Corporación Educacional
Jefferson School Quilpué
Nombre __________________________________________ fecha ______________ curso_____________
Objetivo: conocer, diferenciar y aplicar los conectores de tipo contraste, causa-efecto, adición y tiempo.
Comprensión Lectora N°1
Antes de comenzar la lectura del extracto de la novela de Tom Sawyer, viendo la siguiente imagen,
responde ¿en qué época crees tu se desarrolla esta historia?
Tu respuesta y ¿por qué crees que es en esa época?
Es muy importante saber la época en que se escriben los cuentos, las novelas, poemas e incluso las noticias,
pues estas son relevantes para comprender el contexto en que estas se desarrollan y te permite entender
por que se escribe sobre ciertos temas como por ejemplo la esclavitud.
Ahora te invitamos a leer este extracto de “Las aventuras de Tom Sawyer”.
Mark Twain
Prefacio
La mayor parte de las aventuras escritas en este libro ocurrieron realmente; una o dos fueron experiencias
mías, el resto, de niños que fueron compañeros míos. Huck Finn está tomado de la vida real; Tom Sawyer
también, pero no de una sola persona —se trata de una combinación de características de tres muchachos
que yo conocía, y por lo tanto pertenece al orden compuesto de la arquitectura. Las extrañas supersticiones
que se relatan prevalecen entre los niños y los esclavos del Oeste en la época de esta historia —es decir,
hace treinta o cuarenta años. Aunque mi libro está destinado principalmente al entretenimiento de niños y
niñas, espero que no sea rechazado por hombres y mujeres mayores, pues mi intención en parte ha sido
tratar de recordar gratamente a los adultos lo que ellos mismos fueron un tiempo, cómo sentían y pensaban
y hablaban, y en qué raras peripecias se vieron envueltos a veces.
El autor. Hartford, 1876
Capítulo I
— ¡Tom! Silencio.
— ¡Tom! Silencio.
— ¡Dónde andará metido ese chico!... ¡Tom!
La anciana se bajó los anteojos y miró, por encima, alrededor del cuarto; después se los subió a la frente y
miró por debajo. Rara vez o nunca miraba a través de los cristales a cosa de tan poca importancia como un
chiquillo: eran aquéllos los lentes de ceremonia, su mayor orgullo, construidos por ornato antes que para
servicio, y no hubiera visto mejor mirando a través de un par de mantas. Se quedó un instante perpleja y
dijo, no con cólera, pero lo bastante alto para que la oyeran los muebles:
— Bueno; pues te aseguro que si te echo mano te voy a...
No terminó la frase, porque antes se agachó, dando estocadas con la escoba por debajo de la cama; así es
que necesitaba todo su aliento para puntuar los escobazos con resoplidos. Lo único que consiguió
desenterrar fue el gato.
— ¡No se ha visto cosa igual que ese muchacho!
Fue hasta la puerta y se detuvo allí, recorriendo con la mirada las plantas de tomate y las hierbas silvestres
que constituían el jardín. Ni sombra de Tom. Alzó, pues, la voz a un ángulo de puntería calculado para larga
distancia y gritó:
— ¡Tú! ¡Toooom!
Oyó tras de ella un ligero ruido y se volvió a punto para atrapar a un muchacho por el borde de la chaqueta
y detener su vuelo.
— ¡Ya estás! ¡Que no se me haya ocurrido pensar en esa despensa!... ¿Qué estabas haciendo ahí?
— Nada.
— ¿Nada? Mírate esas manos, mírate esa boca... ¿Qué es eso pegajoso?
— No lo sé, tía.
— Bueno; pues yo sí lo sé. Es dulce, eso es. Mil veces te he dicho que, como no dejes en paz ese dulce,
te voy a despellejar vivo. Dame esa vara.
La vara se cernió en el aire. Aquello tomaba mal cariz.
— ¡Dios mío! ¡Mire lo que tiene detrás, tía!
La anciana giró en redondo, recogiéndose las faldas para esquivar el peligro, y en el mismo instante escapó
el chico, se encaramó por la alta valla de tablas y desapareció tras ella. Su tía Polly se quedó un momento
sorprendida y después se echó a reír bondadosamente.
— ¡Diablo de chico! ¡Cuándo acabaré de aprender sus mañas! ¡Cuántas jugarretas como ésta no me
habrá hecho, y aún le hago caso! Pero las viejas bobas somos más bobas que nadie. Perro viejo no aprende
gracias nuevas, como suele decirse. Pero,
¡Señor!, si no me la juega del mismo modo dos días seguidos, ¿cómo va una a saber por dónde irá a salir?
Parece que adivina hasta dónde puede atormentarme antes de que llegue a montar en cólera, y sabe, el
muy pillo, que si logra desconcertarme o hacerme reír, ya todo se ha acabado y no soy capaz de pegarle. No;
la verdad es que no cumplo mi deber para con este chico: ésa es la pura verdad. Tiene el diablo en el
cuerpo; pero, ¡qué le voy a hacer! Es el hijo de mi pobre hermana difunta y no tengo entrañas para zurrarle.
Cada vez que le dejo sin castigo me remuerde la conciencia, y cada vez que le pego se me parte el corazón.
¡Todo sea por Dios! Pocos son los días del hombre nacido de mujer y llenos de tribulación, como dice la
Escritura, y así lo creo. Esta tarde se escapará del colegio y no tendré más remedio que hacerle trabajar
mañana como castigo. Cosa dura es obligarle a trabajar los sábados, cuando todos los chicos tienen asueto;
pero aborrece el trabajo más que ninguna otra cosa, y, o soy un poco rígida con él, o me convertiré en la
perdición de ese niño.
Tom hizo rabona, en efecto, y lo pasó en grande. Volvió a casa con el tiempo justo para ayudar a Jim, el
negrito, a aserrar la leña para el día siguiente y hacer astillas antes de la cena; pero, al menos, llegó a
tiempo para contar sus aventuras a Jim mientras éste hacía tres cuartas partes de la tarea. Sid, el hermano
menor de Tom o mejor dicho, hermanastro, ya había dado fin a la suya de recoger astillas, pues era un
muchacho tranquilo, poco dado a aventuras ni calaveradas. Mientras Tom cenaba y escamoteaba terrones
de azúcar cuando la ocasión se le ofrecía, su tía le hacía preguntas llenas de malicia y trastienda, con el
intento de hacerle picar el anzuelo y sonsacarle reveladoras confesiones. Como otras muchas personas,
igualmente sencillas y candorosas, se envanecía de poseer un talento especial para la diplomacia tortuosa y
sutil, y se complacía en mirar sus más obvios y transparentes artificios como maravillas de artera astucia.
Así, le dijo:
— Hacía bastante calor en la escuela, Tom; ¿no es cierto?
— Sí, señora.
— Muchísimo calor, ¿verdad?
— Sí, señora.
— ¿Y no te entraron ganas de irte a nadar?
Tom sintió una vaga escama, un barrunto de alarmante sospecha. Examinó la cara de su tía Polly, pero nada
sacó en limpio. Así es que contestó:
— No, tía; vamos..., no muchas.
La anciana alargó la mano y le palpó la camisa.
— Pero ahora no tienes demasiado calor, con todo.
Y se quedó tan satisfecha por haber descubierto que la camisa estaba seca sin dejar traslucir que era aquello
lo que tenía en las mientes. Pero bien sabía ya Tom de dónde soplaba el viento. Así es que se apresuró a
parar el próximo golpe.
— Algunos chicos nos estuvimos echando agua por la cabeza. Aún la tengo húmeda.
¿Ve usted?
La tía Polly se quedó mohína, pensando que no había advertido aquel detalle acusador, y además le había
fallado un tiro. Pero tuvo una nueva inspiración.
— Dime, Tom: para mojarte la cabeza ¿no tuviste que descoserte el cuello de la camisa por donde yo te
lo cosí? ¡Desabróchate la chaqueta!
Toda sombra de alarma desapareció de la faz de Tom. Abrió la chaqueta. El cuello estaba cosido, y bien
cosido.
— ¡Diablo de chico! Estaba segura de que habrías hecho rabona y de que te habrías ido a nadar. Me
parece, Tom, que eres como gato escaldado, como suele decirse, y mejor de lo que pareces. Al menos, por
esta vez.
Le dolía un poco que su sagacidad le hubiera fallado, y se complacía en que Tom hubiera tropezado y caído
en la obediencia por una vez.
Pero Sid dijo:
— Pues mire usted: yo diría que el cuello estaba cosido con hilo blanco y ahora es negro.
— ¡Cierto que lo cosí con hilo blanco! ¡Tom!
Pero Tom no esperó el final. Al escapar gritó desde la puerta:
— Siddy, buena zurra te va a costar.
Ya en lugar seguro, sacó dos largas agujas que llevaba clavadas debajo de la solapa. En una había enrollado
hilo negro, y en la otra, blanco.
«Si no es por Sid, no lo descubre. Unas veces lo cose con blanco y otras con negro. ¡Por qué no se decidirá
de una vez por uno a otro! Así no hay quien lleve la cuenta. Pero Sid me las ha de pagar, ¡reconcho!».
No era el niño modelo del lugar. Al niño modelo lo conocía de sobra y lo detestaba con toda su alma.
Aún no habían pasado dos minutos cuando ya había olvidado sus cuitas y pesadumbres. No porque fueran
ni una pizca menos graves y amargas de lo que son para los hombres las de la edad madura, sino porque un
nuevo y absorbente interés las redujo a la nada y las apartó por entonces de su pensamiento, del mismo
modo como las desgracias de los mayores se olvidan en el anhelo y la excitación de nuevas empresas. Este
nuevo interés era cierta inapreciable novedad en el arte de silbar, en la que acababa de adiestrarle un
negro, y que ansiaba practicar a solas y tranquilo.
Consistía en ciertas variaciones a estilo de trino de pájaro, una especie de líquido gorjeo que resultaba de
hacer vibrar la lengua contra el paladar y que se intercalaba en la silbante melodía. Probablemente el lector
recuerda cómo se hace, si es que ha sido muchacho alguna vez. La aplicación y la perseverancia pronto le
hicieron dar en el quid y echó a andar calle adelante con la boca rebosando armonías y el alma llena de
regocijo. Sentía lo mismo que experimenta el astrónomo al descubrir una nueva estrella. No hay duda de
que, en cuanto a lo intenso, hondo y acendrado del placer, la ventaja estaba del lado del muchacho, no del
astrónomo.
Los crepúsculos caniculares eran largos. Aún no era de noche. De pronto Tom suspendió el silbido: un
forastero estaba ante él; un muchacho que apenas le llevaba un dedo de ventaja en la estatura. Un recién
llegado, de cualquier edad o sexo, era una curiosidad emocionante en el pobre lugarejo de San Petersburgo.
El chico, además, estaba bien trajeado, y eso en un día no festivo. Esto era simplemente asombroso. El
sombrero era coquetón; la chaqueta, de paño azul, nueva, bien cortada y elegante; y a igual altura estaban
los pantalones. Tenía puestos los zapatos, aunque no era más que viernes. Hasta llevaba corbata: una cinta
de colores vivos. En toda su persona había un aire de ciudad que le dolía a Tom como una injuria. Cuanto
más contemplaba aquella esplendorosa maravilla, más alzaba en el aire la nariz con un gesto de desdén por
aquellas galas y más rota y desastrada le iba pareciendo su propia vestimenta. Ninguno de los dos hablaba.
Si uno se movía, se movía el otro, pero sólo de costado, haciendo rueda. Seguían cara a cara y mirándose a
los ojos sin pestañear. Al fin, Tom dijo:
— Yo te puedo.
— Pues anda y haz la prueba.
— Pues sí que te puedo.
— ¡A que no!
— ¡A que sí!
— ¡A que no!
Siguió una pausa embarazosa. Después prosiguió Tom:
— Y tú, ¿cómo te llamas?
— ¿Y a ti que te importa?
— Pues si me da la gana, vas a ver si me importa.
— ¿Pues por qué no te atreves?
— Como hables mucho, lo vas a ver.
— ¡Mucho..., mucho..., mucho!
— Tú te crees muy gracioso, pero con una mano atada atrás te podría dar una tunda si quisiera.
— ¿A que no me la das?...
— ¡Vaya un sombrero!
— Pues atrévete a tocármelo.
— Lo que eres tú es un mentiroso.
— Más lo eres tú.
— Como me digas esas cosas, agarro una piedra y te la estrello en la cabeza.
— ¡A que no!
— Lo que tú tienes es miedo.
— Más tienes tú. Otra pausa, y más miradas, y más vueltas alrededor. Después empezaron a empujarse
hombro con hombro.
— Vete de aquí —dijo Tom.
— Vete tú —contestó el otro.
— No quiero.
— Pues yo tampoco.
Y así siguieron, cada uno apoyado en una pierna como en un puntal, y los dos empujando con toda su alma
y lanzándose furibundas miradas. Pero ninguno sacaba ventaja. Después de forcejear hasta que ambos se
pusieron encendidos y arrebatados, los dos cedieron en el empuje, con desconfiada cautela, y Tom dijo:
— Tú eres un miedoso y un cobarde. Voy a decírselo a mi hermano grande, que te puede deshacer con
el dedo meñique.
— ¡Pues sí que me importa tu hermano! Tengo yo uno mayor que el tuyo y que, si lo coge, lo tira por
encima de esa cerca. (Ambos hermanos eran imaginarios).
— Eso es mentira.
— ¡Porque tú lo digas! Tom hizo una raya en el polvo con el dedo gordo del pie y dijo:
— Atrévete a pasar de aquí y soy capaz de pegarte hasta que no te puedas tener. El que se atreva, se la
gana.
El recién venido traspasó en seguida la raya y dijo:
— Ya está: a ver si haces lo que dices.
— No me vengas con ésas; ándate con ojo.
— Bueno, pues ¡a que no lo haces!
— ¡A que sí! Por dos centavos lo haría.
El recién venido sacó dos centavos del bolsillo y se los alargó burlonamente. Tom los tiró contra el suelo.
En el mismo instante rodaron los dos chicos, revolcándose en la tierra, agarrados como dos gatos, y durante
un minuto forcejearon asiéndose del pelo y de las ropas, se golpearon y arañaron las narices, y se cubrieron
de polvo y de gloria. Cuando la confusión tomó forma, a través de la polvareda de la batalla apareció Tom
sentado a horcajadas sobre el forastero y moliéndolo a puñetazos.
— ¡Date por vencido!
El forastero no hacía sino luchar para libertarse. Estaba llorando, sobre todo de rabia.
— ¡Date por vencido! —y siguió el machacamiento.
Al fin el forastero balbuceó un «me doy», y Tom le dejó levantarse y dijo:
—Eso, para que aprendas. Otra vez ten ojo con quién te metes.
El vencido se marchó sacudiéndose el polvo de la ropa, entre hipos y sollozos, y de cuando en cuando se
volvía moviendo la cabeza y amenazando a Tom con lo que le iba a hacer «la primera vez que lo
sorprendiera». A lo cual Tom respondió con mofa, y se echó a andar con orgulloso continente. Pero tan
pronto como volvió la espalda, su contrario cogió una piedra y se la arrojó, dándole en mitad de la espalda,
y en seguida volvió grupas y corrió como un antílope. Tom persiguió al traidor hasta su casa, y supo así
dónde vivía. Tomó posiciones por algún tiempo junto a la puerta del jardín y desafió a su enemigo a salir a
campo abierto, pero el enemigo se contentó con sacarle la lengua y hacerle muecas detrás de la vidriera. Al
fin apareció la madre del forastero, y llamó a Tom malo, tunante y ordinario, ordenándole que se largase de
allí. Tom se fue, pero no sin prometer antes que aquel chico se las había de pagar. Llegó muy tarde a casa
aquella noche y, al encaramarse cautelosamente a la ventana, cayó en una emboscada preparada por su tía,
la cual, al ver el estado en que traía las ropas, se afirmó en la resolución de convertir el asueto del sábado
en cautividad y trabajos forzados.
Fin de la lectura
Luego de la lectura de ambos textos, responda en el espacio asignado
a) La obra ocurre en el estado de Mississippi, investiga un poco de este estado: ¿dónde queda ubicado y
qué características tiene? ¿Cómo puede influir esto en la obra? Investigue.
b) ¿A qué estrato social pertenecen Tom y su familia? ¿A qué tipo de personas representan?
c) ¿Cómo actúan las familias de raza blanca frente a los de raza negra o mestiza durante esa época?
Secuencia Lógica:
Apliquemos lo que aprendiste en la guía de la semana pasada donde trabajaste sobre secuencia lógica de las
acciones.
En este caso aplícalo al siguiente ejercicio.
Representa los siguientes 8 acontecimientos claves de “Las aventuras de Tom Sawyer” que leíste con
ilustraciones tuyas. Estas deben estar en orden cronológico y luego explica brevemente cada una de estas
acciones. Sino lo recuerdas vuelve a leerlo y corrige tus ilustraciones estas también las puedes hacer en tu
cuaderno no hay problema.