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Letra del Concierto de Aranjuez

Este documento presenta un resumen de 3 oraciones o menos del texto proporcionado: El texto describe las experiencias de un paciente con un psicoanalista. Habla de cómo empezó a abrirse y compartir sus pensamientos y emociones más profundos durante las sesiones, algo que nunca había hecho antes. También reflexiona sobre el valor del psicoanálisis y sobre sus propios deseos de vivir o morir.
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Letra del Concierto de Aranjuez

Este documento presenta un resumen de 3 oraciones o menos del texto proporcionado: El texto describe las experiencias de un paciente con un psicoanalista. Habla de cómo empezó a abrirse y compartir sus pensamientos y emociones más profundos durante las sesiones, algo que nunca había hecho antes. También reflexiona sobre el valor del psicoanálisis y sobre sus propios deseos de vivir o morir.
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CONCIERTO

ARANJUEZ
Fáber Agudelo Vélez

MEDELLÍN -2018
Concierto Aranjuez
Primera Edición - Octubre -2018

Carátula:
Paredes y pasadizos del viejo Manicomio de Medellín
en el barrio Aranjuez.
Imagen tomada de: https://foursquare.com/v/
comfama-aranjuez/4ea46d0c6c25b62f3e38e9fa

Diagramación:
Fredy A. Rodríguez B.

Impresión:
Pregón S.A.S. Medellín [email protected]

Colaboraron con esta edición:


Confiar Cooperativa Financiera
Pregón S.A.S.
Oswaldo Gómez
Óscar Pino,
J. Arturo Sánchez T.
[email protected]

ISBN: 978-958-99013-3-5

Medellín, Colombia, Suramérica

Este libro se imprimió en papel Book Cream, 60 gramos.


Letra Dapifer, 12 puntos.
A Luis Carlos Aristizábal Cálad
Contenido

CONCIERTO ARANJUEZ..................................................7
PAPELES DEL EXILIO....................................................... 75
UN DIVÁN EN EL DESVÁN......................................... 123
CONCIERTO ARANJUEZ

¡Dios mío! -Leyó Montecristo-


¡Haced que conserve la memoria!
Alexandre Dumas: El conde de Montecristo

Voy a hundirme solo en la ciudad, cantaría yo, si me


tocara cantar, a la manera de Leonardo Favio. Pero nada,
nada de canto, solo la llovizna vertical de mis feroces
soledades. Nada de canto, nada, a veces el grito, otras,
el murmullo, el lloro, el alegato. Ciudad hundida en sus
bravatas y yo hundido en mis temores y en mis ansias.
Voy a hundirme solo en la ciudad, en la alta ciudad del
fracaso y del lloro.

7
Feliz, era feliz cuando luego de la sesión de análisis
sicoanalítico regresaba a mi casa y recordaba lo que había
sucedido allí, con ella. Reía, eso era suficiente, más que
suficiente, al recordarla. Decía tantas palabras descono-
cidas para mí hasta ese momento, sentía unas ternuras
tan extrañas. Era ella la que me sacaba miles de palabras
que yo no sabía que existían. Las solas baldosas me pa-
recían ahora de una belleza descomunal. Yo era distinto
porque amaba y ese amor me remontaba a las estrellas.
Salía de allí y caminaba y caminaba hasta mi casa,
pensaba en ella, en lo que había dicho, en lo que había
callado. Días enteros, años enteros sin hablar y, ahora,
hablaba ante alguien que me escuchaba con atención.
Hablar de mí era lo que necesitaba. No hablar de otro o
de los otros, no de uno y del universo, de aquello y de lo
más allá, solo de mí, del inmenso pánico que me causa-
ba la sola vida. Literalmente me desahogaba porque yo
estaba ahogándome en la baba de mis terrores. Por fin
yo, desplazado de todos los lugares, me atrevía a hablar,
y ella, allí, me escuchaba y a veces me decía dos o tres
palabras, resúmenes brillantes de lo que yo había dicho.
Fue algo de un valor infinito atreverme a hablar. Ese
pedazo de miseria que era yo no podía acceder a la pa-
labra. Para mí estaba todo negado. El mundo se me vino
encima y me tragó para luego vomitarme. Yo sudaba de
puro miedo. Nadie podía ayudarme. ¿Pero había algo
para decirme?, me pregunto treinta y cinco años después.
No había nada para decirme, yo vivía en el terror más
absoluto. Nada en mi vida me hablaba y yo no hablaba
a nadie. En el mutismo, yo solo atinaba a pedir comida y

8
recibirla. ¡Qué silencio el de esta ciudad, qué silencio el
de este universo!
Ella se sentó y yo empecé a hablar. De nada, de todo.
Salían y salían palabras y yo no podía dominarlas para
que no dijeran lo que decían. Estaba hablando las pala-
bras que el mismo mundo me había obligado a tragarme.
Nada podía hacer sino hablar, descargar las infinitas char-
las que había acumulado durante muchos años. Expelía
la tortura, el martirio. No podía escapar de esa habla
delirante porque como paciente ese era el compromiso:
hablar lo que fuera con todos los fueros. Si no hablaba me
iba a suicidar. Yo veía al prójimo y lo que podía distinguir
en él era una masa roja a punto de descargar un puñetazo
sobre mi rostro. Yo miraba los edificios y lo que veía eran
lenguas de fuego corriendo tras de mí. Todo me hablaba
en un lenguaje sórdido y destructor. Yo le decía a todas
esas imágenes: las amo, ustedes son mi prójimo. Pero ese
autoengaño no me permitía salvarme: era tragado y vo-
mitado sin remisión. El prójimo se había convertido en
mi destructor y me demolía en todos los lugares en donde
mi amor me quería redimir. Yo era Francisco de Asís. Y
el mundo no atendía mis rezos.
Era devorado.
Eso era ante ella. Nada. Unos huesos orquestados
para recibir el escupitajo en las moles de cemento. Me
han obligado a vivir, pero yo no vivo, yo sufro ante las
cabelleras desplegadas, y las a ceras son gigantes a punto
de derretirse encima de mi cuero cabelludo. Todo danza
a mi alrededor y me acusa. ¿Qué podía decir? Nada.

9
Bajaba la cabeza y murmuraba unas cuantas palabras,
apenas habían pasado unos segundos y yo tenía que se-
guir hablando, esa era la misión. Yo le decía a esa perfecta
desconocida, yo no soy yo, y ella callaba. Yo le decía, este
silencio viene tras de mí y no me deja hablar, y ella callaba.
Ese palabrerío infame recibía como respuesta el silencio
de la que yo llamaba la milagrosa, la analista. Porque era
un milagro que ella me hubiera puesto a hablar cuando
yo nunca hablaba nada, nunca decía nada, yo solo asentía
ante la total ausencia de sentido del mundo, yo nunca
decía esto y lo otro, yo callaba y seguía en mi demolición.
Yo moría callado ante la total ausencia de sentido.
Para qué engañarme. Todo sigue igual: no hay nada
de qué hablar. El inmenso e infinito desarreglo es el
mismo, como si la circunferencia ya hubiese descargado
su absoluta perfección y en ninguna parte se respirara el
más mínimo concierto.
Nada me ha sucedido para que yo cambie de opi-
nión, mis células, obligadas a vivir, siguen lamentándose
de su inútil quehacer.
La ubicua tragedia me lame los dedos y me obliga a
escribir: todo lo que escribo, ya lo sé, es mentira, y sin em-
bargo tengo que escribirlo tal y como los dedos lo sienten.
No es la escasa alegría ni el aburrimiento ni el odio. Es la
tragedia de no saber para qué y por qué la vida. Apenas,
apenas eso. Y es mentira porque esa tragedia nada dice
de la inmediata y absoluta belleza del universo. Solo
menciona, y de una manera sesgada, imperfecciones par-
ciales de la necesaria perfección del todo. Por eso, aquí,

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escribiendo las mismas mentiras que he escrito siempre,
me burlo de la tragedia y le digo: me estás obligando a
escribir algo que no es cierto, que es solo un vericueto
parcial del perfecto torbellino de la vida.
Así es, soy un mentiroso que solo habla de las par-
cialidades equívocas y no de las bullentes totalidades
perfectas.
Se me escapa la perfección y no sé de ella sino su
huida perenne, su nunca acabada fuga.
La vida me rechaza porque soy un zángano que se
alimenta solo de la sombra.
No he callado lo suficiente, me obstino en escribir las
mismas banalidades.
Esta terquedad de escribir una y otra vez la misma
cosa que me niega sus secretos debía terminar. Debería
obligarme a un silencio que al menos me permitiera ale-
jarme de los ruidos de mi cuerpo. Pero vuelvo y vuelvo,
enajenado, y escribo las torpezas que mi finitud me per-
mite. Mi escritura es una bravuconada de la finitud que
se atreve a negar lo que hay más allá de ella y que se erige
como la única verdad cuando apenas es una brevedad
imbuida de la gravedad de lo interminable.
No vuelvo a escribir, me digo, y a los días me vuel-
ven a escuchar las mismas palabras, los mismos arpegios
descoloridos.
Digo lo que digo para escabullirme de los recuerdos
que me llevan, indeclinables, a los recuerdos de la mi-
lagrosa milagrera que me hizo abrir la boca cuando yo
solo quería callar y luego morir. Allí estaba mi cuerpo

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joven de treinta y dos años extendiendo ante su mirada
el balbuceo gutural de mis derrotas. Allí me llamaba el
derrotado, como si hubiese participado en las gestas de la
cristiandad y hubiese regresado convertido en un pagano
redomado. El derrotado cuando no había participado, ni
siquiera, en las cabalgatas que en su huida le arrancan
el polvo a la tierra. Nadie me había visto hablar y el in-
cesante mudo se doblegaba ante la analista y hablaba y
hablaba, como si de verdad hubiera vivido, como si fuese
cierta en él la hazaña de vivir y de morir. Allí, doblegado,
musitaba la escasez, y mi cuerpo, casi pidiendo perdón,
todavía quería vivir. Comencé a saber de lo innegable de
la espera, de la necesidad de la terquedad para aruñar las
rocas de los acantilados.
Debí pasar derecho y no entrar a la oficina de la
milagrosa, pero entré y el milagro se produjo, no por-
que dios lo permitiera desde sus atalayas remotas, sino
porque ante la obligación de hablar yo pensaba que no
me iba a pasar nada, y que una vez acabado mi parla-
mento, yo podría regresar tranquilo, como si no hubiera
pasado nada, al silencio. Treinta y cinco años después
todavía estoy desenredando la pita, buscando afanoso el
primero y el último silencio. Lo que busco es callar para
luego morir, como lo quería hacer antes del psicoanálisis.
Siempre me he dicho: yo no quiero vivir más. Es como el
grito más escondido de mi corazón, que no quiere sufrir
más, que no quiere amar más, etc. y etc. Todos los días y
a todas las horas, el yo no quiero vivir más aflora a mis
labios y aunque ya con los años observo con frialdad esta

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frase macabra, todavía me duele y me obliga a pensar en
las axiologías de la vida. ¿Es la vida por sí misma un valor,
y en ella no cabe ninguna interrogación?, ¿o es la vida
misma la interrogación a la que nos lanza la misma vida
para que la resolvamos? Dígame, usted ¿por qué quiere
vivir más años?, ¿quiere saber más?, ¿y de qué quiere
saber más?, ¿de ese escuálido psicoanálisis, producto es-
purio del siglo de las luces?, ¿o quiere saber más de la
misma vida que brota a montones de las ciudades? Yo
te amo y te traigo este insulto solo para que prendas tus
ojos y me mires con rabia y con odio. Así, con esos ojos
exterminadores te ves más bella.
¿Qué ocurre en este sombrío país de la muerte? La
muerte misma, nada más. Un macilento perro muerde
con placidez las estatuas de los próceres vencedores
de la patria. Y también acaricia con placidez la excelsa
memoria de todos los presidentes que han presidido este
país. Ellos son los grandes responsables, los presidentes,
y deberían ir a palacio a contar todas y cada una de sus
bellaquerías. Pero no, no vuelvo a hablar de presidentes
y expresidentes, no vuelvo a hablar de nada ni de nadie.
Yo no soy el presidente y no quiero serlo. Una vez lo fui
y goberné el país durante varios días mientras me duró
la locura. Ay, psiquiatras, ¿por qué me quitaron la locura
de ser presidente?
¿En dónde estás ahora? ¿A mi lado, extrayéndome si-
lenciosa mis venas de la locura? ¿O estás lejos, muy lejos,
leyendo afanada un texto lujurioso de Todorov? ¿En
dónde estás mujer?, te digo, no para que me contestes,

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es para que escuches mi voz, sí, para que la escuches y
sientas en ella mi amor. Te amo tanto y es un amor sin
condiciones, mi presidenta que me gobierna desde los
altos sillones de la plusvalía. No soy nada, no seré nada
y una y otra vez quiero ser la misma nada en la nadería.
Cuando los policías me preguntan por mi ser, yo les digo:
no tengo cédula de ciudadanía, yo no tengo ser, si quie-
ren métanme a la cárcel, a ver si son capaces de meter a
la cárcel a la misma nada. Es lo mismo que le digo a mi
presidenta cuando me echa de la casa porque no llevo
dinero para el arriendo: atrévete a echar a la misma nada
de esta casa, a ver si lo logras, yo, el señor de esta casa,
yo soy el presidente, yo soy dios, a ver, échame, nadie es
capaz de echar la nada de sus vidas, la nada los corroe,
echa a la nada de tu propia vida, presidenta de mi vida,
y en ese momento yo me iré, lejos, muy lejos, hasta la
misma muerte, hasta mi propio país.
Voy en busca de un lugar para sentarme y escuchar
los pasos de tu partida. Tú, que partes siempre, no verás
a alguien que, sentado en la desmemoria, escucha tus
pasos y los apunta en una minúscula copa de agua. Vas
a desaparecer como desaparece un poco de arena en los
amplios arenales. Yo no sé nada, solo siento tus pies tras
una remota esperanza, veo cómo caminas, alcanzas una
piedra y la tiras lejos, y luego saltas de dicha cuando apa-
recen los camellos y, en ellos, príncipes solitarios derro-
tados miran tu larga caminada. Eso es lo que ocurre en
mi vida, y me digo, ya es mucho, quizás demasiado. Una
señora dama, de lejos parece un avestruz tragada por su

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silencio, prefiere irse de las monótonas ruedas de la for-
tuna y se va, tras de nada, ocultando una gran sinrazón
que nadie conoce. Solo ella sabe el parlamento inaudi-
ble del silencio. Ella, el avestruz de los cinco silencios.
Mira que escribo, mira que te escribo, ya no quepo en
mis pobres palabras desvencijadas, ya no es el barrio ni el
capitolio, no soy ni presidente ni un habitante del barrio,
todo desapareció en una borrasca que me borró todo, ya
no recuerdo nada, nada, a Pablo Neruda sí, cuando tar-
tamudeaba sobre el amor, pero nada más, escabullido de
las rendijas, por completo trastornado por el silencio. No
hay nada que pueda decirte para engañarte y convencer-
te de que regreses, lo sé, ya has descubierto mi mentira
perenne, farfullo y farfullo un inevitable galpón de futi-
lidades, y tú ante esa necedad sigues partiendo y tragas
más y más silencio. Yo sé que tú sabes que yo no he naci-
do y también sé que tú solo partes y partes y partes. Ah,
sí, no hay derrota, no la hay, los volúmenes cada vez más
voluminosos de las aventuras quisieran tener un poco de
tu silencio y no lo consiguen y caminan detrás de histo-
rias gigantescas que no entienden. Pero tú en tu silencio
lo entiendes todo y luego partes. Yo que no he nacido y
tú que solo partes, y además los volúmenes voluminosos
de las gigantes historias. Todo calla cuando tú pasas con
tu silencio a cuestas y también con tu partida.
Alcanzo las cansadas páginas de las piedras y esculpo
en ellas las violentas requisitorias de mi soledad. Yo hablo
para mi soledad en las esquinas y no hay nada ni nadie a
mi alrededor. Yo tampoco escucho a nadie, solo allí, con

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los pies sobre la tierra, las orejas adheridas al aire, sé de
tus pisadas y me atrevo a interpretarlas, tú hablas en un
silencio que yo me atrevo a desbaratar. Ah, el sonido de
tu silencio, solo yo lo conozco, solo yo, transido de frío,
conozco el alto roquedal de tu silencio. Puedo escribir
toda tu historia porque sé qué significa tu silencio y qué
significa tu partida. Lo olvidé todo, lo sabes, no sé de
nadie y los obispos y los sacerdotes pueden merendar en
mi casa: no sé quiénes son.
Yo escribo de tu silencio, el que socava las grutas y
cabalga sobre las estalactitas. Nadie respira allí cuando el
leve murmullo.

***

Sentado a un lado tuyo, en esa oficinita y a una hora


determinada, yo oía mis palabras que se atrevían a lle-
gar hasta tu silencio. Yo hablaba sin parar ante ti y tú
callabas, absorbiendo mis palabras como si fueras una
virgen impecable redimiéndome de mis ruidos. Cuánto
no hablé ante ti, sentado a tu lado, porque en los inicios
mi enfermedad era demasiado perversa, querías que yo
mirara y fuera mirado. A toda hora tu silencio y tu mira-
da observándome como un águila sedienta. Bajabas hasta
mis pantanos, escrutabas los paisajes lunares y luego
emergías desde allí con un mensaje de paz. Aturdido de
ti, de dos o tres palabras redentoras, salía de allí, atontado
y feliz. Había respirado, aunque hubiese sido por un ins-
tante, la buena nueva: podía encontrar el conocimiento.
Ella me daba la prueba en dos o tres palabras que desnu-
daban las pesadillas y las volvían inofensivas. Ese es el

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motivo del amor que te profeso indeclinable desde hace
muchos años: respiraba en medio del pantano partículas
purísimas de oxígeno.
Era posible el saber. Y además, era posible el amor.
No ambos como cópulas apresuradas en el instante sino
como largas estancias en medio de la revelación. Palabras
oscuras navegaban indolentes por mis fueros y atacaban
mi aliento desde lugares al parecer inexpugnables. Todo
es posible, lo sé ahora, pero en ese instante apenas ba-
rruntaba mi salida de la cárcel de la demencia. Yo bien
sabía que estaba en una cárcel, que mis carceleros no
iban nunca a darme tregua. Y que además yo estaba
condenado por toda la eternidad al desconocimiento. Sí,
apresado, dueño de una grandísima desesperanza.
Sentado, haciendo carrizo fumaba Pielroja, un ciga-
rrillo negro que olía a mil demonios. Yo me sentía como
un brujo exorcizando las mil hecatombes de mi vida. Era
un derrotado a todo lo largo y a todo lo ancho, pero me
daba el lujo de urdir con palabras un escape en pleno
centro de la mazmorra. Yo quería rescatarme en el mismo
orificio de mi caos con el solo aliento de la palabra, y ella,
sentada a un lado de mí, me trasmitía esa absurda convic-
ción: podía ascender hasta las más altas cumbres de mi
desamparo y traer desde allí el mensaje sagrado que me
liberaría para siempre. Tal vez nunca me lo dijo, tal vez
nunca lo pensó, pero emanaba de ella la idea misteriosa
de que la vida era eterna y jamás, nunca jamás, podría ser
vencida. A eso me refería cuando atrás decía de esos ins-
tantes en que ella extraía de mi oscuridad manotazos de

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luz. Sí, no he terminado todavía, mi estancia en la cárcel
continúa, percibo la oscuridad y mi desaliento. Camino y
camino y todo es absurdo, pero cuidado conmigo, no he
dejado de percibir la luz y, todo un conde de Montecristo,
sigo cavando los túneles que me darán la libertad.
Brutal soledad. Apenas puertas adentro podía co-
municarme unas cuantas palabras indefensas. Pero allí,
contigo, recuperaba mi aliento y hablaba, de ti, de mí, del
universo. Cómo nombraba, tímido y desgraciado. No me
permitía asomarme a mi cuerpo, no me permitía nom-
brar esos huesos forasteros que constituían mi cuerpo y
mi alma andaba desterrada, socavada por las montañas
del silencio. No había en mí nada, y cuando destapaste
con tu silencio ese caudal de ideas represadas, cómo sol-
taba aquí y allá cosas guardadas, mantenidas en secreto
por un invisible miedo. Me atrevía a vivir en tu palabra
y tú, ahí, me dabas el valor con tu sola mirada. Yo no
había nacido y, ahora tampoco. Sé que todavía me niego
a la palabra. Tengo tanto miedo de ti, de ti, de los seres
humanos, de mí, de la vida. Un chorro de palabras debe-
ría emerger primero de mi boca para que yo empezase a
sospechar de la probable existencia de mi alma. Por eso
los negros y los indios están ahí peleando como yo por su
alma. Ni cuerpo ni alma en las torturadas cicatrices de
nuestros pasos. Ellos, como yo, apenas en la sospecha de
que vivíamos y de que también íbamos a morir. Yo jadeo
de pavor cuando me encuentro con un negro, con esa
música inmemorial en sus labios y con su íntegro dolor
en sus espaldas. Como los negros, como los indios, sin

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cuerpo, sin alma, vagando despavorido por las calles, y
tú, ahí, callada, al lado mío, escuchando la leve sombra
que provocaban mis palabras. Porque yo era un fantasma
muerto de frío, y como el negro y el indio, en oscuras
resacas me atreví ante ti a enarbolar sonidos y sonidos y
más sonidos que yo llamaba mis palabras. Sí, eran apenas
gritos demenciales, era el corazón destripado de un pobre
sujeto, y tú ahí, mirando, escuchando, y a veces dos o tres
palabras tuyas me alimentaban durante semanas. Había
un conocimiento que liberaba y que dotaba al tiempo de
un sentido y de un orden.
Una vez te dije en el consultorio: es la locura que
viene a visitarme, y me sonreía contigo, como restándole
importancia a esa bella dama que me visitaba de nuevo.
Tú me dijiste, sí, es la locura y quieres tomarlo a broma,
hacer chistes, porque es tu manera de enfrentarla. Yo
seguí hablando y hablando casi una hora, y luego tuve que
marchar para el hospital mental. Una fuerza descomunal
me arrancó la cordura y me obligó a asilarme. Allí estu-
viste, en el hospital, yo te abracé, llorando. Manicomio
malparido. Muchos años después, hoy, escucho a Sinatra
y recuerdo a Mia Farrow y te recuerdo a ti.
No, seguro que no lo he perdido todo. Has llegado
con los años hasta el último recinto de mi vida, escarbo
contigo las minucias cotidianas. Era, por supuesto, y lo es
hoy, una dama exigente la locura me quería y me quie-
re solo para ella y para nadie más, y aunque hace veinte
años no me visita, sé que está dentro de mí esperando un
descuido para poseerme de una vez y para siempre. No

19
me digas que no, no me consueles, la locura me persigue.
Yo también la persigo en estas letras suicidas, pero hasta
el momento ella ha sido más fuerte, me asalta con la con-
tundencia de un meteorito y yo lloro de espanto en los
fríos pabellones del manicomio, las pastillas psiquiátricas.
No vine a llorar, tampoco a reír. Dentro de mí mil
cosas indescifrables saltan sobre el papel y yo ya no tengo
tanto miedo. Tu rostro y tu palabra aparecen y me dicen
que la vida es superior a cualquier contingencia pasajera.
Yo voy a mis noches con un inmenso tonel de psi-
quiatría, una pastilla gigante de 25 mg, un antipsicótico.
La podemos llamar pastilla antilocura. No me he vuelto
a enloquecer desde hace veinte años, pero, ¿a qué precio?
El precio es demasiado alto y no sé ahora si la mejor op-
ción para un loco sea esa, morir despacio en medio de un
estupor de melancolía creado por la pastilla.
Son las diez de la noche. Todas las noches yo debe-
ría recogerme en la lectura de mis libros, en la escritura
de mis sueños, en la lenta elaboración de mis pesadillas,
pero no puedo hacerlo: allí está la pared, una pastilla de
25 mg que tengo que tomarme todos los días, esté donde
esté. Sí, soy un loco, un paria. Me levanto por las maña-
nas, drogado, para desayunar y volver a acostarme hasta
el mediodía. Y a mí me ha ido muy bien, me lo recuerda
mi médico bioenergético que me atiende cada mes para
estabilizar mi sistema nervioso.
Y todo esto, ¿qué importa ahora? ¿Es necesario re-
cordarlo? No es necesario recordarlo. Lo hago con el solo
objeto de establecer las coordenadas en las cuales tiene

20
que desarrollarse mi vida. No soy como los demás, los
sanos que se mueven desde la niñez hasta muy avanza-
da la madurez sin ninguna enfermedad de cuidado. Los
sanos están allá, muy lejos de mí, no creo en ellos, lo que
dicen de mi vida es falso, sus comuniones y excomunio-
nes no tienen que ver conmigo. Soy otra cosa todavía
desconocida, pero me niego a aceptarlo. Antes de morir,
dos o tres palabras sobre la enfermedad, sobre la muerte.
Los sanos no lo hacen: entre ellos hay muy pocos artis-
tas y casi siempre están más cerca de nosotros, los locos,
que de los cuerdos. Me digo: qué más puedo hacer, sino
escribir, pensar, volver a pensar, volver a escribir. Es una
agonía, es una lenta agonía, una verdadera agonía. Y, sin
embargo, no me he dicho la última palabra. Ya no peleo
con mi vida, con la vida, con los demás, pero el pensa-
miento me lleva a ellos con una pregunta que nunca se
me olvida: y ustedes, ¿qué hacen con sus vidas?, ¿qué se
proponen? No son filósofos los buenos parroquianos ofi-
ciosos de este carnaval enrevesado de la vida cotidiana.
Y entonces no me contestan nada, me dan la espalda,
diciendo, «vean a este», y me miran, sí, con los ojos muy
abiertos, pero no me ven, yo soy un loco, un loco, pero
ustedes son ciegos, sordos, tontos, insoportables.
Ya descanso. En todos los textos que he firmado con
mi nombre, que más bien parece el nombre de un fárma-
co alemán, lanzo insultos e improperios contra los sanos.
No me crean. Les tengo una honda simpatía, les deseo
suerte, pero manténgase alejados de mi lengua viperina,
porque si bien los soporto, les advierto que no sé acer-
quen demasiado.

21
«Si ya todo está perdido, amor», decía alguien. Y
yo lo repito mirando mis pobres letras saltonas. ¿Podré
llegar a algún lugar, diré de pronto una palabra valede-
ra, alcanzaré al fin…? ¿Qué?, ¿alcanzar qué? No lo sé.
¿Será que algún día podré alcanzar el silencio?, para des-
pedirme por fin de la escritura, de mí, de ti, de la vida.
Por el momento, y desde hace mucho tiempo, la misma
loca angustia, la misma risa estentórea, el mismo infeliz
lloriqueo.
Alguna vez miraste un texto mío sobre la locura en
un periódico local y me dijiste que estaba muy bueno,
que siguiera escribiendo. No sé qué me pasa a mí con las
palabras bondadosas que las atesoro en cuevas secretas
para acariciarlas sin cesar. Son mis talismanes de la vida
eterna esas palabras urdidas desde el corazón fraterno.
Yo recuerdo ese texto con cariño, pero mucho más cari-
ño le he guardado a tus palabras. Sí, la voz de la locura
de la que hablaba en el escrito me acompaña ahora y con
ella intento, en días y días de afanoso bruñir el tiempo,
encontrar el significado de la vida. De nada más me
ocupo. Un vecino muere y en el último vagón la escasez
ronda los atardeceres, muy bien mi poeta, pero, ¿qué es
aquello que ocurre y por qué ocurre de esta determinada
manera? No escribo como los poetas, no siento como los
poetas, y si alguna vez una frase se ha escapado de mi gar-
ganta, es todo un contrabando inútil escabullido de mis
desarreglos cotidianos. ¿Qué es la vida, entonces, que se
derrama sin cesar sobre todos los siglos y desde ninguna
parte? La locura llegó en ese momento a tu consultorio y
me abrazó con sus tentáculos, y allí supe, por tu mirada

22
serena, que la vida, aún tan desconocida, es superior a
esa dama de cinco en conducta que en esos momentos
me llevaba para sus dominios, el manicomio.
Son las ocho de la noche y me quedan todavía algu-
nos minutos de lucidez antes de tomarme la pastilla psi-
quiátrica. Yo no he vencido a la psiquiatría. Es ella la que
me vence todas las noches y me duerme con su abrazo
químico. Y por la mañana, es ella la que me despierta y,
menoscabado, me obliga a acostarme nuevamente hasta
el mediodía. Pero en este momento, hoy, puedo decir todo
lo que mi cerebro ha descubierto en un nervioso inquirir.
Esta voz de la locura que me acompaña se ha convertido
en mi aliada, porque, así como un día fui escuchado por
una paciente analista, así algún día mi paciente escucha
de la voz comprenderá a su vez la urgencia de la locura,
su deseo de destruir y de matar la conciencia. Solo la voz
de la locura me comprende y a ella voy desde la palabra
para escuchar el sublime misterio de la gran herejía de
los siglos.

***

Fue en ese momento cuando lo comprendí: estába-


mos sentados los tres, tú y yo y la locura, y así sucedía
siempre, la locura siempre estaba presente en el análi-
sis. Pero nunca como en ese momento: surgía de mí y
me dominaba abiertamente, hasta el punto que los tres
sabíamos a qué atenernos. Yo iría al manicomio con la
locura, porque le pertenecía y tenía que ir con ella, pero
no retrocediste, la miraste sin temor y hablabas de ella

23
con la naturalidad de un domador de fieras. De ser algo
totalmente desconocido, una fiera encerrada en su selva,
la locura pasó a ser una tarea a resolver, cosa que hago yo
en este momento. La locura tiene su voz, habla de sí y es
posible escucharla.

***

La psiquiatría no ha deseado jamás escuchar a la


locura, si es que puede hablarse de deseos cuando ha-
blamos de psiquiatría. Por el contrario, sí, hablemos de
deseos, su deseo es fingir que la locura no tiene nada para
decirnos y los cuerdos tienen que enseñarle a la fuerza
todo lo que saben. Nada tan impenetrable como la psi-
quiatría, quizás tan impenetrable como la misma locura.
Porque el psicoanálisis es impenetrable, pero es posible
acercarse a él y escucharle sus sospechas y él habla y
nos indaga y nos controvierte y se atreve a pensar que
los locos sí podemos ser escuchados. Puede decirse que
escuchar a los locos sea una quimera irrelevante y que
más les valdría a los psicoanalistas tomarse unos buenos
calmantes. Yo pregunto: ¿Qué pueden hacer los locos,
sino indagar su propia enfermedad, sondear sus resortes
más secretos, imaginar inclusive lenguajes, para entrar
allí donde la psiquiatría afirma y reafirma que no hay
nada y que no hay que buscar lo que no se ha perdido?
Mis psiquiatras fueron unos redomados simuladores,
que jamás intentaron mostrarme la gravedad de mi do-
lencia. Ante ellos estaba encarnada la locura en un loco
y ellos ni siquiera mostraban curiosidad alguna. El loco

24
estaba allí vencido y postrado, ¿para qué le vamos a co-
nocer?, ¿de qué nos sirve conocer esos pobres seres? Y
así los locos son embotellados en gruesos botellones con
unos grandes marbetes que dicen: «Locos, no tocar».
Hay una gran campaña de exterminio contra los locos.
Occidente no los quiere y donde esté uno de ellos en el
plan de comprenderse, allí estará la policía psiquiátrica
en su cometido contrario, que el loco no comprenda
nada y que calle su oscura razón, su oscuro ser, su os-
cura vida.
Filósofos hay que enloquecieron y dijeron antes de
enloquecerse, y en la locura, de la voraz trivialidad. Allí
están esos libros reveladores y la vida reveladora de sus
autores. Pero se dice: «Eso ya pasó hace tiempo y los
locos de ahora no pueden ser comparados con Federico
Nietzsche y Federico Hölderlin». Claro que ellos fueron
locos y geniales y la sola locura no es prueba de geniali-
dad, pero ¿no es el loco un sujeto que conoce, así apenas
conozca su locura? Nosotros decimos desde aquí que los
locos estamos en el universo del conocimiento y que de
ese universo no podemos ser desplazados o eliminados.
Cabemos en el universo y reclamamos el esclarecimiento
de nuestra existencia. Porque además hay algo que se le
olvida al común de las personas: los locos tenemos dere-
cho a la vida y, desde luego, derecho al conocimiento de
nuestra vida. ¿Por qué se le permite a la psiquiatría ne-
garnos esos derechos?, y, ¿por qué se le permite a la psi-
quiatría cazarnos como si fuésemos bichos? Preguntamos
una pregunta que es perseguida y rechazada por todos

25
los poderes: ¿por qué quieren exterminar a los locos?,
¿por qué quieren que los locos simplemente no existan y
que callen para siempre su profunda necesidad de vivir
y saber? En ese consultorio psicoanalítico supe de la ne-
cesidad de conocerme, y el conocimiento de esa necesi-
dad me hace un ser supremamente especial y peligroso.
Me dirán, «pero si todo el mundo sabe del oráculo de
Delfos, no venga a echar cantaleta, a llover sobre mo-
jado». Pretendo demostrar en estas líneas que los locos
somos los más indicados para conocer sobre el ser y la
vida de ese ser, porque aquellos que han sido negados en
el núcleo más íntimo son los más capaces de levantarse
de sus tumbas y, como Lázaro, echar a andar.

***

Cuando yo entré por primera vez a tu consultorio no


sabía el por qué tenía que hablar lo que se me viniera a
la mente y tampoco sabía con seguridad el para qué de
esa práctica. Deseaba la salud, pero no sabía cómo con-
seguirla y ese psicoanálisis se me hacía demasiado sofisti-
cado. Muy dentro de mí algo me decía que ese monólogo
que surgía dentro de mí no me iba a servir para nada, y si
seguí insistiendo fue porque sentí por ti una grandísima
simpatía. Desde el primer momento te quise enamorar y
lo que decía no se refería en modo alguno a mis quebran-
tos de salud sino a mis quebrantos de amor. Yo me que-
jaba allí de que las mujeres no me amaban y que yo les
parecía demasiado raro, lo decía con la cara triste de un
perfecto seductor. Claro que de nada me valía, porque las

26
palabras de amor no eran escuchadas y más bien detrás
de ellas pretendías escuchar aquello oculto que se escon-
día en mí con el propósito de devorarme. Y yo, que salía
de allí hipnotizado y feliz de haber visto tu rostro, no me
percataba que detrás de esa cara, que se sumergía en una
amable escucha, había una determinación invariable de
leer en medio de las tinieblas. Y la locura dentro de mí
tampoco escuchaba las palabras, más bien escrutaba la
cara de la analista, midiéndole una y otra vez el aceite.
Yo allí, como un bobo enamoradizo, mientras la locura,
que me tenía bien sujeto entre sus riendas, y la analista,
se trenzaban en una guerra sin cuartel. Había una con-
tienda en ese recinto, y si bien al principio se me permi-
tieron victorias fáciles, como por ejemplo entender que
las mujeres no querían hacerme daño y no tenía por qué
sentir temor de ellas, más adelante los encuentros entre
la claridad y el caos fueron más complejos. Muchas veces
no entendía nada de lo que estaba pasando y claridad y
caos no significaban nada para mí. Montones de escar-
nios eran mis palabras, a veces, y otras veces, aleluyas
agradecidos por la vida. Por fin, con los días, surgió una
explicación: nada de lo que allí ocurría era sencillo y esa
persona, la analista, a la que yo llamaba «la marinerita
de aguas dulces» en mis arrestos de marinero curtido en
aguas saladas, no era una ingenua escucha sino una tenaz
interpretadora de mis pesadillas más caóticas. No hay di-
nero tan bien ganado como el que se ganan los psicoana-
listas con vocación. Mi palabra era todo un estruendo de
palabras vacías y de ellas, en pocos segundos, la analista
erigía holocaustos de la necedad.

27
Yo quería esconderme de esa muchacha que me mi-
raba sin interrupción y que a veces me decía dos o tres
palabras que me hacían estremecer. Era ella, sentada
cerca de mí, la enemiga, y yo tenía que burlarla a como
diera lugar. Eso pensaba, porque el miedo de decirme
las verdades mías me obligaba a convertir a mi analista
en una contendora sin escrúpulos. Me enredaba, y ella,
paciente, desmovilizaba mis ofensas y las convertía, en
los logaritmos de su inteligencia, en lo que realmente
eran: gritos en demanda de ayuda para mi soledad y mi
miedo. Atravesé períodos de una desconfianza atroz: la
quería herir por los cuatro costados, en venganza porque
había descubierto mi debilidad, mi angustia ante la vida.
Bueno, resistió días y años mis andanadas. No se movía
de su sitio, en un optimismo definitivo: confiaba en mí y,
no supe cómo, yo empecé a confiar en mí mismo, yo, que
antes quería destruirme a como diera lugar, con los ar-
gumentos más rebuscados y astutos. No sé cómo lo hizo,
qué artes secretas hicieron que desistiera de mis deseos de
destruirme y empezara a buscar en mí argumentos pode-
rosos para seducirla, y no para destruirla. Así es como se
explica la escritura de tres breves textos sobre escritores
que amo desde siempre: Hermann Hesse, Marcel Proust
y Juan Carlos Onetti. Todos ellos, niños malcriados y si-
lenciosos, perseguidos por los fantasmas de los adultos,
enfermos de soledad. De todos te hablé en breves escri-
tos. Uno de ellos, recuerdo, se llamaba «La certeza del
desarraigo» y estaba dedicado a Onetti. Yo sentía en ese
momento que te escapabas de mí y que nunca llegarías a
quererme, que te perdías fatalmente porque tu capacidad

28
de melancolía era demasiada. Yo lo supe en ese momento
y ahora también lo sé, aunque ya con ciertos matices. Ya
sé que huyes de todo y que nada te retendrá en ningún
lugar. Y siempre que te recuerdo lo hago con la imagen
de alguien que parte, que parte de todos los lugares,
porque los niegas todos. Yo te hablaba de tres hombres
silenciosos, con una capacidad de escucha descomunal,
para convencerte de que yo también aprendería a escu-
char y que te escucharía a ti con toda la atención que
merecías. Pero eso lo sé ahora o lo sospecho. En aquellos
días escribí esos textos y ya no sé dónde están, y ya no re-
cuerdo qué decían. Con ellos te miré a ti con una nueva
mirada y sabía ya que jamás podrías odiarme, hiciera lo
que hiciera. Y además supe algo que he corroborado en
todos los días de mi vida: contigo puedo conversar siem-
pre, porque siempre me escucharás. Te confieso que he
seguido estudiando, lleno de placer, estos tres autores. Te
digo que con placer, a pesar de ser tan dolorosos, porque
es como si estuviera hablando contigo.

***

Voy a hundirme solo, decía con Leonardo Favio, y


así es, me hundo en mis recuerdos, solo. Desde luego,
es un hundimiento en nada parecido al hundimiento
del Titanic. Aquí aflora la lucidez, el deseo de saber,
la voluntad necesaria para llegar hasta el final. No me
hundo como el Titanic, para encontrar la muerte, sino
para encontrar la vida. Porque allí está la vida, en la
hondura, cuando nos falta el aire y personajes extraños
azotan nuestros costados. Allá, desterrados de los lugares

29
comunes aprendemos el abecedario de la fugacidad,
pequeños escenarios burlan las cárceles de las grandes
verdades y, disfrazándose, recorren los caminos prohi-
bidos. No había nada vedado en nuestros encuentros,
nos sumergíamos y yo no sentía miedo porque estabas
conmigo, como una nueva Beatriz. ¿Era el mismo deseo
de conocer lo que me llevó hacia ti, o fue ese deseo de
conocer el mismo que te obligó a ti a acompañar a ese
demente arruinado?
Yo no era un novato en mi deseo de hundirme. Por
mi propia voluntad, a los dieciséis años habité un sótano
frío y aislado que mi familia no utilizaba. Allí sentí la so-
ledad y una y otra vez mi cuerpo se acechaba para atra-
par el tan prohibido placer. Y nadie a mi lado, lo que ya
era una conquista. Me convencí de que ya era un adulto
y por eso me evadí de ellos, porque mi adultez requería
de un lenguaje y de un espacio propios. En ese sótano
soñé con la mujer perfecta, la vida perfecta, el poema
perfecto. Días y días, solo en eternas noches, desvelado,
ocupado en auscultar las estrellas en mi cerebro. Fue allí
donde escribí mi primer texto antiburgués, anticatólico.
Era el hombre del sótano y cuando salía a la superficie
solo quería regresar donde estaba la libertad y no había
nadie que me dijera lo que tenía que hacer o no hacer. El
sótano fue mi patria.
Mi Beatriz, cuando llegaste yo ya era un consumado
perito en el fracaso. Ya había conocido la cárcel por unos
cuantos días, la locura, el desamor en novias demasiado
apáticas, y el amor comprado en noches disolutas. Era
un vicioso que reivindicaba los vicios en la luz del sol

30
porque rechazaba el bienestar perruno de la vida coti-
diana. Yo quería pensar y vivir al compás de mi libertad.
Por eso me hundía, para encontrar las palabras más pre-
cisas, las ideas más vigorosas, los sueños más vivaces, y
para encontrar, claro, las más tristes desilusiones.
Contigo en el sótano de las palabras difíciles, de las
que no están al borde del camino, prestas a ser cogidas y
tiradas, sino ocultas como buenas guerreras a la espera
de los mejores carnavales de la verdad. Quién diría que a
pleno sol, en ese consultorio pleno de luz, estábamos en
el sótano de nuestras conciencias, pesando las palabras
y escogiendo las más adecuadas para nuestro comercio
clandestino. Palabras que surgían de la misma oscuridad,
y que, violentas, se reclamaban del caos para luego de-
poner su rebeldía una vez les reclamábamos razones más
profundas para existir. A plena luz en pleno sótano.
Más adelante, en el hervor de la juventud, viví en
otro sótano, visitado con frecuencia por amigos univer-
sitarios. Pensábamos la sociedad y, con menos de trein-
ta años, no era extraño que confluyéramos en ideales
utópicos. Pero yo seguía solo porque los socialismos
científicos demasiado esquemáticos no me resolvían mis
interrogantes sobre el cuerpo, el tiempo, la existencia.
Urgido de mí, me sometí a severas pesquisas para en-
contrar lo verdaderamente valedero. Caían en gruesos
goterones los días de esa época, que quisimos heroica y
fue solo un ingenuo empeño, donde no encontramos sino
los gruesos armatostes del egoísmo. Era todo un asco el
poder y aquello que teníamos en nuestras manos para

31
modificarlo era también un asco. No sabíamos nada de
la vida y ningún imperativo categórico iluminó nuestros
esfuerzos. Por fortuna, la disciplina del sótano estaba allí
y a ella me acogí. Solo, atrapado en un acantilado secreto,
yo pensaba y repensaba las cantilenas políticas y supe que
eran polvo, lenguaje petrificado que esquivaba las sutile-
zas de la vida. Y después, contigo, yo te esquivaba como
si fueras un animal feroz. Había algo en tu cabeza que
yo quería conocer, pero sin que me costara nada. Quería
coger con mis manos ineptas todo un racimo de verda-
des ocultas que colgaban de tu ser, y al ir a coger esas
verdades, me di cuenta de que, si bien existían, yo no las
podía entender ni coger, porque tenía que aproximarme
allí con un conocimiento semejante pero que brotara de
mí, solo de mí. Nada podía regalarme ella, y la odié. Esa
inagotable alcancía de conocimientos estaba ahí, pero yo
no podía hacer nada para agarrarla. Yo tenía que apren-
der por mí y nadie, nadie me daría nada gratis. La vida
me rodeaba, y ella, sumergida en la vida, también me
rodeaba, pero ambas, la vida y ella, callaban cuando yo
les exigía un conocimiento inmediato y real. Yo tenía que
enriquecerme a toda prisa y ella, rica, no me daba nada,
me obligaba a quedarme en los márgenes, apartado de los
festines del saber. Cuánta envidia y odio caían sobre ti de
este que, como perro famélico, solo quería las carnes más
suculentas de tus caudales de saber. Fui aprendiendo a
ser un riguroso estoico en medio de los ricos de espíritu
que pasaban a mi lado en sus carruajes. Acepté que solo
yo podía acceder a mí mismo y que la prisa y el desorden

32
no me harían fácil la tarea. Los sótanos me enseñaron,
pero fuiste tú quien me enseñó la verdadera cábala de la
esperanza. Nada de afán, la espera es más dulce que la
desesperación, todo llega en el momento más apropiado
y de las manos más inesperadas.

***

Tras de mí, hambrienta, la locura, y yo tras de ella


para aniquilarla, mutarla en una apacible sabiduría. Y
tras de mí, también, la escritura, mi aliada. ¿Seremos ca-
paces la escritura y yo de abortar montones de silencio
y convertirlos en palabras? Ella y yo, de tanto caminar
juntos, nos entendemos casi por señas. Nos sabemos
excluidos de las multitudinarias verbenas, bajamos a
la plaza y nos quedamos allí buenas temporadas para
volver de nuevo a la escasez de nuestras habitaciones.
No sabemos qué irá a ser de nosotros, si alguna vez po-
dremos decir que hemos desvanecido la locura y que
ya no se acercará por nuestras costas. No sabemos qué
será de nosotros cuando las más fuertes tempestades de
silencio arranquen de cuajo nuestros frágiles veleros.
Estamos en una mar desconocida y el próximo recodo
es para nosotros un enigma. ¿Será posible alcanzar al-
guna vez un estricto silencio, callar como el más lejano
recuerdo, y partir, partir hacia un lenguaje totalmente
desconocido? No nos pertenecemos con estas palabras
que usamos, desleídas, gastadas, disecadas por los pies
impacientes y mudos. No somos en este lenguaje. Yo te
contemplo cuando en silencio me escuchabas y cuando,
en un picotazo imprevisto, disolvías las sombras que

33
emergían de mi palabra. Sí, te contemplo entregada al
mutismo más reconcentrado sorbiendo de mis palabras
la más pura esencia. Yo sabía que allí se dirimía la vic-
toria o la derrota de un gran secreto y por eso no podía
percibir el cruce de las espadas. Nada se nos da gratis,
el precio por cada atisbo, la erogación por una palabra
feliz es demasiado alta. No somos sino en el esfuerzo,
como diría Barba Jacob, y un hito o una palabra son
empresas grandísimas. No sé cómo decir y por eso, a
mis pies, una pira de lugares comunes, de palabras ex-
haustas, gimen desamparadas porque las he rechazado
de mi vocabulario. Si la palabra no atraviesa el silencio
y emerge en nuevos lugares, significando cosas distintas
que no comprendemos, entonces qué haremos con un
lenguaje cansado que no se atreve. La locura me lame
los sesos y los engulle y la palabra reinaugura mis cir-
cuitos cerebrales. Solo con el oráculo de Delfos en mis
labios, me muerdo la boca en una empresa como esta
de nombrarte a ti y a la locura. Es posible que mienta
cuando te digo que te amo y que apenas quiera evitar
el inmenso frío de mi soledad y de mi ignorancia y fun-
diéndome a ti, ir más allá de mis propias mendicidades.
Solo un vampiro en la bruma oteando sabidurías
ajenas, volcando mi estolidez en tus sabias palabras, sí,
escapar a como dé lugar de mi pobreza espiritual y lla-
marte mi amor cuando apenas eres el tesoro a saquear.
Me indago y temo que mis palabras sean solo artimañas
fortuitas. Qué hacer contigo y conmigo, encaramados en
las más altas dudas, fugaces pingüinos peripatéticos mi-
rados con sorna por las eternas verdades del ser.

34
***

La loca nos lo dijo en una ojeada. Nosotros éramos


niños y, en un barrio proletario, le sacábamos esquirlas
al sol, al balón, a nosotros. Era el barrio Aranjuez con
su famoso manicomio. La loca estaba subida allí, en el
muro, y nosotros descansábamos luego de un partido de
fútbol. Nada había sucedido hasta entonces, nosotros
nos sabíamos vivos y dios cuidaba de nosotros. Nada más
sabíamos y nada más queríamos saber. La loca dijo con
su sola presencia: dios no cuida de nosotros. Y, además,
jamás podríamos tener la seguridad de estar vivos. La
vida, desde ese momento, desconocida y misteriosa, y
dios, un asunto espinoso como las mismas espinas. Quién
mandó llamar a esa loca para que, sentada enfrente de
nosotros, nos enfrentara con verdades amargas, con ver-
dades fatalmente negadas por el común de la humanidad:
no es un bocado fácil la vida, cuídense porque ella los va
a zarandear y los va a acosar con preguntas que ustedes
no podrán responder sino a costa de sus propias vidas.
Desde ahí el misterio, la oscuridad, las interrogaciones
inalcanzables, la misma caballeriza oscura con caballos
indomables. No sé qué ocurriría con mis amiguitos, si
siguieron con el fútbol y el dios de los domingos y fiestas
de guardar, no sé si viven o ya han muerto y no sé tampo-
co cómo hicieron para recordar o para olvidar esa loca,
pero yo, merodeador de la locura y de los manicomios,
no pude zafarme jamás de lo que la loca nos dijo. Desde
ese momento hasta hoy, la fiebre por saber, por atrave-
sar los muros, por saber, más allá de las limitaciones, el
alcance final de la vida, lo que es y lo que no es. Además,

35
esa locura siempre detrás, ¿qué nos dice cuando nos dice?
Y la vida, esa secreta dama, ¿por qué permite que en sus
predios se entronice ese desvarío, ese caos imperecedero,
esa burla permanente que constituye la locura?
Los psiquiatras que yo conocí en la larga andadura de
la locura no sospecharon jamás que esa loca representaba
para mí el oráculo de Delfos, el implacable conócete. Yo
era loco y tenía que conocerme. Eso me lo dijo la loca
del manicomio de Aranjuez. Y los psiquiatras me decían:
usted no tiene nada, tómese estas pastillitas. Hasta ahí
llegaba todo el conocimiento de los psiquiatras, mientras
la loca, con la sola presencia, revela la inmensa hartura
de las catedrales góticas que, en su imponderable belleza,
son incapaces de resolver el acertijo de lo humano.
Los psiquiatras no se hunden, caminan con la frente
erguida, van hacia el santuario sin ningún pecado porque
ya han sido perdonados. Descansan en una beatífica paz.
Para los psiquiatras la locura no existe porque es un ac-
cidente casual, nada revela y podemos pasar por encima
de ella. No existe la locura y tampoco existe la vida, la
partera de todo lo que nos cobija. El psiquiatra niega al
loco, niega la locura, se niega a sí mismo. Caballero indo-
blegable, asiste a todos los atardeceres y entra a todas las
noches con el vestido recién planchado. Es que allí hay
una conciencia transparente, inmune a las equivocacio-
nes, también a la vida y a la muerte. Ninguno de ellos, y
conocí muchos, casi la docena, me dijo algo inteligente.
Estaban en el reino de lo obvio y lo más natural para ellos
era que el loco no era nada, un paciente más que jamás

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podría impacientarse porque realmente no existía. Pero
ellos, los psiquiatras, tampoco existían. Eran fantasmas
de una oscura legión de monjes fanáticos y perdidos. No
son necesarios los psiquiatras para recordar la locura.
En mis manos una pastilla psiquiátrica, un recordatorio
más eficaz. Está allí, y parece muerta, pero no, está muy
viva y, en su blanca arquitectura, la poderosa voluntad de
arrasar con todo germen vivo. Las pastillas son como los
psiquiatras: uniformes, secas, mudas, ´desconocen la ima-
ginación, la persiguen como a una mortal enemiga. Nada
que conjugue mejor que la psiquiatría y nuestra época, al
punto que podríamos hablar de una época psiquiátrica
empeñada en destrozar las conquistas de la humanidad.
Es todo lo bello y sacro lo que constituye el objetivo mi-
litar de las sanguijuelas del poder. No muestres tus dones
porque los verdugos están cerca y quieren acabar con
ellos. Que nadie sepa qué es poesía, solidaridad y amor
porque ya es sospechoso de alto rango. Son arrogantes y
soberbios los psiquiatras y no quieren ni pueden darse
cuenta de su ignorancia. Cavan con sus propias manos
las tumbas de sus doctrinas, de sus prédicas, de sus crimi-
nales procederes.
Yo conozco la psiquiatría, conozco los psiquiatras.
Me precio de tener un conocimiento muy preciso de estas
dos locuras letales. Ambas no saben y pretenden conven-
cernos de su saber con todo el aparataje de un lenguaje
incomprensible. Pero no saben nada. En muchos años
de frecuentar ambas locuras no aprendí nada y lo que
hicieron fue introyectarme un pesimismo mudo sobre

37
mi vida. Ese lenguaje meloso, supuestamente altruista,
esconde el más pavoroso desprecio por el conocimiento
y por el ser humano. Nada encontraron rescatable en
mí: desde el primer psiquiatra que me atendió hasta el
último, nada que me orientara, que me diera esperanza.
Su empeño más evidente era el que yo reconociera la
enfermedad y le reconociera una supremacía absoluta
sobre mí. No sabía qué hacer: solo morir una y otra vez
en una perfecta sincronía con la inmovilidad. Era ate-
rrador el silencio que se respiraba en esas oficinas de los
psiquiatras porque nada presagiaba que allí alguien pu-
diera hablar una sola palabra. Esos supuestos médicos del
alma no saben de la palabra y no quieren saber de ella.
No había en ellos literatura, poesía, filosofía, historia. Un
imperturbable vademécum salía de sus labios y con él
resolvían todas las dificultades. Es imperiosos decir que
los muchos psiquiatras que conocí no solo no deseaban
que yo me curara, también me negaban de antemano una
posible mejoría de mi dolencia. Me habían enterrado de
por vida, y la enfermedad era para ellos la lengua sagrada
fuera de la cual no había salvación. Ay de quien entre
a esos recintos del error y haga una pregunta sobre la
validez de sus prácticas. Será considerado como un de-
lincuente, alguien a quien hay que vigilar.
Desde siempre, desde que me recuerdo, la loca locu-
ra me sacaba la lengua, se burlaba de mí, me decía: algún
día iré por ti. Y seguro que sí fue. Me buscó entre todos
los adolescentes y con su mano huesuda me arrastró para
sus dominios. Aquí estoy con ella.

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Preocupado por estas letras, me decía: ¿yo qué sé de
la locura? Nada. Entonces ¿qué voy a escribir? Y ahora,
escribiendo, descubro que la negación del psiquiatra,
que reza así, el loco no existe, es una imaginación inne-
cesaria, me ha alcanzado y pretende callarme. Tengo que
decirme con toda la convicción posible que yo sí sé de la
locura, no solo porque la he vivido y estudiado, sino tam-
bién porque viviendo con ella y pensándola muchos años
de mi vida, ya la trato como si ella fuera una cosa más
que puedo hacer a un lado cuando me dé la gana. Una
moza gastada por los años es mi locura y puedo zaherirla
y verla hasta el fondo de su ser.
Yo soy poco, se dice el loco, y la locura es enorme.
De esta manera repite, como un macabro exorcismo, el
pensamiento psiquiátrico. El ademán paternalista, la son-
risa abierta, la dulce mirada, esconden la condena que
ya ha sido proferida por la psiquiatría: los locos somos
nada, no servimos para nada, y además no deberíamos
existir. He allí la oculta verdad psiquiátrica que a mí me
tocó descubrir en lentos sorbos de muchos años en los
cuales me manipularon y me dijeron las más inmensas
mentiras. Acurrucados en sus escritorios, casi que agaza-
pados, como si estuvieran en una madriguera esperando
la víctima, me lanzaban miradas plenas de amor que no
eran sino la envoltura de la declaratoria definitiva de mi
desahucio: eres un enfermo incurable, nunca jamás po-
drás acceder a la salud. Era una mentira, una atroz men-
tira. Por supuesto que no lo descubrí en un instante. Esa
llamada ciencia psiquiátrica engaña con sus oropeles y es

39
difícil describirla, sobre todo cuando sus oficiantes son
inteligentes y recursivos a la hora de repartir sus bendi-
ciones y excomuniones. Tienen a su lado, como garantes
de su poder, las sofisticadas maquinarias de los manico-
mios, y estos, a su vez, son los apéndices de sus respecti-
vas sociedades. El loco es castigado porque es un hereje
que ha profanado las virtudes sagradas de determinadas
razones. Nos persiguen a los locos y cuando nos agarran
nos encierran en sus manicomios, casi entre rejas, como
animales de los zoológicos. Así, de esta manera tan es-
cueta y tan poco cuidadosa de las formas, parecería una
exageración, un sartal de insultos desatinados, propios
de un loco. Alguno, que ha tratado de casualidad a un
psiquiatra, dirá: pero si es tan buena persona. Y otro dirá:
pero si mi papá es psiquiatra y no hace sino ayudarle
a las personas. Dirán, con el miedo en sus ojos: pero si
todos son unos santos apóstoles. No, no son apóstoles los
psiquiatras, son unos mercaderes de la mentira, y por lo
menos puede decirse que son indolentes con su profesión
y no se atreven a indagar más allá de las medias verdades
que les enseñaron en sus facultades de medicina. A mí
me engañaron, con sus tratamientos me vulneraron, me
desgarraron, me hicieron trizas. Casi acaban conmigo.
Padecí durante muchos años la ceguera de los psi-
quiatras. Desde los diecisiete años hasta los cuarenta,
recibí de ellos la paulatina extinción de mi ser. Cada día
enfermaba más y más, y ellos, acomodados y blindados,
no decían nada, no se daban por aludidos. Y mi familia,
mi padre, mis hermanos, tíos y tías, se dejaron infectar

40
por ese frío pesimismo y entonaron con la psiquiatría el
coro de mi destrucción. Yo estaba allí, en medio de ellos,
sacudido por vendavales de dolor. Intentaba levantarme
de mi postración, pero no lo lograba. Casi llegué a des-
fallecer, casi me entrego a mis demonios, diciéndoles: no
soy nada, hagan de mí lo que quieran.
No sé cómo, mi esposa eludió esa feroz persecución
y siempre creyó en mí como intelectual, como escritor,
como ser humano. Iba al manicomio por mí, me rescata-
ba de las sombras. Decirlo así es fácil, pero otra cosa es vi-
virlo porque el poder psiquiátrico con sus inimaginables
tentáculos puede destrozarte y ahogar tu poca libertad.
Mi compañera fue capaz de enfrentarse, sola, al poderío
de la mentira psiquiátrica, y tomándome de la mano salía
conmigo de ese fatídico edificio, el manicomio, por la
puerta principal. Los vigilantes no sospechaban de noso-
tros, tal era la convicción de nuestra fuga. Huíamos de la
peste y nos asilábamos en la medicina bioenergética que
en esa época empezaba a surgir, y que fue desde siempre
y hasta hoy, un baluarte de mi restablecimiento moral y
espiritual.
Mi familia me perseguía, la psiquiatría me considera-
ba un loco peligroso, y la misma locura estaba empecina-
da en secuestrarme para sus antros. No era, por supuesto,
muy confortable mi vida. Luego de muchas crisis, yo era
frágil y quebradizo, cualquier vientecillo me derrum-
baba. Tenía miedo de mí, de mi ciudad, de la locura, de
la salud. Yo era un loco que cuando enloquecía estaba
mucho más solo porque en esos estados harapientos nadie

41
podía acercarse y musitar una palabra. ¿Qué hacía la psi-
quiatría cuando la locura se instalaba plena de poder en
mi cerebro? Prácticamente, nada, una inyección de la tal
Prolixin, y pepas y pepas y pepas, y nada más, porque su
discurso era siempre no indagar y no buscar las causas de
mi desajuste emocional sino aquietar, entumecer, matar
mi cerebro. Y lo más injusto, lo que no he podido olvidar,
tratarme como si yo fuera un inútil y un incurable. Me
pueden decir, es que usted está odiando demasiado, olví-
delos. No. La psiquiatría es una enemiga del ser humano
y como tal hay que denunciarla, enfrentarla. No es nada
un loco en la inmensidad del universo, pensarán los psi-
quiatras y desdeñarán con prisa estas letras. Ese loco en
medio de las vastedades gritando su verdad tiene que ser
escuchado y nada ni nadie podrá acallarlo.
Entremos a una oficina psiquiátrica, veamos deteni-
damente los diplomas, examinemos los rostros de esos
médicos. En todas las capitales, en todas las ciudades
medianamente importantes, psiquiatras de toda laya y
condición, con ese poder inenarrable examinarán las
réplicas de los locos y las desestimarán de una manera
aviesa y criminal. Así sucederá con esta réplica, Será si-
lenciada, como hacen con los locos cuando intentan, en
los socavones de la demencia, encontrar una luz para su
oscuridad.
Mi primera cita con el psiquiatra fue a los diecisiete
años. Mi padre, temeroso, no se atrevía a decirme nada,
ambos con el miedo de encontrarnos con una enferme-
dad terrible que doblegara vidas. Ya en el consultorio,
nos calmamos: los ademanes sacerdotales del médico

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nos anestesiaron, nos poseyeron. Ya lo considerábamos
un gurú que podría salvarnos de una amenaza pavorosa.
Qué equivocación tan espantosa confiar en un psiquia-
tra para que nos cure la mente, nos aclare las pesadillas,
esclarezca nuestras vidas. Ellos no saben y no sabrán
porque su concepción del ser humano es esquemática,
de una pobreza que sería cómica si no fuera al mismo
tiempo perversa y dañina. Hay que decirlo con la boca
llena porque estamos seguros de no equivocarnos: la
psiquiatría desconoce al ser humano, y no solo lo desco-
noce, intenta destruirlo. Nada de galimatías y de suaves
ademanes para ir a los antros de terror. Hay que decir
que a los locos nos persiguen y que en los manicomios no
curan, allí empobrecen y saquean las neuronas.
De mi primera cita salí convertido en un paciente
psiquiátrico. Es decir, ya había perdido todo asomo de
libertad. Era el psiquiatra quien en adelante iba a pensar
por mí y quien me iba a decir qué era lo malo y qué era lo
bueno. Qué alegría cuando meses después me permitió
que me masturbara. Me decía: hágalo las veces que quie-
ra. Los garrotes de la inquisición siempre en sus manos
y con él nos golpean a los locos sin misericordia alguna.
Además, ¿qué es un loco? Nada, un loco es nada.
Con diecisiete años, ya expulsado de una universi-
dad porque exigíamos libertad para pensar y decir en
una universidad que se había convertido en un lugar
psiquiátrico donde el pensamiento había sido desterrado.
Pero lo más peligroso: yo amaba la poesía y la perseguía
con el más ardoroso de los deseos. Un muchachito con

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un padre semi-rico va donde un psiquiatra. El resultado
siempre será el mismo: el jovencito será declarado loco y
el padre tendrá que pagar para que le atiendan a su loqui-
to. Porque lo vamos a decir de nuevo: la única legalidad,
la única legitimidad de la psiquiatría es que es una fabri-
quita donde lo que importa es el dinero. Si lo sabré yo,
que estuve en las clínicas Soma, El Rosario, Medellín, y
por último, cuando ya no había dinero, el manicomio del
municipio de Bello. Dinero, dinero, y mi salud resque-
brajada, convertida en un feto despreciable. No le perdo-
no a Piedad Bonett ese librillo temeroso sobre la locura,
que no dice nada, que esconde, que apenas emite débiles
ladridos, que a la postre solo quiere quedar bien con todo
el mundo, con toda la buena sociedad. Por qué no dijo,
porque es la verdad, que los locos son los psiquiatras.
No desconozco ahora que el primer psiquiatra que
me atendió era joven, inteligente, y además, muy buena
persona. Pero todo ello sumergido en la más absurda equi-
vocación: el ser humano ya está hecho, no tiene incons-
ciente y la mente no tiene por qué enfermarse. La locura
es ajena al ser humano y como tal debe extirparse, aca-
llarse, mandarse a un desván muy oculto donde podamos
olvidarnos de ella y de los locos. No hay en el ser huma-
no regiones desconocidas, atajos por los cuales podemos
perdernos, y también atajos escurridizos en los cuales
podemos encontrar las grandes verdades. Es un camini-
llo sembrado de flores el ser humano de los psiquiatras,
y los locos de esos psiquiatras pueden considerarse sin
asomo de dudas como los nefastos depredadores de esos

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jardines. Inteligente, buena persona, joven, el psiquiatra
ordenó los electrochoques, que en esa época, finales de
los sesenta, eran tan corrientes como la misma energía
eléctrica. Pues bien, me puso tantos, que de padecer una
depresión pasé a sufrir una hipomanía. Dueño ya de una
hipomanía que él mismo me había inducido, me dijo: la
hipomanía es de las enfermedades que yo no quisiera
curar, porque el paciente está en un estado permanente
de perfecta felicidad. No me curaron la depresión, me
enfermaron con una hipomanía. Y pastillas y pastillas y
ninguna idea, ninguna orientación. Era un loquillo más,
que bien podía perderse en la inmensidad sin que nadie
lo notara. Lo más terrible lo sufrí cuando mi propia fami-
lia me dio la espalda y me consideró un detalle superfluo
que más valía olvidar en el último recodo.
La hipomanía me hizo recorrer las calles de la ciu-
dad. Cuántas experiencias en la carrera Junín, en la
avenida La Playa, por todas partes caminaba buscando
lo que no se me había perdido y encontrando lo que no
debería haber encontrado. Todo el desorden reconcen-
trado en mi pobre cabeza, y yo, a mi vez, expulsando ese
desorden en las calles de la ciudad. Y no fueron dos o tres
días, fueron largos meses, en los cuales, de ser un tímido
joven de maneras respetuosas, me convertí en el más lo-
cuaz e irrespetuoso de los bufones. Todavía recuerdo la
fórmula con las palabras que la acompañaban: Largactil
de 100 mg, una en la mañana, otra al mediodía y otra en
la noche. Y las palabras: vamos a darle duro y a la cabeza.
Esa pobre cabeza era yo, y bien duro que me dieron esos

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largactiles. Están aquí en mi garganta, determinando la
dureza de mi lenguaje. Me curó la hipomanía con sus lar-
gactiles ese médico feroz, pero con unos martillazos –los
largactiles– que dejaron mi cabeza hecha trizas. Cómo
enhebro estas palabras, este racimo memorioso de mi pa-
sado si mi cabeza tuvo que soportar toda la violenta baba
psiquiátrica. No pretendo ser un experto en psiquiatría,
pero encuentro que todos esos médicos no pueden acer-
tar desde la psiquiatría porque toda ella es un inmenso
atropello conta la vida humana.
La locura es un asunto que no ha resuelto Occidente.
Está allí, como silencioso, como casi inexistente, pero
está ahí, sus manos atemorizan, la sola idea de que puede
tocarnos con sus enigmas y manchar a alguien cercano a
nuestros afectos, nos llena de escozor. Locura, locura, lo
más lejos posible, o mejor dicho, decimos espantados, la
locura no existe.
Yo acaricio mi locura, yo acaricio mi psiquiatría,
así, muy suave, y debieran salir de mi garganta tenues
palabras de sosiego. Pero no, nada puedo hacer contra
la vida, contra la verdad. Surgen, incontrolables, gruesas
palabras, roncas palabras que desatan todos los nudos
emocionales. Pareciera que hay aquí una intención de
odio, que también podría ser válida, siendo que apenas
hay una intención de recuerdo. Todo estaba amarra-
do por fuertes sogas de olvido, y al recordar, todo sale
en torrentes voraces que estaban bien enterrados en el
fondo de mi conciencia. Yo escribo con todo mi ser, con
las ideas sublimes y con las que apenas llegan a ser ideas.

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No estoy disculpándome con nadie ni con nada, estoy
aclarándome mi propia vergüenza, mi propio impudor.
Salen de mí las oleadas del dolor y yo no quiero pararlas
y ponerles torniquetes de pudor. Yo sí soy responsable,
pero responsable de que la escritura sea tal, un recorrido
por lo que es y no un manual de buenas maneras.
No debiera decírmelo, no debería decirlo, es la misma
fuerza del tabú de la locura que me alcanza y quisiera
que yo no hablara, que dejara todo tal como está, guarda-
do y desconocido. Ante estas acechanzas de la voluntad
de olvido hay que oponer la voluntad de claridad, la vo-
luntad de vivir y de ser. No hay mayor locura que aquella
de desconocer lo que nos hace sufrir y hacer como que
perdonamos cuando en realidad es la cobardía la que nos
dicta palabras tenues y consoladoras. Yo me ocupo de mí
con toda la fuerza de mi sufrimiento, no porque quiera
sufrir, sino precisamente porque quiero dejar de hacerlo.
Para qué sirve el conocimiento, el arte, la belleza, sino
para alcanzar el goce inapelable del vivir.
Todo está aquí en nuestro corazón y en nuestro ce-
rebro, y al escuchar nos topamos con personajes que ya
no quisiéramos ver ni escuchar, pero ahí están, y tenemos
que hablar y discutir con ellos las verdades de nuestra
existencia. Los psiquiatras rondan mi cabeza y quieren
decirme algo. Yo me pongo a la escucha y sé que sus
palabras no van a ser gratas ni cariñosas. Hay allí el pa-
labrerío que quiere acusar al loco de desvergüenza y de
impudor, y la escritura que quiera ser tal debe romper,
tiene que romper el cerco de las buenas conciencias y

47
establecerse en el rigor de la reflexión y el análisis. Hay
una tormenta irreparable de palabras sobre la locura y
al escribir vienen todas ellas sobre la cabeza del escritor
para obligarle a una escritura permisiva y blanda. Hay
que roer las palabras, sacarles todas las argucias, desatar-
las de todas las prohibiciones, porque al fin, tenemos que
decirlo de una vez, la locura que tanto persiguen es la
locura de la búsqueda de la palabra. Queríamos decirlo al
final de este texto, pero aquí está, impaciente, lo que que-
remos decir, la locura es la búsqueda, interminable, de la
palabra. Por eso la persecución, el manicomio, el epíteto.

***

¿Vives acaso? Yo no lo hago.


Ya vivamos o muramos, no sabemos del origen de la
eterna función y su posible final. Nada, nada, conocemos
pequeños trozos, trazos mínimos de la infinita curvatu-
ra. ¿Consigo entusiasmarte con estas palabras? ¿No? No
importa, ya sé que son las mismas contorsiones agnós-
ticas que repito en un entusiasmo delirante, pero ¿por
qué no decir de nuevo lo de siempre? Yo digo siempre lo
mismo, me repito la consabida cantaleta, pongo ante mí
el espejo y origino las muecas de mi vida. No me engaño:
ha terminado todo y yo salgo de nuevo al escenario con
la repetición que saben de memoria todos los asistentes.
Estoy en el mismo lugar, a veces salgo a la calle y miro
rostros felices, rostros tristes o rostros que apenas asoman
su neutralidad. Acosan a la vida con preguntas y la vida
no les otorga sino diminutas rendijas de luz. Perecemos

48
en la ignorancia con la más endiablada tenacidad. Calla,
callo, y a veces, en un absurdo ejercicio de la memoria,
digo estas palabras. Me ausculto la misma pereza, el
mismo lugar infecto-contagioso de mi yo. Nunca hubo
nada para hacer, el gemido ocupa todas las páginas del
libro ignorado. De verdad, contéstame, ¿vas para algún
lado, vienes de algún lado, o como yo, gesticulas desde el
mismo lugar la mínima hecatombe? No pude amar nada
de la vida, y la vida nunca se dejó conocer. Por eso, por
eso, no respiro, jadeo de espanto ante el mismo descono-
cimiento. No vuelvas a venir a mi memoria. Te lo tengo
prohibido. ¿Por qué vuelves?
Tantos libros en mi cabeza, fuera de ella, y ninguno
me dice nada, yo no escucho. Son tantas las palabras y
ninguna de ellas es para mí, a mí me persigue el silencio
o una palabra que es un bronco sacrificio, un inútil suici-
dio, una vulgar aritmética.
Si pudiera reestrenar mi corazón, sacudir mi aliento
para que yo no sea la patraña consuetudinaria. Quepo
demasiado en mí mismo y no puedo escapar. Me sigo
torpedeando y es la misma palabra la que me hunde. Yo
quisiera ser otro con otras palabras, con nuevos significa-
dos en mi piel, no puede ser que no sea, que apenas delire
lentas palabras incomprensibles.
No me lleno de alborozo cuando voy a mi pasado;
por el contrario, una insidiosa congoja me abate y me
conmina a callar.
No quiero el absurdo silencio. Está allí, yo le conozco
su incapacidad para vivir y para morir. Es un juez al cual

49
no le importa nada. Silencio es una puerta húmeda que
solo sabe cerrarse tras de sí. No nos convoca a un patio
de risas abiertas, a las correrías gozosas por mangas des-
conocidas. No, el silencio se trepa a sí mismo y ya no hay
árboles ni niños en su remota cavidad.
Sin embargo, cuantos años refugiado en el silencio.
Pedradas y pedradas al lado del camino, y yo, sangrando
de desprecio y humillación, pasaba por allí, derrotado.
Mi silencio fue mi dignidad. Nada decía y los que me
excomulgaban sólo recibían de mí el hondo silencio de
mi dignidad.
A toda hora con la amenaza de hambre y soledad.
Estarás fuera y no tendrás comida ni techo. Esa era la
amenaza, y yo, callado, solo miraba, angustiado.
Vuelven los personajes de mi vida y me revuelven las
entrañas. No quiero ya saber de ellos, pero insisten y me
hablan. No sé lo que dicen, hablan y hablan. No quiero
escucharlos. Sé que hablan de mí, de mis actos, de mis
silencios, de los recodos misteriosos de mi aliento. Me
hablan y yo no quiero entender. Me dicen, a veces logro
escucharlos: aquí están las claves de tu vida, escúchalas
y grábatelas, pero yo no quiero escuchar esas voces con
sus silencios. Yo quiero escapar al último rincón y luego
morir, uno a uno los minutos acabándose y yo muriendo,
muriendo a esas voces, a esos silencios.
No descanso, aunque nada hago. Nadie ni nada me
reclama con algún oficio que yo haya aprendido porque
nunca he aprendido nada. Sin embargo, no descanso.
Las voces no me lo permiten, una por una escucho las
voces, y ya cansado de escucharlas me cuelgo de ellas y,

50
con ellas, al unísono, escribo las palabras. Las voces me
tuercen la cabeza, quieren que diga lo que ellas quieren
decir, que me convierta en un espectador de mi propia
voz y que solo se escuche el murmullo de sus palabras
ininteligibles. Sí, estoy agotado del múltiple abecedario
de esas voces en mi garganta. Me acerco confundido a mí
mismo y trato de escucharme, pero son las mismas voces
de mis personajes que hablan y hablan. Son las voces que
quieren colmar mi existencia para que yo no diga nada.
Salgo a la calle, y una y todas las veces salen conmigo,
inalterables, ocupando todos mis espacios.
El oficio de morir, continuo y magnífico, y la escucha
de esas voces múltiples que no dicen nada, que a lo sumo
conforman una gruesa palabrota ineficaz. Y la fuga, la ca-
rrera para intentar no morir y para no escuchar la inmen-
sa habladuría de los otros. Ahora, no hay huida. La lenta
mordedura de la muerte ya la soporto con el estoicismo
de un viejo ermitaño y esa habladuría infame rondándo-
me los oídos se ha convertido en la rabiosa determina-
ción de encontrar la única voz que me pertenece y con la
cual podré nombrar la misma multiplicidad grotesca. No
hay duda alguna: la inclemente diversidad de todas esas
voces que antes me atormentaban y que yo consideraba
el signo de una enfermedad letal se convirtió en la fuente
de donde yo extraigo todos los matices, todas las grietas,
todas las fisuras de mi única voz.
Cuánto alboroto para llegar al lugar infecto contagio-
so de mi yo, el que ha creado mi enfermedad y mi salud,
mi voz y mi silencio. Malsano como él solo es capaz de
serlo, mi yo parece más bien una vetusta mansión de

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olores agrios. Mi yo duele, se agita, es caprichoso a veces,
y otras veces es callado como la inmensa roca del destino
de un malhechor. Mi yo es contagioso, es una enferme-
dad que impregna todo mi organismo, y desde él y con él
empiezo a conocer la vida y la muerte. Ah, la pesadilla
de despreciar ese lugar y de considerarlo de tanta baja
estofa que bien valía la pena que no existiera. No, no,
ya no huyo de esa herejía de mi yo, más bien me acerco
a él y en la ruina de los lugares entono con él los cantos
olvidados de los antiguos tiempos. Sabe mucho mi yo, yo
lo escucho en las noches frías y río con él de la enferme-
dad y la muerte. Él mismo enfermedad, mi yo aparece
radiante, como si disipara antiguas consejas mentirosas
sobre la muerte. Es vida y muerte al mismo tiempo y no
se sonroja de una posible incongruencia. No hay incon-
gruencia alguna en la plenitud de la incongruencia.

***

No existía un mínimo espacio. Era tan grande el uni-


verso y yo no cabía en ningún lugar porque una desco-
nocida incomodidad me invadía y me hacía retroceder. Y
gagueaba cuando alguien me hacía una pregunta o cuan-
do iba a comprar algo en la tienda. Acosado, con una
inquietud desconocida, arribaba a la vida y me movía
en ella como si yo fuera un perfecto sospechoso. Yo no
era yo, era un desconocido arropado pertinazmente por
la sequedad. Me hundía en lo nimio y no tenía una sola
palabra para escaparme de un hundimiento cada vez más
perentorio. Sí, a mi lado me hablaban, estudiaba, miraba
las muchachas, pero un hondo despropósito arruinaba

52
cualquier signo de felicidad. Era desgraciado, sin un
amigo, una amiga, una novia. Era yo sin yo. Ahora que
me veo, no me explico cómo caminaba, cómo iba de un
lugar a otro si yo no existía conmigo mismo. Pequeño
objeto ridículo, era tomado y usado por los demás sin
que yo me diera cuenta. Pensaba, pero era un pensa-
miento como enfermedad. Ese yo del cual no me había
apropiado se apropiaba de mí y me negaba, a mí y a todo
lo que me rodeaba. Me volví un experto en descubrir el
ridículo en los demás y en decirlo cuando me daban la
oportunidad. Desde mi lugar, callado y solitario vigilaba
la tontería humana y la divulgaba sin parar. Sufría mucho
más que mis víctimas porque no me daba cuenta de la
penetración y hondura de mis palabras. Era una función
natural mi pensamiento negativo, surgía de mí y daba en
el blanco, y el dueño de semejante poder, el de ver más
allá de las apariencias, no se percataba. Pequeño objeto
mudo atrapado en minúsculas gotas de ternura, no era
capaz de discernir en las palabras de afecto el engaño
que me tendían. Mis compañeritos fingían quererme
para neutralizar mis oleadas de inteligente odio y yo caía,
sentía mucho frío y mucha soledad. Ah, las grandes dosis
de soledad que tomé en mis años de adolescencia, en mi
niñez. Los demás me admiraban y me temían, pero yo no
lo sabía. Cerca de mí, muy cerca de mí, casi tocando mi
aliento, una mirada inteligente y silenciosa me escucha.
Todo aquello que anida en mi cabeza quiere ser
escrito. Yo lo siento, Es un murmullo, una agitación
desordenada de mis neuronas que, enfermas, quieren ali-
viarse del peso recurrente de mis pesadillas. Mi vida, una

53
pesadilla que quiere ser contada. Una parsimonia astuta
se esconde cada vez que quiero nombrar la oscuridad.
Nada quiere ser nombrado, el nudo corredizo de la horca
a cada intento de albergar el sonido de la luz. Qué bueno
sería decir: no ha pasado nada, toda mi vida ha sido un
paisaje de piedras mudas y secretas y nada debe pertur-
bar el sueño de lo que nunca fue.
Un deseo inmenso en las neuronas por expresar las
antiguas cadenas y estas mismas rodeándome para que no
diga nada, para que la prisión continúe igual. Contiendas
y contiendas en los hondos espacios cerebrales, y yo
por allí asisto a una escuela para aprender a leer. No, no
aprendo a leer, no aprendo a escribir, no aprendo a vivir.
Forcejeo apenas en un inaudible silencio porque nada se
ha hecho y esos intentos por vivir rezuman escaramuzas
doblegadas.
Quiero nacer antes de morir y no sé cómo hacerlo.
Cuando lo digo nadie lo entiende y se alejan murmu-
rando la consabida excomunión. ¿Por qué este infinito
nunca dice nada y por qué yo no digo tampoco nada? Es
un silencio y se derrama por mi cuerpo, muy lento, y es
un frío que se acentúa cada día.
Nada se aprende en las continuas trifulcas del acon-
tecer. El silencio está ahí, es como una pirámide inaca-
bable. Nada designa nada, todo está arrumado en una
imperturbable mudez. Me acecho como un cazador
nocturno y respiro estas palabras. Sé que no sirven, por
el contrario, me acorralan, me anulan, me ahogan. Pero
si no las digo es peor: mi cuerpo se rebela, me empiezan

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a doler mis huesos. La palabra enterrada supura dolor y
excava las tumbas.
Duele lo que no se dice.
En algún momento crucial el no nació y se convirtió
en mi única manera de ser. No a lo uno y no a lo otro.
Murmuraba mi no desde muy adentro y nada lo hacía
variar. ¿En dónde nació ese no y por qué se convirtió en
mi manera de respirar y de decir? Porque yo jugaba al
balón, amaba al dios católico, reía y jugaba con mis her-
manos, empezaba a discernir con entera gravedad el bien
y el mal. Yo era feliz y completo y desde allí amaba lo que
me encontraba: mi familia, mi dios, mi escuela. El mundo
era mío y yo lo mordía absolutamente confiado en que
era verdadero. ¿Cuándo me dije que el mundo no tenía
cabida en mi vida, que dios tampoco, y los demás seres
humanos, incluyendo a mis hermanos y mi padre, tam-
poco? Allí hubo un acontecimiento que ya no recuerdo
y que marcó mi vida para siempre. La escuela donde
aprendí mis primeras letras se erguía con su nombre, san
Agustín, a pocas cuadras de mi casa y no había nada más
amado por mí que esas viejas tejas, esos viejos muros, esa
vieja profesora de primero de primaria que me observa-
ba a través de unas gruesas gafas bifocales. Todo estaba
en orden y en paz y yo ingresé alguna vez al desorden y a
la guerra. Por alguna parte de mí penetró el vacío metafí-
sico y yo ya no era yo sino un aspa violenta que roturaba
sin cesar las buenas razones de una vida pacífica. De ahí
que persiga a mi yo para inquirirle, para preguntarle las
mil preguntas. Me quiero sumergir en mis entrañas, no
de una manera deportiva, así como se entra a un café y

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se pelea con todos los parroquianos, sino como se entra
al gran templo de la vida. Voy a llevar ante ese tribunal
supremo la sola página de mi sufrimiento, mi terquedad
violenta, mi absurdo silencio, esa pelea obstinada contra
todo y contra todos. Y además, para que ese yo medi-
tabundo, que yo sé que tengo, me conteste de una ma-
nera unívoca la pregunta que siempre me he hecho sin
poder contestarla: ¿por qué tengo que vivir? Todo tiene
que decírmelo mi yo, él y no otro es quien sabe de mí y
yo sé con certeza que mi yo no me va a mentir, que me va
a decir todo con una perfecta claridad, y cuando lo haya
dicho todo, voy a disfrutar de la paz, volveré a decirme
que sí como en la primerísima niñez. Sí, volveré a en-
contrar la felicidad y podré sentarme a la entrada de mi
ser y desde allí hablaré con todo y con todos en perfecta
consonancia con el universo.
Es la oscuridad, la perenne oscuridad de los días y
las noches. Vengo de allí y hacia allá voy con las velas
henchidas de mi angustia y de mi desesperación.
Ayer y hoy, grumete ciego de ensoñaciones que no
van a ninguna parte. He perdido el norte desde hace
mucho tiempo y desde hace mucho tiempo mi vida es
una terca indagación de mi desamparo. Casi podría decir
que no existo.
Todavía nada, aún nada, la pertinaz lluvia rodeando
la pobre barcaza.
¿Qué ocurre que mi palabra es todos los días más torpe?
Alguna vez, en las remotas estancias del tiempo,
perdí el talismán milagroso y ahora solo me visita la ma-
ligna faz del desorden.

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Mi yo, mi querido yo, la ciudadela perdida de mis
virginales aspiraciones, ¿dónde encontrarte de nuevo?,
¿en qué lugar musitas sin descanso mi pobre nombre
suplicante?
Tras de mí no hay huella alguna, como si hubiera
perdido mi aliento, como si hubiese partido a algún lugar
y solo quedara de mí un vestigio famélico.
He decidido entrar a mi miseria y desde allí, como
si fuese inacabable y eterna, enhebrar los ronquidos de
mi respiración. Todavía no pertenezco a los vivos, aun-
que tampoco pertenezco a la región de los muertos. Una
ambigua zona gris me designa y acompaña. Una rotunda
frase, una idea definitiva, una experiencia asombrosa
como la escritura podría romper las paredes. No lo sé.
Estoy atrapado en un sinsentido feroz que me persigue.
Todo me sabe a niebla. Cómo conjurar y vencer la astuta
faz de mis desmayos. Socavado desde adentro, rompo y
rompo tabiques para, a la postre, quedar en un mismo
lugar.
No importa, no importa, me digo, y me rasgo por
completo. Más allá es posible que se encuentre algún
lugar, alguna fiebre redentora que derrumbe todas las
agonías.
Se lo dije a ella alguna vez: yo no existo, yo no vivo,
yo soy un muerto y camino tras de ti con la avidez de
alguien que se ahoga sin motivo alguno. Existes, vives, y
yo muero apenas centenares de segundos.
Y yo me digo: yo no soy yo, yo, mi yo no existe. Desde
mí hasta ti un silencio y nada más.

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Yo muero, sin sentido alguno muero, y no te conozco
ni a ti, ni a la vida, ni a mí, del cual solo sé que muere y
muere de continuo.
Una lenta muerte agazapada me muere y sin reposo
muerde mis recuerdos para exterminarlos. La muerte
quiere de mí todo, no un día ni dos ni muchos años sino
todos los días y todos los años de mi vida. Estoy muerto y
muero sin cesar en una exacta geometría.
Cómo fue aquello de vivir hasta la muerte misma
y morir de continuo es lo que intento explorar. Es una
escritura desierta, sin atavíos, apenas con la mínima
esperanza de no desvanecerse. No me entiendes ni me
entenderás: yo no quiero vivir, yo no quiero morir.
Sí, sí, no tienes tiempo, todo lo has agotado en una
astuta indagación, esa astuta indagación de la razón que
nos promete la solución del enigma. Por eso no te veo en
mis escasos terrones y solo percibo el polvo que levan-
tas con tus pequeñas sandalias, iba a decir, tus pequeños
pensamientos, pero no, tus pensamientos son grandes y
levantan inmensas polvaredas. Yo de mi cueva las veo y
me digo, allá va ella con sus inevitables acertijos. Todavía
indago desde un pequeñísimo lugar la indefinida heca-
tombe de la extensión. Solo existe lo mínimo y desde la
extensión nos gritan que nos quitemos, que nos hagamos
a un lado para que la cantilena pueda asentarse de una
vez por todas.
Ah, cuando estaba en la vida, y caminaba de aquí
para allá, orgulloso y jactancioso. El todo para mí era
poca cosa y yo me prometía construir nuevos escenarios,

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nuevas órdenes, nuevas disonancias. Pero yo desapa-
recí. Nadie en las tercas arenas escuchó mis gritos y ya
nadie sabe de mí y yo ya no sé nada de nadie. Por eso mi
escritura.
Iba y venía de la escuela. Me parecía tan natural que
me presentaran a dios, la matemática, la lengua. Cuando
con los años miraba hacia atrás y veía mi escuela, san
Agustín, me sorprendía diciéndome, pero sí ya allí estaba
todo lo que necesitaba aprender: el cero, dios que es el
mismo cero, y el lenguaje, que es lo mismo que el cero
y que dios. La unidad del absoluto estaba en esa escuela,
con sus muros, con sus patios, con la miseria cabalgán-
dole las entrañas, pero erguida y solemne porque era el
sitio de las revelaciones intemporales. Si hubiese seguido
las huellas de las enseñanzas de esa escuela, si hubiese
mirado con una mirada continuada e intensa los niños
que junto a los maestros aprendían. Si hubiese podido
deletrear esos muros eternos donde se cocinaba el alma
de tantos y tantos. Pero salí de allí y ya no recordé, olvidé
como olvida un malhechor las antiguas heridas. Pensaba
luego en las grandes extensiones que mis pies recorrían
heroicos. Más tarde pensé en el ser humano y en su his-
toria como lo único existente, y me olvidé, me olvidé de
dios, del lenguaje y del cero.
Vuelvo a la escuela, trato de encontrar mi aliento.
Todas esas pesadillas de mi niñez quiero volver a tenerlas
para descifrarlas y encontrarles su sentido. Todo estaba allí,
pero yo hui, pensaba que en parajes remotos me estaban
esperando las grandes hazañas y yo sin ambages ni dudas
las iba a realizar sin importarme nada ni nadie. Abran paso

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que aquí voy yo, pensaba y decía, y mi pobre voz ronca
de tanto gritar enfermaba. Fui el campeón del grito, de las
tiendas de campaña: necesitaba esclarecer el misterio del
infinito de una vez por todas y para ello, pensaba yo, era
necesario olvidarlo todo, sobre todo y en primer lugar y de
una manera definitiva, la unidad de lo absoluto. Me con-
vertí en un pequeño dios negador y enemigo de los dioses,
un intransigente dueño de todos mis huesos.
Y llegaba a la casa y allí también los grandes secretos
de la vida se me brindaban a montones, pero yo no que-
ría aprender. Olvidé el afecto familiar y lo consideré una
antigualla ridícula. Fui acogido con benevolencia en un
hogar temeroso de dios y el pan lo comí en la tranquili-
dad de quien lo sabe bien habido. Nada se me negó en las
jornadas de la niñez. Si bien mi madre en los primeros
años de mi vida falleció, nunca me faltó la caricia, la pa-
labra cariñosa. La oscuridad no se atrevía a iluminar sus
mentirosas fauces porque allí se reverenciaba la verdad.
Ese hogar crepitaba de amor, esa escuela era un milagro
de ternura, pero yo quería reinventar el universo y rein-
ventarme. No me arrepiento de esa empresa fracasada
hasta el infinito. Ahora me acerco a estas letras y puedo
decirme en ellas las verdades que aprendí para no olvi-
darlas jamás.
Nadie puede decir las verdaderas palabras porque
ellas, todas, se esconden de los más mínimos sonidos.
Las manos ávidas nada consiguen. Impávidas, las arenas.
Donde nada se dice, donde todo calla, cuando en el silen-
cio solo se aposenta el silencio, allí es posible construir

60
un sonido que no haya sido visitado aún por las manos
febriles. Ah, han excavado hasta el fondo y no han dejado
nada para la meditación. Yo estoy en esos lugares solita-
rios donde nada hay y me apresuro a levantar las oleadas
de mi intimidad para que me digan las cosas inasibles que
siempre he buscado, y lo hago, año tras año, porque sé
que piensas en mí, en mi pobre palabra macilenta y en
mis pasos temblorosos. Solo tú me salvas de mi nada, solo
tú sabes hablarme desde el fervoroso silencio.
Con este silencio a cuestas iba a mi escuela, y luego
regresaba a mi hogar y, callado, recibía las bendiciones
de mi preguntar. Acechaba al universo y le preguntaba
las mil preguntas. Yo había nacido para la pregunta, y los
demás, nacidos en las respuestas, hablaban y hablaban su
sabiduría alrededor de mí. Apenas podía dudar entre las
preguntas de la vastedad del todo y tenía que callar ante
todos porque yo nada sabía del infinito conocimiento del
que ellos se ufanaban. Habían cogido la pelota y la lanza-
ban para todos los lados, y ese universo fingía obedecerles
mientras se reía con sorna. En ese universo de las respues-
tas no había nada. Era el escenario de la brutal mentira, la
cáscara apenas de la multiforme apariencia que los había
atrapado del pescuezo. Atragantados en las mil respues-
tas, los vecinos, como me atreví a llamarles más adelan-
te, huían, sin que ellos se dieran cuenta, de una posible
verdad. Morirían atrapados entre las venas de la gula. Mi
prójimo, mi vecino, el otro, en la escuela sentí su olor, su
estupor, su inminente carrera hacia la nada perentoria. Su
baba definitiva me persigue y me acorrala.

61
Ya sabían, yo nunca supe ni sé. Pero la sabiduría de
las respuestas colgaba en la horca mis pobres preguntas
y me condenaban al silencio y la soledad. Ellos sabían de
las mujeres, de dios, del vicio, la virtud, el crimen, la san-
tidad. Yo los escuchaba y me decía: es como dicen ellos,
yo tengo que aprender. Pero qué va: no sabían nada los
dueños de las respuestas, apenas eran presos de la angus-
tia y por eso hablaban y hablaban para, a la postre, no
decir nada.
Nunca supuse que la sola esperanza en una sola per-
sona podría dar vida a un ser postrado en la miseria de un
silencio. Así mi silencio: un silencio que cava mi tumba.
Es que nadie sospechaba ni siquiera que allí existiera algo,
que los murmullos de la tierra y de la niebla escondieran
todavía mendrugos de vida, tal vez de felicidad. Porque
te digo: en esta región de la muerte todavía la felicidad,
el rincón que sospecha de la luz. Yo no estaba en ningún
lugar, todos ellos habían escapado de la memoria y yo
apenas hurgaba pedazos de cal en los rincones. Todo se
había acabado y ni el recuerdo de lo que pudo ser levan-
taba una algarabía. La escuela, el templo, la mujer, esa
hierba en la estructura de la noche, no había terminado
nada porque parecía que nada había existido.

***

Tu recuerdo en la escritura, es como si crearas in-


mensas catedrales y desde ellas inauguraras una palabra
secreta y yo pudiese escucharla.
Dos vecinos hablan y hablan sin parar. Suponen que
hablan de sus vidas y de sus muertes. Al fin, no hablan de

62
nada. Esas astucias vividas una y mil veces por la huma-
nidad no significaban nada. No puede llamarse vida a esa
oscura sinrazón que atraviesa a la mayoría de los seres
humanos. Yo apenas dormito en el poco tiempo que
me dieron. Ya no quiero despertar a la real vigilia de un
pleno tiempo. Acaezco en los segundos, pero no alcanzo
ni siquiera la hora. Hoy nadie me ha llamado, mañana
nadie me llamará. Solo. Mejor. Y, sin embargo, si ella me
llamara y me dijera unas cuantas palabras, unas pocas
palabras. Cómo sería de feliz, cómo pensaría «ella piensa
en mí y me llama». Ah, pero no ocurre. Ese teléfono allí y
ella no llama para decirme que me necesita y que quiere
verme de inmediato. Ma la imagino arrugando la nariz,
poniéndose seria, muy seria, hacia adentro muy seria su
cabeza y su voz diciéndome de inmediato: quiero verte de
inmediato, no llama y no llamará porque me ha olvidado
mientras yo la recuerdo sin cesar. No me entiendo. El ho-
norable ciudadano que soy yo, suspendido en la memoria
de una ausente mujer que no me quiere ni me querrá,
que me ofende con su silencio. Recordar la eterna mujer
que mientras tanto me olvida eternamente. Si mañana
amanezco vivo, que es lo mejor que le puede ocurrir a la
humanidad, volveré a pensar en ella y el tiempo se deten-
drá, mientras yo, infeliz, seguiré pensando en ella. Debo
escuchar a esos dos buenos ciudadanos, esos dos buenos
vecinos que hablan y hablan. Suponen que se encuen-
tran y se hermanan con la palabra. Más bien se alejan y
emiten un murmullo ininteligible, hablan y hablan para
desconocerse, para odiarse, para olvidarse. Allí los dos

63
vecinos que pretenden amarse con sus palabras más bien
se odian, y cuando le preguntan a uno por el otro, con-
testa: es un bandolero, y al otro, cuando le preguntan por
el uno, también contesta: es un bandolero. Esos vecinos
arman la parodia del buen vecino para odiarse con todas
las ganas. Ya se están despidiendo. Cada uno por su lado
enhebrando más razones para odiarse a destajo, con las
velas abiertas navegan en el odio, pero no se dan cuenta.
Les acaricia el deseo de que el otro desaparezca y que el
uno también desaparezca, que todo termine de una vez,
pero nada desaparece y mañana los vecinos encontrarán
razones para suponer que hablan y dicen las verdades de
la vida, pero no dicen nada de la vida, no dicen nada de
la muerte, no rezongan como los bandoneones, sino que
mueren día tras día en una infernal sinfonía de descono-
cimiento y dolor. Y cuando mueren y de ese cuerpo y del
otro no haya ninguna respiración, pues ahí sí suponemos
que un silencio arrebata todo el espacio y todo el tiempo.
Callados por fin los dos vecinos y mientras tanto los que
rodean a los muertos seguirán a los que acaban de morir
para no decir, para seguirlos matando con una palabra
que no dice nada, que es un murmullo ininteligible.
Apenas entro a mi habitación y ya busco a mi vecino
para hablar con él todas las inmensas tonterías que guar-
da mi cerebro. Exploro debajo de la cama, en el clóset,
en el baño. Y me digo: el astuto tiene que estar en al-
guna parte ingeniándose una palabra mentirosa. No, no
está el vecino, me miro al espejo y me digo: estás solo,
no está el vecino, realmente se ha muerto el vecino. Me

64
miro al espejo de nuevo y me digo: yo no soy el vecino,
pero empiezo a hablar mentalmente sobre sobre lo que
yo supongo son las verdades de la vida y de la muerte y
descubro, otra vez, de nuevo, que son las mismas pala-
bras del vecino, yo soy ese vecino que no dice, que habla
sin parar nada, nada digo, nada, como un vecino, así me
pongo cuando no me llamas y con ese silencio me dices
que me olvidaste, yo solo hablo cuando hablo contigo, es
mi única manera de hablar y pensar, yo no soy yo sino
contigo, a mi lado o enfrente. Sí, me hablo sin parar miles
de torpezas, abro la ventana para que salga el rumor de
mis palabras que son nada, que son apenas un lamento,
¿es que es posible tanta muerte en tan pocos huesos? Yo
estaba allí y hablaba, alguien me escuchaba y eras tú
y ahora no hay nadie. Nada escucha, este parloteo del
vecino en mí como una espada sanguinolenta. Yo hablo
y hablo y no encuentro sino silencio y cuando camino
repito, me repito: ¿dónde estás?, ¿dónde estás? Me he
convertido en el vecino que sabe el precio del arroz, el
precio del azúcar, sé todos los precios, menos el precio de
tu amor, yo voy por todos los escaparates buscando las
palabras del amor y no las encuentro, todos se han ido de
mi corazón y tú que me escuchabas también te has ido.
Me indago luego de imaginarme la muerte del vecino,
es como si dios hubiese muerto y yo no tuviera el templo
donde recogerme para pedir perdón en un delicioso ma-
soquismo. No existe el vecino, ese ser que me absuelve y
me disipa todas las dudas. ¿Dónde encontrar la palabra
que repite día tras día la mentira?: ya lo lograrás, otro día
será, perdónate. ¿Quién me dirá pues las eternas sílabas

65
del perdón y de la confianza en el mañana, en el pre-
sente, en el pasado? Ahí, muerto mi eco, solo yo con mi
cerebro, con mi corazón, con mi piel. Y si mi vecino, y
con él todo aquello que presuntamente me acompañaba
y me daba el valor para vivir, muere. Tantas cosas, la ver-
dad, el amor, la victoria, el honor, el deseo de superación,
muertas junto con mi vecino, frías y resecas momias en
el camino del cementerio. Me imagino con la muerte del
vecino la mentira total que significa la existencia. ¿Cómo
era el vecino que imaginas muerto, camino de la tumba?
Qué importa cómo era. Su definición de vecino ya lo
describe: estaba a mi lado y me conversaba. Todas las
mañanas me decía, qué tal vecino, ¿cómo le va? Todo él
era una mentira, con solo vivir a mi lado ya mentía. ¿Y
si también muriese la mentira y no hubiera nada que pu-
diéramos condenar por mentirosa? Empieza mi cabeza a
dar vueltas, gira y gira la eterna monotonía, la sinrazón
tozuda de la vida humana.
No es hora de perdonarme ni de amarme ni de odiar-
me, eso que soy yo, ¿qué es? Nada, nada. Por muchas pi-
rámides y por muchas selvas, por muchos templos y por
muchos crímenes, por toda la alharaca que se ha hecho
para responder esa pregunta por el ser, nada se ha resuel-
to. Yo me miro y me pienso y no alcanzo a comprender
cómo un ser se acerca a mí y me dice: vecino. Yo no soy
vecino de nadie, no quiero que nadie me salude. Quiero
a mi alrededor silencio, silencio y nada más. Nada más
que un silencio persistente para estampar en él la burla y
la congoja, mi sola partida diciéndose adiós a sí misma. Sí
fue posible nuestro amor, yo lo sé, pero no ocurrió y estoy

66
solo con estas palabras que me digo con toda la rabia de
que soy capaz. Un despechado que detesta las canciones
de Darío Gómez y que ha intentado con el sonido de la
música clásica olvidar y olvidar. Pero no olvido. Si al
menos fueses mi vecina y me saludaras, buenos días ve-
cino, yo aceptaría y me tragaría todas estas pobres pala-
bras. Tú no existes, me digo, pero no me lo creo. Cómo es
posible que algo que no existe me cause tanto dolor. Yo
quiero morir, como el pobre Werther, pronunciando tu
nombre. Solo eso. Mira que contigo he perdido la última
batalla, ya no quiero someterme a más pruebas, esta vida
ya tan larga quiere descansar en el regazo de la verdad
absoluta que eres tú.

***

Es de nuevo la irremediable escasez, el recuerdo de


los amigos muertos, ese café que ya no está, la estridencia
de los periódicos que ya no nos convencen, el vertigino-
so aumento de superficies siempre ajenas. Es solo para
estar conmigo que convoco el tiempo necesario. Nada de
esplendor en una palabra que se permite existir en medio
de los alrededores y que mira sin premura. Así la quiero,
sin que irrumpa a los patios del invierno o que huya a los
eslabones de la noche.
No son imprescindibles la musa o los arabescos del
vicio o de la virtud para estar aquí, conversándome.
De nuevo me digo: es la ciudad y sus fantasmas lo que
me hace hablar, pero hoy es distinto. Ya no tengo el afán
de quien quiere ser portentoso. Hay por fin una palabra

67
estoica que busca ceñirse las estatuas de piedra. Nada de
heroísmo en ese estar arropado con las viejas túnicas de
la sensatez. ¿Por qué no? ¿Acaso la ira iba a permanecer
en mí como dueña única e imperecedera? Ya pasó la ira,
y yo que la creía tan invariable y definitiva. Ya no soy es-
tridente. A lo sumo mi parloteo quiere alcanzar un lugar
en la escalinata del silencio.
Yo quiero mi vida y mi ciudad sin escamoteos, sin
arrebatos juveniles. Ya no temo a las acusaciones de
senectud, de estulticia. He entrado a algún aposento y
desde allí, escribo las palabras. Una tras otra las difi-
cultades de mi vida se acercan y, al lado mío, dibujan
mi silueta, el escorzo de un viejo que aún habla. ¿Qué
puedo decir de estas aceras, de estas calles, de estas mu-
jeres? Poco, lo sé. Eso soy yo, un animal anómalo con
dos o tres pesadillas a cuestas y que ha caminado varias
callejuelas. Esta es la ciudad que recuerdo y que quiero
escribir. No son historias para muchedumbres, oigo los
pasos que se alejan, ansiosos y febriles, pero tú, gata in-
mensa, me oyes.
Nunca fue mía la ciudad, dije alguna vez, pero sí fue
mía algunas veces. Enamorado de ti me parecía que la
ciudad se entregaba y era simple y sencilla como una
aldeana, como siempre quise que fueras tú, una aldeana
minúscula en la entrada de todos los caminos. Amándote
amaba la ciudad y la hacía mía.
Allá estaba, en ese lugar de la esquina, un secreto que
se juzgaba con severidad. Escuchabas las palabras del
viento e inaugurabas señales para que los caminantes re-
cordaran su pasado y pudieran orientarse en su presente.

68
Y yo por allí, cerca, estaba loco, pero recordaba tus pala-
bras y me erguía porque tú me salvabas del silencio. Yo
era tuyo.
Yo deseaba ser un sabio, un rabino, un gran presiden-
te, pero no era nada de eso, era un loco afanado en entre-
garte todos los caudales de mi loca sabiduría. Caminaba
alrededor de tu oficina y musitaba tu nombre, mujer de
tierra negra, y con ese nombre bautizaba todas mis alu-
cinaciones. En cualquier parte yo hundía mis manos en
las entrañas y allí estabas. Me enseñaste que si la locura
estaba ahí, no debería rechazarla, más bien lo contrario,
invitarla a mis aposentos y con ella, investigar la verdad
del ser. Así lo hice, invité la locura a mi casa, y ahora, con
ella dentro de mí, como si me poseyera, establezco los pa-
rámetros de mi vida, las honduras de mi ser. Sí, yo sé que
estoy loco ahora y que siempre lo estaré. No entiendo los
logaritmos de mi tiempo y no sé hablar los signos con que
se reconocen mis prójimos. Soy un loco porque hablo un
lenguaje desconocido que nadie entiende y porque me
visitan sombras que a nadie más frecuentan. Alucino, te
veo y no te veo. La gran enseñanza es que debo hablar
conmigo mismo de las palabras que la locura me quiere
comunicar, establecer en el centro del desierto el núcleo
básico de mi ser en el parloteo de mi insania. No escapar,
no huir del desarreglo sino habitarlo, como si nada, como
si todo. Y así como lo hago en el desierto, también en mi
ciudad instaurar un lenguaje con mi locura para gritarlo
en los cuatro vientos. Asistir a Versalles, al Astor, a todos
los pasadizos secretos y públicos, y con mi locura a cues-
tas, mirar, hablar, discutir, soñar, enhebrar con la aguja

69
de mis delirios la exacta dimensión de mi existencia. La
locura sabia me asiste y me acompaña a los cenáculos de
los estudiosos y allí soy un rabino y en los lugares donde
se reúnen los presidentes, voy, con mi locura, como pre-
sidente. Porque la locura habla todos los lenguajes, se
atreve en todas las hendiduras y en todas las honduras.
Al menos no huyo de tu recuerdo. Me sumerjo en él
como un experto marinero y allí trazo las dimensiones de
la locura. Hablo contigo la única manera en que puedo
hablar, desde la escasez de la razón y no hablo una palabra
o dos, son muchas las palabras que salen de mi garganta
agrietada por todos los cementos. Soy yo con mi ciudad
a cuestas y con mi locura también a cuestas. Muy dentro
de mí la locura te llama y te recuerda. Mujer de cuatro en
conducta que se atreve a corazonear con la locura desde
el espasmo de la lucidez, dice. No puedo olvidarte, como
no puedo olvidar la ciudad. Ambas, tú, ella, dispuestas a
entrar a los manicomios y saludar a locos y locas, como
tú una vez lo hiciste. Esa fue la gran enseñanza, no huir
de la locura sino vivir desde ella el perfecto desasosiego,
la gran infamia, el brutal atropello que es la vida.
Recuerdos de la ciudad van y vienen como presuro-
sos jugadores de ajedrez. El niño miraba el resplandor y
la basura de las calles y se decía: alguna vez será mía esta
ciudad y podré verla con la mirada de hombre. Cómo
quería crecer ese niño cuando veía al dictador Gustavo
Rojas caer de su silla y cómo ese niño se asustaba cami-
no de la escuela de una noticia de El Colombiano: He
sido, soy y seré marxista leninista. Yo me sentía crecer
dentro de la ciudad porque la ciudad era buena, yo era

70
bueno y mi familia era buena. Ya a los once años sabía
que los marxistas eran malos y los católicos buenos. Y
en el barrio Aranjuez la capillita se está convirtiendo en
una enorme iglesia. Esa niñez deseaba morir muy rápido
porque las mujeres, los balones de fútbol, el vicio y el
amor estaban allí, y él quería rápido acceder a la sabidu-
ría del mundo, cuando el mundo, supe después, no tiene
ninguna sabiduría y nosotros tenemos que llevarle a él
el poco saber que hayamos conseguido. Así era: yo era
un representante del todo y el todo era bueno, grande y
hermoso, como yo. Después cayeron las vestimentas y ya
observaba con placer esas grietas en el universo de per-
fecciones. Yo no era puro: me masturbaba con ansiedad,
y poco a poco, dios se fue muriendo de inanición porque
mi poca fe no le permitía vivir. Pero yo quería ser bueno
y a las buenas intenciones de no volverme a masturbar,
agregué unas tempranas lecturas de Tomás Carrasquilla.
Se explayaba ese escritor en las obras completas de la edi-
torial Bedout y yo bebí como un salvaje recién llegado a
tierras santas esas letras godas que serían ya para siempre
la biblia católica de la ciudad. Ciudad esta apelmazada en
el pensamiento católico y que un escuálido nadaísmo no
logro mover de su sitio ni un solo centímetro. Nada ha
cambiado en esta ciudad desde esa época, desde mucho
tiempo atrás, la caverna desoladora nos ha arrancado las
entrañas y nos ha puesto contra la pared para asesinar
nuestros más íntimos sueños. Jodida patria, jodida ciu-
dad. «No hay ningún asunto, ya todo está resuelto, desde
el inicio la misma conclusión» leyó por allí en alguna
hoja. Y claro que sí, esta parroquia de Medellín es abso-
lutamente necia en su sequedad ahistórica.

71
El valle de la permanencia, como diría alguna vez
Darío Lemos de la ciudad. La alcancía asfixiante, la
ergástula, la prisión perenne diría yo. Solo unas calles,
equívocas y solitarias, sabrían de mí y de mis palabras.
Pero en ese entonces yo era acogido por mi niñez y era
cálido el clima que oteaban mis narices. Todo estaba allí,
en esas pocas manzanas de mi barrio, y hasta el mismo
infierno palpitaba en las cercanías. Qué importaban los
otros barrios si en el nuestro ya estaba todo. Nos erigía-
mos en campeones de fútbol en esa manga al lado de mi
casa y desde por la mañana hasta la noche pateábamos el
balón como si fuera el universo mismo y lo despreciára-
mos lanzándolo con el pie, muy lejos, para demostrarle
que no nos importaban nada sus leyes y dogmas. Nada,
nada nos importaba, y con el balón entre las piernas ape-
nas queríamos correr y burlar al enemigo para vencer-
lo, como ahora, en las agrestes pesadillas de la adultez.
Éramos nosotros los niños, los reyes de esas pocas cua-
dras y nuestros edictos eran cumplidos a cabalidad. Uno
de ellos era de observancia absoluta, nadie nos podía
interrumpir mientras jugábamos porque allí de veras se
dirimía algo muy serio, quien era el vencedor y el ven-
cido. Años después, vencidos y vencedores ocupaban la
misma curul y labraban en silencio la misma muerte, la
misma inconclusión veleidosa. Reyes jóvenes como éra-
mos nosotros, todavía creíamos en las guerras y pensába-
mos que podíamos vencer, así estas guerras fueran, por el
momento, correteos detrás de una pelota.
Yo era feliz dando patadas con el balón. Decía sí a
todo y todo me decía sí. Desde mi universo privado
impartía las bendiciones y le decía a lo que se acercara:

72
podéis ir en paz. Sin duda era un pequeño dios descalzo
que simulaba aprender a leer para estar con los demás
niños y aprender de ellos y del mundo de ellos, pero muy
dentro de mí yo me consideraba el creador de todo. Les
decía mentalmente a mis compañeritos: vine a visitarlos
por un pequeño rato, pero me iré pronto a visitar mis
otros dominios. Así fantaseaba en la biblioteca de mi
familia. Esos libros impresionantes hablaban de genios,
de esclavos, de guerras atroces, de Spinoza, de Sócrates,
y yo allí, hurgando, me asumía como dios deletreando
esas letras gloriosas. Me hice lector y me hice loco en esa
pequeña biblioteca. Sócrates se tomaba el veneno, moría
en medio de sus discípulos y como si nada, como si fuera
una cafetería de moda; Gulliver se hacía gigante y enano
y Spinoza sabía quién era dios y no se lo decía a nadie,
lo escondía en los inmensos teoremas. Loco desde niño
porque la letra en mi cabeza originaba infinitos remo-
linos que andaban tras de la piedra filosofal. Yo quería
saberlo todo y remontarme mucho más allá para no tener
la necesidad de vivir. Me han obligado a vivir en la más
oprobiosa ignorancia y yo desde niño solo quería ser dios
para saberlo y ordenarlo todo. Me convertí en un ser hu-
mano a las malas. Nada detestaba tanto como la simple
imaginación humana que tardaba siglos en imaginarse
un invento. Yo lo quería todo ya, un simple dios terrenal
emanando de sí la sabiduría necesaria para no vivir.
No vivir fue la consigna. Muy pronto entré a los
pasadizos secretos de los escenarios y miraba. No vivir
y observar incansable el movimiento. Ah, las hormigas

73
cómo patalean. Si algo pretendía cuando fungía de mar-
xista en mi juventud era destruir los insensatos negocios
que se arracimaban en la conciencia para convertir a los
seres humanos en risibles ganapanes. Yo quise estar de-
trás, muy detrás, para mirar el desencadenamiento de las
brutalidades. Iba a ser un sabio desconocido e impoluto,
gobernaría mi vida con el más hermético de los desig-
nios: saberlo todo de todo y que nadie supiera de mí. De
niño, los sótanos y los desvanes eran mis lugares preferi-
dos porque allí, escondido, nadie me descubriría, y yo sí
descubriría, solo, los arcanos de la vida.
Mi cuerpo lo convertí en un desván sótano, e insta-
lado arriba y abajo, escudriñaba para todos los lados sin
que nadie me viera: me hice digno tras muchos años de
laborar en mis laboratorios, de ser tomado por la locura.
Yo fui un niño sicótico en búsqueda de la sabiduría abso-
luta que reemplazase la vida.

74
PAPELES DEL EXILIO

Cuánto daría por unas neuronas sanas, y no como


las mías, ya enfermas, ya cansadas, en el duro oficio de
olvidarse de sí. Ya no quiero existir, ya no quiero vivir, lo
que quiero es perderme por las calles en un silencio im-
perturbable, olvidar el lento pasado, desinteresarme del
futuro, y desmenuzar el presente entre mis dedos hasta
volverlo una papilla irreconocible.
No vuelvo a vivir, no vuelvo a interesarme por nada,
de aquí en adelante mermaré todavía más mis entusias-
mos y mis alegrías. Seré viejo.
Todo perdido, menos la escritura. Perdido como la
última arena del último desierto, apelo a mi escritura
para desahogarme de una vez por todas. Esta vez sí quie-
ro ir hasta el fondo de mi desesperanza, esta vez sí quiero
arrancarme todas las caretas.

75
Por una sola vez quiero estar solo en mi escritura, sin
excusas, sin artimañas, sin trampas.
Yo que no he vivido, no quiero buscar ya la vida, ya
no quiero añorarla, ya no quiero recordarla. He perdido
todos los pasos y ya no encuentro ni siquiera a mi som-
bra. Si al menos supiera escribir, si al menos supiera leer.
De pronto, allí, más adelante, pueda encontrar una
sombra benévola, una dulce luz que me acompañe, un
recodo generoso que me brinde el descanso.
Esto que escribo no lo quiero. Lo leo y lo encuentro
demasiado conocido. Otra vez, con las mismas palabras,
enhebrando un inacabable lamento. Otra vez, de nuevo,
sobre la vida, llorando la misma extraña congoja. Y nadie
alrededor de mí porque nadie me conoce y yo no quiero
que me conozcan. Todo ha sido tan vano y tan inútil. Y
aquí, en esta mismidad ruinosa, en este cuarto que de
nuevo está solo, aquí, en la máquina de escribir, luego
de llorar y de llorar, me descubro una auténtica alegría,
no espuria, no falsa: la alegría de escribir. Todavía sale de
mí un manantial de palabras, todavía soy capaz de des-
doblarme y de mi cuerpo surge de nuevo el palabrerío.
No me abandonan las palabras, están aquí, así como nue-
vas, aunque sean las mismas de hace tantos años. Estoy
de nuevo aquí, escribiendo en medio de una insensata
felicidad. De nuevo aquí, solo, lamiéndome la piel, aus-
cultando de nuevo un silencio cada día más difícil. Otra
vez me descubro en la infinita casa del ser, otra vez de
nuevo en la casa de la palabra. Otra vez a mis anchas,
cabalgándome con furia y con fiebre. No he terminado

76
todavía conmigo. Todavía me necesito, todavía me re-
quiero. ¡Cuántos meses sin tocar la máquina de escribir!,
y ahora, como novia vieja que vuelve a ser usada, la
máquina me abraza con la ternura de un enemigo que
ha olvidado la querella. Me descubro en la escritura con
poder, el poder de nombrar las mil caras de mi rostro. Yo
lo sé, nadie tiene que repetírmelo: yo solo soy en la es-
critura. También aquí quiero morir, pero la escritura no
me lo permite: ya me obliga a hundirme en la vida para
esclarecer el silencio y el grito. Ya no puedo decir que
no, porque el alfabeto ahí es una especie de posesión que
me zarandea los cuatro costados de mi cuerpo. No puedo
fingir la falsa voz del nihilismo, otra voz más fuerte está
ahí y me obliga, es la voz del ser.
Nunca sospeché que existiera la gula por las pala-
bras. Quiero saber de ellas, indagarlas, perseguirlas y
agarrarlas y, en los socavones perfectos, amarlas. Nunca
me había ocurrido antes: las palabras me quieren y a
veces siento que alguna de ellas me posee y me deja lejos,
exhausto, solo, feliz.
¡Tantos meses sin escribir! Allí, la máquina. Al otro
costado, yo, silencioso, inútil, extranjero. Y un día, hoy,
ya, de nuevo, máquina y ser unidos. Yo sí sabía del idio-
ma, alguna cosilla sabía de ese animal, pero lo que me
ocurrió hoy nunca me había ocurrido: sentí las palabras
vivas, sentí que me abrazaban y «chillaban de placer».
¡Quién dijo que el idioma estaba solo en el corazón
de los clásicos! Está en todas partes, reencarnándose en
medio de un absoluto placer.

77
No estoy en el suelo, como un vencido epiléptico.
Pero casi, porque el abrazo de la que también conoce el
silencio fue inesperado y surgió de territorios descono-
cidos. Ahora que he sido poseído, ahora que tal vez una
desconocida palabreja me ha llevado a sus antros y me ha
obligado a mirarla a sus ojos, ahora sí siento que soy capaz
de escribir sobre todo, y que en cualquier momento y a
toda hora, y una y mil veces, puedo escribir lo que yo
quiera, sin ningún miedo ni temor, sin ningún misterio
ni hechicería. Encontrar la palabra en medio del desierto
y amarla hasta el desfallecimiento porque no existe nada
más y solo ella sabe de nosotros. Ella es el desierto y allí,
postrados y vencidos, aniquilados por un sol implacable,
nos arrastra de nuevo a los parajes inalienables del ser.

***

El personaje no soy yo. El personaje es el silencio.


Si yo fuese el personaje, me pondría ante los espejos y
haría inverosímiles muecas para pescar el secreto de la
existencia. Pero no. Lo que surge es el mismo silencio,
obligándome a callar, para nada, porque en el silencio no
se oye la palabra, en el silencio no se oye nada, e incluso
en las grandes guerras el silencio se burla de los gritos
y los gestos de dolor. Nadie sabe cómo es el silencio. Se
aproxima y es, y de ahí para adelante no se sabe nada, y
lo que dicen los que hacen hablar al silencio es hablar sus
propias palabras. ¡Qué aterrador es el silencio! Porque
nada se sabe de él y nadie puede ponerlo como testigo,
porque no aparecerá a rendir testimonio. Nadie puede
acusarlo de ningún crimen: no ha cometido ninguno y

78
nadie puede hacerlo comparecer a la fuerza ante el ju-
rado. En las bibliotecas y en los hospitales piden y creen
recibir silencio, y en realidad lo que piden y reciben es
la ausencia de ruido. El silencio calla y nada más. Podría
decirse que es una tierra sagrada no hollada todavía por
el pie humano, pero es una trivialidad más. Lo que viene
a mí es el silencio cuando interrogo mi vida, pero es un
silencio indescifrable que incluso tal vez no sea silencio,
tal vez es apenas ignorancia acerca del ser, de mi ser.
Silencio y palabra se atraviesan y ya no sé nada de
nada. Algo tengo que hacer en esta vida que se escapa,
que huye cada vez con mayor eficacia. No tengo que
hacer nada más sino escribir. Si pudiera destruir un mo-
nasterio o si pudiera secar un manantial, o atravesar una
flecha en el ojo del huracán; si pudiera hacer algo, pero
no sé hacer nada, nada. Y escribir, escribir, lo que es es-
cribir, todos los días lo hago peor, y todos los días más
y más lo haré peor porque con los días y con los años
he contraído la enfermedad de la astucia y no sé cómo
deshacerme de ella. Pongo una letra y luego la otra, pero
lo que aquí camina no es el aliento vital de la palabra sino
la astuta astucia que no quiere asustarse y que le teme a la
verdad como a la peor enemiga.
Detesto la astucia, mi aliada a través de los años.
Muchas veces mi amor por mi hijo y por mi esposa me
parece apenas una astuta jugada para sobrevivir, solo as-
tucia para inscribirme en la continuidad unos años más.
No, no quiero la astucia, no quiero el silencio. La una es
una mañosa redomada interesada solo en el poder, y el
otro, el otro, el silencio…, ¿qué será? Ambos me torpedean,

79
ambos me acongojan. Yo daría todo lo que no tengo para
evadirme de estos dos enemigos, me subiría a la montaña
más alta para esconderme, sobre todo de la astucia. Odio
la astucia, agazapada en las palabras más sinceras, en las
iras más fecundas. No puedo ir detrás de los enemigos
porque la astucia me dice, me dice, espera, espera, no des
todavía la batalla, espera y… con el silencio es igual. Ni
siquiera me dice nada, está ahí pero no se le escucha una
palabra. Pesa mucho, mucho más que las pirámides, está
ahí, está ahí, solo eso, pero es suficiente para nada. ¿Qué
hacer con el silencio, qué hacer? Ni silencio ni palabra,
es la oscuridad que no teme a nada y que solo sabe aba-
lanzarse desde todos los lugares. Es todo un peligro una
existencia dedicada a la escritura porque eso que escribes
es apenas una huida de tus enemigos, una cobarde abyec-
ción y no aquello que es necesario decir.

***

Es como hundir las manos en una masa de tierra hú-


meda. Así es cuando mi recuerdo me lleva a mi pasado y
me muestra las imágenes de lo que fui. Se sentía el deseo
por atrapar la vida para convertirla en una criada obe-
diente. Y la vida fingía obedecer. ¡Qué afán iba a tener
ella para mostrarme el error en el que estaba! Mandar
a la vida unas cuantas cuadras arriba de la muerte para
que nos hiciera mandados. Sí, fingíamos tener a la vida
como una sirvienta a la cual le dábamos las órdenes más
disparatadas. Hoy lo que quiero hacer es correr de huida
de la vida, que no dice nada nunca y que siempre está

80
ahí, callada. Ni un solo secreto le sonsaqué a la vida, ni
uno solo… Nos hacemos viejos, y de la fuente qué poco
sabemos. La vida y el silencio se confabulan para nunca
decirnos nada. Así es y así será: el conocimiento sobre la
vida es escaso. Nos rodea la vida, nos penetra, somos vida,
y sin embargo de ella solo sabemos noticias distantes. ¿Y
si la vida no existiera y fuera apenas una ilusión, una de
tantas ilusiones que creamos para embolatar nuestra te-
rrible y propia experiencia de la realidad? La vida se ha
marchado callada y nosotros en silencio con el silencio,
¿qué podemos hacer?
Yo me doy vuelta rápido para ver si a mis espaldas
hay un demonio riéndose de mí y no encuentro a nadie.
No tengo la artimaña de tener un enemigo que me justifi-
que la guerra. No tengo ni un solo enemigo y por lo tanto
ningún amigo: la vida se ha ido y yo aquí, callado, con el
silencio, bebo mis pocas palabras.
¿Cómo retener la vida delante de nuestros ojos, cómo
moldearla a nuestro tamaño y antojo? Es una pregunta
que surge delante de mí, y tengo que pasar de largo, como
si no la hubiera escuchado, porque ni siquiera sospecho
una respuesta. Pregunta como tantas que son incontesta-
bles y que más bien son olvidadas por el género huma-
no, como si las cosas últimas y definitivas no fueran su
asunto primero y básico. Se dice, eso que lo contesten los
filósofos, mientras que nosotros nos alimentamos de los
asuntos triviales de todos los días. Y mientras tanto pasan
los días y las noches, los siglos y los milenios, y nosotros
igual de impotentes.

81
¿Por qué me regaño tanto? En definitiva, no quiero
ser lo que soy, no quiero saber lo poco que sé, ni soñar
los pocos sueños de mis noches. Más allá, con toda se-
guridad, habrá un lugar para mí, sin angustia, sin dolor,
ya sin mandamientos que obedecer porque estaremos
instalados en la misma paz del universo.
Mientras tanto, estas pequeñas letras de la ignorancia
que no conducen a ninguna parte, que son nada, que nos
degüellan a cada instante, que nos vomitan.
No sé qué pensarán esos otros que a mi lado abordan
los minutos y los años con la faz tranquila de un ángel,
pero lo que soy yo me confieso demasiado ignorante.
Muy poco es lo que sé y por eso apenas escribo sobre mí
porque es lo más cercano, aunque es lo que más detesto
y lo que más amo. No sé qué hacer conmigo: no me amo
porque es imposible amar un fardo repleto de ignorancia
y tampoco me odio porque es injusto odiar un simple
fardo repleto de ignorancia. Y aquí me tienen, caminan-
do mis días sin amarme ni odiarme, apenas tolerándome
como se tolera un niño demasiado inquieto. Tolerarme
mi cercanía con la ignorancia y con todos aquellos atri-
butos que provienen de ella: la terquedad, la lentitud, la
pereza, todo aquello que me constituye en la más crasa
inutilidad.
No es regañarme, no es eso… Es recordarme de nuevo
esa incapacidad que me crucifica en los mínimos segun-
dos. Yo vivo y respiro, pero no sé. ¿Qué significado tiene
entonces la vida cuando no se sabe de ella sino las pocas
escaramuzas que nos permiten sobrevivir?

82
Lo pensé muchas veces: tengo que encerrarme en
una habitación para estudiar, estudiar, estudiar, y así,
dejar de ser ignorante. Y lo hice. Durante años estudié,
estudié, pero sigo igual de ignorante o quizá más. Nada
me calma la ignorancia. Cada día se desploma nuestra
cabeza en el precipicio de las preguntas, nos hundimos
en ellas: sabemos demasiado poco como para aspirar a la
libertad. Estamos en la ignorancia y esta ignorancia no es
sino el pantano de nuestro dolor.
¿Cómo despertar de este marasmo que parece irre-
versible? Aspiro a dentelladas el oxígeno y me obligo a
llevarlo a todos los recodos de mi organismo. Camino
y camino todos los días para que mi cuerpo se anime y
recupere su deseo de vivir. ¡Cuántas estratagemas para
despertar de un sueño que me tiene atrapado en las mi-
nucias cotidianas! Pero, ¿qué estaba diciendo hace poco
sobre los recuerdos? También a ellos acudo para desper-
tar de nuevo las pocas neuronas de mi cerebro. Y tam-
bién apelo al olvido. Todo, todo, menos esta muerte en
vida. Allí, en esa pieza del barrio Prado, yo escribía día
tras día, repensaba mi vida, la trasladaba al papel. Fueron
casi diez años remando en las letras las oscuridades de mi
vida. Me desdoblaba en esos papeles, me nombraba con
las más hondas palabras. Yo sentía que estaba por fuera
de las puertas, de todas las puertas, y que solo era ne-
cesario escribir y escribir para seguir viviendo. Todavía
pienso de esa manera. Solo escribir y escribir la absurda
sensación de morir una y otra vez un segundo y todos los
segundos sin saber qué es la vida y para qué sirve. Bueno,
estoy otra vez aquí, con una máquina de escribir, y con

83
tiempo, y eso voy a hacer de nuevo, escribir y escribir y
escribir. No voy a llegar a ninguna parte. No me importa,
no estoy escribiendo para nadie. Escribo porque necesito
vivir un poco más. ¿Para qué? No lo sé. Uno de estos días
ya no necesitaré escribir, callaré, y desde alguna silla mi-
raré mis papeles regados en el piso. Una a una miraré esas
páginas, volveré sobre ellas con la mirada atenta e inten-
taré descubrir algo que nunca he descubierto: el sentido
de la vida. Escribo para eso. Puede que sea una necedad
volcarme sobre estas letras para encontrar lo que muy
pocos han logrado encontrar, pero no voy derecho como
un tren. Más bien voy a caminar en estas letras de arriba
para abajo y de abajo para arriba, sin ningún orden y sin
ningún concierto. Sé que hay un designio secreto, un di-
bujo oculto en mis escuálidas palabras. Todo lo que yo he
dicho, todo lo que yo he hecho, es un estricto y al mismo
tiempo fervoroso sentido de todos mis huesos, de todos
mis órganos.

***

Recuerdo, estaba allí, en un pupitre escolar, y habla-


ba y hablaba por medio de la escritura. Vencía la soledad,
pude establecer profundos contactos con la palabra y
conmigo. Intoxicado de palabras, de muchas palabras,
salía de allí y caminaba por las calles del barrio, iba al
centro de la ciudad, miraba los innumerables rostros de-
rrotados. Luego volvía a mi pieza, lento, adolorido, pero
vivo, muy vivo porque la escritura me daba un nuevo
aire, me obligaba a vivir desde la misma palabra. No eran
los demás y sus agrios destinos los que me inspiraban el

84
deseo de vivir. Era mi curiosidad por saber qué se escon-
día detrás de las palabras que iban saliendo, una a una,
de mi cabeza. Me retorcía como una culebra, embebido
e hipnotizado en una magia que me permitió sobrevivir
largos años. La magia de una escritura solitaria obstinada
en revelarse, como si no existiese otra cosa que su naci-
miento y su precaria significación. Yo me doblaba sobre
la palabra porque sabía que no había nada más que lo
que allí había y porque sabía que no encontraría nada en
ningún otro lugar.
Nada iba a darme nada y yo tenía que encontrar en
mi escritura algo en lo cual pudiera reconocerme para
establecer contacto con la vida, con los demás. En ese
momento no lo sabía y aún no lo sé cabalmente: sospe-
cho que nada me da la vida sino la sola escritura. Yo no
entiendo a otros seres que hablan con los demás y con
los demás viven y padecen la continuidad irritable de la
vida. Todavía no he encontrado a los demás y sé algo de
ellos ahora es por la palabra. Me revelo por la palabra y
los demás aparecen, fantasmales, es por la palabra. Vivo
por la palabra, y mientras que allí en la palabra inauguro
una mirada, el mundo aparece en mis dedos, lo tengo, lo
puedo nombrar, los demás también surgen de sus escon-
dites ya exentos de peligrosidad. Ya son pobres enanos
discurriendo como yo antiguos temores invencibles.
Claro que no me divierto ni divierto. Mis verdades,
iba a decir mis verdades cuando sé que no tengo ninguna
y ya nunca la tendré, mis palabras, tampoco son palabras
lo que yo utilizo, queda mejor decir, mis balbuceos me
avientan contra la pared y yo me quedo allí sin saber qué

85
hacer. Pero es mejor estar así, lanzado con violencia con-
tra una pared que navegar sin sombra alguna por los sen-
deros florecidos de las neuronas. No puedo vivir como
una persona normal. Nunca lo he sido, nunca lo seré.
Todos los días salgo de mi casa y veo a los demás en sus
trabajos, oigo sus conversaciones: nada de lo que escucho
y veo me atañe. Lo más cercano, que son los vecinos, los
imagino perversos y a punto de hacerme daño. Los veo
como extraños enajenados, muy cercanos al asesinato. Y
lo más lejano, que son los demás, ya no existen, me olvido
de ellos y no los recuerdo. No existe para mí la especie
humana, solo los vecinos porque pueden matarme o no
hacerlo y esto ya sí me interesa, porque de todos modos,
desde mi perpetua anormalidad, quiero observar cómo
transcurre la tragedia. Sí, es una tragedia cada mañana y
cada noche: nadie sabe dónde está parado ni nadie sabe
para dónde va. Sumergidos en el coito con las trivialida-
des, el trabajo y demás menjurjes, ya no interesa saber
sobre el saber.
Desde siglos perecemos en la melcocha de las buenas
intenciones.
No sé cuánto daría por recordar lo que yo escribía
en esa pieza de un segundo piso de una casa en el barrio
Prado. Escribía todos los días de mí y de mi vida, que
es como decir, escribía sobre nada y para nada, porque
yo nunca tuve vida y nunca la tendré: clavado como un
avestruz en su tierra, yo metía mi cabeza en la escritura
pero no buscaba la solidaridad ni el fervor por los demás
ni por mí mismo. Lo que yo hacía era disfrutar de mi par-
tida definitiva del reino multitudinario de los demás y de

86
mi encuentro con la soledad y el silencio. Así pues, no
buscaba allí nada y no encontraba nada. De un momento
a otro, yo estaba solo y silencioso en esa pieza y podía
hacer lo que siempre he hecho: nada.
Mi cuarto y el barrio Prado eran el oasis donde yo
podía beber de mí mismo todo lo que yo quisiese.
Todavía recuerdo con nitidez el cuarto. Había una
cama, un sillón, un nochero, una vitrina con libros, una
ventana que daba al techo, una puerta que daba a la calle.
Instalado como un proustiano petimetre, escribía y escri-
bía sobre mis odios y sobre mis amores. Todo aquello de
mi vida que me hostigaba y me dolía yo lo trasladaba al
papel. Era libre en la escritura porque no me interesaba
sino la escritura. No me interesaba el que mis letras no
le gustaran ni a los críticos ni a los lectores, y tampoco
pensaba en publicar. Era el perfecto ejemplo del literato
puro encaramado en su Olimpo, solo que mi Olimpo era
una pieza de un segundo piso de una casa en el barrio
Prado. Soledad a montones, toneladas de ella se acumu-
laban en mis hombros, me rodeaban. Pero yo era feliz si
feliz puede ser el infeliz que solitario cuenta sus cuitas
para sí mismo.
Había naufragado y en esa isla me contaba todos los
altibajos de mi navegación. Yo he sido y soy un nave-
gante aventurero. Para nada la quietud del pensador que
arrimándose a sí mismo con porfía extrae la quintaesen-
cia del conocimiento. No, yo me arrimaba a los otros,
me frotaba contra ellos y con ellos, y de esas fricciones
con el prójimo accedía al conocimiento de la especie

87
humana. Ahora evito las fricciones, pero mis lecturas son
navegaciones por las literaturas y mis escrituras no son
pensamientos, son navegaciones por mi cuerpo, por mi
vida, por mi mente.
Por esa razón he naufragado. Mis viajes por paisajes
desconocidos, mis deseos por conocer las tierras más le-
janas, mis obsesiones por conocer las lenguas y los hom-
bres más extraños, me han hecho sucumbir. ¡He perdido
el rumbo tantas veces!
Mi vida, pues, un perfecto desastre en tierras desco-
nocidas que todavía no conozco y que me acechan día
a día con peligros siempre nuevos. Hoy, aquí, de nuevo,
no sé quién soy y no sé para dónde voy. Solo sé que mi
escritura es una escritura viajera, sin brújula alguna, sin
cuaderno de bitácora, sin bienes, sin cartas de presenta-
ción. Casi que puedo decir que navego en mi contra por-
que ya buena parte de mis huesos y de mi alma quieren
descansar y yo los obligo con el látigo de mi impaciencia
a iniciar y reiniciar de nuevo el viaje. Hasta siempre el
viaje, más allá, mucho más allá. Esta aldea está vieja de
pura molicie, de pura pereza. Me obligo a viajar hasta lo
más lejos de lo más lejano, lejos, muy lejos.
Agito mis manos, desesperado. Se acercan, se despla-
zan por los cuatro costados. Soy un bebé y los otros se
acercan y se alejan en una danza inútil.
Ha sido lo mismo todo el transcurso de mi vida: mirar
y ser mirado, sin ningún objeto, solo porque sí, porque no
hay nada más qué hacer. De buena gana retrocedería y
volvería a ser el bebé y luego de allí, hacía atrás, nada. O
tal vez, de bebé volver a empezar para seguir mirando

88
a mis compañeros de la especie humana. Qué mirade-
ra incesante para no ver, para pasar de largo, intocados,
inmunes a la respiración de la vida. Porque, ¿qué podría
decir ahora? ¿Qué podría agregar a las pocas letras?
Me rastreo con la lengua afuera, me oculto de mí
para atisbarme en un giro imprevisto, me desconozco
para conocerme, muero para sentirme vivo, actúo, para
nada. La ávida escasez me deja igual en el mínimo lugar.
Yo quería auscultar esas geografías distantes y solo me
brindaban el mismo paisaje feroz de la ignorancia. Nada,
nada, calles arruinadas y polvorientas, viejos de mirada
oscura, niños descalzos atiborrados de hambre.
La fealdad acunaba la vida, la afeaba, y luego se dis-
ponía a asfixiarla entre sus brazos. El tumulto cuando las
manos danzaban la sinfonía de la renuncia. Antes que
perder en esas escaramuzas envenenadas, renunciar, y
solo estar ahí, en esa pared.
No era necesario partir para ningún lugar porque en
todos los lugares la misma sinrazón no titubeaba y nos
declaraba sin más culpables.
Este frio de la vida fue desde siempre y no me ha
abandonado.
Los ojos me miran y a dentelladas muerden mi silen-
cio. Miro hacia arriba y montones de huesos observan mi
extravío en las cañadas. Abandonado, camino detrás de
huellas que no existen. Me imagino solitario en las fauces
de la tierra.
No hay una sola palabra con la que pueda conversar
con el vecino. Ancho de espaldas y de boca, su habla es

89
un grito que hace retroceder a todos los demás bárbaros
porque él ha ganado la guerra. Conmigo no tuvo que
declararla: él fue mi dueño desde que me vio y yo solo
espero las órdenes de sus emisarios para cumplirlas. Por
fortuna, me ha olvidado y sus emisarios no han llegado.
Él está allá, ocupado en tragarse a sus prójimos, y a mí,
tan dócil, me ha olvidado. No sé si corrí con buena o
mala suerte, porque ahora, libre de ese bárbaro, tengo
que inventar palabras para bautizar mi sangre.
Mañana voy de madrugada a la Central Mayorista, al
gran mercado de alimentos de la ciudad. Vienen de todos
lados del Departamento y venden y venden y venden.
Allá voy a proveerme de inmensas cantidades de limón
porque los bárbaros, los antiguos y los nuevos, expanden
kilométricas cantidades de grasa y, si queremos sobrevi-
vir, necesitamos ingentes cantidades de limón e ingentes
cantidades de palabras duras como el acero. Estamos a
punto de fallecer: el planeta desfallece porque la barbarie
desatada no encuentra ningún límite, en todas las pro-
vincias domina la barbarie.
Es una fiesta, es toda una fiesta. Recupero las pala-
bras extraviadas y me nombro con ellas de una manera
desaforada, como si no fuera yo, como si otro hubiera
tomado mi lugar y estuviera en el timón manejando a su
antojo las palabras. Yo dejo que ocurra el desafuero: le
tengo simpatía al deslenguado que me habita ahora y que
toma mi lugar con el desenfado de un niño. Si cuando
recuerdo al hombre que era yo, callado y aburrido en las
esquinas de las tardes y en esta ciudad tediosa, me dan
ganas de correr para, desde la distancia, no reconocerme.

90
Con mi nuevo disfraz de parlanchín incorregible, hablo
y hablo… Apenas estoy empezando con mis años de es-
critura en el segundo piso de la casa de Prado. Cuando
llegué allí, ya había encontrado la soledad, pero no la
nombraba todavía: apenas la vislumbraba, la veía como
una hembra majestuosa que me iba a deparar la libertad.
La soledad, sin embargo, nada me ha deparado, ni una
cosa ni la otra. Solo me ha provisto de una larga pacien-
cia para que pueda tratar una y otra vez a este ser mío
tan mudo, tan proclive a esconderse en las más nimias
melancolías. Pero ya era un botín apreciable la percep-
ción de la soledad. No estaba solo en esa pieza. Estaba
con la soledad.
Me puse a hablar con ella, y ella me escuchaba. Nada
me decía pero tampoco me apuraba, no se impacien-
taba jamás. Ahí estaba conmigo, no me pedía nada, sin
un gesto de aprobación o de condena. Cuando alguien
entraba a la pieza, solo me veía a mí. Nadie sospechaba
que allí estaba mi soledad, escuchando callada todas las
palabras.
Qué fría la soledad. Llena de tiempo y de una cierta
oscuridad, aunque no es propiamente oscuridad sino un
olor indefinible que se rompe cada segundo. Nunca me
abandonó la soledad en esos años de escritura febril.
Además, yo solo quería estar con ella. Ya no leía, ya
no hablaba con nadie. Si quieres escribir, enamórate de
la soledad, de tu soledad. Yo lo hice en esos años y no
me arrepiento. Montones de palabras con la soledad a mi
lado formaban un montón de papeles que día tras día iba

91
creciendo. Nada me dolía, nada añoraba, pude saber del
olor de mi palabra, pude saber del olor de mi soledad,
pude saber de mi olor. En esos años, por fin, ya no me
rechacé, ya no me condené.
Antes, por el solo hecho de estar vivo, yo me conde-
naba. Infeliz, decía, vete de mí. Y yo, claro, no podía irme,
pero seguía escuchando la orden militar: infeliz, vete de
mí. Allí, en la pieza, fue desapareciendo esa voz y apa-
recieron muchos sonidos, muchas palabras: era yo, me
visitaba y me hablaba. La bendita soledad me lo permitió.
Allí había un ser que quería hablarse, mondarse en
muy pequeñas rodajas para mirarlas al amanecer cuando
un sol nuevo revienta nuestras venas.
Hablar conmigo en años de escritura amotinada y
revoltosa. Era todo un ritual profano lo que inauguraba
todas las mañanas. El cigarrillo negro, Pielroja, infaltable,
me saludaba. Todavía con él mis pulmones, medio borra-
cho, escuchaba el primer concierto de la emisora Cámara
de Comercio. Me aburría de una manera soberana, pero
yo me imponía esa disciplina porque a toda costa quería
mejorar mi oído para que mis palabras tuviesen son. En
esa época, oye que oye la música clásica. Todo el día, en
esa pieza, el cigarrillo, la música clásica y el tecleo de mi
pequeña máquina de escribir. Todos se iban, yo me que-
daba allí, teclea que no has tecleado, en una enumeración
minuciosa de mis dolencias. En esa época no percibía que
era mi ser quien se estaba asomando a mi escritura, era un
yo que, agazapado en el sufrimiento, horadaba el mundo
y los hombres. Día tras día en la máquina en un ejercicio
de autoconocimiento insensato y desmedido. No había

92
límites en mi escritura y todo lo que había en mi cabeza,
poco en realidad, lo volqué completo en las letras. Fue un
acto suicida. No sé cómo lo hice, cómo tuve valor para
saltar al vacío de mi ser, que en ese momento yo captaba
como nada en la nada, y nombrar todas las imágenes. Yo
no sabía en esa época que allí surgía un ser que se auto-
nombraba y que buscaba desesperadamente la libertad
en su propia soledad. Sí, era demasiado lo que hacía pero
esta demasía solo la vengo a saber en estos momentos.
En esa época yo lo hacía como lo único que tenía que
hacer y no le daba mayor valor. Lo hacía y eso me bas-
taba. Ahora sí puedo decir que fue una proeza. Todavía
veo el pequeño nochero: un cajón en la parte de arriba, y
más abajo, un espacio vacío donde colocaba todos los pa-
peles escritos. Un papel, otro papel, fueron montones de
hojas escritas sin atenuantes en una escritura de galeote,
como si yo fuese un galeote, y atrás de mí, el dueño del
barco azotándome para que escribiera más rápido. Era
la misma urgencia de la soledad que me obligaba a una
tarea extenuante porque era esa tarea de esclarecimiento
de mi ser la que me permitiría vivir unos años más. Me
necesitaba a mí mismo con urgencia y eran esas palabras
las que me procuraban el oxígeno de mi vida.
Necesidad de cubrirme de palabras para que la exis-
tencia no me matara de frío, necesidad de vivir para se-
guir aprendiendo la urgente lección, obligatoria manía
de respirar todas las mañanas el desconocido aire.
Todo se agolpaba en mi corazón para decir en medio
de la soledad aquella cosa sola que soy yo. Pues todo lo
que escribía era necesario para mi vida y toda mi vida

93
era necesaria para la vida. No había libertad alguna en
esa urgencia solitaria: apenas la tenacidad del esclavo
clavado sobre el vaso de agua en el atardecer. Y en este
momento, muchos años después de la pieza del barrio
Prado, es igual: necesidad del fuego, búsqueda incansable
de la cueva en la montaña.
Ante mí la muerte, ante mí la soledad, ante mí la in-
evitable y terca vida. Sobre todo ello lanzaba mis redes
y pescaba una que otra palabra verdadera en todo el ar-
senal de pequeñas palabras mentirosas. Allí me descubrí
la paciencia para caminar tras las sombras, allí surgió el
sonido imprevisto de la palabra peligrosa, de la palabra
salvadora, de la palabra cobarde. La tarde se insinuaba
en la pieza, por la ventana una luz acariciaba el piso de
madera. El piano, el clavicordio, el violín, el órgano. Y yo
allí, enhebrando la aguja de mi alma en los torbellinos de
la escritura.
Una a una van llegando las imágenes sin que yo las
llame, en un orden que solo ellas conocen. Aparece mi
padre cabalgando en una de sus inevitables mulas. Detrás
de él, obediente y temeroso, marchaba yo en algún caba-
llo manso. Con mi padre conocí los inmensos árboles, los
potreros, las vacas. La poderosa tierra, que solo habla a
quien pueda escucharla, estaba allí, extendida con exac-
titud. Nada le faltaba: era perfecta. Sus aguas, sus piedras,
sus súbitas colinas. Pero solo me importaba mi padre. Iba
detrás de él, recogía apresurado cada una de sus pala-
bras. Tenía el poder de estar satisfecho consigo mismo
y la tierra le obedecía porque sabía de él como uno de
los suyos: campesino en toda su vida a pesar de tantos

94
años de vivir en la ciudad. Aparece él, aquí, montado en
una de sus mulas, con su mirada grave sobre los potreros,
sobre sí, sobre la vida. Nunca se equivocó y si lo hizo
yo no me enteré y ya no lo sabré nunca. Se fue ya para
siempre, no volveré a admirar su bello rostro, pero está
en mis letras, cabalgándolas con la paciente serenidad de
su vida. Por cierto, más lo veo cuando llegó a la casa con
una pequeña máquina de escribir. Yo no la esperaba y
su llegada inauguró para mí una tentación que ya nunca
me abandonaría: la tentación de escribir. Ahora escribo
porque él me dio la autorización.
Él sabía de mí mucho más de lo que yo sospechaba,
ya había avizorado la extraña soledad que me poseía y
supo también de su antídoto: la letra, la palabra, el cono-
cimiento. Al llegar con esa pequeña máquina fue como si
dijera: ya conozco tu tenebrosa vida, no temas, escribe,
yo siempre estaré contigo. Así fueron las palabras que
me dijo cuando me entregó el aparato, y aunque no las
escuché en ese momento, ahora las oigo, nítidas y únicas.
Mi padre me alcanzó en el mismo centro de mi sangre
y ha estado conmigo siempre, y hoy, cuando rememoro
mis letras en una pieza de un segundo piso del barrio La
América, no me extraña que venga y se aposente en mi
memoria. Allí, en esa pieza del barrio Prado, estaba escri-
biendo, sin saber que lo hacía porque mi padre me había
dicho que sí, que escribiera sin temor porque esa iba a
ser mi vida, mi entero destino. Ahora lo sé. Qué importa
que lo sepa después de tantos años y que en el transcurso
de ellos haya desconfiado, amargado y desesperado, de
la compañía que me brindaba mi papá. Él, a quien tanto

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ofendí porque era apenas un campesino y no un escritor
laureado, ha sido el ser más cercano, más entrañable, el
más seguro. Ya no vivía cuando yo escribía impaciente en
esa pieza, pero vivía más, mucho más que todas las per-
sonas vivas que me acompañaban en esa época, aunque
yo no lo supiera en su momento. Estoy seguro que ahora,
en apariencia muerto, está mucho más vivo que yo, y que
ahora es cuando más habla con su querida tierra, con sus
queridos animales, con sus queridas fincas.
Yo soy hijo de un padre que me donó la palabra y la
autorización de usar de ella sin temor.
Aquí, la luz de la ventana ilumina la pieza, arranca
destellos en los objetos y en mí. Luz, luz. Por allá lejos
debe estar urdiendo sus planes para realizarlos en el más
urgente secreto, en la más perfecta clandestinidad. Como
ella, como la luz, secreto y sigiloso, con las palabras a
cuestas, avanzo en el tiempo, miro para todos los lados.
No he alcanzado la serenidad de las vetustas piedras pero
una oscura presteza me acompaña. Velocidad para alcan-
zar la última lenta palabra es lo que necesito, y también
silencio, cercanía. Es un hombrecillo temeroso el que yo
busco, aquel que trepado en una pieza de un segundo
piso escribía sobre sí en una paciente arquitectura.
Ya todo había terminado, ya no escribiría más en
ese día. Se extendió sobre la cama y miró el techo con
interés. Se decía: tengo que seguir escribiendo, aunque
nadie me escuche. Se sentó sobre la cama y leyó la página
que había escrito. Sin juzgarla, la colocó en el montón,
que ocupaba buena parte del nochero. La emisora de La

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Cámara de Comercio, a esa hora avanzada de la tarde,
emitía jazz. Él, hambriento, buscó en la cocina del primer
piso algo de comer. La casa, larga y muy acogedora, con
matas de largos follajes, lo miraba pasar con algo de sorna,
diciéndose: ahí va ese hombre solitario que casi nunca
habla con nadie en esta casa. Después, ya en su pieza,
recordaba, recordaba, en una incesante y suicida rumia
de telaraña. Vivía en el recuerdo, allí se estaba muriendo.
Una y muchas veces los seres aparecían y desaparecían,
no pudo hacer nada para retener alguno. Cuando en oca-
siones iba al centro cercano de su ciudad, se repetía: ¿por
qué estaré tan solo? y no se atrevía a decirse con un razo-
namiento sencillo del ABC del marxismo de su juventud:
porque eres pobre y porque eres un enfermo. No se decía
eso, más bien intentaba filosofar con la idea del tiempo
intemporal y de la ubicuidad del yo humano. Volvía a
pensar en su hijo y en su esposa que, aunque vivían apar-
te, no lo habían abandonado y conversaban con él con
alguna frecuencia. Pero no escribía sobre ellos. Estaban
allí, como apartados, lo esperaban con la terquedad de
un hueco que apenas empieza a abrirse. Él también los
esperaba, se decía que tenía que recuperarlos, vivir con
ellos, amarlos muy de cerca.
Escritor de un segundo piso, era amado por una
mujer y un hijo, y sin embargo, hundida su cabeza sobre
las teclas, no hablaba de ellos, como si los hubiera olvi-
dado, como si no existieran. ¿De qué escribía, de qué?
No lo sé a ciencia cierta. Yo, que lo conozco un poco, su-
pongo que escribía sobre dios y sobre su necesidad de lo
absoluto, aunque esta manía la escondiera con palabras

97
sobre la enfermedad, la mujer, el tiempo. Era dios el gran
ausente, el que nunca se presentaba cuando la locura
emergía y decía las inmensas brutalidades. Ya lejos, mi-
rando su trayecto, las extenuantes praderas de silencio,
tenía que admitir que lo único que le interesaba era dios
y la inmortalidad. Solo descansaba pensando en dios, en
una realidad distinta a la humana que algún día lo aco-
gería a él y a todos los humanos. Entonces se acabaría
el sufrimiento y ya no habría muerte. Era un escolástico
sin futuro y en esa pieza hablaba de los escenarios de la
modernidad sin reconocerse los pliegues de un sacristán
sin dios. Por eso, aunque su escritura era urgente y se
aproximaba, no podía decir sus palabras, no quería saber
de dios y dios sí lo sabía y lo vivía.
Empecinado y alucinado, la palabra se erguía ante él,
también empecinada y alucinada. Y seguía, un día y otro
día, en una escritura que se alimentaba de sí misma, que
se reproducía, que se alimentaba de él, voraz e inconfor-
me. Además, ya lo sabía: no existía sino él y su escritura,
nadie más. Lo había comprobado cuando se aventuraba
por las calles de su ciudad. La gente corría afanada y con
afán le hablaban los que conocía desde hacía años. Nunca
le decían nada. Esa trivialidad inmutable era invencible
en esos labios que nunca se cansaban de decir siempre
lo mismo y que jamás se interrogaban por el sentido de
sus vidas. No es que quisiera encontrar filósofos a gra-
nel, desperdigados en todas las esquinas. Aquí un Sartre
y más allá un Kierkegaard y por todos los lados hom-
bres socráticos tomándose tranquilos la cicuta cotidiana.
No, no quería eso, pero sí, al menos, una palabra que se

98
detuviera en los espasmos de la tarde y hablara de ella
con atención y cuidado. No tomaban cicuta los hombres
de bien de su ciudad. Solo aspiraban el aire y luego lo ex-
halaban y nada más. No podía contar con muchos en esa
ciudad. Ya lo sabía. Su palabra resultaba ser un sucedáneo
de la humanidad y él la tomaba como si fuese su cicuta
personal, la que le garantizaba su vida y su muerte. Nada
más que ella, removiéndolo, escarbándolo, sacándole
de sí los intestinos más secretos, y era casi como morir,
como desfallecer en medio de una fiesta dolorosa. Había
llegado a esa soledad ruinosa y desentejada y la asumía
con todo lo grandiosa y con todo lo cómica que resultara.
Porque había dolor pero también risa. Se descubrió una
risa irreverente que se burlaba a mañana y noche, que
gozaba de lo nimio y que descreía de los pergaminos del
dolor. Sí, por supuesto en los graneros, en las cantinas de
los barrios, los parroquianos agitaban sus borracheras y
miraban con ternura auténtica la absurda corriente del
tiempo. Pero no decían nada, se introvertían y era como
si entraran a una mansión de neblina y espanto. Luego,
en la casa, esos borrachos dormían, se arrepentían de sus
visiones etílicas.
En esa ciudad había pocos filósofos, decía cuando se
acercaba a la pieza del segundo piso luego de una cami-
nada por la ciudad.
Era un ser raro aquel que veía a lo lejos en un segun-
do piso de una casa del barrio Prado. Iban saliendo las
palabras de una pequeña máquina de escribir portátil y
el que acercara los oídos escucharía un sollozo perma-
nente, como el sollozo de quien pierde un amigo en plena

99
agitación de la batalla de la vida. Sí, palabras acerca del
dolor de su vida, palabras sobre el dolor que entrañaba la
sola vida, palabras sobre la nada. De todas maneras, pen-
saba, aquí, en esta pieza, no tengo peligro alguno, nadie
me va a matar con un cuchillo afilado. Aquí, se decía,
solo, tengo tiempo para pensar y escribir lo que pienso.
Miraba los libros de la vitrina, de lejos, sin tocarlos
porque no eran suyos, pero sentía de todos modos su
compañía. En especial el libro de Borges, Otras inqui-
siciones, le llenaba de algo así como de una tenacidad
insobornable. Ese Borges ciego, caminando a tientas
entre un laberinto de libros, cazando lo innombrable y
acompañado de la bella María. Sí, en esos años Borges lo
acompañaba aunque por su genio estuviera tan lejano,
mejor dicho, en las nubes de sus entelequias.
Un ser raro, sin fortuna, enhebrando en el tiempo el
dolor de existir.
Ni siquiera el pensamiento de la muerte lo conso-
laba. Ella también, la gran demócrata, se perfilaba con
una creciente enemistad. Ni la muerte le tenía cariño y lo
abandonaba, para que muriera su vida con entera liber-
tad. Ese era yo, solo en una pieza, mirando muchas veces
un libro ajeno de Borges. Es hora de vivir, se decía, pero
no vivía, moría en esas páginas que escribía fatalmente
en todos sus días. La mañana aparecía, lenta, sagrada.
Sus huesos se refocilaban con un desayuno, y luego, a la
pieza, aislado de los demás habitantes de esa casa, para
escuchar el concierto de música clásica que en esa época
emitía la emisora de la Cámara. Allí, sentado en un có-
modo sillón, intentaba comprender la música, hablar con

100
ella. Quería hacerla suya, que al menos ella fuera suya. La
máquina de escribir, en un pupitre escolar. Y escribía y
escribía las maromas de su vida. Ese nochero chorreaba
sudor, el sudor de su más íntima congoja, porque esas
páginas estaban agobiadas por un sinsentido irredento,
intemporal, infinito.
Qué sabrosos los adjetivos, cómo adornan mi prosilla
desalmada.
Y volvía Leon Bloy y lo atormentaba. Le decía,
todavía no has escrito, no sabes de la miseria, no sabes
de Dios, el misterioso que cuida de nosotros. Y mucho
menos de la Virgen. Atolondrado y diminuto, escondía
mi cabeza entre mis páginas y musitaba, jamás seré un
desesperado. Estaba en la tristeza del discípulo que no
marcha sobre sí sino sobre las sandalias de un maestro.
No saber decir la orfandad.
Si la tarde, quieta, se aproximaba y llegaba…
Para qué ser como este o como el otro, y además no
saber cómo ser, si desde aquí o desde más allá. Todavía
decían que era un pobre resentido en el vómito de sus
nimios olvidos. Qué importaba.
Nada podrían decirle, nada, nada oscuro ni nada lu-
minoso. Había decido, en esa soledad de esa pieza de un
segundo piso, atiborrarse de sí, solo de sí, aunque fuesen
basura sus escombros emocionales.
En esas basuras podía respirar esa mismidad que
tanto había buscado en los demás. Ni grandes ni peque-
ños podrían ayudarle en la sequedad de su alma. Por
fin, descalzo, en esas extenuantes baldosas amarillas del

101
sentido. Agotado como un barco viejo a punto de hun-
dirse para siempre, ah, así era, así se sentía, por fuera de
todos los magisterios, se sentía incapaz de aprender una
lección o de mascullarla a un oído ávido. La necesaria ne-
cedad no era pues libertad y por eso allí nadie aprendía,
nadie olvidaba.
Muchos años después, hoy, te recuerdo, viejo com-
pañero de hace veinte años, yo mismo. Salías de esa casa,
de esa pieza, y buscabas un lugar tranquilo para tomar
tinto. Tantos lugares en ese barrio Prado, que él visita-
ba sin afanes. Tenías en ese momento todo el tiempo del
mundo y fumabas tu cigarrillo Pielroja a todo lo ancho
porque en esa época no era prohibido fumar. Mirar a los
demás, fumar, ir de aquí para allá, solo. Nada más, esa
era tu vida. Fumar, tomar tinto, escribir, pensar en tu
hijo y en tu mujer que vivían en otro barrio de la ciudad.
Debería ser suficiente. Ya vivir, solo vivir, es una explo-
sión demasiado angustiosa. Pero es en esa época cuando
las palabras le revelaron todo su poder. Releía todas las
páginas, tenía tiempo para ello, y todas le parecían dis-
tintas. Cambiaba a medida que escribía y sucedía que sus
sentimientos eran en el papel más sutiles, como si fuesen
los sentimientos de un lector de Borges, yo, que admiro
más a Roberto Arlt, sin leerlo, porque lo he leído muy
poco. Me doy cuenta ya, te tuteo a veces, después uso
el vos para tutearte de nuevo y, al final, uso el usted. Al
final, usted y yo, tú y yo, o vos y yo, es la misma cosa: el
mismo ser que se devora en el tiempo con esas ansias que
nadie detiene.

102
Ah, hermano mío, en esa pieza escribías como un
condenado a cadena perpetua, y hoy, también. Cae ahora
sobre mi cabeza el color blanco de las canas, color que
abomino: me gusta más el color negro. Y mi prosa, cómo
ha cambiado mi prosa. Antes sí sabía escribir, escribía
sin esperanza, con la aguda sensación de vivir separado
de los demás por una espesa muralla de humo, humo de
chimenea, humo negro de fábrica, de volcán, un humo
que no se deshacía, que se pegaba a mi sangre y me hacía
decir palabras definitivas. Hoy me asomo a territorios
que ya he conquistado y digo con más solvencia, pero me
acompaña una monotonía que en ese momento no tenía.
Allí, veinte años atrás, me sentía como un simple es-
cribano que cumplía con su deber, pero era en verdad
el gran héroe de esa pieza porque solo existía yo y mi
pluma, alzando castillos y derrumbándolos.
Como si estuviera detenido en la inmediatez abso-
luta, recuerdo. Aparecía el desmadejado en esa pieza del
barrio Prado, escribía, vivía, era yo, que, detenido en esa
época, también escribía. Entre los dos, un largo tiempo
de veinte años, pero era en verdad un solo segundo el
que los distanciaba. Los dos como uno solo, aunque algo
nos distanciaba.
En esa época la escritura me dominaba y hacía con-
migo lo que ella quería, y yo, dócil, me dejaba. Yo era
escritor y no lo sabía, ahora no soy escritor y tampoco lo
sé. No sé por cuál de los dos decidirme. De alguna ma-
nera, parece que solo existe una memoria que los acoge
a los dos y los lleva en su continua corriente. El yo ha

103
desaparecido y solo existe una vaga necesidad de decir
las palabras que siempre he conocido y otras nuevas que
aparecen de improviso e irrumpen, como si fuesen visitas
no anunciadas. De todos modos, era la palabra que en
todos los tiempos me evitaba los lugares de la costumbre
y del hábito y me arrimaba a las súbitas apariciones de
significados. No el enmudecimiento sino sonidos y más
sonidos. Antes de la palabra, el loco que era yo expulsaba
las babas y los impulsos del dolor brotaban sin ningún
control.
Antes de la palabra, corría y corría y me daba contra
las paredes, loco de tanto totazo que me daba contra los
cuatro puntos cardinales.
Luego, con la palabra, distanciaba la locura, la ponía
al frente, le quitaba su veneno, le mermaba su velocidad
y su contundencia. Ese de allá, de hace veinte años, do-
minaba la locura escribiendo, y no sabía que lo estaba
haciendo. Este de ahora, que soy yo, ya sabe.
Esa es la diferencia. Ya sabe este de ahora que la
locura está adentro, con todos sus hervores, calientica,
y que si no la escribo, ella me escribe en un torbellino
desatado de todos los cánones. La locura me espera en
todas las neuronas y no puedo descuidarme un solo se-
gundo. Contra la locura todos los segundos de mi razón
que, enarbolando la palabra, incendia mi caos.
En esa época escribí de doscientas a cuatrocientas
páginas que invariablemente guardaba en la parte de
abajo del nochero y formaban un arrume inmenso que
yo leía y releía, ávido de mí, ávido de mi locura.

104
Ese que caminaba solo era un hedonista de su ciga-
rrillo, de su tinto, de sus nubes. Los graneros mixtos le
conocían porque entraba a ellos con un aire de extraña y
gozosa libertad. Se decía, me decía, aquí estaré un buen
rato, nadie me va a molestar, ni siquiera el tiempo, que
parece que no vino hoy por aquí. Tanto ruido en todas las
casas, en las ciudades, en los monasterios, en las capillas,
en los burdeles, pensaba. No es cosa silvestre el silencio,
es una fruta escasa en estas montañas. En todas las caña-
das el grito baboso y desafinado. Pero silencio, cuán poco,
cuán poco, y ya el tono de su pensar era agresivo. De allí,
de ese granero de ruidos apacibles, iba hacía el otro, un
poco más arriba, y ya hacia las doce del mediodía, tres,
cuatro tintos habían pasado por su garganta. Desde aquí,
veinte años después, hago el descubrimiento: yo no sufría
en esos años de terca escritura porque podía nombrar mi
mirada, tocaba los objetos y eran míos. Qué decir de las
calles, que por las mañanas olían a jazmín, al eterno rocío
impenetrable de la vida. Si sufrir es escribir, pues sufría,
pero lo suyo no era un sufrimiento. Apenas la soledad que
se erguía desde muy adentro de él y lo acunaba en una
canción que solo él oía. Ya no me interesa el escritor de
esa época, el de tantas y tantas páginas. Me interesa más
ver ese hombre oscuro que de aquí para allá musitaba su
silencio con una lentitud tal que quien lo viera podría
decir que era todo un inmortal dilapidando su tiempo.
Ahora lo veo: no tenía tiempo, parecía no tener tiempo
porque lo botaba a montones, o solo tenía tiempo para sí
mismo porque lo habían dejado solo y, allí, su tiempo se
hacía infinito.

105
El bendito monólogo comenzaba y nunca terminaba.
Tenía aire, mucho aire, y mucho tiempo, y esa máquina
de escribir que le había regalado su padre. Acaso ese ser,
que siempre vi en mi memoria como un infeliz, ¿lo era en
realidad? No, era un hedonista de sus pocos pasos, de sus
pocos cigarrillos, de su vida. Veinte años he demorado
para descubrirlo.
Y qué hago yo con ese tipo que, ahora, desde sus
graneros del barrio Prado, avanza hacia mí y me dice: yo
sabía más que tú, ¿por qué me has abandonado? Sí, avan-
za y me dice: ¿por qué abandonaste la escritura en las
primeras jornadas del dolor? ¿Creíste que la escritura era
una crispeta azucarada para los días de recreo? Aprende
de mí, que escribía y escribía. Nada detenía mi escritura,
éramos ella y yo y nadie más. Acércate a mí, pero mucho
cuidado conmigo porque puedo decirte cosas más letales
que las que tú puedas decirme.

***

Cuando empecé a escribir estas páginas tenía el pro-


pósito de alcanzar la paz con un conocimiento definitivo
de mi vida. Empiezo a sospechar que no encontraré la
paz porque en ese escribano de un segundo piso no había
ningún conocimiento trascendental sobre la existencia.
Apenas un regodeo sobre sí, y más que regodeo, un placer
inmenso en nombrarse desde su sufrimiento. Yo era una
fábrica especializada en escribir sobre el dolor, pero den-
tro de él, gigantes bombones de dulce me hacen descon-
fiar: descubro una felicidad por nada, por el solo hecho
de vivir. Además, una exquisita pasión y deleite por los

106
detalles. Esas hojas que caían sobre esa calle donde vivía,
las mujeres que iban de compras, y el sol, el sol que como
un niño pequeño golpeaba las ventanas de las casas. Ese
barrio, esas casas, y yo por allí, solo, escribiendo una
dulce miseria.
O tal vez el inmenso secreto que me guardaba muy
adentro, sin que nadie pudiera descubrírmelo, era este:
era un feliz habitante de la vida, y como tal, me guardaba
muy bien de que los demás se enteraran y me estropearan
el gozo. Al mismo tiempo, yo me guardaba muy bien de
verme como el animal feliz que recién entra al paraíso,
y más bien fingía una absoluta incapacidad para vivir y
para gozar. Farsante, lo que he sido es un farsante. Con
los años se me vienen abajo las mentiras, quedo desnu-
do y me veo como un pobre mentiroso que por decirse
mentiras y huir de sí mismo y de los demás casi destruye
su vida.
La soledad era la fachada de un inmenso edificio de
artificios que yo construí para que me dejaran solo y me
permitieran vivir como a mí me diera la gana sin que
tuviera que mover un solo dedo. Sentado, explayado en
la profunda miseria de mis mentiras, yo veía a los demás
trabajar y sudar, sentirse satisfechos con sus vidas y con
sus honras, y me burlaba de ellos. Pobres hombres, me
decía, no son profundos, no han pensado el misterio de
sus vidas, no merecen llamarse seres humanos, y yo, sí. Yo
sí que soy un ser humano porque sufro y porque pienso.
Este es el retrato mío, me fui desdoblando, como si yo
fuera la criatura de Oscar Wilde: por dentro, un ser feliz,
con la risa del perfecto gozador que no se le da nada por

107
nada, y por fuera, el exterminador de las cosas sencillas, el
perfecto sufridor que buscaba incansable el eterno secreto
de la vida. Y a todas estas, entre estas dos máscaras, una
tercera, el niño que, impertérrito, buscaba y busca a dios
de una manera terca, obsesiva. ¡Cuántas máscaras para
unos pocos años de existencia! Las miro, ya con los años
de cierta experiencia y de mucha malicia y me digo: antes
estoy vivo, si no he hecho sino decirme mentiras, a mí, a
los demás, a todo el universo. Y estas letras, acabadas de
armar, cuántas mentiras no tendrán, aunque las hago con
el ardor de quien desea quemar con el fuego de la verdad
todas las construcciones principescas de la mentira. Me
estoy deshaciendo poco a poco, me voy diciendo, tú no
eres esto, tú no eres lo de más allá, mira que con los años
ya puedes desertar de la deserción y empezar a vivir desde
ti mismo tu propia y verdadera vida. Ese monigote que
escribía una y mil páginas clavado en un pupitre escolar
no sufría, gozaba porque se mentía con fiereza y con esa
mentira no tuvo necesidad de trabajar, de sufrir, de vivir.
Mientras tanto observaba y se decía: los seres huma-
nos son unos idiotas.
Se desprenden enormes masas de hielo de mi cerebro
y caen sobre mi conciencia, obligándola al recuerdo, al
encuentro de ese ser que hace veinte años, refugiado en
esa casa del barrio Prado, escribía y escribía para darse
un ser que no tenía y que intentaba extraer desde lo más
profundo de sí.
Estaba abandonado. La ciudad, textil y primaveral, le
había dado la espalda y lo había condenado a la soledad.
Él insistía en inventarse una vida, en crearse un nombre,

108
en perfilar diariamente una pesadilla para su propio
consumo. Existía, pensaba él, y eso era suficiente. Si no
existiera, pues ahí sí solo podría dedicarse a morir, pero
decía, yo existo, yo estoy vivo, yo puedo escribir. Y lo
hacía todos los días, y las hojas del nochero aumentaban,
ya formaban un montón apreciable.
Era admirable su palabra, parecía un milagro, lo er-
guía en medio del desconsuelo y lo lanzaba sobre la vida.
El abandono, sin embargo, no era total. La vida le
mandaba emisarios para que hablaran con él y lo conso-
laran. Su mujer y su hijo, y dos amigos que vivían cerca.
Con ellos pasaba revista a las urgencias cotidianas, inau-
guraba la risa desde el mismo potro de los tormentos.
No, no estaba totalmente solo, la extremada solici-
tud de la vida insistía en darle motivos para vivir desde
los lugares más impensados. Juan, uno de sus dos ami-
gos, vivía a pocas cuadras, en el barrio Lovaina, e iba a
visitarle, tomaba tinto, decía algunas palabras sobre su
vida y sobre la vida. Y sonreía, feliz de vivir con sus
amantes, feliz de ser como era. Y Rubén, loco como el
anterior, insistía en vivir su locura como si esta fuese una
novia divertida y juguetona. Venían a su pieza los dos,
y, a veces, convergían en una absurda risa por cualquier
cosa mínima de la vida. Es posible que los dos ya hayan
fallecido. Ahora los recuerdo porque me enseñaron la
mirada mansa de loco que, retirado del poder, ejerce
su soberanía sobre los pequeños márgenes que le han
dado para vivir. Gozábamos, porque a sabiendas de que
no éramos titulares en el partido feroz que los cuerdos

109
jugaban entre sí, disfrutábamos de dos o tres palabras, de
dos o tres recodos. Claro que sí reíamos, observábamos
desde la locura el inmenso mapa fracasado de los seres
normales y volvíamos a nosotros, curados del espanto:
nosotros también vivíamos, sabíamos del oxígeno y del
caos, de la miseria y del pudor.
Lo dije hace poco: yo disfrutaba y gozaba de la vida,
pero este disfrute y este gozo yo lo envolvía en una mas-
carada de dolor. Yo no quería sino sufrir, pero la vida me
obligaba a gozar de ella, a crear con minúsculos aconte-
cimientos una verdadera épica con su propia axiología.
La locura dentro de sí cabalga una andadura luminosa y
se acerca a la vida, confiada y verdadera. Nosotros tres
lo sabíamos y ejercíamos ese saber en hondas jornadas
diarias.
Ya lo saben. Yo escribía sobre la locura y decía sobre
ella incontables mentiras. Abominaba de la locura y
la condenaba y lo hacía desde una rígida pasión por la
normatividad vigente. Ya que eres un enfermo, muere y
púdrete, me decía. Pero esa voz era de los normales que
vivían a mi alrededor, y yo, sin darme cuenta, pensaba
que era yo mismo. Me negaba con la voz de los otros y
me satisfacía en esa negación porque con ella pensaba
recuperar al otro que me condenaba.
Fatal maniobra. Identificado maniáticamente con los
sanos, me olvidaba de mí, me condenaba a la inexisten-
cia, sufría porque pensaba que solo estaba viviendo mi
muerte, mi enfermedad. Pero vivía y gozaba, ahora lo
descubro.

110
Caminando las calles del centro de la ciudad me
encontraba también con Francisco, un estudioso de
Krishnamurti. Hablaba con él y en cinco minutos ya des-
aparecía el dolor y la pesadumbre. Solo que él me dijera:
viva su vida tranquilo, cada quien es cada quien y yo
ya descansaba en paz. Tomábamos tinto en uno de esos
cafés y solo un tema conversábamos: la infinita ubicui-
dad del sentido de la vida. Decíamos: hay tantos valores
como vidas. Es decir, aparecía la extraña axiología de la
locura con todos sus derechos y yo descansaba en paz.
En el fondo, luego de conversar con Francisco, yo alcan-
zaba a vislumbrar que el loco vive tanto como el cuerdo.
Verdades sencillas pero cuánto trabajo para hacerlas
mías. Ah, porque la locura es un tabú, un tabú que corta
las pobres cabezas de los que son considerados locos, y
los tira, literalmente, a los basureros de la historia.

***

Era pues, tras los infamantes rostros que me impusie-


ron a la fuerza, un hedonista consumado. Eso de desayu-
nar por las mañanas un huevo frito y una suntuosa arepa
con mantequilla era una fiesta insuperable que yo hacía
todos los días en esa casa de Prado. Y vestir mi cuerpo
con la dulzura del agua tibia era una delicia insobornable
que yo cometía todas las mañanas. Estas dos cosas tan
sencillas, más otra entre tantas: navegar sin prisa por una
de esas calles de Medellín un poco antes de las once de la
mañana. Vivía la vida de un vago y era feliz con esa vida,
aunque no me daba cuenta de esa felicidad.

111
***

Me propuse expulsar de mí la locura con una prosa


violenta y drástica. Llené muchas cuartillas, me escudri-
ñé, encaré con rabia la enfermedad.
Me acosaba con furia porque quería expulsar de mí
el delirio y la enajenación. De todo ello quedó el arrume
de papeles, cansancio, mucho dolor. La locura no se cura
con la locura, no se cura con nada.
Está ahí, en mí, nunca se mueve de su sitio porque no
necesita ir a ningún lado, no necesita del movimiento, no
necesita. Imperial y absoluta como un jaguar nocturno,
discurre por sí misma en un pausado silencio inaudible.
Y yo allí, como un forastero furioso, atrapado en el dolor
y en el odio, escriba y escriba la urgencia de la salud, la
salud que se me negaba por años y años y años. Al final,
exhausto, vencido.
Necesité de todo el embrujo del barrio Prado para
no perderme entre tanta maleza. No perdí mi buen
amor, mis ganas de conocer, mis deseos de seguir respi-
rando el aire de la vida. De todos modos todavía estaba
joven, apenas cuarenta años, y en esa pieza acrecentaba
día tras día mis deseos de vivir. Y no fracasé de manera
absoluta. Luego supe dejar a un lado a ese animal que
por épocas me dominaba y me vencía, la locura, y me
las ingenié para vivir como si ese animal no existiera.
O no, al contrario, no es tan fácil: me las ingenié para
tener la locura siempre presente, para mirarla una vez,
dos veces, tres veces.

112
Esta es otra mirada, de las muchas que le he lanza-
do a la vieja gruñona que nunca se levanta, que nunca
duerme, que, agazapada, agarra todos mis sueños y los
destroza. Digamos que continúo en la brega pero he va-
riado mis procedimientos. No quiero matarla de una vez,
la quiero vencer de una manera lenta, día a día, noche a
noche. Me he encontrado, por fuerza, una larga pacien-
cia y, con ella, labro estrategias y tácticas.
Cada día la locura me sorprende con su creatividad,
con su apasionada capacidad para el silencio. Y al mismo
tiempo, yo me asombro de mi tenacidad: ¿de dónde salió
y por qué aumenta con los días que pasan?
Ojalá tuviera en mis manos todas esas hojas que es-
cribí en esa pieza sobre la locura. Sé que eran ingenuas,
pero eran también sabias y audaces. Me prometí ser un
loco peligroso, deseché toda mansedumbre y le grité a
mi ciudad y a mi prójimo todo el fastidio que me causa-
ban por su absurda manera de aniquilar a fuego a todos
aquellos que consideraba esquizofrénicos. Ahora miro a
mi ciudad y a mi prójimo y ya no es odio ni violencia sino
una ávida curiosidad. Cómo patalean cuando se empina
el misterio y una y otra vez fracasan en el intento de des-
cifrarlo. Y cómo hacen de ruido cuando caen al suelo,
derrotados.
Páginas y páginas sobre la locura, y esta es otra, una
más, y todas allá en el olvido, musitan mi nombre. Lo sé,
todas esas páginas escritas pronuncian mi nombre con res-
peto y me acompañan, están aquí conmigo, son un museo
de agravios que día tras día adquieren finura y solidez.

113
Una diminuta sed de verdad dirimiéndose y exami-
nándose sin cesar en el oscuro silencio de los días y de las
noches. Nada ni nadie puede contra aquello. ¿Cuántas
veces, arrinconado, echando babaza, postrado, no pro-
metí levantarme para acudir a las fuentes más seguras de
mi ser?
Incontables, muchas veces. Lo recordaba en la pieza
del barrio Prado, diciéndose: yo tengo un quehacer en
la vida y tengo que realizarlo, cueste lo que cueste. Tal
vez era lo único que decía, machacándolo muy adentro
de mi cerebro: no puedo abandonar la palabra, ella me
sostiene, ella me alimenta, ella es. Y las hojas crecían en
el nochero, formando un montón que yo todos los días
acariciaba sin saber exactamente qué eran: si poesía, si
prosa, si memorias, novela, diario. Lo único que sabía era
que allí estaba yo como una diminuta oruga tratando de
convertirse en mariposa. Sé que no he logrado esclarecer
mi más lejana libertad y que aún vivo atado a la simpli-
cidad de mi esclavitud. Pero ha valido la pena intentar el
viaje hasta el meollo mismo de mi locura.
Un día, en una época muy lejana de mi primera ado-
lescencia, yo me prometí no dejarme afectar por la vida
para no sufrir, y desde allí, alimenté un voraz autismo
que aún me acompaña. Me escondí, labré socavones
dentro de mí para no escuchar el vozarrón del prójimo
que, muy cerca de mí, me gritaba a mis oídos las gruesas
palabras de la distancia. Viví siempre en una caja fuerte,
escondido. Me resguardé para vivir solo conmigo mismo.
Año tras año, cavando las más extrañas figuras para que
nadie, ni el más cercano, pudiera saber de mí. La locura

114
fue el ardid supremo. Nadie se acerca al loco, un caso
perdido condenado al ostracismo. En la soledad del loco,
oyéndome solo a mí en todos los segundos desde la más
temprana juventud. En esa pieza de Prado, empecé a de-
latarme, a rasgarme las pieles para tratar de quedar en la
mera esencia: la locura no hace parte de mi ser y yo quie-
ro descubrirla en su más íntima necesidad para dejarla en
la libertad de coger para donde quiera. Por eso la palabra
mía salta desbordada, feliz de existir: tantos años la tuve
maniatada en los calabozos de mi conciencia. ¿Qué? Yo
he sido un calabozo gigante, mis huesos todos residen en
un calabozo oscuro. Sé, a ciencia cierta, que la libertad
está dentro de mí y que ella me espera para darme un
fuerte abrazo. Yo soy un hombre nacido para la libertad.
A ese ser que escribía un día y otro día en esa pieza de
un segundo piso del barrio Prado, yo le digo: yo voy por
ti, en este instante, para abrazarte, para que quedes libre.

***

Mientras escribo, la emisora de la Universidad de


Antioquia con su programa de jazz. No nos olvidan
del todo a los solitarios. Todavía tenemos aliados invi-
sibles que nos permiten escuchar jazz, música clásica.
También podemos leer a Rimbaud, a Verlaine. Que no
se llamen a engaño: los solitarios irredentos seguimos
vivos, miramos y no olvidamos. Esa necedad del suici-
dio no es para nosotros: preferimos la vejez meditabun-
da, la vejez escribidora, la vejez. Cambia con los años
la ciudad y los solitarios también cambiamos. Nuestro
cuerpo requiere más cuidados, la mente requiere de

115
mucho ejercicio para que no atenúe su eficacia, pero en
el meollo de nuestro ser no hay cambio alguno; por el
contrario, siempre es el mismo el solitario que mastica
una y otra vez, durante todos sus años, el mismo sabor
de su angustia. De qué otra manera se puede pensar
sino en el aislamiento de las fruslerías y de las naderías,
solo en la compañía de aquellos que también pensaron
y enloquecieron en piezas solitarias, auscultando su
mismidad con la tenacidad de un simio subiendo a su
mismo árbol. ¿Cuánto me han ayudado los solitarios,
cómo pasan los mensajes a través del tiempo, dicién-
dome, escucha hijo, escucha? No hay silencio, no hay
soledad, siempre está la palabra para quien la busca,
siempre el sonido acariciando nuestras orejas. Siempre
la vida escarbando el planeta para sonsacarle su verdad.
Silencio y soledad sí hay, pero cuando nos rechazamos y
andamos en busca de los demás sin habernos encontra-
do a nosotros mismos. Silencio y soledad cuando, perdi-
dos en las multitudes, enfermamos del temor a nosotros
mismos.
Sí, soledad y silencio para no estar solos y más bien
escucharnos y hablarnos. Los solitarios, tal vez los más
acompañados, tal vez más conversadores que los mis-
mos chismosos que van de calle en calle contándose las
nimias ocurrencias de la plaza de mercado. Cómo no
roer, día tras día, los huesos de los grandes solitarios,
estar con ellos, quemarnos con ellos, amanecer con
ellos, y entre los sueños, discutir y discutir esas extrañas
palabras que nos hieren, que tal vez nos maldicen sin
que nos demos cuenta.

116
Una y otra vez niego la soledad, niego el silencio,
pero los voy a encontrar de nuevo, y de nuevo voy a pe-
lear con ellos cuando no encuentre mi ser, cuando me
sienta perdido, cuando los ecos de la vida callen y yo me
sienta adherido a una incomprensible oscuridad. Silencio
y soledad, sí, están ahí, y con su mano me han arrugado
el alma, me han disecado el corazón, me han lanzado al
abismo. Pero también la palabra me ha cantado la can-
ción y también me ha mecido en una extraña felicidad
por pertenecer a la imperecedera paz del universo.
Me alejo de ese escritor que en una pieza del barrio
Prado, veinte años atrás, escribía sobre la absoluta sole-
dad de la soledad y, de paso, negaba toda capacidad de
comunión en el ser humano. Claro, no dejo de admirarlo.
Yo quisiera ser como él, que a primera hora buscaba su
máquina de escribir, que estaba muy cerca, y escribía.
¡Ojalá tuviera su misma pasión, su misma soledad, su
mismo silencio!
Hundido en sí mismo, naufragado, y sin embargo…
allí siempre, en la palabra.

***

Un exiliado en mi familia, en mi ciudad, en mi país,


en el mismo corazón de mi barrio que me gritaba loco,
loco. Y esa pieza abandonada en el barrio Prado donde
yo intentaba expulsar los demonios para entrar des-
preocupado a la transparencia. Sí, como lo decía en esas
páginas que escribí allí: era una soledad absoluta de la
cual, pensaba, no podría salir nunca. Me decía: nadie me

117
entiende, nadie me ama, yo no entiendo a nadie, yo no
amo a nadie. Qué podía hacer si lo que tenía a flor de
labios era el recuerdo de sus estancias en el manicomio, y
allí, en esa casa, donde supuestamente vivía con su fami-
lia, le cobraban esa locura que él mismo no había solici-
tado para que fuera su destino, que apareció sola, sin que
nadie la hubiera llamado y se quedó en él, abrazándole
con sus oscuros tentáculos de hierro.
Cómo no iba a hablar de soledad si aparte de la sole-
dad social, la que me imponían los demás con una disci-
plina prusiana, existía otra, muy dentro de mí, la soledad
de mi ser, que no tenía manera de exorcizar o de sustituir
con alguna baratija. Solo en la inmensidad del tiempo,
solo en la inmensidad del espacio, y si caminaba una
cuadra, si caminaba dos, no escuchaba nada, una neblina
me atrapaba con intenciones de disecarme, de dejarme
convertido en una oscura calavera.
Miro desde los sesenta años al hombre de cuarenta
que escribía en la pieza de Prado: no puedo sino admi-
rarlo. ¿Qué tenía ese ser para decirse, qué tenía ese ser
para acompañarse? Recuerdos oscuros, amigos que se
habían alejado de su vida, familia que se ocultaba a la sola
vista de su ser, una mujer y un hijo, lejos, enajenados en
la distancia. Y sin embargo, con esa máquina de escribir,
nombraba el silencio, lo hacía suyo, lo ponía en su co-
razón para que hablara de la vastedad de su exterminio.
Nombraba la locura. Si los demás le decían loco y con
ello pretendían enterrarlo, él mismo, dentro de su tumba,
examinaba su locura y la aireaba públicamente para que
los demás supieran que no se avergonzaba de sí y que

118
allí había, en ese gesto, una reciedumbre que muy bien
hubieran querido ellos para sí. La historia de su soledad,
una historia larga de exilio y de muerte. Cómo se muere
cuando se está vivo, a la vista de todos, sin que nadie
pueda hacer nada por nosotros. ¿Por qué más admira-
ba la soledad y el silencio de esa pieza del barrio Prado?
Porque allí, en la misma sequedad, en el mismo desierto,
pudo alimentarse con sus propias palabras, pudo resistir
el asedio, pudo sobrevivir a la agonía de ser considerado
un ente invisible para los demás.
Hablaba yo de soledad, hablaba yo de silencio, y
no me daba cuenta que ese lenguaje era ya sobrepasar
la soledad y el silencio, y vencerlos en la misma arena
de la palabra. Nunca me consideré un gladiador, uno de
esos gladiadores de la época de Espartaco, pero yo era un
verdadero gladiador que, en la arena del circo, a la vista
del emperador y su muchedumbre, enarbolé la palabra
y vencí a los leones que querían descuartizarme. Nunca
fui tan guerrero como en esa época, y si ahora escribo y
quiero seguir escribiendo es porque en esa época, aún
equivocado, aún tocado por la misma locura, determi-
né que quería vivir y saber. Y desde allí, desde esa pieza
hasta hoy, una embrionaria palabra me acompaña y ya
no son la soledad y el silencio amos definitivos.

***

Embrionaria palabra que fue creciendo dentro de


mí desde la edad de catorce años cuando participé en la
redacción del periódico Faro en el liceo. Cómo me dio
de brega escribir dos o tres cuartillas y cuán difícil me

119
pareció enhebrar dos o tres ideas. Dos años más tarde
participé en la fundación de otro periódico estudiantil,
Fuerza.
De allí hasta los treinta años, salvo unos cuantos ver-
sos, no escribí nada. Pero sin darme cuenta, la palabra
me trabajaba, me inauguraba en silencio, muy adentro,
el misterio del verbo. Así escribí, en los treinta, sin que
hubiese premeditación alguna, tres breves ensayos sobre
Hermann Hesse, Marcel Proust y Juan Carlos Onetti.
Fue como una erupción imprevista que corrí a mostrár-
sela a una buena amiga que aún ahora me acompaña en
un recuerdo cálido, de los muy pocos que conservo.
Nunca me imaginé que esos escarceos casi literarios
iban a servirme luego para establecerme en una repú-
blica independiente donde podía legislar a mi antojo en
mis odios y mis amores, respirar desde muy adentro la
palabra libre y la palabra necesaria, socavar las angustias
y los socavones interiores.
Amigos inasibles me acompañaban pues en la sole-
dad de mi pieza. No solo la soledad, también la palabra
andaba por allí cerca, susurrándome verdades y silencios.
Era dueño de un desvarío descomunal e inventaba com-
pañías que nadie podía ver, que solo yo percibía porque
era yo quien las había inventado. Cuando estás solo tie-
nes que inventar tu alma, o pereces en la monotonía del
tedio. Tienes que convertirte en un extraño para poder
conversar con alguien. La soledad y la palabra fueron así
amigas invisibles que no por serlo fueron menos reales y
menos serviciales.

120
Allí estaban, a toda hora, y me daban el don inva-
luable de la compañía. Yo no estaba solo puesto que
sentía que mis palabras eran escuchadas y apreciadas y
que más allá de las geografías materiales sutiles voces
decían las verdades que necesitábamos, los oráculos que
deseaban ser interpretados, las mentiras que exigían ser
desenmascaradas.
Así muchos años, tal vez diez. Digo diez años y no
solo es mucho tiempo, es toda una eternidad. Hasta ese
momento de mi vida, los treinta años, yo estuve acom-
pañado en las universidades, en las calles, en los cafés
y barrios en los que me tocó vivir. La soledad llegó con
la locura y con ella la necesidad de la palabra. De qué
manera me hice amigo de la soledad y la palabra se hizo
parte de mí hasta constituirse en un nuevo órgano que
me permitía mirar mejor la realidad, fue lo que escribí
en esa pieza del barrio Prado. Una escritura sin escritura,
atada a la necesidad de hablarme para no morir de asfi-
xia. No podía sumergirme en el silencio solitario porque
allí iba a morir de angustia. Tenía que hablar, tenía que
hablarme. Era una exigencia de mi ser y obedecí porque
en ello me iba la vida.

***

Cuando me ordenaron que me fuera de allí, lo hice


de inmediato, dejé los montones de papeles y abandoné
la escritura durante cinco años.

121
UN DIVÁN EN EL DESVÁN

Alguien lo mira, alguien lo acusa. Multitud de hor-


migas se debaten, transportan, se entierran. Los subterrá-
neos, los túneles, los escondites, no ser visto por nadie y
mirar. Allí estaba él, ocupado de sí mismo, cabalgando en
los meandros de su conciencia. ¿Qué tan distante estoy
de mí? En todo caso es un recoveco el que yo me palpo.
Ya tiene sus años la vida.
Es como si dijera multitud de frases o de ideas y luego
de explorarse con ellas quedara igual de perplejo. Es la
desesperación por las conclusiones inacabadas, por las
dolorosas vertientes de sí que no han sido nombradas,
que tal vez nunca lo serán.
No será por los sentidos por donde descubra la
verdad, ni por las abstracciones platónicas, kantianas,
hegelianas. Ninguna abstracción, ningún sentido. Es

123
como si se hubiera dejado arrastrar por un riachuelo y
este lo llevara de arriba a abajo por calles desconocidas.
Nada. El mismo tumulto de voces, la misma arruinada
vecindad del otro, lo ajeno que ríe y muestra sus mer-
cancías. Seguro que es cualquier cosa, menos el éxtasis.
Todo lo contrario: la plenitud del cemento es un alguacil
implacable.
Si lograra despertar. Ya no lo haré. Y mientras los
segundos avanzan, tercos y al mismo tiempo indolentes,
él se deshace en un color gris, muy cercano al negro, muy
cercano a la oscuridad. ¡Cuántas exploraciones! Su mente
guarda las huellas de algunos viajes, no a la Patagonia ni a
París, viajes que él hizo para conocer sus pesadillas, para
establecerse en el suelo húmedo y protector de alguna
convicción. Buscaba la inocencia de un despertar genui-
no a un paisaje inédito.
Volvía, o partía en un viaje sin regreso. Ya no sabe
si regresa o vuelve otra vez a partir con una mochila al
hombro. Los paisajes de su infancia, de su juventud, de su
madurez, ¿fueron viajes, regresos, recuerdos? Qué era esa
vida que se le mostraba, como tan ajena, como tan des-
perdiciada, y sin embargo tan cercana en su cuerpo, tan
cercana en su palabra. No es la melancolía, es la miseria.
Si lograra despertar, atravesar los ensueños de bruma.
Es necesario vivir hasta el final el delirio por la pala-
bra, decía. Ya casi vencido en el inmenso tedio, hurgaba,
reventaba su quietud con la voluntad de decir. Él se sabía
poseedor de alguna verdad oculta y la buscaba como
un maleante busca los tesoros escondidos. No, ya no

124
soporta el silencio, mucho menos que ellas no vuelvan,
que ya no lo amen, que ni siquiera lo recuerden. Porque
las quiso frustradamente, enamorándolas en el silencio
de su incomunicación. Mi cuerpo las amó en frenéticas
y dulces masturbaciones, pero qué poco en la realidad
de los cuerpos ardorosos. Podría ser posible, se sonrió
ahora molesto, una nueva novia comprensiva a quien
pudiera hablarle de sus deseos más dolorosos. De vida,
de muerte. De oscuridad. O callar con ella en noches
inacabables. En todo caso, él, Honorio, no había inven-
tado el tedio, ni la palabra, ni la noche. Era inocente y
lo sabía. Demasiado frágil para ser responsable de nada.
Honorio no proviene de honor, con seguridad, decíase, y
apuraba su taza de café muy tarde en la noche. Honorio
no proviene de honor y la mesa de madera sí proviene de
los árboles. Tendría que haber inventado silogismos para
permanecer en medio del tiempo en los ojos de los mor-
tales. Ya que no he inventado el tiempo, por lo menos un
silogismo fastuoso con sabor a caramelo.
El desván, hoy, conjurado contra mí, está frío, es
como una silueta borrosa a punto de caer al piso. Me pa-
rece que todo cae, que todo se rompe y estalla en peda-
zos. Si mi palabra es un trazo de nada que se deshace, que
irrumpe en un vórtice oscuro para desaparecer. Tengo
que decirlo: le tengo pánico a la muerte, pero la vida
colorida y múltiple se obstina en negarme sus secretos.
Ay desván del alma, acurrúcate y estréchate contra mí,
muy fuerte, para que el frío desaparezca. ¡Tantos gestos
en busca de una palabra! Será posible que hoy no tenga

125
una sola palabra, ni una sola. El techo me vigila, los can-
dados se cierran ante mis ojos, las cadenas cantan su can-
ción otra vez. Hay un desastre ubicuo en las más simples
alegrías. Yo lo veo cuando los niños tropiezan y gritan
de dolor. El mal preside el amanecer, corroe el presente,
lo subyuga, y la palabra todavía no muerde la inminente
asfixia. Hoy he venido más rápido que de costumbre, una
hora antes, porque deseaba recostarme y hablar de una
vez por todas toda la miseria que me acompaña, deshacer
los hilos de una manta oscura que envuelve la luz y la
condena. Desterrado del divino acontecer. Fueron años
y años de no hablar con nadie. Para arriba, para abajo, a
nadie encontraba. Solo intentaba gesticular una palabra,
mientras que las aceras impávidas desprendían desdén,
indiferencia. Jódete, parecían decir unánimes las calles
concurridas y las calles desiertas. Era un eco que surgía
como una lengua de todas partes y que decía, seca, cor-
tante: sufre, sufre. Camine que no ha caminado y esas
calles parecían abalanzarse sobre él. Desde siempre me
recuerdo sin sosiego, acobardado, frágil en medio de la
solidez, líquido entre la ironía de los hierros.
No ser una cabalgata rápida, una fiesta inmune. En
fin. Ya no quiero conversar más, pero a eso vine, a articu-
lar palabras, así distraídamente, sin ningún esfuerzo, por-
que ya esfuerzos, verdaderos esfuerzos, son muy pocos
los que puedo. El día que me cueste algún esfuerzo con-
tar estas desdichas, callo, no vuelvo a hablar. Solo vengo
aquí a hablar porque nadie me cobra y, además, no tengo
nada más qué hacer, nada, ni escribir ni pensar, nada.

126
Si pudiese ahogarme en una de esas pequeñas charcas
que se forman en los días de lluvia, lo haría, y desde allí
miraría con ojos de espanto la vida que se regocija con-
sigo misma. Se me olvidan las palabras, se me olvidan las
ideas, los hechos se escurren de las manos, pero vendré,
día tras día seguiré en la articulación de palabras, las que
salgan, me voy a atar ya de por vida a este viejo desván.
Ay, estirarme aquí y hablar es mi única felicidad, de ver-
dad que nadie me escucha, me han abandonado.
Mi vacío es un rascacielos interminable y yo he
merodeado apenas un primer piso. Tengo que seguir
caminando la vacuidad de mi enojo, contra nadie, por
nada, para nada, se decía Honorio al salir de un edificio
público. Estos edificios albergan a la gente más inútil e
innecesaria, en notarías donde se arraciman los nombres
de los dueños, de sus negocios, de sus vueltas y revueltas
en torno de la propiedad.
Se prometió no volver, cancelar todo motivo que
le obligara a poner de nuevo los pies en esos antros tan
misteriosos. Son mejores las iglesias, las desdichadas igle-
sias atestadas de pecadores de fingidos arrepentimientos.
Algún día no visitaré sino pequeñas cantinas para em-
brutecerme con ron viejo. Emborracharme de todo lo
viejo. Honorio no podía con su cabeza. Ni eufórico ni
infeliz: trasegaba por un ajuste de cuentas de su vida y
acarreaba de aquí para allá sensaciones e ideas que hacía
tiempo no recordaba. Por eso Mirta volvía a su cabeza
para golpeársela. Todavía está aquí, en mis neuronas, y
me golpea, baila encima de mi cadáver, le decía a Mario,
su amigo, en una de sus interminables conversaciones.

127
Ni una sola palabra de Mirta era recordable. Sus
gestos, muchos de ellos, sí. Cuando con su vestido azul se
desprendía de sus amigas al salir del colegio para abrazar-
me y besarme, cuando por alguna nimiedad reía y reía sin
ningún control, cuando corría para acelerar nuestro en-
cuentro. Era una criatura graciosa, como toda criatura de
veinte años enamorada. El cuerpecillo pequeño tan suave.
Honorio vencido, Honorio frustrado, Honorio enfla-
quecido, se decía, mientras trataba de taparse los orificios
por donde salían sus palabras no dichas, sus amores no
compartidos. Su aire era el aire de un decrépito. Mirar
atrás de su vida y recordar no era burlar el silencio sino
inaugurar un bronco sonido de desesperación. Perdido
todo aquello que fue su felicidad, y en tan pocos meses.
Un día y otro recordaba su pasión por esa mujer y se
enardecía al pensar que sí, que ya estaba perdida, que
su piel y sus ojos y su aire, estaban, sin remedio, perdi-
dos para siempre. «Alguna vez fue mía una bella mujer
joven» fue un cuento que escribió para mermar su dolor
y al mismo tiempo acrecentar su alegría al recordarla. Tal
vez porque el cuento estaba muy mal escrito o porque la
herida era demasiado profunda, pensó luego en ella con
más dolor. No era posible exorcizarla con dos, con tres,
con cuatro palabras. Allá estaba ella en el tiempo, aban-
donada en esas vastedades, y era como si él, Honorio,
también.
No tengo nada para decir, pero ¿por qué siento bur-
bujas dentro de mi cerebro, como pequeños estallidos?
Decíase tantas cosas, todas ellas, pensaba él, irrelevantes
y prescindibles.

128
Por fuera acaece todo. Y buscaba y buscaba en días
y en noches para no encontrar nada. Afuera no había
nada y por dentro de sí tampoco. ¿Entonces son solo los
recuerdos los que existen? Pobre Honorio, empeñado en
buscarse una vida que no tiene, que muy dentro de sí ya
ha asesinado. Responsable de matar su vida desde muy
adentro con un escopetazo, dos escopetazos, tres esco-
petazos, que no recordaba, pero sí que fueron violentos,
sí que ahogaron. Ahora como un andrajo dentro de las
cuatro paredes del universo visitaba iglesias y oraba con
un rezo seco y sin convicción. No era él quien rezaba
sino su propia angustia que lo había atrapado.
Un actor necio de su naufragio actuaba para nadie y
dios ya no estaba en ningún lugar. Ni dios ni él.
El percance de Honorio sería risible si por fuera no
viéramos en el impecable Honorio al sereno ciudadano
abarrotado de virtudes, exacto en toda clase de cumpli-
mientos. ¿Cómo puede ser que uno, desvinculado del
universo, y otro, atrapado en las convenciones sociales,
convivan en un eterno arrullo enamorado?
¿De dónde provenía ese llanto de su alma, un llanto
partido en dos? Cuando salía de su casa se zambullía en
los remolinos de la gente en el centro de la ciudad, cami-
naba las calles retequeconocidas. Anhelaba sumergirse
como un beodo feroz en esos pasos que caminaban la
ciudad, infatigables, duros. Mi prójimo sale de compras
y compra, pero no tiene nada en su corazón, no tiene
nada en su cerebro. Al llegar a la casa se recostaba en su
cama y repasaba los rostros que había visto. Había allí

129
un sinuoso desorden, una severa astucia para sobrevivir,
para emerger con todos los huesos del tumulto asesino.
Sí, querían continuar en la danza de la guillotina, se
afiebraban con sus teléfonos, sus novias de cartón, sus
amantes de cera.
La obsesión de la vida por vivirse, por desvivirse, tan
ajena a nosotros, pobres yernos hostilizados y vejados
por las suegras.
Si la vida tuviese un segundo piso, pero todo ocurre
aquí y ahora sin ningún atenuante.
Parla incontrolada en el cerebro de Honorio. Su
vieja angustia reaparecía y reclamaba sus derechos. ¿Qué
estás haciendo aquí, quién eres, adónde quieres llegar?,
le gritaba en sus oídos y lo hacía chillar de dolor. Y en
la escritura no encontraba cobijo alguno. Más y más in-
temperie, un tenso sollozo, una reserva inconcebible de
nada, de nada. ¿Qué más?
Nada más, absolutamente nada más. El mismo abso-
luto que calla ante nuestra vida imposible.
Ay, me desato en la verborrea y quiero es salir para
ver los árboles todavía de pie en medio del viento y de la
noche.
No son sino fugaces palabras mis deseos de sugerir la
eternidad. Y sin embargo, alcanzaba las esquinas, cami-
naba las calles, danzaba en la vida como un afortunado
ganador de la lotería.
Honorio llega a todos los lugares con la mirada agi-
tada, como inquiriendo una nueva carta para escoger
nuevas comidas para la vida. Nunca se saciaba de buscar

130
la novedad, quería levantarse hasta la dimensión de la in-
cierta aventura. No quería sentirse derrotado, no quería
sentirse inconcluso, aunque se sintiera escaso, precario.
Mínimo, alteraba las calles con su aliento. La vida era una
imprecisión decadente y había que afinarle sus pasos,
decía.
Y de nuevo la carcajada. A la glotonería de sus pa-
labras grandilocuentes sucedía un silencio de días y de
semanas. Era la mudez de su fracaso que lo crucificaba
en un presente sin fisura, homogéneo como un pedestal
desconocido. Subía y bajaba, y él, que ya conocía sus al-
tibajos, se burlaba de sí, diciéndose: estoy en la cresta de
la ola.
¿Dónde estará hoy la vida, que ya no la siento?
Danzaba todavía, sí, pero apenas tenía conciencia,
era arrastrado y azotado en todos los segundos. En al-
guna parte lo negaban y él no tenía acceso a la afirma-
ción. Honorio sin el recuerdo de Mirta, sin la compañía
del amigo, dormía, pero una nube encima de su cabeza
hablaba por él. Se destacaban las interrogaciones y los
ayes de dolor. Honorio dormido no tenía acceso, no tenía
opio, no tenía afirmación alguna.
No era una noche cualquiera. Era la noche, la única,
la que siempre había existido, aquella de la cual nadie
sabe nada. La eterna que siempre me visitaba para hosti-
lizarme, para reírse de mis proyectos y de mis esperanzas.
Yo estoy allí, tranquilo, masticando mis pesares calmada-
mente, así como una vaca come su alimento, cuando ella
aparece, radiante su vacío. Es la noche, siempre la noche,

131
esa sensación de no saber qué somos, ni qué hemos sido,
ni qué seremos. Absoluta noche que es pleno desvarío.
Todo está oscuro, no me visita nadie, yazgo por entero en
el no saber, nada puede detener mi caída, que es horrible,
sin claridad alguna. No sollozo, seco, muy seco. En mi
garganta no cabe sino el ahogo. ¿Quién acude de verdad
al desierto para calmar la sed? Nada ni nadie. La oscu-
ridad avanza como la serpiente y se enrolla en nuestra
garganta. Aprieta el sin sentido, desmenuza el aliento,
destruye nuestro valor. ¿Qué ocurre, qué ocurre?
No fue un absurdo absoluto el descubrimiento de su
nada. Muchos años transcurrieron desde su nacimiento
para que él pudiese liberarse de la patria y del prójimo.
¡Cuánto buscó en sus arcanos inéditos una idea que lo
reconciliara con la geografía del prójimo y de su país!
¡Arriesgó tantas cosas para saber de lo uno y de lo otro!
Allí, en el centro mismo de las querellas, inaugurándose
libertador, había puesto en peligro su vida para descubrir
más pobreza en la pobreza. Las cabezas enajenadas pro-
nunciaban nombres de extranjeros y sus nombres pro-
pios los olvidaban porque una jerigonza dogmática los
había expropiado de ellos. Sí que eran manos arrugadas,
sí que eran manos silenciosas. La tristeza de mi pueblo
no baila merecumbé. Y el prójimo, ¿qué hay del prójimo?
La pregunta se la hacía Honorio a sí mismo, se la hacía a
Mario, su único amigo, se la hacía a todo aquello que cir-
cundaba, la piedra, la hierba, la luna. El prójimo se murió
aquí en mi corazón, está inerte, en unos socavones donde
recibe el polvo de todos los tiempos. ¿Y si estuviera el

132
prójimo en los supermercados? Iba con Mario al super-
mercado a ver caras, a ver cuerpos, a observar las manos
que compraban, que medían, que usaban. Buscaban
al prójimo, y se decían, no existe el prójimo, o navega
mucho más allá de nuestro destino. Carajo, es un horror
y un terror no encontrar al prójimo en ninguna parte, no
saber qué es eso, ni cómo se come. ¿Y si preguntáramos al
transeúnte que pasa? Pregúntale a ése, al cura que viene
hacia nosotros. Mario, leve, con la voz más melosa que
pudo encontrar, preguntó, y le respondieron: no existe,
es una cosa ficticia, disculpe, y desapareció entre el tu-
multo de gente. Ese día, cada uno por su lado, derrotados
de nuevo, acicalados por la tragedia de no encontrar sino
hambre en las calles y no el prójimo, regresaron a sus pie-
zas, solos, otra vez crucificados en el silencio. Ellos dos,
amigos sí, pero no prójimos.
El desván es mi patria. Destapo todo mi cerebro aquí
y no me da pena alguna mirar mis miserias. Las despa-
rramo a mi alrededor, así como riega su mercancía en
la acera el vendedor de cachivaches. Algunas veces, tan
solo, tan vacío, con mi cerebro decrépito musitando el
tango mano a mano hemos quedado, en la cuenta del ota-
rio que tenés se la cargás, el etcétera es lo único audible
porque no hay continuación, es solo una interrupción
menoscabada, que no se dice nada a sí misma, nada, nada.
Despacio, muy despacio, porque nadie lo espera en
algún lado, sacó unos papeles arrugados y los tiró enci-
ma de una mesilla. Mario. Otro día que hablo con él y
no le muestro la semblanza que le hice. Cuando cumpla

133
cincuenta y siete se la leeré. Veremos. Seguro no le va
a gustar demasiado, aunque de pronto sí. Una venita de
autosatisfacción le bailaba en sus ojos, muy a su pesar.
Todavía frágil, todavía la ternura. Ah, el tango que no
miente.
Imposible callar. En su desván, o en su cerebro,
Honorio era mirado sin complacencias. Un juez invi-
sible, pródigo él sí de silencios y de esperas, lo urgía a
una confesión que Honorio todavía desconocía. No
sabía qué decir y sin embargo… decía y decía la misma
pirueta inagotable. Sus palabras se evaporaban una vez
las había pensado. ¿Quién lo estaba juzgando? No lo
sabía. El miedo lo hizo alquilar la pequeña pieza que él
llamaba mi desván. Allí trataba de tranquilizarse apelan-
do a la soledad más absoluta posible. Nadie sabía de él
y durante cuatro o cinco horas, desde la tarde hasta las
primeras horas del anochecer, burlando la vigilancia de
sus más inmediatos conocidos, se reclamaba con ansias
y, aunque tartamudeaba, sintiendo que su mente se pa-
rapetaba detrás de ambiguas ingenuidades, encontró por
algún tiempo algo de paz. Se hablaba desde las raíces y
asentía a sus penurias inconfesables, a sus temores sin
fundamento, a sus odios conocidos. Le atormentó el siglo
XX y este que empezaba le daba más pavor todavía. No
aceptaba aún la bomba atómica, y los seres humanos,
trastabilleantes, otros dirían graciosamente quijotescos,
acudían presurosos a sus oídos con el temor de escuchar
más bombas. No, no las había, pero había otras bombas
de distinto tipo que taladraban los cerebros y los volvían

134
trastos inútiles. Honorio sin honor, pensaba de sí algunas
veces. El honor, el honor… En el desván, que era para él
una especie de diván sicoanalítico, aprendió, por fin, a no
huir, a percibir de frente su derrota, a mirar su nada, su
extrema capacidad y voluntad de nada. Allí, recorriendo
uno a uno los tramos de su vida, supo la fundamental
inanidad de él y de la especie humana, inanidad que no
era menguada por nada; por el contrario, era fecundada
por nuestros más mínimos gestos. El terror y el temor se
abalanzaban, sí, sí, así era.
Y salía de allí, de su cubículo, y penetraba en otros
cubículos más amplios, más sórdidos, tan inagotables.
Hablaban de sociedad, de mundo, hablaban, y las bocas
se llenaban de espumas de satisfacción, de cultura.
Despreciaba todo aquello con las ansias con las que antes
lo amó. Pensó y repensó todo aquello y ahora que lo per-
día una y otra vez todos los días, no sentía ningún dolor,
ningún espanto. La memoria de su vida era la memoria de
su desprendimiento de sus vínculos, de la distancia que
tomaba frente a las esperanzas de sus contemporáneos.
Nada más dado a la infelicidad y a la mezquindad que el
género humano. Bestia aguerrida próxima al apocalipsis.
De un lado, de otro lado, de todos los lados, una oscu-
ridad, dos oscuridades, muchas oscuridades. Me tropiezo
con las sombras que poco a poco descargan sobre la bu-
hardilla una amorosa complicidad. Aquí en mi buhardilla
como si estuviera consumiendo opio. Tal vez consumo
olvido, mucho olvido. Olvido de ti, de mí, olvido de esas
catedrales infatigables que me hundían en deberes y en

135
palabras imposibles. Es posible lo que me sucede y no
averiguo más, no deseo más, no inquiero más. Sombras
son los muertos que irrumpen en su memoria. Aquí
están, recién nacidos, burlando las distancias, atizando el
estupor. Estoy invadido por los muertos. Ya esos muer-
tos comulgan con la materia, que no perdona a nada ni a
nadie. No debieron morir tan rápido. De veras los quise,
de veras, entrañablemente, quería lo mejor para ellos, no
esa muerte tan temprana. Si pudiera llorarlos, lo haría.
Nada más lejano que los muertos y tan cercanos. Como
la caleña. Todavía la escucho, en esa cafetería de los años
sesenta, diciendo sus necedades libertinas. Toda ella atra-
pada en la fealdad física pero inundada hasta el tuétano
de una picaresca enamoradora. No viene de todos modos
Honorio a llorar por sus amigos muertos. Observa con
atención, escucha con atención: su corazón todavía re-
siste. Luego de su dolencia de hace cinco años, camina
con fervor religioso cuarenta y cinco minutos diarios
y solo come alimentos nutritivos. Quiere vivir, quiere
vivir, así como un perro lame su hueso, incansable y
terco. Quiero más tiempo, mucho más tiempo para nada,
para estar aquí en la buhardilla, para despojarme de una
vez por todas de todas las lágrimas que no he vertido.
Romántico manzanero el Honorio abuhardillado, yo que
lo creía más viril, más cercano a los trapecistas de circo
que a los serenateros medievales. Quiero salirme de esta
buhardilla, me ahoga este aire, veo, en galope tendido,
palabras e imágenes que no quiero recordar. Todavía es
muy temprano para irme. Apenas son las ocho y mi ho-
rario es de cinco de la tarde a las nueve de la noche. Una

136
hora más. Esta mi prisión voluntaria en una buhardilla
me enerva. Ya mis pensamientos están pensados, mis
ideas están rumiadas, mis recuerdos ya han sido recorda-
dos, mi soledad ya ha sido recorrida en sus caminos más
desconocidos. ¿Por qué entonces continúo pagando esta
buhardilla, esta dolorosa buhardilla donde no hago sino
macerarme y escupirme como si fuese una harina obvia?
Ya no camino, me arrastro un día y otro.
Dos años ha cumplido Honorio en su rutina del
desván. Sale de su casa un poco antes de las cinco y por
lo regular regresa a ella antes de las diez. Una curiosa
militarización de su vida. Él, que aborrecía horarios fijos,
ahora se ataba a una extraña costumbre rutinaria: estar
allí, solo, sin hacer nada, allí sentado por fin, naufragando
hasta el fin, como una ardilla sin árbol, como un trueno
que es apenas un treno silencioso. Naufragar al fin com-
pletamente, como nunca lo había hecho antes. Estar allí
era como estar muerto para todos los seres humanos, y
sin embargo sus sesiones del desván lo fueron acercando
a esos pobres hombres, a esas pobres gentes. Sí, lo hu-
mano es un restaurante en desuso donde solo venden
nostalgias incomibles. Moría para lo humano en ese des-
ván y también renacía con menos sarcasmo, con un poco
de ternura. Un barquito de papel perdido, allá en los
recovecos de un riachuelo. Aprendió a mirar su torpe-
za y su terquedad con una aceptación apacible. ¿Dónde
estoy? Ya yo ni me conozco, soy como un yo-yo que de
tanto repetirse en sus vueltas ha perdido conciencia en
una amnesia dolorosa, a veces plácida. No saldría ya de

137
su desván. En los otros momentos de su vida se negó a
aceptar su soledad, le hacía un quite con mentiras y con
trampas. Se engañaba con astucia para no llegar nunca
al desván, pero el desván fue apareciendo. Sombrío,
apenas con tres o cuatro sillas, despedía un aroma de
respetuosa distancia. Poco a poco conoció su desván y
ya no le parecía distante. Tal vez distinto en su silencio,
en la aceptación de ese hombre que apenas dormía,
que apenas pronunciaba frases incoherentes y silencios
largos como la misma tarde. Cuatro horas durante dos
años en ese desván. Quería seguir visitándolo, no uno ni
dos años más, Mario, sino toda la vida que me resta, le
decía Honorio a su único amigo. Y no es para llegar a
alguna parte ni porque tenga que hacer penitencia antes
de morir. No hay un motivo indudable para la existen-
cia del desván. Tal vez con los años le encuentre alguno.
Ahora pago con puntualidad el alquiler y no me arriesgo
a tirar por la ventana mi mansión silenciosa. Sea cual sea
el motivo, ya estoy aquí, mejor dicho, allá, en el desván,
decía Honorio mientras Mario asentía con una extraña
simpatía por ese hombre, Honorio, tan extraño.
Es una miseria la vida, ¿o la han hecho así los poderes
terrenales de los poderosos? No lo sabía. Recordaba agra-
decido las ideas de los socialistas utópicos, los socialistas
científicos, los románticos, los anarquistas. Explotaban el
cerebro estos barberos que rasuraban el sentido común,
dejándolo sin habla a la vera del camino. Ahora el senti-
do común ríe encima de las fosas de los grandes sacrifi-
cados y escribe solitario el libro sagrado del ser humano

138
común: solo lo posible es posible. Se rascaba la cabeza,
miraba por la ventana el atardecer, oscurecía su vida sin
poder entender. Entender, comprender, saber. Ocurría lo
contrario con Honorio: ignoraba, temía, desconocía. No
puede ser después de tantos años de rascarme la cabeza,
mirando con atención. No sé prácticamente nada, nada.
Honorio desvencijado cabalgaba en su ignorancia rumbo
a ninguna parte. En su esperpéntico lugar tarareaba su
canción del desconocimiento y se decía: ¿cuántos lo
saben todo?, ¿cuántos saben algo? Casi nadie sabía, pre-
sos como estaban del sentido común. Sin embargo, ¿no
son felices en su ignorancia? Quisiera salir desnudo por
las calles y gritar: viva la ignorancia, viva. Había cumpli-
do su palabra: no habría libros en el desván. Acariciaba
lo que viniera a su cabeza, lo miraba a un lado, luego del
otro lado, todos los posibles lados y después dormitaba.
Había accedido al reino de la ignorancia sin ningún
arrepentimiento porque, ¿cómo se aprende? Y ¿qué se
aprende?
El apetito, solo el apetito, el solo deseo.
Mi cuerpo cobra vida en la minúscula buhardilla. Así
se esté consumiendo, interpela con vigor los recuerdos
para hacerlos más precisos. Las manos de Honorio se
levantan de una plácida quietud para intentar apresar el
recuerdo de Mirta, los ojos quieren mirarla, sus narices
quieren olerla. Mirta, Mirta.
Honorio en su cubil, herido por todas las ausencias,
es todavía capaz de evocar presencias, de hablar con ellas,
de soñarlas, de idearlas. Mi vida está aquí en mi cabeza,

139
¿por qué no logro extraer la esencia y así llegar a la quietud
beatífica de los santos? Ay, ay, se duele como un niño en la
primera visita al dentista. Aquí estoy, aquí estoy, no estoy
en ningún otro lugar. Salía de su pieza y reunía fuerzas
para caminar hasta su casa. Allí, apertrechado de silencio,
con sus dos hijos y su esposa, sobrevivía con una cómoda
pensión que le asignaba el gobierno. Sí. Soy un burócrata
jubilado y olvidado. Nada le parecía bien en su casa. Todo
estaba en su lugar, pero nada de esas cosas bonitas que su
esposa acumuló durante años le decían nada. Y sus hijos
eran seres ajenos desprovistos de ternura. Debería arran-
carme los ojos para no ver tanta oscuridad. Era el silencio
en esa casa cuando todos se sabían apartados unos de los
otros, sin posibilidad alguna de acercarse. El género hu-
mano. Aquí en esta casa me siento como un bicho raro.
Yo construí todo esto con una ávida curiosidad y ahora
lo veo con una indiferencia rayana en el desprecio. No
construí sino mentiras, no le hice sino trampas al destino.
Ya lo sabía: mi destino es la soledad y cualquier cosa que
intente cambiar será un asunto fracasado. No tengo honor,
no tengo honor, y Honorio, feliz de dormir, se duerme en
la ancha cama de matrimonio.
¿Por qué tengo que vivir? ¿Qué he hecho para que
me hayan condenado a la existencia? De las paredes de su
desván le miraban ojos indiferentes y escuetos. Evidente,
evidente, nadie me va a responder nada, se decía Honorio,
nadie se va a acercar a mí con una respuesta. Así era: la
frase que lo acongojaba en una persecución inmisericor-
de volvía y él se la repetía para sí: ya no quiero vivir más,
ya no más. ¿Es cierto que quiero morir? ¿Es cierto?

140
No lo sabía.
Advertía de pronto que un profundo cansancio lo hacía
dormitar. En este cuarto soy libre de pensar lo que quiera,
lo que quiera, murmuraba. Muy adentro de sí la vaga tena-
cidad lo lanzaba contra las cuatro paredes de su buhardilla,
del universo. No soy nada, nada, volvía a repetirse.
¿Dónde comprar gasolina para seguir viviendo?
Esta indolencia, voy a morir sin saber.
El amor, la amistad, el odio, la guerra, la pobreza, la
enfermedad. ¿No debería tener muchas palabras para ex-
presar todo aquello, para mirar en estas experiencias una
posible verdad oculta? Experiencias, experiencias, ¿pero
qué fondo ubicuo había en ellas para que solo silencio
surgiera de allí? Un barrio, una vaca, la simple idea que
de nosotros nos hacemos cuando éramos niños, ¿no era
todo ello un palabrerío enorme y multitudinario de
donde debía surgir un acontecimiento verdadero, aun-
que fuera pequeño? Es porque no pienso que mi silencio
no cavila sino que dormita inconsciente.
Ellos que conversan y ríen en las tardes de verano,
ellos que merodean la muerte y se entrometen con la
vida, que tienen suerte y mala suerte, ellos que pasan a
mi lado y que son transeúntes y viajeros o sacerdotes o
traficantes. Una masa a mi lado amasando la vida, ama-
sando la historia y yo con ellos, débil mosca incoherente.
Las casas en las cuales he vivido, las pesadillas que he
intentado expulsar, un yo maleante y desafinado en las
brumas de la ilustración, y la sangre que corre distraída
al lado nuestro.

141
¿Por qué tantos años callado, con la joroba del silen-
cio a cuestas, arrebatado por un mutismo enloquecedor?
Hay que hablar, explotar ese silencio sobre tu cuerpo tan
amado.
La vida mía que no ha vivido, arrebujada en sus mí-
nimos gestos, vive ahora en el murmullo del desván una
agitada existencia, para nada, por nada, me toco como
masa, me hundo como masa inservible para hornear,
soy una masa parlanchina, vecina expatriada de todos
los predios, acaso feliz, acaso balbuceando una mínima
desesperación minuciosa que nadie quiere oír. ¿Es una
cosa manchada y maloliente todo lo que surge de mí o
es apenas la masa de mi cerebro que revolotea ajena a
mi penuria, hablando por sí misma, inventando terri-
torios? Mi masa cerebral me vive y me habla desde el
espacio remoto de sus circunvoluciones y yo la escucho,
obediente como un monje tibetano. Esta era la libertad.
Una sonora carcajada brotó de sus labios. Él, que no era
nada ni nadie, vencido en todas las batallas, habla ahora
de libertad. Porque de derrotas sí está pleno y de ellas
puede hablar una, dos, miles de horas. ¿Pero de libertad?
Sonríe en la penumbra ante esa palabra tan querida y
por la cual han muerto tantos y tantos. Por lo menos es
impensable que en épocas pasadas un sujeto humano se
encerrase en un desván para rizar sus recuerdos, y con
ellos mirar de nuevo las orquestaciones sinfónicas de los
apetitos. Navegaban las cadenas por todos los mares y no
había ni siquiera diminutos resquicios para soñar en un
desván anónimo. Sí, ese desván, esa pieza lo reconfortaba

142
porque podía dispensarse de discutir, aconsejar, vulne-
rar, intrigar. Estaba allí y era un bienestar en el sosiego.
Nadie lo reclamaba y él a nadie reclamaba. Se había dado
la libertad en ese desván, y allí, a veces acurrucado de
miedo y angustia, había conquistado una dimensión,
porque se decía: no soy nadie para nada y para nadie, y
sin embargo, la penumbra viene a mí, mansa, y me cubre
con una delicadeza de fruta recién caída. Libertad para
que un sujeto no se amarre a ningún navío tumultuoso,
pletórico de ruido, y más bien ocurra un viaje en el silen-
cio del anonimato. Es una libertad, pequeña, mínima, y
decía, tengo que contarle a Mario esta conquista y este
descubrimiento. Era ahora, luego de años, que miraba su
desván en toda su plenitud histórica y metafísica. Claro
que pienso errores y desatinos, a veces, por dios, es tanta
la tristeza, pero ya empiezo a aceptarme, así sea en el
plano exacto de un inmenso desconocimiento. Me reco-
nozco virtuoso y pecaminoso, redondo y triangular.
Por supuesto que su concepto de libertad estaba
muy cerca, o lo era, de ser un ensueño autista, anclado
en una frágil fantasía de sí mismo. Él lo percibió y por
eso se cuidó, contradiciéndose, de comentarlo con nadie,
y mucho menos con Mario, tan exasperado con la escla-
vitud moderna. Somos esclavos, somos esclavos, decía
Mario en las pocas ocasiones que tocaron el tema. Pues
bien, esta teoría mía es falsa, pero me sirve para rego-
dearme en el único sitio decente que he podido encon-
trar para mí: un desván. Lo único que tengo que hacer en
mi cuarto, mi fértil república, es dejarme llevar, admitir

143
como natural todo recuerdo que aparezca, no discutir
con ninguna imagen, por grotesca que sea. Y no pensar
que voy a iluminar mi inteligencia ni que voy a llegar
al verdadero territorio de la verdad. Ya no busco, ya no
inquiero, se decía en una dulce somnolencia.
A veces se asustaba de sí mismo. Pero cómo, decíase,
yo soy un pensador, no puedo dejarme ir como un vulgar
leño en la corriente, al menos tengo que crear, aunque
sea de ninguna parte, un acontecimiento que implique
acción y que al mismo tiempo sea verdadero. Se recorda-
ba adolescente, inflamado de pasión por la verdad, escar-
bando cuanto libro le caía en sus manos. ¿Iba a seguir...?,
ahora la misma contienda cuando ya sabía que la verdad
total de la totalidad no existía y que las verdades eran
parciales, deleznables. No puedo ni quiero descubrirme
un continente anónimo. No estoy husmeando nada, no
quiero descubrir nada, ya me han dicho todo, y si alguna
vez pensé en ser un descubridor de verdades, renuncio,
solo soy lo que la corriente haga conmigo en su inde-
clinable navegación. Asustaba al fanático que todavía
existía en él, diciéndose, no tengo nada con la verdad,
si llega alguna a mis costados, bien, si no llega ninguna,
también está bien. Nada más decadente que un buscador
de la verdad. El tiempo se arremolinaba cerca de él y pa-
recía decirle zumbón: ¿estás seguro de que así es como
quieres pensar, que así es como quieres vivir? El tiempo,
mi tiempo, rueda, fluye como una mentira contundente.
Si todo callara, si todo estuviese de tal forma dispuesto
que pudiéramos evadirnos, pero no es posible. Yo no me

144
voy a atarear tampoco en la libertad, de pronto tampoco
existe y yo tendría que pensar de otra manera. Digamos
que todo lo mío es provisional y provisional como el
mismo desván.
La eterna verdad absoluta que se renueva sin cesar.
Frase hegeliana que no se cansaba de recordar y de repe-
tir cuando se encontraba con algún amigo sumergido en
la erudición de la modernidad. En su desván la decía en
voz alta y al momento una calma bienhechora lo aureo-
laba y le daba calor. ¿Será posible tanta belleza? Pensaba
con desconfianza, para luego, envuelto en la magia de la
frase, repetirla con fruición: la eterna verdad absoluta
que se renueva sin cesar.
Aquí otra vez. Aquí, muy aquí. Cerraba los ojos y
de nuevo Mirta con sus veinte añitos salía de un edifi-
cio horrendo para reunirse conmigo. Nos besábamos y,
calle abajo, caminábamos, como si nada, como si todo,
como si fuera verdad todo lo nuestro. Belleza pequeña
de una mujer pequeña, calientica como un durazno en-
venenado. No era tarde para nada cuando estábamos. El
universo detenido.
Era cosa de vernos aturdidos de tanta felicidad cuan-
do bajábamos por la avenida La Playa, deteniéndonos a
cada rato para darnos un beso. Los dioses estaban con
nosotros Se levantaba de la silla y daba dos o tres pasos.
Volvía a sentarse.
¿Qué sentido tiene mi vida? Volvía a levantarse,
volvía a sentarse, volvía a angustiarse. Cara dura que
no aprende nada, que vuelve al mismo precipicio de la

145
misma pregunta, como si de allí pudiese emanar una
respuesta. De joven visitaba playas solitarias en el norte
de su país y allí, ante las grandes olas, decía la pregunta
con toda la fuerza de sus pulmones. Para nada, porque
tenía que regresar a un silencio espantado. Las noches y
los días pasaban y lastimaban su cuerpo, lastimaban su
espíritu.
En días como esos, como este, ni siquiera el desván
con su cómodo diván podía calmarle. Antes, bien que
lo exasperaba. Veía esos muebles escasos, veía dos o tres
afiches de cantantes de rock, la pintura, el techo, y hacía
un descubrimiento que ya había sospechado desde un
principio: aún en el desván se sentía un extraño, un
mudo, un tartamudo. Abrió las carpetas de su cerebro,
todas las que había acumulado en toda su vida y las des-
plegó ante sí en ese desván y pensó que podía descifrar
los trazos que allí deberían existir. Para su sorpresa,
las carpetas estaban blancas, vacías, no podían decirle
nada. No podía recordar porque el recuerdo nada le
decía, no tenía olor, ni sudor. Ninguna huella le dejó
el dolor, apenas un regusto a agua salada que le mordía
la lengua pero nada más. Vacío, vacío de nuevo, como
cuando de joven, ante las grandes olas, se desgañitaba
gritando la pregunta.
Ese día no salió a caminar. Se quedó allí boquiabier-
to. La angustia se iba deshaciendo poco a poco, cubo de
azúcar en un poco de agua. Allí estaba la angustia de
siempre, la que lo había visitado desde toda su vida, y
hoy, solo hoy, puede decirle: haz de mí lo que quieras.

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Victoria, derrota. No lo sabía, ni lo quería saber. Se
fue desgranando de su garganta y de su boca una sonri-
sa, luego una carcajada, después un llanto. Honorio en
su desván llora como un pequeño tras la pérdida de su
pelota para el juego. Ya no hay juego. El desván, oscuro,
permanecía callado, vigilaba sus movimientos. El llanto
había pasado. Otra vez, como siempre lo hacía en mo-
mentos como este, tomó agua y su sonido, cuando salía
del grifo, parecía hablarle de un país en donde se conocía
no solo la verdad, sino también la belleza y el bien.
No necesitaba de nadie, ni de sí mismo, no porque
ocurriera una informe devastación que lo arrastrase a un
insípido silencio, sino porque, poco a poco, marejadas
de sensaciones surgían de sí y se evaporaban, como si
no necesitaran de él, como si lo olvidaran por inofensivo
o por precario o tal vez por necio o por todo a la vez.
Se desposeía de imágenes, enflaquecía. ¿Cómo llamar la
desposesión incesante de recuerdos que antes lo llenaban
y abultaban sus venas y sus huesos? Disminuían no por
medio de una demolición violenta, de una confronta-
ción, sino por un drenaje lento y continuo. No quería ser
dueño de nada y la vida entonces se le escapaba: imáge-
nes, sensaciones, recuerdos. ¿Cómo llamar también a todo
eso que lo llenaba y que había constituido su vida? Eran
naderías, sí, un volumen de silencio lo llenaba y al mismo
tiempo lo escupía. Un desprecio inaudito por sí mismo,
un continuado desengañarse porque entre los dedos se le
iba la vida, y era nada, lo sabía. Casi que esa evaporación
de sus imágenes adquiría consistencia y a él le parecía
verla salir debajo de la puerta, entera y maloliente. La

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vida en su cuerpo, la vida en su espíritu, la vida en su
vida. No alcanzaba una isla donde descansar de una con-
tumaz desintegración. Era la muerte, y la vida vencida
desesperaba de no desesperarse, de no lanzarse otra vez
a la aventura de reclamar al otro, de idearlo, de soñarlo.
Te desintegras Honorio de una manera maravillosa, sin
necesidad de las venas rotas, de un crimen, de una viola-
ción, de una virtud. Te desintegras por nada, porque así
es la vida en tu desván, en tu milagroso desván. Allí, col-
gando de ti mismo, exonerado de disculpas metafísicas,
balbuceas con exactitud la imprecisión y la indecisión.
El hecho no establecía ninguna historia. No había nin-
gún hecho consumado. Apenas noticias circunstanciales,
vecinas del grito, y este silencio que golpea por igual las
baldosas y los espejos.
¡Qué penumbra me invade cuando la muerte insis-
te! No doy un paso cuando ya mi cuerpo adolorido me
reclama. Y mi alma y espíritu jadean cuando les doy de
beber líquidos fuertes. Es un conglomerado de escasez
mi cuerpo y todo aquello que lo acompaña.
Mi ayer es una torpeza y mi hoy un ancho mar de
temor. Pero qué me ha dado la vida que la quiero retener
en mis brazos para que nunca se escabulla. Sí, me lo digo
frente al espejo: tengo miedo de morir, mucho miedo. Y
el tiempo, el tiempo. ¿Cómo tantas cosas cercanas como
el aliento y el tiempo son las más distantes, las más des-
conocidas? Se me va el aliento, se me va el tiempo, se me
va la vida y no sé qué son. Que el aliento era mío, que el
tiempo me pertenecía, que la vida era solo de mi única
propiedad. No. Todo me lo han prestado y ya veo, muy

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cerca, las manos que exigen que devuelva el préstamo.
Nada, nada es mío. Este silencio es cada vez más precario.
Por las mañanas, por las tardes, por las noches, siento que
mi cuerpo también se despide, que está diciendo adiós
para una partida definitiva. Pienso en los propietarios,
viejos de tener propiedades, edificios, tierras, dinero,
¿podrán comprar algo de vida, algo de aliento, algo de
historia? Se van también ellos, desasimilados por vida
en un gesto corriente. Todo se zambulle en un remolino
inatajable y nada, nada lo puede impedir. Yo quiero saber
del aliento del tiempo y solo sé que se me escapa. ¿Qué
no daría por conocer la exacta dimensión del tiempo en
mi cuerpo?
Dos, tres años. Conozco mi buhardilla. Las mantas
que me arropan, las baldosas de un verde oscuro, la luz,
la sombra. Mis palabras. Una buhardilla que, como mi
cerebro, me da vueltas y me dice. Ayer, hoy, mañana. El
deseo de tener un tiempo para mí solo y hacer con él una
bola de cristal y adivinar las catástrofes y las maravillas
de la historia.
Maravillas, catástrofes de mi propia vida. Con ellas
puedo hacer un terrón amargo para mordisquearlo en las
tardes lluviosas, como la de hoy, que quiere mojar hasta
el más apartado rincón.
No aparezco. A pesar de un escenario propicio, no
aparezco. En mi buhardilla podría prescindir de mis
ropas, de mis ideas, y alcanzar una línea simple y con-
tinua con la cual recordar mis acontecimientos. Pero
no es así. Aquí, solo, me arropo con las mantas y con
los prejuicios que he amasado durante toda mi vida y,

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amarrado a unos cuantos decires, me repito con mono-
maníaca precisión. ¿Qué soy yo y por qué estoy aquí?, me
repito a manera de oración. Siempre, desde mi niñez, la
misma jaculatoria. Acá me digo extrañado: pero no ves el
prado, no sientes el aire, no sientes la noche… es que no
sientes, Honorio perverso y pervertido. ¿Es que la vida
que se te da a borbotones no es tuya, pasa por tu lado
y nada de ella te toca? Oscuro Honorio como la noche
misma. Cierra la puerta, cierra otra vez la puerta, que no
entre nada ni nadie. Descabeza, arruga el más mínimo
pensamiento, estrangula la más pequeña sensación de
vida. Acorázate para siempre en la negación. Sí, sí, no es
extraño para mí el deambular frenético por mi corazón.
Me digo aquí y allá: calla mendigo, bendice tu pobreza y
duerme con ella en el más feliz desconocimiento. Es un
desastre. En el silencio de la buhardilla ocurre un desas-
tre y nadie lo percibe, nadie lo nota. Aquí se muere el
ser, aquí calla el ser, aquí la nada abraza con obstinación.
Aquí, en la buhardilla, un cementerio, una cabeza giran-
do, una cuesta con un camino casi cerrado por las voces
caóticas. Es un universo demasiado extenso, demasiado
extraño. Y pensar que yo quería lo mínimo pero la herida
y el estupor crecieron y se convirtieron en tartamudeos,
en montañas, en alegatos incomprensibles. Exacto. Ya no
quiero vivir y sin embargo me aprisiona el pánico por
la vida. Esta es mi pequeña montaña, mi pequeña ermi-
ta. ¡Cuánto daría por esconderme para mirar la vida sin
riesgo y de reojo y cuánto daría por esconderme de la
muerte y poder mirarla sin riesgo y de reojo! Nada me
es posible en esta buhardilla, nido de empresas calvas,

150
sin futuro y sin sosiego. Miro, miro, la buhardilla ocurre,
no en diez o veinte metros. Es una distancia incalculable.
Una lluvia perenne de palabras sobre unos centíme-
tros mínimos de cerebro. El movimiento de mi angustia
acosa los candelabros de siete velas solo para encontrar
más y más angustia. La oración ya no la recuerda mi boca
y mi cuerpo, mi cuerpo, adusto como el último sirviente
del faraón.
Desde las cinco de la tarde hasta las nueve de la
noche y todos los días, muerdo y remuerdo mi concien-
cia para que no quede nada, para al fin liberarme de esa
tripa sicótica que me persigue con odio y con rabia. En
esta geografía escueta de mi cuarto un amuleto sagrado
y mortífero corre por las cuatro paredes. Algo se busca y
algo no se encuentra ni se encontrará. Una isla castigada
emerge detrás de los soles. Ah, que pudiera. Noches fe-
briles de espanto. Reyes destronados caminan conmigo.
La historia es una pocilga empeñada en atrapar el tiempo.
Yo me ocurro aquí, pero no ocurre nada. Nada.
Unos temblores de un monte que apenas nace, una ola
al morir, vieja ya de roer la vastedad, cualquier cosa habla.
Ayer. Si pudiese trasladarse al ayer y ver. Colgados de
los patios vacíos, recuerdos de odio, palabras no dichas
y olvidadas, monasterios que al anochecer soltaban los
perros hambrientos de las culpas. Ir al ayer, como se iría
a la retaguardia en busca de refuerzos. Viejo ardid can-
sado aquello de recordar. No hay nada en el recuerdo.
Cabalga tu llanto del presente, solo, sin la ayuda de nadie,
desventurado.

151
Y unas escasas palabras, unas escasas palabras.
Seco, tardío, solo. Así me quiero, en un horno lento y
en ebullición. Enciendo velas y miro tras ellas la oscuri-
dad que me ciñe, que me ha cernido.
El tiempo un témpano.
Veinte, treinta personas danzan a mi lado a la luz
de las velas. Sus palabras, sus cuerpos, sus historias, las
pequeñas escaramuzas de sus vidas. Miro con interés.
Algunas han muerto, otras están muy enfermas, y otras,
vivas, todavía caminan y duermen. Es todo un montón
de desastres callados que no pudieron encontrar la pie-
dra filosofal y ni siquiera se lo propusieron. ¿Qué se pro-
pusieron esos seres con sus vidas, esos seres que ahora
danzan ante mí? Tercos como mulas. Sí que son tercos.
Todavía bailan, todavía danzan.
Como si hablara con ellos, desgrana Honorio pala-
bras. Algunas veces roza una lágrima con la punta de sus
dedos. Podría llorar hoy, como otras veces, verter sobre
la mínima hecatombe el rumor penumbroso de una lá-
grima. Pero es mejor ver y las lágrimas no dejan hacer-
lo. Lo cierto es que disminuye de estatura y su voz es
casi inaudible. No quisiera despertar a nadie, ¿para qué?
Las velas son ahora las únicas que danzan. Las personas
se han ido y un poco antes de las nueve, se siente solo.
Descansa. Fue una tortura para Honorio convivir. Ahora
que no lo hace y mira tras los claroscuros del tiempo, se
siente como quien se ha desprendido de un gran peso
de sus espaldas. Porque bailan hoy en su reducida pieza,
pero antes, en los tiempos de las juveniles búsquedas, lo

152
que hacían era intentar aniquilarlo por todos los medios
posibles. La competencia enardecida de todos contra
todos no dejaba vivir ni siquiera a los tiburones.
Ellas, las personas, tan abundosas en el desaire,
creaban la asfixia, emanaban gases letales. Se pasaba las
manos por sus cabellos y se decía: cómo pude sobrevivir
a tantas andanadas. No le habían tocado su cuerpo, pero
a su alma la habían estrujado, la habían golpeado con el
deseo manifiesto de que desapareciera. Por eso, cuando
le preguntaban por el prójimo, respondía que solo tenía
un amigo y que el prójimo era una bagatela inexisten-
te. Ni en el amor, ni en la guerra, ni en los negocios, el
ser humano coloca y respeta los límites: los roen y los
destruyen cuando el tiempo y la ocasión son propicios.
Claro que yo me defendí. Yo arañé, escupí, dañé, como
todos en esta feria lo hacen. Sí, Honorio descansaba al
fin de los enemigos y de los amigos, descansaba de lo
que significaba relación, roce. No quería tocar a nadie,
no deseaba que nadie lo tocara. Si por él fuera usaría
guantes para dar la mano y no sentir la tibieza mentirosa.
Porque de verdad, los otros eran fríos y certeros en el
ataque. Habitantes de la selva, cuidan los críos y matan a
la menor sospecha. Somos asesinos de ideas, de cuerpos,
de sentimientos. Somos sanguinarios.
La vida, por supuesto, está ahí, hambrienta de mí, de
ti, de todos. Cómo acosan, y con qué ganas, sus brazos.
Nada la detiene. Es una tirana. ¿Qué somos ante el mo-
vimiento de la masa descomunal? Así razonaba Honorio
a la vista de los niños que, frente a la buhardilla, jugaban
juegos con maestría insuperable.

153
Y salía Honorio de su cubil y entraba a la noche
de su ciudad, ya rumbo a la casa de su esposa y de sus
hijos. Ellos que dicen tolerarme y que cuando llego todos
los días apenas me miran con desgana. ¿Quién es este
viejo tan callado, que luego de traernos al mundo, nos
abandona y no nos habla sino cuando es estrictamente
necesario?, dirán ellos, frustrados por no recibir caricias
ni voces de aliento. Ya hace tiempo les había dicho: no
esperen nada de mí, yo no sé nada. Pregúntenle a la vida,
la vida es la que sabe. No babeen en torno a mí, diríjanse
a la matriz de donde mana todo, y si ella lo cree con-
veniente, les dirá todo y mucho más. Les había dado la
espalda, les había arrinconado contra la lona y les había
dicho: conmigo no cuenten para nada, no soy el indicado
para secar lágrimas o para crear sonrisas. Hagan de cuen-
ta que no me conocen, que soy el vecino de al lado. No sé
si lo dije o solamente lo pensé, pero he actuado como si
lo hubiera dicho y ellos hubieran entendido mi soledad
y mi silencio.
Si me hubieran escuchado esas palabras y no las
hubieran aceptado, si me hubieran dicho: queremos un
padre cariñoso que nos enseñe los misterios de la vida,
un padre que nos ame y nos acaricie, yo les hubiese
dicho: ustedes están vivos y además ¿quieren un padre
que les enseñe? ¿No les basta para aprender la misma
vida, la eterna y única maestra? ¿Quieren más, quieren
más, criaturas ilusas?
La palabra pésimo bailaba en su lengua y en su cere-
bro como si fuese la única que lo pudiese definir, delimitar
con holgura su estricta miseria espiritual. ¿Y es que acaso

154
había ricos del espíritu? Miraba a su alrededor y para sí se
decía: aquí, aquí tampoco hay espíritu. Se imaginaba torres
de sapiencia altísimas desde las cuales cerebros inspirados
emanaban de sí para hombres sensatos, leyes, verdade-
ras leyes. Lo mío es una miseria, una miseria, y lo demás
también, sin torres de sapiencia, sin hombres sensatos. El
diván le escuchaba paciente. ¿Acaso no era su oficio y su
beneficio estar allí, en ese runruneo de ese único habitante
de sus entrañas? El diván y el divagador formaban una sola
calamidad, una sola voz en la sola noche. Mi diván, y su
mano derecha acariciaba ese mueble viejo tan cómodo.
Esto es mi tumba, se decía, y una y otra vez enumeraba
las causas de ese hollín que cubría su cerebro. Este hollín
es de antes del siglo xx, viene desde antes, desde mucho
antes. Hurgaba con palillos de madera los escasos dientes
que insistían en acompañarlo y las paredes de la historia,
las paredes de su tiempo. Acontecía que ya no había fami-
lia que pudiese albergar sentimientos filiales. Era todo un
desastre la tal familia humana desde hace mucho tiempo,
y lo sabían todos los que tuvieran dos dedos de frente. La
familia era un asunto vulgar para gente vulgar. ¿En qué
sentido camina la historia? Como la historia mía, la muy
mía de mis pobres pesadillas, se esparce por los caminos
más inesperados, columpiando en sus secretos caminos in-
numerables acertijos que nadie acierta a descifrar. ¿Seré yo
un acertijo nimio que nunca voy a descifrar en su sentido
verdadero? ¿Y para qué? No, no digas eso, aún un segun-
do antes de la muerte puedes y debes aspirar a la verdad
de tu vida, así no le importe a nadie, así sea nada, un sin
sentido fugaz, vano. Ah, se decía para sí las más torpes

155
frases de los autores de libros de crecimiento personal,
aquellas que decían: basta ya de lamentarte, continúa la
larga brega, eres un digno representante del linaje, debes
insistir, con tus cualidades y con tus defectos, en hacer de
tu vida una faena digna y decorosa. ¡Cuánta palabra necia
sobre el hollín viscoso y oscuro de nuestros tiempos pe-
numbrosos, que no arrancan, que declinan, que no cesan
de deslizarse hacia el silencio! Calla el tiempo nuestro en
una sorprendente falta de razones para todo. Honorio se
descuida y ya está ahí en su impostergable desván en un
monólogo de improperios y de andanadas contra todo y
contra todos. ¿Se podrá aguantar unos años más dicién-
dose cosas, contradiciéndose, apelándose, juzgándose,
torturándose? Sí, acaecía, sí, ocurría, pero era todo tan mí-
nimo y tan vidrioso. No acababa de despertar en la cama
matrimonial cuando ya se imaginaba en su desván, solo,
gozando de sí, y también torturándose con ansiedad. Su
única manera de vivir era esa: refunfuñar contra el tiempo
y contra sí andanadas furiosas que se repetían una y otra
vez y siempre decían la misma cosa deslenguada y desor-
denada. A los pocos minutos de despertar le llevaban un
tinto, y él, el muy honorable Honorio, lo tomaba con una
lentitud sepulcral porque bien sabía que era el mejor mo-
mento del día. Que se derrame la eterna miseria durante
todo el día, este primer tinto de la mañana me resarce de
todo desastre, Lástima, lástima, no poder decir lo mismo
de sus hijos y de su esposa, trapos sucios enfrente de mí,
tapan el paisaje, lo afean. Y además, son ruidosos, jamás
hacen silencio, como si estuvieran tocando tambor. Nada
de ellos me gusta, nada.

156
Entiendo mucho más ahora que cuando intentaba
entender con todas mis fuerzas. Luego del tinto, estiro
mis huesos y me preparo para ingerir el desayuno en la
cocina, a un lado del fogón. Allí, en una mesita apropiada
para una sola persona, le decía dos o tres palabras a la
sirvienta y luego quedaba callado, mirando sin mirar, dis-
traído como un pez que juguetea en el agua. La mañana
se volcaba indiferente sobre él, como si fuese un utensilio
de cocina, tan necesario como los otros, igualmente útil.
Útil, útil, ultimátum. Y volvía a decirse: ahora que no
entiendo nada, que entiendo mucho menos, es cuando
más entiendo. Y se reía, se sonreía, hacía muecas frente al
espejo del espejo del baño. Volvía a decirse: yo que nada
sé, sé. Había caído en esta mañana en una pereza desco-
munal, tanta pereza que se dijo: hoy no iré a la buhardi-
lla, me quedaré. Y se quedó, orondo, en la sala de la casa,
mirando por la ventana, mirando, mirando. Todo esto es
tan raro, tan raro… Allí estaba su mujer, en un ajetreo ma-
quinal, limpiando aquí y limpiando allá. Quisiera matar-
la, morderle la nariz hasta hacerla chillar de dolor. Todos
los años la odiaba más, hasta tal punto que había desisti-
do de matarla para hacerla sufrir más en la convivencia
obligada. Irrespeto por la vida el atreverse a vivir más
de cuarenta, más de cincuenta, más de sesenta, irrespeto
por la vida simplemente vivir. De verdad, cuando de una
manera radical se planteaba el conocimiento, cuando se
decía, voy a saber, voy a saber, olvidaba lo mínimo que
debía saber. Lo primero: que nunca quiso a su esposa y
a sus hijos. Allá estaban y no los podía hacer borrar del

157
mapa, pero eran como muebles desuetos llenos de polvo.
Se le olvidaba, cuando quería saber, que nunca tuvo ami-
gos sino rivales y enemigos. Se le olvidaba, en el afán de
llegar al límpido cielo del conocimiento serio y científico,
que la pasión del ser humano es la pasión del odio y de la
indiferencia. Esa misma vieja que trabajaba de sirvienta
no lo podía ver ni en pintura. Lo detestaba. Así y todo,
se tomaba el tinto que ella le hacía por la mañana y se
preguntaba: por qué no es capaz de echarme cianuro u
otro veneno bien potente. Esta vieja cobarde se traga su
odio en vez de coger un cuchillo filoso para clavármelo
en la garganta. Ya lo sabía. Era el morbo divinizante de
su religión la que le impedía ser mala, la que la amarraba
a una quietud bovina que ella, la pobre, llamaba virtud.
Virtuosos.
Un día completo en la casa. La caminó, la olió, la
palpó, recorrió sus espejos. Cárcel donde había deposita-
do buena parte del tiempo de su vida y que ahora le mos-
traba el rostro de él en el gesto como de huir, de correr,
de abandonarse a una carrera perentoria e interminable.
Su esposa lo miraba extrañada, diciéndose: ya nunca lo
podré entender, al menos no es violento.
Honorio, disfrazado de buen ciudadano, ocultaba
con temor el deseo gozoso de matarla, de hacerla des-
aparecer de una vez del mapa. Sabía que podía acallar
ese deseo, mandarlo al desván como tantos otros. Allá
en el desván sí era él y allí sí podía hilvanar con pacien-
cia los más dulces imprevistos. Allá estaba su pistola sin
municiones que le recordaba la violencia, la muerte, la

158
distancia implacable. Se imaginaba en actitud amenaza-
dora mientras le decía a un hombre que se acercaba: no te
acerques o disparo. La pistola erguida, los ojos resueltos,
y el otro que se esfumaba, temeroso, dejando una estela
de polvo. Allá en el desván, allá en el desván.
Qué raro es el tiempo. Como detenido, como acumu-
lado. Cae, cae en goterones.
Un día en su casa. Mañana me iré desde el mediodía
para mi desván para recuperarme del tiempo perdido.
Su casa era un paredón interminable y descascarado que
le cortaba la cabeza sin atenuantes. No podía estar allí,
tenía que escapar. La cara de su mujer se había metamor-
foseado y de ser apacible se había convertido en un valle
de tierra negra donde la neblina discurría de aquí para
allá. Su casa era la oscuridad, la amenaza de muerte, la
condena.
Cuando le dijo a Mario las impresiones de su casa,
en lugar de escuchar unas carcajadas ruidosas como res-
puesta a sus confesiones, recibió una respuesta tranquili-
zadora que le descubrió por que él era su amigo.
Le dijo: así son todas las casas, todas.
La vida, mijo, es un momento. Cuando menos piensas,
ya estás viejo, acabado, le había dicho una tía. No le había
prestado atención. Él se creía eterno desde su juventud y
sentía a los viejos como una raza aparte condenada a des-
aparecer. Pero él, él no, él seguiría joven despreciando a
los viejos, despreciando el poder y añorándolo, simulan-
do odiarse para al fin confesarse un desenfrenado nar-
cisismo. Todos somos aquello que no somos, y con esta

159
frase se dormía Honorio en las noches en que era más
fuerte el remordimiento de ser como era, débil hasta apa-
rentar una fortaleza que no tenía. Sí, odiaba a su esposa y
despreciaba a sus hijos, pero allí donde no podía mentirse
latía un deseo de amor y de reconciliación que no que-
ría sentir. Esas manos, ese cuerpo, puf, mi señora es un
monstruo, un perfecto monstruo. No quiero, no quiero
verla. Ovillado en la buhardilla acariciaba sus tentativas
de odio con especial delicadeza, como si fueran semillas
de los más bellos rosales.
Se zambullía sin quererlo en crueles paradojas. No
quería la muerte, quería la vida para poder seguir des-
preciando, pero era una vida que quería como si fuese
un recuerdo, un montón de imágenes donde él tenía solo
el papel de espectador. Sin embargo, qué bueno sufrir
por un amor bien verraco por una mujer. Las cáscaras de
mango caían al suelo. Disfrutaba de las frutas y pensaba,
por qué no disfrutaré de la vida, así como disfruto de los
mangos. Ya está aquí la vejez, ¿no es hora de hacer las
paces, al menos con la geografía limitada de estos pocos
metros de la buhardilla? Se rasgaba, se escuchaba turbio,
melancólico, desueto. Acabado en fin, como se lo pronos-
ticara su tía. Y no saber nada, casi tan poco, como si fuera
nada, nada. Los libros sí sabían, pero los seres humanos,
con sus huesos y su poca sangre marchábamos a la tumba
entonando la misma canción de la ignorancia. Si pudiera
pensar de otra manera, muy de otra manera.
Imagínate de dónde vengo, le preguntó Mario, y al
momento la carcajada ruidosa y bondadosa del mismo
Mario contestaba la pregunta: de mí mismo, de mí mismo.

160
Bien sabía Mario la manía de Honorio de rumiarse una
y mil veces y por eso le decía: no te conduce a ninguna
parte esa rumia tan brutal, ya se te ven los huesos de tanto
torturarte. Descansa ya de vivir así. No servía de nada la
cantaleta de Mario, que Honorio calificaba de cantaleta
mariana. Uno de estos días, se decía Honorio malhu-
morado, voy a olvidarme de Mario, estaré plenamente
solo. ¿Y quién dijo miedo? Una buena temporada estuvo
distante del amigo. Ese tipo ya se estaba convirtiendo en
mi sombra y yo no quiero sombra alguna, yo no quiero
nada. Aunque sí, sí me hace falta… Volvió a su rutina.
Una desgana apacible lo acompañaba. No quiero a nin-
gún salvador a mi lado que me esté torturando, juzgan-
do, inquisitoriando. No dejaba de decirse: esta soledad
puede dispararme un proyectil desconocido que me deje
inutilizado. De pronto se me olvida hablar y entonces no
podré hablar ni conmigo mismo. En lugar de acercarme
a mí mismo, me ausento, me marcho como lo hace un
pez gordo pescado in fraganti. Otra vez huyo, otra vez a
la carrera para no ver nada. Yo quiero es la oscuridad, la
oscuridad total y permanente en vez de esta zozobra que
me corroe el sistema nervioso. Y se veía ciego y sordo-
mudo caminar calle abajo. De pronto caía, solo cuerpo
rezumando cuerpo, solo sombra rezumando sombra. Y
también se veía, mejor dicho, no se veía y esa ceguera de
sí le producía un dolor torturante. Otra vez me escapo al
silencio, otra vez me refugio en la noche. Ya no soy capaz
de vivir de ninguna manera: ni solo ni acompañado, ni
muerto ni vivo. Pierdo a cada momento algo y cuando
voy a recogerlo ya se ha ido con una risa brutal. Me per-
siguen, me persiguen para que no pueda vivir.

161
No quería vivir así, en un desengaño permanente de
sí mismo y de la vida. Pero así vivía porque sus neuronas
le ordenaban que viviera de esa manera. Él no manejaba
su estructura neuronal. Se negaba desde la profundidad y
sus mezquinas pesquisas no alcanzaban sino unos pocos
centímetros. El todo tampoco aparecía y apenas minús-
culos fragmentos se mostraban.
Si fuese hasta allá mismo donde surge mi vida. El es-
cozor de mínimos desarreglos le impedía mirarse.
La pistola estaba allí. Le sentía un movimiento de
jadeo, como si quisiera acercarse a él. ¿Para qué, para
qué? La cogió y la acarició. Se apuntó a la cabeza y apretó
el gatillo una, dos veces. Apenas se sonreía al considerar
que este ejercicio diario de dispararse a la cabeza con la
pistola descargada era una preparación para un posible
suicidio. No se suicidaría jamás, aunque forcejeara enaje-
nado de aquí para allá en un grito de angustia. No, jamás
iba a hacerlo porque sospechaba en él un gran amor por
la continuidad. No soportaba el vacío, las interrupcio-
nes. Seguiría lleno y continuo, como el mismo dios. Muy
lleno, muy lleno de vida para aventarla en todas las di-
recciones. Se quería dilapidador de la vida. Quería que
se le escurriera por los pantalones y alcanzara en su furor
todas las partes secretas del universo. No podía suicidar-
se el pobre Honorio porque se creía el dios benévolo de
su minúsculo desván. El desván y su cabeza eran una sola
cosa, a tal punto que sus imaginaciones él las veía muy
propias del desván y no de él.
¿Qué ocurrirá dentro de mil años en este desarregla-
do desván? De seguro no seré yo quien esté aquí mirando

162
cómo el tiempo desgrana sus imparables segundos sobre
el planeta. Se decía Honorio: la gente que piensa tanto en
los gobiernos, que si son buenos o malos, que si nos mata
o nos deja vivir, pero ¿por qué no se piensa con la misma
frecuencia en la vida, ella que está ahí en el gobierno y
en el desgobierno, en la noche, en el día, en el caos y en
el orden, y en nosotros como víbora enajenante. Estamos
como quien dice mordiendo la fugacidad mientras que
el ser eterno de la misma vida lo olvidamos como si no
existiera y como si no fuera la misma definición de todos
los secretos cotidianos. Definitivamente no somos, no
pensamos, estamos aquí y acá como camándulas que sos-
tienen viejas rezanderas y no nos atrevemos a escuchar y
a sentir el latido impostergable.
Honorio no se cambiaba por nadie. Se sentía saturado
de una alegría legítima y por eso decidió hacer las paces
con Mario. Pues que no le gustaron sus comentarios sobre
su rumia, pero al fin y al cabo nadie es perfecto. Había
sobre un pequeño escritorio unas chocolatinas y una por
una las fue comiendo. Ah, si la vida fuese comer cho-
colatinas. Pero es amarga, amarga es la vida, con apenas
unos sorbos de gozo como los de este momento. Tanto
estoy gozando ahora, que siento la gratuidad de todo y
no me angustia y me dan ganas es de buscar a Mirta para
decirle… qué sé yo.
Esos diccionarios con tantas palabras no saben la
palabra mía, mi ritmo secreto y tenaz. Yo tampoco.
Balbucea compadre, balbucea, aunque solo sea eso. Nos
aporrean los sabios con tanta teoría y con tanta grandeza.
Nosotros que somos tan pequeños, ¿en dónde cabemos?

163
¿En dónde nuestras diminutas vidas que apenas sí se yer-
guen en el voluminoso tiempo? No me hablen de sabios,
no me hablen de sabiduría.
Aquí, en la puerta de la casa donde queda mi desván,
miro el tiempo, trato de mirar este tiempo de atardecer,
ya sin ínfulas, ya sin prosopopeya, ya sin prepotencia ni
potencia. Aquí estoy mirando el universo y pienso con
una gran satisfacción: yo no le importo a nadie, no tengo
que cargar con el universo, con mi pasado, estoy libre.
Nada más este pellejo revolcándose en el tiempo. No
pertenezco a ninguna Iglesia, a ningún partido político,
a ninguna secta.
Estoy aquí solo, mirando este tiempo del atardecer
y apenas recorro mi pasado con una ojeada me lleno de
pasmo. Fueron tantas las mentiras que me embutieron en mi
cerebro, tantas las culpas ficticias que supuestamente tenía
que pagar. Horrendo el precipicio al cual me lanzaron. Me
llevaron allá a ese precipicio del sentido y allá me lanzaron
de bruces para que fuera sensato, para que fuera produc-
tivo, para que fuera un buen ciudadano. Todo aquello que
me enseñaron era una carreta barata que ahora detesto, que
ahora olvido. Yo estoy aquí, medio tirado en la acera y siento
que mi vida ya está entrando en mi corazón, que por fin soy
joven porque ya no quiero pertenecer a nadie ni a nada. No
hay ningún sentido, ni aquí ni allá. No pueden obligarme a
nada, ya no les sirvo. Ni el gobierno ni las Iglesias, nadie ni
nada me reclama, ni siquiera los diccionarios me aturden
con sus múltiples sentidos. La única enciclopedia es la enci-
clopedia de mis huesos.

164
Fáber Agudelo Vélez
Medellín 1949

Ha publicado los libros EL POETA NO DESCANSA,


(Poemario en 2.000) y CALLEJUELAS DEL SILENCIO
CON LA FLACA, (Relatos en 2011). Sus poemas han sido
incluidos en distintos números de las revistas Prometeo,
Punto seguido, Imago y El transeúnte. Fue uno de los
estudiantes fundadores de la Universidad Autónoma la-
tinoamericana en Medellín y luego profesor de literatura
en la misma.
Pasajero insumiso de las profundidades del Valle
Aburrá, en Medellín, su obra literaria se ha construido
en las tribulaciones sociales de más de medio siglo en
Colombia y en las complejas búsquedas del ser interior,
de su libertad, e individualidad.
CONCIERTO ARANJUEZ
Fáber Agudelo Vélez

Se terminó de imprimir en el taller de Pregón S.A.S.


Durante el mes de octubre de 2018
Medellín, Colombia

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