Confirmación: Constitución Apostólica de Pablo VI
Confirmación: Constitución Apostólica de Pablo VI
PABLO OBISPO
Siervo de los siervos de Dios
para perpetua memoria
La participación de la naturaleza divina que los hombres reciben como don mediante la
gracia de Cristo, tiene cierta analogía con el origen, el desarrollo y el sustento de la vida
natural. En efecto, los fieles renacidos en el Bautismo se fortalecen con el sacramento de la
Confirmación y, finalmente, son alimentados en la Eucaristía con el manjar de la vida
eterna. Así, por medio de estos sacramentos de la iniciación cristiana, reciben cada vez con
más abundancia los tesoros de la vida divina y avanzan hacia la perfección de la caridad.
Con toda razón han sido escritas las siguientes palabras: "Se lava la carne para que se
purifique el alma; se unge la carne para que se consagre el alma; se marca la carne para que
también sea protegida el alma; se cubre la carne con la imposición de la mano para que
también el alma sea iluminada por el Espíritu; se alimenta la carne con el cuerpo y sangre
de Cristo, para que también el alma se sacie de Dios" (1).
Para conseguir esto, hemos querido que en este trabajo de revisión se incluyesen también
aquellos elementos que pertenecen a la esencia misma del rito de la Confirmación, por el
cual los fieles reciben el Espíritu Santo como Don.
El Nuevo Testamento deja bien claro en qué modo el Espíritu Santo asistía a Cristo en el
cumplimiento de su función mesiánica. Jesús, en efecto, después de haber recibido el
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bautismo de Juan, vio descender sobre sí el Espíritu (Mc 1, 10), que Permaneció sobre él
(cf. Jn 1, 32). Fue también impulsado por el mismo Espíritu, confortado con su presencia y
ayuda, para dar comienzo públicamente al ministerio mesiánico. Cuando Jesús impartía sus
saludables enseñanzas al pueblo de Nazaret, dio a entender con sus palabras que era a él a
quien se refería el oráculo de Isaías: "El Espíritu del Señor está sobre mí" (cf. Lc 4,17-21).
Prometió, además, a sus discípulos, que el Espíritu Santo les ayudaría también a ellos, para
dar con valentía testimonio de la fe, incluso delante de sus perseguidores (cf. Lc 12, 12).La
víspera de su Pasión aseguró a los Apóstoles que de parte del Padre les enviaría el Espíritu
de verdad (cf. Jn 15,26), el cual permanecería con ellos para siempre (Jn 14, 16) y les
prestaría auxilio para que dieran testimonio de él (cf. Jn 15, 26). Finalmente, después de la
Resurrección, Cristo prometió la inminente venida del Espíritu Santo: "Cuando el Espíritu
Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos" (Hch 1, 8; cf. Lc 24,
49).
Ya desde los primeros tiempos, el don del Espíritu Santo era conferido en la Iglesia con
diversos ritos. Éstos han ido sufriendo, tanto en Oriente como en Occidente, múltiples
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modificaciones, pero han conservado siempre el significado de la comunicación del
Espíritu Santo.
Es oportuno recordar, por lo menos, algunos de aquellos testimonios que, desde el siglo
XIII, contribuyeron no poco en los Concilios Ecuménicos y en los documentos de los
Sumos Pontífices a ilustrar la importancia de la Crismación, sin olvidar por eso la
imposición de las manos.
Otro predecesor nuestro, Inocencio IV, recuerda que los Apóstoles comunicaban el Espíritu
Santo "con la imposición de la mano, representada por la Confirmación o la Crismación de
la frente" (14). En la Profesión de fe del emperador Miguel Paleólogo, leída en el segundo
Concilio de Lyon, se menciona del sacramento de la Confirmación "que los obispos
confieren mediante la imposición de las manos, ungiendo con el Crisma a los bautizados"
(15). El Decreto pro Armenis, del Concilio de Florencia, afirma que la materia del
sacramento de la Confirmación "es el Crisma, confeccionado con aceite... y bálsamo" (16),
y citando las palabras de los Hechos de los Apóstoles que se refieren a Pedro y Juan, los
cuales confirieron el Espíritu Santo con la imposición de las manos (cf. Hch 8, l7), añade:
"en lugar, pues, de aquella imposición de la mano, en la Iglesia se da la Confirmación"
(17). El Concilio de Trento, aunque de ninguna manera intenta definir el rito esencial de la
Confirmación, sin embargo lo designa con el solo nombre de sagrado Crisma de la
Confirmación (18). Benedicto XIV declaró: "Por tanto, hay que afirmar esto, que está fuera
de discusión: que en la Iglesia latina se confiere el sacramento de la Confirmación usando
el sagrado Crisma, o sea, aceite de oliva mezclado con bálsamo y bendecido por el Obispo
y haciendo el ministro la señal de la cruz en la frente del confirmando, mientras el mismo
ministro pronuncia las palabras de la forma" (19).
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Iglesia latina se prescribía siempre la imposición de las manos antes de la unción de los
confirmandos.
Respecto a las palabras del rito con que se comunica el Espíritu Santo, hay que advertir
que, ya en la naciente Iglesia, Pedro y Juan, al terminar la iniciación de los bautizados en
Samaria, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo, y después impusieron las
manos sobre ellos (cf. Hch 8, 15-17). En Oriente, durante los siglos IV y V aparecen en el
rito de la Crismación los primeros indicios de las palabras signaculum doni Spiritus
Sancti (20). Bien pronto tales palabras fueron recibidas por la Iglesia de Constantinopla y
son empleadas todavía por las Iglesias de rito bizantino.
En Occidente, al contrario, las palabras de este rito, que completa el Bautismo, hasta los
siglos XII y XIII no estaban claramente determinadas. Pero en el Pontifical Romano del
siglo XII aparece por primera vez la fórmula que después se hizo común: "Yo te marco con
el signo de la cruz y te confirmo con el Crisma de salvación. En el nombre del Padre, y del
Hijo, y del Espíritu Santo" (21).
Está claro, por todo lo que hemos recordado, que en la administración de la Confirmación
en Oriente y en Occidente, aunque de modo diverso, el primer puesto lo ocupó la
Crismación, que representa de alguna manera la imposición de las manos usada por los
Apóstoles. Y dado que aquella unción con el Crisma significa convenientemente la unción
espiritual del Espíritu santo que se da a los fieles, Nos queremos confirmar su existencia e
importancia.
Por tanto, a fin de que la revisión del rito de la Confirmación también comprenda
oportunamente la esencia misma del rito del sacramento, con Nuestra Suprema Autoridad
Apostólica decretamos y establecemos que, en adelante, Sea observado en la Iglesia latina
cuanto sigue:
Sin embargo, la imposición de las manos sobre los elegidos, que se realiza con la oración
prescrita antes de la crismación, aunque no pertenece a la esencia del rito sacramental, hay
que tenerla en gran consideración, ya que forma parte de la perfecta integridad del mismo
rito y favorece la mejor comprensión del sacramento. Está claro que esta primera
imposición de las manos que precede se diferencia de la imposición de la mano con la cual
se realiza la unción crismal en la frente.
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Establecidos y declarados todos estos elementos referentes al rito esencial del sacramento
de la confirmación, aprobamos también, con Nuestra Autoridad Apostólica, el Ritual del
mismo sacramento revisado por la Sagrada Congregación para el Culto Divino, después de
consultar a las Sagradas congregaciones para la Doctrina de la Fe, para la Disciplina de los
Sacramentos y para la Evangelización de los Pueblos, en todo lo que atañe a materia de su
competencia.
La edición latina del Ritual, que contiene el nuevo rito, entrará en vigor apenas sea
publicado; mientras que las ediciones en lengua vulgar, preparadas por las Conferencias
Episcopales y confirmadas por la Santa Sede, entrarán en vigor a partir del día que sea
establecido por cada conferencia; el antiguo Ritual podrá ser usado hasta finalizar el año
1972. sin embargo, a partir del 1º de enero de 1973 deberá ser usado solamente el nuevo
Ritual.
Todo lo que hemos establecido y prescrito queremos que tenga, ahora y en el futuro, pleno
vigor en la Iglesia latina; sin que obsten, aunque hubiese lugar, las constituciones y Normas
Apostólicas dadas por nuestros predecesores y demás disposiciones, incluso dignas de
especial mención.
PABLO PP. VI
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Sacramentarium Gregorianum nach dem Aachener Urexemplar, ed. H. LIETZMANN
(Liturgiegeschichtliche Quellen, 3), Münster in W., 1921, p. 53s.; Liber Ordinum, ed. M.
FÉROTIN (Monumenta Ecclesiae Liturgica, V), París, 1904, p. 33s.; Missale Gallicanum
Vetus, ed. L. C. MOHLBERG (Rerum Ecclesiasticarum Documenta, Fontes, III), Roma,
1958, p. 42; Missale Gothicum, ed. L. C. MOHLBERG (Rerum Ecclesiasticarum
Documenta, V), Roma 196I, p. 67; C. VOGEL-R. ELZE, Le Pontifical Romano-
Germanique du dixième siécle, Le Texte, II (Studi e Testi, 227), Cittá del Vaticano, 1963,
p. 109; M. ANDRIEU, Le Pontifical Romain au Moyen-Age, t. 1, Le Pontifical Romain du
XII siècle (Studi e Testi 86), Cittá del Vaticano, 1938, pp. 247s. y 289; t. 2, Le Pontifical de
la Curíe Romaine au XIII siècle (Studi e Testi, 87), Cittá del Vaticano, 1940, pp. 452s.
(13) Ep. Cum venisset: PL 2I5,285. Professio fidei ab eodem Pontifice Waldensibus
imposita haec habet: Confirmationem ab episcopo factam, id est impositionem manuum,
sanctam et vereande accipiendam essecensemus: PL 215, 1511.
(14) Ep. Sub Catholicae professione: MANSI, Conc. Coll., t. 23, p. 579.
(15) MANSI, Conc. Coll., t. 24, p. 71.
(16) Epistolae Pontificae ad Concilium Florentinum spectantes, ed. G.
HOFMANN, Concilium Florentinum, vol. I, ser. A., pars II, Roma, 1944, p. I28.
(17) Ibíd., p. 129.
(18) Concilii Tridentini Actorum pars altera, ed. S. EHSES, Concilium Tridentinum, V.
Ac. II, Friburgi Br., 1911, p. 996.
(19) Ep. Ex quo primum tempore, 52: Benedicti XIV... Bullarium, t. III, Prati, 1847, p. 320.
(20) Cf. CYRILLUS HIEROSOLYMITANUS, Catech. XVIII, 33: PG 33, 1056;
ASTERIUS, Episcopus Amasenus, In parabolam de filio prodigo, in "Photti Bibliotheca",
Cod. 271: PG 104, 213. Cf. también Epistola cuiusdam Patriarchae Constantinopolitani
ad Martyrium Episcopum Antiochenum: PG 119, 900.
(21) M. ANDRIEU, Le Pontifical Romain au Moyen-Age, t. 1; Le Pontifical Romain du XII
siècle (Studi e Testi, 86), Città del Vaticano, 1938, p. 247.