GUSTAVO GUTIÉRREZ
LA DENSIDAD DEL
PRESENTE
EDICIONES SÍGUEME
SALAMANCA
2003
Cubierta diseñada por Christian Hugo Martín
© Gustavo Gutiérrez, 2003
© Ediciones Sígueme S.A.U., 2003
C/ García Tejado, 23-27 - E-37007 Salamanca / España
Tlf.: (34) 923 218 203 - Fax: (34) 923 270 563
e-mail: ediciones@[Link]
[Link]
ISBN: 84-301-1496-3
Depósito legal: S. 830-2003
Fotocomposición Rico Adrados S.L., Burgos
Impreso en España / UE
Imprime: Gráficas Varona S.A.
Polígono El Montalvo, Salamanca 2003
CONTENIDO
Introducción: Gustavo Gutiérrez, su persona, su teología y su
espiritualidad, por Casiano Floristán ....................................... 9
Presentación ............................................................................ 17
Quehacer teológico
1. Quehacer teológico y experiencia eclesial ....................... 21
2. La teología, una función eclesial ..................................... 29
3. Lenguaje teológico, plenitud del silencio ........................ 41
4. En busca de nuestra manera de hablar de Dios ................ 71
5. Situación y tareas de la teología de la liberación ............. 89
Dos testigos del Espíritu
6. Juan de la Cruz desde América Latina ............................ 115
7. Bartolomé de Las Casas: memoria de Dios y anuncio del
evangelio .......................................................................... 129
Evangelio y compromiso
8. Caminos de solidaridad ................................................... 155
9. Liberación y desarrollo, un desafío a la teología ............. 169
10. De marginado a discípulo ................................................ 183
11. Evangelio y derechos humanos ....................................... 195
Referencias bibliográficas ....................................................... 201
Índice general .......................................................................... 203
1
Quehacer teológico y experiencia eclesial
Se me pide un testimonio personal respecto al quehacer teo-
lógico en relación con las comunidades eclesiales de base. La
presentación de una experiencia lleva a hablar, en parte por lo
menos, en primera persona, y eso hace la tarea más ardua que
si se tratara de un enfoque abstracto del tema. Empresa difícil,
creadora además de una cierta inseguridad, porque no se sabe
bien por dónde abordar convenientemente el punto. Intentemos
una entrada, conscientes de que hay otras.
1. Cuestiones metodológicas
Durante mis años de estudiante universitario y miembro de
grupos apostólicos laicos compartí con otros amigos la inquie-
tud de conocer más y mejor la doctrina cristiana. Era lo que lla-
mábamos el aspecto de estudio o formación, que veíamos como
condición necesaria para la acción, según el famoso principio
que se enunciaba en forma exigente: «Nadie da lo que no tiene».
Ese estudio consistía en el obligado, aunque breve, comentario
bíblico; el análisis de encíclicas, ya sea de materia social (Re-
rum novarum, Quadragesimo anno), ya sea de contenido más
estrictamente teológico (Mediator Dei, Mystici corporis), y en
algunas lecturas (R. Guardini, K. Adam, etc.) y otras (a veces no
concluidas…).
En ese tiempo, el término «teología» nos era poco familiar,
y en todo caso se situaba en altas e inalcanzables regiones. Tal
22 Quehacer teológico
vez por el testimonio de un sacerdote conocido asociábamos
siempre la teología a la lengua y a nombres alemanes, lo que no
hacía en ese entonces sino agrandar la distancia que sentíamos
frente a un terreno que considerábamos coto de especialistas.
Más tarde, en tanto que estudiante de primer año de teología,
intentando asimilar experiencias y lecturas peruanas y latinoa-
mericanas, una materia me interesó de modo particular: la in-
troducción a la teología. La pregunta por el sentido y la función
de la inteligencia de la fe en la vida cristiana y eclesial me pare-
ció no sólo previa, sino central y decisiva, además de ser una in-
terrogante siempre abierta. El estudio de la primera cuestión de
la Suma teológica de Tomás de Aquino, el aporte de Melchor
Cano sobre los lugares teológicos, el clásico libro de Gardeil
sobre estos asuntos, me apasionaron. Devoré en unas vacacio-
nes el artículo Teología de Y. Congar (en el Diccionario de Teo-
logía católica): su perspectiva histórica me sacó de un modo
casi exclusivamente racional de enfocar el trabajo teológico,
abriéndome a otras orientaciones (la Escuela de Tubinga, por
ejemplo). Más tarde, la lectura de un libro de discreta circula-
ción de M. D. Chenu, La Escuela del Saulchoir, me descubrió
el alcance de la historia humana y la vida misma de la Iglesia
como un lugar teológico.
Este interés hizo que en los tratados de teología que estudié
fuese muy atento al aspecto metodológico y a la relación de la
teología con las fuentes de la revelación. A ello contribuyó en
forma particular la insistencia de muchos de mis profesores de
Lyon en la sagrada Escritura. Entre mis proyectos de estudiante
figuraba el de profundizar y enseñar más tarde este aspecto de la
teología, que me parecía útil en orden a situar el porqué y el pa-
ra qué del quehacer teológico. Esto no ocurrió, porque nunca me
fue posible enseñar regularmente en una facultad de teología, no
en mi país por lo menos. Me limité, aunque ello me enriqueció
mucho, a cursos de teología para estudiantes de otras facultades,
para quienes había, por consiguiente, que pensar en temas me-
nos especializados en el ámbito de la relación fe y cultura.
Quehacer teológico y experiencia eclesial 23
De hecho, como sacerdote fui tomado íntegramente –y con
alegría– por la actividad pastoral. Con universitarios en los muy
primeros años y, por la dinámica de este mismo trabajo, casi in-
mediatamente en contacto con el medio popular y pobre, hasta
llegar a una cierta fusión de estos dos campos de trabajo, inter-
peladores y complementarios. Fui llevado, pues, por la vía de
los hechos a un modo de hacer teología que no había previsto
en mi época de estudiante.
2. El sujeto de la teología
El pobre, con sus carencias y sus riquezas, hizo irrupción en
mi vida. Un pueblo que sufre una situación de injusticia y ex-
plotación y que es al mismo tiempo profundamente creyente. El
trabajo con lo que podemos llamar genéricamente comunidades
eclesiales de base, expresión de esa entrada del pueblo pobre en
la Iglesia, me puso en relación con un mundo en el que, a pesar
de que tenía mucho de reencuentro con mis propias raíces, sien-
to que apenas empiezo a dar los primeros pasos. Es más, con-
forme pasa el tiempo percibo incluso que los avances hechos
son aún más tímidos de lo que creía hace unos años.
En la inserción y el trabajo en este mundo comprendí, con
otros, que lo primero es escuchar. Escuchar interminablemente
las vivencias humanas y religiosas de quienes han hecho suyos
los sufrimientos, esperanzas y luchas de un pueblo. Oír no co-
mo inclinación condescendiente, sino para aprender sobre el
pobre y sobre Dios. La lección que se recibe es simple: no hay,
en el diálogo de una comunidad cristiana, relato de lo vivido
sin que un elemento de reflexión, de un modo de ver la vida y
la fe no esté ya incluido. En lo que se llama la revisión de vida
–método adoptado por muchas comunidades– la perspectiva de
fe no aparece sólo cuando se busca comprender unas experien-
cias a la luz de un texto bíblico. La fe traducida en compromi-
so concreto, la esperanza expresada en actitud frente a la vida
24 Quehacer teológico
están presentes desde el inicio del compartir comunitario. La
reflexión de fe puede y debe ahondarse de modo más explícito,
pero ella acompaña de alguna manera todo el actuar cristiano
en el seno de un pueblo que lucha por afirmar su dignidad hu-
mana y su condición de hijos e hijas de Dios. A la expresión
oral se añade algunas veces la versión escrita de una experien-
cia de Dios, hecha oración y reflexión. Imposible hacer teolo-
gía desde nuestro mundo sin tener en cuenta esos testimonios
que se hacen cada día más abundantes.
Esta práctica llevó a descubrir –y Puebla lo recogió con
fuerza– «el potencial evangelizador de los pobres». Esta capa-
cidad de ser sujetos del anuncio del evangelio trae también con
ella (si se me permite el término) un potencial «teologizador»
de los pobres. No son palabras vacías o una búsqueda de sime-
trías artificiales. Se trata, más bien, de una vivencia cotidiana y
desafiante que replantea nuestro quehacer teológico. O que tal
vez nos hace regresar a las fuentes, a los primeros esfuerzos por
una inteligencia de la fe en la vida de la Iglesia, al servicio de
su tarea de anuncio del evangelio y de colaboración con quie-
nes tienen por función orientarla con su ministerio pastoral y
magisterial.
Me pareció claro así que en las comunidades que evangeli-
zan, que convocan en ecclesia (y que por ello son precisamen-
te eclesiales), se hace teología, se piensa la fe, la condición
cristiana. Se trata del ejercicio del derecho a pensar que tiene el
pueblo pobre. Es un modo de afirmar su derecho a la vida, de-
recho que le es recusado de diferentes maneras. La fe del po-
bre, como toda fe, busca por exigencia propia comprenderse a
sí misma. En el fondo no es sino una expresión del tradicional
principio «fides quaerens intellectum». El verdadero sujeto de
esa reflexión no es el teólogo aislado, sino la comunidad cris-
tiana y, por círculos concéntricos, la Iglesia entera con sus di-
ferentes carismas y responsabilidades.
Aquellos cristianos que llamamos más estrictamente teólo-
gos («teólogos profesionales» se les califica en algunos am-
Quehacer teológico y experiencia eclesial 25
bientes) cumplirán con eficacia su tarea en la medida en que
estén ligados a la comunidad cristiana, en que formen parte de
ella, en que compartan cotidianamente con otros las razones de
su esperanza. No se trata, digámoslo sin demora, de estar pre-
sente simplemente para recoger las preguntas que vienen de los
pobres y de quienes están comprometidos con ellos en vistas a
tratar de responderlas por nuestra propia cuenta. El asunto es
más complejo. Compartir esas reflexiones enseña que en ellas
no sólo hay interrogantes, se dan también pautas de respuestas
que esos cristianos van descubriendo frente a los desafíos que
encuentran en su solidaridad con los pobres y oprimidos. Mu-
chas de las expresiones y categorías empleadas por la teología
de la liberación vienen de las comunidades de base (una de
ellas, por ejemplo, es la que mencionábamos antes: el potencial
evangelizador de los pobres).
La tarea del teólogo consiste entonces en aportar a la comu-
nidad lo que un entrenamiento académico le haya podido dar,
como un mejor conocimiento y familiaridad con la sagrada Es-
critura, la Tradición y enseñanza eclesial, la teología contem-
poránea. La teología no es una tarea individual, sino una fun-
ción eclesial. Ella se hace desde la palabra de Dios recibida y
vivida en la Iglesia, en orden a su anuncio a toda persona hu-
mana y en especial a los desheredados de este mundo. Creo que
la existencia de solidaridad con las luchas de los pobres por
construir una sociedad humana justa y libre, y por proclamar el
evangelio a todos en el corazón de la inteligencia sobre la fe no
es únicamente una condición para tener lo que a veces se llama
una «teología comprometida». Es también indispensable –aun-
que esto pasa a veces inadvertido– para lograr un discurso so-
bre la fe que responda a las verdaderas y más agudas cuestiones
del mundo contemporáneo en el que viven y dan testimonio las
comunidades de base. Es condición, en última instancia, para
elaborar una teología seria, científica y responsable.
En efecto, contrariamente a lo que algunos piensan –y te-
men–, la experiencia muestra que la cercanía a las comunida-
26 Quehacer teológico
des eclesiales de base obliga a un gran rigor en el quehacer teo-
lógico. Las cuestiones y las grandes líneas de respuesta que
vienen de ellas, las necesidades de su acción, sus tareas en el
medio popular en que están insertas, no dejan lugar a elucubra-
ciones evasivas o irresponsables
3. Vida y reflexión
Entendido así, el quehacer teológico no está exento de ten-
siones. ¿Cómo conciliar, por ejemplo, la pertenencia a una co-
munidad y sus exigencias diarias, con una tarea intelectual que
tiene sus leyes y demanda un espacio y un tiempo propios?
¿Cómo emprender una laboriosa inteligencia de la fe cuando
los pobres se enfrentan con necesidades inmediatas en relación
a su supervivencia física, con todo lo que ello implica para su
existencia cristiana? Estas cuestiones se nos plantean como
más exigentes cada día.
Para ser francos debemos decir que estas interrogantes si-
guen abiertas. No logramos darles una respuesta satisfactoria;
sabemos, eso sí, que no podemos renunciar a ninguno de sus
dos extremos. Además, pese a todo, ¿importa realmente tener
una contestación definitiva a estas preguntas? ¿No se trata pre-
cisamente de una tensión que pone en marcha un discurso so-
bre la fe que esté realmente al servicio de la tarea evangeliza-
dora –gesto y palabra– de la Iglesia? La angustia que dicha
tensión produce a veces ¿no es más bien fruto del malestar del
teólogo, que siente que nada entre dos aguas, que de una ver-
dadera necesidad de la teología misma y, lo que es más impor-
tante, de la comunidad cristiana en función de la cual esa refle-
xión debe situarse y hacerse?
Tampoco estas cuestiones tienen respuesta perentoria. Tal
vez ellas se irán resolviendo –o desapareciendo– en el camino.
Un camino distinto tal vez al que habíamos previsto quienes co-
mo estudiantes sentíamos una vocación teológica, pero que re-
Quehacer teológico y experiencia eclesial 27
coge lo mejor de él, que valora lo que adquirimos al recorrerlo,
que nos lleva a retomar viejas inquietudes desde perspectivas di-
ferentes. Se busca y se construye así un lenguaje sobre Dios
(eso es una teología) con un pueblo que vive la fe en medio de
una situación de injusticia y explotación negadora de Dios, la
esperanza en una irrenunciable alegría pese a sus sufrimientos y
la caridad en la solidaridad con los más pobres marginados de la
sociedad. Un lenguaje contemplativo que tiene su punto de par-
tida en el silencio orante ante el misterio de Dios, y un lenguaje
profético que percibe en Cristo el lazo indisoluble entre el Rei-
no y los desheredados de este mundo. Un lenguaje que surge en
los sectores populares de América Latina y de otros continentes,
como en el libro de Job, en el marco histórico de la experiencia
del sufrimiento del inocente. Una voz que, entre otras, tiene de-
recho a hacerse oír en el seno de la Iglesia universal. Una teolo-
gía que intenta constituirse por eso en una hermenéutica de la
esperanza del pobre en el Dios de la vida.
Son muchos los puntos metodológicos por precisar y criti-
car si no queremos ser atrapados por entusiasmos superficiales
y formulaciones fáciles. Pero tenemos la convicción de que al-
go profundo y preñado de consecuencias se abre paso. Sólo
desde el seguimiento de Jesús, desde una espiritualidad, es po-
sible hacer un fecundo discurso sobre la fe. En esa búsqueda se
trata de recorrer una ruta hacia el Padre y de vivir según el Es-
píritu. Senda hecha de fidelidad honda a las exigencias del
mundo pobre y a la Iglesia convocada para proclamar la resu-
rrección del Señor, un mensaje de vida plena en medio de la si-
tuación de muerte que viven los pobres. Un camino para vivir y
reflexionar la fe en relación con lo que Juan XXIII llamaba la
Iglesia de todos y, en particular, la Iglesia de los pobres.