LA ÉTICA COMO MARCO DE REFLEXIÓN SOBRE LA PROFESIÓN MILITAR
Cualquier profesión, habitualmente, se ejerce desde una visión ética, y toda visión
ética conlleva una definición de lo que es una profesión y un buen profesional, ya
sea en estructuras públicas o privadas.
Por ello, el objetivo de esta breve comunicación es dar cuenta de lo que es y
significa y también de la importancia de la ética militar. Importancia para las
Fuerzas Armadas (FAS) como institución con el fin de cumplir la misión
constitucional que tienen encomendada (garantizar la soberanía e independencia
de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional),
pero trascendencia para las personas que eligen libremente como profesión la
militar. Es en este último aspecto en que centraré gran parte de mis comentarios y
análisis.
Vivimos en una sociedad democrática como la española, que se basa el imperio
de la ley y la defensa de los Derechos Humanos, y que tiene, al menos de
momento, como referentes éticos y valores morales de orden universal, que
creemos merece la pena defender, los de la civilización occidental.
Conocemos que las FAS son la institución que tiene delegado, entre otras
funciones como las recientemente desplegadas para colaborar al esfuerzo común
en la lucha contra la pandemia del coronavirus, el uso de la fuerza militar.
La utilización de esa fuerza militar no se puede obviar que es ejercer violencia que
puede producir, y produce, destrucción y muerte. Esto en una sociedad como la
nuestra, debe desarrollarse con plenas legalidad y legitimidad.
Legalidad, ateniéndose escrupulosamente al Derecho Nacional y al Derecho
Internacional asumido por nuestro país.
Legitimidad que tiene dos connotaciones Legitimidad de origen, ejerciendo la
fuerza en defensa de una causa justa (se corresponde con el principio jurídico
del ius ad bellum). Y legitimidad de ejercicio, utilizándola de forma respetuosa con
los usos y reglas de la guerra, que deben entenderse como usos y reglas morales
de la guerra y no legales, además de mantener en todo momento el principio de
humanidad (sería el ius in bello).
También se generaliza en nuestra época el concepto del ius post bellum, el que
establece las circunstancias que tiene que incluir una paz justa, pues cuando la
fuerza militar es utilizada, el objetivo final es retornar a la situación de paz. Sus
principios son corolarios del ius ad bellum, en cuanto la teoría que defiende la
justicia del recurso a la fuerza debe exigir la legitimidad al establecer los justos
términos que ponen fin al mismo, llegándose incluso a exigir en la reconstrucción
del país derrotado la implicación activa del vencedor.
Finalmente, empieza a darse sentido al término ius ante bellum (Lucas, 2020, p.
93 y ss.), a partir de la idea de que la adquisición de competencia ética por parte
de los militares es una exigencia personal e institucional que exige una
actualización permanente de los contenidos formativos que hacen del profesional
de las armas, alguien capaz de decidir sobre la utilización de la fuerza letal, la
forma adecuada de hacerlo y el logro de una paz que sea estable y digna. Por
esto es tan importante estar formado y capacitado para llevar a cabo un adecuado
análisis y poder aplicar en el desarrollo de las funciones profesionales las
orientaciones que aporta la ética militar.
Todo ello debe ser desde una perspectiva ética en la que se concilia el valor de la
persona humana individual con el valor de la supervivencia de la humanidad, de la
cultura y del propio grupo social. En consecuencia, es este componente de
legitimidad el que otorga pleno sentido al concepto de ética militar.
Fuente: elaboración propia a partir del capítulo: Jus Ante and Post Bellum, de
Lucas, 2020
Esta exigencia no debería implicar solo a los miembros de las Fuerzas Armadas.
Es notoria la escasez de estudios, análisis y publicaciones sobre ética militar,
incluso en los ámbitos especializados, que hay en España. Pocas son las
excepciones, mereciendo citarse la publicación en 2019 por la Academia de las
Ciencias y las Artes Militares del libro: «Principios y valores. La ética».
Por ello, también aprovecho estas reflexiones para hacer una llamada y una
apelación a los expertos civiles involucrados en saberes humanísticos y
sociológicos, en cuestiones de seguridad y relaciones internacionales, en asuntos
de estrategia y política de defensa, para que dediquen su tiempo y sus esfuerzos
al análisis y desarrollo de la ética militar.
Ética militar y moral militar
Aunque en nuestro lenguaje cotidiano los términos de ética y moral los utilizamos
indistintamente, conviene hacer una breve reflexión sobre sus diferencias. La ética
militar es la reflexión teórica sobre la profesión militar, sobre la institución armada,
y sobre sus misiones, medios humanos y materiales y forma de cumplir sus
cometidos.
La moral militar es la plasmación de esas reflexiones habitualmente en códigos de
conducta que recogen los principios y orientan sobre los comportamientos
correctos y adecuados que se oponen a los incorrectos, malos o inapropiados en
el ejercicio de la profesión militar, códigos que son producto de la reflexión racional
propia de la ética militar.
Como dice Adela Cortina: «La preferencia racional entre códigos es condición de
la posibilidad de la moral» (Cortina, 2010, p. 89).
En España tenemos el magnífico código moral que son las Reales Ordenanzas
para las Fuerzas Armadas (ROFAS) de 2009, con su antecedente en las de 1978
que, a su vez, tienen una larga tradición que se remonta a las de Carlos III de
1768.
Sirve, para dar una comprensión cabal de su significado, el artículo 1º: «Las
Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas, que constituyen el código de
conducta de los militares, definen los principios éticos y las reglas de
comportamiento de acuerdo con la Constitución y el resto del ordenamiento
jurídico. Deben servir de guía a todos los militares para fomentar y exigir el exacto
cumplimiento del deber, inspirado en el amor a España, y en el honor, disciplina y
valor» (ROFAS, 2009, Art. 1º).
Al decir de un pensador militar reciente, Ramón Salas Larrazábal, que fue el
secretario de la comisión interejércitos designada para elaborar las de 1978: «no
constituye una norma jurídica de Derecho positivo que imponga una concreta
manera de actuar con receta infalible para resolver todas las situaciones posibles
y bajo la amenaza de una específica sanción a los contraventores, sino algo más
profundo: un conjunto de principios éticos que deben incorporarse a las
conciencias para que desde ellas actúen imperativamente» (Salas, apud Suárez
Pertierra, 2000, p. 262).
Pero este código no es el único en las FAS. Existen algunos otros orientados a
colectivos más específicos de la profesión militar, y aunque todos inspirados en las
Reales Ordenanzas, son más concretos. Es el caso de las doctrinas de liderazgo y
valores de los Ejércitos y Armada, los Decálogos del Cadete en las academias
militares, la Cartilla del Guardia Civil, el Credo Legionario, etc.
Como estos códigos hay que adaptarlos a los tiempos, resulta muy oportuno
recordar que el pasado 4 de junio el Secretario de Estado de Defensa dictó una
instrucción por la que se aprueba el «código ético y de conducta del personal
relacionado con la función compras», en el Ministerio de Defensa (Instrucción
23/2020).
Naturaleza de la ética militar
La ética militar es una ética profesional del militar y que este debe aplicar, además
del ordenamiento jurídico, en paz y en guerra no solo en el cumplimiento de sus
misiones, funciones y cometidos, sino en todo momento dada la enorme
responsabilidad individual y colectiva que el militar tiene como depositario de la
utilización de la fuerza militar.
Contribuye y aporta al militar, individuo y miembro de una colectividad, a:
Sentar los cimientos morales de la profesión de las armas y de la
responsabilidad que se asume al defender a la sociedad propia.
Establecer los principios, valores y virtudes que deben ser la base del
carácter del militar, del a veces denominado ethos militar.
Proporcionar las justificaciones legítimas para el uso de la fuerza y el modo
de ejercerla.
Sus características principales, como ética profesional y aplicada, son:
Se sustenta en una ética de la virtud, de raíz aristotélica, orientada a la
práctica, como capacidad adquirida y transformada en hábito, de las
virtudes a lo que nos dirige nuestra voluntad para obrar bien para uno
mismo y para los demás.
También asume su condición de ética deontológica de inspiración kantiana,
en la que existen ciertas acciones que se deben realizar, y otras que no,
más allá de las consecuencias positivas o negativas que puedan traer.
Pero la profesión militar es por naturaleza compleja y las consecuencias de
las acciones del militar tienen una gran trascendencia, lo que exige
incorporar entre sus características a la ética utilitarista de Stuart Mil y
Bentham. El ejemplo de los «dilemas morales» a los que a menudo se
enfrenta el militar, sobre todo en situaciones de combate explica su
necesidad.
Otras características que se podrían añadir son:
Permite establecer límites a la conducta profesional en paz y en guerra.
Debe enfocarse, a la hora de plantearla, desde una perspectiva
multidimensional. La historia, la política, las relaciones internacionales, la
sociología, la psicología o, por supuesto, la filosofía, juegan un papel
necesario para tener la visión abarcadora e integradora que la reflexión
ética exige.
Su aprendizaje exige una metodología pluridisciplinar: teórica y científica,
empírica y reflexiva.
De todo lo anterior, se remarca por su trascendencia que cuando el militar, las
FAS utilizan la fuerza, el objetivo final debe ser el retornar a la situación de paz,
que tiene que ser duradera, estable y digna, lo que solo se conseguirá si antes de
tomar la decisión y durante el uso de fuerza se apoyan en sólidos fundamentos
éticos.
Como dice el profesor Hernández-Pacheco, maestro y amigo recientemente
fallecido por la COVID-19: «En fin, el paradigma militar, si por un lado es
posheroico en un sentido, a la vez que en otro da ese heroísmo por supuesto, es
al mismo tiempo una instancia ideal de acendrada humanidad que, junto a muchos
errores, se ha ido validando a lo largo de la historia. De este modo ese paradigma
es un depósito de reflexión antropológica que funciona críticamente desde un
punto de vista ético, precisamente como freno a la idea de una guerra absoluta; y
sobre todo en el entendimiento de que la última justificación de la guerra no puede
ser otro que la paz» (Hernández-Pacheco, 2012. p. 201).
Valores y virtudes militares
Podría tratarse este asunto haciendo una loa a los valores y virtudes militares que
contienen las Reales Ordenanzas: unidad, jerarquía, disciplina, honor, lealtad,
obediencia, valor, etc., y que sustentan esos pilares que conforman la ética militar.
Prefiero centrarme en otras consideraciones.
En las FAS los valores, esos principios éticos que inspiran conductas que
debidamente interiorizados por el hábito se transforman en virtudes, deben estar
acompasados con los de la sociedad a la que pertenecen. A veces, quizá en este
momento, da la sensación de que hay un desfase entre los valores que
actualmente se discuten y pugnan por abrirse camino en la sociedad y las virtudes
que los militares mantenemos de forma más consistente y duradera.
Es cierto que los valores cambian, pero lo hacen de forma lenta pues su
asentamiento en una sociedad forma parte de la cultura y esta no se modifica de
la noche a la mañana. Pero cuando cambian, hay que aceptarlo.
Veamos el ejemplo de la incorporación de la mujer a las FAS españolas en un
plano de absoluta igualdad. Creo que los ejércitos y armada han hecho un
esfuerzo normativo, orgánico, funcional e incluso cultural, que tras el acceso inicial
en 1988 ha permitido a las mujeres no solo cobrar lo mismo que los hombres, por
mencionar un aspecto frecuentemente recordado para explicar su discriminación,
sino poder acceder a cualquier puesto de la estructura militar si cumplen las
condiciones para ello. Sin duda, hay aspectos perfeccionables, pero esa
incorporación de la mujer a las FAS es una realidad que está muy por delante de
otros organismos y grupos de nuestra estructura social.
Otro ejemplo completamente diferente. La capacidad profesional del militar en
España no solo ha consistido, en estos últimos decenios, en adaptarse a
organizaciones de seguridad y defensa internacionales y participar con idénticas
cualidades competenciales en unidades multinacionales, sino que en apoyo de
ese principio recogido en nuestra Constitución de promover y colaborar en el
mantenimiento de la paz en el mundo, nuestras FAS llevan desde 1989
participando en operaciones de mantenimiento de la paz en el exterior.
Casi 150 000 hombres y mujeres han participado en todo tipo de misiones en el
exterior. Muchos, exactamente 188, lo han hecho con sacrificio de su vida.
Ninguna falta o incidencia grave por comportamientos ilegales o no éticos han sido
achacados a nuestros militares.
Sin duda, esta realidad y una preocupación por los factores éticos en nuestras
participaciones en el exterior han debido pesar en la referencia al concepto de
«seguridad humana» en la recientemente aprobada Directiva de Defensa Nacional
2020.
Su apelación al mismo se recoge, además de en la introducción, en la directriz de
actuación 2, que dice: «La política de Defensa estará guiada por la búsqueda
constante de la paz, la estabilidad y el fomento de la Seguridad Humana,
adoptando como principios el respeto a la legalidad internacional y los Derechos
Humanos conforme a la Carta y Resoluciones de Naciones Unidas. La práctica del
multilateralismo y de la acción concertada con socios y aliados serán los
principales métodos de gestión de nuestra defensa en el exterior» (Directiva de
Defensa Nacional 2020, Ministerio de Defensa).
De lo anterior es necesario resaltar que la formación y capacitación en ética de los
militares españoles es notable. Junto a esto pienso, al mismo tiempo, que es
mejorable. Y ello me lleva al último tema a considerar.
Formación en ética militar
La formación del profesional de las armas en ética militar debe facilitar el alcanzar
una capacitación que, al lado de la operativa, táctica, logística, administrativa o
estratégica, le permita ser competente para desempeñar sus misiones apoyado en
comportamientos morales resultado de la reflexión ética.
Esa formación, que se introduce en nuestras academias y escuelas de formación
desde el primer día, y que se integran en la vida cotidiana mediante la exigencia,
24 horas al día, de una escrupulosa conducta apoyada en las virtudes militares
recogidas en nuestras ROFAS, debe continuar como formación permanente a lo
largo de toda la vida militar.
Permanente no solo porque el profesional va adquiriendo más altos empleos que
llevan aparejados mayores responsabilidades, sino porque como se ha apuntado,
la sociedad también cambia en sus valores y las FAS deben asumir esa realidad y
conjugarla éticamente en sus principios y virtudes.
Pero, además, porque la propia función militar, lleva implícita la asunción de
capacidades militares y el desarrollo de sistemas de armas apoyadas en las
nuevas tecnologías, lo que demanda una permanente actualización de la reflexión
ética sobre las mismas. Robótica e inteligencia artificial son ejemplos de esas
nuevas tecnologías que todos dicen que serán, quizá ya lo son, claves en el futuro
de la sociedad y también de las FAS, y respecto a las cuales su utilización implica
retos y desafíos de naturaleza moral sobre los que hay que reflexionar desde la
ética militar.
Finalizo con una referencia a la «responsabilidad social», tan en boga en estos
días. Como anécdota mencionaré que el ministerio de Defensa fue el primer
departamento de la administración que publicó una Memoria de responsabilidad
social corporativa el 27 de octubre de 2010.
Esa responsabilidad social de la institución militar le exige, de forma principal,
mantener y promover una ética militar que sea la base de la virtud y ethos militar
de sus miembros, colectiva e individualmente, en paz y en caso de conflicto,
mostrando de ese modo la excelencia y calidad moral de la institución, de los
Ejércitos y la Armada de España, es decir, reflejo de cómo el militar y la institución
armada asumen su responsabilidad como instrumentos del Estado al servicio de la
sociedad a la que sirven y de la que forman parte.