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Texto Lock

En 3 oraciones o menos: Descartes analiza en varios de sus textos su método filosófico de duda y certeza, así como su deducción ontológica de la existencia de Dios. Locke y Hume también exploran temas epistemológicos como los límites del conocimiento humano. El documento presenta extractos de varios escritos fundamentales de la filosofía moderna que abordan cuestiones metafísicas y epistemológicas.

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En 3 oraciones o menos: Descartes analiza en varios de sus textos su método filosófico de duda y certeza, así como su deducción ontológica de la existencia de Dios. Locke y Hume también exploran temas epistemológicos como los límites del conocimiento humano. El documento presenta extractos de varios escritos fundamentales de la filosofía moderna que abordan cuestiones metafísicas y epistemológicas.

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Textos de Descartes, Locke y Hume

Textos de Descartes
Texto 1: Reglas para la dirección del espíritu. Regla IV
1. Por eso es mucho mejor ni pensar en investigar la verdad sobre cosa ninguna que hacerlo
sin método: pues es muy cierto que los estudios desordenados y las meditaciones oscuras de
esta casta confunden la luz natural y ciegan a los ingenios; e aquellos que así se acostumbren
en las tinieblas hasta tal punto debilita la agudeza de sus ojos que, al poco, no pueden
aguantar la luz del día; lo cual además está confirmado por la experiencia, pues muy
frecuentemente cuantas veces vemos que aquellos que nunca se dedicaron a las letras,
pronuncian juicios sobre las cosas comunes y corrientes con mucha más solidez y claridad que
aquellos que gastan la vida en las escuelas.
Por método entiendo las reglas ciertas y fáciles tales que, si alguien las observa rigurosamente,
nunca tomará nada falso por verdadero y sin gastar las fuerzas de su espíritu inútilmente, sino
siempre aumentando su saber progresivamente, llegará al verdadero conocimiento de todo
aquello de lo que sea capaz.

Texto 2: Discurso del método


Fue esto causa de que yo pensara que se precisaba buscar otro método que, comprendiendo
las ventajas de estos tres (lógica, geometría y álgebra), estuviera exento de sus defectos. Y,
como la abundancia de leyes aporta bastantes excusas para los vicios, de forma que un estado
está tanto mejor reglamentado cuanto, no teniendo sino muy pocas leyes, éstas son
muy estrechamente observadas; así, en lugar de ese gran número de preceptos de los que
está compuesta la lógica, creí que, siempre que tomase una firme y constante resolución de no
dejar de observarlos ni una sola vez, bastaría con los cuatro siguientes.
Consistiría el primero en no aceptar jamás ninguna cosa como verdadera que no conociese
evidentemente ser tal; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención; y no
aceptar nada en mis juicios sino aquello que se presentase tan claramente y tan distintamente
a mi espíritu que no tuviese ocasión ninguna de ponerlo en duda. El segundo, dividir cada una
de las dificultades que examinase en tantas partes como fuese posible y requerible para mejor
resolverlas. El tercero, conducir por orden mis pensamientos, comenzando por los objetos más
simples y más fáciles de conocer, para subir poco a poco, como por grados, hasta el
conocimiento de los más compuestos; y suponiendo incluso un orden entre aquellos que no se
preceden naturalmente los unos a los otros. Y el último, hacer en todo enumeraciones tan
completas, y revisiones tan generales, que estuviese seguro de no omitir nada. Esas largas
cadenas de razones, todas simples y fáciles, de las que los geómetras tienen costumbre de
servirse para llegar sus más difíciles demostraciones, me dieron ocasión de imaginar que todas
las cosas que poden caer bajo el conocimiento de los hombre se suceden las unas a las otras
de la misma manera, es que, solamente son abstenerse de aceptar como verdadera ninguna
que no lo sea, y guardar siempre el orden preciso para deducirlas unas de las otras, no puede
haber entre ellas ninguna tan alejada a la que finalmente no se llegue, ni tan escondida que no
se descubra.
Y no me fue difícil buscar por cuales era necesario comenzar, pues sabía ya que era por las
más simples y las más fáciles de conocer; y considerando que entre cuantos ha buscado con
anterioridad la verdad en las ciencias, sólo los matemáticos pudieron encontrar algunas
demostraciones, es decir, algunas razones ciertas y evidentes, no dudaba que debería
comenzar por las mismas que ellos habían examinados.

Texto 3: Meditaciones metafísicas, Meditación segunda


Entonces, supongo que todas las cosas que veo son falsas: me convenzo de que nada fue del
todo como mi memoria llena de mentiras me representa: pienso que no tengo sentidos; creo
que el cuerpo, la figura, la extensión, el movimiento y el lugar sólo son ficciones de mi espíritu.
¿Que podría, entonces, ser considerado verdadero? Si acaso, sólo una cosa, que no hay nada
cierto en el mundo. Pero, ¿qué sé respecto de si hay alguna otra cosa diferente de estas que
acabo de juzgar inciertas, alguna acerca de la cual no pueda tener la menor duda? ¿No hay
ningún Dios, o cualquiera otra potencia que me ponga en el espíritu esos pensamientos? Esto
no es necesario, pues quizá pueda yo ser capaz de producirlos por mí mismo. Luego
yo, cuando menos, no soy alguna cosa? Pero negué ya que tuviese sentidos, ni ningún cuerpo.
Dudo con todo, pues ¿qué se sigue de esto? Seré tan dependiente del cuerpo y de los sentidos
que no pueda ser sin ellos? Pero me convencí de que no había absolutamente nada en el
mundo, que no había ningún cielo, ninguna tierra, ningunos espíritus, ningunos cuerpos; ¿no
me convencí entonces de que tampoco era nada? No, ciertamente, yo sin duda era algo si me
convenciera o simplemente si pensara alguna cosa. Pero hay un no sé qué engañoso, muy
poderoso y muy tramposo, que emplea toda su industria en engañarme siempre. No hay
entonces duda de que yo soy, si él me engaña; y que me engañe tanto como quiera que no
podría nunca hacer que yo no sea nada, sino que tanto más pensaré que soy alguna cosa. De
forma que después de tenerlo bien pensado, y de haber cuidadosamente examinado todas las
cosas, conviene concluir, en fin, que esta proposición: Yo soy, luego yo existo, es
necesariamente verdadera, cuantas veces yo la pronuncie o la conciba en mi espíritu.

Texto 4: Discurso del Método, Parte IV


Después, reflexionando sobre el hecho de que yo dude y que, en consecuencia, mi ser no era
completamente perfecto, pues veía claramente que era una mayor perfección conocer que
dudar, se me ocurrió pensar de dónde había aprendido yo a pensar en alguna cosa más
perfecta de lo que yo era; y conocí evidentemente que debía ser de alguna naturaleza que
fuese en efecto más perfecta. Por lo que hace a los pensamientos que tenía de muchas otras
cosas fuera de mí, como el cielo, la tierra, la luz, el calor y mil otras, no estaba preocupado por
saber de dónde vienen, la causa de que, no observando nada en ellos que pareciera hacerlos
superiores a mí, podía yo creer que, si ellos eran verdaderos, lo eran por unas dependencias
de mi naturaleza, en tanto que ella tenía alguna perfección; y si no lo eran, los tenía de la nada,
es decir, ellos estaban en mí por algo que yo tenía de imperfecto. Pero no podía ocurrir lo
mismo con la idea de un ser más perfecto que el mío; pues era cosa manifiestamente imposible
tenerla de la nada; y como no hay menos repugnancia en que lo más perfecto sea una
consecuencia una dependencia de lo menos perfecto, de lo que la hay de que de la nada
proceda algo, no la podía tener tampoco de mí mismo. De forma que sólo quedaba que ella
fuese puesta en mí por una naturaleza que fuese verdaderamente más perfecta de lo que yo
era, e incluso que tuviera en sí todas las perfecciones de las que yo pudiese tener alguna idea,
es decir, para explicarlo en una palabra, que fuese Dios. A lo que añadí que, ya que conocía
algunas perfecciones que yo no tenía, no era lo único ser que existía, usaré aquí libremente, si
se me permite, las palabras de la Escuela, sino que necesariamente era preciso que hubiese
algún otro más perfecto, de lo cual yo dependiese, y de lo que adquiriese todo cuanto yo tenía.
Pues si yo fuese sólo independiente de cualquier otro, de forma que tuviese por mí mismo lo
poco que participaba del ser perfecto; por la misma razón podría tener por mí mismo todo lo
restante que sabía que me faltaba, y ser así yo mismo infinito, eterno, inmutable, omnisciente,
omnipotente y, en fin, tener todas las perfecciones que podía observar que están en Dios.

Texto 5: Meditaciones metafísicas (1641), Meditación III


En cuanto a las ideas claras y distintas que tengo de las cosas corporales, hay entre ellas
algunas que parece que pude obtener de la idea que tengo de mí mismo, como la que tengo de
substancia, que, cuando pienso que la piedra es una substancia, esto es, una cosa que
es capaz de existir por sí misma, aunque concibo bien que yo soy una cosa que piensa y no
extensa, y que la piedra, al contrario, es una cosa extensa y que no piensa, y que, así, entre
estas dos concepciones se encuentra una notable diferencia, con todo parecen coincidir
en que las dos representan substancias. Por lo mismo, cuando pienso que yo soy ahora, y que
me acuerdo además de haber sido en el pasado y que concibo varios pensamientos de los que
conozco el número, entonces adquiero en mí las ideas de la duración y del número, las cuales,
en seguida, puedo transferir a todas las otras cosas que quiera. Por lo que hace a las otras
cualidades de las que están compuestas las cosas corporales, a saber: la extensión, la figura,
la situación y el movimiento de lugar, es verdad que no están formalmente en mí, ya que yo soy
una cosa que piensa; pero, puesto que soy solamente ciertos modos de la substancia, como
los vestidos bajo los cuales la substancia corporal se nos aparece, en cuanto yo mismo soy
además una substancia, parece que pueden ser contenidas en mí eminentemente. Sólo queda
entonces la idea de Dios, en la cual hay que considerar si hay algo que no pueda venir de mí
mismo.
Por el nombre de Dios entiendo una substancia infinita, eterna, inmutable, independiente,
omnisciente, omnipotente, y por la cual yo mismo, y todas cuantas cosas hay, si es verdad que
las hay y existen, fueron creadas y producidas. Ahora bien, estas propiedades son tan grandes
y tan eminentes que, cuanto más atentamente las considero, más me persuado de que yo no
pude sacar su origen sólo de mí. Y por consecuencia hay que concluir necesariamente, de
cuanto he dicho antes, que Dios existe, ya que, aunque la idea de substancia esté en mí por el
mismo hecho de ser yo una substancia, no tendría con todo la idea de una substancia infinita,
yo que soy un ser finito, si ésta no fuese puesta en mí por alguna substancia que
verdaderamente fuese infinita. La idea, digo, de este ser soberanamente perfecto e infinito es
absolutamente verdadera, ya que, aunque quizá podamos fingir que un tal ser no existe, con
todo no podemos fingir que su idea no me represente nada de real, como otras veces dije de
la idea del frío. Esta misma idea, es también muy clara y distinta, ya que todo lo que mi espíritu
concibe clara y distintamente como real y verdadero, y que contiene en sí alguna perfección, es
contenido y encerrado por completo en esta idea. Y esto no deja de ser verdadero aunque yo
no comprenda lo infinito, o incluso aunque se encuentre en Dios una infinidad de cosas que yo
no podía comprender ni quizá tampoco conseguir de ninguna forma por el pensamiento, pues
pertenece a la naturaleza del infinito que mi naturaleza, que es finita y limitada, no lo pueda
comprender; y basta con que yo lo conciba bien, y que juzgue que todas las cosas que concibo
claramente y en las cuales se que hay alguna perfección, y quizá también una infinidad
de otras que ignoro, son en Dios formalmente y eminentemente para que la idea que de Él
tengo sea la más verdadera y la más clara y la más distinta de todas las que están en mi
espíritu.

Texto 6: Los principios de la Filosofía, I. 51


Lo qué es la substancia; es que es un nombre que no se puede atribuir a Dios y las criaturas en
el mismo sentido. En lo que respecta a las cosas que consideramos como teniendo alguna
existencia, es preciso que las examinemos aquí una después de la otra, con el fin de distinguir
lo que es oscuro de lo que es evidente en la noción que nosotros tenemos de cada una.
Cuando concebimos la substancia, concebimos sólo una cosa que existe de tal modo que no
tiene necesidad más que de sí misma para existir. En lo tocante a la explicación de esta frase,
no tiene necesidad más que de sí misma, puede haber oscuridad ya que, hablando
propiamente, sólo Dios es tal, y no hay ninguna cosa creada que pueda existir un solo
momento sin ser sostenida y conservada por su poder. Es por eso que tiene razón la Escuela
al decir que el nombre de substancia no es unívoco con respecto a Dios y a las criaturas, esto
es, que no hay ninguna significación en esta palabra que concibamos distintamente que
convenga a Él y a ellas. Pero, ya que entre las cosas creadas algunas son de tal naturaleza
que no pueden existir sin algunas otras, distinguimos aquellas que sólo tienen necesidad del
concurso ordinario de Dios, llamándolas substancias, y las calidades o atributos de estas
sustancias.
Textos de Locke
Texto 1: Dos tratados sobre el gobierno; Segundo, Cap. 2
6. Pero, aunque éste sea un estado de libertad, no es, sin embargo, un estado licencioso;
aunque el hombre en este estado tenga una incontrolada libertad para disponer de su persona
y propiedades, con todo, no tiene libertad para destruirse a sí mismo, o menos aún cualquier
criatura que esté en su poder, excepto en el caso en que alguna razón más noble que su
preservación lo guiase. El estado de naturaleza tiene una ley de la naturaleza para gobernarse,
la cual obliga a todo el mundo, y ésta es la razón, la cual enseña a todos los hombres,
sólo con que quieran consultarla, que, siendo todos iguales e independientes, nadie debe
dañar a otro en su vida, salud, libertad o posesiones; ya que, siendo todas las personas la obra
de un Creador omnipotente e infinito; todos sirvientes de un Jefe soberano, enviados al mundo
bajo su orden y negocio, ellos son su propiedad, su obra, y fueron hechos para durar mientras
Él lo quiera, y no mientras a otro le plazca. Y siendo creado con tales facultades, compartiendo
todos la misma comunidad de naturaleza, no puede ser supuesta ninguna subordinación entre
nosotros que nos autorice a destruirnos unos a otros como si fuéramos hechos para otros
usos, como las criaturas de inferior rango lo fueron con respecto a nosotros. Cada uno está
obligado a preservarse a sí mismo y a no abandonar su puesto por libre decisión, por la sencilla
razón de que, cuando su propia preservación no está en juego, deberá, tanto como pueda,
preservar el resto de la humanidad, y nunca, excepto para hacer justicia a un ofensor, robar o
perjudicar la vida de otro, o lo que ayude a su preservación, libertad, salud, integridad o bienes.

Texto 2: Dos tratados sobre el gobierno; Segundo ensayo, Cap. 7


Por lo tanto, donde quiera que cualquier número de personas se junten en una sociedad,
dispuestas a abandonar cada uno su poder ejecutivo de la ley de la naturaleza, y a renunciar a
él a favor del poder público, allí y sólo allí habrá una sociedad política o civil. Y esto se da
donde quiera que un número cualquiera de hombres, en estado de naturaleza, pase a formar
una sociedad con el fin de construir una persona o cuerpo político bajo la soberanía de un
gobierno supremo, o también cuando cualquier particular se une e incorpora a un gobierno ya
hecho. Ya que en este caso autoriza a la sociedad o, lo que es lo mismo, al poder legislativo de
ella a hacer leyes para él, tal y como el bien público de dicha sociedad requiera, para la
ejecución de las cuales es preciso, como para sus propios decretos, su colaboración. Y esto
pone a los hombres fuera del estado de naturaleza y dentro de aquella república,
(commonwealth), estableciendo un juez en la tierra con autoridad para la determinación de
todas las controversias de derecho que surjan entre ellos, y para reparar las injurias que
pudieran ocurrir contra cualquier miembro de la república, lo cual será juzgado por el poder
legislativo o por los magistrados señalados para tal fin. Y donde quiera que hubiese un
número de hombre de algún modo asociados, que no tuvieran tal poder decisivo al que apelar,
entonces allí estarían aún en el estado de naturaleza.
Y por lo tanto, es evidente que la monarquía absoluta, la cual es considerada por algunos
como la única forma de gobierno válida en el mundo, es de hecho incompatible con la sociedad
civil y, por lo tanto, no puede ser una forma de gobierno civil en absoluto. Dado que el fin de la
sociedad civil es evitar y remediar aquellos inconvenientes del estado de naturaleza que se
derivan necesariamente del hecho de que cada hombre sea juez de su propio caso,
estableciendo una autoridad conocida a la cual cualquier miembro de esa sociedad pueda
apelar en caso de ser injuriado, o en caso de una controversia que pueda surgir, y a la cual
todos los miembros de dicha sociedad deban obedecer. Donde quiera que haya un grupo de
personas que no tengan tal autoridad a la que apelar, y que pueda decidir cualquiera diferencia
que entre ellos pueda allí surgir, esas personas estarán aún en el estado de naturaleza. En él
se encuentra todo príncipe con respecto a aquellos que estén bajo su dominio.

Textos de Hume
Texto 1: Investigación sobre el conocimiento humano, [Link]; Parte I
22. Todos los razonamientos referentes a materias de hecho, parecen estar fundados en la
relación de causa y efecto. Por medio de esa única relación podemos ir más allá de la
evidencia de nuestra memoria y de nuestros sentidos. Si se le preguntara a un hombre por qué
cree cualquier cuestión de hecho que no tiene presente por ejemplo, que su amigo está en el
campo, o en Francia, daría una razón; y ésta sería algún otro hecho, como una carta recibida o
el conocimiento de sus propósitos y promesas anteriores. Un hombre que encontrase un reloj
o cualquier otra máquina en una isla desierta, concluiría que una vez hubo hombres en esa
isla. Todos nuestros razonamientos concernientes a hechos son de la misma naturaleza. Y en
ellos se supone constantemente que hay una conexión entre el hecho presente y ese
que se infiere de él. Si no hubiese nada que los ligase, la inferencia sería completamente
precaria. Oír una voz articulada y un discurso racional en la oscuridad no garantiza la presencia
de alguna persona:
¿Por qué? Porque estos son efectos de producción y fabricación humanas, estrechamente
conectados con ellas. Si analizamos todos los demás razonamientos de esta naturaleza,
encontraremos que están basados en la relación de causa y efecto, y que esta relación puede
ser próxima o remota, directa o colateral. El calor y la luz son efectos colaterales del fuego, y
un efecto puede inferirse correctamente de otro.
23. Por lo tanto, si quisiéramos satisfacernos en lo referente a la naturaleza de la evidencia que
nos garantiza las cuestiones de hecho, deberíamos preguntarnos cómo llegar al conocimiento
de la causa y del efecto. Me aventuraré a afirmar, como proposición general que no admite
excepciones, que el conocimiento de esta relación no se consigue en ningún caso por
razonamientos a priori, sino que procede de la experiencia, en la que hayamos que unos
objetos particulares cualquiera están continuamente unidos entre sí.

Texto 2: Tratado de la naturaleza humana; L-I; Parte I; Sec. VI.


Preguntaría gustosamente a los filósofos que derivaron tantos de sus razonamientos de la
distinción entre substancia y accidente e imaginaron que tenemos ideas claras acerca de ellas,
si la idea de substancia debe ser derivada de las impresiones de sensación o de reflexión. Si
nos es proporcionada por nuestros sentidos, pregunto por cuál de ellos y de qué manera. Si es
percibida por la vista, debe ser un color; si por el oído, un sonido; si por el gusto, un sabor; y
así para los otros sentido. Pero no creo que alguien afirme que la substancia es un color, un
sonido o un sabor. La idea de substancia, si es que existe, debe por lo tanto derivarse de las
impresiones de reflexión. Pero las impresiones de reflexión se dividen en nuestras pasiones y
emociones, ninguna de las cuales es posible que represente una substancia.
Por lo tanto, no tenemos ninguna idea de substancia distinta de una colección de cualidades
particulares, ni nos referimos a otra cosa cuando hablamos o razonamos sobre ella. La idea de
substancia, así como la de modo, no es sino una colección de ideas simples reunidas por la
imaginación y que tienen un nombre particular asignado, por el cual somos capaces de
recuperar, para nosotros mismos o para otros, ese conjunto. Pero la diferencia entre estas
ideas consiste en esto: que las cualidades particulares que forman la substancia se
refieren normalmente a un algo desconocido, a lo cual son supuestamente inherentes; o
aceptando que esta ficción no se produzca, por lo menos se supone que están conectadas de
forma próxima e indisoluble por las relaciones de contigüidad y causalidad. El efecto de esto
es que cualquier nueva propiedad simple que encontremos, que tenga la misma conexión con
el resto, inmediatamente la metemos entre ellas, aunque no esté en la primera concepción de
la substancia.
Así, nuestra primera idea del oro puede ser que es de color amarillo, el peso, la maleabilidad y
la fusibilidad, pero cuando descubrimos su solubilidad en agua regia, la unimos a las otras
cualidades y suponemos que pertenece al concepto de substancia como si su idea formase
parte de ella desde el principio. El principio de unión, siendo considerado como la parte
principal de la idea compleja, de la entrada a cualquier cualidad que se manifieste
posteriormente, y es igualmente comprendido por él como las otras que se manifestaron
en primer lugar.

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