Universidad Nacional de General Sarmiento
La libertad de
Guillermo Tell
La visión de Schiller, a través del arte, de la esfera política
Luis Berrizbeitia
20/07/2011
1
Cada uno de los momentos de transición política en la historia de la humanidad ha venido
acompañado de su correspondiente salto en la arista del pensamiento. El sustento
filosófico representa una dosis importante para este cambio, que, por supuesto, no se da
sin ningún tipo de resistencia por parte de la ideología dominante. La idea del combate
que se produce en ese momento tiene diversas manifestaciones, en muchos casos
sangrientas y que desembocan en conflictos armados en los que se impone finalmente la
voluntad de la parte victoriosa. No en balde, uno de los grandes filósofos del absolutismo,
Thomas Hobbes, en un divertido juego de palabras en su idioma natural (el inglés) nos
coloca en perspectiva que el contrato sobre el cual se regirían las relaciones políticas de
los seres humanos, el orden de la vida en comunidad, se soportaba sobre las palabras;
pero que una vez que estas fueran violentadas se tenía que recurrir a la espada1 para
restaurar la paz necesaria en la sociedad. Para el absolutismo es evidente que la necesidad
de un orden intraficable era poco menos que la base de su postulado fundamental. No
hay sociedad posible sin subordinación monolítica. Pero sobre eso volveremos más
adelante en el transcurso de estas páginas.
A lo que íbamos en el inicio era rastrear un poco sobre qué es lo que pasa cuando
empiezan a chocar los mundos en el plano político e ideológico. Cuando empieza ese
cuestionamiento de lo que se mantiene, que podríamos denominar como normas de
juego establecidas, se empieza, también, a generar una lucha por la imposición de un
nuevo paquete de datos que establezcan una nueva forma de ordenamiento político y
social, y por supuesto con un nuevo sustento filosófico. ¿Cómo se dan estos procesos?
¿De qué forma se plantea la lucha ideológica? ¿Qué rol cumple el Estado y la sociedad en
su conjunto? Como ya lo planteamos anteriormente, cada momento político en la historia
de la humanidad ha tenido desenlaces diferentes. Todo corresponde a su propio tiempo y
sus condiciones particulares.
1
Vemos la relación de words (palabras en inglés) con sword (espada en el mismo idioma) en este sencillo anagrama que
sólo buscaba la alteración de una letra para lograr el profundo efecto que el buen Hobbes buscaba en este punto en
particular.
2
Sin embargo, podemos destacar algo que es infaltable en cada uno de esos episodios de la
historia. La idea, que maneja muy bien Reinhart Koselleck2 en su estudio, que en cada
momento de transformación se encuentra presente la pareja de Crítica y Crisis como dúo
inseparable, en constante diálogo, es profundamente poderosa. Decimos que interactúan
ya que no podemos ratificar a ciencia cierta que una subyugue a la otra. ¿Podemos decir
que es la crisis de un mundo la que despierta y alimenta la crítica? ¿O por el contrario
existe la posibilidad que certifiquemos que la crítica es la que lleva al horizonte político
que parecía imperturbable a una crisis? De ninguna manera podemos plantear ninguna de
las dos hipótesis con seriedad. Lo que podemos decir, sin ánimo de establecer sentencias
dogmáticas, es que ambas juegan en el terreno de la retroalimentación, y eso no se
detiene nunca, ni en el mismo momento en el que se piensa que se ha logrado una solidez
absoluta en el esquema político dominante.
La irrupción de la ilustración en el siglo XVIII y el ascenso de la racionalidad burguesa que
desplazó el absolutismo en Europa nos ofrecen una puesta en escena muy bien elaborada
para poder trabajar estos elementos (crisis y crítica). En el estudio de Kocelleck vemos
claramente hacia dónde apunta el investigador: “Con el objeto de poner en evidencia la
importancia política de la Ilustración, es preciso interrogar por la estructura de dicho
Estado absolutista, porque él fue la primera víctima de la gran revolución mediante cuyo
desarrollo pudo advenir y a su vez desplegarse el mundo utópico moderno”3. Es evidente
que la demolición del absolutismo llegó de la mano de la Ilustración. ¿Cómo fue ese
proceso? ¿Cuáles eran las esferas del pensamiento que operaban en uno y otro? ¿Cómo
se logra imponer la moral burguesa, y en definitiva toda una propuesta política y
organizativa? ¿Qué se mantuvo de la estructura política y social?
Hay que empezar por hacer ver que el propio sistema absolutista nace de una crisis
histórica precedente. El auge y caída de este sistema de gobierno sucede entre dos
guerras civiles: “Dos acontecimientos que hicieron época se yerguen al comienzo y al final
del absolutismo clásico. Su punto y situación de partida fue la guerra civil religiosa. A
2
KOSELLECK, Reinhart. “Crítica y crisis del mundo burgués”. Ediciones Rialp, S.A. 1965. Madrid, España.
3
Ibídem, p 14.
3
través de arduas luchas, el Estado moderno había surgido al fin entre las confusas guerras
de religión, y sólo la total superación de estas permitióle alcanzar su forma y su filosofía
plenas. Otra guerra civil vino a poner término violento al Estado Absolutista: la Revolución
francesa”4.
Podemos ver algo interesante en el análisis del absolutismo que hace Kocelleck. Para él
siempre fue visto como una etapa de transición, quizás porque todas las etapas filosóficas
y políticas tienen, desde que se inician, sus días contados. Pero en el caso específico de
este período se establece que la propia visión totalitaria de la organización traía en su
propio interior el germen de su destrucción. Esa quizás es la gran tragedia que vive en la
filosofía de Hobbes, a quien podríamos catalogar como el gran pensador de esta corriente.
Así, el análisis que se hace desde la Ilustración y el mundo burgués emergente empezó a
entender esa tragedia de la consagración de lo público como único espacio posible sobre
el cual subordinarse. El abandono de la esfera privada, o el poco interés que tendría en la
acción de la misma sería lo que al final aprovecharía el mundo burgués para imponer su
pensamiento y acción política.
El desarrollo del Estado absolutista realmente empezó a despejarle el camino a la
ideología burguesa, desde un primer momento, en su lucha con la tendencia religiosa que
suponía la voluntad divina en el reino terrenal, impuso la razón humana como elemento
que prevaleciera en las relaciones sociales. La tranquilidad necesaria pasaba por la
construcción de un Estado que se fundamentara en la noción del Derecho, y todo esto
partía de las condiciones que se generaban amén de las guerras religiosas:
“Hobbes desarrolló, de un modo terminante, una teoría del Estado a partir de la situación
histórica de la guerra civil. Para Hobbes que presenció personalmente la formación del
Estado absolutista en Francia, que se hallaba en este país cuando fue asesinado Enrique IV
y cuando La Rochela capituló ante las tropas de Richelieu, no había otro objetivo que el de
permitir la guerra civil –que veía aproximarse amenazadoramente sobre Inglaterra- o
ponerle término inmediato una vez que hubo estallado. Y todavía en su obra de madurez
afirma Hobbes que no había cosa más instructiva en relación con la lealtad y la justicia que
el recuerdo de la pasada guerra civil. En medio del caos revolucionario, Hobbes buscaba un
4
Ibídem p 25
4
fundamento sobre el cual sea posible edificar un Estado que garantice la seguridad y la paz
generales”5
Esta concepción de orden (en el cual esta palabra no es algo menor, efectivamente se
trataba de un O-R-D-E-N con todas sus letras en capital), esta necesidad de control, se
fundamentó en una subordinación hacia lo público, esa era la base de todo. El tema
fundamental del contrato, tal como lo veía el filósofo inglés, radicaba en que aquel que
quisiese pertenecer a este Leviatán, que lo iba a proveer de seguridad personal y no iba a
permitir que nada malo le pasara, tenía que conceder al Estado todas sus libertades
personales. De esta forma, los súbditos se cobijan bajo el manto ineluctable de la
seguridad del soberano, pero a su vez sacrifican su individualidad a favor de la
construcción de este monstruo invertebrado.
La moral es un tema, dentro de esta lógica de pensamiento, que empieza a diluirse.
Veremos más adelante como la ideología burguesa precisamente recurre a ella para
empezar a subvertir este orden impuesto. El absolutismo, dentro de su razón de estado en
el que subordina al individuo a la lógica política de funcionamiento del Leviatán, también
hace que la moral se vea en un segundo plano. Y es que la moral opera, de acuerdo a
Hobbes, en la humanidad para juzgar sus propios actos desde su interior. Eso no es
necesario en el Estado absolutista, para juzgar existe el soberano. No puede estar todo el
mundo pensando en qué es lo bueno y qué es lo malo. Es desde este lugar que empieza a
ver el mundo la ideología burguesa. Es en ese detalle de buscar en el interior del individuo
su capacidad moral de juzgarse y juzgar donde parte la subversión del orden absolutista.
Es dentro de la crisis de este modelo que empieza a desplegarse la crítica moral.
“El progreso moral, situado dentro de su contexto histórico, es un producto de la
estabilidad política. Sin embargo, dicha estabilidad se basaba, por su parte, en una
determinada constitución política a la cual era necesario e inevitable someter a la moral.
En el proceso de su desarrollo, el mundo moral tenía, por tanto, que emanciparse de este
orden tan inevitablemente como se había fomentado en el orden político”6.
5
Ibídem p 38-39
6
Ibídem p 89
5
La esfera de lo moral, de lo interior en el ser humano, pasa a ser el argumento sobre el
cual empieza a desarrollarse la resistencia al totalitarismo. Y de forma inversa, como en el
absolutismo se veía la subordinación de lo moral a favor de la política, la batalla de la
Ilustración era sacar a la luz toda la fuerza de lo privado como sentido crítico de la
libertad:
“La Ilustración emprende su marcha triunfal al mismo ritmo con el que se va ensanchando
el ámbito privado interior hacia el campo público. Sin renunciar a su carácter privado, el
ámbito público se convierte en foro de la sociedad, que hace prevalecer al fin el Estado
conjunto y general. La sociedad, por último, llamará a las puertas de los detentadores del
poder político, para exigir aquí también apertura y publicidad y solicitar libre acceso”7.
Lo político en este punto estaba impregnado de un manto de oscuro para la moral. Había
corrupción, perversión. Así que la moral establece una cierta distancia con lo político, pero
era una distancia que juzgaba. Entonces era un poder quizás etéreo que entendía otra
dimensión de lo público que partía desde lo privado. Habermas, crítico de la ideología
burguesa, y quien desliza siempre la duda sobre las verdaderas intenciones de la sociedad
burguesa, nos relata cómo es esta lucha que sucede entre lo público y lo privado. Su
concepto de opinión pública nos remite a esa capacidad de juzgar de la esfera privada a lo
público8:
“La opinión pública está a la postre enfrentada a la arbitrariedad y está sometida de tal
modo a las leyes inmanentes del público compuesto por personas privadas raciocinantes
que no puede serle adjudicado de modo estricto el atributo mismo de voluntad más alta,
situada por encima de todas las leyes, el atributo de soberanía. De acuerdo con sus propias
intenciones, la opinión pública no quiere ser límite el poder ni poder mismo, y todavía
menos fuente de todo poder. En su propio contexto está más bien obligada a modificar el
carácter del poder ejecutivo, la dominación misma”9 .
Acá se levanta lo privado como fuerza moral, contralora del manejo que hacían las fuerzas
políticas con la cosa pública. Pero esta moral interna, individual, no es cualquier cosa,
7
Ibídem p 94
8
Esta opinión pública va un poco más allá de lo que conocemos hoy más bien con el nombre más preciso de opinión
publicada (es decir que se difunde por los medios masivos de comunicación social), el filósofo alemán habla más bien de
esa posición de resistencia que nace del conjunto de la sociedad como sujetos privados en comunión que se levanta
contra la pretensión totalitaria del Estado.
9
HABERMAS, Jürgen. “Historia Crítica de la opinión pública”. Editorial Gustavo Gili S.A. 2009. Madrid, España, p 117-
118.
6
deviene de un proceso racional, que es la esencia de la Ilustración: “Esta pura intelección
es, por tanto, el espíritu que grita a todas las conciencias: sed para vosotras mismas lo
que sois en vosotras mismas: racionales”10. Y este proceso de volverse hacia la lógica
racional, ilustrada, está en directa confrontación con la fe:
“El objeto peculiar con el que la pura intelección dirige la fuerza del concepto es la fe, como
la forma de la conciencia pura, contrapuesta a aquella en el mismo elemento. Pero la pura
intelección guarda también relación con el mundo real, pues es, como la fe, el retorno de
ella a la pura conciencia. Hay que ver, en primer lugar, cómo se halla constituida su
actividad frente a las intenciones impuras y a las intelecciones invertidas de aquel
mundo”11.
Esta percepción el mundo cambia la óptica de todo lo planteado hasta el momento. El
imperio de la razón, la ilustrada. Sobre este esquema, que además tenía una visión
interiorísima del ser humano, se empieza a articular el nuevo esquema político y social.
Por supuesto, delante había un enemigo monolítico y amenazante: el poder absolutista. El
absolutismo había abandonado la esfera privada, pero cualquier manifestación de la
misma estaba bajo sospecha. Cualquier movimiento de ese salir a la luz del pensamiento
de la razón humana podía ser visto como una amenaza para el orden establecido por el
totalitarismo. ¿Cómo plantearse la difusión de las ideas? ¿Cómo hacer que se sustituya la
fe por la pura conciencia? La sociedad, que siempre se ha visto como un cuerpo político,
abre caminos para poder llegar a él. Hegel establece alguna visión de la propagación de la
razón en la sociedad:
“La comunicación de la pura intelección puede compararse, por ello, a la expansión
tranquila o difusión, como la de un aroma en una atmósfera sin resistencia. Es una
penetrante infección que no se hace antes perceptible como algo contrapuesto frente al
elemento indiferente que se insinúa y que, por tanto, no puede ser rechazada. Sólo cuando
la infección se ha difundido ya, es para la conciencia que se confía despreocupada de ella.
(…) Así, pues, tan pronto como la pura intelección es para la conciencia, ya se ha difundido;
la lucha en contra de ella delata la infección acaecida; es ya demasiado tarde, y todo
medio no hace más que empeorar la enfermedad, pues ha calado en la médula de la vida
espiritual, a saber, la conciencia en su concepto o en su pura esencia misma; no queda, por
eso, en la conciencia fuerza alguna capaz de dominar la enfermedad. (…) Una buena
10
HEGEL, George. “Fenomenología del espíritu”. Fondo de Cultura Económica. 2009. Buenos Aires, Argentina, p 317.
11
Ibídem p 317
7
mañana, cuyo mediodía no está manchado de sangre, si la infección ha calado en todos los
órganos de la vida espiritual; solamente la memoria conserva entonces como una historia
sucedida no se sabe cómo el modo muerto de la anterior figura del espíritu; y la nueva
serpiente de la sabiduría elevada a adoración sólo se ha despojado así, de un modo
indoloro, de una piel ya ajada”12.
Hay muchísimas cosas interesantes en este fragmento de la Fenomenología. Por un lado
vemos como trabaja Hegel el tema del cuerpo político y la necesidad de infección del
mismo por, digamos, el virus de la razón. La forma anatómica en la cual el filósofo asoma
la inexorabilidad de la irrigación de la idea es profundamente poderosa. Una vez que el
virus es inoculado no hay marcha atrás, toma cada uno de los vasos capilares, se introduce
en todos los poros, y cuando se intenta alguna reacción contra ella es imposible reversar
lo que se ha hecho ya. Pero aquí viene la otra parte interesante de la historia que nos
relata. Finalmente, una vez ocupado el espacio del cuerpo político por la pura intelección
y habiendo muerto la vieja idea dentro del mismo, no hay un desecho del cuerpo. Y más
aún, la idea de lo viejo muerto se sabe dentro de este Estado (digámoslo con todas las
letras). Ha trascendido, pero no olvida su historia, aquello yace dentro de él como parte
de su vida nueva. Más adelante podremos ver como Schiller se hace un poco de esa idea,
la de mantener el Estado necesario para la transición. Pero efectivamente, no se deshace
de una vez el cuerpo político, hay que convivir con su estructura, se infecta con el virus de
la razón y se opera desde esta nueva posición, pero se trabaja desde la propia estructura
política precedente.
Todo este trabajo de difusión de las ideas para poder infectar el cuerpo político tiene
como objetivo fundamental lograr la libertad. Este es un tema interesante porque la
libertad burguesa no se basa en lo mismo que para el absolutismo. Quizás para Hobbes la
libertad del hombre se podía reducir a la seguridad que tuviera este de vivir en sociedad
sin ser devorado por el apetito del deseo de su semejante, y para ello construyó el
Leviatán, ese monstruo inquebrantable que nos llena de tranquilidad, delegando nuestra
libertad personalísima en la figura del soberano. Pero para los ilustrados el concepto iba
por otro camino: la imposición de la razón interior. Tiene que ver con la autoconciencia
12
Ibídem p 320-321
8
que nos da el uso del intelecto: “Así es como el espíritu se halla presente como libertad
absoluta; el espíritu es la autoconciencia que se capta a sí misma, de tal modo que su
certeza de sí misma es la esencia de todas las masas espirituales del mundo real y el
mundo suprasensible, o de tal modo que, a la inversa, la esencia y la realidad son el saber
y la conciencia acerca de sí misma”13.
Es el uso de esa autoconciencia del ser, a través de la razón, lo que libera a la humanidad.
Pero el uso de esa libertad individual en un mundo político donde el pensar más allá de lo
debido era, como vimos anteriormente, sospechoso, representaba un problema para
poder desarrollar un plan articulado para la difusión del virus del pensamiento. Si esto
además lo aderezamos con el rechazo que existía por parte de los ilustrados al propio
mundo de la política, de lo público, el cual se veía como putrefacto y lleno de vicios, había
que empezar a buscar nuevos senderos para poder transformar la humanidad. Era
necesario un espacio del ser humano que además tuviera una autonomía absoluta con el
mundo político. La cultura, la esfera de las artes, se reveló como el camino idóneo para
poder desplegar toda la fuerza de estas ideas que pudieran subvertir el orden establecido.
El proyecto principal no era suplantar el poder político, sino abrir la voluntad crítica, amén
del terror que se vivía. El mundo de lo absoluto que se representaba en su propia
contradicción. Creyéndose todo no representaba más que a una parte opresora de la
sociedad: “El gobierno no es él mismo otra cosa que el punto que se fija o la individualidad
de la voluntad universal. El gobierno, una voluntad y una ejecución que parten de un
punto, quiere y ejecuta una acción determinada. Con ello, excluye de una parte a los
demás individuos de su obrar y, de otra parte, se constituye con ello como un gobierno
dotado de una voluntad determinada y contrapuesto de este modo a la voluntad universal;
no puede, por tanto, presentarse simplemente de otro modo que como una facción”14.
13
Ibídem p 344
14
Ibídem p 347
9
Menuda tarea la que se planteaban los ilustrados. Si todo gobierno, en tanto se cree con
la fuerza de la razón15 y actúa en consecuencia por el bien común, no termina más que
representando los intereses de una facción, ¿cómo hacer para establecer un gobierno en
el que se vean incluidos todos los seres que pertenecen en tanto individuos del Estado?
No es poca cosa, porque la delicada línea que hay entre la voluntad de unos y la de todos
es complicada de ver. Pero ese no era el tema principal que se planteaban en el momento.
Más allá de eso había que buscar cómo sacar a la luz esa visión de libertad en un mundo
absolutista. La esfera estética reunía condiciones inigualables para plantear la crítica,
desatar la infección en el cuerpo político y luego buscar recomponerse desde una nueva
lógica de pensamiento que acompañase a la razón ilustrada.
Friederich Schiller es un poeta y dramaturgo alemán que vivió en la segunda mitad del
siglo XVIII. El momento político que le tocó vivir fue el de la plena transición del
absolutismo a la revolución burguesa de finales de dicha centuria. Convencido de la
voluntad transformadora del arte, plasmó una visión sobre la estetización del mundo
como vuelta a lo sensible para lograr una nueva lógica para la construcción de la sociedad.
Pero esta búsqueda, si bien tiene como fundamento la razón ilustrada, se basa en la
pesquisa de lo sensible, de lo muy interior como bien lo deja expuesto en el primer
párrafo de la primera de sus Cartas que nos arrojan al mundo del arte y lo sensible:
“¡Me concedéis el honor de exponeros, en una serie de cartas, los resultados de mis
investigaciones sobre lo bello y el arte! Vivamente siento lo arduo de tal empresa, pero
también su encanto y su majestad. Voy a hablar de un objeto que se halla en inmediata
relación con la mejor parte de nuestra felicidad y que también toca de cerca de la nobleza
moral de la humana condición. Voy a defender la causa de la belleza, ante un corazón que
debe sentirla y manejarla con toda su fuerza. En el curso de estas disquisiciones será
preciso acudir a los sentimientos tanto, por lo menos, como a los principios. Vuestro
corazón toma sobre sí la parte más difícil de la tarea”16.
15
Cuando hablamos de razón en este punto no nos referimos a la razón ilustrada que deviene del pensamiento libre de
los seres humanos, nos referimos a aquella fuerza que le permite a un grupo ser gobierno y actuar en definitiva en tanto
tal.
16
SCHILLER, Friederich. “Escritos sobre estética”. Editorial Tecnos. 1991. Madrid, España. P 97
10
La idea de plasmar una serie de ideas de franco contenido filosófico de forma epistolar
nos ofrece una primera aproximación a la idea de Schiller. El resto nos lo dicen sus propias
palabras iniciales: La belleza, el mundo sensible e interior, mirar dentro del corazón. El
pensamiento kantiano, que es el principal referente del poeta alemán, divide las
dimensiones del ser humanos en diversas esferas: intelecto, sentimiento, moral, etc.
Schiller pensaba que la mejor forma de acercarse a la libertad, esa que describían los
ilustrados y que se refería a la autoconciencia del ser humano, era a través de esta esfera:
“El arte es hijo de la libertad y recibe sus leyes de la necesidad de los espíritus, no de las
imposiciones de la materia”17. Sin embargo, más allá de Kant, nuestro poeta no veía estas
esferas absolutamente independientes la una de la otra, nos deja ver que el sentimiento,
el arte, logra integrar, como ninguna, todas las dimensiones del pensamiento humano, y
de allí la potencia liberadora para la sociedad. Mientras las partes se contrapongan
avanzan hacia la integración, pero no la podrán alcanzar:
“Para desarrollar las múltiples disposiciones del hombre no había otro medio que
oponerlas unas a otras. El antagonismo de las fuerzas es el poderoso instrumento de la
cultura. Pero es sólo un instrumento; mientras la oposición dura, caminamos hacia la
cultural sin haberla alcanzado todavía. Cuando en el hombre se aísla las fuerzas
particulares y se arrogan el derecho de legislar por sí solas, caen en contradicción con la
verdad de las cosas y obligan al instinto al lucro, que con indolente frugalidad solía
descansar en la apariencia externa, a penetrar en los profundo de los objetos. El
entendimiento puro usurpa autoridad sobre el mundo sensible; el entendimiento empírico
se ocupa en someter aquél a las condiciones de la experiencia; y de ese modo van
educándose ambas facultades, llegan a la mayor posible madurez y agotan el contenido de
las esferas respectivas. Aquí la imaginación, con su capricho, se atreve a deshacer el orden
del universo, obligando allá a la razón a ascender hasta las fuentes supremas de donde
nace el conocimiento y a llamar en su auxilio, contra la fantasía, a la ley de la necesidad”18.
17
Ibídem p 100
18
Ibídem p 118
11
La aplicación o la superposición de una esfera de la dimensión humana sobre las otras nos
aleja, irremediablemente, de la cultura. Es por ello que Schiller aboga por un equilibrio
entre las diversas dimensiones del ser humano, y más aún entre lo que el llamará los
impulsos. El poeta habla de los impulsos sensible y formal. El primero es el que se maneja
en el campo estético, de lo inmediato; el formal nos habla desde la legalidad. Lo
importante es lograr el equilibrio entre estos dos impulsos para poder llegar, nuevamente,
a la cultura:
“De la acción recíproca de los impulsos contrarios y de la reunión de dos principios
opuestos hemos visto surgir lo bello, cuyo ideal supremo había que buscar, pues, en el más
perfecto posible enlace y equilibrio de la realidad y la forma. Mas este equilibrio sigue
siendo una idea, que la realidad efectiva no puede alcanzar por completo. En la realidad
efectiva habrá siempre preponderancia de un elemento sobre otro, y lo más que puede dar
de sí la experiencia consistirá en una oscilación entre ambos principios, inclinándose más,
ora a lo real, ora a lo formal. La belleza, en la idea, es, pues, eternamente indivisible, única,
porque no puede haber más que un solo equilibrio; la belleza en la experiencia será, en
cambio, siempre doble, porque en una oscilación cabe que el equilibrio se rompa de dos
19
modos, esto es, aquende o allende el centro de gravedad” .
Este equilibrio entre las esferas y los impulsos siempre nos remiten entonces hacia la
dimensión de la belleza, de lo estético, de la cultura. Todos estos elementos operan en
Schiller como ese mundo donde se mezcla de forma natural lo sensible y lo formal, o el
mundo de las leyes. Es importante la idea de mantenerse en la tensión de esos extremos
en equilibrio. El acercarse mucho a uno de los dos podría hacernos caer en un abismo de
represión o libertinaje: “Aterrados por la libertad, que en sus primeros ensayos siempre se
anuncia como enemiga, se entregarán unos en una cómoda servidumbre; mientras los
otros, desesperados de vivir en un régimen de pedante tutela, se precipitarán en el salvaje
19
Ibídem p 157
12
libertinaje del estado natural. La usurpación se defenderá con el argumento de la debilidad
humana; la insurrección, con el de la dignidad humana, hasta que, finalmente, se
interponga entre ambas la gran dominadora de las cosas humanas, la fuerza ciega, que
zanjará la supuesta cuestión de principios como una vulgar riña a puñetazos”20. Esta
amenaza de la guerra será latente en tanto no se conserve el equilibrio necesario. Es por
ello que Schiller plantea que el desplazamiento del totalitarismo no debe realizarse
inmediatamente. Debe haber un período de transición en el cual el Estado como
estructura y cuerpo debe permanecer vigente para garantizar que el exceso de libertad no
nos devuelva al estado natural del que ya nos había alertado el absolutismo. Todo esto
tiene que ver también con la infección del cuerpo, de la que nos hablaba anteriormente
Hegel y cómo permanece parte de lo que muere, vigente en el nuevo orden político.
Habermas nos ofrece una visión que recapitula esta inquietud que nuestro poeta plantea
en la necesidad de balance en la sociedad:
“La forma ideal de intersubjetividad la define Schiller a continuación sobre el trasfondo del
aislamiento y la masificación, esas dos deformaciones opuestas de la intersubjetividad. A
los hombres que como trogloditas se esconden en cavernas, su forma privatista de vida les
priva de las relaciones con la sociedad como algo objetivo fuera de ellos; mientras que a
los hombres que como nómadas vagan en el seno de las grandes masas su alienada
existencia les priva de la posibilidad de encontrarse a sí mismos. El correcto balance entre
estos dos extremos, igualmente amenazadores para la propia identidad, que son el
extrañamiento y la fusión, Schiller lo expresa atinadamente con una imagen romántica: la
sociedad reconciliada estéticamente tendría que desarrollar una estructura comunicativa,
‘en que cada uno esté en sosiego consigo mismo en su propia cabaña, y en cuanto salga de
ella pueda hablar con toda la especie’”21.
20
Ibídem 121-122
21
HABERMAS, Jürgen. “El discurso filosófico de la modernidad”. Editorial Taurus, p 66.
13
Pero de acuerdo al poeta esto es posible en el mundo de la estética, de lo sensible. Aquí,
todas las esferas que componen la totalidad humana se encuentran en diálogo, y pueden
llegar al equilibrio. Es la experiencia sensible la que permite el encuentro de las ideas, la
moral, la sensibilidad. Y además es el espacio de autonomía más importante que puede
producir el género humano.
Más allá de la necesidad de equilibrio que plantea Schiller, la batalla que desarrollaba la
Ilustración contra el Estado absolutista, pasaba, fundamentalmente, por la superioridad
moral que le otorgaba la razón de su fuego privado. La condena a la facción que generaba
el totalitarismo a la cual hacía referencia Hegel. Es desde la cualidad moral que opera la
burguesía, y lo hace a través del arte para contaminar el cuerpo político. Había una
capacidad de juzgar la corrupción y el vicio que se había instaurado en la forma de hacer la
política.
Consecuente con su pensamiento, Friederich Schiller desarrolló un importante trabajo en
el mundo de las artes, sobre todo en la poesía y la dramaturgia. En este segundo rubro
dejó un legado de profundo contenido político. No es para menos, nuestro pensador
observaba que la fuerza del teatro tenía un temple que podía sobrepasar casi cualquier
barrera:
“El dominio del teatro empieza donde termina la ley de la esfera secular. Cuando la justicia
es deslumbrada por el oro y se revuelca en la paga de los viciosos, donde los crímenes del
poderoso ridiculizan la impotencia de la justicia maniatada por el temor humano, el teatro
toma la espada y la balanza y arrastra al vicioso ante el terrible tribunal de la retribución.
Toda la fantasía y la historia, pasada y futura, están bajo su mando. La voz todopoderosa
14
del arte creativo convoca a los arrogantes criminales, descompuestos ya en polvo tiempo
ha, y ellos reescenifican sus vidas torcidas, para escalofriante educación del presente”22.
En el teatro, de acuerdo a nuestro autor, se ven las miserias del mundo, las desviaciones
éticas; pero a diferencia de la realidad política, nada es impune. El criminal, el inmoral
recibe su castigo. Es un espejo moralizante que cabalga sobre la justicia y la lealtad. En el
escenario las miserias son más miserables y son correspondidas con penas proporcionales
a su dimensión. La voluntad crítica encontró una ventana por la cual asomarse y gritar a
los cuatro vientos cada una de las irregularidades que lleva a la opresión, además de
proveer un manojo de soluciones dignas para construir una sociedad más justa.
“La esfera de la actividad del teatro va mucho más allá. Incluso en las áreas del
sentimiento humano que la religión y la ley ven como indignas de su rango, el teatro
continúa trabajando por nuestra formación. Tanto perturba la felicidad de la sociedad
como el crimen y el vicio. La experiencia, tan vieja como el mundo, nos enseña que en la
trama de la vida humana a menudo los asuntos de la mayor importancia dependen de los
hilos más pequeños y delicados, y cuando averiguamos el origen de las acciones, sonreímos
diez veces antes de horrorizarnos una sola. A medida que envejezco, cada día se hace más
corto mi catálogo de villanos, y cada día más larga y completa mi lista de necios. Si toda la
culpa moral de uno de los sexos brota de una y la misma fuente, y si todos los hombres
extremos del vicio con que se le ha etiquetado son simples formas diferentes, simplemente
grados más extremos de una propiedad a la que todos sonreímos y amamos, ¿por qué no
ha tomado el mismo rumbo la naturaleza en el otro sexo? Solo conozco un secreto para
mantener al hombre alejado de la corrupción: defender su corazón contra la debilidad”23.
Este fragmento que denota la interioridad de la búsqueda del poeta retrata la esperanza
inquebrantable que hay en el teatro como fórmula de búsqueda de la voluntad privada.
Conecta con lo sensorial, con lo terreno, refleja y mastica la realidad despojándola de la
hipocresía y lo convierte en “una escuela de la sabiduría práctica, un faro que nos guía por
22
SCHILLER, Friederich. “El teatro como institución moral”. Revista Molino de Letras. Año 0, número 10. Noviembre
2010.
23
Ibídem
15
la vida civil, una llave infalible a las puertas secretas del alma humana”24. Para Schiller el
teatro es todo eso, y por eso consagró buena parte de su producción literaria a este
revelador y combativo género.
La obra teatral del autor que nos ocupa siempre tuvo como eje central una acción
moralizante. Quizás esto se deba a su propio pensamiento que decía: “El teatro es la
institución en que la recreación se conjuga con la instrucción. La lid con la paz, la diversión
con la educación; donde ninguna fuerza del espíritu se exagera en detrimento de otra;
ningún placer se disfruta a expensas de la totalidad”25. Así que uno de los temas
recurrentes en sus obras era el abordaje que hacía de la libertad. Esto se correspondía al
debate de aquellos tiempos en los que la burguesía emergente y la Ilustración como
bastión de pensamiento proferían contra el absolutismo reinante. La idea de la libertad y
la autodeterminación eran recurrentes en cada uno de los trabajos del dramaturgo.
Sin embargo, el trabajo de Schiller siempre tenía un ojo puesto en los excesos. Como ya
habíamos visto anteriormente, su pensamiento nos alertaba sobre la necesidad de
conseguir el equilibrio en cada una de las acciones. Así, por ejemplo, en Los Bandidos,
descubre toda la fuerza de lo que está dispuesto a hacer la humanidad por alcanzar su
libertad absoluta, pero también alerta sobre las consecuencias de asumir esta sin ningún
tipo de contención y como ella nos puede llevar a recaer en el estado natural. Y no sólo la
anarquía era un temor para el autor. También en La conjuración de Fiesco en Génova lanza
una importante alerta sobre lo que pasa una vez derrocada la tiranía y el peligro del
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Ibídem
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Ibídem
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ejercicio del poder en manos de los revolucionarios. Las extraordinarias capacidades
premonitorias del autor podrían reflejar lo que sería el terror implementado luego de la
victoria de la Revolución Francesa casi con una década de antelación.
Si continuamos por el repertorio podremos adentrarnos en los mismos dilemas en Don
Carlos, donde el peligro del afán por la libertad termina transformándose en obsesión y
convierte a ese defensor inicial de la idea libertaria en un déspota que no está consciente
de serlo. Y en María Estuardo, como contraposición, ese afán de liberación física termina
por decantar en una aceptación de la muerte, a pesar de la causa injusta, amén de la
expiación de una culpa antigua.
En todo caso, el signo de la libertad es un tema recurrente que además se maneja bajo la
consigna de la Ilustración en su lucha contra el absolutismo. Desde esta perspectiva hay
varios elementos que están presentes: la acción moralizante de las piezas, el perfil ético
de los protagonistas, la lucha privada contra lo público totalitario y totalizante, y cierta
aprehensión de participar activamente en la política.
Guillermo Tell es la última obra escrita por Friederich Schiller. Fue escrita en los albores
del siglo XIX, cuando ya se había dado el proceso de la Revolución Francesa que había
marcado la historia de Europa. El trabajo del dramaturgo para recrear la sociedad Suiza
fue intenso y profundo. Había algo que le movía a seguir adelante; la visión popular que
tenía la historia del cazdor, la simbología del sombrero y la manzana en la cabeza. La idea
del hijo confiando en el pulso del padre. Todo esto atrapó al poeta para estudiar en
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profundidad la historia, costumbres y geografía del país, y poder desarrollar una pieza que
sería reconocida por los propios suizos como una fiel representación de su legado cultural.
Guillermo Tell es una pieza llena del simbolismo de la Ilustración, tanto en su perspectiva
crítica contra el totalitarismo como respecto a los signos que conforman el propio legado
de las ideas que dan forma a este pensamiento. El personaje principal, el cazador suizo,
sostiene toda la carga moral propia del hombre transformador. El alma está intacta y su
profundidad moral es intachable, actúa siempre en consecuencia a sus preceptos éticos.
Es el prohombre de su tiempo.
La obra se desarrolla bajo un clima de opresión extremo, y cada uno de sus personajes
está signado por la lucha para conseguir su propia libertad. Desde la primera escena del
primer acto en el cual aparece Conrado Baumgarten acosado por las fuerzas imperiales
después de haber dado muerte a un capitán que intentó violar a su mujer. Su reacción, a
pesar de ser terrible, es reconocida como moralmente correcta, ya que responde a la
violencia del régimen oprobioso que les acecha. En este primer acto ya se muestra el lado
valeroso del héroe quien decide hacer frente a un mar de adversidad –un lago sería lo más
adecuado- para salvar la vida del perseguido. Tell, que entiende la sinrazón del régimen
gobernante, a pesar de lo complicada de la situación natural suelta la siguiente frase: “De
la violencia del gobernador puedo salvaros, de los peligros de la tormenta es otro quien
tiene que salvarnos. ¡Pero es mejor que caigáis en manos de Dios que en manos de los
hombres!”26.
26
SCHILLER, Friederich. “Guillermo Tell”. Ediciones Atalaya. 2005. Madrid, España, p 14.
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A partir de acá se desemboca toda la situación amenazante que viven los cuatro cantones
bajo la tiranía imperial. El diálogo que se desarrolla en la segunda escena del primer acto
entre Stauffacher y su esposa Gertrudis denota a qué peligros teme el hombre ilustrado.
Sale el temor por la pérdida de la individualidad, y como manifestación inmediata, la
propiedad. Las disertaciones de la pareja pasan por el reconocimiento de su condición de
feudatarios de su propia casa. En medio de los diálogos Schiller, sin embargo deja colar
algunas metáforas que hacen presagiar la debilidad del propio estado, como cuando dice
Stauffacher: “Bien construida está esta casa, y bien ensambladas las maderas, pero ay… el
fundamento sobre el que edificamos se tambalea”27. La casa es evidentemente el estado y
la fragilidad denota el momento de crisis que está ya en ciernes.
Las dos últimas escenas del primer acto están constituidas por situaciones de indiscutible
contenido simbólico. Por un lado aparece el sombrero vacío al que la ley dice que deben
rendir pleitesía todos los habitantes de la ciudad. La idea de un sombrero colgado en la
mitad de una pradera al que todos deben hacerle reverencia es ridículamente poderosa.
Luego está la interacción entre Guillermo Tell y Stauffacher en que el segundo intenta
convencer al héroe de sumarse a la planificación del derrocamiento de la tiranía. Nuestro
héroe, que tiene toda la fuerza de la razón ilustrada, se niega a participar en lo político,
pero deja claro que su arte (su ferocidad liberadora que se mide en su acción) estará
presente cuando sea necesario. Finalmente nos encontramos una nueva acción de
violencia del régimen tiránico: el castigo al padre de Melchtal. No es cualquier cosa, le
dejaron ciego. Esto es profundamente doloroso para la razón ilustrada, ya que es por la
27
Ibídem p 17
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verdad de la vista, por lo que nos entra por los ojos que podemos dar cuenta de las cosas
de la realidad. Toda la obra está plagada de referencias a ello, tanto en el sentido de
descubrir la luz, como en la antonimia oscurantista. Por eso, cegar la vista de un hombre,
condenarlo a la oscuridad, no permitirle dar cuenta de las verdades que entran en la
luminosidad de la razón es de las peores cosas que puede hacer la tiranía.
Por el contrario, en la conversación que tienen el barón Attinghaussen con su sobrino
Rudenz, quien es leal al imperio, se ve la contraposición de la era medieval donde las
mentiras entran por el oído28, entonces le dice: “¡Ay Uli! ¡Uli! ¡La conozco, la voz de la
seducción! Se ha apoderado de tu oído abierto, ha envenenado tu corazón”, y luego
remata: “¡Ciego, seducido por un vano esplendor! (…) Vete, vende tu alma libre”29.
En este diálogo también vemos un gesto claramente romántico que invade la obra, el
rescate de los popular y lo local, esa fue una de las intenciones de Schiller, por ello trabajó
tanto en la investigación de la obra. El barón interpela al sobrino desde su condición de
suizo, apela a las costumbres y el apego a lo más íntimo del contacto con su tierra.
Vencido por la negativa de su sucesor se lamenta de la siguiente forma: “¡Oh, hora
desventurada en la que lo extranjero entró en estos valles tranquilos y dichosos, para
destruir la inocencia de las piadosas costumbres!... ¡Lo nuevo entra poderosamente, lo
viejo, lo digno desaparece; otros tiempos vienen, aquí vive una generación que piensa de
28
En Hamlet, la obra inmortal de Shakespeare –del cual Schiller era gran lector, incluso hizo alguna vez una traducción
de Macbeth-, se ve esto con particular eficiencia cuando el veneno entra al viejo rey por esa vía y toda la discordia que
hay en el reino es producto de los rumores y toda la traición que no permite distinguir la verdad de la mentira, el
misterio del rumor, contrapuesto al imperio de la verdad que se puede constatar por medio de la vista.
29
Ibídem p 44
20
otra forma!”30. Esta añoranza por lo popular, por las costumbres propias de la localidad,
es una visión que se comparece con la visión romántica de la vida y la política.
Otro gesto del romanticismo innegable de la pieza la veremos en la siguiente escena.
Cuando comparecen todos los habitantes de los distintos cantones a la asamblea general
en la que se decide hacer frente a la tiranía y se traza el plan de la rebelión. Todos lo que
hacen escuchar su voz en este espacio hablan desde el corazón. La conexión de este
órgano con la parte sensible del cuerpo, con la esfera que conecta al ser humano con la
tierra desde la emoción también es un gesto meramente romántico. Así queda suscrito,
por ejemplo en la voz de Mechtal: “Aquí está el corazón de todo el pueblo, los mejores
están presentes”31.
En esta complicada escena, en al cual están todos reunidos para tomar la ofensiva y
asaltar el poder político hay una metáfora interesante. Todo el encuentro se hace en la
oscuridad, en la noche, protegidos por el manto negro. Sin embargo, esto debe tener
relación con la idea ilustrada del oscurantismo de la operación política. Como sabemos
hay una resistencia a asumir el poder directamente. Por ello se da esta reunión de forma
clandestina y furtiva, por ello Guillermo Tell, nuestro héroe ilustrado por excelencia, no
participa de ella y por ello al final se exculpa el propio Mechtal: “Déjalo estar. Lo que la
oscura noche ha tramado debe salir, libre y alegre, a la luz del sol”32. Hay un sentido que
comprende la acción, digamos, cuestionable de la participación en la oscuridad política,
pero siempre con el norte de imponer el reinado de la claridad y la justicia.
30
Ibídem p 48, resaltado nuestro
31
Ibídem p 56
32
Ibídem p 56
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La escena central de la pieza es la que se desarrolla en la pradera de Altdorf, todo gira en
torno al sombrero, que como ya sabemos es la representación de totalitarismo, vacío e
inútil. Guillermo Tell llega con su hijo en medio de un intenso diálogo en el cual se coloca
en cuenta de qué es la libertad confrontada con el absolutismo. El hijo de Tell se ve
seducido con la idea de vivir en un país más hermoso, donde no hay aludes que arrasan
los cultivos ni a los hombres. Sin embargo, en ese país maravilloso todo pertenece al rey
quien, en boca del héroe es “el único que les protege y alimenta”. El niño responde: “¿No
pueden protegerse ellos mismos valerosamente? –Tell: Allí el vecino no puede fiarse de su
vecino. -Hijo: Padre, ese extenso país me resulta estrecho, prefiero vivir bajo los aludes”33.
Con la diáfana claridad de la conversación entre un padre y su hijo, Schiller habla de las
diferencias entre el absolutismo hobbesiano y la libertad burguesa. De la distancia entre la
necesidad del soberano que garantice la seguridad de todos ante las apetencias del
hombre como lobo del hombre; y la libertad forjada por el individuo como garante de su
propio destino gobernado por la razón y la moral.
Finalmente llega la escena en la que Guillermo Tell es puesto entre la espada y la pared
por haber ignorado el sombrero soberano, no haberse inclinado ante él. La prueba
impuesta por el gobernador es la de disparar a 80 pasos a una manzana puesta sobre la
cabeza de su hijo. En ese momento entran en juego dos valores, por un lado la cruenta
disposición del gobierno totalitario de poner sobre los hombros de un hombre la vida de
su propio hijo, amén del respeto al soberano. Por otra parte está la disposición del hijo de
Tell y la confianza en el arte de su padre. Finalmente el héroe logra hacer el tiro perfecto y
33
Ibídem p 88
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atravesar la manzana sobre la cabeza del hijo. Este acto sublime de la creación artística
logra quebrar el brazo del poder absoluto. Sin embargo, el gobernador logra darle la
vuelta a la situación para hacer preso a Guillermo Tell.
Después, en el traslado del cazador a su presidio, nuevamente las fuerzas de la naturaleza
se ponen de su lado. Desatan una terrible tormenta que amenaza con llevar el bote al
fondo del lago y los carceleros optan por desatar a Tell para que este pueda guiar la barca
a buen rumbo. El aprovecha la oportunidad para acercarse a una piedra, amén del
conocimiento de su propia tierra, y escapar con su ballesta. Luego da muerte al
gobernador con un certero tiro de su ballesta y vuelve a reunirse con su esposa y sus dos
hijos.
Toda la aventura finaliza con la rebelión anunciada y la toma de su propio destino por
parte de la alianza de los cantones. Finalmente se declara la libertad del pueblo suizo en la
voz de Rudenz, que por el amor de Berta se vuelve al corazón de su pueblo.
Guillermo Tell, como ya lo anunciamos antes, es la última obra que escribiera Schiller.
Dentro de ella encontramos un sinnúmero de referencias a la identidad romántica y la
razón ilustrada. La lucha por la libertad desde un sentido interno, sacar a la luz la verdad y
la moral del ser humano, la autodeterminación y la propiedad como constitutivos de la
sociedad burguesa son elementos que saltan en contraposición al peso del dominio
absoluto de la tiranía.
El uso de la esfera estética, de las artes, para poder distribuir las ideas de la ilustración
queda en evidencia en este ejercicio bien elaborado de nuestro poeta alemán. Como él,
23
buena parte del pensamiento ilustrado caminó desde la voluntad creadora de las artes,
desde esta esfera autónoma que permitía desarrollar la voluntad humana. Así, esa
sospecha que recaía sobre la acción privada podía ser desviada mientras se avanzaba en la
infección del cuerpo político. La rebelión final, más allá de ofrecer la posibilidad para la
conformación de una nueva casta política, tenía asegurada una buena parte de recorrido
filosófico que puso a la sociedad de cara a una nueva forma de ver el mundo.
Bibliografía
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KOSELLECK, Reinhart. “Crítica y crisis del mundo burgués”. Ediciones Rialp, S.A.
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SCHILLER, Friederich. “Escritos sobre estética”. Editorial Tecnos. 1991. Madrid,
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SCHILLER, Friederich. “El teatro como institución moral”. Revista Molino de Letras.
Año 0, número 10. Noviembre 2010