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Madre Rusia - Alena Garcia

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MADRE

RUSIA
Romance, Erótica y Acción con el Padre Soltero de la Mafia
Rusa

Por Alena Garcia



© Alena Garcia 2017.
Todos los derechos reservados.
Publicado en España por Alena Garcia.
Primera Edición.
Dedicado a Samira,
el primer choque de culturas en mi mundo.
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PRIMERA PARTE

¿Puede la mirada de un niño cambiarte la vida? ¿Puede su sonrisa hacer que cruces mares,
levantes montañas y luches con las últimas briznas de vida para protegerlo?
Antes de contestar a estas preguntas, les contaré quién era yo.
Trabajaba de guardaespaldas para un gran capo de la mafia rusa. Tenía que protegerlo a él
y también a su caprichoso, chulo e inaguantable hijo, un niño mimado que se pasaba los
días y las noches de farra, rodeado de amigotes que solo querían aprovecharse del dinero
de su papá y de golfas que intentaban que él las eligiera como esposa para dar así la
campanada y dedicarse a marmotear entre montañas de rublos para el resto de sus
putanescas vidas.
Fui boxeador. Un gran boxeador, si me atengo a la verdad. Fui campeón de Moscú de los
pesos medios a los dieciocho años. Después me alcé con el cinturón de campeón de Rusia
en los semipesados, al año siguiente. A los veinte años se me consideraba la gran
esperanza rusa para ser campeón del mundo en los pesados a poco que pusiera mi peso
corporal en uno o dos kilos más.
Estaba en el límite de ser pesado, pero con mi altura, potencia y mi peso de semipesado,
apenas había rival en esta categoría que aguantara mi directo de derecha. Tengo una fuerza
descomunal en el brazo derecho.
Gané muchas peleas que tenía perdidas, donde yo deambulaba como un sonámbulo por el
suelo de la lona, agarrado a las cuerdas, con un rival mucho más técnico y preparado, pero
no tan potente. Cuando me veía mal, sacaba, no sé de dónde, fuerzas sobrehumanas para
conectar un golpe con mi guante derecho que enviaba al suelo al rival, que estaba confiado
y se veía ya ganador.
La misma noche que me proclamé campeón de Rusia de los semipesados, el señor
Svistunov me hizo una visita en los vestuarios. Mi vida cambió a partir de ahí. Me
propuso ser su guardaespaldas personal, acompañarlo allá donde fuera, comer a su lado,
estar cerca en las reuniones y aprender a disparar.
En principio le dije que no, que mi vida era el boxeo, que quería dar el salto al peso
pesado y tratar de hacerme con el cinturón de campeón mundial, vencer a negros
norteamericanos, los mejores boxeadores del mundo, los más rápidos, los más resistentes.
Yo sabía que podía tirar a la lona a cualquiera de ellos si lograba conectar una buena
combinación de dos o, máximo, tres golpes. El señor Svistunov sacó un cheque, me tendió
una pluma de oro (que luego me quedé, de recuerdo) y me dijo que escribiera una cantidad
con ceros muy pequeños, para que cupiesen muchísimos.
Al principio pensé que se trataría de una broma de un millonario excéntrico. Su mirada y
su pose me confirmaron lo contrario. Se trataba de la vida. El poder del dinero había
llamado a mi puerta. Aquel día era la puerta del vestuario, una desvencijada portucha de
madera que se salía de los goznes.
- ¿Rublos o dólares? - le pregunté ingenuo.
- Como si escribes euros, yuanes, yenes o coronas danesas. Me la suda, hijo. Aprovecha
esta oportunidad porque no volverá.
Se me ocurrió escribir un 9 primero, en vez del típico 1. Muchos ceros, vale, pero
empezando por 9 para que fuera casi como un 0 más. Escribí 90000000000000000000
dólares. Diecinueve ceros seguidos tras el 9 inicial.
En ese momento ni siquiera llegué a calcular lo que había escrito, en realidad. Puse
dólares, por supuesto. Quería que aquel hombre saliera del vestuario y me dejase tranquilo
seguir con mi vida. Pensé que esa cantidad lo asustaría. Miró el cheque y la cara que se le
puso me sacó una sonrisa.
- ¿Qué, ya no lo ve tan claro? - le dije, ufano.
- Hijo, esta cantidad que has puesto no la tiene nadie en el mundo. Quizá algún miembro
de la familia Rothschild, aunque lo dudo mucho. Pensé que serías razonable. Bien, puedo
reconocer que me he pasado de chulo tendiéndote el cheque y diciendo que escribas lo que
quieras.
Lo has hecho. Voy a ofrecerte yo algo real, una cantidad que no podrás ganar nunca en un
trabajo normal, ni siquiera en el boxeo, recuerda que estamos en Rusia, no en Las Vegas.
Veinte millones de dólares al año - dijo mientras escribía la cifra en otro cheque, que me
alargó después.
Ni siquiera lo miré. Negué con la cabeza e hice un gesto a mi entrenador para que me
quitara a aquel pelmazo de encima. Pero mi entrenador, un grandísimo preparador de
boxeo, con una experiencia de décadas, tenía miedo a ese tipo de gente y se achantó.
Simuló ordenar unas toallas, y fingió no haber visto mi gesto.
- Mis metas son otras, señor. Disculpe, pero estoy reventado de la pelea, ese siberiano me
ha dado hasta en el paladar y me duele todo. Me gustaría poder descansar un poco.
- No me daré por vencido. Entiendo que ahora no estás para pensar, me doy cuenta.
Hablaremos pronto, hijo. Tú trabajarás para mí.
Cuando salió del vestuario, con sus anillos de oro, tatuajes en nudillos, cuello y muñecas,
mi corazón sintió un gran alivio. Pero eso fue solo un descanso, una corta etapa de mi
vida. Aquel siniestro personaje había puesto la pupila sobre mí. Estaba en su punto de
mira.
Me alcé con el título de campeón de Europa del peso semipesado unos meses después, en
un memorable combate que recordaré siempre como el mejor, el más completo
boxísticamente hablando de toda mi vida, de mi, por desgracia, cortísima vida de
boxeador.
Una semana después de ponerme aquel ansiado cinturón, tras derrotar en un largo
combate, durísimo, a un irlandés sólido como una roca y rápido cual ardilla, Svistunov me
llamó por teléfono. De nada sirve preguntarse ahora quién de los míos le facilitó mi
número. Seguro que por unos pocos billetes lo consiguió sin mayores problemas.
- Ya eres campeón de todo el continente, Stepán. ¡Enhorabuena! - me dijo acompañando
su frase de una risita que me erizó el vello de los antebrazos.
- Gracias. Sí, lo soy. Me ha destrozado una ceja y tengo dos fisuras en las costillas, pero lo
soy. Lo mío me ha costado.
- Eres aún mejor de lo que creía al principio. Sigo insistiendo. Treinta millones, Stiopa.
Treinta kilos de dólares. Son tuyos. ¿Cuándo me darás el sí, joder?
- Por favor, le ruego que no vuelva a llamarme para comprarme. No estoy en venta - dije
y colgué el teléfono.
No fue una gran idea. Me refiero al hecho de colgar el teléfono sin despedirme. Rechazar
la oferta estuvo bien, pero tenía que haber tenido más mano izquierda. A los diez segundos
me llegó un mensaje de él. Me suplicarás trabajar para mí, más temprano que tarde.
Veremos si entonces continúan tu altanería y tu engreimiento. En lo deportivo, te deseo lo
mejor, como siempre. ¡¡Suerte!!
Diez meses después cambié de categoría. Me costaba muchísimo mantenerme en los 81
kilogramos. Mi cuerpo había ensanchado y debía hacer dieta estricta y comer poco para
conseguir estar ahí, pero si comía poco, me sentía débil en los combates con el sparring.
Así que decidí probar con el pesado.
Me quedé en los 83,5 kilos, que parece ser mi peso natural si me cuido un poco y hago
ejercicio. Mi primer combate en esa categoría me enfrentó a un boxeador alemán, alto y
flacucho, con unos brazos largos y unas piernas muy poderosas. Él pesaba ochenta y ocho.
Sin mirarle a las piernas era un “semipesado” o incluso un “medio”. Era rápido y fuerte,
pese a parecer frágil. Me mantuvo a raya durante cuatro asaltos.
Al quinto, lo enganché con la derecha y besó lona. No se levantó antes de la cuenta de
diez. Primera victoria fácil. Encadené tres victorias consecutivas más en aquella categoría
que parecía irme como anillo al dedo. Era, en general, más rápido que mis rivales, casi
todos más pesados y torpones que yo. De potencia andábamos a la par, salvo en mi mano
derecha, que es de peso “superpesado”.
Intenté conseguir el cinturón de campeón de Europa del peso pesado. Perdí a los puntos,
en una decisión polémica de los árbitros. Mi entrenador echaba chispas, se enfureció
mucho. Después vi el combate en vídeo y me pareció que fui un poco mejor, pero es cierto
que el final de la pelea fue del rumano.
El combate fue épico. Ninguno de los dos peleó a la defensiva. Atacamos y dimos un
espectáculo glorioso a toda aquella multitud que se congregó para ver cómo nos
destrozábamos. Esa pelea fue muy comentada y mi popularidad ascendió como la espuma,
y no solo en Rusia.
Svistunov no llamaba ya. Seguramente rezaba por que perdiera o por que me ocurriese
cualquier desgracia sobre el cuadrilátero.
Me organizaron un combate con un boxeador de primera fila americano, un negro de
metro ochenta y ocho y noventa y un kilos. Aspiraba al título mundial y yo le iba a servir
de aperitivo, según los diarios especializados americanos. La pelea fue en Las Vegas. Para
mí habría una buena bolsa, ganase o perdiera. Un millón de dólares americanos si perdía.
Veinte millones si lograba dar la campanada y batir al americano. Estaba seguro de vencer.
Me encontraba en la mejor forma de mi vida. Estaba en una nube, con la moral a tope, el
cuerpo afinado en 83 secos kilos de puro músculo y en la flor de la vida. Cuando salí al
ring, el público local calló al ver mi cuerpo.
Sintieron que la pelea sería a muerte. Conmigo no valían las triquiñuelas ni las medias
tintas. Siempre he ido a por todas. O me comía al negro aquel o moría sobre la lona. Y a
punto estuvo de suceder lo segundo.
La pelea iba bien, todo estaba controlado. Le iba ganando a los puntos claramente. Me
defendí bien. Estudiamos vídeos suyos y vimos que todo lo daba en los cuatro primeros
asaltos. A partir de ahí, bajaba su fondo físico y se limitaba a defender, bailar un poco e
intentar meter su buena izquierda.
En el quinto asalto me cazó con un golpe brutal e imprevisto, para mí y para todos mis
preparadores: un espectacular y perfecto gancho de derecha que aún no me explico de
dónde coño salió, pues no era un golpe suyo. Fue quizá el primer y único gancho de
derecha que dio. O quizá era un arma secreta que sacaba cuando se veía jodido de verdad,
pero no lo habíamos visto en los vídeos.
El brutal golpe me fracturó la mandíbula, pero lo peor fue la caída. Al caer, ya
inconsciente, me fracturé dos vértebras cervicales que me dejaron dos años fuera de juego.
Caí al suelo ya inconsciente. Es el único golpe que consiguió noquearme, pero no hicieron
falta más, por desgracia.
Operaciones, médicos, hospitales y mucho mal humor. Me vine abajo. Me deprimí y
engordé quince kilos, llegando casi a los cien. Todo mi dinero se me fue en tratar de
recuperarme cuanto antes. Me topé con algunos médicos desalmados que solo querían
dinero y no me dejaron bien. Tuve que volverme a operar.
Padecía fuertes jaquecas y no se me iba la sensación de mareo, que me duró casi un año.
Comencé a beber porque no sabía qué más hacer. El vodka me ayudaba a olvidar. Había
pensado que llegaría a lo más alto y cada día caía más bajo. Los médicos me aconsejaron
dejar el boxeo profesional. Mi carrera estaba acabada.
Casi arruinado, decidí ganarme la vida como preparador privado de boxeo para ricos, en
gimnasios de élite de Moscú y San Petersburgo. Volví a mi forma anterior en solo tres
meses, entrenando como un demente y comiendo como un monje. Me pagaban muy bien
cada clase y ganaba un buen dinero que además me parecía muy digno.
Poco a poco, debido a mi fortaleza, me recuperé. Volvía a moverme bien y mi derecha
seguía teniendo la misma potencia, pero si daba mucho al saco, mi cuello se resentía, las
vértebras rotas, aunque ya soldadas, protestaban. Supe que jamás podría volver a boxear
como un profesional.
Y entonces apareció el cabrón de Svistunov. Yo estaba en una discoteca del centro, un
sábado por la noche, bailando entre tres preciosas niñas de diecinueve o veinte años. Mi
único dilema aquella noche era elegir cuál de ellas me follaría.
Las tres estaban mandándome señales inconfundibles. Una era morena, seguramente
armenia, con unos grandes ojos oscuros y un cuerpo flexible y delgado. Las otras dos eran
rusas, rubias y muy pálidas, como son nuestras mujeres. Pero no rubias al estilo de las
suecas o noruegas, sino de un rubio oscuro, ceniza, mucho más bonito. Las rubias me
provocaban bailando entre ellas, frente a frente, acercándose una a la otra y mirándose
provocativamente.
Entonces, se acercó un tío con aspecto de matón y me dijo que su jefe quería hablar
conmigo. Que sería solo un minuto. Le dije que se perdiera y me dejara en paz. No le
gustó la frase y se quedó allí, planteándose si debía llevarme a rastras ante su señor o
valdría con darme una simple hostia. Le ayudé dándole una suave bofetada para que
entendiera que estaba de juerga y que no era día de entrevistas, reuniones ni polleces de
ningún tipo.
La bofetada sonó más que la fuerte música de discoteca del momento, una especie de
Progressive House de los 90 adaptado por un famoso pinchadiscos londinense. No lo
tumbé porque no quise, contuve el brazo. Para ello, nada mejor que no utilizar mi
peligroso brazo derecho. Como en la discoteca no dejan pasar armas, se vio en la
obligación de luchar conmigo con las manos, y eso no es tan fácil para muchos de estos
matoncetes de tres al cuarto que solo saben presumir con sus pistolas o sus cuchillos.
Toda la pista se paró de repente. El pincha quitó la música y los de seguridad hicieron acto
de presencia para tratar de imponer una paz ficticia, más bien un aplazamiento en aquel
intercambio de impresiones. El matón se retiró, humillado. Su jefe, que no era otro que
Svistunov, le echó una bronca descomunal. Salieron de la discoteca.
A las dos horas yo salí también, del brazo de las dos rusas. La morena acabó liándose con
un tío en medio de la pista. Tenía a una rubia en cada brazo. Pensé que quizá eran putas de
lujo, de esas que están en los sitios de ambiente a la caza del personaje famoso.
Me daba igual lo que fueran. Ya me habían calentado e iría hasta el final. A mí todavía se
me recordaba en Moscú y en toda Rusia, aunque ya no pelease. Las niñas me reconocieron
y no se separaron de mí en toda la noche. Cuando bajábamos las escaleras del local, una
de ellas me dijo:
- Tenemos una sorpresa para ti.
- Entonces, no debo preguntar cuál es porque ya no será sorpresa, supongo - dije.
- Exacto. Ya lo verás - exclamó la otra con una sonrisa que se convirtió en carcajada al
mirar a su amiga.
Este agradable diálogo fue interrumpido en cuanto pisamos la acera de la calle. Dos
hombres de Svistunov me cerraron el paso con sus cuerpos. Les dije que esa vez me
dejaría de mariconadas de mariposón y cerraría la mano. Sacaron sus armas. Esperé a que
las chicas, esos dos ángeles rubios y blancos, a las que había empezado a desnudar con la
imaginación, se alejaran unos metros.
Entonces, veloces como rayos, los dos puñetazos impactaron en los rostros de los
matones. Mis puños salieron al mismo tiempo. Ambos dieron en el blanco, pero la peor
parte le tocó al que recibió mis nudillos de la mano derecha. La nariz se rompió como una
nuez dentro de un cascanueces. Así sonó. El otro se llevó el golpe un poco más arriba, en
la ceja. Cuando iba a rematarlos con sendos ganchos a la barbilla, apareció el jefe,
Svistunov.
- Vale, vale, muchacho. No hace falta que te exhibas así. Los chicos solo querían decirte
que me gustaría hablar contigo un rato. Nada más. Podemos hablar en mi coche o aquí
mismo, como quieras - dijo el capo.
- No hay nada de qué hablar - contesté.
- Yo pienso que sí, lo hay. Ya no boxeas profesionalmente. De manera que no tienes tu
mente ocupada con ese asunto ahora. Veo que eres un tío duro, pero muy duro. Nunca
había visto sangrar así a estas dos moles. Tendrán que espabilar, desde luego. Te quiero en
mi equipo. Veo que vas muy bien acompañado. Me gusta. Tienes estilo y buen gusto. Por
eso ahora te dejo que te diviertas. Mañana, a las once de la mañana, te espero en esta
cafetería. Aquí tienes las señas - me dijo entregándome una tarjeta.
- Veremos cómo me encuentro mañana a esa hora - respondí.
- Esperaré, Stepán. No me des plantón, por favor. Todo se puede negociar, pero acude a la
cita. Te considero un tío serio.
Svistunov se quedó sacando pañuelos para sus escoltas. ¡Qué situación tan ridícula! No les
auguré nada bueno a esos dos panolis. Esa humillación no la perdonaría un hombre tan
rencoroso y vengativo como él.
Cogí a mis chavalas, que se quedaron con la boca abierta ante mi par de golpes eléctricos,
y nos fuimos a mi casa. Estaba intrigado con la sorpresa que me deparaba el destino.
Ansiaba conocerla.
La pequeña sorpresa me la dieron ya en el ascensor. Entre las dos empezaron a besarme el
cuello, la boca, las orejas, la barbilla… Lo hicieron de repente, en cuanto apreté el botón
del décimo piso. Había tanto y tan bueno que tocar que me costó saber por dónde empezar.
Había estado con algunas tías en mi vida, pero aquello era demasiado. Con dos a la vez…
Con gran dificultad, saqué la llave del bolsillo y abrí la puerta. Las nenas me estaban
metiendo mano por todo el cuerpo. Estaban cachondas como yeguas en celo.
Ese monstruo sexual de cuatro manos, cuatro tetas, dos bocas y dos culos me desnudó en
el pasillo y se me echaron encima como hienas hambrientas. Por un momento pensé si no
querrían en realidad devorarme vivo, como esos terribles carnívoros africanos. Había que
centrarse en objetivos claros. Besé a una en los labios y puse mis manos en las tetas de la
otra, que al ser un poco más grandes los tenía más a mano.
Me habían dicho sus nombres en la discoteca, al principio, cuando las invité a unas copas,
pero ya ni me acordaba. Daba igual. En ese remolino de carne no estaba yo como para
pararme a pensar nombres. Cansado ya de arañazos y mordiscos, cogí a ambas, a cada una
con una mano, las alcé y me las llevé al dormitorio. Sus chillidos me pusieron a mil por
hora. Gritos, carcajadas, besos y lenguas.
El desenfreno más absoluto se apoderó de ese trío del que yo formaba parte, casi sin ser
consciente, como si yo fuera otro que me veía a mí mismo desde otra dimensión. No hubo
otra cosa que sexo puro y duro, sexo a discreción.
No se habló, nadie susurró, no hubo caricias ni confidencias. Aquellas lobas querían polla
y se la di. Aquellas chavalas no eran putas, como en algún momento llegué a pensar,
puesto que en el mundo de hoy todo se paga con dinero. Parece que era una fantasía suya
que querían cumplir desde hacía tiempo. Y lo querían conmigo. Fue un honor.
Ese combate fue uno de los más duros de toda mi vida. Salí vivo de milagro, pero no ileso.
Tenía moratones y arañazos por todas partes. Me dejaron como un cromo. Por la mañana,
hacia las diez, me desperté. Ellas seguían dormidas.
Habían bebido bastante en la disco y parecía que les costaría despertarse. No vi mejor
opción que darme una buena ducha con agua casi fría, salir de casa, dejarlas descansar e ir
a la cafetería donde me esperaba Svistunov. Era hora de zanjar nuestro asunto, que se
prolongaba ya por algunos años.

* * * *

Llegué a la cafetería a las once menos cinco. Ya que tomé la decisión de ir, había que ser
puntuales. Svistunov me esperaba sentado en una mesa del rincón. Dos de sus hombres
estaban sentados en una mesa no muy alejada de la suya. Estaba tomando té y hojeaba un
diario.
Me ofreció asiento, me miró a los ojos largo rato y, al fin, exclamó:
- Me has dado una alegría viniendo, Stepán. No las tenía todas conmigo. Eres un tío con
muchos cojones, los tienes bien puestos, pero como ayer no me dijiste radicalmente que
no, conservaba la esperanza. ¿Qué te apetece tomar? ¿Has desayunado? Te veo cansado,
muchacho. Esa pareja de bombones te ha dado lo tuyo por la noche, ¿eh, cabroncete? No
me digas que te las has tirado a las dos a la vez…
- Bueno, parece que era una sorpresa que las niñas tenían pensada para mí. No voy a decir
que no me haya gustado la sorpresita. Ha sido agradable, pero sí, tiene usted razón, estoy
agotado - reconocí expulsando aire por la nariz.
- En este caso, te recomiendo este té - dijo señalando la carta con el índice-, es con miel y
tiene un poco de ginseng. Te hará recobrar parte de las fuerzas perdidas en ese interesante
combate que tuviste que sostener - dijo entre carcajadas.
- De acuerdo. Venga ese té. Pero estoy, sobre todo, hambriento. ¿Hay algo de pitanza en
este tugurio tan lánguido? - pregunté.
Svistunov rió de nuevo con fuerza. Le gustó verme así, hambriento y con ganas.
- Echa un vistazo tú mismo. Hay de todo. La bollería fina es de estilo francés. Los
croissants están deliciosos, así como la mermelada de ciruela. También tienen bocadillos,
tortillas, salchichas. No te cortes. Pide como si no hubieras comido en toda la semana. El
tío Vasia (Vasili) se ocupará de todo.
Vasili Svistunov me dejó comer antes de pasar al asunto que nos ocupaba. A los diez
minutos pude calmar un poco el ansia de ingerir un plato tras otro. En general como
bastante, pero por las mañanas devoro, y sobre todo si desayuno a una hora tan tardía
como era el caso.
- Bien, Stiop, ya sabes lo que voy a proponerte. La oferta sigue en pie. Te necesito más
que nunca. Me pareces el idóneo para estar a mi lado. Siempre hay moscones y chulos de
los cojones que tratan de acojonar un poco a mis hombres. Tengo tipos duros, duros de
verdad, pero fíjate lo que eres capaz de hacer con ellos, y sin armas.
>>Me has gustado siempre, Stepán, siempre. Sé a lo que te dedicas ahora, a mis oídos
llegan todas las noticias que me interesan. Está muy bien lo de dar clases privadas a gente
de élite. Nada que objetar. Pero conmigo harás pasta, dinero de verdad. Cada año más.
Mantengo mi oferta. Es una locura, lo sé. Nadie gana eso trabajando como
guardaespaldas, ni siquiera cien veces menos, qué digo, bueno, de locura, pero es que no
hay gente de tu categoría.
>>Sé apreciar y pagar por lo mejor. Y tú, en serio, eres el mejor. La crème de la crème.
Como te dije la última vez que intenté traerte conmigo, tendrás 30 millones de dólares al
año. Para que no quedes mal con esos señores, tus clientes, te ofrezco un día libre a la
semana para que des clases intensivas hasta que puedas ir dejándolo.
- Cuando yo podía haber ganado cientos, o quizá miles de millones si me hubiese
proclamado campeón de los pesados, habría sido muy poco. Pero ahora, retirado, fuera de
juego, reconozco que no ganaré ese dinero en ningún lugar. No me apetece ser el
guardaespaldas de nadie. Pero el dinero siempre hace falta. Solo le pido un tiempo, unas
semanas, para decidirme.
- ¿De cuántos días estamos hablando? - quiso saber Vasia.
- Un par de semanas. Máximo tres. Estaba pensando hacer un viaje, desfasar un poco,
vivir. He estado tantos años cuidándome, haciendo dieta estricta, entrenando como una
máquina… Y al final, un golpe afortunado del rival, una caída tonta y todo se ha ido a la
mierda. Así es la vida. Es posible que le diga que no, señor Svistunov, no quiero mentirle.
- ¡Háblame de tú, joder! Pronto seremos amigos. Espero tu sí, lo espero de corazón. Mi
hijo es un gran aficionado al boxeo. Grababa todos tus combates y los miraba cientos de
veces, analizando cada golpe, cada finta tuya, el baile de tus pies, tu mirada… En realidad,
todo esto es más por él que por mí.
>>Solo para mí no derrocharía en una sola persona tal cantidad de dinero, pero sé que si te
consigo él me respetará un poco más. Está un poco tonto. Tiene ahora 18 años, imagínate.
Todo el dinero que quiere, coches de lujo, nenas de espanto que se pelean por follárselo
cada noche. Tu misión será, de vez en cuando, salir con él y vigilarlo un poco. A ver si
puedes domarlo y que siente un poco la cabeza.
- O sea, que seré su guardaespaldas, no tu guardaespaldas - dije, pasando al tuteo, como
me pidió.
- No. En principio, serás mi escolta número uno, el jefe de seguridad. Pero a veces, cuando
el chico salga de noche, si no te necesito, te pediré que vayas con él y su pandilla, unos
cabrones que, al igual que Dima (Dmitri), tienen demasiados humos.
Mientras él hablaba, terminé mi copioso desayuno. Me sentía renovado. Se me habían
quitado las ganas de más sacrificios, de más esfuerzo, de tanta dieta estricta. Había que
vivir la vida. Haría un gran viaje y después probaría con Vasia. Pero solo un año. Doce
meses nada más. Con esos 50 millones podría emprender cualquier proyecto. Me tragaría
mi orgullo por medio centenar de semanas y después sería libre para siempre.
- Pasado mañana saldré de viaje, Vasili. Pero durante el mismo prometo pensarlo bien y
darte la respuesta. Ahora que lo pienso mejor, hay probabilidades de que te diga que sí.
- ¡Ese es mi hombre! Joder, me das una gran alegría. Ya casi te tengo convencido. Como
los “casis” no me gustan, aquí tienes un sobrecito que irá limando la dichosa palabra hasta
que no quede de ella ni rastro. No es un adelanto. Es para ti, íntegro, decidas lo que
decidas. Para que veas que sé ser generoso con la gente a la que aprecio. ¡Gástatelo todo
en el viaje! Vete a lo grande. Aprovecha.
El sobre contenía doscientos cincuenta mil dólares. No lo abrí allí. Lo cogí y me lo metí en
el bolsillo. Era mejor llevarse bien con aquel poderoso hombre.
- Infórmame en cuanto hayas tomado la decisión. Espero que tomes la adecuada para
ambos. Es un acuerdo que solo beneficia a todas las partes. Tú te forras, yo presumo ante
las otras familias y mi hijo estará bien protegido.
- No te preocupes, Vasili. Creo que pronto te daré una buena noticia. Ahora voy a volver a
casa porque he dejado a esa pareja de lobas salvajes dormidas. Es posible que quieran
continuar lo de anoche.
Vasia me dio una fuerte palmada en la espalda, riendo a mandíbula batiente.
- Eres un tío cojonudo.
- Sobre los tíos de ayer, tus hombres… Esos dos me tendrán ojeriza siempre. No creo que
lo olviden - comenté.
- No te preocupes. Ya está olvidado. Les he dicho que eres el número uno. Además, están
sorprendidos del golpe doble que les lanzaste. Dicen que no han visto manos tan rápidas
en su vida. Creo que te los has ganado con ese increíble y brutal movimiento, aunque a
Fioma (Fiódor) le hayas roto la nariz. Son buenos tíos, ya verás.
- Entonces, no hay más que hablar. Hasta pronto, Vitali. Gracias - dije palpándome la
chaqueta en el lugar donde se hallaba el sobre.
- No hay de qué. Ha sido un placer. Me ha costado mucho conseguir esta entrevista.
- Consigues todo lo que te propones, ¿verdad?
- Siempre que no sea una utopía, lo cierto es que sí. Pero tengo los pies en la tierra.
Cuando algo es imposible, es imposible. Que tú vinieras conmigo era difícil, pero siempre
vi una pequeña posibilidad. Ahora veo que tengo opciones, pero aún puedes cambiar de
idea. No voy a llamarte. Espero tu mensaje. ¿Te vas lejos?
- Aún no lo tengo decidido. Quería hacer una ruta larga, ir a varios lugares, pero no sé.
Ahora lo tengo mucho más fácil, sin duda - dije mientras me encaminaba hacia la salida.
Cuando llegué a casa, las rubias estaban intentando volver en sí. Todavía estaban en la
cama, parecía que se acababan de despertar. Era la una del mediodía. Por el camino, paré
en un Azbuka Vkusa (conocida cadena de supermercados de lujo, donde suelen comprar
los millonarios) y compré croissants rellenos de crema de almendra y otras golosinas para
ellas.
- Vengo con vuestro desayuno, niñas - anuncié.
URRRRAAAAAAA, dijeron a coro. Estaban hambrientas y tenían resaca.
Como ya era tarde, no me apetecía perder ese día, que debía de ser de búsqueda de un gran
viaje para mí, con más sexo, por bueno que pudiera ser. Además, así, despeinadas,
cansadas, ojerosas, sin maquillaje, seguían estando buenas, pero ya no eran tan
impresionantes como me parecieron por la noche.
Por mis gesto, entendieron que yo estaba ocupado y se marcharon en cuanto dieron buena
cuenta del desayuno. Tenían buen saque los angelitos… No se comieron los envoltorios de
los pasteles de milagro. Lo dicho, no querían pasta, sino follarse entre las dos a un famoso
boxeador y supongo que presumir de ello contándolo a las amigas. Que hicieran lo que
quisiesen, me importaba una mierda.
Ese día me lo pasé entero buceando por internet. Solo había salido de Rusia para cruzar
los guantes con mi rival. No conocía los viajes de placer. Y como tenía dinero e iba a
ganar mucho más, me decidí por un tour de superlujo llamado “Around the World”. El
viaje, de 24 días de duración, consistía en viajar siempre en un avión privado, el “Four
Seasons”, que iba llevando a sus 52 pasajeros super vip por varias ciudades del mundo.
El propio avión ya era un buen motivo para viajar así. Era un jet privado, un Boeing 757
con asientos de piel, bebiendo a todas horas champán Dom Perignon y comiendo menús
dignos de restaurantes de cinco tenedores. El avión iba haciendo un recorrido por varias
ciudades del mundo. Había cuatro variedades para elegir.
Finalmente me decidí por el viaje “International Intrigue”. En esa ruta, aterrizaríamos en
los siguientes destinos: Seattle (EE.UU), Kioto (Japón), Pekín, Islas Maldivas, Parque
Natural del Serengueti (Tanzania), Budapest, mi querida San Petersburgo, Marrakech y
Boston. En cada ciudad nos llevarían a los más exclusivos restaurantes, dormiríamos en
los mejores hoteles y haríamos cortas excursiones para ver lo mejor de cada lugar.
Me pareció un viaje magnífico. Una vuelta al mundo en tres semanas. Justo lo que
necesitaba. El sobre de Vasili pagaba ese viaje y aún me sobraba algo para gastar sin
medida. En principio, me sobraba una ciudad americana. Pero claro, el viaje empezaba
desde Seattle. Tenía que desplazarme a Estados Unidos para realizar el viaje.
Tres días después estaba en Seattle, a punto de despegar, en el avión Four Seasons. Tuve
una suerte increíble. No había plazas libres cuando solicité información, pero dos horas
después me llamaron de la compañía para decirme que se había producido una cancelación
de última hora y que podría realizar el viaje. De pura chiripa. El avión contaba con chef
propio y no sé si alguna vez comeré manjares tan exquisitos como los que degusté a bordo
de esa lujosa aeronave.
Todas los asientos estaban ocupados. Había de todo: parejas de edad avanzada, algunas
parejas jóvenes (pocas) y gente sola como yo. La mayoría eran solitarios. Había también
una familia rusa, los padres y la hija.
Nada más entrar al avión me fijé en esa preciosidad. Una rubia de pelo largo y fino, ojos
grandes y un poco rasgados, como si en su sangre hubiera algún resto mongol, pómulos
altos y un poco salientes, nariz perfecta, acabada en una punta no afilada, con aletas
pequeñas, boca sensual y barbilla redonda.
A pesar de que la camiseta que lucía no era demasiado ajustada se podían intuir sus formas
perfectamente. Los pechos eran turgentes, salían disparados hacia adelante, eran redondos
y los tenía bastante juntos. Esperé con ansia que se levantara para verle el culo, pero no se
levantó hasta pasadas cinco horas.
Cruzábamos el océano Pacífico. El destino era Kioto. Esa familia rusa estaba muy cerca
de mi asiento y pude escuchar a la perfección todas sus conversaciones. Para disimular,
me puse los auriculares que ofrecía el avión, unos Boss de gran calidad, pero no encendí el
sonido.
Por lo que pude llegar a captar, el viaje era una especie de bálsamo psicológico para
recuperar a la chica de un desengaño amoroso. En numerosas ocasiones escuché a la
madre decirle: “No pienses más en ese cerdo, no merece la pena. Mejor que haya sucedido
ahora”. Y algunas frases más por el estilo.
La chavala era verdaderamente preciosa. Tenía el rostro más simétrico que había visto
nunca. Dicen que en eso consiste la belleza de las personas. Las caras muy simétricas nos
parecen bellas, las menos simétricas son más feas a los ojos de casi todos. Bien, pues esa
niña era “Doña Simetría” al cuadrado.
No quise denunciar mi origen para poder ir enterándome de más cosas, pero me dije que
acabarían sabiendo que yo era ruso. Por eso no me quité los auriculares en ningún
momento. Se podía solicitar comida en cualquier instante. No había horarios.
El que tenía hambre pulsaba un botón de su asiento y a los tres segundos venía algún
miembro de la tripulación para atendernos adecuadamente. En ese primer vuelo comí
como un auténtico gorrino. Todos lo hicimos.
Era parte del encanto del viaje, la comida especial de ese laureado chef, un austriaco con
sangre italiana y francesa que hizo las delicias de nuestros paladares durante aquellas tres
semanas.
Además de cocinar en el avión, era el encargado de llevarnos por los mejores restaurantes
y de explicarnos al detalle todo lo que íbamos a comer en cada lugar, la historia de esos
platos, quién los descubrió, etc. A mí me pareció demasiado, pero estaban todos
encantados con él. También se fijó en Olga, el bellezón ruso del viaje. No pasó
desapercibida para nadie.
En Kioto nos llevaron a ver templos sobre todo, como el del Voto Original, el Templo del
Este y otros más. También vimos el precioso jardín Shosei-en. Por supuesto, comimos y
cenamos en los dos mejores restaurantes de la ciudad.
Ya durante la visita por el jardín, me di cuenta de que Olga me lanzaba alguna mirada
esporádica que ni siquiera trataba de disimular. Pensé entonces que era menor de edad, le
echaba dieciséis o diecisiete años como máximo, cuando en realidad estaba a punto de
cumplir los diecinueve. En Kioto la familia de Olga aún no sabía que yo era el único ruso
del viaje, sin contarles a ellos. Con pocas horas para dormir, seguimos viaje a Pekín.
Me encantó esta grandiosa urbe. En Pekín estuvimos tres días. Nos dio tiempo a ver
muchas maravillas, entre otras la Ciudad Prohibida y los callejones chinos, los hutong,
restos de la antigua China tradicional. En realidad, son barrios restaurados para que los
turistas puedan apreciar algo de las construcciones chinas de antaño, pero hay muy pocos.
Predominan los rascacielos en el centro y los edificios mastodónticos en los barrios
residenciales, parecidos a nuestros bloques rusos de entre 15 y 20 pisos de la época
soviética.
La comida fue deliciosa siempre. Un famoso maestro de Tai Ji Chuan (más conocido
como taichí) nos hizo realizar unos pasos con él. Quizá por mi pasado de luchador, aunque
no tenga nada que ver con el boxeo, fui el único al que felicitó. Me habló en chino.
Nuestro traductor pasó al inglés, pero como tampoco sé más que cuatro palabras en la
lengua de Shakespeare, el traductor, que también sabía ruso además de francés, italiano,
alemán y español, me explicó todo en mi idioma. Fue entonces cuando Olga, dando un
codazo a sus padres, les dijo, pues ellos estaban distraídos mirando hacia otra parte, que
yo era ruso.
Esa misma tarde, durante la cena, era nuestro segundo día en Pekín, la familia Borísov se
sentó a mi lado. Les apetecía cruzar unas palabras con un compatriota. Por suerte, no me
conocían. El boxeo no parecía figurar entre sus intereses, me dije.
- Buenas tardes - me dijo la madre, una guapísima mujer de poco más de cuarenta años -,
nos ha dicho nuestra hija que es usted ruso, o al menos es su idioma, quizá sea ucraniano o
bielorruso.
- Buenas noches. Sí, soy ruso, en efecto. En Kioto me pareció escucharles hablar en ruso,
pero no quise molestarlos - dije mirando más a Olga que a los padres, que me escuchaban
con atención.
- Me llamo Stepán - añadí-. Encantado de conocerlos.
- Igualmente - dijo el padre -. Yo soy Alexandr y estas son mi mujer y mi hija, Marina y
Olga.
- Encantada - dijeron madre e hija al unísono.
- Bueno, pues como ya nos hemos conocido, hagamos un brindis por nosotros, por Rusia y
por este maravilloso viaje del que estamos disfrutando - propuse.
Brindamos y comencé a charlar animadamente con Alexandr. El chef estaba explicando,
en inglés, la composición de la cena de aquella noche. Ellos entendieron que yo no
comprendía el inglés y prefirieron hablar conmigo. Olga no me quitaba ojo. No
participaba en la conversación. No pronunció palabra, pero se estaba quedando con todo lo
que decíamos.
Alexandr era un empresario moscovita, dueño de una empresa de importación-
exportación. Hablaba varios idiomas, entre ellos el chino. Me pareció un hombre afable y
muy inteligente. La mujer, Marina, estaba siempre pendiente de él y no se separaba de su
lado. Ella trabajaba en la empresa junto al marido, era contable.
La guapísima Olga me miraba fijamente y sonreía. El viaje se estaba complicando en
cierto sentido. Yo no tenía muchos más años que ella, tampoco sería una locura.
A la mañana siguiente, teníamos excursión por la Ciudad Prohibida, gigantesco palacio
que fue el hogar de los emperadores chinos durante los últimos quinientos años, desde la
dinastía Ming hasta la Qing. Por allí, paseando tranquilos entre los cientos de edificios que
están dentro de las murallas, empecé a conversar con Olga.
Ella se rezagaba a veces del grupo pues hacía numerosas fotografías con su teléfono. En
una de esas, yo me quedé en uno de los puestos donde venden refrescos y helados
intentando comprar una cerveza. Me costó hacerme entender. Olga vino a rescatarme y
dijo al dependiente:
- Pijiu - que a mí me sonó como pjichuó.
El vendedor, de inmediato, con una sonrisa, me entregó la fresca cerveza.
- Vaya, gracias, Olga. Creí que solo tu padre sabía chino. ¿Tú también eres políglota?
- Sé un poco. Llevo tres años estudiándolo, pero aún me falta mucho para dominarlo. Pero
para estas palabras básicas puedo ayudar.
- ¿Quieres algo tú? - le pregunté.
- Sí, gracias. Me apetecería un poco de agua. ¿Quieres pedirlo tú? No es muy difícil, mira.
Tienes que decir kwan chuan shuí.
- No puedo repetir eso, déjalo. Dilo tú, mejor. Parece que estás cantando, o haciendo algo
raro, pero no sé qué es. ¡Menuda locura de idioma!
Olga rió con ganas, mostrándome su perfecta dentadura de piezas muy juntas, blancas y
tamaño mediano. Era una delicia verla reír. Tenía que conseguir otra risa como aquella.
Para lograrlo, nada mejor que tratar de repetir ese galimatías de extraterrestres que me
parecía el chino mandarín.
- Kuan chen shueien - dije más o menos.
Para mi sorpresa, el vendedor me aplaudió y se rió, uniéndose a la sonrisa de Olga. ¡Me
había entendido! Me dio una botella de agua mineral. Para pagar, Olga se ocupó del tema.
Le di un billete de veinte yuanes para que pagase.
- Ese hombre me ha entendido, Olga. ¿No es increíble?
- No, no lo es. Y te diré por qué. Lo has dicho solo parecido, cambiando alguna letra, pero
todos los tonos los has repetido justo como yo. Los tonos de las vocales. Esa es la clave
del chino. Si fallas en los tonos, es cuando ellos no entienden nada a los extranjeros.
Entonces, la pronunciación es importante, claro, pero más aún lo son los tonos de cada
vocal. Lo has clavado, Stepán. Te doy la enhorabuena. Es difícil que te entiendan la
primera vez que dices una frase en chino. Tienes oído.
- Vaya, gracias. No me esperaba algo así. Me lo has dicho, aunque era complicado, muy
claro. He tratado de repetir igual.
Así, pidiendo una simple botella de agua en ese idioma tan complicado, logré romper el
hielo con ella. Llevaba dos días pensando en cómo realizar un acercamiento que no la
asustara y que no fuera ridículo. A veces, la vida te soluciona esos problemillas de la
manera más sencilla y natural.
Y así estuvimos, paseando y hablando dentro de la Ciudad Prohibida. Olga había guardado
el móvil en un bolsillo de su cazadora. Ya no le interesaban tanto las fotos. Tenía a un
hombre que no le quitaba ojo de encima. Los temas de conversación fueron banales. Lo
importante para nosotros no eran las palabras sino nuestros cuerpos, las miradas, los
silencios…
Me gustó muchísimo desde que la vi en el avión, pero tras hablar con ella, oír su risa y
verla sonreír, me enamoré sin remedio. Lo supe desde el principio, pero no lo quise
asumir. Me engañé a mí mismo, aunque no me gustaba hacerlo. Me engañé diciendo que
solo sería, si tenía suerte, un flirteo de primavera en el contexto de un viaje de lujo donde
todo era irreal y mágico, alejado de la rutina y de la realidad que me esperaba en Moscú.
Ese primer paseo juntos no duró más de media hora, pero a mí me pareció un año entero,
media vida, no sé, una temporada donde el tiempo no se medía como lo hacen las agujas
de los relojes, segundo a segundo.
Llegamos, poco a poco, a la altura del grupo y, con él, de sus padres. Marina sonrió
cuando vio que su hija había hecho buenas migas conmigo. No parecía estar en contra. Un
punto a mi favor, entonces. La mirada de Alexandr fue algo diferente, de sorpresa, pero no
percibí disgusto en ella. Medio punto más a mi favor. El punto importante, el de la madre,
estaba conseguido.
No volvimos a hablar hasta la noche, en la cena. Alexandr y Olga hablaban con los
camareros en chino y Olga, en un momento determinado, me dijo en voz alta, para que
mis padres y el traductor lo oyeran:
- Stepán, ¿por qué no pides agua en chino? Sabes hacerlo muy bien.
Se acercó a mí y me dijo la frase de la mañana, con esas tres extrañas sílabas. La repetí a
una camarera y me contestó con otro galimatías que me dejó de una pieza.
- Esta vez no ha habido suerte. Parece que no me ha entendido, lo siento - dije, un tanto
decepcionado conmigo mismo.
- No, Stepán, al revés. Te ha entendido a la perfección. Lo has dicho aún mejor que la
primera vez. Te ha dicho que te la trae ahora mismo - aclaró Olga, con una sonrisa de oreja
a oreja.
Ante un bellezón como ese, me salía bien el chino, el japonés, el urdu o el navajo. No
importaba; con tal de impresionarla, era capaz de someterme a cualquier otra prueba
semejante. Los padres sonrieron, satisfechos. Indirectamente, había conseguido animar
mucho a su hija y estaban felices.
- Como esto siga así, voy a aprender chino a la velocidad del “Four Seasons” - comenté,
alegre.
Conseguí más risas de Olga y de su padre. Olga se levantó de la mesa. Supongo que iría al
servicio. Sus padres aprovecharon para hablar conmigo sin su presencia.
-Muchas gracias, Stepán, por lo que estás haciendo -dijo, Marina, agarrándome la mano.
-¿Qué estoy haciendo? -dije, haciéndome el confundido, pero sin estar muy seguro
tampoco de por dónde iban esos tiros.
-Por hablar con nuestra hija, hacerla reír, escucharla… -explicó el padre-. Verás, este viaje
es para ella, para sacarla de Rusia por unos días. Sale de una relación de tres años con un
chico. Ella estaba muy emocionada con él, muy entregada. Pero él, lo descubrimos tarde,
no era más que un golfo que estaba con ella por interés, pero tenía varias más repartidas
por Moscú y otras ciudades.
-Sí, todo un don Juan, por desgracia -apuntó Marina.
-Vaya, lo siento. Una chica como ella. Es preciosa, pero no querría yo… En fin, quiero
decir que…
-No tienes que explicarnos nada, Stepán. Sois mayores los dos. Solo queríamos decirte
que no esperábamos verla así tan pronto. Y ha sido solo gracias a ti -dijo la madre-. Eres
muy atractivo, con permiso de mi marido, claro. Era inevitable que se fijara en ti. Solo te
pido que la trates bien, nada más. Es muy sensible.
-Tendré cuidado, por supuesto, sabiendo que viene de un desengaño. No se preocupen,
ríanse de algo, por ahí vienen -avisé.
Ellos fingieron unas risotadas, pero debieron de ser algo exageradas porque cuando llegó
ella los miró sospechando algo, mas no dijo nada.

* * * *

En las Islas Maldivas tocaba solo sol y playa. Había alguna que otra excursión, pero Olga
y yo fuimos solo a la primera. Hacía tanto calor y era tan húmedo que preferimos
quedarnos en el hotel, que tenía el aire acondicionado a una temperatura perfecta.
Allí descubrimos nuestros respectivos cuerpos. El primer día de playa, delante de mí, no
se quitó la camiseta blanca que llevaba. Debajo tendría, supongo, el bikini, pero la
camiseta era muy larga, le llegaba casi hasta la rodilla, y pude ver muy poco. Yo sí me
quedé solo en bañador. Me apetecía tomar el sol. Jamás había estado en un sitio así, para
ricachones. Me apetecía disfrutar. Olga no pudo evitar admirar mi cuerpo.
Unos músculos tan trabajados durante tantos años tenían que hacer efecto. Ya no era
profesional, pero estaba en esos buenos 82 kilos. Rocoso y marcado, con los brazos,
hombros y antebrazos destacando por encima del resto de músculos. No solo Olga se
quedó prendada. Varias féminas de las butacas cercanas se levantaron las gafas de sol para
echar un vistazo. Las pillé a todas. Ese primer día en las islas, sus padres estaban con
nosotros, tumbados, tomando el sol. Alexandr hizo un comentario sobre mi cuerpo.
-Estás en una forma impresionante, hijo. Vaya cuerpo.
-Soy boxeador, es por eso. No tiene mérito. Cualquier que entrene como yo lo he hecho, se
pone así o incluso aún más musculoso, no lo sé. Tengo genética también, desde luego,
pero es fruto de millones de horas de entrenamiento.
-Vaya, boxeador. No lo hubiera imaginado -dijo Marina.
-Pues ya lo ven -dije.
-De tú, Stepán, háblanos de tú. Parece que vamos a estar juntos todo el viaje. Ya somos
como amigos -pidió él.
-De acuerdo, de tú entonces -zanjé.
El padre me contó si era profesional. Les conté mi trayectoria, sin quitar ni añadir una
coma. Olga y Marina reaccionaron más al asunto de mi lesión y la odisea de médicos y
hospitales, sufriendo con la historia. Les dije que ahora daba clases especiales para gente
con dinero. Enseñaba todos mis trucos, ya que nunca volvería a un cuadrilátero para pelear
como antaño.
-Quizá ahora que saben quién soy, no quieran estar conmigo. Los boxeadores, fuera de la
lona, tenemos, a veces, mala fama. Que somos brutos o que somos agresivos o violentos.
-¡En absoluto, Stepán! Estamos orgullosos de que todo un campeón de Europa y de Rusia
quiera acompañarnos en este maravilloso viaje -dijo Marina.
-Veo que ustedes, perdón, vosotros, sois muy cultos todos. Sabéis idiomas, habéis
estudiado en la universidad. Yo soy un pueblerino más que vive en Moscú.
-No digas eso, Stepán. Tú eres un hombre divertido, sincero, amable, encantador, y
físicamente, bueno, solo tienes que ver cómo te miran todas las mujeres del hotel. Yo me
he fijado, querido -me halagó la madre, con una sonrisa.
-Bueno, dejemos de hablar de mí, me voy a poner rojo -alegué.
-Rojo ya estás, Stepán. No te estás protegiendo como deberías. Este sol no es como el de
Rusia, debilucho. Llevamos solo una hora y te estás quemando -explicó Olga.
-Olga, saca la crema y dásela, mujer, ¿no ves que él no ha traído?
En efecto, no había comprado crema solar protectora. Pero allí estaba Olga, para remediar
la situación. Creí que me daría el bote para extendérmela yo mismo. Me equivoqué. En
realidad no era crema, sino un spray protector. Se acercó a mí con aviesas intenciones.
-¿Vas a dispararme con eso? -dije, tapándome con la toalla.
Los tres rieron y ella se quedó allí, de pie, con aquella cara perfecta y ese pelo de hebras
de oro que me tenía loco.
-Si me dejas, sí. Seguro que no te has puesto protección solar en tu vida.
-Aciertas. Nunca lo he hecho. Adelante pues. Me someto a la tortura con resignación.
Se arrodilló junto a mi hamaca y me empezó a esparcir el contenido del spray, que era un
líquido aceitoso. Lo hacía con tal suavidad que no pude evitar excitarme. En cuanto
empecé a notarlo, me tumbé boca abajo, para que sus padres no vieran el espectáculo.
Me apretaba cada vez más fuerte, empezó solo rozándome la piel, pero fue cogiendo
confianza y acabó dándome casi un masaje. Sus manos eran puro goce sobre mi piel. Sus
padres, siempre atentos y comprensivos, fingieron empezar una importante conversación,
para que nos sintiéramos a gusto.
-¿Te doy también en las piernas?
-Bueno, ¿crees que pueden quemarse también?
-También, aunque debes protegerte especialmente cuello, hombros y espalda. Con esta
espalda anchísima que tienes, no quiero ni pensar cómo estarías por la noche. Te habrías
llevado todo el sol de Maldivas.
Y se aplicó como una masajista a extenderme protección solar, echando gotas cada vez,
para que durase más, sobre la parte posterior de mis muslos y gemelos. Incluso me dio en
los pies. Tengo unas cosquillas irresistibles ahí y salté de la hamaca cuando lo hizo.
-Tranquilo, Stepán.
-Es que tengo cosquillas ahí, mejor no sigas -dije entre risas.
Le contagié y acabamos riendo como niños. Ella casi lo era. Todavía no sabía su edad,
pero no me perdí la frase de su madre cuando comíamos en China: “sois mayores”. Por
tanto, es posible que tuviera dieciocho años, me dije mientras volvía a subir desde el talón
y me embadurnaba de líquido la pierna derecha. ¿Cómo volverme? Todavía faltaba el
pecho y el estómago, aunque quizá no se atreviera a darme por esa parte. La erección no
bajaba. Al contrario, iba a más.
-Muchas gracias, Olga. Has sido muy amable. Tú, con esa camiseta, no lo necesitas -dije.
-El primer día me gusta estar al sol, pero con la piel protegida. Soy tan blanca que nunca
me pongo morena, a lo sumo algo tostada, pero muy leve. Y me quemo con mucha
facilidad. Mañana quizá tome algo el sol por la mañana, con el sol aún bajo.
No insistió y me quedé así, boca abajo, hasta que noté que podía darme la vuelta sin
peligro. Llevaba un bañador de esos de nadador, no bermudas hasta la rodilla.
Ese día paseé con Olga por la orilla. Esa islas son un verdadero paraíso. Su belleza hacían
competencia a la de Olga. Por primera vez desde que la vi, pude quitar los ojos de ella
para posarlos en esa naturaleza exuberante, con esas aguas de color turquesa tan claras.
Las palmeras de un verde tan brillante… Me habría quedado allí siempre, pero íbamos a
estar solo seis días. Seis días dan para mucho, pero no en ese lugar al lado de una mujer
como Olga. Se me hicieron seis minutos.
El tercer día en Maldivas, Olga y yo preferimos no ir a la excursión organizada, a pesar de
que tenía buena pinta. Fuimos a las dos primeras todos juntos. Sus padres estaban
encantados con la decisión. Supongo que me veían como a un exótico posible novio para
unos días, justo lo ideal para hacer que se olvidara de su novio.
La excursión empezaba a las ocho de la mañana. A las nueve coincidimos en el restaurante
del hotel, que estaba al lado de nuestros bungalows, para desayunar. No habíamos
quedado, pero fuimos casi al tiempo. Nos sentamos juntos en una mesa junto al mar,
viendo cómo un banco de peces de colores huía de repente no supimos de qué. No vimos
ninguna amenaza, pero ellos sí.
Después de desayunar, nos fuimos al mar, a bañarnos, que era donde mejor se estaba.
Hacía calor siempre, a cualquier hora. Por eso nos gustaba pasar gran parte del tiempo
zambulléndonos en aquellas prístinas aguas, las más limpias que he visto en mi vida. Olga
es una experta nadadora y también bucea muy bien. A mí me gusta solo nadar. Debajo del
agua no me siento muy cómodo. Ella estaba siempre por ahí abajo, la sentía cerca. De vez
en cuando me rozaba las piernas con sus dedos mientras buceaba.
Estuvimos en el agua casi toda la mañana, hasta que la piel de las yemas de los dedos se
arrugaron. Le hice algunas aguadillas. Estaba deseoso de tocarla sin que se notara
demasiado, y estar allí, en el agua, jugando, me pareció una buena opción. Era casi una
niña y quería ir con cuidado. Ella aceptó muy bien el juego. Al poco tiempo se me subía
por todo el cuerpo para intentar hundirme, pero siempre resistía un poco.
De esa forma noté a la perfección sus pechos. Con ropa no parecía que los tuviera tan
grandes, pero lo eran. El bikini le quedaba de maravilla. Con una cinturita de niña, un
rotundo culo, duro y muy redondo, piernas largas y la cara de ángel que tenía, acaparaba
las miradas de todos los hombres que la tenían al alcance de sus ojos.
De nuevo estaba muy excitado y tendría que salir así del agua. Después de habernos
toqueteado tanto, no le di tanta importancia. Trataría de disimular un poco. Mientras así
pensaba, cómo salir con dignidad de esas cálidas aguas turquesas, su mano me tapó los
ojos, ella estaba detrás de mí. Intuí que era un momento importante. Algo ocurría. El juego
de las aguadillas se había terminado. Le dejé hacer.
Me susurró algo al oído, pero no la entendí bien. Y no la entendí porque no me lo estaba
diciendo en ruso, pero al principio pensé que debido al deseo intenso no entendía. Siguió
hablándome en no sé que jerigonza que me puso a mil. Entonces, me mordió la oreja. ¡Ya
estaba! Esa niña estaba suplicando guerra.
¿Qué hacer? Soy un hombre, qué iba a hacer. Mientras me mordía y susurraba a un
tiempo, con sus pechos incrustados en mi espalda, le agarré las nalgas y se las apreté
fuerte, pegándola más a mí. Reaccionó con un leve chillido encantador. Me volví y la besé
al fin. No podía más. Iba a estallar. Estuvimos besándonos un tiempo, con el agua a la
altura del pecho. Yo no quería proponer nada tan pronto. Me dije que le dejaría a ella la
decisión.
-Vamos a mi bungalow, Stepán.
-¿Tú crees que…? Podrían venir tus padres. Vivís los tres en el mismo bungalow. Sí, ya sé
que están en la excursión, pero se han marchado hace algunas horas.
-¿Tienes miedo o no quieres?
-Ninguna de las dos, pero no me gustaría ofenderlos así. Vamos al mío, para evitar esa
incómoda posibilidad.
-Perfecto. Vamos.
Muchos ojos nos miraron salir así, de la mano. Los padres de Olga no conocían a nadie,
pero… Y luego me di cuenta. Si parecíamos una pareja normal, de novios enamorados.
Pero todos los pasajeros del Four Seasons estaban allí, entre muchos otros huéspedes.
Alguno se habría dado cuenta, lo recordaría, que yo estaba solo al inicio del viaje. Bueno,
¿y qué? Si se chivaban, allá ellos. Querían que su hija se animase, pues eso iba a hacer.
Mi bungalow no estaba lejos del de ellos, pero había tres de separación. Desde uno de los
ventanucos yo podía controlar a los que venían por la pasarela tipo embarcadero que daba
paso a la entrada a los bungalows. Estaría atento.
Más o menos nos habíamos hecho idea de la textura de nuestros cuerpos, pero solo a base
de agarrones, abrazos, intentos de aguadillas. Tocaba conocernos mejor. Olga estaba
excitadísima, al igual que yo. Primero nos miramos un buen rato. Una chica tan preciosa,
y que quisiera estar conmigo…
Me parecía extraño, aunque no sabía bien por qué. O sí lo sabía. Mi vida, el trabajo que
estaba a punto de aceptar con Vasili. Ella me parecía pura, pero yo había dejado de serlo
en plena infancia. Esta vez fui yo el que la besó. Iba a pensar que lo hacía por
compromiso, cuando lo estaba deseando.
Le quité la parte de arriba del bikini. Sus pechos desnudos me dejaron sin aliento. Qué
maravilla. Justo como me gustan. Grandes, hacia adelante, con pezones también grandes,
tan apetecibles. Tuve que dejar su boca para pasar a probarlos. Sabían, por supuesto, a sal,
y también un poco a ese spray, pero cuando se quitó ese sabor, apareció el real, el de su
piel. Estábamos de pie.
Yo besaba sus pechos, los lamía con delectación, me detenía en sus pezones. Cómo me
gustaba sorberlos. Ella gemía cada vez más fuerte. Me apretaba la cara, me tiraba del pelo,
se estaba poniendo frenética, fuera de sí. Mi lengua descendió por su vientre y me
entretuve un rato en su lindo ombligo, un agujerito que sabía también delicioso.
Después, sabiendo que había carta blanca y que el enemigo estaba rendido hacía mucho,
mordí la parte inferior del bikini y se lo bajé con los dientes. Tenía solo una línea fina de
vello púbico. Lo demás se lo depilaba. Adorable.
-Oh, Stepán… -gimió cuando mi lengua exploradora empezó sus trabajos de inspección.
-Nunca me habían hecho esto, nunca…ayyy -añadió a duras penas.
-Ese muchacho… ¿no sería marica? Tu coñito sabe a fresa, Olga, lo adoro. Me gusta
mucho.
Pero ella, con urgencias por mí bien conocidas, me separó de su rajita ya muy húmeda.
-Me encanta, Stepán, de verdad, me gusta mucho, pero ahora quiero otra cosa.
-¿Un helado, quizá? -dije.
Rio con ganas, con carcajadas frescas de mujer feliz y joven. Le permití que me bajase el
bañador. Sentí un gran alivio porque con aquella erección gloriosa, la tela me estaba
destrozando la piel del glande. ¡Qué liberación!
Observé su cara de asombro cuando la vio.
-¡Buff! -fue todo lo que logró decir.
-Tienes que estar muy lubricada, querida, para que podamos hacerlo bien. Sé lo que digo.
Si no, te dolerá.
-Ya lo estoy, lo estoy. Hazlo, por favor, no puedo más -suplicó.
Palpé su vagina, los labios, todo. Estaba muy lubricada, era cierto. No era agua del
bañador, estaba realmente preparada para recibirme. La giré y la fui empujando hacia una
cómoda con espejo. Me daría la espalda, pero yo la vería perfectamente a través de él.
Me gustaba hacer eso. Si sus tetas eran de órdago a la grande, el culo era más una
escultura, un himno a los glúteos perfectos. Qué escándalo de mujer. Y pensar que ese
subnormal… ¿quién sería ese pelele que la dejó escapar? Hay que ser necio, me dije.
Fui introduciendo la punta. Costaba, como siempre, pero se iba abriendo camino. Ella
gemía cada vez más alto. Todas las ventanas estaban abiertas. Íbamos a preparar un buen
escándalo. En cuanto entró bien, la follé despacio, con suaves embestidas, lentas y algo
distanciadas entre sí, para ponerla aún más loca.
Ella quería, lo notaba, más velocidad y fuerza, pero todo llegaría. Ese cervatillo desbocado
tenía que tener paciencia. Le gustaba así, porque al mismo tiempo le acariciaba los
enormes pechos, duros y con los pezones empequeñecidos por la excitación, muy duros,
como piedrecitas rosadas.
Quería comérmelos otra vez, pero debía esperar. Se los pellizqué y fui incrementando el
ritmo. En dos minutos, estaba dando unas embestidas de toro que prometían destrozar la
cómoda. Se cayeron varios objetos de decoración que estaban allí. Olga aullaba de placer.
Nos estarían oyendo incluso en India.
-Así, así, justo así. Dale, dale -me animaba.
Por lo general puedo aguantar mucho, pero con Olga, con ese culo delante de mí, tan
rotundo y duro, con su carita excitada que se transformaba en puro vicio, me costó más.
Aguanté un rato más, pero me fui, sabiendo que era solo el primer asalto. En pocos
minutos tendría más. Me corrí agarrándole del pelo y tirando fuerte. También le gustó. No
estaba acostumbrada a estas brutalidades mías.
-Te amo, Stepán -dijo, llorando de repente.
-Pero, Olga…
-Chss, no digas nada ahora. Yo te amo, ¿entiendes? Me gustas mucho y esto ha sido genial
para mi cuerpo, lo necesitaba, pero no tiene nada que ver. Siento que eres el hombre de mi
vida, aunque no tuvieras ese instrumento prodigioso dador de placer. Tu frescura, tu
franqueza… Eres diferente.
-Eres solo una niña, Olga.
-Oye, que tengo dieciocho años desde hace varios meses. Soy una mujer joven -dijo con
orgullo-. ¿Parezco menor?
-Sí, y eso es bueno. Pareces de dieciséis años, más o menos, pero no soy experto en
calcular edades. No lo sé. Lo que sé es que tú también me vuelves loco, Olga.
Entonces, me empujó hacia la cama. Le apetecía tenderse conmigo. Nos abrazamos y
besamos. Volví a mis ansiados pezones, esos magníficos biberones de los que me separaba
con dificultad. Parecía un bebé hambriento. A ella le agradaba que me gustaran tanto.
Quiso empezar a chupármela, pero le rogué que aguardara.
-¿Por qué, Stepán? ¿Acaso no te apetece?
-Voy a lavarme bien. Así será más agradable para ti.
-Gracias -dijo persiguiéndome hasta el baño.
Me la lavó ella. Le encantaba manipularla. Jugó con ella, echándole jabón, luego
aclarándola, luego moviéndola. No pudimos volver a la habitación. Me lo hizo allí mismo,
en el baño. Se arrodilló sobre la alfombra de la ducha y me hizo la mejor felación que
recuerdo. Qué labios, qué lengua. Esa niña era una experta.
A veces paraba para besarme los testículos. Los agarraba y sopesaba. También le gustaron.
Nos encantábamos el uno al otro, como suele suceder con una pareja joven cuando
descubren sus cuerpos. La primera vez es siempre la mejor, por lo que tiene de
descubrimiento, de prueba, de inseguridad frente al otro.
Volvimos a la habitación. De vez en cuando echaba un vistazo a través de la ventana. Los
de la excursión no venían aún. Bien.
Seguimos nuestro maratón sexual, solo interrumpido para ir al comedor a las tres de la
tarde. Necesitábamos recuperar fuerzas. Le dije a Olga que quizá sería bueno que
parásemos, por si llegaban sus padres.
-¿Estás loco? Solo acabamos de empezar, boxeador. Este combate tiene muchos asaltos.
No me digas que quieres tirar la toalla.
-Nunca la tiro. A lo mejor soy yo el que te dejo K.O. a ti, muñequita. Ten cuidado con tus
deseos.
Empezaba a estar cansado, pero tenía trucos para estas situaciones. Masturbé a Olga con
dedos y lengua hasta que le hice correrse varias veces. Ahí empecé a notar su agotamiento.
Estábamos dándonos una paliza de las buenas. Mi polla seguía levantándose, lo que me
parecía un milagro. Y como seguía, pues yo no podía desaprovecharlo.
Lo hicimos en la cama, en el suelo, a cuatro patas, de nuevo en el espejo, como la primera
vez. Acabó siendo nuestra postura favorita. Hacia las seis de la tarde, con el sol ya muy
bajo en el horizonte, comenzamos a oír muchas voces. Volvían los excursionistas. Para
que no nos vieran salir de mi bungalow, nos deslizamos, desde la terraza, hasta el mar.
Solo había que saltar un metro. Desde ahí nadamos hasta la zona del restaurante. A los
pocos minutos, sus padres aparecieron por allí. Nos saludaron con la mano. Salimos del
agua. Nos contaron cómo había sido la excursión y nos preguntaron qué tal lo habíamos
pasado. Estaba ansioso por ver cómo respondía Olga a la pregunta.
-Muy bien, mamá. Hemos nadado mucho. Del agua a la toalla y luego a comer, al agua
otra vez. Está bien esta vida. Teníais razón, necesitaba este viaje.
-¡Cuánto me alegro! -dijo Marina.
No sabía si sospechaban algo, pero no podíamos hacer nada.
-Ya se te ha quitado la protección, Stiop. Voy al cuarto por más -dijo Olga.
-Pero si casi no hay sol, no quema ya -protesté.
-Silencio. Vas a quemarte, no importa dónde esté el sol, mientras haya, tienes que
protegerte -ordenó.
Me sorprendió esta salida de mi preciosa niña. Quería tocarme, sí, y solo se le ocurrió este
infantil truco para poder hacerlo delante de sus padres.
Ellos habían venido a tomar los últimos rayos de sol del día. Olga volvió enseguida con el
famoso spray, el culpable del primer calentón entre nosotros.
Me extendió esa crema de forma absolutamente distinta. Eso no era dar crema, era
hacerme el amor con los dedos y las palmas de las manos. Se centró en el vientre, en las
caderas, en los muslos. La parte de arriba la dejó para otra ocasión. Me giré ante el
problema de siempre y entonces me dio crema en la parte superior de los femorales, justo
debajo del culo. Me rozaba, a propósito, los testículos, metía los dedos por todas partes.
Me estaba volviendo loco perdido. De reojo yo controlaba a los padres, que estaban a
pocos metros, echados en las cómodas tumbonas. Por suerte, estaban boca arriba, con los
ojos cerrados, disfrutando de un sol que ya no quemaba, pero aún calentaba de forma muy
agradable. Olga seguía con sus juegos de niña revoltosa. Perdiendo todo rubor, se dedicó,
bajándome el bañador un poco, a masajearme los dos glúteos. ¡Lo que me faltaba!
El resto de la semana fue más tranquila. Sus padres se quedaron a bañarse y tomar el soll y
no pudimos tener nuestro ansiado maratón. Buscábamos la forma, pero era difícil. Un día
nos arriesgamos a hacerlo durante quince minutos, en mi bungalow. Sus padres fueron a
comer y aprovechamos para hacer el amor como locos, a lo bestia, durante unos breves
minutos que nos dejaron peor de lo que estábamos, pues necesitábamos más.
El penúltimo día había una interesante excursión en barco por el atolón de Maldivas. No
quería dejar que Olga se lo perdiera. Habría sido sospechoso volver a quedarnos, por lo
que decidimos ir. Sus padres insistieron en que era casi lo mejor de todo el viaje.
Abstinencia total. No pudimos hacer nada. Ni un triste beso tuvimos la ocasión de darnos.
Nos tuvimos que conformar con miradas y guiños. Estábamos locos el uno por el otro.
SEGUNDA PARTE

El viaje continuaba. Llegamos a Tanzania, al famoso Parque Serengueti, que, junto al de
Masái Mara, en la vecina Kenia, hacen las delicias de los amantes de los animales en
libertad.
Me levanté tras haber dormido poco esa primera noche. A pesar de la mosquitera, unos
zancudos me estuvieron dando la noche con sus molestos zumbidos. Fui a desayunar muy
pronto, a las siete. Había pocos turistas levantados. Esperé a Olga, pero no aparecía.
Deambulé por el comedor, sin parar de comer cosillas para hacer tiempo, hasta las ocho.
Nada. Estaría muy cansada. Decidí volver a mi bungalow y pasar hacia las nueve. A las
ocho y media, un africano del hotel me trajo una nota.
-Para usted, señor -dijo amable.
Era una nota de Olga.
Mi querido Stepán:
Ha ocurrido una desgracia. Mis abuelos, los padres de mi madre, han tenido un accidente
de coche gravísimo en Rusia. Nos vamos. Mi abuela está muerta y mi abuelo a punto, en
coma. Nos han avisado por la noche. Salimos ya en taxi al aeropuerto, para intentar
volver cuanto antes. Lo siento mucho. Aquí te dejo mi teléfono. Llámame, por favor. Esto
es horrible, mis pobres abuelitos. Estamos muy nerviosos. Te quiero.
Tu Olga
Me quedé de una pieza al leer esa triste nota. Llamé a Olga al teléfono que apuntó bajo su
nombre, pero una operadora me dijo, en ruso, que el número era erróneo, que no existía.
Llamé una y otra vez, pero nada. Me había dado un número falso.
El resto del viaje fue muy triste. Hice algunos intentos más de localizarla a través de ese
número, pero siempre aparecía la voz de ese robot diciendo que no existía esa línea.
Intenté defenderla aduciendo que, debido a los nervios, había escrito mal su número.
Probé cambiando el último dígito, pero nada. O salían otras personas, diciendo que me
había equivocado, o el número no existía.
No sabía si creerme lo del accidente, pero, ¿por qué dudar así de ella? Tenía que ser cierto.
Al volver a Moscú, la buscaría. Me dijeron que eran de Moscú.
Desde Tanzania llamé a Vasia aceptando el trabajo. Dio un grito de victoria y me deseó un
feliz viaje. Empezaría con él al día siguiente de volver. Ya estaba deseándolo.
Mi trabajo con Vasia era sencillo. Ir con él a todas partes, sentarme a su mesa cuando
comía con otros mafiosos, banqueros, oligarcas o políticos. Yo no bebía alcohol, como
ellos, pero podía pedir exquisitos platos.
La parte negativa del empleo la constituían las salidas nocturnas con Dima, el hijo de
Vasili. Montaban unas fiestas impresionantes, casi siempre pagadas con el dinero de
Vasili. El resto de muchachos eran también de familias ricas, pero sus padres no les daban
esas cantidades de dinero para que lo derrochasen allí.
Habiendo tanto dinero, era inevitable que las mujeres guapas, jóvenes como ellos y no
tanto, treintañeras que le gustaban a Dima, se juntaran a ellos para acabar en auténticas
bacanales, orgías de sexo y drogas que se prolongaban dos o tres días. En esos locos fines
de semana yo solía dormir dos o tres horas, en algún sofá, mientras los jóvenes desfasaban
a gusto y hacían guarradas que es mejor no nombrar aquí.
En muchos casos, daban ganas de vomitar, pero iban tan pasados que no controlaban lo
que hacían. Cuando estábamos en casas, todo iba bien. La coca circulaba como si fuera
azúcar. Dima se metía bastantes rayas, pero lo hacía solo cuando le ofrecían, no era de los
más viciosos. Una vez me llegó a ofrecer. Lo hacían delante de mí, no tenían problema. Le
dije, aparte, que jamás volviera a ofrecerme delante de nadie.
Yo estaba trabajando. Lo entendió y me pidió disculpas. De vez en cuando surgían conatos
de pelea que cortaba yo rápidamente dando tres empujones y retorciendo algún brazo.
Dima me miraba siempre con orgullo. Me lucía como un perro de concurso. No me
gustaba ese trabajo, pero no todos los fines de semana había fiestas, por suerte.
Traté de localizar a Olga, pero no conseguí nada. Llamé a varias empresas de exportación,
pero en ninguna de ellas conocían a Alexandr Svistunov. El teléfono seguía diciendo la
misma frase. Acabé pensando que me había utilizado para olvidar a su chico. No es que
me importara, porque a mí me gustaba mucho, pero pensé que había algo más. Me dijo
que me quería, y yo habría acabado amándola, seguro.
Una noche, con Dima y sus incontables colegas, se preparó, como me olía, una buena
bronca. Un grupo de chechenos, hijos de multimillonarios afincados en Moscú, empezaron
a dar puñetazos y a lanzar al suelo a los amigos de Dima. Tuve que intervenir, intentando
no hacerles daño.
Los separaba, empujaba, pero en general los caucásicos son muy buenos luchadores, aman
la pelea, y con alguno tuve que emplearme a fondo. En poco tiempo, me rodearon ocho de
ellos. Ni Dima ni sus amigos se atrevieron a ayudarme. Me deshice a puñetazos rápidos y
potentes de cuatro de ellos. El cuarteto restante no quiso seguir el camino de sus
compañeros, que sangraban en el suelo, y salieron del local.
Había que ver a Dima. No cabía en sí de orgullo. Yo, su guardaespaldas personal, el mejor
boxeador de Rusia, como me llamaba él, había acabado con todos en segundos. Eran solo
chicos. Me dio vergüenza hacerlo, pero tuve que defenderme y me pagaban para eso.
Cobraba una cifra escandalosa, sí, pero era un vulgar mamporrero. Añoraba mis tiempos
de boxeador, cuando me jugaba el todo por el todo en el cuadrilátero. Aquellos fueron
buenos tiempos.

* * * *

Así transcurría mi vida, presente en las reuniones con los poderosos del país, los
verdaderos amos, los que tenían el poder de comprar un cine porque les gustaba el edificio
o tenían pensado abrir allí un restaurante que duraría a lo sumo cinco años. Si los dueños
se negaban, solía aparecer quemado al poco tiempo. Los bomberos siempre decían que
había sido un incendio fortuito. Un paripé un tanto aburrido.
Vasili cada vez era más rico. No podía prescindir de mí; decía que le había dado suerte.
Algunos de sus socios y colegas trataron de traerse a Rusia boxeadores profesionales, para
hacerle la competencia, pero no consiguieron nada. Eran multimillonarios y tenían el ego
muy alto, como debía ser. Yo acepté por un capricho, por la escandalosa pasta que me
ofrecieron y porque quería olvidar aquel triste knock out que me hizo dejar la competición.
Pasaron más de dos años. Me embrutecí progresivamente con alcohol y, sobre todo,
mujeres. A raíz del abandono de la única mujer que me podría haber hecho sentar la
cabeza, me tiré al sexo como un enloquecido.
Todas las noches, daba igual lo cansado que volviera de mi trabajo, o encontraba a alguna
chica que quisiera pasar la noche conmigo, o, si estaba demasiado cansado para ir a una
disco y buscarla allí, llamaba a unas chicas de catálogo de una famosa empresa que tenía
las mejores scorts de Europa, y quizá del mundo, con diferencia, dejando aparte los
harenes privados de los jeques, de los que ningún occidental puede contar nada. Los pocos
que han visto algo, callan por su vida. Una mujer de estas me venía a costar entre tres mil
y cinco mil dólares por pasar toda la noche, dependiendo de su caché.
Eso sí, las mujeres eran de rompe y rasga. Acojonante. Además estaban bien educadas y
tenían buena conversación. Supongo que tendrían un servicio en la empresa para
conseguir eso. No llamé a muchas, a tres o cuatro, pero, sexualmente hablando, daban
ganas de repetir. Esas chavalas conocían posturas que, mientras te la estabas follando,
pensabas qué coño pintabas tú ahí haciendo eso.
Una de ellas, que decía llamarse Vera, había sido gimnasta profesional y podía follar
abierta de piernas totalmente, en horizontal, haciendo el famoso spagat. Lo hacía
apoyando un pie en una mesilla y el otro en otra, abierta del todo. Entonces yo, por detrás,
se la metía desde abajo, tumbado en el colchón, que colocábamos justo en el centro. Las
mesillas habían de ser muy bajas, por supuesto. No tenía ninguna así cuando me lo
propuso, así que colocamos una pequeña pila de libros para conseguir la misma postura.
También se podía hacer de rodillas. Tenía un control fabuloso de sus músculos y sabía
apretar las paredes de la vagina, en la famosa técnica tailandesa. Aquella Vera era
impresionante, divertida, alegre, con bromas geniales. No entendía bien por qué se había
emputecido así, pero ¿qué hacía yo? Prostituido igualmente protegiendo a otro, solo por la
pasta.
A ella también le gusté y me propuso quedar alguna vez. Decía no tener novio y se sentía
sola y harta de hacer eso. Llevaba solo cinco meses de scort. Era una de las más
demandadas. Dijo que ya tenía suficiente para montar el negocio que quería fuera de
Rusia. Que estaría un par de meses más y que lo dejaría.
No pude quedar nunca con ella. La llamé y me contestó una amiga. Estaba en el hospital.
Un oligarca, al que le iba el sadomaso, se había propasado con ella y le había fracturado
cuatro costillas, además de romperle la nariz. Quise ir a verla, para animarla, conocía bien
el estar hecho polvo, sin ganas de vivir, pero la amiga me dijo que tenía instrucciones de
no pasarle a nadie. A pesar de todo, la busqué y la encontré una semana después.
Estaba peor de lo que me habían dicho. Dos días antes había entrado en coma y aún no se
había despertado. Dejé el ramo de flores y me fui de allí, muy afectado. ¿Quién habría
sido el hijo de puta que le había hecho eso a una mujer tan deliciosa como aquella?

* * * *

Algunas semanas después de aquello, llamaron a la puerta. No recibía nunca a nadie,
exceptuando a esas pocas scorts que sí tuvieron que llamar a la puerta. Pero aquella noche
no había solicitado un servicio.
Fui a abrir con la pistola en la mano. Por la mirilla alcancé a ver el pelo rubia de una
mujer. ¿Sería alguna conocida de Vera?
Abrí la puerta.
-Hola, Stepán.
No podía creer quién estaba allí, delante de mí.
-¡¡Olga!! Esto sí que es una sorpresa que ni en mis mejores sueños podía imaginar. Pasa,
por favor. ¿Cómo estás?
-Gracias, Stiop. Creí que me darías con la puerta en las narices. Aún te acuerdas de mí -
dijo ella, tímida, insegura y con unas grandes ojeras que me advirtieron por anticipado de
que había problemas serios.
La llevé al salón. No estaba demasiado limpio debido a que había estado con una tía la
noche anterior dándome un pequeño homenaje.
-Te veo preocupada, Olga.
-¿Por qué nunca me llamaste, Stepán? Yo creí que…
-¿Que no te llamé? Pero si lo hice en cuanto el negrito aquel de recepción me llevó la nota.
Te he llamado cientos de veces a ese maldito teléfono. La línea no existe, Olga.
-Te di mi número. No puede ser -dijo, llevándose una mano a la boca, entendiendo al fin el
porqué.
-Uno no suele equivocarse con su propio número -añadió.
-Con esa situación del accidente, a altas horas de la madrugada, puede pasar eso y más,
Olga. Ahora lo entiendo todo. Mira, voy a traerte el papel, para que lo veas tú misma.
Nunca lo he tirado.
Fui a mi habitación y lo saqué de un cajón. Se lo mostré.
-Ohhh, ese no es mi número. Está mal la cuarta cifra, cambiada con la quinta. Era 5 y
luego 3, no 3 y 5. Nooo -dijo echándose a llorar.
-Pero Olga, Olia, querida… tranquila, tampoco es para tanto. No ha pasado tanto tiempo.
Nunca te he olvidado, lo digo en serio. Mírame.
-Stepán, te he buscado. Llevo un mes buscándote. No sabía cómo encontrarte en esta
gigantesca ciudad donde nadie conoce nunca a nadie. Solo una casualidad me ha
permitido encontrarte. Un cartel, en la calle, un cartel antiguo, de hace años, medio
desprendido de una pared. Allí aparecía un gimnasio… Poco a poco lo he conseguido.
-No llores, Olga, venga. Ha sido una terrible mala suerte. No tuvimos suerte, pero
podemos volver a lo de antes. Si tú aún me quieres. Pensé que me habías dado este
número a propósito. En algunos momentos, te soy sincero, llegué a odiarte. Te maldecí. Yo
también te amaba, pero no te lo dije ni quería reconocérmelo a mí mismo. Ahora…
-Stepán, tengo dos noticias. Una es terrible y la otra maravillosa.
-Dime la terrible primero.
-Se han llevado a mi bebé, a mi niño. Lo han secuestrado, Stepán. Hace dos meses. No
puedo vivir. Estoy al borde del colapso -dijo, sin poder continuar, en un llanto que me
desgarró el alma como si fueran afiladas garras de tigre siberiano.
-Olga… mi pobre Olia, la más bella del mundo, la más buena. Voy a estar contigo, Olga,
siempre. No me importa que…
Entonces me miró y sonrió un poco, con nariz y ojos enrojecidos por el fuerte llanto.
-La buena noticia, la maravillosa es que… -susurré.
-Sí, Stiop -dijo, asintiendo varias veces con la cabeza.
-¡¡¡Es mi hijo!!!
Di un salto y después un puñetazo tremendo en la pared, abriendo un pequeño boquete y
una gran grieta en la pared.
-Olga, ¿por qué no me buscaste sabiendo que era mi niño?
-No podía entender que no me llamaras. Si, sin la noticia del bebé, no querías saber nada
de mí, imagínate con un bombo a cuestas. Yo pensé que fue una aventura para ti, nada
más. Y lo entendía. De verdad que lo entendía. Estuve muy triste unas semanas. Después,
cuando entendí que estaba embarazada, me puse alegre, muy alegre.
>>Mis padres te maldijeron, pero les dije que no tenías la culpa. Que yo fui a tu bungalow
y te seduje. Mi físico ayudó a que lo creyeran. Y ahora, tienen que saber la verdad. Mi
madre está como yo, en el puro desfallecimiento. Mi padre se va a volver loco.
-¿Qué dice la policía? ¿Cómo fue? ¿Dónde?
-Se lo llevaron una noche de la dacha que tienen mis padres en Vladímir, en el Anillo de
Oro. Dormíamos profundamente. Nikolái, ese es su nombre, mi niño, nuestro hijo, es
precioso, había pasado unas noches malas y yo llevaba tres noches casi sin pegar ojo. Por
eso me dormí tan profundamente. Y se lo han llevado, Stiop, ¡¡se lo han llevado!! No
puedo vivir sin él, no puedo…
Ya no pudo hablar más. Tuve que acostarla y darle algo de beber. Estuvimos abrazados
muchas horas. Recibió una llamada. Era su madre. Le dijo que iba ya para casa, que le
contaría todo. Había venido en taxi. La llevé en mi coche.
-¿Quieres verlos? Se alegrarán de verte, de verdad. Ya lo verás. Cuando sepan que todo
fue un error…
-Sí, es difícil, pero en una situación así…hay que dar la cara -decidí.
Afronté las miradas de ambos. Estaban igual que Olga, destrozados por el dolor, sin ganas
ni fuerzas de vivir. Estaban al límite. Olga les explicó todo. Incluso sacó el papel del hotel
de Tanzania, para que se convencieran.
A Alexandr le dije que busqué su empresa, que hice todo lo posible, pero nadie sabía nada
de él en ninguna parte. En realidad, me explicó con tristeza, casi sin fuerzas, la empresa no
estaba a su nombre, por eso no pude hallarlo. Todo se había confabulado para nos
separásemos. Pero mi hijo, y su posterior secuestro, nos había vuelto a unir.
Entonces, me enseñaron fotos; cientos, miles de fotos. Algunos vídeos… Acabé llorando
al ver a mi propio hijo, del que no sabía nada. Era tan lindo. Un bebé rubio, de
grandísimos ojos azules, con una sonrisa tan dulce. Me costó mucho salir de ese estado, al
que me inducían los continuos llantos de los tres. Entonces reaccioné.
-¡¡¡Tengo que encontrarlo!!! Ahora mismo voy a ver a unas personas.
-Pero Stepán, ¿qué puedes hacer? Nunca volveremos a verlo. Se lo han llevado. Lo tendrá
alguna familia de otro continente. La policía nos ha contado que nunca aparecen bebés tan
pequeños. Valen una fortuna, son un gran negocio. Tendrá ya otro nombre, otra identidad,
otra nacionalidad, nuestro pobre Kolia -explicó Alexandr.
-Tengo contactos, gente de arriba, importante. Lo que no voy a hacer es rendirme. Prefiero
morir a aceptar esta tragedia. El mundo no es tan grande. Ahora me voy. Olga, por amor
de Dios, apunta tu número bien ahora. Revísalo.
-Mejor aún, voy a llamarte yo y lo grabas, que los papeles se pierden siempre, aunque no
en tus manos, eso es obvio -dijo ella, con una gran sonrisa de esperanza.
En todos había conseguido depositar un rayo de esperanza. Me veían tan fuerte y decidido
que se animaron.
-Quizá esté aún en Rusia, ¿verdad, Stiop? -dijo Marina, que había envejecido diez años
con la noticia. Se había llenado de canas, y en el viaje no tenía ni una sola.
-Como si está en Marte, Marina, querida suegra. Mi hijo tiene un padre y no voy a dejarlo
tirado. Voy por él, voy a encontrarlo, tarde lo que tarde. Haré lo que haga falta por
hallarlo.
TERCERA PARTE

A primera hora de la mañana estaba en casa de mi jefe, Vasili. Le dije que tenía que hablar
con él, que era un asunto de vida o muerte, como así era además.
Le conté todo, la verdad íntegra. El viaje, mis pocos días de pasión con Olga, el error del
número y la noche anterior.
-Voy a hacer lo que sea, Vasia, lo que sea, por encontrarlo. El dinero puede ayudar. Si tú
me llevas, o me ayudas a llegar a las mafias que llevan esto, te doy todo lo que tengo. Los
sesenta millones no los tengo, he hecho alguna inversión, pero hay cincuenta todavía. Me
pagas mucho, Vasia, demasiado, lo sé.
Pero piénsalo, habrás tenido a un famoso boxeador gratis. Gratis del todo. Te devuelvo
todo. Mañana hago la transferencia. No tengo confianza con nadie más para pedir esto. A
todos los demás los conozco de vista. Se reirían en mi cara con la historia. Pero tú me
conoces. Soy de palabra. Si te digo que mañana tienes el ingreso, es que lo tienes.
-Llevarse a un bebé. Mira, Stepán, sabes que hago de todo. Tengo negocios limpios,
algunos, y sucios, los más. Pero hay límites en todo. Trafico con oro, diamantes, putas,
pero siempre mayores de edad, armas… Me la voy a jugar por ti, Stepán, porque tú te la
has jugado, y muchas veces, con tus solas manos, por mí y por mi hijo, siempre. Por tus
cojones. Yo también tengo, coño. Eso sí, no dirás de parte de quién vienes.
>>Y no, no me des el dinero porque vas a necesitarlo todo, seguramente más. Si consigues
algo, que lo dudo, y mira que lo siento, lo siento en el alma, la alegría para mí será muy
grande también. Con eso me basta. Voy a darte un nombre, nada más un nombre. Es el jefe
de toda esa mierda en Rusia. No vive aquí. Está en Siberia. En un sitio inaccesible.
>>No sé cuál es el sitio, Stiop, tendrás que buscarlo Es imposible sorprenderlo. Idolatra el
dinero. No sé lo que habrá pagado la familia por tu niño, pero pueden ser varios millones,
aunque nunca cincuenta. No. Quizá, si lo sabes haber, Stepán, te diga dónde está, si es que
lo sabe. Te deseo suerte, amigo. La mereces. Venga, no pierdas un segundo. Espera,
espera.
Salió del despacho y me entregó una pequeña bolsa de tela. Lo miré, desconcertado.
-Solo por si te hace falta. Es un pedrusco de muchísimos millones. Poca gente tiene algo
tan grande. Si lo necesitas, úsalo sin dudarlo. Si no, ya me lo devolverás. Con esto se
pueden comprar incluso golpes de estado en ciertos países. Tiene que ser suficiente.
-Gracias, Vasili. Jamás lo olvidaré, jamás -dije.
Abracé a Vasia como si fuera mi propio padre. No me esperaba que me dijera nada, pero
su admiración por mí no conocía límites. Me consideraba un hijo.
El nombre era Piotr Preobrazhenski. A base de dinero, aquí y allí, conseguí dar con el
pueblo donde vivía Piotr. No era otro que Bélaya Gorá (Montaña Blanca), en la lejanísima
República de Sajá, más conocida por Yakutia, al noreste de Siberia.
Es la república más grande de toda la Federación Rusa. Esa aldea está al noreste de Sajá.
Un poco más y ya habría tenido que ir al Polo Norte. Era diciembre y me esperaban
temperaturas de más de cincuenta grados bajo cero. Como los millones de euros que iba a
llevarse ese Piotr.
Tras un calvario de casi una semana, entre aviones con escala y después autobuses que se
paraban en medio de la congelada tundra, llegué a Bélaya Gorá. Por mil dólares, un tipo se
arriesgó a darme la dirección de una dacha donde podrían hablarme de él.
Llegué pagando a un paisano solo mil rublos para que me llevara. Su salario era de cinco
mil al mes. Le di una propina de cinco mil rublos. Era tan honrado que no pudo aceptarla.
Insistí, diciéndole que ese dinero no era un regalo. Que quería que me esperase allí, por si
tenía que salir con urgencia.
En la dacha me cachearon cinco tipos muy malencarados, todos chinos o de algún país
asiático. Parecían una mezcla de mongoles con esquimales. Cuando comprobaron que no
llevaba armas, tras confiscarme el móvil, me condujeron, andando, a través de un bosque,
hasta una gran casa que parecía un palacio en medio de la nada. Ahí tenía que vivir Piotr.
Era la casa más hortera que había visto en toda mi vida. Tenía columnas enteras de oro
macizo. Los marcos de las ventanas eran de plata, y así toda la casa.
Me hicieron pasar a una gran sala vacía. Solo había dos sillas. Me senté en una de ellas.
Eran sillas de jardín, de plástico blanco, de las baratas. Tanto oro en la entrada y después,
Piotr… Ay, ay. Una hora después apareció el jefe del palacio. El personaje es tan
estrambótico que las palabras solo pueden intentar un boceto aproximado.
Tenía el pelo hasta la cintura, una melena lisa, de pelo negro y no muy limpio. Llevaba
pendientes en cejas, nariz, labios, lengua y demás sitios. Tenía perforados los lóbulos de
las orejas, parecía que con un vaso por la forma. Era repulsivo. Su olor corporal también
era muy desagradable. Olía a una mezcla de droga barata, tabaco, fritanga de aceite
revenido y algo más que no supe identificar. Sus ojos eran negros, como el pelo.
Y como su alma, pues todo iba en consonancia. Vestía una túnica semejante a la de los
zares del siglo XVI, la cual arrastraba por el suelo. Tenía pinta de ser muy cara; llevaba
engarzados pequeños diamantes y otras piedras preciosas. En cuanto lo vi, supe que el
pedrusco de Vasia podría llevarme, con seguridad, hasta mi Kolia, mi querido hijo al que
conocía desde hacía pocos días. Y solo a través de fotos, por desgracia.
-Ejem, ejem, caballero boxeador, campeón de los semipesados y después aspirante a
campeón de Europa de los pesados… Un negro le retiró del negocio. Trabaja para una
familia de Moscú muy importante. No ha sido usted quien ha conseguido hallarme, sino
que me han pedido que lo escuche. Favores que llevan a otros favores para pagar antiguas
deudas que se supone que fueron también favores… En definitiva, señor Stepán, que usted
quiere algo. Voy a escucharlo ahora.
-Bien, gracias, yo… -empecé a decir.
-Pero antes, mi respetado huésped autoinvitado, un minuto de silencio. Agradezcamos a
los dioses del bosque siberiano su presencia. Los espíritus le han sido favorable en un
tiempo tan desapacible como este. Es extraño que haya conseguido llegar hasta aquí.
Tuvimos que permanecer en silencio sesenta segundos exactos.
-Hable ahora -dijo él.
-Alguien se ha llevado a mi hijo, es un bebé de menos de dos años. Se llama Nikoláy. Se
lo llevaron hace exactamente setenta días en la ciudad de Vladímir. Soy su padre. La vida
de mi hijo es lo más importante, por eso no voy a amenazarlo con nada, sé que moriría en
segundos. He visto a sus hombres. Tengo dinero, mucho dinero para usted si me dice
dónde está.
-Yo no secuestro niños, querido y respetado Stepán.
-Pero usted, Piotr, dicen que es el jefe de estas mafias de los niños.
-Yo soy jefe de muchas cosas. Digamos que muevo influencias. Intereses de aquí y de allá.
Hago llegar niños a aquellos que no pueden tenerlos. Nosotros no matamos niños, nunca.
Somos los más limpios. Se los damos a quienes no pueden tenerlos, con la convicción de
que los padres podrán tener otro, si pudieron tener ese.
>>Es duro, es injusto quizá, pero los niños están bien, todos ellos. Eso se lo garantizo. Y el
suyo, si lo ha cogido uno de mis hombres, estará ahora tomando su papillita o lo que sea,
en brazos de una mujer que lleva años soñando con tener su bebé.
-No quiero perder el tiempo, me alegra saber que está vivo, me alegra mucho. Entonces, le
cuento. Para no perder nuestro respectivo tiempo, tengo mucho dinero que ofrecerle si me
proporciona la dirección. Me comprometo, bajo palabra, a no hacer daño a ese matrimonio
que lo tiene. Iré y cogeré a mi hijo. Me lo llevaré de allí.
-Esto no lo he hecho nunca. Perdería mi reputación, amigo mío. Y no voy a hacer una
excepción con usted. Ha hecho usted un viaje muy peligroso hasta aquí. No me creo que
sea el padre. Por eso, ahora -dijo mientras aparecían diez hombres de su seguridad
privada-, ahora vamos a hacerte un pequeño cuestionario para comprobar si no eres uno de
esos, digamos, malnacidos, qué horror, qué vocablo vulgar, cómo soy a veces, de esos
malnacidos, sí, que vienen aquí solo a cotillear un poco.
Me cogieron entre tres, y me solté de los tres. A golpes de puño nada más fui tumbándolos
a todos ellos. Noqueé a siete, pero alguien, por detrás, me dio un buen golpe en la cabeza
con una porra y perdí el sentido. Me desperté en medio de la nieve, fuera de la casa, atado
con una cadena de perro y sin abrigo. Me dejaron puesto el grueso jersey y las botas,
además de los pantalones térmicos. Estaba sin gorro y sin manoplas especiales.
Las uñas ya estaban congelándose. Metí las manos en los bolsillos. Temblaba tan fuerte
que creí que me astillaría los dientes y que me explotarían todos los músculos. Es increíble
la reacción espectacular del cuerpo humano por sobrevivir. Pedí a Jesús, a Dios, que me
ayudara, que me ayudara a sobrevivir para salvar al niño. Después podía ya morir,
descansar en paz, pero tenía que recuperarlo. Por primera vez en mi vida, pedí algo a Dios,
y creí en lo que hacía.
Piotr y una muchedumbre de unas cincuenta personas estaban alrededor de mí. Algunos
me azuzaban con varas de madera, como si fuera un lobo peligroso. Otros me tiraban
trozos de carne cruda y descompuesta, asquerosa. Estaban todos zumbados, locos de
remate. Eso parecía un manicomio estatal. Reían a carcajadas histriónicas, meaban
intentando alcanzarme con el chorro. Alguno defecó.
Parte de la hez más deleznable y penosa de la humanidad estaba congregada en ese punto
alejado de todo, en aquel desierto de hielo donde el destino me había puesto, para
probarme. Sin saber qué hacer, pues moriría de frío en minutos, me puse a hacer flexiones
como un loco, a una velocidad pasmosa. Apretaba cada músculo hasta alcanzar un agudo
dolor, pero funcionó. Me iba calentando un poco, levemente. Seguí así durante cinco
minutos, con los tríceps a punto de estallar. De repente, un fuerte latigazo me estalló en la
espalda.
Era Piotr el que me castigaba así.
-¿Quién eres, malnacido? Di la verdad. Eres un demonio de las profundidades y has
venido a enturbiar nuestras almas sagradas y puras. ¡¡Dilo, puerco sucio, reconócelo,
maldito engendro!!
-Soy el padre de Nikolái, he venido para tratar de recuperarlo. Tengo cincuenta millones
de euros para ti, Piotr. Todo mi dinero, todo. Cincuenta millones, en un solo banco en
Suiza. Una transferencia y es tuyo, dije entre temblores, con mucha dificultad.
-¡¡Mientes, sucia rata!! Tú no puedes tener esa cantidad de dinero. No, no y no.
Al decir eso me golpeó seis veces con el látigo. Me alcanzó en el cuello y en los brazos. El
dolor fue indescriptible. No salía sangre, estaría congelada, supuse.
-Metedlo dentro -ordenó.
A base de baños de agua casi hirviendo lograron volverme a la vida poco a poco, pero no
paraba de temblar. La hipotermia era severa. Me entró fiebre y empecé a delirar. Me
desperté un poco después, tumbado en un diván. Solo estaba Piotr a mi lado, nadie más.
Solo él, con una mirada amistosa, casi fraternal. Era otro, había cambiado total y
absolutamente. La mirada, los gestos, la forma de moverse… Era un monstruo enfermo.
-Mi querido, mi pobre amigo, mi amado… Unos demonios se han metido en tu cuerpo,
pero te los hemos sacado ya. Estás a salvo. Dime, amigo, querido, tú quieres a tu niño,
¿verdad? Claro que lo quieres. Voy a ayudarte, a ti, solo a ti, pero, eso sí, vamos a esperar
a ver si esa transferencia se produce mañana.
>>Si es cierto que tienes los cincuenta millones, vivirás. Y te irás de aquí. Voy a ayudarte,
pero a vivir. El niño tiene otra familia. Eso no podemos ya cambiarlo, querido, no
podemos. Si quieres vivir, llama a tu banco. Toma, un teléfono bonito, mira qué bello es.
Puedes llamar… puedes… sí.
Hablaba como se habla a los niños muy pequeños o a alguien que no entiende bien, a un
extranjero que solo conoce algunas palabras.
-Aquí, Stepán, en este papel, míralo, míralo bien, está el número de cuenta adonde van a
venir esos millones, ese dinero bueno, necesario, urgente, querido, amado, soñado,
idolatrado, aaaahhhhh -aulló de repente, sobresaltándome.
-¡¡¡LO QUIERO YAAAAA!!! NO LO SOPORTO. ¿Por qué no es mío aún? -gritó como
lo que era, un demente.
-Lo vas a tener, Piotr, lo vas a tener. Pero yo voy a tener a mi hijo también, voy a tenerlo,
sí -dije, para desmayarme después, sin haber podido realizar la llamada. Supongo que
aullaría como un lobo tras ver mi desvanecimiento, pero lo ignoro.
Me desperté al día siguiente, por la mañana. Eran las diez y media, pero aún era casi de
noche, había una especie de claridad, pero a eso no se le podía llamar, con rigor, día. Piotr
seguía allí, junto al diván de esa habitación pequeña, de madera, con unas cajas de cartón
esparcidas como única decoración visible. Era siempre todo tan raro. Llegué a pensar que
estaba en un delirio. Pero era real. Los dolores de los golpes que me dieron, de los
latigazos, eran muy reales.
Otra vez me dio el teléfono. Llamé al banco de Suiza. Antes de ir a Siberia, les dije que
haría una transferencia de todo mi dinero. Me dijeron que no habría problema alguno. Y
no lo hubo. Los cincuenta millones de euros pasaron a la cuenta de Piotr.
Por la tarde, le comunicaron de su banco que una importantísima transferencia había sido
realizada a su cuenta y que, en dos días, el dinero estaría en su cuenta.
Me besó, me abrazó, me trajo golosinas, trozos de chocolate, frutos secos, como si fuera
un mono o un guacamayo azul.
Aún estaba débil para exigir nada. Decidí esperar. Pasaron los dos días. Yo no hacía otra
cosa que estar allí, en ese diván, entre fiebre que iba y venía y temblores violentos. Jesús
me había salvado, no había duda. Oí comentarios de algunos de los hombres diciendo que
no podía ser, que nadie aguanta tanto a la intemperie sin ropa de abrigo a esa temperatura.
Un milagro, sin duda. Dios quería que conociese a mi niño. Tendría que seguir luchando.
El dinero llegó a la cuenta de Piotr. Todo. Celebró una fiesta por todo lo alto. Se volvió
loco. Todos bebieron hasta caer desmayados al suelo, contagiados por la alegría del jefe y
tranquilos pues yo fingía delirar, chillando y haciendo como que temblaba, pero ya me
sentía recuperado del todo.
Uno de ellos me había dado una lata de una bebida extraña, que ponía, en alfabeto latino y
en caracteres chinos o japoneses, Vaam. Me dijo que era un extraño extracto de
aminoácidos que producen las larvas de avispón gigante japonés. Que eso me curaría. Si
no me curaba eso, nada lo haría. Y me curé.
Esperé. Fui prudente. Me aseguré de que estuvieran todos borrachos, dormidos sobre el
suelo, sobre sillas o en los distintos sillones esparcidos por la gran casa, llena de
habitaciones donde no había decoración alguna.
Cogí a Piotr y lo levanté. Lo zarandeé, pero no se despertaba. Entonces, decidí llevármelo
de allí. Lo cogí a hombros, me puse mi abrigo, que habían colgado junto a otros, y salí con
Piotr en brazos. No sabía dónde ir, pero había que huir de esa casa de pesadilla antes de
que despertaran. Entendí que me matarían. Ya no me necesitaban para nada. No lo
hicieron gracias al mucho alcohol ingerido, pero al día siguiente estaría muerto. Lo supe
con certeza.
Para mi sorpresa, cerca de la casa, en el camino, escondido entre abetos, estaba el coche
del hombre que me había llevado, al que pagué los benditos cinco mil rublos. Estaba
haciendo su trabajo. Yo le había dicho a ese honrado conductor que podría necesitarlo y
estuvo allí esos días, yendo y viniendo, siempre con el coche arrancado.
-Señor, señor, pase, pase al coche, está caliente. ¿Qué le pasa a su amigo?
-Está un poco borracho, no es nada. Gracias por esperarme. Gracias.
-¿Adónde vamos?
-Lejos de aquí, lo más lejos que puedas. Esto es para ti, le dije, dándole un billete de
quinientos euros.
-Con esto, señor, lo llevo al fin del mundo.
-No, en el fin del mundo estamos ahora. Sácame de él.
Condujo durante horas, sin cansarse. Siempre hacia el oeste. La carretera era un camino de
nieve congelada, más dura que el asfalto. Las ruedas, especiales para ese clima, se
agarraban bien, pero la velocidad no pasaba de los sesenta o setenta kilómetros por hora.

* * * *

Llegamos a Bagatái. Allí me despedí de mi amigo. Piotr hizo el amago de despertarse a
veces, durante el trayecto en coche, pero un buen golpe en la sien por parte de mi puño lo
devolvía a brazos de Morfeo. En una pensión, diciendo a la asombrada recepcionista que
veníamos de una fiesta y que mi amigo necesitaba descansar, cogí una habitación. Un
billete de 50 euros consiguió que no tuviera que dar nombre alguno.
Senté a Piotr en la única silla que había, le metí un pañuelo en la boca y lo dejé ahí, hasta
que se despertó. Cuando me vio y se vio a sí mismo allí, secuestrado por mí, casi le da un
infarto del terror. Se levantó de un salto y trató de ir hacia la ventana, sin duda para tirarse
por ella, pero se lo impedí. Le hablé despacio, como él había hecho conmigo.
-Piotr, Piotr, podías haber disfrutado de tu dinero, viejo loco, pobre imbécil. Fíjate, lo
tienes en tu cuenta, era todo cierto. Yo era millonario, pero sin mi hijo ese dinero es
mierda en lata para mí, no creo que me entiendas, déjalo. Pero ahora ya no hay nada que
hacer. Te he traído aquí para torturarte a conciencia. Nadie va a oírte, no sabes dónde
estamos.
>>Ninguno de tus hombres sabe nada, no me vieron salir contigo, estaban todos
desmayados de alcohol y drogas. Voy a estar varios días haciéndote pagar cara la muerte
de mi hijo. Sé que está muerto, habréis hecho algún ritual con él, algo satánico, supongo.
No lo sé, y prefiero no saberlo nunca.
>>Pero tú, el culpable de esto, vas a pagar caro, muy caro. No vas a morir. Vas a sufrir,
Piotr, como nunca antes. Como pocos seres humanos han sufrido. Mira, para empezar voy
a ir quemándote los dedos de los pies. Eso es solo para calentar, nunca mejor dicho. Qué
bromista soy, ¿eh, Petia? ¿No te partes de la risa?
Petia aullaba, pero el pañuelo, bien puesto por mí, hacía su labor silenciadora. Lloraba. Yo
estaba sobre él, en la cama, aplastándolo con mi peso y mi tremenda fuerza. Le quemé, en
efecto, las plantas de los pies. Debe de ser horrible porque la expresión de su cara me
asustó. Pero seguí. Tenía que seguir hasta el final.
Se señalaba una y otra vez el pañuelo. Que se lo quitara, pedía. Pero un loco como ese
habría aullado como una sirena de barco. En cambio, le di un trozo de papel y un lápiz que
había en un viejo bote sobre la mesa. Que escribiera si quería decirme algo.
Y lo escribió, el cabrón.
Tu hijo amado está vivo, y yo sé dónde, escribió con una garrapateada letra casi ilegible
por el dolor, pero lo entendí. Mi alma se iluminó de esperanza, pero pensé que quería solo
salvarse, huir del dolor.
-No te creo, perro rabioso. Al igual que yo, pobre Piotr, anoche se te metieron en el cuerpo
muchos, muchos demonios. Tienes muchos, y te obligan a mentir. Es mentira. Ya no vive.
Y lo siento mucho. Pero tú vas pagarlo. Es mejor que no insistas. Deja lo de mi hijo. No lo
menciones más o me enfadaré de veras.
>>Ahora, Piotr, pequeño Petia del alma, vamos a arrancar esas uñitas que ya están
calientes, ¿vale? Sí, Petia, lo sé, lo sé, estás impaciente por que empecemos. No te apures.
En mi abrigo llevo siempre esta navaja multiusos suiza, ¿ves qué maja?
>>Con ella y un poco de paciencia, Piotr, iremos despegando de tu guarra piel estas
malvadas uñas que han sido poseídas por los diablos malos. Sí, cada una de ellas, claro
que sí, Petia, bonito…Chsss, calma, nene, calma, hombre, no te agites así. Este chico…
Le arranqué, con un insoportable asco por mi parte, todas y cada una de sus uñas.
Cuando terminé, le di de nuevo la hoja y el lápiz. Escribió solo una palabra.
Bremen.
Bremen. ¿La ciudad alemana?
-¿Para qué te molestas, pobre Piotr, en contar mentira tras mentira? Mira, ahora nos toca
un juego muy bueno, bastante más agradable que el de las uñas, que ha resultado algo
marrano, sí, te doy la razón. Hemos ensuciado la colcha, la sábana, el suelo. Qué
desorden.
>>Bien, con este punzón que tiene la navaja, mira, Piotr, mira bien, con él voy a ir
agujereándote los huevos. Creo que ahí habitan tus demonios más peligrosos, me lo ha
dicho un pajarito, sí. Que sí, Piotr, que me lo ha dicho -le decía ante sus repetidas
negativas de cabeza-. Ahora te bajo estos sucísimos pantalones que llevas… así, muy bien,
y empezamos. ¡En marcha con la operación punzón!
Suplicaba con sus manos, hacía gestos inminentes de escribir, quería escribir. Antes de
darle el papel, le pinché fuerte una vez. Incluso con el pañuelo, un bramido espantoso
salió no sé por dónde, quizá por las fosas nasales. Me estremecí. Le di el papel. Quería
acabar esa tortura, yo el primero, pero parecía que mi hijo estaba vivo, en Alemania.
Había que seguir con esa farsa.
Esa tercera vez escribió un nombre alemán y una dirección de Bremen. Después, con una
letra casi ilegible, acabó con: tu hijo vive allí.
-Por hacerme concebir esperanzas absurdas, Piotr, voy a castigarte muy fuerte. Ahora vas
a sufrir de verdad. Ven, vamos al baño.
Lo arrastré de la melena, sin piedad, llené la bañera de agua helada y empecé a meterlo
allí, vez tras vez. Primero veinte segundos, luego treinta, luego cuarenta. Después le
dejaba dos minutos para recobrar el resuello. Cuando quise volver a meterlo, algo malo le
pasó. Se llevó la mano al pecho. Le estaba dando un ataque al corazón. Lo dejé allí,
muriéndose como una rata rabiosa. No merecía otro fin.
Salí de esa pequeña ciudad en el primer autobús que vi. El aeropuerto más cercano estaba
a cuatrocientos kilómetros. No tenía teléfono, me lo habían quitado en la casa. No podía
llamar a Olga, pero tenía ese papel, con la esperanza de que fuera la verdad. Tenía que
serlo.
Dos días después, aterricé en Berlín, procedente de Kazán, adonde llegué tras espantosas
escalas. Desde allí cogí un vuelo a Bremen. En el mismo aeropuerto cogí un taxi, le señalé
la dirección al taxista.
Me llevó, bajo una preciosa nevada, con una temperatura agradable de uno bajo cero,
hasta la mansión de Ulbrecht Schwarz. Era mediodía. Podía no haber nadie en casa. Era
una bonita casa de dos plantas. Parecía un barrio de gente adinerada.
Tenían que serlo si habían comprado un niño de otro. Quería verles las caras, arrebatarle el
niño a una madre solo porque ellos no podían tenerlo… A duras penas iba a controlarme,
me dije. Llevaba, en el forro del abrigo, varias fotografías recientes de Kolia.
Llamé al timbre. Abrió una mujer. La señora Schwarz, supuse. Era un teutona clásica, una
rubia alta y fuerte, de ojos azules, muy guapa, con la nariz larga y fina.
-Ja? -dijo en alemán.
-Soy el padre de Kolia, el niño secuestrado que tienen ustedes en su casa -dije en ruso,
creyendo que no me entendería.
-Por favor, por favor, noooo, noooo, Gerard, es Gerard, nuestro niño, nuestro bebé, es
nuestro, noooo -gritó ella, en un ruso imperfecto, pero inteligible.
-Mire, señora, supongo, o quiero suponer, que usted no sabe que este niño ha sido víctima
de un secuestro. Yo soy su padre. Su madre es rusa, como yo, se llama Olga. Lo
secuestraron hace dos meses. Aquí tengo algunas fotos.
>>Enséñeme al niño y comprobemos las fotos. Fíjese en un detalle interesante. Tiene un
lunar muy bonito en el lóbulo de la oreja izquierda, algo poco frecuente. Además, tiene
una marca de nacimiento, como una especie de fresa, en el hombro derecho.
La mujer se echó a llorar, desesperada. Entendió que habían venido por él. Cayó al suelo.
-Yo, al principio, no quería. Pero mi marido me dijo que se podía conseguir. Nos
aseguraron que son niños de Rusia, sí, pero de orfanatos, donde lo pasan fatal, no están
bien cuidados. Nadie los quiere, han sido abandonados. Sé que eso existe de verdad, y
estaba convencida, lo juro, lo prometo, cómo íbamos a saber…jamás habría aceptado
sabiendo que lo han arrancado de su familia. ¡¡Es horrible!! Perdóneme, perdóneme. ¿Qué
podemos hacer?
-¿Dónde está?
-Ahora duerme -dijo ella-. Le ha costado mucho adaptarse. Ahora entiendo qué pasa,
añora a su madre. Cuando lo vi así, tan sano, tan regordete, tan rebosante de salud, me
extrañó mucho. Me dije que los cuidan bien en esos orfanatos. Algo no me cuadraba. Pero
no quise hacerme más preguntas. Pensé que este niño era más fuerte que los otros. Pase,
está aquí.
Entré a una habitación muy bonita, decorada con arco iris y todo tipo de muñequitos,
unicornios, árboles, pájaros y otros dibujos infantiles. Mi hijo dormía ahí. Era él. Lo cogí
por primera vez. Olía tan bien, Dios mío. Di gracias a Dios ante todo, por devolvérmelo,
por hacer todo lo que hizo para que yo llegase ahí. Perdoné de inmediato a esa mujer. Ella
no sabía nada. Habrían pagado mucho dinero por tener un niño, amarlo y criarlo. No podía
culparla de nada.
Le enseñé las fotos a la mujer. Las miró entre lágrimas.
-Es él, sin duda, mi pobre Gerard. No es Gerard, es Kolia, pobre Kolia, pobre pequeñín.
No podrá sacarlo de Alemania, tiene todos los papeles a su nombre, Gerard Schwarz.
¿Cómo lo hará?
-Es muy fácil. Ahora voy a la policía con él. La denuncia en Rusia está puesta hace dos
meses. Harán las pruebas genéticas que hagan falta y se comprobará que es nuestro hijo.
-No, por favor, eso no. No lo hagan. Los papeles son también falsos, comprados. Puede
salir por carretera con él. Váyase ahora, váyase, si no… no sé qué haría.
-Gracias. A pesar de todo, gracias -dije a la mujer.
Ella se volvió y el llanto la movió compulsivamente. Vistió al niño, que seguía dormido, y
lo abrigó bien. Me dio varias bolsas de ropa.
-No, no puede irse, debo prepararle, para el camino, un montón de biberones. A ver si
puede usted, en las áreas de servicio, calentarlos. Come mucho nuestro glotoncete -dijo
con una sonrisa, mirando a un niño al que no volvería a ver.
Al final, decidí ir en tren hasta Estonia. Desde allí alquilaría un coche para pasar a Rusia
por Pskov.
Kolia estaba sorprendido con mi presencia. Me miraba sin parar, pero no lloraba. Yo le
daba los biberones y lo tomaba todo, sorbiendo con fuerza. Parecía muy tragón. Claro,
como que era mi hijo. La primera vez que lo cogí, en casa de esos alemanes, algo se
removió en mi interior. Sentí que ya no volvería a ser el mismo. Y conocí el temor.
Tenía miedo, por él, no por mí. Por que le sucediese cualquier cosa. Que se lo llevaran otra
vez, que se cayera, que se pusiera enfermo. ¡Qué angustia! Pero también algo muy
positivo y bueno, un amor diferente, un amor incondicional por ese pequeño ser, pequeño
en tamaño, mas poderoso porque provocaba tantos sentimientos…
Mi vida iba a cambiar. Se lo llevaría a Vasia. Gracias a él lo teníamos Olga y yo. Y ella
aún no sabía nada. En Sajá hicieron desaparecer mi teléfono desde que me cachearon. El
diamante no lo encontraron. No me sabía ningún número de memoria, fue una lástima.
Pensé que la sorpresa sería monumental. No podía esperar a llegar.
En Tallin alquilé un coche, uno que tenía silla atrás para bebés. Y así volvimos a nuestra
patria, nuestra corrupto y complicado país, tan extraño y maravilloso. Intentaba conducir
rápido, pero enseguida me daba cuenta de quién iba atrás, con sus balbuceos y primeras
palabras y bajaba la velocidad. Solía decir algo así como bala, bala. Y yo acabé diciendo
bala con él. Cuando me oyó por primera vez se echó a reír con unas carcajadas que me
hicieron saltar las lágrimas de alegría.
“Cómo he desperdiciado mi vida con estupideces”, fue lo que pensé. La felicidad era tan
sencilla…

* * * *

Aparqué en la urbanización de Olga, junto a la puerta. Hacía veinte grados bajo cero.
Llevaba a Kolia tan forrado que casi no se lo veía, entre gorros, capuchas, bufandas que le
puse. Se iba a ahogar de calor, el pobre, pero nunca protestaba.
Aceptaba gustoso todo lo que le hacía. Cogí a Kolia en brazos, salimos del coche y
llamamos al timbre. Era tarde, serían las diez de la noche. Me abrió Marina, su abuela.
Cuando me vio con Kolia en brazos gritó, saltó, volvió hacia atrás, vino otra vez, me besó,
cogió a Kolia, que empezó a llorar mucho por ese escándalo. Se asustó de veras.
Después salieron Olga y Alexandr.
-Stepán, mi Kolia, nuestro niño, ¡¡no puede ser!! Dios mío.
Olga se desmayó. Alexandr la cogió a tiempo, puesto que yo sostenía otra vez a Nikolái
para que se calmara.
Tras la excepcional sorpresa, nos calmamos todos un poco y, tras casi asfixiar a besos y
achuchones al pobre niño, les conté mis peripecias por Siberia y lo fácil que fue, en
Bremen, hallarlo y llevármelo, con la ayuda de la madre. El episodio de la pensión de
Bagatái lo omití. Les dije que el dinero bastó para que me diera el nombre. No quería
sacarlos de su recién recobrada felicidad. Estaban los tres radiantes. Habían vuelto a la
vida.
-Pobrecilla. Sé lo que estará sufriendo -dijo Olga-. Si ella pensaba que los sacaban de
orfanatos… Me gustaría ayudarla, Stepán.
-No te preocupes, lo haremos algún día. Es una buena persona, honesta. Mañana voy a
llevar el niño a Vasia, el gran responsable de esta milagrosa recuperación, después de
Dios, claro.
-Stepán, ¿crees en Dios? -me preguntó Marina.
-Ahora sí, Marina. Le pedí en Siberia, a más de cincuenta grados bajo cero, sobre el hielo,
recibiendo latigazos y otros golpes de aquellos escorpiones rabiosos, que me permitiera
vivir para encontrarlo. Y lo ha hecho. Un hombre no puede sobrevivir tantos minutos a ese
frío sin ropa de abrigo. Es cierto que estuve muy enfermo unos días, pero me salvó.
Entonces les conté a qué me había dedicado esos dos años largos.
-Acepté el día que te fuiste, cuando creí que me habías dado un número falso. Me daba
todo igual -reconocí.
-Ahora está todo bien, queridos. No vais a separaros más. Nunca más -dijo Alexandr, que,
aunque era el que menos hablaba, era el más emocionado de los cuatro. Estaba fuera de sí
de alegría. Jugaba sin parar con Kolia, lo mecía, le cantaba. Se lo llevó a su cuarto a
dormir.
Esa noche, Olga y yo dormimos juntos, sin secretos, sin tener que ocultar nada. Dormí en
su cama. No nos costó empezar a besarnos de nuevo. Lo hicimos como si hubiéramos
estado siempre juntos, como si esa absurda separación no hubiese tenido lugar. Seguíamos
en Maldivas, a veinte bajo cero, rodeados de nieve, pero en nuestras Maldivas.
-¿Sabes, Stiop? Me encantaría hacer ese viaje, otra vez, ahora con Kolia. Nosotros cinco.
Todo igual, la misma ruta, los mismos sitios. Fue maravilloso, pero nos perdimos más de
la mitad.
-Sí, a mí también. A partir de Tanzania no disfruté. Era todo bonito, la comida excelente,
las excursiones interesantes, pero mi cabeza estaba en otra parte.
-¿Dónde estaba, amor mío? -dijo ella, mirándome feliz.
-Estaba dentro de estos ojos tuyos.
Olga, desnuda, me ofreció sus pechos, que me parecieron aún más grandes que antes, sin
duda por que había estado dándole el pecho a Kolia. Volví a comérmelos y a chupar, pero
tenían premio. Un líquido dulce y muy agradable, tibio, resbalaba por su pezones.
-¿No te gusta? -dijo preocupada.
-Claro que me gusta, pero esto es de mi hijo, y no voy a quitarle su pan -reí.
-Puedes un poco, tengo mucha -susurró.
-De acuerdo.
La felicidad de Olga era tan grande, estaba tan fuerte, se sentía tan bien, que eso se
contagió en la cama. Disfrutamos como nunca. Estuvimos toda la noche haciendo el amor,
toda entera. No podíamos parar. De todas las maneras, en todas las posturas que
conocíamos, de pie, tumbados, acuclillados, de lado.
Fuimos a la ducha juntos y volvimos a hacerlo, embadurnados de jabón… Gracias al
parto, penetrarla era un poco más fácil y no teníamos que andar con tantos miramientos.
Todo eran ventajas. A las cinco de la mañana, totalmente agotados, medio groguis, fuimos
por Kolia. Lo trajimos con cuidado a nuestra cama y lo acostamos entre los dos. Me quedé
dormido mirándolo. Mi hijo. Él me había salvado a mí, no yo a él.
Al día siguiente llevé a Kolia y a Olga a conocer a Vasia a su casa.
Nos recibió como si fuéramos sus hijos.
-Stepán, creía que estabas muerto, de verdad. Te he llamado tantas veces…
-Me quitaron el móvil nada más llegar. Supongo que lo destruyeron para que no pudiera
dar señal. He estado a punto, Vasia, a punto de verdad. Gracias a Dios estoy vivo.
-Qué preciosidad de criatura. Claro, que, viendo a la madre, se entiende, si me permites,
campeón -exclamó Vasia, cogiendo a Kolia, que comenzó a llorar al salir de mis brazos.
-Solo quiere contigo, Stiop. Es un chico listo. Sabe dónde está seguro. Como yo lo he
estado, y mi hijo. Todos te queremos a nuestro lado, pero entiendo que ahora tendrás otras
prioridades.
-Lo he encontrado solo gracias a ti, Vasia. Así que, si tú quieres, puedo seguir trabajando
para ti. Te dije que haría lo que quisieras.
-Tranquilo ahora, haz tu vida. Ya hablaremos más adelante -dijo él.
-Por cierto, esto es tuyo -dije, dándole el saquito con la gran piedra.
-¿No llegaste a usarlo?
-Con la transferencia de dinero se volvió loco. Preparó una fiesta tan escandalosa que eso
fue lo que me permitió escapar, con él en brazos. Ya te contaré todo con calma, solos.
-Entonces, ahora no tienes nada de nada -dedujo Vasili.
-¿Nada? Vasia, mírame. Lo tengo todo. Mira qué mujer, mira qué chaval. ¿Se puede pedir
más en este mundo?
-Tienes razón, Stepán, sé que es lo más importante, pero los niños comen, visten…
-Bueno, compré una propiedad interesante en un sitio adecuado. Lo tengo alquilado. Nos
dará para vivir más que de sobra.
-Ya sabes que, cuando quieras, puedes volver. Será un honor, como siempre, tenerte a mi
lado. Nunca olvidaré estos años, campeón. Eres un hombre con todas las letras.
-Tú también, Vasia. Has arriesgado mucho dándome ese nombre.
-No me digas qué has hecho con él.
-Lo que pasa en la tundra, en la tundra se queda -sentencié.
Entonces, por primera vez, mi niño dijo:
-Papa, papaaa
-Stepán -chilló Olga-. Ha dicho, por primera vez en su vida, papá.
-Mi chavalón… -dije orgulloso-. Sí, hijo, soy tu padre. Esta vida es muy dura y tengo
mucho que enseñarte. Nadie volverá a cogerte nunca, mientras yo viva.
“Mucho que enseñarte sobre lo que no hay que hacer en la vida. Me gustaría que tú fueras
un hombre decente, Nikolái. Con eso, tengo suficiente”.
NOTA DE LA AUTORA

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un minuto, lo sé yo). Eso ayuda muchísimo, no sólo a que más gente lo lea y disfrute de él,
sino a que yo siga escribiendo.
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Capítulo 1
Cuando era adolescente no me imaginé que mi vida sería así, eso por descontado.
Mi madre, que es una crack, me metió en la cabeza desde niña que tenía que ser
independiente y hacer lo que yo quisiera. “Estudia lo que quieras, aprende a valerte por ti
misma y nunca mires atrás, Belén”, me decía.
Mis abuelos, a los que no llegué a conocer hasta que eran muy viejitos, fueron
siempre muy estrictos con ella. En estos casos, lo más normal es que la chavala salga por
donde menos te lo esperas, así que siguiendo esa lógica mi madre apareció a los dieciocho
con un bombo de padre desconocido y la echaron de casa.
Del bombo, por si no te lo imaginabas, salí yo. Y así, durante la mayor parte de mi
vida seguí el consejo de mi madre para vivir igual que ella había vivido: libre,
independiente… y pobre como una rata.
Aceleramos la película, nos saltamos unas cuantas escenas y aparezco en una
tumbona blanca junto a una piscina más grande que la casa en la que me crie. Llevo
puestas gafas de sol de Dolce & Gabana, un bikini exclusivo de Carolina Herrera y, a
pesar de que no han sonado todavía las doce del mediodía, me estoy tomando el medio
gin-tonic que me ha preparado el servicio.
Pese al ligero regusto amargo que me deja en la boca, cada sorbo me sabe a triunfo.
Un triunfo que no he alcanzado gracias a mi trabajo (a ver cómo se hace una rica siendo
psicóloga cuando el empleo mejor pagado que he tenido ha sido en el Mercadona), pero
que no por ello es menos meritorio.
Sí, he pegado un braguetazo.
Sí, soy una esposa trofeo.
Y no, no me arrepiento de ello. Ni lo más mínimo.
Mi madre no está demasiado orgullosa de mí. Supongo que habría preferido que
siguiera escaldándome las manos de lavaplatos en un restaurante, o las rodillas como
fregona en una empresa de limpieza que hacía malabarismos con mi contrato para
pagarme lo menos posible y tener la capacidad de echarme sin que pudiese decir esta boca
es mía.
Si habéis escuchado lo primero que he dicho, sabréis por qué. Mi madre cree que
una mujer no debería buscar un esposo (o esposa, que es muy moderna) que la mantenga.
A pesar de todo, mi infancia y adolescencia fueron estupendas, y ella se dejó los cuernos
para que yo fuese a la universidad. “¿Por qué has tenido que optar por el camino fácil,
Belén?”, me dijo desolada cuando le expliqué el arreglo.
Pues porque estaba hasta el moño, por eso. Hasta el moño de esforzarme y que no
diera frutos, de pelearme con el mundo para encontrar el pequeño espacio en el que se me
permitiera ser feliz. Hasta el moño de seguir convenciones sociales, buscar el amor, creer
en el mérito del trabajo, ser una mujer diez y actuar siempre como si la siguiente
generación de chicas jóvenes fuese a tenerme a mí como ejemplo.
Porque la vida está para vivirla, y si encuentras un atajo… Bueno, pues habrá que
ver a dónde conduce, ¿no? Con todo, mi madre debería estar orgullosa de una cosa.
Aunque el arreglo haya sido más bien decimonónico, he llegado hasta aquí de la manera
más racional, práctica y moderna posible.
Estoy bebiendo un trago del gin-tonic cuando veo aparecer a Vanessa Schumacher al
otro lado de la piscina. Los hielos tintinean cuando los dejo a la sombra de la tumbona.
Viene con un vestido de noche largo y con los zapatos de tacón en la mano. Al menos se
ha dado una ducha y el pelo largo y rubio le gotea sobre los hombros. Parece como si no
se esperase encontrarme aquí.
Tímida, levanta la mirada y sonríe. Hace un gesto de saludo con la mano libre y yo
la imito. No hemos hablado mucho, pero me cae bien, así que le indico que se acerque. Si
se acaba de despertar, seguro que tiene hambre.
Vanessa cruza el espacio que nos separa franqueando la piscina. Deja los zapatos en
el suelo antes de sentarse en la tumbona que le señalo. Está algo inquieta, pero siempre he
sido cordial con ella, así que no tarda en obedecer y relajarse.
—¿Quieres desayunar algo? —pregunto mientras se sienta en la tumbona con un
crujido.
—Vale —dice con un leve acento alemán. Tiene unos ojos grises muy bonitos que
hacen que su rostro resplandezca. Es joven; debe de rondar los veintipocos y le ha sabido
sacar todo el jugo a su tipazo germánico. La he visto posando en portadas de revistas de
moda y corazón desde antes de que yo misma apareciera. De cerca, sorprende su aparente
candidez. Cualquiera diría que es una mujer casada y curtida en este mundo de
apariencias.
Le pido a una de las mujeres del servicio que le traiga el desayuno a Vanessa.
Aparece con una bandeja de platos variados mientras Vanessa y yo hablamos del tiempo,
de la playa y de la fiesta en la que estuvo anoche. Cuando le da el primer mordisco a una
tostada con mantequilla light y mermelada de naranja amarga, aparece mi marido por la
misma puerta de la que ha salido ella.
¿Veis? Os había dicho que, pese a lo anticuado del planteamiento, lo habíamos
llevado a cabo con estilo y practicidad.
Javier ronda los treinta y cinco y lleva un año retirado, pero conserva la buena forma
de un futbolista. Alto y fibroso, con la piel bronceada por las horas de entrenamiento al
aire libre, tiene unos pectorales bien formados y una tableta de chocolate con sus ocho
onzas y todo.
Aunque tiene el pecho y el abdomen cubiertos por una ligera mata de vello, parece
suave al tacto y no se extiende, como en otros hombres, por los hombros y la espalda. En
este caso, mi maridito se ha encargado de decorárselos con tatuajes tribales y nombres de
gente que le importa. Ninguno es el mío. Y digo que su vello debe de ser suave porque
nunca se lo he tocado. A decir verdad, nuestro contacto se ha limitado a ponernos las
alianzas, a darnos algún que otro casto beso y a tomarnos de la mano frente a las cámaras.
El resto se lo dejo a Vanessa y a las decenas de chicas que se debe de tirar aquí y
allá. Nuestro acuerdo no precisaba ningún contacto más íntimo que ese, después de todo.
Así descrito suena de lo más atractivo, ¿verdad? Un macho alfa en todo su
esplendor, de los que te ponen mirando a Cuenca antes de que se te pase por la cabeza que
no te ha dado ni los buenos días. Eso es porque todavía no os he dicho cómo habla.
Pero esperad, que se nos acerca. Trae una sonrisa de suficiencia en los labios bajo la
barba de varios días. Ni se ha puesto pantalones, el tío, pero supongo que ni Vanessa, ni el
servicio, ni yo nos vamos a escandalizar por verle en calzoncillos.
Se aproxima a Vanessa, gruñe un saludo, le roba una tostada y le pega un mordisco.
Y después de mirarnos a las dos, que hasta hace un segundo estábamos charlando tan
ricamente, dice con la boca llena:
—Qué bien que seáis amigas, qué bien. El próximo día te llamo y nos hacemos un
trío, ¿eh, Belén?
Le falta una sobada de paquete para ganar el premio a machote bocazas del año,
pero parece que está demasiado ocupado echando mano del desayuno de Vanessa como
para regalarnos un gesto tan español.
Vanessa sonríe con nerviosismo, como si no supiera qué decir. Yo le doy un trago al
gin-tonic para ahorrarme una lindeza. No es que el comentario me escandalice (después de
todo, he tenido mi ración de desenfreno sexual y los tríos no me disgustan precisamente),
pero siempre me ha parecido curioso que haya hombres que crean que esa es la mejor
manera de proponer uno.
Como conozco a Javier, sé que está bastante seguro de que el universo gira en torno
a su pene y que tanto Vanessa como yo tenemos que usar toda nuestra voluntad para evitar
arrojarnos sobre su cuerpo semidesnudo y adorar su miembro como el motivo y fin de
nuestra existencia.
A veces no puedo evitar dejarle caer que no es así, pero no quiero ridiculizarle
delante de su amante. Ya lo hace él solito.
—Qué cosas dices, Javier —responde ella, y le da un manotazo cuando trata de
cogerle el vaso de zumo—. ¡Vale ya, que es mi desayuno!
—¿Por qué no pides tú algo de comer? —pregunto mirándole por encima de las
gafas de sol.
—Porque en la cocina no hay de lo que yo quiero —dice Javier.
Me guiña el ojo y se quita los calzoncillos sin ningún pudor. No tiene marca de
bronceado; en el sótano tenemos una cama de rayos UVA a la que suele darle uso semanal.
Nos deleita con una muestra rápida de su culo esculpido en piedra antes de saltar de
cabeza a la piscina. Unas gotas me salpican en el tobillo y me obligan a encoger los pies.
Suspiro y me vuelvo hacia Vanessa. Ella aún le mira con cierta lujuria, pero niega
con la cabeza con una sonrisa secreta. A veces me pregunto por qué, de entre todos los tíos
a los que podría tirarse, ha elegido al idiota de Javier.
—Debería irme ya —dice dejando a un lado la bandeja—. Gracias por el desayuno,
Belén.
—No hay de qué, mujer. Ya que eres una invitada y este zopenco no se porta como
un verdadero anfitrión, algo tengo que hacer yo.
Vanessa se levanta y recoge sus zapatos.
—No seas mala. Tienes suerte de tenerle, ¿sabes?
Bufo una carcajada.
—Sí, no lo dudo.
—Lo digo en serio. Al menos le gustas. A veces me gustaría que Michel se sintiera
atraído por mí.
No hay verdadera tristeza en su voz, sino quizá cierta curiosidad. Michel St. Dennis,
jugador del Deportivo Chamartín y antiguo compañero de Javier, es su marido. Al igual
que Javier y yo, Vanessa y Michel tienen un arreglo matrimonial muy moderno.
Vanessa, que es modelo profesional, cuenta con el apoyo económico y publicitario
que necesita para continuar con su carrera. Michel, que está dentro del armario, necesitaba
una fachada heterosexual que le permita seguir jugando en un equipo de Primera sin que
los rumores le fastidien los contratos publicitarios ni los directivos del club se le echen
encima.
Como dicen los ingleses: una situación win-win.
—Michel es un cielo —le respondo. Alguna vez hemos quedado los cuatro a cenar
en algún restaurante para que nos saquen fotos juntos, y me cae bien—. Javier sólo me
pretende porque sabe que no me interesa. Es así de narcisista. No se puede creer que no
haya caído rendida a sus encantos.
Vanessa sonríe y se encoge de hombros.
—No es tan malo como crees. Además, es sincero.
—Mira, en eso te doy la razón. Es raro encontrar hombres así. —Doy un sorbo a mi
cubata—. ¿Quieres que le diga a Pedro que te lleve a casa?
—No, gracias. Prefiero pedirme un taxi.
—Vale, pues hasta la próxima.
—Adiós, guapa.
Vanessa se va y me deja sola con mis gafas, mi bikini y mi gin-tonic. Y mi maridito,
que está haciendo largos en la piscina en modo Michael Phelps mientras bufa y ruge como
un dragón. No tengo muy claro de si se está pavoneando o sólo ejercitando, pero corta el
agua con sus brazadas de nadador como si quisiera desbordarla.
A veces me pregunto si sería tan entusiasta en la cama, y me imagino debajo de él en
medio de una follada vikinga. ¿Vanessa grita tan alto por darle emoción, o porque Javier
es así de bueno?
Y en todo caso, ¿qué más me da? Esto es un arreglo moderno y práctico, y yo tengo
una varita Hitachi que vale por cien machos ibéricos de medio pelo.
Una mujer con la cabeza bien amueblada no necesita mucho más que eso.

Javier
Disfruto de la atención de Belén durante unos largos. Después se levanta como si
nada, recoge el gin-tonic y la revista insulsa que debe de haber estado leyendo y se larga.
Se larga.
Me detengo en mitad de la piscina y me paso la mano por la cara para enjuagarme el
agua. Apenas puedo creer lo que veo. Estoy a cien, con el pulso como un tambor y los
músculos hinchados por el ejercicio, y ella se va. ¡Se va!
A veces me pregunto si no me he casado con una lesbiana. O con una frígida. Pues
anda que sería buena puntería. Yo, que he ganado todos los títulos que se puedan ganar en
un club europeo (la Liga, la Copa, la Súper Copa, la Champions… Ya me entiendes) y que
marqué el gol que nos dio la victoria en aquella final en Milán (bueno, en realidad fue de
penalti y Jáuregui ya había marcado uno antes, pero ese fue el que nos aseguró que
ganábamos).

La Mujer Trofeo
Romance Amor Libre y Sexo con el Futbolista Millonario
— Comedia Erótica y Humor —

Ah, y…
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Gracias.

MADRE RUSIA
Romance, Erótica y Acción con el Padre Soltero de la Mafia
Rusa
 
Por Alena Garcia
 
© Alena Garcia 2017.
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Dedicado a Samira,
el primer choque de culturas en mi mundo.
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PRIMERA PARTE
 
¿Puede la mirada de un niño cambiarte la vida? ¿Puede su sonrisa hacer que cruces mares,
levantes montañas y
- ¿Rublos o dólares? - le pregunté ingenuo.
- Como si escribes euros, yuanes, yenes o coronas danesas. Me la suda, hijo. Apro
su frase de una risita que me erizó el vello de los antebrazos.
- Gracias. Sí, lo soy. Me ha destrozado una ceja y tengo dos
Me encontraba en la mejor forma de mi vida. Estaba en una nube, con la moral a tope, el
cuerpo afinado en 83 secos kilos de p
provocaban bailando entre ellas, frente a frente, acercándose una a la otra y mirándose
provocativamente.
Entonces, se acercó
que me gustaría hablar contigo un rato. Nada más. Podemos hablar en mi coche o aquí
mismo, como quieras - dijo el capo.
- No

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