigió en seguida hasta la barca é hizo preguntas al barquero.
A eso de las siete de la noche el barquero habia pasado á una mujer en
vuelta en una gran mantilla negra y que parecia tener mucho interés en no ser
conocida: pero por lo mismo que de tantas precauciones se valia, el barquero
habia fijado mas su atencion y visto que la dama era jóven y bonita.
Entonces , lo mismo que ahora , habia una multitud de lindas jóvenes que
iban á Saint-CIoud, y asi todas tenian interés en no ser vistas, pero d'Artagnan
no dudó un momento que fuese la señora Bonacieux la que el barquero par
ticularmente indicára.
D'Artagnan se aprovechó de la luz que resplandecia en la cabaña del bar
quero para leer otra vez aun el billete de la señora Bonacieux , y cerciorarse
de que no se habia equivocado , pues la cita era en Saint-Cloud y no en otra
parte , delante del pabellon del señor Estrées y no de otra habitacion.
Todo contribuia á probar á d'Artagnan que sus presentimientos no le enga
ñaban , y que habia sucedido alguna grande desgracia- Volvió á tomar cor
riendo el camino del palacio : parecióle que durante su ausencia debia haber
ocurrido alguna novedad en el pabellon, y que por fuerza debia descubrir alli
interesantes pormenores.
La callejuela continuaba desierta y la misma suave claridad se desprendia
de la ventana. Entonces d'Artagnan pensó en aquel recinto mudo y ciego, pero
que sin duda habia presenciado, y acaso podia hablar.
La puerta del cercado estaba cerrada, pero saltó por encima de él, y á pesar
de los ladridos de un perro que estaba atado á una cadena, acercóse a la choza.
A los primeros golpes que dió , nadie respondia : un silencio sepulcral rei
naba en la cabaña, lo mismo que en el pabellon: pero como aquello era ya su
último recurso , insistió en dar golpes.
ÍÍÍ EOS TRÍS «OSQOtTÍROS.
Parecióte á poco rato oir un lijeró ruido interior, ruido en cierto modo dis*
cróto que parecia temer el ser oido.
Entonces cesó d'Artagnan de dar golpes, y empezó á suplicar con acento tan
lleno de inquietud y de promesas , de espanto y de zalamerias , que no poda
ser mas propia su voz para tranquilizar a la gente mas medrosa. Por fre>, En
treabrióse una vieja y carcomida puerta, y volvió á cerrarse en cuanto la luz
de Un miserable velon que ardia en un rincon de la cabaña iluminó el tahali,
el puño de la espada y las pistolas^le d'Artagnan. Sin embargo á pesar de la
rapidez con que se habia ejecutado el movimiento , tuvo tiempo d'Artagnan
para columbrar la cabeza de un anciano.
— ;En nombre del cielot dijo, escuchadme; yo esperaba á una persona que
no viene, y me muero de inquietud. ¿ Habria sucedido por aqui cerca alguna
desgracia? Hablad.
La ventana volvió á abrirse lentamente, y apareció de nuevo la misma figu
ra, con la sola diferencia de estar todavia mas pálida que la primera vez.
D'Artagnan contó sencillamente su historia , suprimiendo únicamente los
nombres; dijo que tenia una cita con una jóven delante del pabellon: y que no
viénddla venir, habia subido al tilo desde donde á la luz de la lámpara habia
Yisto el desórden de aquella habitacion.
Escuchóle atentamente el anciano, haciendo señal de que tal era la verdad;
luego que d'Artagnan hubo concluido, meneó la cabeza con una espresion que
nada bueno indicaba.
—¿Que quereis decir? esclamó d'Artagnan. jEn nombre del cielo, esplicaos,
buen anciano!
—¡ Ah señor ! contestó este , no me pregunteis nada , porque si os dijera lo
que he visto, de seguro que tendria para mi malas resultas.
—¿Con que habeis visto alguna cosa? repuso d'Artagnan : pues en ese caso,
en nombre del cielo, continuó tirándole un doblon, decidmelo, decidmelo todo,
y os doy níi palabra de caballero de que ninguna de vuestras espresiones sal
drá de mi corazon.
Leyó el anciano (arta franqueza y dolor en el rostro de d'Artagnan , que
haciéndole señal de que escuchára, le dijo con voz muy baja:
— Eran las nueve sobre poco mas ó menos, y como al oir cierto ruido en la
calle , me dieran tentaciones de saber lo que seria , iba á salir , cuando heos
aqui que reparo que alguien queria eWtrar. Como soy pobre, y no tengo miedo
de que me roben , füi á brir la puerta , y vi á tres hombres alli cerca. En la
sombra habia un carruaje , tirado de dos caballos , y además otros caballos
ensillados, los cuáles debian ser montados evidentemente por los tres hombres
que vestían traje de caballeros.
—¡Ahi mis buenos señores, les dije ¿'que deseais?
—¿Tú deberás tener una escala ? me dijo el que parecia ser gefe de la e^
colta.
LOS fRES MOSQUETEROS. 21$
—Si señor , la de cojer los frutos del jardin..
—Dánosla y vnélveteá tu casa. Aquí ffenés un escudo pbr la Incomodidad
• que te causamos. Acuérdate solamente que si dices una palabra de lo que vas
á ver ó de lo que vas á oir ( porque mirarás y oirás , estoy seguro de éso , á
pesar de las amenazas que te hiciéramos) erés pérfido.
A estas palabras, me arrojó un escudo que recogí; y tomó mi escala.
Efectivamente, despues de habér cerra'do fa puerta del cercado , bice como
que entraba en mi casa , pero inm'ediatamentc*volví á salir1 por (a puerta qué
hay detrás , y escurriéndome en la sombra pude llegar hasta aquel sahuco
desde donde podia verlo todo sin ser visto.
Los tres hombres habian hecho adelantar el carruaje sin el menor mido,
sacaron de él hn hombrecillo grueso , bajo , y me pareció entrecano , el cual
♦ subió. con precaucion f>or la escala , espió' con tiento el interior del cuarto , y
volviendo á bajar á toda prisa, murmuró en voz baja:
—¡Ella es!
Inmediatamente aquel con quien habia yo hablado se acercó á la puerta del
pabellon , abrió con una llave que consigo traia , volvió á cerrar la puerta y
quedo dentro : al mismo tiempo los otros dos hombres subieron por la escala;
el tiote grueso estaba á la portezuela, el cochero guardaba los caballos del Car
ruaje y un lacayo los de silla. Dfé repente se óyéron fuertes gritos dentro del
pabellon , y nna mujer corrió á la ventana que abrió cón intencion al parecer
de precipitarse por eHa ; pero vió' entonces á los dos hohiftres , rétrocedió at
punto y ellos se lanzaron á la habitacion en pos de ella. Entonces ya nada' mas
vi , pero si oí el ruido de muebles que se rompían. La mujer gritaba y pedia
socorro, peró pronto fueron sufocados sus grrfeS: los tres hoitibfes se acercaron
& la ventana llevando á la señora en sus brazos , dos de ellos la bajaron por
la escalera y la trasladaron al carruaje , donde entró el vejote detrás de ella.
El que habia quedado en el aposento volvió á' cerrat la véhtana , saliendo un
montehto despues por la puerta , no sih cerciorarse de que la mujer estaba en
el carruaje; ya sus dos compañeros te aguardaban á caballo, y subiendo en el
suyo , colocóse el lacayo junto al cochero ; alejóse á: escape el coche escoltado
por loS tres hombres de á caballo, y no hubo mas, quedando asi todo concluido.
Desde' aquel momento no he visto ni oído otra cosa alguna.
Aterrado d'Artagnan con una noticia tan terrible , quedó inmóvil y mudo,
sin embargo que todos los demonios de la cólera y de los celos rebramaban
en str corazon.
—rWo. mi bUén caballero , repuso el anciano á quien aquella moda deses
peración impresionaba sin düda alguna mucho mas de lo que hubieran hecho
jemicToS y lágrimas ; vamos y no os aflijáis de esa. manera., como que no la han
muerto, podeis tener esperanzas, y eso es lo mas esencial.
—¿Podríais decirme sobre poco mas ó menos, dijo d'Artatgnftn, quien era él
hombre qtte capitaneaba esa infernal espedicion?


214 LOS TRES MOSQUETEROS.
—No le conozco.
— Pero, una vez que os ha hablado, bien habeis podido verle.
—¿Ah no me pedis mas que sus señas?
—Si.
—Un hombre alio , delgado , moreno, de ojos negros , bigotes negros tam
bien, con trazas de jentithombre.
—1 Eso es, cuerpo de Cristo ! esclamó d'Artagnan; todavia él y siempre él !
Sin duda es mi demonio segun parece. Y el otro?
-¿Cual?
— El hombrecillo, ó vejete que deciais.
— ¡ Oh ! en cuanto á ese no es ningun señor , os lo aseguro ; además que
tampoco llevaba espada y los demás le trataban con muy poco miramiento.
—Seria algun lacayo, murmuró d'Artagnan. ¡ Ah ! pobre mujer ¡que habrá
sido de ella , la infeliz!
—Mirad que me habeis prometido el secreto, dijo el anciano.
—Y vuelvo á renovaros mi promesa : perded cuidado , soy caballero : un
caballero no tiene mas que una palabra y ya os he dado la mia.
D'Artagnan con el alma llena de amargura volvió á tomar el camino de la
barca. Tan pronto no podia creer que fuese la señora Bonacieux y esperaba
encontrarla a la mañana siguiente en palacio : tan pronto le ocurrian temores
de si tendria acaso con otro hombre alguna intriga, y si cojida tal vez de sor
presa , la habria hecho arrebatar de aquel modo en un impetu de celos , de
suerte que de conjetura en conjetura , tristes y sombrias todas , iba desespe
rándose de veras.
— ¡ Oh ! si al menos tenia aqui á mis amigos ! esclamaba , podria entonces
abrigar alguna esperanza de encontrarla ; pero , quien sabe la suerte que á
ellos les ha cabido!
Eran sobre las doce: lo único que podia resolver era reunirse de nuevo con
Planchet. D'Artagnan se hizo abrir sucesivamente todas las tabernas en que se
veia alguna luz; en ninguna dió con Planchet.
En la sesta taberna principió á reflexionar que era bastante aventurado ir
buscando de aquel modo. D'Artagnan no habia citado á su asistente sino para
las seis de la mañana: en cualquiera parte qúe se hallára , estaba en su de
recho.
Ocurrióle además al jóven la idea de que permaneciendo en las inmediacio
nes del sitio en que se habia efectuado el suceso , conseguiria aclarar algun
tanto tan misterioso asunto. En la sesta taberna, como hemos dicho, se detuvo
d'Artagnan, pidió una botella de vino del mejor que hubiese, y acomodándose
en el rincon mas oscuro, decidióse á esperar alli el dia; pero por esta vez tam
bien quedaron defraudadas sus esperanzas , y por mas que escuchaba con la
mayor atencion, nada oyó, en medio de los votos, reniegos é injurias que sa
lian de las bocas de los trabajadores , lacayos y carreteros que componian la
LOS TRES MOSQUETEROS. 215
honrada sociedad de que formaba parte, nada oyó, decimos, que pudiera darle
el menor indicio del paradero de la pobre mujer arrebatada.
No hubo por tanto remedio; despues de haber vaciado la botella por emplear
el tiempo y por no dispertar sospechas, trató de buscar en su rincon la postura
menos incómoda posible , y dormirse como Dios quisiera. D'Artagnan tenia
veinte años, segun podrá recordarse, y á esa edad tiene el sueño derechos im
prescriptibles que reclama imperiosamente , basta de los corazones mas ex
haustos de esperanzas.
Sobre las seis de la mañana dispertóse d'Adaguan con aquella sensacion de
mal estar que acompaña casi siempre á los primeros albores del dia , despues
de una mala noche.
Poco tiempo tuvo que gastar en componerse , y lo que hizo si fué tentarse
para cerciorarse de que no se habian aprovechado de su sueño para robarle,
y como encontrase el diamante en el dedo , el dinero en el bolsillo y las pis
tolas en el cinto, levantóse, pagó la botella y salió en seguida para ver si seria
mas feliz en encontrar á su criado de dia que lo fuera por la noche. En efecto,
la primera cosa que descubrió á través de la húmeda y espesa niebla fué el
honrado Planchet que con los dos caballos de la mano , ya le aguardaba á la
puerta de un raquitico tabernon delante el cual habia pasado d'Artagnan sin
sospechar siquiera su existencia.

»
216 LOS TRES »WtSQUf?£!VOS.

CAPÍTULO XXV.

Porthos.

En lugar de volverse directamente á casa , se apeó d'Artagnan á la puerta


de la del señor de Treville , y subió apresuradamente la escalera. Lo que es
entonces estaba decidido á contarle todo lo que acababa de pasar. Era de es
perar que le daria buenos consejos sobre todo este asunto. Por otra parte, co
mo el señor de Treville veia casi diariamente á la reina, podria tal vez adqui
rir de Su Magestad alguna noticia acerca de la pobre mujer , á quien hacian
pagar probablemente el afecto que á su ama profesaba á todo trance.
El señor de Treville escuchó la narracion del jóven con Una gravedad que
probaba ver él en esta aventura otra cosa que una intriga de amor. Cuando
d'Artagnan hubo concluido.
— Hum ! dijo, todo esto huele á Eminencia de una legua.
—Pero qué debo hacer? preguntó d'Artagnan.
—Nada, por ahora nada absolutamente mas que salir de Paris, como os he
dicho , cuanto mas pronto mejor. Yo veré á la reina y la contaré los porme
nores de la desaparicion de esa pobre mujer que sin duda ignora todavia;
estos pormenores podrán servirla de guia en lo que pueda interesarla , y á
vuestro regreso tal vez pueda comunicaros alguna buena noticia. Tened con
fianza en mi.
D'Artagnan sabia que aunque gascon, no acostumbraba el señor de Treville
hacer promesas , y que si alguna vez llegaba á prometer , aun se adelantaba
mas allá de lo ofrecido. Saludóte pues , lleno de agradecimiento por sus favo
LOS TOES MOSQUETEROS. 2(7
res pasados y venideros, y el digno capitan, quien por su parle esperimentaba
ud vivo interés hacia aquel jóven tan valiente y determinado, apretándole afec
tuosamente la mano le deseó un feliz viaje.
Decidido á poner inmediatamente en ejecucion los consejos del señor de Tre-
ville , dirijióse d'Artagnan á la calle de los Fossoyeurs á fin de arreglar su
maleta.
Al llegar al número 11, reparó en maese Bonacieux, en traje de mañana, y
de pié en el umbral de su puerta. Todo cuanto le dijo el prudente Ptanchet el
dia anterior acerca del siniestro carácter del patron, se representó á la iniaji-
nacion de d'Artagnan , quien le miró todavía con mas atencion que lo habia
hecho hasta entonces. En efecto, á mas de esa amarillenta y enfermiza palidez
que indicaba la infiltracion de la bilis en la sangre, lo cual por otra parte podia
ser accidental, advirtió d'Artagnan algo de hipócritamente pérfido en la direc
cion que el hábito habia hecho tomar á las arrugas de su cara. El hombre
malo no ríe del mismo modo que el sinceramente honrado, ni las lágrimas de
un hipócrita son como las lágrimas del hombre que llora de buena fe. La fal
sedad es una máscara, y por muy perfecta que esta fuere, con alguna atencion
siempre se llega á diferenciarla de la cara verdadera.
Parecióle pues á d'Artagnan , que maese Bonacieux traía una máscara , y
que era además de las mas repugnantes que pudiera tomar la hipocresía.
Movido de la antipatía que ese hombre Le causaba , iba á pasar por delante
de él sin hablarle, cuando maese Bonacieux le interpeló como lo hizo la vispera.
— Hoia! jóven, le dijo ; parece que se anda de noche buena ! las siete de la
mañana ! caramba ! paréceme que no os convienen mucho las costumbres del
ordinario vivir, pues os retirais á la ñora en que los demás salen de casa.
— No hay cuidado que se os pu.da hacer á vos la misma reconvencion,
señor Bonacieux , dijo el jóven, sois el modelo de las personas arregladas.
Verdad es que cuando se posee una mujer jóven y hermosa, no hay necesidad
de correr en pos de la felicidad, pues en este caso ella misma sale al encuen^-
tro; no es así , señor Bonacieux ?
« Bonacieux se puso pálido como un difunto y. vagó por su cara una sonrisa
tan forzada como repugnante.
— Ah! ah! dijo, vaya que os gusta divertiros. Pero por donde diablos habeis
andado esta noche , señorito ? Parece que no estaban muy buenos ni caminos,
ni atajos.
D'Artagnan dirigió la vista hácia sus botas enteramente cubiertas de barro,
pero á causa de este movimiento alcanzaron al propio tiempo sus miradas hasta
los zapatos y medias del mercader , cuyo calzado no parecía sino que habia
estado metido en el mismo lodazal ; botas , zapatos y medias , todo estaba cu<-
bierto de manchas absolutamente semejantes.
Entonces, pronta como un relámpago pasó una idea por ia mente de d'Ar
tagnan. Aquel hombrecillo bajo, entrecano, aquel paisanote ó especie de laca
28
218 LOS TRES MOSQETEROS.
yo vestido de cualquier modo y tratado sin miramiento alguno por las perso
nas de espada que componian la escolta era el mismo Bonacieux. El marido
habia presidido el rapto de su mujer.
Entróle á d'Artagnan un vehementisimo deseo de agarrar al rentista por ta
garganta y ahogarle, pero como hemos dicho, no le faltaba prudencia á nues
tro bearnés y se contuvo. No obstante, la revolucion en su interior efectuada
se dejó traslucir en su semblante de tal suerte, que Bonacieux tuvo miedo y
trató de retroceder un paso al menos, pero justamente halló detrás de si la
puerta cerrada, y este obstáculo material le obligó á mantenerse en el mismo
sitio en que estaba.
— Hola, vos que os burlais de los otros, mi buen señor, dijo d'Artagnan,
no creo que me lleveis mucha ventaja : paréceme que si mis botas necesitan
una esponja, vuestros zapatos y medias no reclaman menos un cepillo. Habriais
por vuestra parte andado en atajos para llegar á vedados, señor Bonacieux?
Oh! eso no seria perdonable en un hombre de vuestra edad, que tiene además
una bonita mujer como la vuestra. •
—Oh ! no por cierto : dijo Bonacieux, sino que fui ayer á Saint-Mandé á
tomar informes de una criada que necesito, de toda necesidad, y como esta
ban tan malos los caminos, he traido todo este barro, que aun no he tenido
tiempo de quitar.
El lugar á que decia haber ido Bonacieux, fué una prueba mas que confir
maba las sospechas de d'Artagnan. Bonacieux habia designado á Saint-Mandé
porque Saint-Mandé es el punto diametralmente opuesto á Saint-Cloud.
Esta probabilidad le sirvió de primer consuelo. Si Bonacieux sabia donde es
taba su mujer, era posible, empleando los recursos estremos, obligar et merca
der á que hablase algo de grado ó por fuerza, y descubriese su secreto. Todo
consistia solamente en que la probabilidad se convirtiera en certeza.
—Perdon, mi querido señor Bonacieux, si os trato sin ceremonia, dijo d'Ar
tagnan, pero no hay cosa que dé mas sed que pasar la noche en claro, de ma
nera que tengo una sed de todos los diablos; con que permitireis que beba un vaso
de agua de la vuestra, sabemos que entre buenos vecinos eso no puede negarse-
Y sin esperar permiso ni respuesta del patron entróse sin mas ni mas en la
casa con el objeto de echar una ojeada á la cama. La cama estaba compuesta
y Bonacieux no se habia acostado. Luego hacia poco que habia vuelto á casa,
luego habia acompañado á su mujer hasta el sitio donde la habian conducido,
ó almenos hasta la primera parada.
—Mil gracias, maese Bonacieux, dijo d'Artagnan, apurando el vaso, no de
seaba mas que agua. Ahora me voy á mi habitacion, y entretanto Planchet me
limpiará las botas, y si no os sabe mal, luego que haya concluido, os lo enviaré
para limpiar vuestros zapatos.
Pasmado quedó el rentista de tan singular indiferencia, y empezó á discur
rir si habria caido él en la trampa, en vez de cojer á los demás.
LOS TRES MOSQUETEROS. 219
A lo alto de la escalera hallóse á Planchet con trazas de muy preocupado.
— Ah ! mi amo, esclamó el asistente, luego que vió á d'Artagnan, ahora si
que estamos frescos, os estaba esperando con una impaciencia !
—Qué tenemos pues de nuevo? preguntó el jóven.
—Oh ! ya os dejo cavilar cuanto querais, no hay cuidado que acerteis con
la visita que para vos me han encargado hace poco, habrá una media hora,
mientras habeis estado en casa del señor de Treville.
—Pero, quién ha venido? veamos, habla.
—El señor de Gavois.
—El señor de Cavois, en persona?
—El mismo, en persona.
—Venir asi el capitan de la guardia de Su Eminencia ! venia para ponerme
arrestado, no es eso?
—Señor, yo lo he sospechado, y eso á pesar de su aire ceremonioso.
—Tenia ceremonioso el aire, dices ?
— Con deciros, señor, que estaba como miel.
—De veras, Planchet?
—Venia, ha dicho, de parte de Su Eminencia, que se interesaba mucho pol
vos, á pediros si os dignariais seguirle al palacio del Cardenal.
—Y qué le has contestado tú ?
—Que era cosa imposible, porque no estabais en casa, como bien podia
.verlo.
—Y entonces, qué ha dicho mas ?
— Que no os olvidaseis de pasaros por su casa hoy mismo, y luego ha aña
dido en voz mas baja : « Di á tu amo que Su Eminencia está muy favorabte
mente dispuesto para con él, y que tal vez depende de esta entrevista su for
tuna. »
—La trampa no está mqy bien armada por ser del Cardenal, repuso el jó
ven sonriéndose.
—Asi es que yo la he visto la trampa, y le he respondido que á la vuelta de
vuestro viaje sentiriais muchisimo el no haber estado aqui. Dónde ha ido? me
ha preguntado el señor de Cavois : á Troyes de Champaña, le he dicho. Hace
mucho que ha salido ? continuó : ayer por la tarde, he contestado.
—Planchet, amigo, interrumpió d'Artagnan, eres sin duda alguna un esce-
lente mancebo.
—Ya os haceis cargo, señor; se me ha figurado que siempre estariais á tiem
po , si quisierais ver al señor de Cavois . para decirle que yo habia mentido,
y que no os habiais marchado ; en ese caso yo seria quien habria dicho la
mentira ; y como yo no soy gentithombre , paréceme que puedo echar asi,
alguna. . . .
—Pierde cuidado, Planchet, podrás conservar tu reputacion de hombre ve
ridico ; dentro de un cuarto de hora vamos á marchar.
Í20 LOS TRES «OSQBETBROS.
—Este es el consejo que iba á daros, señor; y hácia dónde vamos, si no me
babeis de tachar de harto curioso ?
— Pardiez ! hácia al lado opuesto al que has dicho que me habia encamina
do. Por otra parte, no tienes tú tanta gana de saber noticias de Grimaud, de
Mosqueton y de Bacin, como yo la tengo de saber qué ha sido de Athos, Porthos
y Aramis ?
—Vaya si tengo ! dijo Planchet, y marcharé cuando gusteis. A mi entender
el aire de provincia por ahora nos conviene mas que el de París. Con que....
—Con que, arregla nuestros chismes, Planchet, y partamos. Yo me voy el
primero, suelto y despacio como quien pasea, por no darlo á entender, luego
vienes tú y nos encontramos en el cuartel. A propósito, Planchet, creo que no
te equivocabas de mucho en lo que me decias de nuestro patron, y que decidi
damente es un pillo rematado.
—Ah! bien podeis creerme cuando yo os dijere alga: mirad que entiendo en
fisonomías !
D'Artagnan salió el primero, como quedára convenido, y en seguida, por
que no hubiese nada que echarse en cara, dirigióse por última vez á las casas
de sus tres amigos, ninguna noticia se habia tenido de ellos : no habia mas que
una carta perfumada, de letra elegante y menudita dirigida á Aramis. Encar
góse de ella d'Artagnan , y diez minutos despues ya estaba Planchet con él en
las caballerizas del cuartel de Guardias. Por no perder tiempo, d'Artagnan
mismo se habia ensillado el caballo.
—Bien, dijo á Planchet, luego que este hubo atado el maletín, ahora ensi
lla los otros tres y al avío.
—Os parece que iremos mas á prisa con dos caballos para cada uno ? pre
guntó Planchet con su aire socarron.
—No, señor burlon, contestó d'Artagnan, pero con los cuatro caballos po
dremos volver dignamente con nuestros tres amigqs, dado caso que los halle
mos con vida.
—Mucha suerte seria : respondió Planchet ; pero, al cabo nunca debe deses
perarse de la misericordia de Dios,
—Amen, dijo d'Artagnan mientras subia á caballo.
Y bien que se salieron juntos del cuartel, separáronse inmediatamente, to*
mabdo una direccion opuesta, debiendo el uno salir de París por el portillo de
la Villette, y el otio por el de Montmartre, bien que con el objeto de reunirse
mas allá de Saint-Denis, maniobra estratégica que ejecutada como lo fué con
igual puntualidad tuvo muy buen resultado, de suerte que d'Artagnan y Plan
chet entraron juntos en Pierrefile.
Planchet, es preciso hacerle justicia, era mas valiente de dia que'de noche.
Sin embargo, no le abandonaba por un solo instante su natural prudencia , te
nia muy presentes todos los lances del primer viaje, y creia podian ser enemi
gos cuantos veía en el camino. De aquí resultaba que estaba sin cesar con el
LOS tUtS HOSQUBTÉROS. 221
sombrero en la mano, cosa qne le valia de d'Artagnan severas reconvenciones,
porque temia que con motivo de tan escesiva urbanidad, no le tomaran por
lacayo de un señor poco importante.
Entre tanto, fuera que agradase en efecto á los transeuntes la cortesia de "
Planchet, ó fuera qne por esta vez no hubiese nadie apostado en el camino del
jóven , llegaron nuestros viajeros á Chantilly sin contratiempo , y se apearon
en la posada del gran San Martin, la misma posada en la que habian parado
cuando su primer viaje
Como viera el posadero á ese jóven seguido de su lacayo y dos caballos de
mano, adelantóse con respeto hasta el umbral de la puerta. Y como traia ya
corridas siete leguas, determinó el detenerse, que estuviera ó no Porthos en
la posada. A bien que no era quizá mny prudente preguntar de golpe qné ha
bia sido del mosquetero. El resultado de estas reflexiones fué que sin pedir
d'Artagnan la menor noticia de nadie, encomendó al asistente los caballos, en
tró en un cuartito destinado para los que querian estar solos, y pidió al hués
ped una botella de su mejor vino y una comida tan buena como le fuese posi
ble, encargo que confirmó mas aun la buena opinion que á primera vista ha
bia formado de d'Artagnan el posadero,
De suerte que fué servido con una prontitud prodigiosa. Reclutábase el re
gimiento de la guardia entre los primeros nobles del reino, y viajando d'Ar
tagnan con un lacayo y cuatro magnificos caballos , no podia dejar de hacer
sensacion, apesar de la sencillez de su uniforme. Quiso el posadero servirle él
mismo, y notada por nuestro jóven la fineza, hizo traer dos vasos y dió princi
pio á la conversacion que sigue :
—A fé mia , querido huésped , dijo d'Artagnan llenando los dos vasos , he
pedido del mejor vino que tuvieseis , y Si me habeis engañado, vais á recibir
pronto el castigo, porque como en mi vida me ha sido posible beber solo, ten
dreis que beber conmigo. Con que tomad ese vaso y bebamos. A qué podremos
beber, veamos, por no herir ninguna susceptibilidad? Bebamos á la prosperidad
de vuestra casa.
—Mucho me honra vuestra señoria , dijo el posadero, y le doy por su buett
deseo las mas espresivas gracias .
—Pero, no me lo agradezcais demasiado, dijo d'Artagnan, mirad que quizá
hay en mi brindis mas egoismo de lo que pensais ; solo es uno bien recibido
en los establecimientos que prosperan, mientras que en tos que corren peligro,
todo va á la desbaratada, de suerte qrte el viajero es victima de los apuros del
huésped, y.como yo viajo mucho, y particularmente noreste camino, quisiera
ver en auje á todos los hostaleros.
—Con que, en efecto, dijo el huésped, me parece no ser esta la vez primera
qne tengo el honor de veros, caballero.
-'-Vaya I ya lo creo ; quizá haya pasado diez veces por Chantilly , y de las
diez veces, á lo menos he parado tres ó cuatro aqui. Y ahora que me acuerdoi
222 LOS TRES MOSQUETEROS.
aun no habrá quince dias que me hallaba en esta casa ; estábamos de despe
dida con unos amigos mosqueteros , por mas señas que uno de ellos se trabó
de palabras con un forastero , un desconocido que le armó no sé que disputa.
—Ah ! si , en efecto , y muy bien qoe me acuerdo yo tambien , repuso el
huésped. No es del señor Porthos de quien habla vuestra señoria?
—Cabal, este es el nombre de aquel caballero. Pero, decidme , mi querido
huésped, le habria sucedido acaso alguna desgracia?
—Pero, ya debió reparar vuestra señoria que no pudo continuar su camino.
—Efectivamente , nos habia prometido alcanzarnos muy luego , y sin em
bargo no volvimos á verle mas.
—Nos ha hecho la merced de quedarse aqui.
—Comot que os ha hecho la merced de quedarse aqui.
—Si señor , en esta casa , y por cierto que no dejamos de estar algo desa
zonados por ello.
—Y los motivos ?
—Por ciertos gastos que ha hecho.
—Pero bien, los gastos que haya hecho los pagará.
—Ah! buen señor, os aseguro que me poneis un bálsamo en la sangre. Le
hemos hecho muy grandes adelantos , y aun esta misma mañana nos ha ter
minantemente declarado el cirujano que si no le pagaba el señor Porthos , á
nadie mas que á mi se dirigiria ya que era yo quien habia ido á buscarle.
—Es decir que Porthos está herido?
—Eso si que no podré deciroslo , caballero.
—Como que no podeis decirmelo ? no obstante nadie mejor que vos puede
saberlo.
—Si , pero en nuestro oficio , nos guardamos muy bien de decir todo lo que
sabemos , caballero , y mas cuando está uno prevenido de que las orejas res
ponden de lo que haga la lengua.
—Enhorabuena; pero, podré ver á Porthos?
—Eso si señor, tomad la escalera, subid al primer piso, y llamad en el nú
mero uno. Adviértoos solamente que digais de antemano que sois vos.
—Como, que diga de antemano que soy yo!
—Si señor, porque podria sucederos alguna desgracia.
— Y que desgracia quereis que me suceda?
—Podria el señor Porthos tomaros por alguno de la casa , y en un impetu
de cólera pasaros de parte á parte con su espada ó tiraros un pistoletazo a la
cabeza.
—Pues que le habeis hecho?
—Nada mas sino que le hemos pedido dinero.
—Ah ! diablo, ya lo entiendo ahora ; siempre es mal recibido de Porthos el
que le pide dinero cuando no lo tiene ; sin embargo yo sé que no debia estar
sin él.
LOS TRES MOSQUETEROS. 223
—Tambien lo habiamos pensado nosotros, caballero; y como manejo la casa
con la mayor regularidad, arreglando las cuentas cada semana , presentóle la
suya al cabo de ocho dias, pero le cogimos segun parece en mala ocasion, pues
á la primera palabra que sobre eso le dijimos , nos dió á todos los diablos ; á •
bien que habia jugado la vispera.
— Ah! habia jugado la vispera, y con quien?
—Oh ! lo que es saber con quieD , no lo sé, con un señor que pasaba , y al
que hizo proponer una partida.
—Eso será, y habrá tenido la desgracia de perderlo todo.
—Hasta el caballo, señor, porque cuando estaba el viajero á punto de mar
charse, reparamos que su lacayo ensillaba et caballo del señor Porthos, y co-
jno se lo hiciéramos observar al viajero , nos respondió que nos metiamos en
cosas que no nos importaban , y que el caballo era suyo. Al punto hicimos sa
bedor de ello al señor Porthos , pero nos ha hecho contestar que éramos muy
brutos en dudar de la palabra de un gentithombre , y una vez que este habia
dicho que era suyo el caballo, era preciso que asi fuese
—Cosas suyas son estas , en efecto, murmuró d'Artagnan.
—Entonces, continuó el huésped, hicele decir que pues por desgracia pare
ciamos destinados á no estar de acuerdo en maleria de pagos , esperaba que
tendria al menos la bondad de honrar con un tan noble parroquiano como él,
al hostalero del Aguila de oro, pero el señor Porthos respondió que siendo mi
posada la mejor , queria quedarse en ella. La respuesta era harto halagüeña
para que pudiese insistir mas. Concreteme pues á pedirle se dignase dejar su
cuarto, que es el mejor de la casa, y se contentase con un cuartito muy bonito
que hay en el tercer piso. Pero á eso contestó el señor Porthos que como espe
raba por momentos á su querida, que era una de las mas principales señoras
de la corte, bien podia hacerme cargo de que el cuarto que me hacia el honor
de habitar en mi casa era todavia algo regularcito, y no mas, para una dama
como aquella. A pesar de eso , sin dejar de reconocer la verdad de cuanto de
cia , crei deber insistir, pero , sin tomarse siquiera la molestia de entrar con
migo en discusion , tomó una pistola , púsola encima la mesa de noche, y de
claró que á la primera palabra que se le dijese en cuanto á moverse de alli
para el esterior ni para el interior, levantaria la tapa de los sesos al que
fuera bastante imprudente para entrometerse en una cosa que solo á él ata
ñia. De modo que desde entonces , nadie mas que su criado entra en la habi
tacion.
—Con que está aqui Mosqueton ?
—Si señor , cinco dias despues de su partida volvió y de muy mal humor :
tambien, parece que por su parte ha tenido algun contratiempo en el camino.
Por desgracia puede andar mucho mas listo que su amo, de suerte que por él
todo lo revuelve, porque como se figura que podria rehusársele todo cuanto
pidiere, toma cuanto necesita sin pedirlo.
424 LOS TRES MOSQUETEROS.
—El hecho es, observó dArtagnan, que siempre he notado en Mosqueton
ud desprendimiento é inteligencia muy grandes.
—Es muy posible, caballero, pero supongamos que me suceda tan solo cua
tro veces al año encontrarme con un desprendimiento y una inteligencia asi, y
me quedo un hombre arruinado sin remedio.
—Eso no, porque Porthos os pagará.
—Hum ! hizo el hostalero en tono de duda, ya quisiera verlo.
—Es el favorito de una gran señora que por una miseria como la que os
debe no le dejará en apuros.
—An! si yo me atreviera á decir lo que sobre eso imagino....
—Lo que imaginais ?
—Mas diré, lo que ya sé.
—Lo que vos sabeis ?
—Y aun de lo que estoy muy seguro.
—Y de qué estais muy seguro ? veamos.
— Diria que conozco á esta señora tan principal.
—Cómo ! vos la conoceis ?
—Si señor que la conozco.
—Y como habeis podido conocerla?
—Oh I si supiese, señor, que podia fiar en vuestra discrecion...
—Hablad, y palabra de caballero, os aseguro que no tendreis que arrepen-
tiros de la confianza que me hiciereis.
—Pues bien, señor, bien se os alcanza que la inquietud nace pensar muchas
cosas....
—Veamos, y qué habeis hecho ?
—Oh ! á bien que nada que un acreedor no tenga derecho de hacer.
—-Entiendo, pero qué ?
— El señor Porthos nos entregó una carta para esa duquesa que deciamos,
encargándonos que la echásemos al correo. Aun no habia llegado su criado.
Como no podia salir de su cu arto, por fuerza debia encargarnos sus cosas.
—Continuad, y en seguida?
—En lugar de echarla al correo, lo que nunca es enteramente seguro, apro
veché la ocasion de un criado mio que iba á Paris y encargárnosle que la entre
gara á esa misma duquesa en persona. Era cumplir asi con to que nos habia
encomendado tanto el señor Porthos de la carta, no es eso ?
—Sobre poco mas ó menos.
—Y bien, sabeis caballero, lo que es esa gran señora?
—No, he oido hablar de ella á Porthos, nada mas.
—Sabeis lo que es esa presunta duquesa?
—Os repito que personalmente no la conozco.
--Es »na procuradora vieja, canaUerp, que se llama la señora Coqnenard,
mujer que por lo menos tiene sus cincuenta, y todavia la echa por andarse en
LOS TRES MOSQUETEROS. 225
amoríos. Ya me habia parecido á mí muy estraño que una princesa viviese en
la calle de los Osos !
—Y cómo podeis saber todo esto ?
—Porque al leer la carta se puso muy furiosa, diciendo del señor Porthos
que era un inconstante , y que era todavía por alguna mujer que habria reci
bido la estocada.
—Ay Dios mio! qué he dicho ahora !
—Habeis dicho que Porthos habia recibido una estocada.
—Sí , pero y tanto como me habia encomendado él do decirlo.
—Y eso, por qué?
—Caramba! porque se habia vanagloriado de acribillar á aquel desconocido
con quien le dejasteis en disputa, y que al contrario fue el desconocido, quien
á pesar de sus fachendadas le hizo venir al suelo. Y como el señor Porthos
tiene mucha vanidad escepto con su duquesa á quien creyó interesar contán
dole el lance ; á nadie quiere confesar que le dieron una buena.
—Con que así, lo que le tiene en cama es una estocada ?
—Y una famosa , os lo aseguro. Preciso es que tenga vuestro amigo muy
clavada su alma en el cuerpo, para no morir del golpe.
—Qué, los visteis batir?
—Yo , señor, les habia seguido por curiosidad , de. modo que vi el combate
sin ser visto.
—Veamos, y como sucedió eso?
—Oh ! no fué negocio largo , os lo juro. Se pusieron en guardia , hizo el
desconocido un amago , y se tiró á fondo , y todo eso pasó con tanta rapidez
que cuando el señor Porthos llegó al punto de parada ya tenia en el pecho tres
pulgaditas de hierro Cayó por detrás. Púsole luego su contrario la punta de
la espada en la garganta, y viéndose el señor Porthos así á su merced, se de
claró vencido. En eso preguntóle el desconocido su nombre , y oyendo que se
llamaba Porthos, y no el señor de.... aguardad , ah , el señor d'Artagnan , le
ofreció el brazo, acompañóle hasta casa, y montando desde luego en su caballo,
escapóse á toda brida.
--De modo que á quien buscaba el desconocido era al señor d'Artagnan?
—Segun eso , parece que sí.
—Y sabeis donde está ahora ese terrible espadachín?
—No señor, nunca le habia visto hasta aquel dia, y no hemos vuelto á verle -
mas.
—Muy bien , ya estoy enterado. Decís pues que el cuarto de Porthos está
en el primer piso, númerp 1 .
—Si señor , el mas hermoso de casa , un cuarto que ya habria tenido oca
sion de alquilarle diez veces.
—Bah I perded cuidado, dijo d'Artagnan sonriendo , Porthos os pagará con
el dinero de la duquesa Coquenard.
29
226 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Oh ! caballero , con ¡al que aflojase la bolsa , poco importaría que fuese
duquesa ó procuradora , pero ha declarado positivamente que estaba harta ya
de las exigencias é infidelidades del señor Porthos , y ha respondido que no
le enviaría ni un solo maravedi.
—Y habeis dado ya esta rcspnesta á Porthos ?
—Muy bien que nos hemos guardado de hacerlo , entonces habria visto de
qué modo desempeñamos la comision.
—De modo que estará esperando todavía su dinero?
—Ay ! si señor. Ayer escribió tambien , pero esta vez su criado ha ido á
echar la carta al correo.
—Y decís que la procuradora es vieja y fea ?
—Cincuenta años al menos, caballero, y nada hermosa, segun ha dicho Perico.
—Si es asi , ya se dejará enternecer, perded cuidado , además que Porthos
es deberá poca cosa.
—Como poca cosa? Unos veinte doblones ya, sin contar el cirujano. Oh! no
se rehusa nada, no; bien se conoce que está acostumbrado á bien vivir.
—Y bien, si le abandona su querida, ya encontrará amigos, os lo aseguro.
Así pues, querido patron, no lengais el menor recelo, y continuad cuidándole
con todo el esmero que su estado requiere.
—Me habeis prometido, caballero, no despegar los labios sobre la procura
dora , ni sobre la herida del desafío.
—Quedad tranquilo, os he dado mi palabra.
—Oh ! porque me mataria, entendeis?
—No tengais miedo , tampoco es tan diablo como parece.
Y diciendo estas palabras , iba d'Artagnan subiendo la escalera , dejando al
posadero algo mas tranquilizado sobre las dos cosas que parecía le daban gran
cuidado: su crédito y su vida.
A lo alto de la escalera, sobre la puerta mas aparente de un corredor, había
un número 1 gigantesco, trazado con tinta negra ; dió d'Artagnan un golpe \ y
por el permiso de pasar adelante que del interior vino, entró inmediatamente.
Porthos estaba en la cama y jugaba á los dados con Mosqueton para que no
se desacostumbrase la mano á su manejo , mientras que daba vueltas ante la
lumbre un asador cargado de perdices, hirviendo en cada lado de la r!. nenea
dos cazuelas que exhalaban un muy agradable olor de substancias bien guisa
das. Encima un escritorio y el mármol de una cómoda habia además botellas
vacias en gran número.
A la vista de su amigo lanzó Porthos un fuerte grilo de alegría, y levantán
dose respetuosamente Mosqueton le cedió el puesto, y se fué á echar una ojea
da á las dos cazuelas, de cuya revivía parecía estar particularmente encargado.
—Hola! sois vos, pardiez? dijo Porthos á d'Artagnan: seais muy bien veni
do, y disimuladme el que no os salga al encuentro ; pero , añadió , mirando á
d'Artagnan con cierta inquietud, ya sabreis lo que me ha sucedido!
LOS TRES MOSQUETEROS. 227
— Nó, amigo.
—Nada os ha dicho el posadero?
—He preguntado por vos, y he subido directamente.
Pudo advertirse que Portaos respiró mas libremente.
—Y que os ha sucedido, Porthos ? continuó d'Artagnan.
—Me ha sucedido que tirándome á Sundo sobre mi contrario, á quien había
dado ya tres estocadas y queria remata • de una cuarta, dió la casualidad que
me hizo resbalar una maldita piedra y me estropeé la rodilla.
—De veras?
—Vaya, si es de veras! y no fué poca suerte para aquel iusoleule, porque á
no ser eso, le dejaba cadáver alli mismo, como hay Dios.
—Y que ha sido de él?
—Oh! eso no lo sé, ya llevó su buena racion y se fué sin gana de pedir mas,
pero, á vos, querido d'Artagnan, que os ha sucedido ?
—De suerte, continuó d'Artagnan, que por esa rodilla, mi querido Porthos,
teneis que estaros en cama?
— Y si, nada mas que la rodilla , á bien que dentro de algunos dias ya an
daré perfectamente.
— Pero , como no os hicisteis transportar á Paris ! Aqui debeis estar grao-
demente fastidiado.
—Esta era tambien mi intencion . two amigo mio , es preciso que os diga
una cosa. Lomo aqui me esiaba iastidiaudo horroi osa meo te , como decis vos
mismo, y tenia en et bolsillo los seteota y cinco doblones que me habiais distri
buido, hice subir por pasar el tiempo á mi cuarto á un cabaltero que aqui es
taba de paso, y propásele una partida de dados. El caballero aceptó, y no hay
mas sino que mis setenta y cinco doblones pasaron desde mi bolsillo al suyo,
sin contar el caballo qr.« me llevó por añadidura. Pero y vos , querido d'Ar
tagnan, qué me decis?
—Como ha de ser ! mi querido Porthos , no puede uno ser privilejiado en
todo , (Jijo d'Artagnan , ya sabeis el refran: «desgraciado en el juego , afortu
nado en amores.» Sois sobrado feliz en amores para que deje el juego de ven
garse. Pero, á vos que os importan los reveses de foriuna '.' ao teñeis ahi, feliz
piearillo que sois , no teneis á vuestra duquesa que á buen seguro no faltará
en ayudaros ?
—Y bien? para que veais, mi querido d'Artagnan si es mala suerte la mia,
respondió Porthos con la mas fresca soltura, le he escrito que me enviara sobre
unos cincuenta luises que absolutamente necesitaba , atendida la posicion en
que me hallo....
—Y bien!
—Y bien! por fuerza debe de estar en sus dominios, porque no me ha con
testado.
—De veras?
228 LOS TRES MOSQUETEROS.
—De veras, no ha contestado. De modo que ayer la envié otra epistola, mas
urgente aun que la primera ; pero ya vuelvo á veros , amigo mio , hablemos
algo de vos. Ya empezaba, os lo digo de verdad, á estar algo inquieto respec
tivamente á vos.
—Pero , parece que vuestro patron se porta bien en el servicio , querido
Porthos , dijo d'Artagnan, indicando al enfermo las cazuelas llenas y las bote
llas vacias.
—Psi! no mucho que digamos, habrá ya tres ó cuatro dias que el descortés
me subió la cuenta, y á él y su cuenta les hice volar la escalera, de suerte que
ahora estoy aqui como una especie de vencedor , como si dijéramos casi por
derecho de conquista. Por eso, ya lo veis,' estando de continuo en la espectativa
de ser atacado en mi posicion á viva fuerza, estoy armado en regla.
—No obstante , paréceme , dijo riendo d'Artagnan , que de vez en cuando
haceis algunas salidas.
Y volvia á indicar las botellas, el asador y las cazuelas.
—Lo que es yo , dijo Porthos , por desgracia no puedo hacer ninguna. Esa
maldita rodilla me tiene aqui enclavado: pero Mosqueton recorre el pais, y trae
viveres. Mosqueton, continuó Porthos, ya veis que nos llega refuerzo, con que,
amiguito, necesitaremos un suplemento de municiones de boca.
—Mosqueton, dijo d'Artagnan, tendreis que hacerme un favor
—Cual ? señor.
—Dar vuestra receta á Planchet: podria á mi vez hallarme algun dia sitiado,
y no veria inconveniente en que me hiciera disfrutar de las mismas ventajas
que á vuestro amo procurais.
—Lo que es por eso, dijo Mosqueton con modestia , nada mas fácil , señor.
Todo está en ser avispado, nada mas. He sido criado en el campo, y mi padre,
asi , á ratos perdidos, era algo cazador.
—Y en los ratos ocupados , que hacia ?
—Señor, ejercia una industria que siempre he. considerado bastante de pro
vecho.
—Qué industria?
— Como era en tiempo de las primeras guerras de los católicos y protestan
tes, v él veia esterminarse los católicos á los proteslantes, y los protestantes á
los católicos , y á hacerlo todos en nombre de la religion , se habia hecho una
fé mixta, una fé que le permitia ora ser católico ora ser protestante. Por tanto,
solia pasearse con su buena carabina tras los vallados por las laderas de los
caminos , y cuando veia venir á un católico solo , sobrepujaba desde luego en
su ánimo la religion protestante, ponia la carabina en la direccion del viajero,
y en seguida , al estar á unos diez pasos de distancia , comenzaba un diálogo
que acababa casi siempre por el abandono que de la pecunia hacia el viajero,
por sacar libre el pellejo. Kscusado es decir que cuando veia venir á un pro
testante , sentiase inspirado por un impulso católico tan ardiente , que no lie
LOS TRES MOSQUETEROS* 229
gaba á comprender como un cuarto de hora antes babia podido tener dudas
sobre la superioridad de nuestra santa religion. Porque yo, señor, soy católico,
habiendo mi padre , iiel ú sus principios , hecho protestante á mi hermano
mayor.
—Yque lal concluyó el buen hombre su cartera/ preguntó d'Artagnan.
—Oh ! señor . del modo mas doloroso : hallóse un dia cojido en un camino
estrecho y hondo entre un protestante y un católico con quienes habia estado ya
en relaciones , y le conocieron ambos ; de suerte que se reunieron contra él y
le colgaron de nn árbol , en seguida fueron á vanagloriarse de ello en el hos
tal del pueblo inmediato donde estábamos bebiendo mi hermano y yo.
—Y que hicisteis entonces ? dijo d'Artagnan.
— Dejárnosles concluir su relato, repuso Mosqueton, luego, como al salir del
hostal tomaron cada uno de ellos un camino diferente, mi hermano fué á apos
tarse en el camino del católico, y yo en el del proiestante. Dos horas despues
estaba todo concluido: á cada uno le habiamos arreglado la cuenta, admirando
al mismo tiempo la prevision de nuestro pobre padre que asi habia tomado la
precaucion d>? educarnos á cada uno en diferente religion.
—Efectivamente. Mosqueton, paréceme, como decis, que vuestro padre an
daba cauto y previsor , y que era un nene de alcances. Deciais pues que en
sus ratos perdidos el buen hombre era cazador?
—Si señor , y él me enseñó á cazar y á pescar. De suerte que cuando vi
que el tunante del patron nos alimentaba con un monton de comestibles ordi
narios, buenos cuando mas para la plebe ruin, y que no sentaban muy bien á
dos estómagos tan debilitados como los nuestros , me ha ocurrido utilizar algo
los recursos de mi antiguo oficio, y paseando por el bosque, he tendido algun
lazo en los senderitos, y recostado á la orilla del estanque , he colocado algun
anzuelo , resultando de eso que ahora , por la gracia de Dios , no nos faltan,
como el señor puede verlo, perdices y conejos, truchas y anguilas , alimentos
todos salubres y lijeros como á enfermos convienen.
— Pero , y el vino , dijo d'Artagnan , quien suministra el vino , bien será
el patron?
—Es decir , si y no.
— Como que si y no?
—Lo suministra no hay duda , pero no sabe que tenga ese honor.
— Ksplicaos . Mosqueton , vuestra conversacion está llena de cosas instruc
tivas
—Voy á ello , señor: dió la casualidad que conociese en mis correrias á un
español que habia visto mucha tierra, y entre otras la América.
—Que puede tener de comun la América con las botellas que hay sobre el
escritorio y la cómoda?
—Paciencia, señor, cada cosa viene á su tiempo.
—Asi es la verdad, Mosqueton, con que vos mismo, que ya escucho.
—Tenia ese español á su servicio un lacayo que le habia acompañado en un
viaje a Méjico. El lacayo era paisano mio , de suerte que nos hicimos amigos
tanto mas prontamente . cuanto existian entre los dos grandes afinidades de
carácter. Sobro todo , lo que mas nos gustaba era la caza , asi es que él me
contaba como en las llanuras de Pampas , los naturales del pais cazan el tigre
y los toros con simples lazos corredizos que echan al cuello de esos terribles
animales. Al principio no queria yo creer que pudiese llegarse a un tal grado
de habilidad , el de lanzar donde se quiere el cabo de una cuerda á veinte ó
treinta pasos de distancia , pero por fuerza debia reconocerse la verdad del
hecho ante la prueba. Mi amigo colocaba una botella á treinta pasos, y á cada
golpe le cojia el cuello- en un lazo corredizo. Ejercíteme desde luego en esta
habilidad, y como la naturaleza me ha dotado de algun injenio , tiro ahora el
lazo tan bien como el mas pintado. Ahora bien ! Ya habreis dado en el quid !
tiene el patron una bodega asaz bien provista , pero nunca deja la llave ni su
sombra, sino que la bodega tiene un respiradero. Tiro por tanto el lazo por esa
aberturita , y como ahora ya sé el rincon bueno , me proveo de allí. Y heos
aquí, señor, como tenemos que hay algo de comun entre la América y las bo
teltas que hay en el escritorio y la cómoda. Ahora , quereis probar nuestro
vino, y luego con franqueza nos direis lo que de él os pareciere '?
—Gracias , buena pieza , gracias, acabo de comer y he bebido ya bastante.
—Siendo así, <lijo Porthos, pon la mesa, Mosqueton , y mientras que noso
tros comeremos nos contará d'Artagnan que ha sido de él desde diez dias qui
no nos habiamos visto. . .-
— De buena gana, dijo d'Artagnan.
Mientras estaban comiendo Porthos y Mosqueton con apetitos de convale
cientes y aquella cordialidad de hermanos que une á los hombres en la des*
gracia, d'Artagnan refirió como Aramis, una vez herido, tuvo que detenerse en
Crevecoeur, como habia dejado en Amiens á Athos entre cuatro hombres que
iban á prenderle por monedero falso , y como él . d'Artagnan , se hubia visto
obligado á pasar sebre el cuerpo del conde de Wardes para llegar haata In
glaterra.
Pero no pasó de aquí la confidencia de d'Artagnan , no dijo sino que á su
vuelta de la Gran Bretaña . habia traido cuatro magníficos caballos, uno para
si y otro para cada uno de sus tres camaradas , concluyendo con anunciar á
Porthos que el que le estaba designado se hallaba ya instalado en la caballe
riza de la posada.
En esto entró Planche!; daba aviso á su amo de haber los caballos suficien
temente descausado y que seria posible ir á hacer noche á Ciermont.
Como d'Artagnan estaba casi enteramente tranquilo en cuanto á Porthos, y
estaba impaciente por carecer de noticias de sus dos otros amigos, dió la mano
al enfermo, y dijole que iba á seguir su camino en busca de los demás. Además
que como tenia inteociou de volver por el camino , si dentro siete ú ocho dias
tOS TRES MOSQÜETEROS. $$í
estaba todavia Portbos en la posada del gran San-Mart¡n, le tomaria de paso,
é irian juntos á Paris.
Por! líos respondió que segun toda probabilidad no le permitiria la rodilla
ponerse en marcha hasla entonces. A bien que era preciso que permaneciese
en Chantilly por aguardar contestacion de su duquesa.
Deseóle d'Artagnan una curacion pronta y buena , y despues de haber
encomendado de nuevo Portbos á Mosqueton , y pagado su gasto al posadero,
púsose en camino con Planchet desembarazado ya de uno de sus dos caballos
de mano.
232 LOS TRES MOSQUETEROS.

CAPITULO XXVI.

El exámen de Aramis.

Nada habia dicho d'Artagnan á Porthos de su herida ni de su procuradora;


era nuestro beanws , por jóven que fuese, un mozo que entendia la vida. Por
tanto, habia aparentado creer cuanto le dijo el vanidoso mosquetero , conven
cido como estaba de que no hay amistad que no se desmorone ante un secreto
sorprendido , principalmente cuando ese secreto interesa el orgullo , porque
siempre se tiene cierta superioridad moral sobre aquellos cuya vida sabe uno;
y á d'Artagnan , en sus proyectos de intriga futura , y casi decidido á hacer
servir á los tres mosqueteros de.instrumentos para su fortuna, no le venia mal
reunir ya anticipadamente en su mano los hilos invisibles con cuyo ausilio
presumia conducirles.
Entre tanto , durante todo el camino oprimiale el corazon una tristeza pro
funda, iba pensando en la jóven y linda señorita Bonacieux, laque debia darle
el precio de sus sacrificios. Pero , digámoslo desde luego, la tristeza del jóven
provenia menos de la idea de su felicidad perdida, que del temor que tenia de
que sucediese alguDa desgracia á aquella pobre mujer. En su opinion , estaba
seguro que ella era victima de una venganza particular del cardenal , y como
es sabido , las venganzas del cardenal eran terribles. Como él mismo habia
podido libertarse ó ser absuelto á los ojos del ministro, eso es lo que no sabia,
y quizá se lo hubiera revelado el señor de Cavois, si le hubiese encontrado en
casa el capitan de su guardia.
Nada hace pasar el tiempo y abrevia las distancias como un pensamiento
LOS TRES MOSQUETEROS. 233
queabsorva todas las facultades de la organizacion del que piensa. Entonces
la existencia es lerior parece dormir y tener por ensueño el pensamiento que
decimos, por cuya influencia no tiene medida el tiempo, ni distancias el espa
cio, se sale de un lugar y se llega á otro, nada mas; no ha quedado en vuestra
memoria del intérvalo recorrido mas que una vaga niebla en la que se están
borrando mil imágenes confusas , de árboles , montes y paisajes. Sujeto á una
alucinacion de ese género pasó d'Artagnan á discrecion de su caballo las cua
tro ó cinco leguas que separan Chantilly de Crevecoeur , sin que al llegar al
pueblo recordase nada de cuanto encontrára en el camino.
Solo entonces le volvió la memoria, alzó la cabeza, vió el hostal donde habia
dejado á Aramis, y en un instante se plantó en la puerta.
Esta vez. quien le recibió no fué un huésped, fué una huéspeda, d'Artagnan
era fisonomista; con una mirada abarcó el abultado y alegre rostro de la dueña
de la casa , y entendió que con ella tenia necesidad de disimular y que nada
habia que temer de tan jovial fisonomia.
—Mi buena señora , le preguntó d'Artagnan , podriais decirme que se ha
hecho un amigo mio que fuimos obligados de dejar aqui habrá unos doce dias?
— Un elegante mozo de veinte y dos á veinte y tres años, afectuoso, amable,
bien formado ?
— Ese mismo, y además herido en el hombro.
— Cabalmente, pues bifn, caballero, aun permanece aqui.
—Vaya con Dios, mi buena señora, dijo d'Artagnan apeándose y tirando la
brida al brazo de Planchet, me volveis la vida, donde está ese querido Aramis?
decidmelo que me tarda el darle un abrazo
—Perdonad, caballero, pero no creo que pueda ahora mismo recibiros.
—Y eso porqué? es'á con alguna mujer f
—Jesus ! Dios mio , que estais diciendo señor ? pobre mancebo t no señor
que no está con una mujer.
—Con quien está pues?
—Con el cura de Montdidier, y el superior de los jesuitas de Amiens.
— Como! esclamó d'Artagnan, tan malo está el infetiz?
—No señor , antes al contrario , pero de resultas de su enfermedad le ha
tocado la gracia , y ha resuelto ordenarse.
—Es verdad , dijo d'Artagnan ; habia olvidado que no era mas que mos
quetero interino.
— Pero, teneis mucho empeño en verle, caballero?
—Ahora mas que nunca.
—Pues bien , caballero , no teneis mas que tomar la escalera á la derecha
en el patio, y en el segundo piso número cinco.
Precipitóse d'Artagnan hácia el lugar indicado, y halló una de osas escale
ras estertores como se ven aun en et dia en los patios de antiguas posadas;
pero no era tan fácil llegar hasta el futuro clérigo; estaban guardados los des
30
234 LOS TRES MOSQUETEROS.
fi laderos del coarto ni mas ni menos que los jardines de Anuida; Bacin estaba
estacionado en el corredor y le cerró el paso con tanta mayor intrepidez, cuan
to despues de bastantes años de pruebas, Bacin se veia próximo á llegar final
mente al objeto que ¡oda su vida habia ambicionado.
En efecto, la idea constante del pobre Bacin habia sido el servir á un hom
bre de iglesia y esperaba con impaciencia el momento, entrevisto sin cesar en-
el porvenir, en que Aramis diese al diablo la casaca para tomar la sotana. La
promesa casi todos los dias renovada por el jóven de que no podia tardar el
tan ansiado momento , era únicamente lo que le habia hecho quedar al ser
vicio de un mosquetero, servicio en el cual, decia, le iba nada menos que el
condenarse sin remedio.
Con qué asi estaba Bacin sobre manera gozoso. Por esta vez, segun todas las
probabilidades, su amo no se volveria a'rás. La reunion del dolor fisico al
dolor moral habia producido el efecio por tanto tiempo esperado : Aramis su
friendo en el cuerpo y en el alma juntamente, habia por (in fijado en la reli
gion sus ojos y pensamientos, y habia considerado como un aviso del cielo el
doble accidente que le habia sucedido , es decir , la súbita desaparicionde su
querida, y su balazo en el hombro.
Fácil es pues entender que nada podia ser mas desagradable á Bacin, en la
disposicion de ánimo en que se hallaba á la sazon, que la llegada de d'Arlag-
nan, quien podia volver a su amo at torbellino de las ideas mundanas que por
tanto tiempo le habian arrastrado. Por tanto, determinó defender á todo trance
la puerta : y como por las palabras de la posadera no podia decir que Aramis
estuviese ausente, trató de probar al recien llegado que fuera el colmo de la
indiscrecion perturbar á su amo en la piadosa conferencia que desde por la
mañana tenia comenzada, conferencia que, segun Bacin, no podia concluir has
ta la noche.
Pero ningun caso hizo d'Artagnan det elocuente discurso de maese Baciu, y
como no estaba de humor para entablar una polémica con el asistente de su
amigo, no hizo mas que apartarle con una mano, y con la otra abrir la puer
ta del número cinco.
D'Artagnan penetró en el cuarto. Aramis con bata negra, cubierta la cabeza
con una especie de gorra redonda y aplastada, estaba sentado delante una
mesa oblonga , llena de legajos de papel y enormes tomos en fólio, tenia á la
derecha al superior de los, jesuitas, y á la izquierda al cura de Montdidier. Es
taban casi ajustadas las corlinas, y no dejaban pasar mas que una luz miste
riosa, propia para pensar devotamente. Todos los objetos mundanos que pu
dieran llamar la atencion al entrar en el aposento de un jóven, y sobre todo
tratándose de un jóven mosquetero, habian desaparecido como por encanto, y
temeroso sin duda de que su vista volviese á su amo á las ideas de este mundo,
Bacin habia escondido espada, pistolas, sombrero de ptumas con los bordados
y encajes de toda especie.
LOS TRES MOSQUETEROS. 235
Y como en su lngar y por compensacion, creyó d'Artagnan columbrar una
especie de disciplinas colgadas de un clavo en la pared.
Al ruido que hizo d'Artagnan al abrir la puerta, alzó Aramis la cabeza y re
conoció á su amigo. Pero, con grande admiracion del jóven guardia, parecióle
que no producía su presencia mucha impresion en el mosquetero; tan desape
gado estaba su espíritu de las cosas de la tierra,
—Buenos dias , caro d'Artagnan , dijo Aramis ; creed que tengo á dicha el
veros.
—Y yo tambien, dijo d'Artagnan, á bien que no esté aun muy seguro de
que es con Aramis con el que estoy hablando.
—Con el mismo, amigo mio : pero quien ha podido haceros dudar,...
—Pensaba si me habría equivocado de cuarto, y á primera vista creí entrar
en la habitacion de algun hombre do iglesia ; luego me han entrado temores,
al veros -en compañía deesos señores, de que estuvieseis gravemente enfermo.
Los dos hombres negros lanzaron á d'Artagnan, cuyo intento conocieron,
. una mirada casi amenazadora, pero d'Artagnan hizo poco ó ningun caso.
—Tal vez os incomodo, querido Aramis, continuó d'Artagnan ; porque se
gun veo, me inclino á creer que os estais confesando con estos señores.
Aramis se puso imperceptiblemente colorado.
—Vos incomodarme ? eso no, muy al contrario, amigo mio ; y en prueba de
ello, ahora mi«mo me permitireis espresar la satisfaccion que de veros sano y
salvo esperimento.
—Vamos I al 6n conserva la memoria, pensó d'Artagnan; peor podria ha
llarle aun !
—Porque el señor, que es amigo mio, acaba de librarse de un muy serio pe
ligro, continuó Aramis con la mayor uncion, designando con la mano á d'Ar
tagnan á ta atencion de los dos eclesiásticos.
— Alabad á Dios, caballero ; respondieron estos inclinándose á un mismo
tiempo.
—No he dejado de hacerlo, padres mios, contestó el jóven -devolviéndoles
á su vez el saludo.
—Oportunamente llegais, querido d'Artagnan, dijo Aramis, tomareis parte
en nuestra discusion, la dilucidareis con vuestro ingenio.
El padre superior de los jesuítas de Amiens, el señor cura de MontdMier y
yo, estábamos argumentando sobre ciertas cuestiones teológicas, cuyo interés
nos tiene cautivado el espíritu hace mucho tiempo ; tendría sumo placer en sa
ber cual era vuestra opinion.
—La opinion de un hombre de espada no puede ser de gran peso en estas
materias, respondió d'Artagnan que principiaba á alarmarse por el giro que
iban tomando las cosas; y bien podeis á mi entender ateneros en esta materia,
á la opinion de los señores.
Los dos hombres negros saludaron francamente.
236 LOS THES MOSQUETEROS.
. —Al contrario, reposo Aramis, vuestra opinion nos será utilísima. Ved aquí
de lo que se trata ; el padre superior piensa que mi disertacion debe ser prin
cipalmente dogmática y didáctica.
—Vuestra disertacion ! con qué haceis una disertacion !
— Por supuesto, respondió el jesuíta ; para el exámen que precede á la or
denacion, es indispensable hacerla.
—La ordenacion ! esclamó d'Arlagnan, que no podia determinarse á creer
lo que sucesivamente le habian dicho la posadera y Bacín ; la ordenacion ! y
paseaba sus atónitas miradas por los tres personajes que tenia delante.
— Ahora bien, continuó Aramis, tomando sobre su sillon la misma graciosa
postura que si estuviese en el asiento de una corte de amor, y examinando
con satisfaccion su mano blanca y torneada como la de una mujer, que guar
daba en alto á fin de que no se agolpára en ella la sangre ; ahora bien, como
os digo, d'Artagnan, el padre superior quisiera que mi disertacion fuese dog
mática, mientras que yo quería que fuese ideal ; y esta es la razon por la cnal
me proponía el padre superior el siguiente tema que no ha sido tratado toda
vía, y que reconozco presta en efecto materia á magníficas consideraciones:
Utrceque mqnus in benedicendo clerícis infcrioribus necess'irice sunt.
D'Artagnan, de cuya erudicion estamos algo enterados, no se adelantó mas
á hablar sobre esta proposicion, que sobre aquella cita de Virgilio por ej señor
de Trevílle á propósito de los regalos que creyó un momento habia recibido
d'Artagnan de manos del duque Buckingam.
—Que es deciren romance, continuó Aramis para facilitarle cuanto fuese po
sible su comprension :
« Entrambas manos son indispensables á los clérigos de órdenes menores
cuando dan la bendicion. »
—Qué rico asunto ! esclamó el jesuíta.
—Rico y dogmático ' repitió el cura, quien siendo sobre poco mas ó menos
tan docto como d'Artagnan en el latín , estaba con el mayor cuidado atento al
jesuíta á Gn de seguir su misma huella , y repetir sus palabras como un eco.
—Por lo que toca á d'Artagnan, permaneció del todo indiferente al eniusias»
mo de los dos hombres negros.
—Sí, rico, admirable ¡prorsus admirahili! continuó Aramis, pero que exige
un estudio profundo de los Padrts de la iglesia y de las sagradas Escrituras.
Mas, como ya con la mayor humildad lo he hecho presente á estos sabios ecle
siásticos, las vigilias de los cuerpos de guardia y el servicio del rey me han
ocasionado algun descuido en el estudio. Por tanto , me hallaría mas á mis an
churas, facilm natarem, en un lema de mi eleccion, que fuese á esas graves
cuestiones teológicas lo que la moral es á la metafísica en filosofía.
D'Artagnan se fastidiaba grandemente, y el pobre cura tambien.
— Ved que exordio I esclamó en latín el jesuíta.
—Exordium, repitió el cura por decir alguna cosa.
LOS TOES MOSQUETEROS. 237
— Qaemadmodum ínter colorum immensitatem...
Y en eso Aramis dirigió una mirada hácia d'Artagnan, y vió que su amigo
bostezaba en ¡orminos de desencajarse las mandibulas ; é interrumpiendo al
doctor :
—Hablemos en romance , padre mio , dijo el jesuita , quizá asi tomará el
señor d'Artagnan mayor gusto á nuestras palabras.
—Si, me hallo cansado del camino, dijo d'Artagnan , y no estoy por ahora
en disposicion de cojer tanto latin.
—Corriente, dijo el jesuita algo despechado , mientras que el cura saliendo
de compromisos dirigia á d'Artagnan una mirada llena de agradecimiento;
ahora bien, ved todo el partido que puede sacarse de esa glosa:
«Moisés , siervo de Dios , no es mas que siervo ; lo entendeis bien ? Moisés
bendice con las manos, hace que le tengan los brazos mientras que los hebreos
pelea» con sus enemigos ; por consiguiente , bendice con ambas manos. » Por'
otra parte, qué nos dice el evangelio? imponite manus, y no tnanum ; imponed
las manos y do la mano.
—Imponed las manos, repitió el cura acompañando la accion á las palabras.
—Por otra parte á San Pedro , de quien los papas son sucesores , cootinuó
el jesuita; porrige digitos, presenta los dedos. Comprendeis ahora?
—.En efecto , respondió Aramis como recreándose , pero hay en el asunto
bástante sutileza.
—Los dedos , continuó el jesuita ; San Pedro bendice con los dedos. Y con
cuantos dedos bendice? Con ties , uno por el Padre , otro por el Hijo , y otro
por el Espiritu Santo.
En esto todos se persignaron, y d'Artagnan juzgó oportuno imitar el ejemplo.
—El papa es el sucesor de San Pedro , y representa los tres poderes divi
nos ; lo demás , ordtnes inferiores de la jerarquia eclesiástica , representa tos
santos arcángeles y ángeles. Los clérigos mas humildes , como son nuestros
diáconos, subdiáconos y sacristanes , bendicen con el hisopo , cuyos filetes fi
guran un número infinito de dedos. Ved aqui reducido el subjeto en compen
dio, argumentum omni exnudatum ornamento. Solo con esto prosiguió el jesuita,
haria yo dos volúmenes del tamaño de este.
Y en su entusiasmo sentaba fuertemente la mano sobre un san Crisóslómo
en fóleo que hacia encorvar la mesa con su peso.
D'Artagnan se hf rripiló.
—Seguramente dijo Aramis, hago la debida justicia á las sublimidades de ese
tema, pero al propio tiempo le considero harto superior á mis alcances. Yo ha
bia escojido este testo; decidme, querido d'Artagnan, si no es de vuestro agra
do : non imtile est desiderium in oblatione, ó mejor diré : « Sentir algun tanto
la pérdida de la ofrenda que se consagra al Señor , y echarla menos un poc»,
no será malo. »
—Alto ahi ! esclomóel jesuila, porque esa proposicion huele á heregia ; una
238 LOS TRES MOSQUETEROS.
hay casi semejante en el Augustinus del heresiarca Jansenio, cuyo libro tarde
ó temprano será quemado del verdugo.
Id con cuidado, mi jóven amigo, os conozco algo inclinado á las falsas doc
trinas , os perdereis amiguito.
t —Os perdereis, repitió el cura meneando tristemente la cabeza.
—Tocais el famoso punto del libre aivedrio que es un escollo mortal, y
abordais de frente las insinuaciones de los pelagianos y de los semi-pelagia-
nos.
—Pero, reverendo padre.... repuso Aramis algun tanto desconcertado por
el diluvio de argumentos que le caian encima....
— Cómo podreis probar, continuó el jesuita sin dejarle tiempo para hablar,
que debe uno echar de menos el mundo en el acto de ofrecerse á Dios ? Vea
mos que decis á este dilema: Dios es Dios, y el mundo es el-diablo ; echar de
meno? al mundo es echar menos al diablo. Tal es mi rigurosa consecuencia.
—Y la mia tambien, dijo el cura.
—Pero, ya vereis... repuso Aramis.
—Desideras diabolum, desdichado! esclamó el jesuita.
—Echar de menos al diablo ! Ah ! mi jóven amigo, observó el cura suspi
rando, ay! no echeis de menos al diablo, yo os lo suplico-con toda mi ánima.
D'Artagnan estaba á punto de sentirse idiota, pareciale estar en una casa de
locos , y que iba á volverse tambien loco él como los que tenia delante. Lo
peor era que por fuerza debia callarse , no comprendiendo la lengua en que
hablaban. ,
—Pero en fin , escuchadme , repuso Aramis con una finura á través de la
cüal se traslucia ya alguna impaciencia, no digo que eche yo menos el mundo,
no, jamás pronunciaré tales palabras que no serian ortodoxas...
E1 jesuita levantó los brazos al cielo, y el cura hizo otro tanto.
—Eso no, pero convenid al menos en que no puede ser muy meri'orio el no
ofrecer al Señor sino aquello de lo cual se está enteramente disgnstado. No
tengo razon, d'Artagnan?
—Cuerpo de tal ! y como puede caber en eso duda! esclamó d'Artagnan.
El cura y el jesuita dieron un salto sobre las sillas mismas.
—Heos aqui mi punto de partida ; considerad este silogismo: el mundo no
carece de atractivos, yo abandono el mundo, luego hago un sacrificio. Ahora
bien, la Escritura dice esplicitamente: Haced un sacrificio al Señor.
—No hay duda, dijeron los antagonistas.
—Y además , continuó Aramis , pellizcándose la oreja para ponerla encar
nada, asi como sacudia las manos para que estuviesen blancas, y ademís tengo
compuesto sobre ese asunto unas quintillas que enseñé el año pasado al señor
Voiture, y que merecieron la aprobacion de ese gran poeta.
—Quintillas! esclamó con desden el jesuita.
—Quintillas ! repitió maquinalmente el cura.
LOS TIIES MOSQUETEROS. 239
— Decidlas , decidlas , esclamó d'Artagnan , esto dará alguna variedad á la
conversacion.
— Estais equivocado, porque son religiosas , respondió Aramis , pertenecen
á la teologia poética.
—Diablos! murmuró d'Artagnan.
—Asi empezaban , dijo Aramis con cierto aire de modestia que no estaba
del todo exento de sus visos de hipocresia:

Creyentes no os tamenteis
Por ta dicha ya perdida
Que si á Dios soto ofreceis
Las penas de vuestra vida ,
Consueto pronto hatlareis.

D'Artagnan y el cura se moslraron satisfechos, pero el jesuita persistió en


su opinion.
—Huid del gusto profano en estilo teológico. Que dice sino San Agustin:
Severus sit clericorum scrmo.
—En efecto, que el sermon sea claro, dijo el cura.
— Por consiguiente, se apresuró á interrumpir el jesuita viendo que su acó
lito se desbarraba , vuestro tema agradará á las señoras, nada mas , tendrá el
>Hito de las defensas del abogado l'atru, dejareis satisfechas á las damas.
— Pluguiera al cielo ! esclamó Aramis athorozado.
—Ya lo veis, esclamó el jesuita, el mundo habla todavia en vuestro corazon
con voz muy alta, altissima vorc. Seguis el mundo, amiguito mio, y mucho me
temo que la gracia no sea verdaderamente eficaz.
—Tranquilizaos, reverendo padre, respondo de mi.
—Tambien es esta presuncion mundana.
—Me conozco bastante , padre mio , mi resolucion es de todo punto irrevo
cable.
—Con que al fin persistis en adoptar ese lema?
— Me siento deslinado á tratar ese y no otro alguno, voy pues á continuar,
y mañana espero quedeis satisfechos con las correcciones á que habrán dado
lugar vuestras observaciones.
— Trabajad con calma, dijo el cura, por ahora os dejamos en las mejores
disposiciones.
—Si, el terreno está sembrado , dijo el jesuita, y no debemos temer que
una parte del gruno haya caido sobre piedra, la otra derramada á lo largo del
camino, y que las aves del cielo se hayan comido lo reglante :
Aves cceli comcderunt illum.
—Que los diablos carguen contigo y tu latin, murmuró d'Artagnan, que ya
no podia aguantarse por mas tiempo.
—Adios, hijo mio, dijo el cura ; hasta mañana.
240 LOS TRES MOSQUETERO!.
—Hasta mañana, temerario jóven, dijo el jesuita : vos prometeis ser una de
las lumbreras de la Iglesia : quiera el cielo que esta lumbrera no se convierta
en fuego abrasador I
D'Artagnan , que hacia una hora se estaba entreteniendo en morderse las
uñas de impaciencia, principiaba ya á entrar hasta la carne.
Levantáronse los de la negra vestidura, saludaron á Aramis y á d'Artagnan,
y dirigiéronse hácia la puerta. Bacin, que habia permanecido de pié, escuchan
do esta edificante controversia con el mas piadoso júbilo, les salió al encuentro
y tomando el breviario del cura y el misal del jesuita, caminaba respetuosa-
mente delante de ellos á fin de abrirles paso.
Aramis les acompañó basta que hubieron bajado la escalera y volvió en se
guida al cuarto donde habia permanecido d'Artagnan, quien con tales visiones
tenia embargados los sentidos.
Solos que estuvieron nuestros amigos, guardaron al principio un silencio
para los dos pesado ; era preciso no obstante que alguno de ellos lo rompiese,
y como d'Artagnan parecia decidido á dejar este honor á su amigo.
—Ya to veis , dijo Aramis ; me encontrais encaminado de nuevo hácia mis
ideas fundamentales.
—S¡, la gracia eficaz os ha venido como decia hace poco aquel señor.
—Oh ! hacia ya mucho tiempo que tenia formados esos planes de retirada,
y ya me habeis oido hablar de ellos mas de una vez, no es asi , amigo mio?
—En efecto, pero os confieso que siempre habia creido que lo deciais por
broma.
—Bromas sobre tales asuntos ! Oh! d'Artagnan!
—Vaya ! pues que bromeamos hasta con la muerte...
—Pero está muy mat hecho, d'Artagnan; porque la muerte es la puerta que
conduce á la perdicion ó á la salvacion.
—Convengo en ello; pero si to leneis á bien, no teologicemos, Aramis, pa-
réceme que debeis tener ya bastante para todo el dia : en cuanto á mi , tengo
casi enteramente olvidado el poco latin que nunca supe, además que por ahora,
o« digo francamente que no he probado alimento desde las diez de la mañana,
de suerte que lengo un hambre de todos los diablos.
—Inmediatamente vamos á comer, querido, no hay sino que hoy es viernes;
por taato , en semejante dia ni puedo comer carne ni verla comer siquiera. Si
quereis contentaros con mi comida, esta no se compone mas que de tetrágonos
cocidos y fruias. ,
—Y que es eso de tetrágonos? preguntó d'Artagnan con inquietud.
—Llamo tetrágonos á las espinacas, repuso Aramis, pero en obsequio vues
tro haré añadir unos huevos , aunque fuere con grave infraccion á la regla,
pues los huevos son carne , siendo asi que de ellos nacen los potlos.
—No es muy suculento que digamos el festin; pero no importa, por tener el
gusto de estar en vuestra compañia, pasaré por él.
LOS TRES MOSQUETEROS. 241
.t*-Os agradezco el sacrificio que haceis, dijo-A ramis : pero no dudeis deque
si do aprovecha á vuestro cuerpo aprovechará á vuestra alma.
—Con que decididamente, Aramis, vais á entrar en la religion? qué dirán
nuestros amigos ! que dirá el señor de Treville ! tened por seguro que os van
á tratar de desertor.
-—No entro en la religion, sino que vuelvo á entrar en ella. Lo que debeis
decir es que por el mundo habia desertado la iglesia, pues ya sabeis que tuve
que haoerme violencia para vestir la casaca de mosquetero. ..
—En verdad que nada sé.
—Ignoráis como dejé el seminario ?
—Absolutamente lo ignoro.
—Voy á contaros mi historia ; además que la escritura dice ; «confesaos
unos con otros » y quiero confesarme coa vos, d'Artagnan.
—Y vaos doy anticipadamente la absolucion, bien veis que soy indulgente.
—No os chanceeis con las cosas santas, amigo mio.
—Hablad pues, ya os escucho.
—Estaba en el seminario desde ta edad de nueve años, iba á cumplir los
veinte y uno, faltándome solo tres dias para ordenarme , de modo que renun
ciaba ya definitivamente al mundo. . ,..
Una noche que fui, segun mi costumbre, á una casa que frecuentaba ion gran
placer, qué quereis ! al lio es uno joven y débil, un oficial que me veia leer,
no con pocos «elos de su parte, vidas de tos santos á la señora de la casa, en
tró de sopeton y sin ser anunciado. Cabalmente aquel dia habia yo traducido
un episodio de Judith, y acababa de comunicar mis versos á la señora que se
dignaba hacerme por ellos los mejores elogios, y reclinada sobre mi hombro
los iba leyendo juntamente conmigo. La postura, que á la verdad era algun
tanto intima, debió ofender al oficial : este no me dijo nna palabra ; pero tuegp
que me marchó, salió detrás de mi y reuniéndoseme :
—Señor clérigo, dijo, gustais que os dén de palos ?
—No puedo deciroslo, caballero, pues nadie se ha atrevido á darme ningu
no hasta ahora
—Pues bien, señor clérigo, tenedlo bien entendido, si volveis mas á la casa
en que os he encontrado esta noche, vereis como yo me atreveré.
Creo que tuve miedo, senti que me huian los cotores de la cara, y que mis
piernas flaqueaban, discurri una respuesta, pero no me acudió ninguna ; de
suerte que ni siquiera llegué á despegar los iábios.
Et oficial esperaba esa respuesta; pero viendo que tardaba tanto, echóse á
reir, y volviéndome la espalda, se metió otra vez dentro la casa. Por mi par
te volvi á entrar en el seminario.
Soy noble puro, y tengo vivo el genio, como habréis podido conocerlo, que
rido d'Artagnan. El insulto era terrible, y por ignorado que fuese á los ojos
del mundo, sentiale bullir continuamente en lo intimo de mi corazon. Declaré en
31
242 LOS TRES MOSQUETEROS.
consecuencia á mis superiores que no me sentia suficientemente preparado para
recibir ta ordenacion, y atendida la peticion difirióse la ceremonia por un año.
Fui á ver desde luego at mejor maestro de esgrima de Paris, é hice con él
un convenio para tomar una leccion diarta por todo un año, y durante un año
tomé efectivamente una leccion todos los dias. Luego, en el dia mismo que era
aniversario del en que habia sido insultado , colgué mi sotana de un clavo,
vestime un traje comple o de caballero, y fuime á un baile que daba una señora
amiga mia, y at cual me constaba debia asistir tambien mi hombre. Verificá
base en la calle de Francs-Bourgeois, cerca la cárcel de la Force.
En efecto, alli estaba mi oficial, y acercándome á él á tiempo en que estaba
cantando unas trovas amorosas, y mirando con ternura á una mujer, le inter
rumpi á la mitad de la segunda copla.
—Caballero , le dije , os incomoda aun que vuelva á cierta casa de la calle
Payenne , y estais en ánimo todavia de darme de palos , si no me acomodare
obedeceros?
El oficial se me quedó mirando con la mayor sorpresa, y añadió en seguida:
— Qué me quereis caballero ! no os conozco.
—Soy, le respondi , aquel cleriguillo que lee vidas de Santos , y traduce la
Judith en verso.
—Ah! ah! ya caigo, repuso el oficial en tono zumbon; y que me quereis ?
—Querria que tuvieseis á bien salir conmigo para dar un paseo.
—Mañana por la mañana, si os parece, y lo haré con el mayor gusto.
—Mañana por la mañana nó, con vuestro permiso ahora mismo.
—Si tanto lo exigis....
— Pues si que lo exijo, caballero.
—Entonces, salgamos. Señoras, dijo el oficial, no os incomodeis; solo el tiem
po de matar á este caballero, y vuelvo en seguida á concluir la segunda copla.
Dicho esto salimos.
Condújele á la calle Payenne , al sitio mismo en que un año antes y á la
propia hora recibi el cumplimiento que os he referido. Hacia una luna her
mosisima , plantámosnos espada en mano , y del primer golpe le dejé muerto.
—Caramba! esclamó d'Artagnan.
— Pero, como las damas no viesen volver al cantor, y fuese despues ha lado
en la calle Payenne , atravesado el cuerpo de una buena estocada , pensaron
que habia sido yo que de aquella manera le habia despachado, y tuvo la cosa
bastante publicidad. Por esta razon me vi precisado á renunciar por algun
tiempo á la sotana. Athos, á quien conoci en aquella época, y Portbos que me
enseñó unos cuantos golpes asaz bonitos además de mis lecciones de esgrima,
me decidieron á solicitar una casaca de mosquetero. El rey habia querido
mucho á mi padre, muerto en el sitio de Arras, y fuéme concedida la casaca.
Ahora ya os hareis cargo de que ha llegado el momento de volver á entrar en
el seno de la iglesia.
LOS TRES MOSQUETEROS. 243
— Y por qué hoy mas bien que ayer ó que mañana ? Qué os ha sucedido
ahora que asi tan pobres ideas os inspira !
— Esta herida, querido d'Artagnan, ha sido para mi un aviso del cielo.
—La herida esta ! Bah ! ya la teneis poco menos que curada , y en el dia
estoy seguro de que no es esta la que mas os hace sufrir.
—Pues cual sino ? preguntó Aramis poniéndose colorado.
—Otra que teneis en el corazon, Aramis, otra herida mas viva que todavia
brota sangre, y que os ha hecho una mujer. .
Los ojos de Aramis relampaguearon á pesar suyo.
—Ah ! dijo procurando disimular su emocion bajo una aparente indiferen
cia , no me hableis de esas cosas ; yo pensar ahora en eso ! sufrir yo ahora
pesadumbres por amor ! vanitas vamtatum. Creeis, segun eso, que habria po
dido perder el juicio, y por quien I por alguna modista ó criada de algun ca
nónigo con la cual podría haber andado en amores? que disparate!
—Perdonad, mi querido Aramis , pero yo tenia entendido que se dirigian
mas alto vuestras miras.
—Mas alto! y quien soy yo para tener tanta ambicion! Un triste mosquete
ro, asaz pobre y muy oscuro que no puede sufrir las exigencias de la sociedad,
y que se encuentra en el mundo fuera de su elemento.
—Aramis ! Aramis ! esclamó d'Artagnan mirando á su amigo con aire de
incredulidad.
—No soy mas que polvo , continuó Aramis , y vuelvo á sumergirme en el
polvo La vida está llena de humillaciones y pesares , prosiguió en tono cada
vez mas sombrio; todos los hilos que la unen á la felicidad se rompen sucesi
vamente en las manos del hombre, especialmente los hilos de oro. Oh! querido
d'Artagnan ! continuó Aramis, tomando su voz un ligero acento de amargura,
creedme, ocultad vuestras llagas cuando las tuviereis. El silencio es la última
felicidad para los desgraciados ; guardaos de insinuar siquiera á nadie vues
tros pesares: los curiosos chupan nuestras lágrimas, como las moscas la san
gre de un noble corcel herido.
—Ay ! querido Aramis I dijo dArtagnan exhatando á su vez un profundo
suspiro: estais trazando mi propia historia con vuestras palabras.
—Cómo?
—Si ! una mujer á quien amaba , á quien adoraba , me ha sido hace poco
arrebatada de un modo Violento. Ni sé donde está , ni donde pueden haberla
conducido: y tal vez á estas horas se encuentra prisionera, si es que no haya
muerto.
—Pero vos teneis á lo menos el consuelo de deciros que no os ha abando
nado de su propia voluntad, que si no recibis noticias de ella es porque le está
prohibida con vos toda comunicacion, mientras que...
—Mientras que...
—Nada, repuso Aramis: nada.
844 LOS TRES MOSQUETEROS.
—De suerte que renunciais al mundo para siempre : es ya una resolucion
irrevocablemente determinada I
— Para siempre jamás. Ahora sois mi amigo todavia, mañana no sereis para
mi mas que una sombra , y hasta consideraré que para mi ya no existis. En
cuanto al mundo, es un sepulcro, nada mas.
— Diablos ! es muy triste todo eso que me estais diciendo !
—Como ha de ser ! mi vocacion me arrastra , y se ha apoderado de todas
mis facultades.
D'Artagnan se sonrió sin responder una sola palabra, Aramis continuo:
—Y sin embargo , á punto de salir de la tierra , mientras que aun estoy á
tiempo, hubiera deseado hablaros de vos , de nuestros amigos.
—Y yo, repuso d'Artagnan, hubiera deseado hablaros de vos mismo ; pero
os veo tan desesperado de todo !... los amores los despreciais , los amigos son
á vuestros ojos sombras, el mundo un mero sepulcro.
— Ah ! ya lo vereis muy pronto, esclamó Aramis suspirando.
—No hablemos mas de eso , si es asi , dijo d'Artagnan , y quememos esta
carta que sin duda os anuncia alguna nueva infidelidad de vuestra modista ó
de vuestra casera de canónigo.
—Qué carta ? esclamó Aramis con viveza.
—Una carta dirijida á vuestra casa interin habeis estado ausente, y que me
han entregado para que la pusiera en vuestras manos.
—Pero de quién es esa carta!
—Bah! de alguna muchacha desconsolada, de alguna modista sin esperanza,
ó tal vez de la doncella de la señora de Chevreuse , que se habrá visto preci
sada á volver á Tours con su señora , y que para echarla de grandeza , habrá
tomado sin duda papel perfumado , y habrá sellado la carta con una corona
de duquesa.
—Qué estais diciendo ahora ?
—Calla! pues, y la habré perdido ! dijo en tono socarron d'Artagnan, apa
rentando buscarla. Vaya ! fortuna que at fin y al cabo , el mundo no es mas
que un sepulcro, los hombres , por consiguiente, las mujeres vanas sombras,
y el amor un efecto que solo desprecio merece.
— Ah d'Artagnan ! d'Artagnan I esclamó Aramis, me estás asesinando!
—Vamos ! Aqui está, dijo d'Artagnan, y sacó la carta del bolsillo.
Aramis dió un brinco, y tomando la carta, la leyó ó mas bien la devoró. Su
rostro se iba poniendo radiante de júbilo.
—Parece que no tiene la modista mal estilo, dijo con alguna calma el men
sajero.
—Gracias , d'Artagnan ! esclamó Aramis casi delirante. Vióse precisada á
volver á Tours , veo que no me es infiel : continua amándome siempre. Oh !
amigo mio! déjame que le abrace; no puedo suportar tanta ventura!
Y los dos amigos principiaron á bailar en rededor del venerable San Cri
¿?. /j¿ir/'' . cMmrnTJi} .

Ararais
LOS TRES MOBQUBTEHOS. 448
sóstomo , sin cuidarse de que estaban pisando furiosamente las hojas de la
disertacion que andaban rodando por el suelo.
En aquel momento entraba Bacin con las espinacas y unos huevos.
—Huye de aqui, desventurado! esclamó Aramis tirándole á la cara su gorra;
vuélvete por donde has venido, quita de ahi esas horrorosas legumbres y esos
desastrados manjares ; pide una liebre bien condimentada , un capon cebado,
trae carnero bien asado, y cuatro botellas de añejo Borgoña.
Bacin estaba mirando estupefacto á su amo , sin comprender la menor cosa
de aquella repentina mutacion ; dejó caer maquinalmente la tortilla sobre las
espinacas, y seguidamente , las espinacas en el suelo.
—He aqui el momento de consagrar vúestra existencia al Rey de los reyes,
dijo d'Artagnan , si es que pensais manifestaros con ét verdaderamente gene
roso: non mutile detiderum in sacrificio, ó como deciais.
— Idos á todos los infiernos con vuestro laUn ! Bebamos , querido d'Artag-
nan , bebamos por vida mia , bebamos y contadme algo de lo que ocurra por
esos mundos de Dios.
246 LOS TRES MOSQUETEROS.

CAPÍTULO XXVII.

La mujer de Athos.

Falta ahora tener noticias de Atbos, dijo d'Artagnan al alegre Aramis des
pues que le hubo puesto al corriente de lo que habia pasado en la capital
desde su partida , cuando una opípara comida les hubo hecho olvidar al uno
su disertacion y al otro su cansancio.
—Creeis, segun eso, que le haya sucedido alguna desgracia formal ? pre
guntó Aramis : Athos tiene tanta calma , es tan valiente , y maneja tan dies
tramente la espada...
—Sin duda alguna , nadie apreciará mas en su punto que yo la destreza de
Athos; pero prefiero mil veces esgrimir mi espada contra lanzas, á defenderme
contra garrotes : mucho me temo que Athos haya sido estropeado por aquella
gente mal nacida ; bribones son esos mozos de posada que descargan recio , y
no se cansan fácilmente. Por esta razon quisiera marchar lo mas pronto posible.
—Yo probaré de acompañaros, dijo Aramis, aunque no me siento en dispo
sicion de montar á caballo: ayer traté de ensayar esas disciplinas que veis col
gadas en la pared, y el dolor me obligó á suspender tan piadoso ejercicio.
—Es que tambien, amigo mio, á quien diablos le ocurre que debe curarse
las heridas de escopeta con ungüento de disciplinas! pero estabais enfermo, la
enfermedad debilita la cabeza , por esto os perdono la ton'.eria.
—Y cuando pensais marcharos?
— Mañana al amanecer : descansad esta noche lo mejor que podais , y ma
ñana si os es posible, partiremos juntos.
LOS TRES MOSQUETEROS. 247
—Bien , has ta mañana , repuso Arainis ; pues por mas que seais de hierro,
no podran perjudicaros algunos momentos de descanso.
Cuando d'Artagnan entró al dia siguiente en el cuarto de Aramis , le vio
asomado á la ventana.
—Que estais ahi mirando? preguntó d'Artagnan.
—A fe mia que admiraba esos tres magnificos caballos que tienen de las
bridas aquellos muchachos, es un gusto de principe el viajar sobre semejantes
alazana
—Pues bien, querido Aramis, podeis tener vos esa satisfaccion, porque uno
de los tres caballos es vuestro.
—Si, naranjas; y cuál?
—Et que mas os acomode de los tres , no tengo sobre ellos ninguna prefe
rencia.
— Y el rico jaez de que está cubierto es tambien para mi ?
—Tamb en es vuestro.
—Vaya! quereis chancearos, d'Artagnan.
— No me chanceo ya desde que hablais en romance.
—Son mias esas ricas fundas doradas, esa mantilla de terciopelo, y esa silla
cheteada de plata?
—Todo enteramente vuestro, como tambien es mio aquel caballo que se le
vanta ah ra de mano¿, y como el otro que está haciendo corbetas es de Athos.
— Cáspita I son tres arrogantes animales.
—Me alegro sobremanera de que sean de vuestro agrado.
— Pero debe ser el rey quien os ha hecho ese regalo!
— De seguro no es el cardenal , pero no os inquieteis por saber su proce
dencia, y pensad únicamente en que uno de los tres es vuestro.
— Elegiria aquet que tiene de la mano aquel mozo rubio.
— Enhorabuena, ya os pertenece por derecho de legitima propiedad. ;'
—Vive, Dios! esclamó Aramis; esto me acaba do quiiar el último vestigio de
los dolores que podia sentir; montaria yo ese caballo con treinta balazos en el
cuerpo Por vida mia! vaya unos estribos! Ola! Bacin, venid acá al momento.
Bacin se presentó sombrio y abatido en el umbral de la puerta.
—Limpiad mi espada , arreglad la gorra , acepillad la capa , y cargad las
pistolas, dijo Aramis.
—Este útiimo encargo es inútil, interrumpió d'Artagnan, pues teneis ya dos
cargadas en las fundas.
Bacin lanzó un suspiro.
—Vamos, maese Bacin, dijo d'Artagnan, no tengais pena por eso; en todos
los oficios puede ganar uno el reino de los cielos.
—Era ya mi amo tan buen teólogo! dijo Bacin con las lágrimas en los ojos,
hubiese llegado á ser obispo, y tal vez cardenal.
—Pero vamos , mi pobre Bacin , considéralo bien - dime de qué sirve ser
248 LOS TRES MOSQKTER08.
hombre de iglesia? evita tino por eso ir á la guerra? Ahí tienes el cardenal que
va á salir en campaña con casco en la cabeza y la partesana en mano : y que
me dirás del señor de la Vállete? taminen es cardenal , y pregúntale á su es
cudero cuantas veces ha tenido que prepararle hilas para curar sus heridas.
—Ah ! suspiró Bacín , harto lo sé , señor ; todo en el día se halla trastor
nado.
En eato los dos jóvenes y el pobre lacayo llegaron al patio de la posada.
—Ténme el estribo, Bacín, dijo Aramis. Y se puso en la silla con su gracia
y su ligereza de costumbre , pero , á pocas corbetas que el noble animal hubo
hecho, principió á sentir su jinete dolores tan insufribles, que perdió el color y
se bamboleó en la silla. D'Artagnan que previendo aquel accidente no le habia
perdido de vigta, corrió hacia él, y sosteniéndole en sus brazos , le acompañó
á su cuarto.
—Basta por ahora , mi querido Aramis , le dijo , y cuidaos , iré yo solo en
busca de Athos.
—Sois un hombre de bronce, le dijo Aramis. , . .
—Tengo suerte y nada mas : pero qué vais á hacer mientras me estais es-
perapdo ? no mas disertacion , sin glosas en que entreteneros sobre manos y
dedos, y tanta bendicion , eh! que tal!
Aramis se sonrió
—Compondré versos, le dijo- • .;i .;• i .
—Sí, versos perfumados con el olor del billete de la donceélade la señera de
Chevreuse. Podeis, ocuparos eu enseñar la prosodia á Baein, le servirá de con
suelo : en cuanto al caballo, montadle un instante iodos los dias, y así os acos
tumbrareis á manejarle. ....
—Oh I sobre ese particular uo tengais cuidado, dijo Aramis ; me volvereis á
encontrar en disposicion de seguios, , .. . „, i. . ..
Despidiéronse, y diez minutos despues iba ya dArtagnan trotan to en direc
cion á Amiens, despues de haber recomendado á su amigo á lo» cuidados de
Bacin y de la posadera. En qué estado encontraría á Athos? y eso dado caso
que le bailase.
La posicion en que d'Artagnan habia dejado á Athos era crítica, y era muy
posible que hubiese sucumbido. Esta idea anubló la frente de d'Artagnan , é
hízole formular allá en sus adentros no pocos juramentos de venganza. De
todos sus amigos , era Athos el de mas edad , y por consiguiente el que en
apariencia debia distar mas de él en gustos y simpatías : sin embargo , este
tenia á favor del mosquetero una predileccion marcada. El noble y distinguido
continente de Athos , aquellas ráfagas de grandeza que brillaban de vez en
cuando en la sombra en que voluntariamente se babia circunscrilo : aquella
igualdad inalterable de genio que hacia de él el compañero mas, tratable del
mundo ; aquella frialdad aparente y mordaz , aquel valor que hubiera podido
calificarse de ciego si no hubiese sido el resultado de la mayor serenidad: tan
LOS TRI8 MOSQUETEROS. 249
tas dotes reunidas inspiraban á d'Artagnan mas que aprecio y amistad; le ins
piraban admiracion.
En efecto , aun puesto Athos en parangon con ei señor de Treville , con el
elegante y noble cortesano , podia en sus dias de buen humor sostener y con
ventaja la comparacion : su estatura era mediana , pero tenia tan admirable
mente proporcionadas todas las partes de su cuerpo , que mas de una vez en
sus pruebas jimnáslicas con Porthos , habia hecho sucumbir al jigante cuyas
fuerzas físicas habian llegado á ser proverbiales entre los mosqueteros ; la
cabeza con sus ojos penetrantes, su nariz aguileña y su barba delineada como
la del romano Bruto , tenían un carácter indefinible de grandeza y de gracia;
sus manos, por las que no se tomaba el menor cuidado, causaban la desespe
racion de Aramis que conservaba las suyas á fuerza de pasta de almendras y
de aceite perfumado; era el sonido de su voz penetrante y melodiosa á la vez:
pero lo que menos se acertaba á comprender en Atbos que siempre se hacia
oscuro é insignificante , era aquella delicada ciencia del mundo y de los usos
de la sociedad mas elevada , y aquellos modales de bien nacido , que sin ad
vertirlo, dejaba ver en sus menores actos.
Si se trataba de una comida, nadie sabia arreglarla mejor que Atbos, colo
cando a cada convidado en el sitio y rango que le correspondian , por sus an
tepasados ó por sus propias obras : si 8ñ trataba de ciencia heráldica , Athos
conocía á todas las familias nobles del reino, su genealogía, sus alianzas, sus
blasones y el origen de ellos; estaba al corriente de las reglas de etiqueta hasta
en sus últimos pormenores , sabia los derechos que pertenecían á los grandes
propietarios ; conocía á fondo la caza mayor y menor , y hablando un dia con
el mismo rey Luis XIII acerca de ese grande arte , le dejó pasmado , sin em
bargo de ser el rey docto maestro en la materia. Como todos los grandes se
ñores de aquella épora, montaba á caballo y manejaba las armas con la mayor
perfeccion ; lo mas particular era , que su educacion habia sido tan poco des
cuidada, aun respeto á estudios escolásticos , tan raros en los nobles de aquel
tiempo , que se sonreía al oír las palabrillas de latín que les decía Aramis , y
que Porthos aparentaba comprender : hasta por dos ó tres veces sucedió , con
no poca admiracion de los amigos , que incurriendo Aramis en un error gra
matical , salía de su natural indiferencia para poner un verbo en el tiempo
que le correspondia, ó un nombre en su caso; á todo lo cual debe eñadirse que
era de una probidad intachable, en aquel siglo en que la gen le de guerra tran
sigía tan fácilmente con su religion y conciencia , los amantes con la rigurosa
delicadeza de nuestros dias, y los pobres con el séptimo mandamiento del Se
ñor. Por consiguiente era Athos un hombre no poco estraordinario.
' Y no obstante veiase á esa criatura tan distinguida, á ese ser tan bien do
tado inclinarse insensiblemente hácia la vida material, como á los ancianos
hácia la imbecilidad física y moral. Athos, en sus horas de ocio, que eran bas
tante frecuentes, se apagaba en toda su parte luminosa, y so lado brillante
32
250 LOS TRES MOSQUETEROS.
desaparecia como en una noche tenebrosa. Desvanecido entonces el semi-dios
quedaba apenas un hombre con la cabeza baja, apática la vista, y el habla
forzosa y entrecortada, y miraba por largos ratos ora su vaso y su botella,
ora á Grimaud, quien acostumbrado á obedecerle por signos, leia en los amor
tiguados ojos de su amo hasta el menor deseo, que al punto satisfacia. Si los
cuatro amigos se reunian en uno de aquellos momentos, una palabra soltada
con marcado esfuerzo, era lo único que ponia Athos de su parte en la conver
sacion ; bebia Athos él solo como cuatro, y eso sin que se le notára otra mu
danza, que un fruncimiento de cejas mas indicado y una tristeza todavia mas
profunda.
D'Artagoan, cuyo carácter investigador y penetrante hemos tenido ocasion
de admirar, aun no habia podido, á pesar de la curiosidad que sobre el par
ticular le estimulaba, asignar causa alguna á semejante marasmo, ni pescar
el menor indicio. Athos, jamás recibia cartas, ni daba un paso que fuese sa
bido por sus amigos ; no podia decirse que fuese et vino lo que le comunicaba
esa tristeza, pues por el contrario solo bebia para combatir aquella tristeza,
aunque, segun hemos dicho, ese remedio le ponia aun mas sombrio. Tampo
co podia atribuirse ese esceso de mal bumor al juego, pues al revés de Por-
thos, que acompañaba con sus canciones 6 votos las mudanzas de la suerte,
Athos quedaba tan impasible cuando habia ganado como cuando habia perdi
do. Habiasele visto en una reunion de mosqueteros ganar en una noche tres
mil doblones, luego perderlos, perder el caballo, las armas, y hasta su cintu-
ron bordado de oro de los dias de gala : volver á recuperar todo eso con cien
luises mas, sin que se hubiesen alzado ni bajado media linea siquiera sus her
mosas cejas negras, sin que sus manos hubiesen perdido su matiz encarnado,
sin que su conversacion, que en aquella noche era grata, hubiese dejado un
solo momento de ser tranquila y agradable.
No era tampoco, como sucede á los ingleses, una inftuencia atmosférica, lo
que anublaba su semblante, porque su tristeza se hacia generalmente mas in
tensa hácia los dias mas hermosos det año ; junio y julio eran tos meses mas
terribles de Athos.
Por lo presente, no tenia pesar alguno, encojiase de hombros cuando se le
hablaba del porvenir ; su secreto debia pues consistir en lo pasado, como se lo
habian dicho, aunque muy vagamente á d'Artagnan.
Aquel misterioso matiz que habia en toda su persona, aumentaba aun el in
terés para con el hombre, cuyos ojos, cuya boca nada habian dejado traslucir
jamás, hasta en la mayor embriaguez, por mucho que hubiese sido la astucia
en las preguntas que se le habian dirigido.
—Qué enredos ! murmuraba d'Artagnan, el pobre Athos está quizá muerto
á estas horas, y muerto por mi culpa, pues yo he sido quien le ha comprome
tido en ese negocie, cuyo origen no sabei cuyo resultado ignorará, y del cual
no le iba á resultar provecho alguno. •
108 TRES MOSQUETEROS. . JJ*
—Sin contar, señor, observó Planchet, que probablemente á él debemos la
Vida. Os acordais como gritaba: Escápate d'Artagnan ; me han cojido. Y des
pues de haber descargado sus dos pistolas, qué ruido tan terrible hacia con
su espada ! No parecia sino que habia veinte hombres, ó mas bien veinte dia
blos rabiosos.
Y estas palabras aumentaban aun el ardor de d'Artagnan, quien esci tando
al caballo, á pesar de que no necesitaba ser estimulado, llevaba á su jiaete á
todo escape.
Sobre las once de la mañana divisaron á Amiens, y media hora despues es
taban ya á la puesta de la posada maldita.
D'Artagnan habia mas de una vez meditado contra el pérfido posadero una
de aquellas sabrosas venganzas, que ya consuelan solamente en esperanza ; así
es que entró en la casa con su gorra calada hasta los ojos, la mano izquierda
apoyada en el puño de su espada, y haciendo siivar el látigo con la derecha.
••-Me conoceis ? preguntó al posadero que se adelantaba para saludarle.
—No tengo ese honor, respondió, deslumbrados sus ojos con el brillante
equipaje en que se presentaba d'Artagnan.
—Ola ! con qué uo me conoceis ?
—No monseñor.
~-Pues bien ; dos palabras os bastarán para volveros la memoria. Qué ha
beis hecho de aquel gentil-hombre á quien tuvisteis la osadía, hará unos quin
ce dias, de acusar de monedero falso?
El posadero perdió el color, porque d'Artagnan habia tomado un ademan el
mas amenazador, y Planchet iba tomando la misma actitud de su amo.
—Ah ! monseñor : no me hableis de eso, esclamó el huésped en el tono mas
sentimental. Ay t señor I cuán cara he pagado esta falta ! ay de mí !
—Os pregunto qué ha sido de aquel caballero.
—Dignaos escucharme, monseñor, y tened compasion de mí. Por piedad I
dignaos tomar asiento.
D'Artagnan, ciego de cólera y lleno de inquietud, se sentó con el gesto amena
zador de un juez. Planchet se cuadró á sus espaldas con la mayor arrogancia.
iffléos aquí el caso, monseñor, continuó el posadero temblando, porque
ahora ya os conozco : vos sois el que os fuisteis mientras tuve aquella mala
venturada disputa con ese caballero de quien hablais.
—El mismo soy; de modo que ya podeis entender que no teneis que espe
rar compasion si no me confesareis toda la verdad.
—Dignaos, pues, escucharme, y la sabreis toda entera.
—Ya escucho.
-—Las autoridades me habían avisado de que llegaría a mi casa un célebre
monedero falso, acompañado de muchos compañeros suyos, disfrazados 4a
guardias reales ó de mosqueteros. De todo me dieron señas, monseñores, do
vuestros caballos, de vuestros lacayos, hasta de vuestros semblantes.
252 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Y qué mas ? repuso d'Artagnan que conoció al momento de donde venian
tan minuciosas señas.
— En su consecuencia, tomé segun las órdenes de las autoridades que has
ta me enviaron un refuerzo de seis hombres, las precauciones que crei opor
tunas á fin de apoderarme de las personas de los supuestos monederos fal
sos.
—Todavia le darás con eso ! esclamo d'Artagnan, á quien la palabra de mo
nederos falsos le acaloraba fuertemente la sangre.
—Perdonadme, señor, si hablo de cosas como esas, pero en ellas está mi jus
tificacion. La autoridad me lo habia intimado, y ya sabéis que un posadero
debe necesariamente estar bien con la autoridad.
—Pero, dime donde está ese caballero ? qué ha sido de él ? ha muerto ó vi
ve todavia ?
—-Un solo instante de paciencia, monseñor, ahora voy á deciroslo. Sucedió,
pues, lo que ya sabeis, y vuestra precipitada salida, añadió el posadero con
cierto airecillo de astucia que no se le escapó á d'Artagnan, parecia autorizar
mas las sospechas. E1 caballero amigo vuestro se defendia como un desespe
rado, su criado, por una desgracia imprevista habia trabado disputa con los
hombres de la justicia disfrazados de mozos de cuadra.. .
—Ah miserable ! estabais de acuerdo todos, y no sé en que me detengo pa
ra no esterminaros sin dejar uno !
—Oh ! no, monseñor, no estábamos todos de acuerdo, y sino pronto lo vais
á ver. El caballero, vuestro amigo, y perdonad que no le llame por el nombre
respetable que lleva sin duda, pero cuyo nombre ignoramos ; el caballero vues
tro amigo, despues de haber puesto fuera de combate á dos hombres con los
dos pistoletazos, se batió en retirada defendiéndose con su espada, dejó toda
via mal parado á uno de mis criados, y además me tendió á mi patas arriba
con un golpe de plano que me dió.
—Pero, asesino, acabarás por fin ? dijo d'Artagnan ; y Athos ? qué ha sido
de Athos?
— Batiéndose en retirada, conforme os he dicho, monseñor, encontró á sus
espaldas la escalera de la bodega, y como la puerta estaba abierta, se preci
pitó en ella. Metido que estuvo en la bodega, cerró tras de si la puerta, y apo
deróse de la llave, parapetándose además por dentro. Como habia la seguridad
de encontrarle alli siempre que se quisiera, se le dejó en paz.
—Si, repuso d'Artagnan, no convenia necesariamente el quitarle la vida,
ya bastaba encarcelarle.
—Santo Dios ! encarcelarle decis, monseñor, bastante se encarceló él mis
mo, yo os lo juro. Por de pronto, no habia gran cosa que digamos, dejaba á
un hombre muerto, y á otros dos heridos de la mayor gravedad. El muerto y
los heridos fueron llevados por sus compañeros, y nunca mas he vuelto á oir
nada de ellos. Yo mismo, asi que recobre el uso de mis sentidos, fuime á casa
LOS TRES MOSQUETEROS. 253
del señor gobernador, á quien conté todo lo que habia ocurrido y preguntóle
que hariamos del prisionero ; pero el señor gobernador, hizo como que vinie
ra del otro mundo, dijome que ignoraba completamente lo que queria decir :
que las órdenes que habia yo recibido no provenian de él, y que si tenia la
desgracia de manifestar á alma viviente que él se hubiese mezclado para nada
en este asunto, me baria ahorcar. Por lo visto, señor, parece que me habia
equivocado, arrestando á uno por otro, y que el que debió quedar preso se
habia puesto en salvo.
. —Pero y Athos ? esclamó d'Artagnan cuyo orgullo iba en aumento por el
abandono en que la autoridad dejaba el negocio ; qué se ha hecho A-'
thos ?
—Como me hallaba impaciente por reparar mis faltas con el prisionero, re
puso el huésped, me diriji á la bodega á fin de ponerle en libertad. Ah ! se
ñor I ya no era un hombre, era un demonio. A esa proposicion de ponerle en
libertad, contestó que era nn lazo que le armábamos, y qne antes de salir
queria imponer sus condiciones y salvedades. Dijelemuy humildemente, pues
bien se me alcanzaba la desfavorable posicion en que me habia colocado arres
tando á un mosquetero de Su Majestad, que estaba pronto á someterme á sus"
condiciones.
—En primer lugar, dijo, quiero que me entreguen á mi asistente armado'
y todo.
Dimosnos prisa en dar cumplimiento á su órden, pues ya comprendeis que
estábamos dispuestos á ejecutar todo cuanto vuestro amigo deseára. El señor
Grimaud, pues este, aun cuando habla poco, nos ha dicho al menos su nom
bre, el señor Grimaud fué conducido hasta la puerta de la bodega, malparado
y todo como estaba ; entonces su amo, despues de haberle recibido, atrinche
ró de nuevo la puerta, y nos mandó que no nos metiésemos mas con él.
— Pero, en último resultado, esclamó d'Artagnan, Athos, en donde está í
—En la bodega, señor.
— Cómo, infeliz ! le teneis todavia preso en la bodega, despues de tanto
tiempo ?
—Misericordia divina ! No, señor, tenerle yo preso en la bodega ! Pues no
sabeis lo que hace en la bodega ? Ah señor ! si pudieseis hacerle salir, toda mi
vida os lo agradecería, os adorarla como á mi santo protector.
—Con qué alli está ? alli le encontraré?
—Sin duda ; pues se ha empeñado en estarse alli. Todos los dias le pasa- .
mos por la tronera el pan con la punta de una horquilla , y carne cuando la
pide ; pero , ay ! no es de pan ni de carne de lo que hace mas consumo. Una
vez probé el bajar alli con dos criados , pero se puso terriblemente furioso, oi
como amartillaba sus pistolas , y como el asistente preparaba igualmente su
mosquete. En seguida, al preguntar cuales eran sus intenciones, nos respondió
el amo, que á él y á su lacayo les quedaban aun cuarenta tiros , y que hasta
154 LOS TRES MOSQUITEROS.
el último emplearian antes que permitir que uno solo de nosotros pusiese el
pié en la bodega. Entonces, fui á quejarme al gobernador, el cual me contestó
que me estaba muy bien empleado, y que eso me enseñarla á no insultar otra
vez á los señores respetables que viniesen á parar á mi posada.
—De modo, que desde aquel dia... repuso d'Artagnan no pudiendo tener la
risa á causa de la triste figura que ponia el posadero.
—De modo que desde aquel dia, señor, continuó este, pasamos la vida mas
miserable que os podeis imaginar ; porque habeis de saber , señor, que todas
nuestras provisiones las tenemos en la bodega : allí está el vino en botellas y
en toneles; la cerveza y el aceite, las especias, el tocino y el salchichon; y como
nos está prohibido el bajar, nos vemos reducidos á rehusar á los parroquianos
lo que nos piden ; de suerte, que nuestro establecimiento va en decadencia de
dia en dia. Una sola semana mas que tengamos á vuestro amigo en la bodega
y vamos á quedar arruinados.
—Y lo tendreis bien merecido, tunante ! No conocíais en nuestro porte que
éramos gente de honor y no falsarios, decid?
—Si señor, sí, teneis razon, dijo el posadero: pero escuchad, ya oigo como
se enfada.
—Le habrán ido sin duda á incomodar, dijo d'Artagnan.
—Pero , por fuerza tienen que incomodarle , esclamó el posadero : ahora
acaban de llegarnos dos caballeros ingleses; ahora bien!
—Y qué, ahora bien?
—Que los ingleses gustan, como debeis saberlo, del buen vino, y estos han
pedido de lo caro. Mi mujer habrá ido todavía á pedir al señor Athos el per
miso de entrar para servir á esos Beñores, y se lo habrá negado como tiene de
costumbre. Bondad divina! oid como se aumenta la algazara.
D'Artagnan oyó en efecto un gran ruido hácia la bodega; levantándose des
de luego, y precedido del huésped que se retorcía las manos de desesperacion,
y segnido de Planchet que llevaba preparado su mosquete , se fué acercando
al sitio de la escena.
Los dos caballeros estaban rabiando , traian andadas muchas leguas de ca
mino, y venían rendidos de hambre y sed.
—Pero no es eso una tiranía , esclamó uno de ellos en muy bien francés,
aunque con acento estranjero , que este loco no permita á esta buena gente el
uso de su vino? Vaya! echaremos abajo la puerta, y si tan rabioso esta , pues
bien, le mataremos.
—Poco á poco, señores , dijo d'Artagnan , sacando unas pistolas de la cin
tura, tendreis la bondad de so matar á nadie por ahora.
—Bueno , bueno ! decía tras de la puerta con voz muy serena Athos , que
les dejen entrar á esos traganiños, y allá veremos.
Por valientes que parecieran los dos caballeros ingleses, miráronse recipro*
camente y quedaron indecisos ; no parecía sino que hubiese en la bodega uno
LOS TRES MOSQUETEROS. 255
de aquellos monstruos famélicos, héroes jigantescos de leyendas populares, en
cuya caverna nadie penetra impunemente.
Hubo un momento de silencio, pero al fin los dos ingleses tuvieron vergüenza
de retroceder, y bajando el menos sufrido de los dos los cinco ó seis escatoties
que conducian á la puerta , dio en ella una patada capaz de abrir una pared.
—Planchet , dijo d'Artagnan preparando sus pistolas , á mi cargo queda el
de arriba, y toma por tu cuenta et de abajo. Ola! señores, parece que deseais
guerra, pues bien, la tendreis por vida mia.
—Dios mio ! esclamó la voz hueca de Athos , me parece que oigo á d'Ar-
tagnan.
—Y no os equivocais, dijo d'Artagnan levantando mas la voz; soy yo mismo,
amigo mio.
—Ah ! bueno I dijo Athos : entonces no van á llevarla poco divertida esos
derribadores de puertas!
Los estranjeros habian sacado sus espadas , pero se hallaban cojidos entre
dos fuegos , vacilaron todavia un momento ; sin embargo , por segunda vez
pudo mas el orgullo que las demás consideraciones , y un segundo puntapié
hizoi crujir la puerta en toda su armazon.
—Apártate, d'Artagnan, gritó Athos, apártate que voy á disparar.
—Caballeros! gritó d'Artagnan á quien jamás abandonaba la reflexion; ca
balleros, pensadlo bien. Un momento de paciencia, Athos; vais señores á me
teros en mal negocio, y á salir acribillados. Ved que nada menos que tres tiros
os enviaremos mi criado y yo, otros tantos os llegarán de la bodega; tenemos
además las espadas, y os prometo que tanto mi amigo como yo, las manejamos
muy regularmente. Dejadme, pues, arreglar vuestro asunto y el mio. Os em
peño mi palabra de que pronto podreis beber.
—Si es que algo quedare , murmuró la voz satirica de Athos.
El posadero sintió correr un sudor frio á lo largo det espinazo.
—Cómo si algo quedare I dijo titubeando.
—Que diablo! algo quedará, repuso d'Artagnan: no tengais miedo, que no
se habrán bebido los dos solos todo él vino de la bodega. Caballeros, envainad
vuestras espadas.
—Entonces volved vuestras pistolas á la cintura.
—No hay inconveniente.
Y d'Artagnan dió el ejemplo. Volviéndose luego á Planchet , hizole seña de
que retirase su mosquete.
Convencidos los ingleses, envainaron sus espadas , no sin refunfuñar por lo
bajo ; contáronles entonces la historia del encarcelamiento de Athos , y como
eran hidalgos de buena alcurnia confesaron tenia culpa el posadero. .
—Ahora, señores, dijo d'Artagnan, idos á vuestra habitacion y os respondo
que dentro de diez minutos sereis servidos de cuanto necesitareis.
Los ingleses saludaron y salieron.
156 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Ahora que estoy solo, querido Atuos, dijo d'Artagnan, tened á bien abrirme
la puerta.
—A eso voy, repuso Athos.
Oyóse entonces un gran ruido de maderos que chocaban entre si : eran las
contraescarpas y bastiones de Athos que el sitiado demolia por si mismo.
Un momento despues se abrió la puerta y vióse aparecer el rostro pálido de
Athos, que con una rápida mirada esploraba los alrededores.
Arrojóse d'Artagnan á su cuello y le abrazó con ternura. Trató luego de sa
carle de aquel húmedo recinto , solo entonces advirtió que Athos no andaba
con su habitual firmeza.
— Que! estais herido? le dijo.
—Yo? no por cierto, lo que estoy es completamente ébrio , nada mas , y en
verdad que nadie se ha portado nunca mejor para llegar á este punto. Vive
Dios! huésped mio! preciso es que haya bebido por mi cuenta ciento cincuenta
botellas, á lo menos.
—Misericordia! esclamó el posadero, si el criado ha bebido siquiera la mi
tad de botellas que el amo, soy perdido para siempre.
—Grimaud es un asistente bien criado que se guardaria muy bien de querer
igualarse conmigo. Asi es que ha bebido del tonet: no hay sino que segun bar
runto, habrá olvidado cerrar la espita. No ois? desde aqui se siente finir algo.
D'Artagnan soltó una tan estrepitosa carcajada que cambió el horripilamiento
del posadero en ardiente calentura.
Al mismo tiempo se presentó Grimaud detrás de su amo con su mosquete
al hombro y la cabeza vacilante como los sátiros borrachos de los cuadros de
Rubens. Por delante y por detrás estaba bañado de un licor pegajoso que el
posadero reconoció al punto ser el mejor aceite que tenia.
Atravesó la comitiva el salon y fué á instalarse en el mejor cuarto de la po
sada, que d'Artagnan ocupó de propia autoridad.
Entretanto el huésped y su mujer corrieron con luces al sitio que les habia
estado prohibido por tanto tiempo , donde debian presenciar un horroroso es
pectáculo.
Mas allá de las fortificaciones, en las cuales habia Athos abierto brecha para
salir, y que se componian de vigas, tablas y barriles vacios, amontonado todo
segun las mejores reglas de la estratejla, se veia acá y acullá nadando en bal
sas de vino y aceite la osamenta de los jamones embaulados, mientras qne se
veia un monton de botellas rotas en el ángulo izquierdo de la bodega , y un
tonel cuya espita habia quedado abierta , iba perdiendo por aquella abertura
las últimas gotas de su sangre. La imájen de la devastacion y de la muerte,
como dice el poeta de la antigüedad, reinaba alli como en un campo de batalla.
De cincuenta salchichones que colgaban antes de las vigas , apenas queda
ban diez. . . '
Entonces los alaridos del posadero y de su mujer pasaron al través de la
LO» ; TRES MOSQUETEROS . 1#7
bóveda del subterráneo. D'Artagnan mismo se convenció. En cuanto 6 Athos
ni volvió siquiera la cabeza. ...u!i¡! üvwoui
Pero ai dolor sucedió la rabia. Armóse el posadero de un asador, y en su
frenética desesperacion fué volando al cuárdo donde se habian í^liradb'lbsndo»
amigos. :' '. :i " : '". JUV •>' t>-.>íuf
—Traed vino, dijo Athos en cuanto Vid alposadefo':¡" r,iut "i*?i••"•« «i'iiioq
" ^Que lleve vino ! esclamó estupefacto el htiéspéd'; que lleve tino i sime
habeis bebido por mas de cien doblones; no hay remedio, soy un hombre ani
quilado, perdido, rematado para toda mi vida." '¡ °í'b ¡ "suiu.ssV—
— Bah ! dijo Alhos , no hemos bebido nunca mas de lo que dictaba nuestra
sed. í'/lnv oí :/¡n:)—
-yY aun si os hubieseis contentado solamente "ceta '"beber1 pero' me habeis
además roto todas las botellas.' '" i " ÍWj 'i''Jb"'P '> siú'á-m .>/-
"" ¿-Me empujasteis sobre un monton que se vihb abnjb : vuestra firetoda la
culpa. '• •' ' '•'>;'.)•»." ^ -A1'- ' .'' ¡> • . .'.iu¡>
—Y todo mi aceite perdido I A"Á-~- °Íi|; .>>' <i- '>T—
—El aceite es un bálsamo eficacisimo para las heridas. Vaya, pues nó;debia
permitir que el pobre Grimaud se curase las que le habeis hecho ! -
c- —Todos mis salchichones echados á perder ! ...ii> >>i'.. "- < -i " ¡—
—Es que hay una infinidad de ratones en esa bodega. .°,-,;v
--Todo me lo vais á pagar, esclamó el posadero exasperado. ¡i
—Tunante! mas que tunante! repuso Albos levantándose; pero al momento
Volvió á dejarse caer ; acababa de mostrar la medida de sus fuerzasf. D'Artag^
nan vino en sti ausilio levantando el látigo. u" -:>iii)v,n .
El posadero dió un paso atrás, y púsose á Horar amargamente'.'¡i¡
—Esto os enseñará, dijo d'Arfágnan, á tratar con mas cOrfesia á los <hués
pedes que Dios os envia. .wasfy
—Dios, decis ! si dijerais el diablo !'. '•>"••'••'••; .-•>"!'•'• <\>i- • iot¡/
—Pues, amigo, dijo d'Artagnan, si segtifs apurtndonóS la'pacietJda[ Tamba
á encerrarnos todos cuatro en la bodega, y teremOs entonces si el destrozo¡ es
«ta efecto tan grande como decis. ' t,; ¿ ( .n'-m-i «m.Iib >qoi.fe>j y&
""'¿-Pues bien, señores, sf, yo me tengo la oulpa; ló confieso ;'{terb para ef
pecador está la misericordia. Vosotros sois unos 9éñbr,és, iJi,y&Tíh,ipóftre' hOsiii^
téro'i os apiadareis de mi ! ' '. ¡ :' "•>•i ; "•> «wl i ji> .'. nomo'.) —
"—Vamos ! si hablas de ese modo vas á parírnife^cbV^njiy^rtácor^
lágrimas de mis ojos, como corria el vino/delús tbnelés. No es uao táto dfaH
blo como parece: Ea ! ven acá y hablemos. " I' • ui>»ji-.b/.:lj o[ib ! // —
El posadero se aproximó no sin alguna inquietüd'.' ' "' '>^„¡'J ''8-',l' ,ÜT—
—Ven acá te digo, y no tengas miedo, continuó Athos. Cuando estaba pa
gándote, puse el bolsillo encima la mesa*. '• " ' >'l "-i .' '. *•"i •
"—Es verdad, monseñor. ..' ' J''"it ; ',;'¡r * -'i i•. i; u umyiuh
—Ese bolsillo contenia sesenta doblones : dónde está? "i'" ^ ob
LOS IRE» MOSQUETEROS,
-r Depositado en casa del escribano, monseñor, como habian dicho que era
moneda falsa... ,¡., >i| ly, .:„.,; .
Uk T^Pnes^híw I flí q»e le dan el bolsilloy quédate con sesenta doblones. ¡
feofn^Wj-flttooseñor sabe muy bien que los escribanos no suettan asi como
quiera lo que tienen en su poder : si las monedas fueran realmente falsas, ana
podria abrigar mas esperanza, pero por desgracia todas son de buena ley.
. -r Componte en esto. como puedas, buena pieza, á mi poco me importa; ade-
más que 110 m qnfidajpi.utt>reaL .•...„'.
—Veamos ! dijo d'Artagnan, donde. está el caballo que Athos tenia?
^HEOfiíWWdra,;, „i ..|, -,:;n -.ñau . n.'nl . . .-. .. 1 ,..¡¡ ' .• - '
—Cuánto vale? •
. — Ciucueuta doblones á lo mas.
—Vale ochenta ; quédate con él, y no se hable mas sobre el asunto.
I;i TflrCów» ! vendes mi caballo ? dijo Athos, vendes mi Babieca ? y sobre qué
quieres que haga la campaña ? sobre Grimaud ?
—Te traigo otro, dijo d'Artagnan.

—Y mag ni tico, esclamó el posadero.


—Pues habiendo otro mas jóven y mas hermoso, toma el viejo, y venga
vino. ,.-,}„
—De cuál ? preguntó el posadero enteramente tranquilizado.
, r^Pel que está allá en aquel rincon, cerca de las tatas, todavia quedan unas
veinte y cinco botellas , y tas demás se rompieron en mi caida. Subid seis.
—Este hombre es un rayo, dijo el posadero para si, como permanezca quin
ce dias no mas y pague lo que bebiere, no irán mal mis negocios.
...:mrY no olvideis subir otras cuatro botellas del mismo á los caballeros in
gleses.
—Ahora, dijo Athos, mientras nos traen el vino, cuéntame, d'Artagnan, que
se, han hecho los compañeros, veamos.
D'Artagnan te retinó como bahia encontrado á Porthos en cama por haber
se estropeado la roditla, y á Aramis ante la mesa sentado entre dos teólogos.
No bien habia acabado de hablar, cuando entró el posadero con las botellas pe
didas, y un jamón que afortunadamente habia quedado fuera de la bodega.
—Corriente, dijo Athos llenando su vaso y el de d'Artagnan ; ya me habéis
dado noticias de Porthos y de Aramis : pero y vos, querido ? qué os ha sucedio
personalmente ? os hallo con el semblante demudado.
—Ayl dijo d'Artagnan ; es que yo soy el mas desgraciado de todos.
—Tú, desgraciado ! veamos l como eres tú el mas desgraciado ? dimelo.
. 'nía lo contaré despues, dijo d'Artagnan.
—Despues ! y por qué no ahora ? Porque estoy ébrio ? Mira, d'Artagnan,
atiende bien á lo que voy á decirte : nunca tengo mas claras las ideas que cuan
do he bebido mucho, con que ya puedes hablar, no perderé ni una palabra.
IOS ítóS HOSQÜMER08. 4M
D'Artagnan contó su aventura con la señora Bonaeieux. Escuchó Atbos sil
pesteñear ; luego que hubo concluido : .aitfiir> >¡> ov,Ik
—Miserias ! esclamó Athos, nada mas que miserias. ^ . • <n¡. ii¡¡i
Esta era la espresion que mas repetia Athos. i' ti!> ..;.-)¡¡>¡«¡-. i>! M.)—
—A todo amor llamais miseria, mi querido Athos, dijo d'Artagnan -; en ver
dad que no puedo concederos mucho mérito por la califioaeten, pues qué tos
nunca habeis amado. ,v il ¡ó -l, .ñ-mi
Los ojos apagados de Athos se inflamaron repentinamente : pero esto no finé
mas que un relámpago y volvió á ser su mirar frio é indiferente cual solia. .u,
—En efecto, dijo, yo nunca he amado. .-.:>(¡... . . o i >\ >.h
•^.Ya veis, pues, corazon de pedernal, dijo d'Artagnan, que haceis mal en
mostraros tan áspero con los que tenemos corazones tiernosi - i¡ m,\¡. ¡, .>mn
—•Corazones tiernos, corazones traspasados, repuso Athos. > . •. "'tiu
—Qué decis? . •.• . . ' . As,-
—Digo que el amor es una loteria, en la cual el que gana, gana la muerte!
Bien dichoso sois en haber perdido, querido d'Artagnan, creedme ; y si queb
reis un consejo, haced que siempre perdais. >• i• ' . I.¡
—Parecia amarme tanto! .• ' . ]•>
—Lo parecia, no es eso ? ' '! • .i,n
—Oh ! me amaba, lo juraría.
—Buen mancebo ! no hay hombre que no haya creido ser amado de sn que
rida, y no hay hombre á quien no hubiere engañado su querida.
—Escepto a vos, Alhos, que nunca la habeis tenido. .> . ¡ ;¡
—Es verdad, dijo Athos despues de un momento de silencio, yo nunca la he
tenido. Bebamos ! .> ' ' .
—Pero entonces, yaque tan filósofo sois, dadme instrucciones, sed mi am
paro ; necesito aprender, y ser consolado. r•
—Qué consuelo necesitais ! >;i)j
—Consuelo para mi desgracia. t- . \w\\
— Vuestra desgraciada risa, dijo Athos encojiéndose de hombros;' pues,
que no diriais si os refiriese cierta historia de amores I
—Que sucedió á vos mismo ? - , .[»• .•. 1
—O á un amigo mio : eso qué importa ? .> '.. •¡l..¡:. >. .. . i
—Contadla, Athos, contadla. 'i>:. . j—
—Bebamos ; mas vale que bebamos ! ¡. :¡ \iJ.:-n b'—
—Bebamos y contad á un tiempo. .• ¡ ¡- >; ; .. \A
—Bien mirado, dijo Athos vaciando el vaso y volviendo a llenarle, ambas
cosas pueden hacerse muy bien, y no dejan de avenirse. .
—Ya escucho, dijo d'Artagnan. ¡ ;> (.» -mu; • mi, . h : 1 uni »u
Comenzó Athos á reflexionar, y á medida que iba cojiendo sus ideai.-.veáa
d'Artagnan que iba volviéndose mas pálido ; hallábase en aquel periodo
de embriaguez en que los bebedores vulgares caen y se quedan dormidos. Pe
í£0 L08 TRES M08QUKWOI.
»o él soñaba en vgz alta sin dormir.- Ese sonambulismo de la embriaguez tenia
algo de terrible. > , -
—Con que quereis que os lo refiera ? preguntó. .
—Os lo suplico, dijo d'Artagnaa. ,; .¡,
- :>*-flágaseipues' como deseais. Un amigo mio, lo entendeis bien? que no yo,
dijo Athos, interrumpiéndose con una siniestra sonrisa, un conde de mi pro
vincia, es decir del Berry, noble como un Danderot ó un Montmorency, se
enamoró á los veinte y cinco anos de una jóven de diez y seis, bella como los
amores. Por entre la candidez propia de su edad, descubriase un ingenio ar
diente, ingenio no de mujer sino de poeta: su trato no agradaba sino que em
briagaba. Viviaen una pequeña aldea, en compañia de su hermano que era clé
rigo. Habian llegado juntos á aquella tierra, y no se sabia de dónde habian ve
nido, pero al ver á la jóven tan bella y tan piadoso á su hermano, no se pen
saba siquiera en preguntarles cual era su procedencia. Por otra parte deciase
que eran de buen linaje. Mi amigo, que era et señor del pais, hubiera podido
«educirla ú obtenerla a la fuerza, era dueño de hacer lo que le hubiese anto
jado. Y quién hubiera acudido al socorro de dos estranjeros, de dos descono
cidos? Por desgracia era hombre de bien, y se casó con ella : pobre tonto I
necio ! imbecil I ....
—Y por qué ? siendo asi que la amaba, preguntó d'Artagnan.
—Ya vereis, dijo Alhos. El señor se la llevó á su castillo é hizola la señora
principal de la provincia ; y es preciso hacerla esa justicia, sabia ella soste
nerse perfectamente en su esfera.:
—-Y bien, qué ? preguntó d'Artagnan.
—Y bien ! un dia en que estaba cazando con su marido, continuó Athos ba
jando la voz y hablando muy aprisa, se cayó det caballo y desmayóse ; el con
de voló á socorrerla, y como el vestido la sofocaba, rasgóle con el puñal, y
quedóle el hombro desnudo. Os empeñariais á adivinar lo que en el hombro
tenia, d'Artagnan? continuó Athos con una grande carcajada.
.*r*Cómo querereis que lo sepa ? dijo d'Artagnan. |, ,
—Una flor de lis, repuso Athos : estaba marcada con el hierro ardiente del
verdugo (1).
Y Athos apuró de un solo trago el vaso que tenia en la mano. ,.
—Qué horror I esclamó d'Artagnan, qué me estais diciendo !
—La verdad. Mi ángel querido era un demonio : la Cándida y poética niña
habia ya sido castigada por ladrona; y ladrona de primer órden.
^ Y qué hizo el conde ? .
—El conde era un señor poderoso, tenia en sus dominios derecho de vida y
de muerte ; no hizo mas si no que acabó de rasgar los vestidos de la condesa,
atóla las manos á las espaldas, y la colgó de un árbol.
(11. Pocos tectores Ignorarán que muchos reos eran marcados en Francia con ta flor de tis antes de
la (evotucion, ta que abotto tan vergonzoso castigo.
¿ ASivinailo que tema en el homko?
LOS T&H MOSQUETEROS. 261
—Cielos! una muerte, Athos, esclamó d'Artagnan.
—Si, una muerte, nada mas, dijo Athos pálido como un difunto ; pero pa
rece que me escasean el vino I
T Athos cojió por el cuello la última botella que habia quedado, acercóla á
la boca y la vació de una vez como si fuera un vaso regular.
En seguida, dejó caer la cabeza entre sus manos : d'Artagnan se quedó de
lante de él petrificado de terror.
—Y esto me ha curado para siempre de las mujeres bellas, poéticas y amo
rosas, repuso Athos alzando otra vez la cabeza, y sin dignarse continuar la
apolojia del conde. Dios os cure como lo estoy yo. Bebamos !
—De suerte que la jóven murió? observó tartamudeando d'Artagnan.
—Vayal pues nó ; pero alargad vuestro vaso. Venga jamon, picaro hués
ped! gritó Athos, mira que no podemos beber mas.
—Pero y su hermano? añadió con timidez d'Artagnan.
- Su hermano? repuso Athos.
—Si , el clérigo. •
—Ah ! tomé informes á fin de hacerle ahorcar tambien , pero tenia el tu
nante cojida la delantera : el dia anterior habia abandonado su parroquia.
—Y ha llegado á saberse quien era ese miserable ?
—Era el primer amante y el cómplice de la bella señorita; un digno sugeto
que se babia fingido cura para casar á su querida y asegurarla una buena
posicion. Confio que habrá sido descuartizado .
— Jesus! Dios mio! esclamó d'Artagnan confundido con tan espantosa aven
tura.
— Probad de ese jamon, d'Artagnan , que es escelente, dijo Athos cortando
una magra y poniéndola en el plato del jóven. Lástima que no hubiera cuatro
solamente tan sabrosos como este en la bodega, habria bebido cincuenta bote
llas mas. . i
D'Artagnan no podia ya aguantar esa conversacion que hubiera concluido *
por trastornarle enteramente el juicio; asi es que dejó caer la cabeza en sus
manos é hizo como si durmiese. . ..
—Los jóvenes no saben beber ya, murmuró Athos mirándole con aire me
lancólico, y sin embargo este es el de los mejores y mas dispuestos.

.i
362 LOS TRIS MOSQUETEROS.

.'i / . . t; .-i. - , -o

.1. . .:'

CAPÍTULO XX VIH.

Regreso.

Aturdido habia quedado d'Artagnan con la terrible confidencia que le babia


hecho Athos ; á pesar de hallar todavía muchas cosas oscuras en aquella me
dia revelacion. Pero tenia que hacerse cargo de que habia sido hecha por un .
hombre enteramente ébrio á otro que lo estaba á medias; y sin embargo á pe
sar de esa vaguedad con que suele cubrir las ideas el vapor de dos ó tres bo
tellas de Borgoña , al dispertarse d'Artagnan á la mañana siguiente, tenia tan
presentes todas las palabras de Athos , como si á medida que habian ido sa
liendo de la boca del uno se hubiesen ido imprimiendo en el cerebro del otro.
Esta duda estimulóle aun mas vivamente el ansia de llegar a la certeza , y en
su consecuencia, se fué al salon, donde estaba ya paseando Athos, con la firme
resolucion de anudar la conversacion de la víspera; pero encontróle comple
tamente sereno , es decir , serio , prudente é impenetrable como pueda haber
hombre en el mundo.
A bien que el mosquetero, despues de haberle dirijido una sonrisa y dádole
un apreton de mano , le ahorró los rodeos.
—Muy bebido estaba ayer , d'Artagnan , dijo ; lo be conocido esta mañana
por la aspereza de la lengua, y por lo ajitado que se hallaba el pulso todavía.
Apuesto á que habré dicho mil extravagancias I
Y al decir estas palabras , miró á su amigo con una fijeza que no dejó de
turbarle.
LOA TMB MOSQUMBROS. 28Í
—Pero me"parece que nó , replicó d'Artaguan , y si mal no me,a¡otferdo,
nada dijisteis de muy particular. ... .. '»(-.r(vi?—
—Pues lo estraño ! yo creia haberos referido un cuento de los mas lamen
tables. . ¡i i . - i. ni '.\-
Y miraba al jóven como si hubiese querido leer en lo mas profundo de su
alma. • . .. i ¡.- ' ... ..i ¡
..-~*A fé mia , dijo d'Artagnan , segun eso parece que estaba yo todavía mas
atareado que vos, pues no me acuerdo de nada.
Athos no se dió por satisfecho con esta respuesta, y añadió:
. ^Ya habreis observado , querido amigo , que cada cual tiene su clase de
embriaguez ; quien la tiene triste , quien alegre y bulliciosa. A mí me da por
estar triste , y una vez turbada la razon , tengo la manía de referir todos los
cuentos lúgubres que la nécia de mi nodriza me metia en la cabeza. Este es
mi defecto capital, lo conozco, pero quitado eso, no soy mal bebedor, •
Athos decia esto de un modo tan natural que las suposiciones de d'Artagnan
perdieron mucho terreno. . \
—Pues eso será , repuso el jóven , procurando cojer el hilo de la verdad;
ahora me acuerdo, así como de un dudoso sueño, que hablamos de ahorcados.
—Ah! ya lo veis, dijo Athos volviéndose mas pálido, y procurando sonreír
se, bien estaba seguro de ello: los ahorcados son mi pesadilla especial.
—Sí , sí , repuso d'Artagnan , y ahora voy cayendo : sí , callad... tratába
mos de una mujer. . . - , • v i—
—Para que veais! dijo Athos poniéndose casi lívido, es mi cuento de prefe
rencia, el de la mujer blonda, y en llegando á ese, bien puede decirse que asn
toy ébrio á mas no poder. • ¡.
—Sí, cabalmente, dijo d'Artagnan; la historia de la mujer blonda, poética,
de buen tono, que fué ahorcada, no es asi ? i • . .
—Si , por su marido que era un señor conocido vuestro, continuó d'Artag-
nen mirando fijamente á Athos.
—Pues bien ! ved ahí cuan fácil es comprometer á un hombre cuando no
sabe uno lo que se dice; repuso Atbos encojiéndose de hombros , como si tari
viese lástima de si mismo. Decididamente no quiero ponerme mas beodo,
d'Artagnan ; es mala costumbre.
D'Artagnan guardó silencio , y entonces mudando repentinamente de con
versacion.
—A propósito, dijo Athos , os doy las gracias por el caballo que me habeis
traido. .¡ . . i.[
—Es de vuestro gusto?
—Sí, pero no es caballo propio para fatigas.
—En eso si que os equivocais ; he andado con él siete leguas en menos de
dos horas , y no parecía mas cansado que si hubiese dado una vuelta por la
plaza de San Sulpicio.
164 LOS TRES MOSQUETEROS.
—•Mirad que voy á sentir esos elogios !
—Sentirlo t y como podría ser ? !'>•i: '• .i. * .. r
—Sí, porqoe me he deshecho de él. ". •••.¡ ¡
—Como ha sido ! deshacerse de él tan pronto?
—Voy á decíroslo : esta mañana me he despertado á las seis : vos dormíais
como un bienaventurado, y yo no sabia que hacerme. Todavía me sentía torpe
de resaltas de la orjía de anoche , me bajé al salon , y encontréme á uno de
nuestros ingleses que estaba ajustando un caballo con un chalan , por habér
sele muerto el suyo ayer de una inflamacion. Acerquéme á él , y viendo que
ofrecía cien doblones por un mal rucio anquiseco: Pardiez , le dije, caballero,
yo tengo tambien un caballo por vender. | : .:
—Y que es hermoso, á fé mia, dijo el inglés, ayer mismo le vi que lo tenia
del diestro el asistente de vuestro amigo. ' .- i '.' 1
—Os parece si valdrá los cien doblones? "ii
.«•Sí, y quereis otorgármele á ese precio? ¡ "¡ ••' ;
—Nó, pero os lo jugaré, si quereis.
.'-—A que juego ? i- , ..
. —A los dados.. •; . . i ..'i' • .•. '• ; •" '
De suerte que tan pronto dicho como hecho, y he perdido el caballo. A bien
que despues volví á ganar el jaez. • •
D'Artagnan hizo un jesto algo mohíno.
—Os desagrada eso acaso? i .' '
—»$íy os lo confieso, replicó d'Artagnan, ese caballo debia servir para dar
nos á conocer en un dia de batalla; era como una prenda, un recuerdo. Siento
que lo hayais hecho, Athos.
J-Vaya ! querido , poneos en mi lugar , repuso el mosquetero ; me estaba
fastidiando á no poder mas ; y luego, que quereis que os diga , hablando con
toda franqueza, no soy aficionado á los caballos ingleses. Además, que ande
mos á razones , si solo se trata de que alguna persona nos reconozca : pues
bien! la silla bastará, bastante notable es por sí sola. Por lo que toca al caba
llo, bien daremos con alguna escusa que esplique la desaparicion. Que diablos!
un caballo es mortal: supongamos que el mio ha tenido muermo ó lamparones.
D'Artagnan continuaba serio. . ''i
•i—Pésame de veras, continuó Athos , que tengais , segun parece un interés
tan decidido hácia esos animales , pues aun no he concluido con mi cuento.
Despues de haber perdido mi caballo, nueve contra diez, (para que veais la
jugada!) ocurrióme la idea de jugar el vuestro.
—Ya, pero no habéis pasado de la idea?
—No tal, que al punto la puse en ejecucion; i i..
—Pues, buena la hicimos ! esclamó d'Artagnan bastante inquieto ya.
—He jugado y he perdido. Cómo ha de ser !
—Habeis perdido miacaballo ?
LOS TRES MOSQUETEROS. 265
—Vuestro caballo, siete contra ocho ; por un punto ! sabeis lo que dice el
adajio : Por un punto se perdió...
— Athos, no se si estais en vuestro cabal juicio.
—Querido, ayer cuando os espetaba aquellos cuentos de viejas, entonces
debiais decirme eso y no esta mañana. De suerte, pues, que le he perdido con
todos los arreos y jaezes posibles.
—Pero habremos quedado frescos !
—Qué le haremos ! pero ya vereis: yo seria un jugador escélente, si-oo
me obstinase : pero me obstino, sucédeme lo mismo que con la bebida, y que
me he obstinado [como un testarudo que soy.
—Pero qué mas pudisteis jugar ! si nada quedaba ya.
—Si tal, querido, si tal, quedaba ese diamante que por ahora brilla en vues
tro dedo y que reparé ayer.
— Ese diamante I esclamó d'Artagnan, llevándose con instintiva viveza la
mano á la sortija.
—Y como soy algo inteligente, por haber tenido algunos cuyo valor debia
saber, estimóle en mil doblones.
— Espero, dijo seriamente d'Artagnan, medio muerto de susto, que no ha
breis contado para nada con este diamante.
—Al contrario, amigo mio, ya os hareis cargo de que vuestro diamante era
ya el único recurso que nos quedaba ; podia volver á ganar con él los arreos
y los caballos, y aun dinero para el camino.
—Athos ! me haceis temblar, esclamó d'Artagnan.
—De modo que he hablado de vuestro diamante al inglés , el cual tam
bién habia parado en él su atencion. Qué diablos ! querido , llevais en vuestro
dedo una estrella > del cielo , y no quereis que llame la atencion ! eso no es
posible.
—Acabad, amigo, acabad; porque á decir verdad, me asesinais con vuestra
calma.
— Dividimos por consiguiente ese diamante en diez partes de cien doblones
cada una.
ii—Vamos I que estais de chanza, quereis probarme, dijo d'Artagnan,
á quien la cólera principiaba á cojer por los cabellos, como coje Minerva á
Aquiles en la Iltada.
-n-riNo, no va de chanza, por vida mia I Yo hubiera querido veros en mi tu
gar I quince dias llevaba transcurridos sin ver rostro humano, y habia estado
embruteciéndome á puro empinar botellas, , ,, .
—Esa no era suficiente razon para jugar mi diamante, dijo d'Artagnan «er
rando la mano con nerviosa violencia. .... - i. > l—
-ifrrYa llego al fin. Diez partes de cien doblones cada una en diez jugadas
sin desquite. En trece tiradas ! el número trece me ha sido siempre, fatal ; á
trece de julio estábamos cuando.,. , . . , (. l¡Jt.-. ,„ .. >i—
34
266 LOS TRES MOSQUETEROS. .
—Voto á brios! esclamó levantándose de la silla d'ArtagQan, á quien la his
toria presente le hacia olvidar la de ta noche pasada. ' •' '
—Paciencia, dijo Athos, pasóme entonces on pensamiento por laeabeza. El
inglés era un hombre original. Habiale visto hablar poco antes con Grimaud,
y este ha veuido á decirme que le habia hecho proposiciones para entrar en
su servicio. Convenimos en jugar á Grimaud , al taciturno Grimaud dividido
en diez partes iguales.
—Vaya con Dios, almenos hay algo divertido en el lance, esclamó d'Artag-
nan soltando una estrepitosa carcajada.
—Al mismo Grimaud en persona, como digo, y con las diez partes de Gri
maud, que no vale todo entero un ducado, recuperé el diamante. Decid ahora
que el insistir no es virtud.
—A fe mia que es gracioso el caso , esclamó consolado d'Artagnan , riendo
con la menor gana del mundo.
—Bien concebireis , que sintiéndome con suerte volvi á jugar sobre el dia
mante.
—Ah ! caramba ! dijo d'Artagnan disminuyendo ya su buen humor.
—Y babia vuelto á ganar vuestros arneses , despues vuestro cabalto , en
seguida mi caballo con el arnés , sino que luego he vuelto á perder los caba
llos. En una palabra, he recuperado los arneses de vuestro caballo y del mio,
hasta aqui hemos llegado. Bastante he hecho: asi es que no he querido con
tinuar.
D'Artagnan respiró como si le hubiesen quitado la posada de encima .
—Por fin me queda el diamante, dijo con timidez.
—Intacto , querido amigo , y con mas los arreos de vuestro Bucéfalo y det
mio-
—Pero qué haremos de tos jaeces, sin caballos?
—Me ocurre sobre ellos una cosa.
—Athos , de veras os tengo miedo.
—Escuchad : hace mucho tiempo que no habeis jugado, d'Artagnan?
—Ni tengo gana de jugar.
—No lo digo por eso, sino que como hace mucho tiempo que no habeis ju
gado, debeis por consiguiente tener buena mano .
—Vamos ! y qué ?
—Que el inglés y su compañero están aqui todavia ; he advertido que sien
ten no poder llevarse el arnés. Vos , parece que sentis tambien la pérdida del
•caballo; yo en vuestro lugar jugaria el arnés contra el caballo.
—Pero un solo arnés por un caballo no querrá hacerlo.
—Pues jugad los dos ; pardiez ! no soy egoista yo como vos.
—De veras lo hariais ? dijo d'Artagnan indeciso, tanto empezaba á cautivar
le involuntariamente la confianza de Athos.
—Bajo palabra de honor : y que lo jugaria de una vez.
LOS TRES MOSQUETEROS. 267
~*iEl caso es que perdidos los caballos, quisiera de todos modos conservar
los jaeces. .,f
—Pues bien : siendo asi, jugaos el diamante. -
—Oh ! en cuanto á eso, ya es otra cosa, eso nunca, jamás.
—Diantre ! dijo Athos, bien os propondria que jugaseis á Planchet ; pero co
mo esto se ha hecho ya una vez, acaso el inglés no querría ya.
—Decididamente, querido Athos, dijo d'Artagnan, prefiero no arriesgar
nada.
—Es una lástima, dijo friamente Athos, el inglés tiene buenos y sendos do
blones; á que tanto discurrir! probad una jugada, una jugada pronto está hecha.
— Y si pierdo ?
—Ya ganareis. .>, ,. ..
—Pero y si sucede al revés?
—En ese caso se entregan los arneses.
—Pues probaré uña jugada, nada mas, dijo d'Artagnan.
Athos anduvo en busca det inglés, y encontróle en la cuadra examinando
los arneses con mirar codicioso. La ocasion no era mala ; propúsole las condi
ciones : los dos arneses contra un cabalto ó cien doblones, á elegir. El inglés
muy luego hubo echado sus cuentas : tos dos arneses valian muy bien tres
cientos dobtones, y aceptó.
D'Artagnan tiró los dados casi temblando, y sacó el número Ires ; su palidez
conmovió á Athos, el cual se conteutó con decir :
—Vaya un golpe triste ! camarada : os llevareis los caballos enjaezados y
todo, caballero.
El inglés en su triunfo siquiera se paró en menear los dados ; contentóse
con echarlos sobre la mesa sin mirar, tan cierta creia la victoria. D'Artagnan
habia vuelto el rostro á otro lado para ocultar su mal humor.
—Toma! toma ! dijo Athos, con su voz Iranquila, jugada es esta que no
sucede muy á menudo.
No la be visto mas que cuatro veces en mi vida: dos ases !
El inglés miró, y se quedó absorto; d'Artagnan miró entonces tambien, y el
placer coloreó vivamente su semblante.
—Si, continuó Athos, cuatro veces tan solo, una en casa de D. M. de Cre-
quy, otra en mi casa , en el campo, en mi castitlo de... cuando tenia un cas
tillo , la tercera en casa del señor de Treville , en donde nos dejó á todo» so**-
prendidos, y la cuarta en una hosteria, en que me salió á mi, y por señas que
perdi con los tales ases cien luises y una cena. ,:.
—Volveis á tomar vuestro caballo ! preguntó el inglés.
—Seguramente, dijo d'Artagnan.
—Con que, no hay desquite? • . . .
—El pacto era sin desquite, ya lo recordareis.
—En efecto; voy á hacer que entreguen el caballo á vuestro criado. .
268 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Un momento , dijo Athos. Con vuestro permiso , pido decir dos palabras
á mi amigo.
—Como gusteis. . '!•-
Athos llevó aparte á d'Artagnan. ' ¡)
—Y bien !¡que mas quieres aun , tentador? Quieres que vuelva á jugar, no
es verdad ?
—No; lo quefquiero es que reflexioneis un instante.
—Sobre qué¡debo'reflexionar?
—Vais á tomar el caballo?
—Sin duda.
—Mal hecho:fyo tomaria los cien doblones; ya sabeis que habeis jugado los
arneses contra el caballo¿ó cienMoblones, á vuestra voluntad.
—Si. .
—Yo tomaría los cien doblones. ,
—Pues yo tomo7el caballo. ' .
—Yo os repito que haceis mal, amigo mio. De qué nos sirve un caballo para
los dos ? Yo no puedo montar en las ancas , á no ser que queramos parecer á
los dos hijos"de¿Aymon yendo en busca de su hermano (1), tampoco querrais
humillarme hasta el punto de ir cabalgando al lado mio sobre ese magnifico
corcel. Por migarte tomaría sin vacilar un momento los cien doblones , ade
más que necesitamos'dinero para volver á Paris.
—Me pesa de deshacerme de ese caballo, Athos.
—Y tio pensais'bien, amigo mio: un caballo se pone cojo, tropieza y se es
tropea : un caballo come á veces en un pesebre donde ha comido otro con
muermo , y ya no teneisjcaballo ó mas bien cien doblones perdidos ; y eso sin
contar la precision'que tiene el amo de mantener el caballo, mientras que por
el contrario los'cieu doblones mantienen al amo.
—Pero como haremos el viaje ! •' . ",/ ¡ .t"
—Pardiez ! sobre los caballos de nuestros asistentes , no dejará por eso de
conocerse en nuestro porte que somos de noble orijen.
> —Vaya una figura que haremos sobre aquellos rocines, mientras que Ara-
mis y Porthos cabalgarán en sus buenos alazanes.
—Aramis! Porthos ! esclamó Athos, y echóse áreir. • ' >
- —Qué? preguntó d Artagnan que no podia atinar en la causa de la risa de
su amigo.
' 'Nada, nada, dijo Athos. Decias d'Artagnan.. :.r
—Segun eso sois de parecer.... ¡ " • •-
—Que tomeis los cien doblones, d'Artagnan ; con ellos vamos á regalarnos
hasta el fin del mes : por otra parte, hemos pasado algunas fatigas, y no será
malo que descansemos un poco. ¡- .. .-
(4) Atúdese á ta cabatteresca y en Francia muy poputar historia de tos cuatro hijos de Aymon,
entre tos cuates brittaban et famoso Reynatdo de Momatban y su vaterosa hermana.
L9S TRES MOSQUETEROS. 269
—Yo descansar ! eso oó, Athos : porque luego de estar en Paris me pongo
á averiguar el paradero de aquella pobre mujer.
—Y creeis por ventura que el caballo os será tan útil para ir en busca su
ya como unos buenos luises de oro? Tomad los cien doblones, amigo mio, to
mad los cien doblones.
D'Artagnan solo necesitaba una razon para dejarse convencer definitiva
mente, y esta le parecia escelente. Por otra parte, resistiéndose por mas tiem
po, hubiera temido parecer egoista á los ojos de Athos. Aceptó por tanto el
consejo, y decidióse por los cien doblones que el inglés aprontó inmediata
mente.
Y entonces ya no se pensó mas que en partir. La paz alegremente firma
da con el posadero, á mas del primitivo caballo de Athos, costó seis doblones.
D'Artagnan y Athos montaron los caballos de Planchet y de Grimaud ; y los
lacayos se pusieron en camino á pié, llevando sus respectivas sillas en la ca
beza.
—Por mal montados que fuesen los dos amigos, bien pronto tomaron la de
lantera á sus asistentes, y llegaron á Crevecceur. Desde lejos divisaron á Ara-
mis, apoyado melancólicamente en la ventana, y contemplando el horizonte.
—Hola ! eh ! Aramis ! gritaron los dos amigos, qué diablos haceis abi !
—Ah ! sois vos, d'Artagnan ! y vos tambien Athos ! dijo el jóven, estaba
pensando con cuanta rapidez se van los bienes de ese mundo. Mi caballo in
glés que se iba alejando, y que acaba de desaparecer en medio de un torbelli
no de polvo, me presentaba una viva imájen de la fragilidad de las cosas de
la tierra. La vida misma puede definirse en tres palabras : .>'
Erat, est, futí.
—Lo cual quiere decir en último resultado ? preguntó d'Artagnan que
principiaba á entrever la verdad. . -ir-Mi •
i; —Quiere decir que acabo de hacer un negocio en el cual he sido engañado.
Sesenta luises por un cabalto que á juzgar por et modo que bebe et viento,
puede caminar al trote mas de tres leguas por hora >
D'Artagnan y Athos prorrumpieron en sendas carcajadas.
—Querido d'Artagnan, dijo Aramis, por Dios no lo lleveis muy á mal ; pero
como ha de ser ! la necesidad carece de ley ; además que yo soy el primero
que sufro el castigo, porque aquel infame chalan me ha robado cincuenta luises
por lo menos. Ah ! vosotros si que entendeis de economia , pues venis en los
cabal los de los asistentes y haceis conducir de la mano vuestros caballos de
lujo y á cortas jornadas.-! ; '¡'i
En aquel mismo instante, un carro que habia ido viniendo por el camino de
Amiens se detuvo , y salieron de él Grimaud y Planchet con las sillas en la
cabeza. El carro iba descargado y de retorno á Paris , y los dos asistentes se
habian comprometido, mediante su transporte, á pagar la sed del carretert) du
rante todo el camino. .>
I7§ LOS TRES MOSQUETEROS*
. —Y que significa esto? dijo Aramis, viendo á ios asistentes de aquel modo.
Nada mas que las sillas ? , ... >.
,—Comprendeis ahora? dijo Athoa, „-i i / . i
—Amigos míos, habeis hecho lo que yo. He conservado el arnés como por
instinto. Hola ! Bacín ! sacad mi arnés nuevo y haced lo que los lacayos de es
tos señores. . . , .i, •
, —Y que habeis hecho de vuestros teólogos? preguntó d'Artagnan.
—Ayer por la noche les convidé, dijo Aramis ; aquí hay un esquisito vino»
locual sea dicho de paso , emborracheles que a© habia mas que pedir, y es
tonces el cura me prohibió que dejase la casaca, y el jesuíta me hizo empeñar
la palabra de alcanzarle una plaza de mosquetero!
—Que se le reciba sin disertacion, esclamó d'Artagnan; pido que se supri
ma la disertacion.
—Desde entonces , continuó Aramis , paso las horas asaz agradablemente.
He principiado á componer un poema en versos de una sílaba; es bastante di
fícil , pero en la dificultad consiste el mérito de todas las cosas. El asunto es
galante ; ya os leeré el primer canto que tiene cuatrocientos versos , y durará
su lectura, sobre poco mas ó menos, un minuto.
—A fé mia , querido Aramis , dijo d'Artagnan que detestaba casi tanto los
versos como el latín , no teneis mas que añadir al mérito de la dificultad el de
la brevedad , y podeis estar seguro de que vuestro poema tendrá entonces dos
méritos, cuando menos.
—Y respira además pasiones nada escandalosas , continuó Aramis , ya ve->
reis. Con que, amigos, volvemos á París? Bravo! por mi parte estoy dispuesto.
Volveremos pues á ver á nuestro buen Portaos ? tanto mejor ! Querreis creer
que le echo de menos á ese gran bobazo! me gusta verle tan pagado y satis
fecho de sí mismo, eso me quita el mal humor que por mis defectos personales
tengo á veces. A buen seguro que no vendería él su caballo, aunque le dieran
un reino ! Y estoy ya impaciente por verle encima el animal , con su corres
pondiente silla. Tendrá, á no dudarlo, el aire del gran Mogol.
Hizose un alto de una hora para dar un pienso á los caballos; arregló Ara-
mis su cuenta con la huéspeda, hizo colocar á Bacin en el carro con sus cama-
radas, y se pusieron en camino para reunirse con Porthos.
Halláronle casi enteramente curado y por consiguiente no tan pálido como
le encontró d'Artagnan en su primera visita; estaba sentado á nna mesa, sobre
la cual, sin embargo de estar solo, figuraba una comida para cuatro personas
preparada. Componíase esta de manjares muy bien guisados, de ricos vinos, y
de esquisitas frutas. '..n.•! .... i
—Ah ! cuerpo de tal ! dijo levantándose de la mesa , á buena hora llegais,
señores, cabalmente estoy aun en el puchero, vamos , que comeremos juntos.
—Oh ! oh I dijo d'Artagnan , no es Mosqueton quien ha cojido con el lazo
estas botellas , y luego tanto carnero, y ese estofado de buey.
LOS TUS MOSQUETIROS: llf
i !—riNo hago mas que restabtecerme, trato de cobrar fuerzas , dijo Portaos,
nada debilita tanto como estos endiablados descoyuntamientos. Habeis tenido
alguno, Athos? '• •'.iti i.. i•. >. •
—Nunca : de lo que si me acuerdo es de que en nuestro encuentro de la.
calte de Ferou recibi una estocada que á los quince dias me dió un apetito es-
traordinario. .> .> .
—Pero esta comida no estaba dispuesta para vos únicamente, querido Por-
Ibos , dijo Aramis.
—Es verdad , dijo Porthos , esperaba á unos caballeros de estas cercanias,
los cuales acaban de enviarme recado de que no podrán venir. Les reempla
zareis vosotros , y no perderé en el cambio , á fe mia. Hola ! Mosqueton ! trae
sillas y que se duplique el número de botellas.
—A qué no acertais lo que ahora estamos comiendo ! dijo Alhos al cabo de
irnos diez minutos.
— Pardiez ! contestó d'Artagnan , yo como ternera , y por cierto que está
buena.
—Y yo un asadito de cordero, dijo Porthos.
— Y yo una pechuga de potlo, dijo Aramis.
—Pues estais todos equivocados, señores, repuso Athos formalmente, estais
comiendo caballo.
—Vaya una ocurrencia! dijo d'Artagnan.
—Cabatlo ! esclamó Aramis con un gesto de repugnancia.
Porthos fué el único que nada dijo.
—Si , caballo , no es verdad Porthos ? estamos comiendo caballo , y acaso
con jaez y todo.
—Eso no, señores, que he conservado el arnés, dijo Porthos.
—Vaya , que ninguno podrá reirse de los demás ! dijo Aramis , no parece
sino que nos habiamos concertado.
—Que quereis! dijo Porthos; aquel caballo parece que daba sobrada envidia
á los caballeros que venian á visitarme , y no he querido humillarles , pues
mirándole áél, se avergonzaban de los suyos.
—A mas de que vuestra duquesa continuará en sus dominios , no es eso?
preguntó d'Artagnan.
—En efecto, respondió Porthos; de suerte que como iba diciendo, el gober
nador de la provincia , uno de esos señores que esperaba hoy á comer, mani
festó tan vivos deseos de poseerle, que se lo he regalado.
—Regalado! esclamó d'Artagnan.
— si , puedo decir regalado , dijo Porthos , porque á buen seguro que
valia ciento cincuenta luises , y el tunante no ha querido darme mas que
ochenta.
—Sin la silla? dijo Aramis.
—Sin la silla, si, pues buena la haciamos con la silla y todo.
%1i LOS TRES MOSQUETEROS.
—Ya veis , señores, dijo Athos, que Porthos ha sido de los cuatro el que ha
hecho aun mejor negocio.
Hubo en seguida un hurra prolongado , que dejó atónito al pobre Porthos,
pero habiéndole esplicado el motivo de aquella risa, participó estrepitosamente
de ella segun tenia de costumbre.
—De modo que segun eso, todos tenemos dinero! dijo d'Artagnan.
—Pero , por mi parte , nó , dijo Athos. He hallado tan escelente el vino de
España , con el que Aramis puso peneque á la gente de sotana, que he hecho
meter en el carro en que vienen los asistentes unas sesenta -botellas , lo cual
me ha desahuciado grandemente.
—Y yo? dijo Aramis, imaginaos que habia dado hasta mi último maravedi
á la iglesia de Mondidier y á los jesuitas de Amiens , á mas de algunas obli
gaciones que habia contraido á que he debido atender , principalmente unas
misas que mandé decir para mi salvacion y la vuestra.
—Y yo, pues mi rodilla , dijo Porthos , creeis que me ha costado poco ! sin
contar la herida de Mosqueton á quien ha tenido que venir á visitar dos veces
al dia el cirujano.
—Vamos , vamos, dijo Athos con una sonrisa que asomó tambien á los la
bios de d'Artagnan y de Aramis , veo que os habeis portado grandemente con
ese pobre mozo. No se puede negar que solo un buen amo lo hace.
—En una palabra, continuó Porthos , pagados todos mis gastos , me queda
rán unos treinta escudos.
—Y á mi unos diez escudos, dijo Aramis.
—Parece, dijo Athos, que somos nosotros los Cresos de la sociedad. Cuánto
os queda de vuestros cien doblones?
—En primer lugar os di cincuenta á vos.
-A mi?
—Pardiez !
—Ah t es verdad, ya me acuerdo. .
—Despues pagué seis al posadero.
—Vaya un hombre original ! Porque te habeis dado seis doblones ?
—Porque vos me dijisteis que se los diese. > .
—Es verdad : conozco que soy bonazo en demasia. Pero vamos, en último
resultado, cuánto queda liquido ? im-i.--
—A mi, veinte y cinco doblones, dijo d'Artagnan:
—Y á mi, dijo Athos, sacando algunas pocas monedas del bolsillo, esto.
—Vos, nada Athos. . . u- .. .# . .>
—O tan poca cosa, que ni siquiera vale la pena de reunirlo á la masa co
mun. . . > .-. ¡.• . .! > ¡i . ' 'i " - w¡ - ' >-"i- . :
—Calculemos ahora á cuanto asciende nuestro capital : cuánto .^Portóos?
—Treinta escudos. .->nw; i / . ¡.
—Aramis? / >;¡ i >• i A . >. i- '.- .>
.

108 TRES MOSQUETEROS. 273


—Diez doblones.
—Y vos, d'Artagnan?
—Veinticinco doblones.
—Todo lo cual asciende? dijo Athos.
—A cuatrocientas y cinco libras, dijo d Artagnan, que contaba como Ar-
quimedes.
—Todavia podremos entrar en Paris con cuatrocientas, dijo Porthos, y es
to sin contar los arueses.
—Pero y nuestros caballos de servicio ! observó Aramis.
—Como ha de ser ! con los cuatro de nuestros lacayos haremos dos para
los amos, los cuales se sacarán por suerte ; con las cuatrocientas libras para
hacer una mitad de otro para uno de los desmontados, y despues le daremos
á d'Artagnan que tiene buena mano las escurriduras de nuestros bolsillos, que
jugará en et primer garito que encuentre. No hay mas.
— Comamos, dijo Porthos, que se están enfriando los manjares.
Y los cuatro amigos mas tranquilos desde entonces con respecto al porve
nir, hicieron honor á la comida, cuyos restos fueron abandonados á Mosqueton,
Bacin, Planchet y Grimaud.
Luego de ltegar d Artagnan á Paris, hallóse en su casa nna carta del señor
Des Essarts, en la cual le avisaba que habiendo resuelto terminantemente Su
Majestad et abrir la campaña el dial." de Mayo, arreglase desde luego su
equipaje.
Fuése al momento á casa de sus camaradas, á quienes habia dejado una
media hora antes, y encontróles asaz tristes y pensativos.
Hallábanse de consulta en casa de Athos, cosa que indicaba siempre que
existian circunstancias de alguna gravedad.
En efecto, los tres mosqueteros acababan de recibir en sus respectivos do
micilios una caria igual del señor de Treville.
Los cuatro filósofos se quedaron mirándose unos á otros. El señor de Trevi
lle no era hombre que gustára de bromas en punto á la disciplina.
—Y cuáato se necesita para esos equipajes? preguntó d'Artagnan.
—Oh! aqui no hay mas,dijo Aramis, acabamos de calcularlo con una econo
mia de espartanos, y resulta que necesitamos cada uno mil y quinientas libras.
—Las cuales, multiplicadas por cuatro, forman un total de seis mil, dijo
Athos.
—A mi me parece, dijo d'Artagnan, que tendriamos bastante con mil libras
cada uno. Verdad que no hablo ni aun como espartano, sino como procurador.
La palabra procurador despertó á Porthos.
— Calla ! dijo ; me ocurre una idea.
—Al fin eso ya es algo : en cuanto á mi ni sombra de medio se me ocurre
para salir del apuro, dijo Athos friamente ; pero por lo que hace á d'Artagnan,
señores, está loco. Mil libras ! solamente yo necesito para mi equipaje dos mil.
35
ili LOS TRES MOSQUETEROS.'
—Cuatro veces dos hacen ocho, dijo entonces Aramis : con que, necesita
mos ocho mil libras para nuestros equipajes : verdad es que tenemos ya las
sillas.
—Y ademas, dijo Athos, esperando para emitir su feliz pensamiento á que
d'Artagnan, que salia para dar las gracias al señor de Treville, hubiese cerra
do la puerta ; y además, el hermoso diamante que brilla en el dedo de nues
tro amigo. Qué diablos I d'Artagnan es sobrado buen camarada para dejar á
sus hermanos así en el atolladero, cuando lleva en su anular de qué rescatar
á un rey.
LOS TRES MOSQUETEROS. 215

CAPÍTULO XXIX.

La caza de equipajes.

El que mas preocupado se hallaba de los cuatro amigos, era á buen seguro
d'Artagnan, aun cuado este en su calidad de guardia podia equiparse mucho
mas facilmente que los mosqueteros, cuyo equipo era mucho mas suntuoso
que el suyo ; pero, nuestro jóven de Gascuña, era, como ha podido verse, de
carácter previsor y casi avaro, sin dejar por eso, y esplique el lector el con
traste, de ser presuntuoso hasta el punto de aventajar casi al mismo Porthos.
A esa preocupacion de su vanidad, reunia d'Artagnan en aquel momento un
sentimiento de inquietud menos egoista. Por mucho que habia procurado ad
quirir noticias acerca de la señora de Bonacieux, nada habia podido saber de
ella. El señor de Treville habia hablado sobre el particular á la reina ; la rei
na ignoraba lo que habia sido de su fiel servidora ; bien que habia prometido
hacer investigaciones acerca su paradero. Pero la promesa era bastante vaga
y no tranquilizaba mucho á d'Artagnan.
Athos no salia de su habitacion, y habia resuelto no dar un solo paso si
quiera para buscarse equipaje.
— Todavia nos faltan quince dias, decia á sus amigos : pues bien, si al cabo
de estos quince dias no he hallado algo, ó mejor dicho, si algo no viniere á en
contrarme á mi, como soy demasiado buen católico para romperme yo mismo
la crisma de un pistoletazo, armaré una buena pendencia con cuatro guardias
de Su Eminencia ó con ocho ingleses, y me batiré hasta que encuentre uno que
me mate, cosa que atendido el número, no podrá menos de suceder asi. Dirá
276 LOS TRES MOSQUETEROS.
se entonces que he muerto en servicio del rey ; de modo que así habré hecho
el servicio sin haber tenido necesidad de equiparme.
Porthos continuaba paseándose con las manos á la espalda, levantando y
bajando alternativamente la cabeza y diciendo :
—Pondré en planta mi idea.
Aramis, pensativo y no tambien ataviado como solia, no hablaba una pala
bra. Fácil es inferir de esos desastrosos pormenores que arreciaba en la co
munidad el viento de la desolacion.
Los asistentes por su parte, sentían lo mismo que los corceles de Aquiles ,
las pesadumbres de sus amos.
Mosqueton hacia provisiones de mendrugos de pan ; Bacín, que siempre ha bia
sido inclinado á la devocion, no salía de las iglesias ; Planchet contemplaba
cual agorero el vuelo de las moscas; y Grimaud, á quien ni la miseria general
determinaba á romper el silencio impuesto por su amo, arrojaba unos suspi
ros capaces de enternecer un peñasco.
Los tres amigos, pues segun hemos dicho ya, Atbos habia jurado no dar un
solo paso para equiparse, los tres amigos salían de sus casas muy de mañana
y no se retiraban hasta muy tarde. Andaban callejeando que era una compa
sion, mirando siempre al suelo, como por ver si los que habian pasado antes
que ellos habian dejado caer algun bolsillo. No parecía sino que iban siguien
do la huella de alguien, segun estaban de atentos por donde quiera que iban.
Cuando se encontraban, dirijlanse mutuamente melancólicas miradas, que
querían decir : has encontrado alguna cosa ?
No obstante, como Porthos habia sido el primero que habia hallado una
idea, y como además la habia seguido con perseverancia, fué el primero en
obrar. No podemos negar que el digno Porthos era hombre de recursos sobre
eso. Viole un día d'Artagnan caminar en direccion á la iglesia de Saint-Leu,
y le siguió instintivamente. Entró efectivamente en el santo lugar despues de
haberse retorcido el bigote y estirado la perilla, lo cual indicaba siempre de
su parte intenciones de las mas conquistadoras. Como d'Artagnan tomaba al
gunas precauciones para no dejarse ver mucho, pensó Porthos que ningun co
nocido le habia visto entrar. D'Artagnan entró tras de él. Porthos fué á apo
yarse á un lado de un pilar ; d'Artagnan sin que le hubiese visto todavía su
amigo, se apoyó en el otro lado.
Cabalmente habia sermon, por lo cual se hallaba la iglesia asaz concurrida.
Porthos aprovechó la ocasion para atisbar mujeres, y gracias al cuidadoso mi
nisterio de Mosqueton, su esterior estaba lejos de anunciar los apuros del inte
rior. Su gorra estaba en verdad algo usada, su pluma un tanto descolorida,
sus bordados algo empañados, sus encajes algo ajados tambien : pero todas
esas fnolerillas desaparecían con la media Inz que habia en el templo, y el
Porthos de la iglesia en nada desmerecía del rumboso Porthos de siem
pre.
LOS TRES MOSQUETEROS. 277
—Poco tardó d'Artagnan en observar que en el banco mas próximo al mis
mo pilar en que Porthos y él se hallaban apoyados, habia una especie de bel
dad madura, algo amarillenta, algo seca, pero estirada y orgullosa á pesar de
su negra toca.
Los ojos de Porthos dirigíanse á hurtadillas hácia aquella señora, pero lue
go volvían á coquetear hácia arriba.
Por su parte, la señora que de vez en cuando se ponia colorada, lanzaba
con la rapidez del relámpago una mirada al inconstante Porthos, y entonces los
ojos de Porthos volteaban otra vez hácia arriba con empeño muy notable.
Evidentemente era manejo aquel que mortificaba grandemente á la señora de
la negra toca, pues se mordia los lábios, rascábase la punta de la nariz, aji-
tándose desesperadamente en su asiento.
Viendo Porthos la agitacion de la señora , retorció de nuevo el bigote, esti
róse por segunda vez la perilla, y se puso á hacer señas á una hermosa seño
ra que estaba cerca del coro, y que no solo era hermosa, sino que probable
mente era tambien una señora principal, porque estaba detrás de ella el ne
grito que habia traido e! almohadon sobre el cual estaba arrodillada, y una
doncella que le tenia una bolsa blasonada que servia para guardar el devocio
nario que á la sazon leía.
La señora de la negra toca fué siguiendo en todas sus revueltas la mirada
de Porthos, y advirtió que se fijaba en la señora del almohadon de terciopelo,
del negrito y de la doncella.
En el entretanto, Porthos maniobraba á mas y mejor : todo eran guiños po
niendo los dedos en los labios, con unas sonrisas asesinadoras que daban real
mente la muerte á la pobre desdeñada.
Así es que dejó escapar en forma de pésame y dándose un golpe en el pe
cho, un hum! tan sumamente fuerte, que todo el mundo, hasta lá señora del
almohadon encarnado, se volvió hácia donde ella estaba. Porthos siguió hacien
do funcionar sus baterías de lo lindo : habia oido y comprendido muy bien,
pero se hizo el sordo.
La señora del almohadon encarnado, que era muy bella, causó mucha sen
sacion á la de la toca negra, la cual vió en ella una rival verdaderamente te
mible ; á Porthos que la hallaba mucho mas jóven y mucho mas hermosa que
la de la toca negra; y mucha sensacion tambien á d'Artagnan que reconoció en
ella á la señora de Meung y del puerto de Inglaterra, á quien su perseguidor,
el hombre de la cicatriz, habia saludado con el nombre de milady.
D'Artagnan, sin perder de vista á la señora del almohadon, continuó obser
vando la táctica de Porthos, que le divertía bastante, yantojósele que la seño
ra negra podia ser muy bien la procuradora de la calle de los Osos, con tan
to mayor motivo, cuanto que la iglesia de Saint-Leu no estaba muy distante
de la espresada calle.
Discurrió entonces por induccion, que Porthos debia desquitarse de la der
278 LOS TRES MOSQUETEROS.
rota de Chantilly, cuando la procuradora se habia mostrado tan obstinada en
punto á aflojar dinero.
Pero, en medio de todo esto, observó d'Artagnan que ni un solo rostro cor
respondia á las galanterias de Porthos. Todo eran puras quimeras é ilusio
nes ; mas, para un amor real, para unos celos verdaderos, hay otra realidad
que las ilusiones y quimeras ?
Concluyóse el sermon ; dirigióse desde luego la procuradora á la pila del
agua bendita, mas Porthos estuvo alli antes que ella, y en vez de mojar sim
plemente un dedo, metió en ella toda la mano. La procuradora se sonrió cre
yendo que para ella tomaba Porthos tanta agua bendita ; pero pronto quedó
cruelmente desengañada, pues cuando estuvo nada mas que á unos tres pasos
de él, volvió Porthos la cabeza clavando fijamente sus ojos en los de la bella
señora del almohadon encarnado que se acercaba tambien, seguida del negri
to y de su camarera.
Cuando la gran señora estuvo cerca de Porthos, sacó este de la pila su ma
no chorreando agua bendita ; la bella devota tocó con su fina mano la mana-
za de Porthos, sonrióse graciosamente al hacer la señal de ta cruz, y salió de
la iglesia.
Esto era ya demasiado para la procuradora ; ya no la cupo la menor duda
de que aquella señora y Porthos estaban en amorosas relaciones. Si hubiese si
do una señora de alto rango, se habria desmayado alli mismo, pero, no era
mas que una pracuradora, hubo de satisfacerse con decir con una especie de
furor reconcentrado:
—Y ¡x mi, caballero Porthos, qué poco que á mi me ofreceis agua bendita!
Al sonido de aquella voz, hizo Porthos un sobresalto como podria hacerlo
un hombre que se dispertára despues de un sueño de cien años.
—Se.... señora ! esclamó : sois vos? Como está vuestro marido, ese buen
señor Coquenard ? Sigue tan usurero como siempre? Pero donde tendria yo
los ojos que no os he visto en las dos horas que ha durado el ser
mon ?
—Estaba á dos pasos de donde vos estabais, caballero, respondió la procu
radora ; pero no me habeis visto, porque solo teniais ojos para esa linda se
ñora á quien acabais de dar agua bendita.
Porthos aparentó quedarse cortado.
—Ah ! dijo, habeis visto....
—Hubiera sido preciso estar ciega para dejarlo de ver.
—Si, dijo Porthos con el mayor desenfado, es una duquesa amiga mia, á
quien me es muy dificil hablar, con motivo de los celos de su botarate de ma
rido, y me habia hecho saber que vendria hoy por verme á esta mezquina
iglesia, casi oculta en ese barrio apartado.
—Señor Porthos, dijo la procuradora, tendriais la bondad de darme el brazo
por cinco minutos nada mas ? Tendria gana de hablaros.
LOS TRES MOSQUETEROS. 27£
—Como es eso ! señora, dijo Porthos guiñándose á si propio el ojo, como
un jugador que se rie de antemano del pobre que va á pescar .
En aquel momento pasaba d'Artagnan que se proponia seguir á Milady;
dirigió una mirada furtiva á Porthos, y botó la espresion de triunfo que tenia
el semblante del amigo.
— Eh ! eh ! se dijo á si mismo, discurriendo conforme á la moral singular
mente elástica de aquella época de galanteria, hé aqui un mozo que no es im
posible se halle equipado para el dia preciso.
Porthos, cediendo* á la presion del brazo de su procuradora, como cede un
barco á su timon, llegó al convento de San Magloire, lugar poco frecuentado,
cerrado á sus dos estremidades. De ordinario no se veian alli mas que mendi
gos que estaban comiendo y muchachos que jugaban.
— Ah ! señor Porthos ! esclamó la procuradora, luego que estuvo bien segu
ra de que ninguna persona estraña á la gente que solia frecuentar aquel sitio
podia verlos ni oirlos ! Ah ! señor Porthos ! sois á lo que parece un terrible
vencedor.
—Yo, señora ! dijo Porthos pavoneándose, y eso por qué?
—Pues, y las señas que haciais poco ha ? y el agua bendita ? Pero por lo
menos es una princesa aquella dama con su negrito y camarera ?
—Os equivocais, respondió Porthos , no es mas que una simple du
quesa.
—Y aquel lacayo que le esperaba á la puerta : y aquella calesa con un co
che de tan vistosa librea que la estaban esperando ?
Porthos sintió no haber hecho princesa de buenas á primeras á la señora
del almohadon encarnado.
—Ah ! vos sois el niño mimado de las bellas, señor Porthos, esclamó la
procuradora suspirando.
—Pero nadaestraño es eso, repuso Porthos, con una presencia como la que
ha dado á uno naturaleza, no puede menos de ser tal cual venturoso.
—Ay Jesús ! cuan pronto olvidan los hombres ! esclamó la procuradora al
zando la vista al cielo.
—Aun no tanto como las mujeres, segun parece, respondió Porthos ; porque
al fin y al cabo, señora, yo puedo decir que he sido vuestra victima, cuando
herido, casi moribundo, me he visto desahuciado de los médicos ; yo, vastago
de una familia ilustre, que habia confiado en vuestra amistad, he estado á pun*
to de morirme primero de mis heridas, y despues de necesidad en una mala
posada de Chantilly, y todo eso sin que os hayais dignado contestar siquiera
una vez á las apasionadisimas cartas que os tengo escritas.
—Pero señor Porthos... murmuró la procuradora, á la cual bien se alcan
zaba, que á juzgar por la conducta de las grandes señoras de aquel tiempo,
habia procedido mal.
—Yo que por vos habia sacrificado la condesa de Peñaflor I
280 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Ay Dios mio ! ya lo sé.
—A la baronesa de...
—Señor Porthos no me confundais.
-rA la condesa de....
—Señor Porthos, oh ! no me asesineis ! sed generoso.
—Teneis razon, señora, y seria nunca acabar.
—Pero la culpa la tiene mi marido, que no puede sufrir que le hablen de
prestar. >
—Señora Coquenard, acordaos de la primera carta que me escribisteis, y
que conservo grabada en la memoria.
Aqui la procuradora exhaló un gemido.
— Pero tambien la suma que me deciais se os prestara era muy considera
ble, deciais que necesitabais mil libras.
—Señora Coquenard, yo os daba la preferencia, de modo que viendo que
no contestabais, lo mismo fué escribir á la duquesa de... no quiero decir su
nombre, porque no sé hasta ahora lo que es comprometer á una señora, pero
como digo, lo mismo fué escribirla, que enviarme no mil libras, sino mil qui
nientas.
La procuradora derramó una lágrima.
—Señor Porthos, dijo la pobre, os juro que me habeis castigado terrible
mente, y si en adelante os hallaseis en otro caso igual, no tendríais mas que
avisarme.
—Vamos ! señora ! dijo Porthos en tono de disgusto, no hablemos mas de
dinero, eso es en estremo repugnante. •
—Con que, ya no me amais? dijo lenta y tristemente la procuradora.
Porthos guardó un majestuoso silencio.
—Asi es como me respondeis? A y! bien sé porqué.
—Considerad la ofensa que me habeis hecho, señora, ofensa es esta que
ha quedado grabada aqui, dijo Porthos poniéndose la mano en el pecho y apo
yándola con fuerza.
—Creed que lo repararé, querido Porthos, vamos, me perdonais?
—Al fin y al cabo qué os pedia? repuso Porthos, con un movimiento de
hombros lleno de indiferencia: un préstamo nada mas. No vayais á figuraros
que sea ningun hombre inconsiderado. Sé muy bien que no sois rica, señora
Coquenard, y que vuestro marido se vé obligado á apremiar á los pobres liti
gantes para sacarles algunos tristes escudos. Oh ! si fueseis condesa, marque
sa, ó duquesa, sería otra cosa, entonces si que no tendriais perdon.
No quedó coa estas palabras poco resentida la procuradora.
—Tened entendido, señor Porthos, dijo, que mi caja, bien que no sea mas
que la caja de una procuradora, puede que esté mejor provista que la de to
das vuestras remilgadas señoronas, entrampadas todas.
—Entonces es mayor el agravio que me habeis hecho, dijo Porthos desa
LOS TRES MOSQUETEROS- 281
siendo su brazo del de la procaradora ; porque si sois rica, señora Coquenard,
no tiene escusa vuestra negativa.
—Cuando digo rica, repuso la procuradora que conoció haberse adelantado
en demasia, no se ha de Lomar la cosa at pié de la letra; no soy que digamos
rica, estoy asi, regularmente acomodada.
—Quereis creerme, dijo Porthos, no hablemos mas de ese asunto ; cumplis
teis mal conmigo, me despreciasteis, por tanto quedan cortadas toda clase de
relaciones intimas entre nosotros.
—Ah ! cuán ingrato sois!
— Vaya, pues no falta sino que me echeis ahora la culpa, dijo Porthos.
—Idos entonces con esa melindrosa de duquesa, no quiero haceros perder
mas tiempo.
—Toma I á lo que veo, no pinta mal el negocio, dijo para si et mosquetero.
—Vamos, Porthos, os lo digo por última vez, me amais todavia?
-^-Ay ! señora, dijo Porthos con el tono mas melancólico que pudo tomar,
cuando vamos á entrar en campaña , y en una campaña en la que mis pre
sentimientos me dicen que moriré.
—Oh ! no digais eso , por Dios ! esclamó la procuradora prorumpiendo en
sollozos.
—En el corazon siento algo que me lo dice, continuó Porthos melancolizan
do lo mejor que podia.
—Decid mas bien que sentis en el corazon un nuevo amor.
—No, á fó mia, os lo digo con toda franqueza. Ningun nuevo objeto me in
teresa, y aun siento aqui en el fondo de mi corazon, alguna cosa que habla á
favor vuestro. Pero dentro quince dias, como sabreis, ó dejareis de saber, va
á abrirse esa fatal campaña, y va á traerme ocupadisimo et arreglo del equi
paje, sin contar que tengo que hacer un viaje á mi casa, attá en la Bretaña,
con el objeto de hacerme con la cantidad necesaria para mi partida.
Porthos observó un postrer combate entre et amor y la avaricia.
—Y como la duquesa que habeis visto en la iglesia, continuó, tiene sus
tierras cerca de las mias, haremos el viaje juntos. Ya os hareis cargo de que
los viajes parecen mucho menos largos si se hacen en compañia de una amiga.
—Con qué, segun eso, no teneis amigos en Paris, señor Porthos ? dijo la
procuradora.
—Crei tenerles, dijo Porthos volviendo á tomar su tono melancólico, pero
por lo visto me equivocaba.
—Los teneis, señor Porthos, los teneis, esclamó la procuradora en un rap
to de entusiasmo que la dejó á ella misma sorprendida ; venid mañana á mi
casa. Os presentais como hijo de mi tia : por consiguiente sois primo mio ;
acabais de llegar de Noyon en Picardia. El objeto del viaje es activar unos
pleitos en Paris, y quereis tomar un procurador. Os acordareis bien de todo
esto?
36
282 LOS TRES MOSQUETEROS.
—Si señora, perfectamente.
— Pues venid á la hora de comer.
—Muy bien.
—Y cuidado con desbarrarse delante de mi marido, que á pesar de sus se
tenta y seis años, no es fácil pegársela.
—Setenta y seis años ! vaya una bella edad.
— Una grande edad, quereis decir, señor Porthos, asi es que el pobrecito
puede dejarme viuda de un momento á otro, continuó ella lanzando una signi
ficativa mirada á Porthos. Fortuna que, por contrato de matrimonio, debe he
redarlo todo aquel que sobreviviere.
—Todo ? dijo Porthos.
—Todo, sin condicion ninguna.
—Sois una mujer asaz'avisada y previsora, querida señora Coquenard, di
jo Porthos apretando tiernamente la mano de la procuradora.
—Con qué, quedamos reconciliados, no es asi, señor Porthos? dijo ella con
la mayor zalameria.
—Para toda la vida, contestó Porthos en el mismo tono.
—Pues, hasta la vista, cruel !
—Hasta la vista, mi amada olvidadiza !
—Hasta mañana, ángel mio ! *
—Hasta mañana, alma de mi vida I -
LOS TRES MOSQUETEROS.

CAPÍTULO XXX.

Milady.

D'Artagnan habia seguido á Milady sin que ella lo advirtiera, vióla subir á
su carruaje , y hasta oyó que daba al cochero la órden de ir á Saint-Ger-
main. "
Inútil era pensar en seguir á pié á un carruaje tirado por dos briosos troto
nes, asi es que se volvió á ta calle de Ferou.
En la calle del Sena encontró á Planchet que estaba parado delante de una
pasteleria, y que parecia estasiado á la vista de unos panecillos de muy apeti
tosa forma.
Dióle órden de que fuese á ensillar dos caballos á la caballeriza del señor de
Treville ; uno para él, y para Planchet el otro, y fuese luego á encontrarle en
casa de Athos : el señor de Treville habia puesto por fin sus caballos á la dis
posicion de d'Artagnan.
Planchet se dirijió hácia la calle del Colombier, y d'Artagnan hácia la de Fe
rou. Athos estaba en su casa vaciando tristemente una de las botellas de aquel
famoso vino de España que habia comprado en la posada de Aramis. Hizo
una seña á Grimaud de que trajese otro vaso para d'Artagnan y este obedeció
en silencio como lo tenia de costumbre.
Contó entonces d'Artagnan á Athos todo lo que. habia pasado en la Iglesia en
tre Porthos y la procuradora , infiriendo de ello que probablemente su cama-
rada se hallaba á aquellas horas en visperas de equiparse.
284 LOS TRES MOSQUETEROS.
—En cuanto á mi, dijo Athos, oida la narracion, bien seguro estoy de que
no ban de ser las mugeres las que hicieren el gasto de mi equipo.
—Y sin embargo, apuesto y donoso como sois y además tan cumplido ca
ballero, querido Athos, no habria princesas ni reinas que no se rindieran á
vuestra cortesania.
En esto, asomó Planchet modestamente la cabeza por la puerta entreabierta
anunciando ásu amo que estaban alli ya los dos caballos.
—Qué caballos ! preguntó Athos ?
— Dos caballos que me presta el señor de Treville para ir á paseo, y con
los cuales voy á dar una vuelta en Saint-Germain.
—Y qué vais á hacer en Saint-Germain ? preguntó Athos .
Entonces d'Artagnan le esplicó que la señora de la iglesia era la misma se
ñora que juntamente con el caballero de la capa negra y de la cicatriz en la
sien, le traian caviloso de continuo.
Es decir que estais enamorado de esa otra como lo estabais de la señora
Bonacieux , dijo Athos encojiéndose desdeñosamente de hombros como si tu
viera compasion de la humana flaqueza.
—Yo ! de ningun modo, esclamó d'Artagnan ; sino que tengo vivos deseos
de aclarar el misterio de mi hombre de Meung ; y sin saber por qué, se me
figura que esa muger por mas que me sea desconocida, y por desconocido que
á ella le sea yo tambien, ha de haber ejercido alguna influencia en algun lan
ce de mi vida.
—Bien mirado, teneis razon, dijo Athos, no conozco una muger que merez
ca la pena de que se la busque cuando se ha perdido. Si la señora Bonacieux
se ba perdido, tanto peor para ella ; allá se lo arregle ella misma .
—No, Athos, no : estais equivocado, di¡o d'Artagnan ; amo á mi pobre
Constanza mas que nunca, y si puedo llegar á saber el sitio donde se halla,
aun cuando fuese al cabo del mundo, partiria al momento á sacarla de manos
de sus enemigos ; pero ignoro su paradero, pues todas mis diligencias han si
do inútiles. Como ha de ser I Es preciso distraerse.
—Si, distraeos al lado de milady, querido d'Artagnan, lo deseo con todo
mi corazon, si eso puede alegraros.
— Escuchad, Athos, dijo d'Artagnan, en vez de permanecer aqui encerrado
como si estuvieseis arrestado , montad á caballo y venios á pasear conmigo á
Saint-Germain.
—Querido, dijo Athos, yo acostumbro á montar mis caballos cuando los
tengo, y sino voy á pié.
—Pues bien, dijo d'Artagnan, sonriéndose de la misantrópica salida de
Athos, que en otro cualquiera le hubiese ofendido, yo soy menos altivo que vos,
monto lo que me viene á mano. Con que asi, hasta la vista, querido Athos.
—Hasta la vista, dijo el mosquetero haciendo seña á Grimaud de que des
tapara la botella que acababa de traer.
LOS TRES MOSQUETEROS. ' 285
D'Artagnan y Planchet subieron á caballo y tomaron el camino de Saint-
Ge rmain.
Mientras iba caminando, presentábase á la imaginacion deljóven cuanto
Athos habia dicho de la señora Bonacieux. Aunque no fuese d'Artagnan de un
carácter muy sentimental, la hermosa propietaria habia causado en su cora
zon una impresion verdadera, y segun decia, hubiérase determinado á ir á
buscarla hasta el cabo det mundo ; pero el mundo tiene muchos cabos, por lo
mismo que es redondo, y no sabia hácia cual dirijirse.
Entretanto, llevaba intencion de averiguar quien era esa milady. Milady ha
bia hablado con el hombre de la capa negra, por consiguiente debia conocerle,
y el hombre de ia capa negra era, en sentir de d'Artagnan, quien habia arre
batado la segunda vez ála señora Bonacieux, como fué tambien él quien la ar
rebató la primera. D'Artagnan no ment¡a pues sino á medias, lo cual no es
mucho mentir, cuando indicaba que haciendo diligencias en busca de milady
las hacia tambien en busca de su Constanza.
Andando en estas cavilaciones, y picando de vez en cuando al caballo, llegó
d'Artagnan al arrabal deSaint-Germain. Acababa de pasar el pabellon en que
pocos años despues debia venir al mundo Luis XIV.
Estaba atravesando una calle muy desierta, mirando á derecha y á izquier
da por ver si descubriria algun vestigio de su bella inglesa, cuando en el piso
bajo de una linda casa, que segun la moda de la época no tenia ventanas á la
calle, vió á una persona que se le figuró no serle desconocida. Paseábase esta
por una especie de terraplen engalanado de flores. Planchet fué el primero que
conoció bien quien era.
—Eh ! señor, dijo volviéndose hácia d'Artagnan, no os acordais de ese mo
zo, que está mirando á las nubes ?
—No sabré decir quien sea, dijo d'Artagnan, y sin embargo estoy seguro de
que no es esta la vez primera que le veo.
—Pues ya lo creo pardiez. dijo Planchet, si es aquel pobre Lubin, lacayo
del conde de Wardes , aquel á quien tambien parado dejasteis en Calais en el
camino de la casa de campo del gobernador, cuando fuimos á Londres !
— Ah ! si, ahora me acuerdo, dijo d Artagnan, y le conozco perfectamente.
Crees que él te reconozca á ti tambien ?
—A fé mia, señor, que estaba tan turbado que dudo mucho haya conser
vado de mi persona una memoria muy clara,
— Pues bien : háblale algo, dijo d'Artagnan, y procura informarte en la con
versacion de si su amo murió.
Apeóse luego Planchet, fuése directamente hácia Lubin, el cual efectivamen
te no le reconoció, y ambos lacayos se pusieron á platicar con la mayor armo
nia del mundo; entretanto d'Artagnan dirigió los dos caballos á una callejuela,
y dando vuelta á una casa volvia á ocultarse tras de unos avellanos á fin de oir
la conferencia.
286 LOS TRES MOSQUETEROS.
A poco lie uipo de hallarse en observacion detrás de los avellanos, oyé el
ruido de un carruaje , y vió detenerse en frente de él el coche de Milady. No
podia caberte pues la menor duda de que Milady estaba dentro. Tendióse
entonces d'Artagnan sobre el cuello del caballo á fin de verlo todo sin ser visto.
Milady sacó su encantadora cabecita por la portezuela, y dió sus órdenes á
la camarera.
Esta camarera que era una linda jóven de veinte y dos años, lista y vivarai-
cha, tipo verdadero de la doncella de una gran señora, saltó abajo del banqui
llo en que segun costumbre de aquel tiempo iba sentada, y dirigióse hácia el
terraplen lleno de flores en que d'Artagnan habia visto á Lubin.
D'Artagnan siguió con la vista á la doncella, y advirtió como se encamina
ba hácia el terraplen ; pero, sucedió que acababan de llamar á Lubin desde
adentro , de suerte que se quedó solo Planchet mirando á todos lados por ver
en qué parte podia estar su amo.
La camarera se acercó á Planchet á quien tomó por Lubin, y alargándole
una cartita.
—Para vuestro amo, le dijo.
—Para mi amo ? dijo admirado Planchet.
—Si ; y entregádsela pronto : Tomad.
— Dicho esto volvióse á toda prisa al carruaje. Planchet se quedó dando mil
vueltas á la carta, pero acostumbrado á la obediencia pasiva saltó del terra
plen, entróse por la callejuela y encontró á los veinte pasos á su amo, que ha
biéndolo visto todo, le salía ya al encuentro.
— Para vos, señor, dijo Planchet.
—Para mí? dijo d'Artagnan, estás bien seguro?
— Pardiez ! no he de estar seguro ! la doncella me ha dicho, para tu amo;
yo no tengo otro amo que vos, con qué... . Y por cierto que es una linda cria-
turilla la tal doncella.
D'Artagnan abrió la letra y leyó estas palabras :
«Una persona que se interesa por vos mas de lo que puede decir, desearía
saber qué dia os hallareis en estado de pasearos en el bosque. En la casa del
Champ-du-Drap-d'Or estará esperando mañana la contestacion un lacayo ves
tido de negro y encarnado. »
Hola! hola! se dijo d'Artagnan, eso si que es algo singular. Parece que mi
lady y yo estamos con cuidado por la salud de una misma persona. Y bien
Planchet ! como está ese buen conde de Wardes ? con que no murió?
—No señor, está tan bueno como puede estarlo un cristiano con cuatro es
tocadas en el cuerpo, porque cuatro son las estocadas, y sea dicho sin agra
viaros, que regalasteis á aquel buen señor ; sin embargo se halla todavía su
mamente débil, como que perdió casi toda la sangre que tenia. Segun habia
pensado, Lubin no me ha conocido, y me ha contado de cabo á rabo nuestra
aventura de Calais.
LOS TRES MOSQUETEROS. 287
—Muy bieD, Planchet, eres el rey de los asistentes ; ahora monta á caballo
y alcancemos'" eljTcarruaje.
No se tardó mucho en ello, porque al cabo de unos cinco minutos descu
brieron el carruaje que estaba parado á un lado del camino, estando de pié un
caballero ricamente vestido junto á la portezuela.
Tan animada era la conversacion entre Milady y el caballero, que d'Artag-
nan se detuvo al otro lado del carruaje sin que nadie, sino la linda camarera
reparara en su presencia.
Platicaban en inglés, lengua que d'Artagnan no comprendia, pero en el
acento creyó el jóven adivinar que la bella inglesa estaba irritada, acabándo
selo de evidenciar un jesto que no podia dejarle la menor duda tocante á la
naturaleza de la conversacion, y fué un abanicazo aplicado con tal vehemencia
que el mueble femenino se rompió en mil pedazos.
El caballero soltó una estrepitosa carcajada que al parecer todavia exasperó
mas á Milady.
Creyó d'Artagnan que aquel era el momento de intervenir, asi es, que se
acercó á la otra portezuela y quitándose respetuosamente la gorra :
—Señora, dijo, me permitireis que os ofrezca mis servicios? me parece que
este caballero os pone de mal humor. Hablad una palabra, señora, y me en
cargo de castigarle por su falta de cortesia.
A las primeras palabras, se habia vuelto milady mirando con admiracion at
jóven, y á poco de haber concluido d'Artagnan :
—Caballero, le dijo en buen francés, con mucho gusto me pondria bajo
vuestra proteccion si la persona que asi me está acalorando no fuese un her
mano mio.
—Ah ! perdonad entonces, señora, dijo d'Artagnan, ya podeis conocer que
ignoraba esta circunstancia.
— En qué viene á meterse este atolondrado? esclamó mirando á d'Artagnan
el caballero á quien Milady habia designado como pariente suyo, y por qué no
prosigue su camino ?
— El atolondrado sereis vos, dijo d'Artagnan inclinándose á su vez sobre el
cuello de su caballo, y respondiendo desde su sitio por la opuesta portezuela de
coche, no prosigo mi camino porque me acomoda quedarme aqui.
El caballero dirijió algunas palabras en inglés á su hermana.
—Yo os hablo en francés, caballero, dijo d' Artagnan, con que asi tened la
bondad de contestarme en la misma lengua. No dudo que seais hermano de la
señora, pero afortunadamente no lo sois mio.
Hubiera podido esperarse que Milady, timida como suele ser una mujer,
mediaria en este principio de provocacion, á fin de impedir el que fuese mas
lójos la disputa.; pero al contrario, acomodóse en el fondo del carruaje y gritó
con la mayor frialdad:
—Vamos á casa.
288 LOS TRES MOSQUETEROS.
La linda doncella lanzó una mirada de inquietad á d'Artagnan, cuya buena
apostura parecia no haberle disgustado.
Partió et carruaje, y dejó á los dos hombres en frente uno de otro: ningun
obstáculo material les separaba ya.
El caballero hizo un movimiento como para seguir el carruaje, pero d'Ar-
tagnan, cuya cólera harto escitada ya se habia aun aumentado con haber re
conocido al inglés que en Amiens ganó su caballo, y estuvo á punto de ganar
tambien su diamante á Athos, se abalanzó á la brida y le detuvo.
—Paréceme, caballero, que aun sois mas atolondrado que yo, pues segun
veo, olvidais que tenemos pendiente un asuntillo.
— Hola! hola! dijo el inglés, sois vos, compadre? Con qué es preciso jugar
siempre con vos, de un modo ú otro?
—Asi es, y ahora me haceis acordar de que en aquella posada no me des
quité muy bien. Veremos, señor mio, si manejais con tanta destreza la tizona
como el cubilete de los dados.
—Ya veis que no llevo espada, dijo el inglés, querriais echarla de valiente
contra un hombre desarmado !
—Presumo que en casa tendreis espada, dijo d'Artagnan, y en todo caso
tengo yo dos. Si gustais, os jugaré una.
— Es inútil, dijo el inglés, estoy suficientemente provisto de semejantes
utensilios.
—Pues bien, mi digno caballero, elegid la mas larga y venid á enseñárme
ta esta tarde.
—Y en dónde, caballero ?
— Detrás del Luxemburgo: aquel es un sitio escalente para paseos de la cla
se det que os propongo.
—Corriente, no faltaré.
—Y á qué hora ?
—A las seis.
—Apropósito : no dejareis de tener probablemente uno ó dos amigos?
—Aunque fueren tres y que se holgarian de jugar igual partida que yo.
—Tres ! perfectamente: el negocjo se arreglará á las mil maravillas, dijo
d'Artagnan, cabalmente tengo tambien tres amigos que se divertirán de bue
na gana con los vuestros.
—Ahora tendreis la bondad de decirme quién sois? dijo el inglés.
—Me llamo d'Artagnan, gentil-hombre gascon, individuo de la compañia
de Guardias del señor Des Essarts.
—Yo soy lord de Winter, baron de Scheflfeld.
—Enhorabuena, soy vuestro servidor, señor baron, dijo d'Artagnan, sin
embargo de que llevais unos nombres algo dificilillos de pronunciar.
Y picando al caballo, arrancó á escape, volviendo á tomar el camino da
Paris.
LOS TRES MOSQUETEROS. 289
D'Artagnan, segun tenia de costumbre en las circunstancias algo estraordi-
narias, fué á apearse en derec hura, en casa de Athos. Encontróle tendido en
un espacioso sofá, esperando como habia dicho, que viniese su equipaje á
buscarle.
Refirióle lo que acababa de suceder, á escepcion de la caria del de Wardes.
Cuando Athos supo que ibaá batirse con un inglés, mostróse muy satisfecho:
ya hemos dicho que batirse con ingleses lo tenia por una fiesta y además á la
sazon por un recurso.
Enviaron inmediatamente á los asistentes á buscará Porthos y Aramis, y se
les puso al corriente de la situacion.
Porthos tiró su espada y púsose á tirar mandobles y cuchilladas contra la
pared, retrocediendo de vez en cuando, dando pasos acompasados cual si fue
ra un bailarín. Aramis, que continuaba en la composicion de su poema, se
encerró en el gabineie de Athos, pidiendo que no le turbasen en sus trabajos
hasta el momento de desenvainar la espada.
Athos pidió por señas á Grimaud que le trajese otra botella.
Y lo que es d'Artagnan, combinó allá en sus adentros una intriguita que
mas tarde veremos puesta en ejecucion, y no dejaba de prometerse alguna
graciosa aventura, segun podia echarse de ver por las sonrisas que de tiempo
en tiempo asomaban á su semblante, cuya actitud pensadora iluminaban.
290 LOS TRES MOSQUETEROS.

CAPÍTULO XXXI.

Ingleses y Franceses.

A la hora señalada, dirigiéronse los tres mosqueteros y el guardia seguidos


de sus asistentes detrás del Luxemburgo, á un terreno en que á la sazon esta
ban paciendo cabras. Athos dió una moneda al cabrero á fin de que se apar
tase algo y los asistentes fueron puestos de centinela.
No tardó mucho tiempo en aproximarse al mismo recinto una cuadrilla
silenciosa que se reunió á nuestros amigos, y efectuóse en seguida la mutua
declaracion de nombres , segun tienen de costumbre los ingleses en tales
casos.
Eran los ingleses personas de la mayor nobleza , asi es que los estraños
nombres de los tres mosqueteros fueron para ellos un motivo de sorpresa, y
hasta de inquietud.,
—Con estos nombres, dijo lord de Winter, cuando los tres amigos hubie
ron dicho sus apellidos, nos quedamos sin saber quienes sois, y nosotros no
nos batimos contra semejantes nombres, no parecen sino nombres de pastores.
—Efectivamente,