0% encontró este documento útil (0 votos)
474 vistas6 páginas

Una Parabola Del Fariseo y El Publicano

Esta parábola contrasta la oración de un fariseo y un publicano. El fariseo se jacta de sus propias obras buenas y menosprecia a los demás, mientras que el publicano se reconoce como un pecador y pide humildemente la misericordia de Dios. Aunque el fariseo cumple con la ley exteriormente, su corazón está lleno de orgullo. El publicano, a pesar de sus faltas, encuentra el perdón al reconocer su necesidad de Dios. Al final, Cristo dice que el publicano

Cargado por

Raymundo Cedano
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
474 vistas6 páginas

Una Parabola Del Fariseo y El Publicano

Esta parábola contrasta la oración de un fariseo y un publicano. El fariseo se jacta de sus propias obras buenas y menosprecia a los demás, mientras que el publicano se reconoce como un pecador y pide humildemente la misericordia de Dios. Aunque el fariseo cumple con la ley exteriormente, su corazón está lleno de orgullo. El publicano, a pesar de sus faltas, encuentra el perdón al reconocer su necesidad de Dios. Al final, Cristo dice que el publicano

Cargado por

Raymundo Cedano
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

DOMINGO 02-05-2021

“PARÁBOLA DEL FARISEO Y EL PUBLICANO”

INTRODUCCION:
Continuando con nuestra serie sobre las parábolas de Jesús, en esta ocasión
estudiaremos la “Parábola del Fariseo y el Publicano”. Esta es una parábola que
toca el corazón mismo de una persona, nadie que lea o escuche sobre esta
parábola se queda sin mirarse en el espejo de uno de estos dos hombres.
Tenemos dentro de nosotros algo de fariseo y algo de publicano.
En la historia de los reconocidos y deseados premios Oscar han surgido varias
criticas de dar premios a algunos actores y actrices que no lo merecían; según
estos críticos había personas nominadas más merecedores y mejores rodajes
que los que ganaron. Ellos consideran esto como una injusticia.
Pues bien, en esta historia tenemos algo semejante que ante los ojos humanos
parece una injusticia, de dar méritos a quien no lo merece y de quitar méritos a
quien supuestamente lo merece.
Pero Dios no juzga según las apariencias, sino según las intenciones internas.
Cuando Dios envió a Samuel a Belén a ungir a quien iba a sustituir a Saúl después
de desechado, en 1 Samuel Cap. 16, Samuel se emocionó cuando vio a Eliab hijo
de Isaí. Dijo: ¡Este es el ungido de Jehová! Pero Dios le dijo.
“…No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová
no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero
Jehová mira el corazón.”

Lo que realmente tiene valor es lo que Dios piense de nosotros, no lo que


nosotros creamos lo que somos, o lo que los demás piensen de nosotros.
Veamos entonces, En primer lugar,
I. EL CONTEXTO DE ESTA PARÁBOLA. V. 9

1
Esta Parábola surge de un grupo de personas que se encontraban con Cristo en
aquel momento, este grupo de personas Cristo los identifica como “los que
confiaban a sí mismos como justos y menospreciaban a los demás”.
Pero, a pesar de la audiencia limitada que nos muestra el v. 9, esta parábola
efectivamente se aplica a todas las personas, a usted y a mí. La persona más
justa entre nosotros no es tan justa como pensamos. Pero también, todos de vez
en cuando somos culpables de menospreciar a otros, y de creernos mejores que
ellos.
Esta parábola expresa la noción de que Dios nos evalúa según criterios
diferentes de los que nosotros tendemos a usar para evaluarnos los unos a los
otros. Dios nos ve más que nada con misericordia, y ésta es la característica que
debe de ser la base de nuestro trato con los demás, hasta con los más
despreciados de nuestra sociedad, y aquellos pecadores a quien nadie soporta.
Entonces tenemos en esta historia un fariseo, exaltado por el mismo y por la
sociedad, la crema de la religiosidad del momento, los super mega espirituales
de l sociedad, los admirados por todos. Por el otro lado, tenemos el publicano,
despreciado por la sociedad, porque se aparecían en el momento menos
indicado en su camello, que era el popi express del momento a cobrar los
impuestos. Nadie quería saber de ellos.
En segundo lugar, veamos:

II. EL DESARROLLO DE ESTA PARÁBOLA. V. 10-13


Dice la parábola que dos hombres subieron al templo a orar, uno era fariseo y el
otro publicano. Están en un estado de oración ante Dios.
Veamos la escena del Fariseo.
Sabemos que los Fariseos eran un grupo de judíos religiosos de alto nivel, que
comenzaron su ministerio en el periodo Intertestamentario, es decir en los 400
años de silencio que hubo entre el A.T y el N.T. Sabemos que no hubo revelación
directa de parte de Dios en este tiempo entre Malaquías y Mateo.

2
Este grupo se unió porque estaban muy preocupados por la declinación de la
vida espiritual del pueblo judío en ese momento y el descuido de la Ley de Dios.
Tenían como objetivo apartarse para guardar y cumplir la ley de Dios a pesar de
cómo estaban viviendo los demás, lejos de Dios, y restaurar la imagen de la
santidad de Dios que se había perdido y la devoción del pueblo. Es por eso, que
el nombre Fariseo significa apartado o separado de los demás.
Pero en un periodo corto de tiempo se convirtieron en personas que pensaban
que estaban por encima de los demás, ese deseo con que este grupo fue
formado, poco a poco se fue desviando. Tanto así, que llegaron a confiar en su
propia justicia y en su propia obediencia.
Se jactaban de sus propios logros morales y santidad externa. Y muy pronto
comenzaron a tener un alto concepto de sí y de superioridad.
Ellos fueron instruidos en una oración que se encontraba en el Talmud en dar
gracias a Dios por estar apartados de los demás, y no tener contacto con
pecadores.
Vemos que este fariseo puesto en pie. Esto era algo que ellos amaban. Ser visto
por los demás, exhibirse en público. Buscaban el aplauso humano.
Miren lo que dice Mateo 6:5
“Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las
sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que
ya tienen su recompensa.”

Oraba consigo mismo:


¿Por qué escogió Cristo a estos dos tipos de personas para esta parábola?
Porque la sociedad de ese entonces conocía muy de cerca lo que ellos
representaban. Los fariseos representaban la moralidad, la religiosidad, la
santidad externa, representaban a Dios en un sentido. La sociedad los tenía
como personas intachables, dignas de admirar, todo el mundo quería ser como
los fariseos.

3
En estos tiempos por la cantidad de información que disponemos vemos de una
manera diferente a los fariseos, pero en aquel entonces no. Al único que vemos
confrontando y desenmascarando a los fariseos es al Señor Jesucristo.
Entre los judíos había un dicho era el siguiente:
“Si hay 2 personas que merecen el cielo estos son los escribas y fariseos; si hay 2
personas que merecen el infierno son las rameras y los publicanos.
Por otro lado, estaban los publicanos, que la sociedad los tenía como
traicioneros por servir al Imperio Romano en el cobro de los impuestos, eran
considerados como ladrones, y los más pecadores. Eran un grupo odiados,
porque alteraban el valor real de los impuestos para quedarse con una parte.
Entonces vemos un contraste en esta parábola, de lo que se creía de uno no lo
era, y de lo que no se esperaba del otro lo vemos en acción.
Dice el V. 11 que el fariseo daba gracias a Dios porque no era como los demás
hombres. Su punto de comparación eran los demás, no Dios ni su Palabra.
No le da gracias a Dios porque Dios es bueno, sino que se da las gracias a sí
mismo. Está contento de lo que es. Le da gracias a Dios porque le pone en el
centro de la gran escena sagrada del pueblo, como símbolo de santidad y
justicia. Oraba consigo mismo, como un gesto solemne de auto glorificación.
Este hombre cumplía con la ley de Dios: No era ladrón, no era injusto, ni
adúltero. Cumplía con las leyes de la iglesia: Iba a la iglesia, oraba, ayunaba, daba
el diezmo de todo lo que ganaba. Las iglesias necesitan más hombres como yo,
se decía a sí mismo.
Lo que hacía no estaba mal, pero lo estaba haciendo con las motivaciones
incorrectas.

Veamos la escena del Publicano. V. 13


Este hombre era un contraste del fariseo. No podía ni siquiera levantar sus ojos
al cielo.

4
El fariseo trajo su moralidad en la mano, trajo su ayuno en la mano, trajo su
ofrenda. Él trajo su categoría y su posición en la iglesia en la mano.
Mientras el publicano no trajo nada, nada que pudiera contribuir a su propia
salvación, allí lo vemos retirado, a lo lejos, desnudo espiritualmente, sin méritos
propios, sin alabanza propia, sin jactancia porque no tenía méritos.
Todo lo que él tenía era un ruego de misericordia: Señor sé misericordioso
conmigo, soy un pecador. No lo vemos ilusionado con una justicia falsa, sino lo
vemos indigno. Su única esperanza era la misericordia de Dios. ¡Que contraste!
El publicano se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo.
No, podía mirar ni a la puerta del Templo. No miraba y, sin embargo, estaba
mirando… No levantaba los ojos y, sin embargo, comprendía… Sabía que Dios es
misericordioso. No tenía respuesta, pero halló la solución… No le echó la culpa a
otros, no se comparó con nadie, ni siquiera con al fariseo. Simplemente quería
cambiar…
El publicano no hacía más que darse golpes de pecho...
Quería despertar su corazón “a manotazos”, como se hace con alguien que
parece muerto, que ha tenido una parada cardiaca y vemos que el médico
sacude con fuerza su pecho para que el corazón pueda latir de nuevo… lo golpea
con fuerza para que recobre la vida.
¡Hermanos de vez en cuando necesitamos despertar nuestro corazón! que se ha
quedado dormido en nuestra moralidad, en pensar que somos buenos, en creer
que somos mejores que los demás, en compararnos con los demás y pensar que
no somos tan malos como ellos.
Clamó ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.
Pues bien, aquel publicano no se justifica echando la culpa a los otros (como
podría y debería hacer en otro plano), sino que reconoce su parte de culpa y la
dice ante Dios, en ejercicio de sinceridad interior y de verdad. No ha venido para
justificarse, sino para mirarse en el espejo de Dios, descubriendo su necesidad
de conversión, de cambio.
5
En tercer lugar, veamos:
III. LA CONCLUSIÓN DE ESTA PARÁBOLA. V. 14
Cristo concluye esta parábola dejando a todos boquiabiertos. ¿Cómo es posible
que el publicano se haya ido justificado y el fariseo no?
La justificación está basada en la justicia perfecta de Cristo que no es nuestra.
Nuestra propia justicia nos condena, pero la justicia de Cristo nos libera, nos
redime, nos otorga el perdón y la salvación. Nuestro castigo es eliminado con la
justicia de Cristo. Mientras confiemos en nuestras propias obras, no podremos
disfrutar del perdón de Dios a través de Su gracia.
Cristo le da final a esta parábola recordándonos que aquellos que se exaltan a sí
mismos serán humillados y aquellos que se humillan serán exaltados.

En cuarto lugar y último lugar:


IV. ALGUNAS APLICACIONES PRACTICAS.
1. Cada día debemos examinar las motivaciones de nuestro corazón.
2. Seamos como el fariseo en la práctica y como el publicano de corazón.
3. No hay una persona que sea tan pecadora que Dios no pueda perdonar.
4. Tú decides si sales de aquí como el fariseo o como el publicano.

También podría gustarte