HUGO MIERES
ESPÉRAME EN EL CIELO
CORAZÓN,
SI ES QUE TE VAS PRIMERO
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ESPÉRAME EN EL CIELO CORAZÓN,
SI ES QUE TE VAS PRIMERO
PERSONAJES
Hombre
Mujer Primera
Mujer Segunda
Voces en off
El Marido
ESCENA l
Cuando se apaguen las luces de sala, el escenario permanecerá a oscuras por
algunos
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segundos. Después, resplandecerán fogonazos de cortocircuitos, y enseguida
se escuchará el ruido de una gran rueda que se suelta y gira loca a toda
velocidad, así como la de una masa de enorme peso que se desliza. Cuando
esto ocurre, se oyen desde el escenario, ayes y gritos de horror. La luz se
enciende y se apaga varias veces, hasta
permanecer encendida con intermitencias. Se puede ver entonces, el interior
de un ascensor, cuya puerta de salida da hacia los espectadores. Es una gran
caja cuyas proporciones deben ser mayores que las de un ascensor corriente.
La puerta referida no existirá, y cuando los personajes se esfuercen por
abrirla o la golpeen, mimarán estas acciones.
La luz se enciende definitivamente; el ascensor habrá acabado de caer y se
detendrá con un golpe seco, manteniéndose suspendido, con bamboleos
peligrosos, a un metro del piso del escenario, siendo visibles las cuerdas de
acero que lo sostienen.
La iluminación sugerirá la profundidad del foso que lo separa de la planta
baja.
En el interior se verá a un hombre y a dos mujeres.
MUJER PRIMERA.- ( Tiene cerca de cincuenta años, es todavía hermosa,
aunque se ha maquillado excesivamente, lo que acentuará algunas arrugas, y
le han hecho un peinado alto y demasiado rígido, que le da más años de los
que verdaderamente tiene.
El accidente la ha descontrolado, y padece un verdadero ataque de histeria.)
¡Ayyy, ayyy, ayyy!
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MUJER SEGUNDA.- (De unos treinta años, posee una gran sensualidad y está
vestida con un traje de ejecutiva, lo suficientemente ajustado como para
sugerir sus hermosas formas. También gritando.) ¡Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotras, pecadoras!
HOMBRE.-( Es apuesto, tiene cuarenta años y está impecablemente vestido de
traje oscuro.) ¡Se detuvo!
MUJER PRIMERA.- ¡Se balancea! ¡Se balancea! ¡Va a caer!
Se escuchan nuevos ruidos y el ascensor da un vuelco violento, quedando
inclinado hacia una de sus esquinas. Los tres vuelven a gritar.)
HOMBRE.- ¡Se detuvo de nuevo!
MUJER PRIMERA.- ¡No! ¡Nos vamos a matar!
(La Mujer Segunda se ha arrodillado y levantando las manos juntas hacia el
techo, sigue con sus rezos.)
HOMBRE.- ¡Noo! ¡Esperen!
(Pasan algunos segundos de gran tensión.)
¡Ya está! ¡No se muevan! ¡Creo que nos salvamos! (Da un paso hacia un
costado y el ascensor cruje con nuevo movimiento.) ¡Ayy!
(Las dos mujeres vuelven a gritar enloquecidas.)
(Tanteando el piso con cautela.) ¡Les digo que se detuvo! ¡Está trabado!
¡Inestable, pero trabado!
MUJER SEGUNDA.- ¿Está seguro?
HOMBRE.- Sí. Solo tenemos que movernos con suavidad. ( Apretando la
botonera, primero con suavidad, después con golpes desesperados. ) ¡La
alarma no suena! ¡Ningún botón responde!
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MUJER PRIMERA.- ¡Va a caer de nuevo! ¡Ayyy!
HOMBRE.- (Prueba abrir la puerta.) La puerta está atascada.
MUJER PRIMERA.- ¡Hay que pedir ayuda! ¡Socóoorro! ¡Socóoorro! ¡Aquí, en el
ascensor! ¡Ayuda, por favor!
(Todos escuchan atentamente.)
MUJER SEGUNDA.- No se oye nada. Nadie viene.
MUJER PRIMERA.- ( Gritando con toda la voz que tiene.) ¡Socorro!
HOMBRE.- Es la peor hora, ésta. Creo que todos se han ido.
MUJER PRIMERA.- Pero algún vigilante habrá quedado. Los he visto por todos
lados. Además, cuando nosotros bajamos, todavía estaba saliendo gente.
¿Dónde se habrán metido?
HOMBRE.- Habrán bajado por el otro, tal vez creyeron que éste estaba fuera
de servicio, y no le prestaron atención. Además, cuando cierran las oficinas,
los vigilantes van al sótano y se ponen a jugar a las cartas.
MUJER SEGUNDA.- ¿Qué vamos a hacer?
HOMBRE.- Vamos a gritar.
(Todos gritan con voz en cuello hasta quedar agotados. Escuchan unos
segundos.)
HOMBRE.- ¡Nada!
(La Mujer Primera tiene otro ataque de llanto y gritos.)
HOMBRE.- ¡Cállese! ¡Con llorar no va arreglar nada! (Atendiendo a los posibles
ruidos exteriores.)
(La Mujer grita más fuerte.)
HOMBRE.- ¡Le digo que se calle! ¡Estoy tratando de escuchar!
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(La mujer cesa sus gritos abruptamente.)
HOMBRE.- (Se pega a la puerta y escucha.) No. No se oye nada.
MUJER SEGUNDA.- ¡Se va a caer! ¡Nos vamos a morir! ¡Nos vamos a morir!
HOMBRE.- ( Profundamente alterado, pero tratando de aparentar calma.)
Está trabado. No nos vamos a morir. Los ascensores tienen unos ganchos que
en estos casos se abren y los sujetan por los cuatro lados. Debe haber fallado
uno, y por eso está inclinado.
MUJER PRIMERA.- ¿Y ahora, qué hacemos?
HOMBRE.- Gritamos de nuevo. Los tres a la vez. ¡Ya!
(Todos gritan desesperadamente hasta quedar sin voz.)
MUJER PRIMERA.- ¡No puedo más!
MUJER SEGUNDA.- ¡Mi garganta!
HOMBRE.- (Escuchando.) ¡Ni que esto fuera un cementerio!
MUJER PRIMERA.- ¡Estoy exhausta! ¡No me quedó una sola gota de aire en los
pulmones!
MUJER SEGUNDA.- ¡Escuchen!(Todos escuchan.) ¡No hay pasos, no hay ruidos!
¡Nos han abandonado!
HOMBRE.- (Pausa larga. Los tres personajes permanecerán jadeantes,
recuperando fuerzas, hasta que el Hombre se levanta.) Necesito ayuda.
Vamos a intentar correr la puerta. Colóquense aquí. Las manos suyas aquí, y
las suyas a esta altura. Yo empujo de arriba. A la cuenta de tres, empezamos.
(Las mujeres obedecen.) ¿Están listas? ¡Uno, dos, tres!
(Los tres empujan con todas sus fuerzas, pero la puerta no se mueve.)
HOMBRE.- ¡No se movió ni un milímetro! ¡Vamos otra vez! ¡Uno! ¡Dos! ¡Tres!
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(Realizan el nuevo intento y vuelven a fracasar.)
MUJER SEGUNDA.- ¡No se mueve! ¡Me rompí las uñas y no se movió!
( Se desliza hasta el suelo y llora.)
¡Yo no puedo morir así! ¡No puedo! ¡Tengo que confesarme!
HOMBRE.- ¿Qué?
MUJER SEGUNDA.- ¡No puedo morir así! ¡Soy católica! ¡Usted! ¡Usted será mi
confesor!
HOMBRE.- ¿Yo?
MUJER SEGUNDA.- ¡Sí!
HOMBRE.- ¡Está loca! ¡Me encerraron con una loca!
MUJER SEGUNDA.- ¡Por favor! ¡Se trata de mi alma!
HOMBRE.- ¿Sabe quién soy yo?
MUJER SEGUNDA.- ¡Eso no importa!
HOMBRE.- ¿Que no importa? ¡Lo único que haría sería arrimar tizones a su
hoguera! ¡Soy mucho más pecador que usted!
MUJER SEGUNDA.- En momentos como éste, cualquier hombre puede ser
elevado a la dignidad de confesor.
HOMBRE.- Que la confiese la señora...
MUJER SEGUNDA.- ¡No sea burro y no me haga perder tiempo! ¿No sabe que no
hay curas mujeres?
HOMBRE.- ¡Pero hay monjas!
MUJER SEGUNDA.- ¡No están autorizadas a confesar! ¡No pierda más tiempo!
¡Esto se va a caer! ¡Solo tiene que escucharme!
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HOMBRE.- ¡Cálmese! ¡Cálmese! ¡Piense! ¡Ni siquiera privacidad, tenemos! (La
Mujer Primera les vuelve la espalda. El Hombre se dirige a ella.) ¡Usted,
quédese como estaba! (La mujer vuelve a su posición anterior.)
MUJER SEGUNDA.- ¡Puedo hablarle al oído! ¡Solo eso! ¡Solo tiene que
escucharme!
HOMBRE.- ¿Y oír desnudar sus pedazos? ¿Sus engañitos? ¿Sus mentiritas? ¿Y si
nos salvamos? ¿No pensó en ello? ¡Me convertiría en dueño de su vida! ¡De lo
que usted llama su alma! ¡No me conoce! ¡No sabe de lo que soy capaz! ¡La
chantajearía, le sacaría dinero, la explotaría, la tendría a mis órdenes, hasta
la haría cocinar para mí!
MUJER SEGUNDA.- ¡Eso, no!
HOMBRE.- ¿Vio? ¡Entonces, déjese de cosas! Con esa cara y ese cuerpo no
puede haber hecho nada malo!
MUJER SEGUNDA.- ¡Si me viera por dentro! He sido perversa.
HOMBRE.- Consuélese, ya somos dos.
MUJER SEGUNDA.- ¡He traicionado!
HOMBRE.- ¡Basta! ¡Exageraciones! ¡Con todo lo que Dios le ha dado, -y tenga
confianza en mí que conozco de mujeres-, usted es un altar sobre el que me
tendería a rezar a cada rato.
MUJER SEGUNDA.- ¡Eso es blasfemia!
HOMBRE.- ¡De ninguna manera! ¿Acaso no fuimos hechos a imagen y
semejanza de Dios? ¡Pues algo de él hay en nosotros, no? Y yo diría que en
usted, casi todo! ¿Sabe qué? Mirándola, estoy pensando que Dios debe ser
mujer.
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MUJER SEGUNDA.- ¡Cállese! (Llora.)
HOMBRE.- No llore. Alguien tiene que haber por ahí. Cuando vean que está
trabado, nos van a ayudar. No llore.
MUJER SEGUNDA.- ¡Déjeme llorar! ¡Tengo ganas de llorar!
HOMBRE.- Llore, entonces.(Pausa.) ¡Socorro! ( Se pega a la puerta tratando
de escuchar.) ¡La putísima madre!
MUJER PRIMERA.- ¿En qué piso estaremos?
HOMBRE.- La botonera marca el l3. ¡Lindo numerito!
MUJER PRIMERA .- ¡Ayyy! (Ya casi sin voz.) ¡Socorro!
HOMBRE.- ¿Pero será posible que no dejen ningún vigilante en este edificio de
porquería? ¡Ahh, los ricos! ¡Recortes del presupuesto, seguro! ¡Cuanto más
ricos, más roñosos!
MUJER PRIMERA.- ¡Un momentito, señor! ¡Cuidado con la lengua! ¡Mi marido
es ejecutivo de esta empresa, y no es ningún roñoso!
HOMBRE.-¿Y su marido es quien maneja el presupuesto?
MUJER PRIMERA.- ¡Por favor! ¡Tiene cosas más importantes que hacer!
HOMBRE.- ¿Entonces, por qué protesta? Su marido es inocente. Los contadores
son los tránsfugas!
MUJER PRIMERA.- Puede ser.
HOMBRE.- En fin. Estamos solos. Aquí no hay nadie, o están demasiado lejos
para oírnos.
MUJER PRIMERA.- ¿Y se va a quedar así? ¡Haga algo! ¡Usted es el hombre!
HOMBRE.- ¡Ja! ¡Son todas muy feministas, muy liberadas, muy posmodernas,
pero cuando llegan las apuradas, “¡Usted es el hombre!”
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MUJER PRIMERA.- No me negará que para algunas cosas son más fuertes que
nosotras. ¡Rompa la puerta!
HOMBRE.- ¡Que rompa la puerta! ¿No ve el espesor de este metal? ¿Quién cree
que soy? ¿Batman?
MUJER SEGUNDA.- Por lo menos, puede probar.
HOMBRE.- Está bien. Parece que están de acuerdo. Dos, en este caso, son
mayoría. (Retrocede hasta el fondo, toma carrera pero al llegar se frena, y
golpea débilmente la puerta.)
MUJER PRIMERA.- ¿Qué hace? ¿La está acariciando? ¡Un poco de energía,
hombre!
HOMBRE.- (Vuelve a tomar distancia y a arremeter, esta vez con fuerza.
Golpea la puerta con el hombro y cae al suelo.)
¡Ayy, ayy, ayy! ¡Me saqué el hombro! ¡Les dije, les avisé, pero ustedes
quisieron que probara! ¡Seguro que se me quebró algún hueso! ¡Ayyy!
MUJER SEGUNDA.- ¡Pobre! Quédese quieto. No mueva el brazo.(Se lo palpa.)
No hay nada quebrado. ¿Le duele mucho?
HOMBRE.- Me duele como la puta madre.¡ No hay caso! ¡Es mi estrella! ¡Ja! A
veces pienso que ni estrella debo tener. ¡Un balde! ¡Eso! ¿Cómo no se me
ocurrió antes? ¡Un balde de basura espacial, un trozo de chatarra cósmica
debe ser lo que protege mis días! ¡Ahh, y lo había hecho bien, eh? ¡Por
primera vez en mi vida lo había hecho bien! ¡Pero, no! ¡La fiesta no podía
terminar en paz! ¡No, señor! ¡Por favor, si me ven otra vez, apártense de mí,
rajen, háganse humo, traigo mala suerte! ¡Soy el pararrayos de la mala
suerte!
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MUJER SEGUNDA.- ¿Qué es lo que había hecho bien?
HOMBRE.- Nada, nada. No me hagan caso.
(Intenta levantarse y el ascensor se inclina peligrosamente. Todos gritan.)
MUJER PRIMERA.- ¡Cuidado! ¡Qué es lo que está haciendo?
HOMBRE.- ¿No ve lo que estoy haciendo? ¡Intento levantarme!
MUJER PRIMERA.- ¡No se mueva!
HOMBRE.- ¡Está bien! ¡No me muevo! ¡Pero no van a impedir que me
desahogue!
MUJER PRIMERA.- ¡Hágalo, por sin moverse!
HOMBRE.- ¡Claro que voy a hacerlo! (Gritando.) ¡La putísima madre que me
recontra mil parió!
(Pausa larga.)
MUJER PRIMERA.- ¿Se siente mejor?
HJOMBRE.- ¡No, todavía falta! ¡¡Concha de mi madre!! ¡¡Concha de mi
putísima madre!!
MUJER PRIMERA.- No sea desagradecido. Su madre no tiene nada que ver con
esto.
HOMBRE.- ¡Váyase a la mierda, váyase a la mierda, váyase a la mierda!
(Pausa.) ¡Ahh, eso estuvo mejor! ¡El brazo casi no me duele ya!
MUJER PRIMERA.- Si lo hace sentir bien, siga. Su porquería ni siquiera me
roza.
MUJER SEGUNDA.- Puede que sus palabrotas lo hayan tranquilizado, pero
nuestra situación es la misma. ¿Qué vamos a hacer? ¡No podemos quedarnos
así!
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HOMBRE.- ¡Plan B!
MUJER SEGUNDA.- ¿Qué dice?
HOMBRE.- ¿No miran televisión? ¡Siempre hay un Plan B!
MUJER PRIMERA.- ¡Eso es ridículo! ¡No estamos en televisión, ni esto es una
película!
HOMBRE.- ¡Ja! ¡Pero de algo sirve la ficción! ¡A ver! ¿Por dónde escapan
siempre los que quedan atrapados en un ascensor?
MUJER PRIMERA.- ¡Por el techo!
HOMBRE.- ¡Exacto! ¡Por el techo! (Los tres miran hacia arriba.) Tiene paneles
de plástico que deben poder levantarse o descorrerse. (Da saltos para tocar el
techo y el ascensor vuelve a bambolearse.)
LAS DOS MUJERES.- ¡Ay, ay, ay! ¡Quédese quieto! ¡Nos vamos a matar!
HOMBRE.- Estimadísima. No estaba bailando una danza ritual ni me volví
epiléptico de pronto. Saltaba para tratar de alcanzar el techo, pero es
demasiado alto.
MUJER PRIMERA.- ¿Qué hacemos ahora?
MUJER SEGUNDA.- Yo voy a seguir rezando. (Junta las manos y reza
silenciosamente.)
HOMBRE.-(Agresivo.) ¿Ayuda, eso? ¿La ha ayudado alguna vez? ¿La han
ayudado de arriba?
MUJER SEGUNDA.- ¡Sí!
HOMBRE.- ¡Claro! Ha recibido tanta ayuda por sus rezos, como reconocimiento
por sus confesiones! ¡Bah, bah, bah! ¿Qué cosa tan grave hemos hecho, para
que se nos castigue con una muerte así? ¿Acaso he violado, matado, torturado,
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usted es una envenenadora profesional y lo que es usted se alimenta
exclusivamente de sangre de niños? ¡Nooo! Vean. La vez que me pregunté por
qué es necesario que toda la tierra, desde su corteza hasta el centro tuviera
que empaparse de sufrimiento, lo primero que encontré fue la respuesta de
los curas: (Con tono de sermón )Todo es voluntad divina, inmarcesible gracia
de Dios, ya que éste nos asiste en el padecimiento y perdona nuestras
ofensas. Los sufrimientos son imprescindibles, porque con ellos se compra la
felicidad futura; en conclusión, todo lo que ocurre, incluso las más
monstruosas humillaciones y ofensas, son un gran bien. Pero mi razón, y sobre
todo mi memoria no pueden resignarse. No hay armonía ni orden cuyo
fundamento sea el crimen o la muerte injusta, ni puede pedírsele a la
conciencia ni a la memoria de los hombres que sean capaces de perdonar, por
lo que el olvido es inmoral, el perdón de los crímenes es inmoral, la muerta
injusta es inmoral.
Ahora usted, (Se dirige a la Mujer Segunda, empecinado, implacable) mire
hacia arriba. ¿Sabe lo que hay arriba? ¡Cables! ¡Cables que están por cortarse
y cuando eso ocurra, nos vamos a hacer tortilla en el suelo, con la indiferente
contemplación de su dios y los angelitos! Y más allá de los cables, lo que
llamamos cielo, es decir la atmósfera podrida, agujereada diariamente por
aviones, estaciones espaciales, satélites, bombas, un basurero. Si ahí
estuviera su dios, no tendría tiempo de ocuparse de usted porque estaría
demasiado atareado esquivando porquerías. ¿Y más allá? El espacio, sin peso,
sin sonido, sin cantos, sin rosa de los bienaventurados. ¡Más allá, nada!
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MUJER PRIMERA.- ¡Déjela! ¡Basta de acosarla! ¿A usted qué le importa? ¡Si le
sirve rezar, déjela!
HOMBRE.- Si ayudara en algo...
MUJER SEGUNDA.- ¡Cállese!
HOMBRE.- Me callo. Pero esos rezos no van a hacer que salgamos de aquí.
Déjenme pensar.( Silencio.) ¡Ya sé! ¿Cuál de ustedes es la más liviana?
LAS DOS A LA VEZ .-¡Yo!
HOMBRE.- ¡Basta! ¡Esto no es un concurso de belleza! Párense contra el fondo,
por favor. ¡Caminando despacio!
MUJER SEGUNDA.- ¿Qué va a hacer?
HOMBRE.- Necesito la más liviana y la más alta. Al fondo, por favor.
(Las mujeres obedecen.)
HOMBRE.- (A la Mujer Primera.) Usted es unos centímetros más alta.
MUJER SEGUNDA.- ¡Con ese peinado!
MUJER PRIMERA.- ¿Qué tiene mi peinado?
MUJER SEGUNDA.- Que así, cualquiera es más alta!
MUJER PRIMERA.- ¡Qué descaro! (Al Hombre.) ¿Quiere mirarle los tacos a esta
mujer, señor?
MUJER SEGUNDA.- ¿Qué pasa con mis tacos?
HOMBRE.- ¡Basta, dije! (A la Mujer Primera.) Vamos a probar con usted.
Nosotros juntamos las manos, hacemos una sillita, usted se sube, descorre el
panel y me dice qué ve. ( A la Mujer Segunda.) Venga. Tómese con fuerza de
mis muñecas, yo de las suyas, nos agachamos, ella sube, y después nos
levantamos lentamente.
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(La Mujer Segunda hace lo que el Hombre le indica.) ¡Vamos, arriba! (La
Mujer Primera sube una pierna.) ¡No, no, no! ¡Quítese los zapatos! ¡Cómo va
a mantener el equilibrio con semejantes tacos! (La Mujer baja y se quita los
zapatos. Intenta subir. ) Apóyese en nuestras cabezas, levántese lentamente
y cuando llegue al techo, se sostiene de él.
MUJER SEGUNDA.- ¡Ufa! ( En voz baja, al Hombre.) ¡Cómo pesa esta gorda!
MUJER PRIMERA.-(Mirando furiosa hacia abajo.) ¡Te oí, querida! ¡Gorda, tu
madrina! (Por su distracción tambalea. Al Hombre.) ¡Y usted, que está
mirando mis piernas, la cabeza hacia el piso!
HOMBRE.- ¡Concéntrese en lo que está haciendo! ¡Si habla, se distrae y si se
distrae, se cae! ¡Sobre nuestras cabezas! (La Mujer Primera logra subir.) ¡Eso
es! ¡Ahora levántese, despacito! ¡Ya está! ¡Apoye las palmas en el techo! ¡Eso!
¡Despacio, le dije! ¿Puede mover uno de los paneles?
MUJER PRIMERA.- Lo estoy intentando.(Logra descorrer un panel.)
HOMBRE.- ¡Eso es! ¡Bravo! ¿Qué es lo que ve?
MUJER PRIMERA.- Cuatro paredes.
HOMBRE.- ¿Qué más?
MUJER PRIMERA.- Varias cuerdas de acero que sostienen el ascensor. Hay dos
cortadas.
HOMBRE.- ¿ Y más arriba?
MUJER PRIMERA.- Veo luz.
HOMBRE.- ¿A qué distancia?
MUJER PRIMERA.- Unos veinte metros.
HOMBRE.- ¿La pared es lisa?
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MUJER PRIMERA.- Sí.
HOMBRE.- ¿No tiene salientes?
MUJER PRIMERA.- No.
HOMBRE.- Está bien. Bájese. ¡Despacio!
(La Mujer Primera baja con precaución.)
HOMBRE.- No hay nada que hacer. Creo que tendremos que esperar hasta
mañana.
MUJER PRIMERA.- ¡Cómo, esperar!
HOMBRE.- Esperar, sí. ¿Se le ocurre otra cosa?
MUJER PRIMERA.-¡ Claro que sí! ¡Súbase por las cuerdas y pida auxilio!
HOMBRE.- ¡Já! ¡Ahora cree que soy el Hombre Araña! Pensé que podría trepar
por una de las paredes, pero son lisas y no tienen de dónde sujetarse.
MUJER PRIMERA.- ¡Suba por las cuerdas!
HOMBRE.- ¡Estimada señora! ¡Usted no tiene la más mínima idea de la fuerza
que hay que tener para subir por ahí! ¡Hay que estar entrenado! ¡Haber vivido
en un circo! ¡Toda la fuerza se concentra en los brazos, y yo soy un
sedentario! ¡Mis manos son más suaves que las suyas! ¡Han sido adiestradas
para cosas más sutiles! ¡Una cuerda de acero las despedazaría!
MUJER PRIMERA.- Tiene miedo.
HOMBRE.- ¿Cree que me da vergüenza decirlo? ¡Claro que tengo miedo!
MUJER PRIMERA.- ¡Pues vénzalo, saque fuerzas de algún lado y suba! ¡Esta es
una situación desesperada! ¡La sillita la hacemos nosotras! ( A la Mujer
Segunda.) ¡Ayúdeme! ( La Mujer Segunda la ayuda y entre ambas hacen la
sillita.) ¡Arriba!
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HOMBRE.- ¡No es cierto que el instinto de supervivencia lo convierte a uno en
un superhombre! ¡Sigo siendo una porquería! ¡El mismo de siempre! ¡No vayan
a soltar las manos! ¡Hasta que no se lo diga, no suelten las manos!
( Se quita los zapatos y empieza a subir; cuando queda parado sobre las
manos de las mujeres, éstas chillan de dolor.) ¡No se suelten! ¡Ustedes lo
quisieron! (Logra sujetarse del borde de uno de los paneles.) ¡Ya está! Si esto
resiste... (Las mujeres se sueltan. Ha quedado sujeto con uno de los brazos a
la estructura de metal, patalea, y al no tener el apoyo anterior, la
estructura no resiste, y el techo se viene abajo con el hombre, pedazos de
metal y de paneles de plástico que saltan por todos lados. El hombre cae
hacia un costado, tomándose la cabeza con las manos.)¡Ayy, ayy, aay!
MUJER PRIMERA.-(Tomándose la cabeza.) ¡Ayy! ¿Qué pasó?
HOMBRE.- ¿No vio lo que pasó? ¡Las varillas son demasiado finas! ¡Ayy! ¡Un
pedazo de hierro me dio en la cabeza! ¡ Ayyy! ¡Tengo la cabeza rota! ¡Fíjese,
fíjese!
MUJER PRIMERA.- (Después de examinarlo.) A mí también me golpeó un
pedazo de
plástico, y no hago tanto escándalo. No tiene nada. Puede que le salga un
chichón. ¡Tanto grito, por nada!
HOMBRE.- ¡No sea tan insensible! ¡ Nada, porque no fue usted la que saltó de
esa altura ni la que recibió el techo encima!(Pausa.) ¿Se convencieron ahora
que solo nos queda esperar?
MUJER PRIMERA.- ¡Porque usted es un inútil!
HOMBRE.- ¡Y usted la Mujer Maravilla! ¡Haga el favor!
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MUJER SEGUNDA.- ¡No discutan más! ¡Hizo lo que pudo, es decir, nada.
Seguimos en la misma! ¡Tenemos que esperar!
MUJER PRIMERA.- ¡Son las ocho! ¡Vamos a esperar diez o doce horas en este
cajón!
¡A mí me sacan loca! ¡Yo no puedo esperar! ¡Maldita puerta! (La emprende
contra la puerta hasta que cae al suelo, agotada.)
(Pausa larga.)
MUJER SEGUNDA.- ¡Eso es! ¡Lo tengo! ¡Tenemos que hablar! ¡Si hablamos, nos
distraemos y no pensamos! ¡Hablar de cualquier cosa, pero sin parar!
HOMBRE .- Tiene razón. Hablemos. Algo es algo. ¿Quién empieza?
MUJER PRIMERA.- ¡Qué idea! ¡Hablar! ¿De qué vamos a hablar? Cuando la
gente habla, es porque tiene algo de qué hablar, y si tiene de qué hablar es
porque tiene cosas en común, intereses, gustos. Y se ve a la legua que entre
ustedes y yo, no hay nada en común.
HOMBRE.- Se equivoca, estimada señora. ¿Sabe qué tenemos en común? La
segura posibilidad de la muerte. Y bien democrática que es. ¿Cree que va a
escapar aunque tenga millones? Podemos hablar, por ejemplo, de cómo
quedarán nuestros cuerpos, imaginar el llanto de nuestros parientes, qué se
siente al estrellarse desde un decimotercer piso, si es que se siente algo...qué
hay más allá de la vida...claro, la señora
es muy distinguida, (Gritando.) ¡pero hace un momento no se dio cuenta de
que me estaba haciendo de pedestal para que me colocara por encima de
usted! Una situación límite tiene la virtud de igualar al millonario con la clase
media, y hasta llega a invertir las posiciones, no es así?
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Pausa
MUJER PRIMERA.- Tiene razón. Perdónenme. Soy una estúpida.
HOMBRE.-(Todavía enconado.) Está perdonada. Y es gratis. No tiene que
dejar limosna a la salida.
MUJER PRIMERA.-(Chillando.) ¡Le pedí perdón sinceramente! ¡No veo por qué
se ensaña y me humilla, por añadidura!
HOMBRE.- Ahora es usted quien tiene razón. Es que estamos demasiado
tensos. Como un resorte que se estira al máximo. En otras situaciones, tal vez
se mantenga así, pero en ésta, por cualquier cosa se dispara.
MUJER PRIMERA.- Usted dice que tiene mala suerte. Eso, porque no sabe nada
de mí.
HOMBRE.- ¡Ah, no! ¡No pretenda tener peor suerte que yo!
MUJER PRIMERA.- Pues escuche. La señora puede hacer de juez. Estoy en mi
casa. Me baño, me perfumo, me visto eligiendo detenidamente la ropa que
voy a usar, y vengo a buscar a mi marido. Les dije que trabaja en este
edificio. Deseo darle una sorpresa. Por nuestro aniversario. De regreso,
íbamos a salir a cenar y a bailar. Pero decidí sacarlo antes de su oficina, y
vine sin decirle nada. Llego, y me dicen que no está. “¿Cómo que no está?”,
pregunto. “Negocios urgentes lo obligaron a ausentarse”, me contestan.
“¡Pero no me llamó por teléfono siquiera”!, digo yo. “Yo no sé nada”, me
contesta una secretaria antipática. “¡Soy su esposa!” digo yo. “Aunque sea la
reina, no puedo decirle dónde está, porque no lo sé”. ¡Dos años de casada!
¡Dos maravillosos años, y no está en su oficina! ¿Puede un hombre olvidar su
aniversario? Le pregunto a usted, que es mujer.
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MUJER SEGUNDA.- Si el negocio era urgente...además, pueden simplemente
haberse desencontrado. Es tan sencillo...usted entra por una puerta y él, sin
verla, y en el mismo momento, sale por otra...quizá lo que hizo fue salir antes
para comprar su regalo.
MUJER PRIMERA.- ¡Imposible! ¡Del trabajo vuelve siempre a casa! ¡En dos años
no ha habido negocios tan urgentes como para no haber tenido tiempo de una
llamada por teléfono! ¡Y ninguna urgencia es más importante que un
aniversario! En cuanto al regalo, iba a comprarlo antes de entrar a trabajar.
Habíamos ido a la joyería y hasta me lo había probado. Es hombre de hábitos
fijos y le trastorna cambiarlos.
Salí furiosa. Quería vengarme. Hacerle pagar caro el olvido. Despreciarlo.
Desprecio por desprecio. ¿Usted me comprende, señor?
HOMBRE.- Creo que sí. Pero lo que dice ella del desencuentro es una
posibilidad. ¿No estará esperándola, y hasta angustiado porque usted ha
desaparecido?
MUJER PRIMERA.- ¡No! Le repito que regresa siempre a la misma hora! ¡Nunca
antes, nunca después! ¡Conclusión, se olvidó! Veamos. ¿Qué le haría su mujer
en mi caso?
HOMBRE.- No soy casado.
MUJER PRIMERA.- Si lo fuera.
HOMBRE.- Es que los hombres somos distraídos. Es un pecado perdonable. No
es que queramos menos, por eso...
MUJER PRIMERA.- ¡No es excusa! ¡Y no se escape, que quiero una respuesta!
¡Piense! ¿Qué le haría su mujer si fuera casado?
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HOMBRE.- Francamente, no lo sé. ¡Ahh...! Creo que espera que le diga esto:
¿Me metería los cuernos?
MUJER PRIMERA.- ¿Solo eso?
HOMBRE.- ¿Le parece poco?
MUJER PRIMERA.- Sí.
HOMBRE.- ¿Puedo saber qué va a hacer usted?
MUJER PRIMERA.- Le voy a meter los cuernos.
HOMBRE.- ¿Vio?
MUJER PRIMERA.- Pero no va a terminar ahí.
HOMBRE.- ¿No?
MUJER PRIMERA.- No. Solo eso, no tiene gracia. ¡Le voy a meter los cuernos, y
se lo voy a decir!
HOMBRE.- ¡Ah!
MUJER PRIMERA.- Sin el detalle perverso, no tiene gracia.
HOMBRE.- Bueno, si se salva de ésta, puede cumplir su venganza. Aunque
somos algo así como condenados a muerte que solo les queda esperar que
todo termine, o que a último momento surja la llamada telefónica salvadora.
¡Casi como en el cine!
MUJER PRIMERA.- ¡Dijimos que íbamos a hablar para distraernos! ¡Hago el
esfuerzo! ¡Estoy hablando! ¡Y usted me recuerda nuestra situación! (Pausa.)
He recibido un golpe. Está bien. Mi marido no resultó ser lo que suponía.
¡Responderé al golpe con el placer!
HOMBRE.- ¿Pero, no ama a su marido?
MUJER PRIMERA.- ¡Claro que sí!
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HOMBRE.- Entonces, insisto. ¿Si el negocio fue verdaderamente urgente y no
tuvo tiempo de llamarla? ¿Si la está llamando ahora?
MUJER PRIMERA.- ¡Debió acordarse! ¡Tenía la obligación primordial de
acordarse! ¡Tuvo tiempo! ¡Todo el día! ¡Eso no se perdona!
HOMBRE.- Creo que no quiere tanto a su marido, como dice. Perdone la
sinceridad, pero las mujeres como usted son unas románticas. Tienen un
gorrión, y lo adornan con
plumas de pavo real. La idea de que las plumas sean pegadas las horroriza, y
se tapan la cara con las dos manos para no ver la verdad, hasta que una
situación como ésta, viene a golpearlas en medio de la nariz.
MUJER PRIMERA.- ¡Pues está equivocado, señor! El romántico es usted. Un
encuentro disfrutable con alguien que no sea mi marido, hasta puede tener
como consecuencia favorable mejorar las relaciones conyugales. Lo dicen
todas las mujeres casadas.
HOMBRE.- Si se persigue más de una liebre a la vez, no se atrapa ninguna.
MUJER PRIMERA.- Ámate a ti misma por sobre todas las cosas. El mundo está
fundado en el interés personal. Solo así los negocios salen bien. Todos actúan
de acuerdo con su naturaleza; esto es, hacen lo que les produce placer.
Tenemos solo una vida y quiero vivirla.
HOMBRE.- Por lo que veo, una mujer despechada, puede llegar hasta matar.
MUJER PRIMERA.- ¿Un hombre no?
HOMBRE.- No lo sé. No lo he pensado. Puede que sí.
MUJER PRIMERA.- ¡Claro que puede! Se trata simplemente de derramar
sangre. Todo el mundo lo hace. La sangre corre y ha corrido siempre a
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torrentes sobre la tierra; la vierten como si fuera vino. Vea: si matamos a
nuestros maridos, o los maridos a sus mujeres por infieles, somos homicidas.
Si matamos a cientos o a miles, entonces se nos eleva a la categoría de
bienhechores de la humanidad. La diferencia es meramente cuantitativa.
(Pausa. Al Hombre.) Usted no está de acuerdo.
HOMBRE.- No. Y no me refiero a lo que acaba de decir, sino a su venganza. No
estoy de acuerdo. ¿Y sabe por qué? Porque no veo que tenga prueba alguna.
Se ha erigido en juez. Bien. Pero los jueces solo condenan con pruebas
contundentes.
MUJER PRIMERA.- ¡Pruebas! (A la Mujer Segunda.) ¿Y usted, no dice nada?
MUJER SEGUNDA.- No me interesa.
MUJER PRIMERA.- ¡No le interesa! ¿Y si le hubiera pasado a usted, querida?
MUJER SEGUNDA.- Pues no me pasó. Ni me va a pasar.
MUJER PRIMERA.- ¿Cómo puede estar tan segura?
MUJER SEGUNDA.- Vea, señora. Dice que su marido la olvidó, ¿no es cierto?
MUJER PRIMERA.- Sí.
MUJER SEGUNDA.- Bien. ¿No se le ha ocurrido pensar en qué se equivocó
usted?
MUJER PRIMERA.- ¡Yo no me equivoqué! ¡No fui yo quien se olvidó del
aniversario!
MUJER SEGUNDA.- Puede que no haya olvidado eso, pero, ¿está segura de que
no olvidó nada? Me refiero a su vida. Es tan común la frase de que los maridos
salen a buscar fuera de su casa lo que no encuentran en ella...
MUJER PRIMERA.- ¡Parece muy conocedora, estimada!
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MUJER SEGUNDA.- No parece.
MUJER PRIMERA.- ¿Y lo dice así, tan suelta de cuerpo? ¡No hay caso! ¡No se
puede confiar en la apariencia de la gente! ¡Habría jurado que era abogada!
MUJER SEGUNDA.- Puedo serlo. También. ¡Vamos, no ponga esa cara! ¡Es un
oficio como cualquier otro! Y más frecuente de lo que imagina. Usted misma
ha decidido incorporarse a nuestras filas por una simple venganza.
MUJER PRIMERA.- ¡Un momento, que yo no estoy cobrando nada!
MUJER SEGUNDA.- Pues no sé qué está esperando para empezar.
MUJER PRIMERA.- (Al hombre.) Usted tenía razón. ¡Tan mojigata! ¡Tan
rezadora! ¡Con razón! ¡Pues se va a pudrir en el infierno!
MUJER SEGUNDA.- Está envidiosa.
MUJER PRIMERA.- ¿Yo? ¿De usted? ¡No me haga reír!
MUJER SEGUNDA.- No hay nada que una mujer goce más, que triunfar sobre
otra mujer. Usted cree estar venciéndome, porque supone que nunca ha
hecho nada que considere malo; siempre lleva el vestido y el peinado
adecuados, tal vez nunca se ha emborrachado, (acaso porque no le han dado
la oportunidad...) ¿Sabe que su exhibición de virtud es ofensiva? A mí me
daría vergüenza deambular entre cielo y tierra durante años con la misma
fisonomía moral, solo a cambio del miserable placer de encontrar a los demás
peores que a mí misma. Le diré esto: yo tengo lo que a usted le falta.
MUJER PRIMERA.- ¡Desvergüenza! ¡Perversión! ¡Descaro!
HOMBRE.- ¡Basta, por favor! ¡Basta! ¡Quedamos en que íbamos a hablar, no a
pelearnos como gatos en una bolsa llena de perros.
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MUJER PRIMERA.- ¡Pues que esta mujer no me dirija más la palabra, por
favor!
HOMBRE.- ¡Eso es problema de ustedes! (Pausa.) ¡Pero yo por qué me meto en
lo que no me importa! ¡Sigan, sigan, mientras tanto, me divierto, y el tiempo
pasa, sin saber cuánto más estaremos suspendidos entre el cielo y el infierno!
MUJER PRIMERA.- ¿Acaso está de acuerdo con ella?
HOMBRE.- Señora. Esto no es un tribunal, y yo no soy un juez. Soy el menos
indicado para juzgar a nadie. Es más, si ella está segura de la efectividad de
sus rezos y de sus intentos purificatorios, pues que rece y se salve, si puede.
Lo que soy yo, estoy seguro de que voy al infierno.
MUJER SEGUNDA.- ¿Por qué dice eso?
HOMBRE.- Por mi oficio. Escuchen. ¿Puedo intentar que dejen de pelear? Les
voy a contar un cuento. ¿Conocen el del Lobo y Caperucita?
MUJER PRIMERA.- ¡Vamos!
MUJER SEGUNDA.- ¿Nos quiere tomar el pelo?
HOMBRE.- De ninguna manera. No se trata del relato tradicional. O sí, pero
con una variante insospechada.
MUJER SEGUNDA.- Debe ser aburrido.
HOMBRE .- Verá que no. ¿Comienzo?
MUJER SEGUNDA.- ¿No tenemos más remedio?
HOMBRE.- Salvo que nos rescaten hoy, cosa que dudo, o prefieran seguir con
la pelea, no tienen más remedio.
MUJER PRIMERA.- ¿Pretende hacernos dormir? Pierde su tiempo. No dormiría
ni con un frasco de valium.
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HOMBRE.- Al contrario. Le prometo que va a mantener los ojos abiertos como
platos.
MUJER SEGUNDA.- Empiece de una vez.
HOMBRE.- Tenemos que estar todos de acuerdo. Mi cuento es demasiado
importante para malgastarlo con un auditorio parcial. Votemos.
MUJER PRIMERA.- ¡Basta! ¡Diga su cuento!
HOMBRE.- Ahora sí, hay unanimidad. Bien. Comienzo. Se trata de un lobo poco
común, tengo que confesarlo. Ha sufrido una metamorfosis. Las garras
peludas y afiladas del relato, se han convertido en manos lisas, suaves como
la seda, con uñas tan pulidas y delicadas como las de una niña.
MUJER PRIMERA.- ¿Se trata de un lobo gay?
HOMBRE.- ¡Espere! Espere. Le agradecería que no me interrumpiera. La
descripción que he hecho no es gratuita. ¿Saben para qué tales manos? Para
abrir cajas fuertes, porque este lobo se especializa en cajas fuertes. No hay
ninguna que se le resista. Descubre cualquier combinación, hasta la más
sofisticada. En resumen, es el mejor. Le llueven propuestas de todas partes
del mundo, pero siempre las rechaza. Sabe que él nunca se equivoca, pero
como no puede responder por los demás, si actúa con otros, está seguro de
que en cualquier momento pueden aparecer las armas, todo se complica, y el
resultado suele ser catastrófico. Por tanto, prefiere ser un trabajador
independiente y solitario.
MUJER PRIMERA.- ¿Trabajador?
HOMBRE.- ¡Silencio! Decía...¡ah sí! El lobo es de carácter apacible, odia la
violencia, no come a nadie, y la facultad que más ha desarrollado, aparte de
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la del tacto, es el sigilo. Es tan sigiloso, que es capaz de introducirse en
medio de una pareja haciendo el amor, sin que lo adviertan. Puede estar
agazapado horas o días, y se desplaza como si llevara en los pies ruedas de
goma. Camina tranquilamente entre los hombres y a nadie le extraña nada,
porque, bueno, ha cambiado también el resto de su apariencia, poniéndose
sobre la piel de lobo la piel de un hombre.
MUJER PRIMERA.- ¿Y Caperucita?
HOMBRE.- Le solicité con mucha cortesía que no me interrumpiera. Tenga
paciencia. Ya va a aparecer. Decía: el señor lobo decide robar en este
edificio. Con lentes, sin lentes, con bigote o sin él, barbudo o lampiño, rubio
o castaño, ha pasado días estudiándolo todo, y en particular este piso. Conoce
horarios, costumbres, hábitos. Sabe quiénes salen, quiénes entran y a qué
horas, los que van a fumar en el corredor y con qué frecuencia, el horario en
que aparece el hombre que trae la correspondencia, el momento en que van a
comer los empleados y los jefes, y hasta los ratos en que se escapan los de
menor jerarquía a tomarse una copa en el bar de enfrente. Lo anota todo, y
¿qué comprueba? Que cumplen una rutina aunque no lo sepan, y que ni los
hechos que les parecen más excepcionales escapan de esa rutina. Lo ha
cronometrado. No puede haber errores, no puede haber sorpresas.
Sabe que hoy hay una oficina cerrada por licencia del personal, pero que el
dinero recaudado no ha sido enviado al banco, por la feliz circunstancia ( para
el lobo, claro) de que precisamente en este día, el banco ha quebrado. Los
ejecutivos han decidido esperar que todo se arregle el lunes, y mantener el
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dinero en la caja. El lobo aparece unos quince minutos antes de cerrar, para
poder escabullirse después del atraco, confundido
entre la gente. Llega a la puerta elegida. Mira en todas direcciones. Nadie.
Sabe que como es viernes, todo el mundo está afanado en sus cubiles,
terminando su trabajo para mandarse mudar apenas den las siete. Abre la
puerta y entra. Nadie en el despacho. Avanza por un corredor, y llega hasta
una sala. Desde allí al lugar donde se encuentra la caja, hay pocos pasos. Pero
cuando traspasa el umbral, queda paralizado.
MUJER SEGUNDA.- ¡Había un guardia!
HOMBRE.- No.
MUJER PRIMERA.- ¡Pues algo lo paraliza!
HOMBRE.- ¡Qué sagacidad!
MUJER SEGUNDA.- Se paraliza porque ve o escucha algo.
HOMBRE.- Es cierto. Ve. Ve algo. También escucha, claro, pero lo que escucha
no tiene importancia.
MUJER SEGUNDA.- ¿Qué ve?
HOMBRE.- Pues...dos sillones de un cuerpo, una mesa, y un tercer sillón de
tres cuerpos. Todo muy elegante. Sobre la mesa, bebidas a medio tomar, el
hielo de los vasos semiderretido, a un costado el bar abierto, botellas...
MUJER SEGUNDA.- Lo que quise preguntar fue a quién vio. ¿Los sillones
estaban vacíos?
HOMBRE.- No, no todos.
MUJER SEGUNDA.- ¿Pues a quién vio? ¡Por Dios! ¡La ansiedad me está
matando!
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MUJER PRIMERA.- ¡Vio un hombre apuntándolo con una ametralladora!
HOMBRE.- ¡Qué falta de imaginación! ¡Si hubiera visto eso, no estaría aquí,
sino en un tumba con el cuerpo relleno de plomo!
MUJER PRIMERA.- ¿Por qué no? Pudo haberlo reducido sin que se disparara un
solo tiro.
HOMBRE.- ¿No puede entender que éste es un lobo diferente? Recuerde, por
favor, que odia la violencia y está desarmado. No. Queda paralizado porque
en el sillón más amplio ve...a una pareja haciendo el amor. ¡El leñador
aprovechándose de Caperucita, o Caperucita violando al leñador, como
ustedes prefieran. Por supuesto, el lobo odia tales interrupciones y si hubiera
sabido lo que iba a encontrar, ni siquiera se hubiera acercado al edificio.
MUJER PRIMERA.- ¡Ohhh!
MUJER SEGUNDA.- ¿Y qué hace? ¿Los mata?
HOMBRE.- Por ahora, sigue inmóvil. Caperucita no puede verlo, ya que está
cubierta por el cuerpo del leñador, y si éste quisiera mirarlo, tendría que
voltear la cabeza por lo menos cuarenta y cinco grados. El lobo vive un
momento de confusión, y en vez de retroceder, avanza un paso.
MUJER PRIMERA.- ¡Los asesinó! ¡Sacó de entre sus ropas un cuchillo, y los
asesinó! ¡Regó de sangre la oficina y escribió “¡cerdos!” en la pared, como en
el crimen de Sharon Tate y Polansky!
HOMBRE.- ¡Silencio! ¡No me mate a Polansky que es un buen director de cine!
¡Y no interrumpa con necedades! ¡Le di las características del personaje!
¡Pues si las tiene presentes, no haría semejante comentario!
MUJER PRIMERA.- Perdón. ¿No fue así?
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HOMBRE.- ¿Ha oído hablar de suspenso?
MUJER PRIMERA.- Sí.
HOMBRE.- ¡Entonces, cállese, y déjeme crearlo, por Dios! ¡Lo está arruinando
todo!
MUJER PRIMERA.- Es que pensé...
HOMBRE.- ¡Cállese!
MUJER PRIMERA.- Soy una tumba.
HOMBRE.- ¡La tumba de Drácula, con Drácula adentro! ¡Es de día y si sale, se
convierte en polvo! ¿Está claro?
MUJER PRIMERA.- Está claro.
HOMBRE .- Continúo.
MUJER PRIMERA.- Por favor...
HOMBRE.-¡Y ahora qué quiere!
MUJER PRIMERA.-¡ Ya sé el final!
HOMBRE.- ¡Qué va a saber!
MUJER PRIMERA.- ¿Puedo decirlo?
HOMBRE.- Dígalo. Pero si no es el que usted piensa, mi cuento termina aquí, y
se quedan sin saber el resto.
MUJER PRIMERA.- ¡Qué gracioso! ¡ Se ha guardado en la manga varios finales!
¡Así no voy a acertar nunca!
HOMBRE.- Entendámonos. Por favor. Y le advierto que ya estoy apelando al
escaso resto de paciencia que me queda. Bajo la apariencia de ficción, lo que
estoy contando es una historia real. Y las historias reales tienen un único
final.
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MUJER PRIMERA.- ¡No siempre!
HOMBRE.- ¡Pues ésta, sí!
MUJER PRIMERA.- ¡Ahhh! Así que...¡El lobo es usted!
HOMBRE.- Estimada señora. A cada momento mi capacidad de asombro se ve
desbordada por su inteligencia.(Grita.) ¡El lobo es el lobo, y punto!
MUJER PRIMERA.- Pero usted dijo...
HOMBRE.- ¡Cállese! ¡No piense! ¡ Por favor, no piense! ¿Arriesga el final, sí, o
no?
MUJER SEGUNDA.- ¡Un momento! ¡En este ascensor somos tres, y yo no he
abierto
la boca! ¿Qué pasa con mis derechos?
HOMBRE.- Tiene razón. Se ha ganado, como nosotros dos, todo el derecho de
hacerse tortilla contra el suelo, y también a oír un relato completo sin
interrupciones. No seré yo quien deje de respetar esos derechos, pero le
propongo una solución intermedia. Como ya conozco a la señora (Mirando con
ferocidad a la Mujer Primera.) y sé que va a interrumpirme en el momento
de mayor tensión, dejemos que diga su final. Como por supuesto no va a
acertar, porque para ello tendría que ser maga, depongo mi rigidez y cuando
la estimada me permita retomar la palabra, les cuento el verdadero.
MUJER SEGUNDA.- Estoy de acuerdo.
HOMBRE.- (A la Mujer Primera.) Pues adelante. Diga su final.
MUJER PRIMERA.- Es muy sencillo. Veamos. Usted quedó en el momento en
que el lobo sorprendía a la pareja haciendo el amor en el sillón.
HOMBRE.- Es cierto.
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MUJER PRIMERA.- Eso no estaba dentro de sus planes, y en un primer
momento se paralizó.
HOMBRE.- Sí.
MUJER PRIMERA.- Como no es un lobo violento, no cometió ningún disparate.
HOMBRE.- Bien.
MUJER PRIMERA.- No podía haber sido oído porque se especializó en el sigilo.
Por tanto, era como si no hubiera entrado ni hubiera visto nada.
HOMBRE.- Todo eso lo sabemos. Hasta ahí va bien.
MUJER PRIMERA.- Entonces, queda un único final.
HOMBRE.- ¿Cuál?
MUJER PRIMERA.- Da media vuelta y sale por donde entró sin robar nada,
porque el operativo, con semejante imprevisto, resultaba demasiado
peligroso.
HOMBRE.- Estimada señora: voy a darle un consejo. Las mujeres ociosas,
buscan actividades en qué entretenerse. Como usted parece pertenecer a esa
estirpe, mi consejo es que si le da por la literatura y decide ir a un taller,
escriba poesía, diarios íntimos, pero no se le ocurra pretender escribir relatos
policiales. De verdad, no es su fuerte.
MUJER PRIMERA.- ¡Es el único final posible!
HOMBRE.- No.
MUJER PRIMERA.- ¡Está mintiendo!
HOMBRE.- No.
MUJER SEGUNDA.- ¿Puede contar, por favor? ¡No puedo más!
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HOMBRE.- La señora olvidó un detalle importantísimo. Cuando el lobo vio a la
pareja, en principio se paralizó, es cierto. Pero enseguida, en vez de
retroceder dio un paso hacia adelante. Esa era la pista que debía conducirla a
un desenlace diferente, pero, desafortunadamente, no la tuvo en cuenta. Dio
un paso, dos, tres, hasta que estuvo tan cerca de ellos, que casi podía
tocarlos. Ahí comprendió que la pasión no solo es ciega, sino también sorda.
Y que la batalla que estaba contemplando, era verdaderamente apasionada.
Así que, llegando al colmo de su temeridad, siguió hasta la habitación
contigua donde estaba la caja detrás de un cuadro –siempre están detrás de
un cuadro-, tardó cinco segundos en abrirla y vaciar su contenido en sus
bolsillos, y salió tranquilamente por donde había entrado, con dinero, joyas y
un reloj.
MUJER SEGUNDA.-(Aplaude.) Un final, realmente impresionante.
HOMBRE.- ¿Verdad que sí?
MUJER SEGUNDA.- Pero tiene un error.
HOMBRE.- El lobo no comete errores.
MUJER SEGUNDA.- Esta vez, sí.
HOMBRE.- (Suficiente.) ¿Puede decirme cuál? Repasemos. No fue visto por
nadie al entrar, no fue visto por nadie al salir. Huellas digitales, no dejó.
Comprenderá que sería de una torpeza infantil. Llevaba guantes. Cabellos,
tampoco. Se había calzado en la cabeza una media apretada. En cuanto a las
huellas de los zapatos, pueden haber quedado en las alfombras, pero eso no
le preocupó; no tiene defectos al caminar, estaban limpios, y hay miles de
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zapatos con esas características en la ciudad. Basta con que los queme. Así
que, no hubo errores.
MUJER SEGUNDA.- Hubo un testigo.
HOMBRE.- ¿Qué? ¿Quién? ¡Ah, claro! ¡Pudo haber dos, pero estaban demasiado
ocupados!
MUJER SEGUNDA..- Yo. Yo lo vi.
HOMBRE.- ¡Usted! ¡Así que usted...!
MUJER SEGUNDA.-¡...era la mujer del sillón!
HOMBRE.- ¡Noo! ¡Era usted!
MUJER PRIMERA.- ¡Qué castigo! ¡Saber que puedo estar muerta en cualquier
momento y tener que convivir con semejante gentuza!
MUJER SEGUNDA.-Y, la Providencia tiene sus extravagancias. A veces nos elige
para cada cosas...!
MUJER PRIMERA.- ¡No estoy acostumbrada! ¡De ningún modo estoy
acostumbrada! Me relaciono con un círculo de gente diferente, que se dedica
a hacer bien a los demás, y no a vender su cuerpo como si fuera una
mercancía. ¡La mujer del sillón! ¡Y con qué descaro lo dice! ¡Creo que voy a
vomitar!
MUJER SEGUNDA.- ¿Desborda de satisfacción, verdad? ¿La complace
babosearme su desprecio como si fuera mejor que yo? Mejor cállese, no
hagamos olas y no destapemos la cloaca de su vida, que pueden salir cosas
que no le gusten.
MUJER PRIMERA.- ¡Basta! ¡Deje de pensar que todo el mundo es como usted,
que también hay sobre la tierra mujeres decentes, y no intente salpicar a los
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demás con su barro, porque le arranco los pelos! ¡Puedo exhibir mi vida como
una bandera jamás arrastrada de colchón en colchón!
MUJER SEGUNDA.- Si no te has hecho puta, es porque no te han dado la
oportunidad, querida.
HOMBRE.- ¡Basta, por favor, basta! ¡Si nos hacemos puré, usted va a dejar su
profesión, porque sencillamente el puré carece de orificios, y lo que es usted,
dejará de ser virtuosa. ¡En todo caso será un hermoso cadáver virtuoso!¡ No le
arriendo la ganancia!¡ Creo que tenemos cosas más importantes que discutir!
¡Cosas en las que está en juego nada menos que mi prestigio, mi orgullo
profesional! (A la Mujer Segunda.) Señora, por favor, ¿puede dejar un
momento esa actitud de gallo de riña y prestarme atención?(La Mujer
Segunda la concede una mirada.) Gracias. Si no entendí mal, dijo que me
vio...
MUJER SEGUNDA.- Primero lo oí, cuando abrió la puerta...
HOMBRE.- ¡Ah, no! ¡Eso es imposible!
MUJER SEGUNDA.- Usted se habrá entrenado en su oficio. Pues yo lo he hecho
en el mío. Tengo oídos aguzados, pues las esposas pueden aparecer cuando
menos se las espera. ¡Ah, me olvidaba! Le recomiendo hacer gimnasia. A su
edad, ya empiezan a sonar algunos huesos...En fin, después, lo vi.
HOMBRE.- ¡No puede ser! ¡Está mintiendo! ¡Se encontraba de espaldas a la
puerta!
MUJER SEGUNDA.- Es cierto. Cuando entró. Pero cuando salió ni siquiera nos
miró, ¿no fue así?
HOMBRE.- ¿Fue ahí cuando me vio?
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MUJER SEGUNDA.- Apenas de perfil. No podría jurar ante ningún juez que era
usted.
HOMBRE.- ¿Me va a denunciar?
MUJER SEGUNDA.- No.
HOMBRE.- No me va a denunciar...¡ya sé! ¡Tanta generosidad...! ¡No es su
esposo!
MUJER SEGUNDA.- ¡Claro que no! ¿Ahora es usted quien perdió la sagacidad?
HOMBRE.- Entiendo.
MUJER SEGUNDA.- Solo es un buen cliente.
MUJER PRIMERA.- ¡Qué promiscuidad!
HOMBRE.- ¡Caramba! ¡Qué casualidad, digo yo! ¡Que me haya visto allí y luego
nos encontráramos en el mismo ascensor!
MUJER SEGUNDA.- Si piensa un momento, verá que no. Hay dos ascensores. De
modo que contábamos con cincuenta por ciento de posibilidades de que nos
encontrásemos en uno de ellos.
HOMBRE.- ¡Espere un momento! Hay algo que no encaja. Usted era la mujer
del sofá. Lo entiendo. Y si yo salí...y...(Pensando en voz alta.) si mientras
salía seguía oyendo que los jadeos continuaban y sin demora caminé hasta el
ascensor, no veo cómo... (Piensa.) ¡Ya está! ¡No tuvo tiempo! ¡No tuvo tiempo
para dejar lo que estaba haciendo y llegar al ascensor!
MUJER SEGUNDA.- ¡Pero señor mío! ¡Estoy aquí!
HOMBRE.- ¡Ya lo sé, ya lo sé! ¡Lo que quiero saber es cómo lo hizo!
MUJER SEGUNDA.- Pues piense primero en lo que hizo usted.
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HOMBRE.- No necesito pensar. Lo sé de memoria. En tres segundos crucé
desde la habitación de la caja hasta la puerta de salida.
MUJER SEGUNDA.- Eso me está dando...digamos, ¿dos segundos?
HOMBRE- ¡No le está dando nada, porque si se levantaba en ese momento, la
veía! ¡No haga trampas!
MUJER SEGUNDA.- Está bien. Cero segundos. Después abrió la puerta.
HOMBRE.- Sí.
MUJER SEGUNDA.- La abrió, salió y la cerró. Tres acciones. Pero no las realizó
de cualquier manera, sino muy lentamente, con mucho cuidado, no fuera cosa
de que el pestillo hiciera algún ruido que lo echara todo a perder. ¿De
acuerdo?
HOMBRE.- De acuerdo.
MUJER SEGUNDA.- ¿Eso no me da tres segundos?
HOMBRE.- Ciento uno, ciento dos, ciento tres...tres segundos...¡No! ¡Dos!
MUJER SEGUNDA.- ¿Cómo, dos?
HOMBRE.- Dos, porque solo después que cerré la puerta, nunca antes, usted
pudo iniciar la retirada.
MUJER SEGUNDA.- Lo acepto. Dos segundos. ¿De allí fue hasta el ascensor?
HOMBRE.- Sí.
MUJER SEGUNDA.- Sin apuros. Con naturalidad. Nunca se le habría ocurrido
correr.
Había gente que salía de las oficinas, y por nada del mundo deseaba llamar la
atención.
HOMBRE.- Es cierto.
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MUJER SEGUNDA.- ¿Cuatro segundos más?
HOMBRE.- Concedidos.
MUJER SEGUNDA.- ¿El ascensor estaba en el piso, o tuvieron que llamarlo?
MUJER PRIMERA.- Lo llamamos.
MUJER SEGUNDA.- ¿Cuánto demoró en llegar hasta ustedes?
MUJER PRIMERA.- Más de un minuto. Lo recuerdo, porque me molesta
sobremanera esperar ascensores.
MUJER SEGUNDA.- ¿Entonces?
HOMBRE.- ¿Entonces, qué?
MUJER SEGUNDA.- ¿Pudo suceder, o no?
HOMBRE .- Es evidente, puesto que está aquí. Quiere decir...que en un minuto
con seis segundos, se vistió, recibió su paga, se despidió, se maquilló y tuvo
tiempo de llegar al ascensor? ¡Vamos!
MUJER SEGUNDA.- ¿Qué intenta probar?
HOMBRE.- ¡Qué está mintiendo! ¡Que la mujer del sofá era otra, y que quiere
usurpar su lugar, para cobrarme un porcentaje del atraco!
MUJER SEGUNDA.- Primera aclaración. Usted hizo su trabajo y yo el mío.
Usted ganó con ello y no le reclamo nada. Yo gané con lo mío y no se le ocurra
reclamarme nada. En cuanto a sus objeciones: Primero, cobro por adelantado.
Segundo, no nos despedimos. Tercero, el traje que llevo, es de una sola
pieza. Paso la cabeza y los brazos, y el resto simplemente lo dejo caer. Dos
segundos. A lo sumo, tres.
HOMBRE.- ¿Por debajo...nada?
MUJER SEGUNDA.- Nada.
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HOMBRE.- ¡Ayy!
MUJER SEGUNDA.- En cuanto al maquillaje, usted recordará que me lo puse
cuando entramos en el ascensor.
HOMBRE.- También es cierto.
MUJER SEGUNDA.- Los borrones del anterior, los quité en el camino con una
toalla de papel. ¿Alcanza el tiempo que dijimos, o no?
HOMBRE.- ¿No va a pedirme una parte?
MUJER SEGUNDA.- No. Pero si todavía sigue con dudas, voy a darle una prueba
irrefutable. El reloj que guarda en su bolsillo es un rolex de oro y tiene una
dedicatoria en su parte posterior.
HOMBRE.- ¡Señora, no me crea tan ingenuo! ¡Demasiado fácil de deducir! Los
ejecutivos de estas oficinas usan rolex de oro, y si se los regaló alguien, llevan
con frecuencia una dedicatoria. ¡Por favor!
MUJER SEGUNDA.- ¡Qué difícil de convencer! Pues bien. Escuche. ¿No lleva
además
en el bolsillo un prendedor ovalado de esmeraldas y brillantes?
HOMBRE.- Ahora, sí. Me declaro derrotado. ¿Puedo...puedo hacerle una
pregunta?
MUJER SEGUNDA.- Puede.
HOMBRE.- Conozco cada hombre y cada mujer de este piso, pero a usted
nunca la vi.
MUJER SEGUNDA.- ¿Cuánto tiempo hace que empezó su vigilancia?
HOMBRE.- Una semana.
MUJER SEGUNDA.- Pues si lo hubiera hecho antes... Vengo cada quince días.
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HOMBRE.- ¡Ahh, claro! (Pausa breve.) Una sola pregunta más. ¿Por qué el
sillón? ¿No tuvo un lugar más cómodo donde llevarla?
MUJER SEGUNDA.- El sillón no está mal. Si le agrega que le excita el sabor del
peligro, la aventura...y sobre todo que los demás ejecutivos sepan con
seguridad que no solo vengo a actualizar su computadora...eso es también
parte del estatus...
HOMBRE.- Le...le pido disculpas. Yo no sabía...
MUJER SEGUNDA.- ¡Cómo iba a saber!
HOMBRE.- Digo...por interrumpir así, tan...
MUJER SEGUNDA.- No se preocupe. Los dos hacíamos nuestro trabajo.
HOMBRE.- Es cierto.
MUJER PRIMERA.- Perdón, señor. Ella habló de un prendedor. ¡Me encantan las
joyas! ¿Le molestaría mucho mostrármelo?
HOMBRE.- No me molesta en absoluto.(Se lo muestra.) Vea. Parece legítimo.
Ha de costar unos cuantos miles.
MUJER PRIMERA.- Este prendedor...¡Claro que es legítimo!
HOMBRE.- ¿Buenos engarces, no? Y espero que sean piedras de verdad.
Brillantes y esmeraldas.
MUJER PRIMERA.- (Mirando detenidamente la joya.) ¡No puede ser!
HOMBRE.- ¡Cómo que no puede ser! Primero dice que es legítimo, y ahora
que no. ¿Se tomarían el trabajo de guardar esa joya en la caja fuerte si fuera
falsa?
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MUJER PRIMERA.- Ahora no vale nada. Para usted no vale nada. Robó una joya
que me pertenece. ¡Era el regalo de aniversario! (Rompe a llorar a gritos,
desconsoladamente.)
HOMBRE.- ¿Qué? ¿Otra vez metí la pata? ¡No digo que tengo mala suerte, yo?
¡Quién me mandará hablar de más!
MUJER PRIMERA.- (Ha dejado de llorar y mira furiosa a la Mujer Segunda.) ¡En
este ascensor hay una puta que no sale viva! ( Se arroja sobre la otra mujer y
le aprieta ferozmente el cuello. El ascensor vuelve a sacudirse.)
HOMBRE.- (Intentando separarlas.) ¡ Eh, quieta! ¡Tranquilícese, por favor!
MUJER PRIMERA.- ¡Déjeme, suélteme! ¡Quiero ahorcarla con mis propias
manos!
HOMBRE.- (Forcejeando.) ¡Si sigue moviéndose así, lo único que va a ganar es
que esta cosa se vaya al suelo! ¡Quieta! ¡Apártese! ¡No me haga hacer fuerza!
¡Me duele el hombro! ¡Le digo que se aparte! ( Logra separarla de la otra y
caen al suelo, mientras la víctima, semiasfixiada, se toma el cuello y abre la
boca tratando de alcanzar algo de aire.)
HOMBRE.- (Mientras la Mujer Primera forcejea entre sus piernas por
liberarse.)
¡Quieta! ¡Ya entendí todo! ¡La entiendo! (A la Mujer Segunda.) ¡Y usted no
hable, no diga una palabra! (A la otra mujer.) ¡Entiendo su dolor! Se siente
humillada, vejada, como un trapo sucio. Pero esta mujer no es la culpable. El
culpable no está aquí. ( La Mujer Primera se ha ido calmando, el hombre
afloja su presión y ella llora quedamente contra su hombro.)
MUJER PRIMERA.-( Haciendo pucheros.) Pero, ¿y él? ¿Dónde está él?
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MUJER SEGUNDA.- Salió después que yo...por la escalera.
MUJER PRIMERA.- Falta...una parte...(Llora a gritos.)
HOMBRE.- Llore, llore.
MUJER PRIMERA.-...del cuento...la parte de Caperucita...
MUJER SEGUNDA.- Esa soy yo. (Pausa larga.) Mire, señora. No soy la niña que
camina despreocupada por el bosque recogiendo flores y es atrapada por el
lobo. Ni me crea una insensible. Si no nos hubiera pasado el accidente, nada
de esto se sabría, simplemente su marido llegaría algo más tarde, a la vista de
la joya usted lo perdonaría, y todos felices, porque es bastante cierto que lo
que se desconoce, no existe. En fin, lamentablemente, no ocurrió así.
(Silencio.) Los ejecutivos de estas oficinas suelen contratar a damas como yo.
Y no solo hacen el amor con nosotras. También se confiesan. Como les gusta
hablar, nos hemos especializado en escuchar. Ya es parte del trabajo. Y así,
llegamos a saber todo de sus vidas y de la vida de sus esposas. Se quejan de
ellas todo el tiempo. Ocurre que con las esposas, la pasión se va. Sus cuerpos
son mapas conocidos. Engordan, se llenan de celulitis y prefieren la compañía
de amigas con las que van a clubes donde puedan ver a hombres desnudos. En
la cama matrimonial, hace años que han olvidado lo que es un orgasmo, y lo
obtienen en esos lugares, metiéndose los dedos por debajo de la mesa.
MUJER PRIMERA.- (Con furia contenida.) Perdóneme, ¿usted supo alguna vez
lo que es el amor?
MUJER SEGUNDA.- ¿El amor, dice?
MUJER PRIMERA.- ¡Sí, el amor! ¿Oyó alguna vez esa palabra?
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MUJER SEGUNDA.- ¡El amor está en la cabeza y en el cuerpo! ¡El amor es el
cuerpo! ¡Sus formas, su humedad, su calor! Decimos que es amor lo que
vivimos a los quince años, cuando perdimos la virginidad con el compañerito
de liceo que ni siquiera sabía dónde meter lo que tenía entre las piernas. ¡Qué
ilusas! Desnúdese, querida, desnúdese, tire a la basura ese camisón de la
abuela que la cubre hasta la nariz, abra las piernas, vuélvase otra vez un
animal, y devórelo. Nos enseñaron a ser pasivas, a esperar. A gozar, solo si él
gozaba. A fingir, y a olvidarnos después que estábamos fingiendo y de ahí a
creer que lo fingido era real. Y así, fuimos olvidándonos de nuestro poder. El
hombre puede penetrar, hendir. Pero solo nosotras somos capaces de rodear,
ceñir, envolver y devorar. Las que armamos la trampa, dejamos entrar al
conejo para después cerrarnos sobre él y devorarlo. Olvídese de la vergüenza,
de lo que le aconsejó su madre y su abuela y concéntrese en el goce que va a
dar y en el goce que va a recibir en cada uno de sus poros. ¡Goce! ¡Para eso
está su cuerpo! Quiere fiesta! ¡Pues, ¡désela! Y cuando después de horas, no
solo los cuerpos sino las sábanas, el colchón, las paredes, tengan el olor de
santidad de los sexos, se sienta morir de cansancio, le duela todo el cuerpo y
solo quiera dormir, descubrirá que puede hacerlo sin pastillas, y su marido
permanecerá a su lado, estará por fin segura de que no se irá de su lado. Yo
habré perdido un cliente, y usted habrá recuperado el amor. Si de todos
modos se va, no lo detenga, déjelo irse. Ese hombre no vale la pena. Usted se
habrá desprendido de un inútil, y yo habré recuperado a un amigo interesado.
MUJER PRIMERA.- Permítame dudar de sus palabras. No creo que por dinero se
entregue de esa forma.
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MUJER SEGUNDA.- No lo hago. Me ha entendido mal, querida. Mis consejos son
para las esposas que se toman gratuitas, no para las amantes que solo se
poseen si las pagan.
(La Mujer Primera llora desconsoladamente. La Mujer Segunda la mira en
silencio. Pasan algunos segundos; el hombre no atiende el llanto de la Mujer
Primera, pues desde que comenzó a hablar, solo tiene ojos para la otra.)
MUJER PRIMERA.- (Se enjuga las lágrimas y se limpia los mocos con un borde
del vestido.) Ya no sé...ya no sé cuál parte de mí miente a la otra...o las
otras...de veras, no lo sé. Una... cree no saber cómo pasa, ni por qué ha
pasado esto que ahora es tu vida y no lo has advertido por haber estado
demasiado tiempo ocupada en tu autocompasión para entender que ya es
demasiado tarde. El último vagón acaba de pasar, y te ha dejado al costado
de las vías, con cara de idiota y con la valija en la mano. Entonces es cuando
te mirás en el espejo y te ves las arrugas y tu cara de cansancio, y como no te
animás a pegarte un tiro, tomás clases de decoración, y te enamorás de ese
muchachito tan tierno que sabe tanto de historia del arte, y cuando lográs
llevártelo a la cama, es porque lo has emborrachado y no sabe lo que hace, y
mientras lo desnudás, te cuenta que es marica, y llorás a gritos o empezás a
reírte como loca, y pedís otra botella y terminás con tu bebé en brazos, como
si fueras su mamá, y lo acurrucás y lo mecés y los sacudones solo sirven para
que te vomite encima, pero igual, a esa altura ya no importa, porque no
podés más con tus párpados que pesan como troncos, y recién despertás al
otro día con un dolor de cabeza esta vez de verdad, un dolor que no le
desearías ni a tu peor enemigo, y regresás al hogar, linda palabra, hogar, hay
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palabras que deberían prohibirse por obscenas, y una de ellas es hogar.
Regresás a tu casa y lo único que deseás es estar sola, y agradecés a Dios que
tu marido no esté, y no está, comprobás con alivio que no está, él también
habrá tenido su noche, con sus putas, y se habrá ido a trabajar, para algo es
el amo de la casa, aunque su ojo no cuide el ganado y el que tiene que traer
el dinero, claro, no siempre fue así, al principio todo era novedad, el vestido
blanco fue una gran novedad, aunque la noche anterior, después que tus
amigas te hicieron la despedida de soltera, llamaste al que había sido tu
último novio, el único con quien creíste realmente haber gozado, lo llamaste
por teléfono y lo hiciste levantar sonámbulo, porque pasó tal vez toda la
noche paseando al hijo de la cerda que es su mujer, que tenía un cuerpo
pasable, pero fue casarse y achancharse, lo llamás, y le decís que invente
cualquier cosa, y se te dice estás loca, lo amenazás con presentarte esa
misma noche en su casa, así que lo mejor es que vaya, y lo esperás en el
hotel, lo hacés pasar y te abrazás de él empapándole la camisa, le pedís que
te salve de un hombre que te eligieron tus padres, y todo es mentira, lo que
querés es cojértelo por última vez, como si a partir del día siguiente solo
pudieras hacerlo con tu sacrosanto marido. Es por eso que llorás como una
Magdalena, pero cuando abrís la puerta del hotel, lo hacés con una bata y por
abajo nada, solo tu carne florida, porque le tenés confianza a la belleza de
tu cuerpo, a la firmeza de tus senos y de tu cola, que para algo sirve la cirugía
y no es ningún pecado querer ser bella, y eso es lo que hacen los médicos, el
hombre siempre ha hecho eso y nadie lo critica, desvía un río y modifica la
naturaleza, construye un puente y modifica la naturaleza, y lo mismo hacen
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con tu cuerpo, digo, basta con soltar el cinturón, cosa de no perder tiempo...
(Pausa.) ¿Quieren saber el final? El final es otra mierda; después del polvo le
pedís que se vaya, estás deseando que se vaya de una vez, porque los dioses
te han castigado con el azote de la memoria y comparás, no podés menos que
comparar, a éste, que ya tiene barriga, con el otro, con aquél que te hizo ver
la vida anaranjada, que te crucificó, que te arrastró por la pieza piojosa y te
despedazó sacrificándote al dios que tenía entre las piernas, que te poseyó
con un deseo, con un ansia, como si fuera la última voluntad que le hubieran
concedido a un condenado a muerte. Este es fofo, respetuoso, decente, una
mierda. Interiormente lo compadecés, y le pedís que se vaya, mintiéndole,
nos vemos, sin atreverte a decirle que hasta tu marido de mañana cojerá
mejor que él. Y como estás ya preparada, el holocausto está hecho y el luto
por tus ilusiones llorado, te entregás a tu esposo, linda palabrita ésta
también, como si fuera tu salvador, y llegás a creer que la vas a pasar
bárbaro. No estás cansada, nunca estás cansada, querés todos los días, un
ejercicio demasiado duro después que pasa un mes, para él, digo, que no
puede fingir, nosotras, sí, gritamos, jadeamos, mordemos, y nos basta abrir
las piernas, pero a ellos se les para o no, eso es clarito; demasiado esfuerzo
cuando viene rematado del trabajo, aunque el trabajo no sea sino tomar
whisky con empresarios y ejecutivos calculando ganancias, pensando cómo
joder mejor al prójimo, con todo ese trabajo no vas a ser tan desagradecida
de no reconocerlo, de no reconocer su generosidad con su mujer mantenida
que hacía gimnasia, se veía en forma, leía a Faulkner y a Borges sin entender
nada, y se compraba ropa, zapatos sobre todo, cientos de zapatos, pero que
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ahora se pasa en la mecedora tomando coca-cola y leyendo novelitas de diez
pesos que cambia en el quiosco de la esquina. Y no me digan que la vida vale
la pena, porque tenemos una enorme, una ilimitada capacidad de arruinarla.
Venus, la diosa del amor, ha muerto. La hemos matado una y otra vez. Una y
otra vez. Es porfiada. Se levanta, y volvemos a darle en la cabeza con un
hacha. Está muerta. Y si volviera a nacer, sería rescatada de un basural recién
salida del útero, y si por casualidad creciera, sería un hombre que se
masturba en el baño de un bar mientras mira una grasienta revista
pornográfica.
( Un largo silencio.)
HOMBRE.- ¡Mire qué paradoja! Su conclusión ha sido que la vida no vale la
pena, y hemos estado hablando, para olvidarnos de la posibilidad de la
muerte. Insultamos a la vida, pero deseamos desesperadamente seguir
viviendo.
MUJER PRIMERA.- Eso no significa nada. Es mero instinto de supervivencia. El
zorro se corta la cola con sus propios dientes y corre a la libertad, aunque
haya dejado en la trampa un buen pedazo de su cuerpo. Instinto animal, por
un lado, y por otro una conciencia que nos hace cobardes, que nos hace
temer herirnos, porque de ningún modo queremos que sangre la más mínima
parte de nuestro cuerpo.
MUJER SEGUNDA.- Cambiamos de piel, como las víboras, con la diferencia de
que en vez del aterciopelado y los colores que queremos ver resplandecer,
debajo encontramos llagas que sangran sin parar, aunque demos vuelta la
cabeza o cerremos los ojos para no reparar en ellas.
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MUJER PRIMERA.- ¡Caramba! No creí que me entendiera.
MUJER SEGUNDA.- Hay muchas más cosas en el cielo y en la tierra, de las que
sueña tu filosofía, Horacio.
MUJER PRIMERA.- ¿Qué es lo que dice?
MUJER SEGUNDA.- Nada, no tiene importancia.
HOMBRE.- Todos, alguna vez, salimos a cambiar el mundo, para comprobar,
siempre tarde, que los que cambiamos fuimos nosotros.
MUJER PRIMERA.- ¿Y eso, qué tiene de malo?
HOMBRE.- Nada, si no miramos el mundo. Lo que yo hago siempre, es un
canje. De la palabra “robo”, por la palabra “expropiación”, y entonces
duermo tranquilo. Así, puedo llegar hasta matar a una vieja de un hachazo en
la cabeza, como Raskolnikov, porque la vieja será otra cucaracha, cuya
muerte le hará un bien a la humanidad, será como aquélla, una vieja usurera.
No nací ladrón. Hubo un tiempo en que yo también fui joven. A veces me
pongo a mirar hacia atrás, tratando de recordar, y no puedo ni imaginar cómo
era sentirse joven, verdaderamente joven. De dónde sacaba el entusiasmo y
el coraje. Un día le escuché a un político esta frase: “El que no es un rebelde
a los quince años, no tiene sangre en las venas, pero el que sigue siéndolo a
los cuarenta, lo que no tiene es sabiduría.” En ese momento me pareció el
colmo del cinismo, pero después comprendí que se estaba dirigiendo a mí,
que era a mí a quien le estaba diciendo aquella frase ¡Ja! ¡Sabía de memoria
las palabras de Brecht sobre los imprescindibles! ¡Llegué a subirme sobre un
camión blindado en plena marcha y reventarle un cóctel molotov en el
parabrisas! A cada rato me encaramaba en un cajón y pronunciaba un
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discurso. Y cuando menos lo pensé, el tiempo había pasado, había crecido mi
barriga, y si acaso recordaba la escena del camión, temblaba como una vara,
y lo único que me importaba era cómo podía hacer para cambiar el auto. La
Historia no solo me despeinó, sino que me agarró del pescuezo, me dobló, me
golpeó la cabeza contra los adoquines y me dijo sin dejar de apretar: “¡No
seas imbécil! ¡Hacé la tuya! ¿No los ves sueltos, no ves a los verdugos sueltos
por la calle? ¿No recordás esa cara? ¡Es falso que al final la verdad siempre
triunfe! ¿No te das cuenta de que estás solo? ¿De que todos ustedes están
solos?” “¿ Y el pueblo?”, alcancé a preguntar.” Apretó más. “¡Otra mierda!
¡Van a volver a sacudirles en el hocico los cucos, y les regresará el miedo!
¡Van a tender carne
asada sobre las parrillas, las regarán con vino, y volverán a votarlos!” (Pausa
breve)
¡Expropiación! ¡Mirá la palabra que inventé! ¡Simple chorro, ladrón a secas! ¡Y
para completar, con mala suerte!
(Nuevo silencio prolongado.)
No...no era esto lo que quería decir...era...era otra cosa.(A la Mujer
Segunda.) Quería decir que cuando usted hablaba, no podía dejar de mirarla,
me decía “¡Qué mujer!” y sentía unas ganas locas de subírmele encima y
hacerle el amor. Discúlpeme si soy brutal. Pero es la verdad y nada más que la
verdad.
MUJER SEGUNDA.- Sentí y entendí perfectamente esa mirada. ¿Sabe cuántas
formas de mirar a una mujer tiene un hombre? Dieciocho.
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HOMBRE.- Espere, que no terminé. Cuando dejó de hablar y empezó ella,
bueno, también me atrajo.(Pausa larga. Después, a la Mujer Primera.)
Perdóneme, señora, quizá piense que el encierro me ha vuelto loco, pero
como no sabemos si nos moriremos en cualquier momento, ¿me permite
abrazarla? Es un último deseo.
MUJER PRIMERA.- ¿Abrazarme?
HOMBRE.- Sí, no me entienda mal, solo abrazarla. Rodearla con mis brazos.
¿Puedo?
MUJER PRIMERA.- Venga.
(El Hombre se sienta junto a la Mujer Primera y la abraza. La Mujer empieza
a llorar.)
HOMBRE.- ¡Llorar, no! ¡No arruine este momento con lágrimas!
MUJER SEGUNDA.- ¡Carajo! ¡No me dejen así! ¡Todo el mundo me impone el
papel de madre! ¡Lo único que me falta es que los arrulle para que se
duerman!
HOMBRE.- Venga, que me sobra un brazo. Por ahora tengo dos. (La Mujer
Segunda se acurruca del otro lado.)
UNA VOZ.- (Desde el exterior) ¡Eh, del ascensor! ¿Hay alguien, ahí?
TODOS.- (Se levantan excitadísimos y gritan.) ¡Socorro, socorro!
LA VOZ.- ¡Traten de conservar la calma! ¡Muévanse despacio hacia el fondo,
que vamos a derribar la puerta! ¡No se asusten, es cosa de un minuto! ¡Todo
va a salir bien!
( Empiezan a oírse fuertes golpes contra la puerta. Los tres se abrazan
gritando de alegría.)
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Apagón.
ESCENA 2
Una calle. En primer plano, caminan el hombre y la Mujer Segunda.
HOMBRE.- Te dejo elegir el hotel.
MUJER SEGUNDA.- Cobro por adelantado. Y soy cara.
HOMBRE.- ¿Cuánto?
MUJER SEGUNDA.- El prendedor.
HOMBRE.- No, el prendedor, no. No es que no lo valgas, pero el prendedor,
no.
MUJER SEGUNDA.- Quiero el prendedor.
HOMBRE.- El prendedor no puede ser.
MUJER SEGUNDA.- Pues entonces, no hay trato.
HOMBRE.- ¡No me hagas esto! ¡Después de lo que pasamos!
MUJER SEGUNDA.- El prendedor, o nada!
HOMBRE.- Es que...¡Ya no lo tengo!
MUJER SEGUNDA.- ¡No! ¡Se lo devolviste!
HOMBRE.- Era suyo...no me pertenecía. ¿Qué otra cosa podía hacer?
MUJER SEGUNDA.- ¡Lo habías expropiado! ¡Qué sentimentalismo decadente!
HOMBRE.- ¡Pero llevo miles de dólares!
MUJER SEGUNDA.- ¿Miles? Entonces, vamos. De alguna forma tengo que
sacarme el estrés.
Apagón
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ESCENA 3
( Luz escasa en un dormitorio con una cama de matrimonio. En ella, dos
cuerpos durmiendo. Un reloj, en algún lugar, hace sonar dos campanadas.
Enseguida, se escucha el sonido de un despertador.)
MUJER PRIMERA.-(Se sienta en la cama, traba el despertador, y sacude al
marido.) ¿Estás durmiendo?
EL MARIDO.-( Se sienta alarmado en la cama.) ¿Qué? ¿Qué pasa?
MUJER PRIMERA.-(Mimosa.) ¿Tenés mucho sueño? Me quedé con ganas...
(Empezando a acariciarlo.) A ver, a ver si se despierta el conejito...( Hurga
debajo de las sábanas.
Apagón prolongado.)
(El reloj vuelve a hacer sonar ahora cinco campanadas. Se repite el mismo
juego: Suena el despertador, la mujer se sienta, traba el despertador y
empieza a acariciar al marido. Dice:
MUJER PRIMERA.- Amóoor...!
Apagón.
Fin de “Espérame en el cielo, corazón/ si es que te vas primero”