Universidad Nacional de San Luis – Facultad de Ciencias Humanas – Lic.
en Periodismo
Integrantes: Castro Lautaro
Díaz Cristian
Farías Roxana
Pohn Lourdes Ainara
Comisión de TP: Jueves, 8h.
Fecha: 15-04-2015
Fichaje:
Texto N°1: CARPIO, A. Principios de Filosofía, Bs. As.: Glauco, 2004. Cap. “Sócrates”, pp 61 a 75.
Cap. “Platón”, pp 81 a 112. Cap, “Aristóteles”, pp 115 a 134. La razón y le fe, 138 a 140.
Si hablamos de “principios de la filosofía” probablemente vengan a nuestras mentes los nombres
de tres grandes pilares de dicha disciplina: Sócrates, Platón y Aristóteles. Pero, ¿qué aportes
realizaron ellos a la filosofía? ¿Qué pensamiento prevaleció más en el tiempo? ¿En qué
coincidieron y en qué no?
Para empezar, Sócrates (470-399 a. C) fue definido por el dios Apolo como el hombre más sabio,
lo cual lo sorprendió a él mismo. Fue por eso que se propuso interrogar a todos aquellos que
pasaban por sabios, y comprobar si sabían o no más que él. Sometidos al interrogatorio resultó
que contestaban mal, o que no sabían en absoluto la respuesta. Al final de la pesquisa,
comprendió Sócrates la declaración del dios: los demás creían saber, cuando en realidad no
sabían ni tenían conciencia de esa ignorancia, mientras que él poseía esa conciencia de su
ignorancia que a los demás les faltaba.
Entonces, Sócrates consideró que si dios lo señaló sabio fue para encomendarle su misión, la de
examinar a los hombres para mostrarles lo frágil de su supuesto saber y hacerles ver que en
realidad no sabían nada. Pero ¿cómo podía Sócrates hacer esa tarea? ¿Y para qué demostrar a
los hombres que no sabían nada, es decir, con qué finalidad?
Pues bien, Sócrates para poder llevar a cabo esta tarea utilizó un método, que consta de dos
momentos: el primero es un momento negativo, llamado refutación, y el segundo, uno positivo, que
es la mayéutica. La refutación consiste en mostrar al interrogado mediante una serie de hábiles
preguntas, que las opiniones que cree verdaderas son, en realidad, falsas. La meta que persigue
con esto Sócrates es la purificación que libra el alma de las ideas o nociones erróneas, porque
para él la ignorancia y el error equivalen al vicio, a la maldad.
Una vez realizado este paso, proseguía la mayéutica, que era nada más y nada menos que el arte
de ayudar al alma de los interrogados a dar a luz los conocimientos. Y aquí nos surge otro
interrogante: ¿cómo podía Sócrates ayudar a dar a luz los conocimientos de los demás cuando él
reconocía que no sabía nada?
Lo que ocurre es que la labor de Sócrates en realidad consistía en guiar al discípulo para que
encuentre la respuesta, y no brindársela él mismo, ya que el verdadero saber representa un
hallazgo personal.
Uno de los discípulos de Sócrates fue Platón (427-347 a. C.), quien le cuestionó no haberse
preocupado por aclarar convenientemente la naturaleza del concepto, es decir, su status
ontológico, y haber limitado su examen al campo de los conceptos morales- piedad, justicia, virtud,
valentía. Por eso, Platón se propuso precisar la índole o modo de ser de los conceptos- que llama
“ideas”- e investigar todo su dominio: no sólo los conceptos éticos, sino también los matemáticos,
metafísicos, etc.
Platón consideró que el verdadero conocimiento se refiere a lo que realmente es, lo uniforme y
permanente. Por eso postuló otro mundo: el de las “ideas” o mundo inteligible, del que el mundo
sensible no es más que una copia o imitación.
Pero ¿Cómo es posible la existencia de dos mundos? ¿En cuál vivimos nosotros?
En primer lugar, es preciso establecer que al mundo sensible le pertenecen las cosas cambiantes e
imperfectas, aquellas que percibimos con los sentidos; mientras que al mundo inteligible le
corresponden las ideas, inmutables y perfectas, percibidas por la razón o inteligencia. El mundo
real es entonces el sensible, aunque tenemos que alcanzar el mundo inteligible para conocer
realmente los conceptos.
Ahora el problema reside en cómo alcanzar el mundo inteligible, cómo es posible llegar hacia él. Y
a esto Platón lo explica con una alegoría: dentro de una caverna hay hombres que están sentados
y encadenados, de tal manera que no pueden ni siquiera girar sus cabezas, sino que se ven
obligados a mirar solamente la pared que tienen a su frente en el fondo de la caverna. A sus
espaldas, y hacia arriba, subiendo la pendiente de la caverna, hay una especia de tapia, detrás de
la cual corre un camino por el que marchan hombres llevando sobre sus cabezas objetos
artificiales que sobresalen por encima de la tapia. Todavía más atrás y más arriba hay una
hoguera, que lanza su luz sobre esos objetos, los cuales proyectan sus sombras sobre la pared del
fondo de la caverna y a la cual miran los prisioneros. Aun más arriba, siguiendo la pendiente, se
termina por salir al mundo exterior, donde están los arboles, los animales, los cuerpos celestes y
en definitiva el sol.
La caverna representa nuestro mundo, el mundo sensible, y el exterior de la caverna representa el
mundo real, es decir, el mundo de las ideas, cuya forma más alta, el Bien, está simbolizado por el
sol. El mundo sensible resulta ser un mundo de sombras, de apariencias, y los prisioneros, o sea
nosotros mismos, en ese mundo no tenemos libertad ni verdadero conocimiento. Nos encontramos
en el estado de imaginación, que es el inferior a la escala del “saber”, estamos prisioneros de las
apariencias o fenómenos.
Una vez que el prisionero sale de la caverna, no solamente no puede contemplar adecuadamente
los objetos que ahora se le presentan, sino que, peor aún, no puede reconocerlos como los objetos
que proyectaban las sombras. Se encuentra en un estado de confusión. Y esto es lo que sucede
cuando el hombre comienza la educación (paideia) o reflexión filosófica, se siente como perdido,
confuso, turbado, porque todo lo anterior, que veía claro, ahora lo ve oscuro y borroso.
Finalmente, el prisionero se va a adaptando gradualmente a la nueva situación: primero aprende a
discernir las sombras de las cosas exteriores a la caverna, luego sus imágenes reflejadas, más
tarde las cosas mismas, después los cuerpos celestes, luego el día y la noche, y por último el sol.
De la misma manera ocurre con nuestro paso al mundo inteligible. La idea suprema es el Bien, que
es lo que otorga inteligibilidad a las cosas, es decir, es lo que hace a las demás ideas aptas para
ser y para ser conocidas. Además, El Bien es el fin último, aquello hacia lo cual todo se dirige, la
meta suprema.
Con todo esto pudimos observar cómo Platón representa al idealismo, al considerar que el hombre
tiene su pensamiento dirigido a otro mundo, que no es este mundo sensible, sino un mundo
perfecto, de idealidades eternas y bellas. Aristóteles (384 a. C.-322 a. C.) - discípulo de Platón- en
cambio, representa el “realismo”, porque para él el verdadero ser no se halla en aquel trasmundo
de las ideas platónicas, sino en este mundo concreto en que vivimos y nos movemos todos los
días. Aristóteles también afirma la “idea”, lo universal; afirma lo racional y sostiene que el único
objeto posible del conocimiento verdadero es la esencia. Pero lo que no comparte con Platón es la
supuesta necesidad de establecer dos mundos separados.
Aristóteles establece que el ser se dice de muchas maneras, que se reducen a dos fundamentales:
el modo de ser “en sí” y el modo de ser “en otro”. El modo de ser en sí se trata de un ser
independiente, y el modo de ser en otro está en otro ente. El ser en sí es la ousía o substancia, la
esencia, y todos los demás modos de ser se los denomina accidente. Éstos son nueve: cantidad,
cualidad, relación, lugar, tiempo, posición, posesión, acción y pasión (categorías).
La ousía o substancia está constituida por dos factores: la materia y la forma. La materia es aquello
“de qué”, de lo cual algo está hecho (una mesa de madera). Y la forma es el “qué” de la cosa,
equivale a esencia y corresponde a la “idea” platónica. Todo esto si se refiere a las cosas sensibles
consideradas estáticamente, encarando la materia y la forma en estado de equilibrio. Ahora bien, si
queremos pensar la cosa en movimiento Aristóteles introduce dos nuevos conceptos: potencia y
acto. La potencia es la materia considerada dinámicamente, es decir, en sus posibilidades (ej: el
árbol es mesa en potencia). Por otro lado, el acto es la forma realizada, consumada, el árbol que
vemos es árbol en acto. (“actual”, que significa “real”, por oposición a “posible” o “potencia”).
Por último, Aristóteles estudia el problema del cambio, como el movimiento, el pasaje del no-ser al
ser (pasaje del no-ser en acto al ser en acto, o del ser en potencia al no-ser en potencia). Distingue
cuatro tipos de cambio: según la substancia (generación y corrupción, nacer o morir, cambios que
tienen que ver con la substancia) o accidentales, que pueden ser según la cualidad, cantidad, o
locación. El cambio cuantitativo es aumento o disminución, como por ejemplo el crecimiento de una
planta, el cambio cualitativo es una alteración, como el cambio de color de los cabellos, y el cambio
local o de lugar es lo que corrientemente llamamos movimiento, traslación. A su vez, distingue
cuatro causas del cambio:
a) La causa formal es la forma. Es la forma específica, la que hace que un ente sea eso y no
otra cosa. El niño Juan es un hombre, pertenece a la especie “hombre”. Se lo determina en
función de la forma que en él todavía no está plenamente realizada.
b) La causa final, es aquello hacia lo que el individuo se orienta (el telos, “fin”). Es la
perfección a la que la cosa tiende.
c) La causa eficiente es el motor o estimulo que desencadena el proceso de desarrollo. La
causa eficiente del niño será el padre, de la mesa el carpintero. La causa eficiente funciona
desde atrás, y es relativamente exterior a la cosa en desarrollo.
d) La causa material es la materia. La materia es la que hace que este mundo no sea un
mundo de puras formas, sino un mundo sensible y cambiante. La materia es lo que recibe
la forma substancial.
En el fondo, las cuatro causas se reducen a dos: forma y materia. La materia como substrato
indeterminado, y la forma como principio de todas las determinaciones.
Texto N°2: BOWEN, J. Historia de la educación occidental, Barcelona: Herder, 1985. Cap “La
unidad del mundo griego. Macedonia y el panhelenismo”, pp. 163 a 167. Frag.
El contexto y la formación de las teorías de los grandes pensadores griegos estuvieron truncados
y/o motivados por muchos momentos y elementos que marcaron la historia. Es necesario
conocerlos para saber cómo fueron influidos y plasmados en sus pensamientos. Pero la pregunta
siempre está abierta, ¿cómo, de qué manera y hasta dónde estos hechos que se van citar, tuvieron
que ver en figuras como Platón, Isócrates o Aristóteles? ¿Todos los hechos influyeron en todos?
La decadencia de Atenas conducida por varios factores como la guerra de Peloponeso, las
rivalidades entre estados, inestabilidad de gobiernos, el ejercicio indisciplinado del poder, la
búsqueda de la independencia, entre otros factores, se vieron plasmadas e influenciaron los
trabajos de Platón e Isócrates. Ambos quisieron preparar a los individuos para la vida social y
política. Sensibles por la inestabilidad vivida, se puede observar las diferencias de cómo trataron la
situación: Isócrates utilizó el método de acción directa, queriendo formas a los individuos en los
comportamientos políticos y jurídicos, explicitando su opinión sobre el problema griego. En el año
380 a.C. publicó Panegírico en el que desarrolla la unidad helénica.
Platón, comparado con Isócrates, tomó una base más amplia, no la de formar directamente, sino
en buscar el conocimiento o paideia, basado en sus enseñanzas en la academia, en el fomento de
la cultura, búsqueda de la verdad última, valores absolutos, y en la comunicación a través de la
docencia y el ejemplo.
Mientras Esparta se encontraba en decadencia surgían poderosos y se volvían amenaza para
Atenas los macedonios (sociedad tipo feudal en manos de la aristocracia terrateniente). A
mediados de del siglo IV, Atenas, a causas del largo período de inestabilidad política vivida
anteriormente, sumada a la desorganización mercantil y comercial, hizo que no estuviera
preparada para oponerse a los macedonios. En el 358 a. C. Filipo emprendió campaña para
apoderarse de los territorios griegos, Atenas fue incapaz de dar réplica eficaz; los atenienses no
tenían conciencia del peligro de los estados, los intelectuales se retiraron de la vida pública, entre
ellos Platón. Gracias a la habilidad oratoria de Demóstenes, hizo que Atenas hiciera frente al
enemigo, aunque era poco seguro este método, ya que Filipo arremetió en el 349 y 348
reprimiendo provisionalmente sus deseos de convertirse en el centro del poder griego. Isócrates
juzgó de manera positiva el panhelenismo macedónica, en cambio Demóstenes no.
La expansión macedónica, y quien la llevaba a cabo, fueron difíciles de contener, a pesar de la
oratoria de Demóstenes. Filipo, admirador de la cultura helénica, buscaba un preceptor para su
hijo, el príncipe Alejandro. Aristóteles, tras abandonar la academia después de la muerte de Platón,
fue el maestro que elegido para el príncipe. Por el conflicto de Atenas y Macedonia (que terminó en
triunfo, y obteniendo la hegemonía macedónica) en el año 340 a.C. se interrumpieron sus estudios
para poder gobernar Macedonia en calidad de regente; Filipo fue asesinado en el año 336 y
comienza una nueva era en la que Alejandro, alumnos de Aristóteles, posee el trono de Macedonia
y el poder político griego.
Fragmento para situación histórica de Agustín de Hipona, pp. 373 a 377. “La teoría educativa de
Agustín”
Las preguntas que nos hace surgir Agustín de Hipona o san Agustín, que coinciden con las
cuestiones a las que él les prestaba más atención, las plantea el propio texto y pasamos a citar:
“¿Qué es el conocimiento y de dónde procede? ¿Cuál es la relación entre la razón humana y ese
conocimiento? ¿De qué modo puede el hombre alcanzar el conocimiento último? “(pág.373)
La teoría del saber y el conocimiento de Agustín es fruto de sus investigaciones, en donde plantea
que la verdad es preexistente, pero latente, y el hombre tiene que hacer manifiesto lo latente. Para
él, la razón del hombre tiene que ser usada para su crecimiento espiritual, cumpliendo un gran
papel en la evolución del hombre hacia Dios; sólo va a poder dirigir y juzgar sus pensamientos
siendo razonable de sus procesos mentales.
El mundo es de apariencias, Dios y el alma son inmateriales, pertenecen a la esfera del ser, pero a
esta último se le da un lugar material y temporal, el hombre. Este mundo no es el de la verdad
última, es una representación simbólica de la verdad eterna, por lo tanto el hombre tiene que ir más
allá de los signos para poder comunicarse con lo inmaterial. Pero sigue existiendo un problema,
que es la relación que se tiene entre el conocimiento y las palabras (que funcionan como signos),
problema que trata en De Magistro: “El conocimiento es un conocimiento de universales, que no
aprendemos por medio de palabras”.
Todos conocemos el mundo externo a través de la experiencia, a este lo representamos con
palabras que funcionan como signos, pero los objetos son más importantes que estos. El uso que
se le da a las palabras es más importante que las palabras mismas, pero éstas son sólo
instrumentales, evocan al conocimiento del individuo y estimulan la investigación. Después de
evocar las ideas del individuo, asocia a éstas a la verdad universal, y la verificación de estas
verdades nos lleva a la iluminación divina del espíritu, para lo que es necesario un salto de la fe. El
maestro se tiene que encargar del aprendizaje simbólico del hombre, posibilitando la estructuración
de un paradigma de verdad eterna que se aproxime a la experiencia subjetiva para que el individuo
pueda efectuar este salto.
Texto N°3: LLANOS, A. Los viejos sofistas y el humanismo. Caps.”Introducción a la sofística”. Bs.
As.: Juárez, Editor, 1969. Pág. 3 a 22.
Las preguntas en cuanto a los sofistas son las siguientes: ¿Cómo influenciaron a los grandes
nombres de la filosofía griega? ¿Por qué parte de la sociedad se manifestaba en contra de ellos?
¿Por qué tuvieron tanta importancia?
Pese a la carga negativa a los sofistas antes de terminar el siglo V, por cobrar las lecciones o por
quienes presumían conocimiento, tuvieron una gran importancia en la cultura griega, y ocupan un
lugar importante en la filosofía.
La principal misión de los sofistas era iniciar a los hombres en la sabiduría, las ciencias, las artes,
matemática, etc. Surgen en un momento especial de la vida griega, éstos son las consecuencias
de los cambios económicos e ideológicos. La declinación de la polis ya había sido anticipada por
ellos, por lo cual demócratas, demagogos, oligarcas aprovecharon las lecciones de los primeros
maestros de Grecia. Los sofistas aprovecharon este estadío de cambios para incrustar su actividad
en la comunidad y acelerar su proceso evolutivo.
La forma de discurso elegido de unir a la acción con la palabra, para cambiar y explicar al mundo,
hizo que pudieron enseñarle a un mayor número, la eficacia de su enseñanza se debe al medio de
comunicación directo, la palabra. Fueron educadores de hombres y creadores de cultura. Los
sofistas no fueron sedentarios, fueron sabios que no constituyeron una escuela (como es el caso
de la academia de Platón) o un movimiento que actuara con intenciones de antemano.
Comprendían que había que formar a los hombres en sus ideas, educarse por medio del
pensamiento, y la reflexión. No sólo se destacaron como docentes, sino que también como
conferenciantes, renovando la técnica de poetas y rapsodas llevándolas a perfección. Formaron
una escuela nómadas que atraía a apasionados del nuevo saber.
“La antítesis de la naturaleza y de la ley se halla, sin duda, en la base del pensamiento de la
sofística en general,(..)”(pág.17). Los sofistas comprendieron que las instituciones humanas se
insertan en el devenir como producto de la costumbre o necesidad que depende del tiempo y las
exigencias, influenciando así al hombre, ideas que toma Aristóteles. Antifón decía que todos somos
iguales por naturaleza porque todos respiramos el mismo aire, idea que no apoyaban los
defensores de la sociedad aristocrática.
Texto N°4: JAEGER, W. Paideia, los ideales de la cultura griega. Cap. “El siglo IV”, México: FCE,
pp 381 a 388.
Texto N°5: KITTO, H. Los griegos, cap. “La decadencia de la polis”, Bs. As.: Eudeba, 1997. Pp 209
a 232.
Texto N°6: SAN AGUSTÍN: De Magistro, Obras completas. Pp 729 a 757
Texto N°7: MARTÍN, JOSÉ PABLO. “Las pasiones y las palabras. Sobre la teoría política de
Aristóteles”. Pág. 39 a 55.